Capítulo 15: Una decisión conlleva sacrificio

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Morae y mi hyung entraron a la cafetería del lobby con las manos fuertemente entrelazadas. No era una escena que se viera normalmente. El rostro de mi hyung estaba rígido y alerta, pero Morae, que me vio y enseguida me saludó agitando la mano, era la misma de siempre.

—Buen sitio elegiste, Seo Yeehyeon.

Se dejó caer en el sofá frente a mí, dándome la espalda el gran piano de cola junto a la ventana, y comenzó a hablar como si hubiera venido a pasar la tarde ahí, comentando lo afortunada que había sido de conseguir un asiento junto a la ventana.

El café del lobby de un hotel cinco estrellas en Namsan. Ella misma había escogido ese lugar.

A través del ventanal de tres pisos de altura se veía la ciudad de Seúl, gris y borrosa por la lluvia fina que aún caía. Más allá del río Han, los edificios se desdibujaban entre la llovizna y la neblina, pero en un día despejado seguramente se vería muy lejos con claridad.

—Oye, tu director no está llevando en secreto una agencia de detectives, ¿verdad? ¿O huyó de algo en el pasado?

Cuando el empleado se fue tras tomar el pedido, Morae se inclinó hacia mí apoyando los brazos sobre la mesa, preguntando en broma. Su tono habitual hacía que casi pensara que tal vez yo había entendido mal el motivo de nuestra reunión.

Alrededor del mediodía él me había llamado para decirme que sería mejor que mi hyung y Morae cambiaran de casa de inmediato, que ya había preparado un lugar temporal muy seguro, y que incluso podríamos encontrarnos ahí con mi tío mayor. Añadió que, si ellos estaban listos anímicamente, podían dejar Seúl esa misma noche.

Yo, sumido en un sueño profundo como la muerte, tenía la mente demasiado lenta para seguirle el ritmo. Ya esperaba que fuera alguien eficiente, pero su rapidez y meticulosidad superaban cualquier expectativa.

Tras colgar, bajé de la cama y llamé a Morae. Le conté todo: por qué había desaparecido la noche anterior, lo del adelanto del contrato, y el plan que él había preparado. Nos tomó una hora entera.

Después de escucharme y hacer varias preguntas para llenar los huecos de mi explicación, Morae dijo que, por ahora, no podía confiar en él.

No porque fuera alguien sospechoso, sino porque en ese momento no podían confiar a ciegas en nadie. Y yo lo entendía. Para mí era alguien de fiar; para ella, alguien a quien jamás había visto. Además, ella era una persona extremadamente prudente.

Decidieron postergar todo lo que él ofreció. Morae y mi hyung trasladaron rápidamente sus cosas a la casa de la dueña de “Lo que pasó en Bali” y fijaron nuestra reunión en este café. El resto lo decidirían después de ver a mi tío.

—Pues… no creo que sea eso.

Me imaginé al Director vestido como aquel jefe de agencia de detectives que conocimos una vez, trabajando en un edificio viejo sin ascensor en el cuarto piso, investigando infidelidades por encargo. Sacudí la cabeza.

—Es que tu plan de fuga es tan minucioso que pensé si había contratado expertos.

Morae tomó agua apoyada contra la mesa, y luego dejó el vaso abruptamente, inclinándose más hacia mí, con los ojos un poco abiertos.

—Pero oye… ¿qué te pasó en los labios?

Retrocedí por reflejo.

—Ah… es que… comí ramen de madrugada y me dormí… creo que se me hincharon.

Toqué mi labio inferior como si quisiera ocultarlo y pregunté de vuelta. Me sorprendió lo tranquila que sonaba mi propia reacción. Incluso preguntar si estaban tan hinchados me resultó extraño en mí. Era una respuesta bastante hábil para mis estándares, pero sentía el sudor frío corriéndome por la espalda.

—Sí, el labio de abajo está raro. Pensé que te había picado algo. Tú que casi nunca te hinchas… qué extraño.

Morae se recostó hacia atrás como si perdiera interés y metió un cubo de hielo en la boca.

Apenas su espalda tocó el sofá, mi hyung se levantó de golpe, y toda la atención que tenía puesta en mis labios se dispersó. Morae y yo giramos la cabeza hacia donde él miraba.

Cruj. El crujido del hielo mordiéndose en la boca de Morae sonó especialmente nítido. Su mirada se enfrió, perdiendo su habitual aire despreocupado.

Chaqueta fina de verano color caqui con cuello, pantalón de senderismo, zapatillas deportivas, y una gorra de béisbol gastada cuyo borde estaba desteñido. Mi tío mayor, apareciendo así en la cafetería de un hotel de lujo, parecía sospechoso a ojos de cualquiera.

Me pareció que cualquiera podía convertirse de ciudadano ejemplar a sujeto sospechoso con una facilidad absurda. En la lonja del pueblo, mi tío se mezclaba con los demás pescadores como si llevara un camuflaje natural, pero aquí se convertía, de inmediato, en alguien que despertaba miradas desconfiadas del personal del hotel y miradas curiosas de algunos clientes.

Un hombre de mediana edad, muy alto y elegante, más o menos de la misma edad que mi tío, pasó rápidamente conversando con un extranjero trajeado y le lanzó una mirada fugaz. Me resultó difícil seguir mirando así que desvié la vista.

—Perdón por hacerle venir a un sitio como este. ¿Le resulta incómodo?

-No.

Morae se levantó para recibirlo y lo condujo con respeto hasta el asiento a mi lado.

—No es que no confiemos en usted, sino en mi padre… Pensamos que podría intentar usarlo como cebo para llevarnos de vuelta. Por eso le pedimos vernos en un lugar así. Usted sabe cómo es él.

Mi tío asintió como si entendiera y se bebió de un trago mi vaso de agua, dejando solo el hielo.

Sirvieron los cafés helados de mi hyung y Morae; a la pregunta del empleado sobre si deseaba pedir algo, mi tío solo respondió “café”, sin más. Su rostro, visto de lado mientras apretaba nerviosamente sus manos ásperas y gruesas sobre el muslo, estaba rígido por la tensión.

Morae volvió a explicar, como confirmándolo, lo que yo ya había dicho por teléfono. Ante su pregunta tranquila de si todo estaba ocurriendo tal cual, mi tío asintió. Morae soltó un suspiro pesado y añadió una disculpa sincera.

