Nota Autora: Holis a todos, solo quería aclarar lo que significaba Alineación, significa aislamiento, es un sentimiento de soledad, de sentirse lejano de los demás.
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Capítulo 6: Aislamiento (1)
La probabilidad de ganar el primer premio de la lotería: 1 entre 8,145,060.
La probabilidad de morir tras resbalar en una bañera: 1 entre 801,923.
La probabilidad de morir en un accidente de avión: 1 entre 1,000,000.
La probabilidad de morir tras el impacto de un rayo: 1 entre 4,289,651.
Los expertos calculan que mil millones de personas morirán en el siglo XXI a causa del tabaquismo, pero la mayoría de quienes no pueden dejar de fumar compran un cigarrillo nuevo y lo encienden, aferrándose a una creencia tan falsa como una apuesta: que ellos no estarán entre esos mil millones.
Cosas que siento que jamás me pasarán.
Mientras en algunas situaciones me entra el pánico y me preparo obsesivamente por miedo, en otras dejo mi futuro por completo en manos de la suerte, con una despreocupación casi descarada. No es algo que le pase a una sola persona. Es una contradicción profundamente humana.
El presente, que parece repetirse sin fin, no parece conectarse con el futuro ni aunque pase mucho tiempo.
Un chico de quince años no puede imaginar con claridad cómo será cuando tenga veinte o treinta. Un joven de veintitrés no logra verse con cuarenta o cincuenta, en plena madurez.
Aunque la mente entienda con lógica que ese día llegará sin falta, la imaginación no logra darle forma a lo que la razón ya aceptó.
Pasar de los quince a los dieciséis se asume de forma natural, pero llegar a los treinta o a los cuarenta, ver la piel cedida por el peso de los años formando arrugas profundas y enfrentarse a una imagen propia que ya no es joven... eso no se siente como algo real.
El paso del tiempo parece tan lejano, tan distante como un futuro situado cien o mil años después. Tan irreal que uno vive como si pudiera quedarse en el mismo estado para siempre, como si nunca fuera a perder al yo de hoy. Se ignora el único destino seguro: que ese yo desaparecerá a su debido tiempo. Tal vez esa sea la esencia de la vida de la mayoría de las personas.
Si definimos eso como lo normal, los padres de Yeehyeon se salían, en cierto grado, de esa normalidad.
El padre de Yeehyeon había crecido en un pueblo de pescadores. Era un alumno ejemplar, con excelente rendimiento y un carácter tranquilo, que no le había dado problemas a sus padres ni una sola vez. Ingresó a una universidad prestigiosa con la idea de que, en el futuro, tendría un trabajo que ayudaría a su familia.
Pero incluso en alguien de aspecto sereno puede existir una intensa pasión interna. Ser callado no es lo mismo que no tener convicciones. Aun así, es común caer en la idea equivocada de que un niño que no se impone ni alza la voz no siente deseos tan fuertes como para arriesgarlo todo por alcanzarlos.
Su pasión era la pintura.
Hasta que, a los veintitrés años, les confesó a sus padres la verdad que había guardado durante tanto tiempo, nadie en su familia sabía que soñaba con ser pintor. Había mantenido su sueño en secreto, tal vez por su rigurosa disciplina... o quizá fue la indiferencia extrema y el autoengaño voluntario de quienes solo ven lo que quieren ver, lo que terminó enterrándolo tan profundo.
Aceptado en una de las mejores universidades y habiéndose mudado solo a Seúl, les ocultó la verdad a sus padres desde el comienzo. Tras matricularse, pidió un permiso académico y se inscribió en un instituto de arte para preparar el examen de ingreso a una escuela de bellas artes.
Salvo el tiempo en que daba clases particulares para sobrevivir, dedicó casi todas las horas a pintar. Entre un curso y otro, buscaba salones vacíos para practicar sin descanso. La simple posibilidad de recibir clases formales lo llenaba de alegría. Se entregaba por completo a la transformación de una línea en una superficie, y de esa superficie en volumen. En esos momentos de concentración total, sentía una libertad que lo alejaba de todas las demás relaciones: solo existían él y la obra que estaba creando.
La madre de Yeehyeon estaba en una situación contraria a la de su padre.
Su bisabuelo, casi cincuenta años después de su muerte, seguía siendo un artista cuyas obras se vendían por más de mil millones de wones cada una. Era una figura clave en la historia del arte moderno y contemporáneo coreano. El padre de ella era pintor y crítico de arte; su madre, poeta, pero con un profundo conocimiento de las artes visuales y otras áreas. Creció rodeada de pintura, y ya fuera por genética o por el ambiente, desarrolló de forma natural un interés por el arte.
A diferencia del padre de Yeehyeon, ella contaba con el apoyo entusiasta de sus padres. Tras estudiar en colegios especializados en arte durante la primaria y la secundaria, ingresó sin mayor dificultad al departamento de pintura de una universidad de prestigio, la misma institución y carrera que el padre de Yeehyeon había deseado.
Pero su verdadera pasión era el cómic.
Y sus padres, como tantos otros que desprecian todo lo considerado arte menor, tenían una postura completamente negativa hacia cualquier forma de expresión que no fuera la pintura tradicional.
A diferencia del padre de Yeehyeon, ella nunca escondió su gusto durante sus años de secundaria. Pero sus padres intentaron dejarlo solo como un pasatiempo: hasta fueron capaces de tirar su colección de cómics, juntada desde los ocho o nueve años, en la bañera y arruinarla echándole agua.
Tratando de calmar su inquietud ante la amenaza del 'arte menor', se agarraron al hecho de que su hija estaba inscrita en la misma carrera de pintura donde ellos habían soñado verla convertirse en la heredera artística de su bisabuelo, una pintora que representaría a Corea con orgullo.
«Es cuestión de tiempo», se decían. El entorno cambia a la persona. Confiaban en que las enseñanzas de profesores famosos en una universidad de élite apagarían esa rebeldía infantil y la llevarían al mundo elevado de las bellas artes.
Pero la fe ciega en lo que se quiere ver, el autoengaño que nace del miedo a perder el control, ocurría sin importar la clase ni la riqueza.
Al contrario de lo que querían sus padres, ella fundó, junto con un compañero, un club de cómic en la facultad. Y pronto le dedicó más tiempo a las actividades de ese club que a las materias. Su compañero, quien había estado en grupos de cómic desde la secundaria y publicaba fanzines desde segundo año de preparatoria, se convirtió en el presidente del club; ella asumió el cargo de vicepresidenta.
El compañero mayor, que aseguraba que el prestigio de haber estudiado en un colegio de arte reconocido le serviría en su futuro como dibujante, ya había declarado su intención de dedicarse de lleno al cómic y se había independizado. Por eso, no estaba precisamente cómodo en lo económico.
Trabajaba como profesor para alumnos de secundaria en un instituto de arte preparatorio cercano a la universidad, y con eso cubría sus gastos diarios y sus materiales. Viéndolo de cerca repartir su tiempo entre el trabajo, la universidad y el club, ella pudo mirarse con claridad y reconocer su propia falta: no estaba siendo del todo fiel a su pasión. Y comenzó a corregir ese descuido.
Aumentó bastante el tiempo que le dedicaba a dibujar y empezó a prepararse en serio para varios concursos. Mejoró sus historias, investigó en libros y películas para darles más profundidad a sus personajes.
Como no tenía la necesidad de trabajar para mantenerse, se hizo cargo de las tareas prácticas del club, reemplazando al presidente. También solía ir al instituto donde él daba clases. Se ganó la confianza del director y de otros profesores, y a veces trabajaba como asistente en los talleres, ganando un dinero extra.
Fue allí donde conoció a un hombre a quien los estudiantes llamaban 'Julien el pintor'.
Un sujeto que pasaba más de diez horas al día encerrado en el instituto, haciendo una cantidad enorme de dibujos. Tan atractivo que había alumnos nuevos que se inscribían solo para verlo, según decían, medio en broma, los subdirectores. Pero él no tenía ni el menor interés en aprovechar su aspecto para disfrutar de su juventud.
Y cuando conversaron, descubrió que él también cargaba con un peso grande: una universidad prestigiosa y una carrera que no quería, junto con las altas expectativas de sus padres... cosas que deseaba dejar atrás.
Desde cierto punto de vista, se podría decir que sus situaciones eran opuestas: uno quería soltar lo que el otro deseaba con desesperación. Pero en el fondo, ambos compartían lo mismo: el deseo de ir más allá de la vida que les habían impuesto.
Compartiendo información, entendiéndose y dándose un apoyo positivo, se volvieron cercanos muy rápido.
Ella le mostraba sus dibujos y él le daba opiniones sinceras sobre sus cómics. El tiempo que compartían con el presidente del club se fue volviendo, poco a poco, un tiempo exclusivo para los dos. No fue un impulso repentino de la juventud lo que los llevó a desear no solo el arte y la pasión del otro, sino también su cuerpo, su mente y su futuro.
Eran compañeros dispuestos a sostenerse para que sus decisiones no se cayeran, amantes en quienes apoyarse en las noches hermosas, y compañeros de vida para compartir el resto de sus días... No podían imaginar a nadie más que no fuera el uno para el otro.
Si no se hubieran tenido...
Quizá él, cargando con la culpa de unos padres pobres que salían a pescar de madrugada con las manos impregnadas de un olor a pescado que no se quitaba, habría regresado a su primera universidad para prepararse para ser empleado público o entrar a una gran empresa.
Quizá ella, cansada por las peleas continuas con sus padres y por una falta de dinero que no cedía, habría elegido el camino seguro que la llevaba a un futuro ya resuelto. Le gustaba más el cómic, sí, pero no odiaba la pintura.
De no haber contado el uno con el otro, esas decisiones habrían sido totalmente posibles.
Fue porque estaban juntos que no abandonaron sus sueños. Porque la vida tiene un límite, y porque no dejaron que la falsa idea de la eternidad los engañara. Porque no se permitieron olvidar que el final llegaría, quisieran o no imaginarlo.
A una edad en que la sociedad aún los consideraba muy jóvenes, decidieron casarse. Sin importar cuánto tuvieran, tuvieron que renunciar a todo y dejar atrás las exigencias que cargaban sobre sus hombros. No fue algo que hicieran a la ligera, como quien se deshace de una molestia. Decepcionar a los padres es, tal vez, una de las mayores fuentes de miedo para un ser humano.
En la casa acomodada de ella y en la casa sencilla de él, tan distintas en todo, hubo al menos un punto en común: ambas familias se opusieron firmemente al matrimonio. La diferencia entre los dos hogares era enorme, pero en ese rechazo coincidían. Solían bromear sobre eso.
