La puerta principal se abrió, y desde dentro se filtró un soplo de aire fresco, como si hubieran abierto una nevera.
Aun cuando el interior estaba suficientemente fresco, Juhan, que le abrió la puerta, no llevaba puesta una camiseta.
—Entra con los zapatos puestos. Es al estilo occidental.
Llevaba unos skinnies negros, desgarrados por todas partes, y unas botas toscas. Se giró primero para entrar en la habitación y se estiró con fuerza. Debía haberse duchado hace poco, porque en las puntas del cabello todavía quedaban gotas de agua.
—La verdad es que lo de barrer y limpiar seguido me da pereza, así que simplemente vivo así.
Añadió aquello riéndose entre dientes mientras miraba hacia atrás.
Para dibujar, yo quería el lugar donde él se sintiera más cómodo, y el sitio que eligió fue, por supuesto, su propia casa.
El officetel desde donde se veía el viaducto Seosomun, que conecta Chungjeongno y el Ayuntamiento, tenía una vista inesperadamente abierta para lo que suele encontrarse en Seúl, y aun en hora punta se podía ir y volver del Phantom en unos treinta minutos.
—Me lo dio el director cuando me volví empleado fijo del Phantom, para que lo use como alojamiento. Baek Yuni vive arriba, en el piso 23.
Señaló el techo levantando el dedo índice. Su casa estaba en el piso 21.
—Quería venir a curiosear, pero pensé que te molestaría mientras trabajas, así que le dije que no viniera. A ver… bebidas… Solo hay cerveza, ¿quieres?
Asomado al interior del refrigerador, que parecía vacío de un solo vistazo, se volvió para preguntarme. Yo, que estaba ahí plantado sin saber dónde ponerme, dije que estaba bien y me quité el bolso del hombro.
El sonido del ‘clic’ del anillo de la lata fue agradable.
—Entonces, ¿qué hago? Si tengo que mantener una misma postura mientras dibujas, mejor caliento un poco el cuerpo antes.
—Puede… puede estar como siempre esté, como le sea cómodo, hyung. Hasta que la imagen que quiero esté clara voy a hacer varios bocetos.
Tocándose el piercing del labio, mientras recorría con la mirada la habitación estrecha, tomó una de las dos guitarras colocadas con cuidado en un soporte junto a la cama. Se notaba que la cuidaba bien: no tenía ni una mota de polvo.
—Entonces tocaré un poco.
Aunque era un estudio pequeño, no se sentía sofocante gracias a que no tenía muebles voluminosos. Un perchero de dos niveles que cubría toda una pared, la cama individual frente a él y una mesa redonda junto a la ventana panorámica eran prácticamente todo en la vivienda. Aunque no limpiara mucho, la falta de cosas hacía que no se viera desordenada.
—¿Quieres dibujar sentándote ahí?
Mientras colocaba un pequeño amplificador, del tamaño de un palmo, sobre la mesa frente a la ventana y lo conectaba a la guitarra, señaló la cama con la barbilla.
—O puedo tocar sobre la cama y tú dibujas aquí, si quieres. Pero admito que el ambiente no es el ideal para pintar.
Miró la habitación estrecha con expresión incómoda.
—Hoy solo voy a hacer croquis rápidos, así que está bien. Si hace falta, la próxima vez traigo un caballete. Lo mejor es que hyung esté lo más cómodo posible.
—Un artista que trabaja según la comodidad del modelo… qué particular.
Soltó una risita, abrió un archivador lleno de partituras y empezó a afinar la guitarra. Yo también saqué los materiales de dibujo y me senté en el borde de la cama.
Al observar con calma la habitación, me di cuenta de que no había ni una foto ni un póster arrancado de una revista pegado en la pared. Teniendo en cuenta su pasado en una banda punk y su estilo al vestir, había imaginado algo totalmente distinto, pero el espacio no transmitía ni su gusto ni su vida cotidiana. No era exactamente pulcro: simplemente se sentía como un lugar al que venía únicamente a dormir.
—Pensándolo bien, ¿es la primera vez que estamos así, solos?
Tocando acordes con sus dedos largos y delgados, que llevaban más de cinco anillos, habló sin levantar la vista de la guitarra.
—Creo que sí, salvo cuando trabajamos.
—Me acuerdo de cuando nos conocimos.
Al recordarlo, se encogió de hombros y rió, y yo también reí al recordar cómo él, sorprendido al verme, soltó una palabrota sin querer.
En ese momento, ni imaginaba que terminaría trabajando oficialmente en Phantom, ni mucho menos que volvería a dibujar como artista de la empresa.
Había conocido a la profesora Suki Kim, y Morae y hyung se habían ido de Corea. Me había enamorado de alguien, y me había empujado a mí mismo dentro de una relación difícil de definir.
Solo pasó de principios de primavera a pleno verano, pero cuántas cosas habían cambiado.
El sonido electrónico se esparció por la habitación siguiendo el movimiento de sus dedos. Era la primera vez que escuchaba una guitarra eléctrica tan de cerca, y el tono triste característico de las cuerdas, mezclado con un vibrato delicado, era sorprendentemente hipnótico.
No sabía qué pieza era, pero no era punk. El sonido lento, lánguido, que resonaba por el espacio, no expresaba emociones simples como alegría o tristeza. También me equivoqué al pensar que su interpretación sería más agresiva, más directa. En la tensión creada por las notas complejas, se mezcló el sonido de un timbre. Su teléfono.
—¿Puedo contestar?
—Sí, siéntase cómodo, hyung.
—Qué generoso el artista.
Sonrió, se levantó y tomó el teléfono que había dejado junto al fregadero. Al ver quién llamaba, se le alzó la comisura de los labios. Una sonrisa de villano.
—Sí. Estoy de modelo ahora. No, no foto: dibujo.
Regresó al asiento, cayó en la silla de golpe y bebió un trago de cerveza.
—¿Hoy? Qué repentino… ¿A qué hora? …Para entonces creo que sí podría… ¿Y qué me das a cambio si voy?
Su expresión se volvió más insinuante. No sabía qué le respondió la otra persona, pero sus hombros temblaron conteniendo una risa. Yo me limité a observarlo sin siquiera pensar en mover la mano.
No se parecía en nada al Hyung que veía cuando trabajaba en Phantom, ni al que veía cuando estaba con Yuni noona y conmigo, ni al que estaba con los otros del equipo. Literalmente parecía… su vida privada. Era una expresión que no mostraba cuando estaba con nosotros, una voz que no nos enseñaba.
Pensaba que conocía a Hyung mejor que a noona y por eso le pedí que posara, pero quizá aquella idea era demasiado fragmentaria. Empecé a dudarlo.
Prueba de ello era que el boceto no avanzaba en absoluto. Desde que entré a esta casa, había perdido la dirección: no sabía qué tenía que dibujar, ni a quién.
—Ah… últimamente estoy puto estresado por el trabajo, así que, oye, tienes suerte, ¿eh? Espérame ahí.
Cerró la llamada con una risa ligera y arrojó el móvil sobre el colchón. Luego tomó de nuevo la guitarra y me lanzó una ojeada de soslayo.
—Tienes cara de shock.
—No, shock no tanto… Además Hyung ya me lo había contado antes.
—Ah…
Recordando la vez que nos encontramos en aquel bar de Hongdae donde había un gato, Hyung rió con torpeza y se restregó el pelo recién cortado, demasiado corto para sus manos.
—No hacía ni mucho que nos conocíamos y me puse a contar esas cosas, debiste de asustarte bastante, ¿no?
Fue justo lo contrario.
—Me gustó sentir que los conocía un poco más a Hyung y a noona… Yo… no soy bueno hablando de mí.
Aunque sentía afecto por ellos dos, tanto la situación de entonces —en la que tenía que desconfiar de cualquier desconocido— como mi carácter introvertido impedían que hiciera un esfuerzo activo por mantener ese afecto. Aquella vez me alegró que fueran ellos quienes se acercaron primero.
Hyung me miró un momento y luego, encogiéndose de hombros, volvió a mirar la partitura.
—Fue un comentario sin importancia. Es algo que podría soltarle incluso a un desconocido por la calle. Ya sabes que tengo la lengua un poco suelta.
Tal vez era cierto.
No tenía un carácter como el mío; así que incluso aquel conflicto, que parecía el peor tipo de ruptura entre padres e hijos, quizá él podía contarlo a alguien casi como si fuera una pelea casual con la que uno se topa caminando por la calle.
Pero que su tono fuera ligero, o que en su corazón lo tratara como algo ligero, no hacía que lo que había ocurrido lo fuera. Para mí, al menos, esa historia hacía que la figura de Kwon Juhan se sintiera más concreta.
Parecía que iba a volver a tocar, pero tras un sorbo de cerveza abrazó la guitarra y, vacilante, empezó a hablar.
—Esto es un poco patético, pero… al principio sentí afinidad contigo.
—......
—La gente de Phantom, los artistas que tratamos en el trabajo, incluso muchos de nuestros clientes… todos son talentosos, creativos, brillantes. Cuando estás siempre rodeado de ese tipo de gente, pues… la verdad es que te achica un poco. (Te hace sentir menos☆)
Detuve totalmente la mano de la sorpresa. Para mí Hyung también era una de esas personas brillantes.
Mientras deslizaba suavemente los dedos de arriba abajo por las cuerdas, creando un sonido agradable, Hyung siguió hablando.
—Pero tú parecías simplemente un chico normal de mi edad. Cuando llegaste, me sentí un poco tranquilo. Era como tener una excusa para pensar que lo normal éramos tú y yo, y que los que estaban demasiado por encima eran los otros.
Tras decir eso, dio otro sorbo a la cerveza y colocó los dedos sobre el diapasón. Entonces, mirándome con gesto travieso, dijo:
—Pero al final resultó que tú también eras un tipo brillante. Traidor.
—No, yo todavía… No les he mostrado nada. Y no sé si seré capaz de responder a las expectativas… Ahora mismo no tengo esa confianza. Hyung es quien domina el trabajo en Phantom y quien además lleva Old Future…
—Phantom lo empecé porque ofrecían alojamiento y comida; y Old Future, seamos sinceros, la dueña es Baek Yuni. Yo solo soy un pervertido brivón al que le cayó de rebote un papel demasiado guay gracias a haber conocido a buena gente. Y tú, en cambio, fuiste elegido por el director. Si algo tiene el director es que nunca falla detectando potencial. Ha descubierto y hecho crecer a varios artistas de la galería.
Un pervertido brivón que tuvo suerte y recibió un papel mejor de lo que merecía. Nunca imaginé que Hyung, que parecía tan seguro de sí mismo y tan lanzado, se juzgara con tanta dureza.
Visto así, yo era aún peor: un cobarde que tuvo la suerte de encontrarse con buena gente y recibir una oportunidad. Antes me sostenían Morae y Hyung; y ahora… Hyung frente a mí, junto con mucha más gente, y una persona muy especial.
