Prólogo | Extra N°4

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—Así que la compra del yate estará lista para el día 12...

Keith escuchaba al otro lado del escritorio el informe de su secretario. En ese momento se sentía como un marinero que se tapa los oídos para no caer ante el canto de las sirenas. Su secretario, que llevaba un año trabajando con él, lo irritaba desde la primera entrevista.

Le costaba creer que fuera un hombre.

Al mirarlo con atención, era claramente distinto de una mujer. Aunque a veces existían hombres difíciles de distinguir, la diferencia era evidente al compararlos con Yeon-woo. Por eso, Keith no tenía más remedio que admitir que esa confusión inicial no era más que una ilusión provocada por sus propios deseos.

Sin embargo, al margen de eso, la molestia aparecía siempre. Cada vez que percibía su olor a omega o sus feromonas, le daba el impulso de agarrar a Yeon-woo por el cuello. Solo la advertencia de la razón —recordándole que todo acabaría si perdía el control y lo besaba— lograba detenerlo a duras penas.

El problema era que su secretario lo provocaba con frecuencia, algo que no le gustaba en absoluto. En ese preciso instante, llevaba más de diez minutos de pie, mirándolo fijamente con la cara totalmente pálida. Debido a ese tono de piel, sus labios se veían mucho más rojos de lo habitual.

No tenía buen aspecto. Si salía a la calle así, cualquiera pensaría que estaba enfermo.

Keith sabía que el día anterior Yeon-woo había salido de trabajar pasada la medianoche. Además, hoy había llegado dos horas antes de la hora fijada. Desde que entró a la empresa, rara vez salía a tiempo: trabajaba los fines de semana y hacía horas extras como si fuera algo normal. Llevaba un año con ese ritmo, por lo que era natural que luciera tan agotado.

Ya era hora de que se acostumbrara al trabajo, pero siempre ocurría lo mismo debido a la falta de personal en la secretaría. El último empleado contratado no duró ni un mes, así que Yeon-woo se encargaba de más tareas de las necesarias para evitar que los demás renunciaran. De ahí su mal aspecto. Por supuesto, Keith no tenía intención de quedarse mirando sin hacer nada.

Pensó que ya le había dado una oportunidad antes. Si Yeon-woo no hubiera conseguido aquel reloj en su momento, no lo habría conservado como secretario.

Tras llegar a esa conclusión, Keith notó de pronto que ya no escuchaba la voz de su secretario. Yeon-woo, que había terminado de informar en algún momento, lo esperaba en silencio con la boca cerrada.

Keith tuvo que repasar mentalmente lo que le habían dicho. Mientras tanto, Yeon-woo permanecía inmóvil. Poco después, cuando Keith terminó de revisar la información y se dispuso a hablar, Yeon-woo se preparó rápidamente para tomar notas pensando que recibiría instrucciones.

¿Eh?

De pronto, Yeon-woo sintió un goteo. Al inclinar la cabeza por reflejo, escuchó de inmediato los pasos de Keith levantándose de su asiento.

—Lo siento...

—Baja la cabeza.

Keith habló con frialdad y le apretó la nariz a Yeon-woo con un pañuelo de papel mientras este obedecía. Solo había pasado un mes desde su última hemorragia nasal, pero Yeon-woo se sintió avergonzado de que le ocurriera otra vez.

—Lo siento, pronto parará...

Se apresuró a disculparse, pero se detuvo por el inevitable tono nasal al hablar.

—No te tragues la sangre —advirtió Keith.

Yeon-woo intentó llevarse la mano a la nariz para sostener el pañuelo, pero Keith no lo soltó. Al ver que su mano quedaba en el aire sin sentido, se avergonzó y la bajó.

Se produjo un silencio incómodo. Con una mano, Keith le sujetaba la nariz a Yeon-woo y, con la otra, comenzó a apretarle lentamente el cuello. Sorprendido por esa actitud repentina, Yeon-woo abrió mucho los ojos. Sintió que la cara le ardía ante la situación e intentó mantener la calma para que la hemorragia no empeorara.

—Yeon-woo.

—¿Sí?

Al escuchar su nombre, respondió por reflejo y levantó la vista, encontrándose de frente con la mirada de Keith. Al verlo parpadear confundido, Keith frunció el ceño.

La mano que le rodeaba el cuello se detuvo. Aunque no la retiró, Yeon-woo sintió algo distinto: el cuello le ardía y el pulso se le aceleró. Con el temor de que Keith notara su rostro caliente y lo atribuyera a la hemorragia, esperó nervioso a que dijera algo. Al cabo de unos momentos, Keith habló con calma:

—Estás en problemas.

—Sí, lo sé.

Al responder de inmediato, la boca de Keith se torció en una mueca. El corazón de Yeon-woo se encogió ante ese cinismo evidente. ¿Había contestado mal otra vez?

Mientras Yeon-woo se preocupaba en silencio, Keith continuó en un tono pausado:

—Si alguien nos ve, pensará que estoy molestando a mi secretario otra vez. ¿O acaso te estás preparando para demandarme?

Esto último lo dijo con claro sarcasmo. Avergonzado, Yeon-woo lo negó de inmediato:

—...No.

—Entonces ¿Cuál es la razón para trabajar tanto?

Era la segunda vez que se lo preguntaba. Al notar que Keith sospechaba de sus intenciones, Yeon-woo apresuró su respuesta:

—La mayoría de la gente trabaja para ganarse la vida.

Este hombre puede comer y vivir bien sin mover un dedo, pensó Yeon-woo para sus adentros. Keith lo miró con los ojos entrecerrados y volvió a preguntar:

—...No estás intentando demandarme ¿Verdad?

—No es así.

Al escuchar la respuesta inmediata, Keith guardó silencio. Yeon-woo volvió a preguntarse qué estaría pensando, pero el hombre se alejó de él con indiferencia. Primero retiró la mano del cuello y luego le liberó la nariz. Ignorando la extraña sensación de vacío, Yeon-woo se revisó rápidamente: por suerte, el sangrado había parado.

—Gracias.

—Yeon-woo.

Yeon-woo le dio las gracias a toda prisa e intentó marcharse, pero Keith lo llamó de nuevo. Al darse vuelta a regañadientes, Keith añadió con naturalidad:

—Voy a liberar feromonas esta noche, así que llama a la chica al hotel.

—De acuerdo.

No hizo falta confirmar de quién se trataba. Yeon-woo salió rápidamente de la oficina; ahora debía llamar a la mujer con la que se veía Keith para informarle la hora y el lugar.

Keith se quedó mirando la puerta cerrada, sacó un cigarrillo y lo encendió. Tras soltar el humo, pensó con el ceño fruncido: Tendrá que buscar a una nueva chica.

Tal vez la mujer actual lo aburría. Si no, ¿tenía sentido que un hombre lo alterara tanto, por mucho que su rostro o su cuerpo fueran de su agrado?

Keith sabía que Yeon-woo era el único hombre capaz de provocarle eso, pero prefirió ignorarlo. Desde que había conseguido aquel reloj, Yeon-woo parecía ir en contra de su voluntad.

...Si le vuelve a sangrar la nariz delante de mí, lo despediré, se prometió firmemente. Sin embargo, eso no volvió a ocurrir. Además, a medida que la secretaría sumó más personal, Yeon-woo comenzó a salir a su hora. Desde aquel día, no hubo nada más que Keith pudiera reprocharle.

Tiempo después, cuando Keith y Yeon-woo ya estaban casados y había nacido Spencer, Yeon-woo comenzó a ir a la oficina de Keith dos o tres días a la semana para ayudar con el trabajo...

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