Capítulo Extra N°1: El retorno

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Últimamente, Tildeon estaba bastante ajetreado. Parte de ello se debía a la alegría propia de la primavera que volvía tras el invierno, pero, sobre todo, a que el duque había ordenado prepararse a conciencia para un día importante que se avecinaba. 

"¡Muy bien! ¡Por hoy se disuelve la tropa!"

Apenas terminó el entrenamiento matutino de los reclutas, el capitán de instrucción, Siswu, salió disparado del campo de maniobras, corriendo con prisa hacia algún lugar. En su mano llevaba una carta que acababa de recibir a través de un mensajero.

"¡Por fin...!"

Sin siquiera enjugarse el sudor que le corría a chorros, apretó la misiva contra el pecho y exclamó de júbilo mirando al cielo. El nombre grabado en la parte inferior del sobre le resultaba tan familiar y querido que casi le hacía llorar de emoción.

"¿Acaso no es el señor Siswu?"

Murmuraron algunos sirvientes que pasaban, al reconocerlo.

Pero a él no le importó en absoluto. Apretó la carta contra su pecho con todas sus fuerzas, riendo como un tonto, y en seguida subió de dos en dos los escalones de la fortaleza con un brío ligero y ágil.

"¡Comandante! ¡La Señora está a punto de llegar!"

El lugar al que Siswu llegó corriendo era el despacho y biblioteca del señor de Tildeon. Tan excitado estaba que su voz retumbó por todo el pasillo. Sin molestarse en llamar, abrió la puerta de golpe y gritó con todas sus fuerzas:

"¡Ya viene de camino! ¡Acaba de cruzar la Calzada Plateada!"

Aunque la luz de primavera se derramaba a raudales por los ventanales, el despacho, al igual que el carácter de su dueño, estaba impregnado de una sobria quietud. En medio de aquel espacio permanecía de pie un hombre alto, contemplando a través de la ventana.

"¡Señor, mire esto!"

Siswu corrió hasta él y, arrodillándose, alzó la carta con ambas manos.

"......"

Sin embargo, el hombre no mostró reacción alguna. Jadeando por la carrera y la emoción, el joven rubio levantó la mirada, desconcertado.

"¿Señor? Esto es..."

En ese instante, algo atrapado en la gran mano del hombre llamó su atención. El dorso estaba tan tensado que las venas azules resaltaban con fiereza. Con la boca entreabierta, Siswu quedó mirando atónito a su señor, Evernight.

Él se había sentido muy orgulloso de haber sido el primero en recibir la carta del mensajero... pero al parecer había sido un gran error. Al fin y al cabo, los ojos y oídos de Evernight estaban extendidos por todo el Imperio desde que Anya partió. Incluso en las posadas más remotas donde Anya pudiera detenerse exhausto, seguro su señor había dispuesto espías.

"Sí... se dice que vuelve."

La mirada del hombre, que hasta entonces contemplaba la interminable Calzada Plateada más allá de la muralla, descendió con serenidad. Su rostro, ahora a la vista, se mostraba extrañamente crispado, como si lo dominara una punzante angustia.

¿Estará furioso? ,pensó Siswu. Claro, ya había pasado medio año... Nada menos que medio año llevaba aquel viaje.

Mientras divagaba en esas conjeturas, Evernight le quitó la carta de las manos. En sus ojos azules, hasta entonces fríos y apagados, brilló de pronto un destello. Su dedo índice acarició el extremo inferior de la carta.

Ah... no estaba enojado. Era como alguien que, tras pasar demasiado tiempo bajo el agua, por fin lograra respirar de nuevo. Evernight mantenía el ceño fruncido, pero apenas podía contener el temblor de su aliento.

Desde la partida de Anya, su señor había vivido como un hombre sin emociones, sumido únicamente en el trabajo. Los pocos que lo habían visto en el despacho o en el patio de armas hablaban de la frialdad mineral de sus ojos, que les helaba la sangre. Tan perfecto, tan implacable... que resultaba espeluznante.

"Anya..."

Al fin, como si desbordara lo que había estado reprimiendo, dejó salir ese nombre.

"...regresa."

En el gesto de llevarse la mano por el rostro se percibía una ansiedad inexplicable. Solo entonces Siswu sintió que su señor era de verdad un ser vivo. Pudo soltar de golpe la tensión que durante meses había sido como andar sobre hielo quebradizo. El rey del Norte ya no podía llevar una vida normal si no era junto a su consorte. Claro que, aquello era un secreto que Anya debía ignorar por siempre.

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"Rihan, ¿es la primera vez que ves al archiduque, verdad?"

Apoyado contra un árbol del campo de instrucción, Rihan afilaba su espada con la piedra de esmeril cuando, al oír la pregunta, detuvo la mano que se movía con empeño.

"Sí. Cuando ingresé en la Orden de Caballeros de Tildeon me dijeron que Su Excelencia ya había partido en un largo viaje."

El archiduque, único en todo el Imperio, era célebre entre los caballeros. No, en realidad, quizá no hubiera en el Imperio alguien que no conociera su nombre. El Jinete de Dragón que puso fin a la Noche Eterna. El guardián del equilibrio que protegió al Imperio. El bendecido por los dioses que volvió con vida. Había muchos títulos para nombrarlo, y los trovadores errantes decían que el día de su despertar había abierto las puertas de la Cuarta Era, un día verdadero.

Recién concluida la guerra, lo primero que hizo Evernight al subir al trono fue convocar a los siete duques, a los elfos, enanos y demás razas minoritarias a un consejo común. Y en aquella mesa redonda, por unanimidad, decidieron ascender al Jinete de Dragón, a Anya, como el único archiduque del Imperio.

Anya se convirtió así en la persona de mayor rango después del soberano mismo. El muchacho ya no era el chiquillo que no podía salir del palacio secundario. Transformado en un joven, había logrado al fin su antiguo sueño de caballero grandioso, como Thorn, y podía recorrer libremente todo el Imperio... y lo hacía en efecto.

Rihan no había presenciado aquella escena histórica, pero como súbdito de la misma época conocía bien las incontables historias que giraban en torno a Anya. Sin embargo, a pesar de su fama, él se movía con la discreción de una sombra, y eran muy pocos los que conocían su verdadero rostro. Se decía que parecía una criatura forjada por los dioses, aunque ya se sabe que los rumores se engrandecen de boca en boca.

Reprimiendo la desbordante curiosidad que sentía por el archiduque, Rihan adoptó un aire sereno a propósito.

"¿Acaso regresa Su Excelencia?"

En los últimos tiempos sí había notado cierto alboroto inexplicable dentro y fuera de la fortaleza. Tras la guerra, desde Tildeon se había trazado una calzada plateada que unía las principales ciudades, lo que incrementó la presencia de comerciantes sureños. Pero últimamente aquella afluencia era desmesurada, casi increíble.

Hacía poco incluso habían dicho que en el Árbol Sagrado de Plata habían brotado nuevas hojas. Entre los tildeonianos existía la costumbre de augurar el inicio de la primavera según aquel "Árbol del Comienzo", así que él lo atribuyó únicamente a eso. Después de todo, la primavera recuperada tras siglos de ausencia siempre era una fiesta para los habitantes del Norte.

"Sí. En poco tiempo habrá un gran banquete. Comeremos hasta reventar durante días."

Ya se escuchaban por todas partes los ruidos de bocas relamiéndose de puro apetito.

"Novato, has tenido suerte. Apenas llevas nada aquí y ya vas a probar cuanto vino preciado quieras."

"¿Eh?", preguntó Rihan con torpeza, y los demás reclutas que lo rodeaban soltaron risitas mientras le daban palmadas en la espalda.

"El comandante... no, nuestro señor el rey, aprecia con locura al archiduque. El día que él regresa, no hay rincón en la fortaleza donde no se celebren fiestas".

"Cada vez que vuelve de viaje, los banquetes son de tal magnificencia... A veces, al ver a Su Majestad contemplar sin apartar los ojos al archiduque, hasta a mí me palpita el corazón."

Entonces, otro recluta que estaba al lado le dio un codazo y se echó a reír por lo bajo.

"¿No es más bien aterrador?"

"¿Qué?"

El primero frunció el ceño con aire ofendido por la burla, y el segundo levantó las manos en son de paz.

"Es que... esa mirada tiene algo de obsesivo, ¿no?"

"¡Eso es porque él es nada menos que el salvador del Rey! Si alguien me salvara la vida, yo también le juraría lealtad eterna. ¿Verdad que tú también, novato?"

El hombre lo presionó con la mirada, buscando que apoyara su opinión. Rihan asintió con desgana.

"Ah... Sí, también lo escuché. En la última guerra, el Archiduque dio su vida en lugar del Rey..."

La historia era tan conocida en el Imperio que hasta había sido representada en distintas versiones por cantores y juglares en las plazas. El propio Rihan había visto una de esas obras en su tierra natal: era una historia de amor tan apasionada que las mujeres del público lloraban de emoción. Él mismo había llegado a pensar: "En este mundo sí existe un amor absoluto como ese".

Sin embargo, tras entrar en la Orden de Caballeros de Tildeon y conocer personalmente al Rey, aquella impresión se vino abajo. Aquel hombre, que se sentaba en el trono imperial y al mismo tiempo gobernaba como Gran Señor del antiguo territorio de Tildeon, además de liderar a los siete duques del Imperio, no mostraba ni un ápice de bondad ni de dulzura. Aunque hubiera llegado la primavera a Tildeon, él era un hombre de hielo. Y sus ojos azules, que parecían atravesar a las personas... ¿Ese hombre capaz de amar? ¿El Rey sabía siquiera lo que era el amor? Por un instante, aquella obra teatral le pareció una completa mentira.

"En fin, olvidémonos de la prueba de ascenso a caballero que se acerca y disfrutemos cuando llegue el momento."

Pero, por alguna razón, los otros reclutas parecían tranquilos, convencidos de que realmente el Rey organizaba banquetes fastuosos por el profundo amor hacia su consorte. Rihan se movió a regañadientes, sin poder compartir del todo aquella visión.

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Los rayos del amanecer caían como agujas, deslumbrantes. Era primavera en todo su esplendor. Aun así, la primavera del norte resultaba fría en comparación con el sur.

"Señor caballero, que le vaya bien."

Tras pasar la encrucijada real, Anya tomó la ruta de la Vía Argéntea. Había decidido alquilar un caballo en una posada apartada y cabalgar él mismo. Desde Maneregia, aquella calzada se extendía hacia todas las direcciones, uniendo los principales ducados y grandes ciudades del imperio. Sin embargo, al llegar a los pasos del norte, el camino solía interrumpirse.

Desde que Evernight ascendió al trono, lo primero que hizo fue construir la Vía Argéntea para conectar las grandes ciudades imperiales. Gracias a aquellas vastas obras públicas, muchos habitantes ,que tras la guerra habían perdido tierras y casas y sufrían hambre, se ofrecieron como obreros, y Evernight les pagó generosamente. Así, incontables personas que se habían quedado sin techo ni sustento lograron escapar de la miseria y el vagabundeo.

Clop, clop. Retumbaban los cascos de un corcel que avanzaba con fuerza por aquella calzada. Anya cerró los ojos, sintiendo en el rostro la brisa primaveral y en el pecho el temblor de la tierra. Podría haber recortado mucho tiempo montando a Dragkals, pero quería experimentar en carne propia el milagro que había levantado Evernight. Aun así, el viaje de regreso estaba resultando más rápido de lo esperado. Atravesar el estrecho sin necesidad de barco, gracias a invocar a Dragkals, había sido una elección excelente.

Tras meses ,casi medio año, la idea de volver a encontrarse con él hacía que una parte de su pecho se agitara.

Frente a las puertas de Tildeon, en cambio, se extendía un gentío interminable de caravanas mercantiles. Desde que la Vía Argéntea quedó completada, Tildeon había dejado de sufrir por el racionamiento de víveres; y, con la llegada de la primavera, el deshielo de los glaciares de la cordillera Beriela volvía fértiles las tierras, de modo que ya no era necesario pagar precios desorbitados a los mercaderes por cereales.

"¿Qué sucede aquí?"

Anya desmontó y lanzó la pregunta en voz baja a un guardia que estaba registrando los cuerpos de los miembros de la asociación de comerciantes.

"Qué va a ser, es la caravana del Halcón Azul. ¿Usted es mercenario de escolta de la caravana?"

El guardia entrecerró los ojos, repasando con la mirada la apariencia de Anya. Su vista se detuvo en la funda de espada única que colgaba de su cintura.

"Hm. A los mercenarios los revisamos aparte por si acaso, así que vaya a formarse allí."

Llevaba un tiempo recorriendo el sur, y justo su aspecto llamaba demasiado la atención. Además, se había quedado sin la poción de disfraz y solo podía cubrirse la cara a medias con una bufanda, razón por la cual el guardia no se dio cuenta en absoluto de que Anya era el archiduque de Tildeon. Bueno, tampoco es que todos en el imperio conocieran su rostro.

"Ah, yo soy..."

Antes de que Anya sacara de su pecho el colgante grabado con el emblema de Tildeon, alguien se interpuso.

"¿Hace falta revisarlo todo así uno por uno? El horario de la audiencia con el rey se nos echa encima. No quiero llegar tarde y que luego busquen excusas para recriminarnos. Con lo quisquilloso que es el rey..."

La voz le resultaba familiar. Anya giró la cabeza. El dueño de la caravana refunfuñaba sin parar mientras discutía con el guardia.

'Tsss, te estoy valorando demasiado alto, ¿no?'

Aun así, el guardia negó obstinadamente con la cabeza.

"Es una orden estricta de Su Majestad. Ha dicho que seamos cautelosos en los controles. Si dejamos pasar a gente de aspecto sospechoso o desaliñado, nos cortarán a todos la cabeza."

"¡Oiga! ¿Es que no me reconoce? Soy el dueño del Halcón Azul, la caravana más grande y prestigiosa del imperio..."

"¿Nicolas?"

"Sí, Nicolas... ¡¿eh?!"

Antes de decirlo con su propia boca, el nombre saltó desde algún lado, y la cabeza de Nicolas giró bruscamente. Allí estaba un joven de porte esbelto. Aunque se hallaba medio cubierto, una vez que alguien reparaba en él, esa presencia noble y distinguida atraía inevitablemente la mirada.

"Un momento... ¿cómo sabe mi nombre...?"

Por el porte, parecía un hombre del sur, pero sus ojos entrevelados y el cabello claro resultaban demasiado pálidos para ser típico de esas tierras. Sobre todo, esa mirada recta y los ojos francos despertaban una fuerte sensación de familiaridad.

"...¿Anya... archiduque?"

No tardó en salir de la boca de Nicolas, con voz incrédula.

"¡¿Cómo osa pronunciar el nombre de Su Alteza el archiduque a la ligera?!"

El guardia frunció el ceño con fiereza, pero apenas un instante después, el hombre que retiró la bufanda y mostró su rostro provocó un mar de asombro a su alrededor.

"¡Su Alteza el archiduque...!"

Anya, con una sonrisa incómoda, sacó de su pecho el colgante. El colgante dorado, grabado con una cruz plateada, había sido creado únicamente para el único consorte del emperador, el único archiduque del imperio; poseerlo otorgaba la autoridad de moverse libremente por cualquier lugar del imperio.

"Lamento que no me hayan reconocido. No hace falta avisar de inmediato al palacio. He llegado antes de la fecha anunciada a Tildeonrock, así que no hay prisa. Además, yo respondo por la identidad de este hombre. El dueño del Halcón Azul, Nicolas. Es alguien que conozco."

Anya se situó junto a Nicolas y explicó con calma. El rostro de Nicolas se iluminó de inmediato, pero esa tranquilidad en la mirada que lo acompañaba hizo que su expresión quedara torpemente rígida.

'Vaya, parece que aquellos rumores eran ciertos.'

En torno al Guardián Anya, que había abierto el telón de la cuarta era, abundaban rumores y anécdotas; entre ellas, también circulaban las de su imponente aspecto y su destreza con la espada. Y sobre todo...

Nicolas se acarició el mentón. Era un gesto antiguo suyo, cuando emitía juicios con seriedad.

'Con razón ese rey helado lo tiene tan celosamente protegido...'

El cabello claro agitándose en la brisa, los ojos brillantes bajo él, el rostro esculpido con gracia y los miembros largos y firmes... Tras apreciarlo de arriba abajo, Nicolas concluyó rápidamente:

'Sí, tenía sentido.'

Lo que más apasionaba a los ciudadanos del imperio eran las historias sobre el rey, que vivía loco de amor por su único consorte. A lo largo de los tiempos, nada fascinaba tanto a la gente como un relato de amor apasionado y exclusivo.

"Yo escoltaré a Su Alteza hasta Tildeonrock."

Anya, con una sonrisa, dirigió la vista hacia la lejana capital, llamada "los hombros del gigante". Sus ojos semicerrados provocaron un murmullo en los corazones de quienes lo rodeaban, aunque el propio interesado parecía no darle importancia.

"Señor de la caravana, jamás había visto a un hombre sonreír... así."

Uno de los comerciantes susurró a Nicolas.

Y él coincidió de inmediato.

"Cierto. Incluso para mí, que ya lo había conocido, es como si lo viera de nuevo tras mucho tiempo..."

Asintió distraídamente y siguió a Anya, que ya había pasado la puerta del castillo. En ese instante comprendió mil veces mejor el corazón del rey.

Ahora entendía por qué, hacía unas semanas, Su Majestad había enviado personalmente una carta ordenando tal cantidad de víveres, joyas, espadas y objetos valiosos.

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"¡Su Alteza el Archiduque!"

Se había corrido la voz de la entrada del jefe del gremio mercante, pero ¿quién podría haber imaginado que a la cabeza de su escolta estaría Anya? El mayordomo de Tildeon, Darin, salió corriendo a toda prisa para recibir el equipaje de Anya. Equipaje que, en realidad, no era más que unas pocas mudas de ropa y un hatillo modesto, aunque algo pesado.

"Gracias."

Ya era el consorte del rey que gobernaba todo el Imperio, y aun así, Anya no llevaba escoltas, ni usaba carroza, ni se permitía lujos en sus ropas o armaduras. Incluso ahora, su aspecto no era más que el de un caballero errante de paso.

