Caminaron durante varias horas atravesando senderos cubiertos de nieve hasta que finalmente las murallas de la ciudad aparecieron ante ellos.
Evernight alzó la vista apenas distinguió las enormes compuertas de piedra y reconoció aquel lugar de inmediato. Permaneció observándolo unos instantes mientras el viento agitaba suavemente su cabello oscuro.
¿Cómo podría olvidarlo?
Portmeus.
La antigua ciudad abandonada por los elfos o al menos así la recordaba, ahora era diferente. Incluso desde la distancia podía percibirse la vida tras aquellas murallas.
Anya, por su parte, aceleró un poco el paso. El cansancio de los últimos días parecía haber desaparecido por completo al ver su hogar nuevamente.
—Ya casi llegamos.
Dijo con una sonrisa que no intentó ocultar.
Evernight desvió la mirada hacia él y asintió levemente antes de continuar caminando a su lado. Cuando llegaron frente a las puertas, dos guardias los observaron desde sus puestos. Uno de ellos era humano y el otro un elfo de cabello plateado recogido detrás de la espalda. Ambos tardaron apenas un instante en reconocer al joven.
—¡Anya!
Uno de los soldados abandonó su puesto sin pensarlo dos veces y se acercó hasta él.
—Me alegra tanto verte sano y salvo.
Apoyó una mano sobre su hombro y lo observó de arriba abajo para comprobar que estuviera realmente bien.
—Enviamos un escuadrón cuando notamos que no habías regresado. No encontraron ningún rastro tuyo. No sabes el escándalo que armó aquel anciano loco cuando se enteró de tu desaparición.
Anya sonrió con timidez y se rascó una mejilla.
—Veo que les causé problemas, lo siento... Es solo que la tormenta me tomó por sorpresa y no pude regresar.
Mientras hablaba, bajó la vista un momento antes de volver a levantarla.
—Además, no le digas así a mi maestro. Sabes que no está loco, solo estaba preocupado.
Lehan soltó un suspiro largo, mientras decía.
—Claro, como digas.
Su tono dejaba bastante claro que seguía pensando exactamente lo mismo, por eso Anya se sintió un poco ofendido y Lehan al notarlo se encogió de hombros como si no deseara seguir llevándole la contraria.
Anya abrió la boca para decir algo más, pero terminó deteniéndose con un suspiro, apartando la mirada, claramente frustrado por no poder defender del todo a su maestro, era una verdad conocida por todos que el mago era bastante excéntrico.
Fue en ese silencio que se formó cuando ambos guardias repararon verdaderamente en la presencia de Evernight. El caballero permanecía unos pasos detrás de Anya, inmóvil con una postura firme. Su altura lo hacía destacar de inmediato, pero lo más incómodo eran sus ojos azules, demasiado fríos.
Lehan sintió la mirada encima apenas un segundo y, sin saber muy bien por qué, se paralizó por un instante. El guardia Izar también se mantuvo atento, pero no pudo sostener la mirada demasiado tiempo.
Evernight no decía nada, pero su ceño estaba ligeramente fruncido, la mandíbula apretada y la forma en que observaba a Lehan no era neutral, era una mirada pesada, casi hostil.
Una tensión silenciosa quedó suspendida entre ellos.
Anya lo notó enseguida y giró un poco el cuerpo, intentando romper el ambiente.
—Oh, disculpen, debí presentarlos antes… Lehan, él es un caballero que me ayudó durante la tormenta, sin él no hubiera sobrevivido. Su nombre es Evernight. Debido al clima lo he invitado a quedarse en la ciudad.
Luego se volvió hacia Evernight.
—Señor Evernight, le presento a Lehan y a Izar. Ambos son guardias de Portmeus.
Lehan e Izar intercambiaron una mirada rápida antes de asentir con educación y este último habló primero.
—Un gusto conocerlo.
Evernight inclinó apenas la cabeza como respuesta, su mirada permaneció un instante más de lo normal sobre ellos antes de apartarla lentamente.
Había preferido guardar silencio, ya que sentía la sangre arder cada vez que veía a aquellos guardias ser amables con Anya, sobre todo el tal Lehan, que no dudaba en tocar o abrazar por el hombro a Anya.
Varias veces se contuvo de sacar la espada y cortar aquellas manos imprudentes. Al final aquella presentación terminó de manera pacífica, Anya solo dio un par de detalles más sobre lo ocurrido y luego los dejaron pasar.
Fue después de eso que las enormes compuertas fueron abiertas por los guardianes de Portmeus. Un crujido profundo resonó y entonces el aire frío del exterior se deslizó hacia la ciudad.
Al cruzar las puertas y caminar por un pasillo de piedra, por fin estuvieron frente a la gran ciudad que se extendía frente a sus ojos.
Evernight recorrió la ciudad con la vista, las calles estaban llenas de gente, humanos y elfos caminaban juntos entre los puestos comerciales. Algunos comerciantes discutían precios con clientes mientras varios niños corrían por los caminos empedrados persiguiéndose unos a otros. El aroma a pan recién horneado flotaba en el aire mezclándose con el humo de las chimeneas.
Aquella raza orgullosa convivía con los humanos de una manera que en otros tiempos habría parecido imposible. Era extraño y al mismo tiempo reconfortante.
No habían avanzado demasiado cuando una voz femenina los llamó desde uno de los puestos cercanos.
—¡Anya!
Una elfa de cabello castaño claro y algo regordeta, salió apresuradamente desde un negocio repleto de verduras.
—¡Señora Lyrielle!
La mujer prácticamente lo atrapó en un abrazo.
—¡Gracias a los dioses! Pensé que te habías congelado en alguna montaña.
Anya al ser soltado un poco la miró con una cálida sonrisa.
—Estoy bien.
Su tono suave y cariñoso, hizo que Evernight notara que aquella mujer, era alguien querido para Anya.
—Eso es bueno... Anya, todos estábamos preocupados por ti
Lyrielle que aún lo sostenía por los brazos terminó diciéndole con tono maternal.
—Así que no vuelvas a desaparecer de esa manera.
Anya se encogió de hombros algo tímido y asintió.
—Lo intentaré.
Luego Anya se giró hacia Evernight y volvió a sonreír enseguida, lo presentó y la señora Lyrielle les regaló una bolsa de naranjas y manzanas.
A partir de ese momento, el avance por la ciudad se volvió lento, demasiado lento, cada pocos metros alguien detenía a Anya.
Un anciano quiso saber cómo estaba, una mujer le agradeció por una medicina que le había preparado semanas atrás. Dos niños se acercaron para abrazarlo. Incluso algunos comerciantes salieron de sus negocios para saludarlo.
Evernight observó aquellas escenas en silencio, Anya era querido y hasta cierto punto eso lo hacía sentir un poco inquieto.
¿Cómo podría atraer su atención solo para él, si había tanta gente a su alrededor?
Era evidente que aquel delgado joven había ayudado a muchas personas, sin embargo, cuando aquellos mismos habitantes descubrían la presencia del enorme desconocido que caminaba junto a él, las sonrisas se volvían algo tensas.
Algunos lo saludaban con cautela, otros parecían intimidarse y unos pocos simplemente daban un paso atrás.
