Capítulo 12: Torneo de Justa

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De la multitud de plebeyos se alzó una ovación hacia Evernight. Su origen, sus hazañas en la muralla, e incluso la olvidada elevación del ducado del Norte… todo eso resultaba perfecto para sembrar en el corazón de la gente sencilla un sueño, una fantasía. Además, su apariencia era tan imponente que poseía todos los elementos necesarios para agitar los sentimientos de las masas.

"Debe de ser por su origen plebeyo, por eso tiene tanta popularidad entre ellos " ; se oyó la burla entre algunos nobles.

Anya apretó las manos al escuchar las palabras hirientes tan cerca. Mostrar disgusto en ese momento no traería nada bueno a su esposo. Y, aun así, no podía evitar sentirse dolido.

"Ay, es demasiado apuesto…"

"La piel de los norteños es realmente blanca. Los ojos del duque parecen zafiros incrustados, su nariz es varonil y recta, y la mandíbula, marcada en su justa medida…"

Por otro lado, la impresión de las damas era muy distinta. Anya alcanzaba a escuchar sus susurros apasionados, tan descarados que le ardía el rostro de vergüenza.

Evernight llevaba una armadura cuidadosamente reforzada con placas plateadas y sobre los hombros un pesado manto negro. Su corcel era esbelto, con un pelaje tan negro como el manto de su amo, que brillaba bajo el sol como si destilara un fulgor lustroso. Evernight permanecía inmóvil, erguido, como si reinara sobre todos los reunidos allí: era la viva imagen de un héroe salido de las páginas de una novela.

Su primer rival era Tyrel Ijan, primogénito de la Casa Ijan, de porte robusto y digno, pero junto a la deslumbrante figura de Evernight su presencia se veía inevitablemente opacada.

Finalmente, el sonido del cuerno que anunciaba el inicio del primer combate resonó en toda la arena. Los dos contendientes espolearon sus caballos hacia los extremos de la pista. Antes de bajar la visera, la mirada de Evernight se detuvo un instante en esta dirección.

“…”

Bajo el sol abrasador de verano, entre el aire que ondulaba por el calor, Anya se encontró atrapado en aquella gélida mirada. El muchacho sintió su corazón latir con tal fuerza que temía que Bluea y Riario, sentados a su lado, pudieran escucharlo.

Con un chasquido metálico, la visera cubrió por completo el rostro de Evernight. Él bajó la lanza adoptando la postura de ataque. Poco después, ambos caballeros espolearon sus corceles y cargaron uno contra el otro. El estruendo de los cascos hacía temblar las gradas, o al menos así lo parecía.

La lanza de Evernight apuntaba sin temblor alguno hacia Tyrel Ijan. La distancia entre ambos se cerró en un abrir y cerrar de ojos; muchos contuvieron el aliento, y Anya se tensó por completo. Sabía que él no resultaría herido, pero aun así… la preocupación le adelantaba el corazón.

Al fin, con un crujido de madera astillándose, la lanza de Evernight se hundió sin vacilar en la armadura de Ijan. El hombre trató de mantenerse sobre su caballo, pero en apenas un instante su corpulento cuerpo perdió toda resistencia y se desplomó pesadamente sobre el suelo de tierra. De todas partes estallaron vítores.

"Aunque sea el primer combate, terminó de manera demasiado aburrida"; murmuró alguien.

Rohan añadió con una risa sus impresiones sobre el combate. Algunos incluso abuchearon a Ijan, que había caído sin ofrecer ningún contraataque.

"Es lamentable que el primogénito de la casa Ijan se haya topado con el duque Evernight desde el primer duelo."

Kanon Montrose respondió así, aunque su expresión se mantenía altiva. Cuando el emperador, desde su asiento principal, hizo un gesto con la mano, un paje corrió hacia el centro del campo para ayudar a Ihan a levantarse. Este, aún aturdido por la caída, sacudió la cabeza y, al ver su hombrera de acero abollada, quedó pálido de consternación. El emperador declaró la victoria de Evernight, y él, levantando la visera, le ofreció un breve saludo.

Los plebeyos gritaron con entusiasmo, pero Evernight giró su caballo sin dedicarles siquiera una mirada.

"Para el comandante, esta justa no es más que un juego de niños."

Anya soltó un suspiro de alivio sin darse cuenta, y Riario rió entre dientes al decir:

"P-pero… si en el próximo combate llegara a enfrentarse al caballero Raniel…"

En esta justa también participaban Raniel y Royster. Por muy sobresaliente que fuese Evernight, no había garantía de que saliera ileso incluso en un enfrentamiento con ellos. Los accidentes siempre ocurren de repente.

"El comandante ha vivido como gladiador en Redcoast desde los doce años. No importaba quién fuera su oponente: siempre vencía."

Riario bebió un sorbo de vino y dejó escapar un fragmento de su pasado. Anya lo miró, ahogando un jadeo.

"¿D-doce años… de edad?"

Una edad tan absurda que ni siquiera podía imaginar lo peligrosa y miserable que debió de ser aquella situación. Anya no sabía nada del pasado de Evernight. Apenas tenía una vaga idea de que él había pasado cuatro años más allá de la muralla exterminando monstruos, y que finalmente decapitó a Durok, conocido como el señor de la muralla. Por ese mérito, Tildeon fue elevado a ducado… y, como botín de guerra, se casó con él. Eso era todo lo que Anya sabía de Evernight.

"Bueno, en realidad yo lo conocí mucho después…"

Riario evocó la primera vez que se encontró con Evernight. Era un recuerdo tan vívido que aún no podía borrarse de su mente. Aquel lugar llamado Redcoast debía su nombre a que la sangre teñía de rojo la orilla durante todo el día.

Era una isla del imperio a la que no alcanzaba el poder del emperador. Allí se reunían todas las riquezas, todas las personas, y todo tipo de sucesos ocurrían.

Paradójicamente, al ser un sitio donde la ley no tenía vigencia, también era una tierra de oportunidades para quienes soñaban con un nuevo comienzo. Fue allí donde Riario conoció por primera vez a Evernight. En aquel tiempo, el hombre ya era una figura reconocida en Redcoast.

«Eh, joven mago. Si no quieres morirte de hambre, ve a la arena de gladiadores.»

Eso le dijo un mercader, con aire de generosidad, a Riario, que había gastado hasta la última moneda comprando ingredientes mágicos ilegales en el mercado negro. En ese entonces, la arena de Redcoast era poco menos que un famoso casino, así que, decidido a sobrevivir de alguna manera, corrió hacia allí.

«Los intereses son del 60%. ¿Hasta cuándo quieres el plazo?»

«¿Qué? ¿¡Sesenta por ciento!? ¡Eso es una estafa según las leyes del Imperio! ¡El límite legal es del 25%!»

Sin dinero en los bolsillos, se había visto obligado a acudir a un prestamista que siempre rondaba la arena. Protestó contra aquel cálculo absurdo, pero el usurero solo se encogió de hombros.

«Si viniste a Redcoast, obedece las leyes de Redcoast. Si no, lárgate.»

Riario suspiró. Su estómago vacío no dejaba de rugir, haciéndole sentir que iba a perder la conciencia. Está bien, pensó: ganaré solo lo suficiente para comprar un poco de pan duro por un tiempo. Así que tomó prestado el mínimo indispensable y entró a la arena.

«¿Por quién vas a apostar?»

«¿Y quién pelea hoy?»

Mirando a su alrededor en el abarrotado coliseo, preguntó al administrador. Este sonrió con sorna y señaló un cartel pegado en la pared de piedra gris.

«Si tus ojos no son de adorno, compruébalo tú mismo.»

«¿El caballero de la muerte, El. Evernight?»

El título de “caballero” usado por un simple gladiador de bajo rango le pareció tan ridículo que no pudo evitar reír.

«¿Vas a apostar por él?»

«¿Por qué lo llaman caballero? ¿Acaso fue un caballero caído en desgracia?»

Era pura curiosidad. Después de todo, solo había una oportunidad. Riario debía ser cuidadoso. El administrador, fastidiado, lo miró de arriba abajo y suspiró antes de responder:

«Ese nombre se lo puso un miembro de la familia imperial. Por eso lo llaman así, nada más.»

Podría parecer una anécdota trivial, pero al mismo tiempo resultaba peculiar. ¿Un príncipe otorgándole un título a un gladiador plebeyo? ¿Estaba loco? ¿O acaso tenía un récord de victorias impresionante?

«Entonces, amigo… ¿apuestas por Evernight?»

De la boca de Riario se escapó un gemido ahogado. Si no conseguía ganar, acabaría viviendo siempre perseguido, ahogado por los intereses desorbitados. Había llegado hasta allí para investigar magia prohibida, pero tras gastar toda su fortuna en materiales, ni siquiera podía dar forma al círculo mágico.

«¿…Y contra quién sería?»

«¿Tus ojos son de adorno? ¡Lee el cartel!”

«Gigante Umu… No me digas que es un gigante de verdad.”

Por más que en aquel lugar sucedieran cosas inverosímiles, era difícil creer que en ese sitio vería a un miembro de la casi extinta raza de gigantes. Riario sonrió incrédulo, pero el administrador le devolvió la sonrisa, mostrando una dentadura curiosa donde convivían dientes podridos y un par de muelas de oro.

«Exacto, un gigante. Nosotros lo trajimos. Así que, ¿por quién apuestas? Si no respondes en tres segundos, esos guardias te echarán.”

Riario notó las miradas de dos mercenarios fornidos apostados en la entrada. Contra un gigante… ningún humano normal tendría oportunidad. Sí, debía apostar por el gigante. Justo cuando acababa de decidirlo, escuchó una voz.

«¡Eh, Evernight! Como la espada que usaste antes se rompió, también te la anotaré en la cuenta.»

Alguien entraba por la puerta. Riario, como hipnotizado, se volvió a mirar. Era un hombre de cabello negro y piel clara, de facciones tan hermosas que resultaban casi delicadas.

«Haz lo que quieras.»

El hombre pasó junto a Riario, entró al arsenal detrás del administrador y al poco regresó con un mandoble enorme. A simple vista parecía pesar toneladas, pero lo blandía con ligereza, como si fuera un juguete. Entonces levantó la cabeza y clavó su mirada en Riario.

«¿Qué miras?»

Al ver aquellos fríos ojos azules y escuchar aquella voz grave y plana, Riario lo supo con certeza.

«Apuesto por la victoria de El Evernight.»

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Quizá por lo impactante que había sido el primer combate, las peleas siguientes resultaban tediosas y el público empezaba a mostrar aburrimiento. Viendo la oportunidad, corredores de apuestas y comerciantes con carritos cargados de frutas y vino merodeaban entre los asientos.

Los plebeyos, bajo el sol abrasador, protestaban por el calor, pero nadie abandonaba su sitio. Se conformaban con algo de comida mientras aguardaban el siguiente enfrentamiento. Ahora que las rondas preliminares habían terminado, la próxima pelea prometía ser tan emocionante que les pondría la piel de gallina. Mientras tanto, los juramentos de lealtad de pobres caballeros errantes elegidos por altivos nobles o damas distinguían servían de entretenimiento adicional.

La tribuna de los nobles, aunque cubierta por toldos, también era sofocante. Anya se secó el sudor de la frente y abanicó ligeramente el pecho de su túnica.

"Príncipe, use esto para secarse."

Bluea le tendió un pañuelo con una sonrisa ligera. Su actitud era impecablemente cortés, pero su sonrisa tenía un matiz socarrón que hizo a Riario poner cara de incredulidad. Costaba creer que fuera el mismo arrogante joven noble que habían visto en el consejo.

"Gra… gracias."

Anya aceptó la atención con gusto, pensando únicamente en que no quería que Evernight recibiera críticas por su mal aspecto. Sus mejillas, encendidas por el calor, parecían dos manzanas maduras. Últimamente, incluso cuando estaba quieto, se sonrojaba con facilidad y el cuerpo le ardía.

¿Serían síntomas normales, o acaso le ocurría algo más?

Desde aquel día, el consejo se había reunido varias veces, y aunque Anya esperaba en el palacio secundario a que Evernight regresara, el sueño lo vencía noche tras noche. Nunca conseguía coincidir con su regreso, y por la mañana, cuando despertaba, él ya había partido. Frente a la alcoba vacía, Anya caía en profundas cavilaciones.

'¿Acaso… el señor no siente ningún interés por este niño?'

Pero sin duda había sido él quien le ordenó concebirlo. Un hombre que siempre reaccionaba con fría ironía cuando se hablaba de herederos, había aceptado esta vez sin reparo alguno… lo cual significaba que, en el fondo, también lo deseaba.

'Sí, debe de ser que está demasiado ocupado. Tildeon aún está en desarrollo, y seguro tiene muchas preocupaciones.'

No debía convertirse también en una carga para él.

Anya intentaba afianzarse con firmeza cada vez que su ánimo vacilaba decenas de veces al día. Pero aunque se consolaba así mismo, cada vez que los médicos imperiales hablaban con evasivas, la invadía de nuevo una inexplicable angustia.

“Su estado físico todavía es inestable, debe descansar más.”

“Por ahora tendrá que suspender su entrenamiento con la espada.”

“Debe tomar este remedio para recuperar energías.”

Sin revelar a nadie su embarazo, Anya resistía solo, enfrentando a diario a los médicos que la visitaban sin cesar. Hasta el día de hoy, cuando por fin se celebraba el torneo ecuestre pospuesto por la reunión de emergencia, Evernight no había anunciado públicamente su embarazo ni se había preocupado por visitarlo.

Quizás… hasta aquí llegaba todo.

Sí, hasta aquí. Ese era el límite de lo que él le había permitido. La mayoría de los matrimonios nobles eran fríos arreglos políticos, y probablemente el suyo no sería la excepción.

'Sí… tampoco es poco. Estoy siendo demasiado ambicioso y eso es peligroso.'

Savelli, Bell, Ronan, Joel, Ban, Siswu… Anya evocó a las personas que había conocido en Tildeon y decidió pensar lo más positivamente posible.

Debía estar agradecido sin esperar más de él. Así se reprendió a sí mismo.

'Por cierto… ¿quién le pondrá nombre al bebé? ¿Podré elegirlo yo?'

A pesar de los esmerados cuidados de los médicos, el cuerpo de Anya se iba consumiendo poco a poco, tal vez por las fuertes náuseas.

“Parece que tiene sed, ¿quisiera beber esto?”

Fue entonces cuando Riario le ofreció la bebida que estaba tomando. Anya, sacudido de sus pensamientos, negó con la mano y de manera instintiva se llevó la otra al vientre. Incluso él, ignorante, sabía que no debía beber alcohol. Lo que sí lo sorprendía era que Evernight no hubiera informado siquiera a Riario sobre su embarazo.

Él, a veces acompañado de Siswu, lo visitaba en sus aposentos, preocupado por lo delgado que se veía, y le traía pociones de Tildeon con mucho esmero. Pero cada vez que Anya las aceptaba con una radiante sonrisa, Riario mostraba una expresión indescifrable.

“Permítame beberlo en su lugar, mago.”

Bluea, mirando de reojo los delgados dedos que descansaban sobre la túnica, interceptó la copa de Riario con una sonrisa.

“No, mi señor, no es vino. Es solo jugo de uva, extraído de manera totalmente natural.”

Antes de que Riario pudiera detenerlo, Bluea bebió el líquido de un solo trago. Su nuez se movió con fuerza, y luego devolvió la copa vacía con una breve cortesía: “Gracias, estaba delicioso.”

“Ja, ja.”

Riario ladeó la boca en una sonrisa torcida, riendo sin ganas, justo cuando una inmensa ovación recorrió el lugar.

Era porque Raniel Krom avanzaba hacia el centro de la arena. Como capitán de la guardia imperial de élite, su reputación era tal que ningún caballero podía comparársele siquiera entre la plebe. Su descomunal tamaño, la armadura dorada ceñida a su cuerpo y el yelmo que ocultaba por completo su rostro alimentaban infinitas especulaciones sobre las cicatrices de su infame accidente.

“¿Y esta vez por quién apostará?”

Buea volvió a sacudir la bolsa de cuero.

"Señor Shonda, debe contar con exactitud. A nosotros, los enanos, no nos gusta bromear con nada hecho de metal."

Bluea, que arrebató de un zarpazo la moneda de oro que le entregó Usolin, se encogió de hombros.

"¿Qué tanto podría ganar engañándolos con estas migajas? Pero dígame, caballero, ¿no era usted quien hablaba de lo sagrado de los juegos? Y mírese ahora, el más entusiasmado."

Ante su burla, el rostro de Usolin se encendió tan rojo como su espesa barba. Gritando, lanzó un puñetazo, y en el proceso de esquivarlo Bluea le dio un manotazo en la espalda a Kanon. Este, que acababa de meterse un racimo de uvas verdes en la boca, se atragantó y se levantó tosiendo con fuerza. Se sintió cómo algunas damas reían mientras observaban la escena. En medio del alboroto repentino, Rohan y Riario soltaron un suspiro al unísono.

"Entonces, ¿a quién apuestan?"

Jadeando, volvió a preguntar Bluea. En ese momento, hacia el lado contrario de Raniel, apareció un caballero de aspecto algo joven: Siswu Curel. Oh, vaya. Anya escuchó el pequeño suspiro que Riario dejó escapar a su lado.

"¡El cuervo dorado contra el cuervo negro!"

Alguien lo gritó desde las gradas. El emperador, que observaba con hastío, se puso de pie de inmediato. Al susurrarle algo a la emperatriz, Violette llevó la mano a sus labios y rió en voz baja. El combate de Siswu prometía, en muchos sentidos, ser la distracción que todos aguardaban con ansias.

"Yo apuesto por el Cuervo Dorado".

"Yo también."

"Yo, por sir Raniel Chrome. Nadie alcanza a capitán de la guardia imperial sin una espada excepcional."

La mayoría de los duques presentes se inclinó por Raniel.

"Y-yo apuesto por sir Siswu".

Por primera vez, Anya reunió valor y entregó una moneda a Bluea. Era dinero que había traído por si acaso, y agradeció poder usarlo en favor de él. A diferencia de Raniel, Siswu vestía una armadura de placas corriente, y lo único que lo identificaba como caballero de Tildeon era la capa negra que ondeaba a su espalda.

"Muy bien. Yo iré por Raniel Chrome. Si sir Siswu gana, alteza, obtendrá una bolsa muy jugosa."

Bluea intentó bromear para consolarlo, pero Anya no pudo deshacerse de la inquietud.

"Sí… Ojalá."

Lo único que deseaba era que su hermano de armas, más allá de la victoria o la derrota, no resultara herido. En los torneos a caballo, los accidentes fatales eran más comunes de lo que se pensaba, y de Raniel Chrome no podía decirse precisamente que fuera un modelo de caballerosidad.

Cuando sonó la trompeta que marcaba la reanudación del combate, Raniel y Siswu cabalgaron hasta los extremos de la empalizada, bajaron las lanzas y se apuntaron mutuamente. Los plebeyos empezaron a corear los nombres de sus favoritos. Predominaba el de Raniel, aunque de vez en cuando se escuchaban voces a favor de Siswu.

Ambos jinetes, lanzas largas en mano, cargaron con fuerza como si solo existieran el uno y el otro. Antes de que la lanza de Raniel alcanzara a Siswu, el astuto joven de Tildeon torció levemente la espalda con porte erguido. Su escudo gris oscuro desvió el ataque, y la lanza de Raniel se astilló con estrépito.

Anya entrelazó fuertemente sus manos y contuvo la respiración. Raniel había intentado empujar hasta el final, pero el corcel de Siswu era tan ágil que por poco lo hacía perder el equilibrio y caer de su propia montura.

El público estalló en aplausos y silbidos. Un paje corrió presuroso a entregarle otra lanza a Raniel, quien sin esperar siquiera el toque de trompeta espoleó su caballo y cargó de nuevo contra Siswu.

"¡Siswu!"

El chillido de Anya se perdió entre los gritos de “¡Raniel! ¡Raniel!” de la multitud. Por fortuna, Siswu reaccionó a tiempo y enfrentó la embestida, pero era imposible resistir el impacto de tanta velocidad. La lanza estalló, astillas volaron por el aire, y el cuerpo de Siswu salió despedido para caer de bruces en el fango.

Con el rostro pálido, Anya parpadeó mirando fijamente la arena. A su lado resonaban jadeos y murmullos. Por suerte, Siswu logró levantarse, se arrancó el yelmo con brusquedad y escupió sangre mezclada con saliva antes de caminar hacia la empalizada. Todo indicaba que aceptaba la derrota con calma."

"¡Santo cielo!"

Pero de pronto, Raniel Chrome soltó una brutal patada a su corcel y, con la lanza en mano, se lanzó de nuevo contra Siswu. Anya distinguió perfectamente hacia dónde apuntaba el hierro: el cuello desnudo de su amigo, expuesto porque al quitarse el yelmo también se le había desprendido la protección de la garganta.

"¡La espada, tráeme la espada!"

Siswu gritó desesperado a su paje, y en un instante todo el lugar se llenó de alaridos. (Los pajes son como asistentes*)

El corcel de Raniel cargaba hacia Siswu con una velocidad tremenda. El paje, paralizado por el miedo, solo atinaba a golpear el suelo con los pies, incapaz de moverse; Siswu soltó una maldición por lo bajo y corrió hacia la esquina de la arena, donde había dejado su espada. El corcel viró y volvió a lanzarse en su persecución. Raniel, como si aquello le divirtiera, soltó una carcajada cruel.

“¡Siswu!”

Anya se levantó de golpe, sin darse cuenta, y gritó. Su cuerpo parecía dispuesto a lanzarse al ruedo en cualquier momento, pero fue sujetado por ambos lados. Eran Bluea y Riario. Anya, con el rostro al borde del llanto, miró a los dos alternativamente. Bluea lo atrajo hacia sí y susurró en voz baja:

"¿Ha olvidado que no está solo?"

Su consejo cortés hundió a Anya en la desesperación. Las palabras de los sanadores resonaron en su mente:

'Por el bien del niño en su vientre, debe concentrarse únicamente en recuperarse.'

Ese niño… aunque no lo había deseado, podría convertirse en el primer lazo de sangre para la Anya que tanto tiempo había vivido en soledad. Pero Siswu era también quien le había mostrado la fraternidad que nunca había conocido. Aunque no compartieran sangre…

“Él es mi hermano, mi hermano en todo menos en nombre.”

Anya dijo aquello mientras intentaba zafarse de la mano de Bluea. En ese momento, varias personas aterradas intentaron huir atropelladamente, trepando por los asientos y chocando entre sí, hasta que empezaron a caer y tropezar unos con otros. En un instante, el lugar se convirtió en un caos: gritos, empujones, alaridos.

“¡Príncipe heredero!”

Riario y Bluea envolvieron a Anya, protegiéndolo. La multitud empezaba a empujarse y él tuvo que afirmarse en la punta de los pies para no perder el equilibrio.

“¡Silencio!”

El Emperador, con el rostro frío como el hielo, estalló en un rugido. La multitud se aquietó de golpe, aunque todavía se agitaba con nerviosismo. El Emperador, presionándose la sien con irritación, exclamó con voz áspera:

“Raniel no se atreverá a matarles a ustedes también.”

Al fin y al cabo, estando él allí, ¿cómo iba el capitán de la guardia imperial a desobedecer una orden suya? La gente soltó un suspiro de alivio, aunque el recuerdo de los rumores atroces sobre Raniel hacía imposible calmar del todo la inquietud. Algunos grandes nobles se acercaron al Emperador y le susurraron algo al oído; la comisura de sus labios se curvó con desdén.

“Esto no me parece tan malo. Justo cuando estaba aburrido, se me brinda el placer de un combate caótico. Sin mi permiso, ese sujeto no osará dañar a los míos. Disfrutemos tranquilamente de quién saldrá vencedor en esta refriega.”

Ante las palabras sarcásticas del Emperador, la multitud estalló en vítores. Anya levantó la mirada hacia el estrado con un rostro aturdido. ¿La vida de Siswu era, para él, nada más que un entretenimiento? Sintió que algo ardiente emergía desde lo más profundo de su pecho, y apretó el puño con fuerza.

Entonces, desde la arena, resonó el chillido agudo de una bestia. Las miradas volvieron a dirigirse hacia el centro del combate.

“¡Es el Duque Evernight!”

Evernight estaba de pie en el borde de la empalizada, con un gigantesco arco en sus manos. La flecha que disparó se clavó de lleno en el costado del corcel de Raniel.

El animal soltó un relincho desgarrador, alzó las patas delanteras y se irguió bruscamente. Raniel se aferró al lomo, agachando el cuerpo para no caer, y continuó avanzando contra Siswu. Pero ni siquiera el infame capitán de la guardia imperial podía controlar con facilidad a un caballo retorciéndose de dolor.

“Siswu.”

Evernight lanzó la espada hacia él. Siswu, que había quedado sepultado entre un montón de paja, se enjugó la frente empapada en sudor y atrapó su propia espada en pleno vuelo.

