Los brazos y piernas de Anya colgaban inertes como si fuera un fardo en los hombros de Evernight. Al estar colgado cabeza abajo, la sangre se acumulaba en su rostro, poniéndolo intensamente rojo. Anya, lleno de terror como un animal arrastrado al matadero, pataleaba con todas sus fuerzas. Sin embargo, para el caballero que había liderado a la victoria en la guerra territorial, esa fuerza apenas se sentía como una pluma.
"Comandante, él es..."
Un caballero, que estaba montado en su corcel esperando, frunció el ceño al ver a Evernight bajando las escaleras con ese “fardo”. Parecía querer decir algo, pero abrió y cerró la boca varias veces, indeciso. Sin embargo, otro caballero interrumpió antes de que pudiera continuar.
"Vámonos ya. Toda la comida del palacio real es tan grasosa que me revuelve el estómago"
Un caballero de cabello rubio algo desordenado hizo un gesto como si fuera a vomitar.
"Siswu, por cierto, tu barriga parece una montaña ahora mismo. Hay rumores de que tú solo vaciaste toda la despensa del palacio real anoche"
Un hombre, vestido con una túnica sencilla en contraste con los caballeros armados, habló con una sonrisa en el rostro, aunque su comentario sonaba más como una reprimenda. Siswu se rascó la nuca y murmuró.
"Señor Riario, ¡sobreviví 100 días entre esos malditos como un fantasma! ¡Al final casi solo comía papilla! Así que, obviamente, me abalancé sobre lo que fuera que tuviera delante".
A decir verdad, su complexión delgada respaldaba las palabras del mago. Siswu bostezó ampliamente mientras señalaba al pequeño ser vivo que se retorcía en el hombro de Evernight.
"¿Es un prisionero?"
"Idiota, es el príncipe"
La puerta de la carreta se abrió y apareció otro hombre. Tenía el cabello castaño cálido, salpicado de pecas en el puente de la nariz, lo que le daba una apariencia gentil. Lo más distintivo de su aspecto era el monóculo que llevaba en un solo ojo.
"¿El príncipe? Entonces...
“¿El del comandante?”, quiso decir, pero las palabras se quedaron atrapadas en su garganta. Riario se llevó la mano a la frente, sacudiendo la cabeza con resignación. *Cállate*.
"El interior de la carreta está en perfecto estado. También hay círculos mágicos defensivos activados en caso de emergencia."
"Buen trabajo, Karen."
Karen ajustó sus lentes antes de montarse ágilmente en la silla de montar.
Evernight ignoró al resto, pasó junto a ellos y abrió la puerta de la carreta. Luego, arrojó a Anya dentro como si estuviera tirando un saco de papas. El chico se aferró desesperadamente a los bordes de la carreta para evitar ser empujado, pero Evernight suspiró mientras hablaba en un tono ligeramente exasperado.
"Vamos, no te voy a comer."
Anya levantó la cabeza para mirar al hombre. Sus grandes ojos cálidos, color avellana, recordaban a un animal herbívoro. Estaba temblando terriblemente.
"Parece que... el príncipe no entiende lo que está pasando".
Lorea, que había estado callado todo el tiempo, finalmente habló con desgana. ¿En serio? Evernight se acarició el mentón mientras lo meditaba. Pronto, sus labios se curvaron en una línea elegante, y esa expresión severa y aterradora cambió por completo. Cuando sonreía, tenía un aire sorprendentemente travieso.
"Pequeño mocoso, escucha bien. Ahora somos esposos."
De repente levantó una mano. Anya cerró los ojos con fuerza sin darse cuenta.
*¡Me va a pegar!* Instintivamente se cubrió la cabeza con los brazos para protegerse, pero en lugar de dolor, sintió un leve toque en la frente. Los largos dedos del hombre empujaron ligeramente la frente de Anya, lo que fue suficiente para hacerlo caer hacia atrás. Desde arriba, se escuchó la risa burlona del hombre.
"El emperador me dio el título de duque a cambio de comprarte."
Un dolor punzante recorrió el codo de Anya al caer al suelo. Sobre su cuerpo se proyectó una sombra negra. La contraluz no permitía distinguir con claridad la expresión del hombre.
“No tengo el más mínimo interés en ese cuerpo débil y miserable, así que limítate a quedarte tranquilo y encerrado en mi territorio.”
Y con un estruendo, la puerta del carruaje se cerró de golpe.
***
Poco después, el carruaje que llevaba a Anya salió de las puertas de la capital, Maneregia, a un ritmo algo acelerado. Anya se acurrucó en un rincón del carruaje que se sacudía con violencia. Aunque la mayoría de las calles de Maneregia no eran de tierra, sino de firmes caminos de adoquines de granito cortados en tamaños uniformes, cuanto mayor era la velocidad, más intensos eran los golpes. Su cabeza chocaba repetidamente contra la pared del carruaje.
“¿Que soy un inútil? ¿Que no sirvo para nada? Por eso mi padre me vendió.”
La mente de Anya estaba llena de las crueles palabras que aquel hombre había pronunciado momentos antes. Recordó, uno a uno, a sus hermanos, quienes, a diferencia de él, eran capaces y despiadados como el propio emperador. ¿Y qué era Anya Kleist en comparación?
La única suerte que tenía era que al hombre no le interesaba en absoluto. Más bien, parecía aborrecerlo.
“Al menos no quiere matarme.”
Anya agradeció a la Primera Diosa que aquel hombre no fuera uno de los asesinos enviados por su padre. Aun así, los pensamientos negativos continuaban devorándolo por dentro.
'Si descubre lo patético que soy, también me venderá a alguien más, igual que mi padre... Dicen que un esposo tiene derecho a castigar a su esposa si comete algún error... ¿Qué pasará si me golpea mucho?'
Una vez que se abrió paso, el flujo de autocompasión hundió rápidamente a Anya en un pozo sin fondo.
"¡Uoooooh!"
De pronto, un clamor de vítores se escuchó fuera del carruaje. ¿Qué será eso? Todavía acurrucado, con las manos cubriéndose la cabeza, Anya levantó el cuerpo con cautela y, con movimientos lentos, miró por la pequeña ventana del carruaje. Frente a él, pétalos de flores flotaban en el aire y una multitud de banderas del imperio ondeaban al viento. Sus pupilas, de un profundo color avellana, se dilataron al máximo al contemplar algo que jamás había visto.
