Si uno parte de la capital Maneregia y cabalga día y noche por la calzada de Rex, que se extiende en todas direcciones, llegará finalmente al “Cruce del Rey”. La mayoría, incluidos los nobles, se dirigen al sur; los comerciantes toman la ruta hacia el este, donde está el puerto; y tan solo unos pocos continúan hacia el norte en un viaje monótono y agotador.
Desde allí, tras atravesar los límites de la cordillera de Tildeon hacia el norte y torcer un poco más hacia el este durante días enteros de marcha, aparece ante los viajeros el llamado “Puente Oscuro”. Era un hito que marcaba el extremo oriental de las vastas tierras septentrionales de Tildeon.
Aquel nombre tan extraño provenía del enorme abismo que se abría bajo él. Mirar ese precipicio bastaba para hacer sentir a cualquiera, incluso a los caballeros más valientes, el vértigo de ser absorbidos por un abismo sin fin.
"Oye, mocoso, te dije que no mires abajo."
El Puente Oscuro estaba tendido entre un desfiladero profundo y abrupto, a medio camino entre el noroeste ,donde antaño gobernaron los Andalrianos, y el noreste cercano al Mar Silencioso, considerado territorio de los elfos. Nadie sabía con certeza quién había construido aquel puente de piedra, ni cuándo, ni con qué propósito. Ni siquiera los propios habitantes de Tildeon lo recordaban. Y, en verdad, la mayoría de quienes lo cruzaban no podían ni pensarlo: bastaba poner un pie en él para caer en un pánico casi insoportable.
"Hermano mayor, despacio… despacio, por favor…"
"¡Si lo único que falta es este puente! ¡Deja de arrastrarte como un gusano y cruza de una vez!"
"Eso es. En el próximo pueblo, Borne, solo hay una posada. Si nos demoramos, los demás viajeros que ya oyeron noticias de la expedición se habrán adueñado de todas las camas. ¡Acabaremos durmiendo en un establo, y en este frío mortal!"
"¡¿Cómo demonios los norteños soportan cruzar por aquí?!"
La noche caía y la silueta del Puente Oscuro se tornaba aún más amenazante. Un grupo de cuatro o cinco jóvenes que parecían venir del sur lo atravesaban con dificultad. El más joven de ellos, pálido como la cal, apenas podía avanzar: se arrastraba casi a gatas sobre la piedra.
"Aunque haya norteños, dudo que bajen al sur. Más allá del puente, hacia el este, no hay nada salvo el muro y esas tierras malditas. Dicen que por la noche vagan allí los espíritus de elfos corrompidos por los monstruos…"
El mayor de los hermanos murmuró, sombrío, mirando el cielo cubierto de sombras. El más joven, que ya caminaba pegado al centro del puente, no pudo evitar echar una mirada al abismo al escuchar esas palabras.
Un viento helado surgió desde las profundidades, acompañado de una risa escalofriante.
"¡Uaaaaah!"
El grito desgarrador del menor resonó y, presa del terror, se lanzó a aferrarse a la cintura de su hermano mayor. Aunque los jóvenes eran fuertes y robustos, la verdad es que todos estaban tensos. El sobresalto bastó para que el grupo perdiera el equilibrio: tropezaron unos con otros, rodando por el suelo de piedra.
En medio del caos, un puntapié accidental lanzó a uno de ellos hacia atrás: era el propio hermano mayor. Tambaleó, se golpeó la cabeza y retrocedió a trompicones… hasta que su pie resbaló en el borde del pretil.
"¡Hermano!"
Los demás, horrorizados, extendieron sus manos, pero ninguno logró alcanzarlo a tiempo. El cuerpo del hombre se inclinó hacia el vacío. Agitó los brazos desesperadamente, como un ave, y por un momento pareció volver a recobrar el equilibrio… pero al final la gravedad lo arrastró hacia abajo.
Fue entonces cuando una figura surgió corriendo a una velocidad imposible.
"¡Q-qué… quién es ese!"
Los hermanos se levantaron de un salto, atónitos. Un hombre los sobrepasó, se impulsó con fuerza y, deslizándose sobre el borde del puente, se lanzó al vacío con el brazo extendido. Por fortuna, alcanzó justo a tiempo al que caía, y ambos lograron aferrarse de una mano.
"Aah… ugh…"
Pero no era suficiente. Con un solo brazo no podrían resistir mucho.
"S-sálveme… ¡se lo ruego!"
El hombre caído alzó los ojos. El desconocido tenía el rostro cubierto por completo con vendas blancas, dejando ver solo ojos y boca.
“¿Acaso sufrió horribles quemaduras?”, pensó en un instante. Pero allí, al filo de la muerte, ¿qué importancia tenía? Ni la lepra misma importaría.
"No tema. Lo sostengo."
La voz sonaba joven, pero firme y tranquilizadora, casi con una fuerza extraña que le hizo humedecer los ojos. El desconocido se inclinaba tanto que medio cuerpo suyo quedaba fuera del borde, arriesgando caer también.
"¡Aguante bien!"
Los ojos del hombre vendado sonrieron en forma de media luna. Unas cálidas pupilas castañas brillaron bajo la noche, y poco a poco comenzó a izar al caído de regreso al puente.
"¡Hermano, estás bien!"
