Pasaron varias horas antes que Anya lograra despertar luego de todo lo que había sucedido aquella madrugada.
Sus ojos se abrieron lentamente, se sentía cansado, parpadeó un par de veces, algo desorientado, miró el pequeño velador de madera, luego la muralla desconocida.
Su cabeza aún no reaccionaba por completo, pero entonces los recuerdos comenzaron a agolparse en su mente: sus ojos se abrieron de par en par y su rostro se volvió una bola de fuego.
Intentó levantarse al entrar en pánico, pero fue entonces cuando notó algo en lo que no había reparado. Sentía un dolor agudo en el vientre, aunque no le dio importancia, no hasta que la persona detrás de él, que lo abrazaba por la cadera, lo apretó contra su cuerpo.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Anya, al tiempo que la punzada en su bajo vientre se acentuaba. Entonces lo sintió: algo se agrandaba y se deslizaba en su interior.
―Ah…Mhm.
Un leve gemido escapó de su boca y pensó.
“¿Qué es esto”.
Tenía los muslos empapados y pegajosos; el vientre le ardía, y un dolor sordo se extendía por todo su cuerpo.
Anya apretó las sábanas y juntó los labios con fuerza para que la voz no se le escapara de nuevo.
“No puedes ser ¿Sigue dentro de mí”.
Evernight apoyó su rostro en la espalda del chico y lo abrazó con más fuerza.
―Anya quédate tranquilo, duerme un poco más.
El joven al escuchar tales palabras murmuró un poco frustrado.
―¿Cómo podría dormir, si usted, aún no ha sacado…?
Guardó silencio, avergonzado, sin poder continuar lo que decía.
Evernight, que sonrió al escuchar sus palabras, movió su cadera despacio mientras su pene se adentraba aún más en Anya.
―Aah.
Al joven se le salió otro gemido debido a la sorpresa y Evernight dejó un beso suave. sobre su espalda.
―Bebé ¿qué debía hacer si anoche no dejabas de gotear?¿Acaso hice mal?
Anya, tembló al sentir una segunda embestida.
―P-Pare… aah…No…
Evernight, no lo escuchó y movió su cadera despacio, castigándolo.
―Tú agujero no ha querido soltarme toda la noche y ahora traga mi polla así de fuerte, y me pides que pare.
Anya negó con su rostro y soltó diciendo.
―No, eso no es… Ah.
El caballero, que miraba su espalda y como su cuerpo se contraía, terminó por sacar su pene y giró a su pareja para que lo mirara, parecía que algunas lágrimas amenazaban con salir.
Anya, sorprendido, quiso taparse el rostro con uno de sus brazos, pero Evernight se lo impidió.
―Está bien, solo bromeaba. Soy yo el que no deseaba soltarte. Me vuelves loco, por eso sigo deseando besarte y hundirme dentro de ti.
El joven lo miró tímido, un poco desconfiado.
―Te quiero, Anya.
Era injusto que utilizara esas palabras para desarmarlo, este se acercó a su rostro y el joven tal como esperaba aceptó su beso, sus labios se entrelazaron suaves, luego de manera necesitada, la lengua de Evernight, se deslizó dentro de su boca, enrollándose contra la de Anya. Fue un beso que lo dejaba sin aire, ni siquiera se dio cuenta cuando abrió sus piernas hasta que el caballero meneó su cadera e hizo que la punta del pene rozara su entrada.
Anya, que ya estaba excitado, lo abrazó con las piernas por la cadera y entre jadeos, susurró.
―También te quiero.
Entonces Evernight lo embistió de una vez haciéndolo gemir, Anya, no comprendía bien por qué su cuerpo reaccionaba con tanta fuerza ante el toque del caballero.
Su mente parecía hacerse papilla y todo en él se entregaba al placer y Evernight, como si intuyera su estado, hizo que su miembro lo penetrara más y más profundo.
―Ah…Ah… Él… Aah aaah
Sonidos lascivos salían de su boca sin control y las embestidas se volvían más bestiales, Anya sentía dolor, pero no sabía por qué también sentía una sensación indescriptible de placer.
Quería más, más….que fuera más bruto y que lo penetrara, Anya soltaba gemidos fuertes y se aferraba a la cintura de Evernight como si su vida dependiera de ello.
―Bebé… maldita sea, me vuelves loco, me tragas con tata fuerza, que siento que podría correrme.
Ambos se besaron con desesperación aferrándose el uno al otro. Todo el cuerpo de Anya, temblaba y se contraía, sus ojos se nublaban y ni siquiera lograba respirar con normalidad. Evernight, soltaba gemidos graves, su aliento cálido, apresurado, le aceleraba el corazón a Anya, cada vez que sentía su roce en el cuello, sus besos, lamidas. Todo parecía llevarlo al límite.
Su propio pene se frotaba contra el abdomen de Evernight, soltando su líquido caliente y blanco, sobre ambos.
El sonido húmedo resonaba cada vez que sus cuerpos se separaban y luego se unían en uno solo.
Anya, entonces sintió su interior ser inundado por completo, podía ver como el pene de Evernight abultaba su vientre con cada movimiento y ni siquiera se detuvo al momento de eyacular.
Ambos jadeando y gimiendo sin control, revolcándose como si fueran dos bestias insaciables…
Luego de un par de rondas de sexo duro, el caballero tomó a Anya en sus brazos y lo llevó a la bañera.
Ambos tomaron un bañó con agua cálida que hizo que los músculos de Anya se relajaran, el dolor en su parte baja era evidente, pero soportable.
―Mhm.
Anya hizo un pequeño gemido cuando intentó acomodarse un poco mejor, pero entonces Evernight lo jaló hacia sí mismo.
―Ah… ¿Señor?
El caballero lo sentó entre sus piernas y entonces le susurró.
―Quédate tranquilo, te ayudaré.
El joven abrió sus ojos de par en par cuando la mano de Evernight se deslizó por sus nalgas.
―¿Q-Que hace?
La voz titubeante y de pánico salió de la boca de Anya.
―Si no lo sacamos luego te dolerá el vientre… Le susurró muy cerca de su oreja.―Me corrí demasiado, así que sé paciente.
Anya al sentir aquel aliento caliente se estremeció por completo, el dedo áspero entró en su agujero y raspó sus paredes, por un largo rato. No pudo evitar gemir, así que tapó la boca con su mano.
Todo parecía ir normal hasta que escuchó una palabrota venir de la boca de Evernight, los dedos gruesos se alejaron de su entrada y el pene duró que sentía desde el principio en su espalda baja. El caballero lo agarró con su otra mano y Anya abrió los ojos por la sorpresa.
―¿Qué hace? … Dijo que solo… Ah.
Evernight, que lo agarró por la cadera, lo levantó y acomodó su miembro de nuevo, el deseo que sentía por Anya era insaciable, por eso terminó diciendo.
―Anya, lo siento, no puedo aguantarlo más. Por favor, solo un poco más, lo prometo esta será la última vez.
El joven que quedó mudo pudo sentir como el caballero dejaba un hilera de besos entre medio de su hombro y cuello.
―Por favor, Anya, dame permiso, te necesito, me gustas tanto.
Su voz desesperada, lo hicieron dudar, Anya apretó sus dedos de los pies al sentir una lamida en su oreja.
―Anya…
Su susurro y el roce de sus labios lo hicieron estremecer, entonces Anya, se encogió, no podía pensar con claridad y aunque ya sentía una leve molestia en su trasero. También parecía que su vientre bajo pedía ser llenado con urgencia. Desde que los dedos se movían agrandando el agujero e intentando raspar y sacar el semen dentro suyo, quería que metiera algo más grande.
Anya, no podía comprender aquel deseo que era incontrolable, por eso se tapó el rostro avergonzado con una de sus manos.
―Está bien…
Su voz fue casi un murmullo, pero fue suficiente, Evernight, lo escuchó. Entonces acomodó su miembro y lo embistió de nuevo haciendo que el agua se desbordara de la bañera y que nuevos gemidos salieran de las bocas de ambos.
***
Cinco días después, Evernight, acompañó a Anya a la pequeña boticaria que este poseía, no abrió la tienda durante ese tiempo. Debido a que la pareja no pudo alejarse del otro y por sobre todo, Anya necesitó al menos de un día de descanso para poder al menos mantenerse de pie, luego de unir sus cuerpos con tanta pasión.
No estaba seguro de como fue posible, pero al menos durante tres días ambos tuvieron relaciones sexuales cada vez que se besaban, en un punto se dejaban llevar. Y aunque Evernight, lo embestía sin piedad, también cuando terminaban el acto le aplicaba algunos ungüentos para la vergüenza de Anya. Intentó aplicarlos él mismo, pero sus súplicas no fueron escuchadas.
Anya, desconfió cuando lo vio sacar del bolso de viaje que trajo de la última misión como mercenario aquellos medicamentos, se preguntó por qué tenía esa clase de cosas, pero todos sus pensamientos se hicieron papilla cuando eran aplicados y luego volvían a tener sexo.
Esto se repitió un par de veces hasta que Anya no pudo más y quedó tendido en la cama sin un ápice de fuerza en su cuerpo.
El caballero no lo molestó durante veinticuatros horas y lo trató como un niño. Hasta le dio comida en la boca, lo lavó y lo llevaba en sus brazos de la cama al comedor o al baño, no lo dejó caminar ni hacer nada en la casa.
Anya así pudo aprender que Evernight, también sabía cocinar.
Al final, el joven lo convenció de abrir la boticaria solo por unas horas, Anya. Atendió a la clientela de siempre.
―Solo debe hervirla y luego dárselo a su hijo cada seis horas por una semana y verá que el resfrío irá pasando poco a poco.
Anya, lo dijo con una voz dulce y le regaló una sonrisa a la mujer.
Evernight, lo miraba de una manera muy intensa, pero el joven intentaba ignorarlo, el caballero se mantuvo en silencio y lo ayudó en hacer algunas preparaciones de medicina.
También lo ayudó en algunas entregas a algunos pobladores, ya que a Anya le costaba caminar debido a la punzada en su espalda baja.
―Aaah.
El joven hizo una mueca de dolor, pero se recompuso pronto, dio un gran suspiro y pensó que al menos tendría un tiempo a solas ahora que Evernight había ido a dejar los medicamentos.
Anya, se concentró en atender a la clientela y luego cuando el sol ya estaba bajando ordenó algunos ingredientes, limpió también la tienda despacio, solo ignoró el dolor.
Estaba revisando unos casilleros con hierbas y algunos frascos cuando se detuvo en uno de los estantes, su mirada viajó a unas píldoras, se quedó unos segundos muy quieto.
La única razón para ir a la tienda con tanta insistencia era por esas pastillas, pero no se atrevió a tomarlas cuando estuvo Evernight, aun menos hablarle sobre ello.
Ahora que estaba solo podría hacerlo, ese era el plan, pero de alguna manera se olvidó de ello en el transcurso del día.
Jamás se imaginó ni remotamente que él se enamoraría de un hombre y que perdería por completo la cabeza y que ni siquiera pensaría en su condición.
Anya volvió a suspirar y entonces estiró la mano hacia ellas, tomó el frasco y cuando pensaba acercarlas sintió que un brazo lo cubría por el vientre.
―¿Qué estás haciendo?
El joven pegó un respingo de susto, la voz grave de Evernight la sintió más densa por alguna razón.
No lo escuchó entrar, estaba tan ensimismado que no se había dado cuenta de su presencia.
Se quedó inmóvil y Evernight, tomó el frasco de pastillas quitándoselo de las manos.
Había un rotulado con el nombre del medicamento, Anya, pensó inocentemente que jamás Evernight sabría lo que era, pero se equivocó terriblemente.
―¿Por qué demonios intentabas tomar esto?
Anya, se encogió un poco por su voz golpeada e intentó decir cualquier cosa para salir de esa situación incómoda.
―Ah, solo es un calmante, pensé que me ayudaría para…
Anya no pudo terminar su frase cuando escuchó, una voz grave, demasiado fría.
―Mientes.
El joven se quedó inmóvil y entonces escuchó algo inimaginable.
―Anya, no hagas este tipo de cosas por tu cuenta, soy tu pareja. Si te embarazas ¿No crees que al menos deberías hablarlo conmigo?
El joven giró su rostro con los ojos abiertos de par en par, Evernight, que puso su mano sobre el vientre de Anya, lo acarició y volvió a hablar.
―Si, eso sucede, me haré responsable.
El joven no podía articular palabra, todo lo que escuchó era demasiado impactante. Intentó ordenar sus ideas. Tardó un tiempo en poder hablar.
―¿Lo sabías?
Evernight, le regaló una sonrisa suave y dejó un beso en su mejilla.
―Al principio no lo sabía, pero recuerda que no hubo ninguna parte de tu cuerpo que no probara. Tu agujero seguía mojándose al excitarse, es algo común en un hombre con un cuerpo especial. Un hombre que es capaz de procrear tal vez no se moja tanto como una mujer, pero lo hace ¿Cómo podría no darme cuenta?
Anya hizo una expresión de pánico y Evernight, volvió a dejar un beso en su mejilla, acarició su vientre y expresó.
―Tranquilo, me gustas tal y como eres, pero quiero que confíes más en mí.
El joven se mordió el labio y luego desvió la mirada hacia el suelo.
―Lo siento, no es que quisiera ocultarlo, es solo que es raro que un hombre pueda…Yo…
El caballero con su mano libre sostuvo el rostro de Anya y lo incitó a girarse un poco, entonces se inclinó sobre él y dejó un beso suave en sus labios.
―Eres perfecto, Anya.
Evernight guardó el frasco de pastillas en su bolsillo y luego, tomó la mano de Anya y lo guió hasta uno de los bancos de la tienda. Se sentó primero y lo atrajo hacia sí, haciendo que Anya quedara entre sus piernas, de espaldas a su pecho.
―Hablemos un poco ―dijo simplemente, apoyando la barbilla sobre su hombro―. No solo de las pastillas, sino también de lo que sientes.
Anya se quedó en silencio un momento largo, jugando con sus propios dedos.
―Es vergonzoso ―murmuró al fin―. Ningún hombre debería... tener un cuerpo como el mío. Cuando era niño, Sevario me hizo prometer que jamás se lo diría a nadie. Decía que la gente le temía a lo que no comprendía, y que un hombre capaz de concebir era motivo suficiente para que me vieran como una rareza, o peor, como algo que usar.
Su voz se quebró un poco en la última palabra. Evernight lo abrazó con más fuerza, rodeándole el vientre con el brazo.
―Y pensaste que yo también te vería así.
Anya se quedó un instante en silencio pensando en sus palabras.
―No sabía cómo usted me vería luego de saber la versad ―admitió Anya, bajando la mirada―. Usted ha viajado tanto, ha visto tantos lugares, tanta gente... y yo solo soy un boticario de un pueblo pequeño con una condición extraña que ni siquiera yo elegí tener.
Evernight guardó silencio unos segundos, dejando que el peso de esas palabras se asentara antes de responder.
―Anya, escúchame bien. No hay nada en ti que me repugne o que me haga quererte menos. Si acaso... ―soltó una risa baja, casi incrédulo de sí mismo― si acaso me haces desear cosas que creí que jamás volvería a desear.
El joven giró apenas el rostro, curioso pese a la vergüenza.
―¿Qué cosas?
Evernight tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz sonó más grave, más contenida.
―Una familia. Volver a tener una familia contigo.
Anya se tensó entre sus brazos. Sabía, por retazos de conversaciones a medias y silencios largos, que Evernight había tenido un esposo, hijos y que esa familia ya no existía. Nunca se había atrevido a preguntar más. Le dolía imaginar el peso de esa pérdida en alguien que, como él, había pasado años solo, de un lugar a otro, sin nada que lo atara.
―No tiene que hablar de eso si no quiere ―dijo rápidamente, casi como una disculpa preventiva―. Sé que es un tema que le duele.
―Lo es ―reconoció Evernight, sin apartarse―. Pero prefiero hablarlo y que no imagines cosas que no son.
Le tomó una de las manos y entrelazó los dedos con los suyos.
―Durante años pensé que no volvería a sentir esta clase de sentimientos por alguien, aun menos desear un futuro…
Se detuvo un instante, como si buscara las palabras correctas antes de continuar.
―Pero tampoco deseo presionarte con esto. Apenas me has aceptado, y estoy feliz solo con eso. Así que si decides tomar esas pastillas, lo aceptaré.
Este, entonces metió su mano al bolsillo y se las ofreció a Anya.
Anya sintió que se le apretaba el pecho. Se giró un poco buscando su mirada.
