Capítulo 1-10

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Nota Lucy: Holas mis amores esta novela es preciosa, o por lo menos hasta donde la he leído, creo que es uno de los mejores libros de Zig, dentro de la saga.

Estaré leyendo junto a ustedes, porque todavía no la termino jajaja, pronto traeré la historia de Dominic el padre de Asley, es una novela cortita, aunque totalmente tóxica, por eso el padre omega de Ash es tan distante, porque Dominic lo tiene retenido hasta el presente .-.

En fin Ash y Koi son unas ternuritas dan mil años de vida, vale la pena leer :3


Capítulo 1

Esta novela contiene elementos ficticios para mayor dramatismo, por lo que las instituciones, personajes y eventos presentados no guardan relación con la realidad.

"Haré que te arrepientas de haberme dejado."

La carretera hacia la escuela, como de costumbre, estaba llena de coches en fila. Eran los vehículos de los padres que dejaban a sus hijos justo a tiempo para las clases.

Koi, como siempre, pedaleó con todas sus fuerzas, adelantando a los coches que esperaban en el semáforo, y cruzó rápidamente la calle. Un coche que se acercaba a lo lejos bajó la velocidad al ver la bicicleta de Koi. Él, por su parte, movió las piernas con más energía hasta entrar al recinto escolar. Otros estudiantes bajaban de sus coches, saludándose entre ellos.

—¡Sara, por acá!

—¿Viste Eternity ayer? Lloré con esa escena. ¿Cómo la pudieron terminar así?

—Mi papá quiere ir de camping de nuevo. Qué aburrido.

Tras estacionar su bicicleta en el área designada, Koi pasó junto a los grupos de estudiantes conversando y se dirigió a su casillero. Aunque todos charlaban en sus círculos, nadie lo saludó ni le dirigió la palabra.

Era una situación tan común que, casi sin pensarlo, abrió su casillero y sacó los libros de texto. Mientras cerraba la puerta con los libros para la primera clase bajo el brazo, un murmullo repentino lo hizo voltear la cabeza. El ambiente se había electrizado, y pronto entendió por qué: los seis titulares del equipo de hockey sobre hielo avanzaban por el pasillo, riendo a carcajadas.

Como era de esperarse, se llevaron todas las miradas. Los seis, que solían andar juntos a todas partes, destacaban no solo por sus imponentes físicos, sino también por sus rostros atractivos.

Y entre ellos, el que más resaltaba era, sin duda, Ashley Dominic Miller. Caminando en el centro como si fuera lo más natural del mundo, ignoraba con facilidad las miradas de sus compañeros mientras bromeaba con sus amigos. Pero, pese a su indiferencia, todos lo observaban embobados. Koi, claro está, no era la excepción.

«Se ve todavía más guapo cuando sonríe.»

Koi contuvo la respiración por un instante mientras lo miraba. Todos en la escuela lo conocían. Bueno, cualquiera que siguiera el hockey sobre hielo sabía quién era. Siempre había pensado que su apodo era ridículo y hasta cursi, pero en ese momento, por más que le molestara admitirlo, no podía negar su razón de ser.

"El príncipe del hielo."

—Ugh.

Koi hizo una mueca como si fuera a vomitar. Le repugnaba aceptar que, por un segundo, había coincidido con esa descripción. Pero, bajo la luz matutina que acariciaba su deslumbrante cabello plateado, incluso su ceño ligeramente fruncido resultaba absurdamente perfecto. Sus ojos gris azulado, de mirada profunda, sus labios gruesos y bien definidos, su nariz recta como si nunca se hubiera roto y su mandíbula angular. Su rostro, de sombras marcadas, parecía tallado en mármol.

Y eso sin contar su físico. Con casi 1.90 m de estatura, incluso con una simple camiseta y jeans, sus hombros anchos, su pecho musculoso, sus muslos firmes y sus caderas bien formadas lo hacían parecer una obra maestra.

Claro, es el capitán del equipo de hockey del instituto Buffalo, que nunca ha perdido un campeonato.

Para Koi, cuyo cuerpo apenas tenía el mínimo de músculo necesario para sobrevivir, admirar a alguien tan perfecto era casi un pecado. Solo podía resignarse a sentirse insignificante.

Fue entonces cuando Ashley volteó la cabeza y, al notar a Koi, le sonrió radiante y agitó la mano. Koi, que intentaba pasar desapercibido, se quedó paralizado, confundido por el gesto inesperado.

«¿Eh? ¿A mí?»

Dudando, se señaló el propio pecho con un dedo. Ashley, con los ojos llenos de diversión, le sonrió aún más.

«¿Ashley Miller me conoce?»

Compartían la mayoría de las clases avanzadas, aunque Ashley siempre estaba con sus amigos, mientras Koi se limitaba a ocupar un rincón, casi invisible. Pero que una estrella del hockey lo reconociera, y encima lo saludara primero, era... inesperado.

«Bueno, tenemos varias clases juntos.»

Mientras Ashley se acercaba, esos pocos segundos se sintieron como una eternidad.

La sonrisa del rubio capitán del equipo de hockey, dirigida solo a él, bastaba para dejar a cualquiera sin aliento, incluso a otro chico. Que el estudiante más popular de la escuela lo saludara primero lo tenía emocionado.

—Hola... —empezó Koi, levantando la mano con expresión atontada.

Pero en ese momento, alguien pasó a su lado como un vendaval, desviando la atención de Ashley hacia ella.

—Hola, Ash.

La chica que le plantó un beso cariñoso era, por supuesto, su novia: la capitana del equipo de porristas. Al ver a la típica pareja de estrella deportiva y animadora, Koi entendió su error.

«Ah. Le estaba sonriendo a ella.»

El rubor le quemó las mejillas. Siempre se había consolado pensando que su presencia era menos notable que el polvo en un rincón, pero ahora se lo agradecía. Al menos así evitaba que todos se rieran de él.

Mientras luchaba contra la vergüenza, uno de los chicos del grupo pasó junto a él y gruñó:

—Quítate, imbécil.

Lo empujó sin más, haciéndolo chocar contra los casilleros. Nadie le prestó atención; todas las miradas seguían al grupo que se alejaba. Koi se frotó el brazo dolorido y bajó la vista, mortificado.

«Ashley Miller ni siquiera me conoce.»

Era lógico. Para él, Koi solo era uno más entre los estudiantes anónimos. Mientras se rascaba la cabeza, incómodo, intentó cerrar su casillero, pero alguien le dio un golpe brusco en la nuca.

—¡Ay! —gritó, encogiendo los hombros.

Pero eso no fue todo. Otro chico le golpeó los libros que llevaba, tirándolos al suelo. Koi intentó atraparlos, pero solo alcanzó a rozar sus páginas antes de que se esparcieran por el piso.

—Patético.

—Despierta, idiota.

Nelson y sus amigos se alejaron riendo. Koi solo miró los libros desparramados, suspiró y los recogió a toda prisa. Las clases estaban por empezar.

Corrió por el pasillo y llegó al aula, donde ya casi todos los asientos estaban ocupados. En el centro, como siempre, estaban Ashley y sus amigos. Aunque solían ser seis, hoy solo había tres, incluido Ashley. Aun así, su presencia era abrumadora. Koi los miró de reojo antes de dirigirse a su asiento habitual en la esquina.

Sin querer, captó fragmentos de su conversación:

—¿Entonces qué van a hacer? ¿Buscarán a alguien nuevo?

—No creo que cambien la coreografía. Dijeron que buscarían a alguien que encaje.

—¿Tú sabes algo, Ash?

Ashley se encogió de hombros.

—Me preguntaron, pero ¿quién podría unirse al equipo de animadoras a mitad de temporada? Mejor que cambien la coreografía.

—¿Y qué? ¿A Ariel no le gusta?

—Dice que esa parte es esencial.

—¿Tan importante es?

—No sé. Pero si no funciona, Ariel va a tener que ceder.

Mientras decía esto, Ashley giró la cabeza y sus ojos se cruzaron con los de Koi, que pasaba por ahí. Pero, como antes, fue solo un cruce casual de miradas. Ashley le dedicó una sonrisa automática antes de volver a hablar con sus amigos.

«Claro. Qué más podía esperar.»

Con un dejo de decepción, Koi se sentó en su rincón mientras ellos seguían hablando de trivialidades: resultados de partidos, peleas con hermanos menores... Él ignoró sus voces y se preparó para la clase.