“Como era de esperar de los de Tildeon: no conocen el honor. Interferir tan descaradamente en el combate de otro…”

“Escoria inútil de bestia.”

Raniel saltó bruscamente de su caballo y lanzó la lanza que sostenía, clavándola en su propio corcel. Cuando la sangre salpicó sobre su yelmo dorado, se escucharon por todo el lugar leves jadeos de sorpresa. Tal vez por la declaración previa del Emperador, esta vez, en lugar de alboroto y confusión, lo que se levantó entre los espectadores fue una fuerte curiosidad por lo que estaba por suceder.

El enorme cuerpo del caballo comenzó a retorcerse y, fuera de sí, se lanzó contra Siswu. Maldiciendo en voz baja, Siswu rodó hacia un costado, y el corcel de Raniel pronto se desplomó con un estruendo. La sangre espesa se derramó sobre la tierra.

“Escuchar esas palabras de alguien tan vil… no deja de ser ridículo.”

Siswu, apartando la fría mirada del cadáver convulso del corcel, sonrió con sorna hacia Raniel. Este, en vez de responder, dirigió la vista más allá del hombro de Siswu: hacia el Emperador, que observaba la escena con una expresión de cansancio evidente.

Raniel soltó una risa áspera y gritó a su escudero: “¡La espada!”. Su hombre corrió a entregarle una enorme espada de dos manos, de más de un metro de longitud. Raniel la desenvainó y miró alternativamente a Siswu y a Evernight.

“¡Su Majestad! Solicito un duelo honorable: dos contra dos.”

“¿Qué demonios dice ahora ese?” brotó un murmullo excitado entre la multitud. Riario se llevó la mano a la frente, masculló una maldición y, tras decir en voz baja “Príncipe, disculpeme, debo ausentarme un momento”, desapareció rápidamente hacia la parte trasera.

“¿Y no era un combate caótico lo que yo esperaba? ¿Has olvidado acaso que este evento celebra mi cumpleaños?”

Luxus replicó con la barbilla apoyada en la mano. Raniel, lejos de amedrentarse ante la gélida mirada del Emperador, se arrodilló con firmeza y respondió con solemnidad:

“Jamás, Majestad. Este duelo de honor será lo que verdaderamente satisfaga su dicha.”

“¿Y con qué seguridad dices semejante cosa?”

Luxus torció la boca, mostrando sin filtro su molestia. A esas alturas, otro cualquiera se habría echado atrás, pero Raniel sostuvo con terquedad su postura:

“Majestad, no habrá olvidado lo ocurrido hace poco entre el príncipe Royster y el príncipe Anya. Si no se resuelve ese asunto, esta expedición puede degenerar en un fracaso en cualquier momento; no es más que una apuesta peligrosa. Peor aún, podría convertirse en la chispa que encienda una guerra silenciosa entre casas nobles, amenazando la unificación del Imperio.”

Al oír la palabra expedición, el rostro del Emperador se endureció. Miradas rápidas se cruzaron entre los nobles. Desde hacía rato, los ojos de Anya no se apartaban de un solo hombre: Evernight, que contemplaba la situación con fría lucidez.

“¿Te atreves a invocar la expedición aquí mismo?”

El Emperador estalló en cólera. Solo cuando la Emperatriz Violette lo calmó, Luxus suspiró y le indicó a Raniel que continuara.

“Su servidor ha escuchado que el duque Evernight será designado comandante supremo en la expedición. Pero la mayoría de los participantes no lo ven con buenos ojos.”

Era un hecho tan evidente que el Emperador no tuvo cómo refutarlo; en su boca apenas se dibujó una risa sarcástica.

“¿Y por eso vienes a cargar con la culpa en lugar de los nobles y osas desafiar mis órdenes? Tu puesto es capitán de la guardia imperial, no perro de caza de los grandes señores.”

A pesar del sarcasmo del emperador, Raniel no perdió la compostura. Alzó la vista hacia los ojos grises, apagados, de Evernight, como midiendo su intención, y luego sonrió con calma.

“No, majestad. Solo deseo que esta expedición triunfe para salvaguardar al imperio y a la familia imperial. Suplico que escuche mi consejo hasta el final; después, puede decidir si corta mi cabeza o no.”

Había muchos observando. Si estuvieran en palacio, bastaría con encerrar a Raniel de inmediato, pero allí estaban mezclados los partidarios de Royster, los de Chloe y también plebeyos atentos a la fuerza de gobierno del emperador. Luxus, divertido ante la astucia insidiosa de Royster, decidió escuchar lo que Raniel tenía que decir.

“Los nobles que apoyan al príncipe Royster creen que el consorte del duque, el príncipe Anya, está abiertamente en conflicto con él. En la última cacería, varios hijos de nobles y yo mismo presenciamos cómo ambos príncipes se lanzaban duras palabras.”

Ante aquello, Bluea frunció el ceño y se levantó de golpe, pero Kanon lo contuvo: quédate quieto. Los nobles que apoyaban a Royster carraspearon con incomodidad, mientras los partidarios de Chloe les lanzaban miradas despectivas.

“En este contexto, la vida del príncipe Royster en la expedición comandada por el duque sería como la de una lámpara bajo el viento: a punto de apagarse. Incluso podrían usarlo como excusa para vengar al consorte, enviando a Royster más allá de la muralla sin que nadie lo note. Y no faltarán quienes aprovechen la situación de forma retorcida.”

“¡Sus palabras son absurdas, majestad!”

No pudiendo contenerse más, Siswu alzó la voz. Pero el emperador parecía ya sumido en una profunda reflexión. El medio tonto duodécimo príncipe, Anya… Hasta entonces había pensado que su carácter débil no pasaba de ser una pequeña disputa pasajera. Sin querer, el emperador chasqueó la lengua.

“Escuchándolo, veo que tiene cierto fundamento. Con esta expedición deseo arrancar de raíz la fuente del mal y traer la paz al imperio. Si fracasara… la base misma del imperio podría tambalearse. Debemos ser prudentes.”

“Sí, majestad. Mi único propósito es la paz del imperio y la seguridad de la familia imperial. Si se resuelve con un duelo de honor, nadie podrá objetar después.”

“Entonces, ¿cuál es tu conclusión?”

Todos miraron en silencio la torcida sonrisa oculta bajo el yelmo. Al poco, los labios deformados por cicatrices se entreabrieron.

“Solicito un duelo de honor entre mí, capitán de la guardia imperial, y el duque de Tildeon Evernight. Y un duelo de honor entre el príncipe Royster y el príncipe Anya. El problema solo terminará cuando alguien caiga derrotado.”

Un viento seco sopló.

Incontables miradas "llenas de curiosidad, disgusto o incluso malevolencia" se clavaron en Anya. Era como si lo desnudaran y despedazaran con la mirada: una sensación espantosa.

“¿De verdad había un monstruo allí?”

La lujosa recámara del primer príncipe estaba llena de humo acre y un hedor parecido al de orina, tanto que apenas se distinguía la brillante lámpara de cristal. Royster, casi desnudo, reclinado contra la cabecera, hundía el rostro entre los pechos de la mujer a su lado y preguntó con tono exigente:

“¿Mm? Debes hablar con claridad, Raniel.”

Su voz resonaba apagada contra la piel en la que se enterraban sus labios.

"¡Ah, Alteza! "chilló la mujer, soltando una risita estridente al tiempo que echaba la cabeza hacia atrás, drogada y embriagada.

Royster sonrió de medio lado y enterró el rostro en el torso de la mujer del otro lado.

"Sí, Alteza. Yo mismo lo confirmé con mis propios ojos en las mazmorras".

De inmediato, el cuerpo de Royster se paralizó.

"¿Qué ocurre, Alteza? "

preguntaron las mujeres con voces melosas, acurrucándose entre sus brazos.

Pero de pronto aquellas voces le sonaron horrendas, como uñas arañando planchas de hierro.

*"Alteza, usted está destinado a ser desechado."*

Con los labios apretados, Royster se dio un golpe fuerte en la oreja derecha.

*"El príncipe Chloe no se quedará de brazos cruzados. Apenas ascienda al trono, hará trizas su cadáver y lo colgará en los portones de Maneregia, en los cuatro puntos cardinales."*

Pero los susurros no cesaban.

*"Los viles plebeyos escupirán sobre su cuerpo."*

Carcajadas vacías, el parloteo ligero de las mujeres. Cada vez más fuerte. Hasta que, como si todas las voces del mundo se fundieran en una sola, el eco retumbó en su cráneo:

"¡Royster!"

Con un jadeo violento, Royster se incorporó de un salto. Agarró a las mujeres por los cabellos y las arrojó al suelo en un parpadeo. Ellas, aterradas, temblaron apenas un instante antes de arrastrarse desnudas hacia la puerta, sin recoger siquiera sus ropas.

Royster, con las manos temblorosas, tomó a toda prisa un cigarro enrollado con hoja de tabaco fino y lo llevó a los labios. Encendió la punta con un candelabro y solo entonces pudo respirar aliviado.

Chirrido. La puerta se abrió, y en el rabillo del ojo distinguió una mano blanca y delicada aferrada al pomo, temblando apenas. Era la misma mano que poco antes lo había acariciado, pero él, inhalando profundo, ordenó con voz áspera:

"Mátenlas."

Los soldados apostados afuera apresaron a las mujeres y las arrastraron lejos. Unos gritos agudos retumbaron, pero pronto todo volvió a quedar en silencio. Royster se dejó caer en una silla de terciopelo, encendió otro cigarro y, tras una bocanada profunda, entrecerró los ojos inyectados en sangre hacia Raniel.

"¿Ese inútil bastardo de verdad mató a un demonio...?"

Una risa nerviosa se escapó de su boca. ¿Ese imbécil, que temblaba hasta orinarse por el silbido de una flecha, había aprendido esgrima? ¿Y a tal grado que pudo derribar a un monstruo?...

El solo pensarlo le hizo palpitar las sienes con un dolor punzante. Los susurros regresaban. Se apretó la cabeza y gritó:

"¿Y Chloe...? ¿Ese maldito ya lo sabe?"

Su Majestad lo anunció públicamente. Cualquiera podía ver el cuerpo en las mazmorras.

Eso significaba que Chloe también lo sabía. Una sonrisa torcida asomó en los labios de Royster.

"¿Nada extraño en el cadáver del monstruo?"

"Las marcas de espada eran claras... pero también había quemaduras."

Raniel vaciló. En efecto, el cadáver mostraba heridas de corte mortales, prueba de que la espada de Anya lo había abatido. Pero al mismo tiempo, tenía quemaduras como de un gran pilar de fuego y extrañas marcas de mordeduras en el cuello, como si una bestia gigantesca lo hubiera atacado.

"¿Fuego...?"

"El caballero Bluea Shonda declaró que fueron emboscados por los asesinos de la Máscara de Hierro. Según él, ellos provocaron el incendio."

"¿Y esas mordeduras...? ¿Habrá sido el conde Mibar? "

preguntó Raniel, evocando con facilidad a aquel hombre que siempre aparecía como una sombra en los asuntos más sospechosos del Imperio.

"¿Ese? No se mueve sin un propósito claro..."

De pronto, Royster se detuvo.

"A menos que hubiera algo que arrancar de Anya... entonces tendría sentido."

Aún no lograba encajar todas las piezas.

"Tengo además noticias importantes, Alteza."

Raniel prosiguió con el informe que acababa de recibir de un subordinado.

"En el consejo de duques, Su Majestad anunció la formación de una expedición hacia la Muralla."

Raniel tuvo que contener con esfuerzo la sonrisa que amenazaba con asomar. La noche eterna se acercaba, y él sabía muy bien lo que eso significaba. Ansiaba el caos, pues en él solo la fuerza dictaba quién sobrevivía.

"¿Una expedición...? "

Royster frunció el ceño y maldijo entre bocanadas de humo.

"Al parecer, el príncipe Chloe participará como representante de la familia imperial."

Royster estalló en carcajadas maníacas, que pronto se volvieron espasmos nerviosos. Arrojó el cigarro al suelo y encendió otro con torpeza.

"Continúa."

"Su Majestad prometió que quien obtenga mayores méritos en la expedición recibirá el derecho de explotación del acero Sildor, más allá de la Muralla."

El acero Sildor era el mineral más raro y preciado de todos, ante el cual incluso el diamante no era más que una piedra vulgar. Y solo se hallaba en el norte, en las heladas tierras de los muertos.

"Ese maldito Chloe..."

Royster entendía bien lo que buscaba.

"Si obtiene ese derecho, dispondrá de fondos colosales para asegurar la sucesión al trono."

Royster exhaló una nube de humo hacia el techo y masculló:

"¿Quién será el comandante en jefe? ¿Usolin?"

Usolin no era cercano a Royster, pero era un conservador empedernido que defendía la sucesión estricta por primogenitura.

Raniel sonrió con sorna bajo el yelmo.

"Será Evernight de Tildeon."

Las manos de Royster temblaron con furia. El recuerdo del dolor en su muñeca, rota por Evernight, regresó con violencia. Entre convulsiones de ira, barrió con el brazo todo lo que había sobre la mesa. Jarrones y cofres cayeron y se hicieron añicos.

"¡No permitiré que ese maldito se alíe con Chloe!"

Los susurros malignos regresaron a su mente:

*"Juntos te exprimirán hasta la última gota de sangre."*

*"Oh, pobre Royster, derrotado incluso por ese inútil..."*

"¡No, no...! "

gritó, lanzando cuanto alcanzaba a sus manos.

Raniel, imperturbable, observaba como una estatua. Hasta que Royster, exhausto, lo fulminó con la mirada. Sus ojos eran rojos, como los pendientes que colgaban de sus orejas.

"Los mataré a todos."

Una sonrisa se dibujó en el rostro de Raniel, y con ojos encendidos de crueldad, respondió:

"A sus órdenes, Alteza."

Con la apariencia impecable de un caballero leal.

---

Raniel, con la espada de dos manos colgada descuidadamente sobre el hombro, recordó la reunión con Royster de hacía unos días mientras miraba a Evernight.

Evernight era alto y de complexión robusta, pero sus facciones atractivas y la piel clara lo hacían parecer más un duque de noble cuna que un simple caballero de origen plebeyo.

Ese detalle era lo que atraía a Raniel. Matar a alguien así sería mucho más divertido que emborracharse y revolcarse en un burdel. Con un tipo así, el verdadero espectáculo comenzaría solo cuando, poco a poco, le fuera cortando brazos y piernas hasta que comprendiera su situación. Raniel ya se relamía de gusto solo con imaginar cómo aquellos ojos azules y arrogantes se apagarían con desesperación contra el suelo.

“Duque Evernight. Por fin ha llegado la oportunidad de mostrar sus habilidades ante mucha gente, ¿está feliz?”

Los ojos fríos, que estaban clavados en algún lugar de las gradas, se volvieron por fin hacia Raniel.

“Vaya, he caído en un truco barato. Tan impresionante como tu cara patética.”

Evernight soltó una risita con desprecio, y el rostro de Raniel se endureció. Pero enseguida se encogió de hombros y contraatacó:

“Si has caído en ese truco, entonces tu cabeza debe ser un cascarón vacío. O… quizás no. Al fin y al cabo, un mocoso salido del fango de Redcoast logró encaramarse al puesto de comandante supremo. Tal vez tu mente valga más de lo que parece.”

Raniel se dio golpecitos en la sien con el índice. Cada golpe hacía que el guantelete chocara contra el casco, produciendo un chirrido desagradable.

Lamentablemente, esas burlas no surtieron el menor efecto en Evernight. Desde que nació había escuchado toda clase de insultos contra su linaje maldito; aquellas eran provocaciones insignificantes.

“¿Debería agradecer que el príncipe heredero, con su sangre noble, se esfuerce tanto en llamar la atención de alguien tan vil como yo? No lo tengo claro.”

Evernight esbozó una leve sonrisa y volvió la mirada hacia su consorte, rodeado de un gentío murmurador. La gente había empezado a señalar a Anya. Por un instante, el semblante imperturbable de Evernight se contrajo de manera casi imperceptible.

‘No ha podido apartar los ojos desde hace un rato.’

Más allá de los sentimientos, parecía que el duque de Tildeon cargaba con cierto sentido de responsabilidad hacia su consorte. Que un plebeyo osara tener ese tipo de emociones le resultaba risible a Raniel, quien no pudo contener una risita burlona.

“Esta vez no podrás salvar a tu consorte. Su alteza, el príncipe Royster, está decidido. Seguramente le aplaste esa cabecita y convierta este suelo en un mar de sangre.”

Raniel se lamió los labios como un depredador frente a su presa.

Evernight lo miró fijamente. Fssss… El viento seco del verano sopló, agitando su cabello negro. Detrás de él se extendía ya un gigantesco ocaso.

De pronto, un escalofrío recorrió todo el cuerpo de Raniel. ¿Qué demonios…? Se desconcertó al sentir el aire cambiar de golpe, como si de pronto se encontrara en medio de una ventisca invisible frente a una bestia colosal.

“……”

Evernight comenzó a acercarse paso a paso. Instintivamente, Raniel levantó la espada.

“Miedoso.”

El hombro de Evernight rozó el suyo mientras una voz cargada de burla viajaba en el viento. Solo entonces Raniel comprendió que aquel era el aura de espada liberada de Evernight.

Evernight sonrió de lado y siguió caminando, pasando de largo sin vacilar. Avanzó con firmeza hacia las gradas. Saltó con ligereza la valla que separaba la arena de los espectadores, y la multitud se apartó sola, abriéndole paso. Subió los escalones sin descomponerse, con la vista fija en alguien.

Al final de su mirada estaba Anya.

“Anya.”

Anya lo miró aturdido, sin saber qué hacer. Las miradas curiosas que lo observaban como si fuera un mono enjaulado quedaron ocultas tras los anchos hombros de Evernight. Por fin pudo sentir que podía respirar un poco.

“Mi se-…”

De los labios resecos de Anya escapó una voz tenue, casi un suspiro. Evernight miró en silencio aquel rostro juvenil que en pocos días había adelgazado mucho. El resplandor del atardecer llenaba el espacio entre los dos con un silencio pesado. Evernight dio un paso más hacia el muchacho sin decir nada.

Quizá por el crepúsculo… El rostro, teñido de un rojo carmesí, le parecía extrañamente desconocido. Los ojos azules, que siempre debían lucir excesivamente fríos, parecían temblar levemente. Anya comprendió de manera instintiva que él estaba conteniendo algo en silencio.

"Lo… lo siento."

El muchacho bajó la cabeza y admitió de inmediato su culpa. Fuese cual fuese su relación, Royster era, sin duda, su hermano de sangre.

"To… todo es culpa mía."

Se sentía patético y avergonzado. La gente cuchichearía que por culpa de un medio idiota como consorte, el duque se veía humillado. Incluso si ganaba el duelo de honor, el simple hecho de participar ya empañaría su reputación.

"Soy in… incapaz, un inútil… por mi culpa, hermano… "

Anya murmuraba, atrapado en sentimientos confusos. Durante días había mirado la cama vacía con una tenue esperanza. Al principio era débil, casi inexistente, pero con el tiempo aquella esperanza se fue haciendo más fuerte y clara.

Quizá ahora podría acercarse un poco más a él.

El hecho de haber concebido un hijo a veces llegaba como una pesadilla, pero aun así se sentía feliz de haber encontrado, al fin, un punto de conexión con aquel marido que siempre había sido tan frío.

Y sin embargo, ¿qué tan absurdo y enojoso debía de ser que el hermano de su consorte apareciera con el capitán de la guardia imperial amenazando con matarlo?

Él tenía motivos para odiarlo. Incluso si lo despreciaba, Anya no tendría nada que objetar. Quizá tampoco había querido un hijo por su culpa.

Claro, ¿quién querría tener un hijo con un príncipe medio idiota? Si él se hubiese casado con una mujer…

La inercia del auto-desprecio lo acosaba en espiral hasta que, al final, las lágrimas llenaron sus ojos y le nublaron la vista.

"Hay demasiada gente mirando."

Fue entonces cuando Evernight le sujetó la muñeca. Al atraerlo hacia sí, Anya se precipitó sin remedio en sus brazos. Evernight giró la cabeza hacia el emperador, sentado en la tribuna principal.

"Como ve, mi consorte no se encuentra bien de salud. Le ruego nos conceda un momento, Majestad."

Y sin esperar la respuesta de Luxus, desapareció llevándose a Anya hacia el pequeño bosque detrás del campo de justas.

"¡Qué insolencia! "

se escucharon los reproches de los grandes nobles tras ellos, pero Evernight no se dignó a responder.

"Ah…"

Un cosquilleo eléctrico recorrió la muñeca de Anya. Evernight caminaba tan rápido que el muchacho tuvo que esforzarse para no tropezar mientras era arrastrado.

Aunque el torneo había comenzado en la mañana, el sol ya se ocultaba tras la lejana torre del reloj de la capital y una pálida luna blanca empezaba a asomar en el cielo.

Al pasar junto a las tiendas provisionales de los caballeros, incontables miradas ardientes los siguieron. Alguien incluso se atrevió a silbar abiertamente.

Anya sintió el calor subirle hasta el cuello, pero Evernight continuó andando en silencio. Solo cuando llegaron a un lugar apartado, él soltó su muñeca. Anya miró, con desaliento, las marcas rojas que habían quedado en su piel.

"……"

El pequeño bosque, cubierto de arbustos, era muy silencioso. Anya se secó apresuradamente los ojos enrojecidos con la manga. Sentía la mirada de Evernight sobre él. Debía justificarse de algún modo.

"El… el hermano Royster se enojó mucho por mi culpa. En realidad yo me comporté de manera insolente con él en el coto de caza."

Anya confesó lo ocurrido durante la cacería, admitiendo que debía haber aguantado más. Se esforzó por contarlo con calma, pero la emoción lo traicionaba a cada tanto. Ni siquiera sabía por qué. El esfuerzo por contenerse hizo que su rostro se contrajera bruscamente.

"……"

Evernight no respondió nada. Anya apretó los labios hasta hacerse sangre, sin darse cuenta. De pronto, la mano de Evernight tocó su boca.

Sus dedos apartaron suavemente el labio atrapado entre los dientes. Fue un gesto insólitamente delicado para él. Los párpados claros de Anya temblaban tensos mientras lo miraba poco a poco hacia arriba.

Aunque aún sabía poco de aquel hombre, pudo reconocerlo: el rostro con que Evernight lo miraba estaba distorsionado por la rabia.

"A veces no sé si eres demasiado ingenuo o si de verdad eres un maldito idiota."

Las palabras salieron de su voz grave, contenida. En los grandes ojos castaños de Anya empezó a asomar la humedad.

"Lo… lo siento… Yo nunca imaginé que ellos llegarían a faltarle así al respeto, lo juro…"

Otra vez esa manía de disculparse. Nada había cambiado desde la primera vez. Incluso cuando lo llevó a Tilden desde estas tierras de Maneregía, Anya temblaba y murmuraba lo mismo. Y sin embargo, al menos ahora ya no temblaba… quizá había crecido un poco. Evernight se rió para sí de aquel pensamiento trivial.

"Me… me haré responsable."

Dijo Anya, pálido como la cera. La mandíbula de Evernight se tensó, luchando por dominar la rabia que le hervía.

"¿Y cómo piensas hacerte responsable? ¿Acaso quieres presentarte desnudo y recibir latigazos de ese bastardo de Royster?"

Evernight no vaciló en llamar “bastardo” al Primer Príncipe. Anya se estremeció y miró a su alrededor con sobresalto. Por fortuna, todo estaba en silencio.

“Si… si eso sirve para apaciguar la ira de mi señor, lo… lo haré.”

Lo decía en serio. Desde niño, Royster lo llamaba cuando se aburría y lo azotaba. Ahora al menos había desarrollado cierta resistencia, así que podría soportarlo. Anya nunca desearía que Evernight, como él, se convirtiera en objeto de burla.

“Anya.”

El nombre de su consorte salió de sus labios, pero la mirada de Evernight estaba gélida.

“Si sales ahí, podrías morir.”

Salir… significaba la muerte. Participar en aquel duelo de honor bien podría costarle la vida a Anya. Su instinto lo advertía. La lucha por la sucesión, los ataques histéricos del Primer Príncipe, los monstruos en el campo de caza, la repentina expedición y la designación imperial como comandante supremo…

Todas las piezas parecían moverse de manera orquestada hacia un mismo fin.

Ese objetivo era, sin duda…

“Mi señor… yo estoy preparado para luchar. Si tan solo me da su permiso, saldré.”

Su joven consorte.

“No quiero… que se hiera por mi culpa. El hermano Royster me está apuntando a mí.”

Anya parecía confundido, pero aún así soportaba la situación. Nunca culpaba a otros, siempre se echaba la culpa a sí mismo; esa bondad innata que arrastraba desde siempre se había convertido, para Evernight, en una espina clavada en la garganta.

“No te culpes inútilmente. Incluso si hubieras estado tranquilo encerrado en el palacio secundario, esto habría ocurrido de todos modos.”