Yo sí había sido quien, entre personas tan firmes como el director, la directora, noona y Hyung, sentía más mi insignificancia. Hyung parecía alguien que no tenía por qué sentir eso… pero aquello que sentía él, yo lo entendía mejor que nadie.
Si había algo que no le salía, Hyung repetía una y otra vez un pequeño fragmento de melodía. Era una melodía que tocaba emociones ocultas en lo profundo.
—Y la verdad… aquel cuadro también me gustó mucho. El que estaba colgado en el salón del director. Aunque entré en Pintura Occidental, mis padres solo querían que estudiara en Seúl, así que me metieron ahí por recomendación de la consultora de ingreso. Nunca me interesó realmente la pintura, y las obras abstractas menos aún: siempre me parecieron que fingían profundidad sin tener nada dentro. Pero aquel cuadro… me gustó. Creo que las artes plásticas están más cerca de la poesía que de la narrativa; no puedes señalar una trama clara como en una novela. Y aun así, ese cuadro… me hacía sentir reconfortado al mirarlo. Un poco como si me dijera: ‘No eres el único que lo pasa mal, ánimo’.
Al final Hyung levantó la cabeza y me dedicó una sonrisa ladeada. Luego repitió de nuevo aquella melodía.
Independientemente de cómo se viera a sí mismo, para mí Hyung seguía brillando precisamente porque podía contarme estas cosas sin maquillaje y sin adornos.
Sus dedos largos y delgados se movían rápidos y precisos sobre el diapasón. Para mí, su mano era lo más hermoso de él… pero incluso su mano extremadamente delgada, donde podían verse claramente los huesos al moverse, tenía otro tipo de atractivo.
Parecía seca y fría, y aun así, en su delicadeza, transmitía una fragilidad… casi como una soledad que pedía ayuda.
Quizá no solo la pintura, sino también la música, se parece más a la poesía que a la narrativa. No podría explicarlo con lógica, porque no sé del tema, pero cuando escuchaba a Hyung tocar, podía entenderlo. Entender que no era, como él decía, una persona ligera, sin profundidad, que solo había tenido suerte.
Interrumpí la pose del croquis de cuerpo entero y, tomando un lápiz más firme, me concentré en dibujar la mano de Hyung. Mientras tanto, la práctica fue transformándose poco a poco en música real.
Los fragmentos sueltos que había repetido varias veces empezaron a fluir con suavidad, convirtiéndose en una melodía coherente, adquiriendo un color propio, construyendo un único curso. No sabía si Hyung le estaba añadiendo ese sentimiento o si era el carácter original de la pieza, pero aunque solo tocaba la melodía sin letra, parecía dibujar una historia.
Detuve el lápiz y pregunté:
—Esto… ¿cómo se llama?
—Es una canción titulada Cause We've Ended As Lovers. Ahora estoy practicando así, todo torpe, pero en realidad es un temazo.
Con la expresión más viva que había mostrado desde que entré hoy en esta habitación, él respondió:
—Es de Jeff Beck, uno de los tres grandes guitarristas del mundo… bueno, sobre los “tres grandes guitarristas” hay mil opiniones, pero en fin, es una canción de ese señor.
Con la cara encendida, como un niño hablando de dinosaurios, coches o de personajes de su anime favorito, llegó incluso a enviarme por messenger el nombre del guitarrista, el título del álbum y de la canción.
—Descárgate el álbum y escúchalo. Si te gusta esta canción, las otras del mismo disco también te van a gustar. Escúchalo sí o sí en la versión original.
Quedaban como dos horas para las seis, la hora que habíamos acordado, pero durante todo ese tiempo lo único que pude hacer fue describir su exterior. Un boceto que no era más que una cáscara, una naturaleza muerta. Igual que los dibujos de mi cuaderno que yo mismo le había enseñado. Creía conocerlo lo suficiente como para poder dibujarlo, pero, al menos hoy, la persona que había venido a dibujar no estaba aquí.
Cuando dieron las seis, él se puso una camiseta a toda prisa y, mirándose al espejo, empezó a arreglarse para salir conmigo. Poco a poco fue transformándose en el Kwon Juhan que yo conocía: un punk rebosante de confianza y de un desenfadado espíritu rebelde.
Mientras aumentaba el número de piercings en su oreja, dijo:
—¿El jefe dijo que venía a recogerte?
—…Sí.
—¿Es una cita?
La pregunta inesperada me desconcertó, pero traté de aparentar calma, pensando que solo era cosa mía ponerme así de nervioso.
—No, solo… me dijo que había una exposición que quería recomendarme.
—Pero quedar a solas un sábado por la tarde para ir a una exposición, ¿no es lo típico de una cita? Bueno, yo tampoco es que sepa mucho de citas normales.
Encogiéndose de hombros, me miró a través del espejo con una expresión lasciva.
—Te lo vas a pasar bien, Seo Yeehyeon.
—……
Parecía hablar como si supiera algo. Mientras yo dudaba sobre qué reacción debía mostrar, mordiéndome los labios, él giró el cuerpo hacia mí con un gesto aún más incómodo.
—Ey, si reaccionas así, el que se queda descolocado soy yo. ¿Que te gusta el jefe era un secreto, acaso?
Hablaba como si ni siquiera necesitara que yo confirmara nada. Estaba completamente convencido.
—C… ¿cómo…?
—¿Cómo que cómo? El día de la barbacoa, cada vez que yo rozaba al jefe ponías una cara como si el cielo se te viniera abajo. Aunque… ahora mismo sí tienes esa cara de que el cielo se cayó de verdad.
Me dijo que Yuni no había visto mi expresión desde donde estaba sentada, y que la directora era tan torpe para estas cosas que ni lo notaría, tratando de consolarme. Al mismo tiempo, me pellizcó las mejillas y me las estiró a ambos lados, diciendo que era demasiado descarado para alguien que intenta ocultarlo.
—Y yo pensando que lo gritabas a los cuatro vientos de lo evidente que eras. Algo así como: “Me gusta el jefe. ¡El jefe es mío! ¡Así que, Juhan, no le toques tanto!”
Era verdad que ese día lo había envidiado por su cercanía con él, pero jamás imaginé que él hubiese notado todas mis miradas. Que fuera tan fácil leer mis emociones… era bastante impactante.
O tal vez simplemente era incapaz de ocultar mis sentimientos cuando se trataba de él. Incluso Yeehan hyung a veces perdía la paciencia con mi indiferencia general hacia todo.
—Pero oye, ¿de verdad te gusta en serio? O sea, no como cuando te gusta un famoso, no esa clase de idolatría.
Al ver mi cara —seguro que estaba pálida—, el gesto de él también se volvió serio. Despeinándome un poco, cruzó los brazos y soltó un suspiro ligero.
—Bueno, sí. Tú no eres de esa gente que “gusta” de alguien de forma ligera.
Como nunca me había gustado nadie antes, tampoco reconocía bien mis propios sentimientos. No sabía en qué estado me ponía al querer a alguien, ni qué esperaba del otro, no tenía ninguna referencia, y eso me confundía aún más.
Pero este amigo mío soltaba con facilidad cómo creía que yo sería si me enamoraba. Casi quería preguntarle directamente cómo era que él pensaba que yo funcionaba.
—Igual me sorprende. Pensaba que jamás verías al jefe como alguien para tener una relación. En serio no me lo esperaba.
—……
Miré su espalda reflejada en el espejo, preguntándole con la mirada por qué pensaba eso.
—El jefe, como superior y como adulto, es cómodo, no guarda rencor, cuida a los demás, no presume… tiene muchas cosas buenas y mucho que aprenderle, pero… sinceramente, no es alguien que parezca tomarse una relación en serio. Por eso, bueno… pensé que tú nunca caerías.
Miré los piercings conectados con la cadenita fina y, bajando la vista al móvil, leí en pantalla su mensaje: llegaría frente al apartotel en unos diez minutos.
—Habla bien, tiene buenos modales, y físicamente… a ver, seamos sinceros, es fantástico. Reconozco que tiene un magnetismo que cautiva.
Con el aro del labio conectado a la cadena, Juhan giró hacia mí.
—Pero en serio, ¿no es más tu estilo alguien más estable, más acogedor? ¿O qué? ¿También tú terminaste cayendo por los atributos externos de Liu Weikun?
Y para quitarle peso al ambiente, vino hacia mí y me zarandeó el hombro con cariño.
Hubo un tiempo en que me parecía increíble que él y Yuni no se enamoraran de él. Incluso fantaseé con que quizá estuvieran viviendo un amor no correspondido en secreto.
Pero ahora quedaba claro, al menos en lo que respecta a Juhan: él no lo quería de esa manera.
Si lo hubiera querido, y lo hubiera mirado más de cerca, no podría haberlo descrito como alguien poco estable o incapaz de ofrecer consuelo.
Sin decir nada, solo esbozando una sonrisa vaga, dejé que me sacudiera como una muñeca sin fuerza. Él soltó mi hombro y se desplomó a mi lado con un suspiro. El colchón estrecho rebotó bajo su peso.
—Ey, yo no soy de los que dan consejos sobre relaciones, ¿Bien? Yo soy de los que se cruzan de brazos, observan y cuando la cosa se tuerce, se ríen. Pero tú… tú no eres de los que se emborrachan con sus emociones y disfrutan del drama “porque es amor”. Por eso te lo digo, para que no acabes herido y pasándolo mal…
Como si estuviera confesando un secreto muy pesado, dudó un instante y continuó con dificultad:
—Si solo estás en esa fase de emoción y palpitaciones, si es solo mariposas… mejor pon tus sentimientos en orden desde ya.
En comparación con toda la introducción dudosa, ese consejo sonó claro, directo, casi como una orden suavizada.
Me sentí extraño.
No sabía si yo ya había pasado esa fase o no. Pensar en él me alteraba tanto que era difícil calmarme; eso podía llamarse emoción, sí, pero junto a ello había siempre ese vacío en el estómago, como si mi pie resbalara desde un sitio muy alto y cayera en picada.
Y, además, no tenía suficientes experiencias amorosas como para clasificar las fases del desarrollo afectivo.
Yo esperaba, quizá, que me dijera que él también parecía interesado en mí, que probara, que hacíamos buena pareja. No necesariamente eso, pero al recibir un consejo tan limpio y definitivo de alguien que nos conocía a ambos, por primera vez pensé en cómo nos veía la gente desde fuera.
Y sí… no debíamos de ser una combinación que luciera especialmente bien.
Mientras pensaba si debía contarle a Juhan los pequeños cambios que habían ocurrido recientemente entre él y yo, él se levantó, se frotó el pelo corto y fue a la nevera a sacar otra cerveza.
