Extra N°5: Prometido (2)

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Tras terminar todos los preparativos para partir hacia el aeropuerto, Liu se detuvo frente a la encimera de la cocina. Pensaba tomar una última taza de café junto a Yeehyeon.

Siguiendo la punta de sus dedos, mientras vertía agua caliente en el dripper con el filtro puesto, el aroma del café se fue extendiendo por el estudio.

En su casa de Seúl tenía incluso una máquina de espresso bastante profesional. Cuando le apetecía, empezaba moliendo los granos con un molinillo manual y preparaba el café de manera bastante elaborada. Sin embargo, en París no había comprado ni siquiera una de esas comunes máquinas de café en cápsulas, y siempre preparaba el café a mano, con goteo.

Colocaba el filtro de papel en el dripper, lo humedecía previamente con agua y luego añadía el café molido finamente. En lugar de usar una tetera eléctrica, vertía lentamente el agua caliente hervida en una jarra especial. El café de goteo preparado así tenía un encanto distinto al del espresso.

También le gustaba la idea de poder hacer algo para Yeehyeon de principio a fin solo con sus propias manos, sin usar ninguna máquina.

—Kun, el osito de Gogh.

—¿Hm?

—El peluche que compraste en el Museo Van Gogh de Ámsterdam.

—Ah, sí.

—¿Lo guardaste? Juhan hyung te lo pidió encarecidamente.

Después de verter agua una vez más en el dripper, Liu echó un vistazo por encima del hombro. Yeehyeon, con los vaqueros puestos y la sudadera de Liu encima, estaba de pie en medio del estudio, con las manos en la cintura y la mirada perdida. Llevaba ya una hora entera deambulando así, inquieto. No era propio de él.

Liu respondió adrede con un tono aún más tranquilo.

—Ya lo metí todo en la maleta.

—¿Seguro? ¿Y si la abro otra vez para comprobar?

—Yeehyeon.

Yeehyeon, que iba a acercarse a la maleta de Liu, colocada junto a la entrada para salir directamente, se detuvo y se giró hacia él. Liu levantó dos tazas a la altura de los ojos.

—El café ya está. Ven, siéntate un rato.

—Pero... Kun, la otra vez te olvidaste la tablet.

—Fue solo una vez. Y tú me la enviaste por FedEx, no pasó nada.

—Ahora que lo dices, ¿la tablet la llevas? Esta mañana estabas usando la tablet, ¿no?

Esta vez Yeehyeon intentó rebuscar dentro del bolso de viaje de Liu, que estaba encima de la maleta.

—Señor Seo Yeehyeon.

—.........

Liu se sentó primero a la mesa y giró la muñeca izquierda para comprobar la hora. En quince minutos llegaría el coche reservado para llevarlo al aeropuerto.

—Ven aquí y pasa un poco más de tiempo conmigo.

Aunque seguía con expresión reticente, Yeehyeon retiró la mano con la que iba a abrir la cremallera del bolso y se acercó a la mesa. Liu no colocó la taza de Yeehyeon enfrente, sino a su lado. Era una señal para que se sentara allí. Yeehyeon sonrió levemente y, rodeando la mesa, se sentó junto a él.

Liu agarró firmemente el asiento de la silla en la que se había sentado Yeehyeon y la arrastró hacia sí con un chirrido. Luego giró completamente el cuerpo hacia él. Apartó con cuidado el flequillo revuelto y apoyó la palma de la mano en su frente.

—La fiebre no ha bajado más.

Yeehyeon, que envolvía la taza con ambas manos mientras disfrutaba del calor y el aroma, soltó una pequeña risa.

—En diez minutos, ¿cuánto cree que puede bajar?

Diez minutos antes, Liu ya lo había detenido de la misma forma, había apoyado la mano en su cabeza y había dicho exactamente lo mismo. Y diez minutos antes de eso, y otros diez minutos antes también...

Desde que habían cambiado de tren en Dijon el día anterior, Yeehyeon mostraba síntomas leves de malestar general. En la estación de Lyon había un coche esperándolos para llevarlos al 601. Pero Liu, llevándose a Yeehyeon consigo, se dirigió directamente a una clínica.

—Parece solo un malestar leve —dijo Yeehyeon, reacio a ir al hospital.

—Podría ser un síntoma relacionado con la manifestación.

—Sería mejor ir a casa y descansar cuanto antes...

—Prometimos que, ante cualquier cosa rara, veríamos primero a un médico.

—Hoy no debe de ser día de consulta del médico.

—Para eso pagamos un paquete caro, para que nos atiendan en momentos así. No te preocupes por eso.

Durante todo el trayecto en coche, Liu estuvo sumido en la ansiedad. Ni siquiera pudo apoyar la cabeza cómodamente en el reposacabezas. Yeehyeon, que había dormido todo el tiempo en el tren, volvió a quedarse dormido apoyando la cabeza en la ventana, quizá por la fiebre. Liu se cambió al asiento del medio y sostuvo con cuidado la cabeza de Yeehyeon, dejándola recostada sobre su propio hombro. Rezó para que esa fiebre no tuviera que ver con la manifestación, para que no fuera nada grave.

Por suerte, el diagnóstico del médico a cargo fue solo un malestar corporal.

Solo entonces Liu pudo relajar los hombros, soltar un suspiro de alivio y esbozar una sonrisa incómoda.

—Al final tenías razón, Seo Yeehyeon. Con fiebre y todo, siento haberte traído hasta aquí.

Así se disculpó Liu en el asiento trasero del coche que los llevaba al 601. Yeehyeon, que buscó su mano y la tomó, apoyó la cabeza en su hombro y dijo:

—Con que Kun esté tranquilo, es suficiente.

Con una voz débil y somnolienta, volvió a quedarse dormido.

Durante la noche la fiebre había subido un poco, pero al amanecer su estado había mejorado bastante en comparación con el día anterior. Era una febrícula que oscilaba entre los 37,5 y los 38 grados. Aun así, Yeehyeon dejó el trabajo de la mañana y se quedó con Liu. Para él, tomarse descanso por una fiebre así era algo extremadamente raro. Incluso justo después de regresar de un viaje de cuarenta días.

—Menos mal que hoy estás mejor que ayer.

—Esto es solo fiebre. La gente se burlará diciendo que me sobreproteges.

—Que se burlen. La sobreprotección es un hecho.

Ante la respuesta de Liu, que lo admitía sin rodeos, Yeehyeon bajó la mirada al interior de la taza y soltó una risita. Desde que se había sentado a su lado, Yeehyeon no había dejado de concentrarse únicamente en la taza. A diferencia de Liu, que tenía el cuerpo completamente girado hacia él, Yeehyeon no lo había mirado ni una sola vez.

—Seo Yeehyeon, ¿no vas a mirarme?

—......

—Quisiera verte aunque sea una vez más antes de irme.

Recién entonces Yeehyeon, vacilante, giró la cabeza. Aunque decía estar mejor, su rostro, que había sufrido la fiebre durante la noche, seguía enrojecido. Liu acarició con cuidado sus mejillas sonrojadas por el calor usando el pulgar. Al margen de la preocupación, mirarle la cara de cerca hacía que se le escapara la sonrisa.

—¿Por qué sonríes así?

Parecía que a su pareja no le agradaba aquella sonrisa.

—¿Cómo estoy sonriendo?

—Es la sonrisa que pones cuando tienes pensamientos lascivos.

—Correcto. Tuve pensamientos un poco lascivos.

—¿Viéndome en este estado se te ocurren esas cosas?

Yeehyeon hablaba como si no pudiera creerlo. Liu se inclinó más hacia él y apoyó toda la palma de la mano contra su mejilla.

—Con los ojos y la punta de la nariz rojos... pareces alguien que acaba de ser exprimido sin piedad por mí.

—......

A tan corta distancia, la mirada de Yeehyeon vaciló. Sus labios, apretados con fuerza, mostraban claramente su vergüenza. Liu adrede acercó aún más el rostro, hasta casi tocarle la nariz.

—Y además, ¿qué tiene de malo cómo te ves ahora?

—Estoy hecho un desastre.

—Estás más lánguido y aturdido que de costumbre. Solo te hace más sexy.

—Kun, de verdad no tienes remedio.

Yeehyeon estalló en risa y empujó el pecho de Liu. Liu rió por lo bajo y tiró de su mano.

—Hasta ese tonito nasal me parece adorable, al punto de volverme loco.

Y, sin hacerle daño, mordisqueó la punta de sus dedos.

—¿De quién será este novio que, incluso enfermo, sigue siendo tan lindo y adorable, eh?

—Será porque Kun me ama.

Con la mano que logró zafar, Yeehyeon rodeó la taza y murmuró en voz baja, casi avergonzado, como si admitir con su propia boca el amor de Liu le resultara incómodo.

Liu, al que le habían arrebatado la mano, apoyó el codo en la mesa y sostuvo la barbilla. Inclinó ligeramente la cabeza y observó a Yeehyeon mientras bebía café.

—Me alegra que lo sepas.

—......

—Que te amo tanto.

Yeehyeon sonrió un momento, como diciendo que no había remedio, y luego miró a Liu con una expresión cálida y seria.

—¿Cómo no iba a saberlo?

Y añadió:

—Cada día, a cada instante, me lo transmites con todo tu cuerpo.

—......

—Por muy torpe que sea, sería imposible no darme cuenta.

Liu apoyó la frente en el extremo del hombro de Yeehyeon. Luego fue subiendo, rozando con los labios su cuello hasta llegar a su oído. Sintió cómo el hombro de Yeehyeon se tensaba: era una tensión sexual. Frotó la punta de la nariz contra la oreja impregnada de un aroma familiar y dulce, y mordió suavemente el lóbulo entre los labios.

—Ah...

De Yeehyeon se escapó un suspiro dulce. Sus pestañas temblorosas se dejaron ver apenas.

—¿Será porque estás enfermo? Tu aroma está más intenso que de costumbre.

—¿Huelo mal?

Yeehyeon lo miró con expresión preocupada. Al girar la cabeza, la punta de su nariz quedó a apenas un roce de la mejilla de Liu. Mientras observaba sus labios, Liu rodeó ampliamente su nuca con la palma de la mano.

—Tonto. No es un olor, es una fragancia.

Y enseguida inclinó la cabeza para juntar sus labios. Presionó suavemente los labios empapados de aroma a café, frotándolos con delicadeza, saboreando su volumen. Choc... choc... Entre sonidos dulces y cosquilleantes, los labios se separaban y se encontraban una y otra vez. Entonces, la lengua de Liu se deslizó entre los labios de Yeehyeon. Al adentrarse en sus labios resecos por la fiebre, el interior estaba tan caliente que parecía derretirse.

—Mmm...

Liu se concentró por completo en el beso, hasta el punto de hacer que Yeehyeon olvidara por un momento que estaba enfermo. Aquel mundo rojo, lleno de un calor más intenso que de costumbre, era tan embriagador que no quería salir de él. Persiguió la lengua de Yeehyeon cuando esta retrocedía, empujando la punta de la suya por debajo. En el instante en que la lengua de Yeehyeon, sin alternativa, subió sobre la suya, Liu no lo dejó escapar y la succionó dentro de su boca.

—Ah... mm... ah...

Yeehyeon, con la lengua atrapada, dejó escapar un gemido suplicante desde lo profundo de su garganta.

Con la misma intensidad del deseo que sentía por Yeehyeon en ese instante, Liu lo atrajo con fuerza, sujetándolo por los hombros. Era tal la presión que las uñas se tornaron amarillas y las venas del dorso de la mano, bajo el reloj, se marcaron aún más. Apretó la lengua ardiente de Yeehyeon entre la suya y el paladar, la lamió y, al final, la succionó con tanta fuerza que casi dolía. Era un beso demasiado intenso para alguien enfermo.

—Hh... ah... mmm...

Cuando la respiración de Yeehyeon se volvió agitada, Liu aflojó la presión sobre su lengua. Aun así, sin soltarlo de sus brazos, siguió observándolo mientras continuaba con besos suaves, hasta que su respiración entrecortada se calmó por completo.

Luego, apoyando la frente contra la suya, dijo con una voz algo culpable:

—Me pasé un poco, ¿no?

—¿Un poco?

—¿Por qué? ¿Creíste que se me iban a escapar las feromonas?

—......

Yeehyeon no pudo responder.

Por el profundo beso de hacía un momento, sus labios, antes resecos, estaban ahora húmedos. Presionándolos con el dorso de la mano, miró a Liu con reproche.

