Capítulo 13: El anhelo del cambio

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No sé por qué vine hasta aquí.

No había sido una decisión tomada en un estado normal, considerando las consecuencias ni lo que vendría después. Mis pasos hacia este lugar —al que solo había venido una vez— fueron movidos por el subconsciente.

Como una hormiga o una polilla que, al percibir la cercanía de un dedo cruel que quiere aplastarla, gira instintivamente hacia un sitio seguro. Cuando reaccioné, caminando sin pensar y desesperado, estaba aquí.

No habían pasado ni dos horas desde que nos separamos en la parada de bus frente a la iglesia, así que solo al llegar frente al portón, pesado y herméticamente cerrado, caí en cuenta de que él debía estar pasándolo en grande en la segunda ronda con los demás.

Entré bajo el pequeño techo de ladrillo que había sobre la puerta y apoyé el paraguas en un rincón. Abracé con los brazos mi cuerpo tembloroso y empapado. A pesar de haber usado el paraguas hasta aquí, el cabello y todo mi cuerpo estaban totalmente mojados. Solo lo había sostenido mecánicamente, sin pensar realmente en cubrirme.

Saqué el celular del bolsillo de los jeans y lo llamé. En un estado normal, no habría venido a su casa, y menos me habría atrevido a llamar sin previo aviso.

Pero los dedos que marcaron el número de “director” mientras me barría el rostro mojado con la palma de la mano no tenían la vacilación ni la falsa cortesía de siempre. Cuando uno está acorralado, omite la etiqueta para sobrevivir, y puede comportarse de formas completamente distintas a las habituales.

Ni la educación, ni el carácter que creía tener, ni nada de lo que pensaba que me definía era realmente sólido.

Y no era esa la única parte vulnerable.

Por más que fingiera ser imperturbable, no podía evitar tambalear ante cualquier intervención externa que amenazara mi seguridad y tranquilidad. Quería burlarme de mí mismo con dureza, insultarme por mi fragilidad social y mental.

Había confundido la monotonía donde nada ocurría con la paz.

Volverse insensible no era lo mismo que volverse fuerte.

No lo había entendido hasta ahora.

Creía que simplemente había elegido ser defensivo en vez de agresivo, pero en realidad me estaba escondiendo en un escenario donde nada podía atacarme. ¿Cómo defenderse cuando no existe ningún ataque?

Mi día a día se sostenía sobre un piso de vidrio tan delgado e inestable que solo podía mantenerse si nada ocurría.

No era distinto del yo de dieciséis años, expuesto sin defensa alguna, marcado directamente por el ataque del exterior. La frialdad metálica del portón de hierro contra mi espalda me helaba hasta los huesos.

No sé cuánto tiempo pasó. Tal vez cinco minutos, tal vez una eternidad.

Unas luces se acercaron desde la bajada que conectaba con la calle principal, iluminando la lluvia. Un coche subió sin girar, directo hacia el portón. Antes de detenerse por completo, escuché a alguien bajar apresuradamente.

Levanté la cabeza lentamente.

Apenas lo hice, la figura que corrió bajo el techo me cubrió los hombros con su chaqueta. Ni siquiera me preguntó nada ni saludó.

La delgada chaqueta de verano cubrió mis hombros mojados, y él me abrazó sin decir una palabra.

Su presencia sólida, sin nada de incierto, me sostuvo. La firmeza y el calor de su pecho y sus hombros, que me arrancaban del frío metal a mi espalda, hablaban de su fortaleza, de la soledad que había afilado su temple.

Mientras abría la puerta del garaje con el control remoto y le pedía al conductor que estacionara el auto, yo balbuceaba una y otra vez que quería pintar, que me ayudara, como un actor desconocido que solo sabe una línea desesperado para su audición.

Él ajustó varias veces la chaqueta para cubrirme mejor y me apretó más fuerte. Su brazo alrededor de mi cintura y su mano cruzando mi espalda y hombro eran como una cuerda tensada, impidiéndome caer en la autocompasión o el auto-desprecio improductivo.

Cuando me presionó la nuca para que apoyara el rostro en su hombro y murmuró una maldición por lo bajo, sentí cómo la ansiedad, que parecía rebasarse, empezaba a calmarse. Cerré los ojos con fuerza.

Seguramente estaba sorprendido y curioso: lo había llamado de repente, diciéndole que estaba frente a su casa. Aun así, él no preguntó nada. Solo expulsó con su calor el frío dentro de mí.

Sin soltarme, pagó al conductor y me entró por el portón. Sentí la mirada curiosa del conductor clavada en nosotros, pero no me importó.

El jardín oscuro, bajo la lluvia torrencial, olía a humedad profunda, como un bosque cerrado. Parecía otro lugar distinto al de aquel día en que, junto a Yuni y Juhan, habíamos tenido un picnic que recordaba a la merienda del Sombrerero Loco y la Liebre de Marzo.

Atravesamos ese jardín sombrío, donde hasta imaginaba que un desconocido con impermeable podría saltar de los arbustos, y al entrar al recibidor sentí un aire mucho más cálido.

Él frunció el ceño como si se diera cuenta de algo.

—Espera aquí un momento.

Al verlo alejarse rápidamente hacia la sala, supe qué era lo que le preocupaba. Al principio pensé que iba por una toalla, pero su expresión contrariada me dijo otra cosa: iba a esconder Aislamiento, el cuadro.

Lo tomé del costado de su camisa, negando con la cabeza antes de que subiera por el pasillo.

El problema no era la pintura. Mi reacción aquel día había sido a todo el pasado que me recordó, cuando la vi sin estar preparado.

—Está bien. Ahora sí… de verdad está bien.

—......

A pesar de estar empapado, mi voz sonó áspera, seca.

Él se detuvo y me miró. Luego me volvió a abrazar por los hombros con un gesto suave, casi como consolando a un niño.

—Entonces vamos al estudio. Ahí estará más cálido.

Mi camiseta y mis jeans dejaban caer agua sin parar, y mis calcetines empapados manchaban el piso de madera, pero él tiró suavemente de mi hombro diciendo que no me preocupara.

En el segundo piso, en vez del estudio, me llevó al baño conectado a su dormitorio. Ya lo había usado antes.

Primero hay que calentar el cuerpo, dijo, mirándome mientras yo me quedaba rígido en la entrada del baño, aferrándome a la chaqueta como si fuera un salvavidas.

—No hace falta que uses jabón. Solo métete en agua caliente un rato.

Mientras se inclinaba y movía el agua con los dedos para comprobar la temperatura, añadió:

—La temperatura interna del cuerpo no sube rápido si no haces esto.

No quería seguir molestándolo, pero tampoco quería preocuparlo. Asentí.

En lugar de un baño de espuma, vertió sales aromáticas en la tina. Ajustó la intensidad de la luz y, con cuidado, me quitó la chaqueta que había estado sosteniendo con tanta fuerza.

Me sentí incómodo por la ropa empapada que se pegaba a mi cuerpo bajo su mirada. Tiré de la camiseta para despegarla un poco del torso, y él soltó una pequeña risa.

—Asegúrate de calentarte bien la cabeza también.

Alborotó suavemente mi cabello mojado y se fue, cerrando la puerta del baño.

Me sentía confundido, como si una parte de mis recuerdos estuviera cortada, sin poder entender cómo había terminado de pie en el baño de su casa. Aun así, ahora lo mejor era moverme según sus indicaciones. Aun si me empeñaba en conservar un poco de dignidad, sin su ayuda no podría resolver nada.

Con dificultad me quité la ropa mojada y, dudando, entré al agua caliente de la tina. Cuando el cuerpo helado se sumergió en el agua que estaba algo caliente, la piel empezó a picar con un cosquilleo. Era una sensación que solo se siente en invierno.

Con la palma de la mano levanté agua y me la eché sobre el rostro y la cabeza. El cuerpo empezaba a relajarse, pero el agarrotamiento del espíritu no se deshacía. Sacudí la cabeza para espantar el miedo que volvía a aparecer, cuando de pronto—toc, toc—tras un breve golpe, la puerta se abrió apenas.

—¿Puedo pasar?

La puerta se abría hacia el lado de la ducha, no hacia la tina. Solo se escuchaba su voz; no podía ver su rostro.

Me inquietaba estar desnudo, pero tampoco podía pedirle que se fuera haciendo un drama.

—S-sí...

Entró con ropa para cambiarme y una taza. Dejó la ropa en un estante colgado junto a la puerta y se acercó a mí. Yo levanté y abracé las rodillas con torpeza para cubrir mi entrepierna, y él soltó una risa baja encima de mi cabeza.

—¿Por qué tan pudoroso de repente…?

—…….

Mientras sentía que mis orejas se calentaban ante su voz entre risas, tomé la taza que me extendió. Era leche caliente.

—Tómala un poco. Te va a calentar el cuerpo y te vas a calmar.

—Gracias...

No solo la leche sino también la taza estaban calientes, como si las hubiera calentado adrede; la superficie de cerámica ardía suavemente.

Después de confirmar que yo había dado uno o dos sorbos, él seguía allí de pie, sin irse. Lo miré hacia arriba.

Con las manos en la cintura, me observaba como un dueño que mira a su perro que se escapó de casa, lo preocupó y recién vuelve cuando ya oscureció.

Sucio, cubierto de barro, quizá revolcándose entre basura o peleando con otros perros… Lo suficientemente maltrecho como para querer regañarlo, pero al mismo tiempo, demasiado lastimoso como para hacerlo. Esa era la expresión—si tuviera que describirla con una comparación.

Me sentí como ese perro que se escapó, sin excusas que decir, y mis ojos bajaron solos. Él dejó escapar un largo suspiro.

—Cuando estés bien caliente, sal. Cámbiate con la ropa nueva.

La mala impresión y la valoración fría que tuve de él al principio se sentían muy lejanas ahora. No tanto como con Yuni nuna o Juhan hyung, pero en algún momento él también empezó a mostrarme algo de su amabilidad poco a poco. No sabía cuánto había influido el hecho de que hubiéramos estado juntos en la intimidad, pero estaba claro que esta amabilidad no era solo porque habíamos dormido juntos.

Cuando el calor de la taza ya estaba tibio, terminé el baño largo y salí del agua. Me sequé con la toalla húmeda y luego, dudoso, salí del baño. Él estaba sentado en el sillón individual del dormitorio, bebiendo whisky. Era una escena que recordaba demasiado al día en que vine por primera vez a esta habitación, y sentí la boca seca.

Al oír mis pasos se levantó y, acercándose, frotó entre sus dedos las puntas de mi cabello mojado; dijo que sería mejor secarlo. Parecía que, si era necesario, él mismo lo haría, así que obedecí dócilmente.

Me senté frente al espejo de la entrada del baño y, mientras me secaba el cabello, él se recargaba en la pared detrás de mí, observándome a través del espejo.

Pensé que ya estaba seco y dejé el secador sobre la mesa, pero al mirarlo por el espejo, se acercó sin decir palabra, encendió otra vez el secador y hundió los dedos entre mi cabello para secarlo bien hasta el cuero cabelludo. Tal vez no le gustó cómo lo había hecho.

Dejó el secador y apoyó su mano derecha sobre mi coronilla, mirándome en silencio a través del espejo. Al cruzarse nuestras miradas, presionó ligeramente con los dedos mi cabeza y salió primero del reflejo.

Era el gesto de alguien que pincha con los dedos a un perro que volvió a casa tan campante, jugando como si nada, sin saber cuánto hizo sufrir a su dueño con la preocupación.

Me froté la cabeza donde había tocado y lo seguí levantándome del espejo.

Fuimos al estudio.

A pesar de ser época que ya se podía llamar pleno verano, parecía que tenía la calefacción del suelo encendida porque se sentía un leve calor bajo los pies. Aun así, yo no sentía calor. No sabía cuánto tiempo había pasado temblando de tensión y miedo, ni en qué momento de la madrugada estábamos ya.

El estudio, con estantes de madera maciza de caoba y muebles de tonos sobrios, era elegante pero no autoritario. No era un lugar solo para leer o estudiar por gusto, sino más bien una pequeña sala de recepción para debates y reuniones sociales.

Él me invitó a sentarme en una silla de respaldo alto y cojines mullidos, mientras iba al pequeño bar del mueble decorativo. Encendió el hervidor de agua y sirvió whisky con tónica en un vaso.

Sentado a medias en la silla, observaba el zumbido del deshumidificador funcionando cuando, con la espalda vuelta hacia mí, reuní valor.

—Yo… lo siento.

Él solo giró un poco la cabeza para mirarme.

—Por llamarlo de repente y hacer que viniera… Debió asustarse.

Con una taza de té sobre un posavasos y su vaso de whisky, vino hacia mí. En vez de responder a mis palabras, me dijo que no iba a darme alcohol, y me pasó una taza blanca con el té de color verde pálido.

—Quiero hablar contigo cuando estés completamente consciente.

Lo dijo con un toque de seriedad juguetona, como si estuviera regañando suavemente, y se sentó frente a mí. La verdad, quería un poco de alcohol para tranquilizarme, pero ahora estaba en la posición de un cachorro que había causado problemas, así que asentí obediente y tomé la taza tibia entre las manos.

Bebió un sorbo de su whisky, lo saboreó, y luego giró lentamente el vaso en sus manos mientras decía con una voz más suave:

—Me sorprendió que llamaras de repente, pero volver a casa tras recibir la llamada fue decisión mía, así que no tienes por qué disculparte. Si no hubiera querido, te habría dicho que te fueras.

Lo que yo había ido conociendo de él no encajaba con la imagen que tenía de sí mismo; él se veía como alguien bastante frío.

—Me alegra que quieras dibujar, pero… no esperaba que vinieras con una cara como si te persiguiera un fantasma y hablaras como si te rindieras.

Él dejó el vaso en la mesita lateral. Su mirada, que estaba dirigida oblicuamente hacia mi hombro, fue subiendo lentamente hasta encontrar mis ojos.

—Me pediste ayuda, ¿cierto?

—......

—Dime cómo puedo ayudarte. ¿Qué clase de ayuda quieres?

En la puerta, se lo había dicho claramente. Que quería dibujar, que me ayudara. Aunque lo murmuré casi sin pensar, no era que no supiera por qué lo había dicho.

Él me observaba mientras yo solo jugueteaba con la taza, incapaz de abrir la boca. Entonces dejó escapar un breve suspiro.

—No soy un dios, pero la mayoría de los problemas prácticos que pasan en el mundo… puedo resolverlos, más o menos. Así que confía y dímelo.

En realidad, yo confiaba en sus capacidades mucho más de lo que él pensaba. Era algo tan absoluto como la fe ciega de un niño en un héroe de dibujos animados; tanto que, al ser consciente de ello, yo mismo me sorprendí. Si no hubiera creído, aunque fuera vagamente, que no había ningún problema que él no pudiera resolver, no habría atravesado aquella lluvia como un loco para correr hasta aquí de manera tan desesperada.

Lo que me detenía era que, para pedir su ayuda, tenía que hablar de asuntos que no eran solo míos.

Empujé el aire fuera del pecho con un ligero temblor y empecé a hablar.

—Que estamos siendo perseguidos. Que tenemos que vivir escondidos.

—......

Sus ojos se estrecharon apenas, como si no hubiera imaginado que sacaría ese tema.

—En realidad, no soy yo. Es la situación de mis dos cercanos, con los que vivía.

Por lo que había aprendido trabajando con él, desde Hong Kong él y la directora habían compartido un vínculo que iba más allá de simples socios de negocios. Aun así, cuando se trataba de secretos ajenos, ninguno de los dos los compartía.

Incluso cuando me convertí en empleado de Phantom, la directora le pidió que considerara ciertas complicaciones relacionadas conmigo; pero no le contó los detalles, y él tampoco aceptó contratarme sin una explicación.

Que todavía no me preguntara por mi reacción ante <So-oe> probablemente fuera por la misma razón.

Él no tocaba con facilidad las partes dolorosas de los demás. No por mera curiosidad, y ni siquiera por un interés sincero.

Si quería que él supiera algo sobre mí, si era necesario, tenía que decirlo yo mismo.

Hablar fue tan difícil como forzar a girar un resorte viejo oxidado durante años.

—Hoy… entendí que todo podría terminar.

En el instante en que vi a mi tío mayor, quieto bajo la sombra oscura del paraguas como un espectro, lo supe: todo este tiempo habíamos estado jugando en la palma de la mano de su padre. O al menos en el de Morae.

Morae tenía razón.

Ellos ya sabían dónde vivíamos y solo estaban esperando el momento justo, retrocediendo un paso para observar.

Tomé de la mano a mi tío y bajé corriendo las escaleras sin pensar. Nuestra familia no tenía dinero para pagar a alguien que nos siguiera. Estaba claro que mi tío era solo un mensajero del padre de Morae.

Entramos en un viejo bar de brochetas a dos o tres minutos de la parada de autobús. Bajo la luz blanquecina —ensuciada aún más por la pantalla polvorienta de la lámpara— pude ver bien el rostro de mi tío, y comprobé que había pasado por un verdadero tormento desde que nos fuimos.

No era inesperado. Aunque ninguno lo dijera, tanto mi hyung como Morae sabían muy bien que su decisión implicaba lastimar y sacrificar muchas cosas. Y estaban preparados para cargar toda la vida con la culpa que vendría. Sabían que habría presión hacia nuestra casa, pero aun así, según sus propias palabras, habían decidido hacer esa “elección egoísta”.

Cuando compramos el barco, nuestra familia se endeudó con la casa del señor Im, como todas las demás del pueblo. Y ya antes debíamos pequeñas sumas. Un mes después de nuestra huida, comenzaron los cobros. Una semana atrás habían recibido el ultimátum, dijo mi tío, apretando los labios. Las arrugas alrededor de su boca se hicieron aún más profundas.

Tienen un mes para pagar la deuda… o traer a Yeehan, que se llevó a su hija, ponerlo de rodillas frente a él y obligarlo a pedir perdón.

Esa era la exigencia —no, la orden— del señor Im.

Aunque llevaba paraguas, igual que yo, el borde de su sombrero estaba empapado, y las gotas caían pesadamente sobre la mesa.

Pidió soju después de devolver la cerveza sin tocarla y se lo bebió en dos tragos. Con sus manos gruesas y ásperas frotó su rostro mojado. Manos que parecían capaces de atravesar cualquier cosa, pero que se volvían impotentes ante la tarea diaria de seguir viviendo.

No, quizá ni mi abuelo ni mi tío habían tenido nunca la oportunidad de pensar en algo como “la vida”.

Para personas que solo habían pasado los días empujándolos hacia atrás con esfuerzo, el concepto de “vida” como un todo, que requiere una percepción amplia y profunda, no era más que un lujo filosófico.

Mi tío no vino por llevar el control de su vida hacia donde él quería. Vino porque, para sobrevivir un día más, no tenía más remedio.

