Era una canción con una melodía y un ritmo muy pegajosos. No era rápida ni tenía un golpe fuerte, pero traía un estilo tan contagioso que te hacía mover los dedos dentro de los zapatos incluso a alguien tan serio como yo.
Era un tema bastante conocido, al punto de que hasta yo lo me lo sabía. Kiss, de Prince.
Yuni noona en el asiento de adelante y Juhan hyung atrás, a mi lado, la cantaban a gritos, casi quedándose sin voz.
Chu, chu, chu, chu. Kiss!
La letra era bastante clara, pero ellos la cantaban con todo; y cerca del final del primer verso hasta hicieron el sonido de un beso al aire, calzando justo con la música como si lo hubieran ensayado. Me dio risa. Era una coordinación que solo sale entre personas que llevan mucho tiempo compartiendo los mismos gustos.
En el espejo del centro también se veía al jefe mover la cabeza como diciendo “no tengo remedio con ustedes”, aunque sonreía. Capaz fue solo idea mía, pero me pareció que nuestras miradas se cruzaron en el espejo. Como llevaba lentes de sol no podía estar seguro, pero igual me dio una sensación rara. Fingí acomodarme el pelo que me despeinaba el viento para mirar a otro lado.
Después de salir del aeropuerto, pasamos por las calles llenas de tiendas de marca en Tsim Sha Tsui y cruzamos un túnel, entrando por fin a la isla principal de Hong Kong: a la derecha, la ciudad donde se juntaban edificios modernos con otros muy viejos; a la izquierda, el puerto Victoria, frente a Tsim Sha Tsui. Avanzábamos por la vía alta viendo ambas cosas.
El auto azul marino, oscuro como el agua de un lago profundo, era un descapotable. No sabíamos quién lo había dejado listo en la salida de llegadas, pero sí era seguro que no era un auto alquilado. Él mismo había sacado la llave de su propio llavero.
Apenas vieron el auto, Yuni y Juhan gritaron y salieron corriendo hacia él. Parecía que volvían a ver a un familiar querido después de mucho tiempo. No sabía si era un auto guardado solo para ellos, pero al mirarlos, en la cara del jefe salía una sonrisa que no podía tapar.
Era un jefe atento con su gente. Incluso al principio, cuando conmigo había sido pesado, eso sí se le notaba. No era alguien frío al que no le importara nada.
Pero esa buena onda no era para cualquiera. Para entrar en ese grupo, uno tenía que ganarse su confianza con el tiempo. Había que demostrar que uno se merecía esa atención.
No sabía cómo me veía él ahora. Su trato más suave que al comienzo, su decisión repentina de llevarme a Phantom, el detalle de prepararme esa sopa y prestarme su polerón… Y esas miradas de vez en cuando, tan fijas y tibias hacia mí… Todo eso me hacía pensar que al menos ya no me miraba con la misma desconfianza de antes. Solo podía suponerlo.
Mientras disimulaba mirando el paisaje de Hong Kong que se acercaba por el parabrisas, miraba de reojo su espalda al volante. Y en ese momento Kiss estaba terminando.
—¡Ah, por esto vale la pena estar en Phantom! —exclamó Yuni, bajándole al volumen con cara de descanso, como si hubiera cantado en un karaoke después de mucho tiempo.
—Oye… me ofende un poco eso —contestó él.
—¿Por qué le ofendería? ¡Es un cumplido! ¿Cree que cualquier jefe te pasea en un auto así? Aunque lo tengan, no lo hacen.
—Bueno… ¿qué chiste tiene si es un auto comprado con plata heredada?
—Mientras el auto que manejo y la casa donde vivo los pague con mi plata, estoy bien. Este auto es suyo. Yo solo lo disfruto. Los problemas sobre la plata heredada ya son tema suyo.
Yuni hasta aplaudió riéndose al decirlo. Él movió la cabeza diciendo que no.
—Guau… Qué pesada eres, Baek Yuni.
—Usted le da demasiadas vueltas a esas cosas. Solo disfrútelo. Si hasta hace felices a sus niños, ¿qué tiene de malo? Tener mucha plata heredada no es solo bueno, pero si ni siquiera aprovecha lo bueno, ahí sí que pierde.
Juhan se tiró un poco hacia adelante entre los asientos para meterse en la conversación.
—Estoy totalmente de acuerdo con Baek Yuni. Si le pesa tanto, siempre me lo puede regalar a mí. Yo sí soy su baby.
En el espejo, él puso cara de disgusto.
—¿Se les pegó algo de Choi Inwoo o qué? ¿Por qué siguen con eso de “baby”? ¿Desde cuándo ustedes son mis babies? Son viejos ya, por favor, qué raro.
—Igual usted también le dirá “honey” o “baby” a su pareja. ¿O es que sus parejas no son adultas? ¡Si deben ser puros hombres grandotes! Ugh…
Juhan seguía convencido de lo que se había hablado en el patio la última vez. Como él no lo había negado ni afirmado, no sabíamos si de verdad le gustaban los hombres muy musculosos… aunque conmigo había tenido algo de intimidad. Bueno… no llegamos a nada completo y, si no recuerdo mal, él ni siquiera terminó porque yo me desmayé antes…
—Pareja es una sola. ¿Qué es eso de parejas en plural? Y además, ¿cuándo la han visto? Dejen de hablar sin saber, por favor.
Mientras bajaba despacio de la vía para parar en el semáforo, le dio un pellizco en la mejilla a Juhan, que todavía asomaba entre los asientos.
A pesar de lo unidos que se veían, los de Phantom no sabían bien cómo era su vida privada. Ni siquiera Inwoo, su amigo de años. Era alguien cercano y amable, pero guardaba sus temas personales en un espacio muy suyo. Seguramente no solo lo de la cama, sino todo lo íntimo.
Me pregunté si alguna vez alguien habría entrado a ese espacio suyo. Si habría alguien ahora. Esa duda me hizo mirarlo sin querer por el espejo.
Yo sabía que no era nada hábil en estas cosas. Y para alguien como él, notar la mirada torpe de un chico diez años menor debía ser lo más fácil del mundo. Sentí otra vez que nos mirábamos por el espejo y cambié rápido la vista hacia la calle llena de cosas nuevas.
Nos metíamos cada vez más en el desorden de Hong Kong: letreros rojos llenos de letras chinas, luces de neón por todos lados, pantallas encendidas.
El auto avanzó con la luz verde y pasó el siguiente semáforo sin tener que parar.
—¿Eh? Jefe, ¿por qué no sube hacia su departamento?
Yuni se dio vuelta hacia la subida de la derecha y le preguntó con cara de extrañeza.
—¿No les dije? Esta vez nos quedamos en hotel.
—Es la primera vez que lo oigo.
—Mmm… Pensé que sí lo había dicho.
Se rascó la barbilla con un dedo, muy tranquilo. Por como reaccionó, parecía que se lo había guardado a propósito.
—¿Aunque nos quedemos en hotel, desde cuándo hace usted esos trámites? ¿Ah?
Confundida por el cambio de planes, Yuni lo apuntó con el teléfono mirándolo feo.
—Te vi muy estresada, y me dio miedo que me agarraras del cuello si te pedía que hicieras una reserva, así que lo hice yo.
Por su tono de juego, Yuni se echó para atrás y se subió los lentes.
—Tampoco le arrancaría el cuello… solo lo miraría feo hasta hacerle un hoyo en la nuca.
Él se rió y le desordenó el pelo.
—En la feria tenemos que descansar bien en las noches. Y en mi departamento no pueden dormir cinco en cuartos separados.
—¡Pero su master room es del tamaño de una cancha! Si cada uno duerme en una esquina, es como si fueran cuartos separados. Además, Yeehyeon ni ocupa espacio. Y no es como Kwon Juhan, reclamando que esto es así, que aquello es asá…
—¿Por qué me atacas si no he dicho nada?
Juhan reclamó, pero ella no le hizo caso.
—Entonces… ¿quiere que compartamos habitación Seo Yeehyeon y yo?
Esta vez sí estuve seguro de que me estaba mirando por el espejo. Tenía una cara como si se imaginara cómo sería que compartiéramos cuarto.
—¿Qué? ¿Ni siquiera puede compartir cuarto con un hombre que no es de su tipo?
Yuni se molestó, pero él solo sonrió y cambió el tema.
—¿Ni siquiera si es el F Hotel? ¿Eh?
Al oír el nombre, a Yuni le cambió la cara al instante. Juhan también abrió los ojos y me miró; yo, como no sabía nada de ese hotel, no supe cómo reaccionar.
—No es que lo perdone o no… Solo digo que avise los cambios con tiempo.
Yuni pasó la mano por el panel para esconder la sonrisa.
—¿Aunque sea una habitación individual con vista al puerto?
—Decirlo antes o no… ¿qué tan importante es eso?
Y sin nada de vergüenza, se dio vuelta hacia Juhan para celebrar juntos. Ese hotel los tenía felices. Capaz también era parte de una sorpresa que él les tenía preparada.
—En verdad, en Hong Kong no me molesta tanto que el jefe gaste plata —dijo Yuni.
—En Seúl tampoco les molesta —respondió él.
—¡Porque usted es rico!
Los dos lo dijeron al mismo tiempo. Él movió la cabeza riéndose.
Un edificio beige enorme apareció a la derecha y él dobló a la izquierda. Luego, la entrada decorada del hotel apareció frente a nosotros. El auto bajó la velocidad, pero sentí que mi corazón se aceleraba.
Mi primera impresión de Hong Kong fue: calor pesado, ambiente sofocante, mezcla de cosas viejas y nuevas, un desorden que se mantenía en equilibrio… y miradas que se buscaban por el espejo.
Phantom iba a exhibir alrededor de 120 obras en esta feria de arte.
Sin tiempo siquiera para maravillarnos con la vista al puerto Victoria y a Tsim Sha Tsui desde la habitación del hotel, nos fuimos de inmediato al recinto. Empezamos a sacar el plástico de burbujas que envolvía cada obra.
Después de la exposición habría que volver a empaquetarlas con el mismo material, así que no podíamos romperlo a la rápida. Era un trabajo que podía volverse pesado, pero tal vez por la emoción, no sentíamos aburrimiento ni cansancio. Comparado con embalar, desembalar era mucho más fácil.
Él nos dejó ahí para reunirse con contactos de otras galerías, y el director de sala llegaría desde Seúl unas horas más tarde. Así que el montaje quedaba a cargo de nosotros tres.
En cinco horas empezaría la preapertura para los VIP. Antes de eso teníamos que terminar el montaje, volver al hotel, arreglarnos y regresar. No era mucho tiempo, pero ya teníamos bien armada nuestra rutina de trabajo.
Yuni desempaquetaba, Juhan instalaba las obras, y yo iba y venía entre los dos, ayudando donde hiciera falta.
—De verdad me caen mal —murmuró Juhan.
Yo cargaba la obra número treinta y dos para entregársela, cuando él miró por encima de mi hombro hacia el stand de enfrente con rabia. Miré de reojo… Sí, su situación era muy distinta a la nuestra.
Mientras nuestro stand era un caos con plásticos de burbujas por todos lados y obras aún envueltas ocupando el espacio, los del stand de enfrente conversaban tranquilos mientras trabajaban sin apuro. Al parecer, habían traído apenas unas treinta piezas, así que no tenían necesidad de apurarse.
—En su país pueden vender a buen precio sin problemas, así que no tienen para qué venir hasta acá cargando obras, pagando pasajes, transporte y viáticos. Además, seguro que trajeron piezas carísimas: vendiendo unas pocas recuperan la inversión —comentó Yuni mientras movía el embalaje con manos expertas. Y siguió explicando:
—Comparadas con las galerías pequeñas de Corea, que podamos participar en ferias internacionales ya es bastante suerte. Tendremos que seguir trayendo cien obras o más durante unos años, pero ya verán. Algún día yo también vendré con solo veinte piezas, las montaré en un segundo y me iré a comer noodles al Kau Kee.
Aunque se veía tranquila, también tenía espíritu competitivo: hasta levantó un puño al aire. Cuando Yuni decía que haría algo, de verdad parecía posible.
—Pero mira, ellos tienen que quedarse en hoteles pequeñitos, con turistas ruidosos a toda hora. En toda la feria no vas a encontrar a otro personal que llegue desde el aeropuerto en un Phantom y tenga habitación individual en el Hotel F. Ni siquiera mega galerías como Perrotin o Gagosian dan ese nivel de trato. De cierta forma, los ganadores somos nosotros.
Levanté con cuidado la siguiente obra recién sacada del plástico y se la llevé a Juhan. Él la colgó en el lugar indicado según el plano y tachó el número 33 en la lista.
