Capítulo 21: La ciudad del viento

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Desde la ventana del dormitorio de él, que daba a North Michigan Avenue, se tenía justo enfrente la John Hancock Tower —famosa por ser uno de los mejores lugares para disfrutar del paisaje de Chicago junto con la Willis Tower—.

En el amplio salón, con ventanas hacia el norte y el este, la vista era aún más abierta y despejada. Detrás de la John Hancock Tower, más allá del edificio de otra cadena hotelera de renombre mundial, se alcanzaba a ver de soslayo el horizonte del lago Míchigan, que parecía un mar, y hacia el este el Museo de Arte Contemporáneo de Chicago estaba a un paso.

Desde mi habitación —el otro dormitorio dentro de la misma suite—, podía contemplarse directamente la fastuosa vista de la Magnificent Mile, la famosa avenida comercial, a través de las ventanas orientadas al sur y al este.

Cuando Yuni noona supo que él y yo nos hospedaríamos en la misma suite, mostró por un momento una expresión de sorpresa, pero como la suite tenía dos dormitorios y dos baños, parecía haber llegado sola a la conclusión de que no hacía falta usar otra habitación adicional. Quizá, emocionada por los billetes de primera clase y la habitación de hotel cinco estrellas que él había preparado casi como un evento sorpresa, dejó de lado fácilmente cualquier sospecha menor.

En este viaje de trabajo íbamos cinco: el artista Shushu, Yuni noona, él, yo y el chófer. Gracias a su consideración, los cinco pudimos viajar cómodamente en primera clase. Aun así, después de escuchar a la noona decir que un billete de ida y vuelta en primera a Chicago costaba aproximadamente doce millones de won, no conseguía sentirme realmente tranquilo.

Sea como sea, mientras yo me ponía nervioso y observaba la reacción de la noona, él parecía no preocuparse en absoluto por la situación, firmando los documentos de registro desde el sofá del salón de su suite en lugar de en el mostrador del vestíbulo.

El chófer era una cosa, pero… Shushu y la noona seguían allí mismo, en el mismo salón, cuando él me tocó el cabello y me preguntó con un tono especialmente afectuoso por mi agenda de la tarde; por eso terminé desviando la mirada de un lado a otro y tartamudeando.

Tal vez de verdad no le importaba que las cosas se dieran a conocer así, de manera natural. Pensándolo bien, incluso sería extraño hacer un anuncio formal diciendo: “En realidad estamos saliendo”.

Me vino a la mente el consejo de Juhan hyung: que él no era un buen candidato para salir, y que, si era solo un enamoramiento inmaduro, debía dejarlo cuanto antes. Me pregunté qué cara pondría si se enterara de que, aun así, había terminado saliendo con él. Y qué pensarían la noona y la directora…

Me resultaba raro tener este tipo de preocupaciones —aunque fueran leves— relacionadas con una relación amorosa. Hinché las mejillas, solté un “hoo…” exhalando, y retomé el lápiz. Estaba dibujando el centro de Chicago al anochecer, desde la ventana de su dormitorio, mientras esperaba a que terminara de ducharse.

—Entonces, ¿te quedaste toda la tarde en el Art Institute of Chicago?

Él salió del baño conectado al vestidor interno del dormitorio, vestido con una bata, y me miró con una sonrisa al hacer la pregunta. Y por alguna razón, incluso un gesto tan cotidiano como sacudir ligeramente el pelo mojado con una toalla hizo que el corazón se me acelerara.

Como había hecho planes muy ambiciosos y se los había comentado antes, me sentí un poco avergonzado, así que asentí y sonreí tímidamente.

Él se apoyó en la pared de la entrada del vestidor —que era tan largo como un pasillo—, con ambas manos metidas en los bolsillos frontales de la bata.

—Es que la escala es distinta a una galería normal.

Tenía razón.

El título de “uno de los tres grandes museos de Estados Unidos” no me había resultado particularmente atractivo, pero estando en Chicago —una ciudad donde operan activamente innumerables galerías de estilos muy diversos— supuse que debía haber una razón por la que ese museo fuese un destino obligado, y por eso lo elegí como la primera parada. El museo albergaba unas 300.000 piezas repartidas entre el edificio principal y el anexo moderno.

—Aunque intenté verlo rápido… ni siquiera pude recorrer la planta baja y el sótano del edificio principal, ni el edificio anexo.

Llegamos hacia las diez de la mañana al aeropuerto O’Hare, y cuando hicimos el check-in en el hotel ya era casi mediodía. Él, el artista Shushu y Yuni noona tenían una reunión inmediata con la galería organizadora de la exposición para preparar la fiesta VIP de apertura que se celebraría esa noche.

Hasta que ellos regresaran al hotel, yo planeaba visitar el Art Institute y además dos galerías más en los alrededores.

Pero fue un plan exagerado. Ni siquiera pude recorrer bien un solo museo.

Él ladeó la cabeza, como si le intrigara ver que yo mostraba un desánimo tan inusual, y movió el dedo índice en tono travieso antes de desaparecer dentro del vestidor. Dejé de pensar en cómo representar, solo con trazos, las luces de la ciudad que se volvían más brillantes a medida que el sol se apagaba, y lo seguí al interior.

Estaba eligiendo la ropa para la fiesta frente al armario del fondo. Yo me senté torpemente en el banco de terciopelo entre el tocador con cajones y el espejo de cuerpo entero, justo frente a la entrada del baño.

—¿Y qué tal? Si se trata de Seo Yeehyeon, pensé que la segunda planta del edificio principal te gustaría más.

Me reí rascándome la nuca ante su acertada predicción. En la segunda planta del edificio principal estaban expuestas pinturas europeas posteriores al siglo XV. Había muchos cuadros familiares, obras que había visto a menudo en los libros ilustrados de mis padres. En aquellos tiempos solo miraba los dibujos, como cualquier niño, sin fijarme en nombres de obras ni autores, pero esta vez fue distinto.

Me quedé largo rato frente a las obras que me despertaron interés; tomé fotos de los cuadros y de sus etiquetas informativas (en el Art Institute se permitía fotografiar), y memoricé los nombres de los artistas que me dejaron una impresión fuerte.

Picasso, Monet, Rembrandt… Incluso alguien tan ignorante como yo conocía al menos sus nombres; lo que no sabía era que algunos de esos cuadros ya los había visto antes sin reconocer a los autores.

En cada trazo se percibían los incontables años en los que habían empeñado con gusto su vida entera en perfeccionar su arte. Ante los colores y pinceladas que no pueden alcanzarse con trucos superficiales ni imitaciones torpes, y frente a la profundidad reservada solo a quienes consagran el tiempo sin falsedad, uno no podía sino volverse un poco reverente. Sin duda, no eran artistas valorados póstumamente por un golpe de suerte.

—La verdad, yo siempre he sido de priorizar el contenido más que la forma, así que me costaba entender el arte contemporáneo lleno de propuestas atrevidas. Por eso, sin darme cuenta, lo evitaba. Pero recorriendo las salas hoy… entendí que, dentro del arte contemporáneo, no todos los artistas buscan transmitir su mensaje con formas extremas. Si lo pienso, es lógico que haya todo tipo de pintores… pero creo que tenía prejuicios por mi visión limitada.

Mientras él, ya sin la bata, se ponía unos bóxers negros que le abrazaban firmemente los muslos, le confesé aquello con la mirada puesta en su espalda. Se había apartado hacia el tocador, donde el espejo reflejaba solo su torso, y empezó a arreglarse el cabello. Yo, recostando la sien contra el borde del mueble, lo observé desde abajo.

Le hablé sobre Nighthawks (Noctámbulos), de Edward Hopper, uno de los artistas contemporáneos que más me impresionaron.

Era una apreciación completamente personal, pero la larga línea recta que atravesaba el lienzo de lado a lado no me pareció un recurso meramente estético, sino una forma pensada para transmitir mejor el contenido. Para mí, que por priorizar el contenido había descuidado inconscientemente la forma, ese cuadro fue un pequeño punto de inflexión, una sensación refrescante.

Aunque fueran verdades generales que todo el mundo ya sabe, para mí, que hasta ahora había estado encerrado en mi propio mundo cuando se trataba de pintura, cada una de esas revelaciones resultaba preciosa.

Recordé los días de infancia, cuando pintaba junto con la directora. Era un juego divertidísimo: mirar el mundo a través del dibujo, expresarlo, y en ese proceso descubrir un mundo nuevo. Sentía en el cuerpo la misma emoción multiplicándose otra vez.

Una vez terminó de peinarse, se puso una camisa con pliegues en el pecho y, apoyado en el armario de enfrente, escuchó mi relato. Luego ladeó ligeramente la cabeza y dijo:

—Me sorprendió que te interesaras por un pintor tan estadounidense como Edward Hopper… pero pensándolo bien, quizá no es tan raro.

—.....

—La creencia de Edward Hopper era que el gran arte consiste en expresar maravillosamente el mundo interior del artista.

Sonriendo de lado, también me contó varias historias interesantes relacionadas con Hopper: las películas Shirley: Visions of Reality y Carol, que toman sus obras como motivo u homenaje; y hasta Luz y sombra, un libro recopilado por diecisiete autores que escribieron relatos inspirados en sus cuadros.

—En el Museo de Bellas Artes de Boston está expuesta la obra de Hopper Habitación en Brooklyn. Si te interesa, durante este viaje podemos sacar un momento para ir a verla —dijo mientras abrochaba los botones del pecho de su camisa.

Una vez terminada nuestra estancia de tres noches y cuatro días en Chicago, en vez de regresar a Seúl con los demás, él y yo iríamos a Boston. Era un viaje corto, de dos noches y tres días, para visitar a un matrimonio que había sido como sus mentores, y con quienes había vivido unos dos años en su adolescencia.

Chicago y Boston estaban a unas dos horas veinte de vuelo, pero dentro de Estados Unidos no era una distancia especialmente larga, y como hacía mucho que no los veía, dijo que quería aprovechar esta oportunidad para saludarles. No tenía por qué negarme: era una ocasión para conocer a personas importantes para él, y para saber más de él. Y, además, había en mí cierta expectación por un viaje a solas.

Después de ponerse los gemelos en las mangas, se enfundó el pantalón del esmoquin que había elegido entre varios trajes, y pasó frente a mí para arreglarse frente al espejo de cuerpo entero. No era un traje clásico, sino uno de imagen moderna, que resaltaba sus amplios hombros, su cintura estilizada y la firmeza de sus largas piernas. Ya casi estaba listo para salir. A través de la ventana, separada por la cama, la noche de Chicago brillaba completamente dorada.

Pasando de nuevo a mi lado, abrió el cajón superior y, con las manos en la cintura, repasó las corbatas y pañuelos que el empleado especial del hotel había ordenado con pulcritud.

—Después de que Hopper muriera, su esposa Josephine donó todas las obras que tenía al Museo Whitney de Nueva York. El MoMA y el Met también tienen muchas de sus piezas importantes. Bueno, Nueva York… no solo es Hopper, sino que es la ciudad perfecta para ver obras de artistas de todas las épocas y países.

Lo último sonó casi como un eslogan turístico, pero no parecía tener otro significado oculto.

Sacó dos corbatas: una de seda negra, ancha y elegante; y una pajarita pequeña, negra, de aire sobrio e intelectual. Se las alternó sobre la camisa frente al espejo.

Luego, tras levantar el cuello de la camisa y colocarse la pajarita, me miró desde arriba con una sonrisa ligera.

—Hemos estado separados apenas unas horas y aun así parece que en ese tiempo han cambiado demasiadas cosas en Seo Yeehyeon. ¿Hay algún otro pensamiento que no conozca?

Me reí por lo bajo ante su tono, presionando con el pulgar la palma de mi mano derecha como si la masajease. Me daba vergüenza. Nunca había sido bueno hablando en voz alta de mis pensamientos ordenados o mis decisiones, pero su ayuda había sido inmensa para llegar hasta aquí. Él merecía escucharlo. No… en realidad, quería compartirlo con él.

—Todo este tiempo sin dibujar… me parece tan… desperdiciado.

Sus manos, que estaban bajando el cuello de la camisa a su sitio, se detuvieron ligeramente. Luego se volvió hacia mí con una sonrisa suave.

—Es el mejor estímulo.

Le devolví una sonrisa leve, agradeciendo que entendiera lo que quería decir.

—No soy precisamente alguien con buena mano para todo… Para mí, dibujar es como un idioma: hay que practicarlo cada día, sin saltárselo, usándolo con frecuencia; tiene que adherirse al cuerpo, no quedarse en la cabeza. Lo sé.

Él dejó de prepararse y, mostrando que quería escuchar en serio, se recostó en el borde del cajón.

—Pensé que, como mínimo, debería dedicarle al dibujo el mismo tiempo que una persona normal dedica a su trabajo en la oficina, todos los días.

—……

—Ahora que me dedico a esto a tiempo completo.

Intenté aligerar el peso de mis palabras con una risa suave, temiendo sonar demasiado solemne. Él sonrió, pero la mirada le resultó compleja. Sus ojos estaban pensativos. Separándose del cajón, se apoyó con los brazos cruzados en la puerta antigua del cuarto de baño.

—Es un proyecto que llevo pensando desde hace tiempo, pero…

Humedeció los labios con la lengua, masajeándose el brazo izquierdo con la mano derecha mientras dudaba.

—Estoy pensando en abrir una sucursal de Phantom en Estados Unidos.

—……

Su tono fue sereno; parecía querer decirlo como si no fuera gran cosa, pero no terminó de ocultar la solemnidad ni la prudencia. Yo también, sorprendido, sentí que los ojos se me abrían y los hombros se me tensaban.

—Nueva York es una de las ciudades más influyentes del mercado del arte mundial… así que supongo que será allí.

Se mordió el labio inferior, dubitativo.

—No es algo sencillo, así que no puedo ejecutarlo de inmediato, pero quiero impulsarlo lo antes posible. De ocurrir… dejaría Seúl a cargo de la directora Han… y yo me encargaría de la sucursal.

Su frase se fue ralentizando, y su mirada, que estaba inclinada hacia el suelo del vestidor, se dirigió hacia mí.

—La verdad es que quería que tu debut fuese aquí, en Estados Unidos, y que tu actividad empezara también aquí. Aunque esta exposición no sea un debut oficial, entre los galeristas, curadores y coleccionistas que asistirán hoy a la fiesta VIP y mañana al evento de apertura, están personas con la mayor influencia. Es casi un debut real.

Sabía que él había acordado con la galería, por su propia iniciativa, exhibir una decena de mis obras junto a las de otros artistas de Phantom en una sala pequeña separada de la exposición principal de Shushu.

En Seúl me había dicho que no me preocupara, que la muestra de Shushu era la principal y que lo mío era secundario, un evento suplementario.

Pero ahora me decía que era prácticamente como debutar frente a figuras de talla mundial… Sentí la boca reseca. Empezaba a comprender la incomodidad de Shushu al ser fotografiado y expuesto a la prensa.

Al notar mi tensión, él se acercó y me acarició la mejilla suavemente.

—Solo vamos a probar suerte porque se dio una buena oportunidad. No tienes por qué ponerte tan nervioso. Solo piensa en dejarles tu cara: conocerlos nunca hace daño.

Asentí en su mano, pero el corazón me latía fuerte.

—Quiero que trabajes en las mejores condiciones y que recibas el reconocimiento que mereces. Eso es lo más sólido que puedo darte como galerista, como dealer y como apoyo para ti, Seo Yeehyeon.

Mientras decía eso, pasaba el pulgar por mi labio inferior. En sus ojos y su expresión se notaba la firmeza de alguien que ya había tomado una decisión y estaba preparado.

—No es algo sencillo, así que al menos hasta el año que viene no habrá forma de ver nada concreto. Pero si termino trasladándome a Nueva York… ¿vendrías conmigo?

—……

Era difícil reaccionar de inmediato. Además de ser repentino, si mis presentimientos no me engañaban —si no era solo mi propio egocentrismo—, sentía que estaba forzándose por mí. Aunque abrir una sucursal en el extranjero hubiese sido su sueño desde hace mucho, daba la impresión de que estaba acelerando el plan por mi culpa.

Él entrecerró los ojos al ver que no respondía enseguida. Sus labios trazaron una sonrisa rígida, amarga, y la mano que antes rozaba mis labios se retiró.

—No tienes que contestar ahora. Abrir una sucursal no es algo que se resuelva en uno o dos meses. Tienes tiempo de pensarlo.

Lo decía así, pero estaba claro que le dolía mi vacilación. Sin embargo, no era porque me resultara difícil decidir.

Después de que Morae y Hyung se hubiesen ido, ya no me quedaba ningún apego por Corea o Seúl. El no querer separarme de él no era una confesión impulsiva; estaba dispuesto a respaldar cualquier decisión que él hubiera meditado con seriedad.

Pero la prisa que notaba en él por abrir la sucursal me producía cierta inquietud profunda. Él no era alguien que se pusiera nervioso ante decisiones importantes.

Quizá esa imagen mía de él era solo una ilusión creada a partir de información incompleta. Quizá era normal estar tenso antes de algo grande y yo solo estaba sintiendo una ansiedad innecesaria.

Viendo lo claras que se me reflejaban esas dudas en los ojos, él forzó una sonrisa. Luego volvió al cajón, roció un poco de perfume sobre su camisa y se preparó para terminar. El pesado frasco negro, de líneas rectas, era uno de los perfumes que usaba con frecuencia. Su aroma intenso y profundo encajaba con su presencia.

—El último día lo dejé libre, así que podremos hacer turismo y visitar las galerías que hoy no pudimos ver. Podemos volver a la galería de Chicago también. Es mi tercera vez en la ciudad, pero siempre vengo por trabajo. Me quedan muchos lugares por conocer y tengo ganas.

Mientras elegía un reloj en el segundo cajón y se lo colocaba, elevó el tono de su voz, intentando sonar animado.

—Te pedí que vinieras conmigo y ahora, estando aquí, te dejo solo. Perdona.

Negué la cabeza firmemente hacia su espalda mientras se ponía la chaqueta.

—Estoy bien. Concéntrese en la exposición.

Él, ya completamente listo, se volvió hacia mí con una sonrisa tranquila. Luego caminó despacio hacia mí. Su aspecto perfecto me obligó sin querer a contener la respiración.

Tomó mis mejillas con ambas manos y me levantó ligeramente la cabeza para que lo mirara.

—Eres tan comprensivo y maduro, no podría pedir más… pero aun así, ¿por qué me dan tantas ganas de ver a un Seo Yeehyeon caprichoso?

—……

—Uno que diga que no quiere que vaya a ninguna fiesta y que quiere quedarse conmigo. Uno que hubiera preferido que este viaje fuera solo nuestro. Uno que se me pegara y no quisiera separarse.

Sus deseos siempre eran así de concretos, y la seriedad de su rostro al bromear era tan exagerada que no podía evitar reírme. Él también sonrió por lo bajo siguiendo mi gesto.

—Aunque claro… si fueras así de caprichoso, ya no serías tú.

Atrapé sus manos entre las mías y froté la mejilla contra su palma impregnada de perfume.

—Si realmente fuese así… cambiaría de opinión.

Él me observó un instante, con una sonrisa indescifrable, y murmuró como para sí:

—…¿De verdad?

Lo miré, viendo esa pizca de amargura de quien cree que solo él lucha contra emociones irracionales y deseos infantiles. Y con un leve reproche, apoyé la frente en su duro abdomen.

—Si empiezo a pensar así, también será más difícil separarme… Por eso me contengo.

El cosquilleo que me produjo la caricia de su mano en mi nuca me recorrió el vientre. Estuve a punto de confesar lo mucho que esperaba nuestro viaje a Boston, solos por fin, cuando solté mi labio inferior y alcé la vista.

—Solo recuerda esto: incluso un Seo Yeehyeon que no se contiene, siempre será bienvenido para mí.

Se inclinó y rozó mis labios con los suyos, apenas frotándolos antes de separarse. Un suspiro dulce escapó entre nosotros por ese beso breve. Revolviéndome el cabello con una sonrisa, comprobó la hora, tomó unas pocas pertenencias —móvil, tabaco— y salió del vestidor.

—Yo iré directo desde la galería. Pero Yuni volverá al hotel por Shushu. Puedes moverte con ella.

—¿El artista Shushu… no irá al after party?

Mi pregunta lo hizo detenerse justo cuando lo seguía hacia la entrada.

—Bueno… lo oficial llega hasta la fiesta de la galería. El after party es más bien una reunión privada, a la que invité solo a unas pocas personas. Shushu no tiene obligación de venir.

En cambio yo, aunque estaba dispensado de asistir a la fiesta de la galería, sí debía ir al encuentro más reducido después. Él iba a darme la oportunidad de exponer mi obra en el extranjero y quería presentarme a ciertas personas, así que no podía rechazar eso.

Al final del corto pasillo, frente al hall de entrada, soltó mi mano y me rodeó la cintura.

—Cuando vengas al after, seguro que te pondrás nervioso otra vez y no comerás casi nada. Así que pide servicio a la habitación y cena antes de venir. Si vuelves a saltarte la comida, te voy a hacer preparar todo como aquella vez.

Recordé Hong Kong, cuando me hizo preparar comida oriental y occidental porque me había saltado la cena, y toqué el pecho de su chaqueta mientras me reía en silencio.

—Choi Inwoo también dijo que era importante no saltarse comidas. Y en la fiesta quizás tengas que beber un poco. Ah, y no te olvides de las pastillas.

El diagnóstico que me dio Inwoo hyung fue, como esperaba, una gastritis leve. Probablemente por estrés; no era grave, pero advirtió que debía evitar que se volviera crónica. También me recomendó algunas vitaminas, que tomaba junto con el medicamento.

Por pura dedicación, él mismo me preparaba un pastillero semanal con compartimentos para los medicamentos y suplementos que tenía que tomar cada día.

—Ya sabe que esas cosas no me dan problemas. El artista Shushu lo debe estar esperando.

Al empujarlo suavemente por el pecho para apresurarlo, puso una expresión exageradamente dolida, encogiéndose de hombros.

—Antes me rogabas que no me fuera con Shushu.

Me sonrojé al recordar aquella escena vergonzosa, lo empujé hacia fuera del apartamento y cerré un poco la puerta. Antes de desaparecer completamente hacia el ascensor privado, vestido impecablemente, me miró entre la rendija con una expresión seria.

—Nos vemos luego. Y no te arregles demasiado.

Negué con la cabeza mientras pensaba: Debería verse al espejo antes de decir algo así, señor director.

■ ■ ■

El sedán de lujo que él había solicitado al hotel arrancó hacia el norte, rumbo a Old Town, el barrio acomodado de Chicago.

Por la influencia del lago Michigan, una neblina blanquecina envolvía los rascacielos, y no se distinguía qué había al final de aquella recta perfecta. El coche avanzaba sin ruido ni vibración, deslizándose con suavidad por la carretera, como si me dejara arrastrar voluntariamente a un relato lleno de aventuras de final incierto.

El paisaje sombrío, que recordaba a una ciudad futura deshumanizada y decadente o a la Gotham de Batman, me hizo frotarme los brazos en silencio y apartar la mirada de la ventanilla.

Yuni noona, que se había cambiado para el after party a un estilo más llamativo y libre, retocaba a toda prisa su maquillaje en el asiento trasero.

—Hoy el director estaba súuuper motivado. ¿Te lo puedes creer? Hasta dijo que mañana va a hacer la entrevista. Siempre ha dicho que los protagonistas son los artistas y que no quiere ponerse al frente…”

Mientras se intensificaba las sombras de los ojos, ella añadió. Aunque parecía que se maquillaba sin cuidado, ese toque le quedaba bien a la noona.

—Bueno, sí… si el director sale en la entrevista y en las fotos, sirve como promoción. No sabemos cuándo volveremos a hacer una exposición en Chicago, así que no es mala idea hacerse un nombre, ¿no?

Le sonreí cuando cerró el estuche de las sombras y me miró.

A diferencia de lo que suponía la noona, tan despreocupada, a mí me daba la impresión de que él aceptó la entrevista considerando ya de antemano la apertura de la sucursal de Nueva York. ¿Será que aún no le dijo nada a Yuni noona?

—En fin, el opening de hoy estuvo fuertísimo. Para ser sincera, esta galería no es que sea súper poderosa. Pero la lista de invitados… wow, yo estaba en shock y repartiendo tarjetas como loca.

El rostro y la voz de la noona, que se volvió completamente hacia mí, aún vibraban con el entusiasmo del evento. Me recordó a Hong Kong, cuando iba saludando a todo el mundo para ver si algún sitio reconocía su talento y la reclutaba. Fuera como estudios o trabajo, era evidente que deseaba tener experiencias en el extranjero.

—¿Qué pasa, Seo Yeehyeon? ¿Sigues nervioso? Estás calladísimo.

Se tomó el café que tenía en el portavasos del reposabrazos y me pinchó la mejilla.

—No estoy acostumbrado a estas fiestas… Y también me preocupa el inglés…

Cuando se decidió el viaje a Chicago, la noona, el hyung y yo tomábamos dos clases de inglés por semana con un profesor. También estudié por mi cuenta, y él me enseñaba un poco por las noches. Aunque la mayoría de esas “clases” con él terminaban en palabras o frases picantes y, finalmente, en besos y caricias que parecían una cita más.

De cualquier modo, fueron solo tres semanas. No era tiempo suficiente para ganar seguridad con el inglés y superar mi aversión a los ambientes sociales.

—Haces drama de nada. El profesor te elogió un montón. Dijo que en unos meses ibas a adelantar a Kwon Juhan, y ahora ese idiota está estudiando como loco por tu culpa.

Dijo que presumió de que volamos en primera clase y nos hospedamos en un hotel cinco estrellas, y Juhan lloró diciendo que esto no era un viaje de negocios sino turismo de lujo, y que si lo hubiera sabido, habría ido como fuera. Riéndose, golpeó el cojín del reposabrazos.

