En su pose y su expresión ya no quedaba ni rastro de la incomodidad del primer día.
En el espacio silencioso, como sumergido bajo el agua, sonaba a bajo volumen el álbum Blow by Blow, de Jeff Beck, el que él me había recomendado. Conversábamos lo mínimo necesario para el trabajo, pero aun así el tiempo se llenaba sin un solo instante de aburrimiento.
En este cuarto día de trabajo en el jardín, sentado sobre la roca frente a los arbustos de enebro salvaje —con sus ramas torcidas como madera indómita—, el cuerpo desnudo de él, girado hacia mí, se veía no solo relajado, sino libre.
Esa energía me llegaba tal cual, y después de estos días de trabajo, las ideas sobre la composición y los colores estaban ya casi completamente formadas en mi mente.
Había fotografiado su pose desde varios ángulos, y llenado casi por completo un cuaderno de bocetos. La preparación previa estaba casi lista.
Grabé una vez más en mis ojos la línea compleja de su hombro que descendía hasta el brazo: una línea extremadamente delgada, agresiva y afilada, y al mismo tiempo frágil, sensible y fácil de herir. Mis manos se movían con rapidez sobre el caballete portátil.
—Has trabajado mucho, hyung. Ya puedes relajarte.
Incluso después de que dejé el lápiz y dije eso, él no se movió de inmediato. Los últimos tres días había sido igual. Como un actor que no puede salir de una escena cargada de emoción inmediatamente después de grabarla.
A diferencia de cuando posaba, esta vez se dejó caer un momento con solo relajar la cintura; luego presionó con ambas manos alrededor de los ojos, estiró el cuello hacia ambos lados, y estiró brazos y piernas como si bostezara. Después se levantó lentamente y tomó la bata que había dejado en otra roca.
Cuando se acercó a mí sonriendo, por fin había vuelto a ser el de siempre.
Dejé de ordenar por un momento las herramientas esparcidas sobre su mesa exterior y le tendí una cerveza fría recién sacada del hielo.
—Puede que más adelante vuelva a pedirte que posees, pero por ahora creo que con hoy basta.
—Sí? Pues me estaba empezando a gustar. Qué lastima.
Al dejarse caer en el banco frente a mí y rascarse la punta de la nariz, su rostro me resultaba mucho más cercano que antes de comenzar el trabajo juntos. No porque lo conociera mejor, sino porque… me sentía más cómodo dejando en blanco todas las partes que creía conocer.
—Estar sentado ahí, sin nada encima, entre los árboles… me hacía sentir muy bien. No suele haber oportunidad de algo así.
Mirando con expresión vacía el lugar donde había estado sentado en silencio hasta hace un rato, él parecía alguien que despertaba de un sueño profundo.
—Me alegra que te sintieras cómodo. Yo también pude concentrarme y dibujar bien. Creo que el trabajo que queda lo disfrutaré más. Gracias.
—He hecho dos o tres trabajos como modelo para revistas de moda además de Old Future, pero nunca me divertí. La vibra del set no era para mí. Pero esta vez… ah. Estuvo bien.
Por cómo inclinaba la lata, no parecía un cumplido superficial.
Esta experiencia, que al principio concebí solo como un acto de “dibujarle”, fue tomando otro significado a medida que avanzaba el proceso. La conexión con el modelo, esa sensibilidad antigua que llevaba guardada dentro, despertó aunque fuera débilmente. Mirar, observar, plasmar… y, en ese proceso, comprender y amar al sujeto.
—¿Qué? ¿Ya terminaron?
Ante aquella voz familiar y bienvenida, él y yo giramos a la vez. Yuni noona estaba en la entrada que conectaba con el aparcamiento, claramente decepcionada. Weikun estaba con ella.
—¿Te da pena no ver mi cuerpo desnudo?
—¿Tú qué dices? ¿Como si no te hubiera visto el cuerpo mil veces? Con ese cuerpo de palo, ¿qué habría que ver? Quería fastidiarte viéndote incómodo y nervioso, nada más.
Mientras noona y hyung discutían por costumbre, crucé una breve mirada con él, esquivando los ojos de ambos.
Con un traje ligero de lino con rayas azul cielo y una camiseta sencilla, él se veía cómodo y fresco. En la mano llevaba una bolsa del local de hamburguesas que yo había elegido para la cena.
—Pf, seguro que si hubieras visto mi cuerpo de verdad, no dirías eso. Que estaré flaco, pero esa parte no se queda atrás, ¿sabes? Allí, justo ahí, soy bi—…
—Yeehyeon, te echaba de menos. Sigues siendo una abejita, ¿eh?
Noona se giró hacia mí y sonrió radiante antes de que él terminara su frase. No nos veíamos desde la barbacoa.
—¿Abejita? Ah… ¡las rayas!”
Hyung olvidó por completo que quería reclamarle algo a noona y se interesó por mi nuevo apodo. Los dos, que discutían hace un momento, ahora se divertían juntos con un solo apodo nuevo. Hacía tiempo que no veía esta algarabía.
—¿A que puse un buen apodo? Le queda a Yeehyeon, ¿no? Abejita Seo. Honeybee.
Mientras dejaba una bolsa de papel sobre la mesa, él echó una mirada a mi noona, que tenía el brazo apoyado sobre mis hombros. Luego, casi de inmediato, su mirada pasó a mí, recorriendo mi pecho y mi abdomen cubiertos por la camiseta a rayas.
—Pues sí. Me lo imagino yendo de un lado a otro a recolectar miel y… le queda bastante.
Mi noona, contenta de que él y mi hyung aprobaran el nuevo apodo, sonrió satisfecha, se acercó a la nevera portátil y sacó cervezas, ofreciéndonos una a cada uno.
La verdad, cuando pienso en “abeja”, primero me viene esa imagen caricaturizada de un culo redondito y simpático, algo que no encaja nada conmigo… pero como los tres parecían pasarlo bien, simplemente acepté la cerveza. Al acariciar la botella húmeda, la etiqueta de papel, hinchada por haberse mojado, se arrugó y se deslizó. Hubo un instante en el que miré la botella con una sensación de déjà-vu, como si ya hubiera vivido algo parecido aquí.
—¿Qué tal va el proyecto? ¿Todo fluye? ¿No te está resultando difícil trabajar con un modelo amateur?
Levanté la cabeza hacia su voz burlona mientras inclinaba su botella verde semitransparente.
—Aún estoy en bocetos, pero… gracias a lo bien que lo hace el modelo, tengo una imagen clara de lo que quiero dibujar, así que… diría que va bien.
Le sonreí al hyung que estaba enfrente, y él, con las manos metidas en los bolsillos de su bata, encogió los hombros con una expresión casi infantil, como si le hubieran elogiado.
—Hmm…
Él dejó escapar un murmullo indescifrable antes de beber unos sorbos.
—Y creo que el trabajo con mi hyung terminará hoy. Sé que ajustó su hora de salida solo por mí, así que gracias.
Esa semana Weikun había adaptado la hora de salida del hyung a las 5 p.m. para mi proyecto. Sabía lo ocupado que estaba Phantom últimamente, así que había propuesto trabajar los fines de semana, pero él insistió en que nada era más importante que atender las necesidades de un artista.
—Por favor. Si el artista lo necesita, puedo prestarte a Kwon Juhan hasta como secretario personal.
Con una broma, su expresión ligeramente rígida de hace un instante desapareció.
—¿Entonces ya empiezas con la parte seria del proyecto? Tengo expectativas con la obra de Seo Yeehyeon.
—Ya me dio hambre, sigamos hablando mientras comemos. Ya está empezando a anochecer, ¿subimos a la azotea hoy?