«Mientras haya deuda, nuestra familia nunca será libre de esa familia. Y… tu padre no está en posición de vivir sin deudas.»

Lo dijo mirando el tercer vaso, que había servido pero no se atrevía a beber. No había rencor en su expresión hacia mi hyung o hacia Morae. Más bien, parecía alguien obligado a participar en algo con lo que no estaba de acuerdo. Era fácil imaginar las tensiones con el padre de Morae, las noches sin dormir, culpándose por su impotencia mientras bebía solo.

Todos, desde donde estaban, tomaban las decisiones que no tenían más remedio que tomar. Y las fracturas que esas decisiones causaban entre unos y otros parecían imposibles de llenar.

Le conté casi todo, excepto que Morae era alfa.

La diferencia extrema entre ambas familias, la oposición, la presión, las amenazas, la ruptura y las decisiones desesperadas… y las presiones repetidas que no aceptaban esa elección.

La historia de las dos personas que amo quedó reducida a algo así de simple.

¿Acaso no transmití solo una versión genérica, como si fuera una huida romántica de una pareja joven e inmadura, borrando toda la singularidad que tenían como Im Morae y Seo Yeehan? Me sentí frustrado por mi incapacidad para trasladar en unos minutos la unicidad de la vida de alguien.

Me callé un momento, sintiéndome como si les hubiera traicionado.

Él entrelazó los brazos y dejó escapar un largo suspiro, repasando mentalmente todo.

—Así que, lo primero que hiciste fue evitar que tu tío se encontrara con ellos. ¿Y quieres resolver esto sin que ellos dos lo sepan?

No sonaba a reproche ni a burla.

—…Sí.

No sé con qué valor lo dije, pero tras pedirle un día de plazo a mi tío —sin que ellos lo supieran— vine corriendo aquí.

—Entonces lo que quieres es evitar que vuelvan al pueblo.

Él no puso cara de sorpresa ante una historia que no esperaba ni mostró molestia por tener que escuchar algo tan personal cuando lo único que había hecho era proponer dibujar.

La forma en que iba directo al punto, sin emoción innecesaria, como el jefe de una agencia de investigaciones acostumbrado a lidiar con historias complicadas, me dejó atónito.

Pero tenía razón. En esencia, eso era.

Como el padre de Morae ya se estaba moviendo, había que ocultarlos cuanto antes en un lugar seguro. Conseguir ese día extra del tío había sido solo para eso.

—No quiero… que nadie salga herido.

Dije eso mientras acariciaba con el pulgar la superficie fría de la taza, sin haber bebido ni un sorbo.

Él tomó su copa, bebió un poco y me miró de reojo sonriendo.

—¿Por qué? ¿Crees que voy a resolverlo lastimando a alguien?

—......

Esa sonrisa daba la sensación de que no era incapaz de hacerlo, sino que simplemente elegía no hacerlo. Si quisiera, podría recurrir a ese tipo de métodos.

「Ojalá puedas vivir sin problemas. En paz. Con seguridad. ¿Sí, Seo Yeehyeon?」Era la misma expresión que usó cuando me advirtió sobre vivir con la Directora.

—Bueno. Como sea, necesitarán dinero.

Acariciaba el vaso apoyado sobre la pierna cruzada mientras miraba hacia mis pies. Murmuró, como hablándose a sí mismo:

—‘Quiero volver a pintar. Ayúdame.’ Eso… significaba esto.

—......

La determinación de volver a pintar llevaba formándose desde un poco antes, pero si tomaba sus palabras literalmente, no estaba equivocado.

Lo único que él conocía de mi pintura era una única obra que había terminado hace años, y ahora mismo yo no podía asegurar nada respecto a mis capacidades. Aun así… como si mi talento tuviera algún valor… pedirle que me ayudara porque iba a pintar, ¿cuánto debía parecerle un pésimo negocio? Lo sabía, pero no tenía más cartas. No podía pedirle ayuda descansando solo en su amabilidad sin motivo alguno.

Dejó el vaso sobre la mesa y apoyó ambos brazos en los reposabrazos, entrelazando los dedos con ligereza.

—Te daré el pago inicial por adelantado. Además, eres alguien a quien yo mismo quise convencer porque me interesas, así que puedo permitirte ese trato especial.

Fue una respuesta tan directa que incluso resultó refrescante.

Esperaba preguntas, deliberaciones, condiciones… así que me quedé mirándolo atónito. Y así, con esa expresión, él me preguntó cuánto necesitaba para arreglar las cosas.

No iba a ser una solución fundamental, pero en esta situación ni siquiera existía algo así como una solución fundamental. Gracias al señor Im, envenenado por su ira, a mi tío y a mi abuelo les esperarían días aún más duros… pero lo primero era poner a salvo a ambos. Debía impedir que esta huida terminara como una rebelión torpe.

Al oír la cifra de 30 millones de won, su expresión se crispó ligeramente. Como si dudara de sus propios oídos, o como si hubiera escuchado algo muy desagradable.

—¿Están atormentando así a tu familia solo por una deuda de 30 millones?

—Ah… no, no es eso.

Le expliqué que lo que quería resolver primero era enviar a Morae y a mi hyung a Bali. Lo antes posible, incluso dentro de unos días, si se podía. Ya se había retrasado demasiado por mi culpa.

La luz de la lámpara, encendida en vez del alumbrado del techo, proyectaba sobre su mejilla la sombra alargada y nítida de sus pestañas. Tras unos segundos tocando el borde del vaso, absorto en sus pensamientos, él volvió la mirada hacia mí.

—En vez de eso, solucionemos la raíz. Si liquidamos la deuda de tu familia, al menos eliminamos la causa directa de las amenazas.

—Pero… eso ya es demasiado dinero...

Puede que para él 70 millones o 100 millones no fueran nada. Probablemente era así. Que la vida de alguien pudiera tambalearse por ese dinero, que su rutina fuera destruida por otros… podía ser algo incomprensible e indignante para él.

Pero esa era la vida real de mi abuelo, de mi tío, y de mucha más gente. Desde el amanecer hasta el anochecer, siempre en el mar, con olor a pescado impregnándoles las manos, y aun así vivieron pobres toda su vida. Si no hubieran pedido prestado para comprar el barco, habría sido peor. Y la deuda con el señor Im no era la única. Necesidades sin fin que exigían dinero se habían encadenado, y que mi padre y yo nos convirtiéramos en bocas adicionales que alimentar fue solo uno de esos infortunios.

—También está la opción de empezar desde cero en un lugar completamente nuevo, fuera del alcance de esa familia. En Corea, con unos 300 millones; en el extranjero, con 500 millones, sería suficiente para sentar las bases de un nuevo comienzo.

Había ido más allá de simplemente pagar la deuda.

300 millones, 500 millones… Cifras que ni siquiera podía visualizar, igual que cuando me dijeron que el apartamento del jefe valía mínimo mil quinientos millones.

Mi hyung y Morae lejos de Seúl, y mi abuelo y mi tío en un lugar donde el padre de Morae no pudiera influir… Puede que así se resolvieran todos los problemas salvo la ira de ese hombre. Pensándolo simple, sí. Pero yo negué con la cabeza.

—No podría pagar algo así jamás.

—Puedes pagarlo poco a poco. No pienso exigirte nada mientras sigas pintando.

—Agradezco de verdad lo que dice… pero mi abuelo y mi tío no querrán dejar su pueblo.

Hay quien cree que pagar la deuda e irse es la salida más lógica. Pero no todos afrontan los problemas de su vida de forma activa.

Hay quien cree que pagar la deuda e irse es la salida más lógica. Pero no todos afrontan los problemas de su vida de forma activa.

Como una montaña que no se mueve solo porque el viento sea frío o el paisaje no guste, algunas personas resisten donde siempre han estado. No luchan; soportan.

Aunque a otros les parezca terquedad inútil, así vivían mi abuelo y mi tío.

Él bebió unos sorbos más, pensando, y finalmente habló:

—Lo que quiero es darte un entorno donde puedas pintar sin preocuparte de nada más. Aunque tu familia no quiera mudarse, creo que al menos la deuda debe desaparecer.

—......

No podía negarlo.

—Haré que tu hyung y tu noona puedan ir a donde quieran por una vía imposible de rastrear dentro de cinco días. Y pagaré la deuda de tu familia. 100 millones. Suena redondo.

Y, esbozando una tenue sonrisa, se levantó para rellenar su vaso sin esperar mi respuesta.

Yo tenía el dinero retenido en la fianza del ático. Podía enviar primero a Morae y a mi hyung, y devolverle el dinero cuando recuperara esa fianza. Pero eso solo resolvía el asunto de ellos dos. Si eliminaba también la deuda familiar, aliviaría parte de mi preocupación por quienes quedaban en Donghae. El señor Im no actuaba así solo por los 70 millones, pero sin la deuda perdería su excusa más directa.

Y no era una cifra como 300 o 500 millones, que me resultaba imposible. Si la pintura no funcionaba, podría volver a la empresa de mudanzas, ahorrar tres o cuatro años, y pagarlo. Con ese cálculo, rechazar su propuesta se volvió difícil.

Él regresó con dos vasos. Se llevó la taza de té fría que yo tenía y me ofreció un whisky casi transparente, con mucho más agua tónica. El suyo era más oscuro.

—Digo que es un pago adelantado, pero al final es dinero que debo recuperar vendiendo tus obras. En esencia, es una deuda.

Se dejó caer en su asiento, apoyando el cuerpo en el reposabrazos. Su mirada ladeada no tenía fuerza, pero yo me enderecé por nervios.

—Lo sé.

—¿No te molesta quedar tan enredado conmigo?

—La verdad, me asusta no saber si podré pagar una cantidad tan grande… pero aunque no fuera con la pintura, trabajaría en otra cosa. Lo pagaría.

Él me miró en silencio unos segundos. Como si mis palabras le hubieran hecho daño. Pero solo fue un instante.

Recompuesto, encendió un cigarrillo del lateral de la mesa.

—Esto es un pago por las obras futuras, no un préstamo para presionarte como un usurero. Así que cuando esto termine, no pienses en nada más: solo concéntrate en pintar. Si descuidas la pintura, entonces sí estarías faltando a tu obligación.

Asentí con toda la cautela posible.

Bien… murmuró él, soltando una larga bocanada de humo. Parecía algo inquieto mientras sacudía la ceniza y me miraba de reojo.

—Puedo preguntarte algo.

Y esta vez, mirándome de frente, preguntó con voz plana:

—Ya sé que tu hyung y tu noona son importantes para ti… pero aun así, ¿por qué te asusta tanto que su relación se vea amenazada? ¿Tanto como para venir temblando a pedirme ayuda?

Creí que sería una pregunta necesaria para resolver el problema, pero era, sorprendentemente, simple curiosidad personal. Si no contestaba, no insistiría. Dependía solo de mí.

A través del humo que subía lentamente, miré sus ojos azul grisáceo, que buscaban entender por qué yo temía tanto una situación que, técnicamente, no era una amenaza directa contra mí.

Seguramente él no sabía lo aterrador que puede ser el amor.

Cuando dos personas que se aman profundamente pierden la posibilidad de estar juntas por la intervención de otros… lo que viene no son solo días de tristeza sentimental o unas borracheras mal llevadas.

Su humanidad se destruye y se distorsiona, hasta ya no poder ser ellos mismos.

Yo no tenía la fortaleza para soportar ver a Morae y a mi hyung así. Y si volvía a presenciar algo así otra vez… esta vez quizá sería yo quien quedara destruido sin remedio. No acabaría solo con dejar de pintar.

Tomé un gran trago. La lluvia seguía golpeando las ventanas como si gritara… como un espíritu maligno empeñado en llevarse un sacrificio esta noche.

—Supongo que lo que da miedo de quienes amamos es… que sus vidas pueden afectarnos directamente. Si ellos sufren, yo también sufro al verlos así.

Si para él el amor era apenas espuma que se desvanece, algo efímero, esto podría sonarle ridículo. Pero no podía mentir.

Era la historia de mi madre y mi padre, de Morae y mi hyung… y también lo que me hacía vacilar frente a este sentimiento que ahora nacía por él.

—Así que quizá… quizá hago todo esto porque tengo miedo de sufrir yo también. No… seguramente es eso.

Quizá no lo hacía por Morae o por mi hyung, sino como una especie de manotazo desesperado por mí mismo. Pero no importaba por quién fuera, ni si se trataba de buena voluntad o de un motivo egoísta. Estaba decidido a hacer que su huida no fuese vista como una simple rabieta pasajera de una pareja joven e inmadura, sin importar el precio que hubiera que pagar. En eso sí que estaba firme, y no me dolía hacerlo: al fin y al cabo, la fuerza que me permitió sobrevivir, aunque fuera apenas con forma humana, era un regalo de ellos dos.

Él guardó silencio. Con el cigarrillo sostenido entre los dedos, solo me miró con unos ojos que parecían saborear el sentido de mis palabras.

Reprimir mis ganas de recibir de él un afecto especial no era solo porque él, en muchos sentidos, estaba fuera de mi alcance. Si no fuera por este miedo al amor, quizá hasta me habría permitido ser egoísta, escudándome en mis veintidós años.

Pero me daba miedo.

Me daba miedo verlo incapaz de corresponderme con el mismo sentimiento, pero comparado con el terror que me producía imaginar este sentimiento —aún frágil y tierno— haciéndose pesado, enorme, duro… hasta dominarme por completo, aquel miedo no era nada.

Porque yo era la obra moldeada —no, arruinada— por la fuerza destructiva del amor.

Finalmente, él apartó la mirada y descruzó las piernas. Aspiró la última bocanada y apagó el cigarrillo contra el cenicero seco.

—Creo que lo entiendo.

Y con eso, no dijo nada más al respecto.

Que decía que lo entendía… No era la reacción que esperaba.

■ ■ ■

El viento era tan fuerte que el golpe de las gotas contra la ventana sonaba agresivo. A ratos parecía que alguien estuviera lanzando puñados de arena directamente contra el cristal. Incluso con la gruesa ventana insonorizada, parecía que en cualquier momento la lluvia podría colarse dentro.

Pero no era el ruido inquietante ni la cama ajena lo que me impedía dormir. Sin importar dónde estuviera acostado, hoy habría sido imposible dormir.

Él aceptó sin dudar darme el adelanto del pago, pero me aconsejó que ocultarles este asunto a Morae y a mi hyung no era una buena idea. Que lo mejor era explicarles la situación si realmente quería convencerlos de irse cuanto antes.

Hasta hace unas horas, solo les había dejado un mensaje turbio diciendo que me había surgido algo urgente y que me adelantaría. Después de hablar con él, les envié otro mensaje para concretar una cita. Al amanecer, planeaba encontrarlos primero a ellos dos para explicarles la situación y el plan, y luego ir juntos a ver a mi tío.

Yo había pensado que él era alguien que atribuía todas las decisiones únicamente a la responsabilidad personal. Alguien extremadamente reacio a influir en la vida de otros con consejos que pudieran afectar sus caminos.

Pero sus palabras eran sorprendentemente serias, y por eso tenían un peso enorme. No era una recomendación superficial arrojada sin responsabilidad basándose en generalidades. Era un diseño cuidadoso, construido con su experiencia, su sabiduría y su lógica, que cubría con frialdad los huecos que mis temerosas y nerviosas deducciones no podían llenar.

¿Le había dado las gracias como se debía? Solo hoy había mil cosas por las que debería haberle agradecido….

Me giré hacia un costado, halando la manta cálida hasta los hombros. La habitación de huéspedes en el primer piso donde me había acomodado estaba justo debajo de la suya. Miré la cama individual vacía frente a mí e imaginé que él estaría acostado exactamente encima de mí, en la misma posición.

Aunque mi temperatura parecía ya normal, seguía sintiendo un frío extraño en el fondo del cuerpo. Me abracé dentro del acolchado cálido. Acerqué a mi nariz la tela del pijama prestado. Solo podía percibir vagamente el aroma limpio del suavizante; su olor característico no se impregnaba en la ropa.

Sabía cómo podría dormirme. Sabía muy bien qué era lo que mi corazón, desbocado e inquieto, estaba deseando. No necesitaba obligarme a pasar por el incómodo proceso de admitirlo.

Retiré la manta y bajé de la cama.

Atravesé el pasillo oscuro, donde apenas podía distinguir el contorno de las cosas, palpando la pared. Subí las escaleras descalza, sin siquiera ponerme las pantuflas, rumbo al dormitorio que quedaba en lo más profundo del segundo piso.

La puerta no estaba cerrada del todo, como si me hubiera estado esperando.

Sin tocar, empujé la puerta con la punta de los dedos.

Era un gesto descortés, pero tenía un fuerte presentimiento de que no haría falta tocar. De que, incluso, llamar a la puerta sería innecesariamente ruidoso…

Cuanto más abría la puerta, más se alargaba sobre el suelo de madera oscura la luz tenue del pasillo. Seguí esa franja de luz con la mirada y lo vi allí, sentado contra el cabecero, mirándome.

Sin camiseta, vestido solo con unos pantalones de entrenamiento, tenía las piernas estiradas, los tobillos cruzados y las manos entrelazadas, relajadas, sobre los muslos. No parecía dormido ni con sueño.

Me miraba sin la menor señal de sorpresa, como si hubiera estado seguro de que yo vendría. Como si no hubiera llegado allí por mi propia voluntad, sino atraído por un llamado suyo, tan inevitable que lo único lógico era pensar que me había estado esperando.

—......

—......

No hizo falta que preguntara por qué estaba allí, ni que yo dijera algo como “quiero dormir contigo”. Palabras así se sentían torpes, adornos innecesarios.

—¿Puedo… dormir aquí?

Mi voz estaba completamente seca.

Tal vez acababa de ducharse; se pasó los dedos por el cabello húmedo y lacio, lo echó hacia atrás, dobló una pierna y apoyó el codo en la rodilla. Con la mano aún sujetando el cabello peinado hacia atrás, ladeó la cabeza y me miró con una expresión un poco desafiante.

—No me digas que… tu intención es dormir nada más. Sería cruel.

Entré un paso más para dejar claro que no era así.

Curiosamente, no me daba miedo que me rechazara. No es que me sintiera especialmente seguro de mi atractivo, pero quizá porque ya había estado con él dos veces… podía tener la certeza de que me aceptaría, o al menos no me apartaría.

Al verme acercarme, soltó el mechón de cabello que había estado sosteniendo. Cómo caía lentamente al aire era hermoso.

—A mí me parece bien….

—......

—Solo que… cuando estoy contigo, me cuesta mucho controlarme.

Cerré la puerta detrás de mí para decirle que estaba bien.

En la oscuridad, sentado frente a mí, él parecía —para mi sorpresa— asustado de mí, de mi avance. Como si eso fuera posible.

Cuando caminé hasta el borde de la cama, el aroma volvió a elevarse sin falta. Era eso. Ese aroma que me envolvía, la razón por la que había subido a este cuarto con el deseo de entrelazarme con él. Pensar que había subido a tientas hasta el segundo piso, solo porque quería tener sexo… me hizo soltar una risa amarga.