Aunque decía que quería molestar a Juhan enviándole fotos del after party, en realidad parecía más que deseaba compartir el momento con él. Por más que se peleaban cuando estaban juntos, separarse les resultaba un poco vacío. A veces envidiaba esa amistad entre ellos.

Nunca tuve un “mejor amigo” como se suele decir, ni en primaria ni en secundaria. Morae y el hyung eran amigos valiosos, y nunca actuaban como pareja frente a mí, pero la conexión entre ellos era tan firme y evidente que, aunque no se tomaran de la mano en público, se sentía como una corriente palpable. Era difícil que nosotros tres formáramos un triángulo amistoso completamente equilibrado. Y entre Yuni noona y Juhan hyung, que parecían gemelos o doppelgängers, yo era diferente.

Siguiendo ese hilo de pensamientos, me di cuenta de algo sorprendente:

yo lo tenía a él.

El vínculo que nos unía no era solo una pasión ardiente o la emoción romántica del enamoramiento. Él era quien más historias, emociones y pensamientos lograba sacar de mí, que era como un bloque endurecido de concreto, y quien los aceptaba sin distorsiones, quien los comprendía. Para mí, él significaba más que simplemente un amante.

De repente lo extrañé. El sentimiento fue tan claro y concreto que, como si él pudiera notarlo desde donde estaba, mis mejillas se calentaron en la penumbra del coche.

El coche se detuvo frente a una mansión de tres pisos, a solo una cuadra de la “Original Playboy Mansion” donde vivió Hugh Hefner.

Como para indicar que dentro había una fiesta, la entrada de la imponente y pesada construcción de ladrillo estaba decorada con luces llamativas.

—Guau, estas luces deben quedar increíbles en las fotos. Yeehyeon, tómame una foto.

Mientras observaba las luces que recordaban a las luminarias navideñas y sacaba su teléfono del pequeño clutch, la expresión de la noona se ensombreció.

—Ah, la batería… Y el power bank también está muerto. Yeehyeon, toma las fotos con tu teléfono. Estoy subiendo todo en vivo a mis redes sobre este viaje a Chicago. También subí fotos de tu obra expuesta en la galería y mira, ya tienen más de cien comenta— oh… Se apagó.

Nos echamos a reír al ver su teléfono muerto.

Por suerte, el mío sí estaba cargado, después de estar conectando en el hotel durante toda la tarde. Mientras desbloqueaba la pantalla para tomarle una foto a la noona bajo el arco de la entrada, ella deshizo la pose y se acercó curiosa.

—¿Qué, qué?

Sus ojos entrecerrados tenían un brillo malévolo.

—¿Desde cuándo el dulce Yeehyeon pone bloqueo de pantalla? ¿Qué clase de niño te has vuelto?

—No… no es eso… Es que tengo miedo de perderlo durante el viaje… Como estoy en roaming, si alguien lo encuentra y hace una llamada sería un lío…”

—Qué exagerado eres. A esta edad es normal tener secretos. Totalmente saludable.

Aunque decía eso, su sonrisa traviesa seguía ahí, como si estuviera segura de que había otra razón para el bloqueo. Pero no insistió.

Tras unas cuantas fotos, la noona tocó el timbre. Un empleado de expresión amable nos abrió la puerta. La mansión por dentro era como un laberinto. Pasamos por varios cuartos y pequeñas salas de estar siguiendo un pasillo largo, mientras el ruido y la música de la fiesta se iban acercando.

Él estaba al final del pasillo, esperándonos. Sin chaqueta, con las mangas de la camisa arremangadas hasta los codos y el cabello, antes bien peinado, cayéndole un poco sobre la frente. Parecía de muy buen humor.

Tenía una resistencia increíble al alcohol; nunca lo había visto borracho. Tal vez no lo estuviera ahora, pero parte de su entusiasmo parecía venir de los tragos. Era extraño verlo así, y lo observé de reojo cuando pasó su brazo por mis hombros.

En las escaleras que bajaban al salón, mucho más amplio que la sala que habíamos visto antes, él me susurró al oído con los labios casi rozándome:

—Te dije que no vinieras tan bonito…”

Aunque decía eso, el conjunto que llevaba puesto lo había elegido él mismo para esta reunión. Dijo que, como venía como artista invitado, no hacía falta ir demasiado formal, así que me preparó un traje de corte casual con una camiseta marinera azul y blanca.

—¿Hmm? ¿Y esto? Si me haces preguntas así, más sospechas vas a levantar.

Apoyando su frente contra mi sien, jaló juguetonamente el pequeño pañuelo que llevaba atado al cuello. Como algunas personas estaban mirando de este lado, sentí cómo se me secaba la garganta.

La verdad era que todavía tenía marcas suyas por el cuello. Desde aquella noche, después de que Inwoo hyung se fuera, él había adquirido la costumbre de dejar señales, sobre todo en el pecho y el cuello.

No eran marcas en sitios demasiado visibles como el centro del cuello, pero justo hoy eligió para mí una camiseta de cuello barco, y las marcas rojas sobre la clavícula se veían, así que no tenía alternativa.

—Perdón, perdón. Todo es culpa mía. Me pasé de listo.

Tal vez pensó que lo estaba mirando con reproche, porque me apretó más fuerte por los hombros mientras se disculpaba. Aunque seguía diciendo “lo siento”, se le notaba contento. La noona miró hacia atrás, pero como él estaba tan distinto a lo usual, supuso que la cercanía física era solo efecto del alcohol.

En el salón, amplio como para organizar un banquete pequeño, la gente estaba muy arreglada como él, pero sin corbatas, con las mangas arremangadas y un aire relajado y liviano. Una mujer con un impresionante vestido de seda había dejado sus tacones tirados y conversaba descalza con gesto alegre.

Parecía que todos se conocían o al menos sabían de la existencia unos de otros. No tenía el ambiente de una fiesta de negocios formal.

Él primero nos presentó a los dueños de la mansión, quienes cedían el lugar para el evento.

Jane Song, una coreano-estadounidense de Nueva York, y Connor Drake, de Orland Park cerca de Chicago, eran una pareja que había estudiado con sus padres en Londres. Tenían un negocio de moda en Chicago y eran también ávidos coleccionistas de obras de artistas prometedores.

—Les pedí ayuda para buscar un sitio donde hacer una pequeña reunión en Chicago y me dijeron: ‘¿por qué buscar? Tenemos casa’. Y nos la dieron sin dudarlo. Ah, Yuni, tú ya los saludaste en la galería.

Tras una breve presentación entre ellos, él me presentó como el nuevo artista de Phantom, en quien tenía grandes expectativas.

—A Connor y a mí nos encanta comprar buenas obras de artistas no tan conocidos. Las de artistas famosos son demasiado absurdas de caras.

Jane lo dijo con un tono casi dolido, pero era evidente que no se trataba de un problema económico.

—En la galería vimos tu desnudo, Yeehyeon, y les dijimos a Awi inmediatamente que queríamos comprarlo, pero nos rechazó. Que aún no está en venta. Qué malvado, presumirlo así en nuestras narices.

Mientras Jane lo regañaba medio en broma, Connor muy amablemente trajo cócteles del bar para la noona y para mí.

—Awi, hay alguien que quiero presentarte. Lo invité a propósito. ¿Está bien?

—Por supuesto. Si tú lo recomiendas, tengo que conocerlo aunque sea en otro momento.

Respondió con buena disposición, pero la mirada con la que llevó el vaso a los labios parecía sumida por un instante en pensamientos ajenos. Ya no era el mismo que reía ruidosamente hacía un rato.

—No es alguien que viva en Chicago, pero esta vez coincidieron bien los tiempos. Creo que sería bueno que se conocieran. Me avisó hace nada que estaba llegando. Ah, ahí viene.

Siguiendo la mano de Jane, giré la cabeza.

Por un instante, pensé que era Juhan hyung.

El cabello rapado, áspero al tacto seguro; la complexión extremadamente delgada que lo hacía ver afilado; la altura descomunal y las extremidades largas; y todo el cuerpo vestido de negro.

—Oh Dios mío. ¡No puede ser! ¡Es R.R.!”

La noona, que parecía reconocerlo, apartó el cóctel precipitadamente y me pinchó el costado con fuerza. Ella estaba emocionada, pero él seguía con la misma calma indiferente, mirando sin expresión al hombre que se acercaba.

—Jane, Connor, gracias por invitarme.

El hombre se acercó con una sonrisa abierta. Parecía tener confianza reciente con ellos, porque se saludaron de forma cercana y sencilla.

De cerca, su aire era mucho más serio que el del hyung Juhan. En realidad, ya no se parecían. Parecía más adulto, más estable, probablemente unos tres o cuatro años mayor. Y además, claramente era extranjero.

—Les presento a Reed Rogers, líder de la fundación que apoyamos. Y este es Liu Weikun, que dirige una galería en Seúl.

Él inclinó la cabeza y le ofreció la mano primero. El hombre respondió al saludo.

—En realidad, hoy fui al VIP opening. Disfruté la exposición.

—¿Ah, sí?

Jane frunció el ceño un poco juguetona y le dio unas palmadas en el hombro.

—No estaba invitado, pero un staff de otra galería que conozco dijo que le quedaba un cupo de acompañante y me preguntó si quería ir. Saben que estoy holgazaneando por Chicago estos días.

Aun escuchando la historia, él no mostraba interés en el hombre. Más bien parecía que su mente estaba en otra parte.

—¿Y qué tipo de… fundación es?

La pregunta sonó más a cortesía mínima, por consideración a los dueños de casa que habían querido presentarlos, que a genuino interés. También fue extraño que, sabiendo que el hombre había estado en la exposición, no le preguntara su opinión sobre la obra de Shushu.

—Es una especie de comunidad artística. Seleccionamos artistas novatos con talento que están en situaciones económicas o ambientales difíciles, y los apoyamos para que puedan vivir y trabajar. Yo gestiono la operación general.

—Hm.

Pese a la falta de entusiasmo, el hombre siguió explicando con sinceridad.

—No es exactamente un grupo con un propósito común; es muy individual, en realidad… pero como la gente tiene sensibilidades parecidas, lo llamamos comunidad.

Mientras más explicaba, más borrosa se volvía la imagen de la fundación, pero él no preguntó nada más. Jane sonrió y le dio unos golpecitos en el hombro a Reed.

—Reed también era pintor. Ganó un premio especial en la Bienal de Venecia cuando era muy joven.

—Sí, ese premio fue lo que arruinó mi relación con la pintura.

El hombre habló con un gesto y un tono que parecían reprochar aquel logro.

—Ya no pinto. Me harté del sistema donde las galerías fabrican estrellas con astutas estrategias para sacarles todo y luego abandonarlas cuando empieza a desinflarse el mercado. Y yo tampoco tenía tanto talento como parecía; más bien fui una estrella efímera inflada por ese sistema.

Lo que decía era duro, pero su forma de hablar no lo hacía sonar amargado. Gracias a lo que él mismo me había contado antes sobre cómo funciona el “mercado del arte mundial”, pude entender bastante bien sus palabras.

—Por eso ahora me dedico a ayudar a artistas novatos. Y escribo novelas. Este año publiqué un libro de cuentos.

—Lo leí a comienzos de año. Me encantó.

La voz exaltada de la noona hizo girar todas las miradas hacia ella.

El hombre, sonriente, se señaló a sí mismo y a ella con el dedo.

—Tú eres Yuni, ¿verdad? Nos seguimos mutuamente, ¿no es así?

No era que solo mi noona lo conociera unilateralmente. El hombre, como si se reencontrara con una vieja amiga, saludó a mi noona con un apretón de manos. En un instante, la conversación se volcó hacia ellos dos.

Alguien empezó a tocar el piano de cola colocado bajo el techo de vidrio, frente a la gran puerta plegable que daba al patio trasero, y la atención de la gente se concentró en la música.

—También vi tus publicaciones en tiempo real sobre la exposición de hoy. ¿La exposición estuvo dirigida por ti?

—No. Esta exposición la organizó la galería de aquí; yo solo era la encargada por parte de los nuestros.

—Impresionante el tamaño de la fiesta.

—La organizaba la galería de aquí, pero por alguna razón, nuestro director decidió poner toda la carne en el asador esta vez.

Mientras Jane, Connor y los adultos de al lado —incluido él— disfrutaban del jazz al piano y respondían con entusiasmo, mi noona y el hombre llamado Reed Rogers siguieron conversando.

Mi noona, disculpándose por presentarnos tan tarde, nos hizo estrechar manos. Él parecía divertirse intentando pronunciar “Yeehyeon”. Comentó que “Yuni” era un nombre cómodo y bonito para usar a nivel internacional, pero que “Yeehyeon”, al pronunciarse, generaba una resistencia en los órganos fonadores que le daba un aire exótico. Mi noona acabó recibiendo una ligera queja por eso.

—Mi nombre es el peor. Cualquiera puede pronunciarlo, sea del idioma que sea, y precisamente por eso no se le queda a nadie en la memoria.

Él frunció la frente mostrando una expresión inconforme. Esas arrugas marcadas, de tres o cuatro líneas, parecían ser un gesto habitual suyo. No eran arrugas que lo hicieran parecer viejo.

Él aceptó de buen grado la propuesta de mi noona de sentarnos los tres en la barra a charlar tranquilamente. El resto de invitados estaba completamente entregado a la versión jazz del famoso éxito de Michael Jackson. No entendía mucho, pero no parecía un pianista mediocre.

Antes de levantarnos, toqué suavemente su hombro con el dedo índice mientras conversaba con alguien cerca.

Cuando le dije que estaría con mi noona en la barra, sonrió y me acarició la mejilla. La mirada con la que me observó estaba tan llena de afecto que incluso yo era consciente de ello. Él parecía no darse cuenta, pero solo por sentarme cerca de él y conversar con tanta familiaridad, algunas personas mostraban una curiosidad velada… o incluso una hostilidad descarada. A diferencia de él, yo no estaba acostumbrado a recibir miradas. Fingiendo no verlas, las miradas furtivas de algunos me incomodaban, así que, sonriendo con torpeza, tomé su mano y la bajé con discreción antes de apartarme.

En un lado del salón, dentro del amplio bar en forma de S con un papel mural de diseño audaz como fondo, dos bartenders impecablemente uniformados preparaban cócteles o servían bebidas según los pedidos.

Ocupamos asiento juntos en la parte más curvada de la S; entonces Reed Rogers propuso un brindis y me pidió que lo llamara Reed.

Reed, inclinándose hacia adelante sobre la barra, me dijo que había visto mis cuadros esa tarde en la sala de exposiciones del primer piso de la galería y me observó con atención. Sus cejas finas, como afeitadas a propósito con una cuchilla, se movieron ligeramente. Y, ahora que lo pensaba, Reed no tenía ningún piercing.

—Si soy sincero, en tus obras no sentí la maestría de un artesano o el peso profundo del tiempo… pero la audacia de dejar espacios vacíos y omitir el fondo, la forma en que lograste expresar la fugacidad y la melancolía del atardecer usando tonalidades frías de azul… Por esa personalidad y esa sensibilidad, jamás habría imaginado que fueran obras de alguien tan joven.

Separado de mí por mi noona, Reed se recostó un poco en su asiento, entornó los ojos y negó con la cabeza.

—Aunque… depende de cómo se mire, quizá sí era lo esperado. Tus obras tienen, ¿cómo decirlo? Por un lado, una nostalgia tierna, como la de un anciano en el ocaso de su vida mirando atrás… Y por otro lado, también parecen el dolor agudo y sensible de un muchacho que aún atraviesa de lleno la etapa de crecimiento.

—Ah… mmm…

Después de una apreciación tan específica y apasionada, sentí que debía darle algún tipo de respuesta. Pero no estaba seguro de que asentir diciendo que tenía razón, o simplemente agradecer, fuese apropiado. Mientras jugueteaba con el fino tallo de mi copa, mi noona intervino por mí.

—Es su primera exposición. Por eso se pone así cuando le hablan de lo que sienten al ver sus obras.

Los tres seguimos conversando sobre distintos temas. Se sentía como una charla ligera entre buenos amigos. A diferencia de la impresión afilada que había dado al principio, Reed no era una persona difícil con quien tratar. Él y mi noona, en apenas dos o tres minutos, ya parecían conocerse desde hacía años.

Mientras nos reíamos con la forma divertida en que Reed contaba la anécdota de un prestigioso director de museo —tan confiado (o excesivamente confiado) en su criterio estético—, que en una bienal confundió el cubo de basura que un artista famoso había convertido en obra con un cubo de basura real y pasó de largo, sentí que alguien posaba ambas manos sobre mis hombros, presionando con suavidad.

—Me alegra ver que lo están pasando bien.

Al mirar hacia arriba, él estaba sonriendo.

En algún momento, la interpretación al piano había terminado y en la sala sonaba música con un ritmo más rápido que al llegar. La iluminación se había oscurecido como en un club, y el volumen de la música había subido. La gente vitoreaba y se animaba más y más.

—Siento interrumpirlos, pero… hay alguien a quien quiero presentarlos. ¿Puedo robarlos un momento?

Tras pedir permiso a Reed, nos llevó a mi noona y a mí a la zona más interior del salón, donde había un conjunto de sofás. De los cinco o seis conjuntos de diferentes tamaños repartidos por la sala, aquel era el más pequeño, pero también el más lujoso y acogedor.

A diferencia de quienes se movían al ritmo de la música entre los sofás y las mesas altas redondas, preparadas probablemente para la fiesta, el grupo de seis o siete personas reunido alrededor conversaba tranquilamente.

—Chloe, aquí están los amigos de los que te hablé. Yuni, encargada de Phantom; y… Yeehyeon, artista.

Mientras presentaba, apretaba alternativamente nuestros hombros. Luego tocaba presentarnos a nosotros a la mujer del traje negro.

—Y ella es…

—La conozco.

Tuve que inclinar el cuerpo hacia adelante para ver la cara de mi noona, pues estaba al otro lado de él. Él también estaba sorprendido por la afirmación de mi noona, que ya sabía quién era aquella mujer.

—La directora ejecutiva de la sede neoyorquina de H&W Gallery, la señorita Chloe Kent. Antes de trasladarse a H&W trabajó durante quince años como especialista en subastas de arte moderno en Christie’s Nueva York.

Mi noona parecía una secretaria competente y bien pagada. Incluso con el maquillaje smokey tan marcado y su forma de vestir —que a los “adultos” no suele gustar—, transmitía esa imagen. La mujer, con una sonrisa apenas perceptible, se levantó del sofá y ofreció la mano a mi noona.

—No sabía que había una galerista joven tan interesada en mí. Me pones nerviosa… ¿no habré estado viviendo como una delincuente sin darme cuenta?

Ante la broma, mi noona no pudo sonreír con naturalidad. La observaba con la cara soñadora de un niño que conoce a su ídolo, siguiendo cada una de sus reacciones.

—Yo tampoco sabía que era para tanto. Probablemente la trayectoria de casi todos los presentes en esta sala la tengas tú memorizada. Tiene una comprensión del arte y un sentido estético excelentes, y además… ambición.

—Ni yo sabía que era tanto. De hecho, creo que la mayoría de las carreras de quienes están en este salón caben en la palma de la mano de Yuni. Tiene un entendimiento del arte y un sentido estético excelentes, además de ser una trabajadora incansable, y… también tiene ambición.

Puso un énfasis especial en la última palabra, como si la ambición fuera el rasgo más atractivo de mi noona. Él, que había sido reacio a que ella estudiara en el extranjero o se fuera a una galería del exterior, ahora la elogiaba sin reservas frente a una figura tan importante. Mi noona, sorprendida, movió las cejas; luego, disimuladamente, le levantó el pulgar a escondidas de los demás.

Chloe Kent, que tenía un currículum tan brillante como para ser la directora principal de la sucursal de Nueva York de una galería global con siete sedes alrededor del mundo, nos guio naturalmente hacia la mesa alta vacía al lado del sofá. Un camarero que rondaba por el salón se apresuró a retirar las copas vacías que alguien había dejado y nos trajo nuevas bebidas según lo que pedimos.

—Este es Seo Yeehyeon, aún es un novato sin debut formal. A través de la exhibición de Shushu pudo presentar algunas obras, pero solo es una muestra preliminar, una especie de prueba no oficial. Planeo apoyarlo sin reservas para que su debut deje una impresión fuerte en el mundo del arte.

Chloe Kent sonrió ligeramente mientras acercaba la copa de champán a los labios, como si entendiera muy bien lo que él quería decir.

Dejó la copa sobre la mesa y habló:

—Para un artista que no es ya reconocido ni consagrado, debutar en la H&W de Nueva York… no podría haber entrada más perfecta.

—Pienso lo mismo —respondió él.

La sonrisa de ella se intensificó aún más.

Mi noona, de pie al lado de Kent, y yo, al lado de él, cruzamos miradas en diagonal. Sus ojos me decían que también estaba confundida por lo que significaba esa conversación. Y, aun así… ¿un debut en una galería famosa de Nueva York? Igual que ella, yo tampoco había oído nada.

—Entonces… que el señor Liu esté dispuesto a facilitar que las obras de Pettibone de su colección se exhiban en H&W es, en esencia, una propuesta de ese tipo, ¿cierto?

La mirada de mi noona, que iba y venía entre él y Kent, volvió a caer sobre mí. Nuestras miradas quedaron suspendidas en el aire, tensas.

Él estaba negociando mi debut como condición. Al menos… eso parecía.

—Yo solo tengo tres obras, pero mi padre es fanático de Pettibone desde hace años y posee más de treinta piezas importantes. Tengo entendido que H&W también posee muchas de sus obras representativas, pero… si revisa la lista de la colección de mi padre, estoy seguro de que le resultará interesante. Sería la exposición más grande del mundo dedicada a Pettibone.

Terminó de hablar con una sonrisa encantadora, levantando su copa para proponer un brindis. Era la actitud de alguien seguro de que esa propuesta no podría ser rechazada. Kent también parecía recibir con agrado la confianza del joven galerista.

Mi noona y yo brindamos, aunque la expresión de ella —ni sonrisa ni fruncido de ceño, algo extraño en medio— me hizo pensar que teníamos la misma idea:

Que él usara la colección de su padre como carta para cerrar un trato era… desconcertante.

—Desde mi posición, es una oferta tentadora, pero… ¿es posible que alguien que posee más de treinta obras de Pettibone no sea conocido en el mundo del arte?

—Las compró mayormente de forma anónima. Hasta hace poco formaba parte del equipo directivo de una galería de cierto tamaño, así que obtener información sobre las obras que le interesaban era sencillo. Y en las subastas participaba a través de representantes o por teléfono. Además, es alguien que valora la colección en sí, no presume la posesión, así que todo se llevó en silencio.

—Hmm. Si alguien posee más de treinta obras de Pettibone, dudo que esa sea toda su colección. Un coleccionista de ese nivel… debería ser alguien que conozco. ¿Puedo preguntar qué galería dirigió antes?

Mi noona lo miró. Parecía más pendiente de si él respondería que del contenido de la respuesta. Casi como si esperara —o deseara— que no respondiera.

—Fundó The Face, una galería en Hong Kong, y ahora es consejero honorario.

Respondió sin titubear.

Al ver la reacción rígida y temblorosa de mi noona… comprendí que no era solo que él no nos hubiera dicho que Sukie Kim era su madre.

La historia sobre su padre también era nueva para mí.

La galería The Face.

Si mi memoria no fallaba, la fiesta en la mansión de Hong Kong a la que asistimos estaba organizada por esa galería. Y era también donde él y la directora se habían conocido y trabajado juntos por primera vez. No sabía si aquellos colegas suyos que vimos en la fiesta sabían que él era hijo del fundador, pero no recordaba que se insinuara nada de eso.

El ceño de Kent se frunció. Con la expresión de alguien que escucha algo difícil de creer, ladeó la cabeza y preguntó:

—¿Mr. Nick Liu?

Él asintió.

—Christie’s Hong Kong también compró varias piezas de The Face Gallery.

—Nunca escuché que el hijo se hubiera metido en el mismo rubro.

—A mi lado, el brillo es pequeño comparado con el de mis padres.

Aunque decía eso, su sonrisa decía exactamente lo contrario. Kent también entendió la broma y rió.

—Lo entiendo. Es como recoger un billete de un dólar en la calle y que igual digan que es gracias a tus padres. Si hablamos de Sukie Kim y Nick Liu… son tan famosos en el mundo del arte que son como el Picasso y el Kahnweiler de Oriente. Ah, ¿es irrespetuoso que me refiera así a sus padres?

Él negó con la cabeza con una sonrisa.

—No veo por qué tomarlo mal, lo dice en buen sentido.

—Yo soy una gran fan de Sukie Kim. No tuve la suerte de conseguir siquiera una obra suya, pero igual la admiro muchísimo.

Los labios de mi noona se entreabrieron como queriendo decir algo, pero se cerraron de inmediato. Apretó con fuerza la copa de cóctel verde y bajó la mirada. Ni siquiera conocer a Chloe Kent parecía emocionarla ya.

Por la luz tenue y la concentración en la conversación, era difícil saber si él realmente no notaba la reacción incómoda de mi noona, o si lo estaba ignorando deliberadamente.

Él apoyó la mano con fuerza en mi hombro y se inclinó un poco hacia Kent.

—En realidad, planeo abrir una sucursal de mi galería en Nueva York, comenzando con la exposición del artista Seo Yeehyeon. Y, claro, quiero una relación de cooperación con H&W, que tiene una gran influencia en el mundo del arte neoyorquino.

—Director.

Mi noona lo llamó de repente en coreano y se sorprendió a sí misma al hacerlo. Kent la miró para asegurarse de que estuviera bien. Mi noona recuperó la compostura y mostró una sonrisa torpe. En ese instante quedó claro que tampoco a ella le había mencionado nada sobre la sucursal en Nueva York.

