Capítulo 24: Abolladura

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A diferencia de la sorprendentemente simple habitación de Juhan, la de Yuni estaba tan llena de cosas que los tres apenas podían moverse al mismo tiempo. Además, el ambiente inestable propio de alguien que está por marcharse impregnaba el espacio con una sensación de desorden.

Antes de que empezara la verdadera ronda de alcohol, Yuni invitó primero a Juhan e Yeehyeon a su habitación, diciéndoles que tomaran lo que quisieran. La mayor parte del espacio estaba ocupado por ropa y libros.

Mientras Yeehyeon veía la espalda de Juhan —que revolvía concentrado el perchero de dos niveles, ya medio vacío después de una primera limpieza, escogiendo prendas que se ajustaran a su gusto—, se esforzaba también por concentrarse en la historia de Yuni.

—Dicen que haga lo que quiera. Que cuándo he necesitado su permiso para algo —dijo ella.

Sentada al borde de la cama individual, desordenada con libros, revistas y documentos impresos de todos los tamaños, Yuni sostuvo una sonrisa amarga y dio un trago a la cerveza.

—¿Y entonces? —preguntó.

Juhan, que estaba agachado revisando una caja bajo el perchero, dejó de moverse cuando por fin logró sacar con dificultad un suéter de punto. Chasqueó la lengua como si no pudiera creer lo que oía, pero Yuni simplemente se encogió de hombros mientras hojeaba sin interés una revista que tenía al alcance de la mano.

—Les dije que no estaba ahí para pedir permiso. Que me iba al extranjero a trabajar, que no sabía con certeza cuándo volvería, pero que aun así sentía que debía avisarles. Que por eso había ido.

Ella comentó que había ido a ver a su familia esa tarde. Aunque desde que se fue de casa habían tenido algunas llamadas cortas, era la primera vez que se veían en persona, y aunque él no lo mostró, Yeehyeon se había sorprendido bastante.

Sabía que hacía al menos cuatro años que ella se había ido de casa. Primero, se sorprendió al enterarse de que no los había visto ni una vez en todo ese tiempo. Luego, volvió a sorprenderse al saber que ella misma había decidido romper ese largo silencio y presentarse frente a ellos.

Entre las relaciones humanas también existe una especie de inercia: una vez que la distancia se alarga, desandar ese camino es difícil. En cambio, dejar las cosas como están y mirar desde lejos no requiere ningún esfuerzo ni resistencia. Era mucho más fácil. Y aun teniendo mil excusas para evitarlo, ella había elegido lo difícil.

—Ya te dije que lo hablaras por teléfono —refunfuñó Juhan, pensando en el daño que seguramente le causaron.

Yuni soltó una risita.

—Sea lo que sea que dijeran, hay cosas que no se le dicen a unos padres por teléfono.

Aunque hasta ahora ella les había estado contando por llamadas cosas que ellos ni preguntaban ni recibían con gusto, esta vez había decidido enfrentarse cara a cara. Si todas sus decisiones anteriores eran consecuencias secundarias de su primera elección, esta era distinta. Esta marcaba un punto de inflexión, una nueva etapa en su vida. No solo se trataba de mudarse al extranjero.

Con gesto cansado, inclinó la cabeza hacia atrás y se frotó la nuca antes de murmurar hacia el techo:

—Me dijeron que volviera a casa, que retomara la preparación para el examen de ingreso y entrara a la universidad pedagógica. Siguen diciendo lo mismo… Como si no tuvieran intención de reconocer nada de lo que he logrado sola desde que me fui. Siguen creyendo que estoy desviándome por pura rebeldía contra ellos, que sigo… que sigo siendo así por eso…

Yuni no terminó la frase. Negó ligeramente y cerró la revista con un golpe seco.

—Antes pensaba que, al menos, lo decían por mí. Tener un trabajo estable, asentarse… Según sus estándares, eso es vivir bien, y creía que eran estrictos porque querían que yo viviera bien. Pero cuando veo que siguen repitiendo lo mismo sin intentar siquiera saber cómo vivo ahora o cuál es el futuro que sueño… ya no lo sé.

Frente a la frustración de Yuni, que acababa de ser negada por las personas de quienes más quería ser reconocida tal como era, ni Yeehyeon ni Juhan pudieron atreverse a ofrecer palabras de consuelo.

—Aunque sea duro, aunque no sea estable, yo soy más feliz así… Entonces, ¿por qué insisten en que me voy a arrepentir? Por muy unidos que estemos por la sangre, por muy hermanos que sean aunque nacieran y crecieran con los mismos padres… ¿no es natural que las condiciones de felicidad sean distintas para cada persona? ¿No?

Ella estiró las piernas y empujó varias veces la espalda de Juhan buscando su aprobación. Yeehyeon apartó discretamente la mirada, sintiendo una presión interna, y tragó un sorbo de la cerveza que desde el principio no había tenido sabor. Le pareció lo único que podía hacer, como si fuera lo único que le permitía soportar su propia impotencia.

—Ni siquiera nosotros cuatro tenemos los mismos gustos con la comida. ¿Cómo vamos a tener las mismas condiciones de felicidad, algo tan complicado?

En su voz se notaba claramente el cansancio. No físico, sino el cansancio resignado de quien ha comprendido que es momento de cortar el último hilo de apego que aún mantenía tenuemente unido a algo que no podía salvar.

No obtuvo el resultado que deseaba, pero al menos no huyó del problema ni se excusó para justificar una huida. Ella misma había entrado en una situación incómoda y difícil.

La casa donde vivía su familia. La puerta que debería ser la más acogedora del mundo. Yeehyeon podía imaginar fácilmente cuánto habría vacilado ella frente a esa puerta, cuántas veces habría respirado hondo antes de tocar el timbre.

Incluso viviendo en la misma casa, a él le costaba hablarle a su padre. Se había convencido de que no tenía sentido hacerlo, que igual no recibiría respuesta, usando esa excusa para justificar su cobardía. Comparada con la agonía de hablarle y recibir silencio una y otra vez, evitarlo era muy fácil.

Pero Yuni, aun sabiendo lo que le esperaba, no dio la vuelta. Hizo lo que tenía que hacer y dijo lo que tenía que decir. Lo que viniera después ya no era su responsabilidad.

En silencio, Yuni inclinó la botella de cerveza y, como si recordara algo, apartó los labios con rapidez del vidrio.

—Ah, bueno… supongo que en eso mi familia y yo nos parecemos un poco.

—…….

—Cuando mis padres se preguntan a quién diablos salí para tener esta testarudez… esa testarudez seguramente me viene de ellos mismos.