Desde el instante en que pisaron Maneregía, el tablero ya se había puesto en marcha. No importaba quién estuviera detrás: era un juego sucio y meticuloso. Una sonrisa torcida se dibujó en los labios de Evernight.

“Entonces… ¿quiere decir que usted también debe participar en el duelo de honor?”

Anya lo miró con expresión confundida. En sus amables ojos castaños solo había lugar para Evernight. Cada vez que se encontraba con esa emoción ingenua y ciega, a Evernight le hormigueaban las yemas de los dedos.

“El objetivo de Royster soy yo. El capitán Raniel quizás solo apareció para… para amenazarlo a usted en caso de que yo no participara en el duelo. Por eso debo ir y proponerle de nuevo.”

Aunque sus palabras eran un poco incoherentes, Evernight captó enseguida que Anya se estaba preocupando sinceramente.

¿Quién estaba preocupándose por quién?

Evernight bajó la mirada, desde la cabeza inclinada de su consorte hasta el vientre aún plano que guardaba un secreto no revelado.

“Quizá… sea una oportunidad.”

Sí. Tal vez una ocasión para deshacerse de las cargas molestas. Su fría razón ya había hecho los cálculos: si Anya vencía en el duelo, el prestigio de Tildeon se dispararía y sería fácil sellar los contratos de suministros con el gremio mercantil.

Pero si perdía… perdería la vida. Royster jamás lo dejaría con vida. Y en ese caso, podría librarse legalmente de su consorte tan molesto. Incluso esa sangre maldita en su vientre desaparecería junto con él.

“Mi señor…?”

Y aun así, Evernight no lo tenía claro.

Por primera vez, se sentía como envuelto en una niebla, incapaz de encontrar una respuesta.

Desde su nacimiento había cargado con toda desgracia y humillación. Gracias a eso, había podido vivir sin apego a la vida, sin ataduras, indiferente a todo. Creyó que ese era el modo de existir que mejor le convenía. Incluso, cuando cruzaba los muros de batalla, sentía una débil alegría pensando que al fin pondría fin a su maldita vida.

Pero ahora…

En este lodazal podrido, ¿qué debía hacer contigo?

Todo era incierto: las intrigas que giraban en torno a ellos… y, sobre todo, sus propios sentimientos hacia ti.

Sin embargo, una cosa era clarísima: fuera como fuera, Royster, ese maldito, debía morir.

Los ojos de Evernight, fijos en Anya, se hundieron profundos y tranquilos como una muralla nocturna.

***

Cuando el crepúsculo cubrió por completo el cielo, el emperador Luxus declaró terminado el torneo de aquel día. Justo en el momento más emocionante, la orden imperial desató quejas por todas partes, pero nadie se atrevió a desafiarla si quería conservar la cabeza.

“El duelo de honor se celebrará mañana por la mañana, en este mismo lugar.”

Al proclamarse esto, la muchedumbre recuperó el entusiasmo. Los que abandonaban el campo de torneo estaban ocupados apostando y especulando sobre el resultado del enfrentamiento.

Se trataba de una lucha entre príncipes y, además, del duelo entre los dos caballeros más renombrados del imperio. Fuera cual fuera el desenlace, el combate quedaría registrado como el más grandioso duelo de honor en la historia imperial.

"Majestad, ¿de verdad tiene intención de permitir un duelo de honor?"

preguntaron los grandes nobles, que acudieron presurosos a rodear a Luxus. Aunque no expresaban tan abiertamente sus emociones como la gente común, en sus rostros también se percibía cierta excitación.

"Era algo que tarde o temprano debía resolverse. Yo ya no puedo seguir siendo un mero espectador."

Su voz sonaba apesadumbrada, como si transmitiera una triste noticia.

"Y si después de este duelo de honor hubiera ministros que no acepten el resultado, no me quedaré de brazos cruzados."

La firmeza de sus palabras provocó un murmullo entre los cortesanos. En otras palabras, el duelo decidiría tanto la sucesión imperial de Royster como la autoridad del duque Tildeon. Quienquiera que resultara vencedor, era evidente que el imperio experimentaría un gran cambio.

Al caer la noche, los sirvientes del ala oriental del palacio comenzaron a colgar antorchas a lo largo de la muralla. Bufu, el mayordomo, cruzaba apresuradamente los pasillos con una bandeja de plata en las manos: el duque Tildeon había regresado tras asistir al torneo ecuestre de la mañana.

"Excelencia, ¿ha disfrutado del torneo? "preguntó Bufu con voz animada, pues ya había oído la noticia de que Evernight había obtenido la primera victoria.

Sin dedicarle siquiera una mirada, Evernight ordenó escuetamente que no iría al salón de banquetes, sino que cenaría de forma sencilla en la sala de recepción.

El duque no era un hombre afectuoso ni siquiera de palabra, y su manera de tratar las comidas lo reflejaba claramente. Desde su llegada, rara vez había compartido mesa con otros duques, con pequeños señores provinciales o con jóvenes caballeros deseosos de congraciarse con él. Siempre comía solo en el pequeño salón de banquetes del ala, y aunque a veces lo acompañaban algún mago o caballero de Tildeon, solía terminar rápido y marcharse antes que nadie.

¿Tenía tantos asuntos que resolver como para cenar en soledad en la sala de recepción? Cerrado y poco sociable, no carecía de capacidad; al contrario, aunque muchos lo criticaban, despertaba gran interés por sus logros y por Tildeon mismo. Y, por encima de todo, su imponente aspecto bastaba para atraer miradas.

Con los rumores sobre los resultados de las reuniones de los duques circulando en secreto, cada día eran más los visitantes que acudían a la sala de recepción para ofrecerle costosos presentes, casi sobornos. Bufu se preguntaba cuándo sería el momento oportuno para entregarle al duque los valiosos objetos acumulados en el almacén.

"Por cierto, ¿dónde está la señora?"

preguntó en voz baja uno de los sirvientes.

"Supongo que vendrá en carruaje. Su salud no anda muy bien últimamente"

respondió Bufu discretamente.

"¿Será que aún no se han reconciliado? Si Su Excelencia vino corriendo aquí solo, sin siquiera compartir el carruaje, eso debe de significar que ni siquiera quería ir con ella" ; comentó alarmado el sirviente.

"Quién sabe… "

Bufu suspiró, llevándose la mano a la frente. Desde que despertó, recordaba bien cómo el joven amo de casa, Anya, rondaba cada día la alcoba de Evernight. Hasta un tercero podía notar enseguida qué sentimientos albergaba hacia su esposo; tan inocente era el muchacho, y tan apasionado que incluso los sirvientes lo encontraban conmovedor. El duque, por supuesto, no podía ignorarlo, pero ¿se hacía el desentendido a propósito? El corazón frío de Su Excelencia era incomprensible.

"Oye, mayordomo."

De pronto, Evernight abrió la puerta de la sala de recepción y miró hacia Bufu. Los sirvientes se tensaron, temiendo que hubiera escuchado su murmullo.

"Mi cónyuge cenará conmigo."

Bufu, que acababa de reflexionar sobre el extraño carácter del duque, alzó la cabeza sorprendido. Justo entonces, a lo lejos, se escuchó el rodar de un carruaje. ¡Gracias a los cielos! Sus labios indiscretos no pudieron ocultar la sonrisa de alivio.

"Enseguida lo prepararé, excelencia".

Pero su satisfacción duró poco. El motivo por el cual el matrimonio Tildeon volvía a compartir una comida después de tanto tiempo no era otro que el incidente sin precedentes ocurrido hacía apenas un momento en el torneo de justas.

“Señor mayordomo, ¿ha oído lo sucedido en el torneo de hace un rato?”

Precisamente, uno de los sirvientes que había acompañado al campo de justas regresaba y contaba lo sucedido a los criados del pabellón. Conociendo bien el temperamento de Royster, los criados empezaron a debatir acaloradamente si la frágil consorte podría enfrentarse a tal situación.

“El duque jamás enviaría a su consorte a un duelo de honor. ¡Si sale, seguro que muere!”

“Pero fue una orden directa del Emperador. ¡Lo oí con mis propios oídos!”

“Y además, no parece que el duque aprecie demasiado a la señora. ¿Acaso alguien lo ha visto entrar en sus aposentos?”

Todos negaron con la cabeza. Aunque se tratara de un matrimonio por conveniencia, los de Tildeon eran mucho más fríos y distantes que cualquier otra pareja noble.

“Debe de ser un amor no correspondido de la señora.”

Alguien suspiró profundamente.

“Esto lo oí de alguien que lleva más de diez años trabajando aquí: desde pequeño, la señora era a menudo llamada por el príncipe Royster y azotada sin piedad. Tal vez, por puro rencor, apriete los dientes y logre vencer.”

“Bueno, ¡no olvides que ganó el primer puesto en el festival de caza!”

Mientras en la cocina las manos y los pies de los criados no dejaban de moverse preparando la cena, sus bocas tampoco callaban, parloteando sin cesar.

“¡Si no cierran la boca de inmediato, les corto el cuello a todos!”

El rugido de Bufu bastó para que todos callaran de golpe. El rostro del mayordomo, que siempre mostraba una sonrisa, estaba ahora cargado de preocupación.

---

Bufu tomó en una bandeja de plata los platos preparados con esmero por el cocinero y se dirigió al salón de recepciones. Tras un breve golpe en la puerta, se oyó la voz neutra del duque desde dentro:

“Adelante.”

Apenas abrió, Bufu estuvo a punto de sucumbir ante la densa tensión y la atmósfera sombría que lo golpearon. Aunque el fuego ya estaba encendido y el ambiente era cálido, entre las cuatro personas sentadas alrededor de la chimenea fluía una corriente helada y cortante.

“Esto es absurdo, comandante. ¡Absurdo! Es un complot, sin duda. Alguien intenta asesinar al príncipe….”

El mago de Tildeon, con el cabello despeinado y la respiración agitada, bajó de golpe la voz al notar la entrada de Bufu. ¿Asesinar? El mayordomo casi deja caer la copa de la sorpresa, pero logró colocar la comida sobre la mesa con destreza.

“……”

Sin quererlo, sus ojos se desviaron hacia la esposa, sentada más al fondo. El rostro de Anya estaba sombrío. Como últimamente el joven consorte vomitaba todo lo que comía, había pedido al cocinero que preparara un estofado nutritivo pero ligero para el estómago.

“Alteza, esto le sentará mejor.”

Fue entonces cuando…

“¡Uugh!”

Apenas Bufu colocó el estofado frente a él, Anya se estremeció y tapó apresuradamente su boca. El muchacho se levantó de golpe con arcadas, atrayendo todas las miradas.

“¡Ay, señora, perdóneme!”

Bufu exclamó nervioso, y Evernight, con un corto suspiro, le ordenó fríamente salir.

“¿Está bien?”

Riario frunció levemente el ceño y, sin hablar, formuló la pregunta con los labios. Anya, aún cubriéndose la boca, asintió en silencio.

“Enseguida traeré otra cosa.”

Bufu recordó de inmediato que el joven príncipe tampoco había desayunado bien aquella mañana. Luego vino a su memoria que, al menos, había logrado picar algo de fruta sin dificultad.

“Señora, pediré al chef que prepare una tarta de frutas confitadas.”

“Es– está bien…”

Anya, respirando con dificultad a cierta distancia para calmarse, forzó una sonrisa hacia Bufu.

“Pero, señora, esta mañana tampoco pudo comer nada.”

Ante esas palabras, los ojos azules de Evernight se clavaron de repente en Anya. El joven, aún luchando por calmar las náuseas, no pudo percatarse de su mirada.

“Ha perdido bastante peso últimamente. ¿No se siente mal? En estos momentos es cuando más debe alimentarse para tener fuerzas…”

Siswu lo miraba con preocupación. Siempre había sido de complexión delgada, pero parecía aún más demacrado. Además, su semblante tampoco era bueno últimamente.

“La verdad, yo también estoy preocupado. Mi señor duque, con el debido respeto, el príncipe apenas está comiendo estos días. Sigue tomando los remedios que le dan los sanadores, pero temo que esto acabe en algo grave.”

Bufu se atrevió a añadir sus palabras a Evernight. Ni él ni Siswu sabían aún que Anya estaba embarazado.

“Estoy b–bien, de verdad…”

Anya, turbado, agitó la mano. Le sorprendía que su salud preocupara a otros, pero al mismo tiempo recordó lo ocurrido en el bosque cerca del campo de justas y lanzó una mirada furtiva a Evernight.

‘Ocúpate de tu propio cuerpo.’

Como la penumbra del bosque, su mirada densa y grave se posó un instante sobre el vientre de Anya antes de zanjar la conversación con esa sola frase.

En un momento tan crucial, su salud no debía convertirse en una carga para él.

Anya tragó a duras penas las arcadas que volvían a subir. Quería convertirse en un caballero digno, quizá no tanto como los caballeros de más alto rango de Tildeon, pero al menos lo bastante para serle de ayuda. Por eso había trepado hasta el risco, soportado los duros entrenamientos de Savelli y firmado contrato con Dragkals.

Al fin podía acercarse un poco más a él. En la carreta rumbo a Maneregia, Evernight le había dicho un simple “bien hecho”, y Anya había pasado noches enteras sin poder dormir de la emoción.

Por eso la situación actual le resultaba algo injusta. Quería demostrarle su valía.

Anya apretó con fuerza los puños, soportando en silencio los altibajos emocionales de los últimos días.

“Bufu, está bien. Pu–puedo comerlo.”

Anya volvió a sentarse y tomó la cuchara. Pero el estofado, que debía tener un sabor sabroso, le revolvía el estómago como si oliera a pescado podrido.

Está bien.

Está bien, pequeño. Es comida que el cocinero preparó con esmero para ti.

Repitiéndose ese conjuro sin cesar, Anya abrió mucho la boca y metió el estofado. Quiso masticar despacio, pero las náuseas lo invadieron tan pronto que apenas pudo masticar un par de veces antes de tragarlo de golpe.

"Es… está rico. Gracias, Bufu."

Sonrió así, pero la mano que sostenía la cuchara temblaba levemente.

"Basta."

Fue entonces cuando Evernight se levantó de su asiento y le arrebató la cuchara a Anya. Casi arrojando el plato, se lo entregó a Bufu. "¡Ay!" Bufu lo atrapó por un pelo antes de que cayera.

La mirada con que Evernight observaba a Anya estaba helada.

"¡Puedo comerlo!

Gritó Anya, pero su rostro no tenía nada de color. Como si comer aquello fuera lo único que le permitiría presentarse al duelo de honor, se esforzaba desesperadamente por contener las náuseas, lo que resultaba tan patético que Evernight dejó escapar una risa burlona.

"Cierra la boca, Anya."

Evernight se pasó nervioso el cabello que le caía sobre el rostro hacia atrás.

Los síntomas de Anya seguramente eran náuseas del embarazo. Evernight recordaba sin dificultad aquella delicada muñeca que había atrapado en la arena del combate. Parecía que ya desde el principio ese maldito linaje estaba decidido a matar a la madre y al hijo.

“Tu madre murió. Fue porque tú, que estabas en su vientre, la mataste.”

La voz de su maldito padre resonó como un eco esperado en su cabeza. El murmullo se hacía cada vez más fuerte, rodeando a Anya. Molesto. Ese cuerpo cada vez más delgado. Esa mirada dócil que se apagaba poco a poco al no probar ni un caldo ralo.

"¿Qué te gusta?"

La pregunta repentina sorprendió a Anya, que miró a Evernight con el rostro un poco desconcertado.

"Dime qué quieres comer ahora."

¿Por qué…? Anya no entendía en absoluto la intención de Evernight y dudó. Hacía días que había algo que no dejaba de venirle a la mente, pero le daba vergüenza decirlo. Riario, al verlos, soltó una risita irónica. Siswu y Bufu, sin entender nada, ladeaban la cabeza.

"Prefiero evitar la mala fama de matar de hambre a mi pareja, así que habla ya."

"Ah…"

¿De verdad podía decirlo? Anya vacilaba. Su estómago, vacío durante días, estaba ya al límite. Al ver el ceño de Evernight volverse cada vez más fiero, al final cerró con fuerza los ojos y gritó con voz muy baja:

"¡Me… melocotón…!"

El cuello de Anya se ruborizó poco a poco. Estos días había deseado con intensidad esa fruta. Pero aquel muchacho nunca había pedido comida a nadie, así que no podía dar ese tipo de órdenes.

Al menos, lo único que medio podía comer eran los postres que Bufu traía después de las comidas. Seleccionando los pequeños trozos incrustados en la mermelada de fresa o de manzana, Anya pasaba el día entero pensando en melocotones.

"¿Lo oíste? Tráelo de inmediato."

Ordenó Evernight con voz plana a Bufu.

En cuanto Bufu salió a toda prisa, el ambiente en el salón volvió a volverse pesado. Fue Riario quien rompió el silencio. Encogiéndose de hombros, miraba alternativamente a Anya, aún sonrojado y sentado con docilidad, y al inexpresivo Evernight.

"Eso de los melocotones me recuerda algo."

Al hablar, tanto Anya como Evernight volvieron la mirada hacia él. Era una pareja terriblemente mal avenida. Tal vez por eso, cada vez que se cruzaba con Anya, Riario no podía evitar imaginar con una punzada de culpa cómo sería el hijo que naciera de esos dos.

Pero era un pensamiento inútil. Anya no podría dar a luz.

"Uno de los frutos más comunes en Redcoast eran los melocotones."

Especialmente en la arena de gladiadores en medio de la isla, donde nos hartábamos de comer esos blandengues, medio podridos y ácidos melocotones. ¿Lo recuerda, comandante?

Redcoast. El lugar donde Evernight había pasado su infancia. Cada vez que un fragmento del pasado de Evernight se escapaba de la boca de Riario, el corazón de Anya se agitaba sin razón.

Además, la combinación de un hombre con una fruta resultaba tan extraña que lo dejaba atónito. Siswu parecía pensar lo mismo: aquel joven rubio, hasta entonces con semblante sombrío, rompió al fin en una sonora carcajada.

"Vaya, es que no pega nada. El comandante parece hecho solo para devorar carne sangrante."

La sonrisa en los labios de Riario se ensanchaba cada vez más.

"Y esos malditos administradores de la arena, ¿cómo iban a darle carne a un simple gladiador si ellos mismos no la comían? Qué va. Solo de vez en cuando tiraban esos melocotones blanduchos como si fueran un aperitivo, y al final uno se hartaba de tanto comerlos. Pero el comandante se los comía sin problema."

Siswu, con los ojos brillantes, arrastró la silla más cerca, como pidiendo que contara más. También parecía ser la primera vez que oía la historia.

"La verdad, como soy medio tonto de nacimiento, me cuesta imaginarlo. Escuché en una taberna a Sir Ekl que el comandante fue el único gladiador invicto en Redcoast. ¿Cómo es posible que lo trataran tan mal?"

"Pues le responderé yo. Hay muchas anécdotas relacionadas con eso…"

Siswu y Anya, con los ojos llenos de curiosidad como niños oyendo las aventuras de un héroe, aguzaron los oídos.

"Será mejor que cierres la boca, Riario."

Evernight lo advirtió con voz baja y un suspiro leve.

"¡Ah, pero por qué!"

Siswu, incapaz de ocultar su excitación, gritó; Evernight levantó la pierna y le dio una patada a su silla. El muchacho rodó por el suelo perdiendo el equilibrio. Anya, que también estaba lleno de pena aunque no lo mostró, se tapó la boca sorprendido al ver a Siswu tirado.

Riario chasqueó la lengua y, con un aire travieso, le lanzó a Anya una pregunta inesperada:

"¿A su alteza le gustan los duraznos?"

"Eeh, no… no lo sé bien."

Anya no entendía por qué Riario le hacía esa pregunta, pero contestó dócilmente. En realidad, el chico no tenía ninguna preferencia particular por la fruta. Ni siquiera recordaba haber probado muchas en su vida; en un lugar donde hasta los sacos de trigo de ración desaparecían por los sirvientes ladrones, comer fruta era un lujo. No había manera de desarrollar gustos.

"Ah, entonces tiene el mismo paladar que el comandante."

Riario murmuró como tarareando.

"Comandante, cuando volvamos a Tildeon, apilemos cajas y cajas de duraznos para Su Alteza."

Apenas sonrió, un cuchillo de Evernight voló en un instante y se clavó en el suelo, justo junto a la punta del zapato de Riario.

"¡Está loco!"

gritó él, saltando de la silla.

"Te estás burlando."

Anya estaba a su lado. Evernight, con ese gesto, en realidad le estaba lanzando una advertencia a Riario: hasta aquí.

"No tenemos tiempo para tus lloriqueos."

Lo dijo con una calma inmutable, impropia de alguien que acababa de lanzar una amenaza tan violenta.

"¿Burlarme? ¿Lloriqueos? ¡Qué barbaridad! ¡Esto sí que no!"

Riario, golpeándose el pecho como si estuviera injustamente acusado, se dejó caer en la silla de nuevo y trató de sacar el cuchillo dándole una patada al mango. Estaba tan profundamente incrustado que ni se movió, y lo único que consiguió fue lastimarse el pie.

“No morirá tan fácil. Aumenta la dosis.”

La noche en que Anya volvió desmayado del festival de caza, Evernight había ordenado eso a Riario detrás de la tienda. Era su propio hijo. Y aun así, mandó matarlo sin dudar. Una frialdad escalofriante.

“Ya está en el límite. Si toma más dosis no solo perderá la criatura, sino que quizá… quede estéril después.”

¿Qué rostro había puesto Evernight al oír eso? Bajo la luna creciente, sus ojos, fríos como cuchillas, dejaron entrever un destello de desprecio y odio.

“¿Esterilidad? Perfecto.”

Riario frunció el ceño. Después de más de diez años de conocerlo, había logrado descifrar algunas cosas del pasado de Evernight, pero seguía sin entender mucho de él.

“Comandante, piénselo bien. Si tiene un heredero, podría ganar una base más firme. Todos los señores necesitan descendencia. Y si, a pesar de tanta droga, la criatura sigue viva… podría ser señal de los dioses.”

“No. No hay dioses en este mundo. Ese feto es un parásito. Va a devorar todo lo que es Anya en su vientre. Y si nace, arruinará todo y vivirá una vida miserable.”

Su rostro, al decirlo con tanta calma, era tan firme como un muro. Más que palabras a su propio hijo, parecían la confesión fría de un penitente.

“¿Cómo puede decir algo tan horrible…?”

“Antes de que nazca, lo mataremos, como sea.”

Y sin embargo… el mismo hombre que había dicho eso, ahora ordenaba traer duraznos de inmediato porque su pareja no podía comer nada. Era una contradicción asquerosa. Diez años llevaban juntos, y aun así Riario no lograba entender qué pasaba por su mente. Le preocupaba, sobre todo, que algún día Anya descubriera la verdad. El noble príncipe, de corazón tan bondadoso, se derrumbaría de culpa si lo supiera.

"¿Qué pasó con la magia de ilusión?"

preguntó Evernight frunciendo el ceño. Quizás habría sido mejor seguir al otro lado de la muralla; allí, aunque hacía un frío de demonios, la cabeza dolía menos. Riario suspiró y recordó el torneo ecuestre.

"Por desgracia, la ilusión no funcionó. Como estaban presentes no solo los grandes nobles, sino también Su Majestad el Emperador, seguramente los magos imperiales habían levantado un círculo de defensa invisible."

"¿Magia de ilusión? "repitió Siswu, todavía sentado en el suelo, con la cara de asombro.

"Iba a ayudarte con una ilusión, para que ese maldito capitán de la guardia imperial no te destrozara ahí mismo.

Herido en su orgullo, Siswu frunció de inmediato el ceño.

"Habría ganado igual, sin tu ayuda. A ese loco de mierda."

Anya comprendió entonces la razón por la que el señor Evernight había intervenido tan tarde. Recordar lo de ayer aún le helaba la sangre.

"De todos modos, aunque hubiera más magos… yo solo no podría. En pocos minutos me habría quedado sin maná y muerto. Así que engañar a todos con ilusiones es imposible" dijo Riario entre quejas, bajando la voz al fijarse en el semblante de Anya.

"Comandante, quizá sea una oportunidad. En la expedición íbamos a chocar de todas formas con el príncipe Royster. Si lo eliminamos aquí, podría ser mejor para nosotros."

Evernight lo sabía. Bien usado, aquello podía ser una ventaja. El mismo Emperador había autorizado el duelo frente a todos; aunque mataran a Raniel o incluso a un príncipe, ya no podrían culparlo más.

"Si nos conceden un duelo de honor, deberíamos recibirlo con los brazos abiertos. Es la ocasión perfecta para realzar la gloria de Tildeon, sin quebraderos de cabeza."

Recibirlo con los brazos abiertos, decía… Los ojos azules, fríos como un lago en invierno, lo iluminaban. Y sin embargo, la sensación de estar cayendo en una trampa hedionda era más fuerte. Como si alguien hubiera preparado el tablero para que entraran como piezas de ajedrez.

