Capítulo 25: Retirada

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Frente a la entrada que llevaba al edificio había una barricada junto al cartel que anunciaba que el horario de visita había terminado, pero aunque la enorme puerta principal estaba cerrada, no estaba con seguro. La puerta, que se sentía más pesada que en sus recuerdos, fue empujada por Yeehyeon casi con todo el cuerpo para poder entrar.

El interior seguía siendo de un blanco enfermizo, como siempre. Se detuvo un momento en el vestíbulo de la entrada y recorrió con la mirada la escalera curva del color del marfil y el techo alto. Ahora que todos se habían ido y solo Liu permanecía en la oficina, con todas las luces apagadas excepto la del candelabro de diseño estructural que colgaba del techo, una luz pálida caía sobre la cabeza de Yeehyeon.

El Phantom, que solía parecer un castillo de nobles ricos siempre bullicioso de clientes elegantemente vestidos, ahora era como una mansión lúgubre en ruinas, envuelta en rumores de fantasmas, conservando los restos de un pasado alguna vez espléndido. Pero era solo el reflejo de sus emociones; en realidad, nada había cambiado. No había decidido suprimir al máximo las reacciones sentimentales. Yeehyeon tomó aire mientras retorcía una de las correas de su mochila y se dirigió hacia la oficina.

—......

Después de haberse despedido la mañana anterior, era la primera vez en dos días que veía a Liu, quien estaba de pie detrás de su escritorio, en el lado más al fondo, hablando por teléfono. Al percibir la presencia, Liu miró hacia él, agitó la hoja A4 que sostenía y esbozó una sonrisa. Era exactamente el mismo de siempre, al punto de resultar exasperante.

Solo en la oficina, Liu llevaba la corbata aflojada y las mangas de la camisa remangadas hasta los codos, en un estilo cómodo. Manteniendo la vista fija en él, Yeehyeon caminó despacio hacia la amplia mesa de reuniones, justo delante de la puerta de entrada.

Si ahora mismo se acercaba fingiendo no saber nada, Liu probablemente extendería el brazo para rodearle los hombros y besarlo como había hecho la mañana anterior. Muy seguramente lo haría.

Desde que Shushu le contó por primera vez lo ocurrido hasta este mismo instante… muchas veces había sentido la tentación. La tentación de fingir no haber oído nada, de confiar en su juicio y callar. De abandonarse, ignorar el secreto de Liu y elegir el futuro de falsas esperanzas que estaba destinado a ocurrir…

Pero enseguida lo perseguía un impulso retorcido: el deseo de desmantelarlo de la manera más cruel posible, de exponer su hipocresía de forma despiadada. Estos dos impulsos opuestos seguían ladrándose ferozmente uno al otro incluso ahora.

Tragando saliva, Yeehyeon dejó la mochila —llena al máximo— sobre una silla. Liu, que había dejado un papel y tomado otro, parecía estar hablando con la persona al teléfono sobre la ubicación de cada obra en la exposición conjunta de la segunda mitad del año. Debía no estar yendo bien la conversación, porque arrojó el papel recién tomado, se rascó la frente y apoyó una mano en la cintura.

Con todas las cosas que aún quedaban por cerrar, el hecho de que él mismo estuviera metido en trabajos que normalmente hacía Yuni seguramente era porque quería dar lo mejor por Phantom hasta el final.

No era que su afecto por Phantom se hubiera debilitado, ni que su convicción sobre la operación del lugar hubiera cambiado. No era, como él mismo había explicado, que hubiera modificado la línea de gestión por un propósito mayor.

—¿Viniste?

Liu terminó la llamada y le sonrió. Sintiendo en su interior un retorcido deseo de destrozar esa expresión tan desprevenida, Yeehyeon hizo un esfuerzo enorme para mostrar una leve sonrisa, apenas un gesto.

—Hace tiempo que no venías a Phantom, ¿no?

Con los párpados caídos y los ojos inyectados en sangre, Liu cruzó entre los escritorios y se acercó.

—¿Querías pasar una vez antes de irte?

No tenía confianza en poder aceptar con naturalidad el beso o el contacto con el que Liu acostumbraba recibirlo. En lugar de responder, Yeehyeon caminó hacia la ventana y le ofreció un café. Mientras le pedía que lo sirviera fuerte, Liu mostró interés por la mochila que Yeehyeon había dejado y tiró del asa un par de veces, sopesándola.

—¿Qué llevabas que empacaste tantas cosas? Pareces alguien que volvió de un viaje de varios días.

Hasta ayer por la noche, Liu seguía creyendo que habían celebrado una despedida ruidosa en la casa de Yuni y Juhan. Quizás imaginaba que había pasado una mañana tranquila en casa de ellos, y que luego se había reunido de nuevo con ellos después del trabajo, de ahí la hora.

Pero Yeehyeon no venía del departamento de Yuni o de Juhan. Venía de la casa de Liu.

No era alguien que había vuelto, sino alguien que estaba por irse. Para contener la tentación de burlarse del comentario ignorante de Liu, Yeehyeon mordió sus labios frente a la cafetera. Había pensado que verlo cara a cara quizá ordenaría sus emociones hacia un solo lado… pero el conflicto interno continuaba sin cesar.

Regresó con dos tazas y le entregó una a Liu. Luego evitó otro intento de contacto lanzándole un tema que podría interesarle.

—No, es que… pasé por el estudio. Y por la casa.

—......

Tal como esperaba, la mano de Liu, que recogía la taza, se detuvo. Yeehyeon llevó la suya a los labios y dijo sin variar el tono:

—Quería ir a ver a mi padre.

—¿A esta hora?

—Sí.

Con una mirada afilada que parecía leerle el interior sin dejar escapar nada, Liu lo observó largo rato. Aquella mirada que antes habría parecido afectuosa y preocupada… ahora solo le resultaba sofocante, como si lo ataran y lo inmovilizaran.

—No debe sentirse bien marcharte sin verlo en persona, ¿no?

Liu asintió lentamente mientras hablaba.

Como Yuni, que había visitado a su familia antes de partir. Que Yeehyeon quería despedirse de su padre para quitarse un peso del corazón antes de irse lejos. Así había interpretado Liu la decisión de Yeehyeon de viajar al Este.

Pero la razón por la que Yeehyeon había decidido ver a su padre no era voluntaria ni constructiva, a diferencia del caso de Yuni. Lo pensó con un gesto interno de desprecio.

—El maestro Im… no deberías preocuparte demasiado. Desde que, hace un mes, su hijo mayor y su esposa tuvieron a su primera nieta, parece haberse calmado.

Tras una pausa para beber un sorbo, Liu murmuró:

—Quizás convertirse en abuelo le cambió un poco la forma de ver el mundo.

Dejó la taza humeante sobre la mesa y volvió la cabeza. A unos pocos pasos, mirando a Yeehyeon que estaba frente a él con la mesa entre ambos, sus ojos destellaron con una agudeza particular. Quizá había notado una ligera diferencia en la distancia que Yeehyeon mantenía hoy.

Cuando Yeehyeon estaba por llevarse la taza a los labios, Liu acortó la distancia de golpe.

—Mm.

Situándose a su lado, ligeramente detrás del hombro derecho, Liu exhaló con un esfuerzo como si levantara algo pesado y puso el brazo alrededor de su cuerpo. Entrecruzó los dedos sobre el brazo izquierdo de Yeehyeon y lo apretó un poco antes de besarle la sien. Durante todo eso, los ojos de Yeehyeon siguieron mirando su propia taza.

—……¿Estás seguro de que estarás bien?

—¿De qué?

—De volver allí solo. Y de… enfrentarte a tu padre.

—......

Yeehyeon ladeó la mandíbula y alzó la mirada hacia su rostro. Liu, que había inclinado un poco la cabeza para ponerse a su altura, lo observaba con expresión preocupada. Yeehyeon intentó recuperar esa familiar sensación de confianza y cercanía de antes… pero aquel esfuerzo pronto se torció y se convirtió en una hostilidad punzante, en un impulso de perforar un agujero y sacarle a la fuerza los secretos lúgubres que escondía.

—¿Quieres que te lleve? De paso vemos el mar.

Él se rió por lo bajo y negó con la cabeza para tomar su comentario como una broma.

—¿Por qué? No suena mal. Piénsalo como un viaje impulsivo… tú y yo.

Liu giró los hombros de Yeehyeon para ponerlo frente a él. Yeehyeon bajó la mirada, inseguro, hacia la zona del pecho de Liu sin soltar la taza. El brazo de Liu lo envolvió por la cintura con una naturalidad que parecía incuestionable.

—En Gangwon-do… por la zona de Inje, mi madre tiene un estudio que usa a veces. El dueño anterior lo construyó como casa de veraneo, así que desde la ventana se ve un paisaje tranquilo, tiene chimenea… es bastante acogedor. Si salimos ahora, conducimos tranquilos, descansamos allí un par de horas… y vemos juntos el amanecer en el mar del Este…

—Tiene mucho trabajo aquí.

Lo interrumpió antes de que siguiera, con un murmullo lánguido que iba acompañado de besos en la sien, en la mejilla y junto a los labios. Yeehyeon intentó evitarlo, pero no pudo borrar del todo la frialdad de su voz. Sentía que Liu se daría cuenta tarde o temprano.

Liu suspiró suavemente y apoyó su frente contra la de Yeehyeon.

—Ah… sí, tengo muchísimo trabajo. En H&W también me presionan para que cierre cuanto antes la fecha de la exposición de Pettibon, así que tendré que ir a Hong Kong en estos días. Y cuando vaya a Nueva York, antes que la apertura de la sucursal de Phantom, tendré que dedicarme a resolver ese asunto primero.

Yeehyeon sintió desesperación al darse cuenta de que el aliento de Liu —algo que antes le resultaba tan dulce— ya no tenía ese efecto. Y sintió rencor hacia aquel que había destruido esa sensación.

—Entonces, no tienes por qué apresurarte así.

—…¿A qué te refieres?

En la voz de Liu se oyó una aspereza leve, una tensión.

—Quiero decir… no hay ninguna razón por la que tengas que esforzarte tanto para irte a Nueva York tan rápido. Para dejar Seúl.

El brazo que rodeaba la cintura de Yeehyeon cayó.

Aunque lo miraba con cierta sospecha por el comportamiento inusual de Yeehyeon, era evidente que Liu aún lo atribuía a la tensión y el desorden emocional de tener que ver a su padre, no a que Yeehyeon hubiese descubierto la transformación.

—¿Te pasó algo?

Su voz fue cuidadosa al preguntar, mientras deslizaba suavemente la mano por su hombro. El tacto en la piel y el pequeño signo de interrogación al final de sus palabras eran exactamente lo que solía ser Liu. Cuesta creer —pensó Yeehyeon— que esto no fuera todo lo que él era. Había tanta sinceridad en cada gesto dirigido hacia él.

Incapaz de mirarlo a los ojos, presionó los labios y acarició con el pulgar la superficie tibia de la taza. Luego habló:

—La sucursal de Nueva York… es por mi culpa, ¿verdad?

Como no levantó la cabeza, no pudo ver la expresión de Liu. Miró únicamente el antebrazo firme que descansaba sobre su hombro. Hasta hacía muy poco, ese cuerpo había sido algo que acariciaba como si fuese una extensión de sí mismo; ahora, adquiría un significado completamente distinto.

—Cuando todos los que lo conocen desde hace años se sorprendieron, se preocuparon y lo encontraron extraño… debí haberlo pensado mejor. Supongo que yo también… solo quería creer, nada más.

El hecho de que hubiesen compartido soledades profundas no significaba que lo supieran todo el uno del otro. Tal vez había ignorado demasiado fácilmente las reacciones de quienes llevaban más tiempo con él. Había visto solo lo que quería ver, creído solo lo que quería creer; un egoísmo que lo había vuelto ciego.

—Pensar que por mi culpa usted está ignorando los principios que lo han sostenido, provocando la preocupación de los que lo rodean, perdiendo su confianza… alejándose de sí mismo…

Yeehyeon respiró hondo para contener la emoción creciente.

—Tenía miedo de enfrentar que estar conmigo… lo está enfermando.

La mano sobre su hombro lo apretó con fuerza.

—Agradezco que todos piensen que tengo una misión moral enorme y que vivo como si hiciera penitencia por ella… y no puedo decir que no tenga mis convicciones, pero para mí, al final, los negocios son negocios. Ya te expliqué: en Chicago me topé con personas con las que se dio una conversación inesperadamente productiva, y simplemente vi una buena oportunidad para abrir una sucursal.

Era una explicación convincente… pero Yeehyeon era capaz de ver la grieta.

Liu no era alguien que usara el arte como herramienta para hacer negocio; lo que hacía al involucrarse en lo mundano era ayudar a que los artistas de la galería recibieran el reconocimiento que merecían.

Yeehyeon alzó la cabeza.

—Si no es por mí… entonces igual iría solo a Nueva York, ¿cierto?

El rostro de Liu se endureció bruscamente. Luego negó con la cabeza como quien espanta un mal presentimiento, suavizando su expresión. Su mano pasó del hombro al cuello y luego a la mejilla, recorriendo con cuidado la cara de Yeehyeon.

—¿Qué ocurre? ¿Oíste algo? ¿Alguien te dijo algo? ¿Mm?

Quería que esa mirada, ese toque familiar, fueran toda la verdad de Liu. Quería cerrar los ojos y los oídos a cualquier otra verdad.

Pero al mismo tiempo, sentir en carne propia que su cuerpo había cambiado y aun así querer confiar en él… y descubrir que ese hombre guardaba otra verdad detrás de un muro tan alto… lo hacía hervir de traición.

Yeehyeon negó bajando la mirada. Se mordió el labio. El café dentro de la taza tembló. Luego, con un movimiento decidido, alzó la cabeza y lo miró. Había un brillo firme en sus ojos.

—Estoy pensando en considerar la propuesta de “The Hands”.

Los ojos de Liu se entrecerraron. Ese azul se volvió un tono ceniciento y su mejilla se contrajo.

—¿Qué… significa eso?

Parecía querer creer desesperadamente que esas palabras tenían algún significado oculto distinto del literal.

Yeehyeon ignoró su inquietud y giró por completo hacia la mesa. Las manos de Liu, que rodeaban su cuello y hombros, cayeron al vacío.

Dejó la taza en la mesa y se aferró al respaldo de la silla. Liu se acercó enseguida, transmitiendo ansiedad y una especie de agitación. Sus grandes manos sujetaron con fuerza los hombros de Yeehyeon para obligarlo a girarse hacia él.

—No. Eso no puede ser. No habrás olvidado el contrato de exclusividad que firmaste, el de la prima de diez millones, ¿verdad?

—Aunque no fuera por ese dinero… todas las cosas que he recibido de usted… ¿cómo podría olvidarlas?

Esa frase era sincera, más allá de la situación. No estaba usando “The Hands” para castigarlo. Simplemente… era algo que debió haber considerado desde el principio.

Sí… lo que dijo Yuni era cierto.

Si realmente hubieran sido una pareja seria, si de verdad se hubieran tenido confianza, cuando recibió la propuesta de "The Hands", debería haber hablado con él.

Pero, en el fondo, temía que él le dijera que se fuera. Incluso si decidía no ir, le angustiaba la idea de que él pudiera sentirse culpable por ello. Desde el momento en que intentó enterrar una oportunidad conseguida con su propio esfuerzo solo por quedarse a su lado… ahí había empezado el error.

