Historia Paralela: Capítulo 2 | Fanfic

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El aire dentro de la habitación estaba cargado de una tensión espesa, casi irrespirable. Entre magia y medicina, lograron estabilizar a la señora de Tildeon. Poco a poco, el dolor disminuyó, las contracciones eran constantes, pero soportables, pero Anya parecía estar agotado.

El paso de las horas había borrado cualquier noción de tiempo, dejando solo el eco de los quejidos de la madre que estaba dando a luz. Y las órdenes del médico, el murmullo urgente de las sirvientas, que subía y bajaba como una marea inestable. Evernight no se apartaba de su lado, ni un solo instante; de pie primero, luego de rodillas junto al lecho, sosteniendo la mano de su esposo con una fuerza que rozaba la desesperación, como si temiera que, si aflojaba, aunque fuera un poco, lo perdería.

—Anya... mírame —su voz ya no tenía aquella firmeza fría que imponía respeto; estaba temblorosa—. Lo haces bien, solo no te duermas.

El joven apenas podía responder. El sudor perlaba su frente, su cabello castaño se pegaba a sus mejillas y su cuerpo se tensaba con cada contracción, más fuerte que la anterior, más cruel. El dolor lo atravesaba sin piedad, arrancándole pequeños gemidos ahogados que intentaba contener mordiendo sus propios labios.

—Todo estará... bien...

Susurró, aunque no lo estaba, aunque todo en él gritaba lo contrario, soltó esas palabras al ver la fragilidad de Anya, sus lágrimas.

Evernight apretó la mandíbula, sus ojos azules oscurecidos por el miedo. Habían visto sangre por años, había provocado muertes sin pestañear, pero aquello... aquello era distinto. Ver a Anya así, vulnerable, quebrándose frente a él, lo desarmaba una vez más al igual que en el momento que pensó que lo perdería.

―Fui demasiado orgulloso.

Masculló para sí mismo, por un instante, un pensamiento oscuro cruzó su mente con violencia, sus ojos fríos se posaron en el vientre materno, pensó en detener todo, arrancar ese dolor, sin importar el precio. Sus dedos se tensaron sobre la mano de su esposa, su respiración se volvió irregular.

No. No podía, era su hijo. Era el hijo de ambos.

—Respira conmigo —insistió, inclinándose más cerca, rozando su frente con la de Anya—. No estás solo... estoy aquí.

El médico dio una orden más firme, y el ritmo en la habitación cambió; las sirvientas se movieron con mayor rapidez, el agua tibia fue reemplazada, los paños limpios preparados. Riario, a un lado, mantenía sus manos alzadas, murmurando hechizos en voz baja, una energía tenue rodeaba el cuerpo de Anya para sostener su conciencia, estabilizarlo, evitar que su fuerza se agotara por completo. Sus ojeras eran profundas, pero su concentración no flaqueaba.

—Su majestad, debe calmarse —dijo sin mirarlo—. Si pierde el control, lo afectará a la madre también.

Evernight no respondió, pero algo en su postura cambió. No soltó a Anya, pero su agarre se volvió más consciente, menos desesperado. Se obligó a no ceder a esa oscuridad que amenazaba con consumirlo.

El tiempo se estiró, se deformó, hasta que Anya, en medio del dolor, perdió la fuerza. Su cuerpo se aflojó de repente, su cabeza cayó hacia un lado, sus ojos se cerraron.

—¡Anya!

El miedo lo atravesó por completo. En ese instante no era un rey, no era una figura imponente; era un hombre al borde de perderlo todo.

— Siga llamándolo estoy seguro que lo está escuchando.

Aconsejó el médico, sin perder tiempo, le dieron un medicamento a la señora de Tildeon, para hacerlo reaccionar, un aroma fuerte se lo acercaron a sus fosas nasales.

—Anya... —susurró esta vez, más cerca, más íntimo, su mano subiendo hasta su rostro—. Escúchame... mientras yo viva... mientras yo esté aquí... no voy a dejar que te pase nada, ¿entiendes? No me importa el precio... Iría hasta el mismismo infierno por ti...

Entonces su voz desesperada se convirtió en una suave súplica.

― Anya por favor debes luchar...

Acarició su mejilla con suavidad, se quedó mirando alguna reacción y al no ver nada le susurró.

―Te amo.

Hubo un segundo de silencio. Y entonces, como si esas palabras hubieran encontrado el camino de regreso, los párpados de Anya temblaron, sus dedos se movieron apenas entre los de Evernight.

—E... El...

Su voz era apenas un hilo, pero era suficiente.

El alivio golpeó al rey con tal fuerza que tuvo que inclinarse más sobre él, cerrando los ojos un instante.

—Estoy aquí.

Anya lo miró, aún perdido en el dolor, pero consciente, aferrándose a esa presencia como si fuera su todo.

—Yo... también... te amo... El.

No hubo tiempo para más. Otra contracción lo atravesó, arrancándole un quejido más fuerte, más vivo. El proceso continuó, largo, agotador, cada instante una lucha distinta. Evernight no se movió de su lado, no apartó la mirada, no soltó su mano ni siquiera cuando los dedos de Anya se clavaban en su piel.

Horas después, cuando el cansancio ya parecía absoluto, cuando la tensión en la habitación había alcanzado su punto más alto, el llanto de un infante rompió el silencio.

Un sonido pequeño, frágil... pero inconfundible.

Todo se detuvo.

El médico sostuvo al recién nacido con cuidado, comprobando su estado antes de permitir que el aire volviera a circular en la habitación. Una sonrisa cansada, pero genuina, apareció en su rostro.

—¡Es un varón!

Anya, agotado, apenas pudo sostener la cabeza, pero cuando el bebé fue acercado, sus ojos se abrieron con una emoción que borró todo el dolor anterior. Lo tomó con manos temblorosas, acercándolo a su pecho, observándolo como si fuera lo más precioso que había existido jamás.

—Es... nuestro hijo... —murmuró, una sonrisa suave, luminosa, extendiéndose en su rostro—. Es hermoso...

Evernight no respondió de inmediato. Sus ojos estaban fijos en el niño, recorriéndolo como si intentara comprender lo que tenía frente a él. El cabello castaño, la piel aún enrojecida, los pequeños rasgos que comenzaban a definirse... y entonces, los ojos. Azulados.

Su respiración se detuvo un segundo.

Algo en su pecho se apretó con una fuerza desconocida, profunda, imposible de ignorar. Nunca le habían interesado los niños, nunca había sentido nada al ver uno... pero este...

Este era suyo, de ambos.

