Historia Paralela: Capítulo 3 | Fanfic

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La nieve cubría el paisaje hasta donde alcanzaba la vista, extendiéndose como un manto interminable bajo un cielo grisáceo. Entre los árboles secos avanzaba un joven de ojos color avellana, abrigado apenas con una capa sencilla mientras buscaba hierbas entre la escarcha. Sus dedos, entumecidos por el frío, apartaban la nieve con paciencia antes de guardar cada pequeña planta dentro del bolso que colgaba de su hombro.

El viento soplaba con fuerza aquella tarde.

Fue entonces cuando escuchó una voz.

Un susurro extraño que parecía deslizarse entre los árboles desnudos.

《Humano… humano…》

El joven levantó el rostro de inmediato y miró a su alrededor confundido. No había nadie. Solo nieve, ramas secas y el sonido del invierno golpeando el bosque. Frunció el ceño, pensando que quizá había escuchado mal, hasta que una pequeña luz azulada brilló unos metros más adelante.

La observó en silencio.

Aquella llama danzaba suavemente sobre la nieve, moviéndose de un lado a otro como si lo estuviera esperando.

Giró el rostro buscando alguna persona escondida entre los árboles.

Tal vez era una broma.

O quizá estaba comenzando a alucinar por el frío.

《¡Ven… apresúrate!》

El muchacho dudó.

El atardecer ya comenzaba a caer y, si quería regresar al pueblo antes de que anocheciera, debía irse ahora mismo. Sin embargo, cuando volvió a mirar aquella pequeña luz, sintió una extraña presión en el pecho. Era como si algo lo llamara directamente.

Y antes de darse cuenta, comenzó a seguirla.

Avanzó hundiéndose en la nieve a cada paso, esquivando ramas secas y piedras ocultas bajo el hielo. La pequeña llama se alejaba apenas, siempre unos metros más adelante, obligándolo a continuar.

Entonces, cuando estuvo lo suficientemente cerca como para alcanzarla, el suelo bajo sus pies desapareció.

—¡Ah…!

Rodó loma abajo sin control, golpeándose contra la nieve endurecida y las piedras ocultas bajo ella. El aire escapó de sus pulmones y terminó desplomado en la parte baja, aturdido, con el cabello lleno de escarcha.

—¡Maldita sea…!

Se quejó mientras intentaba incorporarse.

El dolor recorrió su espalda y soltó una mueca antes de cerrar los puños con frustración.

—Estúpido… realmente estúpido…

Toda su ropa había terminado empapada por la nieve. Se levantó como pudo, sacudiéndose torpemente antes de mirar hacia arriba y darse cuenta de que regresar por donde había caído era imposible. La pendiente era demasiado empinada.

Soltó un suspiro largo.

El frío comenzaba a calarle hasta los huesos.

Se abrazó un poco a sí mismo mientras temblaba.

—Debo volver… todo estará bien…

Se repitió esas palabras en voz baja, intentando tranquilizarse.

Al final comenzó a caminar, buscando alguna forma de rodear la colina para regresar al sendero principal, pero entonces algo sobresaliendo de la nieve llamó su atención.

Se detuvo.

Frunció el ceño y se acercó con cautela.

Cuando distinguió lo que era, abrió los ojos con sorpresa.

—¿Es… un hombre?

Esta vez avanzó apresurado.

Se arrodilló enseguida junto al desconocido y comenzó a apartar la nieve de su cuerpo con desesperación. El hombre estaba inmóvil, parcialmente enterrado bajo la nieve, con la piel tan blanca que parecía confundirse con el paisaje.

Todo indicaba que estaba muerto. Y aun así… Algo dentro de él insistía en que seguía vivo.

—¡Señor!

Posó una mano sobre su mejilla y se estremeció al sentirla helada. Después colocó ambas manos sobre su pecho, agitándolo ligeramente.

—¡Despierte!

No había respuesta.

No respiraba.

No sentía pulso alguno, por eso intentó concentrar su maná, su magia de sanación no era perfecta, aun así por lo menos era útil.

La magia cubrió el pecho de aquel hombre, pero fue en vano.

Era un desconocido, alguien a quien jamás había visto, pero una ansiedad extraña comenzó a apretarle el pecho hasta dificultarle respirar. Permaneció inmóvil unos segundos, arrodillado frente a él, sintiendo una tristeza absurda e inexplicable subirle hasta la garganta. Sus ojos se llenaron de lágrimas.

Entonces, de pronto, el hombre tomó una gran bocanada de aire. El joven abrió los ojos con sorpresa.

—¿Señor?

Lo llamó otra vez, y fue entonces cuando aquellos ojos azules se abrieron lentamente.

Profundos.

Intensos.

Tan oscuros como el fondo del mar en invierno.

El muchacho olvidó respirar por un instante al quedar atrapado bajo aquella mirada. Entonces vio al desconocido sonreír apenas. Y escuchó una voz baja, agotada, casi dulce.

—Mi Anya…

El joven quedó completamente inmóvil, no entendía cómo aquel hombre conocía su nombre, pero antes de que pudiera preguntar algo, el desconocido volvió a perder el conocimiento y su cabeza cayó nuevamente sobre la nieve.

—¡Espere!

Intentó despertarlo otra vez, pero fue inútil, Anya levantó la mirada hacia el bosque, nervioso.

¿Qué debía hacer?

No estaba seguro, pero tampoco podía dejarlo morir allí. Con mucho esfuerzo logró arrastrarlo algunos metros sobre la nieve, el hombre era demasiado grande y pesado para el pobre chico de cuerpo delgado. Varias veces creyó que tendría que rendirse.

Fue entonces cuando divisó una pequeña cueva a la distancia, no sabía si era real o si estaba delirando por el frío, pero reunió las pocas fuerzas que le quedaban y continuó jalándolo hasta allí.

Durante todo el trayecto, el desconocido mantuvo una espada aferrada entre sus dedos. Jamás la soltó, ni siquiera estando inconsciente.

Cuando finalmente entraron en la cueva, Anya cayó de rodillas intentando recuperar el aliento. El viento seguía colándose desde afuera y el frío continuaba siendo insoportable. Como si el invierno quisiera burlarse de él, la nieve comenzó a caer otra vez con más fuerza.

Anya dejó al hombre apoyado cerca de la pared de piedra, revisó su pulso y para su sorpresa, era fuerte. Solo imbuyó un poco más de su maná en su cuerpo para que mantuviera algo de calor y luego volvió a salir bajo la tormenta. Cortó ramas secas de los alrededores y, después de varios intentos torpes, logró encender una pequeña fogata.

El resplandor anaranjado iluminó apenas el interior de la cueva, era increíble que aquel hombre siguiera con vida. Respiraba débilmente y su rostro seguía tan pálido como la nieve misma.

Anya lo observó nervioso.

Él estaba temblando sin parar, pero aquel desconocido no reaccionaba ni siquiera al frío. Aun así era evidente que, si no recibía calor pronto, moriría.

Tal vez ambos morirían.

La cueva permanecía envuelta en sombras temblorosas, iluminada solo por el fuego inestable. Anya caminó de un lado a otro abrazándose a sí mismo, intentando reunir valor. Finalmente se detuvo frente al hombre inconsciente y tragó saliva.

Sus manos temblaron cuando comenzó a quitarle la armadura y las ropas húmedas. Lo hizo torpemente, desviando el rostro varias veces, demasiado avergonzado como para mirar más de lo necesario.

Desvió el rostro como si estuviera haciendo algo indebido, algo muy cercano a una travesura. Cuando terminó, se levantó de golpe y le dio la espalda, soltando un suspiro largo, pesado, antes de comenzar también a despojarse de su propia ropa empapada. El frío se le clavaba en la piel como agujas, haciéndolo estremecer.

