"Vaya cosa… "
Mibar esbozó una sonrisa incómoda. Incluso él, de carácter cruel, sintió compasión al ver al príncipe frente a él, tan empapado de penurias que casi despertaba lástima.
¿O será… solo una impresión mía?
Mibar percibía una extraña energía en el príncipe. Años atrás, había conocido a Anya. De hecho, fue él quien descubrió que Anya tenía un cuerpo capaz de quedar embarazado. Por aquel entonces, Anya no era más que un niño temeroso y casi bobalicón.
En sus regordetes dedos lucía varios anillos, algunos con círculos mágicos grabados en el reverso. Mibar, por costumbre, cerró el puño y acarició los anillos con el pulgar.
Hasta el más mínimo aleteo de mariposa puede cambiar el mundo por completo.
Quizá por haber vivido tantos años como una sombra, Mibar no consideraba que las sacudidas repentinas del mundo fueran simples casualidades.
Algo se avecinaba.
Pero no será por ese mocoso.
Pronto desechó aquella sensación, atribuyéndola al simple crecimiento del muchacho. Nada estaba claro aún. A fin de cuentas, ese medio inútil seguía siendo un príncipe de la casa imperial Kleist. Los caballos de buena sangre, aunque tarde, siempre mostraban su valía. Así que, probablemente, lo que veía no era más que la herencia de su linaje manifestándose por fin.
"Le pido disculpas, alteza… "
dijo Mibar, acercándose a Anya con una sonrisa.
"Pero si me permite hablar con franqueza, si no partimos hoy mismo, no llegaremos a tiempo a Maneregia."
El rostro pálido de Anya dejaba ver que había pasado un mal rato, pero aun así había llegado caminando por su propio pie.
¿De verdad se habrá encontrado con bandidos y escapado de milagro?
No intentes juzgar. Limítate a lo que ves.
Esa era la máxima que Mibar había seguido toda su vida. Lo visto y oído a través de otros siempre se contamina. Y aventurarse a interpretar lo que no se ve, la parte oculta, era un error imperdonable para alguien que vive como una sombra. La labor de la sombra era integrarse en el mundo y reunir pruebas tangibles; interpretar lo oculto correspondía al emperador.
A veces, es más preciso observar a quienes lo rodean que al propio objetivo.
Sus ojos se posaron en Evernight. El joven señor, de espesa cabellera oscura, no mostraba ni alivio ni compasión en su rostro. Estaba claro que no se preocupaba por su consorte.
Entonces… ¿podía concluir que Evernight no estaba ganando tiempo en favor de su pareja?
En ese caso…
Mibar, con su sonrisa de siempre pero con el interior ardiendo de curiosidad, volvió la vista hacia Anya. El joven príncipe tenía los ojos clavados en Evernight. En aquellas comunes pupilas marrones, Mibar leyó una intensa emoción y júbilo.
¿Será alivio por haber regresado con vida?
¿O… afecto hacia Evernight?
Anya no era del tipo que supiera ocultar bien sus sentimientos. ¿De verdad todo había sido solo un incidente trivial? Mibar decidió dejar el asunto por ahora. En Maneregia habría tiempo de sobra para que surgieran situaciones interesantes. Investigar más en ese momento solo corría el riesgo de distorsionar la verdad.
"E-Estoy bien " respondió Anya, dirigiéndose a Mibar.
"Me alegra oírlo. Tiene un largo viaje por delante; si se desmaya, sería un problema. "
Mibar sonrió con bondad, se apoyó en la mano de su ayuda de cámara y se alejó dando pasos tambaleantes.
"Ya que está bien, dejaré de preocuparme y subiré primero a la carreta."
En cuanto Mibar estuvo dentro del carruaje dorado, el cuerpo de Anya vaciló.
"¡Alteza! " Siswu lo sostuvo rápidamente.
"E-Estoy bien… no es dolor, es que de pronto me… me relajé…"
"Dejenme"
Savelli apartó a Siswu y lanzó un hechizo curativo sobre Anya. Los caballeros de alto rango de Tildeon lo rodeaban tan estrechamente que, desde lejos, era imposible distinguir qué hacían. Desde su caballo, Raniel chasqueó la lengua y gritó:
"¡Señor de Tildeon! ¡Es tarde!
Evernight tomó a Anya en brazos.
"…¡Mi señor! " exclamó él.
El rostro de Anya, que momentos antes estaba pálido, se tiñó rápidamente de color, turbado.
"Parece que eso funciona mejor que la magia curativa" bromeó Savelli.
Siswu rió con incredulidad, mientras Riario fulminaba a Savelli con la mirada.
"¿Está bromeando? ¿Qué ha pasado para llegar a este punto?" preguntó Riario, bajando la voz para que solo unos pocos escucharan.
"¿Han llegado tarde? ¿Y qué es ese aspecto? Por mucho que fuera entrenamiento…"
"No necesitas saberlo. Y sobre la medicina que diste a ese chico…"
Savelli dejó la frase en el aire y lo miró fijamente.
Riario, incómodo, se aclaró la garganta.
"Savelli, fui yo quien lo ordenó. Anya, ¿no olvidaste tomarla toda?"
Evernight, con una sonrisa ladeada, bajó la vista a su consorte en brazos. Anya, avergonzado ,quizá por estar así frente a tanta gente, quizá por otra cosa, bajó los ojos y asintió con pesar.
"S-Sí… no olvidé ni una sola dosis".
"Bien, buen trabajo." Su tono era demasiado seco para sonar como un elogio. Evernight pasó junto a Savelli y se encaminó al carruaje de Tildeon. Sus ojos azules parecían advertirle que lo mejor era no interponerse.
"Prepara la partida"; ordenó el señor.
Los cuervos negros se movieron al unísono.
Mibar, ya instalado en su coche, observó por entre las cortinas a la ruidosa comitiva de Tildeon. Una sonrisa divertida se escapó de sus pequeños labios. Su ayuda de cámara, sentado enfrente, mantenía la cabeza baja e inmóvil.
"Interesante… No imaginaba que ese medio inútil de príncipe se adaptara tan bien. Y magia, nada menos… Habrá que plantar una sombra también en ese lugar. Informa al gremio, chico."
"Sí, señor Mibar."
Dicho esto, Mibar corrió las cortinas por completo.
***
Volver a montar en el carruaje de Tildeon… Anya se sentó con rigidez en el extremo, incómodo. Meses atrás, había viajado en este mismo carruaje atravesando la calzada de Maneregía hasta llegar al norte. Entonces, la vida en este lugar le parecía lejana y temible…
Anya sopló sobre la ventanilla.
"El".
Con el dedo escribió el nombre del hombre en el vidrio empañado.
"¿Qué haces?"
En ese momento, la puerta del carruaje se abrió. Anya, sobresaltado, se apresuró a limpiar el cristal. La puerta quedaba baja y estrecha para la corpulencia de Evernight, por lo que tuvo que inclinarse bastante para entrar.
Sentándose frente a Anya, Evernight soltó sin rodeos:
"Quítatelo."
De él se desprendía el frío de Tildeon.
"¿…Perdón?"
Anya, rígido como un soldado ante su superior, alzó la cabeza sorprendido. Apenas había tenido tiempo de lavarse o arreglarse tras su regreso apurado desde el lago antes de subir al carruaje.
"Quítatelo."
Evernight repitió, sin inflexión alguna. No había oído mal. Le resultaba extrañamente familiar aquella escena.
"Savelli dice que, si no te cura las heridas, pasarás la noche entera con fiebre " comentó, lanzando al aire un pequeño tarro de ungüento para atraparlo luego con la mano.
"El viejo dice que la herida de tu espalda es profunda."
"Es… estoy bien… "
murmuró Anya, bajando del todo la cabeza. Le avergonzaba sobremanera desnudarse delante de él. Tras varias noches compartidas, cada mirada o gesto de Evernight le resultaban imposibles de ignorar cuando estaban a solas.
"Te dije que esa costumbre tuya de agachar la cabeza y callar incluso con dolor es una maldita tontería."
No era lo mismo que aquella vez, pero… algo de orgullo herido le impulsó a quitarse rápido la parte de arriba. El frío le caló de inmediato, haciéndole estremecerse y arrepentirse al instante.
Sin previo aviso, Evernight se sentó a su lado y le extendió la mano. Una sombra cubrió el rostro de Anya, que cerró los ojos instintivamente. Arriba, se oyó una pequeña risa nasal. Al abrirlos, vio que Evernight, mirándolo desde arriba, corría las cortinas del carruaje.
"Da la espalda."
Anya, incómodo, se giró con torpeza para mostrarle la espalda. En ese mismo momento, el carruaje volvió a ponerse en marcha con un traqueteo.
El silencio entre ambos se llenó con el leve choque de su hombrera, el sonido viscoso de los dedos de Evernight recogiendo el ungüento, y el distante golpeteo de cascos afuera…
Por eso, cuando sintió de pronto el contacto en la espalda, Anya dejó escapar un leve gemido involuntario. Su cuerpo estaba tan tenso que apenas podía relajarse; la frialdad de su mano provocaba espasmos involuntarios.
"Aguanta, aunque duela."
No era dolor. Ya esas heridas… no significaban nada para él. Pero no podía responder. Solo se cubrió la boca con fuerza mientras dejaba que trabajara en su espalda.
Aplicó el ungüento con suavidad sobre la herida aún inflamada. Aunque sus manos estaban frías, cada roce de sus dedos ardía como fuego.
"…Aquí."
Descendió la mano hasta rozar una antigua cicatriz blanca. Sus dedos, aún untados de ungüento, se posaron sobre ella.
"¿Quién te hizo esto?"
Era la misma cicatriz que había visto aquel día bajo el candelabro, cuando se forzó aquel primer contacto.
Anya no pudo contestar. Podía haber sido Royster, o cualquiera de sus hermanos. Todos lo habían tratado sin cuidado, y no podía señalar a uno solo. Y menos que a nadie quería que Evernight conociera esa parte de su historia.
"Si no quieres decirlo, no lo digas."
Por suerte, no insistió. El contacto frío se apartó enseguida.
"Puede que te resulte incómodo…"
"N-no, no lo es."
Anya lo interrumpió rápido.
"¿Puedo… vestirme ya?"
Sin mirarlo, se puso la ropa a toda prisa. Odiaba que Evernight siguiera viéndolo como a un chiquillo inútil.
"Patético… Después de lo que pasó, todavía quiero su aprobación…"
Suspiró quedamente, jugando con el borde de la cortina.
"Señor… ¿puedo abrir la cortina? Es que… me siento algo sofocado.
Cada vez que estaba encerrado con él en un espacio tan pequeño, el corazón le latía con violencia. Su corpulencia llenaba el carruaje, su espalda ardía, y cada vez que encontraba sus ojos azules, el estómago se le revolvía. Necesitaba mirar a otro lado.
"Como quieras."
Evernight, sentado frente a él, estiró las piernas sobre el asiento opuesto.
"¿No… va a salir?" preguntó Anya, sorprendido.
Él se recostó con los brazos cruzados y cerró los ojos.
"No hasta que te vea dormir.
"¿…Perdón?"
Sin abrir los ojos, respondió con tono seco:
"Por si vuelves a acurrucarte en una esquina, enfermo como un idiota, igual que antes."
Anya bajó la cabeza, desanimado. No podía rebatir nada; sus actos pasados le daban la razón.
"¿Aun así… me está preocupando?"
Lo observó de reojo, apoyando la frente en el cristal frío y empañado. La última vez que viajó en este carruaje, rumbo a Tildeon, se había encogido justo bajo el asiento donde él ahora apoyaba los pies, pasando la noche enfermo.
"El camino será difícil durante un tiempo. Duerme bien antes de eso."
Un leve rubor subió a las mejillas de Anya. Entonces, Dragkals susurró en su mente:
《"Todos los humanos tienen su lado estúpido."》
'¡Cállate!'
Incómodo, fingió carraspear para acallar la voz. Desde que Dragkals se alojó en su interior, de vez en cuando le hablaba así, de improviso.
《"Si quieres controlar nuestra voz, no te enfades: hazte más fuerte, humano."》
Tal como Savelli había dicho, Dragkals era tremendamente caprichoso. Le picó la marca grabada en la muñeca, y Anya lo miró de reojo.
"Puedo sentir tu presencia. ¿Acaso esperas un elogio?"
"¡N-no!" exclamó, agitando las manos en el aire, rojo como un tomate. ¿Un elogio? Ni pensarlo.
"Bien hecho."
Evernight lo soltó de pronto, aún con los ojos cerrados, sin mirarlo siquiera. Pero esas dos palabras golpearon el corazón de Anya sin previo aviso.
"Así que, deja de hablar y duerme."
"S-sí…"
El corazón le latía tan fuerte que temió que fuera a matarlo. Se presionó el pecho izquierdo, intentando contener el ruido, y apoyó la cabeza contra la ventana.
Un rayo de sol invernal acarició sus mejillas encendidas. El traqueteo del carruaje sobre la llanura desierta le sirvió de arrullo y cerró los ojos.
Evernight, que ordenaba sus pensamientos, sintió la presencia junto a él y abrió los ojos. Anya, que insistía en no dormir, ahora cabeceaba, dejando caer la cabeza sobre su propio hombro… hasta que el largo cabello resbaló y rozó sus rodillas. Fue entonces cuando…
"¡Eh, cuidado! ¡En el carruaje viajan el comandante y la señora!"
Debían de haber salido ya de las tierras de Tildeon y entrado en un camino pedregoso, pues el carruaje dio un repentino y alto salto. El cuerpo de Anya se inclinó sin remedio hacia delante, y Evernight sujetó al chico por los hombros. Anya soltó un leve quejido, pero parecía dormir tan profundamente que no fue capaz de incorporarse.
Era comprensible que estuviese cansado. Evernight también había pasado por algo similar en su juventud, cuando Savelli lo arrastró para enseñarle a la fuerza el manejo de la espada. En aquella época, caía rendido todas las noches, sin tiempo para que las alucinaciones lo atormentaran.
"Señor… ¡ah!" Siswu, al abrir la puerta del carruaje, se quedó sin aire por la sorpresa. Anya estaba recostado de lado sobre las rodillas de Evernight, durmiendo plácidamente con una respiración suave.
Evernight se llevó un dedo a los labios.
"Cierra la puerta."
Fuera, el ruido del largo séquito era constante. Ante el murmullo de Evernight, Siswu, con el rostro enrojecido, cerró la puerta con cuidado.
"¿Qué pasa, todo bien?"
"Sí…"
"No suena muy convincente."
"¡Mientras esté el señor, estará todo bien!"
"¡Por todos los cielos! ¡No grites así!"
La discusión entre Siswu y Riario se fue alejando poco a poco. Evernight miró hacia abajo, a su joven compañero, dormido con la cabeza sobre sus rodillas. El largo cabello estaba completamente revuelto; sin darse cuenta, Evernight alzó la mano y lo apartó detrás de su oreja. El rostro infantil, aún con un leve rastro de vello suave, quedó al descubierto.
Evernight no dijo nada y desvió la mirada hacia la desolada llanura que se extendía tras la ventanilla del carruaje.
***
"¡El cuervo dorado!"
Maneregía había sido, durante largos siglos, la ciudad blanca regida por el emperador Christ. En el centro de la ciudad, sobre la Colina del Rey, el castillo de Eos "símbolo de la luz y del blanco" se alzaba hacia el cielo, y como en una ciudad planificada, la urbe se extendía en forma radial alrededor de él.
Si Tildeonrock, nacida de la cordillera de Beriela, parecía un coloso agazapado, el castillo de Eos representaba la figura de un gran monarca que, bendecido, extendía sus manos sin fin hacia el sol.
"¡Abran las puertas del castillo!
Las puertas de bronce del muro blanco circular que rodeaba la ciudad se alzaron, y una ola dorada se derramó sobre el enorme puente que conectaba con la ciudad. Maneregía estaba rodeada por un río circular, llamado "La Fuente Inagotable", que fluía sin cesar. Al cruzar la muralla, cuatro grandes puentes conectaban en línea recta el norte, sur, este y oeste con el castillo de Eos.
Fuera de los muros se extendían fértiles llanuras que brindaban abundancia, y dentro, el agua inagotable daba vitalidad. Por ello, los habitantes de Maneregía llamaban a la familia imperial Christ "los representantes de Dios, herederos de su gracia".
Al pasar por el puente norte, el carruaje y los acompañantes hicieron que todos los presentes se apartaran y se inclinaran. Los niños, de la mano de sus padres, miraban con admiración a los cuervos dorados que custodiaban a la familia imperial.
"Deben de ser del norte."
Cuando la ola dorada pasó y llegó una marea negra, la gente empezó a murmurar. La aparición de un nuevo duque, por primera vez en siglos, agitaba todo el Imperio.
"Hace unos días llegaron los de Rivercastle, en el este…"
"Es que pronto será el cumpleaños de Su Majestad. Con un nuevo duque, dicen que este banquete será espléndido. He oído que el gremio de comerciantes Khun ha firmado un contrato millonario para suministrar harina."
"El mercado estará animado por un tiempo."
"Ojalá los duques gasten a manos llenas antes de irse."
La risa general estalló con las palabras de un comerciante. El Imperio Delfium contaba ahora con siete duques, incluido Tildeon. La gente observaba con curiosidad la procesión de los cuervos negros.
El grupo de Tildeon, con el cuerpo dolorido y algo fatigado, atravesó la imponente puerta de mármol del castillo de Eos. Pronto quedaron maravillados por los enormes palacios abovedados, los arcos columnados y los jardines invernales, inexistentes en Tildeon.
"Saludo al señor de Tildeon.
Tras cruzar la puerta y subir la cuesta, el mayordomo imperial los recibió, inclinándose ante Evernight, que montaba un corcel negro. Tal como decían los rumores, el señor de Tildeon era de un porte poco propio de un caballero, de facciones muy atractivas, pero con una frialdad en la mirada azul que imponía respeto.
"Será para mí un placer servir de ayuda."
El mayordomo sonrió ocultando sus verdaderos pensamientos. A diferencia de Gregos, su semblante era afable; era un hombre bajo, de complexión robusta y barba negra abundante. Cuando Anya bajó del carruaje, su mirada se dirigió al hombro de Evernight.
"Alteza, ¿tuvo un buen viaje?"
Cuando Anya fue prácticamente vendido a Tildeon, el palacio se llenó de habladurías sobre el duodécimo príncipe. Pocos conocían su rostro, pero los rumores, como siempre, buscaban resaltar lo negativo.
"Decían que era pequeño, enclenque, con un rostro sombrío y que tartamudeaba…"
El mayordomo ladeó la cabeza. El muchacho frente a él parecía cansado, pero su mirada era viva y su expresión, lejos de ser lúgubre, irradiaba energía.
"S-sí, le agradezco, mucho."
Ah, así que sí tartamudea.
Aun así, no podía dejar de mirarlo. Cuando recibió la orden de servir a Tildeon, pensó que podría holgazanear, pero al ver al señor y a la señora de Tildeon, tuvo el presentimiento de que eso sería un grave error.
"Con Tildeon, ya están los siete duques reunidos en el castillo de Eos. Su Majestad ha ordenado celebrar un banquete esta noche."
"N-nuestros soldados están muy c-cansados tras el largo viaje…"
El mayordomo pensó que el joven señor de Tildeon, más que débil o tímido, tenía el porte de un caballero capaz. El bien ajustado equipo de montar de cuero y la delgada vaina a su cintura captaron su atención.
"Ya veo… así que han hecho correr rumores para tomarme por un viejo inútil y apartarme. ¡Difamarme así en la corte imperial, donde un rumor puede costar la vida!"
Bufu, el mayordomo, había perdido toda influencia cuando, años atrás, el príncipe al que servía murió misteriosamente. Desde entonces vagó por el palacio, haciendo trabajos menores. En su momento, otro mayordomo le había dicho:
"Tu punto débil es que ignoras los rumores. Aquí, toda intriga empieza con ellos. Si eres tan recto, ¿cómo esperas sobrevivir?"
Bufu despreció aquel consejo… hasta que perdió a su señor. Desde entonces, se mantuvo apartado de las habladurías y se volcó en trabajos físicos. Este nuevo encargo como mayordomo, aunque temporal, avivaba en él un sentido del deber. Anya le recordaba al último príncipe al que sirvió, Ian Christ: un chico joven y brillante.
"¡Ni hablar de holgazanear! No dejaré que se repita la historia."
Con determinación, guió a los soldados de Tildeon hacia sus aposentos.
"¡Por aquí, señores!"
Riario y Siswu, que ya conocían el lugar, parecían menos impresionados.
