Una pareja que parecía rondar los cuarenta hacía el check-in en el mostrador, con su hija —aparentando estar en primero o segundo de secundaria— esperando detrás de ellos.
Tal vez no habían viajado mucho al extranjero, porque, además del equipaje facturado, tanto la pareja como la hija llevaban cada uno una mochila y una bandolera. En sus rostros se notaba claramente la tensión.
Por fin terminaron el check-in sin contratiempos, y al recibir la indicación de esperar en la banca cercana hasta que finalizara la revisión del equipaje ya cargado en el avión, se acercaron empujando el carrito vacío.
Se sentaron juntos en el asiento de enfrente, frente a donde yo estaba.
—¿No habrás puesto la batería de la cámara dentro del equipaje de mano, verdad?
—No, está en la mochila.
El padre preguntó mientras apartaba con cuidado el mechón de cabello de su hija que, por haberlo atado deprisa, se había deslizado por su sien. Ella respondió con un tono ligeramente fastidiado.
—Me preocupa que hoy no haya dormido bien. Seguramente también estará incómoda en el avión.
La madre habló mirando a su hija con expresión preocupada.
—Mamá, ¿a qué hora dijiste que llegábamos a Praga? Quiero ir al puente de Carlos apenas lleguemos.
Aunque estaba cansada, parecía emocionada por el viaje, así que, al verla preguntar por el itinerario, la pareja dejó de lado la preocupación y se miró mutuamente sonriendo.
Cuando todos fuimos juntos a Phantom para el viaje de negocios a Hong Kong, casi no me había fijado en nada a mi alrededor. Tenía algo de emoción, sí, pero la tensión era mayor. Igual que esa pareja ahora. Pero al estar sentado en un banco del aeropuerto como alguien que no es turista, veía cosas que antes no había visto.
Morae y Hyung se habían ido.
Habíamos acordado evitar esa escena típica de quedarse mirando hasta que el otro desapareciera tras la puerta de embarque, así que decidimos despedirnos frente al mostrador de check-in. Ellos irían hacia la zona de embarque y yo hacia la puerta por la que habíamos entrado. Que nadie se quedara observando la espalda del otro, que cada uno siguiera su camino.
Pero, después de saludar con la mano y darme la vuelta, regresé a esta banca y me senté. Simplemente, sentía que no debía abandonar este lugar tan deprisa.
En cualquier rincón del aeropuerto era fácil encontrar familias que viajaban aprovechando las vacaciones de verano. Era una época en la que el número de viajeros al extranjero alcanzaba los treinta millones al año, y hacía ya mucho que viajar al extranjero había dejado de ser algo exclusivo de los ricos.
En el pueblo donde vivía mi abuelo, también había varias oportunidades al año de participar en paquetes turísticos económicos organizados por cooperativas de pescadores, de agricultores, o por asociaciones de mujeres. Cuando estaba en secundaria, después de las vacaciones, siempre escuchaba a mis amigos contar sus viajes por distintos países del mundo.
Nosotros tres —mi madre, mi padre y yo— nunca habíamos hecho uno de esos viajes al extranjero que ya se habían vuelto tan comunes. Mi madre parecía haber viajado bastante antes, pero nunca hubo la oportunidad de hacerlo los tres juntos.
Eso no significaba que pensara que nuestra familia era infeliz, ni que me sintiera acomplejado por las historias de viaje de mis amigos. Mis padres priorizaban asegurar tiempo para pintar, así que no vivíamos con holgura; aun así, jamás sentí que fuera desafortunado o pobre por no tener ropa o zapatillas de marca.
Estaba recordando los días posteriores al anuncio del premio de mi madre.
Recordaba las caras de mis padres, que cada noche, en la mesa, hablaban animádamente sobre cómo usar aquella suma considerable para nuestra familia.
Si debíamos contribuir a cambiar el coche de segunda mano que llevábamos más de diez años usando; si completaríamos el equipo digital de mi madre; si cambiaríamos mi viejo portátil heredado de mi padre; si compraríamos un traje nuevo para él y guardaríamos el resto.
Parecía que debatir sobre qué hacer con el dinero era más divertido que gastarlo realmente: cada noche la mesa estaba llena de emoción. Mi madre nunca lo dijo explícitamente, pero yo sabía que también contemplaba la idea de un viaje a Europa los tres juntos, para visitar museos.
Pero esa escena, ahora, no se sentía como un recuerdo real de nuestra familia. Era como un video producido artificialmente para representar felicidad. Y, como si la señal se interrumpiera, la imagen se distorsionaba y luego se iba a negro. Igual que nuestros planes, que nunca llegaron a hacerse realidad.
En cuanto sentí que estaba removiendo demasiadas cosas por dentro, algo en mi pecho me jaló del cuello como un seguro de emergencia. Una señal para detenerme.
Dejé de mirar fijamente a la chica que revisaba una guía de viaje llena de notas, cintas de colores y post-its, y me levanté.
Tal como había dicho el chofer —que no podía esperar mucho frente a la puerta de embarque—, lo llamé para avisarle que ya estaba saliendo del aeropuerto. Me pidió que en cinco minutos estuviera frente a la puerta, pero yo me apresuré a salir.
Afueras seguían húmedas por la llovizna, igual que ayer, pero como el aire acondicionado me había bajado la temperatura, no sentí calor.
La gente que iba y venía frente a la puerta de embarque tenía la misma expresión de excitación previa a un viaje. Igual que frente al hotel, sentí de nuevo esa sensación de desajuste.
De pronto me invadió el cansancio. Al bajar la tensión, todo el agotamiento acumulado de estos días —sin dormir ni descansar bien— me cayó encima de golpe.
Cruzando dos veces el semáforo para llegar al punto que el chofer me indicó, vi acercarse lentamente el sedán negro que nos había llevado cómodamente desde ayer.
Inclinando un poco la cabeza hacia la silueta del chofer que se veía débilmente tras el vidrio polarizado, me dirigí hacia la puerta trasera y la abrí.
—Se separaron antes de lo que pensaba.
Era su voz. Él estaba dentro.
Con una mano apoyada en el borde de la puerta y el cuerpo inclinado hacia adentro, me quedé congelado unos segundos.
—¿Cómo…?
Era, sin duda, el mismo coche en el que había venido con Morae y Hyung, y el mismo chofer que nos había conducido. Hasta donde yo sabía, él no se movía en este coche para nada.
Chasqueó la lengua y, acercándose un poco más, tiró de mi muñeca apoyada en la puerta.
—Te vas a mojar otra vez. Sube.
Subí torpemente, siguiendo su tirón, y aun ya dentro, incapaz de comprender la situación, me quedé pegado a la puerta mirándolo con ojos llenos de preguntas.
—¿Es tan sorprendente que yo esté aquí?
Él parecía genuinamente sorprendido de que yo me sorprendiera tanto.
La verdad, más que sorprenderme, me alegró. No sabía cómo manejar mi expresión. Después de haber despedido sanos y salvos a Morae y Hyung, recién había caído en cuenta de lo desgarrado que tenía el pecho por dentro estos días… y su aparición, tan inesperada, me alegró. Sólo con verlo, sentí como si algo empezara a sanar.
Él ya estaba ejerciendo su influencia sobre mí como alguien que me gustaba.
—No pensé en esto para nada…
El auto arrancó y, mientras acomodaba mi postura para sentarme más cómodo, murmuré. De algún modo, me daba pena mirarlo directamente.
—No creo que sea tan sorprendente que yo esté en mi auto.
Su chiste, insistiendo con una lógica rara, me hizo reír. Fuera cual fuese la razón de que él estuviera aquí, el consuelo que me estaba dando en ese momento no podía ser arruinado.
Creía que mi alegría por este encuentro inesperado se me debía notar sin filtro, así que, mientras mantenía la mirada más o menos por la zona de su pecho, mis ojos captaron las gafas de sol. Aunque era temporada de lluvias, él seguía llevando sus gafas en el bolsillo del pecho de su chaqueta, como siempre.
—Tus gafas de sol se ven bien…
-¿Mmm?
Quizá no esperaba ese tema, porque alzó el final de la frase como interrogando.
—¿Puedo… ponérmelas una vez?
Era una decisión atrevida para mí. Tal vez el agotamiento después de todo lo que había pasado, sumado a la emoción de verlo aparecer, estaba sacando un lado mío distinto al de siempre.
Él me miró con interés, como si acabara de escuchar una propuesta llamativa, y se rió sin sonido mientras levantaba las comisuras de los labios. Luego me entregó las gafas sin dudar. El marco simple, las lentes oscuras, las patillas delgadas y elegantes… daban una impresión inteligente y servían muy bien para ocultar la expresión.
—Déjame ver… Te quedan bien.
Giró ligeramente mis hombros para mirarme el rostro y, aun así, gracias a las gafas pude evitar apartar la mirada. Era un objeto muy útil.
Me observó fijamente con los ojos brillantes, como si viera algo curioso, y solo después de un buen rato apartó la vista. Entonces sacó un celular del bolsillo interno de la chaqueta y me lo extendió.
—¿Esto… qué es?
—Es su nuevo celular, señor Seo Yeehyeon.
Tomé el teléfono casi sin pensar. Era el modelo más reciente de esa marca que Juhan-hyung no dejaba de decir que quería comprarse últimamente.
—Hasta ahora, los objetivos de esa gente eran solo dos personas. Por eso no tenían razones para presionarlo a usted directamente. Pero cuando descubran que ya no es posible rastrear a esas dos personas, usted se convertirá en el único blanco del que pueden extraer información. La situación es distinta ahora. Puede convertirse en objetivo en cualquier momento. Hay que prepararse.
Dijo eso sin rastro de sonrisa mientras presionaba números en la pantalla de su propio celular. Un momento después, sentí una vibración en mi mano. Era su mensaje.
—Es un número nuevo, así que de ahora en adelante use ese.
En la bandeja vacía del celular solo aparecía su número, aún sin registrar. Un aparato completamente vacío, sin ningún rastro… se sentía como una herramienta futurista que me permitía resetear el pasado y arrancar de cero. Me burlé de mí mismo por ese pensamiento sentimental y absurdo.
—Dónde trabaja y dónde vive… Dentro de nuestras fronteras, averiguar ese nivel de información es más fácil de lo que piensa. Lo ideal es quedarse en un lugar donde incluso si saben dónde está, no puedan acercarse fácilmente.
Aunque su silueta se veía un poco más difusa detrás de las gafas, el color de sus ojos se veía aún más claro. Sus ojos, que durante el sexo eran más azulados y burbujeantes como agua carbonatada, ahora me miraban serenamente.
—Hay un lugar adecuado para usarlo como su atelier y como residencia temporal. Estaba pensando en ir allá juntos ahora mismo, si le parece bien.
El plan avanzaba tan rápido que me costaba seguirle el ritmo, pero perder tiempo no iba a cambiar nada. Asentí y él mostró una sonrisa satisfecha.
—Estos días debió estar con el cuerpo y la mente al límite. Descanse un poco mientras vamos.
Extendió el brazo y reclinó mi asiento, haciéndolo él mismo porque yo no conocía bien el sistema interno. El movimiento de su brazo cruzando frente a mi pecho y su perfume intenso me tensaron el cuerpo por completo por un instante.
Hoy no llevaba el perfume que yo conocía. Este era más denso, pesado y presente. Le quedaba bien de todas formas, pero sin razón me causó una sensación leve de desilusión. Era solo un perfume.
Al retirar el brazo y mirarme de reojo, soltó un pequeño suspiro, un sonido como un hmm, y despeinó suavemente mi cabello.
—Ya lo entiendo, así que no me mires… así.
Diciendo eso, giró la cabeza hacia la ventana. Su perfil, frotándose los labios con una mano grande y frunciendo el ceño, parecía incómodo.
¿Qué quería decir con “así”? Era una frase rara. Además, llevaba las gafas de sol, así que ni siquiera podía ver mis ojos.
■ ■ ■
—Cada unidad tiene su propio ascensor y hall privado, así que casi no hay ocasión de que los residentes se crucen entre sí.
Dijo mientras abría la puerta de vidrio justo frente al lugar donde habíamos estacionado, usando una tarjeta. Dentro había un pequeño hall de unos 3 o 4 pyeong, con un cómodo sofá de tres plazas.
En la pared junto al ascensor, donde debería estar el botón, no había nada. Solo un panel digital negro. Él acercó la tarjeta al panel y la puerta se abrió. Luego acercó la tarjeta al panel interno y automáticamente se iluminó el quinto piso. Solo se podía ir al estacionamiento, al lobby, a los pisos subterráneos 1 y 2, y al piso 5. No se podía mover a ningún otro nivel.
—Como vio al entrar, los externos no pueden acceder al complejo en absoluto. Parte es porque esta zona está en una colina, pero también es porque levantaron el terreno más de lo normal para tener una mejor vista abierta del río Han. Aunque en teoría hay cinco viviendas del piso 1 al 5, en realidad es como si fueran del 3 al 7. Los sótanos 1 y 2 no tienen buena vista, así que los usaron como espacios comunes.
Escuchaba lo que decía mientras agitaba la tarjeta como si estuviera abanicándola, pero lo único claro para mí era que este edificio al que me estaba llevando era extremadamente lujoso.
Las puertas del ascensor se abrieron en dirección opuesta a la que habíamos usado para entrar. Al salir, estaba la entrada principal. Más exactamente, un cuarto rectangular usado como recibidor. El largo vestíbulo, con mármol en tonos beige dorado claro, no tenía adornos innecesarios.
—Puede entrar con los zapatos puestos.
Me detuve al borde del escalón que conectaba el recibidor con el pasillo, y él, después de revisar rápidamente el interior de un mueble empotrado sin tiradores, cerró la puerta y se acercó por detrás para hablar.
Para llegar a la zona de vida real había que pasar otro pasillo doblado. Desde la entrada no se veía nada del interior; era una estructura diseñada para proteger mucho la privacidad.
—La estructura del edificio impide el acceso externo, pero además hay más de cinco guardias apostados las 24 horas, así que la seguridad es bastante confiable.
Al final del pasillo apareció una amplia sala de estar, tan abierta que solo podía describirse como completamente despejada. El techo era alto, lo que daba una gran sensación de amplitud, y una de las paredes estaba completamente revestida de vidrio. Gracias a eso, incluso en un día nublado como hoy, la luz era más que suficiente.
—Compré este lugar para alquilarlo a extranjeros y obtener ingresos por renta, pero la inquilina anterior terminó su contrato con la empresa de aquí en mayo, así que cerró su vida en Corea y regresó a su país. Desde entonces nadie más ha venido, y justo estaba considerando mudarme yo. ¿Qué dices? ¿Te gusta?
Él, que observaba lentamente la sala —amueblada solo con lo mínimo—, se giró hacia mí, que seguía parado torpemente al final del pasillo, y preguntó. Lo dijo con el mismo tono con el que uno levantaba una camiseta expuesta en una estantería y preguntaba si agradaba.
Habría sido mentira decir que no entendía la intención de su pregunta. Pero, si la intención era lo que yo pensaba… esta vez no entendía la razón.
Quizás creyó que dudaba porque no me gustaba la casa, porque empezó a insistir más, detallando las buenas condiciones del lugar.
—Es de dos pisos, así que tú y yo podemos vivir prácticamente como si estuviéramos separados, con privacidad. Yo solo paso aquí las noches por trabajo, así que podrías dedicarte a pintar sin interrupciones.
Caminó hacia la ventana de la sala, giró la manija hacia abajo para desbloquearla y deslizó lentamente hacia la izquierda la gran puerta corrediza.
A pesar de estar en el séptimo piso, frente a la enorme ventana se extendía un jardín amplio. Un jardín real, con césped, tierra y diseño paisajístico. Más allá, bajo la lluvia fina, fluía el gris río Han.
El aire fresco entró con el olor a tierra mojada del jardín. Solo entonces me di cuenta de que el ambiente interior estaba algo cargado.
—Cuando el clima es bueno, incluso podrías trabajar en el jardín. No habrá nada que te moleste. Es muy silencioso, ¿ves?
Con la puerta corrediza completamente abierta, él volvió la vista hacia mí y sonrió.
