Capítulo 18: La Biblioteca Mundial

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Blun, una ciudad portuaria de gran tamaño, estaba situada frente al mar occidental del Imperio. A diferencia del mar oriental, llamado el “Estrecho Silencioso”, el mar occidental, conocido como Adria, era llamado por los marineros el “Estrecho Furioso”, pues estaba salpicado de miles de islas grandes y pequeñas, y era famoso desde la antigüedad por sus olas violentas y rutas marítimas peligrosas.

Como siempre ocurre en el mundo, los desposeídos solo podían elegir resistir. El mar oriental estaba conectado con las tierras de los elfos; las fértiles y ricas tierras del sur pertenecían a nobles o enanos; y el mar del norte estaba más allá de la gran muralla. Así, los campesinos sin poder decidieron asentarse en las duras costas del oeste y sobrevivir como podían.

En las islas, se reunieron personas de todas partes que habían abandonado su tierra natal incapaces de soportar el peso de la vida. Con el paso de los años, surgió la necesidad de una gran alianza que los uniera. Así nació el “Pacto de las Islas”. Siguiendo este pacto, la gente de decenas de islas dispersas se reunió en el punto de partida de las rutas marítimas, formando una ciudad. Así tuvo origen Blun, la ciudad portuaria.

“…Eso es lo que dice.”

Anya leyó en voz baja, con los ojos brillantes, la lápida cubierta de musgo que narraba con detalle el proceso de fundación de la ciudad hacía siglos.

“Según ese pacto, es obligatorio obtener un pase en esta ciudad para poder entrar en cualquiera de las islas.”

Más allá de la gran ciudad portuaria situada al pie de una colina, las olas azules brillaban bajo el sol. Anya estaba medio embobado ante el mar, que veía por primera vez en su vida. En esos momentos parecía un niño pequeño.

“La isla donde está la Biblioteca Mundial también pertenece al Pacto, así que primero iremos a Blun.”

Evernight lo apretó más contra su pecho para que se concentrara.

“Ah… ¡Sí!”

Después de haber pasado la noche con él de nuevo, la zona baja de su espalda estaba adolorida. Anya miró al frente con las mejillas enrojecidas. Desde arriba, se oyó una ligera risa como un suspiro, pero de repente Evernight espoleó al caballo, y Anya se vio obligado a apoyarse en su firme pecho. Con el sonido de los cascos golpeando el suelo, entraron en la ciudad costera.

El viento que le rozaba la nariz tenía un ligero olor salado.

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“Señor, aquí no se va a caballo.”

Al llegar cerca de las murallas de Blun, unos guardias sentados bajo un toldo les hicieron detenerse.

“Por la ropa, ¿vienen del norte?”

A pesar de ser guardias, todos llevaban armaduras ligeras de cuero en lugar de placas metálicas. Algunos incluso estaban junto al pozo, refrescándose con agua en plena guardia. A primera vista, parecían demasiado relajados para ser los protectores de una ciudad, pero Anya recordó haber leído en Las Crónicas del Gran Caballero Thorn que la gente del sur siempre era así de despreocupada.

“Han llegado justo a la hora más calurosa. A esta hora, todos los mozos de establo estarán durmiendo la siesta.”

Evernight saltó ágilmente de su caballo y lanzó una moneda hacia uno de los guardias.

“La mitad del pago. Lleva estos caballos al mozo de establo y encuéntranos un barquero; cuando lo hagas, tendrás el resto.”

El guardia, que atrapó la moneda sin entender mucho, abrió los ojos como platos al ver que era una moneda de oro de Maneregia, grabada con un cuervo. Enseguida los demás guardias se arremolinaron alrededor, intentando curiosear qué había recibido el hombre. Éste, protegiendo su hallazgo, apartó a empujones a sus compañeros y se plantó frente a Evernight.

“Ah, déjelo en mis manos, señor. Pronto traeré a un barquero con un sentido de la orientación impecable.”

Frotándose las manos y halagando a Evernight, el guardia corrió a toda prisa hacia la ciudad. Había percibido de inmediato que Evernight no era un simple plebeyo.

“Las ciudades con comercio próspero no son cerradas, pero sí son paraísos para los comerciantes cegados por el dinero. Blun está bajo el dominio del emperador, pero no hay ningún señor feudal que le haya jurado lealtad. Es una ciudad autónoma gobernada por una alianza de isleños. Por eso la mayoría de sus guardias son mercenarios contratados por ellos.”

Y la mejor forma de manejar mercenarios era con dinero. Usarlos como peones a base de monedas. Para Evernight, esa también era la manera más cómoda. Tal vez su rostro aún no fuera conocido aquí, pero si hubiera un señor feudal gobernando, la situación sería diferente. Con mercenarios contratados, no había juramentos incómodos de lealtad, y todo se resolvía de forma sencilla y limpia con dinero.

“Aun así… mi señor, ya hemos gastado bastante dinero en el camino hasta aquí.”

Evernight había alquilado siempre las mejores habitaciones en las posadas que encontraba, pagando precios altos. Anya comprendió tarde que lo hacía por él. En circunstancias normales, habrían dormido al aire libre mientras se dirigían a este lugar. Pero cada vez que Anya tenía fiebre y su condición empeoraba, Evernight buscaba una posada, aunque las instalaciones de las posadas rurales no fueran precisamente buenas.

Las camas viejas y chirriantes se rompían varias veces, y tuvieron que pagarlas. Después de cada encuentro íntimo, Evernight siempre pagaba extra para que la sirvienta de la posada calentara agua para el baño.

Gracias a eso, a pesar de lo agotador del viaje, Anya se encontraba relativamente bien. El único problema era que, cuanto más compartían cama, más incómoda se volvía la relación entre ellos, y nada más.

“Anya. ¿De verdad crees que no tengo dinero?”

Evernight sonrió con una expresión de incredulidad genuina. Recordaba vagamente haber oído que, gracias a la última cacería de monstruos, había acumulado una fortuna digna de un duque. Más allá de la Muralla abundaban minerales raros y antiguas reliquias olvidadas sepultadas en cuevas abandonadas.

“No te preocupes por tonterías como esa. Concéntrate en lo que tenemos por delante.”

Anya miró de reojo la espada que Evernight llevaba al cinto. Aun así, el hombre seguía usando cualquier espada común. Le había entregado a Anya a Haebing, pero él solo portaba una espada barata. Desde que se conocieron, lo único que llevaba siempre consigo era una daga corta con una gema azul en el pomo.

“Señor, he entregado los caballos al mozo de establo. Más tarde, si muestra este documento, se los devolverán.”

No pasó mucho antes de que el guardia regresara a informar. Evernight dobló el papel que le entregaron y lo guardó.

“¡Eh, amigo! ¡Ven aquí!”

El guardia, satisfecho, gritó en dirección a otro hombre. Un sujeto flaco y cojo se acercó a ellos con paso pesado.

“Justo ahora estamos en plena temporada del Festival de Máscaras de Blun, así que hay una grave escasez de barqueros. Aunque no lo parezca, este tipo es un experto manejando su embarcación. ¡Se lo garantizo!”

Dicho esto, le dio una palmada en la espalda al barquero de aspecto modesto y lo presentó como proveniente del norte.

“Mucho gusto, a su servicio.”

Visto de cerca, el hombre tenía el labio superior ligeramente cortado: era un hombre con una discapacidad. Cuando Evernight miró al guardia, este agitó las manos apresuradamente y protestó con expresión agraviada.

“Vaya, de verdad puedo garantizar su habilidad. Además, con ese aspecto, le aseguro que es de lo más discreto.”

El guardia esbozó una sonrisa un poco lasciva y lanzó una mirada a Anya. En otoño, cuando el calor sofocante del verano cedía, Blun se llenaba de nobles venidos de todo el Imperio. Todo por el Festival de las Máscaras que se celebraba en esta época: una fiesta de desenfreno en la que, ocultando sus rostros, se entregaban únicamente a sus instintos. Los nobles a menudo acudían acompañados de amantes secretos, entre los cuales no era raro ver jóvenes prostitutos del mismo sexo.

“En Pluktuo puede pasar lo que sea, este tipo jamás dirá una palabra.”

El hombre frotó las palmas mientras dejaba escapar una risita extraña. Pluktuo era el nombre de las pequeñas embarcaciones que surcaban las decenas de canales que atravesaban Blun.

El rostro de Anya se encendió cuando lo trataron como a un prostituto de repente. Sin embargo, no podía declarar ahí que estaba casado con Evernight, pues eso equivaldría a revelar su identidad. Aunque los nobles no tenían reparos en tener amantes masculinos, eso pertenecía únicamente al ámbito privado. Aceptar públicamente a un hombre como pareja oficial era algo prácticamente inexistente.

En ese sentido, el duque del Norte era famoso precisamente por haberse casado con el duodécimo príncipe del Imperio, del mismo sexo… Así que si Anya aquí declaraba que era su “pareja”, su identidad quedaría revelada.

“¿Cómo te llamas?”

Evernight preguntó de pronto al guardia. Su mirada era tan afilada que este instintivamente encogió el cuello. Como mercenario experimentado, el guardia percibió de inmediato el aura asesina que Evernight había dejado escapar por un instante. Creía que era solo un noble apuesto y rico, pero ahora veía que escondía deliberadamente su verdadera fuerza.

“Me… me llamo Gardnie, señor.”

El guardia, intimidado, pronunció su nombre casi sin darse cuenta.

“Aquí está el resto del pago. Dentro de unos días, cuando nos marchemos de aquí, ¿podrías guiarnos?”

Evernight le arrojó una moneda de oro mientras hablaba, su expresión volviendo a ser inexpresiva. Gardnie miró la moneda sin palabras, ignorando el vello erizado de sus brazos. Aquella moneda con el emblema del cuervo había sido acuñada en la capital, de pureza impecable. Una sonrisa codiciosa se dibujó en sus labios.

“Por supuesto, señor. Solo ordénelo. Si pregunta por Gardnie en el puesto de guardia, acudiré de inmediato.”

Pasando junto a Gardnie, que inclinaba la cabeza con torpeza, Evernight miró a Anya.

“Vámonos. Barquero, guíanos.”

Quizá era imaginación suya, pero Anya sintió que Evernight estaba de un humor sombrío. ¿Sería que no confiaba en el barquero? Nervioso, Anya apretó el paso para seguirle. Sin embargo, al escuchar de pronto desde arriba una maldición baja, comprendió que lo que en verdad le molestaba era el comportamiento del guardia.

“Habrá que hacerle pagar por su lengua suelta.”

Días después, Gardnie, el guardia, sufrió un accidente: cayó de la muralla y quedó medio paralítico. Su lengua había sido cortada por la mitad, así que no podía hablar bien, y no había ni una sola pista en los alrededores. Un accidente perfecto.

Por toda la ciudad de Blun se extendían amplios canales serpenteantes conocidos como el Gran Cañón. A sus orillas se alineaban hermosos edificios. Como puerto, la ciudad mostraba una mezcla de estilos arquitectónicos de diversas regiones, lo que fascinó a Anya. Las calles estaban repletas de gente, y como el guardia había dicho, no era raro ver personas con máscaras. Los brillantes murales adornados con conchas reflejaban el sol.

“¡Guau…!”

Anya dejó escapar una exclamación de asombro mientras su boca se abría ligeramente. El barquero remaba despacio, siguiendo el curso tranquilo del canal. La superficie del agua brillaba como diamantes, llenando los ojos de Anya. Lo más impresionante era que aquel canal estaba conectado directamente con el mar.

El mar. Desde niño, Anya había quedado fascinado por él al leer su descripción en los libros: una pradera azul que se extendía sin fin. El gran caballero Thorne había escrito que mirar el amanecer sobre el horizonte marino hacía que su pecho se estremeciera y todas sus preocupaciones se desvanecieran.

“Primero, vayamos a la posada más grande de la zona.”

Anya miró furtivamente a Evernight, sentado frente a él bajo la luz del sol. En sus intensos ojos azules estaba reflejado ese mar que Thorne había descrito. Cuanto más lo miraba, más se le oprimía el pecho. Casi dolía…

De pronto, sus miradas se cruzaron. Anya bajó la cabeza con rapidez, esquivando sus ojos. Aunque la noche anterior había calmado sus síntomas al estar con él, de repente su cuerpo se estaba calentando otra vez. Los ciclos se estaban acortando. Bum, bum. Anya respiraba hondo una y otra vez, intentando calmar el corazón desbocado.

“E-esta es la posada más g-grande… señor.”

Al poco rato, el barquero detuvo el Pluktuo frente a un edificio. Tal como había dicho, el edificio tenía tantos pisos como la capital. A su alrededor, en los callejones cercanos, comerciantes vendían sus productos, formando un bullicioso mercado.

"Vayamos a comer algo."

En ese momento, detrás de la posada se alzó el sonido claro de una campana proveniente de una alta torre. Era el mediodía. El barquero se inclinó torpemente para agradecer. Evernight bajó del Pluktuo, que tenía forma de una pequeña barca cóncava, y subió al embarcadero de madera frente a la posada. Luego extendió la mano hacia Anya.

"Por ahora, ten cuidado."

Evernight recordó a Anya, sentado en el Pluktuo hace un rato, mirando alrededor con las mejillas sonrojadas. Metía con cuidado la mano en el agua corriente, pero de repente se ruborizaba más y se llevaba la mano a la cintura. La razón era que la noche anterior Evernight lo había puesto boca abajo y obligado a mantener levantada solo la cadera.

Últimamente, Evernight no podía contenerse cada vez que veía el rostro de su joven pareja. Lo que podía haberse quedado en un solo encuentro siempre terminaba desbordándose: al ver esos ojos medio nublados, llorosos, su autocontrol se rompía una y otra vez. La noche anterior incluso lo mantuvo boca abajo, con el rostro enterrado en la almohada, y lo atormentó sin descanso. Pero ni así fue suficiente; al ver sus marcas recorriendo aquella espalda arqueada, terminó llevándolo al límite hasta que se desmayó.

"…Gracias."

Anya, bajando del Pluktuo mientras tomaba la mano de Evernight, habló con cuidado. La nuez de Adam de Evernight se movió bruscamente arriba y abajo. Con tono algo seco, informó al barquero:

"Nos veremos al anochecer."

Cuando ambos hombres entraron tomados de la mano a la posada, todas las miradas se centraron en ellos. Tal como correspondía al edificio más grande y lujoso del lugar, el salón de descanso del primer piso era muy distinto de las posadas rurales y desgastadas por las que habían pasado. Más de la mitad de los clientes parecían nobles o de clase media. Algunas damas los miraban con descarada curiosidad, abanicándose. Temiendo que esto pudiera traer problemas a Evernight, Anya intentó soltar su mano rápidamente, pero él no lo permitió y lo llevó directo a sentarse.

"Por el festival, se han agotado la mayoría de los ingredientes. Tenemos cordero asado con hierbas y dorada a la plancha con jugo fresco de limón. ¿Qué desean ordenar?"

La dueña de la posada, una mujer entrada en años de aspecto robusto, también observó las manos entrelazadas de los dos. Anya intentó soltar su mano de nuevo, pero esta vez Evernight entrelazó sus dedos fuertemente, como engranajes que encajan.

"Bueno, los festivales… siempre son buenos momentos, mi señor"

La mujer sonrió mientras se rascaba el puente de la nariz.

En esta época, lo que más veía eran nobles con amantes y aventuras extramatrimoniales. El hombre de rostro apuesto, con una expresión fría como una hoja de espada, no parecía del tipo que se mostrara afectuoso; por eso resultaba sorprendente verlo abrazado a su pareja. Sin embargo, al ver a dos hombres tan atractivos comportándose así, se habían convertido en un verdadero espectáculo. Especialmente Evernight: su actitud parecía la de alguien que exhibía a su amante con orgullo.

'No le incomoda en absoluto tener una pareja hombre… Debe estar muy enamorado.'

"Ordenaremos ambos: cordero y dorada."

Tras escuchar el pedido, la mujer cambió de expresión con destreza.

"Excelente elección, mi señor. ¿También necesitarán una habitación para pasar la noche?"

"La mejor que tengas."

"¿Y será… solo una habitación?"Preguntó mirando a Anya. A diferencia de Evernight, tan descarado, el joven parecía a punto de explotar, con el rostro completamente rojo.

"Una. Eso bastará."

La respuesta corta de Evernight hizo que la mujer soltara un “hmm” con la nariz, antes de marcharse a la cocina diciendo que pronto traería los platos. En cuanto se fue, Anya, con expresión algo preocupada, lo reprendió:

"Señor, nuestra identidad… No debemos revelarla."

"Mostrarlo tan abiertamente es mejor que ocultarlo. Cuanto más alto el rango, más estrictamente se oculta."

Lo que quería decir era que “bajo el candil es más oscuro”: nadie se atrevería a sospechar que este hombre tan despreocupado era un duque. Evernight señaló con el mentón hacia un rincón. Siguiendo su mirada, Anya vio varias mesas ocupadas por parejas de hombres, igual que ellos. Podrían parecer simples compañeros de viaje, pero tal vez también fueran amantes ocultando su relación. De hecho, ellos mismos parecían más sospechosos.

Y, en efecto, parecía que nadie sospechaba que eran el duque Tildeon y su consorte. Al poco rato, el bullicio del salón volvió a la normalidad.

"Dicen que contratar mercenarios es tan difícil como alcanzar una estrella. ¿Lograste encontrar personal de seguridad?"

Estaban desmenuzando la carne de una dorada perfectamente asada cuando Anya escuchó esa conversación desde una mesa cercana.

"Maldita sea. Están cobrando lo que quieren."

"Con el festival atrayendo comerciantes y nobles de todas partes, y con las hordas de ghouls multiplicándose en el sur, todos están desesperados por tener escoltas."

Al oír la palabra “Ghouls”, Evernight y Anya se miraron.

"Por eso el ánimo del señor Haxus está peor que nunca. Su histeria va en aumento."

El hombre se quejaba bebiendo vino con rudeza.

"El emperador incluso envió una expedición más allá de la muralla… Escuché rumores de que apareció una bestia de alto rango en el Bosque Blanco, cerca de la capital. Seguro que ese noble tan nervioso se topó con ella cuando vino a la ciudad. De otro modo, no habría razón para reforzar tanto la seguridad."

"Debe de estar pasándolo mal. ¿La Asociación del Gremio de Mercenarios no ha dicho nada? La guardia de la Biblioteca Mundial debería pagar bastante bien."

Ante eso, el otro bufó, volviendo a beber vino de forma brusca.

"Bah, ni lo sueñes. ¿Crees que el cofre del duque Haxus se abre tan fácilmente? Si hay que nombrar a la familia más tacaña del Imperio, es la suya. Además, los nobles adinerados están derrochando fortunas en mercenarios por el festival. ¿Cómo va a aumentar su guardia en estas condiciones?"

Por lo visto, el hombre trabajaba para la familia Haxus. Evernight miró a Anya en silencio; no necesitaba hablar para que Anya entendiera sus pensamientos.

Entrar a la Biblioteca Mundial era complicado. Ese lugar contenía todo el conocimiento e historia del mundo, y solo los que pudieran demostrar claramente su identidad podían entrar. Aunque intentaran sobornar en secreto para conseguir un pase, los controles en la entrada eran estrictos.

Como no sabían quién estaba detrás de los Caballeros Negros, Evernight y Anya habían llegado a Blun sin revelar sus identidades. Pero para entrar a la Biblioteca Mundial debían declarar su nombre y afiliación, así que estaban en un callejón sin salida.

“Los dioses nos sonríen.”

Evernight esbozó una leve sonrisa mientras fijaba su mirada en el hombre sentado detrás del hombro de Anya. No parpadeó ni una sola vez para memorizar su apariencia, pero logró ocultar tan bien su presencia que el hombre no notó nada.

“¿Planea hacerse pasar por mercenario?”

Preguntó Anya en voz baja.

“Si somos nosotros quienes lo proponemos, levantaremos sospechas. Mejor sigamos a ese hombre y creemos una oportunidad.”

“…¿Y cómo piensa hacerlo?”

Anya solo entendió el plan de Evernight cuando cayó la noche.

El mayordomo de Haxus pasó todo el día sentado en la posada, abordando a los mercenarios que iban llegando. Todos eran hombres fornidos y de aspecto fiero. Pero él, ebrio como estaba, no dejó de insistirles a pesar de las groserías que recibía. Aun así, su bolsa vacía lo hacía fracasar una y otra vez en la negociación.

“¿Por qué no va directamente al gremio de mercenarios?”

“Porque entre los miembros del gremio ya corrió la voz.”

Al final tuvo que salir de la posada con las manos vacías. Evernight lo vio empujar la puerta con los hombros caídos, y en ese momento se levantó.

“Anya. Yo lo amenazaré; tú actúa como si lo rescataras.”

“…¿Qué?”

Dicho esto, Evernight se acercó a la dueña de la posada y extendió la mano detrás de ella, tomando dos máscaras decorativas colgadas en la pared.

“Las tomaré prestadas un momento.”

Cubrió su rostro con una máscara negra adornada con oro, plata y joyas, y caminó hacia Anya. Luego le lanzó una blanca, ornamentada con plumas y encaje.

“Hazte pasar por un mercenario que pasa por aquí y ayúdalo. Hazlo natural, sin levantar sospechas. Parece un tipo astuto.”

Bajo la máscara, su boca esbozó una sonrisa encantadora.

***

El mayordomo de Haxus cruzaba un puente tambaleándose, borracho. De vez en cuando soltaba profundos suspiros y se daba palmadas en la cara, pero seguía sin recobrar el juicio. Anya lo seguía cautelosamente, mientras Evernight había desaparecido por un callejón oscuro nada más salir de la posada.

Cuando el mayordomo llegó con esfuerzo a lo alto de las escaleras del puente, vio de golpe a Evernight parado allí y, asustado, cayó de espaldas. El hombre enmascarado, iluminado por la luna, tenía un aire amenazante y a la vez la fascinación de un personaje sacado de una pintura.

Evernight desenvainó su daga y la apuntó directamente al cuello del hombre caído. Sus movimientos eran tan fluidos y rápidos que transmitían una calma arrogante, casi aburrida.

“P-por favor… no me mate…”

El mayordomo emitía sonidos ahogados al ver el destello metálico cerca de su garganta.

“Puedo… pagarle… lo que quiera…”

Con manos temblorosas, desató la bolsa de cuero de su cinturón y la vació en el suelo. Unas cuantas monedas de cobre y algunas de plata cayeron con estrépito.

“¿Pretendes que tu vida valga esto?”

Evernight se burló y presionó la daga más cerca. El hombre, avergonzado y aterrorizado, terminó orinándose encima. Evernight chasqueó la lengua con desdén, y en ese momento, sus ojos azules brillaron tras la máscara al ver que Anya salía de las sombras con su espada Haebing en mano.