"Señor, me retiro. Nos vemos en el banquete."
Riario, con el rostro pálido y agotado, se apoyaba en cada columna para no desplomarse.
"¡Yo también me retiro! "exclamó Siswu, con las mejillas encendidas, lanzando miradas alternadas a Evernight y Anya antes de seguir a Riario y asistirlo cuando este terminó vomitando contra una columna.
"¿Sir Riario y sir Siswu… estarán enfermos? "preguntó Anya con preocupación, observando cómo se alejaban. El clima templado de Maneregía contrastaba con el del norte; quizá aún no se adaptaban.
"No te preocupes por ellos. Más bien, céntrate en ti mismo: esta noche verás al emperador y a tus hermanos. "
Evernight, con el semblante serio, parecía más formal desde su llegada; probablemente porque en palacio había demasiados oídos atentos.
En ese momento, Bufu se apresuró hacia ellos.
"Alteza… o mejor dicho, mi señor, permítame llevarle a su habitación."
"Nos vemos en la cena." Evernight pasó junto a Anya, que, aunque tenía muchas cosas que decir, lo dejó marchar. El viaje había sido largo, y aunque Evernight no lo mostrara, debía de estar cansado. No podía interrumpir su descanso.
《Puedo oír lo mucho que te duele. Qué vergüenza.》
Dragkals susurró en su mente, y Anya se sonrojó.
"¡Basta, Dragkals!"
Parecía que el espíritu le reprochaba su actitud. El tono neutro soltó un bufido y desapareció.
《Ese no ha cambiado nada.》
Dragkals había mostrado la misma familiaridad con Evernight al partir de Tildeon.
"¿Cómo es que conoces a Evernight?" Anya intentó llamarlo otra vez, pero el espíritu ya no respondió.
"¿Mi señor? "Bufu sonreía, viendo que Anya miraba distraído la espalda de Evernight.
"S-sí, guíeme, por favor."
Anya dio un paso, sintiendo un dejo de melancolía.
---
Por suerte, la sensación de vacío se desvaneció pronto.
El castillo de Eos tenía numerosas dependencias de todos los tamaños, pero el palacio anexo preparado para el señor y la señora de Tildeon estaba en el ala este, donde entraba mucha luz solar.
Anya pensó en visitar las habitaciones en las que había vivido durante su época de príncipe, pero al final decidió no hacerlo: seguramente solo le dejarían un sabor amargo, así que prefirió descansar.
Habían partido justo después de regresar del lago, así que en cuanto vio una cama, su cuerpo reaccionó con una pesada languidez.
Estaba pensando en lo agradable que sería sumergirse en agua caliente cuando escuchó un golpeteo ordenado en la puerta.
"Alteza, soy Bufu. Entraré."
A la hora precisa, Bufu llegó acompañado de doncellas.
"Venimos a ayudarle a prepararse para la cena de gala."
Tras él entraron las doncellas con un enorme baño de cobre y cestas repletas de utensilios.
Se movieron con soltura, llenando la bañera de agua, cubriendo el borde con paños bordados en hilo de plata y disponiendo sobre ellos jabón blanco, peines de cerdas tupidas y aceites aromáticos importados de Oriente.
"Yo… yo puedo hacerlo solo."
Incluso en Tildeon, salvo en su boda, nunca había permitido que sirvientes lo asistieran en el baño. Anya no estaba acostumbrado a eso.
Pero Bufu adoptó una expresión grave.
"Señor, en la cena no solo estarán presentes los príncipes, sino también otros duques. Si quiere realzar la presencia del duque Evernight, debe mostrarse como un príncipe y como el anfitrión de la casa, con toda la dignidad posible. Ah, por supuesto, ya es usted magnífico… lo que quiero decir es…"
Siguiendo su mirada, Anya se observó.
Su cabello, sin cuidado durante semanas, estaba enmarañado; su cuerpo no olía mal, pero tampoco desprendía ningún aroma agradable.
La ropa que llevaba, aunque era una armadura de montar de buena calidad, no resultaba ni lujosa ni elegante.
"E… está bien…"
No tenía más remedio que aceptar las palabras de Bufu. Después de todo, él mismo había dicho que era por Evernight.
En Tildeon, al bañarse, siempre se encogía por el aire helado; aquí, no había tiempo para sentir algo así.
Aunque solo habían pasado unos meses, Anya, de alguna forma, echaba de menos ese frío.
"Oh, cielos…"
Cuando Anya, sentado en el centro del baño humeante, comenzó a desvestirse, una de las doncellas soltó sin querer una exclamación de sorpresa.
Bufu también pareció un poco desconcertado.
Era por la espalda del príncipe, cubierta de cicatrices: desde moretones que ya amarilleaban hasta otros aún oscuros y recientes.
Dicen que los norteños son muy brutales incluso en sus encuentros íntimos… ¿habrá pasado el 12.º príncipe por tal humillación?
Ese parecía ser el pensamiento que compartían con miradas.
"E… esto fue… una caída, un accidente…" dijo Anya con un pequeño suspiro.
No podía permitir que Evernight sufriera un malentendido por su culpa.
Además, no era del todo mentira: sí, había caído de un acantilado, pero no había necesidad de confesar tanto.
Y de hecho, aunque Evernight era brusco al intimar, no era salvaje.
Anya sintió que el calor le subía de golpe y se cubrió el rostro con las manos.
"Alteza… debió de sufrir mucho."
Tal vez confundiendo su vergüenza, las doncellas comenzaron a reconfortarlo con suavidad.
Una le frotaba la espalda con un paño blando, otra lavaba el polvo acumulado en su cabello durante el viaje, canturreando como para calmarlo.
"Aunque haya cicatrices, su espalda es recta y firme. Su Alteza tiene unas líneas corporales hermosas."
"Y su cabello… ¡es tan suave! Cualquier hombre que lo tocara quedaría sorprendido por su textura."
Las palabras, tan halagadoras y extrañas para él, le hicieron encoger los dedos de los pies involuntariamente.
Bufu, de pie junto a la puerta, observaba la escena con orgullo: todo fruto de las monedas que había entregado a las doncellas antes de llegar.
"Dejaremos el cabello suelto, con las sienes trenzadas hacia atrás y rematadas con una corona de laurel."
Manos expertas empezaron a trabajar su cabello.
Las doncellas de Tildeon, desde la boda, apenas se habían ocupado de arreglarlo, y Anya tampoco lo había solicitado.
"Está espléndido, Alteza. Cuando entre en la cena, nadie podrá apartar la mirada de usted."
Anya sabía que estas doncellas eran excesivamente amables.
En Tildeon, y también en Maneregia, nadie le daba algo sin esperar algo a cambio.
Ya lo había aprendido bien.
Seguro que ha sido idea suya… ¿pero por qué?
Lanzó una mirada inquisitiva a Bufu, que sonrió e inclinó la cabeza.
Finalmente, le vistieron con una túnica de seda nacarada que caía sobre su cuerpo con una suavidad imposible de encontrar en Tildeon.
Anya volvió a mirar a Bufu con sospecha.
"La ropa que trajo de Tildeon es de lana o telas gruesas, así que, al consultarlo con el duque Evernight, me ordenó que consiguiera algo especial para usted."
"¿El duque…?"
"Sí, me dijo que buscara una prenda adecuada para la cena… y, aunque tuve que recurrir con urgencia a un sastre por falta de tiempo, esto fue lo mejor que pude encontrar".
Bufu añadió, emocionado, que el duque le había dado una suma enorme para la compra, aunque sabiamente omitió mencionar la expresión molesta del hombre al hacerlo.
---
El castillo de Eos tenía varias salas de banquetes, pero ninguna tan espléndida y solemne como el Salón Budeo.
En la cúpula del edificio, pintada durante años por los artistas de la corte, se desplegaba la majestuosa obra La Asamblea de los Dioses.
En lo alto, una abertura llamada “el ojo del Emperador” dejaba pasar la luz: de día, el solemne sol; de noche, la serena luna vigilaban siempre el lugar.
Uno podía sentirse como si todas las cosas vivas alabaran el nacimiento de los dioses y protegieran al emperador, su representante.
Ese sería el escenario de la cena de esta noche.
"¡Su Gracia, el duque Evernight de Tildeon!"
Ya caída la noche, el taconeo de múltiples zapatos resonaba sobre el suelo de mármol negro y blanco dispuesto en ajedrez. En todos los accesos que llevaban al Salón Budeo, las antorchas ardían con fuerza, y las carrozas, iluminadas por la luz parpadeante a sus espaldas, avanzaban en silencio hasta detenerse ante la entrada.
"¡Su Gracia, el duque Evernight de Tildeon!
Bufu abrió la puerta de la carroza con cortesía, y el soldado de guardia repitió el anuncio con igual formalidad. Evernight descendió primero y tendió la mano. Poco después, la mano de Anya se posó sobre la suya. Avanzaron juntos. Las pesadas y monumentales puertas de mármol se abrieron con una suavidad sorprendente, dejando a la vista el interior.
Anya intentó calmar la respiración agitada. Sin darse cuenta, apretó con fuerza la mano de Evernight; él interrumpió su paso para mirarlo.
"……"
En aquellos ojos azules no se leía el más mínimo rastro de miedo, lo que permitió a Anya recobrar el ánimo. El simple hecho de entrar allí vestido con ropas que él le había comprado, y de hacerlo a su lado, le proporcionaba un gran alivio.
Le resultaba extraño encontrar seguridad en un esposo que antes solo le inspiraba temor, pero no tenía tiempo para detenerse a pensar en ello.
En el centro del salón había varias mesas largas, con espacio para decenas de comensales, y sillas adornadas con el exquisito trabajo de hábiles artesanos. El asiento principal estaba vacío, aunque ya había algunos ocupantes en el resto.
Cuando Evernight y Anya entraron, varias miradas se volvieron hacia ellos. No era muy luminoso, pues era de noche, pero la luz de la luna entraba a raudales por “El ojo del Emperador”, y las lámparas de hierro negro en las paredes, alimentadas con aceite, ardían con fuerza, de modo que Anya podía ver fácilmente sus rostros.
"Aquel blasón con la rosa roja es de la Casa Montrose de Rivercastle; el pez azul es de la Casa Shonda de Runfield; el árbol verde es de la Casa Ramus de Forerium, señor " susurró Bufu a ambos.
"Ah, y el libro escarlata del extremo derecho es de la Casa Huxers de Bibliotheca."
Anya asintió, repitiendo mentalmente las palabras de Bufu. Todos los duques que veía por primera vez vestían de manera diferente, pero compartían un rasgo común: lucían orgullosamente el blasón familiar bordado en sus ropas, y llevaban sobre los hombros una capa teñida con el color representativo de su linaje.
"Por aquí, su Gracia."
Guiados por Bufu, Anya y Evernight tomaron asiento. Enfrente, un hombre vestido con el pez azul de Shonda "que parecía a punto de saltar de entre olas agitadas" interrumpió su sorbo de vino para observarlos fijamente.
"La dama de Tildeon es mucho más distinguida de lo que decían los rumores.
Con esas palabras, las miradas de los demás señores se centraron en Anya. Este, desconcertado, estuvo a punto de bajar la cabeza, pero recordó lo que Bufu le había dicho durante toda la tarde mientras lo arreglaba:
“¡Debe realzar el porte del duque Evernight!”
Anya consiguió esbozar una ligera sonrisa.
Los duques del Imperio ya sabían desde hacía tiempo que, al elevar el ducado de Tildeon, el emperador Luxus había ordenado que el joven señor de aquellas tierras se uniera en matrimonio con un príncipe.
Un hombre como consorte… dejando de lado la política, todos menos el del pez azul sentían lástima por Evernight, aunque, al ver al duodécimo príncipe en persona, quedaron más impresionados de lo que esperaban por su porte.
"Hm…"
Fingiendo desinterés, los demás bebían vino mientras lanzaban miradas furtivas a Anya. Solo el del pez azul lo observaba abiertamente, con el mentón apoyado en la mano. Evernight arqueó una ceja, pero el hombre ni se inmutó.
'Nada mal, después de todo…'
El largo cabello castaño caía como una cascada más allá de los hombros; la tela perlada de su atuendo fluía suavemente siguiendo la línea de su cuerpo, en armonía con su piel blanca. Su rostro estaba tenso, pero no parecía en absoluto un “medio idiota”. Al contrario, en sus apacibles facciones se adivinaban firmeza y un toque juvenil de audacia.
"Gracias a usted, acabo de ampliar el rango de mis gustos. Jajaja.
El del pez azul "Bluea Shonda" sonrió con sorna, pero el hombre de la capa roja a su lado frunció el ceño con disgusto.
"Oye, pez azul, mejor no toques lo que tiene dueño. ¿Has venido hasta aquí solo para sembrar otro escándalo?"
"Vaya, si es el virtuoso señorito Montrose. Estoy seguro de que tienes el alma de un viejo dentro. ¿Aún piensas que te robé a tu amante? Eso fue solo porque…"
La delicada mano con anillo de rubí golpeó con fuerza la mesa.
"¡Cállate!"
Kanon Montrose, joven heredero de la “rosa roja”, fulminó con la mirada a Bluea.
"¿Por qué, cada vez que os encontráis, parecéis querer devoraros vivos?"
El hombre de capa verde, señor de Forerium, intervino. Era un anciano de cabello blanco que, más que un señor feudal, parecía un noble erudito.
"Bienvenido, señor de Tildeon. Y es un honor conocerle, alteza. Soy Rohan Ramus, señor de Forerium".
Rohan levantó su copa con una sonrisa. Anya, al verlo, recordó a Savelli, lo que le despertó una mezcla de nostalgia y afecto. Imitó su gesto y Rohan chocó su copa con la suya, riendo con estrépito.
'Pensaba que todos me despreciarían…'
La calidez del gesto, casi como la de un abuelo complacido con su nieto, le alegró un poco.
"¿Acaso Tildeon aún no tiene blasón?" preguntó Rohan, dejando su copa.
Anya y Evernight eran los únicos sin capa. Anya recordó la solitaria bandera que ondeaba sobre las murallas de Tildeon, azotada por el viento del norte: negra por completo, sin emblema alguno.
"Todavía no hemos establecido uno" respondió Evernight con brevedad.
Alguien soltó una risita burlona desde el lado opuesto. Era de la Casa Huxers. A diferencia de los otros señores, más llamativos, él parecía muy corriente; su complexión delgada y facciones afiladas daban un tono pendenciero a sus palabras. Anya miró a Evernight, pero este, con expresión aburrida, ni siquiera lo miró.
Quizá sintiéndose ignorado, Huxers apretó los dientes, sin perder la sonrisa cínica.
"Les llaman “los cuervos negros”. El Imperio tiene a sus cuervos dorados, y Tildeon a sus cuervos negros. Puede que la estrategia para que el nombre de Tildeon se reconozca haya funcionado, pero ya se sabe… el gorrión que imita a la cigüeña acaba rompiéndose las patas.
"Eh, cuidado con lo que dices, señor. Esto no es tu feudo. Aquí se habla con ecuanimidad " lo reprendió Rohan, y Huxers guardó silencio, aunque murmuraba para sí, sombrío.
De vez en cuando, miradas hostiles se dirigían a Evernight. Anya reconocía esa expresión: la misma que a veces le lanzaba Royster. Cuando lo miró fijamente, Huxers se dio cuenta.
"¿Por qué me mira así, alteza?" preguntó con evidente desagrado. Era uno de los que más se había opuesto a la decisión imperial de alterar el orden social.
"Que un hombre tenga el heredero de un ducado… ¡Ridículo! Ni siquiera los barones más pobres harían tal cosa. ¿Acaso no teme que el orden se derrumbe por su culpa?"
Anya sintió el corazón encogerse; la crudeza de la acusación le hizo arder el rostro. Los largos dedos de Evernight tamborileaban sobre la mesa.
"¿Y por qué le interesa tanto mi heredero, señor? " preguntó con una media sonrisa, en un tono tan tranquilo como siempre, lo que irritó aún más a Huxers.
"¡Por supuesto que me interesa! ¡Jamás, en la historia del Imperio Delphium, un hombre ha dado un heredero a un ducado!
"Entonces" dijo Evernight, de pronto serio, clavando en él sus fríos ojos azules.
"Vaya a reclamarle al emperador. Porque esa orden que tanto le molesta no la di yo, sino Luxus."
La mención del emperador sumió la sala en silencio. Bluea se levantó y dio unas palmadas en el hombro de Huxers.
"¿Qué pasa, señor Huxes? ¿Celoso del joven y apuesto señor de Tildeon? Aunque claro… con los rumores que corren de que ni con mujeres puede…
"¡Pez azul! "rugió Huxes, poniéndose en pie y haciendo caer su silla con estrépito, rojo de furia.
Rohan negó con la cabeza, llevándose una mano a la frente. En ese momento, los soldados en la entrada se movieron con disciplina, y una voz potente anunció:
"¡El sol del Imperio Delphium, el emperador Luxus! ¡La luna del Imperio, su majestad la emperatriz Violet! ¡Y los hijos del sol y la luna, los príncipes imperiales!"
La tensión se cortó de inmediato, y todos se pusieron en pie. Anya sentía el corazón latir con fuerza entre duques de ánimo incierto, y ahora, al pensar que vería tan cerca a su padre, se sintió abrumado. Siempre lo había visto desde lejos.
Las puertas de mármol, decoradas con la figura de la primera diosa extendiendo las manos hacia el sol y numerosos dioses menores a sus pies, se abrieron suavemente. El emperador Luxus apareció entre los nobles inclinados. Sobre sus hombros ondeaba un manto bordado con hilos de plata extraídos del acero Sildor, que brillaban incluso con la luz más tenue.
Tras él venía la emperatriz Violet, vestida con un blanco inmaculado, y los príncipes, con mantos dorados como el de su padre.
Anya bajó la cabeza, incapaz de mirarlo directamente. Todos los duques tenían la mano sobre el pecho, inclinando la cabeza igual que él. Los cuervos dorados, guardias de la familia imperial, vestían armaduras doradas y hasta las vainas de sus espadas estaban bañadas en oro, deslumbrando la vista.
"Vaya… yo me preguntaba dónde estaba el señor Usolin del Puerto de Hierro… y resulta que estaba aquí, lamiéndole el culo al emperador antes que nadie" murmuró Bluea Shonda a Anya con una risita.
La vulgaridad del comentario hizo que Anya se sobresaltara, aunque no pudo evitar mirar con curiosidad hacia el grupo del emperador.
Tal como había dicho, entre los Cuervos Dorados se veía a un pequeño enano caminando con cortas y tambaleantes piernas. Llevaba un yelmo con cuernos de ciervo y una larga y rizada barba roja, luciendo como el típico guerrero enano descrito en los libros.
"Pues vaya banquete más belicoso… Mis caballeros ni siquiera pueden poner un pie aquí dentro" volvió a susurrar Bluea.
Cuando Kanon Montrose, al otro lado, le lanzó una mirada afilada, Bluea soltó un “ups” y se echó un poco hacia atrás, aunque sin el menor atisbo de incomodidad.
Tal como él había dicho, parecía que los Cuervos Dorados seguirían protegiendo durante todo el banquete, pues enseguida se ocultaron en las zonas sombrías tras las columnas. Entre las sombras, de vez en cuando, se veía relampaguear el oro.
"Es un honor poder encontrarme así con las preciadas joyas de mi corona" dijo el Emperador Luxus mientras Usollin corría a retirarle la silla del puesto principal.
El Emperador se sentó y su mirada, distraída, pasó de largo por Evernight y se detuvo brevemente en Anya. Este se aferró con fuerza al cuello de su ropa. La punta de sus dedos temblaba levemente.
"Saludamos al sol del Imperio" exclamaron al unísono los duques.
Por lo alto del techo, la voz resonó con un eco casi musical.
"Bien, ya hemos cumplido las formalidades. Tomen asiento."
Al gesto del Emperador, todos se sentaron al mismo tiempo. Anya seguía sin poder levantar la cabeza. Fue entonces cuando Bluea Shonda se inclinó hacia él para susurrarle. Kanon Montrose chasqueó la lengua en desaprobación, pero Bluea no pareció preocuparse en lo más mínimo.
"La Emperatriz parece no envejecer nunca, tal como dicen los rumores."
La Emperatriz Violette estaba sentada junto al Emperador Luxus, sin conceder una sola mirada a nadie. Con el cabello perfectamente recogido y sujeto por una tiara, sin un solo mechón suelto, su mirada parecía aún más severa. Su piel, blanca como la nieve, y sus fríos ojos color violeta mostraban sin lugar a dudas que ella era la imponente Emperatriz de este Imperio.
