Capítulo 19: Los Andarlianos

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Lo que Evernight había dicho, que tendrían que comer y dormir sobre la silla de montar, no había sido mentira. Anya pudo darse cuenta, de nuevo, de cuánto lo había cuidado durante el viaje hacia Blun.

A diferencia del norte, la zona central del Imperio estaba llena de bosques. No eran áridos y secos, sino espesos, húmedos y pegajosos. Ya el amanecer se desplegaba por completo sobre la cresta de la montaña. Anya, que bebía de su cantimplora, dejó escapar un pequeño gemido.

“……”

Sin darse cuenta, se llevó los dedos a los labios.

“No te arrepientas.”

Aunque había tomado la advertencia afilada con firmeza, aceptar a un hombre con la boca resultó ser mucho más pesado de lo que había imaginado. Lo de Evernight había sido despiadado, violento, forzándole la boca hasta obligarlo a tragarlo para poder terminar aquel acto. Por eso las comisuras de sus labios estaban agrietadas, y cada vez que bebía o comía algo, volvía a recordarlo.

Anya cerró con fuerza la tapa de la cantimplora y miró la ancha espalda del hombre que cabalgaba delante. Pero no pudo sostener la mirada mucho tiempo; antes de que la inquietud creciera más, apartó los ojos con premura.

El bosque después de la lluvia era hermoso. El suelo estaba fangoso, pero no ofrecía grandes obstáculos para cabalgar, a diferencia de los bosques del norte. En ese momento, las gotas que colgaban de las hojas verdes comenzaron a vibrar repentinamente.

“Anya.”

Evernight, que iba al frente, detuvo el caballo. Apenas lo imitó Anya y contuvo su presencia, se escuchó desde lo profundo del bosque un grito desgarrador, mezclado con sollozos femeninos. Pronto el estruendo de varios cascos retumbó cerca. Evernight llevó la mano a la empuñadura de su espada y dio una orden breve:

“Quédate aquí.”

Antes de que Anya pudiera responder, él espoleó el caballo hacia la dirección del ruido como una flecha. El denso follaje apagó los sonidos, y el silencio volvió a envolverlo todo. Solo podía escucharse su propia respiración desordenada.

“¡Uaaagh!”

La calma duró poco. De entre la maleza, alguien comenzó a correr hacia Anya. Él levantó en alto a Haebing.

“¡S-sálveme, por favor!”

Un joven, al ver a Anya de pie bloqueándole el paso, se dejó caer de culo y rodó por el suelo. En sus ojos, fijos en el filo de la espada, había puro terror.

“Yo…”

“Ya les entregamos todo lo que teníamos. Por favor, déjenos ir.”

Cuando Anya dio un paso, el joven se postró temblando, como si creyera que lo iba a rematar. Al verlo más de cerca, no parecía un mercenario errante ni un ladrón. Anya bajó la espada y lo examinó con atención.

Su aspecto, hecho un desastre y con el miedo pintado en el rostro, era claramente el de alguien que había sido atacado.

“¿Estás con otros?”

“Hu-huic…”

La pregunta amable hizo que el muchacho comenzara a llorar como un niño. Dijo que venía del sur, de un pequeño pueblo, y que junto con su familia y otros aldeanos se dirigían a Maneregia.

Anya le tendió la cantimplora para tranquilizarlo.

“Sentí tanto miedo que retrocedí… y justo estaba en la ladera de un cerro.”

Tal como decía, estaba cubierto de hojas y barro, señal de que había rodado cuesta abajo.

“Seguro ahora mismo mi hermana menor y mis padres están sufriendo a manos de esos bandidos… Si mueren, será todo culpa mía.”

Tras beber el vino cálido, el recuerdo de su familia lo hizo llorar con más fuerza.

“Mi Comandante cabalgó hacia donde se escuchó el alboroto hace un momento. Así que no se angustie demasiado.”

Con un tono algo torpe, Anya lo consoló, dándole una palmada en el hombro. Poco a poco, los sollozos cesaron y el joven lo miró fijamente.

“¿Es usted caballero?”

“…Sí.”

Aunque aún no había recibido la investidura oficial, creyó mejor responder así. El muchacho mostró un alivio evidente. Pero pronto otro espantoso grito retumbó en el bosque, y pálido de terror, el joven reptó hasta aferrarse a los pantalones de Anya.

“Señor caballero, esos bandidos son al menos ve-veinte hombres. ¿Su Comandante podrá resistir solo?”

El temblor de su voz hizo que las aves volaran de los árboles. Anya no creía que Evernight pudiera estar en problemas; era el único en todo el Imperio capaz de enfrentarse él solo a decenas de monstruos. Unos simples bandidos no eran nada para él.

“El Comandante es más fuerte que nadie. No tiene nada de qué preocuparse.”

Respondió con firmeza, mirándolo directo a los ojos.

“Sin duda rescatará a su familia y volverá con ellos aquí.”

La sinceridad oculta en sus palabras hizo que el joven asintiera, como si esa convicción también lo contagiara. De algún modo, parecía más bien un autoengaño que Anya se repetía a sí mismo.

En ese instante, su mirada se endureció bruscamente. ¡Zas! Una flecha salió disparada de entre los arbustos, pasando sobre el hombro del joven.

“¡Señor caballero!”

Anya lo abrazó y rodó por el suelo.

“¿Está bien?”

El muchacho estaba en shock. Con mano temblorosa señaló el lugar donde habían estado segundos antes: ahí estaba clavada la flecha.

“Así que aquí estabas escondido, maldito ratón.”

Una sombra oscura apareció detrás de ellos.

“Son… son ellos. ¡Esos son!”

Dos hombres enormes, con hachas curvas y un gran arco, se plantaron frente a ellos. Uno escupió un gargajo lodoso y maldijo, como si hubiera rodado por la pendiente junto al joven.

“Para ahora, tu hermanita debe ser un buen juguete, y tus padres colgarán despedazados de un árbol.”

Cada carcajada mostraba dientes amarillos, podridos, entre unos labios gruesos. El joven no pudo contenerse y vomitó con arcadas.

“Y tú, forastero, ¿qué se supone que eres?”

Uno de ellos, con una espada de hoja puntiaguda en forma de media luna, señaló a Anya con la punta.

“Estos eran nuestros primero, así que si quieres robar, busca a otras zorras por ahí.”

‘Dicen que aldeas enteras y campesinos itinerantes se están moviendo hacia la capital. Pronto comenzará un éxodo imposible de detener.’

Tal como había escuchado en Blun, multitudes iban camino a Maneregia. Y en esos senderos, inevitablemente, se apostaban bandidos al acecho de sus cargas y provisiones.

“No puedo permitirlo.”

Anya colocó al joven detrás de sí y afirmó el agarre de Haebing. Los hombres soltaron una risa vulgar mientras se retorcían insinuando con la pelvis.

"A simple vista eres un novato que apenas aprendió a blandir una espada. ¿Por qué no te largas antes de que sea tarde? Te advierto, me gustan tanto las mujeres como los hombres. Si sigues con esos aires de chiquillo, puedo clavártela de verdad."

Las palabras tan bajas hicieron que su ceño se frunciera solo. La palma derecha aún no sanaba y le dolía, pero Anya giró en grande a Haebing y les hizo un gesto con los dedos.

"Deja de soltar porquerías y terminemos esto de una vez."

Lo decía en serio. Antes de que los pendientes rojos se encendieran de sed de sangre, tenía que acabar rápido.

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El joven apenas podía respirar, ocupado en seguir con la mirada a Anya. Aun siendo poco mayor que su propia hermana menor, aquel caballero esquivaba los tajos brutales de un corpulento bandido como si danzara, y de una patada levantó el mentón del enemigo.

Sus piernas eran largas y finas, pero en comparación con los muslos gruesos de aquellos hombres parecían demasiado frágiles. Aun así, con un estruendo escalofriante, la mandíbula del sujeto se giró hacia el lado opuesto.

"¡Maldito loco!"

Otro de los bandidos tensó el arco y disparó contra Anya.

"¡Caballero! "

Gritó el joven con espanto.

Pero Anya, con solo girar el torso, esquivó la flecha sin dificultad.

"E… este desgraciado…"

El increíble movimiento hizo que el bandido palideciera, retrocediendo tembloroso. Uno de sus compañeros estaba medio inconsciente con la mandíbula rota, y a ese paso él mismo acabaría igual. Fue entonces que vio al joven encogido en un rincón y sus ojos brillaron de forma siniestra.

El bandido giró el arco hacia el muchacho y soltó una risa sucia. Sin embargo

¡chack!

El sonido se cortó cuando su mirada se abrió de par en par.

Anya había impulsado un tronco lateral para elevarse en el aire y, frente a sus narices, descargó un tajo con Haebing. La flecha se partió en dos antes de caer al suelo.

Anya, apenas recuperando el aliento, levantó con la punta de la espada el mentón del hombre.

"Yo paso de caer en tus brazos, ¿sabes?"

"¡Hermano!"

La hermana menor corrió a abrazar con fuerza al joven. Tras ella venían los padres, que parecían haber envejecido diez años en un instante, y varios aldeanos. Todos lucían agotados, pero al menos no había heridos graves.

"¿Estás bien? "

Preguntó el joven, limpiando toscamente sus lágrimas con la manga.

"¿Y tú? Ese caballero fue quien nos salvó."

Ella, ruborizada, señaló a un hombre que caminaba al final de la fila. El joven siguió la dirección de su mano y se quedó sin aliento.

Un caballero altísimo se erguía detrás de los aldeanos. Ese debe ser el jefe de la orden a la que pertenece el caballero.

Incluso a ojos de un simple campesino, su presencia se sentía fuera de lo común.

El caballero, notando la mirada fija del joven, dirigió sus intensos ojos azules hacia él.

"A… ah…"

Aquel color era tan deslumbrante que solo con verlo se erizaba la piel. El joven jamás había visto algo así.

"Mu… muchas gracias por sa… salvarnos…"

¿Fue por mirar demasiado? El hombre frunció el ceño y avanzó hacia él. Su porte era gélido, pero de su cuerpo emanaba un calor intenso y extraño. El joven no podía saber que era la aura de alguien que acababa de saciarse en una matanza.

"¡Pe… perdón por quedarme mirándolo! "

Dijo, alzando las manos tembloroso.

Pero el hombre pasó de largo, como si ni siquiera lo hubiera visto.

"Hermano… ¿qué haces? "

Le reprochó la hermana, incrédula.

Avergonzado, el joven escuchó por primera vez la voz grave del hombre a sus espaldas.

"Anya."

El desconocido sujetaba la mano derecha de Anya, frunciendo el ceño con fuerza. Entonces comprendió que desde el inicio su interés no era él, sino la figura detrás de su hombro.

"Estás herido, ¿por culpa de mi hermano? "

Soltó la hermana, escandalizada.

El joven recién se dio cuenta de que la venda en la mano de Anya estaba empapada en sangre. Pero nadie se atrevía a acercarse: el rostro del hombre, lleno de furia, lo impedía.

"Señor, todos lo están mirando "Dijo Anya, intentando retirar la mano atrapada.

Evernight solo apretó más fuerte. Al notar a los dos bandidos desmayados alrededor, soltó un suspiro y tiró del nudo de la venda.

"Solo… déjelo estar."

Anya retrocedió incómodo. Ambos llevaban los mismos pendientes rojos, lo que no era buena señal. Por sí solo, uno podía contener el deseo que hervía en su interior, pero si se encontraban dos portadores, la reacción era distinta.

En esos momentos, se atraían como si estuvieran marcados el uno para el otro, arrastrados por una gravedad imposible de resistir.

Anya recordó la imagen de Evernight esa madrugada, jadeando con violencia bajo el sol naciente mientras lo mantenía sujeto.

"Quédate quieto, a menos que quieras ponerte en celo delante de todos."

Sin duda, él debía de sentir lo mismo. Como prueba de ello, del hombre que acababa de salir de un combate emanaba un deseo incontenible, tan evidente que erizaba la piel.

"No me hagas repetirlo."

Aun así, Evernight no mostraba reparo en entrar en contacto con Anya. Lo sujetó firmemente cuando intentó apartarse y chasqueó la lengua al descubrir la herida abierta.

La empuñadura de la espada había hecho que el corte, apenas suturado, volviera a abrirse.

"D-deje… que yo lo haga."

Anya quería evitar a toda costa el roce de piel con piel. Y más aún, bajo la plena luz del día. Se obligó a retirar la mano de nuevo.

"Tal como usted dice… no quiero entrar en celo aquí. Así que… preferiría que no nos acerquemos de día. Y-yo, yo iré a… buscarlo en la noche."

Con voz entrecortada, Anya terminó la frase sin atreverse a mirarlo. Creía que él volvería a tomarle la mano, pero, contra toda expectativa, Evernight simplemente lo observó en silencio antes de soltar una breve risa.

"Tendrás que cumplirlo, Anya. Porque no va a terminar con una sola vez."

Sus miradas se encontraron. Esta vez, Anya no apartó los ojos.

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"Muchas gracias, caballero. Gracias a usted llegamos sanos y salvos a la capital."

Al salir del bosque, apareció ante ellos la calzada de Rex, que se extendía recta hasta Maneregia. El joven y su familia se inclinaron repetidas veces ante Evernight y Anya.

Habían reunido algo de dinero para dárselo como recompensa, pero Evernight no lo aceptó. Les aconsejó fríamente que lo guardaran para la inspección de entrada en la puerta de la ciudad.

"Ustedes, caballeros, seguramente serán recibidos sin problemas, pues en estos tiempos son los más necesarios. Pero nosotros tendremos que pasar por la inspección en la puerta de Maneregia… dicen que se ha vuelto mucho más estricta con la llegada masiva de refugiados."

El joven, con el ánimo decaído, miró las hileras de improvisadas tiendas alrededor del camino. Tal como decía, eran refugios levantados por quienes no habían pasado la inspección o esperaban la siguiente oportunidad.

Entre ellos, una mujer con un niño en brazos observaba con ojos vacíos. La mayoría tenía rostros cansados y preocupados, sobreviviendo día a día.

Las limpias calles que Anya había visto en visitas pasadas a Maneregia ya no existían.

"Al menos, aquí podemos contar con la protección de los guardias de la ciudad, y eso ya nos da un poco de consuelo."

Anya pensó que era una visión demasiado optimista, pero no quiso señalarlo y romper la frágil paz que mantenían.

La capital ya estaba sobresaturada, y los guardias apenas podían proteger a los propios habitantes de dentro de las murallas. Esa era precisamente la razón por la cual no dejaban entrar a todos.

La comida y el agua eran limitadas, y también faltaban soldados. No solo en esta capital, sino también en Blun y en Tildeon, ciudades que habían atravesado. Aun así, la capital estaba en mejor situación que las demás.

"No se preocupen. Hasta aquí los monstruos no llegarán."

Eso fue lo único que Anya pudo decirles. Al menos aquí estaba el Emperador, que pondría todos los recursos para detener un ataque.

Al pensar en su padre, Anya acarició los pendientes rojos. Sentía cada vez más que ocultaban algo relacionado con los monstruos.

¿Por qué su padre se los había dado tanto a él como a los demás príncipes?

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Cuando se separaron del joven y llegaron a la puerta sur de Maneregia, ya había tal multitud que todos estaban hombro con hombro, apiñados como un enjambre de hormigas.

Las otras puertas ,la norte, la este y la oeste, estaban reservadas para mercaderes de gremios y nobles. Por eso, el bullicio de la puerta sur estaba lleno de la voz excitada de la gente común que deseaba entrar.

"¡De uno en uno!"

Los guardias de la capital, blandiendo lanzas de forma amenazante, lanzaban insultos a la multitud. Ellos también parecían desbordados por la avalancha de personas. Pero la gente enfervorizada no se calmaba. Algunos recogieron piedras del suelo y las arrojaron contra los guardias.

En ese momento, una piedra lanzada por un niño del arrabal, imitando a sus padres, impactó de lleno en el yelmo de un guardia. Hubo un silencio tenso.

Una sombra enorme se proyectó sobre el chico, y el guardia lo alzó brutalmente por el cuello de la ropa.

"¡Malditos mocosos!"

Los padres, que estaban en la multitud, salieron de rodillas suplicando clemencia. El guardia les escupió y, tomando una piedra del suelo, la descargó sobre sus cabezas. El niño, agarrado del cuello, convulsionaba y pataleaba.

"No intervengas."

Evernight detuvo a Anya, que estaba a punto de desenvainar Haebing. Había demasiados ojos observando, y si actuaban imprudentemente, su identidad se descubriría. Razonando, lo mejor era dejarlo pasar por el bien de algo más grande.

Pero para ese niño, su lucha no era contra Tildeon ni contra los monstruos. Solo quería proteger a sus padres.

"¡Eh, ustedes! ¿Son mercenarios?"

Un guardia desde el puesto cercano a la puerta los señaló. A diferencia del resto de los desamparados, alguien que supiera blandir una espada tenía más facilidades para entrar en la capital.

"Si no piensan enlistarse como reservistas, váyanse al final de la fila. Si quieren enlistarse, vayan a aquel puesto y firmen."

Con gesto de fastidio, señaló hacia atrás. Creía que Anya y Evernight eran caballeros errantes atraídos por la fama y el dinero. Su indiferencia ante la violencia a escasos pasos confirmaba su impresión.

Anya apretó las riendas con furia, marcando venas en el dorso de su mano.

"Esos no son guardias. Son igual que los monstruos."

Murmuró con rabia mientras avanzaba hacia el puente levadizo.

"Son del norte."

Tras firmar el juramento, el guardia lo arrojó sin mirarlo a una pila de papeles sobre unas cajas. Había ya un montón acumulado allí.

"¿Quién te nombró caballero?"

El juramento establecía que, en caso de emergencia, defenderían las murallas de Maneregia en primera línea. Como nota al pie, también mencionaba la generosa recompensa destinada a reunir a todos esos caballeros errantes pobres.

"¿Eso importa?"

Evernight respondió con calma, y el guardia se encogió de hombros.

"Bueno, en estos tiempos no tanto. La orden del imperio es aceptar a cualquiera que sepa usar la espada. Pero si luego escapan, deberán pagar con su cabeza, así que necesitan un testigo que avale su identidad. Especialmente el mocoso de aquí."

El guardia señaló con mirada severa a Anya. Caballeros jóvenes no eran raros, pero la mayoría eran hijos de nobles que habían pasado por un aprendizaje en una orden antes de recibir el título oficial.

Para ser caballero se necesitaba siempre el nombramiento de un señor feudal o un comandante. Los pobres que no tenían esa oportunidad entraban como escuderos de caballeros errantes y, tras muchos años, podían obtenerlo. Por eso, resultaba sospechoso y desagradable que un muchacho andrajoso, sin aspecto noble, firmara como caballero con tanta seguridad.

"Yo mismo lo recogí y lo nombré caballero. No tienen nada que dudar".

Anya lo miró con los ojos muy abiertos, sorprendido. Por suerte, el guardia finalmente cedió y asintió. Aquel muchacho se veía demasiado frágil, pero el hombre que lo acompañaba cumplía a la perfección con lo que cualquiera entendería por un caballero de primer orden.

Aunque su nariz y boca estaban cubiertas por un paño, la dureza de sus ojos hablaba por sí sola. El guardia pensó que había oído antes de un caballero con una mirada tan fría y afilada… pero enseguida lo desechó.

Masticando hoja de tabaco, señaló el pasaje bajo la reja que llevaba al interior de la ciudad.

"Bienvenidos a Maneregia. Un consejo: si quieres hacerte rico de verdad, olvídate de matarte contra los monstruos. Mucho mejor es salvar a esos nobles que se quedan paralizados del miedo."

Evernight dejó escapar una breve risa ante aquel consejo vulgar y atravesó el oscuro pasaje. Anya lo siguió en silencio.

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La ciudad estaba extrañamente silenciosa. Había soldados de guardia por algunos rincones, pero era evidente la tensión en sus rostros. Anya observó la calle tranquila que conducía a la plaza; apenas había transeúntes, y los pocos clientes sentados en las tabernas eran demasiado escasos para lo habitual.

"Señor."

"Aquí en la capital hay demasiados ojos vigilando. Llámame por ahora “Comandante”.

Comandante… Anya repitió la palabra en su boca, con una sensación extraña. Después de dejar sus caballos al mozo de la caballeriza, los dos caminaron más hondo hacia la zona de comercios.

"Hoy mismo tenemos una cita con Riario en la taberna junto a la Plaza de la Luz."

Recién entonces Anya entendió la prisa de Evernight. Si no se hubiera herido en Bloom, habrían podido viajar con más calma.

Mientras pensaba en ello, entrando ya en una calle llena de casas y tiendas, chocó contra alguien que venía corriendo.

"¿Está bien?"

El hombre gordo soltó una maldición, pero al ver detrás a Evernight, bajó la cabeza enseguida y apresuró el paso.

Dong, dong… desde la torre del reloj que ocultaba el castillo de Eos resonaban las campanadas.

"¿Es la hora en punto? "

Preguntó una mujer que tendía la ropa desde la ventana del segundo piso.

"¡Ya son más de las tres, debería sonar al menos cuatro veces! "

Respondió el hombre que corría.

"¡Escucha bien, también repican las campanas de la torre del castillo de Eos!"

La mujer se inclinó más, mirando hacia el blanco castillo que brillaba bajo el sol rojizo de la tarde. En efecto, se superponían campanadas de distintas alturas.

"Al final… aquí también pasa algo".

Un vagabundo, sentado en un callejón, rió entre dientes.

"Viejo loco. Con el Emperador en esta ciudad, ¿qué habría que temer?"

Un curtidor clavó con fuerza su cuchillo en la tabla y gritó con sarcasmo:

"No entienden nada. Se han acostumbrado a la calma y no saben lo que es el verdadero peligro."

El vagabundo estalló en una carcajada áspera, los ojos hundidos brillando de locura.

"¡Si hubiera peligro, el mismo Emperador ya habría huido! Este viejo siempre con sus profecías del fin del mundo…"

El niño cercano empezó a llorar, y una mujer, nerviosa, lo tapó con la mano mientras recriminaba al gordo:

"¿Y entonces qué pasa? ¿A qué viene tanto alboroto?"

"¡Una ejecución! ¡En la plaza habrá una ejecución!"

Anya y Evernight cruzaron miradas. Al mismo tiempo, otros corrían gritando hacia la plaza. Los niños que jugaban en la calle se unieron riendo y chapoteando en los charcos, mientras el curtidor maldecía, arrancándose con rabia el delantal.

"¿A quién van a ejecutar?"

Evernight sujetó al hombre gordo. Este hizo un gesto de molestia, pero al ver lo corpulento que era, contestó como un cordero:

"¡A ese!"

Su voz era temblorosa de emoción. Quería marcharse ya, pues su cuerpo se giraba una y otra vez hacia la plaza.

"¿Ese?"

"¡Sí, ese mismo!"

Al final, el hombre gritó impaciente y echó a correr con la multitud. No obstante, todavía se volvió y le gritó a Evernight:

"¡A esos que dicen haber pactado con los monstruos para traer la Noche Eterna! ¡Son Andarlianos!"

Un pitido agudo retumbó en los oídos de Evernight. Su expresión se volvió de piedra. El hombre, encogiéndose, retrocedió unos pasos y huyó hacia la plaza.

"Señor… "

Anya puso sin darse cuenta la mano sobre su hombro.

En ese momento, desde la otra dirección apareció un grupo de hombres con capas doradas.

"¡Apartense!"

El ancho torso de Evernight se estremeció antes de retroceder. El grupo pasó corriendo junto a ellos, escoltando un carruaje negro sin ningún emblema visible.

"Seguro es un error…"

"Debo ir."

Las campanas sonaban más fuerte y rápidas. La multitud crecía. Evernight apartó a Anya con un empujón, jadeando:

"Ve a la taberna. Te alcanzaré pronto."

Anya negó con fuerza, pero Evernight ya se había lanzado a la multitud.

"¡Señor! ¡Comandante!"

Anya lo llamó desesperado, pero su voz se perdió en el bullicio.

«Los Andarlianos… ellos fueron los que en tiempos antiguos invocaron la Noche Eterna.»

«Y como precio, recibieron la maldición del dios eterno.»

«El único objetivo de Evernight es la completa aniquilación de los Andarlianos»

Anya recordó las palabras que Savelli le había dicho en Tildeon.

Evernight mismo era descendiente de los Andarlianos. ¿Y si no era el único? Tal vez aquel condenado fuera de su propia familia. El pensamiento hizo que el rostro de Anya palideciera.

Entonces sus piernas se movieron solas, corriendo tras él. Si de verdad iban a ejecutar a un andarliano, Evernight también corría peligro. Si el prisionero lo conocía…

Sobre todo porque Evernight llevaba puesto el pendiente rojo. Ese objeto no podía ser provocado: por sí solo carcomía el corazón, despertando los deseos más oscuros. Ni Anya ni Evernight podían dárselo a nadie, ni mucho menos deshacerse de él.

La aparición de sus síntomas coincidió exactamente con la llegada de los caballeros negros a Tildeon… todo estaba ligado a ese pendiente.

La locura de Royster, la desaparición del príncipe Chloe, el frenesí de Sir Haxus… siempre estaba esa joya carmesí, como si chupara la sangre de quienes la poseían.

Y quizás en todas esas escenas también habían estado los caballeros negros.

"Pendiente rojo… caballeros negros… Tanon, el Emperador… andarlianos… y la Noche Eterna."

Dong, dong… al compás de las campanadas, el corazón de Anya retumbaba con fuerza.

---

"¡Se dice que fueron ellos quienes derribaron la Muralla hace seiscientos años, ratas inmundas!"

"Con sus artes negras embrujan las mentes de la gente. En Forelium, dicen que alguien practicó el canibalismo, ¿no sería cosa de ellos?"

"Es verdad. Yo mismo lo oí ayer en la taberna de un hombre del oeste. Y también escuché que las hembras de los Andarlianos engendran crías de monstruos más allá de la Muralla."

"Aunque el Primer Emperador los aniquiló con sus propias manos, se las arreglaron para sobrevivir. Escoria repugnante…"

El hombre escupió al suelo, mascullando con rabia.

Historias de la muralla, que ya habían sido completamente olvidadas en la memoria colectiva, y de la Noche Eterna, que había terminado hacía 666 años, volvían a circular libremente en boca de gente común.

El Emperador había intentado ocultarlo a toda costa, pero ahora, con el miedo a los monstruos propagándose incluso cerca de la capital, los rumores se desbordaban sin control. Quizá incluso era un plan bien calculado, una conspiración para concentrar la ira y el terror del pueblo en un solo punto. A diferencia de la época en que se quemaron todos los libros e historias para forzar una paz artificial, ahora todo se estaba incendiando demasiado rápido.

Evernight, detrás de ellos, escuchaba aquellos clamores como si fueran un solo grito lleno de odio.

“¡Muere! ¡Muere!”

Con el paso del tiempo, más y más personas abarrotaban la plaza. Todos gritaban exaltados sobre el incidente, deseando acercarse lo más posible al cadalso, estirando el cuello para ver cómo lucían esos asquerosos a quienes llamaban Andarlianos.

“Dicen que llevan sangre de monstruo en las venas y por eso todos tienen los ojos azules.”

“¡No son humanos! ¡Solo llevan una máscara humana!”

“¡Incluso los refugiados que se están reuniendo afuera de la ciudad forman parte de sus malditos planes!”

La multitud en la plaza parecía un ejército de fanáticos. El ruido era ensordecedor.

Mientras escuchaba los susurros de lo que no eran humanos taladrándole los oídos, Evernight miró a lo lejos el cadalso.

¿Sabrían acaso que aquel a quien tanto insultaban estaba justo detrás de ellos? Con la vista teñida de rojo sangre, contuvo una sonrisa fría.

“Andarlianos…” Una palabra maldita para su propia sangre. No debería haber sobrevivido ningún descendiente, y aun sabiendo que era una farsa absurda, él había corrido hasta allí. Ni él mismo lo entendía.

“¡Muere, bastardo inmundo! ¡Eres menos que un humano!”

Las campanas fueron apagándose poco a poco. Un grupo de prisioneros de largas melenas fue arrastrado al estrado, y la agitación creció. Los guardias imperiales, con sus capas doradas, contenían con lanzas a la multitud que se abalanzaba sin cesar hacia adelante.

“¡Señor! ¡Comandante!”

Anya se abrió paso entre la multitud. La Plaza de la Luz, en el corazón de la capital, estaba tan atestada que no cabía un alma más. Todos gritaban, lanzaban piedras y señalaban al estrado.

Con mirada desesperada buscó alrededor.

Pero Evernight no aparecía por ninguna parte. Pensó que sería fácil distinguirlo, incluso entre tanta gente, por lo llamativa de su presencia.

“¡Malditos Andarlianos!”

“¡Córtenles la cabeza!”

“¡Por su culpa murieron inocentes!”

La muchedumbre, presa del frenesí, coreaba: “¡Monstruo, monstruo, monstruo!” y la atmósfera se encendía como un incendio imparable.

‘No… el señor fue quien más que nadie luchó contra los monstruos. Él no trajo la Noche Eterna.’

Anya recordó al hombre con el que se había cruzado tantas veces en su viaje: en el Bosque de los Árboles Negros más allá de la muralla, en las ruinas de Tildeonrock, sobre el canal de Blun. Era duro, sí, pero jamás había flaqueado. Con los labios mordidos y la vista nublada, Anya se obligó a mantenerse firme.

Entonces lo vio, de pie a lo lejos. Una ráfaga de viento otoñal agitó su cabello. Bajo la palma cerrada de su mano, las venas palpitaban violentamente.

“¡Oye, tú! ¿Qué estás haciendo?”

Entre insultos y empujones, la mirada de Anya no se apartó de ese hombre distante.

“P… permiso, déjeme pasar.”

“¿Qué dijo? ¿Está loco este?”

Alguien lo empujó fuerte por la espalda, casi haciéndolo caer, pero no se detuvo.

“Debo… debo ir.”

Murmurando con la mente en blanco, Anya empujaba y apartaba a la multitud con determinación. Los gritos enloquecidos retumbaban en sus oídos, desgarrándolos. No había espacio para avanzar, pero tampoco podía detenerse.