En un rincón de la cueva milagrosamente encontró mantas gastadas, algunas provisiones olvidadas. Probablemente aquel refugio había sido preparado para viajeros perdidos. Era poco, pero bastaba.

Se abrazó a sí mismo un instante, cerrando los ojos, intentando reunir valor, antes de regresar junto al hombre inconsciente. Se recostó a su lado y cubrió ambos cuerpos con la manta y terminó pegándose más de lo que jamás habría permitido en otra situación, pero el frío no dejaba espacio para el pudor.

El tiempo pasó lentamente entre el crepitar de la leña y el rugido del viento afuera.

Poco a poco el cansancio venció a Anya y sus ojos comenzaron a cerrarse.

Fue entonces cuando el hombre a su lado se movió, aún inconsciente, giró el cuerpo lentamente y lo rodeó con un brazo, atrayéndolo hacia él con un cuidado casi instintivo. El cuerpo grande y cálido terminó cubriéndolo por completo.

El joven se tensó de inmediato, su rostro se encendió como un farol, un rubor intenso, una mezcla de vergüenza y sorpresa que le recorrió hasta la punta de las orejas. Nunca, en toda su vida, había estado así de cerca de alguien, mucho menos de ese modo. Pero el calor que comenzó a envolverlo era real, profundo, distinto a cualquier cosa que hubiera sentido antes.

Y aunque su mente se agitaba, incómoda, confundida... su cuerpo, poco a poco, dejó de resistirse. El frío retrocedió, el temblor cesó, y en ese extraño refugio, entre el silencio de la cueva y el crepitar de la leña, encontró algo inesperado; un calor que no provenía solo del fuego, sino de ese contacto inevitable, como si aquel instante imperfecto, incómodo, profundamente humano, marcara el inicio de algo nuevo.

♦ ♦ ♦

La primera noche se sintió irreal.

Como un sueño extraño del que Anya no lograba despertar, intentó mantenerse despierto, luchando contra el cansancio, pero fue inútil.

Horas después abrió los ojos sobresaltado debido a un sueño triste que ya no conseguía recordar. Solo quedaba aquella opresión dolorosa en su pecho y unas inexplicables ganas de llorar. Confundido, intentó incorporarse.

Entonces un brazo fuerte lo apretó contra un pecho cálido, Anya se quedó inmóvil al instante.

El hombre seguía abrazándolo por detrás, cubriéndolo completamente con su cuerpo. El calor que desprendía le provocó un escalofrío diferente al frío del exterior, uno que le hizo latir el corazón demasiado rápido.

Intentó apartarse apenas, pero el abrazo se estrechó más. Los cuerpos desnudos se rozaron un poco más bajo las mantas y Anya sintió que el rostro le ardía.

No sabía qué hacer, casi soltó un grito cuando escuchó aquella voz baja junto a su oído.

—Anya… duerme un poco más.

El tono fue tan suave, tan extrañamente afectuoso, que algo dentro de él terminó rompiéndose. Las lágrimas que había estado conteniendo comenzaron a deslizarse silenciosamente por sus mejillas.

Y entonces ocurrió algo todavía más incomprensible, el desconocido acarició lentamente su cabeza, con suavidad. Como si intentara consolarlo incluso dormido.

Anya se quedó completamente quieto, demasiado avergonzado para decir una sola palabra. No entendía nada de lo que estaba sucediendo.

¿Era un sueño?

Sí, debía seguir dormido.

Se repitió aquello una y otra vez, intentando convencerse mientras el calor de aquel hombre terminaba envolviéndolo poco a poco otra vez.

♦♦♦

Evernight despertó primero.

Sus ojos se abrieron lentamente, pesados, todavía atrapados entre la oscuridad del sueño y el eco distante de una voz que había creído perdida para siempre. Durante unos segundos no comprendió dónde estaba. El calor contra su pecho, el peso suave entre sus brazos, la respiración tranquila rozándole la piel… todo se sintió demasiado familiar. Demasiado dolorosamente familiar.

Entonces bajó la mirada y vio al joven dormido entre sus brazos.

El cuerpo de Evernight se tensó de inmediato. Se apartó bruscamente, como si acabara de despertar en medio de una ilusión cruel. El movimiento fue rápido, pero aun así contenido, cuidadoso, casi contradictorio con la violencia de la confusión que lo atravesó. Se quedó sentado a unos pasos, respirando hondo, mirando sus propias manos como si no le pertenecieran.

¿Estaba vivo?

La idea cayó sobre él con un peso insoportable.

Sus dedos se cerraron hasta enterrarse en la palma. El dolor llegó enseguida, real, punzante. Evernight observó la marca rojiza que apareció en su piel y soltó una risa baja, seca, llena de incredulidad.

Seguía allí, seguía respirando.

No había muerto en aquella nieve interminable.

No había encontrado descanso.

Su mandíbula se tensó con fuerza y, antes de pensarlo demasiado, se golpeó a sí mismo en el rostro con brusquedad. El sonido seco resonó dentro de la cueva. Permaneció inmóvil unos segundos, con los ojos sombríos, furioso consigo mismo. Furioso por aquella debilidad absurda. Por haberse dejado engañar siquiera un instante.

Había pensado que finalmente había muerto, había pensado que, al abrir los ojos, volvería a verlo de verdad, que Anya estaría esperándolo.

Pero no.

Solo había despertado en una cueva fría, abrazando a un desconocido.

Evernight cerró los ojos un momento y exhaló lentamente, intentando aplastar el caos dentro de su pecho. Después se levantó y comenzó a vestirse apresuradamente. La ropa seguía húmeda, incómoda contra su piel, pero no le importó. Necesitaba irse. Necesitaba alejarse antes de seguir perdiendo la razón.

Tomó las dos espadas apoyadas cerca de la fogata, una se la colocó en la cintura, la otra la sostuvo en su mano y estuvo a punto de darse vuelta, pero entonces escuchó un pequeño quejido detrás de él.

—Tengo frío…

Evernight se quedó inmóvil.

Aquella voz… Sí, aquella voz suave, casi infantil.

El tiempo pareció detenerse, sus dedos se aferraron con fuerza a la funda de la espada que tenía en su mano, mientras miles de pensamientos atravesaban su mente al mismo tiempo. Lentamente volvió el rostro hacia el joven dormido bajo las mantas. El muchacho se había acurrucado un poco más abrasado en sí mismo, todavía medio inconsciente por el sueño, con el cabello castaño cayendo desordenado sobre su frente.

Evernight dio un paso, luego otro y finalmente se acercó hasta quedar frente a él.

Esta vez lo observó de verdad.

El aire abandonó sus pulmones, sus ojos recorrieron aquel rostro con desesperación contenida, como si temiera que fuera a desaparecer si pestañeaba demasiado fuerte. Las mejillas suaves, las pestañas largas, la forma delicada de sus labios… incluso esa expresión ligeramente torpe al dormir.

Su corazón comenzó a latir con una fuerza brutal.

Después de siglos…

Después de una eternidad vacía… Era él, su Anya.

Evernight descendió lentamente hasta quedar en cuclillas frente al muchacho. No apartó la mirada ni un instante. Sus ojos azules, siempre fríos, siempre vacíos durante tantos años, ahora parecían arder con algo peligroso, intenso, casi desesperado.

Una sed antigua, hambrienta. Dolorosa.

Su Anya, solo suyo.

El pensamiento apareció con una fuerza aterradora. Mucho más intensa que en el pasado. Porque si había algo que los siglos habían hecho con él, era volverlo peor. Más egoísta. Más posesivo. Más incapaz de soportar perder aquello que amaba.

