Capítulo 16: El Bosque Negro

0

El entorno quedó de inmediato sumido en confusión y miedo.

"¡Todos a las grietas de las rocas!"

Los caballos relincharon con desesperación, sacudiendo la cabeza. Los caballeros, luchando por no caer de las monturas, gritaban con fuerza hacia los soldados:

"¡Escóndanse entre las rocas!"

Entonces, los soldados por fin reaccionaron y comenzaron a arrastrarse hasta las hendiduras semienterradas en la nieve, encogiéndose al máximo.

"¡Protejan a Su Alteza el Príncipe!"

Hanibal fue el primero en lanzarse al frente para proteger al príncipe Chloe, que tambaleaba por el viento. La guardia imperial rodeó al príncipe en un círculo cerrado y corrió con él en dirección contraria a la tormenta.

"¡Por aquí, Alteza!"

Él bajó del caballo y extendió la mano hacia el príncipe. Para ese momento, la ventisca ya se había acercado en silencio hasta estar encima, y resultaba casi imposible mantener los ojos abiertos. El cabello volaba en todas direcciones y los caballos chillaban como si gritaran de dolor.

"¡Señor! ¿Qué hacemos con los caballos?"

"Salven los que puedan. Aún…"

Hanibal se interrumpió, mirando con el rostro sombrío la tormenta que se les venía encima. Luego negó con la cabeza, como sacudiéndose las dudas.

"Todavía no es momento de rendirse. Sin caballos perderemos movilidad. ¡Salvemos todos los que sea posible!"

Ante su orden, los caballeros bajaron rápido de los lomos para buscar dónde amarrarlos. Pero con el viento golpeando como bofetadas y la nieve arremolinada que reducía la visión, lo único que podían hacer era resistir.

"¡Aquí!"

Fue entonces cuando escucharon una voz cercana. A través de la neblina de nieve distinguieron una figura alargada.

"¡Aquí hay árboles donde pueden atar a los caballos!"

Hipnotizados por esa voz, avanzaron con esfuerzo. No eran árboles fuertes, pero bastaban para enrollar las riendas y evitar que los caballos fueran arrastrados por el viento.

"¡Átenlos aquí!"

Era Anya, que gritaba en medio de la ventisca.

"¿De dónde eres?"

Preguntó un caballero, mirándolo con desconfianza al ver su rostro cubierto por vendas.

"De Tildeon"

Respondió Anya.

Recién entonces los caballeros soltaron un leve suspiro. Y es que, a sus ojos, Anya parecía demasiado tranquilo para semejante situación.

"Me uní a la expedición en la aldea Borne."

"¿Siendo del norte conoces algo de estas ventiscas?"

Mientras ayudaba a atar las riendas a los árboles, Anya sonrió con amargura y acarició las crines de los caballos que se agitaban aterrados.

"Dicen que las ventiscas nacen en la cordillera Beriela, que se ve a lo lejos. Por aquí es un fenómeno natural común."

Evernight había querido proteger a la gente de Tildeon de ese fenómeno. ¡Cuánto le agradecieron los habitantes de Northmost, inclinándose ante él!

"¿Común, dices? ¿Entonces puede volver a pasar?"

Los caballeros se miraron con expresiones sombrías. Al cruzar la muralla todos habían temido a los monstruos, pero nadie había pensado en tormentas de nieve. La amenaza repentina era tan fuerte que hasta sacudía la calma de los mejor entrenados.

"¡Anthony! ¿Qué haces ahí? ¡Refúgiate ya!"

En ese momento alguien salió arrastrándose desde entre las rocas y llamó a Anya. Ante ese grito, los caballeros dejaron de hacer preguntas, terminaron de atar los caballos y elevaron breves plegarias a los Dioses.

¿Quién sabía cuánto tiempo habían permanecido conteniendo la respiración en aquella grieta? Con el paso de las horas empezaron a oírse gemidos aquí y allá. Amontonados como fardos en un espacio tan estrecho, sufrían de hambre, frío, y un dolor que se sentía como si hubiesen sido apaleados.

Pero aún se escuchaba afuera el ulular del viento y la nieve golpeando.

“Maldita sea. ¡Sería mejor salir a cortar monstruos! ¡Oye, imbécil, no te pegues a mí!”

Asel se removió incómoda para apartarse del hombre que se apretaba contra su espalda y le gritó con fastidio. El hombre, frunciendo el ceño con dureza, levantó una mano contra ella.

“¿Crees que me pego porque quiero? ¡También me da asco pegarme a un macho!”

Fue entonces cuando Anya, inclinándose sobre el cuerpo medio tumbado de Asel, atrapó la mano del hombre.

“¡Ugh, qué demonios!”

El rudo rostro del hombre, sorprendido por aquella fuerza inesperada en un cuerpo tan delgado, se tiñó de vergüenza.

“Si peleamos aquí, no ganaremos nada.”

“Eso es, amigo. ¿Aún tienes fuerzas para armar jaleo? Bastante jodida está ya la situación, así que cállate de una vez.”

Por suerte, algunos apoyaron a Anya y protestaron contra el hombre. Todos estaban agotados y con los nervios de punta. Al final, el hombre, resoplando por la nariz, tuvo que tragarse su furia y dejó de alborotar.

“¿Está bien? ¿Quieres que te de mi sitio?”

Anya soltó un pequeño suspiro de alivio y miró a la rígida Asel que se acurrucaba bajo su brazo. La muchacha daba un hipo ahogado.

“Asel…?”

“¡L-lárgate!”

Asel le gritó, girando bruscamente la cabeza hacia un lado.

No fue hasta el día siguiente que la tormenta de nieve amainó. Sólo entonces la expedición pudo arrastrarse fuera de la grieta. Sin tiempo de entrar en calor tras pasar la noche helados, tuvieron que reanudar la marcha.

“No sabemos cuándo volverá otra tormenta de nieve. ¡Seguiremos avanzando!”

Hanibal, al frente de la vanguardia, gritó a los soldados:

“¡Si no quieren congelarse en esta tierra de muerte, guarden cerca de su cuerpo la piedra mágica que Su Alteza les entregó y apresuren el paso!”

En los rostros de los soldados, que se enfrentaban a lo inesperado, se notaban sin disimulo el cansancio y el dolor. Los ojos les ardían de fatiga y las caras expuestas estaban insensibles por el frío. Pero aquello no era un simple viaje. Si volvían a quedar atrapados allí, quizá les ocurriría como dijo Hanibal: morir y vagar eternamente por esos parajes. Querían morir, sí, pero en su tierra natal.

Lo sabían todos, por eso nadie se atrevió a protestar. Sin embargo, la fila en que avanzaban ya no se parecía a un ejército: más bien parecía una lúgubre procesión fúnebre bajo un canto de réquiem invisible.

“¡Tú allí!”

Cuando Anya, casi arrastrando, sostenía al exhausto Luke, el caballo de Hanibal se acercó a él.

“He oído que eres originario de Tildeon.”

Por un instante Anya, conmovido, estuvo a punto de llamarlo por su nombre. Incluso vaciló en contarle noticias de Tildeon. Pero en el mismo momento en que una ráfaga de viento descubrió el pequeño pendiente rojo en su oreja, apretó los labios y calló. El ayudante de Hanibal le gritó a Anya que mostrara respeto.

“Déjalo estar. Gracias a ese hombre pudimos proteger a los caballos.”

Cuando el ayudante se retiró, Hanibal lo observó de nuevo con semblante severo.

“Pareces bastante habituado a esta situación.”

“Ah… Algunas aldeas de la provincia de Tildeon sufren cada año los estragos de las tormentas de nieve.”

“Lamento oírlo, pero gracias a tu experiencia pudimos reducir las pérdidas.”

Entonces Hanibal bajó la vista hacia Luke, que colgaba de Anya como un fardo, y sacando una piedra mágica del bolsillo, se la lanzó a él.

“Su Alteza me pidió que te transmitiera su agradecimiento.”

“Esto es…”

Anya atrapó la piedra y la contempló fijamente. No sólo era mucho más grande que las demás, sino que contenía un poder mágico mucho más fuerte.

“Es una recompensa.”

“…Muchas gracias.”

Anya se inclinó respetuosamente, y apenas se alejó Hanibal, entregó la piedra a Luke. Este se negó al principio, pero ante la insistencia de Anya, no tuvo más remedio que aceptarla. Sólo entonces, en su rostro que había pasado de pálido a azulado, comenzó a regresar un poco de color.

“Vaya, todo un santo entre nosotros.”

Raul le dio una palmada en el hombro a Anya mientras pasaba. Una sonrisa sarcástica asomó un segundo en sus labios, pero de inmediato sus ojos destilaron desprecio hacia Luke, como si lo mirara cual bulto inútil.

“¡Ese maldito! ¡Y encima nosotros aquí partiendonos el lomo!”

Asel le gritó insultos a la espalda, pero Raul ni se inmutó.

“¡Formen filas! ¡Reanudamos la marcha!”

Pronto el pesado resonar de cientos de pasos volvió a romper el silencio de la llanura blanca.

Días después, tras avanzar sin descanso, la expedición alcanzó por fin la zona intermedia más allá de la muralla, un paraje llamado la “Bosque Negro”.

“¡Aaagh, mis piernas!”

Tuvieron la fortuna de no encontrar otra tormenta de nieve, pero las prisas hicieron que algunos murieran congelados y recibieran entierro en el camino, y que la mayoría de los que llegaron sufrieran de congelación.

“Hemos llegado un día antes de lo previsto, Alteza.”

“¿Cuántos murieron en el trayecto?”

“…Una docena larga, mi señor.”

El príncipe Chloe escuchó el informe de su guardia, mientras contemplaba a lo lejos aquella lúgubre concentración de árboles negros que absorbían toda la luz, dejando sólo sombras.

“Bien hecho. Antes de reunirnos con el segundo batallón que viene desde Northmost, debemos asegurar un buen descanso.”

Chloe repasó con la mirada los rostros exhaustos de los soldados derrumbados frente a la arboleda. Apenas habían pasado unos días desde el inicio de la expedición y ya las pérdidas y el desgaste eran mayores de lo esperado.

“Alteza, con el debido respeto, son muchos los que padecen congelación. Las piedras mágicas ya no bastan. Antes del anochecer debemos encender fuego.”

Hanibal, que había regresado tras inspeccionar a las tropas, detuvo su caballo junto al príncipe. Chloe guardó silencio, lo cual equivalía a mostrar su acuerdo. Poco después se frotó la barbilla y murmuró con gravedad:

“No tenemos suficiente leña, y hacer fuego en medio de la nieve requerirá mucho esfuerzo.”

“Pero tenemos el bosque delante, alteza.”

El guardia real torció el gesto ante la propuesta de Hanibal.

“Mi señor, no podemos internarnos a la ligera en esa arboleda. Si algo le ocurriera a Su Alteza…”

“Entonces, ¿qué tal enviar primero una ronda de reconocimiento?”

