Capítulo 13: La masacre sangrienta

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La mañana en Tildeonrock estaba llena de ajetreo. Administrar la vida cotidiana del gris castillo, donde el aire gélido del amanecer descendía sin cesar a lo largo de todas las estaciones, requería más esfuerzo del que se imaginaba.

Los sirvientes de Tildeonrock se levantaban antes de que el sol se posara sobre las cumbres de la cordillera de Veriela, recorriendo la penumbra del castillo y encendiendo velas en todos los rincones. El sol en Tildeon aparecía tarde y con poca fuerza, por lo que el interior estaba siempre tan oscuro y frío que resultaba opresivo.

“Uff… aunque el señor haya dicho que se ausentará, ¿cómo puede ordenarnos ahorrar leña en un frío así…?”

Varias doncellas temblaban arrebujándose aún más en sus mantillas. Por más ropa que se pusieran, el frío del amanecer, que calaba hasta los huesos, hacía estremecer incluso a quienes habían nacido y vivido toda su vida sin salir nunca de Tildeon.

“Las reservas de leña en los almacenes se están agotando… No hay remedio. Si el duque regresa y descubre que las despensas están vacías, se enfurecerá de veras.”

En otras palabras, había que obedecer la orden del mayordomo Gregos: mientras el señor no estuviera, debían economizar al máximo tanto la leña como los víveres.

“El motivo por el que el duque fue a ver a Su Majestad no es otro que buscar lo mejor para Tildeon. Seguro que, cuando regrese, traerá con él la alianza de un gran gremio mercantil.”

Desde siempre, la tierra de Tildeon jamás había sido apta para la agricultura. Por eso dependía casi por completo del comercio para obtener productos básicos. El problema era que Tildeon no tenía salida al mar, y las carreteras hacia la capital estaban en mal estado, razón por la cual la mayoría de los grandes gremios mercantiles evitaban visitarla.

Al no haber un comercio fluido, los mercados de la ciudad se paralizaban, y esa parálisis hacía aún menos atractivo para los mercaderes venir hasta aquí. Un círculo vicioso que se repetía sin cesar.

En ese nefasto panorama, lo primero que hizo Evernight, al convertirse en señor de Tildeon tras regresar de la Muralla, fue explotar la única riqueza del territorio: sus minas.

Aunque de la estéril superficie de aquellas tierras no brotaran cosechas, bajo ellas abundaban minerales de gran calidad.

Además, los tesoros antiguos y el acero de Sildor que había traído como botín desde más allá de la Muralla multiplicaron cientos de veces la fortuna de Tildeonrock.

“Ya verán, cuando los gremios mercantiles empiecen a venir. El duque no comprará provisiones para un año, ¡sino para diez!”

“¿No dijeron que este verano comenzarían a acondicionar el camino hasta la capital?”

“Claro, para comerciar con los gremios lo primero es tener buenas vías.”

“¡Anda ya! Hablas como si lo supieras todo.”

Maldita sea, el frío de Tildeon era insoportable, pero los sueños que albergaban sobre el futuro de aquellas tierras no eran más que cálidos.

“Vamos, corramos a abrir las cortinas y a limpiar cada uno su zona. Como nos retrasemos un poco, nuestro quisquilloso mayordomo no nos lo perdonará.”

El mayordomo Gregos no solo era estricto, sino tan frío como el hielo. Jamás dudaba en echar sin contemplaciones a un sirviente que cometiera un error o se mostrara perezoso. La vida de un criado en el castillo, con comida, techo seguro y hasta un sueldo decente, era de las más afortunadas dentro de Tildeon. Por eso mismo, los sirvientes se esmeraban en cumplir con su deber para no ser expulsados.

“Eh… ¿eso de allá no es acaso un mensajero?”

Uno de los criados, que estaba corriendo la gruesa cortina que cubría por completo la ventana del Gran Salón para impedir que entrara la escarcha nocturna, se quedó pasmado murmurando. Ante su voz, los demás se acercaron a mirar afuera. Más allá del cristal empañado por la escarcha de la madrugada, se veía un búho que surcaba el cielo.

Un búho volando no de noche sino de día… No había duda, era un ave mensajera de Tildeon, criada de manera especial por el mago Riario.

“¡Es un mensajero! ¡Yo se lo entregaré al señor Gregos!”

Philip, el criado que servía de ayudante cercano al mayordomo, salió corriendo y tomó el pequeño cilindro metálico sujeto a la pata del búho. El ave aleteó una sola vez y, en cuanto Philip retiró el tubo, desapareció en el cielo en un abrir y cerrar de ojos.

“¡Sigan con sus labores! Yo voy a ver al señor Gregos.”

Philip, con el rostro encendido de emoción, salió corriendo hacia el ala anexa. El tubo, sellado herméticamente, solo podía abrirse mediante un hechizo de disolución.

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“¡Señor Gregos!”

El mayordomo de Tildeon, encargado de toda la administración de la casa, usaba la oficina en el último piso del pabellón anexo. Allí estaba ordenando los libros de cuentas del mes cuando chasqueó la lengua al oír la voz apresurada de Philip, que venía corriendo sin decoro.

Aquel muchacho había sido huérfano en las calles de Tildeon hasta que Gregos lo recogió y lo educó personalmente; aun así, a veces seguía comportándose como un niño.

“Señor Gregos, ha llegado un mensajero. ¡Es una carta del duque!”

Aunque la oficina se hallaba en calma solemne, Philip no podía contener su excitación por haber visto de cerca a un ave mensajera que hasta entonces solo había contemplado de lejos.

Gregos le lanzó una mirada severa y tomó el pequeño cilindro metálico, cuya superficie estaba tallada con intrincados símbolos mágicos.

“Iré a ver al erudito Savelli. Philip, hoy tú mismo te encargarás de supervisar la limpieza del Gran Salón.”

“¿No podría acompañarle…?”

La fría mirada del mayordomo bastó para que Philip callara de inmediato.

“Tendré que darle más lecciones de etiqueta a ese muchacho.” pensó Gregos mientras se encaminaba con paso rápido hacia la torre principal.

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“Llegará a Tildeon en el plazo de una semana, dice.”

El laboratorio subterráneo de Savelli estaba, como siempre, lleno de humo de tabaco. De la boca del anciano, que fumaba una pipa larga, salía una continua neblina blanca.

En cuanto posó el dedo sobre la tapa del cilindro, un resplandor verde se filtró y el cierre se liberó suavemente. De su interior sacó un trozo de pergamino.

El sótano estaba en penumbra, iluminado solo por los candiles de hierro fijados en las paredes, pero Gregos se dio cuenta al instante de que el pergamino estaba en blanco. Sin embargo, apenas Savelli pasó la mano sobre él, las letras comenzaron a agitarse, reuniéndose poco a poco hasta mostrar un mensaje completo.

Algunos señores con magos a su servicio habían ideado este tipo de métodos para mantener la seguridad de sus comunicaciones.

“Hmm…”

Savelli aspiró con fuerza de la pipa y soltó un largo hilo de humo. Su ceño se había fruncido.

“¿Qué ocurre, maestro? ¿Hay un mensaje para mí de parte de nuestro señor?”

Gregos, sin pestañear ante el humo espeso, preguntó. Savelli acarició su barba y fijó la mirada en el mayordomo de Tildeon.

“Tildeonrock se volverá muy ajetreado dentro de poco. Se prepara una expedición.”

Solo entonces Savelli comprendió por qué el emperador Luxus había convocado a los duques del imperio a la capital bajo el pretexto de su cumpleaños.

‘Siempre tan astuto como una serpiente…’

Una risa desinflada escapó de entre sus labios.

“¿Y a dónde, si se puede saber?”

El rostro erguido del mayordomo, aún con el brillo vivo en la mirada a pesar de la edad, se endureció por primera vez en mucho tiempo. La expresión era de incredulidad.

“Sí, justo lo que está pensando. El escrito dice que pronto dará inicio una gran expedición más allá de la Muralla.”

Savelli golpeó la pipa, dejando caer cenizas al suelo, y a continuación entregó el pergamino recién leído a Gregos.

Este lo tomó con movimientos apresurados y comenzó a leer.

El mensaje decía que, al concluir los asuntos de Maneregía, partiría de inmediato y llegaría a Tildeon en el plazo de una semana, pidiendo preparar cena y aposento. Asimismo, ordenaba reclutar soldados, reunir caballos de guerra y provisiones, y completar todos los preparativos para la partida en el lapso de un mes.

La última parte casi hizo que Gregos se desmayara:

El comandante supremo de la expedición sería el duque Evernight de Tildeon, y el punto de partida, la propia Tildeon. En el plazo de un mes llegarían allí las órdenes de caballería de Runfield, Rivercastle, Iron Peninsula e Eastborn.

“Vaya, estas pálido como un muerto.”

Gregos, quien desde que llevaba la administración de Tildeonlock rara vez se había mostrado turbado, tenía ahora el rostro desencajado.

Que fuera una expedición bajo Evernight no le preocupaba: estaba convencido de que con él lograrían el éxito. Pero que otros duques y sus caballeros visitaran Tildeon… eso era otro asunto.

Los almacenes de Tildeon estaban casi vacíos tras el largo invierno.

Y el castillo, sin su señor durante tanto tiempo, carecía de aposentos dignos para albergar a duques tan exigentes.

El tiempo era insuficiente para preparar todo aquello.

Incluso de haber sobrado tiempo, todavía no habían conseguido cerrar acuerdos con ninguna de las grandes guildas mercantiles.

‘¿De dónde se supone que sacaremos tanto de golpe?’

En ese momento-

“¡Mayordomo, mayordomo! ¡Debe venir enseguida!”

Phillip, a quien se le había encargado supervisión, bajó las escaleras con estrépito. Tosió fuerte por el humo espeso, pero no olvidó gritar la noticia al desconcertado Gregos:

“¡La compañía del Halcón Azul ha llegado ante las murallas de Tildeon!”

Savelli soltó una carcajada atronadora.

“Parece que al menos el astuto emperador no ha perdido toda la vergüenza.”

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Los ojos de Evernight se alzaron un instante al cielo. Algo negro surcaba el aire a toda velocidad hacia la comitiva.

Levantó una mano, y de inmediato centenares de caballos de guerra se detuvieron en seco entre relinchos y sacudidas.

“Tomaremos un descanso.”

A su breve orden, un jinete giró y galopó hacia la retaguardia transmitiendo la voz:

“¡Alto y descanso!”

Los soldados, como si lo hubieran estado deseando, desmontaron uno tras otro, estirando los cuerpos entumecidos. Los más jóvenes llevaron sus caballos al arroyo, mientras otros se acomodaron en rocas y llanuras, sacando sus odres. El dulzor del vino humedeció labios resecos y por fin sintieron alivio.

El sol ya se deslizaba detrás de la cresta montañosa. En poco tiempo tendrían que preparar el campamento, así que debían disfrutar al máximo de aquel instante de paz.

“Su velocidad es increíble. Apenas han pasado tres días, o al menos eso parece.”

Siswu, masticando carne seca, hizo avanzar a su montura con destreza hasta situarse junto a Evernight. También alzó la vista siguiendo la mirada de su señor.

El ardiente sol de Maneregía todavía golpeaba con fuerza a esa hora avanzada. Bajo sus pies, la sombra de un ave mensajera que giraba en círculos se proyectaba amplia.

“¿Quiere que llame al mago?”

Tras Evernight y Siswu aguardaban varias decenas de soldados de Tildeon. Pero lo que ondeaba en el viento seco no eran solo los pendones negros de Tildeon.

“……”

Los ojos de Evernight se entrecerraron. Más allá, se agitaban alineadas las banderas con los emblemas de cada casa noble.

“Escuché que ayer hubo una reunión de los magos bajo mando de los duques. Para ahora ya deberían haber despertado.”

Tras salir por las puertas de Maneregía, las tropas de cada casa avanzaban juntas hasta el “Cruce del Rey”.

El tiempo de preparación para la expedición de la Muralla era de un mes. Se habían adherido cinco casas ducales "salvo las de Ramus y Haxus" además de varios vasallos menores.

Cuando el otoño tiñera de rojo las hojas del verano, partirían más allá de la Muralla, hacia la Tierra de la Muerte.

Y el punto de inicio sería Tildeon, señorío del duque Evernight y comienzo mismo de la Muralla.

Con tan poco tiempo para preparativos, aprovecharían la marcha conjunta hasta el Cruce del Rey para coordinar lo posible.

“Ah, justo allí llega.”

Un caballo blanco apareció abriéndose paso entre las filas. El animal lucía fuerte, pero el jinete sobre él se veía extenuado.

“Esos magos… siempre con un orgullo insoportable.”

En apenas tres días, Riario parecía haberse consumido. La primera reunión de magos imperiales en la tienda de campaña, la noche anterior, resultó memorable… en el peor sentido.

“Si cruzamos la Muralla así, no caeremos por los monstruos, sino por peleas internas. Ayer mismo, uno de esos exaltados de Rivercastle intentó desatar fuego en mitad de la discusión…”

El encuentro había demostrado con claridad que los magos jamás podrían unirse. Riario lo confirmaba: aunque él mismo había vivido señalado como excéntrico toda su vida, los magos eran locos que disfrutaban de ese señalamiento.

“Señor mago, ya me parecía que las puntas de su flequillo estaban chamuscadas…”

Siswu inspiró con fuerza para contener la risa, pero no podía evitarlo: verle la frente despejada por el cabello quemado le resultaba cómico.

“¿Por qué no se rie de una vez, entonces?”

El mago agitó la mano con fastidio, como diciendo que las preocupaciones de un tonto no le interesaban, y cambió de tema con rapidez.

“El anciano respondió sorprendentemente pronto.”

Un búho descendió en picada y se posó sobre el guantelete de Evernight. Era el mensajero enviado a Tildeon tres días atrás.

Riario abrió con magia el pequeño cilindro metálico atado a su pata y extrajo un pergamino enrollado.

“Por fortuna, la compañía del Halcón Azul llegó a tiempo y está suministrando los pertrechos.”

Leyó en voz alta el contenido. El Halcón Azul era una de las cinco grandes guildas mercantiles del imperio, con redes de comercio incluso hasta el continente oriental al otro lado del mar. El emperador les había delegado el abastecimiento de toda la expedición, y el astuto líder de la compañía había reunido a toda prisa recursos para instalarse en Tildeon antes que nadie.

“Dicen que la contabilidad les llevará unos días, así que en cuanto regresen, Gregos acudirá al despacho del jefe de la compañía.”

“¿Y Lorea y Karen?”

preguntó Siswu asomando la cabeza.

"Muévete, no me dejas ver".

Riario apartó con fastidio la mejilla de Siswu y siguió leyendo la carta.

“Completar el entrenamiento de los reclutas en un mes es ajustado, pero no imposible, dicen.”

Lorea y Karen, que permanecían en Tildeon como instructores, respondieron con una misiva en la que aseguraban que, a pesar de la repentina noticia de la expedición, seguirían esforzándose en el adiestramiento de los novatos.

“Una cosa más.”

Fue entonces cuando Evernight, viendo a Riario encender fuego en la orilla del pergamino con magia básica de llamas, abrió la boca:

“Antes de partir a la expedición, asegúrate de concluir ese asunto relacionado con Anya.”

“……”

En ese instante, un nubarrón ocultó el arrebol y arrojó una sombra oscura sobre el rostro de Evernight.

“Riario. Esta vez no puede haber errores.”

En la atmósfera pesada, solo Siswu, sin entender nada, los observaba con ojos vacilantes. Ya habían recorrido casi toda la ruta de Rex, y tras atravesar aquel pequeño asentamiento se toparían con la Encrucijada del Rey. A medida que el crepúsculo se cerraba, en todas partes resonaban los grillos que lamentaban el fin del verano.

“¿Esto… se mantendrá en secreto para Su Alteza? Cuando lo descubra, el impacto será enorme.”

No era que en el Imperio no existieran mujeres que, ante un embarazo no deseado, se deshicieran del hijo. Sin embargo, aun aquellas que lo habían decidido, llegado el momento sufrían con ello, pues es un lazo natural. Y en este caso, mucho más. Pensando en la naturaleza del príncipe, resultaba evidente que le costaría aceptar algo así.

“No importa.”

La actitud de Evernight, sin embargo, era de una firmeza absoluta.

“Podría enemistarse para siempre con Su Alteza, comandante.”

“Riario, ¿desde cuándo te dedicas a proteger tanto a ese mocoso? Tu superior no es el príncipe, soy yo.”

Una helada quietud se posó en la mirada dirigida a Riario.

“El que está en ese vientre no debe nacer.”

Lo que cruzó fugazmente el rostro de Evernight fue un sentimiento de repulsión glacial. En aquel hombre que ordenaba borrar sin titubeos a su propio hijo no había ni rastro de culpa.

Solo un leve destello de hastío y de tedio vibraba en sus facciones.

“Comandante, ¿acaso…? N-no, nada.”

Riario no pudo desobedecer la orden de Evernight. En la Orden, las palabras del capitán eran absolutas: si ordenaba morir, había que morir; si ordenaba luchar, había que luchar. Había hecho un juramento de lealtad desde el mismo día en que lo conoció, hacía ya años.

“Esta expedición puede no acabar nunca. El Templo de Beriela está en el límite mismo de la tierra de la muerte, y nadie sabe lo que hay allí.”

Al decirlo, una sonrisa fría se dibujó en el rostro del hombre.

Era, en cierto modo, una orden de marchar hacia la muerte. El emperador parecía no haber contemplado en absoluto la posibilidad del fracaso. Quizá, para lograr el éxito de esta misión, se verían forzados a pasar el resto de sus vidas más allá de la Muralla.

Y aun así, Evernight parecía aceptar esa misión con entusiasmo.

“Por eso debemos dejarlo todo resuelto antes de partir.”

En sus palabras no había ni temor a la muerte, ni apego a la vida, ni nada parecido. Como siempre, se mostraba sereno, distante, indiferente.

Tal vez esa fuera la única fuerza que le había permitido sobrevivir en aquella vida de fango.

“El descanso acaba en diez minutos. Acamparemos en el asentamiento de ahí delante. Será el último campamento.”

Al llegar el mediodía de mañana, probablemente estarían ya frente a la Encrucijada del Rey.

Concluida esta noche, cada división regresaría a su propio territorio, para después reunirse en Tildeon con todos los preparativos terminados.

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Anya eligió viajar en carruaje durante esta jornada en vez de a caballo. No podía llevar todo el día en el bolsillo al Dragkals que se negaba a volver a su interior, y además, desde que había sentido los primeros movimientos del bebé, su estado físico no era el mejor.

Por la ventana veía a los soldados ir de un lado a otro preparando el campamento. Cerca del carruaje estaban los hombres de Tildeon, pero más allá se mezclaban los de Runfield con estandarte azul, los de Rivercastle con estandarte rojo, y los de Eastborn con estandarte blanco… todos encendiendo fuegos por distintos rincones del asentamiento sombrío.

“Señora, el campamento está listo.”

Entonces sonaron unos golpecitos en la puerta del carruaje. Anya tomó con cuidado al Dragkals que tenía sobre las rodillas, lo volvió a guardar en el bolsillo y salió.

“Si va a la tienda de mando, en breve le serviremos la cena.”

El soldado habló echando una mirada al pendiente rojo que Anya llevaba colgado del cuello. Era un pendiente que su padre le había entregado, pero él nunca lo usó en la oreja. Para evitar problemas si intentaba ocultarlo del todo, lo pasó por un cordón de cuero y lo colgó como un collar en el cuello.

“El comandante Evernight… ¿dónde está?”

Al venir a Maneregia los soldados apenas le guardaban formalidad, pero ahora, cada vez que se cruzaban con ella, se quedaban mirando largo rato la piedra roja en su cuello antes de inclinar la cabeza profundamente.

“El Comandante está en la tienda de mando. Cuando acabe la cena, probablemente tendrá una reunión con los señores duques.”

La expedición era real. En cuanto regresaran a Tildeon, probablemente él volvería a partir de golpe. Hacia aquella tierra fría y helada donde no existía el más mínimo indicio de vida.

'No te preocupes'

Anya, forzándose a mostrarse animoso, entró en la tienda que le había sido asignada. Pero una vez dentro, solo en medio de aquel espacio vacío, de pronto una oleada de emociones desconocidas le embargó hasta dejarle sin aliento.

'Él lo hará bien, sin duda'

La imagen de Evernight, recibiendo la llamada del emperador entre los aplausos de muchos, llenó por completo su mente. Era la viva estampa del héroe con el que Anya siempre había soñado. Por eso, estaba convencido de que regresaría.

'Cuando sir Evernight vuelva a Tildeon, debo tener todo bien cuidado para que no sienta que falta nada. Eso es lo que debo hacer ahora mismo'.

Anya se lo repitió una y otra vez. Pero en cuanto aquel movimiento en su interior volvió a hacerse presente, se desplomó, escondiendo el rostro entre las palmas de sus manos.

La verdad era que… temía, y no se sentía capaz, de afrontar solo el tiempo que tendría que pasar con ese niño en brazos una vez que él partiera.

"Alteza."

En ese instante, una sombra cubrió la tienda y alguien lo llamó. Era una voz conocida.

"¿S-sir Bluea?"

Anya levantó despacio el rostro que había tenido oculto en sus manos.

"Sí, soy yo. ¿Puedo entrar un momento?"

Anya se levantó apresuradamente y apartó la tela de la entrada. Entonces Bluea, como si lo hubiera estado esperando, lo abrazó con fuerza.

"Alteza, me siento orgulloso de usted. Lo juro, no es mentira."

Y antes de que Anya pudiera responder con su habitual modestia, Bluea, entre risas, se lo impidió de plano.

"¡Señor…!"

La sorpresa por el efusivo abrazo y los elogios duró poco; al sentir la mano de su amigo acariciándole con afecto la nuca, Anya solo pudo inhalar hondamente.

"¿C-cómo es que está aquí…?"

"Pronto nos separaremos. No me rechace. Es un abrazo de amistad sincera, sin segundas intenciones."

Al final, Anya no pudo evitar sonreír levemente. Había percibido un leve temblor en el cuerpo de Bluea, que revelaba lo mucho que lamentaba la despedida que les aguardaba al día siguiente.

"Pero esos de ahí, ¿quiénes son?"

Detrás de él, dos soldados con armadura marcada con el emblema de un sábalo azul permanecían firmes, esforzándose por no mirar hacia dentro.

"Dejé a mis hombres atrás, pero con lo de la cacería mi madre acabó postrada en cama…"

El campamento de los Shonda quedaba bastante lejos de Tildeon. Aquellos eran soldados asignados a la escolta de Bluea hasta las tierras de su familia.

Avergonzado, Bluea se rascó la cabeza y con un gesto rápido ordenó a los soldados:

"Voy a conversar un momento con mi amigo, no dejen que nadie entre."

"¡Sí, señor! "

respondieron, y corrieron a colocar la tela de la entrada, quedando de guardia a ambos lados.

"Sir Bluea, oí que tenía reunión."

Anya recordó sin dificultad lo que un soldado de Tildeon le había contado antes. Con el ceño intrigado, vio cómo Bluea, aún sin soltarlo, lo llevaba un poco más al interior de la tienda.

"Mañana ya nos separamos. Solo vine a despedirme. Nos veremos de nuevo en Tildeon, claro… pero igual me entristece marcharme así."

La primera vez que vio a Bluea pensó que no era más que un hombre ligero, carente de la dignidad de un duque, casi un libertino… pero ahora, ante la idea de separarse de él, Anya también sentía cierta pena.

"Usted y yo compartimos la vida y la muerte. Somos verdaderos camaradas de armas, ¿no es así?"

Bluea inclinó la cabeza para susurrarle en tono juguetón al oído. Amigo y compañero de batalla. Palabras que encendían un calor agradable en su pecho.

"Pero, sir Bluea… ¿cómo dijo que iba a la expedición?"

La noche del festival de caza, Bluea había sido valiente al punto de no dejarlo solo, pero nunca fue un caballero de gran destreza con la espada.

"¿Está insinuando que mi destreza con la espada es miserable?"

Bluea sonrió socarrón, apartando un poco a Anya de su abrazo. Y entonces, en su campo de visión, brilló la piedra roja de su cuello.

"En comparación con su técnica y con su dragón amaestrado, yo no paso de ser un novato…"

"N-no quise decir eso."

Anya agitó apresurado las manos, y Bluea rió aún más.

"Cuando regrese, mi madre piensa casarme enseguida."

"¿Qué…?"

Anya lo miró desconcertado. Y entonces Bluea recordó que él mismo estaba casado. Que se había casado en un puro matrimonio político. Se mordió la lengua, tarde.

"Ah, no es que rechace el matrimonio. Solo que quisiera explorar un poco más libremente el mundo."

"Aun así… más allá de la barrera no es un lugar adecuado para explorar…"

Anya recordó aquel páramo blanco, en silencio, donde en días y noches no había sentido ni un atisbo de vida.

"Lo sé. Pero no voy solo, ¿cierto? Además, sir Evernight es un maestro de espada que puede con varias bestias mágicas por sí solo. ¿Qué habría de temer?"

Bluea alzó los hombros con una sonrisa.

"También van cinco magos. Y ese maldito enano… Usollin, o en especial sir Hanibal, que no tiene nada que envidiar a Evernight."

"P-pero allí es terriblemente frío y duro. ¿Podrá soportarlo?"

"Oh, alteza."

Las cejas de Bluea se arquearon como olas.

"No se preocupe. Pienso quedarme en la retaguardia, ocupándome de lo que mejor sé hacer. Volveré de vez en cuando a Tildeon para verlo otra vez… solo eso ya me parece bastante valioso."

Su decisión era firme.

"En ese caso… no hay más remedio. Si le resulta demasiado, vuelva en cualquier momento."

Sin duda Bluea tenía sus propios motivos para elegir la expedición. Como cuando Anya siguió a Savelli hasta el bosque donde dormía Dragkals y nadie lo comprendió, quizá Bluea también tuviera algo que quería proteger.

Al pensarlo, deseó darle su confianza. Anya le sonrió cálidamente. Su rostro claro iluminado por la sonrisa era más hermoso que el de cualquier dama que Bluea hubiera conocido.

Él carraspeó y bromeó para disimular.

"Entonces, ¿cada vez que regrese a Tildeon me dará clases de esgrima?"

"Y-yo… no tengo la habilidad suficiente para enseñar a nadie…"

La reacción tan seria de Anya ante una broma hizo que Bluea acabara riendo en voz alta. Y luego tocó con un dedo la piedra roja de su cuello.

"Si alguien más lo oyera, no le dirían humilde, sino engreído. Yo se lo paso solo porque es usted."

"Ah… de veras pienso que mi habilidad es insignificante comparada con la de otros…"

Los dóciles ojos castaños de Anya titilaron y su rostro se sonrojó.

Al verlo así, Bluea recordó de golpe los conejos marrones que solían correr por los campos de Runfield cuando era niño.

'Evernight, maldito seas'.

La rabia contra Evernight brotó sin fin. Ese hombre trataba con demasiada rudeza al ingenuo príncipe. ¡Y más aún siendo su pareja, que ya cargaba a su hijo!

"Todo el imperio habla de usted. Como caballero elegido por un dragón."

Conteniendo con dificultad su furia, habló de nuevo:

"Ese pendiente rojo lo demuestra, ¿acaso el emperador lo concedería a cualquiera?"

Bluea posó la mano en el hombro de Anya, inclinándose hasta poner sus ojos a la misma altura.

"Así que confíe en usted mismo. Sus logros son motivo de orgullo.

Se lo digo como amigo, sinceramente."

Anya sostuvo la mirada de Bluea en silencio. Sentía cosquillas en los dedos, como si fuera a echarse a llorar.

"No llores…"

Justo cuando Bluea alargaba la mano hacia sus ojos, la entrada de la tienda se abrió de golpe y alguien entró bruscamente.

***

"Todos los preparativos para la reunión están listos, mi señor."

A la voz del soldado que había entrado a la tienda, Evernight recogió rápidamente su comida y se levantó de su asiento. La reunión de campaña se celebraría en el campamento de Tildeon, pues Evernight había sido nombrado comandante supremo de esta expedición.

"¿Tienes algo más que decir?"

El soldado que lo seguía venía inquieto desde hacía rato, echándole miradas de reojo. Cuando Evernight se detuvo y preguntó, el soldado se sobresaltó visiblemente y tartamudeó.

"Ah… eso es…"

La mirada indecisa del soldado se desvió hacia atrás, por encima del hombro de Evernight. Este chasqueó la lengua y siguió con la vista aquella dirección.

"……"

Al final de ella estaba la tienda de Anya.

"He confirmado que el duque de Runfield acaba de entrar en la tienda de Su Alteza Anya."

Frente a la tienda de Anya había dos soldados de Runfield, apostados rígidamente como si estuviesen de guardia.

"¿Desde cuándo?"

La penetrante mirada de Evernight se clavó en el soldado. En su voz se filtró un dejo de fastidio.

El soldado tragó saliva sin darse cuenta, lamentando la decisión precipitada que había tomado.

Que un hombre ajeno entrase solo a la estancia de la consorte, sin el permiso del duque, era una ofensa gravísima. Pero Anya era varón. El soldado no sabía si debía juzgar el asunto con el mismo criterio que siempre.

"Hará apenas unos minutos. Yo… escuché que ambos eran amigos íntimos y por eso…"

"¿Amigos íntimos?"

Evernight repitió, sonriendo, las palabras del soldado. Este agachó la cabeza a toda prisa.

"¡Perdóneme! ¡Fue un descuido mío!"

Evernight lo dejó atrás y se encaminó con paso firme hacia la tienda de Anya.

"¡Señor duque!"

Los soldados de Runfield, que lo vieron acercarse, abrieron desmesuradamente los ojos.

"Abran."

Los soldados, que solo conocían a Evernight de lejos, quedaron atónitos ante la imponente presencia del duque de Tildeon y lo miraron sin reaccionar.

"Eso… verá…"

"Si no quieren perder la cabeza, será mejor que aprendan a tener un poco de tacto, mocosos de Runfield."

Evernight hizo un ademán con la barbilla. Los soldados se sobresaltaron, al fin conscientes de que estaban de pie en pleno campamento de Tildeon, rodeados de norteños que los observaban con ojos afilados.

"Si no quieren morir, lárguense."

Los soldados de Runfield huyeron a trompicones. Morir a manos de Evernight o de Bluea daba lo mismo… pero quizá era mejor implorar misericordia a su propio señor, que al menos era más humano.

Evernight clavó entonces la vista en las sombras que se dibujaban tras la lona de la tienda. Dos siluetas enfrentadas; la más alta se inclinaba hacia la más pequeña, como si fueran a besarse.

No había nada más que ver. Cuanto más observaba, más repulsión le provocaba.

Evernight levantó la lona sin titubear y entró.

Bluea estaba inclinándose para secar las lágrimas de Anya cuando su muñeca fue brutalmente torcida por una mano ajena.

"¡Ugh!"

El quejido se le escapó sin remedio. Fue apartado de Anya con la fuerza de un muñeco de trapo. El dolor palpitante en la muñeca atrapada le recorrió el brazo entero: era una fuerza capaz de someter a un hombre adulto con una sola mano.

Siguiendo la línea de la armadura gris ceñida, sus ojos se toparon con la mirada impasible de unos fríos ojos azules.

"¡S… señor Evernight!"

Anya gritó, sobresaltado. Pero Evernight no le dirigió la menor atención. Arrastró a Bluea hasta la entrada y lo arrojó al suelo.

Bluea cayó pesadamente sobre el piso helado.

"No comparto a mi pareja. No es mi estilo."

Evernight justificó su acción con una voz carente de emoción.

"¡Ja! "

soltó Bluea, incrédulo.

"Es un absurdo malentendido. Una suposición ridícula."

Desde el suelo, lo miró con furia.

"Oiga, se equivoca por completo. Esto fue entre amigos… bah, ¿qué digo? Si ni siquiera trató a Su Alteza como a un verdadero consorte, ¿no le parece muy absurdo venir ahora con estos celos?"

Anya, detrás de Evernight, le hizo señas a Bluea para que se callara. Ese muchacho, tan frágil en apariencia, jamás lograba oponerse a Evernight. ¿Será porque era su esposo? ¿Porque era el padre de su hijo? ¿O acaso… porque sentía algo por él? Ninguna de esas ideas le resultaba agradable.

"¿Y eso qué te importa?"

"¡Cómo que no! Su Alteza es mi salvador y mi amigo. Si tiene un marido tan frío y despiadado como usted, ¿no es natural que me preocupe?"

El entrecejo de Evernight se frunció con visible irritación. Desde el festival de caza, aquel joven señor de Runfield no dejaba de entrometerse y le resultaba insoportable.

Bluea, al ver que en el rostro impasible del hombre cruzaba al fin una emoción tangible, sintió aún más ganas de desafiarlo.

"Sabe que Su Alteza está encinta, ¿verdad?"

Maldito bastardo. Bluea apenas logró contener el insulto, devolviéndole la mirada con hostilidad.

Ambos ya hablaban sin reparar en rangos ni títulos.

Un atisbo de sonrisa cruzó el rostro de Evernight. Sus labios rojos se curvaron y dio un paso hacia él. Su presencia era feroz, hasta el punto de opacar la belleza de sus rasgos.

"¿Y qué?"

Bluea lo miró desde el suelo, a la sombra de esa silueta gigantesca.

"Solo eres un simple amigo…"

Evernight soltó una risita burlona.

"Así que no intentes meterte en la cama que compartimos ese chico y yo. El hijo no es tuyo. Es mío."

Evernight le dio un leve puntapié en la mano. Apenas si contenía la tentación de destrozarla de un pisotón.

"Y oye, compórtate bien con el comandante supremo. No tengo la menor intención de andar limpiando detrás de tus inútiles tropas más allá del muro, así que participa en la expedición como corresponde."

Volvió a tocarle la mano con la punta de la bota, esta vez con una sonrisita. Era una advertencia. La última concesión antes de romperle los huesos.

"…Claro. Cumpliré con la debida cortesía, mi comandante."

Bluea masculló entre dientes, pero sabía bien la realidad: ambos eran duques, sí, pero Evernight era también el comandante supremo. Si lo desobedecía, podía decapitarlo bajo la ley marcial.

Aun así, el sufrimiento de su amigo le venía a la mente una y otra vez, y eso le hacía olvidar todo lo demás.

"Si me ordena arrastrarme, lo haré. Pero en lo que respecta a mi amistad con Su Alteza, eso es sagrado. Ni siquiera Su Majestad el Emperador puede arrebatarme eso."

Se puso lentamente en pie, frotándose la muñeca enrojecida. Sonrió con ironía.

"Parece que usted no se interesa por su propio hijo… Pues bien, yo con gusto seré padrino del bebé. En Runfield tenemos un dicho:

La bondad es el arma más poderosa. 

Quizá al niño le venga mejor un padrino bondadoso que un padre tan frío como usted."

El aire se volvió denso. Bluea había hablado con valentía, pero la mirada gélida de Evernight lo heló hasta la médula.

Entonces Anya intervino.

"P… por favor, basta."

Se interpuso entre ambos y levantó la vista hacia Evernight. En su rostro se notaba un cansancio repentino. Seguramente era por el bebé, pensó Anya, mordiéndose el interior de la boca.

"Es mi culpa, mi señor. Olvidé por un instante que esto es un campamento abierto, lleno de gente."

Evernight lo miró en silencio. Quería que siguiera hablando.

"Tendré más cuidado, para que nadie malinterprete."

Era un ruego para que no siguiera acosando a Bluea. Evernight soltó una breve risa.

Que su propio consorte, aquel muchacho, se interpusiera para proteger a ese mocoso de Runfield… patético, irritante.

"¿Y qué es lo que se malinterpreta?"

"Pues… que normalmente es una falta de respeto que un hombre entre en la estancia de una esposa sin permiso… y yo lo permití."

Excusa inútil. Pero Anya, desesperado, quería pensar que esa era la razón de la ira de Evernight.

"Así que Bluea no tiene culpa. Yo lo invité a pasar."

Su patético intento de protegerlo con ese pretexto era casi risible.

En ese momento, la voz de Riario llegó desde fuera.

"Comandante, en la carpa de reuniones lo esperan todos los duques, salvo el duque Bluea."

Al parecer, había escuchado lo suficiente como para intervenir.

No había más que hacer. El niño probablemente no nacería. Y ese insolente de Runfield… bastaría con eliminarlo si estorbaba. Evernight decidió aceptar, por el momento, el esfuerzo de Anya.

"…Duque Bluea."

Retiró la mirada de Anya sin vacilar.

"Ven conmigo."

Le dio la orden y salió con paso firme, marcial.

"Estoy bien, Su Alteza."

Bluea palmeó suavemente el hombro de Anya y fue tras Evernight.

La tienda quedó súbitamente vacía, sumida en un silencio gélido. Anya se dejó caer en el catre con un suspiro.

