Capítulo 12
—Aguantarte los antojos también le hace daño a tu cuerpo. Te he dicho que me pidas lo que sea, no hay problema. ¿Acaso crees que me vas a conmover si lloras así mientras intentas disculparte?
A pesar de la brusquedad de sus palabras, Yeon-woo podía percibir claramente la honda preocupación y el cansancio detrás de cada gesto de Keith.
—Lo siento... —se disculpó Yeon-woo con sinceridad antes de añadir con cautela—: Es que... también me gustaría tomar chocolate.
Lo que realmente anhelaba era el sabor de aquel chocolate caliente que había probado una vez en Italia. Keith aceptó la petición al instante y, poco después, Yeon-woo pudo disfrutar de sus dulces fresas acompañadas del cremoso chocolate. Al ver su rostro iluminado por una genuina felicidad, a Keith le dieron ganas de estrecharlo entre sus brazos y besarlo; sin embargo, contuvo la urgencia y prefirió desviar la atención hacia el folleto que Yeon-woo examinaba sobre las sábanas.
—¿Qué estabas haciendo? ¿Mirando los nombres otra vez?
—Sí —asintió Yeon-woo, buscándole la mirada con entusiasmo antes de recitar algunas de las opciones que había seleccionado—. Si es una niña, ¿qué te parece Mia o Eva? Clare también suena bonito... aunque Charlotte me gusta mucho. Si es un varón, podría ser Ian, Joseph o...
Keith observaba lo animado que hablaba. Ver a Yeon-woo recuperar paulatinamente la vitalidad le daba la certeza de que todo el esfuerzo valía la pena. Incluso en ese momento, el dulce y perturbador aroma de las feromonas de Yeon-woo flotaba en el aire, acentuado por el rubor de sus mejillas y el brillo de sus ojos oscuros, amenazando con hacerle perder el control. Aun así, se repetía a sí mismo que podía soportarlo.
Puedo aguantar.
Sin sospechar la prueba de paciencia a la que estaba sometiendo a su esposo, Yeon-woo terminó quedándose dormido pacíficamente en sus brazos esa noche.
¿...?
De repente, Yeon-woo abrió los ojos en medio de la oscuridad. Afuera la noche seguía intacta. Intentó conciliar el sueño de nuevo, pero al cabo de unos segundos comprendió la razón de su despertar instantáneo. Un pensamiento lo golpeó con fuerza:
Tomé demasiado chocolate caliente...
El arrepentimiento llegó tarde. Con el avance de la gestación, el crecimiento del bebé ejercía cada vez más presión sobre la vejiga, haciendo que las visitas nocturnas al baño fueran inevitables. Era un cambio natural que ya conocía, pero no por ello dejaba de resultarle incómodo y vergonzoso.
Yeon-woo dejó escapar un suave suspiro para mentalizarse. Quejarse por una molestia tan menor no tenía sentido. Sin embargo, el verdadero obstáculo vino inmediatamente después: Keith dormía plácidamente detrás de él, sujetándolo firmemente por la cintura.
Desde que comenzó el embarazo, Keith no había tenido un descanso reparador. Se despertaba continuamente para comprobar su estado y atender sus necesidades. Recordando el rostro visiblemente agotado que Keith había tenido durante la cena, Yeon-woo tomó una decisión:
Tengo que aguantar.
Pensó que se trataría de una leve molestia, pero la presión se volvió urgente en cuestión de segundos, al punto de hacerlo romper en un leve sudor frío. Al borde de la desesperación, Yeon-woo concentró toda su atención en la presencia tras sus espaldas. La respiración de Keith era pausada y regular.
Intentó deslizarse con extrema cautela aprovechando que su esposo parecía profundamente dormido. El problema principal era el brazo pesado que le rodeaba la cintura. Con delicadeza, tomó la mano de Keith e intentó levantarla sin hacer ruido. Pero justo cuando inhaló hondo para completar el movimiento...
—¿A dónde vas?
Una voz grave y rasposa resonó repentinamente a sus espaldas. Al mismo tiempo, el brazo que parecía suelto volvió a ceñirse con firmeza alrededor de su cintura, atrayéndolo contra su pecho. Yeon-woo se giró avergonzado:
—¿No estabas dormido?
—Estaba dormido. Pero intentaste escaparte.
—No me estaba escapando.
Aunque intuía que lo decía en broma, a Yeon-woo le resultaba imposible sonreír dada la urgencia de la situación. Observó el rostro cansado de Keith iluminado apenas por la luz de la luna que entraba por la ventana y murmuró:
—Es que... solo intentaba moverme un poco... Tengo algo que hacer.
—¿Qué cosa? —preguntó Keith ante la forma en que Yeon-woo apagó la voz al final.
En la penumbra era difícil distinguir su expresión, pero Yeon-woo presintió que tenía el ceño fruncido. La frialdad imperceptible en su tono lo hizo dudar, pero el tiempo se le agotaba. Acorralado por la vergüenza de sufrir un percance, no le quedó más remedio que confesar la verdad:
—Al baño... Tengo que ir al baño...
Sentía las orejas y el rostro arder de calor. Durante semanas había conseguido mantener cierta privacidad, pero ahora lo habían atrapado por completo. Se apresuró a dar palmaditas sobre los brazos que lo sujetaban:
—Suelta, por favor... Tengo mucha prisa.
Intentó apartarse a toda prisa, pero Keith no aflojó el agarre. Justo cuando Yeon-woo sintió que la desesperación lo rebasaba, Keith lo liberó. Dejando escapar un suspiro de alivio, Yeon-woo intentó salir de la cama, pero antes de que pudiera apoyar los pies en el suelo, Keith lo tomó en brazos desde atrás.
—¡Ah! —exclamó Yeon-woo soltando un pequeño grito de sorpresa.
Sin darle tiempo a reaccionar, Keith lo cargó con firmeza y se puso de pie. Sobresaltado, Yeon-woo intentó detenerlo:
—Está bien, de verdad... Puedo ir caminando yo solo...
Sus súplicas cayeron en oídos sordos. Keith atravesó la penumbra del dormitorio, empujó la puerta del baño con el hombro y se adentró en la estancia.
Los sensores se activaron de inmediato, encendiendo las luces automáticas. Solo cuando la iluminación fue completa, Keith bajó con cuidado a Yeon-woo. Sin embargo, este no sintió aliviada su tensión; el retrete estaba justo frente a él y la presencia de Keith no daba señales de retirarse. Al contrario: posicionándose justo detrás, Keith lo abrazó por la cintura y lo pegó a su cuerpo.
Antes de que pudiera cuestionar sus intenciones, Keith sujetó el dobladillo del holgado camisón de pijama que llevaba Yeon-woo y lo levantó.
Debido a las recomendaciones médicas de evitar ropa ajustada, Yeon-woo vestía prendas muy holgadas y bóxers suaves en lugar de su ropa interior habitual. Cuando Keith deslizó la mano hacia la elástica del bóxer, Yeon-woo le atrapó las muñecas por instinto.
—¿Qué haces? —preguntó Keith frunciendo el ceño.
Yeon-woo, con el rostro ardiendo, balbuceó:
—¿Qué... qué estás haciendo tú?
—¿A qué crees que venimos al baño a mitad de la noche? —respondió Keith con un toque de sarcasmo.
Ignorando el sarcasmo, Yeon-woo sujetó sus manos con más fuerza para evitar que manipulara su ropa interior.
—Puedo hacerlo solo.
—No seas terco y quita las manos.
Cualquier resistencia física resultaba inútil contra él. Sin darle margen de protesta, Keith le bajó el bóxer sin miramientos. Yeon-woo ahogó un grito de vergüenza al sentir la prenda caer por debajo de sus muslos:
—¡Espera! ¡Te dije que no! ¡Detente!
Keith detuvo el movimiento a regañadientes ante los reclamos. Con la molestia aún reflejada en el rostro, preguntó:
—¿Cuál es el problema ahora?
Yeon-woo giró la cabeza para mirarlo. Sabía de sobra que a Keith solía faltarle tacto y delicadeza en ciertas situaciones cotidianas, pero ¿realmente tenía que explicarle algo así? Inclinó la cabeza profundamente, sintiendo cómo el rubor le bajaba por todo el cuello.
—Por favor... me da mucha vergüenza...
Keith dejó escapar un resoplido breve, entre incrédulo y divertido.
—Yeon-woo, has estado embarazado de mí dos veces.
Desconcertado por el comentario, Yeon-woo parpadeó y volvió a mirarlo. Keith continuó sin deshacer el ceño:
—¿Tienes idea de cuántas veces hemos estado juntos? ¿Acaso queda un solo rincón de tu cuerpo que no conozca o no haya lamido?
—¡Keith! ¡El bebé escucha! —exclamó Yeon-woo horrorizado, cubriéndose el vientre apresuradamente como si intentara taparle los oídos al pequeño.
Observando la tez de Yeon-woo, que había pasado de un rojo intenso a un tono casi escarlata, Keith añadió con total indiferencia:
—Solo digo que he visto este pequeño y lindo detalle tuyo tantas veces que me lo sé de memoria. ¿Lo entiendes?
Yeon-woo balbuceó incoherencias ante una respuesta tan desvergonzada. Mientras dudaba, Keith, sin darle mayor importancia, le acomodó la prenda por completo y le sostuvo el miembro con la mano.
—¡Ah...!
Sujetándolo con delicadeza pero con firmeza mientras lo abrazaba por la espalda, Keith murmuró cerca de su oído:
—Adelante. Hazlo.
—Keith... por favor...
Yeon-woo sentía que la dignidad se le escurría entre las manos. Al verlo sacudir la cabeza atormentado, Keith soltó un leve chasquido con la lengua e inclinó la cabeza hacia su oreja.
—Shh...
El cálido aliento contra su oído hizo que todo el cuerpo de Yeon-woo se tensara por completo. A pesar de su rigidez, la mano de Keith le brindó la estimulación necesaria para romper la resistencia de su vejiga. Al final, el instinto y la urgencia contenida se impusieron sobre la pena.
Lloriqueando en silencio, a Yeon-woo se le escaparon unas lágrimas contenidas mientras por fin lograba aliviarse. Durante todo el proceso, no dejó de frotarse los ojos con el dorso de la mano, sorbiéndose la nariz.
Cuando terminó, Keith lo ayudó a acomodarse la ropa con un toque ligero y lo ayudó a erguirse.
—Tú también lo acomodas hacia la izquierda, ¿verdad? —comentó con total soltura mientras ajustaba la prenda interior de Yeon-woo.
Ante el sobresalto de su pareja, Keith retiró la mano y añadió con una sonrisa velada en la voz:
—¿De verdad necesitas fijar la dirección?
Solo después de lavarse las manos en el lavabo, secarse con la toalla y ser cargado nuevamente en brazos hacia la habitación, Yeon-woo terminó de procesar lo ocurrido. La mezcla de vergüenza y alivio le había nublado el juicio, pero al darse cuenta de que Keith se había estado burlando suavemente de él, una ligera molestia se apoderó de su pecho.
—¿Qué ocurre? —preguntó Keith mientras lo depositaba en la cama, notando aquella expresión de puchero en el rostro de Yeon-woo.
—Dije que podía hacerlo solo —protestó Yeon-woo en voz baja—. Cuando tú no estás, voy al baño por mi cuenta...
—Yeon-woo —lo interrumpió Keith con tono pausado, pero firme.
Yeon-woo se cortó por un segundo, pero rápidamente buscó otro argumento:
—Aún así... no tenías por qué hacer eso... Mostrarme así...
Keith lo observó balbucear sin terminar de articular las palabras y se reclinó sobre la cama. Con un cuidado extremo, como si estuviera manipulando una pieza de cristal frágil a punto de trizarse, acomodó a Yeon-woo sobre el colchón.
A pesar de la vergüenza, Yeon-woo no podía ignorar que Keith lo había hecho con la intención de cuidarlo. Reprocharle su ayuda a un hombre que sufría de un cansancio evidente y que se había levantado sin dudarlo le pareció injusto.
—...La próxima vez iré solo. Gracias por la intención, pero...
Como no completó la frase, Keith lo miró con una sonrisa entretenida.
—¿Qué tiene de malo? El tuyo es muy lindo y pequeño.
¡Este hombre...!
Yeon-woo adoptó una postura seria de inmediato.
—Estoy en el promedio asiático, ¿sabes?
—Ah, claro —respondió Keith con desinterés mientras le subía las sábanas y le arreglaba el pijama.
La reacción displicente solo logró herir más el orgullo de Yeon-woo.
—Te estoy diciendo la verdad. Lo comprobé cuando estuve en Corea; incluso estaba ligeramente por encima del promedio allí.
El pequeño brote de orgullo duró un suspiro. Las manos de Keith, que acomodaban la sábana, se detuvieron en seco.
Apenas...
Yeon-woo se mordió el labio en cuanto cayó en cuenta de lo que acababa de decir, pero era demasiado tarde. Un silencio helado se apoderó de la habitación. Rompiendo la quietud, la voz de Keith resonó en la penumbra:
—¿Lo comprobaste? ¿Cómo?
Su tono sonaba extrañamente sereno, pero no había rastro de diversión en él. Presintiendo que mentir solo empeoraría las cosas, Yeon-woo balbuceó antes de confesar:
—Bueno... tuve que ir al baño público con prisa... y dio la casualidad de que miré.
—Yeon-woo —pronunció Keith su nombre con una gravedad inquietante.
—¿No te había dicho que evitaras usar baños públicos fuera de casa?
Aunque era verdad, Yeon-woo sentía que la petición era poco práctica. Miró a Keith con cierto descontento y cuestionó:
—¿Sabes que eso es casi imposible cuando uno está fuera?
Esperaba una discusión, pero la respuesta de Keith fue inesperadamente evasiva:
—Bueno... podrías aprovechar esta oportunidad para quedarte en casa para siempre. Así...
Keith cortó sus propias palabras de golpe. A Yeon-woo le pareció extraño, ya que su esposo rara vez se frenaba a medio discurso. ¿Qué era lo que iba a decir? Aguardó con curiosidad, pero Keith cambió de tema de inmediato:
—En fin, solo son cuestiones fisiológicas.
Yeon-woo sintió cierto alivio, aunque le quedó la clara sospecha de que Keith le estaba ocultando algo. Tuvo deseos de indagar, pero era evidente que la conversación había terminado.
—Buenas noches.
Tras dejarle un beso en la frente, Keith se acomodó a su lado y lo atrajo hacia su pecho con naturalidad. Yeon-woo contuvo el aliento al sentir el calor reconfortante del cuerpo de su esposo rodeándolo. Al cabo de unos minutos, la respiración pausada de Keith indicó que había vuelto a dormirse; sin embargo, Yeon-woo apenas pudo conciliar el sueño. Tenía la punzante sensación de haber pasado por alto un detalle crucial. ¿Qué habría querido decir? Esa duda estuvo dando vueltas en su cabeza por mucho tiempo y finalmente Yeon-woo apenas se durmió hasta el amanecer.
Capítulo 13
De regreso a casa antes de lo habitual, Keith descubrió una pequeña silueta rondando en el pasillo, justo frente a la puerta del dormitorio donde descansaba Yeon-woo.
—¡Spence! —lo llamó.
El pequeño dio un brinco de sorpresa, giró la cabeza y corrió hacia él al instante con los brazos abiertos.
—¡Papá!
Keith se agachó para recibir el impacto y lo alzó por la cintura en un solo movimiento fluído. Las carcajadas cristalinas del niño le aligeraron de inmediato el cansancio acumulado del día. Tras llenarle la mejilla de besos, le preguntó con ternura:
—¿Qué hacías ahí parado frente a la puerta, Spence?
—Es que... le traje un regalo a papá —susurró Spencer—. Pero la señorita McDonnell me dijo que no lo despertara, porque estaba durmiendo. Estaba esperando a que abriera los ojos.
Keith sonrió divertido al comprender que el pequeño había estado pegando la oreja a la madera para escuchar hacia adentro.
—¿Un regalo? ¿Qué es? Recuerda que papá tiene a Galleta en la pancita y no puede comer de todo.
—Lo sé —respondió el niño, algo decaído, mientras buscaba dentro de un pequeño morral que llevaba cruzado.
Lo que sacó fue una galleta más grande que la palma de su mano, tachonada con gomitas en forma de osito.
—Me la dieron en el jardín de niños —explicó irguiendo el pecho con orgullo—. Mira, ¡tiene ositos!