Poco después, la profesora entró. El aula se quedó en silencio, y la lección comenzó con normalidad. Era una mañana como cualquier otra.


Capítulo 2

—Uf.

Tras botar la última bolsa de basura, Koi estiró la espalda con un suspiro. Le dio un último vistazo al local para comprobar que todo quedara en orden y apagó las luces. Al cerrar la puerta con llave, por fin todo había concluido.

Casi trotando, fue hacia su bicicleta y empezó a pedalear frenéticamente. Aunque había repasado sus tareas por encima, sabía que le tomaría horas terminarlas. Tal vez incluso tendría que pasar la noche en vela. La ansiedad lo invadió, y sus piernas empujaron los pedales con más fuerza. El viento frío le golpeaba las orejas mientras avanzaba.

El trabajo de medio tiempo que tenía desde hacía meses consistía en atender la caja, acomodar productos y, al final del día, limpiar el local y sacar la basura. Aunque el dueño nunca le pagaba esas horas extra, Koi no tenía otra opción más que aguantar. No era fácil conseguir otro empleo.

Como de costumbre, terminaba una o dos horas después del cierre, y llegaba a casa cerca de la medianoche. El tiempo nunca le alcanzaba para las tareas y el estudio.

Con el corazón acelerado, Koi pedaleó aún más rápido, adentrándose en las oscuras calles de la noche.

Al llegar frente a la casa-remolque, Koi soltó la bicicleta y entró corriendo. Se lavó la cara a medias, encendió la computadora y, mientras esta cargaba, preparó sus notas. Al ver el documento de la tarea, soltó otro suspiro y se puso a escribir.

El trabajo consistía en analizar una obra de literatura latina que ya había leído. Solo le faltaba redactar el ensayo.

Absorto en la tarea, perdió la noción del tiempo. La profesora Martínez era inflexible con los plazos, y Koi dependía de las becas. Su futuro universitario dependía de sus calificaciones.

Frotándose los ojos cansados, siguió escribiendo.

De pronto, el rugido de un motor lo sobresaltó. El viejo camión de su padre había llegado. Koi apagó rápidamente la pantalla y la lámpara, se lanzó a la cama y se cubrió con la manta justo cuando la puerta se abrió de golpe.

Su padre entró, tambaleándose. Koi contuvo la respiración, con los puños húmedos de sudor frío.

El hombre, evidentemente ebrio, murmuraba incoherencias mientras tropezaba con los muebles y soltaba maldiciones. Luego abrió la nevera, sacó una botella y se dejó caer en una silla.

—Ugh...

Koi se relajó un poco. Si su padre seguía bebiendo, pronto quedaría rendido. Así no lo golpearía ni lo obligaría a levantarse. Era un patrón que conocía de sobra.

Pronto, los ronquidos llenaron la habitación. Koi asomó los ojos por debajo de la manta. Su padre estaba desplomado sobre la mesa, con varias botellas vacías rodando por el suelo.

Con cuidado, se levantó y volvió a la computadora. Eran las 3 a.m. Si terminaba en dos horas, tal vez podría dormir un poco.

Pero entonces, su padre gimió entre sueños:

—Miranda...

Koi se quedó paralizado. Un sollozo ahogado escapó del hombre antes de que los ronquidos volvieran.

Ese nombre era un tabú entre ellos. Un recuerdo doloroso que su padre solo mencionaba estando borracho. Una vez, le había escupido:

{—Si no te parecieras tanto a ella...}

Desde entonces, Koi cargaba con la culpa.

Se sacudió, forzándose a concentrarse en la tarea.

¡JADEO, JADEO!

Se había quedado dormido después de terminar el ensayo y ahora iba tarde. El sol ya estaba alto, y su padre seguía inconsciente sobre la mesa.

Koi salió disparado, se lavó a medias antes de agarrar la mochila y subirse a la bicicleta. Las calles, normalmente congestionadas a esa hora, estaban casi vacías.

—¡Mierda!

Pedaleó como loco, cruzando el campus hacia el edificio más alejado. Al menos no necesitaba pasar por su casillero; el primer período no requería libro de texto.

Al abrir la puerta del aula, la profesora Martínez lo miró con severidad. Jadeando, buscó su asiento habitual, pero estaba ocupado.

El único lugar libre estaba... detrás de Ashley Miller.

El rubio le sonrió, pero Koi no logró corresponder. Con resignación, se sentó.

La espalda de Ashley era un muro infranqueable. Por más que estirara el cuello, no lograba ver nada. La voz de la profesora sonaba lejana, como si llegara desde otro mundo.

«¿En serio me bloqueas hasta el paso de los simples mortales?»

Pasó toda la clase lanzando miradas asesinas a esa espalda, aunque Ashley ni siquiera se dio cuenta.

—Koi Niles, quédate un momento.

Al terminar la clase, la profesora lo detuvo. Nervioso, se acercó al escritorio.

—¿Sabes por qué te llamé?

Koi negó con la cabeza.

—¿... Por llegar tarde?

—No entregaste la tarea. ¿Pasó algo?

—¿Qué? ¡Sí la entregué!

El mundo le dio vueltas. La profesora frunció el ceño.

—No me digas que olvidaste la fecha límite. Estaba claramente marcada.

—Yo... yo la envié.

Pero en el sistema no aparecía. Toda esa noche en vela, perdida.

Koi sintió que el suelo cedía bajo sus pies.


Capítulo 3

—¡Se lo aseguro, yo mandé el correo! —protestó Koi, desesperado—. Lo envié al amanecer y luego me quedé dormido. ¡Es la verdad!

—Mmm...

La profesora, indiferente, abrió su portátil. Tras teclear la contraseña con una mano, giró la pantalla hacia Koi. La bandeja de entrada rebosaba de mensajes, pero ninguno coincidía con la dirección buscada. Mientras Koi revisaba obsesivamente los datos, la profesora cruzó los brazos y preguntó:

—¿Ya lo revisaste?

—¡Esto... no puede ser!

El mundo pareció oscurecerse ante Koi, que alternaba la mirada entre la pantalla y el rostro impasible de la profesora.

—¡Se lo juro, profesora Martínez! —insistió, con la voz quebrada—. Puedo mostrarle mi bandeja de salida. ¡Ahí tiene que estar el registro! ¡Es imposible que no llegara!

La profesora ni siquiera pestañeó. Su actitud fría, acostumbrada a excusas, hundió a Koi en la desesperación. Finalmente, ella habló con calma:

—Hagamos algo: mándame el correo antes de medianoche. Aceptaré la tarea, pero... —añadió, cortando el destello de esperanza en Koi—, las reglas son las reglas. No habrá A. Ahora, vete.

—¿Qué? Pero...

—Vete.

La orden fue tajante. Sin espacio para réplicas, Koi giró sobre sus talones, ahogando un gemido.

«¿Y ahora qué hago?»

Su mente era un torbellino: la beca, su promedio, el esfuerzo nocturno que no sirvió de nada... ¡Es absurdo! Justo cuando la indignación le nublaba la vista, la profesora lo llamó:

—Un momento.

Koi se detuvo, con los ojos vidriosos. La profesora Martínez suspiró, frunciendo el ceño.

—Queda una última tarea. Si sacas buena nota, lo consideraré.

—¿Eh?

—Hablaré del tema en la próxima clase —aclaró, señalando la puerta—. Entrégalo a tiempo y bien hecho. ¿Entendido?

—¡S-sí, profesora Martínez! —asintió Koi, eufórico.

Al salir al pasillo, contuvo una sonrisa. Aunque el correo perdido era un desastre, tenía una oportunidad. Respiró hondo y se prometió: "Voy a sacar la mejor nota."

—Esta tarea será en equipo —anunció la profesora.

Koi parpadeó, sobresaltado.

—No habrá exposición. El tema es el mismo para todos. Formarán parejas y entregarán un informe. La nota será compartida.

Equipos. La palabra resonó como una condena. Koi no tenía amigos; tras un pasado marcado por el bullying, prefería la soledad. Pero ahora, la imposibilidad de encontrar compañero lo dejó paralizado.

—Asignaré los equipos al azar —declaró la profesora, sacando nombres de una caja—. Koi Niles, tu pareja es... Ashley Miller.