Todo esto ocurrió antes de que Yeehyeon naciera.
Que su madre, cada fin de semana, pasara tiempo en una casa de campo con su familia, y viajara tres o cuatro veces al año al extranjero para ver en persona obras famosas de Oriente y Occidente; o que su padre, antes de mudarse a Seúl, compartiera habitación con su hermano mayor y sacara las mejores notas a pesar de comer casi todo el año pescado dañado sin valor comercial... eran apenas partes de 'historias antiguas' que Yeehyeon había escuchado mientras crecía, poco a poco.
Nunca conoció a sus abuelos de ningún lado, pero tampoco sintió que le faltara nada, ni se preguntó por qué.
Sin importar el contenido de aquellas 'historias antiguas', Yeehyeon nunca vio en sus padres ni un rastro de arrepentimiento o resentimiento cuando se las contaban. Ellos siempre fueron padres ateltos a sus sentimientos, que se mostraban confianza y cariño mutuo, al punto de causarle al pequeño Yeehyeon una clase de celos infantiles.
Para él, la imagen de su madre era la de una mujer sentada frente a la mesa de la sala o en el escritorio de un pequeño cuarto adaptado como taller, escuchando la radio mientras dibujaba cómics. Esa era su madre.
Y su padre era el hombre que trabajaba treinta horas a la semana en una fábrica de teléfonos cercana, dedicando el resto del tiempo a buscar su sueño de ser pintor al óleo.
El taller que ambos compartían parecía, a los ojos del pequeño Yeehyeon, un refugio secreto exclusivo de los dos. A pesar del amor cálido que le daban, ese espacio siempre le pareció lejano, reservado para una cercanía que no lo incluía a él.
Aunque rara vez hacía berrinches, le molestaba ver a sus padres juntos en ese cuarto. Por eso, durante el día era su madre quien lo usaba; después del trabajo, su padre tomaba el turno. Era una regla fijada antes de que Yeehyeon entrara a la primaria, y a veces, para molestarlo un poco, se escondían allí los dos juntos, sabiendo que era celoso y pequeño.
Con los años, Yeehyeon fue creciendo: llegó a los últimos cursos de la primaria, luego a la secundaria; empezó a expresar su forma de ver el mundo a través de la pintura, construyendo su propia identidad lejos de la sombra de sus padres. Pero cada vez que otros los llamaban 'una pareja de enamorados' y los envidiaban, la sensación en su pecho se volvía pesada.
Aun así, esa era una molestia común y humana. Él mismo aceptaba que, comparado con otros niños, estaba muy satisfecho y agradecido por la forma de ser alegre y tranquila de sus padres, y por la crianza basada en el respeto que le habían dado.
El verde fresco de la pequeña jungla que había en el balcón de su viejo departamento.
Las canciones viejas sonando suavemente todo el día en la radio que su madre dejaba encendida.
Los rayos de sol moviéndose despacio desde el estante hasta el sillón, tocando la tela.
Los carteles dibujados por su madre, el olor a pintura al óleo en el aire.
Parecía que esos días tranquilos nunca llegarían a su fin. Que durarían para siempre.
El verano en que Yeehyeon tenía dieciséis años, ganó el Premio Especial del Jurado en un concurso organizado por una de las galerías más importantes del país, y los abuelos maternos de Yeehyeon los invitaron a los tres a cenar.
Habían pasado cerca de diecisiete años desde que la madre de Yeehyeon, tras decir que quería ser dibujante de cómics, se fue de la casa casi escapando, o como si la hubieran echado.
Aunque el concurso provocaba discusiones seguidas sobre su validez debido a su estilo moderno, no tenía límite de edad, ni diferencias entre aficionados y profesionales, ni trabas de tema o estilo; al ser organizado por una de las tres galerías más grandes del país, su impacto era innegable.
Además, dejando de lado las discusiones, los artistas premiados en ese evento, si eran aficionados o principiantes, de inmediato se volvían nombres conocidos y recibían propuestas para exposiciones o la opción de firmar contratos como artistas de tiempo completo. En el caso de creadores ya conocidos, su valor podía aumentar cuatro o cinco veces.
En su séptima edición, el concurso era famoso por contar con un jurado de gran nivel. Entre ellos, Sukhee Kim, una pintora coreano-estadounidense con gran peso internacional en la pintura oriental, alabó en especial la obra de Yeehyeon, dejando un comentario muy favorable, y más tarde incluso compró en persona una de sus piezas, lo que atrajo todavía más atención.
Por supuesto, el hecho de que Yeehyeon tuviera solo dieciséis años también ayudó a llamar la atención del ambiente artístico. Hasta ese momento, era el participante más joven en ganar un premio en toda la historia del concurso, y el único adolescente que había logrado un reconocimiento con una obra de estilo abstracto.
Aunque el arte actual está lejos del interés del público general, durante un tiempo, la galería recibió constantes pedidos de varias revistas que querían hacerle entrevistas con fotos.
Tras hablar con Yeehyeon, los padres le pidieron a la galería organizadora que guardara en secreto el nombre real y los datos personales del autor. Gracias a eso, cuando cerca de un mes después una editorial de Hong Kong se comunicó para usar una de sus obras como portada de la edición local del nuevo libro de un escritor famoso en todo el mundo, todo el trámite se hizo mediante la galería, evitando que Yeehyeon quedara expuesto ante los medios.
En fin, la invitación a cenar de los abuelos llegó poco después del anuncio del premio. Recordó que esa noche su madre, en una escena poco común, levantó la voz durante una llamada telefónica.
Aunque aceptó la invitación tras una larga charla con el padre, en cuanto vio a Yeehyeon, la madre no pudo evitar llorar e intentó abrazarlo. Pero al instante, lo tomó con fuerza de la mano y lo puso detrás de ella, todavía sin poder aceptar a sus padres. Esa fue la primera vez que lo vio actuar así.
Unos días después, fue en silencio a la habitación de Yeehyeon y, dejando de lado lo que sentía, le dijo que, si quería tener trato con sus abuelos, era libre de hacerlo, que esa era una decisión que debía tomar él mismo. Él dijo que sí con la cabeza, pero, aunque fueran sus abuelos, para Yeehyeon no eran más que desconocidos que habían aparecido de la nada un día.
Sin embargo, algo sí podía entender.
Aunque su madre hablaba de las 'historias antiguas' como si fueran recuerdos agradables que ya no afectaban, muy dentro de ella, todavía guardaba molestia, a veces hasta enfado, y al mismo tiempo seguía queriendo a sus padres.
Mientras los culpaba de haber buscado hablar con ellos por puro interés, probablemente al enterarse del premio de Yeehyeon por los periódicos o la televisión, al mismo tiempo, como hija, no podía evitar conmoverse por el reencuentro y las lágrimas después de diecisiete años. Y, de alguna manera, Yeehyeon podía comprender lo que ella sentía.
A partir del premio de Yeehyeon, la segunda mitad de ese año parecía ser un tiempo en el que el trabajo y las dificultades de su familia por fin daban frutos.
Los abuelos maternos hicieron todo lo posible por demostrar que no habían buscado a los tres solo por el talento artístico del nieto.
Ellos estaban mucho más viejos de lo que la madre de Yeehyeon recordaba y habían llegado a entender con humildad que aquello que antes veían tan importante no era más que una idea hueca, una apariencia sin valor real que no aportaba nada a una vida feliz.
Ya no eran ellos quienes tenían el poder de decidir si aceptaban a su hija o no. Ahora era ella quien debía decidir si aceptaba sus disculpas o no, y todos, poco a poco, intentaban avanzar con cuidado.
Ese otoño, después de casi diez años de trabajo, se terminó la obra más larga de la carrera de la madre de Yeehyeon. En un mercado lleno de cómics digitales cortos y exagerados, era algo poco común, y a pesar de ser tan larga, recibió muy buenas opiniones por su buen final, logrando también un gran éxito en ventas.
En noviembre, su trabajo ganó el Gran Premio en un evento organizado por el Ministerio de Cultura, Deportes y Turismo y la Agencia de Contenidos Creativos de Corea.
Aunque ella ya había ganado muchos premios grandes y pequeños hasta ese momento, este tenía un peso y un significado muy especial. Si bien un premio no prueba por sí solo la entrega o la calidad de la obra, era verdad que sentir que alguien había notado y valorado su largo esfuerzo le daba tranquilidad.
La entrega de premios fue el segundo lunes de diciembre, unas dos semanas antes de Navidad.
El padre de Yeehyeon no pudo ir a la ceremonia porque no tenía permiso en su trabajo, pero a cambio preparó un pequeño plan para festejarlo.
Él sabía que ella quería aceptar el acercamiento de sus padres, pero al mismo tiempo, el enojo que había guardado durante tanto tiempo se lo impedía. Cuando supo lo del premio, él entendió, mejor que nadie, que ella quería contarles la noticia a sus padres de inmediato. Y también sabía que ella dudaba en llamarlos, sin saber si de verdad se alegrarían por un premio de cómics en lugar de uno de pintura.
Primero, llamó a sus padres sin que ella lo supiera y les contó sobre el premio. Tal como imaginó, ellos se mostraron muy felices, incluso por teléfono. No, estaban llenos de alegría.
Él propuso que, el mismo día de la entrega, todos juntos festejaran con ella, y ellos aceptaron con gusto, agradeciéndole la idea.
En ese momento, los abuelos vivían de forma temporal en Europa por una exposición del abuelo materno, pero llamaron a la agencia de viajes para cambiar la fecha de su pasaje de regreso, cancelaron las reservas de hotel que les quedaban y pagaron los cobros por cancelación. Todo por el simple deseo de felicitar a su hija, que había ganado un premio con 'un simple cómic'. Y lo hicieron de buena gana.
A los ojos del padre de Yeehyeon, ella era una persona que merecía toda esa alegría.
Ella no se arrepentía de haber dejado de lado muchas comodidades que el dinero y la fama de sus padres le habrían dado con facilidad. En lugar de seguir la vida que otros ya habían trazado para ella, eligió una vida en la que pudiera conocerse a sí misma en el camino.
Ella, que había sido una joven de poco más de veinte años, llena de ganas y energía, estaba a punto de llegar a los cuarenta.
Era alguien que merecía recibir palabras de orgullo de sus padres, que ahora lamentaban su pasado, de un esposo que había sido un compañero firme, un buen amor y un fiel admirador, y de un hijo cariñoso que, siguiendo el ejemplo de sus padres, mostraba un talento notable.