—¿Tú crees que Yuni y yo somos súper cercanos al jefe, verdad?
—……
Bebiendo a tragos como quien bebe para olvidar, se limpió la boca con el dorso de la mano.
—Pero en realidad no sabemos casi nada de él. Tampoco sobre su vida privada. Pero sí sabemos que, desde que trabajamos con él, no ha tenido ninguna relación seria. Puede que elija quién se le acerca, pero a quien se va… no lo detiene. Eso sí es seguro. No esperes una relación seria.
Dicho eso, se bebió varios sorbos de cerveza de un trago, como si dijera algo que no quería decir.
En parte tenía razón, en parte no.
Antes, yo mismo habría estado de acuerdo con esa imagen que él tenía de él. Pero si la actitud que Juhan describía era pereza a la hora de definir una relación o de asumir responsabilidades… bueno, mi recorrido hasta llegar aquí tampoco era muy diferente.
En la cama él ponía mi placer por encima de su propio deseo, despertando cada rincón de mi cuerpo con un mimo cuidadoso que no se limitaba a los genitales. Cuando terminaba, venía una atención posterior tan cariñosa que resultaba más vergonzosa que el propio sexo, y sus besos eran tan dulces que podían confundirme.
Nada en él me hacía daño. Por eso yo podía seguir siendo cobarde.
Me gustaba, pero aun así, sin decírselo claramente, me quedaba en esa ambigüedad donde postergaba la responsabilidad y encontraba incluso cierta comodidad.
Si él seguía tratándome así… sin mostrar ningún indicio de acostarse con alguien que no fuera yo, ni de hacer sentir especial a otra persona… si todo se mantenía como ahora, eso ya me bastaba.
Así que, si hablábamos de irresponsabilidad, era justo aplicármela también a mí.
Cada vez que el hyung acercaba la lata a los labios, su piercing chocaba contra el metal y producía un clic metálico. Me dieron ganas de pedirle una cerveza. También ganas de fumar un cigarrillo, después de mucho tiempo. Pero no le pedí ninguna de las dos cosas. Solo jugueteaba con el móvil en mis manos.
—Que yo vaya así por ahí… o sea, que me junte con hombres mayores que yo y tenga encuentros que son solo físicos, todo eso… el jefe lo sabe. Pero nunca se mete. Habla como si fuese a retener a Baek Yuni cuando se vaya a estudiar al extranjero, pero cuando llegue el momento de verdad, no dirá ni mu. Es que le repugna intervenir en la vida de los demás. El jefe es amable, cariñoso, eso sí. Le estoy agradecido. Pero… nunca intenta entrar de verdad hasta el fondo de otra persona, y tampoco deja que nadie entre. Así es Liu Weikun.
Mientras decía eso y terminaba lo que quedaba de cerveza de un trago, su perfil no parecía estar hablando de mis sentimientos por él, sino de los suyos. Como si estuviera expresando una frustración hacia Liu Weikun, alguien que ni intenta entrar en lo profundo de los demás, ni permite que lo hagan con él.
Cuando levantó la cabeza para mirarme, tenía la expresión de un niño que se ha cansado de buscar la atención de sus padres o profesores y solo ha quedado herido.
Cuando me contó que Suki Kim era su madre, y que ni noona ni él lo sabían, me sorprendió. Quizá eso formaba parte de la frialdad que el hyung decía que tenía. Pero lo que él mostraba a noona y al hyung no podía llamarse simplemente amabilidad.
Yo sobre Juhan, él sobre mí, y él sobre él… todos estábamos viendo una imagen distorsionada, desviada de la realidad, o tomando una parte como si fuese el todo. Yo también lo había hecho antes. Y quizá incluso ahora siga haciéndolo.
Pero quería saber más. Quería ver una imagen más real de él.
Y al mismo tiempo, quería mostrarles quién era yo. Aunque mi esencia fuese la de un cobarde que intentó protegerse desconectándose del mundo… incluso si eso era todo lo que podía mostrar ahora.
No quería cerrar la boca y hundirme en mi mundo interior como hizo mi padre. Tenía que moverme como pudiera, aunque fuese a tientas. Por las personas que habían permanecido a mi lado en silencio, y por él… que me sacó de ese sitio y me dijo que tenía que volver a hablar.
—Hyung.
—……
—Para la próxima sesión de dibujo… ¿podría ser… desnudo?
Los ojos del hyung se agrandaron. Más aún por el cambio abrupto de tema.
—¿Desnudo?
—Sí, si a hyung no le molesta.
Él mordisqueó su piercing mientras giraba la lata vacía entre los dedos. Estaba pensativo.
—Quisiera dibujar en el jardín de la casa del jefe.
Luego se rió un poco y me miró ladeando la cabeza.
—¿Encima al aire libre?
Yo también me reí.
—Parece que el artista ya tiene una imagen clara en mente. Soy un hijo abandonado por mis padres, ¿qué no podría hacer? No es obscenidad, es arte. Claro que sí. ¡Hagámoslo!
Se golpeó el muslo con la palma, dejando un sonido seco, y aplastó por completo la lata. Estaba incluso más animado que cuando hablaba de su guitarrista favorito.
No volvió a mencionar la supuesta “falta de aptitud” de él como pareja para mí. Como si no hubiera dicho nada, empezó a hablar en tono entusiasta de la pose y el concepto para la próxima sesión.
Al salir juntos por la puerta del estudio, de pronto recordé aquel día de la barbacoa, cuando gritó que, si el interés de Inwoo hyung por mí era real, entonces era una canallada.
Quizá entonces hablaba de él y de mí, usando a Inwoo como excusa.
—Hombre, creo que sí estoy un poco mal de la cabeza.
En el ascensor se me colgó del hombro y soltó una risita.
—¿Por qué me emociono tanto cuando me dices que querías dibujar un desnudo? Cuando dijiste que venías a dibujarlo hoy, no sentí nada concreto. Pero ahora estoy entusiasmado, siento que la sangre me hierve.
Quizá ese cambio en él era completamente natural. Yo mismo estaba antes sin saber qué quería dibujar, y ahora todo estaba claro.
Al salir al vestíbulo, vimos enseguida el sedán de él detenido en la calle frente a la puerta principal. Al ver el coche, los dos aminoramos el paso, y él se bajó del asiento trasero: una camisa informal arremangada, vaqueros y mocasines verde azulado.
Que simplemente apareciera en mi campo de visión ya me bastaba. Me gustaba, y por eso sentía como si toda mi sangre corriera hacia él: esa sensación era… lo que hyung llamaría ilusión y palpitación. O al menos, algo muy cercano.
Cuando me miró y relajó los músculos del rostro suavemente, sentí que él tampoco debía de estar tan diferente a mí.
—¿A dónde vas tan elegante a estas horas?
Saludó primero al hyung.
—A seducir a un señor.
Y él soltó una carcajada.
—Compórtate un poco. Vas a terminar apuñalado otra vez.
—Si ya se rompió todo con mi familia, ¿dónde más podrían clavarme un cuchillo? Ya no tengo relaciones que cortar, así que ahora me toca disfrutarlo todo.
Al escucharlo hablar con tanta libertad, él endureció un poco la mirada y me observó.
—Yeehyeon también lo sabe. Que me apuñalaron y me echaron de casa.
Él negó con la cabeza, resignado.
—Curiosidad genuina: cuando seas mayor que esos señores con los que sales, ¿te gustarán los hombres de tu edad entonces? ¿O seguirán gustándote los hombres de la edad que tienen ahora?
Ante su broma, el hyung ladeó la cabeza riéndose. Pero después de haber oído antes su historia, esa risa no podía verse tan ligera como siempre.
—No sé. Aún soy un joven tan lozano que los treinta me quedan muy lejos. No lo he pensado.
Luego me dio un golpecito en el hombro y retrocedió unos pasos.
—Me voy. Que tengan una divertida cita… digo, visita a la exposición.
Y guiñándome un ojo cuando él no miraba, se alejó. No sabía si estaba preocupado por la situación o si simplemente le divertía.
—La exposición cierra a las ocho y media. ¿Nos damos prisa?
Él miró su reloj y abrió la puerta trasera del coche. Yo incliné la cabeza, y antes de subir observé al hyung al otro lado de la calle, deteniendo un taxi que se acercaba. Luego me acomodé en el asiento trasero.
En el asiento del conductor estaba el mismo chofer que me había traído aquí unas horas antes. Nunca he tenido coche propio, pero aún más extraño se me hacía viajar en un coche conducido por otra persona. Probablemente sería algo que me resultaría incómodo para siempre. Incluso tomar un taxi había sido un lujo para mí hasta ahora.
En cambio, él siempre había aceptado con total naturalidad la presencia de alguien en el asiento delantero. Si bien nunca había intentado besarme apasionadamente o acariciarme como en Hong Kong —donde tenía un sedán con una cortina corrediza entre el asiento delantero y el trasero— tampoco parecía prestarle especial atención al hecho de que el chofer podía ver y oírlo todo.
Salvo por el SUV, casi todos sus autos eran modelos diseñados pensando en la comodidad del asiento trasero, vehículos claramente “chauffeur driven”. Coches para personas que delegaban la conducción a otros, para descansar plenamente o aprovechar ese tiempo para revisar y decidir asuntos importantes.
Ahí empezaba la diferencia abismal entre los dos.
Yo, para quien caminar diez paradas de autobús era parte de lo más cotidiano, y él, que aceptaba el asiento trasero de un sedán de lujo como si fuese una habitación privada.
Yo, para quien caminar diez paradas de autobús era parte de lo más cotidiano, y él, que aceptaba el asiento trasero de un sedán de lujo como si fuese una habitación privada.
Nuestro coche se mezcló entre la fila abarrotada de luces traseras que colmaban la carretera de un sábado por la noche. En el interior sonaba, a un volumen agradable, un concierto para violín. Una pieza famosa de Chaikovski.
—¿Te fue bien con el dibujo? —me preguntó, girando ligeramente el cuerpo hacia mí.
—…Sí.
En realidad, el resultado no había sido gran cosa, pero no tenía nada que valiera la pena reportarle, así que asenté.
Él me observó con una sonrisa que no intentaba ocultar: la sonrisa de alguien que disfruta de estar a solas contigo.
Era distinto a simplemente mirar. Últimamente, él “se quedaba mirando” mi rostro. Inclinaba un poco la cabeza, con la expresión de quien observa con ternura algo interesante y entrañable que ocurre ante sus ojos.
Cuando veía ese rostro suyo, no me sentía inquieto. Si realmente quisiera marcar distancia, como decía Junhan, no habría necesidad de fingir una expresión así.
Mi inquietud no había disminuido únicamente por esa deducción.
Probablemente empezó desde el día de la parrillada que hicimos como inauguración de la casa.
