Capítulo 1-11 | Extra N°4

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Capítulo 1

—Sí, habla a la secretaría.

En cuanto contestó, hubo una breve pausa al otro lado de la línea antes de que comenzaran a hablar. Yeon-woo escuchaba con atención; sostenía el auricular con la mano izquierda y preparaba la derecha para tomar notas.

Como solo ayudaba dos o tres veces por semana, muchas situaciones le resultaban ajenas. En esos casos, anotaba el contenido y le consultaba a otro secretario. Por suerte, esta vez pudo resolverlo él mismo.

—Sí, todavía está en revisión... Lo siento, pero es difícil darle una fecha exacta. Nos pondremos en contacto en cuanto se decida. No creo que sea pronto...

Yeon-woo miró la agenda y respondió:

—Calculo que será dentro de un mes, sí.

Al colgar tras resolver la llamada, notó movimiento a su alrededor. Levantó la vista e hizo contacto visual con el subjefe de equipo, quien lo miraba fijamente. El hombre sonrió de inmediato y habló:

—Perdona, Yeon-woo, ¿tienes un momento?

—Sí, por supuesto.

El subjefe acompañó a Yeon-woo, que ya se había levantado de su asiento, y caminaron hacia la entrada de la secretaría. Se detuvieron frente a una caja grande apoyada sobre un escritorio vacío.

—Quisiera que me ayudes a organizar esto. ¿Crees que sea posible antes del almuerzo?

—Ah, sí. Entendido.

Aunque el mensajero entregaba el correo personal directamente a cada empleado, las cartas y paquetes generales del departamento se dejaban allí. Por esa razón, el correo solía acumularse, y era costumbre turnarse para clasificar los documentos y distribuirlos según correspondiera.

Yeon-woo se puso a revisar la correspondencia de inmediato. Dejó a un lado una caja vacía para tirar el material publicitario, y en ese momento apareció Ema al entrar a la oficina.

—Yeon-woo, ¿qué haces aquí?

—Ema —saludó él con un folleto en la mano—. Como ves, estoy organizando el correo.

Él le sonrió, pero Ema frunció el ceño.

—No tienes por qué hacer esto de pie ni agachándote ¿Quién te pidió que lo hicieras?

Apenas terminó de hablar, se oyó un gran ruido a un lado. Mientras todos se giraban a mirar, el subjefe de equipo se acercó a toda prisa cargando una silla sencilla.

—¡Yeon-woo! ¡Aquí hay una silla! ¡Aaah!

El hombre, que corría alborotado, gritó y se cayó tras tropezar. Se escuchó un fuerte golpe y los demás secretarios, tras mirar la escena, volvieron a sus tareas suspirando o moviendo la cabeza. Solo Yeon-woo, apenado, se acercó a ayudarlo.

—¿Está bien? ¿No se hizo daño?

—Sí, no es nada. Jaja... Qué vergüenza —respondió el subjefe levantándose con una sonrisa, aunque esta desapareció en cuanto cruzó mirada con Ema, quien lo observaba de brazos cruzados.

—¿Pero qué te pasa? —expresó Ema arrugando la frente—. ¿Por qué no te calmas un poco? ¡Siempre estás haciendo ruido y distrayendo a los demás!

Ema suspiró, negó con la cabeza y caminó hacia ellos. Yeon-woo pensó que iba a verificar si el subjefe estaba bien, pero se equivocó: lo pasó de largo, se dirigió hacia la silla que había salido volando y la recogió. El subjefe también pareció decepcionado al ver que ella no le prestó atención. Sin mirarlo, Ema colocó la silla frente al correo acumulado y le dijo a Yeon-woo:

—Listo, Yeon-woo. Siéntate.

—Bueno, gracias, Ema —agradeció él con una sonrisa incómoda, sintiendo lástima por el subjefe.

El subjefe de equipo bajó los hombros, caminó en silencio hacia su lugar y se escondió detrás del panel divisor. Tal vez esté llorando boca abajo en su escritorio, pensó Yeon-woo.

—Con su permiso.

Al regresar a la secretaría tras entregar unos documentos en otro departamento, Yeon-woo reconoció una cara familiar en la sala de fumadores mientras esperaba el ascensor.

Se detuvo al ver al subjefe fumando con el ceño fruncido y expresión seria. Como el hombre no notó que lo miraban a través del cristal transparente, parecía estar muy concentrado en sus pensamientos. Tras dudar un momento, Yeon-woo se dirigió hacia allí.

—Disculpe, subjefe de equipo.

Al abrir la puerta con suavidad y llamarlo, el hombre salió de su ensimismamiento y lo miró sorprendido.

—Oh, Yeon-woo. Vaya.

Miró su propia mano, apagó apresuradamente el cigarrillo en el cenicero y se reacomodó. Yeon-woo entró a la sala, se sentó en el sofá y dio un par de golpecitos en el asiento de al lado sin decir nada. El subjefe se acomodó a cierta distancia. Yeon-woo habló con prudencia, imaginando de qué se trataba:

—Parece que algo le preocupa. ¿Se encuentra bien? Estaba frunciendo el ceño.

—¿Ah, sí?

—Sí. —Yeon-woo asintió y preguntó en voz baja—: ¿Es por lo de esta mañana...?

—¿Qué? —El subjefe abrió mucho los ojos, sorprendido. Intentó negarlo, pero al instante suspiró resignado y se rascó la cabeza—. Es verdad. Estaba pensando en por qué soy tan patético.

Yeon-woo le dio una palmadita en el hombro para consolarlo y le preguntó con cuidado:

—Bueno, es solo una suposición mía... pero ¿le gusta Ema?

—¿Qué?

Esta vez el subjefe casi da un salto en el asiento. Balbuceó unos segundos y preguntó con voz temblorosa:

—¿Se nota mucho?

Todos en la oficina lo saben, excepto Ema, pensó Yeon-woo, aunque guardó el secreto y solo esbozó una leve sonrisa.

—Es difícil mantener la calma frente a la persona que te gusta.

¿Yo también me comportaba así frente a Keith?, pensó Yeon-woo al recordar el pasado. ¿Se notaba tanto que me gustaba? Seguro que no; Keith solo pensaba que era torpe en el trabajo.

Igual que Ema trata a este hombre ahora.

Al llegar a esa conclusión, sintió compasión por el subjefe. Al haber pasado por un amor no correspondido, quería animarlo, pero tampoco podía meterse en los sentimientos de Ema. A él le había ido bien con Keith al final, pero reconocía que había sido cuestión de suerte.

—Ánimo, subjefe de equipo.


Capítulo 2

Por impulso, Yeon-woo intentó sujetarle la mano. Sin embargo, tal vez por la distancia, cometió un tropiezo: en lugar de la mano, terminó apoyándola sobre el muslo del subjefe de equipo.

—Oh.

Avergonzado, Yeon-woo abrió mucho los ojos sin darse cuenta. El subjefe de equipo también lo miró con cara de sorpresa. El problema fue que ambos se quedaron paralizados ante la situación inesperada.

Por suerte, el momento incómodo duró poco. De pronto, la puerta de la sala de fumadores se abrió y se escuchó una voz familiar:

—¿Qué están haciendo?

Al girar la cabeza hacia esa voz llena de disgusto, Yeon-woo vio a Keith con el ceño fruncido y se levantó de inmediato.

—Keith.

Al acercarse, Keith le rodeó la cintura con el brazo como si lo hubiera estado esperando. Yeon-woo respiró hondo el aroma de sus feromonas —que de inmediato lo reconfortó— y apoyó la cabeza en su hombro.

—¿Cómo llegaste hasta aquí?

—Llamé a la secretaría y me dijeron que no habías vuelto porque habías bajado a hacer unos mandados —respondió Keith mientras le acariciaba la cintura.

—Ya veo.

Yeon-woo sonrió y se despidió del subjefe sin darle mucha vuelta al asunto:

—Te veo luego en la oficina. Con su permiso.

Yeon-woo se dio la vuelta, dejando atrás al subjefe de equipo. En cuanto salieron al pasillo, Keith lo abrazó de nuevo y Yeon-woo, ya acostumbrado, le rodeó el cuello con los brazos de forma natural.

—Sobre el evento de la próxima semana...

Apenas comenzaba a hablar cuando Keith le besó los labios de sorpresa. Desconcertado por el contacto repentino, Yeon-woo cerró los ojos por reflejo y aceptó el beso. Ajustó la posición de sus rostros, profundizó el contacto y dejó que sus lenguas se buscaran suavemente.

—¿Qué te pasa? —preguntó Yeon-woo con una sonrisa al terminar el beso.

Mientras miraba a Yeon-woo limpiarse el rastro de saliva de los labios con el pulgar, Keith respondió con indiferencia:

—Solo porque sí.

Tras despacharlo con esas simples palabras, comenzó a caminar. Yeon-woo pensó en hablarle sobre el subjefe de equipo, pero enseguida desistió: no estaba bien andar divulgando la vida privada de los demás. Además, Ema estaba involucrada, así que era mejor hacer como si no supiera nada. Keith no necesitaba enterarse; los pequeños chismes de la secretaría no eran de su incumbencia, al menos mientras no interfirieran con el trabajo.

Con eso en mente, Yeon-woo cambió de tema rápidamente y volvió a sacar el asunto del próximo evento. Keith se limitó a escucharlo sin reaccionar demasiado.

Tras terminar sus tareas y ordenar su escritorio, Yeon-woo vio a Ema levantarse y consultó su reloj: ya casi era la hora de almuerzo. Pensó que Ema iría a entregar el último informe antes de comer, pero, como era de esperarse, la secretaria miró la hora y anunció:

—Bueno, vayan a comer por su cuenta. Yo saldré después de entregar esto. Nos vemos luego.

Al verla desperezarse, Yeon-woo se levantó a toda prisa y la alcanzó.

—¿Eh? Yeon-woo, ¿necesitas algo? —preguntó Ema al ver que se le adelantaba para sostenerle la puerta.

—Si no tienes nada especial que hacer, ¿puedo llevarlo yo? —ofreció Yeon-woo apoyándose contra la puerta.

Ema parpadeó y enseguida sonrió comprendiendo la intención.

—De acuerdo. Te lo encargo y me voy a comer, ¿sí?

—Por supuesto, Ema.

Cuando Yeon-woo le sonrió, Ema le entregó las carpetas de buen humor.

—Ya está todo listo, solo falta la firma del señor Pitman. Te lo encargo.

Ema le dio los documentos y volvió a su sitio. Por un instante, Yeon-woo sintió lástima al ver al subjefe de equipo siguiendo a Ema con la mirada, pero no había nada que pudiera hacer para ayudarlo en ese momento. Se compadeció en silencio y salió de la oficina.

Mientras subía en el ascensor, dejó salir un suspiro de alivio. Menos mal que Keith no dijo nada.

Le preocupaba haber sido descubierto en una escena tan incómoda, pero, sorprendentemente, Keith lo dejó pasar sin reaccionar mal. Eso le devolvió la tranquilidad. A decir verdad, no había hecho nada malo: solo había sido un pequeño accidente torpe que a cualquiera le podía pasar. Keith no era un hombre tan estrecho de miras ni irrazonable.

Considerando su pasado —cuando cambiaba de pareja cada tres meses—, sus celos de ahora parecían una broma. Keith también debe tener sentido común, pensó.

El ascensor se detuvo con un timbre. Mientras caminaba por el pasillo familiar, sus pasos se sentían ligeros.

Toc, toc.

Llamó a la puerta y esperó unos segundos. De pronto, le vinieron a la mente viejos recuerdos: hubo un tiempo en que vivía esa misma escena varias veces al día, cuando tenía que tomar aire para calmarse antes de entrar.

Sonrió para sus adentros y respiró hondo, tal como hacía en esa época. Sin embargo, al sujetar el pomo de la puerta, la mano le tembló un poco por alguna razón. Giró la manija con firmeza y, al abrir, lo primero que lo recibió fue un dulce aroma: las feromonas de Keith.

Keith estaba sentado frente a su escritorio. Con el ceño fruncido y la mirada perdida, parecía sumido en sus pensamientos, una postura que a Yeon-woo le trajo un vivo reflejo del pasado.

Yeon-woo dio un paso nervioso y se acercó. En el despacho en silencio, sus pisadas resonaban con claridad. Al escucharlas, Keith giró la cabeza y sus miradas se cruzaron.

Keith pareció dudar un instante, como si no hubiera esperado que Yeon-woo fuera en persona. A Yeon-woo le dio gracia ver su reacción, pero disimuló la sonrisa y siguió avanzando sin quitarle los ojos de encima. Keith tampoco apartó la vista.

Al llegar frente al escritorio, Yeon-woo se detuvo. El silencio volvió a envolver la oficina mientras se miraban cara a cara.

—Señor Pittman.

Keith alzó una ceja, como preguntándose a qué venía ese trato. Yeon-woo se hizo el desentendido y continuó:

—Aquí están los documentos para su firma. Ya casi es la hora de almuerzo ¿Necesita algo más?

Al escucharlo hablar en un tono tan profesional a propósito, Keith entornó los ojos al captar la broma. Con el corazón latiéndole con fuerza, Yeon-woo lo observó reclinarse despacio en la silla. ¿Cómo me sentía en aquel entonces? ¿No solía poner toda mi atención en él, tratando de no perderme ni un solo respiro? ¿Cómo reaccionará ahora? Si me trata con la misma frialdad de antes...

Por alguna razón, deseaba que lo hiciera, así que se recriminó a sí mismo: Seo Yeon-woo ¿Eres masoquista o qué?

Los sentimientos que había guardado durante tanto tiempo resurgieron; le temblaron las yemas de los dedos y se le cortó la respiración al recordar cuánto seguía amando y deseando a ese hombre.

—...Yeon-woo —dijo Keith al fin.

Yeon-woo parpadeó y lo miró. Al notar la mirada expectante de Yeon-woo, los labios de Keith se suavizaron en una sonrisa enigmática.

—El olor de tus feromonas es demasiado fuerte.

A Yeon-woo se le dio vuelta el corazón al oírlo. Su deseo por él estaba tan intacto que la cara se le calentó de vergüenza. Pero no pensaba negarlo: su cuerpo gritaba la verdad con más claridad que las palabras, demostrando lo mucho que lo deseaba.

Keith le extendió la mano. Armándose de valor, Yeon-woo dio un paso tras otro sin quitarle la vista de encima.

¿Qué solía hacer en el pasado?

Mientras rodeaba el escritorio para acercarse, su mente se nubló con los recuerdos. Keith mantenía la mano extendida, esperando a que se aproximara. Con la mirada fija en él, Yeon-woo avanzó paso a paso, perdiéndose en sus ojos violetas, oscuros como la noche.

¿Cuántos años pasé ocultando lo mucho que lo deseaba?

—¡Ah!

De pronto, Keith lo tomó de la cintura y lo atrajo hacia sí. Yeon-woo se dejó llevar sin resistencia mientras tragaba saliva. En un instante, un aroma dulce lo envolvió por completo: eran las feromonas de Keith, tan intensas como las suyas.

Con la mente en blanco, Yeon-woo lo miró desconcertado. Keith continuó observándolo mientras lo sujetaba de la cintura con una mano y bajaba la otra.

—¡Cielos!

En cuanto la enorme mano de Keith le sujetó una nalga, Yeon-woo se sobresaltó y ahogó un jadeo. Los ojos violeta oscuro de Keith reflejaron la sorpresa de Yeon-woo, cuyos hombros temblaban con respiraciones cortas.

La mano que lo sujetaba se aflojó para comenzar a acariciar suavemente la curva de su cuerpo. Yeon-woo se mordió los labios para contener la respiración agitada, pero no pudo evitar un gemido.

A través de la fina tela del pantalón, la piel se le calentaba allí donde Keith lo tocaba. Su mano continuó bajando por el contorno de los glúteos hasta recorrer la parte interna del muslo, donde finalmente se detuvo.

La razón no tardó en revelarse: los largos dedos de Keith acariciaron despacio el soporte que llevaba bajo la tela. Al sentir ese roce secreto, a Yeon-woo casi se le sale el corazón del pecho.

—¿Qué es esto, Yeon-woo? —preguntó Keith con una leve sonrisa en la voz.

Aunque sabía perfectamente de qué se trataba, le hacía la pregunta con picardía. ¿Es parte del juego?

Como ya había empezado, no podía dar marcha atrás. Aunque no esperaba que el ambiente tomara ese rumbo, Yeon-woo decidió seguirle el juego y respondió con voz temblorosa:

—Es... el liguero de la camisa. Para que no se salga ni se desordene.

Sabía que estaba diciendo una obviedad, pero las palabras salían solas. Keith lo miró con los ojos entrecerrados.

—Ya veo —susurró en voz baja.

Yeon-woo se preguntó qué estaría pensando, pero antes de que pudiera procesarlo, Keith le dio una orden:

—Quítatelo para que pueda verlo.

—¿Qué? —exclamó Yeon-woo, sorprendido.

Se avergonzó por haber levantado la voz más de la cuenta, pero a Keith no le importó y repitió con una sonrisa:

—Quítate esto.

Abrió la mano con la que acariciaba el liguero y tiró ligeramente del pantalón de Yeon-woo. Sintiendo que la prenda se desorganizaba, Yeon-woo empezó a temblar. Respirando con dificultad, lo miró lleno de excitación.

No había planeado terminar así, pero el ambiente ya estaba creado y lo que Keith quería era evidente. Pensó que debía responder a lo inesperado, ya que él mismo había comenzado la broma.

—¿Yo... aquí? ¿Ahora mismo?

—Sí. No me digas que no entiendes lo que digo —dijo Keith con una sonrisa sarcástica.

Incluso ese tono de cinismo era idéntico al del pasado, lo que hacía que el corazón de Yeon-woo latiera como loco. Sin embargo, pensar en eso solo le dificultaba más quitarse la ropa; sentía la misma vergüenza como si nunca antes se hubiera desnudado frente a él.

En su cabeza sabía lo que debía hacer, pero el cuerpo no le respondía. Se quedó paralizado sin saber cómo reaccionar, hasta que Keith volvió a hablar:

—Pensé que eras un secretario muy eficiente...

Dejó la frase en el aire a propósito. Al ver que Yeon-woo volvía a jadear, Keith frunció el ceño:

—Parece que hay cosas que no sabes hacer.

Un escalofrío le recorrió la espalda a Yeon-woo. No existía ninguna frase capaz de provocarlo tanto como esa; en ese instante, su instinto reaccionó como si le hubieran activado un interruptor. Tenía que hacerlo, obedecer lo que Keith le pidiera solo para complacerlo.

Temblando por completo, se entregó al contacto de la mano de Keith sobre su cuerpo. Sin dejar de mirarlo a los ojos y casi sin parpadear, Yeon-woo movió los dedos torpemente hacia su cinturón.