Solo un poco más, un poco más.

A duras penas, Anya atravesó la oleada de cuerpos y extendió su mano hacia Evernight.

***

Piedras volaban desde todas partes, pero quienes estaban de pie sobre el estrado no mostraban la más mínima reacción. Eran cinco en total, de largas cabelleras caídas.

Por detrás de ellos, los caballeros de la guardia imperial, vestidos con capas doradas, se acercaron y descargaron con fuerza sus rodillas en la parte trasera de las de aquellos. Con un golpe seco, cayeron contra el mármol del estrado, y la multitud estalló en vítores golpeando los pies.

En los asientos principales había algunos nobles y caballeros. Los ministros del consejo que asistían al emperador mantenían una postura rígida. Entre ellos, Mibar se adelantó acariciando su prominente mandíbula.

En su cabeza rapada llevaba un turbante blanco adornado con hilos dorados, y sobre los hombros una túnica blanca igualmente bordada en oro. Así, cuando subió al estrado, el sol se reflejó en los hilos dorados y encandiló a todos.

"Yo comparezco en nombre de Su Majestad Kleist."

En cuanto Mibar habló, un silencio recorrió la plaza, y los prisioneros, agachados como perros a sus pies, se removieron.

"Mi nombre es Mibar. Como sombra del Imperio he perseguido durante largo tiempo a los demonios."

Alzó más la voz y, con un gesto de la mano, un caballero imperial tiró de los cabellos de uno de los encadenados y lo levantó. Así, el rostro fiero de un andarliano quedó expuesto ante todos.

"Abre los ojos."

El caballero lo golpeó con el lomo de la espada en el puente de la nariz. El cuerpo que colgaba se estremeció y sus ojos se abrieron.

¡Por los cielos, eran ojos azules como los de un auténtico monstruo!

De inmediato se oyó una exclamación colectiva, mitad jadeo mitad suspiro.

Entonces, de pronto, una piedra salió disparada y le dio en la frente. Como si fuera la señal, no solo piedras, sino vasos, huesos y toda clase de objetos comenzaron a llover sobre los prisioneros arrodillados en el estrado.

El que permanecía con la cabeza agarrada recibió todo en silencio. Sus pupilas, de un azul gélido, estaban vacías, como resignadas.

"¡Estos son los mismos que hace seiscientos sesenta y seis años derribaron la barrera!"

La solemne voz de Mibar resonó por toda la plaza.

"¡Son fanáticos que adoran a Tanon, dios de la oscuridad y del mal, y que, aliados con los monstruos, quieren destruir de nuevo la barrera para traer la noche eterna a este mundo!"

Los ojos de Evernight se entrecerraron con frialdad. A su lado, un hombre que vitoreaba con fuerza lo miró de reojo y frunció el ceño al notar el extraño color de sus ojos.

"El primer héroe que, mucho tiempo atrás, impidió a estos seres su propósito y trajo la paz frente a los demonios, nunca dejó de preocuparse por los Andarlianos que no pudieron ser erradicados. Por ello, durante siglos, las sombras, incluyéndome, los hemos perseguido, con el fin de arrancarlos de raíz antes de que regrese la noche."

Ante su solemne discurso, los nobles sentados comenzaron a juntar las manos en oración. Mibar volvió a hacer un gesto. Desde una esquina, un caballero con armadura negra salió cojeando, con una gigantesca espada a la espalda.

"¡Su Majestad ha ordenado que esta ejecución sea llevada a cabo ante nobles, caballeros y pueblo! Hombres y mujeres, viejos y niños. ¡Todos serán testigos de la historia!"

Miles de voces respondieron con gritos, y al mismo tiempo el caballero desenvainó a dos manos la espada y la levantó en alto.

"¡En nombre de los doce dioses que protegen al Imperio, ejecutamos a los Andarlianos que llaman a la noche eterna!"

El ejecutor levantó la espada sobre su cabeza. La hoja relució al sol, y aunque miles miraban, todos contuvieron la respiración.

Bajaba rápido, y aun así parecía moverse con lentitud.

De pronto, el prisionero que tenía el cuello extendido sobre el mármol levantó la cabeza y miró directo a Evernight.

Pii---.

En el instante en que sus ojos se encontraron, un zumbido estalló, y un murmullo frenético, inhumano, invadió los oídos de Evernight. Sin darse cuenta apretó el puño y las venas azules se marcaron sobre el dorso de su mano.

El prisionero sonrió con sorna hacia él desde el estrado. Sus ojos vacíos brillaron de pronto con un destello extraño, y sus labios ensangrentados se abrieron con lentitud.

"Ta… non… Él nos llama."

El susurro arrasó a Evernight como un oleaje, devorándolo. No era humano: era, sin duda, un monstruo.

“……”

Kikik.

Con una risita burlona, la hoja descendió y le partió la cabeza.

Y en ese mismo instante, de entre la multitud, una mano se aferró con fuerza a la cintura de Evernight.

"No… no lo vea, señor. No lo vea."

El calor cálido derrumbó de golpe el cuerpo helado de Evernight. Él bajó la vista, aturdido, hacia los delicados brazos que lo rodeaban por la cintura. Detrás de su espalda, una respiración agitada lo rozaba y se apartaba.

"No fue culpa de usted…"

Entre los vítores de la multitud, aquella voz suave, un poco quebrada, se abrió paso con claridad hasta él.

"No fue culpa… de usted."

Desde muy lejos resonó otra vez la campana.

¡Ejecuten! La voz de Mibar sonó, seguida por el arrastre de la espada. Toc, toc. Algo rodó por el suelo, pero Evernight, tal como el niño le decía, ya no volvió a mirar en esa dirección. Una gravedad irresistible lo jalaba hacia otro lado.

"Vámonos."

El cuerpo de Evernight giró lentamente hacia Anya. En ese instante, sus miradas se encontraron sin el más mínimo desvío.

"Regresemos donde están los demás, señor."

Anya le habló. La multitud se empujaba para avanzar, gritando como enloquecida, pero los dos no apartaban la vista el uno del otro.

"Sí."

Los labios de Evernight, hasta entonces firmemente cerrados, se abrieron al fin, y una voz algo ahogada brotó. Bajo el resplandor del sol, él sujetó con fuerza la mano de su joven compañero.

***

Luxus Kleist estaba sentado en el gran trono imperial. Con los ojos cerrados, escuchaba en silencio la lejana furia del pueblo.

El cuerpo del emperador, que hasta hacía unos meses había sido joven y vigoroso, ahora estaba consumido y avejentado.

A los costados de su cabeza asomaban mechones de cabello blanco, y en la piel limpia se habían formado manchas de vejez. Como si hubiera caído bajo un hechizo del tiempo, pasó su mano arrugada por el reposabrazos del trono.

“Majestad, la ejecución se llevó a cabo sin incidentes.”

El capitán de los caballeros, arrodillado frente a él, informó con calma. Entonces el emperador abrió los ojos lentamente. Su mirada seguía siendo gélida, pero los rastros de los años eran imposibles de ocultar.

“No queda… mucho.”

Murmuró, esbozando una débil sonrisa al contemplar la brillante luz del sol que se colaba por los ventanales.

“Ha llegado el momento. La oscuridad se aproxima.”

---

A medida que pasaba el tiempo, el ambiente se volvía más caótico. Con cada ejecución, resonaban insultos horribles y carcajadas crueles. En medio de todo eso, Anya se esforzaba por mantener la vista al frente.

Evernight, sin soltarle la mano, avanzaba abriéndose paso entre la multitud. Pero había tanta gente que los pies de Anya eran pisados, sus hombros chocaban contra otros, y el cuerpo era empujado hacia atrás una y otra vez.

Temía que en cualquier momento perdería su mano. Anya trataba de abrirse paso con esfuerzo, empujando a otros, pero por muy hábil que fuera un caballero o un mago, era imposible atravesar aquella masa de gente sin dificultad.

“Anya.”

De pronto, Evernight entrelazó sus dedos con los suyos, apretando fuerte.

“Quédate quieto.”

Y lo atrajo hacia su pecho. Evernight avanzaba con Anya en brazos. Era como un muro impenetrable: aunque lo golpearan o empujaran, no retrocedía.

Lo llevaba con cuidado, como si protegiera un tesoro invaluable, y a la vez con firmeza. Incluso los que lo rozaban se apartaban, ya sea porque sentían su fuerza, o porque veían en sus ojos el mismo color de los que acababan de ser decapitados.

Solo cuando llegaron a la entrada de la plaza, Evernight lo soltó. Ambos jadeaban con respiración agitada. No estaba claro si era por el efecto del pendiente rojo, o por la sofocante tensión de aquel ambiente enloquecido.

“…V-vamos.”

Fue Anya quien habló primero, apartando la mirada y echándose hacia atrás. Cada parte de su cuerpo que había tocado a Evernight ardía tanto que su espalda estaba húmeda de sudor. Sintiendo culpa por esas reacciones que escapaban a su control, se obligó a darle la espalda.

“Comandante.”

Pero Evernight lo retuvo cuando intentó soltar su mano.

“Espera.”

El hombre tragó saliva con dificultad, su nuez de Adán se movió bruscamente, y su rostro se crispó como si aguantara un dolor insoportable.

Finalmente, soltando un resoplido áspero, Evernight inclinó la cabeza y apoyó la frente en su hombro.

“Me siento como una maldita bestia.”

Él también luchaba contra un deseo que no podía contener. Los gritos eufóricos de la multitud celebrando la ejecución resonaban como un estruendo en los oídos. Evernight exhaló un aliento caliente. Parecía cansado.

Con la cara hundida en su hombro, los ojos cerrados, se veía más solitario que nunca. Sin darse cuenta, Anya le acarició la espalda.

Los músculos firmes de Evernight se tensaron un instante, pero no hizo nada más. Parecía que el aire salado del mar de Blun volvía a invadir el ambiente.

“U-una vez… cuando me herí en el festival de caza, soñé con algo. Creí ver a mi madre, y en el sueño… ella me daba palmadas así en la espalda.”

Anya lo golpeó suavemente con la mano, una y otra vez, con ritmo. Poco a poco, la respiración agitada de Evernight comenzó a calmarse.

“Por eso me tranquilicé. Nunca he visto a mi madre, pero aun así… que alguien lo hiciera me hizo bien.”

Evernight escuchaba la voz pausada de Anya con los ojos cerrados. Así, los dos permanecieron un largo rato apoyados uno en el otro en la entrada de la plaza. Ni los gritos ni los pasos furiosos de la multitud lograron interrumpirlos.

---

La taberna cercana a la plaza estaba casi vacía, quizá porque aún no caía la noche, o porque todos estaban pendientes de la ejecución que agitaba la ciudad. Solo había unos cuantos borrachos que bebían desde el mediodía hasta perder el sentido.

“Parece que el mago y el señor Karen aún no han llegado.”

Anya tomó asiento en el rincón más apartado y miró alrededor. Aunque era pleno día, el lugar estaba oscuro. Evernight se sentó frente a él y pidió algo de comer y beber. El olor de la comida que llegaba desde la cocina le hizo notar que no había probado bocado en todo el día.

Pronto, el tabernero sirvió la comida y el vino.

“Come.”

Ordenó Evernight, señalando la mesa. Había berenjenas asadas con una salsa dulce, carne de cerdo tierna sin hueso, y un salteado de papas, zanahorias y cebollas con un toque de pimienta. El aspecto era tan apetitoso que hacía agua la boca.

“¿N-no va a comer usted, se… digo, Comandante?”

Evernight también había pasado la dura travesía desde Blun hasta aquí sin una comida decente. Dormir poco, cabalgar todo el día, alimentarse apenas de carne seca o pan duro… todo eso Anya podía soportarlo.

Lo que realmente lo había dejado en tensión durante todo el trayecto no era eso, sino la incómoda distancia entre él y Evernight.

“Estoy bien.”

Respondió Evernight, recostado en la silla, mirándolo fijamente. Se percibía un cansancio poco común en él. Anya sintió que no debía insistir.

Así que tomó el tenedor y probó la berenjena caliente. El aroma dulce le llenó la boca, pero, por alguna razón, no sintió ningún sabor.

“Yo…”

No sabía si preguntarle si estaba bien o tratar de consolarlo diciéndole que lo estaría. Todo lo detenía. Al final, con los ojos bajos, Anya volvió a humedecer su garganta con vino.

"Esa boca. ¿No te duele?"

En el silencio absoluto de la taberna, donde solo se oía el leve ruido de los cubiertos, Evernight abrió de pronto la boca.

"¿Eh?"

Con el tenedor aún entre los labios, Anya lo miró sorprendido.

"La herida al lado de tu boca."

Con un dedo recto se tocó la comisura de los labios, indicando el lugar.

"Ah…"

Anya al fin llevó la mano a la herida que aún no había cerrado del todo y frunció un poco el ceño. En medio de todo lo que pasaba, no había llegado a sentir un dolor tan leve.

"Estoy bien. Cuando me acostumbre…"

Por un instante los ojos de Evernight brillaron con dureza, pero Anya, que seguía evitando su mirada, no notó el cambio y continuó.

"Con unas cuantas veces más… lo haré bien."

Ante eso, Evernight dejó escapar una leve risa.

"Es en serio. Usted dijo… que se haría responsable."

Hablar de responsabilidad era ridículo incluso para él. Su torpeza de anoche había sido evidente. Lo que tenía que recibir en la boca, lo que debía aceptar moviendo la cabeza adelante y atrás, era demasiado grande para él.

Anya pensó que Evernight se reía de su ineptitud de la noche anterior, y la punta de sus orejas se sonrojó un poco. Aun así, no desvió la mirada de los ojos fijos en él y esperó la respuesta. Era una seriedad casi obstinada. La boca bien dibujada del hombre se curvó en una sonrisa.

"Esa es una responsabilidad inútil."

Murmuró antes de beber vino. La sonrisa no tenía mayor significado, pero para Anya fue el respiro que le permitió al fin relajarse. Todo el camino desde la plaza hasta ahí había estado observando con cautela el ánimo de Evernight.

"Si tienes algo que preguntar, dilo."

No sabía cómo había adivinado su sentir, pero Evernight dejó la copa y habló con indiferencia. Su actitud era la de siempre, aunque aun así, no era fácil sacar el tema. Se hizo un silencio breve.

"Señor… Comandante."

Todavía le resultaba extraño usar ese título. Sus manos sobre las rodillas se recogieron un poco hacia adentro.

"Esas personas… ¿usted las conocía?"

Evernight lo miró fijamente un momento. Sus ojos ya no mostraban vacilación alguna.

"Ah… si fui atrevido, perdóneme."

Se disculpó rápido. Evernight dejó escapar un suspiro bajo y apartó el flequillo que le crecía sobre la frente. Aun así, no desvió su mirada de Anya.

"¿Cuándo supiste que soy descendiente de Andarl?"

Fue una pregunta cortante. Anya se sintió como alguien que, sin querer, había destapado en secreto algo que el otro no quería revelar.

"Cuando usted partió hacia la Muralla… mi maestro me lo dijo."

Esperaba un regaño, pero sorprendentemente Evernight no mostró reacción y siguió hablando.

"Piensa bien, Anya."

"¿Q-qué cosa… quiere decir?"

"Un andarliano no puede morir. Por la maldición, solo puede ser muerto por la mano de un hijo que herede su sangre."

En ese instante, Anya recordó el monólogo sereno que él mismo le había dicho al mirar el ancho estrecho. Evernight, igual que entonces, dejó caer un fragmento de su pasado mientras veía cómo los ojos de Anya se abrían cada vez más.

"Entonces…"

"Antes de partir hacia Redcoast, yo mismo… corté la cabeza de mi padre."

Anya quiso responder, pero fue como si algo se le atascara en la garganta y no saliera voz alguna. Solo jugueteó con la superficie de la copa. Quizá lo mejor habría sido beber el vino de golpe.

Evernight, como si hubiera previsto esa reacción, lo miraba sin un ápice de vacilación.

"Así que, si esos eran verdaderos Andarlianos, no habrían podido morir por mano ajena."

Entonces reconoció, con franqueza, que haberse lanzado al estrado a ciegas había sido un error suyo.

"Si hubiera juzgado con más frialdad…"

Habría sido mejor. Sus ojos azules rozaron por un instante el cuello descubierto de Anya. El color, de pronto más intenso, lo hizo mirar hacia la ventana. La luna llena debía de estar próxima, aunque aún no se alzaba.

Con solo esa mirada, el calor lo invadía, y sin querer se cubrió el cuello con la mano.

"De todas formas, lo cierto es que el señor Mibar… sabe de los Andarlianos.

Eso significaba que su padre también debía saberlo. ¿Y acaso también sabrían que Evernight era un andarliano?"

Anya jugó con la copa, escondiendo sus dedos enrojecidos, tratando de ordenar sus pensamientos. Por suerte, la mirada de Evernight pronto se apartó, y él pudo soltar el aire contenido en secreto. Entonces Evernight bajó la voz.

"Él lo sabe porque fue quien ejecutó la sentencia. Pero lo extraño es que, cuando esos hombres fueron decapitados, me miraron directo.

Su ceño se frunció con crudeza.

"¿Lo… miraron a usted, Comandante?"

"Sí. Y me llamaron “Tanon”."

Tanon… Anya recordó enseguida el pasaje que había leído en el libro “Tanon y los doce dioses”, traído de la Biblioteca del Mundo.

"Tanon es un dios corrompido, venerado por los monstruos. Vive más allá de la Muralla…"

Anya, con apuro, buscó el libro en su bolso cruzado, pero Evernight lo detuvo.

"Hay muchas miradas aquí. Será mejor que hablemos con Riario y Karen y ajustemos lo que sabemos. Ellos siguieron a Mibar en Blun; seguro encontraron alguna pista.

Recién entonces Anya se dio cuenta de lo abierta que estaba la taberna. Se había dejado llevar tanto por sus palabras que perdió la noción de su alrededor. Era la primera vez que conversaba así de serio con él. Sentía que lo estaba reconociendo y confiando en él, y su pecho se agitaba.

¿Qué era esto?

Anya, acariciando la herida en la comisura de sus labios que aún no cicatrizaba, intentaba contener sus emociones.

Aquel que le había pedido que lo llamara “Comandante”, el que en medio de la plaza había hundido el rostro en su cuello, y el mismo que apenas esa madrugada había invadido con rudeza su boca... le resultaba imposible creer que fueran la misma persona.

"¿En qué piensas tan absorto?"

En ese momento, Evernight le dio un leve toque con la punta del pie por debajo de la mesa.

"Primero come, Anya."

Como si no quisiera seguir con la conversación, Evernight señaló la comida con un gesto de la barbilla.

"Aunque no tengas ganas, come. Antes de que tenga que metértelo a la fuerza."

Evernight había vuelto a transformarse en aquel superior frío y distante de siempre. Fuera fortuna o desgracia, Anya ya no tenía un corazón tan frágil como para sentirse herido por cosas así. Asintió levemente y, fingiendo calma, tomó el tenedor.

---

Fuera de la taberna, las campanas anunciaban con un sonido suave las siete en punto de la tarde. El cielo se había teñido de púrpura y, en un abrir y cerrar de ojos, la oscuridad se extendió. Era pleno otoño, y poco a poco las noches empezaban a alargarse más que los días.

"No les habrá pasado nada, ¿verdad?"

Preguntó Anya, observando uno a uno los rostros de los clientes que entraban al local a esas horas.

"Esperemos un poco más."

El dedo de Evernight golpeaba con un ritmo constante la mesa. Sin embargo, incluso después de pedir más bebida y comida, de que se la sirvieran y de que esta se enfriara… ni Riario ni Karen aparecieron.

"Comandante."

El interior de la taberna estaba ya envuelto en una penumbra acogedora, iluminado solo por la chimenea y las lámparas de aceite. Mirando los platos que se habían quedado fríos, Anya llamó con cautela a Evernight.

"En la plaza dijo que ellos lo miraban, ¿cierto?"

¿Cómo habían sabido que Evernight estaba allí? Anya apretó los dedos, que temblaban un poco.

"¿Entonces quiere decir que ya sabían que usted vendría aquí? Y si lo sabían… ¿cómo pudieron enterarse?"

Rezaba porque solo fueran temores infundados. Sus pestañas temblaron ligeramente antes de alzar la mirada hacia él.

"Quieres decir que Riario y Karen fueron descubiertos por Mibar mientras lo seguían."

Evernight captó de inmediato el verdadero sentido de sus palabras. Anya frunció el ceño, agobiado por su propia suposición.

"Puede que estén encerrados en algún sitio."

Mibar era un hombre cruel, y Anya sabía bien cómo torturaba a la gente. Pero no podía poner en palabras la idea de que Riario y Karen estuvieran siendo torturados, luchando entre la vida y la muerte.

Tok, tok.

El dedo de Evernight volvió a sonar rítmicamente sobre la mesa. Tal vez no lo supiera, pero esa era una de sus manías cuando se sumía en pensamientos. El movimiento, sin embargo, no duró mucho.

"Anya, como sabes, el emperador intenta culpar a los Andarlianos por los fracasos de la expedición y las constantes incursiones de los monstruos. Aunque tenga que inventarlo."

Era una evasión de responsabilidad baja y cobarde. Anya bajó la cabeza, apesadumbrado.

"…Lo siento."

"¿Y por qué te disculpas? En el momento en que te casaste conmigo dejaste el apellido Kleist. Es tu deber tomar el apellido de tu esposo."

Nunca habría esperado esas palabras de Evernight. Alzando los ojos, un poco abiertos por la sorpresa, vio que él lo miraba como si ni siquiera conociera algo tan básico. Sus ojos se entrecerraron apenas y, de pronto, se escapó una risa.

"Una carga inútil."

Era un reproche que ya le había escuchado antes, pero curiosamente no le dolió en absoluto.

"Lo que importa es hasta qué punto sabe el emperador. Si realmente es Mibar quien capturó a Riario y Karen, ¿fue porque descubrieron la farsa de la ejecución de los Andarlianos? ¿O es que quiere usarlos como rehenes para exigirme responsabilidades por la expedición? Necesitamos entender su propósito. Y si no es eso…"

Que él ya supiera desde antes que soy descendiente de los Andarlianos.

Pero esa era una hipótesis absurda. Evernight jamás había dejado que nadie descubriera su linaje. En la vida miserable de un paria tratado como un plebeyo, a nadie le había interesado su origen, y él mismo había ocultado su identidad con esmero.

Además, si el emperador hubiese sabido que era descendiente de los Andarlianos, jamás lo habría puesto como señor del norte encargado de proteger la Muralla. Confiar la defensa de la frontera a un andarliano habría sido como proclamar públicamente su propia incompetencia.

"Todavía no tenemos certezas."

En los ojos oscuros como el abismo de Evernight brillaba una profunda desconfianza.

---

Solo cuando el juglar terminó su interminable canto, los dos se levantaron. Con eso, casi se confirmaba que algo les había sucedido a Riario y a Karen.

Cuando salieron de la taberna, la noche ya estaba cerrada. El fresco viento otoñal rozó la frente de Anya.

“Señor Comandante.”

Evernight no parecía demasiado preocupado por los desaparecidos, pero a Anya se le hacía un peso insoportable pensar que detrás de todo aquello podía estar su propio padre.

“El señor Riario y el caballero Karen… Creo que podría encontrarlos.”

Lo dijo tras mucho dudar. No tenía certeza, pero quería hacer algo.

“¿Cómo.”

Evernight se detuvo y lo miró. Él mismo no debía tener ahora ninguna idea concreta. Anya, deseando parecerle confiable, enumeró despacio el método que se le había ocurrido.

“Cuando buscábamos los libros prohibidos en la Biblioteca del Mundo usé magia de rastreo. El señor Riario es mago; si lanzo esa magia, sin duda percibirá mi energía y me enviará una señal.”

Evernight no respondió de manera afirmativa. ¿Aún no confiaba en él? Con gesto nervioso, Anya apretó y abrió varias veces la mano derecha aún sin sanar del todo.

“Cuando nos perdimos más allá de la Muralla del Extremo Norte, también percibió mi energía y vino a buscarme…”

“Y entonces gastaste tanta magia que terminaste desmayado.”

Sus ojos, de un color particularmente profundo, dejaban ver un desagrado evidente.

“¡Eso fue…!”

Anya, sonrojado, alzó la voz sin querer, pero enseguida miró alrededor y se mordió el labio inferior.

“Ahora ya sé manejar bien mi magia.”

La verdad era que Maneregia era muchísimo más vasta que la Biblioteca del Mundo, y no sabía cuánta energía necesitaría para rastrear cada rincón.

“De todas formas ahora no tenemos otra salida.”

El tono de Anya se le escapó con un leve matiz de reproche. Evernight arqueó una ceja elegante. Anya enseguida recogió sus labios fruncidos.

Evernight suspiró, sin molestarse en ocultar su disgusto.

“Está bien. No podemos recorrer este lugar palmo a palmo para buscarlos.”

Al cabo de poco le concedió su permiso, aunque de muy mala gana. Mientras Anya lo observaba con cautela, Evernight lo tomó de la muñeca y lo arrastró consigo.

“Si te desmayas, te dejaré tirado.”

Un lugar desde donde se pudiera contemplar la ciudad entera, y que al mismo tiempo estuviera poco transitado.

Ambos subieron la colina de Maneregia. A Anya le resultaba familiar: allí había estado tras el duelo de honor con Royster, cuando subió montado en el dragkal. Ahora, en cambio, los juncos altos hasta la cintura se mecían con el viento, entonando un canto lúgubre. Siguiendo con la mirada la dirección de Evernight, distinguió un árbol solitario en lo alto de la colina.

“He oído que también en Tildeon llega la primavera.”

De inmediato le vino a la mente aquel árbol solitario del bosque sin nombre de Tildeon. Estaba desnudo, sin una sola hoja, solo ramas secas, pero decían que era un árbol sagrado que había custodiado Tildeon durante siglos.

“Entonces, ¿quizá se derrita el hielo del lago y broten nuevos retoños en sus ramas?”

Cuando llegaron al pie del árbol, ya con las hojas cayendo, Evernight se volvió hacia Anya. Y, por un instante, sobre su figura se superpuso la imagen de aquel hombre que le había dado algunos consejos con indiferencia.

«…Eres pequeño y sin maña, así que debes apuntar siempre a los puntos vitales.»

«Savelli te ha llenado de cosas inútiles.»

Evernight le dio un leve toque en la frente, sin hacerle daño.

«Y además eres demasiado emocional, rebosante de compasión innecesaria.»

El tono era claramente condescendiente, como si hablara con un niño. Anya lo miró con un gesto de agravio, pero sabía demasiado bien que no representaba amenaza alguna. Evernight, como era de esperar, soltó una sonrisa torcida antes de darle la espalda y seguir subiendo la colina.

En la cima, la vasta ciudad se extendía bajo sus pies. Por suerte, ya había oscurecido, o quizá por la atmósfera rígida de la ciudad, nadie había subido a ese lugar a esas horas.

“Entonces, empezaré.”

Anya tomó aire profundamente y posó con cuidado la mano sobre la tierra reseca. Era la primera vez que desplegaba magia delante de Evernight, así que estaba tenso. Apoyado en el árbol, él había recuperado su aire de jefe severo, con actitud de quien observa si de verdad era capaz de hacer lo que decía.

Al menos ya no lo excluía por inútil ni lo miraba con abierta desconfianza… ¿Debería agradecer solo por eso?

‘Así que, hagámoslo bien.’

Anya cerró los ojos y reunió el maná con cautela. Muy pronto, una luz azul comenzó a acumularse bajo su palma temblorosa. La magia de detección no requería conjuros complicados ni fórmulas.

Llamada “el otro ojo del mago”, era una técnica que, usando únicamente el propio maná, permitía captar presencias, terrenos, o incluso el interior de construcciones. Por eso su alcance variaba según el talento innato de cada mago.

Algunos apenas podían percibir unos pasos a la redonda, otros lograban abarcar edificios enteros, y otros pocos distinguían incluso una ciudad completa.

¿Hasta dónde podría llegar él?

El maná de Anya se expandió sin freno. Cruzó los canales, atravesó el bullicioso mercado, pasó por humildes casas donde ya todos dormían. Sintió el temblor de la tierra cuando un carruaje pasó, los gritos de borrachos estrellando copas, los cuerpos de vagabundos tendidos en las calles. Miles de voces e imágenes desfilaban caóticamente por su mente.

“¡A… Anya!”

De pronto, una mano le golpeó la mejilla y abrió los ojos sobresaltado. Evernight estaba de rodillas frente a él, sosteniéndolo por los hombros a su altura. Murmuró una maldición y alzó la mano. Por un instante, Anya creyó que iba a pegarle y se echó hacia atrás, pero la nuca fue sujetada con fuerza.

“No tengo la costumbre de abofetear caras.”

Su voz sonaba irritada, como torcida. Antes de que pudiera responder, una mano fría le tapó la nariz.

“Ah…”

“No bromeo cuando digo que si te desplomas te dejo atrás.”

Solo entonces se dio cuenta de que estaba sangrando a borbotones por la nariz. Evernight limpió la sangre sin cesar mientras echaba una rápida mirada a la palma de Anya, de donde aún manaba un resplandor azul.

“Detente.”

La orden cayó con firmeza.

“No… no me siento mareado ni como si fuera a desmayarme.”

“¿Y qué?”

No esperaba esa respuesta. Y el gesto de Evernight estaba tan deformado que casi resultaba crudo.

“¿Qué importa eso? Estás sangrando y ni siquiera piensas detenerte.”

La cantidad era mayor que la vez en la Gran Biblioteca. Pero, al fin y al cabo, era solo una hemorragia nasal, nada que no pudiera tapar. Quizá Evernight leyó en su cara que no lo tomaba en serio, porque apretó los dientes y lo advirtió con dureza:

“Detente ya, Anya. Hay un límite para la paciencia.”

Su mirada cambió de golpe, gélida, y Anya lo sintió como una última advertencia de superior a subordinado. Y aun así, en su interior brotó la pregunta: ¿Por qué?

No había tiempo. Los caballeros y magos de alto rango de Tildeon estaban desaparecidos. Este era el único método. Y ambos lo sabían, tanto Evernight como él.