Esa noche, en su estudio, ambos estábamos extrañamente más excitados de lo habitual. En medio de la confusión provocada por ese exceso, dejamos escapar deseos de posesión y de dominio sobre el otro. Era claramente distinto de los comentarios sexuales típicos de siempre. Ese miedo a que él me rechazara tampoco me dominó esa noche.
Él también me sorprendió con un comentario atrevido: que casi deseaba que yo me convirtiera en un tonto que solo supiera pensar en el sexo con él. Hablábamos de sexo, sí, pero no era realmente sexo de lo que estábamos hablando. Era un impulso posesivo, momentáneo y desbordado, tan excesivo que rozaba lo absurdo, pero no me molestó.
—¿Estás cansado? No dices nada.
—…….
Apoyando el brazo sobre la pierna cruzada, se inclinó un poco hacia adelante y estiró la mano para juguetear con mi pelo.
—Aunque normalmente tampoco eres de hablar mucho.
Quizá sintió que había dicho una tontería, porque añadió eso entre risas. Luego, apartó la mano después de echar hacia atrás el mechón que me había crecido bastante desde que nos conocimos.
Quizás, por culpa de la conversación que había tenido antes con Junhan, tenía el rostro más rígido de lo habitual. Yo también tenía miedo de ponerle nombre a esta relación, pero al no responder nada, sentí que lo había convertido en el “tipo malo”, y eso me hizo sentir culpable.
—No estoy cansado. La exhibición… la espero con ganas.
Sonreí para demostrar que no mentía. Dije que esperaba la exhibición, pero en realidad lo que esperaba era la noche con él.
Quizá por aquello de “haré las cosas bien”, últimamente me prestaba aún más atención. Seguía preocupado, sí, y quería que lo contactara antes y después de salir; y aunque insistía en que usara su coche incluso para distancias cortas, nunca me prohibía salir. Especialmente por las noches, casi siempre me llevaba a comer algo rico afuera.
Hace unos días, incluso nos encontramos después de que yo saliera a comprar materiales de arte, justo a la hora en que él salía del trabajo. Aunque su chofer esperaba fuera, mientras lo aguardaba en una cafetería después de terminar mis cosas, llegué a pensar, algo avergonzado, que así debían ser las citas normales de una pareja.
—¿Y tú… qué hiciste esta tarde, jefe?
Notó, quizá, mi torpe intento por continuar la conversación, y sus ojos y labios se cargaron de una sonrisa más evidente.
—Hice ejercicio. El entrenador vino a casa.
Entrenaba dos o tres veces por semana con un entrenador que lo visitaba en casa, sesiones intensas de una o dos horas. Y, por lo que había escuchado, también dominaba deportes como tenis, equitación o natación. Yo, en cambio, apenas hacía algo de ejercicio ligero en mi habitación para mantener un mínimo de tono muscular.
Él decía que dibujar inevitablemente desordenaba los horarios, y que con ello se perdía fuerza y resistencia, así que me había sugerido entrenar con él.
—Si las pesas te aburren, podemos intentar algún deporte más activo. Me preocupa que te sientas encerrado si te quedas siempre en casa…
Ah… así que por eso últimamente me sacaba casi todas las noches.
Mientras lo miraba, con el codo apoyado en la pierna cruzada y esa expresión preocupada dirigida a mí, mi mirada cayó sobre su mano izquierda, reposando en el asiento. Tras dudarlo un poco, tomé sus dedos con suavidad.
Él levantó la parte superior del cuerpo, sorprendido.
—Hm… ¿y este servicio inesperado? Me vas a asustar.
Aunque decía que le daba miedo, parecía claramente encantado con mi gesto impulsivo. Yo le había tomado solo el dedo medio y el anular, pero ahora fue su gran mano la que entrelazó los dedos con firmeza. Quizá por el aire frío del aire acondicionado, su mano estaba agradablemente fresca.
Con una expresión como si intentara contener una sonrisa que amenazaba con escaparse, levantó nuestras manos entrelazadas y besó mis dedos. No retiró los labios de inmediato, y me sostuvo la mirada así.
—…….
Luego extendió la otra mano y pellizcó mi labio inferior. Era nuestro gesto en lugar de un beso.
Solo eso bastó para dejarme aturdido. Últimamente lo deseaba de una forma que me resultaba extraña. Incluso un contacto tan leve me hacía sentir, de pronto, un calor insoportable entre las piernas.
Quizá notó mi excitación, porque echó un vistazo furtivo hacia el asiento del conductor. Luego, con un dejo de frustración, murmuró en voz baja:
—Si llego a saber que pondrías esa cara… habría conducido yo mismo. Renuncié a manejar porque quería que bebieras un poco.
Liberar la tensión era placentero, sí, pero esta clase de contención tampoco estaba mal. Solo que… a veces costaba tanto aguantar que podía volver las cosas un poco engorrosas.
—Ah, mejor vayamos directo a casa.
Apreté su mano. Me reí por lo bajo ante su teatral queja mientras respiraba hondo y me hablaba entre dientes.
Quizá no necesitábamos decir “empecemos a salir” o “seamos pareja”. Incluso sin un punto de partida claro, los dos habíamos aceptado implícitamente cierta obligación: no salir con otros, no tener contacto físico con otros.
Cuando veía ese rostro suyo mirándome así, sentía cómo una certeza se acumulaba despacio en mi interior. Y junto a ella, una tímida intuición: que tal vez este era el ritmo correcto para los dos.
Yo también apreté su mano con fuerza. El violín del concierto de Chaikovski se precipitaba hacia el clímax.
■ ■ ■
La exhibición se celebraba en una pequeña galería experimental, instalada en una antigua casa unifamiliar renovada, bastante alejada de la zona comercial. El tema era “Silencio y Mentira”.
Según el folleto, la artista, nacida en Helsinki, jamás había recibido educación artística formal. Aunque una figura influyente del mundo del arte, reconociendo su talento, le había ofrecido la oportunidad de estudiar al más alto nivel, ella había rechazado la propuesta.
Era conocida por no firmar jamás contratos de exhibición con grandes galerías, y donaba el treinta por ciento de sus ingresos por venta de obras a diversas fundaciones para mujeres y niños.
Su estilo libre, que ignoraba por completo las técnicas tradicionales, y su actitud rupturista habían polarizado por completo la crítica artística. El folleto también mencionaba que ella no tenía reparos en expresar públicamente su postura crítica frente al arte contemporáneo.
Aunque su actitud fuera del lienzo era social, las obras que llenaban las pequeñas habitaciones de la galería tenían una carga profundamente personal. Eran piezas que se hundían aterradoramente en el interior humano, y daban la sensación de encontrarse con unos ojos abiertos en la oscuridad, ojos que no ocultaban ni reducían nada, que reflejaban todo tal cual, casi con una frialdad mecánica.
Al salir de la última sala, me sentía exhausto, como si me hubieran drenado toda la energía. Era un cansancio parecido al de terminar una película tensa e hipnótica que no te deja apartar la mirada ni un solo segundo.
Regresé al salón principal, que probablemente había sido la sala de estar cuando la casa aún era una vivienda. Pero no lo vi enseguida. Habíamos decidido ver la exposición cada uno a su ritmo y encontrarnos después, así que desde que nos separamos en la entrada no habíamos coincidido ni una vez en el recorrido.
Era alguien que llamaba la atención, no solo por su apariencia sino por su altura; si estuviese en el mismo espacio, sería imposible no verlo. Apreté el folleto en mi mano mientras revisaba la sala llena de gente.
—Seo Yeehyeon.
—…….
Giré el cuerpo de manera instintiva hacia el lado de donde provenía la voz. Él estaba en la entrada, llamándome, con un café en cada mano. Debía de haber terminado de ver la exposición antes que yo y bajado a la cafetería de la planta inferior para comprar café.
Desde aquella noche, a veces me llamaba sin añadir el “señor”, y cada vez que lo hacía, la nuca se me encogía como si alguien me hiciera cosquillas. Pero cuando me llamaba así fuera de la casa donde solo estábamos los dos… se sentía distinto.
Ante la sensación de mareo no pude moverme enseguida y me quedé parado, pero él sonrió y se acercó caminando. No era imaginación mía: todas las personas del salón lo miraban. Unos descaradamente, otros de reojo, pero al final todos lo estaban mirando. Y aunque entendía que eso era normal… no dejaba de disgustarme un poco. Ni yo sabía por qué me comportaba así de infantil.
—Como es fin de semana, está abarrotado. ¿Salimos primero?
Tomé el refrescante americano helado que me entregó y salimos abriéndonos paso entre la gente. A diferencia del interior, el aire fuera de la puerta era sofocante.
Fuera de la entrada de la galería, que había derribado su muro para eliminar el límite con el callejón, a unos diez metros un coche nos estaba esperando. Dondequiera que fuéramos, el coche me dejaba justo en la entrada y luego me esperaba en la salida, así que nunca tenía ocasión de caminar. Me subí al coche sintiéndome torpemente fuera de lugar.
El auto salió del callejón y se incorporó enseguida a la carretera. A esa hora el sol ya se estaba poniendo, así que el calor había disminuido respecto al pleno mediodía, pero la gente que pasaba al otro lado de la ventanilla abaniqueaba el aire con la mano o apuntaba hacia su rostro la brisa débil de pequeños ventiladores portátiles. Todos lucían exhaustos por el calor del verano.
—Este año siento que casi no he tenido ocasión de notar el calor.
—¿Hmm?
A mi comentario, pronunciado sin pensar, él alzó una ceja con interés.
—En Hong Kong también… y al volver, enseguida me mudé a su casa, así que me he pasado todo el tiempo moviéndome en coche… Por eso creo que no he sentido realmente que fuese verano.
—Pero estás cuidando el jardín. Eso debería darte calor.
—Bueno, eso es algo que hago porque me gusta, solo por ratitos. Decir que me da calor por eso… sería exagerar demasiado.
Con su permiso, últimamente me había encargado del jardín. Era solo una tarea ligera: podar un poco, quitar malas hierbas y regar conectando la manguera. Pero aunque fuese un jardín diseñado según un plan, dedicar tiempo a estar frente a la naturaleza resultaba un gran desahogo. Aquel jardín, que mis hyungs habían tachado de lúgubre, ahora mostraba claramente señales de haber sido cuidado por manos humanas.
—…¿Te sientes encerrado?
Tras un breve silencio, él preguntó en voz baja. Negué con la cabeza enérgicamente.
—No, no lo decía por eso…
No tenía ninguna queja respecto a mi vida actual; solo había comentado algo mirando por la ventana sin pensarlo demasiado. Pero al ver en su rostro oscurecido una mezcla de preocupación y pesar, me arrepentí de haber dicho algo innecesario.
Era él quien se encargaba de todo para garantizar mi seguridad, mi comodidad y que tuviera tiempo para concentrarme en mis pinturas. Sin embargo, cada vez que surgía un tema así, él ponía esa expresión dolorida.