Mi tío no reaccionó a esa disculpa. Pasó un buen rato antes de que hablara con un rostro agotado.

—Y ustedes… ¿qué piensan hacer ahora?

—¿A qué se refiere?

Mi hyung quiso responder impulsivamente, pero Morae le sujetó el brazo con fuerza.

—Vamos a seguir juntos. Hasta que nosotros mismos lleguemos a la decisión de que ya no queremos estarlo.

Mi tío, escondido bajo la visera de su gorra, dejó escapar un largo y profundo gemido, como un animal herido, y bajó la mirada.

Varias mujeres elegantes de mediana edad pasaron cerca riendo y compartiendo buenos deseos. Cuando el entorno volvió a quedarse en silencio, acompañado solo por el murmullo del trío para piano de Schumann, mi tío volvió a hablar con un tono aún más pesado.

—Si aquí mismo… me arrodillo y les suplico… ¿no volverían conmigo?

—…….

Nadie pudo decir nada.

El rostro de mi hyung se crispó primero, rojo de indignación, como si hubiera escuchado algo humillante. Luego sus ojos se enrojecieron.

—¿Cree que hacemos esto porque queremos verlo arrodillarse? ¿Cree que queremos lastimarlo, ganarle? ¿Si usted se arrodilla… piensa que yo voy a alegrarme, que esto es lo que quería, que voy a irme feliz?

Sabíamos por qué estaba herido. Sabíamos que su enojo no era contra mi tío. Ni él ni Morae estaban viendo esta situación como agresores y víctimas. Ellos mismos llevaban la culpa y el dolor de sus decisiones.

Si esto fuera en el barco, o en el puerto, o en el patio de cemento del abuelo, mi tío ya le habría soltado un manotazo sin dudar. Pero ahora solo agachaba más la cabeza, como un culpable.

Mi hyung cerró el puño con fuerza y desvió la mirada. Morae, inmóvil como si la hubiesen congelado, observaba el hielo derritiéndose en su vaso sin mostrar ni tristeza ni rabia.

Mi tío recibió café caliente por haber dicho solo “café”. Igual daba qué café fuera: lo tomó sin mostrar sensibilidad alguna y dejó la taza en la mesa.

—Yo soy un hombre ignorante, así que eso de la libertad de elección o el yo interior… no lo entiendo. La verdad es que pienso que ustedes están dejándose llevar por la emoción y jugando a algo infantil. Ahora sienten que si se separan se mueren, que no pueden vivir sin el otro… No es que no entienda ese sentimiento.

Yo también me retorcí las manos sobre mis rodillas. Me ponía más nervioso que cuando, años atrás, ni siquiera intentaba escuchar y solo gritaba. Lo que convence no es la imposición, sino la empatía, y ellos dos ya estaban sufriendo por culpa.

Sin saber cómo se aceleraba mi respiración, mi tío siguió.

—Pero al vivir lo suficiente uno aprende… que incluso el fuego más ardiente, el que parece durar toda la vida, en algún momento se apaga. Yeehan, y tú también, Morae… aunque sea por sus padres… ¿no pueden soportar un poco el dolor y dejar esto?

Casi impulsivamente, lo sujeté del antebrazo.

—Si separan a los dos… ¿cree que no sabe lo que va a pasar? ¿No lo ha visto?

No era propio de mí, ni me correspondía meterme así siendo un tercero. Pero no podía quedarme mirando si ellos iban a flaquear ante el desmoronamiento de su padre.

Los ojos amarillentos de mi tío, rodeados de iris opacos, se posaron en mí. Era como si dijeran “¿crees que no lo sé?”, o “ellos no son como tu padre”.

Pero yo sí lo sabía. Porque llevaba más de cinco años a su lado.

Podría repetir exactamente lo que él me dijo anoche.

Mi hyung y Morae no eran solo una pareja enamorada. Eran un conjunto que solo funcionaba completo. Y separarlos a la fuerza había creado la tragedia que fue mi padre. Y esa tragedia, a su vez, había creado el desastre que soy yo. No podía permitir que se repitiera.

Morae, que miraba un punto de la mesa, habló con una voz seca.

—Como usted dice… sin Yeehan no me voy a morir.

—…….

La miré con inquietud. Aflojé mi mano en el brazo de mi tío.

—Sé muy bien que al querer estar con Yeehan le estoy clavando una espina en el corazón a mis padres y hermanos. Ese pecado lo cargaré toda mi vida.

Yo había sido tonto por preocuparme. Si ella fuera alguien que pudiera dudar a estas alturas, no habría dejado el pueblo.

—Eso de que mi vida es mía, o que los hijos no son propiedad de los padres… Sí, para ellos debe sonar espantoso. Pero no estamos haciendo esto por placer, ni por herirlos. Estamos viviendo con un dolor y una culpa que corresponden a su preocupación y su sensación de traición.

Añadió que no era una exigencia de comprensión, y guardó silencio. Su rostro parecía el de una persona que había vivido una vida demasiado larga. No era que pareciera mayor, sino alguien que había atravesado tanto sufrimiento que el tiempo parecía haber pasado junto a ella, no a través de ella. Y yo a veces sentía eso mismo de ella.

Aunque incurrieran en la falta de ser hijos desobedientes, para no culpar a nadie más por las decisiones de su vida… tenían que asumir incluso sus consecuencias. Para convertirse en dueños reales de su destino. Tal vez ellos no estaban luchando contra el mundo, ni contra los padres, sino contra la propia vida que les tocó.

Sin querer, me llevé la mano al pecho. Morae me miró un instante, preocupada. Bebió varios sorbos del café aguado por el hielo derretido y dijo con firmeza:

—Primero vamos a saldar la deuda que tienen con mi padre.

Parecía haber decidido aceptar la propuesta que él les había enviado a través de mí.

Mi tío la miró confundido ante la palabra “deuda”. Sus ojos preguntaban “¿cómo?”.

—Si la pagamos, al menos en apariencia mi padre ya no tendrá con qué chantajearlo. Es mejor empezar por ahí. Nosotros le enviaremos el dinero.

Ella no explicó de dónde saldría. Sabía que esa decisión era mía.