—¿Ese auto de antes… se llamaba Phantom? —pregunté mientras ayudaba a Yuni con la cinta adhesiva.
Ella, sin parar de mover las manos, me miró con una sonrisa de lado.
—Sí, ¿gracioso, no? No sé si la marca de autos vino primero o la galería. Pero parece que el nombre le gusta mucho al jefe. Creo que tiene como tres o cuatro modelos Phantom. En Seúl tiene un Ghost, que sería como un Phantom “bebé”, aunque… para ser un “bebé” es más grande que la mayoría de los autos de lujo. Más barato que un Phantom, pero igual cuesta más de 400 millones de wones. Así que, siendo estrictos, sería como un bebé gigante.
Al entregarme la obra número treinta y cuatro, agregó:
—Creo que para él lo importante no es el precio o la fama de esos autos. Es el nombre. Phantom, Ghost… al final, todos son fantasmas, ¿no?
Galería Phantom.
Su mirada azulada, casi blanca, frágil como espuma de mar, y su aire distante e indiferente combinaban sorprendentemente bien con el nombre. Nunca me había preguntado si había algún motivo detrás, pero el hecho de coleccionar autos carísimos llamados Phantom y Ghost hacía pensar que su fijación por lo “fantasmal” tenía una raíz más profunda que un simple gusto por juntar cosas.
Pero si ni Yuni ni Juhan sabían la historia, estaba claro que si preguntaba solo me esquivarían la respuesta.
—Hasta ahora, cuando venían a Hong Kong, creo que siempre se quedaban en el departamento del jefe, ¿verdad?
Era un buen momento para soltar la duda que tenía desde el viaje al hotel.
Juhan le volvió a poner la tapa al lápiz que tenía en la boca y respondió:
—Sí. Esta es la primera vez que nos quedamos en un hotel. Su departamento está en la ladera del Victoria Peak, en un piso alto. La vista es increíble. También tiene otra casa con piscina, no muy lejos de ahí. Esa creo que la tiene alquilada. Creo que un banco famoso de aquí la alquila para sus ejecutivos extranjeros.
Miró a Yuni para que completara la explicación.
—Sí, son casas que las empresas alquilan para su personal extranjero de alto nivel. El arriendo mensual es como de veinte millones de wones, creo. Y la empresa lo paga. ¿Cuánto dinero tiene que ganar esa persona para que valga la pena? Bueno, cosas que no tienen nada que ver con nuestra realidad.
La historia de ejecutivos con arriendos mensuales millonarios pagados por la empresa ya era rara, pero que el dueño de esa casa —el jefe— ganara decenas de millones mensuales solo por arriendo lo hacía verse más irreal todavía. Y era alguien a quien conocía en persona, lo que lo hacía sentirse más lejano aún.
Liu Weikun.
Por el nombre ya se notaba que era hongkonés. Sabía de pasada, por conversaciones con la directora, Juhan y Yuni, que uno de sus padres era coreano. Sabía que no se había criado en Seúl. Pero no tenía idea de que tuviera tanta plata en Hong Kong.
Según lo que había dicho en el auto camino al hotel, la mayor parte de esa fortuna parecía heredada. Definitivamente no era alguien de familia común.
—Ah, y tiene una casa en Repulse Bay también, una zona de gente riquísima frente al mar. La usa como casa de vacaciones. El año pasado, después de la feria, nos quedamos tres días ahí descansando. Uff… qué lugar tan increíble —agregó Juhan, con la mirada perdida como un viejo recordando sus años mozos.
La persona más rica que yo conocía era el padre de Morae, el señor Im. Y sus “decenas de miles de millones al año” ya eran cifras que ni podía imaginar. Así que intentar calcular la riqueza del jefe era francamente imposible.
—¿Y qué significa todo esto? —dijo Yuni de pronto, parando las manos para que la miráramos. Y se respondió ella misma:
—Que para él, Phantom no es un tema de ganarse la vida, sino de gusto personal.
—…
—Las propiedades del jefe. Eso no es todo. La casa en Seúl, la galería… tampoco son la gran cosa comparado con lo que sabemos: que tiene mansiones en South Kensington, en Londres, y en el Upper East Side, en Nueva York. Y capaz que tenga más propiedades como inversión. Así que claramente no empezó Phantom para tener qué comer.
Me entregó la obra número treinta y cinco y se levantó un momento para estirar las piernas.
—En Seúl él es un golden alfa hecho a sí mismo desde cero. Pero en Hong Kong…
—Es un príncipe, básicamente —concluyó Juhan.
A Yuni no parecía convencerle mucho la palabra, pero no encontró una mejor.
—Sí, un príncipe. Aunque a mí me gusta mucho más cómo es él en Seúl.
Juhan no respondió, pero sonrió un poco mientras colgaba la obra número treinta y cinco, una sonrisa que dejaba claro que pensaba igual que ella.
A los dos les encantaban los autos de lujo y disfrutaban quedarse en hoteles de cinco estrellas; se alegraban de verdad con las comodidades material. Pero aun así, preferían la versión del jefe que veían en Seúl.
Podía parecer una contradicción, pero después de pasar solo unos meses con ellos, podía decir con seguridad que esa contradicción en ellos no chocaba para nada.
Eran personas muy terrenales, sí, pero también las primeras en enfrentar lo terrenal con fuerza. Esa contradicción era, sin duda, parte de lo que definía a Baek Yuni y Kwon Juhan.
—Guau, parece que está lloviendo muchísimo en Seúl. Dicen que cayeron más de 60 milímetros —comentó Juhan mirando su celular mientras esperaba la siguiente obra. El cielo despejado y brillante de Hong Kong hacía difícil imaginarlo.
—Si tienes tiempo para ver el celular, mejor ven a desempaquetar algo —alegó Yuni.
—¡Oye! No estoy perdiendo el tiempo. Estaba mirando si la directora pudo tomar bien el vuelo.
—Sí, claro.
Entre los dos le quitaron la funda a la obra número treinta y seis, una pieza enorme de más de siete metros sumando ancho y alto.
—Cuando volvamos a Corea va a seguir la época de lluvias, pero al menos nos libramos unos días. Aquí hay aire acondicionado donde sea que vayas.
De pronto su conversación había pasado de bienes raíces globales a la simple alegría de estar escapando unos días de la humedad de la lluvia. Un equilibrio admirable.
Faltaban unas cuatro horas para el evento VIP.
■ ■ ■
Según lo que decían mi noona y mi hyung, no podíamos gastar tanto presupuesto como “las galerías de los ricos”, así que nuestro stand no era tan grande para la cantidad de obras que llevábamos.
Como ellos dos, dejando fuera a la directora y a él, eran quienes prácticamente tenían que hacerse cargo del stand, tampoco habría sido fácil manejar uno demasiado grande.
En cambio, la ubicación sí era bastante buena. Estaba más o menos cerca de una escultura experimental grande ubicada en el centro, y el espacio entre nuestro stand y el de enfrente era amplio.
Por ese pasillo venían caminando la directora y él, uno al lado del otro. Aunque sabía que podía parecer tonto, la mirada se me iba detrás de sus pasos sin poder evitarlo: eran una pareja lo bastante llamativa como para no mirar nada más.
Recordé la forma exagerada de hablar de Juhan, cuando dijo una vez que al ver en persona al artista Shushu “casi se arrodilló”. No era un impacto tan extremo, pero sin duda la belleza de ellos no era del tipo común. Tal vez no para arrodillarme, pero sí para sentir una fuerza que me impedía sacar la vista.
Al ser la vista previa VIP, el lugar estaba lleno de gente muy elegante, vestida con ropa de fiesta que para mí era bastante rara. Mi hyung, mi noona y yo también llevábamos ropa negra bien presentada que habíamos preparado antes, incluso peinados para la ocasión, algo poco común en nosotros… pero nada de eso se comparaba con la presencia de esos dos.
Eran alfas de clase alta, algo que yo jamás había conocido en mis días en el pueblito pesquero donde viví.
—¡Directora, se ve increíble! ¡Hacía tiempo que no la veía sacar tan bien su presencia alfa!
Parece que no era solo yo el que pensaba eso. Juhan salió corriendo hasta el frente del stand y armó un show abrazando a la directora.
—¿Y eso qué significa? ¿Que normalmente cómo ando, eh?
La directora sonrió mientras le agarraba la nuca y lo movía un poco. Llevaba un traje negro de dos piezas con un corte tan fino que parecía hecho a medida, muy distinto a su ropa cómoda de siempre, aunque su forma de hablar y actuar seguía siendo la misma.
—Aunque ande con jeans y polera igual tiene estilo, pero cuando se viste formal… es otro nivel.
—Bueno, sí. Tú también andas siempre con polera y jeans rotos, pero cuando te pones traje, hasta te ves simpático.
La directora apoyó el brazo en el hombro de Juhan mientras le daba una mirada a la instalación terminada a nuestras espaldas, y abrió los ojos de par en par.
—Guau… miren la rapidez de mis niños. De verdad no pensé que lo terminaran en solo tres horas. Para la próxima feria, podemos traer más obras.
—Ah… amo a Phantom, pero creo que este es el momento en el que presento mi renuncia.
Su broma tan seria nos hizo reír a todos.
Ninguno de los cinco habíamos podido cenar todavía por nuestros horarios. Empezamos a engañar al estómago con la comida que habíamos traído del buffet servido en distintos puntos del lugar.
Aunque dijéramos “algo liviano”, era un evento cuya entrada valía unos 4,000 dólares de Hong Kong, así que había mucha variedad y la calidad era excelente. Eran comidas tan bonitas que me daba pena comerlas.
—Es tu primera feria, ¿verdad? Debes estar impresionado.
Solo había comido un poco del pollo que dieron en el avión, así que debía tener hambre, pero estaba tan nervioso y emocionado que ni lo sentía. Solo jugaba con un dim sum pequeño y tierno usando los palitos, cuando él se acercó y me habló.
Aunque decía que se estaba muriendo de hambre por no comer y por mantener una sonrisa de trabajo todo el día, él tampoco estaba comiendo. Solo tomaba champán y de vez en cuando sacaba unas nueces que Juhan había traído.
—Un poco sí… pero es divertido.
Él llevaba un traje azul marino de un material que caía con suavidad siguiendo las líneas de su cuerpo, sin verse rígido. Parecía acostumbrado a lugares como ese… y encajaba perfecto. Su traje mostraba la forma firme de su cuerpo, y aun así se veía elegante y distinguido.
Los visitantes del stand, de todas las nacionalidades, siempre se detenían al menos una vez a mirarlo, y eso servía para atraer a la gente hacia nuestro stand.
—A partir de mañana empieza el evento de verdad, y va a ser todavía más caótico. Vendrá mucha más gente, nada que ver con ahora. ¿Quieres aprovechar de mirar algunas obras antes?
Con más de 200 galerías de 26 países, el espacio del evento era enorme. El interior, dividido en cientos de stands, parecía un laberinto. Tenía un folleto con el mapa, pero igual no me daba el ánimo para ponerme a recorrer solo. No solo por cómo estaba distribuido: era un país extranjero, una ciudad desconocida, un idioma que no manejaba… era normal sentirme inseguro en un lugar donde todo era nuevo.
—Si es por no andar solo, puedo ir contigo.
Notó que dudé y sonrió de lado. A veces sonreía como villano de mono animado, y este momento era tal cual.
«¿Prefieres no ir? ¿Preferirías que no fuéramos y nos metiéramos juntos a la cama?» ― Cuando dormimos juntos, también lo dijo.
Asentí sin dudarlo. Sus ojos, que me miraban mientras tomaba champán, se detuvieron un segundo, y luego se curvaron con una leve sonrisa. Esta vez, con un toque que parecía de arrepentimiento por su propia broma.
Dijo que podíamos caminar como si fuera un paseo y parar todo lo que quisiera ante cualquier obra que me llamara la atención. Caminó a mi ritmo, a mi lado.
—¿Te gusta la habitación?
Pasamos junto al stand de una galería de Pekín, decorado sobre todo con pinturas orientales, cuando me lo preguntó en voz baja.
—Nunca había estado en un lugar así… La habitación es tan buena que me sorprendió. Y la vista es increíble. Si no fuera por la gentileza del jefe, nunca habría vivido algo así… De verdad, gracias por todo.
—Mmm, no lo hice por gentileza.
Me di vuelta a verlo. Sus ojos azul claro brillaban.
—Tengo segundas intenciones.
—......
—Quiero que Seo Yeehyeon tome el pincel.
No sé qué esperaba cuando escuché “segundas intenciones”. Me dio miedo que notara mi decepción, así que bajé la mirada rápido. Pero incluso sin tenerlo de frente, la sensación de estar completamente expuesto bajo su mirada era igual de fuerte.