Si hubiera sido un duelo a solas, Evernight no habría vacilado tanto. Incluso dos contra uno no lo habrían detenido. Hasta se habría lanzado de buena gana a esa trampa con una sonrisa.

Pero ahora debía reconocerlo.

"Comandante. Este duelo de honor no se puede enmascarar con ilusiones."

Evernight desvió la mirada hacia el rostro joven tras el hombro de Riario. A la luz de la chimenea se notaban los finos vellos de su piel infantil. El muchacho lo notó y le sostuvo la mirada.

"No, no se preocupe, señor "

dijo con voz tensa, pero segura.

"Puedo hacerlo bien."

Lo sabía: Anya tenía talento con la espada. Era un desperdicio que hubiese pasado tanto tiempo encerrado en el palacio. Quizá no contra Raniel, pero sin duda contra ese débil primer príncipe, Anya tenía de sobra para vencer.

Y aun así… ¿por qué dudaba tanto?

"Entonces demuéstralo, Anya."

Por si aquella sucia trampa intentaba cercenarle los tobillos.

"…¿Eh?"

Evernight fijó su mirada en Anya con unos ojos tranquilos como la noche profunda.

"Demuéstralo contra mí."

Sí, ya no me quedaba más que admitirlo. Fuera lo que fuese este sentimiento, era un corazón contradictorio y paradójico.

Hacía mucho que no empuñaba Haebing. Sintió bajo la mano la aspereza familiar del cuero. Anya sacó la espada de su vaina sin vacilar. Bajo la luz de la luna, la hoja traslúcida desprendía un aura especialmente helada.

“Demuéstralo contra mí.”

Era un duelo contra el hombre que le había regalado esa espada. En realidad, más que un duelo, era un rito de paso unilateral, casi un examen. Él era el Comandante de los caballeros, y él no era más que un novato que aún no había sido investido formalmente.

"Aun así… es la primera vez."

Sí, era la primera oportunidad de mostrarle de verdad quién era. Un sentimiento parecido al fervor le brotó desde dentro.

De todos modos, jamás podría derrotar a Evernight en este duelo. La razón por la que él lo había propuesto era para asegurarse. Dudaba en enviarlo al duelo de honor. No sabía exactamente por qué, pero tal vez porque…

“Parece que me considera una vergüenza.”

No le producía decepción pensarlo. Si él mismo hubiera sido Evernight, tampoco habría confiado en alguien como él. Se había mareado con el cadáver de un ghoul, no sabía montar a caballo y tuvo que ir a lomos del suyo. Incluso en la primera noche de bodas había perdido el sentido en medio del acto.

Todo lo que había mostrado hasta ahora eran comportamientos ridículamente patéticos… ¿Cómo no iba a temer Evernight que, en el duelo de honor frente al emperador, nobles y plebeyos, él hiciera el ridículo?

“Además, el señor parecía detestar a Royster.”

Le vino a la mente la escena tras el torneo ecuestre, cuando Evernight lo llamó sin vacilar “bastardo”. Si mandaba a un inútil sin convicción al duelo de honor y perdía, sabía bien lo insoportable que sería para él.

Por eso tenía que demostrarlo.

“Si en este duelo muestro mi verdadera habilidad, el señor podrá decidir con más tranquilidad.”

Anya posó la mano sobre el filo afilado de Haebing. Los recuerdos de todas las batallas libradas con aquella espada desfilaron rápidamente en su mente.

“Ocúpate de tu propio cuerpo.”

Sentía culpa y remordimiento: porque Evernight tendría que enfrentarse a Raniel en el duelo de honor por su culpa, y porque debía luchar contra el despiadado y temible capitán de la guardia imperial.

“El único gladiador invicto…”

Pero si de verdad, como decía Riario, esto era una oportunidad, ¿entonces también él podía albergar esperanza?

Anya ya no quería ser el débil consorte protegido, como en los días de príncipe inútil en el palacio secundario. Quería ser un caballero capaz de proteger a los suyos, como los grandes héroes que había leído en los libros. No alguien que necesitaba protección, sino alguien que pudiera brindar protección. Un héroe glorioso que cabalgaba por las llanuras y luchaba con valentía, como Thorn.

Era, en otras palabras, la preciosa oportunidad de salir de la oscura esquina del palacio y acercarse al mundo con el que había soñado.

"Una expedición…"

Sí. Si ganaba el duelo de honor y era investido como caballero de Tildeon, podría partir con él en campaña. Aunque, claro, había un problema… Anya se acarició el vientre con disimulo. En los anales del Imperio se registraban muchos casos de mujeres caballeros que acompañaron a sus esposos a la guerra y combatieron valientemente.

"Señor, ¿está listo?"

En ese momento, se escuchó la voz de Bufu desde fuera de la puerta. Anya miró a Haebing con ojos serenos. Bajo la luna, la hoja azulada brillaba como si llorara, reprochándole a su dueña el haberla abandonado tanto tiempo.

"Perdón. Esta vez también confío en ti."

Anya posó los labios con reverencia sobre la hoja que lo había protegido de aquel monstruo enorme, parecido a un murciélago. Esta vez, no huiría más por miedo.

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En el patio interior del ala oriental del palacio, donde descendía la pálida luz de la luna, flotaba una tensión inusitada. Los sirvientes, renunciando al sueño, se habían agolpado allí a causa del repentino duelo. Incluso otros criados de diferentes alas del palacio, al escuchar los rumores que se esparcieron velozmente, intentaron abrirse paso a empujones; la entrada del ala oriental se convirtió en un alboroto inesperado.

Se encendieron antorchas en todas las direcciones del patio, y los corredores que lo rodeaban se llenaron de curiosos que se sentaron hombro con hombro. En el lado opuesto, Riario y Siswu estaban sentados a cierta distancia.

Con el rostro encendido de emoción, Siswu no paraba de hablar hacia Riario:

"La otra vez tuve la oportunidad de enfrentarme en un duelo con Su Alteza, y su habilidad era considerable."

Riario le dio la razón con un asentimiento, pues en ese punto coincidía con él.

"Si llegó a superar el entrenamiento de Savelli, ya no es diferente de un auténtico caballero."

Precisamente por eso, no entendían por qué Evernight había organizado de repente este enfrentamiento. En realidad, Riario no podía adivinar por qué Evernight dudaba en enviar a Anya a un duelo de honor. Viéndolo fríamente, para Evernight no habría pérdida alguna, ganara o perdiera Anya.

¿Qué pasa? ¿Se le ocurrió preocuparse a estas alturas?

Los ojos de Riario se entrecerraron, mientras miraba al hombre helado como una escarcha que se erguía en medio del patio. No, imposible. Riario se burló de su propia imaginación absurda. Ese hombre jamás sería alguien capaz de cuidar a otro con afecto. Que Evernight llegara a tener a alguien en su corazón… la sola idea le producía escalofríos.

"¿Acaso el monstruo que apareció en el Festival de Caza… realmente lo abatió Su Alteza? "

preguntó Siswu con cautela, bajando la voz.

"Su Alteza se alegró muchísimo al ver su nombre en lo más alto de la lista del festival. Conociendo su carácter, si no hubiera derrotado él mismo a la bestia, sin duda habría corregido cualquier error en la clasificación."

Un monstruo, sí. Para Riario y Siswu, que habían estado más allá de la muralla, eran criaturas familiares, pero eso pertenecía al norte. Ver una de esas bestias aquí, y además de rango superior, significaba que algo andaba muy mal. Por eso, aunque el duelo de honor les resultaba poco grato, también sentían que no podían rehusarlo si querían encontrar alguna pista.

Seguro que el comandante piensa lo mismo.

El semblante de Riario se ensombreció como si se sumiera en una reflexión profunda.

¿Usar al príncipe como cebo y aun así no quererlo? Como siempre, era imposible descifrar la mente de Evernight.

"Bueno… cuando fui a la prisión, el cuerpo del monstruo sí tenía heridas de espada mortales… pero había otras marcas también."

Todo estaba lleno de cabos sueltos. En los calabozos, Riario se había encontrado con Raniel y el príncipe Chloe. Ellos también habían escuchado lo mismo del forense y luego desaparecieron. Poco después, Raniel solicitó un duelo de honor como si lo hubiera planeado.

"¿Qué clase de marcas? "

preguntó Siswu.

Todas las pistas formaban una intersección ambigua, difícil de atrapar. Riario frunció el ceño y respondió con un suspiro.

"Por ejemplo… quemaduras, o huellas de dientes de una bestia."

Siswu, horrorizado y excitado a la vez, replicó con voz alterada:

"¡Dios mío! ¿Acaso Su Alteza usó magia?"

Riario negó en silencio con la cabeza.

"Todavía no sabemos nada sobre su atributo mágico, ni siquiera ese excéntrico… ejem, Savelli nos lo ha dicho. Fuego y marcas de dientes. Para que aparezcan juntas… tendría que ser un atributo bastante extraño. Vamos, ni que fuera un dragón."

Al oír “dragón”, Siswu soltó una carcajada y le dio palmadas en el hombro a Riario.

"¿Un dragón? No escuchaba esa palabra desde los cuentos de la infancia. Qué divertido."

Que ese tonto dijera algo así lo hizo sentir humillado, y Riario apartó de un manotazo la mano de Siswu con fastidio.

"Lo que quiero decir es que son huellas demasiado peculiares. Existen infinidad de atributos mágicos en el mundo, pero jamás he oído hablar de uno que deje esas señales. ¡Si es fuego, es fuego! ¡Si son colmillos, son colmillos! Mágicamente hablando, son atributos completamente distintos."

Tal vez Evernight se preocupaba precisamente por eso. Después de que Riario regresara de los calabozos e hiciera su informe, Evernight le ordenó no hablarle de ello a Anya por el momento.

“Tú, mejor averigua sobre los asesinos de la Máscara de Hierro.”

En cambio, le había asignado otra misión. Como el sospechoso principal era Mibar, Riario lo había seguido toda la noche anterior sin dormir. Y cada vez que entraba en la alcoba de Anya para llevarle la medicina, salía huyendo preso de la culpa, sin atreverse a preguntarle nada.

Fue entonces cuando vio a lo lejos que Anya entraba en el patio.

"En fin, si dicen que el fuego lo causaron esos asesinos, quizá las marcas de dientes sí fueran obra de la magia de Su Alteza. ¿No tendrá acaso el atributo de la Muerte?"

Siswu se estremeció en broma y se levantó de su asiento.

"Será mejor que empecemos el duelo."

Un necio con la mente tranquila. Riario chasqueó la lengua mirando a Siswu, tan despreocupado, y lo siguió poniéndose también de pie.

"Bajo la mirada de la Primera Diosa, daremos inicio a este honorable duelo."

Evernight y Anya caminaron uno hacia el otro. Por fin, a un paso de distancia, ambos se detuvieron.

"Que el Señor nos conceda misericordia y justicia."

Al grito de Siswu, los dos desenvainaron sus espadas al unísono. En todas partes se oían murmullos emocionados. Los sirvientes, que nunca antes habían visto un duelo real, brillaban de expectación. Las antorchas ardientes proyectaban sombras oscuras sobre los rostros de los Tildeon.

En lugar de un cuerno, Siswu alzó la mano bien alto y luego la bajó con fuerza.

Las hojas de las espadas cortaron la luna llena como si volaran hacia ella. Era una noche caótica, todos conteniendo la respiración bajo la luz plateada, cada uno guardando sus propios pensamientos.

Evernight giró hábilmente el hielo que había invocado y observó a Anya, que mantenía la punta de su espada dirigida hacia él. Su postura era tan recta y firme como su espíritu. Aunque su rostro mostraba tensión, la claridad en sus ojos era intensa.

Fue entonces cuando Anya se impulsó hacia adelante, corriendo hacia Evernight. Las espadas chocaron y saltaron chispas azuladas. Evernight desvió con facilidad el ataque de Anya. Solo con ese simple movimiento, Anya tuvo que emplear toda su fuerza para no ser empujado hacia atrás.

La espada que Evernight blandía no era más que una simple espada larga. Duque del Imperio, comandante de los caballeros, y aun así, un hombre sin su propia arma. Sin embargo, se veía más sereno que nadie. Aunque era una espada común, en las manos del caballero más famoso del Imperio parecía más valiosa que cualquier arma legendaria.

"Ataca, Anya."

Evernight inclinó ligeramente la cabeza. Los ojos de Anya brillaron con agudeza mientras examinaba minuciosamente a su oponente de arriba abajo. A simple vista, parecía quedarse quieto, como si ofreciera muchas aberturas.

Por eso, cuando Anya intentó aprovecharlas con toda su fuerza…

"Hace un momento tú…"

Con solo un leve giro de su cuerpo, Evernight esquivó el ataque sin esfuerzo. El lomo de su espada golpeó suavemente el costado de Anya.

"Te acabo de atravesar la cintura. Es una herida mortal; morirías desangrado si no recibieras atención inmediata."

Tenía razón. Si aquello hubiera sido un verdadero duelo contra Royster, Anya ya estaría al borde de la muerte por hemorragia.

"P-pero ahora no estoy luchando contra el hermano Royster, sino entrenando con usted, mi señor…"

La esgrima de Royster no llegaba ni a la suela de los zapatos de Evernight. Por eso, compararse con él resultaba injusto. Anya, dando un paso atrás, bajó un poco las cejas con frustración.

No tuvo tiempo de distraerse. Evernight acortó la distancia y lanzó su espada sin titubear. Anya, sobresaltado, echó el torso hacia atrás para esquivar el ataque. Frente a Evernight ondearon fugazmente los largos cabellos castaños antes de desaparecer. Él aspiró profundamente.

"Ese bastardo es astuto. Y en un duelo, ser astuto es una ventaja mayor que cualquier técnica de espada."

Evernight se golpeó suavemente la sien con los dedos.

"Usa la cabeza."

Con un movimiento tan elegante como fulminante, se coló por una abertura en la defensa de Anya. El lomo de su espada tocó apenas el abdomen del joven.

"A veces, con una esgrima rígida y predecible, no se puede ganar."

Fue un toque tan leve como una pluma, pero Anya se sobresaltó tanto que retrocedió sin poder defenderse. Fue un movimiento instintivo, de alguien que quiere proteger al niño dentro de sí. Entonces, como si lo hubiera estado esperando, una fría hoja metálica apareció bajo su barbilla, levantándola suavemente.

"En especial, esa debilidad tuya."

Los ojos de Evernight se calmaron como los lagos helados de Tildeon. Anya lo miró hacia arriba, conteniendo los latidos desbocados de su corazón.

"En el momento en que esa debilidad te encadene, serás derrotado."

Aquel consejo lo pronunció con la frialdad de un comandante implacable que juzga sin piedad a su propio caballero. La debilidad actual de Anya era el niño en su vientre. Sintiendo la gélida mirada que se posaba en su abdomen, la espada de Anya tembló apenas perceptiblemente.

"Aunque la esgrima de Royster sea vulgar, ese bastardo tiene una habilidad asombrosa para detectar las debilidades de los demás y explotarlas en su beneficio. No muestres tu punto débil; detecta el de tu enemigo y lucha en consecuencia."

Sus palabras eran inapelables. Todas tenían razón. Evernight dio un paso más cerca y, en un susurro bajo, añadió. Su aliento llegó directo a Anya, provocándole un escalofrío en la nuca.

"Demuéstramelo."

Al mismo tiempo que sus dedos se apretaban sobre el mango de Haebing, la mirada de Anya se volvió más intensa. Golpeó con fuerza la espada de Evernight y retrocedió, para inmediatamente enlazar una ofensiva feroz y veloz. A ratos parecía la forma ortodoxa de la esgrima a una mano, y sin embargo, en ciertos detalles se dejaba entrever la excentricidad de Savelli.

Maldito seas… tu espada tiene algo de retorcido.

Al recibir los ataques de Anya, Evernight recordó sin querer unas palabras escuchadas tiempo atrás, en el suelo polvoriento del coliseo de Redcoast. Un hombre, escupiendo sangre, se las había lanzado con sorna mientras él se erguía bajo el sol.

De golpe, aquel recuerdo lo hizo sonreír apenas, mientras esquivaba con soltura el filo de Anya. Su técnica era impecable: limpia, sin adornos, y en ciertos momentos hasta ingeniosa.

Y precisamente por eso, no le tranquilizaba. Tal vez esa fuera la razón de haber propuesto este súbito duelo. Este condenado mocoso era demasiado honesto, y por eso, la imagen de él muriendo bajo la espada de Royster, desangrándose, seguía punzando los nervios de Evernight hasta volverle insoportable. La sequedad en su boca le decía que no aguantaría sin resolver esa incomodidad.

Ya basta.

Quizá sería mejor no dejarlo participar. Esa maldita honestidad acabaría por arrastrarlo a la ruina. Convencido, Evernight levantó el pie y empujó con él el pecho de Anya, que se le venía encima.

Pero entonces sucedió. Anya levantó su espada y bloqueó el pie de Evernight en un movimiento instantáneo. El muchacho parecía ser empujado hacia atrás, pero de inmediato soltó la mano.

Haebing se alzó por el aire al chocar contra la bota de Evernight.

"¡Dios mío!"

Entre exclamaciones sorprendidas, todas las miradas se clavaron en la espada que giraba en el aire. Pero pronto, lo que vieron hizo que los ojos de todos se abrieran de par en par.

Porque Anya, habiendo soltado su espada, se lanzó de improviso al pecho de Evernight. Éste cayó hacia atrás, recibiéndolo en sus brazos, y su propia espada se le escapó de la mano, cayendo al suelo con un leve golpe seco.

El silencio absoluto se extendió… y los dos cuerpos rodaron juntos por el suelo, entrelazados.

"Su… su debilidad es…"

El cabello castaño claro de Anya se derramó en ondas sobre el rostro de Evernight, haciéndole cosquillas. Él tuvo que sostener la mirada de aquellos cálidos ojos marrones que lo atrapaban como una presa en la trampa. Con una sonrisa inocente y la comisura de los ojos suavemente curvada, la voz del muchacho resonó clara:

"El contacto físico conmigo."

Ah… Evernight dejó escapar sin querer un suspiro ambiguo. En sus pupilas azules se reflejaba aquel rostro joven que sonreía.

"Y también… que se confiara por pensar que yo era demasiado honesto."

Evernight sintió el frío del metal sobre su cuello y no pudo contener una risa breve, absurda.

Yo también puedo hacer esto.

En las manos de Anya brillaba el puñal de Evernight, que no se sabía en qué momento había logrado arrebatarle.

"Bien. Lo has hecho bien."

Su voz grave, armoniosa, salió acompañada de una leve sonrisa en los labios. La mano de Anya, que sostenía el arma, tembló levemente. El muchacho se quedó embobado mirando aquella boca roja. Sus pechos, juntos, comenzaron a latir con fuerza, desbocados.

Fue entonces cuando Anya tomó conciencia de que estaba montado sobre él, a la vista de todos los presentes. Pero no podía moverse. Los ojos azules de Evernight lo envolvían con un fulgor sereno y profundo, como si quisieran devorarlo. Así permanecieron, perdidos el uno en el otro, como embrujados.

***

Al día siguiente, la arena de la capital hervía con una multitud sin precedentes. En una sola noche, la noticia había corrido por todo Maneregia, y no era exageración decir que casi todo el pueblo se había congregado allí. A los alrededores, los revendedores ofrecían boletos a más de cinco veces su precio, mientras incontables curiosos que no habían conseguido entrada se agolpaban igual, junto con vendedores ambulantes que buscaban hacer el negocio del año.

"¡Eh, tú! ¡No saltes la valla!"

Algunos se atrevían a treparla, solo para acabar en manos de los guardias.

Dentro, ya no cabía ni un alfiler. Todos los rostros, excitados, hablaban de la batalla del siglo, de un duelo digno de quedar grabado en la historia. Y cuando el emperador apareció en el palco, los vítores retumbaron por doquier.

"¡El duelo de honor de hoy es, bajo la mirada de los dioses del Imperio, un combate sagrado y grandioso entre dos valientes guerreros!"

Cada palabra que pronunciaba el emperador era recibida con gritos y aplausos ensordecedores. Y como respondiendo a aquel fervor, el discurso del emperador Luxus no se prolongó demasiado. En seguida, los tambores retumbaron y el sonido grave de los cuernos sacudió el aire.

Las puertas de hierro a ambos extremos de la arena se alzaron chirriando, y dos figuras aparecieron. Hasta ayer, en medio del campo de combate había un vallado para justas a caballo, pero hoy el espacio estaba vacío. Aun así, con la sola presencia de aquellos dos hombres, el lugar pareció colmarse como nunca antes.

"¡Raniel, Raniel, Raniel!"

"¡Evernight, Evernight!"

Los gritos de apoyo se mezclaron en un rugido tan fuerte que hacía temblar la tierra. Había comenzado el primer duelo de honor.

El bullicio se apagó de golpe en cuanto Raniel y Evernight hicieron su entrada. Reinaba un silencio sepulcral, tanto que ni siquiera se oía el típico sonido de alguien tragando saliva. Un halcón sobrevoló la arena dejando su chillido, y entonces Raniel desenvainó su espada: una gigantesca espada larga del tamaño de una persona, que parecía imposible de blandir para cualquiera con una fuerza normal. Pero él la apoyó al hombro con la ligereza de quien carga una simple espada de una mano.

Maneregia, situada en el sur del continente, gozaba de un clima cálido todo el año, pero aquel día el calor era particularmente intenso. Nadie, sin embargo, se quejaba como en jornadas anteriores. Aunque el sudor perlaba sus frentes, todos los ojos estaban fijos en los dos hombres de la arena, sin dar tiempo siquiera a enjugarlo.

"La esgrima de Su Excelencia el duque deja mucho que desear."

Era ya el mediodía, con el sol en lo alto. La sombra negra a los pies de Raniel se alargaba mientras aferraba el mango de su espada y la apuntaba hacia Evernight. Pasó la lengua por los labios, soltando una risa desagradable y metálica.

"Es una lástima que aún no hayas perdido las mañas de tus días como gladiador en Redcoast."

La espada que empuñaba Evernight era una simple y corriente espada larga. Para ser la hoja de uno de los siete únicos duques del Imperio, resultaba tan humilde que ni siquiera merecía el calificativo de modesta.

"¡Ja! ¿Y con eso piensa luchar?"

Algunos que habían apostado por Evernight empezaron a murmurar con descontento. No era un duelo cualquiera: se trataba del combate de honor entre el duque del norte y el capitán de la guardia imperial. Incluso quienes normalmente no se interesaban por apuestas, esta vez no podían resistirse. La suma en juego había alcanzado tal magnitud que el emperador tuvo que decretar un límite a las apuestas.

"¡El maestro no culpa a sus herramientas! ¿Acaso la espada importa? El duque del norte pasó nada menos que cuatro años más allá de la muralla."

Pero otro, que le replicaba exaltado, bajó de pronto la voz y murmuró:

"Ya sabes lo que se dice. Que en el cuerpo del duque Tildeon corre sangre de demonio. Ni siquiera el capitán de la guardia imperial podrá vencerlo."

Era un hombre que había apostado una moneda de oro por Evernight; para un plebeyo, equivalía prácticamente a un mes entero de sustento. En ese momento, otro soltó una risita burlona y lo contradijo:

"Vamos, hombre. Si el capitán Raniel también estuvo más allá de la muralla, ¿crees que no pudo soportarlo? ¿Acaso no oíste los rumores sobre cómo se ganó esa espantosa quemadura bajo el yelmo?"

El primero frunció el ceño con fastidio.

"¿Qué rumores?"

El otro se encogió de hombros con aire presumido.

"Dicen que sir Raniel Chrome se la hizo luchando contra un dragón, cuando aún era niño en Redcoast. ¡Imagínatelo! Enfrentarse a un dragón a tan corta edad y sobrevivir… con eso está todo dicho."

"¡Vaya tontería! ¿Un dragón?"

Los demás estallaron en carcajadas incrédulas. Avergonzado, el que había hablado se rascó la mejilla y gritó:

"¡Pero si los dragones están registrados en crónicas auténticas!"

"Necio. Dragón o no, la historia de Redcoast pertenece al pasado del duque Evernight. Además, lo que yo oí es que esa cicatriz se la hicieron con un hierro candente, como castigo por intentar forzar a la esposa de un noble."

"No, no… según lo que yo sé, sir Raniel Chrome mismo se la hizo, como muestra de su juramento de lealtad al primer príncipe."

Tras tanta discusión, el asunto terminó disipándose en la nada. Sin embargo, la maraña de rumores que cada uno había recopilado en tabernas no hacía sino acrecentar la expectación por el resultado del duelo.

Entonces, Evernight giró con soltura la espada de la que tanto se hablaba y arrojó la funda vacía al suelo sin darle importancia. En el instante en que la vaina cayó con un golpe seco, el gigantesco cuerpo de Raniel se lanzó hacia adelante con sorprendente agilidad.

"¡Uooooh!"