“¿Por qué?… si no hay otra manera.”

Últimamente se daba cuenta de que le llevaba la contraria demasiado seguido. Lo sabía, pero no podía detenerse. Tal vez porque sus palabras hirientes ya habían dejado tantas costras que se había endurecido al punto de no dolerle más. ¿O quizá porque, en el fondo, deseaba confirmar algo de él?

“Los métodos se crean.”

Anya evitó su mirada al responder.

“…Si nos demoramos, puede que muchos más del norte salgan perjudicados.”

Aunque en el sur apenas comenzaba la amenaza, en el norte no era así. Anya recordó los pueblos calcinados que había visto antes de llegar a Borne, y a los inocentes de Tildeon.

Aunque Lorea siguiera en el castillo, si los Caballeros Negros regresaban… tal vez esta vez no hubiera forma de resistir. Había que apresurarse.

“Usted es señor feudal del norte. Si lo juzga con frialdad…”

Anya se detuvo. Su respiración se aceleró: comprendió qué era lo que en verdad quería confirmar de Evernight. Pero el miedo lo contuvo. Tragó ese sentimiento y reforzó su palma.

“Esto es lo correcto. No me estoy hiriendo, solo sangrando un poco. No afectará en nada al viaje… además…

Que como señor feudal, lo mejor ahora es usar mi magia.”

Aunque habló de forma confusa, Evernight captó su intención. Anya asintió. Pero el rostro de él seguía sin suavizarse; al contrario, parecía aún más destrozado, incluso exaltado.

“Lo sé, tienes razón en todo. Pero, Anya…”

“……”

Anya se puso rígido, apretando los dedos. La mirada de Evernight seguía fija en la luz azul que escapaba de sus manos. Su voz sonaba contenida, como forzándose a reprimir algo.

Lo supo instintivamente: el apretón en sus hombros se hacía más fuerte.

“Parece que lo olvidas, pero también eres mi esposa.”

Anya quiso preguntarle de inmediato.

¿Es que se preocupaba por él?

Eso era lo que había querido confirmar siempre. Un torpe filo de esperanza buscaba asomar.

“Así que…”

“…Lo que quiere decir es que no me entrometa, ¿cierto? Que aún no soy caballero, y que como esposa debería quedarme apoyando desde atrás.”

Pero no. Se lo había prometido al dejar Blun: no volvería a flaquear. Si lo hacía, se convertiría en un estorbo.

Anya, casi como un hábito, buscó el pequeño saco con las joyas compradas en Blun. El tacto familiar lo despejó un instante.

“…Señor, ¿no podría considerar esto también como apoyo? Yo puedo hacerlo.”

No era preocupación. Solo fastidio.

«En Tildeon tendrás que elegir: o te escondes en silencio, o te entregas a una muerte inútil.»

Eso era todo.

“Créame, solo una vez.”

Evernight miró fijamente los caracteres escarlata que surgían en la muñeca de Anya. Eran marcas que ya había visto antes, difusas, cuando unió su cuerpo al suyo. Con un irracional deseo de posesión, las había mordido una y otra vez pese a las protestas de Anya. Sabía que era absurdo, pero no podía detenerse.

Unas gotas de sangre cayeron en el dorso blanco de su mano. Anya las limpió de cualquier manera, dejando una mancha roja en su mejilla infantil aún sin vello. A Evernight lo asaltó una molesta sensación de déjà vu: un cuerpo flaco cargando a su hijo, desangrándose hasta desplomarse.

Al final, su cuerpo se movió solo, sujetándolo con brusquedad, como si fuera incapaz de aceptar la insubordinación. Ni ganas de burlarse de sí mismo le quedaban.

“Basta, detente.”

Ya no sabía desde cuándo había llegado a esto. Cada vez se le hacía más difícil controlarse. Y más aún cuando Anya insistía así.

Era una emoción torcida. Por eso lo trataba con tanta dureza. Tal vez porque, desde que lo vio temblando en el palacio anexo, había sentido una extraña afinidad.

Desde el inicio había estado atraído. Aunque supiera que era un cruel juego del emperador, no pudo ignorarlo.

La entereza de Anya, que se arrojaba con toda el alma, lo había calado demasiado hondo.

Evernight alzó la vista al plenilunio. En esas noches, su instinto de fiera lo urgía aún más. Lo obligó a incorporarse de un tirón.

“Un… un momento, señor.”

“Detente.”

“Un poco más y…”

“¡Maldita sea, te dije que basta!”

Y aun así, sentía esa misma afinidad con su desesperación. Contradictorio, sí.

La imagen de su entrenamiento al amanecer, del chico soportando azotes sin llorar, de los labios que susurraban querer amar a un hijo… todo eso se había acumulado hasta devorarlo entero.

“…Señor.”

“……”

“Lo… lo encontré. Lo encontré.”

Esa testarudez suya, también. Ahora lo cegaba tanto que Evernight ni respirar podía.

---

Había gastado demasiado maná y las piernas le temblaban. Pero después de tanta firmeza, no podía demostrarlo. Anya se sostuvo con fuerza, esforzándose por seguir el paso apresurado de Evernight. El borde de sus mangas y dedos estaban manchados de sangre oscura.

Evernight le limpió el rostro con meticulosidad, como si no pudiera permitir ni una gota más. Aunque Anya insistió en hacerlo él mismo, Evernight lo ignoró, acariciando su mejilla con un semblante temible.

Su mano estaba tan fría como su expresión. Pero pronto, al tocarse piel con piel, el calor subió de golpe. Fue un instante de emociones desbordadas.

“…Levántate.”

Fue Evernight quien se apartó primero. Bajó la colina sin mirar atrás. Y aun sabiendo que no podía ser así, Anya sintió que huía.

‘Ridículo… debo estar loco.’

Se dio una bofetada en la mejilla ardiente y corrió tras él.

Pronto llegaron a la calle de los burdeles. Aunque la ciudad dormía, allí las luces nunca se apagaban.

Prostitutas semidesnudas se asomaban por las ventanas, llamándolos con gestos insinuantes. Anya, incómodo, clavó la vista en el suelo.

“Oh, guapos caballeros, sabremos atenderlos bien~.”

Una voz melosa le cosquilleó los oídos. Anya mordió el labio inferior, observando de reojo a Evernight. Habían compartido el lecho varias veces, sí, pero nunca por voluntad: solo por los efectos de los pendientes rojos.

Quizá Evernight prefería abrazar a una mujer suave y voluptuosa antes que a un hombre delgado y duro como él.

"Aquí es."

Anya, esforzándose por no volver la cabeza hacia él, concentró su atención en la energía mágica. Haber sentido antes la energía de Riario fue realmente una suerte.

La capital albergaba más magos de los que había imaginado. Una fría y afilada aura púrpura se escapaba del prostíbulo que Anya señalaba.

"Entremos."

Evernight deslizó la mano bajo la capa, acariciando la vaina de su espada, y abrió la puerta del prostíbulo.

"Bienvenidos."

El interior resultaba sorprendentemente decente, muy distinto a la fachada ruinosa. No daba en absoluto la impresión de un lugar sospechoso. En varias mesas, hombres abrazaban a las prostitutas mientras las manoseaban, y desde un rincón subía el penetrante olor del opio.

Anya, aunque no había bebido nada, sintió que una embriaguez extraña lo invadía y se cubrió discretamente la nariz con la manga. Ambos llevaban la mitad del rostro cubierto con un antifaz desde antes de entrar, pero el hedor era tan fuerte que traspasaba cualquier barrera.

"¿Buscan a alguien en particular?"

Un hombre que parecía el dueño se acercó con una sonrisa. Alto, delgado y de porte demasiado recto para ese ambiente.

"Es un honor recibir a caballeros tan distinguidos en un lugar como este."

A pesar de que Evernight no tenía pinta alguna de noble tras el duro viaje, el hombre parecía reconocer la elegancia tras el antifaz, y sus ojos codiciosos brillaban con la esperanza de obtener ganancia.

"Pero este joven es…"

El dueño señaló a Anya con una mirada inquisitiva, y pronto soltó una breve exclamación.

"Ah, ya veo. Algunos señores disfrutan de amores secretos y se dejan ver en estos sitios. ¿Desean algo más? Últimamente hasta tres o cuatro disfrutan juntos, puedo preparar lo que gusten según la preferencia de Su Señoría."

La mirada de Anya se desvió hacia unos clientes drogados, riendo y besándose sin pudor. ¿Acaso todos lo veían como un amante de Evernight, un simple juguete? En Blun ya había sido lo mismo. Que lo considerasen al menos como subordinado sería menos doloroso…

"Para dirigirte a un señor, tu tono es demasiado vulgar."

Evernight, ocultando a medias a Anya detrás de sí, soltó una fría burla.

"Oh, si lo ofendí, disculpe. Solo que yo…"

Antes de que la mirada del dueño alcanzara a Anya, Evernight bloqueó por completo su campo visual.

"Llévanos al segundo piso."

"S-sí, los acompañaré a una habitación."

La planta baja se asemejaba a una taberna o posada, pero al subir las escaleras crujientes, se oían tras finas telas las risas de hombres y mujeres, así como gemidos excitados. El calor subió al rostro de Anya.

"Siéntense cómodos, enseguida les traigo vino y comida."

El dueño chasqueó la lengua, lamentando no sacar mayor provecho, y se marchó mirando con ojos turbios a Anya hasta el último instante.

Un silencio denso se apoderó del lugar. Evernight, hundido en un sillón de terciopelo, señaló la silla frente a él.

"Siéntate."

Con cada paso, los gemidos mezclados con risas eróticas del pasillo se colaban en sus oídos. Anya, incómodo, se llevó la mano al cuello. Los ojos de Evernight lo recorrieron, y el color de sus pupilas se había tornado más oscuro, cercano al púrpura que al azul.

Al principio creyó que era solo imaginación, pero ahora que sabía que él era un andarliano, ese cambio ya no resultaba extraño ni temible. Solo le parecía duro imaginar cuánto había soportado aquel hombre con tales transformaciones.

De repente, una cortina de seda se abrió y apareció tambaleante un hombre, acompañado de una mujer que gritó al verlo caer de bruces. Incluso en el suelo no soltó la cintura de la muchacha. Entre risas y caricias, ambos intercambiaron palabras y risotadas.

Anya, sonrojado, los miraba sin saber qué hacer. Entonces, el hombre borracho lo señaló con una risa sucia.

"Vaya, vaya. ¡Y el dueño escondiendo semejante tesoro sin decirme nada!"

"¡Conde, por favor! Yo estoy aquí. Y ese es un chico."

La mujer, con celos furiosos, lo fulminó con la mirada, pero el hombre se encogió de hombros.

"¿Qué importa que sea hombre o mujer? Con ese cuerpo tan suavecito, el género da igual."

Con pasos torpes pero mirada fija, avanzó hacia Anya extendiendo la mano.

"¿Qué tal si pasas la noche conmigo? Te pagaré bien."

Antes de que Anya pudiera reaccionar, un fuerte golpe lo lanzó al suelo. Era Evernight. Su bota aplastaba la mano del conde, y el crujido de huesos llenó la sala.

"¡Sabes con quién hablas!"

Gimió el hombre, retorciéndose como un esclavo más que como un noble.

Evernight apretó aún más. El conde, en pánico, rogaba y gritaba a la mujer, quien acabó desmayándose al cruzar la mirada con Evernight.

Anya quiso correr a ayudarla, pero Evernight lo detuvo con fuerza.

"No vayas."

"Pero se desmayó, tengo que…"

"He dicho que no."

El rostro de Evernight se ensombreció. El conde, aun entre convulsiones de dolor, miraba a Anya con lujuria repugnante.

Sin vacilar, Evernight le lanzó una brutal patada en la mandíbula que lo dejó inconsciente junto a la mujer.

En ese momento, el dueño entró con una bandeja de comida y alcohol.

"Oh, vaya. Ese es el conde Lanten. ¿Qué piensan hacer?"

Pero su rostro no mostraba preocupación.

"Le daremos todo el dinero que pida. Encárguese de esto."

El dueño, satisfecho al recibir un saquito de monedas, comprendió perfectamente la situación: aquí regía una ley tácita, la de no tocar lo que otro ya reclamaba como suyo.

Cuando se retiró, Anya explotó:

"¡Lord Evernight! ¡Era un conde! Puede traerle problemas."

En tiempos tan turbulentos, con la ejecución de los Andarlianos y la desaparición de Riario y Karen, aquello era demasiado arriesgado.

"Si fuera a temer amenazas, no me habría sentado en el trono de un duque "

Respondió Evernight con frialdad.

Anya aún replicó que quizá lo veían como su amante, a lo que Evernight soltó una sonrisa torcida. Se acercó, acomodó la tela que cubría el rostro de Anya y, de improviso, lo besó.

No fue como los besos salvajes anteriores, sino lento y suave, labios que se encontraban y se apartaban con calma.

"Ya te lo dije, Anya. Eres jodidamente hermoso."

El susurro, grave y oscuro, pesaba más que el ligero beso.

"Por eso basta un descuido para que moscas como esas se acerquen."

Su fría mano recorrió el cuello de Anya, y luego añadió con calma:

"Al conde le mostré misericordia al no matarlo."

Después, se apartó como si nada hubiera pasado. Anya, confundido, se llevó los dedos a los labios húmedos. Y, sin pensarlo, dejó escapar una pregunta:

"Entonces… ¿a sus ojos también parezco hermoso?"

Él mismo se sonrojó y, arrepentido, se apresuró a negar con un gesto brusco.

"Olvídelo. No responda."

La tensión en su pecho cedió poco a poco. Con voz firme, como si nada hubiera ocurrido, añadió:

"Entonces, procederé a ejecutar de nuevo la magia de detección."

Evernight no apartaba la vista de él, pero al menos no dijo nada, tal como Anya había pedido. Menos mal. Anya recuperó la compostura, se sentó con corrección. Ya no parecía haber curiosos rondando por la sala tras el alboroto. Cerró los ojos y dejó fluir la magia en silencio.

De sus dedos brotó un resplandor azul que se filtró directo al suelo de madera gastada. Bajo los párpados temblorosos se agolpaban escenas del edificio, como olas que rompían. Evernight, inclinado hacia delante, lo observaba quieto. Cada vez que el puente de la nariz de Anya fruncía con arrugas o su entrecejo se apretaba porque algo no salía, los dedos del hombre tamborileaban con leve impaciencia sobre su rodilla.

"Encontré algo."

Al cabo de un rato, Anya abrió lentamente los ojos, se secó el sudor frío de la frente con la manga… y se sobresaltó al notar que Evernight seguía mirándolo fijamente.

"A-al menos percibo la energía de Lord Riario, así que parece que no le ha pasado nada grave."

Se rascó la mejilla con nerviosismo y se incorporó.

"Pero, mi lord… hay una amplia caverna en el subsuelo."

Evernight fijaba la vista en la muñeca de Anya, que aún brillaba con azul tenue. Tenía el gesto endurecido, aunque Anya no supo si era porque le disgustaba él, o por la noticia de la caverna.

"¿Caverna subterránea?"

"Sí. Bajo este edificio se han excavado varias cuevas grandes. Y hay gente reunida allí. También siento la presencia de Lord Riario."

Lo dijo con calma, mirando adrede a la punta de sus zapatos, porque la mirada insistente de Evernight lo ponía muy incómodo.

'¿Por qué tuve que decir esa tontería?'

Incluso a él le sonaba vergonzoso y descarado. ¿Bonito a sus ojos? Qué disparate.

Anya sabía que Evernight prefería mujeres con curvas antes que un hombre enjuto como él. Recordaba muy bien a los caballeros de Tildeon murmurando de eso en el banquete de bodas, mientras él estaba sentado, apagado. Y aun así había soltado semejante desvarío.

"Entonces, iremos allí."

Evernight se levantó y se acercó. Para alivio de Anya, no comentó nada más sobre su pregunta imprudente.

"Bien hecho."

Le dio una palmada en el hombro y salió tras la cortina. Su actitud era fría, propia de un superior en funciones, nada que ver con alguien con quien uno hubiera hablado sobre belleza o fealdad. Eso hacía que la propia frase de Anya le pareciera todavía más absurda. Con las mejillas ardiendo, se presionó con el dorso de la mano para enfriarlas y lo siguió.

 ***

El burdel era estrecho y sucio. Se oían ratas correteando en el techo. Por suerte, todos estaban tan ebrios o drogados que el segundo piso estaba casi vacío.

Mientras caminaba tras Evernight, Anya echó sin querer una mirada entre las cortinas y enseguida se apartó horrorizado. Había parejas semidesnudas o desnudas, a veces tres, cuatro juntos, enredados entre jadeos y risas húmedas. Anya carraspeó incómodo y susurró:

"Mi señor… cuando hice la detección, vi que la entrada al subsuelo estaba en el patio trasero".

El problema era llegar allí. En la planta baja aún circulaban el dueño y los empleados. Si atravesaban la cocina hasta el patio levantarían sospechas. Evernight calculaba que tal vez el dueño ya sabía de su presencia, pero aún no había reaccionado. Fuera porque no los habían reconocido tras las máscaras, o porque planeaba algo, había que adelantarse. Para rescatar a Riario y Karen, tendrían que lanzarse aunque costara la vida.

"Señor, mejor no aquí afuera. Entremos en una habitación."

Justo entonces, por el pasillo venían tambaleándose dos hombres: uno ebrio, con los pantalones abiertos, abrazaba a un joven prostituto mucho menor, besándole el cuello sin pudor.

"Me encantaría llevarte al castillo ahora mismo…"

Su voz, arrastrada por la droga, apenas se entendía.

"Ay, mi señor, un noble no debería exhibir así a su amante varón. Eso sí lo sé yo "

Replicó el muchacho con tono meloso, arrancándole un suspiro al otro, que le manoseaba el pecho.

"Prefiero estos pequeños pezones tuyos a los pechos de cualquier mujer."

El jovencito, también drogado, reía con gemidos débiles.

"Si tanto me quieres, cómprame una isla al menos. Allí podrías escapar del ojo de tu esposa marquesa."

Detrás venía un grupo de acompañantes, escandalosos, carcajeando con vulgaridad. Afuera del muro de la capital, los campesinos sufrían ataques de monstruos, temblando día a día… y aquí los nobles se revolcaban en placer, con rostros idiotas. Un espectáculo repulsivo.

"¿Qué pasa contigo?"

Gruñó uno de ellos al chocar con el hombro de Evernight.

Pero apenas terminó de hablar, una sombra enorme lo cubrió. Al mirar arriba, todos se quedaron mudos. La mirada de Evernight, desdeñosamente fría, era la de un verdugo en un cadalso.

"¿Sabes con quién te estás… atrevien…?"

El tufo a opio lo obligó a chasquear la lengua. Lo ignoró y siguió andando. No había uno solo en su sano juicio. La nobleza nunca cambiaba, aunque se derrumbaran las murallas de Maneregia. Se le escapó una sonrisa torcida.

"¡Detente ahí… uagh!"

El hombre intentó gritar, pero su cuerpo, blando por el placer, se dobló y cayó de lado. Los demás cayeron con él. Anya, esquivándolos, siguió a Evernight.

Un crujido se oyó en la esquina. Cuando dobló, vio a Evernight de pie ante una ventana, tirando al suelo el cerrojo roto. La abrió de par en par y el aire otoñal agitó su cabello.

"¡Señor!"

De pronto, Evernight puso un pie en el alféizar y saltó. Anya ahogó un grito y corrió a la ventana. Abajo, él ya estaba en el patio, mirándolo. Claro: desde el principio planeaba saltar.

"Es tu turno."

Hizo un gesto con la cabeza. Anya se encaramó, pero desde arriba la altura imponía más de lo esperado.

"¿Quieres que te reciba como en Northmost?"

Evernight esbozó una sonrisa burlona, retrocediendo un paso como si fuera en serio. Sin saber si era burla o provocación, Anya saltó. Su cuerpo flotó un instante y cayó en picado.

"Esto… yo también puedo hacerlo."

Cayó en postura perfecta, manual de instrucción viviente, y al incorporarse sacudió el polvo de las palmas, lanzándole una mirada de reojo. Entonces, una mano le atrapó la muñeca y lo jaló con fuerza hasta esconderlo tras un pilar.

El silencio se estiró. En la penumbra, sus ojos se encontraron. Los de Evernight, teñidos por completo de un púrpura extraño, lo estremecieron. Aun con la máscara puesta, Anya sintió que casi jadeaba y lo empujó un poco.

“Shhh.”

Evernight llevó un dedo a sus labios.

"Todavía no te das cuenta de todo, mocoso. "

Susurró, con una chispa juguetona en la mirada.

"Ugh, ¿será por el vino? Hace un frío de los mil demonios."

"¿Y por qué tenemos que servir la comida hasta a esos espías que vienen a husmear?"

Justo en ese momento se abrió la puerta lateral de la cocina del burdel y dos hombres salieron refunfuñando.

Uno era completamente calvo, el otro llevaba una espesa barba. A pesar de sus apariencias opuestas, ambos parecían sirvientes. Como ya era bastante entrada la noche, el barbón bostezaba con fuerza mientras cargaba en las manos una pequeña cantimplora, unos trozos de pan reseco y un poco de cecina. Aquella carne, escasa, pronto desapareció en su boca.

"¡Eh, no te la comas!"

"¿Y por qué íbamos a regalarles nuestra carne a esos espías? Con darles agua ya tendrían que estar agradecidos."

Sin embargo, la cecina debía de estar demasiado dura, pues tras masticar un par de veces, la escupió al suelo.

"¿Lo ves? No se debe probar la comida de los que van a morir pronto. Su desgracia puede pasarse a ti."

El calvo se rió burlón, y el barbudo, mascullando una maldición, le dio una patada en el trasero. Forcejeando entre risas y reproches, se dirigieron al patio trasero.

"Cada vez que entro aquí me entra un mal presentimiento."

"Por eso el amo no manda a las chicas lindas, sino a nosotros, que no tenemos nada. Al menos ellas hacen dinero."

Al cabo de un momento, tras echar un vistazo alrededor, se colocaron unas máscaras duras que les cubrían nariz y boca, colgadas en la cintura. Evernight, evitando la mirada de los hombres, se pegó más al cuerpo de Anya. Sin remedio, sus cuerpos se rozaron, y la gran mano de Evernight cubrió su nariz y boca. En su pecho, Anya contuvo hasta el último aliento, esforzándose en no hacer ruido.

Los hombres, tras asegurarse de que no había nadie, frotaron el pie contra el suelo y levantaron con fuerza una argolla de hierro oculta. Como se temía, allí había una trampilla. Con pasos engreídos, comenzaron a bajar las escaleras que se adentraban en la tierra. ¡Clang! La tapa se cerró con estrépito.

En cuanto desaparecieron, las miradas de los dos escondidos tras el pilar volvieron a encontrarse.

"Se, señor… ahí dentro están lord Riario y sir Karen."

Las palabras de Anya sonaron como un murmullo, pues el rostro estaba medio cubierto por la palma ardiente de Evernight. Los ojos púrpuras que lo miraban parecían llamas que lo envolvían.

"Yo… esto ya…"

Anya se removió un poco, y Evernight inclinó el rostro tan cerca que parecía que iba a besarlo. Inconscientemente, apretó el puño, mientras los dedos cálidos del hombre se deslizaban lentamente hacia abajo.

"Vamos."

Cuando el gran cuerpo se apartó, el aire frío de la noche otoñal lo envolvió de golpe. Solo entonces Anya se dio cuenta de lo ardiente que había sido el contacto del otro. Y, extrañamente, sintió un alivio inexplicable. Quizás no era el único atormentado por aquel pendiente rojo. Sus labios aún ardían donde lo había tocado el dedo de Evernight, y en su pecho permanecía vivo el calor de aquel contacto.

---

Con un margen de tiempo respecto a los hombres, los dos abrieron la trampilla y bajaron. Las escaleras, como hechas de cal endurecida, descendían a un lugar donde el aire era mucho más frío.

"No está tan oscuro como esperaba"

Comentó Evernight, rozando una de las antorchas fijadas en la pared. Tal como decía, el pasadizo subterráneo estaba bien cuidado. Su altura era tal que ni él, tan alto, necesitaba agacharse.

"¿A dónde llevará?"

"Si lo excavó Mibar, podría estar conectado a su mansión, o incluso al palacio imperial. Pasajes que las Sombras usan para moverse sin ser vistos."

"¿Un túnel secreto de misión o un escondite? Aunque cuando lo revisé con detección mágica, sentí muchas presencias aquí abajo."

Anya respondió mientras sujetaba la empuñadura de su espada bajo la capa. El silencio era denso, pero en cualquier momento alguien podía aparecer.

"Quizás sea un lugar para realizar actos secretos lejos de miradas indiscretas. O una prisión."

El túnel era más amplio y profundo de lo que habían imaginado. Incluso con el favor del emperador, no debía de ser fácil para Mibar haber construido algo tan vasto en pleno corazón de la capital. Quizá fuera una estructura antigua.

Avanzaron más. Al principio, raíces sobresalían de las paredes de tierra, rozándoles la cara. Pero poco a poco, las paredes se transformaron en sólido granito y mármol, hasta asemejarse a un templo.

"Shhh."

Evernight levantó el brazo y se detuvo. Frente a ellos se abrían dos caminos, y en uno se oían risas.

"De un golpe quedó inmóvil."

"Jajaja. Esos magos son pura boca. Sin magia, no son más que unos enclenques."

Eran los mismos hombres de antes. Al oír “mago”, los ojos de Evernight se entrecerraron con frialdad.

"Por mucho que presuman de caballeros o hechiceros, todos caen ante la droga. Esos no tardarán en…"

Uno soltó una risa extraña, ahogada. Los pasos se acercaban. Evernight le lanzó una señal con la mirada a Anya. Ambos se colocaron a los lados de la entrada.

Uno, dos, tres…

Anya contó en silencio. Y justo cuando los hombres aparecieron, ambos desenvainaron al unísono.

"¡Ugh!"

"Será mejor que nos lleven hasta donde tienen al mago."

Los dos hombres se quedaron rígidos al sentir el filo frío en la garganta.

“Sin hacer ruido. Caminen adelante.”

Evernight, a propósito, les hizo un corte largo en el cuello a la vista de todos. El calvo, pálido como un cadáver, se dio la vuelta lentamente y comenzó a caminar de regreso por donde había salido. Anya lo siguió, presionando por detrás al otro. Los pasos resonaban en el túnel oscuro, secos y pesados.

“Anya, tápales la boca.”

Mientras más se internaban, más oscura se volvía la visión. Forzando sus ojos cansados a abrirse, Anya escuchó la voz de Evernight, extrañamente difusa, dándole la corta orden. Negó con la cabeza.

“Concéntrate.”

“Esto… ¿qué es?”

Su propia voz empezó a desvanecerse. Al mismo tiempo, el hombre trató de escabullirse torciendo la cintura, pero Anya apuntó con más fuerza y apretó el arma con todas sus fuerzas.

“Se inhala al respirar… es un tipo de alucinógeno.”

Evernight soltó un suspiro breve, el humo denso llenaba el sótano. Al fin tosió, expulsando el veneno con arcadas.

En el amplio salón subterráneo que apareció frente a ellos, lo que Anya descubrió fue un enorme criadero.

“…Señor.”

Se le estremecieron los ojos. Cada pequeña cueva excavada en la roca estaba cerrada con gruesas rejas de hierro, de las que escapaba un humo blanco que burbujeaba sin cesar. No hacía falta mirar dentro para imaginar el estado de quienes estaban atrapados.

“Ll-llave… nosotros tampoco tenemos. Solo nos ordenaron dar de comer a los de aquí, eso es todo.”

El hombre capturado, temiendo por su vida, habló con voz temblorosa.

“¿Ah, sí? Entonces podrías haberlo dicho antes. Qué pérdida de tiempo.”

Evernight chasqueó la lengua y, sin dudar, levantó la espada y decapitó al hombre. La sangre brotó en un chorro que le salpicó el rostro. El sujeto apenas emitió un gemido ronco antes de desplomarse con estrépito.

Los demás, drogados, ni se inmutaron ante la muerte.

“Y-yo no sé nada, nada.”

El otro retrocedió con las manos al frente, aterrado, hasta chocar con Anya. Cayó de rodillas y comenzó a suplicar, frotando las palmas.

“Yo, yo de verdad no sé nada. ¡Perdónenme!”

Se aferró a la pernera de Anya, empapándola. Antes de que él pudiera responder, Evernight blandió su espada ensangrentada y lo atravesó sin piedad.

“¿Que no sabes nada? Lástima.”

El hombre solo temblaba, incapaz de responder, hasta desplomarse ahogado en su propia sangre, los ojos abiertos con incredulidad.

“¿Por qué?”

Tras matarlos, Evernight limpió la hoja en las ropas de un cadáver y miró de reojo a Anya. Al ver el gesto contrariado en el joven, murmuró con desdén:

“De todos modos, eran testigos. Había que eliminarlos.”

Era un juicio frío, pero no falso. Aun así, Anya seguía rechazando la idea de matar personas.

“El ideal de caballería de tus libros no existe. Es solo ficción inventada por novatos. Si alguien toca mi territorio o a mis hombres, la única paga es la muerte. Esa es la única caballería que yo reconozco.”

Evernight parecía decidido a no perdonar a los que habían tocado a Tildeon, y ahora a Riario y a Karen. En ese momento, Anya lo comprendió con claridad.

“Aun si el responsable es el propio sir Mibar, el favorito del emperador… no cambia nada.”

No lo dijo directamente, pero su mirada encendida preguntaba lo mismo: “¿Aunque signifique traicionar a tu padre, seguirás conmigo?” Anya no dudó mucho. Con serenidad, asintió.

Revisaron cueva por cueva. Entre cuatro y diez personas abarrotaban cada una, todos destruidos por la droga.

“Señor, ese hombre… está muerto.”

Anya, con el rostro rígido, murmuró sin querer. El cadáver yacía con los ojos abiertos, consumido, con opio esparcido a su alrededor. Sus pupilas vacías brillaban con un resplandor azul.