—Ah… disculpe. Creo que debo llamar a otro empleado que quedó en Seúl. Si no es mucha molestia… ¿puedo ausentarme un momento?

Pidió permiso y se alejó a prisa. Él la tomó por el hombro para preguntarle qué pasaba, pero mi noona solo echó una mirada a Kent, dijo que probablemente había bebido demasiado desde la fiesta anterior y le pidió que la cubriera.

Mi noona atravesó el salón entre la gente que conversaba y bailaba. Yo dudaba entre seguirla o no, qué podría decir en caso de hacerlo, o si sería mejor dejar que él se ocupara. Mientras dudaba, ella salió del salón y dobló por el pasillo, desapareciendo de la vista.

—Definitivamente es una historia que despierta interés más allá de una exposición ocasional. Habrá muchos que quieran involucrarse.

Dicho eso, Kent le presentó en ese mismo momento a tres o cuatro personas más. Alrededor de dos mesas altas pronto se aglomeraron personas que, tanto en lo personal como en lo empresarial, mostraban interés en la galería que el fundador de The Face Gallery y el hijo de Suki Kim pensaban abrir en Nueva York.

Entre los que rodeaban la mesa, algunos comentaron brevemente sus impresiones sobre mis obras, que habían visto hoy en la galería. Otros querían saber sobre los demás artistas representados en su galería. Y otros más trataban de congraciarse con él, mostrando un interés sutil hacia sus padres y hacia él mismo, con la clara intención de entablar relaciones.

No era un ambiente rígido, pero tampoco un lugar donde yo pudiera sentirme cómodo. Él guiaba la atmósfera con una actitud agradable, sin llamar demasiado la atención pero manejando la situación con soltura. Aun así, no podía asegurar que realmente estuviera disfrutando de ese lugar.

Decía que detestaba tanto los celos hacia quienes debían todo a sus padres como las adulaciones. Que no estaba dispuesto a convertirse en el blanco de aquellos que disfrutan evaluando las vidas ajenas, murmurando que todo era parte del ridículo espectáculo de un “príncipe” que anhelaba incluso el título de hecho a sí mismo.

Sus historias sobre querer ser simplemente él mismo, más allá de su origen y su entorno… La cautelosa comprensión y conexión que habíamos compartido aquella noche… Y ahora, la imagen que estaba mostrando aquí… No era solo mi noona quien estaba confundida.

Debe de tener una razón. No estoy aquí para juzgarlo.

Nunca pensé que aprovechar la ayuda de su familia fuera algo inmoral. Tampoco sería un motivo para que me desagradara. Quizá aquello no era sino un plan alternativo, un recurso inevitable para alcanzar un objetivo mayor, el siguiente escalón.

Solo… si su forma de pensar había cambiado, quería saber por qué. Quería comprenderlo.

A pesar del impulso de irme a buscar a mi noona, me contuve. Entregué mi copa vacía al camarero y agradecí, con una sonrisa, a la mujer a mi lado por entregarme un nuevo cóctel. Era editora de una revista de arte de Chicago y dijo que pensaba incluir un artículo sobre la exposición de Shushu en el próximo número.

Justo en ese momento, alguien agarró a la mujer del hombro y la atrajo hacia afuera, saludando ruidosamente con una voz alta. Aunque se conocían, ella no parecía muy complacida.

El hombre que se coló entre el espacio que dejó el cuerpo de ella al girarse a medias vestía, a diferencia de casi todos en el salón, un atuendo colorido y llamativo, extravagante, con colores primarios.

Chupaba el cóctel —que parecía a punto de derramarse por sus movimientos descuidados— mientras miraba de forma ladeada hacia él, en diagonal entre la mujer y yo.

—Oí que aquí se está filtrando una jugosa oportunidad de inversión. Me llega un fuerte olor a dinero.

Con su cabello casi platino, finísimo, peinado hacia atrás con esmero, aquel hombre parecía ligeramente agresivo, quizá por su atuendo o por la forma tambaleante de su cuerpo debido a la embriaguez.

—El señor Liu, anfitrión de esta fiesta, dijo que planea abrir una sede en Nueva York, así que todos estaban hablando de ello.

La mayoría de los presentes parecían conocer de vista al hombre rubio.

—Ah, si se trata de eso, a mí también me interesa mucho…”

—Pero probablemente la inversión no será necesaria. En cuestión de fondos, él no parece necesitar ayuda.

Ante la explicación de alguien, el hombre se rascó la mejilla y lanzó una mirada evaluadora hacia él.

—Qué pena. Creo que pasarán cosas interesantes en tu galería…”

El distinguido curador jefe del museo de Chicago —el del gran bigote bien cuidado y gafas de aire académico— tomó la iniciativa y presentó al hombre rubio. Decía que había venido desde Miami para asistir a la apertura VIP de hoy por invitación de esta galería, anfitriona de la exposición de Shushu. Era hijo de un coleccionista famoso que, en su tiempo, había comprado en 20.000 dólares la obra de un pintor célebre cuando éste era desconocido, vendiéndola diez años después con una ganancia de diez millones. Y ahora él mismo era un reconocido coleccionista del sur de Estados Unidos.

—Coleccionista, dice… Suena más a especulador.

Él me susurró eso al oído, en coreano, casi rozando mis labios mi oreja. Con la sonrisa que tenía, nadie podría adivinar lo que decía. Y aunque Yuni o Juhan habrían seguido el juego con naturalidad, a mí me tembló el pecho y miré al hombre de reojo.

Nuestros ojos se encontraron. El hombre levantó su copa, llena de un cóctel tan vistoso como su cabello, y sonrió. Yo ni siquiera pude forzar una sonrisa y aparté la mirada.

Desde que el hombre rubio llegó, el ambiente empezó a girar alrededor de él. Mientras todos bebían lo suficiente para animarse, él estaba claramente pasado de copas. Y, al parecer, en cualquier cultura, diez personas sobrias no pueden contra una ebria.

—Les guste o no a los beta, es un hecho que los alfas y los omegas destacan mucho más en el mundo del arte, ¿no creen? Especialmente en las artes plásticas: incluso los alfas no pueden igualar la delicadeza y creatividad de los omegas.

El hombre se jactaba de que su estrategia de inversión incluía revisar de antemano el género y la apariencia de cada artista.

—Entre los omegas, algunos tienen un aura especialmente misteriosa. Yo colecciono sin falta las obras de esos artistas. Es que… tarde o temprano, esos omegas siempre llegan a la cima.

Divirtiéndose solo, entrecerró los ojos y se echó a reír encogiéndose de hombros.

—Ya sea por su talento pictórico o por su encanto como omegas para embelesar a los viejos poderosos del mundo del arte.

—Cada dos palabras dices ‘omega, omega’… Está empezando a ser desagradable.

Quizá incapaz de aguantar más, él lo interrumpió. Aunque su tono era moderado, la firmeza entre palabra y palabra transmitía con claridad su disgusto.

El hombre casi se incorporó de golpe desde la mesa donde estaba medio recostado, y sus ojos brillaron. Como si hubiera estado esperando esa reacción.

—¿Ah, le resultó incómodo? No me malinterprete. No hay intención de menospreciar.

Todos observaban al hombre como espectadores que aguantan una escena desagradable en espera del final del villano en una película. Él mismo era un espectáculo desagradable.

—Al contrario… soy más bien anticuado en este tema. Creo firmemente que los alfas deben juntarse con omegas. El placer en la cama… bueno, eso ni se compara con los beta. Entre nosotros: acostarse con un omega en celo, embriagado por las feromonas… Ah, en esos momentos uno podría entregar hasta la vida. Te lo juro, dan lástima los hombres beta que nacen así.

Los rostros de todos los presentes se tensaron de incomodidad, pero al hombre no pareció importarle en absoluto. Era tan grosero y vulgar que daba la impresión de estar esforzándose en arruinar el ambiente a propósito.

Morae, la directora, el hyung Inwoo, e incluso Awi. Comparados con ellos, todos los alfas que había conocido hasta ahora eran personas de una sensatez admirable.

Aceptar que este hombre desagradable también formaba parte del mundo que yo desconocía —aunque me negara a admitirlo— me produjo un escalofrío, como sentir las escamas de una serpiente arrastrándose sobre la piel desnuda.

Dentro del grupo, el hombre parecía concentrar especialmente su provocación en él, y él no daba señales de querer apartarse para evitar el problema. Inclinó su copa y le lanzó una mirada fría.

Mientras recibía de un camarero el vaso recién servido, el hombre derramó la mitad del contenido en el suelo del salón y sobre las solapas de su llamativa chaqueta. Luego soltó una carcajada exagerada y lamió los dedos mojados de alcohol.

—Como el señor Liu ha mostrado abiertamente que Shushu es un omega dorado y utiliza su hermoso rostro para promocionarlo, pensé que tal vez ustedes y yo nos entendíamos… Ah, excelente estrategia, sin duda. Siendo obra de un omega dorado tan hermoso, no tuve que pensarlo: hoy compré cinco piezas sin dudarlo.

Ante la mención de que había reservado obras de Shushu, los labios y las cejas de él se crisparon.

—Pero… ¿Shushu no era el único?

Apoyando los codos en la mesa, el hombre alargó las últimas palabras y me lanzó una mirada breve.

Esta vez sentí cómo todo su cuerpo se tensaba. Sus ojos, al observar al hombre, ya no mantenían la fría distancia con la que uno mira a un villano de cine ajeno a la realidad. Aun así, el hombre continuó, como alguien que no puede matarse a sí mismo y provoca a otro para que lo haga en su lugar.

—No me interesa la fama pasajera. Si es obra de un omega así… podría incluso reservar todo lo que pinte durante los próximos dos o tres años. Es tan atractivo… aunque solo trazara una línea sobre un lienzo en blanco, ¿qué más da?

—…¡!

La cara del hombre, que se inclinaba insinuante hacia mí, fue atrapada de pronto por una mano grande.

Un golpe seco resonó al impactar la palma contra su mejilla, seguido del estrépito del vaso que cayó al suelo y se hizo añicos.

La gente alrededor dio un salto atrás, sorprendida. Yo también me quedé rígido por lo súbito del momento, tan cerca de mí. Sin apartar la mirada del hombre, él me empujó suavemente por el abdomen hacia atrás, indicándome que me retirara.

Todo ocurrió en un instante.

Golpeó al hombre en el costado derecho y bajo el hombro. Era evidente que había evitado los puntos vitales a propósito, aun así, el hombre cayó al suelo. Ni siquiera había hecho movimientos amplios. Su acción fue tan precisa que cualquiera podría creer que el otro exageraba.

Gritos, jadeos y murmullos se esparcieron. El hombre no sangraba, pero se retorcía en el suelo, abrazándose el abdomen. Ni siquiera podía gritar: sólo dejaba escapar gemidos extraños mientras se hacía un ovillo.

Jane y Connor corrieron enseguida para controlar la situación.

Aun después de derribarlo, él respiraba con violencia, los hombros temblando. No estaba en un estado normal. Su puño, fuertemente cerrado, parecía contener a duras penas el impulso de seguir golpeando.

Me resultaba irreconocible verlo sin control de sí mismo. No me atrevía a acercarme. Él siempre había sido alguien que manejaba estas situaciones con más habilidad, con una mezcla perfecta de lógica y autocontrol.

Dos trabajadores corpulentos, llamados por Connor, llegaron de inmediato y prácticamente escoltaron al hombre fuera del salón. Connor los siguió. Algunas de las personas que habían estado presentes se acercaron a Jane para explicarle. Ella se inclinó, disculpándose en su nombre.

—No, no. La verdad, todos lo soportamos porque gasta mucho dinero, pero nadie aquí culparía al señor Liu. ¿Quién soporta que trate a sus artistas como prostitutas que puede comprar?

Después de escuchar esto, Jane dirigió la mirada hacia él, que seguía de pie respirando de forma agitada, y luego hacia mí, justo detrás.

Ella sugirió, con suavidad, que lo mejor era ir a un cuarto aparte para descansar. Él, que parecía concentrado únicamente en no perder el control, me miró lentamente.

Y sin decir nada, extendió la mano para tomar la mía. No sabía qué decir, así que simplemente apreté sus dedos.

Cuando Connor regresó, Jane le pidió que se encargara de la situación en el salón y nos llevó a ambos a una habitación en el pasillo interior. Una pequeña sala de estar, con un cómodo sofá y una mesa para tomar té.

Él y Jane se sentaron lado a lado en el largo sofá de tres plazas; yo tomé asiento delante, en la silla con reposabrazos, como ella indicó. Aunque él no quería soltarme la mano, Jane lo persuadió diciendo que por ahora era mejor así.

—Están en la misma habitación. A la vista. No pasa nada. Todo está bien.

Le ofreció whisky sin hielo y un cigarrillo. Me preocupaba que beber no fuera prudente en ese estado, pero para cuando terminó la copa y el cigarrillo, sus ojos habían vuelto casi a la normalidad.

Exhaló un largo suspiro, dejando caer los hombros, y negó con la cabeza.

—Lo siento. Armar este escándalo en tu casa, Jane…

—Ya escuché todo. Más imperdonable que armar una pelea en mi casa es que hayan dicho esas porquerías aquí. No te disculpes.

Vertiendo agua caliente de la tetera eléctrica en un vaso, agregó con firmeza:

—Y aunque no hubiera oído nada, sé bien que no habrías hecho eso sin motivo.

Le dio un par de palmadas en la espalda y luego nos miró a ambos con cautela.

—Yeehyeon, tú eres un omega con quien él tiene… relación, ¿cierto?

—…

Aunque lo preguntó con cuidado, lo hizo con seguridad.

Él levantó la vista hacia mí en vez de responder. Era una mirada difícil de descifrar: podía ser un simple mirar sin intención, o un silencioso llamado cargado de emociones.

—¿Fue el instinto de protección hacia un omega con quien estás vinculado lo que te hizo reaccionar así?

De lo contrario, por mucho que aquel tipo hubiera dicho cosas repugnantes, alguien con su nivel de autocontrol no habría recurrido a la violencia. Al menos, eso parecía tenerlo claro Jane.

—¿No es así?

—…

Él seguía sin responder, mirándome fijamente en silencio. Su mirada vacía, como si hubiera perdido toda voluntad, parecía decirme que debía responder yo. Decir si era omega, beta, o qué era exactamente.

En Hong Kong. Después de la primera penetración y el primer nudo, cuando, como alguien fuera de sí, raspaba dentro de mí para sacar el semen mientras se disculpaba una y otra vez… Sus ojos de entonces se superponían a los de ahora. Aquel hombre grande y sólido, por un instante, se sentía infinitamente vulnerable, como un muchacho frágil, con una tristeza tan pura que parecía dejar ver el fondo mismo de su alma.

Pero incluso ese fondo era transparente. No es que no hubiera nada: era tan transparente que no había nada que pudiera verse.

Tras mirarme durante tanto tiempo, casi parecía absurdo que, de pronto, apartara la mirada sin el menor apego. Encogiéndose un poco hacia el respaldo, dejó caer la vista sobre sus propias manos como si observara un objeto extraño. Y soltó una breve risa.

—No. Él es beta.

El desconcierto apareció en el rostro de Jane.

—¿Ah, sí? Creo que cometí un gran error… Es que la reacción que tuviste hace un momento… era tan evidente. Lo siento, señor Yeehyeon. Di por sentado demasiado.

—No, de verdad… no se preocupe.

No era una suposición hecha con mala intención, como la del rubio, así que Jane no tenía por qué disculparse. Igual que yo, sin darme cuenta, trataba a todos como si fueran beta, ella simplemente me juzgó omega guiándose por los estándares de su experiencia. Le aseguré varias veces que estaba bien, y ella sonrió, visiblemente aliviada.

—Pero sí es… alguien muy preciado para mí.

—……

Jane y yo dirigimos la mirada hacia él.

Él siempre me había mostrado afecto sin reservas. Pero era la primera vez que definía mi significado de forma tan clara delante de otra persona.

Fingiendo no notar nuestras miradas, levantó el vaso y apuró el poco whisky que quedaba.

—¿De verdad?

La cara de Jane se iluminó. Era la expresión de alguien emocionado y orgulloso, como si le hubieran presentado a la primera pareja de su hijo. Aun así, no hizo ninguna de las preguntas típicas: cuánto llevábamos, cómo empezó todo, quién confesó primero… Nada de eso.

Me dedicó una sonrisa ligeramente pícara, con brillo en los ojos, y no supe qué reacción mostrar. Desvié la mirada con torpeza y exhalé un largo suspiro, apenas audible.

—Hoy mucha gente se llevó una buena impresión de ti. Decidas lo que decidas, Connor y yo te apoyaremos. Y no tengas en cuenta lo que pasó hace un rato. Si en el mundo del arte has tenido que aguantar cosas así, seguro que han sido muchas más de las que han salido a la luz.

No es alguien por quien debas preocuparte —añadió—. Ahora mismo, cuando descubra quién eres, será él quien se esté tirando de los pelos. Dicho eso, apretó su muñeca con fuerza, como animándolo, y la soltó.

—Se ha pasado la vida fastidiando a la gente usando su poder, así que tampoco es malo que, por una vez, sea él quien sufra al encontrarse con alguien más fuerte.

Él dijo que solo le sabía mal por las molestias que había causado a Jane, a Connor… y a mí, pero que el rubio no le importaba en absoluto. Jane asintió riendo y se levantó.

—Ustedes dos descansen un rato más antes de salir.

Después de que ella se marchó, permanecimos en silencio. Él miraba su vaso vacío, y yo me aferraba a la taza de agua caliente que Jane me había dado, dejando que el calor me calmara mientras cada uno se sumergía en sus pensamientos.

No… ¿pensamientos cuáles? Toda mi atención estaba puesta en él. A pesar del pequeño incidente, la música de la fiesta seguía sonando, llegando a través de la pared como una vibración tenue y constante.

Fue él quien rompió el silencio. Toc, toc, golpeó el asiento a su lado. Pero sus ojos mostraban que no tenía la certeza de que yo aceptaría su invitación.

Miré una vez hacia la puerta por donde había salido Jane, dudé un instante y me levanté, moviéndome para sentarme a su lado. Él solo me observaba fijamente. Con ojos que decían que quería tocarme. Que quería tocarme mucho, pero que no podía permitirse hacerlo sin saber cómo me sentiría yo.

Sin nada que beber en el vaso vacío que giraba inútilmente entre sus manos, buscaba las palabras adecuadas.

—¿Te doy miedo?

Qué pregunta tan tonta. Negué sin dudar.

—Puede que no me creas, pero… es la primera vez que golpeo a alguien.

—……

—Aprendí varias artes marciales de defensa personal desde muy chico, pero eso siempre fue solo como último recurso… No puedes usar la violencia cada vez que alguien te provoca. También me enseñaron el peligro que conlleva la fuerza física y el valor del autocontrol y la razón. Ya sé que después de lo que viste es difícil creerme, pero…

Con una risa amarga, clavó la mirada en el vaso entre sus manos. Verlo dudar así delante de mí era extraño… y me dolía.

Entre los dos quedaba un espacio por el que podría haberse sentado un niño. Reduje la distancia a la mitad, arrastrándome un poco sobre el mullido sofá para acercarme más. Con la punta de los dedos, acaricié suavemente la piel expuesta debajo de la camisa remangada, subiendo y bajando, hasta deslizarme hacia su muñeca.

Él me miraba como si estuviera presenciando algo fascinante. Y respondiendo a mi gesto, dejó el vaso y me ofreció su mano. Mi palma se apoyó lentamente sobre la suya, grande y cálida.

—Te creo.

En sus ojos azules apareció un leve alivio. Como alguien que encuentra una pequeña esperanza en medio de la desesperación. ¿Era algo tan grave como para hacerlo sentir inseguro conmigo? Parecía culparse con un peso innecesario, y me dio lástima.

—Por favor, no tengas miedo de mí… No volveré a hacerlo…

No me desprecies —añadió con una voz dolida, casi suplicante.

Pensando en que tal vez temía que yo quisiera mantener distancia, recordé los días poco después de conocernos. En aquel entonces yo no era nadie para él. Un ayudante temporal que desaparecería en poco tiempo. Y él incluso me vigilaba por su familia preciada de Phantom.

Ahora lo entiendo. Él no es el tipo de persona que muestra amabilidad incondicional hacia desconocidos. Prioriza a las personas que le importan y solo se enfoca en ellas. Incluso con esas personas queridas, no es alguien que muestre todo de sí y lo comparta todo. Así que quizá, desde afuera, alguien podría pensar que no es una buena persona.

Yo también al principio sentí una barrera y me desanimé por eso, pero ahora… justo porque él es así, su afecto, concentrado únicamente en mí, se había vuelto algo que yo monopolizaba por completo.

Es curioso. Que el mismo rasgo de una persona, primero sea motivo de sufrimiento y después se convierta en una virtud que uno desea que no cambie nunca. Una vez que entré en el mundo que había más allá de su muro —ese muro que antes me frustraba y encendía una rebeldía impropia de mí— ahora me encontraba agradeciendo que él no fuera amable con todo el mundo. Me escapó una risa sarcástica ante mi propia superficialidad.

Negué con la cabeza y entrelacé mis dedos con los suyos.

—No tengo miedo. Y todos dijeron que la situación era suficiente para reaccionar así. Es normal enojarse. Y gracias… gracias por enojarte por mí. La verdad es que yo también… estaba muy molesto.

—.....

—No quiero defender la violencia, pero… no siempre se puede juzgar todo con una racionalidad perfecta y equilibrada. Somos humanos…”

El alivio en su mirada se hizo un poco más claro.

—No te traje hasta aquí solo para que oyeras esas estupideces… Lo siento.

Recordando las palabras del hombre rubio, frunció el ceño.

—Eso… no es algo por lo que tú debas disculparte, así que no digas eso.

Al oírse llamado por su nombre —Awi— no pudo ocultar la alegría, y sonrió tenuemente. Tras ese gesto, parecía que por fin se tranquilizaba del todo, convencido de que yo no pensaba apartarlo de mí por lo ocurrido.

Mientras mantenía mi mirada, levantó nuestras manos entrelazadas y besó el dorso de la mía. Luego fue dejando un beso en cada uno de mis nudillos, como si temiera aferrarse con demasiada fuerza a algo demasiado valioso.

—Menos mal que no pudiste oler ese hedor.

En su voz había alivio, pero también un matiz frío, teñido de azul.

Yo no lo había notado en absoluto, pero probablemente el hombre rubio me había liberado sus feromonas. Me habría confundido con un omega y habría intentado perturbarme o seducirme sexualmente mediante ellas… Entendía mejor que él perdiera así el control y explotara. Pocas personas mantendrían la calma viendo cómo alguien intenta seducir o degradar de una forma tan vulgar a la persona que les gusta.

En Hong Kong, en la fiesta de The Face Gallery, aquel otro hombre (también de un rubio llamativo, ahora que lo pienso) también me había abierto sus feromonas. Y aun entonces él había reaccionado con rudeza, aunque no había llegado a este punto de perder por completo el límite de su contención.

Mientras él dejaba sus labios quietos sobre mi dedo medio y sus largas pestañas descendían, de pronto me surgió una duda. Desde que Jane mencionó “el instinto de protección hacia el omega con el que se está en relación”, me venía rondando la mente. Dudé por miedo a parecer molesto, pero la curiosidad ganó.

—Si un omega fuera la pareja del director… ¿es así? ¿Se vuelve otra persona… capaz de hacer cualquier cosa por él?

—.....

Sin despegar los labios de mis dedos, alzó los ojos hacia mí. Me observó detenidamente, como examinando cada rincón de mi rostro, y luego negó con firmeza, como llegando a una conclusión.

—No es eso. Si la otra persona eres tú, no tiene nada que ver con ese instinto. No puedo ignorar nada que amenace tu felicidad o tu seguridad. No es solo por un instinto… no es porque seas un omega… Es porque eres tú.

Su última frase sonó ligeramente provocadora. Dependiendo de cómo se interpretara, parecía sugerir que no era una reacción instintiva por mi supuesto género secundario, sino un sentimiento —una afecto por mí— lo que estaba en la base de su comportamiento.

Si era así, para un beta como yo esa explicación era innecesaria, pero dependía de la interpretación. Y aunque su respuesta no iba al centro de mi pregunta, tampoco quería insistir. Al final, todo había surgido de un pensamiento celoso, inmaduro y pasajero. Fantasías inútiles, sobre hipótesis que no ocurrirían, imaginando a parejas que ni existían.

El silencio volvió a instalarse entre nosotros. Pero era un silencio mucho menos tenso que el que quedó cuando Jane salió de la habitación.

Como si quisiera decir algo pero vacilara, él bajó la mirada y se mordió apenas el labio inferior antes de soltarlo.

—Y… ¿por qué dices algo así?

Quería que no se notara, pero su voz era la de alguien que se queja con un poco de disgusto y un toque dolido.

—¿Qué cosa…?

—Eso de imaginar que alguien más sería mi pareja. Incluso si es solo una suposición, es que…”

Su molestia por algo tan trivial me pareció adorable, y por fin yo también me relajé y solté una risa. Fue como recibir un golpe suave en un momento inesperado. Uno agradable.

En el pasado jamás habría imaginado que, en el terreno del amor, él pudiera perder la compostura por detalles así.

No sé él, pero yo, en estos momentos, era cuando más sentía que realmente estábamos “saliendo”. Como todas las parejas, aunque en diferente grado, resentirse por cosas insignificantes, necesitar un poco más de afecto delicado… Incluso alguien amable, generoso y “cool” con todos, frente a una única persona puede volverse un poco irracional, romper sus hábitos y mostrar vacíos y desequilibrio. Momentos así, para mí, estaban empezando a darle forma al significado de amar a alguien.