Él reservó un restaurante un poco más elegante de lo normal. Tenía pensado llevar a Yeehyeon allí después de buscarlo a la salida del colegio, y se había quedado en que ella iría directo al restaurante después de la ceremonia. Esa misma mañana, ella había bromeado con cara de emoción, diciendo que hacía años que no iba a un bufé de hotel y que pensaba comer hasta no poder más con cangrejo y pato. Sin sospechar siquiera que sus padres venían en un avión desde Berlín solo para festejar su premio.
Los abuelos llegarían primero al restaurante y se sentarían; luego, los tres se encontrarían en la entrada del piso de abajo para subir juntos. El plan era que, una vez acomodados en la mesa reservada, los padres, recién llegados de Berlín, le entregaran un ramo de flores mientras la felicitaban. Era un plan sencillo.
Pero el avión tuvo que demorar el despegue por mal tiempo en Berlín, y cuando los abuelos de Yeehyeon aterrizaron en Incheon, ya había pasado casi una hora de lo esperado. Aun así, salieron rápido hacia el centro de la ciudad.
Por suerte, aunque la ceremonia se había alargado más de lo previsto, los abuelos llegarían después que ella al hotel en Gangnam.
La madre de Yeehyeon ya estaba en un taxi. Un informe avisaba que la Línea 2 del metro tenía un retraso grave por una falla en un tren cerca de la estación de Seongsu, así que decidió tomar un taxi, aunque casi nunca lo hacía.
El padre de Yeehyeon cambió el plan. Cambió el lugar de encuentro a un restaurante donde los abuelos pudieran llegar un poco antes que la madre.
Llamó a su esposa y le propuso ir a un restaurante tailandés que solían visitar los tres. Ella dijo que sí, que le parecía bien. Además, ese había sido el sitio donde los tres festejaron cuando Yeehyeon ganó su primer premio, así que tenía un valor especial.
—¿Cruzamos el Túnel N.º 3 o vamos por el frente de la estación de Seúl?
Al cambiar la dirección, el chofer le preguntó eso, y ella respondió que prefería la estación de Seúl porque no le gustaban los túneles cerrados.
El taxi, que iba hacia Samgakji desde Tongil-ro, frente a la estación de Seúl, cambió a rojo justo antes de pasar la línea del semáforo. El chofer dijo entre dientes que, si el auto de adelante no hubiera dudado con la luz amarilla, no habrían quedado parados, pero ella estaba de buen humor.
En la radio sonaba Last Christmas de Wham. Tarareando despacio la canción que le traía bonitos recuerdos, apoyó la espalda en el asiento.
Desde que supo la noticia del premio, durante un mes había estado pensando qué hacer con el dinero del reconocimiento, y hoy, mientras esperaba su turno para recibirlo sentada entre el público, tomó por fin la decisión. Un viaje por museos de Europa durante las vacaciones de invierno de Yeehyeon, para los tres.
Pensaba contárselo durante la cena a su esposo y a su hijo. Al imaginar la cara de sorpresa y alegría de los dos, se le dibujó una sonrisa como si ya los estuviera viendo.
—¿Qué...? ¿Qué es eso? ¿Qué está haciendo?
Ante la voz asustada del chofer, ella miró hacia el frente de forma natural.
Los vehículos que venían desde Hangang-daero hacia Tongil-ro avanzaban dando una curva suave, tras darles el paso el semáforo. Y en el segundo siguiente, ante sus ojos, un camión azul de 1 tonelada venía a toda velocidad desde Sejong-daero directo hacia esa fila de autos.
Fue un estruendo que parecía congelar todo alrededor.
No era solo un ruido fuerte. Tenía una mezcla de violencia y tragedia totalmente distinta de los ruidos normales, como los de una obra en construcción o los gritos de un partido de fútbol.
Tanto el taxista como ella vieron con claridad cómo el camión azul chocaba de lleno contra el auto que estaba frente a ellos. Era un golpe que solo podía verse como una locura deliberada.
Ella se tapó la boca con las dos manos, y de la boca del chofer también salieron gritos seguidos.
El auto plateado, golpeado en el costado trasero derecho, giró al ser empujado hacia atrás y, junto con el camión que lo había chocado, se fue encima del asiento trasero del taxi donde ella viajaba. El chofer del taxi quedó gravemente herido, y ella murió en el acto.
Desde el momento en que el chofer gritó y ella miró hacia adelante, todo pasó en menos de 30 segundos.
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Aquí tienes la corrección y edición del capítulo. He corregido errores ortográficos, ajustado la puntuación para dar una mejor lectura y cambiado palabras por sinónimos más simples y naturales, siempre respetando al máximo el sentido, los hechos y las emociones del texto original.
Abrí los ojos en un lugar desconocido.
No era la habitación de la casa de la directora Han donde me estaba quedando.
Estaba acostado en una cama, y tanto la almohada como las cobijas que me cubrían estaban limpias y cómodas. Por eso, aunque desperté en un sitio extraño, no sentí ningún peligro de inmediato.
No recordaba cómo había llegado allí ni cómo me había quedado dormido, así que necesité un tiempo para que mi mente se aclarara por completo.
Era como despertar justo después de una parálisis del sueño: por un instante, mi cuerpo no respondía. Sentía algo raro, como si hubiera olvidado una parte específica de mis recuerdos; bajo el edredón, que parecía hecho de plumas muy suaves, moví poco a poco los dedos de las manos y de los pies.
La cama estaba pegada a la pared por la parte de la cabecera, dejando espacio a ambos lados, y a la izquierda había una ventana con cortinas. Al ver las cortinas, imaginé que detrás debía de haber un ventanal.
Estaba lloviendo. Tal vez por los vidrios con buen aislamiento de ruido, el sonido de la lluvia apenas se escuchaba. Solo se notaba un cambio en el aire. Una humedad ligera flotando en el ambiente. Quizá, tras haber vivido cerca del mar durante unos cinco años, yo también había desarrollado esa sensibilidad.
Claro, estaba ayudando en la sesión de fotos de ‘Old Future’ en la casa del presidente.
Me tomó un buen rato llegar a ese pensamiento.
Y me di cuenta de que estaba llorando.
No sabía si había estado llorando mientras dormía… o si, al recuperar el conocimiento, los recuerdos de aquel cuadro que vi en la sala y el dolor del pasado me habían hecho llorar otra vez.
Las lágrimas que caían húmedas por mi sien dolían al secarse. Consciente de eso, empezaron a salir otras nuevas.
La sala de él. Sobre el gran sillón de estilo sencillo estaba colgada mi pintura. Era la obra con la que, a los dieciséis años, había ganado el Premio Especial del Jurado en un concurso organizado por una gran galería.
Mi madre y mi padre me amaron sin que me faltara nada, hasta el punto de que mis amigos envidiaban eso. Nunca me exigieron buenas notas ni me impusieron una carrera para el futuro.
En cambio, todo debía decidirlo yo, y la responsabilidad de esas decisiones caía sobre mí. Si yo lo pedía, mis padres me aconsejaban, pero la decisión final era mía. Desde elegir el tema de un trabajo escolar hasta decidir si presentarme al examen de la Escuela de Arte o entrar a una preparatoria común.
A diferencia de mis amigos, que alimentaban la rebeldía contra sus padres o las generaciones mayores para sentirse unidos entre ellos, yo no tenía contra quién rebelarme. ¿Cómo rebelarse contra alguien que no te exige nada?
Podía entender a mis compañeros cuando se quejaban de que sus padres les daban menos dinero por malas calificaciones o no les compraban ropa de moda por portarse mal, pero me costaba sentirlo de corazón, incluso si yo hubiera pasado por algo parecido.
En cambio, para mi madre y mi padre, el uno era la prioridad del otro. Había entre ellos una unión muy fuerte, basada en un profundo entendimiento, respeto y admiración mutua. Su relación era distinta a la de esos matrimonios donde el cariño se apaga y viven solo por el amor a sus hijos o por costumbre.
El mundo no gira a mi alrededor, y la vida de mis padres tampoco. Lo único que gira a mi alrededor es mi propia vida.
Esa fue la realidad que aprendí de forma natural gracias a la educación de mis padres.
Nadie puede asumir por mí las consecuencias de mis actos, y culpar o guardar rencor a mis padres no va a cambiar nada. Por mucho que me quieran, no pueden devolverme el tiempo, ni hacer un examen por mí, ni pintar en mi lugar.
Mi elección, al no poder conectar del todo ni con mis amigos ni con mis padres, fue la pintura.
La pintura era mi lenguaje.
La técnica y el color eran mis palabras.
Cuantas más técnicas y colores pudiera usar, más rica y precisa se volvía mi forma de expresarme. Eran mis palabras y mi manera de hablar.
Mi madre y mi padre nunca opinaban sobre mis dibujos, y solo me ayudaban cuando tenía dudas técnicas. Por eso, para cuando mandé mi obra al concurso, mis cuadros no tenían la influencia de un pintor o estilo en particular, ni de las modas del arte.
Dicho de forma positiva, eran obras con personalidad; dicho de forma negativa, eran cuadros sin bases. Algunos medios de comunicación, que veían mi premio con malos ojos, hablaron de una ‘crisis en el arte moderno’ que amenazaba las reglas de siempre.
Pero yo no pintaba para buscar el reconocimiento de los expertos, así que eso no me importaba. Casi nunca había participado en concursos de arte para jóvenes, y decidí entrar en ese porque era un evento diferente que juzgaba solo el valor de la obra, sin importar la edad, la fama o el estilo del creador.
No buscaba ganar un premio. La pintura era mi lenguaje y quería comunicarme con el mundo, con alguien, usando esa vía. Quería saber si lo que expresaba tenía la fuerza de conectar con otra persona.
『»Tal vez la idea opuesta a la sensación de soledad o aislamiento sea el sentimiento de unión. Un estado en el que las personas sienten tranquilidad y pertenencia al ver sus coincidencias, y el alivio de no estar solos.
Más allá de ese estado, la unión se extiende hacia el otro. Entender al otro, aceptarlo, conectarse profundamente y, al final, llegar al punto de ofrecer la propia vida por esa persona, con la idea de que lo suyo te afecta y lo tuyo le llega a él: ese sería el nivel más alto al que puede llegar el sentimiento de unión.
Las dos personas de la obra, juntas y pegadas como si fueran gemelos que dependen el uno del otro, destacan sobre un fondo lleno de distintas figuras geométricas desordenadas.
La firmeza de la tranquilidad y la fuerza que las une en el centro es tan grande que el movimiento del fondo parece inestable, casi raro.