"……"

Por cierto… ¿será normal que a estas alturas las embarazadas estén siempre tan cansadas?

¿O acaso… le pasaba algo al bebé?

Anya frunció el ceño, apretándose el vientre que desde el inicio del viaje no había dejado de dolerle con punzadas.

---

Frente a la encrucijada del Rey, las tropas de cada casa giraron en distintas direcciones.

El movimiento de varios cientos de soldados armados resultaba un espectáculo digno de contemplar.

Cuanto más se alejaban de la capital, más pequeños eran los poblados, aunque no por ello faltaba del todo gente en el camino. Un poco más al oeste de Maneregia se hallaba la próspera ciudad portuaria de Burford, y la calzada de Rex, que la conectaba con Maneregia, era una antiquísima ruta de comercio de miles de años, así que no eran pocos los transeúntes.

Quienes se cruzaban con el enorme cortejo que avanzaba de día y de noche quedaban embelesados, apartándose en silencio para abrir paso.

La columna tardaba bastante en despejar por completo el camino, pero nadie se quejaba; se quedaban quietos al borde, contemplándolos. Aquellas miradas de admiración y curiosidad hacían que los soldados, pese al duro viaje, apenas mostrasen signos de cansancio.

"Entonces, duque Evernight, nos veremos dentro de un mes en Tildeon."

El caballo de Hanibal cabalgó hacia la columna de Tildeon, que había tomado el sendero del norte, el más áspero de la encrucijada del Rey. Se despidió con una franca carcajada.

"En nuestra Península de Hierro basta con una semana para forjar las armas y armaduras de los soldados, tal como dijimos."

Junto a él, un caballo notablemente más pequeño "casi un potrillo a simple vista" se lanzó con brío. Era el duque Usolin de la Península de Hierro. Golpeando su yelmo negro de hierro, proclamó con aire desafiante:

"Partiré hacia Tildeon tan pronto como todo esté listo."

Aunque Usolin aún no veía con buenos ojos a Evernight, la emoción de volver al campo de batalla tras tanto tiempo era tan grande que decidió dejar de lado, por ahora, cualquier resquemor personal.

"Si el ejército aliado ha de dividirse en dos grandes rutas, habrá que comunicar las líneas de suministros a lord Ramus y lord Haxus "

añadió Montrose, cabalgando a su lado.

Ramus y Haxus no habían marchado a la expedición, pero sí asumían la dirección de los suministros en la retaguardia.

Los nobles debían escoger: unirse a la campaña o aportar oro para financiar la intendencia.

En esos días, cuando todo lo relativo a la expedición aún resultaba nebuloso, pocos eran los que se atrevían a atravesar la muralla infestada de monstruos, aunque se prometiese la concesión de las minas de Isildor al otro lado. Así que optaron por sostener el esfuerzo desde atrás, aun a costa de gastos descomunales.

"Enviaremos un mensajero en cuanto el ejército aliado se reúna en Tildeon"

respondió Evernight.

Los duques asintieron brevemente y, al grito de “¡De regreso a los dominios! ¡En formación!”, cada tropa volvió a su posición.

"Bluea, ¿qué tanto te entretienes?"

Montrose frunció el ceño hacia su viejo amigo, que se había quedado rezagado.

La mirada de Bluea se demoraba, con cierta nostalgia, en el carruaje celosamente protegido en el centro de la columna de Tildeon.

Los cuernos resonaron en distintas tonalidades y, al poco, los caballos levantaban polvo en direcciones opuestas por la encrucijada del Rey.

---

De regreso en Tildeonrock, todo transcurrió con fluidez, aunque con el vértigo de lo incesante. Tras más de un mes de ausencia, la ciudad hervía con una multitud sin precedentes, en nada parecida a la calma de la partida.

Anya descubrió, a través de la ventanilla del carruaje, rostros extraños. Todos llevaban turbantes y, en el pecho, bordado el emblema del halcón azul, además de gruesos jubones acolchados.

Sin duda eran hombres de la Compañía del Halcón Azul, enviados por el emperador.

Desde su matrimonio había salido poco del palacio, y el resto del tiempo apenas si se había dedicado a otra cosa que no fuese la esgrima, desentendiéndose casi por completo de los asuntos de la casa. Por eso se sintió tenso al ver a tantos desconocidos.

"Señor, bienvenido. El señor de la Compañía del Halcón Azul le espera."

Los sirvientes, ya acostumbrados, recibieron con reverencia al señor y la señora de Tildeon, ausentes por tan largo tiempo.

Gregos se adelantó y, en pocas palabras, informó a Evernight de la agitación en Tildeon.

"En una hora, en la sala de audiencias."

Evernight desmontó con ligereza de su negro corcel, que seguía enérgico pese al viaje. Al escuchar la noticia de su regreso, Karen y Lorea corrieron desde el patio de armas.

"¡Comandante!"

"Bienvenido de vuelta. Hemos sabido de la expedición.

Saludaron con sonrisas radiantes.

"¿Y el entrenamiento de los reclutas?"

preguntó Evernight, alzándose el cabello desordenado por el viento cortante que azotaba apenas cruzaron los dominios de Tildeon.

"Aún no son perfectos, pero están llenos de ardor."

"El emperador pronto proclamará el reclutamiento en todo el imperio. Habrá reemplazos de sobra entre los aventureros; escojan solo a los más aptos para cruzar la muralla."

La decisión sonaba dura, pero nadie osó replicar. Quienes habían cruzado la muralla confiaban ciegamente en el instinto feroz y el juicio frío de Evernight.

"¡Karen! ¡Sir Lorea!"

Casi volando del caballo, Siswu se lanzó hacia ellos en cuanto traspasó la muralla, siendo parte de la escolta trasera.

"¡Maldito potrillo! "

maldijo Karen con rudeza, antes de abrazar con fuerza a su viejo camarada.

Mientras ellos desahogaban en algarabía la añoranza acumulada, Lorea preguntó de improviso:

"¿Dónde está el mago?"

"Aquí estoy."

Un caballo blanco avanzó tambaleante, y sobre él, Riario se desplomaba con el rostro al borde de la muerte.

"¿Está… está bien de veras?"

"Sir Lorea, ¿otra vez con eso? No es la primera ni la segunda vez que el mago anda así "

rió Siswu, dándole palmadas en el hombro.

Riario esbozó una torcida sonrisa al descender. Su rostro era tan pálido como una hoja, pero, como decía Siswu, nadie lo tomaba demasiado en serio. Años de campañas en la muralla les habían enseñado que, aunque solía quejarse, nunca había sufrido una herida grave, y cuidaba su vida más que nadie.

"Señor mago, ¿qué tal si se ejercita con nosotros antes de ir a la muralla? "

propuso Lorea.

Riario frunció el ceño como si hubiera oído un disparate monumental.

"Lo que necesito no es entrenamiento físico, sino un maldito baño caliente y una cama mullida que me hagan olvidar este frío. Si alguien inventa un hechizo para gozar de eso al aire libre, le daré toda mi fortuna."

Tras tantas horas de viaje, estaba demasiado irritable, así que los demás optaron por encogerse de hombros y callar. “¿Serán todos los magos tan insufribles?”, pensaron a un tiempo, sin atreverse a decirlo.

En ese momento se abrió la puerta del carruaje, y el pie de Anya se posó sobre la helada tierra de Tildeon. Las miradas de los caballeros, hasta entonces risueños y charlatanes, se desviaron de inmediato hacia él.

"Mi señora, ¿el viaje fue tranquilo?"

Gregos, que hablaba con Evernight sobre la Compañía del Halcón Azul, se inclinó con destreza hacia Anya.

"Ha… hace tiempo, Gregos "

saludó él en voz baja, notando que el mayordomo lucía avejentado, como si los deberes que Anya había descuidado hubiesen recaído pesadamente sobre él.

"He enviado a las doncellas a la alcoba; le ayudarán con el equipaje."

"G-gracias…"

Cada paso de Anya era seguido con insistente discreción por los ojos de los sirvientes, e incluso por los hombres de la Compañía del Halcón Azul, que no ocultaban su curiosidad ante el famoso “esposo varón del duque”.

Incómodo bajo esas miradas, Anya alzó los ojos hacia la inmensa fortaleza gris, difuminada por la niebla.

Había vuelto. Sano y salvo.

Las escenas vividas en Maneregia desfilaron por su mente como un carrusel de recuerdos.

"Príncipe consorte, es un honor saludarle."

Karen y Lorea se acercaron sonrientes. Solo entonces, un leve rubor floreció en las mejillas heladas de Anya.

"Parece que ha crecido un poco de estatura"

comentó Lorea, recordando que, cuando lo conoció, apenas le llegaba al pecho.

"Es la edad; crecen de golpe"

rió Karen, dándole un puntapié juguetón en la espinilla a Siswu, que le sacaba ventaja en altura pese a ser ya alto de por sí.

"Cuando sepan lo que pasó en Maneregia, se caerán de espaldas"

dijo Siswu, el pecho inflado de orgullo al rememorar la espectacular cacería imperial y el torneo de justas.

Tildeon, por su situación geográfica, recibía las noticias más tarde que otros dominios.

"Caballeros, ¿por qué no se dirigen primero al salón de banquetes? Hace frío aquí fuera "

sugirió Gregos, con sabiduría en la mirada, guiándolos hacia el interior.

Riario, hastiado, los miró de reojo y entró primero al castillo, incapaz de soportar tanto alboroto.

"¿Mi señora desea cenar en su alcoba o acompañar a los caballeros en el salón?"

Anya, a cierta distancia, echó una mirada furtiva a Evernight, que en ese momento estaba recibiendo el saludo de un mercader que pasaba.

"¿Y el señor…?"

Desde que se separaron de Bluea y llegaron a Tildeon, Anya no se había encontrado ni una sola vez con Evernight. Desde aquel día, él no había vuelto a pisar la tienda de Anya, y el muchacho tampoco tuvo el valor de presentarse en la de su esposo. Quizá se debía al fuerte recuerdo de la vez, en el pasado en Tildeonrock, que se atrevió a entrar en su dormitorio a escondidas y fue duramente reprendido.

"El señor cenará con el amo del Gremio del Halcón Azul, discutiendo sobre el abastecimiento de la expedición."

Gregos respondió con calma a la pregunta de Anya. En el rostro del joven se dibujó un leve gesto de tristeza, pero nadie lo advirtió.

"Mi señora, ¿llevo la cena a su aposento o comerá con los caballeros en el salón?"

Gregos preguntó de nuevo. Anya vaciló. Aunque había viajado más cómodo en carroza que los demás, la preocupación constante de que en cualquier momento apareciera un monstruo no le permitió dormir tranquila. Y, sobre todo, los repentinos mareos del embarazo y el peso en el vientre lo agotaban sin remedio. Durante la marcha, Anya pasaba los días abrazando a Haebing con fuerza, en posiciones incómodas.

"Príncipe, venga a cenar con nosotros "

le dijo Siswu, riendo alegremente mientras lo retenía.

"¡Gregos! Yo quiero carne de res, sin falta."

Al oír la palabra “res” de los labios de Siswu, Anya apenas pudo contener una arcada.

"Y-yo… comeré en mi cuarto."

No había remedio. No quería interrumpir la cena de los demás caballeros con náuseas. Con una sonrisa incómoda, temiendo decepcionar a Siswu, Anya trató de justificarse ante Gregos:

"Mayordomo, en cuanto a la expedición, ¿hay… algo que deba revisar yo mismo?"

En ese momento, Evernight, que había terminado de hablar con el mercader, se acercó a su lado.

"Anya, debes descansar, estarás cansado."

"P-pero pronto llegarán los caballeros de las distintas tierras, y si la señora permanece sin hacer nada…"

En el rostro del hombre cruzó una leve sombra de fastidio. Recordaba demasiado bien cómo, durante el viaje de regreso, veía al soldado que llevaba la comida a Anya volver con el plato casi intacto.

Cada vez que contemplaba el aspecto cada vez más demacrado de su joven esposa, en su mente surgía, inevitable, la imagen de un vagabundo que acaba por enfrentarse a una tormenta inconmensurable: el destino de sangre del que no podía escapar. Su padre había sido un hombre miserable y débil hasta el extremo.

«¿Sabes cuál fue la última apariencia de tu madre?»

Solo cuando Evernight, bañado en sangre, jadeaba casi moribundo en un rincón, su padre cesaba la paliza. Y entonces, con una mirada vacía, perdida en el techo que se venía abajo, murmuraba.

«Tenía el cuerpo reseco como si toda el agua la hubieran drenado, pero el vientre hinchado de forma grotesca.»

Sus ojos saltones se curvaban como medias lunas y reía de forma escalofriante.

«Pero lo extraño era eso… ya no debía quedarle una gota de líquido, y aun así, la sangre brotaba como una fuente, empapando todo el suelo… Mira aquí, aquí.»

El hombre acariciaba el piso manchado y luego se arrancaba los cabellos a gritos:

«¡Esta maldita sangre! ¡Tenía que haberla terminado yo mismo, con mis manos!»

Y arrastrándose llegó hasta el cuello frágil de Evernight, apretándolo con todas sus fuerzas. El niño, bañado en sangre, con el rostro azulado por la falta de aire, parecía a punto de morir, pero no murió.

«¡Muere, muere! Los Andarlianos estamos malditos. Tú y yo. Aquí tiene que terminar.»

"Anya, basta."

Con la voz fría de Evernight, la sombra de su padre se fue disipando poco a poco, aunque le quedó la amarga sensación de una garganta oprimida.

"S-sí… "

respondió Anya dócilmente, mordiéndose los labios. Como siempre, no se atrevió a replicar ni alzar la voz ante su esposo.

No podía permitirse sentir resentimiento ni reproches hacia él. Pensaba que, si lo hacía, el bebé en su vientre podría sufrir algún daño, así que reprimía a toda costa sus emociones.

La mirada de Evernight sobre él no se prolongó.

"Su salud no es buena. Preparen enseguida el baño y que la cena sea de verduras suaves, sin carne."

Con una orden corta a Gregos, se alejó hacia la fortaleza. Su capa negra se agitaba al viento cortante de Tildeon.

"Gregos, antes de ver al amo del Halcón Azul, revisemos primero las cuentas."

"Sí, señor."

Un presentimiento sombrío invadió a Anya: quizás toda su vida no vería más que la fría espalda de aquel hombre.

Cuando ambos se alejaron, Siswu y Karen, intentando romper la atmósfera rígida, se acercaron a Anya con amabilidad.

"Príncipe, su semblante no es nada bueno."

"S-sí… gracias por preocuparse."

¿Será que todavía está enojado por el asunto con sir Bluea?

Claro, el campamento era un espacio abierto, y que la consorte de un duque recibiera a un hombre extraño en su tienda, de noche, equivalía a manchar el honor del señor.

Anya se forzaba a inventar razones, porque si no lo hacía sentía que su cabeza iba a estallar. Con un suspiro se retiró en silencio a su dormitorio, siguiendo a la doncella.

"Las cuentas deben organizarse de forma que contengan la mayor cantidad posible de información, pero también que se puedan entender de un vistazo."

A la mañana siguiente, Anya pidió en secreto un favor a Gregos cuando lo recibió en su aposento. El mayordomo, que al principio dudó ante la petición de consultar los libros, terminó recordando las charlas interminables de Siswu en el banquete de la víspera y le llevó las cuentas. Era una orden poco común de la consorte, y pensó que, de cara al futuro, sumar manos para el trabajo sería importante.

"Gracias por todo el esfuerzo mientras yo estuve a-ausente."

El joven príncipe que un día, al llegar, no era más que un niño que pedía flores para la boda, ahora no solo había crecido en altura, sino también en la firmeza de su mirada. Y la joya roja que colgaba de su cuello era prueba evidente de cuánto había luchado ese pequeño amo.

"No hice más que lo que correspondía, mi señor."

Los sentimientos de Gregos hacia Anya nunca fueron ni buenos ni malos; en rigor, se mantenían neutrales. Jamás se atrevió a juzgarlo, y por lo mismo, nunca lo aduló con palabras zalameras.

"¿Po-podría copiar estas cuentas? Se las devolveré antes de la tarde."

Los ojos de Anya brillaron a la luz de la mañana. Aun siendo, después del duque, la persona de mayor rango en el castillo, seguía pendiente de la mirada de los sirvientes. Pero, a diferencia de antes, ahora mostraba bastante más empeño en aprender.

"Si es deseo de la señora, puede consultar los libros de cuentas cuando quiera. Solo que, como la cantidad es mucha y entremezclada con términos propios del sur y del este… ¿qué le parece si ordena a algunos sirvientes copiarlos?"

Gregos miró un instante la blanca mejilla de Anya bañada por el sol. Su interior parecía haber madurado, pero su semblante estaba pálido, como una flor silvestre que se marchita. Recordando la orden que Evernight había dado el día anterior, Gregos echó un vistazo al plato del desayuno de Anya, del que apenas había comido la mitad.

'No será que…'

No, imposible. El duque, después de aquella primera noche forzada, no había vuelto ni una sola vez al dormitorio de su consorte.

"Está bien, Gregos. La… la copia la haré yo."

Anya negó suavemente con la cabeza y sonrió con calma, sin olvidar agradecer la consideración de Gregos. El motivo por el que quería hacer la copia él mismo era para asimilar de primera mano cómo se registraban los libros. Aunque fuera mucho, debía profundizar por sí solo. Además, todos en el castillo parecían ocupados. Hasta los sirvientes, bajo aquel frío, sudaban copiosamente realizando sus tareas sin descanso.

De pronto, le asaltó una extraña sensación de déjà vu. También entonces, en la boda, todos estaban tan ocupados. Todos menos él, que había quedado relegado, apartado como un bulto olvidado.

"Entonces traeré los libros de cuentas a lo largo de la mañana. Revíselos y, si surge alguna duda, no dude en llamarme, señora."

Gregos seguía siendo distante, pero como siempre, cortés. Y Anya le respondió con un firme asentimiento.

Esta vez no se convertiría jamás en aquella isla solitaria de antes.

***

Nicolás, jefe del gremio del Halcón Azul, disfrutaba tranquilamente de un refrigerio en la sala de recibo. Tildeon era, tal como decían los rumores, un páramo desolado, viejo y anticuado. Y el castillo de Tildeonrock, encaramado en mitad de las montañas nevadas, no se quedaba atrás.

La primera vez que puso pie en Tildeonrock no pudo evitar dudar de sus propios ojos. Nicolás, que se vanagloriaba de haber visitado todos los lugares extraños del mundo, nunca había visto un sitio tan abandonado, tan lúgubre, tan parecido a un castillo de fantasmas.

'Ha valido la pena abrirme paso por la ventisca.'

Sin embargo, al sacudir los copos que se habían quedado pegados a su gorro de piel, en su rostro no había decepción, sino una ligera emoción y una expectante curiosidad.

Tildeonrock, en cierto sentido, exhibía una imponente grandeza. ¿En qué? En que estaba repleto de cosas capaces de atraer montañas de dinero.

"Ni siquiera pueden tapar el viento del invierno estas ventanas."

Dejó la taza de té, ya templada, sobre la mesita auxiliar y recorrió con la yema de los dedos los marcos del ventanal de la sala.

Tildeonrock estaba lleno de posibilidades para hacer fortuna. Tal vez convenía iniciar la conversación precisamente con esas ventanas ruinosas.

Nicolás sabía de sobra que el señor de Tildeon había sido un plebeyo, y más aún, un gladiador de Redcoast, prácticamente un esclavo. Y personas así, por lo general, solían obsesionarse con la pompa y la ostentación debido a su complejo de origen.

'Aunque sí resulta raro que hasta ahora haya dejado el castillo en este estado… bueno, claro, con ese mayordomo quisquilloso que tenía…'

Toc, toc. En ese momento, se escuchó un ligero golpe en la puerta, y un sirviente anunció la llegada del señor.

Nicolás se arregló la ropa y se puso la sonrisa de comerciante que le salía tan natural. Se sentía seguro de sí mismo.

"¿Sí?"

Pero sus expectativas se derrumbaron en el instante en que se encontró cara a cara con Evernight.

"¿Qué… qué acaba de decir, mi señor?"

Lo miró con expresión algo atónita. El joven señor del norte era de una belleza deslumbrante, pero cada vez que esos ojos, de un azul gélido, lo fijaban, Nicolás no podía menos que apartar la mirada, sin importar lo atractivo que fuera.

"Vamos a hablar de negocios reales".

Aunque el encuentro fuera entre un comerciante y un noble, el que no tenía nada que perder era Nicolás. Y aun así, Evernight tamborileaba con los dedos sobre la mesa y mostraba una sonrisa arrogante.

"¿De verdad unas ventanas son tan importantes?"

¿De verdad había sido un plebeyo? Su porte de vencedor era tan natural que resultaba difícil creerlo.

"…Ah, no, eso no es lo que…"

Evernight lo interrumpió como si no hubiera más que escuchar.

"Dos veces al año. Quiero delegar en la Compañía del Halcón Azul el suministro de víveres a Tildeon."

"Pero, mi señor, el camino hasta Tildeon es muy peligroso… "

Nicolás dejó la frase a medias, evasivo.

Hablar de una ventana para después pedir un abastecimiento regular… Lo irreal era, en realidad, este señor feudal.

Tildeon era un sitio donde uno, si acaso, exprimía ganancias de un solo viaje; jamás un lugar al que valiera la pena regresar periódicamente.

Recordar el trayecto le hizo estremecerse. Era comprensible que los norteños hubieran vivido tanto tiempo en la miseria.

Entonces la voz de Evernight sonó serena:

"Pienso acondicionar la vía Rex que parte de la capital y las carreteras conectadas a ella."

Nicolás soltó una risa hueca, incrédula. Hablar de reparar caminos era hablar de gastar sumas astronómicas en oro y plata. Y en unas tierras tan inhóspitas como el norte, casi ningún obrero aceptaría semejante encargo, ni aunque se le pagara fortunas.

"Mi señor, nuestra compañía ya rebosa de contratos, no damos abasto. Si hemos aceptado la orden de Su Majestad el Emperador, ha sido únicamente porque la expedición a la Muralla es una empresa grandiosa en favor de la paz del Imperio, y un humilde comerciante como yo quiso aportar aunque fuera un grano de arena."

Nicolás, sin variar el gesto, soltaba sus hábiles excusas.

Ante aquella descarada negativa, Evernight tampoco mostró emoción alguna. Tan solo hizo sonar la campanilla que reposaba en la mesa.

Al tintinear cristalino, apareció enseguida el estricto mayordomo de Tildeon, trayendo un pequeño cofre.

"Recíbalo."

"¿Yo…?"

El mayordomo lo entregó a Nicolás, quien, con gesto reacio, miró a Evernight.

"Ábrelo."

Fue una orden extrañamente coercitiva, pero de boca de un hombre al que tal tono parecía nacerle de manera natural. Nicolás no tuvo tiempo ni de sentirse intimidado.

Con cautela, abrió el cofre. Y al ver dentro un mineral del tamaño de un puño, casi dejó escapar un grito.

"¿Le gusta apostar, Nicolás? "

Por primera vez, Evernight llamó al comerciante por su nombre.

"Pienso hacerme con la concesión minera de Sildor cueste lo que cueste, aunque me bañe en la sangre de miles de monstruos. Con esa sola mina bastaría y sobraría para costear la construcción de las carreteras."

Las cuentas pasaron raudas por la mente de Nicolás. Con una mina de Sildor no solo las carreteras… podría renovarse entero Tildeon.

Evernight lo observaba con ojos serenos como la noche más oscura. La leve sonrisa en sus labios lo hacía parecer insolente, pero a la vez le sentaba demasiado bien.

"Y más allá de la Muralla, no hay una mina… sino decenas."

Nicolás se levantó de golpe, soltando un chillido.

"Te lo pregunto de nuevo, Nicolás: ¿apuestas conmigo en esta expedición?"

Evernight se incorporó y caminó lentamente hacia él. Su sombra gigantesca lo envolvía, amenazante.

Lo llamó “apuesta”, pero al cruzar esa mirada fría como una hoja de acero, Nicolás lo comprendió al instante.

Era un juego de azar… con altísimas probabilidades de victoria. Y si salía bien, amontonaría una riqueza que no envidiaría a ningún otro señor feudal.

"Dos veces al año. Abastece a Tildeon. Y en el viaje de regreso, llena tus carretas vacías con el mineral de Sildor y véndelo por todo el Imperio".

Cada paso de Evernight resonaba en el suelo de caliza, con la cadencia propia de un caballero.

"Con eso quiere decir…"

"Que pienso comerciar ese mineral con todo el Imperio a través de la Compañía del Halcón Azul."

Nicolás decidió reformular por completo la idea que tenía de aquel hombre. Era aterradoramente calculador, audaz, arrogante… pero poseía una autoridad imposible de rechazar.

---

"G-gracias, Gregos."

Esa misma mañana Gregos trajo a Anya el libro de cuentas. Apenas lo hojeó, y ya el complicado contenido la hizo desanimarse. Pero pronto, como si nada, se rehízo con energía.

"El que la señora lo revise es para mí un honor."

Ante aquella cortesía, Anya se sonrojó un poco.

"N-no, en realidad esto es lo que debería estar haciendo desde el principio."

El severo mayordomo, que solía ser parco y sin expresiones, hoy no se retiró de inmediato tras hablar.

Ella lo miró con cierto nerviosismo.

"Mi señora, en realidad Tildeonrock es un castillo antiguo. No se sabe desde cuándo está aquí; estuvo vacío durante toda la historia sin señor, hasta que ahora por fin encontró dueño."

En su voz asomaba, de cuando en cuando, una devoción infinita hacia Evernight.

"Dentro de un mes, vendrán a visitarnos duques. No quiero que juzguen al señor Evernight solo por la apariencia exterior del castillo."

Los ojos arrugados de Gregos brillaban con agudeza.

Para la nobleza, la reputación lo era todo. Los plebeyos podían bromear diciendo que una “buena fama” no alimentaba, pero en realidad con ella se atraían gremios de comerciantes, o incluso se podía decidir una guerra de territorios.

Y ahora, más aún: Evernight era un señor recién nombrado con título nobiRiario, y al mismo tiempo comandante supremo del ejército aliado. Su reputación era crucial.

Anya comprendió al instante la preocupación y la determinación del mayordomo.

"Hasta ahora he cargado yo con esos deberes, pero como bien sabe, el poder de un simple mayordomo es limitado."

Gregos le estaba pidiendo, con sumo tacto, que como ama de casa del castillo se encargara de preparar la expedición y la recepción. Su apremio era palpable.

"Sé que hasta ahora no ha tenido tiempo libre por tantos asuntos. Pero el orden y la vida del castillo dependen de la señora. Dentro de un mes, los duques y el ejército aliado formarán su primera impresión de Tildeon."

Con eso dicho, Gregos se inclinó respetuosamente y se retiró tan en silencio como había entrado.

Sobre la mesa, el libro de cuentas aguardaba pesado, más que el mismo mineral de Sildor.

---

La biblioteca del tercer piso de Tildeonrock no había cambiado. Seguía fría, seca, y llena de libros sin clasificar en los estantes.

‘Algún día tendré que organizar esto.’

Era enorme y apabullante, pero la biblioteca era parte del poder de un señor. Mantenerla ordenada también era deber de la señora del castillo.

Recorriendo el castillo, Anya notaba todo deficiente tras volver de Maneregia. Por mucho que se limpiara, no desaparecía el aire lúgubre típico de las fortalezas invernales.

Al fin comprendió en carne propia lo que Gregos llamaba la ausencia de un ama de casa.

Reprimió un suspiro y negó con fuerza con la cabeza.

‘Hoy mismo debo terminar el libro de cuentas, cueste lo que cueste.’

No había tiempo para dejarse arrastrar por emociones. Lo urgente era preparar la llegada de los duques y caballeros dentro de un mes y reunir todo lo necesario para la expedición.

Así que debía revisar con detalle el inventario, comprobar dónde y cómo se usarían los recursos.

Con el libro de cuentas, un rollo de pergamino y una pluma, buscó un rincón. Allí había un escritorio y una silla antiguos.

Sacudió el polvo acumulado y colocó sus cosas. Como hacía frío hasta hacerle moquear, abrió las cortinas para dejar entrar el sol.

Y se lanzó de inmediato a la copia.

Al principio transcribía a ciegas, pero poco a poco fue identificando los productos: enormes cantidades de alimentos, carne seca y frutas para largos viajes, quesos, vino, otros suministros menores, además de flechas y armas para los soldados.

"…¿Y esto qué será?

Algunos términos estaban en imperial, pero no los entendía.

Mientras lo pensaba, gotas rojas cayeron sobre el pergamino: sangre de nariz.

Se tapó con premura, echando la cabeza hacia atrás para no manchar el documento.

Pero la hemorragia no se detenía.

Con la mano aún en la nariz, Anya miraba el techo, perdida.

No hay tiempo. Debo acabarlo hoy mismo…

Aun limpiándose, seguía repasando cada línea con terquedad.

Hasta que las mangas de su túnica quedaron manchadas de rojo, y sus manos empapadas, la sangre no paró.

Pensó en pedir un paño, pero llamar a Gregos por algo tan trivial en un momento de tanto trabajo le pareció inoportuno. Terminó por limpiarse en sus propios pantalones.

Y retomó la lucha con el libro.

Aunque la sangre le interrumpía, ella se limitaba a frotarse y seguir.

Cuando por fin terminó la copia completa, entendió el esquema general. Había símbolos que no comprendía: tal vez abreviaturas comunes de mercaderes, o jerga inventada de la Compañía del Halcón Azul.

Echó la cabeza atrás y levantó los folios hacia la luz. La sangre resbalaba por su mejilla como un hilo escarlata.

"Al final… tendré que consultar los libros."

Con indiferencia, se limpió la sangre con la manga mientras observaba con seriedad las marcas rojas que él mismo había dejado allí donde el contenido resultaba incomprensible. Sin embargo, encontrar la respuesta entre miles de volúmenes podía llevarle días.

De sus labios escapó un pequeño suspiro. Apenas entonces se dio cuenta de cuánto se había concentrado: había olvidado por completo el paso del tiempo. El cielo tras la ventana ya se había teñido de un rojo encendido.

Despertando por fin de sus pensamientos, Anya se miró a sí mismo de manera distraída.

"……"

Un gemido de malestar brotó sin querer. Las mangas de la túnica estaban empapadas en sangre, el pecho salpicado de manchas: cualquiera que lo viera pensaría lo peor. Y, como si lo confirmara, un nuevo chorro fluido, esta vez con coágulos, le bajó por la nariz.

Temiendo que arruinara el libro de cuentas, Anya se levantó y se acercó a la ventana. De pronto la cabeza le dio vueltas; apoyándose en el marco, respiró agitadamente y, para calmar el mareo, dejó vagar la mirada hacia fuera.

Desde allí se veía el amplio patio de armas del pabellón anexo. Los caballeros de Tildeon estaban entrenando, sus gritos de batalla colándose por las rendijas de la ventana. Siswu y Lorea corrían entre ellos dando órdenes, mientras un hombre, de espaldas y con la lanza apoyada, los observaba desde el centro.

"……"

Su cabello negro azabache ondeaba al viento; la capa oscura, firme contra las ventiscas de Tildeon, se agitaba como danzando con cada paso. Los ojos castaños de Anya, algo desenfocados, se quedaron un buen rato prendidos en aquella figura. Entonces, como si lo hubiera presentido, Evernight volvió el rostro a medias hacia él.

Aunque estaban lejos, Anya supo al instante que sus miradas se habían cruzado. Con un sobresalto tiró de la cortina para ocultarse. El corazón le retumbó como un tambor en el pecho, mientras de la nariz seguían cayendo gotas regulares sobre el suelo.

Se recostó contra la pared, intentando controlar la respiración agitada. Apenas había logrado calmarse cuando la puerta de la biblioteca se abrió de golpe con un estrépito.

"¡S-Señor Evernight!"

Con los ojos muy abiertos, Anya vio cómo Evernight avanzaba hacia él sin vacilar. En un instante se plantó frente a él y le apartó la mano ensangrentada que se apretaba la nariz. La sangre brotó en seguida, tiñendo el suelo de la biblioteca.

"P-perdón…"

Instintivamente echó la cabeza hacia atrás, pero Evernight lo detuvo de inmediato.

"No la eches atrás. Quédate quieto."

Le sostuvo la nuca con una mano y, con la otra, presionó su nariz para detener el sangrado. Junto con el olor metálico de la sangre, una corriente helada del exterior entró por las fosas nasales de Anya.

Evernight masculló una maldición y retiró la mano. La sangre siguió fluyendo sin parar.

"Maldita sea…"

Anya parecía a punto de desplomarse, empapado en rojo. Sin titubear, Evernight desenvainó el cuchillo y cortó el borde de su capa negra, apretándolo contra la nariz de Anya.

"De momento, tápalo con esto."

Sin esperar respuesta, lo levantó en brazos.

"¡S-señor! Yo aún no he terminado…"

Anya, alarmado, se agitó y extendió la mano hacia el libro de cuentas.

"Si no quieres morir, cállate y agárrate."

Ignorando el chillido agudo, Evernight salió de la biblioteca con paso firme.

"¡Ah!"

Los sirvientes, que caminaban por el pasillo, lo vieron con Anya en brazos y se apresuraron a inclinarse profundamente. Ver al señor llevando a su consorte ya era impactante, pero al notar que su señora estaba bañada en sangre estuvieron a punto de desmayarse.

"Paños y agua limpia. Y llamen a Savelli."

"El maestro está en las aldeas, atendiendo en una ronda de caridad…"

El frío de su mirada, como el viento cortante del invierno, les heló las palabras en la boca.

La orden cortante los alcanzó como un látigo:

"Vayan a buscarlo ahora mismo."

"¡Sí, mi señor, en seguida!"

El criado, tartamudeando, salió corriendo. En Tildeonrock las órdenes de Evernight eran absolutas. El joven señor del norte era capaz, pero de ningún modo compasivo.

"Señor Evernight…"

El trayecto desde la biblioteca hasta la alcoba era largo. Los sirvientes que los encontraban en los corredores se apartaban espantados: nadie osaba interponerse en el paso firme y veloz del lord.

"Señor… Evernight…"

Finalmente, el caballero bajó la vista con un suspiro, cansado de aquella voz nasal y ahogada que se repetía contra su pecho. El trozo de capa estaba ya empapado en las manos de Anya.

"El, el libro…"

Al principio no entendió. Que aquel mocoso hablara del libro de cuentas en semejante estado le pareció tan absurdo que dejó escapar una risa breve.

"Debo devolverlo al mayordomo…"

La seriedad de la voz crispó los nervios de Evernight. En la vieja mesa de la biblioteca, entre montones de papeles, Anya había estado trabajando con el registro que el nuevo jefe mercader había traído.

"Anya."

Le parecía patético: tan reacio a soltarlo de la mirada, tan incapaz de bajarse de sus brazos y, aun así, tan encadenado a su terquedad.

"Los libros se pueden volver a escribir."

"Pero… solo queda un mes. Hay que preparar la expedición antes de entonces… No habrá tiempo de copiarlo todo de nuevo."

Evernight continuó su paso sin detenerse. Los ojos muy abiertos de Anya temblaban confundidos.

"¿Por qué diablos te importa tanto?"

"Porque… yo soy la señora de Tildeon".

La respuesta fue de una obstinación casi ridícula. Como si se culpara por no cumplir con su papel, Anya desvió la mirada. Su respiración se volvió débil, como si fuera a apagarse de un momento a otro: un sonido tenue, pero tan incómodo como una daga fría clavándose en el hombro.

"Siempre quieres demostrarte ante los demás."

Llegaron al fin a la habitación. Evernight abrió la puerta y lo dejó caer sobre la cama ancha.

"Con eso basta. Ya detente."

Anya se quedó rígido, como si le hubieran cortado el aliento. No podía creer la frialdad de sus palabras.

Evernight, con la mirada baja, observó el objeto que Anya aún sostenía. Los dedos, manchados y temblorosos, lo aferraban con torpeza.

Si pasaba un poco más de tiempo… si todo el líquido del cuerpo se drenaba…

«Ni una gota de agua quedaba, y aun así la sangre brotaba como una fuente. Empapaba todo el suelo… Mira, aquí, aquí.»

¿Acabaría como aquella mujer? La culpa que lo retenía parecía reírse de él: ¿pretendías huir?, qué ridículo. Evernight no pudo reprimir una sonrisa torcida.

Maldito imbécil. ¿Cómo había podido olvidarlo? Olvidar aquella maldición era casi motivo de rabia contra sí mismo.

"¿…Señor?"

La voz temblorosa de Anya le llegó desde abajo. Sangrando sin parar y aun así empeñado en cumplir su deber de dueño de casa; obstinado, ciego en su rectitud, y preocupado incluso en esas condiciones por los demás… todo eso irritaba a Evernight.

Sí. Eso era. No le gustaba. Apenas ahora comprendía que esa molesta incomodidad en sus nervios nacía de allí.