“…¿S-se encuentra bien?”

La actuación de Anya era pésima. Incluso mientras fingía con torpeza preocupación por el hombre, Evernight no dejaba de observar de reojo a su joven compañero.

“P-por favor, ayúdeme, caballero.”

El mayordomo, desesperado, se aferró a la pierna de Anya. Los ojos de Evernight se enfriaron tras la máscara.

“Sigue tu camino.”

Evernight sonrió de medio lado mientras giraba la daga entre sus dedos con total naturalidad. Para cualquiera que no conociera su identidad, parecía un vulgar ladrón.

“¡Amenazar a un inocente desarmado es un acto deshonroso!”

Decirle eso a Evernight, aunque fuera parte de la farsa, era un atrevimiento. Menos mal que llevaba máscara.

“Entonces quitémonos las molestias y terminemos esto.”

Evernight se pasó la mano por el cabello con aire molesto y, en un parpadeo, se plantó frente a Anya. El chico alzó su espada Haebing, y el chocar metálico de las hojas resonó en el oscuro puente.

“¡Retroceda!”

Gritó Anya. El mayordomo aprovechó para huir, respirando con dificultad.

“¿A dónde crees que vas?”

Evernight giró sobre su eje y lanzó su daga con precisión. El arma pasó rozando la oreja del hombre y se clavó en un mural cercano.

“¡Ahhh!”

El mayordomo cayó sentado, pálido y tembloroso.

“Eso fue… demasiado.”

Susurró Anya al ver la escena. Evernight lo miró en silencio, su mirada se intensificaba tras la máscara.

“Hazlo. Córtame.”

¿Cortarlo? Anya frunció el ceño confundido, pero Evernight tomó su mano ,la que sostenía Haebing, y dirigió la hoja hacia su propio costado, haciéndose un corte superficial.

“Eve… ¡Ever…!”

“Shh.”

Evernight cubrió rápidamente la boca de Anya, presionó la herida sangrante y dejó que su mano manchada de rojo goteara sobre el puente de mármol blanco. Luego desapareció por un callejón del otro lado del puente.

Anya, recobrando el sentido, mordió sus labios y se acercó al mayordomo.

“¿Está bien?”

El hombre tembló al sentir su mano sobre el hombro.

“¿Usted… usted derrotó al ladrón, caballero?”

Tras una breve pausa, Anya asintió. El mayordomo, ya más sobrio, examinó con atención la sangre en Haebing y luego se fijó en las manchas rojas sobre el mármol.

“Yo… debería recompensarlo…”

“En realidad, soy un caballero errante del norte buscando trabajo. ¿Podría recomendarme ante el gremio de mercenarios? He oído que los gremios del sur son bastante cerrados. Con el aval de un local sería más fácil.”

Anya estaba sorprendido de mentir tan fluido, pero la máscara le ayudaba a ocultar su nerviosismo.

“¿Está buscando trabajo…?”

El hombre dejó de jugar con su bolsa y tragó saliva. Anya fingió ser un joven caballero recién llegado de provincias. Haber escuchado a los mercenarios presumir todo el día en la posada le estaba siendo útil.

“Con recibir treinta monedas de oro me bastaría.”

Dijo bajando la cabeza. El rostro del mayordomo se iluminó de inmediato.

“B-bueno… caballero, hay un puesto de guardia vacante. Puedo pagarle generosamente esas treinta monedas de oro por tres días, justo durante el festival.”

En Blun, los mercenarios estaban cobrando entre cuarenta y cincuenta monedas por proteger a un noble solo por un día. Incluso los novatos ganaban eso dada la escasez de personal.

“Es una oportunidad rara para un caballero forastero. Como sabe, aquí la competencia es feroz; los mejores mercenarios están todos en la ciudad.”

El hombre hablaba con aires de generosidad, lanzando de vez en cuando toses afectadas.

“Con sus habilidades sería un desperdicio no aprovecharlo. Ganará experiencia, y además recibirá lo que pide.”

“¿A quién debo proteger?”

Interrumpió Anya con calma. El hombre se irguió orgulloso.

“¿Ha oído hablar de la Biblioteca Mundial? Soy uno de los mayordomos de la Casa Haxus, que la administra. Durante el festival hay mucho alboroto, así que estamos reforzando la seguridad.”

“¿Entonces el trabajo es hacer guardia en la Biblioteca Mundial?”

Anya fingió emoción juvenil en su voz.

“Exacto. Fácil, ¿no cree? Además, tener a la Biblioteca Mundial en su experiencia será de gran ayuda en el futuro. ¡Se lo garantizo!”

El hombre, embriagado por la ansiedad de haber logrado convencer a este ingenuo muchacho de campo, no pudo evitar alzar la voz. En el fondo, él ya lo sabía: si dejaba escapar a Anya aquí, no tendría otra oportunidad de conseguir un mercenario. Desde detrás de su máscara, Anya esbozó una sonrisa de satisfacción y fingió una voz compasiva.

“Solo… hay una condición.”

“¿Cuál es?”

“La verdad es que tengo un hermano mayor. Ambos sufrimos graves quemaduras en un incendio cuando éramos niños, por eso llevamos estas máscaras. ¿Podría contratarnos a los dos?”

¡Vaya, no uno, sino dos! El hombre, conteniendo a duras penas el grito de júbilo que amenazaba con escapar, asintió con una expresión completamente cautivada por Anya.

“Está bien, contrataré a los dos. Cuando el duque Haxus vea a caballeros como ustedes, le agradarán mucho.”

Fue un éxito total.

“Entonces, caballero, lo veré mañana por la mañana en el puerto de la Isla de la Sabiduría. Iré a recibirlo allí mismo, en el control de pases.”

La Isla de la Sabiduría era una de las muchas islas del mar Adriático y estaba bajo el dominio de la familia Haxus; en ella se encontraba la Biblioteca Mundial. En el rostro del mayordomo se dibujó una sonrisa de orgullo imposible de ocultar. No era uno, ¡sino dos! Además, aquel caballero, aunque delgado, se veía bastante fuerte.

Fuera de las murallas, los problemas con hordas de necrófagos y expediciones mantenían el ambiente tenso, pero en Blun, donde pronto se celebraría el Festival de las Máscaras, la atención de la gente estaba más puesta en el ocio y la diversión que en los rumores inquietantes.

El único que exigía más guardias y hacía berrinches cada día era Babel Haxus, el primogénito del duque, un hombre ya al borde de la crisis nerviosa. Ahora que habían reforzado el personal, al menos esa noche no correría el riesgo de que el joven señor Babel le rompiera la cabeza con una copa de vino.

“Sí, entonces le quedaré muy agradecido.”

Anya inclinó levemente la cabeza, y el mayordomo, con pasos tan ligeros que parecía volar, pasó junto a él. Aunque sus pantalones aún estaban húmedos por el susto que le dio el asalto, eso no era nada comparado con las rabietas de Babel Haxus.

“Eh… ¿sir Evernight?”

Aceleró el paso. Blun, como ciudad situada en la entrada que conectaba con el mar, flotaba por completo sobre aguas tranquilas, y sus laberínticos canales estaban tan estrechamente unidos como una telaraña.

La noche en Blun resultaba más espléndida que el día. A medida que Anya pasaba por los callejones, la luz de las tiendas se filtraba al exterior, y cuanto más se acercaba a la plaza, más fuerte resonaban las bulliciosas canciones. Multitud de personas, enmascaradas y vestidas con trajes y vestidos lujosos, pasaban junto a él.

“¿Dónde está…?”

Los curiosos lo observaban con interés al verlo deambular nervioso buscando desesperadamente a alguien. Pero todos llevaban máscaras similares, lo que hacía aún más difícil encontrar a Evernight.

“¿Será que… está tirado en algún lado?”

Aunque sabía que era poco probable, Anya no lograba acallar su ansiedad.

“¿Está buscando a alguien?”

Fue entonces cuando un hombre se le acercó. También llevaba una máscara decorada con lujo, que le cubría ojos y nariz, pero su sonrisa afilada, apenas visible debajo, resultaba particularmente llamativa. Instintivamente, Anya llevó una mano a su cintura, poniéndose en guardia.

“Vaya… Te ves muy joven. ¿Cuántos años tienes? No me digas que me tomas por un pervertido.”

El hombre soltó una risa seca, encogiéndose de hombros.

“Bueno, no lo voy a negar. Digamos que tu cuerpo es muy de mi gusto.”

En ese instante, el hombre le sujetó la muñeca de golpe. Peligro. Debido a los extraños síntomas que había estado sufriendo últimamente, Anya estaba siendo muy cuidadoso con cualquier contacto físico que no fuera con Evernight.

“Suél…teme.”

Su corazón comenzó a latir con fuerza. Apretando los dientes, Anya logró zafarse bruscamente de la mano del hombre. Aunque su rostro estaba oculto tras la máscara, podía sentir claramente su creciente interés al ver cómo su sonrisa torcida se ensanchaba.

“Esto me gusta más. Por tu aspecto… ¿recién reclutado mercenario? ¿Vienes del norte?”

El hombre examinó el cuerpo de Anya con insistencia, de arriba abajo.

“En el gremio de mercenarios de Blun hay mucho elitismo, y no son precisamente de fiar. Si necesitas dinero, ¿por qué no te vienes a trabajar conmigo?”

“Ya tengo trabajo.”

Anya se frotó la muñeca ardiente mientras giraba sobre sus talones, apartándose de él. Sin embargo, el hombre lo siguió de cerca, sin dejar de hablar.

“¿A quién estás escoltando? ¿Ese tipo te compró para todo el festival? Te pagaré el doble… no, el triple de lo que él te haya ofrecido.”

Anya dejó escapar un pequeño suspiro. El irregular ritmo de su corazón le provocaba una sensación de mal presentimiento. Tenía que encontrar pronto a Evernight y regresar a la posada.

“Señor, deje de seguirme.”

Fue entonces cuando, a lo lejos, se escucharon vítores y aplausos. Sin darse cuenta, había llegado casi hasta la plaza. Evernight no podía estar allí.

“Quizá no se sentía bien y volvió a la posada…” Pensando esto, Anya se giró rápidamente.

“Eh, si giras así de golpe me asus--…”

En ese momento, el hombre extendió la mano hacia el cabello claro de Anya, que ondeó con la brisa.

¡Tac!

“¡No… no me toque!”

Anya se estremeció y apartó su mano con violencia. “¡Ay!” El hombre soltó un quejido breve, sujetándose el dorso enrojecido de la mano. Esto había llegado al límite. No era su imaginación: los episodios eran cada vez más frecuentes. Anya lo esquivó y echó a correr. Tenía que volver cuanto antes.

Si no…

Al recordar la noche anterior, cuando había rodado febril y desordenadamente con Evernight, aceleró aún más el paso.

"¡Mierda! Oye, mocoso. ¿Sabes siquiera quién soy y aun así haces estas mañas y pretendes huir?"

Pero aquel hombre era increíblemente persistente y, para ser un noble, sus movimientos eran bastante ágiles. Rápidamente alcanzó a Anya y lo tomó del cabello. Un dolor punzante, como si el cuero cabelludo se desgarrara, lo invadió, al mismo tiempo que su cuello se echaba violentamente hacia atrás.

"Oye, mocoso. Vamos, deja de hacerte el difícil y quítate esa máscara. Quiero ver esa cara bonita."

El hombre lo rodeó desde atrás en un instante, pegando más su cuerpo para arrancarle la máscara. Al escapar un gemido involuntario de la boca de Anya, el cuerpo del hombre titubeó un momento, pero enseguida soltó una risa burlona.

"Ya veo. En el fondo también lo estabas disfrutando, ¿eh? Con este cuerpo provocador, ¿para qué finges tanto?"

Anya podría reducirlo sin problema, pero empuñar la espada en ese estado sería como echar gasolina al fuego. Sentía un profundo shock y desesperación al notar cómo su cuerpo reaccionaba automáticamente al contacto inmundo de aquel degenerado.

¿La causa de sus repentinos síntomas sería Dragkals? O tal vez los Caballeros Negros…

De cualquier manera, si lograba infiltrarse en la Biblioteca del Mundo, seguro encontraría alguna pista para resolverlo.

"Hhh…"

Conteniendo los gemidos que se le escapaban, Anya hundió con fuerza el codo en el costado del hombre. Era evidente que era un noble. Con un asunto tan importante como la infiltración en la Biblioteca del Mundo en puerta, no podía armar un escándalo aquí. Esta era la única opción.

"¡Ugh!"

El hombre se apartó de golpe con un extraño quejido, cayendo sobre una rodilla y tosiendo con fuerza. Su saliva goteaba en el suelo.

"Un paso más y…"

Anya apretó el puño y adoptó postura de combate.

"¿Y qué? ¡Maldito mocoso! ¿Crees que vas a salir vivo después de ponerle una mano encima a un noble?"

El hombre se limpió la comisura de los labios, con una mirada enloquecida.

"Además, tú también estás excitado, ¿no? Vaya, vaya, tienes gustos bastante retorcidos. ¿Fue cuando te agarré del pelo que te pusiste así?"

Sus ojos lujuriosos se clavaron en las partes íntimas de Anya. Este apretó y aflojó los puños, intentando controlar las náuseas. Solo un poco más… aguanta solo un poco más. En la posada, el señor Evernight lo estaría esperando. Con la mirada fría y clara, calculó la posición exacta de la entrepierna del hombre.

Debía golpear con la fuerza justa para dejarlo fuera de combate durante unas horas, ni más ni menos.

"Vamos, mocoso. Deja de hacerte el digno. Te pagaré generosamente".

El hombre hizo sonar la bolsita de cuero que colgaba de su cinturón y curvó la sonrisa. Acto seguido, sacó un pequeño puñal y lo hizo girar en el aire. Al ver que Anya no desenvainaba su espada, soltó una risita burlona.

"Ja. Parece que los nobles aún te intimidan. Cuando sepas a qué familia pertenezco, aunque llores y me supliques no servirá de nada. Será mejor que obedezcas ahora que aún estoy de buen humor."

Y levantando el puñal, se lanzó sobre él. Sus movimientos eran de niño jugando. Anya esquivó con facilidad. Después de un par de intentos fallidos, el noble, enfurecido, le agarró del cuello de la ropa.

《Mátalo.》

Anya estuvo a punto de golpearle directamente en la garganta, pero apretó el puño con fuerza. Si lo mataba, las cosas se complicarían demasiado. Si en medio del festival se difundía que un noble había sido atacado, la guardia de la ciudad de Blun rastrearía cada rincón como un avispero. Podría acabar exponiendo su identidad.

Así que… debía solo despistarlo.

《Mátalo.》

Otra vez, aquella horrenda voz en su cabeza, idéntica a la suya, le retumbó en los oídos. Anya mordió con fuerza su labio inferior.

"Ja, mocoso insolente, pero con agallas de caballero. Claro, no deberías desafiar a alguien de tan alta cuna."

El hombre soltó una risa torcida y lo sujetó más fuerte del cuello.

"Hhh…"

Sin querer, un gemido suave se le escapó a Anya. Tras varias noches con Evernight, había descubierto que su nuca era especialmente sensible. La palma húmeda del hombre rozó esa zona, y su cuerpo, ya de por sí alterado, se encendió desde el vientre hacia abajo.

"Ja, lo sabía."

El hombre le abrió bruscamente el cuello de la ropa, dejando al descubierto las marcas rojas que cubrían su piel.

"Jajajaja, así que no eres caballero, sino un prostituto. Y de alguien bastante posesivo, por lo visto."

El brillo de sus ojos era extraño. Las palabras eran insultantes, pero no había tiempo para indignarse.

Solo lo justo… lo justo…

Con los ojos bien cerrados, Anya le tomó la muñeca y la retorció con fuerza. El crujido del hueso se clavó en sus oídos sensibles.

"…Lo siento, pero no soy prostituto."

"¡Aaaagh!"

El hombre rodó por el suelo lanzando un grito desgarrador. Del otro lado del callejón comenzaron a escucharse murmullos. Estaban cerca de la plaza, y pronto la guardia de la ciudad podría aparecer.

"¡Maldito! ¡Un prostituto como tú, atreviéndose a ponerle un dedo a un noble!"

Con la muñeca completamente torcida, apenas si le aplicaban un poco de fuerza el dolor debía de ser insoportable, y la voz del hombre ya no tenía comparación con antes: estaba cargada de furia. Con la otra mano arrancó la máscara de forma brusca y comenzó a llamar a los guardias. El sudor frío resbalaba por su rostro torcido y retorcido mientras sus ojos, llenos de odio, se clavaban en Anya.

“¡Eh! ¿Qué pasa ahí?”

No tardaron en aparecer varios guardias que rondaban cerca de la plaza. Anya soltó un suspiro corto y, sin dudar, giró sobre sus talones para echar a correr.

“¡Quiero ver qué tan guapo es este maldito prostituto!”

En ese momento, el hombre se le prendió a la pierna como una sanguijuela. Por un instante, Anya pensó en patearle la mandíbula, pero sabía que eso acabaría en sangre. Y los pasos de varios hombres acercándose desde atrás ya sonaban cada vez más fuertes.

“¿Qué demonios pasa aquí?”

De repente, una silueta emergió de entre las sombras del callejón. Era un hombre alto con un antifaz negro que le cubría ojos y nariz. Caminó con calma, rodeó los hombros de Anya con un brazo y lo atrajo hacia su pecho como si fuera lo más natural del mundo. En cambio, Anya se quedó rígido, como si sus extremidades se hubieran petrificado, mirándolo fijamente.

Sir Evernight… el nombre se le atascó en la garganta, incapaz de pronunciarlo.

“¿Y tú quién diablos eres?”

Los ojos azules tras la máscara se posaron con frialdad en los dedos del hombre que aún se aferraban a la espinilla de Anya. Evernight soltó una risa seca, casi despectiva, y acto seguido hundió la mano en la nuca de Anya, obligando su rostro contra su propio pecho.

“Su amante.”

Antes de que Anya procesara esa palabra, Evernight levantó el pie derecho y aplastó sin piedad la mano del hombre.

“Él es mi amante.”

El grito desgarrado del hombre resonó mientras se retorcía en el suelo como un insecto aplastado.

“¡Mi mano, mi mano!”

Desesperado, intentaba liberar la mano atrapada bajo la bota de Evernight. Con la otra, golpeó con todas sus fuerzas la espinilla del duque, pero fue como si nada. Eso solo hizo que Evernight presionara con más fuerza, con la clara intención de destrozar por completo los huesos de su mano.

“¡Aaagh! ¡Maldito! ¿Sabes quién soy yo?”

El sujeto estaba al borde del desmayo. Sus ojos, dilatados por el dolor, parecían a punto de estallar mientras fulminaban a Evernight con odio asesino.

“Demasiado ruido.”

Pero semejantes amenazas eran tan insignificantes para alguien que había pasado media vida como gladiador en Redcoast y que hasta hacía poco luchaba contra monstruos más allá de la muralla, que apenas le molestaban como un zumbido de mosca.

“Todo por volverte loco por un maldito prostituto…”

El insulto quedó truncado por el seco crujido de hueso al romperse. El sonido retumbó en el callejón. El hombre se desmayó de inmediato, con los ojos en blanco, cuando Evernight levantó el pie y le dio una brutal patada en la mandíbula.

“…Sir Evernight.”

El cuerpo de Anya, aún encerrado en sus brazos, se estremeció apenas. Con la cara pegada al pecho del duque, sintió la ligera vibración en la palma que le sujetaba la cabeza. Al mismo tiempo, el sonido metálico de cadenas arrastrándose comenzó a acercarse desde la distancia.

“Son los guardias…”

“No lo mires.”

Evernight no permitió que Anya se apartara ni un poco de su abrazo.

“No lo maté.”

Su voz arrastraba un enfado contenido. Está molesto conmigo, pensó Anya, y el corazón se le hundió. Si aquel hombre de verdad era un noble, aunque fuera de rango menor, el asunto podía complicarse mucho. Por muy duque que fuera Evernight, entre nobles no bastaba con la fuerza bruta. No se podía tratar a otro aristócrata como a un simple criminal. Anya sintió una presión en el pecho.

“Mi lord… esto puede traerle problemas.”

Tras un instante de duda, se atrevió a hablar. Evernight solo soltó una corta carcajada.

“No conocen nuestros rostros.”

Finalmente, lo apartó un poco y con un golpecito señaló su máscara. Pero aunque esa cubriera media cara, Anya podía ver perfectamente sus facciones en su mente. Quien se cruzara con esos ojos profundos, como olas en el fondo del mar, jamás los olvidaría. Y en todo el Imperio, solo Evernight poseía una mirada así.

Aunque llevara máscara, la intensidad de su presencia era imposible de ocultar.

Incapaz de responder, Anya bajó la vista. Evernight lo observaba sin descanso, con una intensidad que lo hizo recordar aquella palabra: amante.

Entonces, las reacciones que había intentado contener volvieron a agitarse dentro de su cuerpo. Procurando que no se notara, trató de calmar la respiración.

“Ese tipo… ¿te tocó a la fuerza? ¿Te manoseó?”

Todos sus esfuerzos se desmoronaron cuando Evernight apartó el cuello de su camisa y rozó con los dedos las marcas rojas que habían quedado allí. Anya soltó un jadeo entrecortado y lo miró, inseguro.

“Definitivamente tendré que matarlo.”

La voz era tan gélida que erizó la piel. En su mirada, dirigida hacia el cuerpo en el suelo, ardía una furia asesina imposible de ocultar. Anya, alarmado, lo detuvo.

“Mi lord, estoy bien. Fui yo quien no supo comportarse correctamente… lo siento.”

Su voz temblaba.

“Fue culpa mía. Si hubiera actuado con más rapidez… no habría pasado esto.”

No debió considerar la posición de noble. Habría sido mejor encargarse él mismo; incluso si el asunto se complicaba, tardarían en descubrir al culpable.

Soy demasiado común comparado con Sir Evernight.

Con una sonrisa amarga, Anya trató de apartarse un poco.

“……”

Evernight lo miraba en silencio. Anya alcanzó a ver cómo se fruncía levemente el ceño del duque y, apresurado, añadió:

“No… no es que me queje de lo que hizo usted…”

Cuanto más lo observaba, más se le enredaban las palabras. Para no tartamudear como un idiota, pasó la lengua por sus labios nerviosamente. La pequeña lengua recorrió sus labios carnosos y rojos, y Evernight clavó su mirada en ellos con tal fijeza que Anya se tensó aún más.

“Lo que quiero decir es que… si hubiera sido yo quien lo eliminaba desde el principio, no habría habido ni riesgo de ser descubiertos. Usted es demasiado… atractivo, todos lo recuerdan con solo verlo, mientras que yo soy bastante corriente y sin rasgos llamativos…”

¿Qué demonios estoy diciendo? Cuanto más hablaba, más absurdo sonaba todo, y el rubor le subió a la cara. Prefirió cambiar de tema.