Diciendo eso, incluso llegó a mostrar una sonrisa. Era una sonrisa levantada a la fuerza para bloquear emociones complejas, pero al mismo tiempo, habiendo decidido no esperar ya ningún tipo de comprensión de sus padres, ella parecía extrañamente más ligera. Había confirmado, por fin, que ya no quedaba ningún apego del que aferrarse. Antes de pasar a la siguiente etapa de su vida, estaba separando con claridad lo que debía dejar atrás de lo que quería conservar.

Todos avanzaban hacia algún lado impulsados por sus propias decisiones. Lo que iban a abandonar, lo que iban a cortar, incluso sus errores y arrepentimientos… parecía que cada uno escogía todo eso por sí mismo.

Solo él, Yeehyeon, se sentía como el único cobarde que nunca había chocado de frente contra nada.

¿Era esto un castigo? Por no haber querido destapar los problemas, por no haber querido escarbar ni buscar una salida… por haber retrocedido, por haber dado rodeos, por haberse quedado callado fingiendo no ver nada… por haber dependido siempre de una “paz cobarde”. ¿Era ese el precio incluso por esto—que su cuerpo, la única cosa que consideraba indudablemente suya, hubiese sido cambiado por otra persona?

Para evitar que sus pensamientos siguieran cayendo en un sentimentalismo autodestructivo, Yeehyeon bebió más cerveza. No era un momento adecuado para pensar en nada.

Yuni, que se levantó de la cama, dejó la botella vacía sobre el fregadero y sacó otra del refrigerador. Luego empujó ligeramente el hombro de Yeehyeon, que estaba apoyado contra el lavaplatos con la mirada perdida.

—¿Por qué hoy estás tan callado?

—…….

No era una pregunta que pudiera responder. “Ahora mismo mi cabeza está más desordenada que la habitación de mi noona.” “Siento que soy como una hormiga aplastada por un problema tan enorme que ni siquiera puedo abarcarlo con la vista.” No podía decirlo.

Aunque tuviera el valor para contarlo, no sabía por dónde empezar, ni cómo. Explicar un problema que ni siquiera él había logrado comprender aún era imposible.

Al encontrarse con el rostro preocupado de Yuni, Yeehyeon apretó con fuerza el labio inferior. Ella alargó la mano, despeinó suavemente la parte trasera de su cabeza y esbozó una sonrisa tenue.

—¿Qué pasa?, ¿te da pena que nos separemos?

De repente, Juhan se levantó de golpe, con los ojos brillando, y agarró con fuerza el hombro de Yeehyeon.

—Seo Yeehyeon, entonces tú dile al director. Dile que no se vayan a Nueva York.

Y recibió un manotazo en la nuca por parte de Yuni.

—Ay, ¿por qué me pegas?

—Yeehyeon, ignóralo. Él sabe que es una tontería, pero igual habla sin filtro.

Mirando cómo ellos dos discutían como siempre, Yeehyeon trató como fuera de concentrarse en este último momento que podían pasar los tres juntos.

El problema de que su cuerpo estuviera convirtiéndose en omega por culpa de Liu… se sentía tan ajeno como un chisme barato de internet. Aunque no lo sintiera real, el shock afectaba a su cuerpo y a su mente igual. Como si la carcasa que contenía su interior temblara, haciendo que todo se desprendiera, cayera, se rompiera y se mezclara… y aun así, nada de eso lograba sentirse real.

Por eso, ese problema que no podía solucionar de inmediato quería meterlo en algún rincón y centrarse en lo que tenía delante. Al fin y al cabo, ignorar y enterrar las cosas era su especialidad. Yuni se iría a París incluso si su viaje con Liu a Nueva York se cancelaba. No quería tratar a la ligera esta despedida con ella.

—Este tipo… su cabeza está completamente en otro lado, ¿verdad?

Intentó fabricar, aunque fuera, una mueca que pareciera una sonrisa hacia Juhan, que agitaba la mano frente a él, pero… fue imposible. Su especialidad no funcionaba en el momento en que más la necesitaba.

Yeehyeon se pasó la mano por la cara varias veces.

—¿Por qué? ¿Qué te pasa?

Yuni le tomó la muñeca con delicadeza para bajarle la mano mientras le preguntaba. Al ver su expresión preocupada, Yeehyeon sintió un impulso casi desesperado de contarle todo a alguien. Si podía liberar ese shock hacia otro ser, si podía repartir su peso, tal vez evitaría que su propio cuerpo y su mente se resquebrajaran por completo.

—La verdad es que… no me estoy sintiendo muy bien…

Si lo que dijo Shushu era verdad, entonces eso de “no sentirse bien” quizá no era del todo mentira, y una risa seca escapó de sus labios.

—Es cierto que no tienes buena cara. Y los labios los tienes pálidos.

Juhan, recién dándose cuenta, examinó el rostro de Yeehyeon con atención. Yuni le quitó la botella de cerveza de las manos y la dejó sobre el fregadero.

—Será mejor que vayas a casa a descansar. No eres alguien que diga que se siente mal solo porque le bajó un poco la energía.

—…….

Acariciándole el cabello, Yuni le habló con suavidad, como para tranquilizarlo.

—No es como si no fuéramos a volver a vernos. El viernes iré a la casa del director, así que nos vemos entonces.

Según el plan, él y Liu debían salir el sábado hacia Nueva York. Por eso el viernes iban a terminar temprano en Phantom y cenar todos juntos.

Pero no era la cena. El viaje a Nueva York quizá ni siquiera sucedería. En un instante, todo había sido empujado hacia una incertidumbre absoluta.

Tragándose el impulso de soltarlo todo allí mismo a modo de confesión desesperada, Yeehyeon asintió despacio. Luego tomó la mochila que aún no había deshecho, apoyada contra la pared. Le pesaba más que cuando la había preparado.

—Gracias… por el regalo.

Cuando sintió una mano apretándole suavemente el hombro, se volvió. Yuni sonreía con amargura. Se refería al recuerdo del viaje que nadie había querido llevarse la vez pasada, y que hoy él había traído.

—Yo solo la traje… el director fue quien la compró.

—Sí. Fue el director quien la dio…

Murmurando así, Yuni parecía repasar todas las oportunidades y atenciones que Liu le había dado hasta ahora. Aunque la directora Han le hubiera dicho que no era traición, era obvio que eso no le curaría el corazón de inmediato. Pero Yeehyeon estaba seguro de que Liu no les dio oportunidades para mantener a Yuni y Juhan atados a Phantom como mano de obra.

No, a estas alturas él ya no podía hablar de Liu como si realmente lo conociera. Ya no. Liu, ahora, era una figura lejana, difusa, empujada hacia el caos y lo desconocido.

Después de convencerlos durante un buen rato de que no hacía falta que lo llevaran en auto, Yeehyeon por fin pudo salir del officetel. Pensó por un momento que tal vez contactarían a Liu o que Liu podría contactarlos a ellos, pero un impulso fatalista, del tipo “que pase lo que tenga que pasar”, cortó cualquier preocupación.