Como siempre, debería haber ignorado lo que Anya hiciera, muriera o no.

Debería haber hecho la vista gorda a las cicatrices de su espalda. O mejor aún: no haber cedido aquella noche de invierno tras las murallas a una tentación tan torpe. Si lo devoraban los monstruos o si sobrevivía por su cuenta, era asunto suyo, su osadía y su orgullo.

No se perdonaba haber permitido esa intromisión. Desde un inicio no debía haberse involucrado. Mejor habría sido que el emperador exigiera cuentas por su muerte. Incluso si eso significaba recomenzar Tildeon, jamás debió enredarse con él.

"Si no lo haces por compasión hacia los sirvientes, detente aquí."

"……"

Evernight lo miró con ojos tan quietos y profundos como un lago helado. En su aparente calma, esa mirada era aún más asfixiante que cualquier arranque de ira.

"P-pero si no soy yo, la señora de este lugar, ¿quién se ocupará de esto? Usted está ocupado… y Gregos parecía atareado con otros asuntos. Si yo me limito a descansar, el trabajo de los demás se duplicará..."

Las apelaciones emocionales no surtían efecto en el Evernight de ahora. Su joven consorte lo comprendía de manera instintiva. Aunque su rostro rezumaba tristeza por sí mismo, aun así hacía el esfuerzo de presentar argumentos lógicos, y aquello era loable.

“Hay de sobra quien pueda reemplazarte.”

Con una voz sombría y gélida, Evernight desestimó las palabras de Anya.

“…Usted mismo lo dijo. Cuando llegamos a Tildeon, en Northmost también… que debía cumplir con mi deber. Lo dijo, ¿no es así?”

Anya mordió con fuerza el borde de sus labios y levantó los ojos. Hasta su propio cuerpo temblaba de hastío, como si detestara oírse a sí mismo quejarse ante Evernight.

“Reconozco que fue un error.”

Evernight admitió sin dificultad que aquello había sido una falta suya. Para un hombre tan arrogante y orgulloso, su conclusión resultó sorprendentemente fría y simple.

Su consorte era infinitamente bondadoso. Tan justo con todos que resultaba irritante de ver, siempre dando lo mejor de sí, incluso al pariente de sangre que le había impuesto una infancia desdichada, otorgándole en el último instante un gesto de compasión. Una bondad tan necia como terca.

Así que sí, había sido su error. Pensó que si lo complacía un poco, tarde o temprano se cansaría y se apartaría por sí mismo. Que si llegaba a vivir con cierta comodidad, sabría aprovecharse. Así debía ser. No debía estar frente a él, sangrando gota a gota, y aun en medio de eso preocuparse por sus sentimientos.

“Por eso, esposa.”

Ese era el momento oportuno. La última oportunidad de romper con su miserable y precipitada decisión.

“……”

Al oír por primera vez de su boca aquella forma de dirigirse a él, Anya lo miró fijamente, extrañado. Sobre su blanca mejilla manchada de sangre desfiló fugaz la silueta de una mujer cuyo nombre y rostro desconocía. Voces incesantes susurraban, riéndose de él sin pudor ahora que al fin comprendía. Como siempre. Qué ruidosas.

Había vivido toda su vida oyendo esas asquerosas burlas y desgracias, y aun así, ¿se atrevió a repetir lo mismo?

“Desde hoy te despojo de toda autoridad como esposa.”

Su tono cambió de golpe: de familiar a formal, marcando la distancia más que mostrando respeto.

“¡E-Evernight!”

Anya intentó ponerse de pie de un salto, pero un mareo repentino lo obligó a dejarse caer de nuevo en la cama.

“¿Qué… qué he hecho mal? Aquella vez, en el campamento, nunca quise insultarle, se lo juro. Si usted lo sintió así, le pido disculpas. Pero yo jamás… jamás tuve tal intención…”

Anya balbuceaba sin rumbo, como si pensara que aquella decisión se debía al supuesto insulto de entonces.

Siempre era más fácil culparse a sí mismo que culpar a otros.

Su consorte siempre sería así. Y esa sería la cadena que lo estrangularía hasta romperle los tobillos.

El cansancio lo embargó. Ni siquiera conocía el rostro de la maldita mujer que le había legado este pecado original. ¿Hasta cuándo… hasta cuándo seguiría huyendo de ello? Ya lo sabía: solo con su muerte terminaría.

Y ahora se hallaba a un paso de esa respuesta. La cima estaba delante. Evernight se pasó los dedos por el cabello, cansado.

Basta. Ya era suficiente. Evernight admitió sin reparos que había caído demasiado hondo en la desgraciada vida de este joven príncipe. Y al reconocerlo, su mente se despejó.

“No, desde un inicio fue mi error. Recibe tratamiento y cuida tu cuerpo.”

Los profundos ojos azules de Evernight recorrieron lentamente: desde la muñeca frágil que asomaba bajo la holgada manga, pasando por el pecho aún inmaduro, hasta el delgado cuello. Finalmente, al cruzar con aquel rostro apenas juvenil, comprendió de golpe.

“¡E-Evernight!”

Anya lo agarró de la mano cuando ya se daba la vuelta para salir. Su palma húmeda, las venas azules y la sangre roja contrastaban violentamente en su mirada.

“No esperes piedad barata de mí, Anya.”

Jamás debieron encontrarse. Al darse cuenta de ello, un asco insoportable le subió por la garganta.

“¿Por qué… por qué de repente? Si me da tiempo… lo haré bien, se lo juro. Lo haré bien.”

Viendo cómo los ojos grandes y brillantes se llenaban de lágrimas, Evernight arrancó su mano con brusquedad. Luego atrapó sin vacilar la muñeca de Anya y la lanzó sobre la cama.

“Te lo digo ahora. Anya, yo preferiría que no hicieras nada y te quedaras encerrado en el castillo.”

Se inclinó lentamente hacia su oído y le susurró con un deje de lástima:

“En realidad, desde que llegaste aquí, eso era lo que deseaba.”

En aquel rostro inocente comenzó a teñirse la pérdida y la herida. En el instante en que por fin esos ojos dorados se llenaron de rencor hacia sí mismo, Evernight sintió una explosión en la cabeza: era imposible detenerse.

“Y el día que te vi sonreír diciendo que llevabas a mi hijo… fue la primera vez que me arrepentí. Habrías hecho mejor en morir como ese maldito gladiador.”

Aquella frase negaba todo lo que Evernight había logrado hasta entonces. Anya recordó los rostros de los norteños que, con manos agrietadas por el frío, levantaban muros, y cada noche rogaban a los dioses por un poco de misericordia.

Jamás debió decir algo así. Si de verdad conocía la voluntad con la que se sostenían, no debió soltar esas palabras tan a la ligera.

“…¿Ese… ese niño es para usted algo así?”

Anya pestañeó incrédulo, incapaz de aceptar que la vida que llevaba en su vientre le causara semejante arrepentimiento.

“Es mentira, ¿verdad? Dígame que es mentira…”

Pero en los ojos azules de Evernight no hubo la menor vacilación.

“Lamentablemente.”

Su respuesta fue seca, sin titubeos. Su mirada helada descendió hasta el vientre de Anya. Los dedos que aferraban con fuerza el cuello de su ropa temblaban apenas.

“Ódiame cuanto quieras. Eso no hará que ese niño sea bienvenido.”

El temblor en su cuerpo era incontenible. Como si el frío lo devorara. Una hemorragia repentina lo hizo sangrar de la nariz. Cuando Evernight frunció el ceño y se inclinó hacia él, Anya rechazó con todas sus fuerzas su toque.

“Usted me dijo que lo tuviera. Me dijo… que lo tuviera.”

¿Y ahora… ahora venía con esto? Con voz temblorosa y entre sollozos, Anya apartó el rostro.

Lástima. Nada más.

Evernight lo redujo sin esfuerzo. Anya forcejeó, convencido de que si no respondía, tendría que resistirse sin parar. Molesto hasta el extremo, Evernight lo inmovilizó con un poco de fuerza, y en un tono carente de emoción le dio al fin la respuesta que tanto quería.

“Si pudieras tenerlo…”

La humedad en su palma crecía. El contacto desagradable se le pegaba a la piel.

“¿Q-qué quiere decir con eso?”

“Significa que no podrás.”

Con un gesto tan desapasionado como el de un verdugo, le dictó sentencia.

Anya recordó entonces el día frente a la sala de conferencias del castillo de Eos, cuando le confesó por primera vez su embarazo.

Así que aquella frialdad no era más que eso… no se alegraba. Solo lo reprimía.

Un pitido retumbó en su oído. El pecho le oprimía, el aire no entraba.

“Maldita sea.”

Evernight frunció el ceño ante la sangre que corría a raudales, empapando sus manos. Gritó hacia afuera.

“¡Señor! El doctor Savelli acaba de cruzar la puerta de la muralla. Lo guiarán aquí enseguida.”

Los sirvientes trajeron toda la tela que pudieron, mientras Evernight sostenía el cuerpo desfalleciente de Anya y lo recostaba contra la cama, intentando detener la hemorragia. La sangre empapaba una y otra venda, sin cesar.

“…Mi… mi señor Evernight.”

Anya alzó una mano temblorosa para aferrar su muñeca justo cuando Savelli irrumpía en la habitación con brusquedad. Sus pestañas temblaban, su conciencia se desvanecía. En ese umbral entre el sueño y la nada, Anya sintió el claro movimiento de la vida en su vientre, y lágrimas calientes rodaron por su rostro.

Detestaba llorar. Jamás lo hacía. Pero ahora…

“Este niño. Lo voy a tener. Aunque usted… lo deteste…”

Ese niño viviría sin el amor del padre, como él. Pero a diferencia de él, no estaría sin madre. Si el padre no lo amaba, él mismo le daría todo.

“Aunque… aunque me odie por siempre… lo voy a tener.”

Lo odiaba. Odiaba esa crueldad helada con la que Evernight trastocaba su vida. Y sin embargo, lo que más detestaba era a sí mismo, por seguir amándolo.

Su cuerpo se desplomó hacia delante. Evernight lo sostuvo y, al ver desvanecerse su semblante frágil, posó sus labios sobre él.

“Qué lástima, Anya.”

Su voz grave le susurró al oído.

“No podrás. No tendrás ese hijo. Porque antes de eso, morirás.”

Savelli quedó petrificado en el umbral, y Evernight le dedicó una sonrisa helada.

***

“Su consorte está embarazado.”

En el salón, Savelli se reclinó profundamente en un sillón de terciopelo mientras llenaba con tabaco su pipa. Sus dedos manchados de rojo, tras largas horas de tratamiento, no se limpiaban con nada.

“Lo sé.”

Evernight miraba sin expresión los registros que Gregos había traído de la biblioteca. Varios pergaminos copiados con letra ordenada, con anotaciones en tinta roja en los márgenes.

Pensar en Anya, encerrado en aquella biblioteca oscura todo el día copiando esto, le provocó una amarga risa.

“¿Y sabes que el corazón del feto es débil?”

Los ojos grises de Savelli se entornaron, tratando de leer su ánimo.

“Savelli. Tu intromisión termina aquí.”

Con una fría sonrisa, Evernight cortó de raíz sus palabras.

“Cuando entramos al bosque con Anya, él bebía todas las noches de un frasco.”

El viejo insolente, sin embargo, lo ignoraba como siempre, igual que la noche que lo recogió en Redcoast.

“Uno de los efectos de aquella hierba es la esterilidad. Normalmente la usan mujeres que no desean concebir. Ese chico la bebía como si fuera un tónico de vigor.”

¿Fue idea tuya?

El humo se esparcía en nubes. Evernight arrugó el pergamino con mano firme y lo arrojó sin titubeo a la chimenea.

“Savelli, aquella noche en Redcoast en que me recogiste… debiste matarme allí mismo.”

Su comisura torcida mencionó su propia muerte sin reparo alguno. A no ser que se prestara atención, parecía como si hablara de una rutina aburrida, sin ningún sentimiento.

"¿Y podía acaso matarte?"

Savelli soltó una carcajada echando humo, pero sus enturbiadas pupilas grises no mostraban ni rastro de risa.

"Al menos deberías haberme dejado medio muerto."

Evernight rió para sí mientras seguía con la vista el crujir de las llamas devorando el pergamino.

"Eres descendiente de los Andarl. Una raza miserable que ni siquiera tiene permiso de morir sin la venia de Dios."

"Ridículo. Guárdate tu barata compasión. No somos dignos de lástima, sino de la maldición divina."

Evernight exhaló un suspiro cargado de una tenue molestia. Los Andarl. Los primeros caballeros malditos por Dios. La sangre maldita de aquel linaje maldecido corría en sus venas.

"¿Por eso quieres deshacerte de tu hijo?"

Savelli, lanzando el humo al vacío, alzó su mano enrojecida y arrugada.

"Logré detener la hemorragia a duras penas, pero si con una simple hemorragia nasal quedó así, con una herida más grave podría perder la vida."

Cuando entró en la alcoba, Savelli frunció el ceño ante el penetrante olor a sangre. Anya dormía, inmóvil como un cadáver, en brazos de Evernight.

Por más magia curativa avanzada que vertieran sobre él, la hemorragia no cesaba. Era como si algo en su interior bloqueara a propósito los hechizos de sanación.

"Ese monstruo se detendrá aquí por ahora, pero tarde o temprano desgarrará a ese chico desde dentro y nacerá."

Evernight lo llamó monstruo sin vacilar, aunque fuese su propio hijo.

Lo que acababa de ocurrir no era más que una pérdida de tiempo inútil, un episodio que nunca debió suceder. El embarazo de Anya estaba condenado a desaparecer de todos modos. No había razón para tanto alboroto ni para derramar tanta sangre.

No faltaba mucho. Lo mejor, por ahora, era mantener a Anya confinado hasta que aquello muriera en silencio dentro de él.

No deseaba más complicaciones. Evernight concluyó serenamente.

Entonces levantó los ojos hacia Savelli. Su rostro, medio cubierto de sombras, dejaba entrever la furia que había mantenido oculta hasta entonces.

"Nacer matando a su madre…"

Ese era el pecado original que portaba todo andarl en el instante mismo de nacer.

El necio y lamentable padre de Evernight negó su propia sangre, y él, nacido así, mató a su madre al venir al mundo. Dios, burlándose del padre que luego se ahorcó arrepentido, ni siquiera le concedió la gracia de la muerte.

“Mátame. Máteme con tus manos. Te lo ruego… mátame.”

Un día, aquel hombre patético se arrastró hasta él con un cuchillo. El joven Evernight, por primera vez en su vida, se echó a reír a carcajadas con el rostro deformado por la mueca.

“Maldito imbécil.” Entre risas frenéticas lo ridiculizó con todas sus fuerzas. “Yo nunca viviré como tú.”

Y el pequeño Evernight se prometió sin descanso, junto al cadáver de su padre, no repetir jamás aquella miseria.

Los sirvientes de Tildeon, aunque protestaron por la súbita montaña de ropa sucia, se quedaron petrificados al descubrir que todas aquellas telas estaban empapadas en sangre.

"Dicen que la señora ha caído enferma."

"El señor Siswu asegura que en la capital incluso Su Majestad el Emperador le concedió unos pendientes rojos en reconocimiento…"

El rumor que recorría el Imperio había llegado ya hasta Tildeon, y la actitud de los criados se había suavizado mucho en comparación con cuando Anya partió de allí.

"Pero ¿cómo es que volvió tan demacrado?"

Alguien lanzó la pregunta, con una duda secreta de que todo fuese una farsa. Una doncella, sacudiendo con fuerza las telas dentro del agua, respondió:

"No debemos prejuzgar ni desconfiar de los altos señores. Solo hagamos bien lo que nos mandan. ¿Acaso no saben que la señora usó magia en su duelo de honor contra Lips Mohan?"

"¡Bel! ¿Y tú, que viste a tu familia decapitada por la casa imperial de Kleist, aún tienes el descaro de defenderla?"

Bel, indiferente a las críticas directas, continuó concentrado en su lavado. No entendía por qué tanto escándalo. Lo único importante era que la señora estaba grave.

"¿Y qué con eso? No fue obra suya. Él también sufrió bajo sus hermanos."

Bel sacudió en el aire una tela limpia, esparciendo gotas por todas partes. Varias doncellas chillaron.

"Todos han oído los rumores de Maneregía, ¿cómo pueden ser tan crueles?"

Levantándose, Bel se colgó el cesto bajo el brazo y lanzó una mirada altiva. Algunos enrojecieron de rabia, y se ensañaron a frotar las telas como si quisieran desgarrarlas.

"El muchacho que entró a la alcoba dijo que la hemorragia no cesaba… Miren esto."

Mientras Bel se alejaba con prisa sin volverse, alguien murmuró absorto:

"Philip contó que hasta en los pasillos había gotas de sangre."

Todos miraron los paños ensangrentados con gesto sombrío.

"¿Y si fuese una enfermedad mortal?"

La sangre derramada por Anya teñía el agua de un rojo tan vivo que algunos criados acabaron vomitando del asco.

---

Anya estaba sentado en el alféizar, mirando distraído hacia afuera. Sobre la muralla interior se disipaba la niebla y el sol despuntaba.

"¡Vamos, flojos! ¡Corran, corran!"

Desde temprano se oía al instructor de entrenamiento hostigando a los soldados. Con hombreras pesadas, corrían apretando los dientes, expulsando vaporosos alientos en el aire frío. Anya no se movió un ápice hasta que desaparecieron tras la esquina.

Lo que sintió entonces fue envidia. Una envidia que casi lo hizo llorar. Luego, alarmado, se acarició suavemente el vientre.

"No es tu culpa. Yo solo…"

Un escalofrío de amargura le subió por dentro y mordió con fuerza la carne blanda de su boca. Ni él sabía por qué lo invadía tanta tristeza. Y esa ignorancia lo hacía sentirse aún más triste. Hundió el rostro entre las rodillas.

Su cabello largo se sacudía como si llorara en su lugar.

"Señor, soy Gregos."

Fue en ese momento que Gregos anunció su llegada. Anya levantó lentamente la cabeza hacia la puerta del dormitorio. Desde que había despertado, la entrada de su cuarto estaba siempre custodiada por los guardias de Tildeon.

"Vengo por orden del señor."

Se escuchó débilmente la voz de Gregos explicando a los guardias el motivo de su visita.

El hecho de que Evernight hubiera puesto guardias frente a su puerta le hizo comprender sin dificultad que las palabras que él le había susurrado aquel día eran sinceras. De verdad, desde entonces, había despojado a Anya de toda autoridad.

"Señora, ¿se encuentra bien de salud?"

Gregos dejó sobre la mesilla la bandeja que había traído y preguntó con respeto. El mayordomo, siempre impasible, mostraba en esta ocasión un gesto incómodo, seguramente por la culpa de lo ocurrido. Anya negó débilmente con la cabeza.

"Yo…yo estoy bien, Gregos. Los libros de cuentas… no alcancé a recogerlos…"

"Señora, los tomó el señor. Y respecto a mi petición pasada, le ruego que la olvide. No fue más que el capricho inútil de este viejo."

"Ah… "

escapó un suspiro bajo de los labios de Anya.

Gregos, sin mirarlo, empezó a disponer con orden la comida sobre la mesilla.

"El señor ordenó que preparasen cosas ligeras para su estómago. Y que después de comer tome su medicina…"

Lo estaba tratando como a un enfermo. Pero él no era un enfermo. No sabía por qué había sangrado, pero estaba seguro de que era un fenómeno temporal propio del embarazo, algo que se superaría con el tiempo, como las náuseas matutinas.

Entonces, ¿por qué todos lo mantenían encerrado aquí… tratándolo como a un inútil incapaz de hacer nada, igual que antes?

"Gregos… ¿el señor no dijo nada sobre mis síntomas?"

Anya preguntó en voz baja, con los ojos fijos en la comida que había sido preparada con tanto esmero.

"Lo lamento, señora."

Era una negativa a revelar los designios de Evernight. No le ofendió. De haber estado en su lugar, también él le habría jurado lealtad absoluta.

"…Que estoy embarazado. ¿Lo sabe usted, Gregos?"

Solo quería saberlo. En su oído resonó la voz de su difunto hermano, burlón: «Idiota, otra vez soñando esperanzas inútiles.» Aunque Royster llevaba tiempo muerto, parecía oírlo mofarse.

"Señora… yo…"

El rostro de Gregos se tiñó de turbación. Anya comprendió al instante que él conocía la verdad.

No es una esperanza vana. Al menos Evernight reconoce mi embarazo…

"El señor ha decidido no hacer público su estado."

"……"

Así que ni siquiera lo reconoció. Fue un rechazo tan absoluto que daba escalofríos.

"Piensa que en este momento su cuerpo es frágil y que, con la expedición próxima, no tiene sentido alborotar a los sirvientes… Señora…"

Pero Anya, en vez de responder, tomó la cuchara y se llevó a la boca una gran cucharada de sopa. Aunque el estómago vacío rechazaba con furia la comida, volvió a tragar otra cucharada.

"¡Señora, está muy caliente!"

Gregos, alarmado, dio un paso al frente, pero no se atrevió a tocar a su ama y solo pudo observar.

Anya, reprimiendo las arcadas, siguió comiendo en silencio. No estaba caliente. Más ardían sus ojos enturbiados que su lengua o su estómago revuelto. Y aun así, como siempre, no lloró. De nada servía.

"Gregos. No estoy enfermo. Mi cuerpo no está débil… y el niño está bien."

El mayordomo miró estupefacto el plato vacío. Aunque Anya parecía a punto de desfallecer, mantuvo hasta el final una postura erguida y digna, tanto que, de lejos, podría confundirse con la de un joven caballero.

"Aunque el señor no lo reconozca…"

Los ojos turbios titilaron un instante, antes de volverse límpidos y firmes.

"…yo daré a luz a este hijo."

---

Anya pasó los días siguientes en silencio dentro de su dormitorio. Gregos acudía con regularidad al despacho de Evernight para informarle sobre su alimentación.

"Señor, la señora sigue obligándose a comer.

Aunque casi todo lo vomitaba después, Anya comía con empeño cuanto le daban. Su tenacidad era tal que hasta Gregos se quedaba sin palabras.

"Si las náuseas continúan, su salud puede correr un grave riesgo. El maestro Savelli ha solicitado iniciar un tratamiento."

Evernight no dio respuesta. Tras días y noches ininterrumpidos de trabajo, su mandíbula se marcaba más afilada que antes, y el trazo de su pluma era cortante. La tensa calma que lo rodeaba, ¿era efecto de los preparativos para la campaña, o de alguien más? Gregos nunca había logrado descifrar los sentimientos de su señor, y menos aún cuando se trataba de Anya: todo era como caminar en una niebla espesa.

Al principio era claro: Evernight evitaba a su consorte con total frialdad, sin mostrar el menor interés. Pero ahora… Tras años a su lado, Gregos sabía bien que aquel hombre jamás dejaba ver lo que pensaba.

"Señor… temo que la señora pueda… "

"Gregos. Basta."

Un límite, una advertencia. Sus ojos fríos relucían desde el otro lado del escritorio. El mayordomo guardó silencio, recogió su capa y su ropa, e inclinó la cabeza.

"Perdóneme. He hablado de más."

Cuando Evernight se levantó y se acercó a la ventana, Gregos le colocó el manto sobre los hombros.

"Pronto llegará el ejército aliado."

A lo lejos, los enormes montes nevados seguían brillando en la oscuridad. El límite entre la vida y la muerte. El único sepulcro que podría recibirlo. En sus pupilas azules se reflejaba aquella tierra helada.

"Todo estará listo a tiempo, señor."

"Si preguntan por la señora, di que ha salido un tiempo. No debe moverse hasta que partamos a la expedición."

¿Significaba eso que después la dejaría en libertad? Gregos no lo supo. Solo inclinó la cabeza ante las enigmáticas órdenes de su señor.

"Sí, mi lord."

---

"Señora, no tiene que terminarlo todo."

Ese día, también, Gregos trató de detenerlo con el rostro sudoroso. Pero Anya no dejó de comer hasta ver el fondo del cuenco. Incluso después se mantuvo erguido, obstinado, hasta que el mayordomo se retiró con un suspiro y él corrió al balde a vomitarlo todo.

Era ya varios días seguidos de resistencia muda, de protesta contra alguien.

"D… Dragkals…"

Agachado y tosiendo con fuerza, Anya percibió bajo sus piernas la lenta presencia de un pequeño ser vivo. El espíritu de fuego también estaba sufriendo, casi tanto como él.

Dragkals evitaba a toda costa mostrarse ante otros humanos. Si alguien entraba, erizaba sus escamas rojas y desaparecía en el aire, para reaparecer luego exhausto.

"Ya nadie vendrá. Así que, por ahora, no tendrás que esforzarte."

El dragón en miniatura, demasiado débil incluso para ocultarse, reapareció tambaleante. Anya desmenuzó un trozo de carne y se lo ofreció.

"¿Será por mí que has perdido fuerzas? Dicen que los espíritus se muestran distintos según el poder de su contratante…"

Se tumbó en el suelo, apoyando el mentón sobre las manos cruzadas. Los ojos dorados del dragón, primero concentrados en mascar la carne, se posaron luego en él, fijos, casi como asintiendo.

"Echo de menos tu voz."

Al decirlo, dio un toquecito en el hocico de Dragkals. El espíritu abrió la boca y soltó una pequeña llamarada. A Anya no le quemó en lo más mínimo. Sintió, en cambio, que era su modo de mostrar afecto. Y así, poco a poco, la tristeza y la soledad que lo abrumaban se aligeraron.

"Las náuseas, las hemorragias nasales… creo que es solo que mi cuerpo se ha debilitado demasiado."

De un salto enérgico, Anya se puso en pie y desenvainó la espada Haebing que había apoyado contra la pared. Estaba tan exhausto que quería tirarse de inmediato a la cama, pero no podía permitírselo.

Además, la habitación era inútilmente amplia. Los guardias que custodiaban el lugar solo impedían que alguien entrara desde fuera o que él saliera, sin prestar la menor atención a lo que Anya hiciera dentro.

Elevó la espada y la blandió en el aire. Haber dejado de practicar esgrima durante unos días tras lo de Maneregía hacía que cada movimiento le cortara la respiración hasta la garganta. Aun así, Anya movía con diligencia los pies y hacía danzar la espada.

Después de comer, practicaba esgrima.

Era parte de la rutina de los últimos días, junto a la penosa comida.

Aunque se tratara de comidas que acababa vomitando, aunque fueran entrenamientos sin compañero de duelo, Anya movía el cuerpo sin una queja.

Como cuando llegó por primera vez a Tildeon, sin saber nada y blandiendo una espada de madera. Había decidido que haría lo mejor que podía hacer en ese momento.

“Ligeramente como el viento, sigilosamente como la sombra, libremente como el agua que fluye.”

Dragkals lo seguía saltando con brío, debajo de los pies que revoloteaban sobre el suelo como si danzaran.

No sabía cuánto tiempo había pasado cuando gotas de sudor cayeron sobre las losas grises. Anya apartó de su frente húmeda los mechones que se le pegaban a la piel y miró por la ventana. Para entonces, el mundo entero se teñía de un rojo carmesí.

"Dragkals, volvamos.

Y tú, pequeño… por ti.

No puedo darme por vencido así."

Con las manos llenas de callos que ya empezaban a resquebrajarse de nuevo, Anya se aferró a la espada con toda su fuerza.

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Toc, toc.

Era de noche, y todos dormían. Anya despertó al escuchar algo golpear contra la ventana, más allá de las cortinas cerradas. Después de entrenar, sus sentidos se habían agudizado y no dejaban escapar ni el más mínimo ruido. No podía haberse equivocado. Otra vez, toc, toc, un sonido rítmico lo hizo levantarse con cautela y apartar la cortina.

"¿Maestro…?"

Sorprendentemente, una silueta conocida estaba apoyada en el alféizar. Con la pipa golpeaba suavemente el cristal; al cruzar miradas con Anya, sonrió con malicia.

"¿Qué, qué hace usted aquí? Sobre todo, ¿cómo ha logrado llegar…?"

Anya abrió la ventana apresuradamente para dejar entrar a Savelli, y luego miró con asombro hacia abajo. Su habitación estaba en el tercer piso: una altura imposible de escalar desde el suelo.

"Eso no importa. Siéntate primero."

Era la primera vez que veía a Savelli desde que se desmayó sangrando por la nariz. Evernight no permitía la entrada de nadie salvo Gregos y unos pocos sirvientes. Era prácticamente un encierro, pero Anya no se quejaba; se limitaba a comer lo que le servían y a entrenar en secreto para mantener su cuerpo.

"Hace tiempo que no nos vemos, pero tu estado físico ha empeorado mucho."

Savelli llevó la pipa a los labios por costumbre, pero enseguida la guardó bajo la ancha manga de su túnica.

"El humo no es bueno para el niño que llevas dentro…"

Chasqueó la lengua y recorrió la habitación con la mirada. La sobriedad del cuarto reflejaba claramente la personalidad de su dueño. Al fijarse en la espada apoyada en un rincón, no pudo evitar que se le curvara la boca en una sonrisa. Se notaba que acababa de ser blandida: todavía irradiaba calor.

Anya lo miró con expresión turbada, incómodo por haber sido descubierto.

"¿C… cómo supo que estoy embarazado?"

Que Savelli conociera su estado lo asombraba demasiado.

¿Acaso…?

Sobre su rostro demacrado apareció una débil y fugaz chispa de esperanza.

"Ese día, mientras te trataba, escuché dentro de tu cuerpo el latido de otro corazón."

Pero fue solo un instante; la respuesta breve de Savelli apagó enseguida la expresión de Anya.

Claro, nunca lo habría dicho. ¿Qué esperaba? Qué iluso. Evernight había declarado abiertamente que no haría pública su gestación. Anya no pudo evitar reírse con desprecio de su propia ingenuidad.

"Pero, señor Savelli… ¿cómo llegó aquí? Si el duque lo sabe…"

"Por eso vine en plena noche, ocultando mi presencia. Fue Gregos quien me buscó. Dijo que las náuseas no cesan, ¿verdad?"

¿Gregos? ¿Por qué él…? Anya dudó un poco, pero acabó asintiendo con un leve gesto. Y al mismo tiempo, le inundó una repentina vergüenza de estar compartiendo esas intimidades.

"Anya."

Fue entonces cuando Savelli lo llamó suavemente por su nombre. Nunca antes lo había hecho con tanta seriedad, ni siquiera durante los entrenamientos más duros. Anya, sin querer, se tensó.

"Tus fuertes náuseas son una especie de efecto secundario."

"Lo… lo sé. Todas las embarazadas tienen náuseas."

"En tu caso es diferente."

Con un suspiro, de la boca de Savelli brotó un extraño acento, mezcla de lenguas, que siempre emergía cuando le resultaba difícil controlar sus emociones.

"Ahora mismo, tu cuerpo rechaza con violencia al feto que llevas dentro… y el feto se debate desesperadamente para sobrevivir."

“¿Q-qué está diciendo?”

¿Rechazar al bebé? Eso no tenía sentido. De pronto, Anya se llenó de miedo y se sujetó el bajo vientre, aún apenas perceptible. ¿Sería que algún mal pensamiento durante las primeras semanas había influido en esto?

La culpa lo asaltó por un instante, pero Savelli lo miraba en silencio con un gesto compasivo. Los ojos grises del anciano, que siempre habían sido familiares, se le antojaron esa vez aterradores.

“Náuseas extremas, hemorragias nasales que no se detienen… son efectos secundarios del embarazo. Tu hijo es… algo especial.”

“¿Es-especial? ¿Qué quiere decir…?”

Anya retrocedió un paso sin darse cuenta.

“Es natural. Ese niño heredó la sangre de Evernight.”

Savelli siguió con la mirada, calmado, los caminos por donde Anya aún de pie, pese a todo, había recorrido blandiendo la espada.

Era una época frágil; no era bueno que siguiera empuñando el acero así, pero quizá era mejor que moverse sin pensar que dejarse consumir por la tristeza.

“Cada vez que te veo, acabamos hablando de cosas tan crueles…”

En principio, un ser humano insignificante no debería interferir en el destino que el cielo ya señaló…

Savelli se rascó la blanca cabellera y dejó escapar una risa ronca.

“¿De veras quieres dar a luz a ese niño? Aun si ello significa que jamás volverás a empuñar la espada.”

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Tildeon hervía con una inusitada procesión de visitantes. No hacía mucho había llegado un gran gremio mercante, y ahora eran las tropas ducales del Imperio las que golpeaban a las puertas de la fortaleza.

“El hierro que producen las minas del norte promete mucho.”

“¿Qué le parece si aprovechamos esta ocasión para abrir tratos con Tildeon, lord Usolin?”

Cuando Hanibal respondió con una sonrisa, Usolin resopló con indiferencia y avanzó con brío. El pequeño potro trotó con ímpetu entre los soldados y las aclamaciones brotaron a su alrededor.

Ah, el orgullo de los enanos…

Hanibal soltó una risa seca mientras echaba un vistazo alrededor. Aunque Tildeon poseía amplias tierras, la mayoría era un páramo helado, y por generaciones su gente había padecido pobreza extrema.

‘Así que por eso puso los ojos en las minas.’

Entre la multitud de aldeanos que recibían a las fuerzas aliadas, Hanibal distinguió con facilidad a varios mineros con picos en las manos, sus rostros marcados por la desconfianza y la expectación.

“¡Hanibal! ¿Acaso tenemos que subir hasta esas montañas nevadas?”

La potente voz de Usolin resonó a lo lejos, donde ya corría adelantado. El grito era tan fuerte que llegaba nítido hasta Hanibal.

Recibiendo sin reparo el descontento del enano, Hanibal alzó la vista hacia el enorme castillo gris que se erguía a media ladera, como un gigante sosteniendo el cielo. Era Tildeonrock, majestuoso como si cargara el firmamento.

“Dicen que hay una Escalera Celeste que conecta con el castillo.”

Aspirando el aire frío que llenaba sus pulmones, Hanibal sujetó con firmeza las riendas.

Los cuernos resonaron poderosos desde todos lados, anunciando la llegada del ejército aliado.

Entre las rendijas de una puerta se filtraban sombras en constante movimiento: incontables piernas, desde calzado de cuero ligero hasta botas firmes y armaduras reforzadas.

“No estuvo tan mal, ¿eh?”

Una voz desconocida habló. El hombre que murmuraba con satisfacción, dándose palmadas en el vientre, no estaba solo, pues otras voces se mezclaron enseguida, acompañadas de bostezos perezosos.

“Excepto por este maldito frío.”

“Uno de nosotros casi se congela el… pene, cuando fue a orinar.”

Anya, frente a la alcoba, escuchaba con calma el murmullo vulgar de aquellas botas acorazadas.

Aunque compartieran lengua, en un Imperio de Delfium tan vasto cada región tenía su propio acento. El suyo revelaba un deje propio del este: venían de Eastborn.

“Esperaba más de la fortaleza del señor del norte. Es lúgubre. ¿No decían que los almacenes rebosaban tesoros? Aquí no hay nada; más bien parece que un monstruo puede salir en cualquier momento.”

“Moriremos antes de cruzar la muralla, ya lo verás.”

Entre voces arrastradas, alguien tarareó alegremente.

“Pero al menos la comida es abundante. Nunca había visto un comedor capaz de satisfacer a los enanos tragones.”

Las carcajadas resonaron al recordar a los guerreros enanos del Ironband devorando carne sin descanso.

“Al menos no compartimos dormitorio con ellos. Dicen que sus ronquidos son peores que truenos.”

“Por cierto, ¿y la señora de Tildeon? Para haber cautivado al duque del norte, que parece de piedra, debe de ser toda una belleza…”

En ese instante, al escuchar cómo lo mencionaban, Anya detuvo en seco el vaivén de la pequeña botella oscura que jugaba en su mano.

Otro soltó una risa estrepitosa.

“¡Tonto! ¡La duquesa de Tildeon es un hombre! Y nada menos que el hijo menor del emperador.”

“Ah, ¿el botín que le fue concedido…?”

“Eh, cuidado con lo que dices. Estamos en Tildeon; si no quieres perder la cabeza, guarda la lengua.”

“Bah, bah. Fue un botín de guerra, ¿o no? Decir la verdad no es un crimen.”

El gruñón resopló, y otro se unió.

“Pero ¿cómo es que ni se aparece? ¿Se cree superior por ser de sangre real? Si es varón, al menos debería compartir una copa con nosotros. Después de todo, venimos a arriesgar la vida al otro lado de la muralla por orden de su padre.”

En la penumbra, los ojos castaños oscuros de Anya se clavaron en el frasco que sostenía. Las voces seguían, punzantes.

Durante días, humo constante salía de las chimeneas; pies incansables recorrían la fortaleza de madrugada a medianoche. Todos se desvivían para recibir al ejército aliado.