Cuando Anya vivía, había aprendido a contener ese impulso. Ese deseo enfermizo de encerrarlo entre sus brazos y no permitirle jamás alejarse. Incluso si llegaba a romperlo en el proceso.

Pero ahora…

Ahora lo observaba como un hombre perdido en medio del desierto mirando agua por primera vez. Evernight se cubrió parcialmente el rostro con una mano y soltó una pequeña risa amarga, burlándose de sí mismo.

—Realmente me he vuelto loco…

Las horas pasaron lentamente y la tormenta afuera continuó azotando aquel territorio; La muralla de la noche…

Mientras dentro de la cueva el fuego seguía crepitando con suavidad, echó un par de ramas para avivar aquella fogata. Evernight no se movió demasiado, permaneció cerca, observándolo en silencio, intentando ordenar sus pensamientos.

En su vida interminable había visto cosas extrañas. Rostros que se parecían a personas del pasado. Miradas familiares. Gestos imposibles de olvidar. Había reconocido viejos amigos en desconocidos que jamás compartieron su nombre ni su historia.

Por eso, en el fondo de su corazón, la esperanza nunca murió por completo.

Esperó siglos.

Siglos enteros y ahora aquel joven estaba ahí.

¿La diosa finalmente se había apiadado de él? ¿Realmente era Anya?

Sí… lo sabía, lo sentía con una certeza aterradora. Pero entonces apareció otra duda, una mucho más difícil de soportar. ¿Qué debía hacer ahora? ¿Lo recordaría siquiera?

Probablemente no. Y esa idea, extrañamente, lo calmó un poco, porque significaba que aún tenía tiempo para enmendar los errores del pasado.

Tiempo para acercarse otra vez.

Tiempo para verlo sonreír nuevamente.

Tiempo para no destruirlo con toda la desesperación que llevaba siglos acumulando.

Cuando el joven finalmente comenzó a despertar, Evernight seguía observándolo en silencio. Anya abrió los ojos lentamente y, al encontrarse de frente con aquel hombre sentado tan cerca, dio un respingo. Sus mejillas se encendieron de inmediato cuando recordó la situación en la que estaban y tiró de las mantas para cubrirse hasta el cuello.

—¡Y-yo…!

Evernight no respondió, su expresión seguía siendo severa, intensa, demasiado fija.

Anya tragó saliva nervioso y comenzó a hablar atropelladamente.

—L-lo encontré bajo la nieve… por casualidad… y había una cueva cerca, así que… yo… tuve que traerlo aquí. Su ropa estaba mojada y pensé que moriría si seguía así, por eso…

Su voz se volvió cada vez más pequeña, no entendía por qué estaba tan nervioso. Aquel hombre apenas había hablado, pero su presencia era abrumadora. Había algo en él que lo hacía sentir inquieto… y al mismo tiempo extrañamente seguro.

Evernight escuchó todo sin interrumpirlo, sin responder nada. Hasta que Anya, después de dudar un instante, preguntó en voz baja.

—A- Antes cuando lo encontré, usted… dijo mi nombre ¿Cómo pudo saberlo? ¿Acaso nos conocemos?

El silencio llenó la cueva, Evernight lo observó unos segundos más antes de responder finalmente.

—No estoy seguro, simplemente lo supe.

La respuesta dejó a Anya todavía más confundido.

Apretó las mantas entre sus dedos, claramente intimidado por aquel hombre enorme, de rostro severo y ojos demasiado intensos. Aun así reunió algo de valor y preguntó tartamudeando:

—E-entonces… ¿cómo se llama usted?

Evernight sostuvo su mirada.

—El Evernight.

Anya sintió un extraño escalofrío recorrerle el cuerpo.

El nombre sonaba pesado. Antiguo. Como algo sacado de una leyenda y hasta cierto punto le pareció conocido, aunque no recordaba dónde lo había escuchado.

El silencio volvió a instalarse entre ambos, espeso, incómodo.

Hasta que Evernight finalmente se puso de pie y desvió apenas la mirada hacia la ropa cercana al fuego.

—Es mejor que te vistas.

Dijo con calma.

—Ya está un poco seca.

Anya permaneció unos segundos inmóvil después de escuchar aquellas palabras. El silencio dentro de la cueva volvió a hacerse pesado, aunque ya no tan incómodo como antes. Todavía sentía el corazón extraño, demasiado acelerado para una situación que apenas comprendía.

Desvió la mirada rápidamente y asintió torpemente antes de incorporarse un poco más entre las mantas. La ropa descansaba cerca del fuego, todavía algo húmeda, pero mucho más tibia que antes. Anya la tomó con cuidado, intentando no mirar demasiado hacia Evernight, aunque era imposible no sentir aquella presencia observándolo incluso cuando aquel caballero parecía distraído.

Vestirse frente a él resultó extrañamente difícil, no sabía por qué. Ambos eran hombres, pero aun así la vergüenza que sentía no disminuía. Sus manos se movieron torpemente al acomodar la ropa todavía húmeda sobre su cuerpo, demasiado consciente de aquella mirada fija sobre él, silenciosa, pesada, como si cada pequeño movimiento suyo estuviera siendo observado con atención.

Quizá era culpa de aquella noche absurda. Quizá por la forma en que había sido atrapado entre sus brazos. O quizá por esos ojos azules que parecían verlo demasiado profundamente.

Mientras terminaba de acomodarse la camisa algo arrugada, Evernight tomó una de las espadas y habló finalmente.

—Saldré un momento.

Anya levantó el rostro de inmediato.

—¿Salir?

—Necesitamos comida.

La respuesta fue simple, directa.

Evernight caminó hasta la entrada de la cueva, el viento helado lo golpeó de inmediato acompañado por copos de nieve que danzaron unos segundos dentro del refugio.

La tormenta seguía empeorando y el cielo era una masa gris imposible de distinguir entre la nieve.

—Seguirá nevando durante días.

Dijo Evernight mirando el exterior.

— Después será más difícil salir.

Anya frunció el ceño enseguida.

—Pero el clima ya es bastante malo… Podría encontrarse con alguna bestia salvaje.

Evernight giró apenas el rostro hacia él. Sus ojos se detuvieron unos segundos sobre el joven antes de preguntar sin rodeos.

—¿Acaso llevas algo comestible en ese pequeño bolso?

Anya se quedó callado un instante. Después bajó un poco la cabeza, avergonzado.

—Solo… un poco de carne seca y una cantimplora con vino.

Evernight hizo una pequeña pausa antes de agregar en voz más baja.

—No será suficiente para dos personas…Si realmente el clima empeora. No podremos irnos, será demasiado peligroso aventurarse al pueblo más cercano.

Y era verdad, aun racionando la comida apenas alcanzaría para sobrevivir uno o dos días. Mucho menos si quedaban atrapados allí por la tormenta.

Evernight no respondió enseguida. Sus ojos recorrieron lentamente el interior de la cueva, las paredes de piedra cubiertas parcialmente por escarcha, las mantas desgastadas, los viejos símbolos apenas visibles cerca de la entrada.

Entonces una sombra de recuerdo cruzó por su expresión.

Aquella cueva… Todavía seguía protegida. La magia continuaba respirando débilmente entre esas paredes incluso después de tantos años abandonada.

Evernight permaneció quieto observando el fuego mientras memorias antiguas, enterradas hacía siglos, regresaban con una claridad dolorosa. Recordó sangre sobre la nieve, el ardor profundo de una herida provocada por una bestia demoníaca y el calor desesperado de otro cuerpo aferrándose al suyo mientras el invierno rugía afuera exactamente igual que ahora.

Fue la primera vez que perdió el control de sí mismo.

La primera vez que deseó a alguien con una intensidad capaz de volverlo irracional.