“Ah, y… el mayordomo de Haxus nos confundió de verdad con mercenarios. Quedamos en vernos mañana por la mañana en el muelle de la Isla de la Sabiduría, así que podremos infiltrarnos en la Biblioteca Mundial sin problemas. Todo es gracias a usted, mi lord.”

Con la esperanza de que olvidara aquella extraña “confesión”, Anya lo miró de reojo. Pero Evernight lo estrechó de repente contra su pecho y lo arrastró hacia la esquina oscura del callejón. Antes de que Anya pudiera calmarse, el alboroto de los guardias se acercó.

“¿Seguro que el grito vino de aquí?”

“Me pareció que sí.”

“Bah, olvídalo. Ahora todos los nobles se pasean con uno o dos mercenarios. Seguro era algún plebeyo sin dinero.”

“Pues será, pero en plena fiesta el precio por cada arresto sube como loco. No hay que dejar pasar la ocasión.”

“Ja, como si fuera fácil hacer de perro guardián de nobles.”

Los guardias se quejaban mientras se alejaban. Evernight permaneció inmóvil, conteniendo la respiración junto a Anya en la oscuridad. El muchacho, aún en sus brazos, escuchaba el retumbar del corazón en su pecho. Thump, thump. Era más fuerte y rápido de lo que había imaginado.

¿El corazón de las personas siempre late así de fuerte? El suyo también palpitaba igual de rápido.

“¿Se… se fueron ya? Parece que no nos descubrieron.”

“Al amanecer lo sabrán.”

En ese momento, los dedos de Evernight, apoyados en la nuca de Anya, se hundieron aún más. Entre los largos y pálidos dedos del hombre, los cabellos claros del chico se mecían suavemente como si flotaran.

"Señ… señor, ¿vamos ya?"

Anya reunió el valor para hablar primero. Si seguían así, no solo sentía que el corazón le iba a estallar, sino que la fiebre lo mataría. Abrazado a Evernight, la sensación se intensificaba todavía más. Con la punta de los dedos, temblorosa, lo empujó un poco, pero Evernight no se movió ni un ápice.

Parecía como si el tiempo se hubiera detenido. A sus espaldas, se oía el fluir apacible del Grand Cannon, y a lo lejos llegaban los cantos de los barqueros que guiaban los Flukteu, entonando antiguas canciones populares.

"Señor… no lo soporto más."

Le daba vergüenza, pero una vez más reunió coraje para decirlo. Y aun así, como Evernight no reaccionaba, Anya sintió que su mente comenzaba a quedar en blanco.

"Es en serio, lord Evernight."

Ahora su voz temblaba también. Fue entonces cuando: ¡Booom! Un estruendo sacudió el aire cercano. Anya, sobresaltado, alzó la vista. En el cielo oscuro estallaban fuegos artificiales de mil colores. Sus ojos cristalinos parecían llenarse de aquel espectáculo.

"Anya."

Evernight tomó su barbilla en ese instante. El rostro serio del hombre cubrió por un momento el cielo estrellado. Anya lo miró aturdido. Bajo el estruendo de los fuegos, ambos se observaron en silencio. Hasta que, al fin, los labios apretados bajo la máscara negra se entreabrieron tras una breve vacilación.

"No eres normal."

"…"

¿Eh?, estuvo a punto de preguntar Anya, cuando Evernight se inclinó y posó sus labios sobre los suyos. La lengua del hombre se deslizó con suavidad entre los labios entreabiertos, explorando. Con un jadeo desordenado, se apartó apenas para de inmediato hundirse en su cuello, succionando con fuerza. Todo, en un lugar donde cualquiera podía verlos.

"Eres hermoso. Malditamente hermoso."

Antes de que Anya pudiera gemir, Evernight volvió a besarlo. Tragó hasta el último de sus sonidos, besándolo ahora con más rudeza. Sobre sus cabezas, los fuegos artificiales estallaban una y otra vez.

Evernight lo tomó de la cintura, lo levantó y lo empujó contra la pared. Sorprendido, con la boca entreabierta, Anya rodeó su cuello con los brazos de manera instintiva. Evernight sonrió apenas y le susurró con voz grave al oído:

"Envuelveme la cintura con tus piernas."

Anya, aún sin recobrarse, logró aferrarse a su robusta cintura con ambas piernas, mientras Evernight lo devoraba a besos, profundizando cada vez más. Su lengua se enredó con la del chico sin darle escape. Habían compartido besos antes, pero nunca así… tan desesperados, como si aún besándolo no bastara y necesitara estar todavía más cerca.

"Hh… ah…"

Cada vez que Evernight giraba el rostro o se separaba apenas, el aire caliente escapaba sin control de la boca de Anya. No podía seguirle el ritmo. En el oscuro callejón, donde nadie pasaba, solo resonaban sus jadeos entrecortados y el sonido húmedo de sus lenguas chocando. Ya ni los fuegos artificiales, ni el retumbar de sus corazones confundidos, llegaban a sus oídos.

"Vámonos."

Tras un largo beso, Evernight lo miró desde arriba y le susurró. Justo entonces los fuegos terminaron y la multitud comenzó a salir de la plaza. Como si le supiera a poco, besó la oreja de Anya y mordisqueó su lóbulo.

"Ah…"

Antes de que pudiera gemir, su boca volvió a ser devorada junto a un gruñido bajo. Anya, con un arranque de osadía, se aferró a su cabello, provocando un rugido gutural en la garganta del hombre, casi como un animal.

"¡Dios mío!"

Al fin alguien, doblando la esquina, los sorprendió besándose con tanta vehemencia, y eso bastó para que se detuvieran. Evernight limpió con el pulgar los labios húmedos de Anya y, algo apresurado, lo apartó de allí.

---

A medida que caía la noche, Blun, a diferencia de otras ciudades, se llenaba aún más de vida. Cuando regresaban hacia la posada, al pasar cerca de la plaza central, la vista era deslumbrante: por todo el canal brillaban velas y flores decorando los pluktuos.

"Aquí, brochetas recién asadas."

"Y también vino de verano, fragante".

No solo había barcas de enamorados, también comerciantes que vendían bocados desde sus embarcaciones. Algunos extendían la mano desde los puentes, agitando monedas.

"¡Dos vinos! ¡No, tres!"

El mercader recogía el dinero y, tras guardarlo en su turbante, pasaba las copas. Todos parecían disfrutar. Pasaron la hilera de pluktuos y entraron en la abarrotada plaza, donde el ambiente alcanzaba su punto más alto.

Las calles estaban llenas de tiendas y puestos con gente curioseando. En un rincón, músicos tocaban animadas melodías del sur y, al son, bailarinas y niños danzaban. Anya, aunque era arrastrado de la muñeca por Evernight, no podía dejar de mirar todo aquello, maravillado.

"¡Acérquense, caballeros! ¡Miren! ¡Las mejores espadas forjadas por los maestros herreros del imperio!"

Entonces la atención de Anya se detuvo. Había un comerciante de armas que mostraba brillantes cuchillas reluciendo bajo la luz. Recordó, de repente, que Evernight no tenía espada propia.

"Vamos, caballero, deje de mirar de reojo y eche un vistazo. ¡Ver no cuesta nada!"

El vendedor, captando la mirada fascinada de Anya, lo jaló de inmediato.

"No lo toques. No necesitamos espadas."

El hombre se encogió bajo la mirada fría del enmascarado y retrocedió. Pero al ver sus manos entrelazadas, sonrió con picardía.

"Entonces, ¿qué le parece regalarle un colgante para la espada? Un amuleto que desea el regreso de un amante vivo de la guerra."

Se acarició el bigote y revisó rápido las armas que ambos portaban. Aunque sus vainas ocultaban los detalles, se notaba que usaban espadas sencillas y prácticas. No eran nobles que cargaban armas decorativas sin saber blandirlas. El mercader lo entendió de inmediato: eran verdaderos caballeros. Y aquel hombre alto, de hombros anchos bajo la máscara, imposible que fuese un holgazán noble ni un simple plebeyo.

"¿…Un colgante?"

Al escuchar la pregunta de Anya, el mercader se iluminó. Señaló con orgullo una mesa al costado.

"¡Tenemos de todo! Mire este: un fino trabajo en hilo plateado, trenzado con seda azul de gusano de mora. Según la leyenda, si lo cuelga del anillo de la espada, su amado regresará vivo de la guerra."

El hombre señaló la pieza más vistosa en el centro de su puesto. Y, notando la incomodidad de Evernight, añadió apresuradamente:

"Además, como su espada es bastante sobria, con este colgante resaltará sin necesidad de más adornos."

Ante esas palabras, Anya bajó la mirada hacia la espada que colgaba del cinturón de Evernight. En efecto, no era un arma que se pudiera considerar digna de un duque del Imperio.

"Eh… ¿c-cuánto cuesta?"

Anya preguntó con cautela al mercader, mirando de reojo a Evernight. El hombre dio una palmada y levantó ambas manos con todos los dedos extendidos.

"Basta con que me dé 10 de oro."

Teniendo en cuenta que la paga de un solo mes como escolta mercenario en Haxus era de 30 de oro, el precio era bastante alto. Desde la caída de Tildeon habían partido enseguida, por lo que Anya prácticamente no tenía dinero. Cuando regresaron a Tildeonrock sí recogió las monedas que había dejado en su dormitorio, pero en realidad eran Gregos y Evernight quienes se encargaban de manejar el dinero de la casa.

Aun así… quería comprárselo. Era la primera vez en su vida que sentía un deseo semejante por alguien.

"Anya."

Fue entonces cuando Evernight la llamó, con un suspiro apenas audible. Le apretó con más fuerza la mano entrelazada y la atrajo hacia sí.

"Cosas como esa puedo comprártelas todas las que quieras una vez volvamos. Vámonos ya."

Evernight no lograba apartar la vista de los labios pequeños, aún hinchados por el beso de antes. No era que él quisiera aquel adorno… era más bien que la visión de esos labios, que se movían nerviosos, como dudando, lo inquietaba. Al final, Anya obedeció sus palabras. Bajo la máscara blanca podía imaginar perfectamente su expresión: seguramente el ceño fruncido, decepcionado.

“Mocoso.” Se burló de esa forma, aunque desde hacía rato la garganta le ardía de ansiedad. Evernight, con un gesto impaciente, se echó hacia atrás el flequillo con brusquedad y tiró de Anya para marcharse.

"Caballero, de verdad esta es una oportunidad única"

Insistió el mercader, torpemente. Pero al toparse con la feroz mirada de Evernight, encogió el cuello y se apartó. El hombre de la máscara negra parecía muy molesto, como si lo irritara profundamente que le interrumpieran el tiempo con su pareja.

---

¡Bang!

La puerta de la posada se abrió de golpe y tembló en sus bisagras. Apenas entró en la habitación, Evernight se arrancó la máscara y, sujetando el rostro de Anya, lo besó sin darle tiempo a reaccionar.

"Mmf… Si… Sir-¡ahh!"

Lo arrolló con desesperación. Mientras retrocedían enredados hacia la cama, los adornos que estaban sobre la mesa cayeron al suelo con estrépito.

"S-señor… las cosas… ahh…"

Evernight no respondió. En su lugar, presionó con el dedo índice el labio inferior de Anya, obligándolo a abrir más la boca, y al mismo tiempo ladeó la cabeza para invadirla aún más profundo. Era tan hondo, tan intenso, que sentía que iba a ser devorado entera.

Con los párpados húmedos apenas levantados, Anya vio frente a sí la pasión del hombre que lo besaba y enrojeció. La mandíbula firme se movía al compás de la lengua experimentada; las pestañas negras temblaban, y el entrecejo masculino se fruncía al ritmo de los sonidos húmedos.

En ese instante, los ojos cerrados de Evernight se abrieron de golpe. Sorprendido, Anya los cerró con fuerza, pero ya era tarde.

"Vaya afición la tuya."

Su voz grave, ronca, le susurró al oído. Luego, esbozando una sonrisa, rozó sus labios con un leve beso juguetón.

"¡Si… Sir Evernight!"

Lo alzó en brazos y lo llevó directamente hasta la cama, depositándolo allí. Desde arriba, Evernight lo contempló en silencio, con una mirada febril que delataba las ganas de devorarlo.

«Eres hermoso. Malditamente hermoso.»

Las palabras que le había dicho una vez resonaron en su mente. ¿De verdad el caballero pensaba eso de él? ¿O era solo un consuelo?

"¿En qué piensas?"

Evernight le habló mientras le mordía el cuello. A plena vista, estaba dejando marcas evidentes. El pensar que cualquiera podría verlas hizo que Anya intentara apartarlo, pero él frunció levemente el ceño y fue aún más insistente.

Entre jadeos, Anya logró murmurar:

"¿De verdad cree que soy bonito? Yo… tan simple y ordinario…"

La razón iba desapareciendo, dejando solo el instinto. Como un niño caprichoso, no podía evitar buscar más atención. Lágrimas inconscientes resbalaron por las comisuras de sus ojos.

"Ah…"

Evernight lamió esas lágrimas mientras su mano se deslizaba bajo la túnica, rozando con rudeza su pecho. Él también estaba perdiendo la cabeza. Sus ojos ansiosos recorrían aquel cuerpo joven, marcado en cada rincón por el rojo de la pasión.

"Te lo dije, Anya. No lo pienses tanto. Cada parte de ti… quiero dejar mi huella en todo."

Que ningún otro maldito se atreva a mirarte.

Un improperio se le ahogó en la garganta. Por un segundo, sus pupilas azules parecieron temblar con conciencia, pero se disipó enseguida. Quizá era la sed de la maldita sangre maldita la que lo movía.

De pronto, le bajó los pantalones y levantó sus piernas, exponiendo lo más íntimo.

"¡Si… Sir Evernight! ¡Es… es sucio! No… no quiero ahí…"

Pero ignorando las protestas del cuerpo encendido que se revolvía bajo él, Evernight se inclinó y comenzó a lamer aquel lugar sonrosado y húmedo.

---

El canto de los pájaros despertó a Anya al día siguiente. Los párpados hinchados de tanto llorar se fruncieron ante la luz de la mañana que entraba por la ventana. El roce suave de las sábanas sobre su cuerpo le provocaba una tibia sensación agradable. Poco a poco, el sopor se desvaneció y abrió bien los ojos.

"Ah…"

Recordó entonces que ese día partían hacia la Isla de la Sabiduría. Se incorporó de golpe, sorprendido por el estado de su propio cuerpo. Cada músculo le dolía como si hubiera corrido una batalla entera. Y, sobre todo, le ardía la parte trasera. Al alzar la mano hacia allí, los recuerdos de lo ocurrido la noche anterior le hicieron detenerse.

Habían rodado por toda la habitación incontables veces, enredados en un desorden que solo podía describirse como desenfrenado. Ni Evernight ni él conservaron la cordura. ¿Sería la atmósfera del festival de la ciudad lo que los empujó a aquello? Sus mejillas se encendieron al mirar las marcas rojas que adornaban su piel. Rápidamente destapó las sábanas: no había rastro alguno de la noche anterior. Todo estaba limpio. Incluso él mismo estaba completamente aseado.

'Pero… recuerdo que hasta en la bañera…'

El sonido del agua derramándose fuera de la tina mientras el hombre se movía todavía resonaba en sus oídos. Después… nada. Había perdido el conocimiento. ¿Acaso Evernight lo había lavado después? Se volvió hacia la bañera en el centro de la habitación cuando una voz conocida lo interrumpió:

"Si ya despertaste, será mejor que bajemos."

"¡Si… Sir Evernight!"

Evernight estaba sentado de forma despreocupada en una silla, totalmente vestido con su impecable uniforme de caballero, en contraste con Anya, que seguía desnudo y con el cuerpo lleno de marcas.

"Pensé que ya había bajado."

Anya, nervioso, se cubrió de nuevo con la sábana. Evernight sonrió de lado.

"Ni siquiera detectas mi presencia. No sirves para caballero."

Anya se sonrojó, quejándose en voz baja:

"S-si usted mismo oculta su presencia a propósito, ¿cómo voy a notarlo? Además… siempre, por la mañana, ya se había ido…"

Evernight, tras los encuentros pasados, solía marcharse sin mirar atrás. Por eso, esta vez, jamás imaginó que estaría aún allí al abrir los ojos.

"Parece que eso te molestaba."

"N-no exactamente…"

Anya negó débilmente. Después de todo, Evernight lo estaba ayudando con aquella extraña dolencia suya. Le había dicho que no lo hacía a la fuerza, pero tampoco era porque realmente lo quisiera… así que quejarse se le hacía incómodo.

"Me prepararé en seguida, señor."

Se inclinó a recoger la ropa desperdigada en el suelo, siempre con la sábana encima.

"¿Por qué no la tomas de pie, sin tanto enredo?"

Evernight suspiró, recogió las prendas y se las tendió.

"Ya hemos visto todo, como en la primera noche. Podría dibujar tu cuerpo con los ojos cerrados."

La mirada de Anya fue a parar a aquellos dedos largos y blancos. Unas manos finas para ser de un caballero, pero que en la noche se volvían ásperas, curtidas por la guerra. Lo sabía demasiado bien. Avergonzado, se vistió con rapidez.

"P-pero ahora es de día… "murmuró.

"¿Y qué diferencia hay?"

Al parecer, el único avergonzado era él. Evernight no apartaba la vista. Ni siquiera cuando Anya intentaba ponerse los pantalones.

"Por favor, baje primero. Le sigo enseguida."

No quería que lo viera en ese estado: el cuerpo aún dolorido, el gesto extraño al vestirse. Pero Evernight fue inflexible.

"Póntelos de una vez, Anya."

Sin más remedio, el joven dejó caer la sábana y trató de vestirse. Los músculos protestaban en silencio con cada movimiento.

Cuando se agachó a recoger los pantalones, la vergüenza le hacía hervir el rostro. Entonces Evernight soltó una maldición, agarró la prenda y se la arrojó, caminando hacia la puerta.

"Arréglate y baja. Te esperaré en el primer piso."

¡Bang!

La puerta de madera se cerró de golpe con tanta fuerza que rebotó con un estruendo. Anya, con los pantalones en la mano, quedó inmóvil por un instante. Luego, al mirar sus propias piernas, se vistió apresurado. Bajo la radiante luz de la mañana, las marcas de mordida que el hombre le había dejado la noche anterior se veían demasiado claras. Pensar en que al agacharse se pudiera ver aquella zona que él había cubierto de besos y saliva le hizo querer meter la cabeza bajo tierra y morir.

"Señores, ¿pasaron bien la noche?"

La dueña de la posada entró sonriente con el desayuno.

"Lárgate."

A pesar de la respuesta bastante brusca de Evernight, la posadera no se retiró.

"Ay, caballero. Malinterpreta lo que digo. Yo solo preguntaba si les gustó el espectáculo de fuegos artificiales de anoche."

Aunque era una mujer de mediana edad, en su rostro se notaba una curiosidad traviesa, casi infantil. Le entregó a Anya, sin que él lo pidiera, una taza de té caliente.

"En esos casos es mejor tomar algo tibio que vino frío. Así la voz regresa más rápido y… bueno, para muchas cosas es mejor."

'¿La voz…?'

Anya, sorprendido, tomó la taza con torpeza y levantó la mirada hacia la posadera. Ella entonces le guiñó un ojo y se tapó la boca para reírse.

"Cuando uno pasa la noche haciendo tanto ruido, suele pasar. ¿Qué habrá sido tan bueno para que gritaras así? Jajaja."

¡Clang!

Evernight dejó caer la copa de vino sobre la mesa con tanta fuerza que sonó seco.

"Está bien, está bien, ya entendí. ¡Y encima lo encubres! Si era así, ¡mejor hubieras hecho menos ruido en toda la noche!"

¿Sabes lo difícil que fue para mí callar a la gente? ; refunfuñó la posadera antes de girarse bruscamente hacia la cocina. Sin duda ella no conocía la verdadera identidad de Evernight; de lo contrario, jamás se hubiera atrevido a ser tan insolente.

"…Con lo de ese hombre de anoche también, parece que tu identidad no quedó expuesta. Es un alivio."

Anya carraspeó, intentando suavizar el mal humor de Evernight. Este lo miró de reojo con aire algo hosco.

"¿Eh…?"

Anya ladeó la cabeza mientras sorbía un poco del té. Evernight, con un suspiro bajo, murmuró que era un mocoso.

Pasado un rato, Anya comprendió el doble sentido de las palabras de la posadera y se puso pálido mientras miraba alrededor. Tal vez era solo su imaginación, pero algunos hombres en la sala común sonreían maliciosamente mirando hacia su mesa. Incluso hubo quienes, al cruzar miradas con él, chasquearon la lengua y apartaron la vista. Pensar que todos los huéspedes habrían escuchado sus gemidos de la noche anterior le hacía querer meterse en un agujero.

---

"Vamos al muelle."

Tras un desayuno apresurado, Anya y Evernight subieron al pluktuo. El barquero los esperaba puntual. Avanzaron contra la corriente del gran canal que corría de este a oeste, hasta llegar a un punto donde se unía con el mar. Allí, barcos mucho más grandes que el pluktuo se agrupaban en el pequeño puerto de Blun, que ya a esa hora rebosaba de pescadores, comerciantes y viajeros listos para embarcar.

"¡Los que vayan a la Isla del Saber, por aquí! ¡Por aquí!"

Un marinero llamaba a gritos a los pasajeros.

"Buen trabajo."

Evernight lanzó una moneda de oro al barquero y se levantó.

"Es… es demasiado…" ;balbuceó este.

Evernight, mientras se colocaba la máscara que había tomado de la posada, contestó:

"Ese pago incluye también que no cuentes nada de lo que viste de nosotros. Quédate con ella."

El barquero entendió al fin, agradeció con una reverencia y se retiró. Anya se colocó también la máscara blanca que Evernight le entregó y agitó la mano en despedida hacia el barquero que se alejaba.

"¿Van a la Isla de la Sabiduría?"

Preguntó con desconfianza un marinero cuando se acercaron al barco.

"¿Y esas máscaras? La entrada es estricta, por la Biblioteca Mundial."

Anya le mostró disimuladamente el sable helado que llevaba al cinto.

"Somos mercenarios al servicio de la Casa Haxus. Tenemos que reunirnos con un sirviente suyo en el puerto de la isla. Estas máscaras son la señal de reconocimiento."

Al oír “Casa Haxus”, el marinero relajó el gesto.

"Ah, ya veo. Caballeros errantes. Entonces suban. La tarifa es 20 monedas de plata."

Anya alzó la vista hacia las velas blancas que ondeaban al viento. Frente a él se desplegaba el inmenso mar azul, deslumbrante bajo el sol. Su pecho se agitaba como las olas que rompían en espuma blanca.