Tal vez era solo una reacción para protegerme por la diferencia de edad, pero frente a él no podía evitar sentirme en desventaja.
Me tocó suavemente el hombro con el folleto, que estaba enrollando mientras se daba golpecitos en la palma.
—Para alguien que tiene que vivir escondido, es la mejor opción posible. No sé quién te persigue ni por qué, pero si te conviertes en artista exclusivo de Phantom, yo te voy a proteger con todo. Soy bueno en eso.
Su tono era casi de niño chico, como un niño orgulloso de saber leer. Sonreí con timidez. Aunque él quisiera quitarle peso a sus palabras, probablemente lo decía en serio. Por cómo manejaba Phantom, era obvio que no era alguien que dejara que le quitaran lo que consideraba suyo.
Pero el problema no era solo conmigo. Que me protegiera no arreglaba todo. Y, de todas formas, si me protegía, sería porque soy un artista en el que vale la pena invertir. O, dicho de la mejor forma, una medida de negocios típica de un galerista para proteger un talento valioso.
No buscaba nada más allá. Si quería algo, era la tranquilidad de Morae y de mi hyung, no la mía, que para el padre de Morae no era más que un adorno que molestaba.
Solo pensé en el sentido real detrás de sus palabras “te voy a proteger”. Era una conversación peligrosa.
Consciente de mi situación, apelando a mi necesidad de estar seguro, él volvía a remarcar las ventajas de ser artista de Phantom… pero no me pedía una respuesta inmediata. Ambos habíamos quedado en que la decisión se tomaría después del viaje.
El artista estrella Shushu era fotógrafo, y aunque había algún escultor en la galería, Phantom se centraba sobre todo en la pintura. Pero incluso yo, que vivía desconectado del mundo del arte, sabía que el arte actual se había expandido hace tiempo a instalaciones, performances y esculturas de todo tipo.
Por eso el ambiente del evento se veía dinámico, más que algo formal y serio. Había bastantes obras con humor y personalidad, más que las clásicas y oscuras. A simple vista, al menos.
Pero aun así, a mí no me llamaban la atención las obras que no fueran pintura.
—Veo que no te interesan mucho los artistas recientes.
Nos detuvimos frente a una obra que mostraba la cara de cerca de una mujer acostada de lado en el suelo. Según la etiqueta, era una obra del 2002.
En casa había muchos libros de arte, pero yo solía mirar solo las imágenes, sin memorizar el nombre del artista ni el título de la obra. Ni mi madre, ni mi padre, ni los profesores intentaron enseñarme historia del arte.
—No sé mucho de artistas....
—Me he fijado en que te detienes solo frente a obras de artistas antiguos, al menos de los que estuvieron activos en los 90. Esta es una de las más recientes, dentro de todo.
—¿Ah, sí…?
Volví a mirar la obra.
La mujer del cuadro parecía estar pasando un momento doloroso, pero lo que transmitía no era resignación, ni cansancio, ni derrota. Era… una fuerza parecida a un corazón latiendo rápido. No era esperanza ni un sueño, nada romántico. Era más como una advertencia: aunque alguien intentara hacerle daño, incluso matarla, jamás podrían controlar su espíritu.
Era casi… obsesiva en su lucha. Un ser humano que, incluso en el límite, no renuncia a ser quien es, con sangre que corre y piel que quema.
Quizá no sabía con certeza qué intención tuvo el artista, pero lo que yo sentía en ese momento era eso.
Entre más lo veía, más me atraía. Si pudiera, tocaría la superficie de la pintura para sentir, aunque fuera un poco, la respiración y la energía del artista.
—Para que una obra sea valorada por su mérito puramente artístico, más allá de la publicidad o del poder de una galería, hoy en día diez años no bastan. Todas las obras que te han llamado la atención… llevan entre 20 y 100 años manteniendo o subiendo su valor.
Sentí su mirada y lo miré. Él me observaba como alguien que mira un objeto curioso. Sus ojos brillaban como olas rompiéndose bajo el sol. Era innegablemente guapo.
—Y veo que te gustan las obras bastante salvajes. No pareces tener esa personalidad… O bueno, tal vez no del todo.
Su voz baja y pausada, hablando de mi forma de ser, trajo una sensación íntima. Su forma de mirarme, con los ojos entrecerrados y los brazos cruzados mientras se tocaba la barbilla, cambió el ambiente entre nosotros en un segundo.
No sabía si su última frase esperaba respuesta o era un pensamiento al aire.
Pero tal vez tenía razón en que me gustaban las obras “salvajes”. Me gustaban esas que muestran todo tal cual es. Siempre había sido así.
Era simple: hablaban un idioma parecido al mío. Un idioma que yo podía entender.
Como nos quedamos mucho tiempo frente al cuadro, alguien del personal se acercó a preguntarnos si queríamos más información. Él sonrió, dijo que no educadamente, y seguimos caminando.
Él, que solía caminar a mi ritmo desde atrás, se detuvo primero frente al stand de una galería de Nueva York. Justo ante una obra puesta en la entrada.
Su mirada seguía siendo tranquila, pero algo había cambiado. No era frialdad distante: era más bien una frialdad burlona.
—¿Qué te parece esta obra?
Se dio vuelta hacia mí y sonrió, cambiando por completo de cara, con un aire divertido. Señaló la obra con un gesto liviano. Su tono animado parecía, a la vez, mostrar una parte escondida de su interior.
Volví a mirar la obra con calma.
Era una pintura de unos 4 metros por 4, un fondo rojo sangre sobre el que se cruzaban líneas curvas de distintos colores. Una obra abstracta. Pero por más que me concentrara, no lograba sentir una energía o emoción clara; solo podía captar una idea lejana del ambiente y los colores.
A pesar de usar colores fuertes y varias curvas grandes que podían verse interesantes, no se sentía atrevida.
Porque no quería mostrar nada.
No se parecía en nada a las obras de In-woo, donde incluso la falta de sinceridad se mostraba de manera sincera. Aquí se intentaba esconder esa falta de sinceridad, y más encima se usaban trucos y técnicas para armar un yo falso y presentarlo como verdadero.
Miré la etiqueta. El título era “Amantes sobre la cama”. Un título más de un cuadro realista que de uno abstracto. Volví a mirar. Era como tener un mapa, pero en medio de una neblina tan espesa que no podía ver el camino. Como un acertijo que no podía resolver ni aunque me dieran pistas.
—No… no lo entiendo bien.
—......
Su mirada, esperando una respuesta más precisa, era la de un profesor esperando que su alumno estrella responda muy bien para impresionar al resto. Como no sabía qué tipo de respuesta esperaba, solo me quedaba ser sincero.
—La técnica se nota: el color, la forma… pero no conecta con nada, ni con un mensaje ni con una emoción. Es difícil de explicar, pero… es como cuando solo saludas o hablas por compromiso con alguien: no llegas a conocerlo. Se siente así.
—Puedes ser más sincero.
Él estaba seguro de que yo estaba escondiendo una opinión mucho más dura. Me animaba a decirlo todo sin filtro. Lo miré, con sus ojos brillantes y una sonrisa en los labios, y tras dudar un poco hablé.
—Es como si solo hubiera forma sin contenido… como tener un plato bonito, una mesa bien puesta, pero sin comida real para probar. Eso es lo que siento.
No quería hablar así del trabajo de otra persona. Aunque fuera solo una opinión personal de alguien que jamás había estudiado arte de verdad, y aunque el artista ni siquiera estuviera ahí para escucharme.
Fuera una obra sincera o no, al final era un pedazo sacado de una persona, y si no era para decir algo bueno, prefería no decir nada.
Pero él, al revés de cómo me sentía yo, parecía de lo más satisfecho. Se dio vuelta completo hacia mí, dándole la espalda al cuadro. Estaba tan sonriente que parecía a punto de soltar una carcajada. Era la sonrisa más sincera que me había mostrado, y era por mí, no por otra persona.
¿Qué era lo que le había gustado tanto?
—Con razón termino pensando en ti como si fueras un adivino, señor Seo Yeehyeon. ‘¿Qué ves aquí? ¿Qué ves allá?’”
Se agachó un poco para quedar a mi altura.
—Pero… este adivino sí que le achunta.
Aunque seguía sonriendo, por un segundo salió de él un frío raro. En sus ojos el brillo azulado se hizo más fuerte. Esa frialdad no era para mí, pero igual sentí un escalofrío en el cuello.
Decir que yo “le achuntaba” significaba que coincidía por completo con lo que yo pensaba del cuadro. Que él le estaba dedicando una cara helada, casi de desprecio, a la obra «Amantes sobre la cama».
—¿Les interesa la obra? ¿Puedo ayudarlos?
Los dos nos dimos vuelta hacia la voz. Un hombre blanco de edad media, de estatura normal, con algo de guata y quedándose calado arriba, nos habló con una sonrisa amable.
La gente solía ser muy amable con él. Quizá por lo guapo que era, pero también porque, fuera lo que fuera que vendieran, parecía el tipo de cliente con la plata para comprarlo al tiro si algo le gustaba.
—Recomiendo esta obra con toda confianza porque yo mismo elegí al artista. Es uno de los jóvenes creadores que más ruido están haciendo en el mundo del arte neoyorquino. Estoy seguro de que habrá escuchado su nombre, sir. Sus colores llamativos y su expresión llena de confianza lo han puesto en el centro de atención. Es un artista coreano de veintitantos, y como los artistas asiáticos están muy fuertes en todo el mundo, es una pieza con gran valor de inversión. Creo que su estilo combinaría muy bien con usted. Además de esta obra, tenemos otras dos piezas del mismo artista. ¿Le gustaría verlas?
El hombre, que a primera vista parecía simpático, tenía en verdad un brillo raro en la mirada. Y a pesar de su actitud tranquila, hablaba sin parar, sin darnos —o mejor dicho, sin darle a él— ni un segundo de descanso. Con mi inglés básico de colegio, apenas podía seguirle el ritmo.
Al escuchar que él mismo había “elegido” al artista, miré la credencial colgada en su cuello. Antes del nombre decía el cargo: Director. No era un simple empleado; era un jefe de la galería.
—‘Llamativos y llenos de confianza’, dice....
Girando un poco hacia el cuadro, él murmuró como si saboreara esas palabras. Con los brazos cruzados, se tocó despacio la mejilla usando la punta enrollada del folleto. Luego movió solo la cabeza para mirarme.
—¿Tú crees que ese cuadro combina conmigo?
Lo dijo en coreano. Sonreía, pero no escondía lo molesto que estaba por lo que acababa de escuchar.
Negué con la cabeza.
Él sonrió y me puso la mano en el hombro. Me apretó con firmeza, casi masajeando, y luego la subió hasta mi cabeza para desordenarme un poco el pelo, antes de sacarla.
—......
No me esperaba ese contacto. Con Juhan o con Yuni sí había mucha cercanía, pero jamás se había dado así conmigo.
Aunque una sola vez habíamos sido “amantes sobre la cama”, ese tipo de gestos cotidianos, en público, se sentían incluso más raros que aquel encuentro rápido e inevitable. Hasta ahora.
De pronto la cara me ardía como si me hubiera besado con ganas ahí mismo, en medio del evento. Aproveché que él se dio vuelta hacia el director para disimular que me limpiaba el sudor y me froté la cara. Pero el aire acondicionado estaba tan fuerte que hasta daba frío.
Él movió la cabeza despacio, como si viera algo muy sospechoso, y volvió a mirar el cuadro.
—Mmm… Yo también trabajo en esto. Agrandar y adornar una obra más de la cuenta es parte de mis técnicas de venta, pero… veamos. Comprar por 15,000 dólares —no hongkoneses, dólares gringos— una pieza que en uno o dos años seguro va a valer la mitad… Eso solo haría que la gente dude del criterio de la galería.
Su comentario era casi pesado en el fondo, pero su tono y su cara no mostraban burla hacia la obra, el artista o el director que decía haberlo descubierto. Solo estaba diciendo exactamente lo que veía, sin ningún tipo de adorno.
En estos meses yo ya había empezado a entender su forma de hablar. Sobre todo en cosas de trabajo, no suavizaba nada. Daba instrucciones sin pensar en los sentimientos de los demás, ya fuera a mí, a Yuni o a Juhan.
Para él, si algo era verdad, adornarlo solo hacía perder el tiempo.
Claro que para alguien que no lo conociera, su forma de hablar sería difícil de aguantar. En el mundo real, suavizar un poco las palabras es parte de la buena educación.
El director intentó mantener la calma, pero la cara redonda y brillante de transpiración se le desencajó igual.
Y lamentablemente, yo tampoco podía negar lo que él había dicho.
15,000 dólares americanos. No hacía falta ser un artista profesional para saber que esa obra no valía eso.