Finalmente, el público rompió el silencio contenido y la arena entera estalló en gritos y vítores.

***

A pesar de que Raniel descargó su espada, gruesa como un brazo humano, con toda su fuerza, la sencilla espada larga de Evernight no se partió ni se melló.

“¡Lo ven! ¡De nada sirven esas espadas ostentosas!”

La voz de alguien excitado llegó a los oídos de Raniel. Éste rechinó los dientes y alzó una comisura de sus labios de forma torcida. Por las cicatrices de quemadura, uno de sus labios apenas podía levantarse a medias.

“Ese día, un error y la flecha casi atravesó el cuello del príncipe heredero.”

Los ataques y defensas entre ellos eran tan rápidos que un ojo común apenas podía seguirlos sin marearse. El choque de las espadas los mantuvo frente a frente, las hojas cruzadas en una X, sus miradas traspasándose mutuamente a través del filo acerado.

Al oír la palabra príncipe, los ojos azules de Evernight titilaron apenas un instante. Fue un destello mínimo, pero Raniel, siempre astuto, no dejó escapar la oportunidad.

“Por tu cara, parece que no lo recuerdas. El día de la cacería casi mato a tu compañero, creyendo que era mi presa.”

Raniel soltó una risita mientras apretaba con más fuerza la empuñadura. Poco a poco, aparecieron grietas en la hoja de Evernight. Tragando en seco, lo acorraló con mayor fiereza. El choque de las espadas sonaba como un fúnebre canto de difuntos.

“Será mejor que cierres la boca.”

Evernight le advirtió con voz plana mientras lanzaba su espada directa hacia el cuello de Raniel Crom. De la multitud escapó un suave murmullo colectivo, como un solo suspiro contenido.

“Duque… A tu pareja le enseñaste una esperanza miserable.”

Aunque llevaba un protector de cadenas en el cuello, debajo de él sintió un ardor punzante. Si hubiera reaccionado un instante más tarde, su garganta habría sido atravesada. Raniel, excitado, contempló al hombre de ojos azules, erguido e inmutable frente a él. Ese, y no otro, era su verdadero rival.

La espada de Raniel volvió a caer sobre Evernight con brutalidad.

“El príncipe Anya siempre fue un inútil que nadie quería mirar.”

Cada estocada venía acompañada de sus palabras, húmedas de burla bajo el yelmo. Evernight bloqueaba sin expresión alguna, salvo por un leve temblor en la mandíbula, como si contuviera una rabia enorme.

Por un instante, la mirada de Raniel se desvió hacia la reja de hierro al otro lado de la arena. Bajo el casco, sus ojos se entrecerraron con un destello de odio profundo.

“Todavía recuerdo cuando lloraba bajo el látigo a mis pies.”

El joven Anya, apaleado por el príncipe heredero, terminaba casi inconsciente, y aun así, siempre trataba de arrastrarse hacia la puerta.

“Si tan solo te hubieras quedado tirado… Pero al verte arrastrarte por tu vida, el príncipe Royster se divertía y te golpeaba aún más.”

Raniel soltó una carcajada áspera al evocar esos recuerdos. Siempre era él quien lo agarraba del cabello para arrastrarlo de vuelta.

Así que…

“Ese bastardo de Redcoast revolcándose con otro igual de bastardo… qué nauseabundo espectáculo.”

Algo tan torcido debía corregirse. Los ojos de Raniel brillaron con locura.

“……”

Por un instante, Evernight vio ante sí la espalda frágil de aquel niño cubierta de cicatrices. Recordó la sensación rugosa al pasar su mano por ellas. Ese recuerdo lo dominó con intensidad.

“En vez de todo este alboroto, debieron limitarse a follarse y callar.”

De pronto, la espada de Raniel trazó un amplio arco y partió en dos la hoja de Evernight. La espada rota cayó al suelo, reflejando el rostro sombrío de su dueño.

Sin titubeo, Evernight dejó caer lo que quedaba de su espada. Un murmullo indignado recorrió la arena: ¿cómo podía perder así? ¿Era cierto lo que veían?

Su capa negra ondeó apenas un momento en el aire seco. Embriagado por la inminente victoria, Raniel descargó el golpe final.

Pero Evernight se agachó y, con un movimiento limpio, cortó de tajo la muñeca de Raniel. La espada y la mano aún aferrada a ella cayeron y se hundieron en la arena.

“¡Aaaagh!”

El grito desgarrador resonó. Raniel, sujetando su muñeca cercenada, escupió insultos furiosos contra Evernight. La sangre manaba a chorros, salpicando el rostro blanco del duque. En su mano había aparecido, quién sabe cuándo, un viejo puñal.

“¡Maldito cobarde! ¡Sangre vil como la tuya no engaña a nadie!”

El uso de dos armas estaba tácitamente prohibido entre duelistas, pero no por ley. Raniel, aún incrédulo, rechinaba los dientes mientras el muñón se agitaba. Evernight giró el puñal en sus dedos y sonrió con frialdad. En sus ojos azules ardía un ansia feroz de matar.

“Como dices, soy un perro bastardo de Redcoast.”

Por primera vez, aquel hombre que jamás mostraba emoción alguna revelaba una furia implacable. Al darse cuenta, Raniel sintió un escalofrío de éxtasis. Apenas rió un instante, sujetando su sangrante muñeca, antes de que Evernight recogiera su espada caída.

Como un verdugo helado, sin la menor vacilación, le arrancó el yelmo de la cabeza.

“Ese perro ya no tiene espada.”

Y hundió sin piedad la hoja en su cuerpo. El sonido de la carne desgarrándose golpeó sus oídos. Las pupilas grises de Raniel se dilataron, mirando atónito a Evernight.

“Morir atravesado por tu propia espada… no está tan mal.”

Raniel cayó vencido, con el corazón atravesado por su propio acero.

¡Morir así…! Para un capitán de la guardia imperial, era una muerte vergonzosa y miserable. Su cuerpo enorme se desplomó como un acantilado cediendo ante las olas. El joven duque de Tildeon contempló en silencio cómo la sangre se extendía a sus pies. Su mirada era escalofriantemente vacía.

“……”

Se limpió la sangre del rostro y levantó la cabeza. Dio un giro, recorriendo con la vista a los presentes, hundidos en shock y terror.

Alguien lo señaló y gritó: “¡Un, un monstruo…!”, pero al encontrarse con esos ojos helados, se encogió de miedo. Algunas mujeres apresuraron a cubrir los ojos de sus hijos y huir.

“¡Un engendro demoníaco!”

“¡Un mocoso que ni siquiera ha crecido y ya asesina a sangre fría!”

El día en que cometió su primer asesinato en Redcoast. Cuando Evernight, arrastrando su pierna rota, se dirigía a la vieja barraca, la gente le arrojaba basura y lo insultaba. Todo porque, gracias a la victoria de aquel niño, muchos habían perdido sus apuestas.

Si bien, estrictamente hablando, la situación era distinta, en esencia no había cambiado nada. Aquellas miradas le resultaban tan familiares que ya no le producían ninguna emoción. Evernight, dejando atrás el cuerpo helado de Raniel, se encaminó hacia la salida.

“Pensé que al menos me rompería una pierna… pero fue decepcionante.”

Pensamientos tan triviales como ese le cruzaban por la mente.

El juez, que recobró la compostura demasiado tarde, sopló el cuerno y gritó:

“¡E-el vencedor es el duque Evernight!”

A diferencia del silencio helado que cayó sobre la multitud, en el suelo, el calor de la tarde hacía vibrar el aire como un espejismo. Fue entonces cuando, rompiendo aquella quietud, se escucharon aplausos desde algún lugar.

“……”

Evernight detuvo sus pasos y miró hacia el estrado de honor, de donde provenía el sonido. Tal vez por el sol, sus ojos se entornaron con frialdad.

“Los dioses han respondido. Nadie debe tener objeción alguna en que el comandante supremo de esta expedición sea el duque Evernight de Tildeon.”

Era el emperador Luxus. Exhibía una torcida sonrisa, sin inmutarse siquiera ante la muerte del capitán de la guardia imperial. Al contrario, parecía tan sereno como si ya hubiera anticipado el resultado de este duelo de honor.

¿Estaba complacido, o enfurecido? Como siempre, nadie podía descifrar los pensamientos del emperador. Ante su solemne proclamación, los grandes nobles no hicieron más que inclinar la cabeza y responder: “Sus palabras son justas, majestad.”

“El sol del Imperio Delphium, yo, el emperador Luxus, rindo homenaje a vuestra victoria.”

Tras su grave voz resonando en todo el recinto, la gente finalmente empezó a aplaudir, aún con expresiones atónitas.

¡Evernight! ¡Evernight! ¡Evernight!

Miles de voces se unieron clamando su nombre con fervor.

Los soldados corrieron, se llevaron el cadáver de Raniel y lo hicieron desaparecer en algún lugar. Luego echaron arena sobre el charco de sangre. El escenario, tan atroz hacía un momento, se transformó como si nada hubiera ocurrido. Evernight, indiferente a aquel tedioso espectáculo, reanudó su andar.

“Anya…”

No había dado muchos pasos cuando un nombre se escapó de sus labios. Cada vez que lo pronunciaba, sentía cómo le burbujeaba en la boca.

El dueño de aquel nombre se volvió hacia él.

¿También me verás como los demás, como un horrendo demonio…? se preguntó Evernight de repente.

Bajo el arco de la entrada de la arena, allí estaba su pareja. Evernight caminó lentamente hacia él.

* * *

El rostro del muchacho estaba pálido, sin una gota de color. Era como si hubiese presenciado el duelo desde el principio.

“¡Demonio, demonio!”, los gritos de los seguidores de Raniel maldiciendo a Evernight resonaban lejanos, arrastrados por el bochorno.

Cuanto más se acercaba a su joven pareja, más nítidamente quedaba grabada en sus ojos la agitación de aquellas dóciles pupilas asomando bajo el yelmo. Como lo había supuesto, no le sorprendía. Estaba demasiado acostumbrado a que lo miraran como a un monstruo o un loco.

Él solo…

Evernight reprimía un deseo inexplicable, respirando con cierta rudeza. En su hombrera aún se sentía el frío vestigio de la muerte de hace un instante.

De ahora en adelante, todo se desarrollaría según las palabras de aquel maldito emperador: como la voluntad de los dioses. Aunque quién sabe si tales dioses existían.

Conteniendo el cuerpo que parecía querer abalanzarse, Evernight se plantó frente a Anya.

“Yo…”

Una vocecita lo detuvo por un instante. Fue en ese momento, acompañado del clang metálico de hierro contra hierro, cuando la mano de Anya se adelantó y atrapó de golpe el dedo índice de Evernight. Entonces, una extraña sacudida recorrió su cuerpo, como si la cabeza, hasta hace un instante sumida en calor, se enfriara de repente.

“Ah… l-lo siento.”

Anya, sorprendido por la mirada punzante que aún no había podido disimular, retiró la mano de inmediato y sacó algo de la bolsita en su cinturón.

“Yo… yo pensaba que sus, sus ojos azules no eran los de un monstruo…”

Era un pañuelo algo deslucido. Anya se lo tendió a Evernight, desviando la mirada hacia abajo.

“Me parecieron como el mar.”

Aunque, claro, nunca había visto el mar. Los labios, hinchados por el calor, se abrieron y cerraron como buscando palabras, y en cuestión de segundos las mejillas se tiñeron de rojo.

“No, no es mentira… desde el principio hasta ahora… siempre… s-siempre lo pensé.”

Anya balbuceó, como si intentara excusarse, observando de reojo la reacción de Evernight. Este miró con indiferencia el blanco pañuelo extendido hacia él. Sin bordados, sin adornos: condenado a ser sencillo, pero perfectamente limpio.

“Si… si le incomodó… lo s-siento…”

Anya, visiblemente nervioso ante la falta de respuesta, intentó retirar el pañuelo de nuevo, pero Evernight lo arrebató de un tirón y lo apretó con fuerza en su mano. Luego, despacio, lo alzó para limpiar la sangre de su rostro.

Él mismo sabía que aquel gesto había sido casi impulsivo. Y, sin embargo, no pudo detenerse. El fino tejido, poco a poco teñido de rojo, recorría lentamente su cara, mientras sus ojos azules, aún encendidos de ardor, se clavaban en Anya con una intensidad que amenazaba con devorarlo.

“…”

“…”

Aunque no era un movimiento especialmente lento, Anya sintió como si el flujo del aire mismo se hubiera detenido, incapaz de apartar la vista de él.

“…Te devolveré el pañuelo después del duelo.”

Dijo Evernight, apretando el pañuelo manchado en su puño. Cuando dio un paso hacia él, bajo el sol, las cortas sombras de ambos se superpusieron como si fueran una sola.

“Así que…”

Con la mano ensangrentada que sostenía el pañuelo, tocó el yelmo de Anya. El corazón de este comenzó a latir tan fuerte, tan desbocado, que sin darse cuenta cerró los ojos con fuerza. Poco después, el yelmo cayó con un golpe seco, oscureciendo su visión.

“Vuelve con vida.”

Los golpecitos de la mano de Evernight se sintieron sobre el yelmo.

Cuando Anya abrió los ojos, Evernight ya lo había dejado atrás, saliendo de la arena. Entonces, por fin, soltó de golpe el aliento que había estado conteniendo.

En el campo de duelo, que ya estaba caldeado por él, resonaron con fuerza los gritos que anunciaban la segunda “duelo de honor”. El pecho del joven se hinchó, y bajo el yelmo, sus ojos brillaban más claros que nunca. Sin titubeos, Anya avanzó gustoso hacia la luz radiante.

Allí dentro no había lugar para el miedo.

***

Tras salir del campo, Evernight se encaminó directamente al pequeño bosque que había detrás. Apartando los arbustos bajos, encontró a Riario sentado con los ojos cerrados sobre un complicado círculo mágico.

“Comandante, ¿acaso le ha entrado cariño de repente?”

Refunfuñó Riario, abriendo a medias un ojo hacia Evernight, que se acercaba. Su frente estaba ya empapada, como si hubiese trabajado bajo el sol del verano.

“Solo hay una oportunidad.”

Respondió Evernight con indiferencia, apoyándose contra el tronco de un árbol.

“Sí, sí, ya lo sé.”

Riario torció la boca con sorna, pero ante la inusitada gravedad en el aire, carraspeó incómodo.

“¿Quiere que ate por un instante al príncipe Royster justo cuando intente matar al príncipe Anya, no es así?”

Evernight asintió. Riario soltó un hondo suspiro, recordando la orden que había recibido la noche anterior. Si la situación se tornaba crítica, debía usar un hechizo conocido como Atadura de Sombras, que impedía moverse al objetivo durante un tiempo. No era un conjuro especialmente difícil, pero si se descubrían sus huellas mágicas, el castigo sería ineludible.

“Para que no detecten un hechizo tan simple de nivel básico, hemos tenido que envolverlo con magia de ilusión, de silencio… varios conjuros de alto nivel. Todo esto para usarlo una sola vez, y aún así ni siquiera podemos garantizar que funcione. Incluso si lo hace, solo retrasará un poco a Royster, no podremos contenerlo mucho tiempo.”

Señaló los decenas de complejos círculos mágicos grabados bajo sus pies. La preparación no solo drenaba enormes cantidades de maná, sino que tampoco aseguraba el éxito. Y aun si triunfaban, no sería más que un respiro momentáneo.

“Y si Su Majestad el Emperador llega a darse cuenta, no lo dejará pasar. Y no solo él… los grandes nobles armarán un escándalo.”

Sin decirlo abiertamente, el verdadero sentido de sus palabras era claro:

¿Realmente vale la pena?

Evernight también lo sabía. La fría razón le susurraba sin descanso. Pasara lo que pasara en el duelo, incluso si Anya moría… no perdería nada. Al contrario, hasta ganaría una justificación. Se libraría de un peso inútil.

Y, aun así…

“Yo asumiré la responsabilidad.”

No pudo hacer más que apretar con fuerza en su mano el recto, impecable pañuelo que tanto le recordaba a su dueño. A lo lejos, comenzaron a retumbar los cuernos y tambores que anunciaban el inicio del duelo.

Era un clamor tan ensordecedor que parecía reventar los oídos. Anya miró a su alrededor: miles de personas lo rodeaban. El sudor le empapaba las palmas ante las miradas afiladas que lo acosaban como cuchillas. Cerró y abrió los puños dos veces para calmar la respiración.

En los ojos de la multitud, enardecida y vociferante, se reflejaba una morbosa expectativa: pronto verían rodar por el barro a un príncipe.

Todo está bien, se repitió Anya, llevando la mano al yelmo que Evernight había tocado. Le pareció sentir su calor todavía.

Su mirada se aclaró, y entre la multitud distinguió rostros familiares: Bluea y Siswu. El rostro del emperador, en cambio, permanecía oculto tras sedas ondeantes. Tal vez mejor así. Quizá era preferible no ver el semblante de su padre.

“¡Bajo la mirada de los dioses misericordiosos de Delphium, damos inicio al segundo duelo de honor!”

Como si lo esperara, el heraldo alzó su trompeta desde lo alto de la arena. Al otro lado, la reja chirrió y se levantó: apareció Royster.

Vestía un enorme yelmo con astas doradas y una resplandeciente armadura de escamas nacaradas que brillaban bajo el sol. En su pecho, un relieve con el emblema imperial parecía retorcerse como un ave oscura viva. No había una sola grieta: era la imagen perfecta de un caballero acorazado.

“Mi pobre y despreciable hermano…”

Royster se detuvo en el mismo lugar donde hacía poco había caído Raniel, sangrante. Los cascos ocultaban sus rostros, y solo pudieron observarse con cautela. Pero la voz de Royster, tras tanto tiempo, sonaba rota.

Él hundió el pie en la arena, dispersando granos que parecían teñidos de sangre. Recordó en silencio a su subordinado asesinado por Evernight. Bajo la coraza, colgaba de su cuello un collar con el rubí arrancado del cadáver de Raniel.

Su respiración no se calmaba. Al inspirar con fuerza, los párpados comenzaron a temblarle. Aún tenía grabada en la retina la escena sangrienta presenciada tras la arena.

“¡Cómo te atreves…!”

Los ojos, enrojecidos hasta reventar, miraban a Anya con odio.

“¡Cómo te atreves, miserable!”

Sacó el látigo de su gancho y lo lanzó contra Anya. La fusta se retorcía como una serpiente viva, buscando atraparle el cuello. Por fortuna, Anya rodó a un lado y esquivó el ataque.

“¡Hijo de una ramera vendida como esclava!”

El látigo volvió a azotar. Su velocidad era inhumana, tanto que Anya se quedó helado: ningún hombre podía blandirlo así.

Quizá…

Sí, el látigo de su hermano lo perseguía como si estuviera encantado. La piedra que saltó al azotarse contra el suelo golpeó el yelmo de Anya con un ting.

“¡Uuuhhh!”

Al verlo solo esquivar, el público comenzó a abuchear. Como el duelo había comenzado de improviso, no había tenido tiempo de ajustar su armadura, y el gran yelmo se le ladeaba cada vez que evadía un golpe.

“¡Maldito! ¡Maldito seas!”

Enardecido, Royster desenvainó un segundo látigo. Con ambos brazos lo azotaba, y los vítores salvajes volvieron a estallar entre la multitud.

Dos látigos lo cercaban como lianas por todas partes. Anya ya no podía esquivar más. Le faltaba el aliento. Cerró los ojos y se concentró en sus sentidos. El bullicio se apagó, y solo quedaron el viento cortado y el latido de su corazón.

Piensa en su punto débil.

“Te retuerces como si quisieras morir.”

Royster rió con desprecio. Justo entonces, Anya se lanzó de frente. El príncipe mayor alzó el látigo, pero el muchacho saltó en alto. Aquellas armas, útiles a distancia, eran torpes en vertical. Aprovechando el instante de desconcierto, Anya cayó frente a él y se pegó a su cuerpo.

Los látigos no sirven en el cuerpo a cuerpo.

Sin un respiro, llevó la espada Haebing en ángulo al cuello de Royster. El movimiento fluyó como el agua.

“……”

Un silencio pesado cayó. Los ojos del público se abrieron de par en par, sorprendidos.

“¡Maldito bastardo!”

Royster gruñó, con veneno en la mirada.

“Detente ya, hermano.”

Anya le concedía clemencia. No podía matarlo frente a todos. Aunque el emperador hubiera aprobado el duelo, Royster era el heredero en boca de los nobles. Matarlo significaba provocar su furia.

Pero Royster torció los labios.

“Qué conmovedora compasión. Por eso terminaste vendido a ese monstruo.”

“¡No insulte al caballero Evernight!”

La hoja tembló y dejó un hilo de sangre en su cuello. Royster frunció el ceño por el escozor.

“Aunque te mate aquí mismo…”

De pronto, bajó la voz y lo miró fijamente. Sus ojos, rotos por las venas, eran espeluznantes.

“…cuando sea emperador, cortaré las cabezas de todos los Tildeon y las colgaré en las puertas de la ciudad.”

Los ojos de Anya temblaron. Entonces sintió un dolor agudo en el costado. Con gesto aturdido se llevó la mano al vientre.

“Aun si muero, mis partidarios no te dejarán en paz jamás.”

Retrocedió tambaleante. El mareo lo envolvía. Tras la figura de Royster, vio caer al suelo una delgada aguja. Era un dardo envenenado.

De rodillas, Anya agitó la cabeza, luchando contra las náuseas. Royster volvió a blandir el látigo. Anya esquivó con torpeza, pero cada vez le costaba más.

Entonces, una sonrisa torcida se dibujó en los labios de su hermano. Con un giro ágil, lanzó el látigo directo al vientre de Anya.

“¡Ah…!”

Rodó por el suelo, encogiéndose con un gemido, sujetándose el estómago.

“Idiota… así que era cierto.”

A su lado, la voz cargada de desprecio le llegó junto al látigo que se enroscó en su tobillo y lo arrastró contra el suelo. El polvo lo envolvió.

Cuanto más forcejeaba, más lo estrangulaba la fusta. Se mordió los labios hasta sangrar para no gritar. En la periferia de su vista alcanzó a ver a Siswu y Bluea intentando saltar las vallas, detenidos por guardias.

“¿Embarazado encima? Lo tuyo no tiene límites, bastardo inmundo.”

Royster escupió al suelo y tiró de él como de un perro con correa. La repulsión en su rostro se mezclaba con una sonrisa satisfecha.

Aprovechando la ventaja, levantó el otro látigo y lo descargó contra Anya. Con el pie atrapado, era imposible evitarlo.

El bebé… el bebé no debe salir herido…

Anya gritó en silencio, alzando con esfuerzo la espada Haebing. El filo traslúcido brilló bajo el sol y cortó hacia el látigo. Pero al chocar, la espada tembló y salió despedido, incapaz de resistir.

Royster rio con nerviosismo.

“Esta fusta está hecha con acero Sildor. Mil veces más resistente que tu patética espada. Nada en el mundo puede cortarlo.”

El látigo, tejido con hebras de ese metal, azotó sin piedad la espalda de Anya. Ni la armadura pudo amortiguarlo.

¡Chas!

Tal como había dicho Royster, la armadura de Anya empezó a resquebrajarse incapaz de resistir el golpe. A través de las grietas, la túnica blanca que llevaba debajo se tiñó de rojo con la sangre.

¡Chas!

"¡Royster, Royster! "

el público comenzó a corear el nombre del primer príncipe.

¡Chas!

Con los ojos cerrados, Anya sostuvo su cuerpo tembloroso, sacudido por el dolor.

Piensa.

Piensa, Anya.

Cuando el látigo, tan feroz que parecía capaz de arrancar la carne, por fin se enroscó alrededor de su frágil cuello para tirar de él hacia atrás, un resplandor rojo comenzó a brotar de la zona de su muñeca. Los ojos de Royster se entrecerraron y poco a poco se llenaron de estupor.

"Dragkals."

Aunque sus labios pálidos temblaban, aquel conjuro resonó con nitidez. Anya se arremangó y lo gritó una vez más. Las antiguas runas grabadas en su muñeca brillaron en forma de brazalete, y al instante el fulgor rojo cubrió todo el estadio.

Era una luz tan intensa que casi cegaba. Todos los presentes se apresuraron a cubrirse los ojos, clamando desesperados. Y pronto, un estruendo semejante al rugido del trueno, como si el cielo se desgarrara, retumbó sobre ellos.

En pleno mediodía, una gigantesca sombra oscura cubrió la arena apenas por un momento, y un fuerte vendaval comenzó a soplar. Las mujeres, con el cabello alborotado por la tormenta, levantaban la vista al cielo con rostros atónitos. Algo se acercaba volando hacia allí.

La sensación era la de estar en el ojo de un huracán. El silencio era tan profundo que hasta se escuchaba a alguien tragar saliva.

"¡U… un dragón! "gritó un hombre con la respiración entrecortada, señalando el cielo.

Lo que flotaba en lo alto no era otra cosa que un dragón de escamas rojas.

"¡Un dragón!"