"Vamos, Anya."

El hombre que lo sacudía más que el mar mismo le tendía la mano.

"Subamos."

"¡Zarpamos!"

El capitán gritó la orden, los marineros tiraron de las cuerdas, y tres enormes velas blancas se desplegaron. El sol ardiente del sur bañó el mar de dorado, y el viento del este anunció el inicio del viaje. El timonel tomó posición en la rueda superior y, en un instante, la nave veloz avanzó sin detenerse.

En cubierta había cajas de víveres y mercancías, brújulas grandes al frente y atrás indicando el rumbo. Anya se acercó al borde, esquivando los bultos. Frente a sus ojos, el mar se extendía infinito. Cerró los ojos un instante y aspiró profundo: el aire salado le llenó la nariz. El viento acariciaba suavemente su cabello.

Evernight lo observaba en silencio desde un lado. Anya, incómodo y tímido ante esa mirada, murmuró bajito:

"Es la primera vez… que veo el mar."

"¿Nunca saliste del palacio secundario?"

Era la primera vez que Evernight le preguntaba por su pasado. Ni siquiera cuando Anya había sufrido bajo el príncipe heredero Royster en Maneregia él quiso saber más: solo se había enfurecido, nada más. Jamás mostró interés en la vida de Anya antes de llegar a Tildeon.

"…No."

La voz de Anya era tranquila, pero a Evernight le entró un impulso repentino de sujetarlo con fuerza, como si fuese a desvanecerse en cualquier momento. Permanecieron en silencio, guardando en la mirada el vaivén del mar. Luego, Anya bajó la cabeza hacia él.

"Gracias a usted… pude salir del palacio. Gracias a usted ahora puedo ver el mar… Se lo agradezco."

Ese sentimiento era sincero. Si Evernight no lo hubiera sacado de allí, si hubiera rechazado la orden del Emperador, Anya seguiría atrapado en ese lugar desolado, esperando la muerte.

"Y también esta espada, Haebing… Gracias."

Pensándolo bien, le debía mucho a Evernight. Al principio, el norte helado le era hostil y desconocido. Tildeonrok lo llenaba de miedo cada noche. Le faltaba tanto… y por eso perdió mucho también. Que Evernight no lo hubiera despreciado en su torpeza era suficiente para que le guardara verdadera gratitud. Fue gracias a eso que descubrió su magia, conoció a su gran maestro y hasta pudo pactar con Dragkals. Todo fue posible porque había llegado a Tildeon.

Pero, inesperadamente, Evernight se mostró frío. Su nuez de Adán se movió bruscamente antes de que apartara el rostro con violencia.

"Yo…"

Su pecho se infló y desinfló, como tratando de controlar la respiración.

"Aunque… aunque abortaste al niño, ¿aun así dices que me agradeces?"

“Niño.” Jamás imaginó que esa palabra saldría de la boca de Evernight. Anya, desconcertado, negó lentamente con la cabeza.

"…Si no hubiera sido por el ataque de los caballeros negros… lo habría tenido. Habría podido nacer."

El rostro de Evernight se crispó de golpe.

"Aunque lo hubieras dado a luz… yo lo habría matado con mis propias manos."

En algún momento, Evernight había empezado a clavar su mirada en Anya. En los ojos que ardían ferozmente tras la máscara negra no había ni una pizca de duda, ninguna concesión. Y aun así, se humedeció los labios resecos y rojos con la lengua, como si sintiera sed.

“¿Y aún así me sigues agradeciendo?”

Esta vez no fue el mar lo que miraron, sino que se contemplaron mutuamente en silencio. El golpe rítmico de las olas contra el casco llenaba el vacío entre ambos.

“……”

El niño enterrado en las montañas nevadas de Tildeon seguía siendo para Anya una culpa insoportable. La sensación de no haber podido proteger a alguien preciado lo asfixiaba cada noche. Sus ojos se enrojecieron de golpe.

“Si llegara el momento en que el señor quisiera matar a mi hijo… tendría que matarme a mí primero.”

Si llegaba ese peor de los escenarios, prefería morir por manos de Evernight.

“No quiero… no quiero volver a pasar por un dolor tan atroz.”

Nunca más. Antes de volver a perder a alguien, prefería desaparecer del mundo por completo. Anya se obligó a tragar la emoción que lo embargaba. A lo lejos empezaban a aparecer islas verdes y algunos tripulantes gritaron con júbilo al verlas. Pero ninguno de los dos se distrajo con el paisaje.

Entonces se oyó la voz del hombre, apenas teñida de una sonrisa.

“Mi madre… murió justo después de darme a luz.”

Su risa cargaba un pesado matiz de desprecio, de odio, de hastío. Por primera vez le contaba a alguien su historia. Podía sentir cómo su joven compañero lo miraba sorprendido, y aun así no podía detenerse. Era extraño. Esa euforia incontrolable lo empujaba, y Evernight clavó con más terquedad la vista en el horizonte.

“De una mujer cuyo rostro ni siquiera conocí, mi padre me susurraba día y noche cómo había muerto. Y cada noche me decía que se arrepentía de haberme traído al mundo, mientras intentaba estrangularme. Aun así, sobreviví, arrastrándome como una alimaña.”

Su tono rezumaba un hartazgo profundo de su propia resistencia a morir. El viento hacía danzar su cabello negro, símbolo de los Andarlianos, en contraste con sus ojos azules.

“Anya, escucho día y noche los susurros de los demonios. Ahora mismo me incitan sin cesar a matar, a convertir todo a mi alrededor en un campo de sangre. Asegurarse de que no quede nadie.”

Los ojos de Evernight se nublaron, como si buscaran algo más allá del horizonte. Cuanto más intentaba aferrarse a lo que amaba, más se le escapaba como arena entre los dedos, hasta que lo único que quedaba eran restos bañados en sangre. Por eso pensaba que una vida como la suya, peor que la de un gusano, sería mejor no existir. Y aun en ese momento, las sombras lo rodeaban riéndose de él. ¿A dónde creías que podías escapar?

“Me ahorqué, me clavé cuchillos en el cuerpo… y aun así no pude morir.”

Miró la gran cicatriz que le cruzaba la palma y cerró con fuerza el puño. Cada día comprobaba en carne propia hasta dónde podía enloquecer un ser humano. Y rió con amargura.

“Por eso nunca voy a heredarle esta maldita vida a nadie, Anya.”

Su expresión se volvió gélida. Con un rostro ya sereno, Evernight le estaba diciendo a Anya que jamás se arrepentiría de lo que había hecho entonces.

---

El navío veloz rumbo a la Isla de la Sabiduría avanzaba sin tropiezos gracias al viento favorable. El otoño se acercaba. El cielo estaba alto, la brisa fresca.

“Hoy tuvieron suerte. Con este clima hemos llegado más temprano que de costumbre.”

En cuanto el barco atracó, la gente se levantó para recoger sus pertenencias. Algunos ya tenían sus pases de entrada preparados. En esa nave, a diferencia de otras, abundaban más los estudiosos de aspecto solemne que los turistas.

“¡Quienes deseen visitar la Biblioteca Mundial, por aquí!”

Era evidente que la isla albergaba aquella biblioteca. Anya, al desembarcar, se puso a mirar alrededor y no tardó en reconocer un rostro familiar que esperaba con nerviosismo.

“Lord Evernight.”

Lo llamó en voz baja y él asintió. Tal vez por la conversación que habían tenido en el barco, entre ambos reinaba una tensión incómoda. Anya no se atrevió a dirigirle palabra alguna; parecía que una enorme muralla se alzaba otra vez entre ellos. Aunque en su corazón aún persistían rencores y dolores, Evernight le había recordado que incluso esos sentimientos eran inútiles.

No, en realidad lo único que deseaba era abrazarlo. A él, y al hijo que ya no existía. Anya tan solo quería abrazarlos.

“¡Caballero mercenario!”

Antes de ser arrastrado por esa marea de emociones, un sirviente del duque Haxus los localizó y corrió hacia ellos. Anya recordó entonces que, tras haber pasado la noche revolcándose con Evernight, había olvidado decirle al sirviente que lo había presentado como su hermano.

“La verdad es que… le dije al mayordomo que usted era mi hermano, no mi Comandante…”

Antes de que pudiera explicárselo, el sirviente los apresuró con nerviosismo.

“¡Guardia! Estos son los hombres contratados para escoltar a Su Excelencia el Duque Haxus. Yo mismo respondo por su identidad.”

Sin tiempo para saludos, mostró a los guardias un colgante con el emblema de la casa Haxus: un libro grabado en relieve.

“Ah, no lo reconocí antes.”

Los guardias asintieron y les permitieron pasar.

“Veo que el hermano mayor es más alto y de complexión más robusta.”

El sirviente comentó satisfecho mientras los observaba.

“¿Hermano?”

Evernight lo repitió con incredulidad, pero Anya le apretó la mano con torpeza, forzando una sonrisa.

“H-he… hermano. Le dije al mayordomo que usted es mucho más habilidoso que yo.”

Sus dedos temblaban sin remedio. Evernight dejó escapar un suspiro, y las mejillas de Anya se encendieron.

“Qué buena fraternidad. Ahora, antes que nada, deberán presentarse ante el Duque Haxus. Normalmente mercenarios como ustedes no tendrían audiencia, pero su Excelencia está muy sensible con los temas de seguridad. Limítense a responder ‘sí’, nada más.”

Tras caminar un poco más por el muelle, vieron una carroza con el mismo emblema del libro.

“¿Está Su Excelencia en la Biblioteca Mundial?”

Preguntó Evernight al subir, sentándose frente al sirviente. Anya lo miró sorprendido por el cambio natural de su tono; recordó que antes de convertirse en duque de Tildeon, él había sido gladiador famoso. Quizás entonces se expresaba así ante los nobles. Pero aun escuchándolo ahora, le resultaba extraño.

“La familia Haxus, desde la dinastía Kleist, ha administrado la Biblioteca Mundial de generación en generación. Su residencia también está dentro, por lo que su misión será allí.”

Evernight asintió y ya no preguntó más. Clavó sus ojos fríos en la silueta de la Biblioteca Mundial que se alzaba lentamente a lo lejos.

La Biblioteca Mundial estaba situada en lo alto de una colina baja de la Isla de la Sabiduría. A medida que se internaban tierra adentro, el bullicio del puerto quedaba atrás, dando paso a un ambiente sereno. La ciudad estaba llena de librerías, tabernas para eruditos y viajeros, y tiendas de artículos mágicos. Era común ver magos deambulando, a diferencia de otras ciudades.

“El duque Haxus los está esperando.”

El carruaje avanzó por el empedrado irregular hasta que una enorme edificación de piedra proyectó su sombra desde afuera. Frente a la entrada había guardias, al igual que en el puerto, pero estos vestían largas capas escarlatas, color representativo de la casa Haxus.

"¡Es el mayordomo Joseph!"

Tras echar un vistazo al interior del carruaje, el guardia gritó con fuerza y se apartó. El carruaje rodeó una gran fuente de piedra frente a la biblioteca y se detuvo suavemente.

"Pueden descender. El duque suele despachar en la planta más alta de la Primera Biblioteca."

Con el rostro tenso, Anya intercambió una breve señal con Evernight y bajó del carruaje.

"¡Oiga! ¿Por qué dicen que la entrada está restringida? ¡Incluso nos dieron un pase!"

La Biblioteca Mundial estaba compuesta principalmente por tres edificios, siendo el más importante la Primera Biblioteca, ubicada al centro. Curiosamente, la entrada estaba abarrotada de gente que sostenía boletos pequeños en la mano y protestaba con fuerza.

"¿Qué ocurre?"

Preguntó Anya a Joseph, que iba delante, en medio de un ambiente que parecía a punto de estallar en pelea.

El mayordomo chasqueó la lengua y los condujo hacia otra entrada.

"Últimamente ha habido ataques frecuentes de monstruos en varias zonas del sur… así que vienen todos los días buscando soluciones. Pero por orden del duque se elevó la seguridad al máximo, y a quienes no tienen identidad verificada no se les permite entrar. Vamos por aquí."

En ese momento, uno de los que protestaban los vio dirigirse a otra puerta y gritó:

"¡Eh! ¿Por qué a ellos sí los dejan pasar? ¡Nosotros tenemos pase oficial!"

Los guardias trataron de detenerlos, pero la multitud no se dispersó. La protesta escaló en un altercado que levantó polvo y acabó en forcejeos. Joseph hizo un gesto molesto con la mano y los guardias empezaron a golpear con las empuñaduras de sus espadas. Los lamentos no tardaron en escucharse.

"¡Así vamos a acabar todos muertos en el pueblo! ¿Sabe lo que me costó llegar hasta aquí?"

"¡La expedición está al borde de la disolución, los nobles se encierran en sus castillos a holgazanear, y según los magos imperiales aquí deberían tener la solución contra los ataques de los monstruos!"

Anya se estremeció al escucharlos, pero Evernight le sujetó la muñeca y negó con la cabeza.

"Señores, ¿a qué esperan? Entren de una vez" ;los urgió Joseph, sacando un manojo de llaves.

La mirada fría de Evernight decía que aún no era el momento. Anya tuvo que apretar los puños y dar la espalda, mientras los gritos de la gente seguían resonando en su mente como un eco.

---

Dentro de la Biblioteca Mundial reinaba un silencio solemne. En el centro del gran vestíbulo colgaba un gigantesco reloj de arena. Justo cuando Anya y Evernight entraron, el reloj se giró solo y la arena negra empezó a caer de nuevo sin cesar.

"Este es el Salón Museion. Ese reloj marca una hora."

A ambos lados, enormes columnas de piedra sostenían el techo, y entre ellas se levantaban interminables estanterías repletas de libros. Bajo estas, cientos de mesas estaban ocupadas por magos de capuchas puntiagudas y eruditos con bonetes negros, escribiendo o susurrando entre sí.

"Son todos eruditos de la Biblioteca Mundial, financiados por la casa Haxus para distintas investigaciones."

El suelo del salón estaba hecho de mármol de la región del Adriático, y cada paso resonaba con claridad. Aun así, nadie les prestaba demasiada atención; todos lucían graves y concentrados.

"Cada año, notables invenciones y fórmulas mágicas nacen aquí en beneficio del Imperio."

El mayordomo hablaba con gusto, sin que Evernight o Anya tuvieran que preguntarle nada; les ofrecía toda clase de información sobre la biblioteca. Era, sin duda, la persona adecuada para eso.

"Su excelencia el duque Haxus se encuentra en el último piso."

La mayoría de los señores feudales miedosos preferían instalarse en la planta superior, menos vulnerable a ataques. Anya recordó al duque Haxus, a quien había visto en Maneregia: un hombre enjuto y de carácter bastante irritable. Al estar allí, sin embargo, comprendió que el hombre estaba al frente de asuntos más importantes de lo que parecía.

‘Supongo que no se puede juzgar a alguien solo por la apariencia.’

Con el rostro algo tenso, Anya siguió al mayordomo escaleras arriba. Al llegar al último rellano, Joseph se enjugó el sudor de la frente, jadeando.

"Para un mercenario será normal, pero a mi edad subir y bajar este sitio varias veces al día no es nada fácil…"

Avergonzado por su falta de resistencia, murmuró excusas. Llegaron a una puerta adornada con intrincados relieves metálicos, y justo cuando iba a llamar, un grito estalló desde dentro.

"¡Babel! ¿Estás loco?"

Se oyó un estruendo de algo rompiéndose.

"¡Imbécil! ¡Lo que engrandece a la familia no es el conocimiento ni esos libros mohosos, sino el dinero! ¡Por tu culpa, por haber disgustado a Su Majestad, nuestras arcas están vacías! ¿Y encima contratas mercenarios? ¡Mejor te largabas a esa expedición podrida a romperte la espalda!"

Joseph se estremeció, pálido, y miró a los demás.

"¿Qué sucede?"

Preguntó Evernight, tocando el cinto, a lo que el mayordomo agitó las manos nervioso.

"No, no, baje el arma. Ese es Tannin Haxus, el anterior duque… quizá sería mejor esperar un poco…"

Pero antes de terminar, la puerta se abrió de golpe y un anciano salió bufando. Al verlos ahí parados, su cara se enrojeció aún más y escupió insultos.

"¡Maldito sea! ¡Haber puesto a ese como heredero! ¡Debí elegir al segundo hijo!"

Tannin miró de arriba abajo a Evernight y a Anya con desdén y bajó las escaleras a zancadas. A través de la puerta entreabierta, Anya alcanzó a ver a Babel Haxus tirado en el suelo, rodeado de fragmentos de mármol.

"S-señor… du-duque…"

Balbuceó Joseph como un cabrito, al verlo.

Babel alzó de golpe la cabeza y chilló como un loco:

"¡Mierda! ¡¿Por qué llegan recién ahora?!"

Con un insulto nervioso agarró un trozo de mármol del suelo y se lo arrojó al mayordomo. Evernight lo atrapó al vuelo antes de que le diera en la cara, inclinándose con cortesía.

"Soy un mercenario asignado a la guardia de su excelencia."

El gesto veloz hizo que el rostro crispado de Babel se relajara apenas un poco.

"Vete."

El tembloroso Joseph salió huyendo del estudio. Babel se levantó, se alisó el cabello enmarañado y se sentó, señalando con el mentón el otro lado de la mesa.

Anya y Evernight se colocaron frente a él. Babel los observó con la mirada de quien examina ganado bien criado. Poco después, fijó los ojos en Evernight.

"Escuché que eran hermanos. ¿Tú eres el mayor?"

"Sí, lo soy."

La actuación de Evernight era impecable; hablaba y se movía como un mercenario auténtico. Anya lo miraba absorto, hasta que Babel lo interpeló directamente.

"Esa máscara… dicen que la usas por una cicatriz. ¿Por qué no te la quitas?"

De inmediato, los ojos de Babel brillaron con dureza.

"Ya le expliqué al mayordomo, su excelencia. Estamos acostumbrados a las miradas de monstruo de la gente. Si también usted nos va a mirar así, preferimos no aceptar esta misión. Como sabrá, no faltan quienes nos contratarían sin vernos el rostro."

"Bastardo insolente…"

Murmuró Babel, mascullando un insulto, aunque al final no los echó. La necesidad era suya. Irritable como era, no parecía querer hablar mucho más con los dos mercenarios. Con el ceño fruncido por los dolores de cabeza que lo asediaban últimamente, asintió.

"Está bien. No veré esas malditas caras. Pero si no cumplen, les cobraré el doble de penalidad."

Les arrojó dos pergaminos.

"Son los contratos."

Evernight los recogió con calma y firmó de inmediato. Anya, que los estaba leyendo aún con duda, terminó por firmar también. Evernight sonrió brevemente al ver el alias “Anthony” en la firma de Anya, y luego entregó los papeles al duque.

"Su excelencia, antes de iniciar la guardia, ¿podría darnos un poco de tiempo para familiarizarnos con el lugar?"

La petición pareció disgustar a Babel. Con gesto hosco se enjugó con un pañuelo la herida de la frente, tiñendo el blanco con sangre fresca.

"¿Y para qué demonios quieren conocer la biblioteca unos mercenarios?"

Su mirada era tan hostil que parecía a punto de explotar otra vez. Anya pensó en intervenir, pero Evernight le dio un leve toque con la bota: debía quedarse quieto.

"Entendemos que la seguridad es extrema. Pero el lugar es vasto, y si un enemigo llegara a infiltrarse, quizá ni siquiera los guardias lo notarían. Hay muchos, sí… pero no es una solución real."

Los ojos de Babel se crisparon.

"¿Qué… qué dices?"

La comisura de los labios de Evernight se curvó bajo la máscara negra, mientras recorría con la vista el estudio, pulcramente ordenado hasta la obsesión. Cuanto más inestable estaba alguien, más se agudizaban esos rasgos compulsivos. Bajó la mirada y fijó de nuevo sus ojos en Babel.

"Por ejemplo: esta planta es la más alta, pero si un monstruo alado atacara, sería el primer blanco de un asalto."

“¡Es solo un maldito mercenario!”, pensó Babel, aunque su mano temblaba igual que su rostro crispado. Aun sin habilidades marciales, instintivamente comprendía que aquel hombre frente a él era alguien peligroso.

"T-tu… ¿qué demonios estás… diciendo…?"

Parecía a punto de desplomarse por un colapso nervioso, mientras Evernight mantenía la calma de principio a fin.

“Como tiene a todos los guardias apostados en las entradas norte, sur, este y oeste de la biblioteca… si un monstruo alado llegara directo hasta lo alto para atacar a Su Excelencia, lo más probable es que nadie lo notara. Y aunque lo advirtieran… ya sería demasiado tarde.”

La sonrisa de Evernight se ensanchó aún más.

“Hasta donde sé, la gigantesca criatura que apareció en el Festival de Caza de Maneregia también era un monstruo bestial con alas.”

¡Bang! Incapaz de resistir la tensión, Haxus golpeó el escritorio y, con el rostro descompuesto, señaló con el dedo a Evernight.

“¡T-tú! ¿Cómo sabes eso?”

“Un mercenario debe estar bien informado de todo lo que circula por el mundo, Su Excelencia.”

Evernight respondió con tono casual mientras daba un paso atrás con una reverencia. Puede que fuese una actitud algo descortés, pero Haxus, con la mirada ya desencajada, no estaba en condiciones de reprocharle nada.

“¿E-entonces estás diciendo que un monstruo podría atacar este lugar? ¡Esto es la mismísima Biblioteca del Mundo! ¡He duplicado, no, triplicado el número de guardias! Aunque mi padre me tache de inútil que solo despilfarra dinero, yo… yo he trabajado tan… tan duro…!”

Evernight, que había caminado por la sala como si fuera suya, de repente dio una palmada suave en el hombro de Anya. Con un gesto de mentón, le ordenó en silencio: “Explica tú.”

Anya, con gesto inseguro y deseando con todo el alma parecer tan seguro como Evernight, abrió la boca.

“S-su Excelencia… ahora mismo, en varias zonas del sur, se perciben fuertes rastros de monstruos. En la entrada de la biblioteca vi multitudes forcejeando para entrar. Eran gente de ciudades cercanas, víctimas de ataques.”

“¿Y entonces…?”

Anya bajó la voz con cautela, mirando fijamente al rostro aterrorizado de Haxus.

“Además, entre los monstruos hay algunos que saben disfrazarse de humanos.”

Anya recordó vagamente la primera criatura con la que se había topado en Northmost. Haxus, ya atrapado por su paranoia, se dejó caer desplomado en su asiento con una expresión desolada.

“P-pero no puedo permitir que dentro de esta biblioteca sagrada anden guardias armados. Apenas logro retener a los eruditos que quieren marcharse a sus tierras. Si los asusto, se irán todos… y sin donaciones… mi padre… mi padre no me lo perdonará.”

