Historia Paralela: Capítulo 1 | Fanfic

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Nota Lucy:  Hola mi gente bella, tal como lo prometí he subido la historia original por completo, ahora bien, esta parte es un Fanfic, porque quise continuar donde lo dejaron, ya que sentí que faltaba para cerrar la historia, pero al final terminé emocionándome y ya voy para al sexto capítulo jajaja Aun así me he divertido tanto creando esta continuación.

Amo esta historia y soy su máximo fan xD

El quinto capi está que arde, así que si continúan verán que valdrá totalmente la pena :v

 Nos estamos leyendo y recuerden dejarme sus mensajitos :3

***

El aire fresco rozó el rostro de Anya cuando salió apresurado del castillo; sin embargo, no pudo disfrutarlo. Todo en su interior se agitaba, revuelto, y las náuseas no cesaban. Nada lograba salir de su estómago —probablemente porque estaba vacío—, pero la sensación persistía, incómoda, insistente.

― Ugh... Ha... ha...

Detrás de él, Lord Evernight lo alcanzó y deslizó una mano firme por su espalda, con la expresión endurecida, sombría, mientras las venas de su cuello se tensaban al ver cómo su pareja luchaba por recuperar el aliento. Anya alzó el rostro para mirarlo; sus ojos color avellana temblaban, frágiles, como los de un animal herido. Entonces Evernight lo tomó en brazos.

―Volvamos.

Solo esa palabra.

El silencio se mantuvo, pesado, incluso cuando atravesaron las puertas del castillo, donde la mayordomo Darin apareció de inmediato, corriendo junto al médico hacia la habitación de la señora. El rey permaneció de pie, inmóvil, como una escultura tallada en piedra: imponente, frío, con los ojos azules fijos en Anya mientras lo examinaban, sin apartarse ni un instante.

Hasta que, finalmente, el médico —visiblemente nervioso bajo esa mirada— habló con una sonrisa tensa:

―¡Felicidades, su majestad! ¡La señora está embarazado!

Los ojos de Anya se abrieron con sorpresa y durante unos segundos quedó inmóvil, como si no pudiera comprender del todo lo que había escuchado; luego, lentamente, llevó una mano a su vientre. Un hijo. La idea lo aturdía y, aun así, una leve sonrisa se dibujó en su rostro mientras recuerdos fugaces cruzaban su mente. Por eso giró el rostro para mirarlo a él, preguntándose qué expresión tendría, pero lo que encontró fue... frialdad.

Evernight mantenía la mandíbula tensa mientras el médico continuaba hablando, enumerando cuidados, precauciones, recomendaciones; para él no había motivo de celebración, solo preocupación. Cuando sus ojos se desviaron hacia Anya y notó el brillo húmedo acumulándose en ellos, una maldición baja escapó de sus labios y se pasó una mano por el cabello negro con brusquedad.

― ¡Retírense!

La tensión en la habitación se volvió asfixiante; Darin intercambió una mirada con el médico y, sin perder tiempo, ambos hicieron una reverencia antes de retirarse. El silencio volvió, y Anya ya no pudo contenerse. Las lágrimas cayeron; las odiaba, odiaba no poder detenerlas, pero el dolor que le oprimía el pecho era demasiado fuerte, esa distancia, esa muralla invisible entre ellos.

―¡Me prometí jamás pasar por una pérdida tan horrenda! ¡Si no deseas...!

―¿Qué estás diciendo Anya? Eso no es...

La mirada del joven se desvió y entonces se abrazó como si deseara proteger con todas sus fuerzas a aquella vida que crecía en su interior. Evernight puso una rodilla en el suelo y arrodillado alzó su mano, y secó sus lágrimas.

―Anya, te amo.

El tono bajo, quebradizo, hizo que el joven que apenas se había convertido en un adulto, lo mirara, aquellos ojos rojos como de un niño pequeño que acababa de llorar se posaron en los ojos azul profundo.

―He hecho un juramento, todo lo que soy te pertenece.

Anya, entonces recordó el juramento de caballero.

"Mi sangre correrá por usted, y mi espada será usada para protegerle. Pasaré mi vida entera a su lado, entregando mi cuerpo y mi alma por completo".

Evernight, hizo una expresión sombría al acariciar los labios de su joven pareja.

―Soy un hombre egoísta, Anya... Aun así haré lo que deseas... incluso aceptar a este niño.

El beso que vino fue suave, después desesperado, como si le estuviera recriminando, aun así Anya estiró sus manos y lo abrazó por el cuello aceptando todo de aquel deseo y egoísmo. Entonces lo escuchó susurrarle de nuevo.

―Anya, te amo.

El aire entre ambos se volvió denso, cargado de una emoción que no encontraba salida en palabras, solo en contacto.

Ambos se sostuvieron con fuerza sin desear soltarse, Evernight devoró sus labios, metiendo la lengua a la fuerza. Las manos callosas se deslizaron por la cintura de Anya y pronto el cuerpo grande y duro de su esposo estuvo encima suyo. Mordisqueó los labios suaves y delicados, hasta hincharlos un poco, la cadera de Anya fue sostenida atrayéndola hacia el cuerpo robusto de Evernight. Un leve roce de sus cuerpos hizo que Anya jadeara y se aferrara. Las mejillas sonrojadas y los labios semi abiertos hicieron que Evernight soltara otra maldición.

El deseo no era solo deseo: era miedo, posesión, necesidad de asegurarse de que seguía ahí, de que no lo perdería.

Sus manos entonces bajaron de un tirón el pantalón que su joven pareja vestía.

―¡Espera... el bebé!

Los ojos azules oscurecidos en deseo se posaron en él, un escalofrío pasó por la espalda de Anya, sabía bien lo que seguía.

― No lo meteré.

El médico había dicho que Anya debía tener cuidado el primer trimestre. Aun así estaba en buena condición.

―Abre las piernas.

La orden cayó pesada, inevitable.

Como tenía ambas manos sosteniendo las piernas de Anya, Evernight le mordisqueó el muslo para obligarlo a abrir más. Con los ojos vidriosos, Anya abrió las piernas. Entonces Evernight se encorvó y posó sus labios, dejando besos, lamiendo y chupando el agujero que se estremecía con cada toque. De pronto lo penetró con la lengua, más y más profundo. Sus embestidas eran tan violentos que parecían un falo entrando y saliendo por detrás. La saliva y sus jugos de amor chorreaban entre sus muslos, y Evernight, girando la cabeza, la sorbía con avidez.

Todo en ese instante era demasiado.

―Ah... Mhm....

El. En ese mismo instante, una oleada de placer lo sacudió, que mordió sus labios para no gritar. Las piernas le temblaban, a punto de doblarse, y Evernight lo sostuvo firme. Su mano, que descansaba en la cintura, subió lentamente hasta apretarle el pecho por encima de la camisa, mientras lo chupaba y lo embestía con insistencia, parecía que lo castigaba con mayor fuerza cuando Anya lo llamó por su nombre.

Aunque cumplió con su palabra de no penetrarlo, no lo dejó tranquilo hasta un largo tiempo después.

Luego de llegar varias veces al clímax, cerró sus ojos por el cansancio, Evernight, se quedó mirando el cuerpo desnudo de su pareja, su vista se posó en aquel vientre plano. Rechinó los dientes conteniendo su frustración, sus miedos. La idea de perder a Anya carcomía su razón ¿Habría alguna diferencia con el pasado? Aunque ya no existía la maldición, nada aseguraba que el embarazo terminara bien.

El silencio que siguió ya no era el mismo.

Era más pesado.

Más real.

Este se llevó la mano al rostro y suspiró de manera pesada, entonces Anya dormido se giró y lo abrazó por la cadera. Evernight, que volvió a posar sus ojos en aquel joven hermoso, acarició su cabello castaño claro y luego lo tapó con cuidado con las sábanas y el cubrecama. Al final él también se acomodó en la cama y lo abrazó, dejando que sus preocupaciones se diluyeran por el calor de sus cuerpos.

Los días que siguieron después Anya sonreía como el sol que brilla en verano, radiante. Evernight, aunque estaba tenso e irradiaba una energía oscura, cada vez que lo veía sufrir por las comidas, se mantuvo a su lado, acariciando su espalda, tomándolo en brazos como si fuera un bebé.

Ese contraste se volvió rutina.

Luz y sombra coexistiendo en el mismo espacio.

Riario y el médico se llevaron la peor parte, el pobre hombre tuvo que esconderse detrás del mago cuando el rey lanzó una daga contra la pared.

―¡Solo hagan lo necesario para que se sienta mejor!

El mago suspiró cansado sin importarle la cara asesina de su señor.

―Haremos lo posible, pero debes saber que siempre hay un límite.

Evernight, posó sus ojos fríos sobre su subordinado y Riario cerró su boca alzando sus manos como en rendición y no dijo más, sabía que si soltaba otra palabra la siguiente daga iría realmente contra ellos.

Durante el embarazo hubo momentos que lo único que pudo probar bocado, fue el comer fruta. El durazno al igual que en el pasado se deshacía delicioso en la boca de Anya. Evernight, varias veces se escapaba de su despacho lleno de trabajo para verlo durante las comidas.

Era casi una obsesión.

Una necesidad constante de comprobar que seguía bien.

El rostro avergonzado de Anya cada vez que era abrazado y acomodado en las piernas de su esposo, brillaba de múltiples colores. Sobre todo cuando los sirvientes entraban a la alcoba para dejar la bandeja con comida. Entonces él tomaba la cuchara y comía la sopa con cuidado, sino Evernight mismo le daría en la boca. El cocinero cada día debía preparar alimento que fuera liviano y que el estómago de Anya lo aceptara.