Un temblor leve recorrió sus manos antes de que se acercara más, elevó una mano para acariciar con cuidado la mejilla del bebé, luego deslizándose hacia el rostro de Anya, sosteniéndolo con una suavidad que contrastaba con todo lo que había sucedido antes.

—...Son hermosos.

La voz salió baja, cargada, como si apenas pudiera contener todo lo que sentía.

Anya lo miró, y entonces, sin poder evitarlo, comenzó a llorar. Evernight lo atrajo con cuidado, rodeándolo junto al niño, formando un abrazo imperfecto, pero completo.

Solo ellos tres.

Un silencio íntimo se formó entre ellos y en medio de ese silencio, lleno de respiraciones suaves y el leve sonido del recién nacido, Evernight comprendió algo que jamás había creído posible; su corazón, ese que pensó incapaz de amar a su hijo, ahora latía con fuerza al igual que una sensación en el pecho lo embargaba, tanto que dolía.

El bebé ante sus ojos era hermoso. Se enamoró por completo de él apenas lo vio por primera vez. Era el niño de su Anya, se parecía a él también, a Evernight eso lo hizo estremecer, era suyo, de ambos.

Y no quería perderlo, nunca.

El castillo no volvió a ser el mismo después de aquel día. No fue un cambio brusco ni evidente para todos, pero en los rincones más íntimos de Tildeon algo se había suavizado, como si una tensión antigua hubiese cedido al fin. Aun así, para Evernight, la calma nunca era completa. Incluso cuando todo había salido bien, incluso cuando Anya descansaba con el niño entre sus brazos, la sombra del miedo seguía allí, agazapada, recordándole cada segundo lo fácil que sería perderlo todo.

Las primeras noches fueron las más difíciles. El recién nacido apenas dormía por largos periodos, su llanto rompía el silencio a deshoras, al principio las sirvientas entraron a la habitación con pasos suaves, intentando no perturbar más de lo necesario. Sin embargo, Evernight no deseaba delegar sus responsabilidad así que las echó.

Anya lo notó desde el inicio la preocupación de Evernight.

—Puedes descansar...

Murmuró una noche, con la voz aún débil pero más estable, mientras sostenía al pequeño contra su pecho

—Yo puedo...

Evernight negó de inmediato, casi con brusquedad. Estaba de pie junto a la cama, los ojos fijos en ambos, como si incluso el parpadeo fuera un riesgo.

—No, descansa.

No hubo más explicación.

Aun así, terminó acercándose, con movimientos más torpes de lo que jamás admitiría, tomó al niño cuando Anya comenzó a quedarse dormido, sosteniéndolo con un cuidado. El bebé hizo un pequeño sonido, inquieto, pero no lloró. Sus ojos apenas abiertos parecieron fijarse en él por un segundo.

Evernight se quedó inmóvil. Esa sensación cálida volvió a envolverlo.

—...Se parece a ti.

Murmuró, más para sí mismo que para Anya.

Anya que apenas alcanzó a escucharlo, medio dormido, sonrió apenas.

—Es nuestro...

El rey no respondió, pero no apartó la mirada del niño en ningún momento.

Los días comenzaron a organizarse en torno a esa nueva vida. Anya, aunque aún débil, se recuperaba bien; el médico y Riario supervisaban constantemente su estado, asegurándose de que nada se saliera de control. Aun así, Evernight no bajaba la guardia. Su sobreprotección, lejos de disminuir, parecía haber encontrado una nueva forma de manifestarse.

Ya no solo era Anya, ahora eran ambos.

Cualquier mínimo cambio en el comportamiento del bebé bastaba para tensarlo. Un llanto distinto, un movimiento más brusco, incluso el silencio prolongado lo ponían en alerta. Riario, cada vez más agotado, comenzaba a perder la paciencia.

—No va a dejar de respirar de la nada —gruñó una tarde, frotándose los ojos con evidente cansancio—. Es un niño sano. Ya se lo he dicho.

Evernight lo miró con frialdad.

—Entonces asegúrate de que siga así.

El mago chasqueó la lengua, frustrado, pero no respondió. Sabía que discutir en ese estado no llevaría a nada.

Anya, en cambio, observaba todo con una mezcla de ternura y preocupación. Había momentos en los que el comportamiento de su esposo lo conmovía profundamente... y otros en los que lo inquietaba.

Una tarde, cuando el sol comenzaba a caer y la habitación se teñía de tonos cálidos, encontró a Evernight de pie junto a la cuna, completamente en silencio. El bebé dormía, tranquilo, envuelto en mantas suaves.

El rey no se movía.

—Mi señor...

No respondió de inmediato. Solo cuando Anya se acercó más, apoyando una mano suave sobre su hombro, reaccionó levemente.

—Está respirando —dijo en voz baja, casi como si necesitara confirmarlo—. Pero es muy leve...

Anya suspiró con suavidad, rodeándolo desde atrás, apoyando su mejilla contra su espalda.

—Es normal...

Evernight cerró los ojos un instante.

—No lo es.

El tono fue bajo, pero firme. Había algo en él... algo que no se iba.

Anya lo rodeó con más fuerza, deslizando sus manos por su pecho, buscando calmarlo, traerlo de vuelta.

—Está bien... —susurró cerca de su oído—. Está con nosotros... estamos juntos...

El rey no respondió, pero su mano subió hasta cubrir una de las de Anya, apretándola con suavidad.

El tiempo avanzó, y aunque la rutina comenzó a asentarse, Evernight no recuperó del todo el descanso. Dormía poco y su carácter, aunque más contenido que antes, seguía oscilando peligrosamente cuando algo escapaba de su control.

Pero había algo más, algo distinto.

En los momentos en que Anya lo observaba sin que él se diera cuenta, podía ver cómo su mirada cambiaba al posarse en el niño. Ya no era solo vigilancia o tensión. Había algo más profundo... más cálido.

Una noche, cuando el bebé volvió a despertarse, Anya estaba demasiado cansado para moverse de inmediato. Evernight ya se había levantado antes de que el llanto aumentara, tomándolo en brazos con una precisión casi automática.

El niño se calmó más rápido de lo habitual, Evernight lo sostuvo en silencio, balanceándolo apenas, su mirada fija en ese pequeño rostro que comenzaba a suavizarse con el paso de los días.

—...No llores.

El tono fue bajo, torpe, pero el bebé no volvió a quejarse.

Anya, desde la cama, lo observó con una sonrisa tenue, con los ojos pesados por el sueño.

El rey se quedó allí un rato más, sosteniéndolo, hasta que el pequeño volvió a dormirse por completo. Cuando lo dejó en la cuna, su mano permaneció un segundo más sobre él, como si le costara separarse.