A Liu también se le había activado un interruptor. Tanto que por un momento quiso liberar adrede sus feromonas para provocarlo. Pero no era una situación en la que pudiera responsabilizarse hasta el final. Si seguía tocándolo de manera ambigua, esta vez sí acabaría ganándose el resentimiento de Yeehyeon.

Mirándolo de reojo mientras bebía su café, Liu también llevó la taza a los labios.

—Lo siento. No puedo contenerme cuando llevas mi ropa.

—¿Eso no es una manía rara?

—¿Manía? Prefiero llamarlo amor.

—¿Y cómo es eso amor?

—Me gusta que uses mi ropa, que vengas aquí a quedarte cuando no estoy, que uses mis cosas sin reparos.

—......

—Siento que se borran las fronteras entre lo tuyo y lo mío.

Yeehyeon lo miró con una expresión conmovida. Incluso parecía arrepentido de haberlo llamado una manía rara. Liu dejó la taza y, inclinándose profundamente, susurró junto a su oído:

—Como cuando tenemos sexo.

Rrrr. En ese momento, el teléfono de Liu, que estaba al otro lado de la mesa, vibró brevemente. Liu estiró el brazo casi recostándose sobre la mesa para tomarlo. Era un mensaje del chofer avisando que ya había llegado. Yeehyeon, que había perdido el momento de reprocharle algo, solo lo observó en silencio.

—Será mejor que me levante.

Dijo Liu con una voz cargada de pesar mientras se levantaba de la silla. De pronto, Yeehyeon agarró con fuerza la parte superior de su ropa. Fue un movimiento inusualmente apresurado para él.

—......

Cuando Liu lo miró desde arriba, Yeehyeon parecía tan sorprendido por su propia acción que se quedó desconcertado. Soltó la mano, vaciló y se levantó.

—Vamos juntos.

—No estás bien. ¿Por qué no me despides solo desde la puerta?

—De verdad no es para tanto. Solo estoy un poco aletargado.

Yeehyeon, con una chaqueta ligera sobre el buzo, tomó las llaves y salió tras él.

En el ascensor que bajaba hasta el piso cero, Liu rodeó con fuerza los hombros de Yeehyeon. Como siempre al despedirse, Yeehyeon también, a diferencia de lo habitual, rodeó la cintura de Liu con ambos brazos sin escatimar muestras de cariño.

—Me preocupa que te quedes solo estando enfermo.

—Me conoces. Sé arreglármelas bien incluso solo.

—Claro. Es nuestro Seo Yeehyeon, no hay de qué preocuparse. Lo sé... pero aun así, me preocupa.

—Si siento que empeora aunque sea un poco, le pediré a mi noona que venga enseguida, ¿de acuerdo?

Era una respuesta muy propia de Seo Yeehyeon. Recién entonces Liu sonrió, aliviado.

La tarde parisina, en el tránsito del final del otoño al inicio del invierno, era bastante fría. Aún no tanto como para hacer encogerse el cuerpo, pero Liu no podía evitar preocuparse por Yeehyeon.

Mientras el chofer cargaba la maleta en el maletero, ambos se dieron su despedida final. Liu ajustó bien el abrigo de Yeehyeon y le acarició el rostro con ambas manos.

—No te exijas demasiado, ¿sí?

Tras besar brevemente los labios que asentían, lo abrazó con fuerza. La frase "no quiero separarme" llegó hasta la punta de sus labios, pero al saber que solo haría sufrir más a la persona entre sus brazos, terminó tragándosela.

—Nos veremos en tres semanas. Será divertido volver a ver a Morae y Seo Yeehan después de tanto tiempo. Lo espero con ansias.

Asentir.

—Tres semanas pasan rápido.

Asentir.

No sabía si eran palabras para tranquilizar a Yeehyeon o una autosugestión para sí mismo. Pronto pasarían muchísimo tiempo juntos, pero esta despedida se le hacía especialmente dura. Habían pasado cuarenta días juntos, todos los días. Le costaba soltarlo. Incluso los parisinos, poco interesados en los demás, miraban de reojo al pasar. Era un abrazo así de largo.

—Señor, ya debemos partir.

El chofer, que esperaba tras cargar todo el equipaje, los apuró con cautela. Liu aflojó un poco los brazos, pero no pudo separarlos del cuerpo de Yeehyeon.

—Entra ya.

Una vez más, Yeehyeon respondió solo con un gesto de asentimiento.

Señalando hacia arriba, en dirección al 601, Liu bromeó:

—Cuando llegues a casa, llama. Me preocuparé.

Por suerte, Yeehyeon sonrió.

El chofer se acercó y abrió la puerta del asiento trasero. Era una presión silenciosa para que ya fuera suficiente y subiera. Liu subió al coche sin soltar la mano de Yeehyeon. En el instante en que las yemas de sus dedos se separaron con un leve golpe, sintió como si su propio corazón cayera al vacío.

¡Clac! El implacable chofer cerró la puerta, separándolos. Liu bajó la ventanilla polarizada.

—Entra ya. Estás pálido.

Yeehyeon, con ambas manos en los bolsillos del abrigo, asintió con un rostro que no era ni de risa ni de llanto. El rostro de Liu, que se esforzaba por sonreírle, no era muy distinto.

—¿Podemos partir?

Ante la pregunta rígida del chofer, Liu asintió a regañadientes.

Intentando sonreír lo más brillante posible, agitó la mano. Yeehyeon también sacó una mano del bolsillo y la agitó.

En el retrovisor lateral, Yeehyeon se iba alejando poco a poco. Liu no podía apartar la vista de esa imagen. Yeehyeon, por su parte, seguía allí de pie, sin poder dar un paso.

—Esto no es algo que deba hacer una persona.

Murmuró Liu, pasándose la mano por el rostro como si lo estrujara. Sin darse cuenta, negaba con la cabeza. Y aun así, no apartó la mirada del retrovisor.

Fue cuando la limusina se había alejado aproximadamente una cuadra del departamento 601. Liu, que observaba fijamente el espejo, frunció el ceño e inclinó aún más el cuerpo. En el reflejo, Yeehyeon empezaba a mover lentamente las piernas. Y enseguida, acelerando el paso, comenzó a correr tras el vehículo.

No era un sprint desesperado. Más bien era un trote torpe, como si hubiera perdido algo irremplazable y, sin saber qué más hacer, lo siguiera por inercia. De esa manera, era imposible alcanzar un coche en marcha. Yeehyeon parecía un niño pequeño que, tras perder a su protector en un lugar desconocido, no sabe qué hacer.

—¡El coche... detenga el coche!

Liu golpeó el asiento del copiloto y gritó con urgencia.

En cuanto el auto se detuvo, salió disparado. Ni siquiera tuvo la presencia de ánimo de cerrar la puerta. Corrió de regreso por el camino recorrido, hacia Yeehyeon, a toda velocidad. Desde que se había convertido en adulto, era la primera vez que corría así fuera de una cinta de correr.

El rostro de Yeehyeon, cada vez más cercano, parecía estar llorando. Liu, casi al borde de la locura, aceleró hasta sentir las plantas de los pies ardiendo. En cuanto estuvo a su alcance, lo abrazó con fuerza. Hic, hic... Yeehyeon sollozaba. Liu, jadeando, siguió reajustando el abrazo para sostenerlo mejor.

—Está bien, Yeehyeon. Está bien...

¿Por qué lloraba?, ¿por qué lo había seguido?, ¿por qué había hecho algo que nunca hacía? Liu no preguntó nada. Simplemente lo apretó entre sus brazos, inclinó el rostro y apoyó los labios junto a su oído, intentando tranquilizarlo con su cuerpo, su olor y su voz.

—¿No... no podría quedarse... un poco más...?

La voz temblorosa apenas lograba abrirse paso entre los sollozos.

Liu cerró los ojos con fuerza.

—Mañana... no, aunque sea el próximo vuelo... cualquiera está bien.

—Yeehyeon...

Las manos de Yeehyeon se aferraron con fuerza a la espalda de Liu.

—No se vaya... tengo miedo.

No podía creer que lo hubiera llevado a decir esas palabras una vez más.

■ ■ ■

Liu estaba sentado en el borde de la cama, observando el rostro de Yeehyeon. Dormido, su semblante parecía tranquilo. Sin embargo, ni el corazón ni la expresión de Liu podían relajarse. Era imposible.

Después de despedir al chófer, ambos habían subido juntos al 601.

Yeehyeon no quería separarse de Liu ni un instante. Más aún, con la frente apoyada en su hombro, ni siquiera levantaba el rostro. Incluso mientras cancelaba los boletos de avión, Liu tuvo que sostenerlo en brazos.

Creía conocer a Seo Yeehyeon lo suficiente. Al menos, pensaba que era la persona ajena que mejor conocía en el mundo. Nunca había prestado tanta atención a nadie más.

Si fuera el Yeehyeon que Liu conocía hasta ahora, jamás habría hecho algo así. Y sin embargo, había sucedido.

Cuando llegaba el momento de separarse tras encuentros breves, Yeehyeon siempre mostraba tristeza, pero nunca le pedía que no se fuera. No era porque la despedida le resultara indiferente. Al contrario, Liu sabía que Yeehyeon sufría la separación tanto como él.

Pero Yeehyeon no deseaba un amor desbordado que se precipitara por emociones e impulsos, sino uno basado en la confianza sólida y el crecimiento mutuo. Y si eso era lo que Yeehyeon quería, Liu también lo quería. Por eso habían aprendido a ser pacientes juntos.

Ese Yeehyeon había intentado retenerlo. Y de una forma tan dolorosa.

No había sido una súplica fácil ni una petición sentimental.

Después de darle otro comprimido de antipirético, Liu lo cambió a un pijama y se metió con él en la cama. Tal vez por miedo a que Liu desapareciera mientras dormía, Yeehyeon se resistía a cerrar los ojos.

«Ya cancelé todos los vuelos. Tampoco he reservado otro. Me quedaré aquí hasta que estés bien».

Liu se lo repitió una y otra vez para tranquilizarlo. Aun así, Yeehyeon, que luchaba por mantenerse despierto, se durmió en menos de diez minutos. Seguramente estaba agotado, tanto mental como físicamente.

Aunque dijera que ya estaba bien, que antes solo se había puesto triste por un momento y habló impulsivamente, que ahora Liu podía irse... incluso si Yeehyeon dijera eso, Liu ya no pensaba marcharse.

Mientras lo abrazaba en medio de la calle para tranquilizarlo, un recuerdo del pasado había cruzado la mente de Liu.

Una noche de verano bajo la lluvia torrencial.

Después de regresar de Hong Kong tras su primera relación, en aquella época en que ambos eran conscientes el uno del otro.

Incluso en la cena de trabajo de «Phantom», a la que Liu no pudo asistir, solo pensaba en Yeehyeon, que no estaba allí. Nada de lo que se decía a su alrededor le llegaba a los oídos.

Un beta que había destruido sin piedad la barrera defensiva que ni siquiera un golden omega había logrado sacudir. Unas feromonas con una fuerza casi violenta, capaces de anular el notting(Nudo), el changing, cualquier intento de control. Su primera experiencia de absoluta indefensión ante las feromonas de otro.

Cuando recibió la llamada de aquel "Seo Yeehyeon", Liu tuvo que fingir que se frotaba la comisura de los labios para ocultar la sonrisa. Tal vez, aunque no hubiera podido asistir a la cena, él tampoco podía dejar de pensar en mí y por eso llamaba... Esa expectativa había cruzado su mente.

[Disculpe por llamar tan tarde...]

Pero la voz al otro lado del teléfono temblaba, como si estuviera aterrorizada. Sin darse cuenta, Liu se incorporó del respaldo de la silla.

[La única persona en la que pensé... fue usted, señor...]

[¿Dónde estás ahora?]

Mientras lo preguntaba, Liu ya estaba saliendo corriendo del lugar de la cena.

[Aquí... ahora mismo, en su casa. Frente a la entrada.]

Cuando vio a Yeehyeon temblando bajo la lluvia frente al portón, Liu lo comprendió. Aunque había intentado ignorarlo, su subconsciente ya lo sabía: que terminaría amando a esa persona. Tal vez ese amor ya había comenzado.

Saltó prácticamente del coche, corrió hacia él, le colocó su chaqueta sobre los hombros empapados y lo abrazó sin decir palabra. Tampoco entonces preguntó nada. Ni entonces ni ahora: la estabilidad de Yeehyeon siempre había sido más importante que sus propias dudas o preocupaciones.

[Yo... pintaré. Volveré a pintar un cuadro...]

