Kwon Juhan. Tenía entonces 22 años.
No era estudiante de una universidad de arte de élite, pero sí de una bastante respetada, en la carrera de pintura occidental. Sin embargo, tras caer tardíamente en la obsesión por 'Sex Pistols', descuidó la vida universitaria, se aferró a la guitarra y terminó uniéndose a una banda punk underground. Vivía fuera de casa, comiendo y durmiendo en la sala de ensayo del grupo.
La razón por la que se marchó de casa no fue porque sus padres se opusieran a sus actividades en la banda. Ellos habían hecho todo lo posible para que Juhan, que jamás mostró interés en los estudios, entrara en una universidad de cuatro años en Seúl, cambiando de rumbo desde que estaba en la secundaria, inscribiéndolo en una famosa academia de arte para exámenes de admisión y buscándole profesores con talento para darle clases hasta lograr el objetivo.
No es que no hubiera oposición: su padre llegó a destrozarle dos guitarras y su madre le cortó la mesada. Pero ese no fue el motivo decisivo por el que Juhan, que hasta entonces había crecido como un joven acomodado sin conocer mayores dificultades, terminó viviendo en el sofá del estudio de ensayo.
Sus padres habrían estado razonablemente satisfechos con que se graduara de la universidad, sin importar si tocaba la guitarra o hacía cualquier otra cosa. Sin embargo, incluso unos padres que prácticamente habían renunciado a controlar a un hijo que no seguía su voluntad no podían aceptar que anduviera haciendo «perversiones homosexuales».
Un instructor con el que Juhan había salido alrededor de un año durante la época de la academia de arte llevaba años acosándolo, incluso durante el servicio militar obligatorio. Al seguir recibiendo negativas cada vez que le proponía volver a verse, decidió vengarse arruinando la vida de Juhan.
Reunió todo el material que había guardado durante años de acoso… y se lo envió a los padres de Juhan.
Desde la perspectiva de Juhan, aquello era la prueba del acoso.
Pero desde la perspectiva de sus padres, era la «prueba» de que su hijo era homosexual, y no un homosexual cualquiera, sino uno con gustos sexuales tan desviados que a cualquier persona normal le costaría aceptar.
Incluía fotos de cuando todavía salían, fotos de Juhan en una discoteca con un ligue de una noche en un abrazo demasiado íntimo, e incluso capturas de pantalla de conversaciones vulgares sumamente privadas de cuando aún estaban juntos.
Junto a una nota que decía:
「Su hijo es un homosexual pervertido que disfruta de meterse en el ano de un hombre de mediana edad, casi del doble de su edad, mientras lo humilla con palabras vulgares hasta hacerlo llorar. Yo soy alguien cuya vida fue arruinada por su hijo. Por favor, hagan un esfuerzo para guiarlo bien y que no haya más víctimas.」
Es cierto que a Juhan le gustaban los hombres serios y tímidos de finales de los treinta, y que disfrutaba excitándose al provocar su vergüenza en la cama, llevándolos a probar por primera vez un placer fuera de lo común hasta hacerlos llorar sin saber qué hacer. Pero ¿quién estaba arruinando la vida de quién?
Si alguien había liberado, salvado y dado sentido a ese deseo guardado durante tantos años… había sido Juhan.
Era lo último que quería oír precisamente de la boca del hombre que más se había encendido con ese tipo de juego.
Aunque formalmente Juhan salió de casa por su propia cuenta, en realidad lo habían echado.
Su madre, sin tiempo ni de correr al baño, vomitó ahí mismo, sentada en el sofá. Y su padre, que aunque le había roto la guitarra un par de veces jamás le había levantado la mano, perdió la cabeza y le pegó sin control.
Juhan terminó gritándoles que qué tenía de malo una relación sexual consentida entre personas con la misma preferencia; que, por más que fueran sus padres, no tenían derecho a meterse hasta ese punto en la vida sexual de un hijo. Pero, en el fondo, Juhan entendió el shock de ellos.
Sería impactante ver fotos sexuales de su hijo y conversaciones vulgares con una pareja del sexo opuesto; así que, al ver una foto de él haciéndole sexo oral a un hombre mayor, no era extraño que, como padres, sintieran que el mundo se les venía abajo.
Para conseguir un lugar donde vivir, Juhan hacía hasta tres trabajos a tiempo parcial al día, pero como los había conseguido con prisa, la paga por hora no valía lo duro que eran.
Dormía cada noche en un sofá recogido de la basura, uno que alguien había dejado al mudarse, con los cojines rotos por todos lados. Mientras intentaba dormir, Juhan pensaba:
Claro, a esa edad no debe ser fácil encontrar a un chico dispuesto a decir cosas como: «¿Por qué es tan descarado, señor? ¿A su edad ya ni puede aguantar la orina?» mientras le mete un hisopo por la uretra. Seguro por eso se le juntaron las ganas y se puso furioso.
Si ese tipo creía que Juhan lo iba a entender por ese lado, entonces no lo conocía para nada.
Durante todo ese tiempo, Juhan había cambiado de número varias veces para escapar del acoso. La última vez que lo cambió, el acosador le envió por mensaje un video suyo masturbándose, felicitándolo por su nuevo teléfono. Incluso entonces, Juhan solo borró el mensaje y bloqueó el contacto.
Iba a todos los conciertos de la banda, lo esperaba frente a su casa, y más de una vez se arrodilló rogándole entre lágrimas que volvieran. No era por amor. Desde el principio solo habían disfrutado juntos, y lo único que pasaba era que él no había encontrado a nadie más que lo satisficiera tanto como Juhan.
Pensó que al final se cansaría. Que era solo un fan pesado y molesto, así que lo dejó pasar. Ese fue su error. Creyó que alguien tímido e introvertido no sería capaz de causar un problema mayor, pero se equivocó por completo.
Una persona tímida jamás le clava un cuchillo de esa manera a la vida de otro. Ese tipo no era tímido: era un maldito cobarde y malintencionado. Podía perdonarle que fuera reservado, pero lo cobarde no tenía perdón.
Durante casi un mes, mientras miraba las manchas de humedad en el techo del estudio, Juhan pensó noche tras noche en cómo vengarse para desahogar su rabia.
Sí, no necesitaba nada más. Solo necesitaba sacar esa rabia. Sentía que solo podría dormir cuando esa ira se apagara del todo y pudiera tirarle toda esa furia encima a ese desgraciado. Para hacerlo, Juhan, que alguna vez había sido el niño mimado de una familia acomodada, estaba dispuesto incluso a cargar de por vida con el antecedente de exconvicto. Ese era el verdadero espíritu punk.
El día que recibió su primer sueldo, Juhan fue directo a su tienda vintage habitual.
Era una tienda que vendía ropa y accesorios de estilo punk, algo poco común en el país. Por fin podría comprar las botas militares que llevaba tanto tiempo queriendo. Juhan planeaba ponérselas para ejecutar su venganza.
—Hyung, ¿cómo pudiste? ¡Te dije que me las guardaras!
—Lo siento... Pero sabes que no tenemos mucho espacio para guardar mercancía. Las apartaste y desapareciste un mes entero. Cuando apareció alguien dispuesto a comprarlas... ¿cómo iba a dejar pasar la venta? Tienes que entenderlo.
Juhan quedó arruinado al enterarse de que las botas que había prometido comprar en cuanto cobrara, y que había pedido expresamente que no se vendieran a nadie, se habían vendido hacía apenas cinco minutos. Era como si su venganza se hubiera frenado de golpe, y eso le dio ansiedad.
—¡Estuve un mes viviendo a base de ramen instantáneo y kimbap de triángulo solo para poder comprarlas!
—Hay muchas otras botas bonitas. No tienen que ser esas.
—¡Para mí no son solo unos zapatos! Hyung, ¿sabes quién las compró?
—Ah… eso…
El dueño se rascó la barba rala con el dedo índice, mirando hacia otro lado. Juhan se inclinó sobre el mostrador como si fuera a saltar encima de él.