Recordaba perfectamente cómo su sangre había hervido aquella noche, cómo había mirado a Anya hasta sentirse consumido por la necesidad de tocarlo, besarlo, hacerlo suyo. Incluso ahora, después de siglos, todavía podía recordar el calor de su cuerpo, el sonido de su respiración entrecortada y aquella manera torpe pero sincera de corresponderle, de ayudarlo.

El frío exterior era exactamente el mismo, pero las circunstancias eran diferentes del pasado. Evernight cerró los ojos apenas un instante antes de volver a hablar.

—No te preocupes, puedo defenderme. Además, estoy acostumbrado a este clima.

Anya abrió la boca queriendo responder algo más, quizá insistir, quizá pedirle que no fuera… pero terminó quedándose callado.

Después de todo apenas lo conocía.

Ni siquiera sabía si realmente podía confiar en él.

Y aun así… En el fondo de su pecho existía una certeza absurda e irracional que no lograba explicar. Aquel hombre jamás le haría daño. Desde el principio, incluso con aquella mirada intensa y aterradora, nunca había mostrado agresividad hacia él.

Evernight se detuvo por unos instantes en silencio antes de salir.

La espada grande descansaba en su cintura, mientras la otra seguía firme entre sus manos. A diferencia de la primera, aquella era más delgada y elegante, con una funda oscura marcada por el paso de los años. Aun así, seguía conservándose en buenas condiciones.

Sus dedos recorrieron lentamente la empuñadura… Con cuidado, casi con devoción.

Sus ojos se oscurecieron apenas, aquella espada siempre volvería a su dueño, por eso desvió la mirada hacia Anya y se la extendió sin decir nada.

El joven parpadeó sorprendido. Había notado desde antes la forma en que aquel hombre sostenía esa espada, como si fuera algo importante, algo imposible de reemplazar, por eso dudó antes de recibirla.

—¿Qué…?

—Tómala.

Anya extendió las manos con cierta torpeza y recibió la espada todavía envuelta en su funda. Era más ligera de lo que esperaba.

Evernight lo observó unos segundos antes de preguntar:

—¿Sabes utilizarla?

Anya dudó por un segundo, pero contestó con una voz baja.

—Un poco…

El caballero guardó silencio un instante.

—Entonces consérvala contigo por si ocurre algo.

Sus ojos se desviaron brevemente hacia la tormenta del exterior.

—Si aparece algún peligro, sostenla y no la sueltes.

Anya bajó la vista hacia el arma entre sus manos. No entendía por qué le estaba entregando algo que parecía tan importante para él.

—Gracias…

Susurró finalmente.

Evernight lo observó en silencio antes de añadir con calma.

—Esa espada siempre encuentra el camino de regreso a su único dueño.

Anya levantó apenas la mirada, confundido por aquellas palabras, pero antes de que pudiera preguntar algo, Evernight ya se había girado hacia la salida de la cueva.

El viento rugió en cuanto abandonó el refugio.

Anya permaneció sentado junto al fuego observando la entrada en silencio. Al principio intentó distraerse ordenando las pocas cosas que había dentro del refugio, acomodó las mantas, alimentó la fogata con algo de madera seca.

Pero conforme las horas comenzaron a pasar, la inquietud dentro de él creció lentamente.

La nieve caía con más fuerza, El viento rugía afuera golpeando las paredes de piedra como si quisiera arrancarlas.

Y por un momento, sentado completamente solo dentro de aquella cueva, Anya pensó que quizá había sido abandonado o tal vez le había pasado algo malo.

La idea le provocó una extraña sensación amarga. Ridícula, porque aquel hombre apenas lo conocía. Aun así, siguió mirando hacia la entrada cada pocos minutos.

Hasta que finalmente, varias horas después, una figura apareció entre la tormenta.

La nieve entró junto a él apenas cruzó la entrada de la cueva. Su capa estaba cubierta de escarcha y parte de su cabello oscuro caía húmedo sobre su rostro, pero aun así caminaba con la misma firmeza imperturbable. En una mano llevaba un par de liebres salvajes y en la otra algunos trozos de madera seca protegido bajo tela. En su hombro colgaba un arco improvisado hecho con madera flexible y una cuerda resistente.

Anya soltó el aire sin darse cuenta, no había notado cuánto se había tensado hasta verlo regresar.

Evernight dejó la caza a una distancia prudente del fuego y luego desató lentamente la capa húmeda de sus hombros. La tela cayó pesada sobre una piedra cercana mientras el calor de la fogata comenzaba a derretir la nieve adherida a sus ropas. Después se quitó los guantes y permaneció únicamente con una camisa oscura ajustada al cuerpo debido a la humedad y un pantalón negro.

El joven intentó no mirarlo demasiado.

Fracasó.

El cuerpo de aquel hombre parecía hecho para ser admirado; ancho, firme, marcado incluso bajo la tela mojada. Y aun así, pese a esa apariencia severa, se movía dentro de la cueva con una calma extraña, casi silenciosa.

Evernight se arrodilló junto a la fogata y comenzó a preparar una de las liebres con movimientos precisos.

—Las otras servirán para después.

Anya asintió enseguida y de su bolso sacó una cuchilla, entonces se acercó para ayudarle, la liebre fue cortada en dos, así que el chico se encargó de quitar la piel. Utilizaron algunas hierbas que él mismo había recolectado para condimentarla un poco.

El olor de la carne cocinándose comenzó a llenar lentamente el refugio. Afuera, el viento seguía golpeando con fuerza, pero la cueva permanecía relativamente cálida gracias a la vieja magia protectora que todavía cubría aquel lugar.

Evernight levantó apenas la mirada hacia las paredes de piedra, aquella cueva seguía intacta después de tantos años. La magia aún resistía y por un instante, los recuerdos regresaron con demasiada claridad.

El frío

La sangre.

El calor de otro cuerpo junto al suyo.

Evernight apartó esos pensamientos antes de que crecieran demasiado.

El fuego crepitó suavemente entre ambos, lanzando destellos anaranjados sobre las paredes de piedra. Afuera, el viento seguía golpeando la montaña con fuerza, aunque dentro de la cueva el ambiente se había vuelto extrañamente tranquilo.

Anya acomodó mejor la manta sobre sus hombros antes de levantar la mirada hacia el hombre sentado frente a él. Dudó unos segundos, como si todavía no estuviera seguro de cuánto podía preguntar.

—Entonces… ¿usted viaja solo?

Evernight permaneció observando las llamas un instante antes de responder.

—Sí.

Su voz seguía siendo baja, profunda, difícil de leer.

Anya asintió apenas y jugueteó distraídamente con uno de los bordes de la manta entre sus dedos.

—¿Desde hace mucho tiempo?

Esta vez Evernight tardó un poco más en contestar. Sus ojos azules se desviaron apenas hacia la tormenta que rugía afuera de la cueva.

—Hace bastante.

El joven lo observó en silencio. Había algo extraño en la manera en que hablaba; como si cada respuesta ocultara mucho más de lo que decía realmente.

Después de dudar un momento volvió a preguntar:

—¿Es un caballero?

La mirada de Evernight regresó lentamente hacia él. El resplandor del fuego endurecía todavía más las facciones de su rostro.

—Un mercenario —respondió finalmente—. Un caballero errante, si quieres llamarlo así.

Anya abrió un poco los ojos con curiosidad.

—Entonces debe haber viajado muchísimo…

Evernight soltó una leve exhalación por la nariz, casi imperceptible.

—Más de lo que hubiera querido.

La respuesta hizo que el joven guardara silencio unos segundos. Después bajó un poco la mirada y sonrió apenas, algo avergonzado.