"He llegado antes de lo previsto. Ahora mismo todos deben de estar ocupados, así que avisen de mi llegada más tarde."

Anya saltó con ligereza de la silla del caballo y apartó hacia atrás la cabellera que le caía. Hacía casi seis meses que no veía Tildeon. Después de haber permanecido un tiempo en el sur, su piel se había acostumbrado al viento marino que ardía como fuego; en cambio, la brisa fresca del norte le acarició como si lo reconfortara.

Los criados que estaban reunidos en el patio interrumpieron brevemente lo que hacían, sorprendidos por la gran comitiva del gremio mercante, pero en cuanto reconocieron a Anya conversando con el mayordomo, se apresuraron a bajar la cabeza. El caballero Evernight debía de estar muy ocupado en ese momento. Sin darse cuenta, la mirada de Anya se había dirigido hacia la ventana del despacho, pero la apartó con esfuerzo y dio una breve orden al mayordomo:

"Ofrezcan alojamiento y comida al señor Nicolas y a la Compañía del Halcón Azul para que puedan descansar cómodamente."

Nicolas llevó la mano al pecho e inclinó la cabeza en señal de agradecimiento.

"Sí, entendido. Por cierto, ¿ha comido ya, Alteza?"

Anya negó con la cabeza.

"Antes, ¿sería posible darme un baño?"

Hacía un rato que notaba las miradas fijas en él, y apenas entonces se dio cuenta de lo desaliñado que debía de estar. Viajar de un extremo al otro del continente no siempre permitía encontrar posadas; a veces, no había más remedio que dormir al aire libre, con el cielo estrellado por techo y los campos ondulantes como manta. Era obvio: debía de tener un aspecto terrible. El pelo, además, lo llevaba bastante largo, pues hacía tiempo que no podía cortarlo.

"Sí, mi señor. Ahora mismo daré orden de que preparen agua caliente."

Anya se pasó una mano por el cabello, enredado por el viento, y observó el interior de Tildeon, bastante ajetreado. Si la Compañía del Halcón Azul había traído tantas mercancías, ¿sería que había surgido algún problema con la economía del castillo?

Pero, para ser así, la gente de Tildeon mostraba rostros sumamente animados. La ciudad, al pasar por ella, estaba más bulliciosa que nunca, preparándose para la llegada de la primavera. Tildeon se estaba consolidando como una gran urbe del norte, casi tan imponente como Maneregia, la antigua capital.

"¿Le preocupa algo en particular, Alteza? ", preguntó el mayordomo, hábil para captar las inquietudes de Anya. Mientras lo conducía a sus aposentos, le hizo un breve informe oral de lo ocurrido en su ausencia. Solo entonces la expresión de Anya pareció suavizarse un poco.

"No. Has trabajado mucho mientras yo no estaba, Darin."

Aun así, como si quedara algo por decir, apoyó la mano en el picaporte y contuvo la respiración varias veces.

"No necesito cena. Me arreglaré y me dirigiré enseguida a la biblioteca. Tengo que ponerme al día con el trabajo atrasado."

Sin dar más órdenes, Anya entró en silencio a la alcoba con una leve sonrisa. Apenas la puerta se cerró con un clic, el mayordomo Darin exhaló con fuerza el aire que también había estado conteniendo y se golpeó la cabeza con ambas manos.

"¿No se habrá dado cuenta...?"

Recordó vagamente la audiencia privada que había tenido hace poco con el rey en el despacho.

《Pronto será nuestro aniversario de bodas. Me gustaría que todo se llevara a cabo en calma, sin que mi esposa, que acaba de volver de un viaje duro, deba preocuparse por nada.》

Quizás porque llevaba días sin dormir, Su Majestad se había presionado las sienes mientras daba esa orden. Su voz era seca y sin emoción, pero sus ojos inyectados de sangre obligaron a Darin a inclinar la cabeza sin rechistar. Probablemente el propio soberano tampoco esperaba que su señora regresara tan pronto...

Justo ahora, además, el rey se había internado en el bosque y había desaparecido. Nadie sabía bien qué hacía allí, pero era ya una especie de costumbre, o más bien un ritual, que seguía desde que su esposa había partido de viaje.

"¡Ay, por todos los cielos, en qué estoy pensando! ¡Debo ir de inmediato a informar a Su Majestad!"

Y Darin, con sus piernas cortas, salió disparado del castillo.

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Con solo medio rostro visible, sumergido hasta el fondo de la bañera, Anya dejó escapar un leve temblor en los labios. El agua se agitó en ondas, y pequeñas burbujas explotaron en la superficie. El calor del baño parecía aliviar al menos parte del cansancio acumulado.

Del ventanal entreabierto entraban los sonidos de los caballeros trotando en formación y los criados apurados con sus quehaceres, que se mezclaban en sus oídos como una alegre melodía. Cerró los ojos, y en su mente surgió el recuerdo de hacía unos meses, cuando se había enfrentado a Evernight.

《...¿Dices que irás al sur?》

Exactamente siete meses atrás, Evernight había mostrado un inusual desconcierto ante la petición de Anya. Los dos estaban desayunando tarde aquel día; el rey no soportaba que interrumpieran sus momentos de comida a solas, así que ni siquiera los sirvientes entraban en aquella intimidad compartida.

"Anya, solo llegar al sur toma semanas."

Evernight bebió de su copa de vino y prosiguió. Aunque no lo mostraba en el rostro, la mano que sujetaba el cáliz dorado estaba tan tensa que los dedos se habían puesto blancos. Su pecho subía y bajaba como si fuera a levantarse de la mesa en cualquier momento, pero su expresión permanecía imperturbable como siempre.

"Deseo visitar Redcoast, mi señor."

Pero la respuesta de Anya, tras vacilar un instante, provocó un golpe seco: la copa rodó por la mesa. La nuez de su garganta se movió con un trago nervioso. Ese día, en especial, Anya vestía una túnica sobria, casi ascética, semejante a la de los sacerdotes del templo. El negro cerrado hasta el cuello resaltaba aún más la blancura de su piel y se grababa intensamente en la retina azul de Evernight.

Quizá incómodo por lo extraño de la prenda, con sus dedos finos y pálidos tiraba a ratos de la tela, y en esos momentos, las marcas rojas que el hombre le había dejado la noche anterior parecían querer asomarse.

Finalmente, Evernight exhaló un suspiro hondo y se pasó la mano por el cabello.

"Muchos conocen tu rostro. Los de Redcoast son criminales que no se resisten al dinero... ¿y pretendes entrar por tu propia voluntad en su guarida?"

Su tono no era de simple incomprensión, sino de incredulidad. La frialdad de su mirada hizo que el cuello de Anya se encogiera un momento, pero no podía dar marcha atrás.

"Existe un brebaje mágico que permite alterar el rostro temporalmente. El señor Riario también..."

"Anya."

El gesto de su mano lo interrumpió, pidiéndole silencio. Sus labios apretados temblaron un par de veces, como queriendo formar palabras, pero no salió ninguna negativa firme. Pese a su frialdad, estaba dudando.

Con su instinto desarrollado, Anya percibió esa vacilación al instante. Y sin darse cuenta, su voz se volvió la de un niño que ruega.

"...Mi señor."

"Maldición..."

Evernight se pasó con violencia la mano por su pálido rostro, dejando escapar una blasfemia

"Basta."

¿Acaso hasta allí, hasta Redcoast, era realmente imposible? Anya jugueteaba bajo la mesa con sus dedos, incómodo.

La guerra había terminado. Había llegado la Cuarta Era, y con la desaparición de Tanon, comenzaba una época de paz que pertenecía por entero a los humanos. Y al mismo tiempo, daba inicio el viaje de Anya, a veces breve, a veces prolongado.

Al principio no era más que una inspección por los alrededores de Tildeon. Se había levantado de la cama hacía poco, y cada paso le producía vértigo, cada noche lo hacía tiritar con la fiebre que lo acosaba. Se prometió a sí mismo no mostrar debilidad ante la gente, y mucho menos ante Evernight.

Pero cada vez que veía en su pecho la herida negra marcada, no podía evitar sentir repulsión y miedo de la sangre que corría en su interior.

《Tú eres el guía.》

《El eterno ocaso lo has traído tú.》

No era culpa tardía lo que lo acosaba, sino un miedo sin forma, infinito. Tanon se había extinguido, sí, pero dentro de sí sentía aún esa sangre maldita. No lograba librarse de la sensación de que llevaba sembrada en su interior una semilla de maldad que en cualquier momento podía despertar.

Ese peso fue devorándolo poco a poco sin que lo notara, y un día, impulsivamente, salió de los alrededores de Tildeon y corrió con todas sus fuerzas por la interminable estepa helada. Entonces lo invadió una liberación como si el pecho se le abriera de golpe.

"Quizá sería mejor que yo desapareciera así..."

El pensamiento repentino lo sorprendió, y al mismo tiempo, al aparecer con nitidez el rostro de un hombre en su mente, mordió con fuerza sus labios.

"...¿sería mejor?"

De pronto la vista se le nubló y las lágrimas le brotaron solas. Y aun así... no quería separarse de él, no quería soltarlo. Varias veces al día, su egoísta deseo y su miedo incontrolable se le alzaban en la cabeza y lo dominaban sin piedad. Para no dejarse devorar por aquella confusión, Anya tuvo que ponerse en camino.

A veces escuchaba historias del mundo de labios de trovadores que encontraba por casualidad. Otro día, participaba en peleas caóticas donde solo entraban mercenarios y, entre el barro, se alzaba con la victoria. O montaba el lomo de dragkals y ascendía hasta lo alto del cielo, contemplando en silencio aquel mundo. Pero con el paso del tiempo, en vez de sentir liberación, lo que lo embargaba era una opresión cada vez más ahogada que se agolpaba en su garganta. Al final, dejó de dar vueltas solo en torno a Tildeon y empezó a vagar sin rumbo hasta las tierras intermedias.

"Ve y vuelve."

Y Evernight, ya fueran unos días o unas semanas, siempre lo despedía en silencio, sin decir nada más. Esa espera del hombre, esa fe, esa confianza... lo hacían sentirse aún más desgarrado. Por eso, cuando regresaba, se deshacía jadeando como un loco bajo él, caía desmayado y, al despertar, él volvía a devorarlo con ansia animal. No, en realidad era Anya mismo quien, a propósito, se comportaba como una ramera para provocar que él lo tomara así.

"Mi señor, más fuerte... ¡ah, más, más...!"

Destrúyame. Tragándose lo que no se atrevió a decir, se aferró al cuello de Evernight y abrió las piernas, enroscándoselas a la cintura. Evernight, sin embargo, mantuvo a Anya encerrado durante días en la habitación, lamiendo, mordiendo y succionando cada rincón de su cuerpo, atormentado aún por aquella inexplicable ansiedad. Jamás lo tomó con violencia, aunque Anya se comportara como un prostituto; al contrario, lo trataba con tanto cuidado que a veces hasta le cosquilleaban las puntas de los dedos y de los pies como si insectos lo mordisquearan. Y cuando sus ojos azules lo miraban desde arriba, a Anya le parecía que otra vez la garganta se le cerraba.

¿Sería por el placer que lo desbordaba desde abajo, o...?

En los momentos en que lloraba sin saber ni siquiera él mismo la razón, Evernight simplemente lamía con ternura el borde de sus ojos. Está bien, no pienses en nada.

En él también sentía la misma sed reseca que lo consumía a sí mismo.

"Mi señor, no tiene por qué preocuparse de nada"

;dijo Anya, saliendo de sus recuerdos y aclarando la voz.

Con el paso del tiempo, una extraña ansia crecía cada vez más en su interior. Tenía que ir a Redcoast. Solo allí aquella vaga punzada, aquel dolor agudo que lo atravesaba de vez en cuando, podría desaparecer. Era una certeza que había comprendido de manera instintiva en algún momento.

"Tengo la seguridad de que no seré descubierto. Y también tengo la capacidad de cuidar de mí mismo."

Ante esas palabras, Evernight levantó la mirada para observarlo. El filo de sus ojos estaba tan afilado y frío que Anya, sintiendo que había herido su ánimo, cerró la boca enseguida.

Debo ir... allí, de alguna manera...

Anya lo miró de reojo con cautela. Evernight se frotaba la frente con una expresión inescrutable. El ceño fruncido parecía reflejar una preocupación profunda.

Ir y volver de Redcoast tomaría por lo menos un mes. Y en plena temporada de cosecha, cuando no tendría un respiro, que la señora de la casa se marchara a vagar libremente... era normal que se enfadara. En realidad, todos aquellos viajes cortos solo fueron posibles gracias a la consideración de Evernight.

"Entonces, terminaré todas mis obligaciones dentro de este mes y, una vez acabe el festival de la cosecha, iré y..."

¡Clang! En ese momento, Evernight golpeó la mesa con fuerza. Cerró los ojos un instante, como conteniendo algo, y luego los abrió para fijarlos en Anya. Bajo sus ojos, rara vez, se veía un temblor evidente.

"Vete."

Su voz fue firme, como si eso solo no lo pudiera permitir.

"Pero a Redcoast, no."

Sin embargo, lo que más deseaba Anya era ir precisamente a la punta sur, a Redcoast, donde las olas teñidas de sangre golpeaban la costa durante todo el año. Esa sensación sofocante que en ningún lado había podido disipar, esa angustia sin salida... sentía que tal vez allí se volvería un poco más ligera. Redcoast era el lugar donde Evernight había pasado su infancia. Por alguna razón, allí debía de estar la clave para liberar esa punzada constante en el pecho. Necesitaba verlo con sus propios ojos y escucharlo con sus propios oídos, no por boca de Riario o Saveli.

Ese hombre había vivido en esa isla teñida de sangre. La imagen de un niño, con su vida arruinada por Tanon, resistiendo a duras penas, se interponía una y otra vez frente a sus ojos.

Por eso tenía que ir.

La vacilación desapareció de golpe y, en su lugar, un ardor hirviente le subió al pecho; Anya se lo apretó con la mano.

"Maldita sea, Anya. No me mires así."

El suspiro del hombre escapó entre los labios impregnado de un frío dolor. Anya se arrodilló ante Evernight y lo miró desde abajo.

"Mi padre... por la maldición de Tanon... ¿no fue por eso que Mi Señor resistió allí?"

Solo al borde de la muerte había llegado a conocer esas verdades. Aquel hombre había sufrido toda su vida los susurros de los demonios, y cada lugar por donde pasaba quedaba asolado por un viento con olor a sangre. En aquel campo de batalla infernal, había resistido completamente solo. ¿Cuántas veces su alma se habría quebrado? Con un corazón ya no solo desgastado sino corroído por completo, el destino final de su vida era recibir en soledad la muerte más allá de la Muralla. Haber vivido siempre ansiando la muerte con desesperación... ¡Qué vida tan desgarradora! Aquello, al fin, derrumbó a Anya.

"No llames padre a Tanon. Y levántate."

Anya negó con la cabeza, suplicándole aún más intensamente con la mirada. La raíz de todos esos pecados y sufrimientos seguía latiendo viva en su propia sangre. Tanon había sido destruido, pero él seguía con vida. Y esa presencia continuaba carcomiendo su paz, carcomiéndolo a él mismo. Temía que, por su causa, la desgracia volviera a caer sobre Evernight. Incluso en los días más tranquilos, Anya a veces era asaltado por una ansiedad insoportable.

"Yo, mi Señor..."

De pronto sintió que le faltaba el aire. A veces, al observar al hombre dormido en la cama, tenía visiones en las que, en un instante, las sábanas blancas se teñían de rojo y la daga de Tanon le atravesaba el pecho.

"Quizá vuelva a ser yo quien lo lleve a usted... otra vez... a la muerte..."

Eso era lo que más le aterraba. Anya apretó los labios con fuerza, cerró el puño y, de golpe, se abalanzó para tomar las frías manos de Evernight, aferrándolas con desesperación, y apoyó la frente sobre ellas.

"¿Y si de repente me vuelvo loco? Todos mis hermanos murieron de locura. Tanon desapareció, pero aquí... ¡en mi sangre...!"

Anya, con el rostro blanco como el papel, contuvo el llanto. ¿Qué sentido tenía mostrarse así delante de alguien que no tenía ninguna culpa? Se sentía mezquino y patético. El pecho le subía y bajaba con brusquedad mientras hacía un esfuerzo desesperado por tragarse la angustia que, al fin, había terminado por estallar.

"Anya. Respira."

Fue entonces cuando Evernight se acercó y lo rodeó con fuerza en un abrazo.

"Maldita sea, tú de verdad... tienes un talento para volver loco a cualquiera, ¿sabes?"

Dijo eso, pero el beso que depositó en la coronilla de Anya fue suave y tierno.

"Tanon está muerto. Y lo mataste tú. Tus hermanos cayeron presas de la locura porque Tanon quiso tomar un cuerpo humano, todo por culpa de ese maldito pendiente. Así que..."

Había algo de urgencia en la mano que le acariciaba la espalda, pero el ritmo con que lo palmoteaba era tranquilo, como si estuviera consolando a un niño que llora.

"Lo que temes, no va a pasar. Tú eres solo tú. Tan bueno que pareces tonto...."

Nunca había sido un hombre que consolara a otros ni que mostrara empatía por los sentimientos ajenos. Aun así, cada palabra que decía bastaba para aquietar el corazón de Anya, que latía con violencia desbocada.

"Eres terco, y tienes un espíritu de sacrificio tan fuerte que puede volver loca a la gente."

¿Desde cuándo sus palabras, incluso el simple sonido de su respiración, se habían convertido en un punto de referencia absoluto para él?

"Antes de que tú resultes herido... yo preferiría que fueras..."

Evernight frunció el ceño como si algo le doliera, pero enseguida cubrió con su mano el puño cerrado de Anya y, poco a poco, le ayudó a aflojarlo.

"Sí, preferiría que fueras tan despiadado como Tanon."

La frase era absurda, y el ceño de Anya se contrajo de inmediato. Pero Evernight no parecía bromear: sonrió con amargura y se inclinó más hacia él. Sus labios fríos rozaron la frente de Anya y se apartaron.

"Por encima de todo, te juré un voto de caballero. Mi espada, mi cuerpo, mi corazón. Todo cuanto soy es tuyo. Así que no te preocupes por mí, preocúpate por ti."