“Eh, calma. Tendrá sus razones. Si armas un escándalo, lord Hanibal te mandará desnudo de vuelta a Eastborn. Morirás helado en estas tierras.”

Y pensar que su sola ausencia hacía inútil todo ese esfuerzo… Si dijera que no le dolía, sería mentira.

“Cobarde. Si ni hablar puedes, ¿cómo aguantarás tras la muralla? Pobre del señor de Tildeon; todo hombre que quiera grandeza necesita una consorte que lo respalde.”

Eso sí es cierto… Entre disputas, pronto avistaron a un sirviente que se aproximaba y redujeron la voz.

“Caballeros de Eastborn. Permítanme acompañarlos a sus aposentos.”

Era Bell. Al reconocer aquella voz tan familiar, Anya alzó con viveza la mirada desde la oscuridad.

“A partir de mañana, el desayuno se servirá en el comedor del campo de entrenamiento. Es la orden del señor: deberán comer allí tras las prácticas.”

Con su tono alegre y cortés, Bell disipaba la tensión como si derritiera la nieve.

“¿Entrenamiento nada más llegar? ¡Lo sabía! El comandante es un hombre sin sangre ni lágrimas.”

Al alejarse entre risas y quejas, un silencio gélido cayó otra vez.

Anya exhaló con fuerza y apretó la pequeña botella que Savelli le había dado en su última visita.

‘Pero… lord Riario ya me envía esta medicina cada día.’

Atónito, observó el frasco transparente con ese color tan conocido.

El frasco de Savelli parecía idéntico al que Riario le enviaba.

‘Desecha lo de Riario y toma esto cada noche.’

Anya lo miró con desconcierto. No podía descifrar sus intenciones. Savelli, en cambio, solo sonrió sereno y le revolvió el cabello con afecto.

‘No hay tiempo… Te ayudo con la condición de que no me preguntes nada.’

Y mientras tanto, los ojos turbios del anciano se posaron en el horizonte, donde el macizo de Beriela se extendía como un velo blanco.

‘Ya he intervenido demasiado en tu destino. Si me involucro más, todo se enredará.’

Recobrando la decisión, Anya se tragó sin dudar la pócima. El sabor amarguísimo le resultó inquietantemente familiar: el mismo que el del brebaje bebido antes de lanzarse al lago helado en los bosques de Tildeon.

El efecto fue inmediato. Las náuseas cesaron y en su vientre el bebé se agitó con fuerza.

El cansancio, la culpa hacia quienes trabajaban en su lugar, el resentimiento hacia su marido… todas esas emociones rancias se aligeraron un poco con aquel claro movimiento.

Ya no había marcha atrás. Aunque perdiera todo lo conseguido, Anya quería ser el padre de ese niño. No lo abandonaría, como su madre lo había hecho con él.

***

No pasó mucho antes de que llegaran los Caballeros Azules de Runfield y los Rojos de Rivercastle a Tildeonrock.

Faltaban apenas cuatro días para la expedición prometida.

Los comandantes aliados se encerraban en el salón de consejos día y noche, mientras sus caballeros de más alto rango actuaban de instructores para entrenar a las tropas que cruzarían la muralla.

“¿Tienen plomo en el trasero? ¡He visto criminales pelear mejor que vosotros!”

Unir en poco tiempo a guerreros de tierras tan dispares era una tarea endemoniada.

Siswu gritaba en el campo de entrenamiento. Como mano derecha de Evernight, le correspondía instruir a la alianza; y aunque su aspecto parecía afable, su crueldad no tenía límites.

“¡Vaya espectáculo!”

Unos soldados de Tildeon reían bajo un árbol, bebiendo vino caliente, mostrando sus dientes amarillentos.

En ese momento, un Caballero Azul, exhausto, apenas alzaba su espada cuando sus ojos se cruzaron con los de aquellos burlones.

De pronto, lanzó la espada al aire y cargó contra ellos como un toro.

“¡Maldito salvaje!”

Gritó furioso, y el caos estalló. La nieve se tiñó de manchas rojas.

“¡Aplástalos, Fitz!”

En un instante, los caballeros de Tildeon rodearon la pelea, vociferando. Los de Runfield acudieron en masa y apuntaron con sus armas a los cuellos enemigos.

“¡Basta ya!”

“¿Qué pasa, quieren guerra?”

Escupiendo al suelo, los Azules desenvainaron. El patio de armas se convirtió en un hervidero de violencia.

“¡Que gane el más fuerte, pero que ruede alguna cabeza!”

Los enanos se reían, como si vieran una pelea de perros. Los de Eastborn silbaban con desgano.

Los acentos del sur y del norte chocaban entre insultos y gritos. Era un pandemonio.

“¡Alto!”

Entonces Siswu se lanzó al centro y desvió las espadas una por una.

Aunque fueran ataques leves, eran tan veloces que nadie pudo detenerlos.

“¡Basta! ¡No pienso seguir con este entrenamiento!”

El Caballero Azul, sangrando por la boca, se puso en pie y lo miró con fiereza.

“No necesitamos someternos a un entrenamiento tan bárbaro para desempeñarnos bien más allá de la muralla.”

Sobre el pecho del jubón azul, acolchado con telas finas y relleno de algodón, saltaba en alto un sábalo azul. Una apariencia que contrastaba radicalmente con la de los soldados de Tildeon, de aspecto apagado y desgastado.

“Lord Rum. Usted no sabe cómo es más allá de la muralla, ¿no es cierto?”

Siswu se pasó la mano por el desordenado cabello rubio y frunció apenas el ceño.

“Eso no es asunto del instructor. Si morimos allá o si matamos bestias, ese es nuestro problema. Los Caballeros Azules no participaremos más en este entrenamiento.”

Rum zanjó el asunto con frialdad y se dio la vuelta sin un ápice de duda. Pero pronto Fitz se levantó de su asiento, escupió sangre mezclada con saliva y soltó con sorna, deteniendo sus pasos.

“Carajo. ¿Un caballerucho de rango bajo que no aguanta ni el entrenamiento pretende matar monstruos? Cuando crucemos la muralla, procura no estorbar. Si te congelas y mueres, te dejaré tirado.”

Siswu miró de reojo el puño tembloroso de Rum y se llevó la mano a la frente.

“¡Hijo de…!”

Rum se lanzó de golpe, con fiereza, contra Fitz. Risas, insultos y silbidos estallaron de nuevo mientras los jóvenes caballeros, llenos de ímpetu, se revolvían en un tumulto. Cuando Siswu, ya en medio del barullo, apretaba los dientes y peleaba junto a ellos, los duques encabezados por Evernight aparecieron en la entrada del patio de armas.

“¡Por los dioses! ¡Lord Rum!”

El chillido agudo de Bluea resonó como un hielo resquebrajándose.

“¡Comandante!”

“¡Su Excelencia, duque!”

En ese instante Siswu y Rum gritaron al unísono. Los caballeros, que hasta hacía un momento se revolcaban lanzándose puñetazos, se detuvieron en seco. Rápidamente se levantaron y se cuadraron, rindiendo respeto al comandante supremo que había aparecido.

“Siswu.”

Al ser llamado, Siswu se enderezó con disciplina rígida. La fecha de la expedición se acercaba, y un aire sombrío de guerra inevitable se filtraba por todas partes. Todos lo sentían claramente. Y conforme pasaban los días, la desconfianza y las recriminaciones sustituían a la confianza.

¿Realmente valía la pena arriesgar la vida por esos hombres?

¿Podrían cruzar la muralla hombro con hombro junto a los salvajes norteños, o los pérfidos sureños siempre dispuestos a apuñalar por la espalda?

Esas dudas habían comenzado a germinar.

No era algo inesperado. De hecho, Evernight lo encontraba tan previsible que casi le producía tedio.

Quizás debería dar gracias a los dioses porque esto estallara antes de cruzar la muralla. Con paso cansino, barrió la escena con la mirada.

“Eso fue, comandante…”

“Resume el informe.”

Sus ojos azules descendieron sobre ellos más afilados que nunca, como hojas bruñidas. Cualquier fisura debía cortarse de raíz antes de pudrirse; de lo contrario, supuraría pus y condenaría a todo el ejército aliado.

“Hubo un pequeño alboroto. Pero puedo resolverlo, comandante.”

Siswu respondió con firmeza, los párpados bajos. Fue entonces cuando una enorme sombra se proyectó bajo sus pies. Una voz seca resonó desde lo alto.

“¿Resolverlo? Siswu, ¿qué es lo primero que debe abandonarse al cruzar la muralla?”

“……”

De entre labios teñidos de un carmín extraño escapó un aliento blanquecino, como humo de tabaco. Al mismo tiempo, un viento invernal furioso pasó desgarrando a todos.

Los que estaban tras Siswu, sobrecogidos por aquella atmósfera estática, miraban a Evernight como hechizados. Sobre todo los que, en esta expedición, veían por primera vez al señor del norte: quedaron petrificados ante la opresiva aura que desprendía.

“El orgullo… señor.”

Evernight inclinó apenas la cabeza. Esa era la despreciable vanidad que tanto detestaba: el ridículo orgullo de los que nada tenían. Y también…

“La arrogante presunción de los que no conocen su lugar.”

En el campo de batalla, aquello sólo conducía a la muerte. Evernight no lamentaba en absoluto esas muertes, pero las consecuencias que derivaban de ellas eran intolerables para su paciencia.

“Si siguen desbocados como ahora, lo único que les espera más allá de la muralla es una muerte miserable.”

Cada vez que su mirada glacial los alcanzaba, los caballeros se estremecían.

“Y esos camaradas que mueran así, al caer la noche volverán convertidos en ghouls, deseosos de desgarrarles el cuello.”

De pronto sus ojos se clavaron en Fitz. Aunque este intentaba esconderse entre la multitud, Evernight lo señaló como con un instinto infalible, como si supiera sin mirar quién había originado el alboroto.

Un hombre de una intuición aterradora.

Fitz mordisqueó con rabia sus labios. Algunos a su alrededor comenzaron a apartarse, poniéndose a distancia.

Años atrás, Evernight había reunido a vagabundos sin rumbo del norte y les ofreció el puesto de soldados de Tildeon. Era, si resistían, una oportunidad casi divina de darle la vuelta a una vida miserable.

Pero mantener esa posición era como alcanzar una estrella en el cielo.

Quien quebrantara la disciplina militar recibía un castigo fulminante. Evernight los descartaba como cartas usadas, sin un ápice de remordimiento.

Fitz agradecía de verdad que el señor de Tildeon hubiera dignificado a un vagabundo como él con un oficio útil, pero ni lo respetaba ni lo apreciaba. A ojos de aquel hombre, ellos no eran más que piezas reemplazables.

“Comandante, lo lamento. Estaba fuera de mi control.”

Siswu avanzó hasta quedar junto a Fitz y, reconociendo su falta con serenidad, hincó una rodilla en el suelo.

Ni siquiera ante la reverencia de un caballero de alto rango, Evernight mostró otra cosa que un gesto hastiado, ladeando la comisura de los labios.

“No quisiera cortar el cuello de un viejo camarada.”

Fitz no tardó en tomar una decisión. Evernight, en realidad, disfrutaba de aquella situación: se notaba en el destello cruel de su mirada, como si pensara en purgar a todos de una vez. Cruzando los ojos con aquel hombre, Fitz juzgó que la única salida era adelantarse y someterse, antes de ser eliminado como tantos otros.

“Comandante, fui yo quien peleó con el caballero de Runfield. El lord Siswu sólo intentaba detenernos y quedó envuelto en el asunto.”

Se arrastró de inmediato hasta quedar al lado de Siswu, hincó la rodilla y agachó la cabeza. Evernight no era piadoso, pero tampoco solía ensañarse con los que sabían su lugar.

“Caballero de Runfield. ¿Es cierto lo que este hombre dice?”

El llamado Lord Rum se estremeció al sentir todas las miradas sobre sí. Era la primera vez que encaraba de frente a Evernight y se quedó sin palabras.

“Eso es…”

No pudo responder. Le vinieron a la mente los rumores que había escuchado antes de llegar a Tildeon. Eran ciertos. El nuevo señor del norte, de piel clara y cabello negro como la noche, era un hombre de una belleza extraordinaria, pero aquellos ojos fríos que lo atravesaban como si fueran a desgarrarlo eran los mismos que todos llamaban:

“Los ojos de un monstruo.”

Un escalofrío helado le recorrió hasta los huesos.

“Lord Rum, ¡usted!”

Bluea, incapaz de soportar su silencio, lo instó a hablar. Rum despertó de su estupor y agachó la cabeza. Un pensamiento tardío lo oprimió: quizá no lograría cruzar la muralla, quizá moriría aquí mismo.

“Sí… es cierto.”

Respondió al fin, con los dientes apretados.

“Así lo confirma. ¿Y usted qué dice, duque de Runfield?”

Evernight movió apenas la cabeza, observando a Bluea. En su rostro se notaba el fastidio de querer terminar con esa farsa cuanto antes.

“Lord Evernight. Es una alianza apresurada. Es natural que mis caballeros se muestren reacios a recibir instrucción de desconocidos, y más aún de hombres de otros dominios…”

Bluea defendió a su caballero, pero no era más que una excusa pobre.

Evernight lo interrumpió sin reparo.

“¿Y cuando crucemos la muralla también se dedicará a soltar palabrería?”

“¿Qué… ha dicho?”

El gesto altivo de Bluea se endureció, pero Evernight apenas dejó escapar una sonrisa seca.

Gregos le había informado día tras día que Bluea visitaba la alcoba de Anya. Incluso una vez, llevando flores bajo el pretexto de preocuparse por la salud de su “amigo”. Evernight había arrojado ese informe al fuego sin vacilar, mirando cómo el pergamino se ennegrecía y se retorcía sin mostrar emoción alguna, y en secreto había mandado llamar a Siswu.

No podía permitir que semejantes farsas de amistad echaran todo a perder. El juego de las apariencias llegaba hasta aquí. En sus dominios, Evernight no pensaba mostrar clemencia ni siquiera al engreído heredero de Runfield.

Si iban a ser eliminados, mejor adelantar la hora.

“Siswu es instructor porque yo, el comandante supremo, lo nombré como tal. Tu caballero está bajo su mando y nada más. ¿Acaso no sabes qué ocurre si desobedeces órdenes superiores?”

Evernight miró a Bluea con ojos gélidos. Aunque ambos fueran duques, el emperador le había otorgado a él el cargo de comandante supremo; dentro de la alianza, su autoridad era la más alta después de la del propio emperador. Y el norte era el lugar donde la disciplina militar era más estricta que en ninguna otra parte.

“Veo que el duque de Runfield es bastante indeciso. Lástima, pero no tengo uso para sabandijas que enturbien las aguas.”

Dicho esto, Evernight desenvainó su espada y la arrojó a los pies de Bluea. El filo acerado reflejó su rostro petrificado.

“Se ejecuta al que desobedece órdenes superiores. Se ejecuta al que huye de la muralla. Esa es la única ley aquí, la única disciplina.”

“¿Está… ordenándome cortar el cuello de ese hombre?”

Bluea se estremeció como si hubiera escuchado un horror y frunció el ceño. Miró en busca de ayuda a los otros duques, pero ellos, como apenados, no se atrevieron a ponerse de su parte.

“Si el joven señor de Runfield no puede hacerlo, yo mismo lo haré.”

Evernight, sin un instante de vacilación, recogió la espada y se encaminó hacia Rum. Rum, aterrorizado, se dejó caer de golpe y comenzó a suplicarle.

“He… he cometido un error, milord. No, ¡señor comandante! Yo solo…!”

Todos por igual resultaban tan patéticos que eran insufribles. El Emperador siempre se encargaba de ponerlo a prueba. Evernight, alzando la espada, evocó fugazmente la imagen de alguien encerrado como un ratón en silencio en un rincón de la alcoba.

“¡Mi señor duque! ¡Aaagh!”

Cortar esa cabeza sería un buen ejemplo para restaurar la disciplina de las turbulentas fuerzas aliadas.

“Bluea, me duele decirlo, pero si no se respeta la disciplina, la expedición se desmoronará en un instante. Es una ley ineludible.”

Por lo que parecía, Hanibal también coincidía en parte. El hecho de haber elegido como ejemplo al don nadie de Runfield no era del todo casual… pero aquello era culpa exclusiva de ese estúpido jovenzuelo del sur. Gracias a ello, al menos hasta que atravesaran la muralla, habría calma; un beneficio aceptable por soportar tantas molestias.

“¡Señor! ¡Su Excelencia duque Evernight!”

Gregos llegó jadeando justo en el momento en que la espada de Evernight rozaba el cuello de Rum, caído al suelo y echando espuma por la boca del terror.

‘Conforme pase el tiempo de tomar la medicina, los instantes de calma se acortarán. Pronto sobrevendrá un dolor atroz que traicionará tu cuerpo. El organismo dejará de obedecer a la madre y cambiará solo en beneficio del niño.’

Los pequeños animales enviados por Savelli llevaban frascos colgados de sus patas, transmitiendo en su lugar las palabras del maestro. Anya recibió con cuidado el frasco que una ardilla le había traído y, a cambio, le entregó unas cuantas nueces. La ardilla, apurada, las metió en su bolsa de mejillas, miró alrededor y luego fijó sus ojos en Anya, como contemplándolo en silencio. Poco después, de su pequeña boca entreabierta brotó la continuación del mensaje de Savelli.

‘Esto nunca debe ser descubierto por Evernight. Aunque sea duro, el dolor que lo acompaña es un peso que solo tú has de cargar….’

Fue entonces cuando Dragkals se lanzó contra la ardilla.

“¡Dragkals, basta!”

Anya lo sujetó apresuradamente por la cola, pero el pequeño dragón se le escurrió como un rayo y persiguió al roedor con fiereza. La ardilla pronto se escabulló por la rendija de una ventana y desapareció. Anya lo miró con fastidio, molesto por no haber podido escuchar el mensaje completo de Savelli.

“Podía haber sido algo importante… La próxima vez no puedes hacer eso.”

Dragkals batió las alas, se elevó y mordió sin hacer daño el dorso de la mano de Anya, que aún sostenía el frasco. A todas luces, el pequeño dragón no aprobaba el tratamiento de Savelli. Parecía oponerse, incluso, al nacimiento del niño, lo que hizo que Anya se sintiera un poco abatido.

“Este remedio es para que el bebé nazca sano.”

Anya trató de explicarle con calma, pero el dragón siguió mordisqueando su mano hasta que, con un ademán altivo, apartó la cabeza y se enroscó en su regazo.

Desde aquel encuentro secreto, Savelli le comunicó que ya no le era posible entrar en la alcoba de Anya. Al parecer, alrededor de la habitación se había alzado un encantamiento de barrera invisible. Por eso, en su lugar, enviaba pequeños animales que no quedaban atrapados por el hechizo, cargando los frascos de medicina.

Aunque no escuchó el mensaje completo, una cosa había quedado clara: Evernight no debía enterarse jamás.

‘Mi condición es que no me preguntes nada.’

Savelli guardaba silencio, pero Anya podía sentir con cada fibra de su cuerpo que Evernight no deseaba aquel embarazo. El día en la biblioteca, cuando lo abrazó, aquellos ojos azules ya no brillaban como un mar. En su lugar, Anya había entrevisto un abismo oscuro.

De verdad lo odiaba.

Esa certeza, al fin revelada, había encendido su obstinación. Sin darse cuenta, todo ese tiempo se había aferrado solo a una ilusión que lo complacía a él mismo. Vergonzoso hasta lo miserable. Y aun así, incapaz de reprimir el sentimiento abrasador, decidió tener al niño como desafío abierto a aquel hombre.

Pero él lo volvió a ignorar, con la misma frialdad con que lo había hecho desde el principio. Tal vez ahora todo era peor que en aquella boda oscura y sombría que había sido un desastre.

“Y yo….”

Al final, estaba engañando al hombre cuya aceptación tanto había anhelado.

“Dragkals, si tengo al niño… ¿no lo aceptará, aunque sea? Al fin y al cabo será su hijo.”

Murmuró con amargura mientras abría el frasco. Incluso entonces, aquella chispa de esperanza que se aferraba a soñar lo llenaba de repulsión contra sí mismo.

“No… se enfurecerá y me echará junto al niño.”

Dragkals lo observaba ladeando la cabeza mientras Anya se reprochaba en voz baja. Pasara lo que pasara, la aceptación de Evernight se había vuelto un ideal inalcanzable.

“Aun así… aun así… no puedo abandonarte, pequeño.”

Anya terminó derrumbándose, abrazándose el vientre. Aquel ser apenas perceptible crecía ahora con fuerza, traicionando al cuerpo que lo albergaba. Tal como había dicho el maestro, al principio la medicina parecía traerle paz, pero con cada día aumentaba un dolor tan intenso que lo retorcía entero.

‘Cuando dijo que no podría volver a empuñar la espada, se refería a esto….’

Conforme su vientre crecía, Anya sentía que su cuerpo se derrumbaba a ojos vista. Hacía poco que estaba encinta, y ya ni siquiera podía alzar la espada.

Pero si esa era la consecuencia de haber engañado a Evernight y asumido el papel de esposa, entonces lo soportaría. Lo que mejor sabía hacer era resistir.

“Grrr….”

Dragkals se acercó, merodeando junto a él, mientras Anya, de rodillas y jadeando, se llevaba el frasco a la boca. Debajo de la mesilla se alineaban, ordenados, los frascos vacíos de casi un mes de tratamiento.

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Al día siguiente, Anya despertó en un sopor, reconociendo a duras penas una voz familiar.

“…señora….”

“Se… ñora….”

“¡Señora!”

Alguien golpeaba con desesperación la puerta de la alcoba. Sus párpados temblaban, pero no lograba abrir bien los ojos. Quería decir que estaba bien, pero su voz resonó hueca.

Ante sus ojos danzaban sombras negras, y enseguida se mezclaron el silbido del viento, el rumor del agua y risas de alguien.

El miedo extremo lo cegaba y ensordecía. Se sintió como un niño abandonado en aquel palacio desierto y triste.

Una presión terrible lo aplastaba, como si un bloque de hierro lo oprimiera. De pronto lo invadía un frío cortante, y en un instante después ardía como sumido en llamas.

Hace frío, duele, y está demasiado caliente.

Anya se encogió abrazándose a sí mismo. No sabía si aquello era realidad o una pesadilla. Hasta que, de pronto, reconoció sin dificultad la débil luz del sol que entraba por la ventana entreabierta. Una mariposa blanca, real o ilusoria, revoloteaba sobre su cabeza.

“Ah….”

Por fin logró abrir los ojos. Afuera, el día brillaba. Sobre la mesa, el candelabro había dejado solo restos de cera endurecida.

“¡Abran esta puerta de inmediato!”

“Está trabada por dentro. Lord Gregos, ¿la echamos abajo?”

A través de la puerta alcanzó a escuchar el intercambio urgente entre Gregos y los guardias. Si seguía en silencio, levantaría sospechas.

“Ábranla a la fuerza. Yo asumiré la responsabilidad.”

“Traigan un martillo de guerra.”

Al oír la orden de Gregos, los guardias se alejaron entre ruidos metálicos. No había tiempo. Anya se incorporó a duras penas. El cuerpo le temblaba como un árbol azotado y apenas sentía fuerza en los dedos.

Estaba seguro de que nunca volvería a empuñar una espada. Cuando la blandía, se sentía libre de todas las ataduras. Eso, tal vez, era lo único que echaría en falta.

“G… Gregos.”

Avanzó casi arrastrándose hacia la puerta. Al abrir la boca, forzando las cuerdas vocales, salió una voz ronca.

“¡Señora! ¿Está bien? Su voz suena muy mal. He traído la comida, por favor, ábranos.”

El perspicaz mayordomo pareció comprender su estado solo con oírle hablar. Anya forzó una sonrisa, tirando de sus labios.

“Dormí con la… ventana abierta y la voz se me ha secado un poco.”

Quizá aún no era tarde. Reclinándose contra la dura madera de la puerta, entrecerró los ojos mirando la espada Helada, que bajo el sol despedía destellos deslumbrantes. La correa de cuero, trabajada por el herrero de Tildeon, estaba ya gastada de tanto uso.

Los rostros de incontables personas que habían pasado junto a la espada cruzaron por su mente. Había jurado sobre ella ante la gente de Northmost…

Sí, aún no era tarde. La mandíbula de Anya temblaba con tristeza. En realidad, no quería rendirse. Eran promesas construidas con esfuerzo, conquistadas por él mismo.

Y aun así, no podía apartar la vista de esa pequeña vida que nadie parecía acoger. A la vez, le vino a la mente el hombre que le había puesto aquella espada en las manos. De sus ojos enrojecidos rodaron lágrimas.

“De verdad… ni yo, ni yo sé qué hacer…”

Estaba confuso. Con la cabeza hundida entre las rodillas, lloraba en silencio mientras Dragkals se acercaba a frotarse contra él. Quiso sollozar como un niño, pero al final soportó en silencio.

“Parece que… que de veras soy un tonto a medias, Dragkals.”

Acarició la cabeza del dragón, que le daba un poco de calor. Luego, apoyándose en sus rodillas temblorosas, se levantó, recogió su cabello desordenado en una sola coleta y se lavó la cara.

“Gregos… mi, mi aspecto ahora mismo es un desastre. ¿Podría, po-por favor, esperar un poco?”

“Señora, tómese su tiempo. Esperaré.”

Gregos aguardó pacientemente. Solo entonces, con el rostro un poco más sereno, Anya se dejó inundar por la luz, como despojado de todo, y en silencio elevó su confesión a los dioses.

Si ese era el dolor que debía soportar para dar a luz, lo soportaría con gusto.

La voz húmeda se calmó poco a poco, como un lago helado en quietud.

“Si todos me lanzan piedras por haber traicionado la promesa de proteger Tildeon, saldré a recibirlas. Y si al final no puedo protegerlos con la espada, entonces levantaré un muro con mi propio cuerpo.”

Y… levantando el rostro, miró al limpio cielo invernal. Su cuerpo frágil se disolvía poco a poco en la luz deslumbrante. Un leve temblor recorrió sus manos unidas, pero apretó los dedos y cerró los ojos con calma.

“Y si llega el momento de pagar por haberle engañado, aceptaré de buena gana la culpa.”

¿Era culpa hacia alguien? ¿Hacia el niño, hacia Tildeon, o quizá hacia Evernight? Anya decidió tragarse hasta aquella confusión dentro de sí.

Con el tiempo, la frontera entre sueño y realidad se volvía cada vez más difusa.

“Señora, soy Gregos.”

El silencio opresivo se rompió con nuevos golpes en la puerta. El cuerpo delgado sobre la cama se estremeció de sorpresa. Tras una breve lucha, un pie pálido cayó sin fuerzas sobre el suelo de piedra. Poco después, una soga vieja cayó a su lado: eran las cuerdas con las que Anya se había atado la noche anterior.

Últimamente cada noche se retorcía de dolor, y temiendo que en medio del delirio intentara huir de la habitación, llevaba días amarrándose el cuerpo con sogas hasta desfallecer.

“Sí, un, un momento.”

Hacía tiempo había pedido a Gregos que se saltara el desayuno. Ya no podía levantarse temprano. De hecho, el sol ya estaba en lo alto, anunciando el mediodía.

“Sí, señora. Prepárese con calma.”

Gregos aceptaba incluso con alivio aquella petición: mejor eso que obligarla a comer para que luego lo devolviera todo, pensaba él. También atribuía a su embarazo que Anya cerrara la puerta con cerrojo y se levantara tarde.

A Anya no le importaba corregir su malentendido. Solo quería que lo mantuviera, al menos cuatro días más: los que faltaban para la partida del ejército aliado. Solo un poco más…

“Señora, ¿cómo se encuentra hoy?”

Al abrir el cerrojo, Gregos entró con una bandeja de comida. Anya escondió sus manos temblorosas en las mangas y forzó una sonrisa.

“E-estoy bien. ¿L-los preparativos para la expedición… avanzan bien?”

Cuanto peor se sentía, más se le trababa la lengua. Por más que fingiera normalidad, el agotamiento se hacía evidente.

“Sí. Todo marcha sin contratiempos.”

A esa respuesta, Anya esbozó una sonrisa apagada.

“Pe-perdón… no he podido serle de ayuda.”

Incluso en medio de todo, se sorprendía de sí mismo preocupándose por la reputación de Evernight. La cabeza se le inclinó, presa de una melancólica culpa, y el rostro de Gregos se endureció.

“La salud de la señora es lo primero. Los preparativos corren por cuenta mía y de los sirvientes, no se preocupe.”

No le dijo, sin embargo, que el duque Bluea, miembro de la expedición, enviaba cada día costosos ramos de flores para su alcoba.

“Sí…”

El muchacho que antes había rebosado vitalidad ahora parecía marchito. Y aun así, sin queja ni arrebato alguno, soportaba en silencio.

Eso inquietaba más a Gregos. Aunque dormía mucho más y se levantaba tarde, Anya cada día se aseaba y vestía con decoro para recibirlo. Sufría más que otras embarazadas, tanto física como mentalmente, pero resistía como podía.

Aun así, la ansiedad de Gregos no dejaba de crecer.

“Señora, desde la visita de la Gremio Mercantil del Halcón Azul las despensas están llenas de productos raros. El cocinero quiere saber si desea algún plato en especial.”

Anya negó con la cabeza. El poco apetito que había tenido había desaparecido. Pero para fingir normalidad ante Gregos debía probar algo.

“Es una papilla hecha con granos del sur, acompañada de fruta fresca.”

Desde aquella visita, la mesa se llenaba de fruta fresca, no solo seca. Anya, llevándose la mano al reseco cuello, picoteó un trozo de durazno.

Pero parecía que los dioses no estaban de su lado. De repente, le faltó el aire y cayó desvanecido en un abrir y cerrar de ojos.

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Evernight escuchaba en silencio el titubeante informe de Gregos. El mayordomo, que rara vez perdía la calma, estaba pálido como la cera.

“Lo siento, señor. Debería haber estado más atento…”

No dijo el nombre, pero todos en el patio de armas entendieron que hablaba del estado de Anya.

En vez de responder, Evernight blandió la espada con violencia. De un tajo, la cabeza de un caballero de Runfield rodó por el suelo. Tan limpia y rápida fue la ejecución que no emitió un solo grito.

“¡Señor Evernight!”

Incluso Hanibal se quedó lívido de espanto. Evernight, sin mirar atrás al cadáver, se limpió la sangre de la mejilla como si nada.

“¿Dónde está mi esposa?”

Su voz gélida resonó en el aire.

Recobrado al fin, el mayordomo lo guio.

“En su aposento. El almuerzo de hoy también, como siempre…”

Evernight no escuchó el final. Subió los peldaños apresuradamente, más rápido que de costumbre.

Los soldados aliados, paralizados por el miedo, se miraban sin habla. En el cielo, nubes negras empezaron a arremolinarse, y pronto la fría lluvia invernal golpeó sus armaduras con un repiqueteo lúgubre.

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“¡Se, señor!”

La habitación de Anya ya estaba rodeada de sirvientes. Al ver a Evernight acercarse, varias doncellas sollozaron llamándole. En medio del alboroto, la jefa de criadas salió al frente imponiendo silencio.

“Señor, la señora de repente escupió sangre y se desmayó. Estaba comiendo como de costumbre. En la comida no se detectó ningún veneno.”

Informaba con calma, pero las manos que entrelazaba sobre el delantal manchado de sangre temblaban sin remedio.

“Bien hecho.”

Con un saludo breve, Evernight abrió sin demora la puerta del dormitorio. Nada más abrirla, un olor penetrante a sangre lo golpeó.

Desde el cielo ya oscurecido, la lluvia fría golpeaba los ventanales produciendo su característico sonido rítmico.

Una vez dentro, el paso de Evernight fue aminorándose. Con el rostro rígido mascaba en silencio las alucinaciones que le susurraban:

“Mira esto, bien hecho”, carcajeándose en su cabeza.

“…Trae a Riario.”

Con voz ronca dio la orden a Gregos y cruzó la estancia.

En la amplia cama yacía su consorte. A simple vista parecía dormir plácidamente, pero la túnica blanca estaba teñida de sangre hasta parecer originalmente roja.

Evernight alzó la mano y apartó el cabello castaño pegado al rostro de Anya.

“……”

Un escalofrío helado recorrió sus dedos. En ese momento, un rayo iluminó la ventana y el estruendo del trueno sacudió la habitación.

“¡Rápido, muevan la leña que quedó afuera!”

Desde fuera llegaba, atravesando la lluvia, el ruido de los soldados corriendo de un lado a otro.

Cada destello de relámpago acentuaba las sombras en el rostro del hombre; por un instante, un rastro de dolor lo cruzó, pero desapareció de inmediato.

“¡Santo cielo!”

Riario llegó corriendo jadeante justo cuando Evernight evocaba a la madre cuyo rostro y nombre no conocía.

“¡Señor! Esto es…”

Al cruzar miradas con Evernight, Riario perdió el habla. Ni siquiera cuando habían atravesado la muralla y recibido heridas mortales contra Duroc había mostrado expresión alguna; pero ahora, jamás lo había visto con un semblante tan devastador.

“Riario.”

Los ojos azules de Evernight lo miraban con una frialdad cruel, como si en caso de tardar un instante más, incluso después de tantos años de confianza, le fuera a cortar el cuello sin piedad. El escalofrío erizó la piel de Riario.

“Sí… sí, comandante. Lo revisaré ahora.”

Se acercó deprisa a Anya e infundió magia. Una luz cálida penetró en el cuerpo de él, pero su temperatura seguía anormalmente baja.

“…Algo extraño ocurre. El latido del feto se ha intensificado.”

Tras una larga vacilación, Riario habló al fin. La nuez de Evernight se movió con brusquedad y él dio un paso más hasta colocar la mano sobre el vientre ya bastante abultado de Anya, con el rostro crispado como si soportara un dolor insoportable.

“C… comandante. Esto es imposible. Con ese medicamento, el feto no debería crecer. Y sin embargo, el niño crece mientras Su Alteza… empeora.”

Bajo su mano se sentía un débil movimiento: la horrenda agitación de un ser que pretendía nacer a costa de matar a su madre. El pecado original repitiéndose.

La lluvia invernal caía cada vez más furiosa, como si quisiera congelar el mundo entero.

Bluea, nervioso, se mordía las uñas mientras daba vueltas por el oscuro pasillo. A pesar de ser pleno día, la lluvia cargada de invierno envolvía a Tildeon en una penumbra implacable, sin dejar pasar un rayo de sol. Las doncellas, tan mustias como el cielo, levantaban sus faldas para saludar a los duques y se apresuraban a desaparecer con candelabros en mano.

Ni con ropa acolchada lograba soportar aquel maldito frío que emanaba de cada rincón. Tras los ventanales empañados de escarcha, el mundo entero parecía petrificarse. Esa visión se reflejó fugaz en las pupilas de Bluea.

“¡Bluea, basta ya! ¡Me estás poniendo de los nervios!”

Kanon, recostado contra la pared de piedra gris, lo reprendió, incapaz de soportarlo más. Pero esta vez Bluea, que solía replicar sin problema, mostraba un nerviosismo inusual.

Siguió deambulando un buen rato hasta que, de repente, se detuvo en seco.

“No, no aguanto más. Tengo que ir.”

Su mirada se deslizó por la escalera hasta detenerse en un punto concreto.

“¿Después de presenciar el alboroto de hace un rato, aún dices eso?”

Kanon lo frenó horrorizado. El lugar al que miraba era el tercer piso, donde se hallaba la alcoba de los señores de Tildeon.

“¡Vaya! No sabía que Su Alteza estaba enfermo.”

Hanibal habló mientras se rascaba el puente de la nariz, diciendo que en días de lluvia la cicatriz de su cara le picaba.

“Con razón no se le veía el pelo.”

Respondió Usolin con sequedad. El enano guerrero recordó cómo, en el banquete de bienvenida cuando entraron en Tildeon, no se había mostrado ni un instante el joven príncipe.

En la capital lo había visto lleno de vida: flaco, algo inmaduro, pero con buen talento en esgrima y con la determinación de no dudar en castigar a su propio hermano.

“Bluea, ¿no eras cercano al príncipe? ¿Cómo es que no sabías nada de esto?”

Ante la pregunta inquisitiva, Bluea respondió exaltado, con voz más alta que de costumbre:

“¡Está bromeando! Desde que llegamos, soldados armados custodian su habitación día y noche. Y el mayordomo… por más que lo amenaces o lo sobornes, no cede en nada…”

Con un largo suspiro, se desplomó en el suelo, hundiendo la cabeza entre las rodillas y murmurando abatido:

“Ese bastardo de Evernight… estoy seguro de que le está haciendo daño a Su Alteza. ¡Esto es un encierro en toda regla!”

Su indignación era genuina.

“Tenemos que ir todos a rescatarlo. Si lo dejamos así, algo terrible puede pasar.”