“¿Una ronda*?” (Una patrulla*)

Repitió Chloe. Hanibal sintió cómo la penumbra caía rápida sobre sus pies: pronto volvería la noche.

“Sí, Alteza. Será mejor mandar primero a unos hombres a explorar el interior.”

Cada palabra que exhalaba Hanibal salía en nubes blancas que se disipaban en el aire helado.

“La moral de las tropas está por los suelos con el frío y el hambre. Si justo ahora nos atacaran los monstruos… podríamos ser aniquilados.”

Aniquilación. El peso y el terror de esa palabra eran enormes. Incluso los caballeros imperiales que estaban junto a Chloe no pudieron replicar gran cosa esta vez. Ellos también estaban exhaustos por aquel frío descomunal.

“Alteza, de todos modos esos hombres fueron reclutados para usarlos y luego desecharlos, ¿no es así? ¿Qué le parece escoger a unos cuantos adecuados y mandarlos?”

Un caballero imperial susurró aquello a Chloe. Desechables, había dicho. Hanibal frunció el ceño ante esa elección de palabras, pero tampoco se apresuró a refutarla. No era mentira, al fin y al cabo.

“……”

El príncipe Chloe estaba dubitativo. Al fin, no pasó mucho antes de que su voz, cuidadosamente grave y seria, se dejara oír:

“Si enviamos tropas a explorar el bosque, perderemos muchos hombres… Y si, como dices, ocurre un ataque repentino de los monstruos, todos morirán igualmente, ¿no es así?”

Bien que los trata como simples consumibles, pero cuando se imagina perderlos de verdad, le entra la lástima. Hanibal no se molestó en criticar aquel cálculo egoísta tan propio de la realeza. En vez de eso, se limitó a enumerar fríamente los hechos objetivos que podía percibir, solo para ayudar a que el príncipe tomara una decisión rápida.

“Alteza, dentro de poco llegará el segundo batallón y las fuerzas serán reabastecidas. Además, la ronda puede componerse de pocos hombres. Aunque no hubiera ataque de monstruos, así como estamos no resistiremos mucho más. Si hemos de perder soldados, mejor que sea en una ronda. Al menos en ese caso el resultado será claro.”

No tardó mucho Chloe en decidirse. Paseó la mirada sobre los soldados que yacían casi desmayados en la nieve. En sus fríos ojos dorados se reflejó un instante de intenso desprecio, aunque nadie lo advirtió.

“Muy bien. Que escojan a los hombres. Antes de que caiga completamente la noche, la ronda explorará ese maldito bosque.”

“¡A sus órdenes, Alteza!”

Hanibal inclinó la cabeza y golpeó suavemente con el puño su propio pecho izquierdo.

---

“¡Escuchen todos! ¡Se formará una ronda!”

Los caballeros y soldados que descansaban se incorporaron sobresaltados ante el grito repentino. Los corceles de Hanibal y de los caballeros imperiales giraban en torno a ellos de manera intimidante.

“¿U… una ronda?”

Los rostros exhaustos y tensos se contrajeron con disgusto al repetir la palabra.

“Esta noche entraremos en aquel bosque, encenderemos fuego, cocinaremos y descansaremos.”

Hubo un silencio incrédulo, como si no comprendieran bien las palabras de Hanibal. Pero pronto, los rostros antes pálidos recobraron algo de color, y todos empezaron a alzar las manos y a vitorear. Algunos incluso se abrazaron gritando: “¡Estamos salvados!”.

“Antes de eso.”

Al oír nuevamente la voz de Hanibal, la multitud volvió a sumirse en silencio. La nevada, algo más débil que antes, se acumulaba lentamente sobre las cabezas de todos los reunidos allí.

“Necesitamos hombres que recorran la zona y confirmen si ese lugar es seguro.”

De inmediato, pequeños suspiros de desaliento brotaron aquí y allá. Aquellos jadeos, envueltos en el vapor del aliento, estaban cargados de sorpresa, de consternación y de un miedo profundo a lo desconocido.

“¿Hay voluntarios?”

Nadie dio un paso al frente. Detrás de ellos, el macizo de árboles negros parecía un colosal sepulcro de maldad. Los troncos, largos y gruesos, eran como carbón ardido; las ramas retorcidas y enmarañadas formaban un techo que no dejaba pasar un solo rayo de luz.

“……”

Ese pequeño bosque, devorado por la oscuridad incluso a pleno día, de noche se transformaba en un abismo de malicia capaz de erizar la piel con tan solo mirarlo.

“Su Alteza el Duque.”

Cuando nadie se atrevía a ofrecerse, alguien levantó la mano. Todas las miradas convergieron en él.

“Tengo algo que decir.”

Era Raúl. Él llevó la mano izquierda al pecho con cortesía, inclinó la cabeza y enseguida buscó con la mirada a alguien entre los presentes. Al cruzar los ojos con él, Asel se mordió con fuerza los labios.

"Antes de llegar hasta aquí, alguien intentó desertar."

La deserción, si se descubría, se castigaba con la decapitación. Las palabras de Raúl desataron una ola de silencio y tensión. El rostro de Hanibal se oscureció; bajó de su corcel y se acercó a Raúl. Su imponente figura lo aplastaba con solo estar allí.

"¿Quién fue?"

Pese a la mirada de sospecha, Raúl no se intimidó. Es más, inclinó aún más el cuerpo con respeto.

"Fueron ellos."

Entonces señaló hacia un grupo.

"¡Calumnias!"

Allí estaban un arquero escuálido, un obeso torpe y un grandulón bobalicón. Las miradas se detuvieron en ellos un instante, hasta posarse finalmente en un joven con el cuerpo envuelto en vendajes. Anthony. ¿Ese era su nombre? Hanibal lo recordaba bien: era el mismo que, durante la tormenta de nieve, se había apresurado a ayudarlo sin dudar.

"¿Deserción, dices? ¿Es verdad lo que afirma?"

"¡So-son calumnias! "

Estalló Asel.

Hanibal levantó una mano y Asel calló de inmediato, aunque su pecho subía y bajaba con fuerza, ahogado por la injusticia.

"No le pregunto a ti. Anthony, te lo pregunto a ti: ¿intentaste desertar, como dice este hombre?"

Anya recorrió a su alrededor con la mirada. Raúl sonreía torcido, con un gesto desagradable. Al parecer no era el único que no había podido dormir en la barraca aquella noche.

Aunque negara la acusación, era obvio que los hombres junto a Raúl se alzarían para decir que también lo habían visto.

Luke, casi al borde de las lágrimas, tiró del cuello de la ropa de Anya. Entre hipo y hipo, los ruidos de su ansiedad no cesaban a su lado.

"Anthony. Te lo pregunto de nuevo. ¿Es cierto lo que dice?"

En lugar de responder, Anya dio un paso decidido hacia Hanibal.

"Si hubiera querido huir por miedo, nunca habría cruzado la muralla."

Un caballero de la guardia imperial, a un lado de Hanibal, soltó una risa desdeñosa, interrumpiendo sus palabras.

"Pero aquella noche, junto al río, sí hubo un alboroto. Así que eras tú."

Hanibal se frotó el entrecejo sin darse cuenta. Perder soldados ahora sería un desperdicio. Cuando llegara un ataque de monstruos, entonces sí sería inevitable perder hombres. Sin embargo, si no castigaba a estos aquí y ahora, el miedo podría empujar a otros a escapar en cualquier momento. En ese momento se escuchó una voz.

"En ese caso, envíenlos al bosque negro."

El príncipe Chloe se acercó montado. Ante su inesperada intervención, los soldados se inclinaron apresuradamente.

"Alteza."

"Todos rehúsan entrar ahí, ¿no es cierto? Yo tampoco quiero confiar mi seguridad a quienes carecen de voluntad."

El caballo del príncipe dio una vuelta alrededor de Anya, exhalando un aliento áspero. Anya levantó la mirada hacia su hermano. A pesar del frío que congelaba las orejas, el pendiente rojo que llevaba seguía brillando sin perder su color. Al verlo, el collar oculto bajo sus ropas le pesó aún más.

"Esos árboles negros serán su castigo. Montarán guardia allí dentro con toda su fuerza y, al regresar con un informe sobre la situación, no se les exigirá más responsabilidad. Si logran sobrevivir, no volveré a perseguir esta falta."

Nadie allí tenía el poder de cuestionar una orden del príncipe. El viento sopló de nuevo y los árboles oscuros se agitaron como olas, emitiendo sonidos extraños.

"No pierdan tiempo. Partan de inmediato."

Tras dar por zanjada la situación con brevedad, el príncipe giró su caballo y se marchó sin más.

---

"¡Raúl, maldito bastardo!"

Ya en la entrada del bosque negro, Asel no dejaba de patear el suelo, aún furiosa. Raúl y su grupo les habían despedido con una sonrisa burlona y un gesto de mano: “Hagan bien su trabajo.”

"Ese desgraciado debe tener alguna cuenta pendiente con Tildeon. ¿Por qué demonios te odia tanto, que ni vivo ni muerto te deja en paz?"

Cada vez que Asel golpeaba el suelo, la nieve salpicaba alrededor. Anya, en vez de responder, inspiró profundamente el aire frío y húmedo que emanaba desde lo profundo del bosque. Era un aire distinto al de Tildeon: helado, húmedo, capaz de calar hasta los huesos.

"¿De verdad... de verdad vamos a entrar ahí? "

Preguntó Luke, castañeteando los dientes mientras lo miraba con miedo. El ambiente parecía presagiar que en cualquier momento saltaría un monstruo de entre los árboles.

"Sí."

La respuesta tranquila de Anya fue como una condena. Luke se desmoronó visiblemente en la desesperación. Asel, en cambio, le pasó un brazo por los hombros redondos y le dio un golpecito en la mejilla regordeta.

"Igual, si no entramos, morimos. Mejor caer peleando que dejar que esos malnacidos nos corten el cuello."

Pero esas palabras no lo consolaron en absoluto. A Luke ya le caían gruesas lágrimas. Asel encogió los hombros y soltó una risa nerviosa.

“¿Quién te mandó a seguirnos, eh?”

Su risa, sin embargo, era tan forzada como inútil. La punta de sus dedos, aferrados al arco, temblaba finamente. Si al menos no lo hubieran seguido… A Anya se le apretó el corazón. Una sonrisa amarga se le dibujó en los labios al girarse hacia ellos.

“Lo siento, por mi culpa…”

“¡Ni se te ocurra decir que lo sientes! Te sigo porque yo lo decidí, no te las des de mártir.”

“¡No lo digas, no lo digas!”

Asel casi saltó para taparle la boca de golpe. Y como siempre, Kun repitió las últimas palabras. Luke, por su parte, apretó con fuerza la piedra mágica que Anya le había entregado y, entre sollozos, enderezó la espalda.

“¡Y-yo también estoy listo!”