Como veía que la conversación se alargaría, él chasqueó los dedos dos veces frente a mi noona para llamar su atención.
Su propuesta activó a todos. Mi hyung fue el primero en entrar a casa para cambiarse, y yo empecé a guardar mis materiales. Él y mi noona desaparecieron dentro para coger más cerveza y comida. La actividad ruidosa después de tanto tiempo me puso de buen humor, y bajé al estudio sonriendo mientras guardaba todo.
Cuando volví al jardín subiendo los escalones de dos en dos, él estaba saliendo con una cesta llena de cervezas.
—Yo te ayudo.
Me acerqué rápido para tomar algunas botellas, pero él me enganchó el brazo por detrás del cuello, casi inmovilizándome, y me empujó suavemente.
—Esto puedo cargarlo solo. Anda, subamos.
No era raro que me abrazara si estábamos frente a frente, o que me rodeara por detrás mientras cocinaba ramen… pero este tipo de contacto era nuevo. Era más del estilo de la confianza entre él y mi hyung Juhan, distinto de los gestos cargados de afecto. Aun así, el calor de su pecho contra mi espalda me gustó.
—…
Pero en cuanto pensé eso, él inclinó la cabeza y me estampó un beso en la mejilla.
Sabía que no podía ser un error suyo, pero aun así miré alrededor por impulso. Él se rió bajito junto a mi oído.
—Los dos ya subieron.
—Aun así…
—Hmm. ¿Tan desagradable sería que supieran que tú y yo estamos así?
Doblando la esquina del edificio, la sombra se hacía más profunda. Vi la entrada de las escaleras hacia la azotea. Nunca había subido allí.
—No es eso…
Si nos descubrían ahora, no podría explicarlo bien. Nuestra relación avanzaba a nuestro propio ritmo, pero cómo lo interpretarían los demás era otra historia. No es que me importara tanto su opinión, pero tampoco sería agradable no ser comprendido por gente cercana.
Y… si nuestra relación se hacía pública, seguramente él sería quien recibiría críticas, no yo.
—No pongas esa cara. Solo estaba haciendo un poco de berrinche.
Me dio otro beso en la mejilla en la entrada de las escaleras. Le asentí con una sonrisa.
—Pero dime…
Al girarme, dos escalones más arriba, él me miraba con una expresión casi pícara, ojos entrecerrados.
—¿Qué te da más celos? ¿Que te cargue a la espalda o que te ponga el apodo de abeja? ¿Qué opinas?
—.....
La seriedad de su expresión me dio risa, y cuando intentó lanzarse a mi cintura, escapé subiendo las escaleras.
Al llegar a la azotea, jadeante por el esfuerzo, el viento fresco me despeinó. Y la vista que se abrió frente a mí me obligó a detenerme.
Era solo la azotea de una casa de dos pisos, pero como el terreno era alto, no había nada que bloqueara la vista. El altillo de Morae y mi hyung tenía buena vista, pero no era como esto: parecía que podía ver toda Seúl, hasta el rio Han y más allá.
El oeste del río, donde el sol empezaba a formar la puesta del día, era impresionante. En el pueblo de mi abuelo, junto al mar del Este, podía ver amaneceres completos, pero los atardeceres siempre quedaban tapados por la cordillera.
—¿Verdad que está increíble? Mucho mejor que la mayoría de rooftops. Jefe, ¿aquí trae usted a los hombres para conquistarlos, verdad? ¿Sí o no?
La azotea estaba equipada con una carpa-toldo, una mesa amplia, sillas estilo bungalow y luces de pie. Realmente parecía un rooftop bar.
—¿Tú crees que necesito esforzarme tanto para conquistar a alguien en un sitio así?
—Tch… qué rabia, pero no puedo discutirlo. Si hasta parado sin hacer nada, alfas, omegas, betas, hombres, mujeres y quien sea se te lanzan encima. Por eso no tienes buenos modales, jefe.
Mi noona se incorporó en su silla de ratán y chasqueó la lengua.
Esperó a que todos estuviéramos sentados para darle un mordisco enorme a su hamburguesa.
—Ya que hablamos de modales… Jefe, trate mejor a los nuevos. ¿Sabe que Choi Jiwon lloró hoy?
Él, mientras me ofrecía elegir entre varios tipos de hamburguesas, contestó con desgano:
—No recuerdo haber sido especialmente duro. ¿Por qué lloró? Ya es una adulta.
—Le corrigió la forma de organizar la investigación, ¿no? La vi volver del baño con los ojos rojos. No quise preguntarle, pero es obvio. Ya sé que no le gusta su trabajo, pero… hasta hace poco era estudiante. ¿No puede ser un poco más flexible?
—Aunque sea recién graduada, ¿no tiene tu edad?
—.....
Mi noona se quedó sin palabras y solo masticó su hamburguesa. Pero después de tragar con ayuda de la cerveza, continuó:
—Yo empecé a trabajar antes, ¿no? No todo es cuestión de edad. Y ahora que estamos tan ocupados, sería un problema que renunciara. Si no puede ser amable, mejor siga viniendo a la villa hasta que viaje a Chicago.
—¿La villa…?
No pensaba interrumpir, pero la palabra me salió sola.
Los tres me miraron, y sobre todo Juhan abrió exageradamente los ojos, sorprendido de que yo no supiera.
—Pero si viven juntos, ¿cómo que no te contó?
—No exageres, Kwon Juhan.
Su tono era más severo de lo normal, porque en la voz y la expresión de mi hyung había un matiz de reproche.
Él dejó su hamburguesa y se volvió hacia mí.
—Si estoy en la oficina, falta espacio, los nuevos se ponen tensos y yo también me siento incómodo… Por eso, a veces voy a esa otra villa a trabajar. Ya la conoces. La del dúplex.
No tenía por qué contarme todos los detalles internos de Phantom. No lo estaba interrogando. Él me explicaba todo con una seriedad poco habitual, deseando que le creyera. Y yo no tenía motivos para dudar. Nunca desconfié.
—Bah, al principio era de vez en cuando, pero ahora va mínimo tres días a la semana. Yo pensé que estaba metido con algún tío musculoso y que se saltaba el trabajo para irse de cita.
Mi noona hablaba por hablar, pero eso no me hacía desconfiar.
Si actualmente él estuviera “metido con algún tío musculoso”, probablemente sería… conmigo. Un pensamiento descarado, demasiado optimista para ser yo, pero aun así.
—Ojalá estuviera de cita. ¿Acostarse dos veces y aburrirse ya cuenta como relación?
Juhan, echando el cuello hacia atrás, dejó caer una patata frita llena de kétchup en su boca.
—Ah… ¿por qué se me ocurrió proponer que cenáramos todos juntos?
Él negó con la cabeza mirando al cielo.
Su gesto exagerado, claramente hecho pensando en mí, me dio risa. Al verme tranquilo, él por fin sonrió.
Juhan solo sabía que yo sentía atracción por él; no tenía idea de que ya estábamos ligados por una relación, informal pero real.
Su actitud algo hostil no era para atacarlo, sino para advertirme:
—Este tipo no cuenta nada ni a quien vive con él. Cambia de pareja sin pensárselo. No esperes que se tome nada en serio.
Puede que fuera cierto que antes tuvo relaciones ligeras… pero no me importaba. Sabía que para él yo no era alguien con quien acostarse un par de veces y ya, y con eso me bastaba. Tampoco pensaba exigirle que me diera un título oficial.
Mientras abría más el papel de la hamburguesa, mi noona dijo:
—¿Qué está tramando encerrado en esa villa? ¿Qué complot urde?