El leve chasquido del metal resonó en la habitación. Estaba tan nervioso que hacía demasiados movimientos innecesarios: solo tenía que desabrochar la hebilla, bajar el cierre y bajarse los pantalones, pero se equivocó varias veces.

—Ah...

Sosteniéndose de la cintura, Yeon-woo se detuvo a tomar aire y dudó. Estaba a punto de lograrlo, pero no se atrevía a dar el último paso, tal como le ocurría en el pasado cuando lo tenía enfrente y no sabía qué hacer.

Al verlo dudar con las manos temblorosas, Keith frunció el ceño. Asustado por su reacción, Yeon-woo lo miró, y Keith habló:

—Yeon-woo, ¿sabes qué pasa cuando no haces lo que se te ordena?

—¿Me vas a despedir? —preguntó Yeon-woo con cautela.

En lugar de responder, Keith esbozó una pequeña sonrisa. Al ver que se reía, Yeon-woo recuperó un poco la calma. ¿Se acabó el juego? ¿Nos vamos a casa?

Sin embargo, las siguientes palabras le hicieron dar un vuelco al corazón.

—No —respondió Keith secamente, tomándolo de la mano.

Cuando Yeon-woo soltó el pantalón por el impacto, Keith continuó mirándolo fijamente:

—Hay que castigarte.

¿Eh?

Apenas tuvo tiempo de reaccionar. Keith le sujetó las manos por detrás de la espalda con una sola mano alrededor de la cintura y, con la otra, le abrió el pantalón. Apoyado de golpe contra el escritorio, Yeon-woo no podía ver qué estaba sacando Keith.

De pronto, un objeto frío cayó sobre su muñeca con un chasquido metálico. Desconcertado por esa sensación pesada e inesperada, Yeon-woo giró la cabeza por encima del hombro para mirar.

No puede ser.

Al vislumbrar el objeto plateado y brillante, los ojos de Yeon-woo se abrieron de par en par.

—¿Qué es esto?

Olvidándose del juego por un momento, exclamó sorprendido. Pero la escena no terminó ahí: Keith lo tomó de la muñeca esposada y le dio la vuelta al cuerpo. Con Yeon-woo tendido sobre el escritorio, Keith le dijo:

—Te lo dije, tienes que ser castigado.

De inmediato, lo tomó de la cintura y le bajó el pantalón junto con la ropa interior de un solo tirón, haciendo que los broches del liguero saltaran en el aire. El aire frío rozó de golpe la piel descubierta de la parte inferior de su cuerpo.

Aunque Yeon-woo al fin entendió lo que Keith pretendía hacer, todavía no podía creerlo. No puede ser, esto no puede ser.

—Yeon-woo.


Capítulo 3

Keith se inclinó sobre él y le susurró en voz baja:

—Cuenta.

Mientras Yeon-woo contenía el aliento por la tensión, Keith le sujetó el hombro con una mano y alzó la otra. Al presentirlo, todo el cuerpo de Yeon-woo se tensó. Apenas una ráfaga de aire fresco rozó su piel desnuda, un sonido seco resonó desde abajo.

—¡Ah!

Yeon-woo gritó sorprendido por el golpe. Su respiración se descontroló y abrió los ojos de par en par. Con Yeon-woo temblando y presionado contra el escritorio, Keith le ordenó desde atrás:

—Yeon-woo ¿Qué dije?

—Eso... eso...

La situación lo tomó tan de sorpresa que se distrajo. Al ver que Yeon-woo no respondía bien y tartamudeaba, Keith frunció el ceño e impactó la mano de nuevo contra su nalga. De nuevo se escuchó un golpe seco. Yeon-woo tragó saliva y encogió los hombros, hasta que Keith volvió a hablar:

—Cuenta.

Aunque usó un tono tranquilo, fue suficiente para asustar a Yeon-woo. Temblando, apenas pudo despegar los labios. Se aclaró la garganta seca, tragó saliva e intentó hablar con voz entrecortada:

—Aah... Uno...

¿Acaso seguía jugando? Yeon-woo ni siquiera entendía qué clase de juego era este, así que giró la cabeza en silencio para mirarle la cara. Sin embargo, antes de poder distinguir su expresión, vio aparecer la mano alzada de Keith y tragó saliva del susto.

¡Zas! El golpe resonó de nuevo. Yeon-woo se encogió y tragó saliva.

—Dos... dos...

Al oírlo tartamudear, Keith le indicó:

—Sigue.

Fueron unas palabras breves, pero Keith no le dio tiempo a protestar y lanzó el siguiente palmazo. La palma grande y firme dejó una marca roja sobre la piel blanca de su cadera.

—Tres...

Apenas gritó el número, Yeon-woo rompió a llorar. Las lágrimas que contenía se derramaron de golpe, arruinando su rostro. Solo entonces Keith se detuvo.

Las marcas rojizas que dejaron sus dedos sobre la piel pálida destacaban demasiado. Keith las contempló un momento y apartó la vista con dificultad. Recostado sobre el escritorio, Yeon-woo sollozaba sin parar, como si no entendiera por qué tenía que pasar por eso.

Por supuesto, Keith tampoco planeó esto desde el principio. Había estado de mal humor desde que presenció aquella escena desagradable y necesitaba desahogar su molestia de alguna forma. El dilema era cómo hacerlo, pero Yeon-woo se le presentó como un conejo indefenso que caminaba directo hacia la trampa. Keith no dejó pasar la oportunidad de acorralarlo.

Sin embargo, antes de avanzar, quería que Yeon-woo entendiera qué había hecho mal. Yeon-woo todavía no lo conocía lo suficiente; Keith era un hombre mucho más celoso e irracional de lo que él imaginaba, sobre todo cuando se trataba de él.

Aun así, al verlo llorar, sintió que se ablandaba. Su idea era castigarlo de forma moderada dentro del juego, pero se le había ido la mano. Keith le acarició despacio la nalga enrojecida y sintió a Yeon-woo estremecerse de sorpresa bajo su palma. Atravesado por la tentación de poseerlo y el impulso de abrazarlo para calmarlo, Keith se debatió en silencio un instante.

... Es suficiente.

Dominando su deseo, Keith le besó el hombro para reconfortarlo.

—Yeon-woo.

Al escuchar una voz mucho más suave y amable de lo habitual, Yeon-woo se sobresaltó mientras se limpiaba las lágrimas. Sintiendo la rigidez de su cuerpo, Keith continuó:

—¿Lo entiendes ahora? ¿Qué hiciste mal?

Yeon-woo respondió entre sorbos de aire:

—Los pantalones... no me los quité...

La voz se le apagó al final. La única respuesta que encontró tras devanarse los sesos terminó por desanimar a Keith. Yeon-woo parpadeó con confusión al notar la reacción de su pareja. Al verlo fruncir el ceño y mirar hacia otro lado, Keith comprendió la situación: a estas alturas, a él mismo le costaba distinguir si esto era parte del juego o si Yeon-woo hablaba en serio.

—¿Crees que hago esto solo, porque quiero penetrarte?

En lugar de responder, Yeon-woo contuvo la respiración y lo miró de reojo. Por supuesto, eso era verdad en parte, pero no era la respuesta que Keith esperaba.

—Yeon-woo.

Keith volvió a acariciar la zona enrojecida. Nervioso por dentro, Yeon-woo tragó saliva. Keith movió la mano despacio, disfrutando la textura de la piel tibia pegada a su palma. Los sollozos de Yeon-woo cesaron y dieron paso a pequeños gemidos ahogados. Al verlo temblar por una razón muy distinta, Keith dijo:

—Si tocaste el muslo de otro hombre en mi ausencia, deberías reflexionar.

—¿Qué?

Yeon-woo parpadeó sin comprender y tardó en reaccionar:

—¿Qué...? No, ¡no es eso! Fue solo un error...

Antes de que terminara de hablar, una densa nube de feromonas lo envolvió por completo. Sorprendido por la intensidad del aroma, escuchó la pregunta de Keith:

—¿Le tocaste el muslo por error?

Su tono volvió a ser amenazante y oscuro. A Yeon-woo se le erizó la piel y tragó saliva. Keith continuó en voz baja:

—Yeon-woo, si yo me acostara con alguien más "por error", ¿me creerías?

—¿Cómo que acostarse? —exclamó Yeon-woo, negando el salto tan exagerado de la conversación—. Solo intentaba animarlo. Quería tomarle la mano, pero cometí un error...

—¿Tomarle la mano? —interrumpió Keith con desprecio—. ¿Por qué tendrías que tomarle la mano para animarlo?

—Eso es...

Yeon-woo guardó silencio. En el fondo lo sabía: ¿por qué había hecho eso? Podía darle ánimos sin necesidad de tocarlo.

Su mente, puesta al límite, colapsó por completo. Cedió ante Keith y terminó culpándose de todo. ¿Para qué entré a la sala de fumadores?

Su autoestima cayó por los suelos al analizar la situación. No debió intervenir en los asuntos de otros. ¿Qué sé yo de estas cosas? Bastante me costó lidiar con mis propios sentimientos durante años como para haber tenido la suerte de ganarme el corazón de Keith.

—... Lo siento —se disculpó Yeon-woo al fin, sollozando—. Lo siento, no lo volveré a hacer. Ni siquiera me voy a acercar a otros hombres. De verdad lo siento.

Keith lo observó en silencio mientras se disculpaba de forma sumisa. Era evidente que sus celos eran absurdos, pero Yeon-woo parecía lamentar de verdad lo sucedido. A Keith no solo le latía el corazón al verlo tan vulnerable; la parte inferior de su cuerpo también se le calentaba desde hacía rato.

Aunque no sentía ningún remordimiento, Keith consideraba que toda la culpa era de Yeon-woo: primero consoló a otro hombre y lo hizo enojar, y ahora lo estaba volviendo loco con esa actitud. Le parecía del todo natural que Yeon-woo recibiera un castigo.

Y en ese instante, la imagen no ayudaba: Yeon-woo mostraba sus nalgas enrojecidas bajo la camisa arrugada, se le había salido un zapato y presionaba la alfombra con los dedos del pie, conectados aún al liguero. Sumado a la visión de sus muñecas sujetas por las esposas tras la espalda y las lágrimas en su rostro, ni un santo habría podido contenerse. Y Keith distaba mucho de ser un santo.

Tras tomar una decisión, retiró la mano del trasero de Yeon-woo. Concentrado en sus sollozos, Yeon-woo no notó sus movimientos. Keith se inclinó y, poco después, sujetó con fuerza las nalgas hinchadas de su pareja.

—¡Ah!

Sorprendido, Yeon-woo soltó un grito. Sin prestarle atención, Keith le separó los glúteos para dejar al descubierto su entrada, exponiendo el pequeño pliegue ante sus ojos. Keith le sopló un poco de aire a modo de juego, y Yeon-woo contuvo el aliento y tensó el cuerpo. Keith se rio de su reacción, aunque el ambiente ya no estaba para bromas: producto de la expectativa, el interior de Yeon-woo estaba húmedo y brillante, dejando fluir su lubricación natural.

Con paciencia, Keith sacó la lengua. Tan pronto como rozó el pliegue, Yeon-woo se estremeció violentamente. Sosteniendo su trasero con firmeza, Keith comenzó a lamer la zona despacio. Con cada pasada, el pequeño centro se abría y se contraía. Mientras evaluaba la respuesta, Keith estimuló la zona con suavidad y luego pasó la lengua a lo largo del pliegue, sacándole a Yeon-woo un largo gemido:

—¡Ah!

Al instante sintió la zona más húmeda. Keith, que pretendía seguir acariciándolo, levantó la cabeza. Yeon-woo se detuvo ante la repentina sensación de frío; una gota de su flujo mezclado con saliva cayó de la entrada.

Keith bajó la vista y notó que los pies de Yeon-woo se encogían al máximo. Podía ver cómo su cuerpo temblaba entre la expectación y la ansiedad. Sin dudarlo, hundió los labios entre sus nalgas.

—Ugh...

Yeon-woo gimió y dobló las rodillas. Si no hubiera tenido el torso apoyado sobre el escritorio, se habría desplomado. Dejándolo ceder sin poder sostenerse en pie, Keith cerró los ojos y continuó lamiendo y succionando la entrada.

El estrecho agujero se contraía sin cesar cada vez que los labios de Keith lo frotaban, acariciándolo por dentro de forma tentadora, como si le pidiera que entrara de una vez. Sin dudarlo, Keith introdujo la lengua.

Yeon-woo ni siquiera pudo gritar con la lengua de Keith tan adentro; solo dejaba salir una serie de gemidos entrecortados por la respiración agitada. Sus feromonas se volvieron mucho más intensas, e igual le ocurrió a Keith: el ambiente se impregnó de su aroma, nublando cualquier rastro de razón.

La entrada, relajada por las caricias constantes, se abrió del todo, y el flujo descendió por la barbilla de Keith. Sin embargo, no se detuvo: continuó lamiendo, frotando y buscando la carne suave del interior.

Yeon-woo sentía un cosquilleo insoportable en el vientre. Sin poder aguantar más, se agitó y suplicó:

—Para, Keith, para... Ya está bien... ¡Por favor, mételo...!

Al sentir sus manos esposadas moverse con desesperación tras la espalda, Keith le lamió de nuevo el pliegue antes de sujetarlo. Al no poder mover los brazos a voluntad, Yeon-woo rompió a llorar:

—Ah... ah...

El calor en su vientre iba en aumento y experimentaba una sensación extraña: la parte inferior le palpitaba como si le recorriera una descarga eléctrica. Quería despejar el calor acumulado usando las manos, pero sus muñecas continuaban atrapadas por el agarre de Keith.

El sonido húmedo y constante le dejó la mente en blanco. En un momento dado, sus llantos se cortaron y todo su cuerpo empezó a temblar. Yeon-woo solo parpadeaba aturdido mientras se le escapaba un hilo de saliva por la boca abierta, apretando los dedos de los pies en medio de espasmos.

—... Yeon-woo.

Keith al fin retiró los labios y pronunció su nombre, pero Yeon-woo no reaccionaba. Recostado sobre el escritorio y respirando con dificultad, Keith volvió a mirar hacia abajo y frunció el ceño: el miembro de Yeon-woo, hinchado por la excitación, empezaba a perder firmeza.

—Yeon-woo, ¿te viniste solo sin pedir permiso?

Lo dijo con tono de incredulidad, pero Yeon-woo no llegó a escucharlo. Ver que había alcanzado el clímax por su cuenta y que disfrutaba del momento a solas hizo resurgir el lado más irascible de Keith.

De inmediato se puso de pie y comenzó a desabrocharse el cinturón. El tintineo del metal resonó con fuerza, pero Yeon-woo siguió sin responder. Libre del bóxer, el miembro de Keith estaba al límite y con la punta húmeda.

Se había estado conteniendo para venirse dentro de Yeon-woo, pero este se había satisfecho solo. Keith llegó a la conclusión de que ningún hombre aguantaría algo así, y él no pensaba ser la excepción.

Todavía fluía lubricación de la entrada de Yeon-woo, quien respiraba agitado y contraía el conducto con cada exhalación. Aunque se había liberado, la apertura continuaba húmeda y receptiva. Sin tolerar que su pareja se hubiera venido solo tras dejarlo en ese estado, Keith lo tomó de la cintura e introdujo su miembro de una sola embestida.

—¿...?

Afectado aún por el clímax, Yeon-woo abrió los ojos de par en par, sorprendido por la repentina presión. Jamás pensó que lo haría de esa forma, pero reconoció la sensación al instante: era demasiado familiar para negarlo.

Sin embargo...

—¡Bésame! —gritó Yeon-woo apresuradamente, intentando girar el rostro.

Pero tan pronto como intentó buscar la cara de Keith, este le levantó la espalda de golpe.

—¡Ah!

Sorprendido por su propio grito, Keith se detuvo un segundo con los ojos cerrados antes de hablar:

—¿Te gustó?

Su tono pausado sonó distinto. Yeon-woo, que apenas podía mantener los ojos abiertos, vio a Keith sonreír con una mueca irónica mientras tragaba saliva seca. Tenía el ceño bastante fruncido.

Al notar la expresión de Yeon-woo, Keith entornó los ojos. Al instante siguiente, su miembro se clavó con fuerza en su interior. Yeon-woo soltó un jadeo y respiró con dificultad mientras Keith le decía:

—Vaya, Yeon-woo.

La voz de Keith continuó, adoptando un matiz que parecía reprocharle algo:

—Se te volvió a levantar.

—¿Eh?

Yeon-woo parpadeó desconcertado.

Al ver a Yeon-woo incapaz de reaccionar con claridad y solo retorciéndose sobre el escritorio, Keith dejó salir un breve chasquido con la lengua. Con un golpe seco, volvió a darle una bofetada en la nalga. En cuanto Yeon-woo se tensó por la sorpresa, las paredes de su interior apretaron el miembro de Keith. Este frunció el rostro y apretó los dientes:

—¿Crees que te lo voy a dejar pasar?

A pesar de sus palabras, su propia respiración ya estaba bastante alterada. Dado que Yeon-woo se había venido antes, el interior estaba más relajado y le permitió entrar con relativa facilidad, pero la sensación comenzaba a superarlo. Aunque hasta ahora había intentado contenerse estuvo a punto de perder el control. Culpando a Yeon-woo por su falta de paciencia, le propinó otro golpe en el trasero. Yeon-woo se encogió por completo del susto.

—Ah...

Keith dejó escapar un gemido. El interior de Yeon-woo estaba caliente, suave y succionaba su miembro erguido como si buscara tragarlo por completo.

Por supuesto, eso era imposible: Yeon-woo ni siquiera podía abarcar la mitad de su tamaño por la garganta. Sin embargo, su entrada abajo devoraba la base con avidez. Tras tomar aire un momento y disfrutar de la sensación, Keith se echó un poco hacia atrás y volvió a embestir con fuerza hasta el fondo.

—¡Ah!

Yeon-woo soltó una exclamación. Keith, que se introdujo hasta la base de una sola vez, se recostó sobre su espalda y respiró hondo. Al quedarse quieto frotándose contra él, la zona quedó cubierta por el espeso líquido preseminal que goteaba del miembro de Yeon-woo.

—Yeon-woo, ¿Qué pasa? Estás goteando mucho... —susurró Keith recostado sobre él, dejando escapar un aliento pesado cerca de su oído.

Nota Lucy: Caray trátamelo más bonito, no tienes remedio Keith ):<


Capítulo 4

—Dime. ¿Tanto te gustó? Ni siquiera lo he hecho hasta el punto para venirme

En condiciones normales, Yeon-woo habría notado que el tono de Keith no daba pie a réplica. Sin embargo, en ese momento estaba fuera de sí. Hacía apenas un instante que habían acabado y el miembro de Keith ya estaba completamente erguido de nuevo, como si su resistencia no tuviera límite. Yeon-woo ansiaba que le acariciara el frente o que se friccionara dentro de él, pero como Keith no daba muestras de moverse, se apresuró a hablar:

—Bésame...