—Aunque después seguirá buscándonos, usando mil métodos mezquinos. Amo a mi papá, pero… él es así…

Su mirada se desvió hacia fuera de la ventana. Seguramente pensaba en su padre: alguien a quien amaba por ser su padre, pero con muy pocas razones reales para admirarlo o respetarlo más allá del lazo biológico. Por primera vez, su rostro mostró varias emociones que aparecían y se apagaban.

Cuando volvió a mirar la mesa, su expresión se había vuelto impenetrable, aunque no vacía; era más bien la expresión de quien está soportando un amargor insoportable.

Con voz tranquila y sin estremecerse, dijo:

—Y si llega un punto en que ya no podamos seguir así… dígale lo siguiente a mi padre. Dígale que su hija Alfa, esa hija monstruosa, le agradece por haberla criado hasta ahora. Que ya no viva con miedo… y que solo… viva tranquilo.

Mientras hablaba más lentamente para no dejar que las emociones se desbordaran, mi hyung y yo casi dejamos de respirar. Mi tío no pareció comprender de inmediato.

Ella le entregaba a mi tío la única arma con la que podía enfrentarse a su padre: la verdad que él más quería ocultar. Su secreto más pesado, su cadena, parte de sí misma.

—Si solo le dice eso… él entenderá. Y no se preocupe por lo que pase después.

Morae quiso pagar, pero mi tío, por primera vez desde que se sentó, se mantuvo firme. Sacó unos billetes de su vieja billetera marrón. Dentro apenas quedaba dinero.

Al salir al vestíbulo y llegar a la puerta principal del hotel, preguntó si había algún lugar donde fumar. El portero nos indicó un punto al lado derecho del edificio, y fuimos para allá.

Había un amplio alero que comenzaba en la entrada del hotel y se extendía sobre nuestras cabezas, pero aun así seguía lloviendo.

Quizá por la lluvia persistente, la temperatura había bajado, y aunque la humedad era alta, no hacía calor. Mis brazos descubiertos sentían más bien un ligero frío.

Los tres nos quedamos mirando distraídos cómo el humo que salía de la punta del cigarrillo —que ya era como parte del cuerpo de mi tío— se deshacía y se perdía bajo la lluvia.

—Ustedes dos, se llevaban bien desde la secundaria.

Los ojos de mi tío vagaban entre las cortinas de lluvia.

—Fue en invierno, cuando Yeehan estaba en tercer año… Morae, tú cocinaste unos cuantos langostinos en tu casa y dijiste que estaban tan buenos que trajiste tres o cuatro a la nuestra para que los probáramos, ya casi de noche. En pleno invierno helado. Dijiste que eran para que los probáramos, pero cómo no iba a saber yo que venías para que Yeehan los comiera. Yo estaba lavando en el fregadero y abrí la puerta… y tu cara, parada ahí frente al portón con la olla en las manos… no sé por qué, pero nunca se me ha borrado.

Mi tío aspiró con una respiración corta pero profunda, y con sus dedos gruesos sacudió la ceniza con destreza.

—Yo, que soy ignorante y he pasado la vida ocupado solo en llenar el estómago, nunca viví pensando si esto era amor o lo otro… pero cuando uno tiene algo delicioso, quiere dárselo a la otra persona, y hasta que no lo hace, ni siquiera puede tragar un bocado… Supongo que eso es amor.

Parecía que el mero hecho de pronunciar la palabra “amor”, o incluso intentar definirlo así, lo avergonzaba; se encogió de hombros y soltó una risa floja.

—A donde sea que vayan… no le digan a nadie. A nadie, ni a mí. No vaya a ser que, si me entero, no pueda soportar las amenazas de tu padre y acabe soltándolo. Simplemente… no digan nada a nadie y vivan.

Diciéndolo con indiferencia, mi tío exhaló la última bocanada de humo de forma inusualmente larga, como si fuera un suspiro.

—Con los años… tu padre también terminará perdonando, ¿no crees? Siempre fue terrible cuando se trataba de ti, desde que eras pequeña.

Fue en ese momento cuando Morae rompió a llorar.

Nadie se lo esperaba. Es más, nunca había imaginado siquiera verla llorar. Sobre todo en una situación como esta: incluso si las lágrimas la golpeaban como una tormenta, pensé que lo soportaría por pura obstinación, que nunca mostraría sus emociones desnudas.

Pero Morae lloró.

Como un niño que de pronto se cae solo en un camino llano, sin tropiezo alguno, sin aviso.

Por una sola frase: “Siempre fue terrible cuando se trataba de ti, así que algún día te perdonará.

No derramó lágrimas en silencio: realmente rompió a llorar. Con la mano derecha tapándose los ojos y mordiéndose los labios, Morae lloraba, y mi hyung la abrazó.

Para el resto del mundo, su padre no era más que el avaro ‘Señor Im’, obsesionado con el dinero, pero para lo que ella quisiera, él le habría puesto el mundo entero en las manos. Un padre que era infinitamente débil solo ante ella. Tal vez por eso, el camino hasta aquí debió de haber sido aún más doloroso para ella.

Y pensé, aunque me diera vergüenza admitirlo, que quizá mi propio prejuicio —esa idea de que ella “no lloraría”, de que “no mostrar lágrimas era ser fuerte”— había sido una de las razones por las que la empujé a situaciones donde no podía llorar.

Sin atreverme a mirarla directamente, observando solo mis propios pies, acompañé a mi tío de vuelta hacia la entrada, sin saber qué hacer ante su desconcierto por el llanto de Morae, ni si había dicho algo fuera de lugar.

—Yo me iré con mi noona y mi hyung. Baje con cuidado. Y el dinero… podremos enviárselo pronto.

Mi tío, con una mano en el bolsillo y la otra frotándose la boca, se volvió hacia mí.

—Sobre eso… ¿qué dinero van a enviarme ustedes? ¿De dónde lo van a sacar?

Las arrugas de preocupación alrededor de su boca se veían todavía más profundas.

Como el adelanto que había recibido sin siquiera empezar el trabajo era prácticamente una deuda, no me sentía muy orgulloso de ello. Dudé un instante, moviendo los labios, y al final solté un suspiro antes de responder.

—Voy a volver a pintar.

—......

—La persona que apreciaba mis cuadros antes me ofreció muy buenas condiciones para que volviera a pintar… No es dinero raro ni peligroso, así que no se preocupe. Úselo para pagar las deudas.

