Ah, cruel diosa del destino.
Alguien dejó escapar un lamento mientras lloraba.
Ahora incluso el clima le daba la espalda a Tildeon.
Los copos de nieve que caían finos se hicieron más grandes y azotaban con fuerza, y los guardias en lo alto de la muralla, que resistían contra el ejército enemigo, divisaron a lo lejos un nuevo frente de atacantes.
La luz de la esperanza se apagaba lentamente.
“Mo… monstruos….”
La espada de uno cayó al suelo, como si las fuerzas lo hubiesen abandonado. Su voz, llena de desesperación, se propagó como un eco.
En la muralla, las campanas de retirada repicaban sin cesar, y bajo los estandartes resonaba sin descanso el rugido de los cuernos que anunciaban la huida.
“¡Son monstruos!”
En un instante, el entorno quedó sumido en el caos.
El aliento blanco de los hombres brotaba sin parar de sus bocas, mientras las tropas imperiales retrocedían ante la marea oscura que cubría la blanca estepa.
Desde lo alto de una colina baja, aquella oscuridad los observaba como si fueran jueces de los hombres.
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¡Shh, shh!
Los corceles de la muerte, que cargaban con los caballeros sin cabeza, exhalaron un aliento gélido y silencioso. Los caballos de los jinetes imperiales se alzaron sobre las patas traseras y relincharon con desesperación.
Los hombres caían de sus monturas y se arrastraban por el suelo en agonía.
“¡Formen filas! ¡Levántense todos! ¡Enfrenten la oscuridad!”
Karen gritó con tanta fuerza que las venas se le marcaron en el cuello, pero los soldados, ya presas del pánico, comenzaban a desertar y huir.
En ese momento, Chloe, al frente de la horda, levantó la mano.
Su piel estaba tan pálida que parecía teñida de un matiz azulado, y su rostro no mostraba ni un atisbo de emoción.
Montaba un corcel de la muerte, reducido solo a huesos, criatura que solo los portadores del mal podían cabalgar. Era la prueba más clara de que ya no era humano.
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La marea de la oscuridad se abalanzó sobre ellos en un instante.
El silencio gélido se quebró como hielo roto, y pronto los colmillos y garras de los monstruos desgarraban la frágil carne humana.
“¡Comandante!”
Karen giró la cabeza con desesperación, contemplando el campo de batalla cubierto de cadáveres y escombros, buscando a su señor.
La corazonada era mala.
Al girar las riendas y abrirse paso entre montones de cuerpos, por fin divisó a Evernight. Él estaba sosteniendo al Emperador Luxus, desplomado en el suelo.
“El Emperador… ¿ha muerto?”
Antes siquiera de entender lo ocurrido, Karen vio a Chloe tensar de nuevo la cuerda de su arco en la cima de la colina.
Mientras cortaba de un tajo la cabeza de un ghoul que lo atacaba, alcanzó al lado de Evernight. Pero antes de que pudiera hablar, el hombre gritó:
“¡Detén al príncipe Chloe!”
Evernight lanzó una maldición y comenzó a correr cuesta arriba. Algo había intuido.
“¡Sigan al rey del norte!”
“¡Seguimos al rey!”
Karen lo secundó con un grito.
Los pocos jinetes restantes se reagruparon bajo los estandartes y cabalgaron juntos. Pero eran demasiado pocos frente a la horda. Solo la muerte los aguardaba.
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Con un rugido feroz, chocaron contra los monstruos acorazados en negro.
Las espadas, forjadas con el mineral Sildor, reducían a cenizas a las criaturas al ser atravesadas. Una, dos, y más… caían, pero no tenían fin.
Aun así, Evernight avanzaba sin detenerse, y cuando estuvo por llegar al corcel de huesos, este pasó de largo con una velocidad abrumadora.
Su verdadero objetivo era el cadáver del Emperador Luxus.
Los caballeros negros cerraron un cerco alrededor de Evernight y desenvainaron sus espadas. Él resistía el aura antinatural de aquellos seres mientras sus ojos seguían los movimientos de Chloe.
Karen lo alcanzó y trató de interceptar al traidor, pero no fue suficiente.
Cada vez que Chloe extendía la mano, sus pendientes rojos brillaban, y con ellos emanaba la magia negra heredada del poder de Tanon.
Karen cayó de su caballo, rodando por el suelo.
Evernight apretó los dientes y trató de abrirse paso entre los caballeros negros, pero eran demasiados.
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Finalmente, Chloe llegó hasta el Emperador.
Lo que hizo fue atravesar el corazón de su propio padre.
El silencio cayó como un manto.
Todos, horrorizados, contuvieron el aliento.
Chloe arrancó el corazón y lo sostuvo con fuerza en su mano.
A pesar de haber sido extraído de un cadáver, el órgano latía con violencia.
「Ha llegado el momento.」
De sus labios brotaron palabras en una antigua lengua olvidada.
Sin titubeo, devoró el corazón.
En un instante, el flujo del aire se detuvo.
Incluso los copos de nieve quedaron suspendidos en el vacío, mientras los remolinos del tiempo convergían en torno a Chloe.
Con la cabeza echada hacia atrás, su cuerpo comenzó a temblar. Su cabello, antes dorado, se tiñó de negro.
Y cuando sus párpados, temblorosos de gozo y éxtasis, se alzaron lentamente, emergieron unos ojos de un azul más frío y profundo que cualquier abismo.
“…Tanon.”
Alguien murmuró aquello, y la cabeza de Chloe—no, de Tanon—giró suavemente.
De su boca, ahora la del señor de la oscuridad renacido, manaban palabras incomprensibles. Y todos aquellos que cruzaban su mirada con la suya quedaban súbitamente helados, mientras su energía vital entera era absorbida por los labios de Tanon.
Los cadáveres esparcidos alrededor se congelaban y se resquebrajaban cada vez que él daba un paso.
Tanon giró su cuerpo y miró a Evernight. Las espadas de los caballeros negros habían atravesado el cuerpo del hombre. Pero, aunque escupía sangre, no moría. Erguido, lo enfrentaba directamente.
“Bendecido por Eous.”
Cada vez que Tanon avanzaba, tanto humanos como bestias retrocedían aterrados y le abrían paso.
“Las lágrimas de ella me cegaron por miles de años.”
“……”
“Por eso, para encontrarte, yo también tuve que soportar solo el peso de incontables eras.”
En este insignificante cuerpo humano.
Cuando Tanon levantó el mentón de Evernight, se podía sentir en él la obstinación y la furia de alguien que había aguardado largamente el momento. Este dios de la muerte se había encarnado en cuerpos humanos de vida efímera, transmitiéndose sin cesar a lo largo de generaciones.
Una mano horriblemente fría se extendió y arrancó el pendiente rojo de la oreja de Evernight. Con gesto despectivo, Tanon trituró la joya entre sus dedos.
En ese instante, Evernight sacó el puñal que llevaba atado al muslo y se lanzó contra él. Pero fue atrapado por el cuello, estrellado contra el suelo y escupió sangre.
“Tifernum.”
Los caballeros negros, empuñando espadas de tinieblas, comenzaron a acortar la distancia. Finalmente, el heredero olvidado cayó bajo la mano de Tanon.
“Muere.”
Solo la oscuridad y la noche parecían querer gobernar el mundo. Pero entonces, desde muy lejos, una luz inmensa se precipitó.
“¡Un dragón!”
“¡Es el ejército aliado!”
Los primeros en reconocerlo fueron los guardias de la muralla. Agitaron sus manos con júbilo y comenzaron a aclamar. Las campanas de alegría resonaban sin cesar desde el castillo.
Al escuchar aquello, bajo los ojos de Evernight se estremecieron nerviosamente los párpados. Desde el cielo del este, algo se aproximaba a toda velocidad.
Era deslumbrante y hermoso, como un sol naciente. Con los ojos ensangrentados parpadeando pesadamente, Evernight no pudo evitar dejar escapar un suspiro.
En lo alto, las alas del dragón batieron, levantando un vendaval, y detrás de él los grifos aullaban valientes.
Bajo ellos ondeaban las banderas de la alianza, mientras sus corceles galopaban con furia.
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Se alzó el estandarte del canto:
La cortina de oscuridad se eleva, partimos hacia la luz. Con espada y escudo defenderemos, contra la vasta sombra resistiremos. Truenan los pasos, firmes los corazones,miradas como estrellas, valor sin fin. Contra la oscuridad partimos, protegeremos la luz. Con espada y escudo avanzamos, hacia la gloria y la libertad marchamos. Atravesaremos la interminable noche, contra la sombra floreceremos. Caballeros de la luz, la canción seguirá, para que nuestra partida nunca tiemble.
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El canto se elevaba de los labios de los sobrevivientes.
En la vanguardia, un rostro familiar: Baroin, que alzaba un gran cuerno y anunciaba su llegada.
Por encima de todo, un dragón gigantesco cruzó el cielo disparando un torrente de fuego. Las bestias chillaban de agonía mientras eran consumidas por las llamas.
Eso fue la señal: los elfos saltaron de los grifos y descargaron una lluvia de flechas.
“¡Más que los elfos! ¡Debemos luchar más y con mayor gloria que los elfos!”
Los enanos que acompañaban al ejército aliado se lanzaron también al combate. Los guerreros de la Península del hierro blandían sus hachas y competían con los elfos en ferocidad.
La noche interminable comenzó a disiparse poco a poco. Al ver renacer la esperanza, los soldados de Tildeon volvieron a levantarse para luchar.
Y quien los guiaba con maestría no era otro que el Jinete de Dragón.
El majestuoso dragón dominaba el campo de batalla, y sobre su lomo estaba…
“¡Evernight, lord Evernight!”
Era Anya. El valiente y hermoso caballero había desenvainado su espada y, sin titubeos, se lanzó por su señor.
Con destreza movía al dragón y combatía contra los caballeros negros. Era la venganza por la pesadilla de Tildeonrock que lo había arrebatado todo, y era por Evernight.
Esa espalda delicada que siempre había robado el corazón de Evernight… y aquella cabellera dorada que ondeaba con calidez sobre él… se agitaban confusamente ante sus ojos.
“Tú…”
Evernight no se veía en buen estado. Varias flechas habían atravesado su armadura y aún seguían clavadas en su cuerpo, de donde la sangre fluía a borbotones. Aun así, frunciendo apenas el ceño, no apartaba la mirada de Anya.
Aquella expresión no provenía del dolor de las heridas. Sus pupilas temblaban con locura. Pero no había tiempo para contemplarse el uno al otro. Los cascos de los caballeros negros giraron lentamente hacia Anya.
“No lo toquen. Si le ponen un dedo encima….”
Los mataré a todos. Evernight apretó los dientes con tal fuerza que su mandíbula parecía a punto de hacerse añicos.
“¡Sir!”
Anya miraba a Evernight que corría hacia él, cuando por poco esquivó la espada de un caballero negro que se le lanzó encima.
“¡Sir Evernight!”
Evernight había sido capturado por Hanibal y lord Muman, quienes estaban desaparecidos. Y tras ellos, apareció el príncipe Chloe. Aquel que una vez había sido su hermano lo observaba en silencio con un semblante familiar, pero la energía que emanaba no era la de antes. Cada paso apresurado tropezaba con los cadáveres que yacían a sus pies, muchos aún con los ojos abiertos.
“¡Todos, avancen!”
Bajo los cascos de los caballos de la coalición, los monstruos eran aplastados sin piedad, y pronto estalló una batalla fangosa. Los cuerpos chocaban y el chirrido helado del metal resonaba horriblemente por todas partes.
“¡Anya!”
Del otro lado, Evernight gritó con urgencia. Anya miró alrededor, se recompuso y aferró con fuerza a Haebing. Justo delante, los caballeros negros aguardaban. Bajo los cascos de acero, un vacío infinito le susurraba muerte sin cesar.
«Caballero desdichado. Tu utilidad termina aquí, ahora retorna a la muerte.»
De algún modo, Anya comprendía sus palabras. Como mártires que trasladaban una ofrenda sagrada, los caballeros negros avanzaban con las dos manos firmes sobre sus espadas largas.
«Has conducido con éxito al heredero de Tifernum ante nuestro señor.»
“¡No!”
Sobresaltado por esas palabras, Anya los negó sin pensar. No podía aceptar que ese fuese su destino. Sin embargo, cuanto más lo negaba, más se enraizaba dentro de él una certeza inquebrantable.
«No lo niegues. La sangre del señor oscuro corre por tus venas. Desde tu nacimiento estaba escrito, guía.»
¿Guía…? Esa palabra comprimía toda la vida de Anya. Sus pupilas temblorosas se dirigieron a Evernight. El hombre, siempre lleno de confianza, respiraba con dificultad. Al cruzar su mirada azul, una llama furiosa se agitó en lo más hondo del pecho de Anya.
“No… retrocede….”
Medio fuera de sí, Evernight repetía sin cesar esas palabras. Al mismo tiempo, la voz vacía y lejana volvió a dictar la orden de muerte.
«Deja de interferir y retorna a la muerte.»
Los caballeros negros llegaron flotando hasta él y clavaron sus espadas al unísono contra Anya. En ese instante, el cuerpo de Evernight se estremeció violentamente.
“¡Anya!”