Jadeando, Yeon-woo le devolvió la mirada. Parpadeando con los ojos anegados en lágrimas, confesó:

—Te quiero.

En ese instante, sintió como si algo se quebrara en lo más profundo de Keith.

—Ah...

Inconscientemente, brotó un suspiro ahogado. El semen que Keith había estado reteniendo se derramó en el vientre de Yeon-woo de golpe. Keith miró hacia abajo mientras lo sujetaba firmemente por la cintura. Su miembro, ardiendo al máximo, estaba enterrado hasta la raíz entre las nalgas enrojecidas.

Por un momento, la mente de Keith quedó en blanco. Supo de inmediato qué significaba esa sensación, y Yeon-woo también lo comprendió al percibir cómo el aroma de las feromonas se volvía denso y sofocante.

El Rut había tomado el control de Keith.

—Keith...

Yeon-woo lo llamó con voz quebrada y angustiada, pero ya era demasiado tarde. Keith le sujetó la cadera y empezó a embestir sin piedad. No hubo espacio para la delicadeza. A pesar de haber eyaculado, su miembro no daba señales de ceder; al contrario, se hinchó aún más, llenándolo hasta el límite. Yeon-woo sentía que el vientre le iba a estallar.

—Ah... Me duele... Me duele, Keith...

Yeon-woo le suplicó entre sollozos, pero Keith ya no escuchaba razones. Su único impulso era llenar ese cuerpo con su semen, sembrar su semilla en lo más profundo de sus entrañas hasta dejarlo completamente impregnado.

—¡Ah!

Yeon-woo soltó un grito. El miembro de Keith se agrandó hasta taponar el interior por completo, impidiendo que una sola gota del semen vertido dentro llegara a derramarse.

Voy a dejarlo embarazada.

Keith movía la cadera como poseído. El juicio había desaparecido y solo le quedaba el instinto animal. Una única noción martilleaba su cabeza: devorar cada rincón de ese cuerpo para no perderlo jamás frente a nadie.

Tienes que quedar embarazado. Tienes que dar a luz a mi hijo.

Jadeaba sin cesar mientras dejaba marcas voraces en el cuello y los hombros de Yeon-woo.

Eres mío.

—Ugh...

La cantidad de semen acumulada en su interior era exorbitante. Aturdido por la abrumadora concentración de feromonas que emanaba de los fluidos corporales, Yeon-woo terminó por perder el conocimiento.

***

Se oyó un ligero clic y la puerta se abrió. Yeon-woo, que yacía en la cama con los ojos cerrados, los abrió a la fuerza al sentir que alguien se acercaba.

—¡Papi!

Gritó Spencer, que cruzó la habitación a toda prisa y saltó sobre la cama. Yeon-woo estrechó al niño entre sus brazos. Spencer le plantó un beso en la mejilla como si hubiera estado esperando ese momento y preguntó:

—Papi, ¿estás enfermo otra vez? ¿Todavía te duele? ¿Dónde te duele?

—Eh...

Yeon-woo miró a Keith, que venía detrás del niño, y respondió a la ráfaga de preguntas:

—No es nada, mi amor. Solo necesito descansar.

Le ofreció una sonrisa tranquilizadora, pero el rostro de Keith permaneció severo.

—Hoy vas al hospital sin falta.

Keith se sentó al borde de la cama con gesto serio, le apartó el cabello de la frente a Yeon-woo y continuó:

—Llevas días sin recuperarte. Ya hablé con el médico, así que no lo aplaces más. La cita es a las once.

—Está bien.

Yeon-woo asintió sumiso.

—Perdón por preocuparte...

—Solo concéntrate en ponerte bien.

Keith cortó la conversación y levantó a Spencer, que seguía acurrucado sobre el vientre de Yeon-woo.

—Vamos, Spence. Papi tiene que descansar, así que dejémoslo tranquilo. Tienes que ir a la guardería.

Con el niño en brazos, Keith le dio un beso en los labios a Yeon-woo y frunció el ceño.

—Tienes muy mala cara.

Además, en los últimos días había bajado bastante de peso. Keith lo había visto saltarse varias comidas alegando que no se sentía bien. También se la pasaba durmiendo la siesta por el agotamiento y casi siempre se quedaba dormido antes de que Keith volviera del trabajo, por lo que, evidentemente, no estaba yendo a la oficina.

Yeon-woo, que al principio no le había dado importancia, empezó a sentir una vaga inquietud a medida que la situación se prolongaba. Al final, viendo que se la pasaba en cama entre constantes siestas y sin probar una sola gota de agua en todo el día, Keith intentó llevarlo por la fuerza a urgencias.

«Primero coordinaré una cita con el doctor Steward».

Keith se negó a escuchar los reparos de Yeon-woo, que intentaba disuadirlo avergonzado. Sin embargo, como Yeon-woo se resistía firmemente a ir a emergencias solo por un malestar estomacal y falta de apetito, a Keith no le quedó más remedio que ceder a regañadientes. Eso sí, impuso sus condiciones: llamó personalmente al médico sin pasar por la secretaria y le advirtió que, si no conseguía un sobreturno en un plazo máximo de tres días, lo llevaría de inmediato a otro centro médico. Por fortuna, el doctor Steward le hizo un espacio para dos días después.

Cuando se acercó la hora de la cita, Yeon-woo, que no había probado bocado el día anterior, reunió fuerzas a duras penas para tomar unas cucharadas del caldo claro de verduras que le llevó Charles. La sopa, prácticamente sin trozos sólidos y muy ligera, era lo único que su estómago podía tolerar en ese momento. Luego se sumergió en el agua caliente del baño que Charles le había preparado, aprovechando para relajarse mientras se aseaba y se vestía para salir.

A punto de abandonar la mansión, escuchó el timbre de su teléfono. Al ver quién llamaba, Yeon-woo contestó mientras caminaba hacia la salida:

—Sí, Keith, ya voy saliendo.

Al subir al vehículo que lo aguardaba, preguntó con tono juguetón:

—¿Llamas para comprobar si de verdad iba de salida?

—Avísame en cuanto salgas de la consulta —dijo Keith antes de cortar abruptamente.

Yeon-woo dejó escapar una sonrisa amarga, guardó el móvil y se reclinó en el asiento. De camino al hospital, experimentó una sensación de alivio que no sentía hacía tiempo.

«Ya que estoy afuera, ¿debería aprovechar para hacer algo más?».

Entregado a pensamientos agradables, Yeon-woo cerró los ojos. ¿A qué hora terminaría la atención? ¿Alcanzaría a pasar por Spencer? Podría llamar a Ema para consultar cómo venía la agenda de Keith para la tarde...

Se quedó dormido casi sin darse cuenta y apenas reaccionó cuando el escolta, tras detener el coche, le tocó el hombro con delicadeza para despertarlo. Sentía el cuerpo pesado y la cabeza embotada. Entró al edificio pensando en pedirle al médico que le recetara algún complejo vitamínico.

—Bienvenido, Yeon-woo. Me habían avisado, pero realmente te ves bastante desmejorado.

El doctor Steward lo recibió con la calidez de siempre, aunque con evidente preocupación, y le indicó que tomara asiento. Apenas se acomodó, la asistente le formuló un breve cuestionario y lo guió hacia el área de exámenes.

Mientras aguardaba en la sala de espera tras sacarse sangre y entregar la muestra de orina, notó la bandeja de aperitivos dispuesta para los pacientes. Unas galletas de chocolate, un dulce por el que normalmente no sentía mayor devoción, le llamaron poderosamente la atención.

Tomó una disimuladamente, abrió el envoltorio y se llevó un trozo a la boca. A pesar de su malestar general, la galleta se le deshizo en la boca con una facilidad pasmosa. Abrió otra y se la comió. Luego otra. Y otra más.

Para cuando el personal médico golpeó la puerta e ingresó a la sala un instante después, Yeon-woo se estaba llevando a la boca la última galleta que quedaba en la cesta.

—Bienvenido de nuevo, Yeon-woo. ¿Pudiste descansar un poco? Te ves con mejor color.

Yeon-woo sonrió con cierta timidez, apenado por la amabilidad del médico. Le daba vergüenza haber devorado hasta la última galleta del recipiente; tal vez su apetito voraz se debía a los días que llevaba prácticamente sin comer.

—Estaban muy ricas, así que me las comí todas...

Al oír su confesión avergonzada, el doctor soltó una leve carcajada.

—Para eso están. Hiciste muy bien, hay pacientes que hasta piden repetición.

Con gesto relajado, el médico consultó la pantalla de su equipo y retomó la conversación:

—Me decías que llevas entre una semana y diez días sin poder comer bien, ¿correcto?

—Sí, tengo náuseas constantes... y nada de apetito.

—¿Sientes somnolencia a todas horas?

—Sí, me mareo mucho y me faltan las fuerzas.

Yeon-woo asumía que todo era consecuencia de la falta de alimento, pero el semblante del doctor tomó un tono distinto al esperado. El médico se cruzó de brazos, pensativo, y adoptó una expresión de profunda seriedad.

—Yeon-woo, ¿se te ocurre qué podría estar pasándote?

—¿Eh? —respondió Yeon-woo, desconcertado por la pregunta.

—Bueno, me imagino que es por no haber comido bien estos días...

—¿No habías experimentado algo así antes? ¿Nunca?

El tono insistente comenzaba a resultarle extraño. Aunque confundido, Yeon-woo hizo un esfuerzo por repasar su historial.

—Que yo recuerde, no... O tal vez episodios muy breves, de un día a lo sumo. Nunca algo tan prolongado...

Al ver que Yeon-woo guardaba silencio, el médico lo observó fijamente sin articular palabra. La repentina pausa comenzó a ponerlo nervioso, hasta que el doctor rompió el hielo:

—Yeon-woo, mantén la calma y escucha lo que voy a decirte.

—Sí...

¿Qué clase de diagnóstico iba a darle? Yeon-woo tragó saliva con dificultad mientras aguardaba la revelación.

—Estás embarazado.

***

El impacto fue tal que ni siquiera atinó a pedir una explicación. Al ver a Yeon-woo inmóvil, con los ojos desorbitados y la respiración contenida, el médico se lo confirmó con firmeza:

—Verifiqué los valores del laboratorio varias veces. No hay margen de error: estás esperando un bebé.

Yeon-woo continuaba mudo. Ante su evidente estado de shock, el profesional esbozó una cálida sonrisa.

—En estos casos se suele dar la enhorabuena, pero...

El médico siguió hablando, pero Yeon-woo dejó de registrar sus palabras. ¿Un embarazo? ¿Llevaba una vida en su interior?

¿Su segundo hijo?

A medida que la noticia terminaba de asentarse en su mente, el rubor fue tiñendo sus mejillas. Al notar el cambio en su rostro, el doctor guardó silencio y lo observó con atención.

—Si quieres una confirmación más detallada, te sugiero que consultes con tu obstetra de confianza.

Ante la sugerencia, Yeon-woo asintió torpemente, todavía aturdido.

—Pero... ¿El análisis es totalmente certero?

—Así es —reiteró el médico con un asentimiento—. No cabe duda.

—Muchas gracias.

Yeon-woo se despidió y recién al salir cayó en la cuenta. Había pasado tanto tiempo desde su primer embarazo que había olvidado por completo los síntomas. Cuando esperaba a Spencer había sentido exactamente lo mismo: una fatiga abrumadora que lo llevaba a quedarse dormido en cualquier parte, sumada a los ascos y vómitos que le impedían comer. La única diferencia era que esta vez su cuerpo se encontraba considerablemente más debilitado.

¿Pero cómo había sucedido? ¿En qué momento?

Le había mencionado en repetidas ocasiones su deseo de tener otro hijo, pero Keith siempre se había negado de plano. Desde que se casaron, Keith casi nunca le alzaba la voz ni se molestaba con él, salvo cuando Yeon-woo insistía sobre el tema o intentaba convencerlo con rodeos. Por eso mismo, ya había dado el tema por cerrado.

¿Cómo era posible?

No había forma de que Keith lo hubiera buscado a propósito. Tenía que haber sido un accidente, tal como ocurrió cuando quedó embarazado de Spencer mientras estaba inconsciente.

Sin embargo, Keith tenía su marca. Sus feromonas eran estables y, aun durante sus períodos de Rut, jamás perdía la lucidez.

¿O acaso esta vez sí la había perdido?

De pronto, un destello cruzó la mente de Yeon-woo. ¿Hubo algún momento en que Keith se hubiera descontrolado por completo? Pensándolo bien, sí que lo hubo. De lo contrario, esto no tendría explicación médica. En ese instante, un recuerdo que había quedado traspapelado volvió a su memoria con total claridad.

«No puede ser... En la oficina».

No cabía la menor duda. Aquel día se habían entregado el uno al otro de forma salvaje, como auténticas bestias.

Con semejante nivel de desenfreno, resultaba inevitable que hubiera quedado embarazado. Para colmo, Keith estaba atravesando su Rut. ¿Habría sufrido alguna laguna mental y perdido la conciencia por un segundo? Por eso no pudo contenerse... No podía creer que Keith, siendo tan tajante respecto a no tener más hijos, hubiera cometido semejante descuido.

La gente suele hablar de milagros.

Yeon-woo no albergaba dudas: Dios había escuchado su más anhelado deseo. Nunca se había considerado una persona creyente, pero en ese preciso instante sentía una certeza absoluta. De otro modo, un evento así jamás habría sido posible.

Al notar que el semblante de Yeon-woo se iluminaba, el médico le preguntó con una sonrisa:

—Se lo vas a decir como sorpresa a Pittman, ¿verdad?

—Sí —asintió Yeon-woo.

Tal como le habían sugerido, lo ideal era hacerse una ecografía con su obstetra antes de darle la noticia. Buscó apresuradamente los datos del especialista que lo había asistido en el nacimiento de Spencer y, para su buena suerte, le confirmaron que podían atenderlo ese mismo día. Sin perder un minuto, se dirigió al otro centro médico.

«Parece que hoy todo juega a mi favor».

Yeon-woo apenas podía disimular la alegría que le embargaba la certeza de que la fortuna le sonreía. Al llegar y reunirse con su médico tratante, le explicó el motivo de la visita y se sometió a las revisiones de rutina. Mientras esperaba el informe final tras repetir los exámenes correspondientes, apretaba las manos con fuerza en un intento por contener la emoción que le desbordaba el pecho.

—Enhorabuena.

En cuanto escuchó la felicitación acompañada de una gran sonrisa por parte del doctor, Yeon-woo estuvo a punto de soltar un grito de alegría. Viendo el entusiasmo contenido del paciente, el especialista agregó que la gestación estaba avanzada: acababa de superar las cinco semanas y entraba formalmente en la sexta.


Capítulo 5

Incluso después de regresar a casa, Yeon-woo continuaba sumergido en un estado de profunda agitación. Intentaba calmarse a sí mismo, repitiéndose que debía mantener la serenidad y la cordura, pero le resultaba absolutamente imposible conseguirlo. Contempló su vientre y lo acarició con extrema delicadeza; aun así, la situación todavía no le parecía real.

«Estás aquí, muchas gracias».

Inclinó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos embargado por una plenitud que jamás había experimentado. Debería decírselo a Keith en primer lugar, ¿verdad? Y después, hablar con Spencer.

¿Qué tan feliz se pondría el pequeño al enterarse de que tendría un hermano menor?

Yeon-woo sabía perfectamente cuánto envidiaba Spencer a Pete por tener un hermano. El niño solo intentaba resignarse al hecho de no tener uno debido a la débil salud de su padre. Para compensarlo, Keith había volcado absolutamente todo en Spencer... todo excepto un hermano menor.

«Pero ahora puedo dárselo».

La sola idea de que el mundo de Spencer fuera finalmente perfecto hacía que su corazón martilleara con tal fuerza que apenas podía contener la emoción. Se cubrió la boca para sofocar una risita espontánea cuando, de pronto, resonó el timbre del teléfono. Sobresaltado, Yeon-woo se apresuró a inhalar profundamente mientras apoyaba las manos sobre la mesa de té más cercana.

«Tengo que ser cuidadoso».

Una vez que recobró cierta calma, echó una mirada serena a su alrededor. Tras ubicar el móvil, que había arrojado al azar sobre la cama, caminó deliberadamente a paso lento. Se advirtió a sí mismo que no debía tropezar por andar con prisas, pero justo en el instante en que extendió la mano hacia el aparato, la llamada se cortó. Al verificar la pantalla, vio que era de Keith.

«Debe de estar preocupado».

Había pasado un buen tiempo, de modo que era comprensible que estuviera inquieto. Keith, cansado de aguardar a que Yeon-woo lo llamara primero, finalmente había marcado su número. Sin embargo, antes de que Yeon-woo pudiera devolver la llamada, el teléfono volvió a resonar. Estuvo a punto de precipitarse a contestar, pero se contuvo a tiempo. Respiró hondo y presionó el botón para descolgar. Notó que tenía la garganta algo carraspera, por lo que tosió rápidamente antes de hablar:

—¿Hola, Keith?

Su voz sonaba excepcionalmente animada. En cuanto emitió sonido, hubo una reacción inmediata al otro lado de la línea.

—¿Por qué tardas tanto en contestar?

La voz de Keith denotaba signos inequívocos de irritación y nerviosismo; parecía haber estado al borde de la desesperación mientras esperaba que Yeon-woo atendiera.

—Es solo que... no encontraba el teléfono.

Improvisó una excusa cualquiera, pero para Keith eso carecía de importancia en ese momento. Sin perder tiempo en rodeos, fue directo al grano:

—¿Fuiste al médico? ¿Qué te dijeron?

Yeon-woo abrió la boca para responder, pero la abrumadora emoción le impidió articular palabra y se limitó a exhalar hondamente. Keith malinterpretó por completo esa reacción.

—¿Qué pasa? ¿Ocurrió algo malo?

«Vaya si ocurrió algo... Un asunto enorme», pensaba Yeon-woo para sus adentros, aunque de algún modo las palabras no le salían. De pronto, recordó lo firmemente que Keith se había opuesto siempre a tener otro hijo. Cegado por su propia alegría, no había considerado el enorme impacto que la noticia del embarazo tendría sobre su esposo. ¿Cómo debía dársela? Como el silencio de Yeon-woo se prolongaba, Keith volvió a presionar, incapaz de contener la ansiedad:

—¿Qué te dijeron? Maldita sea, contéstame de una vez.

El lenguaje de Keith era desproporcionado, fruto del desespero. Volvió a insistir sin darle tregua:

—¡Yeon-woo! Por favor, habla. ¿Es una enfermedad grave?

Yeon-woo sacudió la cabeza apresuradamente.

—No, no es eso. Mi salud está perfectamente bien.

—¿Entonces el problema no es tu cuerpo, sino otra cosa?