Decía que sabía que incluso el sexo con alguien que quieres puede herir. Y aun así, ahora yo estaba desesperado por acostarme con él, a quien tanto quería.

Decía que debía borrar mis sentimientos por él, pero ni siquiera podía soportar dormir una noche bajo el mismo techo sin buscar, por mi cuenta, arrastrarme hasta su dormitorio.

¿Quién demonios era este? Era yo, pero terriblemente desconocido.

Mi cuerpo se movía, pero sentía como si otra persona hubiese entrado en mí, como si fuera un extraño inquietante. Y sin embargo, no era más que otra faceta mía, una que no reconocía.

Me incliné hacia él y acerqué mi rostro a su hombro desnudo. Lo quería… así que era natural que también me gustara su olor.

Ese olor había sido la primera señal que lo hizo especial para mí. Cuando Morae me preguntó sobre él, lo primero que recordé —algo que lo diferenciaba claramente de los demás— fue precisamente su aroma.

Con la mano en mi mejilla, él preguntó:

—¿No te incomoda tener sexo con un alfa?

—…….

La pregunta inesperada hizo que volviera el rostro para verlo. Negué lentamente. Su mano, que acariciaba mi mejilla, avanzó para rozar el borde de mi oreja.

—¿No sientes que podrías cambiar?

Si era eso lo que temía, no tenía por qué dudar. Apreté mi mano contra la suya, que abarcaba mi oreja y mi mejilla, y negué varias veces.

—Quiero cambiar. Quiero… que me cambie.

Tras mi murmullo, que sonó casi a confesión o a autocrítica, él me rodeó la cintura y me tiró hacia la cama.

En un instante estaba tendido entre sus piernas. Me levantó hasta su abdomen, me rodeó la cintura y con la otra mano me tomó por la nuca para atrapar mis labios. El beso era dulce y desesperado, como un reencuentro después de años… aunque sorprendentemente hacía menos de una semana que habíamos dormido juntos.

Succionar con fuerza mi labio inferior, luego el superior, morder hasta doler, estirar, soltar… cuando ese beso empezó, supe en un segundo cuántas veces lo había recordado durante esa semana, incluso mientras estaba ocupado atendiendo la galería y resolviendo la posfiesta. Supe cuánto había deseado volver a sentirlo.

No era como aquella vez en la terraza del salón, cuando cerré los ojos mareado, sin saber qué hacer. Ahora sentía nítidamente la subida de placer que daban succionadas fuertes y su avidez, y también la excitación de saber que la persona que me gustaba se excitaba a través de mi cuerpo. Y reaccionaba rápido a todo eso.

Ajusté mi respiración al ritmo entrecortado de su pecho ancho e hinchado bajo el mío, mientras las capas de su aroma me envolvían… esperando, deseando que me devorara por completo.

Él estaba medio recostado sobre una gran almohada apoyada en el cabecero. Alineó su frente con la mía y, con los labios rozando apenas los míos, me miró. Tan cerca que casi no podía verlo bien.

—Yo también.

En su aliento quedaba el toque fuerte del whisky.

—Yo también quiero cambiar. Convertirme en algo completamente distinto.

Yo era joven. Lo suficiente para sorprenderme de que alguien como él —alguien que todos envidiaban— pudiera tener pensamientos así, como de perdedor.

Claro que, solo porque alguien se ve perfecto y pleno, no significa que no tenga conflictos internos. Pero cuando lo veía, podía creer que era capaz de dirigirlo todo, incluso el corazón de una persona, hacia donde quisiera. Yo era un niño por pensar así.

Su mano entró bajo mi camiseta y acarició mi cintura desnuda. Con solo ese contacto, solté un gemido y rasguñé inútilmente su pecho desnudo, sin tener nada que agarrar. Su lengua se abrió paso entre mis labios apretados, y cuando los solté, rozó el interior de mi mucosa y me hizo estremecer los hombros.

—¿Quiere que lo cambie, señor Seo Yeehyeon?

Su mano bajó por debajo de la pretina del pantalón, tocando mi piel bajo la delgada tela de la ropa interior nueva que él mismo me había dado, y apretó suavemente la carne de mis glúteos.

Sobre su abdomen, su pecho, entre sus piernas, y dentro de su aroma… yo ya estaba cambiando.

—¿Cómo… podría yo…?

Me interrumpió. Su brazo me apretó fuerte por la cintura y su lengua caliente invadió mi boca de golpe. Mmm… ngh… Uh… Me quejé como alguien a quien un desconocido tapa la boca por detrás.

Deslizó su dedo medio entre mis nalgas y frotó con fuerza sobre mi entrada. Entró y salió de mi boca tan rápido como antes, y mientras seguía frotando mi abertura con más intención, murmuró en un tono excitado:

—Aquí… haz que me vuelva loco.

Me alzó con la fuerza de la cintura mientras seguía estimulando mi entrada. La sensación de su dedo recorriendo la hendidura evocaba ya un acto sexual. Él me estaba volviendo loco. Yo mismo había subido hasta aquí buscando esto sin siquiera ser su pareja… Si eso no era estar loco, ¿qué era?

Con la mano que había estado arañando su pecho, rodeé su cuello. Tal vez era una respuesta inconsciente a su demanda de que lo enloqueciera por detrás.

Él inclinó más su cabeza y me besó. Cuando abría los labios, su lengua empapada de aroma se hundía profundamente dentro. Era como una penetración hecha con la lengua.

Me encantaba lo poco cuidadoso que era al besar. Si lo hiciera con delicadeza, como si yo fuera de cristal, me pondría frenético. Me gustaba su forma de besar: exigente, penetrante, llenándome la boca como si fuera a ahogarme, hasta humedecerme los ojos.

Su lengua, que recorría mi boca, mi paladar, mi lengua, el interior de mis dientes, golpeaba y empujaba sin parar, y era como un indicador del grado en que me deseaba en ese preciso instante.

Sus largas piernas se enredaron con las mías, frotando mis pantorrillas, y me apretó entre sus muslos. No tenía reparos en frotar nuestras erecciones una contra otra, provocando una fricción descarada.

Cuando apretó mis glúteos con sus manos grandes, mi cintura se arqueó sobre su cuerpo. No era como la primera ni la segunda vez, cuando me costaba ser honesto con mi deseo. Ahora lo quería rápido, profundo… ya lo quería.

Cuando lamí sus labios siguiendo la retirada de su lengua, él me mordió la punta de la lengua un poco fuerte. Sus ojos se tensaron mientras me miraba. Sus manos apretaron mis glúteos con fuerza, tirando de la carne hacia arriba. Luego tomó mis labios, ambos a la vez, y los succionó con tanta profundidad que mi cabeza se echó hacia atrás. Me ardió, me mareó. Lo quería así, con ese dolor nítido. Creo que lo quería desde el domingo pasado, desde que sus labios se separaron de los míos.

Las succiones pegajosas resonaban con un sonido húmedo y obsceno cuando soltó mis labios, y entonces los frotó suavemente y dijo:

—La otra vez… se hincharon bastante.

—Estoy bien…

No pude mirarlo a los ojos y jugueteé con su cuello al responder. Él soltó una risita baja.

—Quien lo vea sabrá lo que hizo toda la noche, señor Seo Yeehyeon. ¿No le importa?

—…….

Arriba, sus labios rozaban los míos, acompañando susurros suaves y profundos. Pero abajo… por detrás, su mano seguía frotando alrededor de mi entrada, presionando, apretando mis glúteos como si no pudiera contenerse. Por eso no podía pensar en una respuesta ingeniosa o sexy, adecuada para la situación.

—Dígame. ¿Cómo quiere que trate sus labios? ¿Qué le gusta?

Mientras movía la cadera en círculos, usando el abultado volumen de su miembro para frotarse contra el mío, preguntó. Pero yo, ya completamente derretido por el calor que subía desde abajo, apenas podía respirar, mucho menos pensar.

—Solo… como usted lo hace…

—…….

En ese instante, frunció el ceño y sus ojos se entrecerraron, brillando.

—Repita eso. ¿Como quién?

—…Como usted, director.

Apretó mis dos nalgas con fuerza, las empujó hacia abajo para que nuestros miembros se adhirieran completamente, y me mordió la oreja. Levantó la cadera consecutivamente, como si fuera a levantarme las nalgas de inmediato y penetrarme con el pene en esa misma posición. Mi respiración temblaba siguiendo su movimiento de caderas. No podía entender la razón de su repentina y creciente excitación.

—¿Sabes que es la primera vez que me llamas así en la cama? La primera vez, y la anterior, omitiste cualquier tipo de título.

¿Hice yo eso?

Definitivamente parece que sí. Me resultaba incómodo llamar al otro por algún título en una situación así.

—De todas formas, me excitas con cualquier cosa.

Murmuró para sí mismo y sus manos, que empujaban mi ropa interior y mis pantalones hacia abajo con las yemas de sus dedos, no eran tranquilas.

—¿Y cómo es ‘como lo ha estado haciendo’? Dímelo. Seo Yeehyeon.

Al escuchar su voz nombrar deliberadamente mi nombre con una picardía de intenciones lascivas, pude entender en cierta medida que él encontraba excitación en el acto de nombrar. Mis cinco sentidos se agudizaron al ser confirmado de forma más precisa por el otro con quién estaba enredado en ese momento.

Mis prendas inferiores, que habían bajado hasta justo debajo de mis nalgas, las bajó hábilmente esta vez usando sus piernas y pies. A diferencia del vacío en la parte inferior, mi deseo se avivó más. Al final, no era la primera vez que me rendía y le susurraba obscenidades al oído.

Cerré los ojos ante el aroma que difundían sus labios, que exhalaban un aliento cálido y húmedo cerca de mi oído.

—...Besos.

—¿Qué tipo?

Mientras me bajaba rápidamente las prendas inferiores hasta los tobillos, me preguntó sujetando la parte inferior de mis nalgas y sacudiendo la carne como si la hiciera vibrar.

—Heeut.

Me sobresalté ante la sensación de la mano que sacudía mis nalgas entrando entre mis piernas y frotando la parte inferior con toda la palma, y me agarré más a su cuello como si huyera hacia arriba. Mejilla con mejilla, su oreja estaba junto a mis labios. Sus labios también se pegaron a mi oído, y su lengua afilada se adentró en mi oreja, alejándome de todos los sonidos del mundo.

—Mordiendo, chupando... exprimiendo hasta que duela...

—¿Te gustan ese tipo de besos?

Me preguntó, presionando sus labios en mi mejilla, un poco como si se burlara.

Aunque siempre abría la boca como si no tuviera más remedio al final de sus persistentes demandas... nunca había dicho una mentira. Lo que él me sacaba era solo honestidad. Cada vez que era honesto, la sensación de liberación de la cortesía social y las reglas hacía que mi deseo sexual se volviera aún más ardiente. No podía negarlo.

Mi cadera se levantó en la excitación que subía gruesa como una columna de fuego, imposible de reprimir. Cada vez, mi miembro se frotaba contra su bulto, y mis testículos colgaban y se balanceaban hacia adelante y atrás.

—¿Vas a andar por ahí con una cara que parece haber estado besándose toda la noche?

—......

—¿Por qué eres tan lascivo, Seo Yeehyeon?

Negué con la cabeza ante su travesura de pronunciar mi nombre, cortando deliberadamente letra por letra.

No creo que ser lascivo o ser muy abierto sea algo malo... pero el yo más acostumbrado al pasado, cuando era más indiferente al sexo, tal vez quiere negar en algún lugar a sí mismo, que desea ser chupado con fuerza en los labios y la lengua.

Sin embargo, todo este acto era una escena que ocurría porque yo lo quería. Cada vez que sentía mis labios cerrarse más gruesos de lo normal hasta que la hinchazón desaparecía por completo, el recuerdo del acto con él hacía que mi interior hormigueara. Desearía que mis labios siempre estuvieran hinchados debido a sus besos.

No sé si soy lascivo o sexy... pero desear que mis labios estén siempre hinchados por los besos, supongo que eso es ser abierto en el sexo.

Él susurró con dulzura, presionando sus labios en mi frente y párpados mientras yo inclinaba la cabeza.

—Mírame. Tienes que mirarme para que te chupe.

Mientras seguía moviendo la cadera abajo.

Aunque yo mismo lo había pedido y deseado, me resultaba difícil mirarlo a la cara. Al levantar la cabeza, sintiendo casi vergüenza, él se abalanzó sobre mi labio inferior. La presión de succionar desde el centro de mi labio se deshizo fácilmente de mi vergüenza o de mi autodesprecio por ser tan abierto.

El aroma se hacía más denso y se acumulaba dentro de mí cada vez que mis labios y membranas mucosas se frotaban e intercambiaban saliva. La presión de succionar la membrana mucosa con fuerza repetidamente, como si estuviera extrayendo algún fluido desconocido dentro de mi labio, iba acompañada de un dolor entumecedor y una excitación palpitante.

Solté el brazo que rodeaba su cuello y acaricié su torso desnudo, torciendo lentamente mi cadera, trasero y piernas. Mis pantalones y ropa interior que estaban en mis tobillos se quitaron por completo, dejándome en una posición ridícula con solo la parte inferior desnuda, frotando mi cuerpo contra las maravillosas curvas de su físico.

—¿Qué más quieres que chupe?

Me miró con ojos ardientes, agarrando mis nalgas con ambas manos y frotando la carne hacia el centro, redondeando desde afuera hacia adentro como si dibujara un círculo.

—......

Mientras lo miraba a los ojos, me arrastré lentamente hacia arriba. Él, al darse cuenta de lo que quería, sonrió lascivamente y se deslizó hacia abajo con su cuerpo que estaba medio recostado contra la almohada, en dirección opuesta a mí.

Mientras nuestros cuerpos se cruzaban en direcciones opuestas, él metió su cabeza dentro de mi camiseta.

—Euh... Eum.

Me mordí el labio por el movimiento de la punta de su lengua que empujaba hacia arriba el nódulo apretado. Hasta ahora no había pensado mucho en mis pezones, pero desde el momento en que él posó sus labios en ellos por primera vez en esta cama, se habían convertido en una parte que podía ser sexualmente consciente, tanto como mi miembro o mis labios.

Mi pezón, que él doblaba de un lado a otro con la punta de la lengua, fue tragado por sus labios y presionado hasta arrugarse en su boca cálida. Esta vez, ni siquiera podía contenerme mordiéndome el labio, y dejé escapar un gemido como un sollozo.

La sensación de picazón desde dentro de mi cuerpo era insoportable. Balanceé mi cadera a ambos lados, rascando mi miembro contra el contorno claro de sus abdominales.

—Ha, ngh!

Mi cadera se convulsionó ante el movimiento de su lengua, que lamía y rascaba rápidamente mientras sostenía mi pezón en su boca. Sus dos manos envolvieron mis nalgas completamente expuestas, luego se deslizaron dentro de mi camiseta y acariciaron mi cintura y flancos.

Apenas me sostenía con los codos apoyados sobre sus hombros, pero la fuerza se me iba yendo por la intensificación de las caricias.

—Haaa!

En el momento en que él usó sus dientes para morder la base de mi pezón, mi pecho colapsó sobre su rostro dentro de la camiseta. Intenté levantar mi torso en una postura como si lo estuviera abrazando fuertemente, pero él me abrazó por la cintura y no me soltó.

Frotando sus labios y mejillas sobre mi pecho plano, y extendiendo su lengua para trazar la piel intensamente, él estaba excitado salvajemente.

No sabía qué parte de mi pecho, que era solo delgado salvo por los músculos superficiales obtenidos del servicio militar y el trabajo en el centro de mudanzas, lo estimulaba, pero sus labios y lengua, que rascaban, lamían y chupaban alternativamente izquierda y derecha sin favoritismo, revelaban un deseo rojo en su respiración caliente e agitada.

—Eh, heu... hah.

Cuando chupaba y tiraba de mi diminuto pezón solo con la presión de sus labios, podía imaginar el volumen de mi pecho que estaría sobresaliendo puntiagudo, aunque no pudiera verlo, y mis hombros se torcían.

Un cuerpo que se aparta de su apariencia habitual y toma otra forma y propósito.

Si no podía alcanzar un estado de liberación de esas reglas y costumbres... vestir ropa, tener conversaciones educadas, limitarse consciente o inconscientemente al ser consciente de las miradas de los demás y de la sociedad... el acto sexual se sentía sin sentido.

Besar con labios que solo se usan para comer y hablar, sacar y poner erecto el miembro que está arrugado y guardado en la ropa interior, chupar con la boca el ano que nunca se menciona como si no existiera, usar ese lugar para excitar el miembro, y excitarse al chupar y ser chupado en el pecho donde no hay nada....

Sentí liberación en cada uno de sus actos que cambiaban y volteaban a mi yo original.

Mientras yo gemía, abrazando su cabeza que repetidamente tiraba y soltaba de mi pecho puntiagudo, él lamió intensamente mi pezón, que debía estar sensiblemente hinchado, y se deslizó más abajo.

—Uh, oh....

Incliné la cabeza y lo miré con ojos ansiosos. Él, visible a través del escote de mi camiseta caída, se dirigía a mi miembro, pasando por mi abdomen inferior.

Envolviendo mis nalgas con ambas manos, devolviéndome a mi lugar mientras mi cuerpo intentaba automáticamente echarse hacia atrás, él inmediatamente tomó mi glande en su boca.

—Heuuu, heu... hahh.

Estaba boca abajo sobre la almohada con su rostro entre mis piernas, por lo que no podía levantar mi cuerpo. Él aceptó todo el peso de mi cuerpo que lo presionaba y apretó mi glande. Con una fuerte succión que giraba y chupaba mi glande como si estuviera comiendo un polo, incluso doblando el cuello, tuve que golpear la almohada.

Su manera de besar como si fuera a devorarme era la misma en el sexo oral.

Mis ojos se abrieron y mi boca se abrió ante la sensación de ser chupado suavemente como si fuera a derretirse, y luego ser tirado y apretado como si fuera a ser tragado más allá de su garganta en un instante. Con solo unas pocas succiones aplicadas a mi miembro, que no tiene tolerancia a la estimulación, la sensación de eyaculación subió. En cada momento, él soltaba mi glande y aflojaba la succión con un timing astuto.

Cada vez que me retorcía y reaccionaba, el aliento de su nariz que se derramaba sobre la base de mi miembro se calentaba, y yo gemía, casi sollozando, con la cara hundida en la almohada.

La sensación de la membrana mucosa húmeda que se acercaba de repente y apretaba con fuerza, y luego se aflojaba y se alejaba, revolvía completamente mi mente. El aroma se colaba en mi respiración y me sofocaba.

—Levanta la cadera.

Me dijo, empujando mi pecho hacia arriba.