―¿Realmente puedo elegir tomarlas o no? Tal como dice nos conocemos hace poco, jamás imaginé que podría tener este tipo de conversación, como tampoco pensé que tenía una opción diferente.
Evernight le sonrió, con esa suavidad que reservaba solo para él.
―Anya, si la vida quisiera darme la fortuna de otra familia, contigo, no la rechazaría. Pero jamás te presionaría a tenerla contra tu voluntad, comprendo que eres joven, puedes querer otras cosas diferentes… Es tu decisión.
El joven bajó la vista, conmovido y Evernight, bajó su mano al ver que este no tomaba las pastillas y esperó con paciencia a su respuesta.
Anya, se mordió los labios reflexionando y cuando calmó un poco su mente, expresó.
―Yo tampoco le he hablado mucho de mi familia, es algo que no suelo hacer
Comenzó, con voz baja.
―Mi madre murió al darme a luz. Mi padre era un elfo... lo perdí cuando tenía ocho años, en un ataque de bandidos fuera de la ciudad. No recuerdo mucho de él, solo su voz, y que olía a los bosques por los que solía viajar.
Evernight, miró con intensidad la cabeza del joven, jamás había escuchado esta historia, supuso que Anya era huérfano
“¿Es mitad elfo?
Una sonrisa incrédula se le formó, sus ojos azules brillaron de una manera algo espeluznante, obsesiva. Pero pronto la ocultó.
En su mente solo hubo una cosa que le quedó claro.
Anya esta vez no moriría con facilidad, los elfos, no solían envejecer, ni siquiera era claro cuanto vivían.
―Después de eso, el mago Sevario me acogió. Él fue quien descubrió lo que yo era, quien me enseñó que era mejor esconder la verdad sobre mi cuerpo. Me crió como si fuera su propio hijo. Estoy agradecido por brindarme su cariño y protección.
Mientras lo escuchaba en silencio, se obligó a aquietar su emoción, casi podía saborear el tiempo que podría hacer suyo a Anya, poseerlo por completo. Se tomaría su tiempo, no debía asustarlo con sus deseos retorcidos.
Cuando lo vio caer dormido durante la madrugada y sacó su miembro, y vio fluir su propia semilla afuera, una idea terrible pasó por su mente y volvió a insertar su pene.
“Sí, se embaraza será mío por completo, jamás podrá rechazarme.
Algo que en su primera vida había aborrecido, pero que ahora no solo lo deseaba sino que lo excitaba.
“El verlo cambiar por llevar a mi hijo, verle su vientre abultado, sería adorable”.
Luego pensó en el pasado, en sus pequeños hijos, cuando los tomaba en sus brazos, cuando los vio crecer y entonces se recriminó.
“Maldita sea, soy lo peor”.
Y, aunque su miembro se había puesto flácido por completo, simplemente no pudo sacarlo, no se atrevió. No estaba seguro si era anhelo o un deseo retorcido. No lo sabía. No quiso pensar más y se acomodó detrás de Anya y lo abrazó por la espalda. Así pasaron la noche juntos con sus cuerpos entrelazados por completo.
Evernight, en el presente acariciaba la mano de su pareja con el pulgar.
―Es bueno que el mago Sevario te protegiera ―dijo Evernight con cuidado―, pero sentirte avergonzado de ti mismo, no debería ser así. Anya, deberías aceptarte más...Como dije pienso que eres perfecto.
Anya no respondió de inmediato, sus mejillas se pusieron rojas.
―Gracias.
Terminó murmurando y Evernight le besó el costado de la sien, despacio y entonces repitió.
―No tienes que avergonzarte de nada conmigo, Anya. Ni de tu cuerpo, ni de la decisión que tomes. Quiero que la próxima vez que algo te preocupe, me lo digas, aunque te dé miedo mi reacción. Prefiero mil veces enfrentar la verdad contigo que verte cargar solo con algo así.
El joven asintió, con los ojos húmedos, y finalmente se permitió apoyar todo su peso contra el pecho de Evernight, dejando que el silencio cómodo entre ambos dijera lo que las palabras ya no alcanzaban a expresar.
Anya, no tomó las pastillas, no dijo nada, pero Evernight, lo notó. Su respuesta fue que no tomaría medicina anticonceptiva.
El caballero no lo presionó y cuando dejaron la botica, Anya jamás volteó la vista hacia el mesón donde Evernight dejó el frasco con el medicamento.
Anya, simplemente no apartó la mano de su pareja y miró su espalda mientras lo seguía. Después de todo él también había perdido a sus padres y aunque Saverio cuidó de él, siempre se preguntó cómo sería tener una verdadera familia.
El destino y los dioses a veces eran verdaderamente crueles… Eso pensó Evernight al mirar al pequeño y hermoso joven.
***
Los días comenzaron a transformarse en semanas, y con ellos, la promesa de Evernight de enseñarle a usar la daga finalmente se cumplió. Una mañana, antes de que abrieran las puertas de la boticaria, lo llevó al patio trasero de la casa con el arma guardada en su funda, esta estaba adornada con pequeñas piedras doradas y rojas, le daban un aspecto elegante sin ser ostentoso.
―Bien comencemos.
La daga tenía un mango tallado con pequeñas runas, ligera pero firme en la mano. Anya la tomó con cierto nerviosismo, sintiendo el peso del metal.
―No estoy seguro si podré hacerlo bien.
Admitió, girando la hoja con torpeza.
Evernight se colocó detrás de él, tomándole la muñeca con suavidad para corregir el ángulo.
―No se trata de fuerza, Anya, sino de precisión. Relaja los hombros.
Su aliento rozó la oreja del joven, y Anya sintió que el calor le subía por el cuello, aunque intentó concentrarse en la lección, le era difícil.
Fallaba los lanzamientos cada vez que Evernight se acercaba más de la cuenta o acariciaba su cintura.
Los movimientos de ataque y defensa con la daga, era un poco menos vergonzoso para Anya, ya que el caballero tomaba distancia y le mostraba los movimientos rápidos y certeros que debía practicar.
Con el paso de los días, las prácticas con la daga se extendieron también a la espada en los campos de entrenamiento.
Evernight sostenía el arma con una facilidad que hablaba de años—siglos, aunque Anya no lo supiera— de experiencia.
―Baja el codo.
Le indicó una tarde, colocando la mano sobre el brazo de Anya para guiarlo.
―Así, bien.
Sus dedos se demoraban más de lo necesario sobre la piel del joven, una caricia disfrazada de corrección. Anya fingía no notarlo, aunque las mejillas encendidas lo delataban siempre.
Lehan, que había sido amigo de Anya desde niños, fue algo claro lo que pasaba entre esos dos.
En las tardes ya no coincidían tanto para salir a alguna cafetería o ir al puesto de comida que les gustaba a los dos y cuando lo hacían, Lehan, sentía la mirada amenazadora de Evernight.
Los pocos días que Anya, se tomaba para estar con algunos amigos, Evernight, se retorcía de celos y sentimientos de posesividad.
Se la pasaba blandiendo la espada fuera de Portmeus, era tanta la ira que necesitaba salir de la ciudad aun si era de noche.
Cortó un par de árboles sin piedad, no lo soportaba, deseaba matar a cualquiera que gustara de Anya. Deseaba cortarle la cabeza a ese tal Lehan.
―¡Maldita sea!
Fue así cada vez que Anya, se alejaba con conocidos y les sonreía inocentemente.
Por otra parte Lehan veía entrenar a Anya en el campo de entrenamiento junto a los soldados de Portmeus, con Evernight como instructor, se hizo rutina ver como este posaba su mano en la cintura del joven, otras veces le apartaba un mechón de cabello castaño del rostro. Y Anya se dejaba, con una confianza que Lehan jamás había logrado ganarse en años de amistad.
Sintió una punzada de celos que se apresuró en tragarse. Sabía que no tenía derecho a sentir aquello; Anya nunca le había dado motivos para esperar algo más que amistad y él había perdido la oportunidad para confesarse. Aun así le dolía.
Pero, cuando lo veía reír con aquella alegría inocente, con esa luz que Evernight parecía haber encendido en él, Lehan solo podía desear que fuera feliz, aunque eso significara verlo cada vez más lejos.
Mientras no le haga daño, pensaba Lehan cada vez que observaba de lejos, puedo vivir con esto.
Y así, sin decir nada, comenzó a tomar distancia, dejando espacio para lo que fuera que creciera entre Anya y aquel mercenario de ojos profundos como el mar.
***
El festival de primavera, que se había celebrado semanas atrás, dejó una marca imborrable en la memoria del pueblo. Aquella noche, entre faroles de papel y el aroma exquisito de los puestos de comida, Evernight había tomado la mano de Anya sin ningún disimulo, guiándolo entre la multitud hasta la plaza central donde la música ya sonaba.
—¿Tal vez podríamos bailar juntos?
El caballero ni siquiera necesitó pensarlo.
—No.
Se negó varias veces hasta que finalmente Evernight se resignó.
―Solo una canción
Evernight había acortado la distancia entre ambos, guiándose únicamente por la música. Sus manos permanecieron sujetas a las de su compañero y, por momentos, pareció olvidar que había decenas de personas alrededor.
Sus cuerpos quedaron mucho más cerca que antes, apenas separados por unos centímetros, mientras sus miradas se encontraron durante un breve instante.
Anya sintió que su corazón se aceleraba con fuerza sobre su pecho.
Fue una escena que ninguna de las señoras del mercado dejó pasar por alto y aun menos cuando un pequeño desliz sucedió.
Todo ocurrió en un instante.
Evernight al ver que Anya tropezaba, este reaccionó por puro reflejo. Rodeó su cintura con un brazo antes de que pudiera caer y lo sostuvo con firmeza contra su pecho. El impulso hizo que Anya terminara apoyando una mano sobre su hombro mientras levantaba lentamente la vista hacia él. Durante unos segundos ninguno de los dos habló.
Desde entonces, los cuchicheos se multiplicaron cada vez que la pareja paseaba por el mercado.
―¿Viste cómo lo miraba?
Murmuraba una de ellas, sin molestarse en bajar demasiado la voz.
―Ese día, estaban tomados de la mano, todo el pueblo los vio.
Agregaba otra, con una mezcla de escándalo y curiosidad mal disimulada.
Anya, al escuchar las palabras de las personas, se encogía de hombros e intentaba pasar desapercibido, pero Evernight simplemente ignoraba todo, indiferente a las miradas, como si el mundo entero pudiera enterarse y a él no le importara en lo absoluto.
***
No era difícil entender por qué las lenguas del pueblo no paraban de moverse. Evernight era un hombre que llamaba la atención allá donde fuera: alto, de hombros anchos y un cuerpo tonificado por años de batallas, su piel blanca parecía brillar bajo el sol de la tarde. Sus ojos, azules y profundos como el mar profundo, tenían la particularidad de detenerse en Anya con una intensidad que no dejaba lugar a dudas sobre sus sentimientos.
Meses atrás no habían faltado mujeres del pueblo que buscaran su atención con sonrisas coquetas y excusas para acercarse al caballero. Elisa fue una de ellas, la mujer más bella de Portmeus y fue ignorada por completo. Los rumores que se casaría con ella, ahora habían desaparecido por completo.
Elisa, ahora soltaba rumores maliciosos sobre Anya y Evernight, y les echaba miradas de desprecio.
Un día Anya que pasó cerca de ella, la escuchó decirle en voz baja.
―Sucio sodomita ¿No te da vergüenza mostrar la cara como si nada?
Anya, se quedó paralizado, su rostro se volvió pálido, la expresión de Elisa era de asco y rechazo. Entonces el joven miró a las personas que pasaban junto a ellos, probablemente no habían escuchado nada, pero Anya en ese momento sentía que todas las miradas se dirigían a él, juzgándolo. Entonces Elisa se rio de manera burlona y Anya, que apretó los labios sintiendo que no podía decir palabra, terminó huyendo, corrió en pánico, repitiendo esas palabras una y otra vez en su cabeza, se apresuró a volver a casa.
Cuando Anya entró en la casa aquella tarde, no saludó como solía hacerlo. Cruzó la puerta con la cabeza baja, los hombros encogidos, y se dirigió directo a la habitación sin siquiera detenerse a mirar a Evernight.
―¿Anya?
Evernight, que estaba sentado junto a la chimenea afilando uno de sus cuchillos, se levantó de inmediato al notar algo extraño. Lo llamó de nuevo, pero el joven no respondió. Anya cerró la puerta de la habitación con más fuerza de la habitual fue suficiente respuesta.
Evernight, se acercó con pasos rápidos y, justo cuando la puerta estaba a punto de cerrarse por completo, la sostuvo con la mano, deteniendo el movimiento sin forzarla.
―Anya. ¿Qué sucede?
Del otro lado, solo se escuchó un sollozo contenido, el tipo de llanto que alguien intenta ocultar mordiéndose los labios y fallando estrepitosamente en el intento. Evernight empujó la puerta con suavidad, encontrándose con Anya de espalda, este no lo miró y se sentó dándole la espalda.
―Hey.
Murmuró, arrodillándose frente a él, apartando con cuidado sus manos del rostro.
―Mírame ¿Qué sucede, por qué lloras?
Anya tardó varios segundos en poder controlar su respiración lo suficiente como para hablar. Cuando finalmente lo hizo, su voz sonó quebrada, avergonzada.
―Elisa... me dijo algo, en el mercado. No pude decir nada… Sé que no debería importarme, pero…
Evernight, acarició una de sus manos con el pulgar y expresó.
―¿Qué fue lo que te dijo?
El joven dudó, como si repetir las palabras le devolviera parte del dolor.
―Me llamó... sucio sodomita. Lo dijo como si fuera algo asqueroso, como si yo fuera algo asqueroso.
Evernight sintió que algo se tensaba en su interior, un calor que comenzaba a subirle por el estómago, pero mantuvo el rostro tranquilo, las manos firmes sobre las de Anya.
―Mírame.
Le pidió, esperando hasta que los ojos húmedos de Anya se encontraron con los suyos.
―Tú no eres nada de eso. No hay nada sucio ni vergonzoso en lo que somos, en lo que sentimos. Esa mujer no sabe nada.
―Pero todo el pueblo debe pensar lo mismo.
Susurró Anya, con la voz cada vez más pequeña.
―Solo que nadie más se atreve a decírmelo en la cara.
El caballero, estiró su mano y secó las lágrimas que caían por sus mejillas.
―Aunque así fuera…
Respondió Evernight, sosteniéndole el rostro entre las manos.
― ¿Qué importancia tendría? Ambos no queremos. Eso no cambiará por las palabras de nadie.
Anya cerró los ojos, dejando que un par de lágrimas más resbalaran, pero esta vez se permitió apoyar la frente contra la de Evernight, buscando el consuelo de su cercanía.
Al final Evernight no lo soltó en toda la noche. Lo ayudó a cambiarse, lo recostó con cuidado en la cama y se quedó a su lado, acariciándole el cabello con movimientos lentos hasta que la respiración de Anya se volvió pausada, señal de que finalmente el sueño lo había vencido.
Solo entonces, con la certeza de que Anya no despertaría, Evernight permitió que su expresión cambiara. La calma que había mostrado minutos antes se desvaneció, dando paso a algo mucho más oscuro, una furia contenida que le tensaba la mandíbula y le oscurecía la mirada.
Se quedó observando el rostro dormido de Anya, aún con rastros de lágrimas secas en las mejillas, y sintió que la ira que corría por sus venas no tenía comparación con nada que hubiera sentido en mucho tiempo.
Nadie volverá a hacerte llorar así.
Pensó, apretando la mandíbula.
Nadie.
Se quedó despierto mucho después que Anya se durmiera, trazando en su mente, con una frialdad que contrastaba brutalmente con la ternura que le había mostrado a Anya minutos antes, la manera en que se aseguraría de que aquello no volviera a repetirse.
Al día siguiente, Evernight se mostró con Anya como siempre, sin dejar entrever ni un rastro de lo que planeaba. Fue solo cuando la noche cayó y Anya se durmió profundamente que se permitió salir de la casa sin hacer ruido.
Sabía bien que esa mujer solía beber en la taberna y luego enredarse con algún hombre. Una mujer promiscua, que tenía el descaro de hacer llorar a Anya. Evernight pensó.
―¡Cómo te atreves… haré que te arrepientas!
Conocía el camino que Elisa solía tomar de regreso a su casa, una ruta que bordeaba las últimas calles del pueblo. Se apostó ahí, oculto entre la oscuridad.
No tuvo que esperar demasiado. La figura de Elisa apareció al final de la calle, sola, con paso apresurado como si algo en el aire de la noche la incomodara. Evernight la dejó acercarse, silencioso, hasta que estuvo lo suficientemente cerca.