Miles de ciudadanos del imperio estaban reunidos para despedir a la orden de caballeros, vitoreando sin cesar.
Por primera vez en su vida, Anya había salido del palacio secundario. Las ideas negativas que lo habían consumido hasta hacía un momento se desvanecieron mientras observaba, deslumbrado, el paisaje que pasaba rápidamente frente a él.
Se quedó absorto al contemplar los altos tejados puntiagudos que parecían tocar el cielo y las majestuosas calles. Un pétalo rosado flotó en el aire y rozó la punta de su nariz. Anya, titubeando, extendió una mano hacia la ventana.
'Tal vez... tal vez no sea tan malo después de todo. Mientras no me maten...'
Un delicado pétalo de flor cayó sobre la palma de su mano. Levantó la vista hacia el cielo. Un suspiro de admiración escapó de sus labios sin darse cuenta. Decenas de árboles, con una altura combinada equivalente a tres o cuatro personas, se balanceaban suavemente al ritmo del viento, liberando una lluvia de pétalos.
‘Mientras no muera… está bien. Eso es suficiente.’
En el corazón de Anya brotó una pequeña esperanza.
* * *
La primera diosa, cruelmente, aplastó esa esperanza en cuestión de horas.
“¡Comandante! ¡Es un enjambre de ghouls!”
El carruaje se detuvo bruscamente. Por el impacto, Anya se desplomó hacia adelante y golpeó su frente contra el asiento opuesto. Maldijo entre dientes mientras un dolor punzante le hacía girar la cabeza, emitiendo un gemido involuntario. Se frotó la frente, que había adquirido un tono rojizo, y mientras se reincorporaba, un extraño sonido resonó fuera del carruaje.
Un crujido siniestro, como si huesos se estuvieran torciendo, hizo que el cuerpo de Anya se paralizara.
“Riario, la protección del carruaje es la máxima prioridad.”
“¡Ya hemos levantado múltiples barreras defensivas, no se preocupe!”
Los caballeros gritaban con urgencia. Al mismo tiempo, una extraña frialdad comenzó a invadir el entorno. Anya se abrazó a sí mismo, tiritando mientras sus dientes castañeteaban.
Era un fenómeno inusual. La ciudad de Maneregia, ubicada en el sur del continente occidental, era la metrópolis más próspera y gozaba de un clima cálido durante todo el año. Pero cuando la escarcha comenzó a formarse en las rendijas de la puerta del carruaje, Anya se dio cuenta de que algo estaba terriblemente mal.
¡Kreeeeh!
Un grito desgarrador, imposible de ser producido por algo vivo en este mundo, resonó por todas partes. Simultáneamente, se escucharon golpes sordos, el sonido de carne desgarrada y los característicos ecos metálicos de armas que chocaban con regularidad. El estómago de Anya se revolvió, y apresuradamente cubrió su boca con ambas manos para contener las náuseas.
“¿Cómo es posible que haya un enjambre de ghouls tan lejos de la barrera?”
La voz de un caballero, cargada de urgencia, se filtró desde las inmediaciones del carruaje.
¿Ghouls? Anya recordó un pasaje de uno de los muchos libros que siempre llevaba consigo, en ausencia de un compañero con quien conversar.
*«Se dice que más allá de la barrera, el Absoluto controla desde decenas hasta miles de ghouls y monstruos.»*
Al lado del texto había una ilustración de un montón de cadáveres grotescos.
Criiik. Criiik.
Un sonido estremecedor, como si uñas largas rasgaran una lámina de metal, se escuchó justo al lado, casi como un susurro. Con un sobresalto, Anya se incorporó y cubrió sus oídos con las manos. Los ghouls, según los libros, devoraban miembros humanos mientras sus víctimas aún vivían. Solo imaginarlo hizo que su cuerpo temblara sin control.
Criiik.
La curiosidad humana es, sin duda, una maldición. Anya, incapaz de resistir el irritante sonido, dirigió involuntariamente su mirada hacia la ventana. Entonces, casi perdió el conocimiento.
Una niña rubia, de ojos azules brillantes, estaba afuera, sonriendo espasmódicamente mientras la miraba fijamente. Con sus uñas, rasguñaba el cristal. La boca de la niña estaba rasgada hasta las orejas, revelando carne podrida dentro de su boca.
Ahogando un grito, Anya retrocedió tambaleante sobre sus caderas y cubrió su boca con las manos para evitar vomitar. **Voy a morir, sin duda voy a morir.** Justo cuando el terror comenzaba a paralizar su cuerpo, la cabeza de la niña fue cortada de un tajo. La sangre, de un rojo oscuro, salpicó la ventana como si fuera pintura.
La escena irreal hizo que Anya finalmente cayera al suelo, espuma saliendo de su boca. Entre sus párpados entrecerrados, alcanzó a ver unos ojos azul hielo observándola a través de la ventana. Los ojos del hombre, de un azul gélido, contrastaban intensamente con el color escarlata de la sangre.
Toc, toc.
Al escuchar el sonido de golpes en el carruaje, Anya abrió los párpados con gran esfuerzo. "Voy a entrar." Tras pedir permiso, la puerta del carruaje se abrió con cuidado.
“¿Se encuentra bien?”
Riario lo observaba con una expresión ambigua. La primera sensación que invadió a Anya fue un olor tan nauseabundo que le revolvió el estómago. Algo subió abruptamente desde su interior, y con urgencia, cubriéndose la boca, salió corriendo del carruaje.
“¡Ah…! ¡P-príncipe!”
Pudo oír el grito desconcertado de Riario, pero ya había salido del carruaje. Frente a él apareció un enorme hoyo en el suelo. En el centro del agujero había varias estacas largas, y cada una de ellas estaba atravesada por decenas de cabezas, como si fueran brochetas de pollo.
Horrorizado, Anya quedó paralizado, incapaz de gritar, y empezó a correr en dirección contraria. Pero no avanzó mucho antes de chocar contra algo duro.