—Debe ser difícil vivir de esa manera…

—Uno se acostumbra.

No lo dijo con orgullo, ni siquiera con resignación. Fue una respuesta vacía. Cansada.

El sonido de la leña quebrándose llenó el pequeño silencio que se formó entre ambos. Anya acercó un poco más las manos al fuego antes de hablar nuevamente.

—Yo tengo una pequeña tienda de hierbas en un pueblo cercano —comentó con una sonrisa tímida—. No es gran cosa, pero me alcanza para vivir tranquilo. Además, he aprendido un poco de magia de sanación. Suelo ayudar a mi maestro preparando remedios, ungüentos… y a veces vendo raíces difíciles de conseguir….

Mientras hablaba, sus ojos parecían iluminarse un poco más, perdiendo parte del nerviosismo inicial.

—Estaba buscando algunas plantas que solo crecen durante el invierno cuando terminé cayendo aquí.

Una pequeña risa torpe escapó de sus labios.

—Y… bueno, lo demás ya lo sabe.

Evernight lo observó sin apartar la mirada.

Incluso después de siglos, Anya seguía hablando de esa manera cálida y sencilla que conseguía bajar la guardia de cualquiera sin darse cuenta.

—Sí… ya lo sé.

El joven volvió a acomodarse la manta sobre las piernas y permaneció callado unos segundos, como si estuviera pensando si debía seguir preguntando o no.

Al final reunió un poco de valor.

—¿Y su familia…?

La pregunta quedó suspendida en el aire.

La expresión de Evernight no cambió demasiado, pero sus ojos descendieron lentamente hacia el fuego. Las llamas se reflejaron sobre sus pupilas azules mientras el silencio se volvía un poco más pesado.

—Ya no queda nadie.

La voz salió tranquila.

Demasiado tranquila.

Y precisamente por eso Anya sintió un pequeño nudo en el pecho.

El ambiente cambió apenas, de forma casi imperceptible, pero suficiente para que el joven bajara la mirada de inmediato.

—Lo siento… no quería incomodarlo.

Evernight guardó silencio un instante antes de responder.

—No importa.

Pero sí importaba.

Anya pudo notarlo en la forma en que el hombre volvió a mirar el fuego sin decir nada más, como si hubiera regresado a algún lugar muy lejano dentro de sí mismo. Después de eso, el joven ya no volvió a hacer preguntas.

Cuando la carne estuvo lista, compartieron la comida en silencio. El conejo caliente ayudó a devolver algo de calor a sus cuerpos y el vino de la cantimplora terminó de aliviar un poco el frío que seguía filtrándose desde el exterior.

Anya observó entonces la ropa húmeda del caballero.

—Señor… tal vez debería usar la manta mientras su ropa termina de secarse.

Evernight lo observó unos segundos antes de asentir.

—Bien.

Sin darle demasiada importancia, se quitó lentamente la camisa húmeda.

Anya dejó de respirar un instante.

Apartó la mirada tan rápido que casi pareció doloroso.

Evernight fingió no notarlo.

Tomó una de las mantas viejas y se cubrió parcialmente con ella, dejando únicamente los pantalones puestos mientras acomodaba la tela sobre sus hombros.

La noche cayó lentamente sobre aquel lugar y el viento se volvió todavía más agresivo afuera. Aunque el fuego seguía encendido, el frío continuaba filtrándose dentro de la cueva.

Anya permanecía recostado cerca de la fogata envuelto en una manta, intentando dormir, pero el frío seguía atravesándolo. Sus dientes chocaban apenas y, aunque intentaba ocultarlo, su cuerpo temblaba cada vez más.

Evernight lo observó en silencio durante largo rato.

Aguantando.

Resistiéndose.

Hasta que finalmente maldijo por lo bajo.

—Maldita sea…

Anya levantó apenas la mirada.

Y entonces escuchó aquella orden directa.

—Quítate la ropa.

El muchacho abrió los ojos de golpe.

—¿Q-qué?

—Si no quieres morir congelado, hazlo —respondió Evernight con calma severa—. La forma más rápida de conservar calor en este tipo de clima es compartirlo.

Después de decirlo, terminó de quitarse los pantalones con absoluta naturalidad, como si aquello fuera la cosa más lógica del mundo.

La cara del joven pasó por todos los tonos posibles de rojo.

Al final obedeció torpemente, escondiéndose enseguida bajo la manta hasta el cuello.

Evernight se acomodó a su lado y extendió otra frazada sobre ambos cuerpos, pero aun así Anya estaba tan apartado como el espacio reducido se lo permitía.

Evernight cerró los ojos un momento, maldiciendo esta vez en silencio, así no funcionaría.

—¿Qué es lo que te preocupa? Somos dos hombres.

Preguntó finalmente.

Anya tragó saliva nervioso.

—Yo… no es eso…

—Entonces deja de temblar y gírate.

El joven dudó unos segundos, pero terminó obedeciendo. Miró hacia el fuego intentando controlar la respiración mientras Evernight se acomodaba detrás de él. Entonces unos brazos fuertes lo rodearon, Anya se tensó de inmediato.

El pecho cálido del caballero quedó pegado a su espalda y poco a poco el calor comenzó a envolverlos bajo las mantas.

El joven intentó convencerse de que no tenía nada de extraño. Solo eran dos hombres intentando sobrevivir al frío. Entonces… ¿por qué su corazón latía tan rápido?

¿Por qué le costaba respirar cada vez que sentía el roce de su cuerpo?

Anya permaneció completamente inmóvil, demasiado consciente del calor detrás de él, de la respiración tranquila cerca de su nuca, de la firmeza de aquellos brazos rodeándolo con una naturalidad peligrosa.

Y mientras más intentaba calmarse… Peor era.

Cada pequeño roce lo volvía más consciente del cuerpo detrás de él, del calor que iba extendiéndose lentamente bajo su piel.

La segunda noche resultó mucho más difícil que la primera, porque esta vez Anya estaba completamente despierto.

Demasiado despierto.

El calor comenzó a acumularse lentamente en la parte baja de su vientre y el simple contacto de aquellas piernas rozándose bajo las mantas terminó provocando una reacción que lo llenó de vergüenza.

Su respiración se volvió más inestable y entonces lo sintió, su propio cuerpo reaccionando. Anya abrió los ojos, horrorizado.

El calor le subió hasta las orejas de inmediato y apretó la manta entre sus dedos, rogando en silencio que aquel hombre no lo notara. Permaneció completamente inmóvil, demasiado avergonzado incluso para respirar con normalidad.

Pero Evernight sí lo notó, por supuesto que lo notó. El leve temblor de su cuerpo, la rigidez repentina y la forma en que las orejas del muchacho se habían vuelto completamente rojas.

Evernight cerró los ojos con fuerza.

Respiró hondo una vez.

Luego otra, obligándose a mantener la calma.

Porque sentir nuevamente a Anya entre sus brazos después de tantos siglos ya era suficiente para volver peligrosa aquella situación. Y el muchacho, inocentemente, no parecía comprender el efecto que provocaba.

El calor de su piel.

La suavidad de su cuerpo pegado al suyo.

El leve movimiento involuntario cada vez que intentaba acomodarse.

Todo…Absolutamente todo despertaba algo que Evernight llevaba siglos conteniendo. Por eso permaneció inmóvil con los ojos cerrados, contando lentamente en su mente mientras obligaba a su respiración a mantenerse estable.

Una vez… Dos…Diez… Todo para mantener el control.

No quería asustarlo.