Ella ya había terminado de comer y se limpiaba la boca.
—Sí, estoy planeando dominar el mundo, ¿por qué? Si en la oficina solo congelo el ambiente. Y mientras dé instrucciones y gestione clientes, ¿qué más da?
—Bueno… visto así, cierto es.
Mi noona se encogió de hombros, tirando la servilleta. Luego bebió de su vaso con pajilla.
—Yeehyeon, ¿y tu noona y tu hyung? Ya deberían estar por llegar, ¿no?
—Sí, llegaron bien a Bali hace unos días.
—Pues avisa por mensaje a veces. Qué frío eres, oye.
Yo solo me rasqué el cuello con una sonrisa incómoda.
Mi noona y su pareja habían llegado a Bali por el aeropuerto de Denpasar. Estaban en una pensión cerca de Kuta Beach buscando trabajo. Me enviaron varias fotos, los dos bronceadísimos, sonriendo con el atardecer de fondo. Gracias a él, esa escena había sido posible.
Les enseñé las fotos guardadas en mi móvil.
—Pero, Yeehyeon… ¿hasta cuándo seguirás así? ¿No puede el jefe hacer algo?
Mi noona abrió otra cerveza y le preguntó.
—Yo… estoy bien, de verdad. No es que no pueda hacer lo que quiero ni ir donde quiero. En realidad… estos días estoy muy bien…
—Pero no puedes salir ni a la tienda sin guardaespaldas o chofer. Ni que fueras una estrella idol. ¿No te agobia?
Miré a él, pero solo bebía en silencio, como si no fuera una pregunta para él. Su mirada baja, centrada en algún punto de la mesa, parecía cargada de culpa, y eso me hundió un poco.
Yo estaba agradecido por todo. Nada de lo incómodo venía de él; él era quien me protegía del peligro. ¿Por qué se sentía culpable?
—No me agobia… ya de por sí no era de salir.
—¿No sería mejor que Yeehyeon se fuera al extranjero?
—.....
La propuesta de Juhan hizo que todos se volvieran hacia él. Con sus piercings recién puestos, tenía un aire rebelde.
Dejó su cerveza y continuó:
—Si el padre es tan peligroso como para que el jefe sea así de precavido, que la noona haya llegado a Bali sana y salva no significa que Yeehyeon esté a salvo aquí. Tampoco puede vivir eternamente sin ir ni a la tienda. Si se fuera al extranjero, ¿no se solucionaría?
—No es algo tan simple.
Pero el tono del jefe no sonaba como si la idea fuera absurda.
—¿Y ese padre es tan… extremo? ¿De verdad podría secuestrarte o algo así?
Mi noona no podía creer que alguien tan dramático pudiera influir en nuestras vidas.
—Si quisiera… sí, podría.
‘Im puede hacer contigo lo que quiera. Por su hija… sería capaz de dejarte medio muerto sin pestañear.’
Quería decir que no, pero aún recordaba demasiado bien la voz temblorosa de mi abuelo aquel día.
—Sea quien sea, nosotros no nos quedaríamos mirando sin hacer nada. Podríamos enviar un mensaje más contundente si quisiéramos… pero no es lo que queremos. Por ahora.
Él habló rápido, firme, mientras tomaba su tabaco y mechero. El mensaje implícito era claro: si se tratara de responder, ellos también sabían cómo atacar.
Juhan tiró sin querer una botella mientras se movía, y el tema se apagó allí.
Igual era hora de que se prepararan: esta noche querían ir a ver una banda tocar en un club.
Él y yo los acompañamos hasta las escaleras.
—Yeehyeon-ah, ¿no vienes con nosotros? A veces también te vendría bien pasar tiempo con gente del mismo rango de edad, ¿no crees?
—Mmm, me parece que ese tipo de cosas deberías decirlas después de devolver la tarjeta de alguien cuya edad no coincide con la tuya.
Ante su respuesta, Noona echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada. Luego, con un elogio a su buena ocurrencia, trató de rodear con dificultad el hombro de él, que era más de 30 centímetros más alto que ella. Él se escabulló discretamente, quitando la mano, pero noona solo mostró un instante una expresión de extrañeza y no pareció darle mayor importancia.
No era que quisiera evitar que me rehuya incluso ese tipo de contacto cotidiano… pero me sonrojé al recordar lo infantil que había sido aquella noche cuando dejé al descubierto lo más bajo de mis celos.
—Eh, que te digo que vengas con nosotros, ¿por qué miras al director así, como esperando su permiso? ¿Acaso el director te presiona para que dibujes rápido y generes ganancias?
Mi hyung debió pensar que la mirada que le lancé a él era una mirada “pidiendo permiso”.
—No, no es eso… Es solo que, cuando la imagen está clara, quiero avanzar rápido con el dibujo.
—Pues eso, puedes tratarme de viejo o de mal jefe todo lo que quieras, pero hazlo después de devolver la tarjeta.
Él extendió la palma de la mano y ladeó la cabeza con aire desafiante. Los dos cortaron la conversación de golpe y bajaron corriendo por las escaleras.
Me quedé mirando desde arriba mientras ellos cantaban a gritos alguna canción extraña que yo no conocía, hasta que pasaron la esquina del edificio y desaparecieron por completo de mi vista. Incluso después de salir por la puerta principal, aún se oían sus voces cantando por un rato.
En la azotea, donde se iba apagando la última brasa del atardecer, solo quedábamos él y yo. En la barandilla del lado del bungalow, él bebía cerveza mientras miraba la calle que descendía. Probablemente se estaría riendo un poco escuchando el canto que se alejaba de mi hyung y noona.
De pronto, se volvió hacia mí. Luego abrió los brazos, flojamente, formando un ángulo de unos 120 grados.
—......
Sabía perfectamente lo que significaba.
Me acerqué con cierta vacilación, apoyé cuidadosamente la barbilla sobre su amplio hombro y rodeé su cintura con los brazos. Sus brazos, que habían estado extendidos, se cerraron alrededor de mi cuerpo, y su mejilla derecha se pegó a la mía.
—El boceto.
—......
—Si esto hubiera seguido así unos días más, no sé qué clase de espectáculo lamentable habría terminado mostrando.
—......
—Gracias por terminarlo antes de lo que pensé. Hice como que lo entendía todo, pero… ah, la verdad es que estaba al límite.
Presioné suavemente la barbilla sobre su hombro y sonreí sin hacer ruido.
—Ahora sí empieza el trabajo de verdad, ¿no?
—Sí.
—Si necesitas algo, lo que sea, o si hay algo en lo que pueda ayudar, dímelo.
—Sí, lo haré.
No podía decir que abrazarlo así fuese completamente cómodo. Cada lugar donde nuestros cuerpos se tocaban despertaba cada célula, haciéndome hipersensible, y me preocupaba si mi postura torpe podía incomodarlo. Pero no era ese tipo de incomodidad desagradable que solo deseas que pase rápido.
—No me lo digas solo con palabras. Es parte de mi trabajo, y además… personalmente, quiero ayudarte. No pienses que me estás causando molestias, y dímelo de inmediato, ¿sí?
Me reí suave ante su preocupación, que parecía ver con exactitud dónde me costaría pedir ayuda, y asentí.
Frente a nosotros, Seúl se estaba adentrando ya completamente en la noche. Nada bloqueaba la vista, y una brisa fresca bajaba desde Namsan, agitando mis ropas y mi cabello.
