FANTASMA
Fantasma, espíritu. Algo tan escaso que no se sabe si existe o no. Aterrador, escalofriante, espantoso. Todos dicen tenerles miedo, pero en nuestras vidas flotan desdibujados, excluidos, a veces no más que una curiosidad.
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La humedad pegajosa de un día entero de lluvia monzónica se asentaba pesadamente en la habitación.
Afuera, el amanecer azulado comenzaba a clarear, pero en el estudio, con las persianas inclinadas hacia abajo, aún se acumulaba la oscuridad de la noche.
El hombre estaba sentado en un sofá individual de respaldo alto, sin encender ninguna luz, absorto en sus pensamientos.
La mano que sostenía una copa abultada en la parte inferior no se movía ni un milímetro. Su rostro, apoyado en una mano que descansaba sobre el reposabrazos, también parecía detenido, como si estuviera hipnotizado. Solo el lento subir y bajar de su ancho pecho desnudo demostraba que no era una figura de cera moldeada a la perfección, sino un ser vivo.
Rompiendo el aire que se estaba solidificando a su alrededor, el hombre de pronto enderezó la espalda, antes hundida profundamente en el respaldo.
5:59 de la madrugada. En Boston debía de ser alrededor de las 4 de la tarde.
Tras calcular la diferencia horaria, tomó el teléfono que llevaba un rato mirando sobre la mesa auxiliar.
Tal vez no lograra comunicarse. La otra persona no era alguien con tiempo libre. Sin embargo, tuvo suerte: después de unas pocas señales, aún más cortas de lo habitual, pudo oír una voz familiar que atravesó las 14 horas de diferencia horaria.
Incluso en el rostro del hombre, que parecía la encarnación misma del concepto de “expresión neutra”, se dibujó por un instante una tenue sonrisa.
Intercambiaron saludos y bromas ligeras cargadas de afecto y confianza, del tipo que solo comparten quienes tienen una relación cercana.
Pero no podía alargarlo demasiado. Además de no querer quitarle tiempo al otro, él mismo ya no podía seguir cargando con ese asunto ni un segundo más.
—Ha… no sé ni cómo empezar a decirlo...
Con una risa hueca, casi un suspiro, murmuró para sí antes de morderse el labio con una expresión incómoda. Luego, como si finalmente se decidiera, habló en voz alta:
—Hice un Changing. (Viene de la palabra "Cambiar")
Aunque le había costado reunir el valor, su voz salió sorprendentemente tranquila. Como si no pudiera creer lo que acababa de decir, volvió a cerrar la boca.
La primera reacción del otro lado también fue silencio.
—Claro que había otra persona. ¿Cree que llamaría ‘Changing’ a hacerlo solo, sin penetración ni nada?
Frunciendo el ceño, cerró los ojos y presionó sus sienes, respondiendo con un punto de irritación. Pero enseguida, arrepentido por descargar su frustración, se disculpó con sinceridad.
—El primer problema es que… no fue algo que decidiera yo. Y tampoco fue con el consentimiento de la otra persona.
El rostro del hombre, impasible hasta ahora, empezó a deshacerse a medida que hablaba, hasta adoptar una expresión que casi materializaba el concepto de dolor. Para adormecerlo aunque fuera un poco, tomó la copa sobre la mesa y bebió grandes tragos de un whisky single malt intenso.
—No pude evitarlo. Es algo que no debería suceder… pero estaba completamente dominado por las feromonas, fuera de mí, y cuando recuperé la conciencia… me di cuenta de que había hecho un Changing mientras estaba en notting (Nudo).
Recordar aquella sensación abrumadora hizo que su rostro perdiera todo el color en la penumbra.
—Por eso le dije que era algo imposible.
Incapaz de mantener la calma, su voz se volvió ansiosa.
—No, no es un omega. O sea, no es omega, pero… tampoco es beta. Ese es el segundo problema.
Agobiado por lo confuso de su propia explicación, suspiró y se frotó el rostro varias veces con la mano libre. Intentó calmarse, enderezando la espalda para explicar la situación tal como le habían pedido en el teléfono.
Bebió un par de sorbos y recordó la época en que recién lo había conocido.
—Estoy seguro de que es omega, pero él insiste en que es cien por ciento beta. Pensé que quizá ocultaba algo, pero cada vez parecía menos eso. En verdad se cree beta, y dice que lo evaluaron como tal. Al principio… no percibí feromonas especialmente fuertes, pero aun así pensé que era omega. Ya sabes que puedo distinguirlos aunque no estén liberando feromonas. Pero ningún alfa de mi entorno lo percibía como omega. Lo encontré raro, sí, pero asumí que era un omega que tomaba inhibidores de forma constante. Como sabes, incluso así, es casi imposible que yo no lo detecte.
