—¿Quién?
—No lo conoces. Voy a ver a una mujer.
—Explícate de una forma que pueda entender.
—Hay una mujer a la que conozco.
—¿Quién es esta mujer que conoces? ¿Cómo se llama?
—En fin, es alguien que conozco.
—Tómalo con calma. Pienso salir temprano del trabajo, ya que somos recién casados.
Haewon soltó una carcajada ante las palabras de Woojin. Tenía un don especial para hacer que los demás se sintieran bien. Siempre decía lo que uno quería oír, y su forma de hablar era capaz de agitar el corazón con solo un par de frases.
Cuando esas palabras tan dulces brotaban de su voz habitualmente seca, se creaba una sinergia tan potente que no se limitaba a alegrar el día; hacía que el corazón de Haewon diera un vuelco.
—¿Acaso somos recién casados?
—Por supuesto. Dormimos bajo la misma manta donde podría concebirse un niño ¿no es eso propio de recién casados?
—Nadie te está escuchando. Estás solo, ¿verdad?
Estaba soltero, sí. Lo que a Haewon le preocupaba era que alguien pudiera oírlo por la calle.
—Tómalo con calma y regresa pronto. Te esperaré despierto.
—Los funcionarios del gobierno se están volviendo muy audaces últimamente. Mantén algo de dignidad.
—¿Voy a buscarte? ¿Me llamarás cuando termines?
—Creo que a esa mujer no le haría gracia que viniera Hyung.
—Está bien entonces. Nos vemos en casa.
Tenía pensado decirle a regañadientes a Woojin con quién se iba a reunir si seguía insistiendo, pero Woojin simplemente respondió y colgó.
Tras salir del coche, Haewon caminó hacia el restaurante mientras se alisaba una y otra vez el cabello bien peinado. Justo antes de entrar, se examinó en un espejo de la entrada, controlando su expresión tensa.
Al abrir la puerta y adentrarse en el local, un camarero se le acercó de inmediato.
—Bienvenido ¿Tiene una reserva?
—¿Hay alguna mesa reservada a nombre de la doctora Choi Hyun-mi?
—Ah, sí. Ya la están esperando.
El empleado le indicó que lo siguiera con un gesto cortés. Incluso mientras caminaba tras él, Haewon no dejaba de estirarse la ropa.
Concluida la práctica con la orquesta, Haewon había recibido una llamada de Choi Hyun-mi.
Le había prometido tocar para ella si se presentaba la ocasión, un compromiso adquirido cuando estuvo ingresado con fiebre en el hospital donde trabajaba la madre de Woojin, momento en que intercambiaron sus números de teléfono.
Woojin le había destrozado el teléfono y aquel contacto se había perdido, pero recientemente, ante la avalancha de llamadas molestas, Haewon casi había ignorado el número desconocido. Fue pura suerte que hubiera decidido contestar.
La persona al otro lado de la línea no era otra que la madre de Woojin, Choi Hyun-mi, a quien no esperaba para nada.
Lo había invitado a cenar con la intención de mantenerlo en secreto para Woojin, expresando su deseo de verlo no como el querido subordinado de su hijo, sino como un músico y un admirador. Se trataba de una propuesta inesperada, pero al tratarse de la madre de Woojin, Haewon se vio incapaz de rechazarla.
Había volado al restaurante nada más salir de trabajar, con la idea de contarle a Woojin con quién se reunía si este se ponía insistente con las preguntas; sin embargo, como al final apenas mostró interés, Haewon planeaba sorprenderlo con la anécdota una vez que estuvieran de regreso en casa.
Woojin probablemente no diría mucho. Simplemente le preguntaría si la había saludado bien, diría que era bueno que fuera educado y cortés, y no haría muchas preguntas. Era un poco peculiar en ese sentido.
El camarero dio dos toques a la puerta y la abrió. En una terraza exterior separada del salón principal se alzaba una mesa dispuesta para dos. Choi Hyun-mi, que había llegado primero, estaba sentada en la mesa, contemplando el jardín impecablemente cuidado. Al oír el ruido, giró la cabeza.
—Hola.
—Bienvenido.
—Cuánto tiempo.
Haewon la saludó con una cortesía irreprochable, de esas que harían que cualquiera elogiara sus modales, inclinándose con finura antes de ocupar el asiento que el camarero le señalaba. El empleado sirvió medio vaso de agua a cada uno y preguntó:
—¿Les apetece ordenar algo?
—Haewon ¿Qué te gustaría comer?
—Usted me dijo la última vez que habláramos con confianza...
—Ah, es verdad. ¿Qué te apetece? ¿Algún plato en particular?
—El menú de chuletón T-bone de aquí es muy bueno, ¿le apetece?
—De acuerdo, pidamos eso entonces.
—¿Cómo prefiere el punto de la carne?
—A mí me gusta a medio tiempo. ¿Y a usted, señora?
—El mío bien hecho, por favor. Y en lugar de espaguetis, prefiero risotto.
—¿Desean vino para acompañar?
—Nos gustaría el vino blanco que Woojin Hyung y yo dejamos guardado aquí la última vez. ¿Podría traerlo?
Se trataba de un restaurante italiano al que Woojin solía acudir con frecuencia. Habían estado allí no hacía mucho. Todavía debía quedar algo de aquel Montrachet Grand Cru 2007 que habían reservado.
Una vez que el camarero tomó nota y se retiró, Haewon se quedó a solas con Choi Hyun-mi, envuelto en una sensación de incomodidad.
—¿Vienen muy a menudo por aquí usted y Woojin?
—Ah, sí... Hyung tiene el paladar exigente. No le gusta ir a cualquier sitio. Aunque no venimos tanto, solo de vez en cuando.
En realidad, ahora vivía con él. Como Woojin no era de los que pregonaban cada detalle a su madre, probablemente ella ignoraba por completo que compartían techo.
Debería haberle comentado a Woojin que iba a verse con la señora Choi Hyun-mi para recabar algo de información previa.
Haewon se arrepintió tarde, dando un sorbo de agua para calmar la sequedad de la garganta. Nunca había sentido nervios frente a nadie, pero la madre de Woojin constituía una notable excepción.
Anhelaba causarle una buena impresión. El deseo imperioso de ser visto como alguien intachable brotaba con fuerza. Con la firme convicción de que era mejor callar antes de meter la pata con las palabras, se impuso no abrir la boca hasta que la señora Choi tomara la iniciativa.
La mujer, que lo había estado observando en silencio, alisó con las manos el mantel de lino. Tras observarlo durante unos instantes, preguntó:
—¿Nuestro Woojin se porta bien contigo?
—...¿Perdón? Ah, sí. Hyung es muy atento conmigo.
—No me refiero a eso —replicó ella, negando con la cabeza mientras sus ojos adquirían un matiz serio—. Me he enterado.
—¿De qué?
—De que te has mudado al apartamento en Seocho-dong, ¿verdad? Han decidido vivir juntos.
—...
Definitivamente, Woojin no solo era de los que contaban todo a su madre, sino de los que soltaban incluso aquello que debían callarse. Haewon se quedó petrificado de la sorpresa.
—Sé muy bien que tú y Woojin mantienen una relación especial.
—...
Haewon jamás le había confesado a sus padres, ni a ningún allegado, que convivía con un hombre, ni tenía el menor deseo de hacerlo.
Aun cuando la señora Choi lo miraba con ojos benévolos y libres de prejuicios, la situación seguía resultándole insostenible. Al apartar la mirada con incomodidad, la mujer añadió:
—Descuida. Le pedí a Haewon que nos reuniéramos porque quería que charláramos con franqueza.
—Lo siento. Es solo que... me ha pillado por sorpresa.
—Imagino que no sabías que Woojin tiene la lengua tan suelta, ¿verdad? Él no me oculta nada si considera que es lo correcto. Supongo que lo nuestro entra en esa categoría.
—...
Aunque se tratara de algo de lo que presumir, Haewon no cabía en sí de asombro ante el hecho de que Woojin ventilara asuntos tan íntimos con total ligereza frente a su progenitora.
A pesar de ser madre e hijo, no parecían especialmente unidos ni sincronizados. Como cualquier otra relación filial de su entorno, guardaban cierta distancia. Jamás había presenciado una llamada de Woojin a su madre mientras estaban juntos. Durante el horario laboral casi nunca respondía al teléfono, y al terminar siempre estaba con Haewon, por lo que su madre quedaba totalmente al margen de sus comunicaciones.
—Al principio me pareció extraño. Woojin no es el tipo de persona que lleva gente a casa. Ni siquiera le agrada que yo vaya a visitarlo... Aquel día, quedé bastante impresionada al encontrarme a Haewon en su antiguo officetel.
—Sí...
—Y cuando cargó con un Haewon afiebrado hasta el hospital, estaba fuera de sí, así que asumí que debías de ser un subordinado muy querido para él.
—...
Avergonzado, Hae-won frunció los labios y no dijo nada. Mantuvo la mirada baja, observando únicamente la llama parpadeante de la vela.
—No te he citado aquí para juzgar su relación ni para exigirles que rompan, así que no me malinterpretes.
Solo entonces Hae-won miró directamente a la madre de Woo-jin. Si no hubiera sido por eso, no habría habido motivo para que invitara por separado al hombre que vivía con su hijo a comer. Sobre todo teniendo en cuenta que era su madre, proveniente de una familia con médicos tanto por parte paterna como materna, quienes inevitablemente se preocupaban por el honor familiar.
—Quiero saber cómo trata Woojin a Haewon.
Haewon ladeó la cabeza, desconcertado ¿Por qué iba a necesitar ella saber cómo Woojin trata a su amante?