—¿Qué pasa? ¿Lo sabes? ¡Si lo sabes, dímelo! ¡Le pago más… no, le ruego si hace falta, pero necesito encontrarlas!
En ese momento, alguien le dio unos golpecitos en el hombro desde atrás. Un toque ligero, juguetón, casi afectuoso.
—¿Y cuánto estarías dispuesto a pagar de más?
—…….
Juhan se quedó en silencio. Al darse vuelta, se encontró con una mujer pequeña que lo miraba desde abajo. Su cabello negro cortado en una melena recta y las gafas de sol que llevaba puestas en pleno invierno, incluso bajo techo, la hacían destacar. No era alta, pero el tacón de sus botas con cordones le dejaba los labios justo a la altura de la nariz de Juhan.
De la cabeza a los pies, los piercings que le atravesaban cejas y mejillas, y el abrigo de tartán, la hacían ver como punk puro.
Maldita sea, qué estilo. Hasta en medio de esa situación, Juhan no pudo evitar admirarla.
—¿Fuiste tú… la que las compró?
—Las acabo de comprar.
—¿Qué es esto? ¡Si ni siquiera deben ser de tu talla! Dámelas, ¿sí?
—¿Quién compra zapatos solo para ponérselos? Eres un novato, ¿o qué?
Ella arrugó la cara ante la forma en que Juhan prácticamente se le tiraba encima.
—Noona, hyung-nim... se lo ruego. Aguanté un mes horrible pensando solo en conseguir esas botas. Para mí no son solo botas; son el símbolo de una decisión.
Detrás de sus gafas oscuras, Juhan sintió la mirada de ella recorriéndolo con calma, midiéndolo para ver cuánta verdad había en su desesperación.
—¿Por qué? ¿Te pasó algo?
—Por culpa de un maldito infeliz, mi vida ahora mismo es un asco. Y me prometí que en cuanto consiguiera esas botas, iría a vengarme de él.
Ella se bajó las gafas por la nariz y miró fijo a Juhan. Sus ojos, marcados con un maquillaje oscuro y fuerte, eran muy expresivos.
—Estudié estética y quiero irme al extranjero, convertirme en curadora de arte en Europa. Pero mis papás quieren que entre a la Facultad de Educación y sea profesora. Que me vista como ellos dicen, que vaya a las academias que ellos dicen, que me junte con las amigas que ellos eligen... igual que mi hermana menor, que hace todo lo que le dicen. Pero yo a escondidas mandé mi solicitud al departamento de Estética de la Universidad XX... e ingresé. ¿Y sabes qué dijeron? Que si no era la Facultad de Educación, no me pagaban la matrícula. Así que ni siquiera puedo ir a la universidad por la que tanto me maté estudiando. Me fui de casa y ahora vivo en un cuarto de dos metros y medio. Y aun así, queriendo ganar algo de experiencia en lo que me gusta, entré a trabajar en una galería… donde trabajo más de quince horas al día y apenas me pagan una miseria. Y aun así podrían despedirme.
Las palabras salieron de ella de golpe, como una confesión inesperada. Juhan frunció el ceño, sin entender a dónde iba. ¿Era una competencia de desgracias? ¿Y si él ganaba, le daba las botas?
—¿Qué tal? ¿Mi vida está más arruinada que la tuya?
Como si hubiera anticipado esa pregunta, Juhan respondió sin dudar:
—A mí me sacaron del clóset.
—…….
Ella se quedó callada un momento, mirándolo fijo. Luego se cruzó de brazos y siguió:
—…¿A quién se lo dijeron?
—A mis padres.
—…¿Y quién lo hizo?
—Mi ex. El instructor de la academia de arte con el que salí en la secundaria. Él tenía treinta y siete. Ahora tiene cuarenta y uno.
Ella hizo un gesto de desprecio, arrugando toda la cara.
—¿Y por qué tienes un gusto tan raro?
—Ya sé que tengo un gusto de mierda. Pero fue él quien le mostró mi vida privada a mis padres.
—Sí, definitivamente es un maldito desgraciado.
—¿Verdad? Y ahora voy a denunciarlo y a hundirlo en el mismo pozo al que me tiró. Me voy a asegurar de que no pueda volver a estar tranquilo en su vida. Aunque al final termine en la comisaría. No le voy a deber nada. Así que, por favor, déjame las botas.
—Vamos.
Con las gafas de sol acomodadas otra vez, ella pasó al lado de Juhan y caminó hacia la salida.
—¿A dónde? ¿No me vas a dar los zapatos? ¡Si tú misma dijiste que era un maldito desgraciado!
Juhan la siguió, protestando. Al abrir la puerta, el aire helado del invierno entró de golpe.
—¿Y tú crees que eso es venganza? Ojo por ojo, diente por diente. A la destrucción social se le responde con más destrucción social.
■ ■ ■
A pesar de estar en Hongdae, el bar no parecía tener gran movimiento. Era sábado por la noche y aun así solo había dos o tres mesas ocupadas. La mesa más cercana a la puerta parecía estar ocupada por conocidos del dueño.
Aunque la decoración no era ostentosa, el ambiente resultaba cómodo y con personalidad. La música sonaba a un volumen agradable con una buena selección de canciones, y el alcohol era barato. Aun con todas esas ventajas, era un lugar al que casi no iba gente solo porque no era un sitio «bonito para fotos», según habían explicado Juhan hyung y Yuni noona.
Hacía ya dos semanas que habían ayudado en la inauguración VIP de la nueva exposición de Phantom.
Durante unos días sentí como si estuviera regresando de un breve viaje a otro mundo, caminando sin tocar el suelo. Pero al mantenerme ocupado trabajando en la empresa de mudanzas y como ayudante en la casa de la profesora, recuperé el sentido de la realidad.
Los golden alpha, los cuadros que costaban diez millones de wones por pieza, las fiestas de champán acompañadas de bocadillos tan bonitos que daba pena comérselos… La sensación de que ese tipo de mundo existía en algún lugar comenzó a desvanecerse.
El miércoles, a través de la profesora, recibí un mensaje de Yuni noona. Decía que el sábado Juhan hyung quería que nos reuniéramos para tomar una cerveza. Fue algo inesperado, pero me dio gusto.
Después del trabajo en la empresa de mudanzas, pasé por casa a darme una ducha y salí rápido hacia el lugar acordado. El clima ya estaba lo bastante cálido como para sentir una ligera capa de sudor en la frente; parecía que el verano estaba a la vuelta de la esquina.
Al vernos fuera del trabajo, noona y hyung se mostraron mucho más cercanos. Las formalidades desaparecieron enseguida: dejé de llamarlos Yuni-ssi y Juhan-ssi, y pasaron a ser Yuni noona y Juhan hyung.
Con papas fritas cubiertas de queso cheddar derretido y cervezas frente a nosotros, Juhan hyung estaba retrocediendo tres años en su memoria para relatar la historia.
Uno de los dos gatos del bar saltó sobre la silla vacía al lado de hyung. Era un persa de pelo largo, muy cariñoso. Acariciándole el lomo, hyung siguió hablando.
—Así que nos fuimos a un café cerca de ahí y le conté todo: desde el principio con ese cabrón hasta lo que había pasado hace poco. ¿Habrán sido dos horas? Baek Yuni hacía preguntas tan detalladas y tan calmada que sentía como si hubiera ido a buscar a un abogado para denunciarlo.
Pensé que los dos se conocían desde antes de trabajar en Phantom, porque eran muy parecidos y se notaba una confianza de años, pero no era así.
Después de aquello, hicieron equipo, diseñaron varios planes de venganza y, tras pensarlo con cuidado, eligieron uno para ponerlo en marcha. Todo el material que el acosador le había enviado a los padres de Juhan hyung fue reenviado tal cual al director de la academia donde trabajaba.