Levanté mi torso vacilante, con una mirada ansiosa. Me agarré a la cabecera de la cama, que estaba hecha más alta de lo normal, para mantener el equilibrio. Era una cabecera hecha de cuero negro acolchado.

Mis ojos y párpados estaban húmedos, sin saber si había estado llorando. Aunque eran secreciones fisiológicas y no lágrimas emocionales por tristeza o dolor, no quería que se notara la ridícula verdad de que había llorado por no poder soportar la estimulación del sexo oral.

Cuando levanté la cadera, limpiando la humedad sin cuidado con la palma de la mano, terminé sentado sobre su pecho. Para ser exactos, mi entrepierna estaba justo debajo de su barbilla. Mirarlo desde arriba no era una postura muy... cómoda.

El rostro de él, que me miraba mientras acariciaba mis nalgas, tenía un contorno tan nítido que sus rasgos se distinguían claramente incluso en la oscuridad. Su cabello se echaba hacia atrás ya que estaba recostado hacia el techo, y su rostro completamente expuesto era irrealmente guapo, lo que hacía que tener mi miembro erecto apuntando hacia ese rostro se sintiera, en comparación, como un acto mucho más vulgar y bajo.

Sin embargo, mi miembro, brillante y húmedo de saliva, era el mismo que él acababa de estimular con su boca.

—Siéntate en mi cara.

Necesité un momento para pensar en lo que estaba pidiendo.

—Eso...

Con la mirada fija en mi rostro, que se tensaba por la confusión, él metió su mano entre mis nalgas desde atrás. Luego, con la punta de sus dedos, presionó fuertemente y frotó la piel delicada y suave entre mi ano y mis testículos. Como si estuviera a punto de crear otro agujero allí y penetrarlo.

—Siéntate y frótame fuerte con esto. ¿Sí?

—Haa, ha... A-aún así...

—Yo lo quiero. Entonces está bien.

No sabía cómo tomar su exigencia de que yo sufriera la humillación de que mi entrepierna estuviera sobre su cara. Él frotó su mejilla y el puente de su nariz contra el tronco de mi pene y me miró con ojos de súplica. Su lengua, que se extendió largamente entre sus labios, lamió mi piel caliente.

—Quiero oler, humedecer... quiero hundirme profundamente aquí.

¿Cómo podía emitir una voz tan desesperada?

Actuando como un ser débil, como si estuviera impaciente y ansioso, como un ser dulce, suave y adorable. Honestamente, solo con su voz, susurrando con una voz pequeña, suplicando lo que más deseaba en el mundo, sentía que mi parte inferior se derretía.

Sus ojos, embriagados de deseo, seguían fijos en mí, y la estimulación de la punta de sus dedos que frotaban mi perineo (área entre los genitales y el ano) seguía allí. Mi cadera dio un salto ante la caricia que frotaba con toda la palma, como si estuviera limpiando la parte de abajo.

—Aplástame con esto hasta que me ahogue... ¡Rápido!

Miré sus labios sensuales, que me apuraban y seducían, y dudé varias veces. Luego, agarrándome a la cabecera de la cama con una postura desgarbada e inclinada hacia adelante, bajé lentamente la cadera.

Siendo honesto, en el momento en que escuché su propuesta, yo también sentí una curiosidad traviesa, e incluso con solo imaginarlo, ya estaba adelantándome y sintiendo un escalofrío. No era una cuestión de rechazo o aceptación, era solo una cuestión de tiempo.

La punta de su nariz alta tocó primero mi perineo. Un temblor más excitante de lo que había imaginado me erizó toda la piel. Y eso que no era más que un lugar sin ser un miembro ni nada.

—...Eh, Ngh!

Cuando el puente de su nariz se hundió y quedó en parte cubierto por la suave carne, él me agarró la cintura y me tiró hacia abajo de golpe.

Me senté completamente sobre su rostro y tuve que morderme el brazo, apretando la cabecera de la cama. Él respiró profundamente mi entrepierna con la nariz y la boca abiertas y codiciosamente. La vergüenza y la excitación saltaban dentro de mi cuerpo al mismo tiempo.

Al mirar hacia abajo mientras me mordía el brazo, sus ojos, que salían de entre mis piernas, me miraban con mi pene erecto de por medio. No podía apartar la mirada de esos ojos azulados que me transmitían su deseo de forma directa.

Incluso la solapa de mi camiseta que colgaba sobre mi pene erecto acentuaba la obscenidad de este momento. Mi pene, al rojo vivo, se tambaleaba con el más mínimo movimiento y rozaba su frente. Todo lo que tocaba sus ojos se convertía en caricia y en juego previo.

La estimulación visual ya estaba en su límite. Mordí mi brazo con más fuerza y exhalé aire por la nariz, "heuuuek".

Su mano, que sostenía mi cintura, rodeó mis muslos desde el exterior y se curvó hacia dentro. Con la punta de sus dedos frotó el vello púbico y golpeó mis testículos, haciendo vibrar mi pene. Todo mi cuerpo tembló, obligándome a morder mi brazo con más dolor.

Mientras eso ocurría, su lengua extendida frotaba mi perineo, y la piel ligeramente abultada entre mis testículos y mi ano se humedecía con su saliva. Cada vez que la punta de su lengua, dura y erguida, presionaba profundamente un punto, un peso similar a la necesidad de orinar estimulaba mi abdomen inferior.

El mundo de placer que él me mostraba no tenía fin. Él era alguien que conocía mi cuerpo mejor que yo. Me estaba volviendo loco.

—Para... para...

Mientras murmuraba eso, ridículamente, yo enrollaba la solapa de mi camiseta para verlo mejor debajo de mi miembro erecto, contrariamente a mis palabras.

Sus brazos ya no me estaban tirando hacia abajo, pero yo mismo giraba la cadera, frotando mi entrepierna sobre su rostro. Para que sus labios y su lengua tocaran el lugar deseado, para que el puente de su nariz presionara el área que quería. Para que él se frotara donde yo deseaba. El placer se extendía desde la piel en contacto con él, como si me saliera un sarpullido de calor por todo el cuerpo.

Tenía miedo de que mi cadera se levantara y saltara sobre su rostro. Aunque ya estábamos en un acto bastante transgresor, aún podía, a duras penas, contenerme para no llegar tan lejos.

Solté el brazo que mordía, dejé caer mi torso e incliné la cabeza más cerca de su rostro.

No sé si dije que podía controlarme, pero ¿acaso mis músculos también se habían relajado siguiendo a mi mente floja? Un poco de saliva, que no pude contener, se estiró de mis labios que habían estado mordiendo mi brazo. Lo único que hice fue girar la cabeza y frotar mi boca sobre el tejido de mi camiseta, encima del brazo que había estado mordiendo, sin tener la lucidez para limpiarme con la mano.

Con mis músculos relajados y mis ojos desenfocados, lo miré jadeando.

—Para... detente con es... Haa... ngh!

A mi súplica para que se detuviera, él, por el contrario, atacó detrás de mis testículos. Mi pene se movía hacia arriba y hacia abajo siguiendo el movimiento de su mandíbula, que mordía y masticaba en su boca.

Mi miembro erecto, colocado sobre su rostro perfectamente formado y hermoso, se sentía como si estuviera arruinando el valor más noble con el deseo más vulgar. Me hizo albergar la grandilocuente ilusión de que, quizás, a través de este acto, me estaba rebelando contra las convenciones sociales.

No sé qué tonterías estaba pensando, estando sentado con mi miembro erecto sobre la cara de otra persona... pero probablemente era porque la dirección de mi mente se había desviado debido a la fuerte estimulación de mi parte inferior completamente mojada, y ahora con el fuerte estímulo de ser chupado en mis testículos.

Con una caricia hábil que succionaba mis testículos con una fuerza que me llenaba el bajo vientre de forma satisfactoria, un líquido transparente goteó de la punta de mi glande. Era la mayor cantidad de líquido preseminal que había tenido, hasta el punto de preguntarme si había eyaculado.

La sensación de punzada en el bajo vientre se volvió insoportable. Solté la mano que envolvía mi muslo y mi cadera se hundió una vez más con un golpe.

—¡Para... me voy a correr...!

Al soltar su mano, perdí el equilibrio y caí de lado sobre el colchón.

Mientras temblaba y jadeaba, acostado de lado como si mi cuerpo se doblara por la mitad, él se incorporó, se sentó y tiró de mi hombro para acostarme boca arriba.

Su rostro, sobre el que él mismo había añadido saliva a mi entrepierna, brillaba al mirarme. Se sentó cerca entre mis piernas, me enderezó y se inclinó para agarrar la solapa de mi camiseta y limpiarse la barbilla.

Su expresión era impasible, pero por sus labios apretados con más fuerza de lo habitual y los músculos de sus hombros y pecho expandidos, podía adivinar que estaba completamente inmerso en mi cuerpo en ese momento.

Después de limpiarse la parte inferior del rostro sin cuidado, acercó su torso aún más y me besó profundamente. Era un beso que acariciaba suavemente mi boca e imbibía mi lengua con ternura, como si estuviera consolándome y elogiando al yo que había resistido con dificultad hace un momento.

Su mano derecha se deslizó hacia abajo, abriéndose paso entre nuestros vientres apretados, y palpó el área floja y húmeda entre mis piernas. La parte de abajo estaba completamente empapada y sensible como nunca, hasta el punto de preguntarme si yo mismo había segregado una gran cantidad de fluidos corporales. Cada vez que la punta de su dedo presionaba como si estuviera sacando crema, los músculos de mis nalgas se contraían y se crispaban.

Incluso después de separarse suavemente, sus labios flotaban justo delante de los míos. Rozó mi punta de la nariz y la superficie de mis labios varias veces, y presionó mi perineo con la punta de su dedo mientras me hablaba.

—¿No sabes qué olor desprenden tus labios y aquí abajo, Seo Yeehyeon?

Mientras mordisqueaba suavemente mi labio superior, envolvió mi perineo con toda la palma de su mano.

—Heeu, ha... Nhh.

Como me había duchado con cleanser después de salir de la bañera, probablemente olía a eso. Sin duda sería un olor mejor de lo habitual. Pero la voz y el tono de su pregunta, y la mirada que me dirigía de cerca, tenían una connotación lasciva, como si estuviera hablando de mis secreciones vertidas por la excitación sexual, y no de ese aroma artificial externo.

Esto se acentuaba aún más por la sensación pegajosa de la saliva entre su palma y mi entrepierna cada vez que él frotaba.

—Es un olor con el que querría tener la cara hundida todo el día.

—Ha... Haaa.

Él no solo estaba frotando, sino que comenzó a imitar el ritmo de la penetración, empujando de abajo hacia arriba. Cuando se añadió una fuerza como si estuviera insertándose firmemente entre mis piernas reblandecidas por la intensa caricia... esta vez sentí un dolor punzante en mi interior.

Un suspiro se escapó ante el hecho de que deseaba la inserción de su miembro, que solo había entrado una vez, su impulso violento con la cadera y su descontrol que lo hacía perder la razón. Era una locura.

La confesión de que quería cambiar no la hice con este significado, pero en este aspecto, estaba cambiando sorprendentemente rápido. Que tuviera tanta capacidad de aprendizaje en este ámbito... no sé si debería alegrarme de haber descubierto un talento oculto.

—Uhhh... Ah...

Mis ojos se desviaron al levantarme por la fuerza de su brazo que se deslizaba hacia abajo hasta el borde de mi ano y lo frotaba, trazando el contorno del orificio con la punta de sus dedos mientras empujaba hacia arriba. Él usó su otro brazo, que estaba apoyado junto a mi hombro, para girar mi cabeza y obligarme a mirarlo a los ojos. Su mirada estaba llena de lujuria, pero era punzante y clara.

—¿Mi olor es así también?

—......

Sentí que había captado mis pensamientos. Me quedé sin aliento por un instante, aunque no era nada importante. Sentí que había revelado completamente mis pensamientos obscenos sobre su olor.

—Cuando lo hueles, ¿tu pene se retuerce, y aquí...

—Haa. Nghh.

Su dedo se hundió una falange dentro de mi ano. Debido a la larga caricia previa, la inserción fue casi sin resistencia. Cuando la sensación esperada llegó, tensé todo mi cuerpo y agarré su hombro.

Él insertó el dedo, lo clavó profundamente y curvó la última falange, tocando suavemente la membrana mucosa, mientras continuaba hablando.

—¿Aquí, el interior de aquí, te pica? ¿Sí, te pica?

Jadeando como una bestia hambrienta frente a su presa, asentí vigorosamente con la cabeza.

Él, que me miraba con ojos igualmente hambrientos, bajó la banda de sus pantalones deportivos y sacó su miembro erecto de dentro. El aroma que se superponía en capas alrededor se sintió más intenso, tal vez porque era un área con un fuerte olor corporal.

Aunque fue así desde el principio, no era el tipo de olor que la mayoría de la gente percibe como "fragancia"... es decir, no era aromático o dulce.

Más bien, era un aroma que irritaba mis nervios, haciendo que mi mente se nublara y se volviera vaga. No es que fuera desagradable o un mal olor. No irritaba mis nervios de esa manera, sino que los tocaba y estimulaba constantemente para que no pudiera ignorarlo.

Me sentía como si estuviera flotando en un sueño y, a la vez, lánguido, como si estuviera hundido pesadamente. Paralizaba la razón y agudizaba los sentidos. Una tensión, como si me fuera a agarrar la nuca de repente después de dejarme indefenso, flotaba en el aroma. Aunque sabía que era contradictorio y conceptual, no podía describirlo de otra manera... Era un aroma pesado, agresivo y dominante.

Su pene estaba tan erecto y grueso que podía distinguir claramente su forma incluso con la luz insuficiente. Tragué saliva, mirando el glande brillante por el líquido preseminal transparente que brotaba, incapaz de negar que me había provocado, aunque me llamaran obsceno.

Hice algo sin querer, y él, al darse cuenta, me abrazó por la nuca, me acercó y se rió en voz baja con nuestras mejillas juntas. Fue una risa dulce que parecía derretir mi sentido del oído. La risa, que parecía divertirse con la curiosidad sexual de un joven, pronto se convirtió en un jadeo acalorado, seguido de un susurro difícil de rechazar.

—¿Quieres oler mi olor también?

Como si ya supiera que no lo rechazaría, me pasó el brazo por la espalda y me levantó sin esperar una respuesta. Luego se recostó holgadamente contra una almohada grande conmigo sentado sobre su vientre. Apoyé mis manos en su pecho y dudé un momento antes de intentar deslizarme hacia abajo, pero él me abrazó por la cintura y me tiró.

—No, con las nalgas hacia este lado.

—......

Dudé, pero fue solo un instante. Aturdido por el aroma vibrante, me tambaleé como si hubiera perdido la orientación y cambié mi postura sobre su vientre como él me indicó.

Delante de mis ojos, su pene, increíblemente largo y grueso incluso medio cubierto por los pantalones deportivos, se balanceaba. La firmeza de su miembro era tan excepcional como su longitud y grosor. Siempre erguido en un ángulo vertiginoso durante la erección, era tan duro que no se podía pensar que fuera solo una expansión de tejido cavernoso. Incluso sentí que podría sostenerme sin ceder si me subía encima.

Debido a esa dureza, su pene, con una fuerte elasticidad, sobresalía, casi levantando la banda de sus pantalones. Incliné la cadera y empujé los pantalones de suave tacto hacia sus rodillas. A medida que el vello púbico, abundante, se exponía más ampliamente debajo de sus abdominales duros, su pene se levantó de golpe como si saliera disparado.

Agarré la base con mi mano suavemente, como si tocara un tesoro precioso. Al inclinar mi torso, mis nalgas se echaron más hacia atrás, y su barbilla se hundió en el pliegue de mis nalgas.

—Ahh. Ngh.

Y al momento siguiente, con mis caderas siendo tiradas por ambos lados, volví a estar sentado sobre su cara. Yo sabía cómo la gente llamaba a esto. Un acto en el que ambos entierran sus rostros entre las piernas del otro y se chupan la boca. El 69.

—De todos modos, no puedes hacer un BJ (mamada)... un oral adecuado. A mí me basta con que me pongas la lengua y los labios.

Parecía que se había saltado la frase: "Así que date prisa".

Sus palabras de que un oral adecuado era imposible no eran una fanfarronada ni una exageración. Era increíble que esto hubiera entrado de manera bastante brusca en ese ano tan apretado, y que a pesar de ello, no se hubiera desgarrado o roto, sino que solo hubiera terminado con un dolor sordo y entumecido.

Aunque conseguí tragarme el glande, solo con eso mi boca estaba llena y apenas había espacio libre para moverme hacia adelante y atrás, repitiendo el acto de meter y sacar. Lo máximo que podía hacer era lamer la hendidura del glande con mi lengua y luego deslizarlo en mi boca, envolviéndolo con la membrana mucosa interior de mis labios, para succionarlo.

Sin embargo, él eyaculó líquido preseminal con esa caricia torpe. En un Alfa, y más aún un Alfa Dorado, la cantidad de líquido preseminal, no solo de semen, era tremenda. En internet circulaban rumores de que los Alfas Dorados de alto rango podían embarazar solo con el líquido preseminal.

No sabía cuál era la situación de otros Alfas Dorados, pero la cantidad de líquido preseminal que él vertía durante el coito superaba con creces la eyaculación de un hombre común, haciendo que incluso los rumores infundados de internet parecieran extrañamente convincentes.

Repetidamente succionaba el glande y lo empujaba hacia afuera, teniendo que dejar que una gran cantidad de líquido preseminal, que se vertía en mi boca como un sollozo reprimido, goteara por debajo del tronco de su pene.

Mi boca no era especialmente pequeña, pero aun así, ¿que el tamaño impidiera a un hombre adulto tragar más allá del glande...? Mi mandíbula inferior ya estaba adolorida incluso antes de intentar hacer algo correctamente.

Mi fervor, lleno de deseo, provocado por tener su miembro, que siempre había estimulado mi curiosidad, justo frente a mi nariz, no pudo superar las barreras físicas y reales.

—No tienes que esforzarte. Ya te dije que con solo lamerlo con la lengua me basta.

Lo miré mientras me consolaba así, con la palma de la mano abierta acariciando mi nalga. Su rostro apenas se veía, cubierto por mi cuerpo.

—Heeum. Haah...

En su lugar, su aliento excitado, largo y soplado como si estuviera saboreando, se pegó cálidamente a mi perineo y ano húmedos de saliva. Pude imaginar fácilmente en mi mente la contracción de mi ano, que se crispaba por sí solo, esa contracción que se desplegaba vívidamente ante sus ojos. Quería esconderla por vergüenza, y a la vez, exponerla más por excitación.

—Ha. Haaaa...

Sin necesidad de pensar en qué impulso seguir, el siguiente estímulo llegó de inmediato. Cuando estaba con él en la cama, no necesitaba pensar en nada. La oportunidad de pensar simplemente no existía.