—Quiero saber cómo te trata ese niño, cómo es cuando se encuentran.
—Ambos somos adultos, y me está pidiendo algo sumamente personal.
—Ah, disculpa. Lo que intento decir es...
La mujer humedeció sus labios con la lengua, buscando con esmero las palabras adecuadas en su mente.
Mientras Haewon la contemplaba con curiosidad, los platos comenzaron a desfilar. El vino, el pan de entrante, una sopa humeante y una ensalada fresca quedaron dispuestos sobre el mantel. El hilo de la conversación se interrumpió brevemente por la presencia del camarero, retomándose en cuanto este se marchó.
—Quiero saber si salen como cualquier pareja normal, si él se porta bien con Haewon, si no le causa problemas al hijo de otra familia... eso es lo que me importa.
—No alcanzo a comprender a qué se refiere exactamente.
—Lo que quiero decir es que...
Como cualquier novios del montón, salían a cenar, acudían a locales como aquel a beber vino dulce, se ocultaban bajo los puentes del río Han para profesarse un amor clandestino y se susurraban promesas bajo sábanas blancas que parecían hechas para concebir una vida...
Haewon y Woojin mantenían un noviazgo de lo más corriente. Ni más ni menos que el de cualquier otra pareja.
Al principio saltaban chispas, porque ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder un ápice. Tras atravesar grandes discusiones y desencuentros, habían aprendido a andar con pies de plomo.
Habían intentado reprimir lo que sentían precisamente porque se trataba del hombre por el que un amigo fallecido suspiraba, pero la fuerza de la atracción pudo más que cualquier escrúpulo.
Haewon había pulido su egoísmo y sus arrebatos impulsivos tras sufrir varios episodios donde actuó a la ligera sin medir las consecuencias. Ya no volvía a comportarse de forma temeraria frente a él. Del mismo modo, Woojin se esforzaba por mostrarse blando y mimaba cada minuto que compartían.
Una vez descifrados los caracteres del otro, imperaba la consideración mutua, por lo que los motivos para las disputas se habían vuelto casi inexistentes.
—Si Woojin se comporta con normalidad... No, olvídalo. Disculpa. Me alegra enormemente que les vaya bien. Con eso me basta.
—...
Las cejas de Haewon se curvaron en un gesto de perplejidad. Indicándole que no hiciera caso a sus devaneos, la señora Choi lo instó a tomar la sopa antes de que perdiera temperatura y dio inicio a su cena.
Que si Woojin era normal... No, un momento. ¿A qué se refería con eso?
¿Acaso su madre insinuaba que Woojin padecía alguna clase de anomalía? ¿Curioseaba por si Haewon estaba al corriente de algún problema oculto y grave?
A Haewon se le escapaban por completo las intenciones de Choi Hyun-mi. Aunque Woojin arrastraba una personalidad algo retorcida, poseía un exterior atractivo y un interior firme y honesto. Se trataba de un hombre imponente tanto por fuera como por dentro, al punto de hacer que Haewon ambicionara poseerlo por entero.
Si Woojin hubiera tenido únicamente un buen físico, jamás se habría encaprichado de él hasta ese extremo.
Haewon era de los que se cansaban rápido; nunca había sabido lo que era la obsesión ni la retención de afectos. Lo que venía, venía; lo que se iba, se marchaba. No retenía las cosas ni se aferraba con desesperación a las despedidas. Sin embargo, con Woojin no había tenido ni un solo resquicio para el aburrimiento o el hastío.
Tras más de un año de relación, Haewon seguía sin calibrar la verdadera magnitud de la fortuna de Woojin. No era el tipo de hombre que exhibía sus carencias interiores mediante la ostentación o la vanidad. Poseía un talante austero que priorizaba la comodidad, y aunque se sacrificaba en un entorno laboral poco agradecido y mal pagado, entregaba su alma a una sociedad incapaz de valorarlo, desgastándose hasta los huesos.
Agotado por tantas obligaciones, también albergaba un flanco vulnerable que imploraba el consuelo y el afecto de Haewon como si fuera un crío. Cuando Woojin se recostaba en él, Haewon deseaba convertirse en un refugio más cálido y protector, y se esforzaba por lograrlo.
Woojin no solo era perfecto por sí mismo; lograba que Haewon también se sintiera así.
Era un hombre entrañable y bueno.
—No termino de entender sus palabras, pero si me pregunta por Hyung... o mejor dicho, por Woojin Hyung, le diré que es una excelente persona. Es tan extraordinario que no pienso dejarlo marchar jamás.
—...
Haewon expuso el concepto que tenía de Woojin de un modo tosco, pero sincero.
Le habló de sus desvelos cotidianos, de cómo lo despertaba por las mañanas, de su capacidad para adelantarse a sus necesidades sin mediar palabra, sin dejar de asumir el rol de hermano mayor con firmeza cuando las infantiles rabietas de Haewon asomaban.
Era el pilar que sostenía su carrera musical y el ancla que impedía que Haewon —ajeno a la pasión desaforada— perdiera el norte.
La señora Choi escuchó en riguroso silencio, sin interrumpir con acotaciones.
—Cuando le dije que quería dejar de ahorrar en mi cuenta corriente, él me insistió en que debía llegar hasta el final, en que la experiencia de culminar algo era lo verdaderamente valioso. Así que terminó ingresando dinero por mí... Y cuando aprobé el carné de conducir, me regaló cien estrellas.
—¿Estrellas? ¿Qué clase de estrellas son esas?
—Es nuestro código particular. A Hyung le cuesta verbalizar los conceptos abstractos. Sobre todo cuando se trata de algo «muy, muy, muchísimo». Se pone nervioso si no maneja cifras exactas. Por eso ideamos lo de las estrellas. Cien estrellas si hay mucho amor, diez si discutimos por alguna tontería, y a veces bajamos a números negativos si se enfada de verdad.
—¿Negativos?
—Una vez que Hyung rompió mi teléfono sin querer, acumulé tres menos trescientas estrellas. Tardé lo mío en recuperarlas. No fue intencionado; se le cayó por la ventana mientras ordenaba. Aunque la culpa fue mía por dejarlo en un sitio peligroso.
—¿Y qué más?
—Pues que a Hyung no le gusta el Montrachet. Dice que es demasiado dulzón... pero aun así se lo bebe cuando venimos aquí.
Haewon agitó levemente la copa que sostenía. El vino blanco, que cubría apenas un tercio del cristal, osciló con suavidad. Contempló el líquido que Woojin aceptaba beber solo por él, y de inmediato sintió un nudo en la garganta y los ojos húmedos.
¿Existiría alguien más insignificante ante los ojos de una madre obnubilada por el amor a su hijo?
Había presumido con descaro de lo bien que lo trataba ante su propia madre. Para enmendar el exceso, Haewon añadió a la carrera:
—Ah, y Hyung cuida muy bien de la casa. También se preocupa... por la salud de usted.
—¿Woojin hace eso?
—Sí. Dice que su marido también debería cuidarse más.
—...
Ella esbozó una sonrisa seca, teñida de una marcada incredulidad. Extrayendo un pañuelo de su bolso, se secó con delicadeza los ojos húmedos, sofocando la emoción que amenazaba con desbordarla.
—Gracias. Te lo agradezco de corazón. Por cuidar de Woojin... de verdad, muchas gracias.
La voz entrecortada de la mujer delataba una absoluta sinceridad.
¿Acaso aquello merecía semejante muestra de gratitud?
Haewon solo se había limitado a rebatir que Woojin distaba mucho de ser el monstruo que su madre parecía imaginar, tratándolo como a un ser extraño.
¿Por qué se expresaba de aquel modo? A Haewon se le escapaba el trasfondo de las palabras de la señora Choi. Pensó que tal vez Woojin se mostraba de forma muy distinta ante su familia, luciendo la misma sequedad que prodigaba al resto del mundo.
Dieron cuenta del vino blanco restante. Sin rastro de embriaguez, debieron solicitar un conductor de reemplazo.
Hasta el momento en que se marchó primero, Choi Hyun-mi trató a Haewon con gran cariño, como si fuera una persona bondadosa que hubiera reformado a su hijo problemático y rebelde, agradeciéndole continuamente mientras le acariciaba la mano. Recordando a Choi Hyun-mi, Haewon también subió al coche conducido por el chófer designado.
¿Qué demonios había hecho Woojin en su entorno familiar para que su madre tratara al amante masculino de su hijo como si fuera un benefactor de por vida?
Tampoco era el primero que pasaba por su vida...
Agradecía enormemente que la señora Choi no le hubiera arrancado los mechones de pelo ni le hubiera arrojado agua a la cara al enterarse de que vivian bajo el mismo techo.
Su prometida era tan devota que incluso eligió la profesión de médico para ser digna de su familia. Dado que las familias se conocían desde hacía mucho tiempo, Choi Hyun-mi también debía conocerla bien. Su prometida era una persona hermosa, diferente de Haewon, no solo por su riqueza, sino también por su belleza, su talento y el amor que sentía por Woojin. Esa persona era la prometida de Woojin.
Hae-won estaba cada vez más desconcertado.
El hecho de que Choi Hyun-mi, sabiendo que Hae-won era quien vivía con Woo-jin, no se arrancara el pelo ni le arrojara agua a la cara era algo que agradecer.
Nunca había conocido a los padres de ninguna de las personas con las que había salido; ni siquiera se había imaginado ser reconocido formalmente por ellos y tener una relación sentimental con ellos.
Sin embargo, la madre de Woojin prácticamente le suplicaba que no lo dejara, que continuaran juntos.