Pero sus pasos fueron atrapados por Hanibal y lord Muman, que habían perdido el juicio. Ambos caballeros, con sus almas robadas, se alzaron como un muro frente a Evernight. Se desató un duelo feroz entre los dos más grandes caballeros del imperio. Y aun así, los ojos de Evernight buscaban con desesperación a Anya entre la multitud.
Su compañero estaba rodeado por los caballeros negros y ya no se veía.
“¡Anya!”
Una vez más, el rugido ardiente del hombre resonó en el campo.
“…Sir, ¡Sir Evernight!”
Ese llamado aferró la mente tambaleante de Anya. Agachó el cuerpo para esquivar la espada que lo atacaba y juntó los dedos para silbar. Enseguida, Dragkals, que carbonizaba monstruos a lo lejos, acudió volando.
Anya arremangó su manga y vertió magia en la tierra.
“Ignis.”
La boca del dragón se abrió y un pilar de fuego colosal se precipitó. Los caballeros negros intentaron resistirlo, pero era en vano. Al mismo tiempo, Anya blandió a Haebing y se deslizó entre ellos, cortando con la espada.
‘Como el agua que fluye.’
‘No temas.’
‘El miedo corroe la mente.’
La serena voz de Savelli viajaba con la ventisca. Anya dio un gran salto y cercenó la cabeza de un caballero negro. La máscara de hierro rodó y se hundió en la nieve. Con un grito espantoso, el cuerpo del caballero se desmoronó como cenizas.
“¡Apoyemos a Anthony!”
Al escuchar aquel alarido, Asel, Luke y Kun corrieron hacia Anya. Los tres, como en la batalla del pueblo Borne, lucharon espalda con espalda contra los caballeros negros.
“Luke, no tiembles. Haré lo que sea por protegerte.”
Asel soltó una risa breve mirando la mano regordeta que temblaba. Luke aún tenía el rostro asustado, pero asintió con firmeza al sentir el calor de su compañero en la espalda.
“Hay que apuntar al casco. Los ataques al cuerpo no les hacen nada.”
Anya, exasperado, se quitó el casco y lo arrojó al suelo.
«Insensatos. No conocen el destino de quienes se atreven a desafiarnos.»
Ante esa voz terrible, los cuatro se aferraron aún más fuerte a sus espadas.
“¡No soy un insensato, ni ese maldito guía!”
Anya gritó cargando hacia el frente.
“¡Soy solo un caballero de Tildeon!”
Haebing brilló un instante y descargó el golpe final contra los caballeros negros.
“¡Uaaaah!”
Tras él, Asel, Luke y Kun se lanzaron también. Dragkals los protegía lanzando fuego con furia.
El coro de alaridos de los caballeros negros hizo que los monstruos vacilaran. Los magos no desaprovecharon la brecha y activaron círculos de fuego. Por todas partes parecía escucharse un falso canto de victoria. La guerra, que parecía interminable, daba la ilusión de acercarse a su fin.
En medio de esa esperanza, Siswu encontró a Karen tirado en el suelo.
“¡Karen!”
Alzó en brazos al compañero que yacía inmóvil.
“¡Karen, por favor…!”
Las lágrimas se desbordaron en los ojos de Siswu al ver la sangre brotar del cuerpo de su amigo.
“No mueras… no me dejes solo…”
Hundió el rostro en la armadura helada, sollozando, cuando de pronto algo se posó sobre su cabeza.
“Idiota… ¿acaso no ves… en qué momento estamos…? Recóbrate.”
“¡Karen!”
Karen sonreía débilmente mirándolo. Con la cara empapada en lágrimas, Siswu escuchó un chasquido de lengua y una burla: “Tch, qué feo te ves.” Después, Karen recorrió con la mirada el campo y, con esfuerzo, se puso de pie.
“El Comandante… hay que salvar al Comandante…”
En ese instante, un rugido de dragón retumbó a lo lejos. Ambos se miraron y bajaron la vista hacia la ladera. Allí estaba Anya, luchando contra los caballeros negros. Y detrás de él, se distinguía al príncipe Cloe.
“El príncipe Chloe…”
El aspecto del príncipe, tan distinto al de antes, los paralizó. En sus labios había una leve sonrisa.
“No es el príncipe Chloe. Ese es Tanon.”
“¿Qué?”
“Lleva siglos habitando cuerpos humanos. Esperando la noche eterna.”
Karen, tambaleante, volvió a empuñar la espada y miró a Siswu.
“Debemos rescatar al Comandante.”
En ese instante, Tanon arrojó una lanza hacia algún punto. Sin que pudieran reaccionar, la lanza voló veloz y se incrustó en alguien.
“¡Dragkals!”
El desgarrador grito de Anya retumbó como el quiebre de un témpano. Sus ojos se abrieron de par en par y pronto las lágrimas incontenibles se acumularon en sus párpados.
¡Boom! El gigantesco cuerpo del dragón, que se tambaleaba, se desplomó con un estruendo sobre el suelo. Sangrando, emitía jadeos pesados mientras parpadeaba lentamente hacia Anya.
“Ah…”
Tambaleándose, Anya se dirigió hacia Dragkals.
“¡Anthony, cuidado!”
Con el grito de Asel, de repente Siswu se interpuso para protegerlo.
“Príncipe.”
Siswu llegó corriendo, jadeando sin aliento. Pero Anya no escuchaba nada ni veía a nadie más. En sus ojos solo existía el dragón atravesado por la lanza, mirándolo fijamente.
《Anya….》
Las lágrimas que no pudo contener rodaron por sus mejillas. Solo un poco más… apenas un poco más… Estiró la mano hacia Dragkals, pero antes de alcanzarlo, los ojos dorados del dragón se cerraron.
Y con un “¡Pah!”, el cuerpo de Dragkals se deshizo en el aire convertido en resplandor. Anya observó atónito cómo las partículas doradas flotaban junto a la nieve, hasta que poco a poco descendieron y se hundieron en la tierra.
“¡Ta… Tanon!”
Un rugido feroz, como si escupiera sangre, brotó de su garganta. El rostro infantil empapado en lágrimas se volvió hacia donde estaba Tanon, rebosando ira y rencor.
Entonces la mirada ardiente de Tanon se desvió lentamente hacia otro lado. Al final de esa mirada estaba Evernight, que acababa de derrotar al señor de Muman y ahora cruzaba espadas con Hannibal.
Sonriendo con desdén hacia Anya, Tanon empezó a caminar tranquilamente en dirección a Evernight.
“¡Tanon!”
El corazón de Anya empezó a latir con violencia. Bajo la manga de Tanon apareció un puñal que parecía hecho de fragmentos de hielo.
“¡Príncipe!”
“¡Anthony!”
Ignorando las voces que lo llamaban, Anya echó a correr.
No iba a perder a nadie más, no esta vez.
“¡Anya!”
Justo cuando levantó su espada, la voz rugiente de Evernight se extendió por la vasta llanura. Sin titubear, se lanzó contra Tanon.
《Un amor digno de lágrimas, ¿no?》
Con una expresión aburrida, como si espantara a un simple insecto, Tanon chasqueó los dedos.
De inmediato, el cuerpo de Anya se elevó por los aires y fue arrojado contra el suelo. La nieve se levantó a su alrededor mientras la herida de su abdomen, apenas cerrada, volvía a abrirse. Apretando los dientes, Anya ahogó un gemido de dolor.
“¡Siswu!”
La espada de Evernight se interpuso en el camino de Tanon, llamando a Siswu, que aún permanecía paralizado. Su mirada ardiente transmitía un mensaje silencioso: no era solo un llamado, sino un reproche. Con dureza le exigía por qué había permitido que Anya estuviera allí. Siswu se estremeció y por fin recobró la conciencia.
“¡Regresa de inmediato!”
Los músculos de Evernight se tensaron con fuerza al detener el avance de Tanon. Pero con solo un dedo, Tanon apartó la hoja feroz, empujando lentamente a Evernight hacia atrás. Sus botas arrastraban la nieve ensangrentada, abriendo un forzado sendero.
La atención de Evernight, sin embargo, estaba por completo en su joven compañero, que yacía a un costado, exhausto y agonizante.
《Nada ha cambiado. En esa maldita sangre sigue fluyendo la inútil compasión.》
Un instante de pura sed de sangre se apoderó del ambiente. Evernight alzó la mirada justo cuando los colmillos helados de Tanon intentaban hundirse cerca de su corazón.
Entre la sangre que corría, sus ojos azules brillaban con un contraste absoluto, desbordando un odio incontenible hacia Tanon.
《Yo puedo darte la muerte.》
Eso era lo que habías deseado todo este tiempo, ¿no, heredero de Andalr?
Los dedos de Evernight temblaron apenas. Al mirar a los ojos de Tanon, se vio a sí mismo, aquel niño indefenso rodeado de las llamas del burdel Redcoast.
“…Cállate.”
Con dificultad, lanzó la maldición entre los dientes, como si la masticara a la fuerza. Pero la visión no cesaba.
Las profundidades heladas y espeluznantes de Tanon le mostraron ahora a un niño aún más joven, asfixiado por las manos de su propio padre dentro de una choza.
Aplastado bajo el hombre que aullaba de furia, el pequeño agitaba las piernas grotescamente, rogando por vivir. Aquella imagen repulsiva hacía que Evernight sintiera arcadas. Sacudió la cabeza con violencia para aferrarse a la cordura que se le escapaba.
«Toma mi mano. El dolor será solo un instante. Te concederé la muerte eterna.»
Las palabras del señor del mal eran un veneno dulce, carcomiendo poco a poco su mente. Entonces, algo se interpuso entre Evernight y Tanon, aferrándolo.
"¡Mi señor Evernight!"
«No interfieras.»
Con un ademán, Tanon lanzó de nuevo a Anya por los aires, estrellándolo contra el fango.
El pecho del joven se infló de golpe y escupió sangre a borbotones, como una fuente. Pero aun así, Anya siguió arrastrándose por el suelo. Y al final, logró ponerse en pie y lanzarse otra vez contra Tanon.
"¡Mi señor, por favor…!"
Ante el clamor desesperado de Anya, los ojos de Evernight, que habían perdido el enfoque, comenzaron lentamente a recobrar la razón. De un tajo, desvió el filo helado que ya estaba a un paso de atravesarle el corazón. Empuñando su espada, arremetió contra Tanon. Este se retiró con un ligero movimiento hacia atrás.
Entre los dos estalló una chispa feroz. Con un simple gesto de su mano, Tanon hizo que las bestias que merodeaban alrededor comenzaran a aullar al unísono. Los soldados se tapaban los oídos, desplomándose en el sitio.
El ejército aliado había ganado un poco de ventaja, pero aún no lograban desbaratar por completo a las fuerzas enemigas. La puerta de la fortaleza estaba a punto de ceder bajo los embates de las criaturas, y las enormes aladas que trepaban por las murallas hacían que los arqueros apenas lograran mantenerse firmes.
"¡Siswu!"
Evernight se colocó frente a Anya y llamó de nuevo a su lugarteniente. Su voz era desgarradora, como si vomitara sangre; un grito que erizaba la piel al escucharlo.
"…Mi señor."
Anya, presionando la herida en su vientre para contener la sangre, alzó la vista hacia la espalda de Evernight, que lo protegía.
Siempre le había parecido imponente, vasto… pero en ese momento, solo se veía inmensamente solitario y pesado. El corazón de Anya se encogía con un dolor insoportable.
"Yo ganaré tiempo… así que vete de aquí con Siswu."
Evernight giró levemente la cabeza hacia él, pero nada más. Ni siquiera cruzó miradas, solo exhaló con dificultad, el aliento áspero escapando de entre sus labios. El viento helado agitaba su cabello, y el adorno de su espada, manchado de rojo, temblaba en la visión de Anya.
"Aquí… por favor, no te quedes aquí, Anya."
"……."
Los ojos de Anya se abrieron de par en par, revelando una fuerte agitación. No tuvo tiempo de responder: con un gesto de Tanon, un enjambre de bestias se lanzó contra ellos.
"¡Príncipe!"
Siswu lo sujetó, mientras Asel, Kun, Karen y los demás formaban un muro para protegerlo, intentando sacarlo de aquel infierno.
¿Por qué… por qué todos lo protegían a él, y no a Evernight? El señor de Tildeon, el rey del Norte, era Evernight, no él. Él no era más que… un insignificante… que, a pesar de todo su esfuerzo, no había servido para nada, un medio hombre que había arrastrado a Evernight a la muerte.
Incluso mientras Siswu lo arrastraba, los ojos de Anya permanecían fijos en aquel hombre que luchaba solo en el campo de batalla.
"Ni colgándome, ni clavándome un cuchillo, podía morir. Por eso, Anya, jamás pienso heredarle a nadie esta vida miserable."
«Has conducido con honor al heredero de Tifernum ante tu señor.»
Las voces, opuestas entre sí, lo hacían llorar sin control.
"…No. No es eso."
Su destino no era ese. En ese instante, Anya sintió que por fin comprendía el motivo de su existencia.
"¡Príncipe!"
De algún lugar sacó fuerzas para apartar con violencia a Siswu y tomó del suelo la espada haebing.
Evernight luchaba con fiereza contra Tanon, pero ningún hombre podía vencer a un dios caído.
---
¿Cómo podría un simple mortal vencer a un dios? Y menos a uno corrompido.
Tifernum cayó, y su último aliento fue arrebatado por la mano de Tanon…
Así lo dice la historia.