—¿Trajiste tu golosina en lugar de comértela allá? —preguntó Keith, gratamente sorprendido por el gesto.
—Sí, es para papá y para Galleta.
Remojar galletas en leche era el pasatiempo favorito de Spencer después de comer pudín. Que hubiera aguantado las ganas de comérsela para llevarla a casa era un detalle encantador.
—Spence, sabes que si le pides galletas al chef, él te prepara las que quieras, ¿verdad?
—Sí... pero esta es distinta —insistió el pequeño parpadeando—. Tiene ositos.
—Podemos pedirle que le ponga ositos a las tuyas también.
La carita del niño decayó un instante al darse cuenta de que su hallazgo no era tan exclusivo, pero el gesto no pudo resultarle más adorable a Keith, quien volvió a besarle la mejilla.
—¿Y para mí no hay regalo? —bromeó Keith.
Spencer parpadeó desconcertado y miró la galleta en su mano, sopesando seriamente si debía compartirla. Tras unos segundos de intensa deliberación, una de las gomitas pegajosas se desprendió por el calor de su mano. El pequeño miró su palma, luego a su padre, y sonrió de oreja a oreja:
—¡Tu regalo, papá! —exclamó, extendiéndole el osito derretido.
Keith soltó una carcajada.
—¿Este osito es para mí?
—Sí, porque tú eres el más grande y tienes que comer más para no enfermarte.
—Tienes toda la razón —asintió Keith, rindiéndose ante la impecable lógica de su hijo.
Aceptó el dulce directamente de la mano del niño y se lo comió. Acto seguido, Spencer le sujetó el rostro con ambas manos y le plantó dos besos sonoros en las mejillas para compensar el tamaño del obsequio.
—Como te comiste el osito más pequeño, te doy besos de premio.
—Muchas gracias, campeón.
A pesar de que el traje a medida de Keith terminó lleno de migas y marcas de manos pegajosas, no le dio la menor importancia.
—¿Vamos a ver a papá? Ya debe haber despertado.
—¡Sí!
Keith abrió la puerta del dormitorio llevando al niño en brazos. Yeon-woo, que recién se desperezaba en la cama, les dedicó una cálida sonrisa al verlos entrar. De inmediato, Spencer intentó zafarse para correr hacia la cama, pero Keith lo atajó a tiempo en el aire:
—Despacio, Spence. Recuerda que debemos tener mucho cuidado con papá. Nada de saltar.
—El niño suele portarse muy bien, Keith —intercedió Yeon-woo con suavidad desde la cama—. Déjalo. ¿Qué me trajiste, Spence?
Keith depositó al pequeño en el colchón con delicadeza. Spencer avanzó a gatas hasta quedar a una distancia prudente y sacó la galleta del bolso.
—La trajo del jardín de niños especialmente para ti y para el bebé —explicó Keith con evidente orgullo.
—Spence... —murmuró Yeon-woo emocionado.
Abrazó al pequeño con fuerza sin importarle las migas que caían sobre las sábanas. Tomó un pedazo de la galleta, se lo comió y luego le ofreció un trozo al niño, quien abrió la boca como un pajarillo para recibirlo. Ambos continuaron compartiendo el postre entre risas y mimos.
Observando la escena, a Keith se le vino a la mente la imagen de Yeon-woo sin ropa bajo el holgado camisón. Aun cuando Yeon-woo trabajaba como su secretario y mantenía una postura distante, Keith no podía evitar esos pensamientos; pero ahora, habiendo probado la calidez de su cuerpo, contenerse resultaba una verdadera tortura, más aún con la cercanía de su ciclo de celo.
«Solo la mitad...», se dijo Keith a sí mismo en un murmullo involuntario.
—¿Dijiste algo? —preguntó Yeon-woo levantando la vista.
—No, nada —disimuló Keith, acercándose para darle un beso en la mejilla.
Por mantener esa felicidad perfecta en su hogar, estaba dispuesto a soportar cualquier incomodidad física. Todo parecía estar en absoluto orden.
O al menos así lo creía, hasta que Yeon-woo comenzó a sospechar.
—Ha hecho un trabajo excelente, Yeon-woo —comentó el médico con una sonrisa tras concluir la revisión de rutina—. El bebé está creciendo con total normalidad. Todo es gracias al reposo estricto que ha guardado.
—Casi no me levanto de la cama, salvo para lo esencial—asintió Yeon-woo con alivio.
—¿Y el estado general de Yeon-woo? —interrumpió Keith, priorizando la salud de su pareja sobre cualquier otra variable.
—Está en perfectas condiciones —aseguró el especialista—. Ha recuperado el apetito y los niveles son estables. Ya superamos la mitad del periodo, así que solo queda mantener el mismo ritmo.
Yeon-woo dejó escapar un leve suspiro. La visita periódica al consultorio era su única oportunidad para salir y respirar aire fresco, por lo que la idea de regresar al encierro de la habitación le producía una ligera melancolía. El médico le dio unas palmaditas afectuosas en el brazo para animarlo antes de despedirlos.
De regreso en la mansión, Keith acomodó a Yeon-woo en la cama y fue a buscar a Spencer para llevarlo a ver a su potro. Aprovechando el viaje, Yeon-woo se quedó dormido plácidamente.
Al despertar, notó que solo la enfermera se encontraba en la estancia.
—¿Keith aún no regresa? —preguntó extrañado.
—Volvió hace un rato. Acompañó a Spencer a los establos, pero en este momento está ocupado —explicó la enfermera—. Llegó una visita.
—¿Una visita? —parpadeó Yeon-woo con intriga.
Treinta minutos antes.
Tras asegurarse de que Yeon-woo dormía profundamente, Keith caminó a paso firme por el corredor hacia la sala de estar principal. Al deslizar la puerta, encontró a un hombre de pie junto al ventanal bebiendo agua mineral.
El visitante se giró al escuchar los pasos y esbozó una sonrisa sobria.
—Keith.
Keith abrió la boca.
—Grayson.
Capítulo 14
Al cerrar la puerta a sus espaldas, Keith se movió con rapidez y se sentó frente a Grayson, quien aguardaba en el sofá. Apenas cruzar miradas, Grayson rompió el silencio:
—Gracias por invitarme.
El saludo sonó mecánico, una simple fórmula de cortesía aprendida. Para quien no lo conociera, podría haber parecido una burla, pero Keith sabía bien cómo era su interlocutor e ignoró el tono, respondiendo con la misma frialdad protocolaria:
—Agradezco que hayas venido.
Sin más rodeos, Keith fue directo al grano:
—¿Qué pasó con lo que te pedí? ¿Lo conseguiste?
Mientras tanto, en la habitación principal, Yeon-woo permanecía sentado en la cama esperando el regreso de Keith. Al mirar el reloj, decidió levantarse con cautela y le dedicó una sonrisa algo apenada a la enfermera de turno.
—Necesito ir al baño...
Si Keith hubiese estado allí, lo habría cargado en brazos de inmediato. Sin embargo, Yeon-woo prefería evitar esa dependencia en la medida de lo posible. Por mucho que Keith insistiera, Yeon-woo intentaba conservar su propia autonomía. Sabía que su esposo actuaba por preocupación, pero no le agradaba sentirse completamente desamparado.
La enfermera respetó su espacio: lo acompañó hasta la puerta del baño y esperó afuera. Tras ocupar la estancia a solas por unos minutos, Yeon-woo salió y le preguntó a la asistente:
—¿Keith todavía está ocupado?
—Sí, continúa con la visita —asintió la enfermera.
Intrigado y con una leve sospecha, Yeon-woo tomó el teléfono de la mesilla y llamó al mayordomo.
—¿Quién es la persona que vino a ver a Keith?
—El señor Grayson Miller, señor.
—¿Grayson Miller? —repitió Yeon-woo, sorprendido al escuchar ese nombre.
—Sí. Se encuentran en el salón principal, al final del pasillo.
Tras agradecer la información y colgar, Yeon-woo se quedó pensativo. La reunión se estaba extendiendo más de lo habitual y, como miembro de la casa, sintió la responsabilidad de saludar al visitante. Además, recordando que el médico le había asegurado que su estado era estable, consideró que podía dar unos pasos.
—¿Puedo salir un momento? —le pidió a la enfermera.
El salón estaba a apenas unos metros. La enfermera asintió y lo siguió a corta distancia para intervenir si surgía algún problema.
A medida que se acercaba al salón, una duda cruzó por la mente de Yeon-woo: siendo Keith un alfa de constitución tan particular, ¿habría ocurrido algo con su estado físico para requerir la presencia de Grayson?
Al llegar frente a la puerta de cristal translúcido, Yeon-woo distinguió dos sombras en el interior. A través de la ligera rendija de la puerta se filtraba un leve y dulce aroma a feromonas. Justo cuando se disponía a llamar suavemente a la puerta, la voz de Grayson llegó con claridad desde dentro:
—Estar casado no significa que tu naturaleza cambie. Hay un refrán que dice que las costumbres no se olvidan.
Al oír esto, Yeon-woo se congeló. Sabía que no debía escuchar conversaciones ajenas, pero los pies se le quedaron clavados en el sitio.
—Todos tienen curiosidad por saber cuánto tiempo vas a aguantar con calma —continuó Grayson—. Byron apostó a que ya debes estar harto. Dice que si alguien se desnudara frente a ti, caerías de inmediato. Después de todo, Keith Pittman lleva años con un solo omega...
Grayson, que bebía agua con gas, giró la cabeza casualmente hacia la puerta y la mirada de Yeon-woo se cruzó con la suya a través de la rendija. Los ojos del visitante se abrieron de par en par, sorprendidos.
Incapaz de dar un paso atrás a tiempo, Yeon-woo se llevó un dedo a los labios pidiéndole silencio, con la intención de retirarse antes de que Keith notara su presencia. Sin embargo, tras unos segundos de pausa, Grayson añadió con su habitual tono burlón:
—Sabes que estoy bromeando, ¿verdad?
Keith no respondió al comentario de inmediato, pues estaba de espaldas a la puerta. Yeon-woo frunció el ceño justo cuando Keith rompía el silencio:
—Bueno, como dijiste, ya es hora de cansarse. Eso pasa cuando tratas con un solo omega ordinario durante años.
Yeon-woo lo vio con total claridad: los labios de Keith se curvaban en una leve y relajada sonrisa al decir esas palabras.
Grayson lanzó una mirada rápida hacia la puerta para ver la reacción de Yeon-woo. Al notar la expresión helada en el rostro del joven, pareció buscar la forma de aligerar el ambiente, pero Yeon-woo no dio margen: dio un paso atrás y emprendió el regreso al dormitorio.
La enfermera, que no había alcanzado a oír el contenido de la charla, inclinó la cabeza confundida. Yeon-woo forzó una sonrisa para disimular.
—Parece que están tratando un asunto importante. Volvamos.
Al regresar a la habitación, Yeon-woo bebió dos vasos de agua seguidos para calmar la opresión en el pecho.
Sin saber lo que acababa de ocurrir afuera, Keith continuó la conversación en el salón:
—Por eso te lo pregunto. ¿No sabes nada al respecto?
—Deberías haber llamado a Chase para consultar eso —respondió Grayson—. No creo que haya ningún alfa dominante que haya consumido tanto ese tipo de medicamentos como él. Él sabría explicarte los efectos y las consecuencias mejor que nadie.
Aunque las referencias de Chase podían ser útiles por encontrarse en una posición similar, Keith había preferido acudir a Grayson por la confianza y familiaridad que existían entre ellos.
—Si tú tampoco lo sabes, no hay mucho más que decir —suspiró Keith, reclinando la cabeza sobre el respaldo del sofá.
—¿Cuántos meses llevas ya? ¿De abstinencia? —preguntó Grayson al verlo tan agotado.
—27 semanas, 3 días y unas 6 horas...
Grayson soltó una risotada al escuchar la precisión.
—¿Hasta las horas estás contando?
—Si estuvieras en mi lugar, contarías hasta los segundos —replicó Keith con ironía.
—Es increíble que soportes tanto tiempo. No pensé que durarías ni un par de años sin perder la paciencia —comentó Grayson con curiosidad—. Todos se preguntan por qué no buscas una solución alternativa si te resulta tan frustrante. Un arreglo temporal no le haría daño a nadie.
A pesar de que esa solía ser la norma en su círculo, Keith frunció el ceño con severidad:
—No se trata de cualquiera. Es Yeon-woo.
—Vaya —silbó Grayson, sorprendido por la rotundidad de la respuesta—. ¿Tan especial es?
—Lo es. Lo entenderías si fuera Yeon-woo —respondió Keith con una ligera sonrisa—. Aunque me aseguraré de que nunca lo sepas.
Grayson sonrió con sorna:
—Hay muchas personas con experiencia ahí fuera.
—Pero ninguna es Yeon-woo —insistió Keith con firmeza—. Antes no me importaba con quién estuviera si solo se trataba de sexo. Lo aceptaba.
En el pasado, Keith había vivido de esa manera, saltando de una relación superficial a otra. Pero la situación actual era completamente distinta.
—Yeon-woo te conoce bien, seguro lo entendería si se lo explicas.
—No, eso es punto aparte —negó Keith con la cabeza.
Sabía bien que en su mundo muchos alfas justificaban sus conductas en el uso de medicamentos o feromonas. Sin embargo, Keith recordaba claramente las palabras que Yeon-woo le había dicho una vez:
«Si vuelves a besar a otra persona, te mataré.»
Una sonrisa amigable se dibujó en los labios de Keith al recordarlo.
—No quiero morir a manos de Yeon-woo.
—¿Qué? —Grayson arrugó la frente sin comprender el chiste.
—Con Yeon-woo me basta —añadió Keith en voz baja—. No es solo el deseo físico; lo quiero todo de él. Por eso puedo aguantar hasta el límite. Hasta que el bebé nazca a salvo y pueda sostenerlo nuevamente entre mis brazos.
27 semanas, 3 días y seis horas y media. Keith dejó escapar un largo suspiro.
Poco después, cuando Keith y Grayson entraron al dormitorio, Yeon-woo permanecía sentado en la cama, sumido en sus pensamientos. Al escuchar abrirse la puerta, levantó la mirada.
—Yeon-woo —dijo Keith acercándose para dejarle un suave beso en los labios—. Grayson quería saludarte antes de irse.
—Hola, Yeon-woo —dijo Grayson con educación.
Yeon-woo observó detenidamente a Grayson, consciente de que este sabía que había escuchado parte de la conversación. La actitud imperturbable de Keith le confirmó que Grayson no había dicho nada. Aunque Yeon-woo se sentía incómodo, no pudo evitar analizar el rostro del visitante, notando una cautela poco habitual en él.
Al ver que Yeon-woo buscaba la mano de Keith, Grayson entornó los ojos por un instante antes de recuperar su expresión neutral.
—Bueno, Keith, me retiro. Yeon-woo, fue un gusto verte. Hasta la próxima.
Grayson se despidió cordialmente y abandonó la habitación.
—¿Vas a salir? —preguntó Yeon-woo al ver que Keith no se acomodaba a su lado.
—Tengo un asunto pendiente que atender —respondió Keith, volviendo a besarlo en los labios—. Regresaré pronto.
Yeon-woo se tragó la réplica de que le había dicho que descansarían juntos ese día y forzó una leve sonrisa.
—Que te vaya bien.
En cuanto la puerta se cerró, la sonrisa de Yeon-woo desapareció. Las frases escuchadas en el pasillo resonaban una y otra vez en su mente:
«Ya es hora de cansarse...»
«...un solo omega ordinario durante años.»
Se pasó la mano por la frente, sintiendo una punzada de inquietud. Sabía racionalmente que debía confiar en Keith tras los años que llevaban juntos, pero la duda sembrada resultaba difícil de ignorar.
—¡Sr. Pittman!
Keith abrió los ojos lentamente al escuchar los llamados insistentes del médico. Sentía una ligera pesadez en la cabeza, producto de los fármacos.
—¿Se encuentra bien? ¿Se está recuperando? —preguntó el doctor con rostro preocupado.
Al recobrar el sentido, Keith miró por la ventana y notó que la oscuridad ya había caído por completo. Solo recordaba haber perdido el conocimiento tras recibir la inyección.
—Nos preocupamos porque el procedimiento tomó más tiempo del previsto —explicó el médico—. Las feromonas acumuladas eran superiores a lo estimado.
Capítulo 15
El médico volvió a su tono ligero de siempre y añadió.
—¿Te despierto o prefieres tomarte un día libre en la habitación del hospital?
—Estoy bien —respondió Keith.