Evernight fingió no notarlo, aunque lo hacía. La situación comenzaba a resultarle vagamente agradable, su personalidad posesiva no era algo que pudiera cambiar con facilidad.
Sí, prefería tenerlo solo para sí mismo.
Anya no necesitaba a nadie más, solo a él, solo debía aferrarse a él como siempre lo hizo en el pasado.
Finalmente llegaron al edificio administrativo de la ciudad.
El alcalde de Portmeus, un anciano elfo llamado Alhorís, los recibió en su despacho.
escuchó la historia de los dos y preguntó algunas cosas a Evernight, pero las respuestas fueron cortas, no hubo mucho que decir y el anciano llegó a algunas conclusiones
Evernight, no era una persona común, aquellos ojos azules indicaban una sangre antigua, aun así no hubo nada en él que le hiciera sentir que era un peligro. El desconocido que tenía frente a sus ojos, poseía un aura melancólica, solitaria y sus respuestas señalaron lo que ya sospechaba. Evernight, era un hombre que no tenía a nadie, ni familia ni amigos, tampoco un hogar al cual regresar.
Después de escuchar una explicación resumida de los acontecimientos de aquellas semanas atrapados por las tormentas, el hombre pidió hablar con Anya a solas.
Evernight no mostró ninguna reacción, simplemente salió del despacho y esperó afuera.
A través de la ventana del pasillo podía observar la nieve acumulada sobre los tejados mientras permanecía apoyado contra una pared con los brazos cruzados.
Varios minutos después la puerta volvió a abrirse, Anya salió primero y sonreía.
—Todo salió bien.
Su tono alegre hizo que Evernight alzara una ceja algo divertido, parecía un niño.
—¿Sí?
El joven asintió esta vez con suavidad al darse cuenta que fue demasiado enérgico cuando habló antes.
—Sí.
La sonrisa de Anya se amplió un poco más sin darse cuenta mientras decía.
—Podrá quedarse conmigo.
El caballero sostuvo su mirada durante unos segundos y al acercarse posó su mano sobre la cabeza de Anya, lo despeinó un poco y luego contestó con suavidad
—Ya veo.
Los ojos color avellana temblaron un poco al mirar a Evernight. Entonces bajó su rostro y dijo con las mejillas algo sonrosadas.
—El alcalde dudó un poco al principio —admitió Anya—, pero le aseguré que no era una mala persona.
Evernight casi encontró graciosa aquella explicación.
—Qué amable de tu parte.
Anya no pareció notar el tono, sobre todo, porque el toque de aquel hombre bajó hasta su mejilla, y la sensación de su acaricia suave lo hizo tensarse y tartamudear.
—V- Vamos, m- mi casa queda un poco más lejos.
Evernight, satisfecho con provocar aquella reacción, retrocedió un paso y lo dejó guiarlo hasta la vivienda que estaba situada en la periferia de la ciudad, lejos del bullicio del centro.
Al llegar a aquel lugar, pudo observar que no era una casa especialmente grande, pero tampoco pequeña. Tenía una cocina unida al comedor, dos habitaciones y un baño.
Era sencilla, acogedora y estaba bastante limpia.
Evernight recorrió el lugar con una mirada tranquila mientras Anya dejaba sus cosas cerca de la entrada.
Realmente no le importaba demasiado dónde se encontraba, para él, el lugar era irrelevante, lo importante era quién vivía allí.
Como ya era tarde, Anya comenzó a preparar la cena. Mientras tanto insistió en prestarle ropa seca a su nuevo invitado.
Evernight terminó aceptando, cuando salió de la habitación usando los pantalones y la camisa del joven, Anya se quedó observándolo unos segundos. Después algo decaído hizo una mueca, juntando sus labios apretándolos con fuerza.
—Definitivamente mañana debemos comprarle ropa.
Evernight bajó la vista hacia los pantalones que eran demasiado cortos.
—No es necesario… solo debo esperar a que mi ropa se seque.
Anya, que no escuchó nada al estar perdido en sus pensamiento, soltó un suspiro mientras volvía a remover el contenido de la olla.
Comparado con aquel hombre, se sentía escuálido y bastante poco impresionante.
Evernight percibió perfectamente aquella expresión, aunque no sabía exactamente por qué era. Así que se acercó hasta el joven.
No dijo nada, pero encontró aquella reacción extrañamente adorable.
—El invierno todavía durará bastante —continuó Anya casi en un murmullo mientras removía la cazuela de pollo—Debería conseguirle unas botas nuevas. Tal vez una capa.
Parecía estar hablando consigo mismo, por eso Evernight, fingió acercarse a oler un poco la comida mientras lo cubría con su brazo por la espalda hasta posar su mano sobre la cadera de Anya.
—Como desees, estoy agradecido con toda la ayuda que me puedas dar.
El joven distraído, levantó la vista hacia su acompañante y dijo lo que pensaba con inocencia.
—Y probablemente guantes.
Evernight que estaba frente a su rostro al estar un poco agachado, se quedó solo observando su rostro que pasaba a un color rojizo de nuevo.
―Oh...Yo
Los labios de Anya se abrieron por la sorpresa, entonces la mano grande de Evernight abandonó la cadera del joven y fue llevada hasta su rostro. Con absoluta naturalidad, tomó un mechón de cabello castaño claro que había caído sobre sus ojos y lo acomodó detrás de su oreja.
La voz de Anya murió en mitad de la frase, incluso el cucharón dejó de moverse y durante un instante se quedó embobado mirándolo. Luego giró el rostro hacia la olla.
—P- Pronto estará listo el caldo.
Su voz salió de nuevo con leve tartamudeo, era tan adorable ante los ojos de Evernight. Esta era su segunda vida y Anya seguía siendo el mismo joven inocente.
Este giró su rostro lejos de la de Evernight y volvió a decir tropezando un poco en sus palabras
—D- debería ir a s- sentarse. Ya le serviré.
Evernight comprendió enseguida que era momento de retroceder y sin insistir se alejó.
Anya observó su espalda ancha más tiempo del necesario, solo reaccionó cuando el caballero ya sentado volvió la vista hacia él, entonces se apresuró a terminar la cena.
Poco después ambos estaban sentados frente a frente compartiendo una comida sencilla. La cazuela estaba caliente, la ensalada era fresca y el jugo de durazno resultaba agradable después de tantos días sobreviviendo prácticamente con carne de conejo.
Anya fue quien sostuvo la mayor parte de la conversación, aunque constantemente terminaba por desviar su mirada.
Le habló de la ciudad, de los comerciantes, de algunos vecinos. Y, por supuesto, de Saverio.
—Mañana tal vez podría conocer a mi maestro.
Mientras hablaba, apoyó un codo sobre la mesa y sonrió, cada vez que hablaba del mago todo su rostro se iluminaba y olvidaba un poco su timidez.
—Es un poco extraño, pero es una buena persona. Solo debe escucharlo sin prejuicios y lo notará.
Una sombra de diversión apareció fugazmente en los ojos de Evernight.
—Lo tendré en cuenta.
El joven pareció satisfecho con aquella respuesta y continuó hablando unos minutos más antes de hacer una nueva pregunta.
—¿Y usted qué piensa hacer?
Evernight dejó el vaso sobre la mesa y permaneció unos segundos observando el reflejo de la luz sobre el cristal antes de responder.