Pero los demás duques reaccionaron con tibieza. Al ver que Bluea estaba a punto de lanzarse escaleras arriba, Kanon lo sujetó del hombro.

“¿Y con qué derecho?”

En sus palabras se leía la advertencia de no actuar a lo loco. Después de todo, Evernight había aplicado sin pestañear la ley marcial hace un rato, ejecutando de ejemplo incluso a un caballero de Runfield.

Pero Bluea no cedió.

“Si Su Majestad el Emperador supiera esto, no se quedaría de brazos cruzados. ¡El príncipe fue tan reconocido que hasta recibió de él los pendientes rojos! Tenemos que subir todos y comprobar con nuestros propios ojos su estado…”

Quizá consciente de que solo no podía, intentaba convencerlos con ansiedad.

“Este necio está tan cegado por el príncipe que no ve que su propia vida pende de un hilo.”

Kanon intercambió una mirada de auxilio con Hanibal. Por suerte, este asintió, sujetando a Bluea con una mano y aconsejando con tono severo:

“Escucha, mocoso insensato. Él es el consorte del duque Evernight. Según la ley imperial, toda autoridad recae en el duque. Y sería mejor que no te enfrentes más al Comandante Supremo. Ya tu caballero cruzó la línea, ¿no? Basta de juegos de amistad.”

Hanibal, con su cicatriz cruzándole la cara, solía fingir una sonrisa socarrona, pero esta vez estaba serio. Su aspecto fiero se mezclaba con el clima sombrío de Tildeon, haciéndolo aún más imponente.

“…¿Juegos de amistad, dices? El príncipe me salvó la vida. Si no fuera por él, aquel día en el Bosque Blanco habría muerto ante la bestia.”

“Para ser así, corrías sin pensar hace un rato…”

En medio de la tensión creciente, una voz ronca se interpuso. Tras Usolin, que se apoyaba en el mango invertido de su gran hacha, un rayo iluminó fugazmente la sala.

“¿A quién se refiere?”

Kanon frunció el ceño ante la interrupción del enano.

“Al duque Evernight, claro. Para alguien de quien tanto te preocupas, tenía un semblante feroz.”

Los enanos, hoscos con los humanos salvo con el Emperador, tenían sin embargo buen ojo y una minuciosidad fruto de su obsesión con la forja.

“Cierto, tenía cara de querer matar a alguien.”

Comentó Kanon echando una mirada de soslayo a Bluea. Incluso él, sin apenas trato con Evernight, había sentido escalofríos por la fiereza que emanaba del hombre. Ya fuese rabia por lo ocurrido o desespero por su consorte, lo único claro era que resultaba imposible creer que no sintiera nada por su esposa.

“Bluea. La expedición está a la vuelta de la esquina. Aunque Runfield sea apoyo en retaguardia, lo que hay más allá de la muralla es mucho más atroz de lo que imaginas. Aprovecha este tiempo para reponer fuerzas y no pierdas la cabeza.”

Era un aviso de dejar ya las conjeturas.

Kanon en realidad nunca tuvo gran interés en la expedición. Sí le picaba la curiosidad sobre el mundo tras la muralla y se unió con la esperanza de verlo legalmente y con cierta seguridad. Pero, en verdad, lo hizo sobre todo porque temía por la vida de Bluea, que había anunciado imprudentemente que se alistaba.

“No, Kanon. Voy a ir. Incluso concediendo que Evernight adore a su consorte, es demasiado sospechoso que lleve casi un mes sin poder salir de la habitación.”

En ese momento, mientras los duques discutían cada vez con más vehemencia en el salón principal del primer piso, alguien comenzaba a descender por la escalera que conectaba con el vestíbulo.

---

Anya vagaba en el mundo del inconsciente. De vez en cuando recuperaba la conciencia, y cada vez que lo hacía, escuchaba el ruido de las ventanas sacudidas por un vendaval y el aguacero golpeando con fuerza. Cuando volvió a abrir los ojos, la habitación estaba sumida en una oscuridad absoluta, y sin darse cuenta, un miedo repentino lo invadió.

Al poco tiempo, se vio obligado a incorporarse tambaleante por la insistente lengua húmeda de un pequeño dragón que lamía sin parar su rostro. Exceptuando el crepitar del fuego en la chimenea, la única luz visible era el tenue resplandor de una vela que se filtraba por la rendija de la puerta. Fue entonces cuando, entre aquellas luces temblorosas, resonó una voz colérica.

"¡Está usted loco! ¿Qué demonios ha hecho?"

Era Riario. Entre sus palabras se mezclaban jadeos entrecortados.

"Yo tan solo seguí la decisión del joven. Lo único que hice fue corregir el error que usted cometió."

"¡Usted no es Dios, Savelli! Esto no es más que una orden dada por el comandante, y en Tildeon el único representante de Dios es sir Evernight."

Siguió un breve silencio. Anya no comprendía del todo la conversación, pero intuía que Savelli estaba en aprietos a causa de su petición. Tenía que ayudarlo de inmediato. Apretando los dientes, se bajó de la cama. Sus piernas flaquearon, pero volvió a incorporarse a la fuerza.

"Si Evernight ordena que me marche, lo haré. Pero la expedición se acerca, y en Tildeon no abundan los sanadores… Déjame quedarme hasta que el niño nazca, solo hasta entonces."

¿Irse? … Era imposible de creer. Cuanto más escuchaba, más confusa se volvía la situación. Una y otra vez, con el cuerpo pesado, caía y se levantaba. Fue entonces cuando…

"¿Un niño? ¿Usted está diciendo que…? Ja… Si da a luz, ¡el príncipe morirá!"

En ese mismo instante, una mano tosca emergió de la oscuridad y lo sujetó, al mismo tiempo que desde fuera estallaba el grito de Riario, casi como un alarido.

"Se… señor Evernight."

Anya abrió mucho los ojos, respirando agitadamente. Evernight salió lentamente de la penumbra, como si hubiera estado allí todo el tiempo, silencioso. Tiró de Anya alejándolo de la puerta, arrastrándolo sin remedio. Un relámpago iluminó la habitación, y en ese breve destello Anya se encontró con un abismo azul glacial que lo hizo temblar.

"No escuches."

susurró él con voz baja.

La mano grande de Evernight lo asió de la muñeca y lo llevó a las tinieblas. Aquella mano, endurecida por callos, distaba mucho de ser la de un noble; era la mano de un caballero, curtida en una vida áspera. El frío de su piel hacía temblar aún más el cuerpo debilitado de Anya, aunque él lo ocultó.

"No necesitas oír nada."

Evernight suspiró y lo sentó al borde de la cama. Su rostro reflejaba un cansancio difuso. Cada vez que el relámpago desgarraba el cielo, la oscuridad dejaba entrever su semblante. Tal vez por el sopor aún no disipado, pero por un instante, sus ojos parecieron teñidos de rojo sangre.

"Gregos me lo contó. No hagas nada, Anya."

Cuando Anya, casi por costumbre, giró hacia la ventana, Evernight le sujetó la barbilla.

"Anya, concéntrate."

En el cielo nocturno cargado de nubes, una débil luz se asomaba.

Ah… claro… esta noche era luna llena.

Cuando lo notó, estaban a menos de un paso de distancia. Con la mirada fija en aquellos ojos enrojecidos que lo encaraban de frente, Anya murmuró sin darse cuenta:

"¿Qué…?"

"Señor… cada vez que sus ojos se enrojecen, siempre hay luna llena."

La voz quebrada le salió temblorosa. Evernight frunció el ceño con amargura.

"No estás en tu sano juicio."

Le dio un ligero empujón en el hombro y Anya cayó de espaldas sobre la cama, con el cabello desparramado. Quizá tenía razón. Su cuerpo temblaba sin control, incapaz de reunir fuerzas.

"Señor… su corazón… lo escucho muy, muy fuerte."

Un ritmo sordo, como un tambor dentro de su cuerpo, resonaba… y no era el suyo.

La mano de Evernight cayó de pronto sobre su vientre. El contacto lo hizo estremecerse.

"…."

La palma sobre su abdomen ligeramente hinchado lo cubría solo a través de la fina túnica. El silencio era sofocante. La mano se deslizó lentamente, como acariciando, y Anya contuvo el aliento. Sus dedos largos rozaban la piel a través de la tela, haciendo que su corazón latiera con violencia.

"Anya."

Sus pestañas temblaron. Evernight le tocó la mejilla, evitando que se desmayara. Cuando Anya abrió los ojos de nuevo, lo vio con el cabello empapado levantado hacia atrás, mirándolo fijamente.

"No cierres los ojos. Si te duermes, podrías morir."

Un trueno sacudió la ventana. La sombra de su rostro endurecía aún más sus facciones. Sus ojos se veían aún más oscuros. Al fin retiró la mano del vientre y murmuró con frialdad:

"Así que has alimentado dentro de ti esta abominación…"

Abominación…

Anya comprendió que su aparente calma no había sido nunca consuelo, sino rabia contenida. El instinto lo estremeció.

"Pronto eliminaré al niño."

Aquello era pura intención asesina. Evernight había vuelto a la imagen con que lo conoció al principio: soberbia, cruel, con sus ojos enrojecidos rebosando violencia reprimida.

Las lágrimas brotaron.

"N-no, por favor… es mi hijo. Yo lo criaré bien, no le daré problemas".

Suplicó entre sollozos, con la voz rota. Evernight, sin expresión, volvió a posar la mano sobre su vientre. El contacto ahora era insoportable. Anya se estremeció intentando apartarse.

"Estás confundido, Anya. Sin mi permiso no tienes derecho alguno. Eres nada más que mi propiedad."

¿Propiedad? Aquellas palabras le desgarraron el pecho. Nunca lo había amado. Solo había cumplido con su deber de señor y de esposo. Y él, iluso, había malinterpretado todo.

"…Es mi hijo."

"También es mío."

contestó Evernight, con voz baja y sin emociones.

"Si… si no lo quiere, viviré en algún lugar oculto, donde nadie lo sepa…"

Anya le rogó alzándose. Evernight soltó una risa breve, sarcástica.

"Recapacita, esposa."

escupió, con un gesto de asco.

"¿Aún no lo entiendes? Mientras no mueras tú, ese niño no puede nacer.

"Au… aunque muera… puedo intentarlo. Savelli dijo que me ayudaría…"

---

Ese empeño tan patético resultaba casi gracioso. El muchacho entregaba su vida con demasiada facilidad por alguien a quien amaba. La mirada de Evernight, cargada de rabia, se abatió sobre él.

"Cierra la boca, Anya."

Lo alzó bruscamente por la barbilla y le susurró con voz fúnebre:

"¿Crees que lo dejaría vivir si llega a nacer?"

Un gemido ahogado escapó de Anya, pero se sostuvo firme. Evernight soltó una risa seca.

"Intenta escapar, si quieres. Te perseguiré hasta los confines del imperio y te mataré."

Al soltarle bruscamente la mandíbula, Anya se desplomó sobre la cama.

Su ánimo se ensució. Las emociones, que un momento antes se habían hundido en un frío absoluto, ahora hervían con violencia. Evernight contuvo el aliento una vez y se dio la vuelta, alejándose de Anya.

"¡E, Evernight!"

Anya trató de bajar apresurado de la cama, pero terminó cayendo torpemente al suelo. Aun así, lo primero que hizo fue llevar las manos al vientre antes que proteger su propio cuerpo. Al verlo, Evernight no pudo evitar soltar una carcajada.

La repugnancia, mucho más allá de lo que había imaginado, lo dejó desconcertado. ¿Desde cuándo había estado preocupándose por un joven compañero tan insignificante? ¿Desde cuándo gastaba semejantes cuidados inútiles? La estupidez de sí mismo le resultaba casi increíble.

De todos modos, a esto habría de llegar. Si ya no podía ocultarlo, tal vez lo mejor sería revelarlo y forzar la situación. Evernight terminó rápido sus cálculos.

"¡Comandante!"

Fue entonces cuando Riario, que se hallaba enfrentado a Savelli, vio a Evernight salir de la alcoba y gritó.

"Riario, te doy tres días. Saca de alguna manera a ese monstruo del cuerpo de mi esposa."

La amenaza era tan feroz que Riario retrocedió sin querer.

"Es que… Comandante, las pócimas contrarias ya han chocado entre sí… En el proceso, Su Alteza podría salir gravemente herido."

Evernight pasó de largo sin contestar, plantándose frente a Savelli. Los opacos ojos grises del anciano nunca habían parecido tan odiosos como ese día.

"Si Anya pierde la vida, Savelli, no olvides que será por tus maquinaciones."

No hubo ni una pizca de vacilación en la amenaza contra el erudito de Tildeon. Incluso con los truenos retumbando en el pasillo, la voz gélida de Evernight resonaba con claridad.

"Si por tu culpa mi esposa muere, jamás volverás a poner un pie en Tildeon."

Diez años atrás, el niño maltratado que vagaba por los burdeles de Redcoast ya no existía. Al cruzarse con las pupilas rojas que lo miraban fijamente, las arrugadas comisuras de los ojos de Savelli se curvaron en una sonrisa.

"Evernight… Ya te lo dije entonces: no intentes doblegar tu destino. Te ayudaré a que Anya dé a luz sin morir. Dame tan solo un poco de tiempo…"

"Sandeces."

La espada apareció tan súbita que nadie percibió el movimiento. En lo que se parpadeaba una sola vez, el filo azul-acero se hallaba bajo el cuello de Savelli.

"Atrévete a soltar otra palabra."

El filo apenas rozó su piel, dejando deslizar una línea roja por su garganta. Aunque aquel hombre le había enseñado esgrima, Evernight no tendría el menor reparo en matarlo. Nunca había sentido afecto por las incontables personas que habían cruzado su vida.

Faltaban tres días para la expedición. Ya no había lugar para más consideraciones inútiles.

"¡D-deténgase!"

La puerta de la alcoba se abrió con estrépito justo cuando Evernight hundía más la espada contra Savelli.

"¡Su Alteza…!"

Riario quedó pálido al ver quién había salido: era Anya. El muchacho, pálido hasta lo enfermizo, apenas respiraba mientras los observaba.

"Señor… deténgase. Esto… lo provoqué yo."

El rostro de Anya se contrajo de dolor.

"Mi maestro no tiene… ninguna culpa. Yo…yo fui quien se lo pidió."

Mentira. La alcoba de Anya estaba protegida por una barrera levantada por Riario: nadie podía entrar sin permiso. A menos que Savelli mismo la hubiese deshecho.

"Había una barrera."

Evernight recalcó el hecho a propósito. Ya no sabía si quería comprobar la mentira de Anya o si lo que deseaba era otra respuesta distinta de él.

"Yo… la manipulé para que Maestro pudiera entrar sin trabas…"

En cuanto escuchó esa mentira obvia, la sangre de Evernight se heló. Y la farsa empezó a resultarle tediosa.

"Por favor… basta ya."

El ruego lo hacía ver lastimoso, pero a la vez tan detestable que daban ganas de matarlo.

"Bien, Anya."

Evernight retiró la espada de Savelli. El alivio de Anya fue tan notorio que soltó un suspiro. Todo en él resultaba lamentable. Entre dientes se escapó un insulto.

"Entonces, pediré cuentas a ti."

El que, sin importar su situación, pudiera entregar su cuerpo sin dudar por otros… esa naturaleza piadosa acabó de romper la razón de Evernight.

"Riario, empieza esta misma noche".

Una solución tan simple… y aun así había tardado tanto en decidirlo que le resultaba absurdo.

"Comandante…"

Riario lo miró, como pidiéndole reconsiderar, pero la mirada de Evernight ya estaba endurecida.

"Pensándolo bien… tal vez sea en parte mi culpa."

Avanzó un paso hacia Anya, que lo observaba horrorizado. El muchacho, perspicaz, intuía perfectamente lo que le aguardaba. Retrocedió, pero Evernight lo sujetó de inmediato.

"Al menos tu vida te la perdonaré."

Como un depredador jugando con su presa capturada, saboreaba las reacciones de Anya. Descendió la mirada desde aquellos ojos temblorosos hasta su nariz recta, y se detuvo en sus labios lívidos.

"Llévatelo."

Anya apenas abrió la boca, pero enseguida Evernight lo arrojó como un fardo a Riario.

"Pon toda la guardia que quieras. Quiero esto resuelto en tres días."

Sus palabras, tan lúgubres como una sentencia de muerte, retumbaron en el pasillo. Ya no le importaba nada. Lo único que deseaba era terminar con aquella maldita farsa. Estaba dándose la vuelta cuando Anya corrió tras él.

"¡Su Alteza!"

Antes de que el grito de Riario lo alcanzara, Anya se había colgado de Evernight.

"N-no quiero tu misericordia."

Fuese porque no tenía fuerzas o porque odiaba al hombre que pretendía destruir a su hijo, ni siquiera lo abrazó con firmeza. Apenas se aferraba al borde de su túnica, como a una cuerda de salvación.

Evernight miró con frialdad aquel pecho delgado, subiendo y bajando con dificultad. La respiración era tan frágil que parecía que caería al suelo en cualquier momento.

"No tienes derecho ni a rechazar. Si te concedo algo, lo recibes. Eso es lo único que debes hacer ahora."

Sus dedos, pálidos de tensión, temblaban al aferrarse. Evernight apartó sin miramientos aquella mano blanca, que se desplomó débilmente en el aire. Alrededor, como un humo invisible, danzaban las alucinaciones malditas, burlándose de su desdicha.

"Andalriano." El nombre de la raza entremezclado en las burlas significaba también "expiación". Un linaje maldito por los dioses, condenado a vivir entre alucinaciones y voces de demonios, privados incluso del derecho de acabar con su vida. Debían cargar por siempre con los pecados del mundo.

El primer pecado del niño por nacer sería matar a su propia madre.

Y después viviría arrastrándose en el fango como un despojo, rogando por la muerte que nunca llegaría, cortando su cuerpo en vano sin poder hallar fin.

Cuando había matado a su padre y huido a Redcoast, Evernight había hecho una promesa: la expiación terminaba allí.

“Conozco un modo de hacer que muera.”

Por eso al fin pensaba enfrentarse, más allá de la muralla, a la peor de las muertes que todo el mundo temía: ser desgarrado por los monstruos con la sangre de ellos empapándole, hasta no dejar ni un hueso. Una muerte vil, que era la que más le cuadraba.

Entonces todo terminaría. En esa vida en que nunca había deseado nada, Evernight quería, paradójicamente, una sola cosa: acabar con todo. Solo eso.

“¡No, no lo haga, mi señor, por favor…!”

Con una mirada hundida y fría, Evernight apartó de nuevo sin piedad a Anya, que volvía a aferrarse a él. Anya se estrelló contra la pared, aun con la leve sacudida que apenas llevaba fuerza. Ah, el débil gemido que escapó entre sus labios resecos y agrietados, Evernight lo ignoró sin remedio.

“Llévenselo.”

Repitió la orden a Riario, que permanecía de pie sin rumbo, y se apresuró a avanzar. Quería salir de allí cuanto antes. El murmullo entrelazado de los monstruos amenazaba con reventarle los sesos.

---

“¿Se encuentra bien, alteza?”

Anya rechazó con fuerza la mano de Riario, que acudía rápido a sostenerlo.

“¡No, no me toque! ¡Cómo… cómo pudo hacerme algo así…!”

El rostro de Riario se torció en una amarga sonrisa.

Sabía de sobra que él no era su hombre. Los pequeños instantes compartidos con aquel mago arisco le cruzaban como un relámpago ante los ojos nublados. Siempre había sido de Evernight. Lo sabía… y aun así, aquella daga que ahora se le clavaba en el pecho no sabía cómo arrancársela.

“¡Alteza!”

“¡Se lo ruego!”

Anya, aunque se desplomó varias veces, siguió levantándose. Tenía las rodillas, los codos y las palmas ensangrentadas, pero no se detenía.

“Solo una vez… ayúdeme, Riario.”

Era una súplica tan desesperada que dolía. Al final Riario retiró la mano con un suspiro. Era la señal de que no intentaría detenerlo.

“G-gracias…”

Asintiendo débilmente, Anya echó a correr a trompicones. Hacia donde Evernight había desaparecido. Sentía que se ahogaba, pero aun así corría.

Evernight descendía sin pausa los descansillos que llevaban al salón principal. Él quería gritar su nombre, pero de la garganta apenas escapaban respiraciones entrecortadas.

¿Había sido siempre tan lento su paso? Para dar a luz a este hijo quizá tendría que romper no solo su propio cuerpo, sino también todo lo que lo unía a ese hombre.

Pero las fuertes patadas del niño en su vientre parecían suplicarle: no me abandones, ámame. Como cuando cada noche esperaba a su madre en la ventana desgastada, sabiendo que no vendría. Por eso no podía darle la espalda.

“¡E… Evernight!”

Lo llamó por fin, como un torrente, al entrar en el salón principal. La silueta familiar a lo lejos se detuvo un instante, pero luego siguió alejándose.

De pronto, la vista se le tiñó de amarillo. Le subió la náusea; ya no sabía si aquel latido desenfrenado era suyo o del niño.

“¡…El!”

Al gritar su nombre, Evernight al fin se detuvo. Anya bajó a toda prisa el resto de los peldaños, temiendo que él volviera a irse. Tropezó y estuvo a punto de caer, pero se aferró a la barandilla.

¿Alguna vez había suplicado así? ¿Alguna vez había llamado a alguien con tanta desesperación?

“D-déme… una oportunidad, solo una.”

Alcanzando por fin a Evernight, jadeando con la respiración rota, consiguió decirlo. No quería rendirse. Era su hijo, de los dos. La debilidad de su cuerpo era su culpa, no del niño. Si había manera de darlo a luz, lo haría. Hasta sus dudas de caña quebradiza le parecían ahora vergonzosas; el bebé era demasiado inocente, demasiado digno de compasión.

“Regresa.”

Evernight, que miraba sus rodillas manchadas de sangre, alzó despacio la vista. Su orden era tan helada que le erizó la piel.

Fue entonces cuando Anya advirtió a otros duques apostados en un rincón del salón. Bluea quiso correr hacia él, pero Kanon lo sujetó apresuradamente.

“¿No le… no le da pena este niño? ¡Él no pidió venir al mundo…!”

Anya entrelazó sus manos temblorosas. Al mencionar al “niño”, la consternación se pintó en el rostro de todos los duques, salvo Bluea.

“Si… si tanto lo odia…”

Anya vaciló. Seguramente no quería al hijo porque lo odiaba a él. Porque no deseaba ni el más mínimo lazo entre ellos.

Todos los recuerdos compartidos con ese hombre le golpearon de golpe, como una ola desbordada. Quizá desde el principio había sabido qué sentía él realmente, pero se aferró a una frágil esperanza y miró hacia otro lado.

Ahora debía enfrentar la realidad. Aunque fuera una realidad cruel, capaz de arrancarle el corazón.

“Me iré… saldré del castillo… lo daré a luz solo y en silencio… ¡ah!”

Entonces una mano grande y dura le atrapó la cara con violencia.

“Bien. Si tanto deseas morir, muere.”

Trató de zafarse, pero era imposible escapar de aquella fuerza brutal. Evernight, impasible, contemplaba sus forcejeos. Detrás, se oían los gritos de Kanon maldiciendo y sujetando a Bluea.

“¡N-no… no voy a morir!”

Anya, bajo aquella mano enorme, contuvo las lágrimas que le llenaban los ojos. Un sollozo extraño, como el de una presa atrapada por la garganta de una fiera, brotó de su boca.

“Lo daré a luz… y lo amaré más que nadie. Lo juro.”

“¿Ah, sí?”

Evernight soltó una risa incrédula. Luego, frunciendo el ceño con furia, lanzó una blasfemia mientras miraba su vientre. “Qué asco.”

Anya, sobresaltado, se abrazó el abdomen.

“Es un sacrificio conmovedor, Anya.”

Evernight entonces le bajó la mano y, uno por uno, le apartó los dedos que se aferraban a su vientre, hasta quedar frente a él.

“Pero qué lástima. Aunque lo colmes de amor, ese mocoso vivirá hundido en la miseria.”

Después de esa noche, Evernight no volvió a dirigirle la mirada.

Consintió, sin decir palabra, que Savelli entrara y saliera de la alcoba de Anya e hiciera lo que quisiera con él.

Quienes iban muriendo eran, en cambio, los soldados de la alianza. Bajo el aire siniestro del comandante en jefe, se sintieron como caminando sobre hielo quebradizo hasta el mismo día de la expedición.

“Yo… no sabía que estaba embarazado.”

Siswu murmuró con gesto sombrío, sentado ante la mesa del banquete. Desde la visita de la orden del Halcón Azul, las comidas en Tildeon habían sido abundantes como nunca, pero justamente quien debía alegrarse más era el que estaba sumido en mayor abatimiento.

“¿Cómo no podías saberlo?”

Karen lo pateó por debajo de la mesa, no con fuerza pero sí con reproche, y lo fulminó con la mirada.

“Definitivamente fue un error mandarte a Maneregia.”

Tildeon tenía tres caballeros de rango superior: Siswu, Karen y Lorea. A ellos se sumaba el mago Riario, de rango equivalente. Cuando el señor se ausentaba del castillo, al menos uno de ellos debía permanecer para sustituirlo en sus funciones.

“Pero aunque se hubiera quedado en el castillo, ¿qué podría haber hecho? Como mucho firmar papeles… y exprimir hasta los huesos a los aprendices.”

Normalmente esa función la asumía Lorea, experto en la etiqueta de la nobleza. Lorea, probando la superficie suave del estofado, replicó con calma:

“Y con el carácter del comandante… lo habría callado hasta el final. Incluso si tú hubieras estado allí, Karen, había grandes probabilidades de que tampoco lo supieras.”

“¿Lo ves?”

Siswu replicó indignado.

“¡En Maneregia se llevaban bastante bien! Cuando ese maldito primer príncipe azotó al príncipe, el comandante estaba furioso de verdad.”

La cuchara que arrojó rodó estruendosamente por el suelo, y los demás caballeros en la sala fruncieron el ceño, lanzándoles miradas de reojo.

“Eh, todos nos miran. Una más de esas y te quitan el rango de caballero superior.”

Karen volvió a darle un puntapié. Siswu, insensible al dolor, ni se inmutó. Pero, deseoso de unirse a la expedición, se sentó resoplando y empezó a desgarrar la carne con actitud belicosa.

“Si el comandante te ve ahora, te cortará la garganta sin que nadie se entere.”

Karen le dio una palmada en el hombro a modo de consuelo. Era injusto, pero cierto. Siswu se llevó las manos al cabello rubio y desordenado, desesperado.

“Jamás había visto al príncipe tan enfadado.”

Aquel día todos en el castillo presenciaron la violenta disputa entre el señor de Tildeon y su consorte en el salón principal. Los caballeros superiores que acudieron tarde en cuanto recibieron la noticia se quedaron mudos, al ver a la pareja gritarse sin piedad, indiferentes al asombro de todo el castillo.

“Seamos precisos. Fue el comandante quien casi lo arrinconó como si fuera a matarlo.”

“¿Será que reaccionó así por miedo a que su hijo tuviera que vivir lo mismo que él?… Yo, si tuviera un hijo, andaría feliz cargando a mi esposa en brazos.”

“¿Y yo qué sé?”

Karen se encogió de hombros. Lorea, tras acabar de comer con esmero, se limpió los labios con la servilleta y los miró.

“¿Quién puede entender lo que piensa el comandante? Por ahora centrémonos en que los soldados de Tildeon no choquen con los caballeros de otros feudos. Si ocurre algo antes de la expedición, es posible que todos acabemos muertos por la mano del comandante.”

En ese momento, alguien tan llamativo como los esposos de Tildeon se dejó caer al lado de Siswu, pasándole un brazo por encima del hombro.

“¿Cómo están?”

“…¿Duque Bluea?”

Bluea sonrió al tomar un pan recién horneado y darle un mordisco. Tenía una herida leve en la mejilla, recuerdo de aquel día en que, atrapado bajo Hanibal, forcejeó varias veces por lanzarse en auxilio de Anya.

“Un gusto verlo, duque de Runfield.”

Karen y Lorea asintieron con gesto rígido al recordarlo vagamente.

“Les pido un favor.”

De pronto, la sonrisa de Bluea desapareció y bajó la voz.

“Necesito que me ayuden a visitar la alcoba del príncipe.”

“…¿Perdón?”

La estancia de Anya, hasta entonces cerrada bajo el pretexto de su convalecencia, estaba ahora protegida con el argumento de que la madre necesitaba reposo absoluto.

“Pida permiso al comandante, mi señor.”

No es que nadie pudiera entrar: con la venia de Evernight era posible.

“Ese… ese maldito duque de Tildeon no me concede permiso, por eso recurro a ustedes.”

Pero no eran muchos los que se atrevían a pedirle algo a un hombre en semejante estado de fiereza.

‘Cállate.’

Con esa única palabra le negó la entrada a Bluea.

“Lo lamento, mi señor. No está en nuestras manos.”

“¿Y creen que vendría con las manos vacías? Si acceden, tendrán la lealtad de los caballeros de Runfield y Rivercastle.”

Era una promesa de que no causarían más incidentes. Lorea, al recordar al caballero de Runfield ejecutado días atrás, vaciló. El ambiente en las reuniones de preparación de la expedición se volvía cada vez más gélido.

Los duques parecían obedecer las órdenes del comandante Evernight, pero en realidad eran una alianza frágil, tan quebradiza como granos de arena listos a traicionar en cualquier momento.

“Mi juramento se mantendrá incluso más allá de la frontera. Si no me creen, podemos sellarlo con un pacto de sangre…”

“Lamentablemente, no será posible.”

Cuando todos casi cedían ante la súplica de Bluea, una voz cansada cayó sobre ellos.

“¡Maestro!”

Riario estaba de pie, con un rostro más exhausto que nunca. Se dejó caer en un asiento, frotándose la cara endurecida.

“El príncipe no se encuentra bien. Su visita no solo sería inútil, sino que podría agitarle el corazón y empeorar su estado.”

Ni siquiera dudó en decirle aquello a un duque de Runfield.

Karen rió por lo bajo, dándole golpecitos en el zapato bajo la mesa, pero Riario, recién vuelto tras pasar la noche entera tratando a Anya, estaba cínico como nunca. Esbozó una sonrisa torcida, levantó un dedo y le habló al duque:

“Se lo digo con aprecio, mi señor, escuche bien:

Uno. Si el comandante se entera de que vino a escondidas, correrá un baño de sangre. Y lo que ven en él ahora, en la sala de reuniones, es su límite máximo de autocontrol.

Dos. Si el príncipe descubre ese baño de sangre, tampoco se quedará quieto.

Tres. Entonces volverán a enfrentarse.

Cuatro. Y todo quedará arrasado antes de que partamos a la expedición.

¿Aun así quiere ir?”

Riario se encogió de hombros, mirando a un pálido Bluea, y justo entonces una doncella trajo un estofado humeante, con el que se enjuagó la boca.

---

A la mañana siguiente, cuernos resonaban por todo Tildeonrock, cortando el aire frío y brumoso.

Al oírlos, los párpados de Anya se abrieron pesadamente. Sus ojos castaños, nublados, vagaron sin foco por el techo varias veces. Dio un respingo y, estremeciéndose, se incorporó.

El cuerpo, castigado toda la noche por la magia curativa, se desplomó de golpe en cuanto apoyó los pies sobre la losa helada.

"Grrrng… "

Dragkals le tironeó de la ropa con la boca.

Anya acarició con un dedo la pequeña cabeza del dragón y, casi a gatas, avanzó hacia la ventana.

Ya había llegado el día de la partida. Desde su regreso a Tildeon, el mes entero había pasado como en un soplo.

『¡N-no me condene así!』

『……』

『Y-yo… ¿cuánto, cuánto no he sacrificado hasta llegar a esta decisión? ¡Usted no lo sabe!』

La noche anterior, por primera vez, Anya había estallado contra Evernight. El vacío de ver todo su esfuerzo reducido a nada, la culpa como ama de casa, el remordimiento hacia él, la amargura… todo se enredó y salió convertido en gritos. ¿Cómo la había mirado Evernight en ese momento?

『Si tanto desea morir, hágalo, esposa.』

Sus ojos azules, hundidos como un lago helado de Tildeon, fueron tan fríos que a Anya le castañetearon los dientes.

『Ya que lo ruega así, no volveré a detenerte.』

La formalidad de su tono no transmitía ni una pizca de respeto. Más bien sonaba hastiado, y aún más: se traslucía en él odio, e incluso arrepentimiento.

"Está bien, Dragkals."

La caricia húmeda del dragón en sus pies logró arrancarla de esas ideas infernales.

La túnica, antes ceñida, ahora se le deslizaba por unos hombros escuálidos. Anya exhaló agitadamente y, apoyándose en la pared, se sostuvo junto a la ventana.

El redoble de tambores y el sonido de los cuernos rasgaron otra vez el aire del amanecer. Un escalofrío recorrió su piel como presagio de guerra.

"¡Todos en formación!"

Retumbó el suelo bajo los cascos de los corceles de guerra y la voz recia de los soldados.

Con los ejércitos de los cinco señoríos reunidos, el terreno bajo las murallas se abarrotaba hasta no dejar hueco donde poner el pie. Vió ondear pendones de distintos colores azotados por el viento del norte.

Sin darse cuenta, Anya buscó ansiosamente a alguien con la mirada. Entonces, tras ella, se escuchó un golpe suave en la puerta.

"Señora, soy Gregos."

En ese mismo instante, Anya distinguió al hombre que cabalgaba en el frente de la tropa, sobre el más grande de los caballos negros. Pese al viento gélido, se mantenía firme en su puesto de comandante.

Le pareció que, por un instante, aquel hombre erguido la miraba hacia aquí. Aunque estuviera lejos, su mirada ardiente la inmovilizó por completo.

Sobresaltada, Anya giró la cabeza… y sus ojos se detuvieron en la espada de deshielo apoyada ordenadamente contra la pared.

«……»

Una oleada de emociones le subió a la garganta. Tuvo que morderse fuerte los labios para no llorar.

"En breve, el señor partirá a la campaña… ¡Señora!"

El muchacho se le adelantó a Gregos y salió corriendo del dormitorio.

"¡Cielo santo! ¿Señora?"

Las doncellas del pasillo, sorprendidas al verla salir de repente, gritaron alarmadas.

Anya corrió sin detenerse. El corazón le estallaba, pero no se permitió parar.

Si se separaban así, ¿cuándo lo volvería a ver? ¿Un año? ¿Dos?

Quería decirle que lo sentía, que había sido egoísta, que le deseaba un buen regreso.

"¡E-Ever… Evernight!"

Pero tal vez ya era demasiado tarde. Cuando Anya salió jadeando al gran vestíbulo, las tropas aliadas ya habían cruzado la puerta del castillo.

Él no estaba. Por más que buscó, no pudo verlo.

Como un niño perdido, Anya vagó buscándolo, bajo las miradas compasivas de los sirvientes.

"Señora, el viento es helado."

Gregos se acercó y le echó un manto sobre los hombros.

"En realidad… yo, yo no estaba enojado desde el principio…"

Tras el último caballo, el silencio se extendió por todo Tildeonrock.

"Yo solo quería… protegerlo. Porque es también hijo suyo y mío…"

Su voz tenue se disipó en el viento. Incapaz de contenerse más, Anya se cubrió el rostro con las dos manos. Entre sollozos ahogados, sus palmas se humedecieron.

"Lo sé, señora. Y estoy seguro de que también el señor lo sabe."

***

"De veras, sin broma, ¡apenas me bajé a orinar y se me congeló en el acto!"

Un caballero salió de entre la espesura temblando. Habían marchado hacia el norte desde el amanecer, y al caer la noche levantaron campamento en medio de una nevada selva de coníferas.

"¿Cómo demonios pudieron los de Tildeon vivir toda su vida en este frío?"

"Por eso se les dice bárbaros. Si vinieran al sur, seguro que se desmayarían en el acto."

Los caballeros del sur, mascando hierba seca en un rincón, miraban con desdén a los de Tildeon, que hacían chanzas de baja estofa, y chasqueaban la lengua. En sus voces había más desprecio que preocupación.

"Basta, quédate quieto. Si provocas bronca con esos con los que ni se puede hablar, podrías acabar como sir Rum."

"¿Y qué fue del de Tildeon que se peleó con él, el tal Fitz?"

"Ni idea."

Otro se encogió de hombros y se arrimó más al fuego. A raíz de la noticia de la señora, traída aquel día por el mayordomo de Tildeon, pocos supieron del destino final de Fitz.

"¿Lo ves? Al final, el mismísimo comandante también es de Tildeon".

El rencor acumulado por siglos de desprecio y enemistad no podía extinguirse con una sola expedición. Era un odio rancio, muy antiguo. Y lo mismo ocurría con los caballeros de Tildeon hacia los del sur.

Podían parecer incultos, pero también sabían sentir rabia y orgullo. Tras tantos entrenamientos, los caballeros de Tildeon percibían bien las burlas veladas de los demás señoríos.