Mirando el sinuoso camino del agua del río Han, pensé que quizá podía entender cómo se sintió Jack Dawson en Titanic, cuando gritó que era el rey del mundo parado en la proa del gran crucero. Luego me reí de mí mismo al recordar que en una encuesta hecha en el Reino Unido, “I’m the king of the world” había sido elegido como el diálogo más cursi del cine. Eran pensamientos inconexos, asociaciones sin ningún valor.
Y entonces comprendí que hacía muchísimo tiempo que no me abandonaba así, sin más, a pensamientos sin sentido que van y vienen mientras floto en la nada.
Mientras observaba los destellos, las luces lentas y rápidas que dan vida a la ciudad, me giré hacia él porque su calor me resultaba agradable. Apreté la mejilla contra su hombro y hundí los labios profundamente en su nuca. A mi manera, era una muestra de cariño caprichosa.
Él inclinó la cabeza y besó mi mejilla y la zona de la oreja. Sus brazos, que me rodeaban, acariciaron mi espalda despacio, como si quisiera consolarme.
De repente, sentí el impulso de decir “te quiero”.
Lo llamé impulso, pero no era un deseo explosivo surgido de emociones desbordadas. Si fuese así, durante las noches en que compartimos momentos tan intensos, ya se lo habría dicho varias veces.
No había una comprensión racional que me llevara a reconocer un sentimiento, ni un suceso especial que sirviera de detonante. Simplemente, en este momento no podía imaginar nada más natural que decirle que lo quería. Solo eso.
—......
—… ¿Qué pasa?
Lo aparté de golpe. O más bien, aparté mi cuerpo del suyo con urgencia. Él abrió los brazos, ahora vacíos, y me preguntó la razón de mi reacción repentina.
—Ah… quería sacar unas fotos antes de que el atardecer desaparezca del todo.
Entrecerró los ojos con un toque de picardía, como dudando de mis palabras, pero no insistió.
Huyendo, como si escapara de la palabra “amor” que había aparecido tan natural en mi mente, me aparté y empecé a tomar fotos del cielo occidental con la cámara digital que él me había prestado para trabajar. Cambié el ángulo del objetivo y fotografié cómo él ordenaba la mesa. Le tomé una foto de cuerpo entero con el bungalow de fondo, la lona agitándose con el viento, y luego acerqué el zoom para captar su perfil firme y bien definido.
—Otra vez casi no has comido.
Hizo chasquear la lengua al ver que había dejado la mitad de la hamburguesa. Bajé rápido la cámara y me acerqué a ayudar con la mesa.
—Me dijiste que querías comer hamburguesa. Si dices que quieres comer algo y luego comes tan poco, es un problema serio.
—Será por el trabajo… Creo que estos días estoy un poco excitado. Siento como si estuviera lleno aunque no coma…
—Ya sé que no tienes apetito, pero… es verano, y si sigues dejando la comida así todos los días, me preocupa muchísimo.
Dijo que consultaría con un experto de la empresa de entrenamiento para preparar una dieta que no cargue el estómago y que permita una nutrición equilibrada.
—No puede ser con comida normal. Haré que preparen platos frescos, con poco condimento, que no te empalaguen. Y tampoco te voy a obligar a comer mucho. Pero lo que sí, eso que te sirvan, te lo vas a terminar. Sin excusas de “no tengo apetito”. ¿De acuerdo?
Normalmente cenábamos juntos cuando él volvía del trabajo, pero mi desayuno y almuerzo los preparaba todos los días la asistenta doméstica que venía a una hora fija. Solo con el ambiente que había creado para mí hasta ahora, ya me sentía más que agradecido.
Tal vez mi estómago estaba un poco sensible por adaptarme demasiado rápido a un entorno que había cambiado drásticamente en poco tiempo, o simplemente había perdido apetito por culpa del clima. Fuera lo uno o lo otro, era algo común que le podía pasar a cualquiera.
Tal vez mi estómago estaba un poco sensible por adaptarme demasiado rápido a un entorno que había cambiado drásticamente en poco tiempo, o simplemente había perdido apetito por culpa del clima. Fuera lo uno o lo otro, era algo común que le podía pasar a cualquiera.
—No hace falta que se moleste tanto, ya estamos…
—Prométemelo. No es tan difícil.
—......
Toda la expresión de juego había desaparecido de su rostro.
—Llevas casi dos semanas sin poder comer bien. Hay que hacer algo. Por tu trabajo también es mejor así, ¿no crees?
Cuando me agitó ligeramente el hombro para apremiarme a darle una respuesta, asentí. Entonces, por fin sonrió, me acarició la mejilla una vez y aplastó el sobre de papas fritas dentro de la bolsa de papel.
Que mencionara incluso un periodo concreto “casi dos semanas” demostraba que lo había estado observando todo este tiempo. Seguramente había intentado no mostrarlo para que yo no me sintiera mal.
Si hacerlo así le daba tranquilidad, por ahora aceptaría… pero seguía sin saber con claridad dónde terminaba la consideración y dónde empezaba el punto en que dejaba de ser yo mismo.
Un mundo donde a ciertas horas siempre hay una comida distinta preparada, donde al regresar de regar el jardín la habitación está impecable, donde cada cajón y armario está lleno de ropa recién lavada… ese era su mundo. No el mío.
Decidimos dejar el hielo en la azotea por ahora y bajar juntos el resto de las cosas. Para entonces, el sol ya se había ocultado del todo. Tras separar la basura y tomar un té juntos, bajamos al estudio, donde él, curioso por la dirección del trabajo, me acompañó.
Mientras uno está pintando puede que haya cambios, pero por ahora hablamos de la imagen que tenía en mente, mirando los bocetos y las fotos. Él escuchó con mucha seriedad, sin dar ningún consejo ni hacer preguntas. Esa distancia que ponía frente al dibujo ajeno se parecía mucho a la de mis padres o mi antiguo jefe de taller, y por eso me fue más fácil hablar.
—¿Eh? ¿Y esto cuándo lo tomaste?
Escogiendo un caballete para el boceto preliminar, me detuve y lo miré. Sentado a horcajadas en el respaldo del sofá, él me mostró la pantalla girada hacia mí con una sonrisa amplia. Eran las fotos que me había tomado hacía un rato, en la azotea.
—Hace un momento… mientras ordenábamos un poco…
Se me calentaron las orejas, pero fingí naturalidad ajustando la altura del porta-plumas del caballete que había elegido. Sin embargo, viendo su expresión, parecía que no pensaba dejar pasar el asunto tan fácilmente.
Se levantó del sofá, se acercó y me rodeó la cintura por detrás. La mezcla profunda de varias colonias se me infiltró hondo en el pecho con cada respiración.
—Oye, ¿por qué me grabas a escondidas? Si me pides que modele, también puedo hacerlo bien.
—......
Más adelante, cuando todo dentro de mí estuviera en su punto, pensaba pedírselo yo. No quería estropear nada suyo por apresurarme.
—Pero te salieron muy bien, ¿sabes? En las fotos se veía tal cual… esa mirada llena de afecto y a la vez tímida, la mirada del que sostiene la cámara hacia su sujeto.
Doblándome un poco la espalda y apoyando suavemente su barbilla en mi hombro, habló divertido. Veía mentalmente mis orejas y nuca enrojecidas, pero no negué su interpretación.
—Ahora sí lo entiendes, ¿verdad?
—......
En lugar de contestar, giré la cabeza para mirarlo. Me dieron ganas de pasar la mano por sus espesas pestañas, que se alzaban despacio para mirarme desde abajo.
Sus labios se curvaron en un arco suave.
—Por eso no quería enseñarte mis fotos cuando estábamos en Hong Kong.
—......
—Tienes la misma cara de que sigues sin entender.