Se incorporó lentamente. Al consultar el reloj de su muñeca, su rostro se ensombreció aún más. El médico, notando la molestia, dio un golpe ligero a su computadora y habló:
—Llamé a la mansión. Me contestó el mayordomo.
—¿Qué le dijiste?
—La verdad —respondió el médico ante la mirada suspicaz de Keith.
—¿Llegará tarde por trabajo? —preguntó Yeon-woo con voz apenada.
El mayordomo asintió con serenidad:
—Dejó el mensaje de que tal vez no pueda venir hoy. No se preocupe y descanse cómodamente.
¿Por qué no me llamó directamente?
Yeon-woo bajó la cabeza sin articular palabra. Habían pasado cinco horas desde que Keith se marchara con Grayson. Por muy ocupado que estuviera, siempre regresaba a tiempo para cenar; y si surgía un imprevisto inevitable, lo llamaba en persona. Situaciones así podían contarse con los dedos de una mano, por lo que resultaba difícil procesar que enviara un recado a través del mayordomo.
—¿Señor Yeon-woo? —lo llamó el mayordomo.
Al levantar la vista, la enfermera intervino desde un lado:
—Preguntaron que si preparan la cena. Mencionaron que llegó marlín azul fresco. ¿Le gustaría eso?
—Ah... sí, está bien —asintió Yeon-woo despistado.
Aunque carecía de apetito, aceptó por cortesía. Su mente permanecía dispersa mientras se preparaba todo.
Al final cenó en la habitación junto a Spencer para hacerse compañía. Sin embargo, en cuanto el mayordomo se llevó al niño para asearlo, la soledad trajo de vuelta las palabras escuchadas horas atrás:
«Estar casado no significa que no puedas hacerlo. La naturaleza no cambia...»
«Todos tienen curiosidad por saber cuánto tiempo vas a aguantar con calma.»
«Byron apostó a que ya debes estar harto.»
«Si alguien se desnudara frente a ti, caerías de inmediato.»
«El señor Pittman lleva años con un solo omega...»
Cada frase resonaba en su cabeza sin perder nitidez. Yeon-woo apretó las manos con fuerza como si rezara para calmar los latidos desbocados de su pecho.
«Como dijiste, ya es hora de cansarse...»
«Eso pasa cuando tratas con un solo omega ordinario durante años.»
Al recordar la leve sonrisa de Keith al pronunciar aquello, Yeon-woo se cubrió el rostro con ambas manos.
—¿Señor Yeon-woo? ¿Se encuentra bien? —preguntó la enfermera con alarma.
—Estoy bien... solo tengo un dolor de cabeza —respondió Yeon-woo con la voz temblorosa, intentando calmarse.
Intentó convencerse de que Keith realmente estaba ocupado por asuntos laborales. Estresarse no era bueno para el bebé. ¿Cómo podía dudar de Keith? No había lugar para huir ahora.
¿Y si vuelve a pasar?
Incapaz de soportar la opresión en el pecho, levantó la mirada hacia la enfermera:
—¿Podría darme una pastilla para dormir? Quisiera descansar pronto...
—Por supuesto.
Tras verificar sus signos, la enfermera le facilitó un somnífero seguro para el embarazo junto a un vaso de agua. El medicamento hizo efecto con rapidez y, al cabo de unos minutos, Yeon-woo cayó en un sueño profundo.
En la entrada principal de la mansión, el mayordomo aguardaba erguido la llegada del automóvil. Cuando el sedán se detuvo en la entrada, se apresuró a abrir la portezuela trasera. Keith bajó con el rostro visiblemente agotado.
—¿Cómo está Yeon-woo? —preguntó de inmediato.
—La enfermera le administró un somnífero debido a un dolor de cabeza. Duerme con tranquilidad desde entonces.
—Ya veo... —suspiró Keith, pasándose una mano por el cabello arrugado. El procedimiento para neutralizar las feromonas siempre lo dejaba extenuado.
Cruzó el vestíbulo y subió por el ascensor. Al verse reflejado en el espejo, notó su aspecto desaliñado: el cabello revuelto y la camisa entreabierta. Intentó acomodarse la corbata, pero desistió; solo deseaba descansar. Con las feromonas bajo control, confiar en que podría dormir al lado de Yeon-woo le daba cierta paz.
Salió del ascensor y caminó por el pasillo en silencio. Al abrir la puerta del dormitorio, la enfermera que custodiaba la cama se puso de pie. Tras recibir un informe breve de la jornada, Keith la despidió y se acercó a la cama.
Yeon-woo reposaba pacíficamente. Keith sonrió con tibieza y le depositó un leve beso en los labios.
Fue en ese instante cuando Yeon-woo abrió los ojos. Keith se detuvo a medio camino y sostuvo su mirada.
—¿Keith...? —murmuró Yeon-woo con voz somnolienta.
Keith le acarició la mejilla con ternura:
—Aquí estoy. ¿Aún te duele la cabeza?
—Está bien... —respondió Yeon-woo, entornando los ojos antes de reaccionar—. ¿Qué hora es?
—Las tres de la mañana.
—Las tres... —recitó en voz baja—. ¿Acabas de llegar?
—Sí —asintió Keith, añadiendo con cierto tono de disculpa—: Surgió algo urgente en la empresa...
Yeon-woo no parecía escucharlo. Sus ojos descendieron lentamente.
—... La camisa.
—¿Qué?
—... Está arrugada. Y la corbata floja.
Keith miró su propia vestimenta. Recordando la imagen del espejo, dejó escapar una leve risa amarga. Sin embargo, al ver la reacción de Yeon-woo, la tez del joven se volvió pálida.
Keith se quitó la chaqueta, aflojó la corbata y las dejó sobre el respaldo de una silla. Se disponía a entrar al baño para asearse cuando Yeon-woo lo abrazó sorpresivamente por la espalda.
—¿Yeon-woo? —exclamó Keith, sorprendido por el gesto impredecible. Le sujetó las manos preocupado—: No te levantes de la cama. Si necesitas algo, dímelo. Deberías seguir durmiendo.
Al girarse para encararlo, Yeon-woo se abalanzó sobre sus labios y lo besó con desesperación.
Aunque la acción lo tomó desprevenido, Keith lo rodeó con los brazos en lugar de apartarlo. El dulce aroma de las feromonas de Yeon-woo inundó la habitación. Inhalando profundamente, la mente de Keith comenzó a nublarse por la tentación. Sus labios se entrelazaron en un contacto cálido y persistente.
Un gemido reprimido escapó de la garganta de Keith mientras sentía la excitación crecer. Yeon-woo se despegó un milímetro y le susurró al oído:
—El olor de las feromonas...
Con la mente aturdida por la cercanía y el contacto, Keith respondió sin pensar:
—Ah... las neutralicé.
Yeon-woo se tensó bruscamente en sus brazos, pero Keith, nublado por el deseo, no lo percibió de inmediato y volvió a buscar sus labios.
El nuevo beso fue instintivo, apresurado y exigente. Yeon-woo le rodeaba el cuello con firmeza, buscándolo con una vehemencia inusual. Aunque Keith deseaba responder a la invitación y llevarlo a la cama, la razón logró imponerse por un estrecho margen.
—¡Ah...! —exclamó Yeon-woo cuando Keith lo sujetó por los hombros y lo separó con firmeza.
Keith respiraba entrecortadamente. Al ver el rostro pálido y descompuesto de Yeon-woo, comprendió el peligro. Inhaló aire para recuperar el control.
—No podemos hacer esto, Yeon-woo —dijo intentando suavizar la voz—. No me tientes, sabes que no es el momento.
Intentó tomarlo en brazos para acostarlo de nuevo, pero Yeon-woo zafó su agarre antes de que pudiera tocarlo. Keith frunció el ceño al quedarse con las manos vacías en el aire. Yeon-woo forzó una sonrisa temblorosa:
—Está bien... El médico dijo que mi cuerpo se encuentra estable.
—Te pedí que tuvieras cuidado —recordó Keith con tono severo, sin comprender la repentina insistencia de Yeon-woo.
—Yeon-woo, no falta mucho tiempo. Has aguantado bien hasta ahora. Volvamos a la cama.
—Estoy bien —insistió Yeon-woo, dando un paso atrás—. Puedes hacerlo, Keith... Tú también me quieres, ¿verdad?
La voz de Yeon-woo comenzó a quebrarse, tornándose desesperada:
—Por favor, dímelo...
—Yeon-woo, ¿qué te pasa de repente?
Incapaz de soportar la confusión de Keith, Yeon-woo se lanzó nuevamente hacia él, rodeándole el cuello y besándole las mejillas de forma atropellada. Keith, perdiendo la paciencia ante el riesgo que corrían, lo apartó con brusquedad:
—¡Te dije que pares!
El impulso hizo que Yeon-woo retrocediera tambaleándose. Sorprendido por su propia fuerza, Keith abrió la boca para disculparse, pero no tuvo tiempo. Yeon-woo se llevó las manos al vientre, con el rostro desencajado por una intensa punzada de dolor, y se dobló sobre sí mismo.
—Ah...
—¡Yeon-woo! —gritó Keith, atrapándolo en el aire.
Jadeando de dolor, Yeon-woo se aferró a su vientre. Keith lo cargó de inmediato y corrió fuera del dormitorio hacia el vehículo para trasladarlo de urgencia al hospital. Durante todo el trayecto hasta la sala de emergencias, Keith no dejó de abrazarlo firmemente, repitiendo una y otra vez como un mantra: «Todo estará bien, todo estará bien».
Cuando Yeon-woo recuperó el conocimiento horas después, notó en el rostro desencajado de Keith las huellas de un tormento devastador. Al cruzar miradas, ninguno dijo nada durante unos instantes. Keith extendió la mano con vacilación y le acarició la mejilla con suma delicadeza.
Al sentir el roce de Yeon-woo recostándose contra su palma, Keith dejó escapar un suspiro tembloroso de alivio. Al notar que se encontraba en una habitación de hospital, Yeon-woo buscó respuestas con la mirada.
—El bebé está bien —se apresuró a decir Keith.
Yeon-woo relajó los hombros, dejando ir la tensión acumulada. Keith lo abrazó con cuidado sobre la cama, reconfortándose con la calidez de su presencia.
—Pudo haber sido muy peligroso... ¿Por qué hiciste eso? —murmuró Keith contenidamente—. Sé que lo estás pasando mal, pero falta poco. Debes aguantar un poco más. El médico dijo que podrás dar breves paseos por el jardín una vez al día, así que no te exijas tanto. Si te sientes frustrado, avísale a la enfermera...
Capítulo 16
Era la primera vez que Keith hablaba tanto y con tanta urgencia. Sentía cómo le ardía la punta de la nariz por la emoción contenida, intentando tranquilizarlo a él también. El ligero moqueo hizo que la preocupación de Keith fuera aún más profunda.
—Está bien, Yeon-woo. No ha pasado nada. Descansemos bien hoy y volvamos a casa. Todo saldrá bien, no te preocupes.
Le acarició el cabello con suma ternura. Como si se tratara de consolar a Spencer, Yeon-woo escondió el rostro en su hombro y tragó saliva en silencio. Al percibir cómo el aroma reconfortante de las feromonas de Keith lo envolvía, la sensación de culpa se volvió todavía más dolorosa.
Estuve a punto de perderlo todo.
Recordar lo imprudente que había sido lo hacía sentirse aún más patético. Aun así, Keith estaba allí, a su lado. Con eso bastaba. Entonces pensó Yeon-woo.
Al final solo soy una carga para él.
La sola idea de haber puesto en peligro a su hijo por culpa de sus propios celos y ansiedad le resultaba insoportable. Él mismo era quien había insistido en que su salud había mejorado. Abrumado por la desilusión de su propio comportamiento, terminó disculpándose en voz baja:
—Lo siento...
—Tú no hiciste nada malo, Yeon-woo —respondió Keith de inmediato, sin comprender la razón de sus palabras.
Pero Yeon-woo negó con la cabeza:
—Galleta estuvo en peligro por mi culpa. Todo es mi responsabilidad...
—Eso no es cierto —insistió Keith con firmeza—. Has estado haciéndolo tan bien que simplemente te exigiste demasiado. Después de aguantar tanto tiempo en cama, es normal que la frustración te venza. No te culpes.
Seguía sin entender el trasfondo. Yeon-woo se apartó suavemente de su pecho y lo miró a los ojos. El rostro de Keith, más delgado y pálido que de costumbre, reflejaba un agotamiento evidente. Sintiéndose aún más culpable, confesó la verdad:
—Lo hice a propósito.
—¿Qué? —preguntó Keith, confundido.
—Intenté... intenté seducirte a propósito porque pensé que ya te habías cansado de mí.
—¿De qué estás hablando?
La confusión en el rostro de Keith era genuina. Con voz ahogada, Yeon-woo admitió haber escuchado parte de la conversación que sostuvo con Grayson. Sin embargo, Keith parecía no encajar las piezas.
—¿Y qué tiene que ver eso? —preguntó, pues ni siquiera recordaba los detalles de esa charla.
Verlo tan desconcertado hizo que Yeon-woo tomara conciencia de lo absurda que había sido su deducción, aunque no pudo evitar expresar el resentimiento que guardaba:
—Dijo Miller que las costumbres de una persona no cambian...
Keith parpadeó varias veces tratando de recordar. Yeon-woo, temblando de emoción, apresuró las palabras al ver que su esposo fruncía el ceño tratando de hacer memoria:
—Dijo que todos tienen curiosidad por ver cuánto vas a durar... ¡Y que Byron apostó a que pronto te cansarías de mí!
Al ver que Keith continuaba en silencio, alzó la voz aún más:
—¡Que si alguien se desnudara frente a ti, también caerías!
—...Ja.
Al escuchar la última frase, Keith pareció recordar por fin la conversación, pero dejó escapar un suspiro de absoluta incredulidad.
—¿Me estás diciendo que de verdad pensaste todo eso... solo por una burla de Grayson?
Negó con la cabeza, se pasó las manos por el rostro y miró al techo. Finalmente, habló con una voz rasposa en la que se entremezclaban la frustración y el enojo:
—Por Dios, Yeon-woo... ¿De verdad sospechaste que podría engañarte solo porque un idiota habló de ver a una stripper? ¿Cómo se te ocurre pensar algo así? Eso no tiene el menor sentido. ¡A estas alturas! Si hiciera algo semejante sé de sobra que jamás me perdonarías. ¡No soy ningún imbécil, lo sé perfectamente!
—¡Pero no lo negaste!
—¡Porque no tiene sentido ponerme a discutir por cada estupidez que dice! ¡Todo eso eran tonterías!
La voz de Keith fue subiendo de tono. Yeon-woo, sin quedarse atrás, replicó de inmediato:
—¡Tú mismo lo dijiste, que ya era hora de cansarse! ¡Que tratando con un omega ordinario durante años era lo obvio!
—¡Sí, si se tratara de un omega ordinario! —estalló Keith al fin, dejando salir la rabia que había estado conteniendo.
—¡Cielos! ¿Acaso te consideras un omega ordinario? Si pensara que eres alguien del montón, jamás me habría casado contigo ni habría permanecido a tu lado durante todos estos años. ¿Cómo puedes pensar eso de mí? ¿Es que no me conoces? Eres la única persona con la que he estado en meses... ¡Llevas años viviendo conmigo y todavía no te das cuenta de cuánto me gustas! Está bien, dime. ¿Cómo quieres que te dé seguridad? ¡Dímelo ahora mismo!
Yeon-woo abrió mucho los ojos al escuchar semejante reclamo. Hacía muchísimo tiempo que no veía a Keith enfurecido de esa manera; la última vez había sido cuando alguien atentó contra su seguridad.
Ah.
Fue en ese instante cuando Yeon-woo comprendió la magnitud de su error. La certeza lo golpeó como una jarra de agua helada.
¿Qué fue lo que hice?
—Lo siento... —murmuró pálido ante la tormenta de furia de su esposo—. Es mi culpa.
—Ni te disculpes. Al final no confías en mí. No vas a confiar en mí ni aunque me muera, ¿verdad?
Keith apretó los dientes con dureza, desvió la mirada y masculló para sí mismo:
—...Esto es patético.
—Keith...
Incapaz de seguir disculpándose, Yeon-woo se limitó a pronunciar su nombre. Keith inhaló hondo para calmarse, aunque los músculos de su mandíbula permanecían tensos. Rechinando los dientes, le preguntó:
—¿Por qué se te ocurrió semejante idea? Lo que escuchaste con Grayson no puede ser lo único, ¿o sí?