En un movimiento rápido y calculado, la sujetó por detrás, cubriéndole la boca con una mano antes de que el grito pudiera siquiera formarse en su garganta. La arrastró sin esfuerzo hacia el callejón más cercano, lejos de cualquier ojo curioso, sintiendo cómo el cuerpo de la mujer se sacudía en un pánico inútil contra el suyo.
Una vez en la oscuridad del callejón, Evernight la empujó hacia la pared con un movimiento brusco. Elisa, sintió el dolor del golpe en su cabeza y espalda.
También la asfixia al ser sujetada por el cuello, Evernight con su mano libre desenfundó una daga, dejando que el filo brillara tenuemente bajo la escasa luz de la luna.
―No grites ―dijo, con una voz que no dejaba lugar a dudas de que hablaba en serio―, o esta será la última vez que uses esa voz para algo.
Elisa, con los ojos desorbitados por el terror, negó frenéticamente, demasiado asustada como para articular palabra alguna.
Evernight que soltó su agarre, acercó el filo a su garganta, lo suficiente como para que sintiera el frío del metal contra la piel, sin llegar a cortarla de momento.
―Sé lo que le dijiste a Anya ―continuó, con una calma que resultaba mucho más aterradora que cualquier grito―. Y quiero que entiendas esto con claridad; Si vuelves a dirigirle una sola palabra como esa, si vuelves siquiera a mirarlo con desprecio…
La daga que presionaba su cuello terminó por cortar su piel de manera leve, un hilo de sangre brotó.
―Prometo que no será solo un corte.
―Y-yo...
Intentó decir Elisa, con la voz reducida a un hilo tembloroso.
―No he terminado.
La interrumpió Evernight, presionando levemente el filo de nuevo, lo suficiente para que la mujer sintiera una punzada de dolor y comprendiera que la amenaza no era en vano.
―Mañana irás a la boticaria y te disculparás con él. Con sinceridad, sin que note ni un ápice de rencor en tus palabras. Y después de eso, no volverás a acercarte a ninguno de los dos, nunca más.
Elisa asintió repetidamente, con lágrimas corriéndole por el rostro, cualquier rastro de la altivez que solía mostrar fue completamente borrado por el terror del momento.
―Si llego a escuchar un solo rumor, sobre lo que sucedió esta noche aquí o sobre Anya... iré por ti. No habrá segundas oportunidades ¿Entendido?
Agregó Evernight, acercando su rostro al de ella, con los ojos fríos como el mar en tormenta.
―S-sí...
Logró murmurar Elisa, apenas audible, con todo el cuerpo temblando.
Evernight la sostuvo la mirada unos segundos más, asegurándose de que el mensaje hubiera calado profundo, antes de finalmente soltarla. Elisa que perdió fuerzas en sus piernas cayó al suelo temblando, incapaz de moverse durante varios minutos después de que la sombra de Evernight desapareciera por donde había venido, tan silenciosa como había llegado.
A la mañana siguiente, Anya se encontraba acomodando algunos frascos en el estante cuando escuchó la campanilla de la puerta que anunciaba la llegada de un cliente. Al levantar la vista, se sorprendió al encontrar a Elisa parada en el umbral, con la mirada baja y las manos entrelazadas con nerviosismo frente a él.
―¿Elisa?
Preguntó, genuinamente desconcertado por su presencia.
―Yo...
La mujer parecía tener dificultades para encontrar las palabras, algo muy distinto a la seguridad altiva que solía mostrar.
―Quería disculparme. Por lo que dije el otro día. No debí hacerlo, fue cruel y no tenía derecho a juzgarte.
Anya parpadeó, sorprendido ante aquel cambio tan repentino. La Elisa que conocía jamás se habría disculpado con tanta facilidad, y mucho menos con esa expresión de genuino temor que no lograba ocultar del todo.
El joven llevo una de sus manos hacia su hombro, se rascó el cuello incómodo, un poco nervioso por el sorpresivo momento y Elisa, que pareció darse cuenta de ello, dio un paso más.
―Lo siento, Anya.
Los ojos del chico se abrieron de par en par y luego movió su mano.
―Está... está bien.
Respondió, aún un poco confundido, pero decidiendo no cuestionar demasiado el gesto.
Elisa asintió rápidamente, y sin agregar nada más, se marchó casi corriendo, con una prisa que a Anya le pareció extraña, aunque prefirió no darle demasiadas vueltas, aliviado de que el conflicto pareciera haberse resuelto de manera tan inesperada.
Nunca sabría lo que realmente había ocurrido aquella noche en el callejón oscuro, ni la razón detrás del cambio tan drástico en la actitud de la mujer. Desde entonces, Elisa evitó cualquier contacto con ambos; cambiaba de acera cuando los veía aproximarse, encontraba excusas para alejarse si se cruzaban en el mercado, y jamás volvió a dirigirles una palabra, ni buena ni mala.
Jamás contó a nadie lo sucedido esa noche. Se llevó el secreto consigo, alejándose para siempre de la vida de Anya y Evernight, sin que nadie más que ella misma —y el hombre de ojos azules como el mar en tormenta— supiera jamás la verdadera razón de su silencio.
Los chismes sobre ellos fueron desapareciendo con el tiempo y Anya, al notar que las personas con las que siempre había compartido lo traban de manera normal, se fue relajando poco a poco. Solo su maestro Sevario negaba con su cabeza y le decía.
―Mi discípulo es demasiado crédulo, no te dejes engañar por las artimañas de ese hombre.
Anya, solo sonreía o fingía no escucharlo.
Por otra parte sus clientela seguía viniendo a su tienda como siempre, las personas del mercado eran amables. Aunque él nunca podría imaginarse que era debido a Evernight, con solo una mirada hacía callar al que estuviera diciendo palabrerías e intimidaba a los que se acercaban demasiado amables hacia Anya.
Después de todo, Anya, también tenía una belleza distinta, más delicada, el chico había crecido un poco más, pero seguía siendo más bajo que Evernight. Su complexión delgada, cabello castaño claro que solía caerle sobre la frente y unos ojos color avellana que se iluminaban cada vez que reía. Su rostro conservaba una suavidad casi infantil que contrastaba con la firmeza de Evernight.
Así que las mujeres o los jóvenes que se sentía atraídos por Anya, solían huir apenas vieran al caballero, muy pronto se despedían. Anya, quedaba desconcertado, pero no había comprendido lo que sucedía.
De manera inocente estaba feliz de que su rutina no hubiera cambiado demasiado, o por lo menos él no había notado aquellos cambios que se producían cuando Evernight estaba presente.
***
Desde que comenzaron a ser pareja, Evernight no tardó en insistir en ayudar con la boticaria. Al principio, Anya se negó rotundamente.
―Puedo encargarme yo solo, siempre lo he hecho.
Dijo, cruzándose de brazos con una testarudez que a Evernight le pareció adorable.
―Lo sé.
Respondió él con calma, ya acomodando unos frascos en el estante más alto, al que Anya no llegaba sin subirse a un banquillo.
―Pero dos manos trabajan más rápido que una, bebé.
Las mejillas de Anya, se sonrojaron al escucharle decir aquel apodo, sobre todo, porque Evernight, lo llamaba así, mientras ambos se perdían entre el uno y el otro.
El caballero a notar el cambio se acercó por la espalda de Anya y lo abrazó, estaban solos así que besó su cuello, el joven dio un respingo ante su toque y cuando el beso viajó hacia su oreja, Anya se alejó apresurado.
―Tengo un pedido que hacer iré al taller, si entran clientes, puedes avisarme.
Entonces apresurado se fue hacia la parte trasera de la tienda, Evernight, simplemente sonrió con malicia.
Con el tiempo, Anya dejó de protestar y negarse a su ayuda, sobre todo cuando notó que Evernight tenía cierta habilidad para organizar los inventarios y cargar los sacos de hierbas más pesados sin esfuerzo. La última misión como escolta mercenario, según explicó Evernight, le había dejado una buena paga, y no tardó en demostrarlo.
Primero fueron pequeños detalles; pan recién horneado que Evernight traía por las mañanas, quesos de las granjas vecinas, alguna fruta fuera de temporada que debía haber costado una fortuna conseguir. Después llegaron las flores, ramos silvestres que Evernight recogía en sus caminatas y dejaba sobre el mesón de la boticaria sin decir una palabra.
―No tenías que hacer esto.
Decía Anya cada vez, sosteniendo las flores contra su pecho con una calidez que contradecía sus palabras.
―Quiero hacerlo.
Era siempre la misma respuesta, no se las daba de manera directa, tampoco era con una sonrisa, pero era suficiente para que Anya sintiera su calidez y eso hacía que su corazón latiera con fuerza.
Luego llegó la cama.
Anya no supo bien en qué momento Evernight mandó a hacer el encargo, pero un día apareció un carpintero con un armazón de madera tallada, más grande y elegante que la vieja cama que Anya había usado toda su vida.
―Evernight, esto es demasiado.
Protestó, viendo cómo instalaban el nuevo mueble en su habitación.
―Necesitábamos una más grande.
Respondió él con simpleza.
―Los dos apenas cabíamos en la anterior.
Su voz bajó para que solo Anya lo escuchara.
―Además, la cama no podría seguir resistiendo solo con aquel soporte improvisado, luego de haberse roto.
Anya no pudo replicar ante eso, con las mejillas ardiendo, vio como la nueva cama era puesta en el lugar que le correspondía a la antigua.
Después llegaron más muebles; sillas más cómodas para el pequeño comedor, un sillón alargado que Evernight acomodó junto a la chimenea, cortinas nuevas que dejaban entrar la luz de una manera más suave, hasta una alfombra tejida que hacía que el frío del suelo de madera fuera más soportable en las mañanas frías. La casa, poco a poco, comenzó a transformarse, ganando una calidez que Anya jamás habría podido costear por sí solo.
―Es suficiente, de verdad.
Le dijo una noche, mientras cenaban a la luz de las velas nuevas que Evernight también había comprado.
―Agradezco todo lo que haces, pero no necesito tantas cosas.
Evernight lo miró con una expresión fría como si no entendiera qué era lo que hacía a Anya sentirse incómodo.
―Anya, no le des demasiada importancia, solo son unos muebles.
Y aunque Anya suspiraba, resignado, terminaba por aceptar, comprendiendo que discutir con Evernight sobre ese tema era una batalla perdida de antemano.
Todo en su vida comenzó a tener un ritmo más cálido, al principio se sentía avergonzado por ser consentido a cada momento, incluso cuando estaba en el trabajo podía sentir la preocupación de Evernight.
Cuando el sol comenzaba a bajar y los últimos clientes se marchaban de la boticaria, ambos se sentaban juntos en el pequeño taller en la parte trasera de la tienda, entre macetas de hierbas medicinales, a descansar del trabajo.
―Prueba esto.
Dijo Evernight una tarde, ofreciéndole un trozo de queso untado en miel sobre pan tibio, parecía que siempre intentaba hacerlo engordar, Anya con las mejillas encendidas lo aceptó, mordiendo con cuidado, y sus ojos se iluminaron de inmediato.
―Está delicioso, ¿dónde lo compraste?
―Un secreto.
Respondió Evernight, con esa media sonrisa que solía dedicarle solo a él, Anya, hacía una morisqueta como un niño, sabía bien que no le diría. Aunque en realidad se trataba de productos traídos por algunos comerciantes que eran de las afueras del pueblo, a quien había tenido que convencer con no poca insistencia de que le vendiera parte de su producción antes de que llegara al mercado.
Se volvió costumbre; Evernight apareciendo con algún manjar improvisado, insistiendo en que Anya probara primero, observándolo con una atención casi devota mientras masticaba. A veces cocinaba él mismo, algo que sorprendió a Anya la primera vez que lo vio manejar los sartenes con una destreza inesperada para un mercenario.
―¿Dónde aprendiste a cocinar así?
Preguntó una noche, mientras Evernight removía un guiso con una expresión fría como si realmente no estuviera haciendo nada.
Evernight guardó silencio un instante, con la mirada perdida en el contenido de la olla.
―Como mercenario se necesita saber cocinar.
Respondió, sin dar más detalles, Anya solía aceptar sus palabras sin dudar. Tal vez, porque sabía que Evernight, no era alguien muy elocuente.
En esas noches compartidas, entre el aroma de la comida y la calidez del fuego, ambos comenzaron a construir una rutina que ninguno de los dos se atrevía a nombrar en voz alta, pero que se sentía, sin dudas, como un hogar.
***
Los días de entrenamiento con la espada se volvieron también un pretexto para el contacto constante entre ambos. Evernight seguía aprovechando cada oportunidad; una mano guiando la muñeca de Anya, dedos deslizándose por su brazo, palmas apoyadas en su espalda baja "para que mantuviera el equilibrio", según decía, aunque Anya sospechaba que no era del todo necesario.
―Así no voy a aprender nunca si sigues distrayéndome.
Se quejó Anya una tarde, cuando sintió los labios de Evernight rozarle la nuca en medio de una lección.
―Tienes razón.
Respondió Evernight sin el menor arrepentimiento, aunque no se alejó ni un centímetro.
Anya terminó soltando la espada, riendo debido a las cosquillas que lo provocó al sentir sus caricias, mientras intentaba zafarse de los brazos que ya lo rodeaban por completo.
―Eres imposible.
Terminó refunfuñando fingiendo algo de molestia cuando no era el caso.
―Solo contigo.
La voz grave le susurró al oído, suave, provocativo. Tanto, que Anya dejó de moverse, olvidando hasta las cosquillas, la mano bajó a la parte baja del joven provocando que se retorciera.
Esas escenas se repetían casi a diario, risas ahogadas en medio del patio, el sonido metálico de las armas olvidado por unos minutos mientras se robaban besos cortos, la luz de la tarde cayendo sobre ambos como si el mundo entero hubiera decidido darles una tregua.
Ambos enredados entre las sábanas, olvidándose del tiempo, de todo los que les rodeaba.
Los soldados de Portmeus, que también entrenaban bajo la tutela de Evernight, ya se habían acostumbrado a las interrupciones cariñosas entre ambos, aunque no eran tan sugerentes como en privado. Era obvio que eso dos parecían ignorar la presencia de los demás a veces e incluso algunos jóvenes soldados sonreían con complicidad cuando los veían perderse en su propia burbuja, ajenos por completo al resto del mundo.
Había tardes en que cerrar la boticaria no significaba el fin del trabajo, sino el comienzo de otra clase de encuentro. Evernight solía acercarse por detrás mientras Anya guardaba los últimos frascos en su lugar, rodeándolo con los brazos, dejando un beso lento en su cuello.
―Aún hay clientes que podrían venir.
Susurraba Anya, aunque su cuerpo ya se inclinaba hacia atrás, buscando el calor del pecho de Evernight.
―Entonces seremos rápidos y silenciosos.
Respondía él, ya deslizando las manos bajo su ropa, acariciando aquella parte íntima y sensible.
―Ah…
Se le escapó el primer, gemido, los pantalones y ropa interior cayeron al suelo cuando Evernight, los jaló hacia abajo con urgencia.
Silencioso era, sin embargo, una promesa difícil de cumplir. Anya aprendió pronto a morderse la mano o a presionar los labios contra su propio brazo para ahogar los gemidos que amenazaban con delatarlos, mientras Evernight lo sostenía contra el mesón de madera, deslizando su pene en su agujero moviéndose despacio, pero profundo, arrancándole estremecimientos que Anya luchaba desesperadamente por contener.
―Shh, bebé, alguien podría escucharte.
Murmuraba Evernight contra su oído, justo antes comenzar a embestirlo sin piedad.
Anya, que ya lo conocía bien, apretado con fuerza labios conteniendo los gemidos, sentía su aliento agitado en su oreja, sus gemidos bajos, graves, que lo volvían loco.
Anya asentía, con los ojos llorosos por el esfuerzo, las manos aferradas al borde del mueble, mientras la tienda entera parecía sostener el aliento junto a ellos.
Al cerrar al fin la tienda, Anya, debía fingir caminar con normalidad, cuando sus mulos y ropa interior estaban húmedas por culpa de Evernight, siempre cerraban demasiado tarde, debido a que el caballero no le bastaba solo con una vez.
Parecía que el cuerpo de Anya se volvía cada vez más extraño, ante su solo toque reaccionaba y lo deseaba. También el dolor se volvió placer, aunque luego de aquel ejercicio le hacía doler la cintura, era soportable.