Luego miró a Anya, sus ojos se encontraron. Y por primera vez desde hacía mucho tiempo, no había miedo en su expresión.

Solo algo más suave, más humano.

Sin decir nada, se acercó a la cama, acomodándose a su lado, atrayéndolo con cuidado contra su cuerpo. Anya se dejó llevar sin resistencia, acomodándose contra su pecho, sintiendo ese calor familiar que siempre lo tranquilizaba.

—Descansa.

Murmuró Evernight, besando suavemente su cabello, esta vez, no hubo tensión en su voz. Solo cansancio... y algo parecido a paz.

Y aunque el mundo fuera incierto, aunque su naturaleza siguiera siendo la misma, en ese pequeño espacio, entre sus brazos, Evernight encontró algo que jamás había tenido.

Un motivo para vivir, para cuidar, para amar... sin reservas.

***

La conversación ocurrió en una de esas noches en las que el castillo parecía un lago tranquilo. No había viento golpeando las ventanas, ni pasos en los pasillos, ni siquiera el leve murmullo de los sirvientes trabajando a deshora. Solo el sonido tenue del fuego crepitando en la chimenea y la respiración pausada del niño, dormido en su cuna, ajeno a todo lo que aún no podía comprender.

Anya llevaba un rato en silencio, sentado sobre el borde de la cama, con las manos entrelazadas sobre su regazo. No estaba inquieto en apariencia, pero había algo en la forma en que evitaba mirar directamente a Evernight que resultaba evidente para quien lo conocía bien. El rey, que había aprendido a leer cada uno de sus gestos, no tardó en acercarse.

No preguntó de inmediato. Se detuvo a su lado, observándolo un instante, como si esperara que él mismo decidiera hablar. Pero Anya no lo hizo. Sus labios se movieron apenas, indecisos, hasta que finalmente dejó escapar un suspiro.

—Ese día... —comenzó, sin alzar la mirada—. Cuando discutías con Riario...

Evernight se tensó apenas. Fue un cambio mínimo, casi imperceptible, pero suficiente.

—Nosotros no terminamos de hablar sobre ello.

El silencio que siguió se mantuvo solo por un instante, Anya alzó finalmente los ojos, y en ellos no había reproche... pero sí algo más, inseguridad.

—Dijiste que no podías morir.

Evernight no apartó la mirada. Durante un segundo, su instinto fue el de siempre, No decir nada y protegerlo de una verdad que consideraba innecesaria. Pero ya lo había hecho antes. Ya había visto lo que causaba.

Y esta vez... no lo haría.

—Hice un trato —dijo, con voz baja pero firme—. Con la diosa.

Las palabras no fueron adornadas, no hubo intento de suavizarlas. Evernight nunca había sido un hombre que intentara alargar algo de manera innecesaria.

Anya sintió cómo su pecho se comprimía.

—¿Para traerme de vuelta...?

—Sí.

El aire pareció volverse más pesado. Anya tragó saliva, sus dedos apretándose ligeramente entre sí.

—¿Y qué diste a cambio?

Evernight sostuvo su mirada, sin vacilar.

—Mi muerte.

No fue una respuesta inmediata de comprensión. Anya frunció el ceño, confundido.

—No entiendo...

Entonces el rey se inclinó apenas hacia él, lo suficiente para que sus voces no tuvieran que elevarse.

—No envejeceré. No moriré.

La comprensión llegó despacio.

Y con ella... el peso real de lo que significaba.

Anya desvió la mirada. No porque quisiera ignorarlo, sino porque de pronto se volvió demasiado. Demasiado grande... Sus manos temblaron apenas, apoyándose sobre la tela de la cama.

—Entonces... —su voz salió más baja—. Tú vas a quedarte igual... y yo...

No pudo terminar, Evernight no esperó más. Se movió con rapidez contenida, tomando su rostro entre ambas manos, obligándolo con suavidad a mirarlo.

—No.

El tono fue firme, pero no duro. Era una negación que buscaba consolarlo.

—No pienses en eso de esa forma.

Pero Anya negó ligeramente, con una tristeza que no desaparecía.

—¿Cómo no voy a hacerlo? —susurró—. Yo voy a cambiar... voy a envejecer... y tú...

Su voz se quebró apenas, no por debilidad, sino por la crudeza de la idea.

—Tú vas a seguir igual.

Evernight no apartó la mirada. No había forma de negar aquello, pero sí había algo más. Su pulgar se deslizó por la mejilla de Anya, limpiando una lágrima que había escapado sin que él mismo lo notara.

—Te amaré.

No fue una promesa vacía, era real.

—No importa cuánto cambies.

Continuó, su voz más baja, más cercana.

— No importa cuánto tiempo pase. Siempre serás tú.

Anya lo miró, buscando una duda, una grieta... algo que indicara que esas palabras podían romperse con el tiempo.

No encontró nada.

Evernight apoyó su frente contra la suya, cerrando los ojos un instante.

—Siempre has sido tú quien ha estado en mi corazón.

El silencio volvió, pero ya no era tan pesado. Seguía habiendo tristeza, sí, una melancolía inevitable, pero también algo más profundo que la sostenía.

Anya respiró despacio, dejando que esa cercanía lo envolviera. Sus manos subieron lentamente, aferrándose a la ropa de Evernight.

—Entonces quédate conmigo... —murmuró—. Por siempre.

Evernight no respondió con palabras. Lo abrazó. Y ese abrazo dijo todo.

***

El tiempo no se detuvo, nunca lo hacía, pero en Tildeon, dejó de sentirse como una amenaza constante y comenzó a transformarse en algo más llevadero, más cálido. No de inmediato, no sin resistencia, pero sí de forma inevitable.

Evernight seguía siendo el mismo hombre en esencia. Intimidante, incapaz de bajar completamente la guardia. Sin embargo, la vida diaria comenzó a moldearlo de formas que ni él mismo comprendía del todo.

Las noches fueron el primer cambio.

Al principio, dormía poco, como siempre, despertando ante el más mínimo sonido, revisando la respiración del niño, observando cada movimiento como si en cualquier momento algo pudiera salir mal. Pero Anya no se lo permitió.

Sin confrontarlo, sin forzarlo, comenzó a guiarlo de regreso.

A veces era una mano en su brazo, tirando suavemente de él hacia la cama. Otras, simples caricias en su cabello, lentas, constantes, hasta que su cuerpo, sin darse cuenta, cedía al cansancio.

—Duerme... —le susurraba—. Yo estoy aquí.

Y poco a poco, Evernight lo hizo, no porque dejara de temer, sino porque confiaba en él.