¿Un ghoul?
“Ugh…” Dominado por el miedo, Anya no pudo contenerlo más y vomitó.
“Por los cielos.”
Detrás de Anya, que estaba inclinada vomitando, los caballeros soltaron un suspiro al unísono. Lorea se llevó una mano a la frente y desvió la mirada.
“……”
Bajo su vista, Anya vio unas botas de cuero oscuro cubiertas de su vómito mezclado con sangre oscura. “¡Ugh!” Anya, horrorizado por aquel espectáculo, volvió a vomitar.
“¿Comandante… está bien?”
El silencio se hizo presente.
No mucho después, alguien le agarró bruscamente la mandíbula temblorosa. Ante sus ojos apareció el rostro de Evernight. Aquellos ojos azules que había visto brillar tras el manto carmesí ahora estaban frente a él. Con una mirada fría e indiferente, Evernight giró el pálido rostro de Anya de un lado a otro, mientras sus labios se curvaban en una sonrisa tan gélida como distante.
“Creí haberte dicho que no soporto las quejas.”
Anya empezó a agitar manos y pies en un intento desesperado de liberarse del agarre de Evernight. Sin embargo, sus débiles puñetazos no llegaron ni a rozar su pecho. Al final, Evernight lo soltó sin remordimientos, haciendo que Anya cayera hacia atrás como había anticipado.
La ropa del príncipe, impecablemente blanca y cuidadosamente remendada en varias partes, quedó manchada sin piedad por el barro del suelo. Con una expresión de hastío, Evernight observó cómo el símbolo de la pureza se contaminaba con suciedad.
“¡Comandante…! Aun así, sigue siendo un príncipe.”
Ante el breve grito de Lorea, Evernight echó hacia atrás su cabello, pegajoso de sangre. Aunque frío como una espada bien afilada, su rostro, lo suficientemente hermoso como para hechizar incluso a monstruos, quedó completamente expuesto. Miró con desdén a Anya, que seguía luchando inútilmente en el lodo, como si fuera insignificante, y se burló.
“Ya no es un príncipe. Maldita sea, ahora es mi pareja, a quien debo mantener el resto de mi vida. Si quiere sobrevivir en el norte, tendrá que acostumbrarse a esto. No lo ayudes. Es una orden.”
Es una orden, ¿no? Bueno, no hay otra opción. Siswu se encogió de hombros hacia Lorea. Lorea miró al príncipe con compasión antes de darse la vuelta con pasos pesados. Los demás caballeros también comenzaron a moverse rápidamente para ocuparse de sus propias tareas.
Cuando rociaron aceite sobre la cabeza de un ghoul atravesada por una estaca y la encendieron, el aire, ya nauseabundo, se volvió aún más insoportable. Tirado en el lodo, Anya se tapó la boca y lloró desconsoladamente ante aquel olor extraño que nunca antes había olido. Su rostro, que antes estaba limpio, se ensució en un instante. Ahora, aunque el propio emperador gritara que ese chico era su hijo, nadie lo creería. Nunca tuvo realmente la dignidad de un miembro de la realeza, pero en ese momento estaba peor que un siervo mendigo.
Anya permaneció mucho tiempo tirado en el lodo, llorando y moqueando. Sin embargo, nadie le prestó atención. Incluso él sentía vergüenza y humillación. Después de todo, también era una persona con conciencia.
“¡Cof, cof!”
El humo de los cuerpos quemados era tan acre que provocaba tos involuntaria. La cara de Anya estaba roja e irritada, después de tanto limpiarse las lágrimas y los mocos con la manga. Con cada respiración, la autocompasión lo envolvía.
‘¿Por qué soy así? Solo les estoy causando problemas… Soy un idiota, seguro que me abandonarán. Ese hombre no tardará en venderme en el mercado de esclavos.’
“El camino hacia el norte es largo y duro, Alteza.”
Mientras sus delgados brazos temblaban al intentar mantenerse en pie, un mago se acuclilló frente a él. Sacó algo de entre sus ropas y se lo ofreció. En la palma del mago había una pastilla redonda y negra.
‘¿Qui… quiere que me suicide?’
Anya negó con la cabeza mientras se tapaba la boca, aterrado. Riario dejó escapar un pequeño suspiro. ¿Qué edad tendría? ¿Quince? ¿Dieciséis? Aunque el mayordomo había mencionado que acababa de alcanzar la mayoría de edad, por su estado físico no parecía en absoluto alguien adulto.
El emperador, para decirlo sin rodeos, era un hombre sin escrúpulos. Encerró a su joven hijo en un palacio secundario, sin cuidarlo, y luego lo dejó prácticamente abandonado al Comandante de los Caballeros de la Oscuridad, conocidos como los peores de todos.
Los Caballeros de la Oscuridad eran la orden encargada de proteger el Muro de la Noche, conocido como el fin del mundo. En otras palabras, un lugar donde no sabías si vivirías o morirías. Y enviaron a un crío prácticamente recién nacido a ese lugar mortal.
En el norte, donde el Muro de la Noche separaba a los vivos de los muertos, este príncipe no podría sobrevivir.
Riario tomó la mano del príncipe y le puso la pastilla redonda en la palma.
“Que el Comandante no lo sepa.”
Guiñó un ojo con picardía.
“Cuando sea demasiado difícil de soportar, mastíquela y tráguesela. Entrará en un dulce sueño en un instante.”
Con los ojos llenos de lágrimas, Anya alternaba su mirada entre la redonda pastilla y el rostro del mago. Él abrió sus labios secos y agrietados, esforzándose por emitir algún sonido.
"Por qué... ¿por qué me das algo tan valioso a mí...?"
Riario se rascó la mejilla con aire incómodo. Aunque lo sentía por el joven, no tenía más remedio que llevarlo de manera segura al territorio del norte, especialmente después de que el emperador había mencionado el derecho de la primera noche. Si antes de eso este príncipe medio inútil moría, el emperador, con su temperamento caprichoso, podría retractarse de la concesión del título de duque de Evernight.
Los caballeros tendían a sobrestimar la resistencia de la gente común, y Anya ni siquiera alcanzaba el nivel de "común". Para Riario, él era la persona más débil que había conocido. Por eso no tuvo más remedio que intervenir personalmente...