Una tarea difícil.

Pero necesaria.

Porque ahora... todo giraba en torno a la señora de Tildeon.

***

Los días comenzaron a moverse distinto en Tildeon, no con brusquedad, pero sí de una manera más animada y alegre, cambios que poco a poco llenaron el castillo de vida.

Anya intentó ayudar, pero al parecer todo mundo lo sobreprotegía; al grado que la mayordomo Darin se negaba rotundamente a que la señora de Tildeon se sobre exigiera en la organización de la boda.

Muchos parecían estar dando todo su corazón en los preparativos, tal vez porque la primera boda había sido un desastre en más de alguna cosa. Ahora el palacio parecía estar más decorado que hace unos meses cuando había sido el festival.

Evernight, no pensaba en escatimar dinero si eso significaba que la boda fuera poco menos que perfecta.

La atención del rey cada día era mayor, sobre todo desde la noticia del embarazo. No era extraño que lo tomara en brazos o llamara al médico ante la más mínima incomodidad. Anya estaba agradecido, pero no podía evitar sentirse avergonzado, también un poco triste por no poder ayudar más. Aun así no lo culpaba, ya era un gran avance que aceptara al niño.

El amor de Evernight se desbordaba como miel, sus ojos se suavizaban cada vez que estaba junto Anya, nadie dudaba que el rey estaba por completo enamorado de la gran señora de Tildeon.

Los cambios fueron haciéndose claros, en un principio solo eran pequeños detalles, más sirvientes de lo habitual, telas nuevas pasando de un lado a otro, Darin dando órdenes con una precisión más estricta de lo normal.

Anya en un punto se rindió y aceptó los deseos de Evernight, intentó relajarse, solo revisar una que otra cosa para la boda. La confección de su traje de novio, algunas decoraciones o las comidas y bebidas que se servirían.

El otoño ya estaba a punto de terminar y pasar a la siguiente estación, pero el castillo parecía aun estar en primavera.

La habitación de Anya siempre poseía flores frescas al igual que los pasillos cerca del dormitorio, tal vez por Evernight sabía bien que a su joven pareja le gustaban.

Al atardecer ambos daban un pequeño paseo por el bosque, Anya de vez en cuando pensaba en su maestro, lo extrañaba tanto, estaba seguro que Sevalli estaría feliz por su discípulo.

Evernight que se giró hacia Anya vio su mirada perdida como si estuviera lejos, muy lejos. Ni siquiera estaba pendiente del aire fríos que corría, pronto llegaría el invierno.

Por alguna razón esa sensación de lejanía hizo que sus nervios se tensaran, por eso se acercó y puso su abrigo encima de los hombros del joven.

Anya enseguida lo miró con algo de sorpresa, después le regaló una hermosa sonrisa.

―Está comenzando a helar, deberíamos entrar.

Los ojos azules temblaron un poco de preocupación y Anya que sujetó el abrigo, hizo una expresión algo deprimida.

―Aun no deseo irme.

Era como un niño haciendo un pequeño puchero, Evernight levantó su mano y se arregló el cabello hacia atrás como si fuera algo cansado estar en ese lugar.

Aun así tomó la mano de Anya entrelazando sus dedos y caminaron sin un rumbo fijo, hasta que se detuvieron de repente frente al gran árbol sagrado de plata.

―¡Oh!

Anya que soltó una expresión de sorpresa abrió sus ojos muy grandes y Evernight, preocupado preguntó con voz grave.

―¿Qué sucede? ¿Te sientes mal?

Anya, confundido, se miró así mismo y entonces volvió a soltar.

―Ah...

Los ojos azules pronto se volvieron oscuros, sostuvo de los brazos a su pareja y cuando estaba a punto de tomarlo en brazos y correr hacia el castillo lo vio levantar el rostro con los ojos llorosos, demasiado emocionado

―¡E... El bebé me está pateando... se ha movido por primera vez!

Evernight, frunciendo el ceño bajó su mirada ante el pequeño vientre que apenas se veía, cuatro meses habían pasado.

―¿Q...quiere sentirlo mi señor?

La voz temblorosa y su leve tartamudeo mostraban su temor a su rechazo cuando tomó su mano, Evernight, dejó que su mano fuera guiado al vientre que sobresalía un poco, permaneció tranquilo, sin expresión hasta que sintió la pequeña patadita.

Una sensación confusa y pesada se posó en su pecho, su corazón latió con fuerza y Anya con los ojos llorosos expresó.

―Está creciendo saludable ¿No cree?

Evernight, asintió con suavidad...

―Sí, está creciendo saludable Anya

Lo abrazó con cuidado mientras susurraba esas palabras y Anya sollozó como un niño pequeño con tanta tristeza. Evernight, por primera vez se sintió culpable y triste por el niño que nunca pudieron conocer. El cual él mismo había intentado asesinar.

Esa noche ambos durmieron abrazados, Evernight lo cubrió con su cuerpo por la espalda y sus manos descansaron en el vientre de su pareja, acariciando esa pequeña barriga con cuidado como si intentara consolar tanto a la madre como el niño.

Anya que se giró un poco recibió enseguida un beso suave, dulce, de su marido. Evernight, finalmente le susurró.

―Duerme Anya.

Los ojos de Anya fueron cerrados por la mano áspera de Evernight mientras el beso se profundizó un poco. Al poco tiempo el joven de ojos color avellana, los cerró al fin dejándose llevar por el cansancio. Las delicadas caricias, el calor de su mano grande, aquella sensación no desapareció en mucho tiempo.

♦♦♦

Los días siguientes comenzaron a llegar los tan esperados invitados.

Primero pasaron por la gran puerta los nobles de territorios cercanos, luego duques de regiones más lejanas, sus carruajes ocupaban los caminos, sus estandartes ondeaban orgullosos. Después llegaron los enanos, con su presencia firme y pesada, observando todo con ojos críticos, desconfiados, y finalmente los elfos, cuya sola entrada cambió el ambiente.

Anya los vio desde el corredor, con un porte firme, pero con una expresión amable mientras esperaba que pasaran. No había perdido su belleza, ni su habilidad; incluso con el embarazo apenas insinuándose en su vientre, seguía siendo el mismo joven sencillo, pero que tenía algo que lo hacía brillar sin esfuerzo. Su espada no descansaba por debilidad, sino por decisión, y Drakals permanecía sellado debido a que no deseaba eclipsar el poder del rey.

Aun así, su presencia seguía imponiéndose.

Cuando los elfos entraron, el murmullo disminuyó. Entre ellos venía Asel, quien apenas lo vio, rompió la distancia sin pensarlo dos veces.

―¡Anthony!

El abrazo fue inmediato, fuerte, sincero. Lo rodeó como si necesitara recuperar aquellos meses de separación. Anya respondió con naturalidad, encorvándose un poco y abrazándola.

―Es bueno verte de nuevo.

Murmuró, con una sonrisa leve.

Evernight no intervino, pero todos sintieron su mirada fría, amenazante.

Asel se separó solo lo suficiente para observar a Anya con detenimiento, sus ojos recorriendo su rostro, su cuerpo, deteniéndose un instante en su vientre.

Frunció el ceño, no dijo nada, pero su mirada luego se movió hacia Evernight, y ahí sí hubo algo claro, no entendía aquella relación de los dos... pero tampoco podía negar lo evidente.

Antes de que el ambiente se tensara más, otra voz irrumpió.

―Así que de verdad se casan otra vez.

Bluea apareció como si siempre hubiera estado ahí, caminando sin estar pendiente de protocolos, y sin dudarlo puso una mano sobre el hombro de Anya. La sonrisa provocativa que le dio al rey que estaba al lado de su pareja el archiduque, hizo que Evernight se tensara enseguida más de lo que ya estaba, el disgusto se dibujó enseguida en su rostro.

Entonces Bluea se acercó más de lo debido a Anya.

―¿Acaso me extrañaba tanto como yo su excelencia?

El golpe fue inmediato, Evernight lo empujó sin advertencia, mandándolo varios pasos hacia atrás.

A Bluea lo sostuvieron sus caballeros impidiendo que cayera como la vez anterior en el festival cuando fue pateado por Evernight. Bluea en vez de enojarse soltó una risa estruendosa.

―Al parecer el rey se mantiene igual.

Anya miró a su esposo y a Bluea, nervioso, aun no podía acostumbrarse a que chocaran cada vez que se veían. Aun así todo terminó en paz...

Los días continuaron, y con ello el flujo constante de personas. El castillo estaba algo más caótico, más vivo, lleno de voces, risas y miradas. Sin embargo, dentro de todo eso, Anya no cambió su rutina.

Ayudaba, aunque fuera un poco a Darin, aunque lo hacía a escondidas de los ojos del rey al igual que ayudaba en el entrenamiento matutino.

En el patio, con los principiantes a caballero, moviéndose entre ellos con cuidado, sin ser demasiado osado debido al niño que estaba creciendo en su vientre.

Corregía errores y ayudaba con técnicas para desarmar al enemigo. Su cuerpo respondía como siempre, firme, seguro, como si nada hubiera cambiado.

Rihan estaba ahí, siempre, observando más de lo necesario, escuchando con atención cada corrección. Sus ojos eran tan sinceros que Evernight, cada vez que lo espiaba por la ventana del salón de reuniones apretaba sus nudillos con fuerza y todos los presentes sudaban ansiosos por la tensión del ambiente que parecía ser cortado con cuchilla.