—Parte de su trabajo era entregarle la correspondencia al director cuando llegaba por la tarde y darle el informe del día. Imagínate: todo el material con el que quiso arruinarme, las pruebas de su propio acoso, terminó entregándoselo él mismo a su jefe. Frente a un superior que debía de estar temblando del asco viendo capturas donde le suplicaba a un chico veinte años menor que él que por favor lo tratara otra vez como a un perro en la cama... y aun así haciéndose el serio, hablándole del aumento de alumnos.
Hyung hizo una pausa y, con una sonrisa suave, rozó su mejilla contra la del gatito que tenía en brazos.
No hacía falta que lo dijera: era fácil imaginarse la reacción del director, un hombre de mediana edad común y corriente, nada acostumbrado a ver a dos hombres de la mano, recibiendo aquel paquete tan desagradable.
—Él mismo cavó su tumba. Ese material, si llegaba a mi casa, me sacaba del clóset a mí; si llegaba a su trabajo, lo sacaba a él. Nosotros elegimos la empresa. Aprendí, gracias a Baek Yuni, que el arma con la que atacas a otro se puede volver fácilmente en tu contra.
—Me imagino que fue un lunes por la mañana… bastante revelador para ese cabrón —dijo Yuni noona, tomando cerveza con un codo apoyado en la mesa.
—El que hace sufrir a otro merece sufrir el doble. No importa cuánto tarde, ni cuánto trabajo cueste, ni si mi vida entera se desgasta en el proceso... alguien que me jodió nunca se va a ir limpio. Ese es mi lema.
Era una frase que podía sonar aterradora, pero Juhan hyung la dijo mientras frotaba la punta de su nariz contra la del gato, con voz dulce: «¿A que sí, Cushong~?».
Tenía curiosidad por saber qué pasó con el acosador después, pero me lo imaginaba. Un hombre de más de cuarenta años que queda expuesto de esa forma en su propia empresa… el final estaba claro. Su familia, aunque impactada, seguro lo ocultaría; la sociedad no.
—¿Qué pasa? ¿Te da lástima ese infeliz?
Hyung se equivocaba.
Yo solo pensaba en lo claro que puede ser un cierre cuando la culpa y la causa de la venganza son tan evidentes. Negué con la cabeza.
—Creo que fue un final justo.
—Con lo tranquilo que te ves, eres más frío de lo que pensaba.
Mientras decía eso, hyung sonrió de lado. En esa sonrisa pícara, llena de astucia y con un aire de villano juguetón, por un instante se me vino a la mente la imagen del presidente de Phantom.
Pedimos otra ronda de cerveza para cada uno. Para ellos era la tercera y para mí la segunda.
—Ese fue el comienzo entre Baek Yuni y yo. Si no hubiera sido por ella, probablemente habría ido a buscar a ese desgraciado, habría actuado sin pensar por el coraje y de verdad habría terminado con antecedentes penales. Y mis padres, en ese entonces, jamás me habrían ayudado a pagar una fianza o un acuerdo. Bueno... tampoco es que ahora la situación sea muy distinta.
Juhan hyung, con algo de espuma pegada en los labios, hizo un gesto amargo.
—Pero eso de que Baek Yuni estaba siendo explotada en esa galería... al final resultó que ya era cosa del pasado. Para ese momento ya ganaba un buen sueldo en Phantom y le iba bastante bien. Era verdad que estaba agotada porque faltaba personal, pero hacía tiempo que había salido de ese cuarto miserable de dos metros.
—Si Phantom no hubiera estado creciendo tan rápido por esa época y no hubiera necesitado gente con urgencia, tampoco te habríamos llevado a una entrevista ahí. Vaya coincidencias.
A la queja de Juhan hyung le siguió un resoplido juguetón de Yuni noona.
Para ese momento, las demás mesas ya se habían ido y en el bar solo quedaban los conocidos del dueño cerca de la entrada y nosotros. Parecía que estaban apostando a algo, porque de repente se escuchó un gran grito mezclado con lamentos de decepción. El gato, asustado por el ruido, movió las orejas y se acurrucó todavía más en los brazos de hyung.
Tomé un par de sorbos de cerveza mirando la mano delgada de hyung, que acariciaba al gato con suavidad. Desde que había llegado a Seúl, ya sabía lo reconfortante que podía ser una lata de cerveza al final del día, pero esta cerveza tenía un sabor distinto.
Volviendo al inicio de la historia, pregunté lo que más me había llamado la atención mientras escuchaba todo sobre la venganza:
—¿Qué pasó con las botas?
—¿Las botas? Ah… esas botas.
Hyung soltó una carcajada y levantó la pierna derecha por encima de la mesa. El movimiento repentino hizo que el gato saltara de la silla y desapareciera hacia el fondo del local.
—Yo no soy de decir una cosa y hacer otra.
Yuni noona levantó su vaso para proponer un brindis.
Los tres vasos chocaron sobre las papas fritas, que ya estaban frías. Parecía un brindis para celebrar… algo, aunque no sabría decir exactamente qué.
—Y a todo esto, Yeehyeon-ah, ¿no te gustaría trabajar formalmente en Phantom?
—¿Cómo?
Hyung, como si quisiera dejar atrás los amargos recuerdos del pasado, apoyó el vaso sobre la mesa tras haber bebido más de la mitad de un solo trago. Desde un lado, escuché el suspiro de Yuni noona.
—¿Y ya? ¿Solo tenías que soltar un «a todo esto» para cambiar de tema? Me pediste que te dejara sacarlo a ti y ya sabía yo que saldrías con algo así.
—¿Por qué? ¿No quedó natural? Le conté cómo nos conocimos y cómo empecé a trabajar en Phantom. Después de eso, preguntarle si quiere trabajar aquí no suena tan raro.
—Mejor no digo nada.
Hyung alzó las cejas mientras bajaba las comisuras de los labios con gesto de víctima. Entonces fue noona quien tomó la palabra, con su estilo rápido pero tranquilo tan característico.
—En Phantom el trabajo es pesado, pero las condiciones laborales están entre las mejores del sector. La verdad es que la mayoría de las galerías están mucho peor. En muchas del mismo tamaño solo tienen a un empleado. Nosotros hemos contratado personal cada vez que la galería crece, y parece que llegó el momento de sumar a alguien más. Nos gustaría que fueras tú.
—Les agradezco muchísimo la oferta. Me alegra que tengan una buena imagen de mí, pero no tengo experiencia, así que no sé qué tanto podría aportar...
Al igual que cuando la profesora me dijo que ambos querían reunirse conmigo, me sentí sorprendido y feliz al mismo tiempo. Pero era inevitable dudar de qué tanto podría ayudar en un entorno tan profesional como una galería.
—Aunque, en realidad, la directora… me sugirió trabajar como asistente residente.
—¿Residente?
—Sí, aún no tomo una decisión, así que no he dicho nada, pero creo que es lo que probablemente termine haciendo.
Había sido el mismo miércoles cuando recibí la propuesta de vivir ahí.
Después de que la profesora me dijo que Yuni noona y Juhan hyung querían verse conmigo, me llevó a casa en su coche y, en el camino, me ofreció mudarme como residente. Seguro era una propuesta hecha pensando en mi situación. Ella tampoco lo negó. Al final, la decisión era entre depender de Morae y mi primo, o depender de la profesora.
—¡Entonces mejor todavía! ¡Si te mudas a casa de la directora, puedes trabajar en Phantom y ayudar como asistente sin problema!
—¿Qué dices? Si empieza a trabajar en Phantom, Yeehyeon va a estar entrando y saliendo todos los días y tendrá que hacer horas extra. ¿Cómo crees que va a cumplir también como asistente residente? ¿Te crees que las tareas del hogar son así de fáciles?
—Yo también vivo solo, ¿sabes? Lavo mi ropa y tiro la basura a tiempo. Baek Yuni... se te nota demasiado.
A pesar del regaño de noona, Juhan hyung sonreía de oreja a oreja. Era una sonrisa con clara intención de molestar.
—¿Qué cosa?