No quería destruir aquel momento convirtiéndolo en algo incómodo para él y aun así… era imposible ignorar cuánto amaba volver a tenerlo entre sus brazos. Anya, por su parte, estaba convencido de que iba a morir de vergüenza. Jamás había sentido su cuerpo reaccionar de aquella manera solo por un abrazo, por el calor de otro hombre pegado a él. Intentó relajarse, intentó dormir, intentó pensar en cualquier otra cosa, pero cada vez que sentía el pecho de Evernight subir lentamente detrás suyo, su corazón comenzaba a latir con más fuerza.

El silencio dentro de la cueva se volvió insoportable. Afuera la tormenta continuaba rugiendo entre las montañas, pero debajo de las mantas el calor de sus cuerpos seguía creciendo lentamente, volviéndose cada vez más difícil de ignorar. Y aunque la noche avanzó lentamente… Ninguno de los dos consiguió dormirse con facilidad.

♦♦♦

El tercer día amaneció con un silencio engañoso.

La tormenta había disminuido un poco y, aunque la nieve seguía cayendo, ya no lo hacía con la violencia de las noches anteriores. Desde la entrada de la cueva apenas podía distinguirse el paisaje blanco extendiéndose entre montañas y árboles desnudos, cubierto por una neblina helada que parecía tragarse todo a la distancia.

Anya acomodó mejor la capa sobre sus hombros mientras observaba el exterior con cierta esperanza.

—Tal vez hoy podamos volver al pueblo…

Evernight permanecía de pie cerca de la entrada, inmóvil, observando el cielo y el movimiento del viento como si estuviera calculando algo. Después de unos segundos respondió con calma.

—Podemos intentarlo —respondió finalmente—. Pero nada es seguro.

El joven asintió enseguida y ambos poco después abandonaron la cueva, avanzar era difícil. En algunos sectores la nieve les llegaba casi hasta las rodillas y cada paso hundía el cuerpo en aquella masa helada. Evernight caminaba delante, apartando ramas congeladas y comprobando el terreno antes de permitir que Anya avanzara detrás de él.

Más de una vez el muchacho resbaló sobre placas ocultas de hielo y cada vez, antes siquiera de que cayera, una mano firme terminaba sujetándolo por la cintura.

—Cuidado.

La voz grave de Evernight sonó cerca de su oído mientras lo sostenía con facilidad, evitando que rodara por una pendiente cubierta de nieve.

Anya sintió el calor subirle al rostro de inmediato.

—L-lo siento…

Evernight no respondió. Solo esperó a que recuperara el equilibrio antes de soltarlo lentamente.

Continuaron caminando entre el viento helado. A ratos las ráfagas levantaban nieve suficiente para cubrirles parcialmente el rostro y el cabello. En uno de esos momentos, Evernight alzó la mano sin decir nada y retiró con naturalidad la nieve acumulada sobre la cabeza de Anya.

El joven lo miró sorprendido.

Evernight simplemente desvió la vista y siguió avanzando como si aquel gesto hubiera sido insignificante.

Aquello solo consiguió poner más nervioso a Anya, Intentando distraerse, terminó hablando otra vez.

—Mi maestro siempre dice que el invierno es la estación más peligrosa para buscar hierbas… pero también la mejor.

Evernight giró apenas el rostro hacia él.

—¿Tu maestro?

—Sí. Un mago anciano que vive cerca del pueblo. Bastante excéntrico, en realidad.

Una pequeña sonrisa apareció en el rostro de Anya al pensarlo.

—Se llama Saverio. Tiene una casa llena de libros, frascos extraños y criaturas que jamás he sabido identificar. A veces desaparece durante días enteros y vuelve diciendo que estuvo negociando con espíritus del bosque… La mitad del pueblo cree que está loco.

—¿Y tú?

Anya dudó un instante antes de reír un poco.

—Creo que sí está loco… pero es una buena persona.

Evernight lo observó de reojo mientras seguían avanzando.

—¿Fue él quien te enseñó magia?

—Un poco. Aunque no soy muy bueno realmente. Apenas puedo usar hechizos simples y algunas cosas de sanación. Mi maestro siempre se queja diciendo que desperdicio mi talento al no practicar cada día.

Evernight notó el brillo en sus ojos y dijo con una sonrisa suave.

—No dudo que seas un estudiante aplicado.

—Debo serlo, tengo un maestro estricto—admitió Anya, todavía sonriendo apenas—. También fue él quien me ha enseñado a usar la espada. Decía que cualquiera que viajara solo por estas montañas debía saber defenderse un poco.

Evernight guardó silencio unos segundos.

—Parece un hombre sensato.

Anya pareció alegrarse con aquella respuesta… Y continuaron avanzando durante bastante tiempo, pero mientras más avanzaban alrededor del territorio de La vieja muralla de la noche, más evidente se volvía que regresar al pueblo todavía era imposible. Algunos caminos estaban completamente cubiertos y el viento comenzaba a empeorar otra vez.

Fue entonces cuando Anya, todavía curioso por aquel acompañane misterioso, volvió a hablar.

—¿Y usted realmente no tiene familia?

Evernight tardó unos segundos en responder.

—La tuve.

Anya levantó la mirada hacia él.

—Sí, creo haberle escuchado decir eso.

El caballero guardo silencio por un instante, un pensamiento estaba en su mente, rondando, hasta que finalmente dijo.

—Estuve casado. También tuve hijos.

El muchacho abrió apenas los ojos con sorpresa, aquella respuesta no era lo que esperaba. De alguna manera jamás imaginó al señor Evernight teniendo una familia. Mucho menos siendo un mercenario errante que parecía cargar la soledad encima como si formara parte de él.

Sin comprender del todo por qué, una sensación amarga apareció lentamente dentro de su pecho. Bajó la mirada hacia la nieve mientras murmuraba casi sin pensar.

—Ella debe haber sido muy bonita…

Evernight se detuvo.

El viento agitó lentamente su cabello oscuro mientras observaba a Anya en silencio. Miró aquella expresión distraída, aquella leve incomodidad que el joven ni siquiera parecía comprender todavía, y por un momento se preguntó cuánto debía decirle. Qué clase de reacción tendría si seguía avanzando por ese camino, al final habló con calma.

—Era un hombre.

Anya se detuvo en seco sin comprender lo que había escuchado

—¿Qué…?

Evernight también se detuvo, sostuvo la mirada con aquellos ojos profundos difíciles de descifrar.

—La persona con la que compartí mi vida era un hombre.

Repitió sin desviar la mirada.

Anya lo miró completamente desconcertado, no era solo sorpresa. Era que aquella idea simplemente jamás había cruzado por su mente.

La respiración de Anya se trabó apenas, el viento helado siguió soplando entre los árboles desnudos, pero por un momento el joven sintió un extraño calor subirle al rostro pese al frío que los rodeaba y apartó la vista sin saber exactamente por qué se sentía tan alterado.

Evernight notó perfectamente su expresión.

La confusión, la curiosidad y también aquella leve tensión nerviosa que comenzaba a instalarse en él. Una parte de Evernight quiso seguir hablando. Explicarle más. Ver hasta dónde llegaría aquella reacción. Aunque también habían pensamientos contrarios. Se preguntaba si quizá debió guardar silencio… Recriminándose que tal vez no debió decirle aquellas cosas todavía.

Pero después de tantos siglos ocultándolo todo, una parte de él simplemente deseaba que Anya pensara en ello. Que lo mirara diferente. Que imaginara aunque fuera un poco la vida que había compartido con aquella persona.

Sin embargo, antes de que pudiera decir algo más, un sonido atravesó el bosque.

Un aullido.

Ambos giraron la cabeza casi al mismo tiempo. Entonces apareció el primer lobo entre los árboles, sus ojos brillaban hambrientos entre la nieve mientras avanzaba lentamente hacia ellos. Después surgió otro más entre unos árboles secos y luego un tercero. La manada comenzó a rodearlos poco a poco, enseñando los colmillos mientras el vapor escapaba de sus hocicos.