Si no estaba interpretando mal, él estaba recomendándome esta villa de lujo como mi atelier y alojamiento temporal. Y probablemente… me estaba proponiendo vivir aquí con él.
Como yo seguía sin reaccionar, regresó hacia mí. Incluso caminando sobre mármol suave, casi rosado, sus pasos apenas hacían ruido.
Se acercó hasta donde yo estaba, plantado en la sala como una maceta fuera de lugar, se inclinó un poco y miró mi rostro de cerca. Necesitaba mis gafas de sol. Pero las había dejado en su carro, cuando se las devolví.
—No tienes cara de que te guste la casa.
Que me gustara o no… era un problema secundario. No podía quedarme para siempre en la casa del director Han, pero tampoco había imaginado un lugar tan lujoso.
—¿Y dónde pensabas quedarte entonces?
—......
Como si hubiera leído directamente mi duda, él preguntó.
—Eso de que estás viviendo en la casa de la directora Han… ellos lo averiguarán pronto. Honestamente, según mi opinión, es casi seguro que esa casa ya fue identificada hace tiempo.
Diciendo eso, se enderezó y cruzó firmemente los brazos.
—Me encargaré de que tengas todas las comodidades necesarias para que puedas concentrarte en pintar, en un lugar seguro.
—......
—No compré esta casa para ti, es solo que está vacía y estaba pensando en mudarme. No tienes que sentir ninguna carga. La adquirí para alquilarla, sí, pero siempre me gustó la estructura y la vista, así que también me interesaba vivir aquí un tiempo. Y aunque viva solo, no voy a usar todo este espacio de todos modos.
Aunque sabía que era una persona muy adinerada, rara vez había sentido realmente una distancia económica cuando hablaba con él. No era alguien que ostentara su riqueza.
Esta era la primera vez que sentía un contraste tan marcado en nuestra forma de percibir las cosas.
Según su lógica: la casa ya estaba vacía, ya pensaba mudarse aquí, y de todas formas no iba a usar todo el espacio aunque viviera solo, así que no había ningún “sacrificio económico” de su parte. Intentar explicarle que, aun así, emocionalmente yo sí sentía carga, parecía inútil.
—Y lo de Phantom, y lo de la casa de la directora….
Al oír mi pregunta vacilante, él me miró un segundo, soltó los brazos y tomó suavemente mi muñeca. Luego, diciendo que al menos ya que habíamos venido hasta aquí, debía ver la casa completa, me guio hacia el pasillo más allá de la sala.
—Me da pena lo de Phantom, porque tu ayuda había sido muy útil. Pero ahora tienes que concentrarte solo en pintar. ¿O vas a hacer como Choi Inwoo y dedicarte a esto como pasatiempo?
Frente al dormitorio principal del primer piso, él se giró hacia mí, como confirmándolo.
No tenía intención de dedicarme a pintar por hobby, pero desde la aparición de mi tío, solo había podido pensar en Morae y en mi hyung; no había tenido tiempo ni cabeza para considerar otra cosa.
Él, que me observó un momento, abrió la puerta del dormitorio hacia adentro y siguió hablando.
—Sabes que no te queda más remedio que detener lo que hacías ayudando a la directora Han, ¿no? Independientemente del trabajo, ir y venir de esa casa ahora mismo no es seguro para ti. Ni para ella.
Esa era otra cosa en la que no había pensado. Aunque era mi asunto, él tenía una visión mucho más amplia de la situación y estaba preparando soluciones. Me sentía agradecido… y avergonzado.
Me dejó frente a la cama cubierta con un protector para evitar el polvo y se dirigió hacia la ventana del dormitorio, que también daba al jardín. Corrió las cortinas delgadas y dejó la ventana entreabierta.
Aunque estaba más acogedor que la sala, también aquí no había señales de vida, lo cual le daba un aire desolado.
—Es que todo ha sido tan repentino, y tan rápido… que ni siquiera… sé… qué pensar...
Mientras me acariciaba el brazo sin sentido, murmurando incoherencias, él regresó a mi lado.
Mi corazón se apretó al verlo suspirar profundamente con los hombros inclinándose. Me sabía mal no poder aceptar sus atenciones con facilidad, pero con lo rápido que estaba avanzando todo, yo me sentía demasiado pequeño para alcanzarlo.
Él me miró desde arriba, frunció ligeramente el ceño con expresión apenada y se rascó la frente.
—Creo que te presioné demasiado, ¿cierto?
—......
Negué rápido. Como si fuera la única manera de transmitirle mi sinceridad.
Me disgustaba que él siempre se diera cuenta antes que yo mismo de mis dudas y preocupaciones, y que terminara disculpándose. Decía que le gustaba… y aun así yo sentía que solo recibía de él, que no daba nada a cambio.
—No, no es eso. Gracias por considerar cosas que yo ni siquiera había pensado… realmente te lo agradezco.
Si no hubiera sido por él, si no lo hubiera conocido… ¿cómo habría podido manejar esto?
La verdad es que no habría podido. Ni Mosae ni mi hyung ni yo, todavía sin fuerza social real, teníamos medios para resolver un problema así.
No es que todo estuviera resuelto, pero evitar que la situación se volviera un desastre y avanzar hasta este punto había sido gracias, únicamente, a su ayuda.
—Es solo que… son opciones que nunca había imaginado, y por eso me siento abrumado. El director no tiene ninguna culpa...
—Lo sé.
Como si pusiera la mano dentro de mi corazón para tomar la palabra exacta que buscaba, él me interrumpió suavemente.
—Sé muy bien que estás agradecido. Así que ya no tienes que decir nada.
—......
Cuando alcé la vista, animado por la calidez de sus palabras, su expresión estaba quebrada. Una grieta muy sutil, pero en sus ojos se mezclaban compasión, empatía y algo de tristeza hacia mí.
Recordé cómo él, antes, me consideraba alguien que entraría a su vida solo por un momento, para luego desaparecer.
Y ahora había algo que era indudable.
De una forma u otra, yo ya estaba dentro del círculo de su preocupación y su amabilidad. Sus ojos lo decían claramente: no tenía que dudar de eso.
Pedírselo todo… querer algo especial, único… eso, más allá de mi lugar o mis límites, era simplemente ambición. Y ya estaba recibiendo demasiada ayuda.
Desde unos dos pasos de distancia, él me observaba en silencio, pero de pronto apartó la mirada como si escapara, con una expresión carente de calma. Su perfil, en el que sus dedos se enredaban nerviosos entre el cabello que había estilizado de forma más relajada por ser día libre, incluso parecía inquieto.
—¿Qué te gusta? ¿Alcohol? ¿Compras? ¿Viajes? Aunque parece que nada de eso… ¿Cómo voy a saberlo?
Que hubiera ido al aeropuerto por mí, que me hubiera traído a esta casa y que me hubiera hecho una nueva propuesta… todo aquello me cruzó por la mente como posibles intentos de consolarme por haber dejado marchar a Morae y a mi hyung.
—¿O quieres que llame a Baek Yuni y a Kwon Juhan para tomar algo? Ellos son mejores que yo, seguro.
Le sujeté el brazo cuando sacó el móvil, como si fuera a contactar con ellos de inmediato. Sus ojos se agrandaron un poco al mirarme, sorprendido por mi determinación casi suplicante al detenerlo.
No sabía cómo empezar a hablar. Me mordí el labio inferior y, rindiéndome, apoyé la frente sobre la curva de su hombro.
Ahora que Morae y mi hyung habían salido ilesos del país, el alivio me hacía darme cuenta, al revés, de cuánto tiempo había vivido bajo una ansiedad más profunda de la que pensaba. Con la tranquilidad de saber que se habían ido sin incidentes, se acercaba muy pegada una sensación… casi como si me hubieran arrancado un pedazo del pecho.
Si tenía que consolar ese sentimiento con alguien, solo había una persona de quien quería recibirlo.
—......
Él, que había quedado inmóvil un momento, guardó el móvil de nuevo en el bolsillo.
Su palma cubrió por completo mi mejilla. Una presión suave hizo que levantara el rostro.
—¿Estás triste?
Su voz depurada, que no encajaba con la palabra tristeza, sonaba mucho más tranquila que antes.
Yo había renunciado a ponerle un nombre a este sentimiento, porque no era algo que pudiera definirse con una sola palabra, pero viéndolo de la forma más simple, sí: era tristeza. Las personas que amaba se habían ido lejos; eso me entristecía.
Fingía aceptar la situación como siempre hacía, evitando expresarlo, pero me sentía vacío, perdido, y ya me dolía la idea de la vida que tendría sin ellos y de la vida que ellos tendrían sin mí. No sabía cómo manejar esa emoción y solo me quedaba rondando alrededor de ella, sin atreverme a tocarla. Él me dio la oportunidad de reconocer mi tristeza.
Su mano descendió de mi mejilla hacia mi oreja, envolviéndola con más intensidad. A decir verdad, no importaba si no era “ese aroma”.
—Creo… que estoy triste.
Me recosté suavemente contra su mano y corregí la respuesta.
—Sí, estoy triste.
—......
Entrecerró los ojos y recorrió con minuciosidad cada rincón de mi rostro, como si buscara descifrar algún mensaje intangible. Ese “aroma” que antes no percibía aparecía poco a poco, mezclado con otros más antiguos.
—Te dije que si me querías… solo tenías que decirlo. Que podías tenerme cuando quisieras. Qué tonto...
Sin dejar que sus últimas palabras se asentaran en el aire, inclinó la cabeza y cubrió mis labios profundamente con los suyos. Mi cintura fue atraída hacia él, mi pecho presionado contra su pecho.
Su mano se enroscó en la parte trasera de mi cabeza, guiándome mientras sus labios abrían los míos y su lengua llenaba mi boca por completo. El aroma familiar me invadió nariz y boca en un instante, y exhalé fuerte por la nariz mientras lo abrazaba con fuerza por la espalda.
Como si quisiera verter en mí un remedio valioso, me apretó con un abrazo que casi parecía una atadura. Sin un solo espacio entre nosotros, ese contacto tan firme me dio alivio, y yo también lo rodeé con ambos brazos, apretando su espalda ancha.
Cuando su lengua se deslizó velozmente hacia fuera, rozando mi paladar, lo sujeté del saco con frustración y esta vez fui yo quien buscó sus labios con mi lengua. La atrapó de inmediato.
—Mm… ngh, mmm.
La succión fuerte, que absorbía mi lengua hasta el límite, hizo que la parte más profunda de mi garganta vibrara. Su brazo izquierdo, que me oprimía la cintura, bajó y me agarró las nalgas sobre los jeans.
No cerramos los ojos. A esa distancia en la que las puntas de nuestras narices se rozaban, nos succionábamos la lengua y, sin apartar la mirada, rastreábamos los ojos del otro, que se iban llenando de deseo. Era otro estímulo más, como un acelerante del placer.
Su fuerza al abrazarme y besarme, tan intensa que mis costillas dolían y mi lengua hormigueaba, afirmaba mi existencia. Incluso si fuera alguien sin bordes ni color, en ese instante yo era para él un objeto de deseo y necesidad.
No, al menos hoy… no era solo deseo carnal. Ese calor era claramente consuelo.
—Jaja… de.
Dejó mi lengua, que había estado succionando y mordiendo, y me empujó contra la pared. Sentí un golpe sordo cuando mi espalda chocó contra ella, justo cuando su muslo se deslizó entre mis piernas.
La fricción directa y descarada contra mi miembro hizo que mi mente se nublara y mi cuerpo se elevara como si flotara. Pasé mis brazos por sus hombros, jalándolo aún más cerca.
—Jajaja… ahh… ngh.
De un momento a otro, él se aceleró, respirando pesado, sus hombros subiendo y bajando mientras me sujetaba con ambas manos por las nalgas y me arrastraba hacia arriba sobre su muslo.
Con los párpados medio abiertos, mirábamos nuestras bocas desde arriba mientras nuestras lenguas salían y se rozaban por fuera. Esa fricción húmeda fuera del cuerpo era distinta del beso. Aunque nadie nos mirara, la desnudez de aquello —como si estuviéramos mostrando algo prohibido— hacía que la punta de mi lengua temblara de placer.
Cada vez que me levantaba por su fuerza, mis talones se alzaban. Su muslo, que se movía entre mis piernas, estaba más duro que de costumbre por el deseo repentino. Lo mismo su pecho contra mi hombro. Sus músculos estaban tensos al punto de sentirse bajo la ropa.
Como si estuviera dentro de mí. Tirándome y bajándome una y otra vez, a veces sacudía el muslo, añadiendo un estímulo obsceno entre mis piernas.
—Mm… ngh, uu...
Cada sacudida hacía vibrar mi cuerpo y mi respiración temblaba. Él me observaba con los ojos entreabiertos, como saboreando la escena.
Sus ojos, que cambiaban entre blanco y azul según el ángulo de la luz, parecían ver el éxtasis a través de mí. Y aunque fuera solo mi ilusión, al menos no parecía que yo fuera el único que se encendía y deseaba su calor.
No sabía qué encontraba en alguien tan simple como yo —sin experiencia, sin técnica adquirida, sin encanto innato— que pudiera resultarle atractivo…
Él murmuró, mirando hacia abajo con un vistazo rápido.
—¿Qué hago? Hoy… ya no puedo aguantar.
Y para demostrar que no estaba mintiendo, su entrepierna estaba ya marcadamente abultada.
Aunque suene un poco mal, su pene solía ser muy notorio en ocasiones. Cuando giraba su cuerpo en una postura particular, cuando cambiaba la dirección de sus piernas cruzadas, o cuando metía ambas manos en los bolsillos de sus pantalones. Sinceramente, su presencia era difícil de ignorar. Desde que me acosté con él, tuve que esforzarme por alejar esa imagen de mi vista cada vez que sucedía.
Ahora, su miembro se alzaba notablemente, luciendo tan apretado que parecía sofocado, y empujaba con fuerza el cierre de sus pantalones. Él se dio cuenta de mi mirada fija, me besó la frente y se rió un poco.
Me besó con calor, pasando de mi frente a mis párpados y sienes, y luego hundió sus labios en mi oreja y susurró.
—De verdad te gusta, ¿eh? Mi cosa.
—Ngh...
Quería negarlo, pero también quería dejar de ser un cobarde que le dejaba a él todo el papel de avivar el ambiente, mientras yo fingía desinterés.
Quería negarlo, pero también quería dejar de ser un cobarde que le dejaba a él todo el papel de avivar el ambiente, mientras yo fingía desinterés.
Era cierto que estaba mirando su miembro, y era cierto que esperaba algo emocionante y viscoso que vendría a través de ese volumen antinatural, como si se hubiera insertado algo artificialmente. Así que, dejemos de negarlo por vergüenza.
Él se frotó aún más a propósito, hundiendo su muslo más profundamente. El lento movimiento de su pelvis, al balancearse hacia ambos lados, era sumamente lascivo.
—Oye, está bien.
Estaba desesperado por el movimiento de su cadera, que se balanceaba apenas lo suficiente para que la prominente colina formada por mi miembro abultado en mis vaqueros y el suyo, que parecía a punto de rasgar la cremallera, se rozaran ligeramente.
Mordí mi labio inferior para reprimir el gemido que ya amenazaba con estallar intensamente, y sus labios se acercaron inmediatamente y se apoderaron de mi labio mordido. Su forma de succionar con fuerza hasta causarme un dolor punzante era una de mis caricias favoritas.
Saboreando el dulce dolor que se extendía, puse más fuerza en el brazo que rodeaba su hombro. Empujé el suelo de mármol con la punta de mi pie... y sin poder contenerme, froté mi miembro contra el suyo.
-A él...
Él succionó mis labios con más fuerza y metió la mano dentro de mi camiseta para acariciar mi espalda. Su mano, que subió como si barriera suavemente mi piel, bajó al revés y se abrió paso dentro de mis vaqueros. Mi mano se retorció al sentir la carne de mi nalga, que se había abultado hacia arriba al estar casi sentado sobre su muslo. Su mano, al tantear, se hundió en el pliegue de mis nalgas.
—Ah. Jaja.