Los cuatro se plantaron bajo las sombras proyectadas por los árboles negros. Si no podían retroceder, solo les quedaba avanzar. Con paso firme, entraron al bosque.

“……”

Ojos invisibles los observaban desde la espesura sin que ellos lo supieran.

A cada paso, en algún rincón del bosque sonaba un “shhh, shhh”, como si algo los siguiera. Sabían, racionalmente, que era solo el viento silbando entre los troncos huecos, pero aun así…

“Uh… no será que alguien nos sigue, ¿verdad?”

El temblor era inevitable. Luke, que llevaba en la cabeza una enorme sartén de hierro a modo de casco, se pegó a la espalda de Anya.

“Deja de decir estupideces.”

Asel golpeó con fastidio el improvisado yelmo de Luke con la punta del arco.

“Por cierto… ¿qué tan grande es este bosque? Desde fuera parecía solo un pequeño matorral.”

El avance tenso ya empezaba a cobrar factura en el cuerpo. Asel levantó la vista al cielo, apenas visible tras el techo de ramas. Los ojos le escocían, como si el cansancio le nublara la visión.

“E-esteee… ¿y si comemos algo primero?”

Luke cargaba una alforja el doble de grande que la de cualquiera. Su estómago, tan prominente como la bolsa, no dejaba de gruñir. El hambre lo mareaba, y los párpados se le cerraban solos.

“¡Comida, comida!”

Kun baboseaba mientras Luke hurgaba en el morral tambaleándose.

“¿Y a ustedes? A mí me arden los ojos…”

Asel se los frotó y, sin previo aviso, le dio un coscorrón a Kun.

“¿En serio piensas en comer ahora?”

Pero la verdad es que también ella estaba hambrienta. No habían tenido descanso alguno antes de recibir aquella misión de ronda.

Anya, desde hacía rato, no había dicho una sola palabra. Avanzaba en silencio, dándoles la espalda. Luke se le acercó de nuevo, alzando la voz.

“¡Caballero, al menos coma un poco de pan…! ¡Aaah!”

No alcanzó a sacar la hogaza de la alforja: tropezó con una piedra saliente y cayó de bruces.

“¿Qué pasa, estás bien?”

Asel frunció el ceño, tendiéndole la mano. Luke la tomó, pero al instante frunció la nariz: algo pegajoso se le había quedado en la palma.

“¿Q-qué es esto…?”

Cuando se dio cuenta de que era telaraña, Anya ya se había girado hacia ellos.

“Creo… que estamos perdidos.”

En su mano tenía el trozo de tela blanca que había colgado como señal al entrar.

“¿Quééé?”

respondió Asel lentamente, con la sensación de que incluso su voz se volvía viscosa.

“¡Asel!”

Anya se lanzó hacia ella justo a tiempo para sujetarla antes de que se desplomara.

“E-esto… qué…”

Los párpados de Asel se cerraban pesados, como si estuviera drogada, hasta que su cabeza se ladeó sin fuerzas.

“¡Asel, despierta!”

Anya la sacudió suavemente. Entonces, un estruendo detrás.

“Kun?”

El hachero también había caído, dejando rodar su arma.

“¡Luke!”

Los ojos desesperados de Anya buscaron al último. Luke seguía sentado en el suelo, pero su mirada estaba vidriosa.

“Ca-balle… ro. A-a-araña…”

¿Araña? Apenas intentaba comprenderlo, Luke también cerró los ojos y cayó sin sentido.

“¡Luke!”

El grito de Anya rasgó la penumbra. Un viento helado cruzó el aire, meciendo las ramas negras que parecían una sola criatura gigante. Y la soledad, densa y sofocante, lo envolvió entero.

‘¡Debo mantenerme consciente!’

Contuvo a duras penas la neblina en su mente y acercó un dedo a la nariz de Asel. Por suerte, respiraba. Rápido se incorporó para comprobar el estado de los demás, pero algo pegajoso le atrapaba la pierna.

“Telaraña…”

El sonido lo siguió de inmediato: crack, crack, pasos pesados entre la maleza, cada vez más cerca.

Crack.

Era el ruido de huesos al morderse.

Clack, clack.

Dientes que chocaban en un repulsivo y macabro repiqueteo.

“…Un monstruo.”

Anya desenvainó a Haebing de su cinto. En la oscuridad brillaron ocho ojos, fijos en él.

Bajo las ramas se revelaron criaturas con forma de arañas gigantes. El lugar, húmedo y sin un rayo de luz, era perfecto para esas bestias. Decenas de ellas se movieron en círculo, produciendo un silbido áspero con el roce de sus pelos erizados. Anya apretó la empuñadura.

Una de pronto saltó hacia Asel.

Con un tajo, Anya le cercenó una pata. El alarido desgarró el aire.

No se supo cuánto tiempo pasó. Anya, cubierto de sudor mezclado con sangre, apenas podía sostenerse. A sus pies yacían cadáveres de arañas, pero más seguían acechando, mostrando los colmillos.

“¡No se acerquen!”

Los monstruos parecían esperar el descuido para abalanzarse sobre los cuerpos de sus compañeros.

“¡Ugh!”

Otra se lanzó contra Asel. Anya corrió y hundió a Haebing en su abdomen, deslizándose bajo ella. La sangre azul y viscosa lo bañó entero, pero no se detuvo.

“¡Despierten, Asel, Luke, Kun!”

Sus voces no alcanzaban a los inconscientes, hundidos en un letargo envenenado.

‘Esto… ya es el límite.’

Extrajo la espada del cadáver reciente, apartando la sangre con el dorso de la mano. Por más que mataba, la horda no menguaba. Sus ojos castaños empezaban a perder el brillo.

“Ah…”

No debería flaquear así. Pero el veneno de la sangre monstruosa se filtraba en sus heridas. Cada vez más borroso, más débil…

“A-Asel… Luke… Kun…”

Anya, tambaleándose hacia un lado, fue reflejado en las ocho pupilas azul oscuro, y como si hubieran estado esperando, esas cosas se abalanzaron de golpe. Enseguida extrajeron un largo y pegajoso hilo blanco y empezaron a enrollar con él a Asel, Luke y Kun.

En un abrir y cerrar de ojos, ellos se convirtieron en enormes capullos humanos, y las arañas los arrastraron a rastras más allá de aquella oscuridad.

“¡No!”

¡Pfut! Una red de araña se arrojó también sobre el rostro de Anya. Su cuerpo, que apenas se sostenía sobre una rodilla apoyado en el hielo, acabó desplomándose.

‘Ah… aquí es donde….’

Los párpados se le cerraban sin remedio. El corazón le golpeaba fuerte y la herida ardía como si quemara por dentro. Decenas de pequeños ojos azulados, hipnotizados por la presa, se abalanzaron sobre Anya.

Chas-chas, crac-crac, chas-chas.

Los pulmones se le oprimían y, cuando estaba a punto de quedar inconsciente, de su boca se escapó un lamento entrecortado, casi como un gemido, en busca de alguien que llevaba mucho sin ver.

“D… Dragkals….”

Al mismo tiempo, las letras sobre su muñeca se agitaron y emitieron un resplandor rojo. Criiik-criiik. Al percibir algo, las arañas chillaron y se apartaron de Anya. Justo en ese instante, ¡fiuu!, una flecha surcó el aire.

Se clavó con precisión en la coronilla de la criatura arácnida, y un alarido espantoso retumbó sin cesar en sus oídos. Algo estalló, se escucharon pasos frenéticos una y otra vez, hasta que de pronto todo quedó en un silencio absoluto.

Tac, tac. Alguien avanzaba sobre los cadáveres de los monstruos hacia donde yacía Anya.

“En ti aún queda el olor de mi hermana menor.”

¿Quién…? Apenas tuvo tiempo de preguntárselo, pues Anya perdió por completo el sentido.

---

Evernight y Karen descubrieron de cuando en cuando unos trozos de tela atados a las ramas de los árboles negros.

“Tal como pensaba, parece que la expedición envió una ronda. Llegaron antes de lo que suponíamos.”

Karen se bajó un poco el antifaz que le cubría nariz y labios para hablar con Evernight.

“Si no se conoce bien este lugar, uno se convierte fácilmente en alimento de las bestias… ¿Será que Su Alteza el Príncipe lo sabía y por eso los envió?”

Aunque apenas se distinguía, en el aire del bosque negro flotaban diminutas esporas. Si se inhalaban continuamente, causaban confusión mental y llevaban a vagar por siempre en aquel bosque: una especie de alucinógeno.

“¿Y si en la ronda está la hermana menor de Asrandu? Si llegara a morir… Asrandu no dejaría en paz a la expedición.”

Entonces, sobre el antifaz negro, unos ojos azules como filos de cuchilla brillaron en la penumbra.

“Los elfos procuran no inmiscuirse en los asuntos de los humanos.”

Fue precisamente por eso que Asrandu, a cambio de darle un mapa a Evernight, le pidió que le indicara un modo de sacar en secreto a su hermana.

“Si todo hubiera ido según lo previsto….”

Sus ojos escudriñaron con agilidad la corriente del bosque. Sí, de acuerdo al mensaje que había enviado Riario, debían esperar la noche dentro de este grupo de árboles negros para asestar un golpe sorpresivo.

“Olvidé que aquí, tras esta maldita barrera, no se cumple ninguna expectativa.”

“¿Comandante?”

Evernight sonrió de lado y desenvainó su espada. Frente a él, las masas negras ya empezaban a retorcerse y a acercarse.

“Recemos para que los dioses estén de nuestra parte.”

Sin vacilar, Evernight se lanzó contra la oscuridad.

---

“¡Cof!”

Liberado de la telaraña, Anya escupió toses mientras, con la vista nublada, miraba alrededor. Decenas de botas se alzaban sobre los cuerpos de las bestias. Al principio pensó que el señor Hanibal había enviado refuerzos.

“¿Dónde está mi hermana menor?”

Pero no era así. Anya, sosteniéndose con sus temblorosos brazos, logró incorporarse. Y entonces distinguió, entre la oscuridad, cabelleras ondeando en dorado o plateado.

Bajo ellas, los cadáveres de los monstruos aún se estremecían, atravesados de parte a parte por flechas.

“Te lo pregunto otra vez. ¿Dónde está mi hermana menor?”

El hombre que estaba más al frente se inclinó sobre una rodilla, igualando su altura a la de Anya, con expresión imperturbable.

No era humano. Al encontrarse con sus claros ojos verdes, Anya lo comprendió al instante. Las puntiagudas orejas revelaban su identidad. También lo eran los altos hombres que aguardaban detrás de él.

“…Tu herida es profunda.”

De pronto, la mirada del hombre se posó en el brazo de Anya. La sangre del monstruo, al mezclarse con la herida abierta, había hecho que venas azuladas se extendieran en forma radial desde ella.

“Ust… usted es….”