A diferencia de los libros, el arte visual no permite expresar la ironía con facilidad. Al poner en el centro del cuadro a dos personas unidas por un lazo tan fuerte, el autor está, en realidad, mostrando una queja sobre el aislamiento. Si pensamos en lo joven que era el creador, es difícil no ver esa elección como algo atrevido.
El uso de técnicas de pintura tradicionales mezcladas con una idea moderna y llamativa, aunque algo sencilla, estaba lleno de la fuerza fresca de un artista nuevo.
A diferencia de la simple soledad, el aislamiento es una emoción que nace al compararse con otros. Es la sensación que surge cuando uno se siente rechazado y dejado de lado por los demás. Es una emoción que no se vive estando completamente solo. Al mirar la obra, nacen los sentimientos de admiración, envidia y aislamiento que cualquiera ha sentido alguna vez en su vida hacia lo bonito, lo cálido y lo que se quiere mutuamente. Y uno puede consolarse con la idea de que esa emoción vergonzosa que había guardado no era un defecto solo suyo, y así ‘conectarse’ con el ‘aislamiento’ del artista.«』
La opinión de la maestra Sukhee Kim sobre el premio especial fue más que suficiente.
Era como si hubiera traducido con palabras reales lo que yo había expresado con la pintura.
En aquel momento, mi mundo se abrió un poco más allá de mi casa. Fue la primera vez en que un chico que solo buscaba la atención de sus padres y medía su valor según la relación con ellos, descubrió que podía comunicarse y conectar con otras personas.
Sin embargo, cuando me encontré de repente con ese cuadro otra vez, lo que recibí no fue el recuerdo de haber sido entendido.
Fue la envidia infantil que había sentido hacia mi madre y mi padre, a quienes le había dedicado todo en esa obra. No, eso no era nada comparado con lo que vino después.
Antes de que ese primer recuerdo valioso pudiera asentarse, el accidente de mi madre ocurrió como un golpe que lo destruyó todo.
Y luego, mi padre, que aisló por completo el mundo al quedarse sin ella.
Las cosas horribles que pasaron una tras otra, como si hubieran estado preparadas y esperando detrás de mi puerta, se escondían dentro del cuadro y salían para destruirme del todo. Eran como un monstruo de cuatro brazos, seis piernas y tres cabezas que atacaba sin piedad.
Pensé que, con el paso del tiempo, aunque no lo quisiera, todo se iría apagando poco a poco. Pero no fue así.
Al encontrarme de golpe con un pasado tan duro y sin avisar, volvía a ser el chico frágil de dieciséis años, sin preparación para nada.
Las lágrimas me salían. Pero eran lágrimas automáticas.
No eran lágrimas que nacieran de un dolor profundo que explotaba desde adentro. Era solo una reacción del cuerpo, lágrimas que no quitaban el dolor ni arreglaban nada, aunque siguieran cayendo sin parar.
Respiré hondo estando acostado y solté el aire despacio. Con el brazo todavía rígido, me limpié la cara y me levanté poco a poco para mirar la habitación.
Era un cuarto pensado solo para dormir: había una cama, una mesa de noche, un sillón individual y una mesita al lado. En lugar de una luz grande en el centro, había focos pequeños en el borde del techo. La luz estaba muy baja, pero alcanzaba para ver todo lo que había en la habitación. Sobre la mesa de noche había una bandeja con una jarra de vidrio llena de agua y un vaso.
El solo hecho de que alguien hubiera dejado la luz encendida y preparado agua pensando en cuando yo despertara, me hizo sentir que tal vez podía juntar algo de fuerzas.
Al quitarme las cobijas y poner los pies en el piso, me di cuenta de que llevaba puesto un pijama. Por costumbre, me toqué el pecho y el abdomen. ¿Me habría cambiado yo solo antes de subir a la cama? Por más que intentaba recordar, la última imagen que tenía era haber dicho: 「Porque yo lo pinté」 frente a él, en la entrada de la sala.
Las piernas no me respondían bien, así que me estiré despacio para aflojar los músculos. Aunque no tenía ningún golpe, el cuerpo no me funcionaba del todo bien. Era una sensación rara fuera de lo normal.
Acomodé la cama, me puse unas pantuflas que seguro habían dejado para mí y salí del cuarto con cuidado.
El pasillo corto que vi al salir tampoco lo conocía. No sabía dónde estaba. Al caminar hasta el final, apareció una sala pequeña con repisas altas, un sillón y una barandilla enfrente. Más allá solo había espacio vacío.
Todo estaba en silencio. Solo se escuchaba el sonido suave de la lluvia afuera. Caminé hasta la barandilla. Estaba en el segundo piso. Desde ahí se veía la sala de abajo. Por suerte, era la casa de él, como había imaginado. Al menos no había despertado en un lugar desconocido y sin saber dónde estaba.
A diferencia del dormitorio, que tenía una luz tenue, la sala estaba bien iluminada. La noche ya debía de haber caído por completo. Del otro lado de los ventanales todo estaba oscuro.
Él estaba sentado en el sillón, tomando algo. Incluso desde lejos, su postura mostraba que estaba metido en sus pensamientos. No se veía a Juhan ni a Yuni por ningún lado. Y tampoco estaba el cuadro que había estado colgado sobre el sillón.
¿Habría sido todo un sueño? ¿Como lo que le pasó a Alicia en el País de las Maravillas?
Claro que no.
Seguí la barandilla con la mano hasta llegar a unas escaleras. Eran unas escaleras blancas, hechas como si flotaran en el aire, con espacios entre cada escalón. Cuando llegué abajo, él ya me estaba mirando.
Lo único seguro era que él había estado a mi lado en ese tiempo que no recordaba. Él sabía qué había dicho y qué había hecho yo. Eso hacía que estar frente a él fuera todavía más difícil e incómodo. Sentía que me había mostrado débil ante la persona de la que menos quería mostrar esa cara.
Sin saber cómo acercarme, me quedé parado en la entrada de la sala y me apoyé en la pared. Él se levantó, dejó el vaso de whisky en la mesa y caminó hacia mí mientras hablaba.
—Debería seguir descansando.
Su voz sonaba algo ronca, como cuando alguien lleva mucho tiempo callado. Después de hablar, carraspeó un par de veces para aclararse la garganta.
—Yo… lo siento. Antes… me obligué a comer la hamburguesa sin tener hambre y creo que me cayó mal. He estado nervioso desde ayer y además tomé mucha cerveza… No suelo enfermarme, pero no sé qué me pasó de repente… ¿Acaso me desmayé?
Intentando actuar con normalidad, terminé hablando más de la cuenta. Pero no quería que pensara que me había pasado algo emocional. Si empezaba a hacer preguntas directas, no tendría el valor de decir la verdad ni la calma para inventar una mentira.
Se detuvo a un paso de mí y frunció el ceño. Luego hizo un gesto con la boca.
—Si no se siente bien, no tiene por qué esforzarse en mentir.
—……
—No voy a preguntarle nada.
Miró hacia mis hombros y, con una mano en el bolsillo del pantalón, se sobó la barbilla despacio. Tenía una cara complicada. Su respuesta no fue para nada lo que yo esperaba.
—Se lo digo porque parecía preocupado por no recordar, pero no perdió el conocimiento. Empezó a respirar muy rápido por la agitación, así que lo ayudé. Lo levanté, pero llegó al cuarto caminando por su cuenta. No pasó… nada vergonzoso de lo que deba preocuparse.
Aunque trataba de calmarme diciendo que no había hecho ningún show, su cara seguía seria, como si todavía tuviera alguna duda o preocupación.
De repente sentí un escalofrío y me sobé el brazo con la mano que tenía en la pared.
—Lo siento… de verdad le causé muchos problemas…
Él levantó la mirada hacia mi cara.
—Sé que no me ve como alguien amable, pero tampoco soy tan malo como para pensar que una persona enferma es una molestia. Así que no se preocupe por eso. Ya les dije a Yuni y a Juhan que no se sentía bien y que se había quedado dormido adentro.
Asentí diciendo gracias en voz baja y su cara se relajó un poco.
—Hay un poco de sopa de arroz con huevo, así que coma algo y vuelva a descansar.
Cuando se dio la vuelta para ir a la cocina, lo detuve rápido.
—No. Ya me siento mejor. Me voy ahora.
Esta vez no solo frunció el ceño; sus ojos se pusieron serios. Como si mis palabras le hubieran molestado. Se giró otra vez hacia mí, se puso enfrente con los brazos cruzados y me miró desde arriba.
—Seo Yeehyeon, ¿no se acuerda de cómo estaba hace un rato?
—……
—Sé que nadie se muere por respirar rápido por el susto, por mucho que duela. Pero ver a alguien desesperado buscando aire no es algo agradable de ver. Si de verdad no quiere ser una carga, quédese hoy aquí hasta que yo pueda estar tranquilo.
También me contó que ya le había avisado a la directora que me había sentido mal, que me acosté a descansar y que me quedé dormido profundamente. Y que me dejaría pasar la noche allí. Parecía saber exactamente a qué le tenía miedo yo.
Aunque él solo había hecho crecer a Phantom y la mantenía con éxito, lo que lo hacía una persona admirable y con logros, nunca había sentido tan claro como en este momento que me llevaba diez años de ventaja.
Por su cara y su forma de hablar, se notaba que no me iba a dejar ir hoy. No siempre es de buena educación rechazar la ayuda de alguien.
Me miró un momento con los ojos entreabiertos, como si se arrepintiera de haberme hablado tan fuerte, y suspiró mientras se acercaba. Puso las dos manos en mis hombros, se agachó un poco y acercó su cara a la mía. Tal vez se había bañado mientras yo dormía, porque su pelo, todavía algo húmedo, le caía suave sobre la frente.
—Ahora lo importante es que recupere fuerzas. No piense en nada, no se preocupe por nada. Como si apagara por completo la mente. ¿Cree que puede hacerlo?
No entendía bien a qué se refería con apagar la mente, pero al ver su mirada y oír su tono tranquilo, dije que sí con la cabeza.
Él sonrió un poco, me apretó los hombros con firmeza y se hizo hacia atrás.
—Tal vez no tenga hambre, pero coma aunque sea un poco. Hágalo por usted mismo.
Dijo eso mientras se daba la vuelta y caminaba adelante. Por usted mismo. Pensé en esas palabras mientras movía las piernas, que aún sentía duras, para seguirlo.
Al dar la vuelta en la esquina de la sala, apareció la cocina. Después de hacerme sentar a la mesa, calentó la sopa que ya tenía lista y me la sirvió en un plato hondo.