El corazón de Koi se detuvo. ¿Ashley? La estrella del equipo de hockey, indiferente, ni siquiera levantó la vista de su teléfono.

—¡Ashley! ¡Ash! —lo alcanzó Koi en el pasillo, después de clase.

Ashley se volteó con una sonrisa despreocupada.

—Ah, cierto, lo del trabajo. Mira, después de clase tengo entrenamiento. Quizá más tarde, pero será tarde...

—No importa. ¿A qué hora?

Ashley frunció el ceño, claramente incómodo.

—Oye... —dudó, jugueteando con el aire—. ¿Tan importante es?

—Para mí, sí —afirmó Koi, firme.

—Bueno, Koi —Ashley soltó una risa forzada—. Relájate. No es para tanto.

Pero Koi no cedió.

—Quiero hacerlo bien.

La sonrisa de Ashley, capaz de derretir a cualquiera, esta vez no funcionó.


Capítulo 4

—¡No! —Koi frunció el ceño, firme—. Yo quiero hacerlo bien.

Ashley, al ver su determinación, cambió de táctica y preguntó con tono cortante:

—¿No tienes actividades deportivas o algo?

—Sí tengo.

No mencionó que era maratón. Aunque entrenaban en el mismo campo casi a diario, Ashley ni siquiera se había dado cuenta. Eso le dolió en el ego, y no logró ocultar su expresión resentida. Sin embargo, Ashley ni siquiera le prestó atención.

—Uff... —suspiró, exhausto, antes de rendirse—. Bueno, ¿qué quieres hacer entonces?

Mostró las palmas de las manos, como dándose por vencido. Koi respiró hondo y expuso su plan: investigación, división de temas y reuniones periódicas.

—Yo tengo entrenamiento toda la semana —dijo Ashley, cruzando los brazos y mirándolo con desafío—. ¿Ahora qué?

—Terminas a las 6. Si te duchas rápido, a las 7 podemos empezar —respondió Koi, calculador.

Ashley puso cara de disgusto.

—Oye... ¿no serás mi stalker, verdad?

—¡¿Q-qué?! ¡Para nada!

Ashley se rio, despreocupado.

—Es broma.

«¡Maldito narcisista!» Koi sintió que la sangre le hervía.

—¡Te lo digo en serio! Yo también hago deporte, por eso lo sé.

—Ajá —Ashley se encogió de hombros—. Bueno, 7 p.m. en el Green Bell.

—¡¿Qué?! —Koi casi salta del susto—. ¡Espera! ¿Para qué ir a un restaurante tan caro? Podríamos quedarnos en la cafetería de la escuela...

—¿A las 7 de la noche? —lo interrumpió Ashley, arqueando una ceja—. La cafetería cierra a las 5.

Koi se quedó mudo.

Ashley lo miró con superioridad antes de que un amigo lo llamara.

—¿Entonces? ¿7 p.m. en el Green Bell?

Koi no tenía opción. Con resignación, asintió.

Ashley llegó justo a las 7. Koi, que había preferido llegar antes (gracias a su bicicleta, a diferencia del lujoso Cayenne de Ashley), lo esperaba con nerviosismo.

—Llegaste temprano —comentó Ashley al sentarse frente a él.

Koi no había pedido nada todavía. Ashley, en cambio, hojeó el menú tarareando, como si estuviera en su propia casa.

Cuando el mesero se acercó, Ashley pidió como si fuera su última cena:

—Sándwich de atún, hamburguesa doble: sin cebolla, con doble queso, panqueques, plátanos fritos, tocino extra crujiente, huevos duros, jarabe de arce... Ah, y otra hamburguesa doble.

—¡Espera! —Koi lo interrumpió, pálido—. ¿No es demasiado para dos?

—¿Para dos? —Ashley parpadeó—. Esto es solo para mí.

Koi se quedó boquiabierto. Mientras Ashley seguía pidiendo (¡hasta un filete gigante!), él, con el estómago vacío, solo murmuró:

—... Una Coca-Cola. Sin hielo.

—¿Eso es todo? —preguntó Ashley, sorprendido.

—Ya... cené —mintió Koi, evitando admitir que no le alcanzaba para más.

Con el estómago gruñendo, Koi sacó sus notas.

—El proyecto es sobre cultura latinoamericana. ¿Tienes algún país en mente?

—No.

—Bueno, yo pensé en Argentina —propuso Koi—. Podríamos enfocarnos en comida: café y sándwiches, historia, métodos de preparación...

—Vale.

Para su sorpresa, Ashley se involucró más de lo esperado. Incluso sugirió:

—¿Y si tú investigas el café y yo los sándwiches? Si hay información repetida, la comparamos después.

Koi casi sonrió. ¡Era un milagro!

En 30 minutos, Ashley demostró por qué era tan popular: carisma inteligente, opiniones agudas y una sonrisa que hasta a Koi (siendo hombre) le aceleró el corazón.

Pero entonces... llegó la comida.


Capítulo 5

—¡Uy, creí que iba a morir de hambre! —exclamó Ashley, exagerando, tomando primero la hamburguesa y llevándosela a la boca. Era una hamburguesa con doble carne y nada menos que dos láminas de queso. No solo era abrumadora la cantidad de comida que había pedido, sino que su rapidez para comer también resultaba aterradora.

Habiendo devorado una hamburguesa en apenas tres bocados, Ashley empezó a zamparse un sándwich. Luego volvió a atacar otra hamburguesa doble y cortó un trozo de panqueque empapado en jarabe de arce para metérselo en la boca. Mientras tanto, Koi sorbía lentamente un refresco sin hielo que compartían.

—¿De verdad te basta con eso? —preguntó Ashley después de vaciar tres botellas de agua con gas y pedir una cuarta. Koi asintió con un "sí" y, como para demostrarlo, levantó su vaso de refresco y fingió dar un sorbo minúsculo. Ashley ladeó la cabeza, intrigado.

—Qué raro que tomes Coca-Cola sin hielo.

—Así puedo tomar más —explicó Koi.

Green Bell no ofrecía recargas de bebidas, así que Koi tenía que estirar su único vaso de refresco todo lo posible. Mientras, frente a él, Ashley Miller seguía devorando comida como si su estómago fuera a estallar.

—Sí que eres increíble, comiendo tanto —dijo Koi.

—Hago ejercicio intenso todos los días —murmuró Ashley, tratando de disimular que estaba halagado mientras cortaba un trozo grande de bistec y se lo metía en la boca—. Además, todavía estoy creciendo.

—¿Vas a crecer más? ¿En serio? —preguntó Koi, horrorizado.

—El mes pasado crecí 4 centímetros —respondió Ashley con total naturalidad.

—¿... Y ahora cuánto mides? —preguntó Koi, casi con temor.

—192.

Koi se contuvo las ganas de gritarle que dejara de comer. Quería preguntarle si aspiraba a ser jugador de baloncesto o a medir dos metros, o incluso reprocharle que parecía querer entrar al libro Guinness. Pero se contuvo, sabiendo que todo ese enojo nacía de la envidia.

—En el hockey sobre hielo hay mucho contacto físico, así que cuanto más grande, mejor —dijo Ashley con una sonrisa fresca.

Por dentro, Koi le contestó: "Ya eres bastante grande". Era el más alto de los titulares del equipo de hockey, después de todo. Si le decía algo, Ashley probablemente respondería con un simple "es que soy el capitán", y Koi prefirió no seguir discutiendo. Para él podía ser motivo de discusión, pero para Ashley no sería más que una charla trivial, como patear un balón de fútbol rodando por el suelo.

—¿Planeas ser profesional? —soltó Koi, y al instante notó que sonaba como el comentario resentido de un envidioso. Pero no pudo evitarlo: era la verdad. Sin embargo, Ashley Miller, cuya vida parecía no haber conocido ni la más mínima sombra de dificultad, respondió con su habitual frescura:

—No, solo voy a practicar deportes hasta la secundaria.

La respuesta fue inesperadamente realista, lo que dejó a Koi con una sensación extraña. Cuando este lo miró en silencio, Ashley cortó un pedazo grande del panqueque que le quedaba y añadió:

—No tengo tanto talento como para ser atleta profesional.

—No me digas —negó Koi sin pensar, sorprendido por la inesperada modestia de quien creía un narcisista sin igual.

—Gracias —dijo Ashley con una de sus sonrisas radiantes que había estado mostrando durante horas—. Lo más probable es que herede el trabajo de mi padre, así que voy a ir a la universidad por eso.