No tenía ni un poco de espacio mental para restringir sus acciones pensando en quién podría preocuparse por él. Incluso sin entender bien lo que estaba pasando, una tenue rebeldía hacia Liu empezaba a surgir, empujándolo a pensar solo en sí mismo por primera vez.

El aire nocturno cercano a octubre era frío. El viento que corría entre los colosos de edificios altos hacía que cualquiera encogiera los hombros. Pero ni siquiera pensó en ponerse la chaqueta que llevaba en la mano.

Una vez se separó de Yuni y Juhan y se quedó solo, llegó el momento de enfrentar el problema. Tenía que saber qué estaba ocurriendo realmente. No era un asunto de actitud ante la vida ni de mentalidad. Era algo que estaba pasando en su cuerpo. No podía fingir que no existía.

Ha…

Sentado en el borde del macizo de flores frente al edificio, Hyeon dejó escapar un suspiro cargado de confusión y se frotó la cara con ambas manos. Restregó su rostro con tanta fuerza que le ardió la piel, luego sacó el teléfono del bolsillo del jean.

¿A quién debía llamar? No hacía falta pensarlo mucho: sus contactos no llegaban ni a diez.

Miró fijamente el nombre guardado como “Awi”, que antes había sido “Director”. Acarició la pantalla con el pulgar durante un largo rato sin saber si lo hacía para aferrarse a los recuerdos asociados a ese nombre… o porque deseaba que desaparecieran.

 ■ ■ ■

—Señor Yeehyeon.

Yeehyeon levantó la cabeza ante la voz que lo llamaba con urgencia. Inwoo venía hacia él casi a medio correr, tras haber detenido el coche junto a la acera. Yeehyeon se levantó torpemente del banco.

—Perdón… de repente…

—No, no se preocupe. De verdad que está bien.

Mirando al suelo, mordiéndose los labios y jugando con la correa del bolso, Yeehyeon no dijo nada más. E Inwoo no lo presionó. Tampoco hizo sus bromas tontas de siempre. El hecho de que Yeehyeon le hubiera escrito de improviso preguntando si podía quedarse a dormir ya era un comportamiento completamente alejado de lo que él solía hacer. Con eso solo, Inwoo habría intuido que algo no estaba bien.

Sin levantar la vista de sus propios pies, Yeehyeon apretó más fuerte la correa del bolso.

—Perdón de verdad, es que hoy… ahora mismo no tengo adónde ir… No es que no quiera estar con mi hyung y mi noona… es que ahora mismo tengo la cabeza demasiado hecha un lío…

—Señor Yeehyeon, no hace falta que me explique nada. Vamos.

Inwoo puso suavemente su mano sobre el hombro de Yeehyeon, interrumpiendo su torpe intento de justificarse.

—……

Pero los pies de Yeehyeon no quisieron seguir la ligera presión que lo guiaba hacia el coche. Se quedó donde estaba. Inwoo suspiró apenas al tomar en sus manos la pequeña bolsa de compras que él llevaba.

—No se lo voy a contar a Weikun…

Solo entonces Yeehyeon levantó lentamente la cabeza y lo miró a los ojos; esta vez sí dejó que lo guiara hacia el coche.

Durante el trayecto, Inwoo le echó varias miradas furtivas desde el asiento del conductor, pero no preguntó nada. Y aunque Yeehyeon sentía su mirada, fingió no darse cuenta y se quedó mirando sin ver el paisaje tras la ventana, mordiéndose los labios resecos. Ojalá pudiera escapar muy lejos, a un sitio donde no tuviera que explicar nada a nadie, ni enfrentar ningún problema… Una idea tan típicamente suya que solo le provocó una risa amarga.

Tal como Inwoo había comentado una vez en la fiesta de Phantom, desde la sala de su apartamento en el piso 32, la vista nocturna de Seúl se extendía bajo los pies como un tapiz inmenso de luces. Yeehyeon pensó que era un panorama muy distinto al de la terraza o el segundo piso de la casa de Liu. Pero enseguida rechazó incluso esa mínima conexión en sus pensamientos; no quería recordar absolutamente nada que tuviera que ver con él. Así que se acercó al ventanal y soltó comentarios exagerados sobre lo impresionante que era la vista.

—Me alegra que te guste… pero deja la mochila ya. ¿Llevas oro ahí o qué?

Inwoo salió de la cocina con dos vasos, riendo al atrapar la mirada de Yeehyeon reflejada en el vidrio. Él sonrió incómodo y se bajó la mochila del hombro para recibir el vaso que Inwoo le ofrecía. El del mayor contenía whisky con hielo. El de Yeehyeon, leche tibia. Igual que aquella noche lluviosa de verano, cuando su tío apareció y Liu lo dejó temblando en la bañera para darle un vaso igual.

—Hyung… si no le molesta, yo también…

—Ah… ahora no tengo cerveza en casa…

—También puedo tomar whisky.

Al decirlo, Yeehyeon se dio cuenta de que estaba actuando como un niño obstinado que presume de poder hacer lo mismo que los adultos, solo para quedar aún más en evidencia. Inwoo rió y lo despeinó antes de volver a la cocina con el vaso de leche. De inmediato se arrepintió de haber hablado así, pero no fue capaz de llamarlo para retractarse.

Él mismo estaba desconcertado por cómo se comportaba. Sus palabras y acciones se escapaban por huecos inesperados, fuera de su control, como el juego de golpear topos con un martillo. Solo que él no tenía ningún ánimo de levantar el martillo para atraparlos.

Al pasarse una mano por la cara, Yeehyeon giró la cabeza y se quedó mirando el rincón donde las dos paredes de ventanales se unían. Allí había un caballete, pinceles y materiales esparcidos por el suelo.

La pintura sobre el lienzo estaba a medio terminar. Era un estilo mucho más directo y atrevido que el habitual de Inwoo, que solía mezclar colores cálidos y un trazo de cómic alegre con un toque ligeramente siniestro.

Esta obra tenía algo distinto: era más cruda, más honesta, más llena de historia. No había ni rastro del humor con el que normalmente diluía el peso de las cosas. Como si ya estuviera cansado de esconderse. En la tela, el cuerpo desnudo de un hombre se retorcía con una desesperación que atrapaba la mirada.

—Señor Yeehyeon, venga por aquí.

Inwoo lo llamó desde el enorme comedor, levantando su vaso. Era una mesa tan larga que cabían diez personas sin problema.

—¿Estaba… trabajando en el cuadro?

—Yo puedo dibujar aunque alguien me esté mirando, pero pensar que usted lo ve… me da vergüenza, fíjese.

—No sabía que pintaba en casa.

—No soy alguien que viva de esto como para tener un estudio propio. Ya sabe… como “cierto alguien”.