"Considéralo simplemente un gesto de buena voluntad."
A pesar de la respuesta algo indiferente, Anya Kleist bajó la cabeza y sujetó la redonda píldora como si fuera un tesoro precioso.
"Gr-gracias."
***
El viaje hacia el norte avanzaba sin descanso y con fuerza. Los leones oscuros cabalgaban toda la noche sin mostrar signos de fatiga.
"Hoy no queda otra opción más que acampar al aire libre."
Sin embargo, cuando los caballos que montaban empezaron a jadear y a disminuir la velocidad, se vieron obligados a detenerse y descansar. Cuanto más se acercaban al norte, más rápidamente disminuía el número de aldeas. Buscaron algún edificio abandonado, pero tampoco tuvieron suerte. Así que se instalaron en un lugar seguro para pasar la noche.
"Voy a patrullar los alrededores. Señor mago, ¿puede ayudar con algo de magia?"
El mago, que mostraba claros signos de agotamiento, asintió y bajó del caballo. Siswu, con un enérgico grito de mando, salió disparado hacia la oscuridad como una flecha.
"Comemos lo mismo, pero ese tipo siempre parece tener energía de sobra", murmuró Riario, sacudiendo la cabeza con incredulidad mientras cerraba los ojos y se sentaba en su lugar. Debajo de él, un círculo mágico comenzó a brillar con un extraño color púrpura mientras se desplegaba. Podía percibir cómo Siswu recorría rápidamente los alrededores del campamento. Riario lanzó un hechizo de protección a su alrededor mientras inspeccionaba los alrededores, y los demás caballeros montaban las tiendas y encendían una fogata.
"Karen, tus manos son toscas, pero trabajas con precisión. Seguro que tendrás un buen matrimonio"
Siswu, quien regresó rápidamente de su patrulla, miró con satisfacción la gran olla que reposaba sobre la fogata.
"Cállate y come."
Karen respondió mientras removía con una cuchara de madera el estofado hecho de carne seca, papas trituradas y algunas hierbas. Debido a la temperatura mucho más baja que en Maneregia, todos se habían reunido alrededor de la fogata para calentarse. Habían cabalgado todo el día, y aunque comieran y comieran, seguían hambrientos.
"Ah... ¿y el príncipe?"
Siswu, que devoraba el estofado vorazmente, miró de reojo el carruaje silencioso como una tumba y preguntó. Los caballeros descansaban según su propio ritmo, no por consideración al joven príncipe novato que, por primera vez, salía al mundo exterior en ese carruaje tambaleante.
"Ese comprimido de sueño satisface los nutrientes necesarios para varios días, así que no te preocupes."
Gracias a que Riario había informado a los caballeros que le dio al príncipe un comprimido de sueño a escondidas del Comandante, todos consideraban el silencio en el carruaje como algo insignificante.
"Riario, hiciste algo innecesario."
Evernight estaba sentado relajadamente, apoyado contra una roca. Aquel hombre, irrealmente apuesto, a menudo parecía más un noble funcionario que un caballero, quizás por el contraste entre su cabello, que parecía el cielo nocturno, y su piel pálida.
¿Quién podría imaginar que él era el infame Comandante de los Leones Negros, conocidos por su oscuridad y ferocidad?
"Es solo un mocoso. Además, creo que sigues olvidando que es el príncipe, Comandante."
"El emperador me lo vendió, así que ya no es Kleist, sino Anya Evernight. Yo decido dónde pertenece."
Evernight lanzó su daga al aire y la atrapó repetidamente mientras hablaba con un tono monótono. La afilada hoja, que parecía capaz de causar un baño de sangre con el más leve roce, se movía con precisión en sus manos.
"Siswu, siempre me he preguntado, ¿eso de tu cabeza es un adorno?"
"¿Eh?" Siswu respondió aturdido, y Evernight negó con la mano como si se hubiera arrepentido de preguntar. Dirigió su mirada al carruaje silencioso y frunció el ceño ligeramente.
"Hablar de un príncipe no sirve de excusa. Su Majestad odia tanto el desarrollo del norte que se le ocurrió esta jugada de mierda. Un humilde norteño no tiene más remedio que entenderlo."
Evernight sonrió con sarcasmo mientras decía eso. En ese momento, la daga que lanzó hacia la oscuridad impactó rápidamente en una bestia salvaje que pasaba. Un agudo chillido atravesó el aire tranquilo de la noche.
"Pongamos algo de carne en el estofado."
Evernight silbó suavemente, cruzó los brazos y cerró los ojos.
"Yo no pienso enterrar cadáveres hasta que el Comandante reciba oficialmente su título."
"Entonces... ¿eso significa que Su Alteza puede quedar embarazado?"
Por eso se casará con el Comandante, ¿no? Siswu preguntó con ingenuidad mientras sus mejillas se inflaban como un globo. En el mundo, había hombres que, aunque raros, tenían la capacidad de quedar embarazados. Eran pocos, pero existían. Sin embargo, como suele ser cruel la naturaleza del mundo, esas minorías solían ser perseguidas.
"Es porque puede quedar embarazado que lo mandaron a la mierda."
Una daga que giraba en el aire cayó velozmente hacia Evernight. Él la atrapó con facilidad por el mango y la guardó en su cinturón.
"¿De qué está hablando? ¡Si quedar embarazado está bien! Así asegura un heredero." Siswu seguía devorando su comida con avidez.
Evernight era la estrella ascendente del norte. En esa región, nunca había habido nobles asentados como señores feudales. Por eso, la tierra era estéril y el desarrollo lento. La mayoría de los habitantes del norte morían congelados por el frío extremo, de hambre o masacrados por criaturas monstruosas.
A pesar de ello, el emperador nunca se molestó en implementar siquiera una medida de ayuda. Más bien, ordenó a los Caballeros de la Oscuridad, una orden militar de dudosa reputación en el norte, que expandieran el territorio más allá de la muralla. Básicamente, el mensaje era claro: los pobres del norte debían quedarse atrapados en el infierno sin siquiera pensar en escapar.
"Acato la orden."