Aunque sus labios temblaban, el semblante de Anya permanecía sereno. Quizá el vendaje que le cubría todo el rostro acentuaba esa impresión… pero Asrandu lo comprendía: más que dejarse dominar por el dolor atroz, este muchacho gastaba su energía en evaluar la situación. Era la disposición innata de un guerrero; mejor dicho, lo que los humanos llamaban el temple de un caballero.

“¡Ah…!”

Cuando Asrandu presionó la herida con sus dedos índice y medio, los tranquilos ojos de Anya se nublaron por fin de dolor. Pero más allá de eso, lo que más le sorprendía de este chico era…

“Lo preguntaré por última vez. Mi hermana…”

“¿S… se refiere a Asel…?”

El rastro de Asel estaba impregnado en él.

Los elfos, al igual que los enanos o los monstruos, tenían la capacidad innata de percibir con agudeza el olor de los suyos.

Anya recordaba haber leído eso en algún libro. Aunque le vino a la mente de forma repentina, enseguida pudo estar seguro: en cuanto lo dijo, la inexpresiva máscara de Asrandu se quebró como si se resquebrajara.

“No he mencionado ningún nombre, ¿cómo lo supiste?”

Los dedos que apretaban su herida aumentaron la presión. Anya, con la vista blanqueándose, retorció el brazo involuntariamente.

“Asel es la única mu… mujer de la expedición. Y además llevaba un arco parecido al de ustedes….”

Solo entonces los dedos de Asrandu se apartaron. Aunque seguía mirándolo con recelo, parecía dispuesto a creer sus palabras.

“Asel… fue arrastrada al norte por las arañas.”

Anya se levantó tambaleando. Siempre había intuido que Asel escondía algo, pero jamás imaginó que estuviera relacionado con los elfos.

Alzó la mirada hacia la decena larga de elfos que lo rodeaban. Todos llevaban antifaces negros, lo que impedía distinguirlos bien, pero sus orejas puntiagudas, su elevada estatura y sus largas cabelleras rubias o plateadas caían serenas.

Ahora que lo pensaba… el cabello de Asel, aunque más apagado, también era rubio. Pero sus orejas eran comunes, iguales a las de cualquier humano.

“Estás gravemente herido. Sal del bosque y regresa con la expedición.”

Asrandu hizo una seña con la mirada, y los demás elfos asintieron al unísono, listos para sostener a Anya y sacarlo de allí.

‘Eso no es amabilidad. Quieren librarse de mí a propósito.’

Anya se levantó sujetándose el brazo sangrante y negó con la cabeza.

“Iré con ustedes.”

“Con ese cuerpo, es imposible.”

Asrandu bufó con desdén y rechazó su propuesta de inmediato. Sin duda, no se trataba de simple cortesía. Más bien… pretendía rescatar a Asel y luego desaparecer de allí en secreto.

Pero…

‘Cuando llegó la Noche Eterna, los elfos huyeron cobardemente. Yo vine en busca de alguien. Antes de que regrese la Noche Eterna, debo encontrar a esa persona.’

Sobre las ruinas del castillo de Portmeus, donde la gloria se había desvanecido como humo, el intercambio de palabras durante aquella pelea fue breve, pero las emociones que quedaron grabadas en el pecho de Anya eran tan punzantes que no podía ignorarlas. Le resultaban demasiado familiares: una profunda desesperación, impotencia… o tal vez culpa.

No sabía con certeza cuál era la situación, pero al menos algo entendía: Asel había llegado hasta allí escondiéndose de la mirada de aquel elfo para aferrarse a una esperanza.

"No solo Asel, también otros compañeros fueron capturados. ¿A ellos también… los salvará?"

El rostro de Asrandu se torció de inmediato. Anya lo miró fijamente y dio un paso adelante.

"Asel y esos tres son mis camaradas. Viajamos juntos desde el pueblo de Borne hasta aquí."

Cuando Anya dio un paso más, los subordinados de Asrandu lo detuvieron. Sintió en la boca el sabor metálico de la sangre; se había reventado por dentro. Tragó saliva a duras penas y aguardó la respuesta.

Un destello de duda cruzó el rostro de Asrandu. Anya no se detuvo.

"No sabía que Asel fuera un elfo. Se lo juro. Nadie en la expedición lo sabe. Jamás lo diré."

"Impertinente mocoso. ¿Crees que eso es lo que me preocupa?"

Asrandu dejó escapar una risa sarcástica. Le sorprendía que aquel humano hubiera captado su intención con tan pocas palabras. Aun así, la insolencia seguía siendo imperdonable.

"Bastaría con lanzarte un hechizo de olvido."

Apenas terminó de hablar, desde un rincón se sintió la acumulación de una fuerte energía mágica. Uno de sus hombres ya estaba listo para invocar la maldición del olvido en cualquier momento.

"Pero…"

Para Anya, no sería realmente una pérdida volver con la expedición sin recordar nada de lo ocurrido en el bosque. Ni Asel, ni Luke, ni Kun eran de Tildeon, y ninguno de ellos le servía para encontrar a Evernight.

"Pero ahora mismo está dudando, ¿no es así?"

Una arruga profunda surcó la frente de Asrandu. Aquel joven, lleno de heridas y sin una fuerza evidente, no mostraba miedo alguno. ¿Era que había perdido todo sentido del temor, o simplemente su valor era digno de consideración? De repente entendió por qué su hermana Asel había estado viajando con él.

"¿Y qué es lo que estoy dudando, según tú?"

"Si quisiera silenciarme, me habría matado en cuanto oyó lo que quería. O al menos me habría sacado del bosque a la fuerza, sin demora."

El rostro de Asrandu se oscureció de golpe y, entre sus labios finos, escapó un largo suspiro.

"Entonces… ¿acepta que soy compañero de Asel?"

¿Atrevimiento o inocencia? Fuera lo que fuese, no sonaba estúpido. Una de las comisuras de los labios de Asrandu se curvó con ironía.

Sin más, giró sobre sí mismo, agitando la capa con un chasquido.

La decisión ya estaba tomada. Los elfos valoraban la lealtad. Además, pensando en la imprudencia de su hermana, que había escapado de la isla Aoni para llegar hasta allí, si mataba a ese descarado quizá tendría que enfrentar la furia de Asel, y solo de imaginarlo le dolía la cabeza.

"¿Qué haremos, señor Asrandu?

Asrandu agitó la mano con fastidio."

"Vendrá con nosotros. Su destino lo decidiremos después de salvar a Asel."

***

"Comandante, hay gente aquí."

Evernight y Karen habían llegado hasta la entrada de una cueva en medio de un bosque de árboles negros, siguiendo el rastro de las arañas. Entre los enormes arácnidos se distinguían tres capullos, de los cuales sobresalían unos pies.

"¿Cree que ahí dentro estará la hermana de Asrandu?"

"Esperemos que sí."

Evernight salió de detrás de la roca y se lanzó contra la horda de arañas. Cientos de ojos se volvieron hacia él en cuanto notaron su presencia. El sonido crujiente se mezcló con las rápidas estocadas de su larga espada, que cortaba con precisión escalofriante las patas de las criaturas que lo rodeaban.

"Por todos los cielos… ¿ni una señal antes de lanzarse?"

Karen, viendo aquella matanza que parecía irreal incluso frente a sus ojos, suspiró y desenvainó su espada para seguirlo.

"Comandante, la sangre de estos monstruos es venenosa."

“No me importa. ¡Karen! Yo los contengo, tú encárgate de abrir esos capullos.”

Mientras Evernight cortaba las patas de una araña que intentaba hundir sus garras en Karen, Karen gritó:

“¡Entendido!”

Karen corrió hacia el rincón donde yacían los capullos. De inmediato varias arañas se abalanzaron contra él, pero Evernight las bloqueó con un solo movimiento de espada, conteniendo a tres al mismo tiempo para cubrirlo.

Finalmente, Karen llegó al primer capullo. Sacó un puñal y comenzó a cortar las gruesas hebras.

“¡Ku… kuh, cof, cof!”

Al romperse, el aire entró bruscamente en su interior y de allí emergió una figura rolliza, tosiendo con violencia.

Tú no eres…

Karen dejó atrás a Luke, que no paraba de toser, y fue a abrir otro capullo. Del interior salió otra persona, cuya piel azulada recuperó de inmediato el color al entrarle oxígeno.

“¿Tú… quién… quién eres?”

Pero a diferencia del primero, este recobró el sentido de inmediato y agarró a Karen del cuello, tirando de él hacia abajo.

En ese instante:

“¡Karen!”

Al mismo tiempo que la voz de Evernight resonaba a su espalda, el rostro del hombre que lo sujetaba palideció de golpe. Karen, erizado, giró justo a tiempo para ver una flecha surcar el aire. El proyectil se clavó en la cabeza de la bestia que lo tenía a punto de atrapar. La araña se desplomó con un estertor, la flecha aún vibrando en su cráneo.

“Claro.”

Karen lo supo al instante. Esa flecha emplumada de los elfos había hecho que la expresión del hombre que lo sujetaba se helara de golpe.

“Usted debe de ser la señorita Asel.”

Y desde lejos, Asrandu, varios elfos y un humano con el cuerpo vendado comenzaron a avanzar hacia ellos.

El hedor a sangre impregnaba todo. En el suelo, los restos descuartizados de las bestias aún humeaban, convulsionando.

“Que haya sido capaz de lidiar con tantos él solo…”

Asrandu frunció el ceño ante el olor metálico y con un gesto ordenó disparar. Los elfos tensaron los arcos y una lluvia de flechas cayó al unísono. Anya observaba, inmóvil, cómo las criaturas caían bajo los gritos desgarradores.

Pero sus ojos no se apartaban de aquel hombre que blandía la espada bajo la lluvia de proyectiles como si nada.

¿Por qué… está él aquí?

Casi hechizado, Anya siguió cada movimiento de aquel que masacraba cruelmente a los monstruos: cada golpe de su mano, cada paso de sus pies. El tiempo y el aire parecieron detenerse, el ruido alrededor se desvaneció, como si solo quedaran ellos dos en el mundo. El pecho se le oprimió y la emoción lo embargó sin aviso.

“……”

El hombre hundió su espada en el vientre de la última araña y, tras un suspiro, apartó con una mano su cabello manchado de sangre. Entonces, sus miradas se encontraron. Incluso a la distancia, los ojos azules brillaban con intensidad.

Había prometido: cuando lo volviera a ver, le pediría perdón. Por Tildeon, por el hijo que no pudo proteger. Creía que en cuanto lo tuviera delante se lanzaría a decirlo. Pero no… el corazón se le hundió, el cuerpo entero se le paralizó, incapaz de mover un solo dedo.

“¡Asrandu!”

La voz de Karen resonó desde dentro de la cueva. Sujetaba con esfuerzo a alguien que forcejeaba.

“¡Suélteme!”

La que luchaba en sus brazos era Asel. A su lado, exhaustos, Luke y Kun se desplomaban.

“¡Asel!”