Soltó la cintura y agitó la cámara frente a mí.
—La mirada del que toma la foto hacia su sujeto sale tal cual aquí dentro. Y tú… lees esas cosas casi como un adivino. Me habrías descubierto de inmediato.
No podía negar que en Hong Kong hubo entre nosotros intercambios de miradas y una tensión sutilmente distinta de antes. Pero yo lo había tomado como una atmósfera difusa en el aire, algo insuficiente para llamarlo interés o atracción de forma clara. Algo que desaparecería en cuanto apareciera otra persona que llamara más su atención.
—Hasta entonces, usted… no tenía mucho interés en mí…
—Ajá. ¿Y tú crees que uno sale a mitad de una fiesta solo para estar con alguien por quien no siente interés? ¡Además en la reunión posterior a la inauguración de nuestra galería!”
Con la mano que no sostenía la cámara me recorrió el brazo desde el hombro hasta la mano y entrelazó los dedos sobre el dorso de mi mano, como si hablara de algo imposible de creer.
—¿Cuándo…?
Con una expresión casi resentida me miró desde abajo y levantó nuestras manos entrelazadas para morderme suavemente los nudillos.
—Lo sabía, sabía que eras así de despistado. Ah… por eso no quería involucrarme.
No sabía hasta qué punto sus palabras tiernas y quejumbrosas eran verdad. Para mí él sí había sido alguien distante… y ahora resulta que él también pensaba lo mismo de mí, que por eso no quería darme su corazón.
Su confesión —que me había tenido presente sin que yo lo supiera— me dejó un cosquilleo en el pecho, así que apreté un poco más nuestras manos entrelazadas.
Tras un momento de vacilación, me estrechó más de la cintura y acercó su mejilla a la mía.
—El día que bebimos los cinco en aquella taberna española: Choi Inwoo, Baek Yuni, Kwon Juhan… ¿Te acuerdas de que Inwoo y yo fuimos juntos a la galería después?
—Sí, pero entonces…
Había sido hace varios meses. No recordaba cada detalle, pero sí la cara agraviada de In-woo diciendo que lo habían arrastrado casi a la fuerza.
En ese momento no me importaba quién seguía a quién, o quién había sido arrastrado…
—Entonces ¿qué creías que hacía yo allí?
—Pues… que la fiesta de después estaba… aburrida…
Iba diciendo eso, pero la voz se me fue apagando poco a poco. Viéndolo ahora, no era propio de él. No era alguien que abandonara antes la reunión posterior a una exposición compartida de Phantom solo para ir a una salida privada a beber.
Entonces no tenía suficiente información ni de cómo funcionaba Phantom ni de su carácter, así que no pensé demasiado en ello. Pero si ni siquiera fue porque In-woo le insistiera para irse juntos, era aún más extraño.
Si aquella mirada suya —la de quien se sienta en la parte trasera de un coche safari, apoyado en la mano, observando un herbívoro frágil que pasta afuera, completamente ajeno a él— no era indiferencia sino una coraza hábil para ocultar interés y escrutinio… Si él mismo se buscó una oportunidad para ponerse frente a mí porque no podía ignorarme ni mantener distancia…
Entonces quizá tampoco fue casualidad que supiera mi edad antes de que yo la dijera, o que, pese a parecer desinteresado, me hiciera tantas preguntas.
—Ah…
Un suspiro aturdido se me escapó al comprenderlo por fin.
Él estiró el cuello por encima de mi hombro para ver mi cara. Tenía la expresión de “¿por fin lo entiendes?”. Me dio vergüenza sostener su mirada, así que bajé los ojos hacia nuestras manos, que jugueteaba entrelazadas.
Dejó la cámara sobre el sofá, me giró de frente y colocó mis brazos alrededor de su cintura. Nuestros pechos se tocaron, y sus labios quedaron a la altura de mis ojos. Aspiré hondo el aroma intenso y pesado que me envolvió. Incluso cuando no era “esa fragancia”, todo lo que emanaba de él tenía algo densamente erótico.
Me rodeó también con los brazos. Su boca, al inclinar un poco la cabeza, me rozó la oreja y me hizo cosquillas.
—No puedo decir que sintiera esto con la profundidad de ahora. Pero tampoco era un sentimiento que pudiera ignorar. Al menos… era lo bastante fuerte para que me molestara ver a otros hombres rondando a tu alrededor como moscas.
¿Él, haciendo algo vergonzoso? ¿Y antes de eso, de verdad hubo hombres intentando acercárseme como candidatos románticos?
Lo primero que me vino a la mente fue… aquella noche después de conocer a la profesora Suki Kim, cuando todos fuimos a un bar en Soho; el chico pecoso que decía venir de Ámsterdam. Me pidió intercambiar correos volviendo sobre su camino, y él… él, que parecía tan perceptivo, no se apartó de mi lado ni en un momento que era claramente personal.
¿De verdad todo eso era porque me tenía en mente?
Apreté los dedos en el borde de su camiseta, cerca de la cintura, y negué despacio sin darme cuenta.
—Desde la primera vez que te vi en el pabellón de nuestra galería, con esa cara como de haber salido recién de la ducha, con gotas a punto de caer de la punta de los dedos… desde entonces eras como un grano de arena en mis zapatos. Me llamabas la atención, para bien o para mal. Que alguien me jale así la atención es rarísimo para mí… Probé fingir que no lo notaba por puro orgullo, pero…
Soltó mi cintura y tomó mi rostro con ambas manos, encontrando mis ojos. Bajo la luz pálida, la que menos distorsiona los colores, sus pupilas azules buscaban en las mías, como si quisiera encontrar alguna huella diminuta del pasado.
—Lo demás puedo pasarlo por alto… pero que haya otros pululando a tu alrededor, eso sí no puedo fingir que no me afecta. Sea el mocoso de Ámsterdam, el empalagoso ese de Nueva York… o incluso un amigo de toda la vida con quien he compartido mil miserias.
—......
Cada nombre que mencionaba era una etapa de sus propios celos. Y aun así, me costaba asimilar sus palabras como realidad.
—Vaya, tienes de verdad cara de no haber sabido nada. Que seas así de poco sensible es uno de tus encantos, pero… a veces me da miedo. Hay tipos que se creen que no cortarles el paso significa darles una oportunidad.
Atrapé sus muñecas para apartar suavemente sus manos de mis mejillas y negué con la cabeza.
—Bueno, en Hong Kong todavía,… pero para cuando fuimos a la taberna española era muy al principio… No. En ese entonces usted de verdad no tenía interés en mí… de hecho, me estaba vigilando más bien…
A pesar de que intentaba apartar su mano, él ni se inmutó. Incluso inclinó la cintura para acercar más su rostro al mío. Un rostro tan guapo que no era habitual ver en la vida cotidiana podía, por sí solo, imponerse como una fuerza. Me encogí sin querer, y la voz se me hizo pequeña.
—¿Por… qué…?
—Es raro, pero hasta esas veces en que te pones así de terco… no sé por qué no puedo enfadarme contigo. En eso estaba pensando.
Su expresión, recorriendo mi rostro con curiosidad sincera, era tan seria que no podía ni sonreír.
Soltó mis mejillas y, esta vez, apoyó una mano en mi coronilla, despeinando mi cabello.
—¿Por qué crees que, cada vez que nos veíamos, te tanteaba tanto sobre qué tal ibas con Choi Inwoo? ¿Porque me preocupaba de verdad? ¿Desde cuándo uno se preocupa por alguien que no le interesa y con quien, encima, está a la defensiva?