Gracias a Bluea, Anya pudo observar fugazmente al Emperador y a la Emperatriz.
Así que… así era mi padre.
El Emperador nunca se había dignado a ir a verlo ni a llamarlo. Ni siquiera cuando Anya estuvo a punto de ser vendido y enviado a Tildeon apareció para verlo una sola vez.
El Emperador lo había reconocido como sangre de su sangre, pero nada más. En su época de príncipe, Anya se conformaba con eso y hasta se sentía agradecido. Gracias a ello, al menos podía vivir como un ser humano. Pero al salir al mundo, había empezado a pensar que quizá habría sido mejor no ser reconocido como príncipe y ser abandonado en una familia común.
"Anya. Me alegra mucho encontrarte así" dijo de pronto el Emperador Luxus, interrumpiendo sus pensamientos.
Anya alzó la vista, sobresaltado. Los ojos del Emperador eran del mismo azul que los de Evernight, pero con un tono más apagado y turbio. Aunque todos temían y encontraban inquietante el azul intenso de Evernight, a Anya le parecía mucho más escalofriante el del Emperador.
Al mirarlos, sentía como si en ese mismo instante lo despojaran de la ropa, de la piel, y le desgarraran el alma en pedazos.
"¿Y cómo va la vida de casado?"
Era Royster quien hablaba. Los príncipes estaban sentados en orden cerca de la mesa principal, y el asiento de Royster era el más próximo al del Emperador. Él le sonrió. De puertas afuera, Royster siempre se mostraba como un hermano mayor amable y comprensivo, por lo que pocos conocían las intrigas que tramaba en la sombra.
"B… bien…" respondió Anya.
"Respuesta demasiado corta. Evernight, mejor dinos tú. Ya sabes que el pequeño… bueno, tartamudea y tiene muchas carencias, así que siempre me preocupó bastante.
Royster parecía más maduro que en la imagen que Anya había visto en las ilusiones de Dragkals, aunque de vez en cuando se le escapaban destellos de nerviosismo mal contenido. Al menos en público, era muy hábil para mantener la fachada de un príncipe heredero indulgente.
"No está mal."
La mirada de Evernight se detuvo un instante sobre Anya.
"¿No está mal, dices…? ¿Y consumaron la noche de bodas?"
Era una pregunta impropia de una ocasión oficial. Haxus, al otro lado, frunció el ceño abiertamente. El Emperador ya había enviado anteriormente al mayordomo mayor para verificar esa noche, pero Luxus se limitó a observar.
"La consumamos" respondió Evernight con calma.
Aquella primera noche había sido dolorosa y meramente una obligación, sin rastro de amor entre ellos. Evernight incluso lo consideraba un deber desagradable. Sin embargo, respondió como un río tranquilo, sin que su rostro mostrara la menor incomodidad.
Al ver que Evernight no se inmutaba ante la pregunta vulgar, otro príncipe sentado junto a Royster preguntó con malicia:
"Anya, ¿y cuándo aprendiste esas artes nocturnas? Si siempre faltabas a las lecciones con el maestro Kalimon…"
La razón por la que se ausentaba de las clases era que sus hermanos lo hostigaban. Le daban a propósito la hora equivocada o, si asistía, se dedicaban a humillarlo.
¿Acaso el académico del castillo Eos daba también educación sexual a los príncipes? Anya recordó con vergüenza su patética apariencia bajo las órdenes de Evernight, incapaz de hacer nada. Y justo tenía que pasar esta humillación frente al emperador y los duques.
"Eso… eso…" balbuceó.
Pero Royster lo interrumpió.
"Has debido sufrir mucho, hermano, por haber nacido hombre y recibir a un hombre."
¿Sufrimiento…?
Si bien había sido un proceso difícil, Royster era el último que debería decir algo así. Para Anya, cualquier cosa era preferible a tener una conversación a solas con él; incluso quedar atrapado en una cueva con Evernight.
"No… no fue ningún sufrimiento. Toda la gente de Tildeon fue buena conmigo."
Era la primera vez que Anya hablaba tanto de una sola vez, y los duques lo miraron con curiosidad. Bajo la mesa, sus manos temblaban levemente por la tensión y la vergüenza, pero en su rostro trataba de mostrar entereza.
'No puedes esconderte para siempre.'
Por primera vez, lamentó su tartamudez. Había empezado a hablar tarde por haber sido descuidado en su niñez. Como casi nadie visitaba su palacio secundario, había pasado años sin apenas hablar con nadie.
"Hijo mío, no sabes cuánto me he preocupado. ¿Acaso no tuviste hasta un duelo de honor en Tildeon? Sé bien por lo que has pasado, así que no tienes por qué ocultarlo."
Ante la mención de “duelo de honor”, los duques se miraron entre ellos, y los príncipes hicieron lo mismo entre sí. Algunos ya conocían los rumores y mantuvieron un gesto sereno, pero los príncipes de rango menor, que ignoraban la historia, lo miraron con ojos llenos de envidia.
"Vaya, para ser la presentación de la señora de la casa, fue bastante espectacular, ¿no, Lord Evernight?" rió Bluea a carcajadas. Aun así, el ambiente no se distendió del todo.
"Por poco un miembro de la familia imperial pierde la vida a manos de un caballero de rango bajo de Tildeon" comentó Royster, frunciendo el ceño hacia Evernight.
"Yo… yo lo hice por… por mi propia voluntad. ¡El lord incluso intentó detenerme! "se apresuró a interrumpir Anya.
Frente a él, Rohan Ramus los observaba con una expresión extrañamente satisfecha, pero Royster no disimulaba su disgusto.
"Te tomas tu tiempo para dar excusas, hermanito, después de haber deshonrado a la realeza en el norte. "
En su oreja tintineaba un pendiente rojo, el mismo que Anya había visto en la visión de Dragkals. Aún no olvidaba la sensación de clavarle el Haebing en el pecho. Bajo la mesa, cerró el puño.
“Estás sintiendo ira”, resonó la voz de Dragkals. Al mismo tiempo, la fría mano de Evernight cubrió la suya.
“No ahora”, le dijo.
Anya lo miró con los labios apretados. Él ejerció una ligera presión en su mano.
'Eso… ya lo sé.'
Bajó la mirada en silencio. De nada serviría replicar; el emperador tomaría partido por Royster y Tildeon saldría perjudicado por su arrebato.
"Hermano Royster, ya basta. ¿No crees que es pasarte de la raya con tu “hermanito querido”? " alguien sonrió al reprenderlo.
Royster era el heredero legítimo reconocido oficiosamente por el emperador, hijo de la emperatriz Violette, y el pendiente rojo era su símbolo.
"Si ganó un duelo de honor, deberías felicitarlo."
Por alguna razón, el décimo príncipe, Chloe Christ, que hablaba en ese momento, también llevaba un pendiente rojo.
"¿Me estás dando lecciones, Chloe?" replicó Royster con evidente irritación.
Aquello sorprendió a Anya, pues Royster solía manipular a los demás príncipes con una actitud siempre relajada.
"Royster, basta. Son tus hermanos y debes protegerlos" lo reprendió suavemente la emperatriz Violette, tomándole la mano. Él respiró hondo y retrocedió, aunque no sin lanzar una mirada de inquietud al emperador.
"Hmm…"
Luxus, con el mentón apoyado en la mano, los observaba. Hasta un tercero podía notar la desaprobación en el azul grisáceo de sus ojos.
"Anya, creo que es la primera vez que nos encontramos así, en una cena."
Al retirarse Royster, Chloe Christ sonrió con oportunidad.
'¿Cómo es que él también lleva un pendiente rojo…?'
Era un obsequio que el emperador otorgaba a un hijo en reconocimiento de sus capacidades.
"En apenas unos meses has cambiado mucho. No escuches a los otros hermanos; lo dicen porque se preocupan por ti."
Aunque no sabía describir el cambio exacto, Chloe percibía con claridad cierto porte especial en el joven.
'Venderlo al norte tan pronto fue un acierto. Si se hubiera quedado en palacio, habría sido un problema… Así que por eso el padre…'
Mientras mantenía la sonrisa, Chloe evaluó el semblante del emperador.
'¿Se estará arrepintiendo?'
El anciano monarca tenía un rostro difícil de leer, y a pesar de su edad, parecía inusualmente joven. Los emperadores de la casa Christ, al ascender al trono, recibían la bendición de los dioses, lo que ralentizaba su envejecimiento: un privilegio exclusivo.
"¿Qué tal si dejamos las charlas para después? Majestad, tengo entendido que los sirvientes ya han terminado la preparación de la cena. Sería mejor comenzar antes de que se enfríe" dijo la emperatriz con voz serena y elegante.
"Cierto. Comamos antes de que avance más la noche. El Imperio Delfium jamás olvidará el esfuerzo de sus duques, así que disfruten hoy cuanto quieran. Mañana, la reunión de los Siete Duques nos tendrá ocupados; entonces les diré por qué los he reunido."
Rohan dejó escapar un quejido y se frotó la frente. Montrose no mostró reacción alguna, Haxes estaba visiblemente asustado, Bluea agradeció al emperador, y Usolin siguió bebiendo vino en silencio.
Las puertas se abrieron y entraron sirvientes con enormes bandejas de plata. Tras ellos, un grupo de bailarinas vestidas con seda tan translúcida que dejaba ver sus cuerpos avanzó rápidamente. Anya bajó la mirada de inmediato, mientras Bluea reía y aplaudía con picardía.
¡Dum! Un músico de la corte golpeó un enorme tambor, y las bailarinas formaron un círculo. Con cada paso, sus blancas mangas ondeaban frente a los ojos. Al son de la música, comenzaron a moverse con gracia. Sus prendas transparentes dejaban ver su piel a cada movimiento, y Anya no sabía dónde fijar la vista.
"¿Finges inocencia solo porque estás frente a tu esposo?"
preguntó Royster mientras cortaba carne con un cuchillo. Era evidente a quién se dirigía. Todos, salvo una persona, parecían acostumbrados a este tipo de espectáculo, incluso Evernight, lo que inexplicablemente dejó a Anya algo abatido.
"Hmm… "
Royster se llevó un gran trozo de carne a la boca y masticó lentamente, saboreándolo. Luego llamó con un gesto al sirviente.
"Sí, alteza "el sirviente acudió de inmediato, y Royster, limpiándose la boca con la servilleta, ordenó:
"Asignen una bailarina a cada duque. El vino sabe mejor con compañía. ¿Le parece bien, padre?"
Parecía querer reafirmar su poder frente a todos. Dos príncipes con pendientes rojos.
'El emperador concederá cualquier cosa que pida un heredero legítimo', pensaba Royster, deseando mostrarlo.
Chloe intervino con una sonrisa.
"Hermano, aquí también hay un duque de Tildeon que ha venido con su consorte; no sería apropiado, ¿no cree?"
En el rostro de Royster apareció una expresión de fastidio. Estaba más irritable y ansioso que antes, probablemente porque sentía que su autoridad, que creía firme, estaba siendo amenazada.
"Chloe, ¿acaso aquí hay alguien que no tenga amantes? ¿No es así, Lord Bluea?" lo miró fijamente. Bluea se encogió de hombros; tenía de hecho numerosas amantes. Los duques permanecieron callados, atentos a la pugna entre ambos príncipes. Cada uno calculaba las probabilidades de que el próximo emperador fuera Royster o Chloe.
"Además… he oído un rumor en palacio. Que tienes un hijo fuera del matrimonio."
La expresión de Chloe se endureció. Para alguien cuya posición aún no era sólida, la existencia de un hijo ilegítimo era un flanco vulnerable que sus vasallos podían usar en su contra. Luxus lo miró con frialdad, y los dedos de Chloe temblaron levemente. Aun así, se esforzó por mantener la sonrisa, a diferencia de Royster.
"Hermano, ¿cómo puede el augusto primer príncipe prestar oído a rumores tan vulgares? Es pura calumnia. ¿Un hijo ilegítimo? Aunque así fuera, jamás permitiría que pusiera un pie en el castillo Eos."
"¿Habría humo sin fuego? Pero, Anya, dime tú: ¿debería la señora de la casa preocuparse por las amantes de su futuro esposo?"
De nuevo, la conversación giró hacia Anya. Todas las miradas se posaron en él. La respuesta era obvia: en el mundo de la nobleza, las amantes eran algo común. Algunos nobles, si escaseaban los hijos, incluso criaban en secreto a los ilegítimos. Los eruditos solían decir a las princesas antes de partir a su matrimonio que la dignidad de una señora de la casa consistía en tolerar tales cosas.
Y en su caso… no era una princesa, ni podía darle herederos a Evernight. De pronto, sintió que todo se le oscurecía y contestó en voz baja:
"…N-no."
"Además, no eres mujer. Algún día, para asegurar la descendencia de Tildeon, incluso tendrás que escoger personalmente a alguna amante para tu esposo. Así que no deberías incomodarte por que las bailarinas lo atiendan."
¿Otra mujer junto a Evernight…? Solo imaginarlo le provocaba una opresión en el pecho. Con tantas cosas que habían pasado, Anya nunca había tenido tiempo para pensar seriamente en algo así.
Si es por Tildeon, supongo que eso sería lo correcto. Pero, entonces, ¿por qué me duele tanto el corazón?
La voz repentina, como un rayo caído de la nada, le obligó a hacer grandes esfuerzos por mantener la calma, aunque sus ojos no dejaban de posarse sobre Evernight. No podía saber qué pensaba su marido. Después de todo, él mismo le había ordenado que, si no regresaba en tres semanas, se considerara un hombre muerto por el bien de Tildeon. Así que, llegado el momento, seguramente no tendría reparos en tomar una amante para asegurar un heredero.
Y así debía ser… había razones de sobra para ello… Anya tendría que esforzarse en escoger la mejor mujer para él.
Pero por más que intentara pensarlo de manera positiva, la simple idea de otra mujer junto a él, sosteniendo a su hijo, le hacía sentir que las lágrimas iban a brotarle. Ese sentimiento le resultaba extrañamente ajeno.
"Entonces, padre, ¿qué le parece si las bailarinas atienden a los duques que han venido desde tan lejos?"
preguntó Royster de nuevo al emperador Luxus. El emperador se acarició la barba del mentón y respondió con tono distraído, como si lanzara las palabras al pasar:
"El duodécimo príncipe es un hombre capaz de concebir."
Lo dijo con tal naturalidad que, salvo Evernight, todos parpadearon un instante, atónitos.
"¿Qué…?"
Anya casi se puso en pie de la impresión.
"¡Cof!"
Haxus, sentado enfrente, escupió el vino que estaba bebiendo. Bluea se limpió el rostro empapado de vino y fulminó con la mirada a Haxus. Entre los duques se produjo cierto alboroto. La mano de Royster, apoyada sobre la mesa, temblaba de rabia, mientras Chloe esbozaba una sonrisa de triunfo.
"Sir Evernight, ¿acaso no le has dicho eso a mi hijo?"
Los dos pares de ojos azules, tan parecidos, se encontraron en el aire. Evernight respondió con la misma naturalidad que el emperador:
"Supuse que, al ser una condición especial, se le habría instruido al respecto en palacio."
Mostró respeto al emperador, pero sin amilanarse. El emperador suspiró largamente y asintió. Ambos dirigieron una larga mirada a Anya.
Anya tenía los ojos color avellana fuera de foco y temblando con fuerza. Con el rostro atónito, mantenía las manos juntas sobre las rodillas y aferraba sin cesar el cuello de su ropa. Cualquiera podría decir que resultaba lamentable, pero Evernight apartó la vista de él.
"Es gran culpa mía. Supuse que había recibido la enseñanza de los eruditos. Royster, ¿no es cierto? ¿No me decías siempre que asistía puntualmente a las lecciones con sus hermanos?"
"¿Eh? Ah… sí, pero Anya siempre ha tenido una salud frágil…"
Cada palabra no era sino una excusa más.
"Perdón, padre"
Royster inclinó rápido la cabeza, pero no pareció dispuesto a ceder.
"Sin embargo, incluso si un hombre engendra descendencia, según la costumbre imperial, no se le hereda el apellido, ¿verdad? ¿Qué opina de esto, sir Evernight?"
"Viéndolo así, es cierto. Creo que fui demasiado lejos contigo, duque Evernight "admitió el emperador.
Menudos hipócritas.
Observando el rápido intercambio, Evernight se burló en silencio del emperador, cuyo interior era tan oscuro como su estrategia. Fue él mismo quien le había endilgado como botín a este príncipe menor, que apenas valía medio hombre.
Evernight puso una mano sobre el pecho e inclinó la cabeza.
"Majestad, no tengo intención de dejar un heredero."
Sus palabras sumieron el lugar en un silencio absoluto. Anya abrió los ojos como platos y lo miró. Ahora que Tildeon se había convertido en ducado, un heredero era crucial para su futuro desarrollo.
"¿Incluso si yo me asegurara de que pudiera heredar tu apellido?"
"¡Majestad! " exclamó Haxus, sobresaltado. Los demás duques observaban la escena como si fuera un espectáculo ajeno.
"Sí. Entre mi pareja y yo no habrá heredero alguno."
La respuesta fue firme, y su expresión, seria, sin rastro de falsedad.
"Entonces, ¿qué será del heredero de Tildeon? "
preguntó Bluea, intrigado.
"Cuando llegue el momento, delegaré el título en algún vasallo adecuado."
Renunciar algún día al título ducal… una declaración bastante impactante. La sala se sumió en silencio, aunque se oían murmullos discretos.
Después de haberlo sentado en el trono ducal contra toda oposición, la cara del emperador debe de estar ardiendo.
Bluea silbó en voz baja y sus ojos se encontraron con los de Kanon Montrose. Este frunció el ceño y soltó una maldición.
"El norte ya es dominio del duque. No veo por qué deba intervenir más."
El emperador, al parecer, quería dar por terminada la conversación. Con gesto aburrido, hizo una señal, y la música que sonaba suavemente se detuvo, dejando un silencio gélido.
"Aunque, por la paz del Imperio, conviene seguir observando los movimientos del norte. Bailarinas, vengan a servir vino a los duques."
Ante la orden, el rostro de Royster se iluminó. Chloe apartó fríamente a la bailarina que intentaba servirle.
"Vuestra gracia ducal, pruebe un poco de hidromiel " dijo una bailarina que se sentó entre Evernight y Anya. Su voz, a diferencia de la de Anya, era alta y suave, y de su cuerpo emanaba un dulce perfume cada vez que se movía. Evernight frunció el ceño y aceptó su copa.
Qué olor más desagradable.
Era el hedor que había inhalado hasta el hartazgo en los burdeles de Redcoast. Se bebió el contenido de un trago y echó un vistazo a su pareja.
Anya estaba encogido y rígido, como aquel medio hombre de cuando llegó por primera vez a Tildeon. ¿Estaría impactado por saber que podía concebir? ¿O decepcionado por su negativa a dejar un heredero?
Y si así fuera, ¿qué? ¿Acaso piensa que tendría un hijo mío?
Si, con ese maldito cuerpo, llegara a tener un hijo suyo, Evernight mataría tanto a él como al niño. Aunque, de todos modos, eso nunca ocurriría. Sus ojos se tornaron fríos.
El banquete fue cobrando más vida con el paso del tiempo. Barriles de licor entraban y salían sin cesar del salón Budeo. Con el tiempo, también los vasallos de los duques se unieron al festín. Riario y Siswu, sentados en una mesa al otro lado, saludaron a Anya, pero él no tuvo fuerzas para responder.
¿Yo… embarazado? No puede ser.
No sabía ni cómo se mantenía en pie allí. Lo que había oído era lo bastante impactante, pero además no podía dejar de fijarse en las bailarinas alrededor de Evernight. Este no les dirigía la mirada y, salvo la primera copa, rechazaba todas las demás. Probablemente había aceptado la primera solo para evitar disputas con Royster.
Aun así, verlo rodeado de mujeres en persona le produjo una conmoción tremenda. Era como estar arrojado a una hoguera espantosa, sintiendo cómo todo su cuerpo se consumía segundo a segundo.
"Vaya, mira a ese tal Bluea. Está dejando en ridículo a todos los duques " dijo Rohan, chasqueando la lengua. Bluea, en medio de las bailarinas, se había emborrachado y bailaba con ellas.
Cuando todos estaban distraídos, el emperador habló de improviso:
"Hay algo que no he comunicado a mis señores. Este año, en lugar de derrochar en un banquete aburrido por mi cumpleaños, deseo celebrar un festival de caza y justas."
"Quiero ofrecer personalmente un entretenimiento a mis siempre esforzados vasallos, y recompensarlos."