Los hombres no pueden matar a un dios. Tal vez Evernight correría el mismo destino: ser consumido por completo por la mano de Tanon.
Pero los pies de Anya, al golpear el suelo, cobraban fuerza, y su carrera se aceleraba.
Tanon, que había vigilado por siglos la sangre de Evernight, lo envió allí para confirmar la trayectoria de este hombre.
«El Guía…»
Ese era su destino marcado desde el nacimiento. Anya se enjugó las lágrimas que resbalaban por sus mejillas.
Pero… quizás había otra forma.
El viento helado lo rozaba, trayendo consigo voces conocidas. Voces del pasado que lo señalaban con crueldad:
Medio príncipe, inútil, un cobarde que nunca logró nada…
Sin embargo, el señor del mal nunca comprendería algo: así como le pasó a Eous…
Anya también había llegado a amar a este hombre.
En ese instante comprendió el corazón de Eous: su miseria, su dolor, su tristeza. Todo aquello lo impulsaba, ola tras ola, a seguir avanzando.
«Te arrastraré más allá de la oscuridad, hasta el abismo del lamento, devoraré tu cuerpo y destruiré por completo tu mente.»
Los monstruos se lanzaban sobre Evernight, mordiéndolo con fiereza.
Un adorno plateado colgaba de su espada cubierta de sangre espesa, brillando con un destello.
Ah… sí…
Desde el principio…
Anya no se detuvo. Ya no sentía siquiera el ardor que le quemaba el vientre.
Evernight, atrapado por el cuello por Tanon, notó algo extraño y giró la cabeza para mirar a Anya. Su rostro se sacudía con una agitación incontenible.
El único modo de destruir a Tanon por completo, quizás era…
En el instante en que la estalactita de hielo de Tanon se hundió en el corazón de Evernight, Anya se impulsó con todas sus fuerzas. Con desesperación más intensa que nunca, lo abrazó con fuerza.
“……”
La maldición que Tanon había impuesto sobre Evernight solo podía terminar con una muerte verdadera a manos de su propia sangre.
Dicen que la maldición de un dios siempre toca el nervio más prohibido de ese mismo dios. Entonces, seguramente Tanon también…
“…Yo no soy un guía. El que irá contigo soy yo.”
Su final llegaría a manos de esa sangre inútil y despreciada de toda una vida. Un destino adecuado para él, pensó Anya mientras hundía profundamente a haebing en el corazón de Tanon.
“……”
Las pupilas de Tanon se dilataron de golpe, y los monstruos, respondiendo a su agonía, comenzaron a retorcerse lanzando chillidos.
Al mismo tiempo, el filo de hielo se clavó en el pecho de Anya.
“¡Aaaahhh!”
Una tormenta de nieve descomunal se levantó, y Tanon comenzó a apretarse la cabeza con ambas manos. Sus gritos de dolor retumbaban en todas direcciones, mientras el cuerpo sin fuerzas de Anya volaba lejos.
Sus brazos y piernas se desgarraron contra las rocas, y la sangre que escupía lo ahogaba poco a poco. Aun así, logró abrir pesadamente los ojos para presenciar el final del señor de la maldad, retorcido como un papel arrugado hasta reventar.
Entre lágrimas, alcanzó a ver cómo las nubes negras en el cielo se disolvían.
Los monstruos que cubrían la tierra se desmoronaban como arena, y los guerreros que los enfrentaban soltaron sus espadas con incredulidad.
Anya, con la vista cada vez más estrecha, buscó a Evernight una última vez. Quería verlo, aunque solo fuera una vez más.
Él estaba vivo. Muy herido, sí, pero su fortaleza le aseguraría sobrevivir.
“Me… me alegra, mi señor…”
Escupiendo coágulos de sangre como vísceras, Anya forzó una sonrisa. Un rayo de sol se filtró entre las nubes, iluminando su rostro.
“Ahora… viva su… su vida, mi señor…”
Que ya no buscara la muerte. Que viviera y brillara como señor de Tildeon.
Anya cerró los ojos con ese deseo ardiente.
Sí… desde el principio…
Yo solo quería salvar a este hombre solitario.
Eso era todo.
“¡Anya, Anya!”
Un grito desesperado le llegó a los oídos. Una voz cargada de tanta pena que oprimiría cualquier corazón.
¿Por qué…?
La cabeza de Anya giró lentamente. A lo lejos, Evernight corría hacia él.
¿Por qué… por qué estaba su rostro tan lleno de tristeza?
Sus ojos, entrecerrados, parpadearon pesadamente. Y como si lo hubiera estado esperando, lágrimas rojas mezcladas con sangre corrieron por sus mejillas.
“¡Co… Comandante!”
Alguien intentó detenerlo, pero Evernight los apartó con violencia, corriendo como un loco hasta abrazar a Anya contra su pecho. Los que lo rodeaban soltaron armas y cascos con la mirada perdida. Desde algún lugar se escuchó un sollozo ahogado, como una canción fúnebre.
“Pe… perdóneme, mi señor…”
El cuerpo inerte temblaba en sus brazos.
“Mi… mi sangre… la eterna noche… he arruinado su vida…”
Tenía tanto que decir, pero cada palabra era como aire escapando de un pulmón perforado.
De pronto, recordó el vasto mar de Blun, y la voz melancólica de aquel hombre que, en la proa, hablaba con él mientras recibía el viento salado. Un hombre que había vivido hundido en el fango del dolor.
Qué alivio… poder salvarlo así.
Qué alivio que su sangre maldita sirviera para algo.
Con el último valor que le quedaba, Anya alzó la mano. Sus dedos temblorosos rozaron la piel fría de Evernight.
En sus ojos, el mar que siempre soñó se agitaba.
“…Le… quiero. Yo lo he querido, mi señor…”
Era el final, y en ese instante brotó un extraño coraje.
Ah, qué egoísta era hasta el final. Pero aunque fuera una vez, quería dejarle su corazón en sus manos.
‘¿Juran ustedes ser esposo y esposa?’
En aquel momento, también lo había hecho.
‘Mi señor, le pido que acepte esta espada hecha con mineral de Sildor. Y este adorno… dicen que si lo lleva, volverá vivo de la guerra. Si le resulta molesto… puede desecharlo.’
Incluso entonces, dudaba en entregarle un recuerdo que pudiera serle una carga.
“……”
El rostro de Evernight se torció de dolor, y sus manos lo sujetaron con fuerza desesperada.
Anya volvió a toser sangre.
“Por favor… no digas nada, Anya. Nada.”
Yo siempre quise alcanzar ese mar.
Siempre quise que mis ojos se reflejaran en los suyos.
“Por favor…”
Las manos de Evernight temblaban con violencia, como si fueran a romperse. Lo sostuvo contra sí, acariciando su cuerpo que se enfriaba cada vez más, mirando a todos lados, buscando un modo de salvarlo.
“Mi señor, yo… yo solo…”
Quería vivir.
Con usted. Con todos, aquí, en Tildeon.
¿Pedí demasiado?
Finalmente, los ojos de Anya se cerraron. Ya no pudo pronunciar palabra.
“Anya…”
Evernight hundió el rostro en su pecho que ya no latía, llamándolo una y otra vez.
“…Anya. Anya.”
Su grito desgarrador llenó el aire. Pero ya no había fuerza que pudiera abrir los ojos de Anya.
La mano que lo había tocado cayó inerte al suelo.
¡Dang! ¡Dang!
Desde la cima de Tildeonrock comenzaron a sonar las campanas. Con ellas, la noche se disipaba y el sol volvía a salir.
Un rayo de luz golpeó el círculo mágico en lo alto de Tildeonrock, y una inmensa energía de sanación y bendición se derramó sobre todos. Era la celebración de la victoria.
Pero en Tildeon no resonaban vítores, sino llantos ahogados.
***
Las secuelas de la guerra comenzaron a repararse rápidamente.
Al desaparecer Tanon, Hanibal despertó de la ilusión y, cargado de culpa, declaró que no escatimaría recursos en la reconstrucción de Tildeon.
Sin embargo, su territorio estaba en la costa este, y llevar ayuda inmediata tomaría tiempo.
Los invasores habían incendiado los almacenes al escalar las murallas, así que dentro de la fortaleza no quedaba ni comida ni ropa.
“…Algún día… dijo el señor que lo necesitaría… hhhik…”
Fue entonces cuando Luke se acercó a Evernight y le entregó algo. Para contener el llanto apretaba fuerte sus labios hinchados, pero las lágrimas acabaron desbordándose, y Luke se las limpió bruscamente con la mano.
Evernight se quedó mirando en silencio el viejo cuaderno de pergamino que tenía en las manos.
“……”
Al abrirlo, vio en él el contenido del libro de cuentas de Northmost, ordenado con una letra recta y prolija.
“El caballero… no, el señor decía que en la guerra lo más importante eran los suministros, por eso siempre administraba él solo los almacenes de Northmost. Todavía debe de quedar algo. El señor puso con sus propias manos un hechizo de protección… no habrá ardido.”
Hasta que Luke hizo una reverencia y se retiró, Evernight no se movió, limitándose a mirar el libro de cuentas.
Su corazón comenzó a latir con violencia, como si algo dentro de él se hubiera estropeado. La fuerza se concentró en la mano que apretaba el libro. Evernight se levantó de golpe y salió con pasos firmes hacia la ciudadela.
“Ah, comandante….”
Tildeonrock estaba más caótica y agitada que nunca. Tropas aliadas de diferentes regiones, soldados imperiales que habían rendido las armas, enanos y elfos… todos reunidos para restaurar la situación después de la guerra.
Pero sus rostros estaban cargados de preocupación, muy lejos de la expresión de quienes deberían estar celebrando la victoria.
Cada vez que Evernight avanzaba, todos se apartaban a los lados como si el mar se abriera. Al llegar frente a una recámara, lo recibió Siswu, que montaba guardia allí.
“…Ha llegado.”
“¿Cuál es la situación?”
Normalmente habría abierto la puerta de inmediato, pero esta vez Evernight se quedó dudando, como si algo le infundiera temor.
“…Sigue igual.”
Ante la respuesta apagada de Siswu, Evernight respiró hondo. Después de abrir y soltar varias veces el pesado picaporte, finalmente entró.
“…Anya.”
Sobre la cama blanca yacía un joven. Su rostro, bañado por la luz del sol que se filtraba por la ventana, aún permanecía entre la niñez y la juventud.
Los pasos resonaron suavemente sobre la piedra. Evernight levantó la mano con cuidado y la acercó a la nariz de Anya.
“……”
Débil, pero innegable, percibió su respiración. Solo entonces, como si las fuerzas lo abandonaran, se dejó caer en la silla junto a la cama.
Comprobar una y otra vez esa vida se sentía como un infierno, y aun así no podía evitarlo.
Mientras sigas vivo.
Yo esperaré toda la vida.
Evernight inclinó lentamente el torso hacia Anya, y en su blanca frente depositó un beso solemne.
“Así que no me dejes.”
La voz sombría, pero cargada de determinación, escapó de sus labios.
Ya no podía morir. Era una vida salvada por Anya, y por ello debía vivir a cualquier precio.
Las alucinaciones y las voces que lo atormentaban cada noche también habían desaparecido. Era otra bendición concedida por su joven compañero.
“Pero Anya, ¿por qué… me siento así de…?”
¿Será como estar en el infierno?
Los labios de Evernight, que antes tocaron la frente de Anya, descendieron poco a poco por el puente de su nariz hasta posarse en los suyos, suaves y cálidos. Besó con devoción, como si adorara a un dios.
Solo así lograba que ese frágil aliento pasara dentro de él y calmara su angustia infinita.
“Rey del Norte.”
Fue entonces cuando otra pisada sonó a sus espaldas. Evernight frunció el ceño, molesto como un devoto interrumpido en su oración, y se volvió.
“Por improbable que sea, aunque ese chico muera, no piense seguirlo.”
Era Huian, el yeti. Se decía que durante la guerra había protegido voluntariamente al pueblo de Tildeonrock. Aun dejando eso de lado, lo que acababa de decir encendió la furia de Evernight.
“…¿Morir?”
Su semblante cansado por el insomnio se contrajo de rabia, como si en cualquier momento fuera a desenvainar la espada y cortarle el cuello.
“La daga de Tanon… esa hoja de hielo del lamento lo matará. Ningún humano puede soportar un arma de un dios caído.”
“……”
“Tarde o temprano, dejará de respirar.”
Los músculos de la mandíbula de Evernight se tensaron con un crujido audible. Pero Huian no calló. Bajo el pelaje blanco de su rostro se asomaba una determinación inquebrantable.
“Y yo no quiero perder de nuevo la aurora que con tanto esfuerzo recuperamos. Debe mantenerse hasta que mi gente regrese.”
“……”
“Pero tú, Rey del Norte. Actúas como si fueras a morir en cuanto ese muchacho lo haga. Y eso genera miedo en todos.”
Él lo sabía. Aunque habían ganado la guerra, el imperio había perdido demasiado, y en el vacío que la contienda dejaba solo podía venir un gran caos.
“La humanidad necesita un nuevo rey que sustituya a la dinastía caída. De lo contrario, el mundo de los hombres volverá a hundirse en la confusión y la rebelión.”
Cuando Huian se acercó más, Evernight se interpuso delante de Anya, bloqueando la vista, como si no fuera a permitir que nadie lo tocara.