Él inclinó su cuerpo grande y escondió el rostro hundiendo los labios en mi nuca.

Me dijo que no me riera, que él estaba hablando en serio y yo estaba intentando evadirlo con risas. Frotó los labios en mi cuello como un niño caprichoso y, al ver que no dejaba de reír, terminó dándome un mordisco ligero, como si yo le resultara insoportable.

Aguantando la risa, bajé la cabeza para mirarlo. Le acaricié la mejilla. Él extendió la mano izquierda, la que no tenía entrelazada con la mía, y acarició mi brazo derecho.

—Solo un poco. ¿Está bien?

A su pregunta, tan cautelosa que daba pena, lo abracé en silencio por la cintura y deposité un beso sobre sus párpados. Él enderezó la espalda y me miró de frente. Con ambas manos tomó mi rostro y me acarició suavemente las mejillas con los pulgares. Con los ojos abiertos, la parte interna de su pulgar rozó ligeramente mis pestañas. Reí un poco ante la cosquilla, como de una pluma deslizándose, y entonces nuestros labios se unieron.

Sus labios, blandos pero secos, cambiaban de ángulo mientras lentamente atrapaban los míos, presionaban, y los recorrían con la lengua. Una de sus grandes manos, que había pasado de mi mejilla a mi oído, cubrió por completo la zona, bloqueándome el sonido del mundo exterior.

Era maravilloso sentir sólo su temperatura, sus labios, su olor, en un mundo donde lo único que existía era el sonido del aire fluyendo, como si estuviéramos sumergidos en aguas profundas.

En lugar de invadir con audacia como de costumbre, capturar y succionar hasta doler, frotaba suavemente las mucosas y entrelazaba su lengua con la mía: un beso lento que encendía el calor desde lo más profundo del cuerpo, hasta que terminé dejando escapar un suspiro dulce.

Temiendo que seguir con el beso fuera peligroso, apoyé una mano en su pecho y lo aparté suavemente, bajando la mirada. Su pecho firme, bajo mi palma, se inflaba y desinflaba rápido con la excitación que comenzaba a colmarlo. Todo mi cuerpo, embriagado por su olor, latía como si estuviera con fiebre. No sólo la piel expuesta… sino también lo más hondo de mí.

La verdad es que, desde unos días antes de venir a Chicago hasta ahora, no habíamos podido tener sexo con penetración como se debe. Él había estado muy ocupado. Dos noches antes del viaje, ambos incapaces de seguir aguantando, recortamos a treinta minutos lo que solían ser horas seguidas de sexo. Fue la única vez en los últimos cinco días. Ni siquiera hubo tiempo para el notting(Nudo).

De esos treinta minutos bajo la ducha del baño, descubrí algo nuevo: ya no podía sentirme satisfecho con una relación tan corta.

Aunque no hubiera notting, él sí había entrado en mí y masajeado mi próstata hasta hacerme correr, pero aun así tuve que soportar un calor que no se apagaba. Como siempre era él quien se acercaba con esa mirada ardiente y me satisfacía por completo antes de que yo siquiera tomara consciencia de mis deseos, no me había dado cuenta de lo acostumbrado que estaba al placer del sexo.

Incluso pensaba que, aunque él era alguien con libido muy alta, la mayoría de veces era sólo que, cuando la persona que me gusta se me acercaba con un ambiente erótico, mi cuerpo simplemente respondía y lo seguía.

Pero ya no. Aunque había eyaculado una vez, seguía deseándolo con una sed que me sorprendió tanto que, incluso después de que él se fuera para volver a trabajar, me encontré tocándome, retorciendo la cintura, buscando con la mano entre las piernas… y me asusté de mí mismo.

Por eso, para ser sincero, ahora estaba sexualmente frustrado. Tan sólo estar en un lugar tranquilo, envuelto en su aroma y enfrascado en un beso con él, me hacía querer lanzarme de inmediato, arrancarle la camisa y pegar mi piel a la suya. Parar en un simple beso era, con una comparación algo vulgar… tan difícil como cortar la orina a mitad.

Él se apartó de mí, pero seguía sujetándome ambos brazos, respirando con deseo y mirándome como si quisiera más. Para no dejar que el ambiente siguiera por ese camino, carraspeé un par de veces y cambié de tema.

—La noona… creo que quedó muy impactada.

—.....

—Creo que más que otra cosa… se sorprendió porque de golpe se enteró de demasiadas cosas. No sé si me corresponde decirlo, pero… hablarán, ¿verdad?

Le pregunté con cuidado, mirándolo de reojo. Él deslizó la mano que reposaba en mi brazo superior y tomó mi muñeca.

—Lo haré.

Y luego agachó la cabeza para darme otro beso más.

—Me estoy muriendo, ahora mismo.

Al separarse, susurró con una voz tan cargada de sufrimiento que yo también sentí que me moría. Escuchar una voz así, tan llena de deseo hacia mí… me estremeció por dentro. Sentí vergüenza ante un deseo tan desbordante que cruzaba lo saludable y se volvía casi codicia lujuriosa, como la de un libertino. Me llevé la mano al pecho, sin saber qué hacer con ello.

—Saldré primero, así que quédate aquí cinco… no, diez minutos antes de salir.

—.....

—La cara que tienes ahora, Seo Yeehyeon…”

Creo que entendí lo que quería decir, así que no pregunté. Él sonrió torpemente y se levantó primero.

Solo después de terminar lentamente el vaso de agua —ya completamente fría— salí de la habitación. A pesar del alboroto, la fiesta seguía en pleno apogeo. Parecía incluso que se había puesto más animada con la salida del intruso. Él estaba rodeado de gente, al parecer disculpándose. En lugar de acercarme a su grupo, decidí buscar a mi noona.

Ella estaba al otro lado de la ventana del invernadero-terraza, junto a la piscina, conversando con Reed Rogers. Aunque en redes se seguían mutuamente, hoy era la primera vez que se veían en persona; y por sus expresiones, no parecía una charla trivial sobre la vida. Mejor no interrumpir.

Me detuve en la terraza entre el salón y la piscina, y al volverme vi que él, en un abrir y cerrar de ojos, había recuperado su actitud alegre y relajada de antes del incidente, mezclándose con la gente.

Aunque no era de los que hablan mucho ni toman la iniciativa, siempre parecía estar en el centro del grupo. Un hombre frente a él gesticulaba con energía mientras decía algo. La gente rió, y cuando él sonrió, todos rieron aún más fuerte. Desde lejos, esa dinámica se veía con más claridad.

Recordé la primera VIP Opening Party, cuando llevábamos poco de conocernos. Yo estaba en el mostrador de recepción como personal temporal junto con Juhan-hyung, y lo observaba reír rodeado de gente. Aunque parecía alguien que obtenía todo con facilidad, me esforzaba por imaginar la desesperación bajo la superficie, el esfuerzo oculto con el que remaba para mantenerse a flote.

Quería respirar aire fresco, pero no quería llamar la atención y arruinar la conversación de mi noona y Reed. Me moví hacia la sombra detrás de un árbol frondoso, donde la luz no alcanzaba, y me senté en silencio en una silla metálica.

Desde allí podía ver todavía mejor su rostro. Al verlo reír siguiendo una broma de alguien, me descubrí sonriendo también. Al darme cuenta de ello, la sonrisa se me endureció de forma torpe.

Muchas cosas habían cambiado desde aquella primera VIP Opening; y aunque quien antes me parecía alguien de otro mundo ahora me era tan familiar como una segunda consciencia fuera de mi cuerpo… en ese instante, observándolo al otro lado de un vidrio, en un continente lejano al que llegué tras un vuelo de trece horas, me sentí como un espectador que ríe y llora con un personaje televisivo que nada tiene que ver conmigo.

Lo caliente que había dejado el beso se sentía ya como algo lejano, irrelevante. Me toqué los labios. Me los pellizqué fuerte, como él siempre hacía, pero no sentí ningún placer.

La luna de Chicago, envuelta en una densa neblina y vista desde la sombra de la terraza, se veía borrosa, como un espejo incapaz de reflejar nada.

■ ■ ■

La fiesta continuó hasta las dos de la madrugada. La mayoría de los invitados se retiraron entre las doce y la una, pero los últimos —incluyéndonos a nosotros— nos dispersamos en sedanes por la noche de Chicago, despedidos por Jane y Connor, alrededor de las dos.

Aunque se despidió ruidosamente como si fueran viejos amigos, en cuanto subió al auto metió los dedos en su cabello, despeinándolo, y se llevó un cigarrillo a los labios. Cuando bajó la ventana, el aire frío y húmedo de la madrugada rozó mi rostro. Se sentía bien.

—Sobre la sucursal de Nueva York. ¿No tiene nada que decirme?

A mi lado, sentada detrás del asiento del conductor, mi noona rompió el silencio, incapaz de esperar más.

—Sabes que es algo que he tenido en mente desde hace mucho. ¿Por qué te sorprendes como si fuera la primera vez que lo oyes? —respondió él, exhalando el humo hacia la ventana. Su voz estaba pesada y áspera por el cansancio.

—Que algún día abriría una sucursal en el extranjero… Sí, lo decía tomando vino, comiendo o tomando café, como si fuera un sueño lejano que quería cumplir algún día. Pero, de pronto, un día me entero—así, sin saber nada—de que ese sueño se volvió realidad y que tiene que marcharse inmediatamente a Nueva York… ¿Cómo no voy a sorprenderme?

No hablaba en un tono rápido ni reclamón. Más bien parecía estar esforzándose por no sonar emocional. Sus brazos cruzados se sujetaban a sí mismos con fuerza.

—Entre la exposición de Chicago y la preparación para la exposición conjunta de la segunda mitad del año… yo, ustedes… toda la galería estaba ocupada sin descanso. Si en medio de eso hubiera sacado el tema de la sucursal de Nueva York, era obvio que solo los iba a inquietar. Por eso me callé a propósito. Pensaba hablarlo cuando regresáramos a Seúl. Siento que se hayan enterado de esta forma… Yuni.

Él giró el cuerpo y cruzó la mirada con mi noona.

—No les des demasiada importancia al momento en que saqué el tema, ¿sí?

Desde mi asiento no podía ver su rostro de frente, pero con solo mirar su perfil cansado era evidente que el día no había sido nada fácil para él.

Pero seguramente lo mismo era para mi noona. No sabía si ella había escuchado lo del alboroto con el hombre rubio, pero no se trataba de comparar quién lo pasó peor… Era solo que pensaba que esta noche no estaba siendo agradable para ninguno de los tres—ni para él, ni para ella, ni para mí—y esa inevitable frialdad en el ambiente me entristecía.

—¿La directora también lo sabe?

Mi noona preguntó. Él volvió a sentarse mirando al frente mientras inhalaba el cigarrillo.

—Dice que es demasiado pronto y se opone. Pero cuando regresemos y hablemos sobre los resultados que hemos logrado esta vez, su reacción cambiará. Voy a convencerla como sea.

—¿Pero por qué tiene tanta prisa de repente?

—….

Esperó un instante en silencio, pero mi noona no obtuvo respuesta.

—De pronto decide dar una entrevista, luego organiza una fiesta desmesurada incluso usando dinero de su propio bolsillo… Me pareció extraño. Hasta ahora nunca había usado dinero personal para asuntos del negocio.

Mi noona se detuvo un segundo, soltó un largo suspiro y se despeinó ligeramente. El trayecto desde Old Town hasta el hotel no era tan largo. Aunque la ciudad aún estaba envuelta en niebla, ya se veía a lo lejos, al final de la recta, que nos acercábamos al destino.

—Los representantes de la gran galería de Nueva York que lo invitaron… Usted pagó hasta los vuelos y el alojamiento, ¿verdad?

Él apoyó su brazo derecho en la ventanilla y se frotó la sien. Incluso desde el asiento trasero se notaba lo profundas que eran sus inhalaciones al fumar.

—Solo dejé de invertir porque no lo consideraba necesario, no porque quisiera separar estrictamente mi dinero personal del de Phantom.

—Después de tantos años trabajando juntos… ¿cree que voy a creer eso?

Él no respondió. Se separó del asiento y apagó el cigarrillo en el cenicero del coche.

—Sabía que no era alguien de una familia común. Pero también sé que, desde la apertura de Phantom, jamás usó esa procedencia a su favor. Entonces… si ha mantenido oculto su pasado familiar durante tanto tiempo, ¿por qué ahora… justo ahora, tiene tanto afán por abrir una sucursal, al punto de revelar incluso eso para promocionarse?

La voz de mi noona no sonaba a reproche, sino a confusión. Incluso para mí su comportamiento hoy había sido extraño; para alguien que había trabajado con él varios años debía ser aún más desconcertante. No hacía falta tener gran imaginación.

Aunque ya no quedaba humo, él aún no subía la ventana. Respondió con una voz seca:

—Solo lo evalué desde una perspectiva empresarial. La exposición de Shushu será una buena oportunidad, y si inauguramos la sucursal con el debut impactante de Seo Yeehyeon, no habrá mejor publicidad. —Eso es todo. Ya tomé la decisión, así que solo ajusté la estrategia y avancé con determinación.

Si esa fuera la respuesta que recibiría yo también al preguntarle lo mismo… probablemente tampoco me convencería del todo.

Sus complejos sentimientos hacia sus padres, y la frustración que había sentido toda su vida porque la gente conectaba cada uno de sus actos con su origen… no eran solo un malestar difuso, sino algo que parecía formar parte de su convicción y de su identidad.

No revelar sus antecedentes, no usarlos para el negocio… no podían haber sido decisiones sin significado. Esa era la impresión que me había transmitido cada vez que hablaba de su familia. Y, por lo que mi hyung y mi noona me contaron en Hong Kong, ellos opinaban prácticamente igual.

En ese momento, la silueta del hotel se volvió nítida incluso entre la niebla. Mi noona se frotó los brazos y dijo:

—Después de volver de Hong Kong, cuando iba a la villa de UN Village… ahí estuvo planificando todo lo de la sucursal de Nueva York, ¿verdad?

La voz de mi noona también sonaba agotada. Parecía no querer presionarlo más para obtener una respuesta. Al menos, no aquí.

—Tal como dijo Kwon Juhan. Jamás pensé que en serio estuviera tramando algo ahí.

Mi noona soltó una risa casi desinflada, recordando la broma que mi hyung había dicho aquel día en que los cuatro comimos hamburguesas en la azotea de su casa, cuando aún era pleno verano.

El auto se detuvo frente a la entrada principal del hotel. En medio del crujiente silencio, mi noona fue la primera en bajar.

Camino al hall de los ascensores, le eché un vistazo. Su rostro parecía casi ajeno a la confusión que mostraba mi noona. Parecía atrapado en otro asunto, algo más grande aún, fuera lo que fuera.

A las dos de la madrugada, éramos solo nosotros tres dentro del ascensor.

Como mi noona debía bajar antes que nosotros, en el piso 12, se quedó de pie frente a la puerta, jugueteando con su clutch, y dijo:

—El director es el dueño de Phantom y, de hecho, no tiene obligación de explicarnos cada una de sus decisiones respecto a Phantom en el momento. Mucho menos sobre su vida personal o sobre su familia. Aun así… enterarme de esto así… supongo que no puedo evitar sentirme dolida. Lo siento. Por más que me las dé de adulta, sigo siendo una niña.

Él, recostado a mi lado contra la pared opuesta a la puerta, miraba la espalda de mi noona sin atreverse a hablar. Solo se pasó la mano por el cabello y exhaló lentamente. El ascensor acababa de pasar del piso 7 al 8.

Mi noona se giró a medias hacia mí.

—Tú… ¿lo sabías?

Sus ojos mezclaban mitad de certeza y mitad de duda.

—Ah… eso…”

—La noticia de la sucursal de Nueva York, Seo Yeehyeon la escuchó recién esta tarde.

Mientras yo vacilaba buscando la respuesta más sensata, él respondió en mi lugar. Dependiendo de cómo se escuchara, podría parecer que estaba tratando de protegerme.

—Entonces, ¿quiere decir que sí sabías de antemano que el director es hijo de Nick Liu y Suki Kim?

La pregunta de mi noona fue precisa. No era un golpe lleno de mala intención, sino una puñalada directa al punto débil, por así decirlo.

—.....

Él no lo negó, y mi noona suspiró. Luego estiró la mano y la dejó caer suavemente sobre mi hombro.

—No lo pregunté para reclamar que te lo contó a ti y no a nosotros. Solo lo pregunté porque realmente tenía curiosidad. Así que no pongas esa cara.

Con el anuncio sereno que indicaba el piso 12, las puertas se abrieron. Con una sonrisa forzada —casi menos útil que no sonreír—, mi noona apretó y soltó mi hombro antes de mirar a él con ojos cansados.

—Hoy trabajó mucho. Nos vemos mañana a las 10 en el lobby.

Antes de que él terminara de desearle que descanse, las puertas se cerraron.

Del piso 12 al 16, menos de un minuto. Pero en ese silencio, era como si el ascensor extrajera el aire a nuestro alrededor. Apenas podía respirar.

—El domingo… me temo que no podremos pasarlo juntos.

Tal vez intentando cambiar el ambiente, al bajar del ascensor rodeó mis hombros con su brazo y, cambiando radicalmente de tema, me dio un beso en la sien. Sentí en él un cansancio profundo.

Al final de la fiesta, lo habían invitado a un almuerzo el domingo con Chloe Kent y algunas figuras importantes. Parecía que lo que había hablado con Kent estaba avanzando en buena dirección. Por eso no nos quedaba más remedio que cancelar nuestros propios planes de almuerzo.

Yo quería preguntarle otras cosas, escuchar otras cosas… pero no era el momento.

—Pero al menos por la noche sí podremos estar juntos…”

Murmuró mientras pasaba su brazo de manera torpe alrededor de mi cintura, justo cuando abría la puerta con la tarjeta. Click. Empujó hacia adentro la hoja derecha de la puerta doble, que se abría por completo, y me dedicó una leve sonrisa, como agradeciendo que entendiera.

Ya dentro, en el pequeño hall donde el camino se bifurcaba hacia su dormitorio principal, la sala y mi habitación, no me soltó. Me jaló directamente hacia su habitación.

—Yo…”

Detuve mi paso, tirando un poco hacia atrás. Él se giró al notar la resistencia.

—Hoy… ¿dormimos separados?

—.....

—Ya es muy tarde… y mañana es la apertura oficial. Tiene que salir temprano, ¿no?

En ese instante, sus ojos se vieron como la pantalla de un celular que se desliza por el asfalto y queda rayada.

Soltó mi mano y pasó los dedos por el borde del aparador donde había un florero, una lámpara y el teléfono. Sin ningún propósito, como si revisara si estaba bien limpiado.

—¿De verdad lo dices porque te preocupas por mí? ¿O es tu forma indirecta de decir que quieres dormir solo?

—.....

Incluso antes de terminar de hablar, ya sabía que se estaba arrepintiendo. Presionó los labios, exhaló pesadamente por la nariz, y se frotó la cara como si quisiera borrar la expresión.

—Perdón. Eso solo fue una tontería. Lo siento… Creo que hoy me puse demasiado sensible por todo lo que pasó… Será mejor que durmamos separados, como dices.

Igual que mi noona, él también forzó una sonrisa. Me agradeció por soportar un día tan difícil. Me deseó buenas noches con un beso cariñoso.

Pero no pude dormir bien. Y seguramente él tampoco. Si lo hubiera sabido… hubiera dormido con él, acariciando su piel y su calor para calmar el cansancio y la ansiedad. Me arrepentí mientras me daba vueltas por mucho rato.

■ ■ ■

Cuando investigamos desde Seúl, decían que en Chicago llovía aproximadamente una vez cada cuatro días durante septiembre. Nosotros nos topamos con la lluvia justo en la mañana del segundo día.

El paisaje, con nubes gris perla y niebla bajando entre los majestuosos edificios —tan distintos entre sí— tenía un aire tan evocador que daban ganas de caminar todo el día por las calles con el paraguas apoyado en el hombro. Pero era inevitable que el clima afectara al evento.

El photo wall instalado en la entrada de la galería quedó inútil; el cronograma se cambió para hacer una breve sesión de fotos durante la ronda de preguntas con el artista, programada más atrás.

Mover a tanta gente hacia el interior mientras llovía dejó la galería —dentro y fuera— hecha un caos por un buen rato.

Hoy era la apertura oficial de la exposición, así que la galería estaba repleta no solo de medios locales y administradores de blogs y cuentas de SNS dedicadas al arte, sino también de muchísimos visitantes comunes. No sólo el interior, sino los alrededores estaban abarrotados.

Atrapado por la multitud, tomé una lata de bebida que ofrecía la galería y casi empujado por el flujo subí hasta el segundo piso. Encontré un hueco relativamente tranquilo junto a la baranda, no muy lejos de las escaleras.

Shushu estaba detrás del escritorio instalado temporalmente en el centro del salón de exhibición, y no me costó ubicarlo a él y a mi noona un paso detrás, como asistiendo a Shushu. Shushu y mi noona desaparecían y reaparecían entre la gente, pero incluso en este país donde la estatura promedio es mayor que en Seúl, la cabeza de él sobresalía más de un palmo entre la multitud.

El interés en el hermoso fotógrafo omega dorado que tomaba fotos delicadas pero intensas —un artista que venía de una ciudad oriental— era igual de grande en Chicago. Había muchísimos visitantes adolescentes y veinteañeros pidiendo selfies o autógrafos a Shushu.

Como era la primera exposición individual de Shushu en Estados Unidos, me pareció apropiado venir en persona a felicitarlo, así que llegué a la hora de apertura. Pero al verlo sudando frío y con una sonrisa incómoda mientras estaba rodeado de gente, pensé que tal vez lo mejor era que al menos yo no aumentara la presión.

Él había salido una hora antes que yo hacia la galería y, medio en broma, me había preguntado si estaría bien verlo junto a Shushu, que si me daba un ataque de celos y me lanzaba a sus brazos a besarlo ahí mismo, la galería se volvería un caos.

Apenas tres semanas atrás había pataleado porque no quería que él se fuera con Shushu… pero ahora no sentía nada de eso. De todos modos, incluso entonces, no es que estuviera celoso por no confiar en él…

Me preocupaba que, después de cómo habíamos terminado anoche, hubiese un ambiente incómodo. Pero por suerte, cuando lo vi en la sala del hotel por la mañana, parecía haber recuperado el ánimo.

Aunque fuera extraoficial, era la primera vez que una de mis obras salía al mundo, así que había preparado un ramo —bueno, una canasta de flores en realidad—. Tan grande y abundante que, al abrazarla con ambos brazos, casi me tapaba la visión. Era tan lujosa y hermosa que parecía un pequeño jardín.

Cuando salí a la sala ya casi estaba listo para salir. Mencionó lo de anoche y volvió a disculparse. Dijo que había reservado un buen lugar para cenar, y que alrededor de las cinco estaría de vuelta en el hotel, así que acordamos vernos en la habitación a esa hora.

«Como Baek Yuni tiene que venir con nosotros, no será una cita romántica.»

Aunque nunca pensó en moverse sin mi noona, lo dijo haciendo como si le molestara. Yo fui quien lo besó primero en la mejilla. Bueno… y luego terminaron siendo besos un poco más profundos.

Pensando en el beso de aquella mañana, envueltos en aroma a flores en la sala, tuve la sensación de encontrarme con su mirada aquí mismo, en la realidad. Me detuve un instante. Tal vez era mi imaginación, pero él frunció el rostro con gesto juguetón, como si dijera que estaba agotado. Estaba claramente mirándome.

Sonreí y señalé hacia abajo con el dedo índice, indicando que estaría en el primer piso. Él asintió y me hizo la señal de “ok”.

Las escaleras estaban tan abarrotadas como el resto. Aun así, la fila para bajar iba más fluida que la de subir. Entre los que subían, un grupo de adolescentes hablaba excitado sobre el aspecto de Shushu.

Uno de ellos mencionó al hombre alto que estaba junto a Shushu, el que tenía la rara combinación de “cabello negro y ojos como diamantes azules”. Entonces, otro mencionó el nombre de un famoso actor de Hollywood, británico, diciendo que se parecía a él. “¿Qué? ¿Estás bromeando? ¡Ese tipo es mucho más guapo!”, negó con firmeza una chica vestida con estilo chic, cruzándose de brazos. Era ella la que había comparado sus ojos con diamantes azules.

Entendía ese alboroto de la gente. Aunque el protagonista del día era Shushu, él era el tipo de persona que, hiciera lo que hiciera, no podía mezclarse con el fondo ni ocultar su presencia. Si me dejara afectar por la curiosidad, el afecto o el entusiasmo que despertaba en otros solo por su apariencia, mis nervios no lo soportarían.

Cuando por fin bajé las escaleras siguiendo al personal de la galería, el teléfono vibró en mi bolsillo. Era el hyung Inwoo. Me aparté de la fila que iba hacia la salida de la galería y doblé hacia el vestíbulo del primer piso antes de contestar.

—Sí, hyung.

[…Hmm. ¿Qué es esto? ¿Siempre me recibía así el señor Yeehyeon?]

Su voz, después de una breve pausa, sonaba tan sincera que me reí con vergüenza. La verdad es que me alegró más de lo habitual recibir la llamada de un conocido desde el extranjero.

[Llamaba para felicitarte por tu primera exhibición. ¿Estás ocupado?]

—No, estoy solo ahora.

[¿Cómo te sientes con tu primera exposición?]

—Estaba arriba y acabo de bajar a ver. Como aún no he visto nada colgado… todavía no lo siento del todo real.

[Por cómo hablas, parece que aún no recibiste mi ramo de flores.]

—¿Eh?

[Le pedí al hotel que lo preparara para que pudieras recibirlo antes de salir. Supongo que no se dio el tiempo.]