Crac, crac. Con los ojos fuera de foco, Haxus se mordía las uñas.

“Meter guardias aquí dentro depende solo de usted, Su Excelencia. Nosotros solo estamos para protegerlo. Pero para mantenerlo con vida… al menos debemos conocer bien este lugar.”

¿Acaso quiere morir? Aunque Evernight no lo dijera en voz alta, Haxus entendió la amenaza. Había contratado mercenarios privados, soportando los regaños y golpes de su padre, solo para salvar su propio pellejo. Bajo los ojos hundidos por el insomnio, el miedo se lo estaba devorando cada día más, y las recientes noticias de la expedición no hacían más que empeorar su estado.

Zas, zas.

De nuevo. Otra vez. Haxus se golpeó las orejas como si quisiera espantar ruidos invisibles y, sobresaltado, agitó las manos hacia Evernight y Anya.

“¡Fuera! ¡Ahora mismo! ¡Hagan su inspección lo más rápido posible y vuelvan corriendo!”

No quería quedarse solo ni un instante. Ya no solo de noche, sino también de día, el miedo lo dominaba por completo.

***

“Sobre el duque Haxus… me parece algo distinto a cuando lo vimos en Maneregia.”

Comentó Anya con cautela mientras salían del despacho. En aquella cena en Maneregia, Haxus era quisquilloso, sí, pero no daba la impresión de estar devorado por el terror como ahora.

Bajaban las escaleras poco a poco mientras seguían hablando.

“Su miedo a los monstruos es irracionalmente alto. Quizá a la expedición le haya ocurrido algo.”

“La expedición… ¿en serio? Pero allí está también el príncipe Chloe…”

Y más allá de la muralla estaban Luke, Kun y Bluea. Solo con recordarlos, el rostro de Anya se ensombreció de preocupación. Evernight se detuvo a media escalera para mirarlo.

“En Northmost está Siswu. Pronto nos llegará información.”

De un tiempo a esta parte, aquella voz firme de Evernight se había convertido en un gran consuelo para Anya. Quizá era porque, desde su matrimonio, nunca había pasado tanto tiempo acompañado de otro hombre.

Tal vez, como decía la gente… un esposo, una pareja… era alguien que, solo con estar ahí, te daba fuerzas. Las mejillas de Anya se tiñeron lentamente de rojo.

“Por cierto, has mejorado en tu actuación.”

Evernight, ya en el rellano intermedio, lo sacó de sus pensamientos. Ante el elogio teñido de una leve sonrisa, Anya parpadeó atónito y de inmediato se sonrojó hasta el cuello. “G-gracias…” Apenas alcanzó a responder, cuando Evernight ya reanudaba el descenso.

Era apenas el segundo cumplido que recibía de él en toda su vida. Anya respiró hondo para calmarse y se apresuró a seguirlo.

Al salir de nuevo al gran salón del Museo, todo se silenció. Los eruditos y magos seguían absortos en sus investigaciones, pero algunos murmuraban señalando a Evernight y Anya, ambos armados.

“Ya hemos ganado algo de tiempo. Será mejor resolver esto hoy mismo y marcharnos de aquí.”

Murmuró Evernight. Tal como decía, si se demoraban más, la situación se complicaría.

“Caballero Evernight, ¿y si nos separamos para buscar? Nos reunimos aquí cuando la arena de ese reloj de arena vuelva a girar.”

Anya señaló el gigantesco reloj de arena que colgaba en el centro del salón. Justo en ese momento, los granos negros empezaban a deslizarse otra vez desde el inicio.

“Si logramos ubicar dónde está oculto el grimorio prohibido, siempre podremos volver de noche a investigarlo mejor.”

Evernight guardó silencio unos instantes. Anya, preocupado de haber metido la pata, lo miró nervioso.

“¿Caballero?”

Al cabo, Evernight suspiró leve y asintió.

“Está bien. Será más eficiente buscar cada uno por su lado.”

Lo dijo, aunque en su voz se percibía cierta desconfianza. Entonces se inclinó, acercando sus labios al oído de Anya para susurrarle muy bajo. El aliento frío del hombre, tan cerca, hizo que Anya se quedara sin aire un instante.

“Por cierto… este lugar tiene tres niveles subterráneos.”

Ten cuidado. Con esas palabras secretas, Evernight deslizó un pergamino dentro de la túnica de Anya.

“Esto es…”

Antes de que pudiera detenerlo, Evernight ya se había girado y marchado en dirección contraria. Al sentir miradas alrededor, Anya notó a algunos eruditos que los observaban con ojos fríos. Como temía Haxus, la inquietud y el desorden empezaban a extenderse sutilmente incluso entre los académicos.

Refugiándose tras una columna, Anya sacó el pergamino escondido. Era un mapa detallado de la Biblioteca del Mundo.

¿Cuándo logró hacerse con esto?

Recordó entonces cómo Evernight había recorrido el despacho de Haxus, y comprendió.

Por eso lo presionó de esa manera.

Haxus parecía aterrado de los monstruos, pero durante la noche del festival, en el ataque de los bosques blancos, no había mostrado demasiado interés, a diferencia de otros duques.

¿Por qué ahora ese miedo desmedido? ¿Le había ocurrido realmente algo a la expedición? Al evocar a sus amigos, el corazón de Anya se endureció con determinación.

No podía perder más tiempo. Con firmeza, examinó el mapa. Mostraba con bastante detalle la estructura: tres sótanos y cinco pisos superiores. La Segunda y Tercera Biblioteca eran más pequeñas, pero seguían la misma disposición.

Shhh. El reloj de arena no dejaba de recordarle el paso del tiempo. Anya guardó con cuidado el mapa en su pecho y salió del salón.

“Esposo…”

El fragmento de pensamiento que antes no había completado volvió a escapar de sus labios. Esta vez, quería ser él quien resolviera antes que Evernight. Caminando por un pasaje oscuro, comenzó a entonar un conjuro, mientras una magia azulada y pura se concentraba en sus dedos.

Los eruditos siguieron enfrascados en sus estudios mientras Anya se alejaba, aunque una atmósfera inquietante flotaba en el aire. En comparación con el mundo exterior, que se sumía en el caos, la biblioteca seguía pareciendo un refugio intacto.

¿Por qué los monstruos habían logrado atravesar la muralla? ¿Quiénes eran realmente los caballeros negros? Ojalá los sabios reunidos aquí investigaran esas cuestiones… pero los libros sobre sus mesas eran cosas como Historia Antigua a través de los Templos, Conversaciones con Sabios, tomo I, Fundamentos de Fórmulas Mágicas o Similitudes y diferencias entre elfo, enano y espíritu.

Quizá, como todo lo recibían gratis ,vestimenta, comida, hospedaje, a través de donaciones y de la corte imperial, poco les importaba lo que sucediera fuera.

Pero… ¿hasta cuándo se podrá mantener esta paz?

Aun así, Anya deseó de corazón que al menos este lugar permaneciera a salvo. Cuando todo terminara, soñaba con volver algún día para explorar ese océano de conocimiento.

Shuaaa-

Al salir por el oscuro pasillo, la fresca brisa marina le cosquilleó el cabello. Cerró y abrió los dedos, cargados de maná, mientras buscaba un sitio apartado donde nadie pasara.

Para bien o para mal, debido a la ansiedad del duque Haxus, casi no había visitantes en la biblioteca. En su momento, las bibliotecas 2 y 3 solían abrirse temporalmente a los ciudadanos, pero ya no era así. Echó un vistazo al silencioso interior y se dirigió rápidamente al patio trasero, escondiéndose detrás del jardín.

Pronto, en la punta de sus dedos empezó a formarse un pequeño torbellino, que creció hasta sacudir los árboles cercanos. Anya hincó una rodilla en el suelo y clavó en la tierra aquella energía azul que se agitaba.

‘Humano, en tu interior se oculta una fuente inmensa de maná. Pero sólo está estancada, no fluye.’

Eso le había dicho el yeti mientras lo miraba desplomarse, exhausto tras blandir su espada.

‘El agua estancada termina por pudrirse. Debes aprender a manejar ese poder.’

Lo que Anya aprendió junto al yeti no fue realmente esgrima, sino un estilo basado en canalizar maná. Para invocar de nuevo a Dragkals, necesariamente debía enfrentarse a su propio poder.

‘Humano, nunca has usado tu maná por completo. ¿No te da curiosidad tu límite?’

La voz del yeti resonó en su pecho. Normalmente, dominar un solo camino ya resultaba difícil, y la espada y la magia pertenecían a mundos opuestos. Pero Anya no estaba dispuesto a abandonar ninguno de los dos.

Aunque no había tenido tiempo de llevar su entrenamiento al límite, al menos podía ejecutar con fluidez hechizos de detección, aunque su alcance fuera muy superior al estándar. De hecho, ya había hecho algo parecido en Northmost, cuando buscaba a Evernight.

‘Así que, esta vez también podré hacerlo.’

Con esa urgencia y deseo grabados en el corazón, dejó que floreciera desde sus dedos una brillante flor azul que, en un instante, se hundió en la tierra. Cerró los ojos y se concentró en la imagen del interior de la biblioteca.

‘Debe de estar en algún lugar… escondido en algún lado…’

Su maná comenzó a expandirse sin límites, envolviendo todo el edificio. Raíces azules pasaban bajo los pies de los eruditos que recorrían el Museo Hall, avanzando por numerosas salas.

Khf…

Un hilo de sangre le manó de los labios. Anya la limpió sin darle importancia y se concentró aún más.

‘Un poco más, sólo un poco más.’

Pronto, la energía que brotaba de él se dividió en centenares de ramas que se extendían bajo tierra y sobre la superficie, creciendo hasta convertirse en un gigantesco árbol azul. Su corazón latía con fuerza.

Al mismo tiempo, un murmullo de voces de magos llegó a sus oídos.

‘¿Lo sienten? Esa energía…’

‘¿De qué mago proviene?’

‘Conozco a todos los hechiceros de aquí, y jamás vi un maná tan puro…’

‘¿Será que algún sabio visitó la Biblioteca Mundial?’

‘Los sabios se marcharon junto con los elfos al final de la Tercera Era.’

Si seguía extendiendo la detección, corría el riesgo de ser descubierto. Debía terminar ya.

“Una última vez más…”

Juntó las palmas, vertiendo más poder. Un torbellino rugió debajo de ellas, y las runas del lenguaje de los espíritus en su muñeca se encendieron en rojo.

‘Humano, parece que no te interesa saber hasta dónde puedes llegar ni en qué podrías convertirte.’

En aquel entonces no había podido responder. Tras perderlo todo, sólo le quedaba un vacío profundo. Su cuerpo debilitado había carcomido incluso su férrea voluntad.

Pero ahora era distinto. Si lo que venía era una catástrofe aún mayor, estaba listo para convertirse en lo que hiciera falta con tal de detenerla.

“Lo… encontré.”

Sus ojos se abrieron de golpe. En el tercer subsuelo, algo bloqueaba con fuerza el paso del maná. Y de ese lugar sellado emanaba una energía irresistible. Si lo habían ocultado tan herméticamente, debía tratarse de un grimorio prohibido que contenía la historia olvidada. Tenía que ir allí.

En ese momento, un ruido entre los arbustos lo interrumpió.

“Pero mira quién está aquí.”

Reconoció aquella voz y recogió de inmediato su poder.

“Eres tú, ¿verdad? Joder, sí, eres tú.”

El hombre que apareció tenía un hombro vendado y caminaba con torpeza hacia él. Le rechinaba la mandíbula al hablar, pero al ver a Anya, sonrió con sorna.

“Pensé que eras un piojoso mercenario de mierda… ¿y resulta que eres mago?”

Era el mismo tipo que lo había acosado en los callejones de Blun.

¿Por qué estaba ese hombre aquí…?

Anya se limpió otra vez la sangre de la boca y se incorporó. Llevó la mano a la cintura, y el sujeto retrocedió con un sobresalto, tenso.

“¡Sabes con quién te estás metiendo!”

Justo entonces, otro arbusto se agitó y salió un mercenario armado.

“Segundo joven maestro Haxus, ¿qué ocurre? Lo vimos correr de repente…”

“¿Haxus…?” Anya lo miró con sorpresa. El hombre se encogió de hombros y soltó una risita burlona.

“¿Sorprendido? Sí, imbécil. En Blun te metiste con el segundo hijo de la familia Haxus.”

Al fin comprendió por qué aquel tipo se había comportado como un patán en los callejones. El corpulento mercenario frunció el ceño, mirando a Anya y a su joven señor enfrentados.

“¿Quién es este?”

Anya dudó un momento en responder. No podía decir que era un guardaespaldas contratado por Babel Haxus. De hacerlo, aquel hombre subiría corriendo a contarle a su hermano lo ocurrido en Blun, y eso pondría en peligro a Evernight.

Si Babel Haxus descubría la identidad de Evernight, no tardaría en llegar al propio emperador. Y oficialmente, Evernight seguía en paradero desconocido. Si el emperador lo sabía, culparía de inmediato a Evernight por el fracaso de la expedición.

La situación se enredaba como un ovillo imposible, dándole dolor de cabeza.

“Entonces… ¿qué demonios estabas haciendo aquí? Ahora que lo pienso, esto…”

El hombre movía nerviosamente un pie mientras recorría a Anya de arriba abajo con la mirada. Una vez más, no cabía duda: era completamente de su gusto. Aunque llevara máscara, el puente recto de la nariz y los labios pequeños pero carnosos lo delataban; no solo el cuerpo, también el rostro encajaba en sus preferencias. Con dificultad negó con la cabeza, tratando de controlar la mirada ya acalorada.

“Así que eras un ladrón.”

“¿La… ladrón?”

La conclusión del hombre era absurda. Anya tragó saliva seca mientras los segundos se le escapaban. ¿Cómo podría librarse de ellos? Aunque los dejara inconscientes, no había dónde atarlos ni esconderlos. Y matarlos estaba fuera de toda opción.

“Claro que sí, maldita sea. Eso era. Resulta que eras un zorro dorado y ladrón. Si estas solo, seguro que también le sacaste buen provecho a ese hombre de antes, ¿no? Y ya que viniste a Blun, pensaste probar suerte saqueando la Biblioteca Mundial.”

El segundo hijo de los Haxus tenía una imaginación tan desbordada como su liviandad en el amor. Mientras lo escuchaba en silencio, Anya detectó un detalle en sus palabras que le llamó la atención.

“Porque en la Biblioteca Mundial deben de estar guardados libros prohibidos muy valiosos. De verdad impresionante. También la familia Haxus, por protegerlos. Es admirable.”

Cuando Anya sonrió como si lo estuviera halagando, los hombros del hombre, tan simple como era, se alzaron orgullosos y la boca se le abrió de par en par.

“Para ser un mocoso, sabes cómo poner cara insinuante…”

El silencio repentino que siguió a su comentario espontáneo lo hizo carraspear, con el rostro encendido.

"En fin, aunque mi hermano mayor recibió una buena paliza de nuestro padre, igual los escondió a toda costa. Ah, mi padre está loco por el dinero… eh, bueno, olvida eso. En todo caso, obligó a los magos a reforzar con doble y triple sellado la bóveda… ¡Eh, maldita sea, tú!"

En ese momento, el mercenario le hizo un gesto para que se callara. El hombre, dándose cuenta de su error, fulminó a Anya con la mirada.

“Así que era cierto. El lugar sellado sólo podía ser el tercer sótano.”

Anya agradeció de corazón a la diosa por la estupidez de ese hombre.

"Señor, como sospechó desde el principio, en realidad soy un aprendiz de mago. Escuché que aquí podría encontrar a grandes hechiceros y a la ilustre familia Haxusus, guardianes de esta magnífica biblioteca."

Anya fingió abatimiento en la voz y lo miró de reojo.

"Es la verdad. Si no fuera mago, ¿cómo podría haber pasado por la puerta de entrada de la biblioteca?"

Ante esas palabras, la desconfianza del hombre disminuyó visiblemente. Recordó a su hermano reforzando la seguridad hasta el extremo, limitando la entrada a los ciudadanos comunes, incluso soportando los golpes del padre. Sin embargo, los eruditos y magos con identidad comprobada seguían entrando con libertad. Seguramente por las donaciones.

"¡Entonces explica qué pasaba con ese hombre de antes!"

Aun así, lo que más lo carcomía era aquel hombre enmascarado que había estado al lado de Anya. Cada vez que lo recordaba, la mano todavía le palpitaba de dolor. Apretando los dientes, exigió:

"¡Habla de una vez!"

Como Anya no respondía, la cara del hombre se torció de impaciencia. Golpeaba el suelo con el pie sin disimular su ansiedad.

"¿Ves? ¡Sabía que no se te podía confiar nada! Llamaré a los guardias ahora mismo."

Antes de que el mercenario pudiera moverse por la orden, Anya actuó de inmediato.

¡Clac!

Con un simple ademán suyo, el mercenario cayó pesadamente al suelo, como una hoja seca que se desprende de un árbol. Todo sucedió en un parpadeo. El hombre, que estaba furioso, se quedó boquiabierto, parpadeando sin fuerza, mirando a Anya con incredulidad.

"Ah…"

Balbuceó, intentando gritar, pero de su garganta sólo salieron ruidos extraños, como un globo desinflándose. Por el movimiento de sus labios parecía decir: “¡¿Cómo puede un simple mago…?!”

“Yo tampoco quería hacer esto.”

Anya dejó escapar un pequeño suspiro y miró al mercenario. Lo había dejado inconsciente apretándole rápido el plexo solar, pero eso apenas le daría unas horas de ventaja. Si alguien los descubría antes, el tiempo se reduciría aún más. Mordiéndose el labio, como si estuviera incómodo, se volvió hacia el hombre.

“¡N-no te acerques!”

El hombre se dejó caer al suelo, con las piernas temblando, y le gritó a Anya:

“¡Ya veo, eres cómplice de ese del maldito antifaz negro!”

Desesperado, escondió rápido la mano detrás de sí, mirando alrededor como una rata buscando agujero.

“De verdad no tenía mala intención.”

Mercenarios aparte, ese hombre era un noble de la familia Haxus. Si dañaba a un noble a la ligera, las cosas se complicarían bastante.

“¿Mala intención? ¡Mira cómo dejaste mi mano! ¿Crees que dejaré tranquilos a tus hijos? ¡Voy a ir con mi hermano mayor y…!”

Pero no había alternativa. Anya le golpeó la nuca con la empuñadura de la espada, y el hombre se desplomó, sin fuerzas.

¿Qué hacer ahora? Suspirando otra vez, Anya lo cargó sobre un hombro. Ya vería luego cómo lo amordazaba; por lo pronto, era mejor evitar cualquier escándalo antes de llegar al tercer sótano. Después de ocultar más al fondo del jardín al mercenario caído, Anya se echó al hombro al noble y corrió hacia el subterráneo.

---

Llegar al tercer sótano no resultó tan difícil. Con la magia de detección, Anya ya había memorizado la estructura del edificio, así que avanzó sin demora. Cada vez que el hombre inconsciente en su hombro dejaba escapar un gemido, Anya murmuraba una breve disculpa al cielo y volvía a dejarlo fuera de combate.

A diferencia de la biblioteca de la superficie, solemne y resplandeciente, cuanto más bajaba, más el ambiente se volvía como una prisión subterránea, sombrío y opresivo. Gotas de agua de origen incierto caían del techo, empapándole de vez en cuando el cabello. Anya generó en su mano una pequeña esfera de luz en lugar de antorcha.

Al instante el entorno se iluminó, y pronto apareció ante él una puerta gigantesca.

“……”

Anya lo intuyó al instante: detrás de esa puerta debían de estar los libros prohibidos ocultos por la familia Haxus. De las rendijas escapaba una magia helada.

“El problema es… cómo abrirla.”

El lugar estaba localizado, pero abrir la puerta dependía solo de él. Apoyó al hombre desmayado contra una pared y lanzó la esfera de luz hacia arriba. La sala tenía un techo abierto que conectaba hasta el primer y segundo sótano. La puerta era enorme.

Apoyó la mano sobre ella. Pese a lo simple de su aspecto, la energía mágica que bullía en su interior era brutal y feroz. Además, parecía de un atributo opuesto al de Anya, pues la palma le ardía de dolor.

“Si lo hubiera sabido… habría estudiado más magia.”

El arrepentimiento llegó tarde, y ya no servía de nada. Respiró hondo y expandió la luz para iluminar la totalidad de la puerta.

Entonces vio inscripciones grabadas en los bordes.

“Los magos siempre son presumidos y retorcidos.”

Recordó vagamente aquella queja de Riario. Quizás esperaban que se leyeran en voz alta. Anya empezó a recitar los caracteres con su voz entrecortada.

Sorprendentemente, a medida que hablaba, las letras comenzaron a brillar hasta revelarse por completo. Cuando todas irradiaron luz, un estruendo sacudió el techo y algo cayó desde arriba.

Una nube blanca de polvo le obligó a cubrirse la boca con la manga y toser.

“Quien me ha despertado. Te haré tres preguntas.”

Una estatua colosal con forma de caballero avanzó lentamente hacia él.

“El que responda vivirá. El que no, morirá.”

El caballero clavó la espada en el suelo frente a la puerta, bloqueando el paso. El piso tembló. Anya, conteniendo un dejo de reverencia, contestó:

“E-estoy… listo.”

El caballero abrió la boca con calma, como si hubiera esperado esa respuesta.

“Al nacer es lo más grande, en su plenitud lo más pequeño, y en la vejez vuelve a crecer. ¿Qué es?”

La tensión le recorrió el cuerpo. ¿Un acertijo? Se frotó las palmas sudorosas contra la tela del pantalón. La esfera de luz proyectaba sus sombras en el suelo. Los ojos de Anya brillaron con una intuición.

“Es… ¡la sombra! Es una sombra.”

Un estruendo confirmó la respuesta: la estatua, arrodillada, se incorporó un poco.

“La hermana da a luz al hermano, y el hermano da a luz a la hermana. ¿Qué es?”

La pregunta era enrevesada. Al tardar en responder, la estatua agarró la empuñadura de la espada, como si fuera a blandirla.

“……”

Recordó los acertijos con los que los nobles mataban el tiempo en la boda de su hermana mayor. Él nunca participaba, pero escuchaba.

Finalmente, con duda, dio su respuesta.

“Eso… son el día y la noche.”

La estatua guardó la espada y se incorporó otro poco. Correcto. Aliviado, Anya contuvo la alegría y lo miró con seriedad. Solo faltaba la última pregunta.

La estatua, ahora medio erguida, lo observaba desde arriba con su enorme rostro.

“Está sobre tu cabeza, pero no puedes verlo, ni tocarlo, ni oírlo, ni olerlo.

Flota en el cielo, pesado, pero junto a las estrellas da luz.

Nace de la nada, crece por sí solo, y solo llega cuando la vida termina. ¿Qué es?”