El pequeño Cian creció rodeado de esa calma construida a pulso. A los cuatro años, ya no era aquel bebé frágil que había puesto el mundo de cabeza, sino un niño lleno de energía, con una curiosidad incansable, de preguntas que no siempre tenían respuesta.

Y ese invierno, cuando la nieve cubrió el castillo y los jardines se transformaron en un paisaje blanco y brillante, algo cambió definitivamente.

Evernight estaba de pie en el exterior, observando. Anya avanzaba con cuidado, envuelto en abrigos, mientras Cian corría delante de él, dejando pequeñas huellas torcidas en la nieve.

—¡Padre, en guardia!

La primera bola de nieve fue un desastre. Apenas llegó a rozar el abrigo de Evernight. El rey lo miró sin reacción en un principio, luego la siguiente bola de nieve fue precisa.

Cian soltó una carcajada tan fuerte que Anya no pudo evitar reír también, pero pronto su hijo también le lanzó un par a él, Anya Intentó esquivar la siguiente, pero terminó con una bola de nieve que le llegó en la pierna, de las otras se protegió con sus manos, fingiendo que eran más poderosas de lo que eran.

—Anya.

Lo llamó suave, no había molestia en su voz.

El rey se acercó, atrapándolo antes de que tropezara, sosteniéndolo con firmeza.

—Cuidado.

Levantando su rostro, sus ojos color avellana brillaban hermosos, felices.

―Gracias.

Anya intentó enderezarse, pero su marido no lo soltó, sino que lo rodeó un poco y entonces lo levantó con facilidad, para su sorpresa fue girado, aunque apenas, debido a que el pequeño Cian se aferraba a su madre riendo, intentando alcanzar su brazo hasta que el rey también sujetó a su hijo y esta vez giró con fuerza.

Los tres reían divertidos, alegres.

El momento se llenó de movimiento, de voces, de algo tan ligero que contrastaba con la seriedad de los protocolos que todos los días debían seguir.

Más tarde, hicieron un muñeco de nieve que quedó torcido, desproporcionado... Y aun así perfecto.

Evernight los observó en silencio, a su reina y a su hijo, por primera vez en mucho tiempo, no pensó en lo que podía perder. Solo en lo que tenía.

***

Esa noche, cuando el frío quedó atrás y el calor de la habitación los envolvió nuevamente, Anya no tardó en acercarse más de lo habitual. No fue un gesto abrupto ni evidente, sino algo que se deslizó poco a poco, en la forma en que se acomodó contra él, en cómo sus dedos comenzaron a recorrer distraídamente su pecho, en ese silencio cargado de intención que Evernight no tardó en notar.

—¿Qué sucede?

Preguntó, aunque ya intuía que no era algo simple. Anya dudó apenas un instante. No por inseguridad, sino porque sabía que lo que iba a decir no sería bien recibido.

—Quiero que tengamos otro hijo.

La reacción fue inmediata, el cuerpo de Evernight se tensó bajo sus manos, su mirada endureciéndose apenas.

—No.

No hubo espacio para matices. Era una negativa directa, casi instintiva.

—Anya, no vamos a...

Pero no pudo terminar, porque Anya no se apartó. Al contrario, se acercó más, rodeando su cuello, obligándolo a mirarlo de cerca.

—No quiero que estés solo.

Las palabras no fueron dichas con dramatismo, pero sí con una sinceridad que desarmaba.

—Cuando yo no esté...

Evernight apretó la mandíbula.

—No hables de eso.

Pero Anya no retrocedió esta vez. Sus manos se deslizaron con suavidad, su voz bajando a un susurro más íntimo.

—Quiero que tengas más... que tengas a nuestra familia en el futuro para que te acompañe cuando no esté... No quiero que te quedes solo con recuerdos, mientras sigues protegiendo Tildeon, mientras sigues siendo el rey del norte eternamente.

El silencio que siguió fue tenso, cargado de todo lo que Evernight no quería enfrentar, pero entonces Anya hizo algo más.

Se acercó lo suficiente para rozar sus labios con los suyos, lento, sin prisa, dejando que ese contacto hablara por él. Sus manos no se detuvieron, recorriendo su cuerpo con una confianza que hacía tiempo no mostraba. Acarició su entrepierna que ya estaba grande, dura, lista para su amado.

—Extraño las noches donde no me dejabas hasta al amanecer, cuando no me sueltas ni siquiera al día siguiente... —susurró contra su boca—. Así...

Eso fue lo que terminó de romper la resistencia.

―Maldita sea Anya... Quieres volverme loco.

Evernight lo abrazó con fuerza, atrayéndolo contra él, pronto sus cuerpos se rozaron de manera apasionada, insistente. Y Anya respondió sin dudar, su cuerpo acomodándose contra el suyo con naturalidad, con esa cercanía que se demostraban cada vez que dejaban caer en sus instintos, en su lujuria.

Esa noche fue lenta, necesitada, un poco inmoral.

Las caricias se alargaron, besos que comenzaron suaves y terminaron urgentes, respiraciones que se mezclaban hasta perder el ritmo. Evernight intentó mantener el control... pero no lo logró, esta vez, no quiso hacerlo.

No salieron de la habitación, luego de días, apenas dejando tiempo para sus responsabilidades y estar con su hijo.

Fue así que el segundo embarazo llegó con una calma que ninguno de los dos esperaba.

Fue distinto desde el inicio. Más estable, más llevadero. Evernight seguía atento, pero ya no dominado por el mismo miedo. Sus manos se posaban con frecuencia sobre el vientre de Anya, acariciándolo con una suavidad casi reverente, como si cada movimiento del bebé fuera algo que necesitaba memorizar.

Lo besaba, a su esposa... y a la vida que crecía en su interior. Cian, curioso, no tardó en involucrarse, apoyando su cabeza contra el vientre, hablando sin entender del todo, pero sintiendo que algo importante estaba ocurriendo.

Cuando Evie nació, sin complicaciones, el castillo volvió a llenarse de algo nuevo. Y Evernight... cambió un poco más.

La llevaba en brazos siempre que podía, sin importar el contexto, sin importar quién estuviera mirando. Evie respondía con la misma naturalidad, aferrándose a él, dejando pequeños besos en su mejilla, riendo sin reservas.

Anya los observaba y sonreía, era la princesita de su padre.

***

El tercer hijo, Bryan, llegó poco después, trayendo consigo una nueva dinámica que terminó de llenar cada rincón del castillo. Para entonces, Tildeon ya no era solo un lugar de poder o estrategia, sino un hogar en el sentido más pleno de la palabra. Las voces de los niños resonaban por los pasillos, las risas interrumpían reuniones, y hasta los sirvientes habían aprendido a moverse entre ese caos organizado con una paciencia renovada. Evernight, que alguna vez habría considerado todo aquello una distracción innecesaria, ahora era el eje primordial que sostenía su vida.