Sintió el pesado suspiro de Liu sobre su frente. Con una voz suave solo en apariencia, tensa por dentro, Liu lo sacudió por los hombros.

—Solo lo dije porque estaba confundido. Sabes que jamás te impediría ir usando ese dinero como excusa. Lo sabes.

—Mirando atrás… me di cuenta de que he recibido demasiado, de que sigo recibiendo demasiado. Me sorprendí al pensar que era alguien tan descarado… Todo lo que soy ahora lo hizo usted. Desde lo que visto y como, hasta tener un lugar donde dormir… incluso volver a dibujar y sanar mi pasado… he dependido completamente de usted.

Que estuviera en una situación especial, perseguido por alguien peligroso; que fuera joven y sin habilidades sociales; que él le dijera que no era una carga… por todas esas razones aceptó demasiado fácilmente todo lo que él le ofreció. Vaciló en ocasiones, pero al final fue él quien decidió aceptar esa amabilidad.

Tras otro largo suspiro, Liu apoyó las manos en la cintura y guardó un breve silencio.

—Apoyarse en la persona que amas, recibir consuelo y ayuda… ¿qué tiene de malo? Es lo mismo para mí. Yo también me sentí consolado porque estabas conmigo, y si pude darte algo… eso era mi felicidad. ¿Eso está mal?

—No es que solo haya recibido ayuda. Depender de otra persona hasta en los derechos y responsabilidades más básicos sobre uno mismo… ¿eso es amor?

—……

Los ojos inquietos de Liu recorrieron el rostro de Yeehyeon, como buscando la razón de aquella confusión repentina. Luego se acercó más, acariciándole el brazo con una voz casi suplicante.

—Dijiste que no ibas a irte, ¿no? ¿Hmm? Dijiste que te quedarías conmigo.

Sí… cuando aún no sabía que usted me estaba convirtiendo en un Omega.

Yeehyeon imaginó destruirle el mundo entero con solo unas pocas palabras. Solo de pensarlo, le temblaba el cuerpo, y ni siquiera podía distinguir si esa violencia que hervía en su pecho era rabia o excitación.

No planeaba hablar del “changing” hoy. Su idea era ir primero a Donghae, tomar distancia física y temporal, y ordenar sus emociones y su postura. Sabía que, si no venía en persona, él no aceptaría la excusa de que iba a ver a su padre. Pero… quizá era imposible mirar su rostro y mantener todas aquellas emociones sepultadas bajo la superficie.

—¿Cuántas veces hemos hecho notting hasta ahora?

—……

Ante la súbita pregunta, Liu frunció la frente.

—¿Diez? ¿Veinte? A veces lo hacíamos dos o tres veces por noche… así que, ¿cinco… no, cincuenta? ¿Setenta, quizá?

Mirándolo fijamente a los ojos mientras Liu se humedecía los labios secos con la lengua, Yeehyeon apretó con fuerza la piedra que lanzaría directo a herirlo.

—Ayer estuve en casa de Inwoo hyung.

—……

Liu retrocedió. Se frotó con fuerza la mandíbula, negando lentamente, como queriendo ignorar la realidad que tenía delante.

—Y hoy fui al hospital con él.

Al verlo quedarse completamente inmóvil, sin poder pronunciar palabra, Yeehyeon sintió cómo el deseo de destruirlo, de hacerlo sufrir, devoraba brutalmente la parte de sí mismo que aún quería protegerlo o creer en él.

—…Me dijeron que estaba embarazado.

Los ojos de Liu se abrieron desmesuradamente. Sus labios temblaron sin emitir sonido alguno mientras se tambaleaba hacia él. Y, como burlándose de esa reacción, la boca de Yeehyeon se torció en una sonrisa helada.

—¿De verdad… aun así era esto lo que usted quería?

La expresión confusa de Liu —sin saber si tranquilizarse o sentirse decepcionado porque no era un embarazo— hizo que Yeehyeon volviera a torcer los labios.

—¿Soñó con que algún día pudiera tener un hijo a través de mí?

—……

—¿Por eso quiso… convertirme en Omega?

—No necesito un hijo. Nunca he llegado ni siquiera a pensar en eso.

Liu gritó desesperado. Tras defenderse, bajó la mirada ante los ojos enrojecidos y abiertos de Yeehyeon que lo taladraban. Como si ni él mismo pudiera creer lo que había hecho, se humedeció los labios una y otra vez y se frotó la cara con violencia. Tragó saliva, cerró los ojos con fuerza, y volvió a mirarlo.

—Seo Yeehyeon…

—……

La mano que extendió hacia su hombro se quedó temblando en el aire.

—Yeehyeon-ah…

Su voz sonaba como la de alguien cuyo mundo entero se derrumba. Igual que aquel día en que Yeehyeon le dijo por primera vez que lo amaba.

Yeehyeon esquivó su mano y le dio la espalda.

—No me… llame así.

Abrió mucho los ojos para contener la humedad que amenazaba con brotar, rodeó la mesa, y se colocó lejos, frente a él.

—Dijeron que ya va por el cincuenta por ciento.

—No, no… no puede haber avanzado tanto. Como mucho… treinta y cinco por ciento…

—¡¿Y qué diferencia hay entre treinta y cinco y cincuenta?!

Desde el accidente de su madre, o quizá incluso desde antes, desde que tuvo uso de razón, nunca había lanzado emociones tan desnudas y sin filtro contra otra persona. El grito le hizo marearse. Se pasó los dedos entre el pelo largo, respirando agitadamente.

—Yo ahora no soy nada. Ni Beta ni Omega… solo…

Tragó saliva con dificultad y, con aún más esfuerzo, dijo:

—Un monstruo.

Así como uno no se plantea cada día la existencia del cielo o la tierra, Yeehyeon nunca se había detenido a pensar en su propio género. Para él, el sexo era una verdad fija, como una montaña o un río. Sabía que había casos raros de manifestación tardía como Alfa u Omega tras ser adulto, pero lo veía como algo completamente ajeno a su vida.

Así como uno no se plantea cada día la existencia del cielo o la tierra, Yeehyeon nunca se había detenido a pensar en su propio género. Para él, el sexo era una verdad fija, como una montaña o un río. Sabía que había casos raros de manifestación tardía como Alfa u Omega tras ser adulto, pero lo veía como algo completamente ajeno a su vida.

Había imaginado brevemente cómo sería su relación si pudiera compartir feromonas y quedar embarazado como Omega. Pero solo como una hipótesis sin posibilidad real, no un deseo. Y, aunque lo hubiera deseado… jamás así.

Uno puede ignorar la podredumbre interna, pero nadie ignora la enfermedad o la herida física. Una gota de sangre por cortarse con papel ya es suficiente para causar dolor y buscar un vendaje.

Incluso alguien que no posee nada, al menos posee su propio cuerpo. Y cuando la identidad y el derecho sobre ese cuerpo se vuelven inciertos, el miedo que surge es algo que no se queda en la superficie.

—Nadie piensa que seas así. Y aunque alguien lo pensara, no dejaría que te lo dijeran en la cara. No lo permitiría.

La voz de Liu, acercándose lentamente, mostraba una voluntad firme, una amenaza real de que cumpliría sus palabras. Pero Yeehyeon no sintió el más mínimo consuelo. Lo miró con una risa vacía, como incapaz de creer que fuera él, precisamente él, quien dijera eso después de haberlo transformado.

—No importa lo que piensen los demás. Yo soy quien… ya se siente así.

Liu cerró los ojos y juntó las manos como si rezara, cubriéndose nariz y boca. Tironeó de la piel hacia abajo mientras bajaba las manos, frunció el ceño buscando qué decir. Pero Yeehyeon habló primero.

—¿De verdad pensó que si me lo decía en Nueva York… el resultado sería distinto?

Su voz temblaba, intentando contener su emoción.

—Alejarme de la gente que conozco, transformar Phantom en algo que usted no quería… viajar a un lugar donde no conozco a nadie, y después de todo eso… decirme la verdad…

—……

—¿Pensó que así no me quedaría más opción que aceptar esto… aceptar a usted?

¿Eso fue lo que calculó?

Liu negó con fuerza, acercándose a la mesa como si pudiera empujarla entre ambos.

—No es eso. Solo… quería que fuera una prueba de que había apostado toda mi vida por ti…

—¿Y ver cómo destruye todo lo que ha protegido… por mi culpa… cómo podría ser eso una prueba de amor para mí?

—……

Recibir el sólido apoyo de una galería y poder moverse con brillantez en el mundo del arte de Nueva York era un entorno que cualquier pintor que buscara el “éxito” envidiaría. Varias veces había temido que él hubiera sacrificado demasiado o cambiado la línea de gestión solo para ofrecerle a uno una vida así. Y, reuniendo valor, se lo había preguntado en más de una ocasión.

Incluso con su respuesta —que no era así— nunca llegó a sentirse del todo aliviado. Tal vez porque la raíz de su inquietud estaba más profunda de lo que imaginaba. En aquel entonces no sabía de la existencia del secreto, así que no podía suponer otra razón.

¿Debería haber insistido más? En vez de aceptar su explicación tal cual, ¿tendría que haberlo acorralado hasta eliminar toda sospecha?

Incluso si hubiera conocido la verdad antes, nada habría cambiado realmente; solo el momento habría sido distinto. Aun así, no podía dejar de repetirse suposiciones inútiles.

Yeehyeon sacudió la cabeza con fuerza, queriendo expulsar de su mente todo el veneno acumulado. Lentamente fijó la mirada en Liu, quien —según Shushu— no parecía alguien capaz de cometer errores, alguien que jamás había experimentado el fracaso.

—¿Por qué lo hizo?

Su voz salió ronca, baja.

—¿Es que no le gustaba que fuera un beta? ¿Fue insuficiente?

—Jamás.

Respondió de inmediato. El Liu que siempre parecía tener respuesta para todo, que daba la impresión de ser capaz de resolver cualquier problema, ahora no emitía ninguna explicación concreta; solo negaba o afirmaba lo mínimo ante sus preguntas.

—Alfa, omega, beta… o incluso algo que ni se conozca… no importa. Nunca lo hice porque fueras insuficiente o porque quisiera que fueras otra cosa.

—Entonces ¿por qué lo hizo?

Su voz ya no sonaba acusatoria; tenía el tinte desesperado de una súplica, como si la respuesta de Liu fuera la única esperanza de que todo pudiera mejorar.

Apoyándose en la mesa, palpó su borde y se acercó a él. Como las parejas que recién comienzan y aún sienten torpeza en el contacto físico, sus manos avanzaron con vacilación. Sus dedos rozaron la camisa de Liu a la altura del abdomen y del pecho, tocándola y retirándola repetidas veces.

—Dígame algo. Cualquier cosa. Que hubo un motivo… algo que lo obligó… que no pudo evitar…

Quería que existiera una razón que lo forzara a entenderlo. Una razón que, si él la decía, hiciera que toda la confusión, la rabia y la tristeza se desvanecieran y solo tuviera que volver a amarlo.

Los labios de Liu se movieron como si fuera a hablar, pero se cerraron de nuevo. Él lo sujetó de la camisa con fuerza.

—Que usted quería detenerse… que fui yo quien, cada vez, le pidió que hiciéramos notting… que yo lo provoqué, ¡que pasó porque lo tenté! ¡Dígalo! ¡Aunque sea una excusa miserable para defenderlo!

Liu no opuso resistencia cuando lo sacudió. Solo se balanceó, sujetando sus brazos como si quisiera abrazarlos. Sus ojos, desenfocados, no mostraban voluntad alguna.

Eran ojos llenos de una tristeza transparente, tan profunda como para no ver el fondo, igual que cuando hicieron el primer notting, igual que el día del pequeño accidente cuando volvieron a unir sus cuerpos. Por momentos parecía incluso un hombre ebrio, con los bordes de los ojos enrojecidos y el cuerpo vacilante.

Liu tomó aire hinchando el pecho y los hombros, pero ni siquiera eso le salió bien. Parpadeó lento, buscando sus ojos. Como antes, recorrió con la mirada sus facciones, los lugares donde había besado tantas veces, como si quisiera grabarlos de nuevo. Sus labios secos y agrietados se abrieron varias veces intentando hablar.

—…Te amo.

Fue un susurro, rasposo como un clavo oxidado raspando metal. Sonó como si arrancara la única verdad que le quedaba en el corazón, sin adornos ni intención de conmover.

Yeehyeon lo miró largo rato con una mezcla de ternura, pena y cansancio, y luego negó con la cabeza.

—Eso… no es una respuesta a mi pregunta.

Lo empujó suavemente y se giró. Sus pasos vacilaron. Liu siguió sujetando su brazo, luego su antebrazo, su muñeca, sus dedos… hasta que finalmente lo soltó.

Con las manos vacías suspendidas torpemente en el aire, Liu siguió con la mirada su camino hacia la puerta. Cuando los dedos de Yeehyeon tocaron el pomo, dejó de morder la piel levantada de sus labios. Se echó hacia atrás el flequillo largo que le cubría los ojos.

—¿Recuerdas que el viernes por la noche tenemos la cena con la gente de Phantom? No llegues tarde.

Como si nada hubiese pasado. Como si todo lo ocurrido fuera una discusión tonta que se curaría sola con unos días. Yeehyeon se dio la vuelta.

Liu, que en su primer encuentro había sido brillante y casi inexpugnable, ahora parecía un actor desconocido abandonado en un camerino, aún con el maquillaje corrido por el sudor. Si dijeran que era la misma persona, nadie lo creería.

Se pasó la mano por el cabello otra vez.

—El teléfono… no te olvides de dejarlo encendido.

—……

—…Me preocupo.

Lo dijo con vacilación, casi sin convicción. Yeehyeon bajó la mirada y salió por la puerta. Lo único que quedó en la habitación fue un café frío, casi intacto.

■ Un gran malentendido ■

El cigarrillo que había fumado solo un par de veces descansaba en el cenicero, consumiéndose por sí solo y dejando salir una delgada columna de humo.

Inwoo observaba cómo la ceniza gris, cada vez más larga, se doblaba por su propio peso y caía sola en el cenicero. Llevó lentamente el vaso a los labios, pasó el líquido ambarino por la garganta y frunció el entrecejo.

El primer cigarrillo que fumaba en su vida no era tan fuerte como pensaba, así que no terminó tosiendo de forma vergonzosa; pero tampoco le pareció tan atractivo como para entender por qué tantos fumadores fracasan una y otra vez al intentar dejarlo. El humo que llenaba su boca no tenía nada del aroma agradable de un whisky y, cuando descendía por la garganta, era como tragar humo de veneno quemado.

Aun así, no era desagradable ver cómo ese cuerpo largo, blanco y reseco se iba consumiendo poco a poco mientras soltaba humo. No llegaba a darle paz, pero era una forma aceptable de matar el tiempo quedándose en blanco.

Cuando el cigarrillo ya se había consumido hasta la mitad, Inwoo comprobó la hora. Habían pasado unos cinco minutos desde que autorizó la entrada de un vehículo visitante a través de la garita del estacionamiento. ¿Así sería el sentimiento de un bestiarius —un condenado a muerte sin entrenamiento arrojado a la arena— aguardando el ataque de una fiera hambrienta que estaba lista para arrancarle la carne? Con esa grandilocuente comparación, se estremeció de hombros y soltó una seca risa.

Justo cuando iba a inclinar el vaso para beber de nuevo, desde el largo pasillo se escuchó un bang, bang, golpes fuertes, secos y espaciados contra la puerta. Inwoo detuvo la mano pero terminó bebiendo un poco más. Solo cuando los golpes se hicieron más rápidos y violentos, como si fueran a derribar la puerta, dejó el vaso, se incorporó y fue hacia la entrada.