¿Era eso remotamente concebible?
¿Cómo habría reaccionado su propia madre en una circunstancia similar?
La madre de Haewon, vinculada al mundo musical, probablemente no le habría montado un escándalo, pero su desaprobación habría sido rotunda. Habría sido lo normal, sobre todo tratándose de un partido con un porvenir tan brillante como el de Woojin.
¿Significaba eso que lo suyo... no era normal?
¿Existía algún defecto oculto, una fisura letal en la personalidad de Woojin?
Haewon cerró los párpados. Estaba agotado. Le escocían los ojos. Los apretó con fuerza antes de volver a abrirlos. A través de la ventanilla del vehículo, el bullicioso paisaje nocturno de la capital desfilaba a toda velocidad. Mientras contemplaba el exterior, el teléfono vibró en el fondo de su bolsillo.
Era el profesor Park Jonghoon.
Un suspiro de fatiga escapó de sus labios de forma espontánea. Haewon descolgó la llamada.
—Diga.
― Soy Park Jonghoon. ¿Te va bien para hablar... Estás a solas?
—Sí, sin problema. Dígame.
—Si no tienes demasiados compromisos ¿podríamos vernos un momento hoy?
—¿Ahora mismo?
Horas intempestivas para quedar con alguien con quien no le unía una amistad estrecha. El segundero digital del salpicadero marcaba ya pasadas las nueve de la noche.
—Mañana salgo de viaje a un seminario, así que no tendré otro momento.
Park Jonghoon esgrimía una urgencia impropia.
—¿De qué se trata? Si es por asuntos del cuarteto, ya le adelanto que no puedo. La agenda de la orquesta para el segundo semestre está cerrada.
Hablaba mientras acariciaba distraído el estuche del violín a su lado. Al otro lado de la línea se oyó un suspiro dubitativo.
—No, no es por eso. Tengo algo que debo decirte definitivamente.
—¿No puede decírmelo por teléfono?
—Es un asunto que no se puede tratar a través de una pantalla.
Haewon bajó un poco el cristal de la ventanilla. Una brisa cálida coló al interior, alborotándole los cabellos.
—Creo imaginar por dónde van esto... pero lo siento, no me interesa.
—¿Eh?
—Tengo pareja. Usted lo vio aquel día, ¿no es así?
—Ah, no, no te equivoques. En realidad, de lo que necesito hablarte es precisamente de ese amigo tuyo.
Ante la inesperada revelación, Haewon volvió a subir el cristal de golpe. El vehículo recuperó el silencio. El conductor, concentrado en la ruta, lo miró de reojo a través del retrovisor interior.
Se refería a su amigo, es decir, a Woojin.
Daba la impresión de que Park Jonghoon estaba a punto de conectar sus vagas sospechas con pistas tangibles.
—¿Dónde se encuentra ahora mismo?
—Estoy en la escuela ¿Crees poder venir?
—Te llamaré en cuanto llegue.
Haewon le indicó al conductor el nuevo destino. El vehículo dio media vuelta en U.
Tras unos veinte minutos de trayecto, el coche de Haewon ingresó al campus universitario, donde apenas unas cuantas luces iluminaban el edificio de investigación. Se detuvo frente al departamento de música. Haewon le entregó al chófer el importe exacto del viaje más una propina de diez mil wones.
Al llamar a Park Jonghoon, este le aseguró con rapidez que saldría enseguida. Haewon descendió del automóvil y aguardó su llegada mientras sentía la brisa del verano.
Quizás el comportamiento errático de la señora Choi, que actuaba como si Woojin arrastrara algún defecto imperdonable, hallara una explicación en las palabras que Park Jonghoon se disponía a revelarle.
Aunque Woojin no lo había reconocido, Park Jonghoon parecía conocerlo perfectamente. Su rostro desencajado en el hotel de Jeju seguía grabado con nitidez en su memoria.
Poco después, divisó a Park Jonghoon acercándose a paso ligero. Haewon se despegó de la carrocería del coche, donde se había apoyado, y lo saludó.
—Lamento haberle pedido vernos a estas horas.
—No se preocupe.
—¿Entramos?
—No, hablemos aquí mismo.
El campus, desierto de estudiantes, estaba envuelto en un profundo silencio y oscuridad. Park Jonghoon sugirió sentarse a conversar y lo guio hacia un banco cercano.
Tomaron asiento bajo la sombra de un plátano oriental. A lo lejos se escuchaba el leve crujir de pequeños animales moviéndose entre la maleza.
—¿De dónde conoce a Woojin Hyung, profesor?
Preguntó Haewon sin rodeos. Park Jonghoon se giró para mirarlo, mordiéndose el labio inferior.
Una extraña sensación de déjà vu envolvía a Haewon con cada vez más fuerza.
Tanto la señora Choi como Park Jonghoon actuaban de forma extraña.
Sabían algo que él ignoraba por completo; lo miraban con preocupación y lástima. Parecía haber en Woojin un trasfondo oscuro que debería mover a Haewon a compadecerse de él.
—Hyun Woojin... En realidad, fue alumno mío en la secundaria.
—Entonces, ¿por qué fingió no reconocerlo? Lo vio con sus propios ojos en el hotel.
—Él... no me recordaría.
Tenía el semblante turbado. Estaba a punto de difamar a Woojin, al hombre con el que Haewon compartía su vida.
En circunstancias normales, no habría prestado atención a semejantes comentarios; los habría ignorado o tratado con desdén. Sin embargo, la llamada de Park Jonghoon, recibida justo después del encuentro con la madre de Woojin, no era algo que pudiera pasar por alto.
—¿Acaso Woojin Hyung padecía algún tipo de enfermedad mental en su época escolar?
—¿Eh?
—Resulta evidente. Intenta advertirme sobre algo relacionado con Hyun Woojin ¿me equivoco?
—En realidad... sí. Quizá sea un error por mi parte, pero Haewon, eres un violinista con el que me gustaría colaborar algún día y, para ser sincero, me preocupas. Por eso me puse en contacto contigo.
Hablaba con una expresión de genuina inquietud.
—¿Se preocupa por mí? ¿Por qué razón?
A estas alturas, sus sospechas parecían confirmarse: Woojin escondía un defecto fatal.
—Sé que suena a hablar mal a sus espaldas, pero... en fin, Hyun Woojin es una persona peligrosa.
—¿Y bien? ¿Es un psicópata?
—No exactamente, pero...
—¿Un don Juán de lo peor, tal vez? ¿Alguien que no compagina dos, sino veinte relaciones a la vez, dejando a todos sus amantes destrozados y llorando por los rincones?
Lo interrumpió Haewon con tono desafiante, incapaz de tomarse el asunto en serio. Había decidido contradecir cualquier patraña que Park Jonghoon intentara arrojar sobre Woojin. Pero de pronto, un escalofrío lo recorrió entero.
Dejar a todos sus amantes destrozados, llorando... y muertos.
Dos personas que habían proclamado amarlo con locura habían terminado suicidándose.
Mientras Haewon guardaba silencio, con la imagen de la difunta prometida de Woojin y la de Taeshin resonando en su mente, Park Jonghoon lo observó con una mirada que delataba un trasfondo mucho más oscuro.
—¿Te ocurre algo?
—Lo único extraño aquí es que no hay nada extraño. Lo que resulta desconcertante es su actitud tan sospechosa.
—¿Cuánto tiempo llevan juntos?
—Más de un año.
—¿Y en todo este tiempo no has notado nada raro?
—Ya le he dicho que no hay nada. Pero todos se empeñan en hablar como si hubiera un misterio oculto ¿A qué viene tanto...?
Haewon estaba confundido. No había nada turbio en Woojin; era un hombre bondadoso, noble y entrañable. Sin embargo, tanto su madre como Park Jonghoon parecían convencidos de que ocultaba alguna anomalía.
—Durante mi tercer año, Hyun Woojin ingresó al instituto. Fue el representante de los de primer año y, como era de esperar, acaparó todas las miradas gracias a su físico deslumbrante. Su popularidad era tal que incluso yo, que vivía ajeno a las actividades escolares por centrarme en el arte, sabía quién era.
La manía de Park Jonghoon de referirse a las personas a través de sus «apariencias» le resultó extraña, pero Haewon no lo interrumpió.
—En aquella época circulaban grupos de abusones, jóvenes crueles y astutos que se escudaban en la influencia económica de sus familias. Hyun Woojin no les caía en gracia. Me enteré de que sufrió un acoso terrible. Sucedió un par de meses después de su matricularse, justo antes de los exámenes parciales, si mal no recuerdo.
—¿Qué pasó exactamente?
—Los chicos que lo acosaban... tres de ellos murieron.
—...
—Los tres... fallecieron.
—¿Y eso qué tiene que ver con Hyung? ¿Acaso existe alguna prueba de que fuera él? Seguramente se mataron ellos solos haciendo alguna estupidez.
A pesar de pronunciar esas palabras con firmeza, el corazón de Haewon dio un vuelco. Park Jonghoon lo miraba con los ojos vacíos, reviviendo viejos fantasmas sepultados por el paso del tiempo.
Los abusones de Woojin, los jóvenes que perdieron la vida en accidentes fortuitos. Tragedias donde los culpables jamás fueron hallados, alimentando rumores siniestros que sobrevolaron la institución.
No existía prueba alguna que incriminara a Woojin.
—¿Cómo iba a asesinar un muchacho de diecisiete años a tres personas? De haberlo hecho, lo habrían atrapado. ¿Acaso la policía es estúpida?
—Sí... supongo que es un pensamiento exagerado.
—...