Desde la distancia, Bluea, tambaleándose borracho entre las bailarinas, juntó las manos y silbó. Incluso aplaudió de forma vulgar.
"Majestad, ¿quiere decir que también nosotros participaremos? "
preguntó Kanon Montrose, sin mirar el alboroto y con la vista fija en el emperador. Era una pregunta con Haxus en mente, pues su familia, encargada desde generaciones de la “Biblioteca del Mundo” en una remota isla, no tenía relación alguna con tales actividades.
"¿Cómo iba yo a ser tan cruel con mis señores? La participación será libre."
Haxes pudo al fin soltar un respiro.
“Solo que, en esta ocasión, deseo poner como premio unos pendientes rojos.”
Hasta entonces indiferentes, muchos voltearon al instante hacia el emperador. De varios rincones se alzaron suspiros como lamentos, y algunos príncipes incluso derramaron su vino sobre la mesa.
“¡Oh, alteza!”
Una bailarina que atendía a Royster lanzó un quejido: él había dejado caer la copa con tal brusquedad que el vino se desbordó entero.
Los pendientes rojos eran un emblema que el emperador solo entregaba al siguiente en la línea de poder. Se decía incluso que esas gemas escondían fuerza, y que quien las poseyera obtendría inevitablemente riqueza y autoridad.
“…Padre. ¿Dices que esos pendientes no serán solo para los príncipes, sino también… para los duques?”
Hasta ahora el emperador solo los había concedido a dos príncipes: Royster y Chloe. Dar pendientes rojos a un príncipe equivalía a reconocerlo como heredero al trono, pero concederlos a alguien que no fuese príncipe, ¿qué podía significar?
“No solo a los duques. A cualquiera que venza en el festival de caza y en los torneos ecuestres. Sea quien sea, incluso un caballero de origen humilde.”
El emperador rió con deleite, como si el asunto le resultase sumamente divertido, recorriendo con la mirada a los presentes. Pasó por encima de Evernight y acabó deteniéndose en Anya.
“Incluso si es alguien ajeno a la familia imperial.”
El rostro del emperador, siempre tan tedioso y apático, se llenaba por primera vez en mucho tiempo de vida. Tal como decía la opinión común, era caprichoso hasta lo inconcebible. Nadie podía sondear el trasfondo de aquel inédito decreto.
Después, la cena transcurrió de manera lánguida. La propuesta de Luxus, el emperador, había sumido a todos en esperanzas mezcladas con desesperación, o en hondas dudas y conflictos.
“Todos deben de estar cansados. Demos por terminada aquí la cena.”
Solo Luxus parecía aliviado. Al levantarse, cuervos dorados surgieron de la oscuridad. El emperador abandonó el salón de Videó con la emperatriz Violet y su guardia.
“La noche ya se ha hecho tarde. Ha sido un honor encontrarme con los distinguidos duques del Imperio.”
Tras él, Chloe también se apresuró a marcharse, tarareando una tonada mientras salía con sus vasallos. Uno a uno, los demás fueron retirándose: unos con pasos apurados, otros en pensativos silencios.
“Vaya, Su Majestad ha dejado el lugar hecho un campo arrasado.”
De entre los duques, Rohan Ramus fue el primero en levantarse.
“En fin, señores, yo me retiro. Nos veremos mañana.”
Rió a carcajadas, diciendo que aquello se ponía interesante, y se marchó con su gente.
“Entonces, ¿piensan participar?”
Kanon cruzado de brazos miró a los que quedaban.
“Yo no. No soy príncipe y no necesito unos pendientes rojos…”
“¡Por supuesto que debemos participar! Con esos pendientes se podría apelar al poder imperial. Seguro que llegará el día en que nos resulten de gran ayuda.”
Haxus y Bluea contestaron a la vez.
“Sir Shonda, eso es una falta de respeto.”
Haxus apartó con fastidio el brazo que Bluea, borracho, le había echado encima.
“Quizá a usted no le interese, pero esos pendientes serían un buen anzuelo en futuras negociaciones con el emperador. ¿No lo cree, sir Usolin?”
Usolin no había hecho más que vaciar copa tras copa desde el comienzo del banquete. Su casa era la única de estirpe enana que había recibido reconocimiento del emperador. Al verlo, Anya pensó en los demás enanos de Tildeon, que vivían bajo prejuicios y opresión.
“¿De veras no participará, sir Usolin?”
Pero Usolin mantuvo el silencio hasta el final. Bluea, lejos de desanimarse, cambió de blanco y posó los ojos en Evernight.
“¿Y qué hay del nuevo duque del norte? Esta podría ser una buena ocasión para darse a conocer.”
Al margen de sus méritos, seguía pesando el prejuicio de que el norte era tierra atrasada, habitada por bárbaros. Aunque fingieran lo contrario, muchos despreciaban a Tildeon en secreto.
“No creo que tengamos la suficiente confianza como para hablar de estas cosas con franqueza.”
Evernight respondió con cierto cinismo. A su lado, su consorte y al mismo tiempo el centro de la polémica de aquella noche, el príncipe Anya, mostraba desde hacía un rato un semblante sombrío, como si estuviera inmerso en pensamientos graves.
“¿Eh…?”
Bluea, percibiendo cierta frialdad en la pareja de Tildeon, preguntó aturdido mientras los miraba alternativamente. Estaba bastante borracho y su juicio andaba lento. Haxus se reía a su lado con sorna, hallando divertido el espectáculo. Evernight ni siquiera les dedicó una mirada y llamó a Anya.
“Levántate.”
Cuando Anya dudó, Evernight lo obligó a ponerse de pie. Anya bajó la vista hacia los largos dedos que le sujetaban la muñeca. De él emanaba un olor dulzón de feromonas.
“Me… me dan ganas de vomitar.”
No se sentía bien. Anya se dejó arrastrar a la fuerza junto a él.
“Como ven, mi consorte está bastante agotado, así que nos retiraremos.”
Tal como decía, Anya parecía tan frágil como una lámpara a punto de apagarse con el viento. Evernight, sin escuchar siquiera los saludos de los duques, lo arrastró fuera. Dos hombres que parecían caballeros de Tildeon los siguieron en silencio.
“Es bastante arrogante, ¿no?”
Si hubieran sido otros duques, a nadie le habría importado. Pero Evernight y los demás duques eran de un linaje completamente distinto desde el nacimiento. Que alguien así mostrara semejante arrogancia provocó que Kanon soltara una risa incrédula.
“Si esos pendientes rojos caen en manos de ese sujeto, dará bastantes problemas…”
Calculando aquello para sí, apartó la mirada de la figura del joven duque que arrastraba a su consorte casi como a un perro.
“Alteza, ¿se encuentra bien?”
Al salir del salón Budeo, el carruaje ya estaba preparado. Siswu, que había seguido tras ellos, observó preocupado a Anya. A este le surgió de pronto la duda de si ellos también sabrían que poseía un cuerpo capaz de quedar embarazado. Entonces, sin razón aparente, un sentimiento de decepción y traición le brotó en el pecho.
“No. No está bien pensar así… tampoco es que yo les haya preguntado… sería raro que me lo dijeran primero.”
Por más que trataba de verlo con buenos ojos, un ánimo sombrío lo invadía y Anya apretó los puños con fuerza.
“Es… estoy bien.”
Se forzó a sonreír y al fin Siswu también sonrió.
“Señor, mañana por la mañana vendré a acompañarle a la reunión.”
Riario y Siswu los despidieron frente al salón Budeo. Se mantuvieron atentos al estado de Anya hasta que este subió al carruaje y se acomodó en el asiento. Había supuesto que la cena sería dura, pero resultó mucho más agotadora de lo esperado. Era también la primera vez que ellos enfrentaban directamente a los duques del imperio. Además, el emperador seguía fingiendo indiferencia mientras vigilaba a Tildeon, lanzando comentarios calculados.
“Con tanto esfuerzo que me costó crecer…” chasqueó para sí.
Anya, aparentando serenidad, estiró los hombros y esbozó una sonrisa forzada; pero aquello solo hizo que los demás sintieran más lástima. Riario, visiblemente impactado, no pudo evitar seguir con la mirada el perfil vacío del príncipe antes de cerrar la puerta del carruaje.
El interior del carruaje estaba en silencio. Evernight y Anya miraban en direcciones opuestas por la ventana. La muñeca le dolía por lo fuerte que Evernight la había apretado. Anya, mirando el enrojecido lugar, habló al fin con voz temblorosa:
“Se… señor Evernight. Tengo una pregunta.”
Evernight giró el cuerpo hacia él. La distancia entre ambos era apenas de un paso, pero a Anya le pareció que un enorme muro los separaba.
Mordía y soltaba los labios sin atreverse a hablar. Al mirarlo de frente, las palabras no salían, aunque deseaba saber. En un rincón de su corazón ya se había asentado un hombre llamado “El”, que nunca había sido llamado por nadie.
“Usted… sabía desde el principio que yo podía quedar embarazado, ¿verdad?”
“Sí, lo sabía desde el principio.”
Anya fue incapaz de controlar su expresión. Casi hubiera preferido que le mintiera. Evernight cruzó una pierna sobre la otra y desvió la mirada hacia afuera. A diferencia de Tildeonroc, el castillo de Eos brillaba incluso de noche. Las verdes hojas de los árboles se mecían bajo la brisa cálida. Evernight, con un aire de total aburrimiento, soltó:
“Tu padre usó eso como excusa para venderte. No pondría a un hombre como señora sin una razón.”
El tono implicaba un “¿cómo no lo entendías?”. Pero ¿qué hombre común podía siquiera imaginar que él mismo fuese capaz de concebir? Anya tampoco lo había supuesto. El repentino matrimonio, el viaje a tierras extrañas… todo lo vivido era aterrador y confuso para alguien tan ingenuo como él. Solo había pensado que detrás del enlace había algún contrato entre el emperador y Tildeon, jamás que se debiera a su cuerpo.
Además, aquella noche había sido su primera experiencia. Aunque forzada y sin saber nada, Evernight fue su primer hombre.
El príncipe medio inútil, recluido casi siempre en el palacio secundario, jamás se había permitido albergar sentimientos por nadie. Todo era nuevo para él…
'¿Por qué siento esta amargura y este resentimiento en mi pecho?'
Y aunque la situación los había llevado a ello, habían compartido varias veces más en la cueva tras el muro. Sin embargo, Evernight jamás le mencionó nada al respecto. Anya se frotó con fuerza los ojos humedecidos y dejó caer la cabeza.
“Entonces… ¿por qué no quiere tener un heredero conmigo? Usted dijo que fui llevado a Tildeon porque podía concebir, ¿no…?”
Anya soportaba con entereza el momento.
'¿Será que lo que me enoja es que él me engañó y me humilló, o más bien…?'
Sin embargo, en su voz temblorosa rebosaba aún un apego innegable hacia Evernight, incapaz de soltar el vínculo que los unía.
"Muchacho, parece que estás confundido. Lo de coger contigo…"
Ja. Evernight, como si le resultara absurdo estar teniendo esa conversación con un mocoso que no sabía nada y era mucho menor, soltó una risita incrédula mientras se llevaba el pelo hacia atrás.
"No había más remedio. La situación se había puesto asquerosamente mal."
‘¿O… será que incluso después de acostarse conmigo dio por sentado que jamás habría un hijo entre nosotros?’
Encima de su respuesta se mezclaban emociones propias que Anya no lograba descifrar. Sus pestañas pálidas temblaban sobre los ojos fuertemente cerrados.
"¿Y si… yo llegara a quedar… embarazado?"
Era, de verdad, lo peor. Anya no pudo sino lanzarse sin remedio al oleaje de un sentimiento nuevo, desconocido. Tenía la sensación de que, si no hacía eso, jamás volvería a ver a Evernight.
"……"
Un silencio espeso se extendió entre ambos. Afuera no se oía nada salvo el ulular de un búho anunciando la noche y el traqueteo de las ruedas de la carroza sobre la tierra. Anya se quedó mirando absorto los labios rojos de Evernight. Al encontrarse con sus ojos azules, sentía que el pecho se le agitaba desde hacía tiempo.
"¿Embarazo?"
El rostro de Evernight se ensombreció bruscamente. Soltó una risita seca que se escapaba como un soplo y le dirigió a Anya una mirada gélida.
‘Ah….’
Anya comprendió enseguida que había alimentado una ilusión vana. Pero ya era demasiado tarde: una vez dichas, las palabras jamás podían recogerse.
"Atrévete a volver a mencionar semejante estupidez."
Evernight expresó una cólera silenciosa, como si hubiera escuchado una ofensa gravísima. Anya no esperaba una buena reacción, pero no pensó que llegaría a mirarlo con tanto asco. Maneregia, donde se alzaba el castillo Eos, era una tierra siempre cálida, y sin embargo Anya sintió de pronto un frío helado.
"No volveré a acostarme contigo nunca más. Así que deja esas preocupaciones absurdas y no cometas ninguna imprudencia."
"……"
"Respóndeme."
"…Sí."
‘No te atrevas a sentir decepción ni traición. Ni siquiera te sorprendas.’ Anya apretó el puño y asintió en silencio. Evernight, sin más palabras, volvió a clavar la mirada afilada en la ventana.
‘Bien hecho.’
El elogio que le había dado días atrás parecía ahora un sueño lejano.
Sí, que me reconozca no como esposo, sino como caballero. Con eso solo, mi vida no está mal. Anya se repetía una y otra vez esas palabras, consolándose. En su mente ardía el rugido de los Dragkals, pero se dejó caer contra la pared de la carroza y cerró los ojos.
La carroza llegó pronto al pabellón oriental. Bufu, el mayordomo del pabellón, ya aguardaba allí, y al abrir la portezuela tragó saliva al ver el semblante gélido del matrimonio de Tildeon. Poco antes, al partir del salón Budeo, el joven amo tenía las mejillas encendidas como manzanas y los ojos repletos de curiosidad. Ahora, en cambio, estaba lívido, semejante a un cadáver andante.
"Señor, la alcoba ya está preparada."
Bufu lo anunció con una voz deliberadamente sonora.
"Bien. Yo usaré otra habitación."
Pero la respuesta que obtuvo fue fría. Entre los nobles no era raro que los esposos no compartieran dormitorio, pero la manera glacial en que lo dijeron hacía pensar que había habido una pelea. En el castillo Eos abundaban oídos y ojos invisibles, así que un motivo así era terreno fértil para rumores; había que ser especialmente cuidadosos.
"Me retiro entonces."
Bufu inclinó la cabeza apresuradamente a Evernight. Aunque sus palabras parecían dirigidas al señor, en realidad eran como si se las dijera al propio Anya, encogido en un rincón de la carroza.
"Señor, ¿se encuentra bien?"
Bufu observó inquieto a Anya. Evernight entró en el pabellón sin mirar atrás. Poco después, Anya salió de la oscuridad; sus ojos parecían húmedos. Bufu fingió no ver nada. Para un sirviente, la virtud consistía en fingir ignorancia incluso ante las lágrimas de su señor.
"Sí… por favor, lléveme a mi… a mi habitación."
Bufu condujo a Anya a la alcoba, parloteando sobre los rumores que había recogido en el castillo Eos, pero Anya parecía ausente.
"El… el orden lo haré yo."
Dentro, varias doncellas aguardaban para asistirlo con sus ropas. Ante las palabras apagadas de Anya, Bufu no pudo insistir y las hizo retirarse.
"Que tenga una buena noche. Mañana vendré a verlo."
Tras saludar, Bufu y las doncellas se alejaron con pasos apresurados. Apenas la puerta se cerró, Anya se dejó resbalar contra la pared. Su vida había mejorado tanto en comparación con antes, y aun así, seguía queriendo más. Miró hacia un lado, donde la espada Haebing estaba cuidadosamente apoyada contra el muro.
"……"
Al fin no pudo contenerse y una lágrima descendió por su mandíbula.
Al mismo tiempo, un dolor punzante le recorrió el bajo vientre.
***
Anya durmió hasta tarde por primera vez en mucho tiempo. En el castillo de Eos no había necesidad de gruesas cortinas para retener el calor, así que la luz tibia del sol se derramaba directamente sobre la cama.
‘Excelencia duque, la señora aún no ha despertado. ¿Desea que la despierte?’
‘No. Déjalo dormir.’
‘Muy bien.’
Las voces se oían amortiguadas tras la puerta. Seguramente despedían a Evernight, que marchaba a la reunión de los siete duques aquella mañana. En otra ocasión, Anya habría salido a despedirlo, pero ahora no quería verlo. Por un tiempo, no quería enfrentarse a él.
‘¿Qué importa? Al caballero Evernight ni le molestará…’
Así era. Incluso esa sensación de vacío era únicamente suya. Evernight jamás le había abierto su corazón. Todo era como un pobre medio tonto que, sin conocer su lugar, se había engañado a sí mismo y luego se hería en soledad. Anya se cubrió hasta la cabeza con la sábana.
No sabía cuánto tiempo pasó.
Toc, toc.
Aletargado bajo las sábanas, Anya abrió los ojos a la fuerza al escuchar los golpes.
“Señorito, le traigo el almuerzo.”
Era la voz de Bufu desde el otro lado. Anya pensó en rechazar, pero sintió remordimiento por hacerlo esperar todo el día, así que finalmente se levantó y abrió la puerta.
“¡Señorito!”
Bufu se iluminó al verlo y entró cargando una gran bandeja de plata. Detrás de él las doncellas traían agua de aseo y ropas.
“El cocinero real es viejo amigo mío, así que le pedí algunos favores.”
Sonriendo orgulloso, Bufu fue llenando la mesa con platos sin parar.
“Y sobre todo, esta langosta, que solo se obtiene en el mar de Arman, es una delicia.”
Al levantar la tapa de la bandeja central apareció una gran langosta asada, con la carne limpia y jugosa, acompañada de fragante limón. Era un manjar capaz de despertar el apetito. Pero apenas le llegó el olor, Anya sintió un repentino y fuerte asco.
“¡Uuugh!”
Se tapó la boca con apuro y corrió hacia fuera.
“¡Señorito!”
Bufu y las doncellas se alarmaron y lo siguieron. Anya les hizo señas desesperadas para que no lo acompañaran. Apenas ver la comida, una repulsión inexplicable lo había asaltado, obligándolo a arrodillarse en el patio y vomitar.
“¡Revisen ahora mismo si esa comida tiene veneno!”
gritó Bufu con voz crispada. Las doncellas, atónitas, hundieron rápidamente cubiertos de plata en la comida, pero no se ennegrecieron como habrían hecho de contener veneno.
“Por si acaso, me llevaré la comida y la revisaré yo mismo. ¡Ustedes, traigan paños para limpiar!”
Tras dar órdenes, Bufu se volvió hacia Anya. El muchacho jadeaba, aún inclinado tras haber vomitado.
“Bufu… estoy b-bien, no, no haga esas pruebas de v-veneno.”
Anya se limpió la boca y se incorporó. Su rostro estaba encendido por la reacción física, pero en su expresión había una extraña serenidad.
“Señorito…”
“No le diga… a nadie lo sucedido. Ni siquiera al, al caballero Evernight.”
“Pero… si llega a enterarse después, podría enfurecerse.”
Bufu intentó objetar con cautela. Anya sacudió el polvo de sus rodillas y sonrió débilmente.
“No se preocupe. El caballero no se molestará por algo tan trivial.”
¿Trivial? La consorte de Tildeon había salido corriendo de la mesa con náuseas repentinas. Bien podría ser un veneno extranjero que la plata no detectaba. Pero la sonrisa de Anya era tan amarga que Bufu no encontró palabras. Y aun así, no podía dejar de preocuparse: ya había perdido a un amo antes. Aunque el duodécimo príncipe estuviese fuera de la sucesión, en un momento en que los duques se reunían, bien podía ser un complot contra Tildeon.
“Bufu. No se, no se preocupe. Solo… estaba n-nervioso, supongo.”
Incluso con el rostro lívido, el bondadoso príncipe lo tranquilizaba, como si fuera él quien debía ser consolado. La inversión de papeles sacudió a Bufu, que se apresuró a recomponerse.
“Sí, señorito. Debe tener hambre, dejaré que le sirvan otra comida.”
“N-no. Ya he comido suficiente.”
Aunque había vomitado, el malestar persistía. ¿Podía ser que las palabras de Evernight la noche anterior lo hubieran golpeado tanto? Había entrenado hasta el límite con Savely, y sin embargo se sentía ridículo por derrumbarse con algo así. Todavía le faltaba mucho.
“Quiero… ir al campo de entrenamiento.”