—Ah…
Hacía apenas unos minutos yo insistía en que en aquel tiempo él no tenía ningún interés en mí, defendiendo mi postura como podía… pero tenía que reconocer que su explicación era mucho más lógica.
Era cierto. Si entonces realmente hubiera sido indiferente a mí, o incluso me hubiera considerado alguien molesto, no habría tenido ninguna razón para preocuparse o sentir curiosidad por mi relación con Inwoo-hyung. Incluso si hubiera acabado envuelto en una tentación mucho peor y arruinándome, él habría permanecido a distancia, como mero espectador.
Cuando un suspiro mío, entre labios, dejó claro que por fin lo estaba entendiendo, él resopló y me estiró las mejillas a ambos lados.
—Mira que obligarme a contarlo todo así. No me dejas hacerme el interesante ni un segundo y terminas sacándome todo lo que hay en el fondo.
En un rincón de su rostro, mientras jugueteaba con mis mejillas como si le pareciera que yo era lo más exasperante del mundo, descubrí un rasgo inesperado: cierta timidez por haber confesado tan directamente sus sentimientos. Incluso cuando mostraba celos no había vacilado, y yo lo creía hábil y flexible para todo lo relacionado con el romance… así que aquella faceta medio infantil era sorprendente y fresca.
A nadie le gusta verse torpe delante de la persona que le importa, y en su rostro asomaba la frustración de un muchacho aún inmaduro que no logra mostrarse como quisiera.
Pero, fuera lo que fuera lo que intentaba aparentar delante de mí, a mis ojos él jamás había dejado de ser admirable. Era una preocupación innecesaria.
Después de juguetear un buen rato con mis mejillas, juntó la carne para hacerme boca de pez y dio un beso rápido sobre esa forma antes de lanzar una mirada al reloj de pared detrás de mí.
—Mi periodo de confusión intentando resistirme a la gravedad de Seo Yeehyeon no es algo para soltar así, de pie frente al sofá, como comentario de pasada… Así que por hoy lo dejamos aquí. No te molesto más. Trabaja.
Cuando estábamos solos, el tiempo siempre pasaba deprisa aunque no hiciéramos nada especial. Me giré para comprobar el reloj: desde que había bajado al estudio ya había pasado casi una hora.
—¿Me mandas un mensaje antes de dormir?
—Sí. Pero quizá me demore bastante…
Lo seguí por las escaleras que conectaban al primer piso, agarrándome a la barandilla mientras lo miraba hacia arriba. Él rió y estiró el brazo para revolverme el pelo.
—Si me entra sueño, no te espero y me duermo, así que no te preocupes. Concéntrate.
Se inclinó profundamente hacia mí, por encima de la barandilla, sujetó mis mejillas con ambas manos y posó sus labios en mi frente, mi entrecejo, el puente de mi nariz… y finalmente sobre mis labios. Fue un beso sin lengua, solo un contacto leve, pero bastó para que recorriera mi cuerpo un ligero temblor.
Una vez solo, no sé hasta qué hora estuve dibujando. La última vez que miré el reloj eran las once; después, la noción del tiempo se volvió difusa. Cuando finalmente moví el lápiz, me di cuenta de que había cambiado de idea varias veces a mitad del proceso, reduciendo las opciones preliminares a tres bocetos. Después de trazar el esbozo general del diseño definitivo sobre el lienzo, estaba completamente rendido.
A duras penas me lavé, me cambié y me arrastré hasta la cama. Al apoyar la cara en la almohada, recién entonces oí el golpeteo suave de la lluvia fuera de la ventana. No era lluvia fuerte.
Aunque mi cuerpo y mi mente parecían haberse vaciado, en realidad se sentían llenos, rebosantes: una mezcla de languidez, satisfacción y alivio. Luché contra mis párpados para enviarle un mensaje.
Era un viernes muy tarde. ¿Qué estaría haciendo él a esa hora?
Fuera lo que fuese, solo el hecho de saber que él estaba en algún lugar de esta casa hacía que los músculos de mi boca se suavizaran en una sonrisa. Era como sumergirse en agua caliente: el cuerpo entero se relajaba. Sentí una profunda tranquilidad y pude abandonarme al sueño. La sensación de seguridad respecto a mí mismo y a mi entorno era algo que hacía mucho no experimentaba.
En la azotea, abrazado a él, había sentido algo parecido. Si allí me había sentido como el rey del mundo, no era por la vista desde lo alto.
No supe en qué momento me dormí. La conciencia se apagó de golpe y, mucho tiempo después, el leve movimiento de alguien acomodándome la almohada y rodeándome los hombros hizo que mi sueño profundo temblara apenas.
En el estudio, la temperatura y la humedad se mantenían constantes, así que incluso en pleno verano, si no me tapaba bien, podía enfriarme a mitad de noche. La sensación del pecho desnudo y cálido que tocó mi piel fría era tan agradable que me acurruqué, hundiéndome en el torso firme justo delante de mí.
No era el contacto desconocido de un extraño. Su aroma familiar y su calidez me hicieron sentir a salvo. Ni siquiera necesitaba abrir los ojos para comprobar quién era.
Podía ser un sueño, pensé mientras rozaba con la frente su nuca, buscando la postura más cómoda.
Pero aunque fuera un sueño, ya no importaba. Porque en el mundo real había alguien que me daba este mismo cariño y paz, esperándome. Un brazo se deslizó con cuidado por mi espalda y me abrazó. Sus labios rozaron mi coronilla. “Duerme bien.” Como si estuviera esperando justo esas palabras, mi conciencia volvió a hundirse en el sueño profundo.
■ ■ ■
Despertar después de un sueño tan profundo siempre era brusco. Era como ser empujado de un mundo al otro en un solo instante; al despertar, siempre tardaba un poco en ubicarme.
—¿Descansaste bien?
—…….
Tumbado de lado, con mis párpados aún pesados mirando hacia mi pecho, levanté la cabeza sobre la almohada cuando reconocí la voz encima de mí.
—Mm…
La garganta aún cerrada por el sueño no me permitió emitir un sonido claro. Mis ojos se movían, confusos, como si preguntasen por qué él estaba allí.
Aunque había despertado en mi cama de la planta baja… también estaba envuelto en sus brazos desnudos.
Él estaba recostado mirando hacia mí, usando como almohada dos cojines apilados y su brazo doblado encima, mientras dejaba el otro brazo apoyado con ligereza sobre mi hombro y me acariciaba la mejilla con el dorso de la mano.
—Cómo te enterrabas como un pequeño topo… Estuve a punto de pensar si debía dejarte morderme un pezón o algo.
Encogido a mi lado, un nivel más arriba que yo, se rió mirándome hacia abajo. Viendo lo pegado que tenía mi torso contra su cuerpo, esta vez entendí que sus palabras no eran del todo una exageración.
—¿Cuándo… cómo llegaste…?
Todavía no entendía bien la situación, así que mis preguntas salían truncadas, sin convertirse en frases completas.
—¿Por qué no me enviaste un mensaje?
—Antes de dormir sí que te… envié…
Me giré boca abajo apoyando los codos sobre la cama. Mientras intentaba arreglarme el pelo hecho un desastre, palpé alrededor de la almohada buscando el móvil. Lo recogí del borde de la cama, donde estaba a punto de caerse; desbloqueé la pantalla y apareció de inmediato la app de mensajes.
[Hoy ya termino aquí el trabajo y ya paro dajfjsdf pu]
Debí de quedarme dormido con el móvil en la mano; el mensaje lleno de errores no se había enviado y seguía allí, en la barra de entrada.
—Ah….