Keith conocía a Yeon-woo demasiado bien como para saber que debía haber algo más detrás de su inseguridad. Incapaz de sostener la mirada inquisidora, Yeon-woo terminó confesando con el hilo de voz que le quedaba:
—El olor de tus feromonas... se sentía muy débil.
Keith se congeló un segundo. Evidentemente, no había previsto que esa fuera la razón. Al ver que la cara de Yeon-woo volvía a empalidecer, negó rápidamente con la cabeza.
—No, Yeon-woo. Estás equivocado.
Tras suspirar, se detuvo mientras intentaba levantarse de su asiento, pero se detuvo al notar su propia vestimenta: llevaba la camisa desabrochada y arrugada, sin corbata ni chaqueta. Soltando un leve gruñido desde el fondo de su garganta, decidió confesarlo todo:
—Me estaba conteniendo con medicamentos.
—¿Qué? —preguntó Yeon-woo, sorprendido.
—Si quieres puedo enseñarte la prescripción; la tengo en el bolsillo de la chaqueta. Puedes verla cuando volvamos a la mansión. Y la razón por la que el olor de las feromonas bajó de intensidad fue porque recibí una inyección hoy... bueno, ayer.
—¿Una inyección?
—Sí —asintió Keith—. Una inyección para neutralizar las feromonas acumuladas.
Los ojos de Yeon-woo se abrieron de par en par. La razón por la cual había llegado tarde no era un pretexto de trabajo. Keith continuó explicando antes de que él pudiera formular la pregunta:
—El fármaco me dejó inconsciente durante unas cuantas horas. Por eso me retrasé más de la cuenta. El médico me explicó que la dosis tuvo que ser mayor porque había acumulado demasiadas feromonas.
Todo encajaba perfectamente. Para despejar cualquier duda, Keith se arremangó la camisa y le mostró la marca del pinchazo en el brazo.
—¿Esto tenía que ver con la visita de Grayson? —inquirió Yeon-woo en voz baja.
—Fui a consultarle sobre algunos detalles del tratamiento. Pero no sirvió de mucho.
—Ya veo...
Simplemente había tenido una reunión técnica e inútil con un conocido a quien no veía hacía tiempo, y Yeon-woo había construido una conspiración entera basada en fragmentos malinterpretados. Sentía una vergüenza insoportable.
—¿Por qué no me lo dijiste antes?
Keith arrugó la frente, extrañado por la pregunta:
—¿Por qué tendría que angustiarte con eso? Solo era una inyección. Bastante tienes con guardar reposo en cama y tratar de alimentarte bien.
Comparado con el esfuerzo de Yeon-woo por llevar el embarazo adelante, Keith consideraba que sus molestias no tenían la menor importancia. Yeon-woo dejó escapar un largo suspiro, abrumado por la devoción de su esposo.
—Lo siento tanto...
Sentía tantas ganas de esconderse por haber dudado de él que se cubrió el rostro con las manos.
—De verdad quisiera desaparecer de la vergüenza...
Al escucharlo murmurlar eso con el rostro encendido, Keith recuperó la seriedad y se inclinó hacia él:
—No vuelvas a decir algo así.
El tono severo hizo que Yeon-woo levantara la mirada para mirarlo.
—Lo siento... —repitió con sinceridad—. No volverá a pasar. No voy a huir ni a esconderme jamás.
Para reafirmar su promesa, deslizó suavemente la mano por el brazo de Keith.
—...Debe ser muy difícil para ti también, ¿verdad? Por causa de mi estado.
Llevaban meses en los que ambos debían recurrir a inhibidores y tratamientos para controlar la situación. Al reflexionar sobre la paciencia desmedida de Keith, el pecho se le oprimía de afecto. Keith tomó la mano de Yeon-woo, inclinó la cabeza y le besó con ternura el dorso de los dedos.
—Si te digo esto, ¿te vas a sentir más tranquilo? En realidad, nunca me molestó que estuvieras embarazado.
—¿Por qué?
Keith esbozó una leve sonrisa antes de responder:
—Porque así sé que no puedes irte a ninguna parte.
Al oírlo, Yeon-woo comprendió que Keith guardaba sus propios temores e inseguridades. Saber que su esposo también necesitaba la certeza de tenerlo cerca disipó el último rastro de duda en su corazón.
—¿De verdad pensabas eso?
La tensión en su rostro se evaporó, dejando paso a una sonrisa serena. Al verlo sonreír, la expresión de Keith también se suavizó. Lo atrajo hacia su pecho en un abrazo cálido y, con un tinte de humor en la voz, murmuró:
—Tenemos que aprender a confiar más el uno en el otro.
—Sí —asintió Yeon-woo, apoyando la mejilla en su hombro—. Te amo, Keith.
Keith le besó la coronilla y, de pronto, formuló una pregunta traviesa:
—Por cierto... ¿Cómo fue que termine gustándote?
Sabía la historia de que le atraía desde sus días como jugador de polo, pero deseaba escuchar más detalles.
—Cuando me enamoré de ti en esa época... la verdad es que no esperaba volver a verte —confesó Yeon-woo con honestidad—. Tiempo después, mientras buscaba empleo, vi que tu empresa buscaba secretarios. Presenté mi solicitud, me aceptaron... y lo demás ya lo conoces.
La respuesta sonó demasiado simple. Keith entrecerró los ojos, insatisfecho:
—¿Solo eso? Debe haber algo más.
—Bueno... —Yeon-woo hizo una pausa buscando en sus recuerdos—. Cuando nos reencontramos en la oficina, tu trato era mucho más frío que la primera vez. Aún recuerdo cómo me mirabas desde tu escritorio.
—¿Y luego?
—Pues... —vaciló ante la insistencia—. Cuanto más te miraba... más me gustabas.
—¿Eso es todo lo que tienes que decir?
Keith le sujetó ambos brazos y los separó un poco para mirarlo de frente. Al ver la expresión apenada de Yeon-woo, cerró los ojos y suspiró profundamente para contener la risa.
—A ver, ¿y qué hay de ahora? ¿Qué es lo que te gusta de mí hoy en día?
Yeon-woo se quedó un momento sin palabras. En parte se debía al efecto de las feromonas que Keith volvía a liberar suavemente, pero también se sentía hipnotizado por la intensidad de la mirada de su esposo. Al notar el silencio, Keith fingió indignación y apretó los dientes con una sonrisa:
—¿Acaso no te gusta nada más de mí aparte de mi cara?
—¡Ah, no! ¡Claro que no! —se apresuró a responder Yeon-woo, sacudiendo la cabeza para despabilarse.
Ciertamente, su rostro tenía un efecto casi mágico para disipar cualquier mal humor, pero no era lo único. Keith tenía muchísimas otras virtudes que lo enamoraban día a día.
Capítulo 17
—Muchas... virtudes...
Poco a poco, su mente se fue quedando en blanco. Yeon-woo miraba inexpresivamente el rostro de Keith mientras parpadeaba. Con esfuerzo, consiguió articular palabra:
—Cada vez eres mejor.
—¿Y eso qué significa exactamente? —preguntó Keith de nuevo.
Yeon-woo lo pensó un momento antes de responder:
—Como... ¿tu amabilidad?
—Ja... —suspiró Keith, como si aquella respuesta no explicara nada.
Sin embargo, para Yeon-woo la perspectiva era muy distinta. Como Keith solía ser un hombre tajante, sarcástico y de carácter difícil, sus gestos de ternura brillaban con muchísima más fuerza. Todavía hoy su corazón se aceleraba cada vez que presenciaba una muestra de consideración o de afecto de su parte. Deseaba reiterarle cuánto lo amaba, pero temiendo que no le creyera, prefirió inclinarse hacia adelante y dejarle un beso fugaz en los labios.
—¿Por qué no me muestras más de tus virtudes? —bromeó con una risita.
Keith frunció el ceño en respuesta, pero terminó rindiéndose y devolviéndole el beso.
—...De acuerdo.
Yeon-woo dejó escapar un suspiro de satisfacción alrededor de su boca y le rodeó el cuello con los brazos. Keith se apoyó sobre él, complaciendo el gesto de forma natural. Recostándose junto a Yeon-woo en la cama, rozó sus labios una y otra vez, buscando su lengua en un beso cada vez más profundo.
Sumergido en la caricia y embriagado por el dulce aroma de las feromonas, Yeon-woo sintió de pronto un calor inusual rozando su cuerpo. Interrumpió el beso y bajó la mirada; Keith, obligado a separarse, hizo lo mismo. La atención de ambos se fijó de inmediato en la evidente y marcada erección de Keith.
—Ah... —soltó Yeon-woo, abrumado por la vergüenza.
Keith se incorporó de golpe en la cama y, al notar la mirada avergonzada y atónita del joven, le dijo con voz firme:
—Está bien. Es hora de que duermas.
—Pero...
—Dije que está bien —reiteró. Y, suavizando un poco el tono, añadió—: Descansa.
Lo decía con aparente tranquilidad, pero Yeon-woo sabía lo doloroso que resultaba contenerse. ¿Cómo había sido capaz de aguantar semejante frustración durante meses enteros? Tras observarlo en silencio por un instante, tomó una decisión y habló:
—Keith...
Keith giró la cabeza hacia él. Yeon-woo sugirió con timidez:
—Oye... ¿por qué no te pones encima? Puedo... puedo usar la boca...
—Ni lo sueñes.
La atmósfera se volvió rígida en un milisegundo. Asustado por la brusquedad de la respuesta, Yeon-woo se encogió en su sitio. El aura de Keith imponía verdadero respeto, pero la culpa no le permitía quedarse de brazos cruzados.
¿Qué hago ahora?
Pensando a toda prisa, una nueva idea cruzó por su mente y sus ojos brillaron.
—Keith...
Al notar el entusiasmo en su voz, Keith se volvió a mirarlo, pero lo cortó de inmediato al ver que Yeon-woo levantaba las manos con intención de acercarse:
—Yo también tengo manos, Yeon-woo.
—Eh...
El tono sarcástico hizo que Yeon-woo vacilara y bajara la mirada, sintiéndose abatido. Keith ladeó la cabeza y dejó escapar un largo suspiro al ver cómo se encogía de hombros. Había llegado a su límite. Habría querido aguantar más, pero la actitud desinhibida de Yeon-woo echaba por tierra todo su autocontrol. Si Yeon-woo no estuviera embarazado, ya lo habría llevado al límite una y otra vez.
Si no fuera por el embarazo, no tendría que pasar por esto.
Tragándose la frustración, se pasó la mano enérgicamente por el cabello y volvió a mirarlo:
—Si de verdad quieres ayudar... ¿vas a hacer exactamente lo que te pida?
—Sí.
Al ver que asentía sin la menor vacilación, Keith volvió a fruncir el ceño:
—Piénsalo bien, Yeon-woo.
—...Sé que jamás me harías daño.
Un impulso absurdo de traicionar semejante confianza absoluta cruzó por su mente, pero logró reprimirlo. En su lugar, ordenó con voz grave:
—Quítate los pantalones y la ropa interior.
—¿Eh...? Ah, sí.
Desconcertado, Yeon-woo asintió y obedeció la indicación. Keith observó en silencio cómo se desvestía torpemente hasta quedar completamente descubierto de la cintura para abajo.
—¿Así está bien...? —preguntó Yeon-woo, juntando las rodillas y cubriéndose la parte posterior con las manos.
Keith no respondió. En su lugar, se acomodó en el borde de la cama, levantó las rodillas y sujetó una de las piernas de Yeon-woo.
—Yeon-woo.
—¿Sí...? —respondió con el hilo de voz agudo y tembloroso.
—Abre las piernas.
Yeon-woo se quedó sin aliento. Keith juntó las cejas con severidad al ver que retenía el aire y lo miraba fijamente, como si lo estuviera reprendiendo por su indecisión.
No era la primera vez que estaban juntos. Keith conocía su cuerpo mejor que nadie. Sin embargo, exponerse por completo ante su mirada analítica le provocaba un pudor inmenso. El rostro le ardía y la garganta se le secaba a pasos agigantados.
Mantuvo las rodillas apretadas con fuerza mientras se cubría con las manos. Keith se limitó a observarlo, sin apurarlo ni enfadarse, aguardando con paciencia. Yeon-woo sabía que estaba esperando su consentimiento. Mientras el tenso silencio se prolongaba, la excitación entre ambos no hacía más que aumentar.
Respirando de forma entrecortada, Yeon-woo comenzó a separar gradualmente sus temblorosas piernas. Keith siguió con la mirada cada milímetro de la apertura. Al notar la dureza en los rasgos de su esposo y el ritmo agitado de su respiración, la entrepierna de Yeon-woo comenzó a humedecerse de forma involuntaria.
—...Está bien —murmuró, incapaz de resistir más.
Retiró las manos que lo cubrían y abrió las piernas por completo. En ese preciso instante, Keith dejó de respirar un segundo. El aroma de sus feromonas estalló con una intensidad sobrecogedora.
Ante la mirada turbada de Yeon-woo, Keith se quitó la camisa de un tirón, se desabrochó el cinturón y bajó la cremallera del pantalón. Con la mano firme, sacó su miembro completamente erecto y tenso.
Las venas se marcaban con fuerza sobre la piel caliente y latente. Keith comenzó a acariciarse despacio, manteniendo los ojos fijos entre las piernas de Yeon-woo. Aunque Yeon-woo sentía que la vergüenza lo consumía, no podía negar el deseo arrollador que lo invadía; el vientre le daba vueltas y la entrada se le contraía instintivamente. Cada bocanada de aire intensificaba el palpitar en su zona íntima.
—Ah...
Un gemido profundo y rasposo brotó del pecho de Keith mientras aceleraba el ritmo de sus manos. Ver el tamaño de la masculinidad de Keith frente a él hacía que Yeon-woo tragara saliva con dificultad.
Esa misma longitud es la que me embarazó.
El solo pensamiento le provocó una sacudida de placer. Para evitar la tentación de arrojarse a sus brazos, se aferró con fuerza a las sábanas, apretando los dedos de los pies y contrayéndose por completo.
A Keith se le desencajó el rostro al presenciar el movimiento de su anatomía mojada. Gotas de lubricante transparente comenzaron a asomar en la punta de su miembro. La piel de Yeon-woo resplandecía por la humedad mientras observaba el ritmo acelerado de las manos de Keith sobre su pene.
—Keith... —lo llamó con voz ahogada.
Soltó la sábana para sujetar sus propios muslos y separarse aún más, exponiendo su entrada por completo.
—Por favor... hazlo aquí encima...
Ante la súplica desesperada, la mano de Keith apretó su miembro con fuerza e intensificó el movimiento hasta llegar al clímax. Instantes después, una oleada cálida y abundante se derramó sobre el cuerpo de Yeon-woo.
Por reflejo, Yeon-woo cerró los ojos cuando las gotas cálidas le salpicaron el rostro. El liquido blanco y pegajoso de Keith continuó cayendo sobre su piel, cubriéndole el vientre, el pecho, la cara y la entrada.
—Ah...
Jadeando por el esfuerzo, Keith se inclinó para abrazarlo y comenzó a cubrirle el rostro de besos afectuosos. Yeon-woo correspondió cada gesto con entrega. Poco después, mientras apoyaba la frente en el hombro de Yeon-woo, Keith murmuró:
—Ahora solo tengo que aguantar doce semanas más.
—Sí —asintió Yeon-woo, rodeándolo con los brazos—. Aguanta luego haz que no pueda ni caminar.
Keith dejó escapar una leve sonrisa al escucharlo:
—¿Estás seguro de que no te vas a arrepentir?
Sin dudarlo, Yeon-woo giró la cabeza y le selló los labios con un beso firme.
—Nunca.
Keith rio entre dientes y le devolvió el beso, prolongándolo en un contacto profundo y pausado.
—Keith... —llamó Yeon-woo cuando consiguieron separarse para tomar aire—. Cariño... ¿podríamos hacer una celebración?
Al ver que Keith lo miraba extrañado y en silencio, Yeon-woo desvió la mirada con timidez y se apresuró a aclarar:
—Digo, solo una fiesta pequeña. No pude hacer nada cuando nació Spence... Si invitamos a Josh y a los niños, Spence podrá divertirse con sus amigos.
—¿Ahora?
Yeon-woo soltó una carcajada al ver el gesto incrédulo de su esposo:
—¡Claro que no! Me refiero a cuando nazca el bebé.