Recordó la conversación en una taberna de estilo español, cuando Choi Inwoo se burló de él diciéndole que pronto terminaría volviéndose beta, por lo mucho que detestaba usar feromonas para seducir o durante el sexo.
Desconfiaba de la gente que no conocía bien y nunca ocultaba que los observaba con hostilidad. Parte de esa actitud era deliberada: hacía que los demás se comportaran con cuidado a su alrededor. Lo había hecho toda su vida. Lo hizo cuando Yuni trajo a Juhan, y con cualquiera.
Pero al hombre que decía haber aprendido dibujo con la directora hace años no le tomó mucho tiempo descartarlo como alguien peligroso.
Lo primero que llamó la atención fue su discreta diligencia para cumplir su trabajo. Sus manos metiendo panfletos en sobres, o la silueta de su perfil al inclinar un poco la cabeza al colgar o bajar cuadros en la exposición… pequeños gestos, pero estéticamente cautivadores.
En su rostro, en las líneas de su cuerpo en movimiento, incluso en su mirada y su voz, había algo húmedo, casi como si acabara de salir de la ducha, algo entre un chico y un joven que parecía no decidirse a crecer.
No parecía sociable, y sí un poco tímido, pero no levantaba barreras ni desconfiaba de la gente. Incluso soportaba las aproximaciones bruscas de Choi Inwoo. No se encogía ni se apocaba, lo cual hablaba de una seguridad tranquila.
「Yo… no soy omega…」
Su rostro, incómodo pero honesto, con ojos transparentes que no ocultaban nada.
Desde que dijo que no era alfa ni omega sino beta, dejó de ser solo un objeto de observación o curiosidad para convertirse en un territorio desconocido que lo inquietaba de forma sutil.
—Pero realmente cree que es beta. Aquí, las personas capaces de quedar embarazadas están exentas del servicio militar. Revisé los documentos: él cumplió el servicio activo y fue dado de baja de forma regular. Eso significa que, al menos antes de enlistarse, no se había manifestado como omega. Y si hubiera ocurrido durante el servicio, no habría podido terminarlo normalmente. Así que, además, se concluye que tampoco se manifestó como omega recientemente.
Recordaba bien la mirada firme con la que le dijo que no habría ocultado ser omega. Esos ojos negros, inmaduros todavía, pero para nada opacos, eran como un destello condensado de la pureza que todos tienen en cierta etapa de la vida.
—Para ver su reacción, liberé un poco de feromonas. Quería confirmar si realmente era omega, porque no podía creerlo.
No recordaba cuántas veces había liberado feromonas después de tanto tiempo sin hacerlo. Solo sabía que, para comprobar algo así, había actuado de un modo que no era propio de él.
—Las primeras veces parecía tener una barrera, pero luego empezó a reaccionar. Me respondió con feromonas compatibles con las mías. Pensé que debía ser un tipo complejo de omega, uno que no se conoce bien. Detectaba mis feromonas y reaccionaba, pero… creía que era el olor de un perfume.
Incluso después de aquella primera imprudencia, continuó liberando feromonas. Nunca olvidaría su rostro puro, totalmente ajeno a la idea de que estaba reaccionando a feromonas, mientras acercaba la cara a su hombro frente a la obra de Shushu pensando que era perfume.
Por primera vez, sentir que alguien detectaba sus feromonas no le produjo incomodidad, sino un estremecimiento. Un impulso eléctrico.
Negó con la cabeza ante la interpretación que le ofrecían desde el teléfono.
—No… él no fingiría algo así. Si supiera que eran feromonas y aun así actuara, yo lo notaría. No podría engañarme alguien diez años más joven… ¿cierto?
Al darse cuenta de que estaba pensando en las tres veces que había tenido sexo con alguien diez años menor al punto de perder la cabeza por las feromonas, se quedó callado, incómodo.
Solo esperaba que no recordaran cuando él mismo reprendió a Choi Inwoo por sentirse atraído por alguien tan joven. Nunca le habían atraído los menores, y menos diez años menores, ni como pareja ni como compañero sexual.
—En fin… él tuvo un problema, y aunque no es algo que me guste hacer, usé feromonas para calmarlo. Respondió claramente. Muchísimo más que antes. Liberó feromonas propias con fuerza. Ahí confirmé que era omega, pero...
Recordó la mezcla de excitación y desconcierto al tocar entre sus piernas, y apretó la boca.
—No tenía lubricación. Nada.
Un silencio denso se extendió entre ambos.
Era, literalmente, un relato de cosas que no podían suceder.
—En ese momento solo quería calmarlo, así que no hubo penetración. Pero después… sus feromonas se intensificaron. Y la segunda vez que tuvimos sexo… no sé si me creerá, pero llegó un punto en que no pude controlar mis feromonas en absoluto.