“¿Quieres salvarlo?”
Por fin, con una mirada penetrante, la verdadera intención de Huian quedó expuesta. Los ojos de Evernight se abrieron un poco, incapaces de ocultar su agitación.
“Aunque tu vida vuelva a caer en el infierno… ¿estás dispuesto a salvarlo y, por todos, cargar con el peso del trono? Rey del Norte.”
---
Desde temprano, el patio interior de Tildeonrock estaba lleno de gente.
Todos, sin excepción, rodeaban algo en silencio, ahogando sus lamentos.
“¿De verdad se marcha?”
En el centro estaba Evernight. Para ser exactos, acababa de terminar los preparativos de su viaje.
El rostro del hombre, firmemente armado, no mostraba ninguna emoción en particular. Guardaba silencio mientras recorría con la mirada a la multitud que lo rodeaba.
“En una situación tan crítica, si el trono queda vacío, todos caerán en el caos.”
Usolin murmuraba sus quejas, refunfuñando.Sin embargo, el enano que alguna vez luchó junto al emperador en el Cañón Negro contra Tildeon, al menos conservaba algo de vergüenza, y no se atrevía a mostrar abiertamente su descontento a Evernight.
“No creo que seas tú quien deba decir eso.”
Asel no dejó pasar la oportunidad, clavándole una mirada venenosa al enano.
“¡Y tampoco es asunto de una elfa entrometerse insolentemente! ¡Nosotros hemos protegido estas tierras incluso después de la tercera era! ¡Ustedes, en cambio, no hicieron más que huir! ¡Maldita raza traicionera!”
Un rugido de ira estalló en seguida.
Los enanos, obstinados y orgullosos, solían aceptar cuando alguien les decía una verdad en la cara.
Si los caballeros de Tildeon les hubieran reprochado algo, lo habrían admitido aunque fuese con rabia.
Pero con los elfos era diferente. Entre ambos pueblos siempre existía una vieja brecha imposible de cerrar.
“¡Y tú hablas como si nada! ¡Cuando ni siquiera comprendías que el propio imperio era el origen de la maldad, y aun así parasitabas de él! ¡Habría sido mejor huir al otro lado del estrecho! ¡Yo jamás me habría arrastrado ante ese maldito emperador!”
Asel tampoco se quedó atrás.
Crujía los dientes como si fuera a lanzarse de inmediato y tomar del cuello al enano.
“¡Si desde el principio… si desde un inicio los enanos hubieran dado su fuerza a Tildeon, Anthony no habría terminado de ese modo!”
Al final, la ira contenida en ella explotó.
El rostro de Usolin, rojo de furia, se volvió pálido en un instante.
De entre sus dientes escapó un resoplido áspero que agitó su barba rojiza.
“¡Maldición!”
Con un insulto, retrocedió un paso.
“Basta, Asel.”
Asrandu sujetó el hombro de su hermana, con firmeza pero con suavidad.
El enano, avergonzado, resoplaba una y otra vez.
“Durante cientos de años, nadie, ni siquiera nosotros, percibimos las maquinaciones de Tanon. No podemos cargarles a ellos con toda la culpa.”
“Lo sé. Pero… ¡pero…!”
Asel se enjugó los ojos con fuerza.
En ese instante alguien salió desde el interior de la fortaleza.
Era Riario.Y en brazos del mago había alguien recostado.
Al mismo tiempo, una sombra oscura se proyectó sobre los reunidos.
Evernight, sin prestar atención a la disputa, avanzó hacia el mago.
La multitud se abrió en silencio a ambos lados. Incluso Asel, que aún secaba sus lágrimas, se vio obligada a retroceder, sobrecogida por la solemne presencia del hombre.
“Comandante.”
El crujir de la nieve bajo las botas del guerrero era el único sonido.
Evernight tomó a Anya de los brazos de Riario como si recibiera el tesoro más preciado del mundo.
El cuerpo caído seguía tibio, para alivio de todos.
Evernight, hasta entonces endurecido, exhaló un suspiro que lo desmoronó un poco.
“Podría… dejar de respirar en cualquier momento. Mientras estaba en cama conseguíamos prolongar su vida con magia curativa y de protección. Pero afuera… no puedo garantizar nada.”
Riario hablaba de las heridas escondidas bajo las ropas de Anya.
No solo la del abdomen, infligida por Solina, sino también la daga de Tanon incrustada cerca del corazón, que lo consumía día a día.
Aunque el Señor del Mal había desaparecido, su energía seguía devorando la vida del muchacho a gran velocidad.
“En el viaje podrían encontrarse con crisis en cualquier momento. Debe prepararse… debe estar listo para lo peor.”
Evernight no respondió. Solo posó sus labios en la frente de Anya con una devoción casi sagrada.
Riario no pudo hacer más que desviar la mirada.
Con Anya en brazos, Evernight se dirigió hacia su caballo.
A cada paso, las miradas cargadas de preocupación lo seguían.
Pero el rostro del hombre estaba firme, implacable.
En sus ojos azules ardía una determinación escalofriante: lograría salvarlo.
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“¿Cuál es el modo de salvarlo?”
Frente a Huian, la noche anterior, Evernight habría estado dispuesto incluso a arrodillarse. Si en ese momento el otro lo hubiera decapitado, lo habría aceptado, siempre que el niño en cama pudiera vivir.
“¿Sabes que más allá de la barrera, al final de las Tierras de la Muerte, existe un templo?”
El templo de Beriela…
El mismo destino al que la expedición había debido llegar en un inicio.
“En ese templo descansa la primera diosa, Eous. Bajo una fría losa, ni humana ni divina, ha dormido sola durante miles de años. Ella fue quien selló a Tanon. Solo allí podría purgarse el rastro de maldad que aún queda en Anya.”
Los ojos de Evernight se llenaron de venas rojas, como si fueran a estallar.
“Pero el camino hasta el templo es arduo y peligroso. Lo sabes bien: está en la cima de la cordillera. Ya no hay monstruos, pero llevar a ese niño en brazos hasta allí es casi una apuesta suicida. Puede que mueras antes de llegar. Y aun alcanzando el templo, puede que la diosa no responda a tu llamado. Incluso podría exigir tu sacrificio. Los dioses… son seres que no podemos comprender.”
Huian dijo eso y se marchó.
La elección quedaba solo en manos de Evernight.
Y él no podía elegir otra cosa. Había un camino para salvar a Anya, aunque fuese arriesgado, aunque fuese un hilo podrido… no podía ignorarlo.
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“Les confío lo que queda atrás.”
Evernight ató firmemente a Anya contra su propio cuerpo y montó en su caballo. Con el pequeño cuerpo en brazos, habló a los caballeros de Tildeon.
“Comandante, no se preocupe. Lo esperaremos aquí. Por favor, regrese vivo, con el príncipe.”
No solo los caballeros, también los elfos, enanos y líderes de la alianza asintieron.
Gracias al sacrificio de Anya, habían logrado vencer a la oscuridad y alcanzar un nuevo amanecer.
Nadie tenía derecho a detener el viaje de Evernight.
“¡Iah!”
Con un grito fuerte, Evernight espoleó a su corcel.
El viento le agitaba el cabello mientras apretaba más a Anya contra su pecho, temiendo que el frío se filtrara hasta él.
La ventisca se detuvo, y un rayo de sol los iluminó.
Pero más allá de las murallas, la estepa helada aún despedía el hedor de la guerra, mostrando que la sombra no había desaparecido del todo.
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Cuando cayó la noche, la nieve se tornó en lluvia. Evernight llegó hasta la tierra de la muerte, más allá de los escombros de una muralla derrumbada. El corcel negro, que había cabalgado todo el día, relinchaba con pesadez, exhalando nubes de vapor blanco.
“……”
Evernight detuvo al caballo y acercó su dedo índice bajo la nariz de Anya. Su respiración era mucho más débil que cuando estaban en la habitación del castillo. Apretando los dientes, detuvo bruscamente la marcha.
Por más apremiante que fuera, no podía precipitar el viaje. Alzó la vista hacia el cielo y, sin demora, se dirigió a una cueva en el inicio de aquella tierra de muerte.
Era un lugar familiar. Nada menos que el mismo sitio donde, tiempo atrás, había pasado la noche junto a Anya.
Ante esa irónica coincidencia, Evernight no pudo evitar soltar una risa amarga.
Tras amarrar al caballo a un árbol cercano, tomó a Anya en brazos y entró en la cueva. Enseguida encendió una fogata, extendió una manta y un saco de dormir, y preparó rápidamente un lecho improvisado. Luego se quitó las ropas empapadas, dejándolas tiradas en el suelo, y se acercó al muchacho que permanecía recostado contra la pared.
Por más que intentó resguardarlo, era imposible evitar que Anya recibiera algunas gotas de lluvia mientras cabalgaban.
“……”
De rodillas, Evernight bajó la mirada hacia el rostro dormido de Anya.
La hoguera iluminaba su rostro con un tono rojizo, pero sus labios ya estaban pálidos y exhalaban un aliento entrecortado.
No podía perder más tiempo. Con un leve temblor en la mano, Evernight desabrochó el broche de la capa de Anya. El metal cayó al suelo de la cueva, emitiendo un eco breve.
Evernight retiró con cuidado sus ropas húmedas. No podía dejarlo así. Lo estrechó contra su piel desnuda, deseando que todo su calor corporal se transmitiera al joven.
Se tendió con él dentro de la manta, abrazándolo desde atrás.
La gran mano de Evernight tanteó el pecho de Anya, buscando algo.
El corazón.
El sonido débil pero constante de sus latidos se filtraba en su palma.
Afuera, la lluvia golpeaba con fuerza, mientras la hoguera ardía suavemente. Evernight hundió el rostro en la nuca de Anya y exhaló un suspiro profundo. Poco a poco, sus ojos comenzaron a cerrarse.
---
Durante la noche, la lluvia arreció. En el norte era inusual que cayera agua en lugar de nieve. Aunque las alucinaciones y voces habían cesado, el insomnio de Evernight solo se agravaba con el paso de los días.
A intervalos cortos, abría los ojos para comprobar la respiración del chico entre sus brazos. Ningún dios podía imaginar el miedo y el dolor que le causaba cada instante de incertidumbre.
Aunque la noche eterna hubiese llegado a su fin, el invierno en el norte era brutal. La cueva estaba helada, y la lluvia, más que la nieve, arrebataba el calor del cuerpo.
“…Anya.”
Evernight acomodó la manta más cerca del joven, apretando con fuerza su cuerpo delgado. El calor de Anya se desvanecía poco a poco, y con ello crecía la desesperación en el pecho del hombre.
Perdido en la soledad de la noche y en un mar de llanto silencioso, Evernight vagaba sin rumbo, atrapado en la oscuridad. No había luz. Solo un oleaje feroz lo envolvía, arrastrándolo sin remedio.
Fue entonces cuando, por primera vez, el hombre comprendió el verdadero terror de la muerte.
---
Con las primeras luces del alba, Evernight sacó la medicina que Riario le había entregado y la colocó en los labios de Anya. Pero el muchacho, inconsciente, no podía tragar ni siquiera eso.
«Al menos servirá como un último recurso para mantenerlo con vida. En el castillo lo sosteníamos con magia, pero fuera de allí no aguantará más que unos días. Usted lo sabe… los humanos son demasiado débiles.»
Débiles. Tal como Riario había dicho. Los humanos eran tan frágiles que sin alimento, o incluso sin agua por unos días, se marchitaban hasta morir.
Un dolor punzante recorrió el pecho de Evernight, como si su corazón se quebrara. Era un miedo primitivo.
Sin perder tiempo, abrió la cantimplora, bebió un sorbo de agua y presionó sus labios contra los de Anya.
Al presionar suavemente la mandíbula, los labios del joven se entreabrieron.
Su mandíbula inferior cabía de sobra en la mano de Evernight, recordándole lo joven que era, lo cual le provocó un escalofrío de repulsión hacia sí mismo.
“Ahora lo entiendo… Qué cruel ironía. Todos los que se quedan a tu lado terminan muriendo. Tu madre, tu padre, la pelirroja…Y tu amante también.”
Las voces de los demonios habían desaparecido, pero aun así la cueva se llenó con un eco burlón.
Evernight, con dolorosa ternura, dejó que su lengua acariciara cada rincón de la boca de Anya, disolviendo la medicina. Un hilo de agua se deslizó por la comisura de sus labios.
Glup.
Al fin, la mezcla de agua y medicina descendió por la garganta del chico.
Evernight lo sostuvo, apoyando la frente en su pecho, y dejó escapar un largo suspiro contenido. Su torso temblaba, sacudido por el llanto reprimido. Su rostro, deformado por la angustia, reflejaba un dolor insoportable.
“Ah… Anya…”
Un gemido entrecortado, casi un sollozo, escapó de sus labios.
Y así, con el pecado de haber desafiado a la muerte, Evernight tendría que soportar en soledad incontables noches por venir.
---
“Este sello… digo.”
El estudio, que por un momento había perdido a su dueño, emanaba un frío helado incluso a plena luz del día.
Riario pasó la mano sobre el escritorio donde aún quedaban rastros de maldad, y levantó el sello negro que allí reposaba. Al darle la vuelta, apareció el emblema de la antigua Tildeon: una vid plateada sin hojas.