Dejó la bandeja con los vasos sobre la mesa y le lanzó una mirada pícara. Sabía perfectamente a quién se refería, pero Yeehyeon solo le devolvió una sonrisa muy leve. Recibió el vaso con whisky mientras se sentaba frente a él.

—Siento que su estilo ha cambiado un poco.

—En serio que es usted un adivino del arte. Como decía ese alguien.

Parecía que mencionaba a propósito a Liu una y otra vez. Esta vez Yeehyeon no pudo acompañarlo en su risa. Miró hacia abajo y acarició el vaso antes de beber un sorbo de whisky como si fuera café caliente.

—Supongo que el señor Yeehyeon es sincero al menos cuando está frente a un cuadro, así que por eso reconoce tan bien la sinceridad que el artista, consciente o inconscientemente, haya dejado impregnada en él. Es cierto que, igual que pasa con la literatura o la música, cuanto más se estudia pintura, más cosas se ven y más se amplía el rango o la profundidad de la interpretación, pero… —Inwoo habló— la limitación de ver una obra solo como un objeto de análisis académico no se resuelve únicamente estudiando mucho. Al menos, eso es lo que yo creo.

Alzó la vista y miró a Inwoo. Él, reclinado de manera relajada en la silla, con el cuerpo sin tensión, se rascaba la nuca y sonreía, algo avergonzado por lo seria que había sonado su larga explicación. Tal vez su cambio no se limitaba a la pintura.

Todos estaban avanzando hacia algún lugar. Mientras Yeehyeon, temeroso del cambio, permanecía rígido tal como había quedado torcido por sus pensamientos y heridas, quienes habían elegido un camino distinto al suyo absorbían, como si fuera alimento, incluso los impactos y las transformaciones que sufrían.

Para ellos, las heridas eran individualidad. Tal como decía Liu…

Pero no había forma de que una herida se convirtiera en individualidad sin pagar un precio. Ese brillo solo era concedido a quienes se enfrentaban a su dolor por sí mismos y atravesaban ese tiempo sin ninguna rebaja, con todo el cuerpo.

Yeehyeon se mordió el labio inferior con fuerza, y el sabor del alcohol quedó en sus labios.

—Agradezco que lo piense así, pero…

La aspereza del whisky que Liu solía beber le recordó a sus besos. Incluso esa misma mañana, antes de que él saliera, se habían besado profundamente, pero ahora ese recuerdo se sentía lejano y difuso, como una memoria de otra vida.

Apretó los dientes alrededor de sus labios y de la copa que sostenía, y clavó la mirada en los cubos de hielo dentro del vaso.

—No creo… que alguien que renunció por sí mismo a pintar pueda llamarse sincero frente a un cuadro.

—Pero ahora está dibujando otra vez. Es que no pudo dejarlo por completo. Eso es lo importante —respondió Inwoo.

Apenas Inwoo terminó de hablar, Yeehyeon vació sin piedad todo el alcohol que quedaba en su copa, juzgándose con una frialdad despiadada.

—Gracias a alguien… pude volver a hacerlo. Gracias a la ayuda de otra persona.

Sentía que, aunque doblara mil esquinas y corriera con todas sus fuerzas, siempre acabaría regresando al punto de partida en un laberinto sin salida. No podía evitar que la conversación terminara llegando a Liu, así que esbozó una sonrisa amarga y se levantó del asiento. Fue hacia el sofá, tomó la bolsa de compras y la dejó sobre la mesa, empujándosela un poco a Inwoo.

—Esto…

Los ojos de Inwoo se agrandaron ligeramente, preguntando sin palabras qué era.

—Es un tumbler de Starbucks City. Este lo compré en Chicago, y este… en Boston…

Mientras sacaba uno por uno los dos tumblers y los explicaba, las manos y la voz de Yeehyeon empezaron a ralentizarse. Se rió por lo bajo y se frotó la cara.

—Debí haberlos envuelto o algo. Soy terrible para esas cosas…

—Si los eligió usted, entonces tiene buen gusto. Para ser de Starbucks City, estos están bastante bonitos. No pensé que también me traería uno de Boston. Seguro tuvieron poco tiempo para… disfrutar juntos. Gracias. La verdad… pensé que no se acordaría, así que no esperaba nada —dijo Inwoo, sosteniendo el tumbler naranja de Boston y girándolo como si lo apreciara, con una sonrisa tenue.

En Boston, cuando él le dijo a Liu que quería pasar un momento por Starbucks para comprar un tumbler como regalo para Inwoo… El ceño fruncido de Liu, mostrando celos; su tono caprichoso, casi infantil; sus brazos rodeando a Yeehyeon por detrás mientras elegía el tumbler, tirando suavemente de su cintura… Todo eso revivió con solo ver ese pequeño objeto sobre la mesa.

Pero incluso esos recuerdos, como el beso de esa mañana, se sentían distantes, como una experiencia indirecta vivida a través de un personaje ficticio de una película o novela, sin verdadero contacto, rondando solo los bordes de sus sentidos.

Por la manera en que Inwoo redujo un segundo la velocidad al decir “disfrutar juntos”, Yeehyeon pudo notarlo. Inwoo ya se había dado cuenta de que la repentina llamada de hoy tenía que ver con Liu.

Era lógico. Si se quitaba a Liu de la vida de Yeehyeon en esos días, ¿qué quedaba? No era una deducción compleja, sino un problema demasiado sencillo.

Ahora que estaba forzado a detenerse, al mirar atrás se daba cuenta de que no solo su día a día, sino también todas las decisiones relacionadas con la estructura misma de su vida estaban vinculadas a Liu.

Que la influencia de alguien determinara tu vida por completo.

Que según él estuviera o no, absolutamente todo —desde lo más cercano como el comer y el dormir, hasta lo más distante como la dirección de la vida—, literalmente todo, cambiara.

¿Podía llamar a eso amor, así con la frente en alto? ¿No era más bien dependencia, entrega?

Después de perder a su madre, su padre se apartó del mundo por completo, llamando a eso amor. ¿No estaba él repitiendo el tipo de amor que más temía? Una nueva clase de terror, como la vibración casi imperceptible que siente alguien en la orilla cuando un tsunami nace en alta mar, se instaló en su pecho. Se esforzó por disiparla tragando otro sorbo de alcohol.

—Cuando estuve en Boston, cerca de la casa de Ellen y Marcus había una cafetería Starbucks increíble. Era una franquicia, pero tenía el aire de un café local, con carácter y tradición… Ah, ¿también los conoce, verdad? Seguro que sí. Usted ha sido amigo del director desde hace mucho… Son gente maravillosa, y cuando fui…

—Yeehyeon.

Inwoo, que estaba recostado en el respaldo, se inclinó hacia adelante y dejó caer una mano grande sobre la mesa, deteniendo la verborrea nada habitual.