Se escuchó a Keith respirar agitadamente; era evidente que la respuesta de Yeon-woo lo había tomado por sorpresa y ahora su mente divagaba hacia cualquier otra posibilidad catastrófica. Al ver que Yeon-woo continuaba dudando, Keith, convencido de que algo andaba muy mal, tomó aire en varias ocasiones tratando de reprimir sus emociones.

—¿Qué está pasando? Yeon-woo, dime algo, lo que sea.

Apenas pudo articular la frase con una voz apagada. Yeon-woo finalmente le respondió:

—Es difícil hablar de esto por teléfono... Te lo diré más tarde, cuando regreses del trabajo.

Intentaba hablar con la mayor serenidad posible, pero del otro lado de la línea se percibía un repentino alboroto, como si Keith se estuviera moviendo a toda prisa.

—Espera, voy a casa ahora mismo.

—No.

La negativa de Yeon-woo fue instantánea. Aprovechando la pausa atónita de Keith, añadió:

—No vengas, Keith. No es una urgencia, de verdad. Está bien si lo hablamos después; es más, será mejor si esperas a regresar.

—¿Qué? —preguntó Keith, incrédulo.

Yeon-woo intentó persuadirlo de la manera más dulce posible:

—De verdad estoy bien, así que no te preocupes ni te apresures. Te lo contaré todo con calma más tarde.

Miró el reloj de pared antes de agregar:

—Además, ya casi es hora de que termines tu jornada. No falta mucho para que termines tus pendientes... Yo te estaré esperando aquí.

Keith se quedó en silencio un momento al escucharlo asegurar que se quedaría en la casa. Tras un breve lapso, se oyó un pesado suspiro al otro lado de la línea.

—De acuerdo. Está bien.

—Está bien —reiteró Yeon-woo con tono firme y sereno—. Nos vemos al rato, Keith. No conduzcas con prisa y ten cuidado.

—De acuerdo.

Tras colgar el teléfono, Yeon-woo soltó un profundo suspiro. Tenía bastante por hacer antes de su llegada. En primer lugar, le daría la cena a Spencer y lo acostaría temprano. Después le daría la noticia a Keith.

«Por supuesto que se alegrará».

Al fin y al cabo, al ser algo inevitable, no le quedaría más remedio que aceptarlo. Tal vez al principio estuviera un poco abatido por la preocupación sobre la salud de Yeon-woo, pero él se encargaría de asegurarle que no había nada que temer mientras lo abrazaba con fuerza.

«Todo va a salir bien».

Pensó Yeon-woo. Acariciándose el vientre con el rostro ligeramente sonrojado, volvió en sí y se apresuró a llamar a Charles para pedirle que preparara la cena del niño.

A la hora habitual de siempre, el vehículo de Keith ingresó a la mansión. Yeon-woo sabía que el coche había cruzado el jardín a una velocidad mucho más lenta de lo normal y que incluso había dado vueltas innecesarias por el recinto. Quizás Keith había intentado deliberadamente regresar exactamente a la misma hora de siempre por consideración hacia él. Como resultado, para Yeon-woo, que no había despegado la vista de la ventana, el tiempo de espera no había variado, pero sintió un pinchazo de culpa por la inquietud de su esposo.

Keith tardó un poco más de lo normal en subir a la habitación. Aunque era temprano, Spencer se había quedado dormido rápidamente tras la cena, tal vez por haber jugado con especial entusiasmo en la guardería.

Yeon-woo recordó lo feliz que se había sentido mientras criaba a Spencer. Su madre solía decir que jamás había visto a un niño tan dócil y que no se explicaba cómo podía ser tan adorable. Desde que era un bebé, rara vez se despertaba a mitad de la noche a lloriquear; nunca lloraba antes de dormir ni se quejaba sin motivo aparente.

«He sido tan torpe contigo en tantas ocasiones y, aun así, me quieres tanto...».

Yeon-woo experimentaba una mezcla de profundo afecto y culpa cada vez que contemplaba a Spencer. Por ello, la oportunidad que se le presentaba ahora resultaba aún más valiosa e indispensable para él.

«Esta vez lo haré mucho mejor».

Apenas terminaba de afianzar esa nueva resolución cuando percibió una sutil presencia en el pasillo: era el sonido de los pasos de Keith acercándose. Inundado por repentinos nervios, Yeon-woo se apartó de la ventana. Las pisadas constantes se aproximaban paso a paso.

Finalmente, había llegado el momento. Con la boca seca por la tensión, caminó a toda prisa hacia la mesa de té y sirvió un poco de agua de la tetera. Apoyó la taza de inmediato, ya que comenzaba a sentir náuseas de nuevo, y trató de recomponer su compostura para verse lo más sereno posible.

Los pasos se detuvieron justo frente a la puerta. Al notar que pasaban varios segundos sin que la perilla se moviera, comprendió que Keith también se estaba armando de valor. Las manos de Yeon-woo temblaban levemente mientras se acercaba a la entrada. Finalmente, rompiendo el tenso silencio, la puerta se abrió.

Keith, al entrar en la habitación, no lucía muy distinto de como se había ido por la mañana... al menos en su vestimenta. La única excepción era su rostro, sumamente pálido y rígido.

Avanzó con pasos más pausados de lo habitual y se detuvo a cierta distancia de Yeon-woo. La puerta se cerró a sus espaldas con un chasquido que sonó casi ominoso.

Un pesado silencio se instaló entre ambos. Ninguno de los dos se atrevía a romperlo. Yeon-woo, con los hombros encogidos por una tensión aplastante, apenas pudo despegar los labios:

—Oye, Spencer... se quedó dormido temprano.

—Lo sé.

Keith habló finalmente. A pesar de pronunciar solo dos palabras, su voz sonó áspera y ronca. Yeon-woo no lograba comprender por qué lo miraba con una tez tan cadavérica. ¿Habría dicho algo indebido? ¿Había lugar para un malentendido? ¿O acaso ocurrió algo grave en la empresa?

Al ver a Yeon-woo mirar hacia todos lados con confusión, Keith tragó saliva con dificultad y exhaló hondamente. Ya había pasado por la habitación de Spencer. En el trayecto de regreso, no había hecho más que repasar sus acciones de los últimos tiempos; es más, había analizado minuciosamente toda su conducta pasada, incluso la previa a conocer a Yeon-woo.

Y finalmente, el momento de la verdad había llegado. Keith sabía perfectamente que ya no había espacio para dar marcha atrás.

Exhaló un largo y pesado suspiro antes de romper el silencio:

—Dímelo de una vez... ¿Qué fue lo que hice mal esta vez?

—¿Qué?

Yeon-woo abrió los ojos de par en par, completamente desconcertado. Solo en ese instante comprendió la razón detrás del rostro pálido y angustiado de Keith. Además, su tono dejaba entrever una clara señal de nerviosismo. A juzgar por su postura decidida y resignada, parecía estar preparado para afrontar cualquier castigo; parecía dispuesto a arrodillarse si eso se le exigía.

¿Qué demonios creía Keith que iba a decirle? Durante todo el trayecto se lo había preguntado una y otra vez, analizando y reevaluando cada palabra, cada acción y cada detalle insignificante hacia Yeon-woo.

Pero no había encontrado absolutamente nada.

Y con toda razón, pensó Yeon-woo. No le había pedido hablar, porque Keith tuviera la culpa de algo. Quizás por no tener la menor idea de cuál era el problema, Keith se había sentido aún más ansioso e impotente. ¿Acaso no había postergado su regreso dando vueltas en el coche, porque no hallaba una respuesta, optando finalmente por rendirse y aceptar lo peor? Estaba dispuesto a asumir incondicionalmente cualquier reproche o crítica irracional que Yeon-woo quisiera verter sobre él... con la única excepción de una ruptura.

Como prueba de ello, en ese momento estaba entregándose por completo, esperando sumiso la sentencia de Yeon-woo, convencido de que el error debía ser suyo.

Al contemplar el rostro exhausto de Keith, a Yeon-woo se le oprimió el corazón invadido por la culpa. Incapaz de contenerse, se arrojó a sus brazos.

—No es tu culpa.

—¿Entonces? —preguntó Keith, envolviendo a Yeon-woo por puro reflejo.

—¿Qué era eso tan grave que no podías decirme por teléfono?

Al escuchar esa voz áspera, Yeon-woo finalmente alzó la cabeza. Al ver de cerca el rostro demacrado de Keith, que parecía haber envejecido años en un solo día, se quedó mudo por un instante. El aroma de las feromonas de su esposo se intensificó, delatando sus desesperados esfuerzos por reprimir la frustración. Yeon-woo dejó escapar el aire entrecortado y finalmente habló:

—Keith...

Al escuchar su nombre, Keith se tensionó al instante. Durante los breves segundos previos a la siguiente palabra, la mente de Keith se vio bombardeada por toda clase de augurios nefastos y por cada posible solución que pudiera ofrecer.

«¿Debería decirle que le transferiré todas mis acciones? ¿Le diré a Christie que le compre cualquier cosa que desee? Cuando dijo que no quería un jet privado, ¿debí regalárselo de todos modos? ¿Organizamos una fiesta de cumpleaños en el Palacio de Versalles? ¿Debería arrodillarme ahora mismo? ¿Encargo un anillo de diamantes digno de entrar al Libro Guinness de los Récords? Sí, lancemos un cohete al espacio. Grabemos el nombre de Yeon-woo en el fuselaje. El cumpleaños de Yeon-woo es la excusa perfecta para lanzar una nave espacial, ¿no? Espera, ¿falta mucho para su cumpleaños? ¿Cuál es el aniversario más cercano? No importa, inventemos uno. Podemos hacerlo. Sí, pongámosle cualquier nombre. Digamos que es un regalo para Yeon-woo solo porque hoy luce especialmente encantador. Claro que sí, es una razón perfectamente válida... Por favor, solo no me digas que quieres que nos separemos».

Mientras ideaba desenfrenadamente cualquier recurso para retener a Yeon-woo, este al fin lo confesó:

—Estoy embarazado.

A Keith le habría resultado más fácil de procesar que le pidiera el divorcio.

Se le quedó mirando fijamente a Yeon-woo, quien le sonreía con dulzura. En ese instante, la mente de Keith, saturada de miles de pensamientos, se quedó completamente en blanco.

Nota Lucy: Jajaja pobre Keith, es que le aterra perder a Yeon-woo y el embarazo es peligroso para él.


Capítulo 6

Se produjo un silencio sepulcral, mucho más pesado e incómodo que el anterior. Yeon-woo incluso se preocupó de si Keith estaba respirando bien. A causa del impacto, Keith ni siquiera parpadeaba; si un desconocido lo hubiera visto en ese momento, habría pensado que se trataba de una muñeca de cera muy bien lograda. A ese nivel se había quedado completamente paralizado.

—¿Qué...? —tras un largo rato, articuló con voz ahogada—. ¿Qué? ¿Qué dijiste... hace un momento?

Ni siquiera podía formular una oración completa. Yeon-woo abrió la boca, desconcertado por una reacción que superaba lo que había previsto.

—Estoy embarazado... Eso fue lo que me dijo el médico, así que fui a la clínica de ginecología a la que había ido antes para hacerme un chequeo. Estoy seguro, Keith... estoy embarazado. Son cinco semanas.

Yeon-woo lo añadió con timidez mientras evaluaba sus reacciones. Keith abría la boca como si fuera a decir algo, pero no emitía ningún sonido; ni siquiera podía mover los labios con normalidad. Ante esa expresión inexpresiva, como si lo hubieran golpeado fuertemente con un objeto contundente en la cabeza, a Yeon-woo le resultó imposible saber cómo continuar.

Keith guardó silencio durante un largo periodo, como si intentara digerir a la fuerza las palabras que Yeon-woo acababa de pronunciar. Cuando Yeon-woo, incapaz de soportar el continuo silencio, estuvo a punto de presionarlo, Keith finalmente habló:

—¿Cómo? —apenas pronunció esa palabra, volvió a preguntar—: ¿Cómo...? ¿Cinco semanas? ¿A qué te refieres con que estás embarazado? ¿Tienes un bebé? ¿Cómo es posible?

Repetía lo mismo una y otra vez, incapaz de procesarlo. Yeon-woo, avergonzado, intentó responder con la mayor naturalidad posible:

—Ese día... ¿te acuerdas? En la oficina, cuando me pusiste las esposas... Fuimos un poco... Lo hicimos muchas veces. Tú... hasta entraste en Rut.

—Sí, así fue.

Normalmente, Keith se contenía teniendo en cuenta la salud de Yeon-woo, pero ese día había sido diferente. Al recordar involuntariamente lo sucedido, Keith hizo una pausa. Al notar su reacción turbada, Yeon-woo ladeó la cabeza.

—En ese momento... creo que fue ahí.

Keith soltó un suspiro de pura incredulidad. Al ver su rostro desencajado, Yeon-woo no pudo aguantar más.

—Di algo, por favor.

Se obligó a sonreír y lo miró, pero Keith seguía sin responder. Yeon-woo no se rindió y continuó hablando de manera animada a propósito:

—¿Será un niño o una niña? A mí me gustaría que fuera una niña, pero no me importa si es un niño. ¿No es increíble que haya quedado embarazado? El médico dijo que es verdaderamente un milagro. Aunque intentáramos concebir, la probabilidad era casi nula, pero que haya llegado así un bebé es un verdadero milagro...

Cuando estaba a punto de añadir: «¿Qué nombre deberíamos ponerle...?», Keith le agarró repentinamente el brazo y se lo apartó de un tirón. Sujetando a Yeon-woo, que perdió el balance y tambaleó con fuerza, le preguntó con el rostro gélido:

—¿Qué dijiste recién?

—¿Eh?

Yeon-woo parpadeó, perplejo. Keith lo miraba fijamente, pálido. Ante esa respuesta totalmente imprevista, Yeon-woo no supo qué decir, por lo que Keith volvió a instarlo:

—¿Ni siquiera podías concebir y vas a tener un hijo? ¿Cómo?

—No lo sé —Yeon-woo sacudió la cabeza apresuradamente—. Solo que, en aquel momento... como estabas tan alterado, creo que perdiste el conocimiento por un segundo a causa del Rut...

Ante esa prudente conjetura, Keith mantenía la mirada perdida, como si estuviera fuera de sí. La forma en que lo observaba sin pestañear resultaba abrumadora, pero Yeon-woo no podía liberarse, porque le tenía los brazos firmemente sujetados. Cuando el dolor del agarre hizo que Yeon-woo fuera incapaz de contener un gesto de molestia en el rostro, Keith cayó tardíamente en la cuenta de lo que estaba haciendo y se apresuró a aflojar la presión. Tras confirmar que Yeon-woo mantenía el equilibrio, retiró las manos y habló con el rostro demacrado:

—¿Estás bien?

—Sí, no te preocupes.

Respondió Yeon-woo, pero de inmediato comprendió los dos significados ocultos en esa pregunta.

—Mi brazo está bien y mi cuerpo también está bien, Keith.

—Está bien...

Solo entonces Keith suspiró con cierto alivio. Sin embargo, eso fue todo. En cuanto volvió a procesar el hecho de que había dejado embarazado a Yeon-woo, su rostro se desencajó de nuevo. Yeon-woo vaciló antes de hablar:

—Lo siento, Keith...

Tener un hijo era una responsabilidad compartida. Yeon-woo, que no esperaba que Keith estuviera tan conmocionado, intentó consolarlo por el momento. Sin embargo, la perspectiva de Keith era muy distinta.

—No te disculpes. No es tu culpa —continuó con voz dura—. El que te dejó embarazado fui yo, así que la culpa es mía. Por haber sido un arrogante y pensar que podía controlarme.

Aunque el cuerpo de Yeon-woo no fuera propenso a concebir fácilmente, Keith podía controlar su propia fertilización, por lo que el resultado no se diferenciaba en nada de su intención consciente. Keith lo sabía perfectamente; instintivamente lo había deseado: voy a derramar mi semilla en este dulce cuerpo y lo voy a dejar embarazado.

—...Estoy maldito.

Devorado por la culpa, Keith se dejó caer en una silla junto a la mesa de té mientras soltaba una palabrota. Yeon-woo lo miró ocultar el rostro entre ambas manos y se quedó allí sin decir una sola palabra. Keith no podía creer que hubiese dejado embarazado a Yeon-woo llevado por los celos. Gimió profundamente con la cara sepultada en sus palmas.

¿Acaso soy una bestia?

Yeon-woo, observándolo sufrir por la vergüenza, se sentó con cuidado en la silla de al lado. Al extender suavemente la mano para tomar el brazo de Keith, le sorprendió notar cómo se tensaba su cuerpo. Keith, que permaneció inmóvil por un momento, relajó los brazos y levantó lentamente la cabeza. Yeon-woo se encontró con su rostro pálido. Reprimió el deseo de abrazarlo de inmediato y, en su lugar, tomó la palabra:

—Keith...

Keith apenas pudo despegar los labios y se limitó a mirarlo con los ojos vacíos, como si no pudiera adivinar qué pretendía decirle. Yeon-woo hizo acopio de todo su valor y expresó lo que había estado pensando durante el día:

—No podemos cambiar lo que ya ocurrió.

Yeon-woo se preguntó qué tipo de mirada le devolvería Keith. ¿Acaso sonreiría? ¿Pondría una mueca? ¿Qué estaría pensando? Tenía curiosidad, pero la cara de Keith no reflejaba nada; lo miraba de manera inexpresiva, como si sus emociones se hubieran evaporado. Yeon-woo continuó:

—Tú y yo fuimos muy cuidadosos, pero aun así vamos a tener un bebé. Creo que es un regalo de Dios para nosotros. Yo...

—Yeon-woo —Keith lo interrumpió antes de que terminara la frase.

Yeon-woo tuvo que contener el aliento para escucharlo, pues su voz era terriblemente baja. Keith tomó la mano de Yeon-woo, que hasta entonces había estado apoyada en su brazo, y la apartó.

—Interrúmpelo.

Solo esa palabra salió de la boca de Keith. Estaba decidido y lo que pretendía era definitivo. Yeon-woo se quedó atónito ante semejante petición. Frente a él, que mantenía la mirada perdida, Keith volvió a pronunciar con voz firme:

—Es un simple error. No lo necesitamos; ve mañana mismo a interrumpirlo.

—¡Keith! —sin darse cuenta, Yeon-woo elevó el tono de voz—. ¿Cómo puedes decir algo así? Es nuestro bebé.

—Es solo una célula, no lo llames así todavía. Con Spencer es más que suficiente para nosotros —la voz de Keith también aumentó de volumen—. No vas a dar a luz, ¿de acuerdo? Espera, no digas nada. En el momento en que lo digas en voz alta, te vas a arrepentir.