Cian, con ocho años, ya sostenía una espada de madera con determinación. Sus movimientos aún eran torpes, pero su mirada era firme, concentrada, buscando siempre la aprobación de su padre. Evernight no era indulgente en el entrenamiento. Corregía cada postura, cada error, con precisión fría, pero sin dureza innecesaria. Había exigencia, sí, pero también una guía constante, una presencia que no abandonaba.

—Baja el centro de gravedad —indicaba, ajustando su posición con una mano firme—. No dependas solo de la fuerza.

Cian asentía, respirando hondo, intentándolo de nuevo.

A pocos metros, Evie, con apenas tres años, observaba sentada en un banco de piedra, balanceando sus piernas, hasta que se cansó de mirar y corrió directo hacia su padre.

—¡Basho! —

Exigía, extendiendo los brazos, Evernight no dudó en abrazarla. Dejó el entrenamiento de lado un instante y la levantó con facilidad, acomodándola contra su pecho mientras ella reía, rodeando su cuello con los brazos.

—Papá.

El tono suave, casi cantado, era suficiente para desarmarlo y lo hacía.

Anya, desde la distancia, observaba esa escena con una sonrisa tranquila, sosteniendo a Bryan en brazos, quien aún era demasiado pequeño para comprender del todo el mundo que lo rodeaba. El bebé tenía los ojos avellana, suaves, curiosos, y el cabello claro que recordaba tanto al suyo que a veces lo dejaba sin palabras.

Evernight amaba a cada uno de ellos con la misma intensidad, con una profundidad que crecía con el tiempo.

Los veranos en el lago, en el bosque de Tildeon se convirtieron en una tradición, Anya así de alguna forma recordaba a su maestro Savelli, lo extrañaba, estaba seguro que estaría orgulloso de su discípulo.

Los niños corrían sin descanso, el agua salpicaba en todas direcciones, y las risas se mezclaban con el sonido de las hojas moviéndose con el viento. Evernight no siempre participaba activamente, pero estaba allí, observando, asegurándose de que nada se saliera de control, interviniendo cuando era necesario... y a veces, cediendo, dejando que ese momento lo arrastrara también.

Anya se sentaba a su lado en esas ocasiones, apoyando la cabeza en su hombro, compartiendo el silencio cómodo que habían aprendido a construir.

—Es lindo ver lo felices que son... y lo bien que están creciendo.

Murmuró y Evernight que miraba a sus hijos respondió.

—Sí, es cierto.

Y eso... era suficiente.

Con el tiempo, incluso Riario desapareció del escenario cotidiano. Cuando Bryan cumplió tres años, el mago, agotado hasta los huesos, decidió marcharse. No hubo ceremonias ni despedidas formales; simplemente un anuncio seco, una última discusión con Evernight y luego su ausencia.

Se fue a recorrer el mundo, a gastar la fortuna que había acumulado trabajando sin descanso, a vivir una vida libre de preocupaciones.

Ronan tomó su lugar, más joven, más enérgico, aun aprendiendo, pero comprometido.

El castillo siguió adelante.

Siswu seguía siendo ruidoso, imposible de ignorar, constantemente reprendido por Lorea y Karen, quienes, con paciencia infinita, mantenían cierto orden mientras entrenaban a los novatos y a los jóvenes príncipes. Las risas, las discusiones, los pasos corriendo por los pasillos... todo formaba parte de una rutina que ya nadie cuestionaba.

Y en medio de todo eso... Evernight caminaba, ya no como una sombra imponente que todos evitaban, sino como una presencia firme, constante, que los niños buscaban sin miedo.

Seguía siendo él, frío en ocasiones, silencioso, observador, a veces su mal humor lo controlaba, pero también era el hombre que se inclinaba para escuchar a su hija, corregía con paciencia a sus hijo mayor, tomaba en brazos al menor sin que nadie se lo pidiera.

Y sobre todo... era el hombre que, cada noche, volvía para amar a Anya, lo abrazaba con cariño y dejaba que sus manos lo guiaran de nuevo al descanso. Apoyaba su frente contra la suya, lo besaba con dulzura y también con una pasión ardiente.

El tiempo seguiría avanzando. Inevitable, pero por ahora...su vida era esta. Y era más de lo que alguna vez habían creído posible.

***

Los años no pasaron de golpe, no cayeron como una sentencia, sino que se deslizaron lentamente sobre Tildeon como la nieve en invierno, cubriéndolo todo sin que nadie pudiera detenerlo. Al principio fueron apenas cambios pequeños, casi imperceptibles, pero con el tiempo se volvieron inevitables.

Cian fue el primero en marcharse.

No como una despedida definitiva, sino como parte de su deber. La ciudad de Meneregia, antigua capital del Imperio Delphium, no podía quedar sin vigilancia, no con todo el peso histórico que arrastraba. Había quienes temían revueltas, quienes desconfiaban de su estabilidad, pero la presencia de la sangre de Kleist bastaba para silenciar cualquier duda. Después de todo el secreto de esa sangre, sería mantenido por siempre como lo que era, un secreto.

Evernight, había gobernado Delphium durante años cumpliendo su promesa a la primera diosa, sosteniendo Tildeon con firmeza, y entendía que el mundo no podía permanecer inmóvil. Cian tampoco ambicionaba el trono; ninguno de sus hijos lo hizo. Eso, en el fondo, le dio una tranquilidad que jamás admitiría en voz alta.

Anya, en cambio, sí lo sintió, cuando lo vio partir, alto, firme, convertido en un hombre que ya no necesitaba su guía constante, algo dentro de su pecho se apretó con fuerza. Lo abrazó más de lo necesario, como si aún fuera aquel niño que corría por los pasillos del castillo.

—Cuídate... —murmuró, con una sonrisa suave, aunque sus ojos brillaban—. Y no olvides que siempre este será tu hogar... Iré a verte algunas veces.

Cian asintió, y cuando se separó, fue Evernight quien puso una mano sobre su hombro y le dio algunos consejos antes partir.

En el caso del tercer príncipe Bryan, este tomó un camino completamente distinto.

El menor de los príncipes, con el rostro que parecía un reflejo de Anya en su juventud, nunca se sintió atado a ningún lugar. Había en él una inquietud constante, una necesidad de ver el mundo más allá de los muros de Tildeon. Se convirtió en un viajero errante, y aunque regresaba cada cierto tiempo, nunca permanecía demasiado. Llegaba con historias, con cicatrices, con risas fáciles... y se iba de nuevo.