Lo dijo con una voz tan tranquila como si estuviera hablando del clima, pero Koi no pudo dejarlo pasar.

—¿El trabajo de tu padre? ¿Tiene un negocio o algo? —preguntó, cada vez más curioso. Solo por el coche que Ashley manejaba, había supuesto que su familia era adinerada.

Ashley, divertido por la reacción de Koi, entrecerró los ojos y respondió:

—Protege los bienes de los ricos de los pobres.

—¿Es el diablo? —preguntó Koi, sin poder pensar en otra cosa.

—Oh —Ashley pareció sorprendido, aunque Koi esperaba que se riera—. Casi. Es abogado.

—Ah... —Koi por fin entendió que la descripción de Ashley no había estado tan errada. Un abogado tan rico debía ser bastante famoso. Como si le leyera el pensamiento, Ashley añadió:

—Es un bufete muy conocido en el este. Si dices "el abogado Miller", todo el mundo sabe que es mi padre.

A pesar de lo grandioso de sus palabras, no había rastro de arrogancia en su tono. Siguió hablando con la misma naturalidad de siempre y, como para demostrarlo, bebió un trago de su agua con gas.

—Entonces, ¿te vas a ir al este después de graduarte? ¿Vas a estudiar allá? —preguntó Koi.

—Probablemente.

Por el contexto, parecía que iría a la misma universidad que su padre. Koi dudó un momento antes de preguntar con cuidado:

—Entonces, ¿por qué estás aquí? ¿Tu familia vive aquí?

¿Estaba solo su padre en el este? Tal vez estaban de vacaciones.

Ashley respondió sin vacilar:

—Soy el único que está aquí. Mis padres viven en el este.

—¿Estás solo? ¿Por qué? —preguntó Koi sin pensar, pero se mordió la lengua al ver la expresión de Ashley. Había cruzado la línea. No eran tan cercanos como para meterse en su vida privada. Cuando Koi mostró arrepentimiento, Ashley respondió con el mismo tono de antes:

—Porque quería vivir solo.

—¡Guau, yo también quiero eso! Qué suerte —dijo Koi, impresionado.

¿No era el sueño de cualquier adolescente? Un buen coche, una vida cómoda y una casa solo para él. La verdad, a este chico no le faltaba nada. Sin darse cuenta, a Koi se le escapó una admiración que hizo reír a Ashley con un dejo de amargura. Koi se detuvo de nuevo, confundido por esa risa.

—Bueno, igual vivir solo debe ser solitario. ¿Y la limpieza? ¿Y la ropa? —balbuceó Koi, tratando de arreglar su error.

Pero la respuesta de Ashley volvió a sorprenderlo:

—Bueno, yo no la hago... Una empresa viene los fines de semana. Básicamente, puedo vivir como una persona normal.

«... ¿Qué acabo de escuchar?»

Koi quedó pasmado. Eran conversaciones de otro mundo, y su cerebro parecía colapsar por la sobrecarga. Quiso preguntar si su casa era tan grande como para justificarlo, pero se contuvo. Ya había preguntado demasiado. No eran tan cercanos.

Se reprendió internamente, pero el silencio incómodo que siguió lo puso nervioso. Ashley seguía comiendo como si nada, pero Koi no soportaba ese ambiente.

Necesitaba decir algo, rápido.

—Eh, oye... Por cierto, ¿en tu equipo todavía no hay nadie que se haya manifestado? —preguntó de pronto, recordando que un compañero se había manifestado hacía poco como Omega.

—La mayoría no lo hace —respondió Ashley.

Era cierto: estadísticamente, las posibilidades de ser Alfa u Omega eran bajas. Koi siempre había creído que sería Beta toda su vida.

Aunque si Ashley se manifestaba, sin duda sería Alfa.

Le quedaba bien. Después de todo, ya irradiaba una presencia abrumadora.

—Si te manifiestas, ¿no será difícil seguir haciendo deporte?

—La mayoría lo deja. Los profesionales ni siquiera pueden.

Los Alfas y Omegas enfrentaban restricciones, sobre todo en los deportes. Los ciclos de celo los incapacitaban, y en deportes de equipo era inviable. Aunque algunos tomaban inhibidores, estos afectaban su rendimiento y su salud, por lo que los equipos profesionales preferían Betas o Gammas.

—¿Te has hecho pruebas de predicción de manifestación? —preguntó Koi.

Ashley negó con la cabeza.

—No. ¿Tú?

—No.

—Seguro voy a ser Beta, así que ¿para qué?

—Yo igual.

Koi sintió que Ashley evadía el tema. Tal vez no le gustaba hablar de eso.

Buscando otro tema, Koi miró el reloj en la pared: ya eran casi las 9. El restaurante cerraría pronto. Fue entonces cuando notó lo mucho que se había emocionado frente a una celebridad escolar.

«¡Nos reunimos por el trabajo, concéntrate!»

Reprendiéndose a sí mismo, Koi volvió al tema principal.

—Bueno, ¿qué tal si resumimos hasta aquí? Investigamos por separado y nos mandamos los datos por correo. Dividimos el resumen y la próxima vez armamos el índice y los capítulos. ¿Te parece?

—Me parece bien —dijo Ashley, limpiándose la boca con una servilleta. Los platos, antes llenos, ahora estaban vacíos.

—¿Entonces terminamos? ¿Nos vamos? —preguntó.

Capítulo 6

—Ah, sí, por supuesto.

Koi sacó de prisa de su bolsillo el dinero de la bebida y lo colocó sobre la mesa. Ashley revisó la cuenta que trajo el camarero, sacó su tarjeta y se la devolvió. Koi sintió una sacudida en el pecho al notar que Ashley marcó sin dudar el 20% de propina en el recibo.

«La propina es más de lo que gasté en la comida.»

Para Koi, que podía contar con los dedos las ocasiones en que había comido en un lugar donde se dejaba propina, el detalle provocó que el corazón le fuera a mil. ¿Acaso a Ashley no le importaba gastar tanto dinero así?

—Oye, ¿por dónde vives? —preguntó Koi al salir del establecimiento, incapaz de retenerse.

Ashley, que caminaba hacia su automóvil, indicó con un dedo:

—Por allá.

Koi siguió la dirección señalada y se quedó atónito. Se trataba de una urbanización de lujo, tan vasta que hacían falta más de tres horas en coche para recorrerla completa, con guardias de seguridad en la entrada. Y la residencia de Ashley Miller era, con precisión, la mansión más enorme y ostentosa, situada en lo alto de la colina.

«Ah, por esa razón puede dejar semejantes propinas sin despeinarse.»

Mientras Koi continuaba asombrado, Ashley agregó:

—Si fueras una chica, te llevaría a casa, pero...

Su voz se fue apagando, como si lo dijera con intención. Koi negó rápido con la cabeza.

—No, no hace falta. Nos despedimos en este punto.

—Bueno, como prefieras.

Ashley se dio la vuelta, como si hubiese estado esperando esa respuesta, pero Koi lo detuvo en seco.

—Oye, ¡tienes que darme tu dirección de correo!

—Ah... es verdad.

Ashley asintió tras una breve pausa y extendió la mano.

—Entrégame tu teléfono.

—¿Eh? Ah...

Koi se lo entregó por mero impulso, y Ashley tecleó con rapidez antes de regresárselo.

—¿No le pones clave de acceso?

—¿Para qué? Nadie lo revisa.

Koi observó el número y el correo que Ashley había escrito, y luego levantó la vista. Era su turno, ¿no? Sin embargo, Ashley no parecía tener intención de darle su teléfono.

—Tú mándame el correo primero. Después te responderé. ¿De acuerdo?

—Eh...

Algo le resultó extraño, pero no supo cómo expresarlo. En lugar de eso, asintió con duda.

—De acuerdo.

Antes de que el silencio se volviera incómodo, Koi tomó la iniciativa:

—Bueno, nos vemos, Ash. Te mandaré el correo.

Ashley, que ya daba un paso para irse, se detuvo de pronto. Miró a su alrededor y luego dirigió la vista hacia Koi.

—¿Dónde dejaste tu coche?

—Ah.

Comprendiendo al fin su intención, Koi reprimió la vergüenza y señaló.

—Es ese. En lo que vine.