"Mira esos blanquecinos estirados, ya ponen cara de disgusto otra vez".

Pero, percibiendo la tensión peligrosa de Evernight, los caballeros de Tildeon reprimieron la furia que les hervía dentro.

"De todos modos, en cuanto crucemos la muralla, esos del sur huirán y les cortarán la cabeza. A que apuesto mi odre de vino."

"Yo pongo dos."

"Y yo tres."

Las carcajadas estallaron. Uno comenzó a tararear una tonada del norte, y pronto todos se unieron a coro, llenando el campamento de estrépito.

"¡Los humanos son todos igual de tontos o de envidiosos!"

Sobre esta tierra helada, mientras los hombres se quejaban de tener que montar el campamento, los únicos que parecían alegrarse con el trabajo eran los enanos. Sin embargo, fieles a su carácter huraño, no ayudaban en nada a los humanos.

Y tampoco aceptaban que ningún humano "fuera del norte, del sur o del este" se atreviera a interferir en su labor.

"¡Eh, enano! ¿Dijiste envidiosos? ¡Los envidiosos son esos malnacidos de allí, no nosotros!"

Los hombres del sur, ofendidos por haber sido menospreciados como peores que los propios humanos por parte de los enanos, se levantaron de inmediato gritando.

“Bah, váyanse a dormir, señoritos.”

Algunos caballeros de Tildeon, ya embriagados y animados, los apartaron con la mano, burlándose de ellos. Los caballeros del sur, que estaban a punto de abalanzarse, se contuvieron a duras penas. El consejo de lord Montrose les resonaba en la cabeza: si en algún momento dejaban que la ira los dominara, mejor ni soñar con volver vivos.

“Chst, los humanos son realmente una raza patética.”

Los enanos, ocupados en levantar su refugio, chasquearon la lengua al verlos pelear entre sí.

“Y sin embargo, ¿no fue que a sus parientes los decapitaron a todos?”

Algunos caballeros de Eastbourne, que observaban la escena, soltaron una sonora carcajada. La mayoría de ellos formaban parte de la guardia de élite de Hanibal, acostumbrados a misiones navales.

“¡Un simple humano se atreve a profanar nuestra sagrada muerte!”

Varios guerreros enanos se exaltaron y gritaron. Sus roncas voces resonaron en medio de la estepa nevada, y como respuesta se escucharon a lo lejos los aullidos apagados de las bestias.

“Shhh.”

Enseguida todo el campamento quedó en silencio. Miraron alrededor con el rostro tenso. La oscuridad era absoluta y de sus bocas no dejaba de salir un aliento blanco.

“Si seguimos armando escándalo, no haremos más que atraer a las manadas de lobos… o a los monstruos.”

Al escuchar aquella sombría advertencia, todos asintieron en señal de acuerdo, cosa rara. Cuanto más avanzaban hacia el norte, más caía la temperatura de forma brutal, y parecía flotar en el aire un aura maligna distinta de antes.

Nadie quería entrar en combate antes de siquiera cruzar el Muro.

---

“La marcha se divide en dos rutas principales. Un contingente cruzará el Muro pasando por Northmost, y el otro avanzará por el Cañón Gris para inspeccionar Portmeus en el este.”

En la tienda donde se reunían los cinco duques reinaba una calma tensa, tan callada como la de afuera. Evernight había desplegado un mapa sobre la mesa y con el dedo señalaba ambos lugares.

“Lord Evernight, ¿seguro que dividir las fuerzas nos favorece? Usted es el único que conoce de verdad cuántos monstruos merodean más allá del Muro. Enviarnos allí sin usted puede ser un riesgo excesivo.”

Kanon lo observaba con el rostro preocupado.

“Los monstruos que aparecieron en el sur eran de clase superior, Kanon. Si esa bestia gigantesca hubiera cruzado el Muro de Tildeon, lo sabríamos. Así que el único paso posible para ellos es Portmeus.”

Evernight volvió a señalar con el dedo el extremo oriental del Muro, donde antes se alzaba el antiguo reino élfico de Arbor, apenas marcado en el mapa. Con ambas manos apoyadas sobre la mesa, levantó la cabeza para mirar a Kanon. Sus ojos duros relampagueaban con agudeza.

“Pero si destinamos todas las tropas a Portmeus, no sabremos qué complot pueden estar tramando más allá del Muro. En pocas palabras, quedaríamos expuestos a una emboscada. A Northmost irán mi lugarteniente y un mago.”

"Ese soy yo, lord Rivercastle".

Siswu, sentado cerca de la antorcha, sonrió y agitó la mano. Kanon frunció el ceño sin disimular su desconfianza hacia aquel joven caballero rubio. Tampoco le gustaba nada el mago de Tildeon que dormitaba al lado de Siswu.

“Por desgracia, lo que dice lord Evernight es cierto, lord Kanon.”

Cuando hasta Hanibal apoyó la postura de Evernight, Kanon no tuvo más remedio que ceder. Sus arqueros de Rivercastle eran una fuerza de élite famosa en todo el Imperio, pero nunca habían combatido contra monstruos. En el sur, los únicos que habían visto en seiscientos años eran apenas unos cuantos ghouls.

“¿Entonces el comandante en jefe piensa dirigirse hacia el este?”

Usolin arrastró una silla, se subió a ella y con su hacha golpeó el extremo del Muro que daba al mar tranquilo.

“Entonces quedo tranquilo. ¡Los enanos jamás pondremos un pie en tierras élficas!”

“Pero si ya no queda ni uno allí, ¿a qué le temen tanto?”

Bluea, que casi no había abierto la boca desde el inicio de la expedición, esbozó una sonrisa torcida hacia Usolin.

“Lord Runfield, ¡los enanos no tememos a los elfos! Son simplemente una raza traidora, nuestros enemigos jurados.”

Usolin, indignado, parecía a punto de blandir su enorme hacha contra Bluea.

“Basta.”

La orden, acompañada de un suspiro de Evernight, bastó para separar a los dos. Desde Tildeon, Bluea había buscado cada ocasión para provocar a Evernight, y ahora seguía cojeando y lanzando burlas sin parar.

“¿Qué esperan? Debemos obedecer las órdenes de nuestro gran y magnífico comandante. Si no lo hacemos, quizá ni los ratones se enteren de nuestra muerte.”

Evernight ignoró por completo el sarcasmo de Bluea. Su rostro imperturbable no dejaba ver ni la más mínima emoción, lo que enardecía aún más al otro.

“Entonces que hacia Northmost marchen Rivercastle, Runfield e Ironband. Hacia Portmeus irán Tildeon y Eastbourne.”

Desde que había iniciado la expedición, Evernight cumplía a rajatabla y sin fisuras su papel de estratega. No transmitía dificultad ni solemnidad alguna.

“Las comunicaciones se mantendrán a través de los mensajeros alados. Pero cuidado: si caen en manos de monstruos con inteligencia, estaremos en serios problemas.”

Hacía simplemente lo que debía hacer, sin vacilar. Su actitud podía parecer carente de compasión, pero tampoco dejaba ver rastro de temor.

“¿Acaso… te preocupa Su Alteza?”

Cuando Evernight estaba por salir de la tienda tras la reunión, Bluea lo detuvo. No había podido despedirse de Anya, que agonizaba antes de la partida. Todo era culpa de aquel hombre.

“Él espera un hijo tuyo. ¿Y aun así lo encierras? ¿Tienes idea…?”

“No cruce esa línea, duque Bluea.”

Evernight lo fulminó con una mirada cargada de fastidio y apartó con facilidad la mano que lo sujetaba del hombro.

“Ya lo dije una vez: no tengo esas costumbres vulgares de compartir pareja. Pero como parece que le cuesta entenderlo, se lo repito: es mi esposa.”

No tuya. Lo que significaba que haría con él lo que le viniera en gana.

“Comandante, soy Riario.”

Después del consejo, Evernight se estaba quitando las hombreras de la armadura. La pesada pieza, forjada a la medida de su cuerpo, cayó con fuerza al suelo.

“Entra.”

El aire helado del norte se pegó denso a su piel. Sentado en la silla, Evernight observó en silencio cómo Riario levantaba la lona de la tienda y entraba con un sobre en la mano, marcado con un sello familiar.

“Ha llegado un mensaje desde Tildeon.”

Evernight lo recibió. Era de Gregos.

“Comandante, lo de Su Alteza… le pido disculpas.”

Al reconocer al remitente en el extremo del pergamino, Riario habló con rostro incómodo, casi titubeando.

“De todos modos morirá.”

La respuesta era tan seca que Riario casi dudó de haberla escuchado bien, tratándose de palabras tan terribles.

Evernight levantó una daga y cortó el sello con limpieza.

El texto, escrito con caligrafía impecable, comenzaba preguntando por su salud. Sus ojos fríos pasaron con rapidez sobre esas frases inútiles, hasta que su mirada se detuvo en un párrafo.

> … El señorito se mantiene firme, pero también es cierto que día a día empeora. El erudito Savelli ha encargado una gran cantidad de hierbas medicinales al mercader Nicholas. Tal como me ordenó, he vigilado de cerca sus movimientos, pero no hay rastro alguno de magia perversa.

Aun así, no puedo garantizar su vida en estas condiciones.

Después seguían breves informes sobre los movimientos dentro de la fortaleza, escritos de forma ordenada.

“Comandante, ¿morir… quién?”

Con el ceño levemente fruncido, Riario lo miró. Preguntaba por el sujeto de aquellas palabras: ¿era Anya quien iba a morir, o el hijo en su vientre?

Evernight arrojó la carta al fuego, cortando de cuajo la duda de Riario.

“Por mucho que Savelli se crea prodigioso, en el momento en que un Andarliano conciba un hijo, la muerte es ineludible.”

Eso deberías saberlo tú también. Su mirada, tranquila y profunda, parecía preguntar. Su voz grave retumbó nítida en la noche teñida de sombras.

“Entonces… ¿está diciendo que Su Alteza morirá? ¿Por eso intentó provocar el aborto del niño en el vientre…?”

Aunque fracasó… la voz de Riario temblaba débilmente. Tenía la mitad de razón y la mitad de error, pero Evernight no se molestó en negarlo. Al principio, parecía no importarle la muerte de Anya.

Pero con el tiempo, Evernight reconocía para sí mismo que, en aquel propósito de aborto, había considerado también la vida del niño. Recordó la confusión de sus propios sentimientos: a veces una sensación de vértigo, como si se precipitara al vacío; otras, al ver ese rostro puro, sus palmas se agitaban con un extraño picor.

Sin embargo, toda esa confusión se disipó en el instante en que Anya, defendiendo al monstruo en su vientre, se rebeló contra él.

Andarliano. Así también lo llamaban a Evernight.

“La maldita maldición de los dioses acaba aquí.”

Y esa era también la razón por la que Evernight había dejado Redcoast para regresar al norte.

“Comandante…”

Hoy, en la mente de muchos, los herederos de Andarl estaban olvidados, pero en el principio de los tiempos fueron los primeros caballeros que fundaron el norte. Sin embargo, al vender sus almas al hijo caído de los dioses, Tanon, cargaron para siempre con una maldición divina.

“La cima no está lejos, Riario.”

Evernight era el último heredero de los Andarl. Y había vuelto al maldito norte para poner fin a todo.

“Comandante… ¿qué es lo que pretende hacer?”

Riario lo miraba fijamente con un rostro lleno de inquietud. Como siempre, era imposible descifrar la voluntad del hombre.

De pie en el límite entre luz y tinieblas, Evernight contemplaba con sus ojos sombríos el fuego que ardía con furia aun en pleno invierno.

“Solo haré lo que debo hacer.”

Como siempre. Avanzar hacia el final. Y al fin aceptar con gusto la paz de la muerte. Solo eso.

“Así que, Riario, envía un mensaje. Dile que mi esposa acabará muriendo, y que si eso ocurre, cuide bien al niño en su vientre. Porque debo ocuparme de él con mis propias manos.”

No pensaba dejar que la muerte de su consorte arruinara todo lo que había construido. Tenía que acabar con la vergonzosa necedad de sus antepasados. Evernight odiaba con todo su ser a su padre, que aun cargando con ese destino no pudo evitar amar, y en el final lo arruinó todo.

---

“Debes resistir.”

Cada vez que Savelli recitaba un conjuro de sanación, Anya se retorcía bajo un dolor insoportable. Por miedo a no resistir y salir corriendo de la habitación, pidió a Savelli que lo atara con cuerdas.

“Ya casi terminamos.”

Cuando la última luz curativa se filtró en su cuerpo, Anya exhaló de golpe, como quien emerge a la superficie tras una larga inmersión.

Desde que Evernight partió de Tildeon, la señora de la casa había quedado solo y sometido a agotadores tratamientos cada día.

“Esto acabará matándolo. ¿Está seguro de que eso es sanación?”

Afuera de la alcoba, Bell no paraba de pasearse inquieta por el pasillo. Recordaba al muchacho tenaz que había visto desde el comedor de madera en el patio de armas.

“Es demasiado cruel para el señorito.”

La imagen de aquel niño, comiendo firme y solo en un rincón a pesar de las burlas de los demás, volvía a su mente. Tal vez porque tenía casi la misma edad que ella, Bell sentía más compasión.

“Bell. Lo único que podemos hacer es observar.”

“¿El señor también lo permitió? Se dice que discutieron mucho los dos…”

Los ojos de Gregos se agudizaron de inmediato. Pese a ello, Bell continuó con determinación.

“Está sufriendo así, debemos informar enseguida al señor.”

Gregos sujetó los hombros de Bell y cruzó con ella una mirada silenciosa. Sus ojos ancianos y afilados brillaban como cuchillas en la oscuridad.

“Bell. No eres más que una doncella. Y el amo mismo consintió todo esto antes de marcharse. Ese dolor es una decisión que el señorito aceptó por voluntad propia.”

“No puede ser… podría morir.”

Con sus grandes ojos bondadosos anegados de lágrimas, Bell sollozaba. Fue entonces cuando Philip apareció corriendo por el pasillo sombrío.

“Mayordomo. Ha llegado un mensaje del señor.”

Gregos lo abrió sin demora. Tras leerlo minuciosamente, volvió a doblarlo con orden.

“Bell. Retírate de una vez. Si sigues entrometiéndote, tendré que prohibirte el acceso al pabellón.”

“¡Señor Mayordomo!”

Bell gritó con impotencia, pero Gregos ya había vuelto a ser el mayordomo severo de siempre, como si nunca hubiera prestado oído a sus quejas.

“Es algo que el señor ha permitido. Una simple sirvienta no debe atreverse a inmiscuirse.”

Fue la última advertencia que Gregos le dio. Bell no tuvo más remedio que guardar silencio.

“Philip.”

Mientras observaba cómo se alejaba la doncella, Gregos llamó en secreto al muchacho.

"Sí, mayordomo."

"Cuando el señor cruce la barrera, será difícil enviarle cartas. Más allá, solo se pueden transmitir mediante aves mensajeras encantadas. A partir de ahora, serás tú quien se encargue de ellas."

Philip abrió mucho los ojos y lo miró asombrado. Aquellas aves, modificadas con magia especial, eran el único medio capaz de atravesar la barrera y entrar en la tierra de la muerte.

"En cuanto llegue un ave mensajera, ven a informarme de inmediato. No sabemos cuán rápido pueden precipitarse los acontecimientos, así que debes reportar al instante."

---

Con cada día que pasaba, el tiempo que Anya permanecía atrapado en sueños se alargaba más y más. En esos sueños, a veces era un niño pequeño que buscaba a su madre, otras un príncipe tímido hasta lo patético, arrodillado como un perro suplicante ante Royster. Pero casi siempre, permanecía detenido en un único instante.

«Escúchame bien, mocoso maldito. Ahora somos esposo y esposa.»

Los pétalos que había visto caer en su palma, dentro de la carreta que los llevaba desde Maneregia hacia Tildeon, flotaban de nuevo ante él.

La primera vez que salió del palacio y contempló la capital: el bullicio de la gente, el coraje de asomarse finalmente por la ventana… y aquella amplia espalda masculina que llenó toda su vista, seguida por banderas de mil colores ondeando tras él. Anya jamás pudo olvidar aquel momento.

"Yo… creo que lo he arruinado todo…"

La voz se escapaba entre sus labios resecos, impregnada de arrepentimiento. Una mano arrugada y firme se posó sobre el dorso de la suya.

"Evernight ya se ha marchado."

Una triste sonrisa se dibujó en el rostro de Anya.

"¿C-cree que… volverá?"

Que su último adiós hubiera sido un grito de traición… era miserable. Savelli, sonriendo con suavidad para tranquilizarlo, acarició la mano del muchacho.

"Él es el heredero de los Andarl. Un cuerpo que no puede morir."

"¿A… Andarl?"

A diferencia del estado agónico en que había estado hasta entonces, de pronto el brillo regresó a los ojos de Anya. Savelli comprendió demasiado tarde que, al intentar aliviar sus temores, había despertado otra inquietud distinta.

"Ya duerme. Es tarde."

Ese era el límite de lo que podía hacer por él. El cielo observaba, y si se atrevía a interferir demasiado en el destino ajeno, todo se vendría abajo. En su larga vida, Savelli había visto infinidad de personas arruinarse por dejarse llevar por la codicia.

"S-Savelli… ¿acaso los Andarl tienen relación con la luna llena?"

Anya no lo dejó marchar tan fácil, tirando de la orla de su túnica.

"Mm… ¿y cómo sabes eso?"

A medida que el tratamiento se intensificaba, el feto crecía con fuerza, mientras que Anya, como madre portadora, se marchitaba día a día. Más de una vez el dolor lo había hecho desvanecerse. Sus labios, antaño rosados, estaban ahora agrietados y ensangrentados; los moretones se multiplicaban sin tregua.

"T-tengo curiosidad… Quiero saber sobre él."

Por primera vez en mucho tiempo, Anya parecía brillar. Como aquella vez en que, con rostro decidido, se arrojó al lago helado.

"¿Qué ves en alguien que te dejó tan fríamente, para que así te iluminen los ojos?"

Murmuró Savelli, pero Anya se limitó a quedarse recostado contra el cabecero, mirando fijamente la espada del Deshielo erguida junto a su cama.

"Quiero saber… la vida que él ha llevado."

Así quizás dejaría de temer que aquella espalda, a la que observaba cada noche en sueños, se marchara para siempre.

"No quiero… s-sentirme culpable más tiempo."

Era cierto que había en él un deseo egoísta de liberarse de esa culpa. Pero más que eso, quería comprender de verdad por qué Evernight lo rechazaba… por qué lo detestaba tanto.

"No tienes por qué sentirte culpable con Evernight. Como el agua que fluye, solo seguiste tu corazón."

Savelli sabía mejor que nadie cuánto sufría Anya cada noche, sin poder dormir. Era un buen chico. Había conocido a infinidad de personas en todos sus viajes, pero jamás a alguien tan recto como él. Casi se preguntaba por qué el Emperador lo había entregado a Evernight.

"P-pero… es cierto que lo desafié…"

Y esa era la angustia. Temía que el muchacho acabara por no soportar aquellas cadenas y se derrumbara.

Ya llevaba más de diez días revisando grimorios antiguos en el laboratorio subterráneo.

Salvar tanto a la madre como al hijo: era lo natural, y sin embargo, parecía que algo invisible bloqueaba todo remedio.

"Evernight se opone a tu embarazo porque es el heredero de los Andarl."

Quizás lo más urgente era infundirle la misma determinación que aquel día, cuando lo llevó sin rumbo a los bosques de Tildeon. Darle al menos un respiro, para que pudiera resistir. Por eso, Savelli se permitió decir lo que antes había decidido callar.

"Andarl…"

Anya lo repitió aturdido, como probando en voz alta una palabra desconocida.

"¿Lo habías oído antes?"

Anya negó suavemente. Intuía ya que Evernight no era un hombre común, pero jamás sospechó que ocultara un secreto de nacimiento.

"Si es heredero… ¿no debería entonces tener más descendencia?"

Se sonrojó apenas por haber pronunciado aquellas palabras.

"Los Andarl… "

Savelli se detuvo largo rato, como nunca hacía

"…son una orden de caballeros caídos, desterrados del norte en la Primera Era, por haber incurrido en la ira de los dioses."

Al terminar la frase, un escalofrío recorrió la estancia, como si realmente una divinidad los observara. El viento azotó con fuerza, haciendo temblar las ventanas. El ceño de Savelli se frunció, como si hubiera desenterrado una historia muy antigua.

"Yo mismo no supe que los Andarl existían de verdad hasta que lo conocí en Redcoast."

"¿La ira de los dioses…?"

Dioses. Para Anya eran seres lejanos e intangibles. Y sin embargo, en todas las crónicas imperiales quedaban rastros de ellos. Incluso en El gran caballero, Thorn, libro que había leído en secreto en el palacio secundario, se hablaba de ello. Thorn también creyó en los dioses, y habló de ellos. Allí, igual que ahora, aparecían esas mismas historias.

En el principio, a esta tierra llegaron trece dioses enviados por el Dios de Todo. Se amaban, se odiaban y se aliaban entre sí.

De uno de los brazos vigorosos de Moradin, dios del orden y la creación, nació la raza enana… y del vínculo entre Zion, dios de la magia, y Reten, dios de la música, resonó el canto que dio origen al pueblo élfico.

Cada territorio, cada raza, tenía su divinidad patrona. El norte, desde antiguo, veneraba a la diosa del amanecer.

Para los vivos, los dioses eran eso: seres a quienes se debía rendir culto. Y aun cuando los tiempos habían cambiado y corrían ya las eras, seguían presentes en este mundo.

“Los Andarlianos fueron los que, hace mucho, invocaron la llamada ‘Noche Eterna’.”

“¿La… Noche Eterna?”

“Un período en que desapareció el amanecer y solo existía la noche infestada de monstruos. Los Andarlianos se pusieron del lado del caído ‘Señor de la Noche’…”

“¡E… eso es imposible!”

Era impensable que Evernight descendiera de semejantes malvados. Anya aún recordaba nítidamente cómo él había masacrado a los monstruos sin un ápice de compasión.

“El… el señor Evernight odia a los monstruos más que nadie.”

Savelli, con ternura, acarició la cabeza de Anya y continuó su relato, con la esperanza de aliviar su culpa.

“El que finalmente detuvo la última Noche Eterna fue tu antepasado, la casa imperial de Kleist. Tras aquellas guerras, los Andarlianos desaparecieron, y con la llegada de la paz la gente terminó por olvidarlos.”

La voz de Savelli se colaba en los oídos como una canción de cuna. Pero Anya no podía dormir.

“Y a cambio, ellos recibieron la maldición eterna de los dioses.”

Savelli confesó que lo que sabía llegaba solo hasta allí, y colocó la mano sobre el vientre hinchado de Anya. Sintió un poder inmenso en su interior, pero no corrompido.

“El único propósito de Evernight es la completa aniquilación de los Andarlianos.”

No lo había decidido porque te odiara. Savelli deseaba que Anya comprendiera eso.

---

Ahora que lo pensaba, Evernight siempre parecía soportar algo con terrible paciencia. Y en los días de luna llena, esa paciencia se volvía insoportable, hasta el punto de amenazar a Anya.

Desde antaño, la luna llena era considerada el momento en que los monstruos obtenían mayor fuerza. ¿Sería por eso que él detestaba tanto la luna?

Incluso después de que Savelli se marchara, Anya no pudo conciliar el sueño.

“Te he contado sobre los Andarlianos porque tú eres de la casa imperial de Kleist. Esa sangre que acabó con la Noche Eterna. Quizás el hijo de Andarl que crece en tu seno… pueda estar bien.”

Anya, príncipe bastardo, ignoraba gran parte de la historia del Imperio. Aunque en realidad, no era el único. Muchos habían olvidado esos hechos, pues los Kleist, al ascender al trono, habían mandado quemar todos los antiguos libros que pudieran amenazar la paz.

“¿Tú qué piensas?”

En cuanto Savelli se retiró, Dragkals reapareció. Los ojos dorados del dragón brillaban intensamente en la oscuridad. Pero este lo miró con desdén y apartó la vista.

“¿Eso es un… no?”

“……”

Con su tamaño reducido, Dragkals había perdido muchas de sus facultades.

Anya se quedó con la boca entreabierta.

“Ya sé por qué te hiciste pequeño.”

Al fin lo comprendió. Los espíritus derivaban de los dioses, y los Andarlianos eran una raza maldita por ellos. No podían coexistir.

“Gracias… has estado esperándome todo este tiempo.”

Con Evernight ausente, Anya se sentía como si permaneciera solo, descalzo, en medio de aquella tierra helada. Una soledad y una tristeza infinitas.

El dolor, lejos de menguar, empeoraba con el paso del tiempo, y los cambios de su cuerpo le llenaban de miedo.

“¡Usted no sabe con qué decisión, con qué renuncia, con qué corazón he aceptado esto!”

Recordaba con amargura los reproches que alguna vez le lanzó a Evernight. Se sentía patético por haber persistido en su obstinación, siendo alguien tan insignificante.

“Creo que la expiación no se hace muriendo, sino viviendo. Y que el hecho de que él haya devuelto a Tildeon a lo que era antes ya constituye en parte una expiación.”

Las palabras de Savelli seguían resonando en su mente.

“El nombre de El no se lo dieron sus padres. Durante mucho tiempo, él no tuvo nombre.”

¿Cuánto había soportado en soledad, negando hasta su propio nombre, odiando incluso su propia sangre?

“Bien. Si tanto deseas morir, muere.”

Anya oró en silencio. Rogó que, cuando Evernight regresara a Tildeon, pudiera recibirlo con el hijo en brazos. Que en ese instante él mismo le pusiera nombre al niño.

Y que, juntos, compartieran la expiación de los Andarlianos.

Que la cumplieran vivos, uno al lado del otro.

---

Pasaron unos días. Desde aquella conversación con Savelli, Anya encontraba más llevadero el día a día. La magia de sanación se volvía cada vez más intensa, pero él la soportaba mucho mejor.

“¡Señorito!”

Un día, impulsivamente, se levantó, se puso un abrigo y decidió salir. Aunque cada paso pesaba más que antes, su corazón se sentía liviano como una pluma. Esa diferencia lo animaba a moverse.

“¿Adónde va con este frío?”

Gregos corrió alarmado hacia él, pero en el rostro pálido de Anya se dibujaba una sonrisa infantil. Incluso Gregos había notado que, últimamente, su condición parecía mejorar.

“Voy… voy a dar un paseo.”

Se armó de valor y se detuvo ante la puerta. Al inspirar hondo, el aire frío y puro del invierno llenó sus pulmones. Era el aire de Tildeon, distinto al de Maneregiana o al del sur.

“¿No es peligroso?”

La mirada de Gregos se posó en su vientre.

“E… estoy bien. El maestro dijo que, conforme mi cuerpo mejore, caminar un poco es necesario.”

Y al decirlo, sintió deseos de correr afuera. Aunque no pudiera empuñar la espada, hacía tiempo que no acariciaba la crin de Mil.

---

Cuando la señora de Tildeon apareció al fin después de tanto tiempo, los sirvientes dejaron de trabajar y la miraron sorprendidos. Uno incluso soltó un grito y casi cayó de la escalera. Desde su regreso, los rumores abundaban, pero era la primera vez que él misma salía de su dormitorio por voluntad propia.

¿Entonces sí era verdad que no salía por el embarazo?

¿Lo ves? Yo tenía razón. Varios la vieron discutir con el señor en el salón principal.

Y yo que creía que todo eran habladurías…

Todas las miradas convergían en un mismo lugar. Anya colocó ambas manos sobre su vientre. Pesado, pero cálido. Desde aquel juramento silencioso, ya no lo sentía como un temor, sino como una fuente de calor inagotable.

“Buenos días, señora.”

Justo al salir, se cruzó con los aprendices que corrían en formación. Pasaron a su lado, dedicándole saludos apresurados. Anya, algo aturdido, devolvió el gesto. Uno a uno, mientras lo sobrepasaban, exhalaban nubes de vapor, irradiando un calor muy familiar para él.

Entonces, con sus manos debilitadas, apretó con fuerza lo poco que le quedaba.

“¿No tiene frío?”

No sabía cuánto tiempo había estado con el puño cerrado cuando, desde el extremo del grupo, alguien que corría se le acercó de improviso con esas palabras.

"¿Lo… lord Lorea?"

Era Lorea.

Anya había compartido numerosas travesías con otros caballeros superiores como Siswu o Karen, o con el mago Liarío, por lo que había cierto trato, pero era la primera vez que cruzaba rostro a rostro palabras directas con Lorea.

"¿Se encuentra bien de salud?"

En su acento, Anya pudo reconocer un dejo del sur, parecido al de Bluea. A diferencia de otros caballeros, Lorea llevaba el cabello bien arreglado, y a diferencia de Siswu, que siempre vestía la armadura de cualquier manera, él la llevaba puesta como correspondía.

"S-sí, sí."

Los ojos de Lorea también se posaron por un instante, como los de los sirvientes, sobre el vientre abultado de Anya. Pero, aunque fuera hijo ilegítimo, Lorea era de origen noble y sabía bien que no era de buena educación. Su mirada ascendió de inmediato al rostro de Anya, sin darle tiempo a sentirse incómodo.

"Perdone lo atrevido de mis palabras, pero el aire frío podría no ser bueno ni para el niño ni para la madre."

El hombre de rasgos apacibles le dirigió una advertencia llena de preocupación. Ya cuando Anya había llegado por primera vez a Tildeon, aquel hombre le había lanzado miradas que parecían preguntar si realmente estaba bien.

"P-pero…"

Antes de que pudiera terminar, Lorea asintió con el gesto de quien ya lo comprende todo. Ese simple movimiento bastó para que Anya se sintiera aliviado.

"Sí, también me parece que algo de actividad física ligera le vendría muy bien ahora a Su Alteza. En ese caso, permitiré que me encargue de escoltarle. Sobre todo porque el capitán dijo que si Su Alteza deseaba algo, se le concediera."

Caminando junto a Lorea, Anya abrió los ojos sorprendido al encontrarse de repente con la presencia de Evernight. Sus pasos se aceleraron sin quererlo.

“Bueno, si vamos al caso, en realidad lo que quería decir era que lo dejáramos prácticamente por su cuenta.”

Recordando el contenido de la carta enviada hacía poco por el mensajero de Evernight, Lorea se encogió de hombros. Desde niño había crecido observando el humor de los demás, por lo que sabía mejor que nadie cómo comunicar las cosas sin ofender. Que Evernight hubiera escrito eso era cierto, pero no hacía falta explicar el matiz; contarlo todo al pie de la letra solo serviría para provocar problemas innecesarios.

"Dicen que la expedición pronto cruzará la muralla."

"¿E-entonces la expedición se dirige a Northmost?"

Y aun siendo palabras de aquel hombre que en la carta no había mostrado más que un sarcasmo helado, a Anya le sonaron bastante razonables.

"Una parte, sí."

Tal como su aspecto dejaba entrever, Lorea continuó hablando con suavidad para que Anya no se aburriese. Era sorprendente lo rápido que adivinaba lo que a él le generaba curiosidad.

"Si atraviesan la muralla, ya no podrán enviarse cartas como ahora. Más allá, salvo los mensajeros especialmente preparados mediante magia, no habrá manera de hacer llegar correspondencia."

Y entonces Lorea preguntó si no tenía nada que quisiera transmitirle a Evernight. Anya se quedó pensativo. Claro que tenía de sobra lo que quería decirle, pero no se sentía capaz de expresarlo por escrito.

"Si tiene alguna carta aparte, entréguemela antes de la medianoche de mañana. La incluiré en el envío."

Absorbido por esa tarea que Lorea le había asignado como si fuera un deber inesperado, Anya caminó distraído hasta llegar al patio de armas cercano al pabellón. A lo lejos, en una casucha mal armada con tablones, se alzaba una chimenea de la que brotaba denso humo.

"¡Caballeros! ¡Todavía estamos en hora de preparativos!"

En ese momento, la puerta del comedor de madera se abrió de golpe y salió una mujer que Anya conocía bien. Empuñando un cucharón, estaba echando a varios soldados.

"¡Es por hambre, por hambre! ¡Más tarde toca de nuevo entrenamiento en pleno invierno, aunque al menos lord Lorea nos diera un estofado antes del… ah, lord Lorea!"

Los soldados que bajaban refunfuñando las escaleras palidecieron al verlo en la entrada, como si alguien les hubiese apretado el cuello. Al ver sus expresiones, la mujer giró velozmente sobre sus talones.

"¿Qué pasa, han visto un monstru…? ¡Señor!"

Era Bell. Con su cabello castaño oscuro trenzado y caído sobre un hombro, sonrió radiante e hizo una reverencia.

"¿Es una doncella que conoce?"

preguntó Lorea con un dejo de curiosidad.

"S-sí."

Anya se acercó despacio a Bell. Los caballeros que estaban junto a él retrocedieron un paso, pero al reconocerlo, asintieron con la cabeza. Quizá porque Lorea, a espaldas de Anya, los fulminaba con la mirada.

"Bell, ¿no te… no te resulta pesado todo esto?"

En medio de los desvaríos de su mente durante la convalecencia, Anya había recordado vagamente la imagen de ella entrando en su cuarto con agua caliente. Al parecer, había estado yendo y viniendo entre la capital y este lugar para cumplir con su servicio.

"Yo estoy bien. Es el señor quien, por fin, ya se encuentra mejor, ¿verdad? "

respondió ella con energía, arremangándose.

Todos expresaban sorpresa y preocupación al verlo salir afuera, pero Bell fue la única que se alegró de veras y se acercó con familiaridad.

"Hace frío. ¿Quiere que le sirva un cuenco de estofado?"

"¡Bell! Dijiste que aún estaba en preparación."

Los aprendices alzaron la voz, protestando, y ella los fulminó con la mirada.

"¿Qué se creen? ¿Que el señor y ustedes son lo mismo?"

Bell chasqueó la lengua y gritó con malicia. Los soldados, incapaces de decir nada frente al propio interesado, solo pudieron reír con torpeza. Luego, al notar de nuevo la presencia de Lorea firme tras Anya, se encogieron y retrocedieron como perros con el rabo entre las piernas.

"Ahora que lo pienso… el próximo entrenamiento estaba a cargo del instructor Allen, ¿no?"

"Ay, por todos los cielos… ¡tenía que haber preparado los arcos!"

Mientras veía cómo los aprendices se alejaban a toda prisa, Anya murmuró:

"Parece que el entrenamiento de invierno es, es muy duro."

A ojos de Anya, no eran más que quejas de gente con buena vida.

"Señora, pase adentro."

Bel lo instó, y Lorea asintió con la cabeza, dándole permiso tácito.

Anya recordó cuando, en aquel comedor de madera, se había sentado solo con una espada de práctica en las manos. Le parecía un pasado lejano.

Dentro hacía calor, y en el aire flotaba un aroma tostado y salado que le resultaba extrañamente familiar, casi entrañable.

"Siéntese. Ahora mismo le traigo. Guiso de patatas, con poca sal, ¿verdad?"

La sonrisa con hoyuelos también le resultaba conocida. Anya sintió que por poco se le saltaban las lágrimas.

«No estoy…»

"¿…solo?"

Entonces, con un relámpago de tardía comprensión, descubrió en su rincón habitual la silueta encogida de alguien pequeño.

"¿Señor Van?"

Para su sorpresa, aquel hombre de aspecto nada extraño era Van. Conservaba el gesto adusto, la barba desarreglada y lo miraba con cierto desconcierto.

"El jefe de la Casa del Halcón Azul ha solicitado un encuentro con el gremio de herreros de Tildeon. Con los vientos de guerra que corren, conviene estar preparados."

Lorea salió al lado de Anya explicando aquello, preguntándose por qué ese enano lo miraba tan fijamente.

"…No estaba solo."

"¿Perdón?"

Anya, con una rara sonrisa abierta, contestó:

"Lo co, conozco. Es quien reparó mi espada, Haebing, el mejor herrero de este mundo."

Entonces lo comprendió: había recibido más ayuda de la que pensaba. Siempre creyó ser una isla solitaria, pero no lo era. Se preguntó si Evernight habría sentido algo semejante, y de haber sido así, quién le habría regalado ese sentimiento… ¿habría estado él mismo entre esos alguienes?

Aquella tarde, Anya pasó mucho tiempo allí. El rudo guiso estaba delicioso, no tuvo náuseas por primera vez en mucho tiempo, y aunque Van refunfuñó al ver lo demacrado que estaba, pronto soltó una gran carcajada. Lorea, en silencio, cumplió hasta el final su promesa de escoltarlo.

Con el paso de las horas, los aprendices irrumpieron ruidosamente en el comedor, y pronto el ambiente se llenó de voces y bullicio. Al principio, los caballeros que vieron a Anya dudaron por la presencia del enano y del caballero de alto rango que lo acompañaban, pero tras beber y llenar el estómago, la atmósfera se volvió alegre.