“Señor Karen. Cuando estuvo en Borne, ¿por casualidad oyó decir que el conde Muman había recibido alguna carta?”
Aunque preguntó, su tono estaba casi lleno de certeza.
“No, nada de eso escuché. ¿Por qué lo dice?”
“Seguramente sí la recibió. Ese día, cuando su alteza el príncipe regresó a Tildeon después de su viaje, los habitantes de la cueva con los que se topó también dijeron que habían recibido cartas con el emblema de Tildeon.”
“Eso significa…”
El ceño de Karen se frunció con fuerza.
“Que cuando los caballeros negros atacaron por primera vez Tildeonrock, lo que buscaban era este sello. Con él podían imbuir las cartas de maldiciones, y manipular a quienes las recibían. Me preguntaba cómo era posible que los monstruos usaran magia negra, pero…”
El rostro de Riario se ensombreció. El planteamiento de base estaba equivocado.
“No era magia. Era el poder de Tanon.”
‘Es raro. El hechizo está… todo revuelto. Ningún círculo mágico que yo conozca coincide con esto.’
El recuerdo de aquellas palabras pasadas le cruzó por la mente.
“Ahora todo tiene sentido. Los rituales no estaban invertidos porque fueran magia negra, sino porque…”
Una risa amarga escapó de él, nacida de la propia impotencia. La magia derivaba del poder de los dioses, por eso podía parecerse. Los monstruos temían la energía natural, pero con el poder de la oscuridad era distinto.
“Seguramente al final de la expedición, el caballero Hanibal y el príncipe Chloe… también cayeron así. Luke y Kun, que vagaban más allá de la muralla, son prueba de ello. De no haber sido por la purificación de su alteza, en la guerra habrían acabado convertidos en monstruos sin remedio.”
Riario, incapaz de resistir, llevó con prisa su pipa a los labios.
El tabaco se encendió, y el humo áspero llenó el aire con cada bocanada.
“Entonces, ¿hasta ese momento el príncipe Chloe seguía en sus cabales?”
“Probablemente. En ese tiempo, el cuerpo que albergaba la mente debilitada de Tanon era el emperador. Si lo pienso ahora, la feroz competencia entre los príncipes de la familia Kleist quizá no fuera otra cosa que la estrategia de ese ser: asegurarse la posesión del cuerpo más fuerte. Así, al final, sobrevivió el último príncipe… y allí se alojó, prolongando su existencia. Ese debió ser el método con el que el señor de la oscuridad logró aferrarse a la vida.”
“Bueno, todo esto sigue siendo una suposición.”
Riario se encogió de hombros mientras mordía la boquilla de la pipa. Lo llamó suposición, pero cuando lo consultó con Evernight, este no lo negó. Al contrario, antes de partir solo agregó una opinión:
‘Tengo pensado revelar todo esto al imperio. Ya no me esconderé ni ocultaré nada.’
Aquella frase le dio a Riario una fe que había perdido.
Desde que Anya cayó inconsciente, Evernight siempre había dado la impresión de que se marcharía de un momento a otro. Era como si hubiera regresado a su época de gladiador en Redcoast: un hombre sin ataduras.
Y por eso, cada día Riario sentía que caminaba sobre hielo quebradizo.
Pero entonces escuchó esas palabras.
‘Comandante, ¿eso significa que volverá? Enderezar la historia no es labor de un simple mago como yo, sino del rey.’
A esa pregunta, Evernight no respondió.
Y al día siguiente partió llevando a Anya a cuestas.
---
“Pero, ¿por qué precisamente este sello?”
La pregunta surgió de repente de los labios de Karen, que hasta entonces había escuchado en silencio.
“Los caballeros negros…Y también Tanon. ¿Por qué usaron este sello en específico para esos engaños? ¿Acaso tiene algún simbolismo?”
Riario, observando por la ventana el bullicio de la reconstrucción en Tildeon, murmuró:
“Quién sabe…”
Y de pronto, recordó una escena del pasado.
‘Comandante, ¿quién le dio este sello en Redcoast?’
‘Una mujer que me sacó del coliseo.’
‘¿No salió usted mismo de allí?’
Bien pensado, ese sello fue el detonante que hizo que Evernight dejara Redcoast y partiera hacia Tildeon.
‘¿Recuerda su rostro, su nombre?’
Entonces Evernight frunció el ceño con disgusto, pero respondió:
‘Esa mujer… dijo lo mismo que la pelirroja. Que si quería morir, debía vivir y pagar todas las culpas cometidas por los Andalrianos. Solo entonces podría encontrar la muerte más allá de la muralla.’
Y al decirlo, parecía que hasta esbozó una leve sonrisa de esperanza.
“¿Mago, se siente bien?”
“…No puede ser.”
Riario, llevándose la mano a la frente, aspiró con fuerza de la pipa.
“No…Sería demasiado cruel, ¿no lo cree?”
Su voz se dispersó en el aire, lejana, como un suspiro arrastrado con el humo.
---
Tiempo después.
Aunque Tanon había sido destruido, la tierra de la muerte permanecía, y la cordillera de Beriela seguía en pie.
Lo único distinto era que la tierra antes cubierta de hielo comenzaba a derretirse con la lluvia.
Un hombre avanzaba entre el barro, dejando huellas con sus botas. Llevaba a Anya cargado en la espalda, y se detuvo al pie de un glaciar inmenso. Alzó la vista hacia la cima, donde se erguía un templo abandonado. Desde abajo, apenas podía distinguir su silueta.
“Solo un poco más… Por favor, resiste un poco más.”
La última vez que comprobó la respiración de Anya, el muchacho había escupido sangre y por un instante dejó de respirar. El terror de aquella muerte repentina derrumbó a Evernight. Una y otra vez trató de devolverle el aliento, de abrazar ese frágil cuerpo, y cuando al fin volvió a respirar, el alivio fue indescriptible. Incluso ahora, al recordarlo, sentía su cuerpo temblar como si lo hundieran en agua helada.
Su respiración se volvió áspera. Ya no podía seguir a caballo. Soltó a su corcel en las faldas de la montaña, y se preparó para escalar el glaciar.
Los ojos inyectados en sangre, resplandecientes, se clavaron en los salientes de hielo.
La muralla de Beriela era tan alta como la muralla de Tildeon. Nadie había llegado hasta aquí, no había escaleras ni senderos. Nadie sabía para quién se había construido ese templo, ni qué habitaba en él.
‘Si tienes mala suerte, en el camino tú también morirás.Y aunque llegues, puede que el dios no responda a tu llamado. Tal vez incluso te exija un sacrificio.’
Aun así, Evernight comenzó a ascender.
Aunque recibiera la condena de escalar de por vida, aunque quedara lisiado, lo aceptaría gustoso.
El glaciar era un muro imposible. No había apoyos firmes para pies ni manos. Un desliz podía lanzarlo al vacío en cualquier instante.
Evernight mordió un cuchillo entre sus dientes. De no bastar con las manos, tendría que clavar acero en el hielo para seguir subiendo.
---
Fiuuu.
El viento arrastraba el aire helado. Su aliento se dispersaba como niebla blanca, y el tiempo parecía haberse detenido.
Una mano aferraba un saliente de hielo, y con la otra hundía el cuchillo más arriba, escalando poco a poco. La sensibilidad de sus manos desaparecía, y la escarcha cubría sus nudillos.
Pero lo que de verdad lo aterraba era no sentir ya el débil aliento en su nuca.
No.
No podía ser.
Un murmullo áspero se escapó de sus labios, como de alguien perdido:
“Anya… ya casi llegamos.”
Quería bajarlo de su espalda y comprobar su respiración, pero colgado del precipicio era imposible.
La ansiedad lo devoraba.
“Casi… casi estamos arriba.”
Susurraba una y otra vez hacia el muchacho que cargaba.
Si no lo hacía, enloquecería.
“Anya.”
“……”
“Anya.”
“……”
Volvió a llamar, a comprobar.
“…Anya.”
Pero nunca hubo respuesta.
Los ojos azules de Evernight empezaban a perder foco.
Las manos, casi congeladas, se teñían de venas azuladas.
Entonces, el hielo donde había clavado el cuchillo se resquebrajó, y su cuerpo cayó de golpe.
Se sostuvo por instinto, aferrándose a la pared helada.
Pero el impacto sacudió violentamente el cuerpo de Anya a su espalda.
“¡Anya!”
Un grito desgarrado brotó de su pecho.
Con una mano colgando del cuchillo, tanteó con la otra al joven, acariciando con desesperación el rostro que se apoyaba sin vida en su cuello.
El frío en su piel le recorrió el cuerpo con un escalofrío espantoso.
---
Un castigo atroz.
Era un tormento peor que limar los huesos, desgarrar la carne o arrancar las entrañas del cuerpo.
Al fin, cuando logró escalar el muro helado y alcanzar la cima, el sudor le caía a Evernight como lluvia torrencial.
Con la mirada perdida, contempló el templo que se alzaba frente a él, y enseguida avanzó hacia el interior con pasos apresurados, casi como un loco.
El templo grisáceo estaba húmedo y rezumaba frío. Había permanecido abandonado durante mucho tiempo, y recibía al visitante sin una sola luz, en desoladora penumbra.
Sin detenerse a observar el lugar, Evernight colocó a Anya en el suelo de piedra.
“Ah…”
De su boca se escapó un gemido ahogado, lleno de desesperación.
El cuerpo de Anya… el cuerpo de su compañero ya no estaba tibio. No sentía el latido de su corazón. A medida que sus manos temblorosas recorrían su pecho, un terror insoportable lo devoraba por dentro.
Apresuradamente acercó su rostro al de Anya, pero bajo su nariz ya no se percibía aliento alguno.
Entonces sus manos comenzaron a temblar de manera incontrolable.
No sabía cómo, pero consiguió sacar un frasco de medicinas del bolsillo que llevaba colgado al cinturón. Evernight destapó la cantimplora, tomó agua en la boca y se la pasó directamente a Anya con un beso forzado.
La cantimplora de cuero cayó al suelo, derramando el agua que empapó el mármol gris del templo.
Sin embargo, la garganta de Anya, completamente obstruida, no pudo recibir ni la medicina ni el agua que Evernight intentaba pasarle con su lengua.
Los movimientos del hombre eran desesperados y dolorosamente torpes, pero aun así, el cuerpo de Anya se iba enfriando y endureciendo poco a poco.
“Yo…”
“……”
Su voz húmeda estaba cargada de remordimiento y arrepentimiento. Pero no había nadie en aquel lugar que quisiera escuchar sus palabras.
“Yo, Anya…”
Evernight tomó más agua una y otra vez, volvió a besarlo, repitiendo la misma acción sin descanso.
Como un demente sin conciencia, sus gestos eran cada vez más ansiosos, cada vez más torpes.
Finalmente, cuando la cantimplora quedó vacía, tuvo que detenerse.
“Ya no puedo… vivir sin ti.”
Evernight lo abrazó con desesperación. Con una mano sujetó la nuca que se doblaba sin fuerzas, y con la otra llenó su rostro seco de besos febriles, como si intentara transmitirle al menos un poco de su propio calor.
“Me entregaste este vasto mundo… ¿y cómo pudiste abandonarme con tanta crueldad?”
Su espalda ancha comenzó a estremecerse.
“Que sea duque de Tildeon, que sea rey del norte… todo eso jamás me importó.”
Un sollozo que parecía una risa amarga escapó de sus labios.
“Yo solo quería morir. Solo quería acabar mi vida en soledad, más allá de la muralla. Ese había sido mi único deseo toda la vida. Pero fuiste tú quien me diste la voluntad de vivir…”
Su nuez se movió bruscamente, conteniendo la avalancha de sentimientos.
“Y esa voluntad nació únicamente de ti…”
Quería decírtelo.
“La verdad es que yo también quería vivir.”
Su confesión brotó entrecortada, como si le faltara el aire, pero aun así continuó.
“Contigo. En Tildeon, cuando llegue la primavera… quería vivir contigo. Quería darte flores. Quería abrazarte bajo un árbol que diera brotes. Yo contigo… quería… quería vivir contigo.”
Finalmente Evernight se derrumbó sobre Anya. Su rostro se torció en una mueca de dolor desgarrador.
Su mente se desmoronaba poco a poco. De sus mejillas secas empezaron a resbalar lágrimas ardientes. Por fin, justo cuando había aceptado la vida, la muerte lo alcanzaba.
“Anya…”
Ah, ¿cómo es que tu nombre debía ser Anya?
Cuando lo pronunciaba, al inicio sus labios se abrían dejando entrar aire helado, y al final su lengua tocaba el paladar, terminando en un ardor.
Cada vez que repetía tu nombre, oscilaba entre esos extremos de emoción, y no podía evitar guardarte en su mirada.
“Pero una vida sin ti no es distinta al infierno.”
Lágrimas de arrepentimiento y dolor cayeron de su rostro y empaparon el de Anya.
“Es un castigo interminable.”
Sin embargo, de los labios cerrados de Anya no escapó ni un suspiro.
“¿No te enfada? Que después de todo lo que hice para salvarte, yo ahora diga estas estupideces…”
Una risa amarga se le escapó, pero se apagó enseguida. Sus labios agrietados buscaron los fríos labios de Anya, y su lengua rozó la tierna carne interior, como un animal desesperado movido solo por el instinto.
“Entonces… ¿por qué no me llevas contigo?”