La decepción contenida en su voz me hizo sentir culpable. Me senté en un banco junto a una gran maceta de palmera areca y le agradecí por el detalle. Él se rió, diciendo que cómo podía darle las gracias si ni siquiera lo había recibido aún.

[Ayer fue la apertura VIP, ¿no? ¿Se vendió alguno de tus cuadros?]

—A… no. El director dijo que esta vez solo quiere medir la reacción del público…”

[¿No van a vender nada?]

—No. Esta vez no.

Me pregunté si realmente tenían intención de venderlos en algún momento. Mientras escuchaba el murmullo del hyung, jugueteé con la lata de mi bebida. Una pareja joven, que parecía de poco más de veinte años, pasó frente al banco camino a la sala interior. Era la sala donde estaban colgados mis cuadros. El corazón me latió con fuerza.

[¿Cómo te sientes? ¿No tienes molestias al comer?]

—Mucho mejor. Casi recuperé el apetito y… creo que gracias a los suplementos que me recomendó, me siento bastante bien.

[Hmm… entonces parece que aún no te lo dijo.]

—¿Qué cosa?

Podía sentirlo sonreír al otro lado de la línea, estirando las comisuras de los labios.

[¿Cómo no iba a hacer efecto, si fui yo quien te atendió? — dijo, presumiendo un poco.]

Terminamos la llamada después de que me dijera, con tono serio pero juguetón, que en Chicago no había souvenirs especialmente representativos, y que aunque fuera un cliché, el mejor recuerdo de viaje era un vaso “City Tumbler” de Starbucks.

Me sentía algo más relajado. Aunque aún quería caerle bien, y con él no podía bajar la guardia por completo, hablar con el hyung era cómodo. La tensión que él me provocaba no era para nada desagradable, era más bien un tipo de opresión agradable, pero incluso así, a veces uno necesitaba un momento para aflojar.

Con el rostro perceptiblemente más liviano, guardé el teléfono en el bolsillo y me levanté del banco.

A diferencia del segundo piso, abarrotado hasta las escaleras, la planta baja estaba bastante tranquila. Seguí la elegante tipografía en la pared que indicaba la ubicación de la sala de exposición y caminé hacia el interior. Cuanto más me alejaba de la entrada y del alboroto de arriba, más nítida se volvía la música lounge tranquila y un poco etérea que llenaba el ambiente.

—.....

Al doblar la esquina de la pared de concreto, bajo la suave iluminación indirecta, mis dedos dentro de las zapatillas Converse se movieron inquietos. Sentí cómo me subía calor al rostro. La parte superior de mis orejas ardía roja.

Era como si un día hubiera llegado al colegio y encontrara las páginas de mi diario colgadas una por una en el tablero junto a la puerta. O, como en esos sueños donde uno está desnudo entre gente completamente vestida, avergonzado mientras se observa a sí mismo desde fuera.

Esa fue mi primera impresión.

De los casi veinte visitantes, la mayoría parecían simplemente matar el tiempo mientras esperaban a que el piso superior se despejara un poco. Pero no importaba. Yo era un completo desconocido, y no era tan tonto como para no saber que tener una oportunidad así, desde mi posición, era una suerte enorme y algo por lo que estar agradecido.

<Aislamiento> y el desnudo de Hyung Juhan, aún sin título definitivo y temporalmente llamado <Sin título (Untitled)>, junto con otra obra posterior completada después de esa. Tres cuadros en total, colgados uno al lado del otro con espacio entre ellos.

La sala era más amplia de lo que había imaginado. Y las diez y tantas obras estaban dispuestas con suficiente espacio entre sí como para que ninguna interfiriera con la personalidad de las otras. Observando a la gente que deambulaba frente a los cuadros cada uno a su manera, me acerqué a la pared vacía a la derecha de la entrada y apoyé disimuladamente el hombro.

Aunque no había muchos visitantes, la mayoría parecía más interesada en las dos obras más recientes. Sin embargo, un hombre destacaba por quedarse especialmente mucho tiempo frente a <Aislamiento>.

Era un hombre oriental, con el cabello largo cayéndole ligeramente sobre los hombros. Sostenía un paraguas largo envuelto en plástico, apoyado en el suelo, y permanecía erguido. Por su perfil, apenas visible, me parecía casi seguro que era coreano. Y también que tenía un rostro muy pulcro y atractivo.

Incluso después de chocar con un par de adolescentes que se reían delante de <Aislamiento>, cuyo estilo era atrevido y juguetón en comparación con mis obras recientes, el hombre siguió inmóvil durante un buen rato.

Luego, fue y vino entre los tres cuadros varias veces, revisando las cartelas como si quisiera confirmar que lo que había visto era realmente cierto.

En medio de la gente que se movía siguiendo el recorrido como si paseara, deteniéndose delante de cada cuadro no más de diez segundos, su comportamiento era imposible de pasar por alto.

Fue el primer momento en que me enfrenté, en vivo, a obras que ya no eran un medio para expresarme, sino imágenes que los espectadores interpretaban, sentían y hacían suyas según su propia voluntad.

La vergüenza inicial se iba desvaneciendo. Lo que colgaba allí ya no era mi parte vergonzosa.

Para todos los visitantes presentes —incluido el hombre de pelo largo— mis cuadros eran simples motivos de bromas ligeras, parte de una rutina incolora que se atravesaba como una farola o un escaparate, o incluso, tal vez, el reflejo de sus propias vergüenzas.

El hombre finalmente comenzó a alejarse despacio.

Se alejó unos pasos del cuadro y volvió a mirarlo; tal como imaginaba, era más guapo que el promedio. Cruzamos miradas: yo, recostado contra la pared, le dediqué una leve sonrisa, tal como me había enseñado mi profesor de inglés; pero él ignoró mi saludo y salió de la sala con la expresión rígida que no había abandonado.

No tenía la cara de alguien que acaba de encontrar un cuadro que le gusta. Intuí que no había pasado tanto tiempo frente a mi obra por un motivo positivo, y eso me provocó un poco de culpa; pero las obras colgadas ahí ya existían fuera de mí. Aunque endurecieran el rostro de alguien, yo ya no podía hacer nada.

Observé a los visitantes durante unos treinta minutos, apoyado contra la pared. Mientras veía la variedad de reacciones ante mis cuadros, sentí algo curioso: un impulso creciente de querer pintar.

Hasta ahora, ese deseo siempre había surgido desde mi interior; pero esta vez venía desde otra dirección.

Quería exponerme un poco más a esa sensación extraña y fascinante, pero para cumplir con el itinerario planeado, ya era hora de moverme.

Antes de salir de la galería, igual que aquel hombre, miré atrás por última vez. Obras que habían salido de mí y habían sido parte de mí, pero que ahora existían sin relación conmigo, recibiendo nuevos significados según otros, tomando formas distintas según sus miradas, vivas.

La pareja que había pasado frente a mí cuando estaba sentado en el banco se había detenido frente a <Aislamiento>, hablando con expresión seria. Los observé un momento más y luego salí sin nostalgia.

El segundo piso seguía tan bullicioso como si una fiesta continuara, pero por suerte pude felicitar en persona a Shushu. A pesar de estar ocupado, Awi se tomó un momento para acompañarme hasta la entrada de la galería.

—No quería hacerlo para que no te quejaras diciendo que te sobreprotejo… pero en una ciudad desconocida y lloviendo, ¿no sería mejor que te movieras en coche?

Sosteniendo un paraguas grande, lo bastante amplio para dos personas, lo inclinó hacia mí y me miró con preocupación.

Pero antes de conocerlo, yo aceptaba sin problemas cosas como usar el bus en días lluviosos, la molestia de cargar el paraguas y los calcetines húmedos por el agua que entraba en mis zapatillas. Incluso, ahora la lluvia había bajado a un suave rociar.

No pude evitar reír ante su expresión, como si le hubiera dicho que pensaba correr dentro de un edificio en llamas.

—Solo visitaré dos galerías que ayer no pude ver y volveré directo al hotel. Te iré enviando mensajes cada vez que me mueva. Sabes bien que no hago cosas imprudentes.

Soltando un suspiro leve, sacó la mano del bolsillo del pantalón y me acomodó el cuello de la chaqueta. Su aliento rozó mi frente.

—Generalmente sí. Pero a veces haces cosas inesperadas que me asustan.

¿Yo hacía eso? Según yo, nunca había hecho algo digno de preocupación. Lo miré sorprendido y él, sonriendo resignado, me tendió el paraguas.

Como seguía sin aflojar el ceño y recitándome una serie de advertencias muy razonables, lo obligué suavemente a subir primero al coche, y luego comencé a caminar bajo la lluvia.

Me tomó más de cuatro horas visitar tranquilamente las dos galerías que no había podido ver por pasar demasiado tiempo en el Instituto de Arte de Chicago el día anterior, y regresar caminando al hotel. Exceptuando quince minutos en un café cercano para tomar un café y un muffin, pasé casi todo el tiempo de pie, por lo que mis piernas se sentían pesadas al final.

En el ascensor rumbo a mi habitación tuve que apoyarme en la barra, recostándome contra la esquina. Al ver mi reflejo en la puerta brillante, me reí sin motivo, recordando que hacía apenas pocos meses mover cajas y empaparme la camiseta de sudor era mi vida diaria. Y ahora estaba en Chicago, una ciudad en la que nunca imaginé estar.

Mi cuerpo estaba cansado, pero mi mente estaba llena de imágenes que quería plasmar. Tenía razón cuando decía que para un creador, la experiencia es un tesoro. Desde la mañana, cuando me enfrenté a mis cuadros colgados en la galería, hasta volver al hotel: todo cuanto veía, escuchaba y sentía pinchaba la piel de mis sentidos como una aguja, haciendo brotar un vívido hilo de sangre roja.

Eran imágenes dispersas, aún sin un concepto unificador, pero quería capturarlas antes de que se disiparan.

Nada más llegar a la habitación, me quité la chaqueta y empecé a dibujar. Llené varias páginas de croquis rápidos, añadiendo breves notas donde hacía falta.

Nada más llegar a la habitación, me quité la chaqueta y empecé a dibujar. Llené varias páginas de croquis rápidos, añadiendo breves notas donde hacía falta.

Como no tenía mucho tiempo, me concentré y terminé cuatro o cinco páginas de bosquejos, luego me apresuré a desnudarme y entrar a la ducha. Cuando salí, él ya estaba en mi habitación.

Estaba frente a la mesa junto a la ventana, mirando mi cuaderno de dibujo. Levantó la cabeza hacia mí.

—¿Cuándo llegó?

Aun sin intentarlo, al verlo allí, los músculos de mi rostro querían relajarse y sonreír. Me mordí el labio inferior y forcé mis pasos para no acelerarlos mientras me acercaba. Él recorrió mi cuerpo con la mirada en un instante, y su mirada ansiosa, hambrienta, me envolvió como una caricia sobre la piel mojada por la ducha.

—Ah… perdón. Estaba abierto y miré un poco.

Reprimió el deseo que traslucía su mirada al disculparse.

—Está bien.

Sonreí, negando suavemente mientras dejaba caer la página que tenía en la mano. Él deslizó sus dedos entre mi cabello húmedo y me rodeó la cintura. Decirle que podía ver mis dibujos parecía haberlo puesto de buen humor.

Acerqué la nariz a su hombro, inhalando con cuidado. Su aroma —intenso y profundo sin ser vulgar, con un peso que parecía arrastrarte hacia dentro— estaba allí, tenue pero reconocible. Cualquier perfume que usara me gustaba.

—¿El evento terminó bien?

—Sí, el evento en sí salió bien, pero…

Alzó la mirada hacia mí mientras apartaba mi cabello mojado tras la oreja.

—Le dije a Shushu que vendria conmigo a la reunión de mañana al mediodía, y se molestó bastante… No es que tenga que ver con negocios o algo así; podría al menos hacerse amigo de la gente. Está mejor que antes, pero sigue siendo tan obstinadamente cerrado.

Quizás sintió que estaba quejándose demasiado de algo que yo no necesitaba saber, porque se detuvo ahí. Miró su reloj y me dedicó una sonrisa suave.

—Quiero darme otra ducha antes de salir. ¿Quieres esperar mientras me preparo?

—Claro.

Cuando regresó a su habitación, me sequé el cabello. No era que lo estuviera dejando crecer a propósito, pero antes de venir a Chicago habíamos ido juntos a cortarnos el pelo y solo lo emparejé un poco, así que ahora tenía una longitud incómoda que se veía desordenada si no lo llevaba detrás de las orejas.

No sabía usar gel ni cera, así que pensé que al volver a Seúl lo cortaría corto de nuevo. Estaba por desatar la bata para cambiarme cuando sonó el timbre de la habitación. Parecía que noona había terminado antes de lo previsto y había subido primero. Volví a anudarme la bata y caminé hacia la entrada.

—¿Quién es?

—…¿Está el señor Liu Weikun?

—……

Me detuve. La voz tras la puerta no era la de mi noona.

Miré por la mirilla: un hombre estaba esperando en el pasillo. No parecía del hotel, pero como preguntaba por él por su nombre, no podía ignorarlo.

Apenas abrí la puerta tirando del gancho interior, reconocí al visitante. Era el hombre que por la mañana había estado largo rato frente a <Aislamiento>.

Me sorprendió la extraña coincidencia, pero él no me reconoció en absoluto. Frunciendo el ceño, me observó fijamente con una expresión inquieta.

—¿Eres coreano?

Cuando respondí que sí, me escaneó de arriba abajo en mi bata de baño, sin ocultar que intentaba averiguar quién demonios era yo.

—¿Y el dueño de esta habitación? ¿Está bien que abras la puerta así como así? Se va a enojar mucho.

Hablaba como si conociera mejor que yo al hombre que estaba dentro de la habitación.

—Ahorita… está duchándose.

Al oírlo, el hombre chasqueó la lengua con incredulidad. Por su murmullo de “Menuda cosa para hacer a plena luz del día”, parecía pensar que él y yo habíamos estado enredados en sexo hacía unos minutos. Y me catalogó, sin más, como la pareja sexual que él había traído a la habitación.

—Voy a entrar a esperarlo. Está bien, ¿no?

Aunque parecía pedir permiso, no esperó respuesta y dio un paso hacia adentro. Pero tal como él había dicho, yo no tenía derecho a dejar pasar a cualquiera porque sí. Me interpuse ligeramente con gesto incómodo.

—Si pudiera decirme quién es para avisarle…

La boca del hombre se torció mientras me lanzaba una mirada de reojo. No parecía tener intención de ocultar ni suavizar sus emociones hacia mí.

—¿Baek Yuni ya llegó?

Era su voz.

Él, que estaba mirando hacia el vestíbulo desde el master room mientras se quitaba la toalla de la cabeza, avanzó despacio hacia la puerta. Solo con su rostro inexpresivo y su mirada era difícil leer qué sentía al ver al hombre.

—¿Qué?

Ante su reacción hostil, el hombre negó con la cabeza mientras sonreía.

—¿Eso es lo primero que dices después de años sin vernos?

—Qué estás haciendo aquí.

Él, que había llegado descalzo hasta la entrada, me jaló del brazo para colocarme detrás de su espalda. Viéndolo arrinconar al hombre como si lo acorralara, quedó claro que no era un visitante bienvenido.

El hombre, que alternó la mirada entre él y yo —ambos en batas de baño— terminó por mirarlo fijamente como si lo demás no importara.

—Vine porque tengo algo que decir.

—¿Éramos tan cercanos como para que yo tenga que sacar tiempo valioso porque apareces así sin avisar?

—Las obras de Shushu se vendían muy bien. Hoy era la inauguración y casi todas con cartel de sold out. Se están quedando en el mismo hotel, ¿cierto?

—Y eso. ¿Vienes a amenazar o qué?

El hombre soltó una risita nasal y desvió la mirada hacia el suelo. Golpeó el azulejo del hall con su paraguas envuelto en plástico.

—Hyung, eres increíble. De verdad me dejaste sorprendido. ¿Así que al final encontraste al autor de Aislamiento?

—.....

Parecía alguien tanteando aquí y allá para descubrir cualquier punto débil oculto de él. Pero, curiosamente, pese a intentar atacar, el propio hombre parecía arrinconado.

Sin saber cómo manejar la situación, él lo miró con el ceño fruncido. Luego me miró brevemente, como si tomara una decisión.

—Ve a esperar al estudio.

Nunca usaba ese tono imperativo, ni conmigo ni con los miembros de Phantom.

Se hizo a un lado, señalando la puerta del estudio que estaba frente al master room. El hombre me lanzó una mirada breve, cargada de desdén y curiosidad, pasó a mi lado y entró al estudio, cerrando la puerta.

Él soltó un suspiro profundo, como si viniera desde lo más hondo del pecho, y se volvió completamente hacia mí. Su rostro, cansado, intentó esbozar una sonrisa incómoda.

—Lo conozco de antes… también pinta. No sé por qué vino hasta Chicago, pero supongo que necesito escucharlo.

—.....

—Como viste… no es alguien a quien pueda ignorar así como así.

—Sí… se notó.

—Ah… de verdad, no era mi intención. ¿Qué hago? Otra vez voy a romper la promesa. ¿Por qué no van tú y Yuni juntos sin mí?

Tal vez creyó que mi silencio era señal de molestia, porque me tomó de los hombros e inclinó el cuerpo para ver mi expresión con preocupación. Tenía la cara de un hombre que no sabía qué hacer por cancelar, sin querer, dos citas seguidas.

Pero yo no estaba molesto en absoluto. Hubiera sido bueno pasar tiempo juntos, claro, pero no era una situación provocada por él. No iba a mostrar disgusto y culparlo por algo así.

—Si me quedo… ¿le molestaría?

—.....

Se quedó congelado un segundo, sorprendido, y luego negó varias veces.

—No, ¿cómo va a molestarme? Para nada. Solo pensé que estarías decepcionado por cancelar otra vez.

—No quería salir. Quería estar con usted… Así que, si no le incomoda, preferiría quedarme aquí. También… estoy preocupado. Por lo que sea que pase.

Él levantó mi barbilla suavemente. Mi mirada, que caía hacia su pecho, se encontró con sus ojos. Temí que descubriera que dentro de “preocupado” también había un poco de egoísmo por no querer dejarlo a solas con otro hombre.

—¿Acaso, antes…?

—.....

Su rostro, acercándose como para besarme, se detuvo. Negué con la cabeza y aparté un poco su pecho. Me resultaba extraño preguntarle algo así. Sabía que estábamos saliendo, pero todavía me costaba adaptarme a actuar como un verdadero novio.

—No, no. Se lo explicaré bien a Yuni. Vaya, rápido, está esperando.

Intenté darme vuelta, pero él me sujetó del hombro.

—¿Quieres saber si fue alguien con quien salí?

—.....

—¿Sí?

Aunque así hubiese sido, sabía perfectamente que no tenía relación con lo que somos ahora. No es que no confiara en él. No quería mostrarme patético, así que no contesté. Sentí calor subir hasta las orejas: quería esconderme.

—Puedes preguntar. Tienes derecho a exigirme explicaciones sobre eso.

Moviendo mis hombros, intentó mirarme el rostro. Lo empujé, cubriéndome la cara con un brazo.

—P-primero… vaya a hablar.

Su mano, que había deslizado desde mi hombro a mi brazo, terminó cubriendo mi rostro. Aunque mis mejillas rojas quedaron expuestas, no se burló. Solo me miró con seriedad.

—Después… te contaré todo.

Ni bien lo dijo, me abrazó. No era raro que me abrazara, pero esta vez me tomó por sorpresa. Y la fuerza con que me sostuvo… como si quisiera grabarme en su pecho.

Pensar en el viaje agotador que había tenido desde que llegó a Chicago, en lo poco que había descansado, me hizo sentir que ese abrazo no se debía solo a la situación. Parecía realmente exhausto. Me sentí mal por no haberlo abrazado primero.

—Te lo contaré todo.

Lo repitió, murmurando contra mi oído. Asentí y rodeé su espalda con los brazos. Cuando le di unas palmadas suaves en la espalda, él rió como si un niño de cinco años acabara de reconfortarlo sin querer.

Volvió al master room para vestirse, y yo me dirigí a mi habitación para llamar a mi noona y explicarle la situación.

Me preocupaba que se decepcionara por la cancelación, pero estaba más bien aliviada. Dijo que de todos modos ambos estábamos incómodos fingiendo una reunión cálida cuando todos sabíamos que era incómoda.

Para distraerme, me quité la bata y me cambié. Intenté retomar mis bocetos en la mesa, pero era difícil concentrarme.

Cuando iba a sacar una cerveza del refrigerador de la kitchenette entre la sala y mi habitación, sonó otra vez el timbre.

—Ah, señor Yeehyeon… Ay, ¿el director Liu está adentro, verdad?

Era Shushu. Llevaba la misma ropa que en la inauguración de la mañana.

—Sí… pero tiene un visitante y están conversando.

Seguro está haciendo networking por la sucursal de Nueva York. Shushu murmuró con disgusto, señalando hacia adentro.

—¿Puedo esperar en la sala?

Parecía que él iba a tener otro problema encima… pero no había razón para impedirle el paso a Shushu.

La conduje a la sala y le ofrecí algo de beber. Inicialmente pidió café, pero luego me detuvo en la cocina y pidió cerveza. Cuando regresé, llevaba dos botellas.

—Gracias. No se preocupe por mí, descanse en su habitación si quiere.

—No, no. Antes de que llegara quería sacar una cerveza de todas formas.

—Si me acompaña mientras espero, mejor para mí.

No insistió en rechazarlo.

Nos sentamos uno frente al otro en dos sillones individuales con un pequeño velador entre nosotros. Desde mi asiento podía ver el este de Chicago por la ventana derecha y toda la sala al frente. El espacio era lo bastante amplio y lujoso como para recibir a veinte personas cómodamente.

—Me gustaron mucho las obras.

—Ah… debió estar ocupado, gracias por ir a verlas.

—No sabía que usted era el autor de Aislamiento hasta hoy.

—.....

—Aunque el desgraciado de Awi trabaja en el mundo del arte, no suele exhibir muchas cosas en su casa. Pero esa obra… la colgaba siempre, mudara a donde se mudara.

Todos los que lo conocían decían lo mismo: para él, Aislamiento era especial. Que Shushu también lo mencionara me sorprendió.

—…¿Qué?

Shushu sonrió al verme mirarlo fijamente. Desvié la mirada y me disculpé.

—No, es solo que… me sorprende que usted, como artista, lo llame desgraciado…

Como si lo hubiera esperado, Shushu volvió a reír. Luego inclinó otra vez la botella de cerveza y me alzó las cejas de forma juguetona.

—Cuando estoy trabajando y nada sale bien, digo cosas peores que esa.

Debí poner cara de “no lo puedo creer”, porque Shushu siguió riéndose al verme.

—Para Awi, preguntarles a todos los que visitan su casa por primera vez qué creen que significa ese cuadro era como una especie de diversión.

Tiene varias obras famosas en su colección, pero ese cuadro en particular… estaba obsesionado con él. Pero ahora resulta que usted es el autor de Aislamiento, y que antes tuvo algún tipo de relación con la directora. No sé cómo es que todo termina tan enredado. No he vivido tanto, pero a veces la vida es realmente graciosa, ¿no cree?

Como alguien que también había sido protagonista de alguna comedia absurda que la vida se encargó de escribir, Shushu bebió con una sonrisa amarga.

Aunque él pareciera siempre luminoso, su vida tampoco debía haber sido un invernadero, sino algo mucho más salvaje. Y aunque sabía que lo que se ve no es todo, me di cuenta de que quizá también había formado un prejuicio sobre Shushu sin darme cuenta, y me sentí un poco culpable.

—¿Awi lo trata bien?

—¿…Perdón?

El ataque repentino de la pregunta hizo que la cerveza se me fuera por el mal camino. El rubor en mi rostro podía atribuirse al ataque de tos, lo cual fue un alivio.

Mientras se disculpaba y preguntaba si estaba bien, Shushu reía como si no entendiera por qué me sorprendía tanto.

—Awi y yo somos amigos desde el parvulario. Solo con ver cómo lo trata a usted es evidente. Además, ese desgraciado ni siquiera parece intentar ocultarlo.

“Yo lo conozco: si quisiera esconder con quién está saliendo, podría engañar incluso a Dios”. Añadió aquello, y yo solo jugueteé con la botella de cerveza sin saber dónde mirar.

—Yo pregunto si lo trata bien, pero a mí me parece que usted le encanta. ¿Acerté?

Shushu me animaba a hablar, disfrutando claramente de mi reacción. Cuanto más lo hacía, más ardía mi cara. Ni siquiera me he acostumbrado por completo a salir a solas con él, ¿cómo voy a hablar de eso delante de otra persona?

Mientras intentaba cambiar el tema desesperadamente, escuché desde el pasillo conectado al salón el sonido de la puerta del estudio abriéndose. Parecía que la conversación había terminado. Sentí alivio y dejé la botella sobre la mesa antes de ponerme de pie.

—…¿Seonyu?

El pasillo que conectaba el salón con el estudio y la habitación principal no era largo. Y desde donde Shushu y yo estábamos sentados, se veía todo claramente. Shushu, como si hubiera visto un fantasma, se levantó lentamente del sofá. Pero no era él a quien había llamado. Su entrecejo se frunció como si dudara de lo que veían sus ojos.

—H-hyung…

El hombre que salió primero del estudio reaccionó a la voz de Shushu. La persona que venía detrás vio la situación, frunció el ceño y mordió su labio inferior. Parecía desesperado. Pero los ojos de Shushu solo estaban fijos en el otro hombre.

—¿Por qué estás… aquí…?

—Ah… yo… estoy buscando un lugar en Seúl para hacer una exposición individual, y mi galería dijo que conocía un buen sitio, así que vine y… resultó ser la casa de Weikun-hyung.

El hombre avanzó con pasos torpes hasta la entrada del salón, rascándose la nuca con una sonrisa incómoda. Luego miró a Shushu con una expresión compleja y habló con cuidado.