Giré la cabeza, saqué mis labios y la agité. Yo, excitado por el mero hecho de que se acercara al orificio por donde podía entrar en mí... agitaba mi cadera por mi cuenta, como si estuviera saltando sobre su muslo. Me avergoncé hasta la muerte tan pronto como me di cuenta, pero no podía controlarlo.
Mi cabeza que se agitaba y mi cadera que se sacudía, aunque eran parte de mi cuerpo, expresaban voluntades completamente diferentes.
Él frotó mi piel con fuerza con su dedo medio deslizado entre el pliegue y me atrajo hacia él por la espalda con un brazo. Apoyé mi barbilla en su hombro y froté mi cuerpo libremente en un estado de completa adherencia.
Hombros, pecho, abdomen, muslos. Cada parte de su cuerpo estaba hecha de músculos bien entrenados, y la excitación se estimulaba con las curvas de su volumen prominente cada vez que frotaba mi cuerpo. Palpé a mi gusto con todo mi cuerpo y mis manos su dureza abultada, gruesa e inamovible, como si no se inmutara ni siquiera con un puñetazo.
Mi cadera se torcía espontáneamente, ya que sus muslos, que me sostenían y me hacían rebotar, y su dedo que entraba y salía del pliegue, me recordaban constantemente la sensación de la inserción. Ya no podía reprimir la sed de quererlo sin ropa.
Hundí mis labios en su cuello y los froté suavemente, reuniendo todo mi coraje para confesar.
—Yo tampoco... puedo aguantar.
Era una rendición más rápida y voluntaria, a diferencia de las veces anteriores en las que solo empezaba a ser honesto después de que el calor de la caricia había revuelto mi mente y me había empujado y provocado.
—......
Él se detuvo en silencio. Sacó su mano de mis vaqueros y al mismo tiempo agarró el borde de mi camiseta y la levantó. Levanté mis brazos para responder, sorprendido, y la camiseta fue quitada en un instante. Él tiró descuidadamente la camiseta sobre un mueble donde había un televisor delgado de diseño moderno, me levantó, abrazándome las piernas.
—Eh.
Instintivamente, envolví mis brazos alrededor de su cuello para no caerme. Mi cuerpo se elevó a una posición desde la que miraba su rostro desde arriba. Yo era un poco más bajo que él, por medio palmo, pero objetivamente, yo no era ni pequeño ni bajo. Él me levantó sin la ayuda del impulso y hasta me agitó un par de veces para tantear mi peso mientras caminaba hacia la cama.
—Sabía que eras delgado, pero... ¿no estarás hueco por dentro?
Su rostro estaba serio mientras negaba con la cabeza, como diciendo que esto era inaceptable.
—Por muy alto que seas. ¿Comes una comida al día?
Su murmullo, parecido a un pensamiento en voz alta, en el que añadió que debería encerrarme hasta que engordara un poco, me hizo soltar una risita al recordar a la bruja de la casa de dulces de un cuento de hadas que leí de niño.
—Parece que crees que es broma.
Cayó sobre el colchón conmigo abrazado, y me miró desde arriba. Me agarró ambas mejillas con una mano y me las amasó. Mis labios se juntaron y se separaron repetidamente por la presión de ambos lados, y supuse que mi cara se estaba volviendo como la de un pez. Tiré suavemente de su muñeca para que la bajara, y esta vez, él se rió suavemente.
Luego, se sentó, se quitó la chaqueta primero, y luego juntó mis piernas, las empujó hacia su costado izquierdo e inclinó su torso para besarme. Mi cuerpo estaba girado de la cintura para abajo y mi torso miraba hacia adelante, pero no era incómodo.
Sintiendo su brazo que se hundía detrás de mi cuello y me abrazaba el hombro, yo también envolví mi brazo alrededor de su cuello. Su otra mano me desabrochó la hebilla de mis vaqueros y bajó la cremallera.
—Huum... huu...
La fuerza intensa con la que metió la mano tan pronto como la cremallera se abrió y me apretó el miembro sobre el slip hizo que el brazo que lo abrazaba se tensara. Él también se estaba calentando por mi reacción, ya que el movimiento de su lengua al revolver mi boca se hizo más violento. ( El slip es como el calzoncillo)
Su mano grande, que se había deslizado profundamente detrás de mi miembro y frotaba mi entrepierna ampliamente, movió sus dedos para rascar la entrada de mi ano sobre mi ropa interior. Yo gemía en la postura torcida por el toque lascivo y juguetón que me estimulaba, y solo pude ajustar constantemente mis brazos alrededor de su cuello.
Su mano, que salió después de frotar ampliamente como si estuviera barriendo mi perineo, agarró mis vaqueros y mi slip desde atrás y los bajó de una sola vez. Como mi parte inferior del cuerpo estaba torcida de lado, la ropa interior se deslizó fácilmente. Los vaqueros, desabrochados y al revés, cayeron pesadamente al suelo de la cama junto con mi ropa interior.
Me di cuenta de que de repente estaba desnudo.
Aunque estaba oscuro debido a la lluvia, todavía era de día. Era una casa vacía, aunque era de su propiedad, pero no era su casa. Era un entorno que nunca había considerado como un lugar para acostarme con él de nuevo. La inesperada combinación de tiempo y lugar tensó mi cuerpo de una manera diferente a las veces anteriores.
Sin tiempo para profundizar en esos pensamientos, esta vez él comenzó a desabrochar su propio cinturón. El acto de desabrochar el cinturón para el sexo mientras continuaba el beso, inclinado sobre mí, me hizo tragar saliva.
Jjok, se separó después de un beso profundo y me susurró, frotando el hombro que me abrazaba con movimientos circulares.
—¿Me quitas la camisa?
Mis movimientos para extender la mano hacia su camisa, que estaba desabrochada hasta el segundo botón, y desabrochar uno a uno, fueron torpes. Era la primera vez que le quitaba la ropa a alguien.
Mientras yo movía mis manos torpemente, él me besaba alternativamente la frente, el puente de la nariz, las mejillas y los labios, y para entonces ya se había quitado los pantalones y estaba solo en ropa interior.
Miré hacia abajo y la forma de su erección era clara sobre sus slips negros. El extremo de su miembro, que se alzaba empujando como si fuera a rasgar la tela del slip, ya estaba húmedo con un color más oscuro.
—Gracias.
Una vez que se desabrochó el último botón, él me pasó la mano que me había abrazado el hombro por el cabello y me besó la frente. Después de recibir un agradecimiento solo por desabrochar los botones de su camisa, me vino a la mente el tonto pensamiento de si yo también debería haberle dado las gracias cada vez que él me levantaba o me quitaba la ropa. Era obvio que si lo hacía, solo arruinaría el ambiente.
Separó su torso de mí, se sentó y colocó mis piernas a ambos lados de su costado, ajustando la postura. Su torso, al entrar entre mis piernas abiertas, evocaba la imagen de la estrecha unión y cópula que ocurre en las partes más íntimas. Mis mejillas se encendieron.
Jaja...
Con la boca firmemente cerrada, controlando la respiración por la nariz, él se echó hacia atrás el pelo que caía sobre su frente. Al mismo tiempo, giró su cadera con flexibilidad, frotando su parte inferior en slip entre mis piernas.
El volumen abultado debajo del tacto de la tela mojada me frotaba el perineo con una sensación extraña, y yo también sentí que el espacio entre mis piernas se humedecía. Sin tocar mi cuerpo en absoluto, él mantuvo su parte inferior pegada por un momento, moviendo solo la cadera para hacer contacto entre su miembro y mi perineo.
Su torso, ligeramente visible entre su camisa abierta, tenía un contorno claro y abdominales marcados que lo hacían grueso y firme. Sin embargo, el movimiento de su cadera al girar suavemente y frotar su miembro donde quería era increíblemente flexible para su grosor.
—Confundido, jaja. Mmm
No pude evitar gemir cada vez que su cadera se acercaba y me golpeaba la parte inferior con su carne abultada. Su concentración en el acto que evocaba el coito era tan sexy... que los músculos de mis nalgas se contrajeron, apretando el lugar por sí solos. No podía creer la reacción de mi propio cuerpo, pero ese era el placer del sexo que había aprendido de él, que había conocido a través de él.
—¿Quieres cerrar los muslos?
Aunque me lo dijo, al mismo tiempo, su mano ya estaba levantando mis piernas y juntándolas frente a mi pecho. Con mis muslos juntos y apretados, él pasó lentamente el dedo desde mis testículos, que sobresalían un poco, hasta mi ano.
—Aunque eres tan delgado, ¿sabías que tus nalgas y aquí son bastante rellenitas?
Lascivamente. —La expresión de su rostro al añadir eso con una sonrisa extraña, entrecerrando los ojos como un reproche, era aún más lasciva.
Apoyándose en sus rodillas y cambiando de posición, él sacó su miembro de sus slips. Liberado de la estrecha ropa interior, se irguió como si rebotara en la banda del slip. El líquido preseminal que fluía de su glande, hinchado con una forma clara, humedecía todo el tronco rojo oscuro. Instintivamente me tapé la boca ante la sensación imponente de su miembro brillante por los fluidos corporales bajo la sombra que proyectaba su cuerpo.
—Voy a frotarlo... aquí un poco.
Me sujetó firmemente por ambos lados para que el espacio entre mis piernas no se abriera en absoluto, y empujó su miembro, que se retorcía como si estuviera vivo, en el espacio de mis muslos apretados.
—¡Eh! Ja… euk.
La sensación de la piel suave del interior de mis muslos siendo frotada por su miembro húmedo y palpitante era peculiar. Se sentía como una penetración que se abría paso por la carne, a pesar de que no estaba rompiendo la membrana mucosa pegada, como en el ano.
Su miembro, que se hundió después de chocar con mis testículos volteados, hizo contacto con mi propio miembro. Su escroto pesado chocó contra el pliegue de mis nalgas, que estaban ligeramente levantadas en el aire, y al momento siguiente, la gruesa calidez se deslizó entre mis muslos, salió, y volvió a hundirse bruscamente.
Su pene, empapado en líquido preseminal, se deslizó sin esfuerzo entre mis muslos. El sonido de la fricción, similar al de la cópula que entra y sale de un ano húmedo, se filtraba en la habitación como el sonido de la lluvia al golpear la tierra mojada.
Como no estaba en el ano rodeado de membranas mucosas delicadas, él no controló la velocidad. Tuve que morderme los labios por la sensación de mi miembro y sus dos miembros frotándose directamente, mientras él entraba y salía rápidamente, como si estuviera aplastando de arriba abajo.
El rebote de sus testículos al golpear el área alrededor de mi ano con cada embestida era igualmente difícil de soportar. Tuc, tuc, tuc, tuc-tuc... Solo la sensación de ese peso elástico golpeando el pliegue de mis nalgas me hacía imaginar su escroto, oscilando de adelante hacia atrás y siendo aplastado entre él y yo.
Solo el punto de entrada era diferente: el peso de él presionándome desde arriba, el temblor resultante, el cosquilleo en mi bajo vientre y los espasmos en las puntas de mis dedos y pies... Toda la situación no era muy diferente a la inserción. De hecho, el grosor, el calor y el tacto húmedo de su pene al rozar mi piel se sentían más vívidos entre mis muslos.
Una gran cantidad de líquido preseminal que se escurría de su miembro fluía hacia mi miembro y vello púbico, y por detrás, sobre mis testículos e ingle, hasta mi ano. Mi cuerpo estaba tan sensible que incluso la trayectoria del líquido al escurrirse se sentía claramente sobre mi piel.
Sin ser mi miembro, ni siquiera mi ano, solo al entrar y salir entre mis muslos, él ya me estaba llevando al borde de la eyaculación.
Jadeé como si mi respiración fuera a cortarse, y palpé para agarrar sus manos, que me apretaban los muslos a ambos lados.
- Verano, huu... Ngh...
Mi mirada húmeda, como suplicando, buscó sus ojos. Dejaba el juicio en sus manos, sin saber si la súplica era para que se detuviera o para que me empujara más.
Me miró con los ojos entrecerrados mientras mantenía la cabeza inclinada hacia abajo, y esbozó una ligera sonrisa en su rostro, que ya empezaba a acumular sudor.
—¿Qué pasa si al hacer esto... me equivoco y entra por error?
Retiró su miembro y ladeó la cabeza para mirar de cerca mi perineo.
—Oh... ya está muy mojado... podría ser peligroso, ¿no?
—...¡Ja!
Mi cabeza se echó hacia atrás por el repentino toque dirigido a mi ano. Retorcí con fuerza las manos de él que sostenía, y froté mi nuca contra el colchón sin sábana.
Su toque, al presionar alrededor de la entrada, carecía de matices sexuales, como si solo estuviera diagnosticando el estado. Y por una razón que no podía entender, eso mismo me estimuló aún más la vergüenza. No era la vergüenza de que solo yo estuviera absorto sexualmente en este momento, queriendo salir corriendo del lugar.
Porque yo sabía que él no podía no estar excitado mientras jugueteaba alrededor de mi ano húmedo.
Y que él solo estaba maximizando la tensión al romper el equilibrio de la excitación entre nosotros, fingiendo que no estaba en absoluto estimulado por mi reacción de gemir y morderme los labios.
Frotó intencionalmente su mano, abundantemente cubierta de fluidos corporales, sobre mi ano, y frunció el ceño. Luego, tiró de mi mano, que estaba sujetando la suya.
—Mira esto. ¿Ves que está completamente empapado? ¡Mira cuánto ha fluido...!
Me hizo untar mis fluidos corporales en mi propia mano, frotándome el área del ano, mientras él mantenía sus ojos excitados fijos en mi parte inferior.
—¡E-eso es... por culpa del director...!
Con el rostro enrojecido, levanté la cabeza y me debatí para retirar mi mano. Se sentía vergonzoso que él dijera que la humedad era por mi secreción, cuando en realidad era por su líquido preseminal... Quería detenerlo de alguna manera.
Su mirada se dirigió hacia mí. Eran ojos ardiendo fuera de la normalidad. No sé si soltó mi muñeca o si se le escapó, pero tan pronto como retiré mi mano liberada, la punta de un dedo se hundió bruscamente en mi interior.
—¡Jajajajajaja!
Me encogí de hombros, sorprendido por la repentina entrada, pero no fue por dolor. No sentí resistencia en la entrada.
Con el dedo insertado dentro de mí, él empujó mis rodillas hacia afuera, que estaban juntas frente a mi pecho, e inclinó su torso profundamente para besarme. En sus pupilas, vistas de cerca, se veía una especie de alegría acompañada de una tenue locura.
—Así es. Yo te he mojado así... Por mí has fluido y te has mojado. Es por mí.
Sacó y metió el dedo superficialmente dentro, alternando la mirada entre mis dos ojos. Eran ojos que buscaban algo desesperadamente y al mismo tiempo estaban lánguidos, como vagando en un éxtasis.
'Ese aroma' se estaba intensificando, mezclado con el fuerte olor a perfume que había sentido al principio. El aroma que emanaba de su piel desnuda, como si se hubiera impregnado en su piel y bajo sus uñas por el uso prolongado. Olfateé codiciosamente para inhalar ese aroma, que se sentía un poco más distante de lo habitual, y tiré de su cuello hacia mí.
Él giró la cabeza, superpuso sus labios e insertó su lengua. Ahora, aceptándolo con bastante destreza, froté mi lengua contra su membrana mucosa húmeda.
Abajo, más líquido preseminal se escurrió hacia mi ano mientras su dedo repetía la entrada y retirada, y un sonido de fricción pegajosa se escapaba tanto de arriba como de abajo.
Tuve que enfrentarme finalmente a mí mismo, queriendo algo más profundo, una presión y un temblor que me destrozaran más. A mí mismo, que ya no era destruido ni transformado por la suave inserción de un dedo.
Él enrolló mi lengua en su boca, luego la giró hacia un lado... y de repente, con los ojos entrecerrados, se retiró de mi boca.
—¿Sabes cuánto muerde y suelta... por debajo?
Gemí sollozando y agité la cabeza. No era una respuesta de "no sé" a la pregunta de "¿sabes?", sino que simplemente quería negar que yo estaba apretando mi ano por mi cuenta, exigiéndole un estímulo mayor.
Golpeó ligeramente mis labios con el dedo índice de su otra mano, que no estaba insertada en mí, y chocó suavemente su frente contra la mía.