—Lo digo porque estás celosa de que Yeehyeon vaya a vivir a casa de la directora.
Noona se le quedó viendo unos segundos en silencio y luego negó con la cabeza.
—Debí dejar que te metieran a la cárcel aquel día.
La propuesta de trabajar de forma oficial en Phantom, siendo sincero, me aceleró el corazón. El trabajo en la empresa de mudanzas y los deberes como ayudante en casa de la profesora me resultaban cómodos, pero no me generaban ninguna emoción. Eran labores que me hacían encerrarme cada vez más en mí mismo; por eso mismo me daban tranquilidad.
Pero Phantom… Phantom era distinto. Me producía una sensación de inquietud.
Era como si alguien me sacara de la arena húmeda de la playa y me pusiera de pie sobre las olas: un sacudón inesperado, imposible de controlar.
Sabía que, de una forma u otra, había llegado el momento de decidir. No podía seguir durmiendo separado por una puerta corrediza de una pareja que había tenido que huir. No podía seguir refugiándome en el trabajo físico solo porque me ayudaba a mantener la mente en blanco.
—Contratar a alguien más no significa que el trabajo vaya a disminuir de inmediato. Dependiendo de quién entre, hasta podríamos terminar con más carga. Y si no encaja con nosotros, es puro estrés... Por eso lo habíamos estado aplazando. Pero contigo creo que trabajaríamos con gusto. Piénsalo. Si te parece bien, nos avisas a nosotros... o a la directora.
Su propuesta me alegró de verdad. Aunque había soltado el pincel hacía tiempo, trabajar rodeado de arte podía ser un buen sustituto.
Pero había otra razón por la que no podía aceptar tan fácil.
—¿No cree que al presidente… le parecería mal que yo entrara?
«¿Qué tiene que ver si le gusta o no? Solo eres alguien que viene a ayudar un tiempo». Aquella indiferencia suya me seguía pesando.
—No te preocupes por eso. Ese tipo... ha pasado por cosas difíciles, por eso no confía fácil en la gente. Pero si lo conoces bien, verás que en realidad te ve con buenos ojos. Será porque es un alpha dorado, pero confía mucho en sus corazonadas. Si no le gustaras, ni siquiera te habría dejado entrar a Phantom. Y si le cayeras mal, ¿por qué crees que le preguntó a la directora por ti?
—……
Tal vez hyung pensó que mi cara seria era de molestia, porque enseguida corrigió con un gesto de reproche hacia sí mismo.
—Ah, no es que te estuviera investigando... solo preguntó si habías estudiado arte, cosas así. Lo que le dijiste al doctor Inwu aquel día sobre las obras... fue tema de conversación entre nosotros un buen rato. No lo tomes a mal. Yo estaba ahí y te aseguro que no lo dijo con mala intención ni para molestar.
No era molestia lo que sentía. Fue más bien una sacudida que me subió por el pecho, como una ola repentina. Nada feo. Me costaba poner mis emociones en palabras, pero intenté explicarles con esfuerzo que no me había molestado. Quería que mi sinceridad les llegara a ambos.
—Aunque no trabajes en Phantom, sigamos viéndonos de vez en cuando. Baek Yuni, que casi nunca se interesa por nadie, parece que te agarró cariño.
—Seguro te cayó bien porque es guapo.
—Él es el que siempre le insiste al presidente para que te contratemos cada vez que hablan, pero aun así se hace el duro. Ya te irás acostumbrando, Yeehyeon-ah.
Aquel día, por primera vez, me tomé tres cervezas. Escuchar sobre un pasado tan pesado me hizo sentirlos mucho más cercanos, y además había una inquietud dentro de mí que no terminaba de calmarse y que me llevó a tomar más rápido de lo normal.
En las escaleras de camino a casa me tuve que parar a descansar dos veces. Y al sentarme ahí, viendo las luces nocturnas de Seúl, ya no se me venía a la mente la imagen de los barcos de pesca que veía desde el puerto.
■ ■ ■
Metí en la canasta un cereal de almendras, un litro de leche, un pack de yogures naturales y, por último, un jugo de arándano. Justo al dirigirme a la caja, vi que ya habían sacado los melones coreanos.
Aunque era posible comer sandía en pleno invierno y mandarinas en pleno verano, los melones expuestos sobre la mesa cubierta con filtro verde eran fruta de temporada, aunque hubieran llegado un poco temprano.
Elegí uno y lo acerqué a mi nariz: el aroma era bastante dulce. Si lo pelaba, lo cortaba bonito y lo guardaba en el refrigerador, sería más fácil de servir.
Aunque hacer las compras no estaba dentro de mis tareas como asistente doméstico de la profesora, sabía que si no había al menos estas cosas, su alimentación sería aún más desordenada. Así que, una vez por semana, solía comprar jugo, leche, fruta, cereal y pan para dejar abastecida la casa. Si supiera cocinar, me gustaría prepararle algo sencillo, pero lo único que sabía hacer era ramen y huevos fritos.
Ella siempre decía que hoy en día, con lo bien que funciona la comida a domicilio, no necesitaba hacer compras. Pero parecía comer con regularidad lo que yo le dejaba, quizás porque valoraba el detalle. Me pagaba un salario generoso por un trabajo que tampoco era especialmente difícil, así que quería ayudar un poco más aunque fuera con algo así.
Después de comprar unos sándwiches y pan en la panadería frente a la caja, salí. El sol pegaba fuerte. Con la mano me hice sombra para acostumbrarme a la luz antes de retomar el paso.
La casa de la profesora estaba en un departamento de lujo con vista al río Han, pero como el complejo era pequeño, formado solo por dos edificios, no tenía tiendas propias. El gran complejo de al lado sí tenía comercios, pero solo un minimercado. Así que, después de comprar en el supermercado grande a diez minutos a pie, solía caminar desde allí hasta su casa para comenzar el día.
—¡Seo Yeehyeon!
Justo al cruzar el paso peatonal y entrar en la calle recta que llevaba al departamento, alguien me llamó. Volteé de inmediato hacia el origen de la voz: la profesora me sonreía desde el asiento del copiloto de un SUV blanco y elegante. Yo también sonreí, contento de verla, y me acerqué al auto... cuando, por encima de su hombro, vi al presidente de Phantom sentado en el asiento del conductor.
No le había hecho nada, pero aun así, al verlo, el pecho me dio un pequeño brinco.
—Te dije que no tienes que hacer las compras. Además, es pesado.
—No es mucho.
—Súbete. Vamos juntos.
Mientras dudaba, otro auto intentaba entrar al callejón. No tenía sentido seguir rechazando la invitación por cortesía, así que subí al asiento trasero. En cuanto cerré la puerta, el coche avanzó suavemente por el callejón rumbo al río Han, donde estaba el departamento.
—Esta mañana tuve un choque mientras venía al trabajo. Lo dejé en el taller del centro; dijeron que tardaría como una semana. Así que gracias a eso estoy regresando a casa en el auto del presidente Liu.
—¿Un… un accidente?
Mi voz salió demasiado alterada, y la profesora se volvió para mirarme, sonriendo con suavidad como si quisiera tranquilizarme.
—Ah, sí. Solo fue un choque menor. Yo estoy perfectamente.
—¿Cómo que menor? ¿Desde cuándo un accidente es pequeño o grande? Esta vez sé que no fue culpa de la directora, pero ¿cuántas veces van ya? ¿Alguna vez piensas en la persona que tiene que recibir una llamada diciendo que chocaste cada pocos meses?
Yo ya tenía curiosidad por saber por qué la profesora había salido antes del trabajo, pues hoy yo no había tomado turno en la empresa de mudanzas y había llegado más pronto que de costumbre. Pero enterarme de que había tenido un accidente me dejó helado. Por primera vez, tenía que coincidir con las palabras del presidente.
Para ocultar cómo me temblaban las manos, abracé con fuerza la bolsa de tela que usaba para las compras.