―Si bajas el centro de gravedad, no te van a tirar tan fácil cuando un oponente tiene más fuerza que tú y puedes aprovechar aquel momento para desviar el ataque y contraatacar.

Anya mostró como debía ser, ajustándola con naturalidad ante el ataque previamente planeado con uno de los caballeros a cargo del entrenamiento de ese día.

Rihan asintió, tragando con fuerza al ver el cabello largo posarse sobre el labio de la señora de Tildeon. Intentó desviar la mirada y alejar aquellos pensamientos que no deberían ser expuestos.

Había entendido hacía tiempo que no tenía lugar entre la relación de la señora y el rey. Aun así, intentó comportarse con naturalidad, servicial, respetuoso.

En lugar de ser un obstáculo, se volvió útil, apoyando desde donde podía, era suficiente con mantenerse cerca de la señora.

Desde lo alto, Evernight observaba, con una mirada asesina mientras golpeteaba la mesa con su dedo.

La sala de reuniones estaba en silencio, pero no por respeto, sino por miedo. Nadie hablaba más de lo necesario, el tesorero sudaba incluso sin calor, y los consejeros evitaban levantar la mirada.

Riario, sentado a un lado, era el único que apenas prestaba atención.

―Se va a desmayar en cualquier momento si sigue así.

Comentó sin mucho interés, echando una mirada a la duquesa que se movía en el campo de entrenamiento y mostraba un par de signos de cansancio.

El mago mostraba unas ojeras pronunciada. Aun tenía que preparar un par de brebajes diarios para la señora, seguir con el trabajo como mago del rey, enseñar a Ronan, su aprendiz, que a pesar de ser inteligente y rápido para comprender las cosas poseía una personalidad demasiado entrometida. Por eso cada vez que podía, Riario desaparecía, escapaba unos minutos como si eso fuera lo único que lo mantenía cuerdo entre la obsesión del rey por Anya y con aquel aprendiz que lo obligaba a trabajar más de la cuenta.

Siswu, por su parte no medía sus palabras como todos los demás y rezongó de manera infantil.

―Nuestra señora no estaría cansada, si no...

El golpe de Lorea lo cortó en seco. Directo, sin aviso.

Siswu se dobló un poco, llevándose una mano al costado.

―Cállate.

Murmuró Lorea.

Evernight, que se había levantado sin decir nada. Solo avanzó fuera de la habitación mientras que las voces del tesorero real y otros nobles se quejaban que aun había cosas por terminar.

El rey se dirigió directo a la zona de entrenamiento y Anya que lo vio venir estuvo a punto de escapar, pero fue tomado en brazos como si fuera lo más natural, ignorando cualquier protesta leve.

Anya suspiró, no intentó luchar, sabía bien que no debía sobre exigir demasiado su cuerpo, pero no podía mantenerse quieto mientras todos los demás se esforzaban en cumplir sus responsabilidades.

Aunque claro Evernight no solo se sentía molesto por eso, sino también por aquel niño, Rihan, esa mirada de admiración y amor puro, le hacían retorcer las entrañas.

Por eso antes de irse del campo de entrenamiento, atrapó los labios de Anya, quien abrió sus ojos horrorizado y forcejeó como un animalito atrapado por un depredador.

Lo peor es que no pudo evitar reaccionar a su beso y dejarse llevar un poco, la legua caliente de adentró en su boca, entrelazándose con la suya propia. Fue un beso caliente, descarado que todos los caballeros terminaron por girarse incómodos.

♦♦♦

Al fin el gran día había llegado, la ceremonia comenzó sin contratiempos. Anya estaba nervioso, aunque no era la primera vez que se casaba. No tuvo el tiempo suficiente para procesar todo lo que estaba sucediendo. Solo supo que, de un momento a otro, las puertas se abrieron y la luz bañó el pasillo frente a él. Su mano ya estaba sostenida por Evernight, firme, cálida, imposible de ignorar. No lo soltó. No lo hizo desde que lo encontró preparado, vestido de blanco, con aquel velo cayendo con suavidad sobre su cabello castaño.

El traje era impecable. No ostentoso, pero trabajado con un cuidado que se notaba en cada pliegue, en cada detalle bordado que atrapaba la luz sin exageración. No era algo que alguien hubiera elegido al azar.

El salón se desplegaba ante ellos como una escena cuidadosamente construida. Altos ventanales dejaban entrar una luz cálida que se mezclaba con el brillo dorado de candelabros suspendidos, haciendo que todo resplandeciera con una suavidad casi irreal. Arreglos de flores blancas y tonos suaves se extendían a lo largo del pasillo, entrelazados con telas ligeras que caían desde columnas y arcos, moviéndose apenas con el aire. Sobre el suelo, pétalos esparcidos marcaban el camino hasta el altar, formando un sendero delicado que parecía hecho para ellos. A los costados, músicos afinaban una melodía tenue; los violines sostenían notas largas y limpias que envolvían el ambiente sin imponerse, acompañando cada paso como si siguieran el ritmo de sus respiraciones.

Anya dio un paso, luego otro, y caminaron juntos sin separación, sin distancia; entraron del brazo, uno al lado del otro, como si desde el inicio de su relación hubiera sido así. El murmullo que llenaba el lugar se apagó poco a poco hasta desaparecer, dejando solo el sonido de sus pasos sobre el suelo y la melodía que resonaba suave de los violines.

Las miradas los siguieron, nadie habló. Era distinto a la primera vez, no había tensión incómoda, ni dudas, ni ese aire pesado que lo había envuelto todo en el pasado; esta vez, el ambiente era cálido, alegre.

Siswu ya estaba llorando antes de que llegaran al altar, limpiándose el rostro sin disimulo, conmovido, sin intentar ocultarlo.

―Señora...

Murmuraba entre dientes, con la voz quebrada. Lorea, a su lado, le dio un golpe suave en el brazo.

―En serio compórtate por una vez...

Pero ni siquiera él podía contener su admiración y felicidad, por eso no apartó la vista de sus señores.

Riario, más atrás, rodó los ojos, cruzado de brazos. Aunque no se fue, y eso ya decía bastante.

Ronan, en cambio, estaba completamente absorto, con los ojos brillando sin disimulo, siguiendo cada paso de Anya con una admiración abierta, casi infantil; para él no era solo su señora, era su héroe. Asel permanecía en silencio, sin sonreír, pero tampoco había rechazo en su expresión; solo observaba, aceptando, procesando, entendiendo finalmente que aquello no era algo pasajero. Bluea, por su parte, mantenía una sonrisa ligera, aunque sus ojos no la acompañaban del todo; aplaudiría cuando correspondiera, bromearía después, pero en ese momento simplemente se mantuvo respetuoso.

Más atrás, los enanos observaban con seriedad, intercambiando miradas breves y desconfiadas con los elfos, cuya presencia seguía siendo elegante pero distante; no había conflicto abierto, pero la tensión entre ambos grupos era evidente, contenida bajo la formalidad del evento.

Nada de eso alcanzó a Anya, porque cuando llegaron frente al altar, todo lo demás dejó de importar. El sacerdote alzó la voz, clara, firme, llenando el espacio sin dificultad mientras iniciaba la ceremonia; habló de unión, de compromiso, de aquello que trascendía a lo mundano, de la voluntad de dos personas que elegían permanecer. Pero Anya apenas escuchaba, sentía la mano de Evernight, su mirada intensa y eso era suficiente.

Cuando llegó el momento, el sacerdote hizo una pausa, dando paso a los votos. Evernight no dudó ni apartó la mirada.

―No soy un hombre que prometa con facilidad...

Dijo, con la voz baja, firme. Sus dedos se ajustaron levemente sobre los de Anya.

―Pero Anya, te prometo amarte durante toda mi existencia, por siempre te atesoraré sin importar el tiempo que pase.

Hubo un breve silencio.

―Siempre estaré esperando por ti... te amo.

Esas últimas palabras la susurró.

Anya, no comprendió del todo aquellas palabras, pero sus ojos se pusieron llorosos, ahora siempre lloraba, aunque no le gustaba hacerlo, terminaba llorando.

Tragó saliva e intentó calmarse, respirando de manera pausada, aun así no apartó la mirada de su pareja.

―El, yo también te amaré, aunque pase el tiempo, siempre te amaré.

Respondió, con la voz más suave, pero firme. Sus dedos se entrelazaron con los de él, los ojos azules de Evernight por un instante dejaron de ser fríos, eran como un mar azulado en calma.

―Solo... quédate a mi lado, Anya, eso es suficiente.

Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.

―Porque yo ya he elegido quedarme contigo.

El silencio que siguió fue distinto, más cálido, más cercano. El sacerdote retomó la palabra, cerrando la ceremonia con solemnidad.

―Bajo la mirada de la primera diosa, declaro que la unión entre estas dos personas será por siempre eterna e indestructible.

No hubo interrupciones, no hubo dudas. Cuando Evernight levantó el velo y lo atrajo hacia sí, el beso fue al inicio suave, casi contenido, pero eso no duró; la mano en la cintura de Anya lo sostuvo con firmeza, acercándolo más de lo necesario, profundizando el contacto sin preocuparse por las miradas, ni por los aplausos ni lo vítores de los caballeros ni por el llanto y los gritos de felicitaciones de Siswu.

Aquella cercanía entre ambos fue más intenso de lo que correspondía, más cargada de una emoción fuerte y vibrante, de todo el amor que no pudieron demostrarse en el pasado.