Quizás lo mejor era forzar el cuerpo para no pensar en nada. Llevaba varios días sin practicar, y temía volverse inútil como caballero y como mago. Solo le quedaban esas cicatrices, como medallas.
“¡Ah, pero cómo al campo, señorito! Quizá su cuerpo solo le envió una señal de agotamiento por el exceso de ayer. Debería descansar…”
“N-no, Bufu. Quiero ir. ¿Me a-acompañará?”
La firmeza en su voz no admitía réplica. ¿Qué podía hacer con ese cuerpo frágil en el campo de instrucción? Los rumores decían que el duodécimo príncipe era un inútil, incapaz de nada… pero el joven que Bufu tenía ante sí era maduro y bondadoso. Resignado, decidió que, además de guiarlo, luego se encargaría de quienes propagaban esos rumores.
“El castillo de Eos tiene dos grandes campos de instrucción, uno al norte y otro al sur. Como estamos en el ala oriental, el del norte queda más cerca. Lo conduciré allí.”
“Un m-momento.”
Anya entró de nuevo a la alcoba y salió con Haebing. Los ojos de Bufu se abrieron con sorpresa: no esperaba que llevara incluso su espada real. Había pensado que, a lo sumo, practicaba artes menores de palacio, no que entrenara con armas verdaderas.
‘He descuidado demasiado mientras él sufría su pena.’
Bufu se prometió ser más cuidadoso de allí en adelante.
Anya prefirió ir a pie en lugar de en carroza. Aunque había vivido más de diez años en el castillo de Eos, nunca había caminado libremente por sus pasillos. Todo le parecía nuevo, y eso mejoró su ánimo mientras avanzaba con prisa.
El camino hacia el campo estaba flanqueado por árboles y plantas podadas con un equilibrio perfecto. En algunos lugares se habían levantado altos setos formando un gran jardín laberíntico. De pronto, Anya recordó el patio central desolado de Tildeon. El remordimiento por no haber cumplido como anfitrión lo golpeó de nuevo.
“¡Príncipe!”
Entonces lo oyó. Se detuvo al escuchar una voz que lo llamaba más allá del laberinto. Había muchos príncipes en palacio, podía no ser él… pero, al mirar alrededor, vio que no había nadie más aparte de Bufu.
“Por aquí.”
La voz provenía del interior del seto. Los arbustos recortados con tal uniformidad daban al lugar un aire inquietante. Anya mantuvo la guardia, hasta que de nuevo llegó aquella voz, ahora con un matiz risueño.
“Alteza. Soy Bluea Shonda.”
“¿El, el duque Bluea Shonda?”
Anya recordó los rostros de la cena, uno a uno. El joven duque de Runfield, portador del blasón del sábalo azul, de carácter expansivo, que no dejaba de mostrarle afecto. Al girar la esquina del laberinto, Bufu lo siguió en silencio.
“Sí, príncipe. Soy yo.”
La escena lo dejó sin habla.
“¿No es este el lugar perfecto para una cita secreta?”
Bluea estaba recostado de medio lado sobre un lienzo blanco extendido sobre el césped. El problema era que a su alrededor hombres y mujeres, a medio vestir, se entrelazaban con él.
“Mi duque, pruebe esto.”
Un joven de cabello castaño, muy próximo a Bluea, le ofreció una uva que él aceptó gustoso, mordiéndola con un chasquido, para luego sonreír a Anya.
“Quizá deba hacer construir un laberinto igual en Runfield.”
De algún modo, aquel hombre le pareció semejante a sí mismo. ¿Qué demonios estoy pensando? El bochornoso espectáculo le encendió las mejillas.
“Retirense todos. Debo conversar a solas con Su Alteza.”
A una sola orden, los medio desnudos se levantaron y desaparecieron al otro lado del laberinto, pasando junto a Anya. El del cabello castaño, al retirarse, lo miró con abierta hostilidad.
"Desde que vi ayer a Su Alteza, he querido ampliar mis gustos, que se habían vuelto tediosos."
Las palabras eran algo groseras y connotaban acoso sexual. Bufu frunció el ceño, pero Anya no pareció darle importancia.
¿De veras piensa que esto es soportable? Qué inesperado.
Bluea soltó una carcajada franca e invitó a Anya a sentarse a su lado.
"¿Por qué no descansa un rato? El cielo está azul, la brisa es fresca; un día perfecto para una siesta."
Con esas palabras parecía un noble parásito que solo vivía para el ocio.
"Yo… tengo asuntos que atender. Me retiro."
Lo mejor era no enredarse con él. Anya tomó la decisión rápida. Inclinó apenas la cabeza y se apresuró a salir, pero Bluea se incorporó estirándose.
"¿Va Su Alteza a ver al duque Evernight?"
Ante aquel nombre, Anya se detuvo en seco.
"Hum. En cuanto terminó la reunión, Su Excelencia fue llamado por el Emperador. Que si para mostrarle el arsenal, o algo así. Montrose y lord Usolin se fueron felices detrás, pero yo, como no me interesa nada de eso, salí. Al fin y al cabo, hace más de seiscientos años que no hay guerra, ¿qué sentido tiene un arsenal?"
Mientras charlaba sin parar, Bluea lo observaba atentamente. Tenía aún un rostro juvenil, pero era obvio que con los años llegaría a ser famoso por su hermosura.
'Creí que ese prostituto de antes se le parecía bastante y por eso lo llamé, pero nada que ver. En este terreno mi instinto nunca falla.'
Bluea sonrió para sí y volvió a dar golpecitos en el sitio junto a él.
"Por cierto, ¿ha comido ya? Igual no puede ver al señor Evernight ahora mismo. Toda esta comida sería demasiado para mí solo… ¿quiere compartirla?"
"Es–estoy bien. Me, me voy."
Al ver la mesa repleta, la náusea volvió a subirle a Anya. Tragó saliva con esfuerzo, conteniendo a duras penas el malestar. Justo cuando iba a darse vuelta y salir casi corriendo, Bluea se levantó de golpe y lo sujetó por la muñeca.
"Su Alteza, ¿también le interesan acaso los pendientes rojos?"
"¿Pe–pendientes rojos?"
No le eran desconocidos. Siempre los había visto de lejos, balanceándose de la oreja de Royster. En la ilusión de Dragkals los había tenido en la mano, pero se desvanecieron como humo.
Era el símbolo con el que su padre, el emperador Luxus, reconocía a un hijo como tal. Siempre los había envidiado y deseado, aunque ya era un anhelo inútil.
"Yo… ahora soy un hombre de Tildeon. No los necesito."
"¿Por qué? El Emperador dijo que no importaba si era un caballero plebeyo o alguien de fuera."
Bluea lo miraba con total seriedad, como si de veras creyese que cualquiera podía recibirlos.
"El Emperador puede ser inescrutable, pero no es un soberano que mienta. Usted lo sabe."
"No tiene nada que ver conmigo. Suélteme ya."
Anya frunció el ceño, temiendo que alguien viera la escena y surgiesen rumores que molestaran aún más al duque Evernight. Bluea lo soltó al instante, disculpándose, con un suspiro breve.
"Qué pena. Si obtuviera los pendientes rojos, serían de gran ayuda para el desarrollo de Tildeon. Que los reciba un duque y no un príncipe significa que el Emperador ha depositado todo su poder en él. Y Tildeon, según oí, necesita con urgencia suministros. Ni siquiera el gran duque Evernight podrá mover de inmediato a los gremios comerciantes ni abrir caminos sin mucho tiempo."
Aquel hombre que parecía solo frívolo sabía, en realidad, leer la situación. Sonrió a Bufu, que lo miraba con hostilidad encendida, y se inclinó a murmurar al oído de Anya:
"En la reunión de hoy escuché que no solo lord Evernight, sino todos los caballeros de Tildeon se negaron a participar en el torneo ecuestre. Una pena que pierdan una oportunidad así."
¿De verdad lo lamenta? En la cena de ayer no había parecido llevarse bien con otros duques tampoco. Y en este mundo no existen favores sin precio. Así lo había aprendido Anya en Northmost: esa era una verdad grabada en los huesos. Por eso le enfadó tanto el aire de superioridad con que Bluea lo trataba. Empujó con firmeza su hombro.
"Mi señor, yo… ya estoy casado. No se me acerque más."
"¿Qué significa esto?"
Fue entonces cuando Siswu apareció entre los matorrales, con el ceño endurecido y gesto feroz.
"¿Si–Siswu?"
Anya lo miró desconcertado. Siswu se revolvió el cabello rubio alborotado y tiró al suelo la brocheta de carne que llevaba en la mano. Sus ojos ardían de rabia dirigida sin reservas a Bluea.
"¿Qué pretende, lord Shonda de Runfield?"
Bluea levantó ambas manos y dio un paso atrás, esbozando una sonrisa zalamera, como quien calma a niños.
"Su Alteza resulta mucho más atractivo para los hombres de lo que yo pensaba."
A Anya no le afectó, pero Siswu montó en cólera.
"¡Qué está diciendo…! Por muy alteza ducal de Runfield que sea, si mancilla a la señora de Tildeon, arriesga guerra entre dominios."
Eso encendió más a Anya que la burla de Bluea. Palabras como esas ya las había oído de otros príncipes en forma de insulto; lo de Bluea no era nada comparado.
"B–basta ya, Siswu."
Anya intentó frenarlo. Siswu era del norte, como Evernight. No conocía todos los detalles de su origen, pero los de Tildeon eran orgullosos de sus raíces o acomplejados por ellas; Evernight, en cambio, era de frialdad absoluta.
"Tranquilícese, joven caballero de Tildeon. Solo era un halago, no un insulto a su señora."
El término joven no hizo más que avivar la furia de Siswu.
"¡No soy un mocoso! Y eso no tiene nada de halago."
"¡Basta!"
Anya alzó la voz entre ambos. Siswu, que estaba a punto de agarrar a Bluea por el cuello, se quedó paralizado y con los ojos abiertos de sorpresa. Bluea silbó suavemente, divertido, con la vista siempre fija en Anya.
"Siswu, estoy bien. Por favor, no armemos más escándalo."
Estaban en el palacio imperial, un lugar donde hasta un príncipe podía morir envenenado sin que nadie se enterara. Un acto llamativo podía hundir a Tildeon. Y sin embargo, al ver la expresión sorprendida de Siswu, a Anya se le encogió el corazón. Con una sonrisa forzada le tomó la manga.
"Duque de Runfield, nos retiramos."
Tal vez por la tensión de la confrontación, sintió desde antes una extraña molestia en el bajo vientre. No era un dolor fuerte, pero sí inquietante y desagradable. Llevó instintivamente la mano al abdomen.
Bluea los siguió con la mirada sin apartarse ni un instante. Había visto el gesto de la mano de Anya.
"Cuando llega el peligro, el primer instinto de un padre es proteger a su sangre."
Se dejó caer de nuevo sobre la hierba, tarareando con aire ocioso. Aquella estancia en palacio, que parecía que iba a ser tediosa, se volvía cada vez más entretenida.
"Su Alteza…"
Siswu lo seguía con aire culpable, como un perro grande arrastrado tras meter la pata. Anya caminaba rápido sin hablar, tan serio que Siswu se apresuró a justificarse:
"¿Está molesto conmigo, Su Alteza? Ya sé que soy de mecha corta, pero ¿cómo iba a quedarme quieto si ese tipejo osaba insultar a la señora de Tildeon? ¿Cómo podía yo…?"
De pronto se calló, lanzándole una mirada de soslayo. El rostro de Anya, normalmente tan manso, hoy se veía sombrío y frío. ¿Le habrá pasado algo? Una punzada de preocupación lo atravesó.
"Sé que fui precipitado. Pero fue un impulso…"
"E–está bien. Sé que lo hizo pensando en mí."
Anya al fin se detuvo, suspiró suavemente y lo miró.
"Pero en palacio debemos evitar cualquier conflicto."
"Sí…"
La voz de Siswu sonó apagada, sin su habitual alegría. No parecía él mismo. Anya sabía mejor que nadie que este caballero, como un hermano, lo cuidaba de corazón. Siswu había sido el único de los caballeros de Tildeon que se puso de su parte cuando todos defendían a Lipsmohan. Él le enseñó a montar a caballo por primera vez y lo presentó al herrero Ban. Sin su ayuda, nunca se habría adaptado en Tildeon. Aquello le ablandó el corazón.
Por estar demasiado pendiente de lord Evernight, terminé desquitándome con quien no debía.
¿Por qué, mientras más pasaba el tiempo, la relación con Evernight no se hacía más cómoda, sino más difícil? ¿Será que entre él y yo, al fin…?
"Sí, Su Alteza, fue mi falta. Karen siempre me advierte que por mi carácter impulsivo un día causaría un problema…"
Su voz se apagó como hundiéndose en la tierra. Anya sintió un súbito remordimiento.
‘No debo arrastrar mis sentimientos por Lord Evernight a otros asuntos.’
Anya se lo juró a sí mismo mientras atrapaba a Siswu, que giraba nerviosamente a su alrededor.
“Ah, no, no es eso. La verdad, me alegró que usted se enojara por mí, en mi lugar.”
“¿De veras?”
Con esas palabras, el rostro del hombre de carácter sencillo se iluminó al instante. Anya esbozó a la fuerza una sonrisa y asintió.
“¿Pero adónde se dirigía?”
Siswu, en lugar de irse, se pegó aún más a Anya y le habló animadamente. Gracias a eso, la atmósfera sombría se disipó pronto.
Anya sentía curiosidad de por qué Siswu no estaba con Evernight, pero no preguntó. Al menos debía esforzarse en no pensar en él de manera consciente.
“Al… al campo de entrenamiento.”
“¿Eh?”
Siswu lo miró como si viera a una persona distinta. Y era cierto: en la cintura de Anya estaba firmemente sujeta Haebing.
Hasta entonces lo había olvidado por completo, pero aparte de Evernight, Anya era el primero en haber superado el entrenamiento de Savelli.
‘La otra vez casi muero cuando lo acompañé… ¿cómo habrá hecho Su Alteza para pasarlo?’
Siswu empezó a sentir curiosidad por la esgrima de Anya. Desde que llegó a Tildeon, el muchacho había cambiado: su estatura, que antes apenas le llegaba al hombro, ya alcanzaba la altura de su cuello. Su espalda estaba erguida y la línea de su cuello, delgada y ordenada; no obstante, sus ojos cálidos y suaves impedían que pareciera débil.
Al reparar en ello, todo aquello le golpeó de pronto con gran fuerza.
“¿Quiere que sea su compañero de duelo?”
Una vez que tomó conciencia de la idea, la curiosidad de Siswu brotó sin freno. Lo propuso con entusiasmo.
“Hasta ahora no ha practicado duelo con nadie, ¿cierto?”
“Sí… sí lo hice con Lord Savelli.”
Aunque respondió así, Anya sintió de golpe una duda: ¿hasta dónde sería capaz de luchar? Quizá no al nivel de Siswu, pero si lograba demostrar cierto dominio de la espada, Evernight lo reconocería sin vacilaciones. Al fin y al cabo, era un señor dispuesto a reconocer sin reservas los logros visibles.
“¿Quiere intentarlo esta vez conmigo?”
Bufu, que iba delante guiándolos y escuchaba la conversación, se sorprendió y aguzó el oído. Jamás había oído que la consorte de un dominio se midiera en duelo con uno de sus caballeros.
“Sí… sí, está bien.”
Por primera vez en todo el día, el rostro del príncipe, hasta entonces sombrío, se iluminó. Era insólito, pero Bufu decidió guardar silencio y conducirlos. Pronto llegaron con él al campo de entrenamiento del norte.
“Qué bien. Justo acaban de terminar el entrenamiento matutino los soldados del castillo Eos, así que el campo está vacío.”
A diferencia del de Tildeonrok, el campo de entrenamiento de Eos no estaba cubierto de nieve fangosa, sino que aquí y allá brotaba un césped verde. Alrededor, grandes árboles bien cuidados formaban con sus hojas frondosas una agradable sombra. Para ser un lugar de entrenamiento riguroso, tenía una atmósfera inusualmente clara y luminosa.
“Mi señor, iré a traer bebida y algo de comer.”
“Sí, gracias.”
Anya parecía animado, y Bufu también sonrió inclinando la cabeza antes de retirarse. Una vez se marchó, Anya y Siswu caminaron en direcciones opuestas para colocarse en guardia.
“¿Le parece bien con espadas reales?”
“Por supuesto.”
Anya desenvainó a Haebing y, girando la muñeca, hizo dar una vuelta al translúcido filo, con una naturalidad que estaba lejos de parecer torpe. Siswu también desenvainó su espada.
Anya conocía de oídas lo que los soldados de Tildeon decían de él: por su rapidez, Siswu había recibido el sobrenombre de La espada del halcón. Su corazón empezó a latir con fuerza. Haebing, como si entendiera a su dueño, tembló levemente en sus manos.
“No se contenga.”
Anya, por si acaso, no olvidó hacerle esa petición. Siswu soltó una carcajada y alzó su espada en alto.
“Yo mismo escapé sin soportar el entrenamiento de Savelli, ¿sabe?”
Con eso, Siswu se lanzó como una flecha hacia adelante, descargando un amplio tajo contra Anya.
‘Es rápido.’
Aunque no tanto como para no poder detenerlo. Anya bloqueó el golpe con ligereza. Haebing, una especie de estoque, desvió la espada de Siswu con la suavidad de una mano apartando un chorro de agua. Los ojos del caballero se abrieron un poco.
‘Un estilo… peculiar de esgrima.’
Siswu lanzó una pura exclamación de admiración en su interior.
El estilo de Anya se asemejaba al fluir tranquilo del agua. No era tanto bloquear el golpe de Siswu como dejarlo pasar suavemente y enseguida contraatacar con una estocada. Siswu esquivó la punta afilada de Haebing y, casi sin darse cuenta, soltó una risa.
‘El comandante debería ver esto.’
Aquella mañana, Evernight estaba de un humor como de caminar sobre hielo fino. Nunca había sido de carácter templado, pero incluso en el Consejo de los Siete Duques se mostró especialmente sombrío, poniendo los nervios de Riario de punta mientras observaba desde un rincón la mesa redonda de la reunión.
‘Con razón ningún otro duque se atreve a buscarle pleito al Ducado de Tildeon. Quizás sea para mejor.’
Al terminar la sesión, Riario murmuró aquello con el rostro completamente pálido. El consejo no había producido nada de valor. Siswu, que esperaba con ansias escuchar asuntos de gran importancia, sintió una decepción creciente. El emperador no hizo más que bostezar durante toda la reunión, y en cuanto acabó arrastró a los duques al arsenal. Evernight indicó que él no debía acompañarles. Entonces Riario se excusó, diciendo que debía pedir algo al señor Huxus, y se marchó. De pronto, Siswu se encontró solo. Vagando sin rumbo, fue como se topó con Anya, que estaba junto a Bluea.
"D-durante un duelo, no debe distraerse, caballero Siswu. "dijo Anya de improviso, frunciendo el ceño.
El choque de las espadas soltó un agradable sonido metálico. El ritmo de los ataques de Anya se aceleró. Normalmente, una espada de una mano se caracterizaba por la ligereza y la rapidez. Por eso, para infligir un daño letal había que penetrar mucho más hondo o cortar más amplio que con otras armas. Pero frente a un caballero experimentado como Siswu, aquello no era sencillo.
A pesar de su gran estatura, Siswu era sorprendentemente ágil y bloqueaba con excesiva facilidad. Anya percibió sin dificultad que él lo estaba conteniendo, y eso le hirió el orgullo.
Las espadas chocaron formando una X. Más allá del cruce de acero, Siswu sonrió y le dijo:
"Mis disculpas."
Entonces se desencadenó un aluvión de ataques feroces. La esgrima de Savelli era destacable, pero él era en esencia un mago. La técnica de Siswu, caballero de alto rango de Tildeon, estaba en otra liga. Anya ya no podía detener sus embestidas con tanta calma. La defensa apresurada le hizo vibrar los brazos de punta a punta.
《Si peleas así, jamás ganarás en tu vida.》
Dragkals susurró en su mente con sorna. Anya, pensando que algún día debería ajustar cuentas con ese espíritu que no aparecía cuando hacía falta y solo invadía su mente a su antojo, no logró bloquear del todo el golpe que se abalanzaba.
"¿Príncipe, está bien?"
preguntó Siswu, alarmado, retirando su espada cuando Anya rodó por el suelo para esquivar el ataque.
"A-ah, aún no ha terminado. No la retire, por favor." dijo Anya, incorporándose de inmediato y volviendo a empuñar a Haebing.