El pecado de haberlo pisoteado, de haberlo poseído, de haberlo engañado.
El pecado de no haber apartado la mirada para salvarlo, de haber cedido a la bondad y la firmeza de aquel muchacho.
El pecado de haber osado soñar un futuro juntos.
El pecado de no haberlo protegido al final.
Con los labios entreabiertos, Evernight confesaba sin cesar, como si se tratara de una penitencia.
Dioses…
“Entonces… llévenme a mí, no a este niño.”
La voz de quien toda su vida había rechazado a los dioses se convirtió en un sollozo.
Una vez más, pronunció el nombre del que estaba en sus brazos.
Mi joven compañero.
Mi caballero.
Mi debilidad.
Mi salvación y mi amanecer.
Y mi amado.
Frente al cuerpo sin vida de su amante, Evernight derramó todo su pasado de pecados y sentimientos no reconocidos. Gritó de arrepentimiento, lloró de desesperación y se consumió en su propia rabia ante aquella realidad devastadora.
Así, hasta que la luna se ocultó y el sol volvió a salir, el hombre fue juzgado sin descanso por los pecados que había cometido.
Un solo día se convirtió en una eternidad. Su mente y su cuerpo se hallaban al borde de la destrucción, cuando en la penumbra del templo comenzaron a escucharse pasos.
Una mujer, envuelta en una túnica blanca, apareció caminando lentamente. Parecía que un rayo de luz se filtraba en el templo sombrío.
Evernight la miró aturdido mientras se acercaba. El rostro del hombre, sumido en la aflicción, estaba tan cargado de dolor que parecía haber perdido la cordura.
“…No pensé que llegarías a amar a este niño.”
Dijo la mujer. Se arrodilló junto a Evernight y acarició una vez el rostro inmóvil de Anya. Entonces Evernight recuperó la conciencia de golpe, apartó bruscamente su mano y se estremeció.
“¿Tú… quién eres?”
Su cuerpo entero irradiaba hostilidad. Apretó a Anya contra su pecho con más fuerza, como si su instinto le gritara que no podía permitir que le arrebataran lo más preciado.
“La gente me llama por muchos nombres.”
La mujer se quitó la capucha blanca y lo miró fijamente.
En ese instante, la niebla en la mente de Evernight se disipó y su rostro se hizo claro.
Él ya la conocía. Había sido quien lo ayudó a salir de la vida de gladiador en Redcoast, quien le entregó el sello de Tildeon, y quien le enseñó cómo morir.
“¡Tú…!”
El rostro de Evernight, que se había quedado pálido, se encendió en una rabia incontenible. De inmediato agarró con fuerza el cuello de la mujer. Pero aquello no era más que un vano intento de resistencia.
“Algunos me llaman Eous, otros me nombran diosa de la luz, Lux… y a veces me tratan simplemente como una mujer sin nombre.”
Su expresión parecía contener lágrimas.
Eous extendió otra vez la mano, apartando con cuidado el cabello castaño claro que cubría el rostro de Anya.
Aquella ternura dejó a Evernight sin fuerzas para resistirse.
“...Sálvalo.”
La voz quebrada, temblorosa, imploraba.
Eous lo miró en silencio. En apenas una noche, el hombre había quedado hecho pedazos, con el alma rota en mil fragmentos.
Una pérdida imposible de borrar.
De todos los dioses, sólo Eous entendía ese sentimiento, el que mejor conocía.
Compadecía al caballero que quedaría atrapado entre la vida y la muerte, vagando como un ser incompleto.
“El destino de este chico ya se ha cumplido.”
“……”
“No te aflijas. Era su sino desde el principio.”
“...¿Qué dijiste?”
La voz de Evernight temblaba sin control. Destino, sino… esas palabras le resultaban insoportables.
Era demasiado doloroso. Ese muchacho era demasiado precioso, tan desgraciado, que apenas podía respirar. (Sino es destino*)
“…Reuní mis últimas fuerzas y me hice pasar por la más miserable de las personas, hasta ir al palacio a buscar a Luxus, a Tanon. Pero, tras vivir en un cuerpo humano durante incontables años, él ya no me reconoció. Fue una suerte… y también una maldición.”
La sonrisa suave de Eous se desvaneció poco a poco. Sus dedos delicados, que acariciaban el rostro de Anya, parecían perder lentamente su brillo.
“Y de él concebí a este niño. Aquella noche fue la más amarga y triste de mi vida. Recé con todo mi ser para que este chico un día se convirtiera en la espada que destruyera a Tanon, y para que tú devolvieras la pureza a este mundo. Día tras día expié mis pecados, mis errores y mis deseos prohibidos… y esperé el final, el momento en que mi alma se extinguiera.”
Eous parecía exhausta, sumida en tristeza, pero al mismo tiempo liberada.
Eso solo avivó más la rabia de Evernight.
“El chico y yo partiremos juntos. He estado ligada demasiado tiempo a este lugar, y ya me estoy desvaneciendo. Antes de desaparecer, lo llevaré a un descanso eterno.”
Era, dijo, una muerte predestinada desde el principio. Era hora de soltarlo.
Era la sentencia final.
“Cállate de una maldita vez.”
Los ojos de Evernight se inyectaron en sangre, las venas estallando bajo la furia. Los músculos de su rostro se contraían descontroladamente, su respiración se hizo áspera y sus manos comenzaron a temblar otra vez.
『Sir Evernight.』
『…Me gustas, siempre me gustaste.』
Las alucinaciones regresaron. No eran susurros demoníacos, sino algo mucho más cruel: esa voz cálida y serena que jamás lo había culpado, ni siquiera en los momentos de miedo o dolor.
Esa sonrisa forzada que aún así le regalaba, clavándose ahora como un puñal en su corazón.
“Aun si te arrepientes, Tifernum no volverá. Está muerto. Y aunque su sangre corra por mis venas, nada de lo suyo me importa.”
Evernight apretó a Anya contra sí, los ojos ardiendo de obsesión. Su mejilla temblaba sin control; lo dominaban el apego, la desesperación y la incapacidad de soltar el pasado.
“Ah, caballero de Andalr. Aunque no lo amaras, este chico estaba destinado a morir como espada.”
“…Cállate.”
“Fue designio de los dioses.”
“¡Cállate! ¡He dicho que te calles!”
Evernight rugió con furia. Tomó un cuchillo cercano y se lo clavó en el muslo. La sangre brotó a raudales, pero al menos el dolor lo hizo recuperar un poco de cordura.
“Voluntad de los dioses… basura. Déjame en paz.”
Su visión se oscurecía. El insulto salió de su garganta con dificultad, pero la mujer no cedió.
“El alma del chico ya abandonó su cuerpo.”
Ah… Evernight cerró los ojos con fuerza, pestañas temblando mientras un gemido se escapaba de entre sus dientes apretados. Las lágrimas ardientes rodaron por su rostro. La frialdad bajo su palma lo enfrentaba con la verdad irrefutable. Bajó la mirada con esfuerzo.
Un rostro pálido.
Un cuerpo rígido.
Un corazón y una respiración que ya no existían.
“No… No. Mejor… que muera yo.”
Su mano, que aún empuñaba el cuchillo, temblaba incontrolable. La ansiedad, el miedo y la desesperación lo devoraban. Colocó la punta contra su propia garganta, dispuesto a acabarlo.
Pero antes de que pudiera hundirse, el cuchillo salió volando y cayó al suelo.
“Debes vivir como gran rey y preservar la paz de este lugar.”
Él soltó una carcajada amarga. Con los ojos vacíos miró el cuchillo tirado.
“Caballero de Andalr. No desperdicies la muerte de quien amas.”
“Es cruel…”
Las palabras se escaparon de sus labios como un grito ahogado.
“La vida de ese chico fue tan cruel… que me estoy volviendo loco.”
“……Ahora tendrá paz.”
Una falsa consolación.
“A veces la muerte otorga un descanso que la vida no da.”
No era un consuelo, sino una burla cruel. Era una acusación: que la vida de ese chico, junto a él, sólo había sido sufrimiento. Evernight respiraba entrecortado, sintiéndose ahogado por la culpa.
Y aun así… quería estar con él. Quería abrazarlo. Quería besarlo. No, incluso si él moría, deseaba que Anya viviera. Ese deseo, voraz y humano, grotesco y desesperado, le arrancó una risa entre sollozos.
Lloró y rió, hasta parecer completamente fuera de sí. Se aferró a los ropajes de Eous cuando intentaba llevarse a Anya.
Las manchas de sangre dejaron una marca oscura en la túnica blanca.
“Lo daré todo. Mi cabeza, mi corazón, mis huesos podridos. Este cuerpo, incluso mi alma… todo lo entrego.”
“……”
“Así que devuélvemelo. No me lo quites.”
“……”
“Desde el principio fue mío.”
Eous lo observó en silencio, comprendiendo aquel deseo vil mejor que nadie. Finalmente, sus labios pronunciaron un veredicto.
“…Tu muerte no equivale a la suya. Has anhelado morir tantas veces que, incluso si lo sustituyeras, la balanza no sería justa. Los dioses no escuchan oraciones desiguales.”
Oraciones desiguales. Entonces sólo había que igualarlas.
“Pagaré el mismo precio.”
Respondió Evernight. Aunque fuera un tormento peor que la muerte. Aunque sólo fuera un instante de felicidad junto a ese chico.
Por ese instante, estaba dispuesto a darlo todo.
“…El dolor extremo, la desesperación y la soledad. Vivirás tanto tiempo que volverás a rogar por la muerte. Aun cuando ese chico se marche al regazo de los dioses, y cuando todos los que ames se hayan ido, tú seguirás sentado en soledad sobre el trono, protegiendo la paz de esta tierra.”
Eous habló con sincera compasión.
El caballero de Andalr no era Tifernum, aunque su sangre corriera en sus venas.
Había perdido a su amado, y lo compadecía.
Y aun así, sin arrepentirse, volvería a hacer lo mismo.
Tal vez… él también.
“¿Aun así, por un solo instante, cargarás con todo?”
Eous preguntó una vez más.
Y la respuesta de Evernight fue...
***
Fue un sueño muy largo.
Tras él, ondeaba como bailando un cabello color marrón claro, parecido a un campo de trigo.
La gente lo llamaba Anya.
Anya a veces era un muchacho, un caballero errante que corría por las praderas; otras veces era un joven trovador que se sentaba alrededor de una fogata junto a viajeros y contaba historias; y en ocasiones era un forastero que caminaba sin rumbo bajo la lluvia persistente.
En algún momento, cuando recobró la conciencia, se dio cuenta de que también se había convertido en un jinete de dragones.
Anya se aferraba al lomo de un dragón y recorría el mundo entero.
Atravesó estrechos marinos de un azul intenso, cruzó cordilleras heladas, y se sentó despreocupado en las colinas de una ciudad para contemplar un festival.
Tal como en las aventuras del gran caballero Thorne que había leído de niño en los libros…
El chico se había convertido en ese gran caballero que recorría libremente el mundo.
Sin embargo, a veces, sin razón aparente, una lágrima se deslizaba de sus ojos.
“Caballero, ¿hay algo más allá de ese horizonte?”
Incluso en medio de un baile con viajeros, incluso cuando conversaba tranquilamente con pastores que cuidaban de sus rebaños, siempre soplaba un viento muy triste a su espalda, rozando el cuello de Anya.
“Caballero, ¿cómo puede el viento ser triste?”
“¡Vamos! ¡En vez de eso, cantemos alegremente al compás del laúd!”
“Caballero errante, si desciende esa colina encontrará la ciudad. El sol ya se está poniendo. Yo debo regresar con mis ovejas.”
Las voces de los aventureros, danzantes y pastores se mezclaban, instando a Anya.
Le pedían que se quedara con ellos, que no mirara atrás y siguiera adelante.
Pero las lágrimas que fluían sin parar lo hacían detenerse.
“Parece que el viento me está llamando. No… alguien me está llamando.”
Por más que las limpiara, brotaban de nuevo, empapándole el rostro.
Su expresión clara e inocente fue invadida poco a poco por la perplejidad y la confusión.
“Siento como si hubiera dejado algo atrás… Como si hubiera olvidado algo muy importante en algún lugar.”
“Caballero.”
La gente lo detenía con firmeza.
“Si regresa, le dolerá.”
“¿Acaso no le gusta este lugar?”
Sí, le gustaba.
Allí, Anya era el gran caballero Thorne.
El héroe de las historias que había leído en su infancia era él mismo.
“Solo… solo un momento, debo ir a ver algo.”
Ya no podía ignorar más el sonido del viento.
“Necesito confirmar qué es lo que olvidé… o lo que perdí.”
Un dolor profundo lo atravesó.
Al tragar saliva, sintió como si algo ardiente descendiera por su garganta y, en un instante, ese ardor consumió todo su interior.
“Este lugar es su refugio, caballero.”
“Aquí nadie lo herirá ni lo traicionará jamás.”
Anya, con desesperación, comenzó a golpearse el pecho mientras aferraba el cuello de su ropa.
Era una emoción demasiado difícil de soportar.
“Ya no necesita ansiar amor.”
“Ya no tiene que sacrificarse.”
La gente no cesaba de consolarlo.
Lo hacían de verdad, con preocupación sincera.
Y, aun así, la ansiedad crecía sin fin dentro de él.
En medio de esa angustia, Anya negó con fuerza.