Su amabilidad y consideración iban más allá de lo que podía describirse como simple “cortesía”; eran tantas que me hacían sentir agradecido y al mismo tiempo culpable por recibir tanto.
En momentos como ese, la diferencia de edad entre nosotros se hacía más evidente. Socialmente, económicamente, en experiencia y sabiduría… Yo aún no estaba a la altura de ser alguien con quien pudiera apoyarse, y me angustiaba no tener la capacidad de devolverle algo real. Pintar. Tenía que pintar cuanto antes. Porque ahora mismo, eso era lo único que podía ofrecerle.
Él me miró en silencio, suspiró brevemente y apretó suavemente mi mano.
—Solo un poco más… solo aguanta un poquito más.
—Ya sabe que no soy alguien al que le guste salir o que sea especialmente activo. Y usted me lleva a menudo a pasear fuera también… No lo dije porque me sintiera encerrado, de verdad, no se preocupe.
Esperando que volviera a sonreír, fui yo quien esbozó primero una sonrisa. Él alzó la mano para apartar mi pelo y luego me sujetó suavemente por la nuca, besando mi frente. Era la primera vez en Seúl que hacía una muestra de afecto mayor que tomarme de la mano mientras el chófer estaba presente.
Me puso nervioso, pero no quería apartarlo. Me gustó la sensación de sus labios sobre mi frente, a través de mi cabello, así que apoyé el rostro en su muñeca, que se extendía hacia mi cuello, y guardé silencio.
Mientras tanto, el coche redujo la velocidad y entró por la entrada del destino.
—Aquí es…
Era el hotel donde me había reunido con mi tío junto con mi hyung y Morae. No estaba muy lejos de su casa. Ahora que lo pensaba, la galería quedaba también a unos diez minutos en coche desde su casa.
—Últimamente parece que no tienes mucho apetito, así que elegí un sitio donde puedas picar algo ligero y también beber un poco. Hoy no voy a decirte “come esto, come aquello”, no te voy a meter presión.
Los lugares a los que me llevaba solían ser restaurantes de aspecto caro con platos de lujo, así que inevitablemente me sentía incómodo. Pero tampoco quería estropear el ánimo de alguien que se había preocupado por escoger el sitio pensando en mí. Pese a lo confuso de mis sentimientos, sonreí, correspondiendo al intento de él de crear un ambiente relajado.
Entrar con él al vestíbulo del hotel me produjo una sensación extraña.
Había estado allí solo dos semanas antes, pero la persona que me acompañaba, mis emociones, mi situación… todo era distinto. Mi hyung y Morae llegarían a Bali sin contratiempos en unos días, y desde que pagué la deuda, mi tío no se había vuelto a poner en contacto. No podía decir que todo estuviera en orden, pero ya no vivía con esa ansiedad sofocante de sentir que alguien me pisaba los talones. Todo gracias a él. Y aun así… ¿por qué era él quien se sentía culpable?
Mientras bajábamos la amplia escalera que conducía al piso inferior, las personas que subían nos miraban de reojo y murmuraban sobre él.
—Es una izakaya casual que está dentro del hotel, así que el ambiente será relajado.
Él, por su parte, no parecía prestarle la menor atención. Claro, había vivido toda su vida rodeado de esas miradas; si aún le afectaran, sería imposible para él llevar una vida normal.
Tal como había explicado, hoy en día incluso los hoteles de lujo de Seúl buscaban renovar su imagen con interiores modernos y menús pensados para un público joven, para reducir la distancia psicológica. En cuanto cruzamos la puerta, el ambiente se sintió sorprendentemente acogedor. Al menos no tenía ese muro invisible y arrogante típico de los restaurantes de hotel. O quizá fuese porque yo me sentía más cómodo estando con él.
—Señor Liu, gracias por visitarnos. Le estábamos esperando.
Un empleado con una sonrisa amable se acercó enseguida y lo saludó. Igual que en los otros restaurantes que visitábamos juntos, él no era catalogado como un desconocido, sino como un cliente importante.
—El ambiente sigue siendo bueno. Él es mi acompañante de hoy.
—Bienvenido. Soy el encargado del local. Si necesitan algo, pueden decírmelo con toda confianza. Por aquí, por favor.
El encargado, que lo había saludado en inglés, cambió de inmediato al coreano al ver que él respondía en ese idioma, y mantuvo su sonrisa firme mientras me devolvía también el saludo.
El interior no era muy amplio. A lo sumo diez asientos en la barra desde donde podía verse a los chefs cocinar, más unas seis mesas. En conjunto, un sitio más bien pequeño, aunque la atmósfera tranquila y elegante me hacía sentir un poco tenso.
Nuestro asiento estaba al fondo, en una mesa acogedora situada bajo un techo inclinado que recordaba a una escalera que llevaba a un altillo. Como habíamos hecho la reserva pidiendo previamente el menú recomendado por el chef, no necesitábamos elegir nada. Nunca había probado el sake, un licor japonés, pero siguiendo su recomendación pedimos uno de graduación baja, fácil de beber.
—Hoy me gustaría que omitieran la explicación de los platos. Quiero concentrarme en la conversación.
—Entendido. Lo prepararé así.
El empleado sonrió ante su petición y se retiró.
—Director… ¿el idioma con el que se siente más cómodo es el inglés, verdad?
Cuando el empleado se alejó, él preguntó jugueteando con una toalla blanca como recién blanqueada.
—Supongo que sí. Recibí toda mi educación en inglés, y como es el idioma que mis padres tienen en común, también era obligatorio usarlo en casa.
—Pero habla muy bien coreano. Cuando me dijeron que nunca había vivido en Corea, me sorprendí. Su coreano no tiene nada de extraño…
Como si le avergonzara el cumplido, bajó la mirada con una sonrisa suave. La luz tenue realzaba los contrastes de su rostro, haciéndolo aún más atractivo que de costumbre. Mientras observaba la sombra que sus largas y abundantes pestañas proyectaban sobre sus mejillas, me concentré en lo que decía.
—Cuando hablaba a solas con mi madre, usábamos coreano con frecuencia. Y mis padres solían relacionarse bastante con sus amigos coreanos, así que me fui acostumbrando. Además, mediante varios programas y actividades me expusieron constantemente a la cultura coreana; eso ayudó a que nada me resultara extraño. Y… mi madre tenía muchas obras de literatura coreana en casa, así que estaba familiarizado con los textos. El lenguaje vivo, el coreano hablado, sí lo aprendí sobre todo gracias a mis amigos coreanos de la escuela.
Hizo una pausa y frunció el ceño con disgusto.
—Tuve algunos amigos como Choi Inwoo. Ya sabes, esos que primero te enseñan palabrotas o cosas obscenas.
Porque podía imaginarme a Inwoo hyung y a él durante sus años de estudiante, me eché a reír, y con cautela aproveché para preguntar, ya que el tema lo permitía de manera natural.
—El escritor Shushu… ¿también estudió en su escuela?
Él no respondió de inmediato. Tomó su vaso, se mojó los labios, lo dejó sobre la mesa y todo ese tiempo no apartó la mirada de mí. Una sonrisa traviesa apareció en su boca. Incluso tosió, algo que hacía muy rara vez.
—Mmm… ¿por qué siento como si te interesara Shushu? ¿Será idea mía?
Debería saber que la relación entre él y Shushu no era nada como la que yo había imaginado y con la que me había atormentado. Aun así, tampoco me resultaba tan cómodo como con los miembros de Phantom o con Inwoo hyung. Seguía sintiendo cierto recelo hacia Shushu, y por saber que no era un sentimiento muy sano ni maduro, me ardieron las mejillas como si me hubieran descubierto un secreto vergonzoso.
Pero él pareció divertido. Se inclinó hacia mí, mordiéndose suavemente el labio inferior, con sus ojos azules brillando de picardía.
—Anda, ten un poco más de celos. Pregunta qué relación tengo con Shushu. Si la relación entre el dueño de la galería y su artista supera lo profesional. Acorrálame, interrógame… y aunque repita mil veces que no es así, pellízcame, pégame una patada…
—E-esas cosas no las hago…
Aunque el asiento de al lado seguía vacío, sentía la presencia de la pareja en la mesa siguiente. Miré hacia allí de reojo y bajé la voz con prisa.
—Hmm, pues a mí no me molestaría.
No sabía si era en serio o una broma.
Frunció el ceño como si lo lamentara, apoyando la barbilla en una mano mientras seguía inclinado hacia delante. La mesa no era muy ancha, así que su rostro estaba muy cerca. Esa cara juguetona, con la mejilla apretada contra su mano, quedaba justo por debajo de mi línea de visión.
Tuve el impulso de extender la mano y tocar ese rostro hermoso, pero ni el lugar ni mi carácter me facilitaban atreverme.
—¿Será que tu deseo de tenerme en exclusiva no ha madurado todavía? La otra vez fuiste tan descarado diciendo que no quería que estuviera con nadie más… ¿Cómo era? Que ni besar ni meter los dedos…
—Di-Director, por favor…
Como él tenía la vista puesta solo en mí, fue yo quien vio al gerente acercarse desde el salón. Sobresaltado, agarré su mano sobre la mesa para detenerlo.
Él me miró con los ojos muy abiertos, luego miró su mano atrapada por la mía.
—La exposición… estuvo realmente bien.
—…….
Como un niño que lee en voz alta con torpeza, la brusca y extraña desviación del tema le arrancó una sonrisa.
Sabía que él nunca cometería la torpeza de dejar que otros escucharan una conversación íntima. Aun así, yo no tenía la experiencia suficiente para disfrutar ese tipo de tensión.
Él apretó levemente mi mano y la soltó antes de enderezarse, justo cuando el gerente se detenía junto a nuestra mesa.
—Les serviré primero el aperitivo.
Nos sirvieron una ensalada de salmón con pepino, y enseguida el gerente regresó con una bandeja llena de vasitos de diferentes formas y colores para que escogiéramos. Yo, aún desconcertado y sudando frío, tomé uno al azar, sin pensarlo.
—Perdona. Me pasé un poco.
Cuando volvimos a quedarnos solos, él arrimó su silla y se inclinó hacia mí.
—Creo que me emocioné porque sentí que estabas un poquito celoso.
—…….
Pensaba que, siendo un adulto plenamente formado, él detestaría emociones inmaduras y desgastantes como los celos. También creía que debía encontrar molestos esos juegos de posesividad propios del enamoramiento. Incluso los relatos de Juhan hyung coincidían con esa imagen que tenía de él.
Pero lo que decía ahora contradecía todas esas percepciones.
De pronto me surgió la duda: ¿siempre es así cuando está con alguien? ¿O soy yo la excepción?
—Tu reacción fue tan… adorable que me costó controlarme. No estás enfadado, ¿verdad?