Anya se tensó apenas, sorprendido, cuando la mano de Evernight se posó suave, protector, en el vientre materno. El rubor fue subiendo por su rostro, pero no se apartó, no lo rechazó; sus dedos se aferraron a la ropa de Evernight, sosteniéndose en él mientras el beso se alargaba un instante más de lo esperado.

Cuando finalmente se separaron, el silencio se propagó por instante, solo un segundo, luego llegaron nuevamente los aplausos.

Siswu lloraba abiertamente y Lorea volvió a golpearlo, esta vez más fuerte. Ronan aplaudía con entusiasmo, sin poder contener la emoción. Bluea sonrió de verdad esta vez. Asel cerró los ojos un momento, casi sonriendo. Luego aplaudió como todos los demás.

Y en medio de todo eso, Anya seguía sosteniendo la mano de Evernight, sin soltarla, como si esta vez no hubiera nada que pudiera separarlos.

***

El viaje duró alrededor de tres días. El carruaje estaba rodeado de magia que amortiguaba cualquier movimiento brusco, y los asientos, profundamente acolchonados, hacían que el trayecto fuera lo más cómodo posible.

Anya llevaba una gran sonrisa en el rostro. Era la primera vez que viajaban juntos sin que fuera por obligación.

Evernight, en cambio, mantenía una expresión tensa, fría, como si algo le disgustara profundamente.

Había sido idea de la señora de Tildeon emprender aquel viaje por su luna de miel. Había tenido que insistir más de lo esperado para que el rey cediera. Con cada día que pasaba, Evernight parecía volverse más protector, más atento... casi obsesivo.

El joven posó sus ojos color avellana sobre su esposo. A pesar del evidente descontento en su rostro, en cuanto Evernight notó aquella mirada temblorosa, insegura, extendió su mano sin dudarlo y entrelazó sus dedos con los de él.

Anya fue jalado con suavidad y acomodado sobre las piernas del rey. Evernight lo rodeó con sus brazos y dejó un beso en su mejilla antes de susurrarle.

―¿Qué sucede? ¿Te sientes incómodo en alguna parte?

Sus manos acariciaron las de Anya con cuidado. La joven señora se mordió levemente los labios; la frialdad de Evernight siempre lograba inquietarlo, aunque conocía bien ese contraste... esa forma silenciosa de demostrar que no era enojo, sino preocupación.

―Estoy bien... ―murmuró de manera tímida―. Solo que al verte pensé que tal vez te he presionado demasiado, sé que no estabas feliz con este viaje.

Evernight se inclinó hacia él enseguida calmándolo, acercándose de manera suave a su oído.

―No es así, mi Anya... Después de todo, fui yo quien eligió el lugar donde pasaremos la luna de miel...

Guardó un breve silencio. Rozó su nariz contra el cuello de Anya antes de continuar, en voz baja.

―Solo me preocupa que no hayas descansado lo suficiente después de la boda.

Su mano subió hasta su mejilla sonrojada, obligándolo suavemente a alzar el rostro. Sus miradas se encontraron.

―Aunque se han hecho todos los preparativos para que estés cómodo... un viaje siempre puede sobrecargar tu cuerpo.

Los labios de Evernight se posaron sobre los suyos. Suaves al inicio, casi cuidadosos... pero no tardaron en volverse exigentes, apasionados

Cuando su lengua exigió paso, Anya abrió la boca sin oponer resistencia. Un gemido bajo escapó de su garganta mientras sus lenguas se entrelazaban sin control. Evernight, chupaba y enredaba su lengua una contra la otra... lo besaba como si quisiera consumir cada reacción, cada respiración.

Sus ojos azules no se apartaban de él, lo observaban, medían, absorbiendo cada parte de su joven pareja.

El beso se extendió por largos minutos, hasta que el carruaje se detuvo abruptamente al atravesar un pequeño poblado. Anya se aferró a él como si fuera y Anya un animalito desesperado por vivir, como si Evernight fuera su salvación, su refugio, su todo.

El toque en la puerta los separó. La voz de Lorea se escuchó desde afuera, ligeramente tensa.

―Su majestad... disculpe la interrupción, pero hemos llegado a nuestro destino.

Evernight dio un último roce a los labios de Anya antes de apartarse, entonces chasqueó la lengua con disgusto.

Anya, aún aturdido, llevó una mano a su boca mientras se acomodaba a su lado. Evernight ya se había levantado y abierto la puerta.

La señora de Tildeon alisó su traje antes de descender, respirando hondo, y aceptó la mano que su esposo le ofrecía.

Cuando sus ojos se posaron en la pequeña mansión y el lago que se extendía a pocos metros después de un sendero, su expresión cambió por completo.

Se iluminó.

―Es hermoso... me encanta este lugar.

El lago brillaba bajo el sol del verano, cristalino, tranquilo. Un par de patos silvestres se deslizaban sobre el agua, rompiendo apenas la superficie.

Anya sonreía... hasta que, de pronto, se quedó quieto. Evernight frunció el ceño preocupado, entonces lo entendió.

Anya tomó su mano y la llevó hacia su pequeño vientre, sus ojos brillando con una emoción aún más intensa.

―A nuestro hijo también le gusta.

Evernight se quedó en silencio, inmóvil. Aún no terminaba de acostumbrarse a aquella sensación. Cada vez que el bebé se movía, Anya buscaba compartirlo con él... insistía en hacerlo parte de ese momento.

No le desagradaba, pero tampoco podría decir que realmente le interesara lo suficiente.

Quizá... Solo un poco.

***

Lorea y Karen no tardaron en ponerse en marcha y ordenar el equipaje y realizar las órdenes de su señor.

―Nos encargaremos de todo, su majestad.

Karen hizo una leve reverencia antes de comenzar a dar instrucciones a los pocos sirvientes que aguardaban en la entrada. Su voz era firme, eficiente. Lorea, por su parte, ya estaba supervisando el traslado del equipaje hacia el interior de la mansión.

Todo se movía con rapidez, sin errores, sin ruido innecesario.

Evernight apenas les dedicó una mirada. Su atención regresó de inmediato a Anya. Siempre regresaba a él.

―Vamos entremos

Su tono fue bajo, firme, pero Anya no se movió. Sus ojos seguían fijos en el lago, en el pequeño sendero que lo bordeaba. La brisa suave movía las hojas y el agua reflejaba los últimos destellos dorados del atardecer.

―Solo un momento...

Murmuró el joven. Evernight frunció el ceño y respondió seco, intransigente.

―Pronto comenzará a correr el viento frío.

La señora de Tildeon, lo miró como un cachorro abandonado y rogó.

―Por favor... Quiero ver el lago de cerca.

El silencio se tensó entre ambos.

―No es necesario hacerlo ahora.

Anya hizo una leve mueca, decaído bajó su rostro.

―Lo sé.

Su voz baja, casi inexistente salió de sus labios.

―Solo quiero caminar un poco... he estado sentado todo el viaje.

Sus dedos apretaron levemente la mano de Evernight.

―Quiero estirar las piernas.

Los ojos azules del rey se oscurecieron apenas, pensando en cada posible riesgo. Y aun así... extendió su mano, tomando la de Anya con firmeza. Simplemente no toleraba verlo con una expresión triste.

―Bien, pero no te alejarás de mi lado.

No era una sugerencia, Anya asintió con una sonrisa cálida, emocionada. Y entonces caminaron por aquel sendero angosto, que estaba cubierto de pequeñas piedras y hojas secas. Evernight se mantenía ligeramente por delante, guiándolo sin soltarlo en ningún momento. Su agarre era firme, constante, protector. Cada pequeño desnivel era anticipado y lo cuidaba de manera desmedida, no podía evitar hacerlo.

―Con cuidado.

Anya, divertido, apoyó su mejilla en el hombro de su esposo y repitió en un leve canto, abrazándose a él con naturalidad, como si ese gesto fuera lo más sencillo del mundo.

―Estoy bien... estoy bien.

Evernight no se dejó llevar por el tono ligero; su mirada seguía atenta al camino, a cada irregularidad del suelo, a cada posible tropiezo.

―Mira por dónde pisas.

Anya dejó escapar una pequeña risa, suave, cálida, y asintió apenas. Lo conocía bien, sabía que toda esa atención excesiva era porque él se preocupaba, ambos vivían el uno para el otro.

―Sí, mi señor...

No hubo respuesta por parte del rey, pero su pulgar se movió levemente sobre la mano del joven, rozándola con una insistencia casi imperceptible, como si necesitara comprobar una y otra vez que seguía ahí, que no caería, que no se rompería bajo su cuidado.

Cuando avanzaron lo suficiente, el lago se abrió ante ellos en todo su esplendor. El cielo del atardecer se reflejaba en la superficie tranquila, tiñéndola de tonos anaranjados y violetas que parecían fundirse con el horizonte. Anya se detuvo sin darse cuenta, atrapado por la vista, y sus ojos brillaron con una emoción sincera.

―Es aún más bonito...

Evernight no miró el lago. Sus ojos permanecieron fijos en él, en esa expresión que parecía iluminar todo a su alrededor, como si nada más tuviera realmente importancia. El viento sopló con más fuerza entonces, moviendo suavemente el cabello de Anya, y sin decir palabra, Evernight se quitó el abrigo para colocarlo sobre sus hombros, ajustándolo con cuidado, asegurándose de cubrirlo bien, de que no sintiera el frío.

―Ya es suficiente.

Su voz fue más baja esta vez, firme, sin espacio para discusión.

―Regresemos.

Anya lo miró un instante, como si fuera a protestar, pero no lo hizo. Solo apretó un poco más su mano entrelazada con la suya, aceptando en silencio, y dio media vuelta junto a él, dejándose guiar sin resistencia.