Dejé escapar un suspiro mezcla de frustración y vergüenza, aparté el pelo de la cara y lo sujeté detrás de la oreja. Él me arrebató el móvil, leyó la frase en la pantalla y soltó una carcajada.
Poco a poco empezaba a despejarme. Bajo la luz natural de la mañana, su figura tendida en la cama, sonriéndome, se hacía más nítida. Un momento antes, al despertar, estaba tan confundido por el simple hecho de que él estuviera allí que ni siquiera había sido capaz de reconocerlo correctamente. Era la primera vez que veía su rostro en la cama sin estar en preliminares, en el clímax o en el sexo.
—¿Eh? Eso por qué— no lo… No lo envíes.
Vi sus dedos tocar la pantalla, y pensé que iba a mandar aquel mensaje lleno de errores, así que estiré la mano para detenerlo. Él simplemente giró el cuerpo con calma, esquivándome.
—Sería una pena borrarlo. Algo tan adorable hay que guardarlo.
Boca arriba, mirando al techo satisfecho, me devolvió el móvil. Luego empezó a juguetear con el borde de mi oreja mientras yo estaba apoyado junto a él.
—Qué lástima aun así. Tenías que haber visto lo tierno que eras, medio dormido y aun así intentando mandarme un mensaje…
Esas expresiones cargadas de una clase de afecto imposible de llamar de otra manera que no fuera amor… desde tan temprano me hacían cosquillas por la columna. Empezar el día envuelto en ese tipo de cariño… no sé si era bueno para mi corazón.
—¿Dormimos… juntos? ¿O viniste hace un momento?
Pregunté colocando con cuidado mi mano sobre la suya, que seguía tocando mi oreja.
—Sobre las tres vi que apagabas la luz, pero luego pasaba el tiempo y no me llegaba ningún mensaje. Así que bajé a ver.
Entonces, esa sensación durante la noche—como si alguien me acomodara la postura, como si me abrazaran desde atrás—no había sido un sueño. Era él, entrando en mi cama. Resbalé mi mano por su brazo firme y marcado, acariciándolo con un deje de lamento.
—Podrías haberme despertado…
—¿Y cómo despierto a alguien que se durmió trabajando hasta desplomarse?
—Pero… es una pena.
—......
Su mano, que me tocaba la oreja, me cubrió la mejilla por completo, como preguntándome con la mirada qué era lo que me parecía tan “una pena”. Su palma era tan grande que me envolvía la cara entera, y eso siempre me daba una sensación tan agradable que casi me restregué como un gato manso.
—Era nuestra primera vez durmiendo juntos… y yo ni me enteré.
Sus labios se curvaron suavemente. Sus ojos transmitían un cariño tan profundo que sola esa mirada bastaba para hacérmelo saber. Para alguien como yo, ese tipo de expresiones eran incluso más claras y confiables que las palabras.
Con el pulgar acarició suavemente la superficie de mis labios.
—Me alegra que lo pienses así, pero… si te despertara, seguramente fallaríamos otra vez en dormir juntos.
El fin de semana pasado, de camino a casa tras beber sake, él me había propuesto dormir juntos sin sexo… pero al final no pudimos cumplir esa promesa.
Era un plan imposible desde el principio. Aquel día habíamos tenido conversaciones especialmente íntimas y agradables; ignorar la piel y el calor del otro, tumbados tan cerca, era absurdo. La tensión eléctrica y picante que había entre nosotros desde la izakaya estaba inflada hasta el límite. ( Izakaya es Un bar informal)
Como si la promesa jamás hubiera existido, apenas cruzamos la puerta nos lanzamos el uno al otro, empezando un beso profundo. Como si aquellos besos juguetones escondidos detrás de un coche en el callejón no nos hubieran bastado en absoluto.
Él prácticamente ya me había dejado medio desnudo en la entrada. Y yo, deseando su torso desnudo, metía mis manos bajo su camisa, desordenándole los hombros y el pecho.
Si alguien nos hubiera visto, se habría reído diciendo que para qué habíamos decidido “intentarlo” si íbamos a rendirnos incluso antes de llegar al dormitorio.
A medida que nuestra seguridad en los sentimientos del otro crecía, mis acciones en la cama también se volvían más atrevidas. La timidez que me caracterizaba seguía ahí, pero aun así, ya no me costaba tomar la iniciativa en un beso, rodearlo con mis brazos, abrir las piernas ante él o mostrarle cómo temblaba de placer.
Y había otro cambio más: el sexo con él, que siempre había sido ardiente, intenso y cargado de estímulo, ahora también se había vuelto… dulce.
El intercambio de afecto tiene un poder extraordinario; era como si diera legitimidad a todo lo que compartíamos. Incluso un simple beso ya no se sentía igual que antes: no se trataba solo de deseo, sino de amor expresado a través del cuerpo.
No era que el deseo surgiera en cualquier momento y él simplemente estaba ahí. Era un deseo que surgía porque él era quien estaba frente a mí. Aquella noche, también, estuvimos juntos hasta que el amanecer temprano de verano se tornó azuloso.
Al día siguiente desperté como siempre, en su cama. Pero el lado junto a mí estaba vacío. En su almohada había una nota: había salido a un brunch por invitación de un cliente VIP. Al final, esta era la primera vez que recibíamos juntos la mañana.
—Creo que estabas medio dormido, pero murmurabas y te acurrucabas contra mi pecho… Por un segundo pensé en despertarte.
Tocó la punta de mi nariz con el pulgar que antes acariciaba mis labios, y sonrió. Si lo hubiera hecho, probablemente no habría podido dormir de los nervios; aun así, seguía lamentando haber perdido la consciencia durante ese momento que habíamos compartido.
—Si tenemos… sexo… ¿de verdad no podemos estar juntos hasta la mañana?
—......
El leve movimiento en sus párpados al oírme me hizo darme cuenta de inmediato de lo estúpida que era la pregunta; quise hundir la cara en la almohada. Como era de esperar, él soltó una risita baja y luego me tomó el rostro con las dos manos.
—Claro que no es eso. Ya sabes que últimamente estoy bastante ocupado… tengo que salir temprano muchas mañanas. Y sí, tengo buena resistencia, pero con la frecuencia que llevamos… también tengo que cuidar un poco mis horas de sueño.
Su explicación, tan amable, solo hizo que me sonrojara más.
—Creo… creo que todavía estoy adormilado. Perdón por preguntar una tontería.
Él me apretó las mejillas entre sus manos a modo de regaño cariñoso, luego se incorporó y me besó suavemente en la frente. Después apoyó su torso sobre mi espalda y me rozó la oreja con la punta de la nariz.
—Voy a preparar el desayuno. ¿Quieres encargarte del jardín mientras tanto?
De verdad, era una… forma demasiado intensa de empezar el día para mi corazón.
■ ■ ■
Quiero guardar bien el recuerdo del calor de agosto: un tiempo espeso, lento, perezoso, pero que deja marcas más nítidas que nunca, como una paleta de hielo derritiéndose hasta volverse pegajosa.
El jardín bajo el sol de agosto. La curva de arcoíris que se dibujaba en el chorro de agua que salía del rociador conectado a la manguera. El canto de las cigarras colgadas en los robles, símbolo mismo del verano. La conciencia de estar vivo que daban las gotas de sudor empezando a surgir en la piel desnuda tras quitarme la camiseta.
Tal como había dicho él, la lluvia nocturna había sido escasa; cuando salí al jardín, la tierra ya estaba completamente seca bajo el sol abrasador. Aunque agosto llegaba a su mitad, el calor seguía implacable.