Mientras Yeehyeon repetía esas palabras, pidiéndole ayuda, Liu lo estrechó aún más contra su pecho y supo que, fuera cual fuera la ayuda que esa persona le pidiera, jamás sería capaz de negarse.

Había presentido que acabaría amándolo. Y que sería un amor feroz, uno en el que apostaría todo sin reservarse ni una sola moneda.

Ese recuerdo acudió de forma natural. El Yeehyeon de ahora, al igual que entonces, no se encontraba en un estado normal.

¿Sería un efecto de la inestabilidad hormonal durante el proceso de manifestación? Era algo perfectamente posible. Liu repasó una y otra vez el comportamiento tan distinto de Yeehyeon. Se parecía al instinto de "dependencia" que un alfa desarrolla hacia su omega tras un largo intercambio de feromonas, o a la ansiedad que muestra un omega embarazado cuando se separa de su alfa.

¿Embarazo? No, eso era imposible.

Por muy impredecible y especial que fuera Yeehyeon como diamond dust, no podía quedar embarazado sin haber completado siquiera su manifestación como omega. Además, el día anterior, durante la revisión en la clínica, no habían mencionado nada.

Pero fuera por las hormonas o por un problema psicológico, lo cierto era que Yeehyeon había llegado a ese estado. Y eso había arañado el corazón de Liu.

La imagen de Yeehyeon corriendo torpemente, como una persona ida, no se borraba de su mente.

Quería hacerlo feliz.

No porque creyera, de forma arrogante, que Yeehyeon fuera alguien incapaz de ser feliz por sí mismo si él no lo hacía.

En la vida existen muchas formas de felicidad.

La felicidad por los logros personales, la felicidad con la familia, la que nace de la amistad, la que se experimenta viajando o viviendo experiencias especiales; también existe la felicidad cotidiana de una buena taza de café o de un paisaje durante un paseo. Y entre ellas, está la felicidad de construir una relación especial con alguien, de cultivar el amor y compartir la vida.

Al menos en esa felicidad, Liu estaba dispuesto a hacer lo que fuera para que a Yeehyeon no le faltara nada.

Y mientras lo observaba dormir, pensó que tal vez había fracasado en eso.

El hecho de que Yeehyeon pasara toda la mañana deambulando inquieto por el estudio, preocupado por si Liu había preparado bien su equipaje.

El que, de forma inusual, hubiera dejado de lado el trabajo matutino para quedarse con él.

Incluso la mano de Yeehyeon que, sin darse cuenta, lo había retenido cuando Liu intentó levantarse.

Todas esas acciones impropias de él habían sido señales. No... tal vez habían empezado mucho antes.

La última noche del viaje en Basilea, Suiza.

«No se vaya. Quédese a mi lado».

Durante el notting(Nudo), Yeehyeon ya había dicho lo mismo.

Un profundo surco se formó entre las cejas de Liu mientras lo observaba. Por costumbre, acarició el anular de su mano izquierda. Junto a ese anillo, le había hecho una proposición a medias: que se casarían cuando Yeehyeon lo deseara. Y había esperado. Creyó que ese era el camino para darle libertad a Yeehyeon y, al mismo tiempo, demostrar su amor.

Ese pensamiento era erróneo.

Al menos ahora, lo era.

Liu se levantó de la cama, tomó el teléfono de la mesa y caminó hasta la ventana. Desde allí podía comprobar el estado de Yeehyeon con solo girar la cabeza. Sin dudarlo, buscó un contacto y realizó una llamada.

Era a su madre.

—...Soy yo.

El inicio fue rígido y torpe. La reacción de Suki Kim no fue muy diferente.

Como mantenían contacto regular por simple obligación, sus padres sabían de este viaje. Ella preguntó cómo había ido. Era una pregunta de cortesía.

—El viaje terminó bien. Ayer regresamos a París.

[¿Y Yeehyeon? ¿Está bien de salud?]

—Sí, no ha tenido ningún problema. Está tomando bien los inhibidores y se encuentra sano.

No estaba completamente sano, en realidad, pero no era momento de entrar en detalles.

[No es como las personas que se manifiestan de forma natural. Hay que tener siempre un cuidado especial. Me pregunto si este viaje no habrá sido demasiado para él.]

—Jamás pondría a Yeehyeon en peligro.

Liu respondió con aspereza sin darse cuenta, pero enseguida se llevó la mano a la frente y negó con la cabeza. Yeehyeon no estaba sano en ese momento y, pensándolo bien, quizá sí era cierto que él mismo lo había puesto en peligro.

—Lo siento. No era eso lo que quería decir...

Con un profundo suspiro, Liu bajó la mirada.

El paisaje que se extendía ante la ventana era el mismo que había visto aquel día en que vino a ver la casa acompañado por el intermediario. El supermercado al otro lado de la calle seguía allí. Recordaba a los dos hombres que habían salido caminando juntos de ese lugar: uno con un portabebés y el otro con una bolsa de compras colgada del hombro.

En aquel entonces, le habían parecido un símbolo deslumbrante de felicidad. Personas que disfrutaban de una dicha que él jamás podría alcanzar, una felicidad que ya había dejado escapar.

Sin embargo, ahora Yeehyeon dormía en la cama de esa casa.

—[No lo decía con esa intención. Si ambos están bien de salud, me quedo tranquila. Gracias por llamar.]

Pensando que era una llamada de cortesía como siempre, Suki Kim estaba a punto de colgar. Pero Liu aún tenía algo que decir.

—Dije algo inapropiado. Discúlpeme. En realidad, hoy la llamo porque tengo algo importante que pedirle.

—[...?]

—El collar que papá le regaló por su vigésimo aniversario de bodas... ¿aún lo conserva?

—[Por supuesto. Pero, de repente, ¿por qué ese collar...?]

—¿Podría dármelo a mí... no, a Yeehyeon?

En su vigésimo aniversario de bodas, los padres de Liu estaban legalmente divorciados. Sin embargo, no era más que un divorcio de fachada, y su amor seguía siendo sólido. Para conmemorar ese amor, el padre de Liu había regalado a Suki Kim un diamante muy especial.

Desde el momento en que tomó la decisión, Liu no pudo pensar en nada más que en ese diamante.

—[Liu Weikun, ¿acaso tú...?]

La voz de Suki Kim se elevó como rara vez lo hacía. Una tenue alegría y excitación se transmitían a través de sus palabras.

Liu giró la cabeza y miró a Yeehyeon, hundido entre las sábanas. El edredón blanco subía y bajaba levemente al ritmo de su respiración. La mirada de Liu se detuvo largo rato en ese movimiento silencioso.

Solo estaba esperando el consentimiento de Yeehyeon; dentro de Liu, esas palabras llevaban mucho tiempo preparadas. No había razón para dudar.

—Sí. Voy a pedirle matrimonio.

■ ■ ■

Domingo 7 de abril. Seúl.

La temperatura máxima del día alcanzó los 23 grados, por encima del promedio. Humedad del 42 %. Probabilidad de lluvia: 0 %.

Era un clima perfecto para actividades al aire libre.

Hoy, el jardín de Phantom estaba decorado de manera distinta a lo habitual. Se habían instalado conjuntos de sofás acolchados para exterior y grandes sombrillas que proyectaban amplias sombras. Sobre una larga mesa se dispusieron té, champán, dulces vistosos y finger food para picar con facilidad.

Además, una abundancia de flores decoraba el jardín hasta llenarlo de fragancia. Rosas de jardín con un suave matiz rosado, lavanda, ranúnculos y eucalipto. Eran las mismas flores que Liu había elegido cuando le propuso matrimonio a Yeehyeon en el hotel Ritz de París.

No importaba si estaban o no en temporada. El costo tampoco era un problema. Liu había insistido al wedding planner en que, pasara lo que pasara, decoraran generosamente con esas flores.

Después del almuerzo, los invitados comenzaron a llegar uno a uno, saludándose con alegría. Se acomodaban en pequeños grupos en los sofás dispuestos por todo el jardín y pasaban un rato animado recordando anécdotas relacionadas con los protagonistas del día.

Todos ellos habían sido invitados a la boda de Seo Yeehyeon y Liu Weikun.

Los invitados no llegaban ni a veinte personas.

Javier, el wedding planner encargado de la ceremonia, había recalcado varias veces que, entre todas las bodas pequeñas que había organizado, esta era sin duda la más pequeña de todas. Añadiendo cada vez, con una sonrisa: "Aunque el presupuesto, desde luego, no lo es".

Los protagonistas no querían convertir su boda en un evento social. Deseaban casarse rodeados de personas que realmente los apreciaran y pudieran felicitarlos de corazón. Con eso en mente, elaborar la lista de invitados fue una tarea sorprendentemente sencilla.

El padre de Yeehyeon, su tío y su tía, y por supuesto los padres de Liu, fueron invitados prioritarios. Para Liu, Marcus y Ellen, prácticamente su familia, junto con su hijo Jonas —quien había crecido junto a Liu como un hermano durante la adolescencia— y la prometida de Jonas. De The Hands, Ben y Jun, los compañeros más cercanos de Yeehyeon. Baek Yuni y Michelle. La pareja Seo Yeehan–Im Morae, desde Bali. Además, la directora Han, Choi Inwoo, Shushu y Kwon Juhan tampoco podían faltar.

La mayoría de los invitados tuvo que viajar expresamente a Seúl para asistir a la boda. Hong Kong, Boston, París, Bali... Aunque eran menos de veinte personas, cada una vivía en una ciudad distinta, y Liu y Yeehyeon se encargaron de los boletos de avión y el alojamiento.

Reservaron varias habitaciones en un hotel de Gwanghwamun, no muy lejos de Phantom, y organizaron comidas para que los invitados pudieran convivir entre ellos. Para la familia de Marcus y los compañeros de The Hands, que visitaban Corea por primera vez, también prepararon actividades turísticas. Así, sin darse cuenta, los invitados fueron estrechando lazos de manera natural.

El tío y la tía de Yeehyeon no podían ausentarse muchos días por motivos de trabajo. Llegaron a Seúl ayer por la tarde, el día anterior a la boda. Sin embargo, gracias al ensayo de la ceremonia que se celebró anoche, hoy pudieron mezclarse con los demás invitados sin sentirse incómodos. En especial, los padres de Liu se mostraron muy atentos con ellos.

Incluso ahora, mientras los jóvenes charlaban de forma algo ruidosa, los cuatro estaban concentrados en su propia conversación, en una zona tranquila y fresca a la sombra del jardín. El padre de Liu, William, era quien llevaba principalmente la conversación. Era una persona sociable, llena de energía y humor, que con sus expresiones variadas y gestos hacía reír constantemente a todos los presentes. Gracias a eso, Yeehyeon podía atender a los demás invitados con tranquilidad.

Después de que Liu y Yeehyeon se prometieran matrimonio y lo anunciaran a su entorno, los padres de Liu viajaron a Corea para conocer a los mayores de la familia de Yeehyeon. Yeehyeon, que estaba en París, regresó temporalmente para el encuentro formal entre familias, y junto a Liu preparó algunos regalos y se dirigió primero a la costa oriental.

En aquel entonces, el tío y la tía estaban muy preocupados incluso antes del encuentro.

—Dicen que es una familia increíblemente importante... En el barrio todos se adelantaron a investigar y estaban revolucionados...»

—La ropa, bueno, podremos ponernos la que tú nos compres, Yeehyeon... pero ¿cómo debemos comportarnos frente a una familia tan rica? No vaya a ser que por nuestra culpa termines cayéndoles mal a tus futuros suegros.»

Yeehyeon intentó tranquilizarlos con calma.

—Tío, tía, ustedes son personas educadas. Basta con que se comporten tal como son.»

—No sé si personas sin estudios como nosotros podremos siquiera conversar con ellos...»

—No son personas que juzguen a otros con ese tipo de criterios. Cuando los conozcan, lo entenderán.»

En lugar de un restaurante lujoso con salón privado, la casa de Liu en Seúl fue elegida como lugar para el encuentro entre familias. Fue una decisión pensada para que la reunión fuera lo más cómoda posible, y resultó efectiva.

Los padres de Liu tampoco estaban menos nerviosos. Al ver que ellos tampoco eran tan distintos, el tío y la tía de Yeehyeon parecieron tranquilizarse un poco.