“No. No es eso.”
Aunque se tapó los oídos con todas sus fuerzas, una frase atravesó directo su corazón.
“Ya no necesita amar a ese hombre.”
Ese hombre…
Al final, no pudo contenerlo más y un sollozo escapó entre sus labios.
Anya levantó la vista hacia la luna llena en el cielo.
“Ahora… ahora seguro está bien… Seguro que ahora, aunque salga la luna llena, el señor ya está bien…”
Era algo que se le escapó sin pensarlo.
No sabía a quién se refería con “señor”, ni qué significaba esa luna llena, pero sus labios lo pronunciaron instintivamente, como un niño que repite las palabras de su madre.
“Estoy… feliz aquí. Entonces, ¿por qué estoy tan triste?”
Anya miró a su alrededor mientras preguntaba.
Pero nadie respondió.
Solo le daban palmadas en el hombro, diciéndole que olvidara.
“Debo… debo irme.”
Finalmente, Anya tomó una decisión.
Se levantó hacia donde soplaba el viento.
Ya su cabello, que antes le llegaba a la cintura, apenas rozaba sus hombros.
Abrió y cerró el puño.
Al llevar la mano al cinturón por costumbre, sintió el frío de una vaina.
Como hechizado, sacó de ella una espada delgada y azulada.
El nombre de esa espada era…
“…Haebing.”
“Escoge una espada.”
Y la persona que se la había entregado.
Una vez más, el viento sopló, agitando su cabello.
Era un viento helado, con un toque gélido que le recordaba la caricia de alguien.
El tiempo y el espacio se volvían borrosos, desmoronándose.
La nieve blanca caía suavemente, como observando en silencio.
El lugar desde donde soplaba el viento.
Allí, alguien lo esperaba.
Y ese alguien lo llamaba.
---
Los ojos del chico, que habían estado cerrados tanto tiempo, parpadearon lentamente, incapaces de soportar de golpe la luz del mediodía.
Lo primero que vio al acostumbrarse fue un techo.
Un techo de piedra en forma de arco: tosco, pero firme, como para resistir los vientos del norte.
La misma sensación lo invadió que la primera vez que llegó a ese lugar y lo observó.
Sobre las grises piedras talladas, estaban grabados símbolos familiares.
Pero, por alguna razón, en vez del frío helado que siempre sentía allí, ahora soplaba un aire cálido.
“……”
La cabeza de Anya giró lentamente.
En lugar de pesadas cortinas de invierno, ondeaban livianas telas de seda al compás de la brisa.
El cielo azul era diáfano, y desde la ventana abierta se escuchaba un canto suave.
Era un paisaje de primavera, sereno y pacífico.
“…Primavera.”
La voz que salió de su garganta era áspera, como si se rompiera.
Las cuerdas vocales, que no habían sido usadas por mucho tiempo, se sentían torpes, y en ese instante en que parpadeó de nuevo, un sonido de roce se escuchó desde el lado opuesto.
“……”
“……”
Anya cruzó la mirada con un hombre que, recién incorporado de su postura inclinada, lo estaba observando. No lo había notado, pero alguien había estado allí sentado todo ese tiempo. Ahora veía que su mano, apoyada sobre las sábanas, estaba atrapada por la del hombre.
La gran mano, que se aferraba con insistencia entrelazando los dedos con los suyos, temblaba sin control. Esa emoción cruda y tempestuosa parecía transmitirse a Anya, como si fuera imposible contenerla.
“Ah…”
Antes de que Anya pudiera decir algo, el rostro del hombre se contrajo de golpe.
No podía ser… El Evernight que Anya conocía no era así.
Y, sin embargo, ahora parecía alguien que lo había estado esperando durante muchísimo tiempo. Quizás era porque la unión de sus palmas y dedos estaba tan húmeda y pegajosa, como si hubieran estado enlazadas durante horas.
“He… he vuelto.”
Anya murmuró aquello sin apartar la vista de él. Era como si también hubiese vagado durante largo tiempo por todo el Imperio, y las palabras le salieron sin pensarlo.
Evernight lo miraba fijamente sin decir nada. Aun cuando la intensidad de esa mirada lo asfixiaba, Anya no podía apartar los ojos.
“¿Por qué… por qué me mira… así?”
Pensó que tal vez se veía desastroso por haber estado tanto tiempo en la cama. Avergonzado, se rascó la mejilla, y en ese instante Evernight lo rodeó con sus brazos. Anya quedó atónito en su abrazo. En lugar del frío olor del exterior, Evernight desprendía el calor del sol.
“…Bienvenido.”
Bienvenido, Anya.
Él lo repetía una y otra vez, murmurando con la cabeza hundida en el cuello de Anya. De su cuerpo emanaba un alivio fatigado que se contagiaba. Las fuerzas parecieron abandonarlo; aquella sensación lo mareaba. Evernight estaba tan profundamente tranquilo que Anya sintió que también se desvanecía su propia tensión.
Recién entonces tomó conciencia de que había sobrevivido. Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
“Tanon… Tildeon…”
Palabras quebradas salieron como un sollozo. Después de que Tanon atravesara su corazón, Anya había cerrado los ojos en los brazos de Evernight. Pensó que al menos había tenido utilidad, que había valido la pena si podía salvarlo.
Pero en realidad, tenía miedo. El torrente de sangre que lo ahogaba, su cuerpo enfriándose poco a poco… No quería morir.
“Ya está bien, Anya.”
Evernight separó el torso y le secó las lágrimas.
“Ahora en Tildeon ha llegado la primavera.”
Tomó sus mejillas y las acarició, con una delicadeza extrema, como si se tratara de vidrio a punto de romperse.
“…¿Primavera?”
Anya volvió la cabeza hacia la ventana y contempló el cielo claro. No era una ilusión.
Ploc. Las lágrimas que caían empapaban las sábanas.
La mirada de Evernight se volvió ansiosa, desesperada.
“Anya.”
Lo tomó de la mejilla con cuidado y lo obligó a mirarlo de nuevo. Entonces, incapaz de contenerse, lo soltó de golpe:
“Te quiero.”
“……”
“Te amo.”
Aunque lo decía en un tono contenido, en esas palabras se entrelazaban la obsesión, el deseo, la pasión y el anhelo de alguien que ya había perdido lo más valioso una vez.
Anya pudo leer en su interior esa emoción pesada, profunda y abrasadora. Era, sin duda, “amor”.
Evernight lo amaba.
“No me dejes nunca más.”
Con un rostro un poco melancólico, como si ese lugar siempre hubiese sido su hogar, murmuró:
“Vive conmigo aquí en Tildeon.”
Y aun así, aquel hombre, que había aprendido que la pérdida era más temible que la muerte, no tuvo más remedio que rogarlo.
Cada respiración suya temblaba, esperando la respuesta de Anya. En esos ojos, que eran como un mar, se reflejó un rayo de sol. Y en ese mar solo existía una persona: Anya.
Evernight bajó la cabeza y rozó los labios de Anya. Tras separarse un instante, acercó su nariz a la suya. Anya cerró los ojos despacio.
Evernight abrió sus labios y lo besó con profundidad. El beso era dulce, como si llenara su boca de miel. Anya rodeó su cuello con los brazos, y el cuerpo de Evernight se estremeció. Un gemido ahogado escapó de sus labios.
Apretándolo de la cintura, lo pegó más a su cuerpo, desesperado. Anya le acarició el cabello con calma.
Por fin, habían alcanzado un descanso verdadero.
Tildeon.
El lugar en la frontera entre la vida y la muerte.
Su significado era: “Lucharé hasta que amanezca.”
Ahora, con la aurora completa iluminando ese sitio, se había convertido en el refugio soñado de un muchacho y el hogar donde habitaba su amado.
Epílogo. El Árbol del Comienzo
Anya apoyaba el mentón sobre la ventana, observando con atención algo frente a él. Allí, sobre el alféizar, había un huevo redondeado.
Era un poco más grande que una mano extendida, de un color sospechosamente rojizo, con escamas reptilianas en la superficie. A simple vista resultaba inquietante, pero la expresión de Anya era seria y concentrada.
“…Dragkals.”
Era un huevo de dragón.
Al golpear suavemente la superficie, las escamas vibraron como si el interior se encogiera.
Dragkals había perdido su cuerpo en la batalla contra los monstruos, pero su espíritu no desapareció, permaneciendo grabado en Anya. El joven llevó una mano a su pecho y presionó con fuerza. Allí, en lo más hondo, aún podía sentir el ardiente aliento del dragón.
“—Un año entero has dormido.”
Poco tiempo atrás, cuando Riario corrió hasta la habitación al oír que Anya había despertado, suspiró aliviado al decirle eso.
“¿Un… año?”
La brisa de primavera que entraba movía el cabello, ahora un poco más largo, de Anya.
Un año…
Esa respuesta inesperada lo sacudió.
El aire tibio que llenaba la habitación anunciaba ya la segunda primavera de Tildeon, no la primera.
“No pienses en nada.”
Evernight lo tomó y lo apretó contra su pecho. Le besó la coronilla como si lo acunara.
Pero Anya no podía ocultar su desconcierto. Lo vivido en el sueño era demasiado vívido… ¿Cómo había regresado?
¿Era posible seguir con vida, inmóvil, durante un año entero?
En su pecho aún permanecía marcada la cicatriz del filo helado que el Señor del Mal le había clavado. Había sido, sin lugar a dudas, una muerte perfecta. Aquel dolor que lo atravesó como un rayo, la desaparición de todos los sentidos, la soledad absoluta del final…
Anya no podía olvidarlo.
“¿Cómo… cómo volví a la vida?”
Quería saberlo, pero nadie decía nada.
Ni siquiera Evernight.
“—Señor… ¿Y si todo esto es un sueño? ¿Y si, por desearlo demasiado… inventé esta ilusión para verlo de nuevo?”
Incluso ante esas palabras, Evernight mostró un rostro de profundo dolor.
Él se apartó un poco y lo miró directo a los ojos.
“No. No puede ser una ilusión. Este lugar es tuyo y mío, es nuestra casa. Yo soy tu esposo, y tú eres mi único compañero y el gran caballero de Tildeon. Esto es la realidad, la verdad. Aunque los dioses desaparezcan, esto jamás cambiará.”
Dijo cada palabra con firmeza. Ante esa confesión repentina, Anya parpadeó aturdido, y Evernight, incapaz de soportar la inseguridad, dejó escapar una maldición baja.
“Maldita sea...”
Con una mano se cubrió el rostro, exhalando un suspiro agitado. Lucía nervioso, incluso temeroso.
Ese fue el primer recuerdo que Anya tuvo al despertar en la cama. Lo que vino después pasó casi como en un torbellino.
Casi a diario, Siswu, Karen y Lorea irrumpían en la habitación, armando un alboroto mientras charlaban. A veces Joel y Ronan también lo visitaban, emocionados porque se habían convertido en aprendices de caballeros de Tildeon.
Incluso Luke y Kun se dejaron ver. En realidad, ellos planeaban regresar al sur pronto, pero al enterarse de que Anya estaba a salvo, decidieron quedarse un año más antes de partir.
Así transcurrían los días. Y al caer la tarde, cuando el cielo se teñía de rojo, Evernight aparecía. Insistía en atender personalmente a Anya en la cena. Después de que éste bebiera los tónicos de recuperación preparados por Riario, y cuando ya no lograba resistir el sueño y empezaba a cabecear, Evernight le daba un breve beso y permanecía junto a él toda la noche.
Era como un sueño. Una vida tan pacífica y dulce que a veces lo hacía sentir que iba a llorar.
“¿También te quedaste dormido por mucho tiempo como yo?”
“¿Eh, Dragkals?”
Al tocar de nuevo el huevo, su superficie se estremeció un momento antes de volver a calmarse.
En esa primavera, tras un año de sueño, lo primero que hizo Anya al abrir los ojos fue intentar invocar a Dragkals. Evernight, que parecía haberse vuelto más sereno como si hubiese dejado cargas atrás durante ese tiempo, reaccionó con frialdad por primera vez al escuchar que usaría magia.
Era comprensible que estuviera tan sensible después de recuperarlo tras un año, pero lo sobreprotegía demasiado. Al principio, incluso intentaba darle de comer con cuchara o fruta, como si fuera un polluelo, hasta el punto de que los sirvientes lo notaban.
Sin embargo, esa sobreprotección no le resultaba del todo desagradable. Anya también temía romper la calma que tanto había añorado, así que no volvió a insistir. Pero los recuerdos de volar a lomos del dragón en sueños lo dejaban melancólico.
Pasó noches agitadas hasta que Evernight, con la condición de supervisarlo, le permitió invocar a Dragkals. Por fortuna, a pesar de haber dormido un año entero, su cuerpo estaba en buen estado, y tras algunos intentos logró traerlo de vuelta.
No obstante, Dragkals ya no apareció en su forma pequeña como antes, sino convertido en un huevo de un rojo oscuro. Aun así, Anya lo agradeció, y lo sostuvo con ternura en sus brazos. Sintió que ya había recibido suficiente calor del sol por ese día.
Toc, toc.
“Señora”
El suave golpeteo en la puerta lo sacó de sus pensamientos. Anya recordó entonces que ese día era muy importante.
De hecho, se había levantado de madrugada, se había bañado y se había esforzado en calmar los nervios. Hasta el rato que pasó sosteniendo el huevo no había sido más que una forma de distraerse por lo que lo esperaba.