Asrandu corrió de inmediato hacia allí. Al verlo, los movimientos de Asel se hicieron más lentos hasta que un bofetón seco le hizo detenerse.

“Ugh…”

El silencio pesó unos segundos. Asrandu la arrancó de los brazos de Karen. Arrastrada sin fuerzas, Asel levantó la vista… y vio a lo lejos a Anya.

“A… Anthony…”

Su débil gemido hizo que todas las miradas se volvieran hacia él.

Entre los elfos estaba un hombre maltrecho, el rostro vendado, que al escuchar ese nombre pareció recobrar la consciencia. Soltó un jadeo y se movió bruscamente, como si quisiera correr hacia él.

“¡Caballero!”

Luke lo llamó con voz entrecortada. ¿Caballero? Antes de que Karen pudiera procesarlo, Evernight cayó sobre Anya en un instante.

“¡Comandante!”

Demasiado tarde. Evernight ya lo tenía sujeto.

“Eres tú…”

Cubierto de sangre azul, el calor feroz de la batalla aún emanaba de Evernight. Tenerlo tan cerca hizo que Anya temblara, el vientre le dolía de forma extraña, pero no podía dejar de mirar hacia Asel, atrapada detrás.

“Mírame.”

La voz helada lo obligó a alzar la cabeza. Evernight lo sujetó del mentón con brutalidad.

Sus ojos se encontraron de nuevo. Anya recordó haber pensado una vez que en esos ojos azules cabía el mar entero. Ahora ese mar se agitaba con violencia.

Lo había reconocido al instante. Anya lo supo. Pero no hubo tiempo para alegría.

“¿No está… demasiado herido?”

El rostro de Evernight se torció con furia y escupió una maldición:

“Estás completamente loco.”

Anya no esperaba un recibimiento cálido, pero la frialdad lo hizo estremecerse y retroceder. No obstante, Evernight fue más rápido: lo atrapó de la muñeca y lo arrastró sin miramientos.

“¡Oye! ¿Quién te crees para llevarte a Anthony?”

Asel volvió a gritar desesperada.

“¿Anthony?”

El nombre falso arrancó una sonrisa torcida a Evernight. Sus ojos se entrecerraron con gélida claridad: vendas manchadas de sangre, un alias improvisado… ya entendía la situación.

“Sin permiso de lord Asrandu, nadie puede salir de aquí.”

Varios elfos se interpusieron en su camino.

“Apártense. Ya terminé. He encontrado a la maldita hermana.”

Tras sus palabras, Asel se agitó enloquecida:

“¡Hermano! ¡Suéltenme! ¿Quién se cree ese para llevarse a Anthony?”

Anya, atrapado, apenas se atrevió a mirar. La presión en su muñeca era tan fuerte que apartó la vista enseguida.

“Quítense.”

El gruñido de Evernight salió entre dientes.

“Sin permiso de lord Asrandu…”

Los elfos repitieron lo mismo, hasta que Asrandu apareció cargando a Asel como si fuera un saco.

“Rey del Norte. Ese joven viajó con mi hermana. Yo me haré cargo. Nuestro pacto acaba aquí.”

Asel forcejeaba en vano, sus ojos clamando hacia Anya, desesperados.

“Comandante, ¿qué significa todo esto…?”

Karen, que había levantado a Luke y a Kun, llegó agitado. Al ver a Anya, titubeó.

“Alt…”

Casi pronuncia el título real, pero logró callarse a tiempo, aunque su rostro lo delató.

“¿Conoces a este muchacho?”

Asrandu, captando la tensión, miró a Evernight y a Anya, deteniéndose en la mano que los unía.

“No es asunto tuyo. Nuestra cooperación terminó, ¿no?”

Evernight señaló con la barbilla a Asel, que colgaba de los hombros de Asrandu. El hombre, normalmente imperturbable, dejaba ver una hostilidad abierta.

“Y sin embargo… parece alguien con muchos vínculos con mi hermana.”

Al oírlo, las venas en el dorso de la mano de Evernight se hincharon con violencia. Con las heridas que le había dejado el monstruo, incluso la mínima presión bastó para arrancar un quejido. Pero Anya, apretando los dientes, se lo tragó. Desde enfrente, Asrandu volvió a lanzar una fugaz mirada hacia él.

“De momento, el veneno ya se ha extendido por el cuerpo de ese chico. Lo mejor será atenderlo rápido.”

Recién entonces los ojos de Evernight brillaron de forma extraña. Se humedeció los labios con la lengua y clavó una mirada cortante en el antebrazo de Anya, todavía chorreando sangre. Poco después, entre sus cejas se formó un profundo surco.

“Yo mismo lo atenderé.”

“¿Y con qué derecho pretendes llevártelo?”

Asrandu, contra su costumbre, insistía demasiado. No le fue difícil a Evernight adivinar que esa necedad tenía como origen a su hermana. Asel, incluso con la mordaza puesta, no dejaba de farfullar obsesionada con Anya.

De veras, qué espectáculo. El murmullo despectivo de Evernight bastó para que los demás, salvo Asrandu, se pusieran en guardia.

“Es mi pareja.”

Con un leve suspiro, Evernight se echó hacia atrás el flequillo que le caía sobre la frente.

“¡Mmmph!” Asel aleteó como un pez fuera del agua, mientras Luke se quedó con la boca abierta. Tal como sospechaba… Karen se llevó una mano a la frente y apartó el rostro.

“Por eso me lo llevo.”

Sin mirar a nadie más, Evernight tiró de Anya y lo condujo lejos, dejando al grupo envuelto en un pesado silencio.

---

Los pasos de Evernight, al frente, eran veloces y tensos, como los de alguien enfadado. Anya, tambaleante, apenas lograba no tropezar con las raíces del bosque y hacía un esfuerzo desesperado por mantener el cuerpo erguido.

Pero pronto las rodillas cedieron y se desplomó.

“L-Lo… siento…”

Evernight lo sostuvo con firmeza por la cintura. El contacto de aquel robusto brazo en su espalda le ardió como si hubiese tocado fuego.

“Señ….”

Tal vez porque los monstruos ya habían sido abatidos, el bosque de troncos negros estaba mortalmente silencioso. A esa altura no quedaba nadie cerca; debía aprovechar para dar la noticia de Tildeon. La garganta seca le raspaba, pero aun así, tragando saliva con dificultad, logró abrir la boca:

“Tildeon…”

Al pronunciar ese nombre tan añorado, la pena contenida lo sobrepasó. Ver el perfil afilado de Evernight, demacrado por la campaña, le arrancó todavía más culpa. Con manos temblorosas se aferró al cuello de su ropa.

“Tildeon… cayó… Lo siento…”

Anya cerró con fuerza los ojos, incapaz de enfrentar la expresión de Evernight. Los dedos con que sujetaba su ensangrentada ropa tiritaban de remordimiento y dolor. Pero él no respondió.

“……”

El silencio lo atormentaba aún más. No le preguntaba nada, ni siquiera qué había sucedido.

Ojalá al menos me gritara, me culpara… Así podría… aunque tomara años, aunque me costara la vida, redimirlo de algún modo.

Pero Evernight no lo hizo. No levantó la voz, ni lo presionó con preguntas.

“Abre los ojos.”

Su voz sonó calma, serena incluso. Pero Anya lo supo al instante: la mano que lo sostenía apretaba con demasiada fuerza. Contenía emociones que amenazaban con desbordar.

“Anya. No me hagas repetirlo.”

Al comprenderlo, un frío repentino lo recorrió, seguido por un jadeo entrecortado.

“Anya.”

De nuevo la voz descendió desde arriba, esta vez con un matiz impaciente.

No puedo hacerlo enojar más… Él también debe estar destrozado…

Con gran esfuerzo abrió los ojos, pero la vista se le nublaba tanto que apenas distinguía su rostro. Solo después comprendió que era el efecto de la fiebre provocada por el veneno del monstruo. Y sin embargo, el primer pensamiento que tuvo fue, absurdamente, “mejor así.”

“Tu…”

Aun entre brumas, pudo leer en su semblante la cólera y la irritación. Y agradeció poder verlo apenas difuso.

“Uh… ngh…”

Debería haber explicado ya lo sucedido, pero la lengua se le endureció, y lo único que escapó fueron jadeos.

“Shhh, quieto. No estás en condiciones de hablar.”

Unas manos ásperas le arrancaron la parte superior de la ropa. El súbito frío lo hizo encogerse.

En medio de la neblina de su mente, un recuerdo afloró sin permiso:

aquella primera noche forzada con él.

Una noche de invierno, la luz mortecina de las velas, y el rostro sombrío del hombre… mostrando sin filtros el asco que le inspiraba.

Como si ni siquiera quisiera tocarle con un dedo, frunció el ceño con violencia y terminó el acto como quien se libra de una carga.

Sí, aunque Tildeon fuera un lugar áspero, para él era el territorio más valioso de todos. Valía tanto que estaba dispuesto a pasar su primera noche con un príncipe medio inútil al que no soportaba ni ver, con tal de ascenderlo a ducado.

“Pe… perdóneme, mi lord. Uuhk… to-todo es culpa mía.”

Por eso mismo… Anya no quería que lo odiara más. Que los demás lo señalaran, lo insultaran, lo llamaran retrasado o idiota, no le importaba.

Con tal de que él, al menos Evernight, le dijera que lo había hecho bien, que había sufrido bastante, Anya sentía que podía hacer cualquier cosa. Si con eso podía serle de ayuda, lo haría, lo que fuera.

“Po-por eso aguanté, pero… de, de nada sirvió… hiks.”

Anya rompió a llorar desconsoladamente en los brazos de Evernight. Como si la presa de las emociones, que había contenido a la fuerza hasta entonces, se hubiera roto, las lágrimas no paraban. Desde que enterró a su bebé, su corazón había permanecido extrañamente sereno, pero ahora latía desbocado, hasta dolerle.

“…No llores.”

Una voz extrañamente ronca y dura cayó desde arriba, aplastándolo. Anya se apresuró a apretarse los ojos, pero su cuerpo, envenenado hasta el límite, ya no le obedecía.

“Hu…”

Un aliento frío, como un suspiro, le cosquilleó el flequillo. Más allá de su vista que se apagaba una y otra vez, los rostros añorados de quienes ya habían partido se le cruzaban como linternas de un desfile fúnebre.

“Si sigues llorando te vas a ir al otro lado. Si la fiebre sube más, vas a morir.”

Diciendo eso, Evernight metió la mano bajo su nuca, palpando en busca del nudo de la venda.

“Lo, lo siento, mi lord. Perdóneme.”

Su fresca mano rozaba de tanto en tanto el rostro de Anya al soltar la venda. Y cada vez, Anya temblaba y repetía con devoción que era su culpa.

Aunque la fiebre le subiera hasta la coronilla, aunque apenas pudiera respirar, Anya seguía suplicando.