Cuando por fin se arrastró de vuelta, sus compañeros lo rodearon aliviados. Él, empapado en sudor frío a pesar del invierno, se inclinó en reverencia profunda.
"¡Le… le agradezco la vida!"
Los demás también le ofrecieron repetidas muestras de gratitud.
El salvador era alto y delgado. ¿De dónde había sacado tanta fuerza? Uno de los hermanos, curioso al ver la extraña vaina de espada que llevaba, le preguntó:
"¿Acaso usted también viaja a Borne para alistarse como soldado en la expedición?"
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Y, en efecto, así era. El hombre también se dirigía a Borne, el último asentamiento de Tildeon y puerta simbólica hacia el antiguo territorio elfo de Portmeus. Allí, la única posada existente, la “Copos Errantes”, estaba desbordada por una multitud sin precedentes.
La posada era pequeña, de dos pisos, situada en el centro del pueblo, pero abarrotada de aventureros llegados de todas partes del reino.
"Lo lamento, no queda ninguna habitación."
El posadero, un hombre corpulento de rostro hosco, respondió con rudeza.
"¿Y no habrá otra posada…?"
Murmuró el hermano mayor, aún pálido como si hubiera envejecido diez años al cruzar el puente.
"En Borne solo existe esta."
"¡Oiga, jefe! ¡Nos tomó un mes entero llegar desde el sur! ¡Y mi hermano casi pierde la vida en ese maldito puente!"
El dueño, que se llamaba Elli, se rascó la oreja y respondió sin alterarse:
"Vaya desgracia. ¿Y qué?"
Los viajeros, temblando de frío, apenas pudieron protestar. El calor y el aroma de comida que se escapaban desde el interior les hacían salivar.
"Al menos… ¿un establo?"
"Ni hablar. También está lleno."
Elli suspiró y, tras mirarlos de arriba abajo, añadió:
"Podrían echarse en el suelo de la cocina. Es estrecho, pero cabrán tres o cuatro."
No era lo ideal, pero mejor que morir de frío afuera. Aun así, Elli exigió dos monedas de plata por cabeza, lo que casi los hizo maldecirlo de ladrón.
Cuando se disponían a entrar, Elli frunció el ceño al notar otra figura inmóvil en la penumbra.
"¿Y ese enfermo también es parte de su grupo?"
"¡Enfermo no! "
Protestó uno de los viajeros
"¡Ese caballero viene de Tildeon!"
El hombre vendado dio un paso al frente, inclinando la cabeza con cortesía.
"No es una enfermedad. Solo una cicatriz en el rostro."
Su voz, serena y educada, contrastaba con su aspecto extraño.
Elli chasqueó la lengua.
"Bueno, cada cual con su historia. De todos modos, por orden del Emperador, esta aldea se ha llenado de todo tipo de gente…"
Y así, dentro de la Posada Copos Errantes, hallaron un albergue caluroso, ruidoso y saturado de viajeros. Borrachos bailaban sobre las mesas, algunos golpeaban utensilios para acompañar la música de un laúd.
"¡A los que parten a la aventura!"
Un brindis resonó, y el resto respondió con un estrépito de voces y pasos. Entre cantos y carcajadas, la noche en la posada apenas comenzaba.
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Canción de los viajeros
No importa cuál haya sido tu pasado,
ni qué clase de carácter tengas.
En el camino nadie pregunta esas cosas.
Solo llevamos en una mano vino tinto,
y en la otra un mapa,
y partimos.
Lejos, muy lejos, hacia donde nos llaman.
¡Viajeros del camino!
Atravesemos la estepa nevada, crucemos los grises barrancos,
hasta llegar a aquel lugar donde nos necesitan.
Allí, nadie preguntará quiénes somos.
¡Viajeros del camino!
Bebamos a tragos el vino, cantemos al oro,
pues allí donde nos llaman habrá oro,
y con él en nuestras manos regresaremos al hogar.
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El grupo de hermanos, recién llegados a la posada, no tenía fuerzas para unirse al baile. Después de lo vivido en la oscura calzada, avanzaron con rostros agotados, abriéndose paso como podían entre la multitud desbordada.
"¡Un momento, un momento! ¡Déjennos pasar!"
"¡Eh, esa es mi bolsa!"
El menor se encogió rápidamente cuando alguien intentó, en medio del bullicio, meterle la mano en la bolsa de cuero que llevaba colgada en la cintura, y corrió hacia la mesa vacía más apartada. Cuando por fin lograron sentarse, tenían el cabello hecho un desastre. Exhalando resoplidos, se dejaron caer en las sillas.
"Esto es un caos, un verdadero caos."
"Dentro de unos días empezarán las pruebas para reclutar soldados en la expedición, y todos parecen tan seguros de sí mismos… Hermano, ¿cree que podremos ser elegidos?"
"Seguro habrá mucho relleno."
Mientras deshacían el equipaje y murmuraban entre ellos, el menor levantó la mano de repente y gritó:
"¡Oiga! ¡Siéntese aquí!"
La mayoría de los viajeros estaban demasiado borrachos, cantando o riendo, para prestar atención a los recién llegados. Pero en cuanto un hombre con el rostro completamente cubierto de vendas cruzó el umbral, el ruido empezó a apagarse poco a poco.