Al final del dedo de Koi únicamente había una bicicleta vieja y solitaria. El silencio posterior duró escasos segundos, pero Koi sintió que lograba leer el pensamiento de Ashley.

—No es necesario que me acompañes, además va en dirección contraria a tu casa.

Ashley se cruzó de brazos con gesto serio, como si estuviera meditándolo. Koi se sorprendió al verlo reflexionar así. Era evidente que, antes de esta tarea, Ashley ni siquiera sabía que Koi existía. ¿Qué clase de persona se preocupaba por el camino de vuelta de un compañero con el que apenas había conversado un par de horas?

«¿Qué le hace falta a este sujeto?»

Justo cuando Koi comenzaba a sentirse absurdo, a Ashley se le ocurrió algo.

—Entonces hagamos esto.

—¿Eh?

Antes de que Koi lograra procesarlo, Ashley se quitó la chaqueta que llevaba y la acomodó sobre sus hombros. Koi lo contempló con ojos gigantescos, y Ashley soltó una breve carcajada, divertido por su reacción.

—Sería un problema si mi compañero de trabajo se enferma.

«Claro, eso resulta lógico. A mí también me perjudicaría. Pero... ¿no sería un problema si TÚ te enfermas? Bueno, existen muchas más probabilidades de que YO me resfríe. Mira lo grande que eres, con ese tórax amplio, y yo aquí, pequeño y débil. ¿Recuerdas esa clase de mitología griega del ciclo pasado? Si tú fueras un dios, serías Apolo. Yo sería el césped bajo tus plantas... no, mejor dicho, un pulgón en esa hierba. ¡Vaya! Un dios le presta su vestimenta a un pulgón. ¿No es increíble? Conor Niles, debiste agotar toda la suerte de tu vida.»

Aunque su mente hervía con esas ideas, no pronunció palabra alguna. El aire de la noche, mucho más helado que el cálido día, hacía temblar su cuerpo. Justo cuando sus brazos, al descubierto bajo la delgada camiseta de manga corta, comenzaban a encogerse por el frío, la chaqueta de Ashley le transmitió un calor apacible.

Koi contempló a Ashley con rostro aturdido, percibiendo el calor que envolvió su cuerpo. Nadie le había prestado su ropa previamente. Sin importar cuánto tiritara o cuán solo se hallara, siempre había tenido que aguantar en soledad. Pero eso no era todo. Ashley le regaló una sonrisa, con una expresión tan cálida como la prenda.

—Mucho mejor.

Una brisa imprevista despeinó el cabello rubio de Ashley, quien lo acomodó con fastidio. Sus largos dedos se enredaron en esas hebras doradas, y Koi sintió que, por alguna razón, se le saltarían las lágrimas.

—... Gracias.

Murmuró, reteniendo la voz quebrada. La luz de una farola cercana los iluminó, y en la quietud, donde ni siquiera se percibía la respiración, ambos se contemplaron fijamente. En algún lugar, un corazón palpitaba con fuerza. Koi miró a Ashley, embelesado.

«Ah... de este modo se siente enamorarse.»

Lo comprendió de golpe. Si alguno de los dos fuese mujer, Koi sin duda se habría enamorado. Pero de inmediato cayó en la cuenta: ninguno lo era, de modo que esto solo era un sentimiento parecido, no amor.

—... Ahora entiendo la razón de que seas tan popular.

Ashley rió de buen humor al escuchar el susurro. Hasta su risa era capaz de alegrar el alma. Koi lo miró fijamente, y Ashley comentó:

—Gracias por el elogio. Nos vemos, Conan.

En ese instante, toda la fantasía se desmoronó. Koi, de mal humor, rezongó:

—Es KOI. Conor Niles.

—Sí, Coil.

Tras llamarlo como le dio la gana, Ashley subió a su Cayenne*. La camioneta, tan grande y majestuosa como su dueño, encendió con un leve rugido y se alejó.

*Porsche Cayenne: Vehículo utilitario deportivo.

Koi permaneció un instante observando el vehículo perderse a lo lejos antes de darse la vuelta. Subió a su vieja bicicleta y tomó rumbo a casa, sintiéndose bastante más ligero que al momento de llegar al restaurante.

Ashley resultaba ser mucho más agradable y cordial de lo que anticipaba. El proyecto progresaría sin inconvenientes, y esa idea lo llenó de risa. El único defecto era que continuaba equivocándose con su nombre, pero eso era algo que podía pasar por alto fácilmente.

Ya pensaría más adelante cómo regresar la chaqueta. De momento, solo deseaba disfrutar de este buen ánimo. No era algo que experimentara con frecuencia.

Mientras pedaleaba camino a casa, repasando su charla con Ashley, de repente lo recordó:

{—¿Yo también seré abogado?}

El optimismo no duró ni tres días. Koi observaba con angustia el correo de Ashley, que continuaba sin respuesta.

«¿Qué demonios ocurre?»

Se sujetó la cabeza, clavando la mirada en la pantalla. Por más que la observara, nada cambiaba. La dificultad radicaba en que, desde aquel día, Ashley ni siquiera se había presentado en la escuela. Si tan solo lo viera, podría presionarlo, pero no existía forma de contactarlo.

Por fin, Koi tomó su teléfono. Lo había pospuesto una y otra vez, pero ya era un exceso. Si aguardaba más, no concluirían el trabajo a tiempo.

«¡Tengo otros deberes pendientes!»

Luego de tomar aire profundamente, le mandó un mensaje a Ashley:

[Ashley, soy Conor Niles. ¿Me recuerdas? El trabajo de español. Ya transcurrieron tres días desde que te mandé el correo. ¿Qué ocurre? Si lo estás revisando, avísame cuándo me responderás y cuándo nos reuniremos. El tiempo se agota. Por favor, date prisa.]

Envió el texto largo de un tirón y suspiró. Por un fugaz instante, sintió que algo se le revolvía, pero de inmediato arrancó una nueva tortura: ahora tendría que obsesionarse con el momento en que Ashley leyera el mensaje.

«Debí escoger una sola alternativa.»

El arrepentimiento lo consumió, pero ya era tarde. Con el estómago revuelto, Koi pasó otro día más en la espera.

Capítulo 7

«No lo soporto más.»

Koi apretó los dientes, con los ojos inyectados en sangre. Aunque el cansancio venía de otros trabajos, la falta de sueño lo tenía al borde del colapso. Y, sobre todo, Ashley Miller lo estaba volviendo loco desde hacía días.

«¿Cómo pudo engañarme con esa sonrisa fresca?»

En su mente, Ashley ya era un criminal. Si no aparecía ahora mismo con el trabajo hecho, nada de lo que dijera calmaría su furia.

Pero en la realidad, ni siquiera podía verle la cara. Los correos ignorados, los mensajes sin respuesta... La rabia hervía dentro de él, pero no podía hacer nada. Como último recurso, se plantó frente a los casilleros antes de clase, esperando al grupo que siempre andaba con Ashley. Ellos sabrían qué diablos le pasó.

Y cuando finalmente tuvo la oportunidad, la respuesta lo dejó helado.

—¿Ashley está enfermo?

Su voz se elevó sin querer, sorprendido. Uno de los chicos asintió.

—Sí, un resfriado o algo así. Seguro se recupera pronto. ¿Qué pasa?

—Ah... nada. Gracias.

Se alejó tartamudeando, sintiendo un repentino remordimiento por haber estado enojado todo este tiempo.

«¿Será por haberme prestado su chaqueta...?»

No podía evitar pensarlo. Ashley había dejado de ir a la escuela justo al día siguiente. Y ahora, un resfriado... Era demasiada coincidencia.

—¿Está muy mal?

Preguntó preocupado, pero solo recibió un encogimiento de hombros.

—Bueno, volverá cuando se mejore. ¿Qué? ¿Necesitas algo de él?

—Eh...

La pregunta lo tomó por sorpresa. ¿Cómo iba a explicar que Ashley se había resfriado por ayudarlo? Si se corría el rumor de que el popular Ashley Miller había caído enfermo por ser amable con él, nadie lo elogiaría.

Y probablemente conseguiría más enemigos.

La escalofriante idea lo hizo negar con la cabeza rápidamente.

—No, nada importante. Bueno, gracias. Adiós.

Se alejó casi corriendo. Al voltear, vio que el grupo seguía hablando entre sí, sin prestarle atención.