Yeon-woo se vio obligado a callar ante semejantes palabras. Sin embargo, no fue porque no tuviera nada que objetar; al contrario, tenía demasiado por decir, pero no conseguía articularlo. Exhaló una bocanada de aire tan profunda que se le agitó el pecho. Podía percibir el aroma de las feromonas de Keith en su punto más intenso: la confusión, la ira, la angustia, la autocrítica y todas esas emociones saturaban el ambiente.

Yeon-woo intentó ponerse de pie con dificultad, pero Keith se levantó casi al mismo tiempo. Mirando a Yeon-woo, que permanecía sentado en la silla, le dijo:

—Iremos al hospital mañana. Haré la reserva; espera en casa y yo vendré a buscarte.

—Keith...

—Dije claramente que no.

Keith lo cortó a modo de advertencia y se encerró en el baño. Tras escuchar el tenue ruido del agua cayendo poco después, Yeon-woo se quedó sentado en absoluto silencio.

No se movió de allí hasta que Keith salió de ducharse. Al regresar al dormitorio, Keith frunció el ceño al ver a Yeon-woo aún en el mismo sitio, pero no tardó en acercársele. Lo tomó en brazos como si fuera lo más natural del mundo y lo llevó hasta la cama.

—Keith... —Yeon-woo abrió la boca para suplicar una vez más, pero Keith no le dio margen.

—Yeon-woo, sabes perfectamente lo mucho que detesto repetirme. Espero que no hagas nada innecesario.

Yeon-woo se vio forzado a guardar silencio ante esas frías palabras que le cerraban cualquier paso. Keith, acostado a su lado, abrazó el cuerpo de Yeon-woo como de costumbre, pero, de algún modo, su mente se sentía más distante que nunca. A pesar de sabernos incapaces de conciliar el sueño, ambos mantuvieron un terco silencio y no volvieron a hablar. Así transcurrió la noche.

Hasta el desayuno del día siguiente, no cruzaron una sola palabra. Cuando Yeon-woo abrió los ojos por la mañana, Keith ya se estaba preparando para irse a trabajar. Solo a Spencer le sonreía y le hablaba con la calidez habitual, pero a Yeon-woo ni siquiera lo miraba.

Seguro lo hace, porque sabe que flaqueará si me ve a la cara.

Yeon-woo podía leer la mente de Keith con más claridad que nunca, pero prefirió girar la cabeza y continuar con lo suyo. Keith, que siempre llevaba a Spencer a la guardería antes de dirigirse a la oficina, fue hacia la puerta principal con su hijo en brazos una vez que estuvo listo. Yeon-woo los siguió en silencio.

—¡Ya me voy, papá!

Spencer le dio un beso en la mejilla a Yeon-woo y corrió primero hacia el vehículo de Keith, dejando a los dos hombres atrás. Solo entonces Keith volvió a mirar a Yeon-woo y le dirigió la palabra por primera vez desde la discusión:

—Vendré a buscarte por la tarde, así que prepárate. Ema te confirmará la hora exacta.

Yeon-woo no respondió. Sin embargo, Keith se dio la vuelta y subió al coche sin esperar una contestación, como si previera que eso ocurriría. Poco después, el vehículo se puso en marcha; Yeon-woo se quedó contemplando cómo se alejaba y luego regresó a la habitación sin fuerzas.

La mansión estaba sumida en un silencio sepulcral. Acostado en la cama, se acarició cuidadosamente el vientre mientras fijaba la vista en el techo. En el caso de Spencer, tal vez por haberse enterado tarde del embarazo, sentía como si ya hubiera nacido desde antes y a veces le daba la impresión de percibir sus pataditas; pero ahora no sentía nada de eso. Ante la idea de cómo crecería este bebé, los ojos de Yeon-woo se llenaron repentinamente de lágrimas.

¿Acaso este bebé podrá crecer?

Respiró hondo mientras se frotaba los ojos con ambas manos y se detuvo. ¿De verdad no había ninguna alternativa? Ya había escuchado lo mismo hacía unos años. ¿No habría avanzado la medicina hasta mejorar la condición de su cuerpo? Pensó en todo lo que Keith había hecho por él y en cómo se había esforzado al máximo por estar más sano. Así que...

Así que...

Mecido por esa agonía, Yeon-woo terminó quedándose dormido. Volvió a abrir los ojos al escuchar el tono de llamada de su teléfono. Parpadeando en blanco mientras salía del sueño, regresó tardíamente a la realidad y buscó su móvil.

—¿Yeon-woo? ¿Estabas durmiendo?

—Ema... —Yeon-woo, avergonzado, se alborotó el cabello.

Ema, tras intercambiar un saludo breve, continuó:

—Me pongo en contacto contigo por indicaciones del señor Pittman. La cita en el hospital es a las 4:00 p. m. y el señor Pittman saldrá hacia la casa a las 3:00 p. m. Me pidió que te avisara para que te prepares a tiempo.

—Gracias, Ema.

—Yeon-woo, ¿no te sientes bien? —preguntó Ema con delicadeza. Era una duda natural, dado que él seguía ausentándose de la empresa y ahora tenía una cita médica. La presencia de Yeon-woo en el equipo de secretaría no era determinante, por lo que su ausencia no causaba un gran impacto, pero era lógico que ella se preocupara.

Ella no sabe que estoy embarazado, pensó Yeon-woo. Incluso cuando él trabajaba como secretario, Keith solía dar órdenes sin dar explicaciones, como si el personal no tuviera por qué conocer los motivos. Esta vez ocurría exactamente lo mismo: no había necesidad de informarle que se trataría de una cirugía. Como Ema conocía la débil constitución física de Yeon-woo, tampoco parecía cruzársele por la cabeza la idea de un embarazo.

—No, Ema. Solo es un chequeo de rutina. Gracias.

Por cortesía, Ema se despidió brevemente con unas palabras de afecto y colgó. Yeon-woo se incorporó en la cama y se quedó mirando la pantalla del móvil. Lo sabía perfectamente: Ema solo cumplía con lo que le ordenaban, de modo que no había razón alguna para culparla.

En el pecho de Yeon-woo, las palabras que Keith le había dicho el día anterior no dejaban de dar vueltas. Pero no había tenido por qué expresarse de esa manera.

Por supuesto, la postura de Keith no había cambiado en absoluto; al contrario, se mantenía firme, y la llamada de Ema era la prueba irrefutable de ello. Keith jamás daría su brazo a torcer.

Sin embargo, lo mismo aplicaba para Yeon-woo. El desconsuelo que había sentido al principio se había transformado en terquedad, consolidándose en la promesa de proteger a su hijo.

¿Creíste que me dejaría llevar al hospital tan fácilmente?

Yeon-woo intentó mantener la sangre fría, pero le resultaba imposible calmarse. Su único pensamiento era evitar esta crisis inmediata, una idea que se volvía cada vez más imperiosa a medida que se acercaba la hora del regreso de Keith.

Finalmente, cuando solo quedaba una hora, salió corriendo de la habitación. Descendió de manera consciente en el ascensor para evitar las escaleras, teniendo extremo cuidado de no tropezar.

Sin embargo, la huida no resultó sencilla. Tan pronto como las puertas del ascensor se abrieron en el primer piso, se topó de frente con Charles.

—Yeon-woo, ¿a dónde va? —preguntó Charles, extrañado. Tal vez Ema lo había contactado con antelación. Faltaba poco para que Keith llegara, por lo que era natural que le resultara insólito verlo salir con semejante prisa.

Yeon-woo tartamudeó, nervioso:

—Eh, este... Volveré pronto. Yo me pondré en contacto con Keith.

Charles lució desconcertado por un instante, pero no tardó en responder:

—Le pediré un vehículo.

Desde la perspectiva del mayordomo, no tenía potestad para cuestionar las decisiones de su jefe ni para detener sus acciones; su único deber como empleado era brindarle todas las facilidades posibles. Además, si viajaba en un coche con chófer, Keith sabría su ubicación exacta en tiempo real, lo que equivalía a permanecer bajo su supervisión de todos modos. Tampoco es que Yeon-woo tuviera la intención de ocultarse eternamente; solo quería ganar tiempo para eludir la urgencia del momento. Aguardando con ansiedad mientras consultaba la hora en su reloj, Yeon-woo abandonó la mansión a bordo del automóvil que Charles le había dispuesto.

—¿A dónde nos dirigimos?

Nota Lucy:  No aprendes Pittman igual de idiota como siempre, no debería esperar algo, pero me decepciona caray.

Capítulo 7

Mientras corría por el jardín, Yeon-woo dudó un momento cuando el conductor le preguntó su destino. Al salir de la mansión, sintió una presencia que le causaba inquietud.

—Por favor, vaya al jardín de niños de Spencer.

El conductor asintió y guardó silencio. Detrás del coche de Yeon-woo, un vehículo con guardaespaldas los seguía a corta distancia.

—¡Papá!

En cuanto vio a Yeon-woo esperándolo en el automóvil, Spencer saltó a sus brazos gritando de alegría. Sosteniendo al niño, Yeon-woo aguantó la molestia en su brazo entumecido y le sonrió.

—¿Te divertiste hoy?

—¡Sí, mucho!

El niño, emocionado, comenzó a relatar todo lo sucedido durante el día. Tras acomodarlo en su asiento y abrocharle el cinturón de seguridad, Yeon-woo se reincorporó. Mientras tanto, Spencer continuaba parloteando. Aunque escuchaba la rutina sin sobresaltos de un niño, lo cierto es que la mente de Yeon-woo estaba en otra parte.

—¿Papá? ¿Papá?

Yeon-woo volvió en sí al escuchar al pequeño llamarlo repetidamente. Spencer lo observaba con el rostro lleno de preocupación.

—Papá, ¿qué te pasa? ¿Te duele algo otra vez? ¿Estás llorando?

—Spence...

Al notar la ansiedad del niño, Yeon-woo sacudió la cabeza, invadido por la culpa.

—No, Spence, no pasa nada. Y dime, ¿tu amigo te compartió de su merienda?

Al escuchar la pregunta, Spencer asintió con entusiasmo y comenzó a charlar a solas de nuevo. Aunque intentaba prestarle atención, Yeon-woo no podía evitar que otros pensamientos abrumaran su mente. Despejar una cabeza tan llena de preocupaciones no era tarea sencillo.

—¿Eh?

El niño, que llevaba un buen rato hablando, miró por la ventana y ladeó la cabeza. Parecía haberse dado cuenta de que no estaban tomando el trayecto habitual. Yeon-woo, acariciando con delicadeza la mejilla de Spencer, respiró hondo antes de abordar el tema. Al contemplar la inocencia de su rostro y recordar lo que estaba a punto de decirle, el pecho se le oprimió por la culpa.

—Este... Spence.

Apresurándose a toser para aclarar su garganta, Yeon-woo habló:

—¿Te gustaría ir a algún lugar con papá? Solo nosotros dos.

—¿Eh? —el niño ladeó la cabeza.

El vehículo se dirigía al hotel que Yeon-woo había indicado previamente. Adoptando un tono casual, como si nada ocurriera, Yeon-woo continuó:

—Iremos porque papá tiene algo que hacer. ¿Qué te parece?

—¿Y papá Keith? —preguntó Spencer.

Yeon-woo se apresuró a inventar una excusa ante una duda tan evidente:

—Papá Keith no puede venir por el trabajo. ¿O prefieres ir a casa y esperarlo allá? Él resolverá unos asuntos y volverá cuando termine.

La carita del niño reflejó una inmediata duda. A Yeon-woo se le cayó el alma al suelo, sintiendo que estaba haciendo algo imperdonable.

Sin embargo, dar marcha atrás en ese momento no era una opción. Yeon-woo abrazó de inmediato al pequeño y le dijo:

—Regresaremos pronto. Así que... ten una pequeña aventura con papá por un tiempo, no tardará mucho. Saldremos de casa para ir a una nueva aventura, ¿qué opinas?

—¿Podremos volver?

—Por supuesto —asintió Yeon-woo, añadiendo—: ¿Sabes una cosa, Spence? Si chocas tus talones tres veces, puedes volver a casa cuando quieras.

A Spencer le brillaron los ojos al escuchar eso, pero pronto hizo un puchero:

—Yo soy un hombre. Dorothy es una niña.

Ante esa respuesta, Yeon-woo se quedó sin palabras. Desde que había comenzado a ir al jardín de niños, su vocabulario se había ampliado considerablemente, dejando con frecuencia sin respuesta tanto a Keith como a Yeon-woo.

—Bueno, en todo caso... —Yeon-woo sonrió con cierta torpeza para salir del paso—. Regresaremos pronto, así que todo estará bien, Spence. Vamos a pasar la noche fuera, ¿de acuerdo?

Spencer, observándolo fijamente, preguntó tras escuchar sus palabras:

—Papá... ¿te vas a divorciar de papá Keith?

—¿Qué? ¡No!

Yeon-woo se sintió completamente turbado por la inesperada pregunta y se apresuró a negarlo:

—¿De qué estás hablando...? ¿Dónde aprendiste eso? Eso es...

El niño agachó la cabeza y murmuró:

—Ben no vendrá a la guardería a partir de mañana. Su papá y su mamá se divorciaron y él se va a Utah con su mamá. ¿Nosotros también nos vamos a ir a Utah?

—No, Spence.

Yeon-woo estrechó apresuradamente al niño contra su pecho y le indicó al conductor:

—Por favor, diríjase a cualquier hotel cercano.

—Entendido.

Mientras el conductor buscaba un establecimiento, Yeon-woo acariciaba la cabeza de Spencer para tranquilizarlo:

—Lo nuestro no es como lo de Ben. Spence, recuerdas que papá no se ha sentido muy bien últimamente, ¿verdad? Por eso voy a descansar un poco. Papá Keith está muy ocupado y no puede acompañarnos.

—¿De verdad?

—De verdad.

Cuando asintió, el niño pareció aliviarse, pero no tardó en desanimarse de nuevo:

—¿Papá Keith no se sentirá solo si nos vamos nosotros dos?

En ese instante, a Yeon-woo pareció dársele vuelta el corazón. Incapaz de encontrar palabras, se limitó a mirarlo, justo cuando el conductor anunció que había localizado un hotel cercano. Al escuchar el nombre de una prestigiosa cadena hotelera, Yeon-woo le indicó que se dirigieran allí; aunque era consciente de haber esquivado la inquietud del niño, prefirió fingir demencia.

—Spence, ¿comemos un pudín cuando lleguemos al hotel?

Keith llamó justo cuando Yeon-woo se sentaba en la cama tras hacer el check-in.

—¿Dónde estás?

Yeon-woo respondió con calma ante la repentina pregunta:

—Estoy en un hotel. Ya lo sabes, ¿verdad?

Los guardaespaldas ya debían de haberle informado. Además, habiendo pagado con la tarjeta, era imposible que lo ignorara. Al otro lado de la línea se escuchó una voz tensa, de alguien que apretaba los dientes:

—Yeon-woo, este no es el camino.

Parecía contener a duras penas la ira. Yeon-woo juntó valor mientras sentía el corazón desbocado por el temor.

—Intentaste deshacerte del bebé.

—¿Y por eso te vas de la casa? ¿Me dejas atrás? —su tono de voz se elevó.

Yeon-woo murmuró en voz baja:

—No me quedó otra alternativa.

—Y te llevaste al niño contigo... —Keith finalmente rechinó los dientes.

Yeon-woo repitió la misma frase:

—No me quedó otra alternativa...

—Ah... —un suspiro ahogado y lleno de frustración se escuchó del lado de Keith.

Ambos guardaron silencio por un momento. En medio de ese vacío, Keith fue el primero en volver a hablar:

—¿Están bien?

Yeon-woo se apresuró a responder con una voz que delataba cierto cansancio:

—Estamos a salvo, Keith. Todo está bien entre Spence y yo.

Al escuchar una respuesta tan inmediata, Keith volvió a quedar en silencio. Presintiendo la pesadez del ambiente, Yeon-woo aguardaba lo siguiente, hasta que Keith preguntó con un hilo de voz casi inaudible:

—...¿Intentas dejarme?

En ese instante, Yeon-woo comprendió su error. Keith no estaba enfadado; estaba aterrorizado. Yeon-woo tragó saliva con dificultad y abrió la boca, sintiendo que la culpa le oprimía la garganta:

—Eso no es así.

Yeon-woo continuó, esforzándose por articular palabra:

—Si esa hubiera sido mi intención, me habría deshecho de los guardaespaldas y no habría utilizado la tarjeta.

—Está bien...

Yeon-woo se preguntó si Keith se sentía algo más tranquilo. La respuesta había sido tan breve que resultaba difícil medir su estado de ánimo. Mientras aguardaba con inquietud, escuchó a Keith soltar un profundo suspiro antes de preguntar:

—Entiendo. ¿Cuándo vas a regresar?

—Eh...

No lo había pensado aún. Yeon-woo vaciló antes de responder:

—No me tomará mucho tiempo.

—Ah...

Esta vez se escuchó otro suspiro. Yeon-woo imaginó a Keith cubriéndose el rostro con ambas manos... aunque en realidad no podía hacerlo con las dos al estar sosteniendo el teléfono. Resultaba irónico que en una situación así se le vinieran a la mente detalles tan cotidianos, pero no estaba para risas. Keith volvió a consultar:

—¿Ya comieron algo?

Al mirar la hora, notó que era casi el momento de la cena. Yeon-woo respondió con serenidad:

—Lo haremos ahora.

Keith habló con su tono habitual:

—Come bien. ¿Y Spence qué hace?

—Se está divirtiendo.

—De acuerdo. —Tras intercambiar un par de frases formales más, concluyó—: Llamame cuando estés listo.

—Sí.

Justo antes de cortar, Yeon-woo añadió apresuradamente:

—Lo siento, Keith... Y gracias.

Keith colgó el teléfono sin agregar nada más. Yeon-woo bajó la mirada hacia el móvil, que ya había quedado en silencio, suspiró y salió a la sala de estar. Después de darle de cenar a Spencer, bañarse juntos y acostarlo en la cama para que durmiera, regresó a solas a la estancia y se sirvió un té. Su cuerpo y su mente estaban exhaustos, pero el sueño no llegaba. Contemplando la vista nocturna a través de la ventana, Yeon-woo se sumergió en sus pensamientos.

El embarazo era ahora un hecho innegable; qué hacer de ahora en adelante dependía únicamente de su elección. No podía simplemente huir.

A Yeon-woo se le ocurrió la idea más fría posible. De ser por él, le habría gustado escapar a algún lugar distante hasta el momento de dar a luz.

¿Pero qué pasaría con Spence?

Por supuesto, no había nada de qué preocuparse en cuanto a sus cuidados, porque Keith estaba con él. Él protegería al niño mejor que nadie.

¿Pero acaso eso era suficiente?

¿Acaso no recordaba lo solo que se había sentido Spencer mientras él estuvo en Corea? La había pasado mal a pesar de haber sido menos de un mes, ¿y ahora pretendía dejarlo por casi un año? Yeon-woo sacudió la cabeza de inmediato.

¿Debería llevarse a Spence consigo?