—Sí, sí, lo siento. De verdad, lamento haberte preocupado.
—Siempre te digo que tu manera de manejar es demasiado agresiva.
—Presidente Liu, deja de regañarme y volvamos a hablar de Shushu, ¿sí?
La profesora intentó cambiar de tema rápidamente, pero parecía que el presidente estaba, de verdad, molesto. Su voz tenía una emoción que nunca antes había escuchado en él.
Al bajar al estacionamiento subterráneo, el aire se sentía sofocante. A nadie parecía importarle, pero a mí sí me inquietaba haber perdido el momento adecuado para saludar al presidente.
Cuando bajó del asiento del conductor y caminó hacia la parte delantera del coche, nuestras miradas se cruzaron por primera vez. Le dije en voz baja: «Hola». Él inclinó ligeramente la cabeza a modo de saludo.
Si de verdad era, como decía Juhan hyung, alguien que había «preguntado por mí», esos ojos azul pálido no lo demostraban en absoluto: seguían viéndose completamente desinteresados.
Para él, yo no era más que un empleado temporal que había ayudado un par de días en Phantom, y ahora un simple asistente doméstico en casa de la profesora. A menos que alguien fuera naturalmente afectuoso o sociable, no había motivo para esforzarse en entablar conversación ni en ofrecer sonrisas innecesarias a una persona de ese nivel de cercanía.
Además, la cortesía disfrazada de amabilidad y las preguntas hechas por compromiso social eran precisamente lo que más me incomodaba, así que no había motivo para sentirme herido por su indiferencia.
Apenas llegamos al departamento, los dos comenzaron a hablar de trabajo sentados frente a la mesa de la cocina, y yo me dediqué a lo mío.
Para que conversaran con comodidad, empecé por limpiar las cuatro habitaciones y los dos baños.
A veces, cuando entraba y salía de las habitaciones mientras limpiaba, inevitablemente escuchaba partes de su conversación. Por lo que podía deducir, habían planeado una exposición individual para uno de los artistas exclusivos de Phantom, y el presidente, después de visitar hoy su estudio para revisar el avance, parecía empeñado en adelantar la fecha de la muestra tanto como fuera posible.
En su voz había un entusiasmo distinto al que había mostrado al preocuparse por la forma de manejar de la profesora.
Si no había oído mal, el nombre del artista era «Shushu». Cada vez que ese término dulce salía de su voz baja y áspera, sentía una sensación extraña. Como si la aguja de un disco saltara de pronto en un punto concreto. Como si estuviera viendo a ese hombre enorme inclinarse para abrazar a un perrito de juguete y llenarlo de besos.
Podría sonar a que «no le quedaba», pero no era un contraste molesto o desagradable. Era más bien algo extraño y nuevo que despertaba interés.
Shushu. ¿Qué clase de obras haría alguien con ese nombre? Aunque claro, seguro no era su nombre real.
—¿De verdad piensas dejar que se mude contigo?
Mientras limpiaba el baño del lado de la sala, justo cuando detuve por un momento el cepillado de la tina, escuché su voz a través de la pared. No distinguía palabra por palabra, pero sí lo suficiente como para entender el sentido de la conversación.
—Aún no es seguro, pero creo que así será. Me costó convencerlo.
—Lo llamas «asistente doméstico», pero al final es vivir bajo el mismo techo con un desconocido.
—¿Desconocido de qué? Fue alumno mío.
—Ah, ¿hace diez años?
—¿De verdad tienes que decirlo de esa forma? Te pedí que no lo mencionaras.
—¿Cómo puedes meter a un hombre a tu casa sin saber qué puede pasar? Incluso los que parecen normales pueden cambiar de un día para otro.
—Entonces habría que echar primero al presidente Liu. También es hombre.
—¿Crees que soy igual que ese tipo? ¿Para ti qué soy, directora Han?
Si no era «igual que él», ¿qué era entonces para la profesora?
Entendía que se preocupara por la posibilidad de que una persona querida viviera con un desconocido del sexo opuesto. Era una inquietud natural. Pero dado que yo era la causa de esa preocupación, no podía evitar que esa conversación me resultara incómoda.
—Sé que te preocupa, pero también tengo mis razones, ¿sabes? Además, no quiero que este tipo de cosas lleguen a oídos de Yeehyeon, así que si no quieres verme realmente molesta, mejor dejémoslo aquí.
Él lo dejó ahí. El tema volvió al artista Shushu: el presidente queriendo adelantar la fecha de apertura a toda costa, la profesora quejándose de que la agenda quedaría demasiado apretada… y así siguió.
Como abrí la llave de la regadera para enjuagar la espuma del detergente, ya no pude seguir oyendo el resto.
La profesora casi no usaba ese baño, así que realmente no había mucho que limpiar, pero por alguna razón me resultaba incómodo salir, así que tardé más de lo habitual. El baño quedó impecable.
Cuando terminé de limpiar la sala, la cocina y el comedor, tomé mi mochila del sofá. Al mismo tiempo, la profesora empujó su silla hacia atrás y se acercó, como si la reunión en la mesa hubiera terminado.
—Yeehyeon-ah, si aún no tienes turno en la empresa de mudanzas para el próximo sábado, ¿podrías ayudar con algo en Phantom?
—El próximo sábado… sí, por ahora lo tengo libre.
—La exposición que ayudaste a montar la última vez se cierra ese día. Pero el siguiente evento se adelantó de golpe... Nuestro presidente está tan desesperado por abrirla cuanto antes que no puede esperar.
Al parecer, su insistencia en adelantar la exposición de «Shushu» había ganado.
—No tengo problema, solo que…
Sin querer miré hacia donde él estaba sentado, recostado de forma relajada en la silla y tomando café.
La profesora notó hacia dónde se dirigía mi mirada. Miró al presidente y luego me puso ambas manos en los hombros.
—¿Por qué le tienes miedo al presidente? Soy yo quien te está pidiendo el favor.
A mis espaldas, lo escuché dejar la taza y ponerse de pie.
—Por supuesto. El verdadero poder en Phantom es la directora Han. Me voy.
Tomó la chaqueta ligera de verano que había dejado colgada a un lado, revisó rápidamente el reloj bajo las mangas dobladas de la camisa y, aún de pie, dio un último trago apresurado a su café.
—Kun, llévate a Yeehyeon de paso —dijo la profesora.
—Ah, no, no hace falta —respondí.
Él me miró un instante y luego volvió la vista hacia la profesora.
—Ya oíste, dice que no.
—Igual te queda de camino. Llévalo.
Sin decir nada, me observó por un momento y luego se giró hacia la salida.
—Vamos.
—De verdad, no se preocupe. Puedo tomar el autobús.
—La directora Han quiere que lo haga así. Hagámoslo y ya —dijo, como quien quiere terminar rápido una tarea que no pidió.
—No le hagas caso, solo habla así. Mejor ve con él —murmuró la profesora, dándome unas palmaditas en los hombros.
Le sonreí con torpeza. Parecía que la profesora percibía mi incomodidad hacia él mucho menos de lo que realmente era. Él se puso primero los zapatos, y mientras yo me agachaba para amarrar las agujetas de mis tenis, abrió la puerta y esperó afuera.
En el ascensor me preguntó dónde vivía. Al darle el nombre del barrio y mencionar la gran iglesia que servía como punto de referencia frente a las escaleras empinadas que llevaban a mi casa, asintió con un «hm», como si ya supiera de qué lugar hablaba.
—Dijiste que antes tomabas clases de pintura con la directora Han —fue lo primero que dijo cuando subimos al auto y salíamos del complejo de departamentos.
—Sí, cuando era pequeño.
—¿Qué tan pequeño?
—Desde cuarto de primaria, más o menos durante un año.