Cuando los demás intentaron huir del norte, prefiriendo convertirse en plebeyos libres, Evernight se presentó. Se arrodilló frente al emisario del emperador y juró lealtad.
Años después, Evernight cumplió su promesa al expulsar a las criaturas más allá de la muralla. La guerra duró cuatro años, un conflicto largo y sangriento.
La muralla, que durante siglos se había parchado constantemente y que aun así había costado muchas vidas norteñas, finalmente colapsó, cayendo en la historia. Los habitantes del norte miraron con asombro la tierra desconocida más allá. Pero no duró mucho; en poco tiempo, un territorio equivalente al tamaño de una ciudad quedó en manos del héroe del norte.
Ese lugar, antaño gobernado por criaturas monstruosas y la muerte misma, no era un sitio habitable para los humanos. Siempre nevaba y el clima era implacable, pero escondía valiosos minerales y reliquias de antiguas civilizaciones.
Evernight puso fin a la guerra y ordenó construir una nueva muralla. Ahora, una barrera de roca y piedra estaba en proceso de ser erigida, más sólida y resistente que la anterior.
"¿Entonces el Comandante será el primer duque con un consorte masculino? Vaya, el emperador no lo pone fácil. Después de todo este trabajo..."
Karen intentó medir sus palabras, pero pronto se dejó llevar.
"Honestamente, creo que lo que ha logrado es comparable a los grandes héroes de la antigüedad. No deberían tratarlo así."
Dándose cuenta de que se había emocionado demasiado, miró el rostro de Evernight al otro lado de la hoguera. La sombra en su expresión hacía imposible descifrar lo que pensaba. Parecía disgustado con la decisión del emperador, pero obedecía sin resistencia. Siempre había sido así. Aunque aparentaba ser un hombre honesto, sus emociones parecían más una máscara impenetrable.
El emperador nunca confió en un caballero plebeyo del norte, incluso si había cumplido con una tarea imposible para cualquier humano. Por eso, decidió otorgarle el título de duque junto con una humillación eterna.
En la sociedad noble del imperio, tener un consorte masculino era visto como deshonroso. Ni siquiera consideraban a los hombres como amantes o concubinos, y los hijos nacidos de tales relaciones no podían heredar el apellido familiar.
Para la nobleza del imperio, era uno de los mayores estigmas. Cada varias décadas surgían rumores de algún noble que, loco de amor, había cometido tal locura, pero esas historias rara vez se confirmaban.
"Comandante, ¿así que también tiene gustos por los hombres?"
¡Paf! Karen tomó una cuchara de madera y la lanzó directamente contra la nuca de Siswu.
“¿Por qué no cierras la boca y simplemente te vas a dormir?”
“¡¿Qué?! Karen, ¿acaso dijiste todo lo que querías?”
“Deberías aprender a captar las señales, novato.”
El ruido de su discusión resonaba de un lado al otro de la fogata, mientras la fría y oscura noche seguía su curso.
***
Todos descansaban alrededor de la fogata, pero, lamentablemente, Anya Kleist seguía despierto. Estaba prácticamente igual que un cadáver con los ojos abiertos. Su cuerpo entero estaba empapado en sudor frío, y cada vez que cerraba los ojos, las escenas de pesadilla que aparecían le impedían conciliar el sueño. En el interior del carruaje tambaleante, había pellizcado sus muslos tantas veces para evitar vomitar que, bajo la ropa cubierta de barro, su piel estaba llena de moretones.
Se sintió tan exhausto que estuvo tentado de tomar las píldoras que el mago le había dado, pero pronto negó con la cabeza y limpió su frente sudorosa con la manga. Cada vez que sentía náuseas, sus manos buscaban consuelo en aquel objeto redondo y liso que sostenía con cuidado.
“Digamos que solo fue un gesto de amabilidad.”
Por primera vez en su vida, una mano extendida con buena voluntad le dio a Anya una fuerza casi sobrehumana. La cálida mirada del mago provocó un suave oleaje en su pecho. Aunque el viaje era más duro que la muerte, al reflexionar se dio cuenta de que no solo el mago, sino también los caballeros allí presentes, no lo golpeaban ni lo acosaban.
Incluso ese hombre… aunque lo despreciara, nunca llegó a golpearlo. Más bien, solo empujaba su frente, como si estuviera tratando con un niño. Si hubiera querido, podría haberle golpeado la cabeza como solían hacer sus hermanos. Solo por eso, el chico ofreció una oración de agradecimiento a la primera diosa.
Al llegar a ese pensamiento, deseó causar una buena impresión en ellos. Había leído que el norte era una región bárbara gobernada por la lógica de la fuerza. Sin embargo, los caballeros del norte parecían mucho más humanos que la gente del Palacio Imperial. Una extraña esperanza brotó en su interior.
Aunque solo fuese un don nadie, aunque viviera una vida insignificante en la que podría morir en cualquier momento, la verdad era que Anya tenía una voluntad de vivir más fuerte que nadie. Por eso, había logrado no colgarse en aquella solitaria y fría residencia secundaria.
Gruu…
Esa voluntad de vivir despertó un hambre voraz. Pensándolo bien, incluso antes de partir en este viaje, no había comido adecuadamente. En el pabellón secundario, los sirvientes solían robar las raciones asignadas, así que Anya tenía que sobrevivir desmenuzando trozos de pan duro y remojándolos en agua. Cuando no tenía esa opción, mordisqueaba corteza de árbol o trituraba frutos y hierbas comestibles para hacer un puré.
“Tengo hambre…”
Anya volvió a secarse el sudor de la frente mientras se desplomaba de lado sobre el asiento del carruaje. Sus ojos comenzaban a cerrarse, nublados. A medida que avanzaban hacia el norte, la temperatura seguía bajando, y el frío atravesaba la tela fina de su ropa. De su boca escapó un leve ataque de tos. En su pequeña mano, una redonda píldora estaba firmemente agarrada, como si fuera un tótem de la suerte.
***
Lorea, uno de los leones de la oscuridad, podía considerarse algo más delicado que los demás caballeros. Era el único miembro noble de la orden, aunque su condición de hijo ilegítimo lo había obligado a llevar una vida prácticamente igual a la de un plebeyo. A pesar de ello, nunca olvidó sus raíces ni su identidad.