Tampoco era una solución viable. ¿Cómo iba a hacerse cargo de Spencer él solo en un momento en que su salud era frágil debido al embarazo?

Sin embargo, Keith seguiría oponiéndose.

En cuanto regresara, podría presionar a Yeon-woo para interrumpir la gestación de inmediato y llevarlo al hospital a la fuerza. Y no solo eso; él realmente deseaba tener a este hijo. No quería ni imaginar lo doloroso que sería renunciar a él.

Con todo, no era una decisión que pudiera tomar de forma unilateral. La perspectiva de Keith también era importante. Aunque, desde luego, su propia determinación era tan firme que no parecía dispuesto a dar su brazo a torcer.

Lo hace por mí, porque me ama.

A Yeon-woo le empezó a doler la cabeza y se cubrió el rostro con las manos. En ese instante, cayó en la cuenta de algo.

Tenía miedo de abandonar a Keith mientras consideraba la posibilidad de llevarse al niño.

La palabra «abandonar» era una forma demasiado suave de ponerlo. Le costaba admitirlo, pero la realidad es que «estaba intentando huir de Keith una vez más».

«¿Papá Keith no se sentirá solo?».

De pronto, las palabras de Spencer volvieron a su mente. Yeon-woo soltó un gimoteo lleno de dolor, recriminándose por no haber previsto lo que el niño intuía. No, no es que no lo supiera; es que había preferido cerrar los ojos e ignorarlo, cegado por la rabia que le producía la idea de interrumpir el embarazo de manera tan imprudente.

Keith, quien se vio obligado a decir semejante barbaridad, debió de haber estado sufriendo de igual manera.

Al comprender lo egoísta que había sido, la culpa creció hasta alcanzar proporciones insostenibles, devorándolo por completo.

Cuando la familiar mansión apareció a lo lejos, a Yeon-woo comenzó a dolerle el estómago. Aunque ya había tomado una decisión, le aterraba hacer frente al momento de la verdad. Recordó cómo había salido huyendo en el coche y tuvo que contener los deseos de escapar de nuevo. Huir era fácil, pero no resolvía nada; solo complicaba aún más las cosas.

No puedo seguir haciendo sufrir a Keith.

Volvió a respirar hondo, mentalizándose para lo que venía. El vehículo finalmente se detuvo y Charles le abrió la puerta. Ajeno a toda la tensión, Spencer saltó del automóvil en primer lugar, lleno de entusiasmo.


Capítulo 8

—¡Papá!

El niño fue el primero en correr hacia el hombre que los aguardaba, lanzándose a sus brazos para llenarlo de besos.

—Papá, ¿me extrañaste? ¿No te sentiste solo?

—Claro que te extrañé, Spence —respondió Keith, besándole la mejilla tras examinar con detenimiento el rostro de su hijo—. Me sentí muy solo.

Satisfecho con la respuesta, Spencer sonrió con alegría y se aferró a su cuello.

—¡Yo también te extrañé mucho!

Keith sonrió de manera natural ante la efusiva muestra de afecto del pequeño. La presencia de Spencer le resultaba profundamente reconfortante, tras una noche entera devastado por la ansiedad y la vergüenza.

Mientras recibía los besos húmedos del niño, Keith aguardaba a que Yeon-woo descendiera del vehículo. Sin embargo, este no daba muestras de querer bajar.

Desde que se había convertido en padre, la paciencia de Keith había aumentado de forma considerable. En el pasado, se habría molestado de inmediato o le habría exigido a Yeon-woo que bajara sin tanta demora; pero continuaba conteniéndose. Yeon-woo, por su parte, parecía haber duplicado su propia prudencia debido al embarazo.

Keith permaneció inmóvil hasta que Yeon-woo finalmente descendió del automóvil con extrema cautela.

—Keith... —articuló Yeon-woo en un susurro apenas audible.

Sin pronunciar palabra, Keith le entregó a Spencer a Charles, quien de inmediato se encargó de persuadir al niño:

—Spence, ¿no tienes hambre? Emily preparó una merienda deliciosa, vamos a comer.

—¿Una merienda?

—Sí, comeremos el pudín, las galletas y el cacao que tanto te gustan. ¿Te parece bien?

Las risas alegres del pequeño comenzaron a distanciarse poco a poco. Pronto, un pesado silencio volvió a instalarse entre Yeon-woo y Keith. Tras soltar un hondo suspiro, Keith rompió el hielo:

—¿Entramos? No podemos quedarnos a hablar aquí afuera.

Era evidente que no había pegado ojo en toda la noche. Al ver su rostro exhausto, Yeon-woo fue incapaz de sostenerle la mirada, abrumado por la culpa. Tras asentir en silencio, lo siguió a paso lento. En el pasillo desierto, solo resonaba el eco constante de sus pisadas.

Keith no articuló una sola palabra hasta llegar al dormitorio. Al detenerse frente a la entrada, abrió la puerta y se hizo a un lado. Yeon-woo se vio obligado a pasar a su lado e ingresar primero. Keith entró detrás de él, cerró la puerta y, finalmente, se encontraron a solas.

El silencio se prolongó durante un largo rato. Yeon-woo mantenía la mirada fija en el suelo con las manos entrelazadas, incapaz de despegar los labios. El aroma de las feromonas de Keith se percibía mucho más denso de lo habitual, una clara señal de que su frustración había alcanzado el límite. Resultaba comprensible: para Keith, era difícil asimilar que Yeon-woo no hubiera regresado de inmediato tras haberse ido el día anterior.

—...Yeon-woo.

Yeon-woo se sobresaltó ante la voz grave. Al alzar la vista con vacilación, se encontró con los ojos cansados de Keith observándolo de forma inesperada.

—¿Estás bien? —preguntó Keith a unos pasos de distancia.

Yeon-woo tragó saliva con dificultad antes de responder:

—Estoy bien... estoy bien.

Eso fue todo. Keith volvió a guardar silencio. Yeon-woo permaneció de pie, incómodo, sin saber si debía dar un paso hacia él o retroceder. Anhelaba que ese tenso momento llegara a su fin, pero era plenamente consciente de que él mismo había provocado la situación. Por lo tanto, no le quedaba más opción que aguardar a que Keith tomara una determinación, aunque la espera se sintiera interminable.

De pronto, Keith dejó escapar un pesado suspiro.

—Yeon-woo... —pronunció solo su nombre mientras se cubría el rostro con ambas manos, hablando con voz rendida—: Dime si estás enojado conmigo. Si vas a dejarme cada vez que...

Un nuevo suspiro se filtró entre sus dedos. Yeon-woo se quedó paralizado. Intentó decir algo, pero la culpa le oprimía la garganta y le impedía articular palabra. Con la mano a medio levantar, contempló al hombre que evidentemente no había dormido en toda la noche.

—Lo siento... —apenas alcanzó a murmurar Yeon-woo—. Actué de forma muy impulsiva.

Ante la confesión, Keith apartó las manos de su rostro, dejando al descubierto una expresión cargada de escepticismo.

—¿Impulsiva? ¿Te llevaste a Spence por un impulso?

Al sentir el filo de sus palabras, Yeon-woo se quedó mudo. La turbación en su rostro le confirmó a Keith que no estaba equivocado, sacándole una risa amarga e incrédula.

—No podías renunciar al bebé, ¿pero a mí sí podías dejarme atrás?

—¡No! —Yeon-woo sacudió la cabeza con desesperación—. Volví...

—No sé qué te hizo cambiar de opinión, pero la realidad es que te fuiste con esa intención.

Esta vez Yeon-woo no pudo rebatirlo. En su lugar, evitó su mirada y murmuró fijando la vista en el suelo:

—Me di cuenta de que era absurdo llevarme a Spence y abandonarte a ti...

—Vaya, muchas gracias por recordar que existo.

—Keith... —suplicó Yeon-woo con vehemencia—. Volví porque me arrepentí. Jamás pensé en dejarte, de verdad. Por favor, confía en mí.

Se lo rogó desesperadamente, pero la actitud de Keith no cambió. Teniendo en cuenta el calvario que había vivido de la noche a la mañana, su reacción era totalmente lógica. De la nada, Yeon-woo resultaba estar embarazado y había desaparecido sin dejar rastro llevándose a su hijo. Si Keith no había ido a buscarlo a la fuerza para traérselo de vuelta, había sido únicamente por cuidar la frágil salud de Yeon-woo durante la gestación. Al comprender todo lo que su esposo había tenido que soportar y reprimir por su bienestar, Yeon-woo se sintió devorado por la culpa.

—Si me hubiera quedado aquí, habrías intentado interrumpir el embarazo... —Yeon-woo se cubrió el vientre instintivamente mientras lo miraba. Anhelaba que comprendiera sus razones, pero Keith solo dejó escapar una risa cínica.

—¿Me abandonaste por un bebé que ni siquiera ha nacido?

Yeon-woo se quedó sin argumentos. El silencio volvió a volverse densísimo. Por más que intentara negarlo, al final Keith tenía razón: Yeon-woo había priorizado al bebé por encima de él, ignorando el dolor que eso le causaría.

—Tú... eres un adulto... —articuló Yeon-woo a duras penas, buscando desesperadamente una explicación.

—¿Qué? —Keith frunció el ceño.

Yeon-woo dudó un segundo antes de continuar:

—Pensé que... si pasaban unos meses, podrías esperar. Spence es solo un niño y me necesita, pero tú podías soportarlo. No es que nos fuéramos a separar para siempre, solo serían unos meses... Si sabías que yo estaba bien, pensé que lo entenderías...

—Yeon-woo, yo también soy un ser humano —lo interrumpió Keith con una voz desprovista de firmeza.

Sorprendido, Yeon-woo cerró los ojos e inclinó la cabeza. Un instante después, escuchó una confesión casi inaudible:

—A mí también me duele.

—¿Qué...?

Al alzar la vista, descolocado por esas palabras, la mente de Yeon-woo se quedó en blanco ante la expresión de Keith. Solo en ese momento comprendió la verdadera razón detrás de la densidad de sus feromonas: no era mera ira, sino una maraña sofocante de desesperación, frustración, angustia y abatimiento.

Ah...

Yeon-woo tragó saliva y se cubrió la boca con las manos. No lo había notado; peor aún, ni siquiera se había detenido a pensarlo. Jamás imaginó que sus acciones y decisiones sumirían a Keith en semejante tormento.

Solo estaba pensando en el bebé.

Tuvo que admitirlo. Desde el instante en que supo del embarazo hasta el momento de reencontrarse con Keith, su único pensamiento había sido proteger al bebé. Y eso era porque asumía que Keith...

Pensé que me aceptaría sin importar lo que hiciera.

A Yeon-woo le aterrorizó descubrir ese egoísmo oculto en su propio corazón. Intentó hablar, pero la voz no le salía.

—Keith... —articuló finalmente a duras penas.

Dio un paso hacia él extendiendo la mano, pero, de forma inesperada, Keith retrocedió. La distancia entre ambos se amplió, dejando a Yeon-woo parpadeando en shock. ¿Qué podía decirle ahora? ¿Cómo podía reconfortarlo? ¿Diciéndole que lo amaba? ¿Que no podía vivir sin él? ¿Pidiéndole que le creyera?

¿Cuántas veces le he dicho eso?

Se lo había repetido en innumerables ocasiones, pero en ese momento se sentían como palabras vacías. Con sus actos, Yeon-woo había despojado de valor todo lo dicho. La culpa era enteramente suya.

Retiró la mano y agachó la cabeza, apretando el puño con impotencia. Quería explicarse, pero le faltaba el valor. Tras dejar escapar una respiración temblorosa, apenas pudo murmurar:

—Yo...

Sé que a Keith también le duele.

—Ahora lo entiendo.

Y sé que fui yo quien le provocó este dolor.

Yeon-woo lo miró y vaciló antes de volver a levantar la mano, notando el ademán de duda en Keith.

Qué egoísta he sido.

Esta vez, Yeon-woo avanzó con firmeza. Antes de que Keith pudiera alejarse de nuevo, rodeó su cuerpo con los brazos y lo abrazó con todas sus fuerzas.

—Keith...

Aferrándose a él, Yeon-woo se mordió el labio inferior para contener las lágrimas que amenazaban con brotar. Sabía que Keith era quien realmente necesitaba desahogarse y llorar; resultaba vergonzoso quebrarse ante él. Si lloraba ahora, Keith terminaría consolándolo a él, dejando sus propios sentimientos sepultados. Yeon-woo decidió que no podía ser tan cobarde.

—Lo siento... —se disculpó entrecortadamente—. No quise hacerte tanto daño... Fui egoísta... Lo siento mucho.

Tras desahogarse de golpe, alzó la mirada sin salir de sus brazos. Al cruzar miradas, una valentía repentina floreció en su pecho.

—Aún así... ¿de verdad no se puede? —suplicó de nuevo—. ¿No me dejarás dar a luz? Por favor, permíteme tenerlo. Sé que no lo deseabas, pero el bebé ya está aquí... Es demasiado cruel interrumpir esto... Te lo ruego. Tú eres lo más valioso para mí en el mundo, te lo digo con el corazón en la mano. Pero precisamente por eso tampoco puedo renunciar a este bebé. Lo hago por nuestro hijo y por ti.

—...

Keith se limitó a observarlo en silencio. La mirada desesperada de su pareja, como nunca antes la había visto dirigida hacia él, le encogió el corazón.

La mano de Keith, que hasta entonces había permanecido inmóvil, subió lentamente para acariciar la mejilla de Yeon-woo. Tocando su rostro con dedos ligeramente temblorosos, finalmente habló:

—Si te llega a pasar algo durante el parto...

Su voz vibraba con inestabilidad. Yeon-woo pudo notar con claridad cómo sus ojos violeta oscuro se cristalizaban. Entonces, Keith soltó un aliento contenido y confesó con amargura:

—Le guardaré rencor a este bebé.

A Yeon-woo se le cortó la respiración ante semejante revelación. Jamás imaginó que Keith albergara un temor de esa magnitud. Al igual que con Spencer, daba por sentado que sería un padre ejemplar.

—Con Spence también fue peligroso, pero mírame: di a luz sin complicaciones y ahora estoy aquí contigo, completamente sano.

Intentando aligerar la carga de Keith, Yeon-woo esbozó una sonrisa optimista y habló en un tono sereno. Sin embargo, Keith no sonrió; al contrario, le devolvió una mirada cargada de cinismo.

—Yeon-woo... al principio, yo odiaba a Spence.

—...¿Qué? —preguntó Yeon-woo, atónito.

Keith se lo confesó en un murmullo doloroso a Yeon-woo, quien lo miraba sin poder dar crédito a lo que escuchaba:

—Si no hubieras quedado embarazado de él, jamás habrías huido de mi lado.

—Eso fue...

—Sé perfectamente que el responsable de ese embarazo fui yo —lo cortó Keith de inmediato, antes de añadir—: Sé que Spence no tiene la culpa de nada.

Guardó silencio durante un momento, contemplando a Yeon-woo fijamente. Yeon-woo solo aguardó en silencio a que continuara. La mano de Keith se detuvo sobre su mejilla y, sin pestañear, terminó por confesar:

—Yeon-woo... no quiero volver a pasar por el infierno de sentir que te pierdo.

A Yeon-woo se le hizo un nudo en la garganta. Quería responder algo, pero la voz no le salía. Tras observarlo con la boca entreabierta durante unos segundos, logró articular palabra a través del dolor que le oprimía el cuello:

—Yo también...

Le costaba hablar, como si le apretaran las cuerdas vocales. Formuló cada palabra lentamente, sosteniendo la mirada abatida de Keith:

—Yo también tengo miedo...

Tomó aire y exhaló antes de revelar los verdaderos sentimientos que jamás se había atrevido a exteriorizar:

—Tengo miedo de morir, tengo miedo de perderte y tengo miedo de no volver a ver a Spencer... Tú no eres el único que llegó a sentir rencor hacia el embarazo de Spencer.

Los ojos de Keith vacilaron con sorpresa. Era evidente que jamás esperó escuchar semejante confesión, por lo que Yeon-woo le devolvió una sonrisa melancólica.

Nota Lucy:  ¿Que mier* estos dos? Me pregunto si la autora piensa de esta forma, hace ver a Yeon-woo como alguien culpable y egoísta cuando fue Keith quien tomó la decisión sin siquiera escuchar a su pareja? Ni siquiera han ido al doctor para que le digan los riesgos o los pasos a seguir y bueno después decidir como adultos responsables ya sea continuar con el embarazo o interrumpirlo. Esta autora le gusta escribir darkromance, pero como escritora que soy, lo que uno escribe igual refleja una parte de uno mismo. Así que me pregunto que piensa cuando pone estas situaciones tipo bandera roja tirando a negra .-.


Capítulo 9

—De hecho... intenté matarlo.

—Eso es...

—Pensé exactamente lo mismo desde que supe que tendría un hijo: «Jamás daré a luz a este bebé».

Yeon-woo continuó hablando sin esperar respuesta:

—Pensaba que deshacerme del niño mientras huía de ti era la única venganza que podía ejecutar. Jamás tendrías descendencia a menos que fuera conmigo, pero yo me escondería para que nunca me encontraras, condenándote a estar solo para siempre.

Sollozó de nuevo, devorado por la culpa.

—¿Qué tan triste se sentiría Spence si supiera esto? ¿Cómo pude ser capaz de usar a un niño como una vil herramienta?

Yeon-woo continuó con su confesión con la voz quebrada:

—Después de decidir que daría a luz a Spence, el miedo no me abandonó ni un solo segundo. Me aterraba la idea de que algo malo le ocurriera a mi bebé por culpa de semejantes pensamientos. Cuando nació sano y salvo, me sentí profundamente agradecido... Pero...

Tomó una bocanada de aire tras respirar hondo.

—Eso solo fue el principio.

Se le escapó un gemido y tuvo que morderse los labios para tragar saliva varias veces. Sin embargo, su confesión todavía no terminaba:

—Si Spence llegaba a toser, el pánico me invadía de golpe. Pensaba que tal vez tuviera un problema de salud por todos los medicamentos que tomé. Cada vez que tenía fiebre, sentí terror. Sentí que hice todo mal y le rogué al cielo que no se lo llevaran... Al principio quise deshacerme de él, y cada vez que el niño me demostraba su amor, me asustaba hasta volverme loco. No puedo creer que haya intentado deshacerme de mi propio hijo...

Tragando saliva con dificultad, miró fijamente a Keith:

—¿No será que Dios se está complaciendo en castigarme ahora por lo que hice?

Keith intentó refutar de inmediato semejante idea, pero Yeon-woo se le adelantó:

—Pero ahora tengo este bebé...

Su voz se volvió más apresurada y cálida que nunca:

—Estaba realmente feliz. Sentí vergüenza y confusión, pero también una inmensa gratitud. Keith, tal vez esto sea una segunda oportunidad para mí. Por favor, esta vez quiero hacer las cosas bien. No quiero cometer el mismo error que cometí con Spence. Míralo, fuiste tan cuidadoso que este bebé logró llegar a nosotros.