Siswu lo observaba con expresión incómoda. ‘Si no puedes ver, siente.’ Anya evocó la Sala de los Espejos que había visto en la ilusión de Dragkals. La esgrima no consistía en mirar al rival, sino en sentirlo. No en calcular con los ojos y la mente, sino en dejarse llevar, superando el miedo.
Abrió los sentidos, recordó aquel instante. Desvió con suavidad el golpe que venía directo a su cabeza, giró el cuerpo con fluidez y contraatacó al costado, alcanzando las costillas de Siswu. Todo encadenado como un baile.
"Vaya…"
Siswu gimió corto, con el rostro desconcertado, mirando a Anya. Éste enderezó el cuerpo, envainó a Haebing y dijo:
"Esto… amerita que le despojen del rango de caballero superior."
Siswu aceptó rápidamente que había subestimado demasiado al príncipe. Anya tenía un talento muy superior a lo esperado. Haber crecido así en tan poco tiempo hacía imposible imaginar hasta dónde llegaría. Le recorrió un estremecimiento, casi escalofrío.
"S-sé que se estaba conteniendo, caballero." dijo Anya, aunque no pudo ocultar la expresión de alegría.
"No. La distracción también es parte de la destreza. En combate real, de nada sirve lamentarse después; si bajas la guardia, ya estarás muerto. Fue mi error." Siswu reconoció limpiamente su derrota y tendió la mano.
"¿Podría solicitarle otro duelo en el futuro? Esa vez, lucharemos caballero contra caballero, con todas nuestras fuerzas."
Por primera vez, Anya sintió el desbordar de la emoción de ser reconocido por alguien. Apretó gustoso la mano de Siswu. Aunque sabía perfectamente que no había peleado en serio, vislumbrar su propio potencial le hacía sentirse eufórico.
"P-pero… aquello… "
De pronto, el ceño de Siswu se contrajo con dureza. Anya, siguiendo su mirada, giró la cabeza. En la entrada del campo de instrucción, Bufu se acercaba tambaleante.
"¿B-bufu…?"
Su aspecto era deplorable, como si hubiera rodado por el suelo. Llevaba la cabeza gacha y cojeaba. Anya y Siswu se miraron sorprendidos y corrieron hacia él.
"¡Bufu!"
De cerca se veía aún peor. Tenía heridas frescas en el rostro, como si alguien lo hubiera golpeado, y las ropas marcadas con huellas de botas. Anya se tapó la boca de la impresión.
"J-jefe de sirvientes, ¿quién fue?" inquirió Siswu con urgencia.
Bufu bajó aún más la cabeza, sin responder, encogiéndose. Ver al único que siempre había sido amable en el castillo Eos sufrir aquello, le revolvía el corazón a Anya. Con manos temblorosas, sacudió el polvo y la tierra de sus ropas.
"B-bufu… ¿acaso es por servir al d-décimosegundo príncipe…?"
Sintió la mirada fija de Siswu. Bufu no dijo nada, solo inclinó la cabeza más hondo, murmurando un débil perdón. Era una escena familiar: también por eso las doncellas del pabellón habían ido desapareciendo poco a poco. Por eso nunca culpó a los criados que lo evitaban; ¿quién tendría valor de acercarse?
Pero ahora era distinto. Bufu no era sirviente del “príncipe número doce”, sino mayordomo de Tildeon. Quienquiera que hubiera hecho esto estaba insultando a Tildeon mismo.
"¿Q-quién fue?" preguntó Anya con voz gélida.
"Pe… perdóneme, mi señor." Bufu temblaba, incapaz de mirarlo a los ojos. Encogido como una tortuga, lanzaba miradas nerviosas alrededor, hasta que empezó a gesticular con miedo, rogándoles que se apartaran de allí.
"E-está bien, no se preocupe. Haré que nadie vuelva a dañarle."
dijo Anya.
"¡Eso es intolerable, jefe de sirvientes! ¡Díganos de inmediato quién fue! " exclamó Siswu con los ojos enrojecidos.
Anya le dio palmaditas en los hombros redondeados para tranquilizarlo. Un silencio colérico se fue filtrando. ¿Quién podía ser tan cobarde como para atacar así por la espalda? Una sospecha vaga cruzó la mente de Anya.
"Fui yo."
Y como si los dioses confirmaran su intuición, Royster emergió de detrás de un árbol en la entrada del campo. Tras él desfilaban varios caballeros y vasallos.
"¿S-su alteza el príncipe Royster…?" murmuró Siswu, desconcertado, frunciendo el ceño como si le doliera la cabeza.
Royster no le dirigió una sola mirada. Avanzó hasta plantarse frente a Anya. Alto, corpulento, el más parecido al emperador. Sus ojos, al mirarlo de arriba abajo, destilaban desprecio y burla.
"Anya. Si estás en Tildeon, deberías limitarte a ser una anfitriona tranquila, ¿y ahora pretendes blandir espada, creyéndote hombre? "
Al parecer había presenciado el duelo con Siswu. Su mirada bajó del rostro pálido de Anya al tahalí de su cintura. En la fría neutralidad de su rostro, Anya leyó un rastro de cólera.
"¿Qué pasa? ¿Acaso tú también ansías los pendientes rojos, como ese bastardo de Chloe? Qué engreídos se vuelven todos en cuanto pisan Tildeon: perros, ganado, cualquiera babea por codiciar poder."
A su lado, Siswu apretó los dientes con fuerza. Recordando sin cesar lo que había pasado con Bluea, intentaba contenerse, aunque parecía a punto de lanzarse.
"A-alteza… Tildeon no tiene interés en los pendientes rojos. El comandante mismo lo ha dicho. "
Siswu, a duras penas tragándose la rabia, forzó una sonrisa. Ciertamente, como decía Anya, en palacio hasta los gestos más pequeños y comunes resaltaban de manera desmedida. El pecho de Siswu se sentía incómodo: ¿no habría sido culpa suya todo esto por haber retado a Anya a un duelo?
"¡Qué insolencia! ¿Cómo osa un simple caballerete replicar cuando habla el primer príncipe?"
Un caballero que guardaba al lado de Royster bramó con voz semejante al rugido de un león; su manto dorado se agitó. Era de complexión colosal, el yelmo le cubría casi todo el rostro: era Raniel Chrome, capitán de caballería, quien junto a Mibar había visitado Tildeonrok.
Instintivamente, Siswu extendió el brazo y colocó a Anya detrás de sí, en un gesto de protección que se le escapó sin pensarlo. De la boca de Royster salió un resoplido, como burlándose de aquella escena.
"Todos hablan así de frente, pero siempre guardan algo en el bolsillo de atrás."
Recordó a Chloe. Ese bastardo pasó más de diez años fingiendo indiferencia hacia el trono, encogido en las sombras, y cuando llegó la hora, mostró sus garras. La imagen de Chloe pavoneándose con el pendiente rojo por palacio lo revolvía por dentro. Royster escupió al suelo.
'Ese cabrón o este, todo el que se me cruce lo mataré.'
Había hecho bien en machacar a Bufu cuando lo encontró por casualidad. De no ser así, no habría visto la esgrima de Anya. ¿Cuándo había crecido tanto ese medio idiota? El orgullo de Royster hervía; quería partirle la cabeza a ese cabello castaño en ese mismo instante. La crueldad en su naturaleza se agitaba.
Tan buena era la esgrima de aquel medio idiota, que Royster prefirió observarlo en silencio antes de abalanzarse. Tomó la espada de Raniel.
"¿Y quién me asegura que no es mentira? Empuña tu espada, caballero de Tildeon."
Le colocó la punta justo bajo el ojo a Siswu, sonriendo con diversión. Anya, tras él, estaba paralizado de miedo.
'Sí, esa cara le queda a un desgraciado como este.'
"Vamos, respóndeme, joven caballero de Tildeon. ¿Puedes asegurar lo que dices?"
El filo perforó la piel bajo el ojo de Siswu y un hilo rojo descendió por su mejilla.
"¡Basta ya! "
Anya gritó a Royster. Nunca lo había visto tan alterado. Royster sintió un placer oscuro nacer en lo más hondo de su ser. Rió y hundió más la espada. La sangre se extendió en una mancha más ancha.
"¡Royster!"
En ese instante Anya desenvainó Haebing dispuesto a lanzarse, pero Siswu le sujetó la muñeca con rapidez. Aunque sangraba, sus ojos brillaban con firmeza. En silencio le advirtió que no se moviese.
"¿Así que van a hacerse los importantes delante de mí?"
Royster frunció el ceño, irritado. No era la escena que quería: él quería ver a Anya como antes, torpe y ridículo, no como ahora, con un subordinado leal dispuesto a dar la vida. Eso no lo toleraba.
"Aunque deje ciego a este mocoso insolente, ¿seguirás comportándote tan sumisamente?"
Bufu, al lado de Anya, se estremeció. Royster no hablaba en broma. Anya lo sabía bien: si quería, lo haría sin dudar, pues era un hombre cruel e insensible.
"Suficiente… deténgase."
Anya temía que al mínimo movimiento le atravesara el ojo a Siswu. No sabía qué hacer. Una furia asesina, pura y cruda, lo dominaba. Nunca había querido matar a alguien tanto. En las ilusiones de Dragkals había matado a Royster porque era un espejismo y porque, de no hacerlo, él mismo moría.
Pero ahora lo que hervía en su cuerpo era un deseo real de matar.
"Tsk, qué insolente con tu hermano. Anya, ¿te duele tanto ver sufrir a tu caballero? Si no puedes controlar las emociones por un simple hombre, de poco sirves."
"¿Un… simple caballero?"
Anya apretó el puño y lo miró con odio, con tanta fuerza que casi lloraba.
"Lo que hace mi hermano mayor no es una afrenta a un solo caballero, sino una clara ofensa contra todo Tildeon."
Royster bufó con desdén.
"¿Lo oíste, Raniel?"
"Sí, alteza."
Raniel, inmóvil como una estatua, respondió con lealtad.
"¿Y entonces? ¿Irás corriendo a quejarte al duque Evernight? Él ni siquiera te digna con una mirada. Pobre y hermoso hermanito… tu mirada ansiosa fue tan patética que todos los presentes se avergonzaron por ti."
Royster evocó la actitud de Evernight en el banquete de la víspera y fingió preocuparse por Anya. El rostro de Anya se puso lívido; deseaba taparse los oídos.
"¡Si sigue insultando al comandante y a la señora de Tildeon, no me quedaré quieto!"
exclamó Siswu, incapaz ya de contenerse.
De inmediato Royster giró la espada y le cortó el brazo. Anya lanzó un grito desgarrador.
"¡No, no!"
Todo ocurrió en un parpadeo. La larga cabellera castaña pasó veloz frente a los ojos de Royster. Anya lo empujó con fuerza y abrazó a Siswu. Royster perdió el equilibrio, soltó la espada, y en ese mismo instante el filo invertido de Haebing le atravesó el hombro. Gimió, llevándose la mano al hombro ensangrentado.
"¡Primer príncipe!"
Raniel Chrome lo sostuvo con ojos atónitos.
"¡Malditos bastardos!"
Royster, aún con la sangre manando, se levantó furioso. Empujó a Raniel, recogió su espada y avanzó a grandes zancadas hacia Siswu.
"¡No, no descargue su rabia en quien no tiene culpa! Admítalo, simplemente le caigo mal. ¡Es infantil! "
Anya gritó entre lágrimas, interponiéndose.
Royster soltó la lengua con insultos nauseabundos.
"¿Acaso ese caballero es tu amante? Dicen que los bárbaros son de lo más promiscuos, y bien parece. No contento con sembrar tu semilla en el duque, ¿piensas también en derramarla en tu propio caballero?" ( Habla de derramar su esperma*)
La túnica de Royster estaba empapada de sangre; sus ojos enloquecidos brillaban, y cuanto más se desquiciaba, más resplandecía su pendiente rojo.
"No se acer… que más."
Anya alzó Haebing dispuesto a impedirlo. Juró no dejar que dañase a Siswu.
"El llorón tembloroso se ha vuelto valiente… Bien, hermanito. ¿Me enfrentarás en lugar de tu caballero?"
"¡No, alteza!"
gritó Siswu, intentando detenerlo. Sus miradas se cruzaron: urgentes, desesperadas. Ambos comprendían lo que estaba en juego.
Si Anya luchaba contra Royster, ganara o perdiera, Tildeon sería arrastrado al desastre. Royster era hijo legítimo del emperador Luxus, y los demás duques, siempre atentos a hallar defectos en Tildeon, no dejarían pasar la ocasión.
"Alteza. Todo es mi culpa, castígueme a mí."
Con voz firme, Siswu se arrodilló ante Royster.
"Bien, al menos este perro sabe discernir. Incapaz de proteger a su señor y dejando que el príncipe heredero blandiera la espada, no merece ser caballero. ¡Traigan el látigo!"
El mayordomo hizo una seña y un sirviente trajo un cofre. Al abrirlo, apareció un látigo de montar. A Anya se le erizó la piel: un miedo clavado desde la infancia lo obligó a alzar instintivamente la cabeza.
"Desnúdate, caballero de Tildeon."
Royster probó la elasticidad del cuero, sonriendo.
"No puedo matar a un caballero siendo príncipe, así que lo resolveré con un castigo ejemplar."
"…Lo aceptaré."
Siswu respondió dócilmente, reprimiendo la ira.
'No. No puedo permitirlo.'
Anya murmuró aturdido. No soportaría que a su brillante caballero, a quien consideraba como un hermano, le infligieran la misma crueldad que él sufrió de niño. No permitiría que Siswu sintiera ni una pizca de aquella soledad y humillación.
Quizá adivinándolo, Siswu le tomó la mano con discreción. Aún de rodillas, lo miró con su sonrisa juguetona de siempre.
"Váyase, alteza. No se preocupe por mí."
Sonrió como de costumbre, incluso bromeando:
"Quedaré hecho un desastre, así que no mire atrás. Me daría demasiada vergüenza que usted presencie esto."
Hasta el final, Siswu trató de consolarlo suavemente. Y sin vacilar empezó a desabrochar su túnica.
Anya lo miraba con ojos desorbitados, incapaz de creer que aquello fuese real.
'¿Por qué? ¿Qué hizo mal el caballero Siswu para merecer esto?'
Una pregunta ardiente lo golpeó en la cabeza: ¿A quién lamentaría más Evernight si resultara herido, a él o a Siswu? Probablemente a Siswu, más capaz y compañero de tantos años.
Anya tembló al comprender aquello. Y además… el deber que Evernight siempre le había recalcado como futuro consorte de Tildeon.
‘Sí… esta es una carga que debo asumir yo.’
Tuvo que admitirlo. No era culpa de Siswu, sino suya. Royster hacía aquello no porque su caballero fuera insolente, sino porque lo despreciaba a él. Le envenenaba verlo blandir la espada, y temía que Tildeon codiciara los Pendientes Rojos. Por eso estaba tan irritado. Así que aunque castigase a Siswu, Royster no quedaría satisfecho.
Anya sujetó la mano de Siswu para detenerla.
“Alteza…?”
Anya negó suavemente con la cabeza.
“Es mi deber proteger a mi caballero.”
Se arrodilló junto a él. Siswu lo miró con un rostro de horror, como si gritara ¿qué está haciendo? Pero Anya no le hizo caso y alzó la vista hacia Royster.
“Es… es culpa mía, hermano mayor. Perdone a mi pobre caballero y castigeme a mí en su lugar, pues fui yo quien lo hirió con la espada, no él.”
Royster soltó entonces una carcajada estruendosa. Se acercó y, de un zarpazo, le agarró el cabello con tal fuerza que le dolió la sien.
“Por fin dices algo sensato.”
“¡Suéltalo!”
Siswu se levantó de golpe, levantando polvo, pero Raniel y los demás sirvientes lo redujeron enseguida.
“¡Suélteme! ¡Alteza, no! ¡Por favor, no lo haga!”
Siswu forcejeaba y gritaba, pero Anya le devolvió una sonrisa amplia, fuerte y luminosa, queriendo tranquilizarlo. Aquella sonrisa se hizo añicos bajo la luz del sol como si fuera cristal.
“Callenlo.”
Royster miró con desprecio a Siswu, aplastado contra el suelo, y dio la orden. Quieto ahí, pequeño caballero. Raniel sacó un bozal de una caja y se lo colocó a la fuerza. Los alaridos de Siswu quedaron sofocados en murmullos, mientras arañaba el suelo con los dedos enrojecidos.
“Desnúdate.”
Royster volvió la vista hacia Anya y ordenó. Volvió a sentirse como años atrás, cuando lo trataba como un simple juguete. El sabor de aquella vieja satisfacción le subió desde las entrañas.
Pero Anya no perdió la compostura. Si temblaba o se encogía ahora, solo llenaría de angustia a Siswu y a Bufu. Todos los presentes contuvieron la respiración mientras observaban cómo las manos largas y firmes del príncipe desabotonaban, una a una, la túnica blanca.
“……”
Alguien tragó saliva. Tras el banquete, el rumor de que el duodécimo príncipe podía concebir se había propagado por todo el castillo, incluso hasta los prisioneros de las mazmorras. Incluso Raniel, siempre cínico con Anya, lo miraba con una curiosidad apenas disimulada… o más bien, miraba la piel que asomaba a medida que la túnica se abría.
Cuando los botones ya estaban bastante sueltos, Siswu se retorció con una resistencia frenética bajo Raniel. Tanto se agitaba que el polvo volvió a levantarse. Royster tosió detrás de su manga.
“Capitán Cuervo, sujétalo bien.”
“Sí, Alteza. Perdonadme.”
Raniel lo golpeó en la cabeza con la empuñadura de su espada, abriéndole la frente. La sangre manó al instante.
“¡No le pegue al señor Siswu! Dije que yo recibiría el castigo.”
Anya habló con frialdad hacia Royster. Vaya insolente… ¿cree que me intimida con esas miradas? Royster bufó por la nariz, divertido de que su hermano le desafiara.
“¿Cuándo piensas terminar con este tedioso preámbulo? Esto no es más que el principio.”
De un tirón le desgarró la túnica del cuello. El torso delgado quedó al descubierto.
“¡Ja! ¡Miren todos!”
Royster tiró más abajo, dejando ver la espalda cubierta de hematomas azulados. Todos los presentes abrieron los ojos y lanzaron un murmullo de asombro. Al fin y al cabo, era un príncipe… ¿cómo podía estar en ese estado?
'Estoy bien.'
Anya lo repitió en su interior, fortaleciéndose.
“Como era de esperar, los bárbaros son de lo más depravado. Dicen que hay quienes se excitan con actos de crueldad, ¿no?”
Raniel se rió por lo bajo y le susurró a Siswu: ¿Tú también participaste? Siswu tembló y lanzó gritos ahogados contra el bozal.
'Estoy bien.'
Anya no se rebajó a contestar a las burlas. En cambio, cerró los ojos y evocó el Fin del Mundo: montañas solitarias, un muro mantenido por las manos tristes de la gente… Lo que soportaba ahora no era nada en comparación.
“Si añado otra herida roja a tu espalda… lord Evernight se pondrá muy contento.”
Royster sonrió mientras deslizaba un dedo por la espalda desnuda de Anya.
“¡Mmm! ¡Mmm!”
Los ojos de Siswu parecían a punto de estallar de furia. No le importaba que la sangre le chorrease por la frente, se retorcía como un poseso. Raniel, sudando, apenas podía contenerlo, y los criados salían despedidos por sus patadas para volver enseguida a sujetarlo.
“Querido hermano… de niño temblabas solo con ver este látigo.”
Lo alzó y lo tensó ante Anya. El muchacho, de rodillas, con los ojos cerrados y un porte sereno, ya no era el mismo de antaño. Esa calma irritaba a Royster en lo más profundo.
“…Pero ahora hasta te excita, ¿verdad?”
El látigo descendió de golpe. Hecho de gruesas tiras de cuero endurecido, era un instrumento brutal para domar bestias. El chasquido retumbó en la explanada y dejó un surco en el suelo, tan cerca que la arena levantada rozó la mejilla de Anya.
“¡Mmm! ¡Mmm!”
Siswu, en un arrebato, consiguió zafarse un instante y arrastrarse hacia él, pero Raniel lo atrapó de nuevo y lo ató de pies con una soga. Bufu estaba al borde del desmayo, desplomado.
“Malditos… todos los de Tildeon están llenos de arrogancia.”
Royster rechinó los dientes y levantó de nuevo el látigo. Como una serpiente negra, el látigo silbó en el aire y finalmente azotó la espalda de Anya. El golpe fue tan fuerte que el cuerpo del muchacho se inclinó hacia adelante por el rebote. Apoyó las manos en el suelo para no caer y, obstinadamente, volvió a enderezar la espalda.