Un caballero vive y muere por su señor. Una vez pronunciado el juramento, su cuerpo y su alma solo existen para servirle. Aquel voto que había pronunciado bajo el Árbol del Origen, cuando le ofreció su espada, volvió a caer sobre Anya como un peso insoportable.

¿Qué era esta opresión en el pecho? ¿Las lágrimas que le enrojecían los ojos eran fruto de una felicidad desbordante, de la culpa tardía, o de la ansiedad que no cesaba de extenderse?

Bajó la cabeza, intentando esconder sus ojos enrojecidos, pero Evernight le levantó la barbilla con los dedos, obligándolo a mirarlo fijamente.

Anya apartó el rostro, incapaz de sostenerle la mirada, pero Evernight fue insistente. En la forma desesperada en que se aferraba a él, Anya podía sentir cuánto lo valoraba de verdad.

Pum, pum, pum. De repente, un dolor punzante lo atravesó el pecho, haciéndole difícil respirar. Anya jadeó con urgencia, intentando incorporarse, pero Evernight se le adelantó. Lo alzó en brazos, lo sostuvo contra su pecho y, al ver el color apagado de su rostro, masculló una breve maldición.

"¡Maldición!"

Su grito cortante resonó en la estancia, aunque solo por un instante. Luego se dejó caer en una silla con Anya en brazos y comenzó a frotarle las manos frías. Aunque en sus sienes resaltaban venas tensas como si estuviera furioso, su voz sonó extrañamente calmada.

"¿Tomaste la medicina?"

Anya asintió apenas. Desde que había salido de la cama tras aquella larga convalecencia, los mareos y dolores en el corazón parecían haber disminuido... pero en los últimos tiempos habían vuelto con más frecuencia.

"Y aun así tú...."

Evernight juntó sus heladas manos y sopló aliento caliente sobre ellas una y otra vez.

"¿Aun así piensas ir?"

Su expresión parecía la de alguien atrapado en una pesadilla atroz.

Anya respiraba con dificultad, pero en vez de responder lo rodeó con fuerza por el cuello.

"...Mi lord."

"Está bien, te dejaré ir... pero entonces, por favor, no pongas esa cara."

"¿Qué cara... estoy poniendo yo?"

Jadeando entrecortadamente, Anya preguntó, y Evernight giró el rostro para dejar un sinfín de besos en su oído.

"...La cara de alguien que parece a punto de desaparecer."

El hombre respondió como si gimiera, sin apartar los labios.

Anya no pudo decir nada. ¿Y si ponía como excusa un viaje y simplemente desaparecía? La verdad, sí lo había pensado alguna vez.

Bajo la muñeca que el hombre sujetaba, por aquellas venas palpitantes, corría la sangre sucia de su padre, que había intentado matarlo.

Cada vez que lo recordaba, un ardor le hervía en el vientre.

Lo amaba, sin duda alguna. No quería dejar su lado, y al mismo tiempo, le aterraba volver a convertirse en un obstáculo en aquella vida resplandeciente.

Quizás... era ese conflicto desgarrador lo que en el fondo lo había llevado a desear huir.

"Mírame."

Con el retraso de una súbita comprensión, su cuerpo se volvió blando, y Evernight lo apartó un poco para acariciarle la mejilla.

La yema de sus dedos temblaba, conteniendo la fuerza, como si apretar un poco más fuera a quebrarlo en pedazos.

Tal vez, con su instinto agudo, aquel hombre ya había percibido con rapidez todo el dilema interior de Anya.

"......"

"......"

Durante un rato los dos se quedaron en silencio, mirándose fijamente.

La mano que acariciaba su rostro fue descendiendo poco a poco hasta rozar con cuidado la zona de su corazón.

"Está bien, puedo darte todo."

Tras una breve pausa, de sus labios salió una determinación semejante a la resignación.

El azul de su mirada parecía oscurecido, como si mirara un punto lejano, perdido en la penumbra.

Parecía más un murmullo para sí mismo que palabras dirigidas a Anya.

"Así lo prometí."

"......"

En ese instante, el borde de sus ojos se crispó de manera miserable.

No lograba contener los ásperos suspiros que se derramaban una y otra vez bajo su cabeza inclinada.

"En aquel maldito templo recé y recé sin descanso. Solo por ti..."

Sí, solo por ti... murmuró deshecho.

Su tono vaciló como si estuviera en una encrucijada, aunque apenas duró un instante. De nuevo, el silencio se interpuso entre ellos.

Y de pronto, con el rostro despojado de todo sentimiento, Evernight lo miró.

"Vete, Anya. A donde quieras ir. Incluso si ese lugar es Redcoast."

Así lo recitó, pero sobre el dorso de su blanca mano se marcaban gruesas venas azules.

"Mi sucia ambición puedo enterrarla y contenerla tantas veces como haga falta."

Con tal de que no desaparezcas.

Pronunció cada palabra con fuerza, como si resistiera un dolor.

Anya no entendió del todo, pero asintió dócilmente. Como siempre, le agradecía a aquel hombre que al final lo dejara hacer lo que él quería.

Quizás era una terquedad innecesaria... pero aun así, sentía que tenía que ir a ese lugar.

"Gracias, señor. Y lo siento..."

No había terminado de hablar cuando Evernight, incapaz de soportarlo más, hundió de golpe el rostro en su nívea nuca, respirando con urgencia.

"Pero debes volver."

Su tono rezumaba una desesperación y un vacío insoportable.

***

En conclusión, Anya regresó sano y salvo. Pero el viaje había estado lejos de ser sencillo. Todavía llevaba el cuerpo cubierto de pequeñas heridas que no habían terminado de cicatrizar.

«Mi nombre es Anthony. Quiero presentarme como gladiador en Redcoast.»

Lo primero que hizo Anya al llegar a Redcoast fue ocultar su identidad y convertirse en gladiador.

Para todo lo demás ,comida y alojamiento, recurrió a los burdeles de Redcoast.

Podría sonar extraño decirlo así, pero Anya siguió al pie de la letra la forma en que Evernight había vivido allí.

Simplemente sentía que debía hacerlo, y que quería hacerlo así.

Anya eligió aislarse por completo, y en los combates se aseguró de escoger solo a los rivales más peligrosos.

"Anthony, han venido personas importantes a verte, así que compórtate bien."

Cuando los nobles venían a los combates, a veces se dejaba ver a propósito para convertirse en su juguete. Que le dieran bofetadas o palizas.

"Parece que se propuso arruinarse la cara a propósito, qué mierda de cara."

Aunque escuchara insultos tan directos delante suyo, Anya no podía hacer nada. Porque el joven Evernight también habría sido igual en aquella época.

"Ah, ahng...!"

Cada noche, cuando llegaba al destartalado alojamiento con el cuerpo magullado y exhausto, los gemidos de las prostitutas y las borracheras de los vagabundos, que atravesaban las paredes delgadas, le rompían el sueño. La gente estaba ansiosa por devorar a Anya. Cada vez que escondía dinero bajo el suelo de madera, desaparecía, y hubo días en que pasó hambre. Día tras día, mirando con los ojos abiertos el cielo oscuro, Anya se había convertido sin darse cuenta en ese Evernight niño de aquellos tiempos. Estaba solo, estaba destrozado. Y lo echaba de una manera enfermiza.

¡Bang!

Fue entonces cuando la puerta del dormitorio se abrió sin llamar. Los ojos de Anya, que hasta entonces parecían medio sumergidos en el agua, salieron lentamente de sus pensamientos y se abrieron. Antes siquiera de que pudiera girarse por sí mismo, alguien lo volteó con fuerza.

"......."

Los ojos del hombre que se le acercó temblaban sin rumbo. En los meses que no se habían visto, Evernight estaba un poco demacrado. La línea de la mandíbula, más afilada que antes, y en el borde de su mirada fría se sentía una oscuridad indefinible.

"He... vuelto, señor."

De algún modo se le apretó la garganta y la punta de la nariz se le puso llorosa. Los seis meses pasados en Redcoast pasaron ante él como una película a toda velocidad. Ah, ya no podía contenerlo más. Anya abrazó a Evernight por el cuello con fuerza. La solapa de su ropa quedó empapada, pero no podía soltarlo. Como una cría buscando un cuerpo cálido, se enroscó en Evernight. Echaba de menos su abrazo con una desesperación que dolía.

"...Abrázame, por favor."

Los músculos de la espalda del hombre se estremecieron con fuerza. Por un instante la nuez de Adán se alzó con violencia, pero en lugar de retroceder, él sostuvo con fuerza al joven compañero que se le lanzaba, como si fuera a hundirse.

"Ven, Anya."

En la voz del hombre que murmuró "ven" se filtró un alivio imposible de ocultar. Quizá había estado ocupado con asuntos y por eso su voz sonaba áspera y levemente quebrada por el cansancio que no había podido borrar.

Cuando no estaba, pensaba que al menos comerías bien y dormirías a gusto... que te cuidarías. No, tenía que ser así. Evernight debía vivir como el noble y futuro rey del Norte. La historia que hasta entonces todos habían entendido estaba completamente al revés.

Anya frotó su rostro contra el pecho de él. Si aquello fuera en otro momento, su comportamiento ,casi un gimoteo, le habría dado vergüenza, pero ahora no tenía fuerzas ni para esas consideraciones.

"Anya."

Evernight, que se había quedado en silencio un instante, apartó un mechón de pelo mojado y se lo pasó hacia atrás. Le gustó que lo llamara por su nombre después de tanto tiempo. Anya cerró los ojos con fuerza. En ese momento deseó que el tiempo se detuviera.

"Lo importante es que hayas vuelto sano."

Evernight le besó la coronilla y dijo en voz baja. Como siempre, tampoco esta vez preguntó nada. Qué podía decir yo... le estaba tan agradecido por eso que, de algún modo, le hacía venir las lágrimas por la tristeza.

Me fui a Redcoast con arrogancia. Pensaba que allí se arreglaría algo; tenía la esperanza ,o la vanidad, de que algo se solucionaría. Pero lo que, día a día, Anya percibía en Redcoast era un anhelo que le calaba hasta los huesos.

Cuando llegara el momento de marcharse por su señor, lo haría sin demora. Tal vez había sentido en lo más hondo, al acabar en aquel lugar, que iba a ser así. Aunque se lo prometió con firmeza... al sostener aquella vida solitaria sin él, sentía que se moría. Lo echaba de menos.

Cada vez que pensaba en eso, se daba una bofetada. Aprendió a apretar los dientes para sentir en carne propia cuánto había sido mancillada la vida de Evernight por Tanon. Guardó a Haebing en el banco de la ciudad libre de Redcoast y selló a Dragkals bajo su corazón. Así, Anya rodó por el suelo con el cuerpo desnudo, dejándolo cubierto de sangre en una lucha desesperada.

Pero aún así... sus párpados pálidos temblaron incontrolablemente y al final las lágrimas que había contenido estallaron.

"No quería volver a ser una carga para el señor. Pensé que, si iba a Redcoast y me arrepentía, quizá esta sangre sucia se diluiría...."

Al pronunciar la palabra "arrepentimiento", sintió de pronto cómo el brazo que lo abrazaba se apretaba. Al mismo tiempo, su hombro comenzó a temblar. La voz se le rompía y no salía, y tuvo que mover los labios muchas veces antes de poder emitir sonido.

"Shh, está bien"

Evernight le acarició la nuca y lo sostuvo entre sus brazos

"Dímelo, Anya. Quiero seguir oyendo tu voz".

Con cuidado le sujetó las mejillas, besando en orden la frente limpia, los ojos enrojecidos y la punta de la nariz que le dolía. Y por último, chupó con delicadeza el labio inferior de Anya, que lo apretaba con rabia para aguantar la pena. Tras esa cadena de gestos, no pudo evitar desahogarse y contar todas las inquietudes que había guardado desde que despertó en la cama. Como si se rompiera una presa, al verlo no pudo ya controlar las emociones.

"Tenía miedo. Temía... temía volver a arruinar tu vida, Señor"

"No pasará".

Él marcó una línea con voz firme y volvió a chuparle los labios. Chuup, chup. Un sonido extraño llenó la habitación. De pronto, el calor le recorrió el cuerpo. Anya siguió hablando entre jadeos

"Por eso quise irme".

Sintió claramente cómo el gran cuerpo que lo sostenía se tensó de golpe. Le temblaron los párpados.

"Ni pensarlo".

Esta vez le mordió la punta de la nariz sin hacerlo daño. Anya asintió como quien está embobado.

"...Sí, claro, ni pensarlo. Al llegar allí lo que realmente sentí fue que no quería irme de ti".

Una vez abierta, la herida del corazón no cerraba con facilidad. Anya se frotó enérgicamente los ojos para secarse las lágrimas que le subían

"Soy tan egoísta, ¿no? Era mejor que en aquel entonces no hubiera vuelto vivo... ¡huh!"

Y antes de que acabara la frase, una mano áspera le sujetó la mejilla y sus labios fueron reclamados con fuerza, sin darle tiempo a reaccionar. Evernight giró la cabeza y le sujetó la barbilla para forzarle la boca abierta. Su gruesa lengua entró de golpe y recorrió sin piedad cada rincón de la boca de Anya. Fue un beso que parecía querer devorarlo.

"Ugh, hic..."

Los gemidos entre sollozos escapaban cada vez que Evernight apartaba la cara. Las lágrimas que Anya derramaba hicieron que el beso supiera amargo.

"Soy yo, Anya".

Habían besado con tanta intensidad que, al separarse un instante, un aliento agitado ,imposible decir de quién, llenó el espacio y alrededor de sus bocas todo estaba húmedo. Con un golpe de frente Evernight apoyó la frente contra la suya y esbozó una leve sonrisa.

"Si mueres, iré hasta el mundo donde estén los dioses y te salvaré".

La sonrisa, de algún modo, le pareció extrañamente torcida. Él frotó suavemente la frente contra la de Anya

"¿Cómo olvidaria la promesa que hice?"

Aunque hablaba con ternura, su tono tenía un reproche claro. Tras un breve suspiro apasionado volvió a inclinarse y, sin dejar de rozar sus labios, susurró en voz baja:

"El juramento de un caballero es una promesa perfecta, a la que ni siquiera los dioses pueden interferir. Existo para ti. Si mueres, yo no seré más que un ser inútil, así que arrancaré por completo el corazón que te he entregado y te seguiré".

Solo tú, Anya. Únicamente por ti. Evernight repitió esas palabras con obsesiva insistencia. Si alguien las hubiese escuchado, le habría recorrido un escalofrío por la espalda, pues era una confesión de amor tendida a la locura. Se dice que, en la era primigenia, el primer caballero hizo un voto indestructible por la persona amada. Ese juramento puro y justo era algo tan sagrado que ni los dioses podían tocarlo, perteneciendo únicamente a dos personas. Tal vez por eso, aunque la confesión del hombre tenía un matiz inquietante, también parecía ofrecer a Anya una respuesta clara a todas sus dudas y angustias.

"Así que eso de huir de mí, de desaparecer... de morir, joder..."

Evernight frunció el ceño con violencia, como si no pudiera contener la cólera que lo invadía, y su pecho ancho se agitó con el aire que aspiraba profundamente.

"No digas esas cosas. Ni muerto pienso dejarte ir".

En sus ojos, sorprendentemente, hervía una emoción desesperada. Las pestañas de Anya, húmedas de lágrimas, temblaban como las alas de una mariposa. Una gota, vencida por la gravedad, cayó al vacío, y Evernight la bebió como si se tratara de agua de vida.

"Estaremos juntos toda la vida. Daremos la bienvenida a la primavera de Tildeon no decenas, sino cientos de veces".

Había en esas palabras una resolución inquebrantable. Cuando él hablaba así, así era, y así terminaría siendo. Las palabras de Evernight siempre eran ciertas. Siempre se cumplían.

"Tenerte a mi lado es lo que me mantiene con vida".

Al final, Anya asintió con una leve sonrisa resignada. Él también quería permanecer con Evernight. Sí, toda la vida.

---

---

Para entonces, ya despuntaba un nuevo amanecer tras la ventana. Apenas había pasado un instante desde que Anya regresara de un duro viaje, y aun así lo había forzado sin piedad. Siempre era su maldita ansia el problema. Evernight, con un suspiro de pesar, se cubrió el rostro con las manos.

"Su Alteza, la ama de llaves desea hablar con usted".

Tok, tok. Fue entonces cuando sonó un golpeteo en la puerta de la alcoba. Evernight, temiendo despertar a Anya, que dormía exhausto, se levantó con cuidado de la cama. Bajo su torso robusto, cubierto de músculos, aún se erguía obstinadamente su centro.

"Maldita sea..."

Murmuró en voz baja, tomando con brusquedad la túnica que había dejado sobre la silla.

"El señor Nicolas de la Compañía Mercantil lo espera en el salón. Dice que la audiencia estaba prevista para ayer..."

Apenas abrió la puerta, la intensa fragancia del deseo flotaba en el aire, y la ama de llaves bajó la cabeza con rapidez. Aquella mujer madura sabía mejor que nadie no cuándo mirar a su señor, sino cuándo debía apartar la vista.

"Si lo desea, le diré que estará ocupado por un tiempo".

Además, poseía una habilidad especial para intuir lo que su señor necesitaba, sin necesidad de que él pronunciara palabra. La Señora de Tildeon, tras levantarse de la cama, solía partir de viaje por unos días, a veces por semanas. Y cuando regresaba, su señor lo dejaba todo de lado y se encerraba con su compañero en la alcoba, sin salir de ella. Las doncellas jóvenes, al ver cómo aquel rey tan ascético se revolcaba durante días con su amado, quedaban totalmente pasmadas, por lo que, en esas temporadas, la ama de llaves asumía personalmente todos los quehaceres. Y esta vez el viaje había durado medio año...

Ay, en qué estaría pensando. La mujer sacudió la cabeza, recuperando la compostura, y juntó las manos con respeto.

"Los preparativos para la celebración de su aniversario avanzan sin error alguno".

Eso era, como servidora, lo más importante en ese momento.