Le dije que no con la cabeza cuando me preguntó si prefería comer en el cuarto, y él, con cara de duda y algo preocupado, dejó la bandeja enfrente de mí. Era una sopa sencilla de arroz con huevo, zanahoria y calabacita bien picados. La bandeja también traía un plato pequeño con pescaditos fritos con almendras y otro con sal.
¿La habría preparado él mismo mientras yo dormía? ¿Picando él la zanahoria y la calabacita? Hoy en día es tan fácil pedir comida a domicilio que pudo haberla comprado, pero no era el momento de preguntar.
Tomé la cuchara y empecé a comer. Tenía la boca tan dormida que casi no le sentía el sabor, pero la sopa pasaba fácil.
Él se sentó a mi lado y se quedó mirándome comer. En otro momento, esa mirada me habría puesto incómodo, pero ahora le estaba agradecido. No podía negar que me sentía débil.
—Tanto en la mente como en el cuerpo, cuando uno la está pasando mal, es mejor mantener la misma rutina de siempre. Si deja de comer por falta de hambre, los pensamientos oscuros aprovechan para salir. Aunque sea un poco, hay que comer como de costumbre y demostrarse a uno mismo que no se ha rendido. Eso es lo importante.
Sus palabras tenían mucho sentido. No romper la rutina diaria. Mantenerse firme haciendo lo de siempre. Era un consejo con más valor que frases sencillas como «ánimo» o «el tiempo lo cura todo».
Me detuve un segundo y lo miré. Lo que decía no era solo para salir del paso. Estaba claro que hablaba por experiencia propia, por haber pasado y superado momentos difíciles.
Cuando asentí, él sonrió en silencio. Una sonrisa como si me estuviera felicitando por hacerle caso.
—Ah… ¿a dónde va?
Seguro soné asustado. Mi mirada, al levantarse hacia él cuando se paró de la silla, debía de notar cierta inquietud. Pero no me quedaban fuerzas para preocuparme por el orgullo.
—Le voy a traer una cobija.
Siguiendo su mirada hacia mi mano, vi que la cuchara me temblaba.
—Está bien. No es por frío…
Hacía un momento me había hecho el fuerte diciendo que estaba bien y que me iría, pero, aunque fuera por poco tiempo, no quería quedarme solo. Sin embargo, no me atrevía a decir en voz alta que no quería que se alejara.
Él apretó los labios un momento, como pensando qué hacer. En lugar de ir por la cobija, se quitó la sudadera que llevaba puesta y me la dio.
—No, de verdad… no tengo frío.
Al intentar decirle que no, él dio un paso adelante. En un segundo, la sudadera ya me estaba pasando por la cabeza.
—Sí es por frío. Su cuerpo no está bien y, además, como afuera está lloviendo, se enfrió más, pero usted ni cuenta se da. Hágame caso, que estoy sano.
Como la sudadera ya me había entrado, habría sido raro quitármela. Dejé la cuchara y metí los brazos en la prenda gruesa.
A él le quedaba bien al cuerpo; a mí, en cambio, me quedaba floja. Era normal por la diferencia de estatura y cuerpo. Como él la había traído puesta, la sudadera todavía guardaba su calor. Qué gran alivio puede dar el calor de otra persona. Incluso con alguien con quien antes me daba algo de pena estar a solas.
Sentado otra vez, él intentaba no reírse, pero no podía evitar una pequeña sonrisa. Tener a alguien sonriendo a mi lado ayudaba casi tanto como el calor de la ropa. Si me hubiera regresado a mi cuarto en casa de la directora, tal vez esos «pensamientos oscuros» me habrían ganado por completo, llevándome a la tristeza. Tuve que reconocerlo.
Comí como la mitad de la sopa y dejé la cuchara. Él no me presionó para que comiera más. Intenté levantarme para al menos llevar la bandeja, pero me detuvo.
—¿Quieres lavarte la cara?
Regresó después de dejar la bandeja en el fregadero y se tocó la mejilla con el dedo índice al preguntar. Ahí me acordé de que todavía traía el maquillaje.
—Me quedo con usted.
Quise decirle que no hacía falta, pero como me sentía, esa casa sin él se me hacía un lugar extraño que solo me daba más miedo. Dejé de lado el orgullo y dije que sí con la cabeza.
Me llevó a la misma habitación donde había despertado hacía un rato. Al fondo había un baño. No lo conocía bien, pero parecía el baño de un hotel, sencillo y agradable.
Tardé como el triple de tiempo de lo normal en lavarme los dientes, la cara y los pies. Él estaba recargado en el marco de la puerta entornada del baño. Yo lo sabía y, aun así, me aseguraba a cada rato mirando al espejo o girando la cabeza para ver si seguía ahí. Cada vez que volteaba, él me daba una sonrisa suave para darme tranquilidad.
Me sequé la cara con la toalla nueva que me dio y regresé despacio a la habitación. El cuarto estaba con la luz tenue de los focos del techo, igual que cuando salí.
Me quedé parado, sintiéndome raro, en el espacio vacío de la habitación, donde lo único grande era la cama, mientras jugaba con la toalla entre las manos.
Él se acercó y me quitó la toalla de los dedos.
—Está mojado el flequillo.
Y con un gesto cuidadoso, sacudió ligeramente el agua de mi frente.
A través de la forma en que trataba al artista Shushu, ya sabía que en él no todo eran palabras directas y expresiones indiferentes, pero nunca había pensado que su suavidad pudiera dirigirse hacia mí. Aunque últimamente ya no sentía aquella hostilidad inicial, tampoco podía decir que hubiera sido amable.
Tal vez era porque estaba enfermo; por eso me trataba tan bien.
Puede que sea difícil mostrarse indiferente ante alguien que se aferra desesperadamente como si fuera a morir, y el hombre que yo conocía tampoco era tan frío como para ignorar eso.
—Duerma en esta habitación. Yo puedo dormir en otra.
—……
No dije nada, pero seguramente tenía esa expresión que dice "no te vayas". Tal vez él lo sabía y decía eso solo para molestarme; no era una suposición tan equivocada, porque escuché cómo se reía suavemente sobre mi cabeza.
—Cuando está enfermo, parece otra persona.
En realidad, no sé si estoy enfermo.
No, quizás sí lo estoy. Muy enfermo. Aunque no sé dónde ni cuánto me duele, y tampoco intentaba entenderlo. Pero, justo como él lo dijo, él también se veía diferente ahora que yo estaba enfermo.
Él se agachó y ladeó ligeramente la cabeza para ponerse a mi altura y mirarme a los ojos.
—¿No quiere que me vaya? ¿Quiere que me quede y me meta con usted bajo las cobijas?
Y antes de que pudiera reaccionar, se enderezó con una sonrisa cargada de ironía. Lo vi alejarse, caminar hasta la cama, destapar el edredón y acomodar las almohadas, preparando el lugar para dormir. Fue entonces cuando finalmente entendí que lo que había dicho antes era una broma de tono atrevido. No porque fuera ingenuo, sino porque mi capacidad de reacción estaba especialmente lenta en ese momento.
—Me quedaré en el sofá hasta que se duerma, así que acuéstese.
Ni las palabras de agradecimiento ni las de disculpa bastarían, por más que las repitiera, para compensar la ayuda que hoy me había dado. En mi estado actual, lo mejor era hacerle caso, para no ser aún más molesto.
—¿La sudadera no le resulta incómoda? ¿Quiere quitársela antes de dormir?
Me detuve a medio camino hacia la cama y miré la ropa que llevaba puesta. Recordé la calidez y la sensación de alivio que había sentido cuando me la puso. Aunque al despertar la cama había estado lo suficientemente tibia, ahora no quería quitármela, así que negué con la cabeza.
—Está bien, entonces.
Él se apartó con naturalidad.
Me subí a la cama apoyándome con las rodillas y me acomodé. Él cubrió mi cuerpo con un edredón blanco, suave y cómodo.
Al mirar hacia arriba, lo vi inclinarse desde un lugar más alto que cuando estaba de pie. Tenía la expresión de quien reprime numerosas preguntas. En la luz tenue, sus ojos, más pálidos que de costumbre, recorrían mi rostro a detalle, como si examinaran cada rincón.
—Cierre los ojos.
Obedecí.
Debo parecerle un cobarde de veintidós años al que hay que acompañar al baño y cuidar hasta que se duerma. Y, sin derecho a excusas, eso era exactamente lo que era.
—Duerma bien.
Sentí cómo se alejaba. Con los ojos cerrados, noté que la habitación se oscurecía aún más.
Escuché el sonido de su cuerpo hundiéndose en el sillón. El tenue ruido de la lluvia. Las ramas del jardín que de vez en cuando se movían con el viento. Y, en la oscuridad tras los párpados cerrados, las partes sombrías dentro de nosotros comenzaban nuevamente a moverse.
¿Cómo habría llegado esa pintura a esta casa?
La maestra Sukhee Kim había mostrado su intención de comprar el cuadro inmediatamente después de que se anunciara el resultado del concurso. Tras hablarlo con mis padres, les expresé el deseo de regalárselo a ella, pero la maestra insistió en pagar una suma considerable por la obra, una cifra que tanto yo como mis padres consideramos demasiado generosa en ese momento.
Por supuesto, un coleccionista puede hacer lo que quiera con una obra que ha comprado. El hecho de que la pintura esté aquí ahora no significa que la maestra la haya tratado de forma descuidada. Y, aunque así hubiera sido, la sensación de conexión que sentí gracias a sus comentarios en la evaluación no perdería su valor.
No estar solo. Que las señales que envío sean recibidas por alguien.
—Presidente.
—Sí, aquí estoy.
En su voz se notaba un ligero tono juguetón, aunque seguía siendo baja y suave.
—Esa pintura… ¿le gustó?
—……
Volvieron a caer lágrimas. Las sienes me ardían, pero eran solo lágrimas automáticas. Por suerte, la habitación estaba a oscuras y a cierta distancia; parecía poco probable que él se diera cuenta. Intenté darme la vuelta, fingiendo incomodidad, pero entonces escuché su voz: tranquila, sí, pero lo suficientemente clara como para mover la oscuridad.
—Seo Yeehyeon-ssi.
—……
—¿Quieres que te ayude a olvidar todo?
Sentí que se levantaba del sofá y, un instante después, el borde de la cama cedió con su peso. Como aquella tarde en el jardín, cuando tomábamos las fotos, sus rodillas quedaron a ambos lados de mis piernas.
Abrí lentamente los ojos. Él se había acercado hasta quedar justo sobre mis muslos. Su mirada bajó hacia mis ojos aún húmedos y, aunque parecía ligeramente molesto, sabía que no era enojo. Pero descubrir qué otra emoción se escondía allí resultaba imposible.