Efectivamente, carecía de todo sentido. Resultaba absurdo imaginar a un adolescente de diecisiete años segando la vida de tres personas. El propio Park Jonghoon asintió, dándole la razón en que semejante teoría era inverosímil.
Tras unos instantes contemplando sus propios zapatos con aire pensativo, el profesor retomó la palabra.
—Pero lo curioso es que todos pensaron en Hyun Woojin. Incluso yo, que apenas lo había visto un par de veces, creí que había sido él.
—Es normal que buscaran a un chivo expiatorio tras una tragedia así. Lo señalaron a él simplemente porque encajaba en el perfil, ¿no?
Haewon salió en su defensa. Sentía una profunda lástima por las dificultades que Woojin debió atravesar a esa corta edad, compadeciéndose de él con todas sus fuerzas. Intentaba sofocar la creciente sensación de inquietud que ascendía como humo denso por su pecho, autoconvenciéndose de que Woojin era incapaz de semejante crueldad, repudiando a quienes juzgaban a un inocente.
—Cuando la presidenta Seo Okhwa pronunció el nombre de Hyun Woojin, tuve un mal presentimiento. Pensé que se trataría de un homónimo. Pero al verlo junto a ti en el hotel aquel día, me quedé helado... me dio terror.
—...
Park Jonghoon se estremeció como si hubiera rozado el filo de un cuchillo asesino contra su garganta.
—Escuché algo más en la reunión de exalumnos.
—¿De qué se trata?
—Su prometida se suicidó...
—Eso no tiene relación con Woojin Hyung. Lo sé perfectamente. Sufrió un grave accidente de tráfico y se quitó la vida llevada por la desesperación. No fue culpa de él.
—Eso dicen. Pero, ¿sabes qué es lo verdaderamente turbio?
A esas alturas, Haewon ya no deseaba seguir escuchando. Anhelaba taparse los oídos, pero se quedó inmóvil, observando a Park Jonghoon, quien abrió la boca con expresión incrédula.
—Uno de los chicos que murió en aquella época se quitó la vida. Uno de los acosadores que atormentaban a Hyun Woojin sin medir las consecuencias... apareció ahorcado.
—...
—Con esto no pretendo afirmar que fuera obra suya. Simplemente digo que hay demasiados cadáveres a su alrededor como para considerarlo una mera coincidencia.
—...
Haewon conocía a otra persona de la que Park Jonghoon no había hablado.
Se trataba de Taeshin.
Tras soltar aquellas palabras, Park Jonghoon sacudió la cabeza como si estuviera tan confundido como él, le pidió que olvidara la conversación y se marchó.
Haewon se quedó inmóvil en el asiento trasero. Desde el instante en que el profesor mencionó las tres muertes, sus palpitaciones no habían cesado.
Él, que solía mofarse de cualquier sobresalto, que apenas había derramado lágrimas ante la tumba de su propia madre, sentía ahora un pánico visceral que le sacudía todo el cuerpo, haciendo añicos sus defensas internas.
Haewon creía en lo que veían sus ojos y escuchaban sus oídos. Las opiniones ajenas no eran más que eso: opiniones. Al menos, el Woojin que él conocía distaba mucho de ser esa clase de persona.
¿Cómo había sido aquella misma mañana?
Cuando Haewon se quejó de que el cuello y los hombros le dolían por haber dormido mal, Woojin se pasó un buen rato masajeándole la zona. Le amasó los músculos con paciencia, preguntándole si sentía alivio; al ver que las molestias persistían, recorrió su nuca con delicadeza, besó su hombro y terminó haciéndole cosquillas. Tras un forcejeo risueño donde lo mantuvo inmovilizado, aquel dolor sordo que le oprimía la espalda se desvaneció por completo.
La gente estaba loca. Tanto la señora Choi como Park Jonghoon padecían algún tipo de delirio y malinterpretaban las cosas. Si bien el profesor tenía sus motivos, las extrañas palabras de la madre de Woojin —cuestionando si su hijo era normal con aquel tono desconcertante— no tenían coartada.
Sin darse cuenta, Haewon sacudió la cabeza murmurando un «no», justo cuando el timbre de su teléfono sonó con la estridencia de un abismo que se abre bajo sus pies. En la pantalla brillaba el nombre del hombre que acaparaba sus pensamientos, provocándole un temblor incontrolable. Acercó el aparato al oído.
—...¿Diga?
― ¿Dónde estás? ¿Por qué tardas tanto en regresar?
—Voy de camino. Me tomé una copa de vino.
—Mi madre me ha dicho que ya se marchó. Hace rato que se despidieron, ¿no?
—...¿Sabías que me reuní con ella?
—Hablé con ella hace un momento.
Le había pedido expresamente que guardara el secreto. Sin embargo, la señora Choi se lo había contado todo a Woojin.
A menos que...
Woojin poseyera una facultad omnisciente, enterándose de las cosas sin necesidad de que los implicados se las revelaran.
Porque lo sabía absolutamente todo.
Qué clase de arte prefería Haewon, qué platos le gustaban, qué melodías lo conmovían...
En qué habitación de hotel se alojaban, qué posturas disfrutaba en la intimidad; lo conocía a la perfección.
—Iba a conducir en cuanto se me pasara el efecto del alcohol.
—Toma un taxi o llama a un chófer.
—Ni hablar. Es un coche nuevo, prefiero llevarlo yo.
—...No habrás quedado con nadie ¿verdad?
Su tono sonaba a un interrogatorio en toda regla. El corazón le latía desbocado.
—Haewon.
—Sí...
—Llama a un conductor. No conduzcas.
—Ya estoy sobrio. Voy para allá.
—No conduzcas después de beber. Pide un chófer.
—Está bien. Llamaré a uno. No cogeré el volante.
—Date prisa.
Tras colgar, Haewon marcó de inmediato el número de un servicio de conductores designados. A continuación, intentó llamar a la madre de Woojin, deseando en secreto que no respondiera. Si aquellas vagas sospechas cobraban consistencia, si los pensamientos funestos que lo asediaban resultaban ser ciertos, sabía mejor que nadie que no podría soportarlo.
Ella descolgó a la primera.
—¿Haewon? ¿Aún no has llegado a casa? ¿Ocurre algo?
—No. Solo llamaba para saber si había llegado bien. Salí a dar un paseo para despejarme antes de conducir.
—No habrás dado positivo por un par de copas de vino.
—Aun así, debo tener cuidado, acabo de sacarme el carné.
La voz de la mujer sonaba ligera y jovial, como si se hubiera quitado un peso de encima. El rostro de Haewon se reflejó de manera tenue en el cristal oscurecido del vehículo.
—¿Le comentó a Hyung que nos vimos hoy?
—Woojin me llamó hace un rato ¿No se lo habías dicho tú?
—...Sí. En realidad sí se lo dije. No somos una pareja que oculte cosas, detesto las mentiras...
—Haces bien. Es mejor no mentir jamás, ni siquiera en pequeñeces. La confianza es el cimiento de las relaciones duraderas.
La señora Choi le regaló un consejo sensato. Haewon asintió con la cabeza en silencio. Tras intercambiar cordiales despedidas, cortó la comunicación.
Minutos más tarde, instalado en el asiento trasero del coche conducido por el chófer, Haewon llegó a su destino: el ático que compartía con Woojin.
Tras tomar una ducha prolongada, no abandonó el cuarto de baño; se quedó parado en silencio frente al espejo. Las gotas de agua resbalaban por sus cabellos mojados, empapando su nuca blanca y deslizándose por sus hombros hasta el pecho.
Quizá las advertencias de Park Jonghoon fueran ciertas. O tal vez aquellos episodios del pasado no fueran más que habladurías magnificadas por la envidia para arruinar la reputación de un joven prometedor.
Aun así, tal como había señalado el profesor, demasiadas personas habían muerto a su alrededor... un saldo trágico como para atribuirlo a la mera coincidencia.
Dos suaves golpes en la puerta hicieron que el pálido reflejo en el espejo se encogiera. Haewon giró el cuello. Ninguno de los dos solía cerrar el pestillo del baño al ducharse; de hecho, Haewon jamás cerraba las puertas con llave en su día a día. Sin embargo, le sobresaltó comprobar que el acceso estaba abierto. Woojin apareció en el umbral, iluminado por la cálida luz del pasillo.
—¿Qué haces aquí tan quieto?
—Solo me miraba en el espejo.
Ante su respuesta, Woojin soltó una suave carcajada. Una sonrisa apuesta y magnética. Un gesto así, proyectado por el representante estudiantil en sus años mozos, era el imán perfecto para despertar envidias y avivar los rescoldos del rencor en aquellos compañeros de origen humilde. Él brillaba con luz propia allá donde fuera. Y como ocurre con los resplandores intensos, donde hay un foco de luz, se proyectan sombras profundas.
—¿De pronto te ha gustado tu cara?
—...¿Te parezco atractivo?
En lugar de reírse de su ocurrencia, Haewon devolvió la mirada al espejo. La superficie pulida devolvía la imagen de ambos sin la menor distorsión.
Woojin lo observó a través del cristal.
Una comisura de sus labios se curvó al recordar algo. Con lentitud, acarició la mejilla de Haewon y apartó los mechones húmedos, rozando sus largas pestañas con el pulgar. Haewon cerró los ojos un instante antes de volver a abrirlos para toparse con su mirada en el reflejo.
—¿Por qué lo preguntas? ¿Quién te ha dicho que eres guapo?
—Entre los dos ¿quién de nosotros es más agraciado?
En lugar de responder, Haewon devolvió la pregunta. Woojin alternó la vista entre su propio rostro y el de su pareja en el espejo antes de dictar su veredicto con fingida seriedad.