«Claro, ya me olvidaron.» Respiró aliviado.

Aunque sentía pena por Ashley, el proyecto era lo primero. ¿Cómo iba a resolverlo? Mientras caminaba a su siguiente clase, se hundió en sus pensamientos.

«Ah, claro.»

Debería haberlo sabido. Nada en su vida salía fácil.

Pero ¿era necesario que esto también se complicara?

La frustración lo invadió. Quería maldecir a alguien, pero ni siquiera sabía suficientes groserías.

«¿Por qué hasta para eso soy inútil?»

Después de un breve momento de autocompasión, recuperó la calma. No era momento de deprimirse. Necesitaba una solución.

Y solo había una.

Decidió rápido: tendría que pedirle a Ashley que hiciera su parte, aunque estuviera enfermo. Por más que lo intentara, no podría terminar solo el proyecto. Tenía otras tareas acumulándose.

Sin perder tiempo, agarró su teléfono y buscó el número de Ashley. Su lista de contactos era tan corta que no le costó encontrarlo.

Respiró hondo y marcó antes de que le diera miedo.

El tono de llamada sonó interminable. Su corazón latía tan fuerte que temió que se le saliera del pecho.

Y entonces, finalmente, una voz cansada respondió.

[—... ¿Sí?]

Era Ashley Miller.

El corazón de Koi se detuvo por un segundo antes de acelerar el doble. Con la mano en la boca para evitar que se le escapara un grito, esperó.

[—... ¿Hola? ¿Quién es?]

La voz de Ashley sonaba agotada, claramente enfermo. Koi, entre la culpa y la desesperación por el proyecto, tragó saliva.

—Eh, hola. Soy Conor Niles, de la clase de español. Somos equipo para el proyecto, ¿recuerdas? Nos reunimos en Green Bell...

Balbuceó una explicación larga, pero Ashley no respondió de inmediato.

[—Ah...]

Un suspiro incomprensible. Koi apartó el teléfono un segundo antes de continuar.

—Te envié correos y mensajes, pero no respondiste. Escuché que estabas enfermo... ¿Estás bien?

[—... ¿Esa debería ser tu primera pregunta?]

Ashley respondió con sarcasmo, la voz ronca. No era que estuviera molesto por la preocupación de Koi, sino simplemente irritable por la enfermedad. Al fin y al cabo, no eran cercanos. Y seguro que ya había recibido montones de atenciones de sus admiradoras.

Koi tosió y siguió.

—Oye, lo siento por preguntarte cosas personales la última vez. No lo volveré a hacer. ¿Podemos terminar el proyecto juntos?

Esperó una respuesta, preparándose para insistir, pero Ashley frunció el ceño y preguntó con desinterés.

[—¿El proyecto?]

La reacción lo dejó helado. No esperaba que Ashley estuviera tan despreocupado.

—Sí, lo de la cultura alimentaria de Argentina. Yo investigo el café, tú los sándwiches. ¿Lo hiciste...?

Su voz sonaba insegura, incluso para sus propios oídos. Sabía que parecía patético, pero era quien era. No podía cambiar eso.

Ashley suspiró, claramente molesto.

[—No sé. ¿Realmente importa? Podríamos hacerlo a medias.]

—¡¿Qué?! ¡No, espera, Ash!

Koi lo detuvo antes de que colgara. Respiró hondo, reuniendo todo su valor.

—Yo haré la investigación. Solo necesito que te encargues de un par de capítulos. ¡Hasta el esquema y el tema los preparo yo! ¿Qué dices?

Antes de que Ashley pudiera negarse, Koi añadió:

—Necesito esta calificación.

Un silencio incómodo siguió. Koi cerró los ojos, rogando.

Entonces Ashley habló.

[—No es mi problema.]

—¡Ash...!

Pero la llamada ya se había cortado.

Koi miró la pantalla del teléfono, aturdido.

«¿En serio? ¿Así de fácil lo dejó?»

Era increíble, pero cierto. Ashley no tenía intención de hacer el proyecto.

Y ahora, Koi estaba completamente solo.


Capítulo 8

«¿Qué hago ahora?»

Nunca imaginó que Ashley sería tan irresponsable como para abandonarlo así. No tenía un Plan B. Pero ahora tenía que pensar en uno.

«¡¿Cómo puede ser tan irresponsable?!»

Koi levantó la cabeza, aguantando las lágrimas, y respiró profundo.

«Claro, si está enfermo, todo le debe parecer molesto. Pero aun así, hay cosas que hacer. Podría haberme avisado antes, así tendría más tiempo. Ahora, ¿cómo se supone que haga esto solo?»

Una ola de autocompasión lo invadió.

«Parece que soy el único en el mundo que, aunque se muera de dolor, termina sus tareas a tiempo. Para tipos como Ashley Miller, este proyecto no era nada. Aunque saque una B, no le importaría. Si sus calificaciones bajan, su familia probablemente donaría un edificio a la escuela y listo.

Odio a la gente privilegiada.»

Koi se limpió las lágrimas con brusquedad. No había opción. Debía ser fuerte. Él era el único que necesitaba esa calificación. Así que, de alguna manera, debía terminarlo a tiempo.

Pero el tiempo se agotaba. Hacer la parte de Ashley le tomaría el doble de trabajo. No podía reducir sus horas laborales. Lo único que podía recortar era el sueño.

—Muerto, podrás dormir todo lo que quieras.

Se repitió eso mientras pedaleaba como loco hacia su trabajo.

—¡Oye, Ash! ¿Qué pasó? ¿Un resfriado?

Como era de esperarse de una celebridad, Ashley se convirtió en el centro de atención apenas pisó la escuela. Su grupo de amigos se juntó alrededor de su casillero, haciéndole más preguntas de lo normal. Mientras otros tomaban fotos a lo lejos, Koi cerró su casillero en silencio.

Para llegar a clase, debía pasar por ese grupo, pero no era para tanto. Para él, esa clase de "crisis" eran casi graciosas.

Se pegó al casillero y se escurrió por el pequeño espacio sin pedir permiso. En el camino, uno de los chicos golpeó el casillero riendo, casi provocando un desastre, pero por suerte Koi esquivó el puño por poco.

Aliviado, se frotó el cuello y miró hacia atrás. Ashley seguía rodeado, riendo con sus amigos.

«Parece que sí estuvo enfermo.»

Su palidez era evidente, pero Koi no tenía motivos para sentir lástima. Después de todo, él también había pasado tres noches sin dormir y casi lo despiden por quedarse dormido en el trabajo.

Mientras caminaba hacia clase, las risas de Ashley y su equipo de hockey sonaban a sus espaldas.

—Les daré las calificaciones del proyecto.

La voz de la profesora Martínez lo puso tenso. Concentró toda su atención en sus siguientes palabras.

—La mayoría lo hizo muy bien. Aunque algunos lo hicieron a medias... Ah, Dixon, no te preocupes. Por tu trabajo, se nota que te esforzaste.

La clase estalló en risas. Dixon, que estaba bromeando con su compañero, también rio. Koi, sin embargo, no podía sonreír. En una clase de AP, nadie hacía las cosas a medias. Que Ashley hubiera sido la excepción fue inesperado, pero nadie lo culparía. Él tenía mil formas de arreglar esa calificación.

«Solo gente como yo se esfuerza tanto para nada.»

Justo cuando la amargura lo invadió, la profesora dijo sus nombres.

—Conor Niles, Ashley Miller.

—¡Sí!

Koi casi se levanta de su asiento, pero se aguantó y solo alzó la mano. Ashley también lo hizo, pero su expresión era de total indiferencia. Claro, él no había aportado ni una letra al proyecto.

Koi sostuvo la respiración, mirando fijamente a la profesora. Ella sonrió.

—Se esforzaron mucho. Tienen la calificación más alta. Si hubiera algo más que A+, se lo daría.

«¡¿Qué?!»

Sus ojos brillaron. La profesora asintió, como confirmándolo. ¡Lo había logrado! Después de tanto esfuerzo, ¡el resultado fue perfecto!

Koi no podía evitar sonreír. En un mundo donde el esfuerzo rara vez tenía recompensa, esta vez sí dio frutos.

Se tapó la boca con las manos, aguantando un grito de alegría. La voz de la profesora siguió anunciando notas, pero él ya no escuchaba nada.

En ese momento, solo existía él.

Ni siquiera notó la mirada curiosa que Ashley le lanzó.