Intenté encontrar en sus ojos la respuesta a mi pregunta sobre si le gustaba la pintura, pero mis pensamientos se dispersaron cuando sentí sus dedos tocarme la cara.
La mano que acariciaba mi mandíbula subió hasta mi sien y limpió el rastro húmedo. En la penumbra, sus ojos claros parecían más pálidos, casi como si fueran a desaparecer en el aire, como un fantasma. Pero el calor que transmitía su mano al limpiar mis lágrimas era, sin duda, el de alguien vivo.
Su mano bajó por mi mejilla y me sostuvo suavemente por la barbilla. El pulgar, mojado por mis lágrimas, rozó mi labio inferior y lo movió un poco, tocando apenas la parte interna.
Sentí un peso firme entre mis piernas. Su cuerpo se inclinó sobre mí, presionándome con suavidad. Estábamos tan cerca que sus labios casi rozaban los míos, y en su aliento flotaba el dulzor que deja el licor fuerte.
—Haré que no puedas pensar en nada, que nada te importe… haré seso por ti.
Sus labios, que parecían listos para besarme, pasaron de largo por mi mejilla y se hundieron en mi cuello.
Cerré los ojos. Era como caer de una tabla de surf, atrapado por una ola gigante de su aroma.
Sus labios usaron solo los dientes con delicadeza para morder y soltar la piel suave que une el cuello y la oreja, mientras apartaba las cobijas. El calor y el peso de su cuerpo se hicieron más directos. Mi cuerpo se tensó por la sensación extraña, pero de pronto un suspiro desconocido se me escapó. Sonaba como un breve sollozo.
Sus labios tocaron mi oreja y una respiración cálida se deslizó hacia adentro; su lengua recorrió el interior. Ante mi reacción, me tomó la cabeza con las manos y hundió los labios aún más sobre mi oreja. La besó por fuera, la recorrió con la lengua y trazó sus curvas con una voz baja y pesada que se escuchaba como un susurro pegajoso.
—¿Te gusta que haga esto en tu oreja?
—Ugh…
Cada palabra acariciaba el interior de mi oído como si fueran plumas suaves. Eché la cabeza hacia atrás y me agarré de su hombro. Entonces, su cuerpo, que hasta ese momento solo me cubría, comenzó a moverse, frotándose lentamente de arriba abajo contra mí.
Mi respiración se volvió rápida. Yo solo llevaba un pijama ligero y él unos pantalones un poco más gruesos. Ambos géneros eran suaves al tacto, pero no bastaban para esconder el bulto de su miembro.
Presionó su cadera contra la mía, frotándose con suavidad. Con la rodilla derecha, empujó hacia afuera la parte interna de mi muslo izquierdo, abriendo espacio entre mis piernas. Entre ellas, sentí el peso de su carne. A juzgar por la textura aún blanda, no estaba completamente erguido, pero su miembro tenía un tamaño sorprendente. Tanto, que sin pensarlo mi mirada bajó de manera descarada.
Tal vez se dio cuenta de hacia dónde miraba, porque rió bajo junto a mi oído. Incluso su risa era una caricia allí. Al encoger los hombros y morderme el labio inferior, él me rozó la oreja con los dientes, con un movimiento juguetón como si mordiera, pero en lugar de darme risa, mi respiración se aceleró.
No se apresuró en desnudarme para tocar la piel al instante. Calentó nuestros cuerpos lentamente, frotando su sexo contra el mío a través de la ropa. Sin embargo, sus movimientos no eran inexpertos. Su miembro, guardado todavía dentro de la ropa interior, se presionaba desde abajo hacia arriba, como empujando con la cadera para estimular intensamente toda la zona.
Su mano derecha, que jugaba con mi pelo, bajó rozando mi mejilla y oreja, y en seguida recorrió mi nuca como si tocara las teclas de un piano. Luego, sujetó el cuello de la sudadera, como si no le gustara cómo me quedaba.
—¿Quieres que te la quite?
Tan cerca de mi oído, cualquier palabra se convertía en un mensaje cargado de intención sexual. Un escalofrío me recorrió el cuerpo y apreté con más fuerza sus hombros. Su camiseta se movió bajo mis dedos. Él me miró y, después de besar la piel junto a mis labios, se levantó y se quitó la camiseta, dejándola caer a un lado.
Con el torso desnudo, me tomó de la muñeca y la levantó por encima de mi cabeza. Sujetó la manga de la sudadera y la empujó hacia arriba. Era un método extraño, pero funcionó: la prenda salió y él se rió al ver cómo mi cabello había quedado despeinado.
Cuando llevaba traje, pensaba que tenía un cuerpo delgado, pero su torso era mucho más firme de lo que esperaba. Sus músculos eran grandes y sus líneas estaban claramente definidas; sus hombros y pecho eran bastante anchos. A pesar de su altura, no era tan delgado como creía: era muy musculoso. En comparación, yo sentía mi cuerpo como uno aún en desarrollo. Con la luz tenue, las sombras entre los músculos de su pecho y abdomen se marcaban aún más.
Quizá porque estaba desnudo, su aroma se sentía más intenso. Era un olor que, como su posición sobre mí, parecía presionarme desde arriba hacia abajo. Sin pensarlo, respiré hondo, queriendo llenarme más de ese olor.
El hombre dejó caer la sudadera al suelo, junto a la cama, y volvió a colocarse entre mis piernas, cubriéndome con su cuerpo. Al volver a frotarnos, él parecía haberse convertido en la esencia misma de ese aroma.
—Haah, huh, huh…
Mi respiración se descontroló por completo; abrí los ojos de golpe mientras me temblaban las manos y los pies. Apreté las sábanas con fuerza y luego me agarré a sus hombros desnudos.
—Shh, shh…
Su voz era baja, como si calmara a un niño asustado o a uno que llora sin poder respirar. Me acariciaba la cara mientras susurraba:
—Suelta el aire despacio… Está bien. Esto no es hiperventilación porque tengas miedo. Tranquilo, cierre los ojos.
Su mano grande y cálida se posó sobre mis ojos. Mi vista se bloqueó, pero no sentí miedo. Seguí el movimiento de su mano, que bajaba lentamente, y cerré los párpados. Aunque me inquietaba no entender por qué mi cuerpo reaccionaba así, no era miedo por mí. No era terror… era deseo. Un deseo intenso y difícil de controlar. Mi cuerpo temblaba ante la forma en que él frotaba su sexo contra el mío, moviendo la cadera entre mis piernas.
—Concéntrate solo en lo que responderás a mis preguntas.
Su mano bajó por mis labios y por mi cuello, deslizándose hasta el escote de mi pijama. Era una prenda holgada, así que sus dedos entraron sin esfuerzo. Su mano recorrió la piel de mi pecho, abarcando toda la zona como si midiera el tamaño del músculo.
—¿Cómo te sientes?
Desde la primera pregunta, no pude responder. Así que cambió las palabras:
—¿Te disgusta?
Negué con la cabeza varias veces y con fuerza.
Al igual que me iba acostumbrando al peso de su cuerpo sobre el mío, también me adaptaba poco a poco al peso de su aroma. Estaba ardiendo entre las piernas, mi pene apretado contra el suyo. Sabía que estaba moviendo la cadera, pero me resultaba imposible detenerme, aunque me diera vergüenza.
Sus dedos, que habían recorrido mi pecho, ahora tocaban mi pezón endurecido, dándole pequeñas pulsaciones desde abajo hacia arriba.
—Entonces, ¿se siente bien?
—Hhngh…
Mi cintura se arqueó. Tal vez esa era mi respuesta.
Con el pulgar y el índice, sus dedos rodearon por completo el pezón, presionando desde afuera, como si intentara exprimir algo desde adentro. Apretó y giró lentamente.
—Haah, hngh…
Mi respiración se cortó entre jadeos, reaccionando a sus manos.
Solté su hombro varias veces y volví a agarrarme a él, pero la necesidad de que me tocara más fuerte crecía. Lo rodeé con mis brazos, atrayéndolo hacia mí por el cuello. Aunque solo apretaba mi pezón, sentí que todo mi cuerpo se retorcía como si me inclinara hacia él.
—No haré nada que Seo Yeehyeon-ssi no quiera. Si algo te hace sentir mal, dímelo de inmediato. No da miedo, ¿verdad?
Asentí con la cabeza varias veces.
Su rostro se hundió en mi cuello, rozando mi mejilla y mis labios, mientras se pegaba aún más a mi cuerpo. Su mano bajó por mi pecho y comenzó a desabotonar mi pijama.
Sentir cómo me desvestía me hizo abrir los ojos. Con su boca mordisqueando la base de mi garganta, entre el cuello y la mandíbula, desabrochaba con facilidad los botones con la mano derecha. Por su postura, parecía que se hundía contra mi pecho. Cada vez que su mano pasaba, mi cuerpo se llenaba de excitación, dejando ver mi piel desnuda.
Al abrir la pijama hacia los lados, sus labios se deslizaron hacia abajo. Presionando con fuerza sus propios labios contra mi piel, avanzó hacia abajo.
Con los dientes marcó mi clavícula, luego trazó líneas desordenadas sobre la parte superior de mi pecho, y sus labios entreabiertos rozaron mis peñones una y otra vez. Eran sensaciones desconocidas, imposibles de sentir solo masturbándome, un contacto que solo otro cuerpo podía despertar. Me acorralaban sin darme respiro.
Me impacienté; mis dedos se doblaron hacia adentro. Era como si mi espalda quisiera arquearse más, deseando que él no solo rozara, sino que succionara con fuerza. Al levantar apenas la mirada, él me observó de reojo. Con la punta de sus labios rozó el pezón, como para provocarme. Lo hizo a propósito. Apenas un roce de piel contra piel.
—Hnn, hngh…
Mordí con fuerza mi labio inferior mientras lo tomaba de la nuca. Su mirada sobre mí tampoco era la habitual. Sus ojos de un azul pálido parecen teñirse de un rojo intenso, como si también él estuviera ardiendo por dentro.
Sacó la lengua para rozar la base de mi pezón, rígido y levantado. Una sensación fuerte recorrió todo mi pecho, obligándome a frotar la nuca contra la almohada mientras levantaba la cadera. Al levantar la barbilla, sentí que su aroma me apretaba la garganta.
Con la punta de la lengua volvió a tocar el pezón y dijo:
—Déjame morderte.
Su voz estaba completamente ronca.