Cuando mi tío insistió en que él me devolvería el dinero poco a poco cada mes, negué con fuerza.

Mis padres siempre habían estado satisfechos con poder vivir modestamente y tener lo mínimo para pintar; por eso nunca hubo ahorros en casa. No era un niño como para no saber cuánto debió de haber sido una carga acoger a mi padre y a mí en esas condiciones. Además, a menos que algo cambiara drásticamente, mi padre no iba a querer dejar ese lugar. Que yo pagara esa deuda no significaba que mi tío tuviera por qué sentirse culpable; si acaso, yo era el que se sentía apenado.

Observé su espalda mientras quitaba el plástico del paraguas automático y lo abría bajo la lluvia, y finalmente hablé, tras dudar un buen rato.

Quise no preguntar, por puro orgullo inútil hacia alguien que ni siquiera lo valoraría. Pero la sangre tira… y un sentimiento injusto me apretó la garganta.

—Mi papá… ¿cómo está?

—......

Mi tío se volvió, tensó la boca, pero no dijo nada más. Solo se frotó la nuca y sonrió débilmente, como diciendo que lo entendía.

Haber explicado de dónde venía el dinero era para tranquilizarlo, pero también… porque una parte de mí quería que la noticia —que yo había vuelto a pintar— llegara a oídos de mi padre. No podía negarlo.

Pero no quería pedirle a mi tío que se lo transmitiera.

Era mi forma tonta de demostrarle a él, a mi tío, y a mí mismo que no me importaba lo que pensara mi padre.

Seguí con la mirada la figura de mi tío mientras, con el viejo paraguas en alto, avanzaba por el elegante camino de ladrillos rojos donde los sedanes de lujo entraban y salían sin parar; y luego aparté la vista.

A pesar de la lluvia que caía todo el día con intensidades variables, mucha gente seguía llegando al hotel. Claro, para quienes bajaban de sus coches bajo el amplio alero sin tener que abrir un paraguas, la lluvia veraniega no era un gran obstáculo para salir.

Apoyado en una columna en un punto ligeramente desviado de la entrada, observando a la gente entrar y salir, me sentí extraño, como si perdiera la noción de la realidad. Este lugar era un mundo totalmente distinto al viejo barrio donde la normalidad la definían personas como mi tío.

Aquí, la gente vestida con ropa elegante y aire de cómoda confianza parecía ser el estándar. Todos tenían un aire similar. Como la gente del mercado de pescado al amanecer, que se parecen unos a otros cuando participan en la subasta del pez sierra recién capturado.

Ahora que mi tío se había ido, el único que desentonaba aquí era yo, con mis zapatillas Converse y mis vaqueros gastados.

Esa distancia me hacía sentir incómodo… y aun así, era irónico que yo también había llegado en un coche caro a este lugar.

—‘La ropa de ayer ya está lavada y seca. Está en el estante frente al baño, así que póntela. Hay algo de fruta en el refrigerador y pan en la mesa; come un poco antes de salir.’”

Luego empezó a preocuparse incluso por mis zapatos mojados, y tuve que interrumpir sus palabras para decirle que era suficiente, que me daba pena y que le agradecía mucho. No me imaginaba que se encargaría incluso de mi ropa mojada; me sentía descarado por haber estado durmiendo tan profundamente mientras él hacía todo eso.

Y para prevenir cualquier cosa, dijo que hoy debía moverme en el coche que había preparado.

Le dije que no hacía falta tanto, pero él insistió en que no era una cuestión de amabilidad, sino de seguridad. Que no sabía qué podía estar planeando el padre de Morae, y que usar transporte público era peligroso.

Cuando terminé de alistarme en la casa vacía, incómoda por la ausencia de su dueño, salí a la entrada, y como había dicho, allí estaba un gran sedán negro bajo la lluvia. Un auto importado cuyo emblema también conocía. El chófer, con un paraguas, me esperaba frente al coche, como si ya hubiera recibido aviso.

Él dijo que sería mejor que Morae y mi hyung fueran al lugar acordado en esa misma coche, pero Morae se negó, diciendo que quizá era un plan para llevarla directamente con su padre aprovechando que se subiera.

Mientras yo me quedaba allí, riendo sin fuerza al notar cuánto se parecían él y Morae en la forma de desconfiar de las cosas —como si hubieran crecido como hermanos—, Morae y mi hyung aparecieron en la esquina del edificio. Me enderecé.

Morae ya estaba tranquila. No parecía avergonzada ni incómoda por haber llorado hace un momento; con la mano de mi hyung tomada, me sonrió como siempre, y yo le devolví la sonrisa.

"Debes tratar muy bien a Morae; Morae vale cien veces más que tú.” El dueño de la tienda de surf y todos los que tenían alrededor le decían eso a mi hyung a medias en broma, a medias en serio. Y sinceramente, creo que yo también lo había pensado un poco, de manera inconsciente.

Pero al verlos hoy, tomados de la mano de forma tan distinta a lo usual, entendí que todo eso era solo una visión superficial de su relación.

Recordé lo que él dijo anoche sobre la relación entre un artista y quien lo apoya. Que la gente piensa que esa relación siempre se inclina hacia el artista, hacia un lado…

La profundidad de la comunicación que ocurre solo entre dos personas dentro de su relación… eso, los que están afuera jamás pueden saberlo. Lo único que vemos es su comportamiento cuando están entre los demás, y pretender definir el equilibrio de una pareja solo con eso es tan absurdo como juzgar la comida de un restaurante por el letrero.

A simple vista podría parecer que el que no puede vivir sin Morae es mi hyung, pero hoy vi que es igual al revés. Lo comprendí, como si fuera la primera vez.

Aunque suene irrespetuoso para ambos… por primera vez pensé que era un alivio que mi hyung estuviera a su lado.

Morae me apoyó su brazo, el que no tenía tomado a mi hyung, por encima del hombro, con su tono desenfadado habitual.

—¿Tu jefe… es alguien en quien se pueda confiar?

-¿Eh?

Giré la cabeza para mirarla. Con la barbilla levantada de forma desafiante, habló con un gesto algo incómodo.

—Mira cómo estoy ahora mismo. Después de lo de Seo Yeehan, se me ha puesto peor la paranoia. Estaba pensando si no sería posible que estuviera negociando por detrás con mi papá… ese tipo de cosas.