Mientras esperaba el momento adecuado para dar la vuelta a la derecha y entrar en la avenida principal, me pidió permiso para fumar. Asentí. Él buscó un cigarrillo en el bolsillo de la chaqueta que había dejado en el asiento y se lo puso entre los labios. En ese instante, un auto detrás tocó el claxon brevemente. Con el cigarrillo aún en la boca, giró el volante y se incorporó al tráfico. Sacó su propio encendedor y prendió el cigarrillo. La mayor parte del humo salió por la ventana, que había dejado un poco abierta.
—Escuché que no estudiaste arte como carrera, pero… ¿ya no pintas?
—No, ahora ya no…
Sabía por Juhan hyung que él le había preguntado a la profesora sobre mí, pero tampoco creía que la profesora le hubiera contado todo. No era alguien que revelara el pasado ajeno más allá de cierto límite, y además, yo mismo vivía casi como si estuviera escondido del mundo.
¿Me estaba haciendo una pregunta por pura cortesía? ¿Justo ahora, en este tercer encuentro? No era el tipo de persona que haría un esfuerzo así solo para evitar la incomodidad de estar en un espacio cerrado.
Mientras esos pensamientos me cruzaban la mente y miraba sin fijarme el paisaje que pasaba por la ventana, él volvió a hablar, soltando el humo que acababa de aspirar.
—La directora Han te pidió que trabajaras como asistente doméstico, ¿verdad?
Ese era el punto importante.
—Voy a ser sincero contigo.
—…….
—Aunque hayan tenido trato cuando eras niño, fue algo muy breve. Luego cada uno siguió con su vida y ahora, al reencontrarse, prácticamente son dos desconocidos. Meter a tu casa a alguien con quien no tienes relación... Desde mi posición, es algo que me preocupa.
Que hiciera una pausa a mitad de la frase no significaba que estuviera dudando por consideración a mis sentimientos. Simplemente necesitaba fumar.
—La directora Han confía demasiado en ti y te tiene mucho aprecio. Por eso sé que a ella no voy a poder convencerla. Por eso te lo pido directamente a ti.
Aunque desde la casa de la profesora hasta la mía el trayecto en transporte público tomaba un buen rato, en auto no quedaba tan lejos. El tráfico aún estaba pesado: habían pasado apenas los peores minutos de la hora pico. El auto se detuvo frente al semáforo en rojo para seguir de frente hacia la zona del Memorial de la Guerra.
Él tomó la parte superior del volante con ambas manos, inclinándose un poco hacia adelante, y giró ligeramente la cabeza hacia mi lado. No aparté la mirada. El cigarrillo en su mano izquierda parecía lo bastante cerca como para rozar el cabello cerca de mi frente.
—Quiero que lleve una vida tranquila. En paz. Sin problemas. ¿De acuerdo, Seo Yeehyeon-ssi?
El hombre que hasta ahora había parecido el símbolo mismo de un alpha dorado, alguien nacido en un mundo elegante, refinado y tan limpio que parecía no haber tocado jamás ni agua sucia ni una mota de polvo… por un instante se transformó ante mis ojos en alguien capaz de amenazas disimuladas y maniobras oscuras con tal de conseguir lo que quiere. Incluso más convincente que el director de la agencia privada que nos consiguió los teléfonos desechables y nos buscó habitación.
Lo había notado ya desde el primer día: si se trataba de proteger a las personas que consideraba importantes, no le importaba en absoluto cómo se sintiera alguien que quedara fuera de ese círculo. No le importaba mi incomodidad, ni que sus palabras, francas hasta rozar la falta de respeto, pudieran hacer que yo llegara a detestarlo o a despreciarlo. Le daba exactamente lo mismo.
Con la luz verde, el auto volvió a avanzar. Antes de entrar al túnel de Namsan, tomó un desvío hacia un callejón que subía entre curvas. Yo no me molesté en ocultarlo y simplemente lo observé de perfil.
Era imposible que no notara mi mirada, pero no mostró ni incomodidad ni interés.
¿Qué se suponía que debía responderle? «¿Sí, entendido? ¿No le haré nada a la profesora?». Prometer algo así sobre un hecho que jamás me había pasado por la cabeza me parecía absurdo. Ese tipo de promesa sonaba, incluso, como admitir que podría ser una amenaza para ella, y no estaba dispuesto a decir algo que diera a entender eso.
Me sorprendió que supiera mi edad y mi nombre. Y mucho más escucharlos por primera vez en un contexto como este.
Cuando aparté la mirada de su perfil concentrado en la carretera, su teléfono vibró suavemente. Miró la pantalla con desgano, chasqueó la lengua y contestó.
—Ah… sí, pasé por ahí… No, ahora no… Estoy manejando.
Mi conocimiento sobre su vida personal era mínimo, pero por su actitud desinteresada deduje que debía de ser alguien con quien mantenía una relación parecida a la del hombre que lo acompañaba aquella noche.
De pronto, él se quedó callado un segundo. Luego me miró de reojo.
—No, no hay nadie. Voy a llegar antes de que sea tarde, así que cuelgo.
«Es un empleado temporal, nada más».
«¿Crees que soy igual que ese tipo?».
«No hay nadie».
Sus palabras, las que había dicho sobre mí, se juntaron en mi mente como si formaran parte de una misma cadena. Y, como era de esperarse, incluso después de colgar, no mostró la menor intención de explicar por qué le decía a la otra persona que no había nadie en el auto, tratándome como si no existiera.
La gran iglesia, demasiado grande para un barrio como este, apareció justo frente a nosotros.
—Puede dejarme ahí. Frente a las escaleras.
Me desabroché el cinturón cuando el auto empezó a frenar. Se detuvo un poco más lejos de la parada de autobús.
—Quisiera preguntarle algo.
—¿A mí?
—¿También era así con Juhan hyung?
Frunció el ceño, juntando ligeramente las cejas. Su expresión decía que no tenía idea de qué hablaba. Quizás los que reciben el golpe recuerdan siempre, pero quienes lo dan, lo olvidan con facilidad. Hyung había pensado incluso que él podría perseguirlo hasta el fin del mundo si se atrevía a rayarle el coche y huir.
Ahora lo entendía perfectamente. Yo también había recibido una advertencia casi amenazante de un hombre que parecía un jefe salido de las sombras.
—No se preocupe por la profe… por la directora.
Apoyando el brazo izquierdo sobre el volante y girando un poco el cuerpo hacia mí, me miró con la expresión de alguien parado en la calle por un desconocido que empieza a decir cosas sin sentido.
—Yo soy gay.
Ni yo sé por qué dije eso. No tengo pareja, ni he tenido nunca una relación, ni siquiera me he enamorado de nadie.
Pero en cuanto vi cómo, esta vez, no solo sus cejas sino también sus pupilas se movieron con sorpresa… supe que era la respuesta correcta.
Solo quería verlo desconcertado.
—Bueno... gracias por traerme.
Incliné la cabeza, tomé mi mochila y bajé del coche. Mientras subía las escaleras, quise voltear varias veces, pero cada vez apreté con más fuerza las asas de la mochila y me contuve.
Si no podía hacerle daño, al menos quería dejarle una impresión. Aunque él fuera una roca tan dura como un diamante y el golpe que yo lanzara no fuera más que un simple huevo crudo.
■ ■ ■
—¿Qué estás dibujando?
Detuve la mano con la que garabateaba varias líneas en la hoja que Morae había arrancado de un cuaderno para mí, usando una pluma económica que tenía tinta roja, azul y negra en un solo cuerpo. Al levantar la cabeza, Morae me miraba desde arriba con una sonrisa.
—Nada. Solo... tenía las manos inquietas.
El fondo, que a ratos parecía olas, a ratos llamas o remolinos, me resultaba mareador incluso a mí.
—Toma. Es para brindar por tus estudios en el extranjero; yo invito.
Morae empujó hacia mí el ponche de frutas servido en un vaso bastante grande, la bebida típica de «Lo que pasó en Bali», y luego se sentó a mi lado, hombro con hombro. Dejé el vaso sobre la mesa, me incliné un poco para tomar con el sorbete y, mientras lo hacía, alcé la mirada hacia Morae. ¿Estudios en el extranjero?