Con su sonrisa amable, ese director que se nos había acercado muy simpático, ni se despidió cuando él se fue sin dudarlo hacia el siguiente stand. Y él, por su parte, tampoco le dio importancia al cambio de actitud del hombre.
Lo seguí apurado para alejarnos del puesto, y una vez más miré hacia atrás.
Sin querer había criticado duro la obra de otro, pero si yo tomara hoy un pincel, seguro pintaría algo parecido. Una obra que no muestra de forma natural quién soy, una obra que se niega a sí misma y se adorna.
Me daba miedo. Pero no se lo dije.
Eso no era lo único que «Amantes sobre la cama» me había dejado dando vueltas.
¿Había sido casualidad que, entre todas las obras, me pidiera la opinión justo frente a esa? Me daba vueltas el frío azulado que brilló en sus ojos. «Amantes sobre la cama». Si no vi mal, el nombre del autor era “SEONEW”. Seonyu. Un artista coreano de veintitantos. Para no olvidarlo, repetí ese nombre en mi mente.
■ ■ ■
—Mr. Liu.
Justo cuando cruzábamos un pasillo donde había una escultura transparente colgada en el aire que mostraba cómo se movía el viento, y estábamos por entrar al siguiente stand, alguien lo llamó muy alegre.
Era un hombre asiático, de contextura ágil y rasgos bien marcados, que parecía una cabeza y media más bajo que él. Él le respondió el saludo con su sonrisa de trabajo.
—Es alguien con quien trabajé en Hong Kong hace tiempo. Solo voy a saludarlo un momento; mientras tanto, mira este stand. Creo que hay varias obras que te van a gustar.
Después de repetirme que no me moviera de ahí, desapareció con su viejo conocido doblando la esquina. El hombre, muy bien vestido con un traje que le quedaba impecable, parecía llevarlo hacia un grupo de gente que también se alegraría de verlo.
Después de todo, esta era la ciudad donde nació, creció y trabajó antes de irse a Seúl. No era raro que se encontrara con conocidos.
Dudé un poco en entrar solo al stand a ver las obras, pero uno de los empleados me saludó con una sonrisa amable, invitándome a pasar con calma, y eso me dio ánimo.
Era una galería importante, porque el espacio era bien grande y había muchos visitantes. Por suerte, los empleados no tenían tiempo de fijarse en mí.
Apenas miré unas cuantas obras, entendí al tiro por qué me había dicho que habría cosas que me llamarían la atención.
Fuertes o suaves, atrevidas o frías. Solo cambiaba la forma de expresarse, pero todas hablaban en un idioma que yo podía entender.
—Da pena, ¿cierto? Ya se vendió por 35 millones de dólares. Si hubieras llegado un poco antes, te la habrías llevado.
Al darme vuelta, vi a un desconocido. Le sonreí con timidez por su comentario en tono de juego.
—Ah… Debe ser empleado de alguna galería del evento.
—Sí.
—A ver… Seúl. Galería… Phantom.
El hombre se tiró un poco hacia atrás para leer la credencial que llevaba colgada. Después me dio la mano. Tenía manos mucho más grandes que las mías, aunque éramos de una estatura parecida. Dudé un segundo antes de dársela. La risa suave que soltó me dio la impresión de que notaba toda mi incomodidad, aunque no lo decía con mala intención.
—Trabajo en una galería de Nueva York, pero soy de Hong Kong, así que conozco bien este ambiente.
Con un vaso de champán en la mano, sacó con dificultad un tarjetero del bolsillo de su chaqueta y me entregó una tarjeta de presentación. En un papel sencillo decía en inglés dónde trabajaba.
Parecía mitad oriental, mitad occidental. Tenía la cara y el pelo más parecidos a un oriental, pero los ojos eran de un azul profundo. Al verlo, me acordé del impacto que sentí cuando lo vi a él por primera vez. Pensé que alguien así debía ser un “alfa dorado”…
El hombre de al lado, que hablaba de la pintura colgada frente a nosotros, no tenía esa presencia tan fuerte, pero compartía con él ese rasgo: ser mestizo y tener ojos azules.
—El domingo nuestra galería hace una fiesta por el SoHo. Si te parece bien, ¿vendrías con los demás chicos de la galería? Creo que sería entretenido. Entre galerías conversamos, y capaz que te lleves un buen recuerdo del viaje…
Mientras me decía eso bajando la voz, un grupo ruidoso guiado por un empleado pasó justo detrás de él hacia otro lado. Para no chocar con ellos, se corrió hacia mí, acercándose tanto que sentí que si movía mal la cabeza nos daríamos un tope con las narices.
—¿Alfa? ¿Beta?
Visto de cerca, sus ojos no tenían nada que ver con los de él. Los de él no eran de un azul tan marcado, sino más inestables, delicados, como si se fueran a borrar… como la espuma del mar o… sí, como un fantasma…
—Seo Yeehyeon-ssi.
La voz que me llamó desde atrás me hizo dar la vuelta de inmediato.
Él venía hacia nosotros desde la entrada del stand, dando pasos largos y rápidos. Sus ojos, que normalmente se veían delicados, ahora… ardían de rabia. Nada que ver con el frío que habían mostrado frente a .
—Vaya… Eso sí que es un alfa dorado. Si hubiera sabido que andabas con alguien así, ni me acercaba.
Murmurando para sí mismo mientras movía la cabeza, el hombre se despidió rápido y se fue casi corriendo.
—¿Qué fue eso?
Antes de que pudiera responder, él ya me había sacado la tarjeta de la mano.
—Creo… que era alguien de una galería de Nueva York. Me invitó a una fiesta el domingo, con el resto del equipo…
No sabía por qué me estaba explicando, pero su cara seria me hacía sentir que tenía que darle una razón.
Después de mirar la tarjeta, buscó con la mirada por dónde se había ido el hombre. Él seguía su rastro y yo miraba hacia donde él veía, hasta que me acordé de la pregunta que me había hecho ese sujeto.
Me había preguntado si era alfa o beta. Ni se le pasó por la cabeza que fuera omega.
—El domingo ya estamos invitados a otra fiesta. Así que esto no hace falta.
Antes de que pudiera asentir, él ya había arrugado la tarjeta.
Solo este hombre sospechaba que yo era omega.
—La reunión con Suki Kim quedó para el viernes.
—…….
En vez de tirar la tarjeta arrugada, se la guardó en la chaqueta.
—Habría sido mejor verla tranquilos el último día, pero salió esta cita de repente y era el único momento que conseguí.
—No, está bien… Aunque sean diez minutos… se lo agradezco.
Él me miró en silencio un segundo y después se pasó la mano por la cara desde la frente, soltando un suspiro.
—No se lo digas a los chicos. Si saben que voy a ver a Suki Kim, me van a rogar que los lleve.
Asentí, y sus ojos se calmaron un poco. Me miró la cara fijamente como para asegurarse de que estaba bien y después soltó un garabato despacio, mirando hacia otro lado.
Después de eso, las obras dejaron de llamarme la atención. Solo podía pensar en que conocería a la maestra Suki Kim.
Aunque había aceptado venir para conocerla, hasta ahora no me la creía del todo. La emoción empezaba a sentirse real, como si flotara un poco al caminar.
De repente, él me parecía aún más increíble. No solo por tener los contactos para hacer posible esta reunión, sino por tomarse todas estas molestias para que yo pintara… Esa determinación suya era sorprendente.
Él estaba seguro sobre mí, pero era distinto a la seguridad que tenía mi abuelo sobre la vida de mi hyung, o el señor Im sobre la de Morae.
¿Confiaba tanto en lo que sentía? Incluso cuando lo único que yo podría pintar ahora sería un adorno falso, como lo que pinta el artista “Seonyu”…
Después de dar una vuelta por el evento, volvimos a nuestro stand. Parecía con mucha sed, porque se sirvió un vaso lleno de champán y se lo tomó de un trago. Después agarró unas nueces y alejó el plato.
—Ah, que alguien se lleve esto. Ni me gusta, pero si lo tengo enfrente me lo sigo comiendo.
—Lo dejé ahí para comer cuando me diera sueño. A diferencia de otros stands, en el nuestro alguien se pasó tres horas reventando plástico de burbujas como trabajo forzado.
—Mmm, que yo sepa este stand es el único de todos que se queda en el Hotel F, ¿o no?
—Maldita sea. No tengo nada que decir.
Bromeando con Juhan, él ya había vuelto a ser el de siempre.
■ ■ ■
No sabía cuántas veces había mirado el teléfono en mi mano. Solté un suspiro largo y dejé el celular a un lado. Para distraerme un poco, me levanté de la cama y me acerqué a la ventana grande.
Desde Tsim Sha Tsui, en la punta oeste de la península, hasta Kowloon Bay en el este, todo se veía frente a mis ojos sin ningún problema.
Cuando se habla de la vista de noche en Hong Kong, lo más famoso es mirar la ciudad desde el Victoria Peak, y lo segundo más popular es ver la isla, llena de edificios altos, desde el lado de la península. Eso fue lo que me contaron mi noona y mi hyung. Pero para mí, lo que tenía enfrente ya era más que suficiente.
Los edificios que llegaban casi hasta la orilla del puerto, y las luces que iluminaban el borde de la orilla, no se parecían a la vista del puerto desde el cerro cerca de la casa del abuelo, ni a la vista de noche de Seúl desde la azotea donde me sentaba siempre.
Haber llegado tan lejos —un lugar que jamás estuvo en mis planes— y estar en una situación tan rara parecía una prueba de eso.
La habitación también. Aunque ya llevaba dos noches aquí, me seguía pareciendo ajena y extraña, como si me hubieran invitado al sueño de otra persona.
En pocos meses, mi vida había cambiado varias veces, había tratado con gente distinta, y una serie de cosas y experiencias inesperadas se habían juntado… y ahora terminaba en esta ciudad desconocida. Me costaba creer que todo ese recorrido fuera de verdad mi propia historia. Como la vista de noche de Hong Kong detrás del vidrio grueso, se sentía poco real.
—♬
Me di la vuelta.
El teléfono, que le había puesto sonido por primera vez en mucho tiempo, brillaba sobre la cama mientras sonaba un tono sencillo. El corazón me dio un vuelco, y supe que esto no era el sueño de otra persona. Desde la espalda, por los lados del cuerpo, me corrió un escalofrío. La reacción de mi cuerpo era capaz lo único verdaderamente real.
Al menos en este momento, aunque fuera un sueño, era mi sueño.
—…Sí.
[Baja. Estoy frente a la entrada.]
Su voz no sonaba distinta a la de siempre.
Eso fue todo lo que dijo.
Tomé aire profundo y salí de la habitación.
Crucé el pasillo elegante decorado con mármol en tonos crema, la parte de los ascensores y la entrada principal llena de gente muy bien vestida. Me froté el brazo destapado por la polera de manga corta.
Me paré frente a la entrada y busqué con la mirada su figura o su auto, pero uno de los recepcionistas se me acercó y me dijo que “el señor Liu lo está esperando”, y me acompañó.
El auto que esperaba afuera del hotel no era el mismo con el que habíamos venido desde el aeropuerto. Era mucho más chico, pero igual de elegante.
En el asiento de atrás, donde el recepcionista me abrió la puerta, estaba él. Desde adentro movió despacio la cabeza, indicándome que subiera. Me acomodé con torpeza en el asiento y el recepcionista cerró la puerta. El auto, con las luces de emergencia encendidas mientras esperaba, empezó a avanzaba con suavidad. A diferencia del “Phantom” que él había manejado antes, este auto tenía el volante a la derecha, adaptado a las calles de Hong Kong, y un hombre de edad media, que yo no conocía, era el que manejaba.
—Cuando nos juntemos con ellos vamos a terminar tomando de todas formas. Él va a manejar hoy.
—Ah… sí.
Tal vez notó mi incomodidad, porque me presentó al chofer. Lo saludé en inglés, y el hombre, de cara amable, movió la cabeza con respeto después de mirarme un segundo por el espejo.
Yuni y Juhan habían salido apenas llegamos al hotel, decididos a salir a disfrutar el viernes en la noche en Hong Kong. Yo les dije que descansaría un poco y les escribiría. Su plan era que, después de ver a la profesora, nos juntaríamos los tres.
—¿Comiste algo en la habitación?
Quizá le pareció graciosa mi torpeza al saludar al chofer, porque soltó una risita corta mientras preguntaba. Estaba jugando con una cámara; no era muy grande, le cabía bien en la mano.
Él nos había dicho que pidiéramos lo que quisiéramos a la habitación mientras estuviéramos en el hotel, pero yo no estaba para comer. Ni siquiera tenía hambre. Toqué el cierre de la mochila que tenía al lado del muslo y moví la cabeza diciendo que no.