—Si nos ponemos estrictos con las puntuaciones, ganaría yo.
—¿Por qué?
—Dudo mucho que alguien haya puesto tu cara como fondo de pantalla en su teléfono ¿verdad?
Haewon había capturado un fotograma de la transmisión televisiva donde Woojin salía de la fiscalía del distrito central durante la hora del almuerzo, usándolo como fondo tanto en su ordenador portátil como en su móvil. La imagen era borrosa, pero inconfundiblemente suya.
Entre todos los fiscales reunidos, Haewon habría sabido reconocerlo al instante. Su presencia destacaba incluso en medio de las multitudes.
—La señora Choi sabe que vivimos juntos.
—Ah.
—¿Hablaste con ella de eso? No tiene ningún tipo de prejuicio. Es increíblemente abierta. Desea que seamos felices, que no nos mintamos y que cultivemos la confianza mutua.
—¿Te dijo eso?
Woojin se limitó a sonreír. Ambos continuaron conversando mientras se miraban al espejo.
—¿Te apetecería conocer a mi padre, Hyung?
—¿Crees que deba hacerlo? «Padre, ¿le importa que conviva con Haewon?», ¿se supone que debo preguntar algo así?
—Mi madrastra enloquecería. Se pegaría a él para exigirle que me borre del registro familiar, gritando que soy un advenedizo que salió de la nada.
—Sería divertido. Yo me encargaré de solucionar todos los trámites legales.
—...Sí, la verdad es que suena un poco loco.
Recostado contra el brazo de Woojin, que lo rodeaba por los hombros, Haewon contempló la escena en el cristal.
No se trataba solo de un rostro que deseara contemplar de repente; formaban una pareja que, de forma inverosímil, encajaba a la perfección. Al principio había rechazado y despreciado al hombre a quien Taeshin había amado hasta la extenuación, pero con el tiempo terminó rindiéndose a él. Y ahora lo tenía allí, plantado a su lado.
Como suyo. Como su hombre.
—¿Cuánto bebiste anoche para no atreverte a conducir?
—Vaciamos lo que quedaba de aquella botella.
—Parece que la pasaste bien con madre. Se llevan bastante bien.
—Sí... Me porté muy educado.
—Eso es lo único que importa.
Él sabía perfectamente que Haewon se había reunido con Park Jonghoon. Lo sabía, pero prefirió no indagar ni hacer preguntas incómodas. Woojin depositó un beso en la coronilla de Haewon y soltó su hombro.
Tras la marcha de su pareja, Haewon abrió el grifo del lavabo. El rumor del agua fluyendo inundó el habitáculo. Alzó de nuevo la vista hacia el espejo.
—Alguien incapaz de hacer algo así... alguien incapaz de ser de esa manera... alguien que no puede amar a nadie... ¿De verdad puede existir una persona así en este mundo?
Murmuró para sí mismo mientras sostenía su propia mirada en el reflejo.
No se miraba a sí mismo, sino a la sombra de Taeshin traspasando el cristal. Lee Taeshin, aquel que lo había citado detrás de los edificios escolares para volcarle sus sentimientos sin importarle un bledo lo que Haewon sintiera.
[Hay alguien que me gusta, ¿debería decírselo? ¿O callarme? ¿Qué se supone que se hace en estos casos?]
—No se lo digas. Esa persona no te ama.
[De verdad me gusta mucho. Creo que amo de verdad a ese hombre.]
—...Esa persona no te ama.
Jamás lo había amado.
Taeshin había terminado comprendiendo que Woojin no albergaba ningún sentimiento hacia él.
[Para estar seguro de que alguien te quiere ¿te desvestirías delante de él?]
—¿Acaso Woojin Hyung... jugó contigo?
[Haewon.]
[No podía dormir y pensé en llamarte para charlar un rato.]
[Haewon.]
—Terminaste por comprender que no te ama.
Pestañeando con lentitud, un rastro de lágrimas silenciosas resbaló por sus mejillas.
∞ ∞ ∞
—¿Se puede saber qué miras con tanta atención?
Jung Homyung se acercó a Woojin, quien permanecía absorto en la pantalla de su teléfono, y ajustó su paso al suyo.
—Un drama de fin de semana.
—...
En la pantalla del móvil, un actor se desperezaba estirándose en la cama, contemplando con devoción a la actriz que acababa de despertar. A continuación, le depositaba un beso en los cabellos. La brisa mecía unas cortinas blancas desde una ventana abierta, dejando ver la estampa de una pareja hermosa entrelazada entre las sábanas, un cuadro hipnótico con solo contemplarlo.
Tras echar un vistazo furtivo al vídeo, Jung Homyung soltó un «vaya» cargado de sorpresa y le preguntó a Woojin, que seguía concentrado en las imágenes:
—¿Acaso tuviste una cita a ciegas con este actor?
—¿Qué dices?
Woojin levantó la vista un segundo hacia su compañero.
—Digo que si fuiste a ciegas con la protagonista.
—Qué estupideces se te ocurren.
—Entonces, ¿a qué viene ver eso?
—¿No te parece más absurdo sacar semejantes conclusiones solo por mirar la pantalla un instante?
—¿Estás negando que sea así, entonces?
—Por supuesto que no.
Woojin tenía pareja. La idea de tener una cita a ciegas con otra persona estaba descartada; no tenía la disposición mental para ello, ni quería dedicar tiempo ni energía a ese tipo de asuntos.
Siempre tenía que dedicar una parte de su esfuerzo a mantener a Haewon deseándolo continuamente. Ver series de fin de semana como esta también formaba parte de ese esfuerzo, aprendiendo y practicando la forma ideal de romance.
—¿Te gustan los dramas como este, Sunbae?
Jung Homyung parecía bastante sorprendido, como si esto fuera completamente inesperado.
—¿Acaso no puedo ver lo que quiera?
Respondió con desdén y apagó el vídeo.
Estos videos fueron de gran ayuda en su relación con Haewon. Imitar el comportamiento de los demás era una tarea importante. La forma más rápida de integrarse con la gente era imitar a quienes tenían facilidad para socializar.
Ahora bien, Woojin se encontraba en una posición en la que ya no necesitaba demostrar semejantes habilidades y, salvo en casos especiales, no hacía el menor esfuerzo por encajar en la sociedad copiando a los demás. Sin embargo, Haewon era siempre la excepción.
Woojin y Haewon estaban evolucionando a la perfección, tal como él deseaba. Eran una pareja ideal, igual que las de la pantalla.
Woojin revisó los mensajes recibidos. Las fotos de los movimientos y las imágenes de Haewon provenían de Ja-seok.
Jung Homyung volvió a mirar su teléfono con ojos curiosos. Woojin se guardó el aparato contra el pecho para que Jung Homyung no pudiera ver nada.
—Deja de prestarme atención y céntrate en tu trabajo.
—Lo siento.
Incluso después de que Jung Homyung retrocediera un paso con torpeza, Woojin cambió de postura para impedirle la visión y contempló la pantalla.
Haewon, con el estuche del violín al hombro, atravesaba la entrada principal de la sala de conciertos luciendo hoy un aspecto algo apático.
Los labios de Woojin se curvaron ligeramente mientras miraba fijo la foto en el teléfono.
Era una mañana idéntica a cualquier otra.
Ja-seok había estado siguiendo el coche de Hae-won desde el aparcamiento subterráneo. Lo seguía, tomando fotos con su teléfono para ver si se desviaba de su ruta, cómo era, qué expresión tenía, y se las enviaba a Woo-jin cada dos horas, tal como había prometido.
Fotografió a Moon Haewon bajando del automóvil y entrando en la sala de conciertos como de costumbre. Con aquello, la rutina matutina tocaba a su fin.
Pensaba que el programa de la mañana concluiría sin incidentes, pero Haewon, que caminaba con normalidad, se detuvo de repente y volvió la cabeza.
Ja-seok, que acababa de tomar la foto y bajaba el teléfono, se topó de frente con la mirada de Haewon. El guardia se sobresaltó. Haewon, que lo miraba fijo, se acercó a toda prisa al vehículo aparcado junto a la acera. Mientras Ja-seok intentaba ignorarlo, subir la ventanilla y huir pisando el acelerador, Haewon le bloqueó el paso.
El perseguidor aferró el volante con ambas manos y agachó la cabeza. Haewon se acercó a la ventanilla del conductor y dio unos nudillos: «Toc, toc». Al no obtener respuesta, los golpes se volvieron más impacientes. El vigilante bajó el cristal.
—¿Qué pasa?
Preguntó fingiendo ignorancia. Moon Haewon abrió la boca con el rostro inexpresivo.
—Hablemos, señor acosador.
—...¿Qué quiere decir?
—Tengo todo grabado en la cámara del salpicadero desde el aparcamiento del edificio ¿Prefiere que vayamos a la policía con eso o prefiere arreglarlo conmigo?
—Parece que hay algún malentendido; vine aquí por asuntos míos.
—¿Durante tres días?
—...
—¿Qué clase de asuntos tiene aquí?
Sus ojos rebosaban interrogatorios y sospechas.
—No soy esa clase de persona. En verdad vine por trabajo.
—¿Vive en ese edificio?
—¿Eh? Sí... vivo ahí.
—Alguien como usted no puede vivir ahí.
La mirada de Haewon lo barrió como si fueran agujas. Luego, los ojos de Haewon volvieron a clavarse en el rostro del Imán. No eres digno de vivir ahí, decían sus pupilas. El Ja-seok tragó saliva con sequedad, sintiendo la garganta reseca.