"……"
Solo frunció apenas el ceño, sin dejar escapar un gemido. Esa actitud terminó por consumir por completo los nervios de Royster. Su pendiente rojo destelló bajo el sol abrasador.
¡Chas! ¡Chas!
El cuero golpeando la carne hizo resonar aquel sonido cortante. Con solo mirarlo, el dolor parecía transmitirse; varios criados apretaron los ojos y desviaron la vista. Sobre la blanca y delgada espalda de Anya quedaron grabadas unas marcas rojas, horribles y profundas. Lágrimas mezcladas con sangre corrían por las mejillas de Siswu.
No se sabía cuántos azotes habían caído ya. En la frente de Anya se acumulaban gotas de sudor, y su rostro estaba tan pálido como un papel en blanco. Aun así, el muchacho, con los dientes apretados, no soltaba ni un quejido.
"Alteza, ¿no sería mejor detenerse ya?"
El mayordomo, asombrado por la resistencia de Anya, intentó disuadir a Royster con expresión desconcertada. Pero el príncipe, fuera de sí, gritó con rabia:
"¡Cállate!"
"S-sí, disculpe…".
El mayordomo se encogió de hombros y se retiró. Entonces Royster agarró con violencia la barbilla de Anya con la otra mano, la que no empuñaba el látigo ensangrentado. Sus labios estaban destrozados de tanto morderlos, cubiertos de sangre. Al ver aquello, Royster se sintió algo mejor y, sonriendo de lado, le giró el rostro a su antojo.
"Se me ocurrió algo. Si desfiguro a latigazos tu linda cara, ¿acaso Evernight seguirá excitándose contigo?"
"A… alteza!"
El mayordomo lo llamó, horrorizado. Intentó balbuceando detenerlo, pero Royster ya estaba medio ido.
"¿Ahora quieres echarte atrás, mayordomo? ¿Qué habría yo de temer siendo el primer príncipe?"
Los ojos helados de Royster se clavaron en él. Parecía un monstruo, no un ser humano en su sano juicio.
"N-no, alteza. Solo pensé que… azotar el rostro es un castigo demasiado cruel…"
El mayordomo retrocedió estremecido, la piel erizada. Royster estaba peligrosísimo; intervenir podría costarle caro. Una mala corazonada lo invadió. Aunque fuera el primer príncipe, si destrozaba la cara del compañero elegido de Tildeon, el duque no lo dejaría pasar. Pero Royster ya no parecía tener razón alguna.
"El señor que yo conocía…"
En ese momento, Anya habló de repente con voz serena e increíblemente calmada:
"…No era tan emocional como ahora."
El mayordomo y los criados quedaron atónitos. ¿Decir algo así en esta situación no era prácticamente pedir que lo mataran? Ni suplicar hacía; todo lo contrario.
El duodécimo príncipe, sentado con porte tranquilo, sin mostrar dolor, sostenía la mirada con dignidad. Su largo cabello caía hecho un desastre hasta rozar el suelo, y su espalda desnuda estaba cubierta de heridas desgarradas, sangrantes. Aun así, daba la impresión de hallarse por encima de Royster, y eso desconcertó a los sirvientes.
"¿Qué…?"
La voz de Royster tembló de ira. Esos ojos marrones, inocentes y al mismo tiempo hondos, al mirarlo lo hacían sentir una vergüenza inexplicable.
"¿O acaso siempre tuvo usted un carácter tan pobre, y yo, yo, medio tonto, no lo supe ver?"
Era él, Anya, quien estaba arrodillado y apaleado, y aun así se mostraba tan desafiante. Royster no comprendía qué lo había cambiado.
"¡Maldito imbécil, buscas excusas para que no te dé más!"
Royster rugió, aunque en el fondo sabía que últimamente había cambiado. No lograba dormir, pasaba noches en vela, sufría alucinaciones de que lo iban a asesinar. En los banquetes destrozaba la comida como un poseso, castigaba brutalmente a criados por nimiedades. Y ahora, con Chloe reclamando el trono, su neurosis solo empeoraba.
No era así antes. Antes jugaba desde lo alto como si moviera piezas de ajedrez a su antojo…
Ese pensamiento lo sumió en la miseria y, al mismo tiempo, lo enfureció aún más.
"¡Maldito…!"
Alzó el látigo otra vez, sujetando la mandíbula de Anya. Pero el muchacho lo miraba fijo, sin miedo. En esos ojos cristalinos Royster vio reflejada su propia vileza. Eso lo hizo sentirse diminuto, humillado.
"¡Por qué me miras así! ¿¡Acaso debo soportar que un idiota como tú me desprecie!?"
El látigo iba a caer sobre el rostro de Anya cuando, de repente:
"Basta."
Alguien le sujetó la muñeca con una fuerza descomunal. Royster soltó un gemido ahogado y giró la cabeza.
"…¿Evernight?"
El hombre había llegado corriendo; con la respiración agitada se arrodilló junto a su compañero, sentado en el suelo, hecho un desastre. Sus miradas se cruzaron apenas un instante, pero Anya apartó los ojos de él.
"……"
Verlo sentado así, con el torso desnudo, herido y sereno, pinchó algo dentro de Evernight. Las laceraciones rojas, abiertas como branquias, se agitaban en aquella espalda que antes era impecable. Evernight respiró hondo para contener su ira.
"¿Qué demonios están haciendo?"
Su voz salió plana y dura. Sus ojos azules se clavaron en Royster con un brillo helado, cargados de un odio silencioso que amenazaba con desgarrarlo vivo allí mismo. Royster sintió miedo.
"Q-qué… qué…"
Se obligó a recomponerse, soportando aquella mirada afilada. En esos iris azules vislumbró la frialdad y crueldad del mismísimo emperador Luxus, y una ola de ansiedad lo envolvió. Pero solo por un instante. Enseguida la rabia lo inundó: ¿cómo podía sentirse intimidado por un bárbaro del norte? Y peor aún, en público.
Tenía que reafirmar su posición.
"Sir Evernight, estaba castigando personalmente a mi insolente hermano menor."
Hablaba con arrogancia, pero Evernight le apretó la muñeca con más fuerza, tanto que parecía que iba a romperse.
"¡Maldición!".
Royster lanzó una maldición, sacudiendo el brazo con violencia, pero Evernight, más alto y fuerte, ni se movió.
El cabello de Royster se agitaba desordenado como un muñeco de papel. Nervioso, gritó a Raniel:
"¡Mierda, Raniel! ¡No te quedes mirando, haz algo!"
El corpulento Raniel se irguió.
"¿Cómo osa? ¡Un simple vasallo del imperio pone sus manos en un príncipe! ¡Eso es alta traición!"
Y, sin embargo, en su voz había un extraño entusiasmo, como si disfrutara de la escena. Sus ojos crueles brillaban tras el yelmo de fullhelm.
"Sir Raniel, detengase."
Pero justo entonces, liberado de la presión, Siswu se arrancó la mordaza, desenvainó su espada y la apuntó directo al cuello de Raniel.
"…¡Un solo paso más y le corto la cabeza!"
Siswu exhalaba un aliento iracundo, dejando ver sin reservas la violencia de sus emociones. Dirigió una rápida mirada a Anya. ¡Maldita sea!, maldijo por dentro, apretando más la hoja contra Raniel. En su interior lo único que deseaba era atravesar sin piedad el cuello de aquel hombre.
“Joven caballero de Tildeon, ¿está seguro de que no se arrepentirá?”
preguntó Raniel con voz a medio desgarrar.
Siswu, en lugar de responder, hundió todavía más el filo contra la piel dura y correosa del hombre, como si fuera cuero de animal. Y al mismo tiempo clavó la vista en Evernight: si su capitán daba la orden, él ya estaba listo para cortar la cabeza como un soldado fiel.
“Siswu, lleva a Anya contigo.”
Pero Evernight dijo algo distinto de lo esperado. Con una mano seguía sujetando la muñeca de Royster y con la otra arrancó bruscamente su capa. El broche "una luna plateada atravesada por una espada" cayó con un golpe seco al suelo y la capa negra se deshizo. Evernight lanzó esa capa sobre el cuerpo de Anya.
“¡Comandante!”
protestó Siswu, con un aire de injusticia. Pero Evernight no quería que más gente se involucrara.
“No es culpa del príncipe. Todo, absolutamente todo es culpa mía.”
Siswu insistió, pero Evernight ya no respondió. Solo sostuvo la capa mientras miraba a Anya, que lo contemplaba con un rostro confundido y tembloroso. Podía notarlo: aunque fingía estar entero, Anya había estado estremeciéndose desde el momento en que lo tuvo frente a sí.
Evernight se fijó en esos ojos marrones temblorosos, y enseguida "maldita sea" con un insulto ahogado terminó de torcer la muñeca de Royster.
“¡Aaaagh!”
Royster soltó un alarido y dejó caer el látigo. Quiso desplomarse de dolor, pero aún atrapado por Evernight apenas pudo patalear de forma miserable.
“¡Raniel! ¿Qué haces ahí parado? ¡A este… a este… mátalo de una vez!”
Royster jadeaba casi sin aire.
Los ojos de Evernight recorrieron a los presentes. Excepto por Siswu, no había nadie favorable a Tildeon. Todos eran vasallos de Kleist, que lo miraban con espanto y hostilidad. Le dolía la cabeza. No podía entender por qué su compañero, diez años menor que él, aún a medio camino entre la niñez y la juventud, tenía que soportar semejante humillación.
Entonces, como un destello, vinieron a su mente imágenes fugaces: aquella primera noche juntos, las cicatrices que había visto a la luz rojiza, en la carreta que los llevaba a Maneregia… Sospechaba que se habían originado en circunstancias muy parecidas a esta.
Una risa amarga le escapó. Siempre lo había pensado: tan nobles que se creen los gustos de los príncipes, y no eran más que vileza.
“¿Te atreves a reírte?”
Raniel, ofendido, comenzó a golpear el suelo con el pie en un acceso de rabia.
“¡Comandante, dé la orden!”
bramó Siswu, aún encarándolo con la espada como una bestia.
“¡Raniel, qué esperas!”
gritó Royster a su vez.
El caos inundó el patio de armas. La tensión se volvía cada vez más sofocante. El mayordomo de Royster comenzó a retroceder, y de pronto salió corriendo hacia la entrada para traer soldados.
“¡Su… Su Majestad el Emperador!”
Pero apenas llegó a la puerta, se topó con una figura y cayó de culo al suelo. Luxus, el Emperador, lo miraba con una frialdad helada. Detrás de él estaban Montrose, con el ceño fruncido, y Usolin, acariciándose la barba con gesto inescrutable.
“¡P-padre!”
exclamó Royster, llamando con desesperación por encima del hombro de Evernight.
Cada paso del Emperador hacía que los vasallos se postraran temblando en el suelo: temían quedar envueltos en el asunto y recibir un castigo terrible.
“¿Qué significa todo esto, caballero Evernight?”
La mirada del Emperador recorrió la escena, dura como el hielo.
“Retire de inmediato su mano del príncipe. Por muy quien sea, si osa poner las manos sobre un hijo del Imperio, no saldrá con sus miembros enteros.”
Su voz emanaba un frío cortante. Evernight lo soltó sin vacilar. Royster, con el rostro crispado, se abrazó la muñeca amoratada y lanzó una mirada de odio a Evernight. Los ojos del Emperador, en cambio, se fijaron enseguida en Anya, sentado detrás de ellos.
“¿Quién ha dejado al duodécimo príncipe en ese estado?”
preguntó, fulminando a todos con la mirada.
“Padre, yo puedo explicarlo.”
Royster se arrodilló de inmediato, conteniendo a duras penas su agitación, y habló con aparente calma.
“En el patio de armas me crucé por azar con los hombres de Tildeon. Yo, de buena fe, quise saludarlos con cortesía… pero aquel caballero me respondió con palabras insolentes.”
Era una mentira descarada. Anya no pudo contenerse:
“¡No es cierto! N-no, Majestad. Fue Royster, el hermano mayor, quien primero alzó la espada contra sir Siswu.”
Royster rechinó los dientes.
“Es falso, Majestad. Ellos fueron quienes me ofendieron primero a mí, el príncipe.”
El Emperador se llevó los dedos a las sienes, como si le doliera la cabeza. Apreciaba más a Royster que a sus otros hijos, así que quizás culparía a Evernight. Anya, desesperado, alzó la voz:
“¡No, no fue así! ¡Él fue el primero en apuntar con la espada! ¡Royster está mintiendo, se lo ruego, créame!”
El tono de su súplica rozaba la desesperación. Anya no entendía cómo habían llegado a este punto. Por qué Evernight había roto la muñeca de Royster; si de verdad quería proteger Tildeon, lo lógico habría sido que sacara a Siswu y a él de allí lo más rápido posible. Poco importaba lo que pasara consigo mismo… Evernight nunca se había preocupado de esas cosas. Así debía ser, pero…
“¡Cállate! ¿Cómo te atreves a mentir delante de todos?”
Royster lo miró con un rostro asesino. Pero Anya no retrocedió. Si se echaba atrás, no solo Tildeon, sino también ese hombre, Evernight, correrían peligro. El pensamiento le oscureció la vista. Y con el corazón encogido, olvidando que estaba frente al Emperador, lanzó un grito cargado de rabia contra Royster:
“¡Mentiroso! ¡Cobarde!”
Ante la recriminación de Anya, Royster rechinó los dientes y se levantó como si fuera a lanzarse sobre él en cualquier momento.
"¡Basta!"
El emperador, con voz cargada de fastidio, rugió. Tanto Royster como Anya callaron de golpe.
"Evernight. Habla tú. ¿Qué significa todo esto?"
"Majestad, ignoro lo ocurrido antes. Solo sé que claramente el príncipe Royster blandía un látigo sin piedad contra mi cónyuge."
Evernight habló con calma, pero en sus palabras asomaba la rabia contenida. Estaba reprimiendo a la fuerza las ganas de arrasarlo todo. Ni él mismo sabía por qué su corazón se agitaba tanto. Había creído dejar atrás esos sentimientos inmaduros al partir de Redcost. Maldijo en silencio y apretó los puños.
Recién entonces el emperador miró hacia su hijo menor, enfundado en una capa negra y de cuerpo delgado. El mayordomo imperial se apresuró a revisar la espalda de Anya. Luego asintió al emperador: confirmaba lo dicho.
"Royster, ¿fue cosa tuya?"
El emperador frunció el ceño, mirando a su hijo.
"Majestad. Como príncipe del imperio, ¿cómo podía dejar pasar semejantes palabras insolentes en presencia de mis vasallos? Ignorarlo equivaldría a permitir que se desprecie a la familia real Kleist. Con tantos visitantes en el castillo de Eos en estos días, había que reafirmar la disciplina."
Royster habló con soltura, como si esperara ese momento.
"Por eso, como primogénito, quise castigar al caballero de Tildeon. Pero entonces el duodécimo príncipe dijo que él era su señor y que recibiría el castigo en su lugar. ¡Anya incluso llegó a apuntarme con la espada a mí, su hermano!"
Tuvo que hacer una gran inspiración para dominar la ira; sus ojos enrojecidos brillaban con furia.
"¿Es cierto?"
El emperador se volvió a Anya. En la superficie, lo que Royster decía era correcto, aunque omitía que él mismo había provocado todo.
"…Sí, Majestad, pero…"
El emperador lo interrumpió con frialdad.
"Anya, hablarás cuando tu hermano termine. Continúa."
Royster lanzó una mirada feroz a Evernight y prosiguió.
"Además, el caballero Evernight expresó su furia por el castigo a su cónyuge. ¡Mire lo que hizo con mi muñeca! El caballero Raniel intentó detenerlo, pero ese pobre caballero de Tildeon osó levantar la espada contra el mismísimo capitán de la guardia del palacio."
Y en efecto, la muñeca de Royster ya estaba ennegrecida como si se pudriera. El emperador dio un gesto a Anya para que hablara. El muchacho, pálido, expuso una versión totalmente distinta, pero clara y precisa.
Tras oírlo, el emperador suspiró.
"Ambos cuentan historias completamente distintas. Raniel y el caballero de Tildeon no son neutrales, pues sirven a distintos señores. ¿Qué hacer entonces?"
El emperador acarició su espesa barba, recorriendo con la vista a todos con frialdad.
"Royster, ¿qué quieres tú?"
Anya comprendió que, una vez más, su padre se inclinaba por su hermano. Royster respondió con aire triunfante:
"Castigue a los de Tildeon que se atrevieron a herir el cuerpo de un príncipe."
Su túnica estaba manchada de sangre y su muñeca ennegrecida. Incluso con ayuda de los médicos reales, tardaría en sanar. Su petición era razonable, pero el emperador se giró con gesto aburrido.
"¿Y qué quieres? ¿Que los azote en medio de la plaza? Anya también es de la familia real. Si lo castigara, como dices, estaría contradiciendo tus propias palabras y rebajando la dignidad de los nuestros."
Y, cansado de la disputa, se dio media vuelta. Los cortesanos se apartaron como un mar abierto.
"Basta por hoy. Evernight, controla bien a tu esposa y a tu gente."
"Sí, Majestad."
Evernight se llevó la mano al pecho, aceptando el veredicto. El emperador hizo un chasquido de lengua, harto, y se disponía a salir, pero Royster gritó tras él:
"Majestad, ¡entonces córtele al menos la cabeza a ese insolente caballero de Tildeon, para que nadie ose volver a desafiar la autoridad de los príncipes!"
El corazón de Anya se desplomó. Miró desesperado a Evernight, pero su rostro imperturbable no dejaba ver nada. La vieja sombra del auto-desprecio lo envolvió de nuevo.
El emperador se detuvo y se giró.
"Es momento de una opinión imparcial. Montrose, ¿qué dices tú?"
Montrose, tomado por sorpresa, acarició su barba con gesto incómodo. No le simpatizaba aquel arrogante duque de Tildeon, pero si un príncipe castigaba a un duque solo por haberlo ofendido, sentarían un precedente peligroso.
"Majestad, mire los resultados. La señora de Tildeon tiene graves heridas en la espalda, y el príncipe Royster también sufrió un serio daño en la muñeca. Ambos se han infligido un perjuicio, lo cual los iguala. ¿No sería injusto hablar de más castigos?"
Royster frunció el ceño con desagrado. Entonces Usolin intervino con voz grave.
"Pero un primogénito y la señora de Tildeon no son iguales en rango. Aunque ambos resultaran heridos, no puede decirse que sea lo mismo."
Tenía razón, y Montrose calló. Al fin y al cabo, no era su asunto.
"Padre, si lo dejamos pasar así, todos menospreciarán a los príncipes."
El título de “Majestad” se volvió “Padre”. Royster apelaba al vínculo de sangre.
"Si castigar a los demás es difícil, entonces al menos castigue al caballero de Tildeon, para que todos vean la grandeza de la realeza."
En efecto, demasiados habían presenciado la escena. Y Luxus Kleist detestaba como una plaga esos rumores pequeños que terminaban socavando su autoridad.
"De modo que ambos coinciden en que todo empezó con ese joven caballero de Tildeon."
En las pupilas de Royster brilló la satisfacción de la victoria.
"¡Majestad! ¡Él no ha cometido ningún crimen!"
Anya se levantó de un salto y corrió hasta el emperador, inclinando la cabeza ante sus pies. De su espalda, herida y ensangrentada, la sangre caía al suelo. Montrose apartó la vista.
"Un caballero debe proteger a su señor, ¿no es cierto? ¡Eso es lo único que hizo! Si hay un culpable, es mi hermano mayor, incapaz de mostrar clemencia como príncipe, y yo, que no supe obrar con sabiduría como su consorte."
El emperador se agachó hasta ponerse a la altura de Anya. Era la primera vez que este veía tan de cerca a su padre. Por primera vez en su vida, imploraba su compasión. Y el emperador, mientras acariciaba el cabello de su hijo, mantenía un rostro gélido.
"Hijo, si tu hermano se ha airado tanto, algo de culpa tendrá tu caballero. A veces hay que resistir en silencio. Tal vez este sea un buen momento para que aprendas esa lección como virtud de un consorte."
El emperador se levantó sin más ganas de ser juez. Estaba a punto de dictar sentencia contra Siswu cuando Evernight se adelantó junto a Anya.
"Majestad, la deuda que me debe… quiero cobrarla ahora."
El ceño del emperador se frunció con fuerza; no lo esperaba.
"Esa deuda debe servir al progreso de Tildeon, caballero."
"Precisamente para eso quiero usarla."