—No tienes por qué estar tan nervioso. Te va a tratar muy bien.
Agradecí sus palabras, que me tranquilizaron un poco. Asentí despacio. Su mirada se quedó un momento en mi mano, que seguía jugando con el cierre. Era una mirada que parecía decir que, si pudiera, me tomaría la mano para darme ánimo… aunque no lo hizo.
Salimos de la zona del hotel y pasamos frente a un mall grande. El auto empezó a subir por una calle estrecha camino al SoHo. Era un lugar al que tenía muchas ganas de ir, pero en ese momento no podía fijarme en nada.
—Cuando la conozcas… ¿qué te gustaría hacer?
—Ah....
Saqué la vista de la ventana y lo miré a él. Tras ese pequeño sonido tonto que se me salió, lo que dije fue más torpe todavía.
—¿Debería haber pensado antes qué decirle?
Apoyado en la ventana, con el codo en el vidrio y la cabeza inclinada, se acomodó y movió la cabeza diciendo que no.
—No, no hace falta. Como te dije, es alguien que te hace sentir cómodo. A diferencia de mí. Con todos sus prejuicios o lo que sea, es un tipo de personalidad bastante raro para alguien del mundo del arte.
Mientras decía eso, abrió una cajita entre los asientos y sacó una caja de cigarros. Miró por la ventana, la volvió a guardar y, en su lugar, se colgó la cámara al cuello.
El auto bajó la velocidad al entrar a la zona ruidosa del SoHo.
La noche del viernes en SoHo, llena de gente de todas partes, se escuchaba con la música que salía de varios bares, y con las risas y gritos de la gente que ya estaba de fiesta.
Nos bajamos frente a un edificio en una esquina, con una bajada empinada al lado. En el primer piso había una cafetería con una terraza chica. En una de las mesas, un grupo de extranjeros y asiáticos tomaba cerveza y conversaba animados.
—Por aquí.
Me pregunté si de verdad nos juntaríamos con la profesora aquí, pero antes de terminar la idea, él ya subía las escaleras hacia el segundo piso. En vez de tocar el timbre, abrió él mismo la clave de la puerta del edificio. Como en la mayoría de las construcciones del SoHo, por fuera se veía viejo, pero por dentro era muy moderno y simple.
Subimos los escalones blancos e impecables, casi con miedo de ensuciarlos, y nos encontramos con una puerta blanca. Lo seguí hacia adentro.
Todo era blanco. El piso de baldosas blancas, el techo blanco, las paredes blancas. Al medio, una mesa y unas sillas también blancas, puestas en silencio.
Recordé la primera vez que me subí al Phantom. Pero aquí no era una exigencia exagerada por la limpieza, como si nada pudiera ensuciarse. Era algo distinto.
A pocos pasos, afuera, la calle seguía llena de ruido, pero dentro de este lugar era como si la luz del mediodía se hubiera quedado parada. Era un blanco tibio que me recordó a la luz suave que iluminaba el departamento viejo donde viví con mis padres.
—Este lugar es....
—El taller de Suki Kim.
—.....
—Siéntate un momento y espera. Ya va a salir.
Pensé que nos veríamos en un restaurante o en algún lugar neutro elegido por él, pero jamás me imaginé que le permitiría a alguien como yo entrar a su taller.
Solo de saber que estaba en el taller de la maestra, me empezaron a sudar las manos. Y él, que me acababa de soltar esa noticia, se fue de lo más tranquilo por el pasillo del fondo.
Me dijo que me sentara, pero yo solo dejé la mochila sobre la mesa y me quedé ahí, parado, mirando hacia donde se había ido.
Se escucharon puertas abriéndose y cerrándose, pasos de dos personas, una conversación normal que parecía una pequeña queja y una excusa. Las voces se fueron acercando. Y entonces, al final del pasillo, aparecieron él y la maestra.
—Bienvenido. Qué gusto conocerte.
«Es más alta de lo que parecía en las fotos». Ese pensamiento tonto fue lo único que me pasó por la cabeza. No podía pensar nada más. Me costaba creer lo que estaba pasando; no le pude sacar la vista a la maestra hasta que él se acercó y me dio la mano. Me dio miedo que mirarla tanto fuera desubicado, así que bajé la vista rápido y le tomé la mano.
Era una mano fina, delgada, ordenada y tibia.
—Awi me habló de ti. Te estábamos esperando.
La maestra mostró con la cabeza hacia él, que estaba un paso más atrás.
—Ah, ¿en Corea le dicen Kun?
A él parecía no importarle cómo lo llamaran. Con las manos en los bolsillos de sus jeans, levantó los hombros. Parecían mucho más cercanos de lo que yo me había imaginado.
—En Hong Kong solemos tomar una parte del nombre y poner ‘A-’ adelante para armar un apodo.
La maestra me volvió a mirar mientras lo explicaba.
Una pequeña duda que tenía guardada se me aclaró al tiro.
La mayoría lo llamaba “Kun”, pero me acuerdo de que Shushu lo llamó de otra forma durante el evento VIP. Lo llamó “Awi”.
Si habían pasado su época de estudiantes en Hong Kong, no era raro que usara un apodo de allá. Tal vez no era un nombre especial… como el que se usaría entre parejas o algo por el estilo.
—El trabajo en las ferias de arte es duro, ¿verdad? Un caos total. Debe ser muy agotador.
La maestra me tomó el brazo con suavidad, como para darme ánimo. Era un ambiente amable, como si estuviéramos tomando café y conversando de lo más normal. No se sentía esa tensión ni esa actitud rara que a veces tienen los grandes artistas.
—Ah, y las obras de Shushu están mejorando cada vez más. Aquí también vi un artículo en una revista que hablaba de la exposición ‘Body to Soul’. Me gustó mucho.
—Hoy cerramos un contrato con una galería de Chicago. Todas las obras de Shushu que trajimos a la feria, las que son de Phantom, se van para allá. Una vez colgadas, que se vendan es solo cosa de tiempo.
Él, que hasta ahora solo había estado tocando la cámara que llevaba al cuello y manteniéndose a un lado en la conversación, habló mientras se apoyaba un poco en la mesa. Su tono no era exagerado, pero tampoco escondía la pequeña sonrisa que se le asomaba.
Quizá por la polera con cuello, los jeans y los mocasines, hoy se veía mucho más relajado y joven que de costumbre. Su postura suelta y la camarita que le colgaba del cuello —que se veía chica al lado de su cuerpo— ayudaban a esa impresión.
—Te tienes bastante fe, ¿eh?
La maestra me miró con una cara juguetona, casi como burlándose de él.
—Sus obras tienen cada vez un toque más oriental, así que allá de seguro van a enloquecer. Y si se deja ver un momento en la inauguración, va a ser tema de conversación de inmediato. Si además da un par de entrevistas, perfecto.
Sus palabras me tomaron por sorpresa.
Sabía que, por su trabajo en la galería, él no podía juzgar las obras solo por lo bonitas que fueran, y que a veces para los negocios era muy frío. Pero aun así pensé que Shushu era una excepción para él.
Usar cosas como la buena apariencia del artista para llamar la atención de los medios, para él no era más que una estrategia para subirle el valor a la obra. No significaba que viera el trabajo de Shushu como un simple negocio; yo no dudaba de que valorara sus cuadros. Pero igual sus palabras me llamaron la atención.
—Vaya, tu forma de vender sigue tan agresiva como siempre.
La maestra me volvió a mirar con los ojos un poco abiertos, como buscando que le diera la razón. Se notaba que no estaba de acuerdo del todo, aunque tampoco se opuso abiertamente.
—No nos vamos a quedar aquí parados todo el día… y para ser honesta, no soy de hablar mucho. Tampoco tengo grandes cosas que decir. Si no te molesta, ¿quieres mirar el taller con calma?
La maestra aplaudió despacio con las palmas para llamar la atención. Me sorprendió tanto la idea que lo primero que hice fue buscarlo a él con la mirada. Él movió la cabeza diciéndome que estaba bien.
—…Para mí sería un honor.
—No exageres.
La maestra se rió mientras me daba un golpecito suave en el hombro.
Dejamos atrás la entrada grande —sin una sola planta ni un cuadro de adorno— con él esperándonos ahí, y la maestra y yo entramos al mismo pasillo por donde habían salido antes. El corazón me daba vueltas de los nervios y la emoción, pero la maestra me abrió su taller sin dudarlo, como si recibiera a un conocido de años.
El taller, igual que la entrada, era entero blanco, pero por todas partes se veían marcas de manos y de tinta, rastros normales del trabajo.
No sabía mucho de la historia del arte o de pintores famosos, pero sí sabía sobre la maestra.
A lo largo de su carrera, donde probó muchísimos estilos, hace unos tres años se había dedicado solo a la pintura oriental tradicional hecha únicamente con tinta. Gracias a eso, el lugar olía fuerte y profundo a tinta china.
No podía imaginarme bien qué significaba abrirle el taller a alguien más siendo una artista consagrada. Pero sí me acordaba del celo y la soledad que sentía de niño en el taller que compartían mis papás.
Mi mamá dibujaba cómics y mi papá pintaba al óleo. Ese espacio parecía un lugar secreto que solo ellos dos podían entender.
En la sala o en la mesa, ellos eran mis papás y los sentía cerca. Pero cuando entraban al taller, sentía que me quedaba afuera de su mundo, y de chico eso me daba mucha inseguridad.
Ese lugar era solo de ellos dos.
El significado de un taller cambia para cada artista, pero para los que le ponen el alma a lo que hacen, es un espacio para encontrarse con ellos mismos. Tan personal que llamarlo "privado" se queda corto. Solo poner un pie en el mundo de la maestra ya era algo muy especial.
Estando ahí, daba igual que fuera Hong Kong. Y el ruido de la calle, que afuera estaba fuertísimo, ni se escuchaba.
—No hay mucho que ver. No uso muchos materiales, así que… trabajo así no más.
—¿Café? ¿Te parece bien? —La maestra me ofreció una taza y se la recibí dándole las gracias.
—¿Te lo debí dar frío? Tomar cosas heladas baja la temperatura del cuerpo, así que siempre tomo caliente.
—No, está perfecto. Gracias.
En el taller, donde el aire acondicionado casi no se sentía, el olor a café se mezcló con el aroma a tinta. Mientras tomaba de a sorbos, seguí mirando el lugar con cuidado.
Capaz que las obras terminadas las guardaba en otra pieza, porque solo había dos cuadros: un paisaje grande a tinta, que parecía a medio terminar, y un retrato colgado en la pared de enfrente.
Aunque se escondiera en una montaña, un dragón seguía siendo un dragón.
A pesar de no estar terminado, el paisaje de la maestra era impresionante. Solo alguien que le ha dedicado la vida entera a la pintura podía transmitir una fuerza así de grande sin presumir. Se me puso la piel de gallina al tiro.
Pero extrañamente, lo que más me llamaba la atención era el cuadro que estaba sobre el sillón.
Era un retrato pintado con tinta a color, esfumado como acuarela, con líneas tan simples que parecían hechas por un niño. Pero no había duda de que era de la maestra.
—¿Te gusta?
Tal vez sintió mi mirada, porque se dio vuelta hacia el cuadro y me preguntó. Apreté la taza con las dos manos sintiendo el calor y le dije que sí con la cabeza.
—Pensaba que conocía casi todas sus obras, pero… esta no la había visto nunca.
Me temblaron un poco los labios al responder.
La maestra dejó su taza en la mesa del sillón y descolgó el cuadro. Era como del tamaño de una hoja grande. No era para nada gigante.
—Llévatelo.
—......
Me quedé tan helado que ni reaccioné. Abrí mucho los ojos sin sacarle la mirada a la maestra.
—N-no. No, por favor. Es imposible. No puedo aceptar esto.
Cuando por fin reaccioné, dejé la taza en la mesa y moví las manos apurado diciendo que no. Aunque no quería pensarlo así… al tiro se me vino a la mente lo que debía valer. No podía aceptar un regalo tan caro.
La maestra llevó el cuadro hacia una repisa junto a la ventana mientras hablaba.
—Yeehyeon, a ti tampoco se te da muy bien expresarte con palabras, ¿verdad?
—......
La pregunta me tomó por sorpresa. No hablaba de si era simpático o sociable. Hablaba de algo que solo alguien que me hubiera mirado con atención podría saber: cuál era mi forma más natural de hablar.
—A mí me pasa lo mismo. Así que piensa en este cuadro como si fuera una carta o una nota que te estoy dejando.
Abrí la boca pero no me salió nada.
—Pero igual, no puedo....
Hablé a tropezones, con los brazos caídos. Ahora que ya no pinto, siento que tengo menos derecho a recibir algo así.