—Y con esta boca, ni una sola palabra pidiéndome algo.
—......
Una expresión de ligera queja, como si esperara que yo le pidiera o le suplicara algo, apareció y desapareció brevemente en su rostro. Yo pensé que pedirle ayuda para este asunto era... un favor muy grande...
—Jaja... eh.
Sin tiempo para profundizar en ese pensamiento, el dedo que había recorrido mi interior salió de golpe.
—Voy a abrir tus piernas un poco más.
Para cuando dijo eso, mis piernas ya estaban abiertas y su glande apuntaba a la entrada de mi ano.
Era completamente diferente a un dedo. Solo con su glande liso frotándose contra la entrada, mi respiración se aceleraba por la presión pesada. A diferencia del dedo, que había entrado sin dificultad de una sola vez, el glande grueso tuvo problemas para penetrar.
Antes de que el glande fuera tragado por completo, él lo sacó y lo volvió a meter repetidamente. Intentando atraer la mayor cantidad posible de líquido preseminal, que brillaba alrededor de la entrada, hacia adentro.
—Jaja, esto...
Sentí que mi parte inferior se abría y se contraía debido a la repetida inserción y extracción. Solté un gemido parecido a un sollozo y levanté los brazos para cubrirme los ojos.
—¿Por qué te cubres? Seo Yeehyeon, tan lleno de curiosidad.
Él me agarró la muñeca suavemente, tiró de ella y habló de forma tranquilizadora. En su rostro, al mirar hacia arriba, había incluso una leve sonrisa, pero por debajo, su glande hinchado y ancho se retorcía, abriendo la membrana mucosa.
—No tienes que esperar hasta que esté todo adentro... Te haré sentir bien enseguida.
—......
Sin entender el significado, mi cuerpo tembló ligeramente por el miedo y la expectación, y mi orificio se estrechó.
—¡Ja, ngh!
El glande entró bruscamente, abriéndose paso a la fuerza a través de mi orificio contraído. Apenas había tragado el glande, pero sentí un entumecimiento en la parte inferior del cuerpo como si hubiera tenido más de la mitad de una sesión de sexo. Sin embargo, no fue por la sequedad, sino por el tamaño de su miembro. La entrada ya estaba suficientemente húmeda.
Él miró hacia abajo a mis pupilas dilatadas y temblorosas, y suavemente rodeó mi otra muñeca. Luego, tiró de mis manos con fuerza hacia la zona de nuestra cópula.
La inserción, que apuntaba con precisión a mi próstata con su glande prominente, se derramó.
—Jaja, hoo... ¡Ja! ¡Ehh!
Sentí como si un rayo me cayera en la cabeza. La sensación era como estar desnudo en un campo donde caen rayos continuamente. Y la lluvia también caía sobre mi piel desnuda. De hecho, parecía que el sonido de la lluvia se hacía más fuerte fuera de la ventana, pero eso no era importante.
Era diferente a la sensación de su pene recorriendo mi próstata al insertarse hasta el fondo. Era una estimulación descarada y directa. Mi próstata se sentía como otro órgano sexual escondido dentro de mi ano.
Su miembro me hacía sentir la ilusión de estar teniendo sexo con mi órgano sexual, no con mi ano, sino con el segundo órgano sexual dentro de mi ano, que no era mi pene.
Su movimiento de cadera, que se hundía superficialmente con el propósito de estimular mi próstata y la frotaba con fuerza, retirándose rápidamente, no parecía buscar aplicar presión sobre su pene mediante una penetración profunda. Parecía estar aplastando mi parte inferior minuciosamente.
Era diferente a las inserciones anteriores, donde el placer de la eyaculación se alejaba y se acercaba repetidamente, se intensificaba gradualmente y alcanzaba el clímax. Esta vez, la fuerza se acumuló en la base de mi pene de golpe, y la punta de mi glande hormigueó.
—No... no, por favor... ¡Basta!
—Eso no es lo que quieres... Sé honesto, rápido.
Luché con todas mis fuerzas para sacar mis brazos, pero él utilizó incluso esa lucha como impulso para penetrarme con más insistencia.
Él me mantuvo el cuerpo fijo al presionar mis muñecas, que sostenía, sobre mi pelvis, mientras yo tenía mis nalgas ligeramente levantadas en el aire. Repetía la acción de presionar y salir de mi próstata con una velocidad increíble y una precisión como medida con una regla.
Aunque estaba cubierto por su camisa, podía sentir el rápido movimiento de su cadera firme. El meneo flexible de su cadera, que apretaba y relajaba los músculos de sus nalgas repetidamente mientras entraba y salía de mi interior.
Su pecho ancho y abultado y sus abdominales claramente definidos, visibles a través de su camisa desabrochada, brillaban empapados en sudor.
—Quítate la camisa... por favor.
—......
—Quiero verlo todo.
Mi boca estaba completamente seca por los gemidos que estallaban, imposibles de contener o tragar. La honestidad revelada a él con un gemido desgarrado en mi garganta seca no era una súplica para que se detuviera, ni un rechazo para que me dejara ir. Quería ver con mis propios ojos el jadeo lascivo de su cadera y nalgas, que se movían de adelante hacia atrás buscando el placer de machacarme el interior.
Sus ojos, al mirarme, se entrecerraron con una sonrisa de satisfacción. Soltó mis muñecas y no detuvo el movimiento de su cadera mientras se quitaba la camisa por encima del hombro.
—Ja, ja... Nghh...
Yo, que me había echado hacia atrás como si fuera a escapar tan pronto como me soltara, seguía entregándole mi parte inferior incluso después de ser libre. La frustración de la posibilidad de alcanzar el clímax si tan solo continuaba un poco más me atormentaba mi bajo vientre con un picor insoportable.
Parecía que las mangas no se desprendían fácilmente porque estaban pegadas a su piel por el sudor. Se deshizo de las mangas, que había arremangado flojamente un par de veces. Luego, tiró la camisa, quitada y al revés por las mangas, sobre el sillón al lado de la cama.
Era obvio que mi codicia, al recorrer con la mirada la hermosa proporción de su cuerpo y la curva de sus músculos que se sentía firme y elástica, se reflejaba en mis ojos. Pero ni tenía la intención de ocultarla, ni me quedaba la energía para hacerlo.
Él también, hinchando los músculos de su torso que estaban llenos de tensión como si estuvieran a punto de explotar y jadeando, palpó con sus ojos cada rincón de mi cuerpo desnudo, postrado y conectado a su miembro.
Sus ojos, que se habían sentido como si presionaran mi cuerpo con intensidad, se curvaron con una chispa juguetona.
—Ahora que estoy desnudo... ¿te gusto más?
No es que no me gustara cómo se veía con la camisa puesta...
—Ehh... ¡Ajá, ajá!
Sin darme tiempo a responder, una rápida inserción comenzó a arremeter, rascando mi próstata.
Como no entraba hasta el final, su pelvis no chocaba fuertemente contra mi ingle, y por lo tanto, no había un rebote que levantara mi cuerpo. Y, sin embargo... al mirar hacia abajo, su cadera se movía incesantemente, entrando y saliendo de mi interior.
El hecho de que solo su movimiento fuera exageradamente pronunciado, a diferencia de mi cuerpo que yacía dócilmente, tenía una textura de excitación diferente a la sensación de unidad con la que solíamos movernos juntos, como si fuéramos uno. Estimulaba mi vista con viveza, como si se hubiera acercado una cámara para hacer un primer plano de su movimiento durante el acto sexual y de cada gota de sudor en su piel.
Observando, como hipnotizado, su expresión absorta, el ceño y los labios torcidos, y su cadera obscena que se movía rápidamente, añadí mi propia excitación al placer de que me frotaran la próstata.
—¿Por qué me miras tan... fijamente? Me pones algo... avergonzado.
Mentir.
—Aunque no lo dije en voz alta, él pareció darse cuenta de mi pensamiento por el cambio en mi mirada. Apoyó sus puños a los lados de mi pecho, inclinó su torso y sonrió con torpeza. Fingía compostura, pero su sonrisa era algo ansiosa. Él también no era libre de la excitación que aumentaba.
—Jaja... Ja, ja.
Al cambiar de postura, mis piernas y caderas se levantaron ligeramente sobre sus muslos, que se hundieron más profundamente a ambos lados de mis nalgas. Con su miembro insertado solo a medias, él hizo girar su cadera, describiendo un gran círculo. Mis labios soltaron un gemido parecido a un sollozo. Me giré y envolví mis brazos alrededor de su antebrazo ante la vívida sensación de mi orificio abriéndose ampliamente siguiendo a su pene rotatorio.
Si lograba abrir mis párpados, que estaban fuertemente cerrados y distorsionados, él me miraba con atención, con una expresión como si se enfrentara a un problema grave.
Sreureuk, mis ojos se abrieron al sentir su grueso pene deslizarse lentamente hacia afuera, arrastrándose contra mi pared interna.
—Ja... ja... ja...
Sentí que su glande se enganchaba justo en la entrada. Inconscientemente negué con la cabeza diciendo que no y lo agarré con fuerza del brazo.
—¡Ehh! ¡Ajá!
Cuando él tiró de su cadera más hacia atrás, su glande, que colgaba precariamente en la entrada de mi ano, salió con un tak y golpeó su bajo vientre. La sensación de su glande resbaladizo por el líquido preseminal rebotando, como si levantara la parte superior de la entrada, hizo que mis dedos de los pies se encogieran. No, hizo que mis dedos de los pies se estiraran. De cualquier manera, un hormigueo resonó en mi cuerpo, como si tuviera que expresarlo fuera de mi cuerpo usando hasta los dedos de los pies.
La misma acción se repitió varias veces. A un ritmo constante, sin apresurarse ni dudar. Entraba solo a la mitad y salía. Estimulaba el borde de mi ano rebotando con su glande de forma definida. Pero nunca entró hasta el final.
Al haber sido empujado hacia atrás y tener el umbral de la eyaculación, justo en los nervios periféricos, siendo atormentado por un estímulo adicional, yo estaba completamente listo para ser honesto y humillarme.
Me froté la frente y el puente de la nariz contra su brazo, que se mantenía firme como un pilar, y le rogué con una voz apenas audible.
—Por favor...
Mi cuerpo, sensible al estar al borde de la eyaculación, quería alcanzar el clímax de la manera que anhelaba. Ya no podía eyacular con la masturbación seca de antes. Ni siquiera intenté ocultar que mi pared interna se contraía y mi orificio se estremecía. Más bien, quería que él se diera cuenta y se excitara con eso.
Él presionó su cadera suavemente, inclinó su torso y me besó el puente de la nariz.
—¿Qué quieres?
Su voz era un susurro intencionalmente bajo, como si alguien estuviera espiando este amor secreto. Esta vez, la entrada de su miembro, que avanzaba hacia mi interior dividiéndose en pequeños segmentos como si marcara una escala, me desesperó por completo, y pateé el aire con mis pies.
La dirección del placer que él guiaba era tan diversa, y sus técnicas para atacarme y rendirme parecían interminables. La inserción no era siempre la misma inserción. ¿Cómo es que un Alfa Dorado es tan... bueno... en el sexo?
—Mi vientre... se siente, se siente raro...
—¿Cómo se siente raro?
Su ceño fruncido y sus muelas apretadas demostraban que él también estaba conteniendo el impulso de embestir, pero aun así, hoy tenía más paciencia que hace unos días.
Estaba estimulando solo desde la entrada hasta mi próstata, como si no quisiera entrar profundamente o le diera miedo. Nunca había empujado su miembro hasta el fondo.
—Me pica... El interior, me pica el vientre...
No me di cuenta, pero en realidad estaba rascando mi bajo vientre. Era un picor interno que no podía aliviarse rascando la piel.
Su respiración, al mirarme, se desmoronó y se volvió áspera, como si alguien la hubiera revuelto bruscamente.
Para no perder el momento en que su defensa se derrumbó, giré la cabeza y besé su antebrazo, que estaba apoyado junto a mi pecho.
—Por favor... solo, fuerte... hasta adentro, hazlo... Llena mi vientre por completo, y dentro, frótalo... con esto, con tu verga. ¡Agítalo como si fueras a destrozarlo, haa, sacúdelo!
Tan pronto como abrí la boca, sus labios me taparon la boca, como si mi discurso obsceno hubiera cobrado aceleración. Revolvía mi boca con aspereza, como si estuviera tratando de buscar en mi boca y tragarse todas esas palabras obscenas antes de que pudiera pronunciarlas.
—¡Ehh! ¡Ngh, Nhh!
Él empujó el resto de su miembro de una sola vez.
Mi gemido, con su lengua abriéndose y hundiéndose en mi boca sin contención ni contracción, resonó apagado como en una cueva.
La mano que sostenía la base de su miembro quedó atrapada entre su vello púbico y mi pierna. Él giró su ingle con fuerza, presionando incluso mi mano, como si no fuera a soltarla. Mi cadera se torció por la sensación de su vello púbico áspero frotándose contra el dorso de mi mano.
Su lengua palpitante salió de mi boca, y antes de que pudiera tomar un respiro, mis labios fueron mordidos.
—¿De qué se supone que esto me está protegiendo?
Mordió mis labios con ferocidad, murmurando como si estuviera enojado. La inserción, que apuñalaba mi interior al agitar violentamente su cadera y nalgas levantadas en el aire como un jinete que espolea un caballo a máxima velocidad, no tenía la más mínima vacilación anterior.
Sin embargo, sus ojos, al mirarme, parecían desconcertados y asustados, como un adolescente teniendo sexo por primera vez. Aunque no podía ser, así parecía.
—¿Qué... se supone que debo hacer? ¿Eh? ¿Qué se supone que debo hacer...?
Murmuró con un tono de lamento, y esta vez, se mordió su propio labio inferior. Mi vista se nubló por la inserción, que parecía estar golpeando y llenando todo mi cuerpo, no solo entre mis piernas.
Sentí que algo estaba mal. Que iba a morir. Sentí que hasta el poco conocimiento superficial que tenía en mi cabeza y todos los recuerdos, tanto malos como buenos, iban a desaparecer. Le supliqué, sintiendo la humedad deslizarse por mis sienes.
—¿Por qué tienes miedo de eso...? Estoy moviendo mi cadera con tanto esfuerzo ahora mismo para eso.
Abrí los ojos para mirarlo al sentir su mano borrar el rastro de mis lágrimas. Él tenía razón. Hoy yo había deseado eso.
—Bórralo todo y haz que se esfume. ¿Sí? Simplemente hagamos que todo desaparezca.
Su murmullo, susurrado y mezclado con su respiración, corrigiendo la forma imperativa a una forma de invitación, se dispersó débilmente. Él ya no dijo nada más.
Él me fijó, presionándome con el peso de todo su cuerpo como si me fuera a hundir en el colchón, y detuvo el movimiento de su cadera por un instante, hundiéndose profundamente.
—Eh, ja... ja.
No pude ni siquiera soltar un gemido por la presión de la expansión del notting, que era intensamente adictiva. Abrí la boca y tosí, derramando semen sobre mi vientre y pecho. Aunque era la eyaculación que tanto había deseado, el placer interior, que palpitaba como si me implantara un nuevo pulso, dominó el placer frontal que sentía en mi pene.
Él estaba latiendo dentro de mí. Incluso sin la fricción de salir y volver a entrar, su pene en estado de notting se contraía y se expandía por sí mismo, como un corazón recién sacado, golpeando mi vientre y abriendo la piel.
Mi cuerpo temblaba por ese calor punzante que parecía empujar mis órganos hacia arriba y bloquear mi garganta. Era un pensamiento peligroso, pero podía entender la predilección de las personas que se asfixian en el momento del clímax.
A la presión que venía de abajo, se añadió la presión de su beso. Mi respiración era insuficiente, pero no rechacé el beso, aferrándome al aroma que él me infundía.
El sexo, siendo aplastado y acosado por una fuerza abrumadora, me hacía olvidarme de mí mismo. Era un sexo en el que se me exigía desmantelar y exponer todo lo mío, y aceptar todo lo suyo que se revelaba.