—Necesito encontrar trabajo.
Los ojos de Anya brillaron con interés mientras preguntaba.
—¿Como mercenario?
Anya inclinó ligeramente la cabeza mientras esperaba la respuesta, Evernight, apretó uno de sus puño controlando sus impulsos de tocarlo, porque deseaba acariciarlo, tomar su mano, cada vez que movía aquellos finos labios, sentía el impulso de besarlo.
—Tal vez… O cualquier labor física que pague lo suficiente.
El muchacho asintió de inmediato y volvió a sonreír con alegría.
—Entonces mañana también puedo ayudarlo con eso.
Tomó un poco más de caldo antes de continuar.
—Hay varias personas que siempre necesitan ayuda durante el invierno.
Evernight, que tomó su vaso de jugó, dejo una pequeña pregunta.
—¿Sí?
Anya, asintió dos veces.
—Claro.
Entonces el caballero llevó el jugo a sus labios, dio un trago fuerte antes de que Anya continuara hablando.
—Después de todo usted me ayudó durante toda la tormenta.
Una sonrisa sincera apareció en el rostro de Evernight.
—Si, es así, aceptaré tu ayuda.
Y el joven que se sorprendió ante lo que veía sin darse cuenta terminó sonriendo también.
***
A la mañana siguiente, Anya llevó a Evernight al centro de Portmeus para presentarle a algunas personas de la ciudad. La nieve seguía cubriendo los tejados y los bordes de las calles, aunque el sol invernal hacía brillar el hielo con destellos suaves mientras avanzaban entre el movimiento de comerciantes y artesanos.
Apenas llegaron a la plaza principal, una mujer de cabello negro levantó la mano desde un puesto de telas.
—¡Anya! ¿Ya regresaste a trabajar?
La vendedora preguntó con una sonrisa amplia y Anya negó con su rostro.
—Aún no he abierto la tienda, ya que hoy le estoy mostrando la ciudad a mi invitado, él es el señor Evernight, desde ahora en adelante se quedará en el pueblo.
Respondió Anya llevándose una mano a la nuca, parecía algo tímido.
La mujer desvió la mirada hacia Evernight y sus ojos se abrieron ligeramente al verlo tan alto y de aspecto tan imponente.
—Oh ya veo… Así que es un invitado.
Anya se aclaró la garganta antes de responder con naturalidad forzada.
—Sí, el señor Evernight fue quien me ayudó cuando estuve perdido durante la tormenta.
—Ya veo…
Dijo la mujer, sonriendo con suavidad.
—Entonces Portmeus le debe un favor.
Evernight inclinó apenas la cabeza en señal de saludo. Entonces Anya se excusó para continuar caminando antes de que la conversación se alargara demasiado.
Durante la mañana le presentó a varios conocidos, un herrero llamado Dorven, una panadera elfa llamada Miriel, y un anciano carpintero humano llamado Hargan, quien observó a Evernight de arriba abajo antes de soltar una carcajada.
—Con esos brazos puedes cargar más madera que tres hombres juntos. Si buscas trabajo, estoy seguro que en este pueblo no tendrás problemas…. Claro que podrían explotarte un poco.
El anciano siguió limando una mesa, mientras Anya protestó un poco avergonzado.
—Hargan.
El carpintero se encogió de hombros como si no hubiera dicho nada malo.
—¿Qué? Solo digo la verdad.
Evernight soltó una leve exhalación que casi parecía una risa.
―Está bien, gracias por decirlo, me alivia que necesiten personas para trabajar.
Anya, echó una mirada hacia Evernight, el cual estuvo conversando un poco con el anciano, aunque sus respuestas eran un poco cortantes, no dejaba de ser amable.
Hasta ayudó al anciano a partir madera en la parte trasera de aquella propiedad. El joven Anya, se quedó observando en silencio mientras bebía un vaso de jugo de manzana que ofreció el viejo Hargan, simplemente no pudo quitar la vista de Evernight.
Más tarde, Anya lo llevó hasta el edificio del gremio de trabajadores de Portmeus. No era un lugar elegante ni especialmente ordenado, pero sí uno de los más concurridos de la ciudad. El interior olía a papel viejo, madera húmeda y humo de tabaco. Había un par de mesas dispersas donde algunos hombres bebían alcohol y conversaban en voz baja, mientras en una de las paredes principales se extendía una gran pizarra de madera donde se acumulaban decenas de encargos escritos por los habitantes del lugar; Reparaciones de viviendas, transporte de mercancías, limpieza de caminos tras las nevadas, caza de bestias salvajes, escoltas para viajeros y comerciantes, ayuda en almacenes entre otras cosas.
—Aquí cualquiera puede tomar trabajos temporales…
Explicó Anya mientras señalaba la pizarra.
—Portmeus no tiene grandes compañías mercenarias, así que muchas tareas se manejan así.
Evernight observó con calma, deteniéndose en la división de la pizarra. Una mitad estaba destinada a trabajos cotidianos, los que aseguraban el funcionamiento de la ciudad; la otra, menos concurrida, contenía encargos más peligrosos, propios de escoltas armados o cacerías de criaturas. No eran trabajos que parecieran encajar con una vida estable, más bien como alguien que pasaba temporadas fuera de Portmeus, algo que por ahora no parecía interesarle.
A unos metros, detrás de un mostrador de madera reforzada, un hombre robusto levantó la vista hacia ellos.
—¿Alguien nuevo?
Anya se giró enseguida hacia Rolman y respondió con un tono bajo.
—Sí, se quedará un tiempo en la ciudad, así que hemos venido a ver qué trabajos habían...
El hombre, que parecía encargarse del registro, observó a Evernight durante unos segundos con atención, evaluándolo sin disimulo. Luego sonrió con satisfacción.
—Entonces llegaste al lugar correcto. Siempre hacen falta manos fuertes.
Y manos fuertes era precisamente lo que encontraron.
Evernight no respondió de inmediato. En cambio, llevó una mano hacia su ropa y sacó una pequeña bolsa de cuero. Al abrirla, dejó ver un conjunto de monedas antiguas de cobre y plata, desgastadas por el tiempo, con grabados que ya no pertenecían a la era actual.
El cambio en la atmósfera fue inmediato.
El hombre detrás del mostrador entrecerró los ojos y se inclinó un poco hacia adelante.
—…Esas monedas…
Anya también se acercó sin darse cuenta, mirando con sorpresa el contenido de la bolsa.
—Son antiguas…
Murmuró el hombre, con un interés que crecía a cada segundo.
El reconocimiento era evidente, no era dinero en circulación, pero tampoco chatarra. Aquello podía fundirse, reutilizarse o incluso venderse y ganar más de lo esperado.
El rostro del hombre se iluminó con una sonrisa interesada.
Anya, al notar esa expresión, dio un paso al frente de inmediato, colocándose apenas entre ambos sin ser agresivo, pero con una firmeza evidente.
—No intente estafarnos.
Su tono fue bajo, pero lo suficientemente claro como para marcar distancia.
—Aunque no sea dinero actual, sigue teniendo valor. Puede venderse a algún coleccionista o fundirse.
El hombre levantó ambas manos con gesto relajado, como si el asunto no le afectara en absoluto.
—Bien, bien… jamás estafaría a mis buenos amigos.