La maestra dejó el cuadro en la repisa y se dio vuelta hacia mí.
—Ese cuadro.
—......
—Para Awi, Aislamiento fue un alivio.
—......
Primero, me impactó que se acordara de Aislamiento.
Y después, que ese cuadro le hubiera servido de consuelo a él.
Esa frase corta de la maestra me dejó helado.
Aquella noche le pregunté si le gustaba Aislamiento.
Su respuesta fue: “¿Quieres que te haga olvidar todo?” cuando se subió a la cama.
Yo no le dije que no, y después del momento de placer que me dejó la mente en blanco, me pude quedar profundamente dormido, olvidándome de todo, tal como él me había dicho.
Si ese descanso era lo que me quiso dar como respuesta, podía pensar que de verdad le gustaba el cuadro. Pero no pasaba de ser una idea mía.
Jamás me imaginé que me iban a dar una respuesta tan clara aquí, a través de la maestra.
—Awi creció viendo cuadros increíbles, y como dueño de galería y coleccionista, tiene obras de mucho valor. Pero hasta ahora, creo que ningún cuadro lo ha remecido tanto como Aislamiento.
La maestra se apoyó despacio en la repisa, cruzándose de brazos.
—Cuando Aislamiento salió en la portada de esa novela famosa en Hong Kong, le molestó muchísimo tener que compartir la pintura con los demás… así de posesivo era. Quería que esa obra fuera solo para él.
Eran cosas difíciles de creer. Para mí, que ya estaba sobrepasado solo con estar al lado de la maestra, todo esto era demasiado. Pero no podía dejar de escuchar.
—Yeehyeon soltó sus emociones al mundo, y los que hablaban su mismo idioma lo entendieron y le respondieron. Awi no pinta, pero entiende mejor que nadie el lenguaje de los cuadros. Por eso trabaja en una galería. A veces finge que solo le importa la plata, pero....
En ese punto, la maestra se rió despacio. Esa sonrisa tranquila tenía algo muy parecido a la cara que pone él.
La mirada de la maestra volvió a mí.
—La pintura del señor Yeehyeon fue un idioma claro, al menos para una persona. Le dio un consuelo que nadie más —ni su familia… ni siquiera sus papás— le pudo dar. Le hizo sentir que no era el único que se sentía solo por razones raras… Le dio un abrazo a su propia soledad.
Sentirse acompañado en la soledad.
Eso era exactamente lo que yo había sentido cuando leí lo que la profesora Suki Kim había escrito sobre mi cuadro.
Viviendo con unos papás que se querían y me entendían, se suponía que yo tenía que ser un niño totalmente feliz. Mucha gente alrededor, incluso mis amigos, hablaban como si fuera mi obligación estar bien.
No es que no los quisiera. Al contrario: eran lo más importante que tenía; los adoraba. Y para alguien tan reservado como yo, antes del accidente, ellos eran casi mis únicos amigos.
Yo era feliz. Pero no era esa felicidad perfecta que todos decían que tenía que sentir. Ni siquiera sé si existe una felicidad perfecta.
Para mi mamá, lo primero era mi papá; para mi papá, lo primero era mi mamá. Se necesitaban el uno al otro para estar bien. A veces me daba envidia ver a amigos con papás que vivían solo para sus hijos. Solo a veces, pero me pasaba.
Entre mis papás había algo a lo que yo nunca iba a poder entrar. Y esa relación… era lo más importante de sus vidas. Eran dos personas con un idioma propio que solo ellos entendían.
Nadie podía entender la soledad que venía de cosas tan raras. Así que la convertí en pintura.
Alguien que no era la maestra —otra persona— sintió lo mismo a través de mi cuadro… Y que ese alguien fuera él, Liu Weikun, de repente se sintió como si fuera el camino al que tenía que llegar después de todo esto.
Por una razón que no sé explicar, me dieron ganas de llorar. Sentí los ojos calientes. Apreté los puños para aguantarme. Mostrar lo que sentía no estaba mal, pero no quería ponerme a llorar ahí.
La maestra descruzó los brazos, se acercó a mí, me puso las dos manos en los hombros y me miró con una sonrisa sincera.
—Tómalo como un gracias. Acéptalo así no más.
¿Será que ella es la mamá de Awi?
La buena onda entre los dos ya me había hecho dudar, y a medida que escuchaba a la maestra, la duda era casi una certeza. Era difícil creer que alguien que no fuera de su familia pudiera entender la soledad que ni sus propios papás entendieron. Él no era de andar mostrándole sus penas a cualquiera.
Como una profesora de toda la vida, me tomó la mejilla con cariño y volvió a la repisa para empezar a envolver el cuadro.
—Hace mucho tiempo… hubo algo más importante que pintar, algo por lo que pensé que debía dejar el pincel un tiempo. No pinté durante casi dos años. Y al dejar de hacerlo, me vino un bajón solo. Esta obra la pinté al final de ese bajón, como un diario que jamás pensé mostrarle a nadie.
Sus manos, que envolvían el cuadro con un papel suave, se movieron más lento por un segundo. Miró hacia la ventana larga que mostraba la ciudad de Hong Kong.
—Pensé que algo dentro de mí se había muerto, que por eso ya no podía pintar más… pero un día me dije: capaz que me estoy muriendo porque dejé de pintar.
La maestra amarró bien el cordel alrededor del paquete, se puso frente a mí otra vez y me lo entregó sonriendo.
—Quizá ese sea el verdadero sentido de no poder ser uno mismo sin la pintura.
Dijo que lamentaba no tener más tiempo, pero aunque pasaron solo como treinta minutos… todo lo que vi, escuché y sentí en ese rato superaba por completo cualquier cosa que me hubiera imaginado.
Nos dimos un abrazo corto de despedida, bajé las escaleras con él y salimos a la calle llena de gente. Me sentía mareado, como si hubiera cambiado de mundo. Todavía estaba procesando todo. Se sentía parecido a cuando desperté en su cama después de que me faltara el aire.
—¿Estás bien?
Levanté la cabeza despacio cuando escuché su voz. Sus ojos me miraban con preocupación. Que él se preocupara por mí… se me hizo raro.
No. No tenía por qué ser raro.
Él fue el que me afirmó cuando me descompensé, el que me cuidó cuando yo ni me acuerdo de nada. Cuando por fin me calmé y salimos de su pieza a la sala, el cuadro ya no estaba. Lo había sacado para que no me fuera a dar otro ataque. Según la maestra, era un cuadro que a él le gustaba hasta la obsesión, e igual lo sacó por mi bien.
Ya sabía que la mala onda que me mostró al principio no era su forma normal de ser. Incluso con la gente de Phantom o con el mismo Inwoo hyung a veces era pesado, pero él no era solo eso.
¿Cómo habrá sido cuando me agarré de él esa vez? Aunque sabía que no me iba a morir, me agarré con desesperación… ¿Cómo me habrá calmado? ¿Cómo me habrá cambiado la ropa? ¿Cómo me habrá acostado en la cama?
¿Y cómo será su soledad? ¿Qué tipo de pena lo hizo sentirse identificado con 〈Aislamiento〉?
Pensé que después de ver a la maestra solo me me iba a quedar pensando en ella… pero al final, en lo único que pensaba era en él.
—Parece que quedaste cansado… Si quieres descansar, te llevo al hotel. A esos dos ya les inventaré algo.
Tenía razón. No había hecho ningún esfuerzo físico, pero sentía que me había quedado sin energía.
Y aun así… no me quería separar de él.
A pesar del cansancio, también tenía un bichito por dentro que me dejaba acelerado. Sabía que aunque volviera al hotel no me iba a poder dormir. Mirándolo a los ojos, le dije que no con la cabeza.
¿Por qué? En sus ojos vi un chispazo de confusión. No era molestia por no querer volver al hotel. Era la misma cara descolocada que puso cuando arrugó la tarjeta que me quitó. Algo que se le escapaba de las manos. Pero le duró poco.
—Ya, está bien. Subamos al auto.
No me insistió más.
Por un segundo pareció que se le desarmaba la cara, pero al tiro miró hacia otro lado y pasó por mi lado rápido. Me abrió la puerta de atrás y me hizo un gesto para que subiera. Le seguí el olor a perfume que soltó al pasar y me subí al auto.
■ ■ ■
Era un restaurante local con un letrero de letras chinas doradas bien marcadas.
Al entrar con él, vi que en las mesas a lo largo del pasillo estrecho había gente comiendo tarde. A pesar del letrero grande, por dentro era sencillo: un local típico de Hong Kong para comer algo rápido.
Al fondo de todo encontramos a noona y a hyung en una mesa de la esquina. Sin darme cuenta, me dio alegría verlos. No es que hubiera estado perdido, pero en un par de horas en una ciudad desconocida, sus caras me parecieron súper conocidas y tranquilizadoras.
—¿Eh? ¿Qué es esto? ¿Por qué vienen juntos?
Juhan hyung, sentado mirando hacia el pasillo, levantó la mano cuando nos vio. Los dos, que habían salido entusiasmados a pasar el viernes en la noche, estaban vestidos bastante más arreglados que de costumbre.
—Dijo que ya se sentía mejor, así que pasé por el hotel y me lo traje.
Respondió él mientras se sentaba en una silla vieja de madera. Noona y hyung estaban uno al frente del otro en la mesa cuadrada, así que nosotros nos sentamos igual al frente.
—Obvio, si tenías tantas ganas de conocer el SoHo. No te puedes perder un viernes en la noche aquí.
Hyung me dio unas palmaditas en la espalda y se rió. Me dio un poco de vergüenza que lo dijera al frente de él, pero era verdad: estaba emocionado por conocer el lugar.
—Qué tierno, buscando cosas en el celular cuando normalmente ni dices qué quieres hacer.
Yuni noona se sumó a la broma y me pellizcó despacio la mejilla riéndose. Esta vez me dio pudor por él: no quería parecer un niño chico emocionado al frente suyo.
Ignorando su mirada —como si me estuviera mirando para ver si era verdad— me sobé el cachete donde noona me había pellizcado, aunque no me doliera.
—Comamos algo ya. Yo tampoco he comido nada.
Dijo eso y, antes de que le respondiera, llamó a un garzón y le habló en un cantonés super fluido. Se notaba que era un lugar al que iba siempre; pidió sin mirar la carta.
Verlo hablar cantonés se sentía como ver a otra persona. Lo había escuchado hablar en varios idiomas por teléfono en Phantom, pero verlo hablar cara a cara con un local era distinto.
—Los wontons son suaves, entran fácil.
De repente me miró. Yo, que me le había quedado mirando atontado, me puse nervioso y miré a noona a mi lado para disimular.
Todavía no tenía hambre, pero pensé que capaz se acordó de que no había comido nada en el hotel, así que le dije que sí con la cabeza un poco tarde.
—Director, pídame otro wonton.
Gritó Juhan hyung agarrando el último fideo del plato.
—Para mí un té con leche —pidió Yuni noona.
Él los miró a los dos y después, viendo el montón de platos vacíos en la mesa, suspiró despacio.
—Claro, a nuestro equipo que trabaja día y noche, lo que quieran.
Cuando se llevaron los platos, se acomodó cruzando las piernas y miró a noona entrecerrando los ojos.
—Qué. ¿Por qué me miras con esa cara?
Noona sonreía con picardía, mordiendo la bombilla del té con leche.
—A ver, me encanta Hong Kong, tanto que podría vivir aquí, pero el cantonés nunca me ha parecido un idioma muy atractivo que digamos, ¿sabe?
—……
—Pero usted, director, hablando cantonés… es bastante sexy. Debe ser porque es un lado que no le conocemos.
La idea que yo tenía de Hong Kong venía de unas películas viejas: gente hablando rápido y fuerte. Pero su cantonés era tranquilo y suave. Su voz gruesa hacía que ese idioma sonara tan… agradable. Sí, esa era la palabra: sexy. Mucha gente debía pensar lo mismo de él.
—El comentario suena a cumplido, pero esa sonrisa me da mala espina.
—Es que me da risa pensar que, de la nada, encuentro sexy al director.
Noona se seguía riendo mientras mordía la bombilla. Y en su “sexy” no había ninguna intención rara; era esa sorpresa graciosa de ver atractivo, de repente, a alguien con quien trabajas todos los días. Él tampoco le dio más vueltas. Capaz que estaba acostumbrado a que le dijeran cosas así.
Moviendo la cabeza como diciendo "no hay caso", levantó la cámara y le sacó una foto a la sonrisa de noona. Igual que en su jardín, noona ni se corrió ante la cámara.
—¿Y esto? ¿Cuánto compraron?
Mirando la pantalla de la cámara, vio algo debajo de la mesa y se sorprendió.
—¡La nueva colección de Old Future! Arrasamos otra vez.