Un escalofrío lo recorrió. Corrió hacia otra celda, giró a una mujer que reía sola… lo mismo. Giró de nuevo y vio a Evernight sujetando la mandíbula de un hombre babeante que lo miraba con los mismos ojos azules.

“Este también…”

“Sí, todos tienen los malditos ojos azules como los míos.”

Sorprendentemente, todos los prisioneros compartían esa mirada azulada, algunos tan intensa como la de Evernight.

“Señor, ¿y si los que vimos en el cadalso hoy también…?”

La voz de Anya temblaba. Las piezas encajaban, pero la sensación era nauseabunda. Tapándose la boca, contuvo arcadas.

“Debemos encontrar pronto a Riario y a Karen.”

Si sus criados tardaban demasiado, podrían mandar soldados a investigar. Evernight soltó al preso babeante y se incorporó.

“C… ¿Comandante? ¿Es usted?”

Una voz débil surgió desde el fondo. Anya corrió enseguida.

“¡Señor Riario! ¡Sir Karen!”

Detrás de los barrotes, encadenados, estaban ambos. Pálidos, apenas conscientes.

“V-vergüenza… pero al verlo me alegro tanto…”

Riario tosió sangre.

“¡Señor Riario, está bien?”

“E-estoy… bien. Solo es secuela de agotamiento de maná.”

¿Agotamiento de maná? Eso significaba tormento extremo. Por fortuna, aún conservaban la cordura.

“¿Cuánto tiempo llevan aquí?”

Karen ya ni podía hablar, solo movía los labios resecos. El ambiente se llenaba de risas, arañazos, murmullos frenéticos. Evernight, con gesto adusto, levantó la espada y partió el candado de un tajo.

“¡Sir Riario, sir Karen!”

Anya entró deprisa y cortó las cadenas.

“Es… metal especial que suprime la magia… cuidado, alteza.”

Al fin comprendió por qué Riario no había podido defenderse. Al liberarlo, cayó de bruces, vomitando.

“¿Está bien?”

Riario no pudo responder, solo señaló débilmente a Karen.

“Anya, ¿puedes usar magia curativa?”

Evernight, sujetando el rostro de Karen, le preguntó con nerviosismo.

“Sí.”

Aunque apenas sabía lo básico, era lo único posible.

“Sir Karen, puede que le incomode un poco. Lo siento, no soy muy bueno.”

Karen, más delgado y demacrado, logró asentir.

“Señor, permítame recostarlo en mis piernas.”

Anya lo acomodó y canalizó magia. El cuerpo intoxicado de Karen comenzó a convulsionar. Anya sostuvo su mano ennegrecida y le susurró con suavidad:

“Shhh… estará bien.”

El rostro torturado se fue relajando poco a poco.

“No te exijas demasiado.”

De pronto, una gran mano se posó sobre la de Anya. Evernight lo miraba con gesto molesto.

“Si teme por el agotamiento de mi maná… no se preocupe. Aún resisto.”

Respondió, aunque sorprendido. Recordó aquella advertencia en la colina de Maneregia. Pero lejos de tranquilizarse, Evernight frunció más el ceño y suspiró con fuerza.

“…No es eso.”

Se inclinó hacia él, mostrando por primera vez confusión. ¿Confusión? Anya apartó su mano de la de Evernight, y los dedos de este se agitaron como conteniendo algo.

En ese momento, se oyó otra tos violenta.

“Disculpen… por interrumpir su lindo momento, pero salgamos de una vez antes de que estos malditos reaccionen. Apenas puedo respirar.”

Riario, limpiándose la sangre de los labios, gruñó con voz moribunda.

---

Por suerte, la magia de curación parecía haber surtido efecto, pues con el tiempo Riario y Karen fueron recobrando poco a poco la conciencia.

"Aunque tenga que arrastrarme, prefiero caminar. ¿Cómo podría yo cargar con el honor de que Su Alteza me lleve en su espalda?"

Si lo hiciera, no serían los monstruos, sino alguien más quien lo mataría sin que nadie se diera cuenta. Ante la oferta de Anya de cargarlo si se cansaba, Riario frunció el ceño con horror. Su queja arrancó una débil sonrisa a Karen, que se inclinó hacia Anya con gesto agradecido.

"Gracias a usted, Su Alteza, he podido recuperar algo de sentido. Gracias."

"No, Sir Karen. Aún no está del todo recuperado. Necesita la ayuda de un médico."

"Eso lo veremos una vez que estemos fuera de aquí."

Riario y Karen desgarraron parte de sus ropas para cubrirse la boca y la nariz, y se pusieron de pie.

"Comandante, la salida conecta con el pasillo contrario. "

Dijo Riario, sosteniéndose a duras penas contra el mareo y tomando la delantera.

El otro pasillo era igual: decenas de personas yacían en la caverna como si estuvieran muertas. Su aspecto se asemejaba al de ghouls en hibernación, lo que producía escalofríos; y ver a seres humanos vivos sometidos a tal cosa despertaba una profunda furia contra Mibar.

"Como puede ver… tenemos muchísimo de qué hablar."

"Lo mismo digo. En cuanto salgamos, regresaremos a Tildeon."

Los cuatro se apresuraron hacia la salida sin demora. No pasó mucho antes de que aparecieran unas escaleras que parecían conducir a la entrada.

"Dejen que yo vaya primero."

Evernight hizo retroceder a Anya y subió las escaleras de un salto. Luego, golpeó la puerta hacia arriba con fuerza. Hubo un estruendo metálico, como si estuviera asegurada con un candado, pero fue solo un instante. La puerta se rompió bajo la fuerza de Evernight.

"Salgan."

Tras comprobar la situación afuera, habló hacia abajo:

"El haber enviado la carta antes de venir aquí fue realmente una jugada maestra."

No creo en los dioses, pero en situaciones como esta… uno no tiene remedio. Riario alzó una breve oración hacia la débil luz de luna que se colaba y, con júbilo, corrió hacia la salida.

"Sir Karen, apóyese en mí."

Anya extendió la mano, preocupado, pero Karen negó con un gesto incómodo.

"N… no, Su Alteza. Puedo hacerlo yo."

Sus ojos, tensos, se desviaron hacia arriba, como si observara a alguien, y luego forzó una sonrisa torpe asegurando que estaba bien, antes de subir las escaleras.

Siguiéndolo, Anya miró hacia atrás sin pensarlo.

‘¿Qué pasará con los que se quedaron allí?’

¿De dónde venían? ¿Y por qué todos tenían ojos azules, como Sir Evernight? ¿Podría todo esto considerarse simple coincidencia?

¿De verdad Sir Mibar… mi padre…?

"Anya."

Una voz fría llegó desde arriba. Al levantar la mirada, Evernight le tendía la mano.

"No te distraigas."

La intensidad de sus ojos parecía hablar del pacto silencioso que habían compartido poco antes. Fuera quien fuese el que estaba detrás de todo esto…

"Sí."

Ya no quedaba otra opción más que seguir adelante sin mirar atrás. Anya evocó el recuerdo de la masacre cruel y atroz de Tildeonrock. Murmuró en silencio los nombres que nunca debía olvidar y tomó la mano de Evernight.

---

Al salir al exterior, el grupo se bajó las telas que cubrían la mitad del rostro y respiró hondo. El aire frío de la noche se coló hasta lo más profundo de sus pulmones, despejándoles la mente. Alrededor, la entrada de la cueva subterránea conectaba con un bosquecillo bajo, al costado del burdel. Era el lugar perfecto para entrar y salir sin ser visto.

A lo lejos, el castillo de Eos brillaba bajo la luz de la luna, mostrando toda su majestad.

"Karen, ¿puedes montar un caballo?"

"Sí, Comandante. No se preocupe por mí."

Evernight juzgó que quedarse más tiempo en Maneregia solo atraería un rastreo molesto. Todos estuvieron de acuerdo con él, y pronto consiguieron cuatro caballos en el establo cercano a la puerta sur de la ciudad.

"Se ordenó no abrir las puertas. Vuelvan tranquilamente por donde vinieron."

Sin embargo, los guardias de la ciudad que custodiaban la entrada los detuvieron.

"¿Es orden del emperador?"

El guardia frunció el ceño ante el tono brusco de Evernight, escupiendo al suelo antes de responder:

"Eso no puedo decirlo. ¿Qué asunto los hace querer salir de la ciudad pasada la medianoche?"

¿Acaso Mibar ya había notado su intrusión? Mientras los tres que estaban detrás de Evernight se miraban con nerviosismo, de pronto se oyó un fuerte estruendo de cascos que se aproximaban por detrás.

"¡Atrápenlos!"

Con el silbato estridente, varios guardias más salieron de los puestos de la muralla y apuntaron con sus lanzas al grupo. Los caballos, asustados, comenzaron a inquietarse, por lo que Anya tuvo que sujetar con fuerza las riendas.

"Comandante."

Al mirar atrás, vieron que una decena larga de soldados armados avanzaban desde el final de la avenida.

"No son la guardia imperial."

Karen frunció el ceño mientras examinaba su indumentaria: armaduras negras reforzadas con cadenas, todos portaban largas espadas colgando de la cintura. Estaban equipados de pies a cabeza, pero no llevaban ningún emblema.

"Podrían ser mercenarios del burdel."

Riario echó una mirada cansada alrededor. Los soldados se habían detenido a un paso de ellos, con aire amenazante.

"¡¿Quiénes son ustedes?!"

Los guardias, sorprendidos al verse envueltos en la refriega, apuntaron con nerviosismo sus lanzas. Tras un día entero inspeccionando refugiados, no les quedaban ánimos ni paciencia.

"Tenemos órdenes de llevarlos."

"¿Órdenes de quién…?"

"Eso no necesitan saberlo."

El que parecía líder sacó una bolsa de cuero de su cinturón y la lanzó hacia adelante. Con un tintinear metálico, cayó a los pies de un guardia.

"Son intrusos ilegales en la capital. Se les perdonará la falta de una revisión adecuada. Nos deben una deuda grande, así que si los entregan discretamente, pronto recibirán una recompensa aún mayor."

Uno de los guardias recogió la bolsa y, al abrirla, sus ojos se abrieron de par en par: contenía lo que equivalía a un año de sueldo. ¿Qué clase de personas habrían ofendido tanto a alguien tan poderoso? El pensamiento lo cruzó un instante, pero no era asunto suyo. Las patrullas y turnos de guardia se multiplicaban últimamente, y los precios de la harina y los vegetales seguían subiendo. En tiempos tan inestables, cada quien debía velar por sí mismo.

"En este asunto, no sabemos nada."

Tras un breve intercambio de miradas, los guardias bajaron las lanzas y se hicieron a un lado.

"¡Cobardes! ¡Todos los de la capital son unos miedosos! "

Gritó Karen con rabia.

"Comandante, ¿qué piensa hacer? "Preguntó Riario en voz baja, moviendo apenas los labios con ventriloquia. Anya echó una mirada de reojo a Evernight, listo para actuar según su orden.

"¿Quiénes son ustedes para decir que nos deben una deuda?"

Evernight preguntó en tono frío, sin apartar la vista de los hombres armados. El mismo que había lanzado la bolsa desenvainó una daga.

"Mataron a mis dos hermanos y huyeron. Y además, los dos que apenas se sostienen tras de usted apestan a opio. Creo que la explicación ya está clara, ¿no?"

Tal como sospechaban, eran mercenarios del burdel. Pese a su condición, emanaban un aire de experiencia. No eran reclutas de uno o dos años.

"Será mejor que vengan sin resistencia."

El hombre pasó la lengua por el filo de su daga, riéndose con sorna.

"Porque si no…"

Al oírlo, los soldados estallaron en carcajadas.

"Somos quince, y ustedes apenas cuatro. Y encima, uno de ustedes podría caer muerto en cualquier momento."

Al unísono, todos los demás desenvainaron sus espadas.

Anya tragó saliva con nerviosismo, metiendo la mano bajo su capa. Había enfrentado bestias más allá de la muralla, pero nunca había matado a un hombre. La mirada implacable de Evernight se posó un instante sobre él, y luego se apartó. Esa fue la señal: el Comandante desenvainó su espada, seguido al instante por Karen y Anya.

“¡Formen filas!”

La orden de los soldados quedó en nada: Evernight, desde lo alto de su caballo, blandía su espada sin titubeos. En el ataque repentino, alguien cayó del caballo, y Evernight, sin vacilar, dirigió la montura y pisoteó el pecho del hombre. Un alarido, seguido del crujir de costillas rotas, resonó con fuerza.

Enseguida, Evernight decapitó al hombre que yacía en el suelo.

La cabeza, cortada sin siquiera haber tenido tiempo de cerrar los ojos, rodó hasta los pies de Anya. El muchacho, conteniendo la respiración, contempló la escena teñida no de sangre azul, sino de rojo carmesí.

“¡Maldita sea! ¡No retrocedan!”

La figura de Evernight enfrentándose solo a tantos hombres se asemejaba a un dios de la guerra. Los caballos relinchaban desesperados al intentar apartarse de la velocidad enloquecida de Evernight. Tras la confusión inicial, los soldados, con resolución suicida, se lanzaron contra él. El caos del enfrentamiento no se detenía.

“¡Señor!”

En ese momento, un soldado descolgó el arco que llevaba en la espalda y apuntó a su espalda.

Anya espoleó con urgencia a su caballo y se lanzó hacia adelante, blandiendo Haebing y cortando el costado del hombre.

El escalofriante roce del acero contra la carne recorrió sus dedos. Mientras veía caer al soldado frente a él, otros empezaron a abalanzarse. Después de eso, Anya apenas pudo recordar; solo se movía por instinto.

Quizás por la influencia de su pendiente rojo, cuando la sangre le salpicó el rostro, su corazón empezó a retumbar. Un soldado cayó del caballo, su casco se partió en dos y reveló un rostro juvenil. Era casi de su misma edad. Por un instante lo asaltó una punzada de culpa.

Evitando a la fuerza mirar al joven que agonizaba escupiendo sangre, Anya continuó evocando los nombres de los que se habían ido. Y siguió blandiendo la espada.

“¡Comandante!”

Entonces, desde la muralla, la voz de Riario resonó. A sus pies brillaba un inmenso círculo mágico púrpura de maldición. Con él mantenía los pies de los guardias atados, mientras se esforzaba por tirar hacia abajo el mecanismo de la puerta.

Evernight, tras atravesar el pecho del último soldado con su espada, volvió la vista hacia Anya. Sus ojos empapados en sangre brillaban en rojo incluso en la oscuridad de la noche.

Pareció querer decir algo, pero Riario gritó de nuevo:

“¡Es ahora o nunca!”

Solo entonces dejaron atrás aquel lugar impregnado de sangre y orina, y cruzaron el puente levadizo que descendió con estrépito.

“¡La puerta, la puerta se ha abierto!”

Con la apertura, los refugiados que dormitaban afuera, luchando contra el frío viento nocturno, empezaron a gritar.

Los cuatro caballos se lanzaron como flechas, pero en lugar de acobardarse, los refugiados, apresurados, recogieron sus cosas y se abalanzaron hacia dentro.

Los guardias, atrapados aún por el círculo mágico, no pudieron hacer más que observar con ojos abiertos cómo los refugiados se agolpaban para entrar en la capital.

“¡Hermano, rápido, ven ya!”

Anya alcanzó a ver a la familia del joven al que había rescatado antes, arrastrados por la multitud, entrando a trompicones en la ciudad.

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No sabían cuánto tiempo habían cabalgado sin descanso. Poco a poco las casas aisladas y los campos fueron desapareciendo del camino. Solo tras ver colinas bajas y un camino desolado pudieron reducir la marcha. El aire se llenaba con los jadeos ásperos de todos.

“Tomaremos el bosque, no la carretera, e iremos directo al norte.”

Evernight decidió sin dudar la siguiente ruta. Riario abrió la boca, pálido, pero al pensar en la persecución, terminó aceptando que era mejor ocultarse en el bosque. Así que apretó los labios sin añadir nada.

“Maldita sea, no se ve nada.”

El bosque de noche era oscuro y desagradable. La negrura era tal que apenas se distinguía nada, pero Anya no podía dejar de sentir que alguien los seguía, girando la cabeza una y otra vez. Todavía tenía muy viva en la palma la sensación de haber atravesado carne humana. Para su propia sorpresa, no le había resultado tan difícil soportarlo. Tal vez era por el pendiente rojo, pero el pecho solo le latía con una excitación febril.

"¿Príncipe, se encuentra bien? "Preguntó Karen con preocupación. La expresión del joven no parecía la de alguien que pudiera aguantar mucho más.

"Creo que debería preocuparse más por usted mismo, sir Karen "

Respondió Anya, echando un vistazo al cabello empapado en sudor frío del muchacho.

Karen dejó escapar una risa débil, casi como un suspiro.

"Sí… si no hubiese luchado junto a mí, ya estaría en el suelo."

Luego, quizá avergonzado por mostrarse tan débil, se rascó la mejilla y miró de reojo a Evernight, que iba delante, antes de acercarse un poco más a Anya.

"Usted no solo es mi salvador, príncipe, sino también el de Tildeon.

"Ah… yo solo hice lo que tenía que hacer…"

Anya se sonrojó de golpe, desconcertado.

Karen carraspeó.

"No lo niegue. Fue usted quien atravesó la barrera y trajo las noticias, y quien salvó al pueblo de Tildeon. Puede presumir cuanto quiera. Si fuese ese tal Siswu, ya lo habría convertido en canción para que los juglares la tocaran por todo el reino.

Las palabras burlonas sobre Siswu hicieron que Anya soltara una risa involuntaria. En ese momento, Riario se metió en la conversación.

"Por cierto… ese fardo que carga, ¿lo trajo de la Biblioteca del Mundo?"

Anya recordó entonces el bulto que llevaba desde el hombro izquierdo hasta el pecho, y asintió con el rostro algo tenso. Riario lo miró como si lo estuviera viendo bajo una nueva luz. Con sus elogios también, el rostro de Anya terminó encendido del todo.

De pronto, tuvo la sensación de que Evernight lo observaba, y giró la cabeza hacia él. Pero no: el caballero seguía guiando el caballo en silencio, sin mirarlo.

El grupo avanzó un buen trecho. Como la gran calzada de Rex pasaba no muy lejos, aquel bosque apenas era transitado y no había senderos claros. Sin embargo, Evernight encontraba con sorprendente destreza las rutas más fáciles para avanzar. Eso aligeraba un poco la fatiga, pero tanto Riario como Karen, agotados, estaban a punto de derrumbarse.

Evernight detuvo el caballo justo cuando Anya pensaba llamarlo, preocupado por los gemidos débiles que oía de Karen.

"Descansaremos un poco aquí. No encenderemos fuego."

Luego, dirigiéndose al propio Anya, que ayudaba a sostener a Karen, añadió:

"Tú ven conmigo. Vamos a explorar."

Sin tiempo para reponerse, Anya lo siguió. Evernight iba adelante y él vigilaba la retaguardia, escudriñando el bosque cubierto de sombras. Cuanto más se alejaban del campamento, más agreste se volvía el terreno. Solo se oía, de tanto en tanto, el ulular de un búho.

"Mi señor, parece que en este bosque no habitan lobos ni fieras "

Dijo Anya, cumpliendo con su labor de exploración. Se inclinaba a examinar huellas en la tierra, atento a cualquier rastro de bestias o mercenarios.

"Por suerte, creo que no hay más perseguidores" ;añadió.

Evernight guardaba silencio.

"¿Quiere que dejemos más huellas para confundir futuros rastros? "Preguntó Anya con tono servicial. La verdad, estar a solas con él lo ponía tenso, y más aún después del combate al salir de la capital. El cuerpo le hervía con una inquietud extraña, y la garganta se le secaba.

"Hay un arroyo cerca "

Dijo de pronto Evernight.

Aguzando el oído, Anya también distinguió el murmullo del agua.

"¿Un arroyo?"

"Vamos."

Alivio. Quizá si bebía un poco podría aplacar esa sed abrasadora.

Caminaron hasta que apareció un riachuelo de cauce ancho y corriente suave. Anya se agachó, bebió unas bocanadas y llenó las cantimploras para los demás.

En ese momento oyó un roce detrás de sí.

"…Mi señor?"

Evernight se estaba quitando la parte superior de la ropa. Bajo la luz de la luna, sus músculos bien formados quedaban al descubierto, imponentes. Anya, sin darse cuenta, se quedó mirándolo hasta que sus ojos se cruzaron; entonces se giró bruscamente, nervioso.

"¿Po-por qué se… está quitando la ropa…?"

Pero el hombre simplemente pasó junto a él y dijo:

"Entra."

"Yo… eso… "

Anya dudaba. No se sentía capaz de compartir un baño relajado con él. Mejor sería quedarse de guardia toda la noche antes que dejarse arrastrar por ese ardor extraño.

"Prefiero seguir explorando un poco más."

"Hace mucho que no te lavas."

Evernight, ya con el agua hasta la cintura, lo miró de frente. Sobre el río flotaba la luna llena.

"No habrá posadas en mucho tiempo. Si nos siguen, no podremos permitirnos parar."

Anya se miró a sí mismo: desde que huyeron de Blun apenas habían podido descansar en condiciones, y aún llevaba encima la sangre pegajosa del combate. Se encogió bajo su mirada escrutadora, consciente de su aspecto desaliñado.

"Después de usar la espada, siempre conviene limpiarse. Si no, esa energía violenta seguirá persiguiéndote "

Dijo Evernight, como si lo hubiera leído por dentro.

Anya, que temía los efectos del pendiente rojo, comprendió que tenía razón.

"E… está bien."

Se desvistió con cuidado, dobló la ropa y entró en el agua. Estaba helada, pero el frescor le ayudó a calmarse. Se lavó la cara, el pecho, ignorando la molestia de las heridas en la mano. Procuraba no mirar a Evernight. Por eso se sobresaltó cuando lo sintió tan cerca, detrás de él.

"Inclina la cabeza "

Ordenó Evernight, apoyando suavemente una mano grande en su nuca.

"Puedo… puedo hacerlo yo "

Anya balbuceó.

"¿Cuándo acabarías? "

Replicó él, ignorando la protesta.

Le echó agua fría en la cabeza, haciendo que Anya temblara. Luego, sus dedos firmes recorrieron suavemente su cabello, masajeando el cuero cabelludo. El contacto era sorprendentemente delicado.

"Señor Evernight, solo… un poco… "Gimió Anya, nervioso por lo que sentía rozar entre ambos bajo el agua. No necesitaba verlo para saber que era eso.

"No te muevas "

Advirtió Evernight con frialdad.

Tras un último gesto en su pelo, se apartó.

‘Así que también él está siendo afectado’, pensó Anya, perplejo.

Evernight salió primero del agua. Anya apartó la vista ante su cuerpo desnudo, imponente como una fiera en movimiento. Esperaba que le pidiera algo más, como la otra vez, pero no: simplemente se vistió.

A toda prisa, Anya también salió y se puso la ropa. Quizá era el momento de cortar esto. No podía seguir apoyándose siempre en el pendiente rojo como excusa.

"Señor… ahora que también hemos reencontrado a Riario, quiero quedarme con todos los pendientes rojos "

Dijo con voz firme, siguiéndolo de cerca.

Evernight no respondió. Avanzaba sin detenerse.

"La situación es peligrosa. Cuando volvamos a Tildeon, habrá demasiados ojos encima. Usted es un señor del norte, tiene que guiar a su gente. No quiero seguir cargándole con esto. Y ahora que Riario también está con nosotros, si me siento sobrepasado puedo pedirle ayuda. Además… esos pendientes…"

Anya pensó en el emperador Luxus. Su padre, pero a la vez alguien tan extraño como cualquiera. Si de verdad él estaba detrás de aquella cruel ejecución en la plaza Maneregia… no sabía qué secuelas podía dejarle aquel pendiente rojo.

"Ese objeto… me lo otorgó mi padre, así que yo me haré responsable de él hasta que regresemos a Tildeon."

Si así era, nunca tendría cara para volver a ver a Evernight en toda su vida.

"Anya."

De pronto, Evernight se volvió hacia él con una sonrisa torcida en los labios.

"Yo quiero otro tipo de pago por esa responsabilidad."

"¿…Perdón?"

Evernight rozó con el índice el cabello húmedo de Anya.

"¿Qué… significa eso…?"

"¿No entiendes?"

Su rostro se inclinó hacia el suyo, acercándose a su oído. Con un aliento opaco, cargado como de contención, salió la lúgubre advertencia del hombre.

"Si tanto quieres responsabilizarte, hazlo como ya te dije antes, Anya. Uno no puede decir dos cosas con la misma boca."

Después, su índice recto y firme le tocó suavemente la blanca mejilla antes de apartarse. Podía parecer un gesto juguetón, pero al cruzar sus miradas comprendió con certeza que aquello era una advertencia.

"Solo recuerda: una vez que empiece, no tendré intención de detenerme, así que decide bien cuándo quieres aprovechar mi consideración."

---

Al regresar de la exploración, Riario y Karen estaban absortos en la lectura de los libros prohibidos que Anya había traído, enterrados en la oscuridad de la noche.

"¿Por qué tardaron tanto en volver…? ¿Acaso se bañaron juntos?"

Al percibirlos, Riario levantó la cabeza, y sus ojos se entrecerraron con suspicacia. Miró alternadamente a Evernight y a Anya, ambos con el cabello mojado, y chasqueó la lengua.

Bueno, supongo que es mejor eso que llevarse mal. Anya evitó a propósito aquel murmullo y, como si nada, fue a sentarse al lado de Riario. Pero al imaginar la reacción de Riario cuando descubriera la verdad del pendiente rojo, el sudor frío le recorrió la espalda.

"Sobre estos libros prohibidos… al leerlos, entiendo vagamente por qué el emperador los proscribió."

Aunque no habían encendido fogata y alrededor estaba oscuro, los cuatro podían percibir con claridad la presencia de los demás.

"Mañana al amanecer volveré a revisarlos con calma… pero, príncipe, tómelo solo como una hipótesis mía y no se ofenda demasiado."

Cauteloso, algo poco propio de él, Riario buscaba la aprobación de Anya.

"Estoy bien."

Respiró hondo, hasta que el pecho se le hinchó, y comenzó a hablar con una voz cuidadosa.

"Desde un inicio… si lo que está escrito en este libro es cierto, el retorno de la noche eterna coincide exactamente con este tiempo. Pero, como todos saben, hace más de seiscientos años los Kleist sellaron a Tanon, así que el mundo debería estar en paz como entonces. Sin embargo… la energía de los monstruos se ha intensificado de forma inusual. Además, lo que conquistó Tildeon quizá fueran realmente los Duroc."

No, en realidad era casi seguro. Los caballeros negros que Anya había enfrentado coincidían exactamente con la descripción de los Duroc en los libros.

"Aunque eliminamos a los que estaban más allá de la barrera, originalmente eran siete en total."

"Si en verdad esas cosas andan sueltas más allá de la barrera…"

"Así es, sir Karen. La aparición de los Duroc significa el resurgir de Tanon, y todos estos hechos apuntan al retorno de la noche eterna. Así que surge una posibilidad."

Las manos de Anya, entrelazadas sobre sus rodillas, temblaban levemente. Evernight, sentado en un tronco caído a un lado, no mostró expresión alguna; simplemente escuchaba en silencio.

"¿Y si hace seiscientos años los Kleist fracasaron en el sello de Tanon? ¿Y si la razón de ocultarlo todo fue borrar por completo ese fracaso?…"

Riario calló, tragándose las palabras con un suspiro.

No hacía falta que lo dijera en voz alta para que los demás adivinaran cuál era su siguiente pensamiento.

"Entonces, mi padre… el emperador Luxus… planea cargar toda la culpa sobre los Andarlianos para mantener el poder imperial."

La voz de Anya se quebró apenas al final. Menos mal que todo estaba oscuro; a plena luz del día no habría podido mantener la frente en alto.

"Hubo una ejecución en plena plaza, a la luz del día. Todos tenían ojos azules, fueron tratados peor que bestias, y en un instante les cercenaron la cabeza."

La voz inmutable de Evernight cortó el aire húmedo de medianoche. Ellos terminaron sus vidas señalados como andarliano. Entonces, poco a poco, el rompecabezas encajó: por qué se había hecho pública aquella ejecución en Maneregia, por qué filtraron a propósito una historia hasta entonces oculta para agitar al pueblo.

"Es cierto que, en tiempos remotos, un andarliano se alió con los monstruos."

Evernight apretó el puño con el ceño fruncido. Las alucinaciones que lo asaltaban en cada luna llena eran prueba clara de ello. Y como si ya no tuviera nada que ocultar, reveló todo lo que sabía.

"El emperador está usando ese hecho. Es una verdad muy bien tramada: no es mentira, por eso la gente será aún más fácil de manipular."

Y aquello que estaban difundiendo y urdiendo era tan malintencionado y sesgado que, en la práctica, rozaba la falsificación. Con rostro grave, Karen relató lo que había presenciado en el burdel.

"Comandante, en las catacumbas del burdel proliferaba la magia negra. El dueño estaba bajo el mando de Mibar. Secuestraban a gente de la que nadie se preocupaba, los drogaban con opio, los mutilaban y quebraban su mente. Todos los cautivos que vi allí abajo…"

Anya completó la frase:

"…tenían los ojos azules."

Lo sospechaba, pero escucharlo tan directo le heló la sangre. Casi podía volver a oír aquellos sonidos extraños que retumbaban al salir de ese lugar.

"Todos los que subieron al cadalso fueron convertidos en eso."

Karen terminó y, con un suspiro de dolor, se frotó el rostro con ambas manos. Por un momento reinó el silencio. Evernight, con gesto inexpresivo, giraba la daga entre sus manos, como rumiando lo escuchado, hasta que al fin la detuvo.

"Así que desde el principio el emperador apuntaba al norte."

Un rastro de risa amarga escapó de Evernight, como burlándose de sí mismo por recién comprenderlo.

"Comandante…"

"Pronto correrá el rumor de que un señor del norte, de ojos azules como los de los ejecutados, es un andarliano. Con la frontera tan cerca de la barrera, será el escenario perfecto."

"Entonces…"

El corazón de Anya se desplomó de golpe mientras miraba a Evernight. Su expresión permanecía firme, pero en lo profundo de sus ojos hervía una cólera helada como el hielo.