Jalé de su nuca con la mano que tenía allí, mientras con la otra acomodé el pecho, acercando el pezón aún más hacia él. Ajusté su posición para meter directamente mi pezón en su boca. Increíblemente, no dudé ni un instante en hacer algo así.
Cuando sus labios atraparon mi pezón, lo succionó con fuerza de inmediato.
—Hhngh…
Una mezcla de dolor y placer me retorció la cintura, pero seguí despeinando su cabello, incapaz de quitar la mirada de su boca.
Aún empujando su cadera entre mis piernas, él solo bajó la cabeza para chuparme el pecho. A pesar de la postura, no parecía incómodo; incluso comenzó a acariciar mi costado y la parte baja de mi abdomen con la mano derecha.
Me había dicho que avisara si algo se sentía mal, pero no me molestaba la mano que me hacía encoger el vientre. No quería apartar su cara, que mordía y succionaba mis pezones, ni me incomodaba el peso de su cuerpo, que me oprimía mientras me frotaba sin parar.
La reacción de mi miembro, al frotarse por primera vez con el órgano sexual de otra persona, fue inmediata. Nunca había pensado que ese primer contacto sería con alguien del mismo sexo, pero tampoco me parecía algo imposible.
Consciente de ello, al pensar en cómo había reaccionado con él últimamente, no era tan extraño que no sintiera rechazo ante este contacto.
Él siguió frotando su boca contra mi pezón, como si lo besara con pasión, moviendo el cuello para hacer más fuerte cada roce. Cada vez que chupaba con fuerza, me quedaba sin aire. Levantó la mirada hacia mí. Mordí mi labio inferior para no gemir, pero él estiró la mano y lo liberó con los dedos, recorriendo mis labios tocándolos despacio.
Trazó la forma de mis labios, pasando los dedos por distintos puntos, rozándolos, acariciándolos y jugando con ellos. Uno de sus dedos se metió un poco entre mis dientes y, sin pensarlo, lo mordí suavemente. Él separó los labios de mi pecho y, al mirar hacia abajo, vi un hilo de saliva que colgaba entre sus labios y mi pezón. Volvió a besar mi pezón para cortar ese hilo y luego subió hasta mi nuca.
Tras haber frotado nuestras caderas, ahora nuestros torsos también estaban completamente unidos, sin espacio entre nosotros. Mientras mordía mi cuello, metía sus dedos en mi boca, jugando entre mis labios. Al sentir parte de su cuerpo dentro de mi boca, tuve la sensación de que su aroma me llenaba por completo.
El olfato suele acostumbrarse pronto a los olores. Y, aun así, su aroma parecía incluso más fuerte que al principio. Era extraño.
Pero no podía detenerme a pensar en eso. El placer me tenía la mente aturdida. No podía pensar en nada más, nada era importante. Exactamente como él había dicho. La falta de aire en la sala, el dolor de mis recuerdos… todo había quedado dormido por esta ola de sensaciones.
Ambos miembros estaban tan rígidos que dolían con solo presionar un poco. Cada vez que él empujaba o frotaba, se deslizaban uno contra el otro, chocaban y provocaban chispas en cada roce.
—Hnngh… ahh…
Beso tras beso sobre mi cuello, abriendo los labios para frotar el interior mojado contra mi piel, mordiéndola suavemente entre los dientes y luego succionando con fuerza… De pronto hundió la nariz y la boca por completo, respirando profundo. Sentí como si fuera a tragarme entero. Abrumado por esa sensación, terminé tragándome el dedo que jugaba entre mis dientes.
Era un hombre muy alto. Al pensar en la diferencia con mi estatura, no tenía duda de que superaba el metro noventa. Sus dedos eran naturalmente largos y gruesos. Aunque parecía haberlo tragado hasta el fondo, solo le habían entrado dos falanges.
Al levantar la cabeza, seguía sobre mí, mirándome mientras yo le chupaba el dedo. Sus ojos estaban llenos de curiosidad, de seriedad y, sobre todo, de un deseo intenso.
Apreté sus dedos entre mis dos manos, cerrando mis labios alrededor de ellos. Él, con los ojos algo rojos, no dejó de mirarme mientras empujaba lentamente el dedo medio hacia mi boca. Era solo un dedo, dos cuando usaba el índice también, pero aun así era difícil tener ese tamaño dentro de mi boca. Me costaba mantenerlo; lo mordía y lo soltaba una y otra vez, mientras él me miraba fijo. Sus hombros anchos subían y bajaban al ritmo de una respiración profunda, llenando toda mi vista.
Él deslizó la mano por mi costado y bajó la parte superior del pijama junto con la ropa interior. Al jalar con una mano, el pijama se torció mientras bajaba. Cuando mi sexo quedó al descubierto, recién ahí sentí vergüenza. Saqué sus dedos de mi boca, tomándolos con ambas manos. Él abrió un poco los labios, como si le costara quitar la mirada de los míos. Cada respiración suya parecía soltar una parte de su aroma en el aire.
Para escapar de su mirada, giré la cabeza y me agarré desesperado del pijama. Mi pene, atrapado bajo su abdomen, brillaba lo suficiente como para ver bien incluso en la oscuridad.
—Está… mojado…
—…….
¿Había dicho algo extraño? De pronto detuvo todos sus movimientos, y eso me puso nervioso.
Mi pene, tocado por otra persona por primera vez, estaba tan mojado que había empapado la ropa interior. La tela húmeda, el miembro resbaladizo… todo me daba vergüenza. El simple hecho de abrirle las piernas y mostrarme así ante él era suficiente para que recuperara un poco la razón y sintiera algo de pena.
Intenté subirme el pijama otra vez, pero él me apartó la mano con firmeza, presionando todo su cuerpo hacia abajo para no dejarme espacio. Desde la entrepierna hasta el pecho me cubrió por completo, presionando con fuerza mientras respiraba agitado por la nariz.
No era solo que me aplastara. Era una caricia en la que frotaba todo su cuerpo contra el mío. El pijama, con los botones ya sueltos, se abrió más, y su piel desnuda se resbalaba con facilidad sobre la mía.
—¿Podría decirme eso una vez más? Aquí.
Giró el cuello, acercando su oreja a mis labios mientras me pedía eso. Sus movimientos de cadera, frotándome abajo, se volvieron más rápidos. Saber que él estaba emocionado me emocionó aún más. Lo rodeé con mis brazos y solté un suspiro agitado en su oído. Él deslizó su cara hacia mi cuello y sus labios también tocaron mi oído. Con los labios pegados a nuestras orejas, frotamos nuestros pechos el uno contra el otro, dejando ver nuestro deseo. La vergüenza volvió a desaparecer.
—Dígamelo. Seo Yeehyeon-ssi, ¿qué está pasando abajo ahora mismo? ¿Cómo está, ahora?
Su voz húmeda me hacía sentir cosquillas por dentro. Él se había convertido en el aroma mismo y me estaba envolviendo con él. Ese olor me quitaba cualquier capacidad de pensar. Incliné un poco la cabeza y solté un suspiro sincero en su oído.
—…Está mojado.
—…….
Sus hombros se tensaron un instante y luego soltó una grosería en voz baja mientras me mordía la oreja con ganas. Sus muslos duros se metían bajo mis nalgas, como si fueran a levantarme, estimulándome rápido por abajo.
—¿Qué está mojado? ¿Por qué está mojado?
Su respiración agitada se escuchaba clara en mi oído. Su cadera movía la zona baja, como si ya estuviera adentro.
—¿Qué está mojado?
—Ahí… abajo…
—¿Abajo dónde? ¿Las rodillas? ¿Los pies?
—……
—¿Qué parte está tan mojada? ¿Eh? Dígamelo.
No pude aguantar las ganas de susurrarle al oído esa palabra. Lo abracé con más fuerza del cuello y rozé mis labios contra su oreja.
—Mi… pene. Está mojado.
Solo por decir esa palabra en voz alta, y apenas en un susurro que solo él podía oír, sentí un deseo fuerte que me recorrió todo el cuerpo. Y él también, solo por escucharla, se agitó con más ganas que antes.
Su lengua me lamió la oreja y su cadera siguió moviéndose sin descanso allá abajo.
—Muy bien. Una vez que lo dices, te das cuenta de que no era para tanto, ¿verdad?
Incluso sus palabras de aliento eran como un fuego que me quemaba por dentro. Había dicho una palabra atrevida y él me felicitaba por ello. Pero, como dijo, al soltarla en voz alta parecía dejar de ser mala. Incluso sentí una extraña sensación de libertad. Solo por escucharme decirla, él estaba más emocionado, abrazándome con su cuerpo y apretando su pene contra el mío.
Metió la mano bajo mi espalda baja y me tomó las nalgas llenando su palma, moviéndolas de un lado a otro.
—Pero no debe estar mojado solo ahí.
—……
La mano que apretaba y movía mis nalgas se deslizó entre ellas. El dedo medio encontró la entrada de inmediato, como si pudiera verla.
—Ah, ahí no…
El dedo que hacía círculos alrededor de la entrada, como si fuera a entrar en cualquier momento, me hizo empujar su cuello para intentarlo apartar.
Pero sus hombros no se movieron. Movía los dedos por esa zona como si buscara algo, concentrado. Luego sacó la mano y la llevó a su nariz y boca, oliendo y probando con la lengua lo que había tocado entre mis piernas. Traté de quitarle la mano, con vergüenza, pero tras revisar lo que quería, me sonrió suavemente mientras me miraba.
—No, no lo haré. Te lo prometí, ¿no? Que no haría nada que no quisieras.
Con un beso en la mejilla, me tranquilizó mientras volvía a presionar su cuerpo contra el mío. Sus labios se deslizaron hasta mi oído, dejando más calor con su susurro.
—El mío también está igual. Empapado.
Tomó mi mano y la llevó entre nuestros cuerpos. Tal como dijo, su pene estaba completamente mojado y resbaladizo. Pero más que eso, era imposible no sorprenderse por su gran tamaño. Al tocarlo, me di cuenta de que era aún más grande de lo que había sentido contra mi abdomen.
Tal vez sea una característica de nacimiento de los Alfa dorado. No sé mucho sobre el tamaño del miembro erguido de otros, pero al menos podía entender que el suyo estaba fuera de lo normal: estaba caliente, duro y enorme. Mi mirada bajó sin querer hacia allá. Él sonrió, me besó la oreja y me quitó con suavidad algunos cabellos mojados de la frente.
—Si lo miro bien, me gusta más.