Él había doblado su pene colgando boca abajo y se había tragado el glande.

Me incliné como suplicando, hundiendo la nariz en la base de su pene. Mis manos, sin saber qué hacer, se agitaron y rascaron sus firmes muslos. Una urgencia insoportable de eyacular se precipitó hacia la punta de mi glande.

Delante de mis ojos, movió hábilmente sus dos largas piernas, quedando completamente desnudo de cintura para abajo. Luego, levantó la pelvis y la agitó, frotando su pene en mi cara, como si exigiera ser lamido, abriendo el espacio entre sus rodillas.

Su pene, grande y erecto, se frotó contra mi mejilla, rozó mis labios y golpeó el puente de mi nariz. La onda de choque de su miembro palpitante justo delante de mis ojos era poderosa. Mis deseos se estimularon, mis labios se abrieron, mi respiración se aceleró... como alguien que se esfuerza por alcanzar un dulce colgando boca abajo de una cuerda sin usar las manos, saqué la lengua y perseguí su pene.

No hace falta decir que era una vista patética, pero también era una vista que ni siquiera él, con su rostro hundido debajo de mí, podía presenciar.

El movimiento de su pelvis, que recordaba al coito, era el mensaje sexual en sí mismo. Ver ese movimiento descarado que claramente mostraba lo que quería, mientras estaba postrado boca abajo sobre su vientre, hacía que se sintiera como un acto aún más fuera de lo común, duplicando la lascivia.

Con mis manos rodeé su pene que cabeceaba en ángulos cada vez mayores con cada empuje de su cadera, y lo lamí desde la base hacia arriba. Su pene, con las venas abultadas e irregulares, parecía un objeto peligroso a punto de estallar.

El grosor, la longitud, el color y el olor. Desde cualquier punto de vista, no era un objeto que pareciera seguro.

Sin embargo, no había venido a esta habitación para protegerme. ¿Acaso no le había dicho justo antes de subir a la cama que quería "ser cambiado"?

Con una inmersión mayor a la que tuve cuando era niño y me deleitaba con los helados, saboreé cada rincón de su tronco. Al igual que cuando tragaba su saliva al besarlo, el líquido preseminal que humedecía y escurría por el tronco parecía mezclado con una esencia que condensaba su aroma. No importaba si solo era una sensación. Esta sensación sola, como tragar la esencia pura de su aroma, era suficiente.

Al lamer largamente el pene y subir para frotar mi lengua extendida sobre el glande abierto... mi cabeza palpitó como si hubiera bebido una bebida muy fría de un solo trago. Sentí que mis pulmones se llenaban con su aroma en lugar de oxígeno al respirar.

—Haah, heu... Haaaa... Huu...

Mi respiración perdió completamente su equilibrio constante y se desordenó. Yo, que me aferraba a su miembro jadeando con gemidos parecidos a sollozos, parecía un adicto.

A diferencia de mí, que apenas podía tragar el glande, él levantaba y echaba hacia atrás la cabeza, apretando completamente mi pene con su succión. A ese ritmo, yo también estaba sacudiendo mis nalgas. Ya no se sentía como un acto vergonzoso, sino como un flujo natural.

Envolví mis brazos alrededor de sus muslos flexionados, palpando el contorno de sus músculos firmes, y con la otra mano empujé mi pene repetidamente de abajo hacia arriba, cubriendo el grueso glande con mis labios. Incliné la cabeza como si diera un beso apasionado y raspé el glande con la membrana mucosa detrás de mis labios.

Como un pájaro que esconde la cabeza en un arbusto y cree que está completamente oculto, a pesar de exponer mi pene y ano justo delante de su nariz, me estaba volviendo más audaz porque él no podía ver mi rostro.

Bajo la luz insuficiente que se filtraba por la ventana, con solo una capa delgada de cortina para mitigar la intensidad de la luz, nos deleitábamos en las partes íntimas del otro en una postura sumamente primitiva.

El ritmo de su pelvis al empujar y el ritmo de mis nalgas al sacudirse coincidían como un balancín o un sube y baja, y el dormitorio se humedecía con el sonido de la fricción de la piel mojada golpeando, haciendo rebotar el colchón.

Ni siquiera tuve tiempo de empujarlo para decirle que estaba a punto de eyacular. Mis ojos se quedaron en blanco ante la constricción que tiró violentamente del glande hacia lo profundo de mi boca, hacia mi garganta, y con un sonido de "eok, eo-ok", que ni siquiera llegó a ser un grito, eyaculé.

Fue una sensación diferente a la de la última vez, cuando sentí placer por vía anal.

La sensación de eyacular envuelto por la membrana mucosa cálida y húmeda que presionaba mi miembro hizo que mis rodillas temblaran incluso estando sentado. Por mucho que agitara mis nalgas y mi cadera para quitármelo de encima, él, que me abrazaba por la cintura con los brazos alrededor de mis muslos, no se inmutó y no aflojó la succión sobre mi glande.

—Haah, ha, huhhh, Ngh... Ha-aak!

Sacudí mi cabeza sobre su vientre y mi torso se agitó, eyaculando sin control, atraído por su fuerza de succión. Sentía que mi miembro iba a ser absorbido hacia su garganta.

Él tragaba el semen a medida que lo eyaculaba, ajustando hábilmente la intensidad de la presión sobre el glande. Aunque había una diferencia en la cantidad, él era diferente a mí, que ni siquiera pude tragar todo su líquido preseminal.

Yo, que me debatía como alguien que intenta sacar un pie atrapado en un pantano, solo pude ser liberado de él una vez que no quedó nada más que exprimir de la punta de mi miembro.

Casi temblando, gateé instintivamente hacia adelante. Como una bestia que escapa de los afilados colmillos de su depredador justo antes de que le corten la vida. Ni siquiera podía distinguir si lo que me chorreaba por la comisura de la boca era saliva o el líquido preseminal que había retenido mientras succionaba su glande.

Sin embargo, antes de que pudiera llegar a sus tobillos, él ya se había sentado, me giró bruscamente.

—¿A dónde vas?

Sus ojos, que volví a encontrar después de un largo rato, estaban medio nublados. Él me agarró la cintura, me tiró hacia abajo para que mi perineo quedara firmemente pegado a su entrepierna, y metió su mano entre mis piernas. Rotó su dedo dentro de mi ano, palpando la membrana mucosa, como si estuviera comprobando su estado.

—Haaa... Hah...

Apreté la sábana y me eché hacia atrás con el hombro por la repentina intrusión, pero él no hizo caso. Sacó el dedo y lo chupó con un ruido, como si hubiera untado miel en la punta.

—Va a ser mucho más cómodo que la última vez. Se ha derretido justo en el punto perfecto.

Se limpió el sudor de la frente y las sienes con el brazo derecho, y levantó mi pierna izquierda sobre su hombro derecho. Su lengua roja y brillante lamió intensamente desde la parte interior de mi pantorrilla hasta el tobillo, reluciendo en la oscuridad.

—Tienes piernas bonitas.

Dijo con voz baja y apretada, moviendo la cadera para frotar las partes inferiores pegadas a mi entrepierna de forma obscena. Su respiración era áspera, pero su voz no mostraba indicios de ser forzada para crear tensión sexual; de hecho, era sorprendentemente tranquila.

El hecho de que hablara en un tono cotidiano en una situación así mostraba, paradójicamente, que estaba entrando en una órbita anormal.

Su mano grande, que había acariciado desde el tobillo sobre su hombro hasta el muslo, acarició mi miembro, que estaba sensiblemente hinchado justo después de la eyaculación. Él, que estaba besando mi pantorrilla, movió solo la mirada para observar mi miembro en su mano.

—Aunque, todo es bonito.

Colocó mi pierna derecha junto a la izquierda sobre su hombro, y murmuró, frotando su glande en el pliegue de mis nalgas juntas.

Al mirarme con sus pupilas apagadas con un tinte azulado apenas perceptible, parecía ebrio. Yo también lo miraba con ojos borrosos y descompuestos, y de repente, en mi mente confusa, recordé a Shushu.

Incluso si extendía el rango que la palabra "bonito" podía abarcar, no era probable que me viera bonito, teniendo en cuenta que se relacionaba con alguien como Shushu.

—¿Por qué, suena como un cumplido vacío?

Mientras mordía mi tobillo derecho, y el glande, que frotaba en el pliegue, lo redondeaba en la entrada de mi ano, estropeando mi mente, que ya estaba revuelta, otra vez más... él sonrió, tirando de una esquina de su boca. Era una pregunta que parecía haber leído mis pensamientos.

—Ah... eh, uhh...

El glande, que solo había estado presionando y dando vueltas alrededor de la entrada, empujó hacia adentro con fuerza hacia abajo, como abriendo el orificio. Era imposible empujar o hacer fuerza con mis piernas dobladas y elevadas en el aire.

—Créeme. Si no fueras bonito...

Entrecerró los ojos, como alguien que intenta distinguir un objeto lejano, y me miró fijamente.

—...jamás te habría pedido que te sentaras sobre mi cara.

Él inclinó su torso hacia atrás con flexibilidad, haciendo que mi parte inferior se acercara aún más. Ku-gu-guk, mi cadera se arqueó ante la entrada lenta pero clara del glande al excavar.

Como él dijo, la sensación de la inserción era mucho más suave que la última vez. Apenas sentí resistencia, solo un ligero empujón ocasional. Quizás era porque yo tampoco estaba en mi sano juicio.

Con la inserción comenzando en mi cuerpo, donde la excitación sensible por la eyaculación mientras me exprimía en su boca aún fluía débilmente, esta vez prestaba atención a cada uno de sus movimientos con una mezcla de tensión y expectación.

Mordiéndome la pantorrilla mientras estaba sentado con las rodillas separadas y los talones levantados, él ya estaba sacudiendo la cadera con solo el glande dentro. Su mirada, como si estuviera midiendo algo con los ojos entrecerrados, recorrió mi torso que estaba postrado.

—Tienes piernas largas y esbeltas... creo que te quedaría bien la ropa interior sexy.

Debido a su rostro inexpresivo, tono tranquilo y ojos borrosos y desenfocados, sonó como el balbuceo incoherente de alguien intoxicado con un anestésico.

Al tantear con la mano y confirmar que el glande había sido completamente tragado, él me abrazó los muslos apretándolos frente a su pecho y sonrió débilmente.

—Si lo preparo, ¿te lo pondrías una vez?

Siguiendo el movimiento de su cintura que giraba como un baile lascivo, su parte inferior, que se había alejado, se acercaba y se alejaba con una curva flexible, y cada vez, el glande se hundía más profundamente. Jadeé ante la sensación de ser abierto a la fuerza, como si un antebrazo se estuviera abriendo paso en mi vientre, y la velocidad de su giro de cadera comenzó a aumentar.

La sensación de calor grueso y duro ensanchando la pared interior era clara, pero el dolor era solo sordo, como si me hubieran aplicado una pomada anestésica en el interior. Era una situación que no tenía sentido considerando el tamaño abrumador de su miembro.

Probablemente se debía a sus minuciosos preliminares, que habían convertido todo mi cuerpo en una pulpa blanda antes de que comenzara la inserción. También podría ser por la secreción excesiva de adrenalina debido a la fuerte excitación. En cualquier caso, el dolor era el problema, no que el dolor fuera superado rápidamente por el placer. Aunque era extraño, incluso eso pronto fue eliminado por completo de mi conciencia.

—Ehh, ngh, uum...

Sentí cómo se abría paso al entrar, gimiendo con un sonido arrastrado por el suelo. El líquido preseminal que fluía sin cesar era más abundante que en el encuentro anterior, y su glande se abría camino, humedeciendo el interior por sí mismo sin necesidad de lubricante.

Aunque sentí una sensación de tu-du-duk, como si algo se estuviera rasgando, al meter su cuerpo corpulento en ropa de talla incorrecta, no fue más que la resistencia de la membrana mucosa que se abría por la fuerza, y no llegó a ser un dolor insoportable.

Abrazándome y atándome con mis dos piernas sobre sus hombros, él se concentró en penetrar más profundamente girando la cadera, mientras examinaba mi expresión con ojos voraces. El dolor y el placer. Detectaba ese límite precario entre ambos a través de mis microexpresiones, y de acuerdo con eso, se echaba hacia atrás y entraba más profundamente una y otra vez.

Mi respiración se aceleraba a medida que mi abdomen se tensaba. Soltó uno de los brazos que abrazaba mis muslos y acarició mi bajo vientre con dulzura, como consolándome. Yo superpuse mi mano sobre la suya. Sentía que tenía que agarrar algo.

Él tomó mi mano y la llevó a mi miembro, que se había medio desinflado después de la eyaculación, incitándome a masturbarme. Mi respiración se calmó un poco al frotar mi miembro con su mano superpuesta a la mía.

Como si me elogiara por hacerlo bien, relajó la tensión en sus ojos entrecerrados y me miró sonriendo.

—Eres un estudiante sobresaliente.

—......

Pronto supe la razón del comentario repentino. El vello púbico de él estaba rascándose ásperamente contra la entrada de mi ano.

—Huu... aah, haaa.

Como si estuviera confirmando con su cuerpo que había sido completamente tragado, giró la cadera hacia ambos lados, asentándose por completo en el interior. Al sentir el bulto caliente que llenaba mi vientre palpitar con cada torsión de su parte inferior, froté mi nuca contra la almohada y solté mi miembro.

Apretó mis muslos y agitó su cadera con pequeños movimientos sin salir, manteniendo la penetración profunda, como si fuera a empujar todos mis órganos hacia arriba y, por lo tanto, bloquear mi garganta.

—Haaaa... Ha... Uuu, uuh.

La vibración creada por él al agitar mi cuerpo obviamente regresaba a su pene, estimulándolo. Sintiendo la pared interna que se había derretido adecuadamente por la fricción, el calor y lo resbaladizo del líquido preseminal que desbordaba de su glande, esta vez comenzó a mover la cadera hacia adelante y atrás.

Su pene se retiró y golpeó superficialmente varias veces, acompañado de un dolor sordo y entumecido. Tak, tak, cada corte corto de su cadera hacía que mi interior picara de una manera extraña. Mi cuerpo se había abierto lo suficiente como para soportar una penetración más violenta.

—Mhh... eh, heu...

Parecía ser alguien que detectaba hasta el más mínimo cambio en mi gemido. Tan pronto como un rastro de placer se mezcló en mi gemido, que antes era casi de soportar la presión, siguió una inserción de mayor intensidad que la anterior.

—Uhh, ah... Ngh!

Su pene se retiraba con audacia unos pocos centímetros y volvía a empujar con el líquido preseminal pegajoso que él mismo había vertido, aumentando gradualmente la velocidad. Shlk, Shlk, el sonido de la fricción al machacar el líquido viscoso que se había acumulado se hacía patente en la zona de la cópula. Cada vez que el sudor hacía que el brazo que abrazaba mis muslos se aflojara, él lo ajustaba varias veces.

Solo pensaba que la postura de tener las piernas completamente abiertas era vergonzosa, pero no esperaba sentir una sensación lasciva incluso con las piernas fuertemente cerradas, donde la parte interior de mis muslos estaba pegada. Aunque su pene estaba claramente abriéndose camino hacia mi ano, la sensación de que el glande grueso iba a salir a través de la piel y empujar mi escroto entre mis muslos bien cerrados hacía que incluso el espacio entre mis muslos, donde no había fricción directa, se sintiera como si estuviera siendo acariciado.

Su miembro, que llenaba mi interior al máximo, empujando como si fuera a expandir la pared interna, presionaba y rascaba las partes sensibles de la membrana mucosa con cada entrada y salida, incluso sin que él lo intentara a propósito. Y cada vez, mi bajo vientre se tensaba y una sensación de orgasmo, diferente a la eyaculación, burbujeaba en mi cuerpo como si fuera carbonatación.

—Hiick!

Rápido, muy lento, un poco más rápido, superficialmente, profundamente. Después de un largo tiempo dedicándose a abrir un camino dentro de mí, variando la velocidad y la profundidad, de repente cambió de postura y se puso de pie, sosteniéndose sobre sus rodillas mientras me abrazaba los muslos. Mis nalgas también quedaron suspendidas en el aire.

Como si no le pesara, en esa posición agitó su cadera a gran velocidad, estimulando mi interior. Kung, kung, el glande grueso y ancho parecía subir hasta mi corazón y punzar mi pulso. Mi pecho latía rápidamente, mi respiración se cortaba y la sensación de clímax aumentaba.

—Haaa, huu... Huu. Ngh...

Me dolía la garganta como si hubiera gritado durante mucho tiempo, a pesar de que solo estaba respirando. Mi boca abierta y jadeante estaba completamente seca.

Con el ceño fruncido y el puente de la nariz arrugado, recogió sus pantalones deportivos, que rodaban por la esquina de la cama, y se los mordió. Luego, gruñó en su boca tapada como una bestia rugiendo y desgarró la tela.

Era una imagen que nunca había visto, como si estuviera tratando de bloquear de forma forzosa y antinatural una fuerza invasora que venía de más allá de su control. Parecía un hombre tratando de levantar un coche con la fuerza de sus brazos.

Instintivamente, supe que estaba tratando de reprimir el notting (Nudo). No entendía la intención de evitar el notting hasta ese extremo.

Sin embargo, esa perplejidad pronto fue empujada y se desvaneció de mi conciencia. Una eyaculación, como si hubieran metido una manguera en mi vientre y abierto el grifo con gran fuerza, se derramó dentro de mí.

—Hoh, haa, haah... Huu...

Abrí mucho los ojos y me limité a jadear.

Cuando comenzó la eyaculación, soltó los pantalones que mordía y empezó a acelerar hacia el final del clímax, abrazándome las piernas con más fuerza. Yo, que gemía temblando por la fuerza con que él me agitaba y arañaba la sábana, terminé mordiéndome el dorso de la mano. Sentía que mi cuerpo se sacudía sin control como si estuviera en una atracción de feria violenta y peligrosa, golpeando fuertemente contra algo. Pero no salía disparado, ni mi cuerpo se rompía. En una atracción, el impacto no se convierte en accidente.

Él juntó mis dos piernas y las dejó caer sobre su costado izquierdo. Sentí que su pene era presionado con más fuerza en mi interior debido a la torsión de la parte inferior. Fue estimulante para ambos.

Se acostó a mi lado sin sacar su pene. Él, recostado de lado, me acercó y me abrazó por el pecho, y yo también quedé superpuesto a él, acostado de lado. Me bajó la mano que estaba mordiendo y, en su lugar, me hizo morder su propio dorso de la mano.

—Haaa, Nghh!

Intenté no morder, pero el estímulo de cambiar de postura y empezar a frotar mi interior me nubló la mente, y mordí con mis dientes su pulcro dorso de la mano, por donde sobresalían venas azuladas.