Los hombres que hasta hacía un momento bailaban sobre las mesas le echaron miradas furtivas; poco a poco, otros dejaron de hablar y giraron la cabeza hacia él.
"Dicen que anda una peste por el sur… ¿no será un apestado, verdad?"
Susurró alguien.
Al instante, el bullicio volvió a estallar, más fuerte. Un grandulón borracho se puso de pie de un salto, señaló al hombre que acababa de entrar y le gritó:
"¡Eh, tú! ¡Si eres un apestado*, qué haces aquí en vez de quedarte encerrado en tu casa! ¿Quieres matarnos a todos, eh?" (Victima de una peste*)
Otros se levantaron enseguida, uniéndose con voces airadas:
"¡Eso! ¡Dentro de unos días partiremos a Portmeus por orden del Emperador!"
Portmeus. Al escuchar ese nombre, el hombre de las vendas se detuvo en seco. El ambiente en torno a él era todo menos normal; se rascó la mejilla, incómodo, al sentir cómo la posada, hasta hacía un momento festiva, se tensaba por su presencia.
"No soy un apestado. Solo oculto una gran cicatriz en el rostro."
La voz, más joven de lo que esperaban, sorprendió a todos. Pero enseguida el grandulón volvió a gritar:
"¡Y cómo vamos a saber si es verdad! Todos hemos oído los rumores: esa peste se pega con solo rozar a un enfermo."
"Con tanta gente buscando cambiar su destino en esta expedición, ¿qué impide que un apestado venga aquí también?"
"Bah, si en la expedición habrá grandes magos, quizá hasta puedan curarte…"
"¡Alto ahí, señores! ¡Ese hombre es un caballero de Tildeon! "
El hermano mayor se levantó, interponiéndose con gesto feroz para defenderlo. La tensión entre él y el grandulón electrizó el ambiente. A los curiosos no les importaba quién ganara; en cualquier caso, uno menos para competir mañana en las pruebas de reclutamiento.
"¿Caballero de Tildeon? Si lo fuera, estaría en el castillo del duque Evernight, comandante de la expedición, no vagando por aquí. ¿Por qué dejar su puesto para venir hasta aquí? "
Se burló el grandulón.
El hombre vendado se estremeció ligeramente ante esas palabras, lo que envalentonó aún más al otro.
"Eso es…"
El hermano mayor, incómodo porque la burla no dejaba de tener sentido, resopló sin saber cómo responder.
"No todos los caballeros sirven a un señor feudal. También hay caballeros errantes por todo el Imperio"
Replicaron otros hermanos, saliendo en su defensa. Incluso el menor, por una vez, se adelantó con rabia, interponiéndose él mismo.
"¡Eso será en el sur, el este o el oeste! ¡En el norte no hay caballeros errantes!"
"¡Y a ti qué te importa! Nosotros no decimos nada, ¿y tú quién eres para meterte?"
La discusión sobre regiones encendió los ánimos. De pronto, sillas cayeron al suelo y muchos se pusieron en pie con aspereza. Todos sabían que el único motivo por el cual podían convivir tantos viajeros en armonía era la norma tácita de no preguntar por el origen ni por el pasado de nadie.
"¡Basta ya! "
Fue el posadero, Elli, quien intervino. Calvo y corpulento como buen norteño, avanzó, agarró al hombre vendado por el cuello de la ropa y lo atrajo hacia sí.
"Miren, yo lo estoy tocando ahora mismo. Y esos hermanos también lo han tocado. Si este fuera un apestado, al amanecer tanto su piel como la mía estarían pudriéndose, ¿no?"
Para dejarlo aún más claro, Elli apretó su mano sobre las vendas. El hombre no reaccionó. ¿Insensible, o simplemente tranquilo por naturaleza? A Elli le daba igual: no pensaba perder la temporada alta de Borne, algo que ocurría una vez cada décadas.
Pero el grandulón escupió al suelo con desprecio, apartó a Elli de un empujón y se acercó al menor de los hermanos, dándole golpecitos amenazantes en el hombro.
"Por el acento, diría que eres del oeste. ¿Y qué haces poniéndote de parte de un norteño? Tú has arruinado la buena atmósfera."
Los hermanos, indignados, se levantaron de golpe como si fueran a lanzarse sobre él. En un instante, la posada se dividió en dos bandos enfrentados.
"¡Maldito patán sin modales! Seguro en tu tierra no eras más que un rufián de pueblo, ¿y ahora vienes aquí, soñando con entrar en la expedición, para desatar tu violencia contra cualquiera?"
Ante los insultos groseros del hermano menor ,mucho más joven que él, los ojos del hombre brillaron de repente con ferocidad.
“¡Maldita sea! ¡Estos cabrones ya me están hartando!”
Con un rugido, su mano dura desenvainó la espada larga en un abrir y cerrar de ojos.
"¡Hermano menor!"
Un grito desesperado resonó justo en ese momento. Sin darle tiempo a reaccionar, cuando el muchacho, con rostro de espanto, iba a desplomarse hacia atrás, alguien sostuvo su espalda.
“…¿Hermano?”
Era el hombre con el rostro cubierto de vendas.
“¿Está bien?”
Preguntó con voz amable. El menor asintió, todavía aturdido. Todos tenían el mismo gesto de sorpresa: nadie había visto en qué momento aquel hombre había desenvainado su arma. En un parpadeo, su espada ya bloqueaba la del agresor. Y no cualquier espada: era fina y delgada, en contraste con la gruesa y robusta espada larga del rival.