—No voy a preguntarle nada, así que no tiene que forzarse a hablar. Aunque… si quiere contarme algo, siempre voy a escucharlo.

La mirada de Yeehyeon, que estaba fija en Inwoo, cayó lentamente hacia la mesa.

Desde que seleccionó su nombre en la lista de contactos, en realidad había querido pedirle ayuda. Pretendía repartir el impacto con él. Pero, conforme iba confirmando la verdad, era evidente que eso solo lo dañaría más… y por miedo a convertirlo en un hecho irreversible, simplemente lo había estado retrasando.

Con los labios humedecidos por un whisky demasiado fuerte, todavía sin diluir lo suficiente como para dejar de arder, abrió la boca como hipnotizado, sin mirar a Inwoo sino a la copa.

—Hoy… el artista Shushu vino a casa.

—……

—Creo que vino porque quería decirle algo al director, pero su agenda está llena hasta el viernes, así que hoy también salió. Como me sobraba tiempo antes de ir a ver a mi noona y a mi hyung, esperé con él y…

Al poner en palabras lo que Shushu le había contado, sintió que era como decir que había visto a un extraterrestre, o que había hablado con un juguete. Absurdo. Ridículo. Un niño contando una fantasía.

Para él, que había vivido consciente solo de un mundo de betas, sin relación con alfas ni omegas, aquello de “la habilidad del Ghost capaz de convertir a un beta en omega” era menos creíble que hablar con un muñeco: una leyenda, un rumor sin sentido.

Yeehyeon se frotó el rostro con la mano libre como queriendo borrarse, y luego apoyó la barbilla en la mesa.

—¿Usted… lo sabía?

Como no sabía cómo continuar, cambió la dirección de la conversación lanzando la pregunta hacia Inwoo. Con la cabeza pesada y los ojos bajos, parecía agotado.

—Phantom, Ghost… ¿el motivo por el que el director está obsesionado con esas palabras?

—……

La mandíbula de Inwoo se tensó, pero sus ojos temblaron, inseguros. Al ver eso, los ojos de Yeehyeon se entrecerraron. Un presentimiento siniestro, frío y abrumador, lo recorrió de pies a cabeza. Como si un látigo lo golpeara sin piedad, su respiración se quebró de inmediato. La boca se le secó; aunque tragó saliva y pasó la lengua por los labios, era como si tuviera arena en la boca.

Le había preguntado si lo sabía, pero la pregunta no era más que una forma. Nunca imaginó recibir una reacción que significara “sí”.

—Entonces… ¿lo sabía? ¿También… eso?

La mano que sostenía la copa, igual que sus labios al pronunciar aquellas palabras, temblaban sin control.

Incapaz de decirlo él mismo en voz alta, abrió los labios para hablar… pero terminó cerrándolos con fuerza, apartando la mirada con una expresión amarga. Eso, esa reacción, era la respuesta.

—Iba sabiendo algo, ¿no?

No fue un acto calculado. Solo no podía soportarlo. Para respirar, para seguir vivo, Yeehyeon se levantó de golpe.

El lugar al que huyó para recomponerse… también resultó ser territorio enemigo. ¿Cómo no se había dado cuenta? Parecía que por todas partes había gente que conocía el secreto de Liu. La amenaza y el peligro estaban a un paso. Detrás de las sonrisas amables y tiernas.

Había aprendido, con el accidente de su madre, que la vida podía romperse tan fácil como cristal. Creía estar lo suficientemente alerta… Pero cuando la vida decide torcerse, no existe preparación que alcance.

Sin pensar en su abrigo ni su bolso, sin ningún plan más que sobrevivir, Yeehyeon se alejó de la mesa y caminó con pasos rápidos y torpes hacia la entrada.

—Yeehyeon, ¡Yeehyeon!

A mitad del pasillo, camino a la puerta, Inwoo le agarró el brazo con fuerza. Su cuerpo giró bruscamente, y la expresión desesperada de Inwoo no le movió el corazón. No quería ablandarse. Quería endurecerse, ser cruel. Sin levantar la mirada, Yeehyeon empujó con la mano el abdomen de Inwoo.

—Sé que suena a excusa, pero yo también lo supe hace poco. Yeehyeon, por favor… escúchame. Sé que ahora mismo no quieres ver ni al director ni a mí… pero si de verdad me rechazas, me voy. Solo… no salgas así. ¿A dónde vas a ir ahora?

El apretón de Inwoo era tan fuerte que el brazo le dolía, pero Yeehyeon ya no sentía dolor.

Cuando Shushu le contó que Liu estaba usando su habilidad especial para convertir su cuerpo en el de un omega, aquello solo le había provocado un shock instintivo, pero no real. Sin embargo, ver la reacción de Inwoo convirtió ese rumor absurdo en una realidad aterradora que estaba ocurriendo en su propio cuerpo.

De lo que Yeehyeon intentaba huir no era de Inwoo, sino de esa realidad. Como alguien espantando insectos con alas, Yeehyeon negó con la cabeza.

—No… sé que no es culpa tuya. No es tu culpa. Pero ahora mismo lo que sé con la cabeza no me sirve… mi cabeza dejó de funcionar y el cuerpo va por su cuenta… No puedo controlarlo. Yo también quiero… reaccionar con calma, pero… mi cuerpo…

—No te castigues. ¿Quién podría estar tranquilo en una situación así? Lo raro sería estarlo.

—Ya no sé qué es raro y qué es normal… No sé cómo… cómo debo tomar esto… al director… todo esto… ¿cómo… se supone que debo aceptarlo?

Al levantar la mirada hacia Inwoo, Yeehyeon parecía un chico asustado en medio del caos, sin rastro de la estabilidad que solía tener. Sosteniendo el brazo de Inwoo, lo agitó con desesperación.

—Esto… ¿qué es, hyung? ¿Qué demonios es esto?

—……

Como un camión que se estrella contra un taxi detenido en un semáforo.

Sin aviso, destruyendo todo lo cotidiano, torciendo el rumbo, arruinando los planes… La sensación cálida y familiar del cuerpo de alguien que había dejado entrar en su vida, convertida de pronto en un horror desconocido.

Jamás imaginó vivir un impacto así… dos veces en la vida.

Inwoo, apretando fuerte los brazos de Yeehyeon, lo atrajo hacia él. Lo rodeó por los hombros, apretándolo contra su pecho sin contener la fuerza.

—No tienes que entenderlo ni intentar aceptarlo. Tú no has hecho nada malo.

—Entonces… ¿qué hago? ¿Qué se supone que haga?

—……

—¿Critico, culpo, exijo responsabilidades…? ¿Es eso lo que tengo que hacer?

—Si eso es lo que quieres hacer… entonces hazlo.