A medida que avanzaba la comida, la rigidez inicial fue desapareciendo poco a poco. Contrario a las preocupaciones, la conversación no se interrumpía. Tal como se podía intuir por el nivel de coreano de Liu, su padre William también hablaba coreano con fluidez, así que no había ningún problema de comunicación. Además, William y Suki Kim mostraron interés por la pesca de la familia política y por el entorno natural del mar del Este (Donghae), guiando la conversación hacia esos temas.

Durante el invierno pasado, que era temporada baja para la pesca, los padres de Liu incluso invitaron a la familia de Yeehyeon a Hong Kong. Fue el primer viaje al extranjero en la vida del tío y la tía.

En esa ocasión, Yeehyeon y Liu no pudieron acompañarlos. Dijeron que sería un tiempo solo para ellos y ni siquiera los invitaron. Probablemente fue una consideración de los adultos para que no se preocuparan. Aun así, con solo ver después las fotos y los videos que mostró la tía, era fácil imaginar lo bien que la habían pasado.

Después de esta boda, los padres de Liu habían prometido visitar la costa oriental. William estaba entusiasmado con la idea de salir a pescar en el barco del tío de Yeehyeon.

Incluso durante el ensayo de anoche, tuvo esta conversación con Yeehyeon.

—Yeehyeon, ¿has probado comer sashimi de pescado recién capturado en el barco?

—Sí, una o dos veces.

—¿Siguiendo al gran consuegro?

—Así es.

William llamaba al tío de Yeehyeon "gran consuegro". Como era el tío mayor de Yeehyeon, William había propuesto ese tratamiento durante el encuentro entre familias, y el matrimonio lo aceptó con gusto.

—Cuando vayamos al mar del Este, el gran consuegro dijo que nos llevaría en su barco. Dijo que ahora es temporada del flounder. Ah, ¿cómo se decía flounder en coreano? Algo parecido a doraji... do... do...

—Dodari.

—Eso, ¡dodari! Todavía me cuesta recordar en coreano incluso los nombres de pescados que no como a menudo.

William lo dijo con una sonrisa tímida, como un niño. En esos momentos, a veces se veía reflejado en él el rostro de Liu.

—Comparado con mi inglés, el coreano de usted es más que excelente. Yo todavía me pongo muy nervioso cuando hablo en inglés.»

Ante las palabras de Yeehyeon, William puso una expresión como si hubiera escuchado una tontería. Incluso dejó el vaso que estaba bebiendo y habló con seriedad.

—¿Qué dices? Tú hablas inglés y francés. Eso es algo realmente impresionante. Yo he intentado aprender francés varias veces, pero aún no paso de los saludos básicos. El francés, especialmente, tiene una pronunciación muy complicada.»

William terminó su queja con el tono de un estudiante frustrado y, al instante siguiente, miró a Yeehyeon con una sonrisa satisfecha.

—Pero cuando hablas francés, Yeehyeon, es como escuchar poesía de Alfred de Vigny.

Era un cumplido tan grande que lo dejó sin saber dónde meterse.

William era una persona positiva, optimista y muy expresiva con sus emociones, y quería y cuidaba mucho a Yeehyeon. A veces, incluso, Liu tenía que intervenir y llevárselo para que dejara de molestarlo.

Aun así, a Yeehyeon no le desagradaban esa calidez y alegría de William. Sobre todo, no podía estar lo suficientemente agradecido por lo cercano y atento que era con su tío y su tía.

El tío y la tía de Yeehyeon, el padre y la madre de Liu.

Los cuatro parecían amigos de la infancia del mismo pueblo.

Amigos que se quedaron en su tierra natal y amigos que la dejaron atrás. Aunque las vidas que habían llevado después los hicieran parecer personas de mundos distintos, el color de fondo que los formaba seguía siendo el mismo, por lo que podían relacionarse sin reservas...

Incluso ahora, desde el lado del sofá donde estaban, no dejaban de escucharse risas. Aunque Yeehyeon se encontraba entre los demás invitados, de vez en cuando miraba hacia el grupo de los adultos, pero no parecía haber nada de qué preocuparse.

—¿Por qué mi mamá y mi papá están tan animados? ¿Desde anoche?

Seo Yeehan, que se había acercado a Yeehyeon, dijo eso con una sonrisa burlona. Él mismo también parecía estar de muy buen humor.

—¿Están tan felices porque Seo Yeehyeon se casa? Están radiantes. Bueno, supongo que es emocionante ver cómo ese niño pequeño que llenaba el patio de dibujos con crayones sobre el cemento ya creció y se va a casar.

—¿Oye, de cuándo es esa historia?»

Yeehyeon se puso un poco de mal humor al recordar sus travesuras de niño.

—¿De cuándo va a ser? De cuando tenías ocho años. Exactamente las vacaciones de verano de tus ocho.

—Qué buena memoria tienes, hyung.

—Puede que no tenga cabeza para el estudio, pero no soy malo para recordar cosas. ¿Te acuerdas cuando nos peleamos y mamá nos dio a los dos con la escoba?

—Me acuerdo. Ya estábamos grandes.

Fue después de que Yeehyeon se mudara a vivir a la casa del tío en la costa oriental. Aunque de niños casi nunca peleaban, él y Seo Yeehan alzaron la voz por una tontería. Cuando la pelea se agravó, la tía, sin dudarlo, tomó la escoba incluso contra esos muchachos ya crecidos.

En ese momento, la tía no trató a Yeehyeon de forma especial. A él le dieron igual que a Seo Yeehan, en los muslos y las nalgas. Yeehyeon, que rara vez expresaba sus emociones, lloró a gritos, como si la casa se fuera a venir abajo. No fue por la injusticia de que le pegaran, sino todo lo contrario.

Lloró de alivio. Se sintió tranquilo al saber que todavía había alguien en el mundo que se preocupaba por él, que intentaba corregirlo y lo cuidaba con cariño.

—¿No le digas a Liu que me peleé contigo, de acuerdo?

—¿Por qué?

—Si se entera de que te pegué en ese entonces, creo que va a querer vengarse.

Ante esa idea absurda, Yeehyeon soltó una carcajada.

—¿De qué hablas? Eso fue hace diez años.

Pero Seo Yeehan chasqueó la lengua mirando a Yeehyeon.

—Todavía no lo conoces bien.

—¿Cómo que no lo conozco? Si hoy mismo me caso con él.

—Mira cómo te alteras. Justamente por eso hay cosas que no ves. No importa si fue hace diez o treinta años: si alguien te hizo sufrir, él es el tipo de persona que iría a buscarlo para vengarse.

—No es para tanto.

—Te digo que me alegra que te cases con alguien así, idiota.

Seo Yeehan estuvo a punto de revolverle el pelo, pero se detuvo al recordar que estaba perfectamente peinado para la boda. En su lugar, dio un par de golpecitos en el hombro cubierto por el esmoquin y luego pasó un brazo por encima de él.

Los dos primos, hombro con hombro, miraron hacia donde estaban los padres de Liu y los padres de Seo Yeehan.

—Mi padre no suele ser tan hablador. Supongo que de verdad se ha vuelto cercano a los padres de Liu hyung.

—Hasta viajaron juntos.

—Parece que le gustan más que a nuestra propia familia política.

—¿No se llevan bien ya?

—Bueno... más que llevarse bien, diría que dejaron de estar incómodos. Para mi suegro, eso ya es un cambio enorme.

El padre de Im Morae, que durante años se había opuesto rotundamente a la relación entre Morae y Seo Yeehan, finalmente cedió hace unos años. Gracias a eso, ya no tenían que esconderse, y ahora vivían visitando Corea una vez al año para ver a la familia.

¿Y si el padre de Im Morae no se hubiera opuesto desde el principio? Ese pensamiento cruzó de repente la mente de Yeehyeon.

Entonces, aquella noche de lluvia torrencial, Im Morae y Seo Yeehan no habrían tenido que huir a Seúl.

Y aun si hubieran huido... ¿qué habría pasado si no se hubieran llevado a Yeehyeon con ellos?

¿Si no se hubiera reencontrado con la directora Han en aquel trabajo de medio tiempo en la empresa de mudanzas?

Bastaba con que uno solo de esos eslabones se hubiera desajustado para que nunca hubiera conocido a Liu. Al imaginarlo, Yeehyeon sintió cómo se le erizaba la piel.

Conocer a Liu Weikun lo llevó a volver a pintar; se hirieron mutuamente, fueron heridos, pero aun así siguieron adelante hasta poder abrazarse de nuevo.

Al menos, no podía decir que estar allí hoy fuera únicamente gracias a su propia fuerza. Las relaciones con tantas personas y las decisiones que tomaron habían influido demasiado en su vida como para ignorarlo.

Liu, la directora Han y Suki Kim, que lo empujaron a volver a pintar; Baek Yuni, Michelle y los compañeros de The Hands, que estuvieron a su lado durante su solitaria vida en París; Kwon Juhan, tan celoso como afectuoso, que sostuvo el hilo de la relación incluso cuando estaban lejos...

Lo logré solo. Soy increíble.

Por mucho tiempo que pasara, Yeehyeon sentía que jamás podría decir algo así.

Allí estaban reunidas únicamente las personas que habían guiado al ser humano Seo Yeehyeon hasta ese día.

Esas relaciones valiosas y preciadas.

En "Phantom", el lugar donde Liu Weikun y Seo Yeehyeon se conocieron por primera vez.

Reunidas para celebrar, nada menos, la boda de Liu y la suya.

Las voces conversando, las risas alegres, llenaban el jardín.

Yeehyeon miró a su alrededor una vez más. No creía que pudiera ser más feliz ni estar más agradecido que en ese momento. Y aun así, en medio de tanta luz y plenitud, no podía fingir que no existía ese punto de oscuridad profunda, como una mancha solar.

Sabía perfectamente qué era.

En la reunión formal entre familias, en el viaje a Hong Kong con su tío y su tía, incluso en el ensayo de la boda de anoche... su padre nunca había estado allí.

No era que esperara que viniera.

Su padre era alguien que había abandonado el mundo; alguien que, aunque seguía con vida, ya se había ido en espíritu. Aun así, la sensación de vacío y añoranza era inevitable.

《No te sientas tan mal porque tu padre no esté. No es que no piense en ti.》

La noche anterior, durante el ensayo, su tío mayor se había acercado a darle unas palmaditas en la espalda y lo había consolado en voz baja.

《¿Sabías que colgó bien visible en la pared de su cuarto el traje que tú y el Director Liu le regalaron?》

《¿Mi padre...?》

《Sí. Aunque no tenga el valor de ponérselo y salir, seguro que le hizo feliz.》

《Ya imaginaba que no vendría. Ha pasado demasiado tiempo allí. Incluso subir a Seúl debe de ser una carga para él.》

Aunque había dicho que lo entendía, incluso ahora la mirada de Yeehyeon se dirigía una y otra vez hacia la entrada del jardín. Sabía que era absurdo pensar que su padre saldría solo del Mar del Este (Donghae) para venir hasta allí... y aun así.

Rodeado de las personas que amaba y disfrutando de la felicidad, no podía borrar la ausencia de su padre. En medio de tanta luz, un solo punto de oscuridad se hacía aún más evidente.

■ ■ ■

—¿De verdad? ¿Liu Weikun hizo eso? No me lo creo.

Shushu ladeó la cabeza con una sonrisa incrédula.

—¿De verdad han vivido engañados? ¡El Director se arrodilló sobre el Pont Neuf, se los digo!

Yuni insistió con gesto indignado.

Estaba contando con entusiasmo cómo había sido la propuesta de los protagonistas del día, en lugar del hombre taciturno en cuestión.

—Si era el que más detestaba ese tipo de propuestas anticuadas, el Director Liu.

Ni siquiera la directora Han podía creerlo. Al ver que las dudas continuaban, Yuni apuró a Yeehyeon.

—Yeehyeon, dilo tú.

—¿Yo?

—No me creen. Sé mi testigo. En el Pont Neuf, el Director se arrodilló y propuso matrimonio, ¿sí o no?

Yeehyeon no había imaginado que la forma de la propuesta llamaría tanto la atención. Todos lo miraban exigiendo la verdad. De pie detrás del sofá, escuchando como un tercero, sintió la presión de esas miradas. Liu se había ausentado unos minutos por llamada del wedding planner, así que no había nadie que pudiera salvarlo.

—Eh... sí. Fue así.

Al final, Yeehyeon asintió lentamente.

—¿Ven? ¡Se los dije!

Yuni levantó la barbilla con aire triunfal y miró alrededor. A diferencia de los demás invitados, que escuchaban fascinados, Choi Inwoo, que había mantenido una actitud indiferente, negó con la cabeza murmurando:

—No puedo creerlo. Simplemente no puedo.