Al empujar la puerta hacia afuera, Liu —con un largo gabán negro que le llegaba hasta debajo de las rodillas, puesto de cualquier manera— bajó el puño que estaba a punto de estrellar de nuevo contra la puerta.

—¿No sabes dónde está el timbre?

Sin responder y empujándolo bruscamente del hombro, Liu entró al vestíbulo. Un fuerte olor a alcohol emanó de él.

—No me digas que… ¿condujiste tú mismo hasta aquí?

Liu, que caminaba a grandes zancadas por el pasillo, giró la cabeza y levantó una comisura del labio como si aquella preocupación le pareciera patética. Al girar completamente hacia el salón, al ver el humo elevándose sobre la mesa del sofá, soltó un bufido. Tomó el cigarrillo consumido casi hasta el filtro, lo aspiró tan profundo que sus mejillas se hundieron, y expulsó el humo junto con una pregunta rápida:

—¿En qué estado está?

—¿Qué cosa?

—Seo Yeehyeon. El cuerpo de Seo Yeehyeon.

La reacción impaciente vino de inmediato, como si le dijera: ¿Qué más podría ser? Cuando volvió a mirar a Inwoo, su rostro estaba desordenado por la ansiedad y el alcohol. Un destello de furia cruzó su mirada; tragó saliva, se pasó la mano por la cara y trató de estabilizar la voz.

—Dijo que lo examinaste. ¿Cómo está? ¿Está bien, verdad?

Liu desvió la mirada mientras apagaba el cigarrillo presionándolo contra el cenicero. A pesar de que él mismo había preguntado, parecía temer escuchar la respuesta.

—Todo está normal. La posición del útero es estable, y el grosor y la longitud de la via omega—que conecta con el útero— son ideales.

Liu frunció el ceño. Al inclinar la cabeza sin doblar la cintura, su flequillo despeinado cayó sobre sus ojos.

—¿Y quién te preguntó eso? Me refiero a si no hay anomalías en otras partes. Si… no tiene ningún problema de salud.

—Si no hubieras hecho el changing, no tendrías que preocuparte por nada de esto.

—……

Al ver el rostro de Liu endurecerse todavía más, Inwoo soltó un suspiro.

—Está completamente sano. Los ovarios aún no están desarrollados, así que, en conjunto, el útero está solo a medio formar. Sus feromonas son extremadamente débiles, propias de un omega común. No necesita inhibidores aún. Lo de esa feromona especial que dices que solo reacciona contigo… eso no lo sé.

Solo entonces Liu aflojó un poco los hombros, aunque la tensión áspera e inestable que lo rodeaba no desapareció.

De pie, sin siquiera quitarse el abrigo, tomó la cajetilla de la mesa, encendió otro cigarrillo, y tras una calada superficial, soltó el humo de forma corta y brusca.

—No es “útero”. Es la zona triangulo (triangle zone).

—¿Acaso tú eres el único que recibió educación sexual en Minton?

—Si tú eres un alfa y encima médico, haz el favor de usar los términos correctos también en la vida diaria. No te comportes como esos alfas ignorantes y desconsiderados que no saben nada de otros géneros.

Inwoo, que caminó hasta ponerse frente a él con los brazos cruzados, frunció el ceño.

—¿Y tú crees que estás en posición de darle lecciones a alguien?

Liu, echando una larga bocanada de humo con la cabeza echada hacia atrás, respondió:

—¿Y por qué no podría dártelas a ti?

La gran silueta negra del abrigo se acercó mucho más a Inwoo.

—¿Por qué le dijiste?

—……

—Dijiste que si lo escuchaba de mi directamente… podría amortiguar un poco el impacto. ¿Por qué le dijiste?

No alzaba la voz, pero en esa voz contenida se colaba una ira que hablaba por sí sola. Estaba tenso de pies a cabeza. Sus ojos gris-azulados, ahora más azulados, chispeaban. Dio un paso más y escupió con los labios torcidos:

—¿Querías aliviar tu culpa diciendo la verdad, llevarlo al hospital… hacer que un chico aterrorizado… se sometiera solo a todas esas pruebas? ¿Así querías quedar como “el bueno” ante Seo Yeehyeon?

—¿Te molesta que Yeehyeon haya tenido que hacerse las pruebas solo? ¿Ahora? ¿Quién crees que fue el que provocó ese miedo?

—¡Por lo menos deberías haberme dicho algo antes de llevarlo al hospital!

Liu lo golpeó en el pecho con el dedo índice, y Inwoo apartó su mano de un manotazo, echándose encima de él.

—¿Y si te lo decía? ¿Crees que Yeehyeon habría querido agarrarte de la mano e ir contigo al hospital?

—……

Liu pasó la lengua por las comisuras de los labios, alternando la mirada entre los dos ojos de Inwoo. Sus ojos llenos de venas seguían hirviendo, pero como si hubiera recibido un golpe, se quedó sin palabras un momento. Le dio la espalda a Inwoo, aspiró una última vez el cigarrillo y sacudió la ceniza, que cayó desordenada sobre la mesa.

Inwoo se acercó por detrás y le murmuró al oído:

—A ese chico… verlo así fue jodidamente difícil. Quería hacer algo, lo que fuera.

Ante aquella provocación, dicha con un tono intencionalmente alegre, Liu se giró con el ceño fruncido. Los ojos de Inwoo brillaban con una locura húmeda. Torció los labios en una sonrisa fría.

—Parece que no te contó que él y yo nos besamos, ¿no?

—……

Los músculos de la mandíbula de Liu se tensaron y se movieron espasmódicamente. La piel bajo sus ojos tembló. Sin darse cuenta, apretó el cigarrillo dentro del puño; ni siquiera notó el calor mientras lo tiraba a un lado y se abalanzaba sobre Inwoo para estrangularlo. En un instante, el rostro de Inwoo se puso rojo; luchaba, arañando la mano de Liu, tratando de arrancarla sólo para respirar.

Liu ni siquiera estaba midiendo su fuerza. Solo cuando Inwoo empezó a jadear usando nariz y boca, lo soltó de golpe, lanzándolo sobre el sofá. Los hombros de Liu se alzaban y bajaban con fuerza, como si fuera a volver a atacarlo sin dudarlo.

—Un cabrón como tú… y aun así… te consideraba amigo…

—¡Lo mismo digo!

Inwoo se levantó de golpe y acercó la cara a la de Liu.

—No voy a negar que, como siempre, lo hice sin pensar demasiado. Pero quién sabe… si no hubieras mostrado interés, tal vez hasta me lo habría tomado en serio. No, espera… ¿no habría sido más difícil NO tomármelo en serio estando tan cerca de alguien así? No eres el único que ve.

—…….

Inwoo empezó a hablar exaltado sobre lo que él pensaba de Seo Yeehyeon. Habló de esa pureza seria de Yeehyeon, de cómo intentaba atravesar todos los golpes de la vida sin trucos ni atajos, soportando todo de frente.

Confesó que para gente como él y Liu, que nacieron y crecieron en un entorno donde casi todo ya estaba dado, y que por eso nunca habían necesitado esforzarse desesperadamente o romperse para sobrevivir, esa actitud solo podía atraerlos aún más.

—Frente a alguien que se muestra sin una sola capa de protección, sin adornar ni defenderse, siento que yo también podría ser honesto. Y aunque lo fuera, Seo Yeehyeon no se burlaría; escucharía.

Sin decir nada, con los hombros temblando, Liu escuchó a Inwoo y luego se giró casi huyendo. Inwoo lo agarró con brusquedad, impidiéndole inclinarse para tomar el vaso de licor sobre la mesa.

—¡Pero fue porque eras tú! Porque tú, que jamás te habías sacudido por nadie ni te habías obsesionado jamás, parecías desmoronarte y dejarte arrastrar. Por eso me alegraba apartarme y observar.

Liu metió las manos en los bolsillos del abrigo. Tiró del mentón hacia abajo, levantó los ojos y soltó una risa sarcástica.

—Entonces, ¿quieres decir que me estabas cediendo a Seo Yeehyeon? ¿Que si tú hubieras entrado en serio, él te habría elegido a ti?

—Eso no lo sabe nadie.

—…….

—Y ahora, después de lo que tú has hecho, mucho menos.

Inwoo arqueó una ceja y sonrió de lado. Liu frunció los ojos como si el sol le diera directamente en la cara.

—Seguro que viniste a desquitarte conmigo, pero cuando llegó… Yeehyeon ya lo sabía.

Los ojos de Liu se afinaron aún más.

—Dijo que lo oyó de Shushu.

Los ojos se le abrieron y los hombros encogidos se estiraron con fuerza.

—Claro que Shushu pensaba que tú y Yeehyeon habían acordado hacer el cambio(Changing) juntos.

Con el rostro petrificado, Liu repasó las palabras de Inwoo. Sin dudarlo, se giró y cruzó la sala hacia el pasillo.

—¿A dónde crees que vas?

Inwoo lo siguió al instante, lo giró con una fuerza peligrosa, pero Liu se zafó de un tirón. Inwoo no se rindió y esta vez se plantó delante de él, bloqueándole el paso.

—¿Qué, ahora que sabes que no fui yo, vas a ir a estrangular a Shushu?

—No veo por qué no.

—Pon los pies en la tierra, Liu Weikun. Da igual a quién le grites o qué digas ahora. Aunque me dejes medio muerto y luego vayas a castigar a Shushu… al final, quien hizo que Yeehyeon se apartara fuiste tú mismo.

—…….

—¿Dices que algunos alfas son unos ignorantes con otros géneros? ¿Y tú crees que tienes derecho a criticarlos? ¡Piensa en lo que le hiciste al cuerpo de la persona que amas mientras te arrastrabas detrás de esa maldita feromona!

Bastardo demente.

Esa frase, escupida sílaba por sílaba, convirtió el rostro de Inwoo en algo que ya no era el de un amigo. Solo quedaba un desprecio frío, cortante, tan distante que erizaba la nuca.

Quizá en ese frío Liu sintió el juicio objetivo del mundo sobre lo que él había hecho. Se quedó de pie, los brazos colgando, como si hubiera perdido las palabras, y con los ojos desordenados apenas movió los labios en una sonrisa extraña.

—Pareces tener un concepto muy equivocado, Choi Inwoo.

—…….

—Hasta ahora, solo tuviste suerte. Por eso pudiste vivir con dignidad sin convertirte en Golden. No hace falta ni llegar al nivel de la intensidad de feromonas que me arrastró hacia Seo Yeehyeon. Solo con exponerte a la liberación intencional de un omega dorado, tú te convertirías en un juguete que el otro maneja con un dedo. Perderías dignidad humana, voluntad… quedarías reducido a arrastrarte por el suelo, suplicando solo por meterla y correrte… una máquina de correrse cuyo único valor es un pene duro.

Su discurso no se trabó ni un instante, como si lo hubiera preparado. Cada palabra salió con fuerza, delineada con precisión. Ya no quedaba rastro del rubor del alcohol: su rostro estaba tan pálido que parecía enfermizo. Solo las venas tensas y ese brillo inquietante en los ojos mostraban su excitación.

Liu se acercó aún más; su rostro temblaba.

—Habrá quien crea que ser alfa es una gran casta, o que las feromonas son una especie de súperpoder… pero esa es la verdadera cara de un alfa dominado por ellas. Y tú no serías diferente.

La distancia que ambos habían mantenido durante años —una barrera tácita donde ninguno se exponía del todo ni permitía al otro acercarse— se rompía por completo. Intercambiaban palabras hechas para herir lo más profundo posible.

—Sí, puede que tengas razón.

Inwoo, con la expresión aturdida de quien acaba de recibir un golpe, se pasó una mano por la cara y bajó la mirada.

—Puede que haya tenido suerte… Puede que haya evitado el lado más peligroso del mundo, que nunca haya sido realmente aplastado por feromonas. Sí, seguramente es eso. Que solo me relacioné con personas que estaban dentro de mis límites… usando las feromonas solo como un juguete sexual… sin pensar demasiado en lo que significaba ser alfa o ser omega.

La mirada de Inwoo, que se había ablandado al recordar su pasado, volvió a endurecerse.

—Pero gracias a ti, desperté.

—…….

—Ni siquiera viendo cómo tú vivías reprimiendo tus feromonas, casi como un monje, me había parecido tan grave. Incluso llegué a pensar: “si al final las feromonas son un regalo del cielo, ¿por qué vive así de sofocado?”. Pero al verte destruir tu vida dominado por ellas… lo entendí de verdad.

Esta vez fue Inwoo quien se acercó y le clavó el dedo en el pecho. Sus labios estaban cargados de veneno.

—¿Y entonces? ¿Te arrodillaste a suplicar? ¿Le dijiste que tú no sabías, pero que sus feromonas, tan fuertes, rompieron las defensas de un alfa dorado y te manipularon hasta dejarte sin capacidad de resistir? ¿Que todo fue un error provocado por un amor tan abrumador que te dominó? ¿El gran Liu Weikun soltando esa excusa tan miserable, eh?

Liu reculó un paso ante la provocación, pero de pronto sus ojos brillaron con peligro y apartó el dedo de Inwoo de un manotazo.

—No me digas que le contaste eso a Seo Yeehyeon.

—¿Qué cosa?

—Que Seo Yeehyeon también tiene feromonas.

Mirándolo de frente mientras Liu apretaba los dientes, Inwoo chasqueó la lengua.

—¿Qué estás haciendo, Liu Weikun? ¿Te crees que le haces un favor a Yeehyeon callándotelo? A estas alturas, ¿qué cambia ocultar una sola cosa?

—Entonces, ¿qué puede cambiar ahora?

—Al menos el impacto y el dolor que siente por pensar que te transformaste solo por ambición personal podría disminuir un poco.

—…….

Liu parecía tener muchas cosas que decir, pero mantuvo la boca cerrada y desvió la mirada.

Si Yeehyeon llegara a saber que existían feromonas que solo afectaban a Liu, podría confundirse aún más. Y por supuesto, Inwoo no pensaba que eso justificara un cambio no consensuado.

Pero si el mayor dolor de Yeehyeon no es el cambio en sí, sino el peso del crimen cometido por la persona que ama, entonces esa verdad podría ser el único analgésico posible —aunque fuera mínimo.

Y ver cómo Liu se empeñaba en guardar silencio sobre eso… solo significaba que conocía demasiado bien a Yeehyeon. Que quería protegerlo de cargar con una parte de la responsabilidad que Yeehyeon seguramente intentaría asumir.

Inwoo ya ni siquiera encontraba ganas de burlarse. La rabia ardiente que había estallado dentro de él ya solo dejaba cenizas.

—Ya lo arruinaste lo suficiente. Aléjate de esto. Es un asunto entre nosotros dos. Si sigues metiendo las manos… solo lo confundirás más.

Tras un largo silencio, Liu respondió con una voz apagada y se dio la vuelta. Inwoo lo siguió hacia la entrada, dudando.

—No vayas con Shushu.

—Tranquilo. No lo mataré.

Inwoo lo agarró del hombro para girarlo.

—No estás en tus cabales, Liu. ¿Quieres perderlo todo? ¿No te basta con perder a Yeehyeon, también quieres perder a tus amigos? Por lo menos hoy… para. Enfría un poco la cabeza.

Como Liu no respondía, Inwoo, inquieto, apretó con más fuerza los hombros que sostenía y forzó una sonrisa amarga.