Todo fue barrido, y en ese vacío, todo lo suyo se precipitó de golpe. Cerré los ojos en medio de su aroma, con la extraña sensación de alivio que me daba la vaga certeza de que este sexo también significaba eso para él.
■ ■ ■
Él trajo sábanas nuevas del vestidor dentro del dormitorio y me las cubrió sobre mi cuerpo acurrucado. Me avergonzaba que mi voz estuviera tan ronca al darle las gracias, pero ni siquiera tenía fuerzas para aclararme la garganta.
No emitía gritos agudos, pero mi voz siempre se quedaba afónica después de tener relaciones con él. Parecía que el esfuerzo por reprimir artificialmente mis gemidos también forzaba mi garganta.
Así como mi voz estaba ronca como de costumbre, su miembro seguía rígido a pesar de haber eyaculado. De repente, me pregunté si alguna vez habría tenido sexo hasta que su miembro volviera a su estado flácido, y si lo había hecho, con quién y cuánto tiempo habría durado ese encuentro. No tenía el coraje de preguntar.
A diferencia de la última vez, cuando tuvimos sexo durante mucho tiempo eyaculando varias veces, incluido el notting, esta vez terminó relativamente rápido, pero la sensación de agotamiento, como si mi columna vertebral se hubiera ablandado, era la misma.
No sé cómo se sentía él, que era el que hacía el notting, pero parecía ser un acto de gran desgaste físico para quien lo recibía. Todavía me quedaba una sensación de hormigueo en mi interior, y mi cuerpo temblaba intermitentemente.
Tal vez el hecho de que me agotara tanto era porque yo era Beta. Después de todo, el notting de un Alfa no estaba destinado a un Beta.
Él me cubrió con la sábana y salió de la habitación, regresando con un vaso grande de agua.
—No hay agua embotellada en esta casa vacía, pero es agua del purificador, así que bebe un poco.
Me incorporé torpemente y tomé el vaso. Preocupado por mi brazo que temblaba ligeramente, él no soltó el vaso hasta que me lo llevé a los labios y bebí correctamente.
Me sentía incómodo porque su pene, que seguía de pie a mi lado, todavía estaba rígidamente erecto y brillante, así que no sabía dónde mirar. El rastro de la inserción violenta y la eyaculación ya empezaba a secarse de color blanquecino en su pene, que no había limpiado después de salir de mí.
—¿Descansamos un momento, solo para fumar un cigarrillo?
Me ofreció, tomando el vaso que había bebido y dejándolo sobre la mesita auxiliar, y luego caminó alrededor de la cama hacia el lado opuesto. Se agarró entre las piernas para detener el incómodo bamboleo de su miembro mientras caminaba.
Era un gesto totalmente cotidiano, sin ninguna intención sexual, pero el simple hecho de que fuera un miembro tan grande que resultara incómodo si no lo sujetaba… eso ya era demasiado sexual.
Cuando se inclinó para recoger la chaqueta caída en el suelo, pude ver el saco escrotal asomando entre sus piernas. Observé de reojo el pesado escroto balancearse con una elasticidad marcada, y tuve que frotar disimuladamente mis muslos dentro de las sábanas. Sentí que podría llegar a excitarme un poco, así que para esconder cualquier señal, deslicé mi cuerpo hacia abajo y me tumbé boca abajo sobre el colchón.
Él me miró de reojo y, de pie, sacó un cigarrillo de la chaqueta y lo encendió.
Era como ver la palabra “perfección” encarnada en forma humana.
El pecho ancho y firme, el volumen redondeado de sus músculos, la línea esbelta y afilada de su cintura descendiendo desde la espalda, los glúteos levantados y duros, las piernas largas y fuertes. Y su miembro, que recordaba la botella de champán que una vez vi entre las piernas de un modelo extranjero en una revista, aquella misma que Yuni nuna y Juhan hyung habían visto conmigo riéndose.
A pesar de lo poblado que era, su cabello negro siempre caía con ligereza, y sus ojos azulados con toques grises parecían cambiar de color y temperatura según sus emociones.
Incluso si dijera que el 100% de la razón por la que me gustaba era su apariencia, yo mismo no podría negarlo. Era hermoso.
Pero no era aquella belleza impecable y arrogante que vi cuando lo conocí por primera vez, como una joya tallada y expuesta en una vitrina.
Él también tenía un pasado pesado que a veces lo dominaba. También tenía ese lado torpe que divagaba cuando quería consolar a alguien sin saber cómo hacerlo.
La belleza que mostraba ahora, deformada por sus propias grietas y cicatrices, reflejaba la luz de formas distintas, y eso la hacía infinitamente más atractiva. Quería conocer más de esas irregularidades suyas, y si él lo deseaba, también quería contarle sobre mí.
Tal vez otros lo verían como algo común del mundo, pero para mí, que lo viví, eran acontecimientos que habían deformado tanto mi existencia que ya no podía reconocer mi forma original, mezclados incluso con cosas triviales, tontas o ridículas.
Era la primera vez que sentía el deseo de contarle a otra persona sobre mí.
En esa inmensa calidez que espantaba la ansiedad, era natural que mientras más uníamos nuestros cuerpos, más profundas se volvieran mis emociones.
Era tan evidente, que me preguntaba cómo Juhan hyung o Yuni nuna eran capaces de convivir con él sin terminar sintiendo algo, sin verlo como alguien con quien podrían enamorarse.
Tomó el cenicero que estaba sobre la mesa frente al sillón y se sentó al borde de la cama. Se pasó la mano por el cabello, ya bastante desordenado, y aspiró del cigarrillo.
Mientras observaba su silueta estirarse, como si bostezara con el filtro entre los labios, murmuré sin darme cuenta:
—…Gracias.
—......
Él detuvo el movimiento y me miró sorprendido. Bajó lentamente los brazos y, con los dedos, retiró el cigarrillo de su boca.
—¿Tan bueno fue como para agradecerme?
Su voz y su expresión, con una leve sonrisa, hablaban de satisfacción sexual.
Pensé en aclarar que no era por eso, pero supe que no hacía falta. Su mano libre vino hacia mí y apartó mi cabello, aún yo tendido boca abajo con la mejilla en el colchón. Su sonrisa decía que entendía perfectamente que no me refería al sexo.
Por la puerta de vidrio hacia el jardín, abierta, se escuchaba la lluvia golpeando la tarima de madera. Las gotas eran más gruesas que cuando había salido del aeropuerto. Las cortinas finas y traslúcidas subían y caían irregularmente. En ese telón grisáceo, su figura tocándome se grababa con una textura especial en mis ojos.
Retiró su mano de mi cabello, sacudió la ceniza en el cenicero a su izquierda, y habló con tono calmado.
—La verdad pensé que te sería incómodo quedarte en esta casa. Aun así, lo sugerí… aunque era solo un plan B. El plan A es otro. Solo que cambié el orden.
Apoyó la mano con el cigarrillo sobre el colchón y giró un poco para mirarme directamente.
—La directora Han también dijo que estaría más tranquila si vivieras conmigo en vez de solo. Yo también lo pienso. Supongo que por ahora seguirás un poco inseguro, pero tampoco puedo pedirte que me avises cada vez que entres a ducharte, ¿cierto?
Dijo eso con un toque de broma y dio otra calada corta. Estaba exhausto y me costaba mantener fuerza en la cintura, pero la conversación era seria, así que me incorporé y cubrí mi parte inferior con la sábana.
Con la mirada casi a la misma altura, él me dedicó una mirada fragmentada, evitándome después al volver a aspirar el cigarrillo.
—Quiero darte espacio, pero… como sabes, la situación es así. La seguridad es lo primero. En esto no puedo ceder. Espero que lo entiendas.
En su voz había algo intenso, una súplica que no combinaba con la firmeza de “no puedo ceder”.
Era extraño escuchar a alguien como él pedirme comprensión usando como motivo mi seguridad.
Fuera por haber compartido el cuerpo, por responsabilidad hacia su escritor exclusivo, o por alguna otra forma de afecto pequeña o grande… el hecho de que se preocupara tan seriamente, de que su propuesta no dejara espacio para rechazarla, era un consuelo más claro que el alcohol, las compras o la vida en una villa lujosa.
La lluvia interminable que saturaba la ciudad de gris hacía que la escena fuera aún más tranquila. Viéndolo fumar con el ceño fruncido, algo repentino, tan natural como el hambre, surgió dentro de mí.
No era algo forzado ni una obligación. Era un deseo que simplemente había alcanzado el nivel de desbordar: quería dibujarlo.
Fijé la mirada en su perfil para concentrarme en ese destello de una sensibilidad que pensé que ya había muerto.
—¿Qué pasa?
Me miró preocupado, con los ojos temblando, al verme rígido. Evité su mirada y respondí torpemente.
—No, solo… me siento mal...
“¿Otra vez con eso?” dijo sonriendo apenas mientras me despeinaba con la mano.
Creía que era un privilegio perdido: el juego de encontrarme a mí mismo en la grieta de una taza astillada, en los sacos de cemento abandonados en una obra, en la cara fruncida de una anciana en un puesto de la calle. Pensé que, por dejar de dibujar tanto tiempo, nunca volvería a encontrar algo que quisiera retratar así.
Pero él tenía razón.
Antes de ir a Hong Kong, en la llamada que tuvimos frente a la puerta del ático, él dijo que volvería a tener ganas de dibujar algo. Y era verdad.
El pulso latía como un golpe vivo sobre mi cabeza, recorriendo todo mi cuerpo. Igual que cuando él hacía “notting” dentro de mí.
■ Represión ■
Una tarde entre semana.
De camino a casa, un hombre detuvo el auto frente a una farmacia. Encendió un cigarrillo para matar el tiempo, pero pronto lo apagó a medias en el cenicero, como si hubiera tomado una decisión, y bajó del coche.
No era necesario ir tan lejos, pero eligió a propósito una zona que no visitaba nunca, a medio camino entre su lugar de trabajo y su residencia, donde no habría motivo para que alguien lo reconociera. Entre las varias farmacias frente al hospital general de tamaño mediano, entró en la más grande.
En la puerta colgaba un cartel plástico anunciando que atendían hasta las 10 p.m., pero aunque apenas eran las 8, dentro estaba bastante vacío.
—Bienvenido.
En lugar del hombre de mediana edad con ropa casual que estaba absorto frente a la computadora de espaldas a la entrada, lo recibió una farmacéutica con bata blanca que había salido del área de dispensación. Parecía tener poco más de treinta años y le sonrió como preguntando qué necesitaba.
El hombre era un espécimen de belleza exótica poco común, y aun desde la distancia —donde su rostro no se veía bien— su figura alta y atlética era suficiente para llamar la atención; sin embargo, parecía inquieto, como si alguien lo persiguiera.
Aun así, ella esperó con paciencia.
Su ropa, de gusto elegante y natural, y hasta los pequeños gestos que hacía sin darse cuenta, mostraban una educación refinada. Era evidente que no se trataba de alguien desesperado o con intenciones de cometer un robo.
Los pacientes que acudían a una farmacia por síntomas difíciles de decir en voz alta eran mucho más comunes de lo que la gente imaginaba. Para ella, afecciones tan simples como el pie de atleta o las hemorroides podían ser temas difíciles de mencionar para quien los padecía.
Pero lo que hacía que el hombre dudara ante el mostrador, con gesto nervioso, no era vergüenza de que otros lo supieran, sino la humillación que él mismo sentía.
Pero no tenía otra opción. Forzó sus labios a abrirse.
—Vengo a comprar… un inhibidor.
—Claro, ¿puedo ver su identificación?
A pesar de la actitud nada habitual del hombre, la farmacéutica mantuvo un tono profesional. Ese trato rutinario logró tranquilizarlo un poco. Agradecía que no lo mirara de reojo como si fuera una bestia en celo suponiendo que estaba en rut. Esa clase de miradas habría vuelto todo aún más doloroso. Sobre todo porque no estaba en rut.
Tras comprobar la marca de “alfa” en su identificación, ella se la devolvió y preguntó:
—Si tiene algún producto que tome usualmente, ¿puedo darle el mismo?
Él negó con la cabeza.
—No, no tengo ninguno.
La farmacéutica se giró un momento y recorrió con la vista los estantes de atrás. Luego colocó sobre el mostrador una caja de diseño elegante, en verde oscuro y dorado.
—Es el que más se solicita.
El hombre empujó la caja hacia ella y dijo con tono bajo pero firme:
—Este ya lo usé. Estoy buscando uno más fuerte.
Ya había comprado y probado un inhibidor en otra farmacia.
Un inhibidor… Para él, ese recuerdo se remontaba a los años lejanos de la adolescencia, cuando lo tomó como apoyo temporal al manifestar su diferenciación secundaria. Esa había sido toda su experiencia con los inhibidores. Como alfa dorado, nunca los necesitó, y detestaba la idea de ser un animal que dependiera de un inhibidor para controlar el celo. Se había esforzado con más ahínco para perfeccionarse como alfa dorado.
Sin embargo, el inhibidor que volvió a tomar después de casi veinte años no le había hecho casi ningún efecto. Al principio pareció funcionar un poco, pero en cuanto “él” empezó a mostrarle deseo sexual, dejó de servir para nada.
—Como sabe, el celo de un omega tiene un ciclo más o menos regular provocado por hormonas, así que su supresión es más estable y fundamental. Pero… el rut de un alfa es mucho más imprevisible, porque responde al propio deseo sexual del alfa o al estímulo del feromona de un omega. Incluso llamándolo inhibidor, lo único que puede hacer es atenuar el olfato…
La farmacéutica explicó con una expresión de cierta incomodidad.
El hombre conocía muy bien todo aquello.
El celo del omega ocurría de acuerdo con un ciclo hormonal fijo y venía acompañado de gran liberación de feromonas. Por el contrario, el celo del alfa no tenía ritmo alguno. Si sentía deseo, liberaba feromonas de inmediato. Si se exponía a las feromonas de un omega, reaccionaba también de inmediato.
Era una de las razones por las que nunca había podido considerarse superior a betas u omegas… y también el motivo por el que se había esforzado tanto por llegar a ser un alfa dorado.
Aquella animalidad —descontrolarse ante el estímulo del otro, liberar feromonas y deleitarse con las feromonas ajenas— la creía enterrada para siempre junto con sus años de juventud.
—Existe un producto de intensidad mayor, pero podría dejarle casi inoperante el olfato de forma temporal. Y si lo toma por tiempo prolongado, podría afectar de manera permanente su función olfativa… ¿Es consciente de eso?
Ella lo preguntó con cautela, observando el semblante rígido del hombre.
—No pienso tomarlo por mucho tiempo. Dos cajas, por favor.
A su petición, ella preparó y le entregó dos cajas más pequeñas que la anterior, junto a la advertencia de tomar dos cápsulas por vez, hasta dos veces al día.
—Disculpe… ¿no será usted un alfa dorado?
Cuando él ya se giraba para marcharse tras pagar, ella lo llamó. Y al volver él la cabeza, añadió con tono prudente:
—Si es un alfa dorado y de repente necesita un inhibidor, sería mejor consultar a un especialista antes que tomar un medicamento de venta libre.
El hombre asintió, dando a entender que estaba de acuerdo.
—Lo haré.
Pero ni siquiera un especialista —ni los mayores expertos mundiales del campo— había podido explicar qué le estaba ocurriendo. Que un alfa dorado presentara, aunque fuera temporalmente, un trastorno en el control de feromonas… era algo aún más complejo.
Tiró la bolsa con las medicinas en el asiento del copiloto y encendió un cigarrillo. Le daba risa —risa amarga— pensar que lo único a lo que podía aferrarse en ese momento eran un par de cápsulas.
Solo después de fumarse tres cigarrillos seguidos logró volver a poner las manos sobre el volante.
■ ■ ■
—¿Y después de todo eso? Nos volvió a dejar a todos fuera.
Yuni nuna abrió los brazos como si se rindiera y protestó con una expresión indignada.
Hablaba de las entrevistas para contratar personal nuevo en Phantom. Entre todas las personas que habían venido a entrevistarse durante la última semana, ella y hyung habían seleccionado a varios candidatos… pero él los había rechazado a todos en la entrevista final, y estaba muy molesta.