Fue entonces cuando Liu reapareció.

—Soy un hombre un poco increible, después de todo.

Sin que nadie se diera cuenta de cuándo había vuelto, se colocó detrás de Yeehyeon y se unió a la conversación con total naturalidad. Apenas habían pasado cinco minutos, pero Yeehyeon se alegró de verlo; su expresión se iluminó sin darse cuenta.

—¿Por qué te llamó Javier?

Javier, el planner recomendado por Suki Kim, era un español que trabajaba en Hong Kong. Había captado a la perfección lo que querían y lo había hecho realidad, permitiéndoles preparar el gran día sin problemas pese a estar separados entre París y Seúl.

—Quería que revisáramos el arco del segundo piso.

—¿Por qué? ¿Pasó algo?

Yeehyeon se tensó de inmediato, pero Liu sonrió rodeándole la cintura con un brazo.

—Nada de eso. Ya conoces a Javi, solo es meticuloso. Todo está perfecto, así que tranquilo.

Desde el sofá en diagonal, Choi Inwoo miraba a Liu con desconfianza.

—¿Te arrodillaste en el Pont Neuf para proponerle matrimonio?

—Sí. ¿Y qué?

Con el brazo rodeando la cintura de Yeehyeon y apoyando la barbilla en su hombro, Liu alzó las cejas como si no entendiera el problema.

—Si las exparejas de Liu Weikun lo supieran, se desmayarían.

—Mmm... ¿hubo alguno que saliera con el Director Liu más de diez veces? Deberían haber sido más exigentes.

Cuando hasta la directora Han se sumó, Liu fingió taparle los oídos a Yeehyeon.

—¿Tú también, directora Han? Soy un recién casado. ¿Qué hago si me echan nada más al terminar la boda?

Choi Inwoo frunció el ceño, como si estuviera viendo algo intolerable.

—¿Acabas de llamarte a ti mismo "recién casado"? Oye, ¿tú quién eres realmente?

Luego miró a Yeehyeon y señaló a Liu con la barbilla.

—Yeehyeon, ¿ese hombre es de verdad Liu Weikun?

Antes de que Yeehyeon pudiera responder, Kwon Juhan se adelantó.

—Al menos no es el Director que yo conocía. Eso seguro.

Desde el ensayo del día anterior, todos habían estado bromeando con Liu. Eran bromas sin mala intención, típicas hacia alguien que se casaba con una pareja más joven. Liu y Yeehyeon lo sabían, y por eso Liu las aceptaba con más paciencia de lo habitual. Aun así, a Yeehyeon le incomodaba un poco.

Miró de reojo a Liu para comprobar si estaba bien, pero su sonrisa era pura felicidad. Al notar su mirada, Liu lo miró a los ojos, rodeó con más firmeza el vientre bajo de quien pronto sería su esposo y besó suavemente su sien.

—Entonces, digamos que se arrodilló en el Pont Neuf. ¿Y después qué pasó?

Kwon Juhan pidió la continuación, y Choi Inwoo se encogió de hombros.

—¿Qué va a haber pasado? Yeehyeon dijo que sí, por eso estamos aquí hoy.

—No, no, eso no es todo.

Yuni negó con el dedo índice y sonrió de manera enigmática mientras miraba a Yeehyeon.

—La verdad es que ese día... Yeehyeon también había preparado una propuesta.

El público murmuró sorprendido. Incluso Choi Inwoo, que estaba recostado, se enderezó.

—¿Seo Yeehyeon? ¿Eso es verdad?

Parecía más que incrédulo; casi molesto.

Todos estaban sorprendidos, excepto una persona: Kwon Juhan, que sonrió como si ya lo hubiera previsto.

—Yo pensaba que Seo Yeehyeon sería el primero en proponer.

—No digas tonterías. Aquí nadie pensó eso.

Choi Inwoo lo negó rotundamente.

—¿Por qué no? Aunque parezca pasivo, Yeehyeon actúa cuando tiene que hacerlo.

—Eso es cierto, pero... lo que digo es que Yeehyeon no tenía necesidad de proponer. Yeehyeon, ¿no podrías haberlo hecho esperar una o dos semanas después de recibir la propuesta? Ese tipo habría acabado hecho polvo.

—No podía esperar más.

—......

Ante la respuesta de Yeehyeon, todos, incluido Choi In-woo, guardaron silencio. Las miradas concentradas le resultaban pesadas, pero ese día Yeehyeon quería mostrar sin reservas cuánto amaba a Liu.

—De repente me dieron unas ganas enormes de casarme, así que lo preparé todo con prisas. Aunque Kun se me adelantó un poco.

El brazo de Liu, que rodeaba su costado y la parte baja del abdomen, se apretó aún más alrededor del cuerpo de Yeehyeon. Unos labios cálidos presionaron suavemente su sien. Se notaba que esos labios estaban sonriendo.

Frente a ellos, Choi In-woo sacudió ambas manos, como un jugador que lo ha perdido todo y abandona la mesa de póker.

—Perdí. Perdí yo.

■ ■ ■

El día en que siguió en coche la limusina de Liu rumbo al aeropuerto.

Después de tomar un antipirético y dormir profundamente, Yeehyeon sintió, ya con retraso, una vergüenza abrasadora por su propio comportamiento. No entendía en qué estaba pensando para haber hecho algo así. No había sido una acción fruto de una reflexión profunda.

El Yeehyeon de siempre, al despertarse, le habría dicho a Liu que regresara. Que ya estaba bien y que podía volver a Seúl. Pero el Yeehyeon de entonces no hizo eso. Porque no creía que realmente estuviera bien.

—Debe de ser por el desequilibrio hormonal. A veces te invade la ansiedad de repente o actúas de forma impulsiva. Es algo natural.

Liu lo había tranquilizado con dulzura, diciéndole que no había razón para culparse por comportarse de forma distinta a lo habitual. Como siempre.

Puede que lo que decía Liu fuera cierto y que el desequilibrio hormonal fuera la causa. Pero a raíz de aquel alboroto, Yeehyeon se dio cuenta de algo con absoluta claridad.

Al ver cómo el coche que se alejaba mostraba solo su parte trasera, una ansiedad indescriptible lo invadió de repente. Una ansiedad de una intensidad que nunca había experimentado antes, casi comparable a una amenaza contra su propia vida. Sus piernas se movieron solas hacia adelante. Como una persona que se ahoga y agita desesperadamente las extremidades para sobrevivir, aquello fue puro instinto.

Y, dentro de los brazos de Liu que regresó corriendo para sujetarlo con fuerza, Yeehyeon vio con claridad el sentimiento que surgía dentro de él. Un sentimiento tan nítido que no podía ignorarlo ni confundirlo.

En ese momento, Yeehyeon ya había decidido proponerle matrimonio.

Liu ni siquiera quería dejar solo a Yeehyeon mientras iba al supermercado a hacer la compra. Tan sorprendido como estaba Yeehyeon —o incluso más—, pidió a Yuni que se quedara con él. Solo después de que ella llegara, tomó la bolsa de la compra y salió del apartamento.

Esta vez, Yeehyeon reaccionó de manera diferente a otras ocasiones. No insistió en que estaba bien y que podía quedarse solo. Al contrario, lo recibió con agrado. Tenía algo que quería pedirle a Yuni, en secreto, sin que Liu lo supiera.

Como si fuera algo que llevaba planeando desde hacía mucho tiempo, Yeehyeon le contó su plan a Yuni sin titubeos. Mientras escuchaba, los ojos de ella se llenaron de lágrimas. No era algo que se viera a menudo. Ni siquiera la propia Yuni parecía entender su reacción.

—¿Será porque he visto de cerca todo el camino que tú y el director han recorrido hasta llegar aquí? ¿Por eso no paro de llorar?

—Seguro que por nuestra culpa lo pasaste muy mal en medio de todo. Por eso también te lo agradezco, noona.

—¿Así que sí lo sabías?

Mientras se secaba las lágrimas con el pañuelo que Yeehyeon le tendía, Yuni lo miró con reproche, aunque sin malicia.

—Cuando ustedes dos se separaron, lo pasé realmente fatal, ¿sabes?

—Lo sé. Perdón.

—Y no olvides que estuve contigo aquel día que estabas borracho perdido.

—Sí.

—Pensé que acabarías confesando, aunque fuera borracho, que lo extrañabas demasiado... por eso me quedé a tu lado toda la noche. Pero no mencionaste al director ni una sola vez.

—Es que soy un poco terco.

—No es terquedad, es fortaleza.

—¿Tú crees?

—Se te notaba a kilómetros que todavía lo amabas, y aun así aguantabas... no entendía cómo lo hacías. Pero ahora lo sé.

—.........

—Desde el principio, ni tú ni el director pensaban terminar así. Como creían que no era el final, aguantaron aferrándose a la esperanza.

Eso sonaba muy cierto. Solo necesitaban tiempo y distancia; nunca se dijeron realmente "terminemos". No dudaron ni por un momento de que la otra persona también estaría reflexionando sobre el significado de ese tiempo.

Si no hubiera sido así, si en lugar de eso hubieran dejado pasar aquel incidente solo porque dolía demasiado separarse, hoy no existiría un presente en el que pudieran mirarse sin reservas. De eso tampoco tenía ninguna duda.

—Pensar que aquel "abejorro" que solo seguía a la directora cuando llegó por primera vez a Phantom ahora se va a casar.

—Lo sé. Yo tampoco me lo creo.

—Y encima con Liu Weikun.

Yuni y Yeehyeon se miraron y volvieron a sonreír.

—El director tiene que tratarte realmente bien.

—Ya lo hace. Tú lo sabes.

—Claro que lo sé. Sé que es alguien capaz de dar la vida por ti. Y aun así, no sé por qué siempre termino poniéndome de tu lado.

Yuni se encogió de hombros con una sonrisa, pero de repente volvió a romper en llanto. Tras reír y llorar un buen rato, como si algo se le hubiera ocurrido de pronto, agarró a Yeehyeon de los hombros y lo miró con seriedad.

—Yeehyeon... Seo Yeehyeon... no me digas que... ¿no estarás embarazado, verdad?

—.........

—¿Por eso te apresuras a casarte...? No es eso, ¿no?

—Noona, todavía ni siquiera he terminado mi manifestación.

—Lo sé. Ya lo sé, pero...

—.........

—Es que, de algún modo, siento que con el director sí podría ser posible.

La mirada de Yuni, tan seria y con el rostro completamente pálido, hizo que esta vez Yeehyeon no pudiera ni siquiera reír.

Después de que Yuni se fuera, mientras comía los panqueques que había preparado Liu, Yeehyeon le hizo una propuesta.

—Kun, ¿mañana te gustaría que diéramos un paseo hasta la isla de la Cité?

—Si te sientes bien, a mí me encantaría.

—No estoy enfermo, quiero salir a caminar. Llevo dos días sin respirar aire de fuera y me siento agobiado.

—Está bien. Pero si parece que te sube la fiebre, regresamos enseguida.

Le preocupaba que se notara demasiado su extraña excitación, pero Liu aceptó la propuesta sin sospechar nada. Para ellos, pasear por París era algo cotidiano, así que no había motivo para dudar. Cuando les apetecía, incluso caminaban hasta el Jardín de Luxemburgo, un trayecto de ida y vuelta de más de dos horas.

Al día siguiente, el clima, un poco fresco, era perfecto para caminar.

Bajaron hacia el sur siguiendo el canal Saint-Martin y, al entrar en el barrio del Marais, pasearon curioseando por todo tipo de tiendas.

Antes de pasar por la plaza de los Vosgos y doblar hacia la rue de Rivoli, también se detuvieron un momento en una floristería. Liu había descubierto que unas rosas de Jana, con grandes y carnosos capullos, llenaban una canasta.

—Cuando florezcan del todo deben de ser preciosas, ¿no?

Liu pidió un ramillete muy pequeño, mezclando dos rosas de Jana con ranúnculos. Era de un tamaño que no resultaba molesto llevar mientras paseaban.

Hasta ese momento, Yeehyeon no había imaginado ni por asomo que Liu estuviera comprando flores para una proposición. Regalar flores era algo habitual en él. En especial, cuando encontraba rosas de Jana, nunca pasaba de largo: aunque fuera una sola, siempre compraba una para Yeehyeon. Habían sido las flores que adornaron la terraza del hotel Ritz cuando hizo aquella propuesta a medias. Así que no había nada extraño que le llamara la atención.