Nuestros cuerpos pegados hacían que las sensaciones se agudizaran aún más. Froté mi brazo sin control contra el suyo, que me abrazaba el pecho sobre mi camiseta hecha jirones. Luego, bajé ligeramente mi cadera y la empujé, agitándola, siguiendo el ritmo que él marcaba al empujar de abajo hacia arriba.

Su rodilla se abrió paso entre mis piernas y levantó mi muslo. Mi entrepierna se abrió, y quedé en una postura primitiva acostado de lado con una pierna levantada, siendo penetrado, frotado y agitado por él. Mi próstata fue rascada sin piedad por la fuerza con la que me apuñalaba rápidamente, como si se lo hubiera propuesto.

—Haa, hah... ngh... haa. Huk.

La sensación de que las burbujas que hervían dentro del recipiente finalmente se desbordaban por completo.

Alcanzando el orgasmo sin haber eyaculado, yo solo jadeaba con fuertes arcadas, abriendo la boca de par en par y retorciendo el brazo que me abrazaba el pecho, como si estuviera tratando de arrancarlo.

Su mano, que yo había estado mordiendo, me agarró la barbilla y me la giró. Un beso que hundió su lengua profundamente antes de que nuestros labios se tocaran me cubrió. Su pene seguía llenándome por detrás, y a pesar de no haber eyaculado por delante, había llegado a algún lugar. Su lengua revolvía sin piedad mi pulso acelerado y mi respiración insuficiente.

Su cadera, que se había estado moviendo bruscamente, se retiró. Al sentir su sensual glande, de contorno definido, arrastrarse sobre mi membrana mucosa mientras su pene salía, el semen se derramó de mi ano como agua de una botella que se ha volcado sin tapón.

La sensación al llenar y empujar era así, pero... la sensación de derramarse y salirse era igual de lasciva.

Temblando, llevé mis dos manos a mi entrepierna sin darme cuenta. Cubrí el orificio con mis manos y me eché hacia atrás con el hombro. Mi cuerpo, que acababa de experimentar la eyaculación delantera y el orgasmo trasero, estaba tan sensible que gemiría con solo soplarle al aire.

Sentí el líquido pegajoso que salía a borbotones y se filtraba entre mis dedos. Tuve que quejarme y tapar mi parte inferior como alguien que no sabe qué hacer ante la inminente urgencia de orinar.

—Haa, no, no quier... esto... algo está, sigue saliendo...

"Haz algo al respecto", supliqué, y mi visión se nubló al mirarlo. Era por las lágrimas acumuladas.

Superpuso su mano sobre la mía, que aún tapaba la parte inferior, y frotó con fuerza. Luego, presionó sus labios sobre el contorno de mis ojos, húmedo de sudor y lágrimas.

—Está bien, solo un momento... te lo volveré a meter pronto.

Me empujó el hombro para que me pusiera boca abajo, e inmediatamente se subió a mi espalda. Luego me abrazó el abdomen y tiró de mi cuerpo hacia arriba. Quedé a cuatro patas sobre el colchón, apoyado en mis rodillas y manos.

Apoyó una mano junto a la mía y cubrió mi espalda con su pecho, mientras con la otra mano me giró la barbilla para que nuestros labios se superpusieran. Tuve que girar la cabeza hacia atrás al máximo, como alguien que intenta ver una mota de suciedad en su hombro, y entregarle mi lengua y mis labios.

—Ehh, mh... mhh.

Su miembro, que se frotaba en el pliegue de mis nalgas, seguía caliente y duro. Sentí cómo torcía el eje de su cuerpo y levantaba una pierna en forma de "L", estando él también en posición de cuatro patas como yo.

Él, que se limpió el semen que había fluido de mi ano por la parte interior de mis muslos con su glande al subir, empujó el glande húmedo en la entrada, que aún no se había cerrado por completo y estaba abierta.

A diferencia de antes, no tuve el lujo de asombrarme de aceptar su miembro, que se hundía con fuerza de una sola vez, sin mayor dificultad.

Shlk, su palma pegajosa, que me envolvió con un chasquido como si golpeara mis nalgas, agarró y retorció la carne con una intensidad impaciente. Gemí con la cabeza inclinada, como un niño siendo castigado. Huum, un gemido profundo y pesado resonó desde atrás.

Volvió a superponer su pecho sobre mi espalda.

Nosotros, temblando sin control por el rebote de la inserción y extracción del pene, superpuestos y a cuatro patas, parecíamos bestias. Era una postura en la que su fuerza se transmitía de la manera más directa y sin desperdicio.

Debido al semen acumulado en el interior, el sonido de la cópula era inusualmente pegajoso cada vez que embestía.

—Haa, ha... huuu.

Mi miembro, que colgaba hacia abajo, se agitaba y palpitaba como loco, y yo sentía que me volvería loco por la escalofriante sensación de ser estimulado simultáneamente por delante y por detrás. Temía colapsar por la fuerza de su empuje si soltaba la mano que agarraba el colchón, por lo que ni siquiera podía estirar la mano para sujetar mi miembro.

Me sentía como si estuviera en un coche de choque, acorralado y siendo atacado continuamente. Los fuertes impactos continuaban, y temblaba sin poder intentar nada más, agitándome sin parar.

Él, que frotaba todo su pene dentro de mí al empujar y sacar la cadera, ya no parecía controlarse. Su cadera se movía tan rápido que, con él cubriendo toda mi espalda, parecía una bestia que corre a toda velocidad a cuatro patas. Yo, que era arrastrado por esa carrera, gimiendo al borde del llanto, no era muy diferente.

—¿Tanto... querías hacerlo conmigo? ¿Tanto como para subir a la cama primero?

—Haa, nh, uhh...

Asentí con la cabeza, sintiendo su barbilla presionando mi hombro. Mientras repetía la inserción rebotando la cadera y la pelvis, él metió una mano dentro de mi camiseta suelta y me pellizcó el pezón.

—¿Cómo puedes hacer eso? ¿Cómo puedes estar tan despreocupado...? ¿Qué tipo de yo...?

Antes de que pudiera terminar la frase, sacó la mano que había estado exprimiendo mi pezón por encima del escote, me agarró la barbilla y me la giró. Inmediatamente nuestros labios se superpusieron. La fuerza con la que él me agitaba hacía que nuestros labios se desfasaran y chocaran repetidamente, y eso hacía que el beso, y sus labios, fueran más urgentes.

Con los ojos semiabiertos fijos en sus labios, confesé obedientemente entre mis jadeos temblorosos.

—Sí, quería... hacerlo.

Me miró con ojos que parecían a punto de incendiarse. Cuando su aliento jadeante se desbordó con su aroma, yo me abalancé sobre él y lo inhalé con avidez.

—No solo hoy, sino siempre... lo he querido.

Él frunció el ceño como si hubiera escuchado algo terrible y me engulló los labios. Fue un beso que, literalmente, parecía morder y tragar la carne de mis labios, como si yo fuera la presa capturada al final de una carrera.

Aunque estaba en un estado de ardor en la cama, no era una mentira dicha para avivar el ambiente. Él quizás no lo sabía, pero yo sí sabía que era una confesión de la verdad, lo que hacía que mi propia audacia fuera aún más sorprendente.

Poco a poco, el sexo se estaba convirtiendo en una liberación para mí.

Aunque fuera solo una liberación decadente, un escape temporal que no conducía a la libertad fundamental, era innegable que mientras unía mi piel desnuda a la suya, podía olvidarme de todo y ser honesto conmigo mismo, concentrándome solo en mis propias sensaciones.

Durante años, no había experimentado una sensación que golpeara y resonara en mi existencia con tanta viveza. Sentía que me lastimaría si llegaba a sentir algo.

Pero el contacto con él tenía la viveza de confrontar, tocar y sentir mi propia existencia como un ser vivo. A pesar de que tendría que soportar el sabor amargo de la autocrítica después de que todo terminara, el hecho de que este no fuera un acto que hiriera o pusiera en peligro a nadie más lo hacía irresistiblemente atractivo para alguien como yo.

Solo yo tenía que soportar la amargura y la sensación de vacío y pérdida después del acto.

—Si quieres algo, dímelo. Si dices que me quieres, te lo daré cuando quieras...

Tiró de mis labios que mordía y luego los soltó, y susurró a mi oído, frotando su nariz en él, con unas palabras que no podían ser más aromáticas y, al mismo tiempo, más crueles.

Este acto no significaba que lo poseía, y por muchas veces que se repitiera, por sí solo no lograría ningún significado. Aun sabiendo esto... probablemente intentaría repetirlo una y otra vez si pudiera poseer al menos su cuerpo por un tiempo.

Quería preguntarle si era verdad. Si lo quería, si me lo daría en cualquier momento y lugar, tal como ahora.

Mis muslos, tensos, temblaban, pero me aferré a la sábana para no soltarlo mientras me apuñalaba el interior.

—Huuu, ha... Ngh...

Su mirada al reaccionar a cada expresión, respiración y movimiento de mis paredes internas, sus labios sensuales a los que les gustaba moverse bruscamente, el movimiento de sus músculos flexibles pero potentes, el calor de su miembro y la forma en que frotaba mi interior. El aroma sofocante y denso. Todas las sensaciones que él me daba contrastaban con mi mundo anterior, que era tenue.

Mi mente se difuminaba, pero, por el contrario, todos mis sentidos se volvían aterradoramente claros.

Me gustaba exponerme a esa claridad y dejarme derrumbar. Solo estábamos él y yo aquí. La privacidad era formidable. No importa en qué placer cayéramos o qué acto lascivo disfrutáramos en la cama, mientras esa única persona estuviera de acuerdo, no era un pecado.

Me sentía libre. Aunque fuera una ilusión de libertinaje y corrupción, al menos en ese momento, me sentía así.

Incluso esta postura, donde estábamos a cuatro patas, temblando por la fuerza de su miembro al moverse, e intercambiando besos lascivos, ya no era vergonzosa, sino liberadora. El placer perverso que venía de hacer con audacia lo que estaba prohibido o lo que no se debía hacer también era parte del sexo.

—Lo quiero...

Hice lo que él dijo: si lo quería, solo tenía que decirlo. Mi voz, quebrada y obscena, no era clara.

—Ya lo tienes, ahora.

Disminuyó la velocidad de sus embestidas, pero, en su lugar, hundió su pene profundamente, hasta el final. En ese estado, agitó la cadera ruidosamente sin retroceder ni un poco.

Mientras me estremecía por la sensación de su miembro palpitando en mi interior, negué vigorosamente con la cabeza, diciendo que no era eso.

—Lo que me hiciste la última vez...

—......

—Hazme eso. Hazme el notting(Nudo)... otra vez.

¿Qué tonterías estoy diciendo?

Me agarró el cabello y me tiró bruscamente hacia atrás. Mordiendo sus labios hinchados, murmuró con un acento inglés más fuerte y rápido de lo habitual, escupiendo palabras sobre mi obscenidad que lo estaba volviendo loco.

Todo en él hacia mí se volvió más brusco. El hombre que luchaba contra la fuerza que intentaba invadirlo, desgarrando sus pantalones deportivos, ya no existía.

Me agarró ambas muñecas y tiró de mí hacia atrás. Me levantó y me abrazó con fuerza la parte superior del cuerpo. Mi pecho y ambos brazos quedaron atados a él, en una postura en la que no podía moverme. Una fuerza me apretó con intensidad, como si todos los huesos de mi parte superior del cuerpo fueran a ser aplastados. Las venas azules de su brazo se hincharon y el contorno de sus músculos se hizo más nítido.

Él hundió su rostro en mi cuello, por encima del escote de mi camiseta que se había estirado hasta exponer completamente un hombro. La fuerza con la que mordía y clavaba los dientes en la zona donde se unen el cuello y el hombro era demasiado dolorosa para ser una broma o una caricia. Él sujetó la piel con sus dientes y agitó la cabeza, como si fuera a arrancar y tragar la carne.

—Ehh, nh... Ngh!

Sin aflojar en absoluto la fuerza con la que me abrazaba, él sacó la cadera, dejando solo el glande dentro, y luego embistió con tanta fuerza que hizo un sonido de Pang, y la carne de mis nalgas tembló.

Su pene, que penetró hasta el final, sintiéndose el escroto chafado contra mis nalgas, y luego retrocedió hasta la mitad, arrastrando la pared interna... parecía frotar no solo mi vientre, sino todo mi cuerpo. Era un sexo en el que él se vertía sin reservas en mí, como si estuviera tratando de transformarme en sí mismo.

Cuando la sensación de clímax, que había avanzado y retrocedido repetidamente hacia la punta de mi miembro, corrió de nuevo por mi cuerpo, sentí una hinchazón intensa que se expandía en mi bajo vientre y en la zona de mis nalgas.

Es como insertar una manguera en mi ano, sellar la entrada y luego abrir el grifo al máximo para inflarme. Kung, kung, kung, mi pulso se aceleraba como si golpeara mi cabeza desde arriba, y sentía que toda la sangre en mi cuerpo daba vueltas a una velocidad varias veces superior a la normal en mis venas.

—Haaak, ha, e-esto... esto...

Con los ojos muy abiertos hacia el vacío, como si hubiera presenciado algo asombroso, eyaculé semen sobre la sábana. A pesar de verme eyacular, él no disminuyó en absoluto la velocidad de la inserción.

No hay freno en él durante el notting. En este momento, en el que la capacidad sexual del Alfa Dorado para la reproducción se maximiza, él existe para embarazar a la persona que tiene abrazada.

Era como si me hubieran atado todo el cuerpo con una cuerda y la fueran apretando gradualmente con más fuerza. Mi piel se irritaba por el placer, similar a un dolor corporal severo, que penetraba dolorosamente en la carne, como si me pisotearan todo el cuerpo minuciosamente.

—Sí, es el notting... ¿Te gusta? ¿Te gustaba tanto?

Golpeaba mi interior con su miembro expandido, que parecía a punto de reventarme, mientras mordía mi cuello por todas partes como si me odiara a muerte. Su pene, que parecía estar bloqueando mi garganta y cortándome la respiración, me sacudía como si fuera a cambiar la posición de todos mis órganos internos, incluso sin que él moviera la cadera ruidosamente. Eso era el notting (Nudo).

—Eres Beta. Dijiste que definitivamente no eras Omega. Entonces, ¿por qué pides el notting? ¿Quieres quedar embarazado? ¿Eh?

Estaba loco.

Mientras escuchaba su voz, que me regañaba como si me estuviera amenazando, por un momento, me encontré pensando si nuestra relación podría cambiar si fuera posible el embarazo. Aunque no fuera más que una hipótesis fugaz, era una dirección de pensamiento tan cobarde y mezquina, algo que el yo anterior nunca habría imaginado, que me resultó aterradora y espeluznante.

—¿Por qué, por qué eres así con una persona...

Murmuró así, como rindiéndose o desmoronándose, y eyaculó con la frente hundida en mi hombro. Fue una eyaculación caliente y feroz, como si se hubiera derramado agua hirviendo en mi cuerpo. Primero salió como un chorro de ducha, y luego continuó fluyendo y brotando varias veces, empapando completamente mi interior.

Tan pronto como la enorme cantidad de semen fue vertida dentro de mí, se abrió paso por el hueco completamente sellado entre su pene anudado y mi pared interna, y se escurrió entre mis piernas. Si no hubiera fluido de esa manera, mis órganos internos podrían haber resultado realmente dañados. Y, si yo fuera Omega, incluso con lo que se derramó, habría sido más que suficiente para embarazarme.

Giré mi cabeza hacia él. Sus ojos, al levantar el rostro de mi cuello para mirarme, estaban completamente idos, como la última vez.

Uno podría sentir miedo de sus pupilas desenfocadas, que me miraban pero parecían no verme, pero para mí, simplemente, era sexy. Sentí tanta codicia por agarrarlo con ambas manos al pensar que todo ese descontrol y esa desviación de la razón iban dirigidos solo a mí.

Besé sus párpados, que estaban lánguidamente entreabiertos. Él reaccionó de inmediato, arremetiendo bruscamente y atrapando mis labios. Al mismo tiempo, se dejó caer sobre la sábana conmigo abrazado, y se subió sobre mi vientre.

Siguió una caricia que rastreaba cada parte: labios, lengua, cuello, orejas, pecho, axilas, vello púbico, detrás de los testículos e incluso el ano. Donde sus labios y nariz tocaban, él inhalaba profundamente mi olor corporal, mostrando una codicia por mí que superaba la mía por él.

—Pase lo que pase... solo tienes que venir a mí como hoy. No tienes nada de qué preocuparte.

Aunque fueran solo palabras vacías dichas en medio del calor de la cama, como los susurros de "te amo" de amantes de una noche que se acaban de conocer, se convirtieron en el mejor alimento para mi corazón hambriento por él.

Levantó mi camiseta y besó repetidamente mis pezones rojos e hinchados y sensibles. Yo lo abracé por la cabeza y cerré los ojos.

A diferencia de la última vez, cuando se detuvo avergonzado después de la eyaculación acompañada de notting y se apresuró a sacar mi semen, esta vez, después de cambiar de postura, eyaculó una vez más dentro de mí.

Sentía que no solo mi interior, que había sido embadurnado pegajosamente con su semen por tercera vez, sino todo mi cuerpo, olía a él y no a mi propio olor corporal. Definitivamente, sentía que algo había cambiado.

 ■ ■ ■

La mesa junto al sofá individual, donde estaban colocados un jarrón con unas flores sencillas y un par de libros, era en realidad un pequeño refrigerador de madera. Él sacó una botella de agua de allí y me incorporó, sosteniendo mis hombros, ya que yo estaba demasiado agotado para cubrirme mi miembro.

—Toma un poco de agua.

Mis labios y mi boca estaban completamente secos, pero no tenía la energía ni siquiera para levantar una pequeña botella de agua. Estaba completamente exhausto y hecho jirones, como si hubiera sido arrastrado por un caballo con músculos incansables durante mucho tiempo.

Mi hombro izquierdo tocaba su pecho derecho. Me sentó a su lado, me abrazó por el hombro y me apoyó la espalda con su rodilla levantada. Intenté apoyarme en el colchón con mis manos para sostenerme, pero no podía mantener el torso erguido sin apoyarme más de la mitad en él.

Viendo mi brazo y mi mano temblar al intentar agarrar la botella, él tomó agua en su boca y me la pasó, besando mis labios.

Al principio, mi cuerpo se contrajo un poco por la sorpresa. La sensación fría al contacto con mi cuerpo caliente me resultó extraña, y también porque no esperaba que hiciera algo así.

Aunque hacía un momento estábamos entrelazados en todo tipo de posturas vergonzosas, una relación, por muy desenfrenada que fuera durante el sexo, no tenía por qué extender la responsabilidad de las atenciones delicadas después del acto.

Como mis músculos no me obedecían, aproximadamente la mitad del agua que me pasó no fue tragada y se derramó por las comisuras de mi boca, el cuello, el pecho cubierto por mi camiseta y el bajo vientre. Él, con paciencia, me hizo beber suficiente agua en varias ocasiones.