Anya levantó la vista, atónito, hacia su esposo. Bajo el sol ardiente del sur, aquel hombre de cabello negro y piel clara, con ojos azules de bestia mágica, se grabó con una fuerza inigualable en su corazón.
"Competiré en la Cacería y en el Torneo de Justas. Si gano, quiero que este asunto quede enterrado junto con el pendiente rojo."
Su voz grave parecía contener un hechizo, provocando una profunda agitación en el corazón de Anya.
Montrose y Usolin intercambiaron una mirada cargada de sorpresa. Les gustara o no, para Tildeon aquello significaba una oportunidad de conseguir el pendiente rojo sin reproches. Era un negocio redondo.
El emperador se inclinó hacia atrás y estalló en carcajadas.
"Bien, acepto tu propuesta. Pero mi hijo también participará."
Y señaló de improviso a Anya. Evernight alzó una ceja, molesto.
"Será una buena experiencia para tu cónyuge. No olvides que, además de consorte, ya es un caballero. De hecho, tenía curiosidad por ver su esgrima."
El emperador recordó las cartas recibidas de Tildeon: que aquel hijo medio inútil había vencido en un duelo de honor, y que incluso usaba magia. Vino a su mente una antigua profecía.
"Esta Cacería y este Torneo de justa serán los más emocionantes de todos. Así debe celebrarse mi cumpleaños."
Y, por primera vez en mucho tiempo, mostró una sonrisa amplia en el rostro.
"¡Padre, esto no puede ser!"
Royster protestó con apremio. Luxus lo miró de reojo con desagrado, fijándose en el pendiente rojo que colgaba de su oreja, y luego apartó la vista. No quería seguir enzarzándose en discusiones.
"Royster, si de verdad te sientes agraviado, participa también tú en la justa. Sal ahí y aplasta a tu hermano, o corta en dos al duque Evernight, y entonces no tendré nada que decir."
Cuando el Emperador echó a andar, Siswu se arrodilló en silencio y le rindió honores.
"Entonces, vayan todos a recibir tratamiento. Duque, enviaré sanadores al pabellón oriental."
Con pasos algo cansados, el Emperador se retiró, murmurando que con la edad todo le resultaba aburrido muy pronto. Tras él lo siguieron Montrose, Usolin y los demás vasallos.
El silencio descendió sobre el patio de armas. Enseguida, Royster también salió de allí lanzando un grito más cercano a un alarido que a palabras.
"Pensar en contemplar la esgrima del duque, de quien dicen que lucha como un demonio, me emociona tanto que no podré dormir."
Bajo el yelmo, la boca de Raniel se torció en una sonrisa torcida. Cuando hasta el corpulento hombre se hubo marchado, sólo quedaron en el patio Anya, Siswu y Evernight.
"Levántate."
Evernight sujetó a Anya del antebrazo y lo ayudó a ponerse en pie. Aun con una brisa leve, la piel de la espalda se le abrasaba.
"Bufu."
Al escuchar su nombre, el mayordomo, con la cara bañada en lágrimas y mocos, corrió a recoger la capa de Evernight y la colocó sobre los hombros de Anya.
"¿Llamo a un carruaje, mi señor?"
"No, yo mismo lo llevaré. En diez minutos estaremos en el pabellón. Tú asegúrate de que un sanador llegue allí en el mismo plazo."
"Comandante, yo…"
Siswu, intimidado, buscó con la mirada la reacción de Evernight.
"Ve a buscar a Riario. Estará con Haxus."
Dicho esto, Evernight llevó dos dedos a los labios y silbó. De inmediato, con el retumbar de cascos, su caballo de guerra acudió.
Sin más, le metió la mano a Anya bajo la axila y lo izó con fuerza. Antes de que pudiera soltar un quejido, ya estaba sentado en la silla. Fue un gesto propio de tratar a un mocoso, por lo que el rostro pálido de Anya se tiñó al instante de rojo. Siswu y Bufu apartaron la vista con torpeza.
Evernight, sin decir nada, tomó las riendas procurando mantener la máxima distancia posible para no rozar la espalda de Anya.
"¡Arre!"
Su corcel negro partió al galope.
El viento tibio, como de principios de verano, le azotaba el rostro. A cada sacudida, la carne desgarrada de su espalda rozaba con la capa y se agitaba, pero Anya estaba tan consciente de la presencia del hombre sentado tras él que por momentos olvidaba el dolor.
El caballo corría tan rápido que algunos transeúntes se asustaron y cayeron de bruces al suelo.
Tal como había dicho, en menos de diez minutos llegaron al pabellón. Apenas desmontaron, Evernight lo sujetó fuerte de la muñeca y lo llevó a zancadas por el corredor. Los sirvientes, sorprendidos, se inclinaron al paso del duque.
Anya, viendo esa ancha espalda delante de él, comprendió que estaba enfadado.
"Fuera todos."
En cuanto entraron a la alcoba, Evernight despidió en frío a los criados, que huyeron tras presentir la peligrosa tensión.
"¿Cómo diablos…? "
Dejó caer con brusquedad la muñeca de Anya y se pasó la mano por el cabello, antes de acercarse de golpe, rebosante de ira.
"¿Por qué demonios estabas recibiendo una paliza como un maldito perro?"
Evernight recordó la mañana de ese día, cuando tras el consejo imperial el Emperador lo había entretenido mostrándole su arsenal. Allí, desde el campo de instrucción, lo había visto: Anya, inconfundible. Corrió hacia él y lo que presenció lo dejó sin palabras. Sin darse cuenta, ya había torcido la muñeca de Royster.
"El… el señor Siswu… fue… "
Cada cosa que hacía aquel mocoso le apretaba el cuello como una soga. Evernight masculló un improperio y la mirada de Anya vaciló.
"¿Acaso Siswu te pidió que recibieras los golpes en su lugar?"
"N-no."
"Entonces, ¿qué derecho tenías tú?"
Cada palabra era un filo helado clavándose en el corazón de Anya.
"¿Qué demonios hacías ahí recibiendo golpes por otro? Maldito mocoso… No pensé que también fueras estúpido."
El chico ahogó un jadeo. La presión era tan fuerte que apenas podía respirar. Jamás lo había visto desatar una furia así contra él.
"¿Tan mal te he tratado hasta ahora? Yo te he dejado actuar a tus anchas. Incluso cuando te ibas al bosque con Savelli, incluso cuando montabas tus estupideces en la muralla."
Anya no supo responder. Evernight se cubrió el rostro con la mano, tratando de sofocar esa oleada de emociones que le provocaba ver a su joven consorte.
"A-ah, no. Siempre le he estado agradecido."
"¡Pues no deberías hacerte el idiota entonces!"
El grito lo hizo retroceder asustado, pisando el borde de la capa, que resbaló de sus hombros. Evernight lanzó una maldición al ver su prenda manchada de sangre.
Y recordó la imagen de aquel niño arrodillado ante Royster, recibiendo azotes sin rechistar. Le enfurecía, lo incomodaba, y sobre todo le pesaba aquella incomprensible sensación.
"Si yo marco el paso, al menos haz el intento de seguirlo."
"¿Quiere decir que… que debí quedarme mirando cómo el señor Siswu sufría?"
"Sí, mejor eso."
"¿P-por qué? ¡Usted mismo me enseñó! "
La voz de Anya se quebró.
"Me dijo que cumpliera con mi deber."
En efecto lo había dicho, pero lo que quería era que se mantuviera al margen, lejos de su vista.
"Yo también soy de Tildeon… Soy la señora de Tildeon. Sólo quise proteger al señor Siswu."
Evernight no esperaba que sus palabras fueran entendidas así. Anya, como cachorro bajo la lluvia, ansiaba reconocimiento y calor humano. Al principio le daba igual, pero ahora… era un error.
"¿De Tildeon?"
Escupió una risa incrédula. El gesto de Anya se endureció. Esa cara joven, arrugada por el dolor, despertaba en él emociones confusas, incluso el deseo de que se destrozara más, para cortar de raíz su tormento.
"Mientras lleves la sangre de los Kleist, siempre vivirás en Tildeon como un ser a medias. Eso nunca cambiará. ¿Creíste que tu pobre buena voluntad borraría siglos de odio? Ingenuo."
El golpe fue devastador. Todo lo que había soportado en el norte lo había hecho por sentirse parte de Tildeon. ¿Cómo podía él mismo decirle eso? A Anya le dieron ganas de llorar.
"Así que… eso quiso decir aquella vez en el banquete. Que soy un medio príncipe y que no pensaba engendrar herederos conmigo."
Al oírlo, la mirada de Evernight se tornó aún más fría.
"Cállate. Eso no es asunto tuyo."
Pero Anya no pudo detenerse, herido y humillado.
"Aun sin querer herederos… se acostó conmigo. Incluso allá, más allá de la muralla helada."
La voz le salió desgarrada.
"¿Y te gustó? A mí me resultó maldito y atroz."
En sus ojos azules cruzó fugazmente un reflejo de auto-odio, un arrepentimiento profundo. Anya enmudeció.
"Ni tu cuerpo me interesa ni tengo afecto por ti. Y eso es lo mejor para ti también."
"¿C…cómo puede decirme eso…?"
Las lágrimas nublaron la vista del muchacho. Creyó que, con el tiempo, al menos lo reconocería como alguien válido. Pero no: aún lo despreciaba.
“Todavía me odia…”
La certeza lo desgarró.
En ese silencio, alguien llamó a la puerta.
"Excelencia, soy el sanador imperial."
“…Que te atienda.”
Evernight, sin más, pasó de largo y abrió la puerta. El anciano de túnica blanca lo saludó con reverencia, pero el duque se fue sin mirarlo.
"Mi señor, ¿se encuentra bien?"
El sanador corrió a sostener a Anya. Apenas lo tocó en la espalda se asustó y lo condujo a la cama.
"Aplicaré un hechizo analgésico primero."
El chico, con el rostro hundido en la almohada, apenas reaccionaba. El sanador ocultó con habilidad su desconcierto, recordando el ambiente gélido que reinaba en Tildeon.
Una luz amarilla fluyó de su mano hacia las heridas de Anya, aliviando un poco el ardor.
"Ahora aplicaré ungüentos de hierbas."
Desplegó un lienzo en el suelo con bolsitas de plantas y utensilios para machacarlas. Mezcló rápidamente algunos remedios y elaboró una pomada cicatrizante.
"Hmm… "
Mientras untaba la pomada, frunció el ceño con extrañeza.
"Mi señor… perdone lo atrevido, pero ¿ha tenido usted relaciones íntimas en uno o dos meses recientes?"
"¿Qué…? "
El chico levantó la cabeza con voz apagada. El sanador agitó las manos nervioso.
"No, no, olvídelo. Volvamos a empezar."
Anya recordó de inmediato aquella noche con Evernight en la cueva, más allá de la muralla.
"S…sí."
El sanador entonces posó dos dedos sobre su muñeca, dejando fluir una luz amarilla hacia el interior. Tras un leve murmullo, sonrió ampliamente.
"¡Enhorabuena, está embarazado!"
"¿…Eh?"
Los labios del joven quedaron entreabiertos, incrédulos, y poco a poco se tiñeron de horror, como quien despierta de una pesadilla. Sin percatarse de ello, el sanador continuó alegremente su explicación.
“Hay ocasiones en que la magia curativa no surte efecto sobre las heridas. Las causas pueden ser varias, pero una de las más comunes es la gestación. Desde la perspectiva del feto, los cambios repentinos en el cuerpo de la madre "o del progenitor gestante" son percibidos como una forma de agresión. Por eso, como mecanismo de defensa, la magia curativa de este tipo, que acelera la cicatrización, actúa con lentitud. Lo comprobé por si acaso y, efectivamente, está embarazado. Una vez más, mis más sinceras felicitaciones. Sin embargo…”
¿Sin embargo? El sanador, que había estado parloteando con entusiasmo, al fin notó la mirada de Anya y se llevó la mano al mentón. Una tensión inexplicable congeló el aire de repente. Dudó brevemente sobre si debía hablar, pero al final, fiel a su deber de salvar vidas, se atrevió a soltar una advertencia amable.
“El latido del corazón del feto es algo… débil. A partir de ahora, debe cuidar su salud con rigor.”
“……”
“Se lo comunicaré a Su Alteza el duque. De inmediato se prepararán y entregarán hierbas medicinales para fortalecer el cuerpo.”
“Su Alteza el duque.” Con esa sola expresión, las pupilas castañas de Anya temblaron con violencia. ¿Cómo solía reaccionar Evernight? Ah, sí… había dicho que jamás dejaría descendencia. Que su relación con él era horrenda. ¿Cómo reaccionaría al enterarse? Por un instante, no pudo negar que sintió una punzada de excitante expectativa. Pero duró apenas unos segundos.
El cuerpo entero de Anya se vio súbitamente sumergido en una sensación abrumadora de desesperanza y vacío.
El señor Evernight… podría hacer que el niño desaparezca.
En el extremo final de aquel pensamiento, un escalofrío recorrió su piel. A duras penas recobró la compostura y miró al sanador.
“A… no. No hay necesidad de eso.”
“¿Perdón?”
“Por favor, mantenga esto en secreto ante el señor Evernight. Y también… no lo diga a nadie de la familia imperial.”
“Pero… ¿cómo ocultar una noticia tan dichosa?”
El entrecejo del sanador se frunció. Era una reacción que escapaba a toda lógica. Solo entonces alcanzó a notar la mezcla de amargura y desconcierto en el rostro de Anya.
Un príncipe tan joven, el duodécimo, y además varón, que había quedado encinta. Y nada menos que del hijo del duque Tildeon, aquel que sobrevivió años más allá de la Gran Muralla como un ser casi monstruoso. El impacto debía de ser devastador.
“Ah… perdone. No supe comprender sus sentimientos. Le ruego disculpas. Es natural estar confundido. Pero pensar que, en realidad, existen muchos que sufren enormemente por no poder concebir. La llegada de una nueva vida es algo estadísticamente muy poco común. No se angustie demasiado.”
Embarazado… Yo… con el hijo de Evernight…
¿Era por eso que últimamente se sentía mareado y sus emociones iban a la deriva? Anya cerró lentamente los ojos.
Tal como él había dicho, era espantoso… y, al mismo tiempo, extraño. Entre el torbellino inexplicable de sentimientos, Anya lo soportó en silencio.
“Debajo del velador… hay una caja.”
Junto al lecho, bajo una pequeña mesa de noche, descansaba un cofre que contenía los objetos que Gregos le había dado al partir de Tildeon.
“Si la abre, hallará monedas de oro. Quedese con todas.”
“Señor…”
“Guarde el secreto. Se lo suplico.”
El sanador vaciló. ¿Tan grave debía de ser la situación como para ofrecer tal suma por un silencio? Anya inspiró profundamente y forzó una sonrisa débil.
“Dijo que el corazón late débil… Quiero… prepararme, por si ocurre lo peor. ¿Qué pasaría si alguien lo supiera y luego todo acaba mal? Ya sabe… como soy un medio inútil, temo que se propaguen rumores desagradables.”
Aquel gesto sombrío ablandó inevitablemente el corazón del sanador. Al final, aceptó las monedas y se retiró en silencio de la habitación.
“En cambio, pediré hierbas como si fuesen para su recuperación. Ayudan al feto.”
Anya no se opuso a eso. La única ayuda que recibía eran ungüentos temporales para suplir la falta de efecto de la magia curativa. Cada vez que el ardor del remedio penetraba en sus heridas, su mente se resquebrajaba un poco más. Siempre boca abajo, quedó mirando distraídamente por la ventana.
Tener al niño… no tenerlo… tenerlo…
Los días siguientes transcurrieron en la penumbra de su dormitorio, casi en completo silencio. A veces Riario pasaba a revisar su estado, y en cada ocasión Anya tenía que mentir: fingir que había recibido la cura mágica y que estaba sano. Aquella mentira, no deseada, lo hundía más en la desazón.
“¿Y… y el señor Evernight?”
Ante su pregunta, Riario se encogió de hombros. Desde aquella discusión, Evernight no había aparecido ni una sola vez por el dormitorio.
“Anda más irritable que nunca, ocupado en trazar la frontera del ducado y en cerrar tratos con los gremios de mercaderes que abastecerán a Tildeon. ¿Entre usted y él… ha ocurrido algo?”
Recordando el rostro de Evernight, que solía discutir con los otros duques en el consejo con un filo inusual, Riario lanzó la pregunta al muchacho. Anya negó suavemente con la cabeza.
“N… no.”
Pero la manera en que bajaba las orejas, como un perrito abatido, lo delataba sin remedio. Riario entrecerró los ojos, aunque intuía que nada le diría por más que insistiera.
“¿El señor Siswu se encuentra bien?”
“Ah, ese… no se preocupe. Preocuparse por él es, literalmente, la cosa más inútil del mundo.”
Como castigo por su travesura, Siswu había quedado relegado a ayudar a Evernight en las tediosas reuniones del consejo ducal. Solo imaginar el sufrimiento reflejado en su cara bastó para que a Anya se le escapara una leve risita. Al menos entonces su semblante sombrío recobró algo de color. Riario carraspeó y pasó a informarle sobre la agenda próxima.
“Su Alteza, ¿se encuentra realmente bien? El festival de caza y el torneo de justa se celebrarán este fin de semana. Si le resulta difícil participar…”
Le resultaba extraño ver al príncipe, siempre tan inquieto, postrado en cama. Según sabía, las heridas ya habían sanado con magia tiempo atrás. ¿Sería acaso por culpa del capitán? ¿O tal vez Evernight le había prohibido salir? Si era así, tratar a su consorte de esa manera era demasiado cruel… pero tratándose de él, era perfectamente posible.
“Puedo… puedo hacerlo.”
Ese día, más apagado que nunca, Anya respondió con una firmeza inesperada. Ojalá solo fuera una impresión suya, pensó Riario.
"Por cierto, yo no participaré. Mi plan es quedarme bebiendo junto a las damas. Si cambia de opinión, nadie le reprochará nada, así que no se fuerce a asistir.
"Entonces, descanse, Su Alteza." En ausencia de Evernight y Siswu, ocupados con el consejo ducal, Riario era quien visitaba cada día los aposentos de Anya para dar señales de presencia. Cuando se retiró tras una breve despedida, Anya volvió a quedarse solo. El muchacho, ya solo, acariciaba distraído su vientre todavía delgado, una y otra vez, sin cesar.
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El primer día del festival de caza amaneció con un cielo especialmente azul, tanto que todos lo aclamaron como una jornada bendecida por la diosa. Sin una sola nube, el limpio cielo de verano se extendía sobre las cabezas de la multitud. El festival, celebrado en conmemoración del cumpleaños del emperador Luxus, tenía lugar en el bosque occidental de Maneregia.
Desde la mañana, al salir del castillo Eos, la procesión que avanzaba por la calzada con los estandartes de cada casa arrancaba vítores de los plebeyos, quienes interrumpían sus quehaceres para contemplarla. No era común ver, no solo a los señores provinciales que residían en la capital, sino también a los duques del Imperio, famosos más por los rumores que por dejarse ver.
Si bien solo los nobles podían asistir o participar en el festival de caza, el torneo de justa a caballo, previsto para días después, era un evento masivo abierto también al público común.
"¡Mamá, es el cuervo negro! "
gritó con voz clara un niño que observaba la procesión.
La figura que más expectación despertaba entre la gente de Maneregia era el duque de Tildeon. Sobre él ondeaba una bandera negra sin emblema alguno. Contrario a los temibles rumores, su imponente belleza dejaba al público embelesado, y su fama, tan brillante como sus ojos azules, encendía aún más el fervor popular.
Tal vez por eso, tras la procesión, en tabernas y mesones las entradas para la justa se agotaron, al punto de que comenzaron a circular boletos a precios desorbitados en el mercado negro.
Al cruzar el gran puente y dejar atrás las murallas de la ciudad, se abría un amplio llano. Aunque el trayecto era corto, la comitiva era tan enorme que, para cuando alcanzaron el claro en la entrada del bosque, había pasado bastante tiempo.
"Oh, qué esplendor."
Algunos grandes nobles y señores provinciales habían traído consigo a sus familias. Entre velos ondeantes, damas y señoritas descendían de las literas con rostros excitados, maravilladas ante las estructuras de tela que brillaban bajo el sol a la entrada del bosque. Eran al menos un centenar de pabellones. Del otro lado llegaban aromas de pan recién horneado, dulce y dorado, mezclados con el picor del vino.
"Ese debe de ser el duque de Tildeon."
"Y a su lado…"
"Debe de ser el príncipe Anya."
Fingiendo indiferencia, las damas cuchicheaban mientras miraban de reojo a los dos personajes más llamativos de la jornada.