Aunque para entonces ya tenía un interés más complejo que lo puramente físico, no estaba llamando para hablar de su vida amorosa. Solo quería información sobre su naturaleza relacionada con las feromonas.
Aunque su casa era lo bastante grande como para no preocuparse por gemidos, aun así dudaba mucho que él aceptara tener sexo sabiendo que había alguien más bajo el mismo techo. Por eso había cambiado la residencia de trabajo a un hotel: con anticipación, esperaba esa segunda vez.
—Boca, cuello, ingle, axilas, genitales, ano...
Enumeraba con voz apagada, pero de pronto se dio cuenta de que estaba contando detalles íntimos de otra persona. Aunque era información necesaria para obtener una evaluación médica, seguía siendo la vida privada de alguien.
—Perdón por hacerle escuchar todo esto...
Quizás le dijeron que no se preocupara, porque volvió a hablar con un tono más controlado.
—Las feromonas se detectaban más intensamente en zonas con glándulas sudoríparas activas, lugares con más olor corporal, mucosas, fluidos… justo como describen las características de las feromonas. Reaccionó a las mías con una sensibilidad increíble, al punto de mostrarse sexualmente directo, algo impensable para su personalidad. Y cuando lo penetré… ambos estábamos totalmente dominados por las feromonas, fuera de sí, y cuando recuperé la conciencia… ya había hecho notting y llegado hasta intentar un Changing. No pude… controlar nada. Ni protegerlo...
Su voz se iba apagando, volviéndose vacía. Como alguien que hubiera perdido la última capacidad humana de controlar sus propios actos.
Como si buscara fragmentos de un sueño borroso, negó lentamente con la cabeza, entrecerrando los ojos.
—Quise pensar que era un error posible. Que debía mantener la calma. ¿Por qué no habría intentado hacerlo? Pero él no estaba tomando anticonceptivos, así que si fuera omega, habría más del 90% de probabilidades de embarazo. Y si fuera beta… yo habría intentado un Changing con él. ¿Cómo… podría mantener la cordura?
Terminó de un trago lo poco que quedaba en su copa. Con el dorso de la mano, donde se marcaban venas azuladas, se limpió los labios con brusquedad, inclinando la cabeza y despeinándose.
—Lo sé. Uno o dos intentos de Changing no bastan para provocar una transformación. Pero… esa barrera que nunca había sido invadida fue atravesada tan fácilmente. Y por el enemigo más débil que hubiera podido imaginar. ¿Lo entiende?
Su pecho y hombros desnudos se tensaron, inflamados por la emoción.
—Y lo más sorprendente es que, incluso después de experimentar una eyaculación en estado de notting, su interior estaba completamente bien.
Tomó la copa, pero ya estaba vacía.
—Le dije que era algo imposible. ¿Un beta soportando mi notting sin una sola herida? ¿Dos veces? Es imposible. Usted lo sabe. Un omega normal sufriría al menos un día o dos, y hasta un omega dorado lo pasaría mal. Pero él...
Parecía haber hecho una pausa, porque sus palabras se cortaron de golpe. El hombre dudó, como un niño regañado.
¿Un beta soportando mi notting sin un solo rasguño? ¿Dos veces?
Parecía que al otro lado del teléfono le estaban reprochando cómo había permitido una segunda penetración después de semejante error, pues bajó la mirada y se mordió los labios.
Alegó que la atracción de feromonas había aumentado tras la primera penetración, pero aunque eso pudiera engañar al que estaba al teléfono, no podía engañarse a sí mismo por no haber evitado aquel escenario.
¿Qué habría pasado si él no hubiera subido a su dormitorio? ¿Se habría acostado a dormir tranquilo?
Lo único seguro es que, desde el instante en que lo vio empapado por la lluvia, temblando frente a su casa, sintió una furia tan intensa hacia quien fuera que lo había dejado así, que habría destruido todo lo relacionado a esa causa. Y junto con esa furia abrasadora… su deseo sexual por él también se disparó del mismo modo.
El hombre sabía, por educación, qué clase de instinto era ese: ira y deseo tan fuertes que parecían elevar la existencia por los aires.
Cuando un alfa mantiene durante mucho tiempo un vínculo continuado con un único omega, su inclinación protectora hacia él se vuelve instintiva. Algo muy parecido debía ser aquello.
En la actualidad, con la desaparición de situaciones que generaban ese tipo de reacciones, era algo raro. Pero también le habían enseñado que cuando un alfa se mantenía fiel a un solo omega, podía incluso ofrecer su vida sin dudarlo, priorizando la seguridad de ese omega capaz de gestar.
En su juventud, aquella explicación —seca y práctica— le había parecido desagradable, como si lo redujera a un simple instrumento reproductivo.
Pero si lo que sintió aquella noche en la puerta era un instinto cercano a la protección del alfa hacia su omega, entonces… no le resultó tan desagradable como su resistencia teórica de antaño.