“¡E-esto…!”
El hombre furioso apretó los dientes y descargó toda su fuerza en el arma, presionando con todo su peso. Sin embargo, el encapuchado lo bloqueaba con una sola mano, sin moverse ni un ápice.
“No se queden aquí. Vayan atrás. Lamento causarles molestias.”
Les indicó con un gesto de la barbilla, sin prestar atención al rostro enrojecido y desencajado del otro.
“¡Maldito!”
Fuera de sí, el hombre comenzó a blandir la espada larga con violencia. Los platos sobre las mesas se hicieron añicos contra el suelo, y los fragmentos de vidrio volaron por todas partes.
“¡Kyaa!”
Las sirvientas chillaron y huyeron despavoridas.
“¡Argh, este loco de mierda!”
Los demás viajeros retrocedieron aterrados, y en un instante la posada se convirtió en un caos.
“¡Y tú, enfermo de peste, qué te crees!”
El grandulón arremetía contra él sin descanso, pero el hombre vendado esquivaba con facilidad, moviéndose con la ligereza del agua, sin siquiera alzar su espada.
“Tranquilícese.”
Su voz era serena. Apenas inclinaba la cabeza a un lado, o echaba el torso hacia atrás, esquivando con naturalidad, como si no estuviera peleando de verdad.
“¡Maldito apestado, muere!”
El otro, fuera de sí, alzó la espada sobre la cabeza y cargó como un toro enfurecido.
“¡C-cuídese!”
El grito desgarrador del menor llenó la posada. Todos los presentes, anticipando la tragedia, cerraron los ojos con fuerza y apartaron el rostro.
“….”
Pero tras unos segundos de silencio, lo único que se escuchó fue un estruendo seco: ¡boom! No hubo gritos de dolor ni gemidos de agonía.
Al abrir los ojos con cautela, los rostros se llenaron de estupor.
“Vaya… ese debe de ser el que quedó primero en el examen de selección.”
Murmuró alguien en medio del silencio.
El que yacía inconsciente, con la nariz sangrando en el suelo, era el corpulento agresor. El hombre de las vendas lo observaba impasible, y con un giro ágil devolvió su curiosa espada ,traslúcida como hielo, a la vaina.
“Perdón, posadero. No tengo con qué pagar los daños.”
Se inclinó con educación hacia Elli, el dueño de la posada, que lo miraba atónito. Con un solo golpe del pomo de su espada había dejado fuera de combate al matón.
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Amaneció. El pueblo de Borne era la última aldea habitada por humanos hacia el norte. En realidad, más que ciudad, era un villorrio: el edificio más alto era la posada de dos plantas llamada Copos Errantes.
Estaba tan lejos de Tildeon, la ciudad más próspera del norte, que apenas vivían aquí unas cuantas decenas de personas. Últimamente, incluso los viajeros superaban en número a los propios habitantes.
“Uff, tengo el cuerpo entumecido.”
Los hermanos, que habían dormido en el suelo de la cocina, despertaron temprano, tiritando de frío. El hombre vendado, en cambio, ya había recogido sus cosas mucho antes.
“Dicen que salió temprano. Con este frío… ¡qué hombre tan diligente!”
“¿Y si de verdad está enfermo de peste…?”
“¡Qué barbaridad dices! Ese hombre me levantó con un solo brazo. ¿Crees que un enfermo podría tener semejante fuerza?”
“Pues parece frágil, como un erudito.”
“Sea como sea, fuimos imprudentes. Tendríamos que haber llegado antes y habernos preparado. No sé si en este estado lograremos pasar la prueba de selección.”
El menor gimoteaba. Y es que justamente ese día se realizaba el examen para los aspirantes a la expedición. Uno de sus hermanos le dio un coscorrón en la frente.
“¡Eso es por tu pereza!”
“Ya no sirve de nada quejarse. Tenemos que entrar en la expedición, cueste lo que cueste, para pagar la medicina de madre.”
El emperador había dado la orden: se formaría una expedición hacia la Muralla, y se reclutaban soldados en todo el imperio.
Después de siglos de paz ,salvo algunas campañas contra los monstruos de Evernight, la guerra volvía a ofrecer a los plebeyos la oportunidad de ascender y ganar fortuna.
“¡Eh, miren! ¡Es nuestro benefactor!”
El menor, abrigado con un grueso manto, gritó desde la ventana. Afuera, en un claro junto a la posada, el hombre blandía su espada. Sus movimientos eran fluidos como una danza, hermosos y a la vez poderosos.
De pronto, al notar las miradas, detuvo en seco el aire cortado por la espada. El amanecer se extendía detrás de él, iluminando su cabello castaño despeinado. Sus ojos se encontraron con los del menor.
“….”
Él asintió en silencio y guardó la espada con un solo giro.
“¿Cómo se llamará ese hombre…?”
Murmuró el menor mientras lo veía alejarse. Los hermanos, reunidos a su lado, tenían la misma expresión absorta.
Nadie sospechaba que aquel hombre era el consorte del duque de Evernight, comandante supremo de la expedición y la mismísima señora de Tildeon.
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«Los que habitan en Tildeon no son humanos. En ellos se percibe el hedor de los muertos.»