Sentir que la otra persona tenía los hombros un poco más bajos que los de Liu hacía extraño el contacto, distinto a cuando lo abrazaba a él. El calor del pecho que tocaba el suyo, la sensación de las mejillas y las sienes rozándose… el hecho de que no fuera él lo hacía encogerse.

Pero ya ni siquiera en los abrazos de Liu podía sentir la cercanía y tranquilidad de antes. Probablemente. Y él se estaba dando cuenta de eso en los brazos de otra persona.

Lo empujó despacio en el pecho para apartarlo. Los brazos de Inwoo, que un instante antes lo apretaban como si jamás fueran a dejarlo ir, se aflojaron con una facilidad absurda, como si la presión anterior hubiera sido mentira.

Apenas consiguió estabilizar sus pasos tambaleantes y retrocedió hasta dejarse caer contra la pared detrás de él. Para conservar aunque fuera un mínimo de calma, se frotó la cara con ambas manos y forzó su voz a sonar más baja y serena.

—¿Y después qué? Después de desahogar todos sus sentimientos así… ¿se supone que debe volver a antes como si nada hubiera pasado? ¿O…?

¿O… es algo que jamás debería perdonar?

Se mordió los labios con tanta fuerza que se le quedaron blancos, y tragó las palabras que estaba a punto de decir. Por ahora, la versión de Liu que él creía verdadera —sus palabras sinceras, su empatía, su consuelo— seguía pareciendo más real que el horror que había provocado en su cuerpo. Esa acumulación de recuerdos todavía intentaba defenderlo.

—Lo siento… De verdad, no sé siquiera cómo debería disculparme… No, ya ni siquiera se trata de una disculpa. Independientemente de cuándo me enteré, guardar silencio me hace igual de loco que él…

Negó con la cabeza, cortando las palabras de Inwoo. Tenía razón: ya no se trataba de pedir perdón. Y tampoco era eso lo que él necesitaba para calmarse.

Se mordió el labio inferior y murmuró:

—Quiero pensar… quiero decir que no es algo por lo que tengas que disculparte, pero no lo sé…

—Ni yo, que soy un alfa, puedo entenderlo —respondió Inwoo—. Tú, que has sido beta toda tu vida… no hace falta ni decirlo. Aun así, estuve callado porque estuve de acuerdo con esa excusa suya, eso de que él mismo tenía que decirlo para que el impacto fuera menor… pero si le daba tanto miedo que te afectara, entonces nunca debió hacer algo así desde un principio. Y aceptar ese absurdo y quedarme callado tampoco me libra de responsabilidad.

La voz de Inwoo empezaba a subir de tono, agitada. Se apoyó en la pared frente a él, despeinándose el cabello perfectamente fijado con cera. Abría y cerraba el puño como si se preparara para sacarse sangre, mirándose el antebrazo descubierto bajo la sudadera arremangada, con ojos llenos de furia.

—“Las feromonas me dominaron”. “Mis instintos de alfa, que jamás me habían controlado, tomaron las riendas”… ¿Y esa es la excusa del gran y casi perfecto “golden alfa”? ¿Que no pudo resistir las feromonas? Si realmente no podía controlarse al verlo… al tocarlo… si no podía controlarse estando a su lado… entonces tendría que haberse alejado de ti desde el principio.

—Lo observó cada día, deseándolo… y aun así dice que no tuvo ninguna intención de violarlo. Es prácticamente lo mismo que justificarlo.

El tono de Inwoo era bajo, casi un susurro, pero cada palabra estaba helada como metal, como si no hubiera espacio para dudar de su conclusión.

—……

La palabra “violación” hizo que la temperatura bajara varios grados, tanto en la habitación como dentro de él. Su cuerpo se tensó de golpe y miró fijamente a Inwoo. Pero este, ebrio de rabia hacia Liu, ni siquiera se daba cuenta de su reacción.

En sentido estricto, en el acto sexual en sí no hubo fuerza ni coerción. Pero él no había sido informado de la transformación física que ese acto podía desencadenar. No era violación en el sentido tradicional, pero aun sintiendo rechazo por la comparación, no podía defender a Liu alegando que era una exageración injusta.

¿De verdad fue así?

¿Le hizo algo… tan repugnante como una violación?

La gravedad de aquella palabra agitó su mente y derramó agua fría sobre todos los pensamientos que flotaban en ella. Tenía que enfriarse. Para ver la verdad sin distorsión después de la confusión del momento, debía hundirse en esa frialdad. Pero no era fácil.

—¿Cómo… puede un beta convertirse en omega? ¿De qué manera…?

Su voz seguía temblando. La mirada de Inwoo, cargada de culpa, se posó en la suya con extremo cuidado.

—Es por el “nudo”… el notting…

—……

—El notting normal no afecta a un beta, pero… los Ghost pueden hacer un notting especial. Provocan una reacción química inexplicable. Si un beta recibe ese notting repetidamente, empieza a transformarse en omega. Eso se llama… changing. Eso fue lo que escuché.

Shushu nunca le había explicado nada tan detallado. Lo único que sabía era que Liu era un golden alfa, un “ghost” capaz de convertir a un beta en omega, y que cada vez que intentaba transformar a alguien, sus ojos se volvían turbios, casi fantasmales, durante unas horas. Y ya.

Se abrazó con fuerza para contener el temblor de su cuerpo.

—Entonces… en cada uno de esos nottings…

Una risa vacía se le escapó. El sexo que él consideraba la conexión más íntima entre ellos… había sido el instrumento con el que Liu lo engañó de la forma más absoluta.

Negó con la cabeza, incrédulo, mientras Inwoo lo sujetaba de nuevo por los hombros con firmeza.

—Mañana iremos al hospital. Podemos comprobar cuánto ha avanzado, si deteniéndolo ahora es posible que vivas como un beta… Lo gestionaremos como una revisión VIP y yo mismo te atenderé.

Él lo miró. Sus ojos estaban desenfocados, como si ya no importara nada. Inwoo aflojó el agarre y le acarició los hombros con toda la suavidad que pudo, como si fuera un animalito indefenso ante la violencia del mundo.

—Claro, si no estás preparado, no tenemos que hacerlo de inmediato.

—¿Cuánto tardarán los resultados?

—Con una ecografía podemos saber bastante al momento.

—Por el desarrollo del… útero, ¿verdad?

—……

La palabra “útero” le resultó tan ajena, tan extraña, tan fuera de lugar como le había parecido “violación”. Le ralentizó la voz. Al ver a Inwoo apartar la mirada con los labios tensos, dejó escapar un suspiro débil.

Yeehyeon recordó cómo Liu le pidió quedarse con él hasta la mañana sin tener sexo. Luego recordó que él mismo le preguntó si no podían dormir juntos después de hacerlo… y soltó una risa amarga. Claro, eso habría sido imposible para Liu…

¿Qué cara puso en aquel momento?