Con el cuerpo aún sobre el mío, se giró un poco de lado, separando nuestros vientres y pechos, y llevó mi mano más abajo. Mis dedos tocaron bastante vello. Su pene estaba caliente desde la base. La luz baja y su cuerpo no me dejaban ver bien, pero por la forma y el tacto era evidente su peso y grosor.
Era muy erótico. Por primera vez en años, tuve ese pensamiento al ver el cuerpo de otra persona. Su pene parecía concentrar toda la atracción de este mundo. Un cuerpo hecho solo para el acto sexual, sin necesidad de servir para otra cosa.
Una sombra pesada se levantaba desde su entrepierna, apuntando hacia mi abdomen bajo. No solo era largo y grueso, también era tan firme que no se doblaba, manteniendo la posición. Siguiendo su guía, pasé suavemente los dedos por la superficie de su pene.
—Mm…
Como si disfrutara mi toque, soltó un suspiro entre los labios. Su nariz alta rozó mi mejilla derecha. Soltando mi mano, llevó la suya desde la parte interna de mi muslo hacia arriba, hasta envolver mi miembro.
Apreté su pene contra el mío, que estaba levantado y pegado a mi abdomen. Un gemido bajito se me escapó de los labios.
—Hágalo un poco más.
Me susurró en la sien, animándome. Yo tomé el suyo, él el mío, y deslizamos nuestros miembros uno contra el otro. La cantidad de líquido que él soltaba era tanta que se me derramaba por la mano, cayendo sobre mi abdomen.
Quizá era solo una sensación, pero parecía que salía un olor desde entre nuestras piernas. No era dulce ni suave. Era un aroma que despertaba el deseo, que encendía el cuerpo desde adentro, que hacía temblar los nervios, que pesaba entre las piernas y hacía temblar las puntas de los dedos.
—¿Te gusta mi aroma, verdad?
En sus brazos, acostado junto a él, asentí varias veces. Estar así tanto tiempo me tenía fuera de mí. Para alguien sin más experiencia que la masturbación, su aire caliente en mi oído o la dureza de su miembro entre mis dedos eran estímulos muy fuertes, capaces de llevarme al final.
—Concéntrate solo en ese aroma.
Nunca antes había sido tan intenso. Como si por accidente se hubiera caído una botella entera de perfume, el olor llenaba no solo mi nariz, sino todos mis sentidos. No, no era simplemente como si se hubiera caído un frasco. Ahora mismo estaba metido en una tina llena de ese aroma. Me hundía en el fondo de una alberca llena de ese perfume.
Creía que me estaba hundiendo, pero mi cuerpo empezaba a flotar.
Él pasó los brazos por detrás de mi espalda y me levantó. De rodillas sobre la cama, con las piernas abiertas, me sentó sobre sus muslos. No necesitaba hacer fuerza para sostener mi cuerpo; sus brazos lo hacían por mí. De hecho, aunque hubiera querido sostenerme solo, ya no tenía fuerzas.
Mis piernas se abrieron de manera natural a ambos lados de su cadera y nuestros miembros quedaron atrapados entre nuestros vientres. Con un brazo cruzado por mi espalda y el otro rodeando mi cintura, sujetándome por las nalgas, él usó la fuerza de sus piernas para levantarme.
La presión de su brazo al acercarme apretaba nuestros miembros, y su movimiento al subirme hacía que se frotaran entre sí. Cuando parecía que me iba a caer, su cadera me volvía a subir. Esa sensación de contacto directo era mucho más clara que cuando estábamos acostados y nuestros miembros solo se rozaban.
Apreté su cabeza contra mi cuello. Todo era completamente distinto a estar solo: no era simplemente buscar placer y terminar rápido. El roce en mi pene, el recorrido de su boca por mi pecho, sus empujes desde abajo, sus dedos que se abrían para tocarme suavemente…
Él despertaba cada parte de mi cuerpo, haciendo que todo sintiera placer. Sentía cómo un latido fuerte me recorría el abdomen bajo.
Era la primera vez que tenía relaciones con otra persona y jamás me habría imaginado que mi cuerpo reaccionaría así.
—Esto… ¿qué es esto…?
Sentía que me había hecho algo. De otra forma, no se explicaba que yo le hubiera susurrado esas palabras al oído, que hubiera sentido esa prisa repentina cuando tomé su miembro, ni que ahora estuviera frotando mi cuerpo contra su abdomen.
Quería echarle la culpa. No podía pensar con claridad y me daba miedo que todo mi cuerpo se hubiera entregado por completo a este momento con él.
Con los ojos brillosos, me miraba hacia arriba mientras me mordía la barbilla, sin responder.
—No es… perfume, ¿verdad?
Él me abrazó más fuerte y giró su cadera en círculos, frotando su miembro contra el mío. Mis piernas estaban tan abiertas que no podía separarse más; mi entrepierna estaba completamente pegada a su torso. Solo con mirar el punto de contacto, sentí cómo las ganas de terminar se juntaban en la punta de mi pene.
—Esto es extraño… es muy extraño.
Pero incluso mientras decía que era extraño, empujaba con los pies para acercarme todavía más a su cuerpo. Mientras mordía mi barbilla, él rozó su nariz con mis labios y movió mi cadera en la dirección contraria a la suya. Cambió el ángulo con el que frotábamos nuestros miembros y una nueva ola de placer me recorrió el cuerpo.
“Seo Yeehyeon-ssi, si… eres beta… entonces sí, esto es perfume.”
“Haa, haah… ugh…”
Esta vez, me rodeó firmemente con ambos brazos por la cintura. Como si ajustara un cinturón de seguridad, me sostuvo con fuerza, y empezó a sacudirnos rápidamente, como queriendo exprimir hasta la última gota de humedad de mi cuerpo.
“Díme algo más. No me digas que es extraño. Díme cómo te sientes ahora.”
“Me gusta. Me gusta… mucho…”
Lo abracé, metiendo los dedos en su cabello, y temblé como si me hubieran arrojado dentro de la centrifugadora de una lavadora, mientras murmuraba sin control. Me sentía totalmente fuera de mí, como si pudiera decir cualquier cosa que él quisiera oír.
Tan solo al ser presionado y frotado contra su abdomen empapado, era como si hubiera algo estrecho y caliente envolviéndome, una presión y una fricción lo suficientemente intensas como para hacerme estallar.
Sin necesidad siquiera de tocarme, solo con su fuerza al sacudirme y la presión bajo mi vientre, llegué al clímax. Y la confesión que le susurré en ese instante fue una oleada de palabras que ni yo habría creído posibles.
Le hablé al oído del deseo que sentía por su grueso pene, de la sensación vulgar y resbaladiza de todos los fluidos que se mezclaban entre nosotros… y mientras él me respondía con susurros aún más obscenos, lo que vi en ese instante fue como el cielo mismo o como un infierno ardiente de lujuria. Fuera lo que fuese, era extremo. Ese placer ya no pertenecía al mundo de lo común.
Como si quisiera exprimir hasta la última gota, me sostuvo firme sobre sus rodillas, medio incorporado, y me sacudió. Sumido en el perfume y la excitación, mi cuerpo temblaba ante un placer tan intenso que rozaba lo devastador.
Cuando finalmente me dejó caer sobre la cama, estaba completamente derrotado. Sin fuerza, como si los huesos se hubieran disuelto o el cuerpo hubiera perdido su estructura, me hundí en las sábanas como si fuese a ser tragado por ellas.
「Haré que no puedas pensar en nada, que nada te importe… eso haré por ti.」
Tal como prometió, así fue. Pude olvidar. Pude escapar. Increíblemente, con tan solo… algo tan vulgar como el sexo.
No sabía si había perdido el conocimiento o si simplemente había dormido un momento. Cuando el contacto húmedo sobre mi piel me hizo despertar, estaba boca abajo sobre la cama. Sobre mi espalda, sentí una toalla tibia y húmeda.
Su pene, todavía erecto, vibraba débilmente en la penumbra, prueba de que aún quedaban restos de deseo en su interior. Al verlo tan cerca, volvió a nacer en mí el impulso de tocarlo, pero, afortunadamente, no me quedaba ni una pizca de energía; ni siquiera los labios podía mover para llamarlo.
No estaba seguro de recordar bien, pero creía que él no había eyaculado. Parecía que, de principio a fin, todo había estado guiado por mí, por mi comodidad, por mi alivio. Eso, por fin lo entendía, lo había hecho todo para que yo pudiera descansar.
Se movió hacia el pie de la cama y comenzó a limpiar la mezcla de fluidos, imposible de identificar como suyos o míos, que había quedado entre mis muslos. De pronto, su mano se detuvo. El colchón se inclinó y, en un instante, sentí una mano tibia, húmeda, acariciar suavemente mis nalgas. Aquel gesto encendió en mí lo que quedaba de la excitación, pero solo fui capaz de encogerme un poco y gemir sin fuerzas.
La mano que estaba amasando suavemente mis nalgas se deslizó hacia el surco entre ellas. Sus yemas, algo firmes, recorrieron con minuciosidad el estrecho valle donde la piel se juntaba con la piel, como un médico que palpa para encontrar la causa de un mal.
“Uh, mmm…”
La mano se apartó y, poco después, fueron sus labios los que se posaron allí. Mi espalda se arqueó de manera involuntaria sobre el colchón. Al girar la cabeza y mirar hacia abajo, lo vi, completamente tendido entre mis piernas, con el rostro hundido entre mis nalgas. La sensación de su lengua húmeda lamiendo alrededor de mi ano hizo que tuviera que hundir el rostro en la almohada otra vez.
Boca abajo, mi cuerpo tembló de forma involuntaria. Como para tranquilizarme, él dio unas palmaditas suaves sobre la carne.
Su lengua, que al principio exploraba con cuidado, como si verificara algo, pronto empezó a moverse con un matiz más sexual y una humedad persistente que empapó mi entrada. Fue una caricia larga, como una insistente declaración de deseo.
Sacó la lengua completamente y la frotó con fuerza por todo el contorno del ano. Luego, rodeó la entrada con los labios y succionó varias veces, como si estuviera dando pequeños besos húmedos, y solo entonces levantó la cabeza.
“No puede ser… Esto no tiene sentido.”
No estaba seguro, pero eso fue lo que creí oírle murmurar, con tono absorto. Esto está mal, esto no tiene ningún sentido. Lo dijo mientras me limpiaba el pubis con la toalla húmeda.
Era un día que no tenía sentido. Ya sabía cómo era ese único día capaz de aplastar cientos de días juntos; lo había experimentado antes. Nunca imaginé que volvería a vivir un día así. Un día que cambia la dirección de la vida, su ritmo y su color.
Pero alguien me arrastró hacia el sueño sin compasión.