Negué con la cabeza.

—Desde Hong Kong ha trabajado con la directora, y ella confía muchísimo en él… Y no tendría nada que ganar haciendo algo así.

Era lo bastante adinerado como para no interesarse en cosas tan turbias por dinero, y salvo que hubiera cultivado un rencor secreto por algún hecho del pasado que yo desconozca, no tenía ninguna razón para ponerme a mí, a Morae o a Hyung en una situación peligrosa.

Morae inhaló hondo y asintió con cuidado.

—Cierto. Si también está conectado con la directora, será seguro. ¿Dijo que podíamos irnos incluso mañana mismo?

-¿Él? Ah, sí…

Y esta vez, apretándome el hombro con fuerza, me transmitió su decisión.

—Aprovechemos la ayuda de Seo Yeehyeon esta vez.

■ ■ ■

Apenas salí del baño, me quedé paralizado ante la vista que se abría frente a mí. Era la misma vista nocturna del río Han que veía todos los días en la sala de la casa de la directora, pero incluso allí, cada vez que entraba en el campo de visión sin aviso, me hacía admirarla como si fuera nueva. En otro lugar, la reacción era igual.

Las luces de la ciudad extendidas sobre el agua en calma recordaban a la vista nocturna de Hong Kong. Y esa cadena de recuerdos me hacía darme cuenta de cuántos cambios había atravesado y cuántas oportunidades agradecidas me habían traído hasta aquí.

Tanto cuando esperaba su llamada en la habitación del hotel para ir a ver a la profesora Suki kim, como ahora, de pie junto a la ventana del penthouse del lujoso apartamento que él había preparado para Morae y Hyung, esos momentos habían sido producto de su generosidad.

"¿Está seguro de que no le molesta enredarse tanto conmigo?"

Respondí que pagaría mi deuda aunque tuviera que hacer otro trabajo, pero en realidad tenía miedo. No de que me atrapara por un punto débil y me usara como en una película barata.

Me daba miedo que, a medida que descubría que sus manos grandes y su amplio pecho no eran fríos ni duros como había imaginado, y a medida que conocía las muchas capas de color que componían su interior —esos matices que desde fuera no se veían—… mi corazón y mis emociones se enredaran cada vez más con él y ya no hubiera vuelta atrás.

Bzz, bzz. El celular que había dejado sobre la cama vibró. Me giré y caminé hasta él. En pantalla aparecía el nombre “Director”.

La mezcla contradictoria de un dolor punzante y una emoción electrizante me golpeó al mismo tiempo. Solté un suspiro profundo para calmarme y me senté en la orilla de la cama mientras tomaba el teléfono.

Aclaré mi voz y contesté.

—Sí.

[…]

Hubo un silencio, como si no esperara que contestara. Luego escuché un suspiro, profundo, entre frustración contenida y alivio.

[¿Por qué ha sido tan difícil que me contestara?]

—Ah… estaba saliendo de la ducha… ¿Llamó antes?

[Si ve varias llamadas perdidas, no se asuste. No es que tenga tendencias de acosador. Es solo que hoy, al no contestar, me preocupé.]

—Perdón. Pensé que como ya le había avisado que llegué bien, estaría tranquilo…

Después de que los dos aceptaran su propuesta y dijeran que querían irse mañana, me puse en contacto con él justo delante del hotel. Dijo que no había problema, que solo recogieran sus cosas y se mudaran al alojamiento seguro que había preparado.

Al llegar a la residencia, Morae y Hyung empezaron a preocuparse por mí, diciendo que quizá su objetivo no era entregarlos al padre de Morae, sino darme un buen trato para que bajara la guardia y luego venderme en alguna parte.

¿Y qué ganaría él vendiéndome a mí, cuya única “trayectoria” era haber dibujado un poco en el pasado?

Como le envié un mensaje apenas entré al lugar, no pensé que se alarmaría por no poder contactarme durante la ducha.

[Si va a ducharse, dígame que va a ducharse… —Uf, dicho así suena como si fuera raro.]

Como si él mismo se sintiera extraño por preocuparse tanto, soltó una risita incómoda. Yo negué enérgicamente aunque él no pudiera verme.

Con el tiempo, el esfuerzo y el dinero que había invertido en este asunto, tenía todo el derecho de saber lo que quisiera.

—No, no es eso. Es que no estoy acostumbrado a reportar todo tan al detalle… Pero su preocupación no me… no me parece rara.

Quizá él lo había dicho sin pensar, y yo estaba reaccionando demasiado, así que mi voz se fue apagando al final.

Tras un breve silencio, lo escuché reír suavemente.

[Gracias. Por defenderme así en mi lugar.]

Su voz baja, como un metal vibrando desde lo profundo de su garganta, era agradable.

Solo escucharlo me hacía sentir que toda mi sangre se calentaba. Mordí mi labio inferior, consciente de que la situación era más grave de lo que pensé.

Él no estaba usando un tono especialmente dulce. Era yo quien recibía todo lo suyo así.

[Entonces, ¿hoy vas a dormir acurrucado entre tu Hyung y tu noona?]

Incluso su tono juguetón sonaba bien. Para apartar la sensación de que su amplio pecho me rozaba la espalda, me puse de pie y caminé hacia la ventana.

[Ayer alguien tuvo una noche bien intensa, y hoy finge ser el hermanito inocente que no sabe nada. Mmm… eso suena a estafa.]

Su tono seguía siendo bromista, pero yo no tenía la habilidad ni la soltura para devolverle el comentario con naturalidad. Me frustraba mi torpeza, así que apoyé la frente en el vidrio frío a causa del aire acondicionado.

Parecía ya acostumbrado a mis reacciones insípidas, porque tras reír un poco, cambió de tema.

[¿Cómo estuvo su cuerpo hoy?]

—Mejor que antes…

El tema seguía siendo difícil para mí, pero esta vez no quería comportarme como un tonto. Aunque él fuese mi primera experiencia en todo, yo también era un adulto.

[Menos mal. Habría preferido que descansara hoy. ¿Se sintió incómodo?]

—No, de verdad… físicamente estoy bien. Es solo que… atrás…

[¿Atrás?]

Su voz sonó confundida. Casi pude imaginar su ceño levemente fruncido.

En el reflejo del vidrio oscuro vi mi cara completamente encendida.