—En el barrio dicen que ahora estoy estudiando en el extranjero. Bueno, más exactamente, que estoy en Seúl preparándome para irme fuera.
Al tomarme de golpe el trago helado, sentí un pinchazo en la frente y arrugué la nariz por el frío.
Había escuchado que la semana pasada le encargarían a la agencia de investigación que averiguara cómo estaban las cosas desde que nos fuimos, así que quizás hoy habíamos recibido noticias.
—¿Y de mi primo y de mí?
—Lo gracioso es que, como no desaparecimos solo Seo Yeehan y yo, sino tú también, los adultos creen que eso al menos es un alivio. Según ellos, yo estoy en Seúl preparándome para estudiar fuera, y tú y Seo Yeehan consiguieron un buen trabajo y se fueron de prisa a Yeongdeok a ganar dinero. Así están las cosas por allá. Como si en mi casa hubieran arreglado todo para separarnos a propósito.
Así que también era posible inventarse algo así para hacer encajar la historia. Bueno, desde antes de que nos escapáramos, la profesora Im ya andaba creando un ambiente tenso como si fuera a hacer algo en cualquier momento. Aunque, en realidad, la que terminó armando el problema primero fue Morae.
—¿Quién se lo va a creer, de todos modos? Aunque fuera verdad, la mayoría de la gente prefiere inventarse su propia historia, difundirla por ahí y convencerse de que es la verdad. Aunque sepan perfectamente que nadie se lo va a creer... ¿será que su orgullo barato es así de importante...?
Morae murmuró las últimas palabras dejándolas caer casi como un suspiro, apoyándose de forma relajada contra el respaldo del asiento.
—Si intentan buscarme, soy capaz de tirarme al río Han en cuanto los vea aparecer… Tal vez ahora no están haciendo nada porque en la carta armé todo ese drama… pero nunca se van a dar por vencidos así como así.
Sin usar el sorbete, Morae pegó los labios directamente al borde del vaso y tomó tres o cuatro tragos grandes del ponche de durazno. Luego se limpió la comisura de la boca con el dorso de la mano y agregó algo más.
—Antes de que eso pase, tenemos que irnos lo más rápido posible.
Conocí a Morae cuando estaba en el último año de la preparatoria, en medio de un conflicto con sus padres por la elección de la universidad. Sus padres querían que entrara a cualquier universidad, no importaba cuál, con tal de que estudiara algo. Ella, en cambio, ni siquiera fingía escuchar, así que llamarlo «conflicto» era exagerar un poco.
Según lo que escuché de mi primo, ella había tenido calificaciones excelentes hasta primero o segundo año de secundaria. Pero, como conocía muy bien las expectativas que sus padres tenían en ella, empezó a atrasar a propósito su propio camino para asegurar su libertad en el futuro.
Arruinó sus notas a propósito y se convirtió en una estudiante problemática por elección. Comenzó a llegar tarde a casa, decoró su cuarto con pósteres de películas raras que sus padres consideraban vulgares, y su forma de vestir se volvió más desaliñada. Saltarse clases para ir a surfear se volvió algo común.
Así, poco a poco, pasó de ser la hija orgullosa y prometedora que podía hacer cualquier cosa bien, a convertirse en la hija problemática de la familia, por la que ya era un alivio con tal de que no causara desastres mayores.
Sus padres pensaban que todo se debía a una etapa rebelde provocada por la confusión de ser un alpha, pero desde el principio hasta el final, cada paso había sido una decisión completamente suya.
«Voy a estar con la persona que quiera y en el lugar donde yo quiera estar. Al final, si de todos modos voy a vivir a mi manera, seguir dándole a mis padres falsas esperanzas siendo una estudiante modelo… sería cruel para los dos. Es mejor que vayan dándose cuenta desde ahora de que no tengo intención de vivir como ellos quieren».
Morae había dicho eso, pero aun cuando ya había cumplido veinticuatro años, sus padres seguían sin aceptar la realidad. Negaban por completo lo que ella quería o la clase de felicidad que buscaba. Insistían en que no podía tomar buenas decisiones para su vida porque todavía era joven.
A Morae no le interesaban las universidades de prestigio ni los empleos con sueldos altos. Tampoco quería trabajar en ninguno de los negocios de su padre, que generaban miles de millones de wones al año.
Lo que ella quería era tranquilidad. Días sencillos, llenos de cosas que amaba, con risas sinceras, sintiéndose agradecida y siendo fiel a sí misma.
Las olas, el clima cálido y Seo Yeehan. Una cerveza fría y una tabla de surf. Un libro sencillo que le gustara. Eso era todo lo que deseaba. Como no necesitaba nada más para ser feliz, era una persona realmente afortunada.
—El señor también está bien… dice que sigue haciendo su vida como siempre.
—Sí… gracias.
Morae, que había estado mirando en silencio la punta de mi pluma, extendió la mano con una sonrisa y me revolvió suavemente el cabello. Luego dejó caer esa misma mano para abrazarme por los hombros y apoyar su cabeza al lado de la mía.
Estábamos sentados uno al lado del otro mirando hacia el frente del local, y como la ventana grande estaba abierta por completo, la calle se veía entre las hojas verdes de las plantas que decoraban la cafetería. Flotaba una música tranquila y bonita con sonido de ukelele, y en la mesa más cercana a la calle un grupo de tres o cuatro jóvenes de mi edad se reía sin parar. Era un ambiente pacífico.
Si mi primo y Morae abren una cafetería en alguna isla del sur, seguro tendrá este mismo ambiente.
Un lugar abierto para cualquiera que pase, sin pretensiones ni lujos, pero lleno del gusto y la vida de sus dueños; un sitio sin presiones donde, en los momentos tranquilos, uno pueda tomar la tabla y correr hacia el mar que estaría justo enfrente.
El destino final de la huida de mi primo y Morae no era Seúl. Aquí, en cualquier momento podrían verse obligados a regresar al punto de partida. Gracias a la carta directa de Morae y al director de la agencia de investigación, que era bastante eficiente, habían ganado algo de tiempo, pero no podían bajar la guardia.
Pronto debían irse a un lugar cálido y con buenas olas. Ese había sido siempre su sueño. Desde antes, cuando eran aún más jóvenes, pertenecían el uno al otro; mirar el mundo a través del otro era lo más natural y cómodo para ambos. Esta huida no era más que un paso en el camino hacia ese sueño.
Y quizás eso fue también un motivo importante que me llevó a decidir mudarme a casa de la profesora.
Si yo no marcaba mi propio rumbo, tal vez, incluso cuando tuvieran todo listo, ellos no se irían con tranquilidad. Y quizás, después de eso, me propondrían volver a huir juntos. Probablemente sería así.
Habíamos llegado juntos hasta aquí, pero no podía seguir dejando mis decisiones en sus manos como si fuera una extensión de sus vidas, ni depender de sus elecciones para hacer mi propio camino. Incluso si al final resultaba que nos íbamos juntos, no podía ser por no saber qué hacer con mi vida. Eso lo tenía muy claro.
Desde aquella madrugada lluviosa en que salí por la puerta principal con mi primo, dejando atrás a un padre que ni siquiera intentó detenerme, esa había sido la única cosa que me había prometido y para la que me había preparado.
Juhan hyung, a quien habían sacado del clóset de la forma más fea y a quien su familia prácticamente había repudiado —una situación cuyo dolor yo ni siquiera podía imaginar, al ver expuesta su vida más privada ante sus padres—; Yuni noona que, según escuché, tras tanto esfuerzo por fin había logrado acercarse a su sueño solo para verlo arruinado por sus propios padres; y Morae y mi primo, las personas más cercanas a mí, que también estaban pagando un precio demasiado duro por decisiones que no tenían nada de malo.
No era solo yo quien terminaba golpeado, herido y sacudido sin razón por los tropiezos de la vida.