Yeon-woo, que había estado hablando con apasionada firmeza, se detuvo de golpe. Un aliento entrecortado escapaba de su boca entreabierta. Sus ojos, que no habían dejado de observar a Keith, se inundaron de lágrimas:

—Pero... ¿cómo voy a renunciar a él ahora...?

Keith no articuló palabra. Observó en absoluto silencio a Yeon-woo y, con la mano que aún descansaba sobre su mejilla, le secó con ternura las lágrimas que resbalaban.

Al notar cómo Keith inclinaba el rostro hacia él, Yeon-woo cerró los ojos. Las lágrimas continuaron fluyendo mientras sus labios se encontraban. Keith buscó sus labios despacio, acariciando suavemente su lengua con la suya antes de estrecharlo contra su pecho.

El brazo que en un principio lo sostenía con delicadeza comenzó a ejercer fuerza, rodeando a Yeon-woo en un abrazo tan estrecho que casi le dificultaba la respiración. Keith retiró los labios y sepultó el rostro en el hombro de Yeon-woo:

—Si te llega a pasar algo... ¿cómo se supone que voy a seguir viviendo?

La voz, ahogada por el desborde emocional, resonó junto al oído de Yeon-woo:

—¿Tienes idea? La mayoría de los alfas viven mucho más tiempo que sus omegas...

Un sollozo sordo escapó del pecho de Keith:

—Dios mío... ni siquiera puedo imaginarlo.

Tener que seguir viviendo una existencia vacía en solitario, en un mundo donde su omega ya no estuviera... ¿eso acaso podía llamarse vida?

—Suele ser así en la mayoría de los casos —murmuró Yeon-woo, abrazándolo con firmeza—. Pero yo viviré más que tú, así que no te preocupes.

Añadió con un matiz de ligera picardía a propósito:

—Ni siquiera podrás morir de pura ansiedad, temiendo que me quede solo y termine conociendo a otro alfa que no seas tú.

Keith soltó una breve carcajada, ahogada por la frustración. Tras guardar silencio un instante, alzó la cabeza. Sus ojos de tono violeta oscuro estaban cristalizados por las lágrimas:

—Te amo... —susurró.

Yeon-woo relajó el brazo con el que lo rodeaba y, en su lugar, le acunó el rostro con ambas manos:

—Yo te amé mucho antes de que tú me amaras a mí.

Al escucharlo sonreír y pronunciar esas palabras, Keith respondió con tono socarrón:

—Estoy seguro de que yo te amé más... porque jamás me imaginaría dejándote atrás, pase lo que pase.

Yeon-woo dejó escapar una risita ante su actitud habitual. Sus labios volvieron a unirse y rodeó el cuello de Keith con los brazos de manera natural.

—¿Y si nos vamos de vacaciones a una isla? —preguntó Yeon-woo en cuanto se separaron un poco.

—Vayamos los tres con Spence a descansar una semana entera. Hagamos una fiesta para darle la bienvenida al bebé, ¿qué te parece? Le pediré a Ema que revise tu agenda.

—El médico es la prioridad —Keith mantenía la cautela; lo único que realmente le importaba era la salud de Yeon-woo.

Sintiéndose más fuerte y decidido que nunca, Yeon-woo asintió con suavidad:

—De acuerdo, pediré una cita en el hospital primero.

En cuanto Yeon-woo lo confirmó, Keith le rozó los labios con un beso rápido y sacó el teléfono móvil del bolsillo de su pantalón.

—Ema —ordenó tan pronto como su secretaria atendió la llamada—. Yeon-woo está embarazado. Sí, por eso hice la reserva anterior. Cancela esa cita discretamente y haz una nueva reservación... Sí, lo antes posible. Con el especialista primero. Sería ideal si fuera mañana mismo a primera hora.

Tras escuchar la confirmación de Ema, Keith colgó y volvió a buscar la boca de Yeon-woo. Mientras profundizaba el beso y entrelazaba su lengua con la de Yeon-woo, quien le abría paso dócilmente, un calor tibio comenzó a albergarse en su vientre. Apenas llevaba cinco semanas de gestación; era consciente de que el primer trimestre requería cuidados.

Como mucho, un mes.

Keith reprimió el ardor en su interior con paciencia sobrehumana.

***

—No es posible.

Ante las contundentes palabras de la obstetra, Keith se quedó paralizado. Yeon-woo, sentado a su lado en el consultorio, preguntó con turbación:

—Este... ¿se refiere a abstenernos hasta alcanzar un periodo de estabilidad...?

La médica volvió a negar con la cabeza, esta vez con un tono tajante y sin titubeos:

—No, me refiero a la totalidad del embarazo.

—¿Qué? —exclamó Keith, elevando el tono de voz de golpe.

Al notar su rostro desencajado por la molestia, la doctora le lanzó una advertencia severa:

—Tenga mucho cuidado; en estas condiciones hay un riesgo altísimo de aborto espontáneo por sorpresa.

Keith, que intentaba pensar en cómo rebatir aquella indicación, prefirió quedarse en silencio. Yeon-woo, al captar de inmediato su angustia, intervino con una sonrisa conciliadora para calmar la tensión:

—No puedo creer que realmente esté embarazado... ¿Dijo que el bebé tiene unas cinco semanas?

—Sí, seis semanas ya —respondió la médica—. Y cuando me refiero a «la totalidad del embarazo», hablo desde este preciso momento hasta el día del parto.

Yeon-woo se quedó mudo ante la firmeza de la especialista, quien continuó explicando con calma:

—En realidad, es una maravilla que haya podido concebir y mantener la gestación sin complicaciones iniciales. Sin embargo, cuando la pared uterina está tan debilitada como en su caso, el cuerpo a veces no logra sostener el embrión una vez que se ha implantado por completo; simplemente se desprende. Su estructura física general es frágil, lo que dificulta llevar el embarazo con normalidad. En ese escenario, no hace falta que le detalle lo que le ocurriría al bebé, ¿verdad?

La situación resultaba ser mucho más grave de lo que habían previsto. Yeon-woo tragó saliva con aprensión. Todo esto superaba con creces la idea de un milagro; había confiado ingenuamente en que su salud había mejorado. Pero las advertencias de la doctora no terminaron allí.

—Y no me refiero únicamente a abstenerse de las relaciones íntimas. Por favor, evite moverse en la medida de lo posible.

Al observar el impacto en el rostro de ambos, la doctora añadió:

—Le recomiendo enfáticamente que mantenga reposo en cama.

Yeon-woo, que solo estaba considerando reducir sus salidas a la calle, se quedó con la mente en blanco ante una restricción que superaba todas sus expectativas:

—¿No levantarme de la cama...?

Keith repitió las palabras de la especialista. Quizás por la gravedad del asunto, su voz sonó más baja de lo habitual, pero la conmoción era más que evidente. La doctora asintió para confirmar:

—Sé que suena drástico, pero ese es el nivel de cuidado que necesita. Es fundamental que reduzca incluso las caminatas hasta el día en que dé a luz. Si es posible, permanezca recostado y mantenga reposo absoluto, ¿entendido?

Yeon-woo se quedó mirando fijamente a la médica.

¿Reposo absoluto hasta el parto?

¿Acaso Keith será capaz de esperarme sin tocarme durante casi diez meses?

Aquel fantasma del pasado, la inseguridad que creía haber superado, regresó sigilosamente a un rincón de su mente.


Capítulo 10

—Ugh, ugh...

Yeon-woo sintió varias arcadas dolorosas sobre el recipiente que le sostenía la enfermera. El esófago le ardía como si lo quemaran los jugos gástricos, pero no le quedaba nada en el estómago; casi no había probado bocado en todo el día.

—¿Se encuentra bien, Yeon-woo? —preguntó la enfermera con preocupación.

Era una enfermera privada a la que Keith había contratado de inmediato el mismo día en que acudieron al hospital. Tenía una presencia dulce y sumamente confiable. Tras ofrecerle algo de agua y medicinas para calmar el malestar, ayudó a Yeon-woo a recostarse en la cama y se dispuso a ordenar los alrededores. Mientras ella salía un momento de la habitación, el teléfono comenzó a sonar. Al revisar la pantalla, Yeon-woo vio que se trataba de Keith.

—¿Hola...?

Apenas articuló palabra con voz exhausta, escuchó la reacción inmediata al otro lado de la línea.

—¿Qué pasa? ¿Ocurre algo?

Haciendo un esfuerzo por hablar con calma, Yeon-woo intentó responder a la urgencia de su tono para evitar que saliera corriendo a la casa:

—No es nada, es solo un ligero malestar. Todo está bien, ya me tomé el medicamento.

—¿Y la enfermera?

En ese instante la puerta se abrió y la enfermera volvió a ingresar. Yeon-woo no pudo evitar esbozar una sonrisa comprensiva antes de contestar:

—Está a mi lado.

—Ah... —Keith dejó escapar un suspiro de alivio.

Llamaba varias veces al día para comprobar el estado de Yeon-woo y reaccionaba así ante cualquier indicio de anormalidad. Aunque a Yeon-woo le parecía una actitud demasiado aprensiva, prefería no hacer comentarios; al fin y al cabo, sabía que él habría actuado igual de estar en el lugar de Keith.

—Estoy bien, así que céntrate en tu trabajo, Keith. No te preocupes.

Tras unos segundos de silencio, Keith colgó la llamada. Yeon-woo dejó el móvil a un lado y soltó un largo suspiro. La enfermera, al revisar sus constantes, le preguntó con amabilidad:

—¿Cómo siente el estómago? ¿Cree que pueda comer algo?

Yeon-woo negó con la cabeza de inmediato:

—Un té negro estará bien. Muy suave, con un par de rodajas de limón.

La enfermera lo miró con inquietud y murmuró para sí:

—Va a debilitarse si continúa sin comer, pero estas náuseas están durando demasiado...

Al escucharla encargar el té al mayordomo, Yeon-woo cerró los ojos. Había oído que en algunos casos las náuseas persistían durante todo el embarazo, aunque nunca pensó que le tocaría a él. Tampoco es que estuviera completamente en ayunas, por lo que trataba de no alarmarse. Sabía que alimentarse solo a base de té y galletas no era ideal, pero prefirió no darle más vueltas y cerró los ojos. La falta de energías hacía que se quedara dormido con frecuencia, lo cual terminaba siendo lo mejor para sobrellevar las largas horas de reposo obligatorio. Yeon-woo se quedó dormido al poco tiempo, respirando de manera suave.

Un frío contacto en la frente lo hizo abrir los ojos de golpe. Keith lo observaba con expresión seria.

—¿Ya llegaste? —sonrió Yeon-woo instintivamente, aunque Keith mantuvo la rigidez en el rostro.

No había nadie más en la habitación; la enfermera se había retirado al terminar su turno con la llegada de Keith. Yeon-woo intentó romper el hielo desde su cansancio:

—La cena...

—Dijeron que no has comido nada en todo el día —lo interrumpió Keith antes de que pudiera excusarse.

Yeon-woo se quedó sin palabras, dudó un segundo y terminó asintiendo con torpeza. Keith dejó escapar un fuerte suspiro de frustración. Al verle la cara de angustia, Yeon-woo sintió que la culpa lo embargaba y se limitó a mirarlo en silencio. La mirada de Keith se posó sobre el brazo delgado de Yeon-woo que descansaba sobre las sábanas. La evidente pérdida de peso de su pareja le oprimía el corazón, por lo que se pasó una mano por el rostro con impotencia.

—¿De verdad no se te antoja nada? Pídeme lo que sea, lo que se te ocurra.

El tono de Keith sonaba casi como una súplica desesperada. A Yeon-woo le daba la impresión de que Keith se movería hasta el fin del mundo con tal de conseguirle comida con tan solo pedírselo. Ante tanta devoción y angustia, Yeon-woo solo pudo responder con una sonrisa apenada. Sin embargo, sabía que si insistía en no comer nada solo lograría angustiarlo más, e intentó pensar en algo que pudiera tolerar por el bien del bebé. Tras darle vueltas durante un largo rato, apenas alcanzó a musitar:

—Tal vez... unos huevos revueltos.

Pensó que la textura suave de los huevos sería fácil de pasar, pero se equivocó. En cuanto la bandeja estuvo frente a él, el simple olor le provocó una nueva oleada de náuseas.

—Ugh... Ugh...

Mientras Yeon-woo se reclinaba en la cama completamente agotado, Keith se frotó el rostro con brusquedad al tiempo que soltaba un largo suspiro. Yeon-woo se sintió sumamente culpable al verlo tan acongojado. Pensó de nuevo en qué otra cosa podría tolerar, pero solo una opción acudió a su mente. Justo cuando iba a hablar, Keith frunció el ceño e intervino:

—¿Vas a pedir galletas otra vez?

A Yeon-woo le dieron ganas de reírse, pero se limitó a sonreír suavemente por la falta de energías. Keith negó con la cabeza y le indicó al mayordomo que preparara una tanda de galletas. Antes de que cortara la llamada, Yeon-woo le hizo una seña apresurada para susurrarle:

—Que no las dejen enfriar. Quiero comerlas tibias y suaves, antes de que se pongan duras.

Tras transmitir la instrucción al pie de la letra, el mayordomo no tardó en aparecer con una bandeja llena de galletas recién horneadas de distintos tipos. Curiosamente, el aroma a mantequilla y azúcar no le causó ningún rechazo.

Yeon-woo tomó una galleta de pistacho, le dio un mordisco y se la llevó a la boca. A medida que el dulzor tibio y suave se extendía por su paladar, una expresión de genuino deleite apareció en su rostro.

Keith suspiró entre resignado y divertido al ver el rostro demacrado de Yeon-woo iluminarse con tanta facilidad.

—¿Por qué no llamamos al bebé «Galleta»?

Aunque era un comentario con cierta ironía, a Yeon-woo la idea no le pareció nada mal.

—¿Deberíamos?

—Yeon-woo... —Keith arrugó la frente intentando corregirlo, pero Yeon-woo ya se acariciaba el vientre con una sonrisa luminosa.

—Galleta, ¿te gusta el nombre?

—Trata de comer algo más que galletas —le pidió Keith, incapaz de recriminarle de verdad.

Yeon-woo esbozó una sonrisa picara y le acercó un trozo de galleta a la boca a Keith para aplacarlo. Y así continuaron pasando los días.

Toc, toc.

Unos suaves golpes en la puerta sacaron a Yeon-woo de un sueño profundo. Mientras parpadeaba intentando adaptarse a la luz, la puerta se entreabrió y una pequeña silueta se asomó por el resquicio.

—¿Papá?

Yeon-woo le extendió una mano y sonrió al escuchar la dulce vocecita:

—Adelante, Spence.

En cuanto obtuvo el permiso, el niño entró apresuradamente. Tiempo atrás habría saltado directo a la cama para abalanzarse sobre Yeon-woo, pero ahora la situación era distinta. Deteniéndose al borde de la cama, miró a la enfermera y le preguntó tranquilo:

—Señorita McDonnell, ¿puedo abrazar a mi papá?

Sorprendida por los buenos modales del pequeño, la enfermera le dedicó una cálida sonrisa y asintió:

—Por supuesto. Pero ya sabes cuáles son las reglas que debemos seguir, ¿verdad?

—¡Sí, señorita McDonnell! —Spencer asintió con entusiasmo—. No gritar, no correr, estar calladito y portarme bien.

—Así me gusta, buen chico.

Con la autorización de la enfermera, Spencer se quitó los zapatos a toda prisa, subió a la cama gateando con extremo cuidado y se acomodó al lado de Yeon-woo, quien lo esperaba con los brazos abiertos.

—Papá...

Al llegar a su pecho, el pequeño dejó escapar un suspiro de satisfacción y se acurrucó. Yeon-woo lo abrazó con ternura, le dio unas palmaditas en la espalda y le preguntó:

—¿Te fue bien hoy en el jardín de niños?

—¡Sí! —respondió el niño refregando la cabeza contra su hombro.

Al cabo de un momento, Spencer comenzó a desplazarse con cuidado por encima de las sábanas. Yeon-woo lo observó con curiosidad hasta que el niño se detuvo justo a la altura de su vientre y habló en voz baja:

—Galleta, soy yo, Spence.

El pequeño extendió su manita y comenzó a acariciar suavemente el vientre de Yeon-woo. Con el corazón lleno de ternura, Yeon-woo contempló la escena mientras Spencer pegaba los labios a la sábana para darle un beso al bebé.

—Sal rápido, Galleta —le decía con cariño—. Te voy a leer cuentos, te meceré en el columpio y te mostraré mi caballito.

Yeon-woo no pudo contener una risita de felicidad y le acarició el cabello al ver el entusiasmo de su hijo.

—¿Tanto deseas tener un hermanito?

—¡Sí! —Spencer apoyó la cabeza en el vientre de Yeon-woo y sonrió ampliamente—. Fitt, Angela y Peyton tienen hermanos, ¡pero yo era el único que no tenía! ¡Ahora por fin voy a tener uno!

Ver la inocente alegría del niño llenaba de paz a Yeon-woo, aunque lo cierto es que la gestación no estaba resultando nada sencilla.

Desde que recibieron la advertencia médica, Keith se había vuelto extremadamente aprensivo con la salud de Yeon-woo. A partir del momento en que lo sacó en brazos del hospital, no le había permitido volver a dar un solo paso por su cuenta. Si bien Keith solía cargarlo con frecuencia en el pasado, ahora se había convertido en una regla absoluta: cuando Keith estaba cerca, a Yeon-woo no se le permitía ni tocar el suelo, debiendo permanecer estrictamente en reposo sobre la cama. Semejante encierro llegaba a desesperarlo por momentos, pero se esforzaba por soportarlo pacientemente.

Todo es por Galleta, se decía a sí mismo evocando el apodo del bebé con una sonrisa.

Recordaba con nostalgia la época en que llamaban a Spencer «Pudín». Durante aquel primer embarazo, a Yeon-woo se le antojaba el pudín constantemente, y curioso resulta que, incluso después de nacer, a Spencer le fascinara ese postre. Con este nuevo bebé parecía ocurrir lo mismo con las galletas: aunque las náuseas le impedían digerir casi cualquier alimento, las galletas eran la única excepción.

Para facilitarle las cosas, Keith había dado instrucciones de preparar galletas especiales a cualquier hora. Por razones de salud, los cocineros reducían el azúcar y la harina refinada, pero el sabor seguía siendo exquisito. Gracias a ello, Yeon-woo lograba mantener a raya el malestar y sobrellevar los largos y monótonos días en cama.