Cuando entraron a la mansión, el cambio fue inmediato. El calor del interior los envolvió, contrastando con el aire frío del exterior, y todo parecía ya dispuesto para su llegada. La ama de llaves había supervisado que los sirviente revisaran cada detalle de la mesa, asegurándose de que todo estuviera en su lugar, mientras Lorea y Karen permanecían cerca de la entrada, atentos, vigilantes como siempre. Los sirvientes, pocos pero eficientes, se movían con discreción, respetando los horarios estrictos establecidos. Lo necesario para atender a sus señores sin invadir su intimidad.

Evernight ayudó a Anya a quitarse el abrigo con cuidado, sus manos eran firmes pero medidas.

―Siéntate.

Le ordeno con un tono seco. Anya obedeció sin discutir, dejando escapar un suspiro apenas audible al acomodarse. El cansancio comenzaba a notarse en su cuerpo, aunque intentara disimularlo. Un sirviente se acercó en silencio y sirvió la comida, ligera, preparada con precisión para no incomodarlo.

Evernight tomó la cuchara sin apresurarse. Probó primero, como siempre, asegurándose de que todo estuviera en condiciones antes de permitir que Anya lo hiciera. Solo entonces acercó la comida a sus labios.

―Abre.

Anya dudó un instante, lanzando una mirada de reojo a los presentes, ligeramente avergonzado, pero terminó obedeciendo. Sus mejillas se tiñeron con un leve rubor mientras aceptaba el bocado.

Evernight no hizo comentario alguno. Quizá no lo notó... o quizá simplemente no le importaba. Su atención estaba completamente centrada en él, en cada gesto, en cada reacción, como si nada más en la habitación existiera.

―Come despacio.

Murmuró, esta vez con un tono apenas más suave, casi imperceptible... pero suficiente para notarse.

***

La comida transcurrió en relativa calma, sin conversaciones largas ni innecesarias. Evernight no era un hombre elocuente, y Anya, aunque tenía mucho que decir, parecía demasiado cansado para sostener una charla. Aun así, había algo distinto en el ambiente, algo más tranquilo, más íntimo.

El silencio entre ambos no era incómodo, aunque Evernight no dejó de observarlo ni un solo instante; cada bocado, cada pausa, cada pequeño gesto era seguido con una atención casi excesiva.

—¿Es suficiente?

Preguntó en voz baja y Anya asintió suavemente, dejando escapar el aire con lentitud.

—Sí... estoy satisfecho.

El rey dejó la cuchara a un lado sin insistir. No lo obligaría, nunca lo haría, pero tampoco se levantó de inmediato. Sus ojos descendieron, una vez más, hacia el vientre de Anya, y su mano se movió casi por instinto, posándose con cuidado sobre él. No presionó, no hizo comentario alguno; simplemente permaneció ahí unos segundos, como si verificara algo, como si necesitara asegurarse de una realidad que todavía no terminaba de aceptar del todo.

Anya lo miró en silencio, con una expresión suave, casi frágil, pero no dijo nada, no interrumpió ese momento extraño y silencioso que parecía sostenerse solo.

Finalmente, Evernight retiró la mano y se puso de pie.

—Vamos.

No fue una invitación. Anya obedeció, como siempre, pero al levantarse su cuerpo vaciló apenas, un gesto mínimo, casi imperceptible... aunque no para Evernight. Antes de que pudiera dar un segundo paso, ya lo tenía en brazos.

—¡S- Señor Evernight...!

—No discutas.

El tono fue bajo, frío, inapelable. Anya cerró la boca, el leve rubor en sus mejillas lo delataba más que cualquier palabra, pero no luchó. Se acomodó contra su pecho, sujetándose con suavidad de su ropa, ocultándose de las miradas de los sirvientes. El calor del cuerpo de Evernight era constante, firme, seguro, y esa cercanía, aunque lo avergonzaba, también lo tranquilizaba.

Subieron las escaleras en silencio, el sonido de los pasos era amortiguado por la quietud de la mansión ya preparada para ellos. La habitación principal los recibió con una iluminación tenue y cálida; las cortinas entreabiertas dejaban ver el reflejo del lago bajo la luz del anochecer, y la cama, amplia, estaba cubierta con telas suaves, dispuestas con un cuidado.

Evernight no se detuvo y dejó a Anya sobre la cama con suavidad. Se inclinó apenas para acomodar mejor las almohadas tras su espalda.

—Descansa.

Anya lo miró, y en su expresión había algo más que cansancio.

—Tú también deberías descansar...

Evernight no respondió de inmediato. Sus ojos recorrieron su rostro, deteniéndose en sus labios cerrados, en el leve enrojecimiento de sus mejillas, en la forma en que su respiración comenzaba a volverse más lenta. La mano del rey subió, apartando con cuidado un mechón de cabello de su frente.

—Lo haré.

Pero no sonó como una promesa inmediata.

Anya extendió la mano, buscándolo. No tuvo que insistir. Evernight la tomó, y sus dedos se entrelazaron con naturalidad, como si ese gesto ya fuera inevitable entre ellos. El silencio volvió, pero no era incómodo, era necesario. Desde la ventana, el sonido del agua golpeando suavemente la orilla del lago se filtraba en la habitación, mezclándose con el susurro del viento entre los árboles.

Anya cerró los ojos poco a poco, vencido por el cansancio, pero antes de dormirse apretó un poco más la mano de Evernight, como asegurándose de que seguía ahí. Evernight no se movió. Permaneció sentado al borde de la cama, observándolo, vigilando, rara vez dormía.

El tiempo pasó sin que nada cambiara, y aun así todo parecía moverse lentamente. Sus ojos descendieron una vez más hacia el vientre de Anya, y su expresión se endureció apenas, una sombra cruzó su mirada. Su mano libre dudó un segundo antes de posarse nuevamente allí; esta vez permaneció más tiempo, y su pulgar se movió con torpeza, inseguro, como si todavía no estuviera seguro si aquel niño que crecía fuera la decisión correcta.

Su mandíbula se tensó, los recuerdos no desaparecían. Nunca lo hacían, pero cuando Anya se movió ligeramente en sueños, acercándose más a él, apoyando su rostro contra su costado, algo en su expresión cambió, suavizándose apenas. Evernight se inclinó y dejó un beso sobre su cabeza, silencioso, contenido, y luego se acomodó a su lado con cuidado. Sus brazos rodearon el cuerpo de Anya, envolviéndolo sin ejercer presión, pero sin dejar espacio entre ellos, protegiéndolo de todo lo que pudiera alcanzarlo.

Sus manos volvieron al vientre, esta vez con más firmeza... Como si, aunque aún no lo comprendiera del todo... ya no pudiera ignorarlo.

El lago continuó susurrando en la distancia, y por primera vez en muchas noches en vela, Evernight cerró los ojos.

***

A la tarde siguiente, el aire en el pueblo era distinto, más ligero, más vivo. El sol era brillante, cálido.

Anya caminaba despacio por la calle principal, sus ojos se movieron de un lado a otro con curiosidad genuina.

El pueblo, no era grande ni particularmente elegante, pero tenía algo vivo, algo que parecía latir en cada rincón. Las casas, de madera clara y techos inclinados, estaban adornadas con macetas rebosantes de flores; los colores se mezclaban en tonos suaves, como si todo el lugar hubiese sido pintado con paciencia. El aire olía a pan recién horneado, a frutas maduras, a especias dulces que se escapaban desde los puestos alineados a lo largo de la calle principal.

Anya caminaba despacio, sin soltar la mano de Evernight.

Sus ojos recorrían todo con una curiosidad casi infantil, deteniéndose aquí y allá, absorbiendo cada detalle como si temiera perderse algo. Había música a lo lejos, una melodía ligera que se deslizaba entre las voces de los comerciantes y las risas de los viajeros.

Evernight, en cambio, no miraba el pueblo, sino que miraba a Anya. Su mano nunca soltó la de él, firme, constante. Cada vez que alguien pasaba demasiado cerca, su cuerpo se tensaba apenas, lo suficiente para interponerse sin hacerlo evidente.

—No te alejes.

Murmuró en voz baja, su tono no era una orden, pero tampoco una simple sugerencia. Anya giró el rostro hacia él, sonriendo apenas.

—No lo haré.

Siguieron avanzando y un grupo de artistas callejeros había reunido a varias personas en una pequeña plaza improvisada. Un hombre hacía malabares con antorchas encendidas, mientras una mujer giraba sobre sí misma con telas que flotaban como si no pesaran. Más atrás, un joven tocaba un instrumento de cuerda, acompañando el espectáculo con una melodía rítmica, envolvente.

Anya se detuvo sin darse cuenta. Evernight también.

Sintió cómo los dedos de su pareja se tensaban levemente entre los suyos, no por miedo, sino por emoción. Sus ojos brillaban, reflejando el fuego de las antorchas, la música, el movimiento.

—Es bonito...

Susurró él, Evernight no respondió de inmediato. Observó el perfil de Anya, la forma en que la luz danzaba sobre su piel, el leve rubor en sus mejillas. Luego, sin decir nada, entrelazó mejor sus dedos, acercándolo apenas más a su cuerpo.

—Si te cansas, nos vamos.

Anya negó suavemente, sin apartar la vista del espectáculo.

—Solo un poco más.

Y Evernight, como siempre, cedió.

Más adelante, probaron dulces que Anya eligió sin pensar demasiado, guiado por el aroma. Una fruta caramelizada que crujía al morderla, dejando un sabor tibio y pegajoso en los labios. Evernight lo observó mientras comía, y sin previo aviso, llevó su pulgar hasta la comisura de su boca para limpiar un resto de azúcar.