Keith esbozó una leve sonrisa. Le encantaba ver a Yeon-woo feliz y sonriente, aunque la idea de recibir a los hijos de Bailey no le entusiasmara demasiado. Sin embargo, no pensaba oponerse; era natural que deseara festejar el nacimiento de su hijo, y a Spencer le vendría bien compartir tiempo con otros niños. Evaluando la situación, Keith propuso una condición:
—Invita también a Ángela.
—De acuerdo.
—¿Seguro que podrás con todo? Habrá muchos detalles de los que ocuparse —comentó Keith—. Te vendría bien contratar a una secretaria personal. Te facilitaría la gestión de tu agenda y la organización de eventos como este.
Yeon-woo soltó una risita suave:
—Keith... ¿ya olvidaste a qué me dedicaba antes?
Por supuesto que lo recordaba. Había sido un secretario excepcionalmente eficiente que siempre resolvía las tareas antes de que él tuviera que pedírselo. Además de poseer un talento natural para desarmar a su jefe con pasmosa tranquilidad.
—¿Keith?
Al escuchar su nombre, Keith volvió a la realidad. Yeon-woo lo observaba con curiosidad. Keith disimuló su distracción y carraspeó, tratando de ocultar sus pensamientos.
—¿Piensas hacerlo todo tú solo?
—Será algo muy íntimo —respondió Yeon-woo con una sonrisa—. No hay a mucha gente que invitar. De verdad no necesito un secretario. Spence puede ayudar a escribir las invitaciones.
Como Spencer todavía era muy pequeño para escribir bien, su ayuda se limitaría a hacer dibujos y garabatear su nombre junto al de los invitados, mientras que Yeon-woo se encargaría del texto principal. Sin embargo, la lista de invitados era reducida: Pete, Cecil, Ángela y los niños.
La sola idea de reencontrarse con sus allegados y compartir un buen momento le devolvía la alegría. Días después, tras recibir el alta médica, Yeon-woo regresó a la mansión y, cuando finalmente llegó el momento de dar a luz, pudo llevar a cabo la anhelada celebración.
Capítulo 18
< Querido Bailey y Sr. Miller:
Hola, soy Spencer S. Pittman. Tengo un hermano menor.
Tenemos una fiesta con almuerzo a las 12 en punto el 3 de abril. Por favor, vengan a felicitarme.
Atentamente, Spencer, que pronto se convertirá en un hermano mayor. >
Josh parpadeó al leer la carta de invitación que había llegado en el correo. Tras ojear el contenido una vez más, comentó en voz alta:
—Cecil, Spence nos invita a una fiesta. Dice que tendrá un hermano menor.
—¿Qué? —exclamó Cecil, quien estaba tumbado en el suelo dibujando, y levantó la cabeza de golpe.
—¡Muéstrame! ¡Muéstrame! ¡Muéstrame!
Josh soltó una risita estupefacta al ver cómo el pequeño soltaba los lápices de colores y corría de un lado a otro gritando de entusiasmo.
—Ni siquiera sabes leer todavía.
—¡Léemela! ¡Léemela! ¡Enséñame la carta de Spencer! ¡Muéstramela! ¡Quiero verla! ¡Ah!
Cecil, impaciente y agitando los brazos, comenzó a hacer un berrinche. Al ver que el niño empezaba a lloriquear, Josh dejó la mancuerna que sostenía y tomó una postura seria:
—Cecil.
Llamándolo con tono firme a propósito, se inclinó para quedar a la altura de sus ojos y continuó:
—¿Qué te ha dicho papá siempre? Por mucho que quieras algo, no puedes enfadarte ni lloriquear. Si te comportas así, ¿crees que la gente va a querer escucharte? Te aseguro que no.
Al escucharlo, Cecil bajó la vista y murmuró en voz muy baja:
—No... voy a portarme bien.
Josh sonrió al notar que el pequeño se calmaba de inmediato.
—Bien. ¿Hacemos el intento de nuevo?
Al ponerse de pie y darle otra oportunidad, Cecil se irguió, tomó los extremos de su falda y realizó una leve reverencia doblando una rodilla con una sonrisa adorable:
—Josh Bailey, ¿puedes mostrarme la carta, por favor?
—Oh, vaya...
No esperaba que llegara a ese extremo de cortesía. Josh sintió un dilema momentáneo ante la petición del niño, que lo miraba con los ojos más brillantes que las estrellas, pero dejó de darle vueltas. Sin embargo, en el instante preciso en que le tendía la carta y Cecil estiraba sus manitas con emoción para recibirla...
—¿Qué es esto?
Una mano se cruzó rápidamente y se la arrebató. Cecil se quedó paralizado en su sitio, con la boca y los ojos abiertos de par en par. Ignorando la reacción de su hermano menor, Pete comenzó a leer la invitación mientras caminaba.
—Peter, quítate la mochila primero —dijo Chase, quien venía detrás de él, tendiéndole la mano.
Pete le fue entregando sus cosas una a una según las indicaciones de su padre, pero sin apartar los ojos de la carta ni un solo segundo.
—¡Dame la carta! ¡Dámela! —gritó Cecil estirando los brazos, pero Pete lo esquivó con total indiferencia. La expresión de Pete al ver lo molesto que estaba su hermano reflejaba bastante fastidio.
—¿Para qué pides la carta si ni siquiera sabes leer?
—¡Sí sé leer! ¡Dámela! ¡Papá me la dio a mí! ¡Eres un tonto!
—El tonto eres tú, que apenas te sabes el alfabeto.
—¡Papá! —chilló Cecil buscando la ayuda de Josh, pero este justo acababa de salir al jardín. Chase, por su parte, dejó la mochila de Pete y se dirigió a la cocina a preparar jugo para los niños, dejando a los dos hermanos solos en la sala.
Cecil miró a su alrededor y, al darse cuenta de que no había nadie para defenderlo, volvió a encarar a Pete. Al notar que Pete sonreía alegremente mientras leía las líneas escritas por Spencer, Cecil arremetió de nuevo con los brazos abiertos. Sin embargo, el movimiento del más pequeño fue demasiado fácil de prever.
—¡Ay!
Con dar un simple paso hacia atrás, Pete evitó la embestida. La inercia provocó que Cecil tropezara y cayera de cara contra el suelo.
—Ugh...
Entre gemidos de dolor, el niño se levantó apresuradamente, pero Pete ya caminaba hacia el ascensor con la carta de Spencer bien sujeta en la mano.
—¡Regrésame la carta! —gritó Cecil corriendo desesperadamente. Pero, por desgracia para él, las puertas del ascensor se cerraron en su cara y la invitación desapareció hacia el segundo piso.
Cecil se quedó rígido, temblando de rabia e impotencia.
—Muerto... —murmuró apretando los dientes con lágrimas en los ojos, hasta que finalmente estalló—: ¡Voy a matarte, Pete!
—¿Qué pasa? —preguntó Chase, que regresaba con las bebidas y bocadillos, deteniéndose en seco ante el repentino grito.
Pero el drama no terminó ahí. Cecil se arrojó al suelo y comenzó a patalear y llorar desconsoladamente.
—¿Qué ocurrió aquí? —preguntó Josh, entrando a la sala a toda prisa e intentando levantar al niño.
Chase estiró el brazo para detenerlo y le musitó en voz baja:
—Se va a cansar pronto. Si lo tocas ahora, se va a alterar más. Dejémoslo un momento.
Josh miró a su hijo con los brazos cruzados y el ceño fruncido.
—¿Cecil?
—Debe haber subido Pete —comentó Chase al mirar hacia el ascensor, y Josh comprendió de inmediato la situación.
—Cecil, ¿Pete te quitó la carta de Spence?
Ante la pregunta, los llantos del niño se intensificaron. Josh se llevó una mano a la frente, resignado al ver que el pequeño confirmaba la sospecha con todo su cuerpo.
—¿De qué carta hablas? —inquirió Chase con curiosidad.
Josh estuvo a punto de explicarle la cara de asombro que pondría cuando se enterara, pero prefirió guardar silencio. Pensó seriamente en pedirle a Yeon-woo que de ahora en adelante enviara la correspondencia de otra manera, ya que cada carta de Spencer provocaba una batalla campal en la casa. Con un suspiro, miró a Chase:
—Yeon-woo nos invitó a un baby shower. Va a tener su segundo hijo con Pittman.
Mientras hablaban del evento, los berrinches del pequeño Cecil continuaron resonando por toda la casa.
Aproximadamente treinta minutos antes de la hora fijada en las invitaciones, una elegante furgoneta se detuvo frente a la mansión Pittman. Josh, que venía conduciendo y trayendo a los niños, ingresó a la residencia guiado por el mayordomo y se dirigió a una sala de estar donde Yeon-woo los esperaba.
—¡Josh! Bienvenido. Pete, Cecil, qué gusto verlos.
Josh avanzó con una sonrisa al escuchar el cálido saludo de Yeon-woo, pero se detuvo un instante al notar un detalle: junto al sofá donde estaba sentado Yeon-woo había una silla de ruedas. Notando la fijación de su invitado, Yeon-woo sonrió con cierta vergüenza:
—Bueno... es por precaución médica.
Josh asintió comprendiendo la situación y miró a sus hijos:
—Vamos, saluden al Sr. Pittman.
Apenas escuchó la indicación, Pete se quitó el sombrero fedora que llevaba, se acercó a Yeon-woo y le extendió la mano derecha con gran formalidad:
—Hola, Sr. Pittman.
—Hola, Pete —respondió Yeon-woo, gratamente sorprendido, estrechando su pequeña mano con delicadeza.
Pete dio un paso atrás sosteniendo el sombrero contra su pecho. Quizá por ser el hermano mayor, poseía un comportamiento sumamente educado y maduro. Su vestimenta —el sombrero fedora, una chaqueta gris a cuadros combinada con camisa blanca, pantalones cortos a la rodilla, calcetines altos y zapatos negros impecables— lo hacía lucir como un pequeño caballero perfeccionista.
¿Será que Spence podrá llegar a ser un hermano mayor tan educado como él?, se preguntó Yeon-woo, aunque le resultaba difícil imaginar a su hijo con una disciplina tan rígida. Sonrió levemente para sus adentros y vio cómo Cecil daba un paso al frente.
—Hola, Sr. Pittman. Gracias por invitarme.
Cecil, que vestía un precioso vestido blanco con una cinta de seda roja en la cintura, tomó los extremos de la falda e hizo una delicada inclinación doblando las rodillas. Llevaba mallas blancas, zapatos estilo Mary Jane color morado y una diadema con incrustaciones de pedrería sobre su deslumbrante cabello rubio que le llegaba a los codos, haciendo que se pareciera muchísimo a Chase.
Yeon-woo lo observó confundido ante la belleza del niño. Cada vez que veía a Cecil, le costaba recordar su género biológico. Aunque sabía que a esa edad las diferencias raciales o de género a veces son sutiles en la infancia, le resultaba sorprendente lo delicado que lucía.
Debe ser porque Josh me lo dijo en su momento...
Aún asimilando la estampa, Yeon-woo le sonrió con amabilidad. Cuando Cecil retrocedió junto a su hermano, Josh preguntó:
—¿Van a jugar en este espacio? Por cierto, no veo a Spence por ningún lado.
—Ah —reaccionó Yeon-woo saliendo de sus pensamientos—. Un amigo llegó más temprano y están jugando juntos en el área de juegos. Un momento, por favor. ¿Charles?
El mayordomo, que aguardaba cerca, acudió de inmediato:
—¿Podría llamar a Spence? Sus amigos ya están aquí.
—Por supuesto. ¿Gusta que sirva el té y los aperitivos ahora mismo?
—Por favor.
El mayordomo se disponía a cumplir la orden cuando Pete intervino respetuosamente:
—Sr. Pittman.
Al captar la atención de los presentes, el niño continuó con tono correcto:
—¿Puedo ir a buscar a Spence con el señor mayordomo? Le prometo que seré cuidadoso y no interrumpiré.
Charles miró a Yeon-woo en busca de aprobación. Al ver la madurez del pequeño Pete, Yeon-woo sonrió con simpatía y dio el visto bueno:
—Adelante, Pete. Charles, cuando encuentren a Spence, ¿podrías coordinar que les sirvan bocadillos a los niños en su sala?
Para la celebración del baby shower, Yeon-woo había acondicionado un área especial donde los pequeños pudieran reunirse a jugar libremente, equipada con atracciones de interior y piso acolchado antideslizante. Además, en los jardines cercanos a la mansión se encontraba la zona de juegos al aire libre que Spencer solía usar, la cual contaba con pequeñas atracciones como minimontañas rusas, toboganes y un tiovivo a escala. Eran atracciones lentas y seguras adaptadas a su edad que a Spencer le encantaban, y sin duda disfrutaría compartiéndolas con sus amigos.
—Muchas gracias, Sr. Pittman —agradeció Pete con una elegante inclinación antes de seguir los pasos del mayordomo.
Al ver que su hermano se alejaba, Cecil miró alternadamente a Pete y a Yeon-woo, apresurándose a dar un paso al frente:
—Sr. Pittman, ¿yo también puedo ir? Seré muy cuidadoso.
Intentó imitar la elegancia de las palabras de su hermano, provocando que Yeon-woo tuviera que contener una carcajada por lo adorable de la escena. La ternura que le transmitían esos niños al esforzarse por ser educados le daba ganas de darles un abrazo. Yeon-woo asintió con calidez:
—Claro que sí, Cecil.
—¡Gracias!
Haciendo una reverencia apresurada, Cecil corrió tras los pasos de Pete. Josh sacudió la cabeza con una sonrisa resignada al ver el entusiasmo de sus hijos, mientras la habitación quedaba de nuevo en calma.
—Toma asiento, Josh —invitó Yeon-woo.
Josh se acomodó en uno de los espaciosos sofás del salón. La estancia estaba meticulosamente decorada para la ocasión: el techo y las paredes exhibían globos de colores en tonos pasteles, acompañados de peluches decorativos con listones que llevaban bordadas palabras como "Bebé", "Amor" y "Felicidades". En los ventanales se leía la frase "Baby Shower" plasmada en letras doradas, y grandes jarrones con flores frescas adornaban cada rincón. Bajo la majestuosa lámpara de araña colgaba una guirnalda festiva, situada justo encima de un deslumbrante pastel de tres pisos decorado con la figura de un bebé en la cima.
Observando la pomposa decoración que cubría el lugar, Josh miró a Yeon-woo y preguntó con curiosidad:
—¿Acaso soy el único invitado adulto?
—Para nada —respondió Yeon-woo riendo suavemente mientras negaba con la cabeza—. Emma y el resto del personal llegarán en breve. También invité a Dane.
—¿Emma? —hizo una pausa Josh, entrecerrando los ojos—. ¿Ella sabe que voy a venir?
—Por supuesto.
Al notar el ligero gesto de decepción en el rostro de Josh, Yeon-woo comprendió que su amigo acababa de perder la oportunidad de molestar o tomar por sorpresa a su hermana. Aunque tenía claro que Emma y Josh solían discutir constantemente cada vez que se encontraban, en el fondo Yeon-woo sabía que compartían un vínculo familiar muy cercano y afectuoso.
—Estoy seguro de que se llevan bastante bien en el fondo —pensó Yeon-woo con una sonrisa tranquila.
De pronto, Josh cambió el tono de voz y habló con cierta cautela:
—Oye, Yeon-woo... Lo siento, pero tengo que pedirte un favor.
—Sí, dime. ¿De qué se trata?
Capítulo 19
Yeon-woo lo escuchó con cierta aprensión. ¿Acaso por eso Josh había llegado antes de lo previsto? Pensando en ello, sonrió de forma algo amarga:
—En realidad, hubo una pequeña conmoción por esa invitación. Pelearon entre ellos para ver quién se quedaba con la carta de Spence.
—¡Cielos!
Ante la mirada de asombro de Yeon-woo, Josh se encogió de hombros, sonrió y continuó:
—Por eso te decía que, de ahora en adelante, voy a necesitar dos invitaciones. Aprecian muchísimo a Spence.
—Lo siento tanto... Es que Spence hizo una amiga en el jardín de niños llamada Ángela y también quiso invitarla —se disculpó Yeon-woo con un suspiro—. Tenía dos invitaciones, pero creo que llevó una a la escuela para dársela a ella.
El error de Yeon-woo había sido entregarle el sobre al mayordomo sin verificar el interior. Jamás imaginó que Spencer abriría el sobre para tomar una de las tarjetas por su cuenta, ni que dejaría el nombre del destinatario sin cambiar.