"Lo siento, perdóneme, mi lord. Los Caballeros Negros… los mataron a todos. A Savelli, a Bell… y también al bebé…"

Evernight, en silencio, fue quitando la venda y escuchando aquella dolorosa confesión.

“……”

Finalmente, cuando toda la venda fue retirada, apareció un rostro hecho un desastre.

Con la cara encendida, empapada en lágrimas, Anya jadeaba mirando hacia Evernight.

Las mejillas, antes blancas, estaban cubiertas de moretones, y sus labios entreabiertos, de donde escapaba un aliento blanquecino, estaban rajados y manchados de sangre.

“¡Mierda…!”

Al poco, una maldición rabiosa escapó de la boca de Evernight.

---

“¡Comandante!”

Cuando Karen y los demás alcanzaron a Evernight, Anya ya estaba exhausto y desfallecido en sus brazos.

“¿Su Alteza se encuentra bien?”

Karen corrió alarmado hasta él. El rostro de Anya, ya sin las vendas, se veía más maduro que antes, pero aun así seguía pareciendo demasiado joven.

“Comandante, debemos tratarlo de inmediato…”

Karen lo miró de reojo, pero no pudo seguir hablando. Evernight estaba contemplando a Anya con un semblante gélido, cortante como cuchillas de hielo. Era tal la tensión que desprendía, que casi podía parecer que había sido él quien lo había dejado en ese estado.

“Por muy fuerte que sea de espíritu, si retrasamos el tratamiento podría sufrir secuelas.”

En ese momento, Asrandu se acercó a Evernight, que sostenía de rodillas al príncipe, y habló.

“…¿Secuelas…?”

“Si ese joven es tu pareja, con más razón deberías sacarle el veneno cuanto antes.”

Mientras decía esto, Asrandu miró de reojo a Asel, que colgaba de los hombros de uno de sus subordinados.

“Tu pareja se puso así porque se enfrentó solo a un monstruo para salvar a mi hermana. Los elfos jamás traicionamos la lealtad. Si lo deseas, podemos llevarlo al santuario de la tribu Nissi, en la isla Aoni. Allí lo cuidaremos hasta que se recupere por completo.”

La propuesta de Asrandu era razonable: la medicina élfica era muy superior incluso a la de los mejores magos humanos.

“Pero, señor Asrandu. En su estado… no sobrevivirá hasta llegar a la isla Aoni.”

Uno de los subordinados intervino con cautela. Asel, aún cargada, se agitó y gritó que había que extraer el veneno de inmediato, pero nadie le entendía.

“Eh…”

Fue entonces cuando un muchacho gordito, que había permanecido pálido al fondo del grupo, se armó de valor y levantó la mano.

“Si, si se extrae el veneno y luego se machacan finamente hierbas desintoxicantes y se aplican sobre la herida, la fiebre puede, p-puede bajar de forma temporal. Y si bebe el jugo exprimido de la fruta Lufun, eso puede eli… eliminar el veneno del cuerpo. Así podríamos resistir hasta la isla Aoni, ¿no cree?”

Luke, algo abrumado por las miradas, movía los ojos nervioso, pero siguió hablando.

“Luke… ¿era tu nombre? ¿Cómo sabes eso?”

Ante la pregunta de Karen, Luke respiró hondo y respondió:

“Mi, mi familia se dedica al negocio de hierbas medicinales en el sur desde hace generaciones.”

Luke ni sabía luchar como sus hermanos, ni era lo bastante listo para manejar cuentas, pero en cultivar hierbas y preparar medicinas o comidas nadie le superaba.

“Luke, gracias por tu propuesta, pero encontrar esas hierbas en estas tierras de muerte es imposible…”

“¡Las, las tengo en mi alforja!”

Entonces todos repararon en que cargaba con una enorme alforja.

“Pe-perdí la sartén, lo cual es una pena, pero traje hierbas por si acaso.”

Luke abrió enseguida la alforja y sacó un gran barril de madera. Dentro había una colección de hierbas cuidadosamente preparadas.

“¡Mmmph!”

Asel sacudió la cabeza y le guiñó un ojo a Luke, que se sonrojó de vergüenza.

El chico regordete, cobarde por naturaleza, había robado en secreto del herbolario familiar antes de partir de su hogar, por si tenía que curarse tras ser herido por un monstruo. Pero si aquellas hierbas servían para salvar al caballero que lo había protegido, no le importaba gastarlas todas.

“Ah, p-pero primero hay que extraer el veneno de la herida…”

Al darse cuenta de eso, el rostro de Luke volvió a palidecer. Las hierbas servían para purificar y sanar, pero no extraían directamente el veneno.

“¡Comandante! ¡Está loco!”

Fue entonces cuando Karen gritó horrorizado. Evernight, sin vacilar, acercó los labios a la herida envenenada de Anya.

Sujetando con firmeza al muchacho, que temblaba, succionó hondo la zona infectada. Al poco, levantó la cabeza y escupió en el suelo sangre oscura.

Después, volvió a presionar sus labios sobre la herida, mientras clavaba la mirada en Luke.

“……”

A su lado, los demás contuvieron las palabras y se limitaron a guardar silencio.

Evernight extrajo el veneno varias veces de la herida de Anya. Sus labios rojos empezaban a teñirse de un azul mortecino, pero aun así no detuvo la acción.

Morder, succionar, escupir… la secuencia era veloz y a la vez extrañamente cuidadosa, impropia de él. Movimientos simples, sí, pero el contraste entre el cuerpo enjuto de Anya que se estremecía cada vez que la herida era succionada y el corpulento cuerpo del hombre que lo dominaba como aplastándolo…

El cuadro resultaba tan obsceno que algunos enrojecieron, mientras Asrandu y los demás elfos fruncían el ceño con incomodidad.

"¡Señor Comandante, basta ya! ¡Podría contagiarse del veneno de esa bestia! "

Karen, incapaz de soportarlo más, trató de detenerlo.

Pero Evernight clavó nuevamente los labios en la herida abierta, asegurando su decisión con un último gesto.

"¡Señor Comandante! "

Karen se estremeció al ver sus labios tornados azulados, pero él ya llamaba a Luke, que estaba sentado en el suelo, paralizado.

"Tú."

"¿E-eh, yo? "

Luke se señaló el rostro, perplejo por el repentino llamado.

"Ya extraje casi todo el veneno. Haz lo que dijiste antes y trata la herida."

Evernight miró con frialdad los coágulos de sangre azulada que había escupido. Luego levantó en brazos a Anya con un solo movimiento, rasgó su propio manto y lo extendió en el suelo, para depositar allí al joven aún inconsciente, agonizando.

"Karen. Trae algo con qué encender fuego."

"Señor Comandante… ¿no regresaremos al campamento de la expedición?"

Evernight echó una mirada de reojo hacia la compañía de Asrandu y soltó un suspiro breve.

"Esperaremos hasta que despierte."

Con calma se limpió de la comisura de los labios la sangre de Anya, dando por zanjada la situación. Karen, astuto, no replicó más; simplemente suspiró y se marchó con Kun a recoger leña.

"S-señor duque… le aplicaré las hierbas… "

Luke, que había preparado ya la caja de medicinas, se acercó con timidez, temblando. Evernight se apartó para dejarle espacio, observando en silencio el proceso.

Las manos de Luke temblaban al colocar las hierbas sobre la herida, pero aun así no pudo escapar de la mirada fija del duque.

“……”

La mirada hundida de Evernight descendió por el rostro de Anya, recorrió su cuello delgado, su pecho plano… hasta detenerse en el vientre ahora plano.

Ya no había niño.

Antes de la expedición, el abdomen de Anya se había notado, apenas, pero lo suficiente. Ahora, en cambio, estaba vacío, como si nada hubiese ocurrido.

«Lo siento, lo siento, mi señor… los Caballeros Negros lo mataron todo. A Sabelli, a Bell… al bebé también…»

Evernight recordó con nitidez aquel murmullo lloroso de Anya, cuando antes de caer desmayado lo había aferrado desesperado.

Tildeon había caído. El niño estaba muerto. Y su compañero, despojado de todo, vagaba sin rumbo hasta llegar más allá de la Muralla, hasta aquí.

¿Cómo llamar a esta sensación? ¿Alivio porque ese monstruo había muerto? No, fue un destello fugaz. ¿Ira por la masacre del pueblo tildeonés? Tampoco: nunca les había tomado afecto. ¿Vacío derrotista? Ni eso.

Entonces, ¿qué era?

Cuando sus pensamientos llegaron hasta allí, Evernight decidió dejar de cavilar. Todo aquello no eran más que residuos inútiles de emociones.

Su expresión se endureció en un instante. Se acercó al lado de Luke y contempló con frialdad el rostro de Anya, que comenzaba a recuperar algo de color.

"El veneno de la bestia no parece tan fuerte. ¿Crees que con esas hierbas será suficiente?

La voz de Evernight hizo saltar a Luke, que se atragantó con un hipo nervioso.

"G-gracias al señor duque, la tez vuelve a tener color… y viendo que las hierbas actúan rápido, parece que el veneno no es tan potente. P-pero es solo temporal, habrá que darle jugo de fruto de Lufun para eliminarlo por completo."

Evernight chasqueó la lengua con disgusto. Tal vez había sido un error dejar la curación en manos de un novato así. Miró a Asrandu.

"Rey del Norte. Mejor sería que me permitieras llevar a tu compañero a la isla Aoni, donde podrán tratarlo bien."

El líder elfo lo observaba sin intervenir. ¿Quería pagar la deuda porque Anya había salvado a su hermana? ¿O era simple curiosidad? Para Evernight, ninguna opción era grata.

Podría deshacerse de ese joven dependiente, y quizás así le resultara más fácil llevar a cabo lo que se avecinaba.

Después de todo… pronto un vendaval de sangre podría cubrir todo el continente.

"Señor Comandante, ya trajimos la leña" ,anunciaron Karen y Kun, cargados de ramas oscuras. Evernight, tras mirarlos, alzó la vista hacia la negrura ominosa que los rodeaba.

Sus presentimientos nunca solían fallar. Retirarse a la isla Aoni podría ser lo único que garantizara que su joven compañero siguiera vivo y a salvo.

Y aun así, no lograba pronunciar las palabras.

"Asrandu. Agradezco la oferta, pero ¿cómo confiar en lo que dices?"

Sí. Mientras no se revelara quién estaba detrás de la caída de Tildeon, todo juicio sería precipitado. Y de ser así…

Esta vez podría no salvar a Anya. Podría perderlo para siempre.

Y entonces, por fin, comprendió lo que antes había evitado reconocer.

No era alivio. No era ira. No era vacío.

Era miedo.

Un miedo inmenso, desconocido, que jamás había sentido en su vida arrastrada como un gusano en el fango.

***

Anya, inmóvil y hundido en un sueño profundo, no despertó hasta el amanecer grisáceo.

Todo su cuerpo había ardido como si su médula misma se derritiera, y sin embargo, al abrir los ojos, lo primero que sintió fue una fresca y nítida ligereza.