"El emperador Luxus planea cargarme a mí y al norte con toda la culpa."

Una ráfaga helada atravesó las profundidades del bosque.

"Por eso ascendió a Tildeon a ducado de forma tan repentina… era para usarlos como sacrificio, a ti y al norte."

Las palabras de Karen rezumaban desconsuelo y traición. Anya, temblando, bajó la cabeza con los puños cerrados.

Su padre había engañado a Evernight, había traicionado a Tildeon.

Le endosó a la fuerza al príncipe inútil y medio roto, lo encadenó como duque… y planeaba sepultarlo todo, junto al norte, con el regreso de la noche eterna.

Solo para proteger su propio trono.

"Tildeon se convertirá en un campo de guerra inmenso."

***

Poco después, en la entrada del camino hacia Tildeon, el grupo recibió otra carta de Siswu. Riario acarició al tembloroso pájaro mensajero y desdobló un pequeño pergamino.

"Debemos apresurar el viaje, comandante."

Al soltar el aliento, una blanca bocanada de vaho escapó de sus labios. Dentro del territorio de Tildeon, la temperatura descendía de forma abrupta. Sobre la tierra helada casi no se veía rastro de vida. Las casas que aparecían de cuando en cuando estaban vacías, y en cada cruce quedaban huellas de incendios recientes.

"La disolución de la expedición parece ya casi segura. Y lo peor… algunos de los duques están en camino hacia Tildeonrock."

El contenido de la misiva no era nada esperanzador.

"Los duques Usolin y Montrose son ambos imperialistas de vieja data."

Lo que más temían era que entre los duques hubiera algún espía del emperador.

"Pero no podemos rechazarlos sin un motivo. Ellos aún creen que el comandante sigue desaparecido, y la expedición se ha disuelto, así que seguramente han sufrido grandes pérdidas sin obtener nada a cambio. Si los rechazamos, podrían volcar su ira contra nosotros."

Las palabras de Karen también tenían sentido. Desde que la familia real de Kleist tomó el poder, no había habido disputas territoriales entre los nobles. Siempre habían respetado los dominios de los demás y, gracias a ello, habían acumulado riqueza durante largos años de paz.

Por eso, para evitar cualquier resentimiento entre ellos, lo correcto era que el norte ofreciera a los supervivientes que habían regresado de más allá de la muralla un lecho cálido y alimento.

"Pero… Tildeon apenas puede alimentar a su propio pueblo en estos momentos. Los soldados que traen consigo deben de ser más de un centenar, ¿podremos soportarlo? Y cuando los duques lleguen… descubrirán de inmediato que Tildeon fue atacado por los Caballeros Negros."

Anya expresó tímidamente su opinión entre ellos. Era la primera vez en días que el muchacho hablaba. Las miradas de los tres se posaron brevemente en él. Tras haber compartido lo esencial sobre las intrigas del emperador, Anya había permanecido en silencio salvo para lo estrictamente necesario.

"Pe… perdón. Solo era mi opinión."

Al no recibir respuesta, Anya bajó la cabeza. Nadie lo culpaba con palabras, pero en sus venas también corría sangre real. El sentimiento de culpa crecía como una bola de nieve y lo aplastaba sin cesar.

"No, Su Alteza también tiene razón. No estamos en condiciones de cargar con los problemas de otros. En los libros se escribía que, cuando llegara la Noche Eterna, la muralla caería. Si desde arriba nos atacan los monstruos y desde abajo el ejército del emperador presiona al norte… incluso si nos preparamos para la guerra ahora, el tiempo será insuficiente."

Era una situación verdaderamente desesperada, en la que no podían avanzar ni retroceder. Todos esperaban tensos la decisión de Evernight.

"No tenemos razón para rechazar su visita. Ellos también pronto encontrarán indicios de la Noche Eterna, y al enfrentarse con sus propios ojos a Tildeon devastado por los monstruos, tomarán más en serio la amenaza. Pueden ignorar que el emperador apunte contra el norte, pero la guerra contra los monstruos es ineludible incluso para ellos. Si los llevamos a ganar tiempo en nuestro favor, también nos beneficiaremos."

Si no se podía evitar, era mejor convertir la crisis en una oportunidad.

"Envía una carta a Lorea. Que se preparen para recibirlos."

Evernight terminó de hablar con calma, y al grito de “¡ya!”, espoleó su caballo. Enseguida el resto de la caballería se movió al unísono.

Un ave mensajera se elevó hacia el cielo oscuro, lanzando un agudo chillido mientras batía sus alas con fuerza rumbo a Tildeonrock.

---

"Comandante."

El grupo llegó discretamente a Tildeonrock al amanecer, cuando un resplandor azulado comenzaba a extenderse. Lorea y Siswu los esperaban en el patio interior. Ambos, que solían sonreír, ahora mostraban semblantes sombríos.

"Han pasado muchas penurias".

Gracias a la carta que enviara Riario antes de su llegada, Lorea ya estaba al tanto de lo sucedido en la Biblioteca Mundial y en la capital, y los condujo rápidamente a la biblioteca de la residencia. Anya alcanzó a oír débiles voces de instrucción militar que provenían del patio de armas.

"Poco después de su partida, proclamamos el reclutamiento de nuevos soldados en todo el territorio de Tildeon. Acudieron bastantes, pero si el emperador realmente envía un ejército… no serán suficientes."

Dentro de la fortaleza aún flotaba un aire frío, aunque a diferencia de antes se notaba la presencia de vida. En especial, del lado de las cocinas llegaba un tenue aroma a pan recién horneado.

Lorea se rascó la nuca, como si de pronto recordara algo.

"Ah, no lo puse en la carta por temor a distraerlos. La mayoría de los campesinos regresaron a sus hogares, pero a los más capaces les dimos la oportunidad de trabajar dentro de la fortaleza. Fue una decisión mía, así que… si no les parece bien, después podemos cambiarlo…"

"No importa. Has trabajado duro, Lorea."

Evernight negó suavemente con la cabeza y le dio unas palmaditas ligeras en el hombro. Luego lo sobrepasó y abrió de golpe la puerta del despacho. A diferencia de otras estancias, la biblioteca del señor feudal permanecía intacta, quizá por la importancia del lugar.

Todos arrastraron sillas que andaban tiradas al azar y se sentaron. Todos menos Anya…

Él se mantenía apartado, cerca de la puerta, observando a los cuatro caballeros y al mago reunidos.

'¿De verdad yo puedo sentarme entre ellos? ¿Yo, que llevo en las venas la sangre del enemigo que los engañó y pisoteó? ¿Puedo realmente estar a su lado?'

Anya sintió como si hubiera vuelto al primer momento en que se encontró cara a cara con los caballeros de Tildén: una sensación lejana, casi irreal.

Y fue entonces cuando Evernight, de pronto, se acercó directamente a él.

"¿Qué haces ahí? ¿No piensas entrar?"

Lo tomó de la muñeca sin esfuerzo y lo llevó hacia dentro. Había creído que existía una línea imposible de cruzar, pero Evernight la borró con total naturalidad.

Anya, guiado por Evernight, avanzó hasta el fondo del despacho. Con cada latido que sentía palpitar en la palma del hombre que lo sujetaba, el corazón del muchacho se agitaba en un temblor fino. El suelo de madera crujió bajo sus pasos rítmicos hasta que, por fin, quedó al lado de Evernight, frente a frente con los caballeros de Tildeon.

"Alteza."

Fue como cuando pisó por primera vez aquellas tierras del norte: la misma ráfaga gélida que lo recibió al pie de las escaleras hacia Tildeonrock parecía soplar ahora desde sus pies. Entonces también los caballeros lo habían rodeado de ese modo.

«Hay demasiadas escaleras, no podemos subir en carruaje. ¿Sabe montar a caballo?»

«C-ca… caballos n-no sé…»

«¿A simple vista no se nota?»

«Y-yo… yo subiré a pie.»

Sus miradas, tan afiladas como hojas forjadas, transmitían claramente el fastidio y el desdén de verse obligados a aceptar a un príncipe imperial. Quizá, por mucho que lo intentara, siempre habría un muro imposible de superar. Esa impotencia lo aplastaba de nuevo, impidiéndole alzar la cabeza.

"Han pasado por mucho."

De repente, aquella voz frente a él lo hizo parpadear lentamente. En medio de un silencio extraño, levantó la vista poco a poco y vio que todas las miradas estaban fijas en él. Había esperado rechazo y desprecio hacia su sangre imperial, pero, en cambio, los ojos de todos lo observaban con firmeza y serenidad.

Era hijo del emperador. Algo tan inmutable como la sangre misma. Había creído estar atrapado en un muro inquebrantable… pero quizá el único que se había encerrado en él era él mismo.

Aunque no lo dijera en voz alta, el muchacho entendió: por fin estaba hombro a hombro con esas personas. Y el pecho se le estremeció con un dolor dulce, como si le hubieran golpeado el corazón.

Pero apenas duró ese instante: Evernight, de pronto, metió la mano en su ropa.

"¡…Señor!"

Anya, perdido en sus pensamientos, no alcanzó a detenerlo antes de que el hombre arrancara con brusquedad el colgante que llevaba oculto en el pecho. Después sacó también un pendiente rojo que tenía consigo y arrojó ambos objetos al suelo.

"Comandante, eso es… un pendiente rojo, ¿no? ¿Por qué hay dos?"

Siswu, que había estado presente en el salón imperial cuando al príncipe le entregaron aquel pendiente, reconoció de inmediato la joya y extendió la mano hacia ella casi sin pensarlo.

"¡No lo toque!"

Riario lo detuvo de inmediato. El ceño fruncido del mago revelaba un frío presentimiento.

"Uno lo recibí de Haxus, en la Biblioteca Mundial."

Aunque en rigor era más bien que se lo había arrebatado… Evernight le lanzó una mirada a Anya: un gesto mudo para que ahora fuera él quien hablara. El muchacho, entonces, relató a los caballeros, paso a paso, lo que había ocurrido bajo la biblioteca, en su encuentro con Haxus.

Al terminar, un pesado silencio se apoderó de la sala.

Todos lo observaban con cierto asombro. Siswu apretaba y aflojaba el puño una y otra vez, como conteniéndose a duras penas. Nadie habría imaginado que el joven príncipe había cargado con todo aquello sin mostrar el más mínimo indicio. Más que admiración, lo que suscitaba era una punzada dolorosa en el pecho.

"¿Acaso… lo estuvo soportando todo este tiempo?"

Karen, que lo acompañaba desde la fortaleza, lo miraba con expresión abatida al formular la pregunta. De haber sabido que llevaba esa carga, jamás lo habrían enviado solo a la mina en cuanto llegaron a Tildeon.

Anya negó con premura.

"N-no. No hubo síntomas hasta ahora."

Anya no sabía cómo reaccionar ante el ambiente sombrío de los caballeros.

Debería decir que estaba bien, que no había de qué preocuparse, pero al intentar responder así, una duda se clavó en su pecho: ¿de verdad había estado bien?

Porque las incontables noches en que se había aferrado a Evernight para aplacar los síntomas no habían sido dulces en absoluto.

"Entonces, ¿desde cuándo empezó a tener síntomas?"

La mirada de Riario brilló con agudeza.

No había necesidad de esforzarse en recordar: Anya sabía con exactitud cuándo había comenzado todo aquello.

"Al salir de la expedición, antes de llegar a Tildeon, pasamos por Borne. Allí conocí a un hombre que estaba prisionero en el castillo del señor feudal."

A Anya le vino a la mente aquel hombre que se le había aferrado como un demente.

El momento en que le apretó el cuello, y aquel extraño calor que se propagó desde el pendiente rojo…

Desde entonces había sufrido un dolor inexplicable.

Pero no era solo eso. El comienzo estuvo allí, sí, pero…

Con certeza, Anya siguió hablando. Todos estaban atentos a su relato.

"Y cuando llegamos a Tildeon, fuimos a rescatar a los que estaban atrapados en la mina. Los que habían perdido la razón me sujetaron… Creo que desde ese momento empezó de verdad."

El hombre encerrado en el castillo de Borne.

La gente de la mina.

Riario repitió esas palabras en voz baja, y de pronto tomó aire bruscamente.

Su mirada confusa se posó en el pendiente rojo caído al suelo: un rubí en forma de lágrima, como empapado en sangre.

"Comandante."

Evernight, que parecía haber llegado a la misma conclusión, mantenía la calma y la compostura.

"¿Qué, qué pasa? "

Gritó Siswu, incapaz de soportar el silencio.

Con dedos temblorosos, Riario se frotó el rostro.

"El hombre de Borne, la gente de la mina. Parecen casos sin relación, pero hay un punto en común."

"El caballero negro… Duroc…"Murmuró Karen, recordando la situación en Borne.

"Según la declaración del señor feudal, también hubo rastros de una incursión de un caballero negro en Borne.

Y si los atrapados en la mina fueron influenciados por los caballeros negros que atacaron Tildeonrock…"

"¿Me está diciendo que esos caballeros negros eran Duroc? ¿Cómo puede estar vivo? ¿Acaso no lo quemamos hasta hacerlo desaparecer más allá de la muralla?"

Siswu se puso de pie a gritos.

Antes de que nadie pudiera detenerlo, desenvainó la espada y la descargó contra el pendiente rojo.

"¡Siswu!"

Enseguida una luz carmesí se expandió por la biblioteca sumida en sombras, seguida de un estruendo sordo.

El cuerpo de Siswu salió disparado y se estrelló contra la pared, derribando una cascada de libros sobre él.

"¡Siswu, ¿estás bien?!"

Anya corrió hacia él, pero Evernight la sujetó con rapidez.

Por suerte, Siswu apartó los libros que lo cubrían y soltó una tos ronca.

"Maldita sea… ¿Qué demonios es eso? ¡Ese pendiente rojo es del emperador! ¿Qué tiene que ver con Duroc?"

Con expresión desconcertada, Siswu miró alrededor.

Recordó a los compañeros que habían caído bajo la espada de Duroc, más allá de la muralla, años atrás.

Cada vez que los enterraban en la tierra helada… o cuando, temiendo que se convirtieran en necrófagos, tenían que arrojarlos al fuego sin poder darles sepultura… lo consumían la impotencia y la desesperanza.

"Duroc no es uno solo. Son siete en total."

Evernight arrojó varios grimorios antiguos sobre la mesa larga, junto al pendiente rojo.

Las páginas se abrieron solas, revelando por azar una ilustración: un caballero negro sin cabeza, adorador de la muerte más allá de la muralla.

"Son grimorios robados de la Biblioteca del Mundo. Relatan la historia olvidada de la Tercera Era.

Los caballeros negros que atacaron Tildeonrock eran Duroc."

Al oír esa afirmación, el rostro de Siswu palideció visiblemente.

Para acabar con uno solo de ellos, cientos habían muerto.

Si seis llegaban al mismo tiempo… ¿podrían sobrevivir?

Un miedo primitivo lo estremeció hasta lo más hondo.

"No lo entiendo. El pendiente rojo siempre fue un símbolo de honor… Entonces, ¿cómo…?"

En la penumbra, la superficie pulida del pendiente resplandecía con un brillo iridiscente.

Solo Riario y Anya, sensibles a la magia, podían percibir la extraña bruma oscura que emanaba de él.

'Hermano Royster… Ahora entiendo por qué sufrías aquella demencia.'

De pronto, Anya recordó la sombra sofocante de su hermano, que la había seguido toda la vida.

Decían que la sangre de los Kleist llevaba consigo una locura hereditaria.

"¿Entonces la locura de la familia imperial Kleist proviene de este pendiente rojo?"

Hubo un tiempo en que, colgado de un árbol bajo una lluvia de flechas, Anya pensó que sería mejor morir que volverse loco.

¿Y si su hermano también había sido una víctima?

"El príncipe Chloe desapareció más allá de la muralla. Y él también lleva un pendiente rojo."

Siswu, que había seguido con atención los rumores de la expedición desde Northmost, apretó los dientes y sus ojos brillaron.

"No tiene sentido. La locura de los Kleist no puede deberse solo al pendiente.

Los síntomas aparecen después del contacto con quienes llevan la energía de Duroc."

Con voz firme, Evernight calmó el ambiente enardecido.

Anya estaba de acuerdo, pero aquello significaba que mientras conservara ese pendiente, en cualquier momento podría perder la razón.

Sí, tal vez nunca se sabría si Royster había estado bajo la influencia de Duroc, ni cuándo había sucedido.

Pero si realmente había sido una víctima…

De pronto, sintió que el aire se le atascaba en el pecho.

Anya jadeó suavemente y, bajo la capa, Evernight tomó su mano.

En ese instante, un estridente toque de corneta resonó en Tildeonrock.

No tardaron en oírse pasos en el pasillo y luego unos golpes en la puerta.

Lorea, tras pedir permiso, abrió y se encontró con un joven guardia recién reclutado en la fortaleza.

Con voz agitada, jadeante, el guardia informó:

"Del torreón del norte se eleva una señal de humo."

Lorea asintió y, acercándose a Evernight, inclinó la cabeza.

"Comandante. Antes del amanecer, los duques que habían partido en expedición estarán aquí."

Habían llegado antes de lo previsto, pero no había motivo para precipitarse.

La tenue luz del amanecer se filtraba entre las piedras de la muralla.

El invierno se acercaba.

En aquella madrugada gris, donde se sentía más el frío que la vitalidad de la vida, Tildeonrock dormía aún en silencio.

Entre ese sosiego, alguien se movía con paso apresurado. Era Anya.

Al girar por el corredor que conectaba con el edificio principal, oyó el vigoroso golpeteo de un martillo.

"¡Ban!"

Ante el grito de Anya, el gran martillo negro que surcaba el aire se detuvo en seco.

"¿Príncipe?"

Ban, con una barba tan espesa que ahora le cubría todo el rostro, miró con desconcierto a Anya, que corría hacia la herrería.

"¿Ha estado bien?"

El joven al que no veía desde hacía tanto se mostraba ahora más maduro. Pero lo que más llamaba la atención era que su apariencia, resplandeciente como la luz del sol en flor, resultaba casi cegadora, tanto que Ban llegó a sentirse turbado. Incluso un enano, poco sensible a la belleza ajena, no podía dejar de notarlo.

"¿Ya se encuentra bien de salud?"

Anya, expresando toda su alegría con el cuerpo entero, no pudo evitar preocuparse al verlo sudando a mares pese al clima gélido. Después de todo, la última vez que se habían visto había sido durante aquel desastroso interrogatorio en la biblioteca.

"¿Cuándo llegó?"

La expresión rígida de Ban se desmoronó ante aquella muestra tan sincera de afecto.

"Anoche, muy tarde."

"…¿Le fue bien en el viaje?"

No hacía falta hablar mucho: con una sola mirada, ambos podían entender lo que el otro sentía. Anya asintió levemente hacia Ban, y con ello la sombra que cubría un lado de su rostro empezó a disiparse.

"No tengo cara para mirarlo, alteza".

De no ser por Anya en la mina, Ban habría perdido la razón para siempre, condenado a la corrupción de su alma. Tal vez incluso se habría convertido en un ghoul, atacando sin distinción a todo aquel que se cruzara en su camino.

"No diga eso. Usted está aquí, sudando y fabricando armas por el bien de Tildeon."

Anya contempló las armas desperdigadas a su alrededor. Había oído de Lorea que, desde su partida, el herrero prácticamente vivía en la forja, trabajando desde la madrugada hasta entrada la noche.

Seguramente una fuerte culpa lo mantenía encadenado a ese esfuerzo. Y Anya, más que nadie en Tildeon, comprendía bien ese peso y deseaba aliviar aunque fuera un poco su carga.

"He venido a darle las gracias en calidad de señora de Tildeon."

Decirse a sí mismo "Señora de Tildeon" lo puso un poco incómodo, y se rascó la mejilla. En ese gesto, al alzar el brazo, se dejó ver una espada colgada a su cintura.

"…Déjeme ver a Haebing."

Aunque así lo pidiera, la espada mostraba el desgaste del tiempo: la vaina estaba llena de marcas y el cuero del mango se encontraba gastado. Anya le entregó la hoja, y Ban la desenvainó. Seguía brillando con un fulgor diáfano, pero estaba mellada.

"¿No sintió molestias al usarla?"

"No, no especialmente… ¿Por qué?"

El corazón de Anya dio un vuelco. Recordó cuán ocupado había estado en el viaje y lo poco que había cuidado de su arma.

"El filo está muy dañado, y la luz también se ve turbia. ¿Acaso luchó contra algún veneno… o contra una bestia demoníaca?"

"Más allá de la muralla, me enfrenté a una araña demoníaca, sí… ah…."

De pronto, Anya pareció caer en cuenta de algo.

"Le insuflé poder mágico a la espada."

Aunque, para ser exactos, fue la energía de Dragkals.

"¿Poder mágico?"

La mirada de Ban parecía preguntar cómo era eso posible. Explicarlo resultaba complicado. Desde que partió hacia la muralla, Anya había intentado sin éxito invocar a Dragkals. Algo bloqueaba esa conexión. Al principio creyó que era por el bebé, pero a estas alturas sospechaba que debía haber otra razón. Aun así, podía sentir que Dragkals seguía habitando en su interior.

La prueba de ello fue que, en la mina, había logrado invocarlo para salvar a la gente de Tildeon. Aunque no consiguió llamarlo en su forma plena, Dragkals sí había insuflado su poder en Haebing.

"Deme tres días."

Dijo Ban, apretando la espada contra su pecho mientras se dirigía al yunque.

“¿Eh?”

Ante su repentina propuesta, Anya lo miró con el rostro atónito. Cuando Ban dio un golpecito con el pie en el cofre de hierro que había detrás del yunque, la tapa se abrió chirriando como si abriera la boca.

Y así, Anya pudo encontrarse frente al misterioso mineral guardado en su interior. Justo entonces, la niebla que descendía de la cordillera de Beriela comenzó a disiparse, y bajo la luz que se filtraba apareció el deslumbrante brillo del mineral Sildor.

“Revestiré el filo de la espada con mineral de Sildor para reforzarlo. Así no volverá a dañarse por magia ni por energía espiritual.”

Aunque su tono era seco, Anya podía notar que Ban estaba muy avergonzado en ese momento.

“Y también, la correa de cuero que le puse antes ya está desgastada.”

Como Anya no respondía, Ban se rascó la cabeza enredada y añadió:

“¿No le dije una vez que, si volvía a buscarme, se la cambiaría por el mejor cuero?”

Al final, Anya no pudo evitar soltar una leve risa. No cabía duda del talento de Ban. Pero de repente, algo se le quedó atravesado en el pecho. Con cuidado, llevó la mano hacia su bolsillo.

Clang, clang. El estrépito del martillo resonó de nuevo, y Anya no pudo contenerse más: metió la mano en el bolsillo.

“Ban, tengo un favor que pedirle.”

Ban miró con atención la joya que reposaba en la palma de Anya.

“¿Quiere que la incorpore aquí?”

Al levantar la vista, el rostro del príncipe, que hasta hacía un momento parecía más maduro, estaba ahora completamente rojo. Viéndolo así, no dejaba de parecer un niño, lo que hizo que a Ban le brotara la sonrisa. Anya, jugueteando con una de las herramientas colgadas en la pared, murmuró en voz baja:

“Príncipe, no le oigo. Hable más alto, por favor.”

“¿Po-po-podría forjar también una espada para sir Evernight?”

Con los ojos fuertemente cerrados, Anya repitió en un tono un poco más alto. Pero su mirada seguía obstinadamente clavada en otro lugar.

“¿Acaso el señor no tiene espada?”

La pequeña cabeza asintió.

“He oído que algunos monstruos solo pueden ser destruidos por completo si se les atraviesa con una espada hecha de mineral de Sildor.”

Si volvían a enfrentarse a Duroc, ni siquiera Evernight podría derrotarlos sin un arma especial. Anya no quería que Evernight resultara herido. No otra vez, no como aquella pesadilla de Tildeonrock… No podía perderlo también. Aunque Evernight fuese un andarliano, eso no significaba que no sintiera dolor.

Anya tomó una gran bocanada de aire y, como si hubiera tomado una decisión, miró de nuevo a Ban.

“Quiero obsequiar a sir Evernight una espada con Sildor. Yo pagaré cualquier precio…”

Ban frunció el ceño y negó con la cabeza.

“¿Cómo podría aceptar un pago del príncipe?”

Su reacción, como si hubiera oído un insulto, dejó a Anya desconcertado.

“Es la primera vez que oigo que el señor no tiene espada. Si pudiera ofrecerle una que yo mismo forjé, sería tanto honor que en mi lápida podría grabarse: el herrero que forjó la espada del señor de Tildeon.”

Poco después, el enano soltó una sonora carcajada y lanzó un chiste absurdo. Ante aquella broma pesada, Anya le lanzó una mirada molesta, y Ban agitó la joya en el aire.

“¿Fue el príncipe quien pidió este adorno? Parece ser alambre plateado entrelazado con seda azul de gusano.”

Mientras examinaba detenidamente la pieza como si la tasara, una oleada de vergüenza inundó a Anya.

“La co-co-compré a un mercader en Blun. Decía que era un amuleto de la suerte, que ayudaba a volver vivo de la guerra… Quizá no debería añadirse, ¿verdad?”

En aquel entonces, Evernight había considerado esos adornos del mercado como baratijas inútiles. Además, Anya lo había comprado a escondidas, sin que Evernight lo supiera. Si se lo entregaba, quizá recibiría un severo reproche.

“Le gustará.”

“¿D-de verdad?”

Anya preguntó con los ojos muy abiertos. Hacía un momento estaba tan serio… pero ahora, verle así era como si unas orejas de conejo caídas se hubieran vuelto a erguir de golpe, y Ban no pudo evitar sonreír.

“Sí. Se lo aseguro. Forjaré la espada más magnífica, que combine con este adorno. Pero incluso yo necesito tiempo.”

“¡Si le parece bien, yo vendré a ayudar!”

Al ver el brillo en sus ojos, Ban se acercó tambaleante y le dio un ligero empujón en la cintura.

“¿No tiene ya suficientes deberes, príncipe? Los duques llegarán pronto.”

Cierto. Ya no quedaban mayordomos en Tildeonrock. Lorea estaba sobrecargado de trabajo. Riario se había encerrado en el laboratorio subterráneo de Savelli, investigando sobre los pendientes rojos y el secreto de Duroc. Siswu entrenaba a los nuevos reclutas, y Karen se pasaba el día reforzando las defensas de las murallas.

Por supuesto, aunque la situación de Tildeon fuera desesperada, no podían descuidar a los duques. Durante su estancia en palacio, Anya había aprendido mejor que nadie que las relaciones entre nobles podían romperse con facilidad, y que una vez rotas podían provocar consecuencias desastrosas. No debía darles motivo alguno para reproches. Un solo error podía convertirse en la chispa que los llevara a enemistarse y dejar a Tildeon aún más aislado. Debía atraer al menos a algunos de su lado.

Además, aquellos eran hombres que habían regresado de más allá de la Gran Muralla. Conocían bien qué tierra era aquella, y como seres humanos había que mostrarles compasión.

“Sí. Yo soy el anfitrión de este lugar.”

Solo él podía cumplir ese papel, y debía hacerlo mejor que nunca. No, estaba seguro de que lo lograría.

En la expedición que entraba en Tildeon flotaba el olor de la muerte. Su marcha desganada se asemejaba a la de un ejército derrotado, y los habitantes de Tildeon los observaban en silencio, conteniendo la respiración. Anya ya había salido temprano a recibirlos a la entrada de la ciudadela. A su lado, en marcado contraste con el pasado, se encontraba un número mucho menor de sirvientes de Tildeonrock.

Los caballos que cruzaban la puerta del castillo fueron entrando uno a uno en el patio interior, y la tensión hizo que los puños de Anya se cerraran instintivamente.

“Saludos, mi señor.”

Un jinete que había cabalgado al frente tiró bruscamente de las riendas y se inclinó en una ligera reverencia. Su armadura estaba dañada en varias partes, y en su pecho quedaban restos de sangre seca. Fue entonces cuando Anya comenzó a reconocer poco a poco rostros familiares.

“¡Príncipe!”

Ellos también lo reconocieron y uno de ellos exclamó con sorpresa:

“¡Dios mío, está sano y salvo!”

“Sir Bluea.”

El hombre era Bluea. Hacía bastante que no se veían y, en ese lapso, aquella actitud petulante que lo caracterizaba había desaparecido, dejando en su lugar un semblante extremadamente demacrado. De él también emanaba el olor de la muerte, y Anya, sin querer, sintió que se le ablandaba el corazón.

“La señora de Tildeon.”

Lo mismo podía decirse de los demás duques. Todos parecían exhaustos. Además, el número de soldados alineados tras ellos era mucho menor de lo que Anya había imaginado. Quizás era natural, tras semejante empresa. Sin embargo, lo que transmitían no era tanto alivio por haber cruzado al fin la muralla, sino desconcierto, abatimiento… una desesperanza impotente.

“Gracias por recibirnos.”

Rostros ya vistos en la capital desmontaron junto a Bluea y se acercaron a Anya.

“Tildeon nunca será olvidada por su ayuda.”

Kanon Montrose, quien había comandado el Segundo Batallón, saludó con respeto. Pero, aun así, los ojos hundidos de aquel hombre, que había perdido bastante peso, recorrieron con frialdad la fortaleza de Tildeon, como si buscara a alguien. Anya pudo leer la extraña tensión que flotaba entre ellos. ¿No habían recibido aún mensaje alguno del emperador?

“Solo hice lo que debía. Aunque humilde, espero que aquí pueden descansar tranq….”

Antes de que pudiera terminar, Bluea se abalanzó y abrazó a Anya.

“¡Bluea! ¿Sabes en dónde estás…?”

Kanon, con sus ojos desorbitados por la consternación, gritó, pero Bluea, con la cabeza hundida en el hombro de Anya, murmuró con voz quebrada:

“Es que… al volver a verlo, no pude contener la alegría.”

"Por favor, no haga esto, Sir Bluea.

Había sirvientes alrededor, y Anya trataba de apartarlo con torpeza, pero al sentir la humedad en su cuello, no tuvo más remedio que darle unas palmaditas en la espalda. Tal vez, para este noble insensato, el mundo más allá de la muralla había sido demasiado cruel.