Con suficiente luz y agua, las plantas lucían llenas de vida aunque las personas nos derritiéramos. Las malas hierbas también parecían fortalecerse, así que arranqué las que habían vuelto a asomar en pocos días y conecté la manguera al grifo del rincón del jardín.
Shwaaaaaa.
Solo el sonido del agua pulverizándose hacía sentir como si la temperatura bajara uno o dos grados alrededor. Ajusté la dirección del chorro hacia el boj, cuyas ramas había podado torpemente, y acerqué la mano izquierda a la boca de la pistola de agua. El agua estaba fría. El sol abrasador sobre los hombros y la espalda desnudos parecía capaz de quemarme.
Entre el zumbido hipnótico de las cigarras y el ruido del agua, llevé a mis labios la mano izquierda, ya fría.
Con el pulgar y el índice, tomé la carne del labio inferior y jugueteé con ella. Una sensación ligeramente lasciva se extendió de inmediato sobre mi piel. Bajo la luz tan intensa que, incluso con gafas de sol, hacía que el mundo se viera como blanqueado, pensé en sus labios.
La succión intensa, casi dolorosa, era la profundidad de su deseo hacia mí. Recordando la forma en que me chupaba, como si quisiera morderme y tragarme entero, retorcí con fuerza el espacio entre mi pulgar y mi índice. El canto de las cigarras se arremolinó en mi conciencia, como absorbido por un caramelo de remolino. Retorcí el labio con tal fuerza que pensé que quizá estallaría y sangraría. Sentí que casi me iba a poner duro.
—Ejem, ejem.
Me di la vuelta lentamente ante la tos fingida, hecha a propósito para anunciar su presencia.
Él estaba allí, apoyado en el marco abierto de la entrada, con los brazos cruzados y la cabeza inclinada ligeramente mientras me miraba.
Curiosamente, no me invadió la vergüenza. No sé por qué, pero no me avergonzaba. Sin apagar la pistola de agua, mantuve la mirada fija en él, que estaba en lo alto de los escalones.
Él, de pie en medio de la luz blanca, deshizo los brazos cruzados y bajó las escaleras. Rodeándome por detrás, me abrazó, acarició el pecho y el vientre húmedos por el sudor, y frotó sus labios contra mi oreja.
Mi verano se volvió un poco más ardiente.
—¿Desde cuándo… te pellizcas los labios así cuando estás solo?
A veces de verdad logras sorprender a la gente —añadió él. De él emanaba un aroma dulce, como de jarabe. Recordé que en la mañana había dicho que prepararía panqueques con fruta.
—Si querías que te besara, habrías entrado a cubrirm—e.
Incliné la cabeza para recibir sus labios, que se hundían en mi nuca. Dos pequeños pájaros desconocidos cruzaron volando, rápido, frente a la copa del roble más alto. Las manos y los labios con que me acariciaba el pecho y me besaba el cuello eran como el sol.
—¿Siempre estás así, sin camiseta, cuando sales al jardín?
Puse mi mano sobre la suya mientras me acariciaba entre el hombro y el brazo, y asentí con la cabeza.
—La próxima avísame antes. Es un desperdicio haberme perdido algo tan bueno hasta ahora.
Besó el borde de mi hombro, desde donde caía hacia el brazo, y vino a colocarse a mi lado, masajeando suavemente la nuca.
—Las gafas de sol te quedan muy bien. Aunque bueno, ¿qué no te quedaría bien?
Él se tocó los pómulos con los dedos, y yo le sonreí mientras desviaba la manguera del boj hacia la spirea. El arcoíris que trazaba el chorro se volvió más grande al alargarse. También el sonido del agua al caer sobre la spirea era diferente.
—Voy a… ir al hospital.
—…….
Las manos con que me masajeaba el cuello y los hombros se detuvieron lentamente.
—Pensé que era una gastritis leve o que simplemente era porque el calor me afecta, así que creí que pasaría solo… pero el director también parece bastante preocupado. Y, siendo sincero, no muestra señales de mejorar… Así que voy a hacerme ver. No es nada grave, pero seguir aguantando sin que haya mejoría me parece un poco tonto.
Nunca había tenido a alguien que se preocupara tanto por mí solo porque no tenía mucho apetito o porque ciertos olores me daban náuseas. Y como nunca había sido una persona que disfrutara demasiado comer, jamás había tomado en serio la pérdida de apetito. Esta vez también pensaba dejarlo pasar, como siempre.
Pero él, tan atento, lo había notado sin que yo se lo dijera. Y darme cuenta de que yo, que me trataba con descuido, estaba siendo cuidado con tanto esmero por alguien… me hizo sentir que descuidarme así era una falta de consideración hacia él.
Además, aunque aún no me lo creyera del todo, si quería seguir escribiendo como autor a tiempo completo, mantener mi salud y mi condición física en un nivel mínimo también era parte de mi trabajo.
—La próxima semana… sacaré un tiempo y… iré durante el día.
Se quedó callado un buen rato, y cuando lo miré, seguía con la mano sobre mi hombro pero absorto en sus propios pensamientos. Su perfil inmóvil, como si hasta hubiera olvidado parpadear, parecía más una escultura tallada en marfil. Elegante y refinado, pero dejando entrever, tras esa fina capa, una naturaleza salvaje y áspera que hacía imposible apartar la mirada, que le daba una tensión y una sensualidad irresistibles.
Expresar la ferocidad oculta tras su elegancia —o la elegancia que envolvía su ferocidad— sería imposible para una mano que no fuera la de un maestro. Él era como una obra maestra nacida de un gran artista. Al menos para mí, así se veía.
Tal vez sintió mi mirada llena de admiración, o tal vez había terminado de pensar; se sobresaltó ligeramente y volvió la cabeza hacia mí, consciente de sí mismo.
—Sí… has tomado una buena decisión. Si te sientes mal, tienes que ver a un médico. Le pediré a Choi Inwoo que te atienda; haré la reserva.
No esperaba que me dijera que fuera con Inwoo, así que abrí un poco los ojos sin querer.
—Aunque no lo parezca, es muy meticuloso cuando atiende.
Sonrió brevemente, sin mostrar los dientes. Luego, con un gesto repentino y serio, se volvió hacia mí y dio un paso más, quedando muy cerca. La sombra de su figura cubrió la mitad de mi rostro.
Aunque había salido de sus pensamientos, su expresión seguía igual que antes, como suspendida fuera del tiempo. Pero no es que no me mirara. Su cara, puede sonar exagerado, parecía desear arrastrarme a su mundo interior y encerrarme allí.
Bajó la cabeza y posó los labios sobre mi hombro. Sus manos, que bajaban desde mis costados hacia la espalda, me rodearon con fuerza por la cintura. Sus labios, que habían subido desde mi hombro hasta mi nuca, resbalaron por mi mandíbula, y yo cerré los ojos con expectación, entreabriendo los labios.
—Mmh, mmm… mmh.
El beso, profundo desde el primer instante, hizo que soltara la pistola de agua. La manguera, como una anguila larga recién sacada del agua, se retorció frenética, agitándose, hasta que se calmó y quedó sobre el césped, dejando correr el agua en silencio.
Quise recordar cada detalle: sobre el calor de agosto, sobre cómo sus besos trazaban nuevas sensaciones en mis labios y mi lengua, sobre los sabores dulces, ácidos, ardientes y a veces sorprendentemente extraños de este verano en que mis primeras emociones hacia alguien comenzaban a madurar con cuidado.
Sobre mi primer enamoramiento —eso que, dicen, se vuelve el punto de referencia para todas las relaciones futuras en la vida de una persona— y sobre la persona inolvidable que se convirtió en ese primer amor: Liu Weikun.