El gesto fue simple, pero la forma en que sus ojos se oscurecieron no lo fue.

—Eres descuidado.

Murmuró y Anya se sonrojó apenas, apartando la mirada.

Siguieron caminando entre puestos y voces, entre risas ajenas que no les pertenecían. Nadie los miraba con reconocimiento, nadie se inclinaba, nadie susurraba títulos. Por primera vez en mucho tiempo... eran solo los dos.

Cuando el sol comenzó a caer, tiñendo el cielo de tonos dorados y rojizos, regresaron a la mansión.

***

La luz de la habitación era tenue, cálida, filtrándose desde una lámpara junto a la cama. Afuera, el sonido del lago apenas se colaba entre la quietud de la noche.

Evernight se quitó el abrigo sin mirarle, sin darse vuelta, pero Anya lo observaba.

Había algo acumulándose en su pecho desde hacía días... no, desde hacía meses.

Por eso se levantó y se acercó, sin decir nada al principio, deslizó sus manos por la espalda de Evernight, abrazándolo con suavidad. Su mejilla rozó entre sus omóplatos, y por un instante simplemente se quedó ahí, respirando su olor, sintiendo el calor de su cuerpo a través de la tela.

Evernight se tensó, apenas.

—Anya...

Lo llamó como si le estuviera replicando algo, pero no se apartó, eso fue suficiente para que la joven señora continuara.

Sus manos se movieron despacio, subiendo por el pecho, rodeándolo, aferrándose con un poco más de fuerza. Había necesidad en ese gesto, una que no estaba siendo correspondida como antes.

Sus dedos buscaron los de él, intentando entrelazarlos. Evernight los detuvo, no con brusquedad, pero lo hizo

Como siempre... El silencio que siguió fue más pesado que cualquier palabra.

Anya cerró los ojos un segundo, respirando hondo. Luego se movió, rodeándolo hasta quedar frente a él. Sus manos no se apartaron esta vez; subieron por su pecho, lentas, deliberadas, como si midiera cada reacción.

—Anya, espera, es mejor...

No terminó la frase, su joven pareja se estiró hacia él, sus dedos llegaron hasta el cuello de Evernight, deslizándose bajo la tela, rozando piel caliente. Su respiración era más inestable ahora. Anya, quería provocarlo, por eso respondió.

—¿Por qué?... No quiero detenerme.

Evernight lo miraba, callado, demasiado frío. Sus manos se mantenían a los costados, tensas, como si estuviera conteniéndose.

Anya dio un paso más, sus cuerpos quedaron cerca, casi rozándose por completo.

—No me tocas... —susurró, apenas—. Y tampoco me dejas tocarte...

Su mano descendió, lenta, atrevida, deslizándose por el abdomen firme de Evernight.

El aire cambió. Evernight atrapó su muñeca, firme, pero no la apartó de inmediato. Sus ojos, oscuros, bajaron hacia ese contacto. Luego volvieron al rostro de Anya, a sus labios entreabiertos, a ese leve temblor en ellos.

—No entiendes.

Dijo en voz baja, pero su pulgar, casi sin querer, acarició la piel de su muñeca y Anya tragó saliva.

—Entonces explícamelo...

Su voz fue más suave, pero no retrocedió al contrario se inclinó apenas, lo suficiente para que su aliento rozara sus labios.

—Solo deseo cuidarte.

Los dedos de Anya se movieron de nuevo, esta vez con más decisión, subiendo por su pecho, aferrándose a la tela, tirando apenas de ella.

—Te extraño...

El susurro fue casi inaudible, pero el efecto no lo fue. Evernight apretó la mandíbula, su control... por un instante desapareció. Entonces lo acercó de golpe, el beso no fue suave.

Fue profundo, apasionado.

Sus labios chocaron con los de Anya con una intensidad que rozaba la desesperación, como si en ese contacto hubiera algo más que deseo, algo más oscuro, más profundo.

Pero incluso así... Cuando Anya intentó profundizar, cuando sus manos volvieron a moverse con más libertad, Evernight volvió a detenerlo, separándose apenas. Respirando más pesado.

—No...

La palabra salió baja, rota entre la tensión, su frente descansó contra la de él.

—No puedo.

Pero sus manos... No lo soltaban y eso era, quizás, lo peor de todo.

El silencio entre ellos no cayó de golpe, sino que se fue instalando con lentitud, como una grieta que se abría sin ruido entre dos cuerpos demasiado cercanos para fingir indiferencia. Anya no se apartó; al contrario, permaneció ahí, frente a él, con los dedos aún aferrados a la tela de su ropa, temblando apenas antes de comenzar a moverse, despacio. Esta vez no retrocedió.

—...Por favor... quiero que me abraces.

La confesión salió baja, quebrada, más honesta de lo que había sido en días, quizá en semanas. Evernight no respondió; su cuerpo se mantuvo rígido, erguido frente a él, con los hombros tensos como si sostuviera un peso invisible. Sus manos no se movieron, pero su respiración sí, más profunda, menos controlada, delatándolo sin necesidad de palabras, prácticamente no quedó espacio entre ambos.

—Siempre me apartas... siempre detienes mis manos...

Sus dedos subieron por el cuello de su esposo con una lentitud casi deliberada, rozando la piel caliente, sintiendo el pulso acelerado bajo sus yemas. Evernight cerró los ojos un instante, como si ese contacto fuera demasiado, como si resistirse fuera lo único que aún lo sostenía.

—No deberías...

—¿Por qué?

La interrupción de Anya no fue brusca, pero sí firme, cargada de una frustración contenida.

— Estoy bien... todos lo dijeron. El médico... Riario... todos.

El aire se volvió más denso entre ellos, pesado, difícil de atravesar. Anya tragó saliva antes de continuar, y esta vez su voz cambió; perdió la firmeza, se volvió más suave, más vulnerable.

—...Yo te extraño.

Aquellas palabras no se alzaron, no exigieron... pero fueron las que rompieron lo que quedaba en pie. Anya se estiró y dejó un beso en su mentón.

—Te extraño... así... cerca... Me siento solo...

Sus manos no se detuvieron; descendieron por su abdomen firme, duro, lento, hasta posarse en aquel bulto grande del pantalón, escuchó como un leve gruñido se escapó de Evernight debido a su caricia.

—No solo quiero que me cuides... —susurró—. Quiero sentir que todavía me deseas...

El cuerpo de Evernight respondió antes que su voluntad. Un leve estremecimiento recorrió sus hombros, sus manos se cerraron en puños, conteniéndose con una rigidez que comenzaba a resquebrajarse. Anya lo sintió, lo comprendió... y en lugar de alejarse, se aferró más, elevándose de nuevo para rozar con sus labios la línea de su mandíbula. No fue un beso completo; fue un roce lento, consciente, casi peligroso en su intención. Era la primera vez que intentaba seducirlo. Estaba nervioso, también ansioso. Su corazón corría desbocado. Aun así no tenía pensado retroceder.

—Yo también quiero hacerte sentir bien... —murmuró contra su piel—. Déjame...

El quiebre no fue violento, pero sí definitivo. Las manos de Evernight se alzaron de pronto, firmes, sujetando la cadera de Anya y atrayéndolo contra él con una fuerza que había estado contenida demasiado tiempo. Su nombre escapó en un murmullo grave, roto, cargado de todo lo que no había dicho.

—...Anya...

Entonces se agachó y apresó sus labios, chupó y lamió con violencia, mientras sus manos apretaban las nalgas de su pareja. Anya, no detuvo su mano acariciando, Evernight, echó un par de improperios, amasó con fuerza el trasero de Anya.

Lo acercó más, hasta que el calor entre ambos se volvió imposible de ignorar, hasta que sus cuerpos se alinearon con una naturalidad que dolía por lo familiar. Anya respondió de inmediato, aferrándose a él, sus manos ahora seguras, urgentes, como si hubieran estado esperando ese instante tanto como él. El pantalón fue desabrochado dejando el miembro erecto a la vista.

El rey hizo lo mismo jaló los pantalones de su pareja y entonces, abrió sus nalgas introduciendo uno de sus dedos, Anya, se estremeció tuvo que sujetarse al cuerpo de su marido.

El beso llegó sin aviso claro, cargado de una intensidad que creció como las llamas, mientras el dedo se introducía en su interior, con cuidado. De la boca de Anya salieron jadeos, gemidos.

Aquella caricia se fue volviendo más demandante sin perder ese filo de control que ejercía Evernight.

Anya jadeó apenas, y ese sonido fue suficiente. Lo levantó con facilidad, haciendo que cayeran su ropa inferior. Sus brazos rodearon su cuello con naturalidad mientras Evernight avanzaba hacia la cama, cada paso firme, decidido, como si ya no hubiera espacio para dudas. Lo dejó sobre las sábanas con un cuidado que contrastaba con la tensión que lo recorría, se quitó la camiseta con presura, dejando su músculos a la vista, su miembro se alzaba orgulloso, duro, grande.

Evernight se inclinó de inmediato sobre él, respirando agitado, sus ojos oscuros recorrieron su rostro como si necesitara confirmar que Anya estaba listo.

La expresión de la señora de Tildeon era provocativo, lujurioso, con la mirada perdida. Su respiración rápida.

Evernight, abrió las piernas de su pareja y se agachó, acercando su aliento a aquella zona íntima, entonces lamió el agujero haciendo que Anya, alzara su voz.