La voz solemne resonó en el subterráneo.

El silencio cayó. El enigma era terriblemente difícil. Anya repasó mentalmente lo leído en libros, pero no estaba seguro. Si respondía mal, todo acabaría.

El caballero notó su vacilación y volvió a empuñar la espada. Anya controló la respiración, cerró los ojos y recordó los pasajes que devoraba en su niñez, encerrado en el palacio anexo.

《El gran caballero Thon, al mirar el pueblo en llamas, pensó: la oscuridad empieza en la nada y crece en el corazón de los hombres, como odio, como rencor. En la pila de cadáveres, Thon soltó una risa vacía. La oscuridad siempre llega con la noche, se cierne sobre nosotros y sin embargo nadie la percibe… hasta que al morir, por fin, reconocemos la oscuridad eterna.》

“¡Espera! ¡Oscuridad, es la oscuridad!”

Anya gritó la respuesta apresuradamente.

La estatua se irguió del todo, desenvainó la espada clavada en el suelo y con ella golpeó la puerta. El temblor recorrió el piso, y las gigantescas hojas se abrieron lentamente a ambos lados.

La alegría de haberlo logrado se mezcló con la tensión de lo que venía. Pasando junto a la estatua, ya vuelta de nuevo piedra, Anya entró en la cámara oscura.

A diferencia de los pisos superiores, aquí apenas había unos cuantos tomos en los estantes. El silencio reinaba. Con cautela, tomó un libro.

《El fin de la Tercera Era -Autor: Sabio Antonio Belcun》

Intentó abrirlo, pero un dolor recorrió sus dedos y lo dejó caer. También estos libros prohibidos estaban protegidos con complejos hechizos.

“Solo el dueño del libro… puede abrirlo.”

Sin tiempo para lamentarse, varias voces susurrantes lo envolvieron con la magia del sello. El dueño debía ser Babel Haxus, quien había encargado crear ese lugar.

“Entonces… quizá la sangre de un hermano también funcione.”

Su mirada fue hacia el noble desmayado junto a la puerta.

Con cuidado, Anya le tomó la mano y la puso sobre el borde del libro.

Enseguida, un resplandor rodeó el tomo, y el sello se disipó con un sonido de viento. Anya repitió el proceso con los demás libros, liberando sus encantos.

Sin tiempo de revisar todo, eligió apresuradamente los de títulos más llamativos y los guardó en su pecho. Por último, abrió el que más le interesaba: 《El fin de la Tercera Era》.

<Yo tampoco soy más que un simple humano que vive aferrado a esta tierra como los demás. Sin embargo, como uno de los Ocho Sabios tengo el “deber de registrar”, y por ello dejo escrito este libro.>

En el prólogo del libro se hallaba esta breve nota escrita en caligrafía cursiva por el sabio Antonio Belcun, donde explicaba el propósito de la obra. La palabra “sabio” era un título que Anya había escuchado de pasada entre los murmullos de los hechiceros del piso superior, pero aquellos ya no eran seres que pertenecieran al mundo de los vivos.

Con manos algo apresuradas, Anya pasó las páginas. Cuanto más avanzaba en la lectura, más helado se volvía su semblante.

<Aquel día, todas las razas de esta tierra pagaron con creces el precio de haber ignorado los incontables presagios y profecías. …Cuando llegó la Noche Eterna, la antigua barrera mágica que envolvía los muros también se derrumbó. Entonces, como si lo hubieran estado esperando, interminables oleadas de bestias demoníacas arrasaron el continente, masacrando sin piedad a los hombres. Las murallas que habíamos levantado se desmoronaron en vano, las ciudades resplandecientes ardieron en llamas, y los ríos se llenaron de cadáveres putrefactos. Los sobrevivientes, incapaces de resistir el frío y el hambre, llegaron incluso a devorarse entre sí.>

“La Noche Eterna… De verdad… de verdad existió.”

Los dedos con los que pasaba las páginas temblaban sutilmente. Buscó con cuidado alguna pista sobre los Andarlianos, pero no encontró rastro alguno. Aun con el rostro crispado por la ansiedad, siguió hojeando sin detenerse.

<A la vanguardia de los monstruos marchaban los Caballeros Negros sin cabeza. Los nueve Caballeros Negros, los Duroc, eran seres que habían recibido fragmentos del alma de Tanon, y cada uno comandaba un ejército de bestias capaz de arrasar con dos o tres ciudades enteras. Su despertar anunciaba el inminente regreso de Tanon. Si él volvía a abrir los ojos, el mundo quedaría teñido otra vez por una oscuridad eterna.>

Al leer la palabra Caballeros Negros, la mano de Anya se detuvo de golpe. Su mirada se desplazó instintivamente hacia la ilustración que Antonio había dejado al lado. Aunque estaba toscamente dibujada con carbón, la forma era inconfundible: un corcel negro muerto y, sobre él, una silueta sombría.

Algunos no tenían cabeza, otros llevaban máscaras de hierro ennegrecido. Debajo se podía leer una breve nota al pie:

<Son marionetas de Tanon, nacidos en el vacío de la oscuridad. Dentro de las máscaras de hierro no hay más que tinieblas en perpetuo torbellino. Nunca, bajo ningún concepto, intentes mirar en su interior.>

“Ah…”

Un pequeño suspiro escapó de los labios de Anya. La verdadera identidad de los Caballeros Negros eran, en efecto, Duroc. Aunque Evernight aseguraba haberlo derrotado más allá de la muralla, en realidad eran nueve. ¿Habrían atacado Tildeon para vengar a su compañero caído?

Con los ojos desencajados por el impacto, buscó a toda prisa otro volumen. Recordó de pasada un título que había alcanzado a ver mientras revisaba otros textos. Con manos torpes abrió el libro titulado Tanon y los Doce Dioses.

Mientras lo hacía, un escalofrío inexplicable lo recorrió, seguido poco después por un calor sofocante que lo confundió aún más.

<En la Primera Era, cuando el Dios de Todo envió a sus trece hijos a esta tierra. Tanon fue el primero de ellos en rebelarse contra su padre. Como los demás dioses, al inicio poseía un aspecto hermoso y una voz absoluta, pero la vileza de su envidia y su ambición por el poder supremo… lo llevaron a crear la noche en esta tierra y a traer la oscuridad…>

De pronto, las manos de Anya se congelaron sobre la página. Sintió algo frío rozándole la nuca y un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Comprendió de inmediato que era el filo bien templado de una espada.

“Deja eso.”

El instinto asesino le erizaba la piel. Con cautela, Anya bajó el libro y lanzó una mirada de reojo hacia el suelo.

“No contrataron a un mercenario… sino a un maldito ladrón.”

Reconoció la punta de aquellos zapatos puntiagudos. Eran los mismos que llevaba Babel Haxus esa mañana en el piso más alto de la biblioteca.

“Vaya. Sí que supiste aprovechar a ese imbécil.”

Con desprecio, miró a su hermano, inconsciente en un rincón, y soltó una risa hueca. Acto seguido, le propinó a Anya una patada brutal en la espalda. Él se dejó caer torpemente al suelo, ocultando apresurado el libro entre sus ropas.

“¿Quién te envió?”

Ante el silencio, Babel Haxus rechinó los dientes y, con los ojos inyectados en sangre, escudriñó los libros desparramados por el suelo.

“Son por estos libros, ¿no? Si no fuera por ellos… ¡Debería haber hecho caso a mi padre y haberlos destrozado hace tiempo!”

Fuera de sí, su cuerpo entero tembló. Entonces hundió la espada en uno de los volúmenes que asomaban cerca de los pies de Anya.

“¡No! ¡Detente!”

Anya interceptó la hoja para proteger el libro, pero el acero perforó su mano. Entre dientes apretados se le escapó un gemido, aunque aun así no soltó el tomo. Tenía que llevarlo a Tildeon a toda costa.

“¡Maldito lunático!”

Babel Haxus titubeó un instante, sorprendido por la ferocidad de Anya, pero enseguida, con el rostro torcido de locura, le gritó:

“¡Yo fui quien protegió estas cosas! ¡Aun soportando maldiciones y humillaciones, yo… yo…!”

De pronto, bajó la cabeza como un muñeco al que se le cortan los hilos. Su larga cabellera rojiza cayó y cubrió por completo su rostro. Por debajo, comenzaron a escucharse risitas sofocadas y un murmullo incomprensible, como si recitara un hechizo.

Aprovechando el momento, Anya intentó arrancar la espada de su mano, pero Babel Haxus alzó de pronto la cabeza con tal violencia que casi se le quebró el cuello, y le cruzó una bofetada en la cara. Pese a parecer un duque débil y enfermizo, su fuerza resultaba aterradora.

“¡Y tú, un don nadie, te atreves a robar lo que he protegido toda mi vida! ¡Mejor quemarlo todo hasta reducirlo a cenizas! ¡Sí, lo quemaré todo!”

Entre carcajadas histéricas, caminó tambaleante hacia una de las antorchas encajadas en la pared.

“¡No! ¡Detente! ¡Por favor, no lo hagas… ugh!”

Anya, arrancándose por fin la espada de la mano herida, se lanzó contra él.

“¡Lo quemaré todo! ¡A ti, a esos libros, a todo!”

La fuerza de Babel Haxus era descomunal, muy distinta de la fragilidad que había mostrado hasta entonces. Resultaba increíble que hubiera ocultado semejante poder. Aun así, Anya lo sujetó con todas sus fuerzas. Ambos rodaron por el suelo en una violenta lucha.

“¡Basta…! ¡Si incendias este lugar, tú también morirás!”

Anya logró subirse sobre él y lo inmovilizó. El cabello desgreñado del hombre se abrió por un instante y algo llamó la atención de Anya. Sus pupilas temblaron con violencia.

“Eso es… acaso… ¿Su Majestad…?”

“¡Hermano!”

De pronto, una sombra irrumpió por detrás. El hermano menor de Haxus, que antes estaba inconsciente, había despertado y se abalanzó sobre Anya, cogiéndolo del cuello con toda su fuerza.

“¡Hermano! ¿Está usted bien? ¡Este maldito ladrón!”

Aprovechando la oportunidad, Babel Haxus logró zafarse de debajo de Anya y, con los ojos en blanco, se arrastró hacia la pared donde había una antorcha. Su aspecto era el de un fanático poseído por una secta.

“Ugh, su- suélteme…!”

¡Agh! Anya torció hacia atrás la muñeca del segundo hijo que lo sujetaba y salió corriendo hacia Babel. Pero ya para entonces, Babel Haxus estaba de pie junto a la antorcha, limpiándose la sangre de la comisura de los labios.

“Todo volverá a ser cenizas.”

Se giró hacia Anya y sonrió de forma desafiante.

Todo se sentía como en cámara lenta. Sus propias piernas corriendo, y los movimientos del hombre levantando la antorcha para lanzarla contra el estante.

“¡Ja, ja, ja, quémalo todo! ¡Acaba con todo de una vez!”

La antorcha cayó justo sobre la estantería. En un instante el calor abrasador se propagó. Anya se quitó de prisa el abrigo para sofocar las llamas, pero el fuego, alimentado por el papel seco, lo devoraba todo, incluso su propia ropa que empezó a arder.

“¡Destrúyelo todo! ¡Esta maldita biblioteca, y esos condenados libros prohibidos!”

Babel Haxus giraba dentro del fuego, soltando carcajadas desquiciadas sin parar.

“H-hermano…?”

“¡Vaya afuera y llame a los guardias!”

Anya abofeteó con fuerza la cara del segundo hijo, que miraba a su hermano mayor como si hubiera perdido la razón.

“¿Q-qué…?”

“¡Aquí hay muchos eruditos y magos! ¡Hay que evacuarlos a todos! ¿Acaso quiere que mueran? ¡Vamos, rápido!”

Empujándolo hacia la salida, Anya logró que aquel hombre, entre sollozos, corriera hacia afuera. Enseguida Anya rasgó el borde de su túnica y lo enrolló alrededor de su mano. Todavía no era tarde. Antes de que el fuego consumiera todos los libros debía rescatar al menos los volúmenes sobre Tanon y llevarlos a Tildeon.

Con una respiración corta y firme, se lanzó de lleno hacia las llamas.

‘Por favor, por favor…!’

El fuego al que entró sin dudar no resultaba tan abrasador como debía. Pero no había tiempo de pensar en lo extraño que era. Anya pisoteó las chispas que alcanzaban los libros, recogió uno con rapidez; la cubierta estaba chamuscada, pero el interior se veía intacto.

Con el libro en brazos, buscó a Haxus. El eco histérico de su risa había cesado de repente. En medio del humo, Anya tosió y entrecerró los ojos. Más allá, Babel Haxus observaba algo con la mirada perdida.

“¡Lord Haxus! ¡Debemos salir de aquí!”

Cuando le dio un golpecito en el hombro, la cabeza de Haxus giró hacia él de forma antinatural. Sus dientes mordían sin piedad sus propios labios, desgarrando la carne, tiñendo todo el contorno de su boca de rojo.

“¿Q-qué está haciendo…?”

El rostro de Anya palideció. Los ojos de Babel se volteaban lentamente, mostrando solo el blanco, pero aun así parecía que lo miraban fijamente.

¡Cof, cof! La tos no paraba. El humo ya llenaba toda la sala. Anya lo sujetó fuerte de los hombros para arrastrarlo fuera. Tal vez no murieran por las llamas, sino asfixiados antes.

Decidió que lo mejor sería dejarlo inconsciente y levantó el brazo para golpearle el cuello, pero de pronto el hombre embistió contra la pared. ¡Crack! El sonido de su cráneo golpeando el muro retumbó en los oídos de Anya. No se detuvo; otra vez, ¡pum!, contra la pared. Sus labios destrozados se movían a una velocidad imposible, recitando palabras extrañas como si fueran escrituras de alguna religión prohibida.

“Ki-hi… T-Tanon… kuk… Tanon…”

“¡Deténgase! ¡Así va a morir!”

Anya intentó separarlo de la pared, pero era inútil. Su cuerpo estaba rígido como una columna de piedra.

“¡Lord Haxus, por favor, basta ya!”

¿Era la presión de su padre y la ansiedad lo que lo había llevado a esto? ¿O acaso algo más lo había trastornado? Las llamas ya casi los alcanzaban. El calor sofocante amenazaba con reducirlo todo a cenizas. Anya, empapado de sudor, golpeó varias veces la espinilla de aquel hombre petrificado.

Y aun así, dentro de sí mismo, también sentía que algo extraño le invadía, una sensación hipnótica que lo arrastraba. No era imaginación.

Tenía que confirmarlo. Ahora o nunca.

Apretando la cabeza de Babel como si aplastara un insecto, Anya apartó su cabello. Entre los mechones encontró un pendiente metálico, caliente al tacto.

“Un arete rojo…”

Al reconocerlo, un calor diferente al del fuego recorrió de golpe todo su cuerpo. En ese mismo instante, Babel mostró los dientes como una fiera acorralada. Ya no quedaba rastro de cordura en él, era igual a una bestia.

En un abrir y cerrar de ojos, invirtió las posiciones. Se sentó sobre el abdomen de Anya, con la saliva ensangrentada goteando de su boca.

“Todo… kuk… regresa… kik… al seno de Tanon…”

Con semejante fuerza, parecía que en cualquier momento su cuello iba a hacerse trizas. Anya, aferrándose a la visión que se le volvía blanca, apenas logró extender la mano hacia él. Los caracteres grabados en su muñeca brillaron en rojo por un instante. Cuando sus dedos tocaron el pendiente rojo que se balanceaba en la oreja de Haxus, la presión sobre su cuello se debilitó de golpe.

Tuk.

Babel Haxus se desplomó sin fuerzas en los brazos de Anya. Él soltó una tos áspera, llenándose de golpe los pulmones de oxígeno y de un gas espeso. Su pecho subía y bajaba de manera irregular.

Tenía que salir de ahí cuanto antes. Anya intentó cargar a la espalda al inconsciente Haxus, pero de pronto bajó la mirada hacia su propia mano. Los recuerdos pasados lo atravesaron como una linterna girando a toda velocidad, y de pronto le vino a la cabeza una pregunta que en otra ocasión le había hecho Riario.

“¿Ya decidió cuál será su afinidad mágica?”

De alguna manera, sentía que podía intuirla ahora. Cerró con fuerza el puño y estaba a punto de salir del cuarto interior cuando una sombra espesa se proyectó bajo sus pies. Anya levantó lentamente la cabeza.

“…¿Lord Evernight?”

El sonido áspero de una respiración le rozó justo delante. ¿Por qué él estaba aquí…? Antes de que sus pupilas temblorosas se dilataran del todo, Evernight lo envolvió en sus brazos con un ímpetu desesperado, como si apenas pudiera contener un deseo insoportable.

“Maldita sea, joder….”

El aliento ardiente del hombre rozó su nuca y se apartó. Evernight jadeaba, poco propio de él, como si hubiera corrido sin descanso; ese murmuro se sentía como un tono inquietante. También su pecho subía y bajaba con violencia, igual que el de Anya. El muchacho, desconcertado, no pudo más que quedarse quieto. ¿Acaso estaba preocupado por mí? Esa pequeña ilusión agitaba su interior como pequeñas ondas en el agua.

“Déjalo. Abandona a ese bastardo.”

Evernight lo apartó de su abrazo y señaló con frialdad al cuerpo colgado en su espalda.

“No está muerto.”

Anya negó con la cabeza en silencio. Entonces, la mirada helada de Evernight brilló azul, tan cortante que parecía capaz de apagar el mismísimo fuego que devoraba el lugar.

“Anya. Hazme caso. No vale nada.”

Por un momento pensó en explicarle lo del pendiente rojo. Pero cuando Anya lo sostuvo con terquedad en la mirada, Evernight se pasó la mano por el pelo con fastidio.

“Maldito mocoso de mierda.”

Y aun insultando, acabó cargando él mismo el cuerpo apenas tembloroso de Haxus sobre su hombro como un fardo. Luego bajó su capa y la echó encima de Anya. Con ojos firmes inspeccionó con cuidado su rostro antes de apartar la vista a regañadientes.

“Cubre bien la boca y la nariz.”

Solo entonces Anya soltó, kugh, la tos que había reprimido. Ni cuenta se había dado, pero el rostro lo tenía empapado de lágrimas y mocos involuntarios. Mostrar esa cara a Evernight lo avergonzó tanto que sus orejas se tiñeron de rojo.

“Los guardias vendrán en cualquier momento. Los eruditos y magos están enloquecidos por volver a Blun, así que en esa confusión escaparemos.”

Evernight lo tomó de la mano y tiró de él hacia adelante. Ambos comenzaron a correr. Cuanto más aceleraban, más fuerte se entrelazaban sus dedos, sin dejar huecos. Bajo sus palmas, el pulso del otro golpeaba de manera reconfortante.

Detrás, el fuego se expandía; en la superficie, la multitud se agitaba caóticamente. Pero Evernight y Anya solo sentían el aliento del otro.

“¡Babel! ¡Dónde está Babel!”

A lo lejos, el padre de Haxus gritaba a los guardias. El humo que emergía del subsuelo ya se adueñaba del salón principal del Museion. Los sirvientes y soldados bajaban a trompicones con baldes de agua.

“Nosotros… no lo sabemos, mi señor.”

El capitán de la guardia y varios mercenarios vacilaban frente al duque.

“¡Para eso sí tienen lengua, inútiles! ¡Encuéntrenlo ahora mismo!”

El duque arrojó su bastón con furia. Apenas retrocedieron los guardias, un grupo de eruditos y magos, ya listos para partir, lo rodearon y le gritaron en coro:

“¡Dónde está Babel Haxus! ¡Explique este alboroto ahora mismo, o nos iremos en este instante!”

“¡Entonces váyanse rápido! ¡A mi casa no le hacen falta aves migratorias que vienen y van!”

“¡Entonces al menos mándenos un barco a Blun!”

“¿También tengo que encargarme de eso? ¡Arréglenselas solos!”

El duque agitó la mano con fastidio, y entonces, entre la multitud, distinguió el rostro lívido de su segundo hijo. Corrió hacia él.

“¡Ah, padre…!”

“¿Dónde está tu hermano? ¡Ese inútil degenerado, otra vez armando un desastre!”

El hijo menor, dominado por el miedo, no pudo articular bien palabra. Solo balbuceaba que su hermano… su hermano… Como si Babel Haxus, enloquecido por las llamas, fuera a irrumpir en cualquier momento y torcerle el cuello.

“Anya, debemos irnos.”

Evernight dejó el cuerpo desmayado de Haxus tras una columna y llamó al muchacho. Como había dicho, nadie reparaba en ellos: todos estaban sumidos en el caos.

“¡Allí, un barco! ¡Se acerca un barco!”

Alguien señaló hacia el mar visible desde el vestíbulo. Los eruditos y magos aprovecharon para escapar en estampida. Aun así, algunos hechiceros más jóvenes, con apego a la Gran Biblioteca, se quedaron en su sitio.

“¡Magos de agua, ayuden un instante! ¿Van a dejar que este legado se pierda por completo?”

Evernight volvió a tomar a Anya de la mano, llevándoselo.

“Anya, nosotros también debemos irnos.”

Anya comprendió de golpe que era él quien había llamado a esos barcos. Su mirada vaciló entre la firme mano que lo sujetaba y el cuerpo ensangrentado de Babel Haxus recostado contra la columna. Evernight apretó con más fuerza, acortando la distancia de su indecisión.

“Señor, un momento.”

Anya se soltó y corrió hacia Haxus. Sin dudar, arrancó el pendiente de su oreja.

Él no podrá resistirlo. Igual que el hermano Royster, acabará muerto. Pero yo… quizá yo sí pueda soportarlo.

“Ahora vámonos.”

No podía caer en otras manos. O lo destruía por completo, o descifraba la intención oculta del Emperador, de su padre.

---

Los que trajeron los barcos hacia Blun eran habitantes de pueblos cercanos, los mismos que esa mañana habían protestado porque no los dejaban entrar a la Gran Biblioteca. Ahora negociaban con los eruditos y magos que suplicaban pasaje.

“¡Somos de un pequeño pueblo cerca de Blun! Si nos enseñan cómo protegernos de los monstruos, con gusto los llevaremos.”

Un murmullo recorrió a los presentes. El salario de un mago o erudito de prestigio superaba con creces al de cualquier mercenario. Y los de la Gran Biblioteca, mucho más aún: ni un señor feudal con sacos de oro podía comprar tan fácilmente su ayuda. ¡Y ahora querían rebajar su valor a cambio de un simple pasaje en barco!

“¡Esperen todos! ¡Lord Haxus ha sido rescatado! Mientras el Duque viva, quienes pertenecen a la Biblioteca tienen el deber de protegerla.”

Mientras dudaban, un grupo de guardias a caballo bajaba a toda prisa por la colina.