—¿Ángela? ¿Es una niña? —preguntó Josh con curiosidad.
—Sí, van juntos al jardín de niños. Parece que juegan todos los días.
—Ya veo —asintió Josh antes de cambiar de tema—. Apuesto a que se les pasará pronto. Por cierto, ¿cómo te sientes? ¿Estás bien?
Por suerte, la conversación tomó un rumbo más tranquilo:
—Sí, ahora me siento de maravilla. Solo estuve guardando reposo un tiempo.
—Escuché que tuviste que permanecer en cama durante casi todo el embarazo.
Al ver que Josh arrugaba la frente preocupado, Yeon-woo le restó importancia con un gesto de la mano:
—Está bien, no fue tan grave. Keith y todos los demás me cuidaron mucho.
—Aun así, no es normal tener que pasar por un reposo tan estricto.
Justo cuando Yeon-woo volvía a reírse ante la reacción exagerada de Josh, un golpe resonó en la puerta y el mayordomo la abrió.
—Señor Yeon-woo, los invitados han llegado.
—¡Yeon-woo!
—¡Ya estamos aquí, Yeon-woo!
Apenas el mayordomo terminó de hablar, una serie de saludos entusiastas resonaron desde el pasillo y el personal de la oficina de secretaría entró en la sala. Emma, a la cabeza del grupo, saludó a Yeon-woo, quien se puso de pie con una radiante sonrisa.
—Yeon-woo, gracias por invitarnos.
—De nada, me alegra mucho que hayan venido.
A partir de Emma, el ambiente era sumamente cálido mientras Yeon-woo se turnaba para abrazar a sus excompañeros. Sin embargo, la cordialidad duró solo hasta que Emma descubrió la presencia de Josh. Inmediatamente, la expresión de ella se volvió severa, mientras Josh levantaba una mano con una sonrisa radiante.
—Emma, bienvenida.
—Josh... —pronunció ella con frialdad.
Las secretarias que venían con ella miraron a ambos con curiosidad. Al notarlo, Emma adoptó de inmediato una postura profesional y presentó a las partes con tono seco:
—Les presento a mi hermano, Joshua Bailey. Y Josh, ellas son las secretarias con las que trabajo.
—Pueden llamarme Josh —añadió él con una amplia sonrisa.
Al ver la reacción de las presentes, Yeon-woo pensó para sus adentros: Aquí está... el sol de California.
Como era de esperarse, el personal femenino de la secretaría le devolvió la sonrisa con evidente admiración. Aunque era obvio que a Emma no le gustaba la situación, Josh conversó con naturalidad y amabilidad:
—Es un placer conocer a las compañeras de mi hermana. Me encantaría escuchar cómo es Emma en el trabajo.
—Josh... —advirtió Emma entre dientes.
Pero ya era tarde: un pequeño círculo de admiradoras se había formado alrededor de Josh, quien se proyectaba simplemente como el encantador hermano interesado en la vida laboral de su hermana menor. Emma conocía de sobra esa faceta; la había presenciado toda su vida.
Pensé que por estar casado y tener dos hijos no volvería a pasar por esto...
Sin embargo, rectificó al instante: ¿De qué hablo? Es Josh. No puedo bajar la guardia.
Mientras intentaba controlar la situación, Emma se sorprendió al ver que incluso la subjefa de equipo, quien solía ser bastante distante, estaba entre el grupo. Justo cuando iba a intervenir, se escuchó otro golpe en la puerta.
—Señor Yeon-woo, llegó otro invitado —anunció el mayordomo—. Dane Striker está aquí.
—Hola.
Un hombre alto, pelirrojo y de complexión imponente captó de inmediato la atención de las presentes. Dane caminó con calma hacia Yeon-woo, habituado a ser el centro de las miradas.
—Felicidades, Yeon-woo. Ten, un regalo.
Con su habitual gesto serio, le entregó un paquete bellamente decorado. Yeon-woo le agradeció y colocó el obsequio en la mesa junto a los demás. Entonces llegó el turno de presentar a Dane:
—Les presento a Dane, un bombero a quien le debo mucho. Y ellos son el equipo de secretaría. Como saben, Josh es...
Iba a presentar a Emma formalmente, pero Josh se interpuso entusiasmado:
—¡Dane, bienvenido! ¡Cuánto tiempo! —dijo abrazándolo con efusividad.
Dane respondió de forma escueta:
—Nos vimos la semana pasada.
—¿Ah, sí? —rio Josh.
Una de las secretarias, observando con atención, preguntó de pronto:
—¿No es usted el bombero del que hablaban la otra vez?
La atención se centró en la pregunta. Yeon-woo miró confundido, mientras Dane esbozó una leve sonrisa.
—¿Me reconoce?
—¡Por supuesto! Compré el calendario en el que apareció. ¡Soy su fan! No puedo creer que lo esté conociendo en persona.
El ambiente dio un giro inesperado ante el entusiasmo general. Viendo a Josh y a Dane rodeados de atención, Emma se acercó a Yeon-woo y le murmuró al oído:
—¿Ves? Ahora entiendes por qué reniego de Josh.
Luego, le brindó una sonrisa cómplice y añadió:
—Bienvenido a mi mundo.
—Cinco, seis, siete...
Spencer, que contaba con los ojos cerrados, se detuvo a pensar en el siguiente número. Estaba por retomar la cuenta cuando alguien lo abrazó sorpresivamente por la espalda.
—Te encontré, Spence.
—¿Eh?
Sorprendido, Spencer giró la cabeza y se encontró con un rostro familiar. Su rostro se iluminó de inmediato:
—¡Pete!
Abrazándolo, le preguntó con alegría:
—¡Bienvenido! ¿Cuándo llegaste? ¿Cómo me encontraste?
—Primero hay que saludar —sonrió Pete inclinándose.
Justo cuando estaba por darle un beso en la mejilla a Spencer, alguien se interpuso, sujetó el rostro del pequeño y le dio un beso fugaz en los labios. Spencer abrió los ojos de par en par y Pete arrugó el ceño. Cecil, ignorando la reacción de Pete, le sonrió con ternura a Spencer:
—Hola, Spence. Gracias por invitarme.
—Hola, Cecil —respondió Spencer, sonriendo tras la sorpresa.
Cecil tomó su mano para alejarlo suavemente de Pete y continuó:
—Spence, ¿por qué ya no sales a jugar conmigo? ¿Ya no te gusto?
—¡Claro que sí! Pete y Cecil son mis mejores amigos —respondió Spencer sacudiendo la cabeza—. Es que he estado muy ocupado. Tengo que ir al jardín de niños, cuidar a Caramelo y prepararme para ser hermano mayor. Antes comía budín todos los días, pero ahora debo compartir galletas. ¡Ni me da tiempo de usar el tobogán!
Al verlo suspirar con dramatismo, parecía un adulto abrumado por sus responsabilidades. Pete pensó que exageraba, pero Cecil sintió una profunda empatía:
—¿Qué podemos hacer? Yo también quiero jugar con Spence.
A Spencer se le ocurrió una solución rápida:
—¡Ven al jardín de niños, Cecil!
Tanto Cecil como Pete se sorprendieron, aunque sus reacciones fueron distintas. Spencer prosiguió con entusiasmo:
—¡Así nos veríamos todos los días! ¡Pete también puede venir y jugaremos juntos!
—Spence, yo ya... —empezó a decir Pete para aclararle que ya iba a la escuela, pero otra voz lo interrumpió.
—¡Eso es genial! Seríamos invencibles si somos los cuatro.
Al girar la vista, vieron a una niña acercándose a ellos. Observó a Pete y a Cecil de arriba abajo, fijó la mirada en Pete y preguntó con el ceño fruncido:
—Te ves mayor. ¿Cuántos años tienes? Ya no vas al jardín de niños, ¿verdad?
—Ya pasé esa etapa —respondió Pete con cierto aire de superioridad, dando a entender que no era un niño pequeño como ella. La pequeña simplemente volvió la cara, desestimando su respuesta.
—Entonces quedas fuera. Tú sí puedes —dijo dirigiéndose a Cecil—. Pero... ¿seguro que eres un niño?
Cecil lanzó un pequeño grito y se escondió detrás de Spencer:
—Spence, me da miedo.
—Tranquilo, no pasa nada —lo consoló Spencer antes de hacer las presentaciones—. Ella es Ángela. Él es Cecil, son familia.
Luego se colocó junto a Ángela, le tomó la mano y sonrió:
—Somos amigos del jardín de niños. ¡Jugamos todos los días!
—¿Todos los días? —repitieron Pete y Cecil al mismo tiempo, compartiendo por una vez el mismo pensamiento receloso: ¿Spence hizo más amigos aparte de nosotros? ¿Y además es una niña?
Ángela continuó sin prestarles atención:
—No parece tener mucha fuerza, pero sirve. Puede hacer de señuelo.
—¿Señuelo de qué? —preguntó Pete con desconfianza.
Spencer miró a Ángela y le preguntó:
—¿Le vamos a dar una lección a Payton?
—Por supuesto.
Tras la confirmación de Ángela, Spencer explicó con determinación:
—Hay un niño en la escuela que nos molesta. Cuando Ángela y yo jugamos, siempre viene a interrumpirnos.
—Ah, entiendo —dijo Pete, perdiendo el interés al tratarse de peleas infantiles. Sin embargo, la reacción de Cecil fue opuesta:
—¿Los molesta? ¿Qué les hace?
—A veces me da un golpe en la cabeza y sale corriendo —confesó Spencer.
—¡¿Te golpea?! —exclamó Cecil con indignación, logrando que incluso Pete cambiara de actitud al instante y prestara atención a lo que Ángela tenía por decir.
Capítulo 20
—No quiero lidiar con eso, porque es algo muy infantil, pero si lo dejo pasar va a seguir molestando. Con ustedes seremos tres, así que seguro ganamos.
—¿Y qué piensas hacer? —preguntó Cecil, completamente encendido de entusiasmo.
Ángela levantó la barbilla con altivez y respondió echándose el cabello hacia atrás:
—Tampoco es un gran problema lidiar con un niño pequeño.
¿Acaso no tienen la misma edad?, pensó Pete, pero no le dio mayor importancia. Lo realmente importante era apoyar a Spencer. Ángela continuó con mirada firme:
—Iba a dejarlo pasar, pero últimamente anda merodeando otra vez. Le daré una lección para que no vuelva a meterse con nosotros.
—¡Hagámoslo! —asintió Cecil.
Pete también reflexionaba sobre la situación con rostro serio. En medio del silencio festivo, Spencer miró a su alrededor, levantó los brazos y exclamó emocionado:
—¿Quién quiere subir al tobogán de agua?
***
—¡Felicidades, Yeon-woo!
Todos exclamaron a mismo tiempo. Una enfermera permanecía sentada cerca de Yeon-woo para asistirlo con los suministros médicos mientras él abría los obsequios:
—Este es el regalo de Jane... ¿Qué será?
Al quitar el lazo, apareció un tierno juguete para bebé que emitía un suave chirrido al presionarlo.
—Muchas gracias, me encanta —agradeció Yeon-woo agitando el juguete con ternura—. Guardaré todo con mucho cariño.
Mientras tanto, Dane observaba apoyado contra la pared. Se inclinó hacia Josh y le murmuró al oído:
—¿La rubia es tu hermana menor? ¿Emma?
—¿Por qué lo preguntas? —respondió Josh a la defensiva.
—Solo decía. No es nada fea, es bastante guapa —comentó Dane con una leve sonrisa.
—¿Cómo que guapa? —replicó Josh con un tono frío.
Dane se limitó a silbar con soltura y se alejó. Para molestia de Josh, Dane caminó con paso firme hacia Emma. Ella, que reía en el sofá viendo los regalos de Yeon-woo, se giró al sentir una presencia y arrugó el ceño. Al ver la reacción de su hermana, Josh respiró aliviado, confiando en el exigente gusto de Emma. Para ella, un tipo musculoso como Dane Striker estaba a años luz de su prototipo ideal de hombre elegante y estilizado. Sin embargo, cuando Josh se cruzó de brazos para ver cómo su hermana rechazaba al bombero, las miradas de Emma y Josh se cruzaron en el aire.
Emma había girado la cabeza sintiendo un ligero toque en el hombro. Al ver la enorme figura musculosa de Dane sobre el respaldo de su sofá, frunció el ceño; no encajaba para nada con sus gustos. Iba a ignorarlo cuando vio la cara de alivio de Josh a lo lejos.
Josh siempre tenía la molesta costumbre de querer presentarle hombres corpulentos bajo el pretexto de que "un hombre de verdad debe tener músculos para proteger a su mujer". A Emma, que practicaba boxeo y lucha, ese concepto le parecía absurdo. Estaba lista para despachar a Dane con una mirada fría, pero el bombero sacó su teléfono móvil y le mostró la pantalla:
—¿Te gustan los gatos?
—Vaya... —murmuró Emma.
Al ver la fotografía del felino descansando junto a la ventana, vestida con un collar de pedrería y una diminuta corona, toda la antipatía de Emma se esfumó.
—Es preciosa.
—Se llama Darling —dijo Dane sonriendo mientras pasaba a la siguiente foto—. Le queda perfecto el nombre, ¿verdad?
—Sin duda.
Por un segundo Emma sospechó si esto era un truco orquestado por Josh, pero al buscar a su hermano con la mirada, notó que Josh lucía genuinamente desconcertado y preocupado. Aquello tomó a Emma por sorpresa. Acercándose a Dane, le susurró en voz baja:
—¿Josh te pagó para que salgas conmigo?
—Para nada —respondió Dane en el mismo tono como si fuera secreto—. De hecho, iba a decirte que me debes cien dólares por enseñarte a mi gata.
Emma esbozó una sonrisa astuta. Justo en ese momento, el mayordomo anunció que el almuerzo estaba servido. Mientras todos caminaban hacia el comedor, Josh alcanzó a Emma y le tomó el brazo:
—Emma, ¿de qué estabas hablando con Dane?
—De nada en especial —respondió ella de forma evasiva.
—Dane no es para ti —le advirtió Josh con inusual nerviosismo—. Te puedo presentar a alguien mejor.
—¿Por qué no? —provocó Emma—. Es tu amigo, es guapo, bombero y tiene una gata hermosa. Es perfecto.
—¡Es un mujeriego! —insistió Josh rechinando los dientes.
—Tú tampoco fuiste un santo, Josh —se burló ella.
—¡Soy tu hermano, no un pretendiente! Si te pones seria con él, vas a salir lastimada. Te lo digo en serio, aléjate de Dane.
—Ni hablar. Tengo hambre y no me pienso perder el almuerzo. ¡Dane, espérame! —gritó Emma corriendo hacia el bombero a propósito para enfurecer a su hermano.
Ya de regreso en la sala tras la comida, Yeon-woo notó que Emma y Dane conversaban animadamente. Aprovechando que Josh había subido a ver a los niños, Yeon-woo se acercó a Emma:
—Emma, parece que congeniaste muy bien con Dane.
—Bueno, tenemos cosas en común —respondió ella despreocupadamente—, como el gusto por los gatos.
—No sabía que te atraían los hombres así —comentó Yeon-woo sonriendo.
Emma lo miró como si hubiera dicho una locura:
—¿Bromeas? ¿Crees que me gustaría un hombre con el pecho más grande que el mío?
—¿Eh? Pero se veían tan unidos...
—¡Claro! Lo hago solo porque Josh lo odia —confesó Emma con una sonrisa maliciosa—. Ver la cara de sufrimiento de Josh no tiene precio. Es la mejor venganza del mundo. Pero que quede entre nosotros, ¿de acuerdo?
Dicho esto, le guiñó un ojo a Yeon-woo y volvió al lado de Dane con una sonrisa radiante.
Mientras tanto, en el piso superior, Josh caminaba por el pasillo masticando su frustración. Sabía que Emma solo estaba jugando para provocarlo, pero le preocupaba que la dinámica entre un hombre y una mujer terminara saliéndose de control.
Al llegar a la sala de juegos, llamó a la puerta decorada con trazos de crayón y entró:
—Cecil, Pete...
En la habitación estaban los tres niños junto a la pequeña Ángela. Pete y Spencer construían una torre de bloques, mientras Cecil corrió de inmediato a abrazar a su padre:
—¡Papá!
Josh levantó a Cecil en brazos, se acomodó en el suelo junto a ellos y acarició la cabeza de Spencer:
—Hola, Spence. ¿Cómo la están pasando?
Luego, giró la mirada hacia la pequeña niña pelirroja que estaba a su lado y le preguntó con amabilidad...