Aún así eran bastante cuidadosos de que nadie los sorprendiera en el acto, solían hacerlo cuando estaban atrás en el taller con la puerta cerrada con pestillo. Solo unas pocas veces clientes los interrumpieron. Evernight, lo dejaba libre, Anya atendía a las señoras y apenas se iban.
El caballero cerraba por completo la tienda, Anya, conocía bien que esa interrupción no volvería ocurrir. Y ambos volvían a abrazarse y besarse de manera brusca, necesitada.
En casa, alejados del centro de la ciudad de Portmeus, ahí ambos finalmente se permitían dejarse ir sin medida. Ahí no había paredes ajenas que pudieran escuchar, ni clientes que pudieran interrumpir. Solo la noche, las velas consumiéndose lentamente y sus cuerpos entregados por completo el uno al otro.
Cada noche se convertía en un ritual; los besos que comenzaban tiernos se volvían hambrientos, la ropa quedaba olvidada en el suelo, y los gemidos de Anya, que durante el día debía contener, ahora resonaban libres entre las paredes de la habitación, sin nadie más que pudiera escucharlos salvo Evernight, que parecía enloquecer un poco más cada vez que los oía.
***
Al cabo de un mes, para fortuna o maldición de la pareja, Anya no estaba embarazado. Así que volvieron a hablar del tema.
Evernight lo abrazaba por la espalda, ambos recostados en la cama, cuando por fin dijo lo que llevaba días pensando.
―He estado pensando en nosotros, y creo que no deberíamos apresurarnos. No quiero presionarte, Anya. Quiero que decidas estar conmigo por tu propia decisión, no por una sorpresa que llegue de improviso. Por eso hace unos días le pedí a Sevario un tónico.
Anya se giró para mirarlo, sorprendido.
―¿Le pediste un tónico a mi maestro?
Evernight, respondió con la misma calma de siempre.
―Sí, y me lo dio.
El joven entreabrió los labios, a punto de decir algo, pero volvió a cerrarlos. Lo miró con curiosidad.
―¿Qué dijo? ¿Cómo... reaccionó?
Evernight desvió la mirada un instante, como si estuviera reviviendo el momento.
―Al final tuvo que aceptarlo.
Dijo, con voz un poco ronca.
― Después de todo, estamos juntos. ¿No es eso lo que más importa?
Anya se llevó una mano a la boca, nervioso. Jamás había querido que su maestro se enterara de esa forma. Se quedó pensativo, mordiéndose el labio, hasta que por fin habló.
―Deberíamos ir juntos a hablar con él. Los dos.
Evernight lo miró sin decir nada, esperando que continuara.
―No me parece bien que se haya enterado así, de golpe, solo porque le pediste un tónico.
Siguió Anya, girándose por completo para quedar frente a él.
―Es mi maestro, Evernight. Es lo más parecido a un padre que tengo. Merece que lleguemos juntos y le digamos las cosas como son, como una pareja.
Evernight se quedó en silencio, con la mirada fija en el techo, dándole vueltas a esas palabras. Tenía razón. Y mientras lo pensaba, no pudo evitar recordar cómo había sido el encuentro cuando fue a pedirle el tónico a Sevario, solo, sin decirle nada a Anya.
La casa del mago olía a hierbas secas esa tarde. Sevario estaba sentado junto a la mesa, revisando unas fórmulas de círculos mágicos, cuando Evernight dijo sin preámbulos a lo que había venido.
―Necesito un tónico.
Dijo, directo.
Sevario no levantó la vista.
―¿Qué clase de tónico?
Evernight, no tardó en dar su respuesta con el mismo tono firme de siempre.
―Uno que tenga un efecto anticonceptivo.
Hizo un leve silencio y luego agregó.
―Sería para mí, no deseo que Anya tome algo que pueda hacerle daño a largo plazo.
El mago dejó el frasco que tenía en la mano con un golpe seco contra la mesa. Cuando por fin lo miró, tenía los ojos llenos de furia.
―¿Me estás diciendo que ya te acostaste con mi discípulo?
No esperó respuesta, él mismo había escuchado los rumores que corrían sobre su discípulo, pero hasta ese momento no creyó que estos fueran verdad.
Entonces, tomó lo primero que encontró a mano, un jarrón de barro, y se lo lanzó directo a la cabeza. Evernight lo esquivó con facilidad y el jarrón se hizo pedazos contra la pared.
―Ese muchacho no tiene a nadie más que a mí.
Gritó Sevario, con las manos temblando.
―Lo crié desde que tenía ocho años ¿Y tú apareces de la nada y ya te lo llevaste a la cama?
Evernight no se movió del sitio.
―Dame el tónico, Sevario. Es lo mejor para tu discípulo, al menos si deseas que el chico no quede amarrado por siempre por mí.
El anciano tomó otro objeto de la mesa, un pisapapeles, con la clara intención de lanzarlo también. Evernight se cruzó de brazos y sostuvo su mirada sin retroceder, sin devolver el golpe, solo esperando.
Sevario terminó por soltar el pisapapeles con más fuerza de la necesaria.
―Dame el tónico. No me voy a ir sin él.
Repitió Evernight, sin alzar la voz.
El mago lo miró un largo rato, respirando con fuerza, hasta que pareció entender que nada cambiaba si seguía lanzando cosas.
―Maldito seas.
Masculló entre dientes, antes de ir a la trastienda a preparar, de mala gana, lo que le pedían.
Volvió minutos después con un frasco pequeño, y se lo puso en la mano casi con brusquedad.
―Como le hagas daño a ese muchacho no habrá persona que te salve de mí.
Dijo, con la voz baja y cargada de advertencia,
Evernight cerró la mano alrededor del frasco.
―No pienso hacerle daño.
Sevario no dijo nada más. Solo le dio la espalda, señal de que la conversación había terminado.
De vuelta en el presente, Evernight seguía con la mirada en el techo, sintiendo el peso de aquel recuerdo. Anya tenía razón. No había sido justo hacerlo solo, a sus espaldas, dejando que Sevario se enterara de esa forma.
―Tienes razón, vamos juntos
Dijo por fin, acariciando su suave cabello castaño intentando calmarlo y hacerlo sentir que lo apoyaba.
Al día siguiente fueron a la casa de Sevario, antes de que el calor de la tarde estuviera en su apogeo. El mago los recibió en la puerta, y su expresión cambió apenas los vio llegar juntos, sin necesidad de que nadie dijera nada todavía.
Se sentaron los tres en la mesa de siempre. Anya se removió un poco en su asiento antes de hablar, con las manos entrelazadas sobre el regazo.
―Maestro, quería decirte algo, y lamento no haberlo hecho antes.
Empezó, buscando las palabras con cuidado.
―El señor Evernight y yo estamos en una relación…Yo… Ambos esperábamos tu bendición. Siento que te hayas enterado de la forma en que pasó. Debí habértelo dicho yo mismo, antes que nadie.
Sevario lo miró un largo rato sin decir nada. Después desvió la vista hacia Evernight, que se mantenía en silencio junto a Anya, atento a cada palabra que salía de su boca, sin apartar los ojos de él ni un segundo.
El mago suspiró.
―Ya lo sabía, Anya. No hacía falta que te preocuparas.
Anya, movió su rostro en negativa.
―Aun así quería que lo escucharas de mí.
Sevario asintió despacio. Miró a su discípulo, mientras pensaba en la forma en que le brillaban los ojos cada vez que hablaba de Evernight, esa luz que jamás le había visto antes, mucho antes que esos dos estuvieran juntos como pareja. No hacía falta que dijera una sola palabra más para que el mago entendiera lo feliz que era.
―No puedo decir que estoy completamente tranquilo con esto.
Dijo finalmente, con la voz más suave de lo que Anya esperaba.
―Pero tampoco puedo negarme cuando veo lo feliz que eres. Tienes mi bendición.
Anya sonrió, aliviado, y Sevario no pudo evitar sonreír también, aunque fuera solo un poco.
***
Con la llegada del verano, las salidas de Anya junto a Evernight fuera de la fortaleza aumentaron. Evernight lo acompañaba en aquellos viajes cortos a pequeños pueblos, siempre, lo ayudaba cargando todo lo que este necesitaba materiales faltantes para la botica, hierbas y raíces raras, por sobre todo Anya comenzaba a prepararse para cuando el clima cambiara, cuando fuera invierno.
Prefería hacerlo antes, ya que algunas hierbas se daban solo en las temporadas de primavera y verano.
Anya, aceptó la ayuda de Evernight con cierta ingenuidad, no tardó demasiado tiempo para darse cuenta que las intenciones de su pareja no eran completamente inocentes.
Sobre todo cuando estaban en lugares apartados o solas.
―Aquí crece la manzanilla silvestre.
Señaló Anya una tarde, agachándose entre la hierba alta para cortar algunos tallos, sin notar la mirada intensa que Evernight le dedicaba desde atrás.
Cuando se percató de su presencia tan cerca, ya era tarde, los brazos de Evernight lo rodeaban por la cintura, atrayéndolo contra su cuerpo.
―Señor, alguien podría vernos.
Protestó Anya, aunque sin verdadera convicción, ya que dejó caer las hierbas recién cortadas al suelo para después girarse y aferrarse a él por el cuello.
―Estamos solos. Nadie viene tan lejos.
Y entre la maleza, escondidos de cualquier mirada curiosa, terminaban por entregarse el uno al otro, con la hierba alta como único testigo. Anya rodeaba la cadera de Evernight con las piernas desnudas, aferrándose a sus caderas mientras el calor del verano parecía envolverlos por completo, el aroma de la tierra bajo ellos y las flores silvestres mezclándose con sus propios jadeos contenidos a medias.
Fue esa tarde, con el sol filtrándose entre los campos de manzanilla y los cuerpos de ambos unidos con una intensidad que no daba tregua, cuando Evernight, con la voz ronca por el esfuerzo y algo más profundo que el simple deseo, dejó escapar las palabras que llevaba tiempo conteniendo.
―Te amo, Anya.
Lo dijo entre embestidas, con el rostro hundido en el cuello del joven, como si necesitara decirlo antes de que el momento lo consumiera por completo.
Anya, sorprendido en medio de sus propios gemidos, sintió que el corazón se le detenía por un instante, para luego latir con una calidez que no tenía nada que ver con el calor de sus cuerpos entrelazados. No era la primera vez que sospechaba lo que sentía Evernight por él, pero escucharlo en voz alta, ahí, tan expuesto y vulnerable, lo desarmó por completo.
―Yo también te amo.
Respondió, con la voz quebrada entre el placer y la emoción, aferrándose con más fuerza al cuerpo de Evernight, como si temiera que las palabras pudieran desvanecerse si lo soltaba.
Evernight se detuvo un instante, solo para buscar sus labios y besarlo con una devoción que decía mucho más de lo que las palabras jamás podrían expresar, antes de continuar amándolo con la misma intensidad de siempre.
Evernight, acarició su rostro suave, secó las lágrimas que se deslizaban por las mejillas de Anya, pensó un poco en el pasado, en todos sus errores, en cuanto daño le había hecho.
Estaba agradecido de poder hacer las cosas esta vez de la manera correcta, de poder cuidarlo, de hacerlo feliz. Ahora con la certeza de que lo que compartían tenía nombre, y ese nombre era amor.
***
De vuelta en casa, ya con la noche cubriendo todo Portemeus y las hierbas recolectadas guardadas en sus frascos correspondientes, Anya se sentó en el sillón mirando distraídamente la chimenea apagada, era verano, así que la calidez de la noche era agradable. Anya tenía las mejillas encendidas por el recuerdo de la tarde. Evernight, en cambio, se mantenía en silencio, afilando distraídamente uno de sus cuchillos, sentado en una silla del comedor.
No era de muchas palabras, Anya lo sabía bien. A veces pasaban horas enteras sin que Evernight dijera más de un puñado de frases, cómodo en un silencio que a Anya, con el tiempo, había dejado de incomodarle. Pero esa noche, después de haberle dicho que lo amaba, el silencio se sentía distinto. Más pesado. Como si algo pasara por la mente de Evernight que no terminaba de encontrar la forma de expresar.
―¿Estás bien?
Preguntó Anya, acercándose para sentarse a su lado.
Evernight tardó en responder, con los ojos fijos en el filo del cuchillo.
―Sí, solo estaba pensando…
Dijo al fin, aunque su voz sonaba más grave de lo habitual.
―¿En qué?
Guardó el cuchillo antes de responder, y cuando lo hizo, extendió un brazo para atraer a Anya contra su cuerpo, lo obligo a sentarse sobre sus muslos y lo abrazó como si necesitara sentir su calor cerca para poder continuar hablando.
―En que las palabras que dije hoy, fueron en serio. No es algo que suelo decir con facilidad ni por el calor del momento.
Anya apoyó la cabeza contra su pecho, sintiendo el latido constante bajo la piel de Evernight.
―Lo sé ―murmuró―. Por eso significó tanto.
El caballero dejó un beso sobre su cabeza y entonces en voz baja volvió a decirle.
―Te amo.
Anya, levantó su rostro y le sonrió de manera tan cálida, que Evernight sintió que su corazón palpitaba con más fuerza.
―También te amo, Él.
El joven se acercó y le dio un suave beso en los labios.
Evernight no agregó nada más, pero su brazo se cerró un poco más fuerte alrededor de Anya, y así, en silencio, sin necesidad de más palabras ambos se mantuvieron juntos por un largo rato.
***
Días después, durante el mercado semanal, Anya se detuvo a conversar con un comerciante joven que había llegado recientemente a Portmeus, un muchacho amable que le explicaba con entusiasmo las propiedades de unas semillas que traía de tierras lejanas. Anya, siempre curioso con todo lo relacionado a su oficio, escuchaba atento, haciendo preguntas, sin notar la tensión que comenzaba a acumularse a pocos pasos de distancia.
Evernight, que cargaba las compras del día, observaba la escena con la mandíbula apretada. No había nada indebido en la conversación, lo sabía, pero la cercanía con la que el joven comerciante se inclinaba hacia Anya, la sonrisa fácil que le dedicaba, encendían algo en su pecho que le costaba controlar.
―Ya terminamos aquí.
Dijo, apareciendo de pronto junto a Anya, con una mano posándose en su cintura de manera posesiva, casi territorial.
Anya, sorprendido por la interrupción, se despidió rápidamente del comerciante antes de que Evernight prácticamente lo guiara lejos del puesto.
―¿Pasa algo?
Preguntó, notando la tensión en el cuerpo de Evernight, la forma en que su mano no dejaba de sostenerlo con firmeza.
―Nada.
Respondió él, cortante, aunque la tensión en su cuerpo lo delataba.
Anya, que ya había aprendido a leer esos silencios, no pudo evitar una pequeña sonrisa.
―¿Estabas celoso?
Evernight no respondió de inmediato, y el silencio que siguió fue respuesta suficiente.
―No son celos…
Murmuró finalmente, aunque sin mucha convicción.
―Solo no me gusta que otros hombres se acerquen tanto a ti.
Anya sonrió al escucharlo, apretando su mano con cariño.
―Eso son literalmente celos.
Evernight gruñó algo ininteligible, pero no negó nada más, y Anya, lejos de molestarse, sintió que aquel gesto posesivo, en lugar de incomodarlo, le calentaba el pecho de una manera que no esperaba.
***
Días después, Evernight pasó por la casa de Sevario. No era una visita que soliera hacer, pero había cosas que necesitaban hablarse sin que Anya estuviera presente.
Encontró al mago sentado afuera en el patio trasero luego de que revisara que no estuviera dentro de la casa.
Estaba bajo la sombra de un árbol, con un vaso de agua fresca en la mano. Las tardes de verano en Portmeus eran así; demasiado calor para quedarse encerrado entre paredes de piedra.
―Caballero.
Dijo el mago, señalando el banco de madera frente a él, sin mostrar sorpresa por la visita.
Evernight se sentó, con la misma calma de siempre.
―Frente a Anya te di mi bendición.
Dijo el mago, sin rodeos, dándole vueltas al vaso entre los dedos.
―No mentí cuando lo hice. Vi lo feliz que estaba y no fui capaz de negarme. Pero contigo, ahora que estamos solos, quiero ser más directo.
Dejó el vaso sobre la mesa y lo miró de frente.
―No confío en ti del todo, caballero. Y quiero que me lo digas tú mismo, sin que Anya esté delante ¿Cuáles son tus reales intenciones con mi discípulo?
Evernight sostuvo su mirada sin apartarla ni un instante.
―Quiero casarme con él. Que sea mi única pareja.
Sevario asintió despacio, como si esperara esa respuesta, aunque no pareciera del todo satisfecho con ella.
―Te creo cuando lo dices, pero eso no basta para que confíe...
Se recostó en la silla, cruzando los brazos.