—Ahora es temporada alta de postulaciones porque los estudiantes de cuarto año buscan prácticas y trabajos, así que por ahora tenemos muchos solicitantes. Pero así como vamos, ni vacaciones vamos a ver; ni un día libre en agosto, solo horas extra hasta que toque irnos a Chicago, ¿sabes? A ver, ¿tan difícil es encontrar a alguien que te guste de primeras? ¿Por qué nuestro director tiene que ser tan quisquilloso?
Sentada a mi lado en el asiento trasero, noona abrazó el respaldo del asiento del copiloto donde iba Juhan-hyung, poniendo cara de llanto.
—Porque yo renuncié de repente….
—No es culpa tuya, así que deja de pensar tonterías.
Antes de que mis disculpas se alargaran, noona levantó el dedo índice y me tapó la boca con firmeza.
Yuni noona, Juhan-hyung y yo volvíamos del supermercado después de hacer las compras juntos.
El domingo pasado se habían ido hyung y Morae, y desde el lunes siguiente dejé de presentarme a Phantom. También mudé mis cosas al sótano de su casa.
El plan A del que él había hablado era el sótano de su casa.
Aunque se llamara “sótano”, la planta baja estaba a la altura de 1.5 pisos sobre el nivel del suelo, así que más de la mitad del espacio quedaba expuesto al exterior. Tenía ventanas grandes y muchas, entraba mucha luz, la ventilación era excelente. No había nada de esa humedad o ese olor encerrado típico de un sótano.
Tal como él explicó, el antiguo dueño había reformado la zona como una especie de estudio tipo one-room, pensando en su hijo que volvía del extranjero. Todo estaba limpio: el piso, las paredes, y tenía cocina y baño propios.
Entre su plan A y el B, si tenía que elegir, A era la opción obvia.
Aunque para mí ya era un lujo más que suficiente, él insistió varias veces en que reconsiderara la casa anterior, caminando por el suelo epoxi con las manos hundidas en los bolsillos del pantalón, con una expresión poco convencida.
Aunque mi mudanza fuera modesta —solo una mochila y un par de bolsas—, hoy era una especie de comida de bienvenida que él había propuesto.
—No estamos eligiendo su pareja, ¿qué es eso de que no siente ‘la vibra’? Cuando tú viniste a ayudar por primera vez, aunque se hacía un poco el duro, al final te dejaba hacer lo que quisieras… Ah, es que sería más fácil hacer de casamentera.
Mientras escuchaba las quejas totalmente justificadas de noona, pensé que, comparado con ahora, aquella indiferencia con la que él me trató la primera vez había sido casi amable. Porque si yo no le hubiera gustado en absoluto, nunca habría contratado como empleado a alguien con un historial tan molesto como el mío. Eso ya lo sabía ahora.
—Al final quienes van a trabajar cara a cara con ellos somos Juhan y yo, ¿no? La persona que tiene entrevista este lunes pasa sí o sí, pase lo que pase.
Mientras noona reforzaba su determinación, el coche entraba en su garaje.
Rechazamos amablemente al chofer que insistía en ayudarnos con las bolsas. Cada uno tomó dos bolsas grandes del maletero.
Según él y la directora, por ahora lo mejor era que cuando yo saliera lo hiciera en el coche que conducía el chofer. No es que tuviera muchos motivos para salir ahora que no iba a Phantom, pero aun así el chofer siempre esperaba en un pequeño puesto del estacionamiento hasta que él regresara. Aunque me sentía incómodo y presionado por tanta amabilidad, tampoco podía ponerme obstinado.
—Oye, ese chofer… seguro también es guardaespaldas, ¿no? Ese… ¿El padre de tu noona? ¿Es tan aterrador?
Mientras caminábamos por el pasillo que conectaba con el estudio, noona bajó la voz, aunque la puerta ya estaba cerrada detrás de nosotros.
Si preguntaba si era alguien capaz de sacarme por la fuerza de mi vida actual solo para averiguar dónde estaban Morae y hyung… entonces sí, el señor Im era así de aterrador.
Aunque esta vida nueva me hiciera sentir desequilibrado y un poco inseguro, no era nada comparado con que Im me arrastrara al pueblo y me interrogara sobre la ubicación de ellos. No quería convertirme en un secundario de una animación hollywoodense, moralista e inútil, que solo perjudica a los demás.
—¿Tu noona y hyung ya llegaron bien?
Juhan-hyung, que había llegado primero a la puerta del estudio, se giró hacia nosotros. Yo negué con la cabeza.
—Todavía están en traslado. Ayer me mandaron un correo desde Calcuta.
Me comunicaba con Morae y hyung mediante un correo electrónico que él me había creado. Pasaron de Minsk, la capital de Bielorrusia, hacia Europa del Este; cruzaron varios países del este, luego Rusia, y bajarían por Mongolia y China para entrar en India. Desde ahí alternarían tierra, aire y mar para llegar a Bali. Una ruta que él había preparado en menos de veinticuatro horas.
—Van a llegar bien. Si es un plan del director, está blindado.
Noona, con las manos ocupadas por las bolsas, inclinó la cabeza hacia mí y la apoyó suavemente en mi sien. Entendí su intención de consolarme, así que asentí.
—¡Eh, abre la puerta ya! ¡Me pesan los brazos!
A la protesta exagerada de Juhan-hyung, introduje la contraseña y abrí la cerradura electrónica.
A mitad del pasillo que conectaba con el garaje había una puerta hacia el estudio; si la pasabas y doblabas a la derecha, estaba la puerta que daba al jardín.
Desde que vivía allí, él solía usar la puerta del jardín para entrar desde el garaje, aunque dentro del estudio también había una escalera interna hacia el primer piso. Cuando me invitaba a comer, subíamos por ahí.
De hecho… en la última semana, desde que mudé mis cosas el lunes hasta el viernes… hubo contacto físico entre él y yo dos veces.
Una vez después de comer sushi que había traído, y otra después de una pasta al aceite que él preparó. Charlamos un poco… y terminamos besándonos y acariciándonos.
Pero no hubo penetración. Solo nos hicimos terminar con las manos, o él rozó entre mis muslos estando de pie. Nada más.
—¡Guau…! ¿Y esto es un sótano? En las zonas de one-rooms cerca de la uni, incluso los segundos y terceros pisos entre edificios pegados son súper oscuros. ¡Esto es de lujo!
Juhan-hyung, emocionado, dejó las bolsas en el suelo y empezó a recorrer el lugar. Un contraste enorme con mi reacción la primera vez que lo vi.
—Como está abierto tipo estudio, parece aún más amplio. Por aquí sería el taller… y por allá el dormitorio, ¿no?
Noona, dejando sus bolsas junto a las que hyung había tirado en medio del estudio, señaló la cama que se veía por la esquina. Juhan-hyung ya corría hacia ella para comprobar la suavidad del colchón.
La zona central cercana a la entrada donde estábamos noona y yo estaba casi vacía, salvo por el material de pintura. Ella miró los lienzos volteados bajo la ventana y preguntó:
—¿Todavía no hay obras?
—Si el artista no quiere mostrar algo, no lo mostramos. ¡Somos empleados de galería, sabemos respetar la voluntad del artista!
Juhan-hyung, ya de regreso, se acuclilló frente a las bolsas y tomó un plátano, pelándolo con la boca llena mientras hojeaba los libros y catálogos de la estantería.
—No es eso… es que he descansado demasiado tiempo, y ahora solo estoy aflojando la mano...
A pesar de todas las herramientas y materiales que él había preparado, apenas hacía bocetos. Hace dos días recién toqué el óleo. Pero cada vez pintaba más. Y, contrario a lo que temía, no era doloroso.
Solo dibujaba las formas. Sin meterme a mí mismo dentro de las imágenes.
Pero no podía quedarme haciendo apuntes eternamente. Él había gastado dinero para que yo pintara: debía producir obras que tuvieran valor económico.
—Hyung… ahora que estoy aflojando la mano, estoy dibujando naturalezas muertas y paisajes. Pero… cuando tengas tiempo, ¿podrías modelar para mí? Quiero intentar un retrato.
Hyung dejó de hojear un libro y me miró.
—¿Yo? ¿No Yuni… sino yo?
—Tu mirada, tus pómulos, la línea de tu mandíbula… tu rostro tiene rasgos más marcados. Pensé que sería más interesante dibujarte...
Temí que noona se sintiera mal, así que expliqué rápidamente. Pero ella solo se rió.
—¿Qué dices? No soy tan sensible para ponerme celosa por eso.
Me reí de mi propia preocupación, cuando escuchamos su voz desde arriba.
—Llegaron hace rato, ¿por qué no suben? ¿No tienen hambre?
Él estaba a mitad de la escalera que conectaba con el primer piso, apoyado en la baranda, mirándonos desde arriba.
—Ibamos a ver el cuarto de Yeehyeon. Wow, ser artista contratado tiene sus privilegios… no sabía que este sótano era tan bueno.
Él bajó, me miró de reojo, pero no respondió a lo que dijo noona; solo se inclinó para revisar las bolsas.
—¿Por qué compraron tanto? No se lo van a acabar.
—Ya que este verano vamos a renunciar a las vacaciones para trabajar, al menos aprovechamos para sacarle algo al jefe, ¿no? Y sí que nos lo vamos a comer todo.
Juhan-hyung se colgó de su cintura, y él lo empujó de la frente, pero ambos reían.
Hyung era sorprendentemente cariñoso. No solo con él, sino también con la directora, con noona, y conmigo: a veces me ponía el brazo encima o apoyaba la cabeza en mi hombro.
Viéndolos subir peleando por las bolsas, parecían hermanos. Yo, que podía besarlo y tener sexo con él pero no sabía comportarme con tanta naturalidad, solo pensé en lo anticuado de mi carácter mientras los seguía.
—¿Eh? El cuadro… ¿por qué lo quitaste?
Apenas entramos al salón, hyung señaló el hueco sobre el sofá. Yo, sorprendido, miré instintivamente hacia él.
—Tenía ganas de ver cómo se sentía mirarlo sabiendo que era obra de Yeehyeon.
—Es una obra que pronto valdrá un montón. La guardé en almacenamiento. Si quieres verla, organiza una exposición.
Él me lanzó una mirada rápida, que los otros no notaron, y se dirigió hacia la cocina, cambiando de tema.
Decía que ya podía volver a colgarlo, pero aun así no había devuelto So-oe a su lugar. Parecía pensar que yo tenía algún tipo de trauma con la obra, pero el susto de aquel día no tenía que ver con el cuadro como objeto, sino con lo que me evocaba del pasado.
Pero no estaba preparado para explicarlo. Solo había dejado que el tiempo lo volviera más soportable. Y agradecía que él no insistiera en obligarme a hablar.
Tras llevar las bolsas a la cocina, empezamos con la preparación de la cena.
Como noona y hyung habían exigido carne, el menú principal era barbacoa. Él sazonó la carne y salió al jardín a preparar los equipos. Nosotros tres sacamos todo lo comprado y lo extendimos en la amplia isla de la cocina.
Había de todo: cortes de hanwoo, chuletas de cordero con hueso, salchichas artesanales, langostinos, patatas, batatas… verduras, frutas, helado, y hasta un cheesecake que hyung había puesto en el carrito “porque me provocó”. Tal como él dijo, era demasiada comida para una sola cena.
Además de la barbacoa, hyung iba a preparar golbaengui-muchim y noona, kimchi jjigae. Yo, que no sé cocinar, me ocupaba de lavar y limpiar los ingredientes.
—La directora llega en diez minutos. ¿Crees que ya podemos empezar los filetes?
Revisando el móvil, Juhan frotó las manos con expectación. Aun después de haberse comido dos bananas, un durazno y un paquete de galletas mientras preparaba las cosas, parecía seguir con hambre.
—Yeehyeon-ah, llévale esto al director… Y tú, ayúdalo afuera. —dijo la noona, entregándome una bandeja.
Apenas salí a la entrada con la bandeja, lo vi llenando el brasero con carbón. Ya había instalado solo la mesa, la parrilla y todo lo necesario. Dejé la bandeja sobre la mesa —una mesa unida a un banco, práctica para exteriores— y me acerqué a la parrilla.
—La directora llega en diez minutos.
—Entonces podemos empezar a asar.
Encendió el soplete de butano y hundió la boquilla en la pila de carbón apilado en ángulo para que entrara el aire.
La llama azul que se coló entre los carbones se volvió enseguida un fuego rojo vivo. El calor intenso del mediodía ya había pasado, pero aún quedaba luz. Pensé que él debía tener calor de pie frente al fuego y levanté la mirada hacia él… justo para encontrarme con sus ojos.
—¿Has probado el cordero?
-No.
—Mmm, tiene un aroma característico, así que depende del gusto… Pero con lo finos que son ellos para comer, seguro escogieron carne de buena calidad. Pruébalo. Si no te gusta, también hay hanwoo.
Asenté mientras observaba el carbón ennegrecido encenderse y enrojecerse. Yo no era quisquilloso con la comida.
—Si se marina y se deja reposar una o dos horas sabe mejor, pero si la carne es buena, así directo también queda deliciosa. Bueno, a Kwon Juhan le das carne cruda y también se la come encantado.
—Juhan dice que los bistecs que usted hace son realmente buenos…
—¿Ah sí? Pensé que cuando yo no estaba solo me criticaba.
Me reí por lo bajo. Confirmada la brasa, guardó el soplete y extendió el carbón por toda la parrilla.
—Mi madre es de Estados Unidos y le encanta la barbacoa. Invitaba amigos todo el año para hacer barbacoas. Con el tiempo, yo fui ocupando el puesto de cocinero. La parrilla coreana también la hacíamos mucho.
Era una anécdota simple, y alguien podría decir que le daba demasiada importancia… pero era la primera vez que él contaba algo suyo con tanta naturalidad, así que no pude evitar mirarlo.
Colocaba la rejilla sobre el carbón cuando sintió mi mirada y levantó la cabeza. La mirada se cruzó… y se mantuvo un segundo más de lo normal.
Había un matiz distinto en sus ojos. Parecido a la mirada tensa que me había lanzado ayer, justo antes de que casi nos besáramos en el sofá del salón. En cuanto percibí ese cambio, sentí que todo mi cuerpo se tensaba como si estuviera amarrado.
Él echó una ojeada rápida detrás de sí, se quitó los guantes y los dejó en las repisas laterales de la parrilla.
Entonces me sujetó la nuca con una mano y, con la otra, me apretó los labios. Más exactamente, me pellizcó fuerte el labio inferior, frotando mucosa contra mucosa.
Fue repentino, y no entendí la intención de ese contacto tan extraño; solo pude mirarlo con los ojos muy abiertos. Su mirada fija en mí recordaba la llama azul que chisporroteaba entre los carbones un momento antes: fría a primera vista pero hirviente por dentro. Mientras sentía el dolor punzante en los labios, su mano se apartó.
Solo habían pasado unos diez segundos, pero la quemazón me hizo llevarme los dedos a los labios sin darme cuenta.
Él volvió a ponerse los guantes, sonriendo sin mostrar los dientes. Era una sonrisa pícara.
—La sensación… ¿no es parecida?
—…….
—A usted le gusta que le duelan las cosas. A mí también, claro.
No dijo con qué comparaba esa sensación, pero lo intuía.
—Me miraba con ojos de querer besarme. Pero ahora… no puedo hacerlo.
—Ah…
Solté ese sonido absurdo. Bajé la mano de los labios, pero la quemazón seguía ahí, como si me hubiera quemado con fuego real.
Decía que ese contacto era “en lugar del beso”, pero en realidad lo único que hizo fue despertar más ese deseo dentro de mí. Me sentí un poco… resentido con él por provocarlo así.
Su voz bajó un tono, más íntima, más grave.
—O… ¿simplemente lo hacemos? A mí no me molestaría.
Apenas lo dijo, su teléfono vibró en la mesa. Miró por encima de mi hombro y frunció la nariz, decepcionado.
—Ah… seguro que la directora llama para que le abra el garaje. Qué inoportuna es.
Tal como predijo, era él. Abrió la puerta con el control remoto mientras hablaba brevemente por teléfono. Yo me forcé a disipar como podía la sensación del contacto de antes.