La lengua se introdujo una y otra vez de manera profunda. Su mano áspera por el entrenamiento con la espada se deslizó hasta el miembro masculino de Anya, y lo acarició, primero la base, luego la punta, puso su pulgar en la base acariciando.

La cadera de Anya se movía sin poder controlarla, respiraciones ahogadas, el sonido bajo que se escuchaba cada que la lengua lo penetraba, el movimiento de su mano y los fluidos que se escapaban de su falo.

Anya alzó la mano y la apoyó en su cabello negro.

—...Ah... Ah... El... D-Demasiado...profundo.... Espera... El... Aah

La voz aguda y quebrada resonó enseguida. Avergonzado de su propio tono entrecortado, Anya carraspeó torpemente. Esa imagen despeinada y vulnerable lo volvió tan adorable que Evernight chupó con más avidez el orificio.

" Ahh, señor, ba, basta...!"

Anya, temblando y atrapado por las manos que le sujetaban, intentó detenerlo, el estímulo era demasiado, pero Evernight continuó metiendo la lengua aún más hondo. Cuando la nariz afilada rozó insistente, la espalda de Anya se puso rígida de golpe.

"¡Ah, no puedo más...! ¡Hhhngh!"

El cuerpo estaba demasiado sensible después de no haber tenido relaciones por meses. Anya gimió, sus manos se aferraron al cabello de su pareja, mientras su mejillas se teñían de rojo intenso.

―"Voy a lamer cada parte de ti, Anya."

Al susurrar eso sobre la entrada íntima, Evernight provocó que Anya se estremeciera y forcejeara.

―"¡E-espere... Aaaah!

Evernight dejó escapar una risita. Eso lo hacía aún peor.

Anya, sintió una sensación de orinar, terrible, por eso lo miró con los ojos hinchados.

―¡Hay algo diferente... Aah, alto, por favor!

Pero Evernight, no lo escuchó, siguió penetrándolo con la lengua y moviendo su mano de arriba y abajo, hasta que la señora de Tildeon miró hacia el techo con los ojos perdidos y un líquido salió disparado sin control, no se detenía.

Anya, lloroso, se tapó el rostro y dijo avergonzado.

―Le dije que se detuviera.

Evernight, que observó todo, soltó el miembro de su pareja y se acercó diciendo.

―Está bien, no es orina, solo te sentiste bien.

El rey alejó sus manos que tapaban su rostro, acarició su mejilla y expresó.

―Anya, no llores.

Evernight dejó un par de besos en su rostro, hasta que sus labios volvieron a unirse uno contra el otro.

La ropa superior de la señora de Tildeon que ahora estaba mojada fue retirada y lanzada lejos.

Evernight que lo besó en los labios, aprovechó de sujetarle el interior de los muslos, los abrió hacia los lados y fue bajando la mano hasta atraparle las curvas para empujar hacia dentro. Anya, nunca esperó que fuera penetrado en ese momento y aun menos cuando acababa de correrse.

― Mhm... No...

El rey que alejó sus labios y besó su cuello lamió y mordió cerca de su oreja.

―Anya, fuiste tú quien me ha provocado, así que abre bien tus piernas.

Anya, que se estremeció por completo con una de sus embestidas, obediente dejó las piernas abiertas como las de una rana, dejando paso al pene grueso que se hundió todavía más. Una vez más, la punzada que le recorría desde abajo hizo que los dedos de sus pies se encogieran con fuerza.

Anya se aferró a la espalda de su marido como si fuera a desgarrar la piel, gimiendo entre dientes.

―Así, bebé, deja que te penetre hasta el fondo.

El apelativo, acompañado de una risa burlona, le hizo dar un respingo.

Evernight tenía la manía de llamarlo "bebé" sólo cuando lo hacía revolcarse de esa manera, húmedo y sin control. Cada vez Anya pensaba que no debía alterarse, pero terminaba perdido, sin saber cómo reaccionar.

―¿Te gusta, bebé? ¿Esto era lo que querías?

Por alguna razón cada vez que lo escuchaba decirle de esa forma, le avergonzaba tanto que hasta las yemas de los dedos le temblaban, pero Anya, esta vez no quería ocultar sus sentimientos y deseos.

―E-El... Sí me gusta... Aaah... por favor no me sueltes... Más, quiero más.

Su voz suave se estiraba, pegajosa, torpe. Casi medio año sin estímulos lo había dejado incapaz de resistir el hábil juego de aquel hombre.

Entonces Evernight embistió con más profundidad, aunque de manera lenta, cuidadosa, a veces un poco más rápido, pero siempre cuidando que Anya estuviera bien. Después de todo era la primera vez que lo hacían, luego de enterarse del embarazo.

El ano especialmente sensible, distinto al de otros hombres, por su capacidad de concebir. Con cada movimiento de la cadera de su marido, con cada roce de sus sexos, piel contra piel provocaba un chasquido empapado, el líquido de su agujero se desbordaba, de manera caliente, vulgar.

Contra su vientre, Anya sintió la viscosidad de los fluidos de su propio miembro contra la piel de su marido que lo embestía de manera constante. Inconscientemente, Anya lo miró.

"...Ah."

Y quedó absorto al descubrir el brillo transparente que cubría la sien de Evernight, una gota de sudor cayendo. El cabello negro, alborotado y su rostro pálido, unos labios carnosos hinchados debido al ejercicio.

Era, sin duda, más provocador que todo lo que Anya había presenciado en su vida, Evernight atrapó la mano de Anya y le besó largo sobre la muñeca.

―"Te amo, Anya"

El repentino susurro de amor hizo que Anya parpadeara lentamente y luego sonriera, ambos volvieron a entrelazar sus labios. Besándose, haciendo el amor.

No hubo prisa, pero tampoco distancia; el tiempo pareció diluirse entre respiraciones entrecortadas, entre caricias que se volvían más firmes y otras que se demoraban demasiado, como si temieran terminar. Evernight no dejó de ser cuidadoso, incluso cuando la intensidad creció, incluso cuando su control se aflojó lo suficiente para dejar salir aquello que había estado reprimiendo. No se desbordó por completo... pero sí lo suficiente como para no detenerse, como para no apartarse, como para quedarse, finalmente, donde siempre había querido estar, con él, con Anya.

***

La mañana siguiente llegó con una calma serena, distinta a todo lo que habían vivido la noche anterior. El lago se extendía inmóvil, como una superficie de cristal que reflejaba el cielo despejado, apenas interrumpido por el suave desplazamiento de un par de aves. Los rayos de sol eran cálidos y el aire era fresco, limpio, y el silencio tenía una cualidad casi íntima, como si aquel lugar existiera únicamente para ellos.

Anya salió sin hacer ruido, envuelto en una capa ligera. No quiso despertar a Evernight; por una vez, deseaba simplemente caminar sin que lo detuvieran, sin que lo observaran con esa preocupación constante que, aunque cálida, también lo hacía sentir frágil. Descendió por el pequeño sendero hasta la orilla y, tras un instante de contemplación, se sentó sobre una roca baja. Con cuidado, como si estuviera probando algo prohibido, deslizó los pies en el agua.

El frío le arrancó un leve suspiro, pero no los retiró. Al contrario, movió los pies con suavidad, generando ondas que distorsionaron el reflejo del cielo. Luego, casi sin pensarlo, levantó un poco el pie y dejó caer el agua, salpicando. La sensación lo hizo sonreír. Repitió el gesto, esta vez con más confianza, como si ese acto fuera una pequeña rebeldía.

—Estás actuando como un niño.

La voz grave lo alcanzó desde atrás. Anya giró el rostro y encontró a Evernight de pie a pocos pasos, observándolo con esa expresión que siempre parecía contener algo más de lo que mostraba. No había enojo, pero tampoco relajación completa; era esa tensión constante, esa vigilancia que nunca desaparecía del todo.

—Tal vez... —respondió Anya con una sonrisa leve—. Solo quería sentirlo.

Evernight frunció apenas el ceño, sus ojos descendieron hacia el agua.

—Está fría.

—Lo sé.

—Podrías enfermarte.

Anya dejó escapar un suspiro suave, aunque la sonrisa no abandonó su rostro.

—Estoy bien...

Murmuró suave, hubo un silencio breve, pero cargado. Anya no insistió con palabras; en su lugar, volvió a mover los pies en el agua, salpicando ligeramente, como si lo invitara sin mirarlo directamente. Evernight permaneció inmóvil unos segundos más, observando cada uno de sus movimientos, como si evaluara un riesgo invisible. Finalmente, cedió.

Se acercó con pasos lentos y, sin previo aviso, rodeó el cuerpo de Anya desde atrás, atrayéndolo con firmeza contra su pecho. El gesto fue posesivo, pero no brusco; su mentón rozó el hombro de Anya mientras sus brazos lo contenían con una seguridad casi instintiva.

—Solo será por un instante...

Murmuró, más bajo, aunque no hizo ningún intento por apartarlo del agua.

Anya se recostó contra él con naturalidad, relajándose en ese abrazo que, pese a todo, siempre terminaba siendo su refugio.

—Entonces quédate conmigo un poco más.

Respondió en un susurro. Evernight no contestó, pero sus brazos se ajustaron un poco más, como si esa fuera su respuesta. Sus labios rozaron el cuello de Anya en un contacto breve, apenas perceptible, pero suficiente para hacer que el aire entre ellos cambiara. Anya giró el rostro lentamente, encontrando su mirada, y esta vez no hubo distancia. El beso que siguió fue suave, pausado, sin urgencia.