El dragón descendió sobre la arena rugiendo y escupiendo una columna de fuego. El caos estalló de inmediato. El público, presa del pánico, comenzó a huir desesperadamente. El estadio se llenó de gritos y confusión; la multitud chocaba, caía, se aplastaba entre sí. Incluso la carpa donde estaban reunidos los nobles se derrumbó, intensificando el desorden.

El dragón giró en el aire y aterrizó en el centro de la arena, lanzando otro bramido. Las llamas se elevaron hasta el cielo, y las hojas de los árboles cercanos se convirtieron en ceniza que cayó al suelo; ondas de calor sacudieron la tierra.

"Ah… ah… "

Algunos cayeron de rodillas, las piernas incapaces de sostenerlos, temblando de puro terror.

El ser escarlata, de ojos dorados centelleantes, avanzó clavando sus garras en el suelo.

Y entonces, se detuvo frente a un muchacho.

Ante la mirada de todos, él se levantó tambaleante y caminó hacia el dragón. Incluso los que huían se quedaron paralizados, incapaces de apartar la vista de aquella escena irreal, como hechizados.

A cada paso que Anya daba, el látigo aún enroscado en su tobillo tintineaba con un sonido metálico. El muchacho se quitó el yelmo, dejando que su larga cabellera ondeara en el ardiente viento.

La enorme cabeza del dragón descendió lentamente, abriendo sus fauces como para devorarlo de un bocado. La multitud contuvo el aliento, convencida de que aquel chico se reduciría a cenizas en un instante. Algunos incluso pensaron que era un acto suicida. Sin embargo, la fascinación y el miedo reverente hacia aquella criatura sobrenatural detuvieron a muchos en seco.

Pero, sorprendentemente, las llamas que surgieron de la boca del dragón no se dirigieron al muchacho, sino al látigo que le aprisionaba el tobillo. El acero sildor, que nada podía cortar ni fundir, se derritió bajo el fuego del dragón hasta romperse en dos.

"¡Ah… ese… ese es un Guardián!"

"¡Dios mío, un Guardián!"

Alguien gritó atónito. En el mundo apenas quedaban magos, pero entre ellos, los Guardianes "capaces de invocar a los espíritus elementales del agua, fuego, viento y tierra, para preservar el equilibrio del mundo" no habían vuelto a aparecer desde la gran guerra que puso fin a la Tercera Era. Durante siglos, en ese vacío de la historia, no fueron más que leyendas.

Los humanos, al presenciar semejante leyenda viviente, solo podían sentir un terror indescriptible o un sobrecogimiento reverente.

Algunos se postraron en el suelo rindiendo homenaje al gigantesco espíritu de fuego, mientras que la mayoría, ignorantes de la leyenda, observaban boquiabiertos al joven que estaba frente al dragón, como si estuvieran hipnotizados.

 ***

El muchacho, con la frente apoyada en el lomo del hocico del dragón que lentamente inclinaba la cabeza hacia él, susurraba algo.

Las pupilas verticales se contrajeron, y los ojos dorados del dragón se dirigieron hacia Royster, que yacía tendido en el suelo.

Royster, derrumbado, miraba fijamente a Anya. Le señaló con el dedo, como incapaz de creer lo que veía.

“¡Tú… tú…!”

Y entonces, entre sollozos, comenzó a balbucear con ojos aterrados:

“No… ¡No puede ser! ¡Tú no puedes serlo!”

Anya contemplaba en silencio el rostro desesperado de su hermano. La cara enrojecida y deformada por los gritos de aquel que lo había atormentado durante tanto tiempo… en realidad no era gran cosa.

El verdadero rostro de su opresor resultaba, al final, patéticamente vulgar.

“¿Crees… crees que me quedaré de brazos cruzados? ¡Ahora mismo se lo diré a padre, y haré que cuelguen tu cabeza, la de ese mendigo de Tildeon y la de todos los tuyos, en las puertas de la fortaleza de Maneregía…!”

Anya ignoró sus chillidos desesperados.

Mientras acariciaba una de las escamas que sobresalían del Dragkals, se apartó a un lado.

“¡No… no! ¡No lo hagas!”

Royster lanzó un grito, se levantó tambaleante e intentó huir. Pero no tardó en tropezar con sus propios pies y caer ridículamente.

“Mi amado her… hermano. No me hagas esto…”

El aterrorizado Royster se dejó caer en el suelo, lloriqueando. Parecía haber perdido por completo la razón.

“Este niño… no crecerá para ser como yo.”

Anya llevó una mano a su vientre mientras hablaba. Sus ojos, fijos en Royster, eran firmes y rectos.

“Y Tildeon es mi hogar. Si intentas destruir mi hogar… yo no lo permitiré.”

Las pupilas de Royster se dilataron de incredulidad ante aquellas palabras. Ni el propio Anya entendía cómo podía pronunciarlas, pero sabía que debía hacerlo, y deseaba hacerlo.

“El mundo necesita… no a un emperador fuerte, sino a un emperador compasivo.”

“¡No! ¡El trono es mío! ¡Yo, el futuro emperador, no puedo morir de manera tan absurda! ¡Es imposible!”

Royster gritó de pronto, enloquecido. Sus ojos inyectados en sangre, desorbitados, miraban a Anya con rabia desmedida.

La cabeza de Dragkals se inclinó sobre el hombro de Anya, como preguntándole qué debía hacer. A lo lejos, Riario corría hacia ellos con el rostro horrorizado, seguido de Evernight, que observaba en silencio.

"Ignis."

Anya susurró sin apartar la mirada.

A su oído llegó la extraña risa del dragón. En un instante, Dragkals se lanzó contra Royster, atrapando su cuello con las fauces.

Con un alarido desgarrador, Royster fue estampado contra el muro del coliseo. La sangre escarlata salpicó la pared como una pintura grotesca.

“Ah… no…”

Y en seguida, el dragón lo envolvió en llamas. Tras los gritos de agonía, solo quedó el cadáver carbonizado del primogénito.

Aquel día, la gente lo recordaría más tarde como “El Día del Juicio”.

***

“¡Señor! ¡Si tiene algo que decir, dígalo ahora!”

La sala de reuniones del Castillo Eos estaba sumida en el caos, colmada de gritos y murmullos. El emperador Luxus, sentado en la cabecera, inclinaba ligeramente la cabeza y golpeaba con el dedo índice la mesa de mármol.

¡Bang! Fue entonces cuando Usolin, del Península de Hierro, golpeó con fuerza la mesa.

“¡Lord Shonda! ¿Mintió usted durante el Torneo de Caza?”

Con el rostro pálido, Bluea miró al emperador con ojos vacilantes. En el semblante del emperador, que acababa de perder a su hijo, apenas se veía un atisbo de tristeza.

“Yo… yo no mentí.”

“Quizás no mintió, pero ocultó lo más importante. ¿Lo hizo a propósito?”

Mibar sonrió mientras arrancaba un racimo de uvas y se llevaba una a la boca.

“Si fue intencional, entonces es un delito de engaño contra Su Majestad…”

“¡¿Y cómo puede eso considerarse engaño a Su Majestad?! El príncipe Anya también es hijo del emperador. Todo fue únicamente gracias a la habilidad de Su Alteza el príncipe Anya.”

Montrose salió en defensa de Bluea. De lo contrario, el sur de Runfield corría el riesgo de convertirse en un campo arrasado. Mibar, encogiéndose de hombros, limpió con un pañuelo los dedos regordetes que había manchado de jugo.

“Se trata de un hecho sin precedentes: la repentina muerte del Primer Príncipe, el legítimo heredero al trono.”

El pecho de Usolin se agitaba con la excitación, y su barba roja temblaba cada vez que exhalaba con rudeza.

Las familias nobles que respaldaban al príncipe Chloe como próximo emperador aprovecharon la ocasión para hablar:

“El emperador tiene nada menos que doce hijos.”

“Uno murió prematuramente hace tiempo. Ahora quedan seis. No, cinco, si excluimos al príncipe Anya.”

“Parece que todos han olvidado que este duelo de honor fue autorizado por el propio emperador.”

Los grandes nobles reunidos intercambiaron miradas rápidas y palabras en susurros. ¿Acaso el siguiente heredero sería naturalmente el príncipe Chloe? ¿Existía algún acuerdo secreto entre Chloe y Tildeon? Entonces, ¿de qué lado deberían ponerse ahora? En aquel silencio estaban implícitas todas esas dudas.

“Yo solo quiero preguntarle al lord Evernight.”

Fue entonces cuando Luxus enderezó el torso y fijó la mirada en Evernight, sentado al otro lado de la mesa.

“Pregunte, Su Majestad.”

Evernight inclinó la cabeza. Como siempre, en el rostro inexpresivo de aquel hombre no se podía leer nada.

“¿De verdad ignoraba lo de Anya?”

La mirada de Evernight se posó fugazmente en Mibar.

“Cuando lord Mibar visitó Tildeon, mi consorte se internó en el bosque con un erudito de Tildeon para entrenar magia.”

“Eso también lo escuché yo. Entonces decías que quería afianzarse sirviendo como sanador entre los aldeanos.”

Mientras hablaba, la sonrisa del emperador se ensanchaba poco a poco. Evernight, que había bajado la vista, la levantó lentamente. Los ojos del emperador, usualmente de un azul pálido como bruma, parecían brillar con una extraña luz.

¿Sería por las antorchas cercanas? ¿O acaso aquello era una prueba?

“Ese chico…”

Evernight recordó al joven que se hallaba junto al enorme dragón. Aquel niño que, entre el abrasador viento del desierto, se había mantenido firme… ya no era un medio inútil.

“Yo también me enteré por primera vez de su habilidad mágica.”

Evernight aceptó aquel hecho con calma.

La capital, Maneregia, era la ciudad más próspera del Imperio, y como tal, estaba repleta de posadas de todo tipo. Los pobres se reunían en tabernas humildes cerca de las murallas exteriores, mientras que los más pudientes cruzaban el gran puente y se alojaban en las posadas lujosas dentro de las murallas internas de la ciudad.

En realidad, el lugar o el estatus no importaban. Ya fuese dentro o fuera de las murallas, fuesen ricos o pobres, esa noche todos los que habían salido a las calles compartían con entusiasmo la misma historia.

“Jamás pensé que viviría para ver algo así.”

“Vamos, pellízcame la mejilla… ¡ay!”

Aunque hacía rato había oscurecido, aquella noche las luces de la posada Ninfa seguían encendidas. Las mesas estaban llenas desde hacía horas, y con la guardia imperial patrullando las calles, nadie temía por su seguridad.

“En mi vida había visto una bestia tan aterradora.”

Más aún, muchos de ellos eran sobrevivientes recién regresados, por lo que ya no sentían miedo. Lo que sobraba era una euforia tan desbordante que impregnaba el aire de la posada y se derramaba hasta las calles.

“¡No es una bestia, hombre! ¡Era un dragón! ¿Cómo puedes llamarlo bestia?”

Un hombre, golpeando su jarra contra la mesa, exclamó exaltado. Cerraba los ojos y aún podía sentir el ardor de las llamas que aquella criatura desconocida había escupido, lo que le hacía temblar.

“¿De verdad es cierto lo del dragón, señores?”

En medio de aquella repentina bonanza, los mozos iban y venían sin descanso entre las mesas. Uno de ellos, un muchacho que acababa de colocar un enorme barril de cerveza sobre la mesa, preguntó con los ojos brillantes.

Tras el hombro del chico, una bailarina contratada por el posadero danzaba al compás de un trovador. La canción del dragón se filtraba como un eco onírico:

> Cuando las tinieblas cayeron,

llegó el estruendo del trueno,

y la oscuridad retrocedió.

Al fin, tras una larga y solitaria lucha,

el héroe blandió su espada montado en el lomo del dragón.

¡Oh, oh, el dragón viene!

En las llamas rojas gritaban las sombras,

y el amanecer nos iluminó.

¡Oh, oh, el dragón viene!

“Claro que lo vi con mis propios ojos, muchacho.”

El hombre estaba tan borracho que apenas articulaba.

“Sí, y yo te vi mojarte los pantalones.”

Alguien soltó una carcajada y las burlas estallaron por todas partes. Ciertamente, la entrepierna de aquel hombre mostraba manchas que revelaban haber estado mojadas.

“¡Mucho hablan, y todos ustedes escaparon con el rabo entre las piernas! ¡Tú mismo huiste sin tu mujer!”

Tambaleándose, el borracho se levantó y agarró por el cuello a quien lo había provocado. El rostro y el cuello del hombre se habían puesto rojos.

“¿Y tú? ¿No huiste? Te quedaste sentado orinándote encima.”

El otro le dio una palmada burlona en la entrepierna.

“¡Si no fuera por la clemencia del duodécimo príncipe, todos habrían muerto calcinados…!”

¡Pum! El puño se estrelló de lleno en la cara del burlón. Este cayó sobre la mesa, y enseguida recibió varias patadas. Pero no tardó en contraatacar, y los platos cayeron al suelo hechos añicos mientras estallaba el alboroto.

“¡Idiota Sam! ¡Tu hijo pagará por estos destrozos!”

El posadero, apartando al chico que se había quedado mirando, le tiró de la oreja con brusquedad.

“¡Cielos! ¡Entonces lo que vi al mediodía era verdad!”

Sam recordaba cómo, al cargar un saco de patatas en el patio trasero, había visto pasar por encima de la arena de combate una silueta gigantesca. Se había frotado los ojos una y otra vez, pero aquella forma inconfundible era la de un dragón como en los viejos cuentos ilustrados.

“¡Era un dragón de verdad!”

Aunque el posadero casi le arrancaba la oreja, el muchacho gritaba eufórico.

“Pero… ¿por qué apareció de repente? ¿Y cómo es que dicen que mató al Primer Príncipe…?”

“¡Sam! ¡Calla ahora mismo o te echo a patadas!”

En ese momento entraron varios guardias de la ciudad en la posada. Aunque el incidente de ese día había sacudido todo el Imperio, hablar mal de la familia imperial frente a la guardia era camino seguro a la prisión.

“Basta ahí.”

Los guardias echaron un vistazo al tumulto y separaron a los dos hombres que aún forcejeaban.

“El Emperador ha ordenado que, si ocurre algún asesinato o incendio a raíz del duelo de honor, la pena se duplicará.”

Ante la voz cansada del guardia, los dos hombres al fin se apartaron, jadeando. Con un vistazo a las espadas en las cinturas de los soldados, escupieron sangre en el suelo y volvieron a sentarse.

“Hay alboroto tanto en palacio como en las calles.”

“Por lo menos nos tocó patrullar aquí. Si hubiéramos estado de guardia en la fortaleza de Eos, con esos nobles quisquillosos, sería un infierno. Especialmente los que apoyaban al Primer Príncipe.”

Los guardias se sentaron en un rincón, se quitaron los cascos y los dejaron sobre la mesa. El cansancio se les notaba en el rostro.

Justo después del duelo de honor, el capitán de la guardia de Maneregia había advertido con solemnidad:

“¡Oigan bien, mocosos! Si hoy ocurre un asesinato, incendio, violación o cualquier otro crimen en la capital, no volverán vivos a casa.”

Luego gritó que si querían pasar inadvertidos y regresar tranquilos a casa al amanecer, debían correr hasta sudar a chorros.

Tal como dijo el capitán, aunque era medianoche, las calles estaban sumidas en un extraño frenesí silencioso. Cerca de las murallas, los mendigos hablaban del fin del mundo; otros, aterrados, habían atrancado sus puertas; y algunos, como los reunidos en la posada, bebían hasta morir disfrutando de la emoción del día. A simple vista, aún parecía reinar la paz. Los guardias, resecos de tanto patrullar, llenaban sus gargantas ásperas con vino.

“De verdad pensé que iba a morir.”

Uno murmuró todavía pálido. Otro le pasó un brazo por encima del hombro y rió con sorna.

“Ese dragón, con solo mirarlo, se notaba que estaba bajo el mando del duodécimo príncipe.”

“¿Pero acaso se puede… controlar un dragón?”

“¡Yo lo vi claramente! El duodécimo príncipe le dio órdenes, y entonces el dragón… devoró al primer príncipe.”

Repitieron esa historia durante horas sin cansarse. Lo ocurrido en el día era suficiente para sacudir no solo a Maneregia, sino en poco tiempo a todo el Imperio.

De sus bocas se escapaba sin cesar un nombre que nunca antes habían mencionado: el del duodécimo príncipe, Anya. Ese nombre corría de boca en boca una y otra vez.

“Entonces, si el primer príncipe ha muerto, ¿el duodécimo heredará el trono? ¡Claro, mató a su hermano, el heredero más fuerte, y usurpó la corona!”

“¡Bah, no digas tonterías! El duodécimo príncipe es ese medio inútil que se casó con el duque de Tildeon. No tiene derecho a la sucesión.”

Uno bajó la voz, mirando nervioso al guardia sentado más lejos.

“¿Qué? ¿Ese inútil es?”

“Pero entonces… ¿cómo demonios ese medio príncipe pudo invocar… a un dragón? ¿Eso siquiera es posible?”

Ah… que los dragones existieran de verdad. La conversación volvió al inicio. Confusos hasta marearse, volvieron a beber a grandes tragos. Todos coincidían con excitación en que lo que habían presenciado pasaría a la historia.

“¿Y si fue magia ilusoria? He oído que en Tildeon hay un hechicero increíblemente poderoso. Tal vez lanzó un encantamiento para engañar a todos por el bien de su señor.”

Uno lanzó de repente la duda. Otro se burló, recordándole que él mismo se había orinado del miedo al ver al dragón. Tan aterrador había sido que aún tenía la piel erizada en los brazos.

“Bueno… aunque es cierto, ¿no resulta raro que el dragón solo atacara al primer príncipe? Una bestia tan feroz y violenta no se comportaría como un caballo dócil.”

Otro asintió, bebiendo despacio. Era una sospecha razonable, después de todo.

“¿Entonces todo esto es un complot de Tildeon?”

“Claro. Los del norte siempre han estado llenos de rencor hacia la familia imperial.”

Fue entonces cuando una voz surgió de golpe desde un rincón sombrío.

“Eso es magia antigua.”

“¿Ma… magia antigua?”

Los bebedores se giraron, sorprendidos, hacia un corpulento hombre que se levantaba de entre las sombras. Tenía una cicatriz bien marcada en la cara y parecía a todas luces un mercenario. Era de esos con aspecto tan feroz que, de no ser por la situación especial, nadie se atrevería a mirarlo.

“El príncipe invocó al dragón con magia.”

La celebración por el cumpleaños del Emperador atraía en esa época a mercenarios de todas partes del Imperio. Aquel hombre seguramente era uno de ellos. Pero pese a su aspecto brutal, sonrió levemente, mostrando que sabía más de lo que parecía.

“Lo que vieron fue real.”

Tras la ventana, el castillo blanco de Eos se alzaba sobre la Colina del Rey, brillando bajo la luz de la luna que sustituía.

El rostro de Anya reflejaba desconcierto. Pero solo por un instante: pronto se tumbó boca abajo en la pradera, conteniendo el aliento. Apoyó suavemente la barbilla sobre sus manos entrelazadas y miró con profundo afecto algo frente a él.

“Dragkals.”

El leve subir y bajar de un pecho cubierto de escamas rojas, acompañado de una respiración áspera, se reflejaba con nitidez en sus ojos cristalinos. Incapaz de resistirse, extendió la mano y tocó una escama que sobresalía. Al hacerlo, todo el cuerpo del dragón tembló, y unos ojos dorados se abrieron de golpe.

“Tú…”

Pero aquella mirada, antes afilada y feroz, ahora estaba serena, casi dócil, y pronto se cerró de nuevo como si la criatura estuviera agotada.

Entonces Anya se preocupó. Arrastrándose, se acercó poco a poco al ser que, enroscado sobre su propia cola, yacía enroscado frente a él. Una ráfaga de viento agitó la hierba alta de la llanura como un oleaje.

“¿Por qué… por qué te has hecho tan pequeño?”

Al abandonar el campo de torneo, Dragkals había alzado el vuelo llevándolo a cuestas. Luego, al dejar a Anya en una colina sin nombre, se había reducido de golpe entre destellos de luz. Ahora, encogido hasta el tamaño de un cachorro, el dragón rojo dormía profundamente, hecho un ovillo sobre la hierba.

“Dragkals…”

Anya acarició con cuidado la pequeña cabeza. El dragón tosió un par de veces y luego abrió la boca en un gran bostezo, expulsando por entre sus fauces una chispa de fuego.

"¿Acaso, cuando gastas toda tu fuerza, te vuelves pequeño?"

Sin apartar la vista de él, Anya se tumbó a su lado. El viento veraniego, suave y cálido, los envolvía. Desde lo alto de la colina podía verse la ciudad de Maneregia y el río redondeado brillando bajo la luz del sol.

"Supongo que tendré que volver."

Sus ojos se fueron cerrando lentamente con la brisa templada. Entonces recordó las miradas clavadas en él cuando se elevó hacia el cielo: sorpresa, confusión… y la expresión indescifrable de Evernight. Antes de que pudiera decirle nada, Anya escondió el rostro en el lomo de Dragkals y se alzó en el aire. En el borde de su visión, alcanzó a ver a Royster, ennegrecido por el fuego, pero no volvió la cabeza.

Sin preocuparse por su cabello desordenado al viento, ni por lo que vendría después, se dejó llevar por el paisaje de Maneregia que corría veloz bajo sus pies.

Al abrir los ojos, sintió un escalofrío en el cuerpo: todo a su alrededor estaba oscuro y silencioso. Anya, sorprendido por el calor bajo su brazo, se incorporó de golpe.

"¡Dragkals!"

Casi lo aplastaba mientras dormía.

"Lo siento."

Quizás, adormilado y con frío, lo había sujetado contra su pecho. Al fin y al cabo, el cuerpo del dragón ardía como una estufa. Pero aún así…

"¿Por qué… no vuelves a tu forma original?"

Preocupado, colocó al pequeño Dragkals "que no era más grande que un cachorro" sobre sus rodillas.

"N-no estarás muerto, ¿verdad?"

Con pánico, lo empujó suavemente, y el dragón respondió con un bostezo, golpeando el muslo de Anya con su cola. Solo entonces pudo exhalar un suspiro de alivio y mirar alrededor. Tenía que regresar. Quizás ya lo estarían buscando. Sobre todo Su Majestad el Emperador… Royster era el hijo predilecto de su padre.

Anya levantó a Dragkals con cuidado, lo acomodó en un hombro y lo cubrió con la capa.

"Perdona. Estarás incómodo, pero aguanta un poco."

El dragón dejó de forcejear y se dejó colgar flácidamente del hombro. No podía dejar que la gente lo viera.

‘En cuanto vuelva, tendré que preguntarle al señor Riario qué está pasando.’

Normalmente, Dragkals regresaba a su forma de espíritu de fuego tras la invocación, fundiéndose en el cuerpo de Anya. Sus almas estaban conectadas, y a veces incluso le hablaba en su interior.

‘Pero últimamente no lo hacía.’

Desde el festival de caza, Dragkals había guardado silencio, incluso cuando lo llamaba. Siempre había sido arisco y caprichoso, pero esta vez era distinto: su presencia parecía desvanecerse, como si se hubiera marchado de su cuerpo. Quizás había cancelado el contrato, molesto porque Anya pasaba demasiado tiempo en cama quejándose de su estado. Había pensado de todo… hasta que lo vio responder a su llamada en el duelo de honor, y no pudo evitar conmoverse.

“……”

Pero ahora Dragkals no desaparecía, sino que permanecía junto a él, en un cuerpo diminuto.

‘No estará enfermo… ¿verdad?’

Con esa inquietud, Anya apresuró el paso cuesta abajo. Quizás Riario supiera algo. Ojalá. Su corazón latía con impaciencia.

El castillo Eos se alzaba en el centro de Maneregia, visible desde cualquier dirección, así que no había manera de perderse.

Incluso de noche, las calles bullían de gente. Por suerte, la penumbra impedía que lo reconocieran fácilmente. Sus rostros parecían embriagados por algo. Y cada tanto, el nombre de Dragkals y el suyo se escapaban de sus labios. Anya fingía calma al pasar entre ellos.

Aun así, algunos lo reconocieron. Un vagabundo sentado en un callejón lo vio y, con ojos brillantes, lo sujetó.

"¡El fin! ¡Él es el que traerá el fin del mundo!"

Un hedor nauseabundo salió de su boca. El hombre, sin soltarlo, gritó hacia la calle, atrayendo miradas.

"L-lo siento."

Anya apretó suavemente la muñeca del vagabundo.

"¡Aaagh!"

El hombre gritó, rodando por el suelo, fuera de sí. Anya inclinó la cabeza en disculpa y echó a correr.

Solo quería regresar en silencio. Aunque no supiera mucho de política, comprendía que lo sucedido en el duelo de honor tendría enormes repercusiones.