No sabía qué cara ponía alguien que “quiere un beso”, pero no podía negar que no estaba totalmente equivocado. Si mis ojos mostraban cada deseo que tenía… sería peor que mostrarle mi cuerpo desnudo.
—¿Ya llegó la directora? ¿Eh? ¿Ni siquiera han puesto el cordero?
Apareció Juhan cargando otra bandeja y empujando la puerta con el hombro, y se quedó decepcionado al ver la parrilla vacía.
—¿Qué tienes metido en el estómago? Seguro que estuviste picoteando mientras preparabas todo. ¿Tanta hambre tienes?
—Justamente porque tengo el estómago vacío. ¿Con esas chucherías crees que me lleno?
La queja siguió mientras yo recibía la bandeja y acomodaba la comida en la mesa.
La noona también llegó con otra bandeja y, al ver que él apenas empezaba a asar la carne, se sumó a las quejas. Yo también tenía algo de culpa, así que dejé el canasto con verduras y lo miré con inquietud.
Él, sin embargo, tras poner bastante aceite de oliva en una sartén grande y colocar el cordero ya sazonado, apenas prestó atención a las quejas de los dos. Las dejaba pasar en silencio.
Fui a recibir la bandeja de la noona, pero justo cuando iba a avanzar, ella frunció el ceño y se detuvo.
—Qué raro. ¿Director, está saliendo con alguien últimamente?
—¿Otra vez inventando novelas?
—Usted nunca usaba colonia. Y desde hace poco empezó a usar de repente…
La noona se acercó más a su hombro y aspiró exageradamente.
—Y hoy se echó muchísimo. ¿A quién querrá seducir con un perfume tan… provocador?
Él frunció el ceño, como si no entendiera.
—¿Provocador?
—Ese perfume siempre ha sido fuerte. Aunque hoy se puso de más. ¿Está resfriado? No es propio de usted equivocarse así. ¿O a la otra persona le gusta que sea tan intenso? ¿Que casi asfixie?
Ella le dio un golpecito en el hombro y sonrió, claramente divertida en provocarlo. Él solo soltó una risa suave y no cayó en la trampa.
Me acerqué y recibí la bandeja; sentí su mirada, pero evité verlo.
Tal como dijo la noona, yo no tenía forma de saber si él tenía a otra persona. Y tampoco tenía derecho a preguntárselo. Hasta ahora no había mostrado señales de tener otra relación, así que solo me había obligado a no pensar en ello. Me bastaba con intentar entender lo nuestro.
Pero incluso un comentario tan ligero podía abrir paso a temores terribles.
—Director, pensé que solo usaba perfumes hechos a medida. Pero también usa de los comerciales, ¿eh? Parece que mezcló dos o tres… Mmm, uno creo reconocerlo.
Ella entornó los ojos y dijo la marca y el modelo que intuía.
—Oh… qué perspicaz. —él abrió los ojos con una sonrisa y chocó las pinzas de la parrilla.
Me pregunté si sería “ese aroma”. Tal vez ese olor que yo identificaba como “su” olor era una mezcla de varios perfumes.
Me imaginé yendo a una tienda de perfumes —a la que jamás he ido—, gastando una suma que para mí sería enorme, comprando ese perfume, escondiéndolo en mi cuarto y oliéndolo a solas imaginándolo a él… Sacudí la cabeza.
—¡Uah, huele increíble!
La directora apareció desde la entrada que conectaba el garaje con el jardín.
—Todavía faltan unos veinte minutos para poder comer. —explicó Juhan, con la cara hinchada, mirando al director para que viera lo que él veía.
La directora le revolvió el cabello, luego me acarició la mejilla y me preguntó cómo estaba. No la veía hacía cinco días; aun siendo sábado, venía de un evento de una marca de cosméticos por trabajo.
—Mira cómo se alegra Seo Yeehyeon cuando llega la directora.
—Aunque parezca serio, se le nota todo en la cara.
Ellos me señalaban mientras se reían. Apenas había sonreído un poco; me toqué la cara por reflejo, aunque no sirviera de nada.
Sentí una mirada y dirigí los ojos hacia él. Pero apenas se cruzaron un instante. Quizás solo me rozó la mirada al pasar.
Cuando terminó de repartir el cordero en los platos, por fin pudo sentarse. La mesa era para cuatro, así que trajo otra silla desde la terraza y se sentó a un lado.
—¿Qué tal, te gusta?
Me preguntó mirando por encima de la noona.
—Sí. Mucho… Está muy bueno.
—Menos mal. Veo que no eres quisquilloso.
Asentí, y Juhan respondió por mí desde la diagonal.
—Seo Yeehyeon nunca se queja trabajando. La gente así tampoco se queja con la comida.
—Tú te quejas por todo y aun así comes bien. Qué caso más raro. —Él levantó las manos en gesto de rendición ante la mirada que le lanzó Juhan, que devoraba la carne agarrando el hueso.
Él apenas probó su plato y se limitó a tomar vino. Me preocupó, pero no era mi lugar decir nada.
—¿Qué tal, Yeehyeon? ¿La vida de artista a tiempo completo te sienta bien?
—Aún… no lo sé bien.
—¿Ya vio el director tus prácticas? Él no nos enseña nada, dice que le da vergüenza.
—¿Y conmigo no habría de darle vergüenza? Dice que está practicando y no me enseña nada. —dijo él, mirándome con un toque de reproche mientras llevaba la copa a los labios.
Él sí había preguntado qué estaba haciendo, pero nunca había pedido ver los dibujos. Nunca pensé que querría verlos; tal vez no quiso presionarme.
Estaba a punto de mojar la garganta con vino cuando Juhan dejó un hueso limpio en su plato, orgulloso.
—Entonces… parece que seré el primer espectador de la obra del autor Seo Yeehyeon.
Estaba a punto de mojar la garganta con vino cuando Juhan dejó un hueso limpio en su plato, orgulloso.
—Entonces… parece que seré el primer espectador de la obra del autor Seo Yeehyeon.
—Se pone así porque Yeehyeon le pidió ser modelo. —dijo la noona, torciendo la boca. La directora abrió mucho los ojos.
—¿Ya vas a empezar con trabajo serio? ¿Y por qué el primer modelo es Juhan?
—No es un trabajo serio aún… Esta semana dibujé casi puros bodegones y quería intentar con personas… Pensé en él por la estructura de sus huesos y su rostro tan particular.
Eso era cierto, pero no todo.
Con personas necesitaba una historia, un pequeño hilo emocional. No quería dibujarme a mí mismo todavía. Y entre la noona y Juhan, con él tenía una historia más concreta para apoyarme.
Lo que realmente deseaba dibujar —fuerte, natural, vívido— era a él. Pero aún no estaba preparado para plasmar ese sentimiento.
—Si quieres dibujar una figura en condiciones, puedo conseguirte un modelo profesional.
Él hizo girar suavemente la copa. Juhan saltó indignado.
—¡Oiga! ¡Yeehyeon dijo que quería dibujarme a mí! ¿Por qué se mete…? No será que siente celos porque, en vez del apuesto director, me eligieron a mí como modelo, ¿eh?
Él frunció el ceño.
—Al menos admites que soy guapísimo. Bien.
—Je. Irresistible será, pero al que eligieron como modelo es a mí.
Apoyado en el respaldo de la silla, con actitud arrogante y la mirada entrecerrada, Juhan lo observaba. Él negó con la cabeza, dejó la copa sobre la mesa y, apartando hacia un lado su plato casi intacto, se inclinó hacia el espacio vacío, apoyando el codo y mirándome.
—Ahora que salió el tema, si necesitas alguna herramienta, material, el ambiente adecuado… o un modelo, o lo que sea, no dudes en decirlo. Con los artistas exclusivos, incluido usted, señor Seo Yeehyeon, no escatimamos en apoyo. No quiero que sienta ninguna carga. Todo es por las obras.
Mi noona asintió con energía.
—Sí. Algunos como el artista Shushu, que ya ganan muy bien, se encargan ellos mismos de sus herramientas de trabajo o de su estudio. Pero a quienes llevan poco tiempo, como tú, les apoyamos hasta cierto punto. Si te preocupas por esto o por lo otro, al final la obra no sale como debería. No creas que cualquier galería te da este trato.
Mi noona apoyó un brazo sobre mis hombros y habló orgullosa, pero al mencionar al artista Shushu, me tensé sin querer. Instintivamente miré en su dirección. Al descubrirme, aparté la mirada enseguida, pero él no mostró la menor reacción.
Entendía lo que él y mi noona intentaban decir, pero ya tenía más que suficiente.
Cuando empezara a pintar al óleo de verdad, el olor característico haría imposible vivir y trabajar en el mismo espacio, así que él ya había programado para la semana siguiente construir un tabique con puerta entre mi cama y el área de trabajo.
Lo único que yo quería, aunque fuera por unas horas al día, era tener un trabajo a tiempo parcial. En una situación en la que no sabía cuándo podría ganar dinero con mis cuadros, quería al menos aportar algo para la comida. Pero cuando saqué el tema, él se opuso tajantemente diciendo que no podía garantizar mi seguridad.
—Ah, ¿crees que Yeehyeon podría exponer en la exhibición conjunta de la segunda mitad del año? ¿Será demasiado ajustado?
Mi noona le preguntó a la directora con el brazo aún sobre mis hombros, y ella respondió mirándome a mí, no a ella.
—Como es una exhibición conjunta, aunque sea una sola pieza, puede entrar.
—No te sientas presionado. No obligamos a exhibir una obra con la que el artista no esté satisfecho. Si para entonces tienes alguna terminada, la colgamos. Solo eso.
Asentí, pero solo imaginar que mi obra podría estar en la exposición me secaba la garganta de nervios.
—Creo que esta exhibición conjunta va a sentirse un poco vacía sin las obras de la artista Shushu. Supongo que en Chicago se venderán todas, ¿no?
Eso le preocupaba a Juhan.
La exhibición conjunta era después de la de Chicago. Si todas las obras se vendían allí, era difícil traerlas de vuelta a Corea.
—Las obras de Shushu, claro que se venderán todas. Además, aprovechar esta oportunidad para impulsar a otros artistas también es bueno. Organicen bien la planificación; en una exposición, la planificación es más de la mitad del éxito.
Como ante la profesora Suki Kim, seguía mostrando total confianza en las ventas de Shushu. Y no parecía preocupado por la exhibición conjunta. El problema era mi noona.
—Ha… ¿En serio podré manejar bien el viaje de trabajo a Chicago? El artista Shushu todavía está en pánico, ¿verdad?
Suspiró mientras se quitaba el brazo de mis hombros y se tomaba la cabeza entre las manos.
Sabía que estaba angustiada porque Shushu se ponía nervioso si la directora no lo acompañaba a Chicago. La observé, con la espalda encorvada, sin saber cómo consolarla, y solo seguí bebiendo vino.
—Ya es hora de que se independice un poco de la directora Han. Si la directora tiene que acompañarlo cada vez que hay algo, ¿cuándo van a tener ustedes oportunidades?
—¿Y si al final el artista Shushu lo llama entre lágrimas y se deja convencer?
Juhan se rió incrédulo, y él respondió llevándose la copa a los labios.
—Por eso lo tengo bloqueado.
Lo dijo como si fuera una solución definitiva, pero para mí sonaba más bien a que, si respondía la llamada, no podría mantener su postura.
—Uuuh… parece que esta vez sí que se lo ha tomado en serio. Tiene que hacerlo; si no, luego el que sufre soy yo. Si el director, Baek Yuni y la directora van todos a Chicago… ¿qué se supone que hago yo solo en Seúl?
Juhan se estremeció imaginando el caos.
—Si el jefe se fuera, tendría que quedarme yo. Aunque contratemos gente nueva, todos serían novatos. ¿Cómo vas a preparar una exposición con solo novatos?
Negó con firmeza ante la voz apagada de mi noona.
—No va a pasar. Baek Yuni, concéntrate en preparar la exhibición de Chicago. No va a ocurrir, te lo prometo.
—Gracias por decirlo, pero… no sé, no me convence. Casi siempre confío en usted, director, pero… se trata del artista Shushu. Es… delicado, por decirlo bonito, y sensible… por decirlo de otra forma. Me da un poco de miedo.
El tema derivó a historias sobre la timidez extrema del artista Shushu, su carácter sensible y retraído.
Cuando mi noona entró por primera vez en Phantom, Shushu llevaba poco tiempo trabajando como artista y era mucho más que tímido: estaba cerca de una fobia social. Así que ponerlo frente a cámaras o hacerlo saludar en un evento era impensable.
Incluso todas sus entrevistas eran por escrito. Cuando mi noona por fin logró que confiara en ella, Juhan llegó al equipo… y tuvo que empezar desde cero.
—No era especialmente sociable antes del accidente, pero después empeoró. Aun así, ahora está mucho mejor. ¿No viste cuando conoció por primera vez al señor Seo Yeehyeon? Piensa en cómo fue con Kwon Juhan, a quien ni siquiera dejaba entrar en la sala de espera durante sus primeros seis meses. Va mejorando.
Él exageró expresiones y gestos para animarla. Juhan protestó diciendo que el que de verdad lo había maltratado era el director, no Shushu, pero lo ignoraron.
—Y no es que no confíe en ti. Dice que es porque es mentalmente débil. Si le das tiempo para prepararse, estará bien. Además, Kun también va con ustedes.
Con las palabras de ánimo de la directora, mi noona asintió. Aún preocupada, pero más aliviada.
—Tú eres la que está negociando con los responsables allí. No puedes faltar tú. Eres la encargada del evento. Eso no cambia.
Cerrando el tema, él anunció que, si el cordero ya estaba listo, empezaría a asar la carne de vacuno. Sacó una lata de cerveza de la neverita y volvió a la parrilla.
Mi mirada lo siguió sola. Para disimularlo, bebí vino como un reflejo.
Que él acompañara el viaje a Chicago era un alivio para mi noona, pero no para mí.
Él iba a irse a un largo viaje con Shushu, y yo no tenía derecho a sentirme inquieto… pero lo sentía igual. Me desagradaba no poder controlar ese sentimiento y fingía no verlo. Pero mis esfuerzos racionales caían una y otra vez.
Cuando terminé el poco vino que quedaba, Juhan se levantó y volvió a servirme.
—En fin, Yeehyeon ha pasado por mucho últimamente. ¡Hoy olvidemos todo y bebamos a gusto! ¡Brindemos todos por el buen camino de sus obras! ¿Sí?
La repentina atención me desconcertó, pero aprecié el gesto. Él también volvió a la mesa, igualando la copa para el brindis.
Cuando ya habíamos comido bastante, el ambiente se transformó en una auténtica reunión de copas.
El sol se había puesto del todo. Como era un jardín con tierra, no asfalto, la temperatura bajó rápido. El aire frío se convertía en brisa agradable gracias a los árboles. A pesar del calor húmedo en la espalda, quizá por el alcohol, la sensación era más flotante que molesta.
—Y desde ese día, te digo, Yeehyeon me cayó fenomenal.
Totalmente ebrio, Juhan hablaba mucho más alto y exagerado que de costumbre, contando cómo le recomendó su propia obra a In-woo en la exhibición donde trabajamos juntos por primera vez.
—Ah, nunca voy a olvidar la cara de Inwoo ese día.
Golpeó la mesa riéndose.
—¿Qué dijo? Director, usted estaba allí. ¿Qué dijo Yeehyeon?
Él bebió un sorbo de cerveza y sonrió.
—Que parecía mostrarlo todo con honestidad, pero en realidad no del todo, y que esa parte encajaba con su obra y con él.
—¡No… no lo dije con esa intención!
No había sido arrogante al decirlo. Como le expliqué más tarde al propio Inwoo en el bar español, solo había sentido que esa forma tan clara y ligera de revelar su falta de sinceridad era muy propia de su obra.
Y ahora que volvía al lienzo, entendía aún mejor que eso requería la decisión de enfrentarse objetivamente a uno mismo.
—Entonces, ¿con qué intención lo dijiste?
Juhan imitó mi manera de hablar, provocando risas. Yo también sonreí torpemente, pero me distrajo algo: lo bien que él recordaba esa conversación.