¿Lástima? ¿Culpa? ¿Conflicto? ¿Lágrimas contenidas?

Fuera lo que fuera, ya no quería bloquear sus propios sentimientos para tratar de descifrar los de Liu.

Respiró hondo y se mordió el labio con fuerza.

La primera penetración y el primer notting en Hong Kong… cuando Liu se desesperó y casi raspó su piel intentando limpiarle el semen… ahora entendía, aunque fuera vagamente, por qué lo había hecho. Por qué se disculpó tantas veces. Por qué lo llamó “limpieza innecesaria”. Intentaba remediar lo irremediable.

「Lo deseo. Hazlo. Quiero que lo hagas. Hazme el notting… otra vez.」

Las súplicas obscenas que él mismo había pronunciado, rogándole que volviera a anudarlo, seguían vivas en su memoria. Soltó los brazos que cruzaban sus propios hombros y se restregó la cara con fuerza, casi como si quisiera deformarla. Le costaba controlar la respiración, que volvía a acelerarse abruptamente. Hubiera preferido desmayarse como la primera vez que enfrentó <Aislamiento> en la sala de estar de Liu… pero su cuerpo exigía presenciar cada segundo de ese doloroso proceso.

Todo el tiempo que había pasado con Liu ahora se veía distinto. Era como si se hubiera convertido en otra persona: un hombre liberado de toda norma y moralidad, sintiendo incluso una especie grandilocuente de libertad durante el sexo. Y aun después, cuando lo recordaba y se ponía rojo solo, se sorprendía de lo mucho que podía sentirse más cercano a alguien después de soltar palabras tan descaradas, como si mostrarse al desnudo le diera alivio, como si ambos se hubieran visto hasta el fondo y entendido.

Todo había sido una ilusión.

Para Liu, el sexo con él no era solo sexo. Era un acto con otro propósito. O al menos, con un propósito añadido.

—Fui yo…

—……

—Yo se lo pedí… Yo le pedí que me anudara, que lo quería… una y otra vez…

—¡No! No es así. ¡No fue tu culpa!

Inwoo lo sacudió por los hombros y gritó, su voz vibrando. Aunque sus palabras no significaban que él creyera que era culpable, ni siquiera tuvo la fuerza de corregir su malentendido.

—Liu Weikun es un desgraciado. Tú no sabías nada. No tienes ni una sola razón para culparte.

—……

Se sentía como si estuviera empapado bajo la lluvia, igual que aquel día en que vino su tío. Estúpidamente, extrañó el calor de Liu, el hombre que lo abrazó primero sin preguntar nada cuando saltó del coche ese día… aunque ahora fuera él quien lo había arrojado a este frío. Anhelar su calor… qué patético.

Al pensar que su amor no era más que dependencia y delegación emocional, los ojos se le llenaron de humedad. Antes de darle espacio a las emociones, levantó la mano para limpiarse de inmediato, pero justo entonces Inwoo inclinó la cabeza profundamente hacia él.

—……

No le metió la lengua, pero fue un beso profundo, suficiente para que sus labios se hundieran uno en el otro. Él se quedó rígido, parpadeando dos o tres veces con lentitud, mientras Inwoo ajustaba el ángulo y rozaba suavemente la mucosa interna antes de separarse lentamente.

—…… ¿Qué fue eso?

Con el cuerpo rígido, como si alguien lo apuntara con una pistola en la espalda, sin mover ni un músculo, solo movió los labios al hablar. Inwoo retiró las manos que tenía sobre sus hombros, levantó las palmas como si se rindiera y se frotó la nuca, mostrando una sonrisa torpe.

—Pensé que… si recibías otro tipo de impacto… quizá el shock del changing desapareciera aunque fuera un momento.

Intentaba fingir ligereza, como si se tratara de una broma de mal gusto, pero sus ojos temblaban inestables y sus labios temblaban. Bajo la mirada de él, que exigía una respuesta real, finalmente abandonó ese acto. Exhaló un aire pesado, y lo miró con unos ojos arañados por algo afilado.

—No puedo seguir viéndote así.

—……

—Sé que para ti yo también soy otro hijo de perra involucrado en todo esto. Pero al menos yo no fui quien cambió tu cuerpo. Me hice a un lado porque pensé que ese cabrón realmente te quería y te cuidaba. Si no hubiera sido por eso…

—¿Y qué sentido tiene ese supuesto?

Para él, ese beso y esa suposición no significaban absolutamente nada. Su voz no era ni fría ni cálida; estaba vacía.

—Sé que tú también estás afectado por todo esto, hyung.

Justo cuando intentó cerrar el tema, Inwoo avanzó un paso con el ceño fruncido.

—No lo finjas. Tú también lo recuerdas: yo fui el primero en mostrarte interés.

—Sí, lo recuerdo. Y también sé que, aunque no hubiera sido yo quien estuviera allí, igual habrías actuado igual.

—……

Aquel Inwoo que coqueteaba al final de cada frase, como si quisiera invitarlo a una cita o acostarse con él, siempre le pareció un mujeriego habitual sin ninguna sinceridad. Como nunca cruzó una línea más seria, simplemente lo ignoró.

Incluso si detrás de esa actitud ligera hubiera existido la posibilidad de algo más profundo… mencionarlo ahora no tenía sentido.

Si su padre hubiera reaccionado distinto, si su madre no hubiera tenido aquel accidente, si hubieran cambiado de restaurante, si el camionero hubiera revisado su vehículo ese día… ¿qué sentido tenían esos escenarios hipotéticos?

—Hyung… estás confundido. Fue solo un error. Pensaré en eso, ¿sí? —dijo con voz cansada, intentando dejar el tema ahí.

Pero Inwoo lo miró como si lo estuviera traicionando.

—Ni siquiera te confundo yo, ¿no?

—.....

—Conmigo puedes estar tranquilo así, ¿verdad?

Él no podía manejar que Inwoo intentara arrojarle otro problema encima justo ahora. Fuera sincero o no, ya no podía soportar ni el peso de una pluma.

—Voy a… dormir en otro sitio hoy.

Intentó darse la vuelta hacia la entrada sin chaqueta, sin bolso, sin nada. Entonces Inwoo lo sujetó del hombro y lo giró con fuerza, sin suavidad esta vez.

—No hace falta. Como tú dijiste, no fue más que un impulso sin significado.

—.....

—Pero.

—.....

—Parece que incluso los errores tienen su momento.

Lo empujó suavemente hacia la sala, apretándole el hombro con una fuerza dolorosa, mientras ladeaba la cabeza.

—Quizá… vivir siendo un cobarde que sonríe por fuera y no intenta nada… sea peor que cometer un error enorme que te pueda costar la vida.