En el camino de vuelta del bosque de Tildeon, Savelli le había dicho:

‘El día que la gente descubra la verdadera naturaleza de Dragkals, el mundo se pondrá patas arriba. Por eso quizás sea mejor ocultarlo un tiempo. No sé si ese cambio será favorable o desfavorable para ti, pero lo cierto es que no será igual que antes.’

Aun así, no se arrepentía. Incluso de tener que elegir otra vez, habría hecho lo mismo.

"¿Eh?"

Algunos hombres, tambaleándose ebrios, lo miraron con sospecha al cruzarse con él. Entrecerraron los ojos y pronto empezaron a señalarlo. Alarmado, Anya se apresuró a entrar en una tienda cercana.

El tintinear de una campanilla sonó cuando abrió la puerta. El tendero, ocupado ordenando mercancía, se volvió.

"Bienveni…"

"Q-quiero comprar una capa y una bolsa de cuero."

Sin esperar el saludo, Anya fue directo al grano. El anciano, de cabellos blancos, lo condujo hacia un perchero lleno de capas de varios colores.

"¿Desea una con hechizo de impermeabilidad?"

"Ah… no. Me llevaré esta negra."

Eligió la más discreta posible. El tendero lo observó con cautela: llevaba armadura, pero el joven parecía maltrecho, como si hubiese rodado por el suelo.

"¿Es usted de Maneregia?"

Anya dudó. Había nacido allí, pero ahora su hogar estaba en Tildeon. Guardó silencio. El tendero tomó la capa negra y se inclinó para abrir un cajón bajo el mostrador.

"Con motivo del cumpleaños de Su Majestad el Emperador, mercenarios y caballeros errantes de todo el imperio se han congregado para el mercado festivo."

"Ah, aquí están."

Sacó varias bolsas de cuero de distintos tamaños y las colocó sobre el mostrador.

"Por su aspecto, parece un joven que aún no ha recibido el título de caballero. ¿Le gustó el mercado?"

"…Sí."

"Su expresión dice otra cosa. ¡Ah! Claro, con todo el mundo yéndose al duelo de honor, apenas quedaron nobles en el mercado."

Al escuchar las palabras “duelo de honor”, los ojos de Anya temblaron ligeramente. Por suerte, el tendero no pareció notarlo y, tarareando, señaló el montón de bolsitas de cuero como invitándolo a elegir. Todas estaban hechas con cuero de la mejor calidad. El hombre se mostraba confiado.

Anya esbozó una sonrisa incómoda y escogió una bolsa de tamaño adecuado donde pudiera guardar cómodamente el Dragkals.

"Aunque hayas sobresalido en el torneo, sin alguien que te respalde siempre es difícil ascender al rango de caballero. Qué lástima. Pero no te preocupes, ese torneo se celebra todos los años."

Por fortuna, el tendero de mirada apagada parecía no reconocer a Anya. Probablemente, por su edad, no era del tipo que acudía a presenciar los duelos de honor como los jóvenes.

"Son 80 monedas de plata."

Anya pagó, colgó la bolsa de cuero en su cintura y se echó la capa encima. En ese momento, el tintineo de la campanilla anunció la apertura de la puerta de la tienda.

"Bienvenido."

Quien entró era un hombre de complexión gigantesca. Tan enorme que tuvo que agachar la cabeza para pasar por la puerta. Un hombre así era raro de ver, tanto que Anya lo confundió por un instante con Raniel.

El hombre miró fijamente al joven de túnica negra que estaba de pie frente a él y frunció lentamente el ceño, como preguntándose qué hacía allí. Entonces Anya comprendió que ese hombre había descubierto su identidad. Se apresuró a subirse la capucha, justo cuando la puerta volvió a abrirse.

"¡Oiga, dueño! ¿Tendrá alguna poción para despejar la borrachera?"

Un grupo de hombres ebrios entró haciendo alboroto.

Ese día, la tienda estaba especialmente concurrida.

El tendero, Miel, soltó una carcajada sonora mientras se frotaba la espalda entumecida. En su tienda se podía encontrar de todo, y en especial su establecimiento "la Tienda de Miel, en la capital" gozaba de renombre por su gran variedad.

Además, las pociones eran mercancía difícil de conseguir en otras tiendas. Para venderlas había que tener tratos con alquimistas oficialmente autorizados, quienes solían ser bastante arrogantes, de modo que abrir comercio con ellos no era algo sencillo. Por eso, incluso un tendero tan respetado como Miel vendía más pociones de bajo nivel que de las avanzadas.

Miel se dirigió hacia la vitrina donde guardaba las pociones y, al pasar, levantó la cabeza hasta casi torcérsela para mirar al hombre enorme que seguía allí de pie.

"¿Y a usted qué le puedo ofrecer?"

El hombre desvió al fin su mirada del muchacho de túnica negra y respondió al tendero:

"Un par de odres de vino, bien llenos de lo más fuerte que tenga, de esos que hacen doler la cabeza."

Lo dijo con una leve sonrisa. Sin embargo, la enorme cicatriz que le cruzaba el rostro entero hacía que incluso al sonreír resultara intimidante.

"¡Por todos los cielos, no era una muralla, era un hombre!"

Los borrachos se frotaron los ojos con incredulidad y retrocedieron ante su mirada. La impresión era tan amenazante que casi se les pasó la borrachera de golpe.

"Esperen un poco. Los odres están en el sótano, debo ir a buscarlos."

Miel bajó las escaleras pesadamente. Una vez desapareció el dueño, los hombres se sentaron en unos taburetes y comenzaron a charlar sobre los duelos de honor del día. Anya, ignorando los comentarios hirientes que llegaban a sus oídos, intentó pasar de largo junto al hombre.

Entonces sucedió: alguien le sujetó la muñeca. Era una mano tan grande como la de Evernight, cubierta de pequeñas cicatrices, pero sorprendentemente cálida.

"Un momento…"

Los ojos de Anya se abrieron de par en par. La mano del hombre tiró suavemente de su túnica hacia abajo y escondió dentro los mechones marrones que se le habían escapado. A pesar de su apariencia ruda, el gesto fue cuidadoso y delicado.

"Así no lo descubrirán."

El hombre sonrió con los ojos entrecerrados.

"Aquí tiene las pociones y los odres de vino."

Por detrás, Miel regresaba ya del sótano. El hombre soltó a Anya y se volvió. El muchacho, casi huyendo, salió de la tienda y corrió directo hacia la Colina del Rey.

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Gracias a la túnica, Anya pudo atravesar el camino hacia la Colina del Rey sin preocuparse demasiado por las miradas. Dragkals, colgado en la bolsa a su cintura, se agitaba de vez en cuando como si batiera las alas.

"¡El príncipe! ¡Bajen el puente levadizo!"

Los guardias de la puerta lo reconocieron de inmediato y lo recibieron con una actitud firme y reverente. No era para menos: la razón de la tensión que se respiraba en la ciudad aquel día no era otra que el duodécimo príncipe.

"¡Mi señor!"

En cuanto Anya entró en el patio interior del palacio oriental, Bufu corrió hacia él con lágrimas en los ojos.

"¡Dónde estaba, alteza! ¡Por fin regresa!"

Cada vez que hablaba entre sollozos, su barba negra temblaba.

"El caballero de Tildeon estaba preparando soldados para salir a buscarlo, diciendo que ya era hora de dar con usted."

Dando vueltas alrededor, Bufu lo revisaba con los ojos, asegurándose de que no tuviera heridas. Caminaba bien, sin problemas, y tampoco parecía tener brazos ni piernas dañados… pero su aspecto era innegable: igual al de alguien que acababa de salir de una batalla. No había manera de decir que estaba “bien”.

"Llamaré enseguida a un sanador. "

exclamó entre hipidos.

Sin duda, él también había oído los rumores sobre Dragkals, pero lo trataba con la misma naturalidad de siempre. Eso logró que el rostro endurecido de Anya, crispado de tanta tensión, se relajara apenas un poco.

"¿D-dónde están los demás?"

"El señor duque fue llamado a la sala de audiencias de Su Majestad el Emperador y aún no ha regresado. Los demás tildeonenses…"

En ese instante, alguien salió corriendo desde el interior del pabellón.

"¡Príncipe!"

Eran Siswu y Riario. Siswu se lanzó de un salto a abrazar a Anya. Antes, su cabeza quedaba enterrada en su pecho; ahora, ya había crecido lo suficiente como para rozar su cuello.

"Qué alivio… de verdad, qué alivio…"

La voz de Siswu, que escapó con un suspiro profundo, estaba cargada de preocupación por él. Anya levantó los brazos con cautela y abrazó con fuerza a aquel que era como un hermano. Recién entonces toda la tensión lo abandonó y sus piernas comenzaron a temblar.

"¡Ah…!"

Siswu lo notó. Sintió una extraña agitación en el muslo de Anya, que le rozaba, y se apartó.

"¡Dragkals!"

Anya, sobresaltado, alzó torpemente el zurrón de cuero que llevaba en la cintura. La ceja de Riario se contrajo al verlo.

"Bufu. Retira a los sirvientes."

Ordenó al mayordomo y se acercó a Anya con cautela; sin querer, sus dedos temblaban un poco, excitados.

"¿Qué es… esto?"

Siswu, desconcertado, se quedó mirando a la criatura desconocida que asomaba la cabeza desde el zurrón. Anya, apurado, lo desató y lo colocó en el suelo del patio.

Siswu, agachado, quedó como hipnotizado, cruzando miradas con él.

"¡Santo cielo! ¿Esto es un dragón? El mismo que vi en el coliseo…"

Cuando, incrédulo, extendió la mano para tocar su cabeza, Dragkals le clavó los dientes.

"¡Aaah!"

Aunque pequeño, dragón era dragón. El dolor agudo lo hizo gritar y sacudir la mano. Dragkals aleteó para esquivarlo y de pronto lanzó una llamarada. Las puntas de su flequillo rubio se encendieron; Anya le cubrió la cabeza con la mano de inmediato.

Ambos cayeron rodando por el suelo.

"Esto es de locos… "

murmuró Riario, llevándose la mano a la frente con un suspiro. Luego, contempló al pequeño dragón que se había enroscado sobre el zurrón.

Un dragón real… Entonces la magia antigua no era una leyenda.

Un escalofrío lo recorrió entero. Aún le parecía oír los rugidos del gigantesco dragón rojo que había surcado el cielo a plena luz del día.

Un mago capaz de manejar magia antigua…

Miró hacia la señora de Tildeon, que reía mientras ayudaba a Siswu a levantarse.

Una perla oculta en el barro.

El muchacho que hacía apenas unos meses temblaba de miedo sin cesar, ahora se había erguido. Ese contraste lo dejó perplejo. Mirando las mejillas de Anya, que sonreía resplandeciente a Siswu, Riario se sumió en sus pensamientos.

¿Lo sabía el emperador Luxus cuando lo cedió? ¿O tampoco tenía idea?

Si recién ahora lo había descubierto…

La magia antigua era la cúspide de todos los atributos mágicos. Aunque la historia se había borrado bajo el polvo, aún quedaban quienes recordaban. En la Era de la Vida, un solo conjuro había arrasado con un imperio entero. Y sin embargo, en la Era de la Guerra, fue un mago ancestral quien levantó el muro que separaba las tierras humanas de la tierra maldita.

"Señor Ri… Riario. ¿Sabe usted por qué Dragkals se volvió t-tan pequeño?"

Sobre la voz tímida de Anya, que lo preguntaba mientras él se acercaba, a Riario le pareció escuchar los gritos de sus viejos colegas en la Torre de Magia, medio enloquecidos:

¡Riario, la magia antigua es salvación y al mismo tiempo el fin de la humanidad!

"Ha perdido su poder."

En su mente veía los pergaminos repletos de notas de aquel compañero investigador. Al principio, la caligrafía era clara; con los años, se volvía cada vez más caótica e ilegible.

"¿P-pérdido su poder?"

Los ojos de Anya temblaron de incredulidad. Riario se agachó para observar al dragón encogido. Por un instante, en su mirada brilló cierta frialdad.

"Le arrebataron su fuerza. El aspecto de un espíritu cambia según la magia que conserva. No sabemos si será algo temporal o permanente. ¿Puede comunicarse con él?"

"Sí… yo puedo hablar con Dragkals".

Con cautela, Anya lo colocó sobre sus rodillas. Aunque todos decían que las crías dormían mucho…

Acarició suavemente su cabeza. El dragón rojo, rendido de sueño, soltó un ronroneo y, de pronto, su cráneo se partió en dos, mostrando dos cabezas.

Siswu, con la mano aún sangrando, se tapó la boca. Su expresión era la de alguien que moría de emoción.

"Pero… desde hace poco, Dragkals ya no habla."

En el duelo de honor había oído sus risas sarcásticas, pero últimamente no se comunicaba. Aunque la mayoría de lo que decía era mordaz, Anya lo extrañaba.

"¿Desde la cacería, quizá?"

Entonces Riario pudo relacionar las huellas de bestia y las marcas de colmillos halladas en aquel campo de batalla.

"Sí, desde que lo invoqué allí… hasta ahora. "

contestó Anya, sombrío.

"Los espíritus y los monstruos tienen energías opuestas. Si se encuentran, uno de los dos debe morir. Tal vez quedó debilitado por la pelea. Y ese monstruo no era de bajo rango precisamente."

Eso fue todo lo que concluyó Riario. Si solo era temporal, era un alivio. Y sin embargo, su ceño no se relajaba.

"¿Entonces volverá?"

"Lo lamento, príncipe. No soy experto en espíritus."

Con razón: hacía siglos que no aparecía uno en el mundo. Incluso en el pasado, los magos capaces de dominarlos eran rarísimos.

"Yo busqué en la biblioteca de Tildeon, pero no había nada detallado…"

Anya recordó los viejos volúmenes de aquel lugar frío y abandonado, cuando aún no sabía el nombre de Dragkals e intentaba descubrir la verdad de su fuego. No había pasado ni un año, pero lo sentía como un recuerdo lejano.

Gracias a Dragkals, logré tantas cosas…

Una oleada de gratitud lo invadió. El calor del dragón, que ya le entibiaba las rodillas, le subía hasta el corazón. Le hacía cosquillas en el pecho. Entonces, con curiosidad, preguntó:

"Cuando fuimos a Northmost, usted me preguntó si ya tenía definido mi atributo mágico, ¿recuerda? Entonces… ¿cuál es el mío?"

"Ah… el atributo mágico… "

Riario se acarició la barbilla, recordando cómo lo había dicho casi en broma durante aquel viaje.

En aquel tiempo, había pensado que el joven príncipe tendría un atributo común: sanación, alquimia… habilidades que, aunque valiosas para la gente corriente, eran vulgares en el mundo de la magia. Quizá algo peculiar era que su rango de manipulación era más amplio… pero nunca imaginó esto.

En su mente apareció la tabla de atributos que había visto tantas veces en los manuales de clasificación mágica: cientos de ramas enredadas como lianas. Y entre ellas, escogió una.

"El suyo se llama Protección. Es un atributo que solo poseen los guardianes capaces de tratar con espíritus."

¿Quién podía tener algo así? ¿Era siquiera posible? De niño, Riario pensaba que era una categoría inventada para presumir en los libros.

Un “atributo de espíritu guardián”… ¡qué disparate!

"Me… me gusta. Gracias por decírmelo."

Pero existía. Y el mago que lo poseía era nada menos que aquel príncipe al que habían considerado una carga.

Riario lo miró, incrédulo, mientras Anya le sonreía tímido. Los atributos mágicos eran innatos, como la constitución al nacer. Verdaderamente, el mundo era impredecible.

"Le sienta muy bien ese atributo, príncipe."

Siswu lo halagó, y Anya sonrió avergonzado. Una risa clara y pura.

Protección. El poder de resguardar a alguien o algo. A Anya le gustaba mucho ese destino.

"Entonces… ¿existen más espíritus aparte de Dragkals? "

preguntó Siswu.

En la biblioteca había leído descripciones de algunos, pero vagas, sin nombres ni detalles, más parecidas a leyendas transmitidas de boca en boca.

"En teoría… sí. "

contestó Riario con evasivas.

"La invocación de espíritus es un tipo de magia antigua. Y casi no hay registros de ella. Yo mismo nunca pensé verla de verdad."

"¡La magia antigua siempre llena de enigmas! "

refunfuñó Siswu, y de pronto, inspirado, exclamó:

"¡Entonces, si el príncipe deja registros en esta época, será recordado como un gran mago por las generaciones futuras! Y Tildeon será la tierra del dragón, gobernada por un grandioso protector…"

Solo imaginarlo hacía recorrer un escalofrío de emoción.

Tonto mocoso. ¿Por qué crees que todas están llenas de misterios?

Riario negó con la cabeza y decidió no romper la paz del momento.

La razón por la que ninguna magia antigua quedó registrada era que había quienes se empeñaron en ocultarla, y de ahí se derivaron incontables conflictos, guerras y destrucciones.

Porque eran a la vez salvación y maldición para la humanidad.

Por eso, quienes siguieron la magia antigua jamás tuvieron un final feliz. Podía pensar en un ejemplo de inmediato.

La alianza de magos del sur, a la que Riario pertenecía en su niñez, fue completamente arrasada y disuelta debido a los actos atroces que cometió un mago que enloqueció estudiando esta magia antigua.

“Perdóname, Riario. No sé qué fue lo que hice…”

“Bueno, como siempre, la magia en sí no tiene la culpa.”

Otra vez venía a su mente. Esa voz de un pasado que intentaba mantener enterrado. La ahogó con una voz alegre.

“Por ahora, descansemos un poco. Su Alteza aún no ha pasado ni un día desde que libró el duelo de honor.”

Riario sonrió a propósito, desviando el tema. Y esa sonrisa suya parecía amarga.

“Eh, ¿será que el señor Evernight sigue en reunión?”

Anya preguntó mientras miraba la luna llena, blanca sobre su cabeza. Sin darse cuenta, la noche se había vuelto profunda.

“No… no será que, porque hice eso con el hermano Royster, Su Majestad se ha enfadado conmigo…”

Riario se encogió de hombros con tranquilidad.

“Lo del príncipe Royster… fue una decisión inevitable. No se culpe. El duelo de honor fue algo permitido por Su Majestad Luxus, y era un asunto que no terminaba sino con la muerte de alguien. Más bien, gracias a que Su Alteza lo resolvió de forma limpia, nos resultó mucho más sencillo organizar todo después.”

Si Anya hubiera vacilado en el duelo de honor, quizá habría tenido que lanzar el hechizo de ilusión que había preparado. Y eso solo habría enredado aún más las cosas. Riario aún no comprendía la orden de Evernight.

“En cualquier caso, no hay de qué preocuparse. Antes bien, ahora que en la expedición ya no estarán la influencia del príncipe Royster ni del capitán Raniel, puede decirse que el duelo de honor fue una suerte.”

Desde el punto de vista de Tildeon, la situación presente era casi el mejor resultado posible. Quizá sonaba excesivamente optimista, pero también podía considerarse una brillante ceremonia de iniciación, tanto para Evernight como para este príncipe.

El único problema era que no podían saber si esa oportunidad era realmente un golpe de suerte bendecido por la diosa, o bien… una gigantesca partida cuidadosamente planeada por aquel astuto emperador.

“Seguramente la reunión se alarga por la expedición.”

Expedición…

Anya murmuró la palabra en sus labios. ¿Acaso Evernight tendría que volver más allá de la barrera?

Si era así, ¿cuándo? ¿y por cuánto tiempo…?

La ventisca sobre la tierra helada. Las noches silenciosas que había compartido con él. Y ese olor invernal que impregnaba el aire, le pareció de pronto rozar su nariz.

***

Cuando Evernight regresó al palacio anexo, ya había pasado la medianoche. El palacio estaba en silencio, salvo por los pasos de algunos sirvientes de guardia y los soldados que vigilaban.

“Señor duque, ha vuelto.”

El mozo de caballerizas se frotó los ojos y tomó las riendas de su caballo de guerra.

“¿Quiere que prepare agua caliente para el baño?”

Un sirviente lo siguió en voz baja mientras él avanzaba por la galería. Instintivamente, todos observaban con cautela el semblante del hombre. Era duque, sí, pero de origen plebeyo. Y además, el primer señor que gobernaba las tierras salvajes del norte. Aunque nadie lo mostraba abiertamente, siempre había rumores sobre su trasfondo.

"No ahora. Tráelo al amanecer."

La mirada del hombre, algo cansada, se ensombreció. Alzó los ojos hacia la luna llena colgada en el cielo y dejó escapar un suspiro profundo. Siempre, en estas fechas, sus nervios se tensaban como si fueran cortados por una espada. Evernight se llevó los dedos a las sienes, ignorando a la fuerza aquellas risitas imaginarias que lo acosaban.

"¡Duque, allí es…!"

Antes de que los sirvientes pudieran detenerlo, ya se había encaminado a la alcoba.

"¡P-pero es la habitación de la señora…!"

Sus pasos no vacilaron ni un instante. Los criados, dejados atrás en la galería, se quedaron desconcertados un buen rato hasta que, vencidos por la brisa helada, se recogieron los ropajes y se marcharon. En el espacio vacío solo permaneció la luna llena, brillando con toda su claridad.

Pasada la medianoche, la puerta del dormitorio se abrió con suavidad y la sombra de alguien se alargó hacia adentro. Apenas un instante después, la habitación volvió a sumirse en la penumbra.

Evernight contuvo su presencia en silencio. Sus ojos se posaron en las cortinas ligeras que se agitaban levemente. La ventana estaba entreabierta. El verano en el sur abrasaba bajo el sol del mediodía, pero en la madrugada la temperatura solía descender.

Él cerró la ventana y echó las cortinas. A diferencia de Tildeon, donde siempre se usaban cortinas gruesas y dobles, en la fortaleza de Eos casi todas eran de una sola capa, tejidas con hilo ligero. La débil luz nocturna se filtraba entre las fibras.

“No busques la paz a través de la muerte, Andarliano.”

“Sobrevive, míseramente, en el incesante ciclo de desgracias.”

Las carcajadas burlonas resonaron en sus oídos. Sobre el dorso de su mano, que sujetaba la tela, resaltaban las venas tensas. Como si unas cortinas pudieran borrar la culpa que lo perseguía toda la vida. Sus ojos, de un azul acerado, se enfrentaron con la luna detrás de aquella tela fina. Por un instante su pupila se tornó violácea, pero al girar el cuerpo recuperó el azul profundo.

De espaldas a la pálida luz lunar, contempló al dueño de la habitación. Sobre la gran cama, su joven consorte yacía boca abajo, inmóvil, como muerto. El cabello caía en rizos sobre la espalda, pero no se movía ni un poco, ni se giraba.

Seguramente por las heridas en la espalda. A través de la túnica ligera se notaban las marcas rojizas, ya atendidas por un sanador. El cuerpo, demasiado delgado, estaba cubierto de cicatrices antiguas y recientes. Desde su llegada a Maneregia, la espalda había acumulado otra más, la del último duelo. Una herida absurda, pensó Evernight, inútil y poco acorde a su aspecto.

“...No, no te vayas.”

“Por favor… no me abandones”

Entre el humo espeso de tabaco que llenaba la sala del consejo, Evernight evocaba de vez en cuando aquella imagen: él, aferrado a su ropa, suplicante. Pero sabía que no era más que otra ilusión, otro eco creado por las migrañas de esa temporada maldita.

Sí, también eso era solo un fantasma.

En la oscuridad, lo observó largo rato. Luego se volvió para marcharse. Entonces, algo se enganchó en su pie. Frunció el ceño y asió el pomo de la espada.

Un animalito, apenas del tamaño de una palma, se había colgado de su pierna, gruñendo con los colmillos al aire. Sus pequeños dientes no lograban atravesar la gruesa bota de cuero. Evernight lo alzó tomándolo de la cola.

En el aire se cruzaron el azul acerado y el dorado brillante.

Lo comprendió al instante: aquella criatura lo odiaba instintivamente. Dragkals batió las alas, lanzando un soplo de fuego para liberarse. Al ver que las puntas de sus guantes de piel se chamuscaban, Evernight lo soltó sin vacilar.

El animalito voló directo al regazo de su amo.

"Mmm… "

Anya murmuró, removiéndose.

Dragkals se enterró entre sus cabellos, sacando la cabeza para mirar desafiante a Evernight. Él se llevó un dedo a los labios. La criatura, astuta, pareció comprender que se trataba de un gesto por su amo, dormido bajo el peso del agotamiento, y se limitó a vigilarlo con ojos hostiles hasta que él apartó la vista y salió de la estancia.

---

A la mañana siguiente, Anya compartió por primera vez el desayuno con Evernight. El comedor del ala apartada del palacio estaba aún oscuro, pues los rayos del sol no alcanzaban bien a esa hora.

Unos sirvientes encendieron los candelabros de la mesa y trajeron platos recién preparados: pan con mantequilla dorada, una tortilla de huevos recién recogidos con queso y pimienta, rodajas de ciruela y durazno, espárragos y patatas asadas, y un fresco vino de verano de Maneregia. Solo con verlo, el estómago se sentía colmado.