La tensión se diluyó lo justo para continuar.
Al final, tras algunas evaluaciones rápidas, Evernight recibió una suma suficiente para sobrevivir aproximadamente unos meses sin problemas. No era una fortuna, pero sí lo bastante estable como para que no dependiera de nadie.
Anya lo miró de reojo mientras el intercambio terminaba.
—¿De dónde sacaste esas monedas?
Evernight guardó silencio un instante, como si decidiera cuánto decir.
—Las encontré en la ropa de un muerto… fuera de la Muralla de la Noche.
La frase cayó con naturalidad, pero el ambiente se volvió más pesado.
Anya abrió la boca, dispuesto a preguntar más, pero se detuvo. Evernight ya había cerrado el tema con su silencio cuando comenzó a caminar lejos de él, dejando claro que no pensaba profundizar en el tema.
Tras unos segundos, Anya caminó detrás de él. Había demasiadas cosas peligrosas fuera de Portmeus como para cuestionarlo demasiado, y la Muralla de la Noche no era un lugar común.
Después de eso decidieron continuar con su recorrido por la ciudad y entraron a una tienda grande que combinaba armería, vestimenta y equipo de viaje en un mismo espacio. En el interior convivían armas colgadas en las paredes, armaduras de distintos tipos y estantes con ropa resistente para el invierno o para el combate. El sonido del metal al ser probado y el roce de telas gruesas llenaban el ambiente mezclándose entre sí.
Evernight no dudó en elegir ropa funcional, piezas cómodas que pudieran adaptarse a una armadura. También seleccionó una armadura ligera de cuero reforzado con metal. Sus propias protecciones, desgastadas por el tiempo, ya no ofrecían la resistencia adecuada.
Anya se detuvo en una daga, la observó con interés y con la yema de uno de sus dedos la tocó con suavidad, pero pronto su atención se desvió hacia Evernight quien revisaba una capa, pero esta vez había algo distinto en su mirada. No era curiosidad por lo que elegía Evernight… sino otra cosa.
Había intentado cumplir su palabra de comprarle ropa nueva. La ropa que Evernight usaba ahora estaba deteriorada por el tiempo, y aun así él seguía utilizándola. Anya había querido encargarse de eso, pero cada vez que intentó hablarlo, terminaba por quedarse en silencio.
Ahora lo veía elegir todo por su cuenta y eso lo hizo sentir… decepcionado, de una forma extraña que no terminaba de comprender.
Bajó la mirada un instante.
—…Debería haber dicho algo antes.
Se llevó ambas manos a las mejillas y se dio un pequeño golpe suave, como intentando sacudirse ese pensamiento.
—¿Por qué me siento así…? Es mejor así. Ni siquiera tuve que usar mi dinero ahorrado.
Evernight, que había notado su expresión decaída desde hacía un rato, no dijo nada. Pero su mirada se detuvo un segundo más de lo habitual en él.
Poco después ambos salieron de la tienda y caminaron un tiempo cuando de repente Evernight se alejó de Anya sin decir palabra.
Anya lo siguió con la vista, confundido. Cuando regresó unos minutos después, llevaba en la mano una paleta dulce con forma de árbol.
—¿Eh…?
Evernight simplemente se la extendió y Anya la tomó aun un poco desconcertado.
―Es tuyo.
Su tono no fue amable al contrario, casi fue una orden, pero aun así sin explicación, el peso que hasta hace un momento sentía Anya en su pecho desapareció y una sonrisa pequeña se le escapó.
Evernight, al ver esto posó la mano sobre su suave cabello castaño, lo desordenó un poco y sonrió junto a él.
El resto del recorrido por el mercado transcurrió entre voces alegres, vendedores, colores y un ambiente concurrido. Portmeus, pese al invierno, seguía viva. El sonido de las conversaciones, las risas y el choque de mercancías llenaban el aire.
Anya caminaba junto a Evernight y aunque notó la cercanía del caballero en ese momento no pensó en profundidad sobre ello. A veces una mano se posaba con naturalidad sobre su hombro para guiarlo entre la multitud, otras, Evernight lo sujetaba suavemente por la cadera para evitar que la gente lo empujara entre el flujo de personas.
Cada contacto lo ponía ligeramente nervioso, pero no le resultaba desagradable. Al contrario, terminó aceptándolo como si fuera algo normal, aunque su rostro lo traicionara con un leve rubor ocasional.
Evernight lo notó y tuvo que contener aquella sensación fuerte de querer abrazarlo, no dijo nada y necesitó de todo su autocontrol para apartar la mirada.
Cuando regresaron a casa, ya había caído la tarde y la luz del día comenzaba a extinguirse. Después de cenar, Anya quiso retirarse hacia su habitación, agotado por el día, pero Evernight lo detuvo antes de que pudiera entrar.
El caballero sacó del bolso un objeto envuelto en tela y se lo extendió sin decir mucho.
Anya lo miró con confusión antes de acercarse.
—¿Qué es esto?
Evernight como siempre contestó de manera tosca y lo dejó en sus manos.
—Es para ti.
El joven que lo miró extrañado, al final deshizo con cuidado el envoltorio y dentro había una daga, la cual reconoció de inmediato.
Era la misma que había estado observando en la tienda, la que le había gustado en silencio, aunque nunca había dicho nada, porque sabía que era demasiado cara para él.
El mango era sencillo pero bien equilibrado, la empuñadura cómoda, y la funda estaba adornada con pequeñas piedras que le daban un aspecto elegante sin ser ostentoso.
—Es una compensación y un agradecimiento por permitirme quedarme aquí.
Anya levantó la vista de inmediato, nervioso.
—No es necesario… de verdad… que no.
Intentó devolvérsela, pero Evernight no se lo permitió. Su mano sostuvo la daga con firmeza, sin agresividad, pero con una decisión clara.
—Ya es tuya. Si no la quieres, puedes tirarla.
Su voz fría e indiferente hizo que Anya se quedara quieto en silencio unos segundos. Fue claro que no aceptaría un rechazo, finalmente, la aceptó.
―Muchas gracias, me encanta.
Las mejillas de Anya cambiaron a un color rojizo al igual que sus orejas, Evernight se lamio los labios al notarlo y casi alzó su mano para acariciar aquella oreja roja. Tal vez podría morderla. Pero después de todo, aquella imagen de agacharse lamer y morderlo solo quedó en el fondo de su mente.
―Está bien, no es nada.
La conversación no se extendió mucho más, ya que cada uno se retiró a su habitación. Evernight, al cerrar la puerta se llevó la mano hacia el rostro, mientras que su pantalón se abultaba más y más.
Anya, por su lado, se sentó en la cama y observó la daga con detenimiento. Pasó los dedos por la funda, sintiendo la textura de las piedras, y luego desvió la mirada hacia la otra espada que Evernight también le había regalado cuando estuvieron en la cueva.
Sin darse cuenta, una pequeña sonrisa se le escapó.
Se recostó poco después, pero el sueño no llegó fácilmente. Giró en la cama varias veces, incapaz de encontrar descanso. Algo en él seguía inquieto, como si su cuerpo no terminara de acostumbrarse a la cama, desde la noche anterior que le pasaba esto.
No quería admitirlo, pero aquellos días en la cueva habían cambiado algo en Anya.