Cuando la fría ventisca del invierno daba paso a los tiernos brotes que nacían de la tierra, el nuevo rey organizaba un festival dedicado solo a su compañero. Elfos, enanos, duques imperiales, minorías raciales, y un sinfín de súbditos acudieron como testigos del beso de juramento que los dos compartieron bajo el Árbol del Comienzo. Era la fiesta que conmemoraba aquel glorioso día. Aquel hombre que despreciaba casi todos los fastos como vana pompa, solo en esa fecha revisaba él mismo, con suma minuciosidad, cada detalle de principio a fin. A veces incluso se volvía severo, con un aire helado y tenso.

"¿Desea que los informes sean traídos aquí, por el momento?"

Como no hubo respuesta desde el otro lado por un rato, la jefa de sirvientas levantó apenas la cabeza para tantear el humor de su señor. El hombre, con los brazos cruzados y apoyado contra la puerta, conservaba el mismo rostro hosco, pero la frialdad que solía desprender en los últimos tiempos se había suavizado un poco.

"Sí. Tráelos aquí, por favor."

Por encima del hombro de Evernight, ella alcanzó a ver el cuerpo desnudo y blanco de alguien recostado sobre la cama. De inmediato, el duque se enderezó para cubrir por completo la vista de la sirvienta. Chasqueó la lengua y, al proyectarse de repente una sombra sobre su cabeza, la mujer se apresuró a agachar la mirada.

"...Perdóneme. Pero, su alteza..."

"Habla."

El tono grave y seco arrastraba una nota de fastidio. Era una voz que claramente decía desaparece ya.

Esta sí que será la última pregunta, su alteza, se repitió la jefa de sirvientas con fervor, alzando con cuidado los ojos.

"¿Y qué haremos con el somnífero? Justo el jefe del gremio mercante me pidió transmitir que ha conseguido una poción usada por los nómadas de las tierras altas del este: casi sin efectos secundarios y con gran eficacia."

Insomnio. El secreto del rey que apenas unos pocos dentro de Tildeon conocían. El hombre llevaba tiempo sufriendo un insomnio extremo, pasando noches enteras en vela.

En otro tiempo lo atribuyó a las alucinaciones de los monstruos y a la sensibilidad agudizada bajo la luna llena. Pero, aun cuando todo había terminado, seguía incapaz de dormir. Últimamente el trastorno había empeorado tanto que hasta se había importado, a través del Gremio del Halcón Azul, un somnífero famoso en el Imperio por su efectividad, procedente de las montañas orientales.

"Eso ya no lo necesito."

Evernight se llevó los dedos al entrecejo hundido y rechazó con frialdad. Sin embargo, tal vez porque la Señora había regresado, parecía haber conciliado algo de sueño: su semblante estaba mejor que de costumbre.

La jefa de sirvientas todavía podía recordar con claridad la conversación que había escuchado unas horas antes de que Anya volviera.

'¿Comandante, acaso ha dormido algo? Si tanto le atormenta la ansiedad, ¡mejor no lo habría dejado partir!'

El mago... no, ahora gran archimago de Tildeon, Riario, era el único capaz de hablarle con franqueza al rey.

'Aunque no pueda morir... ¡maldita sea!'

¿Que no puede morir? Aquellas palabras se le habían clavado en el corazón a la sirvienta, pero se disiparon enseguida al escuchar el resto, cargado de furia.

'Exigirse de esa manera es casi como autolesionarse. Cada primavera se celebra la Mesa Redonda. ¡No olvide que usted, comandante... no, su majestad, es el rey de esa mesa! Aun si el señor Anya no vuelve antes de entonces. Por muy infame que sea Redcoast, él ya no es un niño. Lo sabe bien: no queda monstruo ni Tanon que pueda dañarlo. ¡En cualquier caso, ya he pedido al jefe del Halcón Azul que consiga un somnífero!'

La sirvienta retrocedió a toda prisa al oír pasos furiosos acercarse. Doblando la esquina del pasillo se ocultó, y desde la puerta entreabierta alcanzó a escuchar la voz grave de Evernight.

'Riario. Esto no es autolesión.'

'.......'

'Es el castigo que debo soportar. Y un castigo no es algo de lo que uno pueda escapar.'

Toc, toc.

El sonido al frente devolvió claridad a la mirada turbada de la sirvienta. Evernight seguía recostado contra la puerta, mirándola fijamente. En sus pupilas, antaño llamadas los ojos del monstruo, se leía un fastidio innegable. Al estrecharse sus ojos con emoción contenida, la sirvienta sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

"Perdóneme, su alteza. Yo solo..."

Entonces, tras su hombro, se oyó el roce suave de las sábanas. En ese instante, la pesada expresión del hombre se deshizo por completo.

"Me ausentaré de la oficina algunos días. Trae aquí la comida y el agua para el baño."

Con esa orden monótona, Evernight le dio la espalda del todo. Era una clara advertencia de que no lo molestaran más.

"Sí, entendido."

La sirvienta inclinó la cabeza y, poco después, la puerta del dormitorio se cerró.

El ama acababa de regresar de su viaje. Tras la soledad y la inquietud que había soportado durante la ausencia de Anya, por fin tenía ese momento en sus manos...

"El dulce tiempo en que termina el castigo de su alteza..." murmuró la sirvienta, retirándose en silencio.

***

Evernight, sentado al borde de la cama, apartó el cabello que se deslizaba por el rostro de Anya. En comparación con cuando, medio año atrás, había partido de improviso a Redcoast, la cabellera de su joven consorte había crecido bastante. A veces había instantes en que el paso del tiempo se volvía tangible de ese modo.

«Endereza la espalda».

«¡Ugh...! Mi señor, duele».

«Cuando apuntes con el sable de práctica al enemigo, no apartes jamás la vista. Un caballero no debe perder de vista al adversario ni un solo instante. Ni al atacar, ni al defenderse. Incluso en el instante en que la espada del otro te atraviese».

El joven que, con una capa de piel sobre los hombros, sonreía con ironía frente a los novatos en el patio de armas ya no era un niño. No era aquel muchacho que, en un rincón apartado, blandía una y otra vez el sable de práctica cientos de veces para estar preparado para un duelo de honor que no le correspondía. Ese muchacho, su consorte Anya, estaba creciendo de manera deslumbrante con cada hora que pasaba.

Y entonces, un deseo vil comenzó a nublar los ojos de Evernight: querer compartir con él todo ese tiempo.

«...¿Cargarías con todo solo por ese instante efímero?»

En la vida interminable que le aguardaba, aquel instante sería lo único que brillaría. No quería perder ni un segundo de ello. Cuando Anya se marchara, viviría abrazado al recuerdo de cada uno de esos momentos.

Al fin, incapaz de resistirlo, Evernight inclinó el rostro y posó un leve beso en la frente descubierta de su compañero. Al rozar la piel redonda de su frente, el aire que tenía atascado se escapó de golpe y su cuerpo se estremeció con violencia.

"Ah.."

Evernight dejó escapar un gemido cargado de dolor, apretando con fuerza el puño. En esos momentos en que percibía tan de cerca el calor de su carne, era como si la sombra de su alma vil en un futuro, desgarrada por la pérdida de Anya, extendiera las manos desde lejos y lo estrangulara. Le gritaba si acaso podría sobrevivir sin él, si sería capaz de soportar la tortura de un anhelo que le roería hasta los huesos. Y aquel peso lo aplastaba como una roca enorme.

Pero a veces, en medio de ese tormento, soplaba sobre él un viento helado. Era el viento que descendía desde la cordillera Beriela. Evernight apretó los dientes, cerró los puños y luego los abrió, cerrando los ojos por un momento. Aún recordaba ese viento contra su rostro, cuando hundió la hoja en el hielo de un acantilado.

Sí. Todo eso no era más que un deseo mezquino. Algo que jamás debía confesar, algo que jamás debía dejar que se descubriera. Su deber era simplemente agradecer que aquel muchacho permaneciera a su lado, soportar su castigo y nada más.

«...El dolor extremo y la desolación que sentirás. La pena y la pérdida... acabarás deseando la muerte como antaño, y sin embargo vivirás por muchísimo tiempo, solo, en soledad. Y aun cuando este muchacho se marche un día al seno de los dioses, aun cuando todos aquellos a quienes amaste hayan desaparecido, tú permanecerás en el trono, velando por la paz de esta tierra».

No importaba si era un castigo sin fin. No importaba si solo era una felicidad fugaz. Mientras Anya permaneciera a su lado, Evernight elegiría lo mismo una y otra vez.

Cuando volvió a abrir los ojos, la luz de dolor que los había llenado se había desvanecido por completo.

---

No se sabía si por lo agotador del viaje, o por haber alcanzado el clímax tantas veces a lo largo de la noche, Anya no lograba abrir los ojos. El hombre había contenido lo más posible sus instintos sombríos, pero había momentos en que ni él mismo lograba dominarse. Y últimamente, esos momentos eran cada vez más frecuentes.

Además de las viejas cicatrices, había en su cuerpo muchas marcas nuevas, algunas todavía rojas y recientes. Al rozarlas con la mano, los ojos de Evernight se ensombrecieron de manera glacial.

«Según hemos averiguado, Su Alteza está utilizando el nombre falso de Anthony en la arena de Redcoast».

«...¿Qué?»

«Me temo que hemos confirmado que efectivamente está actuando como gladiador».

«...Gladiador...».

Al pronunciar esas tres sílabas, la mandíbula de Evernight se tensó con violencia. Había enviado a sus sombras a investigar el paradero de Anya apenas lo dejó marchar. Se había prometido aceptar cualquier resultado con calma, pero al escuchar aquel maldito término, estuvo a punto de hacerlo todo trizas en ese mismo instante.

Jamás lo había enviado allí para que se convirtiera en un simple gladiador. ¿Qué demonios lo había llevado a eso?

Evernight se pasó la mano por el rostro con brusquedad, intentando ocultar el temblor de sus dedos crispados.

Había demasiadas cosas incomprensibles. Aunque, en el fondo, quizá ya sospechaba el motivo. Su ingenuo consorte llevaba intranquilo desde el instante mismo en que había regresado con vida. A veces parecía cargado con una absurda culpa, como si hubiese cometido un crimen imperdonable.

"Mierda..."

Evernight se frotó la frente y soltó una risa seca, como si se le escapara junto con el aire.

Cada vez que lo veía así, le dolía el pecho como si alguien le desgarrara el corazón a puñetazos. Sin embargo, jamás pudo detener a Anya. No tenía ese derecho ni esa autoridad. ¿Cómo olvidar el amanecer en el templo helado, cuando sostuvo entre sus brazos el cuerpo gélido y sin vida de Anya? Desde que lo tuvo de vuelta, Evernight había decidido otorgarle libertad. Quiso regalarle la vida errante y libre de un caballero vagabundo, aquello que en vida nunca había podido disfrutar.

Ninguna riqueza podía alegrar a Anya. Evernight, por instinto, sabía de qué manera su joven compañero podía hallar la felicidad. Desde que emprendió su viaje, la angustia por poder perderlo otra vez lo estaba devorando. La ansiedad de separación, el insomnio feroz, la debilidad nerviosa... esa era la penitencia que Evernight debía cargar por el resto de su vida. El castigo era solo suyo, de nadie más. Así debía ser también con esta travesía a Redcoast...

"Y allí... ¿dónde duerme, qué come... con quién se junta?"

"Perdóneme, alteza..."

La sombra, visiblemente nerviosa, tardó en responder ante la expresión sombría de su señor. Pero al ver que el príncipe contenía a duras penas la rabia con una mano sobre la empuñadura de su espada, se inclinó de inmediato.

"Se... se hospeda en un burdel cercano a la arena de gladiadores."

"¿Un burdel?"

Anya, si te alejas tanto de mí, entonces yo...

"...Sí, señor."

...yo no puedo respirar.

Evernight se llevó ambas manos al rostro con un ademán brusco.

"Tras cada combate, siempre se dirige al barrio de los burdeles. Hemos confirmado varias veces que entra en una de las casas más ruinosas al final del callejón".

Ese último clavo selló la respuesta. Evernight soltó una risa amarga. Cerró los ojos, inmóvil, salvo por los dedos que jugueteaban sin descanso con el colgante prendido al tahalí de su espada. Aun así, la presión en el aire era tan pesada que la sombra frente a él apenas podía soportarla.

Al cabo, Evernight habló otra vez:

"Si llegara a hacer alguna locura, les ordené impedirlo sin que lo note".

El rey ardía de furia, aunque guardara silencio. Alzando los ojos, sus claras pupilas azules destellaban como llamas desatadas: deseo de posesión, pasión ardiente, y el pánico rabioso de quien teme perder lo más preciado. Frente a esa desnuda y brutal marea de emociones, la sombra sintió que se le cortaba el aliento.

"Su Alteza... el Archiduque no hace nada malo. Las tareas de vigilancia las hago arriesgando la vida. Si él sospechara lo más mínimo, lo descubriría al instante".

El sudor frío le empapaba la espalda, y la tensión ya había pasado todo límite. Cerró los ojos con fuerza y gritó la excusa, pero enseguida una hoja azulada se le posó en la garganta.

"Solo tienes boca. Si vas a soltar excusas de perro delante de mí con tanta seguridad, mejor renuncia a ser sombra y pudre tus huesos en las mazmorras".

La espada, forjada con mineral de Sildor que solo un maestro herrero podía trabajar, daba escalofríos con solo verla.

"Yo mismo te encadenaré allí".

"¡No, señor! ¡Perdóneme! He sido débil y hablé sin pensar. ¡Fue un error!"

La sombra gritó con voz rota, rígido de pies a cabeza, hasta que la rodilla que mantenía en tierra empezó a temblar.

"Mm..."

El repentino gemido hizo estremecer los dedos de Evernight. Era Anya, que, hundido en la almohada, se movía entre sueños. En un instante, la mirada azul de Evernight volvió del pasado al presente. Su atención vibraba con cada respiración tranquila, con cada movimiento ligero de los dedos del joven.

Parecía un insensato enamorado, pero no podía evitarlo. Había esperado este instante durante seis meses.

"Duerme más, Anya".

El cuerpo de Evernight se inclinó, rindiéndose sobre él. Acarició el cuello blanco que quedaba expuesto bajo los mechones castaños, y lo besó con ternura. Pero enseguida, un murmullo maldito se escapó de sus labios.

El aroma tibio de su piel lo volvía loco, al punto de tensar el brazo apoyado en la cabecera, donde las venas se marcaban violentas. Durante un largo rato, sus labios recorrieron dulcemente la nuca, hasta que, incapaces de contenerse, empezaron a descender.

Entre las cicatrices apretadas de su espalda, Evernight encontró sin dificultad una herida reciente.

"......"

Al verla, una llama feroz volvió a arder en su pecho. El hombre reprimió su oleaje interior posando un beso reverente sobre ella.

Chup, chup, los sonidos resonaron bajos en la habitación. Como si celebrara un rito sagrado, Evernight besaba una por una las cicatrices apenas cerradas que recorrían el cuerpo de Anya. Siguiendo ese trazo de besos, se detuvo en las pequeñas marcas del costado.

"El último rival del amo en la arena usaba látigo. Parece que, al haber encadenado tantas victorias, los organizadores se adelantaron a preparar algo."

Tras la última audiencia privada, la Sombra había empezado a entregar informes muy detallados.

"Soborna a los organizadores. Dinero habrá cuanto quieras, pero pon como condición que, cuando se enfrente a Anthony, jamás le hieran."

Cada noche, al oír aquellos reportes, Evernight tenía que apretar los dientes para contener la furia que hervía en él. Era un suplicio. Contener el cuerpo, que en cualquier momento podía lanzarse a cabalgar directo a Redcoast, requería un esfuerzo sobrehumano. Lo único que podía, no, lo único que debía hacer por Anya era aguantar y resistir.

"Y aun así...."

Pero ahora que lo veía con sus propios ojos, no podía tragar la rabia que lo quemaba por dentro. Mierda. Evernight mascó maldiciones mirando el pequeño moretón azul hundido justo en el hoyuelo del final de la columna, sobre las nalgas. Parecía la marca de una piedra sobresaliente contra la que se hubiera golpeado rodando por el suelo.

Chup, chup, Evernight insistió allí más que antes, frotando sus labios con tenacidad. El que aquel moretón hubiera aparecido justo encima de la hendidura de las nalgas lo hacía parecer una huella dejada en pleno acto sexual.

"Hoy también entró a una posada en la calle del burdel. Pero, aunque haya disimulado su aspecto con magia, la presencia del amo resalta demasiado... hubo cierto alboroto."

El recuerdo de ese informe, dicho con voz tensa, cruzó fugazmente por su mente, y la lengua que lamía el moretón se endureció con fuerza. Evernight chupó con ansia aquella hinchazón, dejando sobre ella su propia marca. De pronto, sin pensarlo, hundió el rostro entre las níveas nalgas alzadas. Maldita sea. La posesividad, largamente reprimida, empezó a desbordarse de forma anormal. Evernight separó la tersa carne y lamió la carne sonrosada y tierna que se revelaba.

Chup, chup. Un sonido mucho más húmedo y pegajoso llenó la habitación.

El orificio delicado, hinchado tras haberlo penetrado toda la noche. Aunque lo había hecho con suavidad, despacio y con cuidado, la carne se enrojecía con facilidad. Las demás marcas eran de otros bastardos, pero esa huella en particular solo Evernight podía dejarla. Era, sin duda, un deseo desmedido y fuera de lo común, pero al hombre no le importaba nada en ese momento. Medio año de abstinencia y una añoranza abrasadora lo habían llevado a ese extremo.

"¡Hhhngh...!"

Sintió que el cuerpo blanco que dormía plácido se estremecía. Como si acabara de despertar del sueño profundo, la cintura esbelta se torció y un débil gemido escapó.

"¡Mi, mi señor...!"

La voz aguda y quebrada resonó enseguida. Avergonzado de su propio tono entrecortado, Anya carraspeó torpemente. Esa imagen despeinada y vulnerable lo volvió tan adorable que Evernight chupó con más avidez el orificio.

"¡Está, está loco...! Ahh, señor, ba, basta...!"

Anya, temblando y atrapado por las manos que le sujetaban las nalgas, intentó girarse para huir, pero Evernight lo sostuvo por la cadera y metió la lengua aún más hondo. Cuando la nariz afilada rozó insistente, la espalda de Anya se puso rígida de golpe.

"¡Ah, no puedo más...! ¡Hhhngh!"