Mientras avivaba la moribunda fogata con un tronco, Lorea recordó algo que había pasado por alto. En su apuro por traer al príncipe, no se había ocupado de su vestimenta. Ahora que habían dejado atrás el sur, las temperaturas a medianoche eran notablemente frías.
Evernight yacía sobre una roca plana, con las manos cruzadas detrás de la cabeza. Por lo visto, el Comandante había decidido hacer la guardia. El mago se había retirado temprano a la tienda, y los demás caballeros, bostezando, se habían arrastrado al interior.
"Comandante."
"Habla."
Aunque tenía los ojos cerrados, Evernight no estaba durmiendo. Por insensible que pudiera parecer, era el más atento de todos y rara vez dormía durante una misión.
"La noche es fría. Deberíamos llevarle una manta al príncipe".
Evernight giró la cabeza hacia Lorea, y sus ojos azules brillaron de forma peculiar, acentuados por la oscuridad que los rodeaba.
"Iré yo. Descansa, Lorea."
Contra todo pronóstico, Evernight saltó de la roca y tomó la manta que Lorea sostenía. Aunque distinguía claramente entre emociones y deber, entendía que la seguridad del príncipe era crucial. Si algo le ocurría, las consecuencias serían problemáticas.
Sin llamar, Evernight abrió de golpe la puerta del carruaje. El interior, alejado del calor de la fogata, estaba helado. En un rincón distinguió una figura redondeada, completamente acurrucada. Lanzó la manta sobre ella.
La pequeña figura no reaccionó. Algo no estaba bien. Como caballero, sus instintos lo alertaron del frío que precede a la muerte. Maldiciendo en voz baja, subió al carruaje y giró al chico. La respiración entrecortada y los leves gemidos confirmaron sus temores: el cuerpo del príncipe estaba tan frío como un cadáver. Lo envolvió con la manta y lo levantó. Era increíblemente ligero.
Al hacerlo, algo cayó al suelo. Era una píldora medicinal de Riario. El príncipe había desobedecido y no la había tomado. Evernight, despreciando la necedad, la aplastó sin dudarlo.
"Comandante, ¿qué ha ocurrido?"
"No despiertes a nadie. Lo llevaré a mi tienda."
Con preocupación, Lorea miró al príncipe, cuyo cabello sobresalía entre las mantas. Su inmovilidad parecía la de un cadáver. Contemplando las posibles consecuencias de su muerte, Lorea se tensó. Evernight debía sentir lo mismo.
"Lorea, toma mi lugar en la guardia."
Lorea asintió sin replicar, mientras el Comandante desaparecía con el príncipe en brazos.
A pesar de su rango, la tienda de Evernight era austera. La orden de los leones de la oscuridad nunca había contado con recursos abundantes. En esta misión, sin embargo, la presencia del príncipe había obligado al emperador a proveer lo esencial.
Evernight colocó al príncipe en un saco de dormir tras quitarle las mantas. Sus ropas estaban sucias y su cuerpo temblaba. Sin dudarlo, desabrochó el incómodo manto del chico y lo apartó. Bajo la seda, el cuerpo pálido y delgado del príncipe no inspiraba lástima, solo fragilidad.
Maldijo en voz baja mientras se quitaba su propia camisa. Tras arrojarla al suelo, se metió en el saco y envolvió al príncipe con su cuerpo. Su alta temperatura corporal, típica de los habitantes del norte, pronto comenzó a transmitir calor al joven.
"Ugh… "
El príncipe gimió débilmente y se acurrucó como un cachorro buscando calor, aferrándose al Comandante con desesperación. Ese acto evocó en Evernight fragmentos de su propio pasado. Para silenciar sus pensamientos, acarició el cabello del chico y lo atrajo más hacia su pecho.
Fuera, el crepitar de la fogata y los débiles gemidos del príncipe se mezclaron en el aire. Era una noche peculiar.
Anya despertó sobresaltado. La manta resbaló de su cuerpo, y el frío matutino lo envolvió. Descubrió su torso desnudo y estuvo a punto de gritar. Con las mejillas ardiendo, se cubrió apresuradamente y miró a su alrededor, dándose cuenta de que no estaba en el carruaje, sino en una tienda sencilla. Desde fuera llegaban ruidos de actividad.
"¡Buenos días, alteza! ", exclamó Siswu entrando con un barril de agua caliente. Pese al esfuerzo, el joven caballero bromeó alegremente mientras lo dejaba en el suelo.
"¿Qué… qué es esto? "preguntó Anya, confuso.
"El señor Riario dijo que necesitaba un baño caliente para subir su temperatura. Incluso usó magia de fuego para calentar el agua."
Siswu rió, mientras Anya, avergonzado, se acurrucaba de nuevo bajo la manta.
“La magia siempre es fascinante. Yo también soñé con ser mago alguna vez. Pero lo dejé pronto al darme cuenta de que no tenía ni una pizca de poder mágico. Había un viejo que me enseñaba entonces, pero era tan insoportable… Ah, tal vez lo encuentres si vas al norte. Claro, si es que sigue vivo.”
Anya se esforzaba al máximo para mostrar entusiasmo y seguir la conversación. No estaba acostumbrado a que alguien le hablara con tanta familiaridad, lo que le hacía sentir una especie de euforia. Siswu, al ver la atención con la que Anya lo escuchaba, pareció más emocionado y no dejó de hablar.
“¿Estás bien? Escuché que anoche dormiste con el Comandante. Pero no te preocupes, el Comandante no tiene el hábito de... acostarse con hombres.”
¿D-dormí con el Comandante? ¿C-con ese caballero? Anya quedó tan atónito que su boca se abrió involuntariamente.
“Siswu, cierra la boca y sal.”
De repente, una voz baja y fría se escuchó desde atrás. Siswu tembló y giró la cabeza. Evernight estaba inclinado en el marco de la puerta, sosteniendo un pequeño cuenco en una mano.
“¿Por qué siempre me dicen que cierre la boc…?”
“Cállate.”
Aunque murmuró en voz baja, Siswu obedeció al instante y salió. Tan pronto como la persona habladora y ruidosa se fue, la tienda quedó sumida en un silencio absoluto. Anya jugaba nerviosamente con sus dedos mientras trataba de descifrar el humor de Evernight.