—¿No irás a soltar semejante tontería de que, si perdiste a Seo Yeehyeon, todo lo demás ya no tiene sentido…? No me digas que Liu Weikun sería capaz de decir algo así.

—¿Quién dijo eso? ¿Quién dijo que yo perdí a Seo Yeehyeon?

Con el rostro completamente impasible, Liu soltó la mano de Inwoo y salió de inmediato por la entrada. A diferencia de lo que decían sus palabras, su voz sonaba hueca, vacía, como una cáscara despojada de todo contenido, sin rastro de convicción ni seguridad.

■ ■ ■

Aunque no quisiera hacerse pescador, Yeehan solía decir como muletilla que jamás renunciaría en su vida a un bocado de sashimi recién fileteado sobre la cubierta acompañado de un vaso de soju.

Era algo en lo que cualquiera que hubiera probado aquel sabor no podía sino estar de acuerdo, pero para Yeehyeon, más que eso, era especial el vaso de café mezclado que bebía mientras, de pie en la proa del barco que regresaba al puerto, observaba a lo lejos el muelle que iba haciéndose más nítido. Cuando se concentraba en el amargo dulzor que recorría el cuerpo fatigado por el trabajo y en el calor que se transmitía desde el vaso de papel, sentía que el peso de las cosas que ocurrían en tierra se volvía un poquito más liviano. Incluso pensaba que no sería tan mala una vida en la que, al menos por un rato, uno dejara de resistirse y se dejara mecer tal como las olas quisieran. Igual que su abuelo y su tío.

Aunque no fuera una pesca “a tope”, sí había sido suficiente como para no tener que escuchar los rezongos llenos de palabrotas del abuelo diciendo que “el mar se ha secado”.

En otoño, cuando el jurel fresco nacional está especialmente graso y sabroso, la demanda era alta. Aunque no fuera un barco grande, si se hacía el trabajo con esmero y diligencia, se podía obtener lo bastante como para ayudar en la economía doméstica.

“Si nuestro barco vuelve cargado, los de los demás también; por más que se pesque, al final el precio baja, así que es difícil vivir de cualquier manera”, mascullaba el abuelo, tragándose el café como si fuera soju. Aun así, su rostro estaba más animado de lo usual.

—El enclenque ya está hecho todo un hombrecito.

El abuelo —su rostro curtido por el olor salado del mar y el viento afilado que no perdona— se volvió hacia Yeehyeon con una sonrisa.

—Pensé que te habrías puesto más flacucho por andar pintando en Seúl.

—Hyeoni siempre fue de complexión delgada, pero es firme. Y tiene manos hábiles —intervino el tío, que estaba sentado en la tapa de la bodega ordenando pequeñas herramientas.

No estaba tan versado en el trabajo del mar como Yeehan; apenas había ayudado en tareas que no requerían técnica especial, como subir la red o arrojar el pescado separado a la bodega, pero quizá por las bajas expectativas, la valoración fue generosa.

—¿Entonces debería embarcarme? —bromeó Yeehyeon.

—No digas tonterías.

Había sido un comentario dicho en broma, pero el abuelo, que tantas veces había obligado a Yeehan a subir al barco, endureció el gesto de inmediato.

—Un chico que tiene talento como para pagar las deudas de la familia dibujando… ¿qué barco ni qué barco? Va a llegar más lejos que su padre.

Lanzando una mirada hacia el puerto, apagó el cigarrillo presionando la brasa con sus gruesos dedos y desapareció dentro de la cabina. Al seguirlo con la mirada y dirigirla hacia adelante, Yeehyeon vio a una figura conocida esperando en el muelle.

Era su padre, en el mismo punto donde, antes de marcharse del pueblo, Yeehyeon solía esperar el barco.

—No lo demuestra, pero se nota que está contento desde que volviste. Ese hombre casi nunca aparece en el puerto cuando hay tanta gente —comentó el tío, aflojando las cuerdas para prepararse a atracar y dando una palmadita en el hombro de Yeehyeon con una sonrisa tenue.

Entre los marineros que iban y venían a prisa, el padre observaba en silencio con ambas manos hundidas en los bolsillos de su chaqueta.

Su rostro, sin embargo, estaba completamente inexpresivo, sin la más mínima grieta que indicara alegría, tal como había dicho el tío.

Pero Yeehyeon no podía negar que había cambiado algo. Al menos en lo que respectaba a su padre, aquel amanecer lluvioso en el que le dio la espalda y salió por la puerta junto a Yeehan no había sido una huida infantil sin sentido.

—Déjalo, no hace falta que ayudes a mover esto al centro de subastas —dijo el tío.

—Pero… es mucho.

—¿De verdad crees que después de toda una vida haciéndolo entre dos, se van a desesperar porque tú no pongas una mano?

El tío soltó una pequeña risa y le revolvió el cabello. Avergonzado, Yeehyeon fue el primero en saltar al muelle y ató con firmeza la cuerda al pilar de concreto. Había mejorado algo la postura después de unos días, pero sus palmas suaves seguían ardiendo cada vez que el cabo le raspaba la piel.

Era buena época para viajar y, aunque fuera entre semana, el muelle estaba más abarrotado que de costumbre. Los pescadores que se apresuraban para llevar la pesca al mercado protestaban pidiendo paso a los turistas que intentaban fotografiar el romántico mar del atardecer; incluso esos gruñidos se mezclaban como parte natural del muelle. Una vitalidad cruda y obstinada —algo que no había sentido ni siquiera en la superpoblada Seúl— palpitaba en todas partes como peces recién capturados.

Caminando junto a su padre por el centro de subastas hacia la salida del muelle, Yeehyeon se dio cuenta de algo:

No odiaba tanto este lugar como pensaba.

Quizá incluso… le gustaba.

Se podía chasquear la lengua o señalar con el dedo a alguien que se dejara caer en la apatía y la inercia, invitando a una “muerte lenta”.

Pero nadie tenía derecho a despreciar la desesperada voluntad de vivir.

Era mejor lanzarse con todo, aunque fuera de manera torpe, que soltar la mano y retirarse solo para conservar una vana apariencia. Eso no era miseria, sino desesperación por seguir vivo. Y eso era exactamente el color vibrante de la vida que él había anhelado en su silencio gris.

¿No había dejado este lugar —a su padre— justamente para provocar al menos una grieta en aquella paz vacía donde nada ocurría?

Mirándolo así, cada rincón se veía diferente a antes. El mercado de pescado, que antes le parecía un lodazal oscuro, fétido y viscoso, ahora le golpeaba como una frescura viva que casi le quemaba los ojos y los pulmones. Los rostros de la gente, que antes parecían duros y hoscos, se volvieron variados e intensos. Personas que gritaban como si el cielo se viniera abajo, y luego reían como si no tuvieran ninguna preocupación.

Ese lugar estaba igual, pero él no.

Yeehyeon, caminando un paso por delante de su padre, sonrió con amargura… y se detuvo en seco.

Vio al jefe de la cooperativa —a quien también conocía— conversando con rostro severo con el maestro Im.

Este, al notar a Yeehyeon, afinó un poco los ojos mirando por encima del hombro del jefe.

Tal como había dicho Liu, era un hombre tranquilo.

Era seguro que ya había escuchado la noticia del regreso de Yeehyeon, pero no había hecho ningún movimiento en días. A Yeehyeon tampoco le importaba gran cosa.

En comparación con lo que estaba atravesando ahora mismo, cualquier cosa relacionada con el maestro Im era insignificante. Aunque viniera a amenazarlo físicamente, no habría nada que temer. Es más: si ahora intentara tocarlo, quizá Yeehyeon, que buscaba algo contra lo que desahogar su rabia, se lanzaría primero diciendo “adelante, inténtalo”.

El maestro Im, que lo había estado mirando fijamente, fue el primero en apartar la mirada y se marchó con el jefe.

—Vámonos, padre —dijo Yeehyeon, empujando suavemente la espalda de su padre para salir del mercado.

■ ■ ■

Llevaba tres días allí.

Durante los tres días, con la excusa de que estaba aburrido, había salido al mar y, al regresar a tierra, salía a caminar con su padre antes de la cena. Era más bien que seguía los pasos del padre desde atrás; este nunca volvía la cabeza para esperarlo o comprobar la distancia. Era silencioso como siempre, pero… había fisuras, pequeñas grietas, señales de cambio que antes no existían. El hecho de que hoy hubiera ido al muelle también era parte de ese cambio.

El padre cruzó el pueblo de norte a sur sin detenerse, subiendo la colina sur donde estaban las casas grandes y villas —incluida la del maestro Im—, en dirección contraria a la aldea norte donde vivía el abuelo.

Con las manos hundidas en los bolsillos, la cabeza baja, sin interesarse por nada a su alrededor, sin mirar el paisaje… solo caminando. Y aun así, subió la empinada cuesta —que normalmente tomaba una hora caminando con calma— en apenas treinta minutos.

La cima de la colina sur tenía una vista completamente abierta, más alta que la aldea del norte, que estaba cerca del puerto. Pero casi ningún habitante del pueblo subía allí a propósito para contemplar el “maldito” mar.

Solo había cuatro o cinco bancos feos colocados sin gracia junto a la baranda del acantilado hecha para los turistas. Y el padre, que subía a toda prisa como si siguiera una voz que lo llamara desde lo alto, se sentaba allí durante treinta minutos o incluso una hora, sin hacer nada.

Yeehyeon lo acompañó impulsado por la idea de que debía intentar algo, pero al principio solo se sentaba en silencio, observando el perfil del padre.

Luego se dio cuenta:

Quizá su padre era, en realidad, la persona más adecuada para contarle cosas.

Era alguien que jamás repetiría lo que escuchara ni juzgaría lo que le dijeran. Ese era el tipo de interlocutor que cualquiera desearía.

Así, Yeehyeon comenzó a hablar.

Sobre todo lo ocurrido desde que llegó a Seúl: algunas cosas las saltaba, otras las detallaba, hablando sin orden, hasta que el padre se levantaba para marcharse.

Al principio le costaba avanzar, pensando qué decir, qué callar, preocupado por qué pensaría el padre…

Pero cuando comprobó que ni siquiera reaccionaba al decirle que se había enamorado por primera vez en su vida de un hombre alfa dorado, pudo ser más honesto.

Habló de volver a encontrarse con la directora Han, de Yuni, de Juhan.

De <Aislamiento>, que vio en casa de Liu, y del viaje a Hong Kong donde conoció a Suki Kim…

Y ayer, había hablado de los viajes a Chicago y Boston.

A veces, soñaba cosas que se volvían más nostálgicas que los recuerdos reales. Recordando esos sueños, contó sobre Liu con una sonrisa feliz.

Su aplomo brillante entre la gente, la confusión afligida que mostró después de usar la violencia por él, y… incluso la historia del matrimonio, que aunque luego trató de disfrazar como un rechazo racional, le había hecho caer el corazón.

¿Con qué sentimiento habría hablado de matrimonio en aquel entonces?

Lo único claro era que, al final, había sido una decisión desesperada, nacida de un problema enorme y enmarañado que él no podía manejar.

Con la vista clavada en el mar oscuro que se volvía más negro conforme el sol se hundía tras la montaña, Yeehyeon apretó lentamente el puño sobre su muslo.

Hoy tocaba contar lo que vino después.

El viento del mar vespertino sacudía su cuerpo sin compasión. La chaqueta flameaba y su cabello volaba como quería.

—Ahora mismo… le estoy poniendo un peso encima, padre.

—…….

—Un peso que me corresponde cargar solo… se lo estoy tirando encima a usted. Porque lo odio. Porque quiero que a usted también le pese. Que también le sea difícil.

—…….

—Pero aun así… ¿no es mejor que eso a no compartir nada?

Tenía miedo de no recibir una reacción, miedo de hablar con él. Por eso había callado tanto tiempo.

Pero una vez empezó… no resultó tan doloroso. Casi parecía ridículo haber tenido tanto temor.

Mirando al padre, que seguía sin reaccionar, Yeehyeon se humedeció los labios.

—Si yo……

La voz le tembló.

—Si yo… estoy convirtiéndome en omega… ¿aun así no va a decir nada?

La mirada del padre descendió del horizonte hacia las olas que chocaban contra las rocas del acantilado, pero no hubo ninguna otra reacción. Frente a ese silencio, la mente de Yeehyeon se calmó aún más. Apretó con fuerza la palma de la mano contra su muslo y se rió sin fuerza de sí mismo.

—Dicen que soy mitad omega. Lo que significa que también soy mitad no-omega. Mitad beta, y mitad… algo que no es beta…

Aquello sonaba a sofisma, y volvió a reír con amargura.

El hecho de que hubiera cruzado ese mar y viajado con él a otro continente… Los recuerdos y emociones que compartieron…

Todo parecía ahora una fantasía absurda en la que se había hundido tanto que terminó creyéndola.

Una mentira que nadie creería.

Esta vez, fue la mirada de Yeehyeon la que se dirigió al horizonte lejano.

—Él me lo dijo, padre…

—…….

—Es la primera vez en toda mi vida… que he amado a alguien….

La vista se le iba nublando poco a poco. Alzó la barbilla para no dejar caer las lágrimas acumuladas, pero no podía borrar el temblor de su voz.

Quería mantenerse calmado, pero era imposible, y aunque la furia brotaba al ver su rostro frente a él, no era solo eso. Si solo hubiera sido rabia, si el único final posible hubiera sido el frío deseo de no querer volver a verlo nunca más… quizá habría dolido menos.

—No… no sé qué se supone que debo hacer.

La expresión y la voz de él —cuando, sin ninguna excusa ni explicación, como si incluso mirarlo fuese un pecado, se tocó con cautela el rostro y, rindiéndose humildemente ante una verdad inmensa, logró apenas sacar con dificultad esas palabras: que lo amaba— no se borraban de su memoria.

—Quiero perdonarlo… pero no puedo… aunque no puedo perdonarlo, aun así… quiero perdonarlo… y no sé qué hacer.

Era la persona a quien más le costaba perdonar. La persona contra la que había levantado el muro más sólido, separándolo de sí con el silencio más absoluto. Y, aun así, se encontraba confesándole la necesidad más desesperada de perdonar… aquello le resultaba casi absurdo, pero esta vez ni siquiera podía burlarse de sí mismo.

Con su padre inmóvil a su lado, Yeehyeon cerró los ojos. Por haber levantado la cabeza, una lágrima rodó por su sien hasta caer cerca del oído.

Las lágrimas, que en el borde de sus ojos ardían como si fueran fuego, ya estaban frías cuando llegaron a su oído.

■ ■ ■

La modelo cincuentona que había dejado los escenarios ocho años atrás y que ahora trabajaba como coreógrafa y profesora, se movía con una fluidez tal que no desentonaría ni entre bailarines activos.

Sobre un fondo de unos diez pyeong preparado dentro del estudio, ella dibujaba líneas y puntos en el espacio tridimensional, trazando ascensos y descensos, júbilo y desesperación. Literalmente sin ningún accesorio ni herramienta: solo con su cuerpo.

En ese instante, ella era la dueña perfecta de su cuerpo, y todos no podían evitar sentirse abrumados por el dominio y la fuerza que desplegaba en el espacio.

Aunque ese dominio estuviera limitado al cuerpo, era casi imposible que un ser humano se controlara plenamente a sí mismo. Después de conocer a Yeehyeon, Liu tenía que reconocerlo: tal vez uno mismo era lo más difícil de manejar.