Además, Yeehyeon estaba tan absorto en la idea de que debía lograr que su propuesta saliera bien que se encontraba terriblemente nervioso. Incluso si Liu hubiera comprado cien rosas, no le habría parecido raro.

Cuando entraron al puente, Yeehyeon empezó a impacientarse. Aceleró el paso y prácticamente tiraba de la mano de Liu para ir delante. Sin tener ni idea de lo que pasaba por la mente de Yeehyeon, Liu estaba ese día especialmente relajado.

—Yeehyeon, mira eso. Guau... el atardecer está más bonito que de costumbre.

Al sentir que Liu tiraba de su mano, Yeehyeon se dio la vuelta. Liu se había detenido allí mismo y lo miraba sonriendo.

En ese instante, Yeehyeon sintió un escalofrío sin razón aparente. Supo lo que Liu iba a hacer incluso antes de que se arrodillara, antes de que abriera los labios para hablar. Como si un dios se lo hubiera susurrado al oído.

Sin soltarle la mano ni apartar la mirada, Liu se arrodilló sobre la rodilla derecha.

Todo a su alrededor pareció empezar a moverse en cámara lenta. No, no era una ilusión. Muchas de las personas que cruzaban el Pont Neuf redujeron el paso y se quedaron observándolos desde cierta distancia.

—Perdón por ser un hombre sin paciencia.

Empezó bromeando con una sonrisa, pero sus músculos faciales estaban completamente rígidos; se notaba que estaba tan nervioso que parecía a punto de morir.

—Dije que esperaría tu decisión, y aun así vuelvo a suplicarte así. Pero ahora es diferente. Esta vez lo sé con certeza. Sé que tenía que decírtelo ahora. No... quizá debería haberlo hecho antes. Tal vez fui demasiado tonto.

Entonces le tendió a Yeehyeon el pequeño ramo que sostenía en la mano izquierda. Lo miró desde abajo hacia arriba, como si le ofreciera su propio corazón.

—Seo Yeehyeon, casémonos.

Dentro de esa breve frase, su voz tembló con violencia.

El cerebro de Yeehyeon no conseguía seguir aquella situación tan repentina e inesperada. Había estado corriendo a toda velocidad hacia un destino y, de pronto, ya había llegado. No podía no quedarse aturdido.

Y, aun así, antes de poder asimilarlo del todo, las lágrimas empezaron a correr.

Como cuando, antes de que la cabeza diera la orden, las piernas ya habían salido corriendo hacia él.

También temblaban las manos de Yeehyeon al recibir con cuidado el sencillo y pequeño ramo. Las personas que observaban estallaron en vítores y aplausos, y Liu se levantó para abrazarlo con fuerza.

—¿He tardado demasiado en decirlo? Perdóname.

Mientras lo abrazaba por la cintura, Yeehyeon negó con fuerza.

—Ahora es el momento. Es ahora. Lo sabes, Kun.

—Sí, tienes razón. Es ahora. Era ahora, Yeehyeon.

Las lágrimas calientes que se desbordaban entre los párpados fuertemente cerrados de Yeehyeon empaparon el hombro de Liu. Cuando volvieron a mirarse, las pestañas de Liu también estaban húmedas. Él secó con cuidado las mejillas mojadas de Yeehyeon. Con lágrimas aún colgando de los ojos, ambos se miraron y rieron bajito.

Alguien pasó felicitándolos, y Liu respondió inclinando la cabeza con una sonrisa.

Un poco más calmado, Yeehyeon acarició suavemente con la mano libre las yemas de los dedos de Liu. Luego le tomó la mano y se adelantó, guiándolo. Las personas que habían aplaudido se dispersaron y retomaron su camino hacia sus respectivos destinos.

Sobre el Pont Neuf, bajaron hacia la plaza Vert-Galant por las escaleras situadas detrás de la estatua ecuestre de Enrique IV. Hasta entonces, Liu lo seguía sin entender nada.

Yeehyeon llevó a Liu al extremo opuesto de la plaza, bajo uno de los arcos del puente. Allí había una pequeña embarcación amarrada. Un hombre de mediana edad que la custodiaba los vio, se quitó el sombrero y los saludó con una sonrisa cortés.

—Se lo pedí a Yuni noona. Ella lo preparó junto con Ben y Jun.

—¿Por esto... me dijiste de salir a pasear?

—No se dio cuenta, ¿verdad? No lo notó, ¿cierto?

Por los nervios, Yeehyeon hablaba con un tono más alto de lo habitual, casi como si estuviera parloteando.

La embarcación, con el casco acabado en madera oscura, tenía un encanto particular. Se podía remar con tranquilidad, pero también contaba con motor.

Sobre la pequeña mesa de la parte trasera había un mantel a cuadros rojos y blancos, y estaban preparados algunos bocadillos sencillos como galletas saladas, mermelada y miel, además de vino blanco. Unas velitas tipo tealight, cubiertas con protectores transparentes para que no se apagaran con el viento, iluminaban el ambiente. A simple vista, era un barco preparado especialmente para un momento romántico de pareja.

—No es un crucero espectacular, pero es bastante bonito, ¿no?

—No es solo bonito, es maravilloso.

—Usted tiene licencia para manejar barcos, ¿no? Me acordé de eso. Aunque este se puede llevar solo remando.

Se sentaron uno frente al otro, con la mesa entre ambos. El hombre de mediana edad que los había ayudado a subir al barco le entregó la llave a Yeehyeon y los despidió agitando la mano.

Sin necesidad de remar, la embarcación comenzó a deslizarse lentamente de la parte alta del río hacia la baja, desde el Pont Neuf en dirección a la Torre Eiffel. La luz dorada del sol brillaba sobre las aguas del Sena, como si alguien hubiera arrojado decenas de miles de diamantes al río.

—¿Mientras yo iba a hacer las compras ayer, estuviste planeando todo esto con Baek Yuni?

—Sí.

—¿Lo hiciste porque te sentías mal de que no pudiéramos ir a Seúl?

En lugar de responder, Yeehyeon sonrió de una forma enigmática. Luego se levantó y se sentó a su lado. Para ayudarlo a mantener el equilibrio, Liu le tomó la mano. Sentados juntos en la popa, contemplaron el paisaje parisino que pasaba lentamente ante ellos.

Apoyando la sien en el hombro de Liu, Yeehyeon sujetó su mano izquierda. Mientras jugueteaba con el anillo del dedo anular, habló.

—En el hotel Ritz, cuando me dió este anillo, usted dijo algo.

—......

—Que quería proponerme matrimonio en un lugar del que tuviera la certeza de que, al menos durante mucho tiempo, no desaparecería.

—Lo recuerdas.

—Claro que lo recuerdo. Por eso yo también elegí este lugar.

Levantando la cabeza que tenía apoyada, Yeehyeon alzó la mirada hacia Liu. El hombre que, hacía apenas unos minutos, le había propuesto matrimonio por segunda, no, por tercera vez, lo miraba sin saber nada, solo con una sonrisa cálida. Cuando cruzaba su mirada con la de él, incluso el hermoso paisaje de París se volvía un simple fondo.

—Al menos mientras estemos vivos, el Sena no va a desaparecer.

—......

—Y yo también quería pedirle matrimonio en un lugar que no desaparezca.

—Ah...

Liu dejó escapar una exclamación casi como un gemido y, sin darse cuenta, apretó con fuerza la mano de Yeehyeon.

—¿Me pediste que nos casáramos?

—......

—Esta es mi respuesta.

Como hechizado, Liu alargó la mano y tomó la mejilla de Yeehyeon. Sus labios se encontraron de forma natural, como el fluir del río. El barco pasaba bajo el Pont des Arts. El beso se prolongó largo tiempo, hasta cruzar el Louvre, los jardines de las Tullerías, la plaza de la Concordia y llegar al puente Alejandro III. El Sena y el tiempo avanzaban despacio.

■ ■ ■

La historia de la propuesta la contó principalmente Yuni. Aunque los protagonistas estaban presentes, eran personas que evitaban hablar directamente o se sentían cohibidas, y los invitados querían oírla. Así que alguien que la conocía de oídas no tuvo más remedio que salir a contarla.

Mientras revivían los recuerdos de aquel día a través del relato de un tercero, Liu y Yeehyeon, sin que ninguno lo propusiera, en algún momento se tomaron de la mano.

La propuesta había ocurrido ya hacía unos cinco meses. Esos cinco meses habían sido un período más dulce que nunca, llenos de expectación y felicidad. Al mismo tiempo, también habían sido los cinco meses más dolorosos, con un tiempo que parecía avanzar más lento que nunca.

—Entonces, ¿los dos estuvieron preparándolo en secreto para proponer el mismo día? —dijo Shushu, con el rostro emocionado, dirigiéndose a los protagonistas.

Yeehyeon, con la cara enrojecida, miró de reojo a Liu y respondió:

—Al final... por casualidad... fue una coincidencia....

—No puede haber sido casualidad. ¿Cómo iban a tener exactamente la misma idea el mismo día? Eso es porque están destinados el uno al otro.

Shushu parecía querer creer que entre Liu y Yeehyeon había habido una especie de telepatía. Sin embargo, aquella propuesta sí había tenido un detonante claro. El incidente en el que Yeehyeon salió corriendo tras el coche de Liu había impactado profundamente a ambos y se había convertido en el motivo que los llevó a decidir casarse. Pero esos detalles preferían dejarlos como una historia solo de ellos dos.

—Yo no soy alguien que crea en el destino ni en esas cosas, pero aun así, lo de usted, jefe, y lo de Yeehyeon... tiene algo curioso —dijo Yuni.

Todas las miradas volvieron a centrarse en ella.

—Es rarísimo manifestarse después de alcanzar la adultez, ¿no? ¿No dijeron que la probabilidad era de un 3% más o menos? Pero Yeehyeon se manifestó después de conocer al jefe. Justo en ese 3%. Eso ya no es algo normal. Es como una señal del cielo diciendo que se casen, formen una familia y tengan hijos.

Tal como pensaba Yuni, y como la mayoría de los presentes sabía, Yeehyeon no se había manifestado de forma natural como omega. La fuerza del apretón de Liu, que le sostenía la mano, aumentó. Luego, mirándolo desde arriba, esbozó una leve sonrisa. Una sonrisa compleja cuyo verdadero significado solo Yeehyeon, solo su Diamond Dust, podía comprender.

Las personas que sabían que Liu era un Ghost y que Yeehyeon era un Diamond Dust se contaban con los dedos de una mano. Ni siquiera Shushu ni la directora Han sabían más que el hecho de que Liu era un Ghost.

Choi Inwoo, uno de los poquísimos que conocían la verdad, lanzó una mirada de soslayo a Liu e Yeehyeon.

—Si Yeehyeon no se hubiera convertido en omega, al menos en Corea el matrimonio legal entre ustedes dos habría sido imposible.

—Exacto. Y además, superaron incluso esa relación a distancia tan complicada. Dicen, aunque no sé si creerlo o no, que la probabilidad de éxito de una relación a distancia es entre un 50 y un 70% menor que la de una relación normal.

—Bueno, superar una relación a distancia sí que es algo admirable.

Choi Inwoo descruzó las piernas que tenía cruzadas, tomó su copa de champán y continuó:

—Cuando dijeron que volverían a estar juntos, pensé que Liu Weikun iba a dejar de inmediato toda su vida en Seúl y volar a París.

—Quise hacerlo —admitió Liu al instante.

—¿Te contuviste porque querías quedar bien con Yeehyeon?

—Esta persona de aquí dice que no le gustan los hombres irresponsables.

Liu alzó la mano que estaba entrelazada con la de Yeehyeon y se encogió de hombros. La gente soltó risas ligeras, y por un breve instante Choi Inwoo dirigió la mirada a la mano izquierda de Yeehyeon, que sostenía la derecha de Liu. Seguían llevando los sencillos anillos de pareja de siempre.

—Pero no me digas que le propusiste matrimonio solo con un ramo de flores. Eso sí que sería irresponsable.

—¿Cómo cree que el jefe haría algo así? ¿Estamos hablando de Liu Weikun, sabe? Yeehyeon recibió un diamante.

—¿Un diamante?

Choi Inwoo le preguntó a Yuni, como para confirmarlo, frunciendo el ceño como si dudara de sus propios oídos.

—Sí, un diamante. Un diamante azul de verdad, misterioso y elegante.

Como si estuviera volviendo a verlo ante sus ojos, Yuni miró al vacío con una expresión soñadora y embelesada.