Anya sintió cómo el aire se le atoraba en la garganta al ver la manada avanzar lentamente alrededor de ellos.

Cinco, tal vez seis.

El miedo le tensó el cuerpo de inmediato y sujetó con fuerza la espada que Evernight le había entregado. El caballero, en cambio, se movió enseguida delante de él, interponiendo su cuerpo entre el muchacho y los animales.

El primer lobo atacó sin previo aviso, saltó directo hacia el cuello de Evernight y todo ocurrió demasiado rápido.

La espada atravesó el aire con un destello brutal y el animal cayó dividido antes siquiera de tocar el suelo. La sangre caliente manchó violentamente la nieve blanca.

Anya abrió los ojos horrorizado, jamás había visto algo así. No parecía el movimiento de un hombre, parecía el de un monstruo.

Otro lobo atacó desde un costado, Evernight giró sobre sí mismo y lo atravesó limpiamente antes de que alcanzara a tocarlo. El cuerpo del animal cayó pesadamente sobre la nieve mientras el resto de la manada comenzaba a moverse alrededor de ellos con mayor agresividad.

—Mantente en guardia.

Ordenó sin apartar la vista de los lobos.

—Y no te alejes de mí.

Anya asintió de inmediato, aunque sentía las manos heladas alrededor de la espada.

Entonces otro lobo saltó directamente hacia él, el joven apenas logró retroceder torpemente. Blandió la espada casi por instinto y el animal esquivó el golpe rozándole la pierna con las garras.

Evernight apareció delante de él un instante después, la espada descendió otra vez.

Un corte brutal, que dejó sangre sobre la nieve, pero el resto de la manada ya había perdido el miedo.

Dos lobos atacaron al mismo tiempo, uno fue decapitado inmediatamente. El otro alcanzó a lanzarse sobre Evernight y sus colmillos se hundieron con fuerza en uno de sus brazos.

Anya que solo vio la espalda ancha del caballero protegiéndolo, lo único que escuchó fue el sonido seco de la mordida.

—¡Señor Evernight!

El caballero ni siquiera soltó un quejido, sujetó al animal por el cuello y lo lanzó violentamente contra un árbol antes de atravesarlo con la espada.

La nieve alrededor ya estaba completamente manchada de rojo.

El lobo dudó apenas un instante, Anya esta vez dio un paso hacia él, no podía dejar que siempre lo protegieran, entonces el lobo se abalanzó y el joven dio un corte en el cuello del animal, el cual cayó rendido a su costado mientras daba sus últimos suspiros desgarradores.

El último lobo retrocedió asustado, pero antes de que pudiera huir, el caballero Evernight tomó una daga de su cintura y la lanzó directamente entre sus ojos.

El cuerpo cayó pesadamente varios metros más lejos, entonces todo quedó en silencio otra vez. Solo el viento soplando, la respiración agitada de Anya y el olor metálico de la sangre extendiéndose sobre la nieve helada.

El joven observó a Evernight con el corazón golpeándole violentamente el pecho. Había sangre sobre su ropa, sobre sus manos y aun así seguía de pie como si nada hubiera ocurrido.

Demasiado tranquilo, demasiado aterrador.

Evernight limpió lentamente la espada antes de volver a guardarla. Después giró apenas el rostro hacia Anya preguntando.

—¿Estás herido?

El muchacho tardó un segundo en reaccionar.

—N-no…

Evernight asintió levemente.

Entonces comenzaron el regreso hacia la cueva mientras la tormenta volvía a empeorar lentamente detrás de ellos.

♦ ♦ ♦

Ya dentro del refugio, Anya obligó a Evernight a sentarse cerca del fuego. Afuera el viento continuaba golpeando la entrada de la cueva y la nieve se colaba a ratos en pequeñas ráfagas heladas, pero dentro el calor de la fogata volvía el ambiente apenas soportable.

Evernight observó de reojo cómo el muchacho dejaba el bolso sobre el suelo y comenzaba a buscar cosas apresuradamente entre frascos, bolsas de tela y pequeños paquetes de hierbas secas.

—No es grave.

Dijo el caballero mientras se quitaba lentamente el guantelete ensangrentado y se remangaba la camiseta negra .

—Igual debe limpiarse.

Anya ni siquiera levantó la vista al responder. Su voz sonó firme esta vez, aunque sus dedos seguían moviéndose con cierta torpeza debido al frío.

Tomó un pequeño cuenco de madera y comenzó a triturar varias hierbas con cuidado. El aroma amargo de las plantas pronto se mezcló con el humo de la leña y el olor húmedo de la nieve derretida sobre sus ropas.

—La magia de curación no es mi fuerte…

Admitió mientras trabajaba.

— Apenas aprendí algunas cosas simples. Pero esto ayudará a evitar una infección.

Evernight permaneció en silencio observándolo.

El fuego iluminaba parcialmente el rostro de Anya; Sus pestañas bajaban concentradas en la herida y de vez en cuando fruncía apenas el ceño mientras limpiaba con cuidado la mordida. Sus dedos eran cálidos pese al frío que aún dominaba la cueva, y sorprendentemente delicados para alguien acostumbrado a buscar raíces bajo la nieve.

Anya terminó de vendar el brazo usando una tela limpia que guardaba cuidadosamente dentro de su bolso. Después soltó un pequeño suspiro aliviado.

—Listo…

El silencio que siguió no fue incómodo al principio. Solo el sonido del fuego crepitando llenó la cueva mientras la tormenta rugía a lo lejos.

Entonces Evernight habló de pronto.

—¿No deseas preguntar sobre lo que te dije?

Anya levantó la mirada confundido.

—¿Eh?

—Sobre mi pareja.

El ambiente pareció volverse un poco más pesado. Afuera el viento sopló con fuerza haciendo vibrar apenas la entrada de la cueva, mientras dentro el fuego proyectaba sombras anaranjadas sobre las paredes de piedra.

Evernight apoyó lentamente el brazo sano sobre una de sus rodillas.

—Estoy seguro de que no es común que dos hombres formen una familia.

Anya abrió apenas los labios intentando responder algo, pero ninguna palabra salió al principio. Sus ojos reflejaban desconcierto más que rechazo, como si estuviera intentando ordenar demasiadas ideas al mismo tiempo.

Evernight casi sonrió, encontraba que era entretenido observar sus expresiones, aunque tal vez lo estaba presionando demasiado.

Una parte egoísta de él quería seguir viendo aquella reacción. Quería que Anya pensara más en eso. Que lo mirara más. Que intentara comprenderlo.

—Fue alguien a quien amé demasiado.

Su voz bajó un poco más grave.

― Un hombre que terminó convirtiéndose en mi familia y con quien tuve tres hijos.

Anya sintió un pequeño estremecimiento recorrerle el cuerpo.

—Tal vez tengas prejuicios sobre eso.

Añadió Evernight sin apartar los ojos de él.

—¡N-no!

Respondió demasiado rápido, su reacción hizo que incluso él mismo pareciera sorprenderse.

—No pienso que sea algo malo… yo no…

Su voz fue disminuyendo lentamente hasta convertirse en un murmullo avergonzado. Desvió la mirada hacia el fuego, claramente nervioso, mientras jugueteaba inconscientemente con la tela de su manga.

Evernight lo observó en silencio unos segundos antes de añadir con calma.

— Mi pareja no era una persona común. Era un hombre capaz de procrear. Así fue como terminamos teniendo una familia.

El silencio cayó de golpe dentro de la cueva.

Anya sintió que el corazón le daba un vuelco en pánico.

Un hombre… capaz de procrear.