—Salga ahora mismo.
Haewon hizo un gesto impaciente, indicándole que saliera sin más demora.
Se trasladaron a una cafetería cercana y el perseguidor se sentó frente a Haewon, quien revisaba su teléfono mientras sorbía café con una pajita, con el rostro pálido y preocupado.
A excepción del rincón donde se hallaban el acosador y Haewon, la cafetería no tenía más clientes a esa hora de la mañana. Reinaba un silencio espeluznante, roto únicamente por la música ambiental del local.
La expresión de Haewon no se alteraba mientras revisaba uno a uno los mensajes y las fotos que el imán le había mandado a Woojin. De principio a fin mantuvo el mismo rictus gélido, limitándose a mover las manos para leer los recados.
—...Así que Hyun Woojin no ha ido ni una sola vez a mis conciertos ¿En su lugar, escuchaba y enviaba reseñas? ¿Qué clase de crítica es esta? Es horrendo. Estudie un poco y redacte mejor.
—...
Por desgracia, el Imán no había borrado los mensajes ni las instantáneas que le había reportado a Woojin. Los registros desde el momento en que comenzó a seguir a Haewon hasta el día de hoy seguían allí. Woojin le había pedido periódicamente que formateara el aparato, pero él se lo había tomado a la ligera, creyendo que no pasaría nada, lo cual resultó ser un error.
Las manos del Imán, apoyadas sobre sus rodillas, se cerraron en puños y temblaron levemente. Haber sido descubierto por el interesado en cuestión no era el problema. Haewon, a quien el Imán había estado vigilando, no figuraba como una persona especialmente amenazante. Tan solo se trataba de un violinista nacido en el seno de una familia adinerada que disfrutaba de la vida sin mayores contratiempos. Sin embargo, si Hyun Woojin se enteraba de aquello... Era un pensamiento aterrador. El rostro del Imán se contrajo mientras exhalaba un suspiro de consternación.
—¿Qué, fue este tipo quien se encargó de que perdiera el vuelo a Bangkok?
—...
—La persona que me dijo que borrara su número cuando llamé y que no volviera a contactarlo... Es bueno actuando, ¿verdad? Me lo creí de verdad, y por eso lloré tanto. Pensé que me había abandonado de verdad.
Haewon enarcó una ceja ante el paralizado Imán. Al revisar cada mensaje que el Imán le había mandado a Woojin, Haewon soltaba de vez en cuando una risa seca, como si leyera una noticia interesante. Semejante risa resultaba tan incolora y destructiva que puso nervioso al Imán.
Dio pequeños sorbos de café, Haewon se tomó su tiempo para repasar todas las actividades pasadas que le había reportado el Imán. Tras comprobar el último mensaje enviado esa misma mañana, Haewon dejó el teléfono del Imán sobre la mesa con un gesto similar a quien se deshace de algo sucio. El Imán miró su móvil, abandonado allí como si fuera una bomba, sintiéndose inquieto.
Un silencio incómodo se prolongó entre ambos. Mientras el Imán observaba a Haewon, que miraba ausente a través de la ventana, estiró la mano para recuperar con cuidado su teléfono. Haewon, que seguía con la vista perdida en el exterior, habló. La mano del Imán se detuvo en el aire y regresó a su rodilla.
—Antes creía que ningún trabajo implicaba una falta de dignidad. Pero ahora veo que sí. Hay gente que se gana la vida haciendo esta clase de cosas. En fin, hay quienes tienen por oficio matar, así que esto no es nada.
—...Lo siento. Trabajo para el fiscal Hyun desde hace mucho tiempo. Pensé que el señor Moon Haewon era sospechoso en un caso. Hasta ahora solo he seguido a personas así.
El Imán apeló a sus agravios.
—Cualquiera se daría cuenta de que se trata de un marido celoso y desquiciado vigilando a su esposa ¿y usted pensó que era un sospechoso?
—Lo siento.
—¿Desde cuándo me sigue?
—Desde el otoño pasado... más o menos por la época del aniversario de la muerte de los suegros de alguien, creo.
Incluso formar palabras y pronunciarlas le costaba un esfuerzo. El rostro del Imán estaba contraído por la tensión.
—Después de que rompiéramos, entonces.
—...
—¿Fue al concierto de la orquesta cuando Henry Chang visitó Corea? ¿Conoce a Henry Chang, el violinista?
Ante la pregunta de Haewon, el Imán miró su teléfono, situado en una posición ambigua, y luego alzó la cabeza. Haewon lo observaba fijamente. Para alguien que había estado bajo vigilancia durante tanto tiempo, sus ojos mostraban una calma sorprendente, como si lo hubiera sabido desde el principio.
El Imán reflexionó sobre la interrogante de Haewon, intentando ubicar el momento en su memoria. Al verlo ladear la cabeza sin estar seguro, Haewon acotó el tiempo.
—Fue a principios del año pasado.
—¿Habla del violinista coreano que no hablaba coreano? ¿Era Brahms?
Como suele decirse, hasta un perro aprende poesía tras tres años en la escuela; el Imán, incapaz al principio de distinguir entre un violín y una viola, ya lograba diferenciar a Brahms de Bruch de tanto seguir los pasos de Haewon.
—¿También le informó al fiscal Hyun Woojin sobre lo que yo estaba haciendo entonces?
—...Sí. Creí que era importante.
[¿De verdad viniste?]
[¿Pensaste que no había venido y por eso tenías esa cara tan sombría?]
[¿Quién tiene cara de sombrío?]
[Estabas sentado ahí con aire lúgubre. No podías concentrarte y pasabas dos páginas de la partitura a la vez. ¿No te diste cuenta de que la mujer de al lado te fulminaba con la mirada? Te saltaste como tres compases en el segundo movimiento. Por suerte te concentraste en Brahms. Pusiste la expresión que me gusta.]
[...Creía que no habías venido.]
—Conque fuiste tú quien vino, y no Hyun Woojin. Él jamás... ni una sola vez acudió a verme.
—...
El Imán, encargado de vigilar las expresiones, los actos y las compañías de Haewon en un concierto clásico que ni siquiera le interesaba, ignoraba por completo que lo habían empleado para otra cosa.
En aquel momento, Haewon decidió desnudarse frente a Woojin. Haewon admitió sus sentimientos hacia él.
Aquel instante fue decisivo.
Sintió amor por Woojin, a quien tanto se había resistido, y resolvió aceptarlo.
—¿Cuánto le pagan?
Le preguntó Haewon al Imán. El Imán aflojó la tensión de sus puños cerrados.
—Lo siento. Solo creí que se trataba de vigilar a un sospechoso. Al principio... de verdad lo creí.
—¿Cuánto le pagan?
—...Lo siento, señor Moon Haewon.
—Le daré el doble, no, el triple de lo que recibe de Hyun Woojin. Sígame vigilando. Pero a partir de ahora, infórmeme tal como yo le diga. A usted le conviene tanto como a mí que Hyun Woojin no se entere de esto. Necesita seguir ganándose la vida con este trabajo despreciable.
—...
—Así que mantenga la boca cerrada y haga lo que le ordeno de aquí en adelante.
Haewon empujó el teléfono hacia él. El Imán, titubeante, recogió el aparato, que ahora parecía pesar mucho más.
—No tiene que pagarme. No deje que el fiscal lo sepa... No debe enterarse bajo ningún concepto. Por favor, manténgalo en secreto.
—¿Qué tiene de aterrador eso? Si lo denuncia por ordenar una vigilancia ilegal, se acabó. ¿A qué le teme tanto? Perder su sueldo debería ser lo que más le preocupe.
—El tiempo que casi voy a la cárcel... El fiscal me protegió.
—Tenía sus debilidades a su merced, usándolo a su antojo y dictándole lo que debía hacer.
—...
—Si descubre que lo han atrapado, lo mandará directo a prisión. Porque ahora ya no le sirve para nada ¿A que sí?
El Imán asintió, dándole la razón en que probablemente eso ocurriría. Woojin guardaba pruebas de delitos capaces de hundir al Imán o de salvarle el pellejo.
—Eso no puede suceder. Si pasa, lo demandaré a usted también. ¿Sabe lo que son los cargos agraviados? Desde el instante en que empezó a trabajar para Hyun Woojin, ya no había escapatoria.
—...Señor Moon Haewon.
Haewon contempló con desdén al Imán, que imploraba su compasión pronunciando su nombre.
—Así que escóndeselo a ese bastardo. Porque si se entera, a mí también me irá mal.
El Imán se marchó con un gesto de absoluta desesperación, como alguien arrastrado al lodo.
Haewon se quedó a solas en la cafetería.
No hizo nada.
Se limitó a respirar, contemplando a la multitud que discurría apresurada por la calle.
Todo en él era una mentira.
A pesar de haberlo visto con sus propios ojos, le costaba creerlo. Cada mañana, incluida aquella en la que nada había sucedido, las rutinas de Haewon se le reportaban puntualmente cada dos horas, tal como lo haría un servicio de inteligencia vigilando a un espía.
Todos los días tras su ruptura, y en ocasiones incluso antes de ella.
Jamás había asistido a un concierto. Lo había engañado con mentiras minuciosas.
Lo dicho por Park Jonghoon, lo afirmado por su madre sobre su supuesta falta de normalidad, todo era verdad.
No tenía necesidad de mentir hasta ese extremo, pero salvo su apariencia física, cada detalle de su persona era falso, y se había acercado a Haewon a base de embustes.
Era una mentira. Todo era una mentira.