“Ha pasado por mucho, Sir Bluea.”

“Pero, ¿dónde está el duque Evernight?”

En ese momento, alguien más se entrometió. Era el jefe de los enanos, que cargaba a la espalda un enorme hacha doble. Observando el desorden en Tildeonrok, preguntó. Ellos aún creían que Evernight seguía desaparecido. Y tampoco sabían que la actual señora de Tildeon, quien estaba frente a ellos, se había cruzado con ellos más allá de la muralla, ocultando su identidad. Anya dudó en responder.

“¿Por qué hay tan poca gente en Tildeon?”

Usolin clavó en él una mirada penetrante. Aunque la fortaleza estaba mucho más restaurada que tras el ataque, resultaba difícil engañar al ojo experimentado de un caballero.

“Basta ya. Las historias inconclusas podrán compartirse poco a poco en la mesa.”

Kanon, observando discretamente el estado de Bluea, contuvo a Usolin. Incluso aquel enano guerrero, siempre tan impetuoso, dejaba entrever signos de cansancio. Rechinando sus gruesos labios y chasqueando la lengua, avanzó con sus hombres hacia el interior de la fortaleza.

“Sir Kanon… ¿dónde está Sir Hanibal?”

Mientras Anya contabilizaba a los recién llegados para preparar la comida y los aposentos, de pronto percibió una disonancia y detuvo a Canon.

“Él desapareció junto al príncipe Chloe.”

La fría respuesta de Kanon cayó de inmediato.

***

La sala grisácea del banquete estaba impregnada de un aire lúgubre. Aunque en la larga mesa se había dispuesto con esmero la comida para los soldados exhaustos por la expedición, nadie la disfrutaba. Algunos, al ver el pollo asado y dorado, no pudieron evitar las arcadas. Anya, sentado en el asiento principal, contemplaba aquella escena.

“¿Cuándo prepararon todo esto?”

El único que seguía forzándose a comer era Bluea, a su lado. Kanon suspiró quedamente y se enjuagó la garganta con vino.

“Y además, noto que ha cambiado desde la última vez que lo vi.”

La mano de Anya, que sostenía el tenedor, se detuvo un instante en el aire. Al notar la mirada penetrante de Kanon, alzó levemente los hombros y esbozó una sonrisa.

“Ha pasado bastante tiempo, después de todo.”

Su última aparición ante ellos había sido bastante desastrosa, así que no era extraño que Bluea lo pensara.

“Entonces, el bebé…”

De repente, una mano se abalanzó y tapó apresuradamente la boca de Bluea.

“¡Mmmf!”

“No cometas una imprudencia.”

“¡No es imprudencia, es el saludo que corresponde! El nacimiento de una nueva vida siempre merece bendición. Por eso pregunto, señora de Tildeon: antes de que partiéramos, ¿acaso no llevaba en su vientre una nueva vida?”

Con la embriaguez coloreando su mirada verde, Usolin señaló el vientre plano de Anya. En un instante, el salón entero quedó sumido en un silencio sepulcral, todos con la vista fija en el señor de Tildeon, sentado en la cabecera.

“Yo…”

Perdí al bebé. Durante el ataque de los Caballeros Negros, el impacto me arrebató al hijo.

¿Cómo podía confesarlo así, sin más? Anya dudaba de hasta dónde debía revelar la verdad. Evernight ya había advertido que no podría evitar por completo las sospechas o los movimientos de los duques, así que debía ser cuidadoso.

“Y además, la señora ya no tartamudea en absoluto.”

Usolin soltó una estruendosa carcajada, golpeando la mesa con tal fuerza que los platos saltaban cada vez que lo hacía. Pero de pronto, su risa descontrolada se interrumpió en seco.

“Y el mayordomo que nos recibió antes de la expedición… ni rastro de él.”

Con voz sombría, escudriñaba los rostros de los sirvientes que servían la mesa como si quisiera devorarlos. Anya miró hacia Eckl, el viejo caballero, que bebía silenciosamente bajo la tribuna. Cada sorbo de vino hacía temblar levemente las arrugadas comisuras de sus ojos.

Eckl había recibido de Evernight la orden de permanecer junto a los soldados de Tildeon hasta el final de la expedición. En secreto mantenía comunicación con Siswu, apostado en Northmost, informando sobre la situación del ejército. Aunque las barreras hacían lentísimo el intercambio, parecía intuir lo sucedido en Tildeon aquel día.

“Le pregunto una vez más: ¿sabe del paradero del señor Evernight? ¿Dónde están los caballeros superiores de Tildeon?”

La repentina desaparición de sus comandantes y la extraña atmósfera del lugar despertaban en todos una sensación instintiva de alarma.

“¿Dónde está el señor Evernight?”

“El señor…”

Justo cuando Anya iba a responder tras un largo silencio, las puertas del salón se abrieron de golpe. Todas las miradas se volvieron hacia el intruso inesperado.

“…¿El duque Evernight?”

Kanon se levantó de un salto, Bluea escupió el vino que tenía en la boca y Usolin giró con rapidez hacia el hacha apoyada en la pared.

“He oído que mis caballeros me buscaban con ansias.”

Evernight avanzó sin titubear hacia la tribuna. Los soldados retrocedieron como si vieran a un monstruo. Tras sus pasos firmes lo seguían con calma los caballeros superiores de Tildeon. Eckl se levantó y le ofreció una respetuosa reverencia.

“No atormenten más a mi consorte.”

Evernight clavó en Usolin una mirada feroz.

“¡Maldito traidor! ¡Huiste y ahora tienes la desfachatez de mostrar tu cara! ¡Habría preferido que murieras a manos de los elfos!”

Usolin blandía su hacha con furia, golpeando la mesa de roble una y otra vez hasta que terminó partiéndola en dos. Los platos se estrellaban en el suelo de piedra con estrépito, mientras los criados huían gritando.

“¡Señor de la Península de Hierro! ¡Deténgase ahora mismo!”

Vociferó Kanon, pero Usolin solo se envalentonaba más. Su rechoncho cuerpo rebotaba con ligereza, lanzándose como una bola hacia Evernight.

“¡Prefiero cortarle yo mismo la cabeza a ese traidor!”

Evernight esquivaba con destreza los hachazos mientras desenvainaba su espada. El choque del acero contra el acero levantó un torbellino. Aquello bastó para que caballeros de Tildeon y enanos se levantaran, desenvainando sus armas unos contra otros.

Anya contemplaba atónito el salón en ruinas. Las patatas aplastadas bajo las botas de los caballeros habían sido peladas y asadas por las doncellas desde la mañana; los trozos de pan desperdigados provenían de las menguadas reservas de Tildeon. Algunas criadas demasiado jóvenes para huir se encogían contra las paredes, tapándose los oídos mientras temblaban.

Los puños de Anya se cerraron con fuerza.

“¡Príncipe!”

Y sin que Bluea pudiera detenerlo, saltó sobre los restos de la mesa destrozada. Los caracteres de los espíritus brillaban en rojo bajo sus mangas agitadas, reflejando su estado interior.

“¡Basta, basta ya!”

La forma en que Anya reunió su magia y arrojó el hacha de Usolin ocurrió en un abrir y cerrar de ojos.

“Si siguen armando alboroto en este lugar, como señora de Tildeon echaré a todos los enanos de aquí mismo.”

El enorme hacha de batalla voló, impulsada por la magia, y se incrustó con estrépito en la pared. Todos los caballeros y soldados soltaron sus espadas, quedándose boquiabiertos mirando a Anya.

En medio de aquel extraño silencio, alguien soltó un hipo. Usolin, con rostro aturdido, miraba fijamente su hacha clavada en la pared. Al poco, la enorme arma cayó al suelo con un golpe sordo, incapaz de soportar su propio peso.

“Sir Usolin.”

Anya lanzó una nueva advertencia con tono firme.

“Si quiere discutir, que se organice una audiencia privada con Sir Evernight. ¿Acaso no ve cómo se han asustado los inocentes ciudadanos de Tildeon?”

Después, volvió la cabeza hacia las doncellas que se habían agrupado temerosas en un rincón de la sala, haciéndoles un gesto preocupado para preguntar si estaban bien. Ellas, entendiendo la señal, hicieron una profunda reverencia y se retiraron apresuradamente.

“¿Acaso… fue Su Alteza quien lanzó mi hacha?”

La voz baja y ronca resonó desde delante. La rojiza cabellera de león de aquel guerrero enano parecía arder de furia. En ese instante, Anya comprendió que había metido la pata hasta el fondo.

Los soldados permanecían en posturas incómodas, con la boca abierta; los altos caballeros de Tildeon y los demás duques estaban igual de desconcertados. Y, sobre todo, Evernight mostraba sin reparos su desagrado.

“Ah…”

Había que arreglarlo, y rápido.

“…Sir Usolin.”

Anya, deseando con todas sus fuerzas parecer digno como señora de la casa, volvió a dirigirse a él. La testaruda barba del enano temblaba con rabia. El deshonor de haber perdido su arma ante todos lo hacía ver visiblemente molesto.

Aun así, Anya no quería ponerse de su lado.

“Lamento haber lanzado su hacha sin permiso.”

Le ofreció una disculpa sincera.

“Pero… a diferencia de las fértiles tierras del sur, Tildeon depende cada año del gremio de comerciantes incluso para conseguir un simple trozo de pan.”

Anya se agachó, recogió un pedazo de pan caído a los pies de Usolin. La miga esponjosa estaba ahora manchada de suciedad oscura.

“En tiempos en que el influjo demoníaco es tan inquietante, habrá aún menos mercaderes dispuestos a venir al norte. Este banquete preparado para ustedes podría haber alimentado a los habitantes de Tildeon durante días.”

Anya alzó la vista hacia el enano, con gesto tenso, anhelando que sus palabras fueran comprendidas.

El guerrero apretaba los labios sin decir nada. Sus gruesos dedos temblaban, y por un instante Anya temió que volviera a estallar en cólera.

El silencio era insoportable. Usolin levantó la mano, y al mismo tiempo Evernight empujó a Anya detrás de él para protegerlo.

“¡Jajajaja!”

Lo que resonó en los oídos de Anya no fueron puñetazos ni el silbido de una hoja, sino la carcajada retumbante del enano. Usolin se doblaba de risa, sujetándose el vientre, casi cayendo hacia atrás.

“La señora de Tildeon es alguien divertida. Muy divertida.”

Se limpió las lágrimas con el dedo índice, recogió el pan del suelo, lo sacudió y dijo:

“Fui yo quien obró con descortesía. Hasta hace poco, nosotros mismos sufrimos la escasez de víveres… ¡y ya lo había olvidado!”

Luego, sin más, se lo metió en la boca y empezó a masticar.

“Vamos, apártense.”

Con un ademán amplio, apartó a los caballeros de Tildeon y caminó hacia su hacha, que colgó de nuevo al hombro. Se giró hacia Evernight con una sonrisa torcida, aunque aún protegiera celosamente a Anya detrás de sí.

“Pero que conste: con el duque de Tildeon desaparecido y hallándose sano y salvo aquí en su propio castillo, ¡la responsabilidad de la expedición debe aclararse! Y lo mismo con los caballeros de Tildeon.”

La voz retumbante del enano sacudió el salón de banquetes como un rugido. Aunque su estatura apenas llegaba a la mitad de la de un hombre, su voz era el doble de fuerte. Acto seguido, Usolin salió con sus hombres, dejando un gran vacío tras de sí.

“Uf, ese genio no cambia.”

Bluea saltó del estrado y se acercó a Anya, chasqueando la lengua.

“Príncipe, ¿no está herido?”

A pesar de que Evernight permanecía allí, firme a su lado, Bluea tomó la mano de Anya con gesto afectuoso, como si no lo viera en absoluto.

“Sir Bluea…”

Aunque los enanos se habían marchado, aún quedaban soldados alrededor. El rostro de Anya se encendió de vergüenza al ser tratado como una dama frágil.

“Suélteme, estoy bien…”

Bluea negó con la cabeza, se arrodilló sobre una rodilla y estrechó aún con más fuerza su mano, casi con reverencia. Era como un náufrago aferrándose desesperado a un madero.

“No dudo de la fuerza de Su Alteza, pero… lo pensé demasiado mientras estaba más allá de la muralla, y…”

“¡Basta!”

Evernight lo empujó con el pie en el hombro, haciéndolo caer de espaldas con facilidad. El delicado duque de Runfield era de complexión demasiado frágil.

“¿Qué demonios hace?!”

Bluea gritó de dolor, sujetándose la muñeca torcida.

“Te advertí que tuvieras cuidado con tus actos.”

El desprecio cruzó el rostro de Evernight. Se pasó la mano por el cabello con gesto irritado y escupió insultos contra Bluea.

“Sir Bluea, ¿está bien?”

Anya vaciló, sin saber si debía acudir al herido Bluea o quedarse junto a Evernight.

Lo irritaba. Esa mirada tierna de Anya, cargada de preocupación por otro.

Evernight lo atrajo con brusquedad, atrapándolo en sus brazos, y le hundió la cabeza contra su pecho, como para demostrar a todos que le pertenecía.

“…¿Qué… qué significa esto?!”

Bluea, incorporándose con dificultad, quiso gritar que aquel hombre ni siquiera tenía derecho a llamarse su esposo, pero las palabras se le atragantaron. Sus pupilas se dilataron, fijas en un solo punto.

Los dedos blancos del caballero se entrelazaban con el cabello castaño de Anya, que brillaba como si el sol jugara entre los mechones. La punta de la oreja del príncipe estaba encendida, intensamente roja.

El ambiente se tornó extrañamente cargado, lo suficiente para que todos los presentes intuyeran que entre ambos había ocurrido algo más de lo que aparentaban.

“…Vaya, esto ya es un desastre total.”

Justo en ese momento, Riario, que volvía tras pasar la noche entera en el laboratorio subterráneo, se detuvo en la entrada del salón de banquetes y soltó un suspiro.

---

Dejando atrás aquella caótica comida, Anya ayudó a los sirvientes a poner en orden el salón. Luego, sin descanso, revisó los víveres del almacén y redactó el registro en los libros. Apenas terminó de organizar las cuentas, empezó a dar órdenes a los criados para preparar los aposentos adicionales que necesitarían las personas recién llegadas, y no se olvidó tampoco de animar al mozo de caballos para que cuidara bien de los animales que habían traído.

Así, sin darse cuenta, la tarde ya había avanzado mucho.

"Señor "

Dijo la nueva jefa de doncellas de Tildeonrock, una mujer que Anya había salvado de las minas.

"Ahora nosotros nos encargaremos del resto, ¿por qué no entra y descansa ya?"

Ella había perdido a su esposo y a su único hijo más allá de las murallas. Como la mayoría de los norteños, albergaba resentimiento hacia la realeza; pero frente a Anya, aquellos sentimientos no eran más que viejos recuerdos carcomidos por el tiempo.

"Ah, gracias."

Sonriendo, Anya enrolló el pergamino con las cuentas meticulosamente organizadas. Salió del almacén y, mientras atravesaba el patio interior, notó de pronto una mirada fija en él. Giró hacia la dirección de la ventana de la biblioteca, pero allí no había nadie.

Un calor inexplicable le subió a la nuca; se acomodó el cabello alborotado por el viento frío y apuró el paso.

‘¿Dónde estará Sir Evernight?’

Revisando el inventario había caído en la cuenta de que sería necesario almacenar más provisiones y artículos para el frío. Si estallaba la guerra y, en el peor de los casos, caía la muralla de Tildeon, el último bastión sería Tildeonrock. Para resistir dentro del castillo, necesitaban acumular todo lo posible.

‘Tendré que ver si es posible llamar al Gremio de Comerciantes.’

El problema era que el sur también estaba hecho un caos, y las rutas de comercio prácticamente colapsadas. Una sombra de preocupación se dibujó en el rostro de Anya.

‘El Sir seguramente estará en la biblioteca.’

Se sonó la nariz, enrojecida por el viento helado, y encaminó sus pasos hacia allí. Todos estaban ocupados, sí, pero sin duda el más atareado era el señor duque. Tras el alboroto de Usolin, no había habido más rumores entre los duques, aunque era apenas una calma efímera: pronto volvería la asfixiante tensión. Antes de eso, había que estar preparados.

‘Debo repasar bien qué decirle al Sir.’

Mientras avanzaba por la galería, hojeaba de nuevo el registro cuando, de pronto, escuchó una tos seca delante de él. Alzó la mirada de manera natural.

"Saludos, alteza."

Frente a él había dos muchachos sonrientes de aspecto juvenil.

"¿Quién…?"

Aunque sus rostros eran desconocidos, una extraña familiaridad le hizo entrecerrar los ojos. Y en cuestión de segundos, de la boca de Anya escapó una exclamación entre asombro y alegría:

"¡Ronan, Joel!"

Eran los niños de Northmost.

Ya no eran unos chiquillos: habían crecido y en sus semblantes empezaba a asomar la firmeza de la adolescencia. Si no fuese por la chispa de ingenuidad que aún brillaba en ellos, nadie los habría reconocido como los niños de nariz mocosa de Northmost.

"Es un honor volver a verlo, señor."

Ronan y Joel se inclinaron con seriedad y respeto. Con pasos temblorosos, Anya se acercó a ellos. Encontrárselos en medio de aquel caos le revolvió el corazón de golpe. Desde que había llegado a Tildeon, la inquietud lo había acompañado día y noche, temiendo que todo saliera mal. Pero al verlos allí, la tensión que lo había mantenido rígido se disolvió poco a poco.

"Dios mío… Joel, Ronan… ¿cómo han llegado aquí?"

Las palabras salieron entrecortadas, cargadas de emoción. Por un instante, le pareció estar soñando.

"El caballero Siswu trasladó a la gente de Northmost hasta Tildeon… A-alteza…"

Joel no alcanzó a terminar su explicación; se quedó con la boca abierta, igual que Ronan.

Anya había corrido hacia ellos y los estrechaba con fuerza en sus brazos.

"Ah… alteza, esto… tan repentino… no es que me moleste, pero…"Balbuceó Joel, completamente sonrojado, atrapado en aquel abrazo inesperado. Ronan, a su lado, parecía una estatua, rígido como una roca.

"Es que al verlos así… me siento tan feliz."

Las palabras, llenas de alivio, bajaban sobre ellos mientras la mano de Anya les daba suaves palmadas en la espalda. Los dos muchachos, sin saber qué hacer, apenas se aferraron a su ropa. Una calidez reconfortante los envolvía, y un nudo les apretaba la garganta.

"¿Ya han comido?"

Mientras caminaban por la galería, Anya les preguntaba cómo habían estado, qué tal se encontraba Northmost. Su rostro, antes contraído por la preocupación, ahora estaba suavizado por una sonrisa serena.

"Sí. Comimos hace poco en el patio de armas."

Joel contestó inflando el pecho con orgullo, mientras Ronan le daba un codazo en el costado con gesto reprobatorio. Pero Joel no podía ocultar lo satisfecho que se sentía.

"¿En el patio de armas?"

Era extraño. Sabía que la gente de Northmost había llegado a Tildeon por seguridad, pero ¿qué hacían ellos en Tildeonrock, y comiendo en el patio de armas? La respuesta llegó enseguida.

"Señor, Ronan y yo nos enlistamos en la nueva leva de reclutas de Tildeon."

La voz potente de Joel retumbó en la galería. Anya parpadeó varias veces, observando sus atuendos: armaduras de cuero ajustadas al pecho, cinturones con vainas en la cintura, botas llenas de barro… Podían parecer torpes, pero ya no eran simples niños.

"Serviremos a su lado y defenderemos Tildeon."

El silencio de Anya endureció la expresión de su rostro. Joel tragó saliva, nervioso.

"Pero Ronan…"

La mirada de Anya descendió hasta el vacío en una de las mangas de su ropa. Ronan sonrió con valentía, limpiándose la nariz con la mano.

"Por favor, no se preocupe, señor. Puedo hacerlo tan bien como cualquiera. Confío en mí mismo".

No era eso lo que le preocupaba. Un dolor punzante le apretó la nariz; bajó la cabeza y negó con fuerza.

"Son todavía demasiado jóvenes. No puedo permitir que se vean arrastrados a una guerra brutal como esta."

En su memoria seguían frescos los ojos de los que habían caído: dolor, miedo, rencor… Sus muertes no habían sido gloriosas, sino horribles.

"Ese día juré que los protegería".

Anya les tomó las manos y los miró uno por uno con firmeza. Cada palabra salió medida, cargada de sinceridad.

"Así que solo resistan. No dejaré que esta guerra los devore también".

Sus labios temblaban, pero sus ojos castaños, cálidos y firmes, irradiaban una resolución inquebrantable. Los muchachos, conmovidos, sintieron cómo la humedad se acumulaba en sus ojos. Joel se limpió rápido con la manga y cubrió con su otra mano la de Anya.

"No, señor. Quiero estar a su lado. No seré una carga, se lo prometo".

Su rostro de niño irradiaba una determinación intacta.

"¿Una carga? No, no se trata de eso, yo…"

"Señor, Joel es el mejor de los nuevos reclutas. Es rápido y maneja la espada tan bien que el mismo caballero Siswu lo elogió tres veces".

Ronan añadió enseguida, sus ojos brillando como estrellas mientras alababa a su amigo.

"Y Siswu dijo también que él sería más útil ayudando al mago Riario que en el frente. Dice que su cabeza es más ágil que la de los que solo veneran la espada".

Joel replicó con igual entusiasmo, devolviendo la alabanza a Ronan. Ambos se turnaban para ensalzarse, como si quisieran convencer a Anya de que confiara en ellos.

"Lo hacemos porque queremos. Si tuviéramos miedo de morir, jamás nos habríamos enlistado. No huiremos ni apartaremos la mirada. Defenderemos Tildeon".

Ronan y Joel miraron a Anya con una solemnidad reverente. De ellos emanaba una mezcla de ferviente determinación, temor al futuro y quizás un destello de esperanza. Y Anya podía leer esos sentimientos más fácilmente que nadie. Le preocupaban sinceramente los dos muchachos, pero intuía que, por mucho que intentara disuadirlos, no lograría quebrar tan fácilmente su voluntad.

"Si ocurre algo, deben venir a mí de inmediato. ¿Me lo prometen? No volveré a perderlos nunca".

Entonces solo quedaba una opción: protegerlos con todas sus fuerzas, con todo lo que tuviera. Eran los primeros que se habían acercado a él con calidez, y por eso los estrechó una vez más con fuerza entre sus brazos.

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Evernight apartó el montón de documentos sobre su escritorio tras escuchar un par de golpes en la puerta. Había estado revisando los informes tramitados por Lorea y los mensajes enviados por los vasallos de Tildeon, y cuando por fin levantó la cabeza, tenía los ojos irritados. Había organizado en su mente las pistas reunidas hasta ahora, pero la situación no dejaba de ser difícil.

"Adelante".

Mientras se frotaba las sienes doloridas, la puerta se abrió. No entraron Lorea ni Karen, sino su joven consorte. Anya tenía la punta de la nariz enrojecida, probablemente por haber estado afuera hasta hace poco. Sin embargo, al menos, liberado por un momento de los pendientes rojos, su semblante no parecía tan apagado como antes.

"¿Qué ocurre?"

Anya inspeccionó con atención el estudio aún desordenado y, enseguida, adoptó una postura recta.

"…Señor, ¿cuándo desea que ordene este lugar?"

El repentino papel de “Señora de casa” le arrancó una breve sonrisa. Aun así, Anya mantenía un semblante serísimo, recorriendo con la mirada las sillas desacomodadas, la chimenea cubierta de ceniza negra y los libros desparramados por el suelo.

Aquella ingenua pero fervorosa dedicación lo desarmaba; Evernight, con el calor agitándole el bajo vientre, giró nerviosamente la estilográfica entre los dedos.

"Aquí quedan rastros importantes. Además, entre los duques podría haber espías del emperador; no es buena idea dejar que cualquiera entre."

Anya asintió con un leve movimiento de cabeza.

"Entonces yo mismo lo ordenaré".

Lo sabía. Sabía que respondería así. Y al ver las mejillas y manos de Anya enrojecidas hasta las puntas por el frío y la timidez, los ojos de Evernight brillaron con intensidad. Recordó la escena de hacía un rato: su joven consorte en el patio, dando órdenes amables a los sirvientes, acariciándoles la espalda para reconfortarlos… y luego el duque Bluea depositando un beso en el dorso de aquella blanca mano.

Con un murmullo áspero, la pluma se le detuvo de golpe entre los dedos. Evernight dejó escapar un hondo suspiro y se frotó el ceño fruncido.

"¿Señor Evernight?"

"Entonces el estudio lo ordenas tú mismo, pero esta noche, cuando hayas terminado con tus deberes."

Un capricho infantil, lo sabía. En ese momento necesitaba manos fieles y entregadas, y Anya lo era tanto que merecía un premio.

"De acuerdo."

Por fin, los labios de Anya, antes tensos, se curvaron en una pequeña sonrisa.

"Lo que traes en la mano."

Evernight señaló el pergamino que Anya sostenía. Ésa debía de ser la verdadera razón de su visita; Lorea le había informado de que Anya había estado entrando y saliendo del almacén todo el día.

"Ah. Es el inventario de los suministros disponibles."

"Dámelo."

Con pasos tensos, Anya se acercó y depositó el pergamino sobre el escritorio. Sus ojos se desviaron un instante hacia los rastros de los caballeros negros aún presentes, pero al ver que Evernight revisaba en silencio las cifras, su espalda se puso rígida de nerviosismo.

"…En la columna izquierda puse el nombre de cada artículo, y los agrupé con un mismo símbolo según su uso. Al lado anoté la cantidad y, en el caso de la harina u otros granos, indiqué el consumo medio diario…"

Los nervios le hicieron parlotear mientras se inclinaba hacia Evernight, explicando cada detalle. Hasta que, de repente, se dio cuenta de la intensidad de la mirada fija en él y levantó la cabeza: sus ojos se encontraron de lleno con los de Evernight.

Sintió que lo envolvía un fuego abrasador. Como si llamas azules se enroscaran en todo su cuerpo, ardientes y atrapadoras.

"Ah…"

Antes de poder apartar la vista, Evernight rodeó su cintura y lo atrajo hacia sí. De pronto, Anya se encontró de pie, apretado entre las piernas del hombre sentado.

Siempre había tenido que mirar hacia arriba para ver a Evernight, pero esta vez, con la situación invertida, lo invadió una extraña turbación.

"Señor, yo… esto… no era a propósito…"

Intentó retroceder, pero el agarre del hombre era tan firme que le fue imposible soltarse. Y, sin darle tiempo a reaccionar, Evernight lo alzó y lo sentó en su regazo.

"Señor, está… demasiado cerca."

Podía sentir su aliento justo frente a su rostro. Un escalofrío recorrió el vello de su cuello, haciéndolo estremecerse. Sin saber dónde posar las manos, terminó aferrando la solapa del uniforme de Evernight y bajó la cabeza, encendido.

"Mírame."

Evernight le levantó el mentón con los dedos. No era el contacto brusco de antes, sino un roce tan suave y cuidadoso que casi le arrancó un gemido.

"Anya."

"…Sí."

Como hipnotizado, Anya levantó despacio los ojos. Bajo la profundidad abismal de esa mirada, sus pestañas temblaban. No llevaba ningún pendiente rojo, y aun así su corazón latía desbocado, tanto que pensaba que podía morir en cualquier momento.

Y sin darse cuenta, su mano se movió por impulso. ¿Acaso Evernight sentía lo mismo? Una curiosidad intensa, mezclada con un extraño deseo, volvió a Anya insólitamente audaz.

“……”

La fría mano de Anya rozó el pecho de Evernight. Aunque había gruesa armadura de cuero, el latido bajo ella golpeaba fuerte, mucho más rápido y fuerte que el suyo.

De reojo, vio la nuez de Adán del hombre estremecerse con fiereza.

Más, un poco más… La blanca mano que reposaba sobre el pecho de Evernight subió lentamente, cargada de calor.

“Anya….”

El nombre salió de los labios de Evernight casi entre dientes, con un leve temblor. ¿O era porque ahora Anya le acariciaba el cuello?

Cada vez que tragaba saliva o emitía un gruñido grave, la garganta del hombre vibraba bajo su palma. Aquel estremecimiento recorría a Anya hasta erizarle toda la piel.

Sus fríos dedos terminaron por rozar los labios rojos del caballero. Evernight no hizo nada por detenerlo.

Eran cálidos, suaves…

Y luego, los labios se entreabrieron y atraparon los dedos de Anya, húmedos y ardientes.

“……”

“……”

Como si fuego y hielo se mezclaran hasta deshacerse, las miradas de ambos se devoraban sin descanso.

El sonido húmedo de la lengua de Evernight recorrió los dedos de Anya, succionándolos suavemente, sin apartar nunca la mirada abrasadora de su compañero.

Los cuerpos se tensaron, el contacto en la entrepierna se volvió incómodo, y la realidad misma parecía desmoronarse.

“Haah, ah….”

Cuando recobraron un mínimo de conciencia, ya estaban besándose con desesperación, como dos sedientos. Evernight sujetaba las mejillas de Anya, abriendo su boca y enredándose sin control. Afuera ya había caído la noche, y en la biblioteca sólo quedaba la luz temblorosa de un candelabro.

“Ah… mmh… Señor, a-aquí no… no aquí….”

La enorme mano se deslizaba bajo su ropa, haciendo temblar el cuerpo entero de Anya. Recorrió su espalda hundida y enseguida acarició su plano pecho.

Aun así, Evernight devoraba cada gemido que Anya dejaba escapar, apresurado, impaciente. Esa urgencia pronto lo contaminó a él también.

“Ahh… E-Evernight….”

Anya, con el rostro perdido en el placer, también metía la mano bajo la ropa del caballero cuando-

Tok, tok. De pronto sonó la puerta, seguido de una voz.

“Comandante, soy Karen.”

Anya se paralizó. Su rostro se volvió blanco como si lo hubieran bañado en agua helada. Aun así, Evernight siguió besándole los labios, la nariz, el cuello, hasta hundirle la cabeza contra su propio pecho, ocultándolo de la vista.