Así habló un yeti que moraba en lo profundo del bosque de Tildeon, resoplando con sus narices.
«Patético humano. Levántate otra vez y mírame de frente.»
Fue él quien, al ver a Anya debilitado por el embarazo y el ataque repentino, le enseñó desde el principio a ponerse en pie otra vez.
Junto a la tumba donde descansaba su bebé, Anya empuñó la espada desde la madrugada, antes del amanecer, hasta altas horas de la noche. Un día sí y otro también, la piel de sus palmas se reventaba, y más de una vez cayó inconsciente en medio de un tajo. Pero al día siguiente, sin falta, volvía a tomar a Haebing entre las manos y se plantaba junto a la tumba de su hijo.
«Aun así, el hedor que despiden no es humano.»
Cuando su cuerpo se recuperó en parte, Anya salió del bosque con el yeti para vigilar Tildeonrock. La fortaleza parecía intacta, pero, como decía el yeti, el aire estaba saturado con peste y olor a sangre. Y lo peor: el número de caballeros negros parecía haber aumentado.
«¡Agáchate!»
Al verlos, Anya sintió que todo su cuerpo temblaba y la boca se le secaba sola. El yeti empujó con apuro la cabeza del muchacho, que permanecía pálido como la cal. Solo escondiéndose tras un muro derrumbado lograron librarse de las miradas de aquellos caballeros oscuros. Encogido tras las piedras, Anya no podía dejar de temblar. El frío helaba a pocos pasos y un idioma incomprensible zumbaba en sus oídos.
«Ya luchaste contra ellos y lo sabes: no mueren.»
El yeti articuló en silencio aquellas palabras hacia él.
«Ahora mismo, humano, jamás podrás enfrentarte a ellos por tu cuenta. Debemos descubrir primero quién los ha enviado y cortar la cabeza de esa bestia.»
Así que, humano, si tomas el camino, no confíes en nadie. La oscuridad siempre acecha a nuestro lado.
Anya meditaba esas palabras cada noche antes de dormir, repitiendo como un conjuro los nombres de quienes habían muerto en Tildeonrock. El rezo concluía evocando fugazmente Evernight… y después una silueta indefinida, aún cubierta por niebla.
‘¿Quién fue el que envió a esos caballeros negros? ¿Qué pretende en Tildeon?’
Antes incluso de que hubiese proclamación oficial del emperador, ya conocía la expedición y lanzó un ataque sorpresa. Y además era alguien capaz de controlar a su antojo a caballeros inmortales. Anya recordaba haber visto en el Festival de Caza a guerreros con aspecto semejante. ¿Quiere decir que todo había sido planeado desde entonces? Pero Royster, su hermano mayor, había muerto sin lugar a dudas.
Con la mano extendida hacia el techo, Anya murmuró en voz baja:
‘Noche eterna…’
Era como si pudiera rozar un fragmento de una historia grandiosa y desconocida.
Savelli había dicho que el norte alguna vez estuvo gobernado por los andalíes, quienes trajeron la Noche Eterna. Y Evernight, ese hombre, era…
‘El heredero de Andarl.’
No sabía qué verdades lo esperaban al final, pero había algo seguro: Tildeon estaba en peligro.
«Humano, no sabemos en qué momento se alzarán como reyes del norte y comenzarán a engañar y a matar.»
El yeti tenía razón. Algo terrible y oscuro se había aposentado en Tildeonrock, enroscado como una serpiente colosal. Ahora parecía contener la respiración, pero en cualquier momento podría mostrar su auténtico rostro y apoderarse de todo Tildeon.
«¿Su propósito será traer de nuevo la Noche Eterna?»
Ante la pregunta de Anya, el yeti permaneció en silencio mirando hacia las montañas que ya se sumían en la penumbra. Después respondió sin una sola vacilación:
«Sí. El norte volverá a ser cubierto por el caos. Pero esta vez debemos impedirlo a toda costa.»
Esta vez…
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“¿‘Esta vez’, dijo…?”
¿Quería eso decir que ya antes había sucedido lo mismo?
Los ojos de Anya, que dormitaba bajo un árbol, se abrieron poco a poco. Aunque era pleno invierno, un sol raro y brillante se derramaba sobre la tierra helada. Volvió a enterrar las escenas del pasado en lo hondo del pecho y se incorporó. Sacudió la nieve pegada en su ropa, y cuando miró a la plaza del pueblo, vacía al amanecer, ya estaba abarrotada de aventureros llegados de todas partes del Imperio.
“¿Ya han pasado tres meses desde que el duque Evernight cruzó la muralla?”
“Dicen que la primera división de la expedición fue emboscada por monstruos en Portmeus.”
Unos afilaban espadas sobre piedras de amolar, otros calentaban los músculos balanceando enormes hachas, y no faltaban los que, reunidos en corro, charlaban ruidosamente.
“¡Brochetas de cordero bien calientes! ¡Hay que llenar el estómago si quieren pasar las pruebas de selección!”
Entre la multitud, vendedores de comida corrían de un lado a otro, recibiendo monedas con rapidez.
“Esto sabe de maravilla.”
Varios hombres devoraban carne y alzaban el pulgar satisfechos.
“Pero dígame, ¿es cierto lo de la emboscada en Portmeus? Hermano, acabe de contar lo que empezó antes.”