Capítulo 21
—Hola, soy Josh. ¿Cómo te llamas, princesa?
La niña lo había estado observando fijamente hasta ese momento. Incluso tras la pregunta, continuaba mirándolo sin comprender, sosteniendo el peluche de poney de Spencer en una mano, sin articular palabra. Pete, que observaba la escena, intervino:
—Se llama Ángela. Es amiga de Spence del jardín de niños.
—Ya veo.
—¡Papá, papá! —exclamó Cecil de pronto, sujetándolo del brazo y jalándolo con insistencia—. Quiero ir al jardín de niños mañana. Iré con Spence.
—¿Al jardín de niños? ¿Así de repente? —preguntó Josh desconcertado.
Pete le explicó brevemente:
—Spence y Ángela juegan juntos todos los días, así que Cecil quiere unirse.
—Entiendo. De acuerdo, lo hablaré con tu padre.
Mientras le acariciaba la cabeza a Cecil, Josh prestó atención a los juguetes con los que se entretenían los pequeños. Ángela no dejaba de mirarlo alternadamente a él y a la estación de tren a medio construir, dedicándole elogios de forma infantil. Pete, al percibir la inusual actitud de la niña, se le acercó y le susurró:
—Está casado.
—Lo sé. Pero en el amor todo se vale —respondió ella.
Pete puso cara de fastidio, pero Ángela juntó las manos y confesó encantada, apoyando sus mejillas sonrojadas:
—Me gustan los hombres maduros.
—Es demasiado maduro para ti —señaló Pete, aunque ella prefirió ignorarlo.
Pese a los pequeños contratiempos, la fiesta transcurrió sin inconvenientes y todos regresaron a sus hogares tras recibir los recuerdos del evento. Ángela rechazó que pasaran a dejarla y le pidió a Josh que la llevara a su casa; aunque Pete se opuso, Josh, que no veía motivo para desconfiar de la pequeña que se le acurrucaba en el regazo, aceptó complacido. Como era de esperarse, Ángela se acomodó en el asiento del copiloto.
Unas horas más tarde, tras la partida de los invitados, Yeon-woo cayó rendido en la cama. Despertó sobresaltado al percibir una presencia en la habitación; con voz adormilada, vio a Keith a punto de quitarse la chaqueta del traje para colocarla sobre una silla.
—¿Keith...?
Keith giró la cabeza al escucharlo, sonrió levemente, se acercó a la cama y le dejó un beso suave en los labios.
—¿Despertaste?
—Sí... ¿Qué hora es?
Keith consultó su reloj de pulsera:
—Las once en punto. Spence ya está durmiendo.
—¿Ya cenaste?
—Charles y Emily se encargaron de servirme.
—Qué bien...
Yeon-woo bostezó de nuevo, se acomodó en la cama y observó a su esposo:
—¿A dónde fuiste hoy? Estuviste fuera todo el día.
Aquel día, no solo el personal de secretaría sino también el propio Keith se habían tomado el día libre por el baby shower. Aunque Keith mencionó que tenía asuntos que atender, Yeon-woo notó que los empleados se sentían mucho más cómodos sin su presencia coercitiva. Aunque parecía que lo habían dejado de lado, gracias a eso todos disfrutaron de la reunión con tranquilidad. Yeon-woo sonrió con afecto ante la consideración de su esposo, y Keith, devolviéndole la sonrisa, le preguntó:
—¿Por qué sonríes?
—Solo porque sí —respondió Yeon-woo—. Porque me haces feliz.
Keith sonrió, se inclinó y le besó los labios. Rozando sus bocas con delicadeza, buscó suavemente su lengua. Yeon-woo le rodeó el cuello con entusiasmo, pero Keith se separó despacio para tomarle el brazo y depositar un beso en la palma de su mano.
—¿Quieres saber qué hice hoy?
—Sí, mucho.
Keith volvió a reír y le besó la frente. De hecho, al tenerlo entre sus brazos, sentía el impulso de colmarlo de besos por todo el cuerpo.
—Tengo algo que enseñarte.
—¿Qué es?
En lugar de responder, Keith sonrió y echó a andar. Al salir de la habitación y caminar por el pasillo, preguntó:
—¿Cómo estuvo la fiesta?
—Fue muy divertida —respondió Yeon-woo, aprovechando para añadir—: Gracias, Keith. Todos se la pasaron de maravilla. Creo que estuve más relajado, porque no estabas presente.
—Tenía cosas pendientes que atender —comentó Keith de forma escueta.
Yeon-woo levantó la cabeza para dejarle un beso en la mejilla con una risita, a lo que Keith respondió besándole los labios con ternura.
Se detuvieron frente a una habitación. Keith abrió la puerta mientras lo sostenía entre sus brazos. Al iluminarse la estancia, Yeon-woo abrió los ojos de par en par, sorprendido y sin saber qué decir.
El lugar estaba repleto de rosas de colores y montañas de cajas de regalo de diversos tamaños y envoltorios vistosos.
—¿Qué es todo esto? —exclamó Yeon-woo sin salir de su asombro.
Satisfecho con la reacción, Keith dijo con una sonrisa:
—Es un regalo de baby shower.
—¿De tu parte? ¿Para mí?
—Sí.
La sorpresa de Yeon-woo era evidente. Keith solía hacerle detalles de vez en cuando, pero esto era excepcional. Recordando cuán reacio se mostraba Keith al principio respecto al bebé, Yeon-woo lo miró fijamente, mientras Keith aclaraba con cierta timidez:
—Creo que no te lo había dicho formalmente hasta ahora.
—¿Qué cosa?
Keith le rozó los labios con ternura antes de hablar:
—Felicidades por tu embarazo, Yeon-woo.
Yeon-woo se quedó sin palabras, con la respiración entrecortada. Keith arrugó el ceño al ver que ni siquiera parpadeaba:
—Pensé que me darías un beso de la emoción...
Antes de que terminara la frase, Yeon-woo le rodeó el cuello y lo besó de manera apasionada. Si pudiera, lo habría entregado todo allí mismo. Al separarse un poco para tomar aire, le preguntó agitado:
—¿Te he dicho cuánto te amo?
—Bueno, no lo recuerdo —bromeó Keith.
Yeon-woo dejó escapar una risotada y volvió a besarlo, esta vez profundizando el contacto. Tras recuperar el aliento, preguntó:
—¿Por qué compraste tanto? ¿Saliste hoy solo para comprar todo esto?
—Lo encargué hace tiempo —explicó Keith—. Solo me costó un poco de trabajo coordinar la entrega para el día de hoy.
—De verdad te esforzaste mucho —admitió Yeon-woo sorprendido.
Keith suspiró levemente:
—Yeon-woo, parece que piensas que soy alguien extraordinario.
—Es que lo eres —susurró Yeon-woo con mirada dulce—. Eres mi Alfa.
En ese instante, Keith le mordió suavemente el lóbulo de la oreja. Yeon-woo se estremeció cuando la lengua de Keith rozó la marca grabada en su piel. Recuperando la calma a duras penas, Yeon-woo sugirió:
—Los regalos... quiero abrirlos mañana con Spence.
—Como tú quieras.
Sonriendo de nuevo, Yeon-woo se acercó a unas cajas de gran tamaño e intentó adivinar su contenido: ¿una cuna, un cochecito...?
Notando su curiosidad, Keith reveló:
—Es un auto.
—¿Un auto?
Pensando que Spencer apenas tenía tres años y que para el bebé era demasiado pronto, Yeon-woo lo miró extrañado, pero Keith le explicó su idea:
—Spence puede conducir y el bebé ir atrás. Tiene un asiento especial adaptado. ¿No sería adorable verlos andar juntos?
—Eso es... impresionante —admitió Yeon-woo fascinado. Pensó que cuando el bebé creciera y tomara el volante, Spencer podría llevar sus muñecos en el asiento trasero.
—Eres un genio.
Keith sonrió satisfecho. Sus labios volvieron a unirse y Yeon-woo correspondió al beso con deleite.
Y finalmente, el esperado día llegó.
Capítulo 22
La mañana de la fecha programada amaneció con un sol radiante que se elevaba en lo alto desde muy temprano. Sin una sola nube, el cielo azul se mostraba despejado como anunciando al mundo que solo cosas buenas estaban por suceder.
Una leve sonrisa se dibujó en los labios de Yeon-woo mientras descansaba en la cama, observando el firmamento a través de la ventana.
—¿Qué pasa? —preguntó Keith, sentado a su lado. Apoyó un brazo en el borde de la cama y le acarició la mejilla con ternura.
Yeon-woo inclinó la cabeza frotando el rostro contra la mano de su esposo y sonrió:
—Solo me siento muy bien. Quizá sea por el buen clima, pero siento el cuerpo mucho más ligero.
—Pronto habrá terminado todo —dijo Keith mientras le acariciaba el vientre.
Como si lo hubiera escuchado desde el interior, el bebé se movió. Al sentir la reacción de su pequeño, Yeon-woo dejó escapar una risita:
—Parece que Cookie también tiene muchas ganas de salir pronto.
Keith sonrió y le dejó un beso suave en los labios:
—Ya te ha monopolizado bastante tiempo; es hora de que te deje descansar.
Yeon-woo suspiró satisfecho, pero enseguida arrugó el ceño al sentir una punzada. Notando el cambio, Keith le tomó la mano de inmediato impidiendo que intentara levantarse.
El trabajo de parto había comenzado desde la tarde anterior. Por fortuna, el dolor no se había vuelto insoportable, aunque todo el equipo estaba preparado para ingresar a quirófano de emergencia en cualquier momento. Yeon-woo experimentaba una sensación extraña al verse a punto de ser operado justo en la fecha prevista.
—Parece que el pequeño ya sabe cómo son las cosas, considerando la forma en que se prepara para salir.
—Si de verdad lo sabe, más le vale no causar problemas —regañó Keith ya cansado.
Además de haber tenido que guardar reposo casi durante todo el embarazo, el período de náuseas matutinas había sido largo y le impidió alimentarse bien. Teniendo en cuenta lo duro que había sido el proceso para Yeon-woo, resultaba casi difícil de creer que el final ya estuviera tan cerca.
—De verdad ha sido un viaje muy largo... —murmuró Yeon-woo acariciando la mejilla de Keith.
Keith le tomó la mano y le besó la palma. La hora de la cirugía se aproximaba a pasos agigantados.
—Habrá terminado para cuando Spence vuelva del jardín de niños, ¿verdad?
Keith asintió ante la pregunta de Yeon-woo:
—Así es. Podrás ver la carita de Cookie en cuanto regrese.
—Tengo muchas ganas de que llegue ese momento —sonrió Yeon-woo.
Había permanecido hospitalizado desde la jornada anterior en preparación para la intervención, por lo que el personal de la casa se estaba encargando de cuidar a Spencer. El niño, que ya estaba bastante grandecito, aceptó con madurez el hecho de que sus padres tuvieran que pasar la noche fuera para traer al mundo a su hermanito. Recordar cómo se despidieron de él en la puerta principal mientras el auto se alejaba dejaba a Yeon-woo con el corazón conmovido.
En ese momento sonó el teléfono móvil de Keith. Al ver quién llamaba, presionó el botón de respuesta:
—Spence.
—¡Papá! —exclamó el pequeño al otro lado de la línea.
Keith activó el altavoz y colocó el teléfono sobre la cama para que ambos pudieran escucharlo.
—¡Papá, soy Spence! ¡Papá!
—Sí, Spence. ¿Vas camino al jardín de niños? —preguntó Keith con afecto.
—¡Sí! —respondió el niño ilusionado—. ¿Ya llegó el bebé? ¿Ya llegó Cookie? ¿Cuándo va a salir? ¿Cuándo lo voy a ver? ¿Cuándo va a estar conmigo?
Yeon-woo se rió entre dientes al escuchar la ráfaga de preguntas. De pronto, arrugó el rostro por una nueva contracción; Keith apretó su mano con firmeza y se apresuró a responder al pequeño:
—Después del almuerzo y del jardín de niños, Charles irá por ti. Vendrán juntos al hospital.
—¿Puedo ver a Cookie si me como todo el almuerzo?
—Por supuesto.
Ante la respuesta de Keith, el niño soltó un grito de alegría: ¡Siiiii!
Los preparativos para la intervención quirúrgica estaban a punto de comenzar. Keith intentó mantener al niño al teléfono el mayor tiempo posible para distraer a Yeon-woo y evitar que se pusiera nervioso antes de que entraran las enfermeras y aplicaran los medicamentos.
—Spence, ¿qué es lo primero que quieres hacer cuando nazca el bebé? —preguntó Keith con la clara intención de entretenerlo.
Yeon-woo, agradecido por el gesto, le besó el dorso de la mano. Sin embargo, la respuesta del pequeño los tomó por sorpresa cuando gritó con entusiasmo:
—¡Voy a golpear a Payton! ¡Voy a derribar los bloques que Peyton construya! ¡Le voy a rociar agua a Peyton!
—...
Yeon-woo y Keith se quedaron mudos por un instante. Se miraron fijamente el uno al otro transmitiéndose una duda en silencio: ¿Quién es Payton?
Cuando Keith le hizo un gesto mudo con las cejas, Yeon-woo negó con la cabeza en la misma tónica: Yo tampoco tengo la menor idea.
A ambos les sorprendió que el pequeño guardara secretos que no conocían, pero no era momento para lamentarse. Keith recuperó la calma y preguntó con tono afable para no asustar al niño:
—Spence, ¿qué quieres decir? ¿Quién es Payton?
Spencer comenzó a relatar la historia lleno de indignación:
—¡Payton siempre viene a molestarme cuando estoy jugando con Ángela! Derriba mis bloques y le jala el cabello a Ángela. Y cuando Ángela y yo estamos viendo las flores, ¡viene y nos rocía agua! ¡Es un niño malo!
—Entiendo... —dijo Keith, volviendo a mirar a Yeon-woo con una leve sonrisa forzada—. Voy a matar a Whittaker por no haberme informado de esto.
—Keith, es solo una pelea entre niños —lo detuvo Yeon-woo con rapidez.
Aun así, le dolía el corazón al pensar que Spencer la estaba pasando mal. Intentando mantener la ecuanimidad, Yeon-woo intervino:
—¿Y qué hiciste tú, cariño? ¿Solo te aguantaste?
—¡Ángela le lanzó un bloque a Peyton y lo hizo llorar!
Yeon-woo no supo si considerar aquello como algo positivo o no, asombrado por la contundencia con la que se defendía su hijo. Keith volvió a tomar la palabra:
—¿Y eso fue todo, Spence? ¿Tú qué hiciste? No dejaste que la niña peleara sola, ¿verdad?
—¡No! —exclamó Spencer con orgullo—. ¡Soy un hombre! ¡Tengo que proteger a las niñas!
—Entonces, ¿qué hizo Spence? —preguntó Keith con suavidad.
—Yo...
De repente, Spencer bajó el tono y guardó silencio. Yeon-woo esperó con paciencia. El pequeño suspiró y murmuró triste:
—Intenté proteger a Ángela, pero Peyton trajo a su hermano mayor... Siempre que jugamos vienen a molestarnos y salen corriendo. Cuando Ángela se enoja y persigue a Peyton, el hermano mayor de Peyton viene, me rocía con agua y me destruye los bloques.
Lleno de resentimiento al recordar lo sucedido, Spencer comenzó a sollozar. A Yeon-woo se le encogió el corazón y sintió unas ganas inmensas de correr a abrazarlo. Sin embargo, al ver la expresión sombría con la que Keith buscaba el teléfono para llamar de nuevo a Whittaker, Yeon-woo lo detuvo de inmediato y le habló con cariño al niño:
—Spence, ¿su hermano mayor va al mismo jardín de niños?
—Sí... —dijo el pequeño sorbiéndose la nariz—. Al principio Payton iba solo, así que Ángela y yo lo dejamos jugar con nosotros. Pero cuando entró su hermano, empezaron a molestarnos los dos juntos. A Ángela no le gusta Payton, porque es muy infantil. A mí tampoco me gusta. ¡Ni él ni su hermano!
Al escucharlo, Yeon-woo ladeó la cabeza con curiosidad:
—¿Pero antes jugaban juntos con él?
—Sí. Cuando llegó por primera vez al jardín de niños estaba llorando solo en un rincón, así que le pedimos que jugara con nosotros. Ángela, él y yo pasábamos el tiempo juntos.
—Comprendo. Si eran amigos, ¿qué creen que haya pasado?