—¿Has estado bien? Tus obras… están mejores.

—……

—Tu tobillo… ¿está mejor?

—Eso fue hace siglos.

Shushu sonrió con amargura y bajó la mirada a la botella en su mano.

Al escucharlos mencionar el tobillo, una página de mi memoria se abrió. Aquellos resultados de búsqueda sobre su pasado: las lesiones repetidas, la infección tras la cirugía, y cómo tuvo que abandonar la danza.

Aunque solo eran miradas sin forma física, entre ellos se intercambiaban como un arma peligrosa capaz de herir mortalmente. Contuve el aliento mientras observaba, y pensé por un momento que tal vez el “alguien del pasado” no era él… sino Shushu.

Si en la entrada de la casa la tensión entre él y el hombre era casi hostil, ahora entre Shushu y ese mismo hombre había algo mucho más complejo… e insinuante. Él, en cambio, estaba detrás del otro, con los brazos cruzados, como un tercero ligeramente apartado. Su expresión era bastante feroz, pero aun así…

—¿Qué vas a hacer? ¿Se van a poner al día, contarse cómo han estado, tomar un té siquiera?

Él le habló a Shushu por encima del hombro del otro hombre, con un tono que transmitía que no había necesidad alguna de ese tipo de conversación.

Pero Shushu no pudo responder de inmediato; solo abrió y cerró la boca varias veces. El hombre también lo miraba sin poder pronunciar palabra, mordiendo su labio inferior. En lugar de los dos, incapaces de acercarse o alejarse, él fue quien dio un paso.

—Hong Seonyu, ¿tienes algo más que hacer aquí?

El hombre se giró hacia él ante el matiz de “piénsalo bien” que tenía esa pregunta. Cuando volvió a mirar a Shushu, su mirada estaba temblando de forma brutal.

El hombre apretó los labios, y con una voz seca y lenta dijo:

—Felicidades por la exposición. Entonces…

Y aun cuando ya estaba girado del todo para irse, no apartó los ojos de Shushu.

Shushu no dijo nada.

Mientras veía desaparecer al hombre por la entrada, y luego a él y a Shushu, paralizado y pálido, sentí que la tensión se me contagiaba al cuerpo y a la mente. Ni siquiera podía respirar hondo a su lado.

Él volvió pronto al salón. Pensé que sería mejor darle espacio, así que recogí las botellas vacías y las llevé a la cocina antes de irme a mi habitación. Me senté frente a la mesa, pero estaba claro que no iba a pintar nada.

Seonyu.

Aunque solo lo llamó una vez, Shushu claramente se dirigió a él así. Y él lo llamó Hong Seonyu.

Puede que sea una idea descabellada, pero el recuerdo del cuadro que vimos juntos en la feria de arte de Hong Kong, Amantes sobre la cama, se superpuso a la escena.

El nombre del pintor que me repetí para no olvidarlo fue SEONEW. Un artista coreano de veintitantos, perteneciente a una galería de Nueva York.

Y en ese momento él tenía una actitud como si quisiera que yo dijera algo sobre ese artista en particular. No era una simple opinión casual. Hasta me animó a criticarlo más honestamente. Él mismo lo juzgó con frialdad, diciendo que en uno o dos años el valor se desplomaría a la mitad cuando pasara la burbuja.

“Es alguien que conocía antes… pinta.”*

Sumando eso con lo que acaba de pasar en la entrada, ya no parecía una conclusión tan absurda.

Pero aunque aquel hombre fuera SEONEW, no tenía más terreno para seguir especulando. Podría buscar más información, pero no me gustaba la sensación de estar escarbando en la vida privada de personas cercanas a él o a Shushu.

No sé en qué momento me quedé tan absorto en mis pensamientos, pero cuando escuché el golpe de la puerta me sobresalté tanto que me levanté de golpe.

—Sí.

Después de mi respuesta rígida, la puerta que daba al salón se abrió despacio.

—¿Podemos hablar un momento?

Él habló desde el umbral, sin entrar a la habitación. Parecía una señal de que quería que saliera a la sala, así que asentí y caminé hacia allí.

Shushu ya se había ido. Frente al juego de sofás individuales en el que Shushu y yo habíamos estado sentados hacía un rato, la mesa delante del sofá triple estaba cubierta de forma desordenada con whisky, un vaso con hielo, un cenicero, cigarrillos y un encendedor.

Me hizo sentar en el largo sofá de tela color marfil, de tono tranquilo, y me preguntó si quería tomar más cerveza. No quería emborracharme, pero sí necesitaba algo para beber. Al asentir, trajo una botella de cerveza desde la cocina. Después arrastró una silla del comedor —el que estaba entre mi habitación y la sala— y tomó asiento a mi derecha, cerca de la esquina de la mesa.

Sostuvo entre sus manos el vaso de whisky, con un tercio aún dentro, y dijo:

—El ambiente se puso un poco raro antes… Debiste preguntarte qué estaba pasando. Lo siento.

No respondí y esperé a que continuara. Su rostro, clavado en algún punto de la mesa decorada con un borde dorado antiguo, ya me adelantaba que lo que estaba por oír no sería agradable. La cerveza en mi mano comenzaba a cubrirse de gotas, pero ni siquiera podía pensar en beber.

—Sé que enterarte de esto puede… ser una carga para ti, señor Seo Yeehyeon…

Sin apartar la mirada del mismo punto, bebió un sorbo de whisky.

—Pero me desagrada mucho más que pudiera haber un malentendido respecto a Shushu o… ese tipo de hace un rato, Hong Seonyu. Así que te lo voy a contar.

Él, que tenía los codos sobre las rodillas y el torso inclinado hacia adelante, levantó la cabeza y me miró. Su rostro no tenía ni una pizca de color; más que calmado, parecía como si hubiera vaciado todas sus emociones.

—¿Recuerdas el cuadro Amantes sobre la cama, el que vimos juntos en la feria de arte de Hong Kong?

Mi corazón empezó a latir rápido, pensando que mis sospechas quizá no eran una exageración absurda. Apreté sin darme cuenta la botella de cerveza y asentí despacio.

—El hombre que vino hace un rato es Hong Seonyu. El artista que pintó ese cuadro.

Después de soltar solo esa breve información, tardó un buen rato en continuar. Había dicho que me lo contaría, pero parecía no estar seguro de que revelar todo fuese realmente la decisión más inteligente.

Acaricié con el pulgar el vidrio frío de la botella sin tomar ni un sorbo y le dije:

—Si no es algo que deba saber… o sea… si no afecta directamente a nuestra relación, no hace falta que me lo diga. Hay otras personas involucradas…

Él me miró otra vez, en silencio. Yo también sostuve su mirada, esperando su decisión. Sus labios, más secos que de costumbre, se entreabrieron despacio.

—Hong Seonyu… fue la pareja de Shushu, la causa indirecta pero decisiva del accidente que obligó a Shushu a dejar el ballet.

—……

—Y antes de eso… también fue un hombre con el que yo salí.

—……

Al oír esa última frase, el aire se me atascó en los pulmones. Inhalé sin querer y dejé de respirar. Mis ojos, abiertos de par en par, delataban mi sorpresa. No lograba recomponerme.

Él, sin embargo, se mantenía sereno. Ya parecía preparado para esa reacción, o al menos la esperaba.

—Aunque llamarlo “salir” es exagerado… Como todas mis otras relaciones de entonces, no duró ni medio año, y no había afecto real. Fue solo una relación física sin apego. Pero existió. Fue cuando terminé el programa de H.M.I.S. en Hong Kong y me mudé a Londres para ir a la universidad. Yo estaba en tercer año, era mi último curso allá, y Hong Seonyu estaba en primer año del R.C.A., el Royal College of Art. Su familia se había mudado a Londres cuando él estaba en secundaria por los negocios de su padre, y como todo les fue bien, él era muy seguro de sí mismo y bastante arrogante. Era joven. Y yo también lo era, así que… supongo que encontraba algo de encanto en eso.

Se burló de sí mismo levantando ligeramente una comisura.

—Aunque eso no significa que tolerara su actitud altanera.

Bebió el último sorbo de whisky que quedaba en el vaso, lo rellenó y continuó.

—No tenía tiempo ni disposición emocional para dedicarle a algo como el amor; estaba en el último año y ya tenía suficientes problemas propios. Así que lo veía como alguien con quien satisfacer deseos de vez en cuando. Sabía que él tenía otras parejas además de mí, y jamás me importó.

Ahí hizo una pausa y me miró de reojo.

—Contarte esto no creo que me gane puntos, lo sé.

Por lo que contaba, parecía que las sospechas del hyung Juhan sobre su vida amorosa pasada no iban tan desencaminadas. En mi caso, lo difícil era imaginarlo en una relación tan… descuidada, tan poco implicada emocionalmente.

—Igual que nunca dijimos “salgamos juntos” ni nada que implicara compromiso, también terminamos sin palabras: cada quien se fue alejando y quedó en nada. Estaba justo en esa etapa en la que no sabía si quedarme en Londres para hacer mi carrera o regresar a Hong Kong y aprender el negocio de mi padre. Entonces, de repente, él volvió a buscarme. Su padre estaba en problemas económicos y su familia, excepto el padre, tendría que dejar Londres y volver a Corea… y él me pidió quedarme en Londres bajo mi responsabilidad. Que mantenerlo y pagarle los estudios no sería nada para mí.

Chasqueó la lengua y rió con incredulidad.

—Con lo orgulloso que era… presentarse ante mí, con quien solo había tenido sexo y ya estaba todo acabado, y decir algo así… En cierto modo, hasta tenía mérito el valor de venir a pedirme eso. Pero que incluso en esa situación pareciera venir a cobrar una deuda… ahí sí que perdió lo poco que quedaba de encanto. Siempre había sido alguien obsesionado con el éxito, pero al quedarle sin respaldo económico, parecía que ya no le quedaba pasión por el arte sino solo ambición. Ningún atractivo.

Frunció el ceño, giró el vaso en su mano y humedeció sus labios secos con whisky.

—Después de eso, como no podía seguir en Londres, pensé que simplemente se acabó. Y lo saqué de mi memoria. Hasta que Shushu, que vivía en Seúl, volvió a presentármelo como su pareja. Nunca pensé que lo volvería a ver.

—Ah…

Se me escapó un suspiro. Pero él me sonrió torcido, como diciendo que aquello no era ni la mitad.

—Sabía que Shushu tenía alguien por quien estaba completamente perdido, pero… que era Hong Seonyu. Cuando lo presentaron y él me vio, puso una cara como si hubiera visto a un fantasma. Y cómo no.

Dirigió la mirada al vacío, y su tono, hasta entonces calmado, se tensó.

—Shushu es omega. Y Hong Seonyu… hasta donde sé, es un beta gay absolutamente bottom(Pasivo). Y además, muy, muy hambriento en lo sexual. ¿Y ese tipo con un omega?

“Di algo que tenga sentido.” Dijo eso como si el tal Hong Seonyu estuviera ahí frente a él, como para reprochárselo.

—Claro, no es que todo omega prefiera siempre un rol receptivo, pero la mayoría de los instintos van en esa dirección. Alfa y omega tienen impulsos sexuales mucho más fuertes que los beta. Y Shushu, desde que se presentó como omega, siempre vivió acorde con sus instintos. Si comparas a Shushu y a Hong Seonyu como si fueran dos beta gays… sería como ver a dos bottom empedernidos saliendo juntos. Desde mi perspectiva, sabiendo cómo era ese tipo, no tenía ningún sentido. No iban a tener un amor platónico para adultos. Era absurdo pensar que tendrían una relación que incluyera una vida sexual.

Hizo una pausa y me preguntó si podía fumar. Sin responder, tomé la cajetilla y el encendedor que estaban más cerca de mí y se los tendí. El olor amargo se esparció con la primera bocanada. Soltó el humo lentamente y dijo:

—Cuando supe que se irían a estudiar juntos a Nueva York, me imaginé cuál sería el objetivo de Hong Seonyu… Pero el problema era…

Su ceño se frunció aún más y presionó los párpados como si tuviera dolor de cabeza. No era difícil deducir de dónde venía el dinero para ese viaje.

—No podía decirle a Shushu que yo había tenido algo con ese tipo, y que por eso sabía cómo era realmente, y que su novio solo lo estaba usando para su propio éxito.

Ninguna de esas frases era algo que pudiera decirse fácilmente a un amigo íntimo. Pasó una mano por su rostro, inhaló profundamente el cigarrillo y enderezó la postura.

—Intenté convencerlo con tonterías como “Eres omega. No tienes futuro con un beta”… pero no funcionó.

Ya llevaban más de un año juntos, y si quería separarlos por completo, la única forma era exponer todo sobre su pasado con Hong Seonyu, causándole una conmoción enorme a Shushu. Pero frente a su amigo, feliz y profundamente enamorado, esa decisión era casi imposible.

Ya llevaban más de un año juntos, y si quería separarlos por completo, la única forma era exponer todo sobre su pasado con Hong Seonyu, causándole una conmoción enorme a Shushu. Pero frente a su amigo, feliz y profundamente enamorado, esa decisión era casi imposible.

—Incluso si lograba evitar que se fuera a Nueva York… el dolor por la traición iba a ser inevitable. Y si encima descubrían que su primer amor tan preciado había sido pareja de su mejor amigo… No sabía si su mente podría soportarlo. En ese entonces era mucho más frágil que ahora.

Dejó descansar la mano con el cigarrillo en el apoyabrazos y negó con la cabeza, mirando la brasa.

—Cuando todo eso pasó, yo solo estaba de visita en Seúl por vacaciones. Tenía que volver a Hong Kong, y una vez de vuelta en mi rutina, intentar persuadirlo por teléfono desde otro país tenía límites.

Esta vez bajó la cabeza como un culpable.

—Al final, fue eso. Me dio miedo el impacto que recibiría frente a mí, y por eso no lo detuve con más fuerza.

Su voz era de auto-reproche. De repente tomó varios tragos de whisky —sin hielo— y fumó otra calada profunda. Parecía alguien castigándose indirectamente con alcohol y nicotina.

La pareja de Shushu había sido, en el pasado, un hombre que había tenido una relación con él. Pensé que la historia derivaría en cómo, al enterarse de eso, Shushu no tuvo más opción que terminar con su novio, pero la situación era mucho más complicada.

Parecía que al final él había optado por no contarle a Shushu la verdad sobre el pasado y la identidad real de Hong Seonyu, y si era así, entonces la ruptura entre los dos no había sido por eso.

—Los dos al final se fueron a Nueva York como tenían planeado, y sorprendentemente, incluso después de mudarse allá, vivieron juntos dos años más.

Tras dar un sorbo más de alcohol, soltó una risa nasal y breve. Su relato ahora fluía como un monólogo, como si recordara el pasado a solas.

—Claro que… que hayan pasado dos años sin romper no significa que esos dos años estuvieran realmente dedicados el uno al otro. Solo porque no los descubrieron, ¿quién sabe si siguieron con esa porquería durante los dos años enteros?

Con una mueca cínica, apagó la colilla corta del cigarrillo presionándola con brusquedad en el cenicero.

—Shushu se sometió a una cirugía de reconstrucción del tendón de Aquiles por una lesión que tuvo durante los entrenamientos. Iba regularmente al centro para sus sesiones de rehabilitación. En ese entonces, la operación había salido perfecta y las probabilidades de que siguiera bailando eran muy altas. No era algo de lo que preocuparse. Pero un día, su terapeuta tuvo que retirarse temprano por asuntos familiares, y Shushu, que era muy tímido con los desconocidos, en lugar de entrenar con otro terapeuta, cambió el horario y volvió a casa mucho más temprano de lo previsto.

Con la expresión “esa porquería” que había usado antes, ya se podía intuir lo que había ocurrido después. Incluso pudiendo imaginarlo, sentí la boca resecarse, y por primera vez bebí un trago de la cerveza que tenía en la mano. Estaba ya tibia.

—En esa cama donde dormía cada día con su novio, o al menos con el hombre que creía que era su novio… tuvo que presenciar cómo su pareja, con el pene de otro hombre metido en su trasero, gemía tan fuerte, tan metido en el sexo, que ni siquiera se dio cuenta de que la puerta del dormitorio se había abierto. Cómo jadeaba, perdido en el placer que otro hombre le daba… un placer completamente distinto al que mostraba cuando estaba con él…

Frunció el rostro con tanta fuerza que parecía un testigo más de aquella escena. Dejó la botella de cerveza sobre la mesa, se tomó la cabeza entre las dos manos y bajó la mirada. Fue un relato horrible.

—Y después… bueno, todo fue un desastre. Yo solo escuché lo básico por parte de Shushu, así que no lo sé todo. Pero Shushu salió corriendo, y ese desgraciado salió atrás de él completamente desnudo, apenas con un calzoncillo… En medio del forcejeo en las escaleras del apartamento, Shushu, llorando y descontrolado como si hubiera perdido la cordura, pisó mal y se volvió a lesionar el mismo tobillo operado. Me dijo que ni siquiera sintió el dolor en ese momento… así de fuera de sí estaba.

Probablemente, aunque el dolor hubiera sido peor, ni lo habría sentido. Ya había pasado un año desde que él le presentó a Hong Seonyu, y dos años desde que se fueron a Nueva York. Si uno viera con sus propios ojos la infidelidad de una pareja de tres años de esa manera… no habría persona en el mundo que pudiera mantener la calma. Yo… si fuera yo…

Volví a tomar la botella que había dejado en la mesa. La cerveza tibia sabía más amarga y sin espuma, pero la tragué de forma mecánica.

—Con eso se acabó la vida de Shushu como bailarín… y también la relación entre ellos dos. Por supuesto, Hong Seonyu ya no podía recibir apoyo económico de Shushu. No sé qué hizo después, pero se tomó un año de descanso académico y al final logró graduarse.

Le restó importancia al destino posterior de Hong Seonyu, y volvió a llenar su vaso. A medida que lo vaciaba poco a poco, continuó su relato con dificultad.

Cerca de un año después del accidente, abrió Phantom en Seúl junto a la directora, y tardó otro año en lograr que Shushu, que se había convertido en un completo despojo, tomara una cámara en sus manos y se enfocara lo suficiente en la fotografía como para realizar su primera exposición individual.

Durante ese tiempo, confesó con pesadez la culpa que había sentido al observar a Shushu. Yo no podía decirle nada.

—Si ahora, cuando ya todo terminó con Hong Seonyu, Shushu llega a enterarse de mi pasado con ese desgraciado, y de que ambos mantuvimos la boca cerrada durante todo este tiempo… seguramente esta vez sí sería el fin. Pensaría que todo lo que le he propuesto y dicho hasta ahora fue compasión nacida de la culpa. Porque de forma innata su mente siempre se va hacia lo negativo.

¿Por qué frente a Amantes en la cama él había mostrado aquella hostilidad hacia la obra y hacia el artista? ¿Qué sintió cuando Hong Seonyu volvió a aparecer? No pretendía decir que lo entendía todo, pero era posible intuirlo y empatizar un poco.

Al imaginar el tiempo que había pasado cargando ese peso tan serio como parte de sí mismo mientras cuidaba de Shushu, bajé la mirada y le dije con cautela:

—Lo siento…

—…

Aunque hablé muy bajo, él lo escuchó. Pude sentir su mirada sobre mí, pero no fui capaz de levantar la vista. Respondí a la pregunta silenciosa que me estaba lanzando con los ojos.

—Sentí celos… sin pensar… del artista Shushu…

Él soltó una risita suave. Una risa que decía que jamás se habría imaginado que yo reaccionaría así. Cuando levanté los ojos, su rostro estaba adornado con una sonrisa tenue y una calidez amable. No era el hombre atrapado en el pasado que había estado hablando hasta hacía un momento, sino él, aquí y ahora, mirándome.

—Choi Inwoo entró como alumno transferido al curso medio de Minton justo después de su manifestación, y desde entonces fuimos amigos… pero Shushu estaba conmigo desde el jardín de infancia.

H.M.I.S., donde se reunían los hijos de ricos asiáticos, no declaraba oficialmente que sus instalaciones fueran solo para alfas y omegas, pero para transferirse a partir del nivel medio era necesario demostrar que uno se había manifestado como alfa o como omega, y para ingresar al jardín o a primaria, al menos uno de los padres debía ser alfa u omega. No era un requisito oficial, pero sí una condición tácita.

En secundaria a veces había betas, pero solo si su familia tenía una influencia excepcional; y si no se manifestaban, casi siempre se veían obligados a cambiar de escuela por presión silenciosa. Era casi una tradición dentro de H.M.I.S., un procedimiento aceptado como obvio. Por eso, alguien que completaba toda la educación secundaria allí era, prácticamente, un miembro de la élite alfa u omega.

—Para mí, que era hijo único y tan frío e indiferente con los demás que decían que era despiadado… él es como un hyung con quien crecí toda la vida. Pero… nadie, bajo ninguna circunstancia, está por encima de tus sentimientos.

Lo dijo con firmeza absoluta. Y yo ya confiaba en eso completamente, porque sus acciones anteriores lo demostraban.

—No tengo… ese tipo de preocupaciones.

Él volvió a sonreír ante mi murmullo, y se quedó mirándome un buen rato. Ambos habíamos tenido un día agotador y ni siquiera habíamos cenado, pero no teníamos hambre. Afuera ya estaba completamente oscuro.

—Las personas siempre mantienen una distancia objetiva y una mirada fría cuando se trata de los problemas de otros; dan conclusiones sensatas y consejos claros… pero cuando se trata de sí mismas, incluso después de tener la respuesta, dudan. La razón es sencilla: por perfecta que parezca una conclusión, siempre tiene puntos débiles. Y ese pequeño margen de error que en la vida de otro es fácil de ignorar, en la propia vida se convierte en un miedo ineludible. El temor a un mísero uno por ciento de probabilidad de fracaso es suficiente para sellar una boca, atar unos pies… y convertir a una persona, incluso sabiendo que el problema empeora con el tiempo, en alguien incapaz de decidir.

Sabía mejor que nadie de qué hablaba. Yo había sido precisamente esa persona, la que había dejado que el silencio de mi padre se prolongara por miedo a ser rechazado otra vez. Aunque sabía que nada cambiaría si no hacía algo, aun así… había elegido mirar hacia otro lado.

Él repitió sus palabras como si las saboreara, y volvió a mirarme en silencio. No pude apartar la mirada de sus ojos, más claros y azulados de lo habitual. Si yo desviaba la vista, sentí que él se derrumbaría. Era el rostro de alguien que estaba resistiendo con dificultad, y comprendía su lucha.

—A Shushu lo arrinconé preguntándole si su juicio se nubló por una emoción como el amor, algo que puede desaparecer en cualquier momento… pero ahora…

Sin terminar la frase, apartó la cabeza como si escapara y bebió. Luego volvió a mirarme, respiró hondo y habló.

—Si te pierdo… ¿qué sería de mí? Lo pienso todos los días.

—…

—Lo pienso varias veces al día. Cuando no estás a mi lado, claro… pero incluso cuando estamos juntos así… incluso en el momento del clímax, cuando estoy dentro de ti, conectado contigo por el notting(nudo), empapado en el placer que me das… incluso entonces, en realidad, tengo miedo.

Fue una confesión totalmente inesperada; incluso me generó un leve impacto. Aunque podría interpretarse como una declaración de lo profundamente que me amaba, no quería que el sentimiento más abrumador que él experimentara conmigo fuera el miedo.

—Seo Yeehyeon.

Su voz era tranquila y serena, sin temblores ni señales de agitación, pero tenía algo que me provocaba un vago terror por lo que pudiera decir a continuación. El pecho se me agitó como una puerta desencajada golpeando con fuerza por el viento.

—.....

—……¿Nos casamos?

Pero lo que salió de sus labios, tan serenos, no era ninguna amenaza.

Si hubiera sido un impulso, habría percibido algún rastro de exaltación; pero su voz, su mirada, su expresión… eran tan estables, tan calmadas, como si hablara de algo que llevaba mucho tiempo preparado.

Había demasiadas cosas que quería decir, demasiadas que debía decir… pero parecía estar reuniéndolas todas en una sola frase cargada de una humildad cautelosa.

Aun así, era tan repentino que solo pude mirarlo con una sonrisa aturdida.

Él se inclinó hacia mí, sosteniendo el vaso de whisky con ambas manos, apenas agarrado.

—Sea Inglaterra, Francia, Alemania, Estados Unidos, donde sea… si es un país donde el matrimonio entre un alfa y un beta es legal, podemos hacerlo. No es difícil para mí obtener la residencia o la ciudadanía de cualquier lugar. Si lo hacemos así, todos mis derechos podrían quedar legalmente garantizados para ti… incluso si algo me ocurriera, todos podrían trasladarse de forma segura a tu nombre.

Mi expresión se tensó ante la posibilidad —dicha como si fuese inminente— de que algo pudiera pasarle. Al notar mi rigidez, él desvió la mirada y cerró brevemente la boca, como si se hubiera dado cuenta de que había dicho algo indebido.

—No es que quiera atarte aprovechándome de algún beneficio material de mierda….

O quizá… no era del todo falso. Murmuró eso con un dejo de ironía amarga y se frotó la mandíbula. Luego pasó los dedos por su cabello seco, aún sin peinar tras la ducha.

—Hablándole de matrimonio a alguien que apenas tiene veintidós años… debe sonar como una locura.

El hecho de que yo no reaccionara pareció hacerle pensar que estaba rechazando la idea, o que no la tomaba en serio. Dejó el vaso, se frotó la cara con brusquedad y encendió un cigarrillo.

Ahora entendía que su calma al hablar de matrimonio no era serenidad, sino rigidez provocada por tensión y ansiedad.