Un hombre lo apremió con gesto inquieto.
“Claro que es cierto. Por eso Su Majestad recluta soldados para la expedición. Los nobles se esconden, así que a tipos como nosotros, sin nada que perder, nos dan unas migajas y nos meten en las filas. En resumen: las cosas no van bien.”
“¿Y los de Tildeon? ¿No eran ellos los que siempre custodiaban la muralla, casi a la fuerza?”
“Pero ahora Tildeon ya es ducado. Ni siquiera el emperador puede imponer levas* a los súbditos de un ducado, amigo.” (Reclutamiento forzoso*)
“Ah, es cierto.”
El regañado asintió torpemente. Sus palabras se las llevó el viento hasta los oídos de Anya, que caminaba lentamente hacia el centro de la plaza, murmurando para sí el nombre de Evernight. El vendaje que le cubría el rostro ondeaba con la brisa, atrayendo miradas indiscretas a cada paso.
‘Los caballeros negros te perseguirán hasta matarte, humano. Para no ser descubierto, oculta bien tu rostro. Y recuerda siempre…’
El mal siempre está a nuestro lado.
‘Quizás incluso dentro de la expedición haya espías que los adoren.’
Porque el mal no solo habitaba en los monstruos: podía nacer en el corazón de los hombres y esconderse en la noche que llegaba cada día.
Fue entonces cuando el retumbar de cascos anunció la entrada de varios caballeros.
“¿Son los que desean unirse a la expedición de la muralla?”
Los caballos con los caballeros a lomos rodeaban con calma a los reunidos en la plaza. Los aspirantes a soldados se levantaron titubeando. A cada golpeteo de los cascos, se iban apiñando más hacia el centro, hasta que finalmente los caballeros los detuvieron en medio de la explanada.
"¡Somos los caballeros de Eastborn, venidos de Portmeus!"
La voz de uno de ellos resonó con fuerza. Sus rostros, visibles bajo los cascos, estaban marcados por las batallas, pero sus miradas eran claras y cortantes. Escudriñaron uno a uno a los presentes, como midiendo su valía; llevarse a cualquiera solo significaba acumular cadáveres.
"Caballeros, ¡hemos oído que hoy se seleccionarán aquí los soldados que irán a Portmeus!"
Pese al dinero prometido, cruzar la muralla era jugarse la vida. El ambiente, hasta hace un rato bullicioso, se heló con la llegada de los caballeros. Entonces un hombre levantó la mano y exclamó con aplomo, luciendo una sonrisa confiada, a diferencia de los demás.
"¿Y usted quién es?"
"Soy Raúl, de Redcoast."
¿Redcoast? ¿Oyeron? Redcoast… Al mencionarse ese nido de criminales famoso por su infamia, todos desviaron la mirada hacia Raúl. Incluso Anya, desde lejos, reconoció el nombre y lo miró. Redcoast era una ciudad sin ley, fuera del alcance del imperio; si había llegado hasta allí, debía tener con qué respaldarse. Su expresión rezumaba la certeza de que sería seleccionado.
"¡Caballeros! ¿Cómo se elige a los soldados que irán a la muralla?"
Gracias a su arrojo, pronto otros empezaron a levantar la mano y a bombardear a los caballeros con preguntas. Nadie había viajado tanto para regresar con las manos vacías; solo el trayecto ya les había costado mucho.
"¡De uno en uno!"
Los caballeros estallaron irritados cuando el tumulto casi se les fue de las manos. Uno desenvainó la espada y solo entonces la excitación se contuvo.
"Venimos en nombre de Su Excelencia, el duque Hanibal de Eastborn, cumpliendo la misión encomendada por el sol del Gran Imperio Delfium, Su Majestad el emperador Luxus Kleist."
Uno de ellos bajó del caballo, desplegó un pergamino y proclamó en voz alta, mientras los demás formaban a su lado.
"Aquí, en Borne, seleccionaremos soldados valientes para unirse a la expedición, atravesar Portmeus y avanzar más allá de la muralla. ¡Quien quiera demostrar lealtad al imperio y ganar honor, que se presente a la prueba de selección!"
Al instante estalló un clamor, los hombres alzaban sus armas y respondían con entusiasmo. Desde las casas cercanas, los niños se asomaban curiosos.
"¡Caballeros! ¿Cómo se hará la selección? "
Preguntó de nuevo Raúl. Confiaba en sus habilidades, curtidas en Redcoast. Si lograba sobrevivir más allá de la muralla, la recompensa sería inmensa; el propio duque Evernight había asegurado fortuna de por vida incluso a los más bajos.
"¿Será un duelo uno contra uno? ¿O una batalla campal?"
"No. "
Los caballeros negaron con firmeza.
"Entonces, ¿qué será?"
La tensión hizo tragar saliva a todos, algunos rezaron en voz baja. Finalmente el caballero anunció:
"El criterio de selección es… la cooperación."
¿Cooperación? Un murmullo de desconcierto recorrió la multitud. Sin detenerse, los caballeros siguieron leyendo el edicto:
"El duque Evernight ha confiado esta misión al duque Hanibal. Nosotros, caballeros de Eastborn, transmitimos el mandato sin engaño. Quien no esté de acuerdo, puede retirarse ahora."