"¿Cómo es ese famoso pendiente rojo del emperador?"

Algunos se animaron a hablar con Anya. Desde su duelo de honor con Lips Mohan, era la primera vez que conversaba con soldados de Tildeon sin tensión. Cuando sacó el collar escondido bajo la túnica, los hombres lo rodearon en un instante.

"¡Eh!"

Lorea los apartó con rudeza, agarrándolos por los hombros, pero Anya soltó una pequeña risa.

"¿Es cierto que derrotó a un monstruo en el Festival de la Caza?"

Entre canciones animadas y un latido reconfortante, Anya sintió por primera vez seguridad entre la gente de Tildeon. Afuera, la imponente muralla blanca de la cordillera Beriela los abrazaba en silencio. Quizá Evernight se encontraba en algún lugar de esas montañas.

La oscuridad acecha, pero seguimos adelante.

Aunque nos oprima la garganta, seguimos adelante.

Cuando al fin llegue la noche y todo quede en silencio,

una capa negra ondeará en lo alto de la muralla.

No somos cuervos.

Somos tan negros como la oscuridad,

pero somos los que esperan el amanecer.

Sonaba la canción de Tildeon que ya había oído en Northmost. Anya cerró los ojos para escucharla.

Por desgracia, aquella calma no duró mucho. Semanas después, la gente de Tildeonrock fue atacada por asesinos con máscaras de hierro negro.

"Te daré, aunque sea por un instante, descanso de tu tormentoso sueño."

Savelli murmuró un conjuro y dejó que la luz fluyera suavemente sobre el cuerpo de Anya. Cuando el cielo se cubría de nubes negras y la luna apenas brillaba, Anya necesitaba dormir más que nunca. El problema era que, en cada sueño profundo, vagaba largo rato por sus recuerdos, a veces hasta la noche siguiente.

"G-gracias."

Al menos, lo positivo era que ya se movía con más soltura. Las náuseas disminuían conforme su vientre crecía, y podía salir a caminar más seguido. Un auténtico milagro, dijo Savelli: el misterio de la vida es un enigma insoluble, y si así fluye, no queda sino aceptarlo.

"Las cartas…"

La mirada de Savelli se detuvo un momento en el cajón mal cerrado de la mesilla, de donde sobresalía un pergamino.

"Las cartas… solo serían un es, estorbo para él. Y además… ya habrá cruzado la muralla, sin palomas mensajeras no hay forma de hacérselas llegar."

Cada noche, Anya escribía a Evernight. Siempre empezaba preguntando por su bienestar, luego contaba que el niño crecía sano y que él resistía mejor de lo que esperaba. Pero nunca lograba terminar la última frase: doblaba cuidadosamente la carta y la guardaba en el cajón.

《Si sigo vivo cuando regreses a Tildeon, si este niño sigue vivo, quisiera estar a tu lado.》

Esa verdad jamás se plasmó en tinta; quedó tragada en lo más hondo de su corazón.

"Duerme bien, chico."

Savelli sonrió y lo despidió. El sopor lo envolvió al instante, y Anya cayó en un sueño profundo. Quizá por la magia de curación, al cerrar los ojos lo cubrió una quietud como de agua inmóvil, un fluir imposible de resistir.

---

¡Anya! ¡Anya!

Alguien lo llamaba con urgencia, la voz cargada de desesperación. Anya se incorporó sobresaltado, jadeando. Su túnica, empapada en sudor frío, se le pegaba desagradablemente a la espalda. No había tenido una pesadilla como antes, y sin embargo se sentía agotado como si algo lo hubiera atormentado durante horas.

Miró alrededor. Salvo por el chisporroteo de la chimenea, todo estaba sumido en tinieblas. Tras la ventana, la luz de la luna apenas se filtraba entre las nubes.

Pero había algo distinto.

"……"

Unos pies blancos descendieron sobre la piedra y avanzaron rápido hacia un punto concreto. Sin pensar, Anya tomó su espada Haebing de la pared.

Sí… algo estaba mal. De repente, aquel lugar le parecía extraño y hostil.

'Una sed de sangre…'

Era casi instintivo. El vello de su cuerpo se erizó, advirtiéndole de la siniestra energía que recorría todo el castillo.

“El miedo es la raíz que ciega mis ojos.”

“Si no puedes ver, siente.”

Aunque había dejado su entrenamiento de lado durante el embarazo, los sentidos que había cultivado no se habían desvanecido. No podían morir. Estaban grabados en sus huesos, ganados a costa de enfrentar la muerte misma.

“Pero… no debería estar sintiendo esto ahora.”

Era una sensación indeseada, pero Anya apretó los labios y abrió con cuidado el cerrojo de la habitación. Algo no andaba bien. Todas las velas en los candelabros de hierro fijados a las paredes de piedra gris estaban apagadas. Sus ojos castaños, cada vez más endurecidos, se fueron adaptando a la penumbra, aunque la negrura era tan densa que parecía asfixiarla.

Shh, shhh.

Mientras avanzaba lentamente, tanteando la pared con la mano, un sonido áspero, una respiración desagradable, emergió del otro lado. Un frío cortante la envolvió. Anya contuvo su respiración y se ocultó tras un rincón.

De repente, tropezó con algo blando y casi cayó al suelo, pero logró sostenerse de rodillas.

“……”

Al instante, se cubrió la boca para ahogar un grito. Aquello que bloqueaba su paso se reveló bajo sus ojos.

Era un hombre. Un guardia de Tildeonrock, degollado, desangrándose hasta la muerte.

“P… Príncipe…”

El guardia, con los ojos muy abiertos, estiró su mano temblorosa hacia Anya… y luego convulsionó.

Shhh, shhh.

De nuevo, esa respiración áspera. No se oyeron pasos. Anya se agachó y se escondió tras la puerta. Una ominosa sensación la invadió: ser descubierto significaba la muerte.

La puerta se abrió de golpe y alguien entró deslizándose. Sus sombras alargadas sobre la losa eran más negras y densas que la propia oscuridad. Murmuraron algo frente al cadáver y, sin dudar, desenvainaron una daga y la clavaron otra vez en el corazón.

Su respiración era turbia, como un murmullo ahogado bajo el agua. Y no era en lengua imperial. Se comunicaban en un idioma incomprensible antes de desvanecerse nuevamente.

“Haah, haah…”

Anya se dejó caer contra la pared, observando aturdido los cuerpos. Justo entonces, la luna llena emergió entre las nubes, iluminando el interior.

“Ah…”

No había un solo muerto. Decenas de sirvientes y guardias habían sido masacrados con brutalidad.

El olor penetrante de sangre y podredumbre le revolvió el estómago hasta casi vomitar. Se cubrió la nariz con la manga, tambaleándose, pero se obligó a mantenerse en pie.

“No hay tiempo para esto.”

Por un momento creyó que era solo una pesadilla. Ojalá lo fuera, aunque durase eternamente. Pero el aire demasiado real le confirmaba que aquello era la realidad.

“Sa… Savelli y Lord Lorea…”

Debía encontrarlos. Era un ataque sorpresa de algún poder enemigo. Y de pronto, reconoció aquel aliento áspero…

Era el mismo que había escuchado tras las máscaras negras de hierro en el festival de caza.

“No… imposible… el hermano Royster está muerto.”

Sí, Royster había perecido envuelto en las llamas de Dragkals. El emperador declaró que los enmascarados negros eran sus subordinados. Se encontraron rastros de ellos en su residencia secundaria; se había anunciado públicamente al partir de Maneregia.

Entonces… ¿quiénes eran estos?

Anya salió con pasos silenciosos, avanzando por el pasillo. Sus músculos estaban tensos al extremo, empapando su torso en sudor frío, sin que él mismo lo notara. Cuanto más se acercaba al salón principal, más obstáculos hallaba en su camino: cuerpos apilados.

“¡Ugh!”

De repente, una mano emergió de entre ellos, sujetándole el tobillo. Anya cayó hacia adelante, golpeándose la mandíbula. El miedo lo paralizó.

“Mi… mi señora… ayu… ayúdeme…”

Era una criada conocida, que había entrado varias veces a ordenar su habitación. El rostro joven y familiar estaba ahora desfigurado, echando espuma por la boca. Sus ojos se voltearon hacia atrás, muertos.

Fue entonces cuando Anya comprendió que los montones que había saltado eran cadáveres. El horror lo golpeó con fuerza.

“D… despierta… contrólate…”

No era solo una criada. Decenas de cuerpos estaban tendidos, convulsionando con espuma en los labios. Anya, empuñando su espada, dejó escapar un gemido sofocado.

Esto es un sueño, es una pesadilla.

Entró en pánico, golpeándose el rostro con desesperación. ¡Despierta! Quiso gritar, pero no salió voz alguna. En ese momento, una mano emergió de la oscuridad, cubriéndole la boca y arrastrándolo hacia las sombras.

Anya forcejeó con todas sus fuerzas, pero su cuerpo debilitado por el embarazo no respondía.

“Soy yo, Savelli.”

Una voz conocida le susurró al oído. Al instante, lágrimas de alivio se agolparon en los ojos de Anya.

“Shhh, silencio.”

Savelli, vestido con una túnica gris manchada de sangre, le advirtió con un murmullo grave. Anya asintió con dificultad, conteniendo un sollozo. Solo entonces él apartó la mano de su boca.

“Qué… qué está pasando aquí…?”

Los ojos castaños de Anya, normalmente dulces, parecían resquebrajarse bajo el shock.

“Lo lamento, pero ni yo tengo esa respuesta.”

Savelli negó con calma, aunque gotas de sudor frío perlaban su frente. El corazón de Anya, detenido por el miedo, volvió a latir con violencia, resonando como un tambor en sus oídos.

“¿Y… y el mayordomo Gregos?”

“Tristemente, tampoco tengo respuesta para eso.”

Entonces Savelli levantó la mano frente al rostro de Anya y murmuró un conjuro. Palabras mágicas en la lengua de las runas antiguas retumbaron suavemente en el silencio que dominaba aquel espacio gobernado por la oscuridad. Una cálida luz verde fluyó por la nariz de Anya hacia su interior.

“A medianoche liberaron de forma repentina un gas venenoso. Ahora se ha disipado en gran parte, pero lo más probable es que aún quede en el aire.”

La mirada de Savelli se posó un instante en el vientre abultado de Anya. El veneno… era evidente que sería letal para el niño.

“La magia es una bendición divina, pero no lo puede todo. Antes de que se disipe el efecto, debemos salir del castillo.”

“¿Salir… del castillo?”

Los ojos de Anya se abrieron desmesuradamente de sorpresa. Savelli asintió en silencio y ayudó a la debilitada Anya a levantarse.

“Tildeonrock ha caído. La oscuridad ha llegado.”

Todo ocurrió en el momento en que el sol desapareció tras la cordillera de Beriela, cuando el crepúsculo se abatió como si fuera a devorar la tierra.

“…¡Señor, Lord Lorea!”

Lorea dormía en los aposentos de los caballeros en el ala lateral del castillo. Los caballeros de rango superior podían usar habitaciones en el palacio principal, pero con la situación tan turbulenta que atravesaban, había mucho que hacer. Despertó sobresaltado cuando alguien lo sacudió en plena noche. No eran muchos los que se atrevían a tocar el cuerpo de un caballero de su rango a esas horas.

“¿Qué ocurre?”

Al abrir los ojos, se encontró con el pálido rostro del instructor Allen. La boca de Allen se abría y cerraba sin emitir palabras coherentes, mientras sus ojos brillaban incluso en la oscuridad. De su boca solo salían sonidos entrecortados, como si estuviera al borde del colapso. Sus ojos, llenos de lágrimas, temblaban de miedo, y Lorea pudo leer en ellos un terror profundo.

Algo iba terriblemente mal.

Su instinto se lo gritó al instante. Lorea se levantó bruscamente, abrió la puerta de un golpe y salió corriendo. Decenas de sombras oscuras se alzaban sobre la muralla, observando Tildeonrock.

“¿Quién anda ahí?”

Gritó Lorea, pero lo único que obtuvo de respuesta fue el áspero y gélido sonido de sus respiraciones. A través de las rendijas de los cascos de hierro negros se filtraba un humo blanquecino. Sonaban como gargajos que burbujeaban, o como el chirrido del metal al ser raspado, un sonido desagradable. De pronto, uno de ellos sacó un arco y tensó la cuerda en un abrir y cerrar de ojos. Lorea rodó rápidamente a un lado para esquivarlo, pero Allen no tuvo la misma suerte. La flecha se incrustó directamente en su frente. Cayó hacia atrás con un golpe sordo, sin siquiera poder soltar un grito de agonía.

El sonido de trompetas comenzó a flotar entre la niebla nocturna. Buuuu, buuuu. Era la señal de un ataque sorpresa.

“¡Señor!”

Pronto, los caballeros de rango inferior y aprendices irrumpieron desde el pequeño pabellón. Todos temblaban, aunque no estaba claro si era por el frío o por la premonición de muerte que su instinto de caballeros les hacía sentir.

“¡Invasión!”

A la voz de Lorea, las sombras descendieron sin hacer ruido desde la muralla. Su siniestro siseo hizo que los caballeros de Tildeon se detuvieran por un instante, retrocediendo. Pues de ellos emanaba un aura indescriptiblemente helada, la presencia de los muertos. La horda vestida de negro desenvainó sus espadas al unísono. Lorea también desenvainó la suya y avanzó contra ellos.

“¡Enfrenten su miedo!”

El choque de las espadas resonó en el aire como un frío repiqueteo metálico. Los guerreros con máscaras de hierro negro retrocedieron, dejando que Lorea solo pudiera combatir con uno de ellos. Podrían haberlo rodeado y atravesado en un instante, pero no lo hicieron.

Finalmente, Lorea logró deslizar su espada bajo la máscara de hierro y cortar de lado, derribando a uno de ellos con un golpe seco. Inmediatamente, otro avanzó en silencio, deslizándose como una sombra. Lorea escupió en el suelo; la saliva mezclada con sangre dejó un rastro sobre la tierra helada.

“¡Lord Lorea!”

Quizás por la determinación de su líder, algunos caballeros dieron un paso al frente con semblante resuelto.

“¡Luchen conmigo!”

En un abrir y cerrar de ojos, unos pocos se convirtieron en decenas. A su llamado, los caballeros de Tildeon desenvainaron sus espadas al unísono. Sus largas espadas formaron una muralla que comenzó a avanzar contra los enmascarados.

“¡Protejan Tildeon!”

Al instante, un clamor unísono y escalofriante retumbó en el aire.

“¡Tildeon! ¡Tildeon!”

Y así, en medio de la oscuridad, comenzó una encarnizada batalla… o más bien, una masacre.

---

Anya logró salir de la ciudadela siguiendo a Savelli. Por la ventana alcanzó a ver un grupo de personas arrodilladas bajo la muralla. El dolor de cabeza era tan agudo que parecía que se le iba a partir el cráneo. Por un instante creyó haber visto mal. Sus pasos se hicieron lentos hasta detenerse por completo. Las nubes negras, deslizándose como agua fluida, se apartaron y dejaron que la luna llena iluminara la penumbra bajo el muro exterior.

Toc, toc. Desde el final de la sombra del muro, algo rodó y se detuvo en el límite. Los ojos muy abiertos, llenos de injusticia y miedo, miraban a Anya mientras la cabeza cercenada se detenía allí. En un instante, el suelo quedó teñido de rojo.

Toc, toc. La afilada hoja de la máscara de hierro se detuvo en el cuello de la siguiente persona. Algunos aceptaban con firmeza su muerte y eran decapitados.

“¡Po… por favor, perdónenme!”

Otros, aterrados, suplicaban a aquellas figuras. Sus brazos atados les impedían juntar las palmas, así que rogaban con un rostro cubierto de lágrimas y mocos. Pero lo único que escapaba por la rendija de aquellas máscaras era un vaho blanquecino y una respiración desagradable. En sus espadas no había piedad.

¡Kya!

Entonces, alguien fue arrastrado por el cabello por uno de los asesinos. El largo cabello, siempre pulcro, quedó destrozado bajo la fría y puntiaguda armadura metálica.

“……”

Ellos hablaron, y Bell respondió a gritos:

“¡No, no entiendo nada de lo que están diciendo!”

El cabello, antes siempre recogido con pulcritud, caía ahora desordenado sobre su rostro. Sus pequeñas manos, apoyadas en el suelo, temblaban de miedo.

“¡D, debemos ayudarla!”

Junto al grito histérico, resonó un golpe brutal. Los ojos de Anya se abrieron, dilatados, igual que los de la cabeza cercenada de antes.

“¡Señor mayordomo! S… señor mayordomo, ¡aaah!”

En el instante en que se dictaba la fría sentencia, Bell rompió en llanto abrazada a Gregos, quien la protegía con su cuerpo. ¿Qué hago, qué hago…? sostenía a Gregos mientras la sangre empapaba poco a poco sus manos.

“……”

El rostro de Anya se endureció como piedra. Una furia indescriptible lo envolvió.

“La mano de la muerte ya se cierne sobre este lugar.”

Fue entonces cuando Savelli puso su mano en el hombro de Anya. Debían marcharse. Tiró suavemente de él para apartarlo de la ventana. Anya desenvainó a Haebing. Hacía tanto que no usaba la espada que el cuerpo le pesaba, tambaleándolo hacia adelante. La náusea lo ahogaba. Y comprendió, en ese momento, que jamás podría atravesarlos con su espada.

“Inv… invocaré al dragón.”

Si no, debía barrerlos con el poder del espíritu. Arremangó sus mangas y posó la mano sobre el suelo gris. Por un instante, la marca en su muñeca se tiñó de rojo, pero enseguida un dolor abrasador lo obligó a apartar la mano como si se hubiera quemado. El calor y el humo se alzaron desde su palma, dejándole una dolorosa quemadura.

“Lo único que puedes hacer ahora… es sobrevivir.”

Frío y firme, Savelli lo miraba con unos ojos que Anya nunca le había visto antes. Extendió su mano, apremiándolo a huir.

Dentro de Anya bullía algo oscuro, viscoso y, al mismo tiempo, ardiente como el fuego de un dragón. Sus ojos marrones destellaron con un brillo asesino poco común.

“Debo protegerlos.”

Los mataré a todos. murmuró en silencio. Su mente se nublaba, pero por dentro el calor crecía sin control, insoportable. Justo cuando volvió a alzar el brazo para invocar al dragón, un dolor agudo en la mejilla lo hizo desviar la cabeza.

Parpadeó dos veces, aturdido, mirando a Savelli. El anciano lo reprendía con el ceño fruncido. Al principio apenas lo escuchaba, pero pronto su voz se rompió como un lago de hielo bajo sus pies y lo envolvió con una urgencia desgarradora.

“¡No desperdicies sus sacrificios!”

Anya cayó de rodillas, respirando con dificultad, como si estuviera atrapado bajo el agua helada.

---

El pasaje subterráneo de la ciudadela conectaba con la entrada del bosque sin nombre detrás de Tildeonrok. Era húmedo, frío y resbaladizo, usado como canal de agua. Savelli conjuró un halo de luz que iluminó débilmente la superficie del agua oscura.

El chapoteo de sus pasos resonaba como un eco constante. Anya luchaba por mantener la cabeza al frente, sin mirar atrás. No salían lágrimas, solo sus puños temblaban y su mandíbula contraída vibraba levemente.

Al arrancar las rejas de hierro, por fin emergieron al borde del bosque. En el claro había un tronco solitario. Anya recordó las veces que se había apoyado en él para mirar el cielo azul.

“……”

Alguien estaba sentado allí. Cubierto de sangre, parecía al principio un monstruo.

“¡L… Lord Lorea!”

Era Lorea. Tirando de un caballo, se acercó a Savelli y Anya. De cerca, Anya perdió de nuevo la esperanza. El estado de Lorea era terrible: un brazo colgaba inerte, el hombro roto y la mitad del rostro aplastado.

“Es… estoy bie…”

Pero Lorea ni miró a Anya; asintió débilmente a Savelli.

“Su Alteza, suba.”

Anya se giró. Savelli seguía inmóvil, clavado en la entrada del pasaje. ¿Por qué…? La voz de Anya se quebró. Al mismo tiempo, un chapoteo retumbó desde el túnel. Cada vez más fuerte, más claro: venían corriendo.

Dum, dum… El retumbar de tambores volvió a sus oídos.

“¡Savelli!”

Anya gritó. Lorea lo sujetó antes de que corriera hacia él, levantándolo del suelo. La esfera de luz de Savelli voló suavemente y se posó junto a Anya en lugar de una respuesta. Sus párpados temblaron. Dum, dum… ahora entendía: era su propio corazón, latiendo con desesperación por vivir.

“Adiós, muchacho.”

Ha sido un placer. Sus labios arrugados dibujaron una sonrisa. Se dio la vuelta sin dudar y caminó hacia el túnel. Dum, dum… Anya gritó en silencio.

“¡S… Savelli, Savelli!”

Anya lloró como un niño que pierde a su madre.

Oh… me presenté tarde. Soy Savelli Knox, erudito de Tildeonrock.

Recuerdos de su tiempo juntos pasaban sin cesar por su mente. Había sido el primer calor humano que Anya había conocido: afecto y amor sinceros.

En ese mismo lugar, Savelli había dicho:

¿Quieres ir al lago? Está al este de este bosque.

Las arrugas de su sonrisa, su acento extraño mezclado de todas partes, su mano grande y cálida acariciando su cabeza…

No temas, acéptalo.

“¡Su Alteza!”

Lorea lo abrazó por la cintura, intentando contenerlo. La fuerza de Anya era descomunal, imposible de creer tras tanto sufrimiento. Gritó, tratando de dominarlo.

“¡Por favor, su Alteza!”

Su mandíbula temblaba, sus manos también. Anya sentía su silencioso grito a través de la delgada tela.

Debes irte, todos están sufriendo por ti.

Él mismo no sabía de dónde sacaba tanta fuerza, pero logró zafarse y correr. Justo entonces una luz cegadora cubrió su vista y un estruendo estremeció la tierra. Anya cayó al suelo. Desde el oscuro pasaje retumbó una explosión brutal.

“¡Savelli!”

Gritó, arrastrándose hacia la entrada, pero grandes rocas se desplomaron, sellando el túnel.

Lorea lo sujetó con fuerza, gritándole:

“¡No desperdicie su sacrificio!”

Entonces el cuerpo de Anya se desplomó, sin fuerzas. Su brazo extendido cayó inútilmente. Las lágrimas goteaban, formando manchas en la tierra helada.

“¿Por qué… por qué todos tienen que sacrificarse? ¿Por qué…? Podríamos vivir todos juntos. Aún no es tarde. Vayamos… vayamos juntos a salvar a Savelli…”

Anya se aferró al brazo de Lorea, suplicando. Entonces se dio cuenta de que ese brazo estaba cubierto de sangre. “Ah…” dejó escapar un gemido ahogado.

Lorea, con los ojos entornados, miraba en silencio hacia el canal sumido en un silencio sepulcral, mientras se mordía los labios.

"Ya es tarde. Gracias a él hemos ganado tiempo para escapar… no podemos quedarnos aquí."

Dicho esto, levantó a Anya y lo colocó sobre la montura. Anya imploraba, juntando incluso las manos como si rezara:

"¡Lo… Lorea! Se lo ruego… por favor…"

"¡Recupérese, alteza!"

Lorea lo reprendió con firmeza. Sus ojos brillaban intensamente incluso en la oscuridad. Pero Anya solo podía pensar en Tildeon, la tierra a la que recién había entregado su corazón.

Gregos, Bel… todos habían muerto. Yo debía haberlos protegido. Si mi cuerpo hubiera estado como antes… los habría matado a todos…

"¡Todos han muerto! ¿Cómo… cómo voy a huir yo solo?"

Soy el señor de Tildeon, y sin embargo… por mi propio egoísmo, para salvar a un niño… No importaba cuánto tratara de contenerse, las lágrimas corrían sin cesar por su rostro, como si todo el agua de su cuerpo lo abandonara. No podía dejar de llorar.

"Ellos murieron para protegerlo a usted."

Lorea lo sujetó con fuerza por las piernas, evitando que saltara de la montura, y lo miró fijamente a los ojos. En los de él también se reflejaban el rencor, el dolor, y la furia de sobrevivir.

"Por eso usted debe vivir."

"……"

"Iremos con lord Evernight. Este mensaje debe llegar a él."

¡Boom, boom! Desde el interior del canal bloqueado volvió a escucharse un ruido, como piedras siendo golpeadas. Algo trataba de salir.

"¡Lorea!"

El rostro de Anya se iluminó con un destello de esperanza. Pero se desvaneció en un instante.

"No es Savelli. Ellos han vuelto a despertar."

La gélida sonrisa de Lorea arrancó de raíz aquella esperanza. Un dolor insoportable le oprimió el pecho, tan fuerte que por un momento deseó morir.

"Alteza, ahora debe mantenerse firme."

Subiendo detrás de Anya, Lorea aferró con fuerza las riendas. Aunque tuviera que perder un brazo, debía escapar. Con los dientes apretados hasta casi romperlos, lanzó un “¡Arre!” y golpeó con fuerza los flancos del caballo.

El animal, con ambos jinetes encima, se alzó sobre sus patas delanteras, retrocedió, y luego se lanzó a toda velocidad hacia el bosque.

---

El bosque de Tildeon, devorado por la oscuridad, estaba inquietantemente silencioso. No había ninguna forma de vida allí, y aun así, los árboles viejos parecían observarlos fijamente a cada paso.

"¡Agáchese, alteza!"

Fue entonces cuando algo silbó por el aire. Impulsado por la mano de Lorea, Anya bajó la cabeza justo a tiempo para que una flecha pasara sobre él y se incrustara en un tronco cercano. Al instante, la madera comenzó a pudrirse y ennegrecer. La flecha estaba impregnada de un veneno letal.

"¿Cómo… cómo es posible que aún estén vivos?"

Sombras oscuras los rodeaban por todas partes, cerrando el cerco como si les apretaran el cuello.

¿Cuántos asesinos habían llegado hasta allí? ¿Quiénes eran? ¿Quién los había enviado? ¿Los duques del Imperio? ¿El príncipe Chloe? ¿Mibar? No podía adivinarlo.

"Ellos no mueren."

Lorea exhaló entrecortado y murmuró en voz baja. Desde el principio, no había muchos de esos enmascarados de hierro negro. Sin embargo, lograron conquistar Tildeon porque no morían, sino que siempre regresaban. Recordando a sus compañeros caídos, Lorea tragó su rabia.

"No son seres vivos."

Los ojos de Anya se abrieron de par en par mientras miraba atrás. Aquellas figuras eran tan oscuras que se confundían con la noche, y sin embargo, su presencia se sentía con claridad: un frío tan intenso que casi hacía perder la conciencia. Era el mismo terror que había sentido más allá del Muro, bajo aquella noche sin estrellas.

"¿Q-qué… está diciendo? ¿Son… monstruos?"

"Sí. Si fueran humanos, no se levantarían después de recibir tantas espadas."

"¿Pero por qué… por qué los monstruos en Tildeon…?"

No eran necrófagos, ni simples canibales con un poco de conciencia. Tampoco se parecían a los enormes monstruos de alto rango vistos en el Festival de Caza.

"No lo sé. Ni siquiera yo conozco esta clase."

Lorea se quedó pensativo por un momento, sus ojos se entrecerraron. No, ahora que lo pensaba, había algo similar… pero…

‘Duroc está muerto. Le clavamos el Sildor en el corazón y lo quemamos hasta las cenizas.’

Años atrás, en la Guerra del Muro, la mayor hazaña de Evernight y los caballeros de Tildeon fue acabar con Duroc, conocido como el amo de las tierras más allá del Muro. Era el Caballero Negro sin cabeza, que reinaba en la cima de la cadena alimenticia de los monstruos, casi como la fuente de toda maldad. Durante siglos, los pueblos del norte habían sufrido bajo su yugo, y con su muerte llegó la paz.

‘Entonces… ¿por qué estos asesinos tienen el mismo aspecto que Duroc?’

Duroc también había sido imposible de matar. No importaba cuánto lo cortaran o apuñalaran: siempre se levantaba, igual que esos seres.

‘El Sildor. Solo con eso podremos acabar con ellos.’

Sin una espada forjada con mineral de Sildor, era imposible darle muerte a Duroc. ¿Cuántas vidas se sacrificaron hasta descubrirlo?

“¡Señor Lorea! ¡Apártese!”

El caballo que los llevaba a ambos relinchó con desesperación, alzando las patas delanteras como si hubiese sentido terror.

“¡Alteza, sujétese fuerte!”

Anya se agachó y abrazó con fuerza el cuello del caballo. En medio del bosque silencioso, solo resonaba el lamento angustioso del animal. Entonces, las hojas comenzaron a congelarse en las puntas, y un crujido seco se escuchó. Ssshh… ssshh. Cada vez que sonaba, los oídos de Anya se estremecían con aguda sensibilidad, por tener todos los nervios volcados en la oscuridad.

“No baje.”

Sintiendo un aura extraña, Lorea saltó del caballo y se colocó delante de Anya.

“Se… señor Lorea. No vaya…”

Anya, temiendo lo que pudiera ocurrirle, lo sujetó apresuradamente del borde de la túnica. Pero en vez de responder, Lorea avanzó sacando su espada. La mano de Anya cayó al vacío. En ese instante, algo apartó los arbustos y sacó la cabeza. Eran caballos muertos, con todo el blanco de sus ojos ennegrecido. Cada vez que resoplaban, las hojas a su alrededor se congelaban.

Uno, dos, tres… cinco en total.

“……”

Pronto se revelaron por completo cinco figuras con yelmos de hierro, montadas sobre los cadáveres. Desde el interior de sus máscaras, parecía escucharse una risa grotesca.

Rodearon a Anya y a Lorea, girando en círculos a su alrededor. Cuando la distancia comenzó a acortarse, Lorea murmuró en voz baja hacia Anya:

“El señor Evernight ha partido hacia Portmeus. Debe ir allí y transmitir el mensaje.”

Que Tildeon ha caído.

“Antes de que se adueñen de Tildeonrock y se hagan pasar por nosotros, por favor, asegúrese de avisar a tiempo.”

Lorea se despidió con marcialidad a Anya.

---

En una llanura nevada, en el camino hacia Portmeus.

Evernight inhaló profundamente. A lo lejos, se percibía débilmente una ventisca arremolinándose.

“¿Lo ha visto, comandante?”

Karen, de pie junto a él, preguntó con rostro severo. Evernight asintió levemente antes de girarse. Tras días enteros cabalgando sin apenas descanso, la mayoría de los caballeros estaban exhaustos.

Particularmente los caballeros de Eastborne, quienes jamás habían experimentado un frío semejante; su estado era, sin exagerar, deplorable. Algunos ya sufrían de congelación.

“Señor Evernight.”

Afortunadamente, el duque Hanibal, a diferencia de otros orientales, resistía bastante bien. El viento cortante revolvía el cabello de ambos, mientras los caballos bufaban inquietos, agitando la cabeza ante el gélido aire.

“¿Aquello al frente es la tormenta de nieve?”

Para ser una tormenta, era relativamente pequeña. Podrían atravesarla, aunque no era algo que pudiera ignorarse. Dentro de la ventisca, perderían la visión, y conservar la conciencia era vital; de lo contrario, cualquiera que no fuese del norte, nueve de cada diez veces, acabaría perdiéndose bajo el viento y la niebla.

“¿Qué haremos?”

Preguntó Hanibal. El ejército aliado se había dividido en dos: una parte hacia el Muro de Northmost, otra hacia Portmeus. Planeaban inspeccionar rápidamente la zona y luego regresar a Northmost para cruzar el muro.

Aunque el Imperio había decretado el reclutamiento general, pocos necios arriesgarían la vida viajando tan lejos; lo mejor era reunir la mayor cantidad de tropas posibles.

“Busquemos un refugio cercano.”

Cada caballero era demasiado valioso en aquel momento. No había prisa. Evernight giró con fuerza las riendas, haciendo que el caballo cambiara de dirección.

“Señor Evernight. Dicen que la unidad Rose llegó sin problemas a Northmost, y que el jefe del pueblo, Rihisak, los recibió.”

Hanibal arrojó al fuego de una cueva húmeda el mensaje que acababa de recibir por correo especial.

[Unidad Rose, llegada al pueblo fronterizo, contacto con el jefe Rihisak.]

Las letras se retorcieron en las llamas y pronto desaparecieron sin dejar rastro.

En la guerra, la información lo era todo. Quién obtenía más y más rápido, decidía la victoria. Pero cerca del muro, el clima hostil, los ataques de las bestias, y el hecho de que más allá del muro los correos ordinarios no podían circular, hacían indispensable el uso de mensajeros especiales.

“En cuanto lleguemos a Portmeus, enviaremos otro correo.”

Por ello, los usaban por turnos. Aunque en apariencia el ejército aliado luchaba por un mismo objetivo, sus antecedentes eran demasiado diversos para que floreciera una verdadera camaradería; las rencillas siempre estaban al acecho. Y quién sabe… así como Tildeon codiciaba la mina de Sildor, otros duques también ocultaban sus propias ambiciones. No, era seguro que así era. Esta expedición estaba enredada en cálculos y conveniencias. Cada cual escondía colmillos y oscuras intenciones, buscando su propio beneficio. Los correos eran parte de esos beneficios, y el duque de Eastborne sabía muy bien cómo aprovecharlos.

“¿Ha estado alguna vez en Portmeus?”

Preguntó Hanibal, recostado contra la pared de la cueva con una rodilla levantada. Pese a ser oriental, resistía bien aquel entorno extremo.

Evernight, que jugaba con una daga, lo miró a través de las llamas. Una risa breve, casi un suspiro, se le escapó.

“Estuve encerrado en Redcoast, que tanto alabas, así que no, no he ido a muchos otros sitios.”

Ante eso, una sonrisa torcida

apareció en el rostro de Hanibal. Los caballeros de las distintas regiones, que descansaban dentro de la cueva, se tensaron al escuchar aquella conversación, llevando la mano a sus espadas. Evernight, al notar la tensión, dejó escapar un suspiro. La orden del Emperador no dejaba margen de rechazo; pero era, en muchos aspectos, una carga incómoda.

“En Redcoast hubo una vez un gladiador legendario. Un gladiador con ojos de bestia, que jamás conoció la derrota… He oído tu historia desde hace tiempo.”

Se escuchó un trago seco. La gladiatura era un oficio despreciado. La mayoría eran endeudados vendidos, esclavos de tierras extranjeras, o vidas arruinadas sin otro destino que el foso de la arena. Que un hombre con tan alto cargo como comandante supremo tuviera semejante pasado era un escándalo.

¿Era una provocación? Karen, que mascaba carne seca, observó disimuladamente a Evernight. Él seguía lanzando la daga al aire, recogiéndola una y otra vez con indiferencia.

Tack. Tras varias vueltas en el aire, la empuñadura volvía a su mano con firmeza.

“No sabía que existiera tal apodo.”

Al levantar los ojos entornados, un brillo azul intenso emergió en la oscuridad.

“Jajaja. Es usted un hombre bastante indiferente, señor. Se dice que incluso miembros de la realeza acudieron a la arena de Redcoast para verlo pelear.”

Hanibal rió, encogiéndose de hombros. Aparentemente lo elogiaba, pero aquel hombre había derrotado a todos los piratas del mar oriental sin derramar ni una gota de sangre, únicamente con estrategia y guerra psicológica.

“Está muy bien informado de historias que ni el propio interesado conoce, señor Hanibal.”

Evernight sonrió levemente, apoyando el brazo sobre una rodilla doblada. Ya se había hecho una idea de los objetivos de los demás duques, pero el motivo de la participación de este hombre en la expedición seguía siendo ambiguo.

Para erradicar a los piratas de ese modo, debió de haber contado con la colaboración secreta del codicioso señor feudal de Redcost, que no era más que un cascarón vacío.

Si había sido capaz de “devorar” a un zorro astuto como aquel, este hombre debía de ser muy distinto por dentro a lo que mostraba por fuera.

“¿Es cierto que fue la realeza quien le dio su nombre?”

La sonrisa de Evernight descendió de repente, tornándose en un filo punzante. Tal como esperaba.

“Ese señor era el príncipe heredero, hermano mayor de la señora de Tildeon. Desafortunadamente, murió joven…”

Entonces soltó una risita ligera, como si la mera idea le resultara graciosa. Los labios de Hanibal se cerraron con fuerza.

“Ah, disculpe.”

Evernight desvió la mirada hacia la hoguera, inclinando la cabeza como si aquello le aburriera.

“Visto así, ser gladiador es realmente una mierda. Cualquiera se mete en tus asuntos.”

Aquel pasado abyecto, en el que había vivido como un perro en ese lugar, no le había dejado ninguna herida. Se había cortado tantas veces a sí mismo que, al borde de la locura, acabó arrojándose con furia a la arena. Solo al mirar los rostros de los nobles, que se sentaban en lo más alto cubiertos de oro mientras fingían dignidad, se sintió capaz de respirar.