“¿Qué harán, señores? ¿Volverán? ¿O subirán al barco?”

Los hombres en la borda proclamaban solemnemente a la multitud confundida.

“¡Yo no lo sé! Pero todos sabemos lo loco que está el Duque. Allá afuera la energía de los monstruos es peligrosa, y el duque del norte que lideraba la expedición también está desaparecido. Aquí no hay murallas ni ejército que nos proteja, solo un loco al mando. Si nos quedamos, estaremos desamparados. ¡Cada uno debe buscar su propia salvación!”

Al poco, un anciano erudito de cabellos entrecanos alzó la voz. El tumulto en el muelle se volcó de inmediato, y pronto las voces de “¡Subamos al barco!” resonaron con fuerza.

“Señor, nosotros no somos magos ni eruditos, apenas mercenarios. ¿Podremos subir?”

Anya murmuró preocupado, viendo que la cubierta ya estaba repleta. Pero en ese momento, uno de los barqueros que ayudaba a subir a un mago enjuto levantó la vista, y al reconocer a Evernight, se iluminó de alegría.

“¡Ah, señor! ¡Aquí estaba usted!”

Parecía conocerlo. Anya le lanzó a Evernight una mirada que exigía explicación, pero este lo ignoró con ligereza y lo llevó hacia el barco.

“Así que ellos son sus acompañantes. Vamos, suban.”

Sorprendentemente, el hombre los dejó embarcar aunque claramente parecían mercenarios. La cubierta ya estaba llena de gente, pero nadie les prestó atención. Si alguien decía algo, bastaba con afirmar que eran hombres contratados por él.

“¡Zarpamos!”

Las velas se desplegaron y las amarras se soltaron rápidamente del mástil. Desde la colina, los guardias descendieron a gran velocidad, pero ya era demasiado tarde.

“Solo les di un par de consejos.”

Evernight murmuró con voz plana cuando el barco ya estaba en marcha. Con esas palabras, Anya entendió la situación al fin y, de golpe, el cuerpo se le relajó. Se dejó caer contra la pared del timón, exhausto, y Evernight lo sostuvo por la cintura. Anya, con el rostro levemente enrojecido, sacudió la cabeza.

“Estoy bien. Es solo… que me sentí aliviado.”

Sentado ya, Anya sacó de su ropa algunos libros chamuscados. Aunque ennegrecidos, todavía se podían leer. Era un verdadero alivio. Sin dudarlo, se los entregó a Evernight.

En el rostro juvenil de Anya, bañado por la luz del sol, había pequeños rasguños y manchas negras.

“Señor, no pude traerlos todos, pero…”

Las mejillas aún redondeadas por la niñez se inflaron, y sus ojos amables se curvaron en una sonrisa radiante. Era imposible ocultar la emoción que se reflejaba en su expresión.

“Lo importante es que el contenido está intacto.”

De no haberlos salvado, no hubiera tenido cara para volver a Tildeon. Con voz animada, habló entre los labios sonrientes:

“Eché un vistazo y creo que aquí hay pistas sobre los Caballeros Negros…”

No alcanzó a terminar cuando Evernight le agarró de repente la mano, interrumpiéndolo. El libro cayó al suelo de la cubierta.

“Señor…?”

Anya lo miró desconcertado; la luz del sol caía detrás de Evernight, oscureciendo su rostro de una manera inquietante. La expresión implacablemente seria le hizo pensar, por un instante, que había cometido un error.

“Yo… no debí sacarlo aquí, fue un descuido. Lo siento.”

La sonrisa se borró y se inclinó para recoger el libro, pero Evernight seguía sujetándole la muñeca, impidiéndoselo.

“Señor, un momento… ¡ah!”

Evernight apretó su agarre. La mano derecha de Anya se abrió de golpe, y el viento marino hizo volar la tela que la cubría. La herida quedó expuesta a la vista del caballero.

“¿Fue Haxus quien hizo esto?”

El silencio de Anya fue respuesta suficiente. Si lo confirmaba, Evernight correría de inmediato a matar a Babel Haxus. Sus ojos fríos, brillando bajo el sol, parecían totalmente ajenos a este mundo.

“No… n-no es una herida que interfiera con el viaje.”

Balbuceó con voz apagada. Una chispa de ira cruzó fugazmente el rostro del hombre.

“Ya veo. Bien lo sabes.”

Evernight soltó una risa burlona, pero enseguida le soltó la muñeca con brusquedad y le dio la espalda.

Anya miró el libro rodando por el suelo, con un dejo de desilusión. Lo había rescatado con tanto esfuerzo y, sin embargo, Evernight lo trataba con indiferencia.

'¿Se enfadó porque no podría sostener las riendas del caballo…?'

No era incomprensible: en situaciones críticas, cada uno debía moverse rápido, sin compartir montura. Pero aun así…

'¿Por qué siempre sé una cosa y desconozco otra?'

Se reprochó a sí mismo mientras guardaba los libros con cuidado. El sol hizo brillar un pendiente rojo que se asomaba bajo su túnica.

 ***

Un rato después, llegaron al puerto de Blune. La multitud se sorprendió al ver los barcos abarrotados de gente.

“Gracias. Me ha dado un apoyo que no esperaba. Me preocupaba volver con las manos vacías tras tanto esfuerzo, pero se lo debo a usted.”

El hombre se descubrió la cabeza ante Evernight y, acercándose, le susurró:

“Me he enterado de que no solo aquí, también en la región oeste de Forerium hay caos. Pueblos arrasados, campesinos errantes… todos se dirigen a la capital. En breve comenzará un éxodo imparable.”

Anya, que escuchó de cerca, recordó un pasaje leído en la Biblioteca Mundial:

Los Caballeros Negros conducían a un ejército de monstruos, y su despertar anunciaba el regreso de Tanon…

No había otra explicación. Pero se suponía que Tanon había sido sellado para siempre por el primer Kleist después de la guerra. Mientras Anya meditaba, Evernight se despidió con un leve saludo y se dirigió hacia la plaza de Blune.

“Gracias por llevarnos.”

Anya también se inclinó antes de correr tras él. Durante el regreso en barco, Evernight no dijo una palabra: ni sobre los libros, ni sobre Haxus.

“Señor, este no es el camino hacia la puerta de la ciudad…”

La marcha de Evernight era rápida, y en lugar de ir a la muralla se adentraba cada vez más en la plaza. Los transeúntes miraban con curiosidad a Anya, que corría tras él.

“¡Señor!”

Evernight se detuvo al fin, giró la cabeza con frialdad y caminó hacia Anya. Antes de que este pudiera reaccionar, lo tomó del cuello y lo empujó con fuerza contra la pared.

“Basta. Deja de hablar, Anya.”

Su expresión era dura, como si contuviera algo que estaba a punto de estallar. Recorrió con la mirada la figura desordenada de Anya, deteniéndose un instante en su mano ensangrentada, pero sin mostrar mayor emoción.

“Señor… yo…”

Evernight se pasó una mano nerviosa por la cara. Ese niño, que lo miraba asustado, no estaba realmente herido de gravedad. Había hecho lo justo para no ser un estorbo. Debería, incluso, felicitarlo.

Debería sentirse satisfecho de que su esposa, siempre con ese corazón lleno de compasión barata, arriesgara todo para salvar a otros.

Y aun así, le resultaba insoportable.

Soltó el cuello de Anya con brusquedad. El muchacho lo miraba con miedo, y esa sumisión ,aun siendo ya un guerrero casi de nivel caballeresco, le hizo sentir aún peor.

“Señor, yo…”

Evernight no lo escuchó y se alejó por el callejón. Le molestaba que Anya le temiera, pero a la vez era prueba de que seguía pendiente de él. Y cada palabra de Anya despertaba en su interior tormentas que lo devolvían a su infancia impotente y miserable.

“Nos quedaremos aquí hasta la noche. Partiremos después.”

Anya lo siguió en silencio hasta una posada modesta en un callejón apartado. No era como el gran hospedaje en el que habían estado antes, pero servía para pasar desapercibidos. Aunque… ¿realmente había necesidad de esconderse?

Como si hubiera adivinado sus pensamientos, Evernight tomó su mano derecha.

“Cúrate bien. Pasarás mucho tiempo sin bajar del caballo.”

Entonces entendió el motivo de detenerse en esa posada. Antes de que pudiera disculparse, Evernight ya había entrado sin mirarlo. Su mirada, antes cargada de ira, estaba ahora vacía.

No pasó mucho antes de que una sirvienta llegara con medicinas y vendas. Evernight tomó la bandeja y se acercó a Anya.

“Siéntate.”

Anya, que ordenaba con cuidado el libro que había sacado de su pecho, se encontró sentándose en el borde de la cama obedeciendo casi sin pensar al corto mandato. Al cabo de un momento, Evernight se arrodilló sobre una rodilla y bajó la mirada hasta su altura.

"Señor, y-yo lo haré."

A pesar de la apresurada negativa, él ya le había tomado la mano derecha. Anya reprimió un quejido. No quería mostrarse débil delante de un hombre.

"El mocoso que decía querer ser caballero se terminó hiriendo la mano derecha."

Los ojos azules, fríos, parecían los de un instructor severo. Evernight destapó sin titubeos el frasco verde y vertió el líquido en la palma de Anya. Del dolor agudo, mucho más intenso de lo esperado, se le escapó un gemido entre los labios. Hacía mucho que no sentía un dolor tan crudo.

Enseguida Evernight extendió una venda y, con movimientos seguros, la fue envolviendo sobre el dorso de su mano. Su destreza era evidente.

"…Gracias."

Algo cohibido, Anya le dio las gracias. Antes de que el silencio se hiciera incómodo, otra vez se escuchó el golpe de la sirvienta en la puerta.

"El agua para el baño que pidió, señor."

Del barreño recién traído se elevaba vapor caliente. Apenas salieron los dos criados, Evernight lanzó otra orden breve a Anya.

"¿Qué esperas mirando? Desvístete."

Anya lo miró sin lograr ocultar el desconcierto.

"Ya nos hemos revolcado juntos decenas de veces, ¿hasta cuándo vas a seguir avergonzándote?"

Su tono sonaba algo cansado. Ante sus palabras tan directas, los recuerdos de la noche anterior lo golpearon como una avalancha. Dudó sin saber qué responder y, mientras tanto, Evernight se pasó una mano por el cabello antes de ordenar con frialdad de nuevo:

"Deja ya esa cara de inocente, Anya. Si no entras con tus propios pies, te voy a desnudar yo mismo. Y eso no lo quieres, ¿verdad?"

Su actitud era inamovible. Anya no tuvo más remedio que desabotonar poco a poco su túnica. Siempre era Evernight quien lo desvestía en esos momentos; entre besos y prisas, cuando se daba cuenta ya estaba desnudo. Era la primera vez, desde aquella noche en que se unieron por primera vez, que se quitaba la ropa él mismo delante de él.

Cada botón que cedía hacía fruncir más el ceño a Evernight. Seguramente lo consideraba una molestia. Anya, con la mano torpe por la venda, aceleró un poco y al final la prenda cayó al suelo.

El atardecer teñía el cielo y las nubes enrojecidas proyectaban largas sombras dentro de la habitación. No era día, pero tampoco noche. Anya se encogía, temeroso de que su cuerpo quedara demasiado expuesto a la luz del ocaso.

"Y… ya está, ¿no?"

Con la cabeza agachada, escuchó una voz ronca frente a él.

"…Sí. Entra."

Cada paso que daba hacia la tina era seguido con una mirada insistente de Evernight. Esa mirada se sentía como garras ásperas que lo arañaban al pasar.

Ya dentro, con el agua caliente cubriéndolo, Anya se dio la vuelta de espaldas. Tenía la sensación instintiva de que no debía mirarlo en ese momento.

"¿No va a bañarse ust…?"

El intento tímido de iniciar una conversación se apagó en un suspiro ahogado.

"Con lo que me costó desinfectar…"

De pronto, la voz de Evernight sonó justo detrás de él. Le había tomado la mano derecha bajo el agua y la apoyó en el borde de la tina. El cuello y la espalda desnudos sintieron el roce de su ropa.

"Quédate quieto."

Con la mano inmovilizada allí, Evernight tomó el jabón y lo frotó sin cuidado. Las burbujas resbalaron por la línea hundida de su espalda, haciéndole erizar la piel.

"Y-yo… yo lo haré."

"No seas terco."

Anya apenas podía respirar con normalidad. El sonido húmedo del jabón llenaba sus oídos. Evernight se acercó más, y su cabello rozó la nuca sensible de Anya. Éste bajó desesperadamente la vista para evitar mirarlo.

Mientras Anya permanecía rígido, los movimientos de Evernight eran limpios y seguros.

"Levanta los brazos."

Desde atrás, lo rodeó y comenzó a enjabonarle el pecho. Sus dedos rozaron un punto sensible, tiñéndole de rojo las orejas.

"Me pregunto cuándo terminarás de acostumbrarte."

Era un sarcasmo evidente. Luego, se puso de pie y le echó agua por encima.

Pero Anya estaba demasiado aturdido. Los dedos de los pies se le encogían, el vientre bajo se le calentaba. Sentía que Evernight lo provocaba a propósito, y aquello lo frustraba. Hoy se mostraba frío e implacable, como burlándose de que toda su supuesta ternura no era más que una ilusión de Anya.

Y aun así… al mirar las vendas firmemente envueltas en su mano, el pecho le palpitó de una manera que no podía contener.

Quizás era por los pendientes rojos, ahora dobles.

Abrumado por emociones imposibles de controlar, juntó las piernas y escondió el rostro. Lo único que podía hacer era soportar.

"¿Qué pretendes?"

Anya negó con la cabeza sin decir nada. Deseaba que lo dejara tranquilo. Si lo seguía tocando un poco más, sentía que acabaría rogándole que lo quisiera. Era un miedo y, al mismo tiempo, una euforia ardiente.

"Anya."

Evernight le sostuvo el rostro con firmeza, frunciendo el ceño. Su mirada pasó del rostro acalorado al pecho.

"……"

Los ojos del hombre brillaron con dureza al fijarse en los pendientes rojos. El aire en la habitación se heló de golpe, como si le hubieran arrojado agua fría.

"El señor Haxus también tenía esto. Lo que le ocurrió quizá… quizá fue por culpa de esto."

Anya, todavía evitando su mirada, siguió tartamudeando las palabras que debía decir. Y una vez que las soltó, la pena que había estado conteniendo hasta entonces brotó como una represa rota.

"Se parecía mucho a lo que vi antes en el hermano Royster. Violento… emocional… como si estuviera drogado…"

'Justo como yo ahora.'

Con la mirada un poco vacía, Anya bajó los ojos hacia su propio cuerpo. Se sentía miserable: un cuerpo que jadeaba de placer con tan solo un roce de aquel hombre.

Quizá debería agradecer a Evernight. Al menos él le recordaba una y otra vez en qué posición estaba.

No quería caer hasta el fondo.

"Perdón por… mostrarle siempre un lado tan vergonzoso. Entiendo que esté molesto. Pero yo tampoco puedo evitarlo."

Se encogió más y retrocedió hasta el borde de la bañera. Al fin y al cabo, era una confesión ridícula, desnudando su intimidad de manera tan bochornosa. Se sintió patético, lamentable.

"Entonces, según tú, esa maldita condición es por estos pendientes rojos."

Anya asintió débilmente. Evernight soltó una risa torcida y se pasó una mano por el rostro.

"Y aun sabiéndolo, trajiste también los de Haxus."

Había algo extraño. Algo no encajaba.

"Claro… con que así era. Idiota."

La voz de Evernight estaba despojada de toda emoción, tan fría que erizó la piel de Anya.

Tuvo la mala corazonada de que, si seguía hablando, aquello acabaría en un desastre irreversible. Pero aquel sentimiento enorme que había crecido dentro de él y que ya no podía ignorar lo empujó a continuar.

"Si lo dejaba así… el conde Haxus podía terminar en peligro."

Las heladas llamas en los ojos azules lo miraron fijamente.

"¿Y tú estás bien, entonces?"

“…”

"Te estoy preguntando si tú estás bien."

No era un grito, pero un escalofrío le recorrió el cuerpo.

"Responde."

Evernight le apretó con más fuerza la mandíbula. Las venas de su mano se marcaron.

"E-est… está b-bien… hhit…"

"¿Bien? Cuando reaccionas como un perro en celo con solo un toque mío."

Qué ridículo, qué maldita compasión tan grandiosa. Evernight alzó la comisura de los labios con desdén y arrancó de golpe el collar de Anya. Los pendientes rojos fueron lanzados sin cuidado al suelo. Luego volvió a sujetarle la mandíbula, obligando a abrir sus labios.

El beso fue como si fuese a devorarlo. Su cuerpo reaccionaba al estímulo, pero en el fondo de su corazón algo se enfriaba. Anya se resistió con desesperación; no quería unirse a él de esa forma.

Porque eso sí sería pisotear por completo sus sentimientos.

"N-no, ¡no!"

Tal vez porque se había liberado un momento de los pendientes, de repente se sintió infinitamente miserable al descubrir que, incluso siendo tratado así, aún se le agitaba el corazón por aquel hombre. Su propia inconsistencia le resultaba insoportable.

"P-por favor… sir Evernight…"

Pero Evernight no lo soltó. Sus dedos se enredaron con violencia en la nuca de Anya.

"Siempre eres así."

Él sacudió la cabeza con frenesí, luchando por escapar, y los dos forcejearon enredados. El agua del baño acabó derramándose por todo el suelo.

"Ah, hhut…"

Anya apretó los labios para no dejar entrar su lengua, pero fue inútil. Evernight le sujetó las mejillas con ambas manos y lo obligó a abrir la boca, invadiendo sin piedad su interior. Sus lenguas se entrelazaron y de ambos brotaron sonidos animales, irreconocibles.

Anya golpeó con desesperación su pecho, pero Evernight apenas arqueó la comisura de los labios, indiferente. Al separarse un momento, lo miró con una mezcla de frialdad y desprecio.

"Te dije que no pensaras tanto las cosas."

Los ojos azules se volvieron cuchillas que desgarraban cruelmente el corazón.

"¿Acaso esperabas que jugáramos a los amantes?"

Una risa cargada de burla.

"Si quieres esa clase de compasión barata, deberías renunciar a tu orgullo, Anya."

Sabía bien que lo único que recibía de aquel hombre era un servicio forzado, una limosna disfrazada de generosidad. Se había repetido a sí mismo incontables veces que no lo olvidara, cada vez que la vista se le nublaba.

"¡Basta, por favor!"

No quería oír más. Cerró con fuerza los ojos, luchando por apartarse, pero Evernight lo sujetó aún más fuerte, forzándolo a mirarlo.

"Ansías tanto la mano de un hombre que ni siquiera un pendiente rojo es suficiente, ¿y aun así te atreves a llevar los de otro? ¿Es valor lo que tienes, o es estupidez?"

Anya apenas podía respirar. Cada palabra era como un cuchillo que lo atravesaba.

"Con solo un roce, te colgarías de cualquiera encantado."

Lo zarandeó, tomándole de la barbilla y girándole el rostro a la fuerza, en un gesto absolutamente frío, sin rastro de afecto. Anya lo fulminó con la mirada, haciendo un gran esfuerzo por no llorar.

"¿Y en medio de todo eso, todavía esperas ternura? Eres un mocoso tan necio que ni conoces tu lugar."

Evernight esbozó una sonrisa torcida, aunque sus ojos brillaban como los de una bestia.

Nunca imaginó que llegaría a ignorar también aquel beso compartido bajo los fuegos artificiales, el latido que se transmitió de pecho a pecho, y el estruendo que llenó el cielo.

El vacío lo arrasó, pero se negó a llorar. Esa obstinada pizca de orgullo era para Evernight algo realmente risible. Tan risible como el hecho de dejarse arrastrar una y otra vez.

"Así que cuando yo te tomo, compórtate. No te resistas, solo recibe."

Evernight volvió a forzar un beso, mucho más agresivo que el anterior, haciendo que Anya temblara por completo.

Sabía bien que aquello era la expresión torcida de su deseo. Y también tuvo que admitir que aquel mocoso se había convertido en su debilidad. Pero eso no cambiaba nada. Solo lo empujaba más hondo a un pozo de repulsión y furia.

"…S-sir, por favor…"

Anya jadeaba, girando la cabeza para tomar aire. Su ruego ahogado, teñido de sollozos, fue la última hebra que terminó de romper la cordura de Evernight.

Lo alzó y lo llevó hacia la cama. Sus movimientos se volvieron aún más bruscos. La resistencia era inútil.

"¡Basta! ¡Deténgase! No quiero esto… no quiero una relación así… por favor…"

Pero Evernight lo dominó con facilidad, oprimiéndolo bajo su peso.

"¿Por qué… por qué hace esto?"

Los ojos de Anya, al mirarlo, ya parecían medio resignados. Evernight atrapó su mano, la que lo golpeaba, y mordió con fuerza la venda húmeda que la cubría. El dolor le arrugó el ceño.

"Fue… fue mi culpa."

Como si hubiera entendido que resistirse no servía de nada, Anya empezó a suplicar.

"Ya no le pediré nada más, trataré de soportarlo solo. Usted hizo el esfuerzo de aguantar a pesar de no quererlo, y aun así yo, sin pensar en usted, traje esos pendientes. Lo siento mucho."

Su voz temblaba finamente. A Evernight no le gustó oírlo. Sin decir una palabra, separó a la fuerza las dos piernas de Anya. A diferencia de antes, el centro de Anya no estaba excitado.

"Lo siento, snif. Por favor, deténgase... deténgase."

Se sintió sucio. Horriblemente sucio. Más que cuando deambulaba sin rumbo por el burdel de Redcoast, que al día siguiente se convirtió en cenizas, sintiéndose impotente.

De repente, tuvo una alucinación: el joven que yacía debajo de él se convertía en un cadáver cubierto de sangre. Evernight apretó los puños con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.

Cuando volvió a abrir los ojos, que había cerrado con fuerza, su respiración agitada se había calmado.

"¿Ah, sí? Entonces demuéstralo, Anya",

dijo Evernight, separándose de él. Recogió un collar con dos pendientes rojos que yacía en el suelo y se lo puso a la fuerza en el cuello de Anya.

"Soporta que te posea a la fuerza. Así aceptaré de buena gana mi culpa."

El rostro de Anya se puso notablemente pálido al sentir el collar, como un grillete, alrededor de su cuello. Evernight se colocó entre sus piernas abiertas y se movió rápidamente, sin ningún preámbulo.

El interior de Anya estaba rígido y estrecho, a diferencia de antes. Él yacía como una estatua, aceptando a Evernight. Apretó los labios, como si se negara a dejar escapar un gemido, y parecía muy tonto.

"No me hagas perder la cabeza, Anya."