En aquella época, como había dicho esa mañana frente al coche Ghost, él me veía como un simple “albañil temporal”, sin interés en mí. No esperaba que recordara algo tan concreto.
—Ya, ya. Y el maestro In-woo tampoco se lo tomó como burla. Por eso se interesó más en ti.
La noona, ahora sentada frente a mí en diagonal, remenaba una ensalada con el efecto del alcohol en la pronunciación.
—Claro, claro. Yo soy S, así que lo sé. El maestro In-woo es un M puro. Que alguien le dijera eso con tanta franqueza seguro que lo dejó prendado.
Juhan, sacando la última lata de cerveza, añadió:
—Ah, y también estaba muy emocionado cuando supo que firmaste como artista. ¿Has hablado con él últimamente?
—Sí. Me llama un día sí y un día no...
—¿En serio? Vaya. Para que él llame así de seguido… eso no es común.
Mi noona se mordiscó los palillos, con los ojos brillantes, mientras Juhan fruncía el ceño.
—¿Y si va en serio? ¿En serio el maestro In-woo con Yeehyeon? Aunque fuera sinceramente… uf, eso sí que no está bien.
—¿Qué? ¿Un mujeriego experimentado no puede salir con alguien con poca experiencia? ¿Desde cuándo tan conservador? Jefe, ¿usted qué opina? Si In-woo está en serio con él, y a Yeehyeon le gusta, ¿usted se opondría?
El jefe apoyó los codos y se encogió de hombros.
—Hm… ¿eso es algo en lo que un tercero pueda meterse?
Mi noona lo miró triunfante, pero Juhan, normalmente liberal en temas amorosos, insistió.
—Lo sé, lo sé. Un tercero no debe meterse. Pero por eso mismo él debería controlarse a sí mismo.
—¿Señor Seo Yeehyeon tiene interés en Choi Inwoo?
—......
Su pregunta nos dejó en silencio. Lo miré. No había tono inquisitivo ni presión en su rostro. Eso lo hacía aún más desconcertante.
Alterné la mirada entre todos, jugueteé con la copa y abrí la boca lentamente.
—Pues… In-woo hyung nunca me ha hablado así en serio...
—Solo responde si tú, personalmente, tienes interés en él. Lo demás no importa.
Su rostro, con una ligera sonrisa, mostraba solo curiosidad traviesa, como quien escucha chismes ajenos.
Si hubiera sido al revés, yo no habría podido mostrar tanta calma ni fingida.
Apreté la copa y respondí:
—…No.
Él se encogió de hombros y miró a los demás.
—¿Ves? Él no piensa en eso. ¿Por qué gastas energía en un problema que no existe?
—Ah… pobre maestro In-woo. Siempre presume de ser un alfa casi dorado, que puede conquistar a quien quiera si se lo propone, pero… a un beta, eso no le funciona.
Mi noona habló con gesto compasivo pero divertida.
—Claro. Aunque parezca ingenuo, Yeehyeon no es de los que se dejan embaucar con técnicas gastadas.
Juhan me abrazó casi aplastándome el hombro.
Tenía la cabeza en otra persona, pero estaba respondiendo preguntas sobre chismes con otra, y todo me parecía una comedia ridícula. Sonreí con un sabor amargo.
—¿Eh? Director, ¿a dónde va?
Pero apenas mencionaban algo relacionado con él, mi mirada saltaba automáticamente en su dirección.
—A conseguirles más bebida.
—¡Ah, entonces ya no queremos vino! ¡Mejor cerveza, por favor!
Al contestar con un gesto de mano a la petición de Juhan-hyung, él se giró para marcharse, pero tuvo que detenerse por la postura de brazos extendidos de la noona.
—¿Qué pasa ahora?
—Ya que va para allá, lléveme a cuestas hasta el baño.
Él, temiendo que la noona pudiera caerse al subirse al banco, la sujetó del brazo. Negó con la cabeza como quien no tiene remedio, pero aun así le ofreció la espalda sin una queja. Colgándose de su cuello, la noona sonrió como una niña, con las mejillas enrojecidas por el alcohol.
Ya lo había sentido antes: aunque trabajando podía parecer a veces un jefe despiadado, en lo personal —y sobre todo en reuniones con alcohol— era como un hermano mayor, cariñoso y atento.
Noona y hyung tampoco se permitían caprichos ni se ofendían por su manera directa de hablar cuando se trataba de trabajo, pues eran personas que ponían la eficiencia por encima de todo. Pero cuando se emborrachaban, se volvían como los menores de la familia que habían crecido recibiendo mucho cariño, y se le pegaban mucho.
Era posible porque él mantenía abierto un espacio que les permitía expresar afecto sin temor a ser rechazados.
Observé la espalda de la noona desapareciendo hacia el recibidor, colgada de él, y recordé aquella vez, hace unos meses, justo en este jardín, en que me sentí como “Alicia en el país de las maravillas”.
Entre tanto, nuestra relación había cambiado mucho: ahora incluso compartíamos noches apasionadas. Y aun así, entre ellos dos, yo seguía sintiéndome como una Alicia que pertenecía a otro mundo.
—Entonces, ¿soy modelo de desnudo? ¿Por fin ha llegado la oportunidad de mostrar esta escultural anatomía?
Solté una risa torpe ante la broma con la que hyung llegó mientras servía su cerveza en mi copa de vino vacía.
■ ■ ■
Por la puerta de entrada abierta, las risas de la noona y el hyung llegaban hasta la cocina. Yo estaba trasladando la comida que no serviría de aperitivo y ordenando a grandes rasgos junto a él, cuando el bullicio de las carcajadas producidas solo por dos personas detuvo mis manos por un instante.
—Ah… esos dos van para largo. Seguro seguirán así hasta que salga el sol.
Borrando la grasa de los platos con toallas de cocina para que a la asistenta le resultara fácil lavarlos por la mañana, él miró hacia la encimera y añadió.
La directora, que vino directamente después de cerrar la galería, ya se había marchado tras llamar a un conductor sustituto, diciendo que por su ropa y por cómo estaba, debía irse a descansar a casa. Pero la noona y el hyung hablaban ahora como si la noche apenas empezara.
Desde sus ideas para la temporada de otoño de Old Future, las impresiones de la noona sobre la diversidad del mercado del arte estadounidense a raíz de la preparación de la exposición de Chicago, y la filosofía de gestión de las galerías de allí adaptada a ese mercado… hasta las ideas sobre el futuro que ambos soñaban y preparaban.
Los temas no se agotaban; y cuanto más borrachos estaban, más profunda parecía hacerse la conversación. En eso también se parecían.
—Pero si apenas es medianoche. ¿Hasta la mañana?
Tras dejar el último plato en el fregadero, él comenzó a lavarse las manos con jabón líquido.
—A su edad es cuando más cosas tienen que decir. Quieren explicarse, ser comprendidos, hablar con esperanza incluso de planes inciertos. Aun cuando fingen no soportarse, se llevan muy bien.
Añadió que los dejara tranquilos, que ya irían por su cuenta a la habitación de invitados para dormir, así que no había de qué preocuparse. Se sacudió el agua de las manos, se volvió hacia mí y apoyó su cuerpo en el borde del fregadero.
—Pero.
—......
Solo con la mirada ladeada y ese tono suave que anunciaba un cambio de tema, el aire entre nosotros se tensó ligeramente.
—No sabía que hablabas con Choi Inwoo interdiario.
Su voz era suave, y mientras se tocaba el flequillo con la mano mojada, sonreía un poco.
—No hablamos de nada en especial, solo… cosas cotidianas...
—¿Cosas cotidianas de qué tipo? ¿Otra vez sobre comida?
Asentí ante su tono juguetón.
—¿De verdad no sientes nada por Choi In-woo?
—......
Quise ver si podía obtener alguna pista de por qué sacaba de nuevo un tema que pensé que habíamos terminado en la reunión de antes. Miré su rostro, aun sabiendo que así podía delatar mi inquietud.
¿Será que sí le afecta?
Pero interpretarlo así sería demasiado optimista… Él había sido quien, desde bastante temprano, me advirtió sobre mi relación con Inwoo-hyung. Desde aquella época en que parecía no tener el menor interés en mí y me trataba como a un desconocido sujeto a observación y sospecha.
No poder leer lo que él siente me frustraba, y por eso, al menos, yo también quería ser para él un territorio desconocido…
pero al recordar lo transparentes que me resultaban los pensamientos de un niño de doce años, diez años menor que yo, me invadió un ligero desánimo.
—Por ahora… no...
—......
Quizá fue una apuesta temeraria nacida de la frustración. Y tenía el calor del alcohol subiéndome a las mejillas.
Él se separó del fregadero y avanzó hacia mí. Yo había lanzado el anzuelo, pero mi boca se secó al no poder predecir su reacción.
Llegó hasta la encimera despejada tras guardar los restos de comida en la nevera, y pasó lentamente la mano por el borde del mármol brillante, mirando la punta de sus dedos.
—Lo de que cuando salgas te muevas solo en el coche que yo preparé… ¿lo vas a cumplir?
—......
Desvió por completo el tema, dejando atrás cualquier mención a Inwoo-hyung, y me miró esperando una respuesta. Esos ojos pedían que dijera que sí. Lo miré de frente y asentí despacio. Sabía que todos estaban preocupados y no quería causar problemas con imprudencias.
Él sonrió satisfecho, se metió las manos en los bolsillos traseros del vaquero y habló con un tono que parecía a propósito alegre.
—¿Subes un momento al estudio antes de dormir? A diferencia de esos dos que vinieron con las manos vacías, yo sí tengo un regalo.
—Ah...
—Esa no es la cara de alguien que acaba de enterarse de que va a recibir un regalo. No lo preparé para ver esa expresión.
Hasta ahora había pensado que corresponder a un regalo con otro regalo era una carga que podía resultar una falta de consideración hacia la intención del otro. Sin embargo, ahora que me encontraba recibiendo tantas cosas sin tener nada para devolver, no podía librarme de la sensación de deuda… de estar pidiendo prestado algo que debería reembolsar.
—Hmm...
Él me observó con un suspiro, seguro de que mi cara debía parecer la de alguien que ve a su acreedor. Se inclinó y apoyó los codos sobre la encimera, dejando su rostro a un nivel más bajo que el mío.
—Voy a repetir lo mismo de siempre, pero… yo no estoy sacrificando nada por usted, Seo Yeehyeon. No estoy haciendo esfuerzos financieros por ayudarle ni comprándole regalos. A esos dos tontos y a la directora Han también les regalo cosas a menudo. Así que, si me lo acepta con una cara alegre, creo que eso sería suficiente recompensa para mí.
Si hubiera sido Juhan-hyung o la noona, seguro habrían reaccionado con alegría a un regalo suyo… Entonces, ¿los considero unos descarados por aceptarlo sin dudar?
No, no era eso… pero cuando se trataba de mí, juzgar se volvía muy difícil. Entre Morae, hyung y yo, los regalos habían sido siempre libros, bolígrafos o llaveros. Nada más.
—Ah, entonces haga usted también algo por mí. Para que sea justo. Así queda equilibrado.
—......
Se irguió con una expresión como si hubiera tenido una gran idea.
—Quisiera que me dejara ver los cuadros que empezó desde que se mudó aquí.
Su sonrisa se inclinó un poco, apremiando una respuesta.
—¿…Ahora?
Él asintió.
—Ahora.
Con expresión de que no veía ningún problema, añadió:
—A menos que seas del tipo que jamás muestra una obra antes de que llegue a la galería… pero, si estás dibujando a Kwon Juhan como modelo, tarde o temprano él la verá… Así que no creo que seas tan estricto de ‘jamás mostrar nada’. ¿Qué dices?
No tenía ninguna norma rígida, ninguna convicción inviolable que mantuviera como principio absoluto. Además, él era el dueño de la galería que representaría mis obras a partir de ahora, de modo que no era descabellado que quisiera comprobar mi proceso.
En realidad, ni siquiera hacía falta llevar la situación al extremo de “el dueño de la galería” y “el artista novato que aún no ha ganado un solo centavo”.
Si él quería algo de mí, aunque no fuese por obligación o por sentir que debía retribuir su amabilidad… probablemente habría querido cumplir cualquier cosa que me pidiera.
Lo miré mientras esperaba mi respuesta, con las manos hundidas en los bolsillos delanteros del vaquero y los hombros ligeramente encogidos. Asentí.
Con ese simple gesto, él mostró una sonrisa amplia, enseñando una hilera pareja de dientes.
Que alguien más alto que yo, alguien que para mí encarnaba la idea de un adulto completo, sin ninguna carencia aparente, sonriera como un niño que recibe el juguete que quería… y que fuese yo quien provocaba esa sonrisa, me causó un pequeño impacto interno.
No era que nunca hubiese experimentado que la alegría de otro se conectara directamente con mi felicidad; pero lo que sentía con él era distinto de la tibia satisfacción que me producían Morae o mi hyung.
En él, cada reacción que pasaba a través de mí despertaba un calor que me aturdía, un ímpetu desconocido, una pasión capaz de sacar a flote impulsos y valentías que ni siquiera sabía que tenía.
Quería ver más esa expresión, y deseaba que yo fuese siempre su causa. Un anhelo surgido de quién sabe dónde, y junto a él, la sensación de que, si podía lograr que las cosas se dieran así, sería capaz de sacudirme todo de encima y avanzar…
Sintiendo esa clase de sentimentalismo tan propio de tener veintidós años, fue en un momento inesperado, sin una conversación especial ni una emoción exagerada, cuando comprendí verdaderamente que me gustaba.
Si temía al cambio, lo que más debía temer, lo que más debía tratar con cuidado, era precisamente el sentimiento de gustar de alguien. Porque cambia a uno sin necesidad de decisiones ni acuerdos.
Pensé que aquel yo del pasado, el que al conocerlo por primera vez reaccionaba con un extraño arrebato ante el rechazo o la indiferencia de los demás, había sido una especie de adelanto de esto. Y me escapó una risa irónica.
Evitando su mirada, sonreí apenas y me froté los brazos sin motivo.
Al volver a alzar la vista, vi que él también me sonreía levemente. Seguramente solo sonreía porque yo lo había hecho, sin saber por qué.
—Entonces, vamos.
Siguiéndolo, bajé detrás de él hacia el sótano.
En el sótano —y también en el jardín— había pasado cinco días dibujando; tomé unos cuantos cuadernos de dibujo del estante empotrado donde los guardaba y se los entregué. Las manos me sudaban, y tenía la garganta seca.
Él los pesó un poco, agitándolos apenas, y alzó las cejas mirándome.
—¿Esto es todo lo que has dibujado desde que viniste aquí?
—Sí.
—Hmm… Parece que en cuanto salgo a trabajar te dedicas solo a dibujar.
Lo dijo sonriendo, claramente de buen humor.
No aceptó sentarse, se quedó apoyado en el respaldo de un sofá triple colocado separado de la pared, y fue pasando en silencio las tres libretas de dibujo. Después revisó también todos los lienzos apoyados del revés contra la pared, sin decir ni una palabra.
Le dije, casi disculpándome, que la pintura todavía era solo una prueba para ver si podía obtener los colores que quería con óleo. Él simplemente alzó la mano, como restándole importancia.
Pensé que preferiría que dijera algo, incluso si fuera una crítica. Pero su expresión tranquila, sin fruncir el ceño ni admirarse, igual a la de siempre, no dejaba adivinar nada.
Si mostrarle simples bocetos me dejaba así, iba a necesitar un entrenamiento mental serio antes de poder enseñarle la obra en la que lo había “injertado” a él.
Él volvió a abrir una de las libretas y revisó algunas páginas más. Entonces, con una leve sonrisa apenas insinuada en las comisuras, murmuró:
—Con esto… mi regalo parece demasiado pobre.
Seguía mirando el cuaderno.
Con esa sonrisa casi imperceptible y en voz baja, como hablándose a sí mismo, cerró la libreta y se frotó el mentón y la boca con una mano grande, como si tratara de cubrirse.
Quedó unos instantes en silencio, mirando el suelo como sumido en sus pensamientos. Finalmente me devolvió la libreta. Al tomarla, nuestras palmas se rozaron, y él enganchó suavemente su dedo meñique con mi anular.
—Entonces, te esperaré en el estudio.