—Hoy no te duermas, ¿entendido?

El dueño lo regañó feo, señalando la cámara de seguridad sobre el mostrador. Después de una última mirada amenazante, se fue.

Koi suspiró profundo. La felicidad por el proyecto duró un segundo. Lo que vino después fue un sueño pesado.

BOSTEEEZZZOOO...

Apenas se quedó solo, bostezó sin parar. Se sobó los ojos, mirando alrededor. Por suerte, no había clientes. Sacó su tarea, pero sus párpados pesaban un montón.

—Ah, maldición.

Se sobó los ojos con fuerza, pero no sirvió de nada.

«Necesito lavarme la cara con agua fría.»

Justo cuando iba a ir al baño, la campana de la puerta sonó.

Al levantar la vista, el corazón le dio un vuelco.

Era Nelson y su pandilla.

Quiso actuar con naturalidad, pero su cuerpo se congeló. Nelson sonrió de forma burlona.

—Oye, ¿adónde crees que vas? ¿Un empleado puede abandonar su puesto así?

Los demás rieron.

—¿El dueño le dejó la tienda a Conor Niles? ¡Qué valiente!

—¡Debe confiar mucho en ti, Niles! ¡Impresionante!

—Pero, ¿qué puedes hacer tú aquí, perdedor?

Uno de ellos empujó a Koi en la frente, haciéndolo tambalear. Otro lo golpeó por detrás.

—¡Mierda, imbécil! ¿Dónde te metes?

—¡Guácala! ¡Huele mal! ¿Nos contagiarás algo?

—¡Ven aquí, huele esto! ¡Huele! ¡Ah, mi nariz se va a pudrir!

El último lo agarró del cuello, empujándolo hacia el suelo. Koi luchó por no caer, pero su cuerpo ya estaba doblado a la mitad.

—¡D-deténganse! ¡Basta!

Gritó, pero solo recibió burlas.

Mientras Koi sufría, Nelson abrió la nevera y sacó una lata de cerveza, lanzándosela a uno de sus amigos.

—Oye, ¿cómo se supone que la beba así?

—Así.

Nelson sacudió la lata de forma violenta y la abrió.

—¡No!

Koi gritó, pero era demasiado tarde.

¡PSSSSSSHHHHH!

Una explosión de espuma blanca salió disparada hacia el techo.

—¡Woah!

—¡Mierda, qué fue eso?

—¡Este maldito loco!

Risas y gritos llenaron el lugar. Koi vio todo negro. La cerveza había dejado una mancha café en el techo y ahora chorreaba por el brazo de Nelson.

Cuando por fin dejó de salir espuma, Nelson se tomó lo que quedaba y gruñó.

—Solo queda la mitad, maldición.

Claro, la otra mitad estaba en el techo y en las cosas de los estantes.

Pero lo peor aún no terminaba. Nelson abrió la nevera otra vez y empezó a meter latas de cerveza en sus bolsillos.

Capítulo 9

—¡No, basta! ¡Deténganse!

Koi gritó desesperado. Su mente daba vueltas. Necesitaba detenerlos y echarlos, pero los otros chicos lo tenían inmovilizado. No podía moverse ni un centímetro.

—¡Dije que paren! ¡Dejen todo y váyanse!

—Este mocoso...

Uno de ellos lo agarró por el cuello de la camisa.

—Oye, suéltalo.

La voz repentina de Nelson hizo que el chico que tenía a Koi lo soltara de mala gana. Koi, liberado, tambaleó hacia atrás, y Nelson se acercó con paso amenazante.

—¿Qué dijiste?

Cada paso de Nelson lo hacía parecer más gigante. Koi retrocedió por instinto. A su alrededor, los demás seguían riendo, comiendo golosinas sin pagar o sirviéndose bebidas sin permiso. Pero en ese momento, lo único que veía era a Nelson.

—¿Qué dijiste? ¿Eh?

Nelson sonrió de forma burlona mientras se acercaba. Koi, temblando y con los ojos llenos de lágrimas, no podía articular palabra. Nelson lo empujó con fuerza.

—¡Ah!

Koi retrocedió tambaleándose. Nelson lo empujó de nuevo.

—¿Qué? ¿Que pare? ¿Que nos vayamos?

Otro empujón. Esta vez, Nelson lo agarró del cuello y lo arrastró hacia él, acercando su rostro con una sonrisa cruel.

—¿Tú me das órdenes? Patético perdedor, ¿quién te crees?

—¡Ugh!

Koi forcejeó, ahogándose, mientras las lágrimas le nublaban la visión. Pero Nelson no cedió. Con los ojos llenos de lágrimas, Koi lo miró fijamente. Nelson lo desafió con la mirada, como diciendo: "¿Qué vas a hacer?".

Y entonces, algo dentro de Koi explotó.

—¡Basta! ¡No pagaron, arruinaron la tienda! ¡Son ladrones! ¡Todos ustedes son ladrones!

—¿Qué?

La voz de Nelson se elevó. Una vena le palpitó en la frente, y su mano se alzó para golpear. Koi cerró los ojos con fuerza, esperándolo todo.

En esos segundos, mil pensamientos cruzaron su mente:

«¿Qué pasará con la tienda si me desmayo? ¿Cómo limpiaré todo esto? ¿Cuánto costará lo que se llevaron? ¿Mi sueldo de esta semana cubrirá los daños? Prefiero que me golpeen y no despertar nunca...»

Y entonces...

¡DING-DONG!

El timbre de la puerta sonó fuerte.

«¿Un cliente?»

Koi pensó que, aunque alguien entrara, solo retrasaría lo inevitable. Nadie lo ayudaría. Cualquiera que viera esta escena saldría corriendo...

—¿Qué están haciendo?

«¿Eh?»

Una voz fresca y clara cortó el aire. El silencio cayó de golpe. Koi abrió los ojos con cuidado, sin creer lo que veía.

Era imposible. Solo había una persona en el mundo con esa voz.

«No... No puede ser... ¿Ashley Miller aquí?»

Sus ojos se abrieron por completo, incrédulos.

Ahí estaba.

Ashley Miller, de pie en la entrada, mirando la escena con calma.

Todos, incluido Nelson, se quedaron paralizados. Ashley entró con paso tranquilo, como si nada fuera raro.

«Claro, para él, esto debe ser algo de todos los días.»

A Koi se le vino un pensamiento amargo, pero la situación no daba para más.

Ashley se detuvo a unos pasos de Nelson y miró a Koi un segundo antes de volverse hacia el matón.

—¿Qué hacen? ¿En serio van a golpearlo?

Nelson, todavía agarrando a Koi, se quedó helado. Mostrar miedo lo enojó, y gritó:

—¿A ti qué te importa?

"Error."

Todos lo pensaron, incluso Nelson. En una pelea, lo importante era dominar el ambiente, y él acababa de perder el control.

Ashley sonrió.

—Me importa. ¿Eso que están bebiendo es alcohol?

—¿Qué?

Uno de los chicos escondió rápido su lata de cerveza. Nelson tiró la suya al suelo, donde derramó espuma por todas partes.

Ashley miró la lata rodando y luego a Nelson.

—Qué problema. Alcohol para menores... Todos somos demasiado jóvenes para beber, ¿no?

—¿Y qué?

Nelson gruñó. Ashley respondió con total naturalidad:

—Nada. Solo voy a llamar a la policía.

Sacó su teléfono. Los chicos se miraron entre sí, asustados. Nelson, con los ojos desorbitados, rugió:

—¿En serio me vas a desafiar?

—¿Desafiar? Solo estoy siguiendo la ley.

Ashley comenzó a marcar. Nelson, furioso, soltó a Koi y se lanzó hacia él.

—¡Te voy a...!

Koi aguantó la respiración. ¡Oh no! ¡Esto se va a poner feo!

—¡Maldito bastardo!

El puño de Nelson voló hacia Ashley. Koi se tapó la cabeza, esperando lo peor.

Pero Ashley simplemente dio un paso atrás.

—¡Ugh!

Nelson perdió el equilibrio y cayó de cara contra un estante.

—¡Nelson!

Sus amigos lo ayudaron a levantarse, aguantándose la risa. Nelson, rojo de vergüenza y rabia, se levantó y volvió a alzar el puño.

Ashley lo miró con desprecio.

—¿En serio quieres pelear? ¿Contra mí?