¿Qué… qué había pasado?

Parpadeó, aturdido, y entre los troncos densos distinguió una figura bajo la tenue luz.

"Se-señor Evernight… ¿?"

Era él. Evernight, sentado en un tocón de árbol, sin capa alguna pese al frío, jugueteaba con su daga en silencio.

“¿Ya despertaste?”

Anya asintió sin saber qué decir. Se levantó de golpe y algo resbaló de sus hombros. Fue entonces cuando entendió por qué Evernight estaba soportando el frío sin su capa.

“Señor… yo…”

Anya, nervioso, levantó apresuradamente la capa que lo cubría, pero la mano del hombre fue más rápida.

“Quédate con ella. Hace poco que te bajó la fiebre… Si vuelves a exponerte al frío mientras sudas, podrías enfermar.”

Sus palabras sonaban tan amables que Anya apretó los labios con fuerza.

“¿No tiene frío usted?”

Evernight guardó la daga que jugaba entre sus dedos y lo miró fijamente. Estar frente a él así, en medio del campamento, le recordaba a cuando partieron juntos de Maneregia rumbo a Tildeon.

“No mucho. Preocúpate de ti.”

“…Sí.”

En vez de insistir, Anya apretó con fuerza la pesada y larga capa de Evernight. Todo parecía un sueño. Tanto que quería pellizcarse la mejilla para asegurarse de que no lo era.

Entonces, mientras su mente se despejaba poco a poco de la somnolencia, recordó de golpe lo que había hecho la noche anterior: lo había detenido para llorar y confesarle todo sobre Tildeon. Su rostro palideció al instante.

“¡S-Señor Evernight! Tildeon…”

“Shh.”

Antes de que su voz subiera más de la cuenta, Evernight se acercó de inmediato y le cubrió la boca. Su rostro, pálido y delgado bajo la luz grisácea del amanecer, brillaba con una frialdad más cortante que nunca.

“Anya. Es mejor que no hables a la ligera sobre Tildeon.”

Anya miró a su alrededor, a los miembros del campamento dormidos cerca de la fogata, y asintió.

“No me uniré a la expedición; volveré a Tildeon. Si lo que dices es cierto, debieron aprovechar mi salida para atacar. Es muy probable que haya alguien infiltrado en el grupo.”

El latido del corazón de Evernight se transmitía con fuerza a través del contacto de sus pechos. Tras mirar fijamente a Anya por un instante, Evernight se llevó la mano al rostro y habló con voz grave:

“Anya. Tú deberías ir con los elfos…”

Pero no logró terminar. Por primera vez, su rostro se veía extraño, como si las profundidades de su mirada, antes tan firmes como el mar, empezaran a agitarse sin remedio. Anya solo podía sentir que se ahogaba en ese oleaje.

La gran mano que le cubría la boca se deslizó suavemente hasta sujetar su mentón. Su respiración se mezclaba con la de él, tan cerca que era difícil distinguir a quién pertenecía cada aliento blanco en el aire frío.

“¿Señor Evernight…?”

Anya lo miró con cautela. Aunque creía haber crecido mucho, seguía sintiéndose pequeño ante él. ¿Cuándo sería capaz de convertirse en un caballero de Tildeon tan grande como él? Si así fuera, podría proteger a su gente… Tal vez Evernight estaba dudando de cómo tratarlo ahora.

“Anya.”

Evernight volvió a alzar suavemente su rostro. Sus miradas se encontraron otra vez, mostrando sin filtros el temblor de sus corazones.

“…”

Sin darse cuenta, Anya apretó los labios. Sentía que de esos labios pálidos de Evernight caería en cualquier momento una sentencia implacable. Los largos dedos que sostenían su barbilla parecían temblar.

“Señor.”

Pero Anya no quería alejarse de él más. No quería seguir siendo para él un príncipe a medias, una carga. Decidió dejar de debatirse en el mar profundo donde él habitaba, y en cambio recordó a los que habían muerto en aquella tierra desolada. Sabía que nunca los olvidaría. Por eso…

“Señor, quiero ir con usted.”

“Volveré con usted a Tildeon.” Su expresión seguía pálida, pero sus manos, que caían a sus costados, estaban apretadas en puños temblorosos.

“Por favor, no me mande con los elfos.”

Cada vez que estaba frente a Evernight, sentía que todo su esfuerzo se desvanecía. Para no tartamudear, pronunció cada palabra despacio, con cuidado.

Evernight lo miraba con el ceño fruncido, claramente dudando.

Por supuesto… aún no confiaba en él. Todo lo que había construido se había desmoronado en un instante. Verlo así le llenaba el pecho de culpa y miedo, pero ya no podía ocultar lo que sentía por él.

“Déjeme ir con usted, señor.”

Anya lo miró con desesperación. Estaban tan cerca que sentía la intensidad de su mirada clavarse en su piel como agujas.

“P-Por favor… No me deje solo.”

Entonces Anya lo comprendió. Siempre había añorado a Evernight.

Cuando lo había perdido todo y se sentía a la deriva en un mar oscuro, fue pensando en él que pudo resistir.

Por eso quería estar a su lado. No quería que él ni nadie más lo abandonara.

“Anya. Solo serías un estorbo.”

“…”

Su barbilla tembló y sus ojos grandes se llenaron de lágrimas, aunque ninguna llegó a caer, mostrando así su firmeza.

“…Puedo asegurarle que no seré un estorbo.”

Ante esas palabras, Evernight soltó una leve risa y con el dedo índice acarició el contorno amoratado de los ojos de Anya y sus labios cubiertos de costras de sangre.

“Esto es muy distinto a lo que has vivido antes. Aunque, al menos, esa confianza tuya ya merece ser reconocida.”

Pareció decidir algo en ese instante; su pecho se infló profundamente antes de exhalar un largo suspiro.

“Ve a la isla Aoni junto a los elfos. Si tienes amigos allí, al menos ellos no te harán daño.”

Su mano se apartó de inmediato, sin vacilar. Anya, presa del pánico, se apresuró a aferrar el borde de la capa de Evernight que se alejaba.

“Venganza…”

“¿Qué?”

“Cada noche repetía los nombres de quienes se fueron. Nunca, ni por un instante, los he olvidado.”

La mano de Anya, aferrada al dobladillo de la capa, temblaba sin control. Evernight pudo leer en su voz apagada, que murmuraba con el rostro inclinado, una profunda ira y desesperación impropias de él.

“…Quiero vengarlos, mi señor.”

Y no quiero separarme de usted nunca más. Si lo pierdo a usted también, prefiero morir en el campo de batalla a su lado.

Anya reprimió esas palabras en su garganta y, con una mirada desesperada, buscó los ojos de Evernight. Su deseo de venganza no era una mentira. Cada vez que blandía la espada, imaginaba cercenar los cuellos de aquellos caballeros oscuros. A veces, la visión era tan vívida que llegaba a imaginarse cubierto con su sangre azul.

“Anya, esto no es como lo que has vivido antes. Podría… incluso estallar una guerra a gran escala en el Imperio.”

El rostro de Evernight se contrajo al pronunciar directamente la palabra “guerra”. Luego se pasó bruscamente la mano por el flequillo y, con semblante frío, señaló el lamentable estado de Anya: “Mírate ahora mismo.”

“Sé… sé muy bien que no le agrado, señor.”

Evernight no era alguien que se dejara conmover por súplicas emocionales. Era un hombre frío y racional, hasta el punto de parecer carente de afecto.

“Pero, aun así… en los duelos de honor, cuando hice el contrato con Dragkals, incluso en la capital… todo salió bien, ¿no?”

Evernight soltó una breve risa incrédula.

“Y en todas esas ocasiones terminaste hecho polvo.”

Se acercó a grandes zancadas, tomó el delgado brazo de Anya y lo hizo girar. La capa que Evernight había colocado sobre su camisa empapada de sangre de monstruo cayó pesadamente al suelo.

“¡Señor…!”

Anya se estremeció al quedar de espaldas ante él. Su espalda estaba cubierta de cicatrices que nunca habría querido mostrar a nadie.

Pronto, una sensación gélida, casi escalofriante, recorrió su columna vertebral, como si alguien dibujara líneas con los dedos sobre su piel.

“Maldición…”

“Señor, e-esto…”

“Lo sé. Es obra de ese maldito hermano tuyo.”

Los dedos que recorrían las ásperas cicatrices eran fríos, pero por donde pasaban parecía brotar calor, como si su piel se incendiara. Tanto que Anya llegó a pensar, absurdamente, que ya se había convertido en un verdadero Tildeano, pues no sentía frío alguno.

“Sí… así que estas cicatrices no tienen nada que ver con…”

“No. Estas son el resultado de tu bendito corazón que es incapaz de darle la espalda a nadie. Aquella vez debiste ignorar a Siswu. Tendrías que haberte quedado quieto.”

Su tono era colérico, como si rechinara los dientes. Sin darse cuenta, Evernight presionó con fuerza una de las cicatrices más recientes, que aún mantenía un color rojizo. Luego dirigió una mirada severa a la herida abierta en el brazo de Anya, que aún palpitaba sin cerrarse.

“Hazme caso, Anya. A menos que tu pasatiempo sea disfrutar del dolor.”

Anya, que permanecía inmóvil con la espalda descubierta, se estremeció de repente.

“¡No, señor! Los muertos eran mis amigos, mis maestros. ¿Cómo… cómo espera que los ignore?”

“No te pido que los ignores. Yo me encargaré de la venganza.”

“No. No es eso. Déjeme hacerlo a mí.”

Evernight no lo sabía, pero el bebé seguía enterrado en algún lugar de aquella fría cordillera. Anya había hecho una promesa al marcharse: volvería a Tildeonrock cuando llegara la primavera. Por eso no podía huir cobardemente.

“Señor Evernight, usted no sabe cuánto he entrenado. No sabe con qué sentimiento llegué hasta aquí… Si pudiera abrir mi pecho y mostrarle mi corazón, estoy seguro de que…”

“Cállate.”

Ante aquella gélida advertencia, Anya cerró la boca de golpe. Sus ojos marrones, heridos, temblaban bajo el tenue rayo de luz que se filtraba, como si fueran a llorar. Pero, a diferencia de antes, el temblor no duró mucho.

“Si me da una razón, la corregiré. Incluso… incluso dejé de tartamudear.”

Sus palabras eran tristes, pero su mirada firme. Había corregido hasta el tartamudeo con el que había vivido toda su vida. Estaba desesperado y parecía vivir únicamente por un solo propósito.

En realidad, Evernight entendía ese sentimiento mejor que nadie. Él también había vivido toda su vida así, con una devoción ciega que no se detenía ante nada, ni siquiera ante la destrucción de su propio cuerpo.

Por eso lo entendía, y precisamente por eso no podía concedérselo.

“Tú…”

Su mente había tomado ya una decisión racional.