Solo después de asegurarse de que mis ojos habían recuperado algo de vida, él sació su propia sed con el agua restante. Su mano grande y refrescante, que había sostenido la botella, me apartó el cabello pegado a la frente por el sudor.

Yo estaba completamente agotado, pero él no. Todos sus músculos seguían tensos, listos para correr en cualquier momento, y sus ojos me miraban con un brillo de calor.

Ese calor recorrió un camino en particular. El lugar por donde se había derramado el agua.

Abrazándome, él deslizó sus labios y lengua a lo largo del camino por donde había fluido el agua que me había dado. Me estremecí fuertemente, como si estuviera sufriendo un ataque, cada vez que sus labios rozaban mi piel. La sensación de ser chupado en el pezón a través de la camiseta mojada era fría y extraña, lo que hizo que mis dedos de los pies se tensaran.

Aunque había eyaculado tres veces, su pene, que tocaba mi costado, seguía firme y duro. Incluso su erección era tan fresca como si se hubiera excitado después de un ayuno de más de una semana.

Sin embargo, él estaba aceptando con calma que el sexo había terminado. Parecía estar acostumbrado a situaciones en las que no podía tener sexo hasta que se le antojara.

Para satisfacer el deseo sexual inagotable de un Alfa Dorado, tal vez sería imposible para cualquiera que no fuera un Omega Dorado. Pero yo no estaba seguro.

Como había saboreado abundantemente el jugo que fluía del fruto del placer, también quería satisfacerlo a él, pero no me quedaba ni un ápice de energía para inducir la excitación sexual. Parecía que él se había comido todo.

Enderecé mi cuerpo en su abrazo, poniendo un poco más de fuerza en mi columna vertebral. Arreglé el escote de mi camiseta, que exponía completamente un hombro, y al mismo tiempo disimulé sutilmente mi miembro enmarañado con semen seco.

—La camiseta... tendré que tirarla.

Mi voz, completamente ronca, me avergonzó ya que no lo había esperado.

—Hmm, es verdad.

Él estuvo de acuerdo mientras miraba el pecho de la camiseta. La delgada camiseta de algodón tenía el cuello tan estirado que era imposible reconocer su forma original; aunque intenté acomodarla, dejaba a la vista no solo las clavículas sino también la parte superior del pecho.

Mientras me acariciaba la clavícula, metió la mano de pronto por dentro del cuello de la camiseta, como si buscara algo, revolviendo juguetonamente por dentro. No era una mano que entrara desde abajo hacia arriba, sino al revés, desde el cuello hacia adentro, y por eso se sentía innecesariamente sensual. Miré cómo abría la mano y me apretaba un par de veces el pecho, hasta que tuve que apartar la mirada.

—Es fácil de tocar, es sexy… me gusta. Vamos a guardarla como recuerdo.

Incluso después del sexo, cuando mezclaba un poco de juego para evitar que el ambiente se pusiera incómodo, él era hábil y natural.

Me reí débilmente ante su broma, pero de pronto su expresión se tensó.

Su mirada se detuvo entre mis piernas. La gran cantidad de semen que me había llenado tres veces seguía saliendo incluso estando sentado. Igual que durante el sexo, su mirada hacia mi entrepierna era cruda, descarada. Incluso ladeó un poco la cabeza para ver mejor. Quise actuar como si nada, pero mis piernas se juntaron solas.

—Será mejor limpiarte ya.

Apartó la mirada de golpe, como cortando la escena, y se levantó de la cama. Pensé que iba a hacerlo él mismo, así que sin pensarlo le agarré la muñeca.

—Dame un momento… yo lo haré despacio.

—......

Volvió a mirar hacia abajo. Al agarrarlo, la camiseta se levantó ligeramente y mi entrepierna quedó aún más expuesta que antes. Durante el sexo había dicho mil cosas sin que él me lo pidiera, pero ahora que aquella magia que adormecía la cabeza se había disipado, ver mis piernas empapando la sábana como si hubiera derramado algo yo mismo me resultaba insoportablemente vergonzoso.

—Si sigo viendo eso… creo que voy a lanzarme otra vez. Me provoca demasiado.

Dijo eso, pero al soltarme la mano suavemente para ir al baño, su actitud no mostraba mucha intención real de insistir.

Se encendió la luz del baño, sonó el agua llenando la tina, y él regresó con una toalla mojada. Incluso completamente desnudo y con el pene aún erecto, se movía con naturalidad.

Solo que, quizá por el peso, su miembro se balanceaba cada vez que daba un paso, y cuando se movía demasiado, él lo sujetaba por la base… Y en ese estado ridículo donde yo no tenía fuerzas ni para mover un dedo, mi entrepierna volvió a estremecerse. Me molestaba mi propio apetito—¿cómo había vivido hasta ahora conformándome con una masturbación tan mecánica?

—Eh, no… está, está bien...

Se sentó en la cama dejando una pierna colgando y acercó la toalla a mi entrepierna. Lo detuve agarrándole las muñecas, pero él solo sacudió mis manos y levantó la camiseta.

—Todo esto lo hice yo. Así que déjame hacerlo. Sé que me excedí un poco.

Mientras decía eso, empezó a limpiarme los muslos y los genitales con la toalla tibia, con una expresión y un toque casi clínicos. Aunque seguía erecto, su rostro y sus manos al tocarme no tenían ni rastro de intención sexual.

Era completamente amable, sin incomodidad ni torpeza. Y eso confirmaba que lo que había pasado hacía un momento no lo había alterado en lo más mínimo; que el deseo y el dominio con que me había arrastrado durante el sexo había terminado en cuanto todo acabó.

No era que quisiera que me tratara mal después como un pervertido, ni que me rechazara de forma fría, ni que me hiriera para dejarme claro que ya había terminado su “trabajo”.

Pero aun así, ver cómo era tan sereno, tan correcto… me ahogaba por dentro. Y aun así sabía que era una queja absurda.

Dijo que había que sacar también lo que quedaba dentro para que no me sintiera mal después, y casi cargándome, me llevó al baño. La tina ya estaba llena de agua caliente.

Dijo que en el agua sería más fácil soltarlo sin molestias, y me hizo quitarme la camiseta para meterme en cuclillas.

Cuando vi que él también intentaba entrar al agua, traté desesperadamente de detenerlo. Le aseguré que podía hacerlo solo, pero la verdad es que no tenía fuerza para mantenerme en esa posición. Y la tina era tan grande que ni siquiera podía sostenerme agarrándome de los bordes.

Él me observó mientras yo volvía a caerme una y otra vez, y terminó chasqueando la lengua sobre mi cabeza.

—Te dije que no podías.

Splash. Entró a la tina, y ya no tenía excusa para detenerlo. Me frustraba lo débil que estaba como si el sexo me hubiera vaciado el alma; me enojaba mi cuerpo que no respondía, pero recordando sus caricias largas y profundas, la penetración intensa, el nudo, y sus tres descargas… quizá era normal estar así.

—Deja de insistir. Te vas a lastimar en una parte tonta.

Su voz sonaba inquieta cuando se sentó detrás de mí. Metió sus brazos bajo mis rodillas y me levantó apenas del fondo, con su pecho y sus hombros tocándome la espalda.

No pedía verme tan calmado y hábil como él, pero al menos no quería parecer un inútil. Aun así, parecía que ni eso podía lograr. Sentía que mis piernas abiertas por la fuerza eran una visión patética.

Él enganchó mi pierna derecha sobre su rodilla levantada para que no pudiera cerrarla y empezó a tocarme abajo.

—Voy a tocar un poco primero, para que salga bien.

—......

¿Qué iba a decir?

Solo cerré los ojos, bajé la cabeza y mordí mis labios hinchados, queriendo que todo terminara pronto.

—Haah… hngh.

Pero sus dedos, que rozaban la parte interna tan sensible, hacían imposible permanecer en silencio. Después del calor del sexo, sentir que tocaba mi interior solo para la limpieza resultaba más vergonzoso que cualquiera de las posturas más obscenas de antes.

Él pareció notarlo y me dio un beso suave en la nuca.

—Mm...

Cuando sus dedos abrieron con cuidado la entrada, sentí que el líquido resbalaba hacia afuera. La sensación era tan vívida que me estremecí. Abrí los ojos y vi el agua de la tina enturbiándose a mi alrededor con su semen. Dios… qué escena.

Me mordí el labio. No hacía falta mirar atrás para saber que él estaba observando el rastro turbio que salía de mí y teñía el agua.

Aunque sabía que era su semen, se sentía como si fuera algo que yo mismo hubiera producido… como si fuera algo ajeno, nuevo… Me parecía extraño. Debía estar rojo no solo de la cara sino hasta la nuca.

—No lo mires...

murmuré muy bajo, y él rió pegado a mi piel.

—¿Por qué no? Si se ve tan bien.

Besó fuerte mi nuca y luego bajó los labios por mi hombro.

—Aprieta y suelta, poquito a poco.

¿Tenía que hacer fuerza en esa postura? Eso era como… ah, dios.

Incluso cuando me levantó las piernas hasta el pecho y me lamió ahí abajo durante el sexo, no me había sentido tan humillado. Me ardía el rostro, pero seguir sus instrucciones era la única forma de terminar esto rápido. No tenía opción.

Mientras me animaba rozando mis hombros con los labios, abrió la entrada con el índice y el medio. Seguro era para ayudarme, pero entre sus besos y la fricción de sus dedos, mi mente seguía yéndose hacia lo sexual.

—Ya salió bastante. ¿Siempre aprendes todo tan rápido?

—......

Aunque su voz tenía un toque de risa, yo no tenía ánimo para responder.

Había sido lo suficientemente audaz para pedirle el nudo y hacer que perdiera la cabeza, pero ahora, bajando de la cama, volvía a ser un novato torpe. Este yo me era más familiar.

—Relájate y quédate un poco más.

Me sentó en el borde de la tina y fue a la ducha. Se bañó rápido, como si no existiera nadie más en el baño.

Quizá era yo el que estaba pensando demasiado. Él tenía treinta y dos, y por lo que había visto de sus modales tan tranquilos y experimentados, no parecía ser alguien que se sintiera incómodo o cohibido después del sexo.

Me di cuenta de que, en muchos sentidos, todavía me faltaba experiencia. A veces, cuando me trataba con amabilidad o me sonreía como si le pareciera tierno, pensaba que quizá yo también era especial para él. Pero cuando lo veía tan calmado y relajado, sospechaba que solo era su manera natural de ser.

Dominar el interior de alguien diez años mayor no era sencillo. Y menos si ese alguien era Liu Weikun.

Cuando el agua enturbiada volvió a volverse más clara, él salió con una toalla grande y dejó el baño.

Después de un rato me levanté, y aun con las piernas débiles intenté darme una ducha rápida. Pero él volvió enseguida, y me sentó en un escalón especial para eso mientras me lavaba el cabello.

—Cierra los ojos.

Obedecí. El agua tibia cayó y arrastró la espuma. Sus manos grandes pasaron entre mi pelo para enjuagarme mejor.

Ya no tenía sentido resistirme a todo. Cuando el agua dejó de caer, me reí un poco al sentirme como un niño grande. Él me levantó la barbilla suavemente y limpió la espuma que quedaba en mi rostro.

Como si siempre hubiéramos sido así, o como si él siempre manejara el post-sexo de esta forma… todo se sentía natural.

Igual que cuando entramos, tuve que apoyarme casi completamente en él para volver a la habitación.

Las sábanas ya estaban cambiadas. Sobre la cama había ropa interior y un pijama para mí.

Aunque yo era quien había recibido la penetración y él no había forzado tanto su cuerpo como yo, si hablábamos de quién había gastado más energía, claramente no era yo. No sabía si era por ser un alfa dorado o por su condición personal, pero su resistencia era impresionante. Todavía no parecía cansado.

—Solo tengo ropa de mi talla, te va a quedar un poco grande.

—Sí...

Me dolía y pesaba todo de la cintura hacia abajo, incluso estar de pie era difícil. Me senté en la cama para vestirme, mientras él también se ponía ropa interior y un pantalón deportivo. Como parecía estar acostumbrado a dormir sin camiseta en verano, seguía con el torso desnudo, mirándome mientras yo me vestía lentamente.

La ropa interior me quedaba suelta, no solo en todo el contorno, sino sobre todo en la parte delantera, y me resultaba vergonzoso. No era orgullo masculino entre “dos hombres” ni nada por el estilo. De entrada, meter en el mismo saco a un alfa dorado y a un beta como “el mismo tipo de hombre” era forzar demasiado las cosas. No había pruebas científicas de una superioridad genética en fuerza física o capacidad intelectual, pero sí estaba demostrado que la capacidad reproductiva de los alfas era extraordinaria.

—Tendré que comprar unas cuantas prendas de tu talla, señor Seo Yeehyeon.

—……

Mientras caminaba hacia la nevera, dijo eso. Me sorprendió y levanté la cabeza sin pensar, pero él ya no me estaba mirando. Mi mano, que estaba abrochando los botones del pijama, se detuvo mientras contemplaba su espalda inclinada al sacar una botella de agua.

Me vinieron a la mente las palabras que se cruzaron entre nosotros aquella vez, cuando me dijo que podría tenerlo siempre que quisiera. ¿Que comprara ropa de mi talla significaba que él estaba seguro de que volvería a buscarlo? ¿O era su forma de decir que también tenía intención de seguir con esta relación—con este sexo? Para mí era difícil de interpretar.

De pie frente al refrigerador, terminó casi toda la botella de agua, agarró otra y, abriendo la tapa, se acercó hacia mí. Yo bajé la mirada con torpeza y volví a abrochar los botones.

—Pareces un niño usando la ropa interior de su papá, así que eso…

Mientras decía eso, me tendió la botella y su mirada se posó en la ropa interior suelta. No era un gesto de ostentar el tamaño de su miembro para humillarme. Más bien, aunque sus palabras fueran esas, sus ojos, fijos en la tela, tenían un brillo insinuante y pegajoso que hizo que mis piernas se encogieran solas.

Tras beber unos sorbos, dejé la botella sobre la mesita y, aún sentado, me puse los pantalones. Él encendió un cigarrillo y se sentó en el borde de la cama. Entre los dos había un cenicero sencillo de porcelana blanca.

—Antes… lo dije como si fuera un comentario al pasar, pero…

Puso los pies sobre la estructura sin patas de la cama y apoyó los codos en las rodillas dobladas. Exhalando el humo, habló:

—En adelante, si tienes cualquier problema, puedes venir a mí como hoy. No lo dije por decir.

Pensé que sería una frase típica de alguien que se deja llevar por la atmósfera del momento en la cama. Como si hubiera leído ese pensamiento, añadió una explicación.

Él estaba sentado mirando hacia el sofá, así que yo, sentado hacia la cabecera, podía ver fácilmente su perfil. Tomó la siguiente bocanada con algo de prisa, frunció el ceño y soltó un largo suspiro lleno de humo.

—Sé que no te gusta depender de otros ni pedir favores… pero, a tu edad, es completamente normal no poder resolver ciertos problemas reales por tu cuenta. Consultarlos y apoyarte en alguien más adulto no te hace débil ni dependiente…

Me sorprendió lo bien que me conocía. Qué me preocupaba, qué me hacía dudar. Nunca se lo había dicho, pero él lo sabía todo. ¿Una diferencia de diez años era así de grande?

Aunque intentara aparentar madurez, en momentos decisivos me daba de bruces con la realidad de que no era más que un crío. Y aun así, sus palabras me resultaban más valiosas que cualquier vergüenza posible.

Quizá era algo que yo necesitaba escuchar desde hacía muchísimo tiempo, algo que deseaba profundamente que alguien más fuerte y sabio me dijera para poder volver a recuperar el rumbo. Que podía apoyarme y consultar. Que no por eso hacía daño o me volvía alguien dependiente… Tal vez estaba esperando que alguien con una presencia firme y confiable me lo dijera, porque yo solo no podía estar seguro.

Aun así, sentía el pecho apretado, como si algo me presionara.

Quería darle las gracias, pero las emociones se agolpaban tanto que no podía hablar; abría la boca sin llegar a pronunciar nada y al final mordí con fuerza mi labio inferior.

En la habitación, sin un solo reloj en la pared, solo se escuchaba durante un largo rato el suave ritmo de su respiración mientras fumaba.

—Aquel día me preguntaste… si me gustaba ese cuadro, Aislamiento.

—……

Mi vista se levantó sola desde algún punto de la sábana. Mis ojos se abrieron y mi pulso se aceleró. No pensé que recordaría aquella pregunta.

—Mis padres se divorciaron por mi culpa.

Tampoco imaginé que la pregunta sobre si me gustaba mi cuadro llevaría a este tipo de historia.

Siempre había pensado que era alguien que ocultaba bien sus cosas, pero su voz, al confesar una parte de su pasado, era serena, como si leyera un libro.

—Es complicado. Si lo explico bien, sería demasiado largo, y tampoco es algo para contarlo con detalle. Si lo resumo… no tenían ningún problema entre ellos, pero para protegerme hicieron un divorcio falso. Aunque siguieron viéndose en secreto, ¿cómo no iba a sentir culpa por esa situación?

Sacudió el cigarrillo sobre el cenicero y se pasó la otra mano por el cabello.

—Nadie dijo nunca que fuera por mi culpa, pero crecí y lo entendí solo. Que yo era la causa que los obligó a separar lo que solo estaba completo cuando estaban juntos.

Su tono, seco al principio, pareció temblar un momento, pero enseguida recuperó la calma.

—La gente los llamaba “la pareja ideal”. Pero lo que yo sentía desde más cerca era algo más que eso. No discutían, después de tantos años de matrimonio aún se miraban como amantes, disfrutaban sus citas… No era solo ese tipo de relación…

Estaba eligiendo con dificultad palabras para describir algo poco común, así que intervine.

—Creo que lo entiendo.

Él levantó la mirada hacia mí. El cigarrillo, entre sus dedos, ya era muy corto.

No me preguntó con agresividad cómo podía entender. Al contrario, su expresión rígida se aflojó en una sonrisa suave y resignada, como alguien que agradece que el otro, “a su manera”, comprenda.

Muchos son racionales con el dolor ajeno, pero no toleran que los demás minimicen el propio. Considerando eso, aquella sonrisa tranquila y un poco melancólica mostraba que él no era solo alguien privilegiado que lo había conseguido todo por su entorno.

Pero tampoco era que yo estuviera fingiendo empatía.

No podía asegurar que lo que él intentaba transmitir coincidiera al cien por cien con lo que yo entendía, pero también conocía una pareja cuya relación iba más allá de lo que la gente llamaba “ideal”.

—Mi padre era un admirador y compañero artístico del universo creativo de mi madre, y mi madre consideraba a mi padre su alma gemela, el único que entendía por completo su obra y su espíritu. Muchos creen que en una relación entre un artista y su apoyo, el peso recae siempre en el artista, pero ellos no eran así.