Inclinado hacia adelante, apoyó los codos en los muslos y llevó el cigarrillo a los labios una y otra vez sin realmente fumarlo. Viendo su rostro cabizbajo, que parecía abatido por mi reacción, giré lentamente la botella de cerveza en mis manos.

Aunque yo sentía que estaba corriendo hacia él con todo mi corazón, su amor siempre iba unos pasos más adelante. No significaba que me costara alcanzarlo. Solo que, si tenía que detenerse cada vez para esperar a alguien tan lento como yo, ¿no se cansaría algún día? Esa vaga sensación de miedo se asomó en mí.

Mordí mi labio inferior, lo observé desde arriba y hablé despacio.

—Si… en lugar de decirlo así, como si algo te persiguiera… me lo dijeras después de considerar bien tu futuro, tu proyecto de vida… entonces yo también podría responderte con todo mi corazón.

Él levantó la cabeza y, enderezando el cuerpo, dijo con una voz áspera:

—Lo dije impulsivamente, sí… pero eso no significa que no tenga peso.

—.....

—Y mucho menos es algo que haya dicho sin sinceridad o solo porque sí.

Lo observé apagar en el cenicero un cigarrillo que ni siquiera había fumado a la mitad, y esta vez fui yo quien empezó a sentir un poco de ansiedad.

No era que estuviera ignorando su sinceridad. ¿Cómo podría yo no saber que cuando un hombre como él pronuncia la palabra “matrimonio”, no puede haber nada de ligereza en ello?

Me alegraba saber que me deseaba tanto como para sentirse impaciente… pero no quería que el matrimonio fuera la solución a esa impaciencia.

Apreté con ambas manos la botella de cerveza cubierta de gotas.

—Es la primera vez que tengo una relación así con alguien… quizá sin darme cuenta hice algo que te hizo sentir inseguro. Pero… mis sentimientos no son ligeros. Para nada.

Al pensarlo, él siempre había buscado en mí un afecto más profundo. A veces a modo de broma, a veces con una mirada seria. Pero nunca lo había exigido. Yo lo tomé como una pequeña emoción entre tantas que componen una relación, como mi propia forma de sentir celos con Shushu.

Aunque no tenía tanto como él… incluso mis sentimientos frágiles, que apenas comenzaban a crecer de nuevo, incluso mi pasado que había escondido y evitado… pensé que ya se lo había mostrado todo.

¿Quizá aún guardaba algo dentro de mí sin darme cuenta? ¿Es por eso que él se siente inseguro?

Entendía racionalmente que la balanza del amor entre dos personas no dependía de condiciones objetivas… pero a veces no podía creer que alguien como él pudiera mostrar inseguridad por mí. En comparación, yo era un niño que no sabía nada, y estaba… completamente perdido en él.

—No sé cómo te parecerá, pero yo… llegué hasta aquí gracias a ti.

—.....

—Lo de mi noona Morae y mi hyung, volver a pintar… incluso poder hablar de mi padre con alguien… todo fue posible porque tú estabas.

Si yo era el único que podía aliviar su ansiedad, entonces debía reunir el coraje para romper el silencio. Respiré hondo, y dejando que ese aire saliera como palabras, continué. El agua fría en la botella se sentía como el sudor que emergía de mis manos.

—Aunque pensé que era algo que dijiste por impulso… cuando escuché la palabra ‘matrimonio’, incluso dejando todo lo demás de lado… me alegré. Al menos, lo suficiente para saber que yo también… quiero a Awi, y te amo.

—.....

Su rostro era como el de alguien que hubiera escuchado una declaración de ruptura, no una confesión de amor.

Parecía un hombre de pie bajo un cielo que se derrumba sobre él.

Sus labios se abrieron en un suspiro doloroso, sus párpados se contrajeron, temblando como si hubiera escuchado una sentencia cruel que le arrebataba todo, en lugar de un empuje dulce que lo llenara y consolara.

Contuve un largo suspiro y dejé la botella sobre la mesa, limpiando mis manos húmedas en la tela de mi pantalón. Mis labios se cerraron solos, tensos.

¿Fue una confesión demasiado inmadura? ¿Era demasiado ligero escuchar la palabra “amor” de alguien de veintidós años después de solo unos meses juntos?

Pero aunque nunca lo habíamos dicho con palabras, el sentimiento que se había ido fundiendo dentro de nuestra relación ya había evolucionado de forma natural hacia el amor. Yo estaba seguro de ello.

Mi emoción hacia él tenía una forma demasiado compleja para ser contenida enteramente en la simple frase "me gustas". Lo que yo veía a través de él no era solo el palpitante cosquilleo rosa o la emoción. Si la definición de amor es, en última instancia, diferente para cada persona y cada pareja, la palabra más cercana a mi sentimiento actual por él, no importaba cuánto lo pensara, era amor.

—.....

—.....

Parpadeó y sacudió la cabeza varias veces, como alguien que intenta ahuyentar un sueño profundo. Luego se frotó bruscamente la cara con ambas manos. Al mirarme de nuevo, sus ojos estaban inyectados en sangre.

Me miró fijamente durante un rato con un rostro que parecía sentir la amargura de haber sido picado por una palabra venenosa, luego se levantó de la silla y se movió a mi lado. Mmm. Su respiración, que fluía a través de sus labios cerrados, era pesada.

Envolvió mi mejilla, girando mi cara hacia él, y con sus dedos largos y cuidados me apartó el pelo detrás de la oreja.

—Aunque sepas que soy un hombre frívolo que nunca ha tenido una pareja seria… ¿Seo Yeehyeon me ama?

Le ofrecí una sonrisa silenciosa ante la broma que había forzado con voz ronca. Me devolvió la sonrisa, frotando el borde de mi oreja con su pulgar. Cuando me sonreía, era muy cálido. En esos momentos parecía feliz, como alguien que disfruta plenamente de lo que desea, y por eso pensé que le estaba transmitiendo bien mis sentimientos.

Agaché la cabeza y froté mi mejilla contra su mandíbula, apoyando mi frente en su hombro.

—Si conocieras mis verdaderos deseos, que apenas estoy reprimiendo bajo mi razón… te sorprenderías mucho.

Yo no estaba decepcionado por sus relaciones pasadas y superficiales, sino aliviado y feliz por el hecho de que él nunca había entregado un corazón serio a nadie más que a mí.

Volvió a envolver mi rostro, girándolo hacia él. La emoción se desbordaba en su expresión, pero su flujo no apuntaba exactamente en una sola dirección. Supongo que mi expresión era similar a esa cuando me habló de matrimonio. Una complejidad que no podía definirse con una sola palabra.

Mientras envolvía mi mejilla, su mirada recorrió mi rostro y la distancia se acortó con cautela. Sus labios estaban más secos de lo habitual. Los labios que se habían tocado hasta que la superficie se presionó ligeramente se separaron, y él frotó nuestras narices, bajando los ojos, y dijo en voz baja:

—Desde la perspectiva de alguien que no puede reprimir y no está reprimiendo nada, no creo que sea tan sorprendente.

La mano que acariciaba mi mejilla me rodeó la cabeza, bajó y agarró la parte posterior de mi cuello. Con las frentes pegadas, susurró de nuevo:

—Ámame de una manera más sorprendente.

—.....

—No tiene por qué ser de una manera correcta y sana, simplemente hasta el punto de que me sorprenda de verdad… olvídate de toda moderación y decoro solo en lo que a mí respecta. Me gustaría que fueras ambicioso conmigo, hasta el punto de que te señalen como un tipo malo.

—.....

—De lo contrario, no puede ser. Siento que no será suficiente.

Sonaba como si él mismo ya me estuviera amando de esa manera, yendo más allá de los límites.

Acaricié con cuidado sus brazos, que rodeaban ampliamente mi cuello con ambas manos. Presionó sus labios sobre mis párpados y el puente de mi nariz. Luego tiró de mi cuello un poco más para acercar nuestros rostros y besó larga y suavemente mi sien y cerca de mi oreja.

—Me parece que el único valor que puedo darte a través de estas palabras es el hecho de que nunca se las he dicho a nadie antes…”

Y por eso, su confesión era simplemente patética ante mi amor, susurró en mi oído con una voz seca, como si pudiera desmoronarse como una galleta.

—Te amo.

Fue un susurro tan pequeño que solo yo pude escucharlo. Pero si yo lo había oído, era suficiente.

Después del susurro de "te amo" transmitido con voz grave y áspera, nuestros labios se superpusieron, y en los momentos en que no se tocaban, él hablaba de amor. Como si sus labios existieran solo para besarme y hablar de amor.

Aunque habíamos compartido muchas emociones e historias, implícitamente habíamos evitado las expresiones directas que definen la relación, pero parecía que él había decidido no guardarse más palabras.

A pesar de repetirlo tantas veces, el significado de amor que liberaban sus labios no se volvía más ligero. Por el contrario, con cada vez que pronunciaba la palabra, era como si una parte de él fuera cortada poco a poco, como si fuera una palabra pronunciada con ese grado de sacrificio, y su amor fue ganando peso, fluyendo y acumulándose dentro de mí.

Francamente, había asumido que las palabras no importaban mucho si el sentimiento ya era claro. Y sin embargo, paradójicamente, era porque sabía de su importancia que, aunque estaba seguro de mis sentimientos, no los había expresado con palabras.

Quizás eso también era algo que lo había inquietado, algo que yo había retenido dentro de mí en lugar de dárselo a él. En cualquier caso, yo necesitaba ser más expresivo verbalmente en todos los sentidos.

—No digas… que es patético.

Dije, acariciando su mejilla con la punta de mis dedos a la distancia de un roce de labios. Tan pronto como terminé de hablar, mis labios fueron tragados. El exterior de sus labios estaba seco, pero la membrana detrás de ellos y la carne que empujaba hacia adentro estaban calientes y húmedas.

La palabra amor que él me entregaba parecía filtrarse por una grieta abierta en un lugar más esencial, más allá del ámbito del romance como la dulzura o la satisfacción emocional. Mi pecho se hinchaba cada vez que escuchaba su susurro. Lo deseé de inmediato.

Abriendo la boca, alternativamente succionó mi labio superior e inferior antes de soltarlo. Mientras me besaba subiendo por mi mejilla, su mano se deslizó hacia abajo desde mi cuello hasta mi pecho. Apreté su cabeza con mis manos, soltando un gemido en el momento en que su mano, que había estado buscando a tientas sobre mi pecho, arrugando mi camiseta, se metió por dentro para acariciar mi piel desnuda.

Acariciándome la oreja con sus labios y lengua, movió su mano a mi espalda, se metió en mis pantalones y agarró mis nalgas. El hecho de que me levantara un poco para hacer espacio y facilitar el movimiento de su mano, para que me tocara con facilidad, me hizo consciente de lo acostumbrado que me había vuelto a tales actos.

Sin embargo, ese pensamiento se disipó rápidamente bajo el peso con el que me empujó y me tumbó en el sofá.

Solo sentir el peso con el que me presionaba con su cuerpo largo, que tenía un volumen considerable pero se veía esbelto cuando estaba vestido, hizo que mi barbilla se levantara y mis labios se abrieran. Como piezas de un puzle encajando, sus labios se superpusieron a los míos.

Solo sentir el peso con el que me presionaba con su cuerpo largo, que tenía un volumen considerable pero se veía esbelto cuando estaba vestido, hizo que mi barbilla se levantara y mis labios se abrieran. Como piezas de un puzle encajando, sus labios se superpusieron a los míos.

Su mano, que se había deslizado entre la parte inferior de nuestros vientres unidos, ya estaba desabrochando la hebilla de mis vaqueros. Mientras lo hacía, no dejó de mover la cintura, estimulando la parte inferior de mi cuerpo que estaba perfectamente pegada.

—Uh, mmh… hng.

Agarré firmemente el respaldo del sofá mientras el movimiento generaba fricción y calor.

Después de abrir la bragueta de mis vaqueros, subió mi camiseta y lamió mi piel desnuda con su lengua caliente. Una vez que la camiseta llegó a mis axilas, él redondeó mis pezones con su pulgar varias veces y luego los acarició con su lengua, lamiendo desde abajo hacia arriba.

—Hrr… hng.

Mi cintura se elevó mientras su lengua lamía repetidamente mis pezones, que se habían abultado y estaban más prominentes de lo normal. Mirando mi reacción con los ojos entrecerrados, su mano recorrió mi torso expuesto y descendió hacia mi cintura. Agarrando mis vaqueros y slips a la vez cerca de mis costillas, succionó fuertemente la carne alrededor de la areola dentro de su boca.

—Aah, h’t! ngh.

Agarré su hombro con fuerza con las manos que habían estado rasgando el respaldo del sofá, y él todavía me miraba, raspando la pequeña porción de carne que tenía en la boca con la punta de su lengua. Solo después de empujar mi cintura con fuerza varias veces y agarrar su hombro con dolor en lugar del respaldo del sofá, se separó de mi pezón con un sonido húmedo.

Agarró mis vaqueros y slips, que ya estaban bajados lo suficiente como para exponer más de la mitad de mis nalgas, vello púbico y genitales, y tiró de ellos de una vez. Levanté las piernas hacia el techo para ayudarlo a quitarlos. Los vaqueros, que se habían quitado del revés, cayeron al suelo debajo del sofá, y los slips blancos que me había puesto después de ducharme hace un rato estaban en su mano.

—.....

Enderezándose y colocándose entre mis piernas, me miró con los ojos entrecerrados. Luego se cubrió la nariz y la boca con mi ropa interior mientras acariciaba la parte interna de mis muslos, que estaban cruzados sobre sus propios muslos, y movía su cintura suavemente. Parecía estar oliendo los slips, y también besándolos.

El remanente de la confesión, sumado al calor que sentía entre mis piernas después de tanto tiempo, me hizo jadear mientras lo miraba. Chup. Hizo un sonido de beso en la ropa interior, luego se quitó de un tirón su camiseta negra de manga corta y la tiró al suelo junto con sus slips.

Luego se tumbó y se coló en el pequeño espacio que quedaba entre el sofá y yo. Me recosté de lado para hacerle espacio, y él se acostó pegando su cuerpo a mi espalda, colocando un cojín que rodaba por el sofá bajo mi cabeza. Pasó su brazo por el espacio bajo mi cuello, me acercó a su pecho, me besó la nuca y mordisqueó mi piel con sus dientes. Sus muslos duros se clavaron entre mis piernas.

—Uhmm… hhh, hmm.

Mis párpados se aflojaron y mi cuerpo perdió fuerza. Superpuse mi mano sobre la suya, que me frotaba el pecho, y al mirarlo por encima del hombro, nuestros labios se unieron. Su labio superior empujó hacia abajo mi labio inferior, y luego su labio inferior, más grueso, empujó hacia arriba. El beso, sin usar la lengua, parecía desesperadamente inquietante, pero el movimiento de sus muslos que frotaban mis piernas y el toque de su mano que endurecía mi sexo al moverlo eran explícitos.

Llevaba unos pantalones de interior con una banda y un cordón que caía recto ajustando la cintura, y eran demasiado delgados y suaves para ocultar el volumen de su pene que se endurecía entre la curva de mis nalgas.

—Seo Yeehyeon…”

Mi cuerpo tembló solo con el sonido de su voz, que me llamaba frotando su nariz y sus labios contra el borde de mi oreja. En realidad, era una voz muy buena. No era una voz particularmente cómoda de escuchar, pero su rasgueo bajo característico creaba un acento memorable e impresionante. Especialmente cuando bajaba más el tono y susurraba al oído con mucho aliento durante estos momentos... era aún más especial.

—Te amo.

Escuchar tal confesión con su aliento cálido, rascando las curvas irregulares de mi oreja con sus labios... era indescriptiblemente más erótico.

Estiró el brazo por encima de mi costado, agarró mi pene y lo acarició rápidamente de abajo a arriba, mientras seguía presionando su cuerpo más contra el mío. Casi aplastado bajo él, que estaba medio tumbado, acaricié su mejilla.

—Hng, huh.

Agarré su muñeca firmemente mientras él pellizcaba y retorcía mis pezones, empujando mis caderas hacia atrás para acercarlas más a su pene.

Luego deslizó su mano entre el ingle y mis nalgas, después de haber acariciado ampliamente el área cubierta de vello púbico. Sus dedos índice y anular separaron los lados de mi ano, y el dedo medio, como explorando, frotó el área de la entrada antes de deslizarse entre la membrana mucosa estrechamente cerrada. Mordiéndome el labio inferior, dejé escapar un gemido. No fue por dolor.

—Haa, hah. Hnh.

Solté su muñeca, que había estado agarrando como si me aferrara a él, y extendí mis brazos hacia atrás para agarrar sus nalgas. Sentí el movimiento de los músculos duros y temblorosos bajo la tela delgada.

Sin prisa, no de forma violenta, pero ocultando una intensa excitación inminente, a punto de explotar, justo detrás. Su dedo largo y rígido exploró el interior, agitó, se deslizó sobre la membrana mucosa haciéndome cosquillas, y luego, imitando la penetración de vez en cuando, apuñaló el interior a gran velocidad.

—Hahh. Ngh. Nh…”

Probablemente a propósito, cada vez que rascaba intensamente la parte más sensible, levantaba la barbilla, cerraba los ojos y tiraba de sus nalgas con más fuerza hacia mí.

—Ya... el olor es muy fuerte…”

Abrí los ojos y me giré para mirarlo al escuchar su voz acalorada que saboreaba el momento. Sus labios, que me besaban la mandíbula, la mejilla y la oreja, sorbieron mis labios que se habían abierto por la excitación y los gemidos, como si hubieran estado esperando. Sus labios ya no estaban secos.

Para él, que el olor fuera fuerte probablemente significaba el grado de excitación. Si significaba que mi reacción era más rápida de lo habitual, era verdad. Pero el aroma de él mismo era el que impregnaba fuertemente el aire de toda la sala de estar, aplastando todo en el espacio, incluyéndome a mí.

Desde dentro, mientras su dedo curvado estimulaba la sensible membrana mucosa excitada, él me miraba con ojos húmedos y susurraba, a la distancia de un roce de labios que se abrían el uno al otro:

—Un olor que me convierte… de golden a regular.

Inmediatamente siguió un beso intenso. Ante el éxtasis de ser yo quien derribara sus barreras, sentí que mi vista se nublaba como si fuera a desmayarme a pesar de estar acostado. Cerré los ojos, abriéndome completamente al aroma que me invadía con el beso.

—…… Tch.

Pero al momento siguiente, tuve que agarrar su muñeca por reflejo ante la sensación extraña detectada dentro de mi cuerpo. Giré la cabeza, apartando su lengua que había estado dulcemente ocupando mi boca, y miré hacia abajo. Él, cuya excitación había sido interrumpida, dispersó su aliento jadeante cerca de mi oído, ignorando mi detención y continuando moviendo su dedo.

—Espera, un momento… ahora mismo, algo…”

Él se subió sobre mí, superponiendo su cuerpo sobre mi cuerpo, que ahora estaba casi completamente boca abajo. Al mismo tiempo que provocaba una gran curvatura en todo mi cuerpo como si hubiera penetrado, empujó sus dedos hasta donde pudo entrar, como levantando mis nalgas.

—No es un momento…. ¿Por qué debería detenerme?

—Algo salió, dentro…”

—.....

Se detuvo por un momento. Pero pronto continuó hurgando en mi interior más rápido que antes y frotando todo su cuerpo contra mí. La excitación cubrió mis pensamientos bajo su aliento húmedo que me mojaba y mordisqueaba la oreja. Su otra mano entró en mis labios abiertos y tocó la membrana mucosa del interior de mi mejilla, y yo, por reflejo, fruncí los labios y succioné ese dedo largo.

—Es líquido preseminal lo que ha fluido.

—No es eso… hng.

No pude terminar la frase por el suave movimiento del dedo que se deslizó fuera de entre mis piernas. Su dedo, que alternaba la fuerza entre el índice y el medio, buscando mi lengua, era tan suave y flexible que parecía despertar todas las sensaciones en mi boca que ni siquiera sabía que existían. Ya no era posible pensar.

La mano que salió se deslizó obscenamente entre mis piernas, frotando y moviéndose. Cada lugar que la palma rozaba estaba empapado, y él miró hacia abajo, torciendo su palma a propósito para crear un sonido de fricción lascivo, como para recordármelo.

—Mira esto. Has liberado tanto... En este estado, cada vez que te retuerzas, inevitablemente se filtrará adentro…”

En lugar de decirle que no mirara, estiré mi brazo hacia atrás, tiré de su cuello y lo besé. Ya no me importaba qué fuera, solo lo quería más rápido, más profundo, más cerca. No importaba cuánto respirara su aroma a través del beso, no podía saciar esta sed que me hacía sentir que todo mi cuerpo ardía.

Golpeando su pene, que estaba pegado a mis nalgas debido a la retirada de su dedo, me chupó el labio inferior hasta que me dolió ligeramente. Dejó ir el trozo de carne blanda que había estado mordiendo y sujetando entre sus labios, y dijo con una voz secretamente pequeña:

—¿Vamos a la cama?

—.....

Asentí con la cabeza. Se incorporó y me alzó para que me sentara a horcajadas sobre sus muslos, mirándolo. Mientras me llevaba así hasta la habitación, no dejó de besarme en cada lugar donde sus labios podían tocar —labios, mandíbula, nuca, hombro— como si no permitiera que la excitación se enfriara ni un momento.

Subió a la cama de rodillas conmigo colgando de su cintura, y luego cayó sobre ella junto conmigo. Sus ojos azules, que miraban cada rincón de mi rostro mientras me acariciaba el pelo hundido en la almohada grande, estaban justo delante de mí.

Sus ojos, que evocaban un mar ondulante, eran fascinantes, inolvidables incluso con una sola mirada, no solo por ser perfectos como un cuadro o una escultura, sino porque desprendían su propio ambiente misterioso y presencia, dejando una profunda impresión en la memoria de quienes lo veían... La realidad de que este hombre hermoso era el hombre al que yo amaba y que me amaba, me pareció novedosa. Quizás era porque hoy nos habíamos permitido por primera vez la expresión "amor" el uno al otro.

Mientras lo miraba hechizado, me besó la nariz y los labios y se incorporó. Su ropa de interior negra estaba abultada de forma antinatural en la entrepierna, y la tela entre sus piernas estaba mojada de un negro más oscuro debido al líquido preseminal que el Alfa Dorado liberaba en grandes cantidades.

Rápidamente se quitó la parte de abajo y se colocó entre mis piernas, deslizando su pene semi-erecto, que aun así superaba la expansión máxima de muchos hombres, sobre mis testículos.

—Hrr… um…”

Solo por la sensación de su pene tocando mi carne interior, mis caderas se levantaron en el aire. Deslizó sus manos por mis piernas, agarró mis tobillos y los empujó hacia mi pecho. Mis rodillas se doblaron naturalmente, y al momento siguiente, mis piernas dobladas se estiraron, dejando mis tobillos sobre sus hombros. La postura hizo que su ingle estuviera más pegada a mis nalgas. La sensación del vello púbico frotándose entre mis glúteos hizo que mi respiración se volviera más errática. Acariciaba mis muslos y pantorrillas mientras arqueaba su cintura, aplicando una estimulación lasciva donde nos encontrábamos.

—Haa, nh. hh. Ha, hah.

Nuestras respiraciones, con nuestros ojos fijos en el rostro del otro y nuestros pechos agitándose, crearon una tensión con un ritmo irregular.

Se inclinó hacia adelante, apoyando las manos a los lados de mis hombros, y mi cuerpo inferior se dobló por la mitad con su movimiento. Rodeé su rostro con mis manos, apartándole el cabello empapado en sudor. Miré su rostro mientras se inclinaba, me besaba, y luego se alejaba y se acercaba repetidamente. Esperé a que su Alfa caliente, que se frotaba sobre mis testículos y pene, masajeara un lugar más profundo.

—¡Agh, Ngh!”

Mordí mis labios mientras agarraba las sábanas, pero lo que sentía desde abajo, donde el glande empujaba, estaba lejos de ser dolor o molestia.

El glande grueso y brillante, totalmente lubricado, se abría paso sin dudar a través de la pared interna, que se había contraído mucho mientras intentaba volver a su estado original durante los pocos días que habíamos dejado de tener sexo. No era exactamente dolor, pero la sensación de que la carne viva, que se estaba curando y sellando con el crecimiento de tejido nuevo, era abierta a la fuerza por una entrada externa despiadada, se sintió vívidamente.

Para ser honesto, eso me gustó aún más. Levanté la barbilla y abrí los labios con la satisfacción de ser penetrado y quemado lenta pero claramente por algo enorme y ardiente. Lo suyo siempre me asfixiaba, dificultando la circulación de la sangre, como si se clavara hasta mis pulmones y corazón. Y con solo un poco de respiración y un poco de sangre, me hacía sentir más vivo que nunca.

Observando cada reacción que mostraba, como si quisiera devorarla, él bajó su cuerpo, sorbió mi labio inferior y, usando sus labios y dientes, aplicó una estimulación punzante. Junto con un aroma denso, potente y sexy que paralizaba mi cabeza.

—Um, um… haa, ugh.

En el momento en que pegó su cuerpo tan cerca que mis rodillas tocaron sus hombros, algo más profundo dentro de mí se abrió. Acaricié sus brazos, cuyos músculos se contraían finamente, y levanté la barbilla. Su rostro se distorsionaba al ritmo de su movimiento, que retrocedía y luego penetraba un poco más profundo de lo que había retrocedido. Solté el agarre en sus brazos y subí a sus hombros anchos y gruesos, a su cuello largo y tenso.

Recorrí lentamente con mis dedos sus pobladas cejas que se hundían bruscamente hacia el entrecejo cada vez que se ponía serio, algo le molestaba, o a veces cuando estaba de humor juguetón; sus ojos gris-azulados profundamente hundidos a corta distancia de sus cejas, lo que probaba su linaje algo complejo; el puente de su nariz de línea recta con anchura y altura masculinas; y también... sus labios sensuales, que eran sexys incluso cuando estaban cerrados en silencio, ligeramente abiertos, y especialmente cuando pronunciaba la 'F' y la 'L' en inglés.