El calor del cuerpo de Evernight en su mente aún era claro, casi lo podía sentir en su piel. Durante aquella semana en la cueva, su presencia le había permitido dormir sin dificultad… y ahora, que estaba solo se sentía un poco inquieto.
Su mirada terminó yendo hacia la puerta, como si esperara que alguien la cruzara.
Se dio un pequeño golpe en el rostro.
—Ya duerme, Anya… no sigas pensando.
Finalmente, después de una lucha interna que duró varios minutos, logró cerrar los ojos y caer en un sueño profundo.
***
Al día siguiente, Anya finalmente lo llevó a conocer a su maestro.
La casa de Saverio estaba llena de libros, frascos extraños y objetos mágicos acumulados en cada rincón. Apenas Evernight cruzó la puerta, el anciano levantó la vista desde un pergamino.
Los ojos del mago se estrecharon de inmediato.
—Así que tú eres el hombre que encontró a mi aprendiz.
Evernight, no se inmutó ni un poco por el tono áspero del anciano y respondió con calma.
—Así es.
Saverio se acercó lentamente, apoyándose en su bastón. Lo observó como si intentara leer algo escrito bajo su piel.
—Interesante… muy interesante.
Anya, que había estado observando la escena con cierta tensión creciente en los hombros, forzó una sonrisa algo nerviosa para romper el ambiente.
—Maestro, intente no intimidarlo apenas lo está conociendo.
Saverio inclinó apenas la cabeza, sin dejar de mirar a Evernight, y luego soltó una breve exhalación, casi divertida.
—Yo no intimido a nadie. Solo lo estoy saludando.
La tensión quedó suspendida un instante en el aire, densa y silenciosa… hasta que un golpe insistente contra la puerta rompió el momento, resonando con fuerza en toda la habitación.
—¡Anya! ¿Estás ahí?
Alzó la voz una mujer desde afuera y el joven primero que miró a su maestro y luego a Evernight con nerviosismo, finalmente dijo, aunque no deseaba dejarlos a solas por lo excéntrico del mago.
―Disculpen, iré a ver quién es.
Anya salió del salón y el sonido de sus pasos se fue apagando por el pasillo. Al abrir la puerta, reconoció de inmediato a la visitante, era Lilia, la vecina de al lado. Su expresión era inquieta, y apenas intercambiaron un par de palabras, Anya entendió que su pequeño hijo estaba enfermo.
Sin dudarlo, asintió.
—Claro, iré contigo.
Le pidió un momento, regresando al salón mientras tomaba su bolso de hierbas. Se detuvo un instante en la entrada, mirando a ambos con cierta duda, como si quisiera decir algo más.
—Maestro, vuelvo en un momento.
Intentó añadir alguna advertencia, alguna frase de cortesía, pero al final solo apretó los labios y pensó…
¿Qué podría salir mal?
Entonces, salió con Lilia. La puerta se cerró tras él, y en cuanto el sonido de la manija marcó el silencio, el ambiente dentro del salón cambió.
Saverio dejó de sonreír.
—Eres un Andarliano.
Evernight no respondió de inmediato. Su mirada se mantuvo fija en el mago, sin alterarse.
—¿Y eso importa?
Saverio apoyó ambas manos sobre el bastón, inclinándose apenas hacia adelante, como si la conversación recién comenzara.
—Importa cuando un hombre con la sangre del rey del norte aparece de la nada y termina viviendo junto a mi aprendiz.
Hizo una pausa breve, midiendo cada palabra antes de continuar.
—Dime una cosa, muchacho… ¿qué podría querer la sangre del rey del norte de un herbolario de Portmeus?
Por primera vez, la expresión de Evernight cambió apenas, un leve matiz oscuro, había posesividad en su mirada, aunque su voz permaneció estable.
—No planeo nada.
Saverio soltó un murmullo bajo, casi como una risa sin humor.
—Curioso…
Dijo despacio.
—Tu nombre coincide con el del rey desaparecido de Tildeon, pero eso sería imposible. Han pasado más de doscientos años desde que el rey llamado Evernight desapareció. Hasta los muertos tienen más posibilidades de regresar que un hombre perdido durante dos siglos.
Evernight, Respondió con voz grave y desvergonzada.
—Entonces no hay nada que temer.
Saverio lo observó en silencio durante un largo tiempo, claramente insatisfecho, como si intentara atravesarlo con la mirada. Luego bajó un poco la voz.
—¿Qué deseas realmente de Anya?
Evernight sostuvo su mirada sin vacilar.
—Nada que vaya a dañarlo.
El mago entrecerró los ojos, frunciendo el ceño disgustado
—Eso no responde a mi pregunta.
La expresión de Evernight se mantuvo inalterable, aunque la tensión entre ambos seguía creciendo en silencio.
—Es la única respuesta que voy a darle por ahora.
Antes de que la tensión pudiera escalar, la puerta se abrió nuevamente.
Anya regresó al salón, sin notar el cambio en el aire, acomodando su bolso de hierbas con naturalidad.
—Ya regresé.
Saverio golpeó suavemente el suelo con su bastón y, como si nada hubiera ocurrido, recuperó su sonrisa excéntrica.
—Excelente… ¿Ahora deberíamos tomar un poco de té con galletas?
Lo demás fue historia, Anya sonrió más veces que en todos los días que estuvo con Evernight, se notaba que quería mucho a su maestro.
Al final tanto el mago como el caballero fingieron amabilidad y armonía debido a Anya, y la velada terminó mejor de lo esperado.
***
Durante las semanas siguientes, Evernight trabajó casi todos los días. Ayudó a reparar techos dañados por las tormentas de nieve, cargó enormes barriles y cajas para los comerciantes, trasladó troncos desde las afueras y reforzó varias casas cuyos muros habían cedido por el invierno. La gente comenzó a hablar de él rápidamente.
—Ese hombre puede levantar una viga enorme él solo si lo deseara.
Comentó un comerciante.
—Y trabaja sin quejarse.
Añadió otro.
—Aunque bueno, da un poco de miedo cuando se queda callado
Susurró una mujer, aunque no parecía muy asustada.
Con el paso de los días, Evernight comenzó a ayudar también con el entrenamiento de los jóvenes que protegían la ciudad. Portmeus no tenía una verdadera milicia, solo un pequeño grupo de hombres y mujeres que se encargaban de la seguridad.
En el campo de entrenamiento, un muchacho llamado Roder intentó atacar con demasiada fuerza y perdió el equilibrio. Evernight detuvo el golpe con facilidad y le devolvió la espada de madera.
—Tu fuerza es buena —dijo con calma—, pero si pierdes el equilibrio, alguien más fuerte te derribará inmediatamente.
—¿Y qué hago?
Preguntó el joven, jadeando.
—Primero aprende a mantenerte en pie. Luego aprende a golpear.
Los demás comenzaron a escucharlo con atención, incluso Lehan terminó participando algunos días, aunque jamás admitía que estaba aprendiendo cosas nuevas.
—No sabía que un cargador de barriles también enseñaba espada.
Bromeó una tarde.
—Y yo no sabía que un caballero necesitara tantas correcciones para llenar los agujeros de su inutilidad.
Respondió Evernight con total tranquilidad.