―Hay algo que no termino de explicarme. Tu nombre, tus ojos... El linaje Andarliano es una sangre bastante singular. El rey actual de Tildeon lleva esa sangre, he escuchado que sus ojos llevan el mismo color azul que tienes tú. Han pasado cientos de años desde que el último rey con tu nombre desapareció, y aun así tú apareces con la misma mirada, el mismo nombre. Eso no es una simple coincidencia, caballero, y los dos lo sabemos. Y no eres un mercenario cualquiera tampoco. Mucho menos un plebeyo. Nadie que haya crecido en la calle se mueve, ni habla, ni mira como lo haces tú.
Evernight no dijo nada. Sostuvo la mirada del mago, sin confirmar ni negar, dejando que el silencio hiciera el trabajo que las palabras no podían.
―Y luego está Anya…
Continuó Sevario, con la vista perdida un momento en el camino de tierra frente a la casa.
―Su nombre también me incomoda, aunque quizás menos que el tuyo. Se llama igual que la antigua duquesa de Tildeon, la que después fue reina de Delphium junto al rey que compartía tú mismo nombre. Dos coincidencias así, juntas, ya no me parecen coincidencias.
Evernight, desvió su mirada hacia el jardín, un pequeño silencio se formó entre los dos, hasta que el mago habló de nuevo.
―¿Sabes cómo llegó Anya a este mundo? No, claro que no.
Negó con la cabeza, casi para sí mismo.
―Hace Casi veinte años apareció una mujer en Portmeus, de la nada. Nadie la vio llegar. Un día simplemente estaba ahí, en la plaza, sin apellido, sin familia. Un elfo plebeyo llamado Karl se enamoró de ella, y de esa relación nació Anya. El mismo día del parto, ella le puso el nombre, y desapareció. Por completo. Como si nunca hubiera existido.
Se quedó callado un instante, con la vista fija en el vaso entre sus manos.
―Karl lo crió solo hasta que unos bandidos lo mataron, cuando Anya tenía ocho años. Desde entonces ha sido mi responsabilidad. No tiene padres, no tiene más familia que yo.
Levantó la vista hacia Evernight.
―Eso es lo que quiero que entiendas, caballero. No es solo desconfianza lo que siento hacia ti. Es preocupación, él es como hijo y temo que termine lastimándose aun más.
Evernight contestó con firmeza, sin duda.
―Eso no sucederá, te doy mi palabra.
Sevario lo estudió un largo rato, en silencio, como si buscara alguna grieta. No la encontró.
―Eso tendrá que bastarme por ahora.
Dijo finalmente.
―Aun así estaré esperando el día que decidas contarme la verdad, yo seguiré aquí, esperando.
Evernight, asintió una vez y Sevario que dio un suspiro, tomó el vaso de agua otra vez, dándole un trago antes de hablar de nuevo, esta vez con un tono algo más suave.
―Cuídalo, es todo lo que pido.
La mirada de Evernight se posó en el anciano y volvió a asentir.
―Lo haré.
***
Después de la conversación con el mago Sevario, Evernight se quedó más callado de lo habitual durante un par de días. No era que estuviera distante, pero Anya notaba algo distinto en él, parecía estar perdido en sus pensamientos.
Una tarde, cuando el calor empezaba a ceder un poco, Evernight le propuso caminar. Salieron de Portmeus por el sendero que bordeaba el río, alejándose del bullicio del pueblo hasta que solo quedó el sonido del agua y el viento entre los árboles.
Caminaron un buen rato en silencio, uno junto al otro, hasta que llegaron a una loma desde donde se veía los campos verdes. Evernight se detuvo ahí, con la mirada perdida en el horizonte.
―¿Todo bien? Has estado callado.
Preguntó Anya, notando que algo le rondaba la cabeza
Evernight no respondió de inmediato. Se quedó mirando el paisaje un momento más antes de girarse hacia él.
―Quiero llevarte de viaje.
Anya lo miró confundido.
―¿De viaje? ¿A dónde?
―Fuera de Portmeus. Lejos.
Anya no dijo nada al principio, solo lo observó, tratando de entender qué había detrás de esa propuesta tan repentina. Pero pronto algo cambió en su expresión: sus ojos color avellana empezaron a brillar con un interés que no podía disimular.
―Siempre quise conocer más allá del pueblo.
Admitió, aunque enseguida la duda le nubló la voz.
―Pero... ¿irnos juntos? ¿Dejar Portmeus?
No era una decisión sencilla, y ambos lo sabían. Ahí estaba su tienda, su gente, la vida que se había construido con tanto esfuerzo. Y estaba su maestro.
―No hablo de irnos para siempre.
Aclaró Evernight, notando la tensión en sus hombros.
―Solo un viaje, quiero mostrarte algunos lugares.
Anya inclinó un poco su cabeza aun dudoso y Evernight, dio un paso hacia él acarició con suavidad su mejilla.
―Siempre podemos volver cuando lo desees.
El joven que apoyó su mejilla en la mano de su compañero, luego levantó la vista y se encontró con los ojos azules de Evernight.
―¿A dónde le gustaría ir?
El caballero le regaló una media sonrisa, notó que lo estaba pensando, que no era una idea descabellada.
―Me gustaría que primero vieras un lugar en el norte, cerca de Tildeonrock. Estoy seguro que te gustará.
Evernight volvió a mirar hacia lo que había a su alrededor. Se tragó un suspiro, sabía en el fondo que no era buena idea volver, pero ahí permanecía Drakals. Estaba seguro que el antiguo Anya jamás querría dejar al espíritu en aquel lago.
―¿Qué hay allá?
Preguntó Anya, con curiosidad genuina, sin notar la sombra que había cruzado por un instante el rostro de Evernight.
―. Un bosque sin nombre, uno bastante antiguo. Y en los alrededores hay un lago, tranquilo y apartado. Si se avanza lo suficiente podríamos ver un árbol que la gente de la zona lo llama el Árbol del Comienzo.
El joven parpadeó dejando notar como sus ojos brillaban con entusiasmo.
―¿Por qué lo llaman así?
Evernight, apretó un poco la mandíbula ¿Cómo podría decirle que ese era el árbol sagrado de la profecía del Reino Delphium? Si, hacía eso tendría que explicar que entrarían en el territorio del castillo de Tildeon en secreto. Aun peor sería decir que sus descendientes ahora eran dueños de aquel lugar.
―No lo sé con certeza.
Mintió Evernight, sin que se le notara en la voz
―Pero es un lugar que vale la pena ver. Creo que te gustaría conocerlo.
No dijo más que eso, aunque había mucho más detrás de esas palabras que prefería guardarse por ahora.
Anya asintió despacio, confiando en Evernight de manera inocente.
Se quedó pensativo un momento, con la mirada aún puesta en el horizonte, imaginando ese bosque sin nombre del que Evernight hablaba con tanto cuidado. Estaba a punto de preguntar algo más cuando Evernight volvió a hablar, esta vez con la voz un poco más grave.
―Hay algo más que debo decirte, Anya.
Hizo un pequeño silencio como si aun ordenara sus ideas y Anya giró su vista hacia él.
―No soy solo un mercenario común como siempre has creído.
Anya lo miró, sin entender del todo hacia dónde iba aquello. Había algo distinto en la forma en que Evernight hablaba.
―Tengo un territorio. Tierras que me pertenecen al Sur-Oeste del Reino de Delphium.
Anya parpadeó, seguro de haber escuchado mal.
―¿Perdón? ¿Qué acaba de decir?
―Tengo un territorio.
Repitió Evernight, con calma, sosteniéndole la mirada.
―No es algo que haya querido ocultarte, tampoco te mentí, hubo un tiempo en que si fui un mercenario.
Se quedó en silencio un momento, buscando la manera correcta de explicarlo, algo que no había hecho en mucho tiempo con nadie.
―Hace años, cuando perdí a mi familia, decidí abandonarlo todo. Las tierras, el nombre que llevaba, la vida que tenía. No podía quedarme sentía que me estaba volviendo loco. Ya nada tenía sentido, ni siquiera mi vida. Así que me fui, y dejé que todo quedara atrás, como si nunca hubiera existido.
Anya sintió que algo se le apretaba en el pecho al escuchar esas palabras. La confusión dio paso a una preocupación que no pudo disimular, mientras en su cabeza los pensamientos lo atosigaban. Y sin quererlo, recordó la primera vez que conoció a Evernight, aquella tarde en la nieve, cuando lo encontró tirado, inerte, sin signos de vida.
―¿Acaso deseaba morir?
La pregunta salió antes de que pudiera pensarla del todo, directa, sin rodeos.
Evernight guardó silencio. No pudo negarlo, y ese silencio bastó como respuesta. Tensó la mandíbula, conteniendo sus emociones, pero finalmente expresó.
―Anya, tú me has dado una razón para vivir…Has sido mi salvación.
Las mejillas del joven pronto se tiñeron de un color rojizo, estaba algo inquieto cuando el caballero se inclinó sobre él y dejó un dulce beso. Anya, lo miró con intensidad, aun preocupado.
―¿Aun deseas morir?
Evernight, negó con su rostro y sostuvo el rostro de su pareja entre sus manos.
―No, ya no.
Anya se quedó mirándolo, tratando de procesar lo que acababa de escuchar.
―Nunca me habías dicho que tenías algo así.
Anya murmuró bajando su rostro. Evernight sostuvo una de sus manos, entrelazando sus dedos entre los suyos, como si intentara calmarlo.
―Lo siento.
Dijo, con la voz baja, muy suave.
―Sé que es demasiada información de golpe.
Anya levantó la vista, buscando sus ojos.
―¿Ese territorio... es muy importante?
Preguntó, con cuidado, como si temiera la respuesta.
Evernight se quedó en silencio un momento, jugando con los dedos de Anya entre los suyos, sin saber muy bien por dónde continuar. No era fácil hablar de todo aquello, no sabía cómo reaccionaría Anya al escuchar el resto, si lo rechazaría, si le guardaría rencor por haberlo ocultado todo esto por tanto tiempo. Pero se calmó diciendo que tenía tiempo. Si algo de eso pasaba, pediría perdón las veces que hicieran falta.
―Es un territorio independiente del Reino de Delphium.
Dijo finalmente.
―Forma parte del reino, pero tiene libertad para tomar decisiones propias, sin depender de la corona. Es un pacto que se hizo hace cientos de años, entre la familia real y mi territorio.
Anya lo miraba con una mezcla de confusión e inseguridad, tratando de seguir el hilo de todo lo que estaba escuchando.
Evernight apretó un poco más su mano, decidido a no detenerse a mitad de camino. Si quería que Anya fuera a ese lugar, que lo viera con sus propios ojos, tenía que contarle todo, de a poco, pero sin dejar nada afuera. Quería que entendiera que ese lugar también podía ser su hogar, aunque eso no necesariamente significaría dejar Portmeus para siempre; siempre podrían volver.
―Es un condado.
Dijo por fin, aunque lo hizo como si fuera la conclusión a toda la información que lanzó de manera inesperada.
―¿Qué?
La voz de Anya salió quebrada. Aturdido sin poder creer lo que acaba de escuchar.
Su mirada se perdió un instante, fija en algún punto detrás de Evernight, mientras su mente trabajaba a toda prisa para unir las piezas.
―¿Eso significa que eres un noble?
Evernight asintió, sin apartar los ojos de él.
Anya se quedó callado.
¿Un conde?
La pregunta le dio vueltas en la cabeza sin que se atreviera a decirla en voz alta. Sintió como si un aguacero hubiera caído de repente sobre él. Como si el suelo firme bajo sus pies se hubiera convertido en tierra movediza.
Hasta ese momento había ignorado, quizás de manera inconsciente, quizás porque no quería pensarlo, que Evernight no era un apellido cualquiera. No es que desconociera quién era el actual rey de Delphium. Conocía ese apellido.
Evernight lo observó procesar todo, dándole el tiempo que necesitaba antes de continuar.
―Quiero que viajes conmigo, que lo conozcas.
Dijo, con calma, aunque había algo tenso en su voz, como quien se juega algo importante con cada palabra.
―No quiero ocultarte nada más. Deseo estar contigo mucho tiempo, Anya, y quiero que sepas todo antes de decidir si eso es lo que también quieres.
Hizo una pausa, soltando un poco la presión de su mano, dándole espacio.
―Si sientes que es demasiado, si te sientes presionado, está bien decir que no. También podemos hablarlo en otro momento, no es necesario que tomes una decisión ahora. Lo único que me importa eres tú.
Evernight, estaba nervioso, podía notar su mirada distante, distraída. Sus manos temblaban un poco mientras lo sostenía, mientras sentía que Anya soltaba su agarre.
―Incluso puedo abandonar ese territorio como lo he hecho hasta ahora, mientras pueda permanecer a tu lado. Puedo abandonarlo todo.
Anya lo miró desconcertado, apretó sus labios como si estuviera ansioso, no sabía qué responder. Todo era demasiado.
Entonces, lo vio como los ojos fríos del caballero se llenaban de una desesperación palpable y como el agarre en su mano se hacía más fuerte.
―Anya…
Lo llamó con una voz ronca, casi como si anhelara su respuesta, como si quisiera romper aquella distancia que se formaba. Entonces, Anya dio un suspiro.
―Lo pensaré todo con cuidado, pero necesito un poco de tiempo.
Los ojos color avellana temblaron un poco al centrarse en Evernight y verle la expresión pálida.
―Él, volvamos a casa ¿Sí?
Anya simplemente no pudo soltar la mano de aquel hombre, no estaba seguro por qué… Debería estar molesto, pero por alguna razón no lo estaba. Sí estaba sorprendido, confuso y varias emociones se arremolinaban en su interior, pero no lo odiaba. De hecho estaba hasta cierto preocupado ante un Evernight, que en ese momento a pesar de su gran tamaño parecía frágil, a punto de derrumbarse.
***
El camino de regreso lo hicieron en silencio. No un silencio hostil, sino uno cargado de demasiadas cosas sin decir todavía. Anya caminaba con la mirada fija en el sendero, todavía sosteniendo la mano de Evernight sin saber muy bien por qué no la soltaba. Tenía la cabeza llena de pensamientos que se atropellaban unos con otros, y aunque quería ordenar sus pensamientos, cualquier cosa, no lograba enfocarse en nada por más de un instante.
Evernight caminaba a su lado sin decir nada, pero Anya sentía la tensión en su mano. Tampoco él parecía tranquilo.
La casa los recibió tal como la habían dejado esa mañana, aunque ahora todo se sentía distinto. Anya se encargó de guardar las hierbas que había recolectado aquella tarde, moviéndose despacio, sin prisa, como si el simple acto de acomodar frascos pudiera darle tiempo para pensar. Podía sentir la presencia de Evernight cerca, sin invadir su espacio, pero tampoco lejos. Nunca del todo lejos.
Esa noche se acostaron como siempre, uno junto al otro. Pero el silencio ya no era el mismo silencio cómodo de otras noches. Este pesaba más.
Evernight se acomodó detrás de él, pasó un brazo por su cintura y apoyó el rostro contra su espalda. La diferencia en estatura era clara, por eso el caballero se había encogido y puesto más abajo.
No dijo nada, no hacía falta. Anya entendió el gesto como una súplica: que no se fuera, que se quedara, aunque las cosas hubieran cambiado.
Anya no se apartó. El calor de Evernight seguía siendo el mismo de siempre, pero tampoco se dejó llevar por este. Se quedó ahí, a su lado, sintiendo el brazo que lo rodeaba y, al mismo tiempo, esa distancia extraña que se había instalado entre los dos.
Los días que siguieron pasaron así. Se hablaban lo necesario, comían juntos, trabajaban en la botica como siempre. Pero algo faltaba, y los dos lo sabían sin decirlo. Las bromas escaseaban. Los silencios se alargaban. Evernight no volvía a tocar el tema, no presionaba, aunque Anya podía notar la tensión en sus hombros cada vez que cruzaban miradas.
Anya pensó en hablarlo varias veces esos días, y varias veces terminó por dudar y evitarlo, inventando cualquier excusa. Pero por las noches, tendido junto a Evernight, seguía pensándolo con cuidado, una y otra vez, hasta que finalmente llegó a una conclusión; tenían que hablar. No podía seguir postergándolo.
Una tarde, mientras Evernight guardaba unas herramientas en el cobertizo detrás de la casa, Anya se quedó parado en la entrada, acariciándose las manos nervioso. El corazón le latía con fuerza, tanto que temía que se le notara en la voz.
Evernight, con una herramienta todavía en la mano, se giró al sentir su presencia.