“Come.”
Evernight dejó el cuenco en el suelo con una orden breve. En su interior había un guiso espeso. Aunque sencillo y tosco, desprendía un aroma increíblemente delicioso.
“¿P-puedo comer esto?”
“¿No escuchaste cuando dije que comieras? ¿O quieres que te alimente?”
Anya negó con la cabeza frenéticamente. Ni siquiera quería rechazarlo. Tenía mucha hambre y podría haberse comido dos platos más. Extendió la mano y tomó el cuenco debajo de la cama. Al hacerlo, la manta que lo cubría resbaló, dejando su cuerpo delgado al descubierto.
Los ojos del hombre se clavaron en su piel como si lo perforaran. Anya, sobresaltado, agarró rápidamente el borde de la manta. En el proceso, parte del guiso se derramó al suelo. Pálido, comenzó a temblar.
“¡L-lo siento!”
“¿Inclinar la cabeza siempre es tu reflejo? ¿No puedes hablar aunque te duela?”
Evernight se sentó en una silla en la esquina de la tienda, cruzando las piernas mientras miraba a Anya con inexpresividad. Aunque sus palabras eran duras, su tono era tan neutral que era imposible discernir si estaba enfadado. Anya, acostumbrado a los crueles castigos en el palacio, se asustaba incluso por los errores más pequeños. Las cicatrices de ese miedo constante lo habían convertido en alguien asustadizo.
Con un tono cargado de fastidio, Evernight habló.
“Si te duele, dilo.”
“¿P-perdón?”
El delgado joven seguía evaluando la situación con una mirada temerosa.
“Si aguantas como un idiota, solo será más molesto. Escucha, maldito novato, necesitas aprender eso.”
El simple acto de hacer preguntas tontas parecía irritar a Evernight.
Detestaba a los que no podían valerse por sí mismos. El norte era hostil hacia los forasteros, y aún más hacia los nobles o miembros de la realeza. ¿Un año? No, al menos hasta que el emperador otorgara un título. Anya tendría que sobrevivir hasta entonces. Pero, viéndolo ahora, no duraría ni un mes.
“Responde.”
Al verlo tan frágil y joven, Evernight sintió una punzada de frustración. No era alguien que disfrutara de las relaciones íntimas, y menos aún con hombres. Una vez había sido suficiente para satisfacer su curiosidad. Bastaría con mantenerlo en una habitación cómoda y alimentarlo bien para que sobreviviera.
“S-sí…”
Con las manos juntas y la cabeza baja, Anya respondió de manera sumisa. Su voz apenas era audible.
Evernight se pasó la mano por el cabello, un gesto que hacía cuando estaba frustrado. Era un hábito curioso para alguien de su carácter.
“Si mueres así, solo será tu pérdida.”
‘Y también me meterás en problemas’, pensó, aunque no lo dijo en voz alta. En su lugar, formuló un argumento práctico.
“En Tildeon, nadie se preocupa por una muerte insignificante. Y menos por la de un príncipe. Si mueres, todos brindarían por ello.”
Esas palabras eran escalofriantes.
“Anya.”
Por primera vez, el hombre pronunció el nombre del joven. Aunque era un nombre familiar para él, sonaba extraño.
“Aquí no hay nadie que consienta tus caprichos.”
Sus palabras eran ásperas, pero tenían un peso que calaba. Mientras hablaba, jugaba distraídamente con una daga simple, sin ningún adorno, observando a Anya de arriba abajo.
“En el norte, decimos que cada decisión que tomamos define nuestro destino. Así que, sea cual sea el resultado, debes aceptarlo con calma.”
Esa mirada persistente hizo que los hombros de Anya se encogieran aún más.
“Para cuando termines el baño, el guiso estará frío. No pensé en eso.”
Come mientras tanto. La sugerencia de Evernight era extrañamente difícil de rechazar. De alguna manera, siempre decía lo correcto.
Sin previo aviso, se acercó rápidamente y le quitó la manta a Anya. El joven soltó un grito ahogado y se cubrió el pecho con las manos.
Frente a él, siempre se sentía pequeño, pero algo en su interior despertó un sentimiento desconocido. No sabía cómo llamarlo, pero no era desagradable.
‘Cada decisión que tomo define mi destino…’
“Y-yo lo haré.”
Anya no sabía qué hacer, atrapado por la presencia del hombre sentado frente a él, incapaz de moverse. El chico no era del tipo que se desnudara sin pudor frente a los demás, ni tenía esa confianza en sí mismo.
“No tengo ningún interés en el cuerpo de un hombre. De hecho, eso ya es suficiente preocupación.”
Sin embargo, sus palabras no sonaban preocupadas en absoluto. Más bien, su postura desafiante daba la impresión de que estaba lleno de descontento.
‘¿Preocupación? ¿De qué está preocupado exactamente?’
Aunque Anya sentía curiosidad, el miedo al Evernight que empuñaba una espada la disuadió de decir algo.
Evernight estaba sentado con aire altivo en una esquina de la tienda mientras Anya se bañaba. Todo el tiempo, se dedicaba a pulir su espada, produciendo un sonido tan escalofriante que Anya ni siquiera podía chapotear en el agua. Pegado al borde del barril, apenas movía las manos bajo el agua.
Con cautela, Anya alzó la mirada hacia Evernight. Él tenía un talento inquietante para leer las emociones de las personas. Sus ojos, que antes estaban clavados en la espada, se dirigieron directamente a Anya, y sus miradas se encontraron en el aire. Al mirar esos ojos azules y helados, Anya sintió que por un momento se le detenía la respiración. El hombre hizo un gesto con la barbilla. Movía los labios como si estuviera diciendo algo: *stew*.
“¡Sí, sí…!”
Anya casi gritó mientras extendía el brazo fuera del barril para tomar un cuenco de madera. Metió un bocado en su boca apresuradamente, y sintió un ardor como si se hubiera quemado el paladar. El chico tragó el dolor en silencio mientras miraba a su alrededor con nerviosismo. Por suerte, el estofado tenía un sabor increíble. Su estómago, al borde del colapso, absorbía los nutrientes con avidez.