Apagó el cigarrillo hasta el filtro.

—No era una relación basada solo en cariño romántico o en afecto acumulado con los años. Para dar un sentido más allá de vivir el día a día… se necesitaban mutuamente. Y aun así… por mi culpa… tuvieron que separarse a la fuerza.

No pedía mi compasión. Hablaba como quien recuerda un punto en el pasado, dejando que su propia emoción recayera solo sobre sí mismo.

Quizá pensaba que convertir al oyente en espectador de la propia desgracia era algo vulgar.

Esa distancia era, tal vez, lo que muchos llamarían madurez. Y aunque yo también era alguien que no se sentía cómodo mostrándose por completo, de repente me entraron ganas de verlo abrirse, mostrarme su parte más vulnerable, obligarme a ver su dolor. Pero claro, eso era solo un deseo egoísta.

Mientras pensaba, él se levantó, tomó el paquete de cigarrillos y el encendedor, volvió a su sitio, encendió otro y habló entre el humo.

—De niño me preguntaba una y otra vez si yo… realmente valía tanto.

Sentí el impulso de responder por él. Pero no me correspondía. No era a mí a quien buscaba una respuesta.

—Es extraño, ¿no? Ellos sacrificaron lo más preciado por mí, pero yo crecí sin llegar a ser alguien lleno de amor, sino alguien que dudaba de su propia existencia. Sabía que no querían que sintiera culpa, pero… cuanto más pasaba el tiempo, más lo agradecía y más me sentía culpable. Y si yo no era completamente feliz, entonces su proyecto fallaba, así que la culpa solo crecía… Así fue como pasé mi infancia.

Con un tono más ligero a propósito, dio una calada corta, dejó el cigarrillo a medio fumar sobre el cenicero, apoyó los brazos en las rodillas y crujió los nudillos. Luego me miró y sonrió.

—Por eso, cuando vi ese cuadro, dudé. ¿Qué es esto? ¿Yo pinté algo así alguna vez?

Pero yo no podía ni devolverle la sonrisa ni moverme. Estaba hablando de una de sus células más profundas, de un secreto que, para mí, ahora mismo era lo más fascinante del mundo. Y al mencionar Aislamiento, esa célula se estaba conectando conmigo.

La sensación de aislamiento que él tuvo que cargar por razones nada comunes.

Unos padres que se amaban de forma ideal, que tomaron una decisión dolorosa por amor a su hijo. Y un niño que tenía la obligación de ser feliz dentro de ese círculo.

Aunque no fuera idéntico, mi historia se parecía. No era un intento desesperado de inventar coincidencias: realmente había algo ahí.

Él volvió a tomar el cigarrillo.

—Quiero decir que lo entendí. Las cosas que yo quise gritarles a mis padres, o al mundo… estaban ahí, dentro. Podía entender perfectamente lo que ese artista quería decir.

Me miró como pidiéndome que confirmara si había interpretado el cuadro correctamente, pero nunca había pensado en cómo reaccionar al análisis de otro sobre mi obra.

Si él lo había sentido así, si era una convicción tan fuerte, entonces quizá para él ese era el significado del cuadro. Y quizá eso bastaba.

—Haber nacido entre dos personas talentosas que se amaban tanto, haber recibido un amor tan sacrificado… todo el mundo decía que debía ser feliz. Y yo me preguntaba por qué no podía serlo. Que si estaba mal no sentir esa felicidad. Con el tiempo, empecé a irritarme con la gente que me exigía que fuera feliz.

La imposición de la felicidad. Esa felicidad perfecta sacada de un cuento o una película familiar. Esa presión también me era familiar, al menos un poco.

Cuando pinté Aislamiento, mis amigos solo perseguían lo que no tenían. El que tenía padres desinteresados en extremo envidiaba a quien tenía padres atentos; el que tenía padres atentos lo consideraba intromisión y envidiaba la libertad. Era esa edad.

Y yo no pinté Aislamiento por un rencor profundo como todos creían.

Yo amaba a mis padres y era feliz. Solo que, al igual que otros me imponían cosas simplemente porque yo tenía lo que ellos no tenían, mi felicidad tampoco era esa felicidad perfecta e inmaculada.

Ya era agradecido, ya era feliz, pero aun así venían con mala cara a decirme: “Deberías agradecer más. Deberías ser más feliz.

Aunque en la habitación aún flotaba el calor de todo lo que él y yo habíamos derramado, sentí un escalofrío repentino y pasé lentamente la mano por mi brazo cubierto con el pijama.

Él, que había inhalado otra calada, se echó el cabello hacia atrás con la mano que sostenía el cigarrillo y me miró ladeando un poco la cabeza.

—Pero aquella pintura decía otra cosa. —No eres el único raro. Yo también lo soy.

Con su exageración teatral, cuya referencia no podía adivinar, solo pude aflojar los hombros y reír, después de haber permanecido rígido sin tragar saliva siquiera.

Y mientras mi risa se apagaba, recordé las palabras de la señora Suki Kim.

Que para él, Aislamiento había sido un consuelo.

No solo porque como coleccionista o dealer valorara altamente mi talento… sino porque personalmente había sentido una conexión al ver mi obra. Y solo ahora, de su propia boca, escuchaba con claridad que Aislamiento estaba colgado en su sala por esa razón.

Que una parte, al menos, del aislamiento con el que él había crecido y vivido, había estado junto a mi cuadro… Eso me provocó una emoción especial que nunca antes había sentido. Por extraño que parezca, era un sentimiento más fascinante que el sexo que habíamos compartido hacía un rato. Me dieron ganas de saber más sobre él.

—Por eso quiero que el señor Seo Yeehyeon vuelva a pintar. Porque quiero ver la próxima obra de esa artista.

—......

Sus ojos me decían que quería ver mis pinturas.

Ni siquiera si me dijera que quería ver mi cuerpo desnudo me temblaría tanto el alma.

—La pregunta del señor Seo era corta, pero… creo que me extendí demasiado, ¿no?

Tal vez le dio vergüenza haber hablado tanto, porque se frotó los ojos con una sonrisa incómoda. Podía imaginar que ahora sí estaba cansado. ¿Cómo no iba a estarlo? Había gastado fuerzas durante horas… abrazando a alguien que no es precisamente pequeño.

—¿Me da una también?

—......

Él me miró en silencio y, tras una breve pausa, me entregó un cigarrillo sin decir nada. Al ver que no me daba el encendedor, lo miré; él señaló con la barbilla, indicándome que lo sostuviera con los labios. Me mordí el filtro torpemente, y él encendió el mechero acercando la llama al extremo.

Me eché un poco hacia atrás por reflejo, luego incliné lentamente la cabeza hacia él, mirándolo a través de la llama. Él tampoco apartó la vista mientras me daba fuego.

No me provocó tanta reacción como el que fumé en su habitación en Hong Kong. No tosí, y la sequedad áspera en la garganta y en los pulmones no fue tan fuerte. De hecho, ese dolor leve parecía algo que necesitaba en ese momento.

Aun así, solo pude inhalar la mitad del humo. El resto se elevó lentamente en el aire, difuminándose. Y me pareció absurdo pensar que esa dispersión se parecía al fluido que, hacía un rato, salía de mi cuerpo y se mezclaba con el agua de la bañera.

Fui yo quien apartó la mirada primero.

—La señora Suki Kim… es su madre, ¿verdad?

Pregunté solo para confirmar, porque él ya no parecía intentar ocultarlo.

Él, que me observaba fumar como si le resultara curioso, soltó una leve risa y giró la cabeza. Luego inhaló con la soltura de quien considera el cigarrillo parte de su propio cuerpo.

—Sí. Odio tanto la envidia como la adulación, ambas por igual, así que no lo ando diciendo por ahí.

Aunque su madre tuviera sangre coreana, él era de Hong Kong, y no parecía tener parientes establecidos en Corea. Aun así, había abierto una galería en Seúl, sin vínculos previos. Con lo que me había contado antes, empezaba a entrever la razón.

—Todo lo que me ha formado desde que nací es ya un privilegio derivado de mi origen… y decir ahora que rechazo cualquier beneficio de influencia es solo un capricho infantil. Me da vergüenza, incluso, hablar de esto.

Dicho a medias como un soliloquio, él sonrió con autoironía y mordió de nuevo el filtro.

—Es obvio que murmurarían que es la patética pose de un príncipe que quiere incluso el título de ‘hecho a sí mismo’. Aunque eso fuera cierto en parte, no es toda la verdad… y me cansé de que la gente simplifique la vida de otros para juzgarla.

Después de decir eso, frunció ligeramente el ceño, como si hubiera revelado más de lo planeado, y volvió a llevarse el cigarrillo a los labios, casi para taparse la boca.

No era vergonzoso intentar ir contra la inercia de la propia trayectoria. Incluso moverse un poco del lugar habitual, o simplemente crear o cambiar un hábito, exige un esfuerzo enorme. Y por eso, cualquier intento de experimentar consigo mismo no debía tomarse a la ligera.

Tenía muchas palabras flotando en la cabeza, pero ninguna podía salir de mi boca.

¿Sonaría a empatía vacía? Yo, que nunca había hecho un esfuerzo real por escapar de mi propia inercia, ¿cómo podía decir algo así y esperar que sonara sincero? Ese miedo me paralizó la lengua.

—Ah, sobre mi madre… Los niños no lo saben. Han sí sabe, eso sí.

Fue una frase inesperada.

Quizás no era algo que quisiera ocultarle deliberadamente a la noona o a hyung. Él no era de los que alardeaban de su vida sin que nadie les preguntara. Tampoco me pidió que guardara el secreto, pero la sonrisa incómoda que me lanzó decía claramente que quería que lo mantuviera reservado.

No sentí ninguna satisfacción por haber escuchado algo que ni siquiera los chicos conocían.

Cuando usó la carta decisiva de Suki Kim para convencerme de pintar, seguramente ya había asumido que yo descubriría la relación madre-hijo.

Y considerando que él solo quería ser “Liu Weikun”, dejando atrás origen y trasfondo, aquella decisión me pareció sorprendentemente arriesgada. Eso fue lo que me pareció inesperado.

Que se arriesgara a mostrarme una parte de sí mismo que no quería enseñar, solo para conseguir que yo tomara de nuevo un pincel.

No por negocio ni por descubrir un artista, sino porque yo era la persona que había pintado el cuadro con el que él había convivido, resonado y encontrado consuelo durante tanto tiempo.

Él sabía, con absoluta certeza, que si no pintaba perdería mi individualidad y me diluiría como un polvo gris sin identidad. Como si me hubiera conocido desde siempre.

Llevé a los labios el cigarrillo que hasta entonces solo sostenía entre los dedos, después de una primera calada.

Él, recostado ligeramente hacia atrás con una mano apoyada sobre el colchón, se llevó el cigarrillo a la boca al mismo tiempo que yo. Solo estábamos fumando cada uno el suyo, pero por su mirada, por la atmósfera… sentí la extraña sensación de percibir sus labios y su lengua a través del humo. Un hormigueo dulce recorrió mi piel, como si estuviéramos conectados físicamente.

Había un aroma en el aire. No era la intensidad sofocante del sexo, sino una languidez suave.

Él expulsó una larga bocanada de humo con respiración lenta y habló en voz baja.

—En aquella ocasión, frente a la obra de Shushu, dijo que le daban ganas de pintar.

Lo había dicho, sí. Pero en ese momento, él parecía no tener ningún interés en mí, así que no imaginé que recordaría aquella conversación después de tanto tiempo.

—......

—Pinta.

Era el núcleo mismo del mensaje. Sin adornos ni grandes argumentos: eso era lo que quería decirme.

—No sé qué fue lo que le impidió seguir pintando, pero… para alguien como usted… la única forma de volver a caminar, correr y respirar es pintar. Cueste lo que cueste… piense solo en recuperar su propio lenguaje.

Así como antes me había dicho que debía comer aunque no tuviera apetito, ahora sus palabras —pintar como si la vida dependiera de ello— se aferraron a mí como un fragmento poderoso de una canción.

Cuanto más lo conocía, más parecía que quería que pintara no por su negocio ni por Phantom, sino por mí mismo. Sus palabras, sus ojos serios… decían exactamente eso.

Las palabras de la señora Suki Kim —que él fingía valorar los cuadros solo por su precio— en realidad significaban lo contrario: que no era alguien capaz de medir una obra solo en términos económicos.

Tal vez era alguien que veía la individualidad de cada artista y sus obras con una sensibilidad puramente artística.

Decía que era difícil que una obra fuera reconocida solo por su valor propio sin marketing, y por eso trabajaba sin reparos con los medios más mundanos. Pero esa no era toda su actitud frente a la pintura ni frente al artista.

Tal vez lo estaba idealizando demasiado… pero incluso sus actitudes empresariales parecían más bien un esfuerzo por reprimir su amor genuino por el arte.

Sacudí la ceniza, que ya estaba larga pese a haber fumado solo dos caladas, y reuní valor para preguntarle:

—¿Cómo puede estar tan seguro, solo por una obra… de que soy una persona que habla a través de sus cuadros?

Él, que me observaba fijamente, apartó la mirada y se pasó varias veces la mano por el pelo. La ligera sonrisa que apareció en su rostro tenía el aire tímido de un chico a punto de contar un secreto.

Mirando el cigarrillo, que para entonces ya se había consumido hasta quedar cortito, dijo:

—No sé si se dio cuenta, pero en esta casa casi no cuelgo cuadros. Sin embargo, Aislamiento lleva colgado desde antes de venir a Seúl. Llevo cinco años viviendo con ese cuadro delante de mí cada día. No solo conozco el tema y la composición: también las pinceladas, las texturas… Si fuera una película, sería como memorizar todos los diálogos de todos los personajes. A estas alturas creo que conozco ese cuadro mejor que usted mismo, señor Seo Yeehyeon.

Sentí un calor que me subía desde dentro, encendiendo mis mejillas.

Cuando leí su reseña sobre el artista Shushu, me pareció una declaración ferviente: no solo hablaba de lo que apreciaba del talento del autor, sino de la influencia personal que la obra ejercía en él. Pero esto, esto era todavía más…

De pronto inclinó la cabeza y me miró, y yo, al contrario, bajé la vista para evitar la suya. Me llevé el cigarrillo a los labios como si huyera.

—Por eso es imposible no saberlo —dijo—. Que usted es una persona que solo puede vivir si pinta Aislamiento.

Pero no pude resistir la curiosidad de cómo sería su expresión al hablar de mí y de mi pintura. Cuando exhalé el humo y levanté el rostro, sus ojos tenían un calor distinto al que veía durante el sexo.

Sin presunción ni mentira, sin tanteos ni defensas: una sinceridad desnuda, imposible de pasar por alto con una sonrisa.

—Yo no soy alguien que hable a través de un cuadro —continuó—. Pero nací de una persona que no podía vivir si no pintaba. La genética… eso no se puede ignorar.

Bromeó y sonrió, pero yo no pude acompañarlo.

"Creía que era porque algo dentro de mi corazón había muerto, y por eso ya no podía pintar… pero un día pensé que quizá era al revés. Que al dejar de pintar era yo quien empezaba a morir."

Su exhortación desesperada a que pintara coincidía con las palabras de la profesora Suki Kim. Tal vez, como él decía, el poder de la genética realmente no era algo que pudiera subestimarse.

Recordaba claramente, casi como si lo hubiera grabado y escuchado a diario, lo que dijo la profesora: que hubo una época en la que dejó de pintar durante dos años porque decidió priorizar lo no artístico y renunciar temporalmente a la pintura.

Quizá aquellos dos años tenían relación con el proceso de su divorcio ficticio para protegerse. Pero no era más que una suposición.

Así como yo no podía hablar de por qué dejé de pintar, tampoco podía preguntarle cuál era su punto más vulnerable.

Mientras yo fumaba, él me miraba fijamente. Extendió la mano y rozó la superficie de mis labios: los labios sensibles e hinchados por sus besos profundos.

En la luz tenue, sus pupilas parecían más claras de lo habitual. Su mirada recorrió detalladamente mi rostro. A veces me miraba así. Era una mirada difícil de sostener para alguien que sentía atracción por él. Si era una costumbre, pensé que quizá debía corregirla. No quería provocar malentendidos ni verme envuelto en dramas por celos o cosas por el estilo.

—¿Te dolió?

—……

No sabía si preguntaba por mis labios, por el interior donde había penetrado, o por el sexo en general. Daba igual: la respuesta que pensaba darle era la misma. Negué con la cabeza.

Tiró suavemente de mi labio inferior, casi dándole la vuelta, y luego retiró la mano, pero aun así siguió mirándome largo rato. Era como si quisiera grabar mi cara antes de emprender un largo viaje.

Su mirada era más tranquila que cuando hablaba, pero había una vibración emocional que se escapaba de él.

Sentí, vagamente, el impulso de contárselo todo. Si al revelarme podía escuchar cosas de él, sentía que sería como un intercambio ventajoso.

¿Había deseado alguna vez conocer tanto a alguien? Y no solo superficialmente, sino llegar hasta sus heridas más íntimas, más oscuras y crueles.

Quizá notó mi turbación, porque sonrió forzadamente y tomó mis hombros.

—Ha debido de ser un día larguísimo. Duerme. Tengo que ir a un sitio dentro de un rato, así que debo prepararme y salir… pero no te preocupes, duerme todo lo que quieras.

Se levantó de la cama y preparó las sábanas para que pudiera arroparme. De pronto parecía cansado; presionó varias veces sus párpados con la parte interna de la muñeca.

Me sentí culpable por haber estado tan intensamente enredados cuando él tenía algo que hacer temprano, pero decir “perdón por haber tenido sexo” tampoco encajaba en la situación.

Afuera, el cielo ya clareaba con un tono violeta profundo. Aún llovía, pero menos que a media noche.

No sabía si tendría tiempo siquiera para cerrar los ojos; le pregunté disculpándome, pero él solo sonrió como diciendo que estaba bien y me presionó suavemente el hombro para que me acostara.

—Voy a dejar el teléfono aquí. Lo llamaré, así que aunque tenga sueño, contésteme.

Seguramente sería para hablar del asunto que yo le había pedido. Pero aun así, que me dijera que atendiera la llamada sonó como una pequeña promesa entre amantes… y por eso fue dulce, y también me dio miedo.

Citas, amor… yo no estaba preparado, ni por dentro ni por fuera, para sobrellevar algo así sin problemas.

Nadie me estaba ofreciendo una relación, y aun así yo pensaba en que no estaba preparado… Mis propias falsas expectativas me sabían amargas y ridículas. Me tapé hasta los labios con la manta y asentí.

Cuesta creer que hacía apenas unas horas temblaba de terror al ver el rostro de mi tío en la puerta. Pero cuando él decía que todo estaría bien, realmente parecía que todo iba a estar bien.

Eso, quizá, era un talento tan grande como resolver los problemas en sí.

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