Con una voz amarga, Inwoo murmuró detrás de él. Él se detuvo y lo miró sobre el hombro; Inwoo le masajeó el hombro un par de veces, como animándolo, y sonrió con esa ligereza habitual.

—¿Quién es? No te había visto. ¿Nuevo novio?

La imagen de ese Inwoo se superpuso a cuando se vieron por primera vez frente a Phantom, frente al coche de Liu. Pero era como un juego de diferencias: la imagen era la misma… pero algo en ella estaba desplazado.

Inwoo le empujó suavemente la mejilla con la mano para que dejara de mirarlo.

—Al menos así… algo pasará.

La voz que llegó desde su espalda ya no estaba sonriendo.

 ■ ■ ■

Entre los muchos libros que Morae tenía en su colección, había un ejemplar escrito por el filósofo francés Jacques Derrida.

Solía tomar prestados varios libros de ella sin importar el género ni el contenido, y los leía para matar el tiempo (en ese entonces, por muy buenas que fueran, para mí no eran más que herramientas para dejar que las horas pasaran). Ahora, ya no recordaba con claridad el proceso que me llevó a elegir precisamente aquel libro, áspero en su edición y plagado de malas traducciones.

Como me dedicaba a llenar un sobre de tiempo con letras impresas hasta colmarlo y luego desecharlo, para abrir otro y volver a empujarlas dentro una y otra vez, de manera casi mecánica, la elegancia de las frases o la legibilidad no eran un problema para mí en aquella época.

Aun dentro de esa traducción tan poco amable, tan torpe que me obligaba a leer en mi propio idioma como si fuera un francés difícil, había una frase que podía llevarme a mi propia vida.

"Quien da un regalo no debe esperar recibir un valor equivalente, ni aspirar a quedar en la memoria del otro. Tampoco debe dejarlo en su propia conciencia como símbolo de un sacrificio hecho por la otra persona."

Entonces, al leer esa frase, pensé en Morae y en Yeehan.

Por fuera, yo comía bien, dormía bien, iba a la escuela, cumplí el servicio militar… Llevé una vida tranquila sin causar problemas. Los adultos de mi familia creían que yo era un muchacho sin dificultades.

Pero en realidad, no hacía más que cumplir de forma mecánica con las tareas que me eran asignadas.

Cuando anunciaban un examen, lo preparaba con diligencia, pero no porque deseara obtener una nota alta. No me rebelé ni una sola vez después de “aquello”, pero no porque fuera, como ellos decían, un chico maduro que había superado todo milagrosamente.

Solo estaba haciendo que mi interior se volviera insensible, para no sentir choques violentos, confusión, resentimiento o tristeza.

En ese estado, en el que mis deseos y emociones humanas estaban totalmente deshidratados y no podía reír ni enojarme de verdad, yo no era más que una muerte silenciosa, una muerte pasiva.

Tener a alguien así a tu lado sin que uno mismo se hunda en esa misma apatía… era mucho más difícil de lo que parece. La luz y la energía que ellos me daban para que pudiera mantenerme vivo, aunque fuera de manera insensible, no brotaban de la nada.

Aunque mi padre me hubiera abandonado junto al resto del mundo, no todo el mundo me dio la espalda. Al menos Morae y Yeehan estaban allí.

Eso era un regalo.

Un regalo que cumplía perfectamente las condiciones que Derrida planteaba: uno que no espera nada a cambio, que no busca ser reconocido, que no se guarda como símbolo de sacrificio.

Hablando sobre aquel libro, Morae también mencionó otra definición de Derrida:

“Si uno dice que va a perdonar solo lo que puede ser perdonado, entonces el concepto mismo de perdón deja de existir. El perdón solo es perdón cuando se perdona lo imperdonable.”

Mientras cambiaban una pieza simple de mi moto, sentado con Morae en el viejo sofá del taller de siempre, bebiendo la infusión de Job’s tears que el dueño nos había ofrecido, pensé en mi padre.

Si hubiera tenido la madurez para perdonar lo imperdonable… no habría necesitado protegerme anestesiando mis emociones. Pero yo no podía perdonarlo, y tampoco sabía cómo hacerlo. Así que solo intenté volverme insensible a ello.

Para no sentir que los ojos se me humedecían al verlo; para no gastar emociones soltando palabras afiladas; para poder mirarlo como si fuera un barreño junto al grifo o una escoba en el patio… sin sentir absolutamente nada, endurecí la superficie de mi corazón.

Era lo mejor que podía hacer en ese entonces.

Dentro del taxi que subía lentamente la pendiente hacia Phantom, observando las calles de Samcheong-dong iluminadas por una luz cálida en aquella tarde-noche, esta vez pensaba en Liu.

¿Lo que él hizo era imperdonable?

¿Igual que el silencio de mi padre?

Desde que terminé la secundaria y me mudé al pueblo pesquero, había vivido en un mundo estrecho y monótono, sin relacionarme casi con nadie que no fuera Morae o Yeehan. Para alguien como yo, Phantom era un universo nuevo: vibrante, deslumbrante, impredecible, y, aun así, lleno de pasión y respeto por el arte.

El día en que ayudé a la directora Han con los preparativos de una exposición por primera vez, aún recordaba vivamente la sensación que tuve al irme en taxi.

La impresión irreal de pensar que, si el taxi daba la vuelta, el lugar donde había estado “Galería Phantom” estaría cubierto de maleza.

Como la confusión que queda después de un sueño demasiado real.

Y tras esa ligera distorsión de mis sentidos, nació un deseo:

que Phantom fuera real, que siguiera allí.

Aunque uno bloquee la luz y deje secar el agua, tarde o temprano algo de luz se filtra y algo de agua se cuela en el pecho de una persona, y allí nace un deseo.

Y yo fui alimentando cuidadosamente ese deseo.

La noche en que tuve hiperventilación por Aislamiento, no rechacé el contacto de Liu cuando subió a mi cama.

Revelé con claridad mi deseo hacia él: querer que no besara, no tuviera sexo ni ‘noting’ con nadie más que conmigo.

Y Liu…

él también estaba persiguiendo sus propios deseos a través de mí.

No hay garantía de que el objeto de mi deseo vaya a desearme a mí de la misma forma.

Con una cauta esperanza de que, esta vez sí, todo florecería y daría fruto, llamando conceptos como futuro, esperanza, superación…

me reí de mí mismo y dirigí la mirada afuera del taxi.

Las calles, llenas de cafés y tiendas modernas, estaban animadas incluso en un lunes por la noche, con gente disfrutando el corto otoño.

Mientras observaba atentamente los rostros de los transeúntes —rostros que siempre había pasado por alto asumiendo inconscientemente que todos eran beta— uno por uno como si fueran viejos amigos… el edificio de Phantom apareció en mi campo visual.

Apreté con fuerza mi mano sudorosa contra el muslo.


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