Anya tomó aire, tratando de calmarse antes de que las palabras se le atropellaran en la garganta, como solía pasarle cuando estaba nervioso.
―Te-tenemos que hablar.
Evernight dejó la herramienta despacio sobre la mesa de trabajo y se giró hacia él por completo.
―Te escucho.
Anya respiró hondo de nuevo, buscando el valor que le había costado tanto reunir esos días. Se abrazó a sí mismo un momento antes de soltarlo.
―Soy un plebeyo, señor Evernight…
Dijo, y aunque la voz le tembló un poco al empezar, logró que las palabras salieran seguidas, sin trabarse.
―No tengo apellido, no tengo tierras, no tengo nada de lo que tú tienes. Y tú eres un conde. Un noble. No sé cómo encajo yo en algo así. No sé si encajo.
Lo dijo casi de un tirón, como si temiera detenerse a mitad de camino y no terminar de decirlo.
Evernight cruzó el espacio que los separaba en un par de zancadas, sin apartar los ojos de él. Se detuvo a escasa distancia, manteniendo la espalda erguida y la mandíbula firme.
―Eso no es importante, no necesitas encajar.
Dijo, con una voz tan serena que contrastaba con el temblor en las manos de Anya.
—Los demás solo deben seguir las órdenes de sus señores.
Anya apretó los labios y bajó la vista hacia el suelo, jugando de forma nerviosa con la costura de su manga.
―Debería importarle.
Insistió Anya, sin poder sostenerle la mirada por mucho tiempo.
Evernight dio un paso más hacia él, cerrando casi por completo la distancia entre los dos. Extendió lentamente una mano hasta que la yema de sus dedos rozó la barbilla del joven, obligándolo a alzar el rostro de nuevo.
―No me importa.
Repitió, con más firmeza esta vez.
―Te amo, Anya. No me importa lo que digan los demás. Además, si digo que es suficiente, lo será.
Se quedó callado un instante, como si buscara la mejor forma de expresar sus sentimientos.
―Estoy dispuesto a hacer cualquier cosa. Puedo darte todo lo que quieras, lo que necesites. Pero no me alejes.
Anya lo miró, sintiendo que algo en su pecho se apretaba al ver la desesperación en su rostro. Evernight, ese hombre que se mantenía firme ante todo el mundo, pero ahora frente a él mostraba claros signos de fragilidad, de anhelo y deseo.
Evernight lo abrazó entonces, con fuerza, apretándolo contra su pecho. Anya podía sentir cómo su agarre temblaba, apenas, contenido, sin decir nada más, solo sosteniéndolo.
Y Anya, sin pensarlo más, devolvió el abrazo, aferrándose a su espalda con las dos manos.
―Está bien.
Murmuró, con el rostro hundido en su pecho.
―Todo esto me sorprendió, lo admito, pero tampoco deseo alejarme de ti. Te amo.
Evernight se separó apenas lo suficiente para verlo. Sostuvo su rostro entre las manos y lo obligó, con suavidad, a levantar la vista hacia él.
Y entonces lo besó, de manera profunda, cargada de todo lo que no había dicho en esos días de silencio.
Cuando se separaron, Anya se quedó mirándolo unos segundos, todavía con la respiración un poco agitada, antes de que las palabras salieran casi por su cuenta.
―Vayamos a ese viaje.
Evernight se quedó mirándolo, sorprendido.
―¿Estás seguro?
Anya asintió, y una sonrisa pequeña se le dibujó en el rostro.
Esos días había tenido tiempo para pensar en todo, en las posibilidades que se abrían frente a él. Si Evernight le había contado todo aquello, si había estado dispuesto a entregarle una parte tan grande de sí mismo, era porque iba en serio. No lo veía solo como un amante de paso.
Y Anya, con su mente más clara, había llegado a una conclusión que unos días atrás le habría parecido impensable; tal vez, algún día, tendría que dejar Portmeus de verdad. Si ambos querían algo más que una simple relación, algo más profundo, tendría que estar dispuesto a cambiar su vida entera.
Ya no le parecía tan descabellado. Ni siquiera le parecía tan malo. Aunque no estaba seguro el por qué no le incomodaba pensarlo y el por qué se sentía casi natural, como si fuera el destino queriendo que él cambiara, que Evernight lo cambiara a él.
Por eso le resultó fácil decirlo.
―Está bien. Viajemos.
***
Un par de días después, en la intimidad de su habitación, Evernight sacó un pequeño artefacto de cristal pulido y lo colocó sobre el borde de un mueble de madera, de la superficie del objeto desprendió un leve resplandor azulado.
Anya, sentado en el borde de la cama mientras doblaba un par de camisas limpias, se detuvo al escuchar la voz rasposa que salió del comunicador.
—Lord Evernight. Es un gran honor poder escucharlo de nuevo.
—Leopold.
Respondió Evernight con la voz firme y seca de costumbre.
—Necesito que envíes una escolta. Diez hombres de los Lobos Negros, acompañados por un par de sirvientes a Portmeus. Me acompañarán a mi y mi pareja en un viaje al norte.
El mayordomo hizo un leve silencio procesando la información que acababa de recibir.
—Comprendido, mi señor. Haré que llegue la escolta a Portmeus lo antes posible ¿Alguna otra indicación?
Anya prestó atención en silencio, abrazando la ropa contra su pecho. La frialdad con la que Evernight daba órdenes le recordaba que, por más cercano que fuera con él, ese hombre realmente estaba acostumbrado a mandar a otros.
Entonces, Evernight, preguntó.
—¿Encontraron al mago?
Del otro lado del comunicador se escuchó un breve suspiro por parte del mayordomo.
—Sí, aunque fue bastante complicado lograr que se quedara en el territorio. Tiene un carácter muy singular. Sin embargo, en cuanto le aseguramos que se le otorgaría una torre propia y todos los recursos que solicitara para sus investigaciones, cambió de actitud enseguida y aceptó la oferta.
Evernight ni siquiera parpadeó.
—Comprendo.
Sin añadir nada más, cortó la comunicación y el resplandor de la herramienta se apagó por completo.
Anya, aunque estaba un poco curioso, no se atrevió a preguntar y pronto el caballero cuando terminó la comunicación, se acercó sentándose a su lado. Al principio el joven intentó concentrarse en seguir doblando la ropa limpia, pero Evernight lo abrazó por la cadera y fue dejando besos por la nuca, cuello y oreja.
―Ah… Mi señor, aun falta que…
Anya soltó por completo las prendas dejándola caer al suelo cuando la otra mano de Evernight se deslizó en el pantalón de dormir. El caballero que lamía la oreja que estaba por completo roja por la vergüenza. Pronto susurró en voz baja, provocativa.
―Deja eso, olvídalo. Solo céntrate en mí.
Era extraño, pero Anya sentía que su mente se quedaba en blanco cada vez que sentía los besos o las caricias de aquel caballero. Su cerebro dejaba de funcionar, cuando las manos se deslizaron por debajo de la ropa, uno de sus pezones fue acariciado.
Anya, se retorció al sentir como su pene era estimulado con un movimiento de arriba abajo. Sus pezón que ardía un poco ante el toque brusco de su pareja. Terminó por echarse hacia atrás apoyando su cabeza sobre el pecho de Evernight.
―Ah… Ah… Señor…
El caballero que siguía estimulándolo volvió a susurrarle esta vez con tono grave, autoritario.
―Llámame, Él, Anya.
Entonces, Anya vio que de un tirón sus pantalones eran jalados y tirados al suelo. El joven se giró hacia su pareja, vio aquellos ojos azules oscurecidos por el deseo y entonces se giró y esta vez sin pudor se sentó sobre Evernight y mirándolo a los ojos antes de besarlo lo llamó.
―Él… te amo.
Sus labios se unieron en un largo y profundo beso, y entonces las manos ásperas del cabalero agarraron con fuerza las nalgas suaves y redondas de Anya. Amasándolas mientras sus lenguas se entrelazaban entre sí.
Anya, olvidó por completo sus dudas y cuando uno de los dedos gruesos de su pareja se introdujo en aquel agujero entre sus nalgas, volvió a gemir.
―Ah… Ah…Sí… ÉL…Aah…
Eso fue todo, Anya, perdió por completo el raciocinio y se comenzó a frotar en los muslos de Evernight.
El caballero que devoraba sus labios pronto sacó su miembro grande y duro de sus pantalones de dormir, lo posicionó en aquella entrada sensible. Anya, tembló de expectación cuando los dedos abandonaron su interior y un segundo después aquella masa gruesa se adentro de una vez dentro suyo.
―Ah… Aah…Aaah
Cada embestida era más profunda que la anterior. Sus caderas que era sujetadas, eran apretadas para que se moviera más y más rápido.
Al final aquellas preguntas murieron en los labios de Anya, lo único que se escuchó esa noche fueron sus respiraciones agitadas, besos húmedos y gemidos que resonaron sin cesar en la habitación por largas horas.
***
Pasó poco más de una semana hasta que la escolta hizo su aparición en Portmeus. La llegada de los mercenarios y los sirvientes interrumpió la tranquilidad de la calle principal. Los aldeanos salieron a las puertas de sus casas, murmurando al ver a diez hombres bien armados custodiar un carruaje que, si bien no era ostentoso, denotaba con claridad el poder adquisitivo de su dueño. Anya observaba la escena desde la ventana de la botica con los ojos muy abiertos, sintiendo un nudo de nervios en el estómago al ver el despliegue.
Durante los tres días siguientes, el pueblo entero no habló de otra cosa. El rumor de que el mercenario que vivía con el boticario era en realidad un noble disfrazado corrió como pólvora, aunque nadie tenía pruebas concretas para confirmarlo.
Anya intentó convencer a Evernight de que no hacía falta semejante gasto.
—No es necesario un carruaje tan grande, ni tantas personas...
Murmuró Anya mientras cenaban esa noche.
—Podemos viajar de forma más sencilla.
Evernight, levantó la mirada y lo vio juguetear con la comida.
—No voy a ceder en esto.
Respondió Evernight sin espacio para discusiones.
—El camino es largo y quiero que me viajes cómodo y protegido.
Al cuarto día, cuando el sol apenas comenzaba a asomarse por el horizonte, la caravana estuvo lista para partir. Los hombres vestían ropas sencillas para fingir que se trataba de una comitiva de comerciantes adinerados, mientras que Anya y Evernight vestían trajes finos pero discretos que encajaban con esa fachada.
En la entrada del pueblo, Anya se tomó unos minutos para despedirse. Abrazó a Sevario, quien lo miraba con una mezcla de resignación y celosa advertencia hacia Evernight, y luego se despidió de su amigo Lehan.
—Volveré pronto.
Prometió Anya, sonriendo con un toque de nostalgia mientras algunos vecinos agitaban la mano a lo lejos.
Evernight esperó junto a la puerta del carruaje. Cuando Anya se acercó, el caballero le extendió la mano de manera formal para ayudarlo a subir.
Anya se detuvo un segundo y sintió cómo las mejillas se le teñían de rojo. Era un gesto tan caballeroso y formal, habitualmente reservado para las damas de la nobleza, que le dio bastante vergüenza. Aun así, aceptó la mano de Evernight y subió los escalones de madera para entrar a la cabina. Evernight subió tras él y cerró la puerta.
El carruaje comenzó a moverse con un ligero balanceo, dejando atrás las casas de piedra y el olor a sal del puerto.
Anya se acomodó en el asiento blando y aterciopelado y miró a Evernight, quien permanecía sentado frente a él con los brazos cruzados.
—¿Cuá-cuánto tardaremos en llegar a Tildeonrock?
Preguntó Anya, tratando de calmar aquel nerviosismo que sentía.
—Alrededor de tres semanas a un mes, dependiendo del clima en los caminos del norte.
Contestó Evernight con calma.
Anya asintió sin mostrar queja alguna. Al contrario, un destello de emoción genuina apareció en sus ojos color avellana. Se asomó por el cristal de la ventanilla y contempló en silencio cómo el paisaje de Portmeus, el único hogar que recordaba, se alejaba lentamente hasta desaparecer tras la vegetación del camino.
***
El camino se repartió entre acampadas bajo las estrellas y noches en alguna posada de pueblo, según lo que el terreno permitiera. Los soldados y escoltas de Evernight aprendieron rápido que lo más sensato era mantener distancia. Si su señor no daba una orden o no salía del carruaje, nadie se atrevía a interrumpir. Por las noches, la tienda de Evernight y Anya se instalaba siempre apartada del resto del campamento; había centinelas vigilando por si aparecían bandidos o bestias, pero incluso ellos preferían quedarse lejos. No hacía falta explicar por qué.
Anya, la primera noche, hubiera querido desaparecer de la vergüenza. Pero Evernight no le dio respiro, y entre jadeos y súplicas ahogadas terminó por perder cualquier intento de contenerse.
―¡Ah, ah… Más profundo… Él…. Más…Ah… Aaaah!
Sus gemidos parecían como los alaridos de un animalito herido, se alzaban sin control, mientras Evernight, lo embestía como una bestia.
Anya, no lo comprendía, pero parecía que no podía tener el control de su cuerpo, sus caderas seguían moviéndose, frotándose y sus gemidos, y llanto se mezclaban entre sí. Luego suplicaba para que lo siguiera penetrando. A veces sentía que parecía comportarse como una pareja sexual, un vulgar prostituto. Le avergonzaba, pero su lujuria lo cegaba.
Y cuando ya se sentía llenó y satisfecho, y su cuerpo no podía más. Evernight no lo dejaba de atormentar. Demasiado insaciable, lo hacía llorar toda la noche entre gemidos y placer.
Todo el cuerpo de Anya, quedaba como gelatina, sin fuerza, la cama improvisada quedaba echa un desastre, Evernight, le calentaba agua caliente, cada vez que el acto, terminaba. Anya, ni siquiera podía mover un músculo, así que su cuerpo era limpiado mientras él dormía. También, el caballero se preocupaba de aplicar ungüento en aquella zona sensible y privada. Que se hinchaba debido al extenuante ejercicio.
Anya, comenzó a sospechar desde la primera noche, el por qué los asientos de aquel carruaje estaban tan acolchados y con magia de supresión de movimiento. El dolor en su espalda baja era fuerte, pero tolerable.
Estaba seguro que si no hubiera aquellos asientos esponjosos estaría desfalleciendo del dolor.
Así fueron casi todas las noches del viaje, a veces incluso en la mañana cuando el cielo recién empezaba a clarear. Aquellos días ni siquiera pudo caminar. Evernight, lo llevaba en sus brazos en el momento de bajar del carruaje a la hora del desayuno, almuerzo o cena, o cualquier eventualidad.
Parecía que aquellos días se repetían cuando Anya solía conversar con los escoltas.
“¿Acaso será mi imaginación? No, no puede ser, el señor Evernight, no es tan mezquino”.
La situación en las posadas no era muy diferente, la gente los miraba distinto a la mañana siguiente, luego de haber hecho un desastre durante la noche.
Algunos los miraban con desagrado, otros con una sonrisa que no ocultaba su malicia y lujuria, pero a esas alturas Anya ya no sabía si sentir vergüenza o simplemente resignarse.
Fuera de eso, el viaje fue tranquilo. Evernight se mostraba atento en cada parada, pendiente de que Anya comiera bien, de que no le faltara nada, de que descansara. Y los paisajes que iban cruzando parecían sacados de otro mundo.
Durante una tarde de descanso, antes de cruzar la frontera del territorio, Anya caminó unos pasos fuera del sendero para observar el horizonte. Los rayos del sol comenzaban a esconderse tras las montañas, tiñendo el cielo de tonos violetas y anaranjados que se mezclaban con el verde oscuro de los árboles. La escena parecía sacada de un lienzo.
Anya se detuvo a la orilla del camino y dejó escapar un leve suspiro ante la vista.
—Es hermoso... —Murmuró.
Evernight dio un par de pasos desde atrás hasta quedar a su lado. Sin embargo, su mirada no estaba puesta en el horizonte, sino fija en el rostro de Anya, iluminado por la luz del atardecer.
—Sí, lo es.
Respondió Evernight con voz baja y serena.
Anya sintió el peso de sus ojos sobre él y sonrió en silencio, buscando la mano de Evernight para entrelazar los dedos antes de regresar a la caravana.
Días después, la caravana alcanzó el impresionante puente de piedra que daba acceso a la región de Tildeon. La estructura cruzaba un abismo profundo, donde el único paso era una vía estrecha flanqueada por precipicios de roca viva. Un destacamento de soldados fuertemente armados detuvo la caravana en la entrada. Evernight no bajó del carruaje, y el soldado se asomó por la ventanilla, la oscuridad ayudó a que sus ojos azules no delataran su sangre. Entonces los documentos fueron entregados a los oficiales; tras una breve inspección del sello, los guardias hicieron una inclinación de cabeza y ordenaron abrir el paso sin poner trabas.