Los jóvenes soltaron carcajadas mientras Lehan protestaba.
Aquella noche, durante la cena, Anya le explicó algo que preocupaba a muchos en la ciudad.
—Últimamente han aparecido más bandidos cerca de los caminos. También hemos tenido problemas con algunos magos nigromantes que viajan por la región. Portmeus no tiene suficientes personas fuertes para defenderse si ocurre algo grande.
Evernight dejó el pan sobre la mesa.
—Entonces necesitan más gente preparada.
Anya dio un suspiró algo cansado mientras asentía.
—La ciudad está demasiado acostumbrada a vivir en paz y por lo que he escuchado desde hace unos años las cosas han ido cambiando, así que es normal que se piense en fortalecer la seguridad.
Evernight lo observó unos segundos antes de responder con calma.
—Entonces, seguiré ayudando con el entrenamiento mientras esté aquí.
Anya, lo miró con sorpresa al escucharlo, luego sonrió sin darse cuenta de lo mucho que aquella respuesta le alegraba.
Y así pasó el primer mes en Portmeus.
Anya atendía su pequeña botica durante el día, preparando mezclas de hierbas, entregando medicamentos y visitando enfermos, mientras Evernight trabajaba donde hiciera falta, reparando casas, transportando mercancías o entrenando a los defensores de la ciudad.
Al final, solo se veían por las mañanas y por las noches, pero cada vez que coincidían, Evernight encontraba alguna excusa para tocarlo, una mano breve sobre su hombro al pasar, unos dedos apartando un mechón de cabello, una caricia fugaz en la espalda al entrar a la casa.
Nunca era demasiado evidente, solo lo suficiente para poner a Anya nervioso cada vez que lo hacía, eso, poco a poco, comenzó a provocar que el joven esperara algo inquieto que Evernight se acercara y lo hiciera.
***
El invierno continuó avanzando sobre Portmeus.
Las nevadas se habían vuelto menos frecuentes, aunque la nieve seguía cubriendo los tejados y acumulándose en los bordes de los caminos. El aire continuaba siendo frío, pero nada comparado cuando fue el comienzo del invierno.
Los habitantes de la ciudad ya se habían acostumbrado a la rutina de aquellos meses, retomando poco a poco el ritmo de siempre. Para Anya, sin embargo, con cada día que pasaba algo cambiaba, que hacía que se comportara fuera de lo normal. Al principio apenas lo notó. Luego empezó a resultarle imposible ignorarlo.
Cada mañana encontraba alguna razón para fijarse en Evernight, cualquier cosa que él hacía lo hacía sentir feliz o triste, algo extraño que aún no comprendía era que cada vez parecía esperar un poco más.
Cuando una mañana el señor Evernight comenzó a abrazarlo por la espalda mientras Anya preparaba el desayuno, al principio pegó un respingo asustado, luego solo se avergonzó, después no pudo evitar sonreír divertido, cada vez que el caballero algo adormilado se apoyaba en él y se agachaba para preguntar qué cosa comerían.
Siempre su vista lo perseguía, ya fuera cuando salía temprano para aceptar algún trabajo en el gremio o cuando lo veía que regresaba cubierto de nieve después de ayudar a reparar una vivienda o levantar enormes vigas como si apenas pesaran. Otras veces se detenía unos instantes a observarlo mientras entrenaba a los jóvenes que protegían la ciudad. Sin darse cuenta, terminaba buscándolo con la mirada incluso cuando no estaba cerca.
Aquello era absurdo, completamente absurdo.
Y, sin embargo, por mucho que intentara convencerse de ello, seguía ocurriendo.
Como aquella tarde… Anya acababa de terminar una entrega de medicamentos cuando escuchó varias risas cerca de la plaza. Al levantar la vista encontró a Evernight conversando con algunas personas del pueblo.
Entre ellas estaba Elisa, la mujer más hermosa de Portmeus. Al menos esa era la opinión de prácticamente toda la ciudad.
Su cabello dorado brillaba bajo la tenue luz del invierno y sus ojos verdes parecían capaces de atraer la atención de cualquiera y claramente lo intentaban.
Anya observó cómo ella sonreía mientras hablaba con Evernight. Parecía buscar cualquier excusa para prolongar la conversación y, antes de despedirse, incluso se acercó para acomodarle con delicadeza el cuello de la capa.
Después volvió a sonreír, demasiado… Muchísimo.
Anya permaneció observándolos un instante más, sin comprender por qué aquella escena le resultaba tan desagradable. Al final terminó reanudando la marcha, aunque apenas había dado un par de pasos cuando sintió el impulso de acelerar hasta quedar frente a ellos.
—Buenas tardes.
Elisa volvió el rostro hacia él sin perder la sonrisa, como si la interrupción no hubiera cambiado en absoluto su buen humor.
—Anya, justo necesitaba de tu ayuda, estaba hablándole a tu amigo de que la primavera pronto llegará y por tanto los preparativos del festival. Así que para ese día no debería estar sin una compañera en el festival, deberías decirle que acepte a alguna señorita, ya que se ha negado por completo ¿No lo encuentras devastador?
Aquello no mejoró su humor, sin darse cuenta, sujetó con un poco más de fuerza la cesta que llevaba entre las manos antes de responder.
—Oh, ya veo, luego lo haré, estoy ocupado ahora.
La respuesta salió bastante más seca de lo que había pretendido.
Elisa arqueó apenas una ceja, sorprendida por el cambio de tono, mientras Evernight permanecía observando a Anya con atención. Había notado la rigidez de sus hombros y la manera en que evitaba sostenerle la mirada, como si algo lo incomodara.
Por un instante estuvo a punto de seguirlo cuando el joven volvió a echarse a andar.
Sin embargo, terminó quedándose donde estaba. Había decidido acercarse de a poco a Anya y ocultar sus verdaderos colores. No podía mostrarle su oscuridad, porque no podría aceptar su rechazo, estaba seguro que terminaría por romperlo si eso ocurría. Así que algún día haría que lo aceptara por completo. Luego jamás permitiría que se alejara de su lado.
Aquella breve escena no dejó de rondarle la cabeza durante el resto del día.
Esa noche, mientras compartían la cena, Anya habló mucho menos de lo habitual. Respondía con frases cortas, mantenía la vista fija en el plato y apenas levantaba la cabeza para mirarlo de vez en cuando.
Evernight lo notó desde el principio, no hizo comentarios ni intentó presionarlo. Se limitó a observarlo con discreción, esperando que, si algo ocurría, Anya terminara contándoselo por su cuenta, pero aquello no sucedió.
Al día siguiente el comportamiento fue exactamente el mismo y al otro también, eran cambios pequeños, casi imperceptibles para cualquiera que no conviviera con él, respuestas más breves, silencios prolongados y momentos en los que parecía quedarse absorto en sus propios pensamientos mientras realizaba las tareas más sencillas.
Evernight comenzó a prestarle todavía más atención, cuanto más lo observaba, más convencido estaba de que algo estaba pasando. No sabía qué era, pero estaba seguro de que había algo molestándolo.
Mientras tanto, los rumores seguían extendiéndose por Portmeus, como siempre ocurría en una ciudad donde todos terminaban enterándose de la vida ajena.