—No me interesan nada las joyas, ni un poco, pero me quedé mirándolo embobada un buen rato, ¿sabes? Más allá del precio, es realmente hermoso. Es como si contuviera el agua del mar profundo, un lugar al que los humanos no pueden llegar. O como una esfera que muestra el futuro. En fin, es una obra de arte, eso.

—Ah... ¿sí? Un diamante. O sea, le propusiste matrimonio con un diamante. Y nada menos que con ese tan valioso diamante azul.

Choi Inwoo miró a Liu con una sonrisa que parecía malvada, como la de un villano disfrutando de tener el punto débil de su enemigo en la mano.

—¿Por qué? ¿Hay algo mal?

—Hace tiempo, ¿sabes?, había un compañero de la universidad, Mintz, que decía que iba a proponer matrimonio y estaba preocupado porque no sabía qué tipo de anillo de diamantes debía comprar. Recuerdo perfectamente qué fue lo que dijo Liu Weikun delante de ese tipo.

—¿Ah, sí? ¿Pasó algo así?

Pero Liu no mostró ni rastro de nerviosismo. Se encogió de hombros y se limitó a beber tranquilamente su champán.

—Entonces déjame refrescarte la memoria con todo detalle.

Choi Inwoo dejó la copa de champán y se acomodó en el asiento. Luego empezó a hablar sin titubeos, como si repasara algo ocurrido el día anterior o recitara de memoria un poema que se supiera de cabo a rabo.

—La idea de que el diamante es el símbolo del amor eterno no es más que una ilusión creada por la estrategia de marketing de la empresa De Beers. Puede que el diamante sea duro, pero no es resistente: se raya con facilidad y, si lo golpeas con un martillo, puede hacerse añicos como un caramelo. Además, desde el punto de vista termodinámico, es una sustancia inestable, y en este mismo instante todos los diamantes que existen en la superficie terrestre están transformándose poco a poco en grafito. Así que los diamantes no son eternos ni inmutables. Incluso la costumbre de proponer matrimonio con un anillo de diamantes es solo una moda fomentada por aquel famoso eslogan de De Beers, y su historia no llega ni a los cien años. —¿No fue algo así lo que dijiste?

¡Puajajaja! El que estalló en carcajadas, golpeándose incluso las rodillas, fue Kwon Juhan.

—Vaya, qué mordaz, de verdad. Yo ya sabía que antes de conocer a Yeehyeon el jefe era un tipo bastante áspero, pero esto es impresionante. ¿No acabó en pelea?

La directora Han también rió y asintió.

—Ahora que lo oigo, yo también lo recuerdo. Los compañeros de la universidad ya estaban acostumbrados al carácter seco del Director Liu. Lo tomaron como algo normal.

Yuni, que había estado escuchando la historia, se dirigió a Liu con una expresión divertida.

—¿Y después de todo eso, usted mismo propone matrimonio con un diamante de 15 quilates? Es un poco descarado, ¿no?

—¿Quéeee?

El grito casi fue un alarido, tanto que Yuni estuvo a punto de derramar champán sobre su vestido nuevo.

—¡Ay, qué susto! ¿Por qué gritas así?

—¿Q-qui... quince quilates?

Kwon Juhan incluso se levantó un poco del asiento, medio incorporándose. Luego, como si tuviera la garganta seca, se bebió el champán de un trago y habló con gesto solemne.

—El anillo de compromiso que Beyoncé recibió de Jay-Z... costaba cinco millones de dólares. Era un diamante blanco de 18 quilates.

—Cómo te acuerdas de esas cosas.

—Aunque el que recibió Yeehyeon sea tres quilates más pequeño que el de Beyoncé, no es un diamante blanco sino uno azul, que es más caro. Eso significa que, como mínimo, vale más de cinco millones de dólares. ¿Cómo no voy a gritar?

—Ay, miren, llegó el gran detective.

—Bueno, esto ya es cultura general.

—¿Cultura general? No te estaba elogiando. Además, que el anillo de Beyoncé costara cinco millones no es cultura general, es chisme, ¿no?

Mientras Yuni y Juhan discutían, Ben y Jun, que escuchaban la traducción con un pequeño retraso, palidecieron. Habían entendido el precio del diamante. En especial Jun, que parecía casi aterrorizado.

Liu miró de inmediato el semblante de Yeehyeon. Tal como esperaba, Yeehyeon se veía inquieto. Liu lo rodeó con un brazo y le acarició el hombro. Luego le sonrió con suavidad, transmitiéndole que todo estaba bien.

Kwon Juhan, que había estado discutiendo con Yuni, miró de pronto alternativamente a Yeehyeon y a Liu, con el rostro lleno de dudas.

—Pero... un chico como Yeehyeon, ¿dónde se pondría un diamante de 15 quilates? Un anillo con un diamante del tamaño de un puño no le pega para nada.

—No es un anillo, es un collar —respondió Yuni.

—¿Yeehyeon con un collar de diamantes? ¿No tendría que llevar al menos un vestido?

Tal vez imaginándose a Yeehyeon con un vestido de noche y un collar de diamantes de 15 quilates, Kwon Juhan se rió solo. Yuni frunció el ceño y le clavó el codo en el costado.

—Ay, ya basta. No se lo dio como un simple accesorio, es algo simbólico, simbólico.

—¿Qué simbolismo?

Esta vez fue Liu quien respondió directamente.

—Es una pieza de la colección de mi madre. Mi padre se la regaló en su vigésimo aniversario de bodas.

Al menos los invitados reunidos allí no eran personas que fueran a convertir el precio del diamante del novio en un chisme. Además, eran lo suficientemente cercanos como para que no hubiera nada que ocultar. Aunque habría sido mejor que Kwon Juhan no hubiera mencionado los cinco millones de dólares... En cualquier caso, llegado a este punto, Liu pensó que lo mejor era explicarlo él mismo. Aunque fuera por el bien de Yeehyeon, que seguía nervioso.

—Oh... eso sí que tiene un significado especial.

La expresión juguetona desapareció del rostro de Kwon Juhan. Quizá avergonzado por haber estado hablando tanto del precio, se rascó la nuca mientras arrugaba la nariz.

—Desde el momento en que decidí pedirle matrimonio, no podía dejar de pensar en ese collar. Le dije a mi madre que quería pedirle matrimonio a Yeehyeon con ese diamante, y ella aceptó encantada, en el acto. Estaba realmente feliz.

Tras escuchar la historia del compromiso, Suki Kim contactó de inmediato con una empresa especializada en custodia y transporte de artículos de lujo, y envió el collar a París. A la madrugada del día siguiente, hora de París, Liu recibió el collar sin problemas mientras Yeehyeon dormía, y después de regresar de un paseo se lo entregó, reafirmando su propuesta de matrimonio.

El ambiente entre los invitados cambió. El interés dejó de centrarse en el precio del diamante y pasó a la emotiva historia que lo rodeaba.

—Ajá, o sea que incluso le pediste matrimonio con el diamante de tu madre. ¿No eras tú el que decía que ese tipo de propuestas eran demasiado anticuadas, propias de la nobleza europea, y que te daban urticaria?

Solo Choi Inwoo seguía molestando a Liu. Parecía decidido a burlarse de él todo lo que pudiera ese día. Si ese era uno de los precios a pagar por aceptar a Yeehyeon como su compañero de vida, Liu estaba dispuesto a soportarlo con gusto. Nada parecía capaz de arruinar su ánimo ese día.

Liu sonrió como admitiendo la derrota y asintió.

—Sí, fui ignorante. Me las daba de listo, pero al final me enamoré, y quería darle todo a mi compañero. Diamantes o lo que fuera.

—¿Y qué tiene eso de malo? La forma de pensar de la gente puede cambiar —dijo alguien en su defensa.

Era Michelle. Al igual que Ben y Jun, seguía la conversación con un pequeño retraso gracias a la traducción de quienes estaban cerca.

—A mí me parece romántico pedir matrimonio con una joya especial que tenga la historia de los padres. No tiene que ser necesariamente algo carísimo: una pulsera de turquesas heredada desde la época de la bisabuela, un anillo de bodas de 0,1 quilates que la abuela recibió del abuelo cuando eran pobres... Ese tipo de cosas son preciosas. Te hace sentir bienvenida y respetada no solo por tu pareja, sino por toda su familia.

Después de hablar, Michelle miró con calidez a Yuni, que le devolvió una sonrisa similar.

—Dicho así, suena muy romántico.

Todos los miraban con una expresión enternecida, excepto una sola persona: Kwon Juhan. Seguía celoso, convencido de que Michelle le había robado a su alma gemela.

Aprovechando el momento, Liu dejó la copa de champán y llamó la atención de los invitados.

—Bien, entonces... ¿ya se resolvieron todas sus dudas sobre la propuesta? Nosotros nos ausentaremos un momento. Aún tenemos que revisar algunas cosas por última vez.

—¿Eh? ¿Ya es tan tarde?

—¡Faltan menos de treinta minutos para la ceremonia!

Los invitados estaban incluso más nerviosos y emocionados que los propios protagonistas. Liu dejó también la copa de Yeehyeon sobre la mesa y, tomándolo de la mano, se dirigió hacia el edificio principal de Phantom, donde se celebraría la ceremonia.

Solo con ver a los dos, elegantemente vestidos y caminando de la mano, parecía que la boda ya había comenzado. Todos los presentes eran testigos de la historia de amor de ambos. Aunque su amor era lo bastante sólido como para no necesitar leyes, nadie dudaba de que debían ser reconocidos legalmente como compañeros de vida. Incluso Choi Inwoo, que había estado bromeando todo el tiempo, pensaba lo mismo.

Cuando la pareja dobló la esquina del edificio y dejó de verse, Kwon Juhan planteó una última pregunta.

—Hyung Inwoo, entonces... ¿cuál era ese eslogan tan famoso?

—¿Qué eslogan?

—El del diamante. Dicen que por el eslogan de una empresa se puso de moda pedir matrimonio con anillos de diamantes.

—¿Cómo que no conocen ese eslogan?

Choi Inwoo golpeó la mesa con la copa y los miró, escandalizado.

—No somos viejos como usted o el Director.

—¿Y eso qué tiene que ver con la edad? Es uno de los mejores eslóganes del siglo XX. Es cultura general.

—Ya, ya, menos sermones. Entonces, ¿cuál era?

—A diamond is forever.

Los diamantes son para siempre.

Al decirlo, Choi Inwoo lo comprendió. Por muy cegado que estuviera Liu Weikun por el amor, su amor era Yeehyeon. Nadie habría dudado de su sinceridad aunque no hubiera habido diamantes. Entonces, ¿por qué un diamante?

La respuesta era Seo Yeehyeon.

Cubriéndose los labios con la copa para que nadie lo notara, Choi Inwoo sonrió sin rastro de burla.

Un diamante para un Diamond Dust.

¿Qué razón podría ser mejor que esa?

 ■ ■ ■

Casi siendo llevado de la mano por Liu, Yeehyeon preguntó con voz inquieta.

—¿No terminamos ya la revisión final hace un rato?

—Ven aquí.

Empujando la pesada puerta principal con el hombro y tirando de la mano de Yeehyeon, Liu parecía un muchacho travieso. Un chico que se escabulle del grupo para encontrar un refugio y asegurar un momento a solas con su primer amor.

—¿Fue Javier quien te llamó?

—No, solo lo dije yo.

El interior del edificio donde se celebraría la boda estaba tan profusamente decorado como el jardín: rosas púrpuras, lavanda, ranúnculos y eucalipto lo llenaban todo de color. Desde la escalera de curvas elegantes hasta la barandilla que se extendía por el borde del piso superior, todo era un mar de flores.

Desde el salón del segundo piso, donde se celebraría la ceremonia, se oían las voces de Javier y de algunas personas; la planta baja, en cambio, estaba tranquila. Liu se colocó frente a Yeehyeon y le levantó suavemente la barbilla.

—Parecías demasiado tenso, así que salimos un momento para que respires.

—¿Cómo supiste que estaba nervioso?

Liu dejó escapar una risa baja.

—Soy el hombre que se va a casar contigo hoy. ¿Cómo no iba a notarlo?

Y, sin soltarle la barbilla, le dio un beso corto, un leve choc.

—¡Oigan, novios! ¿Qué están haciendo ahora? Aguántense un poco con los besos y déjenlos para la boda.

Javier gritó desde la barandilla, mirándolos desde arriba.

Liu le pidió unos diez minutos para pasar a solas con Yeehyeon. Como todo estaba ya perfectamente preparado, Javi se llevó consigo a todo el personal que esperaba y se retiró.