Cuando me senté lo había notado un poco, pero ahora vi que, escondidas debajo del mantel, había más de diez bolsas de compras. En ese rato libre, en vez de descansar o comer tranquilos, habían andado corriendo para comprar cosas para la tienda.
—De verdad, no se pueden creer. ¿De dónde sacan tanta energía? ¿Se están tomando alguna vitamina o qué?
Él los miró sorprendido de verdad, y noona y hyung se largaron a reír.
Bajo la luz del local, con caras conocidas, la cháchara de fondo, el olor a comida… mi cabeza, que hasta hace poco estaba mareada, de a poco volvía a la realidad.
—Hoy vinimos preparados para dejar a Seo Yeehyeon imponente.
Noona dejó el vaso de té, buscó en una bolsa y sacó un tejido a rayas. Cuando me lo acercó a la cara para ver cómo me quedaba, le tomé la mano.
—Noona, esto… yo no puedo aceptarlo.
—Oye, ¿quién dijo que es gratis? Cuando salga en Old Future, lo pagas.
Dijo Juhan hyung mientras se tomaba el caldo que le quedaba.
—Eso, es una venta obligada. Así que no te nieges, Yeehyeon.
Noona me corrió la mano. Sabía que lo decían así para que no me sintiera mal. Más allá de pagarlo o no, lo que me daba ternura era que, estando tan cansados, igual se hubieran acordado de mí.
—Es que lo vimos y dijimos: “Esto es demasiado Yeehyeon”. No podíamos no comprarlo.
Me volvió a poner la prenda en el pecho y esta vez no pude decir que no.
Era un tejido suelto, delgado, de cuello ancho y caído. Para alguien como hyung podía ser algo normal, pero para mí era demasiado arreglado. Igual confiaba a ciegas en el gusto de noona.
—Es bonito, pero… ¿no dará mucho calor?
Él levantó la cámara a la altura de los ojos. Pensando que me podía estar apuntando a mí, miré para el lado de noona.
—En todas partes el aire acondicionado está al máximo, va a estar bien. Y es súper delgado, pasa el aire por todos lados. Mire.
Noona metió un dedo entre los hoyitos del tejido. No era transparente, pero si mirabas bien se notaba la piel.
—Mmm… ¿no es como mucho?
—…….
Sin darme cuenta, lo miré. Click. Sonó la cámara. No sabía si era porque me daba vergüenza la cámara o por escucharlo decir eso, pero sentí que las orejas se me ponían rojas.
Hyung, que ya había terminado de comer, se comió la última bolita de pescado sin prestar atención; noona solo lo miró fijo.
—¿Y ahora qué?
—¿Tú piensas eso cuando miras a Yeehyeon? Qué desubicado.
Con vergüenza, él abrió la boca para defenderse, pero noona me tapó la cara con la polera. Odiaba ponerme rojo tan fácil por una pesadez sin importancia. Quería ser más piola, más tranquilo con lo que sentía, pero lo único que me salió fue quedarme callado.
Justo en ese momento llegó más comida y la conversación cambió sola.
—Director, ¿trajo chofer? Cuando nos vayamos llámelo un segundo. Hay que subir todo esto al auto.
Juhan hyung, comiéndose un wonton, lo miró. En Seúl manejaba él mismo, pero en Hong Kong era normal que lo llevara alguien.
—Sí, anotado, señor Kwon Juhan.
Él le dio un golpecito en la frente con la parte de atrás de los palitos y me sirvió un dim sum en el plato sin mirarme, directo a hyung.
—A medianoche como máximo estamos de vuelta en el hotel. Quedan dos días de feria.
—Obvio. ¿Qué crees que somos, principiantes? Primero hay que tomarse algo rápido, no hay tiempo que perder. Primera ronda: tequila.
***
Los autos que bajaban desde el parque famoso por poder ver monos, los vehículos que subían desde Central pasando por Ice House Street y los que cruzaban Soho siguiendo por Hollywood Road se juntaban en un cruce repleto de gente.
Después de salir del restaurante y tomar tequila en un bar por una hora, estábamos entre la multitud buscando un pub para la segunda ronda.
Yo me había tomado tres o cuatro tequilas; los otros dos, el doble. Y mientras tanto, la gente no paraba de llegar. No había ni una sola mesa libre para cuatro.
Pero no me aburría para nada. Ver ese paisaje distinto y tanta variedad de gente era divertido.
Los letreros en otros idiomas y estilos, los edificios viejos, angostos pero llenos de historia, los autos de lujo que repletaban las calles estrechas… y los taxis rojos de diseño antiguo que le daban un toque super característico a Hong Kong. Gente tomando en la calle, bailando al ritmo de la música que salía de los pubs y las discotecas…
Donde mirara había algo nuevo y lleno de vida.
Capaz que por el tequila, el corazón me latía distinto. Me sentía liviano, contento; cuando cruzaba la mirada con noona o con hyung, nos salía la risa sola.
Y no éramos los únicos. Nadie andaba con cara seria o triste. Capaz que todos llevaban sus propios problemas en el día a día, pero, al menos aquí, parecía un acuerdo entre todos para olvidarse de todo por un rato.
La verdad, un lugar ruidoso y lleno de gente así no es lo mío. No podría venir todos los días. Pero yo no vivía aquí; era un observador. Iba a probar este mundo extraño solo un rato y después volvería a lo mío.
Esa distancia —sentirme un afuerino— hacía que pudiera estar ahí sin sentirme fuera de lugar. Tal vez eso sea lo que llaman el encanto de viajar, o el gusto de romper la rutina.
Normalmente, después de salir del taller de la maestra Suki Kim, me habría quedado masticando mis emociones en silencio, encerrado en el hotel. Pero esta vez no. Estaba siguiendo lo que sentía.
Quería estar donde él estuviera.
Me gustaría hablar de Soho con él, pero incluso si eso no se podía, solo quería estar a su lado. Y moverme solo porque tenía ganas… para mí ya era un paso gigante.
Fuera cual fuera el destino, al menos iba a ser mejor que la versión mía que le tenía miedo a decidir o a moverse.
Siempre fue así.
Cuando estaba con él, mi tranquilidad se rompía, lo que sentía se revolvía y me salían las espinas hacia afuera. Y ahora… quería exponerme más a ese tipo de cosas. Quería cambiar. Y él era capaz de sacar partes de mí que ni yo conocía.
Al pasar por tercera vez frente a un pub al lado de una sanguchería de hamburguesas, justo se levantó un grupo y alcanzamos a agarrar mesa.
Era la mesa que daba más hacia afuera, abierta entera a la calle por unas puertas plegables. Tuvimos buena suerte.
—¿Qué te pasó, Seo Yeehyeon? ¿De verdad te emborrachaste?
Yo intentaba subirme al piso alto pero me movía todo torpe, y noona se mataba de la risa. Verla me hizo dar risa a mí también. Estábamos raros… todos menos uno.
—Cuidado. Si te caes de ahí te vas a hacer pésimo. He visto a varios romperse la nariz por tomar así.
Él me afirmó fuerte del brazo izquierdo. Apoyándome en él, me pude sentar.
Aunque había tomado muchísimo más que nosotros, estaba impecable. Le seguía el ánimo a noona y a hyung, pero en la cara y en la voz no se le notaba ni una gota de alcohol. Yo quería verlo un poco borracho, pero si tomábamos juntos, era imposible ganarle.
Noona y hyung ni se sentaron; seguían bailando al lado de la mesa, mezclándose con la gente del lugar. Hyung hacía unos pasos chistosos y varios extranjeros se reían y le sacaban fotos con el celular. Lo mismo había pasado en el bar. Tenía una personalidad increíble para conectar con la gente.
Él pidió los tragos y me recomendó una cerveza de Brooklyn que, según él, me iba a gustar.
—Director, usted… parece que se las sabe todas.
Él me miró levantando una ceja, como diciendo: ¿y a este qué le dio ahora?
La mesa era alta y chica; él y yo estábamos pegados, separados solo por el espacio que dejaban las bolsas de noona y hyung. Casi no había espacio entre los dos. Si me acomodaba un poco, las rodillas o los brazos se nos chocaban.
Hasta yo me di cuenta de que mi comentario sonó super infantil. Me reí solo.
—No, nada.
Moví la cabeza diciéndole que no y apoyé el codo en la mesa.
Parece que se las sabe todas. Algo que le diría un niño chico a un hermano mayor. Y yo no quería parecer un niño al frente de él. ¿Por qué lo dije?
Llegó la cerveza. Noona y hyung volvieron, brindamos otra vez y tomé. Era amarga con un toque dulce, fácil de tomar.
Como habían estado bailando, noona y hyung se tomaron los vasos de un viaje. Yo también estaba mareado, pero quería emborracharme más, así que tomé seguido.
—Ustedes son del equipo de la galería de Seúl, ¿verdad?
Un grupo que iba pasando nos saludó. Tenían que ser de otra galería de la feria.
Hyung y noona los saludaron como si fueran amigos de toda la vida.
—Me acuerdo de su estilo. Se ven con todo el estilo igual, aunque anden descansando.
—Ah… gracias, pero seguro nos ubican por la cara de nuestro jefe, ¿no?
Hyung apuntó al director en broma.
—Bueno… no te lo voy a negar.
Se rieron todos.
—¿Cómo era…? ¿Galería Ghost?
Uno de ellos se rascó la barba.
—Phantom, es Phantom.
—¡Ah, Phantom! Perdón, sabía que era algo así.
—Estuviste super cerca.
Noona le dio una palmadita en la espalda.
Eran tres amigos que tenían una galería chica en Ámsterdam. Parece que habían vendido sus veinte obras en su primera feria y estaban felices. Noona, sobre todo, enganchó super bien conversando con ellos.
Alguien dijo de sacarse una foto; se tomaron una con el celular y otra con la cámara de él. Él hasta se corrió hacia la calle para que salieran todos bien.
Mientras noona y hyung se daban los contactos, él fumaba apoyado en una baranda, mirándonos. Yo, escuchando la conversación a medias, lo miraba entremedio de los hombros de los demás.
—Disculpa.
De repente me apareció una cara justo al frente y me eché un poco para atrás. Era el compadre de la barba, que traía a un amigo afirmado del cuello. Un chico con pecas, de cara super tierna. Debía tener mi misma edad.
—La verdad es que él te vio en el evento y quedó flechado al tiro. Ahora te reconoció cuando pasamos. ¿Tienes redes? ¿Nos das tu usuario?
El chico de las pecas se veía tímido, pero no dijo que no.
Me quedé helado buscando qué decir.
En mi mundo, donde la mayoría son betas, la relación entre betas era rara y la existencia de alfas y omegas era algo que muchos miraban con incomodidad. Era una situación rarísima para mí.
No sabía si era algo propio de Hong Kong o de un lugar donde hay muchos alfas y omegas, pero tanto el hombre del área VIP como este chico se me acercaban sin ningún problema. El raro por ponerse nervioso era yo.
—Ah… lo siento. No uso redes sociales.
No era una excusa. Era verdad.
—No pasa nada. Igual me lo imaginaba.
Dijo el de barba, levantando los hombros.
Se despidieron entre risas y palmaditas; hasta empujaron al de pecas como para que me chocara la mano. El chico reaccionó feliz, como si estuviera saludando a un famoso que le gustaba.
Pensé que nunca nadie se me había acercado así de directo y sincero. Bueno, Inwoo hyung un poco, pero siempre en talla; la mitad no era en serio.
Cuando se fueron, noona y hyung bajaron a fumar. Aunque adentro no se podía, en Hong Kong a nadie parecía molestarle que fumaran en la calle. Él, que recién había terminado uno, prendió otro con ellos y dio unos pasos para atrás para sacarles fotos.
La escena era idéntica a la que había visto en las fotos de Old Future.
Otra calle, otra ropa, pero la misma vibra.
Se mezclaban de lo más bien con SoHo, disfrutaban a su manera y él captaba esa naturalidad sin ningún esfuerzo.
De repente, todos los ruidos se sintieron lejos. No había ninguna separación entre ellos y yo, él tampoco ponía una pared invisible como antes… pero esos pocos pasos entre nosotros se sentían como una línea entre la gente que brilla y alguien como yo.
Cuando iba a tomarme la cerveza con un trago amargo en la garganta, la cámara se dio vuelta hacia mí.
Y antes de que pudiera sacar la cara, click.
Miró la pantalla, revisando la foto que me acababa de sacar. Lo miré llevarse el cigarro a los labios con una pequeña sonrisa, me bajé del piso y me acerqué a ellos.
Noona me pasó un brazo por los hombros riéndose.
—Yeehyeon, tienes fans internacionales.
Hyung también se rió. Él solo me miró desde arriba mientras fumaba, sin reírse.