Eso lo golpeó con fuerza, sin darse cuenta llevó una mano hacia su propio abdomen, apretando apenas la tela de su ropa mientras intentaba protegerse de manera inconsciente.

Evernight lo observó hacerlo y por un instante sus ojos se oscurecieron peligrosamente. Aun así desvió la mirada antes de que el muchacho pudiera notarlo demasiado.

—Aunque todo eso quedó atrás…

Continuó después de unos segundos, la voz le salió más baja esta vez. Más cansada.

Miró el fuego arder frente a él mientras las llamas iluminaban tenuemente su expresión severa.

—Como dije, ya no queda nadie con vida... Siempre termino siendo el único que es dejado atrás.

Anya sintió un peso extraño en el pecho al escucharlo.

Levantó la mirada hacia él y por primera vez creyó ver algo realmente triste escondido detrás de aquellos ojos fríos, pero no supo qué decir.

Así que permaneció callado, mientras el fuego seguía crepitando suavemente entre ambos y la tormenta continuaba rugiendo afuera.

♦ ♦ ♦

Esa noche el ambiente se sintió extraño, más pesado.

Después de preparar otra de las liebres, ambos cenaron casi en silencio mientras afuera la tormenta volvía a empeorar.

Cuando llegó la hora de dormir, Evernight simplemente comenzó a quitarse la ropa sin decir nada. Se quedó únicamente con la ropa interior antes de recostarse junto a las mantas, dándole la espalda a Anya y cerró los ojos.

No deseaba presionarlo más, sobre todo después de haberle confesado algo así.

Anya permaneció inmóvil junto al fuego, todavía aturdido. Intentó convencerse de que podía dormir vestido, pero la humedad de la ropa terminó volviéndose insoportable.

Se arrepentía completamente de haber salido ese día, habían vuelto al mismo problema del inicio. No podían abandonar aquella cueva todavía y ahora toda su ropa estaba húmeda otra vez. Y Ahora se le sumaba aquella conversación.

No pudo evitar que una idea pasara por su cabeza, aquel caballero se sentía atraído hacia los hombres, lo cual provocaba que su corazón estuviera más inquieto que antes, así que ahora no era tan sencillo desnudarse.

Claro que el viento frío que entraba hizo que arrojara a un lado todas sus preocupaciones, ya no toleraba estar un segundo más ahí congelándose.

Así que comenzó a quitarse las prendas lentamente. Ambos estaban hechos un desastre, con olor a humo, tierra húmeda y nieve. Francamente no era muy diferente al aroma de un perro en mitad de la lluvia.

Dio un gran suspiro y antes de acomodarse junto a Evernight, cubriéndose hasta la cabeza con las mantas.

La espalda cálida del hombre quedó justo detrás de él, ninguno de los dos se atrevió a moverse. Y, aun así, Anya sentía el corazón acelerado.

Lo único que conseguía tranquilizarlo era recordar que Evernight jamás había intentado propasarse con él. Ni una sola vez. Sabiendo que le atraían los hombres…

Aquel pensamiento al aparecer en su cabeza lo hizo tensarse.

Porque, si era así… Entonces ¿por qué nunca parecía reaccionar ante él?

Anya frunció el ceño debajo de las mantas.

¿Acaso no le parecía atractivo?

Abrió los ojos horrorizado consigo mismo apenas aquel pensamiento cruzó su mente.

—No pienses en eso…

Se susurró avergonzado.

—No lo hagas…

Las horas pasaron lentamente.

Hasta que, cerca de la madrugada, ambos terminaron moviéndose dormidos entre las mantas.

Y cuando despertaron a la mañana siguiente, estaban abrazados otra vez.

Anya abrió los ojos primero, su rostro estaba peligrosamente cerca del de Evernight y el pánico lo golpeó de inmediato. Intentó apartarse torpemente y levantarse para ponerse algo de ropa aunque siguiera húmeda, pero en ese mismo instante los ojos azules del caballero se abrieron.

Ambos se miraron apenas un segundo.

Anya sintió que el rostro le ardía por completo y escapó antes de que Evernight pudiera decir una sola palabra.

♦ ♦ ♦

Después de aquello, Evernight dejó de presionarlo.

Ese día salió con la excusa de cazar nuevamente mientras Anya permanecía en la cueva. Estaba seguro que eso les daría el espacio que ambos necesitaban.

Luego de que toda aquella información fuera soltada como una bomba…

Cuando regresó horas después con algo de comida, el ambiente entre ambos se volvió más tranquilo.

Hablaron de cosas simples, cotidianas… En realidad Evernight, no volvió a contar algo de sí mismo, solo lo escuchó con atención y respondió una que otra cosa sin importancia.

Anya terminó describiéndole el pequeño pueblo donde vivía, las casas cubiertas de nieve durante el invierno, el mercado central y la diminuta tienda de hierbas que atendía todos los días.

—No es gran cosa —admitió con una pequeña sonrisa—. Pero me gusta.

Evernight lo escuchó en silencio mientras acomodaba unas ramas cerca del fuego.

—Suena que es un lugar tranquilo.

—Lo es, aunque en invierno todos se vuelven un poco insoportables por el frío.

Una pequeña risa escapó de él.

Después de unos segundos preguntó de manera inocente. Tal vez un poco curioso.

—¿Y usted qué hará cuando salgamos de aquí?

Evernight levantó apenas la mirada hacia él. El resplandor tenue de la fogata iluminaba parcialmente su rostro mientras afuera el viento continuaba golpeando con fuerza.

—Probablemente arrendaré alguna habitación en el pueblo por un tiempo.

Anya permaneció callado unos segundos antes de volver a preguntar.

—¿Y después?

Evernight respondió con la misma calma de siempre.

—Seguiré viajando.

El joven bajó un poco la mirada, jugueteando con las puntas de la manta que lo cubría por los hombros.

—Entonces realmente no tiene un lugar al cual volver…

El silencio permaneció unos instantes dentro de la cueva. Evernight lo observó brevemente antes de responder.

—No. Ya no.

Los días siguientes fueron más tranquilos.

La ropa finalmente logró secarse y Evernight comenzó a dormir únicamente con ropa interior, notando claramente la incomodidad de Anya. Aun así continuaron compartiendo las mantas durante las noches heladas.

Y aunque el muchacho seguía avergonzándose cada vez que despertaban demasiado cerca, poco a poco comenzó a acostumbrarse al calor de aquel hombre, a su presencia constante dentro de la cueva y al sonido tranquilo de su respiración durante la noche.

Una semana completa permanecieron atrapados en aquel refugio.

Hasta que finalmente la tormenta cesó.

La mañana en que pudieron marcharse, ambos prepararon sus pocas pertenencias en silencio. El aire seguía siendo helado, pero el viento finalmente había disminuido.

Anya salió primero de la cueva, guiándolo entre los árboles todavía cubiertos de nieve.

Durante un largo rato avanzaron en silencio.

Anya parecía distraído.

Pensativo.

Varias veces abrió los labios como si quisiera decir algo, aunque terminaba guardando silencio otra vez.

Hasta que finalmente habló de pronto, casi como si las palabras hubieran escapado solas:

—Podrías… quedarte en mi cabaña.

Evernight levantó apenas la mirada hacia él.

Anya evitó verlo directamente mientras continuaba caminando.

—No es muy grande… pero podría servirte hasta que encuentres trabajo o decidas qué hacer.

Hubo un pequeño silencio.

Entonces Evernight respondió inmediatamente:

—Acepto.

Anya giró apenas el rostro, sorprendido por la rapidez de la respuesta.

Entonces apareció una sonrisa sincera en el rostro de Evernight. Una demasiado cálida.

—Gracias, Anya.

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