Incluso el presidente de Phantom, alguien que daba la impresión de poder conseguir lo que quisiera con solo mover un dedo, había tenido que aguantar insultos como «Satanás» o «prostituto que vende su cuerpo para vender cuadros», mientras llevaba a Phantom hasta el lugar donde estaba hoy.
Un golpe que llega a la vida sin aviso.
Superarlo, hundirse por completo, o aceptarlo como parte de uno mismo y seguir adelante. Ya había llegado el momento de que yo también tomara una postura.
Por lo que sabía, Morae, mi primo, Yuni noona y Juhan hyung eran personas que elegían hacerle frente a los problemas. Cada uno a su manera y con su estilo, pero ninguno llevaba en la cara la marca triste de una derrota definitiva.
Pero el presidente de Phantom era distinto.
Por lo que Juhan hyung había comentado como si nada, podía intuir que no era alguien que hubiera vivido solo momentos brillantes. Si era así, ¿sería alguien que no superó los golpes, sino que los cargó como parte de su propio cuerpo? Como cuando a alguien lo muerde un zombi y termina convirtiéndose en uno.
A veces me trataba con cierta desconfianza, y otras me ignoraba como si fuera alguien tan inofensivo que no le importaba a nadie.
Cada vez que sus miradas o sus palabras, sin ningún cuidado, tocaban algo en mi interior, la sacudida que me daban no era la rebeldía del orgullo ni un simple bajón de ánimo.
Desde siempre, yo había sido del tipo que se hace a un lado cuando alguien lo insulta o se enoja con él. ¿Acaso todo este tiempo me había equivocado sobre cómo era yo realmente?
—Noona, ¿a mí siempre me han gustado las cosas raras?
Tal vez había partes de mí que yo mismo no entendía o pasaba por alto, pero que otra persona sí podía notar. Mientras seguía llenando el papel con garabatos, le pregunté a Morae.
—¿Que si eres un poco raro?
—¿Yo?
Sorprendido por su respuesta, repetí la pregunta. Morae levantó la cabeza de mi hombro y me miró a la cara.
—A ti, entre los personajes de Shin-chan, el que más te gustaba era Bo-chan. No hay mucha gente así. Y tus camisetas, míralas: siempre de rayas. En verano de manga corta y en invierno de manga larga, pero todas de rayas. Eres raro a tu manera, aunque no se note mucho. Bueno, y entre la gente que dibuja hay muchos que son particulares.
—Hace mucho que ya no dibujo…
—Ah… ¿entonces no estás dibujando, sino escribiendo?
Me quedé sin palabras ante su observación tan acertada; sonreí con pena, apretando los labios y mirando hacia otro lado. Esto no era más que un simple garabato…
—Entonces… ¿soy del tipo de persona a la que le gusta que la molesten?
—¿De dónde sacaste eso? ¿Estás hablando de masoquistas?
—¿Qué? ¿Quién te enseñó esas cosas?
Mi primo, que venía saliendo de la cocina con un plato de nasi goreng, arrugó la cara al escuchar la palabra masoquista.
Como al día siguiente me mudaba a casa de la profesora, Morae y mi primo me habían llevado a «Lo que pasó en Bali» para hacerme una especie de despedida. Tampoco es que me estuviera yendo lejos o renunciando a un trabajo, así que una despedida sonaba un poco exagerada, pero aunque intentara disimularlo, separarme de ellos me costaba.
Mi primo tenía una mirada seria, como si fuera capaz de ir a reclamarle al cuello a cualquiera que me hubiera enseñado palabras así.
—¿Y qué tiene de malo enseñarle algo así? Ya es un adulto. Lo que haga en su privacidad con la persona que le guste es asunto suyo —defendió Morae.
Por más que Morae y mi primo me vieran como a alguien apartado del mundo, a mi edad cualquiera podía conocer palabras así solo de oídas, sin que nadie tuviera que enseñárselas de frente.
Mientras tomaba los cubiertos que mi primo me entregaba, apuré a Morae:
—Entonces, noona… ¿soy así?
De mi primo, de todas formas, no podía esperar una respuesta objetiva.
—Mmm, más que gustarte, diría que eres del tipo al que, aunque lo molesten, no le afecta mucho. Como no reaccionas, a la gente se le quitan las ganas de seguir molestándote.
Estaba de acuerdo con Morae. Hasta ahora había vivido pensando que era ese tipo de persona: alguien tranquilo hasta parecer un poco insensible. O, al menos, alguien que se había terminado acostumbrando a ser así.
Pero mis reacciones de hace poco me resultaban extrañas incluso a mí.
«Yo soy gay».
Aquella confesión tan directa, que parecía casi una provocación, era algo que yo jamás me hubiera atrevido a decir no hace mucho tiempo.
—¿Por qué? ¿Sientes algo raro cuando alguien te molesta? —preguntó Morae, apoyándose en la mesa e inclinándose hacia mí justo cuando iba a tomar otra cucharada. Tenía una cara llena de curiosidad y ganas de bromear.
—No… no es eso.
Había momentos en los que sentía un dolor pequeño, como un hincón bajo la uña, pero no era algo agradable. Era más bien parecido a la sacudida que te da el cuerpo cuando pasas un tope sin frenar. Y también había veces en las que me daban ganas de devolverle el golpe, una reacción un poco infantil y pesada.
Así como la forma en que él me trataba no tenía mucho sentido, yo tampoco podía entender del todo mis propias reacciones.
El hambre me quitó las ganas de seguir pensando en eso. Comencé a comer rápido, mientras Morae y mi primo, sentados a mi lado, revisaban las cuentas del día.
El dueño de «Lo que pasó en Bali», que cada vez que juntaba algo de dinero se iba a Bali a surfear y descansar, llevaba fuera desde la semana pasada, así que por ahora Morae y mi primo estaban a cargo del local.
Cuando ya casi terminaba de comer, mi primo habló con una voz más suave que antes:
—Aunque te mudes, ven a vernos. Ven aquí y también a la casa.
—Claro. Voy a venir tanto que se van a cansar de mí. Si no es aquí, ¿a dónde más voy a ir a hablar?
—Mira quién habla, si ni hablas mucho —dijo mi primo soltando una risa corta, y yo le sonreí dándole la razón.
—Tienes que venir por lo menos una vez a la semana, sí o sí. ¿Entendido? Y me tienes que mandar un mensaje todos los días.
Esta vez fue una orden de Morae. Sabía que no lo decía por ella, sino porque le preocupaba que me sintiera solo. Asentí con la cabeza y Morae sonrió.
Ese día comimos carne de cerdo con soju en «Lo que pasó en Bali» y luego, al volver a casa, tomamos más cerveza. Fue el primer pequeño gusto que nos dimos desde que llegamos a Seúl. También fue la primera vez que tomé hasta sentirme mareado por el alcohol.
Me enteré al día siguiente, porque Morae y mi primo me lo contaron, de que cuando me emborracho me pongo muy tranquilo y me río de todo. Incluso me dijeron que le había dado un beso en la mejilla a Morae, y mi primo, en un ataque de celos de juego, me dio un golpe en el trasero con la rodilla.
Tampoco es que fuera una mudanza grande, pero aun así pedí el día libre en la empresa de mudanzas porque era el día del cambio. Desayunamos juntos, empaqué todo lo mío en una sola mochila y los tres salimos para despedirnos en la parada del autobús. Yo salí hacia el sur, rumbo a casa de la profesora, y Morae y mi primo se fueron hacia el oeste, a trabajar a «Lo que pasó en Bali».
Tanto la casa de la azotea como «Lo que pasó en Bali» estaban lo bastante cerca como para ir cuando quisiera, pero aun así, de ahora en adelante serían lugares a los que tendría que decidir ir a propósito.
Subí al autobús y vi cómo el paisaje se iba alejando; se sintió raro pensar que, separado de mi primo y de Morae, me estaba moviendo solo hacia otro lugar. Más que mudarme, la sensación era la de empezar un viaje. Un viaje bastante largo.