"Pasado mañana regresamos a Tildeon."

Lo dijo Evernight con voz grave justo cuando los demás empezaban a tomar los cubiertos.

"¿Eh?"

Siswu, con la boca llena de tortilla, apenas pudo articular y terminó atragantándose, tosiendo.

Gracias, alteza. Bebió de un trago el vino que Anya le pasó y tragó lo que quedaba.

"¿De veras vamos a volver? "

exclamó, alzando los brazos con júbilo. Pero, aunque sonriera, ver a Anya ignorado tan fríamente le había dejado un amargo desconsuelo.

"Al volver, prepararemos la expedición."

El gesto triunfal de Siswu se congeló. Lo mismo sucedió con Riario, que mordisqueaba distraído las verduras medio dormido.

"Ah… "

Expedición.

Por un instante, las miradas de Anya y Evernight se cruzaron.

“Tú no irás.”

Evernight lo sentenció con firmeza. Eso Anya ya lo sabía. Él era la señora de Tildeon y, mientras el señor del castillo se ausentara, debía encargarse de la administración de la fortaleza. Así que se limitó a contemplar en silencio la comida que le habían servido.

“Maldita sea. ¿Cuánto llevamos de regreso? ¡Ni siquiera ha pasado un año desde aquella maldita campaña!”

Riario, que rara vez perdía la calma, rechinaba los dientes y soltaba improperios. Solo de imaginarlo, el frío cortante de aquellas tierras parecía atravesarle hasta los huesos y lo hacía temblar.

“Entonces, el comandante supremo de la expedición será como antes…”

“Así es. Esta vez, la expedición estará encabezada por los caballeros de Tildeon.”

El emperador, cuatro años atrás, había puesto en primera línea a Evernight y a la orden de Tildeon con el pretexto de la guerra más allá de la muralla. Les había otorgado el título de “comandante supremo” como si fuera un honor, pero en realidad no significaba otra cosa que “sean ustedes el escudo de carne”.

“El emperador ha dicho que a quien se cubra de gloria le concederá la mina de Sildor.”

“¿Sildor?”

Siswu repitió con el rostro encendido. El mineral de Sildor, conocido como la sustancia más valiosa de este mundo, tenía un precio incalculable. Yacía todo al otro lado de la muralla.

Si se hicieran con esa mina…

“Si llegamos a obtenerla, no hará falta que movamos un dedo: las guildas de mercaderes y demás acudirán solas a Tildeon. Ni siquiera necesitaríamos gastar oro, el desarrollo de Tildeon quedaría asegurado por siglos.”

Riario sonrió con sorna, burlón. Apenas había comido nada, y aun así ya había dejado a un lado el tenedor, como si hubiese perdido el apetito.

“Si no la tomamos nosotros, caerá en manos de otros.”

Las palabras de Evernight tenían sentido. Incluso Riario tuvo que asentir a regañadientes.

“Entonces Tildeon se convertirá en un campo de batalla en un abrir y cerrar de ojos, solo por ser el paso hacia esa mina. Y ahora mismo, ni siquiera tenemos la seguridad bajo control…”

Siswu se levantó de golpe, con tono combativo.

“¡En ese caso, es mejor que la tomemos nosotros mismos!”

A diferencia de Riario, desbordaba ímpetu. Pobre tonto… si hacía apenas unos meses había estado a punto de morir en el otro lado de la muralla, atrapado por monstruos.

Riario, estremeciéndose por aquel recuerdo reciente, pinchaba con nerviosismo unas hojas verdes con el tenedor.

“Entonces, ¿cuál es el objetivo de esta expedición más allá de la muralla? ¡Ya derrotamos a Duroc! ¿Qué pretenden ahora, exterminar hasta la última cría de monstruo? ¿Acaso Su Majestad se asustó solo porque aparecieron algunos en el sur?”

Ante la crítica sin tapujos hacia el emperador, los sirvientes que aguardaban se estremecieron y, temiendo que les salpicara el castigo, se fueron retirando del comedor.

No quedó nadie más que ellos. El sol, ya alto en el este, empezaba a colarse por las ventanas del comedor del palacio secundario.

“El propósito de esta expedición es…”

Evernight, que había terminado de comer en silencio, se limpió la boca con una servilleta de lino y se puso en pie.

“Arrebatar el templo de Veriela.”

La mitad de su rostro se tiñó de rojo con la luz del sol naciente. Y en ese preciso instante, al terminar de hablar, el retumbar de cascos resonó dentro del comedor: el heraldo imperial irrumpía en escena.

“¡Un mensaje de Su Majestad! Yo, el heraldo Hedes, lo leeré en su nombre.”

“¿Un heraldo?”

murmuró Riario, con gesto torcido, lanzando una mirada a Evernight. Éste se puso en pie y saludó militarmente; los demás lo imitaron inclinando la cabeza.

La solemne voz del heraldo retumbó con fuerza en el comedor.

“Escuchad el mandato del emperador Luxus de Delfium. El duque El Evernight de Tildeon, y su consorte Anya Evernight, asistirán hoy al banquete de mediodía.”

Tras el heraldo, se alinearon caballeros imperiales. La luz del sol rebotaba en sus armaduras doradas, deslumbrándolos. Anya frunció el ceño instintivamente, pero siguió escuchando.

“Con motivo de la celebración del natalicio, se otorgarán recompensas. Su Majestad, en persona, concederá los Pendientes Rojos al vencedor de este certamen. Todos los grandes nobles y duques del Imperio asistirán sin falta para rendir homenaje al vencedor que ha honrado al Imperio.”

---

En la fortaleza de Eos había decenas de bastiones, pero ninguno se comparaba al imponente edificio de la sala de audiencias imperiales, con su enorme cúpula blanca.

Desde la fundación del Imperio de Delfium, el pueblo lo había llamado “La Diosa del Alba”, porque al amanecer el sol que se alzaba detrás del bastión lo envolvía en un halo como de divinidad.

Era la hora en que la noche más oscura se disolvía en el resplandor del alba. Quienquiera que lo contemplara desde la colina sentía un peso en el pecho, una sensación de ser sobrecogido. Y así, con el tiempo, el corazón de la fortaleza de Eos fue conocido como “La Diosa del Alba”.

“Es un edificio que siempre deja sin aliento.”

Riario temblaba al mirar los relieves que cubrían por completo los muros: los doce dioses de la primera era del sol, los veinticuatro héroes de la segunda era de la vida, y el proceso de siglos de guerra de la tercera era.

“El escultor que recibió este encargo seguro acabó ciego o con el cuello roto, su vejez no debió de ser nada fácil.”

Siswu, con el cuello estirado hacia atrás hasta casi partirse, murmuró atónito.

“Vaya… con semejante obra, sus descendientes deben de haber vivido sin preocupaciones durante generaciones.”

“No una, sino tres generaciones tardaron en terminarlo, hasta la época del tercer Kleist. Pero para que los descendientes vivieran de ello… ya sabes: ese tercer emperador Kleist estaba loco de remate. Temiendo que revelaran la historia de la tercera era, que él mismo había reducido a cenizas, mandó arrancar los ojos a todos los escultores. Como bien sabes, la locura corre en la sangre de los Kleist…”

Riario se interrumpió al notar cómo el aire alrededor se volvía súbitamente denso y callado. Siswu, con las manos formando una cruz, le señalaba disimuladamente a Anya.

“Ja, ja… bueno, no todos los descendientes son así. El propio príncipe Chloe, por ejemplo… y Su Alteza también…”

“Es-es-Está bien, lord Riario.”

Anya sonrió suavemente, deteniendo al hombre que, cuanto más hablaba, más enredado quedaba, abriendo y cerrando la boca como un pez dorado.

“No es mentira… es la verdad.”

La locura que corría en la sangre de los Kleist. Cada vez que Anya veía la crueldad de Royster, de niño temblaba de miedo pensando que él también acabaría así. Y aún ahora, no podía decir que no tuviese miedo. Solo que ya no quería encogerse antes de tiempo por un destino que aún no había ocurrido.

‘¿Y si yo también cambio algún día? Tanto que me he esforzado… si me convierto en alguien como el hermano Royster, ¿qué haré entonces?’

En aquel día en que entró en el bosque sin nombre de Tildeon, después de escalar un acantilado hasta el agotamiento, jadeante, Anya preguntó aquello a Savelli.

‘Yo no soy más que un tartamudo medio inútil… ¿por qué Dragkals se dirigió a mí? ¿Por qué mi padre me envió a Tildeon… a mí, precisamente? No lo entiendo, por más que lo pienso.’

El tiempo prometido se agotaba, el frío era terrible, y en sus entrenamientos con Savelli no avanzaba en absoluto. El corazón de Anya estaba hundido, a punto de rendirse.

Renunciar.

Maldita desde el inicio la sangre que llevaba; solo quería huir a algún sitio donde nadie lo conociera y olvidarlo todo.

‘Escúchame bien, muchacho. Nadie sabe por qué uno está en esta tierra. Eso pertenece solo a los dioses.’

El anciano sonrió con dulzura mientras le acariciaba la cabeza.

‘Lo único que podemos hacer "da igual si uno es bajo o alto, vil o noble" es decidir cómo usar el tiempo que nos ha sido dado a todos por igual.’

Con esas palabras grabadas en lo más hondo, Anya levantó la mirada hacia el castillo de Eos que lo oprimía desde lo alto. Entonces, a su lado apareció Evernight y le tendió la mano.

“Si estás listo, entremos.”

Y sin darse cuenta, Anya quería esforzarse por aquel hombre que se había asentado ya en un rincón de su corazón.

‘No sé cómo se desarrollará mi destino…’

No era un cambio que hubiese deseado, ni siquiera buscado. Pero al despertar un día, así había sucedido.

Sin vacilar, puso su mano sobre la de él. De inmediato, el portero anunció su entrada con voz solemne.

‘Eso solo los dioses lo saben, como dijo el maestro.’

El eco de sus pasos resonó sobre el mármol mientras los dos caminaban juntos. Los duques y grandes nobles del imperio, así como los hermanos sentados en el estrado, clavaron todos los ojos en ellos.

Eran miradas pesadas y solemnes. Algunos lo examinaban de pies a cabeza con ojos de serpiente, ocultando intenciones secretas; otros lo devoraban sin tapujos como fieras listas para desgarrarlo.

Pero Anya ya no bajaba la cabeza ni se encogía como antes.

‘Entonces, fluiré como el agua que corre, sin resistirme.’

“Veo que todos mis grandes leales se han reunido.”

El emperador apareció en el trono altísimo, forjado en oro y acero sildor. La luz de la mañana atravesó los vitrales de colores que llenaban la pared, pintando el suelo con franjas multicolores.

Por primera vez, Anya pudo mirar de frente el rostro de su padre.

‘Y dentro del tiempo que se me ha dado, protegeré a quienes quiero proteger.’

Apretó sin querer la mano que sostenía. Pero él no lo apartó.

---

“Hoy he convocado a los grandes leales del Imperio para honrar a los vencedores del festival de caza y de los torneos ecuestres celebrados estos últimos días.”

La voz grave de Luxus resonó en el amplio salón, y un murmullo silencioso recorrió a nobles y vasallos alineados a ambos lados del trono imperial.

Evernight condujo a Anya hasta el lugar de los duques. Él lo siguió dócilmente.

Docenas de miradas se clavaban descaradamente en él, pero Anya ya no se encogía ni temía como antes.

La mano unida a la suya ardía, húmeda y cálida desde hacía rato… pero Evernight no le dio mayor importancia.

“Eh……”

Fue entonces cuando un bajo gemido escapó de los labios de Anya. Sus ojos, abiertos de sorpresa, hicieron que Evernight frunciera el ceño. Instintivamente siguió la dirección de su mirada.

“Un honor saludarle, Alteza.”

Al final de esa línea de visión había un hombre. No era un rostro familiar: la enorme cicatriz que atravesaba el centro de su cara lo hacía aún más extraño. Sin embargo, el hombre se acercó a Anya como si lo conociera.

“Volvemos a encontrarnos.”

El hombre se inclinó cortésmente ante Anya. El joven no pudo ocultar en su rostro la confusión, y Evernight sintió cómo los delgados dedos apoyados sobre su propia mano se tensaban con fuerza.

¿Se habían visto antes esos dos?

Los ojos de Evernight se enfriaron mientras examinaba con detalle el semblante del hombre.

Vestía con sencillez y, quizá por la cicatriz o por la falta de etiqueta en un acto tan solemne, no había manera de confundirlo con un noble.

“Eh, Hanibal. Había oído que llevabas poco en la capital, ¿y ya has tenido ocasión de conocer a Su Alteza?”

Fue entonces cuando Bluea se acercó con su habitual desparpajo, rodeando con un brazo los hombros del hombre. Guiñó un ojo en dirección a Anya.

Evernight comprendió entonces que aquel hombre con la cicatriz no era otro que Hanibal Victor, el mismo duque que nunca se presentó en la reunión de los Siete Duques.

“Tuve que ocuparme de ciertos asuntos oficiales. Hace tiempo que no te veía, Bluea.”

Desde su llegada a Maneregia, Hanibal Victor era el primer duque "aparte del propio duque Kanon" con el que Bluea Shonda trataba con tanta familiaridad.

“Un placer conocerle.”

Hanibal tendió la mano a Evernight. Su piel bronceada dejaba claro que la región dominada por la casa Victor se encontraba en la costa oriental.

“¿Asuntos oficiales? Con todo lo que ha sucedido en Maneregia durante su ausencia…”

Bluea, pálido, negó con la cabeza. Todavía sufría pesadillas todas las noches.

“Últimamente el mar del Este está hecho un caos por culpa de la piratería que brota de la zona de Redcoast.”

De pronto Hanibal dejó escapar una breve exclamación.

“Sir Evernight, me dicen que conoce bien Redcoast.”

El Gladiador de Redcoast. Así le llamaban los nobles cuando lo querían despreciar.

Anya contuvo la respiración y miró a Evernight. Pensó que se enfadaría, pero él solo soltó una ligera risa.

“Hace ya bastante que dejé aquel lugar. Redcoast cambia a cada minuto, a cada segundo.”

Lo dijo con la indiferencia de quien habla de un sitio ajeno. Un extraño difícilmente hubiera adivinado que uno de los dos había sido en otro tiempo un vulgar gladiador de allí.

“Pero estuvo más de diez años, ¿no es así? Iré a visitarle algún día para pedirle consejo.”

Hanibal se encogió de hombros y rió con voz clara, luego volvió a dirigirse a Anya, que apenas se atrevía a mirarlo y no soltaba de reojo el perfil de Evernight.

“Anoche, Alteza, ¿qué hacía en la tienda de baratijas de Maneregia?”

¿Una tienda de baratijas?

El ceño de Evernight se crispó aún más.

“Ah… Después del duelo de honor salí apresuradamente del campo de justas y, cuando abrí los ojos, ya estaba en la colina exterior de Maneregia…”

Cierto. Ese muchacho, tras terminar el duelo de honor, había desaparecido montado en el dragón, dejando atrás el campo arrasado.

Aquel dragón rojo, llamado Dragkals, antes de alzar el vuelo había girado los ojos inyectados en sangre hacia Evernight y luego se elevó con calma hacia el cielo.

《Descendiente de Andalr. No toques a este niño.》

Y entre el batir atronador de las alas, Evernight escuchó una voz que se desvanecía.

No era como aquellas alucinaciones demoníacas que solían hostigarlo, tentando sus instintos más viles. Esa advertencia serena debía de haber sido la voz del propio dragón.

“Quise volver de inmediato, pero me preocupaban las miradas de la gente, así que entré a comprar una túnica…”

Anya balbuceó, más pendiente de Evernight que de Hanibal. Su nerviosismo era tan evidente que resultaba casi irritante.

En ese instante alguien no pudo contener la curiosidad y preguntó al emperador:

“Majestad, ¿y quién recibirá entonces los pendientes rojos?”

Todas las miradas convergieron de inmediato en el alto trono. También las de los dos hombres, obligados a apartar su atención de Anya. Este exhaló un suspiro de alivio y enderezó la espalda.

“Los sucesos acontecidos en mi cumpleaños nos han recordado importantes lecciones.”

La voz del emperador, baja pero firme, se extendió por el techo del salón. El murmullo anterior se extinguió y el ambiente se cargó de un silencio tenso y sin causa aparente.

“Como saben, en este Festival de Caza no solo aparecieron ghouls, sino incluso un ser de clase superior en el sur. Y nada menos que en el Bosque Blanco, considerado sagrado…”

Era la primera vez que algo así ocurría desde el inicio de la Cuarta Era. Durante siglos, exceptuando los territorios tras la Muralla, jamás se había manifestado tal criatura en el Imperio.

Para la clase gobernante, aquello era un recordatorio de las obligaciones que implicaba el poder.

La corona imperial de Luxus brilló intensamente al reflejar un haz de luz desde su espalda. En contraste, su rostro helado obligó a los presentes a tragar saliva en seco.

“Han pasado ya más de seiscientos años desde que se abrió la Cuarta Era.”

La familia imperial Kleist había conquistado el derecho a gobernar el Imperio por expulsar la Noche Eterna y guiar la llegada de la paz. Luxus, heredero de un trono transmitido fielmente durante siglos, mostraba hoy un semblante aún más cargado de pesar.

“Quiero anunciar algo a mis leales servidores reunidos aquí.”

“¡Ordene, Majestad!”

Todos inclinaron la espalda al unísono, respondiendo con una sola voz.

“La energía del Mal ha despertado. La luz de la paz se está apagando.”

Entre los asistentes brotaron suspiros de desesperanza, mientras miradas furtivas se cruzaban con rapidez.

Anya recordó al monstruo que encontró en la entrada del Bosque Blanco. De no ser por Dragkals, él y Bluea habrían muerto. Nunca había visto una criatura tan colosal, ni siquiera en el norte.

“Mibar.”

Cuando el emperador lo llamó, Mibar, que permanecía oculto en las sombras, se adelantó con las manos juntas y se colocó al lado de Luxus. El joven paje que siempre lo acompañaba le entregó un pergamino.

"Durante todo este tiempo he cumplido la orden de Su Majestad, desplegando a las Sombras por todo el Imperio. Y en estos últimos años hemos detectado en el sur un movimiento anómalo de los muertos."

Tras leer en voz alta un resumen de la información recopilada durante años, los semblantes de los presentes se ensombrecieron aún más. El miedo se apoderó de ellos, y pese a que era una luminosa mañana, la sala se tiñó de oscuridad.

"Por ello"

continuó el emperador

"Deseo enviar una expedición más allá de la muralla para erradicar por completo a las bestias."

¿Una expedición?… La gente comprendió por fin la verdadera razón por la cual el emperador había convocado a los duques con el pretexto de su aniversario. Dado que Mibar había investigado durante años, estaba claro que no era un capricho improvisado. Y tras lo ocurrido en la cacería, Luxus había confirmado su convicción.

"Duque Evernight de Tildeon."

Al escuchar el nombre, la multitud se apartó y todas las miradas se posaron sobre Evernight.

"Lo nombro comandante supremo de esta expedición más allá de la muralla."

Cuando Evernight avanzó hacia el centro del salón, la gente se abrió como un reflujo de marea, dejándole paso. Soportando serenamente todas las miradas que caían sobre él, se arrodilló sobre una rodilla.

"Este vasallo, Evernight, recibe con gusto tal honor."

Golpeó con el puño dos veces sobre el pecho izquierdo, y un estruendo de aplausos llenó la sala.

Usolin y Haxus mostraron a las claras su desagrado, pero al ser un mandato imperial, no tuvieron más remedio que aplaudir.

En medio de la multitud, Anya miraba aturdido a su esposo. El estrépito de los aplausos se le antojaba lejano. Bajo un rayo de luz que caía del óculo del techo, como si fuese una bendición de la diosa del alba, Evernight se erguía con la majestad de un héroe legendario.

De pronto se le cortó la respiración. Y entonces lo sintió: un movimiento brusco en el bajo vientre. Sobresaltado por aquella sensación desconocida, Anya se quedó rígido; Hanibal, a su lado, se inclinó para susurrarle al oído:

"Alteza, no se preocupe. Esto es un gran honor para un caballero."

Parecía creer que su palidez se debía a la noticia de que debía enviar a su esposo a una gélida campaña.

"Y tú, mi hijo, Anya."

El emperador volvió a llamar. Los aplausos se fueron apagando, la multitud se dividió otra vez y se abrió un pasillo hacia Anya.

Anya se cruzó con la mirada de Evernight, quien, con un movimiento fluido, se levantó. En sus ojos azules brillantes ya no se adivinaba la oscuridad de un mar profundo, sino el vaivén de un océano claro y radiante.

"Acércate."

El corazón de Anya retumbaba con fuerza, y al mismo compás percibió en su vientre un poderoso estremecimiento, indescriptible. Aquel primer contacto con una diminuta vida se grabó a fuego en su interior, vinculándolo aún más con Evernight. Como si el propio niño quisiera proclamar que él era el fruto compartido de ambos.

"Escucha. Te concedo los pendientes rojos, símbolo supremo de la sangre imperial…"

El emperador se levantó lentamente de su trono y descendió los escalones. A su lado, el mayordomo portaba un pequeño cofre.

"A ti, mi hijo, Anya Kleist, duodécimo príncipe del Imperio Delfium y ahora señora de Tildeon, Anya Evernight."

Un silencio denso cubrió la sala, hasta el punto de que ni una sola respiración se oía.

"Acércate, hijo mío."

El emperador del Delfium, su padre. Aquel que lo había abandonado toda su vida, que lo había vendido a Tildeon como si fuera una carga. Ahora lo llamaba con voz afectuosa.

Cada paso hacia el centro resonaba con los gritos ahogados de aquel niño que, noche tras noche, había sufrido hambre y soledad. Pero Anya no guardaba rencor.

"El duodécimo príncipe arriesgó su vida en esta cacería para abatir a una bestia."

Anya inclinó la cabeza ante el emperador. El mayordomo abrió el cofre, y en la mano del soberano resplandecieron los pendientes rojos de la familia imperial.

"Y además, en el duelo de honor mostró un talento extraordinario. He quedado maravillado con tu esgrima y tu magia. Esa antigua hechicería demuestra sin lugar a dudas que eres de la sangre de los grandes Kleist, la estirpe que selló la Noche Eterna".

El pendiente rojo: símbolo del afecto del emperador hacia su hijo, aquel mismo que, en su niñez, había pesado como una losa, impidiéndole siquiera enfrentarse a Royster.

Por fin, el pendiente quedó prendido de su oreja.

"Aunque tu adversario fuese tu propio hermano. Solo un valor auténtico, que ningún hombre común podría imitar, permite cercenar el cuello de un hermano."

Con esas palabras, el emperador acalló de un golpe las críticas de los tradicionalistas que lo acusaban tras la muerte de Royster en el duelo de honor.

“En los aposentos del príncipe Royster se halló una máscara de hierro negro."

Poco antes, en el consejo de nobles, las palabras de Mibar habían causado una gran conmoción entre los ortodoxos. La revelación de que aquellos asesinos que intentaron matar al duque de Runfield y al duodécimo príncipe habían estado ligados a Royster convirtió su muerte en un hecho justificado.

¡Clap, clap, clap!

Desde el estrado junto al trono sonaron aplausos. Era Chloe. Tal vez el mayor beneficiado de todo aquello fuera Chloe Kleist. Muerto Royster, él se convertía ahora en el candidato más fuerte al trono.

Por eso algunos nobles tradicionalistas acusaban a Chloe y a Tildeon de conspirar. Pero la aparición del dragón en el duelo de honor invalidó tales sospechas.

Desde antiguo, la magia arcana era privilegio de los elegidos. Una fuerza sagrada tan poderosa que ni siquiera los ancianos más influyentes del bando ortodoxo podían silenciarla.

"Rindan pleitesía al nuevo portador de los pendientes rojos."

Cuando el mayordomo mayor lo proclamó en voz alta, todos los presentes se arrodillaron y se inclinaron en señal de respeto.

No solo los grandes nobles, sino también Bluea, el altivo lord Kanon, e incluso lord Haxus y lord Usolin, que no habían hecho más que criticarlo… todos inclinaron la cabeza ante Anya.

Incluso los príncipes que estaban en el estrado inclinaron la frente en silencio, rindiendo homenaje.

El príncipe bastardo más insignificante de Eos. Y sin embargo, ahora todos debían inclinarse ante aquel muchacho.

Y no pasaría mucho tiempo antes de que los rumores sobre él barrieran de extremo a extremo todo el Imperio.

⟪Hasta que el Árbol Sagrado Plateado recupere su brillo, el influjo del mal no cesará de oscurecer la luz de las estrellas en el firmamento…

Mas tú, portador de la voluntad divina, aunque hayas tomado la apariencia del más humilde de los hombres, eres el único capaz de devolver la luz al Árbol Sagrado.

Y en el instante en que el Árbol vuelva a brillar, el heredero olvidado regresará.

-De una antigua profecía imperial ⟫

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