Para no interrumpir el trabajo, Liu se apoyó contra una pared fuera del alcance de las luces, detrás de los asistentes y de Shushu. Contuvo la respiración como un espectador absorbido por una película de gran magnetismo, apretando los brazos cruzados. No podía apartar los ojos ni de ella, que respiraba a través de cada movimiento, ni de Shushu, que para capturar esa respiración se agachaba, subía a escaleras de filmación, se tiraba al piso y creaba otra respiración más. Así, la respiración mezclada y distanciada de ambos creaba otro ritmo del cual era imposible apartar la mirada.

—La energía es increíble, ¿verdad? Es una pieza que compuso hace poco, dura como una hora veinte. Hoy es la tercera sesión de grabación.

El asistente de Shushu se acercó a Liu y susurró con voz baja. Como alguien sacado a la fuerza del sueño profundo, Liu necesitó unos segundos para salir de su concentración y reaccionar.

—Usted sabe mejor que nadie, pero el artista… no es de los que se apresuran para cumplir con fechas de exhibición. Pero si dice que con dos o tres piezas basta… quizá sí se pueda ajustar.

Parecía pensar que la visita de Liu estaba relacionada con la exposición conjunta de la segunda mitad del año.

—Pensé que después de volver de Chicago descansaría un tiempo, pero últimamente está lleno de entusiasmo.

Hasta ahora, Shushu solía trabajar proponiendo poses a partir de un diseño que había preparado y usando varios modelos. Esta vez, sin embargo, trabajaba con una sola modelo, capturando el mundo que ella expresaba. Dentro de una sola fotografía, lograr la presencia y tridimensionalidad de la obra era más difícil que antes.

No sabía qué estaba dando a Shushu esa determinación y esa inspiración, pero sin que Liu lo notara, él se iba desprendiendo de la sombra de aquel joven introvertido y frágil, y crecía paso a paso como fotógrafo de Fine Art.

—Supongo que como es la última exposición antes de que usted se vaya, quiere asegurarse de participar.

Liu se descruzó de brazos, metió las manos en los bolsillos del pantalón y soltó una risa leve.

—No creo que sea eso.

El asistente, que llevaba años trabajando con Shushu, lanzó a Liu una mirada curiosa ante la respuesta inesperada, pero no preguntó más.

Cuando la pieza que duraba más de una hora terminó, la bailarina estaba en una pose como si fuera a salir corriendo en cualquier momento, con los hombros y la espalda temblando ligeramente mientras trataba de regular la respiración. Era una postura alejada del típico cierre de un baile, pero precisamente por eso provocaba la imaginación: ¿a dónde iría esa energía aún no agotada?

Incluso después de terminar, Shushu siguió moviéndose por diferentes ángulos y disparó varias veces más antes de acercarse a la modelo, felicitarla y posar su mano sobre su hombro: la sesión había terminado.

Tanto la bailarina como Shushu parecían actores a quienes les cuesta salir de escena incluso después del “ok” del director. Ambos contenían emociones que aún temblaban, guardando silencio para no romperlas.

Liu, al ver que Shushu lo había descubierto y se quedaba petrificado con el rostro tenso, le hizo una seña indicando que lo esperaría en la sala privada y salió.

Shushu llegó unos treinta minutos después.

—Vaya pinta traes. Los chicos estaban preocupados, preguntando si te había pasado algo.

Desde el escritorio cerca de la entrada —dejando una buena distancia del sofá donde Liu estaba sentado— Shushu habló mientras hojeaba montones de fotolibros.

En los últimos días, Liu no había comido ni dormido bien. Pararse frente al espejo para preocuparse por su aspecto le parecía absurdo y completamente inútil. Pero si comparaba ese desastre con el estado de su interior, su exterior estaba casi decente.

Liu ignoró el comentario de Shushu y soltó la pregunta que lo había atormentado todos esos días:

—Dime todo. Qué hablaron ese día, cómo reaccionó Seo Yeehyeon… todo.

El rostro inexpresivo de Shushu comenzó a dibujar lentamente una mueca burlona.

—No pensé que querrías hablar de eso. ¿No es algo que te perjudica bastante?

—En cuanto a mi relación con Yeehyeon, sí. Pero contigo, ¿por qué sería perjudicial para mí? Si acaso, te perjudica más a ti.

Liu se levantó y caminó hacia Shushu despacio.

—¿Por qué se lo dijiste?

—¿Y tú? ¿Por qué no se lo dijiste a Yeehyeon?

El cuerpo de Liu proyectaba una sombra tan grande sobre el rostro de Shushu que casi lo cubría, y sus ojos azules ardían con una presión intimidante. Pero Shushu, como si hubiese estado esperando el choque, se acercó aún más.

—Yo… por supuesto… pensé que tú…”

Los ojos de Shushu, que habían brillado con dureza por un instante, comenzaron a temblar. Tras suspirar y rascarse la frente, girando en el mismo sitio, parecía alguien aterrorizado.

—¿Cómo iba yo a imaginar… que tú estarías haciendo algo así, sin decirle nada a Yeehyeon?

Liu lo sujetó por los hombros y lo giró bruscamente.

—Siempre has sido de esos que, aunque sepan secretos ajenos, jamás los dicen. ¿Por qué… justo ese día hiciste algo que no haces nunca?

Shushu apartó las manos de Liu, que le estaban apretando los hombros con fuerza. Su voz bajó, envenenada pero controlada, mientras desviaba la mirada, como si lamentara haber revelado el secreto sin querer.

—Solo dije que me alegraba de que él hubiera encontrado a alguien con quien pudiera mostrar su soledad más profunda… y que tú eras un desgraciado con suerte porque era con Yeehyeon. Fue en medio de eso. No estaba tratando de revelar nada a propósito.

—.....

Los hombros de Liu cayeron, y sus puños vacíos se cerraron con fuerza. Sintió un vacío helado, como si el destinatario de su desesperación y reproche hubiera desaparecido. Una carcajada amarga escapó sola.

No sabía qué hacer, cómo reconstruir lo que se había roto, desde dónde empezar. Se odiaba. Y se mantuvo en pie estos días solo aferrándose a la idea de que todo era culpa de Shushu, que podía volcar toda su rabia en él. Sentía cómo esa locura se escurría lentamente de su cuerpo.

Mientras miraba el escritorio desordenado, lleno de fotolibros, portfolios y notas garabateadas con una letra terrible, Shushu habló con calma.

—No. Rectifico. Incluso si hubiera sabido que no habías acordado el changing con Yeehyeon, igual se lo hubiera dicho.

Con una voz tan calma que rozaba lo frío, dijo aquello, tomó un libro del escritorio y lo dejó caer frente a Liu casi como si lo arrojara.

—¿Tenías que hacerlo así?

Liu miró el libro sin cambiar la expresión. Era una revista de arte de la edición de octubre.

—Dije que no te pediría ayuda, que lo manejaría yo. Entonces ya no es algo que tenga que ver contigo; es entre Hong Seonyu y yo, ¿no?

—¿Y cómo comparas eso con lo que pasó aquí?

—¿En qué son diferentes?

Liu chasqueó la lengua y se pasó la lengua por el labio inferior con expresión incrédula.

—Ah, claro. Diferentes. Esto es mucho peor.

—.....

—Mucho más horrible que lo que Hong Seonyu me hizo.

—No sabes todo lo que pasó entre Yeehyeon y yo.

Shushu soltó una carcajada, aunque su rostro se fruncía, al cortar la burla con esa afirmación firme de Liu.

—Liu Weikun… que tú digas eso, significa que estás realmente enamorado. Eres directo, realista, a veces insoportable, pero rara vez dices tonterías. Y sin embargo… mira, también caes ciego por amor.

—.....

—Después de lo que hiciste… ¿me dices que yo no sé todo lo que pasó entre ustedes dos?

Los labios de Shushu se torcieron en una mueca amarga.

—¿Y tú? ¿Tú sabes todo lo que pasó entre Hong Seonyu y yo?

—.....

Liu abrió los labios sin darse cuenta, como si hubiera recibido un golpe en la cabeza, pero los cerró de inmediato, como tratando de ocultar algo.

Shushu y Hong Seonyu, él mismo y Yeehyeon. La línea que siempre había trazado, convencido de que eran situaciones completamente distintas, se volvió borrosa con solo frotarla una vez con la punta de un zapato.

Liu se restregó con brusquedad la parte baja del rostro y giró el cuerpo. Apoyado en el borde del escritorio, miró hacia el espejo largo que colgaba como si fuese un camerino. Allí, un hombre con la ropa arrugada, sin afeitar y con una mirada sucia lo observaba con dureza.

—Yo no he perdonado por completo lo que hizo Hong Seonyu, ni estoy completamente recuperado de aquello. Mucho menos quiero volver a empezar con él. Solo que… ha pasado mucho tiempo, y ahora puedo mirar atrás habiendo salido un poco del impacto. Y, sobre todo…

A través del espejo, Shushu buscó los ojos de Liu.

—…ahora puedo ver que Hong Seonyu también sufrió.

Liu bajó la cabeza sin responder. Su cabello, normalmente bien arreglado, caía pesado sobre la frente y los ojos. Al ver las venas y los nudillos marcados en el dorso de su mano apoyada en el escritorio, frunció el ceño con fuerza.

Mientras hacía el changing de Yeehyeon, él tampoco había sido feliz. No podía negar que su sangre de alfa se agitaba con alegría cada vez que Yeehyeon reaccionaba convirtiéndose en omega… pero la mayor parte del tiempo había sido una tortura: como estar atrapado en una habitación sin salida con paredes cubiertas de agujas que se cerraban poco a poco.

Mientras esperara que Yeehyeon tomara en cuenta ese sufrimiento, no tenía argumentos para impedir que Shushu tratara de aliviar su propio pasado por razones similares.

En el espejo, Shushu se alejó para ir hacia la cafetera. Mientras servía café de la jarra de vidrio medio llena, habló:

—En aquel entonces estaba tan hundido en mi propio dolor que no podía ver otra cosa. Me convencí de que, para poder respirar, tenía que pensar que el sufrimiento de Seonyu era solo el castigo que él mismo se había buscado… Intenté ignorarlo. Pero no era así.

Liu entornó los ojos como si la luz le molestara, mirando la espalda de Shushu en el espejo.

—Cuando acepté que seguramente él también sufrió tanto como yo, quizá más durante más tiempo… y cuando traté de imaginar la profundidad de ese dolor… pude recuperar la calma y levantarme. Al final, ¿no es el pensamiento de “solo yo fui un tonto, solo yo fui dañado, solo yo sufrí” lo que termina destruyendo a una persona?

Shushu se dio vuelta, sonrió con amargura y le ofreció una taza de café. Liu negó con la cabeza. Lo que necesitaba no era cafeína sino alcohol, pero Shushu no guardaba alcohol en su taller.

—Tú no sabes, y nadie más sabe, todo lo que hubo entre nosotros… Sí, tuvo sexo con otro y me engañó, pero eso no fue lo único que hubo entre nosotros. Hubo un tiempo en el que quise creer que todo era mentira y odiarlo por completo por ese motivo, pero… no duró. En el fondo sabía que no era así.

Acariciando la superficie de la taza, Shushu bebió un sorbo y siguió.

—Mientras hacía aquellas cosas, Seonyu también debió estar consumido por la culpa y el miedo. Sí, buscó un placer momentáneo, pero ese placer efímero hizo que todos los demás momentos estuvieran llenos de culpa. Y ahora lo sé. Como alguien que en su día compartió todo con él, hasta lo más profundo… no puedo fingir que no veo su desesperado esfuerzo por superar aquello.

“De ahora en adelante, él elegirá: o recuperarse por completo o destruirse más". Eso añadió Shushu, y después de beber un sorbo más, miró a Liu con calma.

—Y tú… que no entiendas eso, no significa que puedas esperar que Yeehyeon te perdone.

—……

Liu tenía mucho que decir. No encontraba ni una sola frase que pudiera cambiar el corazón de Yeehyeon, pero sí tenía una colección entera de palabras crueles para lanzárselas a Shushu. Solo necesitaba confirmar que Shushu lo había contado todo por venganza —por haberle obstaculizado su promoción en Seúl— y pensaba descargarse con toda su rabia.

Era la única manera de sostenerse. Aún tenía cosas por hacer; era demasiado pronto para derrumbarse. Aunque fuera alimentándose del resentimiento, tenía que aguantar y buscar la forma de recuperar a Yeehyeon.

Pero antes de poder sacar sus armas, quedó desarmado solo con escuchar las de Shushu. Cada palabra reflejaba su situación actual con una claridad inquietante. Así como Shushu había imaginado el dolor de Seonyu para aliviar su pasado, él deseaba desesperadamente que Yeehyeon le concediera algo de compasión.

Lo peor era que ni siquiera Shushu había perdonado totalmente a Hong Seonyu, ni pensaba volver con él. Podía ser generoso porque aquello ya no tenía nada que ver con él, porque era parte de un pasado lejano.

Al ver la expresión tranquila de Shushu, libre incluso de rastro de reproche, Liu negó lentamente con la cabeza, como quien presencia algo increíble. Retiró la mano del escritorio y se frotó la mandíbula áspera.

—Dijiste que lo que yo hice fue peor que lo de Hong Seonyu, ¿no? Y tú, que lo perdonaste, ni siquiera piensas en volver con él.

—……

—No tienes que preocuparte. Yeehyeon no me va a perdonar. Puedes estar tranquilo.

Como si arrojara una piel inútil, Liu dijo eso y se pasó una mano por el pelo mientras soltaba una maldición.

En los últimos días había culpado a todo y a todos, pero al final, a quien más odiaba era a sí mismo: a Liu, el Ghost, el Alfa.

Siempre lo había detestado. Ser alfa, ser ghost… jamás lo había visto como un privilegio. Si era tan valioso, ojalá le hubiera tocado a otro. Repetía esas quejas una y otra vez, inútiles, sin sentido.

Creía haber superado esa etapa desde su adolescencia, cuando intentó aceptar quién era. Nunca imaginó que volvería a enfrentarlo, y mucho menos por desear tanto a otra persona.

—Sigo creyendo que lo tuyo fue más grave que lo de Hong Seonyu… pero Yeehyeon no es como yo. Dijiste que yo no conozco todo lo que hubo entre ustedes dos, ¿no? ¿Dónde quedó esa seguridad tuya?

Shushu vio cómo Liu jugueteaba con la cajetilla de cigarrillos, mordiéndose el labio. Suspió y se acercó para poner un cenicero delante de él.

Liu encendió el cigarrillo y dio una calada profunda.

—Dice que se irá a París.

—¿París?

Entonces Liu le contó sobre la oferta de The Hands, sobre cómo había fingido no saber nada para retener a Yeehyeon en Nueva York, acelerando el proyecto de la filial como un demente.

Quizá, aunque sabía que habría un final destructivo, no podía hacer otra cosa que seguir avanzando, ya que había puesto un pie en ello. Como dijo Yeehyeon: ¿qué diferencia había entre un 35 % y un 50 %? Nada iba a hacerse más ligero por decirlo antes o después.

Y tal vez por eso mismo, cuando Yeehyeon vino a enfrentarle después de descubrirlo todo… una parte de Liu lo había aceptado. Una parte pensó: ya llegó, por fin puedo terminar esto, puedo aceptar el castigo.

Quizá esperaba que otro lo detuviera, que alguien rompiera esa carrera desbocada porque él mismo no tenía el valor de soltar a Yeehyeon.