Anya lo esperaba siempre y siempre lo despedía con la misma mezcla de orgullo y nostalgia.

Evie, por su parte, encontró su lugar en otro territorio. Su matrimonio fue tranquilo, respetuoso, lleno de afecto. Su esposo la escuchaba, valoraba sus palabras, y juntos gobernaban con una armonía que pocos podían igualar, pero incluso así, cada vez que regresaba a Tildeon, abrazaba a sus padres sin importarle las formalidades, como si aún fuera la niña pequeña que se aferraba a ellos.

Anya y Evernight... nunca dejaron de recibirla de la misma forma, siempre la recibían de una manera cálida, cariñosa. Tal vez el rey era un poco más frío, pero Evie conocía bien el corazón de su padre. Era un hombre que le era difícil soltar y dejar ir cuando eran sus seres queridos.

Y mientras todo eso ocurría, el tiempo también alcanzaba a Anya. Primero fueron detalles pequeños, el cansancio al final del día.

La necesidad de descansar más.

Luego, las arrugas, finas al inicio, apenas visibles, que comenzaron a dibujarse en su rostro. Su cabello, antes castaño y brillante, empezó a aclararse, volviéndose blanco con el paso de los años. Su cuerpo se volvió más frágil, más lento.

Anya lo notaba, no lo decía, pero lo notaba. A veces, frente al espejo, su mano se detenía sobre su propio reflejo, recorriendo su rostro con una expresión difícil de descifrar. No era rechazo... pero tampoco era completa aceptación.

Era... inseguridad.

Evernight siempre lo encontraba en esos momentos y nunca apartaba la mirada.

—Sigues siendo hermoso —dijo una vez, con esa voz baja, firme, que no admitía discusión.

Anya desvió la mirada, incómodo.

—No tienes que decir eso...

Evernight se acercó sin dudarlo. Su mano tomó el rostro de Anya con firmeza, obligándolo a mirarlo directamente.

—No lo digo por obligación, ni tampoco es una mentira.

Sus ojos azules no titubeaban.

—Lo digo porque es verdad.

Hubo un silencio.

—Ya te lo he dicho no importa cuánto cambies... —continuó— siempre serás el único en mi corazón.

Y en esa mirada, en esa certeza absoluta... Anya encontró consuelo, porque Evernight jamás mentía en cosas como esa, jamás.

La enfermedad no llegó con violencia ni con un anuncio que pudiera prepararlos para lo inevitable. No hubo un día exacto en que todo cambiara; fue algo más cruel que eso, algo silencioso. Primero fue solo cansancio, una fatiga leve que Anya disimuló con una sonrisa, restándole importancia, como hacía con todo lo que pudiera preocupar a Evernight. Luego vino la debilidad, pequeños tropiezos, la necesidad de sentarse más seguido, de descansar más tiempo del que admitía necesitar. Y cuando se dieron cuenta, aquello ya era demasiado tarde.

El castillo entero lo sintió antes de que alguien lo dijera en voz alta. Las risas comenzaron a apagarse, las conversaciones se volvieron bajas, cuidadosas, como si elevar la voz pudiera romper algo frágil que ya estaba a punto de desmoronarse. Los pasos en los pasillos dejaron de resonar con normalidad; incluso los caballeros parecían caminar con más cautela. Era como si Tildeon entero contuviera la respiración.

Evernight no se separó de Anya ni un instante. No delegó, no confió, no descansó. Ordenó traer médicos de todos los rincones, magos, sanadores, cualquiera que tuviera siquiera la más mínima posibilidad de hacer algo. Riario trabajó hasta el límite de su resistencia, ojeroso, agotado, usando cada conocimiento que tenía, probando fórmulas, hechizos, alternativas... pero incluso él, que tantas veces había desafiado lo imposible, terminó en silencio.

No había nada que hacer, no era una enfermedad.

Era... el final.

Una tarde, cuando la luz del sol entraba suavemente por los ventanales, Anya sostuvo la mano de Evernight con delicadeza. Su piel estaba más fría de lo normal, pero su expresión era tranquila, casi serena.

—Está bien... —murmuró con suavidad—. No siento dolor, así que no hagas esa expresión.

Evernight no respondió. Sus ojos azules estaban turbios, cargados de algo que no podía contener, y su mandíbula permanecía tensa, rígida, como si cualquier movimiento fuera a quebrarlo.

—No hables, Anya.

La voz salió áspera, forzada, apenas sostenida por el control que todavía intentaba mantener.

Anya sonrió débilmente, con esa calidez que nunca lo abandonó, ni siquiera ahora.

—Me siento bien... quiero hablar... El.

Ese nombre.

Siempre ese nombre.

Evernight se estremeció como si lo hubieran herido, bajando la mirada de inmediato, incapaz de sostenerla. Su mano tembló dentro de la de Anya.

—Cuando muera... —continuó él, con dificultad, respirando más lento, más pesado— por favor, no me esperes... no sufras demasiado... y cuídate... aunque no puedas morir, puedes sentir dolor... puedes enfermarte... intenta ser feliz...

—¡Anya! ¡Cállate!

La reacción fue inmediata, violenta, desesperada. Su voz rompió la calma de la habitación, cargada de una negación absoluta.

Anya apretó su mano con suavidad, como si quisiera calmarlo.

—Te amo.

Evernight no levantó la mirada. Sus dientes rechinaron, su cuerpo entero estaba rígido, conteniendo algo que amenazaba con desbordarse.

—El... —susurró de nuevo, más suave— por favor mírame.

Y lo hizo.

Y en ese instante... se quebró.

Las lágrimas comenzaron a caer sin control, sin orgullo, sin esa frialdad que siempre lo había definido. Todo lo que era Evernight, todo su poder, toda su firmeza, se derrumbó frente a él.

—No puedo vivir sin ti... —dijo con la voz rota, irreconocible—. No puedo...

Anya lo observó con una tristeza profunda, pero también con amor, con una comprensión que dolía más que cualquier otra cosa.

—Podrás hacerlo, El.

Era una mentira, pero era una que necesitaba dejarle.

La respiración de Anya comenzó a volverse irregular, más pesada, como si cada aliento le costara más que el anterior. Evernight apretó su mano con fuerza, como si pudiera mantenerlo un poco más de tiempo con él.

—Jamás te dejaré ir... —susurró, con una intensidad oscura, casi como una promesa maldita— aunque pasen miles de años... ¡jamás!

Anya alzó su mano libre con esfuerzo y acarició el rostro de su amado, ese rostro que no cambiaría jamás, ese rostro que él dejaría atrás.