Mientras Haewon permanecía allí aturdido, dándole vueltas a aquellos pensamientos, la escena del día en que lo conoció por primera vez cruzó su mente como un destello.
Se encontraba en un hotel en compañía de Soyoung, la hermana menor de Hayoung. Ella lo llamaba «señor Woojin». Estaban sentados juntos, del brazo, tal como una pareja enamorada. Y tomaron el mismo ascensor que Haewon rumbo al cuadragésimo piso, donde se ubicaban las suites.
La vigilancia, colgar en la sala aquel cuadro que Haewon intentó comprar sin éxito, no pisar un solo concierto, lograr que Haewon se sintiera totalmente inútil mientras estaban separados... todo eso aún podía perdonarse.
Hasta cierto punto, cabía disculparlo bajo el argumento de que no sabía manejar las cosas adecuadamente por no ser normal, o que intentaba hacer algo por Haewon a su manera; sin embargo, aquello era diferente.
Si esta funesta corazonada, esta intuición que jamás se equivocaba, resultaba ser cierta, Haewon estaba dispuesto a matar a Woojin.
Tras llegar a una conclusión indeseada, Haewon tomó el teléfono y marcó un número.
—Soy yo, señora.
— Haewon, ¿qué pasa? Te fuiste de la fiesta sin decir palabra.
La voz de Seo Okhwa traspasó el auricular. Como correspondía a una soprano de fama mundial, su tono era agudo pero agradable al oído. Resultaba claro y refrescante.
—Todavía no ha regresado a EE. UU., ¿verdad? ¿Dónde está?
—Estoy en la casa de Hannam-dong. Debo resolver algunas cosas antes de marcharme.
—Entonces, ¿puede prepararme algo rico de comer? Iré para allá.
—¿Pasa algo malo?
—Solo quiero despedirme antes de que se vaya.
—Muy bien entonces. Prepararé el almuerzo.
Haewon colgó y se puso de pie, abandonando el asiento donde había permanecido inmóvil.
El día en que Woojin mintió diciendo que tenía turno de noche, en realidad asistió a una cena concertada con el presidente Kim Jeonggeun. Incluso tras el fallecimiento de su prometida, Woojin mantuvo una estrecha relación con ellos.
Por lo general, cuando la prometida de alguien se suicidaba en lugar de morir en un accidente, se evitaba el contacto para no remover recuerdos dolorosos; sin embargo, Woojin no actuó así. Guardar distancia habría supuesto un acto de consideración, pero él no lo hizo.
Seguramente era incapaz de comprender la zozobra que produce evocar a los muertos.
Dentro del Grupo Hankyung ya no quedaba nada que Woojin pudiera codiciar, y aun así conservaba un vínculo estrecho con el presidente. Y Kim Jeonggeun terminó recibiendo una condena de siete años. La oficina de estrategia del grupo pasó a manos de Woojin.
¿Cómo era posible que ocurriera algo semejante si su prometida había muerto?
Al menos, Hyun Woojin no era el tipo de persona que se quedaba cruzado de brazos confiando en la suerte y las casualidades. Negar la existencia del azar constituía el camino más directo para aproximarse a la verdad. A partir de entonces, Haewon decidió no volver a asociar la casualidad con Woojin.
Haewon llegó a la antigua residencia de Kim Jeonggeun y tocó el timbre. Siguiendo las indicaciones de la empleada doméstica que ya conocía, franqueó la entrada. A pesar de la ausencia de Kim Jeonggeun, Seo Okhwa y su hija Soyoung, la vivienda se mantenía impecable gracias al personal de servicio.
—Bienvenido.
Seo Okhwa, ocupada ordenando cosas en el salón, alzó la vista al verlo.
—¿Qué hace?
—Poniendo orden en esto... ¿Quieres té? Que nos traigan té.
La empleada hizo una reverencia ante la orden y se retiró. Haewon tomó asiento en el sofá. La mansión parecía desierta sin la presencia de Seo Okhwa y los empleados residentes. Con ambos solos en aquel salón tan espacioso, el ambiente se tornaba desolador.
—¿Visitó al presidente?
—Fui ayer. Se le ve mejor al no tener que trabajar y limitarse a descansar, pero se está volviendo loco de aburrimiento. ¿Qué se le va a hacer? Si Woojin hubiera escuchado antes, nada de esto habría pasado. Ese hombre era tan arrogante; parece que los cielos lo están castigando.
—¿Qué dijo el sunbae Woojin?
—Aconsejó no enfrentarse a la fiscalía ¿Iba mi esposo a hacerle caso a eso? En fin, la gente de esta familia jamás escucha a los demás.
—¿Dibuja esto como si hubiera sucedido por ignorar los consejos del sunbae?
—No del todo, pero sin duda contribuyó. ¿Un hombre que creyó que todo saldría a su capricho toda la vida iba a escuchar a un fiscal? Si ni a mí me hace caso.
Fuera lo que fuese, el arresto de Kim Jeonggeun no era ajeno a Woojin. Este debió calcular de antemano que Kim Jeonggeun desatendería sus advertencias.
Si era tan meticuloso con Haewon —quien no tenía nada que ofrecer salvo su cuerpo—, con Kim Jeonggeun y el Grupo Hankyung debió serlo aún más. Soyoung debió formar parte de su plan.
Haewon iba asimilando poco a poco aquella funesta corazonada como un hecho consumado. Sentía deseos de arrancarse el pecho.
Los movimientos de Seo Okhwa se volvieron bruscos, como si la terquedad de Kim Jeonggeun la estuviera empujando a la locura. Descargó su frustración sobre unas prendas que sostenía, arrojándolas dentro de una caja. En seguida, al percatarse de lo que hacía, las sacó con delicadeza y las acarició con manos tiernas. Eran ropas de mujer.
—¿Está empaquetando ropa para llevarse?
Parecía estar preparando su mudanza a EE. UU. Con expresión sombría, Seo Okhwa dio un sorbo al té que le había servido la empleada.
Guardó la ropa con cuidado en la caja, desplegando una blusa y contemplándola con ojos tiernos durante un largo rato.
—Son las cosas de mi hija, estoy ordenándolas.
—¿Quién, Soyoung?
—No, nuestra Hayoung...
—...
—La niña más hermosa y bondadosa del mundo. No se parecía ni a mí ni a su padre, por eso era tan buena... ¿Qué mal hizo esa criatura tan bella y bondadosa?... Quizá los cielos se la llevaron porque la amaba demasiado. A veces lo pienso. Que mi amor por ella provocó los celos del cielo.
—¿Está organizando esto ahora?
Guardaba las pertenencias de su hija años después de su muerte. A pesar de los años transcurridos, la pérdida de su amada hija parecía dolerle como si hubiera ocurrido ayer. Existía un dolor que el tiempo no lograba cubrir, lágrimas que jamás se secaban sin importar cuánto se llorara. La muerte de un hijo era así para un padre.
—No, Woojin debió de ordenar el ático. Lo dejó intacto durante tanto tiempo... Woojin debió necesitar un tiempo. Era una casa que preparaban como su hogar de recién casados, pero tras la marcha de Hayoung, Woojin no se deshizo de ella; la conservó tal cual. No te imaginas lo feliz que Hayoung decorando ese piso. Alejarse del regazo de su madre para casarse, ¿Qué tenía eso de bueno?... Niña tonta. Jamás volví a ver a Hayoung tan feliz.
Seo Okhwa rememoraba las compras de muebles junto a su hija y la búsqueda conjunta de vajilla. Había transcurrido mucho tiempo, pero el recuerdo seguía intacto. A menudo discutía con Hayoung sobre la decoración del nuevo hogar debido a sus gustos opuestos; a Hayoung le agradaba lo sencillo.
—¿Se enteró de que Woojin y nuestra Hayoung estaban comprometidos?
—...Sí. Me lo contó el sunbae.
Haewon musitó la respuesta con la mirada pálida de asombro.
Aquel ático... era el sitio donde planeaban mudarse como recién casados.
Mucho antes supo que la ropa de cama capaz de concebir un hijo y las cortinas vaporosas no encajaban con sus gustos.
Ah, Haewon cerró los ojos con fuerza.
Seo Okhwa presionó la blusa inodora de Hayoung contra su nariz, enterrando el rostro en ella durante un buen rato. Consiguió calmar a duras penas sus sollozos al recordar a su hija, y depositó las prendas de Hayoung, ya sin aroma, en la caja.
Miró a Haewon, que permanecía sentado en silencio. La mirada de Haewon estaba fija en un punto vacío, con expresión aturdida.
—¿Haewon?
—...¿Sí?
El alma de Haewon, que vagaba sin rumbo, regresó al presente.
—¿En qué piensas tan concentrado? ¿Pasa algo?
—No. No pasa nada.
—Entonces, ¿por qué quisiste verme de repente? Desapareciste sin quedarte a la fiesta, actuando de forma distante.
—Pensé que no volvería a verla una vez que se marchara a EE. UU. Solo quería despedirme.
—¿Te has vuelto un muchacho tan educado? Ya regresarás cuando mi esposo reciba la sentencia de la Corte Suprema.
Seo Okhwa sonrió sin reservas, como si le pareciera admirable. Haewon, que seguía sentado con la mirada perdida, preguntó:
—...Sunbae. El sunbae Woojin.
—¿Por qué sacas a Woojin?
Habiendo recibido recientemente las pertenencias que Woojin guardó en el ático, Seo Okhwa las acomodaba con calma mientras respondía.
—Quizá esté fuera de lugar al decir esto.
—¿De qué quieres hablar? Habla con confianza.
—A Soyoung le gusta el sunbae Woojin... Eso lo sabe, ¿verdad?
—...