Al mirar por la ventana, vio la larga fila de carruajes y la multitud de personas moviéndose con prisa en el patio interior.
‘Concéntrate. No hay razón para ponerte nervioso.’
Se dio un ligero golpe en la mejilla y se levantó apresuradamente, justo cuando los sirvientes entraban en fila inclinando la cabeza.
“Lo siento. Aún no estoy del todo listo.”
El mayordomo, el de mayor edad entre ellos, negó con la cabeza como diciendo que no debía preocuparse.
“No, señora. El duque nos ha ordenado asistirlo personalmente. Y nos indicó que hiciéramos todo a su ritmo, sin prisas.”
Fue entonces cuando Anya reparó en el traje blanco que ellos llevaban en brazos. Ya lo había usado una vez en el pasado. Solo verlo le hizo encoger los dedos de los pies y sentir cómo la tensión le endurecía el vientre.
“¿Cómo desea que lo peinemos?”
Anya, al sentarse en la silla, clavó la mirada en el joven que se reflejaba en el espejo frente a él. Había tratado con esfuerzo de no ser consciente de su presencia, pero, inevitablemente, el corazón le latía con fuerza.
“Su cabello es tan hermoso… pienso que lo mejor sería dejarlo caer largo, ¿no cree?”
Anya asintió con un leve movimiento de cabeza. En realidad, poco le importaba. Lo importante no era aquello. Tomó aire y lo soltó despacio para apaciguar su tembloroso interior.
La doncella mayor empezó a peinarle con calma, y otra doncella, a su lado, dejó caer unas gotas de aceite perfumado en su mano para extenderlo en las puntas.
El cabello, que atrapaba la calidez del sol, se agitaba con vida alrededor de su cintura. Con destreza, la doncella mayor le trenzó un pequeño mechón a cada lado, uniéndolos en la parte trasera y dejando el resto caer sobre los hombros.
“Dentro del Imperio no existe alguien tan elegante, majestuoso y a la vez sobrio como usted, señora.”
Al encontrarse con la sonrisa satisfecha de la doncella mayor a través del espejo, las mejillas de Anya se encendieron de golpe y bajó la mirada. Por más que pasaran los años, le resultaba extraño verse de aquella manera.
“Ahora le ayudaremos a vestir la túnica ceremonial.”
Las doncellas, que lo esperaban, se acercaron a acomodar cada pliegue de la prenda. La túnica blanca encajaba perfectamente en el cuerpo de Anya.
“La hemos confeccionado a imagen de la que usó en su boda. Como ha crecido mucho, solo hemos tenido que alargar la longitud.”
Al comentario pícaro de la doncella mayor, las más jóvenes rieron tímidamente, tapándose los labios. Pero Anya ya no escuchaba nada. La doncella colocó la pequeña corona sobre su cabello y le mostró nuevamente el espejo.
“……”
“Es… demasiado hermoso.”
Las jóvenes, ruborizadas, no podían apartar la mirada de él.
El paso del tiempo era realmente grandioso. Aun vistiendo la misma prenda, ya no quedaba rastro de aquel príncipe tímido y encogido que había puesto pie en Tildeon por primera vez.
“Es momento de dirigirse a la ceremonia de coronación.”
La doncella mayor, conmovida, inclinó la cabeza con respeto.
Ahora, en su lugar, estaba de pie el salvador del mundo, radiante hasta el punto de ser venerado por todos.
---
En medio del antiguo bosque situado detrás de los registros de Tildeon, se alzaba solitario el “Árbol del Comienzo”. Entre los innumerables árboles guardianes, él destacaba con fuerza. Ese árbol había visto cómo se levantaba la barrera, cómo los siervos de la oscuridad eran contenidos más allá de ella, y, finalmente, cómo aquella muralla caía.
Por eso, la coronación no tendría lugar en el salón principal del castillo, sino bajo el Árbol del Comienzo.
El bosque de Tildeon, tras haber estado sepultado bajo la nieve del invierno, ahora rebosaba vida. Los brotes emergían de la tierra húmeda, creando un paisaje inigualable.
Fue entonces que alguien avanzó, pisando suavemente sobre la hierba recién nacida. En un instante, todas las miradas de los cientos de presentes que ya aguardaban bajo el árbol se centraron en él.
“…El príncipe.”
Se escucharon pequeñas exclamaciones ahogadas aquí y allá. No solo los duques del Imperio, reunidos después de tanto tiempo, sino también los representantes de los elfos y enanos lo observaban con asombro contenido.
Ante aquella tensión que cortaba la respiración, Anya buscó instintivamente con la mirada al hombre que estaba frente a él.
Evernight lo esperaba bajo el árbol. También vestía ropajes ceremoniales, y de pie allí, con el follaje verde a su alrededor, se veía casi irreal, demasiado fascinante.
Parecía un héroe salido de los mitos, y Anya, al mirarlo, no pudo más que detenerse en seco.
“……”
“……”
Sus miradas se cruzaron en el aire. Entre los trinos de los pájaros en el bosque primaveral, ninguno apartó los ojos del otro hasta que el sacerdote del templo se aclaró la garganta. Era una atracción instintiva imposible de ocultar.
“Una nueva era ha comenzado.”
La voz tranquila del sacerdote quebró el silencio.
Mientras Anya se dirigía a su lugar, la mirada de Evernight lo siguió persistentemente. Aunque él era el protagonista de aquella coronación, parecía que toda su atención estaba clavada en una sola persona.
“Es como si estuvieran en su propio mundo.”
Usolin murmuró con un sollozo contenido.
“¿Está llorando?”
Pero Siswu, quien preguntaba, ya derramaba lágrimas sin freno. Karen suspiró, consolándolo con suavidad.
Bajo el Árbol del Comienzo, Evernight y Anya se pusieron lado a lado con el sacerdote entre ambos. Este abrió una caja sagrada, revelando una corona. Era de plata, incrustada con el mineral de Sildor, símbolo del respeto hacia el rey que había protegido al Imperio contra los monstruos.
“Oh, gran rey, en este nuevo amanecer, pedimos bendición.”
El sacerdote alzó la corona, y Evernight se arrodilló. La corona fue colocada sobre su cabeza. La voz solemne del sacerdote resonó con claridad para todos los presentes.
“Ahora eres el nuevo líder de esta nación. Con sabiduría y nobleza nos guiarás. Confiamos en que bajo tu era florecerán la gloria y la prosperidad. Tu grandeza iluminará esta tierra, y marcharemos a tu lado.”
Evernight se levantó finalmente y se giró hacia la multitud. Una ovación ensordecedora lo recibió. El nacimiento de un nuevo rey llenaba de júbilo a todos. Ronan y Joel silbaron, secándose las lágrimas. Las demás personas, incluido Huian, inclinaron la cabeza en reconocimiento.
En medio de aquellas bendiciones, Evernight dio unos pasos silenciosos hacia Anya. Los aplausos se apagaron poco a poco.
“La paz llegó gracias al sacrificio sagrado y al coraje de este valiente.”
Evernight se arrodilló, alzando con calma la vista. Sus ojos azules, iluminados por la luz del sol, brillaban con solemnidad, y en ellos solo cabía la imagen de su amado frente a él.
“Quien merece la reverencia no soy yo, sino usted.”
Llevó los labios con respeto sobre el dorso de la mano de Anya. En ese instante, no solo los duques, incluido Bluea, sino también las demás razas y todo el pueblo reunido, se inclinaron ante él.
Los ojos de Anya se llenaron de lágrimas. Miró alrededor, y antes de que pudiera secarlas, Evernight desenvainó su espada y se la presentó.
Un caballero solo entregaba su espada en señal de lo más alto de la fidelidad… y Anya no pudo contener un gemido quebrado entre los dientes.
“Con todo lo que soy, juro lealtad eterna a usted.”
Evernight comenzó a recitar un juramento de fidelidad, pronunciado únicamente para una sola persona. Su voz, grave y segura, resonaba suavemente en los oídos de Anya. Tan audaz y a la vez tan llena de certeza, que su garganta temblaba sin poder contener la emoción.
“Mi sangre correrá por usted, y mi espada será usada para protegerle. Pasaré mi vida entera a su lado, entregando mi cuerpo y mi alma por completo.”
Con manos temblorosas, Anya levantó con cuidado la espada que le ofrecían. No existía otro rey que, en su coronación, recitara el juramento del caballero. Al pensarlo, no pudo evitar que se escapara una pequeña risa. Una risa feliz entremezclada con lágrimas.
Ante esa sonrisa deslumbrante, Evernight alzó la cabeza y cruzó miradas con Anya. Nunca antes había temido esos ojos azules. No, quizá desde el principio había estado cautivado por ellos. Anya había deseado siempre estar reflejado dentro de esa mirada.
Anya levantó la espada y la posó una vez sobre la coronilla y luego sobre los dos hombros de Evernight. Para no perder la compostura, tuvo que apretar con fuerza la empuñadura.
“Recibo su juramento.”
Con gran esfuerzo, sacó la voz de su garganta, temiendo que al hablar se le escapara un sollozo. Evernight se puso lentamente en pie. Y, sin darle tiempo a reaccionar, lo atrajo hacia sí y posó un beso suave en sus labios.
Aunque parecía arrebato, su beso fue sorprendentemente delicado y cuidadoso.
La espada cayó de sus manos con un golpe seco contra el suelo, y esa fue la señal para que un rugido de vítores estallara alrededor, bendiciendo a ambos.
Tras ellos, el Árbol del Comienzo se agitaba con el viento, creando un sonido hermoso. Bajo la luz del sol, que lo hacía brillar en plata, sus verdes hojas se mecían con ligereza, como anunciando un nuevo inicio.
“Asel, ¿no había una profecía sobre esto?”
Asrandu, contemplando el Árbol del Comienzo que se mecían con la brisa, murmuró con un extraño presentimiento.
“¿Qué profecía dices?”
A la brusca pregunta de su hermana, Asrandu sonrió con desgano y recordó el pasaje que oyó hacía mucho, cuando huyó a la isla de Aoni.
《Hasta que el árbol sagrado de plata recupere su brillo, la energía maligna no cesará de oscurecer las estrellas del cielo… Oh, tú que llevas la voluntad de los dioses, aunque vistas el disfraz del más humilde de todos, serás el único capaz de devolver la luz al árbol sagrado. Cuando el árbol recobre su fulgor, el heredero olvidado regresará.》
“Así que el árbol de la profecía era ese…”
***
Cuando cayó la noche, todos los reunidos en Tildeonrock celebraron un festival. El aroma de la comida deliciosa se expandía por todos lados, y la gente bailaba alegremente al compás de los músicos.
“¡Vamos, vamos! ¡Apuesten quién se lo termina todo!”
En una esquina, Siswu y Usolin competían bebiendo de un barril de licor. Riario aprovechó la ocasión para recoger monedas de plata entre la multitud, riendo a carcajadas. También él parecía bastante borracho después de tanto tiempo.
Karen y Lorea los miraban a lo lejos y no pudieron contener la risa.
Los elfos estaban rodeados de niños, y aunque estos no dejaban de tocar sus puntiagudas orejas, no parecía molestarles demasiado.
Luke, Kun, Asel y Huian jugaban al ajedrez a un costado, mientras Joel y Ronan bebían vino a escondidas hasta terminar arrastrándose por el suelo.
“¡Ronan, a dónde vas!”
Incapaz ya de aguantar las ganas, Ronan se levantó tambaleante. Dejó atrás a Joel, que lo llamaba, y rodeó el gran castillo hasta llegar a la parte trasera.
Pero de pronto, se detuvo en seco.
“¿Dónde estaba…?”
En el tocón colocado a la entrada del bosque, Anya estaba sentado. Y frente a él, Evernight estaba agachado, mirándolo a los ojos. En su mano sostenía una pequeña bengala de fuegos artificiales. Al encenderla, brilló chisporroteando, iluminando el rostro de Anya con una claridad deslumbrante.
"¡Señora, es hermoso!"
Ante aquella sonrisa radiante, Ronan sintió que se le despejaba de golpe toda la borrachera.
Quizá no era solo él quien lo sentía así, porque en la mirada de Evernight, fija en Anya, el amor se desbordaba como miel derramándose. Ronan comprendió entonces, por primera vez, que hasta en una simple mirada podía sentirse el amor.
"Anya."
Al oír que Evernight lo llamaba suavemente, Anya, que tenía la vista puesta en la bengala, levantó despacio la cabeza. Evernight respondió con una leve sonrisa y un beso.
Pronto, tras ellos, los fuegos preparados por Riario comenzaron a llenar el cielo nocturno. Aquella escena era tan hermosa que hasta daban ganas de llorar, y Ronan se retiró en silencio para dejarles su momento.
«…El rey Andalriano permaneció en aquel lugar durante mucho tiempo, incluso después de que todos los demás se hubieran marchado.
Y un día, sin decir palabra alguna, cruzó la muralla y emprendió el camino hacia el norte. Caminó y caminó por la llanura helada, y en un día en que la nieve caía copiosamente, levantó la vista al cielo y cerró los ojos con calma.
Tras siglos de espera, por fin regresaba junto al amante que había amado con todo su ser…
Y la paz completa, al fin, lo alcanzó.
De las memorias de un juglar: Al cierre de la Cuarta Era - »
< Fin >