El entorno quedó en silencio. Era como si en aquel edificio majestuoso solo quedaran ellos dos.

Liu jugueteó sin motivo con la pajarita de Yeehyeon y sonrió, satisfecho.

—Mi esposo... es demasiado atractivo.

Para la ceremonia, ambos eligieron un esmoquin blanco con un elegante matiz crema. No dividieron quién iría de negro y quién de blanco: mismo color, misma tela; solo variaba el diseño.

Liu realzaba su encanto clásico con un esmoquin de doble botonadura y amplias solapas de satén; Yeehyeon, por su parte, eligió uno de botonadura simple, acorde a sus largas extremidades y a su imagen serena.

—¿Cuántas veces llevas diciendo eso hoy?

—Por muchas veces que lo diga, sigue siendo insuficiente para lo que siento ahora.

—......

El rostro de Yeehyeon volvió a inclinarse, y Liu le alzó suavemente la barbilla para mirarlo a los ojos.

—¿De verdad ahora sí vas a convertirte en mi esposo?

—De verdad. Si no fuera así... yo también estaría en problemas.

Ante las palabras dulces, dichas con timidez, Liu le sonrió. Rozando la punta de la nariz contra la suya, frotándola con suavidad, habló con una voz que parecía un suspiro.

—¿Lo sientes real? Que dentro de treinta minutos nos casamos aquí.

Los labios de Liu, que casi lo tocaban, se deslizaron hacia su oído. El aliento cálido le penetró el oído y tensó los hombros de Yeehyeon.

—Esta noche, nosotros... tendremos sexo por primera vez como esposos.

Ante el susurro íntimo, Yeehyeon se mordió con fuerza el labio inferior.

—Dormir con Seo Yeehyeon ya convertido en hombre casado. De verdad que me excita.

En lugar de reprocharle por la vergüenza, Yeehyeon rió y empujó suavemente el hombro de Liu. Con una sonrisa tan atractiva—a la vez juvenil y masculina, feliz y sexy—Liu retrocedió un paso y luego volvió junto a Yeehyeon, extendiéndole la mano.

—¿No quieres que subamos juntos primero esta escalera?

—......

Yeehyeon alzó la vista hacia la gran escalera en arco que conducía al segundo piso.

A diferencia de lo habitual, la escalera estaba cubierta por una alfombra, y ambos subirían juntos. Los invitados celebrarían su aparición desde la barandilla del segundo piso. Al llegar arriba, en el salón inundado por la luz brillante que caía desde el lucernario, se harían los votos y se besarían en el mismo lugar donde se conocieron por primera vez. Se convertirían en esposos ante las personas que amaban.

Yeehyeon comprendió qué significaba subir juntos esa escalera primero, y con qué intención Liu se lo proponía. Un ritual solo de ellos dos.

Sonriendo, Yeehyeon miró a Liu y tomó su mano.

De la mano, avanzaron, escalón por escalón, acompasando los pasos.

Aunque Phantom había pasado por una gran remodelación, su estructura principal seguía siendo la misma. Mientras subía la escalera de la mano de Liu, vestido igual que él, Yeehyeon sintió como si el resorte del tiempo se rebobinara.

Volvía al instante en que vio por primera vez a la persona que tenía a su lado.

Él apareció bajando esa escalera: el cabello bonito ondeando ligeramente, los rasgos exóticos y el traje sofisticado. En fin, un hombre grande y deslumbrante. ¿Será esto un Golden Alfa? Fue la primera vez que ese pensamiento le cruzó la mente.

También recordaba la primera frase que aquel hombre, tan receloso ante la llegada de un extraño, le lanzó.

—¿Cómo se conoce usted con la directora Han?»

Tal como decía Kwon Juhan, el Liu de aquella época era sin duda una persona bastante arisca.

No es que odiara en particular a Seo Yeehyeon; simplemente trataba así a todos hasta aceptarlos por completo como gente suya. Que todos habían pasado por esa etapa. Baek Yuni y Kwon Juhan consolaron así al Yeehyeon de entonces. Ahora sabe muy bien que aquello era cierto. Pero en ese momento no fue ningún consuelo.

No era alguien a quien le afectara que lo trataran con frialdad o lo mantuvieran a distancia. Y aun así, cada vez que la mirada de ese hombre lo pasaba de largo, se sentía como un cachorro rechazado. Quería que lo mirara con cariño, como hacía con Juhan o Yuni; que lo cuidara aunque fingiera fastidio; que bromeara con él.

Porque le gustaba.

Al menos, porque había terminado interesándose en él en el sentido romántico.

—¿Por qué sonríes?

—Porque me acordé del día en que nos conocimos aquí.

—Ah... si hablamos de esa época, aunque tuviera diez bocas, no tendría nada que decir.

Al ver a Liu exagerar desde antes, Yeehyeon también sonrió. Y recordó el camino que había recorrido junto a este hombre.

Liu ya no se mostraba arisco ni desconfiado solo porque alguien fuera un desconocido. No era frío. Cuando estaba de pie en la calle, los ancianos se le acercaban para pedirle indicaciones, y en el supermercado los niños le pedían que les bajara cereales de los estantes altos. A pesar de su gran estatura y complexión robusta, no resultaba intimidante. Parecía alguien a quien uno podía pedirle cualquier cosa con confianza. El recorrido de los amores que había vivido había quedado reflejado en los cambios de expresión de su rostro.

—No he vivido tanto, pero siento que la vida es realmente impredecible.

—Eso mismo pienso yo.

Cuando ambos terminaron de subir las escaleras, el vestíbulo del segundo piso se desplegó ante ellos. En el centro del salón circular, bañado por la luz, había un estrado bajo donde dos personas intercambiarían votos de amor, rodeado por un arco adornado con flores. Parecía una magnífica jaula nueva.

Se colocaron uno al lado del otro frente a la barandilla y contemplaron el salón vacío. No lograban asimilar que ese sería el lugar donde se celebraría su boda. Era como si estuvieran asistiendo juntos a la boda de otra persona.

—¿Qué crees que habría pasado si no nos hubiéramos encontrado? —murmuró Yeehyeon con voz ausente.

—Eso no habría pasado.

La respuesta de Liu fue tajante. Yeehyeon podía prever que Liu diría algo así.

—¿Cómo puedes estar tan seguro? Al principio... ni siquiera te interesaba yo...

La mirada de Yeehyeon descendió hasta el pecho de Liu, hasta el boutonnière que lo señalaba como uno de los novios del día.

—¿Cuántas veces te lo he dicho? El único momento en que de verdad no te presté atención fue en nuestro primer encuentro.

Liu sostuvo la mejilla de Yeehyeon y la levantó con cuidado. Sus ojos gris azulado, amables y llenos de certeza, lo observaron sin reservas.

—Tal vez no fue amor a primera vista. Pero poco a poco empezaste a importarme más, y cuanto más te conocía, más curiosidad me despertabas. ¿No te gusta un amor que empieza así?

Mientras frotaba su mejilla contra la palma de Liu, Yeehyeon negó con la cabeza. La única persona ante la que Yeehyeon mostraba su descontento de esa forma era Liu Weikun.

—Nunca fallé en controlar mis feromonas, ni una sola vez. Y aun así, frente a las tuyas, fui impotente incluso después de tragar decenas de inhibidores. La fuerza que actúa entre nosotros es de ese nivel.

Su voz, ronca y cargada de peso, hablaba del destino.

—Mientras innumerables casualidades se acumulaban, la distancia entre nosotros se habría ido acortando, y al final nos habríamos encontrado.

Mientras escuchaba sus palabras, en el interior de Yeehyeon nació la convicción de que realmente habría sido así. Liu sonrió en secreto, sin mostrarlo abiertamente.

—Hay una prueba de que esa fuerza empezó hace mucho, incluso antes de que nos conociéramos.

—¿Una prueba?

—Aislamiento.

—Ah...

—Tú pintaste ese cuadro en Seúl cuando tenías dieciséis años, y yo, que vivía en Hong Kong, terminé siendo su propietario. Sin saber quién era el autor ni que se trataba de mi Diamond Dust.

—......

—Nuestro vínculo ya había comenzado.

El pulgar de Liu acarició la mejilla de Yeehyeon. Su expresión, al acercarse con los párpados entrecerrados, parecía incluso solemne. Yeehyeon rodeó su cintura con los brazos y cerró suavemente los ojos. En el leve contacto de sus labios se sentía el pulso del otro.

Este momento, en el que agradecían la existencia del otro y juraban el futuro con solemnidad, era su verdadera ceremonia de boda, solo de ellos dos.

Lágrimas corrieron bajo los párpados firmemente cerrados de Yeehyeon. Era apenas un beso suave, de labios que se tocaban y se separaban, pero los labios de Liu temblaban. Él lo abrazó con cuidado por los hombros. Sus mejillas y orejas se tocaron. Tal vez el traje se arrugara, tal vez Javier los regañara, pero no les importó.

—Yeehyeon, está bien aunque no venga.

El brazo de Yeehyeon, rodeando la cintura de Liu, se estremeció ligeramente al aferrarse al talle de la chaqueta.

—Después de la boda podemos ir juntos al Mar del Este a visitarlo.

—......

—Le mostraremos las fotos de cómo fue la ceremonia, pasearemos con papá y también iremos al columbario de mamá. ¿Sí?

Nadie había notado los sentimientos de Yeehyeon. Todos pensaban que hoy era perfectamente feliz. Que ya había renunciado a la presencia de su padre.

Solo Liu comprendía su corazón.

¿Cómo sabía lo que sentía? Yeehyeon no lo preguntó. Esa habría sido, de verdad, una pregunta estúpida. Simplemente asintió, se tragó las lágrimas y apretó con más fuerza los brazos con los que abrazaba a Liu. Fue entonces cuando apareció Seo Ihan.

—¡Yeehyeon! ¡Seo Yeehyeon! ¡Seo Yeehyeon, ¿dónde estás?!

Las pesadas puertas principales se abrieron y la voz apremiante de Seo Yeehan llamó a Yeehyeon. Yeehyeon se separó del abrazo de Liu y respondió hacia el piso inferior.

—¡Ah, estoy aquí, hyung!

Mientras tanto, Liu le limpió las marcas de lágrimas del rostro.

—¡Oye, baja rápido! ¡Ha venido el tío menor!

Liu e Yeehyeon se miraron.

El tío menor de Seo Yeehan era el padre de Yeehyeon.

Sin que nadie tuviera que decir nada, echaron a correr por las escaleras. Yeehyeon fue el más rápido. Salió disparado por la puerta principal que Seo Ihan había dejado abierta. Bajo la luz directa del sol de abril, tuvo que entrecerrar los ojos por un momento.

Los invitados que estaban pasando el tiempo en el jardín se congregaron todos frente a la entrada de "Phantom". El tío mayor y la tía mayor rodeaban a alguien. Yeehyeon, que se había detenido un instante frente a la puerta, dio un paso al frente sin darse cuenta.

Al descubrir a Yeehyeon, el tío mayor y la tía mayor se hicieron a un lado.

Era su padre.

Su padre llevaba bajo el brazo un lienzo envuelto en papel kraft y atado con una cuerda.

Al verlo con el traje nuevo que Liu e Yeehyeon le habían enviado, y con el cabello peinado hacia atrás de manera algo torpe pero prolija, Yeehyeon rompió a reír mientras, al mismo tiempo, las lágrimas corrían por su rostro. No hacían falta explicaciones ni palabras.

—¡Papá!

Corrió hacia él sin dudarlo y se lanzó a abrazarlo.

Ni siquiera podía calcular cuántos años habían pasado desde la última vez que se había refugiado en los brazos de su padre. Aun así, no hubo la menor vacilación, y ese hecho lo sorprendió incluso a él mismo.

Aunque Yeehyeon ya se había convertido en un joven adulto, su padre seguía siendo más alto. De figura esbelta y rostro atractivo, había sido conocido en su juventud como "Julian el pintor", un apasionado estudiante de arte que lo había abandonado todo para amar intensamente a la madre de Yeehyeon.

—Aunque pensaba que no podría venir solo, no dejaba de sentir que en cualquier momento aparecerías, papá...

Yeehyeon frotó la mejilla contra el hombro de su padre y se acurrucó en su abrazo como un niño.

—Gracias. Te estuve esperando.

Sin decir palabra, su padre también lo estrechó con fuerza. Tal como hacía cuando Yeehyeon era muy pequeño, le dio suaves palmadas en la espalda.

Era el momento en que todos los preparativos para la boda habían terminado.

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