—La limpieza… inmediata… Creo que gracias a eso… estoy mucho mejor que la vez pasada.

[…]

Su silencio hizo que mi cara ardiera aún más.

Quise sonar natural pero no lo logré.

[¿Decir “limpieza” le resulta tan difícil?]

Su voz tenía un matiz travieso peligroso.

[Cuando estábamos en eso, fue perfectamente sincero con—]

—¡Di-director! Usted también… t-tuvo un día muy cansado, ¿cierto?

Me apresuré tanto a interrumpirlo que la voz se me quebró, pero él no se rió ni me molestó por eso. Solo dejó un silencio aún más sofocante, como si pudiera sentir sus ojos gris azulado fijos en mí.

Finalmente, como si decidiera dejarme respirar, soltó una breve risa.

[Descansé bien en la tarde, así que no se preocupe. Una noche sin dormir no me va a matar.]

Para mí, todo lo que había hecho ese día era increíble, desde preocuparse por mi ropa mojada hasta preparar el alojamiento. Pero él hablaba de ello como si no fuera nada, para que yo no me sintiera demasiado agradecido ni demasiado culpable.

Me senté en el borde bajo de la ventana y jugué con la toalla colgada en mi cuello.

—Gracias por todo… De verdad. Si hubiera estado solo, no habría sabido… ni por dónde empezar.

Guardó silencio. Y no era un silencio calculador, de alguien que sopesa las palabras para no salir perdiendo. Era un silencio que dejaba espacio, como si no quisiera romper algo valioso que estaba formándose.

[Y entonces… se la va a poner, ¿cierto? La ropa interior sexy.]

Quedé en blanco un momento y luego solté una risa suave.

[¿Eh? ¿Por qué responde con una risa? Lo dije en serio.]

Incluso al recibir un agradecimiento sincero, encontraba la forma de rechazarlo con habilidad. Su capacidad para resolver las cosas no era solo por su dinero o conexiones.

Pensé si al aceptar así, sería como añadir oficialmente un apartado más en nuestra relación: el de satisfacer deseos mutuos. Me froté la cara con la toalla.

Decir que no sabía si quería o no meterme en un vínculo así sería hipócrita.

Si tenía la oportunidad, volvería a acostarme con él sin ninguna duda. Eso ya no podía fingir que no lo sabía.

Su voz volvió, esta vez más seria.

[Sobre lo de su dibujo… Creo que debo comentarlo con la directora Han. ¿Hasta dónde puedo contarle de lo ocurrido? Si hay algo que quiera decirle usted directamente, o algo que no quiera que mencione, me callaré. Puede sonar apresurado, pero cuando empiezo algo de este tipo, quiero dejarlo limpio en los papeles cuanto antes.]

—Puede contarle todo lo que le conté a usted. No hay problema.

[Muy bien. Entonces mientras usted hace la despedida con su noona y su hyung, yo me pondré a redactar el contrato que diga que, de aquí en adelante, todos sus dibujos me pertenecen.]

—Se lo agradezco mucho.

Sonreí en silencio, seguro de que él notaría ese matiz leve en mi voz.

[Será molesto, pero mándeme un mensaje antes de dormir y otro cuando despierte.]

—Sí. Lo haré.

Incluso después de decir eso, él no dijo que cortáramos, y volvió a quedarse callado. Yo tampoco fui capaz de despedirme primero. Se acumulaba ese silencio con una tensión agradable, como cuando dos amantes torpes que recién empiezan a salir no quieren terminar la llamada por pura pena.

Fue él quien, con suavidad, puso fin a ese silencio.

> [Es nuestra última noche y te he retenido demasiado. Entonces… pásalo bien.]

La llamada duró cerca de veinte minutos. Como tras ver una película, quedaba un eco en mi pecho. Me quedé un buen rato sentado con el teléfono en la mano, como si fuera una pena dejar que esa sensación se disipara. Y mientras me duchaba, sentí curiosidad por las llamadas perdidas que había hecho él antes.

Estaba algo agotado desde ayer, así que disfruté más de lo habitual del agua caliente deshaciéndome el cansancio, pero aun así la ducha no llegó a más de treinta minutos. En esos treinta minutos había dejado 26 llamadas perdidas. Era el mayor número de llamadas perdidas que había recibido de una sola persona en mi vida.

Me levanté riendo entre dientes, pensando que tenía razón al excusarse de antemano diciendo que no tenía inclinaciones de acosador. Dejé el móvil sobre la cama y estaba por salir de la habitación cuando me detuve y regresé para guardarlo en el bolsillo del pantalón. No quería convertirlo otra vez en un “acosador”.

En la sala, mi hyung y Morae ya estaban bebiendo cerveza. Desde la sala, larga y rectangular, la vista era muchísimo más despejada que desde la habitación de invitados donde había estado antes.

—Seo Yeehyeon, dicen que esta habitación cuesta siete millones de won por noche.

Morae, que estaba sentada junto a mi hyung revisando algo en su móvil, me miró con expresión preocupada mientras lo decía. Si hubiera sido el antiguo yo, que no sabía nada de la riqueza de él, me habría resultado imposible creer esa suma. Claro que ahora tampoco era que los siete millones por noche me resultaran muy reales.

—¿De verdad no te irá a vender a un barco pesquero de altura o algo así?

Morae, que debió de haber buscado el precio de la habitación en internet, me puso la pantalla del móvil justo delante.

—Bueno, aunque me vendan, tampoco creo que vayan a sacar mucho por mí.

—Eso sí. Aunque eres más firme de lo que pareces, Seo Yeehyeon no es precisamente musculoso.

Morae, aceptándolo enseguida, tomó una cerveza nueva de la mesa y me la tendió.

Mientras retorcía la tapa de la botella, vi de reojo que junto al sillón individual estaban las dos mochilas de ellos. Todo lo que poseían estaba allí, ya preparado para mañana. Eran tan austeras que parecían equipaje para un viaje ligero de dos noches y tres días dentro del país, no para mudarse al extranjero.

Contemplé un instante esa pareja de mochilas apoyadas una contra la otra y, como apartando la mirada, comencé a beber.

—Oye, tu director… ¿a qué se dedica en realidad? ¿La galería es solo un hobby y en verdad es el heredero de un conglomerado o algo así?