—Probablemente no recibe una buena educación en su casa —comentó Keith secamente.
Yeon-woo le indicó a Keith con una mirada que mantuviera la calma y volvió a centrarse en Spencer:
—Spence, ¿por qué crees que cambió de actitud?
Pensaba que al pequeño le costaría explicarlo, pero la respuesta llegó de forma directa:
—Payton quería volver a jugar solo conmigo, pero le dije que no. Entonces trajo a su hermano mayor para molestarnos a Ángela y a mí.
Tanto Keith como Yeon-woo se quedaron desconcertados ante la revelación.
—Espera, ¿cómo que dijiste que no? —preguntó Keith en nombre de Yeon-woo, que solo atinaba a parpadear—. O sea que, como te negaste a jugar solo con él, ¿Peyton empezó a molestarte a ti y a Ángela con la ayuda de su hermano?
—¡Por eso necesito un hermano! —proclamó Spencer con firmeza—. ¡Voy a golpear a Payton cuando nazca mi hermanito! ¡Y el hermano de Payton le va a decir a mi hermano que le pegue! ¡Me voy a vengar! ¡Venganza!
—¿De dónde aprendiste esas cosas? —exclamó Yeon-woo consternado.
Aunque era positivo que el vocabulario del niño hubiera aumentado significativamente desde que asistía al jardín de niños, a Yeon-woo le preocupaba que aprendiera expresiones tan inapropiadas. Sabía que era parte de su crecimiento, pero no podía evitar inquietarse. Querían profundizar más en el asunto, pero el tiempo para la cirugía se agotaba. Sin más remedio, Yeon-woo consoló al pequeño con voz dulce:
—Spence, pero eso no está bien. Cookie va a llegar al mundo esperando tener un gran hermano mayor; ¿vas a hacer que peleé con otros niños apenas nazca?
Spencer guardó silencio por unos segundos. Yeon-woo insistió con delicadeza:
—¿No crees que Cookie se pondría triste si supiera eso?
—...Entonces, ¿tengo que dejar que Payton me golpee? —preguntó el pequeño con tono desanimado.
A Yeon-woo le dolió la respuesta del niño, mientras que la reacción de Keith no se hizo esperar:
—¡Claro que no! Yo mismo me encargo de ese mocoso.
—¡Eso no es verdad, Spence! —intervino Yeon-woo tapando el micrófono para frenar a Keith—. Si Peyton y su hermano están haciendo algo malo, hay que buscar la forma correcta de detenerlos. Tampoco está bien que te dejes lastimar.
Como no podían resolver la situación de inmediato, Yeon-woo le ofreció una alternativa temporal:
—¿Qué te parece si por hoy no vas al jardín de niños y vienes directamente al hospital? Puedes esperar el nacimiento del bebé aquí con nosotros.
—¿De verdad puedo hacer eso? —la voz del pequeño se iluminó al instante.
—Por supuesto. Charles, ¿nos está escuchando?
—Sí, Yeon-woo —respondió la voz del mayordomo a través de la línea.
—¿Podría pedirle al chofer que dé la vuelta y lo traiga al hospital? La cirugía comenzará pronto, pero Keith estará aquí esperándolo.
—Entendido.
De fondo se escuchó al mayordomo coordinar la maniobra con el chofer, seguido de la risa alegre de Spencer. Yeon-woo no pudo evitar sonreír al escucharlo.
—Nos vemos al rato. ¡Ánimo, Yeon-woo! —se despidió el mayordomo antes de cortar la llamada.
Yeon-woo se quedó mirando el teléfono unos segundos tras la acelerada conversación y luego volvió la mirada hacia Keith con rostro serio. No quería ni imaginar lo que su esposo estaba pensando en ese momento.
Sonrió levemente para disimular, pero de pronto sintió otra intensa punzada en el abdomen. Keith consultó el reloj al notar el gesto de dolor en el rostro de su pareja.
—¿Los intervalos entre contracciones se están acortando?
Si se tratara de un parto natural, no habría habido margen para reír ni conversar de ese modo. Las complicaciones en los partos de omegas solían ser diferentes y de mayor cuidado. Justo cuando la tensión aumentaba, la puerta de la habitación se abrió suavemente y una enfermera ingresó empujando un carrito de suministros.
—Hola, señor Pitman, Yeon-woo. ¿Cómo se va sintiendo el dolor? —preguntó con una sonrisa amable.
Yeon-woo intentó relajarse antes de responder:
—Aún es soportable...
Apenas terminó de pronunciar las palabras, una contracción más fuerte lo hizo sofocar un leve gemido. A diferencia de Keith, que palideció de inmediato, la enfermera se acercó con calma para tranquilizarlos:
—No se preocupe, es una reacción completamente normal. Entraremos a quirófano muy pronto; después de unas horas de reposo, todo habrá salido bien.
Capítulo 23
La enfermera le dio unas palmaditas en el dorso de la mano a Yeon-woo y se volvió hacia Keith:
—Señor Pitman, ¿podría salir un momento, por favor? Debemos realizar algunos procedimientos previos a la cirugía.
—Por favor, Keith —intervino Yeon-woo antes de que su esposo pudiera negarse o poner cualquier objeción.
Keith lo miró fijamente durante unos segundos con una mezcla de resistencia y preocupación. Finalmente suspiró derrotado y salió al pasillo.
Al quedarse a solas con la enfermera, la tensión acumulada regresó de golpe al cuerpo de Yeon-woo. Notando su rigidez, la enfermera comenzó a hablar en un tono alegre y relajado para tranquilizarlo:
—Me alegra ver que se encuentra en tan buen estado. El clima está precioso hoy, ¿verdad? ¿Pudo descansar bien anoche?
—Sí, dormí bastante bien. Muchas gracias.
Aunque había despertado ocasionalmente durante la noche debido a pequeñas molestias, su estado general era estable. Sin embargo, saber que el momento definitivo había llegado hacía que su corazón palpitara con fuerza. Inspiró profundamente tratando de calmarse mientras la enfermera preparaba los suministros para el traslado.
Keith, que caminaba de un lado a otro impaciente en el pasillo, se aproximó a pasos agigantados hacia el camillero en cuanto vio salir la cama de Yeon-woo.
—Yeon-woo...
Al ver el rostro pálido y la mirada tensa de su esposo, Yeon-woo forzó una leve sonrisa para darle tranquilidad:
—Estaré bien.
El personal médico comenzó a desplazar la camilla a lo largo del pasillo. Keith no se separó de su lado; caminó a su ritmo sosteniendo su mano con fuerza:
—Yeon-woo, todo va a salir bien. No va a pasar absolutamente nada malo, ¿de acuerdo?
Al llegar a las puertas dobles del área quirúrgica, el personal de enfermería le indicó con firmeza a Keith que hasta allí podía acompañarlo. La mano de Keith se desprendió lentamente de la de Yeon-woo. Las puertas se cerraron de forma gradual, y a través de la pequeña ventana de cristal, Yeon-woo vio la figura inmóvil de Keith observándolo fija y desesperadamente. Yeon-woo le hizo un pequeño gesto con los dedos a modo de despedida hasta que la curva del pasillo se lo impidió.
Uf...
Ya acostado bajo las frías luces de la mesa de operaciones, Yeon-woo respiró hondo para serenarse. El cirujano a cargo se aproximó con una sonrisa afable para romper la tensión:
—¿Está listo para conocer a su segundo hijo, señor Yeon-woo?
—Sí —asintió Yeon-woo con voz firme.
El anestesiólogo se colocó a su lado y procedió a administrarle la anestesia. Le indicó que inhalara profundamente a través de la mascarilla. Tras un par de respiraciones profundas, sus sentidos comenzaron a nublarse y el peso de su cuerpo desapareció hasta sumergirse por completo en un sueño profundo.
Lo último que cruzó por su mente antes de perder el conocimiento fue la imagen de Keith mirándolo a través del cristal del quirófano, junto con el eco de sus recientes conversaciones:
«¿Acaso crees que solo me gusta tu bonito rostro?»
«¿Crees que eres un omega cualquiera? Si pensara eso de ti, nunca me habría casado contigo ni llevaría todos estos años a tu lado.»
«¿Cuántos años llevas viviendo a mi lado y todavía no te das cuenta de cuánto me gustas?»
En realidad, Keith... me gustas desde hace muchísimo tiempo.
Te quiero
Me enamoré de ti desde el primer instante en que te vi. Por eso, el día que por fin te convertiste en mío, me sentí tan sumamente feliz que pensé que podría morir de alegría...
En la penumbra de su inconsciencia, vio una imagen cálida: Keith sonriendo de una manera que pocas veces mostraba a los demás, sosteniendo con delicadeza al bebé recién nacido entre sus brazos. Yeon-woo le sonrió de vuelta en su mente.
En cuanto abra los ojos y te vea, eso será lo primero que te diré...
—¡Papá!
Keith, que permanecía sentado en la sala de espera con los codos sobre las rodillas y la cabeza entre las manos, levantó de golpe la mirada al escuchar la voz de Spencer. Al ver al pequeño correr hacia él con los brazos abiertos y una enorme sonrisa, sintió un alívio momentáneo.
—Spence... —lo levantó en brazos y lo apretó fuertemente contra su pecho, escondiendo el rostro en su pequeño hombro.
—¿Dónde está papi? ¿Y mi hermanito? —preguntó Spencer, mirando con curiosidad hacia las puertas cerradas.
Keith le besó la mejilla con ternura y respondió tratando de suavizar su voz:
—Papi está adentro preparándose para que puedas conocer a tu hermanito. Aún va a tardar un par de horas.
Para distraer al niño y ahuyentar la sofocante espera, Keith comenzó a hacerle preguntas sobre su día en el jardín de niños. Spencer empezó a contarle emocionado lo que había hecho, y Keith lo escuchaba con atención, aferrándose a su voz.
Sin embargo, los oscuros recuerdos del pasado volvieron a invadir la mente de Keith. Recordó el nacimiento de Spencer: aquellas interminables horas de agonía, la puerta del quirófano abriéndose de golpe y el médico saliendo con el rostro desencajado para decirle: «Hicimos todo lo posible... pero el sangrado fue demasiado severo y el paciente ha entrado en coma».
El solo pensamiento de volver a pasar por eso le heló la sangre.
—¿Papá? —Spencer le tocó suavemente la mejilla al notar la palidez y el rigor en la cara de su padre.
¿Por qué no fui más firme? ¿Debí haberme opuesto rotundamente a este segundo embarazo? ¿Y si algo vuelve a salir mal? Las dudas y el pánico lo devoraban por dentro.
No... Yeon-woo me ama, se repetía Keith en un intento desesperado por mantener la cordura. Él me ama tanto que decidió soportar todo este dolor para traer a nuestro hijo al mundo.
—Papá —insistió Spencer abrazándole el cuello—. ¿Sabes una cosa? Cookie y papi nos están esperando. Tienes que sonreír. Si pones esa cara tan fea y seria, el bebé se va a poner triste cuando salga.
El pequeño usó sus deditos en las comisuras de los labios de Keith para forzarle una sonrisa. Keith no pudo evitar dejar escapar una risa amarga ante el gesto de su hijo y le besó nuevamente la mejilla.
Por favor, regresa a mi lado pronto, Yeon-woo. Vuelve sano y salvo y dime una vez más que me amas...
—Señor Pitman —llamó la voz del mayordomo.
Las luces sobre las puertas del quirófano se apagaron y la puerta se abrió. Keith se puso de pie de inmediato con Spencer todavía en brazos, paralizado por el miedo. El cirujano principal salió, se retiró la mascarilla y, al ver la expresión aterrorizada de Keith, esbozó una amplia y tranquilizadora sonrisa:
—Felicidades, señor Pitman. El bebé ha nacido completamente sano. En un momento las enfermeras se lo llevarán para que pueda sostenerlo.
—¿Y Yeon-woo? ¿Cómo está él? ¿Está bien? —interrumpió Keith con la voz cortada y desesperada, ignorando por completo la noticia del bebé.
El cirujano hizo una breve pausa antes de responder con cautela:
—El paciente continúa bajo los efectos de la anestesia. Su estado actual es estable. No le voy a mentir: sufrimos una complicación severa con una hemorragia a mitad de la intervención, pero el equipo logró controlarla y el señor Yeon-woo resistió con una fuerza increíble. Superó lo peor.
Al escuchar que había habido una complicación, el corazón de Keith dio un vuelco, pero al oír que ya estaba estable, soltó un largo suspiro que parecía haber tenido contenido durante horas.
El rítmico y constante bip... bip... de los monitores de signos vitales fue lo primero que comenzó a filtrarse en la conciencia de Yeon-woo. A medida que el efecto anestésico se disipaba y sus sentidos regresaban lentamente, sintió una calidez envolvente en su mano izquierda: alguien la estaba sujetando con extrema firmeza y desesperación.
Con un gran esfuerzo, entreabrió los pesados párpados. La luz borrosa de la habitación comenzó a enfocarse hasta revelar la silueta de Keith sentado junto a la cama, velando su sueño. Yeon-woo, aún debilitado, esbozó una pequeña y exhausta sonrisa:
—Keith... —murmuró con una voz rasposa y casi inaudible.
Al escuchar ese hilo de voz, Keith abrió los ojos de par en par. Miró a Yeon-woo despertar y apretó su mano con aún más fuerza, incapaz de articular palabra durante unos segundos. Se aclaró la garganta para recuperar el habla y, con la voz ligeramente temblorosa, preguntó:
—Yeon-woo... ¿Tuviste un buen sueño?
—Sí... —respondió Yeon-woo sonriendo con infinita dulzura—. Soñé que estabas sonriendo mientras cargabas al bebé... Spence también estaba allí con ustedes... Quería despertar rápido para estar a su lado...
Mientras hablaba, Yeon-woo notó algo extraño en el rostro de su esposo. Pese a que Keith intentaba mantener su habitual porte sereno y firme, sus ojos reflejaban una angustia atroz y desmedida. De repente, ante el asombro de Yeon-woo, un par de lágrimas gruesas y transparentes comenzaron a rodar silenciosamente por las mejillas de Keith.
—¿Por qué lloras...? —preguntó Yeon-woo desconcertado, intentando alzar la otra mano para limpiarle el rostro.
Keith se pasó el dorso de la mano por la cara a toda prisa, frustrado y confundido por su propia reacción:
—No lo sé... De verdad no sé por qué estoy haciendo esto...
Yeon-woo lo miró con comprensión y esperó pacientemente a que su esposo se serenara, sin soltar en ningún momento el contacto de sus manos:
—Keith... Quería decirte algo importante antes de volver a dormirme... Gracias. Muchas gracias por amarme de esta manera tan profunda.
Keith se quedó completamente petrificado ante las palabras de Yeon-woo. Apretó los labios, bajó la cabeza y dejó escapar un largo e incontrolable suspiro:
—...Eso era exactamente lo que yo quería decirte a ti.
Inclinándose despacio sobre la camilla, Keith buscó los labios de Yeon-woo y lo besó con una ternura abrumadora, profundizando el contacto poco a poco para sentir su aliento y convencerse de que estaba vivo. Luego, pegando su frente a la de él, le susurró al oído con voz grave:
—Bienvenido de vuelta a mi lado... Y gracias por abrir los ojos a tiempo, antes de que me salgan canas. Este rostro tan apuesto que tanto te gusta estuvo a punto de arruinarse del puritito susto que me diste.
Yeon-woo no pudo contener una risita débil ante el comentario:
—Ya quiero ver cómo te verás cuando seas anciano. Estoy seguro de que serás un viejito increíblemente atractivo.
—Yeon-woo —lo interrumpió Keith con un tono repentinamente posesivo y serio. Se inclinó una vez más, atrapando sus labios en un corto pero firme beso, y sentenció—: Escúchame bien: ni en esta vida, ni en la siguiente, ni en ninguna otra voy a permitir que exista un tercero entre nosotros. Eres mío.
Yeon-woo asintió con la cabeza, entregándose por completo a la promesa.
Al día siguiente, las primeras planas de los diarios y medios de comunicación más importantes del país anunciaron con grandes titulares el nacimiento del segundo heredero de la influyente familia Pittman.
Fin
Nota Lucy: Hemos llegado al final de esta novela, no hay más extras, estuvo bonita la historia del bebé, me ha encantado toda la novela, pasé por muchas emociones, a ratos me enojaba y quería meterme en la novela y darle unos putazos Keith, pero bueno, al condenado igual lo amo xD
Nos estamos leyendo en otra novelita, espero que les haya gustado :3