De hecho, en ese momento no había nada más precioso o adorable que él; sentía que podría entregarlo todo con tal de mantenerlo seguro y dejarlo sonreír en paz… Su energía entera se concentraba de manera sorprendentemente simple en esa persona frente a él.
Aun así, aquella sensación de sacrificio no le provocaba disgusto, pero sí desconcierto.
Para empezar, él no era un omega con quien hubiese mantenido un vínculo durante largo tiempo. Ni siquiera era su omega. Ni siquiera era omega. ¿Cómo podía un ser tan incierto despertar sus instintos de alfa?
—La segunda vez, sus feromonas me dominaron por completo. Caí en el notting y luego en el changing casi arrastrado por ellas. A pesar del error de la primera vez, intenté mantener el ritmo, estar consciente… pero fue inútil. Sus feromonas eran como si me incitaran, como si me ordenaran hacerle el notting y el changing. Ya no es simplemente que mis feromonas las llamen….
El hombre entreabrió los labios. Luego, con un suspiro, como expulsando un viento helado acumulado en su interior, murmuró:
—Entonces… ¿qué es él?
Parecía que había contado toda esa larga historia solo para pronunciar esa única frase.
—No. No, no es eso.
Respondió rotundo a lo que le dijeron desde el teléfono. Negó varias veces.
—¿Feromonas inestables de un omega inmaduro? ¿Un alfa dorado como yo… perdiendo el control por las feromonas inestables de un omega que ni siquiera es un omega dorado? ¿Eso es posible?
Agitado, el hombre se tomó la cabeza como si sintiera dolor.
—Y si fuera así… entonces ¿qué soy yo? ¿De verdad soy un alfa dorado? ¿Soy un Ghost?
Sus hombros, encorvados mientras se cubría la cabeza, se alzaban y bajaban en la oscuridad.
—Intenté calmarme. Muchísimas veces.
Su voz estaba afilada, cargada del arrepentimiento, la culpa y la desesperación de un ser humano atrapado en la incertidumbre.
—Pero últimamente, cuando lo veo, siento que me arrastra sin remedio. Apenas y puedo evitar liberar mis feromonas en cualquier momento. Y aun así… en cuanto se dan las condiciones para tocarlo, para acostarnos, entro de golpe en un estado donde lo deseo tanto que me vuelve loco. Si él deja escapar feromonas primero, no puedo resistir. No tengo voluntad de resistirme… soy completamente impotente ante ellas….
Con los codos apoyados en los muslos, levantó la cabeza y, con la palma grande, se estrujó la mandíbula como si quisiera borrarla.
—Así que… ¿esto es un alfa dorado? ¿Perder el control por unas feromonas y entrar en celo? ¿Es para esto que entrené tanto, solo para convertirme en una bestia así?
Ahora su voz sonaba apagada, hueca. Su mirada perdida lo confirmaba.
Las palabras de consuelo al otro lado del teléfono lo hicieron soltar una risa vacía.
—No es miedo. Es confusión.
No obtuvo ninguna respuesta clara. Pero tampoco lo esperaba. Ni siquiera él, que sabía bastante del sistema alfa-omega, había oído jamás de un caso semejante. Y quien estaba al otro lado también se notaba desconcertado.
Quería creer que confesárselo a alguien de confianza lo había aliviado un poco… pero no. El problema seguía ahí, y tendría que enfrentarlo solo.
—En septiembre viajaré a Chicago por lo de la exposición. Lo visitaré en persona. Y si sabe o descubre algo antes… sí, de acuerdo.
Incluso después de terminar la llamada, siguió inclinado hacia adelante, inmóvil. Mucho después se enderezó, se frotó los párpados y soltó una maldición en voz baja.
Se levantó para servirse otro whisky, pero tropezó con el cable del flexo que cruzaba la alfombra. Estiró el brazo para atrapar la lámpara antes de que cayera, pero el metal fino se le escapó por un instante.
Aunque logró amortiguar la caída con muslo y rodilla para evitar que la pantalla y el foco se rompieran, soltó una maldición más fuerte por cometer un error que en circunstancias normales jamás habría ocurrido.
Olvidando incluso que iba por más licor, colocó la lámpara recostada sobre la alfombra y se dejó caer allí mismo. Parpadeó varias veces, cerrando con fuerza los ojos, hasta que, resignado, apoyó la espalda en el sofá y los cerró por completo.
Dijo que no era miedo, sino confusión. Que el miedo era imposible en su situación. Pero ni él mismo podía asegurarlo.
Ya no tenía certeza de nada. Ni siquiera de su propia existencia.
Sentía que si se miraba al espejo… tal vez no encontraría allí su reflejo. Y eso, definitivamente, sí daba miedo.