Shushu escuchó en silencio, apretando los labios varias veces antes de relajar los hombros. Dejó la taza y se acercó para posar una mano sobre su hombro.

—No puedo negar que es una gran oportunidad para él… pero las oportunidades que tú puedes darle tampoco son tan inferiores.

—Jung Sein.

—……

—Jung Sein.

—Sí, te escucho.

Liu lo miró de frente y negó con la cabeza. Sus labios tensos y su mirada diluida parecían haber elegido la resignación.

—Para mí es lamentable, pero Yeehyeon no es el tipo de persona que acepte ayuda de su pareja. Tampoco es alguien que crea que sacrificar sus vidas para permanecer juntos sea la mejor elección en una relación.

—Eso ya lo sé.

—Y aunque le ayudé a volver a pintar, eso no significa que esté obligado a quedarse conmigo, ni en Phantom, ni en ninguna parte. Al fin y al cabo… fui yo quien tuvo el pensamiento miserable de atarlo mediante esa deuda disfrazada de ayuda.

Liu sonrió con amargura, dio otra calada profunda y se giró hacia el espejo. Agotó el cigarrillo, tomó otro y lo sostuvo entre sus dedos.

—Liu Weikun. No puedes engañarme.

Mientras lamía los labios resecos, se colocó el cigarrillo y la piel se le quedó pegada al filtro. Shushu volvió a poner una mano sobre su hombro, esta vez con más fuerza.

—Yeehyeon es el amor de tu vida. Sí, cometiste un error demasiado grande para llamarlo simple equivocación. Pero si sigues intentando transmitirle tu verdadera sinceridad… él podría conmoverse. No deberías dejar que se vaya a París.

Liu se apartó de su mano de un manotazo, molesto.

—¿Por qué? ¿Porque lo necesito? ¿Porque es el amor de mi vida, y sin él no soy más que un ghost que no pertenece a ningún lugar, alguien al que nadie aceptaría, y por eso debo pedir perdón, hacerlo renunciar incluso a las oportunidades que ganó por mérito propio… y quedarse a mi lado aceptando ser un omega? ¿Es eso lo que quieres que le diga?

—……

—¿A mi “amor de toda la vida”?

Shushu no contestó; no hacía falta explicar que hablaba desde la desesperación. Él conocía demasiado bien a Liu. Había criticado el changing, pero nunca deseó que Liu perdiera a Yeehyeon.

—Antes de que te declararan ghost y te fueras a Estados Unidos, dijiste que te arreglarías. Cuando fui a verte a Boston, dijiste que ya casi estabas bien. Liu… no es una enfermedad. Ser ghost, esto que está pasando… sé que es difícil para ustedes dos, es extremadamente particular. Pero Yeehyeon… tienes que aferrarte a él.

—Quizá ya no pueda.

Liu murmuró, tambaleándose cuando Shushu lo sujetó por los hombros. Encendió un cigarrillo.

—Dice que… que se siente como un monstruo. No un omega, no un beta, nada. Un monstruo. ¿Cómo podría perdonar a la persona que lo convirtió en un monstruo?

Mirándose en el espejo con ojos vacíos, añadió:

—Si hay alguien que entiende mejor que nadie lo que es sentirse un monstruo… soy yo. ¿Cómo podría pedirle… que vuelva a amarme?

—Entonces, ¿qué piensas hacer?

—……

En lugar de responder, Liu aplastó sin dudarlo el cigarrillo casi nuevo, sin haberle dado ni unas cuantas caladas. Se encogió de hombros y dibujó una sonrisa peor que un llanto. Eso fue todo.

■ ■ ■

El cielo estaba bajo y cargado, como si fuera a llover en cualquier momento, y el viento soplaba fuerte. Como sucedía siempre en los días sin pesca, el abuelo y el tío ya se habían ido temprano cada uno por su cuenta para buscar con quién beber soju. En días así normalmente ambos volvían tarde, y la tía también aprovechaba para ir a visitar a alguna vecina, así que en casa solo estaban Yeehyeon y su padre.

Yeehyeon pasó el día dibujando. Desde que había llegado, ya iba por su tercer cuaderno de bocetos. Era un arte que en su momento había abandonado para protegerse, pero ahora era justo de lo que más se aferraba.

A veces se preguntaba qué habría pasado si hubiera elegido esto también en aquel entonces. Sabía que era una reflexión inútil, pero pensar en los años que dejó de dibujar hacía que le entrara la impaciencia, como si hubiera perdido algo irrecuperable.

No era que hubiera dejado de desear el arte; solo lo había reprimido de forma antinatural. No era la ambición competitiva de querer ser mejor que otros. Él deseaba la libertad de plasmar lo que quería, como quería. Yeehyeon nunca había pedido ropa de marca ni dinero de sobra; lo único en lo que había mostrado verdadera ambición y apego era el dibujo.

…No, no era lo único.

Al principio, era alguien con quien parecía no tener ni la mínima conexión, apenas un roce de hombros en el destino. Fue Liu quien acortó la distancia, y fue él quien dio claridad a una relación que había empezado difusa. En retrospectiva, Yeehyeon casi no había tenido que esforzarse. Antes de que pudiera desearlo o sufrir por no tenerlo, en algún momento ya tenía el corazón de Liu en sus manos.

Aunque le había tomado tiempo bajar la guardia, una vez que abrió su corazón, Liu jamás tuvo actitudes ambiguas que lo lastimaran.

El frío que quería culparlo y el calor que quería defenderlo se enfrentaban decenas de veces al día sin llegar nunca a un ganador.

Sus pensamientos ralentizaron sus manos. Mientras Yeehyeon estaba dibujando un paisaje de Boston a partir de una foto en su teléfono, escuchó que su padre se levantaba detrás de él. Al mirar hacia atrás, vio a su padre poniéndose la chaqueta colgada en la pared.

—Hoy es mejor que no salgamos a caminar.

—…….

Sin dejar de abrocharse la chaqueta, su padre no se detuvo.

Yeehyeon empujó la puerta corrediza y miró afuera. Jindori, el perro mestizo que su abuelo había recibido de un vecino mientras Yeehyeon estaba fuera, tenía medio cuerpo fuera de su caseta. Al ver que Yeehyeon abría la puerta, levantó las orejas y se incorporó. Era un perro amigable que lo había aceptado desde el primer día.

El clima había empeorado. Pero su padre no cedería. Tal vez incluso este paseo diario era, para él, una forma de auto castigo.

Cuando estaba a punto de cerrar la puerta para prepararse para salir, alguien llamó al portón.

Normalmente no se cerraba el portón durante el día, salvo por la noche cuando toda la familia estaba en casa. Debió cerrarse por una ráfaga de viento sin que lo notaran. Yeehyeon empujó el portón hacia afuera y alzó la voz para preguntar quién era.

—…¿Está el señor?

La respuesta tardó un instante, y eso hizo que Yeehyeon se detuviera. Por un brevísimo momento, sintió una expectativa que se convirtió de inmediato en decepción. No era como si cualquiera pudiera oír lo que pasaba dentro de su pecho, pero aun así le resultó incómodo y amargo. ¿A quién esperaba?

Soltó una risa seca, se puso las sandalias y bajó al patio. Abrió el portón: allí estaba el señor Im, con una expresión incómoda, como alguien que acabara de tragar algo de mal sabor.

Yeehyeon hizo una reverencia y sostuvo el portón con el hombro para que no se cerrara, entrecerrando los ojos por el viento.

—Mi abuelo no está.

—¿Podrías… verme un momento?

Por la manera en que lo dijo, haciendo un gesto amargo con la boca, parecía claro que no venía a ver al abuelo, sino a Yeehyeon. Yeehyeon se hizo a un lado para dejarlo pasar. Desde que decidió venir, ya había previsto este momento, así que no estaba sorprendido.

Pensó en llevarlo a la sala que usaba su abuelo para recibir visitas, pero él dijo que tenía que irse pronto y se sentó en el borde de la galería. Yeehyeon pensó en traerle un café instantáneo —lo único que ofrecían a las visitas—, pero lo descartó. Le abrió la puerta a su padre para decirle que esperara un momento, y luego se sentó a una distancia prudente, de dos o tres personas, en la galería.

El viento marino azotaba la lona que cubría los objetos del patio: palanganas, cubos, escobas. La lona se agitaba ferozmente. Mirando la cara noble del perro, que ni siquiera ladró ante un extraño, Yeehyeon jugueteó con las manos.

—¿Morae… está bien de salud?

—…….

—No quiero nada. Solo… quería saber si está bien.

Sintiendo su mirada cautelosa, Yeehyeon no apartó la vista del perro. Después de un largo silencio, el señor Im suspiró y encendió un cigarrillo.

—El mes pasado nació mi primera nieta.

—…….

Felicitarlo parecía absurdo en esa situación, así que Yeehyeon se limitó a seguir jugando con sus dedos.

—Normalmente… uno se da cuenta en la segunda diferenciación, cuando se manifiesta la categoría. Pero en el hospital dijeron que tenía una probabilidad bastante alta de manifestarse como alfa.

—…….

Los dedos de Yeehyeon se detuvieron. Sin querer, volvió la cabeza hacia él.

—Dicen que, aunque es muy raro, hay niños que nacen ya con ciertos indicios. No es que una alta probabilidad signifique que vaya a ser alfa con seguridad… pero tampoco puedo ignorarla.

El humo azulado del cigarrillo se arremolinó frente al rostro de Yeehyeon como un fantasma danzante. Con el ceño fruncido y las arrugas profundas marcadas, el señor Im miró el patio con una expresión pesada.

—Quiero empezar a prepararme desde ahora… por si acaso.

Era el señor Im, quien se había opuesto a la relación entre Yeehan, un beta masculino, y Morae, porque en un pueblo pesquero tan conservador una alfa mujer era tratada como un monstruoso error de la naturaleza y por eso habían ocultado su género hasta ahora. Que él buscara a Yeehyeon para contarle el secreto familiar no podía significar otra cosa: un modo indirecto de pedirle que le transmitiera a Morae que él había cambiado.

Yeehyeon observó de perfil al señor Im, que en unos pocos meses parecía haberse envejecido y agotado como si hubieran pasado años.

—No sé qué decisión tan dura tomó… pero he intentado seguirle el rastro de todas las maneras y no pude. No es una chica tan fría como para… irse así, dejando atrás a sus padres…

Su voz se fue apagando cuando volvió a llevarse el cigarrillo a los labios. En esa imagen, Yeehyeon veía superpuesta a Morae.

«¿No crees que tu padre con el tiempo acabaría perdonándote? Contigo, él siempre fue aterradoramente estricto desde que eras niña.»

Recordaba las lágrimas de Morae cuando el tío mayor le dijo aquello y ella terminó rompiendo a llorar. Había elegido por sí misma el camino hacia su propia felicidad, pero eso no significaba que negara el amor de sus padres como si fuera una adolescente caprichosa.

Todos aman a su manera. Cada uno toma decisiones basadas en esa forma particular de amar, y en ese proceso también sacrifica algo. En todo lo que Yeehyeon había visto y escuchado en el mundo real, el amor perfecto no existía.

Si era sincero consigo mismo, aún así, debía admitir que había creído, en algún lugar inconsciente de sí, que el amor de Liu era completo, sin defectos; que su amor, que incluso compensaba su pasado, no tenía fallas ni debilidades.

—Dile que me llame de vez en cuando… aunque me odie, que lo haga por su madre…

El señor Im apagó el casi consumido cigarrillo, lo frotó contra el borde del pórtico y se puso de pie. Por un instante, Yeehyeon sintió la tentación de decirle que Morae estaba bien, pero era consciente de que no debía meterse.

Apenas él se levantó, un perrito llegó corriendo dando saltitos y olfateó sus pies. El señor Im lo miró de pasada y, como si hubiese perdido demasiado tiempo, salió apresurado del patio.

El perro lo siguió hasta la puerta de entrada y luego regresó corriendo hacia Yeehyeon, mordiendo la punta de su zapato para llamar su atención. Yeehyeon se agachó para acariciar su pelaje y, al sentir por fin el frío, se frotó los brazos y volvió a la habitación.

Su padre, que estaba sentado apoyado en la pared, se levantó. Yeehyeon se apresuró a ponerse la chaqueta, abrió un cajón y sacó una bufanda gastada para envolver cuidadosamente el cuello de su padre.

—El viento corta.

Su padre, con una mirada vacía, se dio vuelta en cuanto Yeehyeon retiró las manos y salió del cuarto. Yeehyeon tomó dos paraguas —el suyo y el de su padre— y lo siguió.

El viento soplaba de todas las direcciones, pero ni eso podía detener el paso de su padre. Con indiferencia ante la resistencia del viento, subió la colina a su ritmo habitual y se sentó en el banco de siempre, recibiendo el viento frío que obligaba a entrecerrar los ojos y encoger los hombros.

Yeehyeon se sentó a su lado y miró hacia abajo, hacia el mar al pie del acantilado, en silencio. No quedaba nada por decir respecto a Liu: lo que se habló ayer fue el final.

El mar, que rugía como una bestia enloquecida mientras levantaba espuma blanca, le recordó sus ojos azules y blancos.

La empatía con la que él había sentido dolor por su pasado, y ese amor que hizo posible que Yeehyeon vislumbrara cierta posibilidad de perdonar a su propio padre… no podía creer que fueran mentira.

Y sin embargo, paradójicamente, a veces pensaba que sería menos doloroso si todo hubiese sido una mentira. La verdadera confusión venía de que él le había dado al mismo tiempo amor y traición, comprensión y silencio.

Habría querido que lloviera a cántaros de una vez, pero incluso al cruzar el centro del pueblo el cielo solo gruñía bajo y amenazante. Ya en la entrada del camino que subía a la casa del abuelo, donde comenzaban los murales toscos, sintió por fin un par de gotas en la mejilla y el puente de la nariz.

Y entonces vio un SUV blanco estacionado delante del mural de la familia de tiburones. Sus pasos se hicieron más lentos. Su padre, que normalmente nunca ajustaba su propio ritmo, aminoró para acompasar el paso.

Liu bajó del asiento del conductor.

Toda la confusión y tormento de los últimos días se desvanecieron un instante: lo primero que sintió al verlo fue alegría. Le pareció absurdo, casi ridículo, y bajó la cabeza soltando una breve risa incrédula.

La sangre llama, dicen. O el cuerpo es honesto, dicen.

Ninguna de las frases describía exactamente esta situación, pero mientras su mente y su corazón libraban una batalla, su cuerpo reaccionaba primero al verlo, y esas frases le venían a la memoria sin querer.

El pensamiento siguiente fue que él no encajaba en este lugar.

Aunque llevaba jeans, una camiseta lisa, una chaqueta simple y zapatillas, seguía viéndose llamativamente elegante aquí. Con el mal clima no había nadie alrededor, pero su aspecto extranjero y su altura bastaban para atraer la atención de cualquier habitante.

No había venido para ponerlo nervioso, sino porque tenía que hacerlo, pero sería mentira decir que nunca imaginó que él apareciera. En sus imaginaciones, Yeehyeon siempre desviaba la mirada sin decidir nada. La fantasía nunca pasaba de ahí.

Pero en la realidad podía mirarlo de frente. Verlo en un lugar por donde pasaba a diario para ir a la escuela, donde rondaba con Morae y Yeehan… era como ver a un personaje que se salió de la pantalla de una película.

Liu se acercó con pasos ni rápidos ni lentos y, levantando rígidamente las comisuras, esbozó una sonrisa torpe.