El sofá principal era lo bastante largo para que los tres pudiéramos sentarnos con espacio de sobra. Morae, sentada entre mi hyung y yo, recostó la cabeza en el respaldo y me miró.

—Supongo… que algo así.

Teniendo en cuenta lo que Yuni y Juhan habían insinuado en Hong Kong sobre su riqueza —o la de su familia—, no sería muy incorrecto decir que era de una familia de grandes fortunas.

—Aun así, no lleva la galería como hobby.

Para él, Phantom no era solo una tarjeta de presentación elegante. Nadie levantaría una galería desde cero, escuchando incluso rumores de que vendía cuadros seduciendo gente con feromonas, solo por un cargo en una tarjeta.

—Si es tan rico, también es comprensible que esté metido en este tipo de cosas. Yo no sé mucho, pero me da que no es el típico rico del barrio. Y con esa cantidad de dinero, no puede crecer como flor de invernadero sin enterarse de nada del mundo. Que si peleas políticas con externos, que si intrigas familiares… al final no tiene en quién confiar. A saber cuánta porquería vio desde pequeño. Se le nota que es muy capaz.

Morae hablaba de su plan de fuga.

Mientras pasábamos por la casa de el dueño de “Lo que pasó en Bali” para recoger su equipaje y venir aquí, él creó una dirección de correo provisional y envió un documento con todos los detalles del plan que había preparado.

Según el plan, mi hyung y Morae recorrerían nueve países durante quince noches y dieciséis días para llegar a Bali. Esa cifra no incluía los países en los que solo harían escala. No solo viajarían en avión: también había tramos donde cruzarían fronteras en barco o autobús.

Según él, si enredaba la ruta hasta ese punto, sería imposible rastrearles desde la perspectiva de un ciudadano, por más que contrataran a la mejor agencia de investigación. Y que, ya que las cosas estaban así, había preparado el itinerario para que, al menos, pudieran disfrutar del viaje. Lo acompañaba incluso un emoji sonriente.

Después de leer ese plan, Morae pareció confiar plenamente en él. Incluso llegó a decir que estaba “enamorada” del plan, cosa que hizo que, raramente, mi hyung mostrara un poco de celos.

—Oye, ¿dónde está Minsk, en Bielorrusia? Ni sabía que existía ese país, ni esa ciudad.

Mi hyung, que iba a ducharse, dijo eso mirando hacia nosotros, y Uni y yo nos echamos a reír.

Había sido un día pesado para los tres. Desde mañana comenzaría otra vida completamente distinta. Sin verbalizar ese cansancio triste ni el miedo difuso que nos revolvía el pecho, intentábamos pasar esta noche igual que siempre.

Era nuestra manera. Si hubiéramos sacado todas las emociones a la superficie para revisarlas juntos… si esa hubiera sido la forma de Morae y mi hyung, yo no habría podido soportarlo.

—Oye, tu director.

-¿Eh?

Estaba mirando la botella, perdido en mis pensamientos, y la palabra “director” me hizo reaccionar exageradamente, como un ladrón que pisa su propia cola.

—Parece que tiene muchísima fe en tu talento. Yo no entiendo de ese mundo, pero no creo que sea común dar un anticipo tan grande solo viendo un cuadro y ayudar hasta este punto. Será que está enamorado del arte de Seo Yeehyeon, ¿no?

Era algo que escuchaba de una tercera persona —y además de alguien que no lo conocía—, y no era sobre mí como objeto romántico, sino sobre mis cuadros. Aun así, la idea de que él estuviera tan cautivado por una parte de mí… me gustó más de lo que esperaba.

Antes de poder vivir las cosas típicas de una relación —gustar de alguien, sentir mariposas, compartir los latidos acelerados—, ya había tenido que amortiguar mis emociones por miedo a que se intensificaran demasiado. Por eso terminé con sentimientos secos, débiles, que rara vez se agitaban.

No era que hubiera sido fortalecido: era que había sido dejado estéril, como si los materiales para sentir y saborear la emoción se hubieran agotado.

Así que me sorprendía que incluso ese yo reseco se empapara con pequeñas gotas de humedad.

Y aunque no tenía una visión optimista del futuro con él ni la confianza para actuar en pos de un final feliz, me sorprendía mi propia capacidad de aferrarme, instante a instante, a razones para seguir sintiendo por él.

Morae, sentada con las rodillas sobre el sofá, murmuró casi para sí, mirando sin sentido la etiqueta de la botella.

—Dicen que encontrar a alguien que sepa reconocer tu talento es tan importante como tener talento. Me alegra por ti.

Su murmullo parecía dejar implícito un “antes de que nos vayamos”, recordándome lo cercana y a la vez irreal despedida de mañana.

—Como vamos a dejar el departamento antes de que termine el contrato, creo que tendremos que pagar la comisión para encontrar al siguiente inquilino. Te van a entrar unos 30 millones de won, más o menos. Con eso paga primero lo que le debes a tu director, y cuando lleguemos a Bali, conseguiremos trabajo enseguida. Estoy pensando en un puesto de instructora en un campamento de surf manejado por coreanos. Como planeamos quedarnos bastante tiempo, seguro nos dan preferencia.

"Somos tres veinteañeros sanos, ¿cómo no íbamos a poder pagar setenta millones en poco tiempo?”, dijo. Que dejara de preocuparme por el dinero y me concentrara en pintar. Luego me alborotó el pelo con una sonrisa que decía que sabía perfectamente qué me inquietaba.

Morae había estado a mi lado incluso en la época confusa y abrumadora en que ni siquiera sabía cómo encajar su existencia en mi vida.

No sé si era intuición o experiencia, pero lo sorprendente era que incluso él —alguien que me había conocido mucho después— me comprendía con una claridad similar.

—¿No crees que justamente para eso nos ayudó tu director? Para que puedas pintar sin preocuparte por nada. Ya sea porque es fan de tus obras o por intuición empresarial como dueño de galería, en cualquier caso debió decidirlo porque considera que vale la pena invertir en ti. Así que tú solo piensa en pintar. Ah, y no le digas que al principio sospechamos que estaba aliado con tu papá.

Sonreí con su comentario final, pero dentro de sus palabras había algo que no podía pasar por alto.

Mientras inclinaba distraídamente la botella, de repente quise preguntar algo a Morae.