Anya se pegó al cristal del carruaje mientras avanzaban lentamente sobre el puente. Al mirar por la ventana y notar el vacío que se extendía cientos de metros hacia abajo, un ligero escalofrío le recorrió la espalda. Anya se aferró sin pensarlo al borde del carruaje, el estómago se le revolvió.
—No mires abajo.
Le dijo Evernight, notando cómo temblaba.
—Eso… eso es fácil de decir.
Murmuró Anya, sin poder evitar echar un vistazo de reojo al vacío.
Evernight no dijo nada más. Se colocó justo al lado de él y sin aviso lo abrazo, lo acomodó entre sus piernas y lo envolvió con los brazos, dejando que la espalda de Anya quedara pegada a su pecho. Así, sostenido y protegido, fue que cruzaron el resto del puente.
—No va a pasar nada —le dijo al oído, con voz baja—. Estoy aquí.
Anya asintió, aún con el corazón acelerado, y terminó por girarse y esconder el rostro en el cuello de Evernight, aferrándose a sus brazos con fuerza. No volvió a mirar hacia abajo hasta que sintió que el suelo bajo las ruedas del carruaje se volvía firme otra vez.
Cuando por fin llegaron al centro de Tildeonrock, la ciudad se abrió ante ellos, calles empedradas, casas de piedra apiladas contra la ladera de la montaña, y un bullicio de mercaderes y viajeros que contrastaba con la quietud del camino que acababan de dejar atrás.
Consiguieron una habitación en una de las posadas del centro, y una vez instalados, decidieron aprovechar lo que quedaba de la tarde para pasear. Salieron tomados de la mano, mezclándose entre los puestos del mercado, deteniéndose aquí y allá a mirar telas, cuchillos tallados, frascos de especias que Anya olisqueaba con curiosidad de boticario.
Fue pasando uno de esos puestos donde Anya alcanzó a ver, de reojo, una pequeña borla negra con hilos azulinos, casi del mismo tono que los ojos de Evernight. Se detuvo un instante, pensativo, y luego tiró un poco de su mano, alejándolo de aquel puesto.
—Espérame en esa fuente de allá.
Le dijo, señalando una plaza pequeña a unos metros.
—No te muevas ni mires para acá. Prométemelo.
Evernight enarcó una ceja, sobre todo al ver que Anya alzaba su dedo meñique, que infantil, eso pensó, pero elevó su meñique sin dudarlo.
—Lo prometo.
Fue así que le dio la espalda al puesto sin hacer preguntas.
Se quedó de pie junto a la fuente, de brazos cruzados, mirando el ir y venir de la gente sin darse la vuelta, mientras Anya corría de regreso al puesto y regateaba un par de palabras con el vendedor antes de guardarse la borla entre las manos y volver, algo agitado, hasta donde lo esperaba.
Se detuvo frente a él, de pronto dudando. La empuñadura de la espada de Evernight llevaba una borla vieja, deshilachada, que había visto mejores días. Pero él nunca la había cambiado. Tal vez tenía algún valor, tal vez simplemente no le importaba. Anya tragó saliva.
—Es… para tu espada —dijo, extendiéndola—. Si no te gusta, no la uses.
Evernight tomó la borla entre los dedos, la observó un segundo, y sin decir nada desató la que estaba vieja y desastrosa de su lugar para reemplazarla ahí mismo por la nueva. Cuando terminó, levantó la vista y sonrió. Una sonrisa cálida, poco común en él, de esas que Anya podía contar con los dedos de una mano.
—Me gusta.
Dijo simplemente.
Anya sintió que el pecho se le llenaba de algo tibio, y no pudo evitar sonreír también, ahora con más confianza. Siguieron caminando, deteniéndose en cada puesto que les llamaba la atención, jugando entre ellos como si fueran dos niños que se escapaban por la ciudad, aunque, para ser justos, solo uno de los dos parecía un niño. Evernight, con su seriedad de siempre, no encajaba del todo en ese papel, y sin embargo ahí estaba, dejándose arrastrar por Anya de puesto en puesto. Una combinación extraña que llamaba la atención de más de un transeúnte, pero a la que ninguno de los dos prestó atención.
Esa noche, de vuelta en la posada, todo fue distinto a las noches del camino. Evernight lo recostó con cuidado sobre las sábanas, sin prisa, dejando besos lentos por su cuello mientras le quitaba la ropa pieza por pieza. Anya lo dejó acariciarlo, sintiendo cómo cada caricia se sentía más lenta, más profundo que otras veces.
—Esta noche seré cuidadoso.
Murmuró Evernight contra su piel.
—Te haré sentir muy bien, bebé.
Anya solo pudo asentir, la respiración ya entrecortada. Evernight lo tomó con calma, moviéndose despacio al principio, memorizando cada gesto en el rostro de Anya, cada vez que arqueaba la espalda o se mordía el labio para contener un gemido que terminaba escapándose de todos modos. Sin la urgencia de otras noches, todo se sentía más íntimo; las manos entrelazadas, las miradas que no se apartaban, los "te amo" susurrados entre jadeos.
Cuando el ritmo por fin se aceleró, Anya ya no pudo contener nada, ni los gemidos, ni el nombre de Evernight repetido una y otra vez, ni los brazos que lo envolvían con fuerza como si no quisiera soltarlo nunca. Terminaron abrazados, sudorosos, con las piernas todavía enredadas, y Anya se durmió así, sintiéndose, quizás por primera vez desde que salieron de Portmeus, completamente en paz.
***
Pasaron unos días en Tildeonrock. Anya sentía una emoción parecida a la que lo invadía cuando estaba en casa, en Portmeus, aunque aquí todo se sentía más grande, más vivo. Le gustó la vivacidad de la ciudad, el bullicio constante, la cantidad de gente que llegaba de lugares tan distintos entre sí que ni siquiera reconocía sus acentos.
Evernight se había encargado de preparar todo para mantener la tapadera: viajaban como comerciantes, y las carretas que los seguían escondían, en realidad, mucho más de lo que aparentaban. Anya observó divertido cómo uno de los hombres de Evernight montaba un puesto en el mercado, fingiendo regatear con los clientes como si llevara años en el oficio. Le pareció gracioso, aunque no pudo evitar preguntarse, en algún momento, por qué hacía falta tanto cuidado.
Evernight, por su parte, no se quitaba la capucha de la capa en ningún momento, ocultando parte de su rostro entre las sombras de la tela. Solo Anya caminaba libre por las calles, sin nada que lo cubriera. Tal vez porque nadie ahí podría reconocer a la antigua señora de Tildeon en un joven boticario de Portmeus. Y en efecto, nada de eso ocurrió. Los días pasaron en calma, entre paseos, comidas compartidas y la energía contagiosa de la ciudad, y Anya se sintió, por un rato, completamente feliz.
***
Días después, tomaron un camino secundario que se alejaba del bullicio de Tildeonrock. Evernight lo llevó montado con él, y sin decir mucho, se adentraron en el bosque sin nombre.
Era verano, y el bosque aún rebosaba de vida, hojas verdes, el canto de aves que Anya no reconocía, el aire cargado de un aroma dulce a tierra húmeda, pero desde el momento en que cruzaron el límite entre el camino abierto y la sombra de los árboles, algo en Anya cambió.
Sintió una familiaridad extraña, como si sus pies ya conocieran ese suelo. Y junto a eso, una ansiedad que no lograba explicar, un nudo en el pecho que no tenía motivo aparente.
—Este lugar es único para muchos.
Dijo Evernight, sin mirarlo, con la vista fija en el sendero que solo él parecía reconocer.
—Un bosque sagrado, dirían algunos. Quiero mostrarte todo lo que tiene de hermoso.
Anya asintió, aunque tenía una sensación que algo en el bosque ya lo esperaba.
El camino se abrió poco a poco entre los árboles, hasta que al fin pudieron ver que en el centro se alzaba un árbol enorme, de corteza plateada y ramas cubiertas de flores blancas que brillaban tenues incluso bajo la luz del día. Ningún otro árbol del bosque florecía así.
Evernight detuvo el caballo y desmontó primero, ayudando después a Anya a bajar. No dijo nada, solo se quedó observando el árbol con una expresión que Anya no supo descifrar del todo. Algo entre la nostalgia y el peso de recordar algo que llevaba mucho tiempo guardado en su corazón.
Anya se acercó unos pasos, la mirada fija en las ramas.
—Es hermoso.
Murmuró, casi sin darse cuenta de que hablaba en voz alta.
—Nunca había visto un árbol así.
Fue entonces cuando lo escuchó. Un murmullo, bajo al principio, como un susurro que no venía de ningún lado en particular.
《Ha vuelto… ha vuelto…》
《Ven,ven… Primer Humano》
Susurraban como si cantaran. Extrañamente, sonaban como niños murmurando.
《Nosotros, nosotros. Los primeros amigos.》
Anya se quedó quieto. Miró a su alrededor, buscando de dónde salía esa voz, pero no había nadie más que ellos dos y el silencio del bosque.
—¿Evernight?
Preguntó, con la voz un poco insegura.
El caballero se acercó enseguida y Anya miraba desconcertado de un lado a otro.
—. ¿Tú… escuchas…Es… como una voz?
Evernight lo miró de reojo, con el rostro tan calmo como siempre.
—No.
Respondió, seco.
No dio más explicaciones. En cambio, le tomó la mano y comenzó a caminar, guiándolo lejos del árbol, hacia un sendero que se adentraba más en el bosque. Anya lo siguió, aunque los murmullos no desaparecieron; al contrario, mientras avanzaban se volvían más claros, como si algo —o alguien— los llamara desde más adelante.
《Por aquí… por aquí…》
Anya apretó la mano de Evernight, sin saber si buscaba consuelo o simplemente confirmar que no estaba solo. El bosque a su alrededor se hizo más espeso, hasta que los árboles se abrieron de golpe frente a un lago. El agua estaba tan quieta que parecía un espejo, reflejando el cielo y las copas de los árboles sin una sola ondulación.
—En este territorio viven los espíritus del bosque.
Dijo Evernight, deteniéndose junto a la orilla, con la voz baja.
—Dicen que uno de ellos ha estado sellado en este lugar desde hace siglos.
Anya miró el agua, y los murmullos, que hasta hacía un momento sonaban dispersos, ahora parecían concentrarse justo frente a él, como si algo bajo la superficie lo estuviera observando.
Anya, sin entender del todo lo que ocurría, se giró hacia Evernight. Su voz sonó un poco nerviosa, como si dudara si debía decirlo o no.
—Creo que... escuché algo parecido a esto cuando te conocí.
Murmuró, con la mirada fija en el agua.
—Seguí una voz así, y terminé cayendo por una pendiente, y luego...
No hizo falta que terminara la frase. Evernight ya sabía a qué se refería. Así se habían conocido, después de todo.
—¿Qué está sucediendo?
Anya se giró por completo hacia él, buscando su mirada.
—¿Por qué puedo escucharlas? T-tú dijiste que no oías nada.
El caballero no tenía muchas ganas de hablar del tema. Apretó la mandíbula un momento, mirando el agua antes de responder.
—Hay personas que son capaces de percibir a los espíritus…. A veces verlos otras los escuchan. Aun así, no es común, incluso entre los magos, son pocos los que tienen esa conexión.
Dijo, con voz calma pero cortante, la de alguien que prefería no dar más detalles de los necesarios. Realmente no le agradaba Drakals.
Anya se llevó una mano al pecho, como si buscara confirmar algo ahí dentro. El gesto lo hizo sentir un poco más pequeño frente a la inmensidad del lago.
—¿Y yo... la tengo?
Evernight tardó un instante en responder, con la mirada fija en el agua, como si sopesara cuánto quería decir.
—Eso parece.
Anya bajó la vista un momento, procesando la respuesta, antes de volver a levantar la mirada hacia él.
—Pero yo no soy… Jamás hasta ahora los había escuchado. Sevario nunca me dijo que...
Evernight, lo interrumpió, sin apartar la vista del lago, la voz firme, cerrando el tema
—Tal vez tu magia armoniza con ellos por alguna otra razón. No lo sé con certeza.
Anya frunció el ceño, insatisfecho con la respuesta, pero no insistió. Algo en el tono de Evernight le decía que no obtendría mucho más, al menos no en ese momento. Volvió a mirar hacia el agua, dejando que el silencio se instalara entre ellos un instante.
Las voces seguían llamándolo. Su nombre, una y otra vez, mezclado con la palabra "humano". Anya sintió que el resto del mundo se apagaba un poco, que solo quedaban esas voces y el reflejo quieto del lago frente a él.
—Anya.
Evernight lo llamó, notando el cambio en su expresión, el modo en que la mirada de Anya se había vuelto nublada, distante. Pero Anya ya no lo escuchaba. Dio un paso hacia la orilla, luego otro, y se agachó frente al agua como si algo tirara de él desde adentro.
—Anya, aléjate de ahí.
La orden salió más brusca de lo que pretendía. Evernight se movió rápido, extendiendo la mano para sujetarlo del hombro.
No llegó a tiempo.
Anya se inclinó demasiado. La expresión tranquila de Evernight se deformó en una mueca de sorpresa un instante antes de que Anya perdiera el equilibrio y cayera.
—¡Anya!
El agua se lo tragó entero. Evernight se lanzó tras él sin pensarlo, pero en cuanto sus pies tocaron la orilla, algo lo detuvo en seco, como una pared invisible que no debería estar ahí.
—Maldición... ¡Quítate de mi camino!
Golpeó contra esa resistencia una vez, dos veces, sin resultado, mientras veía el cuerpo de Anya hundirse cada vez más, arrastrado hacia la oscuridad del fondo. El pánico, algo que Evernight casi había olvidado cómo sentir, le subió por el pecho como fuego.
A la tercera vez, la barrera cedió, y Evernight se lanzó al agua sin dudarlo.
***
Ya no estaba bajo el agua. Estaba de pie en un pasillo del castillo, con gritos que resonaban entre los muros de piedra. Reconoció el lugar sin saber cómo lo reconocía, y un terror antiguo le atravesó el pecho antes de que pudiera entender por qué.
—No...
Susurró, dando un paso hacia atrás.
—. No quiero ver esto.
《Debes verlo》
Figuras de armadura negra avanzaban por los corredores, cortando a cualquiera que se cruzara en su camino. Los caballeros de Tildeon les clavaban espadas, lanzas, todo lo que tenían, pero no le hacían daño, sin que sangraran, sin que murieran. Se movían como si la muerte no fuera algo que pudiera alcanzarlas.
Vio a un hombre mayor, de túnica larga, plantarse frente a una puerta, en aquel túnel oscuro, con los brazos extendidos y luego una explosión, utilizó lo último de su magia.
Entonces, un caballero lo ayudó a seguir huyendo por el bosque, protegiéndolo con su propio cuerpo.
—Sevalli... Lorea.
Murmuró Anya, reconociendo esos nombres sin saber de dónde venía.
La escena cambió, borrosa como un sueño mal recordado: el bosque, la huida entre los árboles, la separación en medio de la oscuridad, y luego el agua fría de un río cerrándose sobre él.
Se encontró de pronto en una cabaña pequeña, iluminada apenas por la luz que entraba desde una ventana. Había una criatura enorme, cubierta de pelo blanco, lo observaba desde un rincón con una calma extraña. Frente a él, una canasta con una tela extendida, dentro algo diminuto que Anya no quería mirar.
—No...
El aire se le atoró en el pecho, un dolor que no le pertenecía y aun así lo desgarraba por dentro.
—No, no, no.
Cayó de rodillas, un llanto desesperado subiéndole desde lo más hondo.
—Mi bebé...
Sollozó, las manos temblando sobre su regazo, incapaz de aceptar lo que veía.
—No pude protegerlo.
《Lo enterraste en lo alto, donde el sol iluminara primero》
Dijo la voz de Dragkals, suave, casi con pena.
《Le pediste perdón por no poder protegerlo, en aquel bosque donde le diste su último adiós》
La imagen cambió de nuevo. Ahora había fuego, gritos, el metal chocando contra metal. Anya se encontró en medio de un campo de batalla, con una sombra inmensa alzándose frente a él, algo sin forma clara, solo odio puro.
《Tanon》
Susurró la voz de Dragkals, con un peso que Anya no supo interpretar del todo.
—¿Por qué…?
Preguntó, aunque una parte de él ya conocía la respuesta.