El cuerpo estaba demasiado sensible después de haberlo tenido en la boca hasta el amanecer. Anya gimió, enterrando el rostro en la almohada y sacudiendo la cabeza con violencia. Sus manos se aferraron al sábana temblando, mientras la blanca nuca se teñía de rojo en un instante.

"Voy a lamer todas tus heridas, devorarlas por completo."

Incluso las que yo mismo dejé.

Al susurrar eso sobre la entrada íntima, Evernight provocó que Anya se estremeciera y forcejeara.

"¡E-es de mañana, le digo! A-ah, hhhng...!"

"Es la tarde."

Evernight dejó escapar una risita. Eso lo hacía aún peor.

Anya giró de lado con el rostro sorprendido y miró con los ojos hinchados hacia la luz que se colaba por la ventana.

¿Qué dirían si la Señora de la casa, apenas regresado de su viaje, abandonaba todo lo pendiente para encerrarse en la alcoba toda la tarde?

"¡P-por eso... hhhht, es aún peor!"

Pataleó, pero su forcejeo fue reducido con facilidad. El hombre le sujetó el interior de los muslos, los abrió hacia los lados y fue bajando la mano hasta atraparle las corvas para empujar hacia arriba.

Las piernas, abiertas como las de una rana, dejaron paso a la lengua de Evernight que se hundió todavía más. Una vez más, la punzada que le recorría desde abajo hizo que los dedos de sus pies se encogieran con fuerza.

Anya se aferró a las sábanas como si fuera a desgarrarlas, gimiendo entre dientes.

¡Qué postura tan indecente en pleno día!

Había compartido cama varias veces con Evernight, pero nunca lograba acostumbrarse a esa posición.

"¿Un problema? Estás chorreando, bebé."

El apelativo, acompañado de una risa burlona, le hizo dar un respingo.

Evernight tenía la manía de llamarlo "bebé" sólo cuando lo hacía revolcarse de esa manera, húmedo y sin control. Cada vez Anya pensaba que no debía alterarse, pero terminaba perdido, sin saber cómo reaccionar.

Sí, había entre ellos cierta diferencia de edad, pero recalcarlo en medio del lecho era un asunto de otra dimensión. Por alguna razón, le avergonzaba tanto que hasta las yemas de los dedos le temblaban.

"D-déj... déjeme ya...!"

Su voz ronca se estiraba, pegajosa, torpe. Medio año sin estímulos lo había dejado incapaz de resistir el hábil, meloso juego de lengua del hombre.

Entonces Evernight apretó aún más los labios contra él y sacudió la cabeza con fuerza, como a propósito. La aguda nariz se restregaba contra la abertura estremecida, provocando un roce húmedo, acompañado de ruidos obscenos.

El ano de Anya era especialmente sensible, distinto al de otros hombres, porque su cuerpo era capaz de concebir. Cada embestida de la lengua áspera provocaba un chasquido empapado.

El cojín bajo su rostro se había humedecido por la baba que se le escapaba sin darse cuenta.

Recibir sexo oral, piernas abiertas en plena luz del día... Ni las prostitutas de Redcoast se mostrarían así de vulgares. Pero ver a ese hombre, de rodillas entre sus muslos, encorvado como un animal perezoso mientras se lo devoraba con ansia, lo encendía sin remedio.

"Ah... ahhh...!"

Al final, Anya se corrió bajo aquella insistente lengua. Los muslos le temblaron en espasmos y la sábana bajo él se empapó, caliente y pegajosa.

"¿Te ha gustado? Si sólo te toco atrás, igual..."

"¡No diga nada!"

Anya, con la cara encendida, intentó girarse enseguida. Pero Evernight volvió a atraparlo y lo arrastró sin remedio hacia su abrazo.

"No voy a penetrarte. Sólo estabas desbordado y quise limpiarte."

Con el rostro hundido en la nuca de Anya, Evernight suspiró profundo.

Contra su vientre, Anya sintió moverse algo duro y viscoso. El miembro del hombre, imposible de acostumbrarse a su tamaño, palpitaba con la punta humedecida.

Inconscientemente, Anya lo miró.

"...Ah."

Y quedó absorto al descubrir el brillo transparente que cubría la boca de Evernight.

El cabello negro, alborotado contra sus muslos, dejaba ver un rostro pálido y unos labios carnosos mojados por lo que brotaba de su propio cuerpo.

Era, sin duda, más provocador que todo lo que Anya había presenciado en Redcoast.

Con gesto lloroso, le frotó apresuradamente la boca con el dorso de la mano. Bajo su palma sintió cómo la comisura del otro se curvaba en una sonrisa. Evernight atrapó la mano de Anya y le besó largo sobre la muñeca.

"Te amo."

"......"

"Te amo, Anya."

El repentino susurro de amor hizo que Anya parpadeara lentamente.

Volver a ver a Evernight tras medio año... había dudado, había vagado, y aun así, vencido por el deseo de estar juntos, lo tenía ahora frente a él. Y aun viéndolo con sus propios ojos, le parecía tan irreal, tan imposible, que sentía que el corazón iba a estallársele de tanto quererlo.

---

"¿Cuántos días van ya?"

Recostado en el sofá de la sala, casi tumbado, Siswu miraba el techo con una expresión de absoluto tedio.

El interior, antes desolado, de Tildeon se había transformado en un espectáculo vibrante en cuanto quedó terminado el trazado de las calles, colmado de comerciantes que se agolpaban en procesión.

La guinda del lujo la ponía el fresco del techo, que representaba la ceremonia de coronación bajo el Árbol del Comienzo. Se había invertido tanto esmero en ello que, aun después de años, seguía en ejecución a cargo de una prestigiosa cofradía de pintores.

"Unos cinco días. Exactamente, cuatro días y ocho horas."

Enfrente de Siswu estaba sentado el mago Riario, con una larga pipa de tabaco entre los labios. En su mano tenía un pergamino donde los pintores solían esbozar frescos para techos, aunque más bien lo sostenía como si quisiera ocultar el leve temblor de sus dedos que no cesaban.

"Sí, hace justo ese tiempo que la señora Anya regresó. ¡Y mientras tanto, usted, mago, volvió a fracasar estrepitosamente en dejar de fumar! Cuando Ronan se entere va a llorar a mares."

Siswu lo fulminó con una mirada mohína al ver que Riario, incapaz de resistirse, fumaba de nuevo.

"Si me contuviera por miedo a los regaños de ese mocoso, acabaría muriendo antes por el síndrome de abstinencia. Como nunca tuve el menor deseo de vivir mucho tiempo, bien puedo seguir fumando, ¿no cree?"

Riario esbozó una sonrisa torcida y, justo cuando las campanas de la torre del reloj sonaban afuera, expulsó una bocanada de humo. Lo invadió una sensación de liberación tan intensa que el cuerpo se le aflojó. Entonces reparó en el semblante de un joven que rebosaba disgusto. Riario arrojó el pergamino sin cuidado sobre la mesilla y preguntó:

"¿Y qué mosca le ha picado para venir a plantarse en la sala de recibimiento a estas horas del día?"

Era la hora en que normalmente Siswu se entretenía atormentando a los novatos en el campo de instrucción.

Siswu se revolvió el cabello y dejó caer la cabeza hacia atrás con gesto angustiado.

"¡Nuestra señora ha regresado después de medio año... y ya van cinco días!"

Contó los dedos uno a uno con expresión casi al borde del llanto.

"¡Cinco días desde que entró en la alcoba...!"

Ah. Riario se acarició la barba y soltó un corto suspiro.

"Eso sí es cierto."

"¿Y a usted, mago, no le preocupa nada? ¿No cree que, si lo hacen de forma tan... tan violenta, le va a hacer mal al corazón? ¿Que todavía no debería forzarse? ¡Por mucho que sea el comandante, eso ya es reclusión forzosa!"

¿Violenta, decía? Riario bufó con ironía, recordando a Evernight que cada noche, como una fiera ante la presa, se entregaba a la obsesión.

"Vamos, vamos. De una pregunta en una. ¿Y qué es eso que según tú hace de forma tan violenta el comandante?"

Golpeando con la pipa para sacudir las cenizas, Riario le dedicó una sonrisa ladina.

De pronto la cara de Siswu se encendió de rojo.

"¡E-eso... ya sabe a qué me refiero!"

Ya no solo estaba colorado, parecía que la cabeza le iba a estallar. Se puso de pie de golpe, abanicándose sin descanso mientras lanzaba miradas nerviosas alrededor.

"¡Eso, digo yo... eso!"

"Y tanto misterio, ¿qué es lo que quieres decirme?"

Después de abrir y cerrar la boca varias veces sin lograr decir nada, Siswu acabó hundiéndose de nuevo en el asiento, despeinándose otra vez.

"H... hablo de un embarazo, mago."

La voz apenas fue un susurro. Y enseguida buscó la reacción de Riario. El mago, mordisqueando la boquilla de la pipa, no mostró gran expresión.

Al fin Siswu, después de dudar, soltó la preocupación que lo había tenido con la cabeza hecha un nudo los últimos cinco días.

"¿No recuerda que nuestra señora casi perdió la vida por un embarazo? Estuvo a punto de cruzar el río Secratio, que solo se ve al morir, y volvió por los pelos... ¿Qué pasa si le ocurre otra vez? ¡De tanta preocupación hasta terminé recibiendo de lleno los golpes de los novatos en el patio de instrucción!"

Siswu había estado al lado de Anya cuando se desplomó la muralla. Había presenciado, justo al alcance de la mano, la determinación con que Anya cumplió la misión aferrado a un hilo de vida. Quizá por eso. O tal vez por la culpa de no haber logrado protegerlo entonces. Desde que Anya despertó, Siswu se había acostumbrado a vigilar sin querer su bienestar.

"¿Embarazo...?"

El humo que Riario exhaló se dispersó en el aire. A través de la bruma, el rabillo de su ojo se crispó con una sensibilidad dolorosa. Sintió, sin saber por qué, un leve pinchazo de culpa en el pecho.

"No creo que eso vuelva a suceder."

"¿Eh? ¡Pero si el comandante lo hace noche y día...!"

Riario agarró la pipa en vertical y se la puso delante de la boca a Siswu, cortándole la frase.

"Siswu. Cuando se sufre un aborto muy severo, y más si es forzado, ocurre que el cuerpo ya no vuelve a sentir movimiento alguno en el vientre."

El rostro de Siswu se quedó rígido en el acto. ¿Y él, qué derecho tenía a desear que Anya quedara encinta otra vez? Pero entre no hacerlo y no poder hacerlo había un abismo. Y él lo sabía, por eso el corazón se le desplomó en el pecho.

"¿Quiere decir que nuestra señora ya no puede embarazarse?"

Con voz amarga, Siswu lo interrogó.

Riario, en vez de responder, desvió la mirada hacia la ventana. Justo en ese instante los criados descargaban enormes cantidades de flores traídas por la caravana del Halcón Azul.

"El comandante también lo debe de saber."

Porque quien obligó a Anya a abortar no fue otro que Evernight.

«Riario. Apenas volvamos a Tildeon, dale a Anya la medicina a escondidas.»

«¿Eh?»

«La que seca la semilla en el vientre.»

En aquel entonces, bajo la iniciativa de Evernight, Anya ingirió aquella sustancia que marchitaba la semilla. La razón exacta de por qué volvió a concebir después no se sabía, pero... aun sin el fármaco, la sangre de Andarl grabada con la maldición de Tanon provocaba en el cuerpo de Anya un rechazo violento, dejando cicatrices imborrables.

Más tarde se descubrió que la razón por la cual los poderes de Dragkals desaparecieron en aquella época también fue esa sangre de Andarl maldita. Y, paradójicamente, lo que le permitió a Anya resistir fue que en él corría, aunque fuera un poco, la sangre de Tanon.

Así, todo en el mundo se parecía a las dos caras de una moneda. Anya regresó con vida, pero Evernight quedó condenado otra vez a una inmortalidad sin final. Tras todo aquel proceso, aquel joven mago que siempre estaba lleno de convicciones y obstinación aprendió por fin lo que era la humildad. Nada había de absoluto en la vida que un simple humano pudiera declarar. Ni el destino de las personas, ni siquiera los dioses podían gobernar todo.

Este mundo podía levantarse por la voluntad de alguien, por amor o por la unión de los débiles. Pero también podía derrumbarse de golpe por los celos, la envidia y el odio. Como el aleteo de una mariposa que genera una tormenta, cada detalle que compone el mundo interactúa y lo hace avanzar hacia un rumbo que nadie puede prever.

"Pero ahora que Tanon ha desaparecido por completo... digo, si la señora lo deseara. En ese caso, ¿no sería posible tener un hijo ya sin problema?"

El corazón humano era como el junco, voluble. Hace un momento temía que un embarazo volviera a hacer sufrir a Anya, pero al enterarse de que no era que no quisiera, sino que ya no podía, otra clase de preocupación comenzó a brotar.

"No lo sé."

Riario se encogió de hombros y se levantó justo cuando al otro lado de la puerta se escuchó el correr apresurado de alguien.

"¡Maestro mago! ¡Erudito! ¿A dónde se habían ido ahora?"

Era Ronan. Tras la guerra, aquel mocoso había comenzado a trabajar formalmente bajo Riario, y no dejaba de ser molesto.

Riario, aún espantando con la mano el humo que flotaba en el aire, abrió la ventana. Ya iba a poner el pie sobre el alféizar cuando miró de reojo a Siswu, que seguía allí de pie, con un semblante cargado de preocupación impropio de su carácter sencillo.

"Aunque la señora lo quisiera, lo más probable es que el comandante no lo acepte. Ya sabes, si vuelve a pasar algo así, el comandante no lo soportaría en sus cabales. De hecho, ahora mismo ya está... bueno."

"¡Erudito!"

Antes de que Riario terminara de hablar, la puerta se abrió de golpe. Chasqueando la lengua, él se mordió un poco y saltó por la ventana.

"¡Así que deja de preocuparte por tonterías, Siswu! No es algo que nosotros podamos decidir."

El mago agitó la mano con desdén y gritó entre risas:

"¡Maestro mago!"

Ya Ronan había llegado corriendo hasta la ventana, jadeando mientras gritaba hacia Riario, que escapaba:

"¡Tiene que decidir cómo vamos a preparar los fuegos artificiales!"

Anya giró la cabeza al escuchar aquel alboroto que llegaba desde afuera. La voz le resultaba extrañamente familiar. ¿Riario? Ahora que lo pensaba, llevaba varios días prácticamente encerrado en el dormitorio y ni siquiera había saludado a los caballeros que habían venido a visitarlo.

"Anya."

En ese momento, Evernight besó su coronilla y lo llamó en voz baja.

"No te distraigas mientras comes. Has bajado de peso. Cómetelo todo."

Se refería al trozo de pastel que Anya tenía en la mano. Apenas le había dado un mordisco, y lo llevaba todo el día sin acabarlo. No parecía nada conforme, pues los ojos de Evernight se entrecerraron con disgusto.

"Es que... me resulta incómodo así."

Anya soltó un pequeño suspiro y levantó la vista hacia Evernight, que lo rodeaba por detrás. Si alguien los viera en ese momento, se espantaría. Estaba comiendo desnudo, sentado nada menos que sobre el muslo de Evernight. Ni que fuera un niño...

"Señor... dentro de poco es el festival de primavera, ¿puede ausentarse de su puesto?"

Y es que Evernight también llevaba todo el día encerrado con Anya en la habitación, sin volver al despacho. Ya era hora de regresar. Anya tanteó su disposición con cautela.

"¿Y qué crees que estoy haciendo ahora?"

Pero era inútil. Evernight revisaba los documentos con Anya sentado sobre su pierna. Sobre la cabeza de Anya sonaba el susurro de los pergaminos al rozar entre los dedos de él.

"¿Puede... concentrarse así? Todos van a murmurar."

Anya lo dijo dándole vueltas a regañadientes, y Evernight, que estaba bebiendo vino, detuvo la copa a medio camino y bajó la mirada.

"¿Quién diablos se atrevería a murmurar de ti?" Su voz descendió de inmediato.

Anya, mientras se subía la manta que se le escurría, murmuró:

"Lo raro sería que no murmurasen."

¿Eran ya cinco días? ¿O seis? De tanto hacerlo día y noche había perdido la noción del tiempo. Y aun así, viéndose tan entero, parecía que Evernight ya no lo trataba con la misma violencia de antes. Durante cinco días seguidos la penetración había sido suave, casi cortés. En sus ojos azules, que lo miraban desde arriba, rebosaba pasión, pero estaban lánguidos, no como antes, cuando parecía perder la razón.

¿Será que ya no le resulto atractivo...? Si lo sentía extraño y hasta un poco doloroso, quizá de verdad estaba completamente loco.

"Entonces, ¿quién?"

Evernight, en algún momento, apartó el pergamino de la mesa y levantó a Anya en brazos.

Por más que había comido bien, dormido bien y no faltado ni un día a los entrenamientos, seguía siendo, en comparación con la complexión de Evernight, casi como un niño.

"¡Se, se me cae la manta! Y ahora sí que no puedo más. En serio. Tengo que empezar el entrenamiento con la espada..."

Anya recogió la manta a toda prisa y habló con un aire de fingida terquedad, mientras evitaba mirar el bulto del hombre que se frotaba contra él desde abajo.

"Lo sé. Tampoco pienso seguir."

Aun así, la erección de Evernight no cedía. Antes era un hombre que ni siquiera podía aguantarse por las mañanas y se la metía sin remedio.

Si lo hiciera ahora también... todavía puedo caminar...

Ese pensamiento absurdo le cruzó como un relámpago, y de golpe sus sentidos se encendieron. Anya, reprochándose a sí mismo, dio un gran mordisco a la tarta.

* * *

El novato recién llegado, Rihan Duncan, se había levantado tarde después de mucho tiempo. El motivo era el capitán de entrenamiento, que llevaba días comportándose como si le faltara un tornillo, y que ese mismo día había cancelado, con cara de enfermo, el entrenamiento de espada matutino.

Gracias a eso, con tiempo libre, Rihan se dedicó a apoyarse en un árbol medio desnudo al que recién le brotaban hojas, a leer un poemario de trovadores o a seguir con la vista las nubes que flotaban en el cielo claro.