“Adelante.”

La puerta se abrió, y Anya se aferró al cuello de Evernight, hundiendo el rostro allí. Su corazón seguía latiendo como loco, igual que el del hombre que lo sujetaba.

“Ah….”

Karen entró a la penumbra de la biblioteca, y se sobresaltó al ver una silueta sentada sobre su superior. Giró de inmediato, carraspeando antes de hablar atropelladamente.

“P-perdón, comandante. Vengo a avisar que pronto empieza la reunión con los duques.”

Se tocaba las orejas encendidas, incómodo.

“Karen. ¿Por qué tiembla tu voz como una cabra? ¿Acaso el comandante te--? ¡Uagh!”

Era Siswu, que se había acercado curioso, pero Karen lo empujó bruscamente. Él cayó al suelo quejándose.

“¿Qué haces?!”

Siswu se levantó con furia, dispuesto a abalanzarse, pero Karen se plantó delante como un muro. No lo dejó dar ni un paso dentro.

“¡Fuera, fuera ya!”

“¿Qué? ¿Por qué reaccionas así?”

“¡Comandante, está ahí dentro?!”, gritaba Siswu forcejeando. Anya, al oír el alboroto, enrojeció como una manzana madura, a punto de estallar.

“¡Karen, suéltame! ¡Comandante, está bien?!”

“¡Idiota, no entiendes nada!”

Tras forcejear, Karen arrastró a Siswu lejos por el pasillo. El silencio que quedó después resultaba más incómodo aún.

Anya, dándose cuenta al fin de lo que había hecho, se levantó de golpe.

“Lo… lo siento. N-no fue a propósito….”

Pero cuanto más hablaba, más se enredaba, así que optó por callar y escapar apresuradamente.

“Anya.”

No había avanzado mucho cuando Evernight lo atrapó de nuevo. La gran mano que aún guardaba calor le apretó el brazo. Anya cerró fuerte los ojos, y entonces oyó la risa leve del caballero.

“También asistirás a la reunión de los duques. Al fin y al cabo, eres el único testigo.”

Con un toque en su nariz, Evernight lo soltó y salió primero de la biblioteca.

“……”

Al escuchar sus pasos alejarse, Anya abrió lentamente los ojos. Se tocó varias veces la nariz, todavía aturdido, antes de encaminarse también hacia la sala de reuniones.

***

La sala de reuniones, situada en el tercer piso, no desprendía precisamente un buen ambiente. Cuando Anya abrió la puerta y entró, ya todos estaban presentes.

"¡Príncipe!"

Bluea fue el primero en levantarse de golpe para recibirlo. Anya le respondió con una sonrisa y luego dudó un instante, sin saber dónde sería mejor sentarse.

"¡Siéntese aquí!"

"Ven conmigo."

Ambos hablaron al mismo tiempo. Evernight y Bluea habían apartado cada uno la silla a su lado.

"Hmm…"

Kanon, con gesto de fastidio, se frotó el entrecejo mientras bajaba la mirada, y los caballeros de Tildeon que se hallaban al fondo carraspearon o, fingiendo distraerse, jugueteaban con el marco de la ventana.

"Anya. Tu asiento está aquí."

Evernight volvió a subrayar, como clavando un clavo, que debía sentarse a su lado. Ese lugar era la cabecera, el asiento principal propio de un señor feudal como él. Anya era apenas el consorte, ¿estaba bien que se sentara en un sitio más alto que el de los demás duques? Mientras vacilaba, Bluea se levantó y lo tomó de la mano para guiarlo.

"Jajaja. Lord Evernight, el único señor aquí es usted. No cargue al príncipe con semejante presión. Su Alteza, siéntese a mi lado."

"Ah…"

Los ojos del hombre se posaron un instante sobre la mano de Anya que Bluea sostenía, y luego se apartaron. Tal vez porque la sala estaba especialmente sombría, su mirada parecía fría, como si estuviera enojado.

"Anya. Ven aquí."

Evernight volvió a llamarlo.

"Tu esposo soy yo. No ese maldito bastardo."

Ante la última palabrota, todos se quedaron inmóviles, conteniendo la respiración. Al mismo tiempo, Evernight soltó un largo suspiro cargado de paciencia y se echó el cabello hacia atrás. Luego se levantó y caminó con pasos firmes hacia Anya y Bluea.

"Lord Bluea."

El semblante sereno del hombre se fijó en Bluea. Lejos de parecer alguien que acababa de soltar un insulto vulgar, Evernight tenía ahora el porte de un soberano implacable.

"Él es mi esposa, mi caballero y mi posesión."

"……."

"Si vuelves a mostrar esa asquerosa codicia, pondré en juego todo mi honor para cortarte la cabeza y que jamás vuelvas a ver a mi esposa."

"……."

La declaración del duque sobre su derecho de propiedad conyugal dejó a todos sin palabras. Los caballeros de Tildeon se quedaron con la boca entreabierta, mirando atónitos a su señor. No era común que Evernight dejara ver emociones tan intensas, salvo cuando exterminaba monstruos.

Sin preocuparse por las miradas, Evernight arrebató la mano de Anya que Bluea sostenía. El gesto tardío de Bluea fue de rabia contenida, pero conocía demasiado bien los derechos y deberes del matrimonio, así que no encontró argumento para replicar.

"Jajajaja. El amor del señor por su esposa es extraordinario."

En medio de aquella atmósfera tensa, el único que soltó una risa imprudente fue Usolin, de la Península de Hierro. No se sabía si era burla o auténtica satisfacción, pero sus ojos se posaron en el joven consorte sentado ahora junto a Evernight.

"Pero dígame"

De pronto su sonrisa se desvaneció, dando paso a una mirada severa que se clavó en Anya

"¿Con qué derecho asiste a la reunión de los duques un simple consorte sin ninguna clase de prerrogativa?"

"¿No ha escuchado lo que acabo de decir? Lo llamé “mi caballero”.

¿Acaso el señor de Tildeon tiene el terrible pasatiempo de enviar a su esposa a los campos de batalla?

Bluea, dejándose caer pesadamente en su asiento, alzó los ojos para mirar con furia a Evernight.

"¿Caballero? ¿De veras ha conferido un título de caballero a su propia esposa?"

Los ojos de Usolin se entrecerraron con suspicacia. Nunca había oído de un señor que nombrara caballero a su consorte. Sospechaba que todo era parte de algún ardid. Y era el momento justo de lanzar carnada a los impacientes.

"Anya."

Evernight llamó al joven que permanecía sentado a su lado con porte sereno. Aunque algo nervioso, Anya echó un vistazo a los caballeros de Tildeon que estaban de pie en los bordes de la sala, y luego tomó aire profundamente para armarse de valor. Todos, sin decir palabra, le hicieron un leve gesto afirmativo con la cabeza. Ese silencio solidario le dio coraje.

"Porque soy el único testigo y el único superviviente."

La voz tranquila de Anya se esparció suavemente por la sala. Sus ojos firmes, que recorrían uno a uno a los duques, brillaban con inteligencia y determinación incluso en la penumbra.

“¿De qué está hablando?”

Cuando lo vi en Maneregia no era más que un muchacho miedoso y tímido. ¿Acaso juzgué mal? El párpado izquierdo de Usolin tembló con violencia.

“Después de que los lords partieran más allá de la muralla, Tildeon fue invadido por alguien.”

“……”

El tono era tan imperturbable que por un instante los duques pensaron que lo que habían oído no era nada importante.

“Lord Usolin preguntó por qué el mayordomo de Tildeon no estaba presente. También preguntó por qué el castillo parecía tan caótico. Eso es porque… todos ellos fueron masacrados brutalmente aquel día.”

Los dedos de Anya temblaron, y escondió ambas manos bajo la mesa, apretándolas con fuerza. Hasta hace un momento la atmósfera estaba cargada de sospecha y hostilidad, pero ahora se había vuelto solemne. Usolin bebió vino de un trago, levantando una ceja.

“¿Entonces el bebé del príncipe también fue perdido en ese momento?”

Siswu, que estaba en la esquina, golpeó el suelo con el pie y gruñó ferozmente.

“¡Esa es una falta de respeto hacia la señora, Lord Usolin!”

Karen lo contuvo apresuradamente, negando con la cabeza. Guarda tu temperamento, confía en Su Alteza. Siswu, tras mirar con lástima al pálido Anya cuando escuchó la palabra “bebé”, chasqueó la lengua y regresó a su lugar.

“…Sí. Durante el ataque perdí al niño.”

Anya apretó las manos bajo la mesa, como si hubiera regresado a aquel barranco escalofriante. Sin saber siquiera que la criatura moría dentro de él… solo sintió cómo algo helado abandonaba su cuerpo mientras, estúpidamente, se forzaba a seguir avanzando por el desfiladero aquella noche. Tan impotente había sido que no le salieron lágrimas; solo gruñidos ahogados, como una bestia. Desde entonces, se había esforzado desesperadamente por no volver a ser atrapado por aquella culpa.

“…Lo lamento.”

Kanon frunció el ceño y ofreció un consuelo seco. Bluea, por su parte, llevaba rato con la mirada perdida, clavada en el vientre de Anya. Antes de la expedición se había notado claramente su barriga, pero ahora estaba completamente plana.

¿Por qué soporta esa angustia y se culpa tanto a sí mismo? No había sido su culpa. No era necesario que Anya cargara con todo ese dolor solo.

Bluea contuvo el temblor de sus puños y miró con furia a Evernight, sentado al lado de Anya con un rostro imperturbable. Descarado… Ese hombre no tenía derecho alguno a reclamar posesión sobre su esposa.

“Gracias por sus palabras, Lord Kanon.”

Anya, con el rostro ya recompuesto, inclinó ligeramente la cabeza hacia él. Por un instante, el dolor se reflejó vívidamente en su rostro, lo suficiente para que la sospecha en Kanon y Usolin disminuyera. Claro que eso no significaba que de pronto se volvieran aliados de Tildeon; la reunión apenas había empezado.

Sin embargo, a diferencia del inicio, todos escuchaban con seriedad lo que Anya decía. Incluso Evernight, sentado a su lado, lo observaba con una mirada tan intensa que hacía sudar. Recordando la conversación de la noche anterior en la biblioteca, Anya volvió a hablar:

“Pese a haberlo perdido todo, afortunado o desafortunado, sobreviví. Y a mi esposo…”

Sus miradas se encontraron. Enredados en un torbellino de miradas, Anya recordó las palabras de él la noche anterior:

‘Ellos quieren culpar a alguien por el fracaso de la expedición. Sufrieron grandes pérdidas y quieren compensación. Además, el Emperador necesita un chivo expiatorio para cuidar su imagen.’

‘Entonces… ¿usted piensa asumir la culpa del fracaso?’

‘No, Anya. La muralla pronto caerá. La expedición estaba condenada desde el principio.’

“¿A mi esposo?”

“Mi señora, ¿por qué interrumpe de repente?”

Kanon y Usolin mostraron abierta frustración. Anya bajó los ojos con calma.

“…Le informé del ataque a Tildeon.”

El rostro de Usolin se endureció.

“¿Cómo… dice?”

Anya respiró hondo y recorrió con la mirada a los caballeros de Tildeon.

“En cuanto recobré la conciencia, emprendí un largo viaje hacia Portmeus, donde se encontraba Lord Evernight. Y allí le comuniqué lo sucedido en Tildeon. Mi esposo es vasallo del Emperador, pero también es señor de Tildeon. Los caballeros que me acompañan no son de la guardia imperial de Maneregia, sino de Tildeon.”

Siswu, Karen y Lorea se arrodillaron solemnemente ante Anya. Riario, aunque permaneció con los brazos cruzados, tenía el semblante más alegre que nunca. Aquella reunión nocturna había incluido no solo a Evernight, sino también a ellos.

‘Pero si les decimos que la muralla va a caer, mi padre, el Emperador, sospechará cuánto sabemos.’

‘No siempre es necesario contar todo, Alteza. Esta vez debemos ocultar hábilmente la verdad y, al mismo tiempo, sonsacar información. En la guerra, lo más peligroso son los traidores que atacan por la espalda.’

‘¿Hábilmente?’

‘Sí. Decimos la verdad, pero con huecos. Usolin puede parecer rudo, pero es astuto. Lo mismo Montrose, que se ve débil, o Bluea, que actúa imprudente. Así que démosles un cebo lleno de grietas y veamos quién muerde.’

Quién deja escapar pistas. Quién tiene contacto con el Emperador. Eso era lo primero que había que averiguar.

“…Entonces Tildeon no puede cargar con la culpa del fracaso.”

“¡¿Qué dice?!”

Usolin se levantó con el rostro rojo de ira, pero Anya lo sostuvo con una mirada fría.

“La ley imperial establece que, por encima de todo, la obligación de un vasallo es gobernar su territorio y proteger a su gente. ¿Me está diciendo que, si la Península de Hierro hubiera sido atacada, se habría quedado cumpliendo la expedición sin mover un dedo?”

“¿Qué… acaba de decir?”

El bigote rojizo de Usolin temblaba de furia. Sus ojos, de fiero guerrero, parecían a punto de destrozar a Anya.

‘Los enanos son obstinados y orgullosos por naturaleza. Y tienen un complejo con los humanos y elfos. Provócalo por ese lado.’

Recordando el consejo de Evernight, Anya alzó aún más la cabeza y enfrentó el ímpetu feroz de Usolin.

“Le pregunto si habría seguido en la expedición aun sabiendo que la Península de Hierro estaba siendo devastada.”

‘Aunque ese enano pierda la cabeza, no correrás peligro. No tengas miedo.’

Pero el miedo de Anya no era por su seguridad. Le preocupaba que sus palabras pusieran en mayor peligro a Tildeon, o que cometiera un error que arrastrara a todos. Sin embargo, Evernight le había prometido que, incluso si Usolin se lanzaba con un hacha, él lo detendría.

Así que Anya esperó en silencio el siguiente movimiento del enano. Con él a su lado, nada parecía atemorizarlo.

“¡Tú… tú…!”

Usolin temblaba de pies a cabeza, rojo como un tomate. Que un príncipe que antes era conocido como medio inútil, y ahora, para colmo, un simple consorte, se atreviera a hablarle así… era inaudito.

“Hable, Lord Usolin. Muchos guerreros y aldeanos de Tildeon murieron. Si su hogar hubiera sido arrasado de esa forma, ¿como señor lo habría ignorado?”

Ninguno de los presentes podía responder “sí”. Aunque fueran fieles vasallos del Emperador, la primera obligación de un señor era proteger su propio feudo. Su poder provenía de la tierra que gobernaban.

“Lord Usolin.”

Kanon, desde el otro lado, negó con la cabeza, frotándose la sien. Era una señal clara para que Usolin no arruinara todo con su furia. Anya observaba sus reacciones con calma. En los semblantes de los duques, rígidos y en silencio, solo quedaba la amarga frustración.

“Por eso Tildeon no tuvo más opción que retirarse de la expedición para proteger el norte. En un momento crítico, ¿cómo podíamos informarles a cada uno de ustedes?”

La voz de Anya seguía siendo serena, sin un ápice de inseguridad. Y sus palabras no dejaban resquicios. El dolor era real, la ausencia de su hijo y el desorden del castillo eran pruebas vivientes. Era imposible fingirlo todo. Por más dudas que quedaran, no podían culpar a Tildeon por el fracaso.

Finalmente, Usolin perdió el control y se levantó, tirando la silla al suelo.

“¡Perdí a mi hermano de armas al otro lado de esa maldita muralla!”

El párpado bajo del ojo izquierdo de Usolin temblaba violentamente, como si intentara contener lo que le hervía por dentro.

“¡Perdí a mi hermano de armas, a mi hermano de sangre…! ¡Así que alguien debe hacerse responsable!”

Entonces Anya pudo comprender por qué Usolin reaccionaba con tanta sensibilidad cada vez que se mencionaba el fracaso de la expedición. Los demás enanos reunidos golpearon el suelo con sus hachas, retumbando en respuesta a sus palabras.

Su desgracia era lamentable, pero no por eso podía echarle toda la culpa a Tildeon.

"Lord Usolin. Lamento la pérdida de su hermano de armas. Pero, ¿acaso olvida que, tras la intervención de los elfos en Portmeus, el mando pasó al príncipe Chloe?

Era Riario. Apoyado contra la ventana, se frotaba el entrecejo con un gemido mientras continuaba hablando:

"Bueno… para ser precisos, el fracaso de la expedición ocurrió después de ese cambio. Así que si quieren señalar responsabilidades, lo justo sería pedírselas a quien era comandante entonces, el príncipe Chloe…

Pero, por supuesto, lo interrumpieron a mitad de frase.

"¡Cómo osa, siendo apenas un simple mago! ¡Está insultando a Su Alteza Real!

"Ah, sí, sí. Mis disculpas por entrometerme siendo apenas un mago "

Respondió, encogiéndose de hombros.

Vaya, los enanos eran tercos todos por igual. Riario frunció los labios y se retiró en silencio hacia un rincón.

"Por cierto, Lord Evernight. ¿Quién fue el que atacó Tildeon?

Kanon, que hasta ahora había guardado silencio, dirigió su mirada hacia Evernight. Sus ojos rojos, herencia de la casa Montrose, brillaban con filo. Aunque el ataque fuera cierto, el duque había sabido esgrimir como bandera a su esposa ,la única superviviente, y desde el inicio se había hecho con la ventaja moral.

Esa sensación de que todo estaba calculado por aquel hombre lo perseguía sin remedio. Evernight, hasta entonces recostado en el respaldo de su silla, se inclinó hacia adelante. Solo ese movimiento bastó para que el aire alrededor se volviera más pesado.

Kanon entendió al instante: todo este tiempo, aquel hombre había estado ocultando sus garras y observando en silencio. Los demás creían presionar a Tildeon exigiendo responsabilidades, cuando en realidad eran ellos quienes estaban cayendo bajo la presión de Evernight.

"¡Sí! ¡Díganos quién atacó Tildeon! ¿Cómo vamos a saber si todo esto no es un teatro arreglado? "

Usolin, frustrado al ver que no lograba imponer su punto, aprovechó la ocasión para entrometerse otra vez.

Anya miró el dedo índice de Evernight golpear suavemente la mesa. Tras unos toques, abrió la boca por primera vez.

"Duroc.

"¿…Qué? "

Canon frunció el ceño. A su lado, el sonido del hacha de Usolin cayendo con estrépito sobre el suelo retumbó en sus oídos. El enano, dando pasos vacilantes, se acercó a la mesa. Canon no lo sabía, pero Usolin reconocía bien el terror que evocaba ese nombre.

"Pero… ¿no estaba muerto…?

La voz del enano, siempre tan segura, se quebraba al final de las palabras.

"Le cortamos el cuello a uno de ellos. Pero no a los demás."

"¿Uno…?"

Preguntó Bluea, desconcertado.

Entonces, un aire helado se coló en la sala. Como si una ventisca los golpeara de frente, apenas podían abrir los ojos, y la sensación de que astillas de hielo les atravesaban el pecho los dejó helados hasta los huesos.

Duroc. El depredador supremo del otro lado de la muralla.

"No es uno, sino siete en total "Sentenció Evernight, silenciando a todos de un plumazo.

"Los otros seis ya han cruzado la muralla. Están dentro del Imperio.

---

Después de aquello, la reunión prosiguió bajo un silencio cargado y una inquietud sofocante. Las noticias de ataques de monstruos incluso en el sur obligaron a los duques a creer en las palabras de Evernight.

Observando con atención sus reacciones, parecía que aún no habían oído nada sobre la “Noche Eterna” ni sobre los Andarlianos. Pero con el emperador empeñado en manipular la situación, era solo cuestión de tiempo. O quizás… ya lo sabían, y solo fingían ignorarlo.

"¿Su Majestad el Emperador está al tanto de todo esto? "

Preguntó Usolin, apurando el resto del vino y limpiándose los restos de la barba.

Evernight negó con frialdad.

"Lo ocurrido en Tildeon es asunto mío, no de Su Majestad.

Es decir, no tenía intención de informar al emperador.

"Lord Evernight. El príncipe Chloe ha desaparecido. Es el primero en la línea de sucesión. Y también sir Hanibal se ha perdido más allá de la muralla. Su Majestad no dejará de pedir cuentas por ello. Por muy crítica que sea la situación de Tildeon… no podrá escapar a esa responsabilidad.

A las preocupadas palabras de Kanon, Evernight soltó una breve risa. El Emperador ya había tensado el arco, apuntando tanto a Tildeon como a Evernight. La ejecución de Mibar, los locos de ojos azules vistos en el burdel… Luxus, el Emperador, lo había preparado todo desde mucho antes de la expedición.

"De eso no hay de qué preocuparse.

Aquel hombre ya sabía que la expedición fracasaría. Y aun así, ocultando su taimada intención, los había mandado a todos más allá de la muralla. Si alguien debía cargar con la responsabilidad del fracaso, era el propio Emperador. Pero no valía la pena discutirlo con ellos.

"¿Duroc, dices…? ¿Pretende entonces, mi lord, que Tildeon combata solo contra los engendros?

Aunque su tono se había suavizado, Usolin todavía hablaba con altivez. Al escuchar la palabra “engendros”, Bluea recordó aquellas horribles criaturas que habían enfrentado tras la muralla. Se deslizaban en silencio, atacaban de pronto y convertían todo en un matadero helado. Si los engendros no se hubiesen llevado a Chloe y a Hanibal… ellos jamás habrían vuelto a pisar esa tierra. Una experiencia aterradora que no deseaba repetir.

Al cerrar los ojos, Bluea vio los trigales de Runfield, que en otoño se teñían de dorado. Muy pronto, esas mieses quedarían congeladas por las garras de los engendros.

"Permítanme hacerles una propuesta.

Evernight, con los codos apoyados sobre la mesa y el rostro medio oculto tras las manos entrelazadas, se inclinó hacia adelante.

"Una alianza entre Tildeon y ustedes, para luchar juntos contra los engendros.

En ese instante, la vela sobre la mesa se apagó con un chasquido, dejando escapar un humo blanco en la oscuridad.

"Se acerca una noche más larga que ninguna otra.

Las llamas azules que devoraban con fiereza recordaban a los engendros tras la muralla, aunque no eran lo mismo.

"¿Alianza? "

Repitió Usolin con sorna, soltando después una carcajada seca.

"¿Acaso ese recién ascendido ducado del norte se atreve a proponernos una alianza?"

El tono denotaba orgullo herido, pero teniendo en cuenta que estaban en tierras de Tildeon, resultaba groserísimo. Los caballeros de Tildeon, indignados, llevaron las manos al cinto como si fuesen a lanzarse contra Usolin, pero un gesto de Evernight los contuvo.

"Solo he hecho una propuesta. Aceptarla o no es decisión de ustedes."

Evernight pasó un dedo con calma por la superficie de la mesa. Sus ojos relucían con filo en la penumbra, sin rastro de ira. Había guardado silencio gran parte de la reunión y ahora, sin mostrar apego, se puso en pie.

"Pero si aceptan la alianza, les enseñaré cómo derrotar a los Duroc".

La fría naturalidad de esas palabras detuvo en seco a Usolin, que ya abandonaba la sala, y también a Kanon y a Bluea, que estaban a punto de levantarse.

"¿…A los Duroc, dice?"

Pocos conocían a los Duroc. Tras el fin de la Tercera Era habían desaparecido, y salvo los norteños, que habían combatido engendros durante siglos, para el resto no eran más que una leyenda: caballeros sin cabeza que inspiraban miedo en los cuentos. Pero por el rostro pálido de los duques, era evidente que conocían la verdad.

"¿Acaso creen que esas criaturas no llegarán a sus dominios?"

Evernight mostró una sonrisa torcida. La ceguera de la nobleza siempre le parecía absurda.

"¿Quiere decir que hay un modo de acabar con ellos? "

Preguntó Kanon, con el semblante rígido, reteniendo a Evernight.

Este hombre, aunque de origen plebeyo, había ganado el título de duque al decapitar a un Duroc y combatir engendros más allá de la muralla. No era de los que mentían para agitar masas. Kanon lo intuía: había momentos en que debía juzgarse por instinto y no por razón.

"Eso lo hablaremos cuando llegue el momento."

Evernight sonrió apenas, dando por terminada la conversación. No soltó más pistas. No era solo un espadachín formidable, sino un estratega. Los duques, entonces, comprendieron que habían mordido el anzuelo y se habían dejado arrastrar por él. Pero ya era tarde: el anzuelo estaba demasiado clavado en sus gargantas como para librarse.

---

"Comandante, ¿cree que de verdad considerarán la alianza?

Tras la reunión, los duques, incluido Usolin, se marcharon sin decir más palabra, sus pasos resonando con furia por el pasillo hasta desvanecerse al fondo.

"Cuando llegue la hora, lo entenderán. Forzarlos solo despertaría su resistencia."

Evernight miró en torno a la sala vacía. Pese a la hora tardía, la vista de Tildeon desde las ventanas parecía insólitamente viva. En el patio de armas resonaban los gritos de los soldados entrenando; en la calle de los herreros, el humo no cesaba de brotar; en el interior, sirvientes iban y venían preparando comidas y atendiendo la fortaleza.

Todos parecían resueltos, incluso animados, como si no aguardaran una guerra inminente. Quizás la razón era…

"Cuando los engendros se desaten, se verán obligados a venir a nosotros. El mineral de Sildor solo existe en Tildeon."

Sí, era por una sola razón: el señor de Tildeon. Él era quien mantenía a todos unidos.

"La cuestión es si se atreverán a ponerse de nuestro lado aun enfrentándose al Emperador."

La voz de Riario sonaba cansada. Los pliegues de su túnica estaban rasgados en varios lugares, y los puños estaban manchados de sangre de bestias o de tinta negra.

“Cuando uno se da cuenta de que para sobrevivir la lealtad y el honor no sirven de nada, enfrentarse incluso al emperador es solo cuestión de tiempo.”

Y Duroc era precisamente la clase de existencia que podía forzar a los duques a llegar a esa conclusión.

“Pero, mago, parece que la tarea de desmantelar el pendiente rojo no está siendo nada fácil.”

Karen preguntó con la preocupación pintada en los ojos. Estaba tan ocupado intercambiando cartas con los vasallos de Tildeon que no podía ayudar a Riario como solía hacerlo.

“Bueno, aunque requiere bastante trabajo… ahora tengo un nuevo asistente, así que se soporta.”

Riario se encogió de hombros. Con “asistente” seguramente se refería a Ronan. Al recordar al muchacho que, con el rostro ilusionado, había gritado que quería servir a Tildeon, Anya no pudo evitar cubrirse la boca y soltar una risita. Algún día debería presentárselos al señor Evernight. Seguro que se sorprendería bastante…

“……”

Perdido en sus pensamientos, Anya abrió los ojos de golpe al darse cuenta de que todos lo estaban mirando. Rápidamente borró la sonrisa y enderezó la postura, pero no logró evitar que la punta de sus orejas se tiñera de rojo.

‘Entre estos hombres sombríos parece un conejo aún sin mancha.’

Pensó Riario, que tuvo que llevarse la mano a los labios para contener la risa.

“De hecho…”

Sí, de hecho, el escozor en el perfil de su rostro confirmaba que Evernight lo estaba fulminando de reojo. Fingiendo no notar la mirada torcida, Riario carraspeó un par de veces.

“…En relación al pendiente rojo, pensaba ir a ver a Su Alteza. Más tarde lo llamaré a mi laboratorio subterráneo, no se sorprenda.”

“¡N-no, no pasa nada! ¡Llámeme cuando quiera!”

Anya respondió con voz fuerte, como si hubiera escuchado una petición absurda. La sala de reuniones era fría y desolada, y por eso su voz retumbó varias veces, rebotando como un eco. Al final, Riario no pudo contenerse y soltó una risita; después, los demás caballeros también acabaron tapándose la boca y riendo a carcajadas.

“¿P-por qué… se ríen tanto?”

El rostro de Anya, avergonzado, ya no estaba rojo solo en las orejas sino hasta el cuello. Finalmente Evernight golpeó con nerviosismo la pata de la mesa, y solo entonces las risas se calmaron.

“Por cierto, ¿desde cuándo Su Alteza habla tan bien? Me quedé asombrado al verlo dirigirse con tanta autoridad a los duques. Ya no tartamudea en absoluto… digo, no quería ofender, solo… me refiero a que ya no tartamudea.”

Siswu, que seguía emocionado hasta con los ojos húmedos, se calló de golpe al notar que sus palabras podían sonar indiscretas.

“Ah, eso… Cuando fui a buscar al señor Evernight pensé que no debía revelar mi identidad… así que lo practiqué. Y también anoche estuve practicando mucho.”

Al decirlo, la vergüenza y el arrepentimiento lo golpearon. Tal vez, si hubiera hecho ese esfuerzo antes, habría superado su tartamudez en parte. Quizá había sido demasiado conformista hasta ahora. La verdad, todavía tartamudeaba si se distraía o se ponía nervioso.

“Admirable, Su Alteza.”

Siswu exclamó con sincera admiración, avanzando con los brazos abiertos como si fuera a abrazarlo. El halago le hizo arder la cara de pura vergüenza. Mientras los demás caballeros, con sonrisas maliciosas, lanzaban comentarios jocosos, Anya se vio rodeado en medio de ellos.

“Ya basta, fuera todos.”

Si no fuera por la fría orden de Evernight echándolos, quizá Anya se habría desmayado de pura vergüenza allí mismo.

***

El tiempo pasó. Algún día, en una posada sin nombre del este.

Unos hombres entraron luchando contra el viento y se desplomaron en las sillas. La puerta de la entrada chirriaba sin parar porque una bisagra estaba rota.

“¿Había hecho alguna vez un invierno tan frío?”

Uno de ellos, apenas sentado, se quitó la nieve del sombrero y suspiró, dejando escapar un vaho blanco.

“Depende de dónde venga, para hablar del invierno. Aquí la nieve lleva ya bastante tiempo.”

El posadero, que les sirvió vino caliente, entrecerró un ojo y preguntó. Aquel invierno era especialmente duro para todos.

“Venimos de la región de Runfield.”