Por suerte, le daba sueño muy seguido, lo que le ayudaba a sobrellevar la soledad durante las horas en que ni Keith ni Spencer estaban en casa. Cuando se despertaba temprano, aguardaba con ansias la llegada de Spencer del jardín de niños. Lo primero que hacía el pequeño al regresar era lavarse las manos y correr al dormitorio para hacerle compañía a su papá, llenándolo de historias y risas.

Muy pocas personas estaban enteradas del embarazo, aparte de los médicos y el círculo familiar más íntimo. Emma era la única secretaria del equipo de Keith a la que Yeon-woo le había informado directamente por teléfono. Josh se encontraba en otro estado gestionando un proyecto que estaba por concluir, y al enterarse le envió sus felicitaciones prometiendo ir a visitarlos con los niños tan pronto terminara su contrato. Dane tampoco hizo muchos comentarios, pero cuando lo invitaron al futuro baby shower, aceptó asistir. A Yeon-woo, a quien todavía tenía cierta distancia con Dane, le alegró y motivó mucho esa respuesta. Por su parte, Emma expresó sus felicitaciones y suspiró al saber que Yeon-woo debía guardar reposo absoluto: «¿Por qué será tan difícil traer una vida al mundo?», comentó en tono reflexivo.

En la familia de Yeon-woo, la noticia había causado un gran revuelo. Yeon-woo tuvo que maquillar un poco la realidad cuando su madre lo llamó alarmada preguntando por su estado de salud. Supo que si le decía la verdad sobre el reposo en cama, la señora llamaría a cada hora para vigilarlo, lo que habría significado pasar el día entero alternando llamadas entre ella y Keith. También rechazó amablemente la oferta de que sus hermanos viajaran a cuidarlo; bastaba con las llamadas periódicas de saludo para mantener la tranquilidad. Así continuaban transcurriendo sus días de reposo.

—...Sí.

Yeon-woo se despertó de forma repentina y abrió los ojos despacio. La habitación estaba a oscuras, señal de que ya era de noche. Antes de que su vista se acostumbrara a la penumbra, sintió la tibia presencia del cuerpo recostado tras su espalda. Keith dormía plácidamente rodeándole la cintura con un brazo. Yeon-woo contuvo la respiración e intentó recordar lo ocurrido antes de dormirse.

Ah...

Pronto lo recordó: habían estado comiendo las galletas que Spencer les compartió mientras armaban un rompecabezas juntos en la cama. Recordaba haber pensado que Keith regresaría pronto porque la hora de la cena se acercaba, pero al parecer se había quedado dormido y. Mientras dormía, Keith debió cenar con el niño, acostarlo y luego meterse en la cama sin hacer el menor ruido para no interrumpir su descanso.

Yeon-woo sintió algo de culpa por haber pasado todo el día acostado y volverse a dormir sin haber recibido a su esposo. Tras un sueño tan profundo, tenía la mente completamente despejada, por lo que le resultaba imposible volver a conciliar el sueño de inmediato. Mientras parpadeaba en la penumbra, un pensamiento aleatorio cruzó su mente.

Ahora que lo pienso...

Le vino a la memoria el aroma de los churros que vendían frente a su universidad. Un aperitivo dulce con azúcar y canela que perfumaba el aire, deliciosos cuando se acompañaban con abundante crema batida.

—Quiero comer churros... —murmuró en un susurro inaudible.

En ese instante, el brazo que sujetaba su cintura se tensó ligeramente y una voz grave resonó a sus espaldas:

—¿Qué dijiste?

Yeon-woo abrió los ojos de par en par y giró la cabeza sorprendido. La tenue luz de la luna que se filtraba por el gran ventanal iluminaba el rostro de Keith, quien lo observaba atentamente.

—Perdóname, ¿te desperté? —preguntó apenado.

Sin darle importancia a la interrupción, Keith volvió a formular la pregunta:

—Dijiste que querías comer algo. ¿Qué es?

Desde que comenzó el embarazo, Yeon-woo casi no expresaba antojos por la falta de apetito. Keith, que vivía con el temor constante de ver cómo su pareja se debilitaba día a día, no estaba dispuesto a dejar pasar esa oportunidad. Yeon-woo bajó la mirada con cierta turbación:

—Es que... bueno...

¿Cómo se supone que consiga eso a mitad de la noche?

Intentó retractarse para no causarle molestias a deshoras, pero la idea del alimento dulce ya se le había instalado en la mente y le provocó un leve rugido en el estómago. Al ver la vacilación de Yeon-woo, Keith frunció ligeramente el ceño y le habló con suavidad:

—Yeon-woo, no pasa nada. Dímelo. Hace cuánto que no comes algo sustancioso.

Para Keith, un par de galletas y una taza de té negro distaban mucho de ser una nutrición adecuada. Sabiendo lo mucho que su esposo deseaba que recuperara el apetito, Yeon-woo sintió un impulso de confianza. La actitud comprensiva de Keith lo animó finalmente a hablar.

Capítulo 11

—Churros...

—¿Churros? —repitió Keith de inmediato, como si hubiera atrapado al vuelo la oportunidad de conseguirle comida.

Yeon-woo, venciendo la timidez, murmuró en voz muy baja:

—Los comía de vez en cuando cuando iba a la universidad... Espolvoreados con canela eran muy deliciosos...

—Está bien —respondió Keith.

Como si el solo hecho de escucharlo expresar un deseo fuera un logro, le plantó un beso sonoro en la frente y se levantó de la cama al instante. Yeon-woo sintió cierta pena, pero también una inevitable ilusión al escuchar cómo Keith, teléfono en mano, despertaba al chef pastelero para indicarle que preparara churros de inmediato. Aunque era un recuerdo de hacía años, el sabor venía a su mente con una nitidez que le hacía agua la boca.

—¿Cómo te sientes? —preguntó Keith, acercándose con gesto preocupado.

Era una reacción comprensible: ya lo había visto devolver el estómago solo con oler la comida. Yeon-woo esbozó una sonrisa tranquilizadora y asintió:

—Estoy bien. Me da mucha ilusión comerlos.

Al decirlo se sintió un poco avergonzado y las mejillas se le tiñeron de rojo.

—Siento pedir esto a estas horas...

—No te preocupes por la hora, lo único que importa es que comas. ¿No quieres acompañarlo con alguna bebida? —se limitó a responder Keith, desestimando las disculpas.

Yeon-woo desvió la mirada un momento para rebuscar en su memoria.

—Quedan mejor con un capuchino.

—Entendido.

Asintiendo, Keith volvió a llamar al mayordomo para encargar la bebida. Poco después, este golpeó la puerta y entró trayendo una bandeja con churros recién hechos y una taza de capuchino humeante.

—Adelante, come.

El mayordomo colocó la bandeja sobre la mesa auxiliar de la cama y dio un paso atrás. Ante la mirada atenta y expectante de ambos hombres, Yeon-woo tomó un churro con cuidado y se lo llevó a la boca. El crujido resonó en el silencio de la habitación en cuanto le dio un primer bocado, sintiendo cómo el aroma a canela le estimulaba el paladar.

—¿Qué tal está? —preguntó Keith, observando fijamente cómo masticaba despacio para saborear cada detalle.

Yeon-woo guardó silencio con expresión seria y le dio un sorbo al capuchino. Tras tragarlo, dejó tranquilamente la taza en la bandeja y miró a los dos hombres que lo observaban con tensión.

—Lo siento... no es este sabor.

—¿Qué? —frunció el ceño Keith.

El mayordomo intervino rápidamente para calmar la situación:

—Durante el embarazo los sentidos se agudizan mucho y se perciben las diferencias más mínimas. No era este tipo de churro el que tenía en mente, ¿verdad, Yeon-woo?

—No... —asintió Yeon-woo suavemente—. Es difícil de explicar, pero el lugar donde los compraba era un puesto muy famoso donde la gente hacía fila. Tenían un toque muy particular... ¿no los conoces?

Hizo la pregunta con inocencia, pero al ver la expresión desconcertada de Keith, entendió de inmediato.

Por supuesto, no era un lugar al que asistiera un alfa de su clase...

Al notar su silencio, Yeon-woo añadió en voz baja:

—Bueno, era un puesto popular entre los estudiantes...

—¿Cómo se llama el lugar? —lo interrumpió Keith—. Quieres los churros exactamente de esa tienda, ¿cierto?

—Sí... —confesó Yeon-woo apenado pero honesto—. El capuchino de ahí también tenía un sabor distinto. Cuando los comíamos juntos era el doble de delicioso... Solíamos pedir dos tazas de café y un solo churro para compartir; la cantidad era la justa. Al final nos limpiábamos el azúcar de los dedos... Yo... bueno, quiero decir...

La voz de Yeon-woo, que se había dejado llevar por el entusiasmo del recuerdo, se fue apagando gradualmente. Se hizo un silencio denso en la habitación. Yeon-woo, incapaz de sostenerle la mirada a Keith, buscó desviar el tema a toda prisa mirando hacia otra parte:

—Bueno, no importa, de verdad. No hace falta complicarse. Al fin y al cabo, un churro es un churro, ¿no? —le preguntó al mayordomo buscando su complicidad.

Sin embargo, el mayordomo negó con la cabeza en silencio y con rostro serio. Keith, mirando fijamente a Yeon-woo, quien se había quedado helado, habló con tono cortante:

—Solo necesito el nombre del local. No hace falta que me des detalles de lo que hacías allí con tu expareja, Yeon-woo.

Aunque intentaba mantener la compostura, era evidente que se había molestado: el aroma de sus feromonas se había vuelto mucho más denso e intenso.

Claro... a Keith le molesta de sobremanera que le hable de mis relaciones pasadas.

—Lo siento... —murmuró Yeon-woo disculpándose avergonzado.

Una vez que obtuvo el nombre del puesto de comida, Keith llamó de inmediato a Emma para ordenarle que comprara la receta exacta del establecimiento sin importar el costo. Solo cinco horas después, el chef pastelero de la mansión presentó una nueva tanda de churros idénticos a los del recuerdo, acompañados por el capuchino adecuado.

—Aquí tiene, este es el suministro de medicamentos para un mes.

El médico le entregó un frasco a Keith, quien estaba sentado frente a él al otro lado del escritorio en el consultorio. Keith examinó la etiqueta con la dosis y los ingredientes con expresión distante mientras el profesional agregaba:

—¿Cómo va todo con Yeon-woo? ¿Cuánto tiempo ha transcurrido ya? ¿Unas 20 semanas?

—21 semanas —corrigió Keith.

—Vaya, ya pasaron más de la mitad del camino.

El médico se expresó con sincera admiración. Y no era para menos: significaba que Yeon-woo, con su delicado estado de salud, ya había superado más de la mitad de la gestación guardando reposo estricto por el bien del bebé; y también implicaba que Keith estaba manteniendo una abstinencia absoluta durante todo ese tiempo.

—¿Usted cómo se encuentra? —preguntó el médico al ver que Keith no decía nada.

El rostro de Keith no distaba mucho de su aspecto habitual, pero observándolo con atención se percibían unas sombras oscuras bajo sus ojos: la huella del cansancio acumulado a lo largo de los meses. Rara vez el médico sentía simpatía por un alfa extremadamente dominante, pero el esfuerzo de Keith resultaba excepcional.

Keith apoyó el vaso de agua sobre la mesa con un leve chasquido y fijó la mirada en el especialista.

—Bien.

—...

—Muy bien.

Habría sido mejor no agregar esa última palabra: la voz se le quebró ligeramente al pronunciarla. Keith frunció el ceño, tomó nuevamente el vaso de cristal y se bebió de un trago el agua restante.

El médico, que había observado la escena en silencio, comentó:

—Sinceramente, es admirable que acepte tomar supresores de feromonas tan fuertes solo para proteger el cuerpo de Yeon-woo. Resulta conmovedor.

Aunque lo decía con un ademán dramático, la sinceridad de sus palabras era cuestionable. ¿Acaso se estaba burlando? Keith lo miró con evidente fastidio. Era un hombre con el que preferiría no tratar a menos que fuera estrictamente necesario para conseguir el tratamiento. Sus intenciones siempre resultaban difíciles de descifrar y sus experimentos generaban desconfianza.

Sin embargo, este era el único centro de investigación capacitado para sintetizar fármacos efectivos para alfas extremadamente dominantes. Aunque el laboratorio existía en gran medida gracias al financiamiento de la propia familia de Keith, a los alfas de su rango les desagradaba acudir allí; era más bien una medida de respaldo para situaciones extremas. Por ello, a pesar de incomodarle el lugar, no le quedaba más alternativa.

En cualquier caso, comparado con el esfuerzo de Yeon-woo de permanecer recostado en cama todo el día, su sacrificio era menor.

Keith toleraba la consulta pensando en eso. Por fortuna, Yeon-woo ya había comenzado a digerir otros alimentos además de las galletas. Keith procuraba conseguirle cualquier antojo por difícil que fuera. Hacía poco, a Yeon-woo se le habían antojado unos pasteles de arroz picantes (tteokbokki) de un local específico en Corea; Keith contactó de inmediato al hermano menor de Yeon-woo y envió un avión privado para traerlos esa misma noche. Gracias a ese detalle Yeon-woo se veía mejor alimentado, aunque, por el contrario, el propio Keith lucía cada vez más demacrado.

La causa no era un misterio: el desgaste acumulado y la falta de sueño eran manejables, pero la abstinencia continua durante meses resultaba abrumadora. Compartir la cama cada noche con Yeon-woo sin poder tocarlo era una verdadera prueba de autocontrol. Además, con el avance del embarazo, el aroma de las feromonas de Yeon-woo se había vuelto mucho más concentrado y atrayente. Por esa razón Keith había comenzado a tomar los supresores; de lo contrario, temía perder el control. Al ser dosis elevadas, por primera vez en su vida experimentaba una fatiga física constante.

El médico desvió la mirada hacia la carpeta del expediente.

—Bien... esta vez no hará falta administrarle la inyección. Podremos aplicársela el próximo mes —dijo al entregarle los resultados de los análisis—. Sus niveles de feromonas se mantienen estables. El cansancio se debe principalmente al agotamiento físico acumulado, de modo que mejorará en cuanto pueda descansar. Al ser un alfa extremadamente dominante, su resistencia es mucho mayor que la del promedio.

Keith ignoró el matiz irónico en la voz del especialista y fue al punto:

—¿El periodo de celo (rut) sigue bajo control?

—Sí —asintió el médico—. Ha seguido el tratamiento con rigidez, de modo que las feromonas no se acumularán de forma peligrosa. Según las proyecciones, el celo debería presentarse el próximo mes, pero le aplicaremos la inyección en esa fecha. Con un par de horas de reposo posterior, el efecto pasará por completo.

—Entendido —respondió Keith con sequedad.

La fórmula del medicamento había mejorado con el tiempo, pero los efectos secundarios persistían. Las inyecciones prolongadas conllevaban riesgos como desorientación o dolores de cabeza severos. Para Keith, el día de la aplicación siempre venía acompañado de una migraña intensa, aunque agradecía que el ciclo solo ocurriera una vez cada tres meses.

¿A partir de ahora tendré que recibir la dosis con mayor frecuencia?

Tras pagar la consulta, Keith tomó el frasco de medicamentos de la mesa.

—¿Hay algo más?

—No, eso es todo —sonrió el médico—. Ya han superado la mitad del trayecto; según como se mire, el tiempo restante pasará rápido.

Keith no devolvió el gesto. Salió de la clínica hacia el vehículo donde su escolta le abrió la puerta. Una vez dentro, cerró los ojos y reclinó la cabeza sobre el asiento.

La mitad...

Las palabras del médico resonaban en su mente.

Solo queda la mitad.

Dejó escapar un suspiro cansado.

—Ah...

Yeon-woo dejó el tenedor a un lado con una sonrisa de satisfacción tras terminar un plato de fresas frescas.

Al estar fuera de temporada, no había sido fácil conseguir la variedad exacta que se le había antojado. En un principio le trajeron fresas de cultivo local, pero el sabor no era el que recordaba y su rostro delató la decepción. Al notar su gesto, Keith dio órdenes inmediatas de importar las fresas directamente desde Corea, permitiéndole comerlas dulces y a su gusto a partir de ese día.

¿Por qué se me antojarán cosas tan difíciles de conseguir?

Le apenaba hacer trabajar a Keith por antojos tan específicos, pero él siempre respondía con un «de acuerdo» sereno, sin mostrar jamás molestia. Y en poco tiempo, el pedido aparecía en la habitación.

Parece que a este bebé le gusta comer bien...

Yeon-woo se acarició el vientre con ternura. Estaba revisando un folleto informativo del hospital para pensar en nombres. Había muchas opciones comunes ordenadas alfabéticamente, pero él deseaba un nombre especial. En el caso de Spencer no había podido participar en la elección, pero esta vez quería decidirlo junto a Keith. Aunque Keith le había dado libertad absoluta para elegir, Yeon-woo prefería tomar la decisión en conjunto.

Había anotado algunos candidatos en una hoja de papel para analizar sus significados. En ese momento, la enfermera que registraba sus constantes miró por la ventana y comentó:

—El señor Pittman acaba de llegar.

—¿En serio?

La enfermera acomodó las mantas con una sonrisa amable:

—Es un alivio verlo tan recuperado estos días. Todos en la casa están muy contentos.

—Muchas gracias por cuidar tan bien de mí —respondió Yeon-woo con gratitud.

La enfermera se retiró para dejarles privacidad. Como era habitual, Keith no tardó en abrir la puerta de la habitación.

—Keith.

Al verlo acercarse, Yeon-woo le sonrió con los brazos abiertos. Keith se sentó al borde de la cama, lo rodeó con un abrazo cálido y le plantó un beso en los labios.

—¿Cómo estuvo tu día? ¿Te sentiste bien?

—Muy bien —asintió Yeon-woo—. Las fresas estaban deliciosas, muchas gracias.

—Pídeme lo que se te antoje, no te guardes nada.

—Está bien —sonrió Yeon-woo, sintiendo un leve rubor en las mejillas.

No siempre resultaba fácil controlar los impulsos del embarazo: cuando se le fijaba un antojo en la mente, sentía una ansiedad sofocante si no podía satisfacerlo. La última vez, con el tema de las fresas, intentó contenerse para no ser una carga, pero terminó rompiendo en llanto por la frustración de las hormonas.

«¿Por qué lloras, qué ocurrió?», 

le había preguntado Keith desconcertado aquella vez. Entre sollozos, Yeon-woo tuvo que confesarle que solo quería comer fresas. Keith calmó su angustia y mandó a buscar las frutas de inmediato, pero desde entonces le recalcó firmemente que nunca más le ocultara un antojo.

***

Nota Lucy: Aw me alegra que ambos hablaran y decidieran juntos el tener el bebé y los cuidados que Yeon-woo necesita. Me gusta mucho esta historia, fue por Kiss me Liar que conocí toda la saga y libros de zig

Espero que a ustedes también les esté gustando, recuerden dejarme sus mensajitos.

Nos estamos leyendo. Les mando un gran abrazo virtual.

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