Seo Okhwa exhaló un suspiro ligero. Las yemas de los dedos de Haewon temblaban. Comenzó a rogarle a todo lo existente para que aquello, al menos, no fuera una mentira.
—Parece que nuestra familia y Woojin estamos unidos por un destino ineludible.
Seo Okhwa habló con un tono que denotaba la resignación de quien deja ir las cosas.
—Quizá por eso tardó tanto en organizar el ático. Porque sentía pena por Hayoung... O tal vez intentaba evitar que algo así volviera a repetirse.
—¿A qué... se refiere?
Por favor, que no sea eso, que no sea lo que estoy pensando. Haewon negó despacio con la cabeza, casi de manera involuntaria.
—Nuestra Soyoung tiene claras intenciones de casarse. Rechaza todas las citas a ciegas y presentaciones. Debe de ser por Woojin. Pero Woojin no parece corresponderle de la misma manera. ¿Cómo es posible que mis dos hijas terminen así? El hombre debería quererlas más, pero son ellas quienes lo prefieren.
Se quejó en voz baja, comentando que aquello la volvía loca de preocupación.
—Cuando surgió el problema de mi esposo, Woojin le sugirió a Soyoung que abandonara Corea por un tiempo. Como de todos modos debe continuar sus estudios, decidieron poner distancia y meditar las cosas; eso fue lo que propuso Woojin.
—Entonces, ¿sabía que se estaban viendo?
La pregunta de Haewon no sorprendió en absoluto a Seo Okhwa.
—Tenía una corazonada.
—...
—Después de tratar a Woojin y Hayoung durante tanto tiempo... me basta con mirar los ojos de Soyoung para saberlo.
—¿Le parece bien eso?
—Al principio, de ninguna manera. Por Hayoung, aquello era inadmisible. Intenté fingir ignorancia hasta el final. Pero tras el problema de mi esposo, comprendimos que no podemos arreglárnoslas sin Woojin. Soyoung tampoco, ni yo, ni mi esposo... Una vez que Soyoung termine sus estudios y mi esposo salga en libertad, creo que deberemos casarlos. Parece que no queda otra salida. Por ahora lo llevan en secreto, así que fingimos no saber nada y esperamos.
Los caprichos del destino se manifiestan de formas tan misteriosas que, tras atravesar tantas penurias, Seo Okhwa hablaba con desapego, afirmando que casar al prometido de su difunta hija mayor con su hija menor no tenía nada de grave, que las cosas simplemente fluían de ese modo.
Tras ser humillada ante el país entero y soportar la vergüenza de ver a su esposo en prisión, al parecer nada lograba afectarla ya.
—Ya veo. El sunbae se preocupaba por usted. Seguramente no sabía que ustedes estaban al tanto.
Los planos de sus deseos estaban casi completos. Haewon asintió, comentando que era positivo y que hacían buena pareja.
—Parece que el sunbae aprecia mucho a mi protegido. Woojin es demasiado duro de corazón para intimar con alguien en lo personal. Eso siempre nos ha preocupado.
—El sunbae tiene muchos amigos cercanos.
—A medida que uno envejece, las aristas afiladas se suavizan y uno se vuelve más tolerante. Es una suerte para Soyoung. Hayoung era demasiado sumisa con Woojin, y me exasperaba verlo. Con solo hacer lo que él mandaba: «Sí, sí, sí, oppa, sí, sí, sí. Haz lo que quieras, oppa, lo que te apetezca. Todo bien, todo bien». Ugh, al menos Soyoung heredó algo de mi carácter para hacerse valer.
Seo Okhwa hablaba como si charlara con una íntima amiga. Haewon reía de vez en cuando, secundando sus palabras con la cabeza.
Terminado el almuerzo, Haewon se despedía definitivamente de Seo Okhwa.
—Visita Nueva York algún día. No te imaginas lo hermoso que se ve Central Park por la noche desde nuestro departamento. De día también es agradable, por supuesto. Te haré de guía.
—Quiero tomarme un descanso también. Si puedo, me pondré en contacto.
—Todo el mundo muere, pero no todos poseen tanto talento. Sigue practicando el violín. Le pregunté al director y me dijo que no agendabas presentaciones. ¿Para qué da Dios el talento? Es para compartirlo.
—¿Soy tan bueno? Me llamó semitalento. Dijo que no estoy al nivel de Henry Chang.
—Hay diferentes clases de genios. Henry Chang tiene su encanto, y Haewon tiene el suyo. ¿No escuchaste lo que dijo el profesor Park? ¿Por qué crees que la música clásica no es popular? Porque personas como Haewon subestiman su propio talento.
—Me voy. Cuídese mucho, señora, y manténgase saludable.
—Muy bien, cuídate tú también, Haewon. Te contactaré cuando vuelva a Corea.
Haewon asintió en señal de conformidad, subió a su automóvil y pisó el acelerador. Al girar el volante, dejó de ver a Seo Okhwa despidiéndose con la mano en el retrovisor.
Cuando recuperó la conciencia, se hallaba en el aparcamiento subterráneo del edificio donde vivía con Woojin. Haewon bajó del coche, cargó el estuche del violín al hombro y tomó el ascensor privado rumbo al ático. Marcó el botón del último piso.
Al salir del ascensor, arribó al ático que Woojin había preparado como hogar de casados con su prometida. Entró tecleando la misma combinación que utilizaba para la cerradura de su propio officetel. La luz solar de la tarde se filtraba a través de las vaporosas cortinas de la sala, iluminando como un foco la pintura de Damien Hirst.
La empleada filipina se le acercó para tomar el estuche del violín, pero él lo declinó diciendo que se encontraba bien, y se internó en el dormitorio.
Dejó caer el violín en el suelo como si se desprendiera de un trasto y se desplomó sobre la cama. Sus energías se habían agotado por completo; incluso arrastrar su cuerpo hasta ese punto requirió un esfuerzo supremo. Al fin tendido, un profundo suspiro escapó de sus labios.
Haewon no se movió ni un milímetro. Sentía como si un gran peso sujetara sus extremidades, imposibilitando hasta el más leve movimiento. Se quedó allí tumbado, inerte, limitándose a parpadear.
Tras permanecer así un rato, manoseó el teléfono con torpeza. Acostado de lado, miraba ausente el rostro del hombre en la pantalla.
Incluso tratándose de un simple paseo para almorzar, su semblante se antojaba tan serio. Haewon lo contempló largamente antes de reproducir su voz grabada.
La melodía de Guarneri que tanto le gustaba a Haewon, unida a la voz grave y firme del hombre, recetaba el guion que Haewon le había escrito con un tono plano y desprovisto de adornos.
Sonaba como alguien reacio a pronunciarlas, que leía a regañadientes las palabras de Haewon para decirle que lo amaba de manera desinteresada.
[Te amo, Haewon.]
[Dilo otra vez.]
[Te amo, Moon Haewon.]
[¿Cuánto?]
[Esa línea no está en el guion. Limítate a lo que hay.]
[¿Cuánto?]
[¿Estás satisfecho ahora?]
[¿Cuánto me amas?]
[Suspiro... ¿Cuánto? Ojalá pudiera expresarlo en números; sería más fácil.]
[Entonces dame estrellas.]
[¿Estrellas?]
[Cien estrellas significan que me amas de verdad muchísimo.]
[Buena idea. Así no tengo que preocuparme de cuánto es «mucho».]
[¿Cuántas estrellas me amas?]
[Cien.]
[Yo también te amo cien estrellas, hyung.]
Eso era todo. Haewon escuchaba su voz una y otra vez. El registro grabado de Woojin poseía una ternura capaz de arañar las zonas más vulnerables de una persona, incitando al llanto.
Cien estrellas de amor.
Haewon recordó el día en que se desnudó ante Woojin. Temblaba de deseo en su abrazo, llorando y suplicando de felicidad. Tras aquello hubo muchos momentos semejantes, demasiados para contarlos.
En cada ocasión, Haewon se lo entregaba todo a Woojin. Cada vez le ofrendaba su carne, sus huesos, su alma y su corazón. Lo daba absolutamente todo, sin guardarse nada. Ya no quedaba nada. Su interior se sentía hueco. Woojin se lo había llevado todo, sin dejar rastro.
—Ah...
Haewon se aferró el pecho y encorvó la espalda. Un dolor agudo lo atravesó. Una punzada intensa irradiaba desde su pecho hacia el resto del cuerpo.
Haewon ignoraba de dónde o cómo había brotado el deseo de morir. No lograba explicarse por qué sentía ganas de morir a causa de alguien. Lágrimas ardientes nublaron su vista.
Si hubiera sido posible, Haewon habría deseado romper la ventana del dormitorio y precipitarse al vacío. Quería arrojar ese cuerpo vacío e inútil hacia afuera y destruirlo. Tras habérselo entregado todo, lo que crecía con fiereza en su interior era un impulso de destrucción, una urgencia irrefrenable de quitarse la vida.
Por el hecho de amarlo, Haewon ansiaba morir al amarlo tanto. Su mente se hallaba por completo ocupada por la palabra «muerte».
Creía comprender el motivo por el cual abandonaron el mundo a una edad tan hermosa.
No soportaban la herida de que Hyun Woojin no los amara, ni podían lidiar con la pérdida de saber que él jamás amaría a nadie para siempre.
Nota Lucy: chuuu al fin se entera de la verdad, aunque aun le faltan cosas por saber, super fuerte. Si yo me enterara de una cosa así de mi pareja haría un plan para huir. A Woojin lo encontraría demasiado peligroso y también no podría lidiar con él sabiendo la clase de persona que es.