Cuando el sol trepaba ya hasta el centro del cielo, el campanario del otro lado de la muralla sonó con estrépito. Era mediodía.

Al mismo tiempo, del otro lado del cuartel, se oyeron voces alborotadas.

"¿No le habrá pasado algo al señor Siswu?"

"Mejor no quieras saber. Como sueltes la lengua, perderás esta oportunidad de oro."

"Pero tenemos que entrenar, ¿cómo vamos a recibir el nombramiento de caballeros en la próxima promoción si no?"

"En nada será el banquete, la fiesta de primavera, así que déjalo pasar. Al diablo, yo de esa instrucción inhumana y despiadada no quiero saber más."

Todos eran aprendices aún sin recibir la investidura de caballeros. Excepto algunos que estaban inquietos porque tenían familia que mantener, la mayoría estaba encantada, no, más que encantada, con la ausencia del capitán de entrenamiento.

"¡Eh, Rihan!"

Uno del grupo llamó a Rihan, que estaba recostado contra un árbol. Justo en ese momento, desde la taberna de madera cercana se escapaba el aroma del pan recién horneado.

"No te hagas el viejo gruñón, ven y tómate una copa con nosotros."

"¿En qué otro momento vamos a poder beber hasta saciarnos un vino tan caro como este?"

Rihan recordó entonces una conversación que había escuchado por casualidad hacía unos días. La Señora de Tildeon, ese famoso archiduque del Imperio, por fin estaba regresando tras medio año de viaje. En aquel momento ya se había preguntado qué clase de persona debía de ser para recibir una bienvenida tan aparatosa, y ahora seguía pensando lo mismo.

"¡Es nada menos que vino de la isla Ioni, traído directamente por la Compañía del Halcón Azul!"

La Compañía del Halcón Azul era la mayor del Imperio, y el ojo crítico de su jefe, Nicolas, no tenía rival. Era tal su fama que incluso lograba conseguir con facilidad mercancías de los orgullosos elfos o de los enorgullecidos enanos. Y aquel hombre había recorrido todo el Imperio para traer un sinfín de rarezas únicamente para la Señora de Tildeon.

"Dicen que, al probarlo, el aroma fragante golpea tu boca y tu nariz como si estuvieras abrazado al regazo de una dama, y te olvidas de todas tus preocupaciones en un éxtasis indescriptible. ¡Así es ese vino!"

Je, je. Entre el grupo empezaron a sonar risas vulgares.

"Novato. Ya que celebraste tu juramento de mayoría de edad, será mejor que aproveches esta oportunidad para disfrutarlo. A fin de cuentas, si quieres tener éxito con las mujeres, más vale que aprendas a beber."

Uno de los hombres pasó un brazo por el hombro de Rihan y lo arrastró hacia la taberna.

Tal como había dicho aquel hombre, Rihan era apenas un joven que acababa de recitar el juramento de la mayoría de edad, y de hecho estaba entre los más jóvenes de los nuevos reclutas de la orden de caballería. Aun así, era mucho más serio que los demás aprendices, que le llevaban cinco o seis años, y prefería reflexionar en soledad antes que beber sin freno o juntarse con prostitutas.

"Esos libros polvorientos que lees son la razón de que no tengas mujer."

El hombre le dio un golpecito burlón al libro que llevaba Rihan en las manos y soltó una risa socarrona.

"¿O será que prefieres a los hombres?"

Rihan apartó de un manotazo la mano del otro.

"Al menos aquí, debería cuidar sus palabras al hablar de 'sodomía', ¿no cree?"

Frunciendo el ceño, Rihan replicó. Se decía que la Señora de Tildeon, por el mero hecho de ser varón, había pasado por muchas penurias.

"Vaya, vaya. Ni siquiera eres del norte y ya te metes a moralista. Por supuesto que nuestro señor archiduque y Su Alteza son distintos."

Por fortuna, a pesar de su aspecto fiero, el hombre no mostró reacción desagradable.

"Vamos, no seas tan quisquilloso en un día de primavera tan soleado. Anda, entra de una vez, vejestorio."

Quizá la sola expectativa de ahogarse pronto en alcohol lo había puesto de mejor humor.

"Cuando reciba la investidura como caballero, ya seré un tildeonés más."

Rihan tampoco tenía intenciones de buscar conflictos. ¿De qué le serviría? Como mucho, acabaría expulsado, cosa que prefería evitar. Encogiéndose de hombros, se resignó a seguirlos. Al fin y al cabo, tendría que convivir con ellos en el cuartel, y no valía la pena enemistarse.

"¿Dijiste que eras de Maneregia? ¿Cómo un tipo criado en una gran ciudad acabó vagando hasta el norte?"

El hombre, complacido por la actitud dócil de Rihan, le preguntó con un tono casi amistoso. Pero antes de que este pudiera responder, otros muchachos parlanchines se metieron en la conversación.

"La capital, Maneregia, ya es historia. Cuando el emperador Luxus desapareció, esa ciudad también se vino abajo."

"Pero el duque la integró en la Liga de Ciudades Libres. Después de todo, había prosperado durante siglos. ¿Cómo iba a derrumbarse de la noche a la mañana?"

Sin darse cuenta, habían dejado de lado a Rihan y se enzarzaron con entusiasmo en contar rumores, leyendas y fanfarronadas mezcladas de todo tipo.

"Y en ese momento, ¡zas! Montado en un dragón, apareció nuestro archiduque."

La charla había llegado ya a su clímax, describiendo la última batalla contra los monstruos.

En realidad, Rihan Duncan sí era originario de Maneregia, y en su día había sido el duodécimo príncipe. Desde pequeño había oído hablar mucho de Anya, que ahora era la Señora de Tildeon. Tal vez por eso mismo había acabado llegando hasta este lugar...

Rihan escuchaba aquellas historias con un oído distraído mientras su mano se posaba en el picaporte de la taberna para abrir la puerta.

"...habrá terminado por llegar hasta aquí", murmuró sin pensar, dejando escapar de sus labios la verdad que había intuido todo ese tiempo.

"¿Qué haces, Rihan? ¿Vas a quedarte plantado en la puerta...? ¿Eh? ¿Su Alteza el Archiduque?"

Antes de que pudiera apartarse del toscazo en la espalda que le dieron para que se moviera, Rihan quedó súbitamente fascinado por una escena.

"......"

Sentado sobre una mesa de madera, un joven giró el rostro hacia él. Hasta un instante antes había estado conversando con la persona frente a él, y aún tenía en los labios una sonrisa suave y elegante. Sus ojos, gentiles, brillaban con un fulgor más luminoso que cualquier estrella.

...Era hermoso.

Aunque fuese un hombre, esa fue la primera palabra que acudió de golpe a la mente de Rihan. Aquel joven desprendía una atmósfera única, como nada que hubiera sentido antes en toda su vida.

"¿Qué pasa, reclutas? ¿Vinieron hasta aquí solo para que les conviden la cena?"

"¡Sir Siswu!"

Sorprendentemente, la persona sentada frente al joven no era otro que el capitán de entrenamiento, Sir Siswu. En los últimos días había estado con cara de muerto, aplazando el duelo matutino, y ahora resultaba que estaba pasando el rato con toda tranquilidad.

"Justo a tiempo. Alteza, estos son los reclutas recién llegados. Habrá que ver si valen algo."

Siswu se encogió de hombros al decirlo, y la mirada del joven se fue desplazando hasta posarse en Rihan. En ese instante, Rihan experimentó la extraña sensación de que todo el vello de su cuerpo se erizaba.

"Un gusto conocerlos."

Anya se levantó de su asiento y estrechó la mano de cada uno. Todos, con expresión atónita, recibieron su saludo. Al encontrarse cara a cara con el protagonista de tantos rumores, las palabras simplemente se les atascaban. Rihan no era la excepción. La mano del archiduque, pese a su apariencia suave, estaba endurecida con callos propios de un caballero, y eso le hizo latir el corazón con tanta fuerza que lo puso incómodo.

"Ah, mejor aún... ¿por qué no les da un poco de práctica en duelo? Usted mismo ha dicho que después del viaje largo su cuerpo se siente entumecido."

Fue justo cuando Anya estrechaba la mano de Rihan que Siswu lanzó tal propuesta.

"El comandante también lo permitirá. No son duelos con caballeros de alto rango, estos novatos lo aguantarán. En realidad, más que duelo será un simple calentamiento."

"¡Instructor...!"

Algunos protestaron por verse convertidos en muñecos de madera para entrenar, pero Siswu solo se encogió de hombros como diciendo: "¿Y acaso estoy equivocado?".

De los labios de Anya escapó un leve gemido. Por muy hábil que fuese un caballero, si descuidaba el entrenamiento su cuerpo inevitablemente se oxidaba. Y, para pulir sus capacidades en combate real, era más útil enfrentarse a otros que practicar solo. Sin embargo, Evernight... Anya detestaba enfrentarse en duelo incluso con caballeros de nivel medio o alto. La frialdad de su mirada era tal que hasta el propio Siswu, cuando se batía contra él, terminaba cohibido y no lograba rendir al máximo.

"¡Es, es un honor, Alteza!"

De repente, los reclutas exclamaron con voces llenas de reverencia.

"Con el capitán de entrenamiento aquí mismo y estos..."

Siswu soltó una risa incrédula, como si no pudiera creer que en un abrir y cerrar de ojos los reclutas se hubiesen vuelto devotos fervientes de Anya.

Por el largo viaje, Anya parecía más delgado que antes, pero eso solo acentuaba un aire etéreo que atraía aún más las miradas. Bastaba observarlo para que la boca se secara y uno tragara saliva con fuerza. Rihan se frotó nerviosamente el cuello.

'Vaya, empiezo a entender por qué lo mantenían encerrado tanto tiempo en la alcoba...'

Incluso Siswu, que rara vez tenía ojo para la belleza, no podía ignorar el aspecto de Anya: era tan llamativo que trascendía el género.

'En este banquete, el duque Bluea volverá a las andadas, seguro.'

Siswu se llevó una mano a la frente. Desde mucho tiempo atrás, cuando lo vio en el palacio imperial de Maneregia, aquel hombre no dejaba de rondar a Anya. Y era un tipo con vista aguda, a diferencia de él. Si otra vez, ebrio, se ponía a ensalzar a Anya, Evernight no lo dejaría pasar por alto. Después de todo, llevaban medio año sin verse; no sería como la vez anterior, cuando gracias a la intervención del propio Anya lograron salir del asunto sin mayores problemas.

"Entonces, ¿nos reunimos en el patio de armas después de comer?"

Anya miró a todos con una sonrisa. La idea de por fin enfrentarse en un duelo legítimo después de tanto tiempo lidiando solo con criminales dementes le resultaba refrescante. No sería un combate intenso, como había dicho Siswu, pero de algún modo deseaba empuñar la espada.

De pronto, Anya dejó escapar un leve suspiro, como si hubiera tenido una ocurrencia ingeniosa.

Sí, mejor que uno por uno... ¿qué tal si los enfrentaba a todos al mismo tiempo?

Cuando apenas se le formaba el pensamiento, los reclutas respondieron al unísono con un fervor combativo:

"¡Sí, señor, con gusto!"

"Estos holgazanes, que delante de mí siempre se arrastran como cerdos, fingen dolencias... No tienen idea de lo obstinado que es el archiduque. Pobres ingenuos."

Siswu chasqueó la lengua, ya imaginándose la tragedia que ocurriría unas horas después. Pero los novatos ya tenían los ojos cegados y los oídos cerrados. Estaban desesperados por ver con sus propios ojos la esgrima del Jinete de Dragón, de la que tanto habían oído hablar.

"Vaya, por lo menos tienen la audacia de llamarse caballeros."

Riéndose entre dientes, Siswu les ofreció personalmente vino del cargamento que había traído la Compañía del Halcón Azul. Un obsequio para que resistieran... al menos un poco. En ese momento, ninguno de ellos entendió por qué el cruel instructor se dignaba a servirles vino con sus propias manos.

"¿Eh? ¿Todos contra usted, al mismo tiempo?"

En el arsenal del patio de armas, Rihan, que acababa de sacar su espada, miraba a Anya con cara de pasmo.

"Sí."

Anya, de pie en medio del campo, jugueteaba con la espada con un giro ligero y asintió.

"Entonces... esa es la espada de la que tanto hablan."

Alguien murmuró con voz atontada. La espada semitransparente que Anya blandía era tan fina que parecía que se rompería antes de poder cortar al enemigo.

Pero en el momento en que Anya, con la Espada haebing en mano, adoptó su postura:

"Bien. Vengan con toda su fuerza. En una batalla real, es frecuente luchar junto a los compañeros. Únanse para derrotarme. Como siempre en el duelo, si el rival cae al suelo o suelta la espada, todo termina."

Todos parecían quedar sobrecogidos por aquella presencia. Bajo el sol, su cabello castaño relucía y sus ojos color avellana brillaban con una inteligencia que les cortaba la respiración. Cuando lo habían visto en el comedor lo habían considerado simplemente hermoso, pero ahora, la figura de Anya era el epítome de un caballero perfecto. Su fuerza elevó de golpe el ánimo de todos.

Incluso Rihan, que hasta hacía un momento permanecía desconcertado, apretó con firmeza su espada y la alzó. No solo él: los demás también comenzaron a correr hacia Anya con las armas en mano.

El choque del acero resonó una y otra vez en el campo de entrenamiento. Al principio, los novatos dudaban, pensando si acaso no era una falta de respeto alzar sus espadas contra alguien de tan alto rango, o si más tarde serían castigados. Pero pronto se dejaron llevar por el fervor y blandieron las espadas con seriedad.

El problema era que, para su desgracia, ninguna de sus hojas lograba tocar ni un solo cabello de Anya.

Él se movía entre ellos como si nadara en un río, esquivando ataques con fluidez. A veces levantaba una pierna y con una patada seca tiraba al suelo al que se atrevía a cargar contra su pecho.

"¡Maldita sea! ¡Formemos un círculo y rodeémoslo! ¡Todos juntos, vamos!"

Unos cuantos, ya olvidando que aquel era la señora de la casa, lanzaron maldiciones y se abalanzaron furiosos. Para ser novatos, era un ataque feroz; se notaba que Siswu los había entrenado con empeño.

Anya, con sudor resbalando por primera vez en mucho tiempo, desvió sus espadas una a una. El choque metálico le recorría el brazo con un cosquilleo agradable que le arrancaba una sonrisa incontenible. Justo entonces, un contraataque se dirigió a su hombro. Era Rihan, el mismo joven que no hacía mucho lo había mirado fijamente en el comedor.

A diferencia de los otros, que arremetían con brutalidad, Rihan se mantenía un paso atrás, esperando el instante en que Anya torcía el cuerpo y se abría un hueco para entonces lanzarse al ataque.

"¡Ugh!"

Podía parecer una jugada sucia, pero también era prueba de su gran ojo para detectar aperturas.

Anya fingió descuidarse y le ofreció el hombro. Rihan, sorprendido, perdió el equilibrio, y en ese instante Anya se agachó y con el lomo de la espada le golpeó detrás de la rodilla.

¡Pum! Rihan cayó de bruces contra el suelo con estrépito.

"......"

Él parpadeaba, incapaz de comprender qué acababa de ocurrir, mientras Anya, en cuestión de segundos, derribaba al resto de los que quedaban.

"¡Aaah! ¡Me, me rindo!"

Y cuando dio un toque en el casco de hierro del último, el duelo "o mejor dicho, la masacre disfrazada de entrenamiento" terminó por completo.

"Vaya, vaya."

Bajo el árbol, Siswu, que devoraba una manzana a mordiscos, aplaudió.

"¿Cómo es posible que ni uno solo haya logrado tocarte?"

Aunque sonaba como reproche, en realidad lo dijo con la indiferencia de quien nunca había esperado lo contrario.

"¡En fin, mocosos enclenques! ¡Acaban de morir todos! ¡Mañana mismo los haré renacer como verdaderos guerreros de Tildeon!"

A esas palabras, de todas partes se escaparon gemidos de dolor y lamentos de resignación.

Anya, sin embargo, no había dejado ni un rasguño en los cuerpos de los novatos. Eso, más que nada, los hacía temblar como si hubieran presenciado a un monstruo.

"¿Estás bien?"

De pronto, Rihan vio proyectarse una sombra sobre su cabeza y una mano tendida delante de él. Era Anya.

A pesar de moverse como el viento, parecía que también había gastado bastante energía, pues tenía el cabello ligeramente humedecido por el sudor.

"¿Acaso no puedes moverte?"

Como Rihan seguía callado, el ceño de Anya se frunció apenas. Pensó que quizá había golpeado demasiado fuerte.

"...¡N-no, alteza!"

Recobrando tarde la compostura, Rihan se aferró a la mano de Anya y se puso en pie.

Al mirar alrededor, notó que todos parecían medio aturdidos por la situación. Seguro que al volver al alojamiento pasarían la noche entera hablando de lo ocurrido.

"Me alegra. Fue bueno que intentaras acercarte con cautela, buscando la apertura del enemigo. Solo que, al blandir la espada, creo que pierdes un poco el equilibrio hacia un lado. Deberías fortalecer más las piernas."

Anya añadió la observación con una sonrisa. No se sabía si era un gesto suyo al sonreír o un reflejo por el sudor, pero al reír entrecerraba y fruncía ligeramente el puente de la nariz, con tal naturalidad que Rihan acabó bajando la cabeza, ruborizado. Era un flechazo tardío.

* * *

La pequeña sala de reuniones, ubicada en la cúspide de la torre conectada con la ciudadela de Tildeonrock, hasta hacía poco no era más que un trastero oscuro. Pero desde la guerra, había recuperado su función, al punto de acoger decenas de reuniones imperiales.

"Ese maldito Siswu..."

Karen, recostado junto a la ventana, miraba hacia el campo de entrenamiento. Desde allí arriba, el patio se divisaba con claridad.

"Qué mocoso sin pizca de tacto."

Tal vez por eso Evernight había dispuesto allí la sala de reuniones, y no en la propia ciudadela. Porque desde ese lugar podía verse perfectamente a cierta persona.

Karen echó un vistazo de reojo al asiento principal donde se encontraba Evernight, y luego volvió la vista hacia abajo. Allí estaba Anya, rodeado de gente, sonriendo radiante. Entre los nuevos reclutas había varios de su misma edad, lo que le hacía verse aún más luminoso... y a la vez algo distinto, como si no encajara del todo.