No lo decía para fastidiarme. Realmente parecía disfrutar el momento. Su expresión, su mirada… no podía equivocarme. Y al darme cuenta de ello, también yo empecé a disfrutar esa disputa tonta e infantil.
Me pasaron cosquillas por dentro cuando dijo que era adorable, y negué con la cabeza. Aunque a veces la directora, Yuni noona o Juhan- hyung me lo decían, nunca me hacía sentir así.
Relajado, me sonrió mientras tomaba sus palillos y me ofrecía comida también a mí.
—Entonces, ¿qué te pareció la exposición?
Esperé a tragar el último trozo de salmón antes de responder, un poco tarde.
—Muy… intensa y memorable.
Él reaccionó como si lo hubiera esperado.
—A ti te gustan las obras donde el artista se abre por completo y vuelca toda su energía. Eres incapaz de sentarte al caballete con una actitud ligera pensando “¿qué pinto hoy?”. Por eso sabía que esta artista te gustaría.
—No creo que esté mal pintar desde la ligereza… No siempre he pintado solo sobre dolor íntimo… Es solo que para mí la pintura es un medio para ser sincero. Acabo expresando mis pensamientos o emociones…
No estaba seguro de estar transmitiendo exactamente lo que pensaba, pero con él no me preocupaba ser malinterpretado.
Él asintió.
—Lo sé. No es cuestión de qué tiene más valor. Solo son estilos diferentes entre artistas. Eso es lo que enriquece el arte. Aunque la mayoría de críticos y galerías poderosas insistan en clasificar por niveles.
La conversación se interrumpió cuando trajeron más sake en un bol con hielo picado, junto con tataki de atún.
El sake que él me recomendó, con notas a fresa y manzana, era suave y fácil de beber. La copa transparente de tono azulado que tomé sin pensar me recordaba un poco al color de sus ojos.
Tras hablar brevemente del sabor, volvimos a “Silencio y Mentira”, el tema de la exposición.
—Y como esa artista hacía que la intención temática resaltara tanto, me pareció refrescante. No tenía reparos en expresar sus sentimientos y pensamientos; eso lo hizo más atractivo.
—Tus obras también son bastante audaces… solo que contienen emociones más complejas.
—…….
Reclinándose cómodamente y acariciando la parte inferior abultada de su copa, me miró con insinuación.
—Solo viendo tus obras, cuesta imaginar que en tu día a día seas tan tranquilo.
Y añadió, casi murmurando, que tus obras se parecían mucho más a tu faceta en la cama. Lo dijo justo antes de beber un sorbo, con una sonrisa ambigua que me dejó reseco y me obligó a beber también.
A medida que la conversación se profundizaba, tomábamos más sake que comida.
Después del tataki, sirvieron tempura y varios tipos de brochetas, pero apenas las probamos. En cambio, la botella de 720 ml estaba ya casi vacía.
La mesa vecina, antes vacía, ya tenía clientes, y el interior del restaurante estaba lleno del sonido y el aroma de las brochetas asadas y de las conversaciones animadas propias de un sábado.
Sentí de reojo algunas miradas hacia él desde la mesa contigua, parecía un grupo de amigos. Pero él no desvió la atención ni un solo instante. Como si estuviéramos solos en un lugar silencioso, como si solo existiera yo en su campo de visión. Gracias a eso, yo también fui borrando poco a poco todo lo demás.
—Entre el silencio y la mentira, ¿cuál crees que es más violenta?
Colocó hábilmente un bocado de vieira asada con salsa de yuzu en mi plato, sin mirarme, y luego reformuló la pregunta:
—No, mejor: ¿cuál de los dos te repugna más, personalmente?
Era un tema que cualquiera que hubiera visitado esa exposición habría considerado alguna vez. Yo también lo hice, así que no me resultaba difícil responder.
—Creo que… la mentira es más… soportable.
Él pareció sorprendido.
—Aunque el silencio depende del contexto, si hablamos del silencio ante la verdad —como quiso expresar la artista—, entonces… el silencio me parece más… cobarde que violento.
Encontrar las palabras era difícil, así que mis pausas cautelosas terminaron dejando la respuesta algo desordenada.
Él me observó en silencio un momento con mirada pesada antes de servirme más sake.
—La mayoría ve la mentira como algo mucho más negativo que el silencio. Especialmente en Corea, donde la influencia confuciana sigue siendo fuerte: “el silencio es oro”.
—Tampoco soy de hablar mucho, pero… si se trata de una actitud ante la verdad, creo que prefiero la mentira.
Apoyó los codos sobre la mesa y cubrió parcialmente sus labios entrelazando las manos.
—¿Puedo… saber por qué?
La mesa de al lado estaba ocupada soplando velas en un pastel.
Pero al ver su rostro serio, atento a mis palabras, pude continuar sin interrupciones.
—La mentira puede causar daño… pero siempre genera un movimiento de reacción que busca descubrir la verdad. En cambio, cuando al otro lado de la verdad lo que hay es silencio… eso me parece más desolador. Da la sensación de un periodo largo y oscuro antes de que la verdad pueda salir a la luz…
En realidad pensaba en mi padre.
En el arma llamada silencio que él había elegido para protegerse o quizá para castigarse y destruirse. Y en el resultado que eso trajo: un presente donde nadie es feliz.
—Es solo mi opinión… y muy personal…
Temí haber hecho que la conversación se volviera demasiado pesada, que leyera en mi voz algo ominoso y se preocupara. Fingiendo que solo era un comentario sobre la exposición, sonreí y bebí otro trago.
Creía que mi lentitud al hablar se debía al peso del tema, pero tal vez era el sake. Entre los dos habíamos vaciado la botella muy rápido.
Pero estaba agradablemente mareado. Mis pensamientos y mi cuerpo se aflojaban, y me acomodé más en el asiento.
—No esperaba que dieras una respuesta absoluta. Solo quería conocer tu opinión. Así que no necesitas rebajarte con esas aclaraciones. Es una visión original. Y muy interesante.
Con una expresión aturdida como si algo lo golpeara, él se quedó un momento pensativo.
Pedimos otra botella y permanecimos en silencio hasta que vaciamos los primeros vasos. Hasta que la conversación pudo retomarse con estabilidad. Él tenía la mirada más oscura y ensimismada de lo habitual.
Haciendo girar la copa vacía en su mano, abrió la boca mirando a la altura de mi pecho.
—Cuando uno evita la verdad o la oculta… ¿es posible que no haya mentira involucrada? Visto así, tal vez el silencio… ya contiene mentira en sí mismo.
La copa, más grande que una de soju, parecía pequeña en su mano grande. Miré su mano limpia, sin un solo padrastro, y luego subí la mirada a su rostro.
No era solo un comentario sobre la exposición. Lo decía como alguien que alguna vez había sufrido un silencio cargado de mentiras o había sido quien lo sostenía.
Parecía, como yo, preferir la mentira antes que el silencio.
—No podemos estar del lado de la verdad en todo momento… Pero creo que lo importante es si te acostumbras a justificar tu silencio y tu mentira, o si, aunque te duela la conciencia, sigues intentando acercarte a la verdad…
No lo dije para consolarlo.
Pensaba en mi padre al responder, pero tampoco creía haber estado siempre del lado brillante de la verdad. Quizá era muy parecido a él, solo en una versión más diluida.
Mis palabras eran una defensa para los dos.
Él alzó la mirada hacia mí con esfuerzo, como si levantara algo pesado. Una sonrisa débil y amarga se dibujó en su rostro.
—Es… más doloroso de lo que pensé.
—…….
—Para un adulto cobarde incapaz de vivir sin silencios y mentiras… lo que dijiste… duele bastante.
Aunque lo dijo como una broma, supe que había tocado algo dentro de él. Bebí de golpe. No podía seguir haciéndolo quedar como “el malo” mientras yo posaba de inocente.
—Aunque legalmente sea un adulto… nunca me he considerado uno… Y no solo los adultos son cobardes. Yo también… tengo muchos silencios cobardes.
Él se rió y me miró de lado.
—Comparado con mis silencios cobardes, los tuyos deben de ser… tan puros como el rocío del amanecer.
—No es así.
Quizá por el alcohol, soné sorprendentemente firme. No era que yo estuviera más cerca de la verdad; solo que yo no cargaba con tantas responsabilidades sociales.
Si algún día también me viera atado a redes de compromisos y expectativas… ¿podría prometer que no recurriría al silencio?
Como si quisiera despejar la tensión, se inclinó hacia mí con una sonrisa insinuante.
—¿De verdad? ¿Silencios turbios, oscuros, húmedos… escondidos en este cuerpo tan bonito y limpio?
—…….
No esperaba que desviara la charla hacia lo erótico tan repentinamente. Me ardió la cara, la cubrí con la mano y di otro trago.
—Puedes beber todo lo que quieras… pero come un poco también. Si descuidas la comida, luego no tendrás fuerzas cuando hagan falta.
Me sirvió un trozo de brocheta de pechuga de pollo con wasabi. Ya no parecía querer volver al tema anterior.
Aunque últimamente no tenía mucho apetito —quizá por un poco de gastritis, pensé—, preferí decir simplemente que no tenía hambre para no preocuparlo.
El pollo que me sirvió era tierno y jugoso. Era un plato preparado con ingredientes frescos, pero aun así el olor característico del pollo me revolvía el estómago de vez en cuando. Aun así, era soportable. Sabía que era por mi condición física, no por la comida. Asentí diciendo que estaba rico y le ofrecí un poco también.
—Sobre la obra de Choi Inwoo, dijiste que mostraba la sinceridad de su falta de sinceridad. ¿Lo recuerdas?
Llenó dos copas nuevas en lugar de coger los palillos.
—Sé que tú, cuando pintas, te enfrentas a lo más profundo de ti mismo, como la artista de hoy… pero no tienes por qué forzarte a llegar al extremo cada vez. Si ahora mismo te cuesta mirar tu fondo… podrías pintar tu cobardía. Si eso es lo que eres ahora, ¿no sería valioso dejarlo plasmado?
—…….
Parecía saber exactamente con qué estaba lidiando últimamente. Hasta dudé si alguna vez le había contado mis preocupaciones.
—No todas las conclusiones sublimes alcanzadas tras un proceso de ardua prueba son arte.
Hizo un gesto de brindis mientras sonreía. Desde que me animó a volver a pintar hasta ahora, descubro que siempre ha sido un sorprendente lector de mí. Hasta mencionar a Suki Kim fue algo que solo pudo hacer porque realmente me comprendía.
Chocamos las copas y bebí la mitad del contenido. Pero no solté la copa.
—Director.
Él me miró con suavidad.
—Sobre el boceto de Juhan hyung… La próxima vez quiero hacerlo en el jardín. ¿Estaría bien?
Él arqueó una ceja.
—¿En nuestro jardín?
—Sí.