Vio, como si estuviera fuera de su propio cuerpo, a un hombre luchando con desesperación, cubierto de heridas, yendo hacia él. Reconoció ese rostro. Era Evernight, con una expresión de furia, también desesperación, que Anya jamás le había visto.
—Evernight...
Dijo, extendiendo una mano hacia la escena, aunque sabía que no podía tocar nada de lo que veía.
La imagen cambió una última vez. Ahora estaba en una habitación amplia y en la cama, alguien agonizaba, herido por esa misma batalla. Anya, sin saber por qué, sabía que ese alguien era él mismo, en otro tiempo, en otra vida.
Evernight estaba arrodillado junto a la cama, sosteniendo una mano pálida entre las suyas, con el rostro desencajado como Anya jamás lo había visto, ni en esta vida ni en ninguna otra que hubiera conocido.
—No te vayas, por favor, resiste.
Le escuchó decir con la voz rota, suplicante.
Y luego, una luz blanca lo envolvió todo, y Anya entendió, sin que nadie se lo dijera, lo que Evernight había sacrificado. Su mortalidad. Su descanso. Todo, por él.
—Basta...
Anya cayó de rodillas en medio de la nada, cubriéndose el rostro con las manos. Por favor, basta.
《Esta es tu verdad, Anya. Tu prueba》《Nuestro contrato》
Dijo Dragkals, la voz ahora resonaba como un trueno.
Anya, sollozó con el pecho apretado, como si cada recuerdo fuera una herida abierta de nuevo.
—No quería que sufriera tanto por mí.
Anya se quedó ahí, hundido en el peso de todo lo que había visto, incapaz de moverse, incapaz de respirar con calma. El dolor lo aplastaba desde todos los ángulos, como si cada recuerdo hubiera decidido instalarse en su pecho al mismo tiempo.
Entonces, entre el ruido de su propio llanto, escuchó algo más. Una voz distinta a la de Dragkals, una que reconoció de inmediato, aunque no supo de dónde salía.
―Anya.
Era la voz de Sevalli, su recuerdo. Su viejo maestro, el mago que lo había entrenado, el mismo que había dado su vida por él en esa misma memoria que acababa de revivir.
《El miedo, el dolor... no los cargues como si fueran piedras. Déjalos fluir.》
—No sé cómo…
susurró Anya, todavía con el rostro entre las manos.
―Como un río.
Continuó Sevalli.
―El agua no se aferra a la orilla. No pelea contra la corriente. Fluye, y sigue fluyendo, y así llega a donde debe llegar.
Anya levantó el rostro, buscando esa voz en la oscuridad que lo rodeaba, aunque no había nada que ver.
《Conviértete en la nada, Anya. Suelta lo que cargas. No para olvidarlo, sino para dejar de ahogarte en ello》
Las palabras se quedaron flotando en el silencio. Anya cerró los ojos. Pensó en el bebé que había perdido, en Sevalli cayendo para protegerlo…en Tanon y su odio antiguo, en Evernight arrodillado junto a su cama suplicándole que no se fuera. Luego las imágenes luego de ser revivido. La vida juntos, también su despedida.
Todo parecía volver con fuerza.
Todo eso había pasado. Todo eso lo había experimentado, pero no tenía por qué seguir sosteniendo todo con dolor.
Soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.
Dejó que el dolor pasara a través de él, como el agua deslizándose a través de las manos, sin intentar retenerlo. Dejó que el miedo hiciera lo mismo. Sintió que su cuerpo, tenso hasta ese momento, se aflojaba poco a poco, como si algo pesado se desprendiera de sus hombros.
No desapareció el dolor. No desapareció el miedo. Pero dejaron de ahogarlo.
《Bien hecho, Anya》
Dijo Dragkals, la voz ahora cálida, casi orgullosa.
《Has aceptado tu verdad》
La llama roja lo envolvió por completo, y Anya sintió que se disolvía en ella, ligero, vacío, en paz.
《Anya…》
El joven miró hacia el cielo y vio a un dragón enorme, imponente, pero no tuvo miedo, de las fauces abiertas del dragón salió una esfera iluminada en fuego que flotaba.
《Nuestro corazón… Trágalo y seremos uno》
Anya se sentía como en un trance, tomó aquel corazón y se lo tragó sin dudar, sintiendo una emoción cálida y abrumadora.
Entonces escuchó.
“Anya”.
La voz se alejaba, llamándolo de vuelta hacia la superficie, lejos de ese lugar de fuego y memoria.
Fue lo último que recordó antes de que todo se volviera oscuridad total.
***
Evernight nadó con todas sus fuerzas, ignorando el frío que le calaba los huesos, hasta alcanzar el cuerpo de Anya, ya inmóvil. Lo sujetó del brazo y tiró de él hacia arriba, nadando con desesperación hasta subir a la superficie.
Lo cargó hasta la orilla y lo recostó sobre la hierba. Anya estaba pálido y empapado, demasiado frío, pero respiraba.
Evernight, lo abrazó acomodándolo en su regazo, la cabeza de Anya se apoyó en el brazo de su pareja.
—¡Anya. Anya, reacciona!
Nada, no obtuvo ninguna respuesta. Evernight apoyó su mano libre sobre su mejilla, lo acarició y lo llamó
―Anya.
Lo había llevado hasta ese lugar, porque sabía que Dragkals estaba ahí, pero no creyó que podría ser un peligro para Anya. Solo pensó que era bueno que fuera más fuerte, pero pasó por alto que los espíritus son caprichosos. Sobre todo cuando realizan contratos.
―¡Maldita sea, por qué tuve que traerlo!
Tal vez su preocupaciones eran infundadas, eran tiempos de paz, Tanon, había muerto, pero seguía preocupado por Anya. Deseaba que tuviera lo necesario para protegerse. Tal vez Tanon había desaparecido para siempre, pero no quería arriesgarse, no con él. Quería darle todo lo que pudiera, y ahora sentía que había hecho algo estúpido. Él con sus propias manos lo había puesto en peligro.
Evernight se tensó por completo, apretó la mandíbula por un instante, y luego se obligó a apartar esos pensamientos lo suficiente para actuar. Frotó los brazos de Anya con las manos, intentando devolverle algo de calor al cuerpo frío y empapado, sin resultado inmediato.
Anya seguía sin abrir los ojos.
—Anya…
Lo llamó, con la voz más tensa esta vez.
Nada. Solo el peso inerte de su cuerpo entre los brazos de Evernight, la respiración baja y superficial, apenas perceptible.
—Anya.
Repitió, con más fuerza, aunque el nombre le salió quebrado a mitad de camino.
La desesperación empezaba a filtrarse por cada grieta de su calma habitual. Se inclinó sobre él, apoyando la mejilla contra su cabeza, cerrando los ojos con fuerza. Sintió algo que no experimentaba desde hacía siglos, algo que había olvidado cómo se sentía hasta ese preciso instante.
Miedo. Miedo a perderlo.
Fue entonces cuando lo sintió. Un movimiento leve, casi imperceptible, bajo sus brazos. Anya abrió los ojos despacio, pesados, como si cada parpadeo le costara un esfuerzo inmenso.
—Él…
La voz de Anya, débil, casi en un hilo de voz, lo sacó de sus pensamientos. Evernight se alejó un poco de inmediato y lo miró. Sintió como si el alma le volvía al cuerpo. No quiso atosigarlo con sus emociones desbocadas, por eso fingió estar en calma.
—Estoy aquí.
Dijo, con la voz todavía un poco agrietada.
—Todo está bien, Anya.
Anya parpadeó, confundido, con la mirada nublada, intentando entender dónde estaba. Le costó un momento encontrar las palabras.
—¿Qué… pasó?
Evernight lo miró un instante, todavía con el pulso acelerado, buscando las palabras antes de responder.
—Te caíste al lago. Casi...
Evernight se detuvo, sin terminar la frase, tensó la mandíbula y guardó silencio.
Anya intentó incorporarse, pero el cuerpo no le respondía como quería. El cansancio lo aplastaba de golpe, su pecho lo sentía pesado, un calor oprimía su corazón. Sus párpados seguían intentado cerrarse sin que pudiera evitarlo.
—Tengo sueño.
Murmuró, con los ojos llenos de lágrimas, a medio camino entre la conciencia y el sueño.
Evernight lo atrajo contra su pecho y lo sostuvo con cuidado, como si temiera que fuera a desaparecer si aflojaba el abrazo.
—Está bien. Puedes dormir un poco.
Anya cerró los ojos, y su respiración, poco a poco, se volvió tranquila.
Evernight se quedó ahí, mirando el lago que aún guardaba silencio, sin soltarlo ni un segundo. No pensó que aquel día Anya haría el trato con el espíritu. Solo deseaba que Anya, mirara el lago primero. Luego le hablaría sobre ello con más detalle, pero todo cambió de un momento a otro. Jamás creyó que Dragkals pudiera hacerle daño después de todo ya había hecho un contrato con Anya en el pasado. Había sido negligente, debió tener en cuenta que aquel espíritu en el pasado solía poner aprueba a sus contratistas incluso hubo algunos que los llevó a la muerte.
La relación quebrada entre Evernight y Dragkals continuó incluso peor que en el pasado.
Esperaba que aquel dragón jamás volviera a aparecer frente a sus ojos, porque sentía que él mismo estrangularía a aquella lagartija si pudiera.
***
Anya abrió los ojos de a poco, la luz de la habitación demasiado brillante al principio. Le tomó un momento reconocer el techo de madera, las cortinas cerradas a medias, el peso de las mantas sobre su cuerpo.
Un movimiento a su lado le hizo girar la cabeza.
—Anya.
Evernight estaba sentado junto a la cama, la silla no se veía muy cómoda, pero al caballero parecía no importarle, estaba tan cerca que sus rodillas casi tocaban el colchón. Se inclinó de inmediato en cuanto lo vio despierto.
—¿Cómo te sientes? ¿Te duele algo?
Preguntó, con la voz baja y preocupada.
Anya parpadeó un par de veces, todavía desorientado. Sentía el cuerpo pesado, como si hubiera dormido varios días seguidos, pero no había dolor, no realmente. Solo un cansancio profundo, instalado hasta los huesos.
—Estoy bien… solo un poco cansado.
Murmuró, con la voz ronca.
Evernight no pareció del todo convencido. Le tomó el rostro entre las manos con cuidado, girándolo apenas hacia la luz de la vela, como si buscara algún rastro de fiebre o palidez que se le hubiera escapado antes.
—Llamé a un sanador en cuanto llegamos.
Expresó, más para sí mismo que para Anya.
—Dijo que estabas bien, que solo necesitabas descansar.
Anya se quedó mirándolo un momento, notando las ojeras marcadas bajo sus ojos, el cansancio que Evernight no se molestaba en disimular frente a él.
—¿Cuánto tiempo estuve dormido?
Preguntó, buscando su mirada.
Evernight tardó un instante en responder, como si prefiriera no darle un número exacto.
—Suficiente para que empezara a perder la paciencia.
Dijo finalmente, aunque no había ninguna broma real en el tono, solo el cansancio de alguien que no había dejado de vigilar cada respiración.
Anya, todavía débil, alcanzó a levantar una mano y la posó sobre la de Evernight, que seguía junto a su mejilla. El gesto pareció aflojar algo en los hombros del caballero, una tensión que llevaba cargando desde que lo vio caer al lago.
—Estoy bien… Él, así no hagas esa expresión triste.
Evernight cerró los ojos un instante, como si esas palabras lo consolaran un poco. Cuando los abrió de nuevo, había algo distinto en su mirada, un alivio que no se molestó en ocultar del todo.
Se quedaron así un momento, en silencio, Evernight todavía acariciando su mejilla y Anya con su mano apoyada sobre la suya. Afuera, algún sonido lejano de la ciudad se colaba por la ventana, recordándoles que el mundo seguía su curso más allá de esa habitación.
—Te amo.
Dijo Anya de pronto, casi en un susurro.
Evernight lo miró un segundo, sin sorpresa, solo con esa quietud suya que a veces parecía como el mar en calma, pero de aguas profundas y oscuras. Le sostuvo la mirada un instante antes de responder.
—Yo también te amo.
Anya sonrió, con un gesto cansado pero sincero, y se acomodó un poco mejor entre las almohadas y le hizo una seña para que se acostara a su lado. Evernight, se acomodó enseguida a su lado, abrazándolo por la espalda.
El silencio que siguió no incomodaba a ninguno de los dos. Sino que lo aprovecharon para mantenerse abrazados por un tiempo.
Hasta que Anya, expresó después de un rato, con cierta timidez asomándose en su voz.
—Me gustaría ir de nuevo a un lugar... No sé si es mucho pedir, pero...
Evernight, que se levantó un poco, se inclinó un poco más hacia él, genuinamente interesado, dejando que Anya tomara su tiempo para terminar la idea.
—¿Qué lugar?
Anya dudó, su mirada se mantuvo perdida un segundo en algún punto de la pared, como si intentara poner en palabras algo que él mismo no terminaba de entender.
—Quiero volver al bosque.
Dijo despacio.
—No sé bien por qué, pero... siento que necesito ir, creo que podría comprender lo que pasó si voy.
No dijo más que eso. No mencionó el sueño confuso que tuvo.
Evernight guardó silencio un momento, la mandíbula la tensó apenas un segundo antes de responder. Algo en su mirada se ensombreció brevemente.
—No.
Respondió con firmeza.
―Fue un error desde el principio el haberte llevado a ese bosque.
Anya se giró un poco hacia él.
—Pero yo estoy bien ahora.
Insistió Anya, incorporándose un poco más en la cama, buscando su mirada.
—Por favor.
Evernight no respondió de inmediato. Se quedó mirándolo, la mandíbula tensa, luchando visiblemente contra algo que no terminaba de decir. Cuando por fin habló, su voz salió más baja, despojada de la firmeza de antes.
—No voy a volver a ponerte en peligro.
El caballero cerró sus labios un instante y después dijo en un tono bajo.
—No puedo.
Anya abrió la boca para insistir.
—Señor…
Pero Evernight no le dio tiempo.
—Piensa en mí también, por favor.
Lo interrumpió, y esta vez algo en su expresión se quebró de verdad, la máscara de calma que solía sostener cedió por completo.
—No sabes lo que fue tenerte así, apenas respirando, entre mis brazos. No quiero volver a sentir eso. No quiero perderte.
Anya se quedó en silencio, la súplica que llevaba en los labios se apagó de golpe al ver el rostro de Evernight así, tan frágil.
Bajó la mirada un momento, buscando las palabras correctas.
—No quería que te lastimaras.
Dijo finalmente, con la voz suave, arrepentida.
—Lo siento, fui imprudente.
No sabía bien por qué se había acercado tanto a la orilla ese día, ni qué lo había empujado a inclinarse de esa manera. Pero en su interior sentía que debía disculparse de todos modos, aunque no comprendiera del todo lo que había pasado.
Evernight negó con la cabeza, apretando su mano.
—No es tu culpa.
Se quedó mirándolo un momento más, y algo en Anya terminó por ceder por completo, la inquietud de antes se fue disolviendo en algo más tranquilo.
—Está bien, no insistiré más sobre el bosque.
Evernight cerró los ojos un instante, el alivio era evidente en cada línea de su rostro. Cuando los abrió, Anya ya se había inclinado hacia él, y antes de que pudiera decir algo, sintió los labios de Anya sobre los suyos, un beso lento, cargado de disculpa y de algo más profundo que ninguno de los dos necesitaba nombrar.
Evernight respondió de inmediato, con su mano subiendo hasta su nuca, sosteniéndolo con cuidado.
Cuando se separaron, Anya apoyó la frente contra la suya, ambos respirando el mismo aire por un momento.
—Deberías descansar un poco más, aun falta para que amanezca.
Murmuró Evernight, atrayéndolo contra su pecho.
Anya se dejó llevar, acomodándose entre sus brazos, sintiendo el calor familiar de su cuerpo, el latido constante bajo su oído. Cerró los ojos, y el sueño lo alcanzó pronto, tranquilo esta vez, sin fuego ni voces que lo llamaran desde ninguna parte.
No recordaba con claridad lo que había vivido en el fondo del lago. Los fragmentos se le escapaban como agua entre los dedos, dejando solo una sensación difusa de haber llorado por algo que no lograba recordar. Ni siquiera se había dado cuenta de que, en algún momento de esa oscuridad, había sellado un contrato con un espíritu.
Y en algún lugar en el interior de Anya, Dragkals permaneció en silencio, sin acercarse. El dragón podía sentir la hostilidad que aún flotaba de aquel caballero que dormía al lado de su contratista.
No era el momento. Esperaría.