—Yo también… quiero probar fumar.
—……
Los tres pararon el humo que estaban botando y me miraron fijo. Me pregunté si había dicho alguna tontería y fui mirando las caras de cada uno. Al final levanté la vista hacia él, y él volvió a llevarse despacio el cigarro a la boca y le dio una pitada. La puntita gris se prendió roja justo al frente de su boca.
Noona dobló la cabeza con una sonrisa pícara.
—¿Se puede saber por qué quieres probar?
—Antes, cuando vi lo que subiste de Hong Kong en la página de Old Future… Pensé que si algún día venía para acá, me gustaría probar, aunque fuera una vez…
Me pasé la mano por el brazo mientras hablaba.
—No pensé que me iba a tocar venir tan pronto.
Noona sacó el brazo de mi cuello y movió la cabeza diciendo que sí.
—Bueno, si nosotros estamos fumando aquí mismo, tampoco tendría sentido retarte.
Y mirando hacia él, preguntó:
—¿Le damos uno?
—¿Y por qué me pides permiso a mí? ¿Hay algún menor de edad aquí?
Noona soltó la carcajada como diciendo "sabía que ibas a decir eso". Buscó en el bolsillo de atrás del pantalón y me pasó un cigarro y un encendedor, moviendo la cabeza.
—Ay, por qué siento que estoy haciendo algo malo. Tienes veintidós, ¿cierto?
Noona y hyung fumaban muy de vez en cuando como para llamarse fumadores. Por eso entendía que no quisieran incentivarme. En vez de explicarles que no pensaba volverme adicto, solo me reí. Noona también sonrió y me desordenó el pelo antes de irse corriendo con hyung hacia adentro del pub, donde justo cambió la música.
Los miré meterse entre la multitud, animados como si les hubieran puesto su tema favorito, y me puse el cigarro en la boca.
Prendí la chispa del encendedor y la acerqué a la punta del cigarro; cada movimiento se notaba torpe hasta para mí.
A diferencia de lo que había dicho, como si no tuviera importancia, él estaba mirando fijo cada uno de mis movimientos torpes, al punto de ponerme incómodo. Y agarró la cámara.
—No… no me saque fotos.
Le bajé la muñeca cuando apuntó el lente hacia mí y miré para otro lado.
—¿Por qué no?
Había algo divertido en su tono de voz.
—No tiene gracia.
—¿Me estás diciendo que mis fotos no tienen gracia?
—……
Sabía que estaba molestándome, pero igual no quería que lo tomara a mal. Mi mirada dudó al levantarse hacia él. En ese segundo de duda, el lente me volvió a apuntar. El foto se disparó al tiro.
—A mí me parece que las fotos que te saco a ti sí tienen gracia.
Bajó la cámara, satisfecho. Apoyó una mano al lado mío en la baranda, y el pecho y los hombros, inclinados hacia mi lado, me quedaron justo al frente de los ojos. Con la mezcla de tequila, cerveza y el mareo del primer cigarro, me dieron ganas de apoyarme en él.
Pero eso era una locura imposible, demasiado descarada. Solo haberlo pensado me sorprendía a mí mismo, así que le di otra pitada al cigarro como queriendo espantar la idea con el humo.
El aire pesado y desconocido me apretó la garganta. La lengua me picaba y sentí clarito cómo le metía algo tóxico a la garganta y a los pulmones.
Ni siquiera cuando era más chico pensé que fumar se viera bacán. Tampoco era una actitud tardía de quererme hacer el grande. Como dijo noona en su publicación, solo quería compartir esa sensación de mirar alrededor un poco más relajado, rompiendo la rutina de siempre.
Siendo más franco, quería acercarme un poco más a ese "país de las maravillas" en el que vivían noona, hyung y él. Capaz que era solo una tontería inmadura, como imitar una escena de una película del actor que te gusta. Y me dio una risa tonta.
—De verdad siento que estoy en el país de las maravillas.
La voz me salió floja con el mareo de la vista.
Enfoqué los ojos en él, que me miraba sin mover ni una sola ceja.
—Conejo.
—¿Conejo?
Levantó una ceja. Señor Conejo. Se me salió sin pensar. Me pasé la mano que tenía libre por la cara, tratando de reaccionar, y me reí para mis adentros. Pensándolo bien, él era de verdad mi conejo guía hacia este mundo extraño.
—Perdón. Creo que se me subió el alcohol. Hablo tonterías.
Para esconder lo rojo que me puse, le di otra pitada al cigarro que ya se estaba terminando. Su mano llegó hasta la mía y, con una suavidad enorme, me sacó el cigarro de los labios.
Al mirarlo para arriba, él le dio una pitada profunda al cigarro que me acababa de quitar. Tanto que las mejillas se le hundieron. Después botó un chorro largo de humo por entre los labios y le boto la ceniza con el dedo índice.
—Bueno, tomemos más entonces. Para eso salimos.
Tiró la colilla en el cenicero del pub. Apuntábamos a movernos de la baranda cuando alguien me tomó del brazo con cuidado.
—Disculpa…
—……
Era el chico de las pecas. Abrí los ojos, sorprendido.
Ya no se veía a su grupo. Parecía haberse devuelto corriendo; respiraba agitado y tenía la cara roja.
—Perdón, pero… ¿podríamos intercambiar correos?
El chico sonrió tímido, mirándome derecho a los ojos.
Su buena onda tenía una energía limpia, totalmente distinta a la coquetería pesada del tipo del VIP que hablaba de recuerdos de viajes. Que alguien pudiera sentir algo así y decirlo de forma tan transparente… me parecía tierno, más allá de que fuera hacia mí.
—Este invierno tengo pensado viajar a Corea, y pensé que si hablábamos por correo y todo salía bien, capaz nos podíamos ver en Seúl… Ah… y olvida lo que dijo mi amigo antes, eso de que se había enamorado de ti. Solo… la verdad es que es demasiado lejos, y pensé que al menos podíamos ser amigos…
Mientras se explicaba, se rascaba la nuca a cada rato y de repente miraba a él de reojo. Él no era para nada despistado para estas cosas, y aun así no se corrió, quedándose a mirar toda la escena.
—Ah… es que… a mi pololo no le gustan mucho esas cosas. Lo siento.
Lo que me dijo el chico no me molestó para nada; hasta me habría gustado ser su amigo y me daba curiosidad su viaje. Pero no podía negar que mi cabeza estaba en otro lado.
Tampoco estaba acostumbrado a que se me declararan, ni sabía cómo rechazar a alguien con elegancia. Así que tiré la típica mentira torpe que uno dice en estos casos.
—Ah, ya veo… Tenías pololo…
El chico sonrió con pena y miró de reojo a él. Ahí me di cuenta: no quise decirlo como que él fuera mi pololo, pero se podía entender así.
—Bueno, que tengas un buen viaje. Me dio gusto hablar contigo.
En su cara joven se le notó al tiro la decepción al darse la vuelta, y me dio lata. Lamenté haberle respondido de forma tan poco sincera a su buena intención.
—Mmm… No sabía que tenías pololo.
Y me dio más lata todavía por él, que terminó convertido en mi "pololo" de la nada. Pero lejos de molestarse, parecía hasta de buen humor.
—Usted sabe que no tengo.
La vergüenza de haberle mostrado toda esa escena me empezó a dar fuerte, así que me tomé la cerveza de un trago. Noona y hyung seguían metidos adentro del local.
—No sabía. ¿Cómo iba a saber? ¿Alguna vez hablamos de eso?
Seguía molestándome, de tan buen humor que no entendía por qué.
Quise cambiar de tema, así que estiré la mano hacia la cámara que le colgaba del cuello.
—¿Puedo ver las fotos?
—……
Se quedó tieso cuando le toque la cámara. Sí, había sido un gesto arriesgado de mi parte, pero tampoco para que se sorprendiera tanto. Normalmente me habría echado para atrás, pero me dio una pequeña porfía. No necesariamente por el alcohol; con él a veces me pasaba.
—¿No puedo?
Se la acerqué un poco más hacia mí.
Como no era de los que salían con una cámara colgada en cada viaje, me había sorprendido cuando la agarró al bajarse del auto. Era tan chica, tan compacta, que hasta lo hacía parecer un turista emocionado. Y eso… me había parecido un poco tierno.
—No creo que deba mostrártelas.
Se sacó la correa del cuello, agarró la cámara con la mano izquierda y la alejó de mi alcance.
—¿Por qué?
Pregunté un poco picado. Él me había sacado muchísimas fotos sabiendo que me daba vergüenza, y ahora no me dejaba ver las suyas. Era injusto.
—Porque tú lees la mente. Si ves mis fotos, vas a entender todo.
—…¿Entender qué?
—……
Nos miramos a los ojos. Lo había preguntado sin pensar, pero él cerró la boca como si lo hubiera pillado. Sin darme cuenta, me había puesto en una posición como intentando quitarle la cámara, y él me agarró la espalda con el brazo para frenarme.
Desde tan cerca, sus ojos me recorrieron la cara como si la estuvieran examinando al detalle. A veces me miraba así. Por lo cerca que estábamos, el olor de su perfume me llegó directo a la nariz.
—¿Cuánto tomaste con Choi Inwoo ese día?
—¿Eh? ¿Cuándo…?
Me quedé tratando de hacer memoria, sorprendido por el nombre de la nada. Y justo en ese momento, Juhan hyung apareció por atrás y casi se le tiró encima.
—¡Jefe, me muero de sed! ¡Cerveza, deme cerveza!
—Ah… qué denso, en serio.
Aunque él puso cara de aburrido y se quejó, se notaba que era la confianza de siempre. Ni hyung ni noona se sorprendieron.
—Si quieren quedarse hasta tarde, váyanse a otro lado. ¿No quieren ir a una discoteca? Les doy la tarjeta.
—Ganas no me faltan, pero nos quedan dos días de feria; tenemos que ir a dormir a la medianoche. Ya el domingo en la fiesta nos desquitamos.
Hyung se tomó lo que le quedaba de cerveza y se echó aire en la cara empapada de sudor.
La tensión entre él y yo se borró como si nunca hubiera estado. Nuestra mesa se volvió tan ruidosa como todas las demás.
—Oye, pero por qué de repente nos quieres mandar a la discoteca. Antes de que termine la feria, siempre nos mandas a las doce a la casa.
Noona lo miró achicando los ojos, sospechando.
—¿Nos quieres mandar a nosotros para irte tú a algún lado bueno?
Hyung, limpiándose la boca, saltó también. Él puso cara de pocos amigos y se volvió a poner la correa de la cámara, como queriendo alejarme de ella.
—Como no se quedaban tranquilos ni un minuto, pensé que preferirían ir a bailar. ¿Eso es para sospechar?
—Mmm… no tiene cara.
—Si no van a ir, levántense ya. Tengo que llevarlos al hotel y después pasar a buscar a la directora Han.
Miró el reloj en la muñeca y se levantó.
La directora Han, encargada de las ventas de Phantom, estaba en una de las tantas fiestas que hacían las galerías. Él tenía que ir a buscarla, así que aunque mis hyungs fueran a bailar, él tampoco podía "desaparecerse".
Salimos del pub y esperamos el auto en un paso peatonal cerca de ahí. Mis hyungs seguían prendidísimos, moviéndose sin parar al ritmo de la música que salía de los locales. Nosotros ya teníamos que volver al hotel, pero el viernes en la noche en SoHo recién empezaba.
Me dio lata. El alcohol hacía evidente lo que normalmente escondía. Y para ocultarlo tenía que dejar de mirarlo, pero mis ojos lo buscaban solos.
La verdad es que quería hablar de muchas cosas. Aunque no fuera bueno para conversar, aunque no supiera aprovechar el momento, igual quería preguntarle.
Qué había sentido para identificarse con Aislamiento de una forma tan distinta. Qué sintió al enterarse de que Aislamiento era mi cuadro. Si le dio lata, si le sorprendió. O si, por mucho que valorara esa obra, él siempre separaba al artista de la pintura y jamás me iba a mirar distinto por un cuadro.
Pensamientos chicos, tontos, sin importancia.
Con los brazos cruzados firme sobre el pecho, me miraba. De repente suspiró, me desordenó el pelo, hizo un gesto con la boca y se acercó con pasos largos, agarrándome fuerte del brazo como para afirmarme.
—¿Y esto es ser beta?
No esperaba respuesta. Me miró fijo a los ojos, con la mirada encendida.
—El domingo no va a haber interrupciones.
No sabía a qué interrupciones se refería. Pero que de la nada su olor me envolvíera por completo hizo que cualquier otra cosa diera lo mismo. Ese olor extraño del que casi no me había dado cuenta… ahora lo estaba deseando.