“Come más.”
Con las mejillas encendidas de vergüenza, Anya no rechazó el segundo cuenco de estofado que Evernight le ofreció.
Concluyó la pacífica mañana, y la travesía comenzó de nuevo.
‘¡Ha desaparecido!’
Entre los caballeros que recogían el campamento y preparaban sus cosas, Anya buscaba frenéticamente en su cuerpo. La píldora mágica que le habían dado, que debía estar en el bolsillo interno de su túnica, había desaparecido sin dejar rastro. Era el primer regalo que recibía de alguien en toda su vida. Con el rostro al borde del llanto, Anya escudriñó desesperadamente el suelo.
El mago estaba cerca de la hoguera que casi se había apagado, bostezando con calma.
“¡Vamos, vamos! Limpien todo con cuidado. ¿Qué pasará si las criaturas nos siguen?”
De vez en cuando, regañaba a Siswu con su habitual tono crítico. Desde la distancia, Anya miraba nervioso al mago mientras daba golpecitos en el suelo con el pie. Recordó que había disfrutado de un baño caliente esa misma mañana gracias a las habilidades de ese hombre. No quería decepcionar a alguien que había mostrado buena voluntad hacia él.
‘El ropaje del príncipe lo lavé en el arroyo cercano, pero no logré quitar toda la suciedad.’
Esa frase, dicha por Siswu cuando trajo la ropa casi al final del baño, cruzó rápidamente por su mente. Los caballeros estaban ocupados. Aprovechando, Anya retrocedió poco a poco y corrió a toda prisa hacia el arroyo a lo lejos. Aunque el miedo a encontrarse con alguna criatura la asaltaba, el recuerdo de los caballeros del norte, que le habían mostrado amabilidad, le dio el valor necesario.
‘Cada decisión que tomo por mí mismo…’
Anya escudriñaba el suelo mientras avanzaba hacia el arroyo, pensando que quizás Siswu había dejado caer la píldora mientras traía la túnica. Sin embargo, solo encontraba tierra seca y suelta bajo sus pies.
El campamento estaba ubicado en el corazón de un bosque espeso, lo que hacía fácil perderse. Para evitarlo, Anya iba dejando piedras en el camino a medida que avanzaba. No tardó en oír el sonido suave del agua. Aunque la distancia no era mucha, el camino montañoso y su estado de nerviosismo le hicieron perder el aliento. Se sujetó de un árbol para girar en la curva, pero casi terminó cayendo al suelo de espaldas.
Había alguien en el valle. La luz del sol brillaba intensamente al reflejarse en el agua, y en medio de ese resplandor, Evernight se estaba lavando el torso desnudo.
“¿Todos los caballeros tendrán un cuerpo así?”
El hombre alto tenía una figura más imponente y esculpida que las estatuas que Anya había visto en el palacio imperial. Cuando Evernight se dio la vuelta, Anya notó inesperadamente una gran cicatriz de espada en su pecho.
“……”
En medio del peculiar y extraño silencio que solo podía sentirse en el bosque, sus miradas se encontraron. Anya se giró rápidamente con la intención de huir, pero su capucha fue atrapada por una mano fuerte.
“¿Tienes ganas de morir?”
Evernight, irritado, no entendía cómo alguien tan débil como ese joven se atrevía a vagar por el bosque con tanta despreocupación. Cuanto más se acercaban al norte, mayor era el número de bestias demoníacas.
No soportaba a los necios que no entendían su lugar. Ese emperador tan enigmático parecía conocerlo mejor de lo que había imaginado. Probablemente había decidido enviarle justo al tipo de persona que más despreciaba.
“Yo... yo... Evernight… lord...”
Evernight esbozó una sonrisa burlona al oír cómo lo llamaban.
“¿Por casualidad ha visto un... una pastilla redonda aquí?”
“Un mago me lo dio…”
La voz de Anya se hacía cada vez más débil. Los ojos de Evernight se entrecerraron, agudos. Aunque sopló un viento helado, Evernight no mostró ni el menor estremecimiento.
¿No tenía frío? Como un reflejo involuntario, Anya recordó el calor del cuerpo del hombre, cálido como una estufa durante toda la noche. Su rostro se encendió de rojo hasta las orejas.
“¿Eres tonto? Si la pastilla toca el agua, se disuelve.”
El rostro de Anya palideció al escuchar eso. Si tenía efectos tan poderosos, debía de ser un medicamento muy valioso. Un mago se lo había confiado, pero ahora... ¿cómo enfrentarlo después de perderlo? Seguramente se decepcionaría al ver que había actuado como un idiota.
Evernight, viendo al joven en estado de desesperación, no confesó que él mismo había pisado y destruido la pastilla deliberadamente la noche anterior. Saliendo del agua, recogió su camisa del suelo y pasó junto a Anya sin mirarlo.
“¿Qué te decepciona tanto?”
“Eres estúpido, así que quédate callado y sígueme.” Sin decir palabra, Anya se pegó a la espalda de Evernight mientras regresaban al campamento.
Durante todo el trayecto, Anya no pudo deshacerse de su expresión melancólica.
Con los días, Anya comenzó a acostumbrarse al traqueteo de la carreta. Los caballeros se aseguraban de que siempre tuviera comida, lo que era un cambio para alguien que solía limitarse a una comida al día. Ahora, con dos o tres comidas diarias, sentía que tenía la energía suficiente para soportar la dura travesía.
Sin embargo, la helada que calaba hasta los huesos era insoportable. Mientras más se adentraban en el norte, más caía la temperatura. Al llegar a un pueblo que marcaba la entrada al norte, todo el paisaje estaba cubierto de nieve. Anya limpió con sus dedos la escarcha en la ventana de la carreta, maravillándose con el mundo blanco que se extendía ante él.
“Es nuestra última parada en un albergue.”
Como no podían acampar en la nieve, pasaron la noche en una posada del pequeño pueblo antes de partir de nuevo al día siguiente.
Después de viajar todo el día, Anya finalmente vio la ciudad norteña de Tildeon. Con un enorme atardecer de fondo, Tildeon parecía un mundo completamente distinto.