—Por supuesto, úsalo cuando quieras.
—Yo… es que… quiero hacer un… desnudo…
—…….
Me miró con el rostro rígido, como si hubiera escuchado mal.
—¿El desnudo de quién? ¿El desnudo de Kwon Juhan?
Yo asentí, y él giró la muñeca, agitando su copa, mientras guardaba un silencio extraño, con una expresión enigmática difícil de interpretar. Varias veces abrió los labios como para decir algo, pero en vez de hablar llenó la copa y la vació dos veces seguidas.
Luego, preguntó si quería comer el postre ahora, ya que estábamos saltándonos el plato principal. Ya sentía el alcohol y no tenía nada de hambre, así que acepté. Sirvieron pronto un helado de té verde en una vajilla impecable, y él se concentró en comerlo como si no hubiera oído nada. O al menos, fingía no haberlo oído.
Nuestras miradas se cruzaron, y al encontrarme ahí, esperando en tensión su respuesta, él suspiró con resignación y bajó los hombros.
—Si me dijiste que quieres dibujar el desnudo de Kwon Juhan… pensaste que yo iba a saltar furioso y oponerme, por eso lo dijiste por adelantado, ¿cierto?
—Ah… eh….
Jugueteé con el mango de la cuchara, esquivando la respuesta. No podía decir que no, pero aceptarlo tal cual también era incómodo.
—Si pensaste eso, entonces viste bien.
Fue una confesión inesperada. Él soltó un suspiro cargado de frustración y dejó la cuchara sobre el plato.
—He vivido rodeado de arte desde que nací, llevo años trabajando en esto, y a estas alturas… no distinguir entre obra y sentimientos personales, perder la cabeza solo porque vas a dibujar desnudo a otro tipo… jamás pensé que me pasaría.
—…….
Me sorprendió tanto su franqueza, tan directa, que casi se me cayó la cuchara.
—No pongas esa cara. Dije que me hizo sentir eso, no que te vaya a impedir hacerlo. Afortunadamente… todavía me queda algo de sentido común. Por ahora.
Extendió la mano y me pellizcó la mejilla con suavidad, forzando una sonrisa. No dolió, pero aun así me froté el lugar mientras la risa se me escapaba de forma tonta.
—Si fuera solo por dibujar un desnudo, te diría que yo poso en su lugar. Pero no es eso. Es que tú quieres dibujar desnudo a Kwon Juhan.
Aun diciendo que no me lo prohibiría, seguía con cara de disgusto.
Me pregunté si de verdad podía sentir celos por algo así. A veces había pensado que mis preocupaciones eran puro egocentrismo, pero ahora, al ver que no estaba enfadado, sentí alivio. Y sin embargo, verle la cara llena de celos, sin intentar ocultarlos, me hacía querer reír.
Quizá interpretó mi risa contenida como una burla hacia sus celos, porque se rascó la frente y habló como excusándose.
—Sé que es patético… pero estoy sintiendo unos celos que ni siquiera tuve cuando era un adolescente. Sí, estoy celoso. Muchísimo. Pero como sabía que estabas pendiente de que pudiera sentirme así, creo que por eso no me volví algo peor y se quedó solo en una rabieta leve. Así que… en el futuro, si vuelve a pasar algo así, me gustaría que me lo dijeras de antemano, como ahora.
—Yo también… a veces siento celos.
—…….
Sus ojos se abrieron de par en par. Luego una sonrisa llena de expectativa se le extendió por toda la cara. Cruzó los brazos sobre la mesa y se inclinó hacia mí, pidiéndome hablar más.
El alcohol ayudaba, y la confesión que él ya había hecho también me dio valor. No era solo él el que tenía sentimientos mezquinos; el ardor que dejan los celos también me quemaba a mí.
Sosteniendo la cuchara en vertical, raspando sin sentido el platito bajo el helado, dejé salir mi propia pequeñez.
—A la noona y al hyung… claro que les tengo cariño, y sé perfectamente que no hay ninguna intención rara ahí, pero…
—¿Pero?
—Pero que los cargue a cuestas y esas cosas… preferiría que… no lo hiciera.
—…….
Cuando lo dije en voz alta sonó terriblemente infantil, un berrinche puro. Cuando él cargó a la noona, o cuando tenía tanta confianza física con el hyung, sentí envidia y un rencor tonto me subía… pero jamás pensé en pedirle que no lo hiciera. Sabía que era una tontería.
Miré de reojo a él, que seguía en silencio, mientras observaba el helado que se derretía poco a poco.
—Eso solo… considéralo como si no lo hubiera dicho….
Él me sujetó la muñeca justo cuando iba a dejar la cuchara. No era un agarre de juego.
—¿Solo yo voy a quedar como el infantil aquí? Entonces, ¿puedo seguir cargando a Baek Yuni cada vez que se emborrache?
"Admítelo." Eso me pedía su mirada. Que aunque fueran sentimientos irracionales, que aunque se tratara de modelos o simples conocidos, ese deseo feo de querer tenerlo solo para mí no era algo que yo tuviera que esconder. Él quería que los dos fuéramos igual de infantiles. Lo miré y negué lentamente.
Él sonrió satisfecho y soltó mi muñeca.
—¿Qué tal está mi cara ahora? ¿No se ve fea?
Tanteaba su propia mejilla con la mano, actuando con tanta seriedad que se me escapó una ligera risa.
Tanteaba su propia mejilla con la mano, actuando con tanta seriedad que se me escapó una ligera risa.
—Seguro que sí se ve fea. Ahora mismo tienes la cara de alguien que está tratando de contenerse para que no se le estire la sonrisa hasta las orejas… solo porque tuve celos por un chico de veintidós años, ¿no es eso?
Mientras él acercaba su rostro al mío, diciéndome que lo mirara bien, me quedé contemplándolo fijamente. Luego alcé la mano y cubrí su mejilla con la palma. Fue un gesto que requirió incluso más valor que aquella confesión de hace un momento.
—Simplemente… estás guapo.
Quizá era una frase que había oído hasta gastarse, al punto de ya no significar nada. Pero él me miró inmóvil, como si fuera la primera vez en su vida que se lo decían.
Me observó un ojo y luego el otro, lentamente, y posó su mano sobre la mía. Vergonzoso, sí, pero por un instante sentí que todo el ruido y las miradas desaparecían. Una burbuja donde solo existíamos los dos. Fue entonces, irónicamente, cuando me di cuenta de que esto era una cita.
—El área de la piscina y el jardín son bastante bonitos. ¿Quieres caminar un rato antes de irnos?
Aunque él me viera como a un corderito inocente, yo también era ya un adulto contaminado, lo suficiente como para entender perfectamente la intención de esa mirada, y para sentir un cosquilleo de expectación.
Lo miré a los ojos y asentí.
Noté las miradas curiosas desde la mesa de al lado, pero ya no me afectaban. Como habíamos bajado la voz de repente, era evidente que hablaban de nosotros, y entre susurros oí las palabras “alfa” y “omega”.
Quizá nos veían como una pareja alfa–omega.
El estado alfa y omega permitía el matrimonio sin importar el sexo. Y aunque la mayoría de la población era beta, en Corea el rechazo cultural arraigado había hecho que ese sistema legal tardara —apenas diez o quince años llevaba asentado. Ahora incluso empezaba a tomar fuerza el movimiento que proponía reconocer legalmente cualquier relación en la que fuera posible un embarazo, fuera del tipo que fuera.
Aunque la aceptación social aún era limitada y persistían prejuicios hacia las parejas del mismo sexo, en la alta sociedad —donde importaban más los intereses familiares que la coincidencia de género— las uniones alfa–omega del mismo sexo eran de lo más común.
Sobre todo en familias de conglomerados y entre celebridades, ya no era raro, y aunque la sociedad general aún rechazara la homosexualidad, dramas y películas con parejas alfa–omega del mismo sexo eran muy populares, y había muchos alfas u omegas con pareja del mismo sexo trabajando en televisión.
Quizá por eso las miradas de la mesa contigua no tenían odio, sino curiosidad. O tal vez… alguien de ellos, siendo omega, sentía interés por él. Claro que no sólo los omegas podían sentirse atraídos por él.
En realidad, el único tipo de sociedad que yo había conocido eran la escuela y el servicio militar; en ambos casos se trataba de grupos en los que ya estaba explícitamente marcado el segundo género, así que nunca me habían confundido con alfa ni con omega. Si miro atrás, esas confusiones comenzaron cuando me fui del pueblo y empecé a trabajar en Phantom.
Mientras me incomodaba esa mirada que me colocaba en el papel de su pareja alfa —como si me vieran a mí siendo omega—, también había en mí una parte que, recurriendo a la imaginación, dibujaba en secreto la escena de cómo sería estar con él como omega. Recordé, con cierto fastidio, que en una noche de sexo le había suplicado, en broma, sobre la idea del Noting; en ese momento llegué a fantasear, aunque sólo fuese por un instante, con cómo cambiaría todo si mi cuerpo pudiera quedar embarazado por él. Esa negación de mí mismo no había sido agradable, así que corté rápidamente la fantasía y recogí mis cosas para seguirlo.
Tras pagar y salir del restaurante tomamos la escalera mecánica para bajar un piso. Me dijo que abajo había un club y que sería un poco ruidoso, pero esa noche no era sólo ruido lo que se sentía. Desde un punto que no alcanzábamos a ver se mezclaban, confusos y cargados de una tensión inusual, gritos, clamores, avisos para que cesara la algarabía y llamadas por radio pidiendo refuerzos. Incluso las personas que subían la escalera mecánica miraban atrás y cuchicheaban, buscando el origen del alboroto.
Cuando la escalera mecánica llegó un poco más abajo, pude ver una pequeña multitud reunida ante la entrada del club, que no tenía puerta como tal. Entre el personal del club y los vigilantes del hotel, alineados alrededor de los bancos colocados junto a la pared, se veían dos o tres hombres y mujeres tirados en los bancos. Hablaban alto, usando palabras directas para justificar su excitación sexual y expresar su enfado por haber sido interrumpidos. Términos como feromonas, celo, sexo sonaban fuera de lugar en el interior elegante del hotel, como accesorios grotescos mal situados en una decoración refinada.
Por la radio se oía que la administración del hotel había decidido entregarlos a la policía y que estaban esperando a que llegaran los agentes. Aunque el personal intentaba contenerlos y cerrarles la boca, no parecía una tarea fácil.
—Hay alfas y omegas que vienen a propósito sin tomar los inhibidores. Cuando estás en celo y además bebes, creen que es como si les hicieras efecto una droga —dijo él, tratando de sonar objetivo, pero sin ocultar la fuerte aversión que le provocaba.