—Está bien... no me dejes ir...

Se miraron en silencio, como si en ese intercambio se dijeran todo lo que las palabras ya no podían sostener.

El golpe en la puerta interrumpió el momento. Siswu entró con los ojos rojos, la voz quebrada, intentando mantenerse firme pese a todo.

—Los príncipes... desean ver a su madre...

Evernight cerró los ojos con fuerza, como si aquello fuera un golpe más, se secó las lágrimas con brusquedad, intentando recomponerse.

—Hazlos pasar.

Cuando intentó levantarse, la voz de Anya lo detuvo.

—Ves... no estás solo, El...

Evernight no respondió. No podía.

Sus hijos entraron, ya no eran niños, hacía mucho que habían dejado de serlo, pero en ese momento... lo eran otra vez. Cian permaneció firme, intentando sostener la imagen de fortaleza que siempre había tenido, aunque sus ojos lo traicionaban. Evie se acercó de inmediato, tomando la mano de su madre con cuidado, como si fuera algo que pudiera romperse. Bryan, incapaz de soportar el silencio, comenzó a hablar, contando una de sus historias, esas que siempre lograban sacar una sonrisa, aunque ahora su voz temblaba, quebrándose por momentos.

Los nietos entraron también, con esa mezcla de confusión y tristeza que no sabían cómo expresar. Todos intentaban mantenerse enteros, todos sonreían de forma frágil, todos luchaban por no derrumbarse frente a él.

Evernight permaneció de pie, rígido, con los puños apretados hasta que las venas de su cuello se marcaron con claridad, luchando contra algo mucho más grande que él.

—Eres cruel, Anya... —murmuró en voz baja, casi inaudible.

Cuando finalmente la habitación quedó en silencio nuevamente, Anya cerró los ojos con suavidad.

—Estoy cansado...

Evernight se recostó a su lado de inmediato, sin dudarlo.

—Descansa... guarda fuerzas.

Anya sonrió, apenas.

—Te amo...

Evernight llevó una mano a sus ojos, cubriéndolos como si eso pudiera contener lo que sentía.

—Duerme.

Se quedó ahí, sin moverse, velando su sueño como lo había hecho tantas noches, como si ese acto pudiera detener el tiempo.

Entonces susurró tan bajo que apenas pudo escucharse.

—También te amo, Anya.

***

Pasaron horas, el silencio cambió. No fue un sonido, ni un movimiento... fue una ausencia. Evernight lo sintió antes de entenderlo.

—¿...Anya?

No hubo respuesta.

—Anya

Su voz tembló, lo tomó del rostro con ambas manos, con cuidado al principio, luego con desesperación.

—¡Anya!... Abre los ojos... no me dejes...

Nada.

Nada.

Y entonces el mundo, ese mundo que había sostenido con su voluntad, con su fuerza, con su obsesión... se rompió por completo.

El grito que salió de su garganta no fue humano, fue desgarrador. Aferrado a su cuerpo frío, no lo soltó. No lo soltó por horas.

El grito no terminó en ese instante, no fue algo que se disipara como el eco en una sala vacía, sino que pareció quedarse atrapado en las paredes, en el aire mismo, vibrando con una desesperación que ningún ser vivo dentro de Tildeon había escuchado jamás. Evernight no soltó el cuerpo de Anya; lo sostuvo con ambas manos, con una fuerza que no era violenta sino desesperada, como si todavía pudiera devolverle el calor, como si negarse a soltarlo fuera suficiente para impedir que aquello fuera real. Sus ojos recorrían su rostro una y otra vez, buscando algún indicio, algún mínimo cambio, una respiración tardía, un temblor, algo que contradijera lo evidente, pero no había nada, solo ese silencio absoluto que lo devoraba.

Pasaron minutos, tal vez horas, el tiempo dejó de tener sentido dentro de esa habitación cerrada donde el rey de Tildeon se aferraba a su esposa como un hombre que se hunde en el mar y se niega a soltar la última tabla que lo mantiene a flote. Nadie se atrevió a entrar. Los guardias permanecían afuera con la mirada baja, Siswu con los ojos enrojecidos, Lorea en silencio, Karen rígida como una estatua, todos sabiendo que cruzar esa puerta sería como enfrentarse a algo que no podría soportar.

Cuando finalmente alguien intentó abrir, la presión que emanaba desde dentro los obligó a retroceder. No hubo orden, no hubo palabra, pero todos entendieron que nadie debía entrar.

La noche cayó y luego el día, dentro, Evernight seguía ahí. No comió, no bebió, no durmió. Solo permaneció con Anya entre sus brazos, murmurando en voz baja, a veces con dulzura, a veces con una urgencia rota, como si estuviera hablándole a alguien que simplemente se negaba a responder.

—Despierta... —susurraba, rozando su frente contra la de él—. Ya es suficiente... deja de bromear...

Pero no había respuesta.

Al segundo día, cuando la luz del sol volvió a filtrarse por las cortinas, Evernight se levantó finalmente. No lo hizo con lentitud ni con duda, sino con una frialdad repentina que heló incluso a quienes esperaban afuera. Abrió la puerta, y su presencia hizo que todos se tensaran de inmediato. Sus ojos estaban vacíos, sin lágrimas, sin esa desesperación visible de antes, pero eso lo hacía aún más inquietante.

—Preparad el entierro —ordenó con una voz baja, firme, sin temblor—. La archiduquesa, mi única reina, será enterrada como corresponde.

No hubo nadie que se atreviera a responder otra cosa que no fuera obediencia.

El funeral fue solemne, grandioso, digno de la figura que había sido Anya para todo Tildeon. El pueblo entero se reunió, los caballeros formaron filas interminables, los nobles inclinaron la cabeza, los hijos permanecieron firmes pese al dolor evidente en sus rostros. Pero Evernight... Evernight no lloró. Permaneció de pie, observando, inmóvil, como si todo aquello ocurriera lejos, como si no fuera él quien estaba perdiéndolo todo.

Cuando la tumba fue sellada, algo dentro de él se quebró de una forma distinta.

No fue un estallido. Fue... un vacío incontrolable.

Los días siguientes se volvieron borrosos. El castillo seguía funcionando, las órdenes se cumplían, el reino no se detenía, pero el corazón de Tildeon se había apagado. Evernight continuó gobernando, porque había hecho una promesa, porque ese era el juramento que lo ataba a ese mundo, pero ya no había calor en sus acciones, ni en su mirada. Lo único que le quedaba eran los recuerdos, y esos recuerdos no eran consuelo, eran una herida constante.