—¿Has… estado bien?

Estaba perfectamente afeitado y con el cabello ordenado, pero de cerca su rostro estaba hecho un desastre: piel áspera, ojos hundidos. Había adelgazado tanto que la línea de la mandíbula se veía más marcada.

—Han sido solo unos días, no debería decir algo así, ¿cierto? —dijo frotándose la mandíbula.

Intentaba crear una atmósfera tranquila y normal, pero no podía ocultar su nerviosismo ni su cautela.

—Pensé que quizá no ibas a venir… así que cancelé la cena de esta noche.

Sonó como una broma ligera, pero Yeehyeon no pudo reír. Ante su silencio, Liu dejó escapar un suspiro tenue, frunciendo los ojos bajo el cielo nublado.

—¿Podrías darme un poco de tu tiempo?

Yeehyeon miró a su padre.

—Entre, yo… hablo un momento y vuelvo.

Su padre miró a Liu. No surgió ninguna emoción en esa mirada.

Liu parecía debatirse entre si era correcto saludar o si resultaría inapropiado para la situación. Con una expresión complicada, dio un paso al frente y se inclinó profundamente. Nunca antes Yeehyeon lo había visto saludar así, inclinándose y no ofreciendo la mano.

—Mucho gusto. Soy Liu Weikun, Director de la galería donde pertenece Seo Yeehyeon.

Su padre lo miró sin expresión. Yeehyeon, observándolo, fue quien dio el primer paso y habló.

—Vamos.

Pero no había avanzado ni dos o tres pasos cuando sintió que le tiraban de la muñeca. Sorprendido, miró a su padre. No lo estaba jalando con fuerza, pero sí lo sujetaba.

Su padre dio un paso, acortando la distancia. Luego deshizo la bufanda que Yeehyeon le había puesto y ahora se la colocó él alrededor del cuello.

En ese instante, Yeehyeon no fue consciente ni siquiera de la presencia de Liu a su lado.

Los ojos de su padre seguían cerrados a cualquier emoción, sin pronunciar palabra. Pero había escuchado todo. Sabía quién era ese hombre de ojos azul grisáceo que había aparecido. Y probablemente… se preocupaba por las heridas que Yeehyeon podría recibir si se iba con él.

Los dedos toscos de su padre apretaron la punta de la bufanda y la soltaron. Luego tomó uno de los dos paraguas y empezó a subir por la cuesta con paso lento.

Yeehyeon lo miró hasta que él desapareció tras la esquina.

No era reconciliación ni solución. Podía ser el inicio de un conflicto aún más intenso. Pero era un conflicto que debía pasar para alcanzar la resolución, el perdón… incluso para convertir las heridas en parte de su identidad.

—Si hay algún lugar tranquilo donde podamos hablar, vamos allí —dijo Liu.

Yeehyeon lo miró despacio. Su apariencia destacaba demasiado en ese pueblo. Sería inevitable llamar la atención. Encogiéndose dentro de la bufanda, contestó con rapidez.

—Hablemos en el coche. No aquí. Vamos a otro sitio.

La lluvia, que había comenzado como gotas dispersas, ya caía a cántaros cuando llegaron a la costa. Había estado conteniéndose todo el día, y ahora caía con furia.

Liu se detuvo en los comercios frente a la playa y fue corriendo a comprar dos cafés para llevar. Luego condujo despacio por el camino lateral, hasta el punto más cercano al mar.

—Iban a surfear siempre aquí mi hyung y mi noona. Yo… me sentaba allá a verlos.

Dijo Yeehyeon, señalando la playa.

—¿Por qué nunca probaste tú?

Recordó las veces que Morae le había insistido: ¿Quieres que te enseñe?

Sonrió levemente mientras aferraba el vaso caliente.

—Sí… debí intentarlo alguna vez, con lo largo que fue ese tiempo.

Tras eso, el silencio se instaló. Yeehyeon miraba la playa; Liu, el perfil de Yeehyeon. De vez en cuando solo se llevaban el café a los labios.

No era un silencio cortante ni incómodo… pero tampoco era la comodidad cálida de antes. No estaban atrapados en emociones violentas como en Phantom, pero tampoco podían mirarse y sonreír como si nada.

—Antes de irme a Chicago… después de que me vio el doctor Choi Inwoo, las medicinas que tomé.

Liu rompió el silencio. Yeehyeon lo miró. Él observaba el vaso apoyado en sus piernas, la mandíbula tensa.

—Eran casi todas vitaminas, pero… había un inhibidor muy suave también. Por si acaso.

—El hyung Inwoo me lo dijo.

Liu lo miró enseguida. Parecía un acto automático; al darse cuenta mordió su labio, arrepentido, bajando la mirada.

Le había pedido a Yeehyeon que mantuviera el teléfono encendido, pero él nunca llamó. Yeehyeon no quería entenderlo, ni justificarlo… pero sabía por qué Liu no podía llamar. Y por eso, no lo esperó.

Al contrario, Inwoo sí llamaba por lo menos una vez al día. Yeehyeon pensaba que quizá él no respondería porque quería centrarse únicamente en los problemas de aquel lugar, pero también le resultaba difícil resistirse a la curiosidad de saber si Inwoo mencionaría algo sobre Liu.

No deseaba que Liu lo buscara ni que llamara… pero al mismo tiempo, se preguntaba cómo estaría pasando sus días. Afirmaba que no le importaba, pero su actitud contradecía sus palabras, como si lo mirara de reojo. Esa contradicción extraña le resultaba desconocida incluso para él mismo.

Inwoo se disculpó repetidas veces por aquel beso repentino, y también le dijo, avergonzado, que se lo había contado a Liu. Pero aunque Liu reaccionaba con sensibilidad cada vez que escuchaba el nombre de Inwoo, no intentó preguntar nada acerca del beso ni buscó confirmar nada.

La lluvia no daba señales de disminuir.

Era una tormenta tan intensa que Yeehyeon sentía como si estuviera de pie bajo ella sin paraguas. Ese aguacero le hizo recordar la noche en que regresaron de Hong Kong y comieron hot pot para celebrar. También era esta misma SUV la que Liu usó para llevarlo a casa. Y naturalmente, sus pensamientos siguieron hacia aquel Liu que lo abrazó en silencio cuando Yeehyeon, tras ver a su tío, lo buscó frente a su casa.

Tras un largo silencio, Liu infló el pecho y exhaló despacio. Yeehyeon interrumpió sus pensamientos y tomó un sorbo de café.

—No estoy seguro de que lo que diga ahora pueda aliviar, aunque sea un poco, tu sufrimiento. Pero… quedarme callado solo porque pienso que no tengo derecho a pedir perdón… también me pareció una pésima forma de enfrentar esto.

Yeehyeon evitó mirar su rostro a propósito. Rasgaba la superficie del vaso de papel con la uña, esperando las palabras que Liu seguramente había estado preparando, quizá sin dormir ni comer bien por el dolor.

—No pude detenerme.

—…….

—Sabía muy bien cuán grave era mi error. A diferencia de lo que piensa Choi Inwoo o Shushu, e incluso sin tener la confianza de poder hacer que tú lo entendieras… aun así no pude detenerme. Ni entonces ni ahora puedo entender por qué fui tan… estúpido e imprudente.

Tras un breve suspiro, continuó:

—Quería convertirte en omega, sí. Pero más que eso… quería ser tu alfa. Sé que suena como una excusa, pero esa es la verdad.

Liu colocó su vaso en el portavasos y apoyó la mano en el volante.

—Las reacciones sexuales violentas, los instintos cegados de protección absoluta… cosas que los betas ni pueden imaginar. Siempre me parecieron salvajes y humillantes, así que me dediqué más que nadie al entrenamiento para convertirme en Golden. Pero si eras tú quien me podía convertir en eso… entonces quería ofrecer mi cuello voluntariamente para que me pusieras esa correa.

Su voz temblaba, como si aquellas palabras fueran el resultado de haberlas depurado mil veces hasta dejar solo lo esencial, pero no era una emoción desbordada; al contrario, se contenía cada vez que sentía que algo amenazaba con mezclarse con su voz.

—Por primera vez pude alegrarme de ser un alfa capaz de un amor más profundo que el de los betas, un amor en el que conversación y emociones no bastan porque uno queda unido desde un lugar más instintivo… Pero mientras yo despertaba como alfa al aprender lo que era amar, tú sigues siendo beta. Y como beta, querías amarme como tal.

La mano de Liu, apretando con fuerza la parte superior del volante, entró en la visión de Yeehyeon. Sin darse cuenta, Yeehyeon también apretó el vaso.

—Me burlé toda mi vida de la idea de promesas eternas, pero… tal como dice Shushu, quizá yo tampoco puedo escapar de eso.

Liu soltó una risa seca y giró ligeramente hacia Yeehyeon.

—Todo lo que dije hasta ahora, lo dije en serio.

—…….

—Nadie más sabrá jamás cómo huelen mis feromonas. Solo tú puedes convertirme en alfa, solo tú haces que acepte la parte alfa de mí. Mi razón, mis sentimientos, y más allá de eso, la esencia física de ser alfa… todo eso es tuyo. Para siempre.

Eran palabras enormes, pero él no las decía como si proclamara algo grandioso. Más bien sonaba humilde, como si creyera que nada podría ser más pequeño o miserable que aquello.

Solo entonces Yeehyeon levantó la cabeza y lo miró.

—No lo digo para que me perdones… solo… te lo ofrezco. Aunque no lo aceptes… no puedo evitar dártelo.

Sus ojos ya no evitaban los de Yeehyeon. A diferencia de hace unos minutos, cuando dudaba por la imposibilidad de acercarse más a él, ahora su mirada lo enfrentaba directamente. Esos ojos azulados con un matiz ceniciento no suplicaban, pero tampoco exigían. En ese instante, Liu estaba entregado por completo al acto de expresar su amor, fuese este un amor sano o uno torcido.

Los labios de Yeehyeon se movieron apenas. Liu contuvo la respiración ante el mínimo movimiento y apretó el volante con más fuerza. Yeehyeon miró de reojo su mano y finalmente habló en voz baja.

—No dudo de lo que dijo.

Aunque él intentaba ocultarlo, Yeehyeon pudo ver cómo en los ojos de Liu temblaba un tenue destello de esperanza. Siendo consciente de lo sensible que él estaba a cada palabra, Yeehyeon aferró el vaso con ambas manos.

—Pero aparte de eso… sigo sin saber cómo debo procesar lo que nos trajo hasta aquí. Todavía estoy confundido.

Liu se inclinó ligeramente hacia adelante como si fuera a decir algo, pero enseguida mordió su labio inferior y se echó hacia atrás. Sus manos, sobre el volante, estaban cerradas ahora en un puño.

—Dijo que quería amarme también como alfa… pero yo no sé realmente qué significa estar dominado por las feromonas.

—No tienes por qué saberlo. Ni es tu obligación.

—…….

Yeehyeon negó con la cabeza.

—Claro que sí es mi obligación. Cuando no sabía que el director me estaba cambiando, yo decía que lo amaba, y creía en eso… pero aun así, no intenté conocerlo como alfa.

—Querer convertirte era un deseo de alfa, sí, pero no dije eso para pedirte que entiendas esa parte de mí que no controlo…

Yeehyeon lo interrumpió negando con más fuerza.

—No estoy hablando del changing en sí. Digo que no quise conocer al director como alfa, y por eso… no puedo decir que no tenga ninguna responsabilidad en cómo percibí lo que pasó.

Liu lo observó en silencio, luego se cubrió la cara con una mano, se volvió al frente y exhaló un suspiro ronco.

—…Ya veo.

Su voz era baja, casi apagada.

Con el cuerpo inclinado hacia el volante y mordiéndose el labio inferior, Liu miraba fijamente el mar golpeado por la lluvia. Era como si luchara por contener un torrente de emociones que amenazaban con desbordarse. Yeehyeon también.

Cuando fue a buscarlo a Phantom, lo que lo dominaba era confusión, shock y un hervidero de traición. Ahora que las emociones más violentas se habían asentado, lo que quedaba era algo más parecido a la tristeza y la compasión.

—Como eras un alfa Golden , pensé que eras casi completamente libre de tus feromonas. No lo conozco bien, pero creí que era parecido a ser beta. Solo… lo pensé así.

Como tampoco prestó atención a la parte alfa de Morae.

Yeehyeon bajó la cabeza y miró el vaso entre sus manos. La garganta se le tensó, dificultándole hablar.

—Soy beta… ¿cómo pude estimular sus feromonas, director?

Liu, que miraba hacia adelante, giró brusca y rígidamente hacia Yeehyeon.

—Inwoo hyung lo dijo, ¿no? ¿Para qué reprimes tanto tus feromonas? ¿Quieres volverte beta? Eres alguien que puede controlarlas tan a fondo… entonces, ¿por qué no pudo hacerlo conmigo, que ni siquiera soy omega, sino un beta?

Yeehyeon se arrepintió al instante de haber soltado esas palabras como si fueran reproches inútiles. Apartó la mirada hacia la ventana, sintiendo cómo le ardían los ojos. Se mordió el labio y frunció el ceño. Ojalá lo que tenía en la mano fuera alcohol y no café.

Al cabo de un largo rato sin oír ningún movimiento en el asiento del conductor, escuchó el sonido suave de Liu encendiendo un cigarrillo. El olor penetrante se expandió por el coche. Tras dos o tres caladas lentas, Liu habló con una voz agotada.

—Soy bueno bloqueando feromonas externas. Pero no las internas. El deseo hacia la persona que amo empieza dentro de mí.

—…….

—Eres la primera persona a la que he deseado así, así que no tengo una respuesta segura. Pero… puedo controlar las feromonas de otros. Lo que no sabía era cómo controlar a mi propio cuerpo para amar de una manera madura.

No podía aceptarlo. Lo que había recibido de él no eran solo comida, ropa y un nivel de vida más que holgado. Toda la empatía, los consejos, la plenitud que sintió al abrirle su pasado y ser entendido… todo eso seguía profundamente dentro de su cuerpo. Él no era, de ninguna manera, una persona inmadura.

Pero Yeehyeon ya lo sabía por experiencia: incluso las personas más maduras, a veces cometen errores inmaduros.

Su padre también, antes del accidente de su madre, era uno de los adultos más centrados y maduros que un niño como Yeehyeon podía imaginar: alguien cuyo interior no se agitaba por los estándares ajenos.

Tras una respiración lenta marcada por el humo del cigarrillo, la voz pesada de Liu continuó:

—Fui más que inmaduro. Fui repugnante y egoísta. Quizá… de las peores cosas que uno puede hacerle a la persona que ama.

No era una autocrítica para provocar compasión. Su tono era más bien el de alguien que habla de un tercero.

Mirando la taza de café que se enfriaba sin que hubiera bebido más que un par de sorbos, Yeehyeon recordó la frialdad despiadada de Inwoo, comparando el “changing” de Liu con una violación. Su juicio había sido claro: él era la víctima, y Liu, un desgraciado.

En los últimos días, había pensado una y otra vez creyendo que debía existir una respuesta correcta en alguna parte. Pero cortar a Liu o aceptarlo… ninguna de las dos cosas era completamente satisfactoria. Tampoco podía separar el “changing” como un hecho aislado, ni enterrarlo bajo todo lo demás.

—Sí. Fue egoísta, fue repugnante… y fue algo terrible.

—……

—Pero… tampoco fue todo eso.

—……

—Lo sé. Por eso… estoy así. Sin poder ir ni hacia un lado ni hacia el otro.