"Hace tan poco que regresó de su viaje y ya..."

En cualquier caso, la dueña de Tildeonrock ,así llamaban a Anya, era, tal cual aparecía ante todos, de una seriedad infrecuente. Poseía más el temple de un caballero que muchos de los caballeros veteranos allí reunidos, y tenía más paciencia y entereza que la mayoría de los dignatarios.

Todo eso estaba muy bien. El problema era...

Justo cuando, riéndose por alguna broma, Siswu revolvió el cabello de Anya y lo abrazó, el aire alrededor se congeló de inmediato. Afuera reinaba la tibieza de la primavera, pero dentro de la sala se volvió un páramo helado.

Karen, notando que Evernight también observaba a través de la ventana, volvió discretamente a su sitio.

"Ese mocoso sin modales. ¡Todavía cree que la Señora es un niño pequeño!"

Al parecer no solo él había sentido el cambio en la atmósfera: el viejo caballero Ekl, acariciándose la blanca barba, soltó una risa incómoda. Pero tras aquello, la sala se hundió en un silencio sepulcral.

"......"

Todos miraban cautelosos hacia Evernight, sentado en el asiento de honor.

Las reuniones celebradas durante el medio año que Anya había estado ausente habían sido un tormento. Evernight nunca había sido un señor amable ni cálido, pero en aquellas ocasiones la tensión era tal que parecía caminarse sobre hielo quebradizo.

De no ser por el peso de la corona que llevaba sobre los hombros, cualquiera habría creído que iba a levantarse de inmediato y correr hacia donde estaba su consorte. Tan obvia era su impaciencia, su desasosiego, que cualquiera podía notarlo. Y esa ansiedad se traducía, al trabajar, en una frialdad y un filo extremos.

Todos pensaban que, cuando el gran príncipe es decir, su señora consorte, regresara, las cosas mejorarían. Pero la torcida mirada que ahora proyectaba hacía arder de un plumazo toda esperanza.

"Cuando volvamos, su majestad debería darle un buen coscorrón al cabeza hueca de Siswu."

Riario se inclinó hacia Karen y le susurró. Karen, por supuesto, estuvo completamente de acuerdo.

Todos guardaban silencio, pendientes de que Evernight dijera algo. Finalmente, el hombre se pasó una mano por el rostro y, como a regañadientes, levantó la mano: era la señal de que la reunión debía comenzar.

Riario cruzó una mirada con otro de los presentes, que entendió de inmediato. El tesorero, con voz temblorosa, habló:

"Alteza, con la finalización de la Calzada plateada, no solo han aumentado las posadas, sino también los establecimientos comerciales. Es momento de reorganizar la política tributaria y debatir si establecer o no un peaje."

Tras decirlo, quedó lívido y jadeante. Era un hombre rápido de cálculo y mente ágil, pero de carácter cobarde. Si Evernight le soltaba otra de sus reprimendas directas, se desmayaría como la vez pasada.

Enseguida Lorea, que había asumido el cargo de maestre espía, tomó la palabra con premura:

"Señor, han llegado los informes de las Sombras que patrullaban el templo del norte. Como cada año, el deshielo del glaciar Beriela ha revelado la Fuente de las Lágrimas de la Diosa."

Era una expresión metafórica que anunciaba que la paz continuaba. La barrera había perdido su función y los monstruos habían desaparecido de la faz de la tierra. Sin embargo, en este mundo nada era absolutamente seguro. Los monstruos también eran obra de los dioses. Así como la humanidad no había desaparecido, tampoco lo harían ellos.

Aun así, Tildeon recibía la primavera. La nieve perpetua de Beriela, congelada durante todo el invierno, se derretía formando lagos, que se convertían en ríos, enriqueciendo la tierra de Tildeon.

La asamblea prosiguió bajo una tensión inexplicable. Evernight, con los dedos tamborileando sobre la mesa y un aire de media desgana, escuchaba los asuntos planteados por los administradores reunidos.

"......"

De cuando en cuando, al llegar hasta él, apagado, el eco de risas claras procedentes del otro lado de los muros semiderruidos de la torre, la frente del hombre se fruncía apenas. Pero era un estremecimiento tan leve que solo Karen y Lorea, con su aguda percepción propia de caballeros, podían notarlo.

"Y por último, la lista de nobles que asistirán al banquete de esta primavera..."

"Basta."

"¿...Señor?"

Los dedos de Evernight se detuvieron al fin. El tesorero, encogiendo el cuello como una tortuga, pensó que quizá había cometido otra torpeza. Con solo levantarse, Evernight proclamó con todo su cuerpo que la reunión había terminado.

"Encárgate tú de la lista."

A pesar de haber supervisado con detalle hasta el más mínimo aspecto de la organización del banquete de primavera, el hombre parecía desentenderse de quiénes asistirían. Al fin y al cabo, aquel banquete estaba pensado para una sola persona; bastaba con complacer a esa persona. Lo demás no tenía la menor importancia.

Su capa negra ondeaba con cada paso. Los ministros permanecieron inmóviles como troncos, esperando a que él pasara. Pero de pronto, Evernight, con la mano en el picaporte, se detuvo y giró la mirada hacia atrás. Su ceño, siempre cargado de desagrado, se clavó en un punto preciso.

"¡Señor!"

El tesorero, sorprendido al cruzarse con los ojos de Evernight, se puso en pie de golpe e inclinó la cabeza.

"¡L-lo de la omisión en los registros de suministros para el banquete, no fue... no fue a propósito...!"

La preparación de aquel banquete había movido sumas enormes de dinero. Creyó que si se quedaba con alguna baratija de poco valor nadie lo notaría. Pero había acabado clavándose su propio cuchillo en el pie. Con el rostro pálido como cera y a punto de exclamar «¡m-mátame ya!», el tesorero aguardó su sentencia.

"Lorea."

La mirada de Evernight pasó de largo, sin detenerse en el funcionario tembloroso. El llamado era para el oficial de inteligencia que estaba a su lado. Lorea se levantó de inmediato.

"Sí. A sus órdenes."

"Quiero que prepares un informe con los datos de los nuevos reclutas. En especial..."

Su mirada volvió un instante hacia el exterior, de donde llegaba un alboroto inusualmente ruidoso.

"Ja, ja. Estos novatos sí que no tienen pizca de sentido común, tan llenos de bríos"; rió el viejo caballero Ekl mientras bebía un trago, pero nadie le contestó.

"Ese larguirucho. Tráeme todo sobre él, hasta el más mínimo detalle."

"¡Entendido, lo cumpliré!"

Respondió Lorea golpeándose dos veces el pecho.

Con un portazo, la sala quedó en silencio. El tesorero se desplomó sobre la mesa, jadeando.

"Yo pensé que, al regresar la señora, estas reuniones de guerra terminarían... pero la de hoy ha sido particularmente... severa. ¿Será que he ofendido el ánimo de Su Alteza?"

Aún nervioso, miraba en torno suyo como queriendo espantar la inquietud que seguía pesándole.

"No es que seas tan valiente... Con un corazón de pollo, ¿cómo manejas semejantes fortunas?"

Rió incrédulo Riario, clavándole un codazo en las costillas.

"¡Erudito!"

"Y encima, ¿cómo se explica que con ese corazón de pollo hayas estado metiendo poco a poco la mano en el tesoro público?"

"¡No! ¡Eso solo fueron unas... unas propinas! ¡La compañía mercante me las entregaba y yo solo las aceptaba! ¡Jamás toqué lo que correspondía al inventario real!"

Era cierto. Su señor era tan meticuloso y exhaustivo que, presa de la presión, había confesado enseguida. Con otros señores, vacíos tan pequeños y triviales en los registros ni siquiera habrían sido advertidos. Es más, muchos ni siquiera revisaban cuentas tan complejas.

"Como bien sabes, Su Alteza no es un hombre que se caracterice por la clemencia. Te ha pasado por alto solo porque tus dotes con las cuentas siguen siendo útiles. Pero antes de que esa maldita mano te sea cortada, más te conviene rogar por la piedad de la señora en cuanto regrese"

Le advirtió Riario con dureza en la mirada, antes de ponerse de pie.

"Mago, ya basta de asustar al tesorero"

Le susurró Karen, con cierta compasión.

Pero Riario se encogió de hombros.

"Es que sin estas pequeñas diversiones, estas sesiones serían insoportables."

Ignorando al tesorero, que había caído deshecho sobre su silla, todos fueron retirándose poco a poco, como la marea que se retira de la costa.

***

El recién llegado Rihan tenía la misma edad que Anya. Además, al ser originario de Maneregia, había una extraña cantidad de cosas en las que coincidían.

Sobre todo, Rihan conocía muy bien la novela de aventuras que Anya había leído sin descanso en su infancia: El gran caballero, Thorne. Al conversar con él, el tiempo se les fue volando sin que se dieran cuenta. Cuando Anya alzó la vista, el cielo ya se había teñido de un rojo anaranjado.

"¡Alteza Archiduque!"

A lo lejos se veía al mayordomo Darin corriendo hacia ellos.

Entonces Anya cayó en cuenta de que había estado reteniendo a un novato que seguramente debía de estar agotado y ocupado.

"Será mejor que vaya entrando ya" dijo, rascándose la mejilla con vergüenza, mientras se ponía en pie. Pero aun así, en sus labios persistía una sonrisa que no lograba ocultar.

"Ah, Su Alteza debe de estar cansado, pues no ha pasado mucho desde su regreso. Yo lo he retenido demasiado tiempo, lo lamento"

Respondió Rihan, con un semblante apenado, levantándose también del tocón en el que estaba sentado.

Anya sintió cierta punzada de decepción porque, siendo de su misma edad, Rihan no se atreviera a tutearlo. Pero entre su rango y, sobre todo, la cantidad de ojos y oídos dentro del castillo, comprendía que no podía ser de otro modo.

Aun así, Anya había podido sentir, después de mucho tiempo, una alegría genuina. Era como si las inquietudes y las angustias que lo habían atormentado desde su despertar de aquel largo sueño se hubieran disipado un poco. Y más aún: experimentaba la novedosa sensación de haber hecho un amigo de su misma edad, lo que lo tenía incluso algo emocionado.

"No, no te disculpes. Hoy lo pasé de verdad muy bien, Rihan. ¿Qué te parece si, de vez en cuando, eres mi compañero de duelos?"

Dijo Anya, sonriendo mientras le tendía la mano.

Hacía tiempo que le resultaba difícil encontrar contrincantes dentro del castillo, y con Rihan quizá incluso Evernight lo permitiría sin objeciones. Al pensarlo, Anya se sintió como si hubiese insistido demasiado en su propio deseo, y enrojeció con timidez.

"Serás un caballero excelente."

Esto, al menos, lo dijo con total sinceridad.

"......"

Rihan lo miró un tanto aturdido. Hasta donde él sabía, Anya aún no tenía escudero. Aprender esgrima bajo sus órdenes y trabajar para él sería el mayor de los honores.

"Es un honor, mi señor."

Rihan estrechó la mano de Anya y se arrodilló sobre una rodilla. Apenas entonces sintió que entendía la razón por la cual había acabado en Tildeon, el motivo del destino que lo había llevado hasta allí.

"Será mejor que mantenga una conducta intachable."

En ese momento, el mayordomo Darin, que había estado siguiendo a Anya a trotecitos, se giró de golpe y lanzó una advertencia sombría.

---

"¿Y el señor Evernight?"

Tras darse un baño y antes de acostarse, Anya detuvo con cautela a Darin. La estancia todavía guardaba rastros del hombre, pues habían pasado allí casi encerrados varios días. Incluso aquella cama tan amplia, de repente, al estar solo, le parecía excesivamente grande. Su ánimo, que hacía apenas un instante estaba en calma, de pronto se desplomó.

"Ah, su alteza dijo que esta noche dormiría en la habitación de enfrente."

Una gota de agua resbaló del cabello de Anya hasta mojarle el rostro.

"Ya veo... Darin, ¿acaso he descuidado algo? Todos están ocupados con los preparativos del baile de primavera y el anfitrión... quizá he dejado demasiado de lado mis deberes."

Al tono culpable de Anya, Darin agitó las manos con premura.

"De ningún modo, mi lord. Su alteza ya se encargó de todo lo referente al baile de primavera."

Durante la ausencia de Anya, Evernight se había volcado en los asuntos de estado con una intensidad casi obsesiva, día y noche sin descanso. Solo de pensar en la cantidad de trabajo que despachó en esos seis meses, resultaba abrumador. Claro que por eso los consejeros gemían enfermos de agotamiento, pero... no había necesidad de decirle eso a Anya.

Darin, notando la creciente melancolía en la expresión de su señor, trató de consolarlo:

"Imagino que su alteza aún debe resolver algunos puntos de la reunión reducida que se celebró hoy."

"...Entiendo."

Anya murmuró sin fuerzas.

En la superficie, había pasado noches enteras revolcándose con Evernight, pero en el fondo, él siempre había mantenido un límite. Sí, esa era la única manera de describirlo. Podría parecer que tenían una relación lujuriosa, pero nunca habían compartido una cama realmente satisfactoria. De hecho, desde que Anya se recuperó en la cama de enfermo, Evernight había actuado así.

"¡Anya! Maldición, contrólate."

Hubo una vez en que, en pleno acto, Anya sufrió un leve ahogo, y desde entonces la actitud de Evernight se volvió aún más conservadora.

"No insistas más."

"Anya, basta. Basta."

Incluso la noche anterior, lo había rechazado de inmediato cuando Anya, de rodillas, intentó tomar su pene en la boca.

Antes no era así. Lo había besado con la urgencia de una tormenta, lo hacía jadear una y otra vez, y lo embestía con tal ímpetu desde abajo que a Anya le costaba recuperar el aliento. Lo poseía con tanta hambre que parecía una fiera desesperada por tocar más. Varias veces Anya había perdido el sentido, recibiendo dentro de sí su pene y su simiente, desfallecido con los ojos cerrados.

Pero ahora...

"Duerme bien."

Trazaba una frontera clara. Evernight solo lo abrazaba, dejando un profundo beso en su frente. Entre ellos parecía haberse erigido una línea invisible.

Anya lo entendía. Aquello era consideración por su parte. Y aunque esa delicadeza era lo bastante tierna como para arrancarle lágrimas, al mismo tiempo le resultaba... frustrante y doloroso.

"Entonces, mi señora, descanse."

Después de que Darin se retirara, Anya no pudo conciliar el sueño por un buen rato. Sentado en el alféizar, contemplaba ausente el cielo nocturno de Tildeon, que poco a poco iba cubriéndose con el crepúsculo.

Toc, toc. Sin darse cuenta, Anya comenzó a morderse las uñas. A medida que la noche se hacía más profunda, la ansiedad enterrada en lo más hondo de su interior empezaba a subir lentamente, como aquella penumbra que reptaba sobre la tierra.

'Al final regresé porque quería ver a mi señor...'

Anya dejó caer la frente contra el cristal con un golpe sordo. Durante las incontables noches que pasó en Redcoast, ¿acaso no había comprendido de forma desgarradora cuánto había anhelado a este hombre?

'Sabiendo que en mi cuerpo corre esta maldita sangre... aun así no pude abandonar mi deseo y volví...'

Al cerrar los ojos, la figura del hombre se dibujaba sola. Los hombros firmes, el cabello oscuro como la noche, aquella piel blanca semejante al alba y los ojos azules que se posaban sobre ella. Lo había añorado con tal desesperación que, con solo cerrar los ojos, Anya podía trazar con claridad cada detalle de él.

'Así que debo conformarme con esto. Por Tanon, por mí, él fue alguien cuya vida entera fue negada. No debo causarle más daño. Él es el rey del Imperio y el guardián de Tildeon. Yo... yo estaré a su lado por toda la vida. Seré su espada para que él pueda brillar.'

No debía ser caprichoso. ¿Qué más pretendía pedir?

'Mi señor me ama. Me está cuidando.'

Anya lo repetía una y otra vez. Era una verdad que su mente comprendía, pero que su corazón no terminaba de aceptar: una resolución, una autosugestión.

---

---

"Cuánto tiempo ha pasado".

A la mañana siguiente, al bajar al comedor del primer piso, encontró reunidos varios rostros familiares. Aunque había pasado la noche entera dando vueltas sin dormir, al ver aquellos rostros tan añorados, el cansancio se le desvaneció de golpe.

"¿Qué estuvo haciendo en el sur durante medio año?"

En cuanto vio a Anya, Riario no paró de reprocharle. Siendo un hombre cercano a Evernight, era imposible que no supiera de los movimientos de Anya, y sin embargo preguntaba a propósito. En el fondo, lo corroía la culpa de haberlo enviado y luego vigilado como una sombra.

"Nada en especial, solo esto y aquello"

Anya, consciente de aquellas circunstancias, se limitó a encogerse de hombros y lo abrazó.

"Dicen que el viento marino de Redcoast es bastante fuerte. ¿Se acostumbró al clima?", preguntó con amabilidad Lorea mientras retiraba la silla para él.

"Gracias"

Anya le agradeció con brevedad y después miró la mesa donde los sirvientes disponían la comida con destreza. Tal vez porque era la alta mesa del consejo azul, la disposición resultaba algo ostentosa.

"Más o menos estuvo bien. La comida me sentó bien también..."

"La comida no es el problema, sino la gente de allí."

Riario, sentado enfrente, habló mientras mordía una manzana. Él también había pasado un tiempo en Redcoast y conocía bien sus circunstancias.

"Aunque rudos, había gente buena también".

Ja, ja. Riario soltó una risita incrédula. Aunque lo dijo por cortesía, Anya podía evocar sin dificultad a los administradores de la arena de gladiadores. En realidad, en Redcoast casi no existía gente buena. Todos pensaban en sacarle provecho a Anya en cualquier momento, y en varias ocasiones lo habían hecho.

"No entiendo por qué fue hasta allá disfrazándose todo el rostro con una poción mágica. Ese lugar es un nido de criminales. ¿Acaso fue para estudiar cómo viven? Si lo sabe con certeza, después será útil para cuando haya que exterminarlos..."

Riario se estremeció y se abrazó los hombros mientras gemía. Era porque le habían desvalijado los bolsillos apenas había llegado al puerto de Red.