Por eso había vivido como gladiador: porque le gustaba enfrentarse, a plena luz del día, a la lujuria sangrienta y nauseabunda de esos desechos que apestaban más que la propia basura. Porque solo así se sentía vivo. Y pensaba: “Si esas bestias siguen existiendo, quizá yo también merezca seguir vivo.” Una cuerda podrida, pero cuerda al fin.

“Acabo de pensar en tu nombre. El. Encaja a la perfección con esta cerveza barata y tu pinta miserable.”

La cuerda podrida que se balanceaba se detuvo en seco al sonar la voz de Hanibal. Despertando de su breve ensimismamiento, Evernight lo miró fijamente.

“Jajaja. He dicho una insolencia fuera de lugar.”

La cicatriz que cruzaba de lado a lado el rostro de Hanibal se contrajo un instante, antes de que él mostrara una sonrisa amable.

“Por cierto, ¿cómo se encuentra la señora de Tildeon? Al partir, parecía muy demacrada, y me preocupa su estado.”

Fingía ser cordial, pero sin duda era el más difícil de descifrar entre los duques. Resultaban menos molestos el torpe Bluea de la casa Shonda o incluso Kanon de Montrose, siempre a la defensiva con las espinas afuera.

“Esa señora no recibió una educación adecuada en su niñez. Ya lo habrá comprobado en la capital al conocer al príncipe Royster: el maltrato hacia la señora ha sido constante. La casa imperial Kleist trajo una época de paz, sí, pero no deja de ser cierto que llevan la locura en la sangre.”

Hanibal recordaba con claridad al joven príncipe menor, al que se había cruzado varias veces durante sus visitas a la capital. Estaba famélico, pero aun así compartía su escasa comida con los conejos y ciervos que entraban en el patio trasero.

“Entonces, ¿qué es exactamente lo que quiere decirme?”

Evernight evocó las cicatrices que habían cubierto aquella pequeña espalda. Marcas grotescas en un cuerpo en el que no deberían estar.

“No, nada. Otra vez estuve a punto de entrometerme. Lo que pase con la señora depende solo de usted.”

El. Hanibal murmuró suavemente su nombre.

* * *

El.

Anya pronunció en silencio su nombre. La vista se le nublaba sin cesar, y cada vez que se oscurecía repetía aquel nombre. El rostro de Evernight no cambiaba cuando se le llamaba por su título, pero al ser llamado “El” se transformaba de manera sutil.

“No te preocupes demasiado. Tiene un gran complejo con su nombre.”

¿Será por eso? ¿Lo detestaba acaso? Aun así, cuando lo llamaba así, él apartaba toda distracción y solo la miraba a ella. Incluso en esas circunstancias, aquella idea egoísta le parecía graciosa, y Anya soltó una risita. Con cada paso que daba, la nieve se teñía con las gotas rojas que caían.

Tenía que llegar hasta él. Sus hombros estaban empapados de sangre y ennegrecían poco a poco, muertos ya sin sensibilidad alguna. Aun así, bajo el brazo colgante y destrozado, su mano se aferraba con fuerza a algo.

“Es un mapa, alteza. Portmeus, en el extremo este, junto al mar silencioso. Debe ir allí.”

Así lo dijo Lorea, azotando con fuerza el lomo del caballo de Anya. Al mismo tiempo, arrojándose contra los caballeros negros que se lanzaban en su dirección, gritó con todas sus fuerzas:

“¡Alteza!”

Viva. Sobreviva.

Salve a Tildeon.

“En el bosque antiguo moran los espíritus. Cada árbol de este lugar se convierte en guardián que todo lo observa.”

Tenía razón. A cada paso, Anya sentía una mirada pegajosa siguiéndolo como una sombra. No sabía si pertenecía realmente a los guardianes de los que hablaba Savelli o a los caballeros negros inmortales. Por eso no podía detenerse: siguió avanzando. Con el mapa en una mano y Haebing en la otra, avanzaba como poseído. Ya ni en los dedos de los pies ni en la punta de los dedos sentía nada. Debía de ser congelamiento.

¡Thud!

Su cuerpo tambaleante tropezó con una roca saliente y cayó. Sus ojos marrón turbio recuperaron por un instante el enfoque mientras instintivamente se abrazaba el vientre. Al rodar sobre la nieve, su sangre dejó una marca tras de sí. Un lado de su rostro quedó aplastado contra el suelo helado. Por la boca abierta escapaban jadeos ásperos.

“……”

No sabía cuánto tiempo había pasado. Giró su cuerpo encogido y miró hacia arriba. A través del techo formado por las ramas entrelazadas de los viejos árboles, se veía el cielo nocturno.

Los ojos…

se cierran, una y otra vez.

Al levantar la mano para abofetearse, un dolor abrasador lo hizo gemir. Desde la herida de la flecha en su hombro el veneno ya se había extendido. No podía quedarse así. Con la mano temblorosa desplegó el mapa arrugado.

Debía encontrar el poblado más cercano. Sanar la herida cuanto antes…

“Hacia donde está Evernight.”

Debo ir a Portmeus.

Entonces, en la oscuridad, los matorrales se agitaron levemente. Anya se detuvo de golpe y apretó Haebing en su mano. Su mirada se alzó lentamente. Su oído agudizado captó un sonido extraño: cascos. Pero no de los vivos, sino de los muertos.

Clavó Haebing en el suelo a modo de palanca y se obligó a levantarse. Arrastrando su pierna coja, comenzó a correr.

“Viva. Sobreviva.”

Viva y proteja Tildeon.

La voz de Lorea resonaba en todo el bosque como un eco. Por eso debía correr. Tenía que informar a Lord Evernight de esta desgracia. Primero curarse, y el niño… ¿el niño?

De pronto, entre los pensamientos enredados emergió algo punzante. Sí, el niño. Con ojos vacíos, pasó la mano por su vientre. Desde hacía algún tiempo ya no sentía los enérgicos movimientos que lo habían acompañado siempre.

“El bosque… demasiado callado… demasiado silencioso…”

Eso debía ser. Secó el sudor frío que perlaba su frente, incluso en pleno invierno, y siguió corriendo sin descanso. En realidad, apenas corría, pero lo intentaba con todas sus fuerzas. Las sombras negras detrás parecían a punto de alcanzarlo y cortarle la garganta. Al salir del oscuro y anónimo bosque, se abrió ante él una llanura nevada y, más allá, la entrada del cañón donde había vivido con Savelli.

“Hasta aquí. Más allá no debes ir.”

Ssshhh. Su respiración helada se hacía más cercana. Entonces, de su hombro herido por la flecha emanó una fría sensación glacial. No había lugar para la duda. Cruzó la llanura nevada y, con todas sus fuerzas, se lanzó hacia la grieta oscura del cañón.

“Ha… ha…”

Nunca había llegado tan profundo. El cañón nocturno era un abismo de tinieblas y soledad. La respiración lo ahogaba, pero apoyándose en las paredes avanzaba con piernas temblorosas. Echó una mirada atrás. Sobre el camino que había recorrido caía un pesado silencio. Pero pronto comenzaron a escucharse ruidos extraños, como si algo reptara desde las entrañas de la tierra.

“……”

El vello de Anya se erizó al sentir aquel frío. Vio cómo, en el extremo del camino recorrido, empezaba a formarse escarcha. Guardó el mapa en su pecho, tomó Haebing y volvió a correr. Otra vez, el frío lo envolvía.

“Ha… haa…”

Pero lo que encontró tras aquella estrecha grieta fue un precipicio. Sus pies quedaron al borde del abismo y retrocedió con miedo. Abajo, el río del cañón rugía con violencia en remolinos.

“Muere.”

“La mano de la oscuridad.”

“Agárrala.”

“Al seno de Tanon.”

“Ven con nosotros.”

Entonces escuchó varias voces superpuestas a su espalda. Ni de vivos ni de muertos, sin género, en capas, susurraban sin cesar: Muere, muere, muere. Anya retrocedió un paso y miró atrás. Bajo los yelmos de hierro solo había vacío y oscuridad infinita. Desde lejos, solo mirarlos lo paralizaba de miedo.

Cada vez que retrocedía un paso, los caballeros negros sobre sus caballos muertos avanzaban dos. La distancia se cerró en un instante. Bajó la vista: el río furioso se abría como una fauces para devorarlo. Un torbellino gélido se levantó en su vientre.

“Yo… no voy a morir.”

Cuando las dos espadas de los muertos podridos se lanzaron a él, clavó Haebing en la rendija bajo el yelmo de uno.

Un alarido desgarrador estalló, como para romper los tímpanos, y los caballeros negros retrocedieron sujetándose los yelmos.

Entonces el cuerpo de Anya cayó, como una hoja de maneregia en verano, por el precipicio.

“Ah…”

En ese instante tuvo una visión. La misma escena que siempre veía en sueños: un hombre de espaldas, ancho pero solitario, con pétalos cayendo detrás de él. Anya estiró la mano con todas sus fuerzas para atraparlos.

¡Splash! El agua helada del río lo engulló al instante.

---

Evernight y su grupo cruzaban sin descanso la tierra desolada. Atravesaban cañones empinados, corrían por senderos estrechos donde apenas cabía una persona en los acantilados. La comida que llevaban estaba tan endurecida por el frío que parecía goma al morderla. En esa situación extrema, solo había una cosa a favor: después de la tormenta de nieve inicial, no habían vuelto a encontrarse con otra que obstaculizara su marcha. Todo lo demás era sufrimiento.

“¡Comandante! ¡Mire allá!”

Después de avanzar quién sabe cuánto, empezaron a distinguir a lo lejos, bajo el muro oriental, la silueta de una fortaleza gigante. Los cascos de decenas de caballos levantaban nieve a su paso.

“Eso es… Arbor…”

Alguien retiró el paño con el que se cubría la boca y la nariz y murmuró con asombro. La fortaleza élfica, abandonada por siglos, aún era majestuosa y hermosa. Tras la silenciosa ciudad del antiguo reino de Arbor se desplegaba sin fin el horizonte del mar.

Los caballeros de Eastborn, que habían pasado su vida en el mar, frotaban los ojos como si vieran su hogar. Y los caballeros de Tildeon, que jamás habían visto el mar, también lo hicieron con asombro. En ese instante no había Tildeon ni Eastborn: todos compartían el mismo sentimiento al contemplar esa vastedad natural.

“Sigamos.”

Evernight espoleó de nuevo a su caballo y pronto pisaron la ciudad dormida en silencio: Portmeus.

---

Era siempre más fácil acostumbrarse a la oscuridad que buscar la luz. Mejor pasar hambre encogido en los rincones oscuros del palacio secundario que recibir latigazos a la vista de todos bajo el sol en el palacio de Royster. La luz era mala. El palacio de Royster siempre brillaba, siempre estaba iluminado. Por eso odiaba la luz.

Prefería esconderse en la sombra, donde nadie pudiera hallarlo. Aunque quedara ciego para siempre, estaría bien. Así jamás volvería a ver la luz…

“Pero los humanos deben vivir mirando la luz.”

Anya abrió de golpe los ojos al oír aquella voz sombría. Pero no podía ver nada: sus ojos estaban cubiertos.

“Lo ves. Cuando la oscuridad llena tu visión, el hombre se desespera y se agita.”

¿Quién era? ¿Serían acaso aquellos asesinos? Instintivamente agitó los brazos, y un dolor inmenso, como un maremoto, lo golpeó con tal fuerza que apenas pudo contener un grito. Sintió que el brazo iba a desgarrarse. Mientras gemía, algo se acercaba con pasos pesados. El sonido era extraño, demasiado distinto al de unos zapatos.

“Quédate quieto.”

Entonces algo cálido y peludo se posó de golpe sobre la cabeza de Anya, que se desplomó de nuevo hacia atrás. Sintió bajo su espalda un lecho duro, lejos de cualquier comodidad.

“Humano que teme a la oscuridad. Debes dormir más.”

Y tal como lo dijo, la noche volvió a envolverlo.

Clinc, clinc. Le habían vendado los ojos tan fuertemente que por más que se esforzara, no lograba soltarse la venda. Su brazo envenenado estaba tan mal que apenas podía levantarlo. Clinc, clinc. Al perder la vista, su oído se agudizó.

Anya llegó a reconocer que aquel sonido que escuchaba siempre a mediodía era, en realidad, el de fregar los platos.

Al poco rato, un aroma delicioso llenó la habitación. Anya empezó a contar en silencio. Uno: los pasos extraños. Dos: el arrastrar de una silla.

“Come.”

Tres: el plato caliente que le ofrecían al sentarse.

“¿Q- quién es usted?”

Anya supo que aquella persona era quien le había salvado la vida. Pero también sabía otra cosa: en este mundo no existía bondad sin precio.

Al principio, el hambre lo había vuelto irracional. Ni siquiera pensó en la posibilidad de que la comida que aquel hombre desconocido le ofrecía pudiera estar envenenada. Anya devoró el plato con ansias, como un mendigo desesperado. Como si hubiera vuelto a ser el príncipe medio desheredado del palacio secundario, engulló la comida solo para sobrevivir.

“Está caliente…”

Al oír la voz ronca desde el otro lado, Anya cayó en cuenta de que el estofado le había quemado el paladar, arrugándole la carne. Bajo la tela negra que cubría sus ojos empezaron a brotar lágrimas. Aun así, no dejó de llevar cucharada tras cucharada a la boca.

“Uuugh…”

El guiso tenía un sabor extrañamente salado. Sus lágrimas y mocos se mezclaban en su boca, volviéndolo insoportablemente salado. ¿Por quién lloraba? ¿Por Gregos? ¿Por Bel? ¿Por Savelli? ¿Por Lorea? ¿O acaso…?

Anya llevó la mano a su vientre. Sus dedos temblaban, recorriéndolo una y otra vez. Por más que comiera, el vacío no desaparecía. Su estómago estaba demasiado plano; aquel pequeño movimiento que siempre lo había acompañado ya no estaba. Con la garganta atorada, dejó escapar sollozos ahogados.

En el fondo ya lo sabía. Pero mientras vagaba en el bosque oscuro, había fingido ignorar aquel silencio que no volvería a romperse. La cálida luz que lo llenaba por dentro se había extinguido. Ahora solo quedaba un cuerpo vacío, y Anya comía, y comía más, como si así pudiera volver a llenarse.

---

“Come.”

Las preguntas sobre aquella cabaña comenzaron a surgir en Anya cuando su mente empezó a aclararse. Aunque aún le costaba moverse, se iba recuperando poco a poco. El dueño de la cabaña hablaba despacio, con un tono torpe, y sus manos eran toscas. Era evidente que no estaba acostumbrado a esos cuidados. Aun así, todas las noches atendía sus heridas.

“No existe bondad sin precio.”

Ese pensamiento cruzó fugazmente por su mente, pero se desvaneció igual de rápido. La mayor parte del tiempo Anya permanecía sentado, con la mirada perdida, abrazando su vientre hundido. Y a veces, sin motivo alguno, sus lágrimas caían a borbotones.

“Eso que sientes es vacío, es pérdida.”

El dueño de la cabaña, con voz paciente, le ponía nombre a lo que él sentía. Salía cada noche y regresaba solo al amanecer. Anya se dio cuenta de que aquel hombre no dormía en la cabaña. Y aun así, obedecía y no se quitaba la venda negra. El hombre quería mantener sus ojos cubiertos, quería que no viera nada.

¿Dónde estoy? ¿Quién es él? ¿Qué debo hacer ahora?

Al final, ya nada le importaba.

“Dicen que los humanos tienen un instinto de reproducción… pero ese niño no te hacía bien.”

Sí, pérdida. Era un vacío atroz, eso era lo que sentía. Sus palabras de consuelo no llegaban a los oídos de Anya, sepultado en su dolor. Entonces, desde el otro lado, se escuchó un gruñido, un sonido animal. Cuando se pierde la vista, los demás sentidos se agudizan. Y Anya, que había entrenado hasta el límite su percepción junto a Savelli, reconoció el sonido con nitidez.

Un lobo… Era como el aullido de un lobo.

“No ignores mis palabras.”

Pero como si nunca hubiera estado allí, el sonido desapareció enseguida. ¿Lo habría imaginado? Por primera vez, en el rostro de Anya cruzó un destello de vida disfrazada de duda.

"Una sombra oscura ha caído sobre Tildeonrock."

Al oír esas palabras, el párpado de Anya tembló con fuerza. El dueño de la cabaña no esperaba respuesta. Como siempre, le arrojó la misma comida y se marchó, murmurando lo que quería decir.

Al principio, la ceguera fue un alivio. Sin diferencia entre la noche y el amanecer, solo debía dejar pasar el tiempo sin pensar. Pero poco a poco, las sensaciones regresaron.

El estofado ya no sabía salado, reconocía la corriente fría cada vez que las ventanas se agitaban y, de noche, siempre había un sonido lúgubre acompañado del aullido de lobos.

De repente, como si un rayo la alcanzara, Anya comprendió: aún estaba en Tildeon. ¿Pero en qué parte de Tildeon? ¿Seguía en el bosque sin nombre? ¿Dónde habían ido los asesinos de máscaras de hierro negras? ¿Y Savelli… Lorea… el bebé…?

“Toma la mano de la oscuridad.”

“Entrégate al seno de Tanon.”

"D-disculpe… ¿podría soltar esto, por favor?"

Por primera vez desde que llegó a la cabaña, Anya habló. Aunque no podía ver, sintió claramente que el dueño lo observaba fijamente. En el instante en que Anya intentaba llevar sus manos al nudo apretado de su nuca, algo cálido y grande lo detuvo. Era demasiado ardiente y áspero para ser la mano de un hombre. Se sentían como cerdas.

"No, no puedo."

"…Gracias por salvarme. Pero yo…ten- tengo que irme."

《El señor Evernight se dirigió a Portmeus. Vaya allí y entrégueselo.》

Un deber muy importante la aguardaba. ¿Cómo había podido olvidarlo hasta ahora? El camino de escape estaba pavimentado con la sangre de incontables vidas. Anya debía recorrerlo y llegar a Portmeus.

"Aún no has sanado."

El dueño fue tajante. Cuando golpeó con su mano tosca el hombro vendado de Anya, un dolor insoportable la atravesó. Para no gritar, mordió con fuerza la parte blanda de su boca.

"E-esto es suficiente. ¿Podría dejarme salir? Si no quiere que me quite la venda… esperaré a hacerlo fuera."

Anya le rogó con todo respeto. Si algo aprendió durante sus días de príncipe inútil, fue que no existen favores sin precio. Debía de haber una razón por la que este hombre la salvó. Pero, fuese la que fuese, Anya no podría cumplirla.

"Los caballeros de la oscuridad aún rondan por aquí."

Anya contuvo el aliento. Caballeros de la oscuridad… seguramente se refería a los asesinos de máscaras de hierro. Un frío la recorrió desde la herida del hombro hasta todo el cuerpo.

"Ellos te están buscando."

Rabia y miedo la invadieron de golpe. Se llevó una mano al pecho, respirando entrecortada.

"¿C-cómo lo sabe? "

su voz se afiló como una cuchilla.

"Savelli."

De repente, sin aviso, ese nombre tan añorado brotó de sus labios. Anya miró fijamente hacia el hombre. Aun con los ojos cubiertos, localizó de inmediato su posición. Bien entrenada estaba, pensó el dueño de la cabaña, sonriendo apenas mientras imaginaba sus pupilas tras la venda.

"Savelli es un viejo amigo mío. Desde hace tiempo me hablaba de ti."

Que eras un niño bendecido por la diosa y que, llegado el día de la adversidad, debía ayudarte. ¿Habría previsto su propia muerte? La sonrisa del hombre se borró en un instante.

"Me preocupaba haber recogido un cadáver, pero por suerte sigues con vida."

Se levantó y, con un dedo, empujó suavemente la frente de Anya. Aun con tan poco, él cayó hacia atrás, desplomado.

'Pero aún eres demasiado débil.'

El hombre entrecerró los ojos y los dirigió al sol que ya se hundía. La noche llegaba demasiado rápido allí, un lugar perfecto para él.

"Hay que enterrar al niño."

Al decirlo, los pequeños dedos sobre la cama temblaron.

"Si quieres venganza, resiste, humano. Los humanos viven incluso de rencor."

Y como siempre, salió corriendo de la cabaña. La puerta se abrió de golpe y una ráfaga nocturna entró con fuerza. Pronto, se escucharon pasos sobre la nieve, más propios de una bestia que de un hombre.

Tendido boca arriba, Anya comenzó a repetir en silencio:

"Gregos, Bel, Savelli, Lorea…."

Gregos, Bel, Savelli, Lorea… y mi bebé.

Repitiendo sin cesar los nombres amados, el frío desapareció. Era extraño: en su lugar, un calor abrasador lo envolvió. Se llevó una mano al pecho y dejó ir al vacío lo que no había podido proteger. No era tristeza.

Esa emoción oscura e intensa, que hervía hasta querer consumirlo todo, era, como había dicho el dueño de la cabaña, sed de venganza.

---

“Levántate.”

Con el amanecer, el hombre regresó. Apenas dio una ligera patada y la cama tembló violentamente. Anya se incorporó y se giró hacia él.

“Vaya, no dormiste.”

Tal como dijo, Anya no había pegado un ojo en toda la noche. Para no olvidar jamás el aspecto de aquellos caballeros negros, se esforzó en grabar una y otra vez en su mente sus rasgos y características. Si en verdad eran monstruos, ¿por qué atacaron Tildeon? Y lo más extraño: ¿cómo pudieron atravesar la muralla? Esos monstruos misteriosos descubiertos en el sur… lo que dijo el emperador Luxus era cierto.

Y si su objetivo era la caída de Tildeon, entonces Evernight estaba en peligro.

“Deme un mapa, por favor.”

Anya extendió la mano hacia el hombre. No había más tiempo que perder. Tenía que llegar a Portmeus antes que esos caballeros de la oscuridad.

“Y también, desátame ya.”

“¿Un mapa? Te caíste al agua, ¿y crees que el mapa quedó intacto?”

Ah. Solo entonces un suspiro tonto se escapó de entre sus labios.

“¿Adónde piensas ir?”

Decía ser amigo de Savelli, pero Anya no sabía nada de él. Cerró la boca con firmeza y negó con la cabeza. Su resolución de no decir nada aunque lo mataran era tan clara que el hombre soltó una risa incrédula. Y sin embargo, pese a esa actitud desafiante, la joven delante de él parecía demasiado débil para empuñar siquiera una espada.

“¿Bendición de la diosa? Seguro que ese excéntrico de Savelli dijo tonterías.”

Fue en ese momento cuando Anya lo detuvo al intentar marcharse.

“¡¿Qué haces?!”

El hombre reaccionó con tal brusquedad que parecía asustado. Apartó con rudeza la mano de Anya que lo había tocado. Él, sujetándose el dorso enrojecido e hinchado, se apresuró a disculparse, pero él aún resoplaba de furia.

“¡No me toques!”

“L-Lo siento.”

“Ya sabía que no debí recogerte.”

No debí haberlo hecho. Excitado de repente, el hombre no paraba de murmurar mientras daba vueltas sin sentido por la habitación. Si seguía así, podía decidir no dejarla salir nunca. Anya le agradecía haberlo salvado, pero no podía quedarse atrapada allí más tiempo.

“Gracias por salvarme.”

Primero los modales. Sí, empezar por eso. Anya bajó de la cama y se arrodilló de inmediato. Era sincero: sin aquel hombre irascible él ya estaría muerto. Venganza o no, lo primero era sobrevivir.

“¿Qué quiere que haga por usted?”

Con la esperanza de que su sinceridad se transmitiera, lanzó aquella última súplica. Había recibido ayuda, ahora debía pagar el precio.

“La Noche Eterna. Acábala.”

“……”

“Dijeron que solo tú podías acabarla.”

Y sus palabras fueron totalmente inesperadas.

La Noche Eterna. Una vez Savelli lo había mencionado.

“Es el tiempo de oscuridad en que el mundo queda envuelto en tinieblas y la actividad de los monstruos prolifera.”

Un ciclo de 666 años, la era de los monstruos.

“Fue por la Noche Eterna de la generación anterior que todos los elfos partieron hacia el este. Aunque al final perdimos la gran batalla de la meseta.”

Pero todo eso no eran más que leyendas… ¿no?

“¿La… la Noche Eterna?”

Se suponía que su propia estirpe, la familia imperial Kleist, la había erradicado por completo al final de la Tercera Era… Aunque tuviera los ojos vendados, la duda y la desconfianza se reflejaban en el rostro de Anya.

“Sí, esa cara. Mucho mejor que cuando parecías un cadáver andante.”

El dueño de la cabaña, al parecer más dispuesto a hablar, se dejó caer al lado opuesto de Anya. Solo con sentarse, el suelo retumbó con un sonido pesado, como si hubiera caído una roca gigantesca. Todo indicaba que lo que ocultaba el vendaje de sus ojos estaba ligado a la verdadera identidad de ese hombre.

“La Noche Eterna nunca desaparecerá. No mientras ‘Tanon’ siga vivo.”

Ese nombre le resultaba extrañamente familiar. Antes de caer por el barranco, los caballeros negros se lo habían mencionado. No podía haber oído mal.

“…Tanon.”

Anya lo pronunció suavemente. Ese era, sin duda, el objeto de su venganza.

“¡Shhh!”

Entonces una enorme mano cubrió de golpe la boca de Anya. Era tan grande que bastó para taparle todo el rostro. La presión sobre la nariz y la boca le cortó la respiración, pero Anya decidió no forcejear y contener el aire, porque percibía la agitación temerosa del hombre.

“¡Basta ya! Si sigues hablando, descubrirán nuestra posición. La descubrirán.”

Anya asintió dócilmente. Ante esa actitud obediente, el hombre soltó por fin un profundo suspiro y volvió a dejarse caer pesadamente en su lugar. Se mesaba el cabello mientras negaba con la cabeza.

“¿Estaré haciendo lo correcto, Savelli?”

En su voz se asomaba un destello de miedo. El hombre que poco antes había sido autoritario y hasta grosero, ahora se encogía murmurando para sí mismo, y todo por culpa de ese nombre: ‘Tanon’. Anya, con cautela, avanzó arrastrándose un poco hacia adelante. Su mano palpó el suelo de madera hasta que tropezó con algo.

…¿pelo?

La inesperada textura hizo que su cuerpo se tensara un instante. Era una sensación áspera y tupida, como pelaje de cachorro. ¿Llevaba un abrigo de piel? El hombre seguía absorto en sus pensamientos, murmurando con ironía, sin notar los movimientos de Anya.

“Él… él mató a Savelli. Tengo que vengar a mi amigo.”

Anya, como si tratara de tranquilizarlo, dio unas suaves palmadas sobre la parte de su cuerpo que alcanzaba a tocar. Los murmullos del hombre fueron apagándose poco a poco… hasta que de pronto, con fría brusquedad, apartó con violencia la mano de Anya.

“¡No me toques!”

Su voz, encendida de furia, rugió en toda la cabaña. No fue más que un empujón, pero el estrépito fue como el bramido de una bestia. El cuerpo de Anya salió despedido y se estrelló contra la pared. ¡Cough! Un chorro de sangre escapó de su boca.

Ah… los síntomas de ansiedad del hombre habían regresado. Dio un paso hacia Anya, que tosía sangre sin parar, pero se detuvo en seco, dudando.

“Es- estoy bien.”

Anya, limpiándose la sangre del rostro, asintió con la cabeza. Aunque no veía, lo sabía: él no podía hacerle daño. Pero tampoco parecía dispuesto a dejarlo marchar fácilmente.

“No… no me quitaré la venda.”

Esbozó una ligera sonrisa, como queriendo tranquilizarlo. Y pareció funcionar, pues sus inquietos pasos fueron sosegándose poco a poco.

“Perdóname… humano.”

Diciendo eso, el hombre le tendió de improviso un paño seco. Anya se limpió la boca ensangrentada con él. Un silencio pesado se instaló entre los dos, roto finalmente por la voz grave del dueño de la cabaña.

“¿Vas a enterrar… a tu hijo?”

Anya se quedó helado, sus manos temblaron con tal fuerza que el paño se arrugó hasta tornarse blanco bajo sus dedos. Luego, doblándolo con cuidado a pesar de estar manchado de rojo, se lo devolvió al hombre.

“Sí. Ayúdeme, por favor.”

Eran pocas las veces que aquel hombre había oído a un humano hablar con tanta firmeza y resolución.

Sin decir nada más, tiró de Anya y lo sacó de la cabaña. Era la primera vez que, desde que recuperó la conciencia, Anya volvía a pisar tierra firme. Un frío insoportable lo hizo estremecerse. El hombre lo condujo hasta la parte trasera de la cabaña y le entregó un pequeño cesto. Con sólo abrazarlo, Anya supo que allí dentro descansaba su hijo.

Nada en el mundo podía pesar más que aquel cesto.

El muchacho lo sostuvo contra su pecho con reverencia, y juntos comenzaron a cavar en la tierra congelada. La mezcla de nieve y barro era helada y húmeda.

“¿Aquí… es Tildeon, verdad?”

“Sí. Este es el bosque sin nombre de Tildeon. Más allá del desfiladero, nadie se adentra. Puedes estar tranquilo.”

Anya posó un beso sobre el cesto y lo colocó con suavidad en el hoyo. Aquel niño, le dijeran lo que le dijeran, era un hijo de Tildeon. Enterrarlo aquí era lo correcto. Quizás pasaría frío, pero…

‘Ahora es un lago helado, pero cuando llegue la primavera, el hielo se derretirá y volverá a llenarse de agua.’

Tildeon también tendría primavera. Anya lo prometió a su hijo: Espera un poco más. Acabaré esto pronto y volveremos juntos al Tildeonrok.

Su largo cabello se agitó, desordenado por el viento gélido del norte, mientras murmuraba una oración silenciosa.

“¿Qué debo hacer ahora?”

Su rostro infantil, enrojecido por el viento cortante, miraba al hombre con calma.

Creí que lloraría.

Pero el muchacho estaba demasiado sereno. Sus ropas, harapientas, no recordaban en nada a las de un príncipe o heredero de Tildeon. Su cuerpo, delgado y marcado, parecía hecho pedazos. Y aun así, brillaba con más dignidad que cualquier ser que aquel hombre hubiera conocido.

Incluso con los ojos vendados, sentía que la mirada de Anya lo atravesaba. El hombre no pudo evitar rascarse con fuerza la cabeza cubierta de pelo.

“Humano… ¿de verdad podrás acabar con la Noche Eterna?”

“Para ser sincero… no lo sé.”

Demasiado sincero, incluso.

Estaba cansado de las mentiras de los humanos, y sin embargo, cuanto más tiempo pasaba con este niño, más le agradaba. Sin poder contenerse, una risa leve y sincera se escapó de sus labios.

“Pero si Tanon fue quien dañó a Tildeon… si fue él quien envió a los Caballeros Negros… lo mataré.”

A toda costa.

Esa última palabra se clavó profundamente en el corazón helado del hombre. Con cuidado, estiró la mano y soltó el nudo de la venda negra que cubría los ojos de Anya. El paño se desprendió y salió volando, arrastrado por el viento nevado, perdiéndose en el cielo.

“Si Tanon muere, la Noche Eterna terminará.”

“……”

“Y ese ser nunca ha muerto desde el inicio de los tiempos. Solo duerme.”

Los ojos castaños de Anya se contrajeron con la repentina luz. Entrecerró los párpados un instante, y luego quedó pasmado ante la figura que se revelaba ante él.

“……”

El hombre de enorme cuerpo, cubierto por un manto completo de pelaje blanco, era un yeti.

“Él es la fuente de todo mal, el gobernante más allá de la muralla.”

Tras él, entre la neblina nevada, se intuía la tenue luz del sol. Era la estación en que la luz se desvanecía y las mañanas desaparecían. La Noche Eterna. ¿De verdad aquel yeti creía en ello?

El emperador Luxus planea enviar una expedición más allá de la muralla. Y para comandar esa expedición, ha nombrado al Duque Evernight de Tildeon…

¿Era por esa época que el emperador había enviado la expedición? Entonces, ¿cuánto sabía Evernight?

“¿Cree que puedo matarlo?”

Su voz era calma como el agua y fría como el hielo.

“…Solo hubo alguien que lo dijo una vez. Y he decidido creer en esas palabras.”

Las pisadas que sonaban tan extrañas… ahora Anya entendía que era porque aquel hombre era un yeti. Sus grandes pies cubiertos de pelo blanco avanzaban sin hundirse en la nieve. Cuando se acercó a Anya, su sombra enorme lo envolvió, como si fuera a tragárselo entero.

“¿Piensas ir a Portmeus? ¿Está allí el rey del Norte?”

¿Se refería a Evernight? Anya asintió con firmeza.

“Con ese cuerpo, morirás a manos de los Caballeros Negros antes de salir de aquí. Yo te entrenaré.”

---

---

Portmeus, a pesar de haber sido abandonada durante cientos de años, aún mostraba la grandeza de los elfos al recibir a Evernight y a su séquito. Tras la larga travesía, los caballeros mostraban en sus rostros cansados un poco de alegría. Se detuvieron frente a las enormes murallas que rodeaban la ciudad. A lo lejos, más allá del horizonte marino, el sol comenzaba a alzarse.

Entre la densa bruma marina, la luz revelaba poco a poco las murallas dañadas, hasta entonces ocultas en la penumbra del amanecer.

“Comandante, ¿abrimos las puertas así, sin más? Después de todo, esto fue una fortaleza élfica…”

“¿Y la reacción del artefacto mágico?”

Karen, ante la pregunta de Evernight, observó el objeto en sus manos. El orbe era capaz de detectar magia: si cerca fluía un poder inmenso o existía un círculo mágico, se teñía de rojo. Ahora mismo…

“No ha cambiado de color.”

“Entonces entremos.”

A la orden de Evernight, se escucharon vítores entre los soldados. ¡Quién diría que en vida pondrían un pie fuera de Tildeon y llegarían a una fortaleza élfica! Unos cuantos caballeros voluntarios descendieron de sus caballos y empujaron con fuerza la pesada puerta. Los caballeros de Eastborn, más cautelosos, llevaron la mano a la empuñadura de sus espadas.

“¿Eh? Se abre demasiado fácil… ¡Aaagh!”

La puerta cedió con tanta facilidad que los caballeros que empujaban con fuerza cayeron de bruces hacia adelante. Rodaron por el suelo de manera poco digna, gimiendo brevemente, hasta que lo que los recibió fue una estatua decapitada del rey Árbor. Detrás de ella, a lo largo de las bifurcadas escaleras de piedra, se alineaban numerosas mansiones en ruinas.

"Para ser una fortaleza élfica, resulta más tétrica de lo que pensaba."

Hanibal sonrió, adelantándose a Evernight y entrando primero.

"¿Acaso Portmeus fue destruida por una invasión?"

Karen, ajustándose el monóculo, examinaba con atención cada rincón de la ciudad. Enredaderas que solo crecían cerca del mar habían brotado a través de las losas de piedra, dominando el lugar. No había señales de vida alguna.

"¡Aaaaagh!"

De repente, alguien gritó y cayó de espaldas. Evernight, tras intercambiar una mirada rápida con Karen, corrió hacia allí. Un caballero de Tildeon retrocedía tambaleante desde una mansión, señalando con el dedo al aire.

"¡Tápense la nariz!"

El gas venenoso se extendía rápidamente. Evernight apretó con fuerza la nariz del caballero y lo arrastró con rudeza hacia afuera. Los demás, aterrados al ver el gas verde que se arrastraba por el suelo, taparon boca y nariz con sus capas mientras se retiraban apresuradamente.

"¡Ugh!"

Al poco, el caballero cayó de rodillas y vomitó en seco. Como apenas habían comido durante el viaje, lo único que expulsó fue un líquido gástrico claro.

"Vaya… Es el cadáver de un monstruo."

Hanibal, que había entrado en la mansión, tocó con la punta de su espada el cuerpo ennegrecido de la bestia, origen del gas venenoso, y sonrió.

"No lo han eliminado adecuadamente."

"Pero, ¿quién fue el que lo mató?"

Frunciendo el ceño, Hanibal planteó la pregunta. No era posible que aquel cadáver hubiera quedado allí abandonado durante siglos. Evernight lo observó en silencio por un momento, y luego recorrió con la mirada los alrededores de la mansión. No tardó en encontrar una flecha caída en una esquina del suelo. Se arrodilló y rozó con el dedo índice la pluma blanca de la flecha. No era una flecha cualquiera.

"¡Comandante!"

Antes de que Karen pudiera advertirle del peligro, Evernight ya había tomado por completo la flecha en su mano.

"… Elfos."

De sus labios escapó esa sola palabra en voz baja. Era, sin duda, una flecha usada por los elfos.

<Fin del Vol. 1>

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