Al bajar completamente de la escalera mecánica pudimos verlos con más claridad. Unos vigilantes corpulentos trataban de impedir que se tocaran y se quitaran la ropa; uno de los alborotadores incluso se abalanzó contra un guardia, restregándose contra él, con la mirada completamente desenfrenada y soltando frases obscenas. Aunque le taparan la boca y lo amenazaran, no cesaban.
A pesar de que no quería mirar, no pude evitarlo. No eran, desde luego, como los betas que había visto borrachos antes. No tenían ese aura embaucadora ni esa sensación etérea que, según Yuni, describía el artista Shushu; nada en ellos resultaba sublime. Me sentí incómodo, como si me obligaran a presenciar la intimidad de alguien sobre su propia cama.
Él me clavó el brazo en el hombro y me apretó como si quisiera protegerme de algo peligroso.
—No es ambiente para pasear en calma. Mejor… ¿vamos andando hasta casa?
Su sonrisa forzada no conseguía ocultar que la situación le pesaba más a él que a mí. Dimos la vuelta enseguida y volvimos a subir la escalera mecánica para alejarnos del desastre del piso de abajo. A medida que la distancia con el alboroto aumentaba, nuestra sensación volvió lentamente a la normalidad; no valía la pena dejar que personas ajenas arruinasen el buen rato que habíamos pasado.
Dejamos al chófer con el coche y empezamos a caminar despacio. La casa de él quedaba a unos diez minutos a pie, sobra decir que un paseo perfectamente cómodo. A pesar del calor, corría alguna brisa de vez en cuando. Creo que no paseábamos juntos desde que volví de Hong Kong.
Tal vez por el dulce mareo de haber tomado sake —distinto al de la cerveza, el soju o el vino— o por la consciente extrañeza de andar con él, iba ligero y me reía de tanto en tanto; él, divertidísimo, giraba la cabeza para mirarme y comprobar que realmente me reía. Pasamos por una pequeña calle de tiendas junto al hotel —sastrerías caras y peluquerías viejas y modestas mezcladas— y al entrar en el barrio residencial, donde las casas grandes estaban rodeadas por altos muros y apenas aparecía algún coche, la atmósfera cambió por completo: no había ni sombras humanas a la vista.
Al pasar delante de una mansión con un muro de ladrillo gris del tamaño de una roca, él me cogió con suavidad por el brazo que asomaba bajo la manga corta. Su mano descendió despacio acariciando mi brazo y al final encontró mi mano para estrecharla. La sensación de caminar tomados de la mano me resultaba más increíble, de repente, que cualquiera de nuestros besos o el sexo; levanté la mano tomada hasta la altura del hombro para comprobar con la vista que realmente la tenía entrelazada con la suya.
Al verme así, él soltó una risita y, yo, algo embriagado, le empujé el hombro en señal de juego.
—¿Por qué… sigues mirando así? —pregunté.
Detrás de un SUV aparcado en la línea de estacionamiento junto al muro gris, él tiró de mi mano y me acercó. Apoyado contra la pared, me abrazó y puso el dedo índice frente a sus labios. Antes de que pudiera decir nada, sus labios chocaron con los míos. No fue un beso profundo: fue una sucesión juguetona de pequeños roces que se separaban con un suave chasquido, y me puse a reír sin querer.
—Eh… ¿por qué te ríes así?
—Estar con alguien guapo me hace reír así, ¿qué quieres que haga? No creo que sea culpa mía.
Al sonreír por lo suyo, sus labios volvieron a tocar los míos. Esta vez la lengua cálida rozó mi labio y sentí cómo se me erizaba la nuca. De su boca, que olía a sake y a ese postre helado que habíamos tomado, se desprendía una dulzura afrutada.
—Vas a reír así por cualquier cosa cuando estás borracho. Te quedas con esa cara de —sonrisa amplia; si hiciera una imagen de la palabra, sería exactamente esa cara —murmuró, afianzando las manos entrelazadas tras mi cintura.
Su voz, baja hasta casi un susurro, me puso en tensión pese a que no había nadie pasando. Quizá era porque la calle estaba tan desierta que no nos quedaba más remedio que hablar bajo la voz.
—¿Te gusta que sonría así? —balbuceé.
—Sí. No sueles sonreír tan ampliamente en el día a día —dijo rozando su nariz con la mía.
Desde abajo se oyó el motor de un coche subiendo y las luces me hicieron tensarme; me pegué aún más a él. Me abrazó con fuerza, como para esconderme en su pecho, y dejó un beso profundo en mi sien. Estar con él resultaba distinto a cualquier otro sitio —en su salón, en su dormitorio, en la cocina o en el estudio del piso de abajo— porque la física del contacto nunca estaba supeditada a reglas para nosotros.
Él era alguien que, aunque no estuviéramos en su casa, podía conseguir un lugar completamente apartado de miradas ajenas en cualquier momento; y además vivía a cinco minutos: no hacía falta esconderse en la penumbra tras un coche ni temer por un beso breve. Aun así, no me desagradaba.
Cuando llegamos a su puerta me costó despedirme y nos quedamos un rato merodeando, escondidos en un rincón poco transitado, susurrando como cualquier pareja de nuestra edad. Al mirarnos, me volví a reír. Recordé que a él le gustaba verme sonrojarme y cubrirme el rostro —decía que le gustaba verme reír avergonzado—, así que no aparté la mirada. Él me observaba con una atención que parecía repasar cada rincón de mi rostro.
—Tengo que conseguir que sigas sonriendo así siempre —dijo.
Entre las pequeñas felicidades del amor (o al menos las que yo compartía con él) y las preocupaciones que esas mismas pequeñas cosas me provocaban, a veces su mirada se nublaba; tuve ganas de borrar esa sombra de sus ojos.
—Eh, entonces… podrías darme… otro beso —salió de mi boca, no sé de dónde; culpo al alcohol.
Al ver cómo sus ojos se abrían, me invadió una vergüenza tan intensa que sentí remordimiento; para decir algo así debería haber bebido más.
—Si con eso te hace sonreír así, te lo daría todo el día —respondió, y me abrazó con más fuerza, curvando la cintura para aproximarse.
Apoyé la mano en su pecho y me incliné hacia él; siguieron besos en los que abríamos y cerrábamos los labios, captando y soltando los labios del otro en un vaivén: un beso que agarraba el labio ajeno y lo dejaba ir. Bajo los párpados entrecerrados no perdíamos el contacto visual.
Con la mano que acariciaba la curva amplia y firme de sus pectorales, ascendí por su hombro y su cuello hasta tomar su rostro entre mis dos palmas. Él sujetó mi muñeca y giró la cabeza, rozando mis manos con los labios. Pude sentir su miembro endurecido y caliente contra mi vientre.
Yo también quería un contacto más profundo. La ansiedad me golpeó al instante, un deseo desesperado por esa fragancia suya que rozaba la punta de mi nariz y se retiraba justo después.
—Hoy… me gustaría que durmiéramos juntos sin tener sexo.
—......
Acariciando mi palma con la mejilla y los labios, susurró con calma.
Al principio no entendí qué quería decir. Alzando la cara con un signo de interrogación en mis ojos, lo miré fijamente; él rió y me dio un golpecito en la frente con el dedo.
—Ah.
Atrapó la mano con la que me frotaba la frente, la retiró, y besó el lugar donde me había tocado mientras reía con voz baja.
—Cuándo te has vuelto tan acostumbrado al sexo.
Se burlaba de que ahora diera por sentado que un ambiente así acabaría inevitablemente en sexo, pero tenía sentido: últimamente nosotros… hacíamos el amor casi todos los días.
A veces, justo después de llegar a su casa, nos deteníamos en caricias o mimos algo más prudentes, pero últimamente un beso después de la cena se convertía en sexo como si fuera una regla establecida.
Ese cambio había empezado, sin duda, después de la noche de la barbacoa y la ropa interior de encaje; aquella noche en la que cruzamos una línea que solo habíamos rodeado y dudado en cruzar, y decidimos… al menos yo lo sentí así… dejar de esconder la seriedad de nuestros sentimientos. Y con el tiempo había ido confirmando que él no era distinto a mí.
Durante el día, cuando estaba solo dibujando, todo estaba bien. Pero al cenar juntos, hablar… verme expuesto a su mirada que me deseaba, al peso provocador de su aroma… acababa siendo imposible contenerme. Últimamente no se trataba de quién empezaba qué.
Por eso no entendí enseguida lo que significaba. Incluso ahora su miembro estaba caliente y duro. No es que no quisiera sexo.
Él me frotó la frente en mi lugar, levantando ligeramente la barbilla mientras murmuraba en tono juguetón, mirando al vacío.
—Es que, una vez que empezamos, es imposible no llegar a la penetración… y si penetro, acabamos haciendo notting, y eso le exige mucho al cuerpo de Yeehyeon.
—Eh… pero últimamente, casi siempre hacemos notting… y hasta hemos hecho notting dos veces en una misma noche…
—......
No quería que se disculpara por el notting, pero él volvió a mirarme con una expresión complicada. No era como si él fuera el único que lo quería.
—Hemos estado haciéndolo tan seguido… y mi cuerpo ha estado bien. Eso quería decir…
Él me sujetó la nuca y me atrajo hacia él. Al acercarme a su cuello, ese “aroma suyo”, mezclado entre varias notas de perfume, se volvió más nítido.
Me abrazaba con tanta fuerza que me dolía un poco el torso, pero no me resultaba ni incómodo ni desagradable. La piel junto a mi oreja, donde rozaron sus labios, estaba caliente.
—Yo también quiero hacerlo contigo, Yeehyeon. Siempre quiero. Pero… solo una vez. Quiero saber cómo es abrir los ojos por la mañana y tenerte a mi lado… No pido mucho. Solo una vez… así, nada más…
No entendía del todo qué relación tenía evitar el sexo o el notting con permanecer juntos hasta la mañana, pero pensándolo bien, pese a todas esas noches apasionadas, nunca habíamos llegado a dormir juntos.
Me gusta muchísimo el sexo con él… pero también tenía curiosidad, casi igual de intensa, por saber cómo sería acostarnos juntos sin sexo y despertar a su lado.
—Está bien.
Como estaba apoyado contra una pared, no podía rodearle completamente la espalda, pero tomé suavemente la parte posterior de sus brazos y murmuré cerca de su cuello.
Quería preguntarle si, entonces, ni siquiera podíamos dormir juntos después de tener sexo, pero el alcohol hacía difícil pensar con claridad. Mis ideas tomaban forma y se desmoronaban enseguida. Me derretía en el calor denso de su aroma.
—Yeehyeon.
Su voz susurrando mi nombre junto a mi oreja se superpuso a la voz con la que me llamó cuando me buscaba. Aunque llegara a perderlo, quería que él me encontrase así, que me llamara así. Y yo también quería poder hacer lo mismo con él.
Respondí hundiéndome aún más en su cuello, sintiendo en silencio los latidos de su pecho contra el mío.