Él estaba respirando profundamente, hasta el punto de que sus hombros se agitaban, y se abandonó a mi caricia mientras se concentraba en hundirse más profundamente dentro de mí. Cuando mis dedos delinearon sus labios, él frunció sus labios y me besó. Lo miré a los ojos mientras él abría ampliamente su labio inferior y lo subía, frotando la mucosa húmeda dentro de su labio contra mi dedo, y forcé mi voz, que estaba ronca, a salir.

—A veces me pregunto… ¿qué aroma tendría su feromona Alfa?

—.....

Sus ojos se entrecerraron un poco más, quizás sorprendido por la pregunta inesperada. Humedeció ligeramente su labio inferior con su lengua roja y mojada y disminuyó la velocidad de su cintura, que estaba ensanchando mi interior.

—Seguramente… ¿sería un aroma realmente bueno?

—.....

—Aunque… yo no pueda olerlo.

Me miró fijamente y luego comenzó a mover su cintura de manera flexible de nuevo. Dobló los brazos e inclinó su torso completamente sobre mí, introduciendo su pene profundamente y cortando mi respiración. Ya no pude decir ni pensar nada. Excepto sentirlo, abrazarlo, inhalar su perfume, no sus feromonas, y asimilar el ritmo que él marcaba.

Enterrando sus labios profundamente en mi nuca, que estaba cubierta por mi cabello, y succionando la piel para dejar una marca, se aceleró un poco. Todo el colchón se onduló con el temblor de su penetración dentro de mí.

—Haa, nhh… hah…”

Cuando revolví su cabello y cerré y abrí los ojos lentamente, su rostro se había movido justo delante del mío.

—¿Olvidaste que soy un golden?

—.....

—Me aseguraré de que nadie lo huela…” (Habla de su feromona alfa)

Es decir, que no pusiera esa cara. Dijo que se aseguraría de que nadie oliera ese aroma. Y aunque yo no se lo había pedido, él se comprometió primero.

Asentí. Tiré de su cuello sudoroso y lo besé primero, susurrándole que se asegurara de que nadie lo oliera. No quería pensar si este deseo de reclamar como mío incluso su aroma que yo no podía oler, y sellarlo para mí, era un amor sano.

Tampoco podía seguir pensando por mucho tiempo debido a su movimiento, que repetía la entrada y retirada, calentando mi cuerpo.

Él se había contenido con lentitud y tenacidad hasta que la pared interna se adaptó completamente a su tamaño. Pero pronto, como si buscara una pelea, se abalanzó, se tragó mis labios y comenzó a mover su cintura con la ferocidad que deseaba.

Su estilo, que no utilizaba solo la cintura o el pene, sino que, como siempre, arqueaba todo su cuerpo para partirme con esa fuerza, exigía una energía tremenda y, a cambio, liberaba un placer abrumador.

Ante la rigidez pesada que se retiraba rozando mi pared interna y luego se clavaba de golpe, tan fuerte que el fluido acumulado dentro de mí salpicaba fuera, abrí y cerré sin cesar la punta de mis pies que estaban sobre sus hombros.

—Haa, huh. Nhh. Ngh.

Jadeé y apreté sus hombros ante la inminente sensación del notting (nudo) que agitaba lentamente la sangre dentro de mi cuerpo, como detectando un maremoto que se acerca desde el mar lejano.

Si todos los nottings anteriores se habían sentido como incidentes ocurridos bajo el dominio total de la excitación, este era diferente. Sus ojos, que me miraban, estaban brillantes por el placer, pero eran claros. Eran ojos que eran muy conscientes de lo que estaba haciendo. Podría decirse que estaba increíblemente tranquilo y sereno, a pesar de la fricción violenta que ocurría debajo.

Al recibir su notting, que pulsaba con fuerza como si me estuviera probando que estaba vivo dentro de mí, en mi vientre, eyaculé. Pero la eyaculación del momento ya no era el problema. El placer y el orgasmo continuaron incluso después de que terminara la eyaculación. Mi pene, hipersensibilizado al máximo, seguía fluyendo un líquido que no sabía si era semen o líquido preseminal, reaccionando por su cuenta.

Después de un beso intenso, frotó su rostro contra mi mejilla hasta que su nariz se aplastó, y me llamó entre respiraciones completamente agitadas.

—Seo Yeehyeon…”

—.....

—Te amo.

—……Yo también.

Esperaba que, sin importar lo que sucediera en el futuro, la sinceridad de este momento no fuera puesta en duda o dañada. Él frunció mucho el ceño, besó y soltó mis labios, y dijo:

Y añadió, con una voz que sonaba ahogada por algo:

—De verdad, lo haré muy bien.

Recordaba haber oído esas palabras de él antes. Rodeé su cuello y lo besé en sus labios ardientes, a él que solo pensaba en lo que no había podido dar, incluso después de haber dado tanto.

Ya fuera por el placer del notting dentro de mí o por otra cosa, acaricié su rostro contorsionado, besé sus párpados, nariz, mejillas y labios, lo llamé por su nombre y le dije que lo amaba. Sus palabras de que en realidad se sentía inseguro incluso mientras estaba en pleno notting dentro de mí, permanecían en mi pecho.

Tal vez notó mi intención, pero me miró y sonrió vagamente. Acarició mi cabello, me cubrió de besos, grabó marcas en todo mi cuerpo, me abrazó con fuerza y eyaculó, calentando intensamente mi interior con su pene hinchado en estado de notting, expandiendo al máximo mi pared interna. Incluso la sensación de una cantidad inmensa de semen escurriéndose entre mis piernas cuando el notting disminuyó fue una extensión del sexo.

Sin comer, nos colgamos el uno del otro hasta pasada la medianoche. El sudor, el semen, el fluido que empapó las sábanas como si se hubiera volcado una botella de agua de 2 litros, y un cuerpo desnudo grabado con las marcas rojas que él había dejado, fue todo lo que quedó en su cama después del sexo.

Para mí, que estaba exhausto sin fuerzas ni siquiera para ducharme de pie, él, que como siempre no estaba nada cansado y aún mantenía una erección, me preparó agua caliente en la bañera. Yo no tenía intención de comer nada, pero él me trajo un plátano y un vaso de leche mientras yo estaba sumergido en la bañera, relajado y perezoso.

Después de terminar mi baño, que consistió en lavar las secreciones en el agua, fuimos a mi habitación para dormir juntos en lugar de en su cama, que estaba hecha un desastre.

Estaba emocionado por el hecho de que era la primera vez que dormíamos juntos después de tener sexo. Y, extrañamente, me era difícil ocultarlo. Compartimos una almohada grande, acostados uno frente al otro, acariciándonos el cuerpo del otro como disfrutando del post-sexo.

Él dobló el brazo que había metido en el espacio vacío entre la almohada, mi cuello y mi hombro, y rodeó mi hombro. Con el otro brazo, me abrazó la cintura y acarició lentamente el área de mi costado.

Rodeé su espalda con mis brazos, acariciando su piel con mi pulgar, levanté la barbilla y le pregunté:

—¿Mañana, al despertar, no se habrá convertido en un sapo o una bestia, verdad?

Él sonrió con los ojos cerrados. Y acariciando el borde del hombro que estaba abrazando, dijo:

—¿No es la historia la de alguien que era originalmente un sapo o una bestia y se convierte en humano al darse cuenta del amor verdadero? Parece que el orden está equivocado.

El hecho de que me hubiera propuesto matrimonio, y el que nos hubiéramos permitido la expresión "amor" el uno al otro, se sentían tan distantes que me preguntaba si realmente habían sucedido, pero el brazo que me atraía con más fuerza al moverse y sus labios tocando mi frente eran prueba de todo ello.

Cerré los ojos ante su caricia en la frente y el pelo, diciendo que ya era hora de dormir. El sueño más profundo estaba entre sus brazos.

■ ■ ■

Cuanto más nos acercábamos al lago, más fuerte soplaba el viento, pero era un día despejado con un cielo de un azul irreal.

—Es domingo y yo pensando: “¿Dónde se metió toda la gente de Chicago?” Resulta que estaban todos en Navy Pier.

Mi noona murmuró eso mientras sacaba las manos de los bolsillos de su chaqueta de cuero y se ajustaba el abrigo por dentro para que la bufanda no saliera volando.

No era como para llamarlo multitud, pero comparado con el centro, que estaba bastante tranquilo, había bastante gente alrededor del muelle. Sobre todo en dirección a los juegos mecánicos como la rueda de la fortuna y el carrusel, donde se juntaban familias y turistas.

Mi noona y yo buscamos un lugar más tranquilo desde donde pudiéramos disfrutar el paisaje del lago Míchigan, así que nos movimos hacia una zona desde la que se veía la gran rueda en diagonal. Parecía que estaba cerca, visible desde cualquier punto con la vista despejada, pero al caminar hacia allí el destino nunca se acercaba tan rápido como uno imaginaba. Pensé que tardaríamos dos o tres minutos, pero llegar al banco que habíamos elegido nos tomó casi diez.

—Bueno, a ver qué tal saben.

Apenas nos sentamos en un banco sin respaldo, bajo lo que parecía ser un árbol de hoja perenne, mi noona abrió el paquete de palomitas con una expresión llena de expectativa. Eran las famosas palomitas de Chicago; incluso antes de su viaje, mi noona decía que por más ocupada que estuviera tenía que probarlas sí o sí.

Habíamos comprado una bolsa de palomitas con sabor a queso y otra de caramelo. Ella abrió la de caramelo y se metió unas cuantas al instante. Enseguida frunció el ceño.

—¡Ugh, esto está exageradamente dulce! ¿Esto es apto para humanos?

Su comentario de que era un dulzor capaz de derretir el cerebro despertó mi curiosidad, así que me llevé unos granos a la boca. Ah… sí, era muy dulce. En mi caso, antes de que el dulzor llegara al cerebro, sentí que se me derretían los dientes.

—Rápido, come del de queso, del de queso.

Mi noona me metió palomitas de queso casi a la fuerza, como si me estuviera dando primeros auxilios, y unas cuantas, mal apuntadas, rodaron dentro de mi abrigo o entre mis piernas. Los dos estallamos en risa.

Después de reírnos un buen rato por aquella tontería, metíamos la mano alternativamente en la bolsa de queso y en la de caramelo mientras charlábamos de cosas triviales. Ella hablaba de la gente peculiar que había conocido durante el viaje de trabajo; yo, de los cuadros que había visto en galerías y museos.

—De verdad es enorme. Es tan grande que, como no se ve el final, ni siquiera llegas a pensar “qué amplio es”. La gente no suele pensar que el mar es “amplio”, ¿verdad?

Mi noona lo dijo mientras miraba el lago Míchigan frente a nosotros. El suspiro que soltó tras inspirar profundamente parecía más un lamento que una respiración profunda.

Tenía razón. Aquel paisaje azul infinito con un horizonte como límite recordaba al mar justamente porque hacía que el concepto de “amplitud” fuera extraño de aplicar. Igual que nadie habla de lo “ancho” que es el cielo, lo mismo ocurría con el mar.

Cuando vivía en casa de mi abuelo, el mar era parte de la vida cotidiana. Para los que nacen tierra adentro, el cielo y el suelo son un supuesto natural… y para mí, allí, el mar también lo era.

Siempre estaba presente: en el viento constante, en el olor salado mezclado en ese viento, en la corrosión que oxidaba rápidamente las puertas y los coches, en los destellos azulados y blancos que aparecían con solo girar la cabeza. Estaba en todas partes.

Y mi padre seguía allí.

Así como yo me había sentido abandonado por él, ¿habría sentido él también que yo lo abandoné?

Pienso en esa noche en que mi hyung y yo dejamos esa casa. Recuerdo el silencio de mi padre, que no me detuvo, que me miraba como si yo fuera solo una parte más de la oscuridad.

Quizás él no sintió nada parecido a lo que yo sentí.

En el mundo de mi padre, yo ya estaba excluido. No, más bien, todo estaba excluido. Aunque el mundo entero le diera la espalda, no habría motivo para sentir pérdida o abandono.

Aunque él fue quien me persuadió para que volviera a pintar, quien me llevó a ciudades como Hong Kong o Chicago donde nunca imaginé ir, quien hizo que volviera a sentir ganas de contar historias a través del arte, quien escuchó mi pasado como si pudiera ayudarme a superarlo… En realidad, todo eso no era más que pedalear una bicicleta con protecciones y con él sosteniéndome por detrás, dentro de un límite seguro creado por su afecto.

Mi realidad real, la que dejé del otro lado —donde estaba mi padre—, seguía exactamente igual.

Tal vez eso sea, precisamente, la fuente de la inquietud que él siente por mi culpa.

Las cosas que no le estoy mostrando completamente; dicho de otra manera, el problema propio que estoy ignorando. Todo eso, al final, está allí, en el lugar donde está mi padre.

Las palabras de amor que intercambiamos anoche, las frases llenas de afecto, la felicidad de dormir y despertar a su lado, la sonrisa que esbocé en sus brazos… nada de eso era un presente construido por el esfuerzo de los dos.

Lo sabía. Igual que con el silencio de mi padre, simplemente había hecho como si no lo supiera.

Me había dicho que Chicago era más fría que Seúl… incluso esta chaqueta que llevo puesta fue algo que él preparó para mí antes del viaje. No, todo lo que llevo encima —las gafas de sol que me protegen del sol, hasta la ropa interior— eran regalos suyos. En el ropero del estudio de Seúl había camisetas de rayas de la marca que, decían, Picasso solía usar, colgadas por diseño y color.

Todavía no había nada en mi vida que fuera luz creada por mí mismo. Y no hablo solo del dinero. Lo que él me dio no fue solo ropa, alojamiento o viajes lujosos. Yo veía mis propias manos gracias a la luz que él proyectaba sobre mí. Veía mi alrededor, mi futuro, gracias a esa luz. Y me aferraba a las cosas gracias a esa luz.

Para escapar del paisaje que me recordaba al mar, bajé la mirada hacia el café que sostenía. La superficie del vaso de café helado estaba cubierta de gotas de agua. Lo había comprado en Starbucks cuando pasé a buscar el regalo para el hyung Inwoo. El hielo ya estaba medio derretido.

—Ayer… como se canceló la cita, salí por la noche a ver a Reed.

—…….

Salí de mis pensamientos y miré a mi noona. Su rostro seguía vuelto hacia el lago Míchigan. Pero no sabía qué estaba viendo realmente detrás de esas gafas oscuras.

—Me escribió por mensaje en redes. Que mañana se regresa a París y que si no quería tomar algo con él.

Mi noona se metió en la boca el resto de las palomitas, se sacudió los restos de las manos y miró su reloj. “A estas horas ya debe estar en el avión”, murmuró distraídamente.

—Estaba de bajón, así que acepté y salí… pero la verdad, ya me imaginaba que no era solo para tomar una copa. Habíamos hablado bastante rato en la fiesta, y ya ahí lo intuí.

—…….

Sabía lo que ella quería decir. Yo también… lo presentía. Pero en vez de interrumpir, guardé silencio y esperé.

—¿Te acuerdas de la organización que dirige Reed? Esa que decían que Jane y Connor apoyaban.

—Sí.

—Me propuso que trabaje con ellos.

—…….

Aunque era justo lo que imaginaba, me quedé sin palabras. Sujeté la bolsa de palomitas, ya ligera porque las habíamos ido comiendo, para que no se la llevara el viento, y tragué saliva.

—Ah… O sea… ¿y tú, qué…?

—Aún no respondí. Le pedí tiempo.

Mi noona volteó hacia mí. Aunque no podía ver sus pupilas detrás de las gafas, noté que fruncía el ceño.

—Pero no fui la única a la que le hizo la propuesta.

—…….

La organización que Reed había ideado y luego fundado, “The Hands”, era una fundación de arte que seleccionaba a artistas novatos cuyo trabajo coincidiera con la dirección del grupo y mostraran gran potencial, especialmente aquellos con dificultades económicas. Durante cierto tiempo les ofrecían alojamiento, materiales, un espacio de trabajo, además de encargarse de la exhibición y venta de sus obras.

Según mi noona, la sede de “The Hands” era un pequeño apartamento en París que servía como residencia para los artistas, oficina y sala de exhibición. Reed quería recomendarme como nuevo residente para el estudio que había quedado disponible.

“The Hands”, patrocinado no solo por Jane y Connor, sino también por muchos mecenas y empresas, a diferencia de otras galerías o dealers, no cobraba comisión por la venta de las obras. Todo lo que ganaba el artista pertenecía al artista mientras estuviera dentro de la organización. Claro que como todos eran principiantes, las sumas no eran muy grandes. Aun así, era un impulso enorme para establecerse como pintor.

Normalmente las galerías cobraban entre un 30 y un 50 por ciento de comisión. Si cobraban el 30 era considerado barato. Por eso, si el precio de venta no incluía comisión, no solo se beneficiaba el artista: más personas, no solo unos pocos coleccionistas adinerados, podían comprar buenas obras a un “precio razonable”.

Esa era la dirección artística que buscaba “The Hands”, y no podía negar que también yo sentía afinidad y atracción por esa filosofía.

—…¿Qué te parece?

Mi noona, como buscando leer mi reacción, se inclinó un poco y me preguntó con cautela.

Jugueteé con el vaso cuyo café, ya casi sin hielo, se había aclarado bastante. Sentía sed, tenía el café en la mano, pero no me apetecía beberlo.

—La propuesta me alegra mucho… y estoy agradecido, pero…

Negué con la cabeza. Mi noona se acercó un poco más y se quitó los lentes de sol, sosteniéndolos en la mano.

—Dice que quiere enviarte por correo la información del lugar: cómo funciona, cómo es el sistema, las instalaciones. Solo recibir el correo y revisarlo no te compromete a nada. Todavía no lo dije, pero… tu dirección de correo, ¿puedo dársela?

—Aunque reciba la información… mi respuesta no va a cambiar.

Los ojos claros y definidos de mi noona, que desde la primera vez que la vi me dejaron una fuerte impresión, me miraron con intensidad. El viento fuerte hacía volar desordenadamente su melena negra y corta contra su rostro, pero ella no parecía preocuparse.

—¿Es por el director?

—…….

—¿Tú y el director… están saliendo, cierto?

Quizás al sentirse un poco absurda, mi noona sonrió incluso antes de oír mi respuesta.

—Jamás imaginé que algún día iba a hacerte esta pregunta… hablando del director.

Reclinó las piernas sobre la banca y apoyó los brazos en las rodillas, explicando entre risas el porqué. Luego mordió el borde de las gafas que tenía en la mano, negando con la cabeza.

—Bueno, no es que seas tú el problema. Es que nunca hubo información sobre si el director tenía pareja o no. Pero jamás es alguien que jugaría contigo ni con nadie. ¿Están saliendo en serio, no?

—…Sí.

Cuando Juhan hyung me advirtió que lo dejara si es que lo quería, porque él no me iba a dar lo que yo esperaba… incluso entonces, yo tenía cierta certeza sobre lo nuestro. En aquel momento no podía decir que ambos nos gustábamos, porque aún era una etapa frágil que solo nos abarcaba a él y a mí.

Pero ahora… estaba reconociendo ante mi noona que éramos una “pareja formal”. Dudé un instante antes de responder, pero no por falta de seguridad.

Mi noona sonrió triunfante y golpeó suavemente con los dedos el lente de mis gafas.

—Estas son iguales a las del director. Que él compre unas iguales para que lleves las suyas… eso sí que es posesividad.

Se rió como si no pudiera creerlo, y tomó un sorbo del café que había dejado al lado del popcorn.

—Siempre pensé que te tenía especial cariño, sí, pero también es alguien que cuida bien a los artistas de la agencia. Y tú no eres alguien que genere antipatía. Eres joven, haces cosas que resultan adorables, y al volverte artista de la casa, era obvio que te iba a cuidar más. Aunque al principio pareciera grosero, como si no te quisiera volver a ver, con el tiempo él no es de los que ignoran las virtudes del otro.

Era verdad. Quizá no era la persona más cortés, pero tampoco era alguien que esperara demasiado del otro para luego decepcionarse. Reconocía las virtudes con claridad y era cuidadoso con las necesidades ajenas.

Darles un apartaestudio a ella y a Juhan hyung, apoyarlos con las clases de inglés, y asegurar que los viajes de trabajo fueran cómodos… resultaba difícil verlo solo como consideración de un jefe.

Yo simplemente no había conocido a alguien así antes. Pero pensándolo ahora, tampoco era un tipo frío que dejaría a alguien hiperventilando tirado sin pestañear. Aunque no hubiera sido yo, habría dado primeros auxilios y lo habría dejado descansar en un lugar cómodo. Lo que no haría con cualquiera es acariciarlo y llevarlo al orgasmo para tranquilizarlo… eso sí.

Ambas sonreímos brevemente al cruzar miradas. Revolví el hielo con la pajilla y pensé en la mañana de hoy.

Como él iba a asistir al almuerzo de Chloe Kent con Shushu, habíamos decidido que en mi último día en Chicago mi noona y yo saldríamos de paseo. Yo me había levantado temprano a prepararme.

Para no despertarlo, me duché en el baño de la habitación principal y me arreglé en silencio. Al verlo dormir, me quedé un momento sentado a su lado, observándolo. Justo cuando estaba por levantarme, me tomó de la muñeca.

“¿Vas a irte solo mirándome así, sin darme un beso?”*

Decía eso, pero estaba tan cansado que ni siquiera abría bien los ojos. Desde Seúl venía acumulando falta de sueño y agotamiento. Me di vuelta y lo abracé, dándole besos en la mejilla y en los labios.

Le pregunté si había tomado sus medicinas, y cuando respondió que sí, me soltó la muñeca y volvió a hundirse en la almohada. Cuando ya salía de la habitación, me pidió perdón por no poder cumplir la promesa de acompañarme ese día.

Pero realmente, el paseo no me importaba. Desde que llegamos al viaje, sentía que muchas cosas difíciles habían caído sobre él al mismo tiempo, y eso me preocupaba. Claro que la mayoría de esas cargas venían persiguiéndolo desde Seúl, solo que yo no lo sabía.

—Entonces… ¿no has escuchado por qué el director tiene tanta prisa repentina con lo de la sucursal de Nueva York?

Mi noona, que llevaba un rato silenciosa mirando el lago con sus propios pensamientos, preguntó con voz apagada. Negué con la cabeza.

—Aunque supieras algo, pedirte que me cuentes lo que tu novio te dijo en privado… sería demasiado.

Ella sonrió de lado, mirándome de reojo. Luego volvió a posar la vista sobre el lago, que era tan grande que para nuestros ojos era prácticamente infinito.

—Cuando me fui de casa… estaba llena de rabia. Yo creía que era inteligente, que tenía habilidad, que podía hacer lo que fuera. Pensaba que incluso sin seguir el camino que mis padres querían para seguir recibiendo su apoyo económico, igual podía construirme la vida que yo quisiera. Pero la realidad era que solo era una graduada de secundaria sin experiencia. Entré a una galería como asistente y me explotaban con un salario ridículo. Y como siempre había una fila de gente dispuesta a trabajar por menos dinero, si querías experiencia, debías aguantarlo. Que yo fuera lista, hábil, buena en todo… para ellos no importaba. Eso no era lo que se exigía en el nivel más bajo. No era solo yo: incluso los graduados de arte empezaban así. “Galerista” suena elegante, pero tú ya trabajaste ahí y sabes que casi todo es trabajo administrativo.

Mi noona sonrió amargamente mientras daba unos sorbos a su café.

—Y entonces conocí al director. Y aunque el trabajo no era muy distinto al de la otra galería… conocer a alguien que reconociera y valorara mi esfuerzo hacía que todo tuviera más sentido. Aunque yo hiciera alarde, al final no era más que una chica que necesitaba el reconocimiento y la guía de un adulto como el jefe o la directora para poder crecer mejor.

—…….

—El director y la directora… para mí y para Kwon Juhan, probablemente son como unos segundos padres.

Yo entendía perfectamente lo que quería decir, porque lo había visto de cerca, pero aun así no podía decir a la ligera “lo sé”.

Aquel día. Después del after party, en el ascensor, mi noona se había disculpado diciendo que confundió lo personal con lo profesional, pero tanto ella como él, incluso yo, sabíamos que las relaciones centradas en Phantom no estaban claramente separadas entre lo público y lo privado.

—La directora quizás no, pero si al director le dices algo así, seguro que pondrá mala cara y preguntará por qué demonios sería él nuestro padre.

Solo de imaginar su expresión y su forma de hablar, me salió una sonrisa siguiendo la de mi noona.

—No le digas al director ni a la directora que me hicieron una propuesta en Reed. Creo que necesito algo de tiempo para pensarlo en silencio. Tú también… consulta al director. Si están… en una relación seria, con más razón.

Mi decisión no iba a cambiar. Así que solo sonreí de forma vaga sin responder.

—¿Y a Juhan hyung… se lo vas a contar, verdad?

Mi noona alargó la mano, me despeinó y sonrió. Su sonrisa también era ambigua.

—Vámonos ya. Hace demasiado viento. Si te resfrías y el director me recorta la bonificación del viaje, ¿qué hago?

Se puso de nuevo las gafas de sol, se levantó quitándose el polvo de la ropa. Aunque tanto había dicho que quería comer palomitas, ni siquiera se terminó la mitad; de salida del Navy Pier las lanzó sin dudar al basurero.

Shushu y mi noona a Seúl; él y yo a Boston.

A la mañana siguiente, cada uno de nosotros dejó Chicago, la Ciudad del Viento, la Windy City que revuelve y arrastra todo en todas direcciones, tomando caminos distintos.

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