Era la verdad. No podía rechazarlo por completo, ni aceptarlo por completo, y ese vaivén constante era lo que lo desgastaba.

—Porque lo que cambió el director… fue mi cuerpo. Así que quien puede dictar un juicio sobre esto soy yo, que soy la parte involucrada… No es que exista una respuesta correcta en algún lugar. La decisión que yo tome es la decisión correcta…

Yeehyeon presionó sus ojos con la palma de la mano. Liu, apagando el cigarrillo a toda prisa, retiró el vaso de papel de sus manos y lo encajó en el portavasos. Se volvió hacia él, extendió la mano, pero no llegó a tocarle el hombro.

—Sí, tienes razón. Solo tú puedes dictar ese veredicto. La decisión que tomes es la correcta. Nadie puede imponerte un estándar diferente ni medir tu decisión.

Para evitar llorar, Yeehyeon frunció el rostro con fuerza. Como si no pudiera seguir viéndolo así, Liu lo atrajo rodeándole la nuca. Sus labios tocaron su sien.

—¿Recuerdas lo que dije? En Chicago. Cuando dijimos por primera vez que nos amábamos.

Era imposible olvidar el primer momento en que le dijo a alguien que lo amaba y recibió lo mismo a cambio.

—Te pedí… que pasara lo que pasara, no permitiéramos que la verdad de esas palabras fuera puesta en duda o dañada.

—……

—No me atrevo ni siquiera a hablar de perdón frente a ti… Solo quiero que sepas que te amo. Que nadie más olerá mis feromonas. Esa parte… seguiré cumpliéndola aquí, mientras estoy contigo.

Yeehyeon negó con la cabeza. Quería dejar de obligarse a endurecerse, a envenenarse a sí mismo y a él. Ser honesto le parecía, al menos por ahora, más liviano.

—No lo sé… El director me parece realmente odioso, quiero echarle en cara por qué hizo que todo llegara a esto… pero si me voy… usted… ¿cómo va a estar?

Liu se separó un poco de él y lo tomó fuerte de los hombros. Bajó la cabeza para mirarlo a los ojos. Sus ojos estaban enrojecidos, pero ya no temblaban.

—Yeehyeon.

—……

—Incluso antes de saber lo del changing, tú ya sabías que tenías que ir a París. No sacrifiques el camino que debes tomar… solo para perdonarme.

Los recuerdos de apoyarse en él, de ser consolado dentro de su amor, no habían sido corrompidos. Pero esperar de otra persona un valor que uno mismo no puede darse… no es amor. Irse no era solo por el changing.

Liu volvió a acercarlo con suavidad.

Estoy bien. Estoy realmente bien. —se lo susurró varias veces al oído.

—Seguiré amándote. Si algún día, de repente, dices que quieres verme, iré corriendo. Y si después dices que no quieres ni verme, desapareceré al instante. Aunque lo hagas una y otra vez… no me importa. Así que no renuncies a nada por mi culpa.

Yeehyeon tomó aire. Sus manos se aferraron al pecho de él.

—Pero ya… ya cambiaste demasiado por mi culpa.

La voz suave que se filtraba era la del Liu Weikun que él conocía. Pero no quería tomar solo la suavidad en él.

—París no es un lugar tan difícil de ir para mí. Lo sabes. Incluso ahora voy una o dos veces al año. Si tú estuvieras allá, ¿no podría ir una vez al mes? ¿O una vez por semana? La distancia física no significa nada.

Sabía que él no iría. Aun así, Yeehyeon mordió su labio y asintió. Cerró los dedos y apretó aún más la camisa de Liu. El sonido de la lluvia pesando como toneladas de arena sobre la carrocería era un alivio. Se sentía como si ambos estuvieran aislados del mundo entero, atrapados juntos bajo aquella lluvia.

Hasta que sus emociones se calmaron lo suficiente para que, al menos en apariencia, pudieran esconderlas, ambos permanecieron en silencio escuchando la lluvia.

Con su mejilla apoyada en el cuello de Liu, Yeehyeon lo empujó suavemente del pecho para incorporarse. El auto salió lentamente de la playa.

Ninguno de los dos dijo nada siquiera durante el camino de regreso hasta el pequeño descampado donde terminaba la cuesta. Yeehyeon tenía un paraguas, pero Liu abrió uno de los grandes que siempre llevaba en el maletero y subió la cuesta junto a él.

 Ninguno de los dos dijo nada siquiera durante el camino de regreso hasta el pequeño descampado donde terminaba la cuesta. Yeehyeon tenía un paraguas, pero Liu abrió uno de los grandes que siempre llevaba en el maletero y subió la cuesta junto a él.

Incluso frente al portón, ninguno podía apartarse fácilmente. Yeehyeon lo miró fijamente desde muy cerca, bajo el paraguas. En los días en que atravesaba ese portón a diario, jamás imaginó que alguien podría entrar tan profundamente en su vida. Era como si el presente se hubiera colado de repente en un pasado que creía muerto.

Los ojos de Liu, al mirar a Yeehyeon, estaban serenos. Su determinación por no provocar en Yeehyeon ningún temblor —no mostrar el anhelo de tocarlo, ni el deseo de retenerlo— era firme.

—Conduzca… con cuidado.

Liu asintió con una leve sonrisa, como si esas palabras fueran la felicidad más valiosa del mundo.

Cuando Yeehyeon cruzó el pequeño patio y subió al umbral, su paraguas seguía asomando por encima del portón. Entró a la habitación. Su padre, que nunca hacía eso, estaba sentado iluminando con una lámpara de escritorio uno de los dibujos de Yeehyeon. Ni fuerza para sorprenderse le quedaba; estaba exhausto en cuerpo y mente.

Las emociones que mantuvo reprimidas mientras estaba con Liu empezaron a filtrarse hacia afuera. Deslizó la espalda por la pared y se dejó caer al suelo. Y como si estuviera esperando, la vista se le nubló de inmediato.

Apoyó los brazos en las rodillas, levantó la cabeza y las lágrimas cayeron rápido sobre sus piernas. Apretó los puños, pero no pudo contener del todo los sollozos. Su padre no volvió la mirada. Y no importaba. De hecho, era mejor así.

Tal vez porque su padre sabía, por experiencia propia, que cuando uno se aleja de la persona que ama, no existe un consuelo adecuado para ese instante.

Si uno no entierra el pasado, si lo trae constantemente al presente, quizá algún día pueda renacer con otra forma y otro significado. Puede llegar un momento en que la herida se convierta en carácter. Pero ahora… ni siquiera esa esperanza podía diluir el dolor.

Quería abrir la puerta, correr hasta el portón donde quizá aún estuviera él, o no muy lejos, y abrazarlo renunciando a todo. La lluvia fue amainando muy lentamente, tras mucho tiempo.

■ ■ ■

Los dos estaban entrelazando firmemente los dedos. Sus hombros se tocaban sin dejar ningún espacio. No parecía que estuvieran hablando de nada importante, pero cada vez que uno decía algo, el otro reaccionaba con entusiasmo. Mientras metía el teléfono en el bolsillo delantero del bolso, el hombre tampoco soltó la mano que sostenía. Era mediados de octubre, pero sobre las rodillas de ambos había un sombrero veraniego de rafia.

Una pareja en el punto máximo de la felicidad. Parecían recién casados rumbo a una luna de miel en algún lugar cálido.

Tras terminar el check-in, por si los llamaban debido a algún problema con el equipaje, Yeehyeon estaba sentado en un banco cercano. Miraba sin darle importancia a la pareja sentada a apenas dos pasos de él, pero cuando ellos empezaron a susurrarse dulces palabras, desvió la mirada.

Una familia de cuatro entraba al aeropuerto empujando un carrito con las maletas; un grupo de amigos de veintipocos, charlando animados mientras bromeaban, sin importarles que la fila del check-in pareciera no avanzar; un empresario extranjero, que parecía haber llegado con el tiempo justo, apuraba el paso con el pasaporte y el billete en la mano… Observando con interés toda esa variedad de gente, Yeehyeon se inclinó y apoyó la barbilla en el muslo mientras miraba de reojo a Yuni, sentada a su lado.

Ella parecía estar un poco tensa, ensimismada en sus pensamientos, pero en cuanto notó su mirada, sonrió ampliamente. Él devolvió la sonrisa y ella estiró el brazo para revolverle el cabello.

—El director dijo que hoy… por la revisión final de la exposición conjunta, se quedaría hasta tarde en Phantom.

Probablemente ella pensaba que Yeehyeon estaba esperando a Liu. Pero él no tenía, ni remotamente, esa expectativa; incluso a sí mismo le sorprendía lo limpio que estaba de ese deseo. Aun así, sonrió débilmente y asintió.

Yuni no lo sabía, pero la noche anterior Yeehyeon había ido a Phantom para verlo.

Cuando subió al segundo piso, él estaba en el centro de la sala de exposiciones —visible apenas uno llegaba por las escaleras—, pensando en la disposición de las obras. Era el mismo lugar donde se habían conocido. Con una sensación extraña, Yeehyeon no fue hacia él de inmediato; se apoyó en la barandilla y lo observó un momento.

La primera vez, él había ido apareciendo conforme Yeehyeon subía las escaleras, y justo en ese punto donde ahora estaba parado, Yeehyeon ayudaba a Yuni y a Juhan. La impresión inicial había sido una mezcla de imponente autoridad —probablemente así debía verse un Alfa dorado— y una belleza abrumadora.

—¿Cómo conoces a la directora Han?

Eso había sido todo lo que él quiso saber de Yeehyeon entonces.

Mirándolo ahora —con las mangas de la camisa remangadas, repasando la lista de obras mientras jugaba con su ceja—, Yeehyeon no tuvo más remedio que soltar una risa silenciosa ante lo mucho que había cambiado todo.

Al verlo, Liu también esbozó una sonrisa torpe y dejó el archivo que tenía en la mano sobre el escritorio.

Tres días antes, Yeehyeon había vuelto de Donghae y se estaba quedando en el officetel de Juhan. Era la primera vez que veía a Liu desde que se habían separado frente al portón de la casa del abuelo aquel día.

—Cuando llegue allá… le avisaré.

Tras intercambiar algunas palabras sobre las obras expuestas, Yeehyeon se frotó los brazos y dijo eso. Liu, con los labios apretados, solo asintió levemente. Igual que Yeehyeon había asentido aun sabiendo que era mentira cuando él dijo que podía ir a verlo a París.

Y entonces, Yeehyeon lo besó primero. Le agarró la nuca, lo atrajo hacia sí y juntó sus labios. El pecho de Liu, al chocar con el suyo, se tensó de golpe. Cuando Yeehyeon ladeó la cabeza y frotó la mucosa del interior de sus labios, Liu por fin dejó de dudar y lo rodeó con fuerza de la cintura. Era un abrazo desesperado, como si quisiera abandonarlo todo y quedarse solo con Yeehyeon.

Con la cabeza hundida profundamente, la respiración de Liu temblaba y se deshacía contra él. Yeehyeon acarició su larga caída de cabello y, tal como Liu siempre hacía con él, succionó con fuerza su labio inferior. Bajo los párpados entrecerrados, Liu lo miró sonriendo con dolor.

Tras besarlo envuelto en un aroma que ya echaba de menos y que jamás podría olvidar, Yeehyeon salió de Phantom y vagó por las calles hasta muy entrada la noche.

—Supongo que no hay problema. ¿Entramos ya?

Pasados más de cinco minutos, Yuni se colgó la bandolera y se levantó primero. Yeehyeon, cargando la mochila, echó un vistazo más al abarrotado vestíbulo y siguió a Yuni hacia la zona de embarque.

Sentía como si él estuviera en algún lugar, observándolo detrás de unas gafas de sol asomando del bolsillo del pecho. Incluso si así fuera, no quería buscarlo ni comprobarlo. Y aunque no fuera real, para Yeehyeon no era distinto de que lo estuviera observando.

El vuelo hacia Charles de Gaulle, con escala en Shanghái y Ámsterdam, superaba con facilidad las veinticinco horas. El asiento de clase económica era estrecho y duro, pero Yeehyeon no sentía aburrimiento ni incomodidad. Con Yuni dormida apoyada sobre su hombro izquierdo, en la cabina oscura solo pensaba en una cosa.

■ ■ ■

—Acabo de dar la última vuelta por la sala. La distribución está buena.

—¿Cuántos años llevo ya administrando la galería? No digas obviedades.

Ante el cumplido de la directora Han, Liu llevó el cigarrillo a los labios después de sacudir la ceniza en el cenicero y respondió con sequedad. Viéndolo tan agotado, Han sonrió con amargura sin hacer ruido.

La víspera de la inauguración VIP, tras terminar un trabajo fuera, Han había ido a su casa con la excusa de un reporte y una reunión, aunque en realidad lo que sentía era preocupación. Tal como esperaba, Liu ni siquiera había cenado, sino que había trabajado sin parar hasta que acababa de llegar. Apenas probó la hamburguesa que Han trajo; solo comió unas pocas papas fritas.

—Como no está Yuni, mañana yo llegaré a las nueve. Tú ven tipo diez.

—Ahí está Juhan.

—¿Y cómo voy a confiar en ese mocoso? Es el primer evento grande sin Yuni; tengo que estar ahí desde el principio, supervisando todo.

Liu apagó el cigarrillo a medio consumir, se enderezó desde la postura relajada en la mesa y tomó un trago de cerveza. Han, que había visto de cerca lo que él había pasado esas semanas, no lo consoló; simplemente recogió su chaqueta y su bolso y se levantó.

—La pintura… la quitaste, ¿eh?

Liu, que iba delante, se detuvo en medio de la sala y se volvió. Ella estaba mirando el lugar sobre el sofá donde antes colgaba Aislamiento. Liu se encogió de hombros, se frotó la nuca y soltó una risa breve. Luego se giró primero y caminó hacia la entrada.

Aunque ya tenía los zapatos puestos, Han no se marchó enseguida. Dio unas palmadas suaves en el abdomen de Liu.

—¿Quieres salir a tomar algo?

—¿Me estás compadeciendo?

—¿Y si así fuera? Tu cara pide bastante compasión, sinceramente.

Liu sonrió apenas y, con las manos en los bolsillos del pantalón, apoyó un hombro en la pared del pasillo.

—Te lo agradezco, pero estoy cansado. Si quiero aguantar la celebración de mañana, tengo que ahorrar fuerzas.

Después de que Han se fuera, Liu volvió al comedor, recogió los restos de comida y metió los vasos en el fregadero. Luego apagó las luces de la cocina, del comedor y de la sala de estar, una por una.

Subió las escaleras iluminadas débilmente por la luz proveniente del segundo piso, pasó por el pasillo de paredes blancas y entró en el dormitorio, masajeándose la nuca con la cabeza inclinada hacia atrás. Cerró los ojos y dejó escapar un suspiro. La única luz que entraba era la indirecta del pasillo que llevaba al baño, pero no sintió la necesidad de encender nada más.

Con los brazos colgando, Liu miró en torno a sí como alguien al que de repente le hubieran arrebatado su tarea. Después se echó el flequillo hacia atrás y caminó hasta la nevera junto al sofá. Vertió whisky hasta la mitad del vaso sobre la bandeja y se dejó caer en el sofá antes de girar media vuelta la silla individual de respaldo alto.

Bebió el whisky sin hielo, dejándolo deslizar por el esófago, y en la oscuridad se quedó mucho rato observando un cuadro que colgaba en la pared, justo frente a la cama.

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