“Señor… aunque sea deme una razón. La corregiré como sea.”

Pero su corazón no dejaba de actuar de manera irracional.

“Es… te vas a lastimar.”

“……”

“En ese sucio campo de batalla lleno de sangre, volverás a salir herido.”

Y aunque sabía que lo correcto era dejarlo ir, una irracionalidad persistente le cegaba los ojos: no debía ir, aunque todo indicara que debía hacerlo.

El rostro de Anya se sonrojó de golpe.

“E… Es inevitable que me lastime, pero…”

Todo su cuerpo le picaba de incomodidad; no podía soportarlo. La mirada del hombre lo hacía sentir como si le arrancara pedazos al corazón. Incapaz de aguantar más, Anya bajó la vista enseguida. Pero no pasó mucho antes de que Evernight le tomara de la barbilla y lo obligara a mirarlo de frente otra vez.

“Inevitable, dices.”

Evernight arqueó una ceja, mostrando su desagrado. No busques significado oculto en sus palabras. Debía de estar harto de limpiar el desastre cada vez que él salía herido. Anya se obligó a calmarse.

“No… No me lastimaré tanto.”

Evernight soltó una pequeña risa, incrédulo.

“Sí. Tú no eres de los que dicen mentiras ni siquiera por compromiso.”

Anya no entendía exactamente el significado de su murmullo, pero bastaba con ver cómo su expresión se iba endureciendo para notarlo. Observándolo con cautela, Anya se apresuró a continuar hablando.

“Señor, he entrenado mucho todo este tiempo. Estoy seguro de que no seré una carga para nadie.”

Anya hablaba con más seguridad que nunca. Había sostenido una espada incluso al borde de la muerte en esas montañas nevadas donde había enterrado al niño, aprendiendo bajo la guía del yeti. Había derramado incontables lágrimas, sudor y sangre, todo para protegerse, honrar a quienes dieron su vida por él y para poder enfrentar a Evernight sin vergüenza cuando volviera a verlo.

“Es verdad. Puedo jurarlo ante usted.”

Su voz, antes temblorosa, comenzó a ganar fuerza. Su rostro níveo mostraba una sinceridad sin mancha alguna.

El muchacho, que había crecido mucho desde la última vez que lo vio, aún estaba cubierto de cicatrices, pero ya no parecía simplemente digno de lástima. Evernight tuvo que reconocer ese hecho que estaba tan claro ante sus ojos.

Y aun así, ¿sería porque él mismo era un maldito perro condenado con una maldición sin fin que este inquietante sentimiento no dejaba de surgir?

“¡Cof, cof!”

En ese momento, Evernight y Anya giraron apresuradamente hacia el sonido de una tos cerca de la fogata. Para su sorpresa, algunos de sus compañeros ya habían despertado y los observaban como si estuvieran viendo un espectáculo.

“Ejem… Bueno, hay niños aquí presentes.”

Karen carraspeó, señalando a Luke, que estaba sentado con el cabello hecho un desastre, viéndolos con la mirada perdida.

“Por un momento pensé… pensé que ustedes dos estaban… besándose.”

Ante las palabras tartamudeadas de Luke, el rostro de Anya volvió a encenderse de vergüenza.

“Los esposos… tienen algo que te hace sentir cosquillas en el corazón… ¡Aaagh!”

Luke, que murmuraba con una expresión soñadora, soltó un grito repentino: un largo pie le había golpeado con fuerza el costado.

“¡Aaah! ¡Señorita Asel! ¡Duele! ¡Por favor, no me pegue más!”

“¡Mmmph!”

Asel, aún atada, le lanzó una mirada furiosa a Luke. ¿Qué demonios acabas de decir? Sus ojos destilaban agresividad, pero también parecía que estaban a punto de llenarse de lágrimas, como si algo la hubiera herido.

“Señorita Asel… ¿Está llorando…? ¡Aagh! ¡Me duele!”

“¡Mmmph!”

Asel comenzó a luchar con más fiereza, pero de pronto se detuvo.

“Basta, Asel.”

A pesar de haberse despertado, Asrandu no tenía ni un solo cabello fuera de lugar. Suspiró y sujetó la pierna de Asel. Luego miró alternativamente a Evernight y a Anya.

“Entonces, ¿vas a enviar a tu pareja a la isla Aoni o no?”

Anya negó con fuerza, aferrándose a la capa de Evernight. La mirada de Evernight pasó lentamente de esos delicados dedos a la expresión expectante de Asrandu.

“Rey del Norte, el sol está saliendo. ¿Qué esperas para decidirte?”

“Señor… se lo ruego…”

La súplica del joven, rogándole que no lo abandonara, se superpuso de repente en su mente con los recuerdos de alguien, un niño que ansiaba desesperadamente el amor de sus padres.

Maldita sea. Evernight gruñó una maldición y apartó bruscamente la mano de Anya.

“No vuelvas a desmayarte delante de mí.”

“Señor, eso significa…”

“Recuérdalo bien, Anya. Si estorbas, te dejaré atrás.”

Ver esa cara radiante y sonriente cuando estaba a punto de caminar hacia la muerte hizo que algo ardiente brotara desde lo más hondo de su pecho.

Evernight pasó rápidamente junto a Anya, sin detenerse. Y, dirigiéndose a Asrandu, que aún lo observaba con una mirada ambigua, respondió con frialdad:

“Ese chico vendrá conmigo.”

---

“¿Que van a Tildeon…?”

Ante las palabras de Anya, que decía que iría a Tildeon en vez de unirse a la expedición, Luke no pudo ocultar su decepción.

“Ahora que ha amanecido, Su Alteza el Príncipe, digo, la expedición, vendrá a buscarnos, Luke.”

Después de todo, la razón por la que Anya y los demás habían llegado a este campamento fue una ronda de la expedición. Con el amanecer, si no regresaban, ellos pensarían que los de la escuadra habían sido aniquilados. O peor, que habían desertado.

“Hemos eliminado a la araña demoníaca, así que descansar en este campamento beneficiará a la expedición.”

Por eso había que informar de la situación. Independientemente de sus asuntos en Tildeon, Anya no deseaba que soldados inocentes y comunes murieran en ese entorno tan hostil. Pensando en el viaje que tenían por delante, lo mejor era seguir el plan original: entrar al campamento, encender una fogata y descansar lo suficiente antes de partir.

“Sería bueno que le dijeras a la expedición que Asel y yo… caímos en combate derrotando a la bestia, y que ya no se percibe rastro alguno de energía demoníaca en el Bosque Negro, así que deberían reponer fuerzas antes de continuar.”

“Yo solo no puedo hacerlo, caballero. Yo… yo no tengo fuerza, no tengo nada…”

“Vamos juntos.” Los grandes ojos redondos de Luke se llenaron enseguida de lágrimas.

“No se vaya, por favor.”

Anya sostuvo con fuerza esas manos regordetas que lo aferraban con desesperación. Ahora que su rostro estaba completamente descubierto, sin vendas, se veía al mismo tiempo hermoso y fuerte.

"Luke... Yo he venido hasta aquí para encontrarme con esa persona".

Siguiendo la mirada de Anya, Luke vio a Evernight conversando seriamente con Karen. El señor de Tildeon. Un despiadado carnicero de ojos azules como los de un monstruo. Para Luke, aquel hombre solo parecía frío y aterrador. Sin embargo, Anya lo observaba con una devoción absoluta.

“Para mí, usted, caballero Anya, es cien, no, mil veces más grande y admirable que ese señor de Tildeon.”

Al pensar eso, las lágrimas se escaparon más y más. Pronto empezaron a rodar gruesas gotas por sus mejillas sonrosadas.

"No llores, Luke. Eres más valiente y grandioso que cualquiera."

Lo decía de corazón. Este chico regordete era el más valiente de todos los presentes.

Mientras secaba las lágrimas de Luke, Anya le sonrió con calidez.

"Gracias por curarme. Y también... siento haberte cargado con este peso. Si no quieres, no tienes por qué hacerlo."

Pronto llegaría la segunda unidad desde Northmost, y Riario y Siswu notarían la presencia aquí de alguna manera. Karen había acordado enviarles noticias secretas de Tildeon a través de un mensajero. Tomaría tiempo, pero tarde o temprano la expedición recuperaría la calma.

"Tildeon es mi querido hogar. Haré lo que sea para protegerlo."

En cuanto pronunció esta promesa solemne, Luke se arrojó de golpe a los brazos de Anya.

El joven temblaba y sollozaba; Anya lo consoló suavemente hasta que una mano se posó en su hombro, obligándolo a mirar atrás. Era Evernight.

"Unos elfos se ofrecieron a escoltar a estos chicos hasta la entrada del campamento."

Anya suspiró de alivio y se inclinó hacia Asrandu, que esperaba a lo lejos.

"Rey del Norte. Considera saldada tu deuda con tu consorte."

Asrandu y sus hombres viajarían con Evernight y su grupo hasta Portmeus. Aunque aún estaban en las primeras zonas de la barrera, los monstruos podían aparecer en cualquier momento. Contar con más personas era mucho mejor para sobrevivir.

"Luke, Kun. Estoy seguro de que volveremos a vernos algún día."

El grupo se dividió en dos: unos mirando al oeste y otros al este.

Por esta vez, Asrandu liberó las ataduras de Asel, y ella se lanzó velozmente a abrazar a Anya, junto con Luke y Kun. Aunque su boca seguía amordazada, sus ojos lo decían todo: “Gracias. Cuídense. Si el destino lo quiere, nos volveremos a encontrar.”

Conteniendo las lágrimas, Anya los abrazó con todas sus fuerzas.

"Es hora de irnos."

A la orden de Asrandu, los elfos llevaron a Asel. Anya, a regañadientes, comenzó a caminar hacia Evernight y Karen, cuando Luke le gritó:

"¡Caballero! ¡Caballero Anya!"

Luke sonreía, agitando la mano.

"¡No olvide beber el jugo de fruta Lufun todos los días!"

En su bolsa, los frascos de medicina que Luke le había metido tintineaban al moverse.

"Y... yo... daré el mensaje a la expedición, como usted me dijo."

'Si tengo un poco más de valor, todos podrán descansar más cómodamente.'

Luke asintió con determinación.

'Gracias, Luke.'

Anya le devolvió un saludo caballeresco, solemne.

"Anya, vámonos."

A la orden de Evernight, Anya levantó la mirada. Los fríos ojos azules del hombre se posaron en su rostro sombrío, y luego pasó a su lado sin decir palabra. Poco después, se giró apenas y dijo:

"Si no los olvidas, algún día volverás a encontrarlos."

A pesar de ser de mañana, el bosque oscuro estaba sumido en silencio, pero ya nada de eso le causaba miedo a Anya. Sonrió con entereza al hombre que tenía delante.

"A Tildeon..."

Sí. Por fin, de regreso a Tildeon.

Con determinación solemne, Anya siguió a Evernight.

Sin comentarios