Las miradas frías bajo los cascos hicieron retroceder a algunos. Uno de ellos chocó con alguien detrás: un hombre vendado que se alzaba como un muro. Miró con indiferencia al que se le había estampado en el pecho y volvió a fijar la vista en los caballeros. A través de las vendas se entreveían unos ojos castaños gélidos como el hielo, lo que hizo que el otro comenzara a hipar nerviosamente.
"La selección se hará en grupos de cuatro. Solo las diez cuadrillas que sobrevivan hasta el final marcharán a Portmeus."
***
"Se suponía que ya habían partido más allá del horizonte del este… "
Murmuró Evernight a quien le cubría el rostro con un saco.
"Silencio. "
El otro lo ató con desdén, inmovilizándole los brazos.
Días antes, él y su grupo habían hallado flechas élficas en las ruinas de Portmeus y fueron atacados de inmediato.
«¡Monstruos!»
Los caballeros blandieron espadas contra la lluvia de proyectiles, pero caían heridos.
"¡Formen en círculo! "
Ordenaron Evernight y Hanibal.
Tildeon y Eastborn obedecieron, espalda con espalda. Pero los disparos tenían un patrón; eran arqueros entrenados, no bestias.
"Hanibal."
"Sí, mi lord."
Se entendieron con un gesto: no eran monstruos, era otra fuerza.
"¡Somos exploradores del Imperio Delfium! ¡No pretendemos atacarlos!"
Gritó Evernight mientras cortaba en el aire una flecha que casi le rozaba.
Las flechas eran grandes, duras y adornadas con plumas blancas: las de los elfos.
"¡Si son elfos, muestren su rostro!"
Y aparecieron, cabelleras blancas y doradas, tensando arcos enormes.
"¡E-elfos!",susurró un caballero al ver las orejas puntiagudas. De inmediato otra flecha pasó rozando.
"¡Atrevidos humanos insolentes! "Escupieron los elfos, listos para volver a disparar.
Los caballeros, rodeados, miraban a Evernight en busca de órdenes. Pero él, sin dudar, clavó su espada en el suelo y avanzó un paso.
"¡Comandante, es un suicidio!"
"No se muevan. "
Los detuvo.
Decenas de flechas apuntaban a su pecho, pero no mostró miedo y arrojó la espada a sus pies.
Uno de los elfos, de larga cabellera plateada, parecía ser el líder. Bajó la vista al arma y la aplastó sin miramientos.
"Un arma mediocre para el jefe de un escuadrón."
Evernight ni se inmutó; nunca había tenido apego por su espada. Lo importante era dejar claro que no buscaban combate. Si luchaban, salvo él, todos morirían. Y necesitaba saber qué hacían los elfos en una ciudad que se suponía destruida siglos atrás.
Elfos, Portmeus, las bestias del Bosque Blanco… Todo empezaba a encajar tenuemente.
"Si lideras a los humanos, demuéstralo. De lo contrario, los ejecutaremos a todos como invasores."
Los rostros de los elfos eran crueles, impacientes.
"¡Pero esta tierra ya está en ruinas! ¿Cómo pueden llamarlo invasión?"
Un caballero de Eastborn, incapaz de contener su furia, alzó la voz. Había cabalgado hasta aquí con esfuerzo, cumpliendo la orden del emperador, y aun así se veía obligado a ofrecer el cuello ante elfos que jamás había visto en su vida, bajo un malentendido tan absurdo.
"Qué insolente."
Mas, a pesar de lo osado de su grito, en cuanto recibió la mirada de un elfo su rostro se tornó pálido como si fuera a desmayarse en cualquier momento. Evernight levantó la mano para detenerlo.
"¿Y cómo se supone que he de probarlo?"
"¡Comandante!"
Los caballeros de Tildeon lo miraban con ansiedad, pero Evernight, ignorando esas miradas, señaló con la barbilla a Hanibal y dijo con voz plana:
"Entreguen las armas."
Por suerte, Hanibal no era ningún necio: comprendió enseguida la intención de Evernight.
Al poco, los caballeros de Eastborn obedecieron y bajaron sus armas, y sobre el rostro del jefe elfo se dibujó una sombra de duda. Miró a Evernight como si intentara determinar si de verdad su grupo había venido solo de inspección.
"Hemos llegado siguiendo el rastro de los demonios. No tenemos ningún interés en la fortaleza de los elfos."
Las cejas del jefe elfo se fruncieron con disgusto, como si hubiera recibido una afrenta.
"Tú, que guías a los humanos, ¿vienes del sur?"
¿Del sur? ¿Acaso parecía alguien del sur? Evernight soltó una risita breve y respondió:
"Soy Evernight, duque del norte."
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Debido al capuchón que los elfos le habían colocado, Evernight quedó privado de toda visión y se obligó a aguzar los demás sentidos. A ojo, lo rodeaban unos veinte elfos. De ellos emanaba la inconfundible energía de una unidad militar experimentada y muy entrenada.
"Rey del norte, sin duda eres alguien que ha abierto otros sentidos."
Pero también los elfos poseían sentidos afilados. El jefe elfo le golpeó con fuerza en la nuca, advirtiéndole que no intentara nada.
"Te interrogaremos. Y según los resultados, decidiremos la suerte de tus hombres."
Seguía albergando sospechas sobre las intenciones de los humanos que habían osado atravesar la muralla, aunque también parecía vacilar en matarlos.