"Solo... fui a comprobar un par de cosas".

Anya sonrió con amargura y bebió un sorbo de agua. Lo único que había sacado en claro era lo obsesiva que era su fijación con Evernight. Aunque quiso imponerse un castigo para al menos disculparse un poco, la noche anterior se había sentido dolido por una tontería así. No podía ser más patético.

"¡Mago, deje de fastidiar! ¿Qué le importa a usted lo que haga Su Alteza el Archiduque?"

Siswu, que devoraba la carne como si tuviera los ojos cerrados, alzó la voz.

"¿Fastidiar? ¡Qué manera de hablar más peligrosa! Solo me da curiosidad, eso es todo. ¡Es un esfuerzo por sobrevivir! Sir Siswu, como usted no participa en el consejo, no sabe la carnicería que es aquello..."

En ese instante la puerta se abrió y entró Evernight. Riario cerró la boca de golpe y tragó saliva. La última vez que lo había visto, el día anterior, el humor de Evernight estaba muy, pero muy podrido. Y por la mañana, cuando había pinchado un poco a Darin para averiguar, ¿qué le había respondido?

«Durmieron separados. La señora parecía muy decepcionada, pero Su Alteza fue inflexible. La luz de la biblioteca no se apagó en toda la noche.»

Vaya cosa. Apenas habían superado una montaña, y otra se les interponía delante. Riario negó con la cabeza y con la mirada indicó a todos que se retiraran.

Entonces Karen se levantó de golpe, tirando del cuello de Siswu.

"¡Eh! ¡Si recién estaba comenzando! ¡Jefe, venga rápido! ¡Las salchichas que trajo la caravana del Halcón Azul son tan tiernas y sabrosas que el olor es una locura!"

Siswu forcejeaba, pero igual levantó el pulgar hacia Evernight. Sin embargo, la mirada de este era tan gélida que daba escalofríos.

"¿Jefe? ¿Por qué me mira como si fuera menos que un insecto?"

Recibiendo ese trato de repente, Siswu se rascó la mejilla y pensó a toda velocidad.

"Yo he entrenado muy bien a los reclutas nuevos. Su Alteza el Archiduque ya los conoció ayer."

Pero por más que lo intentaba, no recordaba haber hecho nada mal últimamente, y al decirlo con esa ingenuidad la expresión de Evernight se volvió aún más feroz.

"Cállate."

Sentado en la cabecera, Evernight clavó la mirada en Anya, que estaba enfrente. Pero no tardó en desviar los ojos de manera extraña. Anya sintió de repente como si una gran roca le cayera sobre el pecho.

Percibiendo la tensión entre los dos, Riario abrió los ojos de par en par y con un gesto indicó la puerta. "Vámonos" era lo que quería decir.

"Jefe, nosotros nos retiraremos primero."

Lorea se levantó e hizo una reverencia a Evernight y luego a Anya. Su plato seguía intacto. Marcharse a toda prisa le dejaba un mal sabor de boca, pero en medio del ambiente que se volvía caótico de golpe, Anya no pudo decir nada.

Karen lo siguió levantándose mientras tapaba la boca de Siswu.

"Ahora que lo pienso, todavía nos queda trabajo..."

Karen miró un instante al vacío, respiró hondo y continuó:

"La señora apenas acaba de regresar. ¿No deberían ellos dos desahogar lo que les quedó pendiente?"

"¿Desahogar? ¡Si apenas llegó y ya pasaron más de cinco días sin salir de la habitación, mmmph!"

Karen le apretó la cara aún más fuerte y se lo llevó a rastras.

"Su Alteza, no olvide el duelo de hoy... mmmph... ¡Ya basta! ¡Voy a salir por mi cuenta!"

Incluso mientras lo arrastraban, Siswu no dejó de agitar la mano hacia Anya.

¡Bang!

La puerta del comedor se cerró, y en un instante la sala se llenó de silencio.

Anya miró aturdido las sillas vacías donde hasta hacía poco estaban sentados los caballeros superiores, y luego lanzó una mirada furtiva hacia Evernight.

"No te preocupes y come bastante."

En algún momento, Evernight había cortado la carne en trozos pequeños con su cuchillo, se levantó y dejó el plato frente a Anya.

"...Sí."

Anya, de mala gana, llevó la carne a la boca y empezó a masticar despacio. Solo entonces Evernight regresó a su asiento. De tanto en tanto lo miraba para comprobar que estaba comiendo, pero fuera de eso, no hubo más palabras entre ellos.

"Disculpe, señor... ¿hay algo que debía hacer y que haya pasado por alto?"

Tras un buen rato, Anya preguntó con cautela.

"No."

Su respuesta, como siempre, fue tajante.

«Entonces, ¿por qué no vino a mi habitación anoche?»

Las palabras le llegaron hasta la garganta, pero Anya las tragó junto con la comida.

"Escuché que pronto se celebrará el banquete de primavera."

En vez de aquello, otra frase se le escapó. Había sentido vergüenza tardía de su propio capricho.

"Es lo de siempre. No tienes nada que hacer. Todo ya está listo."

Él echó un vistazo al plato de Anya, ya medio vacío, y esta vez empezó a quitar las espinas de un pescado blanco.

"...Entonces."

Evernight dejó el cuchillo sobre la mesa.

"Anya, no te culpes por tonterías. Te ausentaste por un viaje, era inevitable que no pudieras hacerlo. No es que lo evitaras a propósito."

Sus palabras eran bastante lógicas.

Anya asintió, mordiéndose los labios con fuerza. El manejo de la casa era deber de la señora, pero Evernight se encargaba incluso de eso. El año pasado no había podido hacerse cargo del banquete porque se desmayaba a cada rato, y esta vez... por el viaje no lo había hecho.

"No le des más vueltas."

Evernight puso frente a él el plato con el pescado ya limpio.

Anya pinchó un trozo con el tenedor y, sin darse cuenta, se aferró al cuello de su ropa.

"...Señor, esta noche en mi habitación..."

"......"

De inmediato, se sobresaltó y retiró la mano a toda prisa.

"¡Ah, no es nada! El pescado, digo. Gracias por quitarle las espinas. Yo comeré y luego iré al campo de entrenamiento."

Incluso a sus propios ojos, el cambio de tema fue de lo más torpe. Rápidamente se metió el pescado en la boca y masticó.

Pero por algún motivo Evernight seguía allí, sin moverse.

"¿Al campo de entrenamiento?"

Su frente se ensombreció.

Ah, debía haber pedido su permiso...

Como no se habían visto la noche anterior, no había podido decirle nada.

Anya añadió a toda prisa:

"Sí, resulta que encontré un compañero para los duelos de práctica."

Al recordar a Rihan, aquel joven de corazón cálido, una leve sonrisa le brotó a Anya en los labios.

"......"

En cambio, el rostro de Evernight se enfrió con rapidez, aunque en sus ojos azules chisporroteaba una cólera contenida.

"¡Ah! No son caballeros de alto ni de mediano rango, sino los novatos recién ingresados. Yo necesito mover el cuerpo, y ellos un compañero de práctica, así que el señor Siswu me lo recomendó. Creo que está bien."

Anya tanteó la reacción de Evernight y preguntó con cautela:

"¿Puedo hacerlo... verdad?"

"......"

La respuesta, que debería haber llegado fácil, no salió de sus labios; estos permanecieron apretados.

Si incluso descuidaba los duelos... Ya no cumplía ni con el papel de señor de la casa, y además perdería el título de caballero.

No podía ser una carga para él.

Anya se apresuró a explicar, casi como si se excusara:

"Hay un chico llamado Rihan, es realmente bueno. Seguro se convertirá en un gran caballero. Si puedo ayudarle... me gustaría hacerlo. No sé si lo haré bien, pero..."

Bajó la cabeza, avergonzado.

Y en su campo de visión, vio de pronto la mano de Evernight.

Estaba fuertemente cerrada en un puño, con las venas marcándose en el dorso.

"Así que se llama Rihan."

"¿Perdón?"

Evernight respiró hondo y lentamente se pasó la mano por el cabello.

Su mirada, por un instante fruncida, pronto volvió a dibujar líneas claras y firmes.

"Si quieres hacerlo, hazlo. Pero no te saltes las comidas."

Con esas palabras, Evernight volvió a su sitio. Había en él una autoridad sutil, aunque nada que delatara una agitación evidente. Los dos prosiguieron la comida en un silencio tranquilo. Y hasta que esta terminó, Anya no se atrevió a preguntarle:

"Señor, ¿me permitiría ir a verlo esta noche?"

Solo pudo quedarse mirando la capa negra ondeando al viento, y con pesar emprendió el camino de regreso.

***

Anya pasó todo el día en el patio de armas. Al principio, únicamente cruzó espadas con Rihan, pero cuando se dio cuenta ya se había ido sumando más gente, hasta que, como la víspera, estaba enfrentándose a más de diez a la vez.

"¡Alteza, enséñenos también esgrima!"

Los jóvenes estaban llenos de entusiasmo, y hasta Siswu y su discípulo Joel terminaron uniéndose, lo que acabó en un gran alboroto. Siswu, que siempre se quejaba de que aquellos holgazanes no hacían nada, mascullaba que desde la llegada de Anya todo había cambiado... aunque se le notaba bastante satisfecho.

Eso fue un alivio también para Anya, pues así evitaba pensamientos oscuros. Cuando se metió en la bañera, todos sus músculos protestaban de dolor, pero aquello solo confirmaba que el entrenamiento de ese día había sido un completo éxito.

"Señor, Su Alteza cenará en el despacho. Justo ahora tiene una audiencia privada con el tesorero por lo del peaje... así me lo ha pedido que le comunique."

Darin dio el recado cuando Anya regresó a su alcoba. No hubo más remedio que cenar a solas. Por suerte, durante la comida entraron Riario y Ronan, y evitó sentirse un marginado.

Ronan, a quien hacía tiempo que no veía, había crecido casi dos palmos; ya no tenía nada de niño.

"Yo también quiero ir algún día a Redcoast. Dicen que allí hay un mercado negro donde se pueden conseguir materiales mágicos muy raros. Y montones de libros prohibidos. Estoy escribiendo una historia del Imperio y creo que tendré que ir a Redcoast para consultar algunos de esos libros.

Convertido en ayudante de Riario, Ronan parecía muy feliz. Masticaba un trozo de pan mientras sus ojos brillaban.

"Todo esto se lo debo a usted, mi señora. Que Tildeon pueda disfrutar de una primavera tan feliz es gracias a usted. Usted cumplió la promesa que hizo aquella vez en Northmost."

El chico confesó aquello con cierta timidez, y hasta pidió disculpas por agradecerlo tan tarde.

"Mira tú, al menos tienes sentido de la gratitud. ¿Por qué no me das también a mí las gracias?"

"¡Si usted se la pasa holgazaneando, mago, cómo quiere que le esté agradecido!"

Mientras los dos discutían, Anya no pudo evitar esbozar una sonrisa.

Pero aquella sensación alegre se desvaneció en un instante.

De vuelta a su dormitorio, el ánimo de Anya se vino abajo. Él ya no estaba solo. Ya no era el príncipe inútil del pabellón anexo. Todos lo elogiaban, todos le daban las gracias.

"Haa..."

Aun así, ¿qué era esa sed que no se apagaba, ese hambre que no se saciaba?

El rostro de Anya se crispó como si estuviera a punto de llorar. Dándose la vuelta sobre la cama, quedó mirando el techo, y una vez más la figura del hombre acudió a su mente. Quizás quería demasiado. Sentía culpa hacia Evernight, y al mismo tiempo deseaba que él lo amase por completo.

"Maldición..."

Levantó el brazo y se tapó los ojos, lanzando una maldición entre dientes.

---

"Alteza, soy Darin."

"Adelante."

Era medianoche, con el castillo sumido en la oscuridad, salvo en un único lugar donde aún ardía una lámpara. Darin avanzó con cautela hacia su señor, que seguía ocupado entre papeles a la luz de unas pocas velas.

"Mi señora acaba de retirarse a descansar."

La mirada de Evernight, que revisaba un pergamino, se alzó de inmediato hacia el mayordomo. Incluso a esas horas avanzadas de la noche, sus ojos relucían intensos.

"Tenía entendido que hace rato entró en su alcoba."

Y lo inquietante era que, aunque Darin no se lo hubiera dicho, Evernight nunca pasaba por alto nada que tuviera que ver con Anya, ni lo más mínimo. A veces, aquella obsesión ponía los pelos de punta. Era algo que su señor jamás debía descubrir.

"Parecía que no podía conciliar el sueño..."

"......"

Evernight chasqueó la lengua en voz baja y apartó el pergamino con un golpe de su pulgar. La mirada de Darin se posó un instante sobre él.

¿Rihan?

En aquel pergamino aparecía información sobre alguien llamado "Rihan"...

"Ah, lo siento."

Darin giró la cabeza apresuradamente. Atreverse a fisgonear los documentos de Su Alteza... sin duda tenía el corazón demasiado grande. Esperaba un rayo helado de reprensión, pero Evernight, en cambio, se pasó la mano por el rostro y dejó escapar un profundo suspiro. Observándolo en silencio, Darin percibió en él un cansancio acumulado capa tras capa.

"Su Alteza... con el debido respeto, ¿qué le parecería esta noche visitar la alcoba de la joven señora?"

Ya que la situación había llegado a ese punto, Darin se atrevió a sugerirlo con cautela. Velar por el estado de Su Alteza y de la joven señora también formaba parte de su deber como mayordomo.

"No. Por ahora dormiremos separados."

A simple vista, era obvio que Anya se sentía dolido porque Evernight no compartiera el lecho con él.

"¿Habría algún motivo en particular?"

Cinco días seguidos metido en la alcoba, sin dejar de morderse y devorarse, ¿y ahora de pronto esta frialdad? Su señor rara vez mostraba sus pensamientos, pero hoy Evernight parecía un poco exhausto. Darin intuyó de inmediato que se debía al pergamino que sostenía en las manos. Cuando fue a buscar a Anya al campo de instrucción, él mismo también se había topado con Rihan. Anya no lo sabía, pero la mirada que Rihan dirigía hacia la joven señora no era en absoluto simple respeto hacia su señora. Y Evernight, más que nadie, habría percibido con rapidez esa corriente.

Siendo un señor tan posesivo, en vez de mantener distancia debería haber apretado aún más su dominio sobre Anya. Sin embargo, por alguna razón, lo que hacía era apartarse. Muy deliberadamente.

"Retírate."

Al fin, de su boca cayó la gélida orden de expulsión. Era un hombre que apenas dejaba traslucir emociones. Aquello, sin duda, era una virtud indispensable en un rey que gobernaba un imperio; pero desde la perspectiva de un servidor, no dejaba de ser un suplicio para los nervios.

Darin no tuvo más remedio que retirarse. Y poco después pudo ver, con ojos adormilados, a Evernight caminando solo hacia el bosque sumido en tinieblas. Estaba seguro de que ya había ido allí esa misma tarde... ¿qué habría en ese bosque para visitarlo con tanta regularidad? ¿Tendría relación con el próximo banquete? Se lo preguntó, aunque al final solo su señor podría responder.

Pasada ya la medianoche, el bosque de Tildeon estaba en completo silencio, sin soplo de viento alguno. Evernight, sintiéndose como absorbido por el vacío, se internó aún más. Aun en la oscuridad, su llama azul ardía con intensidad, y su corazón latía con estrépito, agitado por una cólera baja y brutal.

Rihan Duncan. Un joven de Maneregia. Huérfano de guerra, había acabado en Tildeon. Más hábil con la lanza que con la espada, de carácter reservado, poco dado a hablar. En sus ratos libres disfrutaba de la literatura y entre sus camaradas tenía buena reputación. No, más bien excelente. El pergamino estaba repleto de detalles triviales sobre aquel mero novato.

Al evocarlos uno a uno, la comisura roja de los labios de Evernight se curvó con ironía. Sentir celos de un muchacho que apenas acababa de alcanzar la mayoría de edad... se despreciaba a sí mismo por ello. Pero si entraba ahora en la alcoba de Anya, era seguro que perdería el control de sus emociones.

«Serás un caballero excelente.»

Eso le había dicho Anya a ese tal Rihan, bajo la luz del crepúsculo. Con el rostro sudoroso y sonriente, con esos ojos limpios miraba a otro hombre, no a él. Lo sabía. En Anya no había ni una pizca de intención oculta. Tan solo había hallado un compañero de charla de su misma edad, lo que, en todo caso, daba un respiro a su joven consorte. No había razón para inquietarse.

"Mierda..."

No pasó mucho antes de que Evernight se cubriera los ojos con violencia y echara la cabeza hacia atrás. Una furia impaciente, un deseo sombrío e incontenible de destruir, le ardían los párpados. De pronto, ante él, apareció una fuente plateada que reflejaba la luz de la luna y brillaba en medio de la oscuridad.

«Es un honor, Su Alteza.»

Con la frente apoyada contra el tronco de un árbol, exhaló repetidas veces un aliento ardiente. Una y otra vez, en su mente, Anya y Rihan se tomaban de las manos y reían. Y entonces... en su imaginación blandía la espada, caminaba hacia él y le cercenaba el cuello una y otra vez. Su mente se teñía de rojo sangre en un instante. Era un deseo de destrucción insoportable.

"Maldita sea."

Dándole la espalda a la fuente, se dejó caer lentamente, echando la cabeza hacia atrás con la nuez saltando con fuerza en la garganta. Instintivamente, acarició el adorno de alambre plateado colgado en la vaina de su espada. Si no hacía al menos eso, bien podría lanzarse de inmediato al barracón donde dormían los aprendices y matar al muchacho.

Cuando se cruzan las espadas, uno acaba inevitablemente atento a cada paso, a cada respiración del adversario. Es como bailar en secreto: no queda más remedio que acompasarse por completo al otro. Pensar que Anya... había compartido respiración con ese mocoso... le hacía hervir la sangre al revés. Se habrían tocado las manos, se habrían rozado inevitablemente. Por eso no podía ir. Si entraba ahora en la alcoba, no sabía de qué forma podría enloquecer.

Evernight soportó en soledad la madrugada entera bajo aquel árbol. Para él, eso era lo mejor que podía hacer.

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