Una mañana, mientras atendía a una anciana en la botica y trituraba unas hierbas medicinales, Anya escuchó una conversación al otro lado del mostrador que habría preferido no oír.
—Yo digo que Elisa terminará casándose con él.
La otra mujer levantó la vista con curiosidad, deteniendo por un momento la pequeña bolsa de hierbas que sostenía entre las manos.
—¿Con Evernight?
Su compañera soltó una risita divertida y respondió como si la respuesta fuera evidente.
—¿Con quién más?
La segunda terminó riendo también, contagiada por el entusiasmo de la otra.
—Bueno... tendría sentido. Son una pareja muy atractiva.
Anya apretó el mortero con tanta fuerza que los nudillos comenzaron a palidecer.
Las dos ancianas siguieron conversando, completamente ajenas al gesto del joven, una de ellas se inclinó un poco hacia la otra, bajando apenas la voz.
—Además, Elisa lleva semanas persiguiéndolo.
La otra asintió enseguida, convencida.
—Y él nunca la ha rechazado.
Su compañera dejó escapar un leve suspiro antes de continuar.
—Eso es verdad.
Luego sonrió con aire satisfecho, como si el asunto estuviera decidido.
—Yo diría que tiene posibilidades.
El golpe del mortero contra el recipiente resonó bastante más fuerte de lo necesario y las dos ancianas giraron la cabeza al mismo tiempo para mirarlo.
—¿Ocurre algo, querido?
Anya continuó triturando las hierbas sin levantar la vista. Tardó apenas un instante en responder, procurando que su voz sonara tan tranquila como siempre.
—No, nada, creo que lo he hecho con demasiada fuerza.
La mujer entrecerró ligeramente los ojos, estudiándolo con atención.
—¿Seguro?
Anya como respuesta le regalo una sonrisa mientras seguía trabajando, sin detener el movimiento de las manos.
—Sí, señora, no se preocupe.
Las dos intercambiaron una mirada cargada de complicidad, ninguna de las dos pareció creerle.
A la mañana siguiente los rumores continuaron sin detenerse y Anya se sentía que estaba en su límite y no comprendía el por qué, lo cual lo frustraba más. Él debería estar contento por Evernight, después de todo lo consideraba un amigo, pero estaba molesto, por eso no pudo hablarle, temía decir algo que no debía.
Durante esos días aquellos rumores los escuchó en el mercado mientras compraba nuevas provisiones para la botica.
Otras veces en la plaza, cuando entregaba algún remedio, ni siquiera el campo de entrenamiento escapó a los comentarios.
Aquella tarde, mientras los jóvenes guardaban las espadas de madera al terminar la práctica, uno de ellos levantó la voz con una sonrisa burlona, aprovechando que todos estaban relajados después del entrenamiento.
—¿Cuándo será la boda?
Varios alzaron la cabeza al mismo tiempo.
Uno de los muchachos lo miró sin entender, todavía sosteniendo la espada de madera sobre el hombro.
—¿Qué boda?
El primero soltó una carcajada antes de responder.
—La de Evernight y Elisa.
Las risas estallaron entre el grupo, mezclándose con las bromas que comenzaron a lanzarse unos a otros.
Anya fingió no haber escuchado nada. Se limitó a aplicar la medicina al joven que había sufrido una herida durante la práctica, al final abandonó el lugar antes de que la conversación pudiera continuar.
Aquella noche apenas probó la comida.
Evernight no hizo ningún comentario, sin embargo, al verlo tan callado por cuarto día consecutivo terminó completamente convencido que Anya estaba molesto y que necesitaba conocer la razón. No podía permitir que él se alejara.
***
Aquel fin de semana, Anya decidió salir de la ciudad para recolectar hierbas. No era algo extraño; lo hacía constantemente, incluso en invierno, cuando muchas plantas crecían ocultas bajo la nieve o entre las rocas húmedas del bosque. Sin embargo, aquella mañana había algo diferente en él. Se movía en silencio por la casa, guardando sus herramientas y acomodando las bolsas de tela dentro de la cesta sin decir una palabra.
Evernight lo observó desde la mesa mientras el joven terminaba de prepararse. Había aprendido a reconocer sus pequeños cambios de humor, y aquel silencio no se parecía al de otros días.
Cuando Anya tomó la cesta y se encaminó hacia la puerta, habló dándole la espalda.
—Voy al bosque.
Evernight levantó la vista de inmediato y dejó a un lado la taza que sostenía.
—Te acompaño.
Anya hizo una breve pausa antes de apoyar la mano sobre el picaporte.
—No es necesario.
El caballero ya se estaba poniendo de pie, como si aquella respuesta jamás hubiera sido una opción.
—Voy a acompañarte.
El joven dejó escapar un suspiro casi imperceptible. Discutir con Evernight cuando tomaba una decisión era, por lo general, una batalla perdida.
—Como quiera.
Partieron poco después, la nieve había comenzado a desaparecer en esa última semana debido a que la temperatura comenzaba a ser más cálida. El camino y los árboles desnudos se extendían a ambos lados del sendero, formando una hilera oscura bajo el cielo despejado. El aire ya no era tan frío, el único sonido que los acompañaba era el crujido constante de la nieve bajo sus botas.
Caminaron durante varios minutos sin decir una sola palabra, el silencio comenzó a hacerse demasiado evidente.
Evernight avanzaba un paso detrás de Anya, observando de reojo el perfil del joven. Desde hacía días evitaba mirarlo directamente, respondía con frases cada vez más cortas y parecía cargar una preocupación que no terminaba de exteriorizar. Había tensión en sus hombros y una rigidez extraña en la forma de caminar, como si incluso respirar le costara más de lo habitual.
Finalmente decidió romper el silencio.
—¿Qué es lo que sucede?
Anya ni siquiera volvió la cabeza. Continuó caminando mientras apartaba con la bota una pequeña piedra en el suelo libre de nieve.
—Nada.
Evernight guardó silencio unos instantes, esperando que el joven añadiera algo más, pero no ocurrió. Entonces volvió a llamarlo con calma.
—Anya.
Esta vez el joven soltó un suspiro cansado antes de responder, todavía sin detenerse.
—¿Sí?
Ambos continuaron avanzando entre los árboles. Solo cuando recorrieron algunos metros más, Evernight volvió a intentarlo.
—Llevas días extraño.
Anya bajó la vista hacia el sendero.
—Estoy bien.
El caballero frunció apenas el ceño y entonces se apresuró hasta sujetarlo de la muñeca, lo hizo girarse y mirarlo. Anya, al verlo a los ojos sus labios temblaron, entonces escuchó.
—No, no estás bien.
Anya, que intentó soltarse, respondió intentando contradecirlo.
—Estoy perfectamente bien, no te preocupes.
Evernight, dio un paso más hacia él y lo observó con atención desde arriba.
—Mientes.
Aquella única palabra bastó para que algo en Anya se rompiera y que un calor desconocido subiera de a poco en su interior.
Anya cerró los ojos y entonces alzó su voz enojado.
—¿Por qué insiste tanto? ¿Por qué no me deja tranquilo?
Evernight sostuvo su mirada sin vacilar.
—Porque algo te molesta y quiero saberlo.
Anya negó con la cabeza varias veces sin mirarle a los ojos.
―Dímelo Anya, si no lo haces no podré hacer nada para cambiarlo.