"Piensa bien lo que haces."

Koi casi pudo escuchar las palabras no dichas. Nelson dudo, y su valentía se desvaneció.

—Eh... Nos íbamos de todos modos, ¿verdad?

Uno de los chicos habló, y los demás asintieron rápido.

—Sí, esto es aburrido.

—Vamos, Nelson.

—Déjalo.

Nelson, con el puño todavía apretado, finalmente cedió. Con una última mirada de odio, escupió:

—Hoy tuviste suerte.

Y con eso, la pandilla salió corriendo, dejando atrás un desastre y a un Koi aturdido.

El silencio llenó la tienda. Ashley miró hacia la puerta hasta estar seguro de que se habían ido. Luego, miró a Koi.

—¿Estás bien?

Koi parpadeó, todavía en shock.

—Eh... sí... —Dudó un momento antes de preguntar—: ¿Qué haces aquí?

«¿Viniste por mí?»

Esa esperanza rápida se apagó cuando Ashley respondió:

—Pasaba por aquí y quería comprar algo.

«Claro.»

Koi señaló a los estantes sin ganas.

—Pues... elige rápido. Tengo que limpiar esto.

Su voz sonaba apagada, sin fuerza. El desastre era enorme: estantes caídos, comida tirada, bebidas derramadas...

Ashley miró alrededor y dijo:

—El vestuario después de un partido no está tan mal como esto.

Koi no dijo nada. Solo quería que Ashley se fuera para poder hundirse en su pena tranquilo.

Pero entonces, Ashley hizo algo inesperado.

—Necesitas ayuda.

No era una pregunta. Era un hecho.

Koi lo miró, confundido.

Ashley ya estaba agarrando una escoba.


Capítulo 10

—Te ayudaré.

«¿Eh?»

Al principio, Koi pensó que había escuchado mal. Parpadeó y miró hacia arriba. Ashley sonreía con su habitual expresión despreocupada.

—Dije que te ayudaré. ¿Por dónde empezamos? ¿Con la limpieza?

—¿Q-qué? ¿Por qué?

Esta vez lo escuchó claro, pero aún no podía creerlo. ¿Ashley Miller iba a ayudarlo a limpiar? ¿De la nada? ¿Por qué?

Debe haber algún truco.

La sospecha fue su primer pensamiento, pero incluso eso carecía de sentido. Ashley Miller no ganaba nada ayudando a Conor Niles.

«Hasta el polvo de su casa debe valer más que yo.»

Con un humor amargo, Koi casi suelta una risa triste, pero se aguantó y miró a Ashley con seriedad.

—No confío en la amabilidad sin motivo.

Ashley dejó de sonreír. Un silencio incómodo cayó entre ellos. Finalmente, Ashley suspiró.

—En realidad, vine porque quería preguntarte algo.

«Ah, claro.»

—¿Qué?

Ashley dudó un momento antes de responder.

—El proyecto.

—¿El proyecto?

Koi parpadeó, confundido. Ashley se rascó la cabeza, incómodo.

—El de la clase de Martínez. En el que sacamos A+.

—Ah... —Koi finalmente entendió. Y también adivinó lo que Ashley quería preguntar.

Ashley fruncio el ceño, del todo desconcertado.

—¿Por qué pusiste mi nombre?

Koi sintió una extraña satisfacción al ver su cara. Con un toque de malicia, respondió:

—¿Qué pasa? ¿Te molesta?

—Es raro.

Ashley cruzó los brazos, mirándolo fijo.

—Tú mismo lo dijiste: no confías en la amabilidad sin motivo. ¿Por qué lo hiciste? No logro entenderlo.

Koi se enderezó, tratando de no sentirse intimidado.

—No es gran cosa. Solo lo hice porque éramos equipo.

—¿En serio?

Ashley no parecía convencido. Koi suspiró y se sinceró.

—Tenía miedo de que, si decía que lo hice solo, la profesora Martínez me bajara puntos.

«Era importante para mí, pero tú simplemente lo ignoraste.»

Ashley lo miró un momento antes de preguntar:

—¿No estabas enojado?

—Claro que sí. Por eso puse mi nombre primero.

Ashley abrió los ojos impresionado y luego soltó una carcajada, doblándose de la risa. Koi lo miró, confundido.

—Así que te debo una. —Ashley, todavía sonriendo, habló.

—No importa, lo hice por mí.

Koi lo dijo sin pensar. Además, también me ayudaste hoy, pensó, pero no lo mencionó. Su tono daba a entender que Ashley podía irse, pero él no se movió. En cambio, miró alrededor.

—¿Vas a limpiar ahora? Hagámoslo juntos.

—¿Qué?

«¿Lo decía en serio?»

Antes de que Koi pudiera protestar, Ashley ya estaba caminando hacia el otro lado de la tienda.

—¿Cómo limpiaremos el techo? Mejor lo hago yo.

Koi miró hacia arriba, dudando, pero al final asintió.

—Espera, te traeré un trapo.

Corrió a buscar los útiles de limpieza. Cuando regresó, Ashley ya estaba estirando el brazo para limpiar las manchas del techo sin necesidad de escalón. Koi sintió una pequeña punzada de inseguridad, pero rápido volvió a la realidad. Tenía mucho por hacer.

Gracias a la ayuda de Ashley, la limpieza acabó más rápido de lo pensado. Pero el problema seguían siendo los estantes vacíos y las cinco cervezas que faltaban en la nevera.

«¿Cuánto costará todo esto?»

Koi suspiró profundo.

—¿Terminamos?

Ashley, que se veía tan impecable como al inicio, lo miró. Koi asintió, cansado.

—Sí, puedes irte. Gracias por la ayuda.

—De nada. ¿Y lo que falta? ¿Los productos dañados?

—No hay de otra.

Otro suspiro salió de sus labios. Ashley se quedó en silencio un momento antes de hablar.

—... El viernes voy a dar una fiesta.

Koi lo miró, confundido.

—Necesito botanas y otras cosas. Me gustaría comprarlas aquí. ¿Puedes hacerme la cuenta?

—S-sí, claro.

Koi caminó a la caja registradora y se recostó sobre el mostrador. Ashley empezó a llenar una canasta con cosas.

Cuando Ashley regresó, Koi ya se había quedado dormido.

Ashley lo miró un momento, luego agarró una libreta y una pluma. Escribió un mensaje y dejó cinco billetes de 100 dólares a un lado.

El sonido de la puerta al cerrarse despertó a Koi de golpe. Para cuando se levantó, Ashley ya no estaba. A través de la ventana, vio la camioneta alejándose del estacionamiento.

Koi regresó a la caja y vio el dinero y la nota.

—¿Qué? ¿500 dólares?

A Koi se le abrieron los ojos enormemente. Leyó la nota, que contaba varios productos en cantidades al azar. No entendió hasta más tarde, cuando revisó el inventario y comparó lo que faltaba.

Koi llegó a la escuela a la hora de siempre, con el corazón acelerado. Buscó a Ashley con la mirada, pero ni él ni su grupo se veían por ninguna parte.

«¿Qué raro?»

Nervioso, abrió y cerró su casillero sin razón. ¿Habrá faltado otra vez?

En ese momento, lo sintió.

El ambiente a su alrededor cambió.

Ashley Miller había llegado.

Koi giró la cabeza, confirmando lo que pensaba. Pero su alegría duró poco: Nelson y su pandilla estaban cerca, rondando.

Retirada estratégica.

Koi retrocedió despacio, luego dio la vuelta y salió corriendo. Después de lo de ayer, Nelson estaría furioso. Si lo agarraba, la molestia sería peor que nunca.

«Solo falta un poco para que termine el semestre. Si aguanto un poco más...»

Pero entonces, una pregunta fea le vino a la cabeza:

«¿Y si vuelven a la tienda?»

—Hmm...

Ashley hizo un sonido pensativo. Sus amigos lo miraron, con curiosidad.

—¿Qué pasa? ¿Viste algo?

Ashley no respondió. Siguió mirando en la dirección por donde Koi se había ido corriendo.

No entendió por qué hasta que giró la cabeza y vio a Nelson, quien, al notar su mirada, se puso pálido y huyó con su grupo.

Ashley se pasó la mano por la barbilla, pensando.

—Mmm...

Sus amigos se miraron entre sí, confundidos. Pero nadie tenía una respuesta.

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