Si se lo preguntaba a Juhan o a Uni, descubrirían de inmediato de quién hablaba, pero con Morae —que no tenía relación alguna con él—, aunque lo notara, no habría consecuencias. Al menos no tendría que enfrentar a ambos al mismo tiempo sintiéndome nervioso.

—Noona.

Empujando con el dedo la etiqueta empapada que ya se venía deshaciendo, hablé con una seriedad un tanto solemne.

—Si… por culpa de uno, los padres han tenido que pasar por algo doloroso, y uno arrastra una gran culpa… ¿crees que es probable que esa persona sea escéptica respecto al amor o las relaciones?

Fue decirlo y arrepentirme al instante. Sonaba demasiado directo.

—O sea… puede que tenga relaciones físicas, pero que trace una línea para no profundizar más allá…

Estaba tan nervioso que el corazón parecía bloquearme la garganta, casi como si estuviera confesándome directamente a él, pero sabía que en realidad era un movimiento inútil. ¿Qué podía esperar confirmación, si ni siquiera estaba hablando con el implicado?

—Yo también soy así. Yo también… cuando pienso en tener una relación especial con alguien… en compartirlo todo con esa persona… me da miedo.

Por eso también temía que Morae y mi hyung rompieran. Precisamente porque habían compartido una conexión tan profunda, la fuerza destructiva cuando eso se corta es enorme. Yo ya había sentido un golpe así, directo al centro de su propia existencia. Al final, tanto lo que te hace lanzarte hacia alguien como lo que te hace huir, todo provenía de experiencias pasadas.

—Pero eso… ¿no significa que, aunque te dé miedo, te sigues sintiendo atraído?

—¿Eh… qué?

—Digo, si aun así te atrae esa persona, por eso estás preguntando, ¿no?

—......

El rostro de Morae, haciéndome aquella pregunta, estaba tranquilo. Yo ni siquiera había dicho explícitamente que sintiera atracción, pero ella lo daba completamente por hecho. Sentía que era inútil negarlo, así que, con la cara probablemente roja, apenas logré asentir.

—Entonces, ¿no podría ser igual para esa persona? Así como tú, aun estando inestable, no puedes evitar interesarte… quizá para esa persona también podría aparecer alguien que le haga desear, perseguir, e incluso derribar sus propios límites, más allá de su escepticismo. ¿No crees?

Dicen que el sentimiento amoroso no es un adorno colocado en la cima de una torre de lógica. Incluso si no lo quisiera, yo también podría verme envuelto en una pasión que no pudiera controlar. Pero imaginar que la persona capaz de sacudirme y derribarme así pudiera ser él… eso era difícil de concebir.

—La verdad, yo también tengo miedo.

Su voz bajó de repente, como si temiera que alguien escuchara. Volvi la cara para comprobar si había oído bien, pero ella estaba sumida en sus propios pensamientos y no percibía mi mirada.

—Hace un rato hablé como si pudiera resistir cualquier capricho del corazón, pero como dijo Yeehyeon, el corazón puede cambiar, y nadie puede estar seguro del futuro. Puede que no me arrepienta del simple hecho de haber elegido por mí misma, sin importar el final que me espere, pero eso no significa que no me asusten los dolores que podrían venir después. Ya sea el vacío por una ruptura con Seo Yeehan, o la culpa hacia mi familia...

Tras beber unos sorbos más de cerveza, Morae miró hacia las hojas impresas y desperdigadas sobre la mesa: el material que él le había enviado.

—Creo que lo importante es descubrir qué es lo que más nos duele. Para algunos, como yo, dejar que otros decidan sin escuchar primero los propios deseos internos es un dolor en sí mismo; pero para otros, quizá sea más dolorosa la incertidumbre de no tener seguridad. Aunque existan indicadores generales, cada persona percibe la felicidad y el sufrimiento de manera distinta. No es que no dé miedo: tal vez simplemente es la elección para evitar algo aún más aterrador.

Tras terminar de hablar en calma, de pronto me miró y sonrió entrecerrando los ojos.

—Oye… ¿esto acaso es sobre el señor Conejo?

El calor me subió a la cara y a las orejas tan rápido que no había forma de disimularlo.

Que alguien como Morae, que nunca había visto al aludido, pudiera darse cuenta tan fácilmente… juré que con Juhan y Yuni lo mantendría en secreto cueste lo que cueste. Solo imaginar lo que pasaría si ellos se enteraran me dio un ligero escalofrío.

—Mmm~, ya veo… conque así era.

Murmuró algo incomprensible, entrecerrando los ojos con una sonrisa maliciosa. No tenía idea de qué era lo que había entendido, pero me daba demasiado miedo preguntar.

—Qué pena. Era el primer amor de nuestro Seo Yeehyeon y se va sin que yo siquiera pueda conocerle la cara.

Después de eso, Morae no volvió a indagar más.

Pero, así como la conjetura de que él podría haberse quedado enamorado de mi dibujo me hizo sentir un dulce cosquilleo, la idea de que aquello pudiera ser mi “primer amor” me dejó desconcertado.

La expresión “primer amor” evocaba algo diferente a un segundo o un tercer amor.

Una honestidad torpe pero transparente, que se lanza sin cálculos, como una hoja tierna que jamás podría brotar de una rama reseca. Igual que cuando uno se da cuenta de una metedura de pata ridícula, se me escapó una risa incrédula.

No quería decir ninguna tontería como: “tras unos cuantos encuentros y unas cuantas conversaciones me emocioné tanto que me enamoré”. La idea de amor que tenía no era algo tan simple.

Pero este sentimiento tenía la posibilidad de convertirse en amor. Y el amor seguía siendo, para mi, el cambio más aterrador. Aun así, no lo estaba controlando en absoluto. Solo porque ahora mismo no dolía, esa razón tan tonta.

Si su mirada y sus palabras hacia mi hubieran sido tan indiferentes como al principio, habría dejado secarse este sentimiento para evitar un dolor inmediato.

Pero él me había dicho que le enviara mensajes antes de dormir, y aun así quería llamarlo. Quería oír su voz, quería verlo. Quería abrazarlo, sentir su calor en la piel. Y quería contarle todo eso.

Cuando imaginaba llevar a cabo una confesión real, la escena siguiente era siempre la misma: el rostro apurado de él, evadiendo la mirada con una sonrisa incómoda.

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