'Pretenden sonsacarnos algo…'
Pensó Evernight. Si la expedición quedaba enredada con los elfos, las cosas se complicarían demasiado. Si realmente no tenían nada que ver con ellos, lo mejor sería cortar el brote de raíz. Así, mientras lo arrastraban atado, respondió con calma:
"Interroguenme cuanto quieran. Pero si resulto inocente, liberarán de inmediato a mis hombres."
'Qué arrogancia para ser humano.'
El jefe elfo resopló con burla, pero no añadió nada más y lo condujo cada vez más hondo hacia la ciudad. Piedras menudas se rompían bajo sus pies, raíces de enredaderas se enganchaban en sus botas, y de los callejones se colaba un viento árido y helado que soplaba desde más allá de la muralla.
El macizo de Beriela quedaba al oeste, de modo que Tildeonrock estaba más cerca de aquellas nieves que de la muralla; en cambio, Portmeus estaba pegado a ella. Y cuanto más se acercaban, más sentía Evernight en lo profundo de su cuerpo una sacudida poderosa.
«Lo tendré, lo daré a luz y lo amaré más que a nadie. Haré que así sea.»
De pronto, como un eco en los oídos, le volvió la voz infantil que le había gritado aquello antes de partir.
“En este momento, maldita sea, ir a pensar en ese mocoso…” Evernight soltó una risa incrédula.
Al dejar Tildeon había tomado una decisión: no se preocuparía más por la vida de Anya. En su destino nunca habían existido un cónyuge ni familia; pensar en ello era una pérdida inútil.
Familia. Solo pensar esa palabra le revolvía el estómago. ¿Cuán necio había sido su padre al arruinarse por buscarla? Lo único que deseaba era acabar de una vez con esa interminable lucha de expiación. Esa era la razón de su vida.
Cerrando lentamente los ojos en la oscuridad, Evernight repasó lo ocurrido antes de ser llevado allí…
『Karen, llegado el momento, envía un mensajero a Tildeon.』
『¿De verdad va a seguirlos, Comandante? Podría morir.』
Karen murmuró con preocupación, cuidando de que los elfos no escucharan. Estos exigían que fuera Evernight solo quien los acompañara, como prueba de su inocencia.
『Hanibal. Si estando yo ausente llega una orden imperial, delego la autoridad en ti.』
『Sir Evernight. Si tardamos más, Su Majestad enviará refuerzos.』
Hanibal murmuró con rostro sombrío, echando una mirada a los elfos tras él.
『Eres el comandante en jefe de la expedición. Si alguien debe ir, que sea yo.』
『Lo que quieren es la cabeza del Comandante.』
Evernight negó con calma. Si algo salía mal, su muerte sería más efectiva para disolver la expedición que la de cualquiera.
『Hanibal. El pueblo más cercano es Borne. Si no regreso en unos días, ve allí de inmediato y contacta con la unidad Rose de Northmost. Hay una posada, úsala de base.』
『…Y si mueres?』 Hanibal lo sujetó cuando ya se alejaba.
『No voy a morir, Hanibal.』
Fue por esa razón que había venido hasta aquí: para romper aquellas cadenas. Una respuesta tan concisa, casi arrogante, hizo que Hanibal frunciera el ceño.
『Aunque, fuera lo que fuese, solo los dioses pueden asegurarlo.』
Evernight inclinó la cabeza, murmurando junto a su oído:
『Aun si no vuelvo, la expedición seguirá con su propósito: cruzar la muralla y tomar el templo al otro lado. Ese objetivo no cambia. Aprovechen el tiempo que les gano para explorar. Algo debe de haber aquí.』
Estos elfos no vivían realmente en la ciudad muerta; también eran visitantes inesperados de Portmeus. Sus pretensiones parecían más legítimas por ser elfos, pero sin duda tenían un objetivo oculto.
En ese momento uno de ellos gruñó, separándose con su arco para increparles:
『Ya les hemos concedido suficiente margen, ¿qué tanto cuchicheo es ese?』
Evernight se alejó levantando las manos.
『¡Comandante!』 Karen lo detuvo con vacilación. Evernight le entregó en silencio un pequeño sello.
『Karen. Asiste a Hanibal en mi ausencia. Y te confío el mensaje. Contacta con Tildeon y Northmost, vigila sus movimientos.』
“Pero el mensaje, hazlo tú solo.” Esa última orden fue un susurro apenas audible. Karen finalmente asintió, golpeando dos veces su pecho.
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Toc, toc. Cuando Evernight abrió los ojos, recordando todo lo ocurrido en la plaza de Portmeus, sintió el frío golpearle en la mejilla.
"Quitenle la capucha."
Al recibir la orden del jefe elfo, la negra bolsa que le cubría la vista fue retirada.
"Este lugar es la Cueva de la Verdad".
En efecto, todo alrededor era oscuro y húmedo. Toc, toc. Goteras caían de las estalactitas al calor de las antorchas.
"Hace mucho, la tribu Nissi la usaba para torturar demonios."
Lo arrastraron ante su líder y lo arrodillaron a puntapiés. Evernight sonrió con descaro.
"Antes que nada, quisiera saber tu nombre."
Evernight alzó el rostro y le sonrió con descaro. No había en él ni rastro de miedo.