A veces caminaba por los pasillos y creía verlo, una silueta, un movimiento, una risa que no existía. A veces entraba a la habitación y se detenía en seco, esperando encontrarlo ahí, como si todo hubiera sido un error, como si todavía pudiera volver a esa vida donde Anya lo esperaba con esa sonrisa que desarmaba todo lo que él era.

Pero la cama estaba vacía y siempre lo estaría.

Los años comenzaron a pasar, y con ellos todo lo demás. Sus hijos siguieron sus caminos, sus nietos crecieron, las generaciones cambiaron. Evernight vio cómo cada uno de ellos envejecía, cómo sus rostros se marcaban con el paso del tiempo, cómo sus cabellos perdían color, cómo sus cuerpos se volvían más frágiles... y él seguía igual.

Intacto, inmutable, eterno.

Al principio intentó mantenerse cerca, intentó sostener lo que quedaba de su familia, pero cada despedida era peor que la anterior. Cada pérdida abría la herida una vez más, cada entierro era un recordatorio de que aquello no terminaría nunca para él.

Cuando enterró a sus hijos, sus últimas lágrimas se extinguieron. Después de eso, ya no hubo nada más que pudiera romperlo de la misma forma.

El rey de Tildeon se convirtió en algo distinto. Un ser que inspiraba respeto, devoción... y miedo. Su inmortalidad dejó de ser un rumor para convertirse en una verdad incuestionable. Las guerras llegaron y pasaron, los reinos cambiaron, las eras avanzaron, y él seguía ahí, en el trono, observando cómo el mundo continuaba sin detenerse por nadie.

La eternidad, comprendió entonces, no era un milagro real, era un castigo.

Un destino donde siempre sería el que quedaba atrás.

Donde siempre vería partir a quienes amaba y donde nunca podría seguirlos.

Con el tiempo, su corazón se endureció hasta volverse irreconocible. No porque dejara de recordar, sino porque recordar era lo único que le quedaba, y eso... dolía demasiado.

Hasta que un día, en medio de un invierno interminable, decidió levantarse del trono.

No hubo anuncio, no hubo despedida, simplemente se fue.

Cruzó nuevamente la Muralla de la Noche, avanzando hacia ese paisaje blanco y desolado donde el mundo parecía haberse detenido. La nieve caía en silencio, cubriéndolo todo, borrando huellas, borrando historia, como si ese lugar no perteneciera a ningún tiempo.

Evernight avanzó sin detenerse, sin dudar, hasta que sus fuerzas finalmente cedieron. Se dejó caer sobre la nieve, sintiendo por primera vez en mucho tiempo algo parecido al cansancio. Sus manos se aferraron a las espadas que descansaban junto a él, una más ligera, otra más pesada, una que no le pertenecía, otra que había sido un regalo... y en esa última, la borla desgastada seguía ahí, frágil, persistente, como un recuerdo que se negaba a desaparecer.

La sostuvo contra su pecho, no podía dejarla, No podía soltar su recuerdo.

La nieve comenzó a cubrir su cuerpo lentamente, el frío dejó de sentirse, el dolor desapareció, su respiración se volvió más lenta, más tenue, como la de un niño que finalmente se rinde al sueño.

Sus ojos permanecieron abiertos un momento más, observando ese cielo blanco, infinito. Y entonces, un pensamiento cruzó su mente.

"Al fin... puedo descansar".

Sus ojos se cerraron.

La oscuridad lo envolvió.

Silencio.

Solo silencio.

Y en medio de esa nada... una voz.

Suave.

Conocida.

Casi infantil.

—¿Señor?

Evernight abrió los ojos y por primera vez en siglos... sonrió.

—Mi Anya...

Después de todo ese tiempo, después de todo ese dolor, después de toda esa eternidad... finalmente regresaba junto al amante que había amado con todo su ser.

Y la paz, al fin... lo alcanzó.

***

La cueva estaba apenas iluminada por el resplandor inestable de la fogata, cuyas llamas dibujaban sombras temblorosas sobre las paredes de piedra.

El joven de cabello castaño y ojos color avellana caminaba de un lado a otro, inquieto, lleno de dudas, con los brazos tensos y la respiración contenida.

Finalmente se detuvo. Su mirada descendió hacia el hombre tendido en el suelo, inmóvil, con esa quietud inquietante que se asemejaba a la de un cuerpo sin vida.

Tragó saliva, se obligó a acercarse y se arrodilló junto a él. Sus manos temblaban al deshacer las prendas húmedas, retirándolas con torpeza hasta dejarlo por completo desnudo.

Evitó mirar más de lo necesario, desviando el rostro como si estuviera haciendo algo indebido, algo muy cercano a una travesura. Cuando terminó, se levantó de golpe y le dio la espalda, soltando un suspiro largo, pesado, antes de comenzar también a despojarse de su propia ropa empapada. El frío se le clavaba en la piel como agujas, haciéndolo estremecer.

En un rincón de la cueva milagrosamente encontró mantas gastadas, algunas provisiones olvidadas, restos de un refugio improvisado para viajeros perdidos. Era poco, pero era suficiente.

Se abrazó a sí mismo un instante, cerrando los ojos, intentando reunir valor, antes de regresar junto al hombre inconsciente. Se recostó a su lado y los cubrió a ambos con la manta, acercándose más de lo que su pudor le habría permitido en cualquier otra circunstancia, pero el frío no dejaba lugar a una falsa moralidad.

El tiempo se volvió difuso, marcado apenas por el crepitar del fuego y el murmullo del viento afuera. Poco a poco, el cansancio venció su resistencia y sus ojos se cerraron. Fue entonces cuando el cuerpo a su lado se movió. El desconocido, aún sumido en la inconsciencia, se giró con lentitud y lo rodeó con un brazo, atrayéndolo con un cuidado casi instintivo. Cubriéndolo por completo por su cuerpo grande, duro.

El joven se tensó de inmediato, su rostro se encendió como un farol, un rubor intenso, una mezcla de vergüenza y sorpresa que le recorrió hasta la punta de las orejas. Nunca, en toda su vida, había estado así de cerca de alguien, mucho menos de ese modo. Pero el calor que comenzó a envolverlo era real, profundo, distinto a cualquier cosa que hubiera sentido antes.

"Y aunque su mente se agitaba, incómoda, confundida... su cuerpo, poco a poco, dejó de resistirse. El frío retrocedió, el temblor cesó, y en ese extraño refugio, entre el silencio de la cueva y el crepitar de la leña, encontró algo inesperado; un calor que no provenía solo del fuego, sino de ese contacto inevitable, como si aquel instante imperfecto, incómodo, profundamente humano, marcara el inicio de algo nuevo".


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