Evernight aplastó sin piedad incluso ese patético esfuerzo. Con la intención de castigarlo, él empujó con fuerza su cadera mientras usaba su dedo índice para abrir a la fuerza los labios de Anya e introducir un dedo.

Cuando el interior de él se humedeció gradualmente, un gemido apenas perceptible y una respiración jadeante escaparon por la punta de sus dedos, una sonrisa torcida se dibujó en el rostro de Evernight. Mirando el rostro del joven, teñido de humillación, Evernight aceptó de buena gana esta contradicción que se sentía como una desilusión.

"Con lo rápido que te excitas, ¿cómo diablos vas a ayudar a alguien?"

Sabía muy bien que su ira era baja. Pero ya no podía detenerse. La cama se sacudía ruidosamente con cada estocada profunda. Evernight lo sujetó con fuerza, obligándolo a mirarlo a los ojos, ya que él había girado la cabeza para evitar su mirada.

"Mírame. Mira bien quién te está haciendo jadear en este momento."

¿Era esto odio? ¿O era ansiedad? ¿O acaso se había vuelto completamente loco?

En el momento en que encontró a ese niño en medio de las llamas, Evernight supo con amargura que había cruzado un punto de no retorno.

"Tú también acabarás desapareciendo, convertido en cenizas por esas llamas.

Si es así, ¿no sería mejor romperte antes de arrepentirme más tarde?

¿Cuántas heridas más debo infligirte para que me odies?

¿Cuánto dolor más debo darte para poder detenerme?

O, ¿es que ya no puedo detenerme?

Nací como un hombre que está podrido por dentro, Anya."

El rostro de Evernight se contorsionó al desatar una furia que ya no podía reprimir. Ambos jadeaban, mirándose el uno al otro.

Un bastardo monstruoso que mató a su madre, y también a su padre. Quizás incluso mataría a su propia pareja. Evernight finalmente entendió la base de esta emoción que se parecía a la ira.

Era el miedo a la pérdida. Un miedo más intenso que nunca carcomía a Evernight. La idea de que podría perder a este chico lo empujaba al límite, al punto de desear volverse loco.

"Si quieres odiarme, hazlo. Si eso te ayuda a deshacerte de tu patética compasión, puedo hacer la vista gorda."

Él rechinó los dientes como una bestia. En lugar de arrepentirse de nuevo como un idiota, lo mantendría a su lado incluso si eso significara destrozarlo. Evernight finalmente decidió tragarse incluso esta alucinación de color sangre.

Una imagen del chico sonriendo tímidamente bajo las llamas pasó momentáneamente por su mente, mientras yacía debajo de él con el rostro pálido y conteniendo la respiración, pero él cerró los ojos con irritación.

Pronto, la noche completa los oprimió a ambos.

Evernight acarició la espalda de Anya con una mirada profunda. Después de un largo y repetido coito, Anya finalmente se desmayó. Aun así, su terquedad por no mirarlo hasta el final se desbordaba por la línea de su cuerpo caído.

Su cuerpo desnudo y blanco estaba desordenado por las huellas de su encuentro. Evernight miró el montículo secreto que mostraba claramente las marcas de sus manos, luego tomó la sábana y cubrió el cuerpo de Anya. Entonces, el chico se acurrucó aún más, como un pequeño animal herido.

Para no despertar al Anya dormido, él relajó sus manos, lo giró y le acarició el cabello húmedo.

"..."

Pudo ver su delicada frente y sus rasgos aún inmaduros. Con los ojos cerrados, se dio cuenta de lo joven que era, y Evernight sonrió un poco. Se sentía como un rufián, pero no se arrepentía.

Después de mirarlo por un largo rato, Evernight tocó suavemente los pequeños labios que estaban tan magullados que sangraban. La angustia no duró mucho. Apartó la cabeza y agitó una pequeña campana que estaba sobre la mesita de noche. Una fatiga abrumadora lo invadió.

"¿Me llamó, mi señor?"

Poco después, se escuchó un golpe en la puerta, la criada llamó. Con una breve orden de 'adelante', la joven criada que entró en la habitación se sonrojó al sentir el ambiente descaradamente acalorado en el interior.

"Prepara de nuevo el agua para el baño, por favor. Trae la cena en un par de horas."

Se notaba que estaba muy sorprendida por la apariencia del hombre, cuyo cuerpo, como una escultura bien tallada, estaba compuesto por músculos delicados. Especialmente su piel pálida, que rara vez se veía en el sur, y su fría expresión, que hacía que el corazón de la joven sureña se acelerara sin fin.

Sobre todo, su aspecto ascético, que no encajaba con las huellas de este encuentro desordenado, seguía estimulando su curiosidad.

"Con quién...". La criada, que inconscientemente había dirigido su mirada hacia la cama, se sobresaltó por el sonido de un golpe en la mesa y soltó un pequeño grito.

"Parece que no me escuchaste."

De repente, el hombre la estaba mirando fijamente. La criada tembló al encontrarse con sus ojos azules, que irradiaban un frío helado, sintiendo que todo su cuerpo se había puesto rígido.

"Ah... lo... lo siento, mi señor. Lo prepararé de inmediato."

La criada tuvo que esforzarse para no caer al suelo, conteniendo sus lágrimas. Evernight detestaba ver llorar a los niños. Evernight la despidió con impaciencia, y la criada salió corriendo de la habitación.

El silencio volvió a la tranquila habitación. Evernight se sentó en la mesa frente a la cama y continuó mirando a su joven pareja, que yacía como una pintura. Aunque había crecido un poco, su cuerpo todavía se sentía muy inexperto. Evernight se rió entre dientes, encontrando ridículo que él mismo se excitara como un loco con ese cuerpo.

"Toc, toc."

En ese momento, el sonido de golpes en la ventana rompió el silencio. Evernight se acercó a la ventana y la abrió de golpe. En la oscuridad, una criatura con ojos dorados lo miraba fijamente. Era una lechuza mensajera.

Evernight extendió la mano, y el búho se posó directamente en su antebrazo.

"Guu, guuguugu."

En la pata del ave colgaba un pequeño cilindro. Al tomarlo, una luz se esparció y el broche se abrió suavemente.

Evernight sacó de dentro un pequeño pergamino, lo leyó, y su mirada se volvió helada.

<Northmost, la expedición se desintegró, el príncipe Chloe ha desaparecido>

---

Mibar, aun con su cuerpo obeso, se movía con la flexibilidad de una serpiente.

“No parece haber ningún movimiento destacable estos días.”

Karen, quitándose la tela que le cubría el rostro, murmuró en voz baja a Riario. Llevaban días siguiendo en secreto los pasos de Mibar, conocido como la “sombra del Imperio”.

“Es más raro aún que no haga nada, incluso después de que la expedición se haya disuelto.”

Ellos también habían recibido la carta de Siswu apenas el día anterior. No había rincón del Imperio donde la mano de las sombras no llegara. Así que era imposible que Mibar ignorara la noticia. Y sin embargo, pese a la desaparición del príncipe, él se mostraba demasiado tranquilo.

“Observemos un poco más.”

Riario volvió a grabar en su cuerpo y en el de Karen el hechizo que ocultaba la presencia, y se escondieron tras el edificio.

Llegada la noche, los movimientos de la sombra no cambiaron en lo más mínimo. Que no buscara ningún plan alternativo tras la caída de la expedición… equivalía a decir que ya lo esperaba.

Mibar, que durante el día había ido al palacio imperial, en la noche se dirigió hacia la calle de los burdeles. Por próspera que fuera la capital, siempre había rincones oscuros, y eran en esos rincones donde las sombras actuaban.

“Vamos.”

Ambos sintieron por fin que obtendrían algún fruto. Con una mirada de acuerdo, Riario y Karen se adentraron discretamente en el distrito. Calles plagadas de tabernas baratas y prostíbulos de baja categoría despedían un hedor agrio y penetrante.

Mibar, en vez de entrar en una taberna decente o en una casa de citas exclusiva para nobles, escogió el local más destartalado, con el rostro algo cansado.

“Señores, ¿qué se les ofrece por aquí?”

A los pocos minutos, cuando Riario y Karen iban a seguirlo, una mujer de considerable estatura los interceptó. Su cabello negro y rizado, su piel oscura y su gran complexión le daban un aire extranjero; tal vez era una nómada del otro lado del estrecho.

“Queremos pasar aquí la noche.”

Con una voz algo tensa, Karen respondió. La mujer soltó una risita, y con curiosidad recorrió de arriba abajo a Riario, que estaba a su lado.

“¿Por qué me mira a mí?”

Riario la fulminó con la vista, casi chasqueando la lengua, y la mujer se encogió de hombros, dando un paso atrás.

“Como deseen. Aquí no discriminamos a los clientes.”

Al entrar, el interior resultó mucho más decente de lo que dejaba ver por fuera. El salón no estaba muy concurrido, pero quienes había no estaban en buen estado. En el aire flotaba con fuerza el olor del opio.

“Cúbranse nariz y boca.”

Ambos volvieron a subirse la tela que colgaba de sus cuellos y miraron alrededor, rodeados de humo. El gordo debía ser fácil de distinguir por su tamaño, pero no se veía por ninguna parte.

“Parece que está en el segundo piso…”

Karen señaló una escalera en un rincón, pero entonces una gran sombra se proyectó frente a ellos.

“¿Qué tanto buscan? ¿Qué clase de prostituta desean? ¿Mujer? ¿Hombre? ¿O quizá algo de otra raza?”

Un hombre enorme, mostrando unos dientes amarillentos, los examinaba con una mirada feroz.

“Ah, nosotros… sólo…”

Llegar hasta ahí y decir que solo querían beber hubiera sido ridículo. Pero ninguno de los dos tenía afición por pagar por compañía.

“Preferimos tomar primero una copa y observar con calma.”

Riario se frotó el entrecejo, fingiendo ser un cliente exigente, y Karen lo miró sorprendido.

“Señor, como ve, no sé si este lugar tenga licores a la altura de su paladar. Aun así, si lo desea, pueden sentarse.”

El gigantón, pese a su aspecto intimidante, los recibió con cierta calidez. Cuando los guiaba hacia un rincón de la planta baja, Riario lo detuvo apresurado.

“Con tanto humo aquí abajo no apetece comer nada. Subiremos al segundo piso.”

Agitó la mano frente a sí, como apartando el humo con altivez. El hombre no dijo nada y simplemente los condujo arriba.

***

Anya apenas logró abrir sus pesados párpados. Todo su cuerpo dolía como si lo hubieran golpeado. Al fijar la vista en la tenue luz de una vela, recordó de golpe que esa misma noche debía partir. Se incorporó con prisa, cuando una voz grave resonó desde el otro lado.

“Si ya despertaste, salgamos de inmediato.”

Era Evernight. Ya estaba listo, sentado en una silla con todo preparado.

“……”

Anya, instintivamente, se echó un poco hacia atrás. Miró aturdido hacia abajo, y notó que, aunque su cuerpo había estado hecho un desastre, alguien lo había limpiado y acomodado en cierto grado.

“En la mesilla tienes medicina. Bájate en cuanto estés listo.”

Siguió su mirada y vio, junto a un vaso de agua, un pequeño cuenco con pastillas.

“No vayas a tener la tonta obstinación de no tomarlas. Habrá que cabalgar el doble de lo que hicimos viniendo.”

Con esa advertencia solemne, Evernight dejó también un pedazo de pergamino junto al vaso y apartó la vista de Anya. Al cerrarse la puerta, la habitación se volvió de golpe fría y silenciosa. Una pesadez insoportable lo aplastaba, apenas podía mover los dedos. Su mirada cansada solo recuperó un poco de brillo al notar el movimiento de una bestia en la ventana.

“Se… señor…”

Anya tomó apresurado el pedazo de pergamino que Evernight había dejado. Bastaron unas pocas palabras escritas para que se le llenaran los ojos de lágrimas.

Esa noche, más que nunca, anhelaba ver los rostros de sus amigos. Se enjugó rápidamente antes de que una lágrima cayera sobre su mejilla y se vistió con la ropa doblada sobre la mesa. Entonces, algo cayó a sus pies.

‘¡Ah, caballero!’

‘Muéstreme otra vez aquello, por favor.’

‘¿Eh?’

‘Ese amuleto. Dicen que si se lo das a tu ser querido, regresará con vida de la guerra.’

Había sido apenas unos días atrás, después de besarse bajo los fuegos artificiales, que lo había comprado.

‘Lo guardé justo para alguien como usted. Nadie más lo ha querido. Tiene buen ojo, jaja. Pero, ¿y el otro caballero?’

‘Tuve que… inventar una excusa y salir. Se lo ruego, démelo pronto…’

Evernight no le había prestado atención, pero aquello no dejaba de atraer la mirada de Anya. Igual que Evernight le había regalado la espada haebing, él también quería darle algo. Aunque era apenas un simple amuleto, deseaba ofrecérselo al señor del norte que apenas poseía una daga modesta.

‘¡Ah, mi cabeza! Aquí lo tiene, caballero. A su ser amado le encantará, se lo aseguro.’

Cuando lo recibió… sí, se había sorprendido sonriendo, contagiado por la emoción del momento.

“…Idiota.”

La palabra salió en un susurro débil. Y aun así, incapaz de soltarlo, Anya permaneció un largo rato apretando el amuleto en su mano.

***

Hasta ayer, Blun estaba rebosante de fiesta, pero en una sola noche cayó en la tristeza. El incendio en la Biblioteca del Mundo había hecho huir de inmediato a los nobles y burgueses ricos que se hospedaban allí. Incluso los pequeños botes que iluminaban el canal nocturno ya habían desaparecido.

“La noche será peligrosa.”

En ese ambiente sombrío, los saqueos eran frecuentes. El dueño de la posada deseaba que los mercenarios se quedaran una noche más. Sus ojos rojos revelaban que no había dormido en toda la noche, y miraba con pesar a Evernight y Anya, que ya estaban listos para partir.

“Lo sabía. Los mercenarios se arrastran por dinero. Ni lealtad ni justicia tienen.”

Chasqueó la lengua al verlos marcharse sin vacilar. Blun, a diferencia de otros lugares, estaba desprotegida si la alianza de islas que la sostenía no repartía dinero. Aun así, por estar cerca de la capital, Maneregia, mantenía una apariencia de paz.

Tras dejar la posada, recibieron sus caballos del mozo y partieron de inmediato. El canto melancólico de los barqueros se mezclaba en sus oídos mientras la vista de Blun se alejaba poco a poco a sus espaldas. Al salir por la puerta de la ciudad y subir la colina, vieron el letrero que narraba la historia de la urbe.

Allí el camino se dividía en tres. Evernight detuvo un momento su caballo en lo alto de la colina y miró a Anya.

“Antes de ir a Tildion, pasaremos por Maneregia.”

“…¿La capital?”

Era la primera vez que hablaban desde que salieron de la habitación. Cada palabra le raspaba la garganta como arena.

“…¿Va a reunirse con Su Majestad?”

Anya acarició sin darse cuenta el pendiente rojo oculto bajo su túnica, y con ello sintió un tirón en el vientre. La noche anterior, después de usarlo cruelmente, Evernight se había llevado uno de sus pendientes. Ahora ambos los llevaban puestos.

“Quién sabe… no es alguien que reciba visitas fácilmente. Y si descubre que nos llevamos los pendientes de Haxus, puede mandar un ejército a cortarnos la cabeza.”

Evernight dejó escapar una risa amarga.

“Su Majestad…”

“Es el que le entregó esta basura a su hijo. No hay nada que defender ahí.”

El desprecio en su voz era innegable.

Anya no respondió. Aún recordaba con claridad el momento en que había recibido aquel pendiente en el castillo de Eos, en Maneregia. Era la primera vez que veía con detalle el rostro de su padre. Un sol majestuoso, sin rasgo alguno que se pareciera a él.

Los aplausos atronadores del público todavía le resonaban como un zumbido. De repente, se sintió demasiado solo.

“Tras reunirnos con Riario y Karen iremos directo a Tildeon. Ese libro que conseguiste…”

La mirada de Evernight se dirigió un instante a la bolsa colgada en la silla de Anya. De inmediato, las arrugas en su entrecejo se hicieron más profundas, como si hubiera visto algo que no quería ver.

“Cuando veas a Riario, muéstraselo.”

Con esas palabras, exhaladas casi como un suspiro pero resueltas con rapidez, Evernight clavó las espuelas y salió disparado al frente. La razón de haber venido hasta aquí eran precisamente esos libros. Había cabalgado desde tan lejos para confirmar la identidad del enemigo. Sin embargo, por alguna razón, Evernight ni siquiera le preguntó a Anya por el contenido, y ya dejaba la tarea en manos de Riario.

Era amargo. No, más bien vacío, ésa era la palabra. Sin protestar, Anya siguió sus pasos.

Al salir del dominio de Blun, comenzó a caer un aguacero. Justo delante, la corriente de un río desbordado por la lluvia corría con violencia. Evernight bajó del caballo, enrolló las riendas firmemente en su mano y se acercó a Anya.

"Tú no bajes."

"Pero…"

Evernight le hundió más la capucha sobre la cabeza, murmurando una maldición por lo bajo. Ante esa fiereza, Anya no tuvo más remedio que afirmarse fuerte con las piernas para no caer del caballo. Tomando también sus riendas, Evernight comenzó a cruzar el río.

Anya, viendo aquella espalda ancha avanzar con firmeza en medio de la tormenta, bajó la cabeza. Siempre había sido un hombre que no confiaba demasiado en él, pero desde ayer parecía que toda expectativa sobre él se había desplomado. Era como encapricharse con un manzano cuyos frutos jamás alcanzarían sus manos.

“Estos pendientes rojos son lo mismo. Si me hubiera quedado quieto, nunca los habría recibido de mi padre ni habría provocado este desastre. Entonces el señor Evernight tampoco se habría acostado conmigo, y… quizás ahora no me estaría confundiendo de esta forma inútil.”

El recuerdo de aquella noche iluminada por fuegos artificiales le hacía escocer los ojos. Pero, al final, todo eran hipótesis vacías. La sensación de impotencia lo oprimía, y su cuerpo, ya adolorido, se sentía aún peor. Anya sólo pudo morderse los labios y cubrirse con la capucha hasta lo más hondo.

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En algún momento, la oscuridad comenzó a disiparse y por el este asomaba la primera claridad del amanecer.

"Ha… hhuh…"

En medio del bosque, ahora con la lluvia amainada, resonaba la respiración agitada por el calor. Anya intentó apartar al hombre que lo sujetaba con fuerza, pero él, como burlándose de esa resistencia, lo estrechó todavía más.

"Si hasta a mí me encadenaron con esta maldita atadura, deberías responder con más entusiasmo, Anya."

Con una desesperación amarga, Anya lo miró hacia arriba. Empapado, el rostro del hombre se veía más nítido que nunca.

"…Podrías aguantarte. No hay necesidad de hacer esto, hhh… ¿yo?"

Trató con todas sus fuerzas de no pensar en nada, pero ya no tenía límite. Las palabras le salieron cortantes, acusadoras. Entonces Evernight, sin contestar, metió bruscamente la mano bajo la túnica y acarició su pecho desnudo y liso.

"Qué va, esto es más eficiente que contenerse."

“Eficiente”… al rumiar esa palabra, el rostro de Anya comenzó a palidecer.

"Y lo mismo va para ti, Anya. Esto lo provocaste tú, así que debes hacerte responsable."

Evernight sintió claramente bajo su mano la respuesta honesta de Anya, que se encendía con rapidez, y dejó escapar una breve risa burlona.

"Sabe que esto es por los pendientes rojos. Yo… tampoco estoy en mi sano juicio."

Con los ojos enrojecidos, Anya lo fulminó con la mirada. “No estoy en mi sano juicio”… Evernight aceptó sin dudar aquella acusación que lo trataba de bestia esclava del deseo. Al fin y al cabo, no era mentira.

"Quien me hizo perder la razón fuiste tú. No querrás que vuelva a derribarte con los dos puestos, como anoche."

Evernight lo acorraló contra un tronco y lo giró. El cuerpo que lo había recibido la noche anterior tembló de vergüenza, recordando lo sucedido. Anya odiaba especialmente esa postura, y cuanto más se resistía, más obstinado era Evernight en sujetarlo por detrás.

Lo abrazó desde atrás y hundió el rostro en su nuca. Apretó los dientes contra su piel, mordiéndolo con insistencia. El olor húmedo, intensificado por la lluvia, encendía aún más su apetito maldito. Anya seguía convencido de que ese deseo bajo era culpa de los pendientes rojos. Pero ya ni Evernight podía decir si ese hervor en el pecho era solo eso, o un deseo de posesión mucho más profundo.

Los dedos blancos que se apoyaban en el tronco palidecieron y se deslizaron. Evernight arrancó el broche que cerraba la túnica y, a modo de juego cruel, comenzó a desvestirlo lentamente.

"Señor…"

En su espalda, llena de cicatrices, quedaban también las marcas frescas que él mismo le había dejado la noche anterior, cubriendo las viejas con saña. Ridículo, quizás, pero Evernight estaba dispuesto a llegar hasta el final. El fuego ya estaba demasiado extendido; si no podía detenerse, como siempre, no quedaba más remedio que consumirlo todo.

Aunque el desenlace fuese como los burdeles calcinados de Redcoast, reducidos solo a cenizas. Evernight ya no pensaba apartar la vista.

"No… Si mi culpa lo hace sufrir, entonces asumiré otra clase de responsabilidad, huuh…"

Anya negó con desesperación, colocando su propia mano sobre la de Evernight, que le rozaba el vientre.

"¿Cómo?"

Él preguntó en voz baja, hundiendo los labios en el cabello húmedo que caía por la nuca de Anya. En su tono se mezclaba la arrogancia de quien seguía los pasos de un padre miserable, pero convencido de que él sería distinto.

Con esfuerzo, Anya apartó aquella mano y se arrodilló ante él. Aunque temblaba como un cachorro empapado, en sus ojos brillaba una claridad extraña. Evernight lo observó desde arriba, con una sonrisa torcida. La soberbia del dominador lo aplastaba.

Dolía. El corazón dolía como si fuera a derrumbarse. Pero no quería repetir lo de anoche. Cada vez que lo forzaban, sentía que su alma se rompía en pedazos, y ya no podía soportarlo. Tal vez era momento de poner un punto final.

"Me dijo que me hiciera responsable, ¿verdad? Entonces… lo haré de otro modo."

Desde arriba, sonó una risa seca, incrédula. Anya bajó la mirada y con cuidado llevó la mano hacia el pecho agitado de él.

"Que no te arrepientas."

De inmediato, una mano ruda le agarró del cabello. El peso que caía sobre él hacía que su corazón latiera desbocado, pero Anya decidió continuar. Antes de que su interior se redujera a cenizas blancas.

Con la llegada del alba, los dos corrían hacia finales opuestos.

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