Ese momento se prolongó más de lo necesario, o quizás lo justo. El lago, el frío, el mundo exterior... todo quedó en segundo plano frente a esa cercanía tranquila que pocas veces se permitían.

Los días siguientes fluyeron con una naturalidad que ninguno de los dos había experimentado antes. Salían a caminar, recorrían los alrededores, compartían comidas sencillas sin la presión del protocolo, y poco a poco, sin darse cuenta, la distancia que alguna vez existió entre ellos comenzó a desvanecerse. Evernight seguía siendo atento, vigilante, pero ya no lo apartaba; ya no detenía sus manos. Y Anya, al notar ese cambio, dejó de contenerse.

Había momentos en los que simplemente se buscaban sin palabras: un roce de manos al pasar, una mirada sostenida más de lo necesario, una excusa mínima para acercarse. Ese hilo invisible que siempre los había unido, ahora estaba tenso, vibrante, imposible de ignorar.

Hacia el final de su estancia, casi dejaron de salir de la habitación. La pequeña mansión, que en un inicio había sido un refugio tranquilo, terminó convirtiéndose en un espacio completamente suyo. Los sirvientes, discretos al principio, pronto entendieron que su presencia era innecesaria durante largas horas. Lorea y Karen se encargaron de reorganizar los turnos de la servidumbre sin necesidad de explicaciones; bastaba con escuchar una puerta cerrarse, o ciertos sonidos que escapaban más allá de lo esperado, para saber que lo mejor era mantener la distancia.

Dentro de esas paredes, Evernight dejó caer aquellas barreras que solía levantar. La rigidez de su figura se deshacía en la intimidad, en la forma en que sostenía a Anya, en cómo lo atraía una y otra vez, como si no pudiera saciarse de su presencia. Y Anya, al sentirse amado y deseado, respondió con una entrega que no había podido mostrar antes, tocándolo sin miedo, buscándolo con una necesidad que ya no intentaba ocultar.

Las noches se volvían largas, llenas de respiraciones agitadas, de caricias que se prolongaban más allá del cansancio, de susurros que se perdían en la piel del otro. Incluso en el descanso, permanecían cerca, enredados, como si separarse fuera algo que ninguno de los dos pudiera permitirse.

Cuando finalmente llegó el momento de partir, el regreso no tuvo la misma tensión del inicio. El carruaje avanzaba con suavidad, y en su interior, Anya descansaba apoyado contra el pecho de Evernight, sus manos entrelazadas con naturalidad. El rey lo sostenía sin rigidez, sus dedos moviéndose de vez en cuando en pequeñas caricias inconscientes, como si aquel contacto se hubiera vuelto necesario.

La fortaleza de Tildeonrock apareció en el horizonte, imponente como siempre, recordándoles el peso de la realidad que los esperaba. Anya levantó ligeramente el rostro, observando las murallas con una mezcla de calma y nostalgia.

—Hemos vuelto...

Evernight no respondió de inmediato. Sus ojos se mantuvieron fijos al frente unos segundos antes de descender hacia él. Entonces, en un gesto breve, casi imperceptible, apoyó su mentón en la frente de Anya y lo abrazó con más fuerza.

No hizo falta decir nada, habían regresado, esta vez más unidos que antes.

***

El verano había quedado atrás casi sin que lo notaran.

El calor que alguna vez llenó los pasillos de Tildeonrock fue reemplazado por un aire más frío, más seco, que anunciaba sin duda la llegada del otoño. Las hojas comenzaron a caer en los jardines del castillo, cubriendo los senderos con tonos dorados y rojizos, mientras el viento se colaba por los ventanales con un murmullo constante. Todo parecía más lento... excepto dentro de la fortaleza.

Porque ahí, todo giraba en torno a una sola persona en Anya.

Con ocho meses de embarazo, su cuerpo ya no respondía como antes. Su vientre, ahora redondeado y pesado, marcaba cada uno de sus movimientos; agacharse se había vuelto difícil, caminar largas distancias casi imposible, y aun así... seguía intentando hacer más de lo que debía. Pero Evernight no lo permitía. Nunca lo permitía.

El rey había llevado su sobreprotección a un nivel que ya nadie se atrevía a cuestionar en voz alta. Sus reuniones se acortaban o simplemente se interrumpían cuando algún sirviente mencionaba el más mínimo malestar de la señora de Tildeon. Más de una vez abandonó el salón sin dar explicaciones, dejando documentos, decisiones y responsabilidades en manos de otros.

En manos de los ministros o de Riario, el pobre mago apenas podía sostenerse en pie algunos días. Sus ojeras se habían profundizado tanto que parecían permanentes, y su paciencia, que ya era limitada, comenzaba a desgastarse peligrosamente. Entre preparar brebajes para Anya, controlar la estabilidad mágica del embarazo, encargarse de los asuntos que el rey dejaba atrás... y además soportar sus cambios de humor, Riario estaba al límite.

—Esto no es sostenible.

Murmuró una tarde, con evidente irritación, dejando caer un montón de informes sobre la mesa.

— No duerme mi señor y cree que puede seguir así solo porque "no puede morir".

Evernight, de pie frente a la ventana, no se giró.

Su mirada estaba perdida en el exterior, pero sus manos... sus manos estaban tensas, los nudillos marcados, como si contuviera algo que no podía soltar.

—No importa —respondió, seco—. No lo necesito.

Riario chasqueó la lengua, frustrado.

—Claro que importa. Aunque no muera, eso no significa que no tenga consecuencias. Estás agotando tu cuerpo, tu mente... y si sigues así, ni siquiera podrás protegerlo como deseas.

Eso hizo que Evernight reaccionara, se giró lentamente, sus ojos fríos se clavaron en el mago.

—Es mejor que guardes silencio, no lo volveré a decir.

Riario sostuvo la mirada unos segundos más, antes de exhalar con cansancio. El silencio cayó pesado y fue en ese momento... que ocurrió.

El sonido, un golpe seco, cerámica rompiéndose contra el suelo.

Ambos se giraron.

La puerta del despacho estaba entreabierta. Evernight, entonces a paso rápido se acercó hasta abrir por completo la puerta de manera brusca.

Y ahí... estaba Anya.

La bandeja había caído a sus pies, el té derramándose lentamente sobre el suelo, los bocadillos esparcidos sin orden. Sus manos temblaban, su respiración era irregular, y sus ojos... sus ojos estaban fijos en Evernight.

Confundidos.

Heridos.

—¿Qué... significa eso...?

Su voz salió débil, quebrada. Evernight se tensó de inmediato.

—Anya...

Dio un paso hacia él, pero Anya retrocedió, ese pequeño gesto fue más violento que cualquier grito.

—¿Qué quisiste decir... con que no puedes morir...?

Insistió, ahora con más fuerza, aunque su cuerpo no acompañaba.

— Se suponía que... que todo había terminado... que Tanon... que la maldición...

Su respiración se quebró.

—...Que ya no... estaba...

Evernight apretó los dientes.

—No es algo que debas preocuparte ahora.

Su voz se elevó cortante, fue un error.

Los ojos de Anya se llenaron de algo más.

—¿No debo preocuparme...? —Repitió, incrédulo—. ¿Me ocultaste algo así... y esperas que no...?

Su voz se rompió.

—...¿Que no me importe?

El rey avanzó otro paso.

—Anya, cálmate.

—¡No! —retrocedió de nuevo—. ¡No me digas que me calme!

El aire se volvió pesado, sofocante.

—Siempre haces lo mismo... —continuó, con los ojos brillosos—. Decides por mí... ocultas cosas... como si yo no tuviera derecho a saber...

Evernight extendió la mano.

—No es eso—

—¡Entonces dime la verdad!

El silencio se rompió con un sonido ahogado. Anya se llevó las manos al vientre. Su cuerpo se dobló levemente.

—¡Ah...!

El cambio fue inmediato y el rostro de Evernight palideció.

—¿Anya?

El dolor no era leve, era intenso. Su respiración se volvió irregular, entrecortada, y sus dedos se aferraron a su ropa como si intentara sostener algo desde dentro.

—Duele...

Eso fue suficiente. Evernight lo sostuvo antes de que cayera, rodeándolo con ambos brazos.

—¡Riario!

El grito retumbó en todo el despacho, Anya, sintió como un líquido viscoso se deslizaba entre sus muslos. Evernight lo notó y volvió a alzar su voz hacia el mago.

—¡Haz algo!

Riario ya estaba moviéndose hacia ellos.

—Llevémoslo a la habitación.

Evernight no dudó, lo tomó en brazos con una urgencia que rozaba la desesperación, saliendo del despacho sin mirar atrás. Los pasillos del castillo se llenaron de movimiento en cuestión de segundos; sirvientes corriendo, órdenes cruzándose, puertas abriéndose.

Anya fue recostado con cuidado, pero el dolor no cedía del todo. Su cuerpo estaba tenso, agotado, y el miedo comenzaba a reflejarse en su rostro.

Evernight no se apartó, no podía.

El médico llegó pronto y el rey ordenó enseguida en voz baja, con una intensidad helada.

—Haz lo que sea necesario...

El médico intercambió una mirada con Riario, quien imbuía su magia de sanación en la señora de Tildeon.

—Aún no es el momento...

Murmuró el doctor y el mago concentrado en lo que hacía expresó.

―Centrémonos en estabilizar a la señora para que de a luz de manera segura.

Solo quedaba aferrarse a la esperanza, tenue pero firme, mientras la incertidumbre aún latía alrededor, confiando en que la vida, silenciosa y obstinada, terminaría por abrirse camino, aun entre la fragilidad de ese instante.


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