El joven apretó la mandíbula. Inspiró profundamente, dejó salir el aire despacio e intentó contener el malestar que llevaba acumulando desde hacía días.
No funcionó, entonces levantó la vista otra vez.
—¿Y si me molestara algo qué, qué podrías hacer?
Evernight no apartó los ojos de él.
—Anya, eliminaré todo aquello que te molesta, así que dime.
Aquella respuesta solo consiguió empeorar las cosas, porque sonó sincera, demasiado sincera.
Anya desvió la mirada hacia los árboles, incapaz de sostener aquellos ojos azules por más tiempo.
—¿Por qué lo harías?
El viento agitó las ramas de aquel ciruelo que estaba sobre sus cabezas, provocando que las florecillas que aún se mantenía fijas en ellas comenzaran a caer con suavidad. Evernight que acarició la mejilla de Anya, esperó apenas un instante antes de responder.
—Porque me importa.
El corazón de Anya dio un vuelco, una mezcla de vergüenza, confusión y enojo consigo mismo terminó por romper sus desesperados intentos por no hablar. Anya sabía que algo andaba mal en él, que no debía decir nada, pero las palabras escaparon de su boca antes de que pudiera detenerlas.
—¿Elisa, te gusta? ¿Te casarás con ella?
El silencio cayó entre ambos con una brusquedad casi física, como si el aire mismo se hubiera vuelto más pesado. Incluso el crujido lejano de la nieve bajo el viento pareció apagarse por un instante, dejando el bosque en una quietud incómoda.
Evernight parpadeó una vez, sin apartar la vista de él.
—¿Qué?
Anya abrió la boca de inmediato para responder, pero en ese mismo instante fue consciente de lo que acababa de decir. La comprensión lo golpeó tarde, demasiado tarde, como una piedra lanzada contra el pecho.
Desvió la mirada hacia los árboles, buscando algo en qué fijarse, cualquier cosa que no fueran esos ojos azules frente a él, y apretó su mano en un puño con más fuerza.
—Nada, olvídelo.
Se giró con brusquedad, como si el movimiento pudiera borrar lo dicho, y dio un paso para seguir caminando, pero no pudo.
Evernight no se movió.
Su voz salió más baja, pero firme.
—Anya.
El joven ni siquiera lo miró.
—No importa.
El caballero avanzó otro paso, hundiendo la bota en la nieve con un crujido seco que rompió el silencio.
—¿Por qué me preguntas por ella? ¿Qué tiene que ver Elisa con esto?
Anya siguió mirando hacia otro lado, lejos de él, demasiado rígido, sintiéndose como un niño que lo atrapan haciendo algo mal.
—Nada.
Evernight, lo jala un poco obligándolo a girar hacia él.
—Acabas de mencionarla.
Todo el rostro de Anya se puso de un color rojo, tartamudeó, no pudo controlarse, estaba tan avergonzado.
—P. porque todos hablan de ella.
Evernight frunció apenas el ceño, no con enojo, sino con un interés cada vez más fuerte.
—Sigue hablando, Anya.
Anya, que comenzaba a llenársele los ojos de lágrimas negó con su rostro una y otra vez, esta vez Evernight no dejó pasar el silencio, su tono fue más firme.
—Anya.
El joven apretó la mandíbula y bajó la mirada. Permaneció inmóvil durante unos segundos, como si se debatiera entre huir o enfrentarse por fin a aquello que llevaba días intentando negar. Finalmente respiró hondo y alzó la vista muy despacio. Sus ojos no se encontraron de inmediato. Pero cuando lo hicieron, supo que ya no había marcha atrás.
—N-no lo sé, solo no me agrada. N-no quiero, señor Evernight…
Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas, demasiado rápidas, quebrándose antes de terminar. Su voz tembló como la de un niño al borde del llanto. Anya trató de contenerse, pero fue inútil. El frío del bosque había dejado de existir. Solo sentía el calor que le incendiaba las mejillas.
—N-no quiero que le guste ella…
La confesión quedó suspendida entre ambos. Evernight no respondió con palabras.
Y en un solo movimiento acortó la distancia que los separaba, sujetándolo con firmeza por la cintura y atrayéndolo hacia él. Anya apenas alcanzó a contener su respiración antes de sentir cómo los labios del caballero encontraban los suyos, y como sus cuerpos se pegaban uno al otro de manera apasionada.
Todo ocurrió demasiado rápido.
El primer contacto fue suave, luego el beso se tornó en algo más tosco y profundo, provocando que el corazón de Anya latiera con tanta fuerza que creyó que podía oírlo. Permaneció inmóvil unos segundos, incapaz de pensar con claridad, mientras Evernight profundizaba el beso, rozando sus labios de manera juguetona, antes de murmurar contra ellos, con una voz baja y cálida que le erizó la piel.
—Anya, abre la boca.
Y el chico, por alguna razón que él mismo desconocía, lo obedeció. Sabía que ese era el momento de alejarlo, pero no quiso.
Con los ojos cerrados y la respiración temblorosa, entreabrió los labios con timidez, la lengua caliente de Evernight se deslizó con suavidad, enredándose, explorándolo. Aquel beso apasionado lo hizo jadear, sentir un calor que no era como ningún otro. La saliva escurrió por el costado de su boca, debido a que no podía besar y respirar; no sabía cómo hacerlo bien.
Y cuando Evernight se alejó, Anya tardó unos segundos en volver a abrir los ojos. Lo miró completamente aturdido, con el pecho subiendo y bajando al ritmo de una respiración desordenada. Evernight acarició con suavidad una de sus mejillas, apartando con el pulgar una lágrima que había escapado sin que él mismo se diera cuenta.
Entonces volvió a acercarse apenas unos centímetros y habló con una ternura que hizo temblar nuevamente al joven.
—Jamás podría gustarme esa mujer… Anya, mi Anya, solo te quiero a ti.
Sus frentes se rozaron con suavidad y sus labios volvieron a entrelazarse en uno solo, el sonido lujurioso de sus lenguas al enredarse entre sí resonaron junto a sus respiraciones aceleradas.
Las manos de Evernight se deslizaron por su espalda, acariciándolo por encima del abrigo. De la boca de Anya comenzaron a escapar sonidos extraños; todo era una locura.
Anya, sin darse cuenta, se aferraba al cuello de Evernight. La sensación era tan agradable que no deseaba que se detuviera.
—Ah…
Evernight besó, chupó y mordisqueó con suavidad. Luego los besos se extendieron por el cuello de Anya, haciéndolo gemir; eso lo tomó por sorpresa. Sus ojos se llenaron de nuevo de lágrimas e intentó acallar su voz, apretando los labios, pero la voz dulce de Evernight hizo que se relajara.
—Anya, está bien, quiero escucharte.
No encontró ninguna respuesta. Solo fue capaz de aferrarse con timidez al abrigo de Evernight, escondiendo por un instante el rostro contra su pecho mientras intentaba, inútilmente, recuperar el aliento.
―Ah… Mhm.
No pudo evitar volver a gemir, cuando su oreja fue chupada con cuidado otra vez.
Y en medio del aquel bosque cubierto por los sonidos de su voz, comprendió que ya no había forma de seguir fingiendo que aquello era solo una amistad.