“¿Runfield? ¿O sea que vienen del sur? De esas malditas y vastas tierras de cultivo, ¿no?”

El hombre asintió. Por su aspecto y el de sus compañeros, no parecían simples campesinos. Aunque sus ropas eran modestas, llevaban armaduras ligeras y espadas al cinto. A primera vista se notaba que habían huido hasta allí escapando de algún ataque.

“Maldita sea. Parece que los monstruos han llegado hasta Runfield.”

El posadero, comprendiendo al fin la situación, asintió y se retiró para atender más pedidos. En ese momento, un hombre en la mesa contigua, tambaleándose y con la nariz roja de tanto beber, les habló.

“Dicen que pronto llegará la Noche Eterna. Ni siquiera Runfield podrá librarse de ella.”

El hombre soltó una risa extraña y comenzó a cantar: La raza de ojos azules trajo la noche eterna. Cuando el muro caiga, el día desaparecerá y la noche gobernará el mundo.

La melodía era desafinada y la letra improvisada, pero nadie podía ignorarla, pues no estaba equivocado.

“¿Y el señor feudal de Forerium, en el este? ¿No ha respondido aún a las órdenes de Su Majestad el Emperador?”

Uno de los hombres preguntó al posadero, dejando a un lado el plato de gachas frente a sí. El posadero soltó una carcajada mostrando sus dientes incompletos.

“¿Cómo voy a saberlo yo? Nosotros, la gente común, solo podemos contener la respiración y esperar. Sea que el ejército imperial marche contra Tildeon, o que el señor de Tildeon sea descendiente de los Andarlianos, nada de eso nos incumbe. Ustedes tampoco deberían preocuparse de eso, sino esconderse antes de que la noche se haga más profunda. ¿No fue para eso que huyeron de Runfield?”

Lo que no sabían es que Forerium ya hacía mucho se había convertido en un nido de monstruos…

Antes de que los hombres pudieran responder, los ojos del posadero parpadearon y se iluminaron con un destello azul. Acto seguido, el sonido desgarrador de alguien devorando carne y los gritos ensangrentados de los viajeros llenaron la posada.

---

Una ráfaga de viento helado azotó, agitando sin control el cabello claro de Anya. La ventisca crecía con tal fuerza que apenas podía distinguirse el camino. Aun así, Anya cubrió como pudo su nariz y boca con la bufanda y siguió avanzando.

“¡Señor!”

Una voz angustiada lo llamó desde atrás. Anya levantó la mano y la agitó de un lado a otro para indicar que estaba bien.

“¡Entre usted! ¡Yo revisaré la muralla!”

“¡Hoy no es un buen día para hacerlo!”

Joel, quien lo acompañaba como asistente, se asomó gritando con todas sus fuerzas. Pero Anya se limitó a responderle con una sonrisa firme.

“Joel, te encargo el resto.”

Incapaz de desobedecer a su superior, Joel dio un paso atrás, aunque repitió una y otra vez sus advertencias hasta que la puerta del edificio se cerró con estrépito. Sin titubear, Anya prosiguió su camino.

Había pasado un año desde que la expedición fracasara y los duques se retiraran. En ese tiempo, el Imperio había cambiado mucho.

Los ataques de los monstruos habían traspasado el norte, apoderándose incluso de todo el este, y recientemente se oía que el castillo de Runfield había sufrido un gran incendio. El príncipe Chloe seguía desaparecido y la presión del Emperador crecía cada día más.

Algunos señores, que hasta entonces habían guardado silencio, se unieron con rapidez cuando Ramus de Forerium, ya devastado, propuso una alianza secreta con Tildeon. Así, un ejército unido empezó a formarse bajo el liderazgo de Tildeon, que resistía con firmeza en medio de la convulsa situación.

“…Definitivamente se ha debilitado.”

Esa era la razón por la que Anya se encontraba en Northmost.

Al llegar a los pies de la muralla, exhaló un vaho blanco y levantó la vista hacia el coloso de piedra. De ella emanaba un frío tan intenso que parecía cortar la piel. Con un resoplido, Anya examinó primero los artefactos mágicos incrustados en la pared.

Por desgracia, no era una impresión: el poder que protegía la barrera mágica se debilitaba con rapidez. Apoyó sus manos sobre la superficie helada y dejó fluir un poco de su propia energía. Era un remedio temporal, pero de no hacerlo, la muralla se habría deteriorado aún más rápido. Luego, siguiendo lo aprendido de Riario, reemplazó las gemas de luz que estaban a punto de extinguirse.

Ese se había convertido en el deber de Anya durante el último año.

«No.»

Evernight había rechazado con firmeza la propuesta de enviar a Anya como guardián de la muralla de Northmost. Su voz tajante no dejaba margen de negociación.

«Comandante, lo sé. No es fácil decidir enviar a Su Alteza allí solo. Pero aparte de mí, solo él puede manejar la magia.»

Riario, con un gesto de frustración, se pasó la mano por el cabello con rudeza e intervino para detenerlo. Habían recibido informes de que la muralla comenzaba a desmoronarse poco a poco, y todos comprendían claramente que alguien debía resistir allí el mayor tiempo posible.

«Y además, la afinidad mágica de Su Alteza es precisamente la purificación. No hay atributo más necesario para la muralla en este momento que la purificación.»

Tal como se había sospechado desde hacía tiempo, la magia de Anya era efectivamente la de purificación. Entre la maraña de incontables atributos mágicos, la purificación era la que más contrarrestaba la energía de los monstruos.

«Ciertamente, durante un tiempo el poder de Su Alteza será de gran ayuda para resguardar la muralla. Si la muralla cae antes de que el Emperador mismo actúe, lo habremos perdido todo.»

Karen también agregó con cautela su opinión. Sin embargo, Evernight no decía palabra alguna desde hacía rato. Solo fruncía el ceño, mirando por la ventana el cielo invernal cargado de nubes negras. Parecía irritado, con el ánimo torcido, y finalmente de los labios de Riario se escaparon palabras punzantes.

«¿Desde cuándo le ha importado tanto la seguridad de Su Alteza como para ponerse así?»

«¡Cállate!»

¡Bang! Evernight golpeó la mesa con furia, dando fin a la conversación. Sin más opción, tuvieron que abandonar la biblioteca. Así se rompieron varias veces las negociaciones.

Pero, a medida que pasaba el tiempo, la furia de los monstruos alcanzó su punto álgido, y el norte tampoco pudo escapar de ese cambio implacable. Durante un tiempo, Riario viajó en lugar de Anya a Northmost, pero con las tropas debilitadas, Evernight ya no pudo postergar más la decisión.

«Señor, estoy bien.»

En la víspera de su partida hacia Northmost, Anya se mostraba más digno que nunca. En él ya no quedaba ni un rastro del príncipe a medias que había sido antes. Y quien lo sabía mejor que nadie era Evernight.

Aun así, la idea del «y si…», del «en caso de que…» lo devoraba por dentro.

«Con un tercio de las tropas de Tildeon escoltándole, basta ya de preocuparse.»

Riario, visiblemente disgustado, murmuró con fastidio. Anya, algo incómodo, se rascó la mejilla y golpeó el suelo con la punta del pie. Que el mismísimo comandante estuviera preocupado por él… vaya disparate.

«Aquí tiene artefactos mágicos de repuesto. Su Alteza, le ruego que se cuide. ¿Cree que yo estoy tranquilo?»

«Sí. No se preocupe.»

Anya respondió con una leve sonrisa y guardó en silencio los objetos y provisiones que le entregaba Riario. Una vez casi todo estuvo listo, se detuvo a contemplar uno por uno a los que lo rodeaban.

Se había negado una y otra vez a llevar tanta gente consigo, pero Evernight se empeñó en asignarle aquel enorme contingente. Incluso ordenó a Siswu que viajara regularmente hacia Northmost para mantener comunicación.

«Es sobreprotección, pura sobreprotección.»

Anya también asintió con una pequeña sonrisa. Parecía que Evernight aún dudaba de sus capacidades.

No había remedio. Anya esbozó una sonrisa amarga y aferró con fuerza las riendas de su caballo. Aunque aquellos caballeros eran sus camaradas de guerra, él seguía sintiéndose poco más que un aprendiz.

«Entonces, me voy.»

La mirada de Anya se encontró por un instante con la de Evernight. Ese invierno había sido especialmente largo y cruel, pero aquel hombre erguido sobre la tierra árida del frío no parecía alguien que pudiera quebrarse o derrumbarse fácilmente. En un rincón de su corazón, Anya siempre albergaba esa inexplicable fe en él.

Pero… ¿por qué…?

¿Por qué fruncía así el ceño, con tanto dolor?

«Vamos, alteza.»

Sin atreverse a preguntar el motivo, Anya emprendió el viaje hacia Northmost.

***

La misión ya llevaba nada menos que más de seis meses en curso.

Las cuentas negras, completamente agotadas, caían una tras otra sobre la nieve bajo sus manos hábiles. Una, dos, tres… y a medida que pasaba el tiempo, ese número no dejaba de crecer. Anya sacó otra cuenta de cristal de la alforja de cuero que llevaba y le insufló magia. Riario le había explicado que, gracias a que su atributo mágico era la purificación, el antiguo hechizo que protegía la barrera todavía resistía.

'Eso significa que, si llega un día en que ya no pueda resistir más, la barrera se derrumbará.'

Una vez más, Anya se sujetó con fuerza el gorro de piel para que no se lo llevara el viento helado y siguió con su tarea.

'Deja de pensar tonterías y haz lo mejor que puedas mientras te sea posible.'

Aunque ya comenzaba a perder la sensibilidad en los nudillos bajo los guantes, no podía detenerse.

Después de revisar la barrera hasta la salida del pueblo de Northmost, de pronto levantó la cabeza al escuchar el graznido de un ave mensajera que surcaba el cielo. A pesar de los vendavales, el halcón de ojos dorados volaba recto hacia él.

Entonces, el rostro pálido de Anya, exhausto por insuflar magia, comenzó a teñirse de un rubor vivo.

"¡Ah, espera un momento…!”

De prisa recogió sus cosas esparcidas en el suelo y corrió tras el halcón, que parecía llamarlo a seguirlo. El hecho de que el ave hubiera llegado significaba que él estaba en Northmost.

Sus zancadas sobre la nieve se volvieron cada vez más frenéticas. Tan apresurado iba que ni siquiera notó cuando la bufanda salió volando con el viento. Solo cuando alzó la mano para atraparla, ya se había perdido en la distancia.

Y en ese instante…

"S-señor Evernight.”

Una sombra enorme lo envolvió por detrás y lo abrazó de improviso. No necesitaba volverse para saber quién era. El olor familiar de aquel hombre se mezclaba con el frío aroma del invierno. Al sentir el ardiente aliento del caballero descender sobre su nuca, la mano de Anya cayó sin fuerzas.

"¿Por qué no estaba dentro de la mansión…? ¿Qué hace aquí afuera?”

Evernight no respondió. En cambio, entrelazó sus grandes y gruesos dedos con los de Anya. Aunque sus manos estaban heladas por haber manipulado los artefactos mágicos al aire libre, aquel repentino calor le recorrió los nervios y le hizo estremecerse.

"Entremos.”

No supo cuánto tiempo permanecieron así, pero finalmente Evernight lo envolvió bajo su capa y echó a andar. Anya, dejándose llevar por el calor repentino, se acurrucó más contra su pecho y lo miró hacia arriba.

'……'

Como siempre, en el semblante de Evernight no se reflejaba emoción alguna. Y no hacía falta preguntarse por qué, ni sentir curiosidad. Anya tampoco dijo más, respondiendo solo con el gesto de pegarse aún más a él.

Tras mudarse temporalmente a Northmost, Evernight lo visitaba cada mes en lugar de Siswu.

Y cuando llegaba, ambos se unían en silencio. A la mañana siguiente, Anya abría los ojos sobre un lecho ya frío: Evernight había partido de nuevo hacia Tildeon.

Los soldados sabían apartarse cada vez que llegaba el lord. Encerrado casi en su abrazo, Anya entró con él en la casa y se estremeció al escuchar la puerta cerrarse de golpe a su espalda.

La mano grande del hombre le quitó suavemente el bonete* cubierto de copos de nieve. Entonces, los mechones claros que había dejado crecer le cayeron ordenados sobre los hombros. (Similar a un gorro*)

"Mi lord… ¿fue tranquilo el camino hasta aquí?”

Evitando mirarlo directamente, Anya bajó la vista hacia el bonete caído en el suelo y murmuró. Su rostro, antes medio oculto por la prenda, se había encendido de rubor con el cambio repentino de temperatura.

"…Sí.”

Aparte del ulular del viento que se filtraba por las tablas de madera, solo el crepitar de la chimenea llenaba el silencio entre ambos.

"P-puedo preparar algo de beber.”

"No hace falta.”

Cuando intentó marchar apresurado hacia la cocina, Evernight lo sujetó.

"Me iré pronto.”

Aún emanaba de él el frío propio de alguien que había recorrido un largo camino. Ah… Entonces hoy no se quedará a pasar la noche. Ya hacía poco que había recibido noticias de que Tildeon andaba atareada con la reorganización del ejército aliado.

"E, entonces… ¿vamos a la habitación?”

Anya alzó cauteloso sus ojos desorbitados para encontrarse con la mirada de Evernight. Entre sus labios se escapaban resuellos entrecortados. En vez de responder, Evernight inclinó su corpulento torso y le robó un beso en silencio.

"……"

Su dedo rozó el labio inferior de Anya y, al abrirse este instintivamente, Evernight hundió la cabeza y se adentró con avidez. La lengua del hombre recorrió con insistencia cada rincón de la boca tierna.

"Ha…”

Anya, excitado de forma instintiva, apretó fuerte la tela de sus ropas. Y al mover su propia lengua en respuesta, el crepitar de la chimenea se desvaneció, sustituido por el sonido húmedo y pegajoso de la carne al chocar, llenando la casa en silencio.

Pronto, aquel beso explorador y pausado se transformó en uno voraz.

"E-en la habitación, mi s-señor… ah.”

Las manos de Evernight, que se colaban bruscamente bajo la ropa, revelaban una impaciencia febril. Levantó a Anya y lo sentó sobre la mesa, presionándolo con vehemencia.

"Quítate la ropa, Anya.”

Evernight lo dijo entre dientes, respirando agitadamente, casi como si gruñera desde el fondo de la garganta. Después de todo, en Northmost no había nadie más que Anya y los soldados, y estos habían partido bajo las órdenes de Evernight.

Anya miró de reojo el crepúsculo que se filtraba por la ventana y, lentamente, se quitó el abrigo, dejando caer una a una las capas de ropa.

"……"

Aunque lo ordenaba con voz dura, en sus ojos brillaba una lujuria innegable. Anya podía sentir con claridad cuánto lo deseaba.

Ya no había pendientes rojos entre ellos, pero Evernight seguía queriéndolo, deseándolo. Y Anya, a su vez, aceptaba entrelazarse con él. Nunca lo había razonado a fondo, ni quería hacerlo.

Parecía que para Evernight también era igual. Ambos habían dado un consentimiento tácito. Era como esos amantes que, sabiendo que la batalla del día siguiente podría ser la última, aún así compartían la noche.

No eran exactamente amantes… pero Anya se convenció de que esas extrañas y ominosas señales eran las que lo habían llevado hasta aquí.

Las prendas fueron cayendo al suelo hasta que Anya quedó completamente desnudo. Al levantar la vista, Evernight maldijo en voz baja y le mordió la nuca como si lo devorara. Inhaló profundamente, excitado como una bestia al percibir el aroma de su presa.

"Ah, ah… despacio, mi señor. Despacio…”

Anya dejó escapar un gemido bajo mientras intentaba contenerlo, pero Evernight continuó besando su cuello, su pecho, su vientre plano, dejando un rastro ardiente.

"Date la vuelta.”

Arrodillado frente a él, Evernight le giró las caderas de un tirón. De repente, Anya quedó con el trasero expuesto ante su rostro, y sus orejas ardieron de vergüenza.

"Boca abajo, Anya.”

La fuerza en sus caderas lo obligó a apoyarse sobre la mesa, sacando aún más su trasero. La respiración húmeda sobre su piel le erizó la piel. Aunque ya habían compartido cama varias veces, nunca en esa posición: la vergüenza lo desbordó.

"Mi señor, e-esto es demasiado…”

"¿Demasiado explícito? Si no lo libero, te retorcerás toda la noche.”

Antes de que pudiera detenerlo, unas manos ásperas abrieron las suaves colinas de su trasero, y algo cálido y húmedo lo rozó. No eran los dedos rígidos de siempre.

"¡Ah!”

Los ojos de Anya se abrieron de shock. La sensación blanda y ardiente hizo que sus dedos de los pies se encogieran.

"Haah, n-no… ¡basta!”

Negaba con fuerza, el rubor encendiendo su cuerpo desnudo. Pero Evernight, hundiendo el rostro entre su carne, hizo sonar ruidos húmedos y descarnados.

El impacto era tan intenso que los brazos de Anya, apoyados en la mesa, flaquearon hasta derrumbarlo.

"¡Ahh!”

Al poco tiempo, una liberación abrumadora lo hizo cerrar los ojos con fuerza. Evernight, arrodillado tras él, se incorporó limpiándose la boca con la manga. Su mirada ardiente se posó en el cuerpo tembloroso de Anya, y su mano recorrió la espalda hasta detenerse en las nalgas enrojecidas. No pudo contener un gemido bajo.

Sin previo aviso, se recostó sobre él y lo penetró con fuerza desde atrás. La mesa chirrió con lamentos agudos.

"Mírame, Anya.”

Al girar lentamente el rostro, Evernight lo besó de inmediato. El frío ya no existía; entre sus pieles solo quedaba un calor pegajoso y sofocante.

Aun besándolo sin pausa, Evernight no detenía sus embestidas. Cada vez que su miembro presionaba dentro de Anya, un sollozo se escapaba de sus labios.

"Ha… hhng… ¡ah!”

Su cuerpo temblaba, ajeno a su control, mientras mordía sus labios para contener el gemido.

"Saca la voz, Anya. Aquí no hay ni una rata que nos oiga.”

Evernight lamió sus lágrimas mientras le susurraba. Afuera, la ventisca cedía y el sol poniente teñía sus cuerpos desnudos. Anya cerró los ojos, entregándose por completo.

“Puedes rechazarme.”

Entonces, entre besos dulces y amargos, le pareció escuchar como un eco aquella primera vez, meses atrás, cuando el hombre le hizo su propuesta.

“Puedes empujarme si quieres, Anya.”

Evernight lo había dicho con rostro sereno, pero Anya no pudo rechazarlo. Tal vez porque una inquietud constante lo corroía día tras día: la idea de que ese momento podía ser el último. Y cada vez que esa duda lo invadía, el calor de la piel de Evernight le hacía sentir que todo estaba bien.

“Yo también lo deseo, mi lord.”

Y así, como amantes que se unían con desesperación antes de partir a una larga guerra, se entregaron el uno al otro una y otra vez, enredados en un frenesí que duró hasta el amanecer.

---

Evernight, reclinado en una silla, observaba en silencio a su pareja dormida en el suelo. Anya, con el rostro enrojecido de tanto llorar, estaba envuelto en su manto de marta negra.

"Mmm…

Anya se acurrucó más bajo la capa, emitiendo un leve sonido. Evernight echó más leña al fuego de la chimenea y miró a su alrededor. La mansión donde Anya y los soldados se hospedaban había sido remodelada a prisa; aun así, no era tan lujosa ni cómoda como Tildeon.

«Comandante, se ha acordado enviar refuerzos a Forerium. ¿Irá usted al frente en persona?»

Tal vez no podría volver allí el próximo mes. Forerium, devastado por los ataques de los monstruos, había elegido ponerse de su lado en lugar de apoyar al Emperador.

«Yo mismo estaré al mando.»

«Pero, señor…»

Si el propio señor de Tildeon lideraba y lograba la victoria contra los monstruos en Forerium, no solo recuperaría la confianza de los señores indecisos, sino que fortalecería la base de la alianza.

«Sí. Si usted marcha al frente, la frágil coalición de nuestros aliados se volverá mucho más firme.»

Por eso, tanto Riario como los demás caballeros no tuvieron más remedio que aceptar su decisión.

“……”

¿Realmente lo había arrollado tanto aquella noche solo por la inminente expedición? Evernight se permitió una sonrisa amarga al pensarlo.

Toc, toc.

"Mi lord, ya está todo listo para la partida."

El golpe en la puerta interrumpió la calma. El cielo del amanecer, de un azul límpido, iba extendiéndose sobre las montañas. Era la hora. Evernight se levantó, tomó su espada y la colgó en la cintura. El colgante familiar que pendía de la vaina tintineó en el aire.

Un amuleto que simbolizaba la súplica de un amante que desea con todo su corazón el regreso vivo del guerrero.

Eso decían.

Evernight jugueteó un momento con los hilos de plata que brillaban en la penumbra matinal y luego salió sin más demora.

"¿Y la señora?"

Preguntó un soldado.

"Déjenlo dormir."

Evernight dio la orden breve y montó en su corcel. Sin volver la vista atrás, espoleó la cabalgadura con fuerza.

Ese día, excepcionalmente, el cielo estaba despejado. La cama era dura, pero cálida y acogedora, como los brazos de alguien. Quizá por el sudor agotador de la víspera. El olor familiar impregnaba todo; sin duda, el aroma de Evernight. El sopor lo envolvía y a Anya le costaba abrir los ojos.

"¡Rápido, muévanlo aquí!"

"¡Cuidado, no lo inclinen!"

Las voces agitadas de los soldados lo hicieron despertar. El sopor que sentía resultó ser, comprendió tarde, el rastro de la pasión de la noche anterior. No había dormido en la cama habitual: la chimenea seguía ardiendo ante él. El manto de Evernight se deslizó por sus hombros.

"…Mi lord."

Anya miró alrededor con ansiedad, como un polluelo buscando a su madre. Solo el vacío lo recibió. Sí, se había marchado. Cerrando la mano con cierta tristeza, se levantó y se vistió.

"¡Señor!"

Al salir, Joel lo saludó con alegría.

"¿Qué significa todo esto?"

Decenas de soldados cargaban pesados sacos y cajas. Perplejo, Anya pidió una explicación.

"El lord lo trajo con él: provisiones de invierno, artefactos mágicos, alimentos… y otras cosas."

"¿Sir Evernight?"

El gesto de Anya se volvió extraño, y Joel agitó las manos nervioso.

"Parece que el lord lo aprecia muchísimo, señor…"

Tal vez no era la mejor manera de decirlo. Joel se quedó callado, midiendo la reacción de Anya. Este suspiró suavemente, se arremangó y empezó a ayudar a los soldados.

"¡Señor, no tiene por qué hacerlo!"

Los soldados se alarmaron, intentando detenerlo. Pero sus palabras revelaban algo: todos sabían que, cada vez que Evernight venía, pasaban la noche juntos.

"Debería descansar. Nosotros nos encargaremos."

Era cierto: siempre que Evernight partía, Anya aparecía al día siguiente con un andar algo extraño. Pero esa mañana, gracias a que Evernight lo había liberado con tanta calma y persistencia, no estaba tan mal. Aunque la cintura le dolía, porque la noche anterior no solo Evernight había perdido la razón: también él se había entregado por completo.

Sonrojado, Anya ayudó a almacenar las abundantes provisiones: comida suficiente para alimentar a decenas de personas, toda de la más alta calidad.

"Joel, asegúrate de registrar las nuevas armas y equipos de invierno. Pronto los suministros serán cruciales."

Organizando víveres y pertrechos, Anya lo instruyó con firmeza. En la guerra, asegurar las rutas de abastecimiento era lo más importante. Se decía que las llanuras del sur habían quedado arrasadas por los monstruos; la hambruna no tardaría en llegar.

'¿Le irá bien, mi lord?'

Ese día, con el cielo despejado, Anya levantó la vista y pensó en Evernight.

***

El acero de un filo con un resplandor azulado segó sin piedad la cabeza de un monstruo.

“¡Ghhrrrk, kkhhh!”

Las cabezas pútridas de los monstruos rodaban por el suelo hasta caer a los pies de los soldados que seguían a Evernight. Los ojos desorbitados giraban de lado, mirando fijamente a los soldados. Por un instante, los jóvenes reclutas retrocedieron con miedo, pero fue solo un segundo. Gracias al poder del mineral de Sildor, las cabezas comenzaron a deshacerse en polvo, sin necesidad de ser quemadas.

¡Uoooooh!

Eso avivó sin medida el ánimo de los soldados de Tildeon. Levantaron lanzas y espadas hacia la fortaleza de Forerium, sumida en la penumbra, y cargaron hacia adelante. Al mismo tiempo, desde lo alto de la muralla derruida, las hordas de monstruos abrieron sus fauces y lanzaron un rugido ensordecedor.

Pero cuando los monstruos que trepaban por las murallas empezaron a descender apresuradamente, los soldados atrapados dentro de Forerium estallaron en vítores.

“¡Son los hombres de Tildeon! ¡Los refuerzos han llegado!”

Aquellos que solo esperaban resignados la muerte, lloraban y se abrazaban como si hubieran presenciado un milagro. Los soldados de Forerium empuñaron nuevamente sus armas y, como respuesta a las trompas de guerra de los refuerzos, se lanzaron contra los monstruos que aún trepaban las murallas.

La batalla contra las bestias terminó al caer la tarde, cuando las sombras se adueñaban del campo.

“¡Hemos vencido! ¡Ganamos!”

Cuando el último monstruo fue aplastado por un hombre alto, un soldado se dejó caer al suelo gritando vivas. Sobre la tierra teñida de rojo empezaron a caer unos copos de nieve.

El canto de la victoria surgió en varios rincones, pero pronto se transformó en un débil sollozo. Celebrar sin más era imposible: sus tierras, donde habían vivido toda la vida, estaban arrasadas más allá de toda reparación.

“Mi lord, lo acompañaremos al interior del castillo.”

Un caballero de Forerium corrió hacia Evernight para rendirle honores. La armadura que llevaba, destrozada en varias partes, estaba cubierta de manchas de sangre azul de monstruo.

“Reúnan los cuerpos y quémelos junto con los de las bestias.”

Evernight limpió la sangre viscosa de su espada en el borde de su manto y dio la orden con frialdad.

“¿Junto… con los monstruos?”

El caballero frunció el ceño ante la idea, pero Evernight lo dejó atrás y siguió caminando hacia el interior del castillo. Los cuerpos de los soldados, que habían luchado con todo hasta morir con honor, serían incinerados junto con los monstruos. Era una realidad amarga e indigna, pero era la orden del duque de Tildeon, el mayor conocedor de esas criaturas en todo el Imperio.

Forerium, antaño un bastión radiante, llevaba mucho tiempo reducido a un pálido gris. El frío cortante del invierno se colaba por todas partes, y las enormes tapicerías que contaban la historia de la casa estaban desgarradas, usadas ahora como mantas por los refugiados.

“¡El duque Evernight!”

“¡Vivas, vivas!”

A cada paso de Evernight, los refugiados inclinaban la cabeza para darle la bienvenida. Tras tanto tiempo encerrados, soportando los aullidos de las bestias, sus cuerpos estaban tan demacrados y sucios que parecían crías monstruosas más que seres humanos.

“Lord Evernight.”

En el gran salón, donde aún entraba un poco de luz, había una cama al fondo. Por el ambiente lúgubre, parecía más un ataúd. Los caballeros allí presentes se arrodillaron solemnemente al verlo.

“Mi señor, el duque Evernight ha llegado.”

Al escuchar el susurro, una mano llena de manchas de vejez se asomó temblorosa desde la cama. Con ayuda de un caballero, el señor de Forerium trató de incorporarse. Su cabello, ahora completamente blanco, caía largo y desordenado, cubriéndole el rostro. Apenas pudo dar un paso con sus piernas huesudas y vacilantes.

“¿El… el duque Evernight? ¿Por fin ha llegado?”

Del antaño sabio y digno Rohan Ramus, señor de Forerium, no quedaba ni rastro.

“Sí, mi lord. El ejército que él dirige ha derrotado a los monstruos.”

El caballero habló con voz temblorosa. Ramus soltó una risa áspera, como de bufón desquiciado, alzando sus labios resecos. El gesto hizo que los ojos de Evernight se ensombrecieran.

“Duque… ya no volverán, ¿verdad? Ellos ya no volverán a atacarnos… ¿cierto?”

Al intentar bajar apresuradamente de la cama, Ramus tropezó con sus propios pies y cayó estrepitosamente al suelo.

"¡Señor! "

Gritaron los caballeros mientras corrían a levantarlo.

Pero Ramus los apartó y, casi a cuatro patas, se arrastró hasta Evernight, aferrándose al dobladillo de sus pantalones.

"M-mi señor… dígame que sí, dígalo, ¡se lo ruego!"

Finalmente, exhausto, Ramus se desplomó a los pies de Evernight, sollozando.

"¡Comandante! "

Gritaron, justo cuando los soldados de Tildeon irrumpieron en el salón de banquetes.

Al ver la escena, se detuvieron en seco. Les pareció oír un réquiem lejano, como un eco extraño en el aire.

"Esto no es más que el comienzo"

Dijo Evernight, inclinándose para mirar a Ramus a los ojos.

En su rostro imperturbable aún flotaba el presagio de la guerra, y el señor de Forerium tembló de manera convulsiva.

"¿E-el comienzo…? ¿Quiere decir que esto no ha terminado?"

Los monstruos no se limitaban a arrebatar lo visible y lo tangible. Lo aterrador de ellos era que incluso a los sobrevivientes los empujaban a la locura. Morir lentamente en vida, devorado a jirones durante toda una existencia… ¿no sería esa la tortura más cruel?

Aun así, el estado del señor de Forerium era particularmente grave. Quizás, después de todo, reunir tropas sería más fácil de lo previsto.

"Sir Ramus."

Al escuchar la voz baja de Evernight, acompañada de un soplo blanco en el aire helado, Ramus alzó la cabeza como si hubiera estado esperando ese instante. Se aferró desesperadamente a la mano del hombre.

"¡Duque de Tildeon…! Nosotros… lo proclamaremos rey del Norte."

